Tierra Adentro
El alojamiento a los peregrinos.

La Casa del Peregrino, en la alcaldía Gustavo A. Madero, CDMX, recibió a la tercera caravana migrante el 19 de noviembre del 2018. Sentados en el callejón hacia la entrada principal, los jóvenes centroamericanos reviven las promesas con las que abandonaron sus hogares. Kevin busca esos recuerdos en el cielo; entorna los ojos oscuros como obsidiana y ahoga un suspiro con sus palabras: “Madrecita, yo la voy a volver a ver, porque si no la he mandado a traer, pues, aunque sea en una bolsa negra me va a volver a ver”.

Baja el rostro impasible a lo que relata, parece ofuscado por el sol y la violencia de su natal El Salvador. Tiene veintiún años, pero los pómulos quemados, las mejillas demacradas y sus manos encallecidas lo envejecen prematuramente. “Nadie se pone a ver las necesidades que uno tiene”, dice mientras mueve la cabeza de lado a lado.

“En mi país me tachan de delincuente solo por quedarme en sexto grado. Ellos solo ven lo muy [sic] que está a la vista.” Se mira las manos, usa sus uñas para arrancarse las ampollas de la albañilería, esa piel muerta que le dejó el crimen organizado cuando asesinaron a sus padres y se vio obligado a abandonar sus estudios. Bajo el techo de su abuela, Kevin, con apenas 12 años, se convirtió en “la cabecilla” de su familia, a cargo de sus tres hermanos menores.

 

“Uno necesita derechos”

Cuando Kevin —cuyo apellido prefirió no revelar— habla de la violencia y la corrupción, lo hace con hartazgo, como si en ese momento enlistara los nombres de los 2 mil 400 desaparecidos y 2 mil 514 personas asesinadas en El Salvador en 2018; su voz se desgasta al final de cada palabra, como si fuera un niño a punto de romper en llanto.

Cambia de tono para descubrir la pasión que lo ha acompañado durante 1685.6 kilómetros de carreteras: “así como me ves vestido, a mí me gusta el rap”. Acomoda hacia atrás su gorra descosida y frota con cautela sus pantalones rotos. “Incluso he creado una canción, pero me falta unir más cosas que he escrito”. Contempla tres años de escasez, la anáfora que aún parece repetir.

Soslaya la mirada, choca contra los huesos salidos que tiene por piernas. “A veces se come, a veces no”; los estornudos y charlas de los demás se interrumpen. Kevin retoma el momento en que vivió de la albañilería, la época en la cual ese vacío ineludible en su estómago lo hizo trabajar, consciente de que, pese a sus esfuerzos, nunca podría mejorar su casa “hecha de palos”.

“Uno necesita derechos”, dice y guarda silencio. Recargado en la pared de una miscelánea, el joven salvadoreño compara las casas de alrededor: las paredes de concreto contra el adobe de su niñez. El margen injusto agrava la noción de su país marcado por la “corrupción” irreversible de sus gobernantes y la “indiferencia” de sus compatriotas. El resultado, una valoración increíble: “México se mira bonito. Hay unión. Aquí reina la paz”.

Fachada de la Casa del peregrino.

Fachada de la Casa del Peregrino.

El oro para los migrantes

El viento húmedo de Quintana Roo envolvía la espalda sudorosa de Kevin. Perdía tanta agua como había tomado. Avanzaba temeroso porque sus compañeros le habían dicho que en México no trataban bien a las caravanas. A lo lejos una muchedumbre salió de las casas aledañas, se acercaban por la carretera, fundiéndose con el espejismo del sol. El chico aceleró el paso, pero una mano lo tomó por el hombro.

—Aunque sea esto. No es la gran cosa, pero así les ayudo —la señora extendió la mano, cargaba una bolsa llena de agua.

“Eso fue como oro”, así se refiere a sus primeros instantes en México. Sin embargo, la percepción de la población mexicana sobre los migrantes despierta recelo. “Una señora me dijo que por qué habíamos hecho protesta cuando habíamos tocado tierra mexicana”, continúa en voz baja, como quien quiere evitar prejuicios, “le respondí que no fue protesta, simple y sencillamente hacerle ver a México que venimos con la mente de querer salir de la violencia”.

Atropella sus palabras al hablar más rápido, arroja escenas de su viaje hasta que una lo detiene: “en el camino hubo niños que quedaron en el río”, uno de los tantos destinos de los sin opción, las personas sin documentos como Kevin, que fuera de sus países son seres ilegales y, en el peor de los casos, inexistentes, pues no pueden siquiera comprobar que nacieron o que tuvieron un hogar.

“Yo quisiera estar en mi país. Tengo a mi hijo, a mi familia, y quiero echarles la mano”, ese es su deseo y quizá la única motivación para huir de las bandas delictivas. “Si ellos te dicen ‘a vos’, es porque a vos te necesitan, y si dices no, atacan a alguien de tu familia”.

Los pies de Kevin conocen cuán lejos puede llegar alguien perseguido. A diferencia de la mayoría de sus compatriotas, espera llegar a Canadá o “hasta donde Dios quiera”. Aunque las promesas para él no tienen valor, las cicatrices de su infancia le enseñaron que “nadie se iría si los gobernantes no dieran la mano a la corrupción”.

 

La tercera caravana

En 2011 la delincuencia desató el caos en El Salvador: con 4 mil trescientos ocho homicidios, fue el segundo país más violento del mundo. Kevin, en ese entonces de 14 años, vivía con su primera pareja. Cuando una banda criminal que operaba en su barrio llegó a reclutarlo, él se negó a convertirse en asesino; no obstante, y como habría de aprender, al crimen organizado no se le pude negar lo que desea.

Después de una jornada en la construcción, se despidió del maestro de obra, acomodó sus herramientas en la bodega y regresó a casa para encontrar a un visitante recurrente, uno que revestido de rojo cosecha horror donde quiera que va. “Se cobraron con la vida de la persona con la que yo estaba acompañado, duré con ella tres años. Es algo que te pone mal, donde dices: ya no mando yo en mi vida”.

Los años siguientes los sobrevivió con “ganas de querer volar y desaparecer”. Y como si el azar lo tentara, el 13 de octubre de 2018 escuchó que la primera caravana partió hacia Estados Unidos. “Voy a salir adelante”, más que un ideal fue la súplica que lo persuadió a quedarse con su hijo. “Yo sé que voy a salir adelante”, repitió cuando la segunda caravana escapó de su país.

Pero las plegarias se pierden cuando nadie las escucha. La tercera caravana salió de El Salvador el 28 de octubre y un día antes, Kevin alistaba su ropa en el centro de una lona mientras cosía los bordes con puntadas dispares. Le “entró la desesperación”. Ni siquiera las lágrimas de su abuela aliviaron su frustración por la falta de un futuro, la piel endurecida por la muerte.

―No te vayas. ¿Qué vamos a hacer?

―Madrecita, yo la voy a volver a ver, porque si no la he mandado a traer, pues, aunque sea en una bolsa negra me va a volver a ver.

Fue difícil para él abandonar a su abuela, “sabiendo que solo me quedaba ella después de mi madre. Es como que veas a tu madre llorar”. Dio sus últimos pasos en casa, encontró a sus hermanos y al verlo entendieron para qué era esa alfombra de rafia que Kevin había conseguido. Le pidieron que se quedara, le preguntaron qué sería de ellos. Así atravesó la puerta para unirse a la tercera caravana; cruzó Guatemala y el sur de México con remordimiento, con la culpa dentro de una lona.

“Todo lo malo, al final es por algo bueno”, aún cree que la travesía lo llevará a un mejor lugar; aunque las malas noticias le pisen los talones. “Me enteré que allá donde yo vivo llegó la criminalidad a sacar a los jóvenes”.

Las calles hacia el refugio.

Las calles hacia el refugio.

El horizonte

Pasa el dorso de la mano por su nariz. Las risas de sus compañeros llaman su atención y al voltear, su mirada encuentra la de un niño de diez años, cuyas manchas de tierra en el rostro y el escurrimiento nasal dibujan la ternura de una infancia en persecución.

Pese a “venir solo y sin un cinco”, logró hacer amigos que lo acompañaron en su sueño. Superó con ellos la frontera con Guatemala y juntos enfrentarían México, o al menos eso intentaron. “Al final nos separamos; uno de ellos se quedó en el camino, murió en la frontera de México”, esas palabras enmudecieron las carcajadas, mataron la alegría. “Muchos murieron enfermos, mientras cuidamos a unos, otros fallecían”.

“Gracias a Dios aún me quedan amigos, todos venimos de El Salvador, menos ellos dos: el gordito y el de amarillo”, señala Kevin a un par de muchachos que se esfuerzan para devolverle la sonrisa.

“A mí no me interesa dejar mi vida en el camino, yo lo que quiero es que mi familia pueda salir adelante”. Tensa la mandíbula, cierra los ojos para encontrar su vida a lado de sus hermanos y su abuela, quizá más atrás con sus padres, cuando había “buenos trabajos” y “la gente no tenía que huir de la violencia”; su voz vuelve a ser la del niño al que le cambiaron los muñecos por bultos de cemento y los juegos por trabajo.

Describe el lugar donde creció, en el que “hasta tu propia sombra te traiciona”, donde las denuncias se traducen a penas de muerte para los seres queridos, un abismo en el cual “no se puede confiar en nadie y por ser joven te dicen que harás algo malo”. “Si yo agarré la decisión de venir es porque mi mente ya no aguantaba, ya no quería existir”.

Las personas que Kevin vio le cambiaron la vida, “gente mala como gente buena”, asegura que conoció mejor a los buenos porque le ofrecieron comida y pusieron su mirada en él. “Si no serví de nada allá en mi país, estoy sirviendo en algo ahora: le hago ver a la gente que tiene derechos, derecho a vivir”.

Su cuerpo famélico resistió enfermedades, cargó con los vestigios de su esperanza, con la sombra de su promesa y el designio del dolor para convertir su vida en un mensaje: “nadie nos puede detener, tenemos derecho a buscar ese futuro”. Alza la voz y esta vez no encoge los hombros para ocultarse de quienes lo consideran un invasor.

En Canadá se oculta el sol que persigue, un horizonte donde quiere ayudar a construir casas. “Ves un espacio en blanco y luego hay un hogar”, para Kevin el orgullo hacia su país yace en las herramientas que dejó, sus manos de hierro y madera. También espera encontrar dicha, la que lo desborda a través de sus oídos. “Puedo tocar guitarra, teclado y batería, estuve en un ministerio de alabanza cuando era niño”.

“Si me quieren regresar, mejor digo, ‘Dios, mejor me tiro y déjame aquí’, pero hay algo en mí que me impulsa a avanzar”. Hay casos aislados, supo de un hombre que pasó preso los últimos años y logró establecerse en Estados Unidos. Es un recordatorio o Kevin así lo asume. “Huyes de la violencia. Allá te tratan como delincuente”.

“Si logro traer a mi hijo, mis hermanos y mi abuela, ¿a qué regresaría a El Salvador? A revivir momentos duros”, me responde cuando le pregunto si volvería a su país. El migrante no solo huye de la violencia, sino del pasado, de las heridas que se hacen más profundas por cada sepulcro de un amigo, con cada infancia ilegal, con cada lágrima desde casa y, en su caso, con “las llagas en los pies de tanto caminar”.

“Creo que todos somos hermanos, entendemos, tenemos corazón”, y dentro del suyo, los latidos componen rimas. Ni la intolerancia ni la miseria las interpretan, son las voces de los desplazados quienes se unen a Kevin y aportan un verso desde el alma, una consigna que los migrantes cantan en diferentes lenguas a través de las fronteras:

“Hui de la violencia

en busca de mi sueño.

Tomé este camino

para seguir mi destino”.

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Fotografía cortesía de la autora
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