Tierra Adentro
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Si ustedes llaman CDMX a este sitio, ¿por qué yo no habré de llamar Monsi a Carlos Monsiváis? Es cierto que ambos hipocorísticos son de mal gusto, pero resultan efectivos para devenir marca registrada, y hacen que me pregunte, además, en qué momento esas cuatro letras resultaron el corolario de lo que fue (¿o sigue siendo?) la Ciudad de México.

 

De paso me gustaría saber qué significan dichas cuatro letras. ¿Será una clave para hackear una ciudad codificada? ¿Un nombre que de tan incluyente (por aquello de la equis), niega a la ciudad con su hermetismo? Pero ¿qué hay de aquella otra ciudad llamada «México», a secas, hace apenas diez años, que concentraba lo ininteligible del resto del país?  Denominada con la sinécdoque ranchera que nos caracteriza, la ciudad recibió este nombre por parte de aquella provincia pre-freudiana con que fantasea todavía el capitalino; un nombre que terminó desbordando las fronteras marcadas en la división política de los mapas escolares.

 

¿Es posible entonces nombrar de otro modo lo que Carlos Monsiváis tradujo durante la gestación de Apocalipstick? Traducir una ciudad no es forzosamente narrarla. La traducción implica un movimiento distinto —a contracorriente, tal vez—. Al traducirla algo se pierde, eso que la ficción puede inventar o tratar de un modo más distanciado. La crónica, en su intención, exige al cronista estar pendiente de la ciudad y sus variaciones temporales, de las mudanzas del caos, de la coreografía diaria que ejecutan quienes viven en ella. Monsi eligió la crónica para traducir esta ciudad. La crónica es el espejo al que debe la pregunta de si logrará la metrópolis verse reflejada. Y si lo logra —ahora me pregunto yo— ¿qué vería?

 

Por mucho tiempo la capital del país fue, para mí, una ciudad a la que se venía de ida y vuelta. Nunca un paradero. Por aquellos días yo tenía doce años y nuestra estancia en ella era breve, duraba acaso un fin de semana. Ese tiempo rendía lo suficiente para pasear en Chapultepec, conocer museos y exposiciones, revisitar Coyoacán (¡siempre Coyoacán!), comer en los alrededores del centro histórico, perder un par de horas en los traslados del metro y volver a la TAPO, cansados pero paseados, para tomar el autobús que nos llevara de regreso a Puebla. Este itinerario lo realizamos como una especie de viaje a la semilla, a los orígenes de aquello que creíamos que era la Ciudad de México. Después crecí y los viajes se redujeron a uno por año. O menos. Ya no nos importaba visitar los mismos lugares, y salir de esta zona de confort en una ciudad tan grande resultaba agotador, cuando no irrelevante. Podíamos decir, con total suficiencia, que conocíamos la Ciudad de México. No hacía falta involucrarnos demasiado, en todos lados era lo mismo: caos, imprudencia, jaleos, ojos que miraban todo menos los míos.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

¿Por qué, entonces, puede gustar tanto la Ciudad de México, si pareciera que ya la conocemos? Para mirarse (es decir, para saberse Ciudad de México, o México, o capital imitada de un país inimitable) hace falta que alguien la mire y quiera venir. Y venga, se mude y confine sus esperanzas, su sed aspiracionista, en los departamentos compartidos por diez personas también con metas compartidas. Porque estas diez personas sí vinieron y, tal vez igual que yo, la conocieron de paso alguna vez y se imantaron con esas memorias metonímicas. Quizá quedaron deslumbrados porque, para ellos, aquí estaba todo lo que falta allá afuera.

 

«El centralismo paga sus malevolencias y desmesuras con las masas que descienden de camiones y trenes y aquí se quedan, porque la idea del regreso al pueblo es más ardua de soportar que el desarraigo.»

 

El capitalino dirá que la provincia es más mocha, y quizá sea cierto. Pero también imita a la capital en otras cosas, sobre todo en el supuesto progreso e inclusión de dientes para fuera que ostenta esta última. Otra farsa deviene en la especulación inmobiliaria que se aferró a la tragedia del 19 de septiembre pasado. Si le creemos a Monsiváis, Miguel Alemán abre la puerta de su gobierno al otro cáncer que oferta como oasis a la ciudad: el capitalismo. La exaltación de la metrópolis encuentra su origen en aquellos primeros días de tensión políticoeconómica. Después de la Revolución mexicana, en el país entero se establece un rumbo distinto que definirá hasta hoy la idea distorsionada de progreso. El capitalismo da un rostro a la ciudad, «arrasa con las tradiciones pueblerinas» en palabras de Monsiváis. Puebla aún se divide por medio de la moral: la asistencia de centros nocturnos va a la baja dado que el centro se ha gentrificado. La Ciudad de México, por su parte, ya ni siquiera reclama un espacio para la perversidad maquillada por cúpulas.

 

El centralismo varía dentro de sus propias contenciones, aunque no como quisiéramos quienes no vivimos aquí. En enero de este año, el gobierno encabezado por un paciente López Obrador, propuso la descentralización de instituciones y servicios. Antes de esta decisión, lo que llegaba a la provincia no era más que el eco del acontecimiento, que encontraba su epicentro mediático en la capital. Cuántas veces hemos escuchado a aquellas caravanas cegadas por el oasis cosmopolita justificar su nomadismo diciendo que acá está lo «mejor», que vale la pena sacrificar el hogar para «crecer», para «superarse» y demás plática aspiracionista.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

¿Cuándo será el día que renunciemos a ese fenómeno llamado Chilango Dream, que, como su par gringo, hace de México un rancho? Quizá deban pasar otros diez años para que la catástrofe presagiada en este libro suceda: que México desaparezca tal como lo conocemos. Monsiváis leyó la historia del país en décadas. Para él, el «tiempo mexicano» no se mide por sexenios, sino en múltiplos de diez. Cada década representa un movimiento telúrico en el rocoso panorama nacional. Esto sucede de forma más evidente «en la capital de la República, en la nación donde el Centro dicta el comportamiento que diez años más tarde la provincia interioriza».

 

Como mexicanos, a fuerza de precisión en las fechas, hemos ganado lamentablemente un instrumento de medición que se ha vuelto nuestro particular cronómetro del derrumbe. La CDMX, y el resto del país, se renuevan cada 19 de septiembre. En vísperas de ese día la ciudad concluye su era y conoce una distinta. Así lo prueba, por ejemplo, lo dicho por Monsiváis sobre la Vecindad (con mayúscula, pues se trata de un arquetipo que prefigura la especulación inmobiliaria que padecemos ahora). El terremoto del 2019 terminó simbólicamente con las vecindades, los edificios viejos, las casonas que pertenecían a la historia de una ciudad que devino metrópolis, para dar paso a la gentrificación. La hegemonía capitalista desvela el rostro que, quizá, sea el atractivo actual de esta ciudad: el del caos con valor por metro cuadrado.

 

La nostalgia revestida de humor monsivaisiano también forma parte de las ruinas de aquella preCDMX. Con su alharaca particular, Monsiváis recupera en décadas la Ciudad de México. Por eso hoy, ni antes ni después, hoy es necesario reflexionar sobre el devenir (y quizá la debacle debido a la contingencia ambiental de las últimas semanas) de la capital de nuestro país. Diez años después de la publicación de Apocalipstick, el caos de la ciudad sigue siendo la única forma de individuo, «nunca antes tantos habían sido tantísimos». ¿Cómo reconocerse en la foto de Spencer Tunick, postal de los últimos tiempos? Cualquiera que la vea y lea el libro podría decir “Yo soy aquel; esta es mi tía; mira qué bien salieron los abuelos”, y nadie tendría argumentos para contradecirles. Sin embargo, pocos destacan en la masa, pues el anonimato es el rostro de esta ciudad. Pero también es un arma de doble filo. Es cierto que a Tunick lo quiso censurar Felipe Calderón, detrás de quien estuvo en todo momento durante su campaña Vicente Fox, principal responsable del desafuero perpetuado en contra de López Obrador. En ese tiempo los simpatizantes de AMLO abarrotaron las avenidas más importantes de la capital para exigirle al gobierno que repensara el desafuero contra su líder. En esa marea de gente (por desgastar aún más la metáfora empleada en algún rincón del libro) valdría preguntarse, como ahora, quince años después, ¿cuántos caben en un chingo? Aquellos que lograron colarse en la multitud insatisfecha asistieron a la marcha, en palabras de Monsiváis, para «imprimirle un contenido ético a su presencia».

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

La perspectiva benjaminiana ajusta la historia a sus variantes y repeticiones. En enero de 2019 Andrés Manuel López Obrador llega a la presidencia del mismo modo en que lideró la Marcha del Silencio: en medio de una aglomeración de cuerpos que querían ser testigos del sismo —esta vez político— que cada cierto tiempo marca la historia de México. La historia del desafuero contra AMLO prefigura nuestro presente. La ausencia de justicia —la corrupción como factor intertemporal— da paso al loop histórico-político del que no habíamos podido salir hasta hace seis meses. La multitud que marchó hombro con hombro con AMLO, en favor de la justicia y el voto libre, encuentra ahora un segundo aire, pues «sostiene en todo momento (…) un código ético y político, en este caso el derecho a la libre emisión del voto y a la democratización de las oportunidades, más el hartazgo ante la marginalidad política y la impunidad de los poderosos».

 

La portada de Apocalipstick muestra a unos encuerados perdidos en el anonimato de la carne. Gracias a las crónicas de Monsiváis, la metrópolis logró mirarse finalmente en un espejo de cuerpo entero por el que se preguntaba este último. Si, como advierte el mismo Monsi, muy pronto llegará el día en que busquemos gozar, paradójicamente, de nuestros 15 minutos de anonimato, entonces también estemos pendientes del día en que la ciudad al fin se despueble. ¿Quién se atrevería a refutar la sugerente utopía de un centro deshabitado?