Tierra Adentro
Ilustración de Etel Castrejón.

 

 

 

A media noche, aterrado, débil y ponderando

extraños tomos de vetusto folclor olvidado— 

se mecía mi cabeza, casi en siesta, cuando una aldabada

sonó, como de alguien llamando a la puerta de mi habitación.

“Una visita,” murmuré, “llamando a mi habitación— 

solo eso y nada más.”

 

Fue en el gélido diciembre, lo recuerdo 

y cada agonizante braza arrojaba sobre el suelo su fantasma.

Ansiaba del alba la llegada;— en vano buscaba

que en los libros el dolor se disipara— dolor por Leonora perdida— 

ella, única y radiante, a quienes los ángeles tienen por nombre Leonora— 

sin nombre aquí, ya, por siempre.

 

Y el sedoso bisbiseo incierto de cada púrpura cortina

me inquietaba— me llenaba de fantásticos terrores jamás soñados;

por eso ahora, al ritmo ansioso de mi corazón, me repetía

“Es solo una visita insistiendo entrada a mi habitación;— 

solo eso, nada más.”

 

Acto seguido se fortaleció mi alma; sin titubear un segundo más,

“Caballero,” dije, “o dama, imploro me disculpe;

pero la cosa es que dormía, y tan gentilmente vino a aldabear,

tan levemente vino a tocar, a tocar a la puerta de mi habitación,

que no sabía si le había escuchado o no”— y la puerta abrí de golpe.

Frente a mí solo oscuridad, nada más.

 

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón

 

Un largo tiempo las sombras frente a mí miré absorto, preguntándome, temiendo,

dudando, soñando lo que ningún mortal habíase atrevido a soñar;

pero el silencio no rompía y la calma no cedía,

y la única palabra ahí pronunciada fue el susurro, “¡Leonora!”,

esto susurré, y un eco susurro de vuelta “¡Leonora!” — 

Solo esto, y nada más.

 

De vuelta a mi lar giré, mi alma a llama viva,

y pronto escuché otra vez aldabadas, con más convicción que la vez anterior.

“Seguramente,” dije, “seguramente hay algo en el enrejado de mi ventana:

veamos, entonces, qué hay ahí y exploremos este misterio— 

que mi corazón se detenga un momento y exploremos este misterio— 

Es el viento, nada más.”

 

Abierto dejé el postigo cuando, en aleteo altivo,

se filtró desde sagrados días arcaicos augusto cuervo,

que sin reverencia ni minuto de retraso,

con apariencia de hombre y de mujer se asentó sobre mi puerta— 

se asentó sobre un busto de Pallas sobre mi puerta— 

se asentó, reposó y nada más.

 

Ilustración de Etel Castrejon

Ilustración de Etel Castrejon

 

De ébano esta ave embrujó una sonrisa a mi tristeza

con su grávido y severo semblante.

“Pese a que tu cresta esquilada y trasquilada está, tú”, dije, “no eres cobarde,

tétrico cuervo adusto y ancestral, traído del litoral de la Noche— 

Dime cuál es tu nombre en el litoral de la Plutónica Noche!”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

Cuanta maravilla me causó escuchar al ave discurrir tan claramente,

aún si su respuesta poco sentido— poco significante fuera;

pues menester es decir que ningún otro ser humano

fue bendecido jamás imagen tal de pájaro sobre puerta— 

ave o bestia sobre el tallado busto sobre la puerta,

con nombre tal de “Nuncamás.”

 

Más el cuervo sentado solo sobre el plácido busto lanzó solo esa palabra,

como si su alma en dichas sílabas se vertiera.

Nada después comentó— ni una pluma aleteó— 

Hasta que en poco más que un susurro dije, “otras amistades el vuelo han emprendido— 

A la mañana él me dejará, como mis esperanzas.”

Luego dijo el ave, “Nuncamás”.

 

Sobresaltado por tan apta respuesta, que la calma rompió,

“Sin duda,” dije, “lo que dice es su único saber,

fruto del contagio suscitado por un amo miserable a quien desastres

fugaces le seguían hasta que en su melodía la melancolía brotó,

hasta que en las barcas de su Optimismo la melancolía 

de un “Nunca— nunca más” brotó.

 

Más el Cuervo aún embrujaba a mi tristeza una sonrisa,

una silla y un cojín conduje hasta ave, y busto y puerta;

y ya sobre el terciopelo, me dediqué a enlazar

fantasía con fantasía, pensando en lo que el ominoso cuervo antiguo— 

Lo que este severo, desairado, macabro, demacrado y ominoso cuervo arcaico

quería decir con “Nuncamás”.

 

Esto desde mi asiento cuestionaba, sin expresar una sílaba 

al ave cuyos ojos-brasas dejaban quemaduras en el núcleo de mi plexo pectoral

Esto y más me cuestionaba, con mi cabeza reclinada

sobre el terciopelo del cojín que la luz de lámpara bañaba

Más cuyo violeta terciopelo a la luz de lámpara bañándose 

ella sentirá, ah, nunca más!

 

Luego, creo, se densificó la atmósfera, bañada por invisible botafumerio

de lado a lado por Serafines balanceado, con pisadas pizcas sobre el alfombrado,

“Miserable”, bramí, “tu dios te ha prestado— con estos ángeles te ha enviado

descanso— descanso y nepente para tus memorias de Leonora!

Sorbe, oh sorbe el amable nepente y olvida a la incurable Leonora!”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

“¡Profeta!” dije, “ser del mal— profeta aún, si ave o diantre!— 

Si El que tienta te envió, o si la tempestad a esta ribera arrojó,

desolada más impávida, esta baldía tierra encantada— 

a este hogar por el horror asediado— dime verdadero, te lo imploro— 

existirá— existe acaso en el monte de la alianza el bálsamo?—¡Dime, dime, te lo imploro!”

Cito al cuervo, “Nunca más.”

 

“¡Profeta!” dije, “ser del mal!— profeta aún si ave o diantre— 

Por los cielos que sobre nosotros doblan— por ese Dios de nuestra adoración— 

Di a esta alma de pena cargada si, en el perímetro del Aidén

se encuentra la doncella sacra que los ángeles llaman Leonora— 

si está ahí la única y radiante, a quienes los ángeles tienen por nombre Leonora.”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

Ilustración de Etel Castrejón

Ilustración de Etel Castrejón

 

“Que sean esas palabras nuestra partida, demonio o ave,” yo exclamé, trastornado— 

“¡De vuelta vuela a la tempestad, al litoral Plutónico de la Noche!

¡No dejes ni una negra pluma como evidencia de la mentira proferida!

¡Déjame en mi soledad inquebrantada! —deja el busto sobre mi recámara!

¡Retira tu pico de mi corazón, despeja tu forma de mi puerta!”

Cito al Cuervo, “Nuncamás.”

 

Y el Cuervo, sin revolotear, sigue posado, sigue posado

sobre el pálido busto de Pallas justo sobre la puerta de mi habitación,

y sus ojos son los de un demonio en sueños,

y la lámpara sobre él lanza su sombra hacia el tapete;

y mi alma de esa sombra que sobre el suelo flota,

¡se levantará— nunca más!


 

 


Autores
(Estados Unidos, 1809-1849) Fue un poeta, narrador, editor y crítico literario, cuyos relatos cortos y poemas fueron especialmente determinantes en el contexto de la literatura decimonónica.
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Ilustrador
Etel Castrejón
(Colima, 1991) Estudió en el Instituto Universitario de Bellas Artes de Colima, con la especialidad en pintura. Se mudé a la ciudad con la finalidad de encontrar más oportunidades de crecimiento. Ha desarrollado el dibujo a través de diversos diplomados. Actualmente maneja su marca, ETEL.

Todo el día, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.

Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, y mujer y marido, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.

El padre, desolado, acompañó al médico afuera.

—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido. Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.

—¡Sí…! ¡sí…! —asentía Mazzini—. Pero dígame; ¿Usted cree que es herencia, que…?

—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.

—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.

Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.

—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.

Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:

—De nuestros hijos, ¿me parece?

—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.

Esta vez Mazzini se expresó claramente:

—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?

—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo…! ¡No faltaba más…! —murmuró.

—¿Qué, no faltaba más?

—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.

Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.

—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.

—Como quieras; pero si quieres decir…

—¡Berta!

—¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.

Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.

—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces…?

—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.

Ella se sonrió, desdeñosa:

—¡No, no te creo tanto!

—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti… ¡tisiquilla!

—¡Qué! ¿Qué dijiste…?

—¡Nada!

—Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!

Mazzini se puso pálido.

—¡Al fin!— murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!

—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!

Mazzini explotó a su vez.

—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!

Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación… Rojo… rojo…

—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.

Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!

Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.

Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse en seguida a casa.

Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Suéltame! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.

—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.

—Mamá, ¡ay! Ma…

No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.

—Me parece que te llama —le dijo a Berta.

Prestaron oído inquietos pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!

Nadie respondió.

—¡Bertita! —alzó mas la voz ya alterada.

Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.

—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.

Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso conteniéndola:

—¡No entres! ¡No entres!

Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.


Autores
(Salto, 1878 – Buenos Aires, 1937) destacado narrador uruguayo ha sido considerado creador del cuento moderno hispanoamericano.
Ilustración por Liz Dot

Pretendo que los rayos no me asustan. Por la ventana veo llover a cántaros. Cubetadas de agua hacen de las calles ríos. Es la temporada. Finales de junio, verano, el verde y dulce verano. Son vacaciones y no puedo salir a la calle porque las tormentas no terminan por deshacerse. Llevamos cuatro días con lluvia. Mi familia está preocupada. Hay quien se ha puesto histérico. Mis amigas me llaman para saber cómo estoy, qué opino de la lluvia, de Juan Alonso, del profesor de álgebra, del de comercio, de mis compañeros con rostros como de ratas pálidas o castores lujuriosos. No estoy interesada. Se los he dicho a mis amigas. No me interesa el sabor de sus lenguas viscosas. No quiero besos, mucho menos lo que sigue.

No por ahora. Claro que soy normal, es sólo que me parecen repugnantes. Y la lluvia no me ha convertido en una niña vulgar y aburrida pensando idioteces, provocando problemas, o haciendo cosas que no quiero hacer tan sólo para retarme a mí misma y castigar a mi amado papito por no haberme cumplido mi capricho número setecientos setenta y siete de la temporada.

Me apena tener a las amigas que tengo. Pero me apenaría más no tener ninguna. No es algo que haya decidido yo. Es algo que ha sido determinado de esta manera. Yo fluyo con las reglas, con la estructura del mundo. Me acomodo perfectamente. No tengo enemigas, ni tampoco grandes amigas juradas del alma. Me alegro, esas son las peores. Mantengo, sin embargo, las relaciones necesarias, los besos hipócritas, las confesiones interesantísimas sobre quién le puso el cuerno a quién y con qué sujeto.

Yo misma me muero por tener un poco de acción romántica, o sexo duro. No me hago ilusiones con el amor, con los chicos perfectos o con los príncipes que me protegerán del mal del mundo con un escudo floreado mientras cabalgan sobre un unicornio. Tampoco soy una puta. O quizá lo sea. No me he dado la oportunidad. No tengo nada en contra de las mujeres que dan su chocho a cualquier pene que se les ponga en el camino. Si una disfruta, si a una le gusta, pues adelante, que para eso tenemos nuestros botoncitos. ¿Por qué entonces no me he permitido acercarme a la promiscuidad si no creo en lo contrario?

No lo sé: discusiones vanas, temas demasiado comunes, o soy una mujer enferma, un caso de esos raros, extraños, porque me falta un gen o soy frígida, o mi mente está en otro lugar muy lejano, ajeno a todo el transitar vulgar del mundo.

Nunca he sentido una lengua en mi coño. Me gusta la palabra coño. No me gusta la palabra virgen. Y no ha habido una lengua en mi coño porque no me interesa. Eso me hace una virgen. No tiene sentido pero, ¿a quién le importa? A mí me preocupan otro tipo de lenguas.

Las lenguas muertas.

Ilustración por Liz Dot

Ilustración por Liz Dot

Mi abuela es la contadora de historias de la familia. Migrante italiana, aún habla algunos de los dialectos del centro de la península. Umbría, su lugar de nacimiento; Nápoles, donde vivió un tórrido romance con un playboy mentiroso e infiel; Sicilia, donde aprendió a cocinar como lo hace, con un toque único, casi espiritual. Después migró por razones que nunca ha querido decirnos. Papá es el único al que le ha contado un poco de sus motivos, algunos demasiado disparatados como para ser ciertos, según él.

Yo admiro mucho a mi abuela, es una mujer fuerte, tenaz, de voz imponente y cantarina. Sabe tantos secretos de la cocina como de la vida, los hombres, las mentiras y las pasiones. Y da gusto cuando empieza a tomar porque se le va la lengua. Empieza a contar romances de juventud, historias políticas o de terror. Cuando la abuela se fue de Italia llegó a Argentina; era lo más sencillo. Ya había un grupo enorme de exiliados. Se hizo con las costumbres argentinas, cocinó, vivió, amó y se largó a México, donde finalmente conoció a mi abuelo.

El abuelo murió pronto. No llegué a conocerlo, y los recuerdos de mi padre no son demasiados. Era un hombre aparentemente ausente, frío y controlador. Nadie entiende por qué la abuela se juntó con él. Se lo he preguntado y solo me ha respondido con sonrisas. Me ha dicho también que aún no lo entiendo, pero que llegará un día en que lo haga. La abuela habla de historias muy viejas, dignas de ser relatadas en las lenguas antiguas, las lenguas muertas, condenadas al olvido.

La abuela me atemoriza, pero a la vez siento que es la única que realmente me comprende. Ella sabe cuán curioso me parece el sexo, y estoy segura de que sabe qué tipo de perversas imágenes abarrotan mi cabeza. Entiende por qué no estoy interesada en iniciarme ahora. No ha llegado con quién pueda hacerlo. A mi alrededor sólo hay palurdos, niños imbéciles con videojuegos metidos en sus cabezas vacías. No saben aún de los placeres sutiles, de los placeres profundos, de los placeres perversos.

Mi abuela me palpa las piernas, me nalguea y ríe extasiada, señalando mis atributos y alegrándose por mí. Me asegura que disfrutaré demasiado, y que haré disfrutar a muchos hombres también. Pero debo ser paciente, que para algo tan especial no hay que apresurarse. No se la cogen a una mientras corre, ¿verdad?

Me pregunto muchas cosas sobre ella, sobre su vida anterior, las cosas que ha visto. Hay marcas en su mirada, son tan palpables como su rostro lleno de arrugas, y es tan sutil como suave es su piel. Mi abuela sabe demasiado, no sólo del sexo y de la cocina. Sabe de cosas que se ocultan y arrastran en la oscuridad, de criaturas que el ojo humano no puede ver pero aun así existen, de maldiciones más antiguas que la misma humanidad. A veces, en su mirada percibo el miedo. Eso es lo que me ha hecho tan cercana a ella, lo que me ha hecho sentir tan identificada con mi abuela: le teme tanto a los rayos como yo. La he visto durante las tormentas, ya sea durante una fiesta familiar o en un evento multitudinario. El aspecto que tiene cuando caen los rayos. Puede estar sentada, con un chal oscuro sobre las piernas, una copa de vino o un caballito de tequila en la mano, riéndose y cantando, tan alegre como es ella, para después levantarse de su asiento y avanzar nerviosa de un lado a otro, tirar su bebida y musitar extrañas palabras. Casi nadie se da cuenta, deja pasar el incidente con una risotada. “La ha asustado el rayo, verdad, mamita”. Pero no saben lo que yo sé. No pueden sentir ese temor atroz cuando los rayos caen.

No me interesan las mismas cosas que a las chicas de mi edad. No es presunción. En mi mente burbujean otras preocupaciones, más extrañas y sutiles. Veo en la abuela una parte de mí, de ese estado alegre y a la vez temeroso. Y siento que ella podría darme una respuesta. Llueve y no sé si las historias sean reales, si las lingue morte verdaderamente existen. Trato de tranquilizarme, tomar los cuentos de la abuela como meras alegorías, parábolas donde siempre se aprende un mensaje moral. Es difícil hacerlo cuando la lluvia golpea la ventana de mi cuarto y mis piernas tiemblan cada que un rayo aporrea el viento y el agua y la tierra. Trueno es cuando cae. El martillo de los dioses, como dicen en los libros de mitos. Mi abuela los llama de otra forma, lingue morte, lenguas arrastrándose por la tierra, quemando los campos y buscando una presa que llevarse a la boca, bocas ocultas de brujas celestiales, ansiosas por un poco de sangre fresca.

Ilustración por Liz Dot

Ilustración por Liz Dot

La abuela me ha dicho que proteja mi carne, no solo de la mirada y de los toqueteos de hombres inferiores, sino de los deseos de aquellos que están por arriba de todo. Aquellos, me parecía, eran hombres poderosos, a quienes es difícil negarles algo. Sin embargo, en la mención de mi abuela existe un significado más profundo, frases entreveradas en idiomas desconocidos para mí.

Estoy segura de que ella no hablaba de hombres adinerados. Lo que decía era una advertencia. Mi carne las llamará, a esas lenguas, las lenguas de fuego desatadas con la tempestad, las lenguas que buscarán mis chiappe y mi húmeda fica. Podría ser una metáfora estúpida para hablarme del sexo y de no dárselas a cualquiera. Pero yo sé muy bien cuánto le asustan los rayos a mi abuela, cuánto me asustan a mí. Marcan el aire y lo tiñen de rojo, los mismos rayos caen y golpean la tierra, rojos y encendidos, tan brillantes como un destello de odio. Las lenguas se acercan a mí, a mi ventana, olfatean la carne, y esplenden.

No ha dejado de llover. Las manchas de humedad empiezan a recorrer las paredes. Agrieta el agua la roca y el yeso, la arenisca me cubre los pechos y me hace estornudar. Hablan en las noticias de las inundaciones, de la gente varada. Hablan de que Dios ha vuelto a abrir los sellos. ¿Dónde está el Arca de la Alianza? El arcoíris se oculta bajo los nubarrones y la luz es tan blanca que podría derretir la retina.

Encerrada en mi habitación, palpo mis muslos, mi húmeda carne, la siento trémula, como la piel de un tambor demasiado tenso. Puede estallar, ¿y si lo hiciera, en qué tipo de manchón me convertiría? Mi garganta está reseca. Necesito agua, aunque debería bastarme con toda la que cae tras la ventana. ¿Para qué quiero más? La casa misma se ha vuelto una esponja.

En alguna parte de la casa está la abuela. Ella está siempre, aunque creamos lo contrario. Sus pasos como de pantera vieja acechan mi cuarto. Ella me cuida de los intrusos. ¿Podrá un gran felino mantener alejadas a las malas lenguas?

Mi vientre se hincha. Me palpo los labios, lo que es arriba es abajo, como dice la abuela. Soy igual al afuera, a esa tierra mojada. Mis dedos entran en la arena y descubro que está caliente. Se despliega un alboroto entre las nubes. De pronto vuelve a ser de día y yo pienso que he elegido un mal día para hacerme agua, hacerme sangre. La abuela gime. Su gemido es tan profundo y lastimero que tiemblo. Quisiera detenerme pero mis manos ya no son mis manos, mi aliento lo detenta una lengua ajena a la mía. Las ventanas crujen, mi piel se eriza. Las puntas de esas lenguas muertas agrietan como garras los cristales. El frío entra y reresca mis muslos, mis nalgas.

Alguien grita, ¡la abuela ha salido! ¿Qué hace? ¡Deténganla!

El clamor es tan intenso que mis orejas se convierten en bulbos rojos.

¿Dónde estará la abuela? Intento incorporarme. Un peso increíble pero atroz se posa en mi pecho. Las ventanas terminan por romperse y escucho los rugidos. Aunque mis ojos casi no están abiertos por las oleadas de placer que provienen del centro de mi cuerpo, como las piedras que arrancan ondas en la superficie de un lago quieto, veo el resplandor y la furia de los cielos. Allá afuera es una batalla entre mi abuela y las lingue morte. Allá afuera son los gritos y los gemidos de dolor.

Acá adentro son las lenguas que recorren los fogonazos de mi piel, y acá adentro también son los gritos, y los gemidos de placer.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Liz Dot
Ilustración de Mariana González Roldán (Hidalgo, 1994)

1.

Cuando era niña le pregunté a mi papá quién era Santaclós y de dónde venía, dijo que era como Dios: ambos permanecían en el cielo. Primero fue una carta a Santa para pedirle juguetes, después una a Dios para pedir que le quitara lo borracho a mi padre. Y a veces en una misma carta me dirigía a los dos, al fin y al cabo eran vecinos.

2.

Una escribe porque desea algo. En las cartas que escribía a mi mejor amiga de la primaria decía que la quería mucho, que ojalá nunca dejara de ser mi amiga, y que si por favor, podría prestarme más tiempo su pluma que pintaba de colores.

3.

La carta que me escribió un noviecito de la secundaria al que apodaban Perro y en la que finalizaba diciendo: Te quiero un (aquí dibujó un rostro compungido y un puño golpeándolo). Es decir: Te quiero un putazo.

4.

En el cumpleaños número 40 de mi padre, sus hermanas organizaron una fiesta sorpresa con temática de alcohol: el pastel fue decorado con una Tecate roja de betún, la piñata era una Tecate enorme de papel china y dieron bolsitas hechas con latas vacías de cerveza, que en su lugar llenaron con dulces.

5.

En la preparatoria batallaba mucho para poner atención a las clases, mientras el profesor explicaba, yo escribía intentos de poemas en mi libreta. El chavo que se sentaba atrás de mí siempre me espiaba. Un día me pidió hacerle el favor de escribir un poema para su novia. Me indigné, dije que no, que cómo, si mis poemas salían de mi inspiración. Me ofreció 30 pesos. Quedamos en que se lo traería al día siguiente.

6.

Un maestro de la facultad nos dijo que un poeta debe estar alerta a los “hallazgos poéticos”. 24 horas antes de que me avisaran que había ganado una buena cantidad de dinero por haber escrito unos poemas, yo contaba solo con 50 centavos y debía casi un año de renta. Estaba desesperada en el patio de mi apartamento aplastando latas vacías de cerveza para ir a venderlas al señor que compraba aluminio.

7.

Tiempo después escribí:

Días de tallar

mis calzones en la regadera.

Días de frijoles y tortillas viejas.

Días de disfrazar

la pobreza con bolsas de basura negra.

Vaciar, saltar, aplastar.

14 pesos por el kilo de latas.

10 kilos, amor, y ya teníamos

atún y cerveza en la mesa.

8.

Cuánto dependía de una promoción de caguamas Carta Blanca para teclear frenéticamente durante las noches aquellas cartas que enviaba por Hotmail a mi mejor amigo de la universidad. Aunque jamás respondió ninguna, su presencia en el mundo rebotaba directamente en mis terminaciones nerviosas y me hacía ensayar sobre lo que había visto, leído y sentido. Cualquiera diría que lo amaba con locura, pero el hallazgo era en realidad que había descubierto cómo conversar a solas conmigo misma.

9.

Llevo más de 1,385 días enamorada de una persona a la que le apasionan las bacterias, la gravedad y todo lo que ocurre al interior de los seres vivos. Cuando empezamos a salir dije que era alcohólica y le pedí que no dejara que lo contagiara. Me ha escrito alrededor de 5 cartas que suelo releer desde diferentes ángulos. Sus palabras accionan el interruptor que enciende una luz demasiado blanca en mi cabeza: encuentro cosas en mí que de otra manera no hubiera podido ver si no estuvieran iluminadas.

10.

Te diste cuenta que mi olor corporal provocaba cosquillas en tu cerebro. Me di cuenta que cada que cocinábamos juntos era como enviarnos cartas en tiempo real. Rebanabas las verduras mientras me relatabas alguna historia, meneaba con lentitud el guiso porque no podía parar de hablarte de un libro. Al finalizar cuando lavábamos los trastes estábamos tan satisfechos de la mente y el cuerpo, que era como si hubiéramos aprendido a escribirnos el uno al otro ahí mismo.


Autores
(Nuevo León, 1988). Estudió en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Autónoma de Nuevo León. Ha tomado talleres de creación literaria con Óscar David López y Julián Herbert. Fue miembro del Seminario Permanente de Literatura Francisco José Amparán, de la ciudad de Saltillo, Coahuila. Su poemario Comunidad terapéutica (Fondo Editorial Tierra Adentro, 2016) ganó el Premio Nacional de Poesía Francisco Cervantes Vidal.

Latinoamérica arde, Chile despertó. Desde la semana pasada, miles de chilenxs se han movilizado en demostración de su descontento con la situación política de su país.

Lo que comenzó como protestas en contra del alza al precio del transporte público se ha vuelto una lucha con un trasfondo demasiado conocido para Latinoamérica: impunidad, corrupción a nivel estatal, desigualdad, neoliberalismo.

La postura de Sebastián Piñera, presidente chileno, de declararse en guerra contra el pueblo trae a la memoria un siglo XX desdentado: desde los años de la dictadura no se habían decretado toques de queda en Chile, ni se había visto la militarización de las calles.

Pero a diferencia de hace tantos años, el pueblo Chileno no tiene planes de dejarse someter. Piñera ha despertado muchos fantasmas, pero son más los fantasmas del pueblo que despiertan para luchar. 

En Tierra Adentro no nos queda más que solidarizarnos con el pueblo de Chile por medio de este artículo: aquí están las voces, las palabras y las imágenes de quienes se encuentran en las calles luchando por un cambio, a pesar de la militarización, a pesar de los toques de queda, a pesar del humo y los escombros.

Desde el haikú hasta el simple relato, desde los videos hasta las fotografías de “voguing” frente a militares, estos son los testimonios del desorden y de la resistencia chilena. 


Haikús y fotos de Franka Polari

 

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La luna mengua.‬

Lemebel yegua se recuerda.

Toque de queda‬.

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Polvo y mota,

Gas lacrimógeno:

Briza de Torreta.

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“!Uh! !Uh! Qué calor!”

“Qué guanaco qué calor”:

Santiago en flor.

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 Testimonio de Paola Chaparro

 

El alza en la tarifa del metro se constituyó en el factor detonante de un malestar que venía por décadas incubándose en la sociedad chilena.

El viernes 18 de octubre la población estudiantil, después de un par de días protestando bajo la consigna de #Evade, convocan a una protesta masiva en contra del aumento, a través de prácticas de evasión del pago.

Al querer abordar el metro a mediodía, me encuentro con la estación cerrada y resguardada por efectivos de las fuerzas especiales de carabineros. Empecé a caminar por un centro de Santiago en el que algo se estaba gestando.

Ante la provocación por el cierre del metro, la evasión se transformó en barricadas, quema de estaciones y, paulatinamente, en una instantánea desobediencia civil contra todo aquello que representa el capital.

La respuesta por parte del gobierno ha sido la criminalización de las protestas, mostrando una incapacidad para reconocer el descontento anidado y las razones por las cuales se ha generalizado el estallido de una población que a lo largo del país dice: ¡basta!

Al unísono se oyen consignas en contra de las prácticas neoliberales que diagraman nuestra cotidianidad, las cuales también confrontan a una clase política/empresariado indolente de la demanda social.

No hay centro, ni figuras, ni liderazgos que se apropien de esta manifestación. El descontento está diseminado, es inorgánico, pareciera que se están inaugurando modos en los que se expresa una politicidad horizontal.

La protesta se incrementa y la represión se recrudece, se ha declarado el estado de emergencia, el toque de queda y los militares ahora están en las calles.

Mientras tanto, el silencio de la noche se interrumpe con los cacerolazos, el descontento, los saqueos y el sonido de las bombas lacrimógenas.

Sin embargo, en esa noche interrumpida por el malestar no cesan de sonar las voces que exigen “el derecho de vivir en paz”.

 


Video y testimonio de Alexis Loiza


Testimonio de Paloma Loiza


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Ilustración por Liz Dot.

Supongo, como poeta, que entre mis miedos puedo contar la profunda inquietud que rodea la posibilidad de que un día se me revele que consagré mi vida a una imbecilidad. A lo que me refiero —a lo que creo que me refiero— con “imbecilidad” es algo intrínsecamente innecesario y superfluo y por lo tanto involuntariamente cruel.

Fue cierto Maestro quien aconsejó que habláramos poco, o nada, a menos que estemos seguros de que lo que queremos decir es verdadero, amable y que ayude. ¿Pero cómo puede una poeta, cuyo rol es el de hablar, apegarse a tal consejo? ¿Cómo puede cualquier persona cuyo rol es facilitar el lenguaje hablar poco o decir nada? No sé si otros poetas tengan este miedo pero, de no ser así, supongo que solamente incrementaría la angustia del resultado si el miedo llegase a cobrar vida.

Cobrar vida — he ahí un miedo que nadie ha tenido jamás. Nadie jamás tuvo miedo de nacer, aún si las personas responsables del nacimiento morían de miedo por el cuerpo pre-natal. Y si se me permite avanzar a la edad de cuatro años, recuerdo ver a un perro acercarse a una niña de cuatro años, un perro bastante más grande que ella. Fue increíble ver la cara de la niña. Se volvió completamente elástica y cambiaba de felicidad y maravilla: “Por favor ven a mi perrito y jugaremos, ¡oh! cuánta felicidad que te acerques a mí”, a —en menos de diez segundos— una mueca de terror absoluto: “¡Miedo! ¡Miedo! El perrito me comerá y mi mamá está lejos”.

Mientras el perro se movía por el cuarto, no pudieron haber sido más de dos minutos, la cara de la niña cambió de expresión tantas veces que dejé de contar. Mientras ella oscilaba entre sentimientos de seguridad e inseguridad, me di cuenta que su cara probablemente continuaría cambiando, quizás de forma más lenta, cada vez que se le acercara un perro durante los próximos años de su vida, hasta que un día se detendría en la expresión que muy probablemente significaría por siempre cómo se siente esta persona con respecto a los perros. Pero algo parecía faltarle a mi pequeña fórmula; ¿la cara del perro debía importar también? Este perro era juguetón y amistoso, si bien un poco torpe, ¿pero qué si el próximo perro mordiera a la niña en la cara?

Pregunté al poeta Tony Hoagland qué opinaba él sobre el miedo. Me dijo que el miedo era el fantasma de una experiencia: tememos la reincidencia de un dolor que sentimos en algún momento, y de esta forma el miedo es como una resaca. La memoria de nuestro dolor es un dolor en sí mismo, y así alimenta nuestro miedo como un pasillo con espejos en ambos lados. Y luego citó a Auden: “Y los fantasmas deben hacer de nuevo/ Lo que les causa dolor.”

Es interesante apuntar que esta idea —el miedo como fantasma del dolor, o dolor imaginario— se encarna en la tortura psicológica de la CIA; de hecho, sus experimentos con el dolor descubrieron que el dolor imaginario es más efectivo que el dolor físico —poetas, tomen nota— y por ende la tortura psicológica más efectiva que la tortura física. Aquí hay un fragmento del Exploitation Training Manual —Manual de entrenamiento para la explotación— escrito en 1983: “La amenaza de coerción usualmente debilita o destruye la resistencia más efectivamente que la coerción misma. Por ejemplo, la amenaza de infligir dolor puede detonar miedos más perjudiciales que la sensación inmediata de dolor.”

Aunque nunca he sido mordida por un perro, me aterran a muerte, al igual que todos los demás seres vivos, incluida yo misma y mi propia fragmentación en el largo pasillo de los espejos. James Ward, futuro psicólogo británico, rompió sus lazos con la religión en su juventud, en 1872, pero se topó con un sinfín de reflejos sobre los que no tenía elección ni control: “No le tengo miedo a Dios, no le tengo miedo al Diablo, no temo a la humanidad, pero mi cabeza revolotea mientras lo escribo: me temo a mí mismo.”

¿A qué me refiero con “miedo”? Me refiero a lo que nos empuja a escribir, pero salgamos del vestíbulo y a la calle, siguiendo el camino, para retomar nuestro acercamiento más detenidamente. Algún tiempo después de haber escrito las páginas que están a punto de leer, me di cuenta que estuve usando la palabra equivocada. Dread —angustia— es una palabra más puntual para lo que estoy pensando, y tengo que agradecer a Juliana de Norwich, una anacronita del siglo XV, por señalarme esto. En sus Revelaciones del amor divino, la relación que Juliana hace de una visión que tuvo durante una enfermedad en su trigésimo-primer año, ella dice, “Creo que la angustia puede tomar cuatro formas.” En resumen, la primera de estas formas es lo que describiré como la emoción inconsciente del miedo —el primer instinto en respuesta al olor del humo, el sonido del trueno, el color del fuego, una cachetada. La segunda forma de la angustia es la angustia que anticipa el dolor, ya sea físico, emocional, espiritual o psicológico, y eso, amigos míos, cubre el noventa por ciento de la superficie del mundo. La tercera forma que toma la angustia es la duda o la desesperación. Y la cuarta forma: “nace de la reverencia”, es la angustia divina con que encaramos aquello que más amamos, o aquello que más nos ama. Dread. Me gusta más que la palabra fear —miedo— porque fear,  como la emoción inconsciente que es una de sus formas, sólo tiene la palabra ear —oído— dentro de ella, diciendo al animal instintivo que escuche, mientras que la palabra dread contiene read —leer—, diciéndonos que leamos con precaución y encontremos a los muertos —dead— que también están ahí. Pero no usé la palabra dread en lo que sigue. Usé fear. Y fear es una palabra más antigua, encontrada en el inglés más arcaico, mientras que dread no entra al lenguaje sino hasta el medievo. Los neurobiólogos han distinguido a las emociones de los sentimientos, pero me temo que nuestro lenguaje ha tratado ambos términos como equivalentes por tanto tiempo que sería fútil esperar a cualquier oyente escuchar una palabra y no pensar en la otra. Las emociones son funciones instintivas y biológicas del sistema nervioso, tales como miedo, terror, atracción sexual y las acciones motivadas por el hambre. Cada una es una reacción puramente física sobre la que no tenemos control, y las compartimos con cualquier animal que tenga un sistema nervioso central. La emoción de miedo es lo que hace que cualquier animal huya de una situación que ponga en peligro su vida, y ese no es el tipo de miedo que tengo en mente. Los sentimientos, por otro lado, son más complicados e involucran reacciones cognitivas que combinan, o pueden combinarse, con emociones, memorias, experiencias e inteligencia. Ese es el tipo de miedo que tengo en mente —el sentimiento de miedo que involucra una reacción cognitiva inteligente. Miedo que requiera autoconsciencia. No se alarmen, la ciencia no estudia los sentimientos, sólo estudian las emociones, divorciadas de la cognición, a medida que viajan a través de sistemas reconocibles por el cuerpo y cerebro. Llegado este punto podría ser instructivo de mi parte si me levantara y los mirara y dijera, “Intenten poner menos emoción, y más sentimiento, en sus poemas.” El hecho de que la neurobiología haya anunciado públicamente la separación de la emoción del sentimiento debería ser noticia alentadora para poetas en todas partes del mundo, pues implica que tener sentimientos va de la mano de tener un sistema cognitivo altamente sofisticado. Los sentimientos no son inferiores. Por otro lado, para que no se nos olvide, déjenme repetir: ser más emocional y menos cognitivo es estar menos evolucionado de lo que la especie es capaz. Es ser como un niño de cuatro años. Los sentimientos parecen representar un lugar donde las emociones se combinan con inteligencia y experiencia para generar un proceso de pensamiento altamente personal que tiene como resultado la cosmovisión de un individuo. Ahí es donde quiero retomar el miedo. Le pregunté a un doctor sobre el miedo. El doctor me dijo, “La única forma de combatir el miedo es hacer lo que se te entrenó para hacer. El miedo se supera con procedimiento. Por ejemplo, si no logro hacer una traqueotomía de emergencia, alguien morirá por falta de oxígeno. Así que hago mecánicamente aquello para lo que entrené. Alguien está ahí, periódicamente diciendo en voz alta el nivel de oxígeno —95, 90, 88, 83, 79— y mientras más bajo vaya, más se vuelve una emergencia. Lo curioso es que pido el conteo. Es parte del procedimiento, pero yo trabajo como si no estuviera escuchando —concentración procesal, es todo.”

Ilustración por Liz Dot.

Ilustración por Liz Dot.

Le pregunté a un piloto sobre el miedo. El piloto dijo, “La única forma de combatir el miedo es hacer lo que se te entrenó para hacer. El miedo se supera con procedimiento. Por ejemplo, estaba volando un avión de prueba solo a 30,000 pies de altura y había una fuga en mi tanque de oxígeno de la que no sabía. Perdí el conocimiento momentáneamente, y cuando reaccioné estaba a 15,000 pies e iba directo al suelo, con la nariz hacia abajo, completamente fuera de control y seguía mareado, seguía peleando por despertar. Desacelerar y accionar los frenos. Desacelerar  y accionar los frenos. Era lo único que pensaba, y seguí pensando eso hasta que me nivele a 5,000 pies.” Luego, el piloto y el doctor, que estaban en el mismo cuarto conmigo, me miraron y preguntaron, “¿Y tú? ¿Has tenido emergencias de poesía?” Era una tonta persiguiendo tonterías. Por miedo a quedar como una tonta, quería decirles que el miedo que fueron entrenados para superar era una emoción y no un sentimiento; después de todo, ambas eran situaciones de vida o muerte y sus reacciones no eran más que instinto puro, si bien profesional. Pero yo tengo instintos profesionales también, los cuales empleó al momento de escribir un poema. Estaba confundida y sentía mi autoestima perdiendo altitud; en situaciones como esta, suelo tomar el teléfono y marcarle a mi amigo, el filósofo alemán. “Reinhard,” grité al teléfono, “¿qué piensas del miedo?” “¡Cielos!” me respondió, “Me aterran los perros.” Al fin, un amigo. Y luego citó a Nietzsche: “El grado de miedo es la medida de la inteligencia.” Era mejor de lo que esperaba. Desacelera, acciona los frenos. “El miedo es reconocernos.” Hasta donde puedo recordar, cada minuto de mi vida ha sido una emergencia en la que estaba paralizada de miedo. Las sensaciones de miedo, siendo al menos en parte cognitivas, y por ende pensamientos, muchas veces constituyen el conocimiento. El conocimiento, por ejemplo, de que un día moriremos. Este es un miedo que se puede experimentar en una hamaca durante un día soleado. Y puede llevar a una emergencia de sentimiento que muchas veces da como resultado un poema. “Gracias,” le dije, antes de colgar, y luego escuché a mi amigo Reinhard decir, “Faulkner, sin embargo, dijo que para un escritor, lo más básico de todo es tener miedo.” Mi mente pronto saltó a la conclusión de que Faulkner probablemente estaba ebrio todo el tiempo. Pero quizás se refería a un bloqueo creativo, la incapacidad en un escritor de hacer aquello que le resulta más natural: encontrar el miedo, encarar el miedo, un miedo de estar a solas con el miedo…

Roethke: “El miedo fue mi padre, Padre Miedo./ Su mirada vaciaba las piedras”

Auden: “El miedo no miró su reloj.”

Neruda: “Cuando era joven estaba lleno de miedo como una rata en una esquina.”

¿Y qué podemos decir de Wordsworth, “Criado al igual por la belleza y el miedo”?

¿O el “porte par de esperanza y miedo” que tenía Milton? ¿O la “simetría temerosa” de Blake?

¿Qué es más inexpresable, lo hermoso o lo terrorífico? Gerard Manley Hopkins, en sus últimos y atormentados sonetos, grita, “¿O cuál es? ¿es cada una?” Lorca dijo, “El poeta que va a hacer un poema (lo sé por experiencia propia) tiene la sensación vaga de que va a una cacería nocturna en un bosque lejanísimo. Un miedo inexplicable rumorea en el corazón.” Y Edmond Jabès, en El libro de las preguntas: “Si te inclinas sobre tu página… e inmediatamente no tiemblas de miedo, deshazte de tu pluma. Tu escritura tendría poco valor.”

Y George Oppen, que dijo, “Los grandes artistas son aquellos que, al final, no dejan a sus nervios fallar.” Con miedo, sí, pero ahí están, encerrados en una habitación solos con el miedo. O como alguien más lo podría articular: “Página en blanco — tiroteo en el corral.”

Creo que es momento de enlistar algunos miedos concretos:

 

miedo a la muerte

a la enfermedad

al dolor

a sufrir

a la desesperación

a no entender

a perder poder

a no ser amado

a lo extraño o desconocido

a la destrucción

a la humillación

a la degradación

al hambre

a la pobreza

a envejecer

a no ser suficiente

a la transgresión

al castigo

a equivocarse

a perder la dignidad

a fallar

al olvido

a vivir más allá de la mente

a comer una anchoa.

 

Estos no son miedos primates. Estos son miedos humanos.

Barry Lopez, en su estudio del Ártico llamado Sueños árticos, hace esta interesante observación:

Los esquimales no mantienen su intimidad con la naturaleza sin pagar un precio. Cuando he pensado en las formas en que son diferentes a las personas de mi propia cultura, me doy cuenta que tienen más miedo que nosotros. En su día a día, tienen más miedo. No el miedo a caerse al agua fría, no es un miedo debilitante. Tienen miedo porque aceptan por completo lo que es violento y trágico en la naturaleza. Es un miedo atado a su sabiduría de que eventos repentinos y hecatómbicos son tanto parte de la vida, de la vida en serio, como lo son aquellos momentos de pausa para contemplar algo hermoso. Una chamana esquimal del centro llamada Aua, al ser cuestionada por Knud Rasmussen al respecto de las creencias esquimales, respondió, “No creemos. Tememos.”

Lopez prosigue criticando a aquellos que piensan que tribus cazadoras como las tribus esquimales viven en perfecta harmonía con la naturaleza. La nerviosidad y la aprehensión nacen de la proximidad y la atención. Mientras más intimidad haya entre estas culturas y la naturaleza, más tensión habrá. El mundo industrial destruye a la naturaleza no porque no la ame, sino porque no le teme. Podrán recordar en sus mentes la larga tradición judeocristiana de temer a Dios. O quizás recuerden haber leído El viento en los sauces en su infancia, o habérselo leído a alguna niña o niño, y encontrase con aquel capítulo magnífico, extraño y fuera de lugar titulado “El flautista en el umbral del alba” en el que Topo y Rata van a la búsqueda del hijo perdido de Nutria y encuentran, en el filo del alba, a la Naturaleza personificada en la augusta presencia de un terrorífico y benevolente sátiro, mitad hombre, mitad animal:

“—¡Rata! —susurró tembloroso, recuperando por fin el aliento—. ¿Tienes miedo?

—¿Miedo? —murmuró la Rata, con los ojos brillando de amor— ¡Miedo! ¿De Él? ¡Nunca! Y…, y sin embargo… ¡Oh Topo, tengo miedo!

Entonces los dos animalitos se arrodillaron, inclinaron la cabeza y lo adoraron.

El miedo es la motivación más grande de la historia. El conflicto que nace del miedo precede todas nuestras acciones, impulsandonos hacia delante como los engranajes de un reloj. El miedo es el vestido oscuro del deseo, es su dopplegänger. “El miedo y la angustia son hermanos,” dice Juliana de Norwich. A medida que el deseo es querer y el miedo es no-querer, ambos se vuelven indisolubles; y así como el deseo puede ser destructivo (deseo de poder), el miedo puede ser constructivo (miedo de dañar a alguien más); el miedo a la pobreza se vuelve deseo de riqueza. Las acciones colectivas no están exentas de estos poderes duales; consideremos este atemorizante y sucinto enunciado escrito por John Berger:

Por todos lados hoy en día más y más personas se dan de golpes en la cabeza contra el hecho de que el futuro del planeta, y lo que éste ofrecerá o negará a sus habitantes, lo decidirán asambleas de hombres que controlan más dinero que todos los gobiernos del mundo, que jamás apoyan una elección, y cuyo único criterio para tomar cualquier decisión es si ésta incrementará o no la Ganancia.

¿Pero acaso no ha sido así siempre? Diferentes razas en todas partes siempre han estado a la merced de su deseo colectivo y su miedo colectivo, a veces suyos, a veces de alguien más.

Nuestro impulso hacia el orden nace del miedo y del deseo, y el impulso hacia el caos nace de lo mismo. El psicoanalista británico D.W. Winnicott creía que los artistas eran personas cuyo motor era la tensión entre el deseo de comunicarse y el deseo de esconderse.

Piensen en la más simple personificación de un poeta, el tipo que se usaría como figura genérica en una caricatura. ¿En cuál piensan, en el devastado, melancólico, en el suicida de pantalones azules, o en el bebedor troglodita feliz, el que huele las rosas, bebe vino, el que ama el sol? En la teoría atómica epicureana, “el mundo funciona porque desde el principio hay una ausencia de balance.” El novelista francés Georges Perec, devoto a las fórmulas literarias matemáticas — escribió una novela sin la letra e— habla de anti-restricciones dentro de un sistema de restricciones. Cita al pintor Paul Klee: “La genialidad es un error en el sistema.” (Aquellos de ustedes que hayan escuchado conferencias al respecto del soneto podrán recordar que muchas veces este es precisamente el punto.) El mundo funciona gracias al miedo, debido al error, a la anti-restricción, lo anti-perfecto, el anti-equilibrio. Nos tropezamos. Caemos.

Fallamos. Y por ende deseamos progresar, volvernos mejores poetas, curar enfermedades, volvernos mejores personas, perfeccionar aquello que es perpetuamente imperfecto. La “caída” bíblica es un ejemplo de una anti-restricción. La manzana era miedo. (Y recuerden, el miedo es conocimiento, según Nietzsche).) La manzana puso a girar el mundo cuando obligó a Adán y a Eva a migrar de lo Perfecto. “El miedo es reconocernos,” dice el filósofo. Uno de los miedos que tiene un joven escritor es no poder escribir tan bien como quiere, el miedo a no sonar como X o como Y, algún autor favorito. Pero de ese miedo, esperemos, nace la voz de un autor joven: “Pero ahora,” dice Kierkegaard, “luchar para convertirse en lo que uno ya es: ¿quién se tomaría los dolores necesarios para gastar su tiempo en una tarea como esta, que involucra el más alto grado de resignación?… Justo por esto es una tarea tan difícil,… precisamente porque cada ser humano tiene un deseo y pasión natural por convertirse en algo más y diferente.” Es muy sencillo leer esas palabras, y muy difícil llevarlas a cabo. En otro lado, Kierkegaard dice, “¿Qué es la educación? Supongo que la educación es el curriculum que uno tiene que atravesar para alcanzarse a sí mismo.”

Hay poetas que se resignan a no poder salvar el mundo, que apenas tienen tiempo suficiente para alcanzarse y alcanzar el misterio de su miedo y su ser. Supongo que Szymborska es una de ellos. Aquí su compatriota Miłosz describiéndola:

Ilustración por Liz Dot.

Ilustración por Liz Dot.

En Szymborska nos dividimos no en carne y obra sobreviviente [como es tradición en la literatura occidental paralela a la concepción cristiana de la inmortalidad a través de la posteridad], sino en “la carne y un susurro roto”; la poesía no es más que un susurro roto, risa que pronto muere…

Cuando no es la perfección de una obra, sino la expresión misma, “un susurro roto,” todo se vuelve, como se ha llamado, écriture… El hablar de cualquier cosa, solo hablar, se vuelve una operación por sí misma, una forma de calmar el miedo.

Tan comprensiva como pueda ser de la teoría de la écriture, me parece confusa. ¿Por qué no tiene sentido escribir sin otra intención más que la de calmar el miedo? ¿Qué no esa intención por sí misma tiene un significado? ¿Y por qué temer la desmantelación de la función semántica del lenguaje, representativa del significado, cuando esa misma no es sino un miedo más que llevará a los opositores de la écriture a escribir? Y ciertamente esta “teoría” no es una teoría sino una práctica milenaria: “Parecía estar deprimido, pues no dejaba de escribir” dice un texto del Japón del siglo XXII. O tomemos a Rilke: “He tomado acción contra el miedo. Me senté a escribir toda la noche; y ahora estoy tan cansado como si hubiera caminado por un largo tiempo a través de los campos de Ulsgaard.” Incluso un poema amargo es un pequeño acto de afirmación, y me pregunto si no podremos decir lo mismo de un poema sin importancia (si tal cosa existe). Pero Miłosz, quién seguramente estaría en desacuerdo, es —y valga para su crédito inmortal— un caballero de fe, y yo soy una caballero de la resignación. Como Kierkegaard: “Hasta donde sé, puedo describir de la forma más excelente los movimientos de la fe; pero no puedo replicarlos yo mismo.” El famoso ensayo del filósofo danés, Temor y temblor, es una reflexión en torno a la historia bíblica de Abraham e Isaac. Dios le pidió a Abraham que sacrificara a Isaac, el hijo querido y largamente esperado de Abraham, y en el ensayo Kierkegaard lucha con cómo un asesinato se puede volver placentero, bueno y sagrado a los ojos de Dios. Se requiere fe, una fe que Kierkegaard analiza y describe minuciosamente, pero una fe que no puede tomar para sí mismo, tan devoto como sea. Se vuelve lo que él llama un caballero de la resignación, un estado que, a pesar de todo, sigue siendo un estado de pecado. Para que estemos seguros, estoy utilizando a Miłosz para mis propios propósitos. Él sabe perfectamente bien que no es ningún santo. En una entrevista sostuvo —y demostró— que es un hombre de contradicciones. En otras palabras, un hombre ordinario. Pero admiro su insistencia en una realidad objetiva, su fe en un mundo y un orden que no existen exclusivamente en la mente. Y es bastante provocativo al final de su ensayo, “La arena del reloj”:

Si en nuestros momentos de felicidad, maestría, éxtasis, decimos Sí al cielo y a la tierra, y todo lo que necesitamos es infortunio, enfermedad, declive de los poderes físicos para comenzar a gritar No, esto significa que todos nuestros juicios pueden ser refutados mañana y que es fácil confundir nuestra vida con el mundo. No es tan evidente, sin embargo, el por qué la debilidad —ya sea de una persona en particular o de una era histórica entera— se debería privilegiar y por qué el viejo nihilista de La última cinta de Krapp, de Beckett, está más cerca de la verdad de lo que él mismo estaba cuando tenía veinte años.

[En la obra de Beckett, un viejo escucha grabaciones de sí mismo cuando era joven y responde con sonidos guturales.]

Miłosz cierra su ensayo con una asombrosa y sucinta observación de Simone Weil: “‘Estoy sufriendo.’ Es mejor decir eso a decir ‘El paisaje es feo.’”

El miedo pertenece al ser humano, no al mundo. El mundo no siente miedo en ningún lugar ni en ningún tiempo. Somos “gente infeliz en un mundo feliz” — la última postura de Wallace Stevens. Las sensaciones de miedo —miedo personal y cognitivo— nos permiten sentir angustia mientras estamos echados en una hamaca un día soleado, nos permiten sentirnos bajo ataque cuando el cielo es azul y la pradera descansa. Raymond Queneau:

El poeta nunca está “inspirado,” si por inspiración nos referimos… a una función del estado anímico del poeta, la temperatura, la situación política, accidentes subjetivos o el inconsciente.

El poeta no está inspirado porque es el maestro de lo que otros asumen es inspiración… nunca está inspirado porque siempre está inspirado, porque los poderes de la poesía siempre están a su disposición, obedientes a su voluntad, receptivos a su guiar.

Y quiero decir que el poeta nunca tiene miedo porque no cesa jamás de tener miedo, y por ende no puede volverse aquello que ya es, aunque claro, el Sr. Kierkegaard nos recuerda, nos debe recordar; se podría decir que el miedo es el procedimiento del poeta, aquello en lo que se le ha entrenado para concentrarse. Qué cosa más extraña que decir; qué cosa tan terrible que decir. Seguramente alguien estará pensando para sí mismo, “Cielos, ¿jamás ha escuchado ella de capacidad negativa?” Y de hecho, sí. Esas palabras se han vuelto como una enfermedad a muerte para mí. Y tan seguido como las he usado, desearía que se prohibieran por un cuarto de década, tan sobreusadas están, tan jugueteadas que ahora llegan a significar lo que sea que uno quiera, especialmente una versión bebop de Be Here Now, o un asombro religioso difusivo en que el poeta deambula, por siempre en un estupor. Como con casi todos los refranes famosos, nos es dado sólo un fragmento de su origen. “La Capacidad Negativa, eso es, cuando un hombre es capaz de existir en la incertidumbre, Misterios, dudas, sin ninguna irritable intención de buscar razón y hecho”: la carta fue escrita por John Keats un domingo, a finales de diciembre de 1817, desde Hampstead, dirigida a sus hermanos George y Tom. El año 1817 es, hablando relativamente, bastante temprano en la carrera de Keats, pero solo cuatro años antes de su muerte; la carta se escribió  antes de que George partiera a América, antes de que Tom muriera, antes de que John conociera a Fanny Brawne, antes de su enfermedad, y antes de que escribiera lo que se consideran sus mejores poemas. Una de las cosas a tener en mente sobre Keats es que su desarrollo como poeta se canalizó en un periodo corto de tiempo durante el cual atravesó tantas etapas como otro poeta podría experimentar en tres vidas en teras. Aunque la carta entera es demasiado larga para replicarla aquí, tendrán que confiar en mí cuando digo que solo la última parte de la carta pone en contexto a la definición de capacidad negativa. Aquí está el contexto.

Muchas cosas atravesaron mi mente, y de repente se me reveló, qué cualidad es la que forma a un Hombre de Logros especialmente en la Literatura y la cual Shakespeare poseía enormemente —me refiero a la Capacidad Negativa, es decir cuando un hombre es capaz de existir en la incertidumbre, Misterios, dudas, sin ninguna irritable intención de buscar razón y hecho— Coleridge, por ejemplo, dejaría pasar una verosimilitud finamente aislada recibida del Penetralium del misterio, por ser incapaz de mantenerse contento con una sabiduría a medias. Esto, desarrollado a través de Volúmenes, no nos llevaría más allá de esto mismo, que con grandes poetas el sentido de Belleza se sobrepone a cualquier otra consideración, o más bien, oblitera cualquier otra consideración.

 

Ilustración por Liz Dot.

Ilustración por Liz Dot.

 

El fragmento es un poco como la Constitución de Estados Unidos. Con esto me refiero a que se puede interpretar para corresponder a las intenciones de varias personas que están en desacuerdo unos con otros. Por ejemplo, nada detiene a alguien que quiera interpretar esto como: una vez deprimido, mantente deprimido. Del fragmento referente a Coleridge no hay duda alguna: todo lo que hay que saber es que Coleridge era el gran intelectual dentro de los románticos, el gran pensador. Pero una clave interesante y que complica más las cosas se nos presenta en la frase “verosimilitud finamente aislada.” Verosímil significa “con la apariencia de la verdad; probable,” así que Keats puede estar diciendo, “Coleridge dejaría pasar una probabilidad que alguien más aceptaría como verdad porque Coleridge no se conforma con la apariencia o probabilidad.” Si añadimos a esto la idea de aislar, que implica distinción o diferenciación, no queda más que pensar que Keats ha buscado el penetralium del misterio al menos lo suficiente para aislar una verdad probable que es, para él, suficiente. Todo esto se aleja inmensamente de la actitud no-aislante que la mayoría asocia con la capacidad negativa. Después de esto, Keats hace algo maravilloso —resume algo que ni siquiera ha comenzado a desarrollar. Dice, “Esto, desarrollado a través de Volúmenes, no nos llevaría más allá de esto mismo, que con grandes poetas el sentido de Belleza se sobrepone a cualquier otra consideración, o más bien, oblitera cualquier otra consideración.” ¿Qué significa esto? ¿Hubo acaso mención alguna de la Belleza en la definición original? ¿Y pueden notar como este último fragmento podría ser utilizado como defensa por el más archi-formal poeta, o por su archi-némesis? ¿Y si presumo entender qué es la capacidad negativa, entonces soy incapaz de ella, ya que ella es la capacidad de estar en presencia de la incertidumbre sin esforzarse por entenderla? Finalmente, siempre relacionamos íntimamente a John Keats con la capacidad negativa como si él mismo la poseyera, como si estuviese hablando de sí mismo, cuando en realidad no hablaba ni pensaba en él, sino en Shakespeare —¿y quién de entre nosotros llega siquiera a renacuajo al compararnos con Él?— de quién podemos estar tan inseguros como queramos sin ir en búsqueda de los hechos, ya que no hay ningún hecho? La reputación de Shakespeare como dios se multiplica por diez cuando se consideran las circunstancias misteriosas de su existencia. Como siempre es el caso, lo desconocido eleva la tensión y la estatura de lo formidable ante lo que nos arrodillamos y alabamos con inexplicable angustia. Keats buscó entender muchas cosas a lo largo de su vida; sus poemas y sus cartas están plagados de búsqueda urgente, del tipo de preguntas que salen a flote en la mente de jóvenes apasionados. Dice en otra carta: “Me dices que no desespere— Desearía que me fuera fácil acometerme a tus palabras— lo cierto es que tengo una horrible Morbidez de Pensamiento que se deja ver a intervalos— es sin duda el más grande Enemigo y bloqueo que puedo temer— podría decir incluso que es muy posible esta sea la causa de mi decepción.” Basta con observar las primeras líneas de la mayoría de sus poemas para verlo sumido en un estado de incertidumbre, misterio, duda— es decir, miedo.

 

“Cuando llegan temores a cesar de ser”

“La gloria y el amor han muerto”

“Mi espíritu es demasiado débil— me encumbra pesada la mortalidad”

“O tú cuya cara ha sentido el viento invernal”

“En una noche triste de diciembre”

“Sumido en la triste sombra de un valle”

“Si nuestro inglés debe encadenarse a rimas opacas”

“¿O qué puede aliviarte, caballero?”

“¿Por qué reí esta noche?”

“Mi corazón duele”

 

El sufrimiento en estos poemas se mantiene intacto; no se resuelve ni se niega. Lo que pasa en mayor medida es que los poemas se disuelven, finalmente, en la crema del mundo físico. Si la capacidad negativa funciona, funciona en reversa, una especie de capacidad negativa negativa —lo que la volvería positiva—  en la que una ansiedad muy real sumada a la irritabilidad causada por el misterio y la duda permiten al poeta —no, lo propelen— hacia el mundo de los ojos, el hábito perceptivo puro que checa todos los impulsos cognitivos, no antes de que comiencen sino después de que ya comenzaron y completaron su daño. En palabras de una pintora, la expresionista abstracta Pat Adams: “Aquel asombroso ímpetu de maravilla ante la pura multiplicidad y diferenciación de las cosas cuando superficies de elevada materialidad, de impresiones incrustadas y puestas por capas, se generan para enredar nuestra atención y retrasar la cognición” — hasta que parece que el miedo perpetuo es un propulsor hacia el mundo inocente, sin miedo y vulnerable de los sentidos. De tal forma que el poeta paralizado de miedo en una hamaca un día soleado —hombre infeliz en un mundo feliz— no sufre menos cuando voltea a ver su alrededor; no deja de sufrir, solo deja de intentar comprender.

 

Era la última nostalgia: que él

Comprendiera. Que él sufriera o que

Él muriera era la inocencia de vivir, si la vida

misma fue inocente.

Stevens, “Esthétique du Mal”

 

No conocemos la etimología de la palabra fear. Es decir, las personas que hacen diccionarios no están seguras. Pero hay una gran probabilidad de que esté relacionada a la palabra fare en su más antiguo sentido, que es el de atravesar, el de pasar por algún lugar, como en How did you fare at the dentist’s?  o Fare-thee-well o He fared in this life like one whose name was writ in water.

Keats murió a una edad en la que nadie debería morir. Me pregunto si los jóvenes tienen menos miedo de morir, o más, que los viejos. Ya no soy joven. Soy lo suficientemente vieja para entender y saber que no es a la muerte a quien temo, sino morir. Morir es el acto, muchas veces doloroso, que conduce a la muerte, mientras que la muerte misma es tan indolora como la sensación que sentían antes de nacer— ninguna sensación, ninguna postura ante cualquier cosa (sentir es tener una postura ante algo). ¿Pero qué se yo? El Hermano Andrés, actualmente bajo investigación para su canonización, dijo, “Si conociéramos el precio del sufrimiento, lo pediríamos.” Aunque otros puedan, yo no puedo concebir tal observación, mucho menos adoptarla. Ni soy Budista, para quienes el sufrimiento nace a raíz de la ignorancia, y que creen que la ignorancia puede ser erradicada; de hecho, sí creo que el sufrimiento se basa en la ignorancia (si el Tercer Reich no hubiera sido ignorante, millones no hubieran tenido que sufrir y morir), pero no creo que la ignorancia pueda ser erradicada. De hecho, sí creo que la ignorancia puede ser erradicada, pero sólo como una hierba —crecerá después en otro lado. Cuando el Hermano André nos pide que abracemos el sufrimiento, está diciendo, ¿“Si supiéramos el valor de la ignorancia, la pediríamos”? ¿Deberíamos finalmente y voluntariamente dejar de entender? Muchas veces he dicho que prefiero preguntarme a saber. ¿Es esa una postura juvenil, una postura Keatsiana? ¿Es acaso —podría ser— capacidad negativa? ¿Deberíamos madurar más allá de ella? No lo sé. Rilke aconseja a la juventud a “vivir las preguntas ahora,” porque las preguntas sólo se pueden revelar con el tiempo, la extensión del cuál no poseen. Dice, como Keats, en una carta, que ciertas lecciones sólo pueden aprenderse sobre la piedra angular del corazón, es decir, a través de experiencia directa.

¿Qué me ha enseñado la vida? Tengo mucho menos miedo del que tuve en mi juventud —de todo. Eso es un hecho. Al mismo tiempo, siento más miedo que nunca. Y los dos, les puedo asegurar, no se oponen sino que se conectan inextricablemente. Tengo más o menos la misma edad que tenía Emily Dickinson cuando murió. Esto es lo que pensaba: “¡Si tuviéramos la primera intimación de la Definición de la Vida, los más tranquilos de nosotros serían Lunáticos!” El lunático tranquilo —ahí hay algo a lo que aspirar.


Autores
Mary Ruefle (1952) es poeta y ensayista estadounidense. Fue receptora de la beca Guggenheim en 2002. Su libro Madness, Rack, and Honey: Collected Lectures (Wave Books, 2012) fue finalista del National Book Circle Critic’s Award en 2012, y Selected Poems (Wave Books, 2010) ganó el premio de poesía William Carlos Williams en 2011. Actualmente reside en Bennington, Vermont, donde es profesora en el Colegio de Bellas Artes de Vermont.
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.

Ilustrador
Liz Dot
“Into the Jaws of Death” foto por Robert F. Sargent del desembarco en Omaha Beach, Wikimedia Commons

El 6 de junio de 1944, a las dos de la mañana, a bordo de un bombardero americano, Robert Capa jugaba póker. Faltaban pocas horas para el momento más decisivo de la historia del siglo XX: el desembarco americano en las playas de Normandía. Capa era un hombre único que, con apenas treinta años, tenía más experiencia en la guerra que aquellos jovencitos recién salidos de la academia que lo acompañaron ese día, en compactas lanchas, para atacar la playa mejor custodiada de Francia. Armada por el mismísimo general predilecto de Hitler, el “Zorro del desierto” Rommel, Omaha Beach, como la llamaron los americanos, era una fortaleza impenetrable. 

Todo salió mal ese día, pero la masacre de jóvenes americanos abrió el primer frente verdadero para la derrota de Hitler. 

A Capa le ofrecieron una alternativa sencilla: podía entrar con los primeros contingentes de batalla o esperar a desembarcar con los oficiales. La primera opción era una locura y ninguna de las personas presentes en aquellos contingentes había podido elegir si estar ahí o no. Pero la segunda opción no estaba en el manual de Capa. Este famoso fotógrafo y aventurero alguna vez dijo: “si tus fotos son malas, es porque no te has acercado lo suficiente”.

Cerca de las seis de la mañana, las balas de las metralletas alemanas empezaron a chiflar sobre las embarcaciones americanas. Capa se agazapaba en un fondo de barca lleno de vomito amarillento y agua de mar. Cuando, de pronto, se abrió la compuerta y esos chicos desprevenidos de mirada impávida bajaron del barco a un mar helado, Capa tenía lista una cámara y tomó las primeras fotografías del día fatídico que marcó la victoria de los aliados en contra del fascismo. Como siempre quiso, Capa estaba del lado correcto de la historia, pero nunca había estado tan aterrado.

"Into the Jaws of Death" foto por Robert F. Sargent del desembarco en Omaha Beach

“Into the Jaws of Death” foto por Robert F. Sargent del desembarco en Omaha Beach

 

En medio de un mar ensangrentado, Capa fue de los pocos afortunados que sobrevivieron ese día. El fotógrafo desembarcó en medio de Easy Red, una de las porciones más mortíferas de Omaha Beach. La mitad de los hombres que llegaron ahí ese día murieron. Entre más de 175 mil soldados, sobrevivió un civil, el único fotoperiodista en cubrir de primera mano el desembarco de Normandía, el hombre que le dio nuevo sentido a la verdad fotográfica, el suave y nonchalant conquistador de vedettes: Robert Capa.

Las 10 fotografías que logró rescatar ese día fueron publicadas en 7 páginas, el 19 de junio de 1944, en la revista Life. Hasta el día de hoy se les conoce como “Las once magníficas” (aunque no fueran once) y son un estandarte internacional para la valentía en el ejercicio del periodismo. ¿Quién en su sano juicio iría al frente de batalla más sanguinario para tomar unas cuantas fotos borrosas? ¿Quién se atrevería a descender, por elección propia, a ese infierno? ¿Qué clase de deber y disciplina debe tener un periodista para aventurarse así a las fauces de la guerra?

Solo Capa podía ser tan temerario y solo Capa podía sacar imágenes desesperadas de tal intensidad. Esas fotos borrosas y lejanas, esas fotos que sólo capturan la expresión desesperada de un soldado, esas fotos que parecen tan poco, son las únicas fotografías que hay de la batalla en Omaha Beach. Gracias a Capa, dos semanas después del asalto, el público norteamericano y los civiles de todo el mundo, podían dimensionar, más allá de la imaginación, el alcance real de una guerra que, superando cualquier ideología, decidiría el destino del planeta. Gracias a Capa, la guerra dejó de ser palabras pintadas para la excitada imaginación de quien nunca la había visto; gracias a Capa, la guerra llegó, con todos sus horrores, a todos los hogares. Por eso, Capa fue el visionario aventurero que creó la guerra como la conocemos, en imágenes y medios, detestando cada parcela del horror humano que se dedicó a retratar. Por eso, en este escrito, queremos celebrar la historia del hombre que creó la guerra con sus imágenes; una historia de amor desesperado, de violencia y de fama. 

 

El judío errante

Robert Capa no siempre fue Robert Capa. Mucho antes de que existiera ese nombre que recuerda el de una estrella de cine o un súper agente secreto, existió el pequeño André Friedman. Desde que nació, ese niño judío de extracción humilde estaba destinado a la grandeza. O, al menos, eso creía su apasionada madre al ver el extraño sexto dedo que tenía en una mano. 

André Friedmann nació el 22 de octubre de 1911 en Budapest Hungría y creció en la parte más popular de la que fuera, en algún momento de gloria, una de las capitales más lujosas de Europa. En el barrio de Pest, entre miles de familias judías, la madre de André batallaba diariamente por sobrevivir. Acostumbrada a los sufrimientos de una Hungría todavía feudal,  trabajó incansablemente toda su vida para que sus hijos tuvieran una mejor vida que la suya; en especial el pequeño André, su consentido.

Hábil costurera, gustaba de confeccionarle elaborados trajes. Más allá de mimarlo y consentirlo más que a cualquiera de sus otros hijos, a Julia le gustaba verlo en holanes elegantes. Era, tal vez, un sueño premonitorio. André desde niño, a pesar de la pobreza de su familia, aprendió a ser un dandi. Su padre, por otra parte, era un hombre disperso, buen conversador, bebedor empedernido y apostador descuidado. En esta amalgama está toda la idea de Capa, el hombre que jugó póker y dados hasta el fin de sus días; el hombre que brindó hasta desmayarse con Ernest Hemingway; el hombre que hablaba siete idiomas, todos mal y todos con cierto encanto natural.

Robert Capa y John Steinbeck, 1948

Robert Capa y John Steinbeck, 1948, Wikimedia Commons

 

 

En el popular barrio de Pest, André era conocido por todos. Un niño impaciente y audaz, completamente autodidacta y apasionado que gustaba de besarse en los callejones con todas las chicas bellas que pudiera encontrar.  Un niño que creció para ver cómo una rica y resplandeciente ciudad se hundía, catástrofe tras catástrofe, en la miseria. 

La primera mitad del siglo XX fue, para Hungría, el paso de una tragedia a otra. Entre 1914 y 1918, peleó la Gran Guerra como aliada de Alemania. Como consecuencia, fue uno de los países más penalizados por el Tratado de Trianon, firmado el 4 de junio de 1920. Gracias a esta capitulación incondicional, Hungría tuvo que ceder el 70% de su territorio y al 60% de su población. Y, de cualquier forma, los problemas de Hungría se escalonaban desde antes del fin de la Primera Guerra Mundial.

Meses antes del armisticio de 1918, las calles de Budapest se llenaron de manifestantes ondeando crisantemos. Se trataba de la idealista revolución socialista de Bela Kun. Una población harta del conservadurismo político que los había llevado a la guerra, tomaba las calles para cambiar al régimen. Y lo lograron, al menos por algunos meses. 135 días después de que Bela Kun asumiera el poder, otro golpe de estado lo derrocaría para imponer al terrible dictador fascista, el general Miklós Holty.

Tomay, Cecile, cartel de reclutamiento del ejército rojo húngaro, 1919: "¡A las armas!"

Tomay, Cecile, cartel de reclutamiento del ejército rojo húngaro, 1919: “¡A las armas!”, Wikimedia Commons

 

En medio de estos tiempos turbulentos, André Friedman se acercaba cada vez más a los círculos comunistas. Estaba harto del antisemitismo rampante de los acólitos de Holty y de la mano dura represiva de este nuevo fascismo militarizado. Pero, también, le atraía el peligro de la rebeldía ante el opresor. Así lo explicó su íntima amiga, Eva Besnyö:

“André se volvió un hombre activo políticamente por diversas razones. Lo discriminaban por judío, claro, pero también amaba el peligro.” 

Su temeridad, sin embargo, lo llevó a los calabozos del régimen. La policía militar del despiadado Peter Heim lo arrestó y lo torturó durante días. Dice la leyenda que cuando lo golpeaban salvajemente, André reía a carcajadas. Por un milagro inexplicable, después de cierto tiempo, los hombres de Holty lo liberaron. Y André decidió escapar. 

Aprovechando que su querida amiga Eva Besnyö partía a estudiar fotografía en la meca de la fotografía experimental, Berlín, André solicitó ayuda a la comunidad judía y siguió sus pasos. En Berlín, cuando la crisis de los años treinta alcanzó a su familia, André conoció las primeras penurias, el hambre, la miseria, y los estragos que hace el alcohol en una panza vacía. Pero también ahí, por necesidad y natural hiperactividad, André se dio cuenta que su llamado no estaba en el aula de clases aprendiendo teoría política, sino en algo mucho más inmediato, mucho más táctil, ágil y dinámico: el mundo de la fotografía. En palabras del propio Capa:

“Cuando estaba estudiando, los medios de mis padres se agotaron y decidí convertirme en fotógrafo, que era lo más cercano a un periodista que alguien sin lengua podía aspirar a ser.”

André no tenía lengua porque toda su vida se desplazó. Desde que los fascistas le quitaron su hogar en el populoso barrio de Pest, la vida de André fue la de un vagabundo del mundo. Y su amiga Eva Besnyö lo introdujo a una fascinante profesión de vagabundos al conseguirle un trabajo temporal como asistente de cuarto oscuro. Así, en medio de un Berlín desgarrado entre comunistas y fascistas, André había encontrado su verdadera vocación.

Bundesarchiv, Bild, foto tomada en marzo de 1930.

Bundesarchiv, Bild, foto tomada en marzo de 1930, Wikimedia Commons

 

Sin embargo, los días de Berlín libre estaban contados. Nuevamente, el judío errante tendría que partir, perseguido por la sombra del fascismo que se cernía sobre Europa. Cada vez se veían más jóvenes vestidos de caqui, juventudes nacionalsocialistas que amenazaban con golpear o matar a cualquiera por cualquier motivo. Europa era un lugar cada vez más peligroso para los judíos. Y André se exilió en el único lugar que parecía todavía seguro: la majestuosa ciudad de la libertad y el amor, París.  

En París, la vida bohemia de los artistas le venía bien a Capa. A pesar del hambre y las precariedades, este húngaro, judío errante, encontró un lugar que le fascinaba. París era la urbe perfecta para un seductor de su tipo; un lugar de encuentro en donde entabló una amistad con los otros dos cofundadores de lo que sería, en un futuro, la prestigiosa agencia Magnum de fotografía: Henri Cartier-Bresson y David “Chim” Seymour.

El conocimiento técnico de Capa era burdo, pero sus fotografías tenían acción siempre y siempre transmitían lo indecible. Los primeros retratos que le fueron publicados en una revista de prestigio, fueron los que hizo en el último discurso en Europa de León Trotsky. Eran fotografías tomadas desde la primera fila, fotografías únicas que, también, dejaban ver un más allá del personaje. Porque Capa logró representar la constante angustia de un líder en el exilio, su melancolía y la sombra omnipresente de Stalin.

También en París, en pleno Montparnasse, André conoció al único gran amor de su vida. Fue ahí en donde vio, por primera vez, a Gerda Pohorylles, una joven fotógrafa, altiva e independiente. Desde la primera vez que la vio, con su vestimenta masculina y pelo corto -rojo como sangre sobre la nieve-, Capa sabía que había encontrado a alguien único. En repetidas ocasiones le pidió matrimonio, pero Gerda se negaba: siempre fue una mujer libre que prefería el poliamor al matrimonio; Gerda vivía en otro idealismo y en otro tiempo. 

Esta amante fugaz y mujer deslumbrante creó a un personaje eterno. Para poder vender las fotografías que ella y André hacían por un mayor precio, juntos decidieron crear a un personaje. Un dandi americano rico que, por el puro placer de la aventura, se había aficionado al fotoperiodismo. Este hombre elegante, envuelto en un misterioso velo de cigarrillos y champaña, se llamaba Robert Capa. 

John Hersey, el famoso escritor y periodista, describió esta relación con singular tino: “Capa amaba a Gerda y Gerda amaba a André, André amaba a Capa y Capa amaba a Capa.”

Gerda Taro, autor anónimo

Gerda Taro, autor anónimo

 

Así, las primeras fotografías de Robert Capa eran indistintamente las fotografías de Gerda, de André y, a veces, del querido amigo de ambos, Chim Seymour. El nombre colectivo del debonaire americano surtió efecto: de pronto, los tres amigos empezaron a ganar buen dinero. Entonces, llegaron los encargos de revistas más importantes, mayores responsabilidades y el nuevo exilio voluntario al reino de otra guerra, la guerra más apasionante y terrible: la descorazonadora Guerra Civil Española. 

 

¿Necesita inventarse la guerra?

La Guerra Civil Española fue la gran guerra antes de la gran guerra. En el pequeño territorio español, se dieron cita todos los sueños bélicos de los fascistas y la contraofensiva de todos aquellos que querían defender la democracia y los valores republicanos. De pronto, España fue el lugar del idealismo de los comunistas, de los socialistas, de los demócratas frente a la creciente sombra de la ultraderecha. También fue el campo de juego de grandes potencias internacionales: los falangista insurgentes encontraron el apoyo de los aviones de Hitler y Mussolini, mientras que los lealistas de izquierda recibían el apoyo de Stalin. 

En España, Capa encontró todos sus sueños de anarquismo realizados. Por fin podría luchar, armado de una cámara, contra el fascismo que lo había perseguido toda su vida. Era un sueño hecho realidad para él y tantos otros. John Steinbeck, George Orwell, Silvestre Revueltas, Ernest Hemingway, John Dos Passos y muchos artistas más se dieron cita en España para luchar en contra del “mal absoluto”. Tanto André como Gerda estaban convencidos de su misión. Así lo contó Hemingway:

“La Guerra Civil Española fue el periodo más feliz de nuestras vidas. Éramos verdaderamente felices entonces porque, cuando alguien moría, parecía que su muerte era algo justificado e importante. Los que morían, morían por algo en lo que creían y eso tenía que suceder.”

Cartel de autoría desconocida, publicado en 1938 bajo la sigla H. Pertenece a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España)

Cartel de autoría desconocida, publicado en 1938 bajo la sigla H. Pertenece a la colección del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid, España), Wikimedia Commons

 

Ahora, Gerda estaba harta de seguir los pasos de un hombre ficticio. Era el momento de una unión y de una separación: André tomó el nombre de Robert Capa y Gerda tomó el apellido Taro. Ahora, cada uno era un fotoperiodista con una firma importante. Ambos tenían perspectivas únicas, cada uno era especial a su manera. Y los dos estaban juntos en la lucha. 

El 5 de agosto de 1936, después de un accidente aéreo del que salieron milagrosamente vivos, Gerda y Capa llegaron a Barcelona. Ahí encontraron la plena efervescencia política de la lucha contra los generales insurgentes; ahí, la pareja vio partir los trenes con jóvenes idealistas hacia el frente de Aragón. En grandes letras, al lado del tren, una pancarta rezaba: “JURAD SOBRE ESTAS LETRAS HERMANOS ANTES MORIR QUE CONSENTIR TIRANO”.

Gera y Capa estaban intoxicados: éste era el lugar en el que tenían que estar, ésta era la lucha para la que tanto tiempo se prepararon. Finalmente, la pareja llegó, en septiembre, al frente de batalla en Córdoba. Y, ahí, en Cerro Muriano, Capa tomó la foto que, para bien o para mal, lo inmortalizaría. 

“Muerte de un miliciano” es, sin duda alguna, la fotografía más conocida de la Guerra Civil Española. En ella, vemos a un soldado, vestido de blanco impecable, con una cartuchera en el cinturón caer para atrás en el momento en que una bala lo alcanza en la sien. Esta foto no nada más es una de las fotografías de guerra más reconocidas de la historia, sino que es, también, una de las más polémicas fotografías jamás tomadas. 

Estos eran los años salvajes de la fotografía y del fotoperiodismo, un momento único en el cual se creía en la transparente verdad de lo que se fotografiaba. El objeto retratado era el rey de la composición. Recordemos que, aquí, estamos a más de sesenta años de distancia de las concepciones teóricas de Joan Fontcuberta sobre la ficción de cualquier fotografía:

“Contrariamente a lo que la historia nos ha inculcado, la fotografía pertenece al ámbito de la ficción mucho más que al de las evidencias. Fictio es el participio de Fingere que significa “inventar”. La fotografía es pura invención. Toda la fotografía. Sin excepciones.” 

http://https://www.youtube.com/watch?v=tlK9rLoyBC0

 

En ese momento lejano de verdad y transparencia, la fotografía del miliciano cayendo se convirtió en el centro de disputa teórico sobre ética, periodismo, verdad y fotografía. Porque, desde los años setenta, distintos historiadores comenzaron a hablar de un supuesto montaje por parte de Capa. La suposición no era increíble: Capa era capaz de eso y mucho más para tratar de demostrar el valor de la lucha republicana frente al fascismo. Pero la discusión abrió una duda sobre la intachable reputación de uno de los periodistas más reputados de la historia. ¿Acaso este bastión de la fotografía moderna era capaz de fingir su foto más famosa?

La pregunta, tal vez, nunca será respondida. Y, sin embargo, una respuesta no es lo que más puede interesarnos. Porque, haya inventado o no la fotografía, esta imagen fue un antes y un después para los fotógrafos de todo el mundo. Y Capa mismo lo dijo: 

“No se necesitan trucos para tomar fotografías en España. No necesitas que alguien pose para tu cámara. Las imágenes ya están ahí y solo tienes que tomarlas. La verdad es la mejor imagen… y la mejor propaganda.”

 

Los infelices accidentes

En España, en medio de la lucha contra el fascismo, Capa ganó la reputación que lo perseguirá toda su vida: la de un fotógrafo arriesgado, siempre al borde del peligro, siempre interesado en su lucha, nunca objetivo, siempre comprometido, elegante, encantador, romántico. En España, se podría decir que Capa inventó por primera vez la guerra con una imagen desgarradora. Fue la primera vez que Life lo publicó y fue con una imagen que impactó, por su crudeza, al público de todo el mundo. Olviden las fotografías hermosas, las portadas de estudio, los planos cuidados, las composiciones simétricas. Mientras Brassai tomaba sus fotos borrosas y brumosas de París de Noche, Capa retrató la acción misma de luchar y de morir. 

Con esta foto, la muerte del soldado anónimo tenía sentido, porque todos los que la vemos nos volvemos testigos de su sacrificio. Con esta foto de acción, movimiento y sacrificio, Capa inventó la guerra. De la misma forma, en España, la guerra inventó a Capa. André dejó de existir y nació una leyenda. 

 

Fue en España, también, donde finalmente el corazón de Capa se desgarraría. Mucho tiempo después de la trágica muerte de Gerda, Capa seguía arrepintiéndose por haberla dejado sola. Él pensaba que mientras estuviera a su lado, nada le pasaría. Pero la dejó sola unas semanas en España… y la tragedia ocurrió. 

La fotógrafa quería, con cada vez más temeridad, acercarse al frente de batalla. Después de sobrevivir un brutal ataque insurgente, Greda y su amigo Ted Allan intentaron subirse a uno de tantos coches militares entre Brunete y el pueblo de Villanueva, al oeste de Madrid. Greda abordó un camión y, desde arriba, le gritó a Allan: “¡Hoy tendremos una fiesta de despedida en Madrid! ¡Compré champaña!”. Pero ocurrió algo que nadie, entre tantos peligros, hubiera pensado: un tanque fuera de control arrolló el autobús en el que estaba parada Greda. La fotógrafa quedó prensada entre los dos vehículos, aullando de dolor. 

Las heridas abdominales que sufrió fueron terribles y varios paramédicos tuvieron que luchar para retener las tripas que se escapaban de su abdomen. Lograron llevarla a un hospital sin antibióticos ni medicinas en el que solo atinaron a darle un poco de morfina. Dicen que murió pacíficamente, preguntando siempre por sus preciadas cámaras. Tenía apenas 26 años. 

Greda fue enterrada con todos los honores de un ícono comunista en un enorme desfile en París. Una procesión inagotable de simpatizantes de izquierda siguieron su ataúd hasta el Père Lachaise. Y Capa estaba destruído. Todos, incluyendo él mismo, lo culpaban por la muerte de la talentosísima fotógrafa. Nunca había amado a alguien como amó a Gerda. Gerda fue, finalmente, la mujer que lo creó. A partir de ahí, la guerra y el dolor forjaron al Capa más cínico, más aventurero, más radical. El Capa que todavía recorrería otras tres guerras en Europa, África y Asia. Ningún hombre roto, como Capa, vivió más conflictos de tan cerca. Y su cámara los recreó todos para que nunca olvidemos los horrores del hombre devorando al hombre. 

 

********

Capa encontró su fin caminando por una carretera en Vietnam, entonces Indochina. Como Greda, todavía bañado en sangre, con el pecho abierto y la pierna despedazada, Capa buscó, hasta el último momento, su cámara. Un coronel francés, frío y aburrido, simplemente le dijo a sus acompañantes: Le photographe est mort (El fotógrafo está muerto). Nadie podía creerlo: con apenas cuarenta años, en 1954, sólo, en un camino desierto de Vietnam, la suerte de Capa se había agotado. 

 

Autor anónimo, legionario francés en la guerra indochina, 1954, Wikimedia Commons

Autor anónimo, legionario francés en la guerra indochina, 1954, Wikimedia Commons

Después de sobrevivir a cinco guerras, al sangriento desembarco de Normandía, a un corazón roto, demasiadas apuestas y un alcoholismo funcional, el más valiente fotoperiodista de la historia sucumbía por su propia temeridad. El legado de Capa es el legado de la historia más violenta; el legado del terrible siglo XX; el siglo que vio la industrialización de la muerte y el mundo desgarrado entre dos potencias. 

Días antes de morir, en una conversación al calor del coñac, alguien escuchó decir a Capa: “Ésta es tal vez la última gran guerra…” A eso, el poeta Owen Sheers simplemente respondió: 

“¿Y Robert Capa, cómo lo iba a saber?”

 

Lápida en honor a Robert Capa en Normandía, Francia, su tumba está en Yorktown, Nueva York, Estados Unidos. Flickr

Lápida en honor a Robert Capa en Normandía, Francia, su tumba está en Yorktown, Nueva York, Estados Unidos. Flickr

Bibliografía

Todas las citas directas de Capa y sus allegados, además de las anécdotas y los datos históricos fueron tomados de la excelsa biografía de Alex Kershaw:

KERSHAW, Alex. 2002. Blood and Champagne. The Life and Times of Robert Capa. London: Macmillan. 

La cita de Fontcuberta fue tomada de su seminal ensayo: 

FONTCUBERTA, Joan. 1997. El beso de Judas. fotografía y verdad. Barcelona: Gustavo Gili.


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Ilustración por Javier Arjona

Lo primero que llamó la atención de Felipe cuando llegaron al claro del bosque fueron las manchas negras sobre la banca de piedra: alargadas, amplias, como pequeños riachuelos de suciedad. Solo que no lo eran. Bajo la levísima luz de la pantalla del teléfono móvil, tenían un lustre oscuro y grumoso. Apartó de un manotón la nube de insectos que le rodeaban el rostro. Acercó la exigua iluminación a la piedra. “¿Mierda?”, se dijo. Unas filas de hormigas negras marchaban en una fila diminuta, sin tocar los surcos, como si trataran de evitarlos a toda costa. Los tocó con un dedo cauteloso. Secos hacía mucho tiempo. Se acercó las yemas a la nariz. Sin olor. Se volvió a mirar a la muchacha.

— Seguro es barro, pero no veo bien.
— No es barro.
— ¿Qué es, entonces?
— No es barro.

Por enésima vez esa noche, Felipe se preguntó si la mujer era estúpida. Fue un pensamiento claro, simple y brutal. Estúpida, con su cabello largo y castaño que le caía sobre los hombros en una melena abundante y el rostro redondo y amable. Llevaba un vestido de estampado floral que le rozaba las rodillas y unas sandalias de cuero que se anudaban en sus tobillos regordetes.

La había conocido apenas un rato antes, en medio de la multitud del mirador más abajo. Le había mirado los pechos — los grandes pechos sin sostén alguno que, aun así, se mantenían erguidos —  y después, las caderas anchas. Una tipa para coger, pensó Felipe, que ya llevaba tres botellas de cerveza encima y estaba caliente. Con queso, se repitió mentalmente, como decían en la universidad. ¿De dónde venía esa asociación de palabras? Siempre se lo había preguntado. El pensamiento bailoteó en su mente, parpadeó a media idea y se desvaneció.

Felipe se echó a reír, una carcajada alegre de borracho. Apagó el celular. La oscuridad se llenó del resplandor bulboso de la luna llena que se filtraba entre las ramas de los cedros y los pinos retorcidos. El silencio era limpio, fresco, con el olor de la hierba muy cercano y apetitoso. Ella se volvió a mirarlo en medio de las sombras; un movimiento grácil, el cuerpo regordete girando en la oscuridad. Felipe distinguió los carrillos abultados, los ojos muy abiertos. Las bonitas manos abiertas junto a las caderas provocativas.

— ¿Qué te da risa?
— Ven para acá y te lo cuento.

Ella sonreía como una niña. Una sonrisa amplia y dulce, toda hoyuelos. Sus dientes pequeños y blancos, como los de una niña pequeña, se apoyaban en el carnoso labio inferior. Los ojos grandes y castaños tenían un aire embobado. O eso pensaba Felipe, mientras le acariciaba el muslo con la mano abierta. La tenue luz blanca de la luna llena y la ciudad al fondo parecían irradiar en pequeños círculos opacos alrededor de la pareja.

— Esto es rico, ¿no te gusta?  — murmuró él —  Rico, y se pone más rico todavía.

Ilustración por Javier Arjona.

Ilustración por Javier Arjona.

Le besó el cuello, la garganta con olor a canela; le mordisqueó el lóbulo de la oreja, liso y un poco largo. Ella soltó una risita y lo rodeó con los brazos abiertos. Felipe avanzó un poco más bajo la falda, rozó el pubis. El vello abundante se le enredó en los dedos y casi pudo sentir la humedad blanda y deliciosa proveniente de más abajo, el calor enloquecedor sobre la palma de su mano. Apretó con fuerza la tela de la ropa interior, intentó hacerla a un lado. Ella se quedó rígida y entonces se echó hacia atrás. La espalda arqueada sobre el brazo de Felipe para alejarse de él, las rodillas apretadas para evitar que la mano siguiera moviéndose.

— No quiero  — balbuceó — . No me toques así.

Tenía las mejillas encendidas y la boca entreabierta. Felipe la miró ceñudo, con el cuerpo cubierto en sudor y los testículos dolorosamente apretados contra el pantalón de franela. No la soltó ni tampoco movió la mano.

— ¿Qué te pasa? Te gusta, yo sé que te gusta.
— No es que no me guste, no quiero.
— Chica, pero déjate un poquito. Te va a gustar, vas a ver.

La muchacha volvió a moverse hacia atrás, con un movimiento brusco y duro que hizo que Felipe aflojara la presión del brazo, aunque no del todo. Ahora estaban acurrucados contra la pared de piedra de la montaña, tan cerca del camino irregular que conducía a la autopista que podían escuchar el tráfico que pasaba en un lento goteo a esa hora de la noche. Ella levantó las manos y empujó a Felipe hacía atrás, pero el cuerpo de él estaba tenso y duro por la excitación. Lo escuchó soltar una carcajada.

— Mira, putica, la vaina es así: cuando yo empiezo, siempre termino. ¿Quién coño te has creído?

Ella jadeó de puro miedo y comenzó a forcejear contra los brazos de Felipe que la envolvían con una fuerza inaudita y violenta. Pero extrañamente no gritó. A Felipe le hicieron reír sus ademanes de niña, las palmas rosadas levantadas, el cuerpo regordete arqueado hacia atrás, el cabello castaño alborotado. La deseó aún más, mucho más que cuando la había visto unas horas atrás en el mirador, con un vestido floreado y sandalias que le quedaban grandes en los pies pequeños. La deseó por la piel blanca que se asomaba bajo el vestido, los pechos blandos y calientes que se apretaban contra su brazo extendido. Supo que no podría detenerse, que ella no podía detenerlo. Eso lo excitó aún más.

— ¡Te callas!  — levantó la mano y le dio un ligero bofetón con el dorso —.  Te viniste para acá conmigo, sabías qué iba a ocurrir. ¡Te callas!

Ella lo miraba con los ojos castaños muy abiertos. La misma mirada boba, un poco enajenada, como si fuera incapaz de pensar con claridad. Pero Felipe ya no notaba esas cosas. Lo único que llenaba su mente era el olor fresco y levemente viscoso de los dedos que habían rozado la vagina de la muchacha, el calor que le esperaba entre sus piernas tercamente cerradas. La empujó contra la piedra. La zarandeó con fuerza hasta que la escuchó gemir de miedo. Continuaba manoteando, soltaba patadas, pero seguía sin gritar. “Le gusta, le gusta lo que pasa”, pensó el hombre. Le tomó la cara entre las manos, le pellizco la boca, la golpeó otra vez. La empujó contra la lasca de piedra sobre la que estaban sentados. Cuando Felipe se le echó encima, ella dejó de luchar. Se quedó desmadejada, temblando con fuerza, entre jadeos entrecortados. Felipe le cruzó de nuevo la cara de un bofetón, sólo para dejar claro que no aceptaría otra rebelión.

— ¡Abre las putas rodillas! —le dijo y metió otra vez la mano entre las piernas —.  ¡Ábrete bien!

Ella le obedeció, entre temblores que le hacían castañear los dientes. Felipe le cubrió de chupetones los hombros, los pechos que se escapaban del breve escote del vestido barato. La mano reptaba ya hacia la ropa interior. Enredó los dedos en la tela, tiró para romperla. El desgarro se escuchó en la noche como un pequeño quejido. Pero ella no se movió. Solo seguía allí, aplastada bajo su cuerpo, la cabeza vuelta a un lado. Respiraba a pequeños jadeos, los dedos apretados contra los costados de la cintura de Felipe. “Esta perra lo quiere”, pensó tan excitado que tuvo la impresión que las pelotas le explotarían si no encontraba alivio. “Lo quiere duro”. Se movió sobre ella, se desabrochó el pantalón. Volvió a aplastarla con fuerza bajo su peso. Un dedo se movió en la ropa interior rota, avanzó hacia adentro, hacia la calidez enloquecedora del cuerpo de la muchacha. Ella dejó escapar un suspiro, tembló con un gemido de angustia y miedo. Él soltó una carcajada.

— Pero si estás caliente, puta  — murmuró — . Estás…

Cuando el dolor llegó, fue una explosión. Un chasquido radiante que sacudió el cuerpo de la muchacha de arriba a abajo. Felipe se quedó muy quieto, aturdido. Ella volvió el rostro. En la oscuridad, sus ojos castaños brillaban sin expresión, eran espejos de la noche líquida que los rodeaba como un arrullo primitivo.

— Te dije que no me tocaras allí.

Felipe sintió que una ráfaga roja e impensable de dolor le subía por el brazo como un sacudón eléctrico. El dolor imposible le atenazó el pecho y el hombro con tanta fuerza que le dejó sin respiración. Cuando ella se movió debajo de él, la sensación se incrementó, se hizo insoportable, lo sacudió con una fuerza telúrica y desconocida. Entre sacudones intentó separarse de ella, pero todavía tenía el brazo hundido entre sus muslos blancos. Olió la sangre antes de verla. Sintió su textura viscosa y caliente antes de entender de qué se trataba. Un chillido desesperado y enloquecido se le escapó de la garganta. Ella lo contempló con plácida paciencia.

Ilustración por Javier Arjona.

Ilustración por Javier Arjona.

— Uno no debe tocar lo que no quiere ser tocado  — dijo ella —.  Uno no toca lo que no le permiten.

La vocecita de niña parecía flotar entre las sombras, como un chasquido que no tenía nada de humano. El zumbido de los insectos se hizo ensordecedor, los rodeó como un hálito fétido y zumbante que palpitaba de vida propia. Felipe gritó de nuevo y tiró del brazo, tratando de apartarse del cuerpo de la mujer que, con las piernas abiertas, le contemplaba absorta, apoyada sobre los codos y con la cabeza ladeada en un gesto casi tierno. Una docena de moscas tornasoladas volaron hacia su boca abierta y Felipe casi pudo sentir cómo volaban contra el paladar, cómo resbalaban por su lengua. Sintió que el pecho se le cerraba de miedo y repugnancia. Debajo de su cuerpo, la mujer se movió de nuevo y la luz de la luna llena iluminó su rostro. Tenía la mejilla hinchada, el labio inferior roto, pero sonreía. Una sonrisa helada, repulsiva, sin alegría.

— ¿Qué mierda es esta?  — Felipe no reconoció su voz al gritar —  ¿Qué mierdas me haces?
— No se toca lo que no te permiten tocar.

Ella ahora canturreaba, mientras él tiraba con todas sus fuerzas del brazo aún hundido en la entrepierna de la mujer. Más insectos brotaron de la oscuridad. Una nube fétida y violenta golpeó el rostro de Felipe como dedos calientes y rígidos. El dolor era cada vez más fuerte, más violento, tan agudo que Felipe sintió que invadía cada parte de su cuerpo a la vez, como un gran estallido.

Chilló y sacudió la mano de un lado a otro, pero algo le mantenía bien sujeto. Algo apretaba con fuerza, algo roía con una presión violenta los dedos que había introducido en la vagina de la mujer. Dientes, pensó mientras una ráfaga de sangre salpicó en un pequeño rocío carmesí. ¡Dientes!

— No se toca lo que no quiere ser tocado  — dijo ella de nuevo —.  ¡No se toca lo que nadie te ha invitado a tocar!

Sus facciones eran todo sombras, como si flotara en una colección de ángulos borrosos en la penumbra. Felipe no sabía si era debido al dolor o al terror, pero tuvo la impresión que aquella cara fofa y tierna crecía, se hacía enorme como un globo. El largo cabello castaño le caía sobre los hombros, una masa viva luminosa que parecía serpentear sobre la piel blanquecina. Los pechos le temblaban bajo un esfuerzo invisible, lento e inexorable. Las caderas se balanceaban con un movimiento grácil y casi erótico, mientras el mismo centro de su cuerpo, la boca hambrienta de su vagina, devoraba con lentitud el brazo del hombre. Felipe gritó de nuevo a todo pulmón. Un grito agónico que reverberó por la oscuridad de los árboles retorcidos. Ella sonrió, los ojos enormes y castaños radiantes en la oscuridad.

— ¿No te gusta así?  — murmuró —  La carne vuelve a la Tierra. La Tierra devora la carne.

Ahora el movimiento ondulante de su cuerpo era más rápido y ágil. La sangre brotaba a borbotones, le caía por los muslos blancos, salpicaba hacia el rostro de la mujer, sus pechos núbiles. Cuando levantó la pelvis, Felipe se vio impulsado hacia adelante, consumido por una fuerza irresistible, salvaje, decidida. El brazo había desaparecido hasta el codo y el dolor ahora era una oleada que le arrebató la cordura, que le dejó sin voz y sin capacidad para resistirse. Simplemente seguía allí, resollando, tambaleándose de un lado a otro por aquel parto antinatural, monstruoso. Vislumbró los pequeños pero mortíferos dientes en medio del revoltijo de huesos, carne y sangre. El agujero enorme de la vagina boquiabierta, impensable, interminable.

— Tomo lo que me pertenece  — dijo ella, entonces —,  lo tomo porque tú me lo diste.

Era una voz suave, casi cantarina. La mujer echó la cabeza hacia atrás y tomó una larga bocanada de aire; el placer le recorrió como una única convulsión invisible. El cuerpo de Felipe rodó sobre la lasca de piedra y se quedó tendido de lado. El brazo aún extendido ya había desaparecido casi hasta el hombro. Tenía los ojos abiertos, pero aún estaba vivo. Seguía vivo cuando ella extendió los brazos y lo atrajo hacia su cuerpo. Lo estaba incluso cuando los brillantes dientecillos, que esperaban ansiosos por su carne, rodearon su cabeza, rozaron su piel blanda, presionaron contra el hueso. Entonces, llegó la oscuridad. El dolor convertido en algo más denso y misterioso. En un breve chispazo de monstruoso placer.

Ilustración por Javier Arjona.

Ilustración por Javier Arjona.

El hombre de uniforme se acercó a la lasca de piedra con paso cauteloso. Su compañero prefirió quedarse atrás, contemplando la escena a una prudencial distancia. La lasca de piedra tenía un aspecto inocente, a pesar de las manchas brillantes de sangre coagulada que se derramaban a los lados y caían en un pequeño riachuelo sobre la tierra. No era suficiente para resultar sospechosa, pero era sangre, después de todo. Bajo el sol deslumbrante de la madrugada, la escena tenía algo de irreal, como un sueño mal recordado. El hombre se frotó la frente, se quedó de pie un buen rato hasta que se volvió a mirar al otro oficial, unos pasos más allá.

— Un animal  — dijo —. Alguien mató a un perro o a un gato  — dijo en voz ronca —.  Se lo llevó de aquí.

Una explicación como cualquier otra, tan absurda como el dibujo de los hilos de sangre que rodeaban la banca de lascas, la sucesión de pequeños charcos que se abrían en canales de un lado a otro. Sangre fresca, recién vertida. El hombre que no se atrevía a acercarse encogió los hombros y apretó el arma de reglamento entre las manos con dedos rígidos. Tenía miedo. Tanto miedo que después, cuando quiso recordar la escena, no se atrevió a hacerlo a detalle.

Había visto sangre antes, escenas como aquellas abundaban: como guardabosques de la montaña, tropezaban con todo tipo de crueldades — pequeños animales destripados o desollados —,  como si la naturaleza invitara a un tipo caótico de placer. Pero la escena con la que acababa de tropezar tenía algo simple, primitivo, que les produjo a ambos escalofríos. El banco de piedra estaba cubierto por líneas abiertas que se abrían de derecha a izquierda, como si alguien  — algo —  hubiese resbalado sobre los largos lamparones. La sangre goteaba mansa y brillante, cada vez más turbia y densa. Pero no había nada más. Ni el cuerpo del animal, ni señal alguna de la dirección hacia la cual había escapado la criatura malherida o lo que fuera que le había hecho daño. Había algo inquietante en esa ausencia de detalles. Los goterones salpicaban la hierba verde, salpicándola de un delicado rocío carmesí. Un perro, pensó de nuevo el hombre más cauto. Un perro muerto. Algún degenerado. Un perro.

— Mejor le echamos agua y nos vamos  — murmuró el primero — . Mejor…

Cuando escucharon el sonido de las ramas chocar entre sí, ambos se movieron al unísono, las armas levantadas, apuntando hacia la oscuridad grisácea de la primera hora del día. Pero allí sólo había una muchacha de cabello castaños y ojos de mirada boba, que sonreía mientras avanzaba entre la frondosa vegetación. Llevaba un vestido floreado, la piel fresca y húmeda, como si hubiese tomado un chapuzón en uno de los numerosos riachuelos que bajaban de la montaña. Ambos hombres la miraron asombrados, un poco aturdidos. Ella ensanchó su sonrisa.

— Solo tengo un poco de hambre, aún  — dijo — . Solo un poco más.

 

“Solo un poco más” se publicó originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso.


Autores
(Venezuela). Escritora y fotógrafa, especializada en cultura pop, ciencia ficción y fantasía, con énfasis en el género del terror y el romance gótico.

Ilustrador
Javier Arjona
Artista visual egresado de la Universidad Veracruzana. Actualmente radica en la Ciudad de México y lleva con Miriam Gómez el taller de RABIA, lugar en el que realiza su producción y desarrollan proyectos de auto publicación.