Una lectura feminista y latinoamericana de la Teoría King Kong
Nos animamos a leer Teoría King Kong juntas. No es la primera vez que nos encontramos con Virginie Despentes. Su nombre nos refiere inmediatamente a Viólame , la universidad y esa película irrumpiendo en una realidad muy lejana a las “gafas violetas” y del “machete al machote”. De ese encuentro recordamos el horror, las largas y perturbadoras escenas en aquella bodega vacía, los gritos. Era la representación cruda de una amenaza que sabíamos cotidiana. Nos quedamos frías, ¿cómo sobrevivir después de una violación?
También recordamos el impulso, la fuerte excitación al ver a aquellas mujeres sacudirse el polvo de la humillación y levantarse. Compartimos con ellas la rabia y una satisfacción profunda en la revancha. Salimos filosas. Nos imaginábamos armadas: una pistola en cada bolsa y una bala para cada acoso. Queríamos tomar las calles por asalto, pero no lo hicimos. Quizás fue el temor nacido de las advertencias, quizás simplemente no sabíamos cómo, quizás por las mismas razones que no lo hacemos hoy.
Casi veinte años después, ya en el feminismo, Virginie es una referencia recurrente. Entrevistas y textos sueltos de Teoría King Kong circulan por las redes constantemente. “Escribo desde las feas, para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal cogidas, las incogibles, las histéricas, las chifladas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica”. “Tenientas corruptas” se ha vuelto un canto de guerra para las disidentas de la feminidad. A otros textos les rodea un aura más polémica, “Durmiendo con el enemigo” y “Brujas porno” son, al mismo tiempo, reflexiones muy citadas y reconocidas o fuertemente cuestionadas.
Aunque no queda claro cuál es el feminismo detrás de Teoría King Kong , dentro de las páginas de este libro podemos rastrear algunas referencias. Y es que no es fácil leer a Virginie, ya sea porque nos pone delante el horror o porque nos confronta con aquellos mecanismos de control y dominación que hemos interiorizado, pero su lectura es siempre polémica, incómoda. Al mismo tiempo, un aire de familiaridad, de sencillez en su palabra y contundencia en sus afirmaciones, termina de alguna manera interpelándonos.
El feminismo como movimiento crítico que propone el cuestionamiento de todas las formas de opresión, se construye y deconstruye a sí mismo a través de discusiones y debates constantes entre sus distintas posturas. En estos momentos, la diversidad de discusiones en la academia, en las calles o en las redes es verdaderamente rica e interesante. No siempre tiene buena pinta, pero negar el debate al interior del feminismo, es negarle su esencia misma de transformación constante. Es a través del diálogo, la disputa y la negociación de cada una de las implicaciones de sus distintas corrientes que el feminismo se fortalece. Es en ese tenor que nos acercamos ahora a Teoría King Kong .
Las discusiones alrededor del trabajo sexual y la pornografía son intensas. Al hablar Virginie de su experiencia en este campo y reivindicar su potencial emancipador, se inserta en uno de los debates más álgidos del feminismo. De un lado están las colectivas de trabajadoras sexuales autónomas y feministas prosexo que pugnan por el reconocimiento de sus derechos, por su participación en el diseño de las políticas que les afectan y porque se reconozca su capacidad de decisión y agencia. Para ellas, la abolición y la prohibición las criminaliza y condena a la precariedad. Por otro lado, el feminismo radical y abolicionista considera este trabajo y la pornografía mera propaganda patriarcal, vehículos para reproducir la violencia contra las mujeres; para ellas, la trata y la prostitución son dos caras de la misma moneda.
Otro punto de debate son las reflexiones alrededor del género. Para Virginie, King Kong y su isla representan lo salvaje y en lo salvaje encuentra la posibilidad de lo no binario. Podría interpretarse como un acercamiento a la teoría queer y su lectura performativa de las identidades y, en ese sentido, entrar en discusión con el feminismo radical que señala los peligros de diluir las identidades de género y desdibujar las relaciones de poder en el sistema patriarcal y capitalista, borrando a las mujeres como clase y dificultando su organización. Sin embargo, creemos que la potencia de la metáfora no apunta a lo queer como performance. Como veremos más adelante, para nosotras más bien representa la ausencia del control de la sexualidad que para Virginie es fundamento del orden político.
Ahora bien, difícilmente un libro como este puede satisfacer al feminismo materialista que recoge la crítica socialista al estado de cosas actual y que pugna por horizontes revolucionarios nutridos del paradigma del siglo XX. Sin embargo, hay que decir que la noción de clase, aunque débil, está presente. Virginie reconoce como punto crucial del orden político la división sexual del trabajo, las relaciones de poder que convienen al sistema capitalista: el hombre al servicio del estado y la mujer al servicio de los hombres. Señala en las clases dominantes el temor a la libertad del pueblo, a la democratización de la realización de los deseos. Es al pueblo a quien se le impone una moralidad sexual que produce un deseo enfermo, perverso, relegado a la periferia, a lo oscuro, lo prohibido, lo ilegal. La libre expresión de la sexualidad es privilegio de las élites, al pueblo se le niega la capacidad de ser libre, por tanto, se le conmina al control y al castigo.
Más que sugerir fórmulas que pretendan agotar estos debates o proponer una postura feminista específica, Virginie nos habla de ella. No habla desde la academia, sino desde la experiencia personal, desde sí misma, “deseosa de vivir las experiencias e incapaz de conformarme con el relato que los otros hacen de ellas”. Politiza su propia vida, nos confiesa su aventura como mujer que se fuga de la norma. No sería lo que es, ni escribiría lo que escribe, si no fuera por lo que ha vivido. Se niega a callar, a guardar el secreto y hace de nuevo, como con la prostitución, lo que no debe hacer nunca una mujer: entregar su intimidad, exponerse, aceptar su exclusión del grupo, volverse una mujer pública.
Virginie encarna la deserción de la feminidad, se apropia de su “virilidad” y encara con ella al mundo. Es libre, deja su casa y sale a la calle, viaja, viste como quiere, es violada. Se confronta con su libertad, sobrevive, logra superarlo. Vuelve a salir a la calle, vende su cuerpo y filma una película sobre violación y prostitución. Se enfrenta ahora con los ataques más feroces, recibe “doble ración de condescendencia burlona”, “vejaciones suplementarias”, “llamadas al orden”. Bajo vigilancia constante, se agota. Intenta feminizarse, mantener un perfil bajo, reingresar a su categoría, mezclarse un poco con el ambiente, para darse tiempo. Un “cálculo de supervivencia social”, como ella misma lo llama. No lo logra, descubre que pierde fuerza y regresa con un golpe: Teoría King Kong es su respuesta subversiva a lo vivido, a ese constante llamado a dejar de ser la que es, a dejarse enjaular en el restringido marco de la feminidad, vuelve a fugarse, ahora consciente y con orgullo, escribe:
Y empiezo por ahí para que las cosas sean claras: no me disculpo de nada, no me vengo a quejar. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece que es un asunto mucho más interesante de llevar que cualquier otro.
Su tono es definitivamente provocador. No le interesa endulzar nada, cruda como la punk que se proclama, dice las cosas como cree que son, habla desde donde no se debe hablar y como no se debe hablar. Expone lo que debe ser oculto, silenciado, lo monstruoso, lo condenado. Desde ahí se enuncia. No sabe guardar las apariencias y juega rudo ―como ellos―. Invierte cínicamente la narrativa masculina, se jacta de vivir una vida de hombre, reclama su potencia y su agresividad e irrumpe con la palabra incómoda, la anécdota cruda, el espejo despiadado. Desde esa incitadora inversión, niega la feminidad, sus trampas y comodines, se apropia de lo viril considerado solo para los hombres. Reivindica aquello que en ella fue rechazado y llamado a la castración constante y nos cuenta cómo ahí encuentra su fuga, su salvación. Si se hubiera situado en la feminidad, no estaríamos discutiendo esta lectura. Porque la feminidad implica callar y avergonzarse, entender la orden. Pero Virginie no sabe mantener la boca cerrada, no es sexi, ni dulce. No representa a la buena víctima, aúlla, expone sus llagas.
Tal como invierte los mandatos de género, invierte también el sentido de los estigmas impuestos a las mujeres, las violadas, las putas ―las que cobran y las que no― la actriz porno que vive de simular placer e hipnotizar a los hombres. No son creaturas que han perdido su valor; al contrario, potencialmente todas ellas son capaces de trasgredir los límites de la jaula de las fantasías masculinas, de convertirse en creaturas que reconocen su valor en este mundo y se lo apropian.
Virginie crea, es inteligente, se expresa, pierde el miedo, vuelve a salir a la calle. No han logrado provocar en ella los efectos del trauma, les arrebata ese poder a sus verdugos, conserva el apetito sexual, se atreve a indemnizarse a sí misma por aquello que le fue arrebatado brutalmente y regresa el golpe.
¿Qué queda al descubierto con esa inversión que Virginie Despentes ensaya en su propia vida y en este texto? Por un lado, la posibilidad de pensar lo político con otros fundamentos, el control de la sexualidad como mecanismo fundamental para dominar, pero ¿dominar qué a través de la sexualidad?, ¿cuál es esa sexualidad que no conviene al estado y a las fuerzas dominantes? Eso es lo que Virginie responde a través de su propia vida y de la reflexión para la elaboración de esta teoría, la teoría King Kong.
King Kong Girl: La teoría
King Kong es un monstruo, una bestia terrorífica y fascinante a la vez. Vive en una isla que ha sido protegida con murallas, alejada de la ciudad: del orden y la normalidad. Frente a ella, la isla es caos, formas complejas e híbridas habitan su universo orgánico que aún no ha sido escindido en géneros, es un mundo donde lo no binario es salvaje. King Kong y su isla son la metáfora opuesta al Estado y su ciudad, representan lo no domesticado, lo “primitivo” que subyace de manera negada en todo orden político. Es muy sugerente la metáfora de Virginie porque nos lleva a preguntarnos no solo sobre cómo se instituye el orden político en la ciudad (la política), sino en cómo se constituye la ciudad misma (lo político). Y la ciudad se constituye precisamente a partir de la negación de la isla, es decir, a partir de la negación de la fuerza de una sexualidad polimorfa, de su control, de su domesticación o incluso de su exterminio, porque le tiene miedo, porque se siente amenazada. El Estado debe matar a la bestia: consigna civilizatoria.
La primera hipótesis de la teoría King Kong es que el control de la sexualidad es lo que permite la constitución del orden político. Aquí no hay ningún contractualismo, mucho menos una justificación metafísica, no son las virtudes de la racionalidad humana, la sabiduría divina o un destino cosmogónico. El orden político nace más bien como un sacrificio cuyo rito central es la violación. Es en este ejercicio crudo y directo del poder cuando se establecen los mandos y las leyes. Un origen nada sublime que debe mantenerse oculto y silenciado.
La premisa es que los mecanismos de dominación a partir de los cuales una mujer es inferiorizada nos permiten entender las mecánicas de control de toda la población, el despojo de sus capacidades políticas, la confiscación de su poder. La violación es un programa político preciso porque enseña la dominación, dice quién manda y quien manda organiza las leyes. El goce en la brutalidad de anular a la mujer, de hacerla menos, culpabilizarla y degradarla es la representación del ejercicio de poder, semejante a lo que hace el mercado capitalista con las personas y con todo lo vivo, lo que hace el Estado neoliberal con los pueblos. La dominación de la mujer es escuela y fuente para las demás formas de dominación.
La violación de las mujeres es el ejercicio por excelencia del control de la sexualidad, un control que permite la reproducción del orden capitalista y patriarcal: someter a las mujeres, volvernos impotentes frente al poder sexual del hombre; someter a los hombres, volverlos impotentes frente al poder del patrón, del estado y de la ley, paradójicamente por su mismo acto de violar, por obedecer a una virilidad supuestamente brutal que no son capaces de resistir.
La división sexual del trabajo escindió la reproducción social de la vida, capturando a las mujeres en el espacio doméstico, sujetándolas a la figura de la madre, confiscando sus cuerpos y despojándolas del quehacer de la política. Mientras que a los hombres se les capturó para la producción de mercancías o para las tareas de la guerra, sujetándolos a la figura del macho, del padre, se les concede la autoridad de violar a las mujeres, es decir, de quitarles todo poder y someter toda resistencia, pero haciéndolos esclavos de un supuesto deseo brutal nacido de sus pasiones.
Al final de cuentas, lo que intenta mostrar Virginie es que el poder político reside en el Estado y en el mercado que organizan lo colectivo a favor de una élite política y de clase a partir de mecanismos de control de la sexualidad tanto de los hombres como de las mujeres, de la instauración del miedo, la culpa y la debilidad como fuentes de legitimación del poder. La idea de la sexualidad incontrolable y salvaje de los hombres no solo funciona como justificación del dominio hacia las mujeres, sino para justificar su propio sometimiento, porque entonces necesitan de un poder y un orden ulterior que los mantenga a raya, que también los controle y los castigue.
Nada de esto es natural entonces, sino un artificio político sostenido en ideales, creencias, juicios y castigos. La construcción cultural de la feminidad y la masculinidad, la moral que niega la potencia de la sexualidad y la imposición de los castigos por su indisciplina son los mecanismos que sostienen en pie y ponen en movimiento toda la maquinaria de control.
La jaula de la feminidad
La feminidad es el mecanismo de control de la sexualidad de las mujeres a través de la sumisión a normas estéticas y a una heterosexualidad hipernormativa. Las mujeres debemos ser femeninas y ser femeninas es ser bellas, dulces, amables, condescendientes, jóvenes, seductoras y también madres. Debemos vivir nuestra sexualidad desde el deseo heterosexual, debemos amar a los hombres, servirles, complacerles, cuidarlos a ellos y a sus hijos. Debemos mantenernos en el orden de lo privado, de lo doméstico, del trabajo productivo y reproductivo ―que pasa como “natural” para ser desvalorizado y no remunerado―. No hay que reír muy alto, no hay que mostrar proezas intelectuales, hay que limitar los movimientos, abandonar todo rasgo de esa sexualidad que representan la isla y su monstruo, aminorar nuestro poder, simular nuestra inferioridad, volvernos débiles, indefensas, dependientes y dóciles.
La feminidad es la jaula en la que se captura a King Kong, esa potencia sexual lúdica, creativa. La jaula produce al género femenino, domestica a las mujeres, las vuelve serviles. Para Virginie, una prueba de dicha sumisión es la “necesidad obsesiva y humillante de atraer a los hombres”: las estrategias de seducción, la coquetería, son maneras de tranquilizarlos y disculparse para evitar ser castigadas por el incumplimiento del ideal inalcanzable de la feminidad. Ahí está la trampa que nos captura y mantiene atrapadas: el mandato de la feminidad nunca puede cumplirse a cabalidad, siempre hay algo que nos falta, siempre una equivocación, un fallo que justifica la activación de la maquinaria de control y de vigilancia, pero también de disciplina y castigo, en el caso de salir de la jaula.
Hay mujeres que por supervivencia posiblemente se adaptan y hasta están contentas en su feminidad, pero hay otras, como Virginie Despentes, que no lo consiguen. Aunque lo intentaran no lo lograrían y están orgullosas de ello, de ser unas perdedoras sociales, unas desgraciadas de la feminidad: feas, demasiado agresivas, ruidosas, gordas, vulgares, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas por ellos. No les interesa ser madres y quedarse en casa, más bien se sienten atraídas por la ciudad, por la independencia, por ejercer el poder de hacer y de rechazar, es decir, por ser autónomas, libres, más deseantes que deseables.
La figura de la “perdedora”, la “proletaria de la feminidad”, más que simpática es esencial porque rompe el pacto de inferioridad a la que han sido sometidas las mujeres. Es una transgresora y una transgresión implica no solamente romper con una norma, sino ir más allá del límite, conocer más de la cuenta, experimentar más de lo debido. Potencialmente podríamos ser cualquiera de nosotras. La proletaria de la feminidad asume valores y prácticas “viriles” asociadas exclusivamente con el género masculino. Y decimos “asociadas” porque no es que de manera esencial le pertenezcan, sino que han sido apropiadas como mecanismo de control de la sexualidad de la mujer. Lo que queda de King Kong en la ciudad se expresa en ciertos rasgos de la virilidad masculina y la manera en la que la mujer se rebela al mandato de la feminidad es apropiándose también de ellos. Es muy significativo que para Virginie la apuesta política implique el abandono de la feminidad.
La virilidad tradicional o la cultura del dominio patriarcal
La virilidad tradicional está construida sobre la mutilación de la feminidad en los hombres. Sobre el ideal también inalcanzable del “hombre de verdad”: el que reprime y calla sus emociones y su sensibilidad, el que se avergüenza de su delicadeza y de su vulnerabilidad, el que tiene el pene grande, el que debe ser valiente, dar el primer paso, proteger y no pedir ayuda, dar muestras de agresividad, ser exitoso socialmente, amordazar su sensualidad, el que sabe morir en la guerra y manejar un hogar con sana autoridad y con la ley de su parte. Ese ideal de la masculinidad tampoco lo encontramos en ninguna parte y, sin embargo, es defendido por los hombres y los convierte en una especie de “siervos arrogantes”, como les llama Virginie. Porque beber, tener amigos, competir, ganar dinero, ser agresivo, querer tener sexo con mucha gente, vestirse cómodamente, tener mayor movilidad, hacer las cosas importantes, todo eso es una prerrogativa del carácter viril que se adjudican y les conviene defender porque, además, la furia derivada del incumplimiento a cabalidad del ideal de la masculinidad puede desplegarse, a modo de revancha, sobre las mujeres: eso siempre los hará sentirse más hombres. Para las mujeres, abandonar los mandatos de la feminidad es cobrar conciencia de su clase, para los hombres abandonar los mandatos de la masculinidad es sacrificar su ventaja política, volverse vulnerables, no solo frente a las mujeres, sino frente a los otros hombres con quienes pelean por el poder.
King Kong no es viril, es fuerza sin domesticación, pero no ejerce dominio y en esta confusión y en esta trampa cae también la masculinidad. Eso que llama Virginie “la virilidad tradicional” también enjaula al King Kong, le da una forma a su potencia y la cristaliza en dominio. Toda la hiperpotencia del King Kong es traducida como una fuerza que le otorga poder sobre la mujer o sobre otros hombres más débiles que él, es decir, feminizados. La agresividad de la isla se convierte en violencia al interior de la ciudad. El dominio sobre la mujer no es salvaje, es un mecanismo político de solidaridad masculina que excluye los cuerpos feminizados del poder, justificando contra ellos el uso de la violencia y su destrucción. Aunque tiene una relación de semejanza, lo viril no es lo salvaje. Lo salvaje sería que no hubiera dominio, que no hubiera orden político, lo salvaje sería “la revolución de los géneros”, la ausencia de control de la sexualidad.
El goce perverso como mecanismo de poder político
En la ciudad hay una sexualidad enferma: el deseo se ha vuelto perverso. Mecanismo neurótico del orden político para sostenerse. Inferiorizar a la mujer, degradarla con la violación, produce el efecto de hacer de ella algo despreciable. Por un lado, la mujer que se asume como inferior, se desprecia a ella misma, deseando entonces aquello que la destruya, sintiendo goce de su impotencia. Y por el otro, el hombre que sostiene la inferiorización de la mujer también la desprecia, pero la desea al mismo tiempo y, en consecuencia, termina despreciándose a sí mismo por ello. Enseñarles a los hombres a despreciar a las mujeres y lo femenino es enseñarles a sentir desprecio por aquello que desean, provocando que sea casi natural sentir goce por su destrucción. Las manifestaciones de un poder que hiere y ultraja a las mujeres, violándolas, golpeándolas, son fuente de placer masculino. “Lo que se las pone dura debe ser problemático”, sostiene Virginie.
El recinto del goce masculino es doloroso, construida la virilidad bajo el supuesto de un deseo bestial incontrolable con reminiscencias a lo King Kong, se vuelven presa fácil de la vergüenza y la culpa como mecanismos de control cuando se trata de ellos mismos, pero al mismo tiempo no deja de ser un recinto no solo del goce, sino del poder cuando se trata más bien de controlar a las mujeres. En este sentido, no hay nada naturalmente perverso en el deseo de los hombres, su deseo destructivo es una construcción política: violar a la mujer es un acto de guerra que busca debilitar al enemigo, que en este caso es nada menos que la mitad de la población oprimida en el mundo.
Por momentos es incómodo leer a Virginie cuando habla del deseo de los hombres, de la vulnerabilidad y el sufrimiento del que son capaces en su posición de dominadores. Pero más que un llamado nuevamente a las mujeres a la compasión por el que sufre, nos parece que, más bien, se trata de mostrar la construcción perversa del deseo como mecanismo de control de todo el cuerpo colectivo y la manera diversificada en la que opera para los hombres y para las mujeres. Virginie sostiene que el control de la sexualidad produce un cuerpo social neurótico con estructuras autodestructivas. Por eso es un fracaso el orden social y político, no porque las mujeres no estemos cumpliendo con una especie de responsabilidad natural que nos correspondería por el hecho de serlo y que garantizaría la estabilidad del orden, sino porque los fundamentos mismos de ese orden político están torcidos, son perversos.
Volvamos a la metáfora de la teoría: las energías vitales de la isla aún siendo terroríficas, puntos ciegos de la razón, innominables, no potencian la dominación ni la violencia, al contrario: al ser domesticadas con fines políticos y administradas en una economía del deseo, se logra constituir y mantener el orden; lo que deja siempre en latencia la posibilidad de la ruptura y, por tanto, le restringe su expresión en líneas de fuga muy precisas y domeñables por la moral de la culpa y la condena. Así como en la película King Kong es capturado, exhibido, desnaturalizado y finalmente aniquilado, así también el orden político se comporta con la sexualidad, con el deseo.
Como decíamos antes, la captura produce lo femenino. Lo femenino es exhibido a partir de dos espectáculos: la madre y la puta, el King Kong encadenado en el anfiteatro o el que asedia a la ciudad con su monstruosidad poniendo en riesgo todo orden posible. Los dos son espectáculos sumamente pedagógicos. La madre sirve al orden político como una figura de control en el ámbito de lo doméstico: la madre sabe qué es lo mejor para sus hijas e hijos, les vigila, controla y castiga. Es por supuesto polémico, pero para Virginie, la madre tiene un recinto de poder en su casa, no frente a su patrón que es el marido, sino frente a su descendencia.
No es casual que la casa, el hogar, sea concebido como lo doméstico, lo domesticado pues y que este sea, precisamente, el lugar que el orden político le ha dado a las mujeres. El Estado, sobre todo el fascista, tan brutalmente conocido en Europa ―y ahora tan peligrosamente olvidado―, sería entonces la réplica del poder de la madre en la casa.
El Estado fascista, nos recuerda Virginie, infantiliza a las personas, las controla y las vigila, siempre argumentando bienestar y seguridad a cambio de su libertad. Por eso es que la moral glorifica a la madre, por eso es que hay toda una propaganda acerca de la maternidad como una experiencia femenina ineludible, fantástica, plagada de alegrías, como la experiencia en la que las mujeres pueden realizarse.
Por su lado, la puta es exhibida como el espectáculo de la criatura del vicio, del asfalto, la que se apropia de la ciudad, la que trabaja fuera de la célula familiar, la que tiene sexo sin amor; es su espejo invertido, su fetiche, que hace parecer natural aquello que es artificial, producido y generado históricamente: la maternidad, el matrimonio, la heterosexualidad. La relación entre la puta y el King Kong tampoco es inmediata, la ciudad es la mediación, en la isla no hay putas, hay putas porque hay ciudad.
La lectura abolicionista del libro ha puesto su mira crítica frente a la posición de Virginie, en específico frente al argumento de una especie de reivindicación del trabajo sexual que parece hallarse en el texto. Esto porque apunta solo a una emancipación individual de la mujer bajo criterios muy liberales y en un contexto radicalmente distinto en el que ocurre masivamente el trabajo sexual más bien como trata: en una degradación profunda de los cuerpos de las mujeres, hipersexualizadas, mercantilizadas, convertidas en objeto, al servicio de la satisfacción masculina que confirma su posición de poder y de dominio. Es cierto, tienen razón, pero en alguna medida, también Virginie, quien no niega la existencia de esta realidad atroz a la que millones de mujeres son sometidas. Sin embargo, más que sumarse a la denuncia del trabajo sexual explotado, lo que nos comparte es la experiencia política personal de vivir el goce de este trabajo como transgresión, de no pensarse como víctima, de su apropiación del espectáculo en la exhibición de la bestia. Comprender la transgresión al control de la sexualidad como una transgresión propiamente política. Ser puta no porque estás obligada sino justamente porque no debes hacerlo.
En la isla tampoco hay pornografía. De la misma manera la pornografía como expresión del control de la sexualidad y la “domesticación de las masas” funciona para liberar la tensión que el orden político ha generado entre la idea de un delirio sexual abusivo y un rechazo exagerado de la realidad sexual. Este “delirio sexual abusivo” es la representación cinematográfica de la hipersexualidad de la isla, donde no hay amarras ni límites posibles. Se trata de una técnica de ilusión que más que representar, alimenta las fantasías sexuales con las que se asocia la hipersexualidad, fantasías generadas por la propia industria cultural patriarcal y machista, que se ancla en el goce de dañar, ultrajar y destruir eso que se desea. El rechazo exagerado de la realidad sexual es justo el otro extremo, maniqueo, de la moral cristiana de la civilización occidental que condenó místicamente a la bestia, al demonio, a las fuerzas del mal que hacen débil la carne, son tentadoras, seductoras, pero terroríficas; el sexo oculta una verdad innombrable, es una zona oscura, peligrosa cuando no sirve a la reproducción sino al placer o al interés, en el sexo habita el mal y el mal debe ser destruido.
Entre el delirio sexual abusivo y el rechazo exagerado de la realidad sexual, está la pornografía como otra manera de exhibir a la bestia y desnaturalizarla. La bestia no vive en esta tensión, King Kong no es la representación de un delirio sexual abusivo, justo Virginie llama la atención sobre el hecho de que en la película la relación entre la bestia y la bella no es erótica. ¿Cómo representar a King Kong en el porno sin reproducir el orden político de dominación hacia las mujeres y el goce perverso de la destrucción? ¿Cómo hacer del porno una herramienta de desobediencia al control de la sexualidad? Más que preguntas son invitaciones.
Continúa leyendo la segunda parte aquí
Autores
Doctora en Estudios Latinoamericanos en el área de Filosofía. Dedicada al estudio de la Filosofía Política feminista, latinoamericana y de liberación. Forma parte de la escuela de pensamiento y de la Asociación de la Filosofía de la Liberación (AFyL). Vive en la Comuna Lencha Trans, un espacio político autogestivo que apuesta por la vida comunitaria en la urbe y es miembro de Biznaga Editoras, una colectiva editorial feminista concentrada en publicar a mujeres y disidencias sexogenéricas.
Maestra y tallerista de literatura. Activista feminista y co-coordinadora de la Biblioteca de Mujeres en Hermosillo, Sonora.
Ilustrador
Irasema Fernández
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.
Hubert Martínez, ganador del premio de literaturas indígenas de América 2017. Manuel ndiva’i.
Antes de convertirse en poeta de la lengua mè´phàà, Hubert Martínez Calleja, Premio de literaturas indígenas de América 2017, era metalero. Bajo la luz fluorescente del bar en el que nos encontramos el 11 de septiembre de 2018, al filo de las siete de la noche, me enseña con orgullo las improntas de ese pasado: tres perforaciones y un rostro aguerrido que raya entre la locura, la sensibilidad y la violencia.
Nació en Malinaltepec, Guerrero, el 27 de septiembre de 1986. Con los seudónimos Hubert Matiúwaà y Hubert Malina publicó los poemarios Xtámbaa/Piel de tierra (Pluralia/Secretaría de Cultura, 2016), Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira (Pluralia/Secretaría de Cultura, 2017) y Las sombrereras de Tsísídiin (Instituto Nacional de Lenguas Indígenas/Universidad de Guadalajara, 2018). Además, ha sido becario del PECDA (2015-2016) y del Fonca (2016-2017).
Como uno de los exponentes de la literatura en mè´phàà, cualquiera creería que su filiación por la lengua se gestó en él antes de su nacimiento, como una herencia inculcada por sus padres desde la concepción, pero no:
—Todo fue por un compa, con quien estudié en Guerrero. Él escribió un ensayo sobre la lengua mè´phàà y un maestro de nuestra universidad le dijo: “De eso no hables que es de changos”. Yo le agarré el hombro y le dije: Oye, no te agüites cabrón: yo soy indígena como tú y nos vamos a fundamentar hasta partirle su madre a ese güey”. Leímos día y noche. Leímos como enfermos. Se lo refutamos y fue nuestra victoria. Ahí comprendí la importancia.
A Hubert lo motiva lo mismo que motivó a Lucio Cabañas y Genaro Vázquez: encauzar la rabia hacia un acto que cambie la vida de su pueblo, el cual, de acuerdo a lo que dice en la mesa al compás de sus puños, ha sido reprimido por casi 700 años. Primero por los españoles y ahora por los narcos. Su poemario, Las sombrereras de Tsísídiin , acreedor del Premio de Literaturas Indígenas de América 2017 , habla sobre la trata de mujeres en Guerrero porque para Hubert la literatura también puede ser una crítica social y política; algo que definirá como “crear una consigna que por tan hermosa es imposible franquear o permitir que se la lleve el aire”; algo que ejemplificará con Roque Dalton y los poetas de Nicaragua, país en el que vivió durante el año 2015.
—Yo no sé si me consideran panfletario. Eso, al chile, me tiene sin cuidado.
Y son, quizá, muchos los asuntos que le importan poco a Hubert. No busca el reconocimiento ni la ovación, ni que su nombre aparezca como letrero luminoso en las revistas prestigiosas. Llega solo al bar, huyendo, como acostumbra, de los juegos de máscaras, de los rituales cortesanos que imponen un modelo literario muy propio de las provincias. Me dice que ha postergado viajes para leer y seguir escribiendo. Lo hace —recalca— porque le importan cosas elementales: la preservación de su lengua y su cultura.
—Tan ocupado como me quieren tener, ¿a qué hora voy a tener chance de leer y escribir? —dice— ¿A qué hora voy a vivir?
Hace unos meses publicó un mensaje en Facebook avisando que no participaría en más eventos hasta finales de 2019. Sin embargo aceptó publicar textos en Tierra Adentro y mantener una columna en el suplemento “Ojarasca ” de La Jornada nacional. Viéndolo desde este punto de la mesa, envueltos en música norteña, con tres poemarios, un premio internacional y varios nacionales a cuestas , Hubert resulta un escritor completo. Pero, cinco años atrás, se encontraba a la deriva. Alejado de los grupos literarios de Guerrero y Ciudad de México (de lecturas donde un escritor connotado le dijo: “Qué bueno que viniste, pero tu poesía es una mierda”), trabajando solo, escribiendo sus poemas en mè´phàà y luego traduciéndolos al español, Hubert siempre creyó en sí mismo.
Se acomoda los lentes, seca el sudor que le escurre por la mejilla, bebe un trago de cerveza y dice:
—A mí me gusta la violencia. La violencia como un acto estético. Se escriben, así, poemas bien vergas .
En contraste con el gabán y el sombrero negro de ala ancha que usa en la mayoría de sus fotografías, viste una camisa roja, abierta hasta la mitad del pecho; pantalón de mezclilla, mocasines negros. Mueve las manos hacia los lados y, para remarcar los argumentos importantes, forma un puño que sella con fuerza en lugares específicos de la mesa.
Su idioma, el tlapaneco o mè´phàà, catalogado como una lengua otomangueana, cuenta con pocas investigaciones sobre su situación actual. Datos recabados en 1994 consignaron que hace 25 años tenía cerca de 100 mil hablantes repartidos entre la Chinameca, en el estado de Morelos, y al centro, norte y sur del estado de Guerrero, principalmente en las regiones conocidas como La Montaña y La Costa Chica de Guerrero.
Asimismo, durante el año 2010 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registró 392 localidades donde el 5% o más de la población hablan tlapaneco.
Hubert, sin embargo, apunta que la pérdida de su idioma se debe fundamentalmente al desplazamiento, es decir, gente que huye de sus sitios de origen para evitar ser víctima de la violencia generalizada.
De acuerdo con la Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH) , entre enero de 2016 y diciembre de 2018 el total de personas desplazadas por la fuerza ascendió a 338 mil 405. Tan solo en 2018 registraron que los estados más afectados fueron Guerrero, con 5 mil 56 personas desplazadas; Chiapas, con 5 mil 35; Sinaloa, con 836; Oaxaca, con 300 y Michoacán con 240. Remarcaron que los principales afectados son personas en situaciones de vulnerabilidad como “niñas, niños, adolescentes, adultos mayores, personas indígenas y periodistas”.
2
—¿Es difícil traducir tus poemas al español?
—Por supuesto, porque durante muchos años la lengua indígena no se escribió. Era una situación que obedecía a un pensamiento hegemónico, sentenciaba que solo se debe escribir lo que tiene historia, y los pueblos originarios o indígenas fueron desplazados; se les negó su historia. —El puño de Hubert forma una parábola, cae junto a los vasos—. Eso ha sido complicado porque apenas en los sesentas salen lingüistas de las comunidades y comienzan a sistematizar una gramática. De cualquier modo, la gente de las comunidades no sabe leer mè´phàà ni escribirlo. Para empezar algunos ni siquiera saben hablar español.
—¿Qué tan atrás se fueron los lingüistas para generar esa gramática? ¿Códices?
—Tienen un patrón derivado de los tomos universales. Ahí toman grafías, escuchan como suena y lo van armando. Podríamos crear un idioma si quisiéramos. La palabra está viva, pues. Y todos podemos crear un lenguaje. Lo complejo en este caso es escribirlo. Pero a la gente de mi pueblo, particularmente, no le interesa escribir. Sobre eso hay un punto que me gusta: yo soy el primer poeta en escribir un libro de poemas en mè´phàà, pero no soy el primero en hacer poesía. Tenemos una tradición de narradores orales súper chingones.
—Es sabido cómo son los escritores en lengua castellana, pero me pregunto: ¿cuáles son las condiciones que definen al escritor en lengua indígena?
—Estamos entre dos mundos: el mundo de la oralidad y el mundo de la escritura. En el primero eres un narrador, alguien que sabe una historia y es bueno contándola. En el otro tienes que ponerte disciplinado, ajustarte a la lógica de la escritura, lo que es una ventaja y una desventaja porque las lenguas minoritarias, las llamadas indígenas, casi no tienen lenguas escritas; la ventaja es que cuando se logra escribir aumenta el conocimiento de los pueblos; y la desventaja es que, como son de tradición oral, a la hora de escribir una historia cambia porque la forma de narrar en el pueblo es distinta. Si yo te contara ahora una historia en el pueblo tendría que partir de los elementos con los que convivimos para meterlos en la narración, actualizarla de acuerdo al lugar y a quién la escucha. En cambio, en un libro tienes que elegir una de esas cosas. En un libro no partes de esos elementos y tú eliges el ambiente de tu narración, un ambiente que se petrifica en una página. En el pueblo, cada quien reproduce la historia a su manera. Las narraciones en los pueblos son dinámicas, vivas; tienen otro sentido de ser. Te digo: nunca les interesó escribir, pero son excelentes narradores orales. Con mirar el ambiente van agregando elementos nuevos.
3
Hubert conduce una motocicleta y arriba hacia la montaña de Guerrero con el viento estrellándose contra su rostro, ese viento entre húmedo y cálido que impera en uno de los estados más violentos del país . La moto es un escarabajo metálico que, dice, está bien vergas , y le sirve para contemplar el abismo cuando atraviesa las curvas cerradas. En lo alto, donde los campesinos subsisten del cultivo de Amapola, Hubert vuelve a casa luego de meses de respirar smog: charlas, presentaciones, clases, el espectro total de la vida urbana.
El escarabajo se abre brecha haciendo estruendo y espanta a las señoras recargadas en los muros; a los niños que juegan maquinitas en la penumbra de los tendejones, que de súbito voltean y abren los ojos como cerillos encendidos en la oscuridad. Hubert atraviesa la tarde como pretende atravesar el olvido y reivindicar la lengua con la que los hombres y mujeres que ahora salen de la milpa hablan de la lluvia, del brocal roto; con la que fusionan la risa de los animales nocturnos con su propia risa o con sus vidas y movimientos.
—Soy uno de los primeros que sale de la comunidad y se enfrenta al mundo de la academia, los festivales, la literatura. El hecho de que haya estado fuera franqueó un estatus de poder. La banda de mi pueblo ahora dice: a huevo, yo también puedo estar en ese festival. Y eso me hace feliz.
—Los pueblos más cabrones desaparecieron —agrega mientras se acomoda los lentes, bebe un trago de cerveza y mueve los dedos como si señalara los puntos precisos de un mapa invisible—, y los inteligentes, los que supieron dialogar, jugar sus piezas ajedrez, hoy perduran. Nosotros tenemos 700 años de resistencia y de no ceder. Nunca fuimos diplomáticos. Por eso estamos aislados en la montaña.
Sobre la preponderancia de la lengua indígena —por encima del español— durante el proceso de escritura, Hubert dice:
—Escribo en mè´phàà porque, más allá del romanticismo, me parece un pedo político. Escribo por la rabia. Escribo en mè´phàà porque me lleva a emociones distintas y mundos mucho más extraños dentro mi memoria. Porque la lengua se mete y explora. Me atraviesa. En cambio, mi español es limitado: el español (incluso el que usamos ahora) es básico, un idioma que usamos solo para comunicarnos. Por eso no me alcanza el español para traducir el mè´phàà.
“Pienso que cada cultura va a entender la poesía en respuesta a una necesidad de su existencia. En mi lengua siempre se tiene que escribir para dejar constancia de un tiempo. Si no, ¿quién contaría la historia del pueblo? Sin historia no habría rituales, no sabrías por qué el conejo se unió a la rama de un chile, por qué el tlacuache tuvo fuego en la cola, por qué las serpientes formaron los cerros y trazaron los caminos hacia la montaña. Las historias marcan un tiempo de la existencia, y el que a nosotros nos tocó vivir como pueblos originarios ha sido un tiempo en el que nuestro pueblo ha sido excluido y ha sido sistemáticamente violentado. Ante esto, podríamos hablar de las estrellas, pero me parece una responsabilidad abordar la violencia que vivimos: de que llegan los narcos y nos desaparecen; de que las mineras se llevan nuestros recursos y acaban con el agua. Creo que ese es el tiempo que hay que marcar en la memoria; el tiempo que nos tocó vivir, que es un tiempo culero”.
En ese sentido, Hubert coincide con lo que plantea Francisco Javier Romero en su ensayo La literatura indígena mexicana en búsqueda de una identidad nacional (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010), donde se argumenta que las literaturas indígenas buscan una identidad propia, ajena a las construcciones que el Estado ha hecho sobre sus culturas. En el tránsito de lo oral a lo escrito, sostiene Romero, en particular en la poesía, se ha dado un proceso de resistencia cultural, que, si bien antes se centró en contar la época posterior a la conquista, actualmente se enfoca en “su seno terrenal para manifestar su existencia y exigir con su literatura un lugar en la nación que los vio nacer”. Como poeta, Hubert ha colocado una lupa sobre la marginación, la violencia y el rezago institucional que afectan a los pueblos originarios de Guerrero. Para él, escribir en lengua mè´phàà es un acto de resistencia.
4
Luego de impartir un taller de escritura en mè´phàà, Hubert notó que la gente de su comunidad comenzó a escribir sobre los problemas de los que él escribe: narco, violencia, represión política y pobreza. Comprendieron que esa realidad les pertenecía, que había que reflejarla.
—Reconocieron que se trata de un problema que, por encima de la poesía tradicionalista, tiene que ser evidenciado.
Por lo tanto, su caso dio una pauta creativa a los jóvenes escritores de la región, quienes, desde la lengua indígena, repararon en que ellos también pueden visibilizar los problemas de La Montaña, vivir de la escritura, viajar a los festivales, reproducir su realidad a través de la poesía y la prosa.
Con esto, Hubert se refiere a una suerte de “salto al exterior” que, como menciona Javier Romero, consiste en plasmar los sentimientos, la realidad y las exigencias desde la escritura indígena, pero con pleno conocimiento de la cultura nativa a la que pertenecen, así como de la cultura mestiza occidentalizada del mundo urbano latinoamericano.
—En mi caso he escrito sobre puros temas sociales— dice sobre este punto—. Mi primer libro habla sobre Ayotzinapa, en los siguientes he hablado sobre narcotráfico y los asesinatos. En mi tercer libro, el que ganó el premio, hablé sobre la trata de niñas. He intentado abandonar la idea romántica del indígena que ama la tierra, que solo escribe sobre ella. —Pone el puño sobre la mesa para remarcar una frase importante—. ¿Cómo voy a hablar de la tierra y el sol si vienen unos pinches sicarios y ejecutan niños en la montaña?
Argumenta que el establishment todavía no respeta sus costumbres. Dice que espera el momento en que puedan ser ellos mismos, con todo lo que implica culturalmente. No obstante, es realista y duda que suceda pronto.
—¿Cuánta banda armada perdió la vida en la lucha? Hemos luchado por años. Lo que nos falta es establecer alianzas. Las fronteras no sirven. A fin de cuentas, lo que todos buscamos es que los pueblos tengan autonomía en sus decisiones. Lo primero: su propio gobierno; lo segundo: una economía propia. Ambas cosas imposibles desde la visión occidental.
Finalmente habla sobre Nicaragua, donde vivió durante el año 2015 mientras realizaba una estancia de investigación.
—Cuando estuve en Nicaragua aprendí algo sobre los poetas: ellos hicieron la revolución sandinista. ¿Sabes quién mató a Somoza? Un poeta. Todos los poetas participaron en la revolución. Ahí quieren a los poetas, la gente sabe que dicen cosas que son ciertas, que van contra el poder, que hablan sobre las causas sociales. No son poetas acomodaticios y agachados, así como se entiende la poesía en algunas partes de México. Aquí el poder los institucionalizó. Los poetas se vendieron. Es una mafia que se ha perpetuado y que te dice “mejor no escriban sobre las condiciones sociales”. Sobre esto te digo: si vas a hablar de condiciones sociales, hazlo con estética, con reglas, con técnica, se trata, pues, de crear una consigna que por tan hermosa es imposible franquear o permitir que se la lleve el aire. Como los poetas de Nicaragua, como lo hizo el salvadoreño Roque Dalton.
Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.
Imagen extraída del EPUB del “Aleph para máquinas”.
Reseñar o, mejor, llanamente escribir sobre un libro conduce al intento de inventariar, destacar para un hipotético lector tal o cual elemento del contenido. Sin importar la elección del tema, la calidad de la prosa, el ritmo, sabemos qué cosas podemos (o debemos) esperar, sobre todo si se trata de una narración. A veces parecería que esperamos obtener de la literatura lo mismo que esperamos obtener de un auto o de cualquier producto de consumo.
Es un error pensar en la narrativa como un orbe infinito del cual pueden extraerse siempre formas infinitas. Sería mejor pensarla como una cantera enorme, pero finita. Conflicto, voz y efecto entretenido: características de las que El Aleph para máquinas (Edición del autor , Text Jockeys, 2019) de Pierre Herrera carece y, en cambio, señala a través de un mecanismo que es su propia causa. Pequeñas esferas dispuestas sobre el espacio de la hoja como un intento de drenar el significado.
No es casual la elección del formato: EPUB de 437 KB. Tampoco la vía de publicación (autoedición digital), el medio de distribución (internet, redes sociales) ni la licencia de Producción de Pares. A pesar de que la literatura, como todo en el occidente capitalista, se enfrenta a la demanda de un gusto creado a partir de flujos económicos, un Aleph únicamente puede funcionar bajo su propia lógica.
“Signos que no son signos en tanto aluden a algo distinto de ellos mismos y, por lo tanto, poseen un estrato de inmaterialidad independiente del significado y el referente”. Asumamos, por ahora, la posibilidad de que en efecto se trata de una intervención del Aleph borgeano. A diferencia de los otros, la versión de Herrera no puede ser leída, al menos no convencionalmente. Puedes scrollear a través de la secuencia de formas, espacios y páginas, pero no leer. No hay nada que leer, aunque haya signos, le muestra cosas al lenguaje que este apenas identifica como bultos opacos: el intento de generar palabras choca.
Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio supone un pasado que los interlocutores comparten. Escribir ajeno no es nada nuevo en lo que toca a historia del arte; Borges, como sus coetáneos Fernández y Grombrowicz, masajea la idea de la escritura como meta en sí misma; la reescritura como ese orbe donde está contenido todo. Irónicamente, en el caso de los Aleph, el engordamiento levantó suficiente humo para encender las alarmas de la propietaria de los derechos de Jorge Luis Borges y hacerla reclamar lo que entiende por “pago legítimo”. Repasemos. La intervención de Pablo Katchadjian consistió en colar texto nuevo entre lo ya escrito por Borges. Experimento con resultados positivos, en especial, si consideramos los alcances a largo plazo: la sentencia, favorable a María Kodama, consistió en la multa simbólica de 1 peso, la cual el artista se niega a pagar.
“Después de escribirla vi que había algo de profanación, en el sentido de que la profanación es llevar algo de vuelta al mundo […]. Todas las profanaciones exigen un ritual, y el ritual siempre tiene que ver con el juego”.
Contra la literatura como una práctica de mercado, el plagio. Al contrario de la opinión de María Kodama —apoyada en las legislaciones internacionales sobre derechos de autor— es el primer autor, el original, el que comete el plagio porque es este el que se apropia del excedente de labor colectiva que produce el texto; el segundo autor, el que plagia al primero, lo único que hace es devolverle a la colectividad lo que el primero se apropió.
Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio supone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?
Quizá el Aleph no sea el lugar donde convergen todos los puntos, sino desde donde todo sale y se disipa.
Para la tradición del capitalismo no hacer sentido es todo menos deseable, precisamente porque el significado es un comodín indispensable para determinar qué es lo que sí y lo que no se puede decir. Chomsky afirma que no hay diferencia radical entre el lenguaje y el mundo. En contraposición a un mercado (editorial) que demanda contenidos decodificables, Pierre Herrera suelta una pregunta encaminada hacia la búsqueda de una práctica, una estrategia basada en la naturaleza compartida del lenguaje: algo que significa algo para alguien en algún lugar. En vez de letras, círculos, patrones, color. Inexactitud basada en la experiencia particular del espacio. El Aleph para máquinas reta las condiciones de la estructura de un libro, si bien no alcanza a superarlas. La estructura espacio-temporal del despliegue de un objeto legible persiste. Entre la búsqueda de coherencia y la elección de un formato, quizá lo más interesante suceda al pensar la escritura fuera del cajón de la literatura. Ahora es un libro, aunque podría no serlo. Mejor que no lo sea. ¿Y si reprodujéramos manualmente los patrones, fabricáramos tarjetas perforadas y las usáramos para crear sonido? ¿Escritura para máquinas análogas? ¿Podría ser partitura, notación, instructivo? Solo son ideas.
Por lo demás, el problema, como siempre, es la enumeración siquiera parcial de un conjunto infinito.
Autores
(CDMX, 1992). Es autor de
Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016) y
Sin nada detrás (Periferia de escribidores, MX, 2019). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como
Letras Libres ,
Oculta Lit ,
Dolce Stil Criollo ,
Digo.palabra.txt ,
Low-fi Ardentía ,
El Humo, Al-Araby ,
Angel City Review , entre otros. Forma parte del
Lhabloratorio Colectivo . Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2017-2018.