Tierra Adentro
Alemanes del este y oeste reunidos en la puerta de Brandenburg, 1989, Wikimedia Commons

 

La historia está en las piedras. Yo tengo delante de mí una muy especial: fue parte del Muro de Berlín. Según me dijo el hombre que atendía la tienda donde la compré (al mismo precio que un llavero de oso con dos tarros de cerveza en sendas garras), provenía del lado occidental del Checkpoint Charlie, el famoso puesto militar ubicado entre las zonas de control norteamericana y soviética.

El vendedor y yo hablábamos un inglés rudimentario, algo que no afectó el intercambio comercial, aunque sí demasiado básico como  para compartir opiniones sobre la Guerra Fría, que en ese momento a ninguno nos interesaba. Además, su apatía tampoco me animó a preguntarle más. Ambos aceptamos el pacto respecto a la autenticidad de la piedra, respaldada con algunas expresiones de admiración en una lengua que no era la nuestra, lo que derivó en una escena tan falsa como la pintura en aerosol sofisticadamente deteriorada de lo que ya era un producto.

El vendedor solamente quería cobrar por ese trozo de hormigón; yo, en cambio, quería tener evidencia de mi estancia en Berlín. No podría decir que estaba seguro de lo que había comprado, como tampoco sería capaz de confirmar la existencia de un muro que dividía en dos a una ciudad entera. Al salir de la tienda tuve que aceptar, también con la historia, un pacto de credibilidad y confianza. Lo que había pasado había sido cierto, ¿o acaso no tenía una piedra de esa realidad en la mano?

En ese mismo viaje escolar entre compañeros conocí a un chico llamado Fritz. Vagaba por las calles cuando nos vio y corrió a presentarse. Era de nuestra edad. Buscaba amigos, nos contó al poco rato. Por más de dos horas caminamos juntos por la Alexandreplatz y los alrededores de la Pariser Platz, donde nos tomamos fotografías bajo la Puerta de Brandeburgo. Fritz hacía las veces de fotógrafo. Era alto, rubio y de sonrisa intimidante, lo que nos agradó aún más por contrastar con el resto de personas de expresión sombría que habitaba la ciudad a esas horas. Ninguno de nosotros desconfió de él, quizá por ser de los pocos jóvenes que habíamos visto en lo que llevábamos en Berlín.

Recuerdo haber notado esto y preguntárselo a Fritz más tarde. Dijo que en Alemania la gente envejece muy rápido. Alguien de nosotros aseguró que en México sucedía lo mismo, que no se sintieran tan especiales. Todos nos reímos y continuamos el paseo. Fritz nos llevó a donde queríamos. Al igual que con el vendedor de la tienda, nos comunicábamos con un inglés incierto, salvado únicamente por un vocabulario más agresivo y pujante.

Tanto Fritz como yo odiábamos el sistema de nuestro país, sin saber con seguridad qué demonios era el sistema ni por qué lo odiábamos. Uno de nosotros le mostró su propia piedra del Muro. A Fritz no le asombró demasiado y se limitó a apuntar con un dedo el Checkpoint Charlie, al que habíamos llegado después de una larga caminata. Le pedimos que nos tomara una foto, y Fritz accedió como siempre. Le prestamos las cámaras un momento y retrocedimos varios pasos hacia atrás. Yo no llevaba la mía, pero de llevarla no hubiera perdido demasiado. Mi auténtico tesoro lo cargaba en el bolsillo izquierdo de mi pantalón.

Personas reunidas en la puerta de Brandenburg, 1989, Wikimedia Commons

Personas reunidas en la puerta de Brandenburg, 1989, Wikimedia Commons

Cuando estuvo distanciado lo suficiente, Fritz corrió y no dejó de correr hasta que ninguno de nosotros pudo reconocerlo en los rostros huraños de quienes se negaban a brindarnos ayuda, la mayoría hombres y mujeres mayores que tampoco podían hacer demasiado. Corrimos sin rumbo por una ciudad que no era la nuestra. Éramos muy jóvenes para entender lo que había sucedido en esas calles, mientras que los viejos alemanes no entendían por qué unos chicos tenían que correr en vez de caminar tranquilamente.

El inglés fue mi tabla de salvación no por las pocas palabras que logré hilar con el vendedor y Fritz, sino por ser la lengua franca del dinero y el robo. El inglés abría un pasado hermético, del que la industria cultural ha hecho tanto dinero como versiones manidas de ese capítulo alemán. Incluso la verdad es materia rentable.

En el episodio de El precio de la historia dedicado al Muro de Berlín, a Rick Harrison intentan venderle una piedra idéntica a la mía. Sin embargo, el calvo vendedor asegura que una pequeña piedra no vale nada, sobre todo cuando, en la víspera del 9 de noviembre, había secciones del muro que cotizaban en dólares, una moneda que ganaba valor en proporción inversa al debilitamiento del régimen soviético. Los sectores más llamativos para el mercado fueron antes ilustrados por el artista pop estadounidense Keith Haring. El también activista había pintado murales enteros a manera de protesta en un muro que era histórico, aunque no necesariamente por lo que exhibía sino por lo que significaba para la historia mundial.

No hay duda de que la brocha de Haring ayudó al gobierno alemán a comercializar su propio muro de la vergüenza, el primero, por cierto, en una lista de barreras alzadas en el siglo XX y en lo que va del XXI. De haber sido parte de algún mural suyo, ¿mi roca habría costado más cara? Un poco de pintura famosa habría sido suficiente para encarecer su valor. En todo caso, de ser víctima de una estafa, ¿lo soy por aceptar lo que me vendieron o por cómo me lo vendieron?

Uno de los motivos por el que la República Democrática Alemana (RDA) tuvo que ceder a la presión internacional fueron las manifestaciones en su contra. Miles se congregaron el 4 de noviembre de 1989 en la Alexander Platz. Se trató de una manifestación pacífica a diferencia de las grietas y boquetes hechos con violencia durante esos días. El objetivo lucía más cerca de conseguirse. Había emoción y esperanza no solo por la alegría de ver a familiares después de 28 años distanciados, sino porque sabían que el muro se iba a caer. Wir wollen raus! (¡Queremos salir!) fue la proclama que encabezó todas las manifestaciones en las que no les importó maltratarlo, pintarlo ni hacerlo pedazos.

Más preocupados por proteger un armatoste de hormigón, los soldados mantenían a raya a los manifestantes y a quienes se atrevieran a tocarlo. Keith Haring fue arrestado varias veces por «dañar» el muro. Paradójicamente, gracias a él y a los miles de manifestantes que lo grafitearon, la historia del Muro de Berlín no habría sido suficientemente rentable para el gobierno alemán.

Mucho menos entenderíamos lo que, treinta años después, sucede en algunos países latinoamericanos como México, donde cientos de mujeres se han manifestado por los feminicidios cometidos en lo que va del 2019, o en Chile tras el autoritarismo de Sebastián Piñera, o en Honduras por las relaciones entre su presidente y el narcotráfico, o en Haití por el desabasto de gasolina. También Ecuador, Bolivia, Venezuela, Colombia y Argentina protestan contra sus respectivos gobiernos.

Al igual que los alemanes en 1989, ningún latinoamericano se ha tentado el corazón por destruir patrimonio nacional porque saben que, al igual que aquel muro, en algún momento el suyo también se va a caer. Cada país busca romper su propio muro, aunque no falta quien se preocupe más por las paredes y los vidrios rotos que por la justicia.

En la obra más famosa de Haring plasmada en el muro una serie de figuras humanas se entrelazan por medio de piernas y brazos representando con ello la unión, la solidaridad y la fortaleza como los valores presentes en ese aciago momento. Existieron más pintas, la mayoría eran grafitis con consignas libertarias a una o dos tintas. De pronto me doy cuenta de que no puedo refrenar mi instinto y decido googlear «Muro de Berlín fotografías a color». Cuando el buscador arroja los resultados comparo algunas imágenes. Busco huecos en la superficie retratada de color amarillo, naranja y morado, como un rompecabezas del que me siento parte de algún modo. Finalmente encuentro una foto con la tonalidad más parecida a la que tiñe mi piedra. En realidad, no estoy seguro de que sea el rompecabezas al que mi trozo complete. De hecho, ahora que lo pienso, me estoy aferrando a una imagen de la que solo poseo un fragmento del que tampoco tengo plena certeza de su autenticidad, pero que sé que existe porque lo tengo en las manos.

La historia está en las piedras. Sin ellas no hay registro de lo que fue y se cayó, del pasado que, hoy por hoy, amenaza con volver.

Similar articles
Fotografía cortesía de la autora
0 145