Durante el día los militares andaban por los torrentes de las calles, con los pantalones enrollados a media pierna, jugando a los naufragios con los niños. En la noche, después del toque de queda, derribaban puertas a culatazos, sacaban a los sospechosos de sus camas y se los llevaban a un viaje sin regreso. Era todavía la búsqueda y el exterminio de los malhechores, asesinos, incendiarios y revoltosos del Decreto Número Cuatro, pero los militares lo negaban a los propios parientes de sus víctimas, que desbordaban la oficina de los comandantes en busca de noticias. “Seguro que fue un sueño”, insistían los oficiales. “En Macondo no ha pasado nada, ni está pasando ni pasará nunca. Este es un pueblo feliz”.
Cien años de soledad, G.G.M.
En la historia de las sociedades hay días cargados de intensidad política extraordinaria. En esos días, la población civil despierta de su hipnosis y aprende más que en décadas de democracia somnolienta. Estamos llegando al comienzo de los años veinte con uno de esos insólitos momentos. La efervescencia de las luchas sociales en países como Chile y Ecuador son los estertores de un cuerpo latinoamericano que convulsiona. Ahora es el turno de Colombia, un país de lamentable tradición intervencionista (¡el aliado más importante de Estados Unidos en el continente!) y con una historia de gobierno marcada por la extrema derecha y un modelo económico feudal y vetusto.
El pasado 21 de noviembre iniciaron una serie de manifestaciones políticas cuya fuerza no ha hecho más que aumentar. Las marchas multitudinarias en ciudades como Cali, Medellín, Barranquilla y Bogotá continuaron en medio de irresponsables toques de queda, actos ocasionales de vandalismo y una estrategia mediática para difundir el pánico que haría enorgullecer a Joseph Goebbels (largas cadenas de whatsapp alertan sobre una supuesta “invasión inminente” que amenaza las residencias pero que nunca se produce). No sobra mencionar que los migrantes venezolanos fueron los primeros señalados en esta ola de confusión y caos pero, ¿realmente a quién le conviene sofocar las manifestaciones?
Foto de Pao Martina
Hasta la fecha de hoy el paro nacional continúa de manera indefinida y tiene además un terrible agravante: el asesinato de Dilan Cruz a manos de la policía antidisturbios (ESMAD) en un brutal uso de la fuerza. El estudiante de 18 años, a quien le habían negado un crédito para estudiar (en Colombia las becas son prácticamente inexistentes), se manifestaba pacíficamente en las calles de Bogotá cuando un policía antidisturbios disparó un proyectil de cilindros lacrimógenos que impactó en su cráneo y lo dejó en estado crítico. El lunes 25 de noviembre hacia las 8pm se declaró la muerte del joven, que se convirtió en el símbolo de la manifestación y de una juventud sin derechos que el Estado margina y aplasta. Tampoco sobra decir que Colombia tiene una larguísima lista de asesinatos a líderes sociales (855), indígenas (cada 72 horas muere uno) y la cifra más escalofriante de ejecuciones extrajudiciales por parte de miembros del ejército o grupos paramilitares (más de 2200 jóvenes).[1]
Foto de Pao Martina
Ahora bien, ¿Qué más se protesta en Colombia? ¿Cuáles son las razones de fondo para la indignación general de la población civil? El Comité Nacional del Paro se opone al “paquetazo” legislativo impulsado por el gobierno del presidente Iván Duque, que contiene reformas laborales, pensionales y tributarias, así como la privatización del aparato productivo del Estado y del sector financiero estatal. ¿Y esto que quiere decir? En resumidas cuentas:
Que los jóvenes menores de 25 años podrán tener un SALARIO IGUAL AL 75% DEL SALARIO MÍNIMO LEGAL.
Que será posible la CONTRATACIÓN DE PERSONAL POR HORAS
Que el salario mínimo de los trabajadores SERÁ DIFERENTE SEGÚN LA PRODUCTIVIDAD DE CADA REGIÓN
Que la edad de jubilación subirá de X a Y
Que el fondo de pensiones del Estado se privatizará
Que se creará una agrupación de empresas estatales en el sector financiero que podrán aportar capitales al mercado pero SIN EL CONTROL DIRECTO DEL ESTADO.
Que las grandes empresas y multinacionales obtendrán rebajas en los impuestos bajo la condición de crear más empleos (que podrán ser contratos por horas o al 75% para jóvenes)
Que se aumentará el 35% en las tarifas de energía eléctrica para algunos sectores de consumo en favor de la empresa Electricaribe.
Lo más grave de todo esto, es que el presidente se ha sumido en el solipsismo. Anunció un diálogo nacional en marzo de 2020 (¿acaso no es una clara falta de respeto posponer una conversación urgente hasta dentro de 4 meses?). Peor aún, impuso los cinco ejes de los diálogos sin siquiera escuchar a las organizaciones sociales o al Comité Nacional del Paro. ¿En qué clase de diálogo los interlocutores no tienen derecho a decidir los temas del mismo?
Es claro que, por ahora, el presidente Iván Duque no ha entendido que debe trazar una agenda conjunta. Probablemente piensa que todavía vivimos en Macondo, ese pueblo feliz donde no ha pasado nada ni nunca pasará nada. Se equivoca.
[1] Estadísticas provenientes del INDEPAZ (Instituto de estudios para el Desarrollo de la Paz), y del informe de la Fiscalía colombiana entregado a la JEP (Jurisdicción Especial para la Paz) en mayo de 2019.
El acto de ver a través Objeto de estudio: ventana
1. Crecí en una casa de madera y vidrio. “No hay nada que ver afuera. La casa debe mirar hacia adentro”, dijo el arquitecto y en el centro construyó un jardín.
2. Cuando quiero narrar mi pasado como un cuento, empiezo: “Vivían en esa casa un Físico, una Matemática, una Bióloga y una Química”. Entonces es más fácil explicar que sucedió lo que sucede en todas las familias. La Química se fue y dejó de ser química. ¿Puede abandonarse lo que se absorbió como por ósmosis? Respuesta: la química es aquella que estudia los cambios de la materia.
3. El techo de la casa también es de vidrio. En las mañanas el sol entra por los veintiséis paneles; alimenta los dos ficus del jardín interior, y, al final de agosto, me golpea en la cara mientras dejo pasar el tiempo. Les digo a mis padres que ahora que estoy en México voy a empezar un libro, pero, en lugar de escribir, miro el techo acostada en el sillón. Miro el cielo a través del techo. Paso tanto tiempo mirándolo que mi objeto de estudio deja de ser lo que veo a través, para ser lo que veo. El vidrio.
4. En 1933 aparece una definición de Horst Scholze: “El vidrio es un líquido sobreenfriado más allá de su punto de fusión”.
5. Mentiría si dijera que mi madre, la Matemática, y mi padre, el Físico, trataron de prevenir que yo dejara la química. Sabían que, en los cuatro años en el estudio de la materia y en los veinticinco de cohabitación científica, ya había absorbido pensamiento y lenguaje. Yo era la única que lo ignoraba cuando emigré a Estados Unidos a escribir. Pero no hay escape si al buscar dentro, encuentras ciencia. Poco a poco en mis poemas se coló su lenguaje y comencé a escribir de enlaces, síntesis, reacciones y descomposiciones. Palabras híbridas atrapadas entre dos mundos.
6. Linus Pauling, autor del primer libro de Química general (1940), definió la química como la ciencia que estudia las sustancias: su estructura, sus propiedades y las reacciones que las transforman con el paso del tiempo en otras sustancias.
7. ¿Por qué construir un techo de vidrio? Un tragaluz tal vez, ¿pero todo un techo? El vidrio es frágil, quebradizo, amorfo, frío, translúcido, sin orden, sin equilibrio, poco confiable y, como descubrí con mi primer novio, entorpece la privacidad.
8. Dos meses en México. Un equilibrio estático entre Estados Unidos y España. Los días se funden uno con otro; forman un día largo, larguísimo, sin escuela, sin trabajo, que me recuerda los días de verano de niña o los fines de semana de la adolescencia. Duermo en la cama de mi infancia, rodeada por las muñecas que coleccionaba y los libros que regresaron conmigo. Mi maleta está en perpetuo estado de mediohacer y a partir de ella se propaga el desorden. Pilas de libros que se quedan, notas que sí me acompañarán, suéteres, zapatos, libretas, papeles de impuestos. Mi entorno refleja mis circunstancias. Me encuentro entre dos fases.
9. Un día hace algunos años el techo dejó pasar la lluvia. Durante el otoño las canaletas se llenaron de hojas y en la primera tormenta el agua se filtró entre el vidrio y la roca. Convirtió la pared en una cascada, el suelo en un charco, el interior en un exterior.
10. “El vidrio es un ejemplo, el ejemplo más simple, de lo que es realmente complejo.”
11. ¿Qué es el vidrio? (consultar entradas 4, 26 y 57). Las referencias básicas no se ponen de acuerdo. Real Academia Española: el vidrio es un sólido duro, frágil y transparente o translúcido, sin estructura cristalina. Una cosa frágil y quebradiza o una persona de genio muy delicado que fácilmente se desazona y enoja. Expresión coloquial: “pagar los vidrios rotos”. Otra, al buscar “el vidrio es un líquido” en Google: el vidrio es un líquido sobreenfriado, un material muy viscoso que fluye a velocidad lentísima, tan lenta que tardaría cientos de años en fluir a temperatura ambiente. Una más, Wikipedia: vidrio común. Composición: sílice, cal y sosa fundidas a 1800 °C y enfriadas hasta formar una red desordenada. Un material que no se comporta ni como sólido ni como líquido.
12. En el lenguaje del día a día las palabras “vidrio” y “cristal” son intercambiables. A lo mucho un cristal es más caro y delicado. Por ejemplo, las copas de mi abuela son de cristal, no de vidrio. En química, sin embargo, son objetos totalmente diferentes. Los cristales son sólidos cuyos átomos y moléculas tienen un orden regular que se repite en el espacio. La sal de mesa es un cristal; moléculas de sodio y potasio acomodadas en cubitos regulares. Los vidrios carecen de esta estructura, son caóticos y ni siquiera sabemos si son sólidos.
13. En la introducción de Química general, Pauling escribe: “Las palabras que usamos para describir la naturaleza, en sí misma compleja, pueden ser incapaces de una definición precisa. Al dar una definición para una palabra se hace un esfuerzo por describir el uso aceptado”. Pero, cuando yo le contestaba a la Matemática “ahorita, diez minutos más”, no tenía en mente que diez minutos son seiscientos segundos y un segundo es la duración de 9 × 109 periodos de la radiación correspondiente a la transición entre dos niveles hiperfinos del átomo de cesio 133. Aunque en el día a día un minuto es relativo, en ciencias las palabras aspiran a la precisión matemática, una perfección que se les escapa en su carácter fluido.
14. En la Ciudad de México, la ciudad de los ríos olvidados, todo lo que fluye se entuba, se sepulta hasta encallarlo. Todo menos la lluvia. Las gotas gordas, frías, imposibles de acallar reviven los siete lagos y los cuarenta y cinco ríos. Hace una década había una temporada de lluvia, pero ahora no hay quien la contenga y resuena contra el techo el año entero. Una tarde a finales de agosto, cuando ha pasado casi un mes desde que regresé, se inundan los alrededores de mi barrio, el agua alcanza las ventanas de los coches, la Bióloga se queda estancada y no puede volver a casa. Desde la cama escucho la tormenta y recuerdo mis fantasías infantiles. Imaginaba que un día las gotas y el granizo perforarían el techo. El estruendo, los añicos y la lluvia caerían sobre el jardín. Se formaría un río que anegaría mi cuarto y lanzaría mi cama a la deriva. No se me ocurriría nadar; navegaría por los ríos recién creados hasta llegar lejos, muy lejos de casa, y ya no sabría cómo volver. El regreso del agua a la Ciudad de México. Mientras escribo me doy cuenta de que no es la primera vez que narro esta fantasía.
15. La diferencia entre un sólido y un líquido es la diferencia entre dos maneras de acomodar un juego de bolas de billar en una caja: con cuidado, una por una, una sobre otra, para crear filas, un empaquetamiento compacto, un sólido. O dejarlas caer, solo el caos como métrica. Ante una caja de bolas de billar mi sentido del orden siempre ha sido líquido.
16. Cuando yo era adolescente, la Matemática me pedía cada tercer día que recogiera mi cuarto. La respuesta perfecta: “No puedo. Todos los procesos espontáneos tienden al aumento de la entropía, al caos” siempre la hacía sonreír, pero no funcionaba. Me contestaba que usara más energía. La segunda ley de la termodinámica aplicada al quehacer no era excusa suficiente. Ahora que estoy en casa de nuevo reaparece la petición, pero tarda más días en presentarse, como si la distancia o la edad hubieran modificado los estándares.
17. La American Society for Testing and Materials definió en 1996 el método más simple para diferenciar un sólido de un líquido (ASTM D4359). El material se coloca en un recipiente cerrado a 38 ± 3 °C (100 ± 5 °F) hasta que alcanza el equilibrio térmico (entre 18 y 24 horas). Se saca del horno y se quita la tapa inmediatamente. Se pone de cabeza. Si en tres minutos el material fluye un total de 50 mm (2 in) o menos, se considerará un sólido; si no, se considerará un líquido. Mis intentos de probar esta metodología son un fracaso. Un charco de agua, un puñado de piedras, un chorrito de miel. Todos terminan en el suelo.
18. Un experimento. Colocarse frente a un vidrio. Tocar la superficie con un dedo. Sentir la resistencia. Ahora un segundo dedo. Apoyar la mano completa. Empujar. Percibir la solidez. Entender que la percepción macroscópica es inútil. Imaginar mejor que cede bajo los dedos, se licúa. ¿Estaría frío, mojado, viscoso? Se me olvida el experimento y apoyo el rostro contra la ventana.
19. Características principales de un sólido: opone resistencia a cambios de forma y de volumen, tiene un aspecto definido y sus partículas se encuentran unidas y ordenadas. Características principales de un líquido: presenta un volumen definido independiente de la presión; toma la forma de su contenedor. Un mililitro cúbico de agua es el mismo en una copa, un plato, un florero, la palma de mi mano, el suelo de la tina. Y todos estos mililitros comparten la característica más importante de un líquido: la capacidad de fluir.
El 18 de noviembre de 1919, ElCorreo del norte, periódico opositor al gobierno de Venustiano Carranza, informaba de la aprehensión del General Felipe Ángeles en la región de Balleza, cercana al Valle de los Olivos, Chihuahua, a manos del mayor Gabino Sandoval; junto a él se encontraban el mayor Eduardo Enciso de Arce[1] y Antonio Trillo, quienes serían enjuiciados junto al exdirector del Colegio Militar en el Teatro de los Héroes. Los complejos mecanismos de la causalidad hicieron que el juicio se llevara a cabo en un teatro inaugurado casi dos décadas antes —el 16 de septiembre de 1902, para ser precisos—, con la ópera Aída, de Giuseppe Verdi, y que cuenta la historia de Radamés, quien es enjuiciado por traición y se le condena a la pena de muerte.
La aprehensión del General Ángeles se dio tres días antes, el 15 de noviembre, después de una larga peregrinación que lo había llevado de Norias Pintas a la Boquilla, pasó por Parral y por Balleza, regresó a la Hacienda de Talamantes y San José del Sitio hasta encontrarse con un antiguo escolta de Martín López, uno de los jefes villistas más conocidos, y a quien Paco Ignacio Taibo II se refiere como:
(…) un jovencito de diecisiete años de origen campesino, de oficio panadero en la ciudad de Chihuahua, que alguna vez había sido azotado por meterse accidentalmente al potrero de un latifundista. Villa lo nombrará tesorero y pagador de su futura brigada, porque había estudiado “casi completa la primaria”. Martín aseguraba que se alzó porque eran “bonitos los maderistas armados”. Villa, que sabía cosas raras sobre los hombres, le dirá años más tarde al periodista estadunidense Frazier Hunt: “Siempre he creído que los hombres, como los caballos, cuando valen algo levantan la cabeza al menor ruido” Yo me fijé en que Martín siempre levantaba la cabeza para escuchar y fruncía el entrecejo”.[2]
El escolta de Martín López llevaba por nombre Félix Salas, y el General Ángeles describió el modo en que llegó a encontrarse con él:
Encontrándome yo en condiciones bastante difíciles en la sierra, en donde llegué a pasarme días enteros sin probar alimento, Félix Salas (…) me ofreció que me hospedara en su casa, que no era ptra cosa que una cueva en donde vivía en unión de su mujer, y en donde, en un principio, fui atendido por ambos con toda clase de consideraciones, y se me proporcionaban tortillas y frijoles; poco tiempo después de esto, Salas se amnistió y señaló a las fuerzas del Gobierno el lugar en que me encontraba.[3]
Monumento a Felipe Ángeles en el Cerro de la Bufa, Zacatecas. Wikimedia Commons.
La amnistía a la que se refiere Felipe Ángeles fue la promulgada el 18 de diciembre de 1917, mediante el decreto 117, que facultaba al presidente de la República a extenderla a los levantados en armas en contra del gobierno constitucionalista[4].
Félix Salas, según Sandra Molina, recibió por delatar al General Ángeles seis mil pesos, aunque no pude corroborar ni desmentir el dato. De cualquier modo, más allá de lo que haya llevado al antiguo revolucionario a traicionar a Felipe Ángeles, lo cierto es que Gabino Sandoval apresó al General y lo destinó a la capital de Chihuahua, en donde se le levantaría un Consejo Extraordinario de Guerra.
El Jefe de Operaciones Militares en el Norte de la República, Manuel M. Diéguez, quien fuera gobernador de Jalisco, recibió a los prisioneros en Chihuahua el 22 de noviembre. En ese México convulso, Diéguez, el encargado de custodiar y levantar el Consejo de Guerra contra Ángeles, moriría, también, fusilado, aunque él por órdenes de Álvaro Obregón, en Tuxtla Gutiérrez, en 1924.
Los prisioneros fueron encarcelados en el cuartel de 21 regimiento de caballería. La celda del General, la número 8, era un cuarto de no más de cinco metros por lado, pintada de blanco y con piso de tierra. Un catre de metal, una tina y una mesa con algunos libros y una máquina de escribir en donde escribiría sus postreras notas completaban el cuadro. En esa celda, Ángeles, Arce y Trillo, designaron a los licenciados Alberto López Hermosa y a Alfonso Gómez Luna como sus defensores en el Consejo Extraordinario de Guerra, que comenzó el lunes 24 de noviembre.
La historia quizás olvide los nombres de quienes integraron tal Consejo, pero aquí se recuperan solo para que algún curioso recuerde a quienes participaron el sumario juicio: general Gabriel Gavira, presidente; generales brigadieres Miguel M. Acosta, Fernando Peraldi, Silvino M. García y José Gonzalo Escobar, vocales; general Leandro M. Díaz de León, juez instructor; coronel Tomás López Linares, asesor; general Víctores Prieto, agente del Ministerio Público[5].
El juicio, que llevó su curso desde el 24 hasta la madrugada del 26 de noviembre tenía ya la sentencia, incluso antes de que apresaran a Ángeles. En un telegrama de Venustiano Carranza a Diéguez, se consigna: “Cúmplase en todo con la Ley, sin admitir influencias de ninguna especie ni en favor ni en contra del reo”.
Las influencias, claro está, se refieren a la admiración que provocaba Ángeles en militares y civiles, en su prestigio como artillero y en su profunda humanidad como militar. Rosa King, propietaria del hotel Bella Vista, en Cuernavaca, Morelos, en donde se alojaron personajes como Madero y Huerta, describe al General Ángeles como:
delgado y de buena estatura, más que moreno, con la palidez que distingue al mejor tipo de mexicano, de rasgos delicados y con los ojos más nobles que haya visto en un hombre. Se describía a sí mismo, medio en broma, como un indio, pero sin duda tenía el aspecto que los mexicanos llaman de indio triste. Otros grandes atractivos se encontraban en el encanto de su voz y sus modales.[6]
Así, la fortuna de Felipe Ángeles estaba escrita. Las decenas de telegramas que llegaron al teatro de los Héroes que buscaban interceder por el General fueron ignorados y el clamor del público que asistió por miles al juicio —se dice que las autoridades militares tuvieron que expedir cinco mil tarjetas de permiso para asistir a él— fue acallado.
Carabina Winchester Modelo 1894 que perteneció al general Genovevo de la O y que este le regaló al general Felipe Ángeles. Museo Toma de Zacatecas. Wikimedia Commons.
Los argumentos que Ángeles esgrimía ante cada andanada de preguntas de Gavira eran vitoreados. El público se hizo partícipe de un clamor, quizás, nacional. Como recrea la egregia Elena Garro en su obra, los silbidos y los aplausos acompañaron al Consejo de Guerra:
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: El licenciado López Hermosa ha dicho que no soy honrado, por citar la confesión del acusado respecto al enemigo. Me permito suplicar al señor Presidente del Consejo, se sirva decir al señor López Hermosa, que se sirva retirar esas palabras, porque no está en lo justo al hacer tal apreciación sobre mi persona.
LÓPEZ HERMOSA: Disculpe el señor Agente del Ministerio Público, ya que no eran mis intenciones lastimarlo, y en obsequio a su deseo retiro las palabras que le hirieron.
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: Queda borrada la mala impresión.
PRESIDENTE DEL CONSEJO: Se da por terminado el incidente.
LÓPEZ HERMOSA: Insisto en la nueva presencia de los testigos.
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: Que comparezcan los testigos que todavía están en el recinto, puesto que la mayoría de ellos hace ya mucho rato que abandonaron el lugar. [Entra Sandoval].
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¿Conoce usted al acusado?
SANDOVAL: Sí es el General Felipe Ángeles [Del público surgen gritos, silbidos, insultos].
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Silencio! ¡Silencio! ¡Silencio, o haré evacuar la sala!
[La gritería aumenta. Sandoval baja los ojos].
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Silencio! ¡Silencio…! [La gritería se calma un poco, hasta que se hace el silencio].
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: Su nombre y grado militar.
SANDOVAL: Gabino Sandoval, teniente coronel de las Defensas Sociales de Chihuahua.
FISCAL: ¿Conoce usted al acusado?
SANDOVAL: Sí, es el General Felipe Ángeles.
FISCAL: Diga en qué circunstancias lo conoció.
SANDOVAL: El día que lo aprehendí.
FISCAL: Explique usted cómo y en qué batalla lo tomó prisionero. No se deje impresionar por el acusado.
SANDOVAL: Cuando llegué al Valle de los Olivos con mi gente, los soldados del General Ángeles me recibieron con un fuego nutrido. Así se inició la batalla en la que las dos partes tuvimos Bajas… después en el momento en que iba a caer prisionero sacó la pistola para dispararme, sus hombres trataron de propiciarle la huida y así fue como lo conocí…
[Ángeles levanta la cabeza y mira asombrado al testigo].
(…)
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¿Qué dice usted…? Le suplico que no se deje impresionar por la personalidad del acusado.
[Sandoval guarda silencio].
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Retírese usted, Sandoval! [La sala se llena de aplausos y de vivas al General Felipe Ángeles].
AGENTE DEL MINISTERIO PÚBLICO: ¡Silencio! ¡Silencio…! ¡Que pase el testigo Félix Salas! [Entra Félix Salas y una lluvia de gritos e insultos acoge su aparición].[7]
Mucho de la idea que se ha formado del pensamiento de Ángeles tiene su origen en este juicio. Hombre culto, formado en Francia y exiliado en Nueva York, desde donde formó la Asociación Liberal Mexicana, había construido un pensamiento y una ideología socialista:
(…) he predicado la fraternidad; he predicado una doctrina de conciliación y de amor. La gente muy poco entiende eso. Por desgracia, nuestro pueblo no está aún en la época en que deba hablársele de otra cosa que de lo contrario a todo lo que sea odio y venganza; por eso su infelicidad, por eso se preocupa muy poco por analizar el espíritu de las leyes que nos rigen, por comprender, cuando menos, los deberes y los derechos que le asisten. Para que el pueblo mexicano sea feliz, es menester que él quiera serlo; es necesario que cada uno se preocupe por su mejoramiento, que, de corazón, tenga iniciativa propia, que hable por sí mismo. (…). La democracia también consiste en que cada uno se baste a sí mismo para que, en unión de los demás, pueda ser libre y, por tanto, disponer de libertad en su gobierno, en sus hechos, en su vida propia.[8]
El discurso del General Felipe Ángeles, pues, está cimentado en la creencia de que el amor puede más que el odio, que en un estado prístino, no es sino la rapiña de quienes sólo ven por sus privilegios, sin ocuparse de las necesidades de un pueblo.
La desinformación que ha existido desde siempre en los medios de comunicación conservadores, junto a sus carroñeros, no hacen sino atizar una división de clases histórica, en donde la clase privilegiada intentará hasta las últimas consecuencias desacreditar cualquier movimiento que tenga por motivación y finalidad el bienestar general. Los carroñeros de estos medios son, cual modernos Procustos, quienes cortan la realidad a la medida que les conviene.
El General Ángeles lo sabía, por su honda cultura conocimiento del mundo , y así lo dejó claro al relatar un fragmento de su campaña en Morelos, cuando relevó al general Robles por órdenes de Madero, en un artículo del periódico La Patria, de El Paso, en diciembre de 1917:
¡Nunca me habían producido más placer los tiros! Sí, pensaba yo, que tiren los soldados, aquí que nadie los oye; aquí no sucede lo que en Cuernavaca; allá un tiro que se le sale a un soldado es transformado por los reporteros en una batalla que nos dan y nos ganan los zapatistas; aquí no nos oye ningún reportero, aquí pueden tirar los soldados.[9]
La fe de sus contrapartes militares en las armas era contraria a Ángeles; para él éstas eran un arte, para aquéllos —Huerta, Blanquet, Robles— un medio para ejercer la fuerza y el poder. Ángeles, en su diario de la toma de Zacatecas, escribe: “La guerra, para nostros los oficiales llena de encantos, producía infinidad de penas y de desgracias; pero cada quien debe verla según su oficio. Lo que para unos es una calamidad, para los otros es un arte grandioso”. [10]
General Felipe Ángeles. Wikimedia Commons.
Para Felipe Ángeles, “valen más las ideas que la fuerza, vale más el amor que la fuerza; si se somete a los pueblos, aherrojándolos, sólo se logrará establecer una paz mecánica, no una paz orgánica. No hay que hacer uso de las armas para someter a un pueblo, hay que hacer uso de la pasión contraria, el amor”. Cien años después de lo relatado, conmemoramos el pensamiento de Felipe Ángeles.
El 26 de noviembre de 1919 fue fusilado por las “chusmas revolucionarias”, aquéllas a las que condenaba por dejarse llevar por sus pasiones y sus odios, aquéllas que lo fusilaron y a las que pertenecía un sargento de nombre Ramón Ortiz, quien le dio el tiro de gracia, no sin antes ponerle un pie en el cuello, como si con el gesto murieran también las ideas del General:
(…) las leyes deben reformarse conforme lo necesita el pueblo. El socialismo es un movimiento general en todo el mundo, y de respetabilidad, que no podrá ser vencido. El progreso del mundo está de acuerdo con los socialistas. (…) es un movimiento de fraternidad y de amor entre los hombres de las distintas partes del universo. La fraternidad será un movimiento, como lo ha sido, que ha impulsado a la sociedad, por siglos y siglos, hacia el bienestar de las masas; esas masas que se debaten en sus luchas, esas muchedumbres que son muchedumbres en todas partes. El pobre se ve siempre abajo y el rico, poco o nada se preocupa por el necesitado: por eso protestan las masas, por esa falta de igualdad en las leyes, es por lo que se lucha.[11]
[1] Si bien en muchos documentos se consigna al mayor como Eduardo Enciso de Arce, en una fotografía del juicio, perteneciente al archivo Casasola, se le identifica como Néstor.
[2] Taibo II, Paco Ignacio, Pancho Villa. Una biografía narrativa, México: Planeta, 2006, p. 55.
[3] Federico Cervantes, Felipe Ángeles y la Revolución de 1913, México: Gobierno del Estado de Campeche, 2010, p. 358.
[4]Recopilación de leyes y decretos expedidos por los poderes legislativo y ejecutivo de la Unión de mayo a diciembre de 1917, México: Secretaría de Gobernación, p. 231.
Y sin embargo, escribe: el silencio de las mujeres
No se sabe con certeza por qué, en los últimos años de su vida, Sor Juana Inés de la Cruz dejó de escribir. Los comentadores católicos interpretan este abandono como una muestra de fe, una mayor dedicación a las cuestiones sobrenaturales y una entrega mística a Jesucristo; para otros, fue un gesto necesario de reverencia hacia las autoridades de la iglesia luego de una serie de actitudes desafiantes. Algunos dicen que calculó mal sus libertades, su fuerza política; otros, que fue víctima de una conspiración misógina. Es probable que nunca tengamos los elementos para declarar, entre todas las versiones, alguna verdadera. Mientras tanto, entonces, si cada una puede quedarse con la que le guste, yo tengo una favorita: la que despliega Julie Bokser, una especialista norteamericana, en su artículo “Sor Juana’s Rhetoric of Silence”[1].
Bokser no tiene una hipótesis histórica: cita varias, para quienes quieran investigarlas, pero suspende el juicio sobre ellas. Lo que ella quiere es darle un sentido al silencio de Sor Juana que vaya más allá de los acontecimientos: para eso, rastrea en varios de sus escritos —en especial la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz (1691)— el lugar que Sor Juana le va construyendo, justamente, al silencio. En lugar de buscar el sentido afuera, en los devenires de la historia, Bokser busca en la propia Sor Juana una explicación sobre su decisión de callar. Lo que encuentra es una retórica del silencio, que Sor Juana liga en algún sentido a la posibilidad de una retórica femenina: una retórica que tome todo eso que fue despreciado por identificarse tradicionalmente —y prejuiciosamente— con lo femenino y, en lugar de esconderlo o negarlo, lo use a su favor. Entre esas estrategias despreciadas, Bokser dice, está el silencio, cuyo poder retórico y persuasivo —“explica mucho con el énfasis de no explicar”[2], escribe Sor Juana— está explicitado en la Respuesta. En este mismo texto, Sor Juana reivindica un saber femenino como la cocina, como quien se reapropia un insulto: “si Aristóteles hubiera guisado, mucho más habría escrito”[3]. Sor Juana, para 1691, llevaba casi una vida entera confrontando con los intentos de otros de silenciarla: como muchas otras grandes escritoras, además de luchar, intentó convertir ese silencio en tema, en pregunta, en un instrumento subterráneo y paradójico para pensar su propia escritura.
Ilustración por Caro García.
Quienes intentaron analizar la relación entre las mujeres y la literatura lejos de los estereotipos y los esencialismos —la idea de que las mujeres escriben un determinado tipo de cosas, sobre un determinado tipo de temas, en virtud de su biología o su psicología particular, porque son “más sensibles” o “más emocionales” o cualquier tontería de ese estilo— encontraron en la cuestión del silencio una línea fundamental. La operación del silenciamiento de las mujeres cumplió una serie de funciones claves en el sostenimiento de su opresión: se prohíbe y cuando ya no es posible se burla y se desacredita su palabra —su testimonio en un juicio, su historia oral, su literatura, su producción científica— para ejercer violencia sobre ellas sin consecuencias; y al mismo tiempo que se les silencia para violentarlas, se les violenta para silenciarlas, para evitar la circulación de discursos que pongan en cuestión o en evidencia el orden patriarcal vigente. El silenciamiento es causa y efecto de la violencia. La literatura producida por mujeres se produce sobre y contra ese trasfondo: hable de lo que hable, se relaciona con ese intento de callarlas. A esto se refiere la teórica Hélène Cixous cuando habla de escritura femenina y no de la “literatura femenina”: no se trata de que la literatura escrita por mujeres exhiba una serie de característica, sino de que en el mismo acto de escribir, las mujeres —como sucede con otras subjetividades excluidas tradicionalmente de la palabra y de lo público— están operando contra un status quo. Esa mujer recibe burlas, se le ningunea, se le encierra, se le humilla: “y sin embargo, escribe”, como dice la autora Joanna Russ en su libro Cómo acabar con la escritura de las mujeres[4].
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En la mayoría de los análisis de Cumbres borrascosas (1847) se dice que la novela de Emily Brontë tiene dos narradores: Lockwood, inquilino de Heathcliff, que abre y cierra la novela, y Nelly, la criada histórica de las dos familias protagonistas, que narra casi todo el libro enmarcada en la narración de Lockwood. Poca atención ha recibido quien, para la especialista Judith E. Pike[5], es la tercera narradora: Isabella Linton, la chica con la que Heathcliff se termina casando para vengarse de Catherine —que, en lugar de casarse con él, se quedó con Edgar Linton, hermano de Isabella—. El personaje de Isabella fue caracterizado por años, dice Pike, como una joven insulsa, banal y fundamentalmente irrelevante que deviene áspera y oscura a lo largo de la novela; pero es improbable que Emily Brontë compartiera este desdén por Isabella. Aunque no tenga el peso en el texto que tiene la heroína Catherine, a Isabella le toca una de las huidas más valientes y escandalosas que pueden leerse en la literatura victoriana: luego de soportar por mucho tiempo los abusos de Heathcliff —la crítica tardará siglos en mencionarlo, pero ese devenir “áspero” de Isabella no aparece en la novela como una casualidad sino como un claro resultado de la violencia doméstica—, Isabella logra escaparse de él, embarazada y sola, para salvarse y criar a su hijo lejos de su captor. Y Brontë no solo le da eso: como destaca Pike, la carta escrita por Isabella es la única que aparece reproducida entera en Cumbres borrascosas, convirtiendo a Isabella en esta tercera narradora —privilegio que no tienen Catherine ni Heathcliff—.
La aparición de la voz narrativa de Isabella es breve, pero clave: críticos como Allan Brick[6] habían afirmado ya que en Emily Brontë “la forma narrativa es indisociable de su mensaje”, y en este caso es clarísimo. Sin la carta de Isabella, la única versión que tendríamos en la novela sobre las razones por las que Heathcliff la encerró es la que da él, la versión pública, la que tiene Nelly: como lectores podríamos creer —como sucede en la JaneEyre (1847) de Charlotte Brontë con el personaje de Bertha, otra mujer encerrada— que el encierro de Isabella por parte de Heathcliff está justificado, que ella es loca y débil y Heathcliff hace bien en tenerla cautiva en su casa. La voz de Isabella —la ruptura de su silencio— nos cuenta que hay otra historia, que las historias que circulan públicamente son las de los hombres que encierran a sus mujeres y no las de esas mujeres encerradas, esas supuestas locas en los áticos que suman misterio y pintoresquismo pero rara vez tienen voz. Emily Brontë podría haber incluido esta información de otra manera: alguno de los narradores principales podría haber contado en su propia voz lo que leyó en la carta de Isabella, Nelly podría haber escuchado algo. En cambio, rompiendo los procedimientos narrativos del resto de la novela por única vez, Brontë elige que esta parte la cuente en primera persona la propia Isabella; así, hace aparecer en Cumbres borrascosas la pregunta por la posibilidad —o imposibilidad— de una mujer de decir su verdad.
Ilustración por Caro García.
Poco más de un siglo después, la escritora argentina Sara Gallardo hizo del silencio un instrumento literario en su novela Enero (1958). Enero, mucho más incluso que Cumbres borrascosas, tiene a la violencia contra las mujeres en el centro de la escena: la protagonista, Nefer, es una muchacha humilde que trabaja con su familia en el campo; está enamorada de un hombre que jamás la mira y fue violada por otro, que la dejó embarazada. El hecho sucedió antes de que empiece la acción: lo que vemos en el libro es su angustia, su miedo al escarnio público y, ante todo, sus intentos de interrumpir el embarazo en un contexto en el que eso está legal y socialmente prohibido, y más aún para las muchachas pobres como ella.
A lo largo de la novela, la relación del texto con lo que se dice y lo que no se dice —con lo que se puede decir y lo que no— es siempre densa; de hecho, esto aparece desde la primera oración: “‘Hablan de la cosecha y no saben que para entonces ya no habrá remedio —piensa Nefer—; todos los que están aquí, y muchos más, van a saberlo, y nadie dejará de hablar’”. Toda la primera parte de Enero está surcada por esta dualidad: por un lado las conversaciones que escucha Nefer sobre los quehaceres y chismes de la estancia, entre personajes que no tienen ni idea de lo que a ella le sucede; por otro, como debajo de la superficie, el monólogo interior de Nefer, cada vez más rico y más desesperado. Algunos pensamientos de Nefer aparecen, en una puntuación inusual, escritas con rayas de diálogo e inmediatamente seguidas de otra raya de diálogo en la que un personaje dice algo en voz alta, a la manera de este fragmento de la segunda mitad del libro:
Nefer suspira; un cansancio se le ha instalado en los miembros.
—Como si tuviera barro en las venas —piensa.
—¿Terminaste con la mesa? —pregunta su hermana.
—Sí.
Gallardo repite varias veces este procedimiento, intercalando de un modo definitivamente no estándar pensamientos no dichos e intercambios reales: es como si con esa decisión, Gallardo quisiera llamar la atención sobre la mordaza de su heroína, las conversaciones necesarias que jamás podrá tener. Pocas páginas después del fragmento que cito, la protagonista le dice a su madre que “está preñada”, y que necesita ayuda para terminar su embarazo; a todas luces, teniendo en cuenta los tiempos, ya no debería hacer falta que dijera nada; y sin embargo, al principio, la madre hace todo lo que puede por pretender que no escucha, que no entiende, que eso que no había que decir nunca se dijo.
Al final de Enero, el destino de Nefer se decide sin que ella tenga parte en el asunto: gracias a los benevolentes arreglos de su patrona, se entera, se casará con su violador. Lo que sucede entonces es interesante: la voz interior de Nefer, que desde el principio venía ocupando una parte importante del texto, desaparece casi por completo. No sabemos lo que ella siente respecto de este matrimonio; se puede intuir, pero a diferencia de lo que sucede en el resto de los capítulos, ella no lo dice. El silencio —ese mismo por el cual ella no tiene voz ni voto sobre su propia vida— finalmente la alcanzó hasta lo más hondo, hasta a su hablar consigo misma. Lo único que tenemos es una frase, que retoma el tema de la primera oración de Enero, la cosecha: “—La cosecha. Todas las cosechas las veré casada”. La autora usa una raya de diálogo para introducir esta oración, pero no aclara —como sí suele hacerlo, a menos que quede muy claro— si Nefer dice esto en voz alta o solo lo piensa. Podemos imaginar que, para este momento, esas dos voces son la misma, una que no le pertenece a Nefer del todo: la verdadera voz de ella ha sido, por fin, callada para siempre.
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Los tiempos han cambiado mucho desde las épocas de Sor Juana, Emily Brontë y Sara Gallardo. Seguimos siendo pocas las mujeres que tenemos los recursos económicos para dedicarle tiempo a la escritura, pero ese no es solamente un tema de género. Si una mujer firma hoy con seudónimo es porque quiere; ya no está prohibido ni mal visto que escriba. Para algunos, incluso, está de moda. Y así y todo, en un mundo supuestamente superpoblado de libros firmados con nombres femeninos, la pregunta por el silencio de las mujeres sigue teniendo múltiples sentidos, algunos viejos, otros nuevos; y por eso mismo, esta pregunta continúa siendo reapropiada a modo de herramienta, de tema y de principio constructivo por muchas escritoras.
Ilustración por Caro García.
El caso que me interesó como catalizador de muchos de estos significados antiguos y flamantes es el de la autora norteamericana Amy Fusselman y su libro Ocho (2013, traducido al español en 2019). “Ocho”, la segunda de las dos nouvelles que incluye el libro, es una especie de diario en el que Fusselman enhebra varias historias; entre ellas, un abuso sexual que sufrió cuando era niña. La violencia sexual, en especial la que se ejerce sobre niños y niñas, es un tema poco explorado en la literatura, y más en primera persona; al mismo tiempo, en la última década, se han multiplicado los textos sobre este tema en los medios y en la web. Aunque esa proliferación de discursos ha sido vital a la hora de quebrar el pacto de machos —ese que indica que “de ciertas cosas mejor no hablar”, que la violencia sexual es vergonzosa, y lo es más para quien la ha sufrido que para quien la ha perpetrado—, también ha producido sus propios moldes, una serie de reglas y expectativas. Se esperan ciertos rasgos de la buena víctima: se la quiere ver sufrir, se la quiere ver traumada. Queremos disfrutar del asco que sus descripciones —cuanto más detalladas mejor, dirán los medios, para que podamos juzgar bien la situación y por el morbo, de paso— nos induzcan. Queremos empatizar, queremos entender, queremos llorar; queremos todo eso, quizás, más de lo que queremos escuchar. Hay algo particularmente subversivo en una forma de narrar que se niega a darnos eso.
Amy Fusselman se distancia por completo de la normativa esperada del discurso testimonial, y hace con su literatura lo que quiere: un libro luminoso, con momentos humorísticos (cuenta “yo tenía un pedófilo” y habla de “mi pedófilo” como quien habla de su mascota de la infancia) y también intensos, en los que la historia del abuso, sin dejar de tener peso, aparece atravesada por el juego y también por los ecos de otras historias y no como la única que define a su protagonista de una vez y para siempre. De ese modo, “Ocho” se eleva por sobre una forma muy actual del silencio: el silencio del ruido, de los millones de discursos vueltos idénticos por una maquinaria mediática que los hace entrar a todos en una misma uniformidad. Fusselman no deja que otros decidan de qué se trata su historia, ni para qué sirve; esas son, finalmente, otras maneras del silenciar. Ella quiere contar que con “su pedófilo” tuvo una de las conversaciones más memorables de su infancia, memorable incluso en un buen sentido: nunca nadie, escribe Fusselman, se la había tomado tan en serio como su pedófilo en esa conversación. Y así lo escribe, aunque el lector se incomode, o más bien precisamente porque el lector se incomoda. En esa narración irrespetuosa, original y estremecedora Fusselman nos muestra que incluso sobre eso que creíamos haber escuchado ya muchas veces en los últimos años hay algo que solo la literatura puede organizar; algo no dicho, que necesita de la poesía —de la escritura femenina en el sentido de Cixous— para ver la luz.
[1] Bokser, Julie A., “Sor Juana’s Rhetoric of Silence” en Rhetoric Review, Vol. 25, No. 1, pp. 5–21 (2006).
[2] Sor Juana Inés De La Cruz, Respuesta a Sor Filotea de la Cruz, varias ediciones (1691).
[4] Russ, Joanna, Cómo acabar con la escritura de las mujeres, Dos Bigotes, Madrid (2018; edición original en inglés: 1983).
[5] Pike, Judith E., “‘My name was Isabella Linton’: Coverture, Domestic Violence, and Mrs. Heathcliff’s Narrative in Wuthering Heights” en Nineteenth-Century Literature, Vol. 64, No. 3 (Diciembre 2009), pp. 347-383 (2009).
[6] Brick, Allan, “Wuthering Heights: Narrators, Audience, and Message,” en College English, 21, p. 80 (1959).