No es el apego a la vida sino el espanto a la muerte lo que nos mantiene vivos.
David Toscana
Debo de confesarles, hermanos míos, que ayer volví a mirar El Club de la Pelea (David Fincher, 1999).
Fueron muchos años sin adentrarme en aquella cueva de conocimiento que en mi adolescencia se volvió una obsesión, una luz que guiaba un camino que yo consideraba virtuoso: una desesperada defensa del propio ser ante una sociedad carroñera que te necesita aplastado. Porque cuando nuestra única certidumbre es que vamos a morir, ¿apoco sobrevivir no puede volverse una obsesión?
Muchos de ustedes la han visto, seguro. Muchos de ustedes habrán sentido a qué me refiero cuando mencioné los vergonzosos sentimientos adolescentes que me provocaba: la rebelión como un estado de conciencia permanente, el deseo de la brutalidad como un arma. Acabo de decir que en este mundo que constantemente provoca la muerte, se busca con ansias la Salvación: ese ha sido el tema de las falsas religiones toda la vida, mis hermanos. Tomen a la religión cristiana, por ejemplo, que inculca la voluntad de sobrevivir sin cometer ningún pecado, que exige ser una persona impoluta porque solo así se puede obtener la Eternidad: la gracia del Señor mantiene a flote en medio del osario. Otras religiones actúan igual. Nacen de ahí, del miedo que tenemos a ese día en que sentiremos cómo se siente no sentir nada. Pero luego llegan seres de luz como Iván Karamázov y declaran a los cuatro vientos: si la Eternidad (o Dios, dependiendo de la traducción) no existe, entonces todo está permitido. ¡Vaya idea! Si Dios no existe, le responde Sartre, entonces no tenemos un suelo ideológico que nos obligue a actuar de tal o cual manera, a ser borregos que llevan al matadero; pero nuestro castigo es peor: estamos condenados a reinventarnos todos los días, a buscar un sentido en medio del absurdo sin (posiblemente) nunca encontrar tierra firme.
Aunque, bueno, Iván Karamazov bien respondería que el hombre es esa criatura que está buscando a quien entregar ese don de la libertad con el que, por desgracia, tuvo que nacer.
Pero volvamos a El Club de la pelea. ¿Por qué hablo tanto sobre la salvación? Porque en el fondo eso es lo que está persiguiendo el protagonista sin nombre, que vive en una era postmoderna donde Dios ya fue sepultado por Nietzsche; una era que, aunque hayan pasado veinte años, no es muy diferente a la nuestra: buscamos asirnos en lo efímero, salvarnos de la cruel rueda del tiempo –el Eterno Retorno– que regresa a atormentarnos todos los días; vives sólo en un departamento lleno de cosas que no tienen ningún significado en tu vida mientras continuas en un trabajo que odias rodeado de personas que ni siquiera soportas; o como diría Tyler Durden, uno de los protagonistas de la película, “tenemos empleos que odiamos para comprar basura que no necesitamos y así impresionar a personas a quienes no les importamos”. Lo efímero es nuestra cruz y quince minutos bastan para arruinar una vida y para olvidar el daño: el mundo capitalista es, para nuestra desgracia un bosque indómito donde aúlla el lobo y parlotea el obsceno pájaro de la noche (Henry James dixit) en el que las empresas gastan millones de dólares fabricando coches defectuosos para retirarlos sí, y sólo sí, el precio de los seguros es mayor al que se gastó fabricándose. Queremos creer, mis hermanos, que nuestra vida es mejor que en los Noventas solo porque, en aquella época, la violencia se desencadenaba a dos océanos de distancia. Ahora está insertada en nuestros líderes, quienes convencen a multitudes para seguirlos a través de discursos de odio en los que ni ellos mismos creen, pero que, en definitiva, las personas sí se están tragando. De eso nos habla la película de Fincher: en medio de ese malestar en la cultura, la única respuesta que sus personajes encuentran, y quizá la única que desean, es armar un ejército clandestino conformado por personas de a pie: los Olvidados, los meseros que atendemos en los restaurantes, las personas que les vendemos sus discos y sus libros, su ropa. Hasta presagió a lo que años después sería Anonymous en las batallas por el internet libre. ¿Les suena? La serie televisiva Mr. Robot lo parodia: ¿apoco ésta no es, también, una reescritura de El club de la pelea, donde un grupo de hackers busca dar un golpe social fuerte al derrumbar las bolsas y eliminar las deudas estudiantiles de toda una generación (entre otros tipos de deudas), así que hacen todo un movimiento político para lograrlo? Quieren salvarse y quieren salvar a los otros. Y de la misma manera que en Fight Club, quien está realizando todo es una parte inconsciente del protagonista, un fantasma de su pasado sin límites morales. A veces parece que la mayoría de los problemas surgen cuando una persona cree tener la panacea para todos los problemas del mundo: ¡dichoso quién no teme a la Incertidumbre, ya que de él será el reino del Futuro!
Cuando terminé de ver la película, acudí con unos amigos para compartir bebidas espirituales: uno necesita la iluminación y el conocimiento de los otros cuando ha regresado a sentirse un adolescente rebelde, necesita que le hablen de deudas y relaciones enfermizas y todas aquellas cosas que nos regresan a la aburrida vida adulta. Les dije que tenía que escribir este texto, que pensé que el nódulo de la película era la idea de la salvación, y sus respuestas, a coro, fueron: Claro, El club de la pelea está en ese peligroso límite entre la filosofía y la superación personal; mira, Ceyca, cómo inicia: el protagonista, hastiado de su vida, va y se une a grupos de autoayuda esperando encontrar, así, una manera para poder dormir. Para no ser una copia de una copia de una copia. Y lo encuentra en los senos de Bob, aquel fisicoculturista que –cuando el delirio ha llevado al Proyecto Mayhem a seguir las órdenes de un desquiciado que a veces se llama Tyler Durden– abandona la historia de forma trágica. Y para alejar a Marla, quien solo quiere salvarse del tedio de una vida normal.
Pero es entonces cuando me doy cuenta de otra cosa. El club de la pelea está ubicado en un peligroso triángulo dónde puede convertirse en las dos cosas que ellos mencionaron, o en una tercera: una religión, un ismo, un credo, una de esas recetas de espiritualidad de las que es difícil que las personas podamos escapar. Justo como les decía al inicio. Y es que les contaré una historia sobre esto, mis hermanos: tres chicos que están aprendiendo a escribir se reúnen para tomar, un sábado por la noche. Las botellas circulan por la mesa. En eso llega el primo de uno, trae guantes de boxeo. El alcohol ya estaba haciéndolos desvariar; nadie recuerda quién es el primero que lo menciona, pero de pronto todos están seguros de que deben usar los guantes mientras siguen borrachos y los golpes no se sienten; pronto empiezan a armar turnos para enfrentarse, para lanzarse a la boca los golpes que no se dan cuando critican una mala línea o una mala idea, para que sangraran las cejas en lugar de los textos. El asunto es más ridículo que heroico. Entre más toman menos pueden atinar los golpes, más se ponen a dar datos para distraer al otro. Ni siquiera en la semana sabrán si contar eso a sus compañeros de trabajo o superiores cuando se queden viendo sus cejas o labios partidos o sus moretones.
Desde aquel día llamamos a nuestro grupo de revisión de textos ‘el taller de la pelea’; y la primera regla, que siempre rompíamos, era que no se debía hablar sobre taller: cuando caminamos por el Valle de la sombra de la Pésima Escritura no temimos ante la burla y la incertidumbre ya que el recuerdo del ridículo que hicimos esa noche nos infunde nuevo aliento. Ni siquiera el fracaso será un problema. Porque Tyler Durden fue nuestro pastor, nada nos faltará.
Ricardo Guerra de la Peña tiene facha de estrella de rock: cabello despeinado, andar lento y finta desaliñada, pero a la vez, paradójicamente, viste bien y tiene un excelente estilo; quienes lo conocen mejor saben que es en parte una especie de mirrey renegado. Tiene 26 años y un hermano cuate, que, a pesar de su parecido físico, es su opuesto: Ernesto es constante en extremo, si se propone algo siempre lo logra; mientras que Ricardo es una montaña rusa, hay veces que tiene proyectos, está muy animado, y de repente se detiene y huye, escondiéndose de sí, dejándolo todo.
Algo invariable en su vida es la escritura: a los seis compuso su primera canción, sobre un corazón roto, y casi a la misma edad escribió su primer cuento, sobre los gatos. Otra constante son sus padecimientos psiquiátricos: apenas unos años después de su despertar creativo tuvo sus crisis iniciales y tras el diagnóstico –depresión y ansiedad generalizada–, probó sus primeros medicamentos psiquiátricos.
Pero ese fue solo el inicio. “He perdido la cuenta de los médicos que me han atendido, mis diagnósticos van desde trastorno límite de la personalidad hasta esquizofrenia, –dice inexpresivo,con humor ácido– de hecho, yo creo que he tomado todos los medicamentos psiquiátricos que existen”.
Quienes lo conocen, describen a Ricardo como una persona sumamente culta, desde el preescolar mostró una sensibilidad artística especial, apenas hablaba y ya amaba a Van Gogh y a Kahlo; aunque no ha terminado una carrera universitaria –pues sus crisis lo han orillado a dejar inconcluso su paso por la Universidad Modelo (Yucatán) y el Claustro de Sor Juana (CDMX)– le interesa mucho investigar y devora libros.
Desde hace algunos años trabaja en un proyecto literario que ha desarrollado siendo becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) de Yucatán, durante el período 2017-2018. Se trata de una serie de cuentos con una temática que le es muy propia: los trastornos mentales.
El nombre con el que identifica lo que será su ópera prima es La nave de los enfermos mentales. “La locura, psicólogos, psiquiatras, era como una narrativa que yo desde que empecé a escribir llevaba, porque muchas veces tengo cuentos que escribí drogado o que escribí sintiéndome loco”, confiesa. En su escritura, Ricardo es el capitán.
Primera receta psiquiátrica de Ricardo Guerra
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De nuevo su garganta cerrada, seca, muerta. No podía respirar: los músculos que intervienen en la respiración se tensaban chocando contra sus costillas, el oxígeno quedaba contenido en los pulmones, el aire de todo el mundo no le alcanzaba. Salía de la casa de su mejor amigo, donde vivía desde un día atrás. Caminaba de un lado a otro, como desesperado. Hablaba consigo mismo en voz alta. Los pensamientos eran un torrente imparable que invadía su mente. Estaba seguro. Esta vez sí, no era él. Definitivamente se estaba volviendo loco.
Ricardo, preso de un ataque de pánico gigante, miraba una vez más las calles de la Ciudad de México como un escape. Apenas la noche anterior había sentido también que la garganta se le cerraba; invadido por el miedo, salió a correr a las tres de la mañana, huyendo de sus pensamientos y sensaciones; huyendo de sí.
Como un auto, sus piernas se movían a gran velocidad por pleno Circuito Bicentenario con sus cuatro carriles y puentes elevados. Los carros casi lo rozaban, pero él estaba inmerso en el terror. “Detuve algún taxi –recuerda– le pedí que me llevara al hospital más cercano porque estaba seguro que la vida se me escapaba”.
Cuando arribó al Hospital San Ángel INN Chapultepec dijo lo que sentía: “Me estoy muriendo”. Llamó a su madre que vivía en Mérida y a las cuatro de la mañana llegó la mamá de su mejor amigo a la clínica; ahí recibieron el diagnóstico: “tuvo un ataque de pánico, no se le está cerrando la garganta, su salud física está
perfecta”, dijeron los doctores. Después de aplicarle unos sedantes decidieron que, debido a que emocionalmente no estaba bien, se quedara a dormir unos días en la casa de la calle Miguel Ángel, en la colonia Moderna, donde ahora daba vueltas, haciendo surcos con su ir y venir.
Su mejor amigo, Fernando, lo encontró como ausente en la banqueta.
–Tengo un ataque muy fuerte–, le dijo Ricardo, mientras caminaba instintivamente hacia el Parque de la Moderna, ubicado a una cuadra de distancia.
Actuaba raro, se hacía preguntas y él mismo las contestaba: “¿voy a estar bien?”, “pero es que me siento muy mal”, susurraba mientras se tapaba un oído, “ya no voy a escuchar eso”, “me voy a concentrar en sentirme bien”.
Fernando, viendo cómo la situación empeoraba, se decidió a pedir ayuda médica. La ambulancia tardó mucho en llegar y cuando por fin apareció, se negaron a atenderlo, alegando que estaba drogado. Ricardo les pedía desesperadamente que lo ayudaran, que le tomaran sus signos vitales, que evitaran su muerte prematura a los 21 años.
“Eres un pendejo, solo nos estás haciendo perder el tiempo”, le dijeron los paramédicos antes de retirarse. Pálido y con la respiración entrecortada, miró a su amigo con el que creció desde los seis años en la calle Corregidora en Tlalpan y le hizo una petición que emergió desde lo profundo de su miedo y frustración:
–Por favor, mátame, Fernando, mátame.
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Durante su adolescencia, Ricardo empezó a combinar sus medicamentos controlados con alcohol y cigarros: una bomba de tranquilidad en la guerra contra su mente. Batallas siempre perdidas. Para estudiar la preparatoria se mudó de la Ciudad de México a Yucatán. Ahí las cosas comenzaron a retorcerse.
“Tengo recuerdos muy vagos”, dice el escritor y su piel se estremece por no saber qué fue de él en toda una época de su vida, incluso tuvo una novia durante nueve meses que ahora se ha borrado por completo de su memoria; hay años enteros de los que no recuerda nada, solo que empezó a volverse intolerante con su familia y violento consigo mismo: “comencé a autolesionarme, a cortarme… yo sentía que había algo mal conmigo, que estaba loco”.
Durante casi una década saltó de psiquiatra en psiquiatra, los diagnósticos iban desde la esquizofrenia hasta la bipolaridad y a la nada. “Llegó un punto en que me dijeron que yo no tenía nada, que todo me lo estaba inventando, que no tenía absolutamente nada, que todos eran inventos míos para llamar la atención”.
Como es usual en los exámenes de salud física de quienes padecen ansiedad, los de Ricardo arrojaban resultados normales, entonces su mamá le creyó al psiquiatra en turno y se molestó mucho
con su hijo, pensando que sus enfermedades eran una táctica de manipulación.
“Agarré unas tijeras de la oficina de mi mamá el día de la cita y las llevé al consultorio, y frente al doctor saqué las tijeras largas y filosas– y me las puse en la yugular”. Entonces, bajo los efectos de barbitúricos –depresores del sistema nervioso central– le dijo con total seriedad y convencimiento: “usted me cura, o me dice qué tengo, o me las entierro aquí, en su consultorio”.
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La obra más importante de Sebastián Brant, escritor y humanista del renacimiento alemán es La nave de los locos o La nave de los necios, un libro satírico conformado por una sucesión de 112 textos e igual número de imágenes, en los que critica los vicios de su época. Uno de los grabados más conocidos es el de la portada, cuya iconografía muestra la imagen de un barco cargado con locos, pecadores y necios. Aquí encontró inspiración Ricardo Guerra.
La locura ha sido una constante en el arte y los estudios de la humanidad. Un enigma. Así como la nave ficticia de Brant, Michel Foucault en su Historia de la locura en época clásica, describe la existencia de barcos que llevaban a los enfermos mentales de un lugar a otro. Durante siglos, los considerados como dementes fueron
expulsados de sus comunidades, obligados a vagar por zonas poco pobladas, y a veces, eran embarcados con rumbo al destierro.
“Para mí –dice Ricardo con total seguridad, desde su faceta más pesimista–, la nave de los locos era como el primer psiquiátrico, que consistía en meter a todos los locos y dejar que el barco anduviera sin rumbo hasta naufragar. El sistema actual de psiquiatría no ha cambiado en el fondo: llegas a un consultorio, te subes al barco, y luego te sueltan medicamentos muy fuertes; entonces al momento de doparte, sueltan la nave hasta el naufragio inevitable que termina siendo el suicidio, la adicción a la medicina o una vida de lechuga”.
Ilustración de “La nave de los locos”, Albrecht Durer/ Sebastian Brant, 1494
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Ricardo estaba en la congeladora, observado por médicos y enfermeras, con suero ingresando a su cuerpo a través de sus venas; ahí tenían 24 horas a los recién llegados, después de haberles revisado hasta el culo para asegurarse que no llevaran drogas. A sus 18 años estaba internado en Monte Fénix, una “clínica de adicciones con 38 años de experiencia” –según reza su publicidad–.
Llegó ahí por su adicción a los benzodiacepinas, por esa época tomaba 15 gotas de Rivotril (Clonazepam) a cada rato, muchas veces combinadas con alcohol. Su dealer era Pfizer y no un delincuente
que rebajaba su droga con veneno para ratas. Su tratamiento para sentirse bien lo ponía al borde de una sobredosis. Su salvación era su infierno. Su medicina era su enfermedad. Su navegar era su deriva.
En el centro de rehabilitación, los cocainómanos se burlaban de él porque los únicos internos que compartían su adicción eran señoras de la alta sociedad. Ancianas ricachonas, mansas como perros viejos, incontinentes urinarias. “Me avergonzaba pertenecer a ese grupo. Mientras estuve internado, una señora intentó meter más de doscientos Tafiles escondidos en un elaborado peinado de salón”.
Lo llamaban Ger porque al llegar le preguntaron su nombre y estaba tan drogado que fue lo único que logró articular. Maullaban para saludarlo, pues en una clase de preparatoria, vencido por las ganas de no vivir, tuvo una crisis que lo llevó a actuar como gato. Incluso rasguñó e hizo sangrar a uno de sus compañeros.
“Empezó la clase y yo me fui a una esquina y me quedé ahí. Ya no tenía ganas de vivir: cada día era sufrir y padecer; simplemente me dejó de importar. Me quedé como encapsulado dentro de mi cabeza”. Catatónico, engarrotado, muerto. Ricardo recuerda ver cómo se detenía la clase, cómo su maestra y sus compañeros intentaban moverlo sin éxito alguno. Ni el llanto incontrolable de una de sus amigas que le pedía que reaccionara lo hizo volver.
“No sé si haya estado demasiado drogado, yo creo que son muchas cosas, fue como rendirme, de cierta manera me dejé morir”. Los paramédicos llegaron y lo encontraron voluntariamente inmóvil y en posición de gato. Lo subieron a la camilla; la directora dijo: “Tápenlo, porque va a traumar a los demás estudiantes”. Entonces le pusieron una manta encima, como si de verdad hubiera muerto: era un bulto, con forma de felino, ausente de sí.
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En México, sigue siendo una utopía que quienes tienen trastornos mentales sean atendidos en sus comunidades. El instrumento de Evaluación para Sistemas de Salud Mental de la Organización Mundial de la Salud (OMS), implementado en México, concluyó que en nuestro país tenemos un modelo institucionalizador, es decir, que el encierro y los hospitales psiquiátricos son la figura central. Así por ejemplo, en el año 2011 había 33 hospitales psiquiátricos públicos y en el año 2018 la cifra aumentó un 18 por ciento.
“Por eso lo único que cambié del nombre fue una palabra, de La nave de los locos a La nave de los enfermos mentales –detalla Ricardo–, bajo la idea de que lo único que ha cambiado es el término; ya no somos locos, somos enfermos mentales; ya no es un barco, pero son medicamentos; o sea, han cambiado los símbolos, pero en el fondo sigue siendo lo mismo”.
En México, de acuerdo al instrumento de la OMS, la mitad de los pacientes de servicios de salud mental fueron atendidos en hospitales; y de entre ellos, un 59 por ciento fueron internados. Hoy, pese a los esfuerzos institucionales, el aislamiento y el encierro siguen siendo formas de purificación social.
Ricardo recurre, en el título de su obra, a una imagen de gran poder evocador: la de imponentes barcos capitaneados por locos que surcaban los mares y ríos europeos. La salud mental es un tabú, quizá ya no un enigma, pero sí un estigma. Así surcan la vida en la actualidad casi el 30 por ciento de los mexicanos que, de acuerdo a la Asociación Psiquiátrica Mexicana (APM), padecen trastornos mentales, y de los cuales, solo uno de cada cinco recibe tratamiento.
Ilustración por Miranda Guerrero
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Una publicación de redes sociales, en la que Ricardo Guerra denunciaba lo que considera negligencia por parte del médico Arsenio Rosado Franco, se hizo viral y lo llevó a emprender un movimiento para exigir mejoras en la calidad de la atención psiquiátrica en México. Sin embargo, a pesar de que ha recabado decenas de testimonios, no se han concretado acciones legales todavía.
A Ricardo, el doctor Rosado Franco lo diagnosticó con bipolaridad y le recetó medicamentos para tratar la esquizofrenia y la bipolaridad aguda. También le dio Clonazepam, el tipo de medicamento por el que había estado internado en la clínica de rehabilitación, permitiéndole tomar la dosis que él quisiera.
“Lo que pasa con los medicamentos es que empiezas a tener efectos secundarios: con ese coctel me quedaba dormido, me acuerdo que en Navidad me quedé dormido en la mesa, vivía como discapacitado”. Otra de las consecuencias fue la pérdida de memoria. Ante estas molestias, el psiquiatra le prescribió Modafinilo, droga utilizada por estudiantes para potencializar su inteligencia, pero con graves consecuencias por su uso ilegal. “Esa medicina me aceleraba y hacía que me sintiera maníaco”.
Al cabo de unos meses, Ricardo ya no recordaba nada. Padecía lagunas mentales y tenía la cara hinchada por las drogas. Su familia se preocupó y lo envió a otro médico en la Ciudad de México. Fue ahí en donde descubrieron que el diagnóstico del doctor Rosado Franco era erróneo, no tenía bipolaridad, sino un trastorno de ansiedad.
Después de que se hicieran públicas historias de supuesta negligencia médica y de que ya antes hubiera sido acusado por diversas anomalías registradas mientras era titular del Hospital Psiquiátrico (2007-2013), incluyendo el suministro de medicamentos para experimentar con sus pacientes, Arsenio Rosado Franco guardó
silencio como estrategia para librarse. De hecho, fue subdirector del departamento de Salud Mental de Yucatán, hasta enero de 2019.
Pero no es el único diagnóstico erróneo que ha recibido Ricardo. El más difícil fue el de epilepsia degenerativa. “Durante dos años y medio no paraba de pensar que tenía epilepsia degenerativa, como decía mi psiquiatra de ese momento, y que a los 36 años iba a estar con Alzheimer”. En ese tiempo, el escritor estaba convencido de que terminaría suicidándose antes de perder sus capacidades cognitivas.
Un neurólogo, que lo atiende actualmente, le hizo una serie de profundos estudios en los que apareció que no tenía ningún daño en el lóbulo temporal derecho, es decir, que no padece de epilepsia, y menos de epilepsia degenerativa. El diagnóstico de su médico y por el que está en tratamiento ahora, fue el mismo que el primero que recibió cuando niño, 16 años antes: ansiedad.
Ilustración por Miranda Guerrero
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Angs es una palabra alemana que ha sido traducida al castellano como angustia, no como ansiedad. Aunque ambos términos podrían ser sinónimos, en psiquiatría ansiedad es el trastorno de carácter psicológico, y la angustia, la dimensión orgánica del mismo.
Por eso, los traductores del filósofo existencialista alemán Soren Kierkegaard han llamado a su obra de 1844 El concepto de la
angustia, cuando lo que él describe es la ansiedad. En una de sus citas más célebres explica: “Ningún Gran Inquisidor tiene preparadas torturas tan terribles como la angustia; ningún espía sabe cómo atacar con tanta astucia al hombre del que sospecha, escogiendo el momento en que se encuentra más débil, ni sabe tenderle tan bien una trampa para atraparlo como sabe hacerlo la angustia, y ningún juez, por perspicaz que sea, sabe interrogar y sondear al acusado como lo hace la angustia, que no lo deja escapar jamás, ni con las distracciones y bullicio, ni en el trabajo ni en el ocio, ni de día ni de noche”.
Así es la ansiedad, la enfermedad mental más común en México, pues según datos de la última Encuesta Nacional de Epidemiología Psiquiátrica en nuestro país, 28.6 por ciento de la población adulta padecerá algún trastorno mental en su vida, siendo los más relevantes los de ansiedad (14.3 por ciento). También es la que registra el mayor incremento, de acuerdo a la Secretaría de Salud, esto debido a factores externos que no solo tiene que ver con el incremento de los índices de delincuencia, sino con la contaminación, la economía y el entorno social, así como laboral.
La ansiedad –explican los psicólogos y psiquiatras– es básicamente un mecanismo defensivo. Es un sistema de alerta ante situaciones consideradas amenazantes. La mente está segura de que hay riesgos y envía señales al cuerpo. Algunas de las sensaciones físicas más comunes son: fríos y calores internos, calambres,
pinchazos en corazón o cabeza, hormigueos en manos y piernas, entumecimiento de los músculos en la cara, descargas eléctricas repentinas, mareos, visión borrosa o que no puedes enfocar, debilidad corporal, sentir que te desvaneces, que las piernas no te responden; todo acompañado de una certeza total de que algo malo va a suceder.
En Costras y girones, uno de los cuentos de La nave de los enfermos mentales, Ricardo Guerra narra un ataque de ansiedad: “No se puede escribir con un ataque de ansiedad, no puedo escribir sin ansiedad. ¡Cállate!, ¡Cállate, o te volteo la cara! (…) ¿Me puedo morir por no dormir una noche? El estómago se me hace piedra, las manos engarrotadas no me dejan escribir, siento hormigueo en la garganta, punzadas en el brazo izquierdo, no me va a pasar nada, soy muy joven para que me dé un infarto, quizás no ¿cuándo dan los infartos?”.
La ansiedad hace perder el control, pero aún así Ricardo lleva el timón cuando escribe. Podrá ser un barco sin rumbo –como a veces piensa–, pues describe su enfermedad como “un dolor constante”, que sabe que lo acompañará por el resto de su vida, pero no deja de dirigir. Es el capitán de su nave.