Tierra Adentro

 

Creer que uno se vuelve loco y creer que uno se muere son experiencias terapéuticas y sanadoras, por más extravagante que parezca.

Antonio Escohotado

 

En el fondo, todas las familias son disfuncionales. Siempre hay desacuerdos, resentimientos o frustraciones que permanecen ocultos y, por lo general, los implicados se van a la tumba con ellos. La falta de comunicación crea un malestar constante que suele llenarse con más silencio.

“Quizás ese sea el motivo de este viaje, aliviar ese malestar”, pienso cuando la imponente sinuosidad del río Putumayo, afluente del Amazonas, aparece cinco mil metros por debajo de mis ojos. Es una enorme serpiente dorada que atraviesa la espesura con decenas de riachuelos ondulando a cada lado. Voy a bordo de un pequeño avión ATR 42 junto a mi familia —padre, madre y hermano— mientras oigo el ruido de las hélices disminuir su intensidad. Comienza el descenso. También viajan con nosotros mi cuñada y su mejor amiga, ambas estadounidenses. Nos dirigimos hacia Puerto Asís, en el bajo Putumayo.

Este viaje familiar no es un paseo tradicional. No venimos a dormir plácidas siestas o a beber mojitos frente a un paisaje amable y doméstico, sino a internarnos en la selva amazónica para participar en una ceremonia de ayahuasca. Días antes habíamos comenzado una rigurosa dieta sexual y alimenticia que dispuso nuestros cuerpos para recibir el yagé, el brebaje ancestral, de la manera más apropiada posible. Mi hermano y yo ya hemos tenido varias experiencias con el bebedizo y creemos que es importante incluir a la familia en ese proceso. Convencer a mis padres, que están separados desde hace más de diez años pero siguen manteniendo una muy buena relación, no fue nada fácil debido a su educación religiosa, conservadora, y sobre todo por su miedo al qué dirán. Pasamos horas tratando de deshacer los mitos y prejuicios que la mala prensa, las habladurías y los estafadores han creado en torno al uso de esta planta.

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—¿Pero y qué pasa si no vomito? ¿Me muero? —preguntaba mi papá, irónico y condescendiente.

— ¡No, no! Lo más normal es vomitar pero hay excepciones… Y las pocas muertes por sobredosis fueron provocadas por plantas ajenas a la ayahuasca y ocurrieron por culpa de gente irresponsable que lo tomó y lo suministró sin ningún conocimiento, sin dieta y en ambientes ajenos a la bebida…—respondí, eligiendo con cuidado mi tono y mis palabras. —En estas ceremonias todo está bien organizado.

—Yo no quiero chiflarme ni ver elefantes rosados— replicó mi mamá, provocadora.

—Nadie se vuelve loco con la ayahuasca, solo en extraños casos puede despertar la enfermedad latente de una persona. A veces uno cree que se vuelve loco, y después, con el tiempo, se acuerda y le da risa. De hecho, la mayoría de las alucinaciones suceden cuando tienes los ojos cerrados, y en el fondo son construcciones de tus propias emociones, las verdades reprimidas de tu mente —cerró magistralmente David, mi hermano, biólogo de formación y artífice del viaje.

Él planeó los pormenores de nuestro recorrido, consiguió el alojamiento en la casa del Taita Oso, un reconocido chamán de la amazonía colombiana, y nos anunció que la ceremonia estaría presidida por su tío, el Taita Querubín, líder espiritual del pueblo Cofán conocido como el “mayor de los mayores” por sus ciento seis años de edad. Asentada en el bajo Putumayo, entre la frontera que separa Colombia y Ecuador, esta ignorada etnia[1] se cuenta como un número más dentro de los 102 grupos indígenas de Colombia y sobrevive desde hace siglos en un territorio fuertemente golpeado por varios frentes: por un lado, el atroz conflicto armado que no termina del todo; por el otro, la acción invasiva de las compañías petroleras; y para completar, las decenas de grupos narcotraficantes que operan sus laboratorios en los alrededores.

Este triple foco de violencia ha traído innumerables situaciones dramáticas: desde la destrucción del patrimonio cultural autóctono, pasando por la explotación organizada de sus pueblos bajo el yugo de las multinacionales, hasta llegar al reclutamiento y la muerte “accidental” de miles de jóvenes campesinos e indígenas, víctimas y actores en el fuego cruzado del país. De hecho, la comunidad indígena Siona, vecinos del pueblo Cofán, ha sido declarada en peligro de extinción como víctima de los combates entre las FARC, los paramilitares y el ejército colombiano[2]. Para completar, la construccion de un oleoducto transfronterizo por parte de la compañía inglesa Amerisur, y su versión ecuatoriana, Petroamazonas, ha recrudecido los enfrentamientos. Resulta indignante que la Agencia Nacional de Hidrocarburos, adscrita al Ministerio de Minas de Colombia, haya otorgado una concesión sobre un territorio declarado área protegida y resguardo indígena. Como es de suponer, los gobiernos de Colombia y Ecuador defienden los intereses de la petrolera, mientras los grupos insurgentes asientan minas antipersonales en la tierra y amenazan a los indígenas con tomar represalias si ayudan al bando enemigo.

***

Al bajar del avión siento una patada de viento caliente en la cara, como si entrara de repente a un baño turco y su vapor me asfixiara enseguida. Recogemos nuestros morrales, ligeros como nos habían recomendado, y salimos del aeropuerto hacia la plaza central del municipio. Son las once de la mañana y el bochorno se extiende aunque el cielo está bastante nublado.

Puerto Asís es una pequeña comunidad ubicada a ochenta kilómetros de Mocoa, la capital de la región. Desangrada por la violencia y al margen de la mano del gobierno, este caserío subsiste miserablemente pese a la vasta cantidad de dinero que representa la extracción de petroleo, la minería y la siembra de hoja de coca. Caminamos entre casas a medio construir, mercados erigidos en medio del fango y calles mal pavimentadas que se inundan con el más tímido chubasco. Mientras nos adentramos, vamos sintiendo la intensidad del olor a gasolina, que es el producto más barato del sector y explica por qué todo el mundo anda en motocicleta.

Mis padres caminan atrás, a paso tranquilo, y conversan como dos buenos amigos. Después de un noviazgo de una década, un matrimonio católico de veinticinco años y una empresa de comercio de quince (con dos bancarrotas), habían terminado por separarse. Se mantuvieron a distancia por tres años y luego decidieron reconstruir su relación como padres de dos hijos y, sobre todo, aliados en su día a día. Mi madre comenzó a trabajar en una tienda de artesanías y ha salido con otros hombres sin poder hablar de un noviazgo; mientras que mi padre entabló una nueva relación, tuvo una hermosa niña —que ahora tiene poco menos de tres años— y continuó con el comercio de frutas. Me da gusto verlos compartiendo tiempo de calidad, pero al percatarme de que vamos tarde, los apuro un poco.

La plaza central de Puerto Asís es plomiza como el resto del lugar. Solo sobresale un monumento compuesto de tres estatuas de cobre; un soldado con el rifle arriba, un colono mirando al horizonte y un cacique con su atuendo ceremonial. En su base se lee “Centenario de Puerto Asís”. Al atravesar la plaza nos abordan varios conductores y ayudantes de transporte ofreciéndose en llevarnos.

—Vamos para Orito —digo, tímido, pero más me tardo yo en hablar que uno de los ayudantes, el más avezado, en agarrar mi maleta y proponer una tarifa de grupo. Aceptamos sin convicción pero con ganas de seguir nuestro camino. En menos de cinco minutos estamos dentro de una moderna Van gris que se interna en el follaje.

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El paisaje que encontramos frente a nosotros es desigual. Pasamos, de una carretera semi-pavimentada a una trocha enlodada, y luego a un sendero arenoso con pedrusco en varios tramos. A cada lado nos cobija una arboleda de yarumos y cedros macizos. A veces se ven potreros con humildes casonas donde se practica la ganadería. Entonces recuerdo esos extraños huecos que había visto desde el avión cuando miraba la selva. Pienso en una larga conversación que sostuve con mi hermano acerca de la ganadería. Según él, a pesar de los beneficios materiales y la activación económica a corto plazo que genera esta práctica, conlleva una serie de graves problemas como la deforestación, la erosión de los suelos y un desperdicio de agua descomunal. De acuerdo con el DNP (Departamento Nacional de Planeación), Colombia tiene 6,6 millones de hectáreas de tierra irrigable. Sin embargo, solo se utiliza el 3% de las hectáreas con potencial para las plantaciones y el 23% de tierra apta para actividades agrícolas, mientras que en la ganadería se usa el doble de terreno[3].

Los altibajos del camino me provocan un mareo cada vez más fuerte. Siento como si estuviera sobre una balsa, como si navegara por el mar agitado. En la parte delantera de la camioneta, mi madre y mi padre hablan, divertidos por la hermosura del panorama. A mi lado, mi hermano, su esposa y su amiga, duermen tiernamente.

Poco antes del atardecer le pido al conductor que se detenga porque ya no aguanto más. Bajo de la camioneta, avanzo unos pasos hacia la zanja y trato de tomar un poco de aire. En ese momento escucho un ruido profundo que resuena fuertemente y continúa zumbando dentro de mi cabeza: es el canto agudo y sostenido de cientos de pájaros. Todos los demás salen del vehículo y observan el espectáculo. Delante de nosotros hay una ciénaga poblada por garzas blancas —garcillas bueyeras, según averigüé más tarde— y coronada con altas palmeras. Al observar detenidamente, nos percatamos de que las ramas de los árboles albergan decenas de estas aves y el color plateado de sus plumas se funde con el de las nubes pálidas.

—Esos pájaros siempre vienen aquí en esta época del año. Todas las tardes se ponen a cantar. —dice el conductor.

—Seguramente las ciénagas y los pantanos les sirven de humedal… —explica mi hermano.

Entonces una leve llovizna que se acercaba desde las montañas comienza a rocear la zona. El sol termina de caer y se oculta tras la cordillera. Un arcoíris de postal se pinta en nuestro panorama. Regresamos al auto y seguimos avanzando hacia Orito. Yo he olvidado mi náusea por completo.

***

Orito es un lugar desconocido para el mundo, excepto quizás por una marcha multitudinaria realizada en 1996 por diversas comunidades campesinas e indígenas —Cofán y Siona, entre otras— para protestar por el ausentismo del gobierno, las minas antipersonales[4] en el territorio, las consecuencias de las fumigaciones con glifosato sobre los cultivos y los habitantes del sector. El dilema se resume en una frase de los afectados: …aquí la coca ha sido Ministerio de Educación, de Salud, de Agricultura, etc. En pocas palabras la mata de coca aquí ha sido el estado.[5]

Esa noche nos quedamos en uno de los tres hoteles de Orito. Es un pequeño edificio de ásperas baldosas, paredes blancas y algunas plantas, que huele a limpiador floral barato. No vamos a cenar afuera, solamente comemos unas manzanas y tomamos jugo, pues lo más recomendable es acentuar la dieta los días anteriores a la ceremonia para facilitar el paso de la ayahuasca por el estómago. Cada habitación tiene dos camas así que nos repartimos en parejas y yo comparto el cuarto con mi padre. Antes de dormir, él enciende la televisión como es su costumbre desde que lo conozco. Yo trato, sin éxito, de avanzar en mi lectura de Las Cartas de la Ayahuasca, una serie epistolar con la que William Burroughs y Allen Ginsberg dan cuenta de sus correrías en Colombia, Panamá y Perú durante la primera mitad de los años cincuenta. Pocos minutos después, escucho los suaves ronquidos de mi padre. Tomo el control del televisor y bajo el volumen cuidando en dejar un sonido perceptible para no despertarlo. Observo el gesto de vulnerabilidad en su cara, expuesta a la luz blanca del televisor. Sus arrugas se acentúan como esas pequeñas comisuras de un tronco que la lluvia y el viento van formando poco a poco. Intento recordar su rostro cuando estaba joven, pienso durante unos minutos en la muerte y en el inevitable temor que se antepone a su aceptación. Comprendo que cuando lo tome, el yagé me hará regresar a esa fuente de angustia.

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Al día siguiente nos levantamos y nos preparamos temprano. A las diez llega Luis, uno de los asistentes del Taita Querubín, en una vieja camioneta Ford bien equipada para la trocha. Calvo, de rostro bonachón y ojos negros, Luis nos sonríe y le da un abrazo a cada uno de nosotros, como si nos conociera desde antes.

—¡Qué maravilla! Toda una familia que viene a tomar remedio. —Sentencia. Suban sus maletas y acompáñenme a buscar unas cosas para la casita.

Yo prefiero viajar en la parte trasera de la camioneta para tomar un poco de aire. Pasamos rápidamente por el mercado, subimos un kilo de naranjas, cinco garrafas de agua y varios bultos de verduras. Luego vamos a la plaza, donde recogemos una pareja que también viene a la ceremonia y salimos de ahí. La trocha que se adentra en la selva no es tan hostil como uno podría imaginarse. De hecho, los caseríos aledaños están bastante bien conectados a pesar de los problemas de agua potable y electricidad que vive la comunidad varias veces al año. Al atravesar uno de los tres puentes que dejamos atrás, veo un grupo de colegiales que caminan, probablemente hacia sus casas. Uno de ellos saca un smartphone y me toma una fotografía, mientras mi figura va alejandose en la camioneta. Pienso en hacer lo mismo, pues los jóvenes conforman un bello cuadro vespertino junto a la espesura y el río abajo, pero al final me arrepiento.

***

Foto por Camilo Rodríguez

Foto por Camilo Rodríguez

A juzgar por la posición del sol es mediodía cuando llegamos a la casa del Taita, una finca rodeada de árboles de más de cincuenta metros de altura que se encuentra junto a una especie de ciénaga. La humedad es tal, que en cuestión de diez minutos estoy empapado en sudor. Bajamos las maletas, la comida y entramos al hermoso terreno, de aproximadamente una hectárea de extensión. El espacio está dividido entre un alojamiento grande, una cocina al exterior con dos comedores, unos inodoros para el baño y una zona cubierta junto a la pradera, lugar que parece destinado a las fogatas y reuniones. En la parte posterior hay una casona donde los artesanos exhiben sus collares, pulseras, una bella pedrería y algunas prendas de ropa con diseños alternativos. Al lado, un hermoso lago da hacia un follaje verde y profundo que no termina nunca. Un zumbido constante, provocado por millones de insectos y animales, vibra alrededor y envuelve toda el área.

El alojamiento es un amplio espacio cubierto con un techo de zinc que intensifica el calor al recibir el impacto del sol. Tiene unas sesenta hamacas colgadas, unas junto a otras, divididas en dos hileras que marcan la separación entre hombres y mujeres. Mi padre saca de su morral una hamaca industrial que me pasa y me ayuda a colgar de ambos lados. luego, yo le devuelvo el favor. Me detengo varias veces para secarme el sudor, o siquiera para escurrirlo. Del otro lado, mi madre, mi cuñada y su amiga realizan la misma operación. Finalmente, cada uno se acuesta en su hamaca para probarla. Por un momento me pregunto cómo será pasar la noche en el mismo espacio con decenas de desconocidos bajo el efecto de la ayahuasca. Me consuelo pensando que en situaciones así uno abandona sus manías y, por simple pragmatismo, regresa a su funcionamiento más natural.

***

La reunión comienza hacia las tres de la tarde. Somos unas cincuenta personas, sobre todo colombianos. Hay también algunos ecuatorianos, argentinos, un par de australianos, estadounidenses y, desde luego, venezolanos. De todos ellos podría decirse, a priori, que son viajeros en busca de sensaciones y experiencias profundas, en su mayoría personas de carácter sereno, comprendidos entre los 25 y los 50 años y tienen una clara inclinación hacia la espiritualidad. También nos acompañan algunos familiares del Taita, miembros de la etnia Cofán y varios ayudantes para la ceremonia. Todos estamos reunidos en el prado, frente al alojamiento. La noticia del día es la llegada de Querubin Queta Alvarado, el reconocido chamán y respetado líder social de 106 años de edad cuya sola presencia es un símbolo tan poderoso que funge como bisagra entre campesinos, pueblos indígenas y agentes del gobierno comunitario. Según Luis, el Taita no tardará en llegar, pues el avión que lo lleva a Puerto Asís ya había despegado.

—Buenas tardes para todos —empieza el Taita Oso, un hombre afable, alto y corpulento que lleva muy bien su sobrenombre y viste una camisilla blanca y un collar repleto de semillas y adornos de chaquiras—. Hoy estamos reunidos para tener nuestra ceremonia de yagé con el taitica Querubín, el mayor de los cofanes.

En ese momento, me percato de que mi cuñada, Stephanie, y su amiga, Lindsay, tendrán problemas para comprender lo que dice el hombre, pues a duras penas articulan frases en español. Entonces, comienzo a realizar una traducción simultánea bastante limitada por mi inglés mediocre.

—En el campamento contamos con todo lo necesario para brindarles una buena asistencia durante la toma. Cualquier cosa que necesiten pueden consultarme a mí o a otro ayudante de la casa —continúa el Taita Oso.

—Les recordamos a las mujeres que tienen o tuvieron recientemente su luna, consulten con la abuela y se den un baño especial con hierbitas si quieren participar de la ceremonia… Comenzaremos en las horas de la noche, mientras tanto pueden descansar en las hamacas —culminó.

Brevemente, explico a Stephanie y Lindsay algo que seguramente mi hermano ya les había advertido: la tradición de la ayahuasca quiere, en algunas tribus como la cofán, que la mujer se abstenga de tomarla cuando tiene su menstruación. Según varios chamanes y ayudantes de los rituales, eso se debe a que la presencia del flujo sanguíneo en el cuerpo de la mujer lo calienta de tal manera que sus emisiones de temperatura y su carga energética —con el mismo principio termodinámico en que se basa la práctica del reiki— ejercen un efecto negativo sobre el Taita. Sin embargo, también he oído decir a otros practicantes de los rituales de ayahuasca, menos afianzados a la tradición ancestral, que las razones de esta proscripción pasan por relaciones de poder y dinámicas de dominación patriarcal.

Stephanie y Lindsay se van inmediatamente hacia el alojamiento, por lo cual entiendo que alguna de ellas, o quizás ambas, tienen su período en esos días. El sol se esconde tras las montañas y la ceremonia no tarda en comenzar.

***

La ayahuasca es un bebedizo de color marrón preparado a partir del arbusto de la Chacruna (Psychotria viridis) y las lianas del Bejuco de oro (Banisteriopsis caapi). Es difícil precisar el momento exacto de sus primeros usos, pero el reporte más antiguo de las ceremonias está registrado en La historia de las misiones de la compañía de Jesús, un informe escrito por el teólogo e historiador español José Chantre y Herrera, en 1637. Su nombre en quechua, ayawaska, significa “la soga de los espíritus” y evoca un mito de diferentes cosmovisiones amazónicas según el cual esta medicina posee una soga que permite al espíritu salir momentáneamente del cuerpo sin perder su vínculo esencial.

Producto de una juiciosa cocción líquida, la bebida toma la textura espesa de un jarabe de color marrón pero se diluye en agua para facilitar su ingestión. Cuando no se combina con miel, su sabor es extremadamente amargo y puede ser difícil de tragar. Su poder psicotrópico viene de una sustancia vegetal llamada Dimetriltriptamina, conocida como DMT —que puede conseguirse en forma de polvo para fumar, con un potente efecto alucinógeno de poca duración—. Según el psiquiatra norteamericano Rick Strassman, el DMT se produce naturalmente en el cuerpo humano —en la glándula pineal—, especialmente en momentos de umbral como el orgasmo y la muerte[6]. En un sentido estricto, la ayahuasca no es una sustancia alucinógena, sino enteógena, esto quiere decir que las visiones provocadas por ella son percepciones internas —no externas— y se producen al tener los ojos cerrados. Este poder evocador e introspectivo recuerda el espléndido pensamiento de Jung: La iluminación no se alcanza fantaseando con figuras de luz sino haciendo consciente la propia oscuridad[7].

La ayahuasca es una puerta de entrada hacia una experiencia metafísica, es la intersección entre lo biológico y lo trascendental, así como una fuente extraordinaria de autoconocimiento. Sin embargo, sus atributos demandan un uso responsable, en condiciones apropiadas, y con el respeto que merece una planta de semejante potencia. Utilizada en tratamientos contra la depresión y el alcoholismo, la planta despierta por igual las dudas, las angustias y los miedos más profundos arraigados en la psique de un ser humano. Quizás debido a esto, también Jung solía advertir después de sus estudios con LSD y mescalina: Ten cuidado con la sabiduría que no te has ganado[8]. Desde luego, la ayahuasca no es una panacea. Tampoco se trata de una solución permanente a todos los conflictos internos de una persona. Al contrario, es más bien una exposición, una revelación de tales conflictos. Por esta razón, la claridad del propósito y la convicción son fundamentales para tener una experiencia enriquecedora y provechosa.

Hacia las nueve de la noche aparece el Taita Querubín. Es un hombre moreno, pequeño, de ojos semirrasgados, un rostro amable y pueril que me hace pensar en un bebé oriental. Demuestra esa vejez tenue que acompaña a los varones a partir de los setenta años y permanece plasmada en su cuerpo por el resto de sus días. Viste varios collares, entre ellos uno compuesto de dientes de tigre. Su cabeza está adornada con un hermoso penacho de plumas coloridas. Todo está listo, y después de una oración conjunta en la cual nos deseamos una hermosa ceremonia y mucha fortaleza, comienza el ritual.

Se forman dos filas, una de hombres y otra de mujeres. A la cabeza de cada una se ubican los asistentes o allegados de la comunidad Cofán, seguidos de las personas que ya han bebido ayahuasca en otra ocasión. Al final van los primerizos, como mis padres y Lindsay. Mientras espero en la fila comienzo a sentir un vacío punzante en la boca del estómago, esa profunda sensación de nerviosismo que me aborda cuando voy a presentar un examen importante, cuando voy a entrar en contacto con una mujer que me gusta mucho o segundos antes de lanzarme por un tobogán. Esta ansiedad me embarga porque la ayahuasca siempre entrega una experiencia nueva, majestuosa o demóniaca, y nunca se sabe con seguridad qué va a ser. Trato de pensar en otra cosa, intento concentrarme en la pregunta, el propósito, o el asunto esencial de mi vida que quiero indagar y comprender tras la ingestión del bebedizo. Pienso en mi presente y decido preguntarle al Yagé si estoy en el lugar indicado o si debo buscar otros horizontes.

En el centro del alojamiento, el Taita Querubín y el Taita Oso ofrecen la medicina. Avanzo poco a poco hasta llegar a los chamanes. El Taita Oso sirve un poco menos de media taza en una totuma de madera y el Taita Querubín bendice con oraciones y conjuros el recipiente antes de ponerlo en mis manos. Lo recibo respetuosamente y lo bebo de un solo trago. Su amargura es tan impresionante que retuerce mis nervios, me pone la piel de gallina. Tomo un poco de aire y salgo del alojamiento de inmediato. Siento un mareo que me hace tambalear al dar los primeros pasos y recuerdo el incomparable poder embriagador de la bebida. Busco un cigarrillo en el bolsillo de mi saco para espantar el sabor de mi boca. Levanto la vista e intento ver las estrellas pero una gran nube lo impide. Luego de encender un pielrroja me dirijo con cuidado hacia el descampado.

***

Ya en la pradera veo a mi padre calentando sus manos frente a la fogata. Me acomodo junto a él, y le pregunto cómo está. Responde que bien, que solo siente un leve mareo. Al poco tiempo se nos une mi hermano, que viene con una sonrisa dibujada en la cara. Durante varios minutos los tres nos quedamos hipnotizados observando el fuego, esa inacabable fuente de crepitaciones y magia, como años antes permanecimos noche tras noche frente al televisor después de cenar. Era un silencio parecido, quizás menos fraternal y sincero que el de ahora.

Dos jóvenes llegan y se sientan en un tronco que yace acostado delante de nosotros. Uno de ellos saca su armónica y empieza a sonar una melodía sutil y dulce. Pienso de nuevo en mi padre, que hace poco volvió a ser papá ya que, como expliqué antes, su novia dio a luz a Sofía, una hermosura que ya tiene casi dos años de edad y que, más que mi hermanita, yo la veo como a mi ahijada. Me resulta hermoso y noble que mi madre, lejos de una reacción previsible, no solo haya aceptado sin problema ese hecho, sino que además haya consagrado una relación de amistad tan fuerte con mi padre y su novia después de su separación. Es una fortuna tenerla con nosotros en este viaje familiar y ver el amor tan especial que le profeza a Sofía, un amor semejante al que siente por sus propios hijos —mi hermano y yo—. Entonces la veo llegar justamente a ella, mi madre, desde el alojamiento. Seguramente acaba de beber y debe estar sintiendo los primeros efectos de “la chuma”, como muchos llaman a la borrachera de la ayahuasca[9].

—Hola, má. ¿Cómo vas? —pregunta mi hermano.

—De maravilla, mi amor —responde—. Deberían ponerse algo más abrigado y venir a dar una vuelta —Nos invita a los tres.

Me parece una buena idea. Al levantarme, el mareo es más leve que antes pero ya siento el yagé circulando por mi estómago, removiendo lugares insospechados de mis intestinos y mis tripas. Mientras paseamos los cuatro en grupo, vamos conversando un poco. Mi padre repite que no siente nada extraño por el momento, apenas una leve impresión de ebriedad. Mi madre, en cambio, está muy animada y habla de la hermosa noche pese a que el cielo sigue bastante nublado. Vemos a muchas personas caminando directamente hacia sus hamacas, y algunos pocos saliendo a buscar el aire y el calor de la fogata. El sonido de los insectos sigue latente, como un telón de fondo que mantiene la atmósfera selvática y el olor de la humedad en el aire.

Llegamos al lago que está frente a la casona de los artesanos. Entonces viene Stephanie, que se había quedado hablando con la joven australiana después de la primera toma. Nos cuenta que Lindsay está en su hamaca y dice no haber sentido nada de nada. Sin embargo, Stephannie y mi hermano la conocen bien, aseguran que una experiencia como esta la puso frente a algo que no puede controlar y eso la asusta tanto que se ha refugiado en la negación.

—¡Hijos, Hijos! ¡Miren allá arriba! —exclama mi madre casi gritando.

Levantamos la cabeza y nos encontramos con una asombrosa bóveda de un negro profundo que parece espolvoreada con esquirlas doradas. Las nubes han quedado atrás y ahora los astros brillan con tal intensidad que mis ojos comienzan a tejer visiones. Serpientes coloridas sobrevuelan el cielo a la velocidad de una estrella fugaz. Fascinada, mi madre ríe de contento. Por un segundo me pregunto si comparte conmigo la alucinación que me deslumbra.

—¡Miren, hijos! ¡Miren! —Repite, pero esta vez viene uno de los asistentes del Taita y nos advierte que hablemos más bajo porque muchas personas están descansando en el alojamiento. Mi madre se disculpa con el rubor de un niño que ha hecho una travesura. Luego se frota los brazos, trata de cubrirse más con el manto que lleva puesto y nos repite que vayamos a ponernos algo para el frío.

—Ella es la que tiene frío y ya nos hizo abrigar a nosotros —responde mi padre.

Todos reímos, tratando de hacer el menor ruido posible. En ese momento siento un leve retortijón en el abdomen y comprendo lo que eso significa. Le aviso a mi padre que voy a vomitar y me interno en el follaje, cuidando de usar mi linterna para hallar un lugar apropiado. Encuentro unos arbustos pequeños a unos cuantos metros del lugar y me pongo en cuatro patas. Las palmas de mis manos se mojan al tocar la hierba. Oigo en los alrededores a otras personas que ya están vomitando. Una extraña emanación tenebrosa me rodea. Miro hacia el suelo y advierto una vieja alucinación que me alteró mucho durante mis primeras ceremonias de yagé: es una mujer que lleva un vestido largo y el cabello suelto. De repente, la mujer abre sus ojos y desde todos sus poros comienzan a brotar millones de gusanos que se revuelven, amenazantes. Pese a la potencia de la visión, me calmo fácilmente porque ya conozco esa alucinación y no puede asustarme de nuevo. Entiendo que ha empezado el proceso en que los neurotransmisores de la ayahuasca se activan en mi cuerpo y una lucha psicológica de mi mente contra mis propios miedos —desde los más superficiales hasta los más vívidos—se va a librar durante las próximas horas.

Un potente chorro de vómito sale disparado desde la boca de mi estómago y cae en la base de los arbustos, salpicando un poco mis manos y mi mentón. Entonces siento una música primitiva, muy similar a la producida por el birimbao —o arpa de boca—, envolviendo los rincones de mi mente. Me hago consciente de los pixeles o puntos microscópicos que componen las imágenes que observo. Veo surgir y desaparecer sucesivamente por cada uno de esos puntos unos signos tribales semejantes a los escarabajos. De pronto me sorprendo a mí mismo diciendo sucesivamente palabras en inglés y francés, lenguas que conozco pero que no utilizo naturalmente. Mi ritmo cardiaco se acelera y entonces recuerdo mis primeras ceremonias, en especial una con el Taita Universario Queta, chamán de la misma etnia, quien me dio un consejo y me reveló una verdad a la cual me aferro como un amuleto en momentos difíciles: “Siempre hay que estar parado en la raya, amiguito…” me dijo una noche como aquella en que no podía sobreponerme a la sugestión de mis alucinaciones y estuve tiritando y lanzando leves quejidos durante horas. En esa misma ocasión, horas más tarde, Universario me descubrió un secreto que a la vez es un dato sencillo y una verdad esencial: Ti suiyivi, me dijo, al calor de la fogata, lo que en su lengua natal se traduce como “Estoy solo”.

Me reconforta pensar en la presencia espiritual de varios chamanes, ancestros y parientes de la comunidad Cofán, intuyo sus fantasmas revoloteando por toda la casa y protegiendo la ceremonia. Recuerdo que el término “chamán” —que proviene de una etnia siberiana y se asimila a la palabra pajé—, significa “el hombre que encarna toda la experiencia”[10] y entiendo, o creo entender, que en las experiencias rituales la colectividad reencuentra su unidad y todos somos uno.

Entonces una segunda contorsión me empuja a vomitar. Esta vez expulso el resto del líquido que había ingerido. En ese momento percibo la dilatación de mis pupilas y comienzo a visionar la imagen de varias personas, una encima de otra, como si fuera un collage infinito y en movimiento. Comprendo que son personas que se encuentran en otros espacios y momentos, no los logro identificar pero entablamos una estrecha conexión, un vínculo profundo que rebasa los sentidos y se parece a eso que Jung llamaba la percepción extrasensorial.[11] En resumen, siento como si mi cuerpo fuera un órgano más del macrocosmos conformado por ese grupo de gente. De pronto la visión se deshace y da lugar a otra más potente: distingo una inmensa central tecnológica en donde cientos de seres humanos sentados en sillas, rodeados por computadores y pantallas se encuentran ensamblados a una serie de dispositivos electrónicos. Todos tienen la boca completamente abierta, que está ocupada por una ancha sonda magnética y los conecta con los aparatos. Sus ojos también permanecen abiertos, percibiendo las gamas multicolor de un prisma que sale de las pantallas y los mantiene en estado de alienación. Unos tratan de hablar pero sus bocas están completamente llenas, saturadas, sin espacio alguno para articular palabra.

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***

No estoy seguro de cuánto tiempo transcurre mientras permanezco postrado en cuatro patas. Calculo que pasan entre veinte minutos y media hora. Escupo los últimos rezagos de líquido en mi paladar. Siento que vienen desde lo más hondo de mis entrañas, que siguen removiéndose y dan paso a un inmenso alivio. Entonces el olor a tierra me parece más profundo que nunca. Respirar por la nariz o por la boca se ha vuelto delicioso, pues el frescor del aire es tan dulce como antes fue amargo el brebaje. En ese momento oigo un canto que se acerca poco a poco, y aparece el taita Oso. Ese hombre enorme, de figura imponente, pasa delante de mí y sopla un sahumerio de hierbas en mi cara. Luego canta un rezo y su voz llega a lo profundo de mi angustia y la apacigua. Enseguida mi madre pasa a ver cómo estoy y, desde el suelo, le hago entender que todo va bien y le pido que me deje solo. Hago un esfuerzo para mirar a mi padre, a lo lejos, que también recibe el mensaje. Sigo postrado un buen rato. Me siento ligero y tranquilo. Una reconfortante brizna me espolea. Vuelvo a oír el amable zumbido de los insectos. Al fondo, la suave música de la armónica conserva la atmósfera ritual —y yo pienso que es la calma que sucede a la tormenta—.

Después de unos minutos me limpio la boca, me incorporo y regreso con mis padres, que han vuelto a sentarse junto a la fogata. Mi madre luce cansada. La abrazo, le repito que no hay de qué preocuparse y me disculpo por haberla alejado hace un rato. Soy consciente de una leve repulsión que me provocan su instinto y su fuerte apego maternal. Ella me cuenta que vomitó y se siente mejor, pero dice que no quiere irse a dormir sabiendo que nosotros seguimos despiertos. Agrega que Stephannie se fue a recostar en la hamaca y que Lindsay por fin sintió el efecto de la bebida.

—La niña está contenta, está hablando con la abuelita, la esposa del Taita —me dice.

—Tu hermano ya vomitó la segunda y ahora va por la tercera —anota mi padre, inquieto. Lo miro a los ojos y sonrío. Alcanzo a percibir la música de una guitarra que proviene del alojamiento.

Dejo atrás a mis padres, que continúan hablando entre ellos. Doy unos pasos y me doy cuenta de que he recuperado el equilibrio. Al entrar en el recinto admiro la luz tenue de varias velas que ilumina el lugar con un fulgor naranja. Hay un grupo de seis personas conformando un semi-círculo alrededor del Taita Querubín. Mi hermano y Stephanie están entre la audiencia. Un joven que luce una cola de caballo y viste una ruana de lana dirige la melodía con su rasgueo galopante. De pronto, su canto nítido y afinado esparce un buen ánimo en el lugar. Su canción es de una belleza inocente, de una poesía hermética como la de tantas canciones fraternales que se entonan en las ceremonias religiosas:

Busco caminos colmados que sean directos,
los pastos creciendo, los bosques mojados, todo en perfección.
Tierras que marcan los pasos, no existen fronteras
y abres las puertas de tu percepción
Cuando llegue la tormenta, a tus raíces vuelve
sembradas soportarán la conmoción.

Por un momento siento que el ritmo de la música envuelve todo el lugar, como si la energía de las personas que están allí, aunque reposen en sus hamacas, aunque apenas se enteren de lo que sucede, se uniera en una poderosa tonada ceremonial. Mi hermano canta animado, Stephanie sonríe y aplaude. La temperatura de mi cuerpo aumenta y siento un golpe de ebriedad creciendo adentro de mí. El aura del Taita alcanza una intensidad increíble, su presencia irradia una devoción para mí desconocida hasta entonces. De pronto empiezo a zapatear y la alegría me invade por completo. Por fin entiendo que la comunión de las gentes en torno al ritual no es solo una idea romántica, que los cuerpos realmente entran en la misma frecuencia gracias a la música y al canto.

De pronto, el Taita Oso llega al alojamiento y el Taita Querubín se levanta muy despacio con la ayuda de un asistente. Ambos se reúnen en la esquina donde hay una olla grande con la preparación de ayahuasca y comienzan a servir otra toma. Varios se dirigen a recibir el remedio mientras el joven de la cola de caballo no para de tocar la guitarra. Mi hermano invita a Stephanie pero ella se niega. Luego me mira a mí. Yo no quiero ir pero en el fondo sí quiero. Finalmente me decido y lo sigo. Lo observo beber con un poco de dificultad, espero hasta que el Taita Oso me llama. El hombre me sonríe paternalmente, me sirve una taza, esta vez menos llena que la anterior, y me la vuelvo a beber de un solo trago. Entonces recibo las bendiciones del Taita Querubín y regreso donde estaba para seguir disfrutando la música.

Algunas personas se levantan de las hamacas y van por su segunda toma. Mientras hacen la fila, observo a Lindsay, que charla con mi madre en el espacio femenino del alojamiento. Mi hermano está sentado en posición de flor de loto, justo frente a mí. Tiene los ojos cerrados y una sonrisa en la cara. Yo lo imito. Se escucha el sonido de una armónica irrumpiendo en la habitación. Su acompañamiento a la guitarra es melodioso, amable al oído. Paso algunos minutos concentrado en la música, respirando lentamente, esperando una alucinación o el momento decisivo del alivio.

***

El retumbe de unos pasos que se alejan me saca del trance. Abro los ojos. Mi hermano se ha ido. Ya no queda frente al Taita Querubín más que el Taita Oso y el joven de la cola de caballo, ambos en una actitud de sosiego y recogimiento. Entonces siento el regorgitar del brebaje en mis intestinos. Al levantarme tambaleo y, de no ser por una viga que se alza a mi lado izquierdo y detiene mi caída, me hubiera estrellado aparatosamente contra el suelo. Me incorporo como puedo y salgo al descampado, hacia el mismo lugar donde vomité la primera vez.

El clima ha disminuido bastante y presiento que la bóveda celeste está totalmente despejada. Incluso los insectos y las plantas parecen descansar frente a la pesadez de la noche. Deben ser las tres o cuatro de la mañana. Al acurrucarme siento el borbollón que sube por mi estómago, mi garganta y termina en la base de unos arbustos. Respiro profundo y me fuerzo un poco a expulsar el resto de líquido que sigue dentro de mí. No muy lejos de allí oigo a otra persona vomitando y levanto con esfuerzo la cabeza para confirmar mi hipótesis: es mi hermano.

Entonces una vívida alucinación se apodera de mí. Veo colores bailando en forma de serpientes –no muy distintas de los alebrijes— que van y vienen, salen de mi boca, vuelven a entrarme por una oreja, luego salen por la otra y regresan por mis fosas nasales. Maravillado, trato de abrir los ojos pero entiendo que esta vez la lucha será más fuerte. Caigo al suelo y vomitó repetidamente pequeñas cantidades. Al fondo, escucho los cantos rituales y las bendiciones del Taita Querubín, pero también distingo la voz de mi hermano, que murmura cosas incomprensibles, como si hablara otra lengua. Durante varios minutos trato de levantarme un poco pero el mareo, la lluvia de imágenes y la borrachera me mantienen a raya. Me sorprendo bostezando, vomitando, riendo y llorando casi simultáneamente.

Entonces oigo la voz de mi madre acercándose. Entiendo que se dirige a mi hermano y al no obtener una respuesta de su parte continúa solicitándolo:

–David, responde, David.

–Despierta por favor, David.

–Pipe, ¿Cómo estás, hijo?

–Hijo, responde por favor.

El tono ascendente y chillón de sus palabras me hace comprender que está muy preocupada. Volteo a ver y creo reconocer a mi padre a un lado y a mi hermano acostado boca abajo. No puedo estar muy seguro porque además de ser miope, me encuentro a varios metros de distancia, pero comienzo a sentir temor cuando escucho que mi madre va a llamar al Taita porque David no reacciona. Mi padre se percata de mi presencia, se acerca y me pregunta si estoy bien. Asiento con la cabeza y cuando voy a preguntarle por mi hermano no logro musitar palabra. Una segunda oleada de mareo y visiones me asalta, agacho mi cabeza nuevamente y cierro los ojos.

Por un momento cuya duración desconozco no oigo nada de lo que sucede a mi alrededor, como cuando estalla un petardo y después solo escuchas un silbido agudo y continuo. La imagen de una telúrica batalla hace aparición en mi mente: el nacimiento de mi hermanita ocurre en vivo y en directo frente a mí pero luego siento que sucede adentro de mí, como si yo la estuviera pariendo, como si todo el universo la estuviera pariendo en conjunto. El ritmo de mi respiración aumenta de nuevo e imagino el parto como una experiencia límite entre la vida y la muerte. Entiendo –o creo entender– cómo la madre ofrece su vida en un tributo de amor infinito que da lugar al milagro de una nueva existencia.

Por un instante logro desconectarme de esta visión y tomo aire, pero justo en ese momento veo a mi hermano tendido en el suelo. A su lado, el Taita Oso ejecuta fuertes rezos y echa humo de sahumerios sobre él. Entonces recibo toda la angustia de mis padres y la siento en mi propia piel: mi pánico llega al paroxismo cuando concibo la idea de que mi hermano ha sufrido un infarto y el Taita está tratando de revivirlo a unos cuantos metros de mí –y yo no puedo siquiera moverme. Imagino lo que vendrá después de esto: escándalos por el uso de la planta, la culpa por la permisividad de mi familia, las exequias, el funeral… Desde lo profundo de mi horror, recuerdo que mi hermano nos manifestó varias veces que su última voluntad sería donar sus órganos a algún un paciente en espera y que su cuerpo fuera enterrado en la base de un frondoso árbol. De pronto, la alucinación intrauterina del parto de mi hermana regresa con toda su fuerza. Sin embargo, esta vez no siento amor, sino sufrimiento y la desesperación se apodera de mí. Comienzo a relinchar como un caballo, hago fuerza con todas las extremidades y lanzo quejidos de angustia. Entonces veo la cabeza de mi hermana saliendo de las entrañas mismas de la tierra, oigo su agudo llanto de recién nacida, y paralelamente siento que mi hermano acaba de exhalar su último hálito y ahora su espíritu vuela hacia la espesura. Rendido, pongo mi cara contra el césped mojado y me dejo caer por completo.

***

En un estado de umbral entre la vigilia y el ensueño, siento la presencia de mi hermano, siento su alma manifestándose desde unos árboles que se encuentran a unos tres o cuatro metros de mí:

–Hermano, no te puedes morir así, no es justo con nosotros.

–La muerte es la ley natural de las cosas, la impermanencia –responde su voz.

–¿Por qué contigo todo tiene que irse al extremo?

–Es la vida. No hay puntos medios en la vida, todo es perfecto. Desde que venimos sabemos que nos vamos a ir, pero la seriedad que le ponemos a nuestros propios juegos nos distrae de lo esencial.

El sonido de unas leves pulsaciones que van aumentando y provienen de las profundidades de la tierra me saca de mi enajenación. Tengo los ojos entreabiertos, la oreja izquierda contra el césped y aquellos latidos incesantes me llevan a pensar en el corazón, ese pequeño motor que nunca se detiene, que acompaña la existencia humana de principio a fin. Ya no escucho la voz de mi hermano desde la espesura del follaje. Abro los ojos, me incorporo lentamente y con mucho trabajo. Me percato de que el amanecer ha derramado su claridad sobre todo el campamento. Deben ser las cinco o seis de la mañana.

Allí donde lo vi por última vez, mi hermano está sentado hablando tranquilamente con mi padre y Stephanie. Luce tan agotado como yo y tiene el rostro pálido. Varios asistentes se pasean por el descampado, algunos comentan su experiencia de la noche anterior. El sonido de los pájaros tempraneros nos saluda y el rocío comienza a secarse bajo la luz del sol. El Taita Oso llega al descampado y nos avisa que la curación colectiva comenzará dentro de cinco minutos. Voy al encuentro de mi hermano y juntos nos dirigimos hacia el lugar donde antes estuvo la fogata. No me animo a decirle nada, pero presiento que él también vivió esa intensa conexión a su manera.

Minutos después, las casi sesenta personas que asistieron a la ceremonia nos acomodamos en un gran círculo. El Taita Oso nos pide retirarnos los abrigos para dejar que el sahumerio, la hoja de ortiga y el agua bendecida hagan lo suyo. Luego inicia una plegaria colectiva de agradecimiento por el buen desarrollo de la ceremonia. Entonces, tras una serie de conjuros y oraciones en lengua cofán, el Taita Querubín pasa soplando el humo del copal y el palosanto en el rostro de cada uno de los presentes, y después escupe gotas de un líquido fresco en el cual se distingue la menta y la hierbabuena por el olor que dejan sobre la piel. El Taita Oso y dos de sus asistentes pasan realizando rezos y cantos que se entremezclan en el aire. En mi abdómen, las tripas se remueven y siento su vibración. Ver a mi padre, a mi madre, a mi hermano y su esposa, me produce una profunda emoción. Las lágrimas brotan de mis ojos y reflexiono sobre la ayahuasca como ritual terapéutico. Al igual que el psicoanálisis, la  terapia familiar por medio del teatro o las sesiones de charla grupal en familia, el yagé favorece una mejor comprensión y comunicación a partir del conocimiento de uno mismo y de sus propios límites. Entiendo que la ceremonia me permitió comprender un poco mejor mis apegos familiares, en especial la devota admiración hacia mi hermano, la función negativa de mi madre como ente transmisor de miedos y la relación de serena paridad con mi padre.

Al terminar la curación, se siente una ligereza y una calma especial en el ambiente. En el fondo y guardando las diferencias, me digo que el ritual implica los mismos principios que una típica reunión en occidente: ebriedad, emociones o tensiones fuertes pero momentáneas, comunión, liberación y catarsis. Mis padres, uno al lado del otro, lucen más serenos que mi hermano y yo. Trato de imaginar lo que una experiencia semejante les ha aportado en su relación de padres y amigos.

***

Cuando regreso al alojamiento, Stephanie y Lindsay vuelven del baño. Ambas lucen radiantes pese a las dificultades de la noche. Aparentemente la abuelita, esposa del taita, las ayudó a darse una segunda limpieza con ruda y otras plantas florales. Exhausto, como todos, busco mi hamaca y caigo dormido en menos de un minuto. Duermo sin interrupción durante varias horas, de las que solo recuerdo una resonancia de los ronquidos que expide mi compañero de al lado, los cuales no me impiden descansar plácidamente.

Al despertarme, tengo bastante sed. A juzgar por el calor y la posición del sol, debe ser la una o dos de la tarde. Agarro la cantimplora y bebo un largo trago de agua fresca. Me siento ligero y alegre. Mi padre se acerca y sin decirnos nada nos fundimos en un cálido abrazo. Me cuenta que mi madre por fin ha podido descansar y que sigue dormida como un lirón. Lo veo tranquilo, comprendo, sin que me lo diga, que anoche confrontó muchos de sus prejuicios sociales y miedos como padre. Entonces me pregunta si quiero comer algo porque están preparando el desayuno. Como no tengo ningún apetito, decido quedarme un rato más en la hamaca.

Ya despierto por el clima y el buen reposo, retomo uno de los libros que hay en mi mochila. Se trata de Las Enseñanzas de Don Juan. Intento encontrar alguna conclusión o epílogo para lo que vi la noche anterior, sin conseguirlo. Sigo un pasaje particular en el que Carlos Castaneda, ese desconocido antropólogo sudamericano que estudió y vivió buena parte de su vida en Estados Unidos, llega al cenit de su aprendizaje chamánico bajo la tutela de Don Juan, el poderoso brujo de la comunidad Yaqui de Sonora. En el fragmento, el maestro explica que la finalidad última de todas las prácticas chamánicas es la búsqueda del conocimiento. No obstante, advierte que el conocimiento está limitado por el tiempo y lo transitorio:

Ser hombre de conocimiento no tiene permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien, uno se hace hombre de conocimiento por un instante muy corto, después de vencer a los cuatro enemigos naturales.

Esos cuatro enemigos, explica Don Juan a su aprendiz, son una especie de etapas que recorre cualquier persona en su búsqueda existencial: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. Dichos obstáculos se superan desafiando su aparente solidez. Después de superar el miedo, hay que cuestionar la claridad, y luego hay que desafiar el poder, comprender su condición efímera e impersonal. Finalmente llega el enemigo implacable, la vejez:

(…) Si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan solo por esos momentitos en que logra ahuyentar el último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento, son suficientes.

Al terminar el pasaje, sigo presa de sus evocadoras palabras, y de pronto veo a mi hermano asomar su cabeza por un lado de la hamaca. Las hojas y las fibras del pasto aún abundan en sus cabellos, pero tiene la sonrisa de quien realmente ha descansado cuerpo y mente.

–¿Cómo estás, hermano? –me pregunta. ¿Vamos a comer algo, no?

 

 


 

[1] ONIC, Pueblos Indígenas en Colombia, consultado el 9 de octubre de 2018. https://www.acnur.org/t3/pueblos-indigenas/pueblos-indigenas-en-colombia/

[2] https://www.elespectador.com/noticias/nacional/los-guardianes-del-yage-acosados-una-petrolera-articulo-673366

[3] Consultado el 20 de octubre de 2018 en https://es.mongabay.com/2017/01/la-ganaderia-extensiva-esta-acabando-los-bosques-colombia/.

[4] Información actualizada en el artículo: https://www.elespectador.com/noticias/judicial/los-guardianes-del-yage-confinados-por-la-violencia-articulo-754137

[5] Tomada de https://www.las2orillas.co/a-2la-coca-no-es-el-unico-problema-que-padece-el-putumayo/ y consultada el 21 de octubre de 2018.

[6] Strassman, Rick, DMT The Spirit MoleculePark Street Press, Rochester,Vermont, 2000.

[7] La citación completa es : « La iluminación no se alcanza fantaseando con figuras de luz sino haciendo consciente la propia oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino.” JUNG, Carl, Las relaciones entre el yo y el inconsciente, Paidos, Madrid, 1973.

[8] Citado por el reconocido psicólogo Jordan Peterson en su entrevista acerca del uso de alucinógenos y sus riesgos. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=77lQpHaD43k

[9] En ecuador, la palabra “chuma” se refiere a cualquier tipo de ebriedad en un contexto familiar.

[10] THEROUX, Paul, En busca de la Ayahuasca y otros desvíos, ensayos y reflexiones, Almadía, Ciudad de México, 2019, p. 10.

[11] En una de sus múltiples teorías sobre los fenómenos metafísicos, Jung expone la posibilidad de una conexión extrasensorial entre individuos o entes, fenómeno que prefigura la relatividad del tiempo y el espacio a un factor determinante: la psique humana: “Como cabía esperar, se hicieron todos los intentos posibles por negar a fuerza de explicaciones esos resultados, que rayan en lo milagroso y en lo simplemente imposible. Mas todas esas tentativas se estrellaron contra los hechos: hechos que hasta ahora no han podido refutarse. Los experimentos de Rhine nos han enfrentado con el hecho de que hay sucesos que se relacionan experimentalmente, es decir, en este caso, significativamente, sin que sea posible demostrar que tal relación es de índole causal, ya que la “transmisión” no manifiesta ninguna de las propiedades conocidas de la energía. En consecuencia, incluso puede dudarse de que en realidad se trate de una transferencia”. En JUNG, Carl Gustav, La interpretación de la naturaleza y la psique: la sincronicidad como un principio de conexión acausal, Barcelona, Paidos, p. 35. Consultado el 9 de noviembre de 2018 y disponible en: http://www.formarse.com.ar/libros/librosJung/JungCarlGustavLaInterpretacionDeLaNaturalezaYLaPsique.PDF

 

Bibliografía

Antonin Artaud & Marc Barbezat, Apprendice à Les Tarahumaras, Decines20, Éditions l’Arbalète, 1963.

Castaneda, Carlos, Las enseñanzas de Don Juan, Fondo de Cultura Económica, México, 2017.

Escohotado Antonio, Historia Universal de las drogas, Espasa libros, Madrid, 1999.

Grobb, Charles, The psicology of the Ayahuasca, en Shannon, Benny, The Antipodes of the Mind, 2003, p. 63-94.

Jung, Carl Gustav, La interpretación de la naturaleza y la psique, Barcelona, Paidos, 1983.

JUNG, Carl, Las relaciones entre el yo y el inconsciente, Paidos, Madrid, 1973.

Obra completa de Carl Gustav Jung. Volumen 8. La dinámica de lo inconsciente: Sincronicidad como principio de conexiones acausales. Sobre sincronicidad. Página 436, § 849. Madrid: Trotta, 2004.

Metzner, Ralph, Sacred Vine of Spirits: Ayahuasca, Park Street Presse, Rochester, 2006.

Shannon, Benny, The Antipodes of the Mind: Charting the Phenomenology of the Ayahuasca Experience, Oxford University Presse, 2003.

Theroux, Paul, En busca de la Ayahuasca y otros desvíos, ensayos y reflexiones, Almadía, Ciudad de México, 2019, p. 10.

Burroughs, William, Las Cartas de la Ayahuasca, Anagrama, Barcelona, 2019.

Strassman, Rick, DMT The Spirit Molecule Park Street Press, Rochester,Vermont, 2000.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México
Ilustración de Karen Lara.

En memoria de Mary Oliver y Luna


Una exhortación a ser feliz

Desde que te has ido, anhelo
dormir sobre los nudos de tu vientre.
Te imagino hoy:
ondula tu cola en el aire, me sonríes,
corres detrás de mí,
jadeas
y bebo de tu agua invisible.

 

Mis pies sobre la bicicleta,
no quiero frenar nunca.
Pedaleo y tengo otra vez diez años.
Vuelvo a casa
con tu saliva en mi palma
tejiendo nuevas líneas de vida.

 

For now I must go on without you
pero alcanzaré mi muerte
y flotaré hacia ti en aguas de silencio:
you and me to the sea,
the rest of them to the grave.

 

Abro los ojos:
tu cabello es ceniza en mis dedos,
cae al mar.
Un pétalo blanco se resiste ante la sal.

 

 

La mascota de mi exnovio

Lo que pasó es mejor
en la memoria —una naranja compartida en la cocina,
un pedazo de pan, de esos que los perros
no pueden digerir pero que tragaste en silencio,
lamiéndote el hocico y con los ojos puestos en mí
con lo que yo siempre querré decir
que fue amor.

 

Quizá fue más lo nuestro
que mi relación con tu dueño:
bocados secretos en el desayuno,
las bienvenidas inquietas a casa
aún cuando no era mi hogar,
las búsquedas de Google en la madrugada
sobre tus manchas de vaca café y negra,
tus orejas de elfo triste como Dobby,
sobre cómo evolucionaste para tener pulgares,
unas garritas que no se mueven,
o un pelaje que se cae sin falla
de marzo hasta octubre.

 

Las siestas en el suelo
y aquella única vez secreta
cuando al quedarme sola en la cama,
subiste y lloré abrazada contra tu espalda.
Sentí de pronto que el mar estaba en tu pecho
y era un tambor, era un llanto más catártico
que el sexo.

 

Quizá quiero decir que lo amé
porque quiero pensar que el amor es una ecuación
que conjuga x, y, tiempo y misericordia.
Pero el amor conjuga todas las jícamas
que compré para ti en el súper, todas las veces
en las que me dejaste besar tu frente.

 

El amor era salir a pasear
y que tú no siguieras tu camino
hasta encontrarme —levantando las orejas,
moviendo la cola— asegurándote de que yo
siguiera avanzando contigo.

Ilustración de Karen Lara.

Ilustración de Karen Lara.

Instructivo para cuidar a Yuuki

Al perrito Yuuki no le gusta
estar solo. A mí tampoco:
cuidarlo en casa ajena resulta un acto
de amor propio.

*

1. El perrito Yuuki gusta de dormir desnudo.
2. El perrito se dedica a dormir casi todo el día.
3. Al perrito hay que obligarlo a comer y tomar agua.

*

Cuando pienso en Yuuki
pienso en la muerte,
pienso en cómo habrá sido
el final para mis perros
y en cómo será para Yuuki la vida
en repeticiones de tres:
pasear, comer, dormir.

 

Hay poco espacio
en sus ánimos
para jugar con el agua.
Me ve cargar la tristeza
y el vértigo,
quisiera echarse a correr
sin voltear atrás.

 

Me deja compartir con él la cama
y me pregunto por qué las actividades de un perro
son las mismas
que las de una persona como yo.

 

Quisiera saber cómo hace Yuuki
para que su vida
no atienda a los síntomas
de un cerebro ocupado
sick of craving, sick of losing,
cansado de perder el apetito.

*

1. La persona depresiva gusta de aislarse.
2. A la persona depresiva no la emociona un nuevo día.
3. Un perro vive quince años; tiene más suerte que los seres humanos.

*

Dime que todo estará bien, le pido a Yuuki.
Dímelo otra vez.

 

Tenemos el mejor acuerdo de todos.
Cada que se lo pregunto
él me responde.
Todo estará bien.

Ilustración de Ana Karen Lara.

Ilustración de Karen Lara.

 


Autores
(Tijuana, 1995) Es licenciada en Escritura Creativa por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue librera, becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2022-2023) y residente de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (2019-2020). Actualmente es editora de la revista Casa del tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana. También coordina círculos de lectura y talleres de escritura. Ha publicado dos poemarios: Hipocampo (Dharma Books, 2021; Isla elefante, 2025) y Algo tibio que matar (El toro celeste, 2025).

Ilustrador
Karen Lara
Licenciada en Diseño Gráfico. Vive en la Ciudad de México. Es apasionada de la ilustración y la caligrafía. Disfruta de trabajar con vectores y experimentar con distintos estilos y técnicas.
El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.

 

“Los vuelos espaciales son un simple escape, una fuga, porque es más fácil ir a Marte o a la Luna que conocerse a uno mismo.”

–Carl Jung

 

 

19 de julio de 1972. 23:53.

Mañana se cumplen tres años del alunizaje del Apolo 11 y de la caminata de Buzz Aldrin y Neil Armstrong. Jamás olvidaré las palabras que Buzz dijo al sentir el desierto monocromático: “Magnífica desolación.” La ansiedad de ver mañana a los tripulantes en la tele celebrando el aniversario no me permite dormir. El refrigerador hace un ruido extraño desde hace unas horas, pero no anticipé que sería gran problema. Con la intención de ser más preciso, no es la ansiedad, sino el suspenso.

¿En dónde se presentará Buzz mañana? ¿Usará la misma corbata que el año pasado? ¿Habrá desfile en Houston? Seguramente en Nueva York. Debí revisar la programación. Y también el refrigerador, pero ya es muy tarde para eso.

 

20 de julio de 1972. 01:15.

Me levanté de la cama para callar al refrigerador. Se escucha un zumbido como si hubiera una abeja atrapada. O una mosca. Sí, es una mosca lo que se escucha desde dentro. Cuando lo abrí, el ruido cesó.

Me quedé unos minutos perplejo, tratando de descifrar la causa, o tratando de hallar la abeja. No, no; me parece más probable la mosca. Lo que fuese. ¿El foco, tal vez? ¿Es esto un augurio? De súbito se me mostró la posibilidad. Así llegan las premoniciones, de golpe, si no, no lo serían, porque lo que crece gradualmente se puede anticipar con el mínimo esfuerzo. La tranquilidad que vivir en un rancho en Texas proporciona es a veces inquietante. Más cuando no se puede dormir. El ruido de una mosca se puede convertir en un martillo. Me hace recordar el poema de Dickinson: “Escuché el zumbido de una mosca –al morir–”.

Escribir me quita un poco el suspenso, pero también me despierta. Ay, Dios, y se me va ocurriendo lo siguiente: espero no pasar el resto de la noche debatiendo entre si dejar de escribir el diario o no. En fin.

 

20 de julio de 1972. 01:20.

Me pregunto si la precisión es cualitativa o cuantitativa. Escribí hace un poco más de una hora, al reemplazar ansiedad por suspenso, que pretendía ser más preciso. Y de ser el caso, ¿podré llamar diario a esto?

La última entrada fue hace un año, el mismo 20 de julio. La existencia del diario depende de unos pocos días que giran alrededor del aniversario del Apolo 11. Para ser más preciso, desde el 20 de julio de 1969, esto ha sido mi único ejercicio de escritura.

 

20 de julio de 1972. 01:25.

Me parece un poco excesivo seguir poniendo la fecha completa en cada entrada. Quizá deba omitir el día, a menos que haya cambiado. A veces me gustaría ser eficiente, pero la ansiedad me gana. Aún así, al escribir la fecha completa me sitúa mentalmente en lo que está por escribirse.

Me ha parecido siempre que en este formato se pasa por alto la fecha y la hora mientras se avanza en la trama porque la repetición cansa. No me abstengo de la falta; yo también soy víctima, pero si la esencia del formato es el diario, es decir, la fecha, entonces se pierde algo crucial. Si duermo en este momento, tendré unas buenas horas de descanso. Quizá no se pierda nada, en realidad.

Actividad extravehicular del Apolo 17.

Actividad extravehicular del Apolo 17.

20 de julio de 1972. 02:05.

Supongamos que un francotirador observa su blanco allá a lo lejos. Recostado boca abajo –aquí añadimos la presión de la guerra–, consulta la distancia del enemigo con su spotter. Con telémetro en mano, calcula que son 500 metros. Esto significa que desde el telescopio del francotirador cualquier milímetro de más, o de menos, se verá reflejado con un error de decenas de metros en el blanco. Toma la decisión, dispara y la bala le pasa a un centímetro de la cabeza. Su error ni siquiera es calculable.

¿Nos atreveremos a concluir que por un disparo a 500 metros de distancia errado por un centímetro, el francotirador fue impreciso? Limitémonos a lo siguiente: el disparo fue impreciso. Pero, supongamos ahora que cojo el mismo rifle y hago el intento a 500 metros de distancia sin preparación militar previa y, como era de esperarse, mi bala esquiva al enemigo por una distancia francamente ridícula. No cabe duda que tanto yo, como el disparo, hemos sido imprecisos, pero, ¿soy más impreciso que el francotirador mencionado?

Esta discusión la llevé a cabo con Buzz en varias ocasiones, pero nunca mostró interés por desarrollarla. Y es que, más importante que la angustia de los problemas prácticos, me preocupa el peso que podría tener –si es que no lo tiene ya– en la poesía. No es que algunos versos puedan llegar a ser más precisos; de eso no hay duda; sino, que cualquier verso pueda ser más preciso. O, peor aún, que nunca sean lo suficientemente precisos.

No es lo mismo que el balazo dé en el pecho del enemigo a que dé en el rostro. O que dé en la frente, o en el cerebro. O que dé justamente en esa región del cerebro en donde la sinapsis le hizo recordar al enemigo algo sobre sus hijos o su madre, instantes antes del balazo. La mosca regresó a zumbar dentro del maldito refrigerador.

 

20 de julio de 1972. 02:45.

Yo era el escritor perfecto para Buzz. Hay dos características primarias que se toman en cuenta cuando se busca a un escritor fantasma. Número uno: buen escritor. Dos: underachiever. Mi reputación venía respaldada por mis colegas.

La NASA formó un comité para decidir quiénes iban a ser los escritores fantasmas, tanto de Buzz, como de Neil. De Michael ni se tomaron la molestia. “Hay que ser eficientes”, le dijeron, y con una mueca, añadieron “realistas”. El comité no solo asumió el cargo para los dos primeros escritores, sino también para los escritores de los posteriores astronautas que pisaron –y siguen pisando– la Luna, cuyos nombres he olvidado.

El espíritu de la lista de candidatos se podría resumir en una sola frase: la melancolía de las cosas no hechas. El premio: tener la oportunidad de escribir el verso, frase, oración, aforismo, etcétera, para su astronauta designado. El comité decidió crear la Liga de los Poetas Fantasmas de la Luna.

A mí, francamente, me incomodaba la designación de poeta, pues no lo soy. Pero siendo Apolo el dios de la poesía —cosa de un significado transformado—, al comité le pareció sensato. Y lo era. Además, la batalla habría sido una tremenda ridiculez debido al carácter confidencial de la empresa.

En los rumores durante el concurso se hablaba de un primer lugar y un segundo, aunque el comité jamás lo reconoció, alegando que ambos seleccionados eran del mismo prestigio. Pero los candidatos asumimos que el victorioso se iba con Buzz, y el segundo con Neil. La razón era sencilla: Buzz iba a ser el primer ser humano en pisar la Luna. ¡Ja!

 

20 de julio de 1972. 03:50.

Arranqué las hojas con las últimas dos entradas por considerarlas superfluas elucubraciones sobre el francotirador y el francotirado. Se me contagió una idea que el Abate Prevost advierte en un prólogo: “Por más lejos que esté de aspirar al rango de escritor exacto, no ignoro que una narración debe ser descargada de las circunstancias que la volverían pesada e incómoda.” Sin embargo, decidí mantener la fecha completa para custodiar la formalidad del género.

Si se pierden las formalidades, bien podría, entonces, cometer la bufonada de continuar el diario desde la tercera persona de mí mismo. Ha de decirse enseguida lo que debe ser dicho enseguida: el soldado enemigo no recordó a sus hijos, ni a su madre, sino que escuchó el zumbido de una mosca cuando murió.

Retrato oficial de la tripulación del Apolo 11. De izquierda a derecha se encuentran: Neil A. Armstrong, comandante; Michael Collins, piloto del modulo; Edwin E. "Buzz" Aldrin, piloto del modulo lunar.

Retrato oficial de la tripulación del Apolo 11. De izquierda a derecha se encuentran: Neil A. Armstrong, comandante; Michael Collins, piloto del modulo; Edwin E. “Buzz” Aldrin, piloto del modulo lunar.

20 de julio de 1972. 09:47.

D. Parry abrió el refrigerador por última vez. Se había levantado del sillón por algo de beber. En la televisión apareció, al fin, el segundo ser humano en pisar la Luna. No estaban con él Neil Armstrong, ni Michael Collins. No había un desfile en Houston, Nueva York, o Chicago, ni centenares de civiles aclamando la hazaña de tres años atrás. La euforia de aquellos días estaba extinguida.

En la televisión apareció pilotando un tractor Dynamark en un comercial, con una voz en el fondo que decía: ‘Dynamark Lawn Tractor. Astronaut Buzz Aldrin drives it around. It’s out of this world!’ D. Parry escuchó un zumbido en el refrigerador.

 

20 de julio de 1972. 04:28.

El comité nos seleccionó por medio de un concurso. Cada uno llevó una muestra. Algunos leyeron poesía, y otros, aforismos. Yo llevé un ensayo que estaba escribiendo sobre Kafka. Bueno, no el ensayo en sí, sino los apuntes. Al igual que el resto: no un poema, sino algunos versos y la idea general.

En cualquier otro concurso esto hubiera sido una razón para la descalificación inmediata, sin embargo la NASA sabía con quién trataba y no esperaba menos de nosotros, los underachievers, quienes vivíamos en la imaginación, en nuestras fantasías: la crema y nata en el mundo anónimo de la literatura.

Hay distintas razones para la procrastinación, o la mera abstinencia de la escritura. Está, por ejemplo, la falta de fecha de entregas, la introspección, la comodidad, alguna adicción, entre otras cosas. Los más desdichados padecemos de todas. Pero por primera vez nos vimos de frente con aires favorables.

En realidad mis apuntes de Kafka hablaban más de mí que de la empresa de la Luna. Pero pocos entregaron algo y, como dije, el respeto de mis colegas me respaldaba.

Meses después, en un bar, otro candidato me llegó a confesar que sí, en efecto mis apuntes eran mejores que la lluvia de ideas que presentó sobre su soneto, que el alcance de su proyección no era superior a mis divagaciones. Frente al comité cité el diario Kafka, así como unos acercamientos propios al respecto. Quizá por eso me até al formato después.

Estas fechas son el cúmulo de lo que queda de mi escritura; remanentes causales y con aire a premonición. Comencé diciendo: “¿Habrá existido una mente tan enrevesada que ha se ha revelado en la expresión escrita?” Desde el inicio capté su atención. Eso buscaban, ese acercamiento. Cité a Kafka después: “Hoy miré un mapa de Viena. Por un momento, no pude comprender por qué construyeron esta gran ciudad si lo único que se necesita es un cuarto.” Los perdí un poco. Pero concluí con un hilo de apuntes decisivo. Les dije, “La verdadera realidad es poco realista, para comprender más allá de la comprensión debemos, también, estar en el humor de la aceptación. En el reino de la aceptación total, no hay accidentes. Sólo hay una verdad, pero está viva, por lo tanto, tiene un rostro vivo que se transforma.”

 

20 de julio de 1972. 09:47.

D. Parry se imaginó saliendo del rancho, comprando un tractor Dynamark, llamando a Buzz por teléfono, con la esperanza de que en la fantasía sus llamadas sí serían contestadas. Y así fue.

Se imaginó comprando un traje de astronauta. En el momento en que escuchó el zumbido de la mosca, se imaginó a 500 metros de distancia de sí mismo. Se imaginó reclamándole a su antiguo amigo por teléfono: ¿por qué no usaste mis palabras, Buzz? ¿Por qué te dejaste llevar por aquel impulso que terminó por condenarnos? ¿Por qué cantaste aquella premonición? ¿Por qué no vienes al rancho?

El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.

El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.

20 de julio de 1972. 06:50.

Existía un rumor entre la Liga que cuando K. –escritor de Armstrong– entregó al comité la frase definitiva, a éstos les gustó tanto que cambiaron los planes de la actividad extravehicular, o caminata espacial. Sería Neil Armstrong el primero en pisar la Luna. Veinte minutos antes que Buzz.

La versión oficial de la NASA fue la siguiente: aunque es cierto que en las actividades extravehiculares el primero en descender es el oficial subalterno, es decir, Buzz Aldrin, la puerta del módulo lunar (Eagle) estaba del lado izquierdo, mismo lado en el que se encontraba Neil Armstrong. Intercambiar lugares dentro del Eagle con aquellos trajes presurizados, cascos y mochilas con material de supervivencia sensible, resultaba innecesariamente riesgoso.

 

20 de julio de 1972. 09:47.

D. Parry se imaginó recibiendo a Buzz en su hogar. Él con aquella corbata patrótica, ridícula, y las insignias militares junto con los pines de la NASA, que obligaban a recordar de golpe que él, Buzz Aldrin, pisó la Luna.

Entraba por la puerta principal con los brazos extendidos, y D. Parry le colocaba el traje sin vacilación. Le cerraba la cremallera de la espalda, y, con unos pequeños saltos, Buzz terminaba por acomodarse el traje; los disfraces no están hechos a la medida del astronauta. Le entregaba, por último, uno de los dos radios.

 

20 de julio de 1972. 07:28

Me reclamaba Buzz por haberle costado el prestigio. Me repetía la frase del equipo K./Armstrong en voz alta: “One small step for a man; one giant leap for mankind.” “¡Pero esa frase jamás podría existir desde la Luna!”, yo me defendía. La Liga de los Poetas Fantasmas de la Luna fue un recurso publicitario. Esto lo entendió K. perfectamente, así como Neil y Buzz. Yo no sé si no lo entendí o no quise aceptarlo.

Hay una razón más para la melancolía de las cosas no hechas: yo no iba a pisar la Luna. A lo mucho podía imaginarlo, como lo han hecho otros escritores a 500 metros. En este caso, 384,400 kilómetros de distancia. Y es verdad que la literatura no es una precisión, sino un acercamiento. O quizá que la precisión de la literatura funciona sólo cuando estamos en el humor de aceptarla, el entendimiento más allá del entendimiento. Pero la verosimilitud no era suficiente en esta ocasión.

Dos seres humanos pisarían la Luna, y se nos exigían unas palabras que pudieran condensar la magnitud de tal acontecimiento. Era evidente que ambos astronautas, militares hasta la médula, carecían de la sensibilidad artística. Entonces, recaía en nosotros esa función.

Buzz me gritaba, “¡Ve a un puto desierto solo, piensa qué es lo que sientes y me lo traes escrito!” A los pocos días le entregué a Buzz, y al comité, mi elección: “No hay palabras para describirlo. ¡Poesía! ¡Debieron enviar a un poeta!” Buzz tachó la palabra enviar, y la intercambió por traer.

 

20 de julio de 1972. 09:47.

Se imaginó dándole un resumen a Buzz sobre la recreación del alunizaje del Apolo 11. Él debía de pilotar el tractor Dynamark, con el nombre designado de “Troubled Odyssey”. Debía de pilotar el tractor por el terreno vasto del rancho de Texas, vacío y monocromático. Debía pilotar a “Troubled Odyssey” hacia el centro del terreno y ejecutar el descenso, tal como lo hizo con el Eagle en la Luna. Y al descender, decir las palabras que D. Parry había le había asignado, las que se perdieron el olvido por esa otra frase: desolación magnífica. “Memorízalas bien”, se imaginaba pidiéndole a Buzz. “Líbrame de esta melancolía.” Se imaginaba el rastro de polvo levantado que el tractor iba dejando mientras avanzaba. Se imaginaba las manos y el cuerpo de Buzz vibrando debido al terreno. El tractor se iba haciendo cada vez más pequeño. D. Parry lo veía desde la casa, con el otro radio en la mano. Y esperaba. A los lejos, a 500 metros para ser precisos, el tractor se detenía. Y ya no era Buzz quien descendía con el traje puesto y el radio en la mano, sino el propio D. Parry, porque en las fantasías siempre es uno mismo quien las protagoniza. Al descender, D. Parry pisó mal y resbaló, pero no cayó. Se quedó unos minutos parado en medio del terreno desolado. Se buscó a sí mismo en la casa, a lo lejos, pero ya no se encontraba él ahí. Probó con el radio, pero no hubo respuesta. D. Parry escuchó el magnífico zumbido de una mosca.

La tierra vista en el horizonte desde la luna. Fotografía de la NASA.

La tierra vista en el horizonte desde la luna. Fotografía de la NASA.


Autores
(1985, Monterrey, Nuevo León). Estudié Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana, pero aún no me decido en usar el hábito. Me gusta escribir Historia especulativa. En palabras de Joan Fontcuberta: “Yo no entiendo nunca la ficción como algo que se contrapone a la realidad”.
Nebulosa Pata de Gato también conocida como NGC 6334 , capturada por el telescopio espacial Spitzer. Imagen de NASA.

Capítulo cuatro

Dentro de la esfera

—Prosiga —dijo Cavor, mientras yo permanecía en la orilla de la entrada del agujero, mirando al oscuro interior de la esfera. Estábamos solos él y yo. Era ya de tarde, el sol se había puesto y la quietud del crepúsculo se cernía sobre nosotros.

Metí mi otra pierna y me deslicé por la lisa superficie de vidrio hasta llegar al fondo del interior de la esfera, entonces me voltee para tomar las latas de comida y el resto del equipaje que Cavor me extendía. El interior de la esfera era tibio, el termómetro marcaba 26° grados centígrados, y como en teoría no perderíamos casi nada de esta temperatura por la radiación, íbamos vestidos con zapatos y camisas delgadas. Habíamos incluido en nuestro equipaje, sin embargo, un bulto de ropa de lana gruesa y varias cobijas abrigadoras para calentarnos en caso de cualquier contratiempo.

Dirigido por Cavor, coloqué los paquetes, cilindros de oxígeno y otras necesidades sin demasiada prisa y pronto todo estuvo dentro. Él caminó por el cobertizo inspeccionando que no hubiésemos olvidado nada y se metió dentro de la esfera junto a mí. Me percaté de que llevaba algo en su mano.

—¿Qué trae ahí? —pregunté.

—¿No ha traído nada para leer?

—¡Dios, no!

—Olvidé decírselo. Hay algunos puntos de incertidumbre. Mi último viaje… ¡Podría llevarnos semanas!

—Pero…

—Estaremos flotando en esta esfera con absolutamente ninguna ocupación.

—Me habría gustado saberlo…

Miró por el agujero de la entrada.

—¡Mire! —dijo— ¡Hay algo allá!

—¿Hay tiempo?

—Debe de quedarnos menos de una hora.

Observé entonces el cobertizo. Había una edición vieja de Tit-Bits que uno de los hombres de la construcción seguramente había traído consigo. En una esquina más lejana vi un Lloyd’s News roto. Regresé corriendo a la esfera después de recogerlos.

—¿Qué trajo usted? —le pregunté.

Tomé el libro que llevaba en la mano y leí el título: Obras completas de William Shakespeare.

Se sonrojó un poco.

La silueta de la Estación Espacial Internacional se observa mientras transita la luna el 2 de diciembre de 2017. Imagen de NASA.

La silueta de la Estación Espacial Internacional se observa mientras transita la luna el 2 de diciembre de 2017. Imagen de NASA.

—Mi educación ha sido puramente científica —dijo avergonzado.

—¿Nunca lo ha leído?

—Nunca.

— Shakespeare tiene una forma poco común de ver el mundo.

—Eso es precisamente lo que me han dicho.

Lo ayudé a atornillar la cubierta de vidrio de la entrada y él presionó un botón para cerrar la persiana correspondiente en la capa exterior de la esfera. La poca luz crepuscular que llegaba a la esfera desapareció. Nos encontrábamos rodeados de una oscuridad absoluta. Permanecimos en silencio durante un rato. Aunque la esfera no evitaba la entrada del sonido, no se escuchaba nada. Me di cuenta en ese momento de que no había nada de donde agarrarme cuando la sacudida del despegue viniese y pensé en que seguramente me sentiría incómodo sin una silla.

—¿Por qué no metimos sillas?— pregunté.

—Ya está resuelto —dijo Cavor— no las necesitaremos.

—¿Por qué no?

—Ya verá —dijo con el tono de alguien que se rehúsa a seguir hablando.

Me callé. Repentinamente llegó a mí la certeza de la gran estupidez que resultaba estar dentro de la esfera. Incluso me pregunté si no sería demasiado tarde para retirarme de la exploración. El mundo afuera de la esfera, el mundo real, sería demasiado frío e inhóspito para mí sin la ayuda de Cavor, pues había estado dependiendo por semanas de su generosidad, pero ¿sería tan inhóspito y tan frío como el cero absoluto del espacio exterior? De no ser por la cobardía que sentí ante la idea de abandonar el viaje en la esfera, estoy seguro de que lo habría obligado a dejarme salir. Pero dudé y dudé y me llené de temor e irritación y el tiempo siguió pasando.

Vino entonces un pequeño tirón junto con un sonido, como de una botella de champaña siendo descorchada en otra habitación, leve y silbante. Por solo un instante tuve la sensación de ser tensado enormemente, una convicción trascendental de que mis pies estaban siendo presionados hacia abajo con la fuerza de incontables toneladas. Esa sensación duró tan solo un momento infinitesimal, pero bastó para romper con la cobardía que me había detenido antes.

—¡Cavor! —dije en la oscuridad—, mis nervios están destruidos. No creo poder…

Me detuve antes de completar la oración. Él no respondió.

—¡Olvídalo! —grité— ¡Soy un imbécil! ¿Qué tengo que estar haciendo aquí? No lo haré, Cavor, no iré. Es demasiado arriesgado. Me voy a salir.

—No puede —dijo.

—¿Que no puedo? ¡Ya lo veremos!

No respondió por al menos diez segundos.

—Es demasiado tarde para pelear ahora, Bedford —dijo—, ese tirón fue el comienzo. Estamos volando ya tan rápidamente como una bala hacia el abismo del espacio.

—Yo…

Nebulosa del Águila también conocida como Messier 16, contiene un cúmulo estelar abierto llamado "Los pilares de la creación". Imagen de NASA.

Nebulosa del Águila también conocida como Messier 16, contiene un cúmulo estelar abierto llamado “Los pilares de la creación”. Imagen de NASA.

Intenté decir algo y entonces no pareció importar lo que fuera a suceder. Por un momento permanecí aturdido; sin nada que decir. Era como si jamás hubiese escuchado ni tenido la idea de dejar el planeta. Entonces percibí un cambio inexplicable en mis sensaciones corporales. Era una sensación de ligereza, de irrealidad junto con una sensación extraña en la cabeza, casi apoléctica y un golpeteo de presión en los oídos, como si las venas que les llevaban sangre se hubieran vuelto audibles. Ninguna de esas sensaciones disminuyó conforme el tiempo fue avanzando, sino que me acostumbré a ellas hasta que dejaron de ser inconvenientes.

Escuché un clic y el brillo de una lámpara apareció.

Vi la cara de Cavor, tan blanca como supuse que estaba la mía. Nos vimos en silencio, la oscuridad transparente del vidrio detrás de él hacía que pareciera que flotaba en el vacío.

—Bueno, lo hicimos —dije, rompiendo el silencio.

—Sí —dijo—, lo hicimos.

—No se mueva —me dijo cuando iba a hacer un movimiento—; deje que sus músculos permanezcan relajados, como si estuviera en cama. Estamos en un pequeño universo personal. ¡Mire esas cosas!

Señaló a las cajas y manojos sueltos que habían estado sobre las cobijas en el fondo de la esfera. Me sorprendió ver que flotaban casi a un pie de distancia de la pared de la esfera. Entonces vi, gracias a su sombra, que Cavor ya no estaba recargado en el cristal. Entonces extendí mi mano hacia mi espalda y descubrí que yo también flotaba lejos del vidrio.

No grité ni gesticulé, sino que me inundó el miedo. Era como estar siendo sostenido y levantado por algo desconocido. El más leve toque de mi mano contra el cristal me impulsaba con rapidez. Entendía lo que pasaba, pero mi conocimiento no prevenía mi terror. Estábamos excluidos de toda gravedad exterior, tan solo surtía efecto la atracción a los objetos que se encontraban dentro de la esfera. Por ello todo lo que no estaba fijo al vidrio se movía, lentamente por la ligereza de nuestras masas, hacia el centro gravitacional de nuestro pequeño mundo que parecía estar por la mitad de la esfera, más cercano a mí que a Cavor, pues yo pesaba más que él.

—Volteémonos —dijo Cavor— y flotemos espalda con espalda, con las cosas entre nosotros.

Era la más extraña sensación jamás concebida: flotar libremente en el espacio. Primero, era algo horriblemente desconcertante y una vez que el horror pasaba, no era algo enteramente desagradable, sino, de hecho, completamente relajante. La única sensación terrenal comparable es la de estar recostado en una cama suave de plumas. Sin embargo, ¡jamás había sentido algo tan totalmente liberador ni me había sentido tan lleno de independencia! Nunca había experimentado algo así. Había esperado un tirón violento al inicio, una sensación de velocidad vomitiva. En su lugar, me sentí como si hubiera abandonado mi cuerpo. No era el inicio de un viaje; era el inicio de un sueño.

El fantasma de Cassiopeia también conocido como IC 63, ubicado a 550 años luz de la constelación de La Reina Cassiopeia. Imagen de NASA.

El fantasma de Cassiopeia también conocido como IC 63, ubicado a 550 años luz de la constelación de La Reina Cassiopeia. Imagen de NASA.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Herbert George Wells (Bromley; 21 de septiembre de 1866-Londres, 13 de agosto de 1946),​ más conocido como H. G. Wells, fue un escritor, novelista, historiador y filósofo británico. Fue un autor prolífico que escribió en diversos géneros docenas de novelas, relatos cortos, obras de crítica social, sátiras, biografías y autobiografías. Es recordado por sus novelas de ciencia ficción y es frecuentemente citado como el «padre de la ciencia ficción» junto con Julio Verne y Hugo Gernsback.
El astronauta Leland Melvin en conversación con Elmo. Nasa.
El astronauta Leland Melvin en conversación con Elmo. Nasa.

“Los Marcianos llegaron ya, y llegaron bailando ricachá”: es una verdad innegable que los miedos más grandes de la humanidad siempre se ven plasmados en el arte; la música no es una excepción, y Tatiana lo sabe.

Las expresiones musicales sobre el espacio son amplias y muy variadas, por eso cuando para este miércoles de la #SemanaEspacial nos hicimos la pregunta “¿Qué cantamos cuando cantamos del espacio?”, la respuesta no quedaba del todo clara.

Cuando hablamos de música espacial no faltan manifestaciones de la otredad: “Well, I turned into a Martian/ Whoa oh oh/ I can’t even recall my name/ Whoa oh oh”; epopeyas: “Era rusa y se llamaba Laika/ Ella era una perra muy normal/ Pasó de ser un corriente animal/ A ser una estrella mundial”; su romantización: “Fly me to the moon/ Let me play among the stars/ Let me see what spring is like/ On a, Jupiter and Mars”; y otras manifestaciones menos sobrias como “La cumbia del marcianito”.

Por eso, a falta de una respuesta única nos dimos a la tarea de recopilar todas las respuestas que se nos ocurrieran, desde Richard Strauss, hasta Chayanne, en esta playlist que les traemos con cariño desde la Redacción  de Tierra Adentro.

 

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.

Lo leía hoy con estupor.

La cuenta de la Polícia Nacional de España en Twitter se mofaba de un hombre que, supuestamente, escondió droga en su peluquín. Medio kilo de cocaína para ser exactos.

La Policía Nacional, entre cuyas obligaciones está mantener la presunción de inocencia, utilizó un canal de comunicación masivo para informar del suceso en tono de mofa, haciendo escarnio del caso.

El tuit es el siguiente:

No se trata de corrección política, tampoco de falta de sentido del humor (el presentador Andreu Buenafuente, por ejemplo, hizo un tuit riéndose del caso, y no tengo nada que reprochar), es una cuestión de derechos y libertades.

Si a una persona se le detiene por lo que podría ser un caso constitutivo de delito, demasiado tiene con la que se le viene encima, como para verse en las redes sociales siendo objeto de bromas y soportar un linchamiento público.

¿Por qué la Policía española decidió publicar un tuit así?, por cierto, ¿alguien sabe a qué vienen esos emojis? ¿En qué aporta valor informativo a la ciudadanía? ¿Sirve para concienciar? ¿Tiene intención ejemplarizante?

Ninguna explicación parece de recibo, pues es evidente que se trata de una anécdota elevada a la categoría de mofa por quienes deberían preservar los derechos de las personas, sean culpables o inocentes.

A la Policía Nacional, una institución que pagamos con el dinero de nuestros impuestos, se le presupone saber estar, educación, respeto y capacidad de comunicación. Su cuenta de twitter está demasiadas veces politizada y muestra salidas de tono propias de cuentas personales.

En comunicación se dice que cada mensaje debe adaptarse al canal en que va a ser comunicado, pero no pueden ser los códigos del canal los que deformen y desnaturalicen el mensaje. Bastaba con decir, «un hombre es detenido por tráfico de drogas». La Policía española decidió hablar del peluquín y precipitar una conclusión: Se le va a caer el pelo (o lo que es lo mismo: le espera la cárcel). Decidió usar el tono heredado de un Community Manager estrella que dejó también la semilla de malas praxis en el sector. Lo institucional, lo legal y lo ético, mal que pese a muchos CM, está muy por encima de un estilo particular a la hora de comunicar.

Usar bien las redes de una institución de tanto calado tiene que ver con la ejemplaridad que muestras, con la responsabilidad pública y el buen uso de las mismas. En definitiva, con ser profesionales por encima de todo.

Lo peor es que no se trata de un mensaje aislado, esa falta de responsabilidad y sensibilidad en la cuenta de la Policía Nacional nos ha acompañado estos últimos años y nadie parece ponerle remedio.

La ciudadanía merece un mejor uso de los canales públicos. No parece de recibo que, de tanto en cuanto, terminemos preguntándonos cual Rorschach en Watchmen, ¿quién vigila a los vigilantes?

 

Este texto apareció originalmente en La Réplica.

 


Autores
Escritor y Social Media Manager. Ha escrito el libro Yo, precario (Libros del Lince, 2013), Hijos del Sur (Tierra de Nadie, 2016) y Juan sin miedo (Alkibla, 2015) y SOS, 25 casos para superar una crisis de reputación digital (UOC editorial, 2018). Ha sido traducido al griego y al alemán. En 2014, creó La Réplica, periodismo incómodo.
Fotografía: NASA

La luna y la poesía

Mira abajo, despejada luna

Mira abajo despejada luna y lava esta escena,
Deja caer suave las mareas del nimbo de la noche sobre rostros cadavéricos, hinchados, púrpuras,
Sobre los muertos de espalda y sus brazos estirados,
Deja caer tu nimbo de invisible tinta sagrada luna

1865

 

Reconciliación

Palabra sobre todo, hermosa como el cielo,
Hermoso que la guerra y su carnicería con el tiempo se pierdan por completo,
Que las manos de las hermanas Muerte y Noche sin cesar lavan una y otra vez con gentileza este mundo contaminado;
Ha muerto mi enemigo, un hombre divino como yo está muerto,
Miro a donde yace pálido y quieto en el ataúd —me acerco,
Me agacho y ligeramente con mis labios toco el rostro blanco
en el ataúd

1865-66

 

Si leemos los poemas cortos reunidos de Whitman —en especial aquellas líricas breves en, digamos, Drum Taps o Sands at Seventy— nos daremos cuenta de que a menudo Whitman seguirá a un poema en el que no está presente con un poema del mismo tema en el que está presente. Se le podrá llamar compulsión, es un patrón maravilloso a medida que reescribe cada impulso con él mismo al centro. El segundo poema que les he dado, “Reconciliación”, es un poema famoso, pero prefiero el primero, no tan famoso y claramente una paráfrasis lunar del segundo. Pero claro, se escribió antes, y eso vuelve al segundo una paráfrasis humana del primero. Los rostros en el primer poema son púrpura, cadavéricos, hinchados; la escena es claramente un campo de batalla, ninguno de los cadáveres ha sido recogido y puesto en un ataúd como sucederá en “Reconciliación”. Y solo entonces, ya que la luna los ha limpiado, se le ocurre a Whitman besar. De hecho creo que la luna está presente en todos lados en el segundo poema, aunque nunca se menciona. Está ahí al inicio, “Palabra sobre todo,” que, por supuesto, se refiere al título, “Reconciliación,” pero también toma en cuenta que “En el principio era la Palabra”, que claramente, en las instancias entre estos dos poemas, se puede traducir a “Primero fue la luna.” Y está presente en el rostro quieto y pálido del cadáver, a quien Whitman besa, y al hacerlo se vuelve él mismo la luna. Me gusta pensar en el segundo como una revisión del primero, visto a la luz de la luna, lo que ha hecho el beso y el poema posibles. La luna haciendo posible un poema… ¿qué podemos decir sobre eso? ¿Qué podemos decir sobre la poesía y la luna?

 

 ***

Estoy convencida de que el primer poema lírico se escribió de noche y que la luna fue testigo del evento y que el evento fue testigo de la luna. Para mi la luna siempre ha sido la encarnación misma de la poesía lírica. En Occidente la poesía lírica comienza con una mujer en una isla en el sexto o séptimo siglo A.C. y yo digo ahora: la poesía lírica comienza con una mujer en una isla en una noche a la luz de la luna, a punto de ser luna llena, o justo después, o la noche de. La poesía épica ya estaba bien establecida. Grandes hombres ya habían cantado sobre batallas y héroes, cuyas acciones afectaron a miles, y sobre escudos deslumbrantes y el mar color de vino y la aurora de dedos rosados. Pero sería erróneo pensar que el clamor había disminuido. Los historiadores nos dicen que no eran tiempos idílicos; en las Islas Eolias, en especial en Lesbos, la civilización era vieja pero cambiando rápidamente, atravesada por crisis económicas y enfrentamientos entre políticas emergentes y principios tradicionales. En medio de todo esto, entonces, una mujer en una isla en una noche a la luz de la luna toma algún artefacto para escribir, o no lo hace, toma un instrumento musical, o no lo hace, comienza simplemente a hablar o a cantar, y sus palabras expresan sus emociones en ese momento. Llamémosla Safo. Difícilmente se puede decir que estas pequeñas canciones hayan sobrevivido—tenemos solo fragmentos—pero esto parece apropiado, pues ¿qué es el momento si no un fragmento de un tiempo mayor?

 

Esta noche he mirado
La luna y después
las Pléyades
descender

La noche ahora
se va; la juventud
se va; estoy

con mi soledad en la cama

 

Fotografía:  NASA

Fotografía: NASA

 

Hay una melancolía que permea el poema y no mucho esfuerzo por cambiar el orden de las cosas. La luna se pone, la noche pasa, la vida se va, y el individuo se vuelve el repositorio lógico de todo este movimiento, en tanto que está consciente de ello, consciente y punto, y aún así, con su soledad en la cama logra otorgarle quietud; el movimiento vertiginoso del sistema entero se fija y preserva como una mariposa en una tabla, de tal forma que difícilmente parece que transcurre el tiempo, a pesar de que precisamente ese es el tema del poema. Se ha hecho la observación varias veces de que existen más poemas tristes que felices en este mundo, y, aun si jamás los he ingresado todos a una computadora para leer el análisis, diría que la luna ocurre con más frecuencia que el sol como imagen en la poesía lírica. Me pregunto, ¿por qué? Podría comenzar con una docena de razones: insomnio; la asociación que la luna tiene con la muerte, uno de los temas más recurrentes en la poesía (y aun así, también se asocia a la luna con la fertilidad); o el hecho de que la mayoría de los poemas en la historia del mundo han sido escritos, supuestamente, por hombres heterosexuales que desean mujeres, y la luna se representa en muchos idiomas como femenina, aunque no en todos— el alemán es una de las excepciones notables. Una cosa lleva a otra, una cosa cancela a la otra, todas se relacionan y ninguna me interesa. Después de todo, se ha comprobado, usando equipo ultrasensible, que incluso una taza de té es susceptible a las mareas lunares. Déjenme ofrecer una observación simple. Hay un contraste mayor entre el cielo de noche y la luna que entre el cielo de día y el sol. Este contraste es más conductivo al abatimiento, que siempre se separa y aísla, que a la felicidad, que siempre se une o se combina. Y darle la cara al sol es absurdo —nos cegaría. A todos los niños se les enseña que no hay que mirar al sol. El sol es fuente vital, el gran poder creativo. Uno no se puede enfrentar a Dios sin aniquilación inmediata; no podemos ver directamente a Medusa, pero podemos ver su inútil reflejo. La luna no tiene luz propia; nuestra aprehensión por ella es solo un reflejo del sol. Y algunos creen que los artistas reflejan el poder creativo de algún impulso original demasiado grande para nombrar. Otra cosa: la luna es la imagen misma del silencio —y, como dice Charles Simic, “Los niveles más elevados de consciencia carecen de palabras.” La gran lunaticidad de la mayoría de los poemas líricos es que intentan usar palabras para transmitir aquello que no puede ser puesto en palabras. Por otro lado, las estrellas fueron el primer texto, la primer instancia de locución; el conectar las estrellas, el encontrar un patrón en ellas, fue la primera historia, sagrada para los cuentistas. Pero la luna fue el primer poema, en un sentido lírico, una entidad completa en sí misma, reconocible con una sola mirada, con un efecto emocional tal que el contexto del tiempo y lugar difícilmente parecen importar. “Su poder yace precisamente en su permanecer siempre al borde de la lectura,” dice Simic, hablando de la fotografía, y yo veo la luna como el incunable de la fotografía, como la primera fotografía, el primero momento que se detuvo, el primer estudio de contrastes. Yo aquí—tú allá. Es un mapa interesante —pero incorrecto. Como señala Paul Auster en su novela Moon Palace, en realidad debería ser “Tú allá—yo aquí.” Los mapas, el arte de la cartografía, no existían, no pudieron haber existido sino hasta después de que la astronomía floreciera: “Una persona no puede saber dónde está en el mundo excepto en relación a la luna o a una estrella… Un aquí existe solamente en relación a un allá, no al revés.” Ese allá va primero. La luna es claramente el Otro— con O mayúscula, O de luna llena— en relación al cual existimos. Cada mirada a la luna, en cualquier fase, fija el punto de nuestra existencia en la tierra. El cielo es el único fenómeno que puede observarse desde cualquier punto del planeta. Toda cultura, sin excepción, tiene una experiencia de la luna. Si Ezra Pound afirmaba que todas las épocas son contemporáneas, Simic dice que lo son porque los momentos presentes ciertamente lo son. Cuando vivía en China, la gente ahí se impresionaba porque la luna era tan importante para mi como para ellos. Aparentemente, creían que en Occidente no apreciamos a la luna y sus cualidades lo suficiente. Ciertamente, tienen un día festivo entero —el festival de otoño— en honor a la luna. En la noche de luna llena en septiembre, las familias se reúnen después del anochecer y hacen un picnic nocturno, iluminado por lámparas con forma de luna, y comen alimentos redondos, incluyendo los pastelitos redondos que hornean para la ocasión, conocidos como mooncakes (pasteles lunares). Los espectadores aguardan, aún en noches nubladas, a que la luna sea visible, aunque sea brevemente. En China miran a la luna y piensan en algún familiar o ser querido que no está ahí, y saben que esa misma velada la persona ausente se refleja sobre ellos. Me senté con un grupo de chicas solteras que se la pasaban imaginando a sus futuros esposos mirando a la luna e imaginándose a ellas. La imagen lunar se volvía una forma de comunicación, como las imágenes en la poesía: “El ojo posee un saber que no puede compartir con la mente,” dice Hayden Carruth.

 

Fotografía:  NASA

Fotografía: NASA

 

Neruda, en su poema “Establecimientos nocturnos” se refiere a sí mismo como un “sobreviviente adorador de los cielos” — que es lo que muchos poetas son, cre, aunque hay quienes dicen que dos cosas ponen esta afirmación en cuestión: teoría posmoderna y tecnología (que son inseparables) y las misiones de alunizaje del Apollo. Hay un libro popular e interesante sobre el espacio —Being Digitally, de Nicholas Negroponte. Sin detenerme mucho en este punto —ya que mi corazón está con las misiones lunares— me gustaría comentar algunas observaciones hechas por el señor Negroponte. “El planeta digital se verá y sentirá como la cabeza de un alfiler.” Comentario: con mil ángeles bailando sobre él. Observación: “El lento manejo humano de la información en forma de libros, revistas, periódicos y cassettes está a punto de volverse una instantánea y económica transferencia de datos electrónicos que se mueven a la velocidad de la luz”. Observación, hecha por Keats, al leer por primera vez la traducción de Homero por Chapman: “Me sentí entonces como un observador de los cielos/ en el momento en que un nuevo planeta se acerca nadando a su familia.” Me imagino que eso podría ocurrir casi a la velocidad de la luz, junto con todas las carretillas rojas y gallinas blancas en la lluvia. Está bien, tres segundos —como se ha definido la duración aproximada del momento presente— no precisamente la velocidad de la luz, pero alrededor del tiempo que toma mirar a la luna. De verdad, la gente debe creer que los literatos son todos adictos a lo dolorosamente pesado y lento. Como la nave que se usó para los lanzamientos lunares, los buenos libros solo parecen pesados y lentos: su velocidad depende de sus motores internos y de hacia dónde apunta. La luna me parece un enlace apropiado entre la NASA y la poesía. Como lo articuló Cortázar: “El hombre está llegando a la luna, pero hace más de veinte siglos que un poeta supo de los ensalmos capaces de hacer bajar la luna hasta la tierra. ¿Cuál es, en el fondo, la diferencia?” El otoño pasado, un pequeño artículo llamado “Poesía y la luna, 1969”, escrito por Edward Lense, apareció en AWP Chronicle. No comparto las preocupaciones de Lense, pero para resumir el artículo, Lense utiliza el alunizaje del 20 de julio, 1969, como un ejercicio semiótico, demostrando cómo las imágenes de la luna en la poesía cambiaron con el advenimiento de la tecnología. De tal forma que pasamos de la luna del mito —la Diosa blanca de Robert Graves, la musa, la rica y plateada esencia de Artemisa o Diana— a cosas post-alunizaje más abstractas como la imagen de la luna de Robert Lowell, un “chasis orbitando la tierra, / mueca de calor, espasmo de acero inoxidable, / azotacalles con corazón de gis, innombrable, / cosa fría y vacía en el universo.” La luna a mitad de siglo queda escondida tras una capa de smog, aprisionada, en su mausoleo, reducida a ceniza, como si los poetas declararan, dice Lense, que “el lenguaje metafórico ya no podrá ser usado en relación a la luna porque, una vez que los astronautas desvelaran su misterio aterrizando sobre ella, está se había vuelto demasiado prosaica.” Esto me parece contradictorio, ya que la ceniza, el smog, la prisión y la tumba, usadas en relación a la luna, son metáforas, y aunque las metáforas cambian, el decir que se han abandonado es un error. Pero yo sé —ustedes saben— a lo que Lense se refiere. Básicamente, es como decir que una mujer no es interesante a menos que sea una virgen. Lowell es demasiado bueno como poeta para creer tal cosa, así que sus versos resuenan con cierto interés, pero Lense cita y discute seriamente varios poemas lunares particularmente horribles publicados el día después del alunizaje en el New York Times —en especial poemas de Babette Deutsch y Anthony Burgess (el poema de Lowell no aparece en el Times), poemas que son tan malos que me parece injusto para los poetas, cuyo desempeño en estos poemas ocasionales no es el mejor, y para los lectores, para quienes los poemas son indicadores de cómo respondieron los poetas al alunizaje y sus efectos en la imaginación. Lense podría argumentar que un dossier de poesía en el New York Times es un indicador de algo, y tendría razón. De hecho, todo el periódico de ese día es bastante maravilloso. En primera página hay un poema de Archibald MacLeish, un poema bastante mediocre que Lense discute y deshecha— es una relación vaga y positiva del alunizaje, e incluye el verso, formal y con cara seria, “¡O, un significado!”. Aunque MacLeish nunca explique cuál es ese significado, creo que el contraste entre cómo un verso así se pudo leer en 1969 y cómo se lee hoy en día es un mejor indicador de los cambios que han tenido lugar en la poesía. ¿Y no fue MacLeish quien dijo “Un poema no debería significar, sino ser”? Y, en un notable paréntesis que nada tiene que ver con el alunizaje, se imprimió en la página de Cartas al Editor —sin comentario— un poema de James Kirkup llamado “Emily in Winter: Amherst”. Hay cobertura extensa de la guerra de Vietnam y el desacuerdo por parte de los estudiantes; y luego está la página en la que Lense se enfoca, un dossier de dos cuartillas con poemas de Babette Deutsch, Anthony Burgess, Anne Sexton, y el ruso Andrei Voznesensky. Estos son los poetas, dice, que llevan la acusación de lunacidio contra la NASA. ¡Lunacidio! Es una palabra fantástica y agradezco a Lense por ella. Pero la acusación es suicida. El verano pasado se cumplieron veinticinco años del alunizaje, y no creo que la luna haya perdido parte alguna de su presencia. Lense cierra su artículo con un párrafo que comienza: “En este momento, entonces, los dioses en los cielos han perdido sus nombres, y hacen falta nuevos nombres y más adecuados, que los poetas, o cualquiera, se encargarán de inventar.”

 

Fotografía:  NASA

Fotografía: NASA


Desearía tener un dólar por cada vez que he escuchado eso. Me viene a la memoria lo que Kenzaburo Oe, novelista japonés, dijo recientemente en un simposio sobre Premios Nobel en Atlanta: “Es el segundo deber de la literatura el crear mitos. Pero su primer deber es destruir estos mitos.” Y, pensando en el uso de Lense de la frase “En este momento” (“En este momento, entonces, los dioses en los cielos han perdido…”), recuerdo lo que el gran poeta italiano del siglo XX, Eugenio Montale, dice en su poema “A Pio Rajna”: “Quien excava en el pasado puede comprender / que el pasado y el futuro se distan / el uno del otro por apenas una millonésima de segundo.” Creo que es mucho más interesante —se dicen cosas más interesantes— pasar página a los poemas de ese periódico e ir a las páginas en las que varias personas prominentes de esa época responden al alunizaje, en el mismo ejemplar, pero en prosa. Pablo Picasso: “No significa nada para mi. No tengo opinión, ni me importa.” Con su cabeza de luna, vivo en su propio momento, Picasso eligió aislarse, alejarse de los eventos actuales de su tiempo. ¿Qué hay de los propios astronautas? ¿Mientras estaban en la luna, no es probable que hubiera al menos
un momento en el que se vieran interrumpidos y sin comunicación con los eventos relevantes de su época, su trabajo, el resto de nosotros en la Tierra —¡seguramente!— y que cumplieran alguna experiencia privada de miedo o reposo? Un notable habló de ello como si él mismo hubiera sido un astronauta —Vladimir Nabokov: “Batiendo la tierra de la luna, palpitando sus guijarros, saboreando el pánico y esplendor del evento, sintiendo en la boca del estómago la separación de terra… estas son las sensaciones más románticas que haya experimentado un explorador… esto es todo lo que puedo decir al respecto… Los resultados utilitarios no me interesan.” Lo inútil de la poesía arremete de cabeza, con su naturaleza anti-utilitaria. Pero el habitar el momento no es un dominio exclusivo de la poesía. Después de todo, Neil Armstrong se volvió un lunático, literalmente, tocado por la luna.

Entre 1969 y 1972, seis misiones volaron a la luna y seis misiones regresaron. No todo el que lee poesía queda cambiado por la experiencia, ni todos los hombres que fueron a la luna fueron alterados por su vacación. Pero quienes sí fueron alterados, sin excepción, dicen la misma cosa —no fue tanto estar en la luna lo que los afectó de forma profunda, sino el mirar hacia la Tierra desde la luna. La Tierra se volvió el Otro. Tú ahí — yo aquí. 

Alan Shepard, Apollo 14: “Recuerdo que me impactó lo pacífico que se veía todo a esa distancia, pero recordaba por otro lado todas las confrontaciones a lo largo y ancho del planeta, y me sentí triste por que otras personas no podían ver lo que yo veía, porque a esa distancia todas las diferencias políticas y militares se vuelven tan insignificantes.”

Edgar Mitchell, Apollo 14: “Para mi, fue el principio de pensar unitariamente. Pensar que las moléculas de mi cuerpo se manufacturaron en los mismos hornos que aquellas estrellas en aquellas galaxias hace miles de millones de años.” Mitchell dejó a la NASA un año después de su regreso y fundó el Institute of Noetic Sciences al norte de California, una institución entregada al estudio de la consciencia y a la pregunta de cómo encajamos en el universo. En 1994 la institución tenía 40,000 miembros. “Fuimos allá arriba como técnicos espaciales y regresamos como humanitarios. El mirar a la Tierra desde allá es consciencia global instantánea.”

James Irwin, Apollo 15: “Sentí el poder de Dios como nunca lo había sentido.” Irwin, al parecer, tuvo una epifanía mientras estaba en la luna —un año después de su misión, renunció a la Fuerza Aérea para fundar la evangélica High Flight Foundation. Guió varias expediciones al Monte Ararat en Turquía en búsqueda de evidencia del Arca de Noé. Murió de un paro cardiaco en 1991, no sin antes escribir sobre la luna: “Vivimos en otro mundo que era completamente ‘nuestro’ por tres días. Debió ser muy parecido a lo que sintieron Adán y Eva cuando la Tierra era ‘suya’. Cómo describirlo, cómo describirlo.”

Alan Bean, Apollo 12: “Todo artista tiene al mundo o su imaginación como inspiración para sus obras. Tengo al mundo y mi imaginación, y soy el primero en tener también a la luna.” Bean es pintor de tiempo completo. Todo lo que pinta son imágenes de la luna. “Ciertamente, subirse a un cohete para ir a la luna es de las cosas más emocionantes que se pueden hacer, pero cuando pinto vuelvo a sentir lo mismo que sentí cuando estaba en el espacio. La vista quizás no sea la mejor, pero las mejores partes de la vida son internas.”

Neil Armstrong, Apollo 11: No hay comentarios por parte de Armstrong. Vive de forma aislada en Ohio y no atiende conferencias, reuniones, celebraciones, desfiles, aniversarios ni eventos de prensa. No responde a correos de desconocidos, teléfonos, no abre la puerta. Sin embargo, hace muchos años se le preguntó que cómo se sentía sabiendo que sus huellas bien podrían permanecer sin alteraciones en la superficie lunar por siglos. “Espero que alguien suba un día,” dijo, “y que las limpie.”

 

Fotografía:  NASA

Fotografía: NASA

 

Una cosa es clara sobre estas experiencias: aquellos hombres comenzaron con una misión —las misiones de alunizaje de Apollo, que afectarían, tecnológicamente, cientos de miles de vidas a través del desarrollo de computadoras, transistores, circuitos integrados y plásticos ligeros— y regresaron con una visión. De misión a visión. Yeats sabría de qué se trata todo esto. De acuerdo con su diagrama-lunar definitivo, pudo incluso haberlo predicho. Cuando estaba en la universidad leí a Yeats, y, por supuesto, A Vision, aquel extraño y sobrenatural documento que fue dado —espiritualmente dictado— a Georgie, esposa de Yeats, comenzando en 1917 y concluyendo en 1920, en sesiones de escritura automática durante las cuales ella se transformaba en médium para el escritor desconocido e invisible— de hecho un grupo de ellos— quienes después, con tal de no fatigarla, comenzaron a visitarla mientras dormía y hablaban a través de ella mientras se encontraba soñando. Cuando consulto el libro ahora y leo algunos de los fragmentos que mi yo de diecinueve años subrayó, a veces suelto una que otra carcajada. No confío en sistemas tan elaborados y completos, no confío en métodos a través de los cuales se catalogan a los hombres y a la humanidad, que es justo lo que A Vision es, un sistema que usa las fases de la luna como su metáfora (“Hemos venido a darte metáforas para la poesía” le dijo la voz a Yeats), un sistema que construye la historia de la consciencia, tanto individual como colectiva, en el pasado, presente y futuro. Un sistema que, digamos, podría adivinar la llegada o la muerte de un Cristo o un Nietzsche. De acuerdo con este sistema, el universo es un gran huevo que se invierte de adentro hacia afuera y después comienza a reconstruir su caparazón. Ya ven, hay mucho en A Vision que es fascinante. Claramente no tengo el tiempo aquí hoy de entregarme a discutir A Vision. Solo quiero hablar brevemente sobre dos fases lunares de acuerdo al diagrama. 

 

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Consideremos la primera fase, la luna nueva, “ninguna descripción más allá de la plasticidad absoluta”; la plasticidad absoluta es objetividad absoluta, pensamiento puro, y el carácter de la primera fase es moral. En la decimoquinta fase, la luna llena, “ninguna descripción más allá de la belleza absoluta”; la belleza absoluta es subjetividad compleja, imágen pura; el carácter de la decimoquinta fase es físico. en otras palabras, el pensamiento desaparece para volverse imagen y la imagen desaparece para volverse pensamiento. Yeats creía que cada alma o persona eventualmente reencarnaría en la primera y decimoquinta fase, que son ambas de espíritu puro sin un equivalente corpóreo. Keats, durante su vida como Keats, nació en la decimocuarta fase, tan cerca como se puede estar de la imagen pura sin dejar de existir, una fase bastante ideal para un poeta lírico; Yeats lo llamaba un sujeto casi perfecto donde la curiosidad intelectual, aún presente, se encuentra en su punto más débil, lo que genera el efecto de cúspide de pensamiento y sentimiento en su obra. Como lo describe Yeats, “El ser ha llegado casi al final de la elaboración de sí mismo que tiene como clímax el ser absorbido por el tiempo.” Una mujer, sola, de noche, mirando a la luna, y dado que su carácter es físico, una mujer desnuda. ¿Pero no dije antes que el abatimiento, la sensualidad aislada que permea tanta de la poesía lírica, busca separarse de su entorno? ¿Cómo puede entonces ser absorbido por el tiempo? Parece que en el momento en que sucede la elaboración final de uno mismo —cuando uno finalmente se afirma —¡estoy viva y lo sé!— el momento se expande para llenar su estatura como eternidad. Llámenle algarabía, pero es por esto que la poesía es famosa. De hecho, cuando Yeats dice “El ser ha llegado casi al final de la elaboración de sí mismo que tiene como clímax el ser absorbido por el tiempo,” está describiendo el nacimiento del poema lírico, ese pedazo pequeño de masturbación, que, si se observa el diagrama, debió haber sido precedido por la plasticidad, el carácter meditabundo y moral de los grandes poemas épicos. Pero cuando miro estos diagramas pienso más en Wallace Stevens que en Yeats. En Stevens, el sol ocurre como imagen mucho más que la luna. Sus metáforas son diferentes, pero sus “polos” son como la luna nueva y llena, y Stevens se la pasa vistiéndose y desnudándose. Vestidme pues estoy desnudo, dice Yeats en la mayoría de sus poemas; Desnudadme pues estoy vestido, dice Stevens en los suyos. Ciertamente, la luna encarna los tres principios de la poesía que Stevens propone en su poema “Notas hacia una ficción suprema”: (1) debe ser abstracta, como solo la plasticidad pura de un regreso a lo posible puede ser abstracta, la luna nueva como un “comienzo inmaculado,” la “fuente original de la primera idea”; (2) debe cambiar, el principio a través del cual Nanzia Nunzio, en su viaje alrededor del mundo, pierde su virginidad; (3) debe ser placentera, así la poesía llega en ciclo como la luna a su “irracional// Distorción… más que racional distorción, / la ficción que nace de esa sensación,” y se completa en un final bueno, aunque ese final sea parte de su ficción.

Hay sociedades en la tierra cuyos habitantes no creen que el hombre haya pisado la luna. Se podría decir que ellos creen una ficción, pero esa ficción constituye su forma de saber las cosas. Hoy me sorprende bastantes que, aunque sea un ser consciente viviendo en la civilización, no puedo recordar mucho sobre la primera caminata en la luna, aunque sé exactamente dónde estaba cuando ocurrió. Pero no lo veía en la televisión ni recuerdo la fase lunar—cosas así. Estaba a bordo de un taxi belga alrededor de las diez de la noche un domingo de 1969 (si un poeta trabajara en la NASA, quizás se habría programado para un lunes), estaba encaminada a un café —un bar en realidad— donde me reuní con mis amigos a beber cada noche de ese verano. El conductor solo hablaba flamenco y yo, solo inglés. Él escuchaba la radio hasta que de repente comenzó a gritar y hablar rápidamente. Me tomo un momento registrar lo que ocurría y recordar que justo en ese momento se suponía que los estadounidenses estarían llegando a la luna. Orilló su taxi y salió del vehículo. Yo salí también y ahí estaba la luna en el cielo—apuntó a ella y yo asentí con la cabeza y nos quedamos ahí unos momentos, en silencio, contemplando la luna. Luego regresamos al taxi y me llevó al lugar en el que más quería estar, aunque durante mi estadía jamás admití a mis amigos que pasé el resto de la noche sola, en mi cuarto, escribiendo poesía. Incluso recuerdo una imagen que me enterneció bastante en uno de esos poemas —¡había una mujer deambulando en un campo con una varita de fresa! Cuando pagué al conductor, volvió a apuntar a la luna y dijo una palabra que no entendí. Pero uno de mis amigos en el bar hablaba flamenco y más tarde le pregunté qué significaba. Dijo que significaba loco. Pero nadie menos que el Dalai Lama nos dice que la luna es para un budista la representación de la serenidad y el reposo. El poema de Safo, ¿es un poema de agitación o reposo? Dejaré que Maurice Blanchot responda eso: “El reposo en la luz puede ser —tiende a ser— paz a través de la luz, luz que apacigua y pacifica; pero el reposo en la luz es también reposo —privación de toda ayuda e ímpetus externos— de forma que nada puede alterar, ni apaciguar, el movimiento puro de la luz… Reposo en la luz: ¿dulce apaciguamiento a través de la luz? ¿La difícil privación de de uno mismo y la totalidad del propio movimiento, una posición en la luz sin reposo? Aquí, dos cosas infinitamente diferentes son separadas por casi nada.” Sé que es severo, pero creo que esto es lo que ocurre cuando observamos la luna, y cuando escribimos: en ambos casos, dos experiencias infinitamente diferentes se separan por casi nada, y es esa misma nada la que es de mayor importancia y la que es más difícil mantener. Cuando Buzz Aldrin se reunió con Armstrong en la superficie de la luna, sus primeras palabras fueron: “Hermoso, hermoso. Magnífica desolación.”

Fotografía:  NASA

Fotografía: NASA

 

 


De Madness, Rack and Honey: Collected Lectures, 2012. Derechos reservados. Traducido con autorización de la autora y Wave Books.


Autores
(Guanajuato, 1996) es poeta, traductorx y editorx. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Sus poemas han aparecido en Periódico de poesía.
Mary Ruefle (1952) es poeta y ensayista estadounidense. Fue receptora de la beca Guggenheim en 2002. Su libro Madness, Rack, and Honey: Collected Lectures (Wave Books, 2012) fue finalista del National Book Circle Critic’s Award en 2012, y Selected Poems (Wave Books, 2010) ganó el premio de poesía William Carlos Williams en 2011. Actualmente reside en Bennington, Vermont, donde es profesora en el Colegio de Bellas Artes de Vermont.
Michael Collins al interior del Apolo 11. Nasa.

 

Notas sobre la Carrera Espacial a 50 años del alunizaje del Apollo 11

El 21 de julio de 1969 el astronauta Michael Collins observó la primera caminata lunar desde el módulo de mando del Apollo 11, estacionado en el Mar de la Tranquilidad. No tuvo la fortuna de pisar la superficie de la Luna como Neil Armstrong y Buzz Aldrin, ni su nombre ha gozado de protagonismo en la historia mundial. Sin embargo se debe recordar que Collins fue parte de la legendaria misión Apolo 11, que consagró el anhelo  de alcanzar y pisar la Luna, dando “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.

Los avances tecnocientíficos que permitieron este viaje —y otras proezas en el espacio exterior— se dieron durante la Carrera Espacial[1], una competencia entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América para conquistar el espacio, durante la cual ambas potencias buscaron demostrar su superioridad y capacidad tecnológica frente a la de sus rivales, como lo habían hecho en la férrea competencia armamentística desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.

También desarrollada durante la Guerra Fría, la Carrera Espacial supuso un esfuerzo paralelo entre ambas potencias para explorar el espacio exterior, poner en órbita satélites artificiales, enviar animales y humanos al espacio y, posteriormente, llevar a un ser humano a la Luna. En estos términos, el fenómeno de la tecnociencia y su desarrollo, no fue una simple consecuencia de la confrontación internacional, pero su aceleración y potencia no puede ser entendida sin tomar en cuenta tal escenario. En ese sentido, la conquista del espacio también tuvo un poderoso componente político y una intención muy clara que interesa a la historia social de las ciencias en el siglo XX.

La idea de conquistar el espacio se dibujó en la realidad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial[2] y se fortaleció con los discursos políticos estadounidenses[3] ya en el escenario de la Carrera Espacial. Cabe recordar que una conquista se define como la obtención del dominio sobre un objeto, sujeto o territorio como resultado del conflicto, la violencia o la guerra.

En el caso de la conquista del espacio, fueron las adversidades físicas y humanas las que inicialmente obstruyeron el camino. Fue por esa razón que la ciencia y la tecnología, como parte de un proyecto nacional, se aceleraron para poder mover la maquinaria de la Carrera Espacial. Este acelerón generó de ambas partes —soviéticos y estadounidenses— una serie de episodios significativos: el Sputnik en 1957; Yuri Gagarin y Valentina Tereshkova en 1961 y 1963; las misiones Apolo, incluyendo la colaboración entre la URSS y EE.UU.; así como el legado de decenas de astronautas que murieron en las misiones. Todas estas historias reflejan la fuerte intención —por parte de ambas potencias— de sobresalir y mostrar su poder tecnocientífico en paralelo al militar.

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Propulsor S-1C del Cohete Saturno V del Apolo 11 en el Edificio de Ensamblaje de Vehículos. Nasa.

En 1962 el presidente John F. Kennedy pronunció un discurso ya histórico en la Universidad William Marsh Rice, en el que anunció que los Estados Unidos planeaban poner humanos en la luna antes de 1970. “Nos hacemos a la mar en este nuevo océano porque existen nuevos conocimientos qué obtener y nuevos derechos qué ganar, que deben ganarse y utilizarse para el progreso de todos los pueblos”, expresó el presidente estadounidense para justificar la Carrera Espacial.

Posteriormente en su discurso apuntó a la Luna: “Hemos decidido ir a la luna antes de que termine esta década, no porque sea sencillo, sino porque es complejo, porque ese objetivo servirá para organizar y medir nuestras mejores energías y habilidades, porque es un reto que estamos dispuestos a aceptar, un reto que no deseamos retrasar, un reto que ganaremos”.

El presidente Kennedy tenía claro que la ciencia y el conocimiento eran estandartes valiosos en el juego de la supremacía. El progreso científico vendría acompañado de un sentimiento de superioridad que al proyectarse al mundo, la Unión Soviética —que ganaba la carrera— por fin sería alcanzada por el país de la libertad.

También el espacio era sinónimo de futuro; la proyección de alcanzar la luna guardaba posibles beneficios para la humanidad: “Hemos dado al programa espacial la categoría de prioridad nacional, aunque me doy cuenta de que se puede considerar un acto de fe, incluso una visión, porque no sabemos cuáles son los beneficios que nos esperan”. Este discurso representa la valoración que el gobierno estadounidense atribuía a la Carrera Espacial, revestido de una retórica poderosa que persuadía a una sociedad que también deseaba sentirse poderosa.

 

***

 

La promesa de expansión de la civilización más allá de la Tierra significó traspasar la frontera máxima: la de nuestro propio mundo. En el siglo XIX, durante la conquista del Oeste, los vaqueros y colonos extendieron los dominios de “la civilización” hasta el Océano Pacífico. Consigo traían el progreso —materializado en el ferrocarril— y civilizaban. Porque las fronteras no solo delimitan territorios, sino que son mecanismos constructores de identidades; definen lo propio y lo ajeno, a lo común y a la otredad. Lo conquistable no se redujo a terrenos, sino que abarcó a los indígenas, a los afroamericanos, a las mujeres y a todo aquel que diferente del conquistador.

La conquista del Oeste fue un verdadero motor del desarrollo social y económico de esa nación joven. El historiador de la ciencia Rafael Guevara Fefer lo expone de forma precisa: “Los Estados Unidos eran una nación que crecía a pasos agigantados gracias a que convertía las fronteras en civilización. Un Estado Nación, que como el Pac-Man, está obligado a devorarlo todo, plantas, animales, aguas, mares, cielos, ríos, piedras y personas… de otro modo se pierde el juego”[4].

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Neil Armstrong en la Unidad de Investigación de Alunizaje en Langley, Virginia. Nasa.

Cuando se logró conquistar el territorio, la idea de la frontera en la cultura estadounidense se transformó y ya no era materializada en el proceso de colonización del Oeste. ¿Qué significaba la frontera en esos tiempos? Una pista nos la puede dar un importante texto generado al final de la Segunda Guerra Mundial. Se trata del informe de 1945 recibido por el presidente Harry Truman, titulado Science. The Endless Frontier (Ciencia. La frontera interminable).

En el texto se expresa la importancia que ha tenido la ciencia en el desarrollo nacional, y se formula la idea de que la ciencia es una posibilidad infinita de conocimiento, un proyecto político, un asunto del Estado, y una condición esencial para el progreso de la humanidad. Tal y como Kennedy diría años después sobre la conquista del espacio, ejecutada por los astronautas.

Este informe fue presentado por Vannevar Bush, cercano al Proyecto Manhattan, del que se desprendió la creación de la bomba atómica. Este es el ejemplo paradigmático que pone en discusión la relación entre el desarrollo científico y la política, que evidentemente provoca debates y reflexiones infinitas, pero vigentes y necesarias.

Pero la transición entre la conquista del Oeste y la conquista del espacio repercutió en la cultura norteamericana de distintas maneras, más allá de los programas científicos y los discursos políticos.

Un claro pero inesperado ejemplo de este proceso es, en cierta medida, la trama de Toy Story (1995). Este largometraje —importante por ser el primero animado digitalmente— cuenta la historia del vaquerito Woody, propiedad del niño Andy, que se siente desplazado por la llegada del nuevo juguete, Buzz Lightyear, quien, con alas mecánicas, sus rayos láser y su frase “to infinity and beyond”, desplaza al vaquero y a los demás juguetes.

Andy representa a toda una nueva generación de niños que presenciaron esos cambios (la película está ambientada entre las décadas de los cincuenta y los sesenta, en plena Carrera Espacial). El salvaje Oeste se convierte en la Luna o en Marte, y el sombrero de vaquero se convierte en casco; ya no hay caballos ni ferrocarriles, sino naves y transbordadores espaciales; ya no son los vaqueros, sino los astronautas, quienes representan un modelo a seguir en la sociedad norteamericana.

Valga la analogía para recordar que el significado de la conquista, y la idea de la frontera, son producto de la transformación histórica de las formas en la que las sociedades ven el mundo y se proyectan en él, creando los medios materiales e inmateriales para reproducir tales visiones y proyecciones.

Por si quedara duda de que las aventuras en el espacio fueron más bien procesos de conquista, queda pensar en toda la filmografía espacial y futurista de los sesenta y setenta: las space operas como Star Wars —cuya trama recuerda justamente a los Westerns— y Star Trek, así como toda la producción cultural de la Ciencia Ficción, un género consumado en distintos medios fuera de la literatura.

Incluso a Stanley Kubrick se le atribuye tanto la perfección técnica y artística con la que llevó a cabo 2001: Space Odyssey, así como la supuesta realización cinematográfica del alunizaje que, según la teoría de la conspiración, fue un montaje, pues en realidad el humano nunca llegó a la luna.

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El técnico del traje de astronauta Joe Schmidt asesora a la Unidad Lunar de Respaldo del Apolo 11. Nasa.

Después del alunizaje, el presidente Richard Nixon se comunicó con los astronautas hasta la Luna. Les agradeció y reconoció el esfuerzo, pues “gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres”.

Es difícil saber en qué momento se consuma la conquista. Sin embargo, aunque las misiones espaciales sigan vigentes, apuntando al planeta Marte, parece que la conquista del espacio ya no tiene la fuerza ni la popularidad que tuvo durante la Carrera Espacial.

Entonces, ¿en dónde se proyecta la idea de la frontera hoy en día? ¿Que queda por conquistar? Se trata de preguntas abiertas, en tiempos en los que parece que las conquistas provocaron la autodestrucción humana: observada en la desigualdad, el colonialismo, la guerra y la crisis ecológica.

El avance progresivo de la humanidad, la frontera interminable de la ciencia y los proyectos civilizatorios del hombre occidental son cuestionables en tanto que han dejado fuera de la narrativa a muchos y a muchas, y han consolidado una forma monolítica de comprender la historia del mundo.

Lo que desde cierto punto de vista es la consagración del ser humano omnipotente, implica una contraparte de destrucción de su mundo. En este escenario tal vez sirva recordar la conversación entre Neil Armstrong y Buzz Aldrin cuando Aldrin descendió a la faz de la Luna:

 

Neil Armstrong: Una vista magnífica ahí fuera.

Buzz Aldrin: Magnífica desolación.

 

 


 

[1] La Carrera Espacial duró aproximadamente desde 1957 a 1975.

[2] De hecho, la tecnología de cohetes desarrollada por la Alemania Nazi fue fundamental para los avances de aeronáutica durante Carrera Espacial.

[3] En este caso, se tomará en cuenta la parte estadounidense. La Carrera Espacial desde el punto de vista de la URSS merece un espacio particular para ser estudiada y reflexionada.

[4] Dr. Rafael Guevara Fefer, comunicación directa. Julio de 2019.

 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.