Tierra Adentro
Parálisis (imagen digital, 2015) de Paola Ismene.

Uno necesita el metro como medida de las cosas
si no uno se pierde entre los tamaños:
todo es demasiado grande
o demasiado pequeño
y uno se confunde entre las dimensiones de los espacios.

 

Uno necesita los días de la semana,
las horas del día.

 

Uno necesita un reloj para unir su cuerpo al tiempo,
para atarse el tiempo al pulso,
para que el pulso avance contado,
preciso,
como la hora del almuerzo.

 

Uno necesita incluso la medida de π,
el 9.81 de la fuerza de gravedad,
aunque no los use para nada:
solo para estar tranquilo y no extraviarse.

 

Solo para saber que si caemos,
incluso solo si caemos,
hay una causa.

 

Uno necesita paredes que limiten el espacio que nunca acaba,
muros que detengan el tiempo que siempre fluye:
fotografías,
recuerdos.

 

Uno necesita certezas que le digan qué es falso y qué es cierto,
aunque no sirvan para explicar nada de lo que se lleva dentro,
o de lo que trasciende y viene desde lejos,
en los sueños.

 

Uno necesita saber que nada viene de ningún lado,
que la materia sólo se transforma,
que todo está aquí, frente a mis ojos,
con forma,
con tamaño,
con masa.

 

Uno necesita la manzana para saber que hay pecado,
que hay discordia,
que hay algo que comer cuando te duele el estómago,
que hay gravedad
y belleza.

 

Uno necesita que todo le quepa en las manos,
en el lenguaje,
en las cuentas.

 

Uno crea y crea y crea medidas de las cosas.
Hasta que un día
no encaja ya en medida alguna
y se queda perdido buscando la salida.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la UNAM. Trabajó en el IIBI y en el PUEG de la UNAM. Ha leído su poesía en el palacio de Bellas Artes y en el Museo Nacional de Arte. Ha redactado artículos para varios medios digitales e impresos. Actualmente colabora con la revista Alegato.
Ilustración de Marco Velasco

Hacia una narrativa de la memoria autobiográfica

 

En una lectura detenida y crítica, podemos observar en Chiapas un trabajo profesional en los cuentos de Josías López Gómez. El escritor usa herramientas propias de la literatura occidental para narrar y estructurar sus relatos de ficción, incluso herramientas posmodernas que rompen con la linealidad del tiempo y de la voz narrativa. El autor firma la obra con su propio nombre, se asume como tal de manera individual, consciente de que está creando y recreando con un lenguaje estético, lo que rompe con la noción de trabajo colectivo, popular, folclor, oralidad y tradición oral, concepciones antropológicas de finales del siglo XX que determinó un imaginario del escritor “indígena”.

Para estudiar la obra de López Gómez no es necesario catalogarla como literatura indígena por publicar en formato bilingüe, tseltal-español. Es innecesario tal ejercicio, pues de antemano nos coloca en un prejuicio que poco contribuye a una interpretación y análisis valiosos. Sin embargo no debería extrañarnos que el autor identifique su obra con el adjetivo indígena. El sistema político ha hecho, a través de programas y proyectos de difusión cultural, que para que el escritor sea beneficiado por alguno de estos apoyos, deba asumir tal identidad, lo que termina por diferenciarlo del resto de escritores, o mejor dicho, se presupone que tiene la responsabilidad de rescatar su cultura, su lengua materna, preservar su historia y “tradición”.

Para los escritores en lenguas indígenas, en general, preservar la “tradición” o la cosmovisión pareciera ser una tarea in se y per se. La política cultural mexicana, por su parte, ha beneficiado esta idea como consecuencia de la política indigenista en el marco del proyecto de modernización y búsqueda de una identidad prehispánica y nacional. En términos de Eric Hobsbawm, ¿no estaríamos preservando una “tradición inventada”? La “tradición inventada”, nos dice el autor,

 

implica un grupo de prácticas, normalmente gobernadas por reglas aceptadas abierta o tácitamente y de naturaleza simbólica o ritual, que busca inculcar determinados valores o normas de comportamiento por medio de su repetición, lo cual implica automáticamente continuidad con el pasado (“Introducción: la invención de la tradición” en La invención de la tradición, Crítica, 1983: 8).

 

Como plantea el autor, este pasado puede ser en gran parte ficticio. Esto nos lleva a pensar que una “tradición milenaria” y, por su parte, lo que llamamos “tradición oral u oralidad” es una invención de la propia antropología y arqueología positivista por una necesidad de establecer raíces prehispánicas como un pasado glorioso, pero que ni los propios indígenas actuales somos portadores activos de ellas.

Los que iniciaron la escritura en tsotsil y tseltal en Chiapas comenzaron un trabajo de recuperación de la oralidad como un proceso político, recreando y recuperando lo perdido, lo olvidado que se supone fue nuestro. Las leyendas, los mitos, historias orales, cantos y rezos refuerzan esta idea de elementos del pasado que permanecen como huellas de nuestro origen, que la ciencia moderna los coloca como mágicos para estudiar las civilizaciones no modernas. Pero como afirma Mercedes Olivera,

 

crear metaideologías incorporando en ellas valores recuperados del pasado es un proceso válido y posible que puede ayudar a alcanzar los objetivos de un proyecto político. Lo que no se puede aceptar ni justificar es la manipulación ideológica que conlleva la mixtificación de la historia y el esencialismo etnicista que frecuentemente acompañan a la cosmovisión maya recuperada del pasado y utilizada con fines no explicitados (“La cosmovisión maya en el trabajo de género en Chiapas y Guatemala”, 2006: 275).

 

Actualmente, desde cualquiera de las disciplinas científicas, no podemos conocer con exactitud los elementos y prácticas que formaban parte de nuestro pasado cultural. Todo lo que tenemos hoy en nuestras manos son re-construcciones con fines políticos e ideológicos de un sector social y político en particular. Como sabemos, a mediados del siglo XX en México entramos a un tipo de “modernización” que busca la homogeneización cultural y de las diferencias lingüísticas a través de políticas culturales y educativas mediante el Instituto Nacional Indigenista. La investigadora Luz María Lepe Lira afirma al respecto que, como un fallo de esta política integradora desde la educación, con la creación “en 1964 del Servicio Nacional de Promotores Culturales Bilingües, se reconoció la insuficiencia de las acciones afirmativas sobre el bilingüismo y se proclamó la inclusión del contexto cultural indígena” (Relatos de la diferencia y literatura indígena. Travesías por el sistema mundo. Grañén Porrúa, 2018: 73), esto debido a la necesidad por parte de los propios profesores de materiales escritos para enseñar a los niños que no hablan el idioma oficial.

El inicio de la narrativa en tseltal y tsotsil se apegó a dicha necesidad. A decir de Lepe Lira, “El impulso para la escritura en lenguas originarias no se vio concretado hasta la década de los años ochenta; el desarrollo de esta nueva literatura no era claro ni para los investigadores ni para los indios” (2018: 76). Lo cierto es que esta primera escritura retomó los objetivos del indigenismo al apegarse a la recuperación de una tradición “pasada”, inamovible en el tiempo, de aquella que nos enraíza a nuestra “esencia”, razón por la que ahora nos llaman o llamamos “originarios”, con la sensación de que estamos viviendo en el pasado estando en el presente, con nuestro pensamiento y formas de actuar primitivos sin la posibilidad de mezclarnos con otras formas de vida, de pensamientos, muchas veces manipulados con fines religiosos.

Lo anterior lo podemos leer en la novela Kajkanantik. Los dioses del bien y del mal (INI/Fundación Rockefeller, 1998) de Diego Méndez, que se considera la primera en su género publicada en lengua tseltal. En esta obra la narración busca explicar la relación armónica de los hombres con la naturaleza y la fe mediante el encuentro del bien con el mal, una narración que inicia desde el origen del mundo con la estructura del Popol Vuh hasta la llegada de San Alonso, un hombre que se convierte en Santo, para mezclarse así con lo católico. Lo mismo leemos en Los últimos dioses (Tierra Adentro, 2010) de Marceal Méndez Pérez, una serie de leyendas e historias orales configurados con estructura y formato de cuentos que buscan tergiversar la relación de los hombres con sus dioses, muchas veces en una convivencia no armónica pero sí dependiente uno del otro. Asimismo, encontramos el libro El Pájaro Alférez (INI/Fundación Rockefeller, 1996) de Enrique Pérez López, una serie de cuentos que en gran parte de su composición abundan los rezos y moralejas.

Actualmente hay nuevas propuestas de presentar y construir la realidad desde la literatura. Pero lo que no ha cambiado es el fenómeno actual de la investigación académica y los estudios literarios, que han preferido adoptar el adjetivo “indígena”, “india” o “originaria” para diferenciar las obras de las escritas en español, queriendo con ello visibilizar que “los escritores indígenas continúan la lucha por la reivindicación de sus derechos a la autodeterminación y la preservación de sus tradiciones y sus lenguas” (Pilar Máynez, Breve antología de cuentos indígenas. Universidad Nacional Autónoma de México. 2004: VIII). Lejos de promover el desarrollo de la escritura de la lengua y su lectura como una expresión artística, dejan de lado la aportación de la obra en el campo literario, “Esa lucha cuya escena es la república de las letras”, nos recuerda Bourdieu, que “constituye el verdadero principio de las tomas de posición artísticas o literarias” (“El campo literario. Prerrequisitos críticos y principios de método” en la revista Criterios, 1990: 2).

La noción de lo “indígena”, al contrario, refuerza la homogeneización de las diferentes expresiones literarias y borra las propuestas temáticas y estéticas de cada autor. En Chiapas, a inicios del siglo XXI, tanto Micaela Morales López (Raíces de la ceiba. Literatura indígena de Chiapas, 2004) como Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno no han actualizado su mirada en esta nueva vertiente de la literatura que innova su forma y contenido, de una literatura que ya no se detiene en la tradición oral. Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno mencionan que, a diferencia de la poesía,

 

Por cuanto se refiere a la narrativa quizá cuente con menos versatilidad. La libertad formal es menor. En general, la casi totalidad de trabajos narrativos se ocupa de los mitos fundacionales o de los relatos tradicionales, incluidos los emparentados con los de tradición europea, de manera reiterada e inagotable… Se deja de lado la historia reciente y el juego libre de la imaginación. Cuando se da el salto a las cuestiones de la actualidad de los pueblos para volverlas relatos, se guarda o reformula las formas tradicionales de estructura o de expresión (2006: 342),

 

No es prudente definir las características de la literatura “indígena” para luego usarlas como categorías de análisis, pues no existe ninguna teoría que permita delimitar un objeto de estudio desde lo indígena. Como consecuencia de la política indigenista, “indígena” se volvió un adjetivo despectivo para tratar a los sujetos coloniales, a todos aquellos que debían ser educados e incorporados al proyecto nacional para que dejen de ser un obstáculo.

En la actualidad, desde mi perspectiva, lo indígena o indio pertenece a un proyecto neocolonialista para diferenciar a los sujetos de la cultura nacional y así conseguir su lenta pero segura desaparición. La conservación de la “tradición”, de las “costumbres”, ¿no es acaso una forma de impedir el desarrollo de la creatividad, de la imaginación para continuar en el presente y el futuro? La creación literaria es, por naturaleza, un arte que rompe con lo determinado, que busca nuevas formas de expresar el pasado, las historias que uno escuchó de niño, las vivencias, los conflictos sociales o personales con la ideología de nuestro presente.

Resulta más viable considerar, en una lectura de la producción narrativa y poética de hoy, lo que Morales Bermúdez y Zúñiga Zenteno proponen al decir que “Las literaturas todas requieren de una tradición y se la construyen, se la inventan. Ese es el sentido de la literatura, del arte, de la creación: formarse un sentido, un origen y futuro y convocar desde ella a sus cultores, sus consumidores” (“En torno a la literatura indígena de Chiapas” en Anuario 2005, UNICACH, 2006: 338).

Esto pasa cuando la propia literatura, a veces en contrasentido de cómo el autor define su trabajo, rompe con sus orígenes y da paso a una nueva u otra lectura del mundo. Como resultado de esto tenemos, como expongo a continuación, que la denominación “indígena” en la literatura ya no es vigente ni pertinente, se necesita cambiar la mirada y el enfoque de difusión a través de las políticas culturales, académicas y artísticas para valorar su contexto de producción, además de su propuesta ética y estética, ya sea de manera individual o generacional.

 

En la narrativa de Josías López Gómez, como ya enuncié, se observa un salto importante; de esa literatura que “rescata y preserva” una “tradición”, a una que crea e imagina un pasado con libertad, que explora las posibilidades de modificar el presente, criticando y cuestionando los discursos oficiales impuestos por las políticas culturales del entonces partido oficial de los setenta y ochenta del siglo pasado. En la mayoría de sus relatos, si bien aún encontramos recreaciones de historias provenientes de la oralidad, se observa una apuesta ética-estética que rompe con las formas y estructuras orales e ideologías hegemónicas sobre el “indígena”.

Con la aparición del cuento “Ladrón de palabras” en Palabra conjurada. Cinco voces, cinco cantos (Espacio Cultural Jaime Sabines-FONCA, 1999) José Antonio Reyes Matamoros, el coordinador, anuncia que “de la escrituración de lo narrado en la tradición oral, saltan a la creación, partiendo de los elementos históricos y sociales de sus comunidades” (“Presentación” en Palabra conjurada).

Seis años después de la publicación de “Ladrón de palabras” López Gómez entra de lleno en el campo de las letras con el libro Sakubel k’inal jachwinik = La aurora lacandona (UNEMAZ, 2005) y, año seguido, con Spisil k’atbuj = Todo cambió (UNEMAZ, 2006)ambos de relatos breves. En 2008 publica Sk’op ch’ulelaletik = Palabras del alma (CELALI), también de relatos y, en 2011, aparece su primera novela Te’eltik ants = Mujer de la montaña (CELALI); en 2013 da a conocer Sbolil k’inal = Lacras del tiempo (CELALI), otro libro de relatos, sumando cinco obras propias: las tres últimas publicadas por el Centro Estatal de Lenguas, Arte y Literatura Indígenas y, las primeras dos, por la Unidad de Escritores Mayas-Zoques.

A la fecha López Gómez no ha vuelto a publicar, pero esta pausa le ha permitido cambiar de aire tras ganar el Premio de Literaturas Indígenas de América en 2015 y en 2016 ingresa al Sistema Nacional de Creadores de Arte para dedicarse en el género de novela. En la mayoría de su obra, el autor y sus personajes los une una historia, una necesidad de contar, en voz y escritura propias, el pasado vivido. Juegos temporales complejos, estructuras no lineales, tramas bien armadas y una suerte de autocrítica a la luz de una escritura autobiográfica desde la ficción. Y si bien plantea una construcción del pasado tomando como base su propia experiencia de vida, este pasado rechaza a ser narrado con una visión positivista y paternalista. La literatura de López Gómez problematiza el proyecto modernizador mexicano que en las primeras décadas del siglo XX buscó construir una voz e identidad homogéneas. El autor pertenece a esas voces e idiomas que han puesto en crisis la visión monolítica de la cultura y, por tanto, la forma de mirar el pasado.

Desde su primer relato “Ladrón de palabras” López Gómez muestra la envidia y los conflictos de poder en que se ven envueltos los personajes dentro de su propio contexto y realidad. En el libro Todo cambió es donde se percibe y lee una apuesta mucho mayor en términos estéticos e ideológicos. En las tramas prevalecen temáticas de corte social, donde los personajes chocan con su realidad, en problemas que confrontan su orden, su cosmovisión y universo cósmico. La figura de un profesor en cuatro de los relatos problematiza la imagen de un proyecto nacional que inicia con fuerza al ser colocado como líder de su propio cambio. Esto lo leemos en el cuento “Jpoxlum”, en donde el personaje-narrador-autor de un manuscrito comparte los cuentos que integran los escritos con María Mélida, ambos leen y critican los textos a la luz de la producción literaria al cual se inserta el libro una vez publicado, además de explicar que uno de los objetivos del autor ficticio es “volver, pero no en vida, sino a través de la palabra escrita, a la existencia de un pueblo que ha sido duramente golpeado por la miseria, humillación y el racismo (Todo Cambió, UNEMAZ, 2006: 8). En “La mujer de huipil”, en donde Juan Soten se convierte en promotor cultural bilingüe como un elegido del INI, llega a las escuelas como un mesías, pero al mismo tiempo intenta cambiar la visión de mundo de su mujer al regalarle un vestido florido de las mujeres mestizas de la ciudad, lo que genera el conflicto en la trama.

En el relato “Todo cambió” encontramos a un maestro mestizo llamado Priciano Castellanos que es recibido como una oportunidad de cambio en el paraje que llega a trabajar, crea la ilusión de modernidad en la mente y corazón de algunos de los habitantes, pero, al violar a una niña, su imagen de líder se corrompe. En el cuento “Algo diferente” encontramos a dos personajes, Cristóbal Ts’ej y Hortensia Vázquez, ambos maestros que confrontan sus tradiciones y costumbres al enamorarse y juntarse fuera de los arreglos que comúnmente hacían sus padres.

En estos relatos la figura y el papel del maestro se puede analizar como espejo, alteridad e identidad que tienen su base en la propia experiencia de vida del autor. Las historias o anécdotas pudieron provenir de la propia vivencia, pero también el escritor las pudo haber escuchado, visto o soñado. Su conocimiento y necesidad de escribir sus recuerdos lo llevan a construir el relato de ficción a partir de la experiencia estética, una nueva forma de contar para re-significar los acontecimientos. Con una lectura crítica los relatos cuestionan la realidad e imagen del propio autor quien fue elegido por el INI para convertirse en promotor cultural bilingüe, luego en maestro y, más tarde, en uno de los escritores surgidos también consecuencia del proyecto indigenista. La literatura de López Gómez propone personajes con sentimientos, deseos y necesidades propios de vivir, muchas veces contrariando a los demás integrantes de la familia y del propio paraje.

La novela Mujer de la montaña, en cambio, la podemos leer como la construcción de un pasado histórico pre-moderno. Es quizá la obra menos lograda en términos de la construcción de una trama lineal, pero la llegada del indigenismo como problemática contextual nos permite ver la idea de “formación de líderes indígenas” cuando el sistema político educativo saca de su hogar a uno de los hijos del narrador-personaje para convertirlo, una vez más, en promotor educativo.

En Lacras del tiempo también encontramos relatos que como personaje figura un profesor, como en los relatos “Ambición” y “Reencuentro”. El primero trata de un joven profesor que siente la contradicción en su identidad, el ser mestizo en su pensamiento y la avaricia. Su deseo de convertirse en hombre “rico” lo lleva a solicitar un cargo tradicional, lo que lo lleva a problematizar aún más su ser. En “Reencuentro”, por el contrario, volvemos a hallar a un maestro que en su recorrido por algunos parajes, coincide con María Mélida, la mujer con quien busca reconciliar un amorío y que, sutilmente, nos lo narró en el cuento “Jpoxlum” de Todo cambió.

El tiempo de la enunciación —siglo XXI— de la narrativa de López Gómez implica una mirada crítica del propio escritor sobre su pasado, su identidad, su “yo” de entonces que lo llevó a ser quien es actualmente. Cada relato y novela se convierte en un espejo a través de distintos momentos del tiempo, lo que influye en lo que se narra para desdoblar su personalidad sin la necesidad de oponerse a la imagen de los mestizos. La memoria autobiográfica, la configuración de la experiencia de vida pasada en el relato literario, está influyendo en el autor para re-conocerse en el tiempo cambiante.

Esa re-interpretación o re-construcción del pasado en el presente, es gran parte el trabajo de Josías López Gómez, tanto en sus relatos como en su novela no busca una identidad fija, sino que la construye en las muchas identidades fragmentadas, múltiples “yoes”, imaginadas o deseadas. El hecho de construir-se en la narrativa, el haberse salido de su lugar de origen, territorial y culturalmente, la literatura le permite auto-crease y posicionarse en su propia alteridad, un ser fronterizo que muestra que la política indigenista fracasó en su intento por asimilarlo como individuo, integrarlo a la nación impidiendo su regreso a su lugar de origen o cualquier conexión con su pasado.

López Gómez vive en Oxchuc y en Jobel. Habla, lee y escribe en tseltal y español.  No ha sustituido por completo su forma de ser y actuar al momento de ingresar a otra cultura, formas de ser y pensar la realidad, vive con sus diferencias, sus contradicciones y ambigüedades desde la reflexión metatextual y literaria; el autor no está repitiendo lo que antaño había defendido como suyo, pero tampoco la rechaza. La creación, y en este sentido la ficción, posibilita modificar o completar el discurso de la memoria para darle coherencia y unidad a la historia que busca ser suya pero también cuestionarla en cada relato.

Este tipo de narración también la podemos ver en la novela Whila che be ze lhao = Cantares de los vientos primerizos (Editorial Diana, 1994) de Javier castellanos. Jaime, el narrador en primera persona, es un joven maestro que cuenta su historia con un tono irónico y lúdico. El personaje, constantemente, se ve enfrentado a diferentes formas de ver la realidad al encontrarse en su pueblo con sus familiares arraigados en una tradición cerrada y el interés de algunos antropólogos por estudiar los vestigios ancestrales que prevalecen como parte de su cultura. También, como en López Gómez, en Cantares de los vientos primerizos hallamos una autocrítica con respecto del pasado personal del narrador y las ideologías que defiende sobre su ser indígena sin cuestionar los efectos y la imagen que crea en los demás, reforzando con ellos el racismo interno, un pensamiento colonial que sirve para menospreciarse a sí mismo.

 

Encapsular una obra literaria con el adjetivo indígena sería restarle importancia a su fuerza evocativa, así como su apuesta temática y formal. Habría que tener cuidado en cómo algunos intelectuales e investigadores, en particular los nuevos “portavoces” desde la academia, que han querido abordar estos trabajos artísticos como una alternativa a la modernidad. Las universidades norteamericanas, en particular con las teorías decoloniales, han querido ver en las escrituras una nueva construcción de identidad en tanto su pertenencia con la naturaleza de manera armónica. Como he mostrado muy someramente, López Gómez cuestiona la modernidad escribiendo desde ella.

Rescatar lo que nunca ha existido en los pueblos, una tradición inventada por una política cultural, como las antiguas civilizaciones precolombinas, en donde siempre ha habido una relación compleja y contradictoria con otras culturas y que, desde ahí, siempre ha habido transformaciones de identidades y de subjetividades, conlleva el riesgo de volver a la esencialización del pensamiento y la identidad. La literatura de López Gómez se encuentra en un proceso de creación consciente, reflexivo y deliberante, a decir de Castoriadis (“El imaginario social instituyente” en la revista Zona Erógena, 1997: 7), lo cual nos invita a no caer en el angelismo ni la esencialización de su obra.


 

Aquí puedes leer la segunda parte.

 


Autores
(Chiapas, México, 1985) posee la maestría en Literatura Hispanoamericana Contemporánea y la licenciatura en Lengua y Literatura Hispanoamericana. Es autor del libro de cuentos Los hijos errantes (2014); coautor del poemario Ts’unun, Los sueños del colibrí (2017) y Luna Ardiente (2009); ha sido antologado en la edición trilingüe Chiapas maya awakening (2017), El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017), I Antología de narrativa chiapaneca (2017) y Silencio sin frontera (2011). Ha publicado en el suplemento "Ojarasca" de La Jornada; en las revistas Documentos Lingüísticos y Literarios (2018), Punto de Partida (2016) y Diáspora (No. 3). Fue becario en la categoría de Jóvenes Creadores del PECDA (Chiapas, 2016) y del FONCA (2010-2011 y 2017-2018).

Ilustrador
Marco Velasco
(Oaxaca, 1989) es ilustrador, grabador y dibujante, fundador de Espacio Pino Suárez. En 2017, su obra fue expuesta en Side Park Café del Museo del Barrio (Manhattan) y en Paper Box (Brooklyn).

Pero esta música, ¿por qué no se toca en vivo?
A ver toca en vivo, no pues ¿quién la va a tocar en vivo?
Pues yo la voy a tocar compadre, y ahí está y ya hace veinte años.


La cumbia, el vallenato y la palabra Colombia tienen un significado distinto para en el norte del país gracias al Rebelde del Acordeón. No fue casualidad que hace algunos años el escritor lagunero Carlos Velázquez publicara que “todos somos hijos de Celso Piña”. Ser “Colombia” es parte del folclor por estos caminos.

Nacido el 6 de abril de 1953 en Monterrey, inquieto y autodidacta, se cuenta que Celso Piña aprendió a tocar el acordeón escuchando la música de Alfredo Gutiérrez, allá en el Cerro de La Campana. Junto a sus hermanos Rubén, Kike y Lalo formó la Ronda Bogotá para poder tocar en vivo justamente la música que los sonideros llevaban a los bailes en acetatos o cassettes piratas. La cumbia colombiana ya se había asentado en los barrios neoleoneses gracias a esos DJ’s, pero todavía nadie la tocaba en vivo. Él se animó a ser el primero.

Celso Piña por más de cuarenta años ha sido la figura más representativa de la contracultura barrial en un lugar donde la música norteña y la grupera mandan, en un entorno adverso Celso se convirtió más que en un fenómeno musical, en un fenómeno social.

Grabó su primer disco en 1980 interpretando música de personajes colombianos de la talla de Juancho Polo Valencia, Los Hermanos Zuleta, Nafer Durán y Alejandro Durán, así fue como empezó a moverse en los bailes organizados por colonos, parroquias, cumpleaños y cantinas.

En Monterrey su nombre ya figuraba y comenzaba a ser influencia de infinidad de grupos que tomaron su estilo, lo que catapultó la cumbia colombiana casi como un género local, propio, al lado de la polka, los huapangos y los corridos. Para finales de los noventa el Rebelde del Acordeón ya había dejado una marca imborrable en la cultura popular.

En 2001 entendió, como muchos grandes artistas en algún punto de sus carreras, que debía renovarse o condenarse al olvido. Ya su estilo había sido imitado por muchos grupos, así que lanzó Barrio Bravo (MCM, 2001), un disco de colaboraciones con rockeros, poperos y raperos. El tema que lo lanzó al estrellato mundial fue el feat con Pato Machete y Blanquito Man en “Cumbia sobre el Río” que después formó parte de la  banda sonora de Babel (2006) de Alejandro González Iñárritu.

“Cumbia sobre el río” es ya un clásico de la primera década pasada. Apareció en el momento indicado para mostrarle a las nuevas generaciones lo que se maquinaba desde los barrios pobres del país. Celso, una vez más, fue pionero al fusionar su acordeón y su voz con todo tipo de géneros populares como el ska, el reggae, el rap, el hip-hop, el R&B y la música norteña. Fue nominado en 2002 a dos Latin Grammy Awards: “Best Contemporary Album Tropical” y “Best New Artist”.

Tomó por asalto la escena musical e intelectual, todo el mundo bailaba y opinaba. Carlos Monsiváis apuntó: “Celso Piña es un conductor de tribus Si viviese en tiempos medievales, sería considerado acordeonista de Hamelín, en memoria del rencoroso que al tocar la flauta sedujo a los jovencitos a que lo siguieran hasta no saberse más de ellos. Celso Piña, rebelde del acordeón y emperador del Cerro de la Campana, es un fenómeno social como bien dicen, y un fenómeno musical como bien se oye”.

A partir de ese Barrio Bravo, todo cambió: no tardó en conquistar Estados Unidos y Europa, y en 2010 conoció al fin su amada Colombia, cuando fue invitado al  Carnaval Internacional de las Artes en Barranquilla donde fue recibido nada más y nada menos que por Anibal Velásquez y Alfredo Gutiérrez.

Ayer, pasado el mediodía, el rumor de su muerte invadió las redes sociales para luego ser confirmado; Celso Piña falleció en Monterrey a las 12:38 p.m. a causa de un infarto.

El Rebelde del Acordeón ya forma parte de esas divinidades que no están más y de los músicos más memorables del género que nació en la poblaciones indígenas de Colombia, se consolidó en la Sultana del Norte y que, gracias a él, hoy es uno de los ritmos latinos más universales. Hasta el último día, el “Cacique de la Campana” se encargó de recordarnos que no hay quien se resista a la cumbia.

Siempre presente, compa.

Abraham Scardanely.


Autores
Es narrador, cronista y artista visual. Autor del libro de cuentos "La casa púrpura" y la novela "Por este cielo jamás dejan de circular aviones".

Ilustrador
Abraham Scardanely
Abraham Scardanely es un sujeto regular. Su filosofía es: ni mucho ni poco, sino todo lo contrario. Viaja sin brújula con su mochila y un cuaderno. Su lugar es cualquier parte, su lugar es donde ponga los pies.
Ray Bradbury. Imagen extraída de Flickr.

Al carecer de las pruebas suficientes para comprobar su existencia —y sin la certeza absoluta de poder defenderse— ¿existirá alguien, además de mí, que crea que los marcianos ya no son los otros, sino que nosotros somos los marcianos? Sería difícil que alguien continuara leyendo esto sin juzgar lo anterior, mínimo, como una tontería. Y quizá lo sea; en principio, porque no vivimos en Marte, lo cual es el primer motivo para negarse a leer lo que viene a continuación. Sin embargo, ¿acaso la vox populi teje fino respecto a esta sutileza, cuando entona «Los marcianos llegaron ya, y llegaron bailando el chachachá»? Metonimia que designa casi cualquier raza extraterrestre sin importar si habita o no el cuarto planeta, los marcianos, al parecer, no serán quienes vengan a la Tierra. Al menos no para Bradbury. Para el autor estadounidense que hoy cumpliría noventainueve años, seremos nosotros los dignos delegados en Marte de lo que quede de la Tierra. Lo cierto es que, para cuando esto suceda, ya no seremos los mismos. Moradores de cuerpos altos, esbeltos, modificados tecnológicamente, genéticamente, socialmente, compuestos por tres, seis, ocho o doce pares de ojos, con más de dos piernas, tres narices y dos pulmones que funcionan con Wi-Fi, en el futuro visitaremos las galaxias que nos vengan en gana también con una inteligencia superior a la actual.

 

Si hay algo que científicos, artistas y filósofos debemos agradecerle a Bradbury es que tuvo a bien estimular nuestra imaginación. De no ser así, no entenderíamos ahora que la ciencia ficción propone un trabajo en conjunto de cara al futuro, donde entre todos tenemos que unir fuerzas si deseamos volverlo habitable. Para el historiador israelí Yuval Noah Harari, dentro de cincuenta años será prácticamente un hecho la inmortalidad. El ser humano dejará de morir. Para el sector más reacio y conservador de la sociedad, esta clase de ideas representa la mala inversión de tiempo y dinero por parte de la gente de ciencia —o, en el mejor de los casos, una broma de muy mal gusto. Al parecer, Bradbury fue demasiado lejos en su fe en la sociedad del presente. Sus expectativas obviaron la inmutabilidad de la ignorancia humana. Si bien lo que pronosticaba para 2005 en sus Crónicas marcianas catorce años después quedaría superado con creces: la resistencia que ponemos ahora ante los avances en materia científica sigue siendo la misma que la de su época. Si Bradbury viviera, lo propuesto por Harari sería la continuación de su búsqueda personal emprendida en un momento de curiosidad ilimitada.

 

En plena Guerra Fría, los científicos Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline escribían un artículo para el Rockland State Hospital cuyo inicio evoca el estilo del más delirante relato bradburiano:

 

«La travesía espacial desafía a la humanidad no solo en lo tecnológico sino también en lo espiritual, ya que incita al hombre a tomar partido de manera activa en su propia evolución biológica»1

 

En 1950, Ray Bradbury publicaba Crónicas marcianas (junto con Farenheit 451, su libro más famoso), con el que no solo abonó al género de la ciencia ficción, del cual, por cierto, renegó de su adscripción involuntaria siempre que pudo. Su obra propone una manera de replantearse lo que significaba ser humano en el siglo XX, apuesta que se profundiza en las indagaciones del XXI. Diez años después, Clynes y Kline acuñaron un término para cifrar lo que Bradbury ya había imaginado: el cyborg.

 

Se trata de un «hombre mejorado», es decir, aquel cuyas funciones corporales han sido alteradas para cumplir con los requisitos de entornos específicos. Dichas modificaciones pueden ser tanto de orden fisiológico, como psicológico, e incluso emocional. Para la pareja de científicos, esto permitiría «la existencia del hombre en entornos que difieren radicalmente de los proporcionados por la naturaleza tal como la conocemos»

 

En Crónicas marcianas, el aire enrarecido del que habla Bradbury es el mismo que afecta la cabeza del padre Peregrine en el cuento «Los globos de fuego», hasta llevarlo a cometer «nuevos» pecados. En dicho relato, que integra el volumen titulado El hombre ilustrado, el padre Stone y el padre Peregrine discuten acerca del cuerpo y su condición evolutiva, transformación que, según ellos, invariablemente conduce al pecado. De lo que hablan no es de otra cosa que de la subjetividad de un organismo, pues, al estar atado a la moral dominante, el sujeto se adapta, o en otras palabras, ciborgiza su conducta para sobrevivir. Este dilema filosófico es filtrado sigilosamente por Bradbury con el cuerpo humano como pretexto. En algún rincón de la historia leemos:

 

«Las amebas no pecan. Se reproducen por división celular. No desean la mujer del prójimo, ni se matan entre sí. Añádales a las amebas sexo, piernas y brazos, y tendrá usted crímenes y adulterios. Añada o saque un brazo y una pierna a una persona, y añadirá o suprimirá un mal posible. Si hay en Marte otros cinco nuevos sentidos, órganos, miembros invisibles que no podemos imaginar, ¿no habrá entonces cinco nuevos pecados?»2

 

Bradbury desliza una pregunta de índole científica formulada desde la ficción: ¿qué significa ser humano? Me pregunto cuán frágil es nuestra humanidad que el simple aire marciano nos ofusca hasta cuestionarnos nuestra espiritualidad —acaso lo más humano que tenemos—, esa de la que estamos tan seguros. La cautela con que los sacerdotes dan sus primeros pasos en tierras extraterrestres responde a la incertidumbre de las condiciones naturales y morales que hay en Marte, pues también son parte de la comitiva que cruzó la ionósfera por aquellos días. Pero para su propia sorpresa, son ellos mismos quienes se modifican. No son los marcianos, ni el terreno rocoso y lleno de cráteres lo que cambia. Son ellos, nuevos cyborgs con sotanas y cruces en el pecho.

 

El padre Peregrine, en cuyo apellido lleva el sino tránsfuga de su época, está obligado a modificarse para así adaptarse y sobrevivir en un territorio inhóspito. Esa «religiosidad laica» que predomina en la mayor parte de la obra bradburiana, no es más que una apuesta por la renovación de la fe, ante lo que sucumbe indirectamente la propia creencia de lo que somos, tal como afirma el propio sacerdote:

 

«Quisiéramos saber algo de los marcianos. Pues sólo así podremos construir inteligentemente nuestra iglesia. ¿Miden tres metros de altura? Construiremos unas puertas muy altas. ¿Tienen la piel azul, roja o verde? Cuando pongamos figuras humanas en los vitrales pintaremos la piel con el color adecuado. ¿Son pesados? Haremos asientos sólidos»3

 

Los contemporáneos de Bradbury, él incluido, tenían puestas sus esperanzas en Marte, un lugar donde pudieran empezar de cero. Desde luego, no faltó quien juzgó a estos hombres de chiflados por imaginar siquiera la posibilidad de cambiar de domicilio a uno con código postal en predios marcianos. ¿Pero acaso no es la misma renuencia santurrona que sesenta años después reniega de lo que tiene que decirnos, por ejemplo, Cinthya Kenyon? Bióloga molecular estadounidense, Kenyon funge desde hace varios años como vicepresidenta de Calico, la empresa de Google creada para combatir el envejecimiento. Esta expresión suena tan gringa que vuelve creíble la misión. Ya lo decía Bradbury: sus compatriotas eran los primeros en querer expandir su dominio en otros territorios lejos de los sublunares. Su modo de entender la naturaleza humana como algo que puede domeñarse no dista de lo que Bradbury criticó en sus páginas. Actualmente, es el cuerpo humano el siguiente sitio a conquistar. De acuerdo con Kenyon, Calico—acrónimo de California Life Company— fue fundada para «entender mejor el proceso de deterioro de nuestras células y desarrollar mecanismos para detener, ralentizar y retroceder este fenómeno que nos lleva inevitablemente a la muerte».

 

No es raro que Crónicas marcianas esté impregnado hasta el tuétano de los Estados Unidos, considerando el contexto político que se desarrollaba como correlato de la producción bradburiana. Sin embargo se pintoresquismo yanqui, en vez de abonar a la imaginación desbordada del autor, a mi parecer la inhibió. Quizá para algunos sea el rasgo más destacado de su obra. Incluso, encuentren una crítica a la sociedad norteamericana de medio siglo. Y la hay, por supuesto. Lo cierto es que nuestro presente luce como un futuro más peligroso, tal vez mucho más, que el del propio Bradbury, a quien, no obstante, le debemos la posibilidad de crearlo a nuestro antojo.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Es bien conocido el tránsito de Ulises Carrión: de ser un escritor mexicano prometedor (poco más que joven promesa) en la notabilísima generación del Medio Siglo pasó a ser reconocido como archivista y artista conceptual en Ámsterdam. No es un secreto que durante la última década, la obra de Carrión tuvo una emergencia que no había tenido en México durante los años previos. Existió una exposición a cargo de su amiga Martha Hellión en el Museo de Arte Carrillo Gil a principios de los dosmil y, sin embargo, a pesar de que el catálogo de la misma era un objeto preciado entre coleccionistas, no tuvo el mismo tipo de repercusión que tendría la posterior exposición organizada en el Museo Reina Sofía y luego presentada en el Museo Júmex entre 2016 y 2017.

La mayor resonancia de la última exposición en relación con la primera es en cierto sentido una valoración arbitraria, pero creo que pertinente en el contexto de esta reseña. Pienso especialmente en dos razones a partir de las cuales sopeso la relevancia. Por un lado, la recepción contundente de Carrión entre un público más extenso, especialmente considerando que fue una exposición con dos iteraciones, una madrileña y una mexicana (en el museo privado de arte contemporáneo más importante del país); por otro lado, que la exposición fue la confirmación de Carrión como un artista extraordinario no solamente en el mundo del arte conceptual mexicano, en el que era más conocido, sino especialmente en el mundo de la literatura.

¿Qué clase de artista se confirma como escritor en una exposición museística? Uno como Ulises Carrión. Es decir, un escritor que no es tal y un artista que tampoco, sino que es en el tránsito entre mundos y medios culturales: el de la estética y el de la escritura.

El conocimiento de la obra de Ulises Carrión es todavía un espacio de exploración, a pesar de que cada vez sabemos más de su relevancia en el mundo del arte conceptual marginal en el que la produjo. No sólo porque la cantidad de estudios y aproximaciones artísticas a su obra son todavía insuficientes, sino porque, sobre todo, no es fácil acceder a ella desde una perspectiva totalizante.

En buena medida, una de las tareas detrás de la publicación del Archivo Carrión por parte de Juan J. Agius, Heriberto Yépez y la colectiva de Tumbona ediciones era complementar el conocimiento de Carrión más allá del muy leído entonces El arte nuevo de hacer libros. Los tres volúmenes del Archivo Carrión son la mejor manera de conocer por primera vez la obra y trayectoria del artista; especialmente porque no se centran exclusivamente en su labor sobre bookworks, sino que también recolectan reflexiones y obras de periodos posteriores. La lectura se complementa además con los ensayos de Yépez, que más que ser prólogos a cada volumen constituyen un estudio extenso del pensamiento de Carrión publicado por entregas.

Si se quiere profundizar en su obra, sin recurrir a la compra de poco accesibles libros de coleccionista, además del Archivo Carrión es posible hacerse de un corpus amplio de obras, reinterpretaciones y estudios: Poesías (Taller Ditoria, 2007, reed. 2015), El robo del año (Alias, 2015), Querido lector no lea (Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía – Fundación Jumex Arte Contemporáneo, 2016), el ensayo de Verónica Gerber Bicecci incluido en Mudanza (Auieo, 2010; reed. Almadía, 2017) y el libro Ulises Carrión, escritor (La Bahía, 2016), de Javier Maderuelo, además de la obra sonora de The Poets Tongue recogida en UbuWeb (www.ubu.com). A todo esto, se suma la reciente publicación de Montones de metáforas a cargo de Malpaís.

Dado el recorrido que he planteado al principio, podría pensarse que el mérito principal de la publicación de Montones de metáforas es “solamente” complementar el corpus de obra. No es así, no completamente. El libro tiene un valor en sí mismo y uno en relación con la poética general de Carrión. Sobre lo segundo, Yépez es claro en su ensayo introductorio (que como los anteriores es más estudio de la obra que presentación de un libro), Montones de metáforas «es un libro teórico y poético […] Leer el libro se convierte en un seguimiento tanto de un método de Carrión cono en una atención al acto de lectura». Montones de metáforas es un libro situado en una posición ambigua de la trayectoria de Carrión, es tanto un libro temprano y todavía literario, indica Yépez, y también es una especulación sobre la relación entre contenido y forma del arte verbal. Es quizá, sigue Yépez, el libro más literariamente logrado del Carrión postliterario, pero eso no necesariamente es su mejor característica, especialmente si se le considera como un autor que escapó de la literatura para integrarse a otros mundos.

De las posibles formas de leer Montones de metáforas en tanto libro singular, me interesa por ahora apuntar una: como la praxis literaria de una especulación.

En su Abecedario, Gilles Deleuze explica:

Los conceptos son la verdadera invención de la filosofía, y luego están los que podríamos denominar perceptos: los perceptos son el dominio del arte. ¿Qué son los perceptos? […] Diría: ¿qué quiere un hombre de letras, un escritor, un novelista? Yo creo que quiere llegar a construir conjuntos de percepciones, de sensaciones que sobreviven a aquellos que las experimentan. Y eso es un percepto. Un percepto es un conjunto de percepciones y de sensaciones que sobrevive a aquél que las experimenta.

 

¿Es Ulises Carrión un creador de perceptos? No, o no de la manera en la que lo hacían los artistas en los que Deleuze piensa. Por supuesto que Carrión produce (e incluso sistematiza la producción) de perceptos a lo largo de su obra. Ya sea en la circulación de la misma mediante un sistema de correo alternativo con base en Other Books And So, ya sea en la producción de una estrategia cultural sobre el chisme y el rumor a partir de su propia vida, Carrión esperaba producir sensaciones y al hacerlo estudiar la manera en la que el lenguaje las reproduce, determina y limita. Esta dimensión perceptual está presente en Montones de metáforas, pero no es necesariamente el eje conductor del texto. Al igual que el resto de las obras de Carrión, en Montones de metáforas la dimensión principal es sobre todo conceptual en un sentido doble. Conceptual en tanto arte que intenta abandonar la expresión para privilegiar la forma y la estructura, y en tanto es una especulación filosófica.

Se podría argüir contra la obra que hacer lo que hace Carrión contraria el principio ontológico de la literatura, puesto que si esta especula es mediante la forma literaria y no con los contenidos o las palabras. Esto que Tom Eyers ha denominado “formalismo especulativo” se basa en la ruptura de la dicotomía entre la referencialidad de la obra literaria y la autorreferencialidad propia de un arte autónomo. Carrión no realiza una especulación de la realidad, sino de la materia con la que la realidad se constituye y que es, de hecho, la misma materia con la que se constituye la obra literaria: el lenguaje.

Montones de metáforas es un texto que opera mediante la praxis poética de los límites de la teoría especulativa. Una obra en los términos de lo que Yépez llama el experimentalismo paceano intentaría deslindar la referencialidad y la autorreferencialidad de su significación; mientras que la obra de Carrión intenta integrarlas ambas en una formación que produzca un percepto conceptual, y un concepto perceptual.

 

El título de este libro es

Montones de metáforas:

Título de un libro: palabra(s) que designa(n) lo que hay en un libro.

Montones de metáforas: palabras que no designan lo que hay en este libro.

El título de este libro es

Montones de metáforas. (47)

 

Sería un error creer que Carrión es un filósofo de la literatura. Esa es una profesión propia de quien separa dos ámbitos de conocimiento y supedita uno al otro. La filosofía ejercicio de conocimiento y la literatura como campo conocido: la dicotomía sujeto/objeto deviene en la conversión de la literatura en una entidad limitada y contenida. Carrión es más bien un artista que conoce los límites de la teoría mediante la literatura. Dado que el instrumento de ambas es el lenguaje, Carrión monta y desmonta las estructuras de observación de un lenguaje con otro.

Montones de metáforas puede parecer en una primera lectura una continuación de lo emprendido en El arte nuevo de hacer libros. Las frases declarativas son semejantes, la estructura lógica para la explicación de la fenomenología de la producción también; sin embargo, hay una diferencia notable: mientras que el primero es un manifiesto (en el sentido amplio y teórico), el segundo es una obra artística. Lo que en el primero es una suma de enunciados, en el segundo es una suma de expresiones. Expresiones que sin embargo no indican sensaciones, sino conceptos.

Insisto en la semejanza con la obra más conocida de Carrión para insistir de otro modo en lo que las separa. En los últimos años, con frecuencia se ha usado el Arte nuevo de hacer libros en empresas de diversa índole editorial y artística, desde libros de artista, editoriales, ferias, bots de tuiter, etc. Esto ha sucedido porque esa obra era una serie d reglas sobre la manera en la que Carrión proponía entender una dimensión distinta, contemporánea, de la producción material de libros. Para ello, desmenuzó el libro como objeto cultural que era producido en contextos específicos. El arte nuevo… podría usarse, yo mismo lo he hecho, como obra teórica sobre las características del libro en tanto objeto material-textual. Sin embargo, El arte nuevo… no es eso sino una serie de preceptivas experimentales para la producción de un arte otro. Montones de metáforas lleva esta característica a su propio límite, pues no sólo no se trata de un tratado sobre el lenguaje, sino que además se resiste a la forma tratadística a través de la repetición. Es decir, mediante el ritmo, el principio constitutivo de la poesía. Montones de metáforas es un libro que difícilmente podría producir descendencia en forma de teoría; a pesar de su forma, es pura resistencia a la teoría. Pero no lo es en el sentido que Paul de Man lo entendía, sino más cerca de cómo Mario Montalbetti define la poesía en tanto “resistencia a hacer signo”.

Montones de metáforas, pues, resiste la teoría, aunque la practica. Delimita la función especulativa del lenguaje teórico y lo conduce a los límites en que se toca y confunde con la poesía. En las conclusiones al ensayo introductorio, Yépez insiste en esta idea: «La poesía le ayudó a construir un arte teórico pero la poesía fue quizá lo único que Carrión no pudo teorizar en toda su extensión». Esta paradoja de la obra carrionana tiene en Montones de metáforas una de sus realizaciones más finas y logradas. Leerlo en relación con la trayectoria de su obra permite entender la complejidad que atravesó su proceso de producción y pensamiento, mientras que leerlo en relación consigo mismo permite ver en acción una forma poética de la especulación. Una forma que desmonta la dicotomía entre conocimiento y conocido para volverse hacía sí misma y desde su materialidad desplegar el pensamiento como praxis crítica del mundo y del lenguaje.

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Roberto Cruz Arzabal

Ilustración de Richard Zela

Hay hombres que hablan solos con su sombra

Y clavan en la luna de Jacinto

Dones de clara luz, color extinto,

Mas esta nada sino espantos nombra.

“H. P. Lovecraft” (fragmento), Emiliano González

 

Lovecraft, nacido el 20 de agosto de 1890 en su casa familiar ubicada en el 454 de Angell Street (Providence, Rhode Island; Estados Unidos), pertenece a esa pequeñísima secta de escritores que todo mundo conoce sin haber leído. Probablemente has visto su rostro impreso en playeras y en cómics, o a Cthulhu, su monstruo más famoso, aparecer en programas de televisión, películas y videojuegos. Tal vez has escuchado el término “lovecraftiano” para referirse a terrores cósmicos y criaturas tentaculares. A lo mejor has leído su frase más célebre: “El miedo es una de las emociones más antiguas y poderosas de la humanidad, y el miedo más antiguo y poderoso es el miedo a lo desconocido”. Y quizá sepas lo que es el Necronomicón, ese libro maldito capaz de abrir portales a otras dimensiones y volverte loco.

Antes de continuar, debo hacer una triste aclaración: el Necronomicón no existe. Por más que nos entusiasme encontrar una copia en alguna librería de viejo, todo fue producto de su imaginación. Las mil y una noches lo llevó a inventarse un personaje árabe llamado Abdul Alhazred. Lovecraft le confesó a Robert E. Howard —uno de sus mejores amigos, autor de Conan el bárbaro, cuyo suicidio en 1936 lo afectó sobremanera— que no recordaba muy bien de dónde había sacado el nombre, que tenía un vago recuerdo asociado al abogado de su familia Albert A. Baker, pero no podía acordarse si le había pedido que inventase un nombre árabe para él o si solo le había preguntado qué le parecía el nombre que él se había inventado. Para algunos, Alhazred se deriva probablemente de Hazard, apellido de una antigua familia de Rhode Island emparentada con los Phillips. Otros apuntan que se trata de un juego de palabras: “All has read” o “Has read all” (“Todo lo que ha leído” o “Ha leído todo”). Y otros sugieren que es un término yemení, que podría traducirse como “el que ve lo que no debería ser visto”. La idea de un libro maldito inexistente la tomó de El rey de amarillo (Chambers, 1895), libreto de una obra de teatro que provocaba la locura al llegar el tercer acto. El primer cuento de Lovecraft donde se menciona al Necronomicón fue “El sabueso”, escrito en 1922 y publicado hasta 1924 en Weird Tales, aunque Abdul Alhazred apareció por primera vez en “La ciudad sin nombre”, publicado en 1921.

Retomemos el adjetivo empleado para referirse a su peculiar obra. De primera instancia, lo lovecraftiano nos remite a pensar en el estilo característico del autor, que le daba prioridad al desarrollo de la atmósfera siniestra. En “Algunas notas sobre algo que no existe”, Lovecraft apunta: “La ficción espectral debe ser realista y centrarse en la atmósfera; confinar su salida de la Naturaleza al único canal sobrenatural elegido y recordar que el escenario, el tono y los fenómenos son más importantes para comunicar lo que hay que comunicar de los personajes y la trama”.

De segunda instancia, lo lovecraftiano podría referirse a la filosofía del autor reflejada en su obra. Lovecraft se consideraba un mecanicista materialista y, en El horror sobrenatural en la literatura (1927), señaló que: “Los auténticos cuentos macabros cuentan con algo más que un misterioso asesino, que unos huesos ensangrentados o unos espectros agitando sus cadenas según la vieja regla. Pues debe respirarse en ellos una determinada atmósfera de expectación e inexplicable temor ante lo ignoto y el más allá; han de estar presentes unas fuerzas desconocidas, y tiene que existir una sugerencia, manifestada con toda la seriedad y la monstruosidad que le sienten al sujeto, de ese concepto más tremendo de la mente humana: la maligna y específica suspensión o la derrota de las leyes desde siempre vigentes de la Naturaleza, que representan nuestra única salvaguardia en contra de los asaltos del caos y de los demonios del espacio insondable”.

En The Weird Tale (University of Texas Press, 1990), S. T. Joshi, tal vez el estudioso más importante de la obra de Lovecraft, recuperó una carta que este envió a la revista pulp Weird Tales en julio de 1927: “Ahora todas mis historias parten de la premisa fundamental de que las leyes, intereses y emociones humanas carecen de validez o significancia para el vasto cosmos… Para alcanzar la verdadera esencia de la externalidad, en cuanto a tiempo, espacio y dimensión, uno debe olvidarse de temas como la vida orgánica, del bien y del mal, del amor y del odio y demás atributos de la humanidad”.

Esta “externalidad”, asociada al pesimismo cósmico y a lo que Eugene Thacker, en En el polvo de este planeta, el horror de la filosofía vol. 1 (Materia oscura Editorial, 2015), se refiere como el “mundo-sin-nosotros”, es fundamental para entender lo lovecraftiano.

En última instancia, lo lovecraftiano suele asociarse a los “Mitos de Cthulhu”, término acuñado por August Derleth para referirse a los relatos de Lovecraft donde aparece el Necronomicón y/o el panteón de deidades de su mitología; pero también a los elementos de autores que lo influenciaron y a los libros malditos y criaturas que algunos autores del Círculo de Lovecraft y posteriores incorporaron a los mitos.

 

Ilustración por Richard Zela

Ilustración de Richard Zela

Sus autores fantásticos favoritos eran Edgar Allan Poe, Arthur Machen, Lord Dunsany, Algernon Blackwood, Walter de la Mare y Montague Rhode James. Además, consideraba a “Los sauces” (“The Willows”) de Algernon Blackwood el mejor cuento fantástico jamás escrito. Sin embargo, sus referentes más importantes fueron Lord Dunsany, sobre todo en cuanto a la estructura y fonética de su mitología, y Arthur Machen, de quien recuperó los cultos de la antigüedad clásica, los afanes arqueológicos, las sociedades secretas y el materialismo para explicar lo sobrenatural mediante la ciencia.

Del Círculo de Lovecraft —se estima que les escribió alrededor de 100,000 cartas— sobresalen los monstruos creados por Frank Belknap Long (los perros de Tíndalos y Chaugnar Faugn), los de Clark Ashton Smith (Tsathoggua y AtlachNacha), los de August Derleth (Lloigor, Zhar, Ithaqua y Cthuga) y el de Henry Kuttner (Nyoghta).

Como un dato sumamente interesante, Lovecraft confesó que las ilustraciones de Gustave Doré para Dante, Milton y Coleridge lo motivaron a escribir cuando tenía apenas siete años.

Otra característica que suele asociarse a lo lovecraftiano, pero de forma negativa o peyorativa, es el abuso de sus adjetivos. Sin embargo, como bien apuntó Emiliano González en Almas visionarias (FCE, 1987): “Un estilo como el de Lovecraft, enclavado en un contexto materialista pero erizado de adjetivos siniestros, propicia lo fantástico más que el lenguaje coloquial de Pío Baroja, y aunque los críticos contemporáneos tachen a Lovecraft de excederse en los adjetivos (movidos por ese ánimo cientificista, racional que tiende a apagar los estallidos de pasión y a convertir a la literatura en algo insípido, solemne, catatónico), el lenguaje excéntrico, ‘sobreadjetivado’ que Lovecraft usa es el mejor, sin duda, para obtener los resultados insólitos que ese original escritor buscaba. Los críticos contemporáneos insisten en que el escritor debe evitar, lo más posible, el definir estados de ánimo por medio de adjetivos, asegurando que debemos sentir, no creernos, las cosas. Pero yo siempre me las he creído, tratándose, claro, de un escritor que sepa elaborar una atmósfera, y aunque ese escritor no sea Poe. Si un escritor es bueno, yo me creo sus adjetivos: los siento. Eliminar los adjetivos sería empobrecer a la literatura, que ama lo melancólico, lo innombrable, lo fúnebre, lo gozoso, lo cachondo, lo estremecedor”.

Por último, una característica pocas veces mencionada y analizada es su arquitectura. A pesar de no contar con una formación profesional en el tema, “Lovecraft colocó a la arquitectura en el centro de su ficción”, sobre todo el recurso de las esquinas: un “lugar de pesadillas”, como apuntó Will Wiles en “The Corner of Lovecraft and Ballard”. En “Things That Go Bump in the Night: Architecture of the Sublime in H.P. Lovecraft’s Literature”, Jess Archer señala que “Lovecraft utilizó la arquitectura colonial americana en lugar de lo gótico o lo victoriano, como lo hicieron otros escritores de terror”. Fue ahí donde encontró los símbolos y la cultura para ilustrar lo sublime. Sobre todo, recreó en sus historias la arquitectura de su natal Providence, Rhode Island, y amaba tanto a su ciudad, que en su lápida se puede leer “I am Providence” / “Yo soy Providence”. Como apuntó Michel Houellebecq en H. P. Lovecraft: contra el mundo, contra la vida (Ediciones Siruela, 2006): “Lovecraft era un arquitecto innato, y tenía muy poco de pintor; sus colores no son auténticos colores; son más bien atmósferas o, para ser preciso, iluminaciones, cuya única función es realzar las arquitecturas descritas. Siente especial predilección por los resplandores mortecinos de una luna gibosa y decreciente; pero no desdeña la explosión sangrienta y carmesí de un crepúsculo romántico ni la limpidez cristalina de un azur inaccesible”.

Como ejemplos, además de R´lyeh, la mítica ciudad sumergida, localizada en las coordenadas 47º 9´ S – 126º 43´O, de arquitectura ciclópea —construcción realizada con grandes piedras apiladas sin argamasa— y geometría no euclidiana, es decir,que no cumple con los cinco postulados de Euclides, podemos mencionar las ciudades que “emergen misteriosamente de las arenas como aflora parcialmente un cadáver de una sepultura deshecha” (“La ciudad sin nombre”), las ciudades que son señaladas por una estrella polar que “parpadea espantosamente como un ojo insensato y vigilante que pugna por transmitir algún extraño mensaje” (“Polaris”), las ciudades donde “ningún hombre puede matar a un gato” (“Los gatos de Ulthar”), las ciudades “cadavéricas y de pesadilla… construidas hacia incontables eones por repugnantes figuras que procedían de las estrellas sin luz” (“La llamada de Cthuhu”) o los monolitos, tallados con bajorrelieves que harían palidecer a Doré, en “llanuras surgidas del océano” (“Dagón”).

 

Ilustración por Richard Zela

Ilustración de Richard Zela

En 1936 le diagnosticaron, demasiado tarde para tratarlo, cáncer de intestino. Entre 1936 y 1937 combatió el cáncer desde casa, pero finalmente el 10 de marzo de 1937 fue internado en el hospital Jane Brown Memorial. Cinco días después, el 15 de marzo, Lovecraft falleció. Heredó toda su obra a Robert Hayward Barlow, miembro del “Círculo de Lovecraft” a quien visitó en varias ocasiones —y con quien se rumora sostuvo algo más que una inocente amistad—. Sin embargo, debido a su corta edad (19 años), no resistió la presión del “Círculo” y tuvo que cederle los derechos a August Derleth y Donald Wandrei, quienes en 1939 publicaron en su editorial Arkham House el primer libro de Lovecraft: una selección de sus mejores cuentos llamada The Outsider and Others. Desde entonces, se han publicado cientos de ediciones de calidad variopinta.

Si no sabes por dónde entrarle, te recomiendo empezar por sus “ocho grandes relatos” escritos a su regreso a Providence, después de su breve y tortuosa estancia en Nueva York, donde los horrores de la gran ciudad lo inspiraron para crear su propia mitología: “La llamada de Cthulhu”, “El color que cayó del cielo”, “El horror de Dunwich”, “El que susurra en la oscuridad”, “En las montañas de la locura”, “La sombra sobre Innsmouth”, “Los sueños de la casa de la bruja” y “En el abismo del tiempo”.

Después de leerlos entenderás, además de las razones por las que es considerado el escritor de terror más influyente del siglo XX, la sentencia del narrador de “Dagón”: Cuando hayan leído estas páginas atropelladamente garabateadas, quizá se hagan idea -aunque no del todo- de por qué tengo que buscar el olvido o la muerte.

Iä! Iä! Cthulhu fhtagn!

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Ilustración de Richard Zela


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).

Ilustrador
Richard Zela
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015.
Ilustración de Inés de Antuñano (Ciudad de México, 1982)

Las siguientes ficciones fueron publicadas en diversas revistas norteamericanas. La versión que aquí presentamos fue hecha por Estefanía Arista, a partir de los textos originales de Ursula Villarreal-Moura. Es la primera vez que su obra es traducida al español.


A través de sus lentes Sophia Loren

 

Mi mamá y yo manejábamos cerca de un barrio exclusivo llamado The Elms cuando le pregunté cómo podría saber si me había vuelto loca. Dos meses antes, cuando cumplí catorce, mi consciencia se había expandido en un hotel con miles de pisos. Dentro de cada cuarto, me encontré con dobles de mí misma, todas ellas torcidas mentes maestras.

 

—No estás loca —dijo, negando con la cabeza —. Me daría cuenta.

 

Las ventanas abiertas de su pequeño Toyota dejaron entrar una brisa caliente que infló su blusa blanca como un globo e hizo que sus brazos bronceados parecieran hotdogs.

 

—Pero, ¿dónde está el límite? —le pregunté.

 

En mi mente, arrastraba mis óxfords negros de hombre sobre un suelo de cuadros blancos y negros, un tablero de ajedrez humano sobre el que me tambaleada, moviéndome como títere de cuadro en cuadro.

 

—No sé dónde está el límite, solo sé que estás sobreanalizando las cosas otra vez —me dijo.

 

El tablero de ajedrez desapareció e imaginé a mi madre masajeando los nudillos de mi abuela mientras le explicaba donde estaba yo ahora. Está encerrada en una institución con otros como ella. Detrás de sus gigantescos lentes Sophia Loren, los ojos de mi abuela ciertamente parpadearían con asombro.

 

Temblé ansiosa en mi asiento del carro. Últimamente, todos mis sueños estaban llenos de magia negra, y al despertar estaba convencida de estar cubierta de maldiciones. Era obvio que necesitaba recomponerme, pegar mis piezas frente a los demás. Cazaré retazos de normalidad en mi escuela privada –graficaré venas nuevas en mi sistema nervioso central, me presentaré sin manchas ni grietas.

 

—¿Tienes tarea?

 

Su intento de distracción amargó el aire.

 

—No me digas que realmente crees que estás loca —me dijo, volteando por primera vez para estudiar mi ánimo.

 

Su cara tenía un eco como de telenovela. Llevábamos manejando en la misma dirección por demasiado tiempo y nuestro destino se me escapaba de la memoria.

 

—La mayoría de la gente loca ni siquiera se da cuenta que está loca, ¿sí sabes eso, verdad? —murmulló mi mamá, teniendo una conversación consigo misma.

 

Me imaginé siendo escoltada de mi preparatoria en una camisa de fuerza, mis compañeros espectadores demasiado asombrados como para burlarse o hacer chistes.

 

Los ojos de mi madre se lanzaron hacia el espejo retrovisor.

 

—A veces estoy en un tablero de ajedrez —murmuré —. No parece como que vaya a ganar.

 

Mantuvimos una velocidad de 55 millas por hora y manejamos por cuatros años más sin nunca detenernos.

 

 

Efigies de nosotros mismos

 

Digo que lo hagamos. Dices que tienes que fumar primero. Vas afuera con tu paquete de cigarros y un encendedor. Me pongo cómoda en el sillón y empiezo a leer un cuento corto. Vuelves a entrar y dices que estás listo. Levanto mi mano en señal de espera y digo cinco minutos más. Dices que mientras de bañarás. Te quejas en silencio por el pasillo. El agua cae abruptamente y termino el cuento con tiempo que matar. Lavo algunos platos que quedaban en el lavabo, un tenedor y un cuchillo. Entras a la cocina con el cabello mojado, bóxers descoloridos, pies descalzos y esa mueca de huérfano. Está bien, digo, estaré allá. Cuando te encuentro en el cuarto, estás viendo sketches de stand-up en la televisión. ¿Ahora?, pregunto. Tres minutos, sólo tres minutos, dices con una risa cruel. Así es como formamos resentimientos. Es por esto que ni siquiera quiero tocarte. Cuando por fin estás listo, ya estoy tan harta por la espera, tus berrinches, tus excusas; estoy lista para armar una fogata con tus cigarros.

 

 

Respuestas cortas

 

La terapeuta pregunta sobre mi primera memoria de desesperanza. Esto es muy fácil: una pregunta de opción múltiple con la respuesta correcta enlistada como a), b), c) y d). Respondo con un estremecimiento –las tardes de domingo que en mi juventud pasaba en la sala de mis padres, átomos de polvo atrapadas por la luz del sol, el periódico esparcido por ahí, y los juicios remanentes de la misa del domingo percolando todavía en mí. Esta fue mi primera lección en la pérdida de esperanza.

 

Qué hay de mi estado actual de desesperanza, pregunta la terapeuta. Es cierto que estas emociones han madurado de zigotos a adultos. Han perdido dientes, sobrecrecido sus trenzas y mohawks, posado para fotos del anuario, tenido trabajos de mierda, peleado con amantes y elaborado planes para terminar el libro de mi vida. Aún cuando incitada, me rehúso a medir la profundidad de sus reservas para reconocer las capas sedimentarias de su impotencia.

 

La terapeuta me invita a imaginar mi vida libre de desesperanza. Está poniendo a prueba mi lealtad, para determinar si tengo la fuerza para enterrar a los míos.

 

Dentro de un mes, olvidaré el nombre de la terapeuta, los sillones de la sala de espera, las obras de arte en la pared insinuando nuevos comienzos.


Autores
Nacida y criada en San Antonio, Texas. Estudió en Middlebury College y recibió su maestría en artes por el Sarah Lawrence College, ubicado Nueva York. Sus historias, ensayos y reseñas han aparecido en numerasas revistas, incluyendo Tin House, Catapult, Prairie Schooner, Washington Square, Nashville Review, Hobart, Bennington Review, WhiskeyPaper, Wigleaf Top 50, y LUMINA. En 2012 ganó el concurso "CutBank Big Fish Flash Fiction/Prose Poetry". Ha sido nominada para Best of the Net, Best Small Fictions, para un Pushcart Prize, y preseleccionada dentro de las Best American Short Stories 2015.
(Tijuana, 1995) Es licenciada en Escritura Creativa por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue librera, becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2022-2023) y residente de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (2019-2020). Actualmente es editora de la revista Casa del tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana. También coordina círculos de lectura y talleres de escritura. Ha publicado dos poemarios: Hipocampo (Dharma Books, 2021; Isla elefante, 2025) y Algo tibio que matar (El toro celeste, 2025).
Ilustración por Mariana Martínez

Las razones históricas de las protestas masivas en Hong Kong

 

Lasers que apuntan a las cámaras de reconocimiento facial, paraguas que rebotan disparos de gas lacrimógeno, cascos que resisten las balas de gomas, protestas organizadas entre vallas, sistemas de colores en la vestimenta y sombrillas… ¿Qué está pasando en Hong Kong? ¿Cuáles son las raíces de las multitudinarias manifestaciones que han puesto en jaque al gobierno de esta región administrativa especial? 

 

Las protestas empezaron con un asesinato… En febrero del 2018, Poon Hiu-wing presumió, en Facebook, el compromiso de su novio: “Dice que soy su primera y última novia”. Después, partió con Chan Tong-kai a Taiwán para disfrutar del día de San Valentín. Todo parecía perfecto… excepto que Chang Tonk-kai regresó solo a Hong Kong. La familia de Hiu-wing, preocupada, contactó a la policía. Algunos días después, encontraron su cadáver escondido entre unos matorrales al norte de Taipei. Tras una disputa acalorada, Chan Tong-kai la había estrangulado. Tenía cinco semanas de embarazo. 

 

Este evento trágico que incendió los tabloides de Hong Kong y Taiwán, fue una alarma política para los hongkoneses. Para juzgar a Tong-kai por un delito cometido en Taiwán, la jefa del ejecutivo de Hong Kong, Carrie Lam, propuso una ley de extradición. El problema aquí es que si Hong Kong aprueba una ley de extradición con Taiwán, automáticamente aprueba una ley de extradición con China continental. Y eso aterroriza a los habitantes de Hong Kong. China tiene un brazo político muy fuerte dentro de su estado y, al permitir las extradiciones, los disidentes del gobierno continental podrían ser enviados a juicio en China, bajo el yugo único del partido central. 

 

Las presiones políticas de China para pasar esta ley muestran bien que Hong Kong tiene una fecha de expiración: en 2047, pasará a ser parte de China y perderá toda autonomía. La libertad de asociación, libre tránsito, expresión, investigación académica o prensa se acabarán, las garantías democráticas se desvanecerán y un modo de vida heredado tras un siglo de colonialismo inglés y 5 décadas de independencia se esfumará. Una generación entera de hongkoneses vivirá este cambio drástico y, si este asesinato les recordó la fragilidad de su modo de vida, ninguno de ellos va a permitir que se acorte el poco tiempo de libertad que les queda. Así las manifestaciones de Hong Kong son una lucha por el futuro… una lucha anclada en la convulsa y compleja historia de unas pequeñas islas desgarradas entre imperios.

 

Las guerras del opio

 

A finales del siglo XVIII, la potencia colonial inglesa controlaba una buena parte del mercado marítimo. Sin embargo, la economía más fuerte era, sin duda, la economía China. Se estima que, en 1820, China tenía un Producto Interno Bruto (PIB) de 228 mil 660 millones de dólares internacionales. En comparación, ese mismo año, toda Europa Occidental (con una suma de 30 países) tenía un PIB conjunto de apenas 158 mil 860 millones de dólares internacionales y Estados Unidos de 12 mil 548 millones de dólares internacionales. 

 

Para ese momento, en Europa había aumentado considerablemente la demanda de productos chinos como el té, la porcelana y la seda. Eran bienes que se compraban a altísimos precios y que se consumían con singular rapidez. El problema era que China no compraba productos europeos y no existía un verdadero balance comercial. China era un país absolutamente autosuficiente y la dinastía Qing en el poder prohibía el comercio de muchos bienes occidentales. Por eso, todo lo que los ingleses compraban en China, en particular a través de la infame East India Company, tenía que ser pagado inmediatamente.

 

El único puerto por el que los británicos podían hacer sus negocios era Cantón, en el sur de China, y los pagos debían hacerse, exclusivamente, en plata. En pocos años, las reservas de plata del Reino Unido se agotaron y los británicos tuvieron que recurrir a otros medios para continuar las provechosas y complejas relaciones comerciales con China. Pronto, se dieron cuenta que el opio podía ser un excelente producto para vender en el país asiático: no nada más podían plantar amapola de forma masiva y barata en Bengal, India, para producciones inmensas de opio, sino que la adicción a esta sustancia crecía día a día en el China continental. 

 

El opio, sin embargo, era ilegal y su comercio estaba prohibido por la dinastía Qing. Es por eso, claro, que su precio era tan elevado y que los mercaderes ingleses podían exigir el pago en plata a cambio del preciado estupefaciente. Pronto, los mercaderes chinos empezaron a exportar plata para pagar los cofres de opio que llegaban diariamente a Cantón. Y los ingleses, finalmente, revirtieron el déficit comercial con China ganando la primacía del mercado. 

 

El comercio de opio pasó de 63.5 toneladas promedio al año en 1767 a 3810 toneladas al año en 1860. Es decir, en un siglo, el comercio de opio aumentó en 6000%. La ventaja de los ingleses en este desbalance ilegal del comercio era evidente y la adicción al opio estaba afectado a la élite y a las tropas de la dinastía Qing. Finalmente, el emperador Daoguang, un hombre descrito como bien intencionado, pero incompetente, decidió atacar el comercio de opio y confiscar 20 mil cofres equivalentes a 1270 toneladas de opio. Como retaliación por este acto, el Reino Unido mandó su poderosa armada a China empezando, en 1839, la primera guerra del opio. 

 

China perdió la primera guerra del opio por su mal estado de finanzas y las rebeliones internas que aquejaban al imperio. Además, sus tropas agotadas por la guerra Sino-Sikh no fueron un verdadero rival para la poderosa armada imperialista inglesa. En ese momento, China tuvo que firmar un tratado desigual con Gran Bretaña: el tratado de Nanking. En este tratado, China se vio obligada a abrir más puertos para el comercio internacional (aparte de Cantón, ahora se abriría Shanghai, Fuzhou, Ningbo y Xiamen); tuvo que pagar 21 millones en dólares de plata en un periodo de tres años; y ceder las islas de Hong Kong para convertirlas en una colonia británica. 

 

El tratado fue firmado por China administrando un duro golpe a la potencia de la dinastía Qing y asegurando la primacía europea en el comercio de la región. Pero los británicos no pararon sus ansias de expansión mercantil ahí y, después de una segunda guerra del opio, lograron imponer el tratado de Tientsin. Ahora, China se comprometía a pagar nuevas retribuciones por la segunda guerra del opio, abrir una decena más de puertos al comercio extranjero y permitir el libre tránsito de mercantes extranjeros y misioneros en China. 

 

Con este nuevo tratado desigual, además de la isla de Hong Kong cedida en 1842, se anexó a la colonia británica la penínsulo de Kowloon en 1860 y, finalmente, los Nuevos Territorios en 1898. En la convención de Pekín, se ratificaron los acuerdos de Tientsin y se acordó que la colonia británica en Hong Kong duraría 99 años. El tratado se cumplió con exactitud y, en los años ochenta, los alto mandos de la República Popular de China y del Reino Unidos tuvieron que sentarse para negociar el fin de la ocupación colonial británica en Hong Kong que llegaría, inevitablemente, el 1 de julio de 1997. Estas discusiones dieron vida al peculiar estado político actual de Hong Kong y, por supuesto, están detrás de las violentas protestas en contra de la intervención china. 

 

Un país, dos sistemas

 

El 19 de diciembre de 1984, Margaret Thatcher, la primera ministra de Reino Unido y Zhao Ziyang, primer ministro Chino, firmaron la “Declaración Conjunta del Gobierno del Reino Unido de Gran Bretaña e Irlanda del Norte y el Gobierno de la República Popular de China sobre la Cuestión de Hong Kong”. Tras una serie de arduas negociaciones, el tratado bilateral propuso las condiciones en las que, el primero de julio de 1997, Hong Kong regresaría a formar parte de China tras 99 años de colonialismo inglés. 

 

El tratado implicaba considerables problemas para ambos gobiernos. Por una parte, el gobierno conservador de Margaret Thatcher tenía que resolver cómo el Reino Unido iba a ceder una colonia a una enorme potencia comunista; por la otra, el gobierno chino buscaba una anexión pacífica y próspera que no perturbara su dominio económico en la región y que permitiera avanzar su política internacional hacia la conformación de un estado chino unificado. En ambos casos, el tratado resultó ser un completo éxito. 

 

Reino Unido logró que China aceptara un periodo de transición de 50 años en el que Hong Kong permanecería bajo un sistema capitalista con todas las libertades fundamentales que tenía bajo el yugo colonial. Eso quería decir que, a pesar de pasar a ser parte de China, Hong Kong tendría una rama ejecutiva, legislativa y judicial independiente del partido central chino. Eso también quería decir que se respetarían muchas de las libertades individuales que no garantiza la constitución china:

 

“El actual sistema social y económico en Hong Kong permanecerá sin cambios, como también el estilo de vida, las libertades y los derechos incluyendo los de persona, de expresión, de prensa, de asamblea, de asociación, de viaje, de movimiento, de correspondencia, de huelga, la elección de ocupación, de investigación académica y de creencias religiosas serán garantizadas por la ley en la región administrativa especial de Hong Kong.”

 

Al garantizar un periodo de transición capitalista de 50 años, los británicos calmaron la confianza de los inversores en Londres y en Hong Kong: esto aseguró una próspera relación comercial a futuro entre China y el Reino Unido, tranquilizó a los empresarios locales con un periodo garantizado de estabilidad y una relación comercial más cercana con China, permitió las posibilidades hipotecarias y de préstamos para 5 décadas y, como consecuencia, le dió confianza al mercado (el día en que se firmó el acuerdo, la bolsa de valores de Hong Kong superó la tasa récord de los últimos dos años y siguió creciendo durante tres años más). 

 

Por otra parte, China aceptó esta transición suave por los beneficios económicos de mantener una cierta estabilidad política y social en Hong Kong. Así lo describe Ian Scott en su libro Political Change and the Crisis of Legitimacy in Hong Kong

 

“En Marzo de 1985, China tenía inversiones directas en Hong Kong que superaban los 6 mil millones de dólares de Hong Kong; tres años después, esta inversión se quintuplicó. En marzo de 1986, China tenía 35 plantas de manufactura en Hong Kong que representaban una inversión de 2.4 mil millones de dólares de Hong Kong, la tercera inversión extranjera más grande después de las de Estados Unidos y Japón. (…) Además, China también se beneficiaba de las inversiones de empresas de Hong Kong en su territorio. En 1987, de las 7 mil 800 empresas extranjeras establecidas en China, 6 mil 600 eran empresas de Hong Kong y representaban el 65% de la inversión extranjera.”

 

Así, tanto el gobierno chino como el gobierno británico dejaron de lado sus diferencias políticas para permitir el crecimiento mutuamente benéfico de una región con enorme potencial económico. El problema fue que, en medio de todo esto, nadie le preguntó a la sociedad de Hong Kong su opinión. 

 

En las negociaciones entre Reino Unido y China nunca se permitió la intromisión de los habitantes de Hong Kong: ninguna de las dos potencias consideró, jamás, el despertar de una consciencia política en una sociedad históricamente apática. Hasta entonces, el poder real se concentraba en burócratas, no había partidos políticos, las manifestaciones de los sesenta habían sido contadas y los grupos de presión no tenían gran poder fuera de las esferas financieras. Sin embargo, la firma de la Declaración Conjunta entre China y Reino Unido despertó algo en los habitantes de Hong Kong. De pronto, se vieron vapuleados en medio de negociaciones políticas sobre su futuro que se hacían para el beneficio económico de dos potencias que no los representaban. Esto era una traición por parte de los británicos y una afirmación de control y poder por parte de los Chinos. En cualquier caso, ellos eran las evidentes víctimas de este tratado. 

 

El 19 de septiembre de 1984, cuando se estaba firmando la declaración conjunta, sólo un puñado de representantes de la sociedad de Hong Kong, escogidos por su docilidad ante las potencias en la mesa, fueron invitados. Y ellos cumplieron su rol legitimador aplaudiendo en el fondo de la sala. El gobernador de Hong Kong sólo fue invitado como parte de la comisión británica y tanto China como el Reino Unidos negaron rotundamente la posibilidad de una consulta popular en Hong Kong o cualquier tipo de referéndum. 

 

No es sorprendente, pues, que en este contexto, las inquietudes políticas de una sociedad que fue dócil durante tantos años se despertaran con violencia.

 

Hong Kong se levanta

 

Para entender bien el ambiente político que se respira actualmente en Hong Kong hay que entender algunos de los principios de la constitución acordada en la declaración conjunta de 1984. Porque, para que Hong Kong tuviera un poder ejecutivo, legislativo y judicial independiente, se eligieron los términos de una “micro constitución” que regularía las condiciones políticas del gobierno hongkonés hasta la anexión definitiva con China en el 2047. 

 

Hong Kong es una zona administrativa especial dirigida por un líder del ejecutivo y un congreso local. China no tiene ningún poder directo sobre Hong Kong excepto en los rubros de defensa y de política exterior. Sin embargo, el líder del ejecutivo, después de ser votado por un consejo de 1200 electores designados especialmente entre los sectores financieros, laborales, legislativos y de profesionistas, debe ser aprobado por el comité central del Partido Comunista Chino. En ese sentido, el líder del ejecutivo nunca ha sido elegido fuera de un pequeño círculo pro-Beijing centrado en intereses empresariales. 

 

Por otra parte, el congreso local, con 70 escaños, se divide en dos porciones: 35 escaños votados directamente por los habitantes de Hong Kong, y 35 escaños votados por una representación de electores en los sectores financieros, de profesionistas y laborales en Hong Kong. La gran mayoría de los puestos de elección popular son, entonces, legisladores pro-democracia y anti-Beijing, mientras que la gran mayoría de los puestos elegidos por representantes fieles a los intereses comerciales de las empresas son pro-Beijing y anti-democracia. 

 

Así, desde 1998, el voto popular siempre ha estado del lado de los legisladores pro-democracia y, sin embargo, la mayoría del congreso siempre ha sido pro-Beijing.  Esto no nada más vuelve visibles las limitaciones del poder político real de los habitantes de Hong Kong, sino que demuestra que China tiene cada vez menos interés en respetar la autonomía de Hong Kong. 

 

Desde 1997, las cosas han cambiado mucho y, ahora, Hong Kong no representa el mismo poder comercial que representaba hace veinte años. En las últimas dos décadas, el poderío económico de China ha crecido enormemente y la economía de Hong Kong pasó de representar el 27% del PIB chino a solamente representar el 3%. En este sentido, las libertades políticas que les fueron acordados a los habitantes de Hong Kong ya no son el factor dominante para la tranquilidad de los mercados. Así, el interés de China en la región ha cambiado y, ahora más que nunca, el gobierno chino busca extender su área de influencia para controlar con mayor firmeza, antes de la transición, a los hongkoneses. 

 

Es por eso que, en el 2003, cuando China intentó imponer una ley mordaza que buscaba prohibir y castigar cualquier acto o discurso que pudiera ser considerado como una traición al Partido Comunista Chino en Hong Kong, más de 500 mil personas salieron a la calle. Es por eso que, cuando la reforma electoral de Hong Kong que prometía, finalmente, la elección del ejecutivo y todo el legislativo por sufragio universal decidió mantener y reforzar el sistema representativo, la sociedad hongkonesa se levantó nuevamente. Es por eso que, en 2014, nació el “Movimiento de las Sombrillas” (Umbrella Movement) que ocupó, durante casi dos meses, la ciudad para protestar masivamente por la injerencia del gobierno central chino en las elecciones de Hong Kong. 

 

Éstas fueron las grandes protestas que surgieron como respuesta a la creciente intervención china en una sociedad que, todavía, tiene treinta años de libertades garantizadas. Todas estas protestas tienen, por supuesto, un símbolo central: Victoria Park, el parque en el que, año con año, los hongkoneses recuerdan el aniversario de la masacre de Tiananmen, el último intento popular de sublevación por la democracia en China. Todas estas protestas, también, han crecido conforme ha crecido la conciencia política en la clase media de Hong Kong. Ahora, además, gracias al auge de las redes sociales, las juventudes hongkonesas han encontrado otras formas de organizarse y otras formas de relacionarse con el inmediato político. 

 

Así llegamos a 2019 con la más grande protesta en la historia de Hong Kong: 2 millones de personas (es decir, una tercera parte de la población de Hong Kong), salió a las calles para protestar contra la nueva ley que permitiría la extradición hacia China. Las razones de este repudio universal son evidentes: desde 1997, las intervenciones políticas de China se han hecho cada día más violentas. Esto no nada más ocurre con legislaciones e influencias políticas a la distancia, sino en cosas mucho más turbias (como la famosa desaparición de libreros del 2015).

 

Con las manifestaciones de este año, la primer ministra Carrie Lam ha congelado la ley de extradición. Pero los hongkoneses no están satisfechos y no descansarán hasta que la ley desaparezca por completo: si China desaparece a gente por vender libros ahora, con una ley de extradición podrían reprimir cualquier tipo de disidencia. 

 

Hong Kong todavía tiene 28 años de autonomía y sus habitantes ya no quieren pasarlos en silencio. A partir de 2047, ninguno podrá protestar, ninguno podrá expresar sus opiniones políticas libremente, ninguno podrá votar. Muchos de los manifestantes estarán muertos en 28 años. Por eso, esta lucha es, también, generacional. Los jóvenes de Hong Kong saben que, cuando sean profesionistas, su mundo se derrumbará. Muchos de ellos no tienen el poder económico para salir de Hong Kong. Muchos otros quieren defender la identidad que tanto se tardaron en conquistar. Todos, en general, están luchando por un porvenir que no les quite las certezas. 

 

Podemos preguntarnos por qué las manifestaciones de Hong Kong han llegado a este grado de violencia, de sofisticación, de masiva convocatoria. La respuesta, después de este largo recorrido histórico, es evidente. Ésta no es, nada más, una lucha política o económica, no se centra en un debate ideológico o filosófico… ésta es la lucha de una generación por el mundo que legan a sus hijos; y ésta es la lucha de esos hijos por un futuro que, antes de nacer, ya habían perdido. 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Ilustrador
Mariana Martínez