Tierra Adentro

fin22


Autores
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.

Maquetación de Luis Ham.

Maquetación de Luis Ham.


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.
Ilustración de Luis Ham

Esperas quince minutos antes de recoger el cambio
y salir de la cafetería. No olvidas tomar las mentas.
Es importante

no dejar nada
o el habla volverá para lanzar sus muñones
con toda la viscosidad del error.

No inventaron palabras cómicas para ocultarlo.
Los caprichos saben caer con gracia
o pregunta por qué la lluvia en enero.

La humedad del andén empuja pequeñas grietas
a través del oído.
Con las vías húmedas tardarás el doble. Prefieres caminar.

Donde quiera las sombrillas perdidas pasarán silbando
pero imagina construir un edificio
de caramelos de menta

jamás podrías ver o imaginar desde dónde parte
o qué te golpea y deja a la intemperie.

Está bien.
Las mentas tienen su gracia.

Se necesita de tiempo en la misma medida que agua
para colocar nuestros sentimientos en el mundo.
Aun así nunca dan suficiente

y tienes que esperar hasta la próxima ocasión de sentarte
con alguien que se adelanta tomando calles paralelas.
Y no hay mejor momento para esperar que ahora

cuando el calentamiento global y la lluvia adquieren
cierto matiz terapéutico.
“Cómo pueden gustarte esas cosas”

es una pregunta que depositas a un lado
de las grietas y las filtraciones y los sedimentos
de un gesto cerca de los labios

externo ahora
como el nuevo restaurante en la esquina.
La puerta cerrada con doble llave.

Te sientas a la mesa y antes de cenar
masticas el último caramelo “Por qué
te gusta venir aquí”. Recuerdas

ese poema donde aparece una heladería.
Ya sé que no son lo mismo: leer caramelos no es un acto emocional
y de cualquier forma por qué dirías algo así.

Por la ventana encontrarás restaurantes
y gente con quien beber mucho

pero nunca comerás tantas mentas como en esta húmeda
tarde de enero. Piensas en ese poema
y en lo perfecto del clima y en lo mucho que llora
pero también espera encontrarme en el futuro cercano

cuando deba revelar nuevas aventuras
seguro de responder que en otro escenario las cosas no fueron mejores.


Autores
(CDMX, 1992). Es autor de Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016) y Sin nada detrás (Periferia de escribidores, MX, 2019). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Letras Libres, Oculta Lit, Dolce Stil Criollo, Digo.palabra.txt, Low-fi Ardentía, El Humo, Al-Araby, Angel City Review, entre otros. Forma parte del Lhabloratorio Colectivo. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2017-2018.

Ilustrador
Luis Ham
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Capítulo III. El misterio en Lauriston Garden

Confieso que estaba considerablemente sorprendido a causa de esta prueba fresca de la naturaleza práctica de las teorías de mi compañero. Mi respeto hacia sus poderes de análisis creció de forma maravillosa. Sin embargo, en mi mente aún quedaban rastros de sospecha de que todo aquel acontecimiento hubiera sido prefabricado para sorprenderme, aunque escapaba de mi comprensión qué motivo podría tener para llevar a cabo algo así. Cuando lo miré, él ya había terminado de leer la nota, sus ojos asumieron la expresión vacante y deslucida que reflejaba su abstracción mental.

—¿Cómo fue que dedujo eso? —le pregunté.

—Deducir, ¿qué? —preguntó, petulante.

—Que él era un sargento retirado de la Marina.

—No tengo tiempo para tonterías —contestó con brusquedad; luego sonrió—. Perdone mi actitud grosera. Rompió el hilo de mis pensamientos; pero quizá haya sido para bien. ¿Realmente no fue capaz de ver que aquel hombre era un sargento de la Marina?

—No, en lo absoluto.

—Es más sencillo saberlo que explicar por qué lo sé. Si alguien le pidiera a usted probar que dos más dos son cuatro, quizá se encontraría cierta dificultad para explicarlo y aún así estaría bastante seguro del hecho. Aún a través de la calle pude ver una gran ancla azul tatuada en el dorso de la mano del hombre. Eso reveló el océano. Usaba transporte militar y tenía bigotes laterales de regulación. Ahí tenemos a la Marina. Era un hombre con cierto aire de importancia y mandato. Usted debió de haber observado la manera en que elevaba la cabeza y sostenía su bastón. Un hombre firme, respetable, de mediana edad, también, por sus facciones; todos esos datos me llevaron a creer que había sido un sargento.

—¡Maravilloso!

—Ordinario —dijo Holmes, aunque por su expresión pude ver que estaba satisfecho con mi sorpresa y admiración—. Hace un momento dije que ya no quedaban criminales. Tal parece que me equivoqué. ¡Mire esto! —Me lanzó la nota que el comisionado había traído.

—¡Esto es terrible! —dije, mientras leía su contenido.

—Parece ser un poco fuera de lo común —dijo con calma— ¿Te molestaría leerlo en voz alta?

Esta es la carta que leí:

“Mi querido señor Sherlock Holmes:

Ocurrió un asunto desagradable durante la noche en el número 3 de Lauriston Gardens, afuera de Brixton Road. Nuestro hombre en guardia vio una luz allí aproximadamente a las dos de la mañana, y como la casa estaba vacía, sospechó que algo extraño pasaba. Encontró la puerta abierta, y en el primer cuarto, el cual carece de muebles, descubrió el cuerpo de un caballero bien vestido y con tarjetas en su bolsillo a nombre de ‘Enoch J. Drebber, Cleveland, Ohio, Estados Unidos’. No hay señal de asalto ni tampoco de cómo murió aquel hombre. Hay marcas de sangre en el cuarto, pero no encontramos ninguna herida en el cuerpo. Desconocemos cómo fue que llegó a la casa vacía; de hecho, todo el asunto es un misterio. Si pudiera ir a la casa a cualquier hora antes de las 12, me encontrará aquí. Dejé todo en su lugar y así permanecerá hasta que sepa de usted. Si se le es imposible venir, le daré detalles más concretos y consideraría una gran amabilidad de su parte si hiciera el favor de dar su opinión.

—Tobias Gregson”.

—Gregson es el más listo de Scotland Yard —destacó mi amigo—. Él y Lestrade son los mejores de un mal grupo. Ambos son rápidos y enérgicos, pero convencionales, sorprendentemente. También tienen sus cuchillos apuntados al otro. Son igual de celosos que un par de participantes de un concurso de belleza. Va a haber un poco de diversión en este caso si los dos están detrás del mismo rastro.

Yo estaba sorprendido por la manera tan calmada en la que contestó.

—Seguramente no hay momento qué perder —dije—. ¿Debería de pedirle un taxi?

—No estoy seguro de si debería ir. Soy el diablo más irremediablemente perezoso que alguna vez haya pisado unos zapatos de cuero; eso cuando aquel humor está en mí, porque puedo ser bastante activo de vez en cuando.

—Es justo la oportunidad que ha estado esperando.

—Mi querido compañero, ¿qué importancia tiene eso? Suponiendo que revele el misterio, puede estar seguro de que Gregson, Lestrade y compañía se van a llevar todo el crédito. Eso pasa cuando eres detective no oficial.

—Pero le está rogando por su ayuda.

—Sí. Sabe que soy su superior y lo reconoce frente a mí; pero él cortaría su propia lengua antes de reconocerlo ante alguien más. Aunque lo mejor será ir y echar un vistazo. Tengo que resolverlo por mis propios medios. Al menos así podré reírme de ellos. ¡Vamos!

Se puso su abrigo y se apresuró de forma que mostró que la actitud enérgica había reemplazado a la apática.

—Vaya por su sombrero —me dijo.

—¿Quiere que vaya con usted?

—Sí, si no tiene nada mejor qué hacer.

Un minuto más tarde ambos estábamos en un carruaje, yendo con rapidez hacia Brixton Road.

Era una mañana de neblina densa y un velo coloreado de pardo colgaba sobre los techos de las casas, luciendo como el reflejo de las calles cubiertas de lodo que se encontraban debajo. Mi acompañante estaba de muy buen humor y parloteaba sobre los violines Cremona y la diferencia entre un Stradivarius y un Amati. Yo estaba en silencio, debido al clima somrbío y a la melancolía del asunto por el que nos dirigíamos, todo eso fue suficiente para deprimir mi espíritu.

—No parecer pensar mucho en el tema en cuestión —dije finalmente, interrumpiendo el discurso musical de Holmes.

—Todavía no tengo información —contestó—. Es un error enorme teorizar antes de tener toda la evidencia.

—Tendrás tu información pronto —intervine, apuntando con mi dedo—. Esto es Brixton Road, y esta es la casa, si no me equivoco.

—Así es. Conductor, ¡pare, pare!

Estábamos a unas 100 yardas de distancia, pero él insistió en detenernos, por lo que terminamos nuestro viaje a pie.

El número 3 de Lauriston Gardens cargaba un aire amenazante y malhumorado. Era una de cuatro casas erguidas a poca distancia de la calle, dos de ellas estaban habitadas y las otras dos, vacías. Las últimas lucían tres niveles de ventanas desnudas y melancólicas, salvo algunas que mostraban carteles que decían “Se alquila”, como una catarata en contra de los cristales blanqueados. Un jardín pequeño adornado con una erupción desperdigada de plantas enfermizas separaba las casas de la calle y estaba atravesado por un camino amarillento hecho de una mezcla de barro y gravilla. Todo el lugar estaba bastante húmedo por la lluvia que había caído durante la noche. El jardín estaba cercado por una pared de ladrillos de tres pies de altura, con una bardilla de madera en lo alto, y contra la pared estaba recargado un agente de policía, rodeado por un grupo pequeño de personas, las cuales estiraban sus cuellos con la esperanza vana de echar un vistazo al proceso que ocurría adentro.

Había imaginado a Sherlock Holmes apresurándose al interior de la casa para lanzarse a estudiar el misterio. Sin embargo, su intención estaba muy lejos de eso. Con un aire de indiferencia el cual, bajo las circunstancias, me parecía que bordeaba a la afectación, paseó de un lado a otro del pavimento y miró vagamente al suelo, al cielo, a las casas contrarias y a la línea de barandillas. Después de terminar con su escrutinio, avanzó con lentitud sobre el camino, o más bien, sobre la línea de césped al lado del camino, manteniendo sus ojos fijos en el suelo. Se detuvo dos veces y lo vi sonreír una vez, escuchándolo murmurar algo con satisfacción. Había muchas huellas de pasos en el camino húmedo y lodoso, pero debido a que la policía había estado entrando y saliendo del lugar, no era capaz de entender cómo mi compañero podía esperar a encontrar algo en él. Aún así, tenía evidencia extraordinaria de la rapidez de sus facultades de percepción, que no me cabía dudad de que él podía ver muchísimas cosas que permanecían ocultas para mí.

En al puerta de la casa nos topamos con un hombre alto, de rostro pálido y cabello rubio, con un cuaderno en su mano, quien se apresuró a nuestro encuentro y estrechó la mano de mi acompañante con efusión.

—En verdad es amable por venir —dijo—. Me aseguré de que todo permaneciera intacto.

—¡Excepto por eso! —contestó mi amigo, apuntando hacia el camino—. El desastre no habría sido peor si una manada de búfalos hubiera pasado por ahí. Sin embargo, no tengo dudas de que ha sacado sus propias conclusiones, Gregson, antes de que permitiera eso.

—He tenido mucho qué hacer dentro de la casa —dijo el detective, evasivo—. Mi colega, el señor Lestrade, está aquí. Confié en él para que vigilara todo.

Holmes me miró y alzó las cejas sardónicamente.

—Con dos hombres como usted y Lestrade en el terreno no habrá mucho qué encontrar para un tercero.

Gregson frotó sus manos con satisfacción propia.

—Creo que hemos hecho todo lo que se puede —dijo—, es un caso extraño, de todas formas, y sé que tiene un gusto por esas cosas.

—¿Vino aquí en un taxi? —preguntó Sherlock Holmes.

—No, señor.

—¿Tampoco Lestrade?

—No, señor.

—Entonces vayamos adentro y veamos el cuarto —Sin añadir más, avanzó hacia la casa, seguido por Gregson, cuya expresión delataba su asombro.

Un pasillo corto, con tablones desnudos y cubiertos de polvo, llevaba a la cocina y a las oficinas. Había dos puertas colocadas a la izquierda y a la derecha. Una de ellas había permanecido cerrada por varias semanas. La otra pertenecía al comedor, el cual era el cuarto donde el evento misterioso había ocurrido. Holmes entró y yo lo seguí con aquella sensación baja en mi corazón que inspira el estar cerca de la muerte.

Era una habitación grande y cuadrada, se veía incluso más espaciosa gracias a la ausencia de muebles. Un papel tapiz vulgar adornaba las paredes, pero estaba enrojecido en algunos lugares con moho, y tiras largas de papel despegado colgaban por aquí y por allá, exponiendo el yeso amarillento debajo. Del lado opuesto de la puerta había una chimenea, enmarcada con una pieza de imitación de mármol blanco. Sobre una de sus esquinas, se hallaban los restos de cera de una vela roja. La ventana solitaria estaba tan sucia que la luz que dejaba pasar era brumosa e insegura, le daba un tono gris y sombrío a todo, algo que se intensificaba gracias a una capa gruesa de polvo que cubría toda la casa.

Observé todos estos detalles mucho después. De momento, mi atención estaba centrada en la figura siniestra y sin vida que yacía extendida en el suelo, con ojos vacíos, mirando sin ver fijamente el techo descolorido. Era un hombre de unos 43 o 44 años, complexión promedio, hombros anchos, con cabello negro y rizado y una barba corta de tres días. Estaba vestido con un abrigo pesado y chaleco, con pantalones claros y con el cuello y puños de la camisa inmaculados. Un sombrero de copa, bien cepillado y cuidado, estaba colocado en el piso junto a él. Sus manos estaban apretadas, tenía ambos brazos estirados hacia arriba, mientras que sus extremidades inferiores estaban trabadas como si la lucha que libró antes de encontrar su muerte hubiera sido brutal. Su rostro estaba rígido en una expresión de horror, y lo que a mí me parecía, de odio, uno del que no había visto semejante en ningún rasgo humano. Esta contorsión maligna y terrible, combinada con aquella frente baja, nariz chata y mandíbula salida, le daban al cadáver un aspecto parecido al de un simio, que era incrementada por su postura antinatural. Yo había visto la muerte en muchas de sus formas, pero jamás me apareció en una forma tan aterradora que en ese cuarto oscuro y siniestro, el cual miraba hacia una de las calles principales del Londres suburbano.

Lestrade, delgado y con su eterna apariencia de hurón, estaba parado cerca del umbral de la puerta y me saludó después de a mi compañero.

—Este caso va a causar un revuelo, señor —comentó él—. Supera a todo lo que he visto y yo no soy ninguna gallina.

—¿No hay pistas? —preguntó Gregson.

—Ninguna —respondió Lestrade.

Sherlock Holmes se aproximó al cadáver y lo examinó con atención.

—¿Están seguros de que no hay heridas? —cuestionó, apuntando a los numerosos rastros de sangre que aparecían en todos lados.

—¡Totalmente! —dijeron ambos detectives.

—En ese caso la sangre pertenece a un segundo individuo, presumiblemente del asesino, si se cometió un asesinato. Me recuerda a las circunstancias que rodearon la muerte de Van Jansen, en Utrecht, en el 34. ¿Recuerda el caso, Gregson?

—No, señor.

—Búsquelo, en serio debe de hacerlo. No hay nada nuevo debajo del sol. Todo ya ha sido hecho antes.

Mientras hablaba, sus dedos ágiles volaban por todas partes, sintiendo, presionando, desabotonando, examinando; sus ojos mostraban la misma expresión lejana con la que ya estaba familiarizado. La rapidez de la examinación hacía difícil de concebir la minuciosidad detrás de cada acto. Finalmente, olfateó los labios del hombre muerto y luego miró las suelas de sus botas de cuero.

—¿No lo han movido para nada? —preguntó.

—No más de lo necesario para los propósitos de nuestra investigación.

—Pueden llevarlo a la morgue ahora —dijo—. No hay nada más por descubrir.

Gregson mandó llamar a una camilla y cuatro hombres, los cuales entraron a la habitación y levantaron al extraño para llevarlo afuera. Mientras lo elevaban, un anillo tintineó al caer y rodó a través del piso. Lestrade lo tomó y lo miró con ojos desconcertados.

—Aquí estuvo una mujer —dijo—. Es el anillo de bodas de una mujer.

Lo mantuvo en alto mientras hablaba, en la palma de su mano. Todos nos acercamos a su alrededor para observar. No había ninguna duda de que el anillo de oro simple alguna vez había adornado el dedo de una novia.

—Esto lo complica todo —dijo Gregson—. Dios sabe que todo ya era bastante complicado antes.

—¿Estás seguro de que no lo simplifica? —observó Holmes—. No hay nada para aprender nada más mirándolo. ¿Qué encontraron en sus bolsillos?

—Lo tenemos todo aquí —anunció Gregson, apuntando a una pila de objetos en la base de las escaleras—. Un reloj de oro, número 97163, por Baraud, de Londres. Una cadena de oro, bastante pesada y sólida. Anillo de oro con tallados masónicos. Un pin de oro, con una cabeza de bulldog, rubíes por sus ojos. Un porta tarjetas de cuero ruso, con tarjetas a nombre de Enoch J. Drebber de Cleveland, que corresponde con el E. J. D grabado en el pañuelo. No hay bolso, pero sí cambio suelto que equivale a siete libras con trece centavos. Una edición de bolsillo del “Decameron” de Boccacio, con el nombre de Joseph Stangerson en el interior de la portada. Dos cartas, una dirigida a E. J. Drebber y una a Joseph Stangerson.

—¿A qué dirección?

—American Exchange, Strand; para ser recogida en cualquier momento. Ambas son de Guion Steamship Company y se refieren al rumbo de sus barcos desde Liverpool. Está más que claro que este hombre desafortunado estaba a punto de regresar a Nueva York.

—¿Han investigado algo sobre Stangerson?

—Lo hice de inmediato, señor —dijo Gregson —. Mandé avisos a todos los periódicos y uno de mis hombres fue a American Exchange, pero no ha regresado.

—¿Avisaron a Cleveland?

—Los telegrafiamos esta mañana.

—¿Cómo formuló sus preguntas?

—Simplemente detallé las circunstancias y dije que agradeceríamos cualquier información que pudiera ser de ayuda.

—¿No preguntó por detalles de ningún punto que pareciera ser crucial para usted?

—Pregunté sobre Stangerson.

—¿Nada más? ¿No hay ninguna circunstancia de la que todo el caso parezca depender? ¿No volverá a enviar un telegrama?

—He dicho todo lo que tenía para decir —respondió Gregson, en un tono ofendido.

Sherlock Holmes se rió para sí mismo y parecía a punto de añadir algún comentario, cuando Lestrade, quien había estado en el vestíbulo mientras manteníamos la conversación en el pasillo, reapareció en la escena, frotando sus manos en una manera pomposa y satisfecha.

—Señor Gregson —dijo—. Acabo de hacer un descubrimiento de la más alta importancia, uno que habría sido pasado por alto de no ser por mi cuidadosa examinación de las paredes.

Los ojos del hombre pequeño brillaron a la vez que hablaba y estaba evidentemente en un estado de completa soberbia al haber anotado un punto en contra de su colega.

—Acérquese —dijo, internándose de regreso en el cuarto, la atmósfera se sentía mucho más ligera gracias a la ausencia del hombre desafortunado —. Ahora, párese aquí.

Encendió un fósforo con su bota y lo sostuvo hasta iluminar la pared.

—¡Mire eso! —dijo, triunfante.

Había mencionado que el papel se estaba cayendo en varias partes. En esa esquina particular del cuarto, una gran tira se despegó, revelado un gran pedazo de yeso amarillento. A través del espacio había una sola palabra tallada en letras rojo sangre: “Rache”.

—¿Qué piensa sobre esto? —preguntó el detective, con el aire de un presentador anunciando su espectáculo —. Fue pasado de largo por ser la esquina más oscura de la habitación. El asesino o asesina debió de haberla tallado con su propia sangre. ¡Vea esta mancha de donde escurrió por la pared! ¿Por qué eligieron esta parte para escribirlo? Se los diré. Miren esa vela sobre la chimenea. Si estuviera encendida en este momento, esta esquina sería la más iluminada en lugar de ser la más oscura de la pared.

—¿Y qué significa todo esto que ha encontrado? —preguntó Gregson con voz despectiva.

—¿Qué significa? Significa que el escritor o escritora estaba por tallar el nombre “Rachel”, pero fue interrumpido o interrumpida de poder terminar. Escuchen mis palabras, cuando este caso sea resuelto, encontrarán que una mujer llamada Rachel tuvo algo que ver. Está bien reírse, señor Sherlock Holmes. Quizá usted sea muy inteligente y astuto, pero el sabueso viejo siempre es mejor, cuando todo está dicho y hecho.

—En verdad le pido que me disculpe —dijo mi compañero, quien exasperó el temperamento del hombre pequeño con una risotada—. Sin duda posee el crédito de ser el primero de nosotros en encontrarlo y, como dice, todo apunta a que fue tallado por el otro participante de este misterio. Todavía no examino esta habitación, pero con su permiso, lo haré ahora.

Al hablar, sacó una cinta y una lupa de su bolsillo. Con esos dos objetos en mano caminó sin hacer ruido a través del cuarto, a veces deteniéndose, ocasionalmente arrodillándose y una vez, se acostó con su rostro contra el suelo. Estaba tan concentrado en su trabajo que parecía haberse olvidado de nosotros, pues hablaba por lo bajo para sí mismo durante todo ese tiempo, manteniendo un ritmo rápido de exclamaciones, gruñidos, silbidos y pequeños gritos que sugerían estímulo y esperanza. Mientras lo miraba no pude evitar recordar a un sabueso de sangre pura bien entrenado, que va de un lado a otro gimoteando con entusiasmo, hasta que encuentra el rastro que estaba buscando. Durante 20 minutos o más continuó con su investigación, midiendo con la mayor exactitud y cuidado la distancia entre marcas completamente invisibles para mí, y ocasionalmente aplicando su cinta a las paredes con un propósito igual de incomprensible. En un lugar juntó con mucho cuidado una pila de polvo en el suelo y la metió toda en un sobre. Finalmente, examinó con su lupa la palabra en la pared, pasando por cada letra con la exactitud de un minuto. Cuando terminó, pareció estar satisfecho, pues volvió a guardar la cinta y la lupa en su bolsillo.

—Dicen que un genio es medido por su capacidad infinita de asumir molestias —destacó con una sonrisa—. Es una muy mala definición, pero aplica para el trabajo de un detective.

Gregson y Lestrade habían estado mirando las maniobras de su compañero amateur con curiosidad y cierto desdén. Evidentemente habían fallado al apreciar el hecho, el cual yo comenzaba a comprender, de que todas las acciones pequeñas de Sherlock Holmes iban siempre dirigidas a un final práctico y definido.

—¿Qué piensa de esto, señor? —le preguntaron ambos.

—Les estaría robando todo el crédito del caso si me ofreciera a ayudarles —dijo mi amigo—. Lo están haciendo tan bien de momento que sería toda una lástima que alguien interfiriera —Había un mundo de sarcasmo en su voz—. Si me permiten saber cómo avanzan sus investigaciones —continuó—, estaré feliz de darles cualquier ayuda posible. Por ahora me gustaría poder hablar con el agente que encontró el cuerpo. ¿Podrían darme su nombre y dirección?

Lestrade miró su libreta.

—John Rance —dijo—. Está fuera de guardia ahora. Lo podrá encontrar en el número 46 de Audley Court, Kennington Park Gate.

Holmes tomó nota de la dirección.

—Venga conmigo, doctor —dijo—. Tenemos que ir a visitarlo. Les diré algo que podrá ayudarlos con el caso —continuó, girándose hacia los dos detectives—. Ha habido un asesinato y el asesino es un hombre. Mide más de seis pies, está en la flor de su vida, tiene pies pequeños para su altura, usaba botas gruesas con punta cuadrada y fumaba un cigarro tricinopolio. Vino aquí con su víctima en un taxi de cuatro ruedas, el cual era jalado por un caballo con tres herraduras viejas y una nueva en su pata delantera. Hay mucha probabilidad de que el asesino posea una cara florida y las uñas de su mano derecha sean remarcablemente largas. Son algunos detalles, pero podrían servirles.

Lestrage y Gregson se miraron el uno al otro con una sonrisa llena de incredulidad.

—Si el hombre fue asesinado, ¿cómo lo hicieron?

—Veneno —dijo Sherlock Holmes, cortante y se alejó—. Otra cosa, Lestrade —añadió, girándose hacia la puerta—. “Rache” es la palabra en alemán para “venganza”; así que no pierda su tiempo buscando a la señorita Rachel.

Con ese último remate comenzó a avanzar, dejando a los dos rivales con la boca abierta.


Autores
(Edimburgo, 1859) Estudió medicina, pero dejó la práctica médica por su carrera literaria. El trabajo que impulsó su éxito fue "Estudio en escarlata", novela donde aparece por primera vez Sherlock Holmes.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Ilustración de Güerogüero

Allí donde la luz no alumbra,

tal vez alumbre la sombra.

-Roberto Juarroz

 

Desde sus primeros años de vida, la salud de Robert Louis Stevenson (13 de noviembre de 1850, Edimburgo, Escocia) se vio amenazada por la neumonía, lo que lo obligó a permanecer en cama y asistir de forma irregular a la escuela. Su madre, afectada igualmente por enfermedades respiratorias, dejó en manos de su padre y de una nodriza su educación. Criado como calvinista, el relato de diversos pasajes de la Biblia y alegorías e historias sobre la maldad y la bondad llenaron sus noches, atormentándolo con pesadillas (que describiría a detalle mucho después, en un ensayo titulado “Un capítulo sobre los sueños”). Así germinó la semilla de la dicotomía bondad-maldad que, más tarde, constituiría la esencia de su literatura.

Durante la adolescencia, los viajes con su padre influyeron en su escritura, y en 1866 publicó, gracias a su apoyo, su primer libro: la novela Pentland Rising, que no generó mucha expectativa.

Estudió ingeniería náutica por indicación de su progenitor, pero lo dejó al poco tiempo. De aquella época, lo más destacable fue su amistad con Henry James. Después estudió derecho, mas su carrera fue muy corta: en 1876, la incipiente tuberculosis, enfermedad que repercutió en su físico y ánimo hasta su muerte, lo hizo comenzar a viajar en busca de un clima menos duro por prescripción médica. Con el sufrimiento mordiéndole los tobillos desde pequeño y a donde quiera que iba, comenzó a abandonar un continente para pasar a otro, intentando postergar lo inevitable. Viajar se convirtió en una de sus pasiones.

Gracias a su peregrinar, conoció a Fanny Van de Grift en Francia, quien experimentó de primera mano la trágica enfermedad que lo aquejaba, pues su hijo más pequeño, afectado por tuberculosis osteoarticular, había muerto hacía poco entre la agonía de huesos rotos que rasgaban su piel y músculos antes de cumplir los 5 años. Gracias a ella, Stevenson viajó a América, donde se inmiscuyó en la crítica social al proclamarse contra la supremacía blanca, la discriminación racial y las masacres de los indios nativos. Más que una esposa, Fanny fue su cuidadora.

Al empeorar su salud, la pareja volvió a Edimburgo, después viajaron a Alemania y Suiza, y vivieron un tiempo en la finca que heredó el escritor al suroeste de Edimburgo. Más tarde se dirigieron a Nueva York, de ahí a San Francisco y, por último, arribaron a Samoa, último refugio de la pareja y donde los nativos apodaron a Stevenson como Tusitala: “el contador de historias”.

Ilustración de Güerogüero

Ilustración de Güerogüero

Stevenson, asiduo a las obras de Alexandre Dumas, Daniel Defoe y E. A. Poe, y a pesar de su maltrecha salud, no dejaba pasar una noche sin beber y fumar con sus amigos. Prefería disfrutar cada instante que cuidarse en exceso para preservar una salud exigua. Para él, a pesar de los dolores y el sufrimiento derivados de su enfermedad, aunados a los padecimientos por las grandes cantidades de alcohol que ingería, disfrutar la vida era primordial: “Tanta prisa tenemos por hacer, escribir y dejar oír nuestra voz en el silencio de la eternidad, que olvidamos lo único importante: vivir”. Además, era generoso: repartía el dinero que recibía por su obra entre literatos cercanos menos afortunados.

Stevenson, a pesar de sus padecimientos y de su vida itinerante, es uno de los escritores británicos más reconocidos y cuenta con una obra prolífica y diversa: poesía, novela, cuento, ensayo y crónica (actualmente, las editoriales Mondadori [en narrativa] y Páginas de espuma [en ensayo] se han encargado de recopilar su obra).

Logró una técnica precisa y personajes perturbadores, complejos y humanos. Stevenson retrató aspectos específicos de la condición humana como la ya mencionada dicotomía bondad-maldad, así como situaciones aciagas en escenarios ominosos y oscuros. Su genio e imaginación cautivó e inspiró a creadores de distintas latitudes como Jorge Luis Borges, Bioy Casares, Joseph Conrad y H. G. Wells.

Su literatura de aventuras y las crónicas de viajes se se basan en la acción. Asimismo, creó obras maestras que pueden clasificarse dentro del terror, como los cuentos “El ladrón de cadáveres” (1884), basado en un hecho real en su natal Edimburgo durante 1829 (esta historia, enfocada en crímenes como asesinatos y profanaciones de tumbas, inicia cuando el doctor Macfarlane le descubre el secreto de cómo consigue cuerpos para las prácticas a un exalumno de medicina), o “Markheim” (1887), inscrito dentro de la tradición del doble malvado cuyo protagonista es un asesino que termina por recibir ayuda del diablo. La violencia y el horror están presentes por igual en “Los juerguistas” (1887), donde Gordon, un hombre enajenado, alcohólico y obsesionado con el mar, esconde el secreto del tesoro de un naufragio entre las rocas donde, poco después, morirá.

Stevenson no polariza a sus criaturas en perversas y bondadosas, sino que expone toda una gama entre esos dos extremos. El personaje que mejor ejemplifica lo anterior es John Silver “el Largo”, el pirata con pierna de palo que funge como cocinero de La Hispaniola en La isla del tesoro (1883). Manipulador, hipócrita y con características psicópatas, se descubre como un asesino despiadado conforme avanza la trama. A pesar de su deslealtad, su aprecio por el protagonista es sincero, a quien incluso llega a proteger. Aunque representa la maldad, John Silver es el personaje más humanizado de la novela. Conoce la simpatía y es ingenioso. En palabras de la escritora argentina Esther Cross, “Los personajes de Stevenson son tridimensionales, y Long John Silver es un poliedro.”

En cuanto a los escenarios ominosos, “Olalla” (1885), resultado de uno de los sueños perturbadores de Stevenson, se desarrolla en un sitio siniestro donde la naturaleza tiene un poder superio. Aquí, una misteriosa familia en decadencia recibe como huésped a un soldado, quien descubrirá un monstruoso secreto.

A principios de 1886, su novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde ­—también concebida en amargos sueños, escrita en pocos días, quemada posteriormente por resultarle repulsiva y reescrita después— lo posicionaría como uno de los escritores más famosos tanto en Europa como en Norteamérica. En esta obra, que calca la época hipócrita y doblemoralista victoriana, Stevenson indaga en la oscuridad propia del ser humano (lo que Jung describiría como la Sombra, uno de los arquetipos del inconsciente) y retoma la dicotomía del bien y el mal.

Inscrita aún dentro de la literatura gótica, parte de su éxito se atribuye al enfoque moralista que el público le otorgó (Jekyll vive tan absorto en su vida onírica, que incluso duda de la misma realidad, lo que lleva a la obra más allá de este simple moralismo).

Ilustración de Güerogüero

Ilustración de Güerogüero

Stevenson representa en sus personajes la benevolencia y la malicia en la acción, pero también en sus rasgos físicos. Mientras que la moral de Jekyll es ambigua, Hyde solo alberga maldad. Las cavilaciones del doctor lo llevan a reflexionar sobre la dualidad del hombre que, en realidad, es una multiplicidad: “…El hombre no es unidad, sino dualidad. (…) continuando el camino de mis investigaciones, descubrirán acaso que el hombre no es un individuo, sino una república habitada por ciudadanos múltiples e incongruentes…”.

En El señor de Ballantrae (1888), Stevenson retoma el argumento del doble maldito con James Durie y Henry Durie, hermanos antagonistas. Mientras que el primero está lleno de odio y maldad, el rencor perturba tanto al segundo, que lo vuelve perverso. Aquí, el poliedro anunciado por Cross se representa a la perfección: la bondad y la maldad no son un dualidad, sino una gama de tonalidades e indeterminaciones.

James, alevoso e impulsivo, vive persiguiendo la esperanza de triunfar en la vida, mientras que, sin buscarlo, el que resulta victorioso es Henri, quien, a pesar de ostentar rasgos positivos, está repleto de oscuridad. El enfrentamiento constante entre los hermanos, derivado de nuevo del tema del doble oscuro o malvado, culmina en fratricidio. En cuanto al escenario, aparece otra vez el océano como una fuerza inconmesurable y tenebrosa, al igual que una mansión en un sitio tétrico y montañas desoladas cubiertas de nieve.

En El diablo en la botella (1891), Keaue, el protagonista, compra la botella y recibe su maldición. Puede pedir cualquier deseo (a expensas siempre de una calamidad) excepto la inmortalidad. Así, al obtener la mansión anhelada a costa de la muerte de su tío, decide aceptar lo bueno a pesar de lo malo.

Volviendo al Tusitala, cuando su enfermedad empeoró al grado de afirmar que “era un amasijo de respiración entrecortada y un catálogo de dolores, una representación de la muerte”, realizó un viaje en crucero durante dos años por el Pacífico junto con su esposa, los dos hijos de esta y su propia madre. Tras conocer lugares como Honolulu y Tahití, se instalaron en Samoa, donde Stevenson se involucró en la política y las artes y abogó por los derechos de los aborígenes. Se negó a continuar su eterno peregrinaje y continuó escribiendo. Su última residencia fue una mansión en Apia, que ahora es un museo que exhibe primeras ediciones, múltiples fotografías, muebles, artículos personales y una estatua del escritor.

La particularidad de las tramas, la claridad en la prosa, el ritmo fluido, la descripción de los escenarios y la profundidad de los personajes del Tusitala son insuperables.

Stevenson se asomó a los rincones más oscuros y mostró sus descubrimientos. Echó un vistazo al abismo humano sin ser devorado, no temió empaparse en sus propias tinieblas, ésas que lo abrazaron desde pequeño, porque buscaba comprenderlas.

En 1894, meses antes de morir, reveló: “Durante catorce años no he conocido un solo día efectivo de salud. He escrito con hemorragias, he escrito enfermo, entre estertores de tos, he escrito con la cabeza dando tumbos”. Tras desconocer su propio rostro, perdió la consciencia debido a un derrame cerebral. Horas después, falleció. Su tumba se ubica en el monte Vaea, en la isla Upolu, sitio con vista al oceáno que tanto amó.

No hay luz sin oscuridad. La maldad y la bondad nos constituyen, somos seres plurales. El gran Tusitala entreveró historias sombrías y luminosas mientras su propia existencia se debatía entre la vida y la muerte, en una perpetua disputa entre su propio mundo onírico y el real.

Ilustración de Güerogüero

Ilustración de Güerogüero


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.

Ilustrador
Güerogüreo
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fanzines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.
Ilustración de Güerogüero

Si estamos hechos de recuerdos, es probable entonces que una gran parte de mí esté hecha de One Piece, el anime de piratas, amistad y viajes que se transmitió en México a inicios de los 2000. 

La premisa es bastante sencilla: un hombre de goma llamado Monkey D. Luffy se embarca en una aventura para encontrar el mítico One Piece; el lugar en el que el rey de los piratas Gol D. Roger escondió su fortuna. Si Luffy logra encontrarlo antes que cualquier otra tripulación, se convertirá en el nuevo rey de los piratas. En el camino va haciendo amigos, medio obligándolos a unirse a su tripulación, formando un grupo de personajes variopintos que van desde un reno humanoide hasta un esqueleto con un afro y un cyborg adicto a la coca cola. 

Es una historia de amistad, piratas y extrañamente, de redención que ha durado más de 22 años serializada en la revista Weekly Shonen Jump y acaba de cumplir 20 años de ser transmitida semanalmente en un anime realizado por Toei Animations. Yo la he seguido religiosamente durante, por lo menos, los últimos 13 años.

A mí, que me cuesta trabajo ser constante en lo que sea, me parece un milagro que en este mundo existan personas capaces de dedicarle tanto tiempo de su vida a una sola cosa. Es por eso que estoy constantemente fascinada por su creador, Eiichirō Oda. A veces me pregunto si lo que le costará a él no será más bien saber cuándo acabar, o si le asusta. Yo, que no sé ni empezar, puedo comprender bien ese miedo. Quizás todos nos aferramos de maneras distintas a lo que amamos, solo que en el caso de Oda eso ha desembocado en 20 años de trabajo continuo. Y en el mío, en un miedo irracional a que la gente se muera.

Carta a Eiichirō Oda 

 

Querido señor Oda, 

Su trabajo me encanta, lo he seguido durante tanto tiempo que creo que de pura constancia he ganado el derecho de llamarlo por su nombre, de soltar los honoríficos y dejarnos de formalidades. 

Así que, Eiichirō, debo decirte que One Piece me ha salvado la vida. Me ha salvado la vida de pura chiripa, realmente sin querer, como daño colateral. Soy el resultado de tus más de 20 años de trabajo. Lo sé, un tantito decepcionante.

Créeme que ni yo sé cómo tu trabajo se ha convertido en algo tan constante para mí, quizás de las únicas cosas realmente constantes en mi vida. Pero ahí estás y aquí estoy yo y quizás no te vea nunca ni tú llegues a leerme nunca porque no hablas español ni lees Tierra Adentro. Pero, Eiichirō, debes de estar muy loco o ser muy terco para seguir haciendo lo que haces. Quizás ambas. No dejes de dibujar nunca. No dejes de dibujar y yo no dejaré de leer. ¿Trato hecho?

 

Esto queda de mí 

 

“Háblame más de esa serie”, me dice mi terapeuta. Se me salió decirle que nunca he tenido una relación, de cualquier tipo, tan larga como la que tengo con One Piece. Nunca he sido tan constante con nada en mi vida como lo soy con Luffy y sus amigos. 

Me pregunta por qué y yo guardo silencio.

¿Cómo comenzar a entender lo que significa esa serie para mí? La respuesta sencilla es que no significa nada, que nada más la veo porque me gusta, que me cuesta trabajo ser constante, pero que he permanecido fiel con Luffy todos estos años porque la historia me parece bonita. Pero las respuestas sencillas normalmente son solo mentiras.

One Piece para mí es la felicidad de mi infancia, la angustia de mi adolescencia y lo que sea que estoy viviendo ahora. One Piece es una parte de mí que no quiero que se vaya nunca, aunque quizás ya lo ha hecho. Soy yo a través de los años, es la constancia que me gustaría tener para hacer cualquier cosa. También a veces es lo que sé de mí.

La verdad es que no recuerdo bien los inicios de mi adolescencia, pero sí las primeras temporadas de esa serie japonesa, lejana e infantil, y cuando intento recordar aquellos años es poco lo que llega a mi mente, pero cuando lo hago pensando primero en el episodio de One Piece que estaba viendo, todo me parece más sencillo, como si esa serie fuera la clave para recordarme. 

Quizás con los años es normal que se difuminen los días hasta convertirse en una masa de tiempo, pero a mis 24 no puedo dejar de pensar en que no es normal lo poco que recuerdo de mí. Sensaciones entremezcladas, colores, sonrisas, fragmentos de conversaciones, vómito, vacío y One Piece. Eso soy; eso queda. Y está bien.

 

Ilustración de Gueroguero

Ilustración de Güerogüero

Ojalá esto fuera la serie y yo fuera Luffy

Mi abuela se enfermó de cáncer de lengua cuando yo tenía quizás 12 años, falleció un año después. Del inicio de su enfermedad recuerdo algunas visitas a un doctor en medio de un lugar polvoso y lejano, una sala de espera, un olor dulzón, vitamina C y su sonrisa. 

Después hay un vacío del que no recuerdo nada. Sé que mi mamá comenzó a viajar a Oaxaca más seguido. Después compramos una cama y amueblamos una habitación de mi casa. ¿Fue antes o después de que muriera mi perro? Mi abuela se mudó con nosotros, debió de haber estado meses ahí, en mi memoria solo hay  tres días. 

 

 

Los tres días sin ningún orden específico

Día uno: Me corté el cabello y le fui a enseñar el nuevo estilo. Me siento horrible siempre, fea e inadecuada. Gorda todo el tiempo, sé que no estaba gorda, pero recuerdo la sensación de pesadez. Ella no puede hablar, pero sonríe. ¿En este recuerdo ya está usando la peluca? Escribe algo en un pizarrón. Aquí inserto algo que quizás no haya sucedido: escribe que me quiere.

 

Día dos: Mi abuela ríe. Suena una campanita que ella usaba cuando necesitaba ayuda, la oigo desde mi cuarto. Le subo a One Piece para no escucharla, cierro mi puerta para no verla. En este momento prefiero pensar en Luffy y el One Piece. 

 

Día tres: Estoy sentada junto a su cama. Mi mamá me dice que le ayude a ponerle crema en las manos y piernas. Me quedo sola con ella. Emite un olor dulzón, a sangre, a enfermedad. Le digo que la quiero, le digo que creo que es muy bonita, aunque no tenga cabello y no pueda hablar. Lloro, esta será la última vez en años que lo haga por algo verdaderamente importante. Me voy y no la vuelvo a ver.

 

Murió ese día, yo estaba en una pijamada en casa de mi prima, recibí una llamada la mañana siguiente, “Maca murió anoche”. Ahora pienso que quizás mi mamá sabía que mi abuela iba a morir ese día, creo que tenía miedo de que su muerte fuera tan horrible como habían pronosticado los doctores. “Una hemorragia”, “se ahogan en su propia sangre”, “una muerte horrible”. 

Mi abuela se quedó dormida y murió. Sin hemorragia, sin asfixia. Solo cerró los ojos. Era y después dejó de ser.

Yo también dejé de ser de cierto modo. No pude llorar su muerte sino hasta muchos años después. Me tragué el dolor y el dolor regresó en forma de vómito una y otra vez, seguiría regresando durante los siguientes años en lugar de llanto.

Ahora me dan náuseas cada vez que estoy triste.

Pero Luffy seguía ahí y seguía vivo. Luffy reía. Con él todo estaba bien, con Luffy sí podía llorar, aunque fuera por cosas tontas. Luffy me salvó la vida así. Solo existiendo y dejándome existir con él en un lugar en el que todo era distinto, en el que todo tenía solución. Donde no había abuelas muertas ni enfermedad, un lugar sin vómito ni vacío. Donde la trama es sencilla y el objetivo es claro: llegar a ser el rey de los piratas.

 

Carta a Eiichirō Oda II

 

Querido Oda, 

No sé cómo le has hecho para mantenerte firme en llevar a esta historia hasta su final por más de 20 años, tú, bestia magnífica del manga. Yo ya lo habría dejado. Yo nunca habría llegado al capítulo dos, habría abandonado a Luffy desde el inicio. Lo habría dejado flotando en el mar en el barril ese del que sale en el primer capítulo, sin Zoro, sin Nami, sin Sanji, Usopp, Chopper, Robin, Ace, Franky, Brook, y todos los demás. Sin haber vivido nada interesante jamás. Tambaleándose en un barril sobre las olas hasta el infinito.

Yo, que no puedo ni leer el mismo libro durante más de una semana, habría arruinado todo desde el principio por temor a llegar al final. 

Amado Eiichirō, eres el mejor de los dos, sin duda.

Esto queda de mí II

Le digo a la analista que quizás me siento representada en el personaje principal. Aunque bien pensado, Luffy y yo no nos parecemos realmente en nada y por algún motivo hablar de One Piece se siente demasiado personal, demasiado personal como para que lo escuche incluso mi terapeuta. 

Cuando me pregunta por qué, le digo que porque la he visto durante todos estos años. Que ese pedazo de industria japonesa me ha visto crecer, fallar y levantarme una y otra y otra vez. Que es mi amiga y me conoce bien y yo a ella. Con todos sus capítulos y canciones.

“Pero tú sabes que la serie no está viva, ¿verdad? Ella no sabe que tú la has visto tanto tiempo porque no es humana”

Caramba. Pues sí, sí lo sé, doctora Chelala, maldita sea, claro que lo sé. Pero he visto esa serie por tanto tiempo que algo así tenía que pasar, eventualmente tenía que cobrar vida en mi mente.

Me pregunta qué otros objetos inanimados o productos industrializados he humanizado. No quiero responderle que me da tristeza no comer todo lo que hay en mi plato por temor a que se ponga triste la comida que abandono, pero lo hago de todas formas. Parece ser que la palabra clave aquí es abandono.

Me pregunta por Luffy. 

Le digo que admiro su constancia. Lleva 20 años persiguiendo el mismo sueño, semana con semana (aunque para él, que está viviendo la historia, han de ser muchos menos). Le digo que me gusta porque no se da por vencido con las personas. Porque ve lo mejor en todos. Porque no abandona a nadie. Porque sigue creyendo en sus amigos aún cuando ellos no quieren que él siga creyendo en ellos. Porque es bueno y amable cuando nadie lo es. Lo acepto, le digo, te mentí antes, no me siento representada ni reflejada en él, pero me gustaría. Me gustaría creer tanto en mí como Luffy cree en sí mismo y en sus amigos.

Me pregunta, entonces, a quién me da miedo abandonar. 

Ilustración de Gueroguero

Ilustración de Güerogüero

 

Ojalá esto fuera la serie y yo fuera Luffy II

Mi hermana murió este año. El duelo ha sido un proceso confuso y doloroso que me ha revivido, inevitablemente, todos los demás duelos que vengo cargando. 

Recuerdo que cuando murió lo primero que pensé fue:

“Mierda, ya nada va a volver a ser igual de nuevo.”

Después me tomó semanas superar el haber sentido tanta molestia ante su muerte, ante la perspectiva de tener que volver a pasar por el proceso del duelo de nuevo. 

Lo cierto es que en ese breve momento de lucidez yo estaba en lo correcto. Nada volvió a ser lo mismo, pero había alguien que no había cambiado. Luffy seguía ahí, no lo había visto en meses y los días posteriores al funeral me hundí en horas y horas de One Piece. 

Luego recordé que a Luffy también se le había muerto su hermano y lloré por ese dibujo animado fabricado en Japón, con la voz de alguien completamente ajeno a mí y diseñado por la mano de un señor al que jamás conoceré en la vida. 

Lloré porque había que llorar, porque mi hermana había muerto, porque ya nada iba a ser igual nunca, porque me da miedo perder gente, porque no podía sentir más que nuestras pérdidas conjuntas, y porque como su hermano Ace, ella tampoco había sido mi hermana de verdad.

Le pedí perdón por haberme saltado los episodios en los que muere Ace, por llorar cuando se murió su barco más que cuando murió mi abuela, por todo lo que Oda lo hace sufrir.

Perdón, Luffy, por querer que al menos uno de los dos sea siempre invulnerable ante la pérdida y el dolor.

 

 Carta a Eiichirō Oda III

 

Querido Eiichirō,

He soñado cientos de veces con One Piece. He soñado tanto con eso que ya he perdido la cuenta hace tiempo. ¿Se te hace justo que haya soñado más con tu obra que con mi abuela?, ¿que pueda recordar cada uno de los 22 openings de tu serie de televisión con más facilidad que su risa? 

Eiichirō Oda, me da miedo que te mueras y se nos acabe One Piece a los dos. Ya estás viejito, Oda. Cuídate más. Toma vacaciones. 

 

Esto queda de mí III

Me da miedo abandonarme a mí, supongo. 

Doctora, me da miedo darme por vencida conmigo misma porque no soy constante con nada y eso me incluye a mí. La constancia lleva inevitablemente, algún día, a completar algo. A llegar a algo y a mí me da mucho miedo eso. Llegar a cualquier lado. Terminar lo que sea. Llegar y terminar son formas de morir. Yo ya no quiero que nadie se muera.

Ilustración de Gueroguero

Ilustración de Güerogüero

 

Carretera a Tailandia

Era de noche. En una camioneta viajaban mis dos tías con sus hijos, el esposo de una de ellas manejaba, iban también mis tíos abuelos, una amiga de la familia y la suegra de una de mis tías. Se habían ido de viaje a Tailandia. Tuvieron un accidente, murieron cuatro.

Me enteré en la clase de lingüística, era martes, mi mamá me llamó, de esa llamada solo recuerdo el “hubo un accidente”. Comencé a llorar al entrar al salón, cuando la maestra me preguntó qué pasaba solo pude repetir “hubo un accidente” y salí corriendo.

Llegué a mi casa quién sabe cómo. Con náuseas, llena de mocos y lágrimas. Las cosas tampoco volvieron a ser iguales después de eso.

Pero Luffy también estuvo ahí. Estuvo sin estar, tanto como puede hacerlo un dibujo animado que no sabe que existes. 

He entendido que la gente puede ser muy cruel ante las pérdidas ajenas y los procesos individuales de duelo. Una amiga me dijo sobre una de mis tías “¿Por qué estás tan triste, sí la veías mucho?” Mierda. Cómo que por qué. Porque esa señora me vio crecer y me enseñó a mezclar mayonesa con catsup. Porque me cambió los pañales y me quiso y yo la quise a ella. Porque se estampó en una carretera en medio de ningún lugar y ya no pude volver a verla o a escuchar su risa. Cómo que por qué.

Qué crueles podemos ser. Qué jodidos. Qué insensibles. Ante esa insensibilidad creo que prefiero ser como Luffy y ser amable cuando nadie es amable.

  

Luffy, no te acabes nunca

Me da miedo dejar de ver One Piece o que se acabe algún día. Sé que se va a acabar como sé que voy a morir, pero preferiría que no lo hiciera nunca. 

Querido Luffy, me gustaría que navegaras por siempre. Querido Oda, me gustaría que dibujaras por siempre y que pudieras seguirme acompañando en todas las etapas de mi vida. Acompañarme realmente sin hacerlo, solo existiendo ahí, en una playa en la que todo tiene solución y los malos pueden ser redimidos. En un lugar en el que no nos damos por vencidos con nadie.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ilustrador
Güerogüero
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fanzines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.
Alemanes del este y oeste reunidos en la puerta de Brandenburg, 1989, Wikimedia Commons

 

La historia está en las piedras. Yo tengo delante de mí una muy especial: fue parte del Muro de Berlín. Según me dijo el hombre que atendía la tienda donde la compré (al mismo precio que un llavero de oso con dos tarros de cerveza en sendas garras), provenía del lado occidental del Checkpoint Charlie, el famoso puesto militar ubicado entre las zonas de control norteamericana y soviética.

El vendedor y yo hablábamos un inglés rudimentario, algo que no afectó el intercambio comercial, aunque sí demasiado básico como  para compartir opiniones sobre la Guerra Fría, que en ese momento a ninguno nos interesaba. Además, su apatía tampoco me animó a preguntarle más. Ambos aceptamos el pacto respecto a la autenticidad de la piedra, respaldada con algunas expresiones de admiración en una lengua que no era la nuestra, lo que derivó en una escena tan falsa como la pintura en aerosol sofisticadamente deteriorada de lo que ya era un producto.

El vendedor solamente quería cobrar por ese trozo de hormigón; yo, en cambio, quería tener evidencia de mi estancia en Berlín. No podría decir que estaba seguro de lo que había comprado, como tampoco sería capaz de confirmar la existencia de un muro que dividía en dos a una ciudad entera. Al salir de la tienda tuve que aceptar, también con la historia, un pacto de credibilidad y confianza. Lo que había pasado había sido cierto, ¿o acaso no tenía una piedra de esa realidad en la mano?

En ese mismo viaje escolar entre compañeros conocí a un chico llamado Fritz. Vagaba por las calles cuando nos vio y corrió a presentarse. Era de nuestra edad. Buscaba amigos, nos contó al poco rato. Por más de dos horas caminamos juntos por la Alexandreplatz y los alrededores de la Pariser Platz, donde nos tomamos fotografías bajo la Puerta de Brandeburgo. Fritz hacía las veces de fotógrafo. Era alto, rubio y de sonrisa intimidante, lo que nos agradó aún más por contrastar con el resto de personas de expresión sombría que habitaba la ciudad a esas horas. Ninguno de nosotros desconfió de él, quizá por ser de los pocos jóvenes que habíamos visto en lo que llevábamos en Berlín.

Recuerdo haber notado esto y preguntárselo a Fritz más tarde. Dijo que en Alemania la gente envejece muy rápido. Alguien de nosotros aseguró que en México sucedía lo mismo, que no se sintieran tan especiales. Todos nos reímos y continuamos el paseo. Fritz nos llevó a donde queríamos. Al igual que con el vendedor de la tienda, nos comunicábamos con un inglés incierto, salvado únicamente por un vocabulario más agresivo y pujante.

Tanto Fritz como yo odiábamos el sistema de nuestro país, sin saber con seguridad qué demonios era el sistema ni por qué lo odiábamos. Uno de nosotros le mostró su propia piedra del Muro. A Fritz no le asombró demasiado y se limitó a apuntar con un dedo el Checkpoint Charlie, al que habíamos llegado después de una larga caminata. Le pedimos que nos tomara una foto, y Fritz accedió como siempre. Le prestamos las cámaras un momento y retrocedimos varios pasos hacia atrás. Yo no llevaba la mía, pero de llevarla no hubiera perdido demasiado. Mi auténtico tesoro lo cargaba en el bolsillo izquierdo de mi pantalón.

Personas reunidas en la puerta de Brandenburg, 1989, Wikimedia Commons

Personas reunidas en la puerta de Brandenburg, 1989, Wikimedia Commons

Cuando estuvo distanciado lo suficiente, Fritz corrió y no dejó de correr hasta que ninguno de nosotros pudo reconocerlo en los rostros huraños de quienes se negaban a brindarnos ayuda, la mayoría hombres y mujeres mayores que tampoco podían hacer demasiado. Corrimos sin rumbo por una ciudad que no era la nuestra. Éramos muy jóvenes para entender lo que había sucedido en esas calles, mientras que los viejos alemanes no entendían por qué unos chicos tenían que correr en vez de caminar tranquilamente.

El inglés fue mi tabla de salvación no por las pocas palabras que logré hilar con el vendedor y Fritz, sino por ser la lengua franca del dinero y el robo. El inglés abría un pasado hermético, del que la industria cultural ha hecho tanto dinero como versiones manidas de ese capítulo alemán. Incluso la verdad es materia rentable.

En el episodio de El precio de la historia dedicado al Muro de Berlín, a Rick Harrison intentan venderle una piedra idéntica a la mía. Sin embargo, el calvo vendedor asegura que una pequeña piedra no vale nada, sobre todo cuando, en la víspera del 9 de noviembre, había secciones del muro que cotizaban en dólares, una moneda que ganaba valor en proporción inversa al debilitamiento del régimen soviético. Los sectores más llamativos para el mercado fueron antes ilustrados por el artista pop estadounidense Keith Haring. El también activista había pintado murales enteros a manera de protesta en un muro que era histórico, aunque no necesariamente por lo que exhibía sino por lo que significaba para la historia mundial.

No hay duda de que la brocha de Haring ayudó al gobierno alemán a comercializar su propio muro de la vergüenza, el primero, por cierto, en una lista de barreras alzadas en el siglo XX y en lo que va del XXI. De haber sido parte de algún mural suyo, ¿mi roca habría costado más cara? Un poco de pintura famosa habría sido suficiente para encarecer su valor. En todo caso, de ser víctima de una estafa, ¿lo soy por aceptar lo que me vendieron o por cómo me lo vendieron?

Uno de los motivos por el que la República Democrática Alemana (RDA) tuvo que ceder a la presión internacional fueron las manifestaciones en su contra. Miles se congregaron el 4 de noviembre de 1989 en la Alexander Platz. Se trató de una manifestación pacífica a diferencia de las grietas y boquetes hechos con violencia durante esos días. El objetivo lucía más cerca de conseguirse. Había emoción y esperanza no solo por la alegría de ver a familiares después de 28 años distanciados, sino porque sabían que el muro se iba a caer. Wir wollen raus! (¡Queremos salir!) fue la proclama que encabezó todas las manifestaciones en las que no les importó maltratarlo, pintarlo ni hacerlo pedazos.

Más preocupados por proteger un armatoste de hormigón, los soldados mantenían a raya a los manifestantes y a quienes se atrevieran a tocarlo. Keith Haring fue arrestado varias veces por «dañar» el muro. Paradójicamente, gracias a él y a los miles de manifestantes que lo grafitearon, la historia del Muro de Berlín no habría sido suficientemente rentable para el gobierno alemán.

Mucho menos entenderíamos lo que, treinta años después, sucede en algunos países latinoamericanos como México, donde cientos de mujeres se han manifestado por los feminicidios cometidos en lo que va del 2019, o en Chile tras el autoritarismo de Sebastián Piñera, o en Honduras por las relaciones entre su presidente y el narcotráfico, o en Haití por el desabasto de gasolina. También Ecuador, Bolivia, Venezuela, Colombia y Argentina protestan contra sus respectivos gobiernos.

Al igual que los alemanes en 1989, ningún latinoamericano se ha tentado el corazón por destruir patrimonio nacional porque saben que, al igual que aquel muro, en algún momento el suyo también se va a caer. Cada país busca romper su propio muro, aunque no falta quien se preocupe más por las paredes y los vidrios rotos que por la justicia.

En la obra más famosa de Haring plasmada en el muro una serie de figuras humanas se entrelazan por medio de piernas y brazos representando con ello la unión, la solidaridad y la fortaleza como los valores presentes en ese aciago momento. Existieron más pintas, la mayoría eran grafitis con consignas libertarias a una o dos tintas. De pronto me doy cuenta de que no puedo refrenar mi instinto y decido googlear «Muro de Berlín fotografías a color». Cuando el buscador arroja los resultados comparo algunas imágenes. Busco huecos en la superficie retratada de color amarillo, naranja y morado, como un rompecabezas del que me siento parte de algún modo. Finalmente encuentro una foto con la tonalidad más parecida a la que tiñe mi piedra. En realidad, no estoy seguro de que sea el rompecabezas al que mi trozo complete. De hecho, ahora que lo pienso, me estoy aferrando a una imagen de la que solo poseo un fragmento del que tampoco tengo plena certeza de su autenticidad, pero que sé que existe porque lo tengo en las manos.

La historia está en las piedras. Sin ellas no hay registro de lo que fue y se cayó, del pasado que, hoy por hoy, amenaza con volver.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Ilustración por Güerogüero

Cuando se piensa en íconos de la cultura es casi inevitable encontrar rizomas. Si bien algunos son simples divertimentos cuyo placer está en el artificio o en la libre asociación de ideas, en otros es posible encontrar vasos comunicantes, coincidencias y causalidades que van más allá de la anécdota y ayudan a delinear el devenir de una obra de arte, un producto cultural o un momento de nuestro siglo.

En Mad about you (1992-1999), comedia estadounidense protagonizada por Helen Hunt y Paul Raiser, Jamie y Paul, personajes interpretados por los ya mencionados actores, parodian el juego de los “Seis grados de Kevin Bacon”. Este tiene su origen en una entrevista en la cual el reconocido actor de Footlose declara que ha trabajado con todos en Hollywood o con alguien que ha trabajado con ellos. Se cuenta que estudiantes del Albright College inventaron el juego que incluye a Kevin Bacon en 1994, aunque es una variante de la propuesta de seis grados de separación entre una persona y cualquier otra en el mundo, bosquejada por el húngaro Frigyes Karinthy —padre, a su vez, del autor de la novela Metrópolis, Ferenc Karinthy en su cuento “Cadenas”, de 1929:

 

Uno de nosotros sugirió elaborar el siguiente experimento para probar que la población de la Tierra está más cercana entre ella que lo que nunca había estado. Teníamos que elegir a una persona de los 1.5 billones de la Tierra —cualquiera, de donde fuera—. Apostó que, sin usar más de cinco individuos, uno de ellos alguien cercano, podía conectarse con el individuo seleccionado usando nada más que una red de conexiones.

—Intentémoslo. ¿Cómo podría conectarse con Selma Lagerlöf?

—De acuerdo, Selma Lagerlöf —contestó quien propuso el juego—. Nada podría ser más sencillo.

Y en dos segundos dio la solución.

—Selma Lagerlöf acaba de ganar en Premio Nobel de Literatura, así que conoce al Rey Gustavo de Suecia, quien, por regla, es quien tuvo que haberle dado el premio. Es bien sabido que el Rey Gustavo adora jugar tenis y participa en torneos internacionales; ha jugado con el Señor Kehrling, así que deben conocerse. Y resulta que yo mismo también conozco bastante bien al Señor Kehrling.

Quien había propuesto el juego era un buen jugador de tenis.

—Todo lo que necesitamos en este caso fueron dos de cinco vínculos. No es nada sorprendente si consideramos que siempre es más fácil encontrar a alguien que conozca a una persona famosa o popular que a alguien común y corriente, a alguien insignificante. ¡Vamos! Pídanme uno más difícil qué resolver.[1]

 

Así, cuando se habla de Bram Stoker, y más específicamente de su novela toral Drácula, los rizomas pueden desplegarse desde nuestra Lupita Tovar, protagonista de la película Santa, adaptación de la novela homonima del insigne Federico Gamboa, hasta Kevin Bacon. Sin embargo, antes de estas libres asociaciones, es necesario encontrar el puente que va desde el sueño de una noche de verano hasta la publicación de Drácula, el 26 de mayo de 1897.

Ilustración por Güerogüero

Ilustración por Güerogüero

Si bien la figura del vampiro —se sabe de sobra— ha estado presente en distintas mitologías y culturas a lo largo de los siglos, se podría rastrear su configuración actual —o cuando menos, la más cercana a estos tiempos actuales, más allá de la quintaesencia encarnada en Vlad Tepes— hasta el 16 de junio de 1816, en Villa Diodati, en donde cuatro egregios personajes leyeron Fantasmagoriana, un compendio alemán de historias de terror editado un par de años antes, así como Christabel, de Samuel L. Coleridge: George Gordon, a quien la historia lo recordaría como Lord Byron, Percy Byshee Shelley, Mary Wollstonecraft Godwin y John William Polidori. Los últimos pergeñaron durante esa mítica noche lo que serían dos de los relatos fundacionales de la literatura universal: Frankestein o el moderno Prometeo y El vampiro. En letras de Bernardo Ruiz —en un monólogo que rememora aquel encuentro tenebrosamente gozoso y que presentó junto a Rosa Beltrán, como Mary Wollstonecraft, a Hernán Lara Zavala, como Percy Byshee y a Vicente Quirarte, como Lord Byron, dirigidos por Eduardo Ruiz Saviñón por iniciativa de Cultura UNAM, en 2016—:

 

El 16 la he pasado en cama escuchando la lluvia. […] El guante de Byron cayó en la mesa con el reto para todos de escribir un relato con temas terrorífcos durante los próximos días. [A las seis de la mañana dejé para siempre Villa Diodati, Cologny, Ginebra, aquel lago magnífico, y aquellas montañas de Jura, que llevaré siempre conmigo, junto con mi angustia; y, tatuado con fuego en la memoria, el recuerdo del juramento al vampiro que en adelante nunca me abandonará.[2]

Así, el primer vampiro como lo conocemos, nació de la pluma de un “cirujano cejijunto, de aspecto mediterráneo, inquisidor y cordial, cuya finalidad es convertirse en una aburrida celebridad”[3], y comenzaba a delinearse el que sería uno de los personajes más célebres para el arte del siglo veinte con el relato publicado en abril de 1819, en New Monthly Magazine, en Inglaterra. Sin embargo, el de Polidori no fue el único atisbo, junto a él perviven Varney the Vampire or the Feast of Blood, que dibujaría muchas de las cualidades vampíricas que conocemos, Carmilla, de Sheridan Le Fanu, publicada en The Dark Blue, y The Vampire, de Jan Neruda, éstos últimos publicados en 1871 —aunque la primera traducción del relato de Neruda, del checo al inglés, se publicó bien entrado el siglo veinte, en 1920—. Del primero, Varney the Vampire, puede decirse que durante mucho tiempo se le atribuyó a Thomas Preskett Prest, aunque actualmente se sabe que la coescribió junto a James Malcolm Rymer, y de esta complicidad nació también Sweeney Todd, el célebre personaje que fue llevado al cine por primera vez en 1926 y encarnó en una versión musical dirigida por Tim Burton en 2007.[4] En cuanto a Carmilla, está considerada como una historia prototípica del erotismo del vampiro, característica que será recurrente en advocaciones posteriores, aunque en este caso es sugerentemente lésbico; la inclinación de Laura, la narradora, por Carmilla, y considerando el contexto de la historia, es vista como “impura”, y ella misma siente repulsión por sentir ese “ardor en el pecho”. Las visitas de Carmilla a la habitación de Laura son breves y estremecedoras:

 

La creatura se movía cada vez más rápido, y el cuarto se ensombrecía tanto que al fin quedó oscurísimo y no podía ver otra cosa que los ojos del animal. Lo sentí subir a mi cama, suavemente, de un brinco. Los dos grandes ojos se acercaron a mi cara, y pronto sentí un intenso dolor, como si dos largas agujas, separadas por una pulgada o dos, penetraran hondamente en mi pecho. Me desperté con un grito. La alcoba estaba iluminada por la lámpara que estaba encendida siempre durante toda la noche. Observé una figura femenina de pie cerca de la cama, un poco a la derecha. Llevaba puesto un vestido largo y suelto, y sus cabellos caían sobre los hombros. Quedaba inmóvil, como un bloque de granito. No se le notaba siquiera el más mínimo movimiento, como el que hace una persona al respirar. Mientras la miraba fijamente, la figura parecía haber cambiado de lugar. Estaba más cerca de la puerta, Luego, junto a ella. Y entonces la puerta se abrió y ella se fue.[5]

 

Es de resaltarse que en este relato ya están dadas por sentado muchas de las tipologías con las que se identifican estas historias:

 

Sus miembros eran perfectamente flexibles, la carne elástica y el cuerpo dentro del ataúd de plomo estaba inmerso en un baño de sangre de siete pulgadas de profundidad. Se presentaban, entonces, todos los reconocidos signos y pruebas del vampirismo. Acto seguido, en cumplimiento de las antiguas prácticas, levantaron el cuerpo y clavaron en su corazón una estaca con punta de lanza. Ante eso, la vampiresa emitió un penetrante alarido.[6]

 

Ilustración por Güerogüero

Ilustración por Güerogüero

De este modo, aunque estas historias ya convivían en el imaginario cultural de la gente, la necesidad de reinventar el mito y vestir al vampiro con los demonios propios llevó a que se escribieran durante el siglo diversos acercamientos a la figura hematófaga, como el ya mencionado The Vampire, de Jan Neruda. En este, el vampiro es materializado de un modo distinto; apenas y se sugiere su carácter sobrenatural. En la contemplación del paisaje y en la anécdota, que en ocasiones pareciera fútil, se introduce un griego, un artista, como piensan de él quienes lo acompañan. Quizás sea que el personaje del vampiro se había trasladado a un estado más allá de la sangre y los colmillos y las estacas; comienza entonces a ser aquel ente que está entre nosotros y apenas y se pueden advertir ciertas señales de su origen.

 

No debo olvidar que, cuando estábamos cerca del puente de madera que va de Green Horn a Constantinopla, un griego, un hombre muy joven, se unió a nosotros. Era, probablemente, un artista, a juzgar por el portafolio que cargaba bajo el brazo. Llevaba el cabello negro y largo sobre los hombros; sus ojos oscuros se hundían profundamente en su rostro pálido. Desde el primer momento me interesé por él, especialmente por su amabilidad y por su conocimiento de la isla.[7]

 

Aquí, el griego de Neruda prefigura al Conde de Stoker. La primera impresión de Jonathan Harker ante el recibimiento del Conde está escrita en el diario, que será el medio por el que se conozca la historia. La palidez los une, de la misma manera que el cabello abundante. Aunque evidentemente sean personajes con funciones distintas, no puede dejar de emparentarse los textos mencionados líneas antes con la novela del irlandés. En Carmilla, la vampiresa no come nada ante los ojos de Laura ni de su padre; en Drácula, el Conde se excusa de acompañar en la cena a Jonathan porque no lo acostumbra; en ambas historias, los colmillos, aunque veladamente, están presentes; en The Vampire, como ya se ha dicho, es la apariencia y el porte lo que los hermana. En Drácula, la descripción del Conde:

 

Su perfil era fuertemente aguileño y el puente de su delgada nariz era alto, con fosas nasales muy arqueadas de modo peculiar; su frente era alta y prominente, y su pelo muy abundante pero escaso en las sienes. Cabello en torno a las sienes. Sus cejas casi se juntaban sobre la nariz y eran rizadas y espesas. La boca, por lo que de ella pude ver bajo el enorme bigote, tenía una expresión rígida que le daba un aire de crueldad, con blancos dientes, extraordinariamente puntiagudos, que entresalían de sus labios, cuyo encendido color indicaba una insólita vitalidad para un hombre de su edad. Por lo demás, sus orejas eran pálidas y terminaban en punta, su mentón era amplio y fuerte y sus mejillas, aunque enjutas, eran firmes. Su rostro daba la impresión de una extraordinaria palidez.[8]

 

Bram Stoker retoma la tradición esbozada líneas antes, pero la dota de verosimilitud porque, como apunta Vicente Quirarte, “Stoker sistematiza los elementos del monstruo y los vuelve plausibles”. El profundo conocimiento de Bram Stoker de su tiempo —el siglo XIX y la luz del método científico— le permite que el aura espectral del Conde, plena de pormenores y señas, devenga estrafalaria. Su pensamiento atravesado por la ciencia le permite no perder atención a las particularidades que hacen de la novela un descenso hacia la obscuridad del que el lector no puede escapar, simplemente porque en cada descripción está la vida misma. Sea, quizás, esta meticulosidad que caracterizaba a Stoker la que lo llevó a escribir, en 1910, su libro Famosos impostores, en donde da cuenta no solo de su inclinación hacia el saber sino que devela un tanto de su propio proceso escritural: “La creencia en la existencia de las brujas, pese a que aún hoy sobrevive en nuestro país, nos brinda buenos ejemplos […] pues en la mayoría de los casos debemos imputar a las supersticiones de la sociedad el que se atribuyesen poderes malignos a personas inocentes”.[9] Así, Stoker constituye a sus personajes bajo esta premisa: el discurso certero y la arquitectura de una ficción sostenida en la certeza del pensamiento. Por ejemplo, en La joya de las siete estrellas, publicada originalmente en 1903, Abel Trelawny, egiptólogo que pretende resucitar a la diosa Tera, preconiza el saber y más aún, atiza nuestro desconocimiento de nuestra propia ignorancia:

 

Hablemos ahora de esta caja de piedra, que llamamos el cofre mágico. Como dije antes, estoy convencido de que solamente abre en obediencia a algún principio de luz o al ejercicio de alguna de sus fuerzas, que actualmente nos es desconocida […] En unos cuantos años hemos hecho descubrimientos que hace apenas dos siglos habrían sido el pasaporte a la hoguera para sus descubridores. La licuefacción del oxígeno; la existencia del radio, del helio, del polonio, del argón; las diferencias entre los poderes de los rayos X de Roentgen, los rayos catódicos y los rayos radioactivos de Becquerel. Cuando finalmente podamos probar que hay diferentes clases y cualidades de la luz, encontraremos tal vez que la combustión tiene sus propios poderes de diferenciación, que algunas flamas tienen cualidades que no existen en otras.[10]

 

A lo largo de las trece novelas publicadas, sin contar sus libros de relatos, Bram Stoker ofreció un universo en donde nada humano le era ajeno, y ese conocimiento le permitió articular historias que, hasta la fecha, siguen fascinando a los lectores. La permanencia del personaje del Conde es evidente en las innumerables versiones cinematográficas, literarias, amén de las representaciones pictóricas que se han sucedido desde aquel lejano 1897 hasta nuestros días. Baste mencionar, por ejemplo, que Carlos Fuentes escribió Vlad, como un intento de apropiarse de una historia que se comparte en la memoria literaria. Sin embargo, un autor como Stoker, con una legión de fervientes lectores y de estudiosos de su obra, es inagotable. Entre la libre asociación de ideas y los vasos comunicantes, así como las coincidencias que se pueden encontrar en su obra, también están aquellas ideas que responden más a las ansias del lector que al autor mismo.

Ilustración por Güerogüero

Ilustración por Güerogüero

En 2017 se publicó en inglés Powers of Darkness: The Lost Version of Dracula. La premisa de esta edición es simple: el editor islandés Valdimar Ásmundsson publicó, a partir de enero de 1900, en el periódico Fjallkonan, la novela Makt Myrkranna —literalmente, los poderes de las oscuridad—, que parecía ser la traducción de Drácula al islandés. Esta edición incluía un prólogo del mismo Bram Stoker y permaneció oculta —porque las barreras geográficas y lingüísticas con Islandia parecieran insalvables— hasta que el investigador Hans de Roos, por mediación de Richard Dalby, encontró que esta edición era muy distinta al Drácula original. En la versión islandesa, la extensión es mucho menor; el epistolario de la segunda parte no existe y tiene diferencias argumentales importantes; por si fuera poco, nuestro conocido Jonathan Harker lleva por nombre Thomas Harker; si bien pareciera un detalle insignificante, como escribió Borges, “el nombre es el arquetipo de la cosa”.

Más allá de que el descubrimiento en sí mismo de esta traducción es fascinante, por el simple hecho de ver la inmortalidad del personaje en una esfera inusitada —Islandia—, la rapiña de la mercadotecnia llevó a Penguin Random House, la dueña de Ediciones B, a anunciar su edición en español diciendo que: “Ásmundsson no solo tradujo Drácula sino que, con la ayuda del propio autor, escribió una versión distinta de la historia, con nuevos personajes y una trama totalmente reconstruida. Más corta, más oscura y más erótica, esta obra escrita a cuatro manos se tituló Makt Myrkranna (Los poderes de la oscuridad)”.[11] Sin embargo, en la introducción del mismo libro se cuenta que no hay pruebas de un intercambio entre el islandés y Stoker, además, el prólogo bien pudo ser una versión anterior a la publicada en Londres en 1897, es decir, no fue escrito ex profeso, y junto a la presencia como autor del prefacio que acompaña a esta edición de Dacre Stoker, que trabaja de tiempo completo como sobrino nieto de Bram, pone en entredicho, por decirlo suavemente, que haya sido escrita a “cuatro manos”. Más bien parece ser un intento más por aprovecharse de la obra de un escritor, del mismo modo que le sucedió, entre otros, a Alexandre Dumas, cuando se publicaron continuaciones apócrifas como La hija de Porthos o La mano del muerto.

Lo cierto es que los puentes que pueden tenderse alrededor de una figura como Bram Stoker son inagotables, así como los rizomáticos desatinos prometidos al principio de este texto, por ejemplo: George Melford dirigió en 1931 Drácula, una versión hispanoamericana de la película del mismo nombre de Tod Browning, que fue la primera adaptación cinematográfica del personaje de Stoker.

La versión de Melford se filmó simultáneamente en los mismos sets que la película anglosajona y tuvo como protagonista a Lupita Tovar, quien protagonizó, como ya se dijo y el mismo año que Drácula, la inolvidable adaptación de Santa, de Federico Gamboa. Lupita Tovar, a la postre, sería abuela de Paul y Chris Weitz, quienes dirigieron la película About a boy, de 2002, protagonizada por Nicholas Hoult y Hugh Grant, que a su vez había hecho, en 1988, The lair of the white worm, adaptación de la novela del mismo título de Bram Stoker, escrita en 1911. Y por si fueran pocos estos estrambóticos lazos, Nicholas Hoult actuó en X-Men: First Class junto a Kevin Bacon.

 

 


 

[1] Frigyes Karinthy, “Chains-Links”, en https://djjr-courses.wdfiles.com/local–files/soc180%3Akarinthy-chain-links/Karinthy-Chain-Links_1929.pdf [Consultado el 1 de octubre de 2019].

[2] Bernardo Ruiz, “John William Polidori”, en El nacimiento del monstruo. Verano de 2816 en Villa Diodati, México: UNAM, 2016, pp. 43-52.

[3] Id.

[4] Si bien, la película de 1926 está considerada como perdida, al igual que London After Midnight, dirigida por Tod Browning y protagonizada por Lon Chaney, y cuyo tema también es el vampiro. Augusto Cruz García-Mora retoma esta anécdota para escribir, con fortuna y pericia, su novela Londres después de medianoche. (México: Océano Express, 2012, 311 pp.)

[5] Sheridan Le Fanu, Carmilla [Traducción de Joe Broderick], Bogotá: idartes, 2014, pp. 80 y 81.

[6] Íbid., p. 151

[7] Jan Neruda, “El vampiro” [Traducción de Jesús Francisco Conde de Arriaga], en Casa del tiempo, vol. VI,  época IV,  número 73, noviembre 2013, pp. 66 – 69.

[8] Bram Stoker, Drácula [Traducción de Manuel Núñez Nava], México: Conaculta, 2002, p. 37.

[9] Bram Stoker, Famosos impostores [Traducción de Albert Fuentes], Barcelona: Melusina, 2009, p. 14.

[10] Bram Stoker, La joya de las siete estrellas [Traducción de Manuel Núñez Nava], México: UAM, 2008, p. 249.

[11] https://www.penguinrandomhouse.com/books/576321/los-poderes-de-la-oscuridad-powers-of-darkness-the-lost-version-of-dracula-by-bram-stoker-valdimar-asmundsson-hans-corneel-de-roos/ [Consultado el 2 de octubre de 2019].


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Ilustrador
Güerogüero
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fazines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.