Tierra Adentro

Sobre XX aniversario de El club de la pelea

 

 

No es el apego a la vida sino el espanto a la muerte lo que nos mantiene vivos.

David Toscana

 

Debo de confesarles, hermanos míos, que ayer volví a mirar El Club de la Pelea (David Fincher, 1999).

Fueron muchos años sin adentrarme en aquella cueva de conocimiento que en mi adolescencia se volvió una obsesión, una luz que guiaba un camino que yo consideraba virtuoso: una desesperada defensa del propio ser ante una sociedad carroñera que te necesita aplastado. Porque cuando nuestra única certidumbre es que vamos a morir, ¿apoco sobrevivir no puede volverse una obsesión?

Muchos de ustedes la han visto, seguro. Muchos de ustedes habrán sentido a qué me refiero cuando mencioné los vergonzosos sentimientos adolescentes que me provocaba: la rebelión como un estado de conciencia permanente, el deseo de la brutalidad como un arma. Acabo de decir que en este mundo que constantemente provoca la muerte, se busca con ansias la Salvación: ese ha sido el tema de las falsas religiones toda la vida, mis hermanos. Tomen a la religión cristiana, por ejemplo, que inculca la voluntad de sobrevivir sin cometer ningún pecado, que exige ser una persona impoluta porque solo así se puede obtener la Eternidad: la gracia del Señor mantiene a flote en medio del osario. Otras religiones actúan igual. Nacen de ahí, del miedo que tenemos a ese día en que sentiremos cómo se siente no sentir nada. Pero luego llegan seres de luz como Iván Karamázov y declaran a los cuatro vientos: si la Eternidad (o Dios, dependiendo de la traducción) no existe, entonces todo está permitido.  ¡Vaya idea! Si Dios no existe, le responde Sartre, entonces no tenemos un suelo ideológico que nos obligue a actuar de tal o cual manera, a ser borregos que llevan al matadero; pero nuestro castigo es peor: estamos condenados a reinventarnos todos los días, a buscar un sentido en medio del absurdo sin (posiblemente) nunca encontrar tierra firme.

Aunque, bueno, Iván Karamazov bien respondería que el hombre es esa criatura que está buscando a quien entregar ese don de la libertad con el que, por desgracia, tuvo que nacer.

Pero volvamos a El Club de la pelea. ¿Por qué hablo tanto sobre la salvación? Porque en el fondo eso es lo que está persiguiendo el protagonista sin nombre, que vive en una era postmoderna donde Dios ya fue sepultado por Nietzsche; una era que, aunque hayan pasado veinte años, no es muy diferente a la nuestra: buscamos asirnos en lo efímero, salvarnos de la cruel rueda del tiempo –el Eterno Retorno– que regresa a atormentarnos todos los días; vives sólo en un departamento lleno de cosas que no tienen ningún significado en tu vida mientras continuas en un trabajo que odias rodeado de personas que ni siquiera soportas; o como diría Tyler Durden, uno de los protagonistas de la película, “tenemos empleos que odiamos para comprar basura que no necesitamos y así impresionar a personas a quienes no les importamos”. Lo efímero es nuestra cruz y quince minutos bastan para arruinar una vida y para olvidar el daño: el mundo capitalista es, para nuestra desgracia un bosque indómito donde aúlla el lobo y parlotea el obsceno pájaro de la noche (Henry James dixit) en el que las empresas gastan millones de dólares fabricando coches defectuosos para retirarlos sí, y sólo sí, el precio de los seguros es mayor al que se gastó fabricándose. Queremos creer, mis hermanos, que nuestra vida es mejor que en los Noventas solo porque, en aquella época, la violencia se desencadenaba a dos océanos de distancia. Ahora está insertada en nuestros líderes, quienes convencen a multitudes para seguirlos a través de discursos de odio en los que ni ellos mismos creen, pero que, en definitiva, las personas sí se están tragando. De eso nos habla la película de Fincher: en medio de ese malestar en la cultura, la única respuesta que sus personajes encuentran, y quizá la única que desean, es armar un ejército clandestino conformado por personas de a pie: los Olvidados, los meseros que atendemos en los restaurantes, las personas que les vendemos sus discos y sus libros, su ropa. Hasta presagió a lo que años después sería Anonymous en las batallas por el internet libre. ¿Les suena? La serie televisiva Mr. Robot lo parodia: ¿apoco ésta no es, también, una reescritura de El club de la pelea, donde un grupo de hackers busca dar un golpe social fuerte al derrumbar las bolsas y eliminar las deudas estudiantiles de toda una generación (entre otros tipos de deudas), así que hacen todo un movimiento político para lograrlo? Quieren salvarse y quieren salvar a los otros. Y de la misma manera que en Fight Club, quien está realizando todo es una parte inconsciente del protagonista, un fantasma de su pasado sin límites morales. A veces parece que la mayoría de los problemas surgen cuando una persona cree tener la panacea para todos los problemas del mundo: ¡dichoso quién no teme a la Incertidumbre, ya que de él será el reino del Futuro!

Cuando terminé de ver la película, acudí con unos amigos para compartir bebidas espirituales: uno necesita la iluminación y el conocimiento de los otros cuando ha regresado a sentirse un adolescente rebelde, necesita que le hablen de deudas y relaciones enfermizas y todas aquellas cosas que nos regresan a la aburrida vida adulta. Les dije que tenía que escribir este texto, que pensé que el nódulo de la película era la idea de la salvación, y sus respuestas, a coro, fueron: Claro, El club de la pelea está en ese peligroso límite entre la filosofía y la superación personal; mira, Ceyca, cómo inicia: el protagonista, hastiado de su vida, va y se une a grupos de autoayuda esperando encontrar, así, una manera para poder dormir. Para no ser una copia de una copia de una copia. Y lo encuentra en los senos de Bob, aquel fisicoculturista que –cuando el delirio ha llevado al Proyecto Mayhem a seguir las órdenes de un desquiciado que a veces se llama Tyler Durden– abandona la historia de forma trágica. Y para alejar a Marla, quien solo quiere salvarse del tedio de una vida normal.

Pero es entonces cuando me doy cuenta de otra cosa. El club de la pelea está ubicado en un peligroso triángulo dónde puede convertirse en las dos cosas que ellos mencionaron, o en una tercera: una religión, un ismo, un credo, una de esas recetas de espiritualidad de las que es difícil que las personas podamos escapar. Justo como les decía al inicio. Y es que les contaré una historia sobre esto, mis hermanos: tres chicos que están aprendiendo a escribir se reúnen para tomar, un sábado por la noche. Las botellas circulan por la mesa. En eso llega el primo de uno, trae guantes de boxeo. El alcohol ya estaba haciéndolos desvariar; nadie recuerda quién es el primero que lo menciona, pero de pronto todos están seguros de que deben usar los guantes mientras siguen borrachos y los golpes no se sienten; pronto empiezan a armar turnos para enfrentarse, para lanzarse a la boca los golpes que no se dan cuando critican una mala línea o una mala idea, para que sangraran las cejas en lugar de los textos. El asunto es más ridículo que heroico. Entre más toman menos pueden atinar los golpes, más se ponen a dar datos para distraer al otro. Ni siquiera en la semana sabrán si contar eso a sus compañeros de trabajo o superiores cuando se queden viendo sus cejas o labios partidos o sus moretones.

Desde aquel día llamamos a nuestro grupo de revisión de textos ‘el taller de la pelea’; y la primera regla, que siempre rompíamos, era que no se debía hablar sobre taller: cuando caminamos por el Valle de la sombra de la Pésima Escritura no temimos ante la burla y la incertidumbre ya que el recuerdo del ridículo que hicimos esa noche nos infunde nuevo aliento. Ni siquiera el fracaso será un problema. Porque Tyler Durden fue nuestro pastor, nada nos faltará.

 


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
Ilustración por Miranda Guerrero

Ricardo Guerra de la Peña tiene facha de estrella de rock: cabello despeinado, andar lento y finta desaliñada, pero a la vez, paradójicamente, viste bien y tiene un excelente estilo; quienes lo conocen mejor saben que es en parte una especie de mirrey renegado. Tiene 26 años y un hermano cuate, que, a pesar de su parecido físico, es su opuesto: Ernesto es constante en extremo, si se propone algo siempre lo logra; mientras que Ricardo es una montaña rusa, hay veces que tiene proyectos, está muy animado, y de repente se detiene y huye, escondiéndose de sí, dejándolo todo.

Algo invariable en su vida es la escritura: a los seis compuso su primera canción, sobre un corazón roto, y casi a la misma edad escribió su primer cuento, sobre los gatos. Otra constante son sus padecimientos psiquiátricos: apenas unos años después de su despertar creativo tuvo sus crisis iniciales y tras el diagnóstico –depresión y ansiedad generalizada–, probó sus primeros medicamentos psiquiátricos.

Pero ese fue solo el inicio. “He perdido la cuenta de los médicos que me han atendido, mis diagnósticos van desde trastorno límite de la personalidad hasta esquizofrenia, –dice inexpresivo,con humor ácido– de hecho, yo creo que he tomado todos los medicamentos psiquiátricos que existen”.

Quienes lo conocen, describen a Ricardo como una persona sumamente culta, desde el preescolar mostró una sensibilidad artística especial, apenas hablaba y ya amaba a Van Gogh y a Kahlo; aunque no ha terminado una carrera universitaria –pues sus crisis lo han orillado a dejar inconcluso su paso por la Universidad Modelo (Yucatán) y el Claustro de Sor Juana (CDMX)– le interesa mucho investigar y devora libros.

Desde hace algunos años trabaja en un proyecto literario que ha desarrollado siendo becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) de Yucatán, durante el período 2017-2018. Se trata de una serie de cuentos con una temática que le es muy propia: los trastornos mentales.

El nombre con el que identifica lo que será su ópera prima es La nave de los enfermos mentales. “La locura, psicólogos, psiquiatras, era como una narrativa que yo desde que empecé a escribir llevaba, porque muchas veces tengo cuentos que escribí drogado o que escribí sintiéndome loco”, confiesa. En su escritura, Ricardo es el capitán.

Primera receta psiquiátrica de Ricardo Guerra

Primera receta psiquiátrica de Ricardo Guerra

* * * *

De nuevo su garganta cerrada, seca, muerta. No podía respirar: los músculos que intervienen en la respiración se tensaban chocando contra sus costillas, el oxígeno quedaba contenido en los pulmones, el aire de todo el mundo no le alcanzaba. Salía de la casa de su mejor amigo, donde vivía desde un día atrás. Caminaba de un lado a otro, como desesperado. Hablaba consigo mismo en voz alta. Los pensamientos eran un torrente imparable que invadía su mente. Estaba seguro. Esta vez sí, no era él. Definitivamente se estaba volviendo loco.

Ricardo, preso de un ataque de pánico gigante, miraba una vez más las calles de la Ciudad de México como un escape. Apenas la noche anterior había sentido también que la garganta se le cerraba; invadido por el miedo, salió a correr a las tres de la mañana, huyendo de sus pensamientos y sensaciones; huyendo de sí.

Como un auto, sus piernas se movían a gran velocidad por pleno Circuito Bicentenario con sus cuatro carriles y puentes elevados. Los carros casi lo rozaban, pero él estaba inmerso en el terror. “Detuve algún taxi –recuerda– le pedí que me llevara al hospital más cercano porque estaba seguro que la vida se me escapaba”.

Cuando arribó al Hospital San Ángel INN Chapultepec dijo lo que sentía: “Me estoy muriendo”. Llamó a su madre que vivía en Mérida y a las cuatro de la mañana llegó la mamá de su mejor amigo a la clínica; ahí recibieron el diagnóstico: “tuvo un ataque de pánico, no se le está cerrando la garganta, su salud física está

perfecta”, dijeron los doctores. Después de aplicarle unos sedantes decidieron que, debido a que emocionalmente no estaba bien, se quedara a dormir unos días en la casa de la calle Miguel Ángel, en la colonia Moderna, donde ahora daba vueltas, haciendo surcos con su ir y venir.

Su mejor amigo, Fernando, lo encontró como ausente en la banqueta.

–Tengo un ataque muy fuerte–, le dijo Ricardo, mientras caminaba instintivamente hacia el Parque de la Moderna, ubicado a una cuadra de distancia.

Actuaba raro, se hacía preguntas y él mismo las contestaba: “¿voy a estar bien?”, “pero es que me siento muy mal”, susurraba mientras se tapaba un oído, “ya no voy a escuchar eso”, “me voy a concentrar en sentirme bien”.

Fernando, viendo cómo la situación empeoraba, se decidió a pedir ayuda médica. La ambulancia tardó mucho en llegar y cuando por fin apareció, se negaron a atenderlo, alegando que estaba drogado. Ricardo les pedía desesperadamente que lo ayudaran, que le tomaran sus signos vitales, que evitaran su muerte prematura a los 21 años.

“Eres un pendejo, solo nos estás haciendo perder el tiempo”, le dijeron los paramédicos antes de retirarse. Pálido y con la respiración entrecortada, miró a su amigo con el que creció desde los seis años en la calle Corregidora en Tlalpan y le hizo una petición que emergió desde lo profundo de su miedo y frustración:

–Por favor, mátame, Fernando, mátame.

 

* * * *

Durante su adolescencia, Ricardo empezó a combinar sus medicamentos controlados con alcohol y cigarros: una bomba de tranquilidad en la guerra contra su mente. Batallas siempre perdidas. Para estudiar la preparatoria se mudó de la Ciudad de México a Yucatán. Ahí las cosas comenzaron a retorcerse.

“Tengo recuerdos muy vagos”, dice el escritor y su piel se estremece por no saber qué fue de él en toda una época de su vida, incluso tuvo una novia durante nueve meses que ahora se ha borrado por completo de su memoria; hay años enteros de los que no recuerda nada, solo que empezó a volverse intolerante con su familia y violento consigo mismo: “comencé a autolesionarme, a cortarme… yo sentía que había algo mal conmigo, que estaba loco”.

Durante casi una década saltó de psiquiatra en psiquiatra, los diagnósticos iban desde la esquizofrenia hasta la bipolaridad y a la nada. “Llegó un punto en que me dijeron que yo no tenía nada, que todo me lo estaba inventando, que no tenía absolutamente nada, que todos eran inventos míos para llamar la atención”.

Como es usual en los exámenes de salud física de quienes padecen ansiedad, los de Ricardo arrojaban resultados normales, entonces su mamá le creyó al psiquiatra en turno y se molestó mucho

con su hijo, pensando que sus enfermedades eran una táctica de manipulación.

“Agarré unas tijeras de la oficina de mi mamá el día de la cita y las llevé al consultorio, y frente al doctor saqué las tijeras largas y filosas– y me las puse en la yugular”. Entonces, bajo los efectos de barbitúricos –depresores del sistema nervioso central– le dijo con total seriedad y convencimiento: “usted me cura, o me dice qué tengo, o me las entierro aquí, en su consultorio”.

 

* * * *

La obra más importante de Sebastián Brant, escritor y humanista del renacimiento alemán es La nave de los locos o La nave de los necios, un libro satírico conformado por una sucesión de 112 textos e igual número de imágenes, en los que critica los vicios de su época. Uno de los grabados más conocidos es el de la portada, cuya iconografía muestra la imagen de un barco cargado con locos, pecadores y necios. Aquí encontró inspiración Ricardo Guerra.

La locura ha sido una constante en el arte y los estudios de la humanidad. Un enigma. Así como la nave ficticia de Brant, Michel Foucault en su Historia de la locura en época clásica, describe la existencia de barcos que llevaban a los enfermos mentales de un lugar a otro. Durante siglos, los considerados como dementes fueron

expulsados de sus comunidades, obligados a vagar por zonas poco pobladas, y a veces, eran embarcados con rumbo al destierro.

“Para mí –dice Ricardo con total seguridad, desde su faceta más pesimista–, la nave de los locos era como el primer psiquiátrico, que consistía en meter a todos los locos y dejar que el barco anduviera sin rumbo hasta naufragar. El sistema actual de psiquiatría no ha cambiado en el fondo: llegas a un consultorio, te subes al barco, y luego te sueltan medicamentos muy fuertes; entonces al momento de doparte, sueltan la nave hasta el naufragio inevitable que termina siendo el suicidio, la adicción a la medicina o una vida de lechuga”.

 

Ilustración de "La nave de los locos", Albrecht Durer/ Sebastian Brant, 1494

Ilustración de “La nave de los locos”, Albrecht Durer/ Sebastian Brant, 1494

* * * *

Ricardo estaba en la congeladora, observado por médicos y enfermeras, con suero ingresando a su cuerpo a través de sus venas; ahí tenían 24 horas a los recién llegados, después de haberles revisado hasta el culo para asegurarse que no llevaran drogas. A sus 18 años estaba internado en Monte Fénix, una “clínica de adicciones con 38 años de experiencia” –según reza su publicidad–.

Llegó ahí por su adicción a los benzodiacepinas, por esa época tomaba 15 gotas de Rivotril (Clonazepam) a cada rato, muchas veces combinadas con alcohol. Su dealer era Pfizer y no un delincuente

que rebajaba su droga con veneno para ratas. Su tratamiento para sentirse bien lo ponía al borde de una sobredosis. Su salvación era su infierno. Su medicina era su enfermedad. Su navegar era su deriva.

En el centro de rehabilitación, los cocainómanos se burlaban de él porque los únicos internos que compartían su adicción eran señoras de la alta sociedad. Ancianas ricachonas, mansas como perros viejos, incontinentes urinarias. “Me avergonzaba pertenecer a ese grupo. Mientras estuve internado, una señora intentó meter más de doscientos Tafiles escondidos en un elaborado peinado de salón”.

Lo llamaban Ger porque al llegar le preguntaron su nombre y estaba tan drogado que fue lo único que logró articular. Maullaban para saludarlo, pues en una clase de preparatoria, vencido por las ganas de no vivir, tuvo una crisis que lo llevó a actuar como gato. Incluso rasguñó e hizo sangrar a uno de sus compañeros.

“Empezó la clase y yo me fui a una esquina y me quedé ahí. Ya no tenía ganas de vivir: cada día era sufrir y padecer; simplemente me dejó de importar. Me quedé como encapsulado dentro de mi cabeza”. Catatónico, engarrotado, muerto. Ricardo recuerda ver cómo se detenía la clase, cómo su maestra y sus compañeros intentaban moverlo sin éxito alguno. Ni el llanto incontrolable de una de sus amigas que le pedía que reaccionara lo hizo volver.

“No sé si haya estado demasiado drogado, yo creo que son muchas cosas, fue como rendirme, de cierta manera me dejé morir”. Los paramédicos llegaron y lo encontraron voluntariamente inmóvil y en posición de gato. Lo subieron a la camilla; la directora dijo: “Tápenlo, porque va a traumar a los demás estudiantes”. Entonces le pusieron una manta encima, como si de verdad hubiera muerto: era un bulto, con forma de felino, ausente de sí.

* * * *

En México, sigue siendo una utopía que quienes tienen trastornos mentales sean atendidos en sus comunidades. El instrumento de Evaluación para Sistemas de Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud (OMS), implementado en México, concluyó que en nuestro país tenemos un modelo institucionalizador, es decir, que el encierro y los hospitales psiquiátricos son la figura central. Así por ejemplo, en el año 2011 había 33 hospitales psiquiátricos públicos y en el año 2018 la cifra aumentó un 18 por ciento.

“Por eso lo único que cambié del nombre fue una palabra, de La nave de los locos a La nave de los enfermos mentales –detalla Ricardo–, bajo la idea de que lo único que ha cambiado es el término; ya no somos locos, somos enfermos mentales; ya no es un barco, pero son medicamentos; o sea, han cambiado los símbolos, pero en el fondo sigue siendo lo mismo”.

En México, de acuerdo al instrumento de la OMS, la mitad de los pacientes de servicios de salud mental fueron atendidos en hospitales; y de entre ellos, un 59 por ciento fueron internados. Hoy, pese a los esfuerzos institucionales, el aislamiento y el encierro siguen siendo formas de purificación social.

Ricardo recurre, en el título de su obra, a una imagen de gran poder evocador: la de imponentes barcos capitaneados por locos que surcaban los mares y ríos europeos. La salud mental es un tabú, quizá ya no un enigma, pero sí un estigma. Así surcan la vida en la actualidad casi el 30 por ciento de los mexicanos que, de acuerdo a la Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM), padecen trastornos mentales, y de los cuales, solo uno de cada cinco recibe tratamiento.

Ilustración por Miranda Guerrero

Ilustración por Miranda Guerrero

* * * *

Una publicación de redes sociales, en la que Ricardo Guerra denunciaba lo que considera negligencia por parte del médico Arsenio Rosado Franco, se hizo viral y lo llevó a emprender un movimiento para exigir mejoras en la calidad de la atención psiquiátrica en México. Sin embargo, a pesar de que ha recabado decenas de testimonios, no se han concretado acciones legales todavía.

A Ricardo, el doctor Rosado Franco lo diagnosticó con bipolaridad y le recetó medicamentos para tratar la esquizofrenia y la bipolaridad aguda. También le dio Clonazepam, el tipo de medicamento por el que había estado internado en la clínica de rehabilitación, permitiéndole tomar la dosis que él quisiera.

“Lo que pasa con los medicamentos es que empiezas a tener efectos secundarios: con ese coctel me quedaba dormido, me acuerdo que en Navidad me quedé dormido en la mesa, vivía como discapacitado”. Otra de las consecuencias fue la pérdida de memoria. Ante estas molestias, el psiquiatra le prescribió Modafinilo, droga utilizada por estudiantes para potencializar su inteligencia, pero con graves consecuencias por su uso ilegal. “Esa medicina me aceleraba y hacía que me sintiera maníaco”.

Al cabo de unos meses, Ricardo ya no recordaba nada. Padecía lagunas mentales y tenía la cara hinchada por las drogas. Su familia se preocupó y lo envió a otro médico en la Ciudad de México. Fue ahí en donde descubrieron que el diagnóstico del doctor Rosado Franco era erróneo, no tenía bipolaridad, sino un trastorno de ansiedad.

Después de que se hicieran públicas historias de supuesta negligencia médica y de que ya antes hubiera sido acusado por diversas anomalías registradas mientras era titular del Hospital Psiquiátrico (2007-2013), incluyendo el suministro de medicamentos para experimentar con sus pacientes, Arsenio Rosado Franco guardó

silencio como estrategia para librarse. De hecho, fue subdirector del departamento de Salud Mental de Yucatán, hasta enero de 2019.

Pero no es el único diagnóstico erróneo que ha recibido Ricardo. El más difícil fue el de epilepsia degenerativa. “Durante dos años y medio no paraba de pensar que tenía epilepsia degenerativa, como decía mi psiquiatra de ese momento, y que a los 36 años iba a estar con Alzheimer”. En ese tiempo, el escritor estaba convencido de que terminaría suicidándose antes de perder sus capacidades cognitivas.

Un neurólogo, que lo atiende actualmente, le hizo una serie de profundos estudios en los que apareció que no tenía ningún daño en el lóbulo temporal derecho, es decir, que no padece de epilepsia, y menos de epilepsia degenerativa. El diagnóstico de su médico y por el que está en tratamiento ahora, fue el mismo que el primero que recibió cuando niño, 16 años antes: ansiedad.

Ilustración por Miranda Guerrero

Ilustración por Miranda Guerrero

 

* * * *

Angs es una palabra alemana que ha sido traducida al castellano como angustia, no como ansiedad. Aunque ambos términos podrían ser sinónimos, en psiquiatría ansiedad es el trastorno de carácter psicológico, y la angustia, la dimensión orgánica del mismo.

Por eso, los traductores del filósofo existencialista alemán Soren Kierkegaard han llamado a su obra de 1844 El concepto de la

angustia, cuando lo que él describe es la ansiedad. En una de sus citas más célebres explica: “Ningún Gran Inquisidor tiene preparadas torturas tan terribles como la angustia; ningún espía sabe cómo atacar con tanta astucia al hombre del que sospecha, escogiendo el momento en que se encuentra más débil, ni sabe tenderle tan bien una trampa para atraparlo como sabe hacerlo la angustia, y ningún juez, por perspicaz que sea, sabe interrogar y sondear al acusado como lo hace la angustia, que no lo deja escapar jamás, ni con las distracciones y bullicio, ni en el trabajo ni en el ocio, ni de día ni de noche”.

Así es la ansiedad, la enfermedad mental más común en México, pues según datos de la última Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica en nuestro país, 28.6 por ciento de la población adulta padecerá algún trastorno mental en su vida, siendo los más relevantes los de ansiedad (14.3 por ciento). También es la que registra el mayor incremento, de acuerdo a la Secretaría de Salud, esto debido a factores externos que no solo tiene que ver con el incremento de los índices de delincuencia, sino con la contaminación, la economía y el entorno social, así como laboral.

La ansiedad –explican los psicólogos y psiquiatras– es básicamente un mecanismo defensivo. Es un sistema de alerta ante situaciones consideradas amenazantes. La mente está segura de que hay riesgos y envía señales al cuerpo. Algunas de las sensaciones físicas más comunes son: fríos y calores internos, calambres,

pinchazos en corazón o cabeza, hormigueos en manos y piernas, entumecimiento de los músculos en la cara, descargas eléctricas repentinas, mareos, visión borrosa o que no puedes enfocar, debilidad corporal, sentir que te desvaneces, que las piernas no te responden; todo acompañado de una certeza total de que algo malo va a suceder.

En Costras y girones, uno de los cuentos de La nave de los enfermos mentales, Ricardo Guerra narra un ataque de ansiedad: “No se puede escribir con un ataque de ansiedad, no puedo escribir sin ansiedad. ¡Cállate!, ¡Cállate, o te volteo la cara! (…) ¿Me puedo morir por no dormir una noche? El estómago se me hace piedra, las manos engarrotadas no me dejan escribir, siento hormigueo en la garganta, punzadas en el brazo izquierdo, no me va a pasar nada, soy muy joven para que me dé un infarto, quizás no ¿cuándo dan los infartos?”.

La ansiedad hace perder el control, pero aún así Ricardo lleva el timón cuando escribe. Podrá ser un barco sin rumbo –como a veces piensa–, pues describe su enfermedad como “un dolor constante”, que sabe que lo acompañará por el resto de su vida, pero no deja de dirigir. Es el capitán de su nave.

 

Ricardo Guerra

Ricardo Guerra


Autores
Amante de las narrativas, la forma es lo de menos: la poesía, el periodismo, la fotografía. Ganador del Concurso Estatal de Poesía “Griselda Álvarez” 2016 en Colima y en tres ocasiones del Premio Estatal de Periodismo en la misma entidad. Antologado en dos ocasiones por la Feria Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), al obtener triunfos consecutivos en el Concurso Creadores Literarios FIL Joven. Colaborador de varios periódicos y suplementos culturales colimenses y nacionales.

Ilustrador
Miranda Guerrero Verdugo
Miranda Guerrero es una artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías en Tierra Adentro; mientras que ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX. Instagram: www.instagram.com/mirandacollageartist/

Capítulo 1

Diario de Jonathan Harker

(taquigrafiado)

 

3 de Mayo, Bistritz— Salí de Múnich a las 8:35 p.m. el 1° de mayo y llegué a Viena muy temprano la mañana siguiente; debí de haber llegado a las 6:46, pero mi tren se demoró una hora. Budapest es un lugar maravilloso, o eso me pareció por el vistazo rápido que le di a la ciudad desde el tren y lo poco que caminé por sus calles. Temí deambular demasiado lejos de la estación, pues habíamos llegado tarde y el siguiente tren partiría lo más cerca de la hora antes establecida que se pudiera. 

La impresión que tuve fue la de dejar atrás el Oeste para internarme en el Este; el más occidental de los puentes que atraviesan el Danubio, que aquí tiene una anchura y profundidad noble, me introdujo a las tradiciones del imperio turco.

Partimos a muy buena hora y llegamos antes del anochecer a Klausemburgo. Ahí, pasé la noche en el Hotel Royale. Comí, o más bien cené, un  pollo cocinado de alguna manera con pimiento rojo, estaba muy bueno, aunque algo seco (Recordar: conseguir la receta para Mina). Al preguntarle al mesero por el platillo, dijo que se llamaba “paprika hendl” y que al ser un platillo nacional, seguramente podría conseguirlo en cualquier lugar de los Cárpatos. Encontré muy útiles mis nociones de alemán y no sé si hubiese podido sobrevivir sin ellas. 

En Londres había tenido un poco de tiempo libre a mi disposición que usé en visitar el Museo Británico donde hice una pequeña investigación sobre Transilvania entre los libros y mapas de la biblioteca; pues se me había ocurrido que tener algún conocimiento previo del país podría resultar difícilmente de poca importancia al tratar con un noble de aquel lugar. Descubrí que el distrito que él nombró se encuentra en el este extremo este del país, justo en la frontera de tres estados, Transilvania, Moldavia y Bucovina, en el medio de los Montes Cárpatos: una de las más salvajes y desconocidas regiones de Europa.

No conseguí ningún mapa o trabajo que me aclarara la ubicación exacta del castillo Drácula, pues no hay mapas de este país que se puedan comparar con la exactitud de los nuestros, pero descubrí que  Bistrita, el pueblo de posta bautizado por el conde Drácula, es un lugar bastante conocido. Escribiré aquí algunas de mis notas, pues quizás sirvan para refrescar mi memoria cuando le cuente a Mina de mis viajes.

La población de Transilvania tiene cuatro nacionalidades diferentes: sajones en el norte, mezclados con ellos están los valacos, descendientes de los dacios; magiares en el oeste y escequelios en el este y norte. Iré a las tierras de estos últimos, que aseguran ser descendientes de Atila y su ejército de hunos. Esto es probable pues cuando los magiares conquistaron el país en el siglo XI, encontraron a los hunos asentados ahí. Leí que cada una de las supersticiones conocidas por el hombre, se concentran en la herradura de los Cárpatos, como si se tratase del centro de alguna clase de torbellino imaginativo, así que mi estadía ahí resultará sumamente interesante (Recordar: Debo preguntarle al conde todo lo que sabe sobre estas supersticiones).

No dormí bien, a pesar de que mi cama era lo suficientemente cómoda, pues tuve toda clase de sueños extraños. Había un perro que no paró de aullar bajo mi ventana en toda la noche, y quizás él haya sido el culpable; o tal vez se debió a la paprika, pues tuve que beber toda el agua de la jarra después de probarla y aún así no logré saciar mi sed. Hacia la mañana, mientras dormía, me despertó un toquido constante en mi puerta, así que supongo que para ese entonces ya debía de haber estado profundamente dormido.

Comí más paprika en el desayuno, una suerte de puré de harina de maíz que me dijeron se llamaba “mamaliga”, y una berenjena rellena con carne picada que resultó ser un platillo realmente excelente, me dijeron que se llamaba “impletata” (Recordar: Conseguir la receta de esto también).

Tuve que desayunar apresuradamente, pues el tren salía un poco antes de las ocho o más bien, debió de haberlo hecho, ya que después de apurarme y llegar a la estación a las 7:30, tuve que permanecer en el vagón sentado por más de una hora antes de que comenzáramos a movernos. Me parece que mientras más al este va uno, los trenes se van haciendo cada vez más impuntuales. ¿Cómo serán en China?

Deambulamos durante todo el día a través de un país lleno de belleza de todo tipo. A veces veíamos pequeños pueblos o castillos sobre colinas empinadas similares a las que vienen en los misales antiguos; otras, nos encontrábamos con ríos y riachuelos que parecían, por las orillas empedradas a cada lado de ellos, ser la fuente de inmensas inundaciones. Requiere mucha agua y una fuerza inmensa el rebasar los límites de un río. 

En cada estación había grupos de personas, a veces incluso muchedumbres, vestidos en toda clase de atuendos. Algunos de ellos eran iguales a los campesinos que hay en casa o los que vi al atravesar Francia y Alemania, ataviados con chaquetas cortas, sombreros redondos y pantalones hechos en casa, pero otros eran extremadamente pintorescos. Las mujeres se veían bonitas hasta que uno se acercaba a ellas, pues eran bastante gruesas en la cintura. Todas usaban largas mangas blancas de un tipo u otro y la mayoría usaba cinturones grandes con muchas rayas o algo colgando de ellos como los vestidos del ballet, pero, desde luego, con enaguas debajo de ellos. 

Las figuras más extrañas que vimos fueron los eslovacos, que parecían más barbáricos que los demás con sus grandes sombreros de vaquero, enormes y holgados pantalones, camisas blancas de lino y cinturones de cuero inmensamente pesados de casi un pie de ancho; tachonados con clavos de latón. Usaban botas altas con sus pantalones metidos en ellas y tenían el cabello negro y largo y bigotes oscuros y tupidos. Son muy pintorescos, pero poco atractivos. En un escenario serían tachados de inmediato como una banda oriental de bandidos. Son, sin embargo, según me han dicho, completamente inofensivos y más bien bastante tímidos.

Cuando la luz crepuscular desaparecía dando pie a la noche, llegamos a Bistrita, que es un lugar muy interesante y antiguo. Al estar prácticamente en la frontera —pues el desfiladero del Borgo lleva de Bistrita directo a Bucovina— ha tenido una existencia muy tormentosa y ciertamente muestra marcas de ello. Hace cincuenta años se desató una serie de incendios inmensos, que crearon un daño terrible en cinco ocasiones distintas. Al principio del siglo XVII fue sometida a un cerco de tres semanas en el que fallecieron 13,000 personas en una guerra asistida por el hambre y la enfermedad.

El conde Drácula me había indicado que me hospedara en el hotel Golden Krone, que encontré, para mi delicia, completamente anticuado, pues yo quería aprender todo lo posible sobre las costumbres del país. Era evidente que me esperaban, pues cuando llegué a la puerta, me topé con una anciana de aspecto amigable vestida con el atavío usual de los campesinos: una falda interior larga y blanca con dos delantales largos uno delante, otro detrás, de colores brillantes y tan ajustados al cuerpo que casi sobrepasaban lo modesto. Cuando me acerqué, se inclinó y dijo:

—¿El señor inglés?

—Sí—, dije— Jonathan Harker.

Sonrió y le dio algunas instrucciones a un hombre anciano vestido con una camisa de mangas blancas que la había acompañado a la puerta.

Se fue y regresó de inmediato con una carta:

“Mi amigo,

Bienvenido a los Cárpatos. Te espero ansiosamente. Duerme bien esta noche. Mañana a las tres, partirá una diligencia a Burcovina; se te ha reservado un lugar en ella. En el desfiladero del Borgo mi carruaje estará esperándote para traerte hasta mi. Confío en que tu viaje desde Londres haya sido feliz y en que disfrutarás tu estadía en mi hermosa tierra.

Tu amigo,

Drácula”

 

4 de mayo— Me enteré de que mi anfitrión había recibido una carta del conde pidiéndole que me guardara el mejor lugar en el carro de la diligencia, pero cuando intenté pedirle más detalles, pareció bastante reacio en responder e hizo como si no pudiese entender mi alemán. Su incomprensión debía ser fingida, pues hasta ese momento me había entendido a la perfección o, al menos, respondía a todas mis preguntas como si lo hiciera. 

Él y su esposa, la anciana que me había recibido, se miraron temerosamente. Murmuró que el dinero le había sido enviado en una carta y que era todo lo que sabía. Cuando le pregunté si conocía al conde Drácula y si me podía contar algo de su castillo, ambos se persignaron diciendo que no sabían nada en absoluto y simplemente se rehusaron a seguir hablando de ello. Estábamos tan cerca de la hora de partida que no tuve tiempo de preguntarle a nadie más pues todo era extremadamente misterioso y poco consolador.

Justo antes de partir, la anciana vino a mi recámara y me dijo de forma histérica:

—¿Debe ir? Oh, joven señor, ¿debe ir?

Se encontraba en tal estado de excitación que parecía haber perdido la capacidad de hablar en alemán y ahora lo mezclaba con otro idioma que me resultaba desconocido. Logré apenas entender lo que intentaba decirme haciéndole muchas preguntas. Cuando le dije que debía partir enseguida y que estaba comprometido con un negocio importante, me preguntó nuevamente:

—¿Sabe qué día es?- respondí que era el cuatro de mayo.

Sacudió su cabeza y dijo nuevamente:

—¡Sí, lo sé! Sé eso, ¿pero sabe qué día es?

Cuando le dije que no entendía, prosiguió:

—Es la víspera de San Jorge. ¿No sabe que esta noche, cuando el reloj marque las doce, todas las cosas malvadas de este mundo estarán en pleno poder?¿Sabe a dónde va y lo que hará ahí?

Se encontraba en tal estado de evidente angustia que intenté consolarla sin éxito alguno. Finalmente, se hincó implorandome que no fuera o, al menos, que esperara un día o dos antes de partir. Todo aquello era ridículo, pero hizo que me sintiera intranquilo. Sin embargo había negocios que atender y no podía permitir que nada interfiriera con ellos.

Intenté ayudarla a levantarse y dije, con tanta seriedad como pude, que le agradecia, pero mi deber era imperativo; debía partir.

Entonces se levantó y secó sus lágrimas, tomó el crucifijo que colgaba de su cuello y me lo ofreció.

No supe qué hacer, pues como un fiel seguidor de la Iglesia de Inglaterra, me habían enseñado a desdeñar aquellas cosas como idólatras y aún así parecía completamente desagradable el rehusarme a aceptar el regalo de una anciana con tan buenos deseos y en tal estado mental. 

Vió, supongo, la duda en mi semblante, pues puso el rosario alrededor de mi cuello diciendo:

—Por el bien de su madre.

Y salió de la habitación.

Escribo esto mientras espero por el coche que está, desde luego, retrasado; el crucifijo aún cuelga de mi cuello.

No sé si es el miedo de la anciana, las tradiciones fantasmales de este lugar o el crucifijo mismo,  pero no me estoy sintiendo ni remotamente tan tranquilo como siempre.

Si este diario llega a Mina antes que yo, que le lleve mi adiós. ¡Aquí viene el coche!

 

5 de mayo. El castillo— Las primeras luces de la mañana han pasado y el sol se encuentra alto en el horizonte lejano, que parece dentado, ya sea con árboles o colinas, no lo sé, pues se encuentra tan lejano que las cosas grandes y pequeñas se confunden unas con otras.

No tengo sueño y como no seré llamado hasta que despierte, naturalmente escribo hasta que vega el sueño. Tengo que escribir muchas cosas extrañas, y para que quien lea esto no crea que cené demasiado pesado antes de dejar Bistrita, describiré con exactitud mi cena.

Cené lo que ellos llaman “filete de ladrón”; pedazos de tocino, cebolla y carne de res sazonada con pimiento rojo, ¡ensartada en palos y rostizada sobre el fuego al simple estilo de la carne para gato que se come en las calles de Londres!

Bebí vino Golden Mediasch, que produce un extraño picor en la lengua el cual, sin embargo, no es desagradable en absoluto.

Cuando llegué al carro, el conductor aún no tomaba su lugar y lo vi hablando con mi anfitriona. Hablaban evidentemente de mí, pues de tanto en tanto me volteaban a ver y algunas de las personas sentadas en la banca de la entrada se acercaron a escuchar y luego me miraban, la mayoría con lástima. Pude escuchar muchas palabras siendo repetidas, palabras extrañas, pues había reunidas personas de distintas nacionalidades entre el grupo de gente, así que saqué silenciosamente mi diccionario políglota y las busqué. Debo decir que no me animaron, pues entre ellas se encontraba “Ordog”(Satanás), “Pokol” (infierno), “stegoica”(bruja), “vrolok” y “vlkoslak”(ambas palabras significan lo mismo, la primera es eslovaca y la segunda, serbia y significan hombre lobo o vampiro. Recordar: preguntarle al conde sobre estas supersticiones).

Cuando partimos, todos en la pequeña muchedumbre de la entrada de la posada, que en este tiempo se había ido agrandando hasta llegar a un tamaño considerable, hicieron el símbolo de la cruz con sus manos y apuntaron dos dedos hacia mí.

Le pregunté a uno de los pasajeros con cierta dificultad por el significado de este símbolo. Al principio no respondió , pero al darse cuenta de que yo era inglés, me explicó que es un hechizo o alguna clase de protección contra el mal de ojo.

Esto no me resultó muy agradable, pues salía de un lugar extraño para conocer a un hombre que me era igual de ajeno, partiendo hacia lo desconocido. Pero todos parecían tan amables, afligidos y tan enteramente compasivos de las desgracias en las que seguramente ya me veían envuelto que no pude evitar sentirme conmovido. Nunca olvidaré el último atisbo que tuve de la entrada de la posada y el gentío de personajes pintorescos, todos persignándose en el ancho pórtico con su fondo de espeso follaje de adelfas y naranjos en verdes macetas cilíndricas que se concentraban en el centro del patio. Entonces nuestro conductor, cuyo amplio pantalón de lino cubría todo el asiento frontal —al que ellos llaman gotza—, tronó su enorme látigo sobre sus cuatro pequeños corceles haciéndolos correr a gran velocidad, y dando inicio a nuestro viaje. 

Pronto me olvidé de cualquier temor penumbroso al contemplar la absoluta belleza que se me mostraba a cada paso del camino, aunque de haber conocido el lenguaje o mejor dicho, los lenguajes de mis acompañantes, quizás no me habría olvidado de mis recelos con tanta facilidad. Ante nosotros surgía una tierra verde y empinada llena de bosques y montes con algunas colinas por aquí y allá coronadas por grupos de árboles o granjas con sus paredes vacías viendo hacia la carretera. Por todos lados se veía árboles en flor, manzanos, cerezos, perales o ciruelos; pude ver el pasto que los rodeaba cubierto por pétalos caídos. Entre estas verdes colinas discurría el camino, perdiéndose entre curvas o desapareciendo tapizado por bosques de pino que aparecían por aquí y por allá como lenguas de fuego. El camino se encontraba en mal estado, pero aún así lo atravesamos casi volando a una velocidad febril. No podía entender entonces por qué tanto ajetreo, pues el conductor estaba evidentemente centrado en no perder ni un segundo en llegar al desfiladero del Borgo. Me han dicho que este camino es excelente en verano, pero que no había sido arreglado como debía una vez transcurridas las nieves del invierno. En este aspecto son distintos estos caminos a la mayoría de los de los Cárpatos, pues una antigua tradición dicta que no deben ser mantenidos en buen estado, así que los hospadares no los reparaban por temor a que los turcos lo tomaran como una señal de que se estaban preparando para recibir tropas extranjeras y así atizar la guerra que siempre se encontraba a punto de desatarse. 

Más allá de estas verdes colinas se erguían hermosas laderas de bosques que llegaban a las faldas de los empinados Cárpatos, que se elevaban sobre nosotros iluminados por el sol del atardecer haciendo relucir toda clase de hermosos tonos de azul oscuro y morado en las sombras de los picos, verde y marrón donde el pasto y las rocas se mezclaban y una interminable multitud de rocas dentadas y puntiagudos riscos que se extendía hasta el infinito perdiéndose en la distancia ahí donde los picos nevados relucían con destellos de enormes cascadas. Uno de mis compañeros de viaje me tocó el brazo mientras rodeábamos la base de una colina para señalarme elevado y nevado pico de una montaña que parecía, mientras transitábamos el camino serpentino, acercarse cada vez más a nosotros hasta estar a nuestro alcance. 

—¡Mire! ¡Isten szek! —esto significa “el asiento de Dios”. 

Y se persignó con reverencia. Mientras continuábamos nuestra travesía infinita, el sol comenzó a hundirse cada vez más en el horizonte detrás de nosotros, dando lugar a que las sombras del atardecer hicieran su aparición, reptando entre nosotros. Esto se hacía hermosamente evidente gracias a que la cima nevada de la montaña aún retenía la luz del atardecer de tal manera que parecía brillar de un delicado color rosáceo. Aquí y allá pasamos a checos y eslovacos todos vestidos de forma pintoresca, noté que el bocio prevalecía dolorosamente entre ellos. En las orillas del camino había muchas cruces y cuando pasamos frente a ellas, mis compañeros se persignaron. Aquí y allá había campesinos o campesinas arrodillados ante altares ni siquiera voltearon a vernos mientras pasamos, tal era el poder de su devoción y entrega que parecían no tener ojos ni oídos para las cosas del mundo terrenal. Muchas cosas me resultaron novedosas, por ejemplo, hacinas de paja en los árboles aquí y allá, hermosos sauces llorones con sus ramas hermosas de color blanco brillando como plata entre el verde delicado de sus hojas. A veces nos encontrábamos con carromatos —el transporte de los campesinos— con su vértebra larga y serpentina, fabricada especialmente para el terreno desigual de la carretera. En ellos se sentaban grupos enteros de campesinos que se dirigían a sus hogares , los checos con sus pieles de cordero blancas, los eslovacos con sus pieles teñidas de colores y largas hachas como lanzas. Mientras transcurría la tarde también aumentaba el frío y el crepúsculo parecía unir en una sola neblina melancólica a todos los árboles; robles, hayas y pinos que había en los valles que se extendían entre las montañas.

Mientras ascendíamos por el desfiladero, aparecían oscuros abetos que contrastaban con la blancura de la nieve que aún quedaba de la última helada. Algunas veces, cuando el camino se adentraba entre los bosques de pinos, parecía que la oscuridad se cernía sobre nosotros y grandes masas grises, que aparecían entre los árboles, producían un efecto peculiarmente extraño y solemne que traída de vuelta las oscuras fantasías engendradas por la tarde; entonces el sol del atardecer llegaba hasta nosotros y desvanecía aquellas nubes grises y fantasmales que parecen deambular incansablemente en los valles de los Cárpatos. Algunas veces las colinas eran tan empinadas que a pesar de la prisa de nuestro conductor, los caballos se veían obligados a caminar lentamente. Intenté bajarme del coche para caminar junto a ellos como hacemos en casa, pero el conductor no quiso ni escuchar hablar de ello:

—No, no, no —dijo— no debe caminar aquí, los lobos son demasiado bravos —y luego añadió, con evidente satisfacción, pues volteó para obtener la sonrisa de complicidad del resto de los pasajeros— y tendrá usted suficiente de estos asuntos antes de que vaya a dormirse. 

La única parada que hicimos, y brevemente, fue para que pudiese prender sus lámparas. 

Conforme oscurecía, algunos pasajeros parecían irse poniendo cada vez más ansiosos, continuaban dirigiéndose a nuestro conductor, uno después del otro, urgiéndolo a que aumentara la velocidad. Azotó a los caballos sin piedad y dio de gritos para que avanzaran con presteza. Entonces, entre la oscuridad, me pareció ver una luz grisácea en la lejanía, aunque quizás pudo haber sido una hendidura en las rocas que reflejaba la poca luz que quedaba de manera extraña. La excitación de mis compañeros de viaje no hizo más que aumentar, y la diligencia avanzaba violentamente, balanceándose sobre sus resortes de cuero como un barco lanzado a un mar tormentoso. Tuve que agarrarme de lo que pude para evitar algún accidente. Cuando el camino se hizo menos empinado, parecíamos volar sobre él. 

Las montañas parecían, entonces, acercarse cada vez más a nosotros a cada lado del camino, estrechándolo e irguiéndose amenazadoramente junto a nosotros, como si quisieran estrangularnos; entrábamos ya al desfiladero del Borgo. Uno a uno, cada pasajero me ofreció regalos con tal intensidad que no pude rechazarlos, eran ciertamente extraños y variados, pero cada uno me era dado de buena voluntad, seguido de palabras amables, bendiciones y extrañas mezclas de movimientos temerosos que ya había visto afuera del hotel; el símbolo de la cruz y el hechizo de protección contra el mal de ojo. Entonces, al tiempo que volábamos, el cochero se inclinaba hacia adelante y los pasajeros lo hacían a cada lado del vehículo, escudriñando intensamente la oscuridad. Era evidente que algo muy emocionante estaba sucediendo o sucedería pronto, pero aunque le pregunté a cada pasajero, ninguno quiso darme ni la más leve explicación. Este estado de excitación se mantuvo por poco tiempo; y vimos por fin el desfiladero abriéndose por el lado oriental del camino. Sobre nosotros había nubes oscuras y tenebrosas y en el aire había una opresiva sensación de tormenta eléctrica. Parecía como si las montañas hubiesen estado separando estas dos atmósferas y ahora hubiésemos entrado a la tormentosa. Ahora era yo quien buscaba en la oscuridad el carruaje que me llevaría al conde. Cada minuto que pasaba esperaba ver sus lámparas atravesando las tinieblas, pero estas permanecían sin ser perturbadas.  Las únicas luces eran los tintineantes resplandores de nuestras lámparas que dejaban ver el aliento de nuestros cansados caballos elevándose en nubes blanquecinas. Ahora podíamos vislumbrar el camino de arena extendiéndose blanco ante nosotros, pero en él no había ni la más leve señal de un vehículo. Los pasajeros se reclinaron con un alivio tan evidente que parecía burlarse de mi desilusión. Pensaba ya en lo que haría si el carruaje del conde seguía sin aparecer cuando el conductor, mirando su reloj, le dijo a los demás algo que apenas pude comprender, creí escuchar “media hora antes”. Entonces, dirigiéndose a mí dijo en un alemán peor que el mío:

—Aquí no hay ningún carruaje. Nadie espera por el señor después de todo. Vendrá ahora a Bucovina y regresará mañana o al siguiente día o aún mejor, el día después de ese. 

Mientras hablaba, los caballos comenzaron a relinchar, piafar y encabritarse tan salvajemente que el conductor tuvo que sujetarlos. Entonces, entre un coro de gritos de los campesinos que se persignaban con ansiedad, una calesa tirada por cuatro caballos apareció detrás de nosotros y se detuvo junto a nuestro conductor. Pude ver gracias a la luz de las lámparas que los caballos eran de color negro carbón, unos animales realmente magníficos. Los conducía un hombre alto con una barba larga y un sombrero espléndido y negro que parecía ocultar su cara de nosotros. Solo pude ver un destello rápido de sus ojos, que en la luz de las lámparas me parecieron rojizos mientras se volteaba hacia nosotros. Habló con el conductor:

—Has llegado temprano esta noche, amigo mío. 

El hombre respondió balbuceando:

— El caballero inglés tenía prisa. 

—Es por eso, supongo, que deseaste convencerlo para que continuara el viaje con ustedes a Bucovina. No puedes engañarme, amigo mío; sé demasiadas cosas y mis caballos son veloces. 

Respondió con una sonrisa que al ser iluminada por las lámparas, reveló una boca severa con labios muy rojos y dientes afilados tan blancos como el marfil. Uno de mis acompañantes susurró al oído de otro pasajero la famosa cita de Leonore de Burger: 

 Denn die Todten reiten schell 

(Pues los muertos viajan rápido)

 

El extraño conductor debió de haberlo escuchado, pues alzó la mirada con una sonrisa centelleante. El pasajero volteó a otro lado mientras se persignaba y hacía el encantamiento contra el mal de ojo. 

—Dame el equipaje del señor —dijo el cochero. 

Y con una rapidez exorbitante mis maletas fueron cargadas y puestas en la calesa. Entonces descendí por un lado del coche mientras la calesa me esperaba cerca del camino, el cochero me ayudó y tomó mi brazo con una fuerza impresionante; su fuerza debe de ser prodigiosa. Sin decir palabra alguna agitó las riendas volteando a los caballos y nos adentramos en la profunda oscuridad del desfiladero. Cuando miré atrás, distinguí el aliento de los caballos de la diligencia, iluminado por la luz de las lámparas que proyectaban las sombras de mis  antiguos compañeros de viaje quienes se persignaban fervorosamente. Entonces el cochero hizo tronar su látigo y se marcharon raudamente hacia Bucovina. 

Mientras los engullía la oscuridad, sentí un extraño escalofrío y un sentimiento de profunda soledad pareció invadirme, pero una capa fue echada sobre mis hombros y una manta sobre mis rodillas mientras el conductor decía en un alemán perfecto:

—La noche es fría, mi señor, y mi amo el conde me pidió que tuviera buen cuidado de usted. Hay una botella de slivovitz (el licor de ciruela de la región) debajo de su asiento por si lo desea. 

No tomé ni un trago, pero me sentí reconfortado al saber que se encontraba ahí. Me sentía un poco extraño y asustado. Creo que si se me hubiese presentado cualquier alternativa a ese viaje nocturno hacia lo desconocido, la habría tomado. 

El carruaje transitó lentamente por el camino recto hasta que dimos una vuelta cerrada para entrar en otra carretera recta. Me pareció que dábamos vueltas por los mismos lugares una y otra vez; así que tomé nota de una saliente en el camino y confirmé mis sospechas. Me habría gustado preguntarle al cochero sobre esto, pero temía que cualquier reparo de mi parte no fuese a tener ningún peso si él deseaba retrasar nuestra llegada al castillo. Aún así y ya que sentía curiosidad respecto al paso del tiempo, prendí un cerillo para alumbrar mi reloj con su flama; faltaban pocos minutos para la media noche. Esto me causó cierta inquietud, pues las reservas de mis anfitriones y compañeros de viaje hacia esta noche, solo habían avivado en mí la sospechas que sentía ante el extraño comportamiento de mi conductor. Esperé con una enfermiza sensación de suspenso. 

Entonces un perro comenzó a aullar en alguna granja lejana, era un sonido largo y agonizante, cargado de miedo. El aullido fue replicado por otro perro y luego otro, y otro más hasta que, nacido por el viento que ahora silbaba suavemente por el desfiladero, comenzó un aullido salvaje que parecía surgir de todos los rincones de la región y llegaba tan lejos como mi imaginación pudo concebir entre la oscuridad de la noche. Con el primer aullido,  los caballos comenzaron a resoplar y a inquietarse, pero el cochero les habló con calma hasta que lograron tranquilizarse, aún así temblaban y sudaban como si hubiesen acabado de correr llevados por el terror más intenso. Entonces, en la lejanía, desde las montañas que nos cercaban a cada lado, se escuchó un aullido aún más agudo, de lobo, que nos afectó a mí y a los caballos de de la misma manera, pues estuve a punto de saltar de la calesa para correr e internarme en la oscuridad de la noche mientras que ellos relinchaban y se sacudían con locura de una forma tal que el cochero tuvo que usar toda su inmensa fuerza para evitar que comenzaran a galopar. En algunos minutos, sin embargo, mis oídos se acostumbraron al sonido de los aullidos y los caballos se calmaron lo suficiente como para que el conductor descendiera de la calesa para pararse frente a ellos. Los acarició y susurró algo en sus orejas, como he visto que hacen los domadores de caballos; esto tuvo un efecto extraordinario, pues bajo sus caricias, se amansaron y terminaron de calmarse lo suficiente como para reanudar la marcha, aunque nunca dejaron de temblar de miedo. El cochero entonces tomó nuevamente su lugar, sacudió las riendas y reiniciamos nuestro camino a un paso mucho más veloz que el anterior. En esta ocasión, en lugar de seguir dando vueltas por el desfiladero, tomamos repentinamente un camino estrecho que se internaba hacia la derecha. 

Pronto estuvimos rodeados de árboles frondosos, cuyas copas se arqueaban sobre el camino formando una especie de túnel en el que nos internamos hasta que volvieron a aparecer a ambos lados, las montañas rocosas. A pesar de que siempre nos encontrábamos resguardados por roca o follaje, podíamos escuchar al viento que se levantaba aullando y silbando entre las rocas y moviendo las ramas que chocaban unas con otras a nuestro paso. Hizo más y más frío aún y una nieve fina y polvosa comenzó a caer sobre nosotros de tal manera que pronto todo, incluyéndonos, estaba cubierto por manto blanco. El aguzado viento aún cargaba el sonido de los aullidos de los perros, que se atenuaron conforme transcurrimos nuestro camino. El aullido de los lobos, por otro lado, parecía acercarse cada vez más, como si nos rodearan lentamente por todos lados. Mi temor crecía terriblemente y los corceles parecían compartirlo, pero el cochero permanecía impasible y ni un poco preocupado. Miraba continuamente a ambos lados, y cuando intenté contemplar lo que él miraba, mis ojos no lograron penetrar la profunda oscuridad de la noche.

De pronto, a nuestra izquierda, apareció en la lejanía, la titilante luz de una llama azulada. El conductor la vio al mismo tiempo que yo; paró los caballos de inmediato, saltó de la calesa y desapareció, engullido por las tinieblas. No supe qué hacer, pues el aullido de los lobos se acercaba más y más; pero mientras cavilaba, el cochero apareció de la nada nuevamente y sin decir palabra, continuamos nuestro recorrido. Debí de haberme quedado dormido, pues soñé que este incidente se repetía una y otra vez hasta el infinito, ahora, al recordarlo, creo que debió de haber sido una horrenda pesadilla. En una ocasión, una de las llamas apareció tan cerca del camino que su luz me permitió ver los movimientos del conductor en medio de la oscuridad. Caminó rápidamente hacia donde surgía la llama —debía ser muy pequeña, pues casi no iluminaba nada a su alrededor—, recogió algunas piedras y las acomodó formando una extraña figura. Entonces sucedió algo extraño, pues se paró entre la llama y yo y aunque debió de haberla oscurecido de mi vista con su cuerpo, la luz de la llama parecía atravesarlo, brillando fantasmalmente. Esto me sobresaltó, pero el efecto fue solo momentáneo, creo que mis ojos me traicionaron al esforzarse tanto en ver algo a en medio de esa terrible oscuridad. Entonces dejó de haber llamas por un momento y transitamos rápidamente a través de la penumbra con el aullido de los lobos a nuestras espaldas, como si nos siguieran formando un círculo a nuestro alrededor. 

Finalmente llegó una ocasión en la que el cochero se alejó más que todas las veces anteriores y durante su ausencia los caballos comenzaron a temblar peor que nunca y a piafar y relinchar del miedo. No pude ver la causa de su temor, pues los aullidos de los lobos habían parado. Entonces la luna emergió de entre las oscuras nubes que la mantenían cubierta, apareció detrás de la dentada cresta de una roca saliente revestida de pinos y gracias a su luz, pude contemplar el círculo de lobos que nos rodeaba con dientes blancos y afilados y lenguas rojizas y colgantes, con largas patas delgadas y pelaje lanudo y enmarañado. Parecían cien veces más terribles en aquel lúgubre silencio que cuando lanzaban sus horrendos aullidos. Me sentí paralizado por el miedo. Es solo en momentos tales en los que un hombre se ve cara a cara con horrores tan tremendos que puede comprender su verdadero impacto.

De pronto, los lobos comenzaron a aullar como si la luna les produjera un efecto peculiar. Los caballos se encabritaron y retrocedieron, mirando indefensos alrededor y girando dolorosamente los ojos; pero los terrores vivientes nos acompañaba a cada lado y se vieron obligados a permanecer dentro del círculo de lobos. Le grité a nuestro cochero para que regresara, pues creí que nuestra única oportunidad de supervivencia radicaba en que lograramos romper el círculo que nos engullía lentamente para ayudar a su regreso a la calesa. Grité y golpeé un lado del coche esperando que el ruido asustara a los lobos de ese lado y así él pudiera regresar. ¿Cómo volvió? No lo sé, pues escuché repentinamente su voz alzarse en un tono de mando imperioso y al oírlo, lo encontré parado frente en medio del camino. Agitó sus brazos una y otra vez, como alejando un obstáculo invisible y los lobos comenzaron a retroceder lentamente. En ese momento una nube tapó nuevamente la luna y quedamos envueltos nuevamente en las tinieblas.

Cuando mis ojos se acostumbraron a la oscuridad, el cochero estaba nuevamente en la calesa y los lobos habían desaparecido. Esto me pareció tan extraño y misterioso que un miedo espantoso vino sobre mí y temí moverme o hablar. El tiempo parecía extenderse hasta el infinito mientras nos precipitábamos por el camino en la más completa oscuridad, pues las lunas mantenían presa a la luna. Seguimos ascendiendo por el camino con períodos ocasionales de descensos momentáneos, pero principalmente ascendíamos. De repente me di cuenta de que el cochero guiaba a los caballos hacia el patio interior de un inmenso castillo casi completamente en ruinas, de cuyas ventanas no se alcanzaba a distinguir ni un solo rayo de luz y cuyas murallas resquebrajadas se erguían en una línea dentada contra el cielo iluminado por la luna. 


Autores
(Irlanda, 1847-1912) fue un novelista y escritor irlandés conocido por su célebre novela Drácula
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Ilustración por Liz Dot.

 

Suelta el grito al encontrarla de frente, la mirada horrorosa como una llama recién salida de una cavidad de calores tremebundos. “¡Qué estúpido!, pero si solo es una niña mirándome con los ojos muy abiertos, el pecho electrizado y toda la frugalidad de la vida al borde de los labios resecos”, murmura el hombre, apenado. “¡Qué estúpido!, ella también se ha asustado.”

Pide disculpas, “lo siento, permítame”. Dice más cosas tratando de que la joven vuelva a la normalidad, de que deshaga con la ráfaga de un cambio de humor esos ojos encendidos. Golpea suavemente las mejillas de la niña con el dorso de la                                                                              mano. Tan profundos de lo encendidos que se encuentran esos ojos, llorosos y sucios. Profundos. Tan profundos. Algunas de ellas ríen, como hienas acechando a su presa. Lo sentimos, de verdad. Es fea, le dicen. “Es fea, pero no es para tanto”, ríen. Algunas carcajadas nerviosas destemplan lo cargado del ambiente.

El doctor por fin la ha conocido. Le han hablado mucho de ella. Pero descubre que se equivocan en su apreciación. Observándola bien, libre de los juegos de luces y sombras, le parece bonita, muy bonita, solamente está muy descuidada.

Avanzan todas como en una procesión de pingüinos. Y ella, la pobrecita, tan acostumbrada a las burlas, a que la vean como la Idiota de Palacio, no dice nada. Idiota, le llaman; Idiota. Ese es tu nombre; Idiota… también es tu apellido. Pero ella no es estúpida ni está loca, él ya ha visto sus ojos de cierva herida. Tal vez por eso está tan obsesionada con La Bestia. Ella es una pieza de caza, y sus batidoras están siempre presentes, flotando a su alrededor.

La niña murmura una voz que se queda en un murmullo. Los labios tiemblan como los árboles en el bosque cuando llueve. Ella tiene que repetirse para sus adentros: “tranquila, es como tú. Tranquila, él está igual de asustado que tú. Tranquila”.

La procesión suelta su rumor que avanza infatigable hasta los oídos del doctor:

Un golpe que resuena por toda la piedra elemental, tan dura como su cabeza, tu cabezota dura, tu cabeza como de piedra, jajaja. Es ella golpeándose, es ella martilleando con la frente y la nariz, como si quisiera horadar la arcilla, la argamasa, los materiales más blandos; solo es terrible cuando estrella la cimera contra la piedra. Entonces son las explosiones de sangre y, según las escandalosas, de sesos.

Pero no hay sesos, dice el doctor, no puede haberlos. Ha venido a tratarla, por fin, y le receta algún calmante. La pobre no ha podido dormir en toda la noche. El doctor se siente apenado con la pequeña, “¿cómo he podido asustarme al verla? Tan chiquitita, indefensa, esa pobrecita niña”. Así que, para distraerse, el doctor sigue escuchando a las urracas, sus miedos y gorgoteos; pero, ignorando todo aquello, les pregunta: “¿ella ha visto ciertas… apariciones… en el marco de la puerta del comedor, o dónde?” La procesión ya se ha sentado en sus tablas, listas para devorar lo que han encontrado en los mercados. Sus picos abiertos salivan.

Sí, claro que ha visto cosas, pobrecita, la tontita. Habla de una niña que le dice cosas, y también… es horrible… discúlpenos… también habla de una bestia, la pobre está maldita. “¡Tonterías!” les responde. “No deben creer ese tipo de necedades; todo se debe a su estado de salud. Como verán, no es una niña muy equilibrada, pero no tiene la culpa. Deberían tener más respeto hacia ella. Véanla, pobrecita. No tiene las mismas capacidades que ustedes y aun así aguanta todas sus burlas, todo su desprecio. Deberían ser condescendientes con ella. Es una niña muy bonita, aunque esté un poco perturbada. Nada de Satanás, nada de enfermedades del espíritu. Aquí es la mente y nada más. ¿Alejarla de las otras…? ¡No! No hay necesidad…”. Y, tras la pausa, se escuchan por todo el recinto las risitas llenas de miedo.

Amanece más tranquila, la pobrecita. Ha dormido bien después del calmante. Sonríe cuando llegan algunas de las urracas para preguntar: ¿cómo te sientes? “Hipócritas”, piensa Abril, pero no lo dice. Aunque sí responde cuando le preguntan ellas, en tono de burla: “madrecita”, ¿cómo eran esas cosas, podrías describírnoslas? Estaba ahí junto a la puerta, nos dices, aquí mismo también, ¿verdad? ¿Por qué nadie más la vio? ¿Por qué las demás no han podido ver esas apariciones, si estaban a centímetros de la puerta?

La figura de aquellos era como una escalera interminable, como una escalera y la figura de un arco torcido que se extiende hasta las profundidades del sótano de la memoria o de este edificio tan bonito. Pero cuando es de noche y no se puede ver nada, a veces se encienden las lámparas de sus ojos y a mí me da miedo. Es hembra. Ella, la hermana. Es macho. Él, La Bestia. Y la hermanita dice que el rostro es una sarta de mentiras en forma de escalones que llevan a esquinas que revelan más escalones, y éstos últimos terminarán, por supuesto, en otras y otras esquinas aún más apretadas y oscuras. Los escalones se dirigen hacia las profundidades pero también viran hacia arriba. A veces, es a medio camino donde giran y se encuentran con ángulos difíciles de comprender, de salvar, como si fueran las patas de gallo de un hombre que es mujer pero de puro gusto quiere aparentar ser buen cristiano.

Las palabras y pensamientos de Abril son poco acertados. Las conexiones que hace su mente febril —su cabeza que suda y derrama las dudas por todo el piso, que apaga las velas y que provoca que se enciendan de nuevo las lámparas—, son breves y fragmentarias. A veces están podridas por la humedad: la humedad que es un rojo deseo del interior, una perfidia olvidada. Es la humedad presurosa de las piernas abiertas buscando el calor de aquel vaho que le permite a una mujer, a una “madrecita”, gritar.

Las demás no entienden pero no tienen por qué hacerlo. Lo que sucede en el rostro de la pequeña, la niña tontita, no en el de la presencia, es una descomposición que termina en un rostro descerrajado que apaga todas las velas chisporroteantes, y que se estrella contra los aldabones atascados de tanta herrumbre. Esos espías que han presenciado los besos furtivos de mujeres ansiosas por probar la muerte de la carne, el fuego de la carne, el pecado de la carne

Las demás gritan asustadas también, cuando ella dice: “Ahí están, ahí está el grito que se vuelve tumulto que se vuelve una marejada de mierda que se abalanza por las paredes. ¡Es como la mierda que me avientan por las noches cuando duermo con la boca abierta! ¡Ellos son la porquería que me hacen lamer cuando nadie me escucha queriendo gritar que no me gusta y que se alejen de mí porque son muy muy malas pero por qué tan malas si no les he hecho nada y me llaman taradita y me dicen de cosas y me quieren tocar donde no se debe donde yo voy al baño y se burlan diciendo que debo hacer lo que ellas quieren Dios lo quiere la Madre de Todos lo quiere pero sé que usted no y me quieren obligar sabiendo lo que yo sé como que ese es el mismo rostro de la mujer convertida en escalera esa que lleva a los verdaderos fuegos incapaces de extinguirse ni con la niebla de la mañana ni con las lluvias de la tarde cuando las demás se besan y se buscan ansiosas debajo del ombligo y por eso son ustedes las culpables por eso La Bestia y su domadora por eso la presencia de mi dulce hermanita!”

Y ahí está nuevamente el grito.

Alguien entra a la sala común pidiendo silencio, tranquilizando a todas con su voz grave y sus maneras tranquilas. “Lo lamento, hijas. Esto a veces ocurre. Tengan paciencia. En mi opinión, solo es un desajuste de su atormentada cabeza. Es ella quien ha sufrido bastante, no tienen por qué juzgarla. No tiene a nadie. No puedo internarla. Creo que es necesario mantenerla un tiempo aquí. Reaccionará muy bien a los medicamentos. Solo hace falta un poco de paciencia. Confío en que se recuperará. Discúlpenme, por favor, quisiera hacer más por ustedes, pero por ahora no hay nada más que hacer. Sólo denle estos calmantes a su hermanita. Pobrecita, tan atormentada. Les dejo también las agujas.”

“¿Debería dejarles las agujas?”, se pregunta el doctor mientras camina sin voltear atrás, harto del aire encerrado, de la monotonía de aquel espacio; harto del revoloteo convulso de cientos de alas.

La masa, ese desfile de aves grotescas, ponen un grito en el cielo raso de piedra, muy alto. No quieren estar más con ella, con esa loca pérfida, pecadora. Las asusta diciéndoles que ha visto a una niña en la puerta de la sala común, en el comedor y hasta en su celda, las asusta hablándoles de La Bestia, una criatura enorme y cornuda como un ciervo. Ellas saben lo que es. ¡El Gran Cabrón! Y ahí se queda la maldita niña, y ahí se queda la maldita tontita. Porque asusta y nadie quiere estar cerca de ella.

Una cosa es que tenga miedo, que sea una loca sin remedio, y otra muy distinta el asustarlas de esa manera. Eso es maldad pura. No hay necesidad de inventarse presencias maléficas e invisibles que se aparezcan en el marco de la puerta, visiones que no pueden borrarse ni poniéndoles veladoras. La explicación es obvia: la hermanita engaña, miente. Quiere asustarlas de muerte, provocar sobresalto, una enfermedad de los nervios. ¿Por qué otra razón Abril diría que la aparición tiene los ojos blancos y viste una bata muy oscura que le hace parecer un tipo de sacerdotisa, que su cabello es rojo y largo hasta debajo de los tobillos y que de su boca se extiende una hilera deforme de dientes? Nadie más la ha visto, es su imaginación, su mente perturbada.

Algunas tardes la tontita acepta estar tranquila: come apaciblemente junto a sus compañeras, no hace movimientos inesperados ni balbucea palabra alguna. Como señalan las demás: no hace ni pío. Es en esas tardes cuando Abril parece una niñita, una “madrecita” normal. Es por esas tardes señaladas que el médico tiene confianza en que mejorará. “Tranquilas”, dice, “no es Abril sino una noche enmarañada”. La extraña frase hace referencia a un poema que le gusta mucho, uno de quién sabe qué autor inglés, o mexicano, o bielorruso. “Pronto estará bien”, continúa, “no hace falta más que paciencia”. Les recita: “’la noche pasa/abril, el mes/murmura verde,/un falso inicio/de  primavera’. Pero después llegará el día, el verde fuerte, y Abril, no el mes, volverá a recuperar la razón. Tienen que tener confianza en mí.”

Ellas confían en el médico, pero no en la niña, ella merece un gran castigo.

Llega la madrugada sin que estrella alguna pueda descubrir lo que las demás monjas harán con Abril. Llegan a su celda como en una procesión, exaltando el silencio apenas con sus pasos. Es una procesión de dos colores, si acaso tres: los tonos de sus hábitos. Serán unas veinte. En sus miradas se descubre el cruel y ardiente deseo de venganza. Es fuego lo que alimentará sus manos para sostener a Abril y hacerle pagar por el miedo con el que las ha sometido, aquel miedo filtrándose a través de sus hábitos.

Llegan a la puerta indicada, marcada, “¡márquenla, márquenla como a una bestia!”. Y escuchan. Silencio. Pero no es solo silencio. Algunas de ellas perciben un murmullo como de insectos. Es el rezo de una perdida, una estúpida que goza asustando a quienes no sufren tanto como ella.

Pobrecita, la inmunda porquería de ojos extraviados que incita a las demás abriendo las piernas y riéndose mientras la baba salpica sus tetas gordas y bien formadas, rechonchas. Sabemos que si Abril no estuviera encerrada en su celda, si no se escondiera detrás de estos muros, gozaría del abrazo de un hombre lujurioso y descreído. Y ese hombre disfrutaría al tener sus carnes en la boca, al explorarla, rasgarla, penetrarla y hacerla llegar al paroxismo que precede a la carcajada orgásmica… ¡impúdica, perversa! No puede ser mejor que nosotras, ¡no es más hermosa que nosotras, es estúpida, estúpida!

La comitiva entra. Descubren a Abril explorando su sexo con una vela larga y sedosa, musitando palabras demasiado quedas para ser escuchadas. Entierra, furiosa, el cirio en su interior hasta derretirlo. Su rostro es bellísimo, luce. No hay rastros de sus males ni de sus visiones. No la está acariciando el Diablo; es ella quien se toca, quien se folla incitándonos, quien acaricia hábilmente los pliegues de su sexo. Las hermanas no saben qué decir o qué hacer. Se quedan inmóviles. Pensaban que le darían un susto de muerte al abrir la puerta de golpe, pero Abril ni se inmuta. Sigue acariciándose con sus dedos, sigue metiendo la vela muy profundamente en su interior, haciéndola vibrar. Gime mientras se muerde los labios y silencia los sonidos de su interior.

Pareciera que se masturba conscientemente, como si no quisiera despertar a nadie. Las hermanas se acercan, exploran los hábitos de Abril, tirados en el suelo, su ropa interior, empapada de los miasmas prohibidos. Algunas se encuentran asqueadas, pero la mayoría de ellas, parvada de pingüinos, mira el espectáculo con una media sonrisa. El rosto se les llena de fuego. Algunas hablan: Abril, somos nosotras, venimos por ti, venimos a recordarte tu lugar. Ella abre los ojos y no tiene miedo en sus pupilas; al contrario, su mirada es una invitación. Casi parece decirles: adelante, soy un cuerpo vacío, una máquina esperando a ser manejada por su hábil operador.

Sor Esperanza, sor Eugenia y sor Engracia se acercan a la tontita. Abril abre las piernas. Ellas alargan los brazos, las manos y los dedos, acarician los muslos pálidos hasta dejar marcas y surcos como los de un río seco en medio del desierto. Un olor inunda la celda. Las demás se acercan y son más ávidas. Algunas tocan los pechos y otras se pierden entre el rumor del sexo, el coño, el coño, el coño. Juguetean con los rizos embadurnados de sudor, de saliva, de los jugos de Abril. La escena podría parecer sórdida y, sin embargo, es un festín. Las hermanas, las monjas, parvada devorando su alimento, se inclinan para pasar con su lengua ávida cada centímetro de ese cuerpo terso y firme. Quién podría haberles hecho imaginar que la hermanita tenía un cuerpo tan espléndido, tan lleno de lujuria.

Algunas se tocan entre ellas. Olvidan los hábitos o tan solo los levantan más allá de los muslos. Es un festín de sexos abiertos y tocados y rozados y lamidos y penetrados. Algunas de ellas comienzan a moverse y a restregarse para alcanzar el clímax. Se escuchan los gritos vedados. Pero el castigo no se les ha olvidado. La orgía deviene en tortura. Atan de manos a Abril, le extienden las piernas y comienzan a arañarla, a golpearla. Amordazan-golpean-extienden-lastiman-muerden. Abril ya no es presa del sobrecogimiento causado por el placer.  Mira con terror a sus torturadoras, las lágrimas le saltan del rostro al igual que la sangre de la piel. Siente una retahíla de impúdicos y salvajes dedos que se adentran en ella como si quisieran partirla en dos. Pronto, un punzón la perfora buscando su sangre, sus entrañas, su corazón y aliento. No nos hemos olvidado de las agujas.

Abril se desmaya. Los rostros de las hermanas son un carnaval de risas monstruosas, de guadañas blancas, afiladas de tanto morder carne ajena. Los dedos poseen la sangre como si fueran sádicos verdugos contemplando su obra. El castigo ha sido demasiado violento. Pero se lo merecía

 No la han matado. Tampoco le han causado heridas graves, tan solo mucho dolor. Y esperan que el recordatorio de esta visita le haga extinguir esa pasión desenfrenada que provoca. No nos vuelvas a asustar, taradita, con tus historias de fantasmas de niños y bestias. Si lo haces, volveremos a visitarte a mitad de la noche. Y la siguiente vez no seremos tan misericordiosas contigo. No nos juzgues, habremos salvado tu alma a través del sufrimiento.

La comitiva se desliza por la puerta de la celda. Solo una de ellas voltea antes de salir. Sor Esperanza mira a Abril y casi siente pena por ella. Nota cómo abre los ojos lentamente, es una mirada triste, salteada de lágrimas. Sin embargo, algo distinto ocurre, un cambio en su semblante. La mirada de Abril no se posa en su torturadora. La sonrisa que surge en el rostro no es para ella. La mirada discurre en algún punto justo arriba del marco de la puerta: un espacio de piedra donde cuelga un crucifijo de madera.

Sor Esperanza da un brinco cuando el crucifijo cae. Al rebotar, se quiebra. Ella mira hacia la cama. Abril no ha movido sus ojos. Su sonrisa es mucho más pronunciada, más salvaje. Y comienza a hablar: es un rezo incomprensible el que sus labios pronuncian, como la danza macabra de un esqueleto que aparece y desaparece tras una cortina roja. La hermana siente los vellos del cuerpo erizados y corre antes de sentir esa mirada salvaje sobre su piel. No quiere ver reflejados en los ojos de Abril esos fantasmas de los que tanto hablan.

Las demás monjas escuchan los gritos de sor Esperanza y se acercan alarmadas, la acogen y la reconfortan a pesar del miedo y de la culpa sosegada. Esa noche, muchas de ellas dormirán acompañadas, juntando sus cuerpos febriles y temblorosos. Sor Esperanza ha preferido callar, prefiere que piensen que sus lágrimas y gritos son de arrepentimiento, no de miedo.

Al otro día nadie dice nada, ni siquiera las superioras. Se limitan a mandar a algunas de las subalternas con Abril para que la bañen, la limpien y le dejen algo de comer. Saben lo que ha pasado la noche anterior. No están completamente de acuerdo, aunque creen que ha sido lo mejor. Tal vez así se calme Abril y no siga asustando a las hermanas con sus historias de niñas espectrales y bestias cornudas. Antes hubo una niña, sí, lo sabe todo el mundo. Pero ha pasado mucho tiempo y nadie quiere creer en fantasmas ni en venganzas de ultratumba. Es la imaginación de una enfermita, nada más. Esa niña adoraba a las bestias. Se vestía con sus pieles y creía que Dios tenía unos enormes cuernos, como de ciervo, brotando de su cabeza. Y esa niña había sido castigada por su herejía. La Bestia jamás volvería a brotar en ese convento. No lo permitirían.

El médico no vendrá hoy porque no hay que hacerle ver las heridas de Abril. Inventarán alguna excusa. Con el medicamento bastará, con las inyecciones y las pastillas que le hacen tragarse, con los somníferos y una comida abundante. Abril no ha dejado de comer. No pierde el apetito nunca. Dormirá, se sentirá mejor y no volverá a enturbiar las noches, las comidas ni los oídos de las hermanas.

Vuelve a llegar la noche sin que estrella alguna se asome. El claustro mira hacia arriba. Su mirada se extiende hacia todos lados. Hay algunos árboles alrededor, cubren la edificación con luz entristecida. Los caminos que serpentean desde él avanzan hacia distintas zonas, incluida la entrada. Por ahí llegan camionetas cargadas de suministros. Por ahí llega el auto del médico que atiende a Abril y a las monjas enfermas. Después de dos días, lo invitan a comer. No puede decirse que en ese claustro la comida sea frugal. En la orden nunca se ha creído que privarse del alimento genere un mayor acercamiento con Dios. La comunión se logra a través de la fe, los rezos, la hostia y la meditación cristiana, no a través de dejar de comer caldo de camarón o carne de puerco. El médico está de acuerdo. Se ofrece a supervisar la alimentación de las monjas con esmero. Tampoco es que tengan que ponerse gordas. Comer de todo, sí, pero moderadamente.

La única que, al parecer, come mucho sin nunca enfermarse, sin engordar ni un gramo, sin que su cuerpo muestre niveles inadecuados de nada, es Abril. El médico ha descubierto, no lo puede negar, deseo por ella, por su cuerpo. Pero ese deseo se recubre con la ternura provocada por sus ojos infantiles. Él sabe que un día Abril se levantará de la cama, como una cierva completamente curada de sus heridas, y terminará por ducharse, rezará incluso, y se sentirá lúcida, saludable. Su mirada dejará de perderse en la oscuridad de la noche interior. Y tal vez podrá salir de ahí, justo por ese camino por el que ha entrado.

Abril, la de senos turgentes y caderas armoniosas. Fuera del espanto, fuera de la mirada temblorosa; la chiquilla es muy bella. Y quién sabe, después de curarse podría estar tan agradecida que una invitación a comer sería aceptada. Después, una charla íntima, un darla de alta, unos besos inocentes, unos besos encendidos, un comprometerse, un casarse, los hijos, la felicidad. Todo eso si Abril dejara de tener la cabeza llena de fantasmas.

Dentro de ese claustro gris, ese claustro bañado de plata y del miedo de los árboles, Abril recupera la sensación de estabilidad en todo el cuerpo. El cabello, bien peinado, roza su espalda como los besos suaves de un amante. El roce del agua excita su abertura mística. Mística, así le parece esa sensación cuando se talla y se escarba con cuidado y se penetra con los dedos. Pero en ese momento duele. La abertura duele al recordar todo lo que le hicieron sus “hermanas”. Parvada de pingüinos, miserable parvada de pingüinos. Se han extralimitado.

Por eso la niña ha llorado con ella toda la noche hasta tranquilizarla. Después siguieron los malabares, los juegos, las muecas graciosas, las palabras de aliento, las miradas cálidas, cariñosas. Hubo, también, una presentación. La niña le presentó a un viejo amigo. Le dijo que no era una mascota; al contrario, la niña era tan insignificante, cualquiera lo era, que podría pasar por siervo de él. Tampoco tenía que temer. La Bestia no era monstruo alguno, era la noche y el viento gélido, placentero después de una tarde calurosa. Sólo había que tenerle respeto. Nada más. Y bailar con él, porque a La Bestia le encanta estampar sus pezuñas contra el suelo.

Los ojos blancos de la niña que, al principio, habían aterrado a Abril, ahora parecen mirarla con suavidad, con ternura. La niña la quiere. Estará siempre a su lado, eso le ha dicho. La consolará cada vez que las agujas del doctor se claven en sus brazos y en sus nalgas. Todas son punzadas intermitentes. Aunque duelen menos que los arañazos de esas ávidas garras, patas y pezuñas de sus “hermanas”. Ahora todas las monjas reclusas parecen una bandada de animales, una piara de puercos hambrientos, una riada de cucarachas buscando la suciedad. Pero han de comer de esa misma suciedad, de esa misma venganza y sangre y furor que han causado, que tienen, que dicen que ella tiene (porque eso no es cierto). Ella es inocente del tamaño de sus tetas, de la anchura de sus caderas, de sus ganas, de su hambre, de sus olores lúbricos. Por eso ríe Abril cuando comprende lo que la niña le dice: “Ven aquí, conmigo, ven a jugar, ven a rezar a mi lado. Soy una niña buena. Vayamos a la capilla a pedir por nosotras, por nuestras almas. Vamos a rezar y a pedir y a movernos y a bailar, Abril, hasta que la noche nos deje despeinadas”.

Ella salta y brinca y siente la luz de la luna sobre la piel erizada, sobre el vello terso de ese bosque oculto. Las llagas duelen menos, como si la leche se regara sobre la piel y le sonriera. Abril se deja llevar mientras piensa en la leche de su padre sobre su boca, su vientre y sus tetas gordas, esa leche que le ayudaba a dormir, ese líquido pringoso que era expulsado raudo y voraz del miembro paterno. Esas palabras: miembro, leche, tetas. Y recuerda que el padre preguntaba si le gustaba lo que hacía, si ella quería tocarlo, si quería lamerlo. A ella le gustaba demasiado. Por eso sufrió tanto (y aún sufre) cuando supo que su padre se había ido de casa. Sabía que todo el mundo le mentía. No se había ido: se colgó de la rama de un árbol alto, alto, alto y sin hojas. Ahí se quedó, convertido en fruto podrido o en algo más, tal vez en un ave que dejara el nido para volar hasta rozar las nubes. Su padre sería un ave elegante, tal vez un águila solitaria, un cóndor, y no un pájaro perverso y obsceno como la urraca o el asqueroso pingüino.

Abril es arrastrada fuera de su habitación. Es noche de nuevo. El claustro es engullido poco a poco por las estrellas. No, en realidad Abril no es arrastrada, pues parece caminar alegremente, casi ansiosa. La niña de ojos blancos la acompaña. Caminan juntas hasta encontrar un lugar apropiado para reír y jugar y bailar hasta desmayarse.

Pronto están fuera del claustro. Los pies de Abril apenas tocan el pasto, las piedras regadas por el suelo. La niña de los ojos blancos no se molesta ya en aparentar, pues su cuerpo deja pasar los haces lunares; las extremidades casi ondean cual banderas henchidas de viento. No toca el suelo, no siente las rocas, no aplasta la yerba.

Las puertas de la capilla se abren solas. Abril se siente curiosa, excitada. Todas las impresiones que tiene son como ríos subterráneos que tejen redes e hilos en su interior. La capilla está adornada con imágenes oscuras y retablos ajados que muestran el martirio de diversos santos. Algunas velas chisporrotean, las sombras titilan dejando entrever recubrimientos de madera, piedra labrada, losas de mármol, y algunos arcos pronunciados, casi góticos. Abril percibe las imágenes, las tonalidades, los olores apenas insinuados, los silencios a punto de ser rotos.

La niña de los ojos blancos le susurra, “mira hacia el atrio, Abril, aparentemente no hay nada, apenas pueden verse, pero han estado esperando por ti. Háblales, sonríeles, ellos bailarán con nosotras”. En el atrio unas siluetas cobran forma y se hacen voluminosas. Son una manada de seres cornudos, parecidos a ciervos. Sus astas son tan grandes que arañan la pintura de las bóvedas. Son majestuosos. Se yerguen en dos patas y agitan y entrechocan las delanteras, como si aplaudieran. Sus rostros son mares de negrura, apenas distinguibles bajo la luz de la capilla. Abril ríe alegremente cuando ellos —¿ellas?— se yerguen y dejan exhibidos sus miembros, tan largos que tocan el suelo. “Son ellos, machos con miembros más grandes que el de mi papá, mi papito. ¿Dónde estás, papito, dónde estás?, me recuerdan al tuyo, su calor, su textura”.

Los seres cornudos gritan de contentos, gritan porque están excitados. Se nota en sus bailes, en sus pezuñas astillando la madera de las bancas y las paredes, en sus cuernas brillando y moviéndose como las ramas de un bosque sometido al viento, en sus miembros erectos, apuntando hacia Abril y hacia la niña del vestido oscuro, quien también ríe divertida.

Abril mira el altar, y aunque luce tan frío quiere recostarse sobre él y descansar un momento mientras los seres cornudos bailan y la hacen sentir bien con esa música que hacen al azotar su cuerpo contra las losas del piso y la madera. Ella abre las piernas mientras se recuesta. Las bestias gimen y la niña-espectro se acerca a su amiga. Camina, flota y luego repta sobre el suelo hasta llegar a ella. Parece divertida. Acerca su rostro al de Abril y le dice, “tranquila, tranquila, mi pequeña de vellitos enchinados”.

Y pronto es un gemido y un calor el que se extiende por todo el cuerpo terso, suave y deseable de la niña-que-no-es-ya, “Abril, tontita Abril, tontita, tontita”. Los ojos del espectro se oscurecen. No es más que un par de ojos blanquecinos, pálidos como el pelaje de una bestia albina. Después emerge el tono de la hierba bajo la noche, el color de la cueva inspirando una invitación.

Sobre el altar se retuerce y abre más las piernas mientras las bestias gimen y gritan y sueltan improperios con sus bocas grandes y rojas. Los cuernos centellean con la luz extraída de las ventanas y de los vitrales que aún sobreviven a pesar de los años. Los cirios más grandes, los que adornan el altar, se encienden. Abril piensa en lo rico que sería deslizarse un cirio por… y una bestia, uno de esos ciervos desconocidos, le dice algo al oído. No lo entiende, aunque parece una sugerencia. Se da cuenta de quién es y grita de alegría. Es el acompañante de su amiga. Abril se había extrañado de no ver a La Bestia. Pero al fin ha llegado.

Abril grita de júbilo y observa cómo, de pronto, La Bestia estira todo su cuerpo, dejando su enorme miembro expuesto. Se ve tan duro y suave a la vez. Abril abre las piernas mientras las llamas bailan al compás de las otras criaturas, y sus gemidos se entremezclan, y sus bufidos son uno, y el resoplar del macho eriza cada poro de su piel ardiente.

Abril, abierta de piernas, sollozando de placer, comienza a rezar.

Son los rezos como el crepitar de las llamas, como la tonalidad de los gritos infantiles, como los improperios sexuales de un sadomasoquista satisfecho. Y esos rezos alebrestan la capilla, el exterior, el pasto, el suelo, el claustro, la noche.

Sor Esperanza sale de su celda. Sor Eugenia se hace acompañar por sor Engracia, y también por una novicia de lengua ávida. La pronta marejada de pingüinos es ahora un río incontrolable que atraviesa los pasillos del claustro. Todas caminan y anadean presurosas, aunque torpes. Se dirigen hacia el comedor, hacia la puerta. Gritan, pidiendo el auxilio del doctor, quien sale de su celda, pues ha tomado demasiado vino y las pingünitas han juzgado que lo mejor sería que se quedara a dormir. Se alegran de su sabia decisión. Tienen a quien las proteja.

Las superioras hablan para acallar los murmullos de las hermanas asustadas. Algunas “ven” a la niña de la puerta. Pero no hay nada ahí, tan sólo nervios. Mantienen la calma, quieren hablar a la policía, a un exorcista, al obispo, al Vaticano, o a cualquiera que pueda ayudarlas. El doctor apoya la voz regia de las superioras. Tranquilizarse, hay que tranquilizarse y averiguar de dónde proviene el infernal ruido, ese rezo maldito. Todos avanzan como en procesión, las monjas se arman con lo que encuentran. Salen del claustro y se encaminan hacia la capilla.

Todas están asustadas. El doctor no puede evitar estarlo también, es un cuervo en medio de un graznido comunal. El suyo no puede decir nada distinto, el suyo no puede tranquilizar ni una rama. Que el miedo se extinga, Señor, que tu luz nos acompañe y nos dé fuerza, Señor. Por favor, que no nos haga daño la tontita, ¡la maldita e infernal hija de puta, la zorra de las tetas gordas, gordas, gordas!

Las puertas de la capilla crujen al abrirse lentamente. La comitiva empuja y empuja. Los goznes rechinan sin poder ocultar el ruido infernal de lo que ocurre adentro. Cuando la abertura es lo suficientemente amplia toda la parvada de pingüinos entra en la capilla. Las hermanas ven a Abril yaciendo sobre el altar, siendo penetrada por una… ¿bestia? Y entonces los ciervos desconocidos se fijan en las monjas asustadas, pues las llamas son más altas y sus luces no permiten sombra alguna. Caminan hacia ellas, amenazantes, manifestando una mirada morbosa, impura… No es lujuria, parece que no desean penetrar con sus largos miembros esos sexos agrios y marchitos. Son sus cuernos los que están ávidos de una sustancia diferente: el jugo de sus venas.

El doctor se queda clavado en el piso, no puede moverse, aunque quisiera. Sus ojos recorren la capilla y localizan a Abril. La escena lo enferma, lo enferma y lo excita. El largo y ancho miembro, un tronco suave pero poderoso, de La Bestia, penetra a Abril. Sus jugos salpican el altar con cada embestida. La mirada de la chiquilla es maravillosa, los gemidos convierten su gesto en el de una lasciva hetaira. Su hetaira.

Un grito que resuena en toda la capilla, en todas partes, hace brincar al doctor, quien cae sobre sus nalgas. Escucha: “¡Es él, él es el doctor hipócrita, nunca ha querido curar a Abril, sólo la quiere para sí, es un macho cabrío vestido de filósofo! ¡Mira su erección, amada Bestia, mira cómo se excita ante tu enorme verga! Tal vez le gustaría probarla.”

La Bestia se desprende de Abril, quien parece exhausta y satisfecha. Una sonrisa corona su rostro. Y La Bestia avanza, el miembro igualmente erecto, sus astas relucientes y brillantes. El doctor gime, antes de que el placer lo inunde y lo convierta en despojo, en un lecho sudado, en un corazón abandonado en la bandeja de vivisecciones. Y el doctor grita, grita cuando La Bestia lo toma de las piernas y lo pone boca abajo. Cuando sus ancas traseras se doblan sobre él, cuando siente cómo desgarra su ropa, y el miembro, y el miembro, y la sangre en su vientre, y el llanto cálido en su interior.

Y entonces la noche se tiñe con el fluir de una sustancia granate y muy espesa, un río que abre estrechos caminos en la tierra, como si sobre el suelo no hubiera más que una mata de pelo enmarañado.

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Liz Dot

I

La noche era fría y húmeda, pero en la pequeña sala de estar de Laburnam Villa los postigos estaban cerrados y el fuego ardía con fuerza. Padre e hijo jugaban ajedrez, el primero tenía ideas respecto al juego que involucraban cambios radicales: ponía a su rey en desesperados e innecesarios peligros que incluso provocaban comentarios de la mujer de pelo cano que tejía plácidamente junto al fuego.

“Escuchen el viento,” dijo el señor White, quien notó que había cometido un error fatal cuando ya era demasiado tarde y estaba deseoso de prevenir que su hijo también lo notara.

“Lo escucho,” dijo el segundo mientras analizaba sombríamente el tablero y extendía su mano para mover una pieza. “Jaque.”

“Me cuesta pensar que vaya a venir esta noche,” dijo su padre, con su mano puesta sobre el tablero.

“Mate,” respondió el hijo.

“Esa es la peor parte de vivir tan lejos,” refunfuñó el señor White con una repentina e imprevista violencia; “de todos los bestiales, llenos de lodo, lugares olvidados por Dios para vivir, este es el peor. La vereda es un pantano y la carretera un río. No sé qué está pensando la gente. Supongo que como sólo hay dos casas habitadas en el camino, piensan que da lo mismo.

“No te preocupes, cariño,” dijo su esposa intentando calmarlo; “puede que ganes la próxima vez.”

El señor White alzó la vista bruscamente, justo a tiempo para interceptar una mirada complice entre madre e hijo. Las palabras murieron en su boca y escondió una expresión de culpa en su barba grisácea. 

“Ahí está,” dijo Herbert White, al escuchar la puerta golpearse unos pasos pesados llegaron al umbral.

El viejo se levantó con velocidad hospitalaria y tras abrir la puerta, lo escucharon condolerse por el recién llegado. El hombre también se condolía de sí mismo; la señora White hizo una leve expresión de desaprobación y tosió gentilmente a la vez que su marido entraba en la habitación, seguido por un hombre alto y fornido, de ojos brillantes y pequeños, y de cara rubicunda.

“Sargento mayor Morris,” dijo, presentándolo.

El sargento mayor saludó a la familia y, tomando el asiento que le habían ofrecido junto al fuego, observó con satisfacción mientras su anfitrión sacaba una botella de whisky y vasos, y ponía una pequeña tetera de cobre en el fuego.

Con el tercer vaso los ojos del invitado brillaron aún más y comenzó a hablar; el pequeño círculo familiar escuchaba con extremo interés a su visitante proveniente de algún lugar distante, mientras rectificaba su postura en la silla y hablaba de extrañas experiencias, valientes hazañas, guerras, plagas y personas extravagantes.

“Veintiún años de eso,” dijo el señor White, asintiendo hacia su esposa e hijo. “Cuando se fue, era apenas un muchacho. Ahora, mírenlo.”

“No parece que le haya hecho mucho mal”, dijo la señora White amablemente.

“A mi me encantaría ir a la India,” dijo el viejo. “Solo para conocer un poco, ¿sabe?”

“Está mejor aquí,” dijo el sargento mayor, negando con la cabeza. Dejó el vaso vacío en el mueble y volvió a negar con la cabeza.

 “Me gustaría visitar esos viejos templos y ver faquires y malabaristas,” dijo el viejo. “¿Qué fue aquello que me contaba el otro día, señor Morris, acerca de una pata de mono?”

“Nada,” dijo el soldado bruscamente. “Por lo menos nada que valga la pena escuchar.”

“¿Pata de mono?” dijo la señora White, curiosa.

“Bueno, es aquello que ustedes le podrían llamar magia,” dijo el sargento mayor con poco interés.

Sus tres escuchas se inclinaron hacia enfrente con atención. El visitante, distraído, puso su vaso vació en sus labios y después lo bajó de nuevo. Su anfitrión lo volvió a llenar.

“A simple vista,” dijo el sargento mayor a la vez que buscaba algo en su bolsillo, “es solo una simple pata momificada, completamente ordinaria.”

Sacó un objeto de su bolsillo y lo mostró. La señora White se alejó con semblante sombrío, pero su hijo la tomó y la examinó detenidamente.

“Y, ¿qué tiene de especial?” preguntó el señor White, tomó la pata da las manos de su hijo y, tras haberla examinado, la puso sobre la mesa.

“Un viejo faquir puso un hechizo sobre ella,” dijo el sargento mayor, “Era un hombre muy santo. Quería demostrar que el destino controlaba las vidas de lo hombres, y que aquellos que interferían con él, solo se llevaban desgracias. El hechizo que le puso consiste en que tres diferentes hombre podían pedirle tres deseos cada uno a la pata”

Su semblante era tan serio que sus escuchas fueron conscientes de que sus risas desentonaban con la atmósfera.

“Bueno y, ¿por qué no pide usted sus tres deseos?” dijo Herbert White con audacia.

El soldado lo miró como la gente de mediana edad acostumbra ver a los jóvenes presuntuosos. “Ya lo he hecho,” dijo en voz baja, y su cara normalmente ruborizada palideció.

“¿Y realmente se les concedieron sus tres deseos?” preguntó la señora White.

“Se cumplieron,” dijo el sargento mayor, y su vaso chocó contra sus dientes.

“¿Y alguien más ha pedido sus tres deseos?” preguntó la vieja.

“El primer hombre que la poseyó los pidió,” fue su respuesta. “No sé cuáles fueron sus primeros dos, pero el tercero fue la muerte. Así fue como obtuve la pata.”

La gravedad de su voz provocó el silencio del grupo.

“Si ya pediste tus tres deseos, entonces, Morris,” dijo el viejo por fin, “¿para qué la conservas?”

El soldado inclinó la cabeza. “Por capricho, supongo,” dijo lentamente.

“Si pudieras pedir tres deseos más,” dijo el viejo, mirándolo inquisitivamente, “¿los pedirías?”

“No lo sé,” dijo el otro. “No lo sé.”

Tomó la pata y la meció entre sus dedos índice y pulgar; repentinamente la aventó al fuego. White pegó un grito, se paró la sacó con rapidez.

“Mejor déjela arder,” dijo el soldado solemnemente.

“Si no la quieres, Morris,” dijo el viejo, “dámela.”

“No lo haré,” dijo su amigo con obstinación. “Yo la tiré al fuego. Si te la quedas, no me culpes por lo que pase. Tírala al fuego otra vez, como un hombre razonable.”

El otro negó con la cabeza y examinó su nueva posesión con detenimiento. “¿Cómo funciona?” preguntó.

“Tómela con su mano derecha y pida su deseo en voz alta,” dijo el sargento mayor, “sin embargo, yo le advertí de las consecuencias”.

“Suena como una historia salida de Las mil y una noches,” dijo la señora White, a la vez que se levantaba para comenzar a preparar la cena. “¿No crees que podrías desear un par de manos extra para mí?”

Su esposo sacó el talismán de su bolsillo y los tres se soltaron a reír, mientras el sargento mayor, que los miraba con una expresión de preocupación, tomó al viejo del brazo.

“Si en verdad quiere desear algo,” dijo bruscamente, “desee algo razonable.”

El señor White puso el objeto de nuevo en su bolsillo y, tras poner las sillas, hizo señas a su amigo para que los acompañara en la mesa. Durante la cena, el tema del talismán quedó en el olvido y, después, se sentaron una vez más para escuchar una segunda parte de las aventuras del soldado en la India.

“Si la historia sobre la pata de mono no es más verdadera que aquellas que nos ha estado contando,” dijo Herbert, mientras cerraba la puerta tras despedir al sargento mayor, justo a tiempo para que alcanzara el último tren, “no deberíamos hacerle mucho caso.”

“¿Le diste algo por ella?” preguntó la señora White, observando a su esposo cuidadosamente.

“Una miseria,” dijo él, ruborizándose un poco, “No quería aceptarla, pero lo forcé a hacerlo. Me insistió en que me deshiciera de ella”

“Sin duda,” dijo Herbert, fingiendo terror. “Si seremos ricos, famosos y felices. Para empezar, desea convertirte en emperador, padre; así podrás dejar de ser un mandilón.”

Herbert salió corriendo alrededor de la mesa perseguido por una enfadada señora White con un antimacasar en mano.

El señor White sacó la pata de su bolsillo y la miró dubitativo . “Francamente no sé qué desear,” dijo con lentitud, “parece que tengo todo lo que deseo.”

“Si pagaras la hipoteca de la casa, estarías bastante contento, ¿no es así?” dijo Herbert poniendo su mano en el hombro de su padre. “Bueno, desea doscientas libras, entonces. Con eso será más que suficiente.”

Su padre, sonriendo con un poco de vergüenza por su propia credulidad, tomó el talismán con fuerza, mientras la expresión solemne de su hijo, se desfiguraba un poco por el guiño que le hacía a su madre, y se sentaba en el piano para tocar unos acordes notables.

“Deseo doscientas libras,” dijo el viejo claramente.

Unas notas estrepitosas le siguieron a sus palabras, interrumpidas por el grito estremecedor del viejo. Su esposa e hijo corrieron tras él.

“¡Se movió!” dijo con un grito, mirando con desprecio el objeto que yacía sobre el piso. “Mientras pedía el deseo, se retorció en mi mano como una serpiente.”

“Debió ser tu imaginación, cariño,” dijo su esposa ansiosamente.

El viejo agitó la cabeza. “Ya no importa, no me hizo ningún daño, pero como sea me dio un buen susto”.

Se sentaron junto al fuego una vez más para terminar de fumar sus pipas. Afuera, el viento soplaba con más fuerza que nunca, y el viejo brincaba con nerviosismo al escuchar una de las puertas del segundo piso azotarse contra el marco. Un silencio sombrío e inusual surgió entre los tres y se mantuvo hasta que la pareja se levantó para irse dormir.

“Seguro que encontrarás el dinero dentro de una gran bolsa a la mitad de su cama,” dijo Herbert, a la vez que les deseaba buenas noches, “y algo horrible te estará observando desde encima del clóset, viendo como te guardas tus ganancias mal habidas.”

El señor White quedó sentado sólo en medio de la oscuridad, mirando el fuego extinguirse y entreviendo caras en él, La última cara que vió era tan simiesca y horrible que no pudo, sino mirarla con asombro. El momento fue tan vívido que , con una risa incómoda, busco a tientas un vaso de agua en la mesa para echárselo al fuego. Pero su mano rozó la pata de mono, y con un ligero escalofrío se limpió la mano en su abrigo y subió a su recamara.

 

II

Bajo el brillante sol del invierno, la mañana siguiente, durante el desayuno, Herbert se reía de sus miedos. Había un aire de salud prosaica en el cuarto que había estado ausente la noche anterior, y la sucia y arrugada pata de mono yacía arrumbada en el aparador, con un descuido que reflejaba muy poca fe en sus poderes.

“Supongo que todos los viejos soldados son iguales,” dijo la señora White. “¡Y pensar que prestamos el oído a sus disparates! ¿Cómo se puede creer en los deseos en estos tiempos? Y aún si existieran, ¿cómo podrían lastimarte doscientas libras, cariño?”

“Podrían caerle en la cabeza y lastimarlo”, dijo Herbert con frivolidad.

“Morris dijo que las cosas pasaban de forma natural,” dijo el padre, “que incluso podrías pensar que fue mera coincidencia.”

“Bueno, no vayas a encontrar ese dinero antes de que yo regrese,” dijo Herbert mientras se levantaba de su asiento. “Temo que te convierta en un hombre despreciable y avaro y tengamos que desheredarte.”

Su madre rió y lo acompañó hasta la puerta; lo vio alejarse por el camino y regresó a la mesa. Ella se encontraba bastante divertida a expensas de la credulidad de su esposo. Pero eso no le impidió correr a la puerta al escuchar tocar al cartero, ni hacer unos comentarios sobre los desagradables hábitos bebedores de los sargentos mayores al ver que la carta era una cuenta del sastre.

“Herbert tendrá más comentarios ingeniosos sobre todo esto cuando regrese a casa,” dijo a la vez que se sentaban a cenar.

“Ya lo creo,” respondió el señor White. “no habría ni que pensar en ello; yo solo… ¿Que sucede?”

Su esposa no respondió. Estaba mirando los sospechosos movimientos del hombre que estaba fuera de la casa, que, observando indeciso la casa, parecía estar juntando las fuerzas para llamar a la puerta. De inmediato pensó en las doscientas libras y notó que el hombre vestía un sombrero de seda que brillaba de nuevo. Tres veces se detuvo en el portón, pero se siguió de largo tras unos instantes. La cuarta vez se paró con firmeza y, decidido, emprendió su camino hacia a puerta. La señora White no perdió tiempo, puso sus manos detrás de ella y con rapidez se desamarró el delantal y puso aquel útil artículo de vestimenta debajo del cojín de su mesa. 

Trajo al extraño que parecía inquieto al cuarto. El le echaba miradas de reojo y escuchaba abstraído mientras la señora White se disculpaba por lo desordenado de la casa y el abrigo de su esposo, vestimenta que usualmente solo usaba en el jardín. Después a mujer quedo en espera, por cuanto su género le permitió, a que el hombre expresara su razón de estar ahí aunque al principio se quedó en un silencio prolongado.

“Se me pidió que viniera a verlos,” dijo por fin; se detuvo por un segundo para quitar una pelusa de sus pantalones y continuó. “Vengo de parte de Maw & Meggins.”

La vieja tuvo un sobresalto. “¿Cuál es el problema?” preguntó quedándose sin aliento. “¿Le ha pasado algo a Herbert? ¿Qué ha pasado? ¿Qué ha pasado?”

Su esposo la interrumpió. “Cálmate, cariño,” dijo apresurado. “Siéntate y no te adelantes a hacer conclusiones. Ha traído malas noticias, de eso estoy seguro, señor” y miró al extraño con melancolía.

“Lo siento…” comenzó el visitante.

“¿Está herido?” preguntó la madre demandante.

“Mal herido,” dijo con voz baja, “pero ya no sufre.”

“¡Gracias a Dios!” dijo la vieja, juntando sus manos. “¡Gracias a Dios por ello! ¡Gracias…”

De golpe entendió el siniestro significado de la afirmación que había hecho el hombre y vio la horrenda confirmación de sus miedos en la mirada desviada del extraño. Recuperó el aliento y volteó hacia su torpe marido, poniendo su mano temblorosa sobre la de él. Hubo un largo silencio.

“Quedó atrapado en una de las máquinas,” dijo el visitante en voz queda.

“Atrapado en una máquina,” repitió la señora White, aturdida, “Sí.”

Se sentó con la mirada vacía hacia la ventana y tomó la mano de su esposa de la misma manera en que la había tomado hace cuarenta años durante los días en que comenzaba a cortejarla.

“Él era lo único que nos quedaba,” dijo volteando a ver a su visitante. “Es difícil”.

El hombre tosió y, tras levantarse, caminó hacia la ventana. “La compañía desea expresarles su más sentido pésame por su pérdida,” dijo sin mirarlos. “Les ruego que entiendan que solo soy un empleado siguiendo sus instrucciones.”

No hubo respuesta; la cara de la mujer estaba pálida, sus ojos fijos y su respiración inaudible; en la cara de su esposo había una expresión que bien pudo ser la que su amigo el sargento puso durante su primera misión.

“Me pidieron que les informara que Maw & Meggins se deslinda de toda responsabilidad,” continuó el hombre. “No admiten ninguna obligación, pero en consideración de los servicios de su hijo, desean ofrecerles una suma de dinero en compensación.”

El señor White soltó la mano de su esposa y, levantándose, se le quedó viendo con una mirada de horror a su visitante, “¿De cuánto se trata?”

“Doscientas libras,” fue la respuesta.

Sin prestar atención al grito desgarrador de su mujer, el viejo sonrió lánguidamente, extendió sus manos como un hombre ciego y se desplomó como un bulto en el piso. 

 

III

En el nuevo cementerio, a unas dos millas de distancia, los viejos enterraron a su hijo y regresaron a su hogar impregnado de silencio y sombras. Todo sucedió tan rápido que, al principio apenas y pudieron digerirlo, y mantuvieron la expectativa de que algo más sucediera, algo más que aligerara su carga, demasiado pesada para sus viejos corazones.

Pero los días pasaron y a la expectativa le siguió la resignación, la resignación desesperanzada de los viejos, a veces llamada por un nombre equívoco: apatía. Había días que no intercambiaban una palabra, pues ya no tenían nada de qué hablar y sus días eran largos hasta el cansancio.

Fue una semana después que el viejo se despertó de forma repentina en la noche, buscó a tientas a su mujer y se encontró solo. El cuarto estaba a oscuras y el ruido de un sollozo entraba por la ventana. Se levantó de la cama y escuchó.

“Regresa,” dijo con ternura. “te va a dar frío.”

“Mi hijo debe tener mucho más frío” dijo la vieja y volvió a sollozar.

El ruido de su llanto se diluyó en sus oídos. La cama estaba tibia y sus parpados pesaban por el sueño. Comenzó a dormitar y siguió su descanso hasta que un grito repentino de su esposa lo despertó de nuevo”.

“¡La pata!” gritó enloquecida. “¡La pata de mono!”

Se levantó alarmado. “¿Dónde? ¿Dónde está? ¿Cuál es el problema?”

La mujer se apresuró dando tumbos hacia el otro lado del cuarto. “La quiero,” dijo en voz baja. “¿No la has destruido?”

“En la sala, sobre la repisa,” dijo asombrado. “¿Por qué?”

“Solo ahora he pensado en ello,” dijo histéricamente. “¿Por qué no lo pensé antes? ¿Por qué tú no lo pensaste antes?”

“¿Pensar en qué?”

“En los otros dos deseos”, respondió con premura. “Solo hemos pedido uno.”

“¿Y con uno no te ha bastado?” respondió con fiereza.

“No,” gritó triunfante; “pediremos uno más. Baja y tráela rápido, y desea que nuestro pequeño vuelva a la vida.”

El hombre se sentó en la cama y aventó las sábanas de sus pies temblorosos. “¡Por Dios, estás loca!” gritó horrorizado.

“Ve por ella” dijo jadeando; “ve por ella y deséalo; ¡Oh, mi pequeño, mi pequeño!

El marido prendió un cerillo y lo usó para encender una vela. “Vuelve a la cama” dijo inseguro. “Ya no sabes lo que dices.”

“Nuestro primer deseo se concedió,” dijo la mujer, febril; “¿por qué no se cumpliría el segundo?”

“Fue una coincidencia,” tartamudeó el hombre.

“¡Ve por ella y deséalo!” gritó la mujer, temblando por la excitación.  

El viejo volteó a verla y su voz la sacudió “Ha estado muerto por  diez días, además, no te lo habría dicho por otro motivo, pero solo pude reconocer su cuerpo por su ropa. Si ya era una visión demasiado horrible como para que la presenciaras, imagínate ahora.”

“Tráelo de vuelta,” gritó la vieja y lo empujó hacia la puerta. “¡Crees que le temo al hijo que yo misma crie?”

Bajó las escaleras en la oscuridad y anduvo a tientas hasta la sala y de ahí hasta la chimenea. El talismán estaba en su lugar y un horrible temor de que el deseo fuera a traer a su hijo mutilado frente a él y que no pudiera escapar se formó en él; intentó recuperar el aliento al notar que había perdido la dirección de la puerta. Con su frente empapada de un sudor frío, anduvo a tientas alrededor de la mesa y se aferró a la pared hasta que llegó al umbral de sus aposentos con el objeto maldito en mano.

La cara de su esposa cambió cuando entró a la habitación. Su rostro estaba pálido, expectante y, para alimentar aún más sus miedos, tenía una apariencia antinatural. Él le tenía miedo.

“¡Deséalo!” gritó ella, con una voz grave.

“Es absurdo y perverso,” titubeó.

“¡Deséalo!” repitió su esposa.

Él levantó su mano. “Deseo que mi hijo vuelva a estar vivo.”

El talismán cayó al piso, y él lo miró con temor. Temblando, se dejó caer sobre una silla, a la vez que la mujer corría, con los ojos encendidos, hacia la ventana y abría el postigo de la ventana.

Se quedó sentado hasta que el frío lo dejó helado, mirando ocasionalmente la figura de su esposa vigilante en la ventana. La vela, que se había consumido hasta el borde del candelero de porcelana, producía sombras intermitentes en el techo y las paredes, hasta que, con un brillo de mayor intensidad, se extinguió. El viejo con una inefable sensación de alivio por el fracaso del talismán, regresó a su cama y, un minuto o dos después, la mujer le siguió y se acostó apática a su lado.

Ninguno habló; ambos se quedaron en silencio escuchando el tic tac del reloj. Una escalera crujió y un ratoncillo chillón correteó ruidosamente por la pared. La oscuridad era opresiva, y después de estar acostado por un rato reuniendo valor, el esposo tomó la caja de cerillos y, tras encender uno, bajó las escaleras buscando una vela.

Al pie de las escaleras el cerillo se apagó e hizo una breve pausa antes de encender otro; en ese momento se escuchó un golpe, tan quedo y furtivo que apenas era audible, en la puerta principal.

Los cerillos cayeron de su mano. Se quedó parado sin moverse, su respiración se detuvo hasta que el golpe se repitió. Entonces se dio la vuelta y corrió hacia la habitación, cerrando la puerta detrás de él. Un tercer golpe sonó en la casa. 

“¿Qué fue eso?” gritó la mujer, levantándose de un salto.

“Una rata,” dijo el viejo con voz temblorosa, “una rata. La vi pasar a mi lado.”

Su esposa se sentó en la cama y se mantuvo atenta. Un golpe fuerte resonó por toda la casa.

“¡Es Herbert!” gritó. “¡Es Herbert!”

Corrió hacia la puerta, pero su esposo la intercepto y la tomó del brazo con fuerza.

“¿Qué vas a hacer?” susurró con voz ronca.

¡Es mi niño; es Herbert!” gritó mientras forcejeaba. “Olvidé que estaba a dos millas de distancia. ¿Por qué no me dejas ir? Déjame ir. Tengo que abrir la puerta.”

“¡Por Dios Santo, no lo dejes entrar!” le rogó el hombre, temblando.

“Le tienes miedo a tu propio hijo,” le reclamó, forcejeando. “Déjame ir. ¡Ya voy, Herbert; ya voy!”

Hubo otro golpe, y otro más. La mujer, por desgracia, logró soltarse de su esposo y corrió fuera del cuarto. Su esposo la siguió y la llamó intentando que le hiciera caso mientras corría escalera abajo. Escuchó el ruido de la cadena y el pestillo inferior de la puerta levantarse lenta y rígidamente de su cuenca. Entonces escuchó la voz de la vieja afectada y jadeante.

“El pestillo,” gritó. ”Baja. No puedo alcanzarlo.”

Pero su esposo estaba de rodillas buscando desesperadamente en el piso la pata. Si tan solo pudiera encontrarla antes de que la cosa que estaba fuera de la casa pudiera entrar. Un continuo golpeteo reverberó por toda la casa y alcanzó a percibir el sonido de una silla raspando el piso que su esposa estaba poniendo en el pasillo contra la puerta. Escuchó el chirrido del pestillo al abrirse; en ese mismo instante encontró la pata de mono y frenéticamente suspiró su tercer deseo.

El golpeteo cesó repentinamente, a pesar de que sus ecos aún se escuchaban en la casa. Escucho como su mujer retiraba la silla y abría la puerta. Un viento gélido subió por la escalera y un largo y fuerte lamento de decepción y miseria exhalado por su esposa le dio la fuerza para correr a su lado y, después, más allá del portón. La farola titilante brillaba en el lado opuesto de la calle desierta.


Autores
(1863 – 1943) Fue un humorista, novelista y cuentista británico. Se le conoce principalmente por su relato de terror "La pata de mono" (The Monkey's Paw), incluido en el libro de cuentos The Lady of the Barge (La dama de la barca, 1902). La mayor parte de su obra, sin embargo, se adscribe al género humorístico.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.

El 30 de octubre de 1938, se estrenaba en el programa radiofónico The Mercury Theatre on the Air una adaptación de la conocida novela de H.G. Wells La guerra de los mundos, este episodio, dirigido por Orson Welles, será recordado por causar pánico entre la audiencia creando el mito de que millones de radioescuchas se habían convencido de la veracidad de la invasión extraterrestre. Hoy Gerardo Artega, Alison Calva, Fernando Barrera y Tetza Ordoño debaten sobre el símbolo del alienígena y el impacto de la novela en el arte pop.

 

 


Autores
Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado cuentos en antologías como “Sobrevivientes” y también colaborado en revistas digitales como Sin Embargo y Chulavista. Forma parte del colectivo Fárrago Nómada.

 

 

Nyarlathotep… el caos reptante… Yo soy el último… Le contaré al vacío que escucha…

No recuerdo de forma precisa cuándo comenzó, pero fue hace meses. La tensión general era horrible. A una temporada de revueltas políticas y sociales se añadió una extraña y melancólica aprehensión de un horrible peligro físico; un peligro generalizado y que todo lo abarcaría, un peligro que solo se puede concebir en los más terribles fantasmas de la noche, Recuerdo que la gente iba y venía con la cara pálida y expresión preocupada, y susurraba advertencias y profecías que nadie se atrevía, de manera consciente, a repetir o aceptar para sí mismo que las había escuchado. Un sentimiento de culpa monstruosa se extendía sobre la tierra, y de los vacíos que hay entre las estrellas soplaban corrientes que hacían temblar a los hombres en la oscuridad y los lugares solitarios. Había una alteración demoníaca en el orden de las estaciones —el calor se prolongó durante el otoño de manera espantosa, y todos sintieron que el control del mundo y, tal vez, el universo había pasado de manos de dioses y fuerzas conocidas a manos de dioses o fuerzas desconocidas.

Fue entonces que Nyarlathotep salió de Egipto. ¿Quién era? Nadie lo sabía, pero era de la vieja sangre nativa y tenía el aspecto de un faraón. Los fellah se arrodillaban cuando lo veían, pero eran incapaces de decir por qué. Él decía que había surgido de la oscuridad de 27 siglos, y que había escuchado mensajes de lugares fuera de este planeta. A la civilización llego Nyarlathotep, moreno, delgado y siniestro, comprando extraños instrumentos de vidrio y metal y combinándolos para convertirlos en instrumentos todavía más extraños. Hablaba mucho de ciencias —de electricidad y psicología—, y hacía exhibiciones de poder que dejaban a sus espectadores sin palabras que aumentaron su fama a una magnitud impresionante. Los hombres se aconsejaban los unos a los otros que fueran a ver a Nyarlathotep, y temblaban. A donde iba Nyarlathotep, desaparecía el descanso; pues las madrugadas se llenaban con gritos de pesadillas. Nunca antes los gritos de pesadillas habían sido tal problema público; ahora, los hombres sabios casi deseaban que se prohibiera dormir en las madrugadas, para que los alaridos de la ciudad molestaran menos espantosamente a la pálida y lastimera luna que brillaba tenuemente sobre las aguas verdosas que corrían bajo los puentes y los viejos campanarios que se derrumbaban contra un cielo enfermizo.

Recuerdo cuando Nyarlathotep llegó a mi ciudad —la gran, la vieja, la terrible ciudad de incontables crímenes—. Mi amigo  me había hablado de él, y de la irresistible fascinación y lo llamativo de sus revelaciones, y yo ardía con fervor por explorar sus misterios más escondidos. Mi amigo me dijo que eran horribles e impresionantes, más allá de mis más enfebrecidos pensamientos; que en una pantalla de una habitación a oscuras se habían proyectado imágenes proféticas que nadie, a excepción de Nyarlathotep se había atrevido profetizar, y que en un chisporroteo de sus chispas les había quitado a los hombres aquello que no se les había quitado antes y que solo se mostraba en sus ojos. Y escuché que en el extranjero se rumoraba que los que conocían a Nyarlathotep podía ver cosas que otros no.

Fue en el cálido otoño que pase la noche con las multitudes ansiosas por ver a Nyarlathotep; a través de la pesada noche y las interminables escaleras que llevaban a un cuarto asfixiante. Y vi en una pantalla las sombras de seres encapuchados escondidos entre ruinas, y caras amarillas y malignas espiando desde detrás de monumentos caídos. Y vi al mundo batallar contra las tinieblas, contra las oleadas de destrucción procedentes de lo más recóndito del espacio; arremolinándose, agitándose y batallando alrededor de un sol que se iba debilitando y enfriando. Entonces las chispas comenzaron a saltar de forma sorprendente sobre las cabezas de los espectadores, y los cabellos se erizaron, a la vez que sombras todavía más grotescas de lo que puedo expresar salieron y se agacharon sobre las cabezas. Y cuando yo, que era de pensamiento más frío y científico que el resto, murmure una protesta temblorosa sobre “falsedad” y electricidad estática”, Nyarlathotep nos guió a la salida, por esas escaleras hacia abajo, a las húmedas, calientes y desiertas calles de la medianoche. Grité tan fuerte como pude que no tenía miedo, que yo nunca podría tener miedo; y otros gritaron conmigo como forma de consuelo. Nos juramos los unos a los otros que la ciudad era exactamente la misma, y todavía vivía; y cuando las luces eléctricas comenzaron a desvanecerse, maldecimos la compañía una y otra vez, y nos reímos de las caras extrañas que hicimos.

Creo que sentimos algo descendía de la luna verdosa, pues cuando empezamos a depender de su luz, de modo involuntario hicimos una formación extraña y parecíamos conocer nuestro destino, aunque no nos atrevíamos a pensar en ello. Una vez miramos al pavimento y encontramos que los adoquines estaban flojos y desplazados por el pasto, con poco menos que una línea de metal oxidado que mostraba el lugar donde alguna vez habían pasado los tranvías. Y una vez más vimos un tranvía solitario y sin ventanas, arruinado y volcado. Cuando volteamos a ver el horizonte, no pudimos encontrar la tercera torre que se encontraba cerca del río, y nos dimos cuenta que la silueta de la segunda torre estaba rota de la parte superior. Entonces la formación que hicimos se separó en delgadas columnas y cada una pareció tomar una dirección distinta. Una de ellas desapareció en un estrecho callejón que estaba la izquierda, dejando solamente el eco de un chocante gemido. Otra, bajo por una entrada del metro que estaba atestada de hierbajos dando alaridos y riendo como locos. Mi propia columna se vio atraída hacia el campo abierto y sentí un escalofrío poco nada común en el cálido otoño; pues mientras caminábamos furtivamente en la oscuridad de páramo, vimos que nos rodeaba el demoniaco brillo lunar de nieves malignas. Nieves sin caminos, inexplicables, divididas por la mitad en una sola dirección que daba hacia un abismo tan negro que contrastaba con sus paredes brillantes. La columna parecía muy delgada mientras avanzaba somnolienta hacia el abismo. Yo me quedé rezagado, pues la hendidura negra en medio de la nieve iluminada por la luz verdosa me provocaba terror, y creí escuchar las reverberaciones de un lamento desasosegado a la vez que mis compañeros desaparecían; pero mi poder de resistencia fue poco. Como si estuviese atraído o me hubiesen llamado aquellos que se habían ido antes, medio floté entre los colosales montones de nieve, estremeciéndome y asustado, hacia el vórtice de lo inimaginable.

Extremadamente sensible, estúpidamente delirante, solo los dioses que fueron podrían explicarlo. Una enfermiza y sensitiva sombra retorciéndose en manos que no son manos, y arremolinándose ciegamente, dejando atrás medianoches fantasmagóricas de creación putrefacta, cuerpos de mundos muertos con llagas que alguna vez fueron ciudades, vientos de muerte que rozan las estrellas pálidas y las hacen titilar tenuemente. Vagos espectros de cosas monstruosas pertenecientes a más allá de los mundos; columnas entrevistas de templos sin santificar que descansan en rocas sin nombre debajo del espacio y que alcanzan hasta los vertiginosos abismos por encima de las esferas de luz y de oscuridad. Y a través de este nauseabundo cementerio del universo, el sordo y enloquecedor batir de los tambores, y el fino y monótono alarido de las flautas blasfemas provenientes de las inconcebibles y oscuros aposentos más allá del tiempo; el detestable golpeteo y pitido allá donde bailan lenta, torpe y absurdamente los gigantescos y tenebrosos dioses definitivos; las ciegas, mudas e imbéciles gárgolas cuya alma es la de Nyarlathotep.


Autores
(1890-1937) es un autor estadounidense, cuyos relatos se caracterizan por la ficción del horror y lo fantástico, siendo uno de los más reconocidos en este ámbito de la literatura.
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Imagen tomada de Flickr

Cierta vez mi abuela me habló por teléfono, el tiempo pareció no ser suficiente para ponernos al día con nuestras vidas y a mitad de nuestra charla comentó:

—Vaya, ya empezaron a martillar otra vez.

Le pregunté a qué se refería, pero prefirió ignorar mi pregunta. Me sentía una mala nieta por no hablarle ni visitarla frecuentemente.

—¿Qué te parece si nos vemos mañana para comer juntas?

—Estaré esperándote —me dijo, justo antes de colgar.

Durante la comida salió a relucir el tema de que todas las noches, sin excepción, se escuchaba un constante martillar en la pared.

—¡Escucha! —exclamó, llevándose la mano a su auricular.

Por más que presté atención, no alcancé a distinguir martilleo alguno.

—¿Lo ves?, ya están de nuevo poniendo clavos —me dijo.

—¿Clavos? —le pregunté.

—Clavos —recalcó, mostrándome la pared que daba a la sala.

La miré sin notar nada diferente; esa pared color crema había estado adornada desde siempre con un gran cuadro de hortensias.

—Es insoportable ese ruido durante todo el día y la noche, me vuelve loca —se quejó amargamente.

Yo realmente no había escuchado el martilleo del que hablaba, pensé en su edad avanzada y que quizá se sentía sola viviendo aquí.

—Abuela, ¿puedo quedarme a dormir? —pregunté en tono condescendiente.

—¡Por supuesto! —respondió encantada.

Era de madrugada cuando un constante golpeteo me despertó; seguí el ruido hasta la sala. Prendí la luz y escuché por primera vez ese incansable martillar del que tanto había hablado la anciana. El sonido provenía de atrás del cuadro. Lo descolgué y, al momento de quitarlo, resonaron decenas de clavos cayendo a mis pies. Los recogí y los guardé en mi bolsillo.

Recargué el cuadro sobre un mueble y me detuve a examinar la pared con mi mano. Noté que había un pequeño clavo clavado justo en el medio; sin embargo, lo noté flojo. En el momento preciso en el que iba a quitarlo de su sitio, mi abuela entró en la sala.

—No importa que lo quites, el clavo vuelve a ponerse en su lugar —dijo.

Lo retiré y comprobé que cuando se quedaba solo con el pequeño agujero, de pronto se escuchaba un golpeteo y el clavo pasaba de mis manos a la pared como si lo atrajera cual imán. A continuación, se escucharon más golpeteos en la pared, originándose una dúplica exacta del clavo encajado, el cual cayó al suelo.

—¿Qué está ocurriendo? —exclamé al mirar con incredulidad su generación espontánea.

—Tal vez si lo quitas de nuevo y cubres el orificio ya no pueda volver a su sitio —propuso la vieja.

Sin pensarlo demasiado, quité el clavo y cubrí el orificio con el dedo. Acto seguido, el clavo atravesó la uña de mi dedo índice y se colocó en su sitio. A pesar de mi sorpresa y dolor, de nuevo se había generado otra dúplica resonando en el suelo.

Ahora era mi dedo lo que unía aquella pared con el clavo. Comenzaron a caer gotas de sangre, manchando un poco la pared.

—¿Vas a quedarte ahí esperando a terminar de ensuciarme la pared? —me musitó enojada.

Su frialdad me desconcertó, pero sirvió para ponerme en marcha. Tomé una de las dúplicas caídas y me preparé para desclavar el infame clavo que había atravesado mi uña mientras tapaba aquel orificio con la dúplica. Lo hice rápido: no ocurrió ninguna otra duplicación ni tampoco hubo más martillazos.

Encontré un trapo y lo anudé alrededor de mi dedo para detener el sangrado. Recordé que no hace mucho ella también se había lastimado el dedo y su herida lucía muy similar a la mía.

—Abuela, ¿recuerdas qué te pasó en la mano?

—¿Mi mano?, ¿de qué hablas? —y extrañada me mostró sus manos pecosas y arrugadas, pero sin ninguna herida o cicatriz visible.

El sol comenzaba a asomarse por las cortinas.

—Será mejor que te marches —me dijo.

—Pero abuela… después de desayunar…

—¡No, ya es tiempo de irte! —y a empujones me sacó de la sala.

—Al menos déjame ayudarte a limpiar el desorden.

—No, déjalo así, ¡ya vete! —dijo, entregándome las llaves del auto y dejándome afuera.

—Pues ni hablar… —realmente me había corrido. Conduje de camino a casa.

Al llegar no recordaba con claridad hace cuánto que no había visto a la abuela y trataba de explicar sus anteriores acciones con el hecho de estar desacostumbrada a tratar con sus excentricidades aunadas a su senilidad. Cuando desperté, sentí unos pequeños piquetes en la espalda. Me había olvidado de vaciar el bolsillo con los clavos y estos se habían desperdigado por toda la cama. Al poco rato decidí llamarle para cerciorarme de que estuviera bien.

—Ya no escucho ese ruido infernal —me dijo.

—Me alegro —le respondí, y cuando iba a decir algo más se escucharon unos golpeteos en mi pared.

Salí de la habitación, buscando el origen del constante golpeteo. Miré y, justo ahí, se encontraba aquel clavo en medio de la pared de la sala.

—Abuela, tengo que colgar.

—Ahora lo tienes tú —me contestó, riendo a lo lejos.

Un estremecimiento me recorrió el cuerpo al acordarme cuál había sido la última vez que la había visto y por qué ya no la visitaba ni le hablaba. Hacía tres años mi abuela había sufrido un infarto fulminante. Cuando me despedí de ella, estaba en su ataúd con las manos entrelazadas y ahí fue cuando noté aquella herida idéntica a la mía. Solté el teléfono cuando la vi salir de mi habitación.

—¡Tú no eres ella! —le espeté.

Los pasos de la vieja no eran humanos sino metálicos, repiqueteaban como cuando se deslizan los clavos sobre una superficie. Me arrinconó contra la pared de la sala.

—¡No te podrás librar de nosotros!

En eso, de la sombra proyectada por el clavo de la pared salieron unas largas y fuertes zarpas que me estamparon contra el pequeño clavo, perforando mi cráneo una y otra vez…


Autores
LR-7 (Morelos, México) Escritora, ilustradora y animadora digital. Lleva el blog http://papalotedeletras.blogspot.com/ y ha colaborado en varias antologías, como Fantastique, Penumbria, El Círculo de Lovecraft, Historias Pulp, El Narratorio, La Sirena Varada, Mar Crepuscular, Demencia y Quinta Raza.