Tierra Adentro
Terry Gilliam, el filtrador de historias. Sergio Ceyca.

Pero sí, oirás de pronto esa palabra —como ahora, donde esté Pavese oye la nuestra—, sentirás la anhelada presencia, el esperado signo de un ser que desde otra isla oye tus gritos, alguien que entenderá tus gestos, que será capaz de descifrar tu clave. Y entonces tendrás fuerzas para seguir adelante, por un momento no sentirás el gruñido de los cerdos. Aunque sea por un fugitivo instante, sentirás la eternidad.

Ernesto Sábato

 

Así como Don Quijote se levanta una mañana y abandona su hogar con incertidumbre y esperanzas por primera vez, así tomé el autobús para acudir al Festival Internacional de Cine de Guanajuato 2019 (GIFF). Uno de los invitados de honor era el cineasta Terry Gilliam, ex integrante de los Monty Python, director de 12 monos, El rey pescador, Tideland, El imaginario del doctor Parnasus y de la más reciente, y también accidentada, El hombre que mató a Don Quijote.

Miraba por la ventana del autobús y, al observar los cultivos y las campiñas entre las fábricas y los pueblos, pensaba que eran como aquellas en las que Alonso Quijano podría estar vagando en búsqueda de injusticias qué solucionar o de heridos que ayudar o de un páramo oscuro donde velar las armas. Otro pensamiento se cruzaba: quizá Terry Gilliam estaría a su lado, cual Sancho; después de todo –y se reafirmaría durante las actividades del director americano en el festival– él también era una especie de Don Quijote que siempre se interesaba por filmar películas muy costosas e imaginativas, a pesar de que nunca recuperaran su inversión.

Solo una vez había visitado la ciudad y cualquier información que tenía sobre ella era muy vaga: que el mezcal era muy barato y se podía encontrar en cualquier lugar o que uno podía estar caminando durante horas por el centro; cosas que en realidad no me ayudaban a hacerme una idea de lo que encontraría al llegar.

Me quedé en un edificio escondido, con el que di tras navegar unos cuantos callejones que se alejaban de una calle principal: un laberinto lleno de misterios, con un graffiti de una Virgen de Guadalupe en un muro deshecho con un altar delante.  Cuando salí a caminar en busca de una bebida con uno de los amigos que me recibió, pude observar con más detalle la ciudad: sus calles de cantera como caminos de serpientes y escaleras que, entre más avanzas, siempre te arrojan a los mismos puntos; las casas pintadas de colores distintos, las plazas en las que se vivieron momentos históricos que desconocía. Sobre una calle que desembocaba a la Plaza San Fernando, mi amigo historiador, me dijo que antes aquel lugar era utilizado como drenaje ya que la gente arrojaba los deshechos por los balcones.

"Caminos de serpientes y escaleras".  Sergio Ceyca.

“Caminos de serpientes y escaleras”. Sergio Ceyca.

Recorrí Guanajuato con la emoción de entrevistar a Terry Gilliam. Me imaginaba que él iba caminando por la calle paralela a la que yo me encontraba; sin embargo, no fue sino hasta el Auditorio del Estado, allí se realizaron la mayoría de las conferencias y eventos ese día: un auditorio como jamás había visto otro porque estaba en la cima de una montaña desde donde podía apreciarse el centro de la ciudad. El Festival Internacional de Cine de Guanajuato entonces es un evento que recibe mucho apoyo y dinero para traer el cine a una región que, por sí misma, se presta a abrazar a los representantes internacionales.

Cuando lograré hablar con Gilliam y le pregunté sobre qué pensaba de esa ciudad dónde había tantas estatuas y hasta un festival y un museo relacionadas con la obra de Miguel de Cervantes Saavedra (también le pregunté que si ya lo habían llevado a visitar), él respondió:

–Sí, hemos visitado todo. He estado mirando las estatuas por la ciudad y me han platicado del Cervantino. Es fantástico, demasiado extraordinario, que Cervantes sea más importante para Guanajuato de lo que es para España. Es extraordinario, realmente fantástico, finalmente he encontrado la casa perfecta para Don Quijote.

La casa de Don Quijote. Sergio Ceyca.

La casa de Don Quijote. Sergio Ceyca.

La historia de la filmación El hombre que mató a Don Quijote inicia desde los años ochenta cuando, tras la distribución de Las aventuras del barón Münchausen, Gilliam quería dedicarse a realizar una película sobre Don Quijote, sin siquiera leer el libro (igual que le ocurrió con Brazil). Fue hasta principios del dos mil que se consiguió financiamiento para iniciar en España (por no acudir a filmarla a México, donde seguro habría sido recibido con un desfile). Allí inició la maldición: justo el primer día de rodaje cayó una tormenta bíblica que arrastró el material de la filmación y, en los siguientes días, se supo que Jean Rochefort, el actor que interpretaría al Caballero de la Triste Figura, sufría problemas de próstata que le impedían montar a caballo. Posteriormente, justo como retrata el documental Perdidos en la mancha, la producción ya no pudo continuar.

La novela de Cervantes infunde en sus lectores la esperanza para continuar a pesar de los golpes, los azotes y las burlas de la fortuna. El hombre que mató a Don Quijote narra la historia de Toby Grisoni, un director de comerciales que se encuentra en España realizando uno, curiosamente, sobre Don Quijote. Toby está harto de las reuniones con los inversores, de las cenas en restaurantes caros, y lo anuncia con sarcasmo. Es una figura creativa que se ha hartado de la adulación. De pronto se encuentra con un filme que grabó una década atrás, cuando aún era director independiente y viajó a España con sus amigos para realizar una pequeña película de festival llamada ‘El hombre que mató a Don Quijote’, en la cual participaban actores de una villa llamada Los Sueños. Así que toma una motocicleta y viaja hasta el lugar en busca de aquella gente con quienes tenía muchos y muy buenos recuerdos. Para su desgracia, los pobladores de Los Sueños no lo recordaban de esa manera, sino como el americano que llegó a enloquecer a todos: la hija del tabernero se había ido a volverse una estrella a Madrid y en su desesperación se volvió una scort; el hombre que hizo de Sancho Panza no hizo más que tomar hasta ahogarse. El viejo zapatero que interpretó al Caballero de la Triste Figura había enloquecido y se cree Don Quijote mismo y, por eso, tiene que andar por la Mancha buscando heridos a los cuales curar e injusticias las cuales terminar. Así que Toby Grisoni se enfrenta a su responsabilidad sobre este Don Quijote del siglo XXI y lo termina acompañando seguro de que el hombre enloqueció por su culpa.

Además, la película plantea una situación que parece una estocada directa a la yugular de esta sociedad: ¿qué significa ser un hombre en esta época? ¿Aún debemos aspirar a ser caballeros y vivir en la fantasía?

Durante la catedra magistral que Terry Gilliam brindó el sábado 27 de julio, en el auditorio principal, el actor Sergio Zurita, quien fue su moderador, le preguntó si no sentía que ya había filmado la historia de Don Quijote anteriormente. Gilliam respondió que, precisamente, hacia unos meses alguien le puntualizó que El rey pescador (también llamada Pescador de ilusiones en Latinoamérica) era una especie de rescritura de la historia cervantina: un hombre (Robin Williams) enloquece y cree que puede encontrar el santo grial en la ciudad de NewYork, así que vive en las calles como caballero andante y, luego, es acompañado por un locutor de radio fracasado (Jeff Bridges) quien siente una deuda hacia este caballero newyorkino.

Como ya ha dicho en muchas entrevistas, Gilliam considera que la historia del caballero de la Mancha resume gran parte de su obra. Cuando le pregunté cómo se dio el cambio de pasar la historia (originalmente protagonizada por Johnny Depp) de la época de Cervantes a tiempos modernos, de Johnny Deep viajando al pasado a Adam Driver viajando a su pasado, Terry Gilliam respondió:

–La historia de Depp era sobre un personaje que se golpea la cabeza y termina en el siglo XVII, lo cual costaba mucho más dinero, así que decidimos dejarlo en nuestra época y se volvió más interesante cuando surgió la idea de que el personaje que interpreta Adam está realizando comerciales, pero que diez años antes arribó como un joven cineasta con ideas y sueños y realizó este filme que arruinó la vida de muchas personas. La película, en realidad, es sobre el peligro de las películas”.

Ya en la conferencia, Gilliam desarrollaría esta idea:

–Cuando tuvimos un guion escrito, la idea era un poco más como la novela de Mark Twain Un yankee en la corte del Rey Arturo, donde un hombre moderno se golpea en la cabeza y despierta en la Inglaterra medieval: el personaje de Toby inicia una aventura con el verdadero Don Quijote. Ahora, filmar una película ambientada en el siglo XVII iba a ser más caro, así que al pasar los años continuamos trabajando en el guion y dije: hay que pasar todo al mundo moderno, así podemos trabajar con un presupuesto menor. Esos años fue difícil financiar la película: colaboré con estos hombres que estaban convencidos de que podrían conseguir el dinero y luego trabajábamos uno o dos años y era fracaso. Todo era como para Don Quijote en el libro de Cervantes: empieza con grandes sueños, pero siempre golpea el suelo. Así ha sido la experiencia y hasta después llegamos con esta idea de que cuando Toby era más joven, aún no hacía mucho dinero con los comerciales y todavía no se volvía cínico, realizó una película para graduarse de la escuela de cine, llamada ‘El hombre que mató a Don Quijote’, la hizo con los pobladores de una pequeña villa. Lo que fue interesante para mí es cómo la película cambió a esas personas. Y eso fue algo que enfaticé mucho, porque la novela de Cervantes es sobre leer libros y el peligro de leer demasiados libros de caballería, pues te corrompes pensando que el mundo puede ser así, y eso es lo que le ocurre al Quijote; así que pensé que era mucho más interesante hablar sobre cómo las películas pueden crear esta corrupción, de cómo pueden darnos una mirada falsa sobre cómo es el mundo, y que todos somos víctimas de eso. Por ejemplo, no sé cuántos de ustedes piensen que pueden volar, pero mucha gente sí lo cree; en el mundo actual necesitamos mucha tecnología para hacerlo y a mí me aburren esos súper poderes, a mí me interesa lo que nosotros, como seres humanos, podemos hacer con nuestras vidas. Y así es como terminamos con esta película totalmente diferente.

 

El momento en que pude entrevistarlo directamente fue en la alfombra roja, afuera del Auditorio del Estado. Era muy divertido tener enfrente Gilliam, con una playera negra con el logo de “Quijote vive”, y que encima de esta trajera una camisola oriental de color azul, haciendo muchos gestos y lanzando oneliners para hacerte reír. Cuando llegó al homenaje le pregunté sobre una idea que menciona en Gilliamesque, su autobiografía pre póstuma: él no se consideraba un autor tanto como sí un filtrador.

A lo largo de su filmografía, Terry Gilliam se ha servido de la literatura: filmó su versión de Las aventuras del Barón de Münchausen, hizo una nueva y más brutal versión de Alicia en el país de las maravillas (que está basada en la novela en verso de Mitch Cullin, Tideland), y adaptó la novela fundadora del periodismo gonzo Miedo y asco en las Vegas, o revivir el mito de Fausto en El imaginario del doctor Parnassus. También en esencia, Brazil es 1984. Además de que estas son historias disparatadas y llenas de imaginación, tienen una constante: no es Gilliam el autor de ellas, sino una especie de facilitador que le brinda un estilo, una firma, peculiar a las películas. Él no se considera un ‘autor’ sino un ‘filtro’.

Sobre esto Terry Gilliam comentó:

–Cuando estás filmando una película y mucha gente está involucrada, todos quieren sentir que el director es un dios y que lo sabe todo. Eso no es verdad. Confío en que mucha gente trabaje junta y yo solo ‘filtro’ las malas ideas y dejo que continúen las buenas ideas.

Un momento interesante para hablar de esto quizá es en la adaptación cinematográfica de Miedo y Asco en las Vegas, donde hay un cambio en una escena del libro original de Hunter Thompson. Johnny Depp, quien personifica a Thompson, camina en una habitación de hotel destruida y se sienta frente a la máquina de escribir para lo que en el libro es el final del capítulo siete: un discurso sobre el final de la inocencia que representó para los jóvenes y artistas de los sesenta la represión gubernamental, y luego la decepción que tuvo la sociedad americana al ver que este ‘despertar de la conciencia’ tampoco solucionaba nada. Esa época fue en la que Terry Gilliam abandonó Estados Unidos y se refugió en Inglaterra: de alguna manera aquel discurso también hablaba, con cierta epicidad dentro de la tragedia, sobre sus amigos, sobre lo que lo rodeaba, solo que él no escribió aquellas palabras. Lo que Gilliam pudo hacer fue catalizarlas en una película, transformarlas en otra situación.

Terry Gilliam, el filtrador de historias. Sergio Ceyca.

Terry Gilliam, el filtrador de historias. Sergio Ceyca.

Durante la noche se realizó una proyección de Miedo y asco en las Vegas, antes de la cual Terry Gilliam dio una introducción breve. La película se reprodujo en la pantalla de un escenario para conciertos de rock frente a un gran campo empastado. Gilliam se presentó quince minutos antes de la hora y, en cuanto lo hizo, las personas empezaron a acercarse a él: todas lo hacían con nerviosismo, intranquilidad, y una vez que lo tenían enfrente, Gilliam les hacía preguntas, se reía con ellos, compartía su vida con aquellas personas con quienes ya había compartido sus películas.

Incluso había medios para entrevistarlo y no se dirigía a ellos porque siempre había alguien que lo detenía, que tenía un comentario o quería una selfie. El evento, finalmente, se retrasó más de media hora.

En un momento, un joven se acercó a él con el rostro desencajado y Gilliam entendió su papel de maestro: le preguntaba esto, le preguntaba aquello, le daba consejos y el joven solo podía mirarlo con admiración. Yo estaba a unos metros, y el padre del joven llegó orgulloso para decirme que él era su hijo, que para el chico Brazil era una película muy importante, que había cambiado su vida. Igual que para mí, desde diciembre, El hombre que mató a Don Quijote me había ayudado a sobrevivir una serie de sortilegios y problemas que se habían atravesado en mi camino. Por eso había ido a Guanajuato a entrevistar a Gilliam; por eso todos queríamos reunirnos con él, aunque a veces la sociedad mira mal que la gente les agradezca a los artistas por alguna de sus creaciones y hasta parece un pecado aún más grave decir que ésta nos salvó. Se piensa que se busca adularlos. Pero la gente a mi alrededor intentaba hacerle entender al director –con unas palabras, una anécdota, una ofrenda– que le debíamos gratitud.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
“Detective”, por Omegapepper. Extraída de Flickr.

Entonces te vas.

Sí.

¿A Phoenix?

A Nueva York.

Qué hay en Nueva York.

No lo sé.

¿Piensas regresar?

Si resulta como lo he planeado, espero no hacerlo.

Dicen que llueve mucho en Nueva York.

Estuve en la isla hace un par de años. Desde el cuarto del hotel miraba Central Park, era un hotel bastante viejo. El Emporio. Una noche vi cómo asaltaban a una pareja de mujeres. Una de ellas llevaba un suéter rojo.

Cuando tenía veinticinco años estuve ahí y no me gustó.

Tal vez te guste ahora.

Lo dudo.

Quiero un cigarro.

Si lo deseas salgo a comprar uno.

Ya pasó el tiempo.

¿Cómo dices?

Ni Nueva York y ni tú son los mismos de hace 25 años.

Sigo siendo el mismo.

Nadie lo es.

¿Quién lo asegura?

Mi sicóloga.

Ella.

Sí.

Si nos hiciéramos tres preguntas específicas, cuáles serían.

¿A qué viene esto?

Anda.

¿Hablas en serio?

Consiénteme.

¿Por qué no te vas conmigo?

Porque no puedo.

Puedes ser más creativo que eso.

Pero no lo soy.

Eres detective, puedes inventar algo más emocionante. Tú querías jugar.

Nueva York no me gusta. Odio el pastrami y la zona cero. Detesto la humedad. El desierto es lo mío. Manejar hasta las afueras de Juárez y ver cómo la tierra se traga el sol cuando anochece.

Me enteré de que antes de subir al cuadrilátero, Mickey Rourke corría en Central Park cinco, diez kilómetros.

Mickey Rourke ya está viejo.

¿Siempre seré la segunda?

No entiendo.

Creo que estoy siendo demasiado clara.

Te conocí cuando te conocí.

Al principio tenía pavor de que nos descubrieran.

¿Qué sucedió?

Me marcho, eso es lo que sucedió. En el buró se encuentra la confirmación del vuelo, junto con la cartera y el revólver.

¿Tengo algo qué ver con tu decisión?

No.

¿Qué soy para ti?

No lo sé.

¿Amigos?

No.

¿Podremos jugar a que te espero?

Sí.

¿Por qué sonríes?

No lo sé.

¿No sabes por qué sonríes?

Se está haciendo tarde. Llegó el vecino de la camioneta roja.

De tu infancia, dime algo que recuerdes.

Alguna vez, en un rancho de Zacatecas monté a caballo con uno de mis tíos. En una de sus manos llevaba la rienda y en la otra una lata de cerveza, supongo que una Tecate, o tal vez una Modelo. Por el movimiento, de vez en cuando la cerveza me salpicaba la cara. El caballo era azabache. Tal vez. La calle blanca y terrosa. No recuerdo por qué subí al caballo o cuánto tiempo duró el paseo.

Cuéntame algo que recuerdes de tu juventud.

En una ocasión le regalé una cerveza Superior a una amiga. Toqué la puerta de su casa y cuando apareció, le extendí la botella fría, como si se tratara de un ramo de flores. Sonrió y me dio un beso.

¿Cómo se llamaba ella?

Liliana.

¿Y qué pasó después?

Se casó.

¿La extrañas?

Tuvo dos hijos. Luego se divorció y se fue a vivir a El Paso y de ahí se mudó a Los Ángeles. Es contadora.

¿Hablas con ella?

Ya no… Acerca tu vaso, aún hay whisky.

Alguna vez me dijiste que yo era una vampira.

Lo sigo creyendo.

Tal vez deje de serlo en tu historia…

Porque te vas.

Porque ya son otros tiempos.

Porque te vas.

En pocas palabras, sí.

Aquí estaré siempre, bajo esta gran noche, pensando en el siguiente movimiento.

Necesito más que eso.

Te digo que no soy tan creativo.

Me voy porque estoy harta de las pesadillas.

Ahora lo deseas.

¿Qué quieres decir?

Quizá después ya no. Por mucho tiempo tuve un trabajo estable. Cada fin de semana recibía un pago fijo. Hiciera o no, mi pago estaba ahí, completo. Ahora busco a la gente que no desea ser encontrada.

Siempre puedo regresar.

¿A qué?

Falta una pregunta más.

Creo que ambos superamos la cuota.

¿Te gustan mis cicatrices?

Sí.

¿Incluso la de la rodilla?

Incluso.

A los diez años caí encima de una botella rota. Jugábamos a los policías y ladrones, los niños de la cuadra y yo. Entre ellos se encontraba Ricardo. El único que me visitó durante la convalecencia. Una tarde nos masturbamos juntos. Al principio me dio vergüenza. Luego no. Cuando me recuperé me regaló un osito blanco de peluche. Un par de meses después, por alguna razón, dejamos de hablarnos. A fin de año se mudó junto con su familia a San Antonio y le perdí el rastro, pero hace poco lo vi de lejos en el Smart de la Avenida de la raza. Alto y guapo. No me atreví a saludarlo.

Tiene la forma de una sonrisa, tu cicatriz.

No desde donde yo la veo.

Si te hubiera encontrado antes.

Pero no fue así.

Un día iré a Nueva York. Te localizaré comprando fruta en un mercado de Chinatown. Lentes negros y bufanda oscura, como te conocí.

Deberías ser escritor.

Eso no se me da, pero si un día te pierdes, te encuentro. Eso es lo mío.

Deberías irte conmigo.

Perdón.

No es necesario.

Me llevaré tu sombrero.

De acuerdo.

Si pudiera, me llevaría tu revólver, creo que es más confiable que el mío.

Allá podrás comprar uno fácilmente.

Tal vez me trague Central Park.

¿Por qué piensas que será mejor allá? Prácticamente hacemos lo mismo.

No lo creo. Tú los encuentras y yo soy la antidetective.

Así se escucha siniestro.

Tal vez allá pueda ser la detective. Tener mi despacho, mi ventilador barato de metal.

Como en las películas.

Todavía pienso en esas dos mujeres de Central Park. Una de ellas sobre la acera, desmayada o mal herida, no sé, y la de suéter rojo sujetándola de la mano, tratando de pedir ayuda. Recuerdo que tomé el teléfono para llamar a la policía, pero sucedió algo: al regresar a la ventana ya no había nadie allá abajo. Apenas si me había retirado un minuto, quizá ni eso. Miré a un lado y otro. Permanecí frente al vidrio un buen tiempo, con el teléfono en la mano. El sendero donde había sucedido aquello se perdía en una curva, entre las ramas de los árboles. A la mañana siguiente me paseé por aquella zona. En cierto momento oí el graznido de un cuervo y eché un vistazo a la ventana de mi habitación, la 508 del viejo Emporio. Me pareció muy diminuta desde aquella distancia. En el suelo no encontré ningún indicio de forcejeos, ni mujeres malheridas. Como si el parque se las hubiera tragado. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar?

Lo mismo, pero no importa.

Esa noche soñé que yo era la mujer de rojo y que en algún momento miraba hacia la ventana de mi cuarto de hotel, un segundo después el mundo desaparecía.

¿Cómo?

Cierra los ojos y aguanta la respiración. Cubre tus oídos. Trata de no moverte. Así. Eso mismo ocurría en el sueño.


Autores
Nació en Ciudad Juárez, Chihuahua, el 10 de julio de 1974. Poeta. Textos suyos y traducciones han aparecido en revistas nacionales y extranjeras. Premio Binacional de Novela Joven Frontera de Palabras (Border Words) 2005 por De mis muertas. Premio Bellas Artes de Cuento San Luis Potosí por Hombres de nieve. Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero 2013 por La balada de los arcos dorados. Su trabajo ha sido incluido en las antologías El manantial latente, Tierra Adentro, 2003; Árbol de variada luz, Universidad de Colima, 2002; Generación del 2000, Tierra Adentro, 2001 y el libro colectivo El silencio de lo que cae, unam, El Ala del Tigre, 2000.
Foto de Jesús Flores.

I

los que reconocen el canto del diablo en pared vecina / recurren diariamente al sacrificio de las serpientes / los que sentados con pelo y agua / sueñan plaga de muchachos adormecidos tras la puerta / los que jalan la palanca para el sonido del disimulo / mientras el galope de las cabras hace eco de montaña /

los que abandonan la metáfora / y prefieren una embestida real por la espalda

aquellos que adoloridos rugen por dentro de cabina en cabina

aquellos que silenciosos miran por debajo y encuentran un espejo

aquellos que vaciados dejan rastro de blancura esparcida

aquellos que insatisfechos con marcador permanente deciden
anunciarse

porque la oferta y la demanda así lo dictan

porque las heridas emanan sangre cada dos días

porque las hemorragias se cortan amarrando cuerpos

 

II

aquellos que tantas veces /

tú que la primera vez que te encontré / estabas escrito bajo el dispensador de papel:

Por todos ustedes que
Estrujan los muslos
Rodillas con otros
Para su salvación también
Estoy aquí
Todo todito entero
Utilicen de mí desde uñas hasta
Ojos
443 159 1616           Juluis

(perpetuo tu cuerpo cuando leí)

anoté el número /

dos días después /

te marqué

 

 

III

da miedo, Juluis

ver un hombre herido

escrito en la pared de un baño público

 

(hombre lobo que se anuncia: maravilloso / quimérico/ proverbial)

sonó el teléfono: sonó el teléfono: sonó el teléfono

voz humana/ aullidos

 

contestaste:

las consecuencias eléctricas

entraron por oído

se alojaron en el ocre sentimental

de mis órganos

rasgaron de gravedad las paredes hemorrágicas de mi cuerpo

 

debí colgar antes de que péndulos mis piernas

y brazos

sostuvieran la mochila donde:

un espejo

un autorretrato

una libreta

un lapicero

saliéramos a buscarte

 

 

IV

tú, que la segunda vez que te encontré

(de cuerpo atómico frente a mí

con tus dedos incendiándose)

manipulabas un mandala de alambre

y me contaste la historia:

los monjes tibetanos: hace más de tres mil años: relajación y meditación: las formas sagradas: los movimientos: el origen del universo: la evolución de la vida: la nada: la gran explosión: el átomo: las galaxias: el Sistema Solar: la Tierra: los elementos: agua: aire: fuego: tierra: la dualidad: bien: mal: Yin: Yang: luz: oscuridad: la vida en la Tierra: la Flor de Loto: el Hombre: sus manifestaciones: las culturas: el tambor: la rueda: una corona para el rey: otra para su reina: un salvador y su cáliz sagrado: los seres de otros planetas: las naves espaciales: regresamos al origen: el átomo

fingí poner atención

la historia ya me la sabía

me imaginé

me perdí

en tus sopletes dedos industriales

quemándome

V

que la tercera vez que te encontré

te vi de lejos

y pensé que era yo

con más años y lunares

y pensé que eras mi padre

(fotocopia de mi vida[1])

y te vi

Hermoso–fuerte–orgulloso–seguro–arrogante

respetado y (deseado) por los demás[2]

y te vi

de puerta abierta hacia explotar en el pasto

anunciándote en las paredes continuamente

respondías a otros el teléfono

lavabas tus manos/ veías el espejo/ contemplabas el vértigo

de tus ojos/ sonreías

y pensé que era yo, Juluis

escribí: Narciso

en la primera página: un puñado de muchachos

escribí dos puntos: bitácora de voces masculinas

tropecé en mayúscula con tu nombre (maravilla del mundo)

acantilado

de signos

imágenes

 

VI

y después

las tardenoches

los llanos de verdeoscuro

las nubes rojas de ciudad

de estar arriba

ladrillo

sobre mí

con semento entre nosotros

erigíamos una barda en pocos minutos

las noches

las sombras

el ruido de los grillos

de estar arriba

siempre huías

dejándome en el derrumbe

 

 

VI

la noche puede caer dentro de la vena antes que la jeringa:

mil abejas queriendo atravesar los tímpanos

la bala que encierra el corazón

(ojos de cristal meth el temblor de la vista)

las ganas de salir al crucero de sombras

las ganas de salir a buscarte, Juluis

verte con un dedo tapar un poro nasal

y con el otro respirando azul marino

cuéntame una de tus historias

verte, Juluis, decirte, Juluis

vamos a Tres Puentes

a las escaleras de S a n t a M a r í a

a Plaza de Armas, Juluis

a donde quiera que existas

allá te comparto mi jeringa, allá te inyecto, Juluis

donde las avestruces de la noche miran y comen

que nos coman por los ojos

(ojos de cristal meth)

la bala que dejó escapar el corazón

arde en las puntas de la uñas

(el temblor de la vista)

Juluis, brinca las calles y los cuerpos tirados

esos que ya no te sirven, esos que inyectaste una vez

los que gotean blanco de la mitad de su cuerpo

los que explotaron por la magia que trasmites

bríncalos, Juluis

no entienden que eres mago

el que viene en busca de todos, el cuentacuentos

bríncalos, y te espero en algún lugar

con la sustancia entre las piernas

y con la liga amarrada al brazo

[1] Eros Alesi

[2] Ídem


Autores
(Zamora, Michoacán, 1994) egresado de la Licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas de la Facultad de Letras de la UMSNH. Es parte de Promoción y Difusión para las Letras Michoacanas, A. C. Autor del poemario Cruising Morelia (Instituto Zacatecano de Cultura/ Texere Editores, 2019). En 2015, obtuvo Mención Especial en el Festival Internacional de Cine de Morelia por su guión titulado Fin del Mundo. En 2018, obtuvo el Premio Nacional de Poesía LGBTTTI.
Collage de Miranda Guerrero Araiza

Para Carlos Esteve

Para mi gente, los que se han estrechado en la distancia.

La distancia puede volverse una cicatriz. De eso quería escribir. Podría haberlo hecho desde mi experiencia lejos de mi gente y de los paisajes que aprendí a apropiarme para entender cómo nos marca la distancia. Pero antes siquiera de acercarme a esta página en blanco, en los borradores previos a la escritura, fui cambiando ligeramente el rumbo, aunque nunca del todo.

Lo que hizo que modificara el abordaje fue encontrarme con el «Elogio de la distancia» de Paul Celan:

En la fuente de tus ojos

viven las redes de los pescadores del mar del extravío.

En la fuente de tus ojos

mantiene el mar su promesa.

Aquí lanzo yo

un corazón que estuvo entre la gente,

mi ropa y el brillo de un juramento:

Más negro en la negrura estoy aún más desnudo.

Soy leal solo cuando soy disidente.

Soy tú cuando soy yo.

En la fuente de tus ojos

voy a la deriva y sueño con un rapto.

Una red atrapó una red:

nos separamos estrechamente abrazados.

En la fuente de tus ojos

un ahorcado estrangula la cuerda.

 

Este poema me recordó una de las cosas que más me atraen de la corriente terapéutica Gestalt relacional: la noción de ser con el entorno y no separado de él, al interior de una mismidad abstracta.  Me recordó la reescritura de la Oración de la Gestalt que hizo Carlos Esteve: «yo soy yo, gracias a ti, tú eres tú, gracias a mí». Al encontrarme con el poema de Celan me di cuenta de que eso quería hacer, un elogio de la distancia.

En la fuente de tus ojos / viven las redes de los pescadores del mar del extravío. / En la fuente de tus ojos / mantiene el mar su promesa. Vive en nuestra mirada, al interior del manto acuífero, debajo de los iris, lo que hemos visto. En la contemplación del mar reside también el deseo de volver a verlo. Cuando estamos frente a nuestra gente querida nos la llevamos en la piel y, cuando dejamos de verla, cicatriza en la distancia, en nuestros ojos reside su imagen que se anida en el recuerdo.

Al hablar de la distancia entre las personas, había pensado en situaciones muy particulares como la geografía o el mar de por medio, pero me doy cuenta de que la distancia es una cotidianidad que nos golpea, a veces, sin que nos demos cuenta. Semanas antes, cuando Julieta y yo salimos de México, una amiga me dijo, con la confianza de quien supone que el internet ha resuelto más problemas de los que ha subrayado, que con las videollamadas y la inmediatez de las redes sociales, conectarse con los seres queridos era una cuestión de tiempo y no una cuestión de distancia.

Pero otro modo para medir la vida es la distancia, porque es una manera lateral de hacer físico el tiempo. Decimos que nuestro trabajo está a 20 minutos como decimos que está a un par de kilómetros. Cuando hablamos de la distancia entre dos ciudades o dos países, nos interesa saber cuántas millas terrestres, aéreas o náuticas separan un lugar de otro, pero, en especial, queremos saber cuánto tiempo debemos invertir para llegar: dos horas de vuelo, doce horas en auto, veinte horas en barco.

Cuando se está físicamente lejos de todo y de todos, la distancia no solo se intuye como tiempo, el tiempo que te lleva salir de dnde estás para llegar hasta donde se quiere estar, sino que multiplica la cercanía con las personas. En nuestra cultura tendemos a decir: “cuenta conmigo”, “cuando quieras”, “si necesitas algo, llámame”, pero la mayor parte del tiempo son solo fórmulas sociales. Cuando se tiene verdadera necesidad del otro, aunque sea solo moral, la distancia puede volverse un abismo infértil o una cicatriz. Son pocos quienes en verdad están ahí cuando nadie más está. Muchas veces son personas que nunca dijeron, literalmente, “cuenta conmigo”, pero que siempre, con la sencillez de su presencia, lo hicieron saber.

Estando lejos de todo, las personas que se vuelven entrañables son por las que no dudarías cruzar el mar solo para verlas de nuevo, invertir el tiempo, hacer que se vuelva fértil todo ese recorrido, toda esa espera. Son las que viven en la propia piel pues ahí han cicatrizado, aunque no las veamos todos los días, son a quienes desearíamos ver siempre. Y vuelvo a Celan: Aquí lanzo yo / un corazón que estuvo entre la gente, / mi ropa y el brillo de un juramento: / Más negro en la negrura estoy aún más desnudo. Porque uno se siente más invisible que nunca, más vulnerable, más desnudo, cuando se encuentra en medio de todos y nadie devuelve una mirada familiar, una mirada de reconocimiento.

Cuando se vive en la misma ciudad de siempre, a veces se vive en la fantasía de que en cualquier momento se podrá ver a la otra persona, que basta dedicar minutos de planeación para que se transformen en horas de convivencia. Pero luego, cuando nos reencontrarmos con los otros, siempre nos asombramos de cómo ha pasado el tiempo, de cómo hemos dejado pasar otro año, otros años, sin vernos. Siempre suponemos que no hemos tenido tiempo, pero si se hiciera un recorrido honesto de todos los tiempos muertos que se dedicaron a nada, las cuentas saldrían en contra.

Si el tiempo se manifiesta de forma física en la distancia, quizá podríamos transformar en kilómetros o millas todo el tiempo que no hemos pasado con otras personas para entender qué tan cerca están. Aunque esto no siempre sería exacto. Hay personas que vemos poco y, sin embargo, resultan esenciales porque son las más cercanas. Hablo entonces de los encuentros deliberados, de los que uno decide por encima de todo, no de aquellos que suceden a pesar de sí mismo —como encontrarnos con un colega del trabajo todos los días, por ejemplo—, esos encuentros se vuelven significativos, nos marcan porque se imprime en cada célula y en cada pensamiento. Cuando suceden están marcados por la presencia de ambos y el deseo que ambos imprimen en ese encuentro, pues no quieren nada más que el encuentro mismo  recuerdan que Soy tú cuando soy yo, y      viceversa: soy yo cuando soy tú, cuando somos, cuando estamos siendo. Soy leal solo cuando soy disidente; ser leal a sí mismo es también ser disidente, ir contra uno para encontrar al otro porque se sabe que no hay mayor lealtad hacia sí que la que se tiene hacia el otro en el encuentro.

Cuando alguien cercano está físicamente lejos, cuando se va del país o tenemos que irnos y dejar a todos los nuestros, recordamos con el cuerpo cómo la presencia física también tiene un papel fundamental en las relaciones. Con una pareja, por ejemplo, se puede decir de mil modos el amor, pero no puede hacerse. Enviar abrazos o saludos por medio de mensajes, nunca será igual a tocar la mano de un amigo, sentir sus brazos rodeando con fuerza y la temperatura exacta de su cuerpo. Un beso escrito o dicho por teléfono jamás tendrá la humedad de los labios; la mirada misma, aún a través de la videollamada, no tiene el mismo efecto que cuando dos personas se encuentran frente a frente. En la llamada virtual lo que se observa es el dispositivo que reproduce una imagen, no un cuerpo, no la mirada del otro; del mismo modo que cuando nos vemos en el espejo sabemos que no es la imagen que los otros ven sobre nosotros mismos, porque le falta lo que tienen los otros ojos: el brillo de la otra mirada que completa nuestra imagen, que nos hace ser. Por eso cuando nos vemos con una persona entrañable su presencia física reconforta, pues estamos siendo con esa persona del único modo en que podemos ser junto a ella. Por eso la distancia con las personas entrañables se expresa en el deseo de volverlas a ver: En la fuente de tus ojos / voy a la deriva y sueño con un rapto. / Una red atrapó una red: / nos separamos estrechamente abrazados. No estamos más junto a esa persona y aun así la sentimos cerca, estrechamente abrazada a nuestra separación. La red que atrapa otra red es el deseo que se engarza a la voluntad del otro, la que sueña con raptar tiempo al tiempo en la deriva y hacer posible volver a verse.

Collage de Miranda Guerrero Araiza

Collage de Miranda Guerrero Araiza

En la fórmula que expresé antes, en la que podríamos convertir el tiempo que no hemos estado con otra persona en distancia para entender su cercanía, falta una variable: el deseo de estar con esa persona. Pero ¿cómo podría medirse esa falta, cómo medir el deseo de volver a encontrarse? Haría falta quizá, otra conversión. Una operación que pueda transformar el deseo en algo físico, que nos haga dimensionar la falta del otro: lo que estamos dispuestos a hacer y a lo que estamos dispuestos a renunciar para el reencuentro. Por supuesto, no son sumas tangibles, tienen un valor personal, pero también pueden medirse en tiempo. El tiempo que se está dispuesto a invertir para llegar hasta la otra persona, sumado a todo lo que se deja suspendido. Quizá si se tuviera presente, en cada encuentro con los otros, a todo lo que se está renunciando para estar ahí, esas experiencias se volverían más significativas; marcarían nuestra experiencia vital como la impronta que deja el hierro incandescente sobre la piel de los caballos cuando los marcan a fuego.

Cuando la distancia existe entre dos personas que se están queriendo que se están amando, se entiende que son ambas voluntades las que se imprimen en el encuentro, no solo es la cuerda la que estrangula al ahorcado, sino un ahorcado estrangula la cuerda desde la fuente de esos ojos. Cuando dije que la distancia puede volverse un abismo infértil o una cicatriz, a esto me refería: la distancia entre dos personas puede acentuar el deseo de la cercanía y contemplar, con una nitidez inhabitual, qué tan importante, qué tan cercana es esa persona.

Si bien la distancia puede medirse en tiempo, el tiempo debe entenderse como experiencia. Las horas y los siglos son insignificantes sin la piel que los vive. En la distancia, cuando se rompe la ilusión de que podemos encontrar a la otra persona en cualquier momento, cuando se vuelve exponencial la cantidad de recursos que deben invertirse en la experiencia de estar con otros, el tiempo que se vive lejos de los seres entrañables también es diferente porque hay otro modo de entender quiénes están más cerca: quienes abarcan nuestros pensamientos más, recordándonos todo el tiempo, en su ausencia física, que están con nosotros en nuestros recuerdos, pero también en su no estar físico pues se expresan en cómo nos hacen falta.

Cuando era niño y pasaba un fin de semana lejos de casa, al volver, mi madre siempre me preguntaba si la había extrañado. Yo instintivamente contestaba que sí, porque en mi vivencia infantil o adolescente en realidad nunca entendí qué significaba extrañar. Incluso de adulto, cuando llegué a viajar al interior de la república por semanas y sin Julieta, llegué a preguntarme qué se siente extrañar en realidad, cómo saber que se ha extrañado al otro.

En italiano, el modo de decirle al otro que lo has extrañado es señalar su falta en la expresión: mi manchi quiere decir, literalmente, que el otro hace que uno sienta su no presencia, su falta. Es como decir, en español, «me haces falta» o «me faltas», pero adquiere una contundencia inusual cuando es el único modo de decirle al otro que lo echas de menos. Hace poco vimos, en la estación de trenes, un árbol de Navidad en el que habían colgados cientos de deseos para Babbo Natale. Entre estos, había uno que da cuenta de cómo es que esta expresión adquiere toda su contundencia: “Caro Babbo Natale: fai che papà si svegli, ci manca tanto” (Querido Santa Claus: haz que papá se despierte, nos falta tanto). Cuando lo leí me solté a llorar, porque me di cuenta de cómo en una sola frase podía expresarse la falta de otra persona.

Hoy que me faltan tantas personas he entendido qué es extrañar, con todo el cuerpo. Me doy cuenta de que al estar cerca de otros en lo físico, a veces viví anestesiado de su falta, porque siempre me conté que en cualquier momento los volvería a ver, porque el reencuentro se me antojaba casi inevitable. Me doy cuenta de que la distancia física es una cicatriz que llevo cada vez que alguien me pregunta de dónde soy; cada vez que alguien detecta en mi acento la extranjería; cada vez que quiero saber de alguien y la diferencia horaria impide una llamada; cada vez que en una esquina me parece percibir una figura familiar y me hace recordar que no podría ser ella; cada vez que un olor se activa la memoria y con ella las experiencias vividas con mi gente; cada vez que, en una frase, me descubro hablando como alguien más (usando sus palabras); cada vez que escucho algo sobre mi país y me preocupo por mi gente precisamente porque no estoy ahí para ayudar en caso de que fuera necesario.

Pesa la distancia, es cierto. Es una subespecie del dolor. No puedo decir que me duele la distancia, aunque a veces ésta me provoque dolor. La distancia misma es una experiencia que se vive en la carne, pues tiene la capacidad de sajarla. Como con las cicatrices, la distancia está ahí marcando nuestra existencia, solo que a veces no nos damos cuenta.

Extrañar, sentir la falta que los otros nos hacen, darnos cuenta de que es tan cierto que en cualquier momento podemos volver a vernos como su expresión contraria, que en cualquier instante podríamos no volver a vernos, es aceptar la contingencia de la muerte en nuestras relaciones y honrarla al aceptar la falta que nos hace cada persona entrañable cada vez que nos separamos de ella.

Uno de los móviles para venir a Italia, aparte de las facilidades que da contar con la ciudadanía, fue conocer en persona a mis tíos, al hermano de mi padre y a su esposa. Con ellos siempre tuve una relación virtual, vía telefónica. Siempre estuvieron presentes, pero nunca los había extrañado, pues mi relación con ellos era exclusivamente de voz, sin el recuerdo físico, sin saber cómo era besarlos al saludarlos, cómo sonaba su voz en su lengua madre (porque me hablaban en español por deferencia), sin saber cómo era compartir el pan con ellos; era difícil pensar en su ausencia, solo podía sentir mi deseo de conocerlos.

Mi tío falleció hace poco. La noticia la recibí por un mensaje de mi primo. Julieta aún dormía. En ese instante no pude llorar, pero no porque no estuviera triste, sino porque siempre temí recibir esa noticia sin haber tenido la oportunidad de extrañarlo, sin que se hubiese vuelto mi tío y yo su sobrino por nuestras experiencias juntos, y no sólo por el parentesco de la sangre y el cariño a la distancia. En ese momento ganó la satisfacción de habernos vuelto cercanos en la experiencia, en el tiempo, el hecho de tener huellas de su presencia en nuestras vidas, el haberme podido reconocer en su mirada y entender un poco más lo misteriosa que es la propia genealogía, lo mucho que dicen de mí mis raíces.

Supongo que ese es el peso que tiene la distancia, saber que una vez que nos separamos del otro podría ser la última vez que nos veamos, dolernos con su distancia definitiva. La distancia última, contra la que nada podemos hacer, es la muerte, el agotamiento radical del tiempo. Y también nos marca, porque no tenemos forma de medir esa distancia salvo equiparando todo el tiempo que no pasaremos más cerca de la otra persona.

Las separaciones como la muerte, el tiempo y la distancia, son inevitables. Forman parte de nuestro ser en el mundo. Estas experiencias nos marcan de forma constante. Dar cuenta de esa cicatriz es un modo de honrar nuestra experiencia con el otro. Son modos de recordar cómo nos hacen falta los otros porque estando con ellos somos de una manera que no podríamos ser cuando no están. Cuando mueren no sólo nos duele su ausencia, sino la parte propia que se muere en su cesar de existir.

Collage de Miranda Guerrero Araiza

Collage de Miranda Guerrero Araiza


Autores
(Distrito Federal, 1985) es traductor. Le interesan los géneros literarios como recursos, cree en la docta ignorancia y piensa que entender, cabalmente, la psique es un simulacro frente a la angustia.

Ilustrador
Miranda Guerrero
Artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías en Tierra Adentro; mientras que ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX. Instagram: www.instagram.com/mirandacollageartist/

 

3. Instrucciones para medir una consulta abierta

a) Leer en voz alta, de corrido, sin pausas para ir al baño, todas las participaciones.

b) Meditar sobre lo leído. Identificar los temas más mencionados, las críticas más repetidas.

c) Pero no solo: también debe buscarse un zeitgeist general de la consulta.

d) Releer la primera participación e identificar las opiniones cuantificables que hay en ella.

e) Crear una hoja de cálculo e incluir como categorías las opiniones cuantificables encontradas en la primera participación, y asignarles un voto.

f) Releer la segunda participación. Identificar nuevas opiniones cuantificables e incluirlas con un voto en la hoja de cálculo; si se repite una opinión cuantificable, asignarle un voto en la categoría correspondiente.

g) Repetir el paso anterior con las participaciones restantes.

h) Contemplar la hoja de cálculo, contar los votos, verificar el conteo de votos.

i) Ordenar los temas por número de votos.

j) Discutir los temas, dando prioridad a los que generaron más votos.

k) Definir formas de atender las demandas surgidas de la consulta.

l) Las principales formas de atender las demandas de una consulta, son: unilaterales y colegiadas.

m) Discutir de nuevo los resultados de la consulta.

n) Redefinir conclusiones.

ñ) Salir, tomar aire, irse a la casa, consultarlo con la almohada, repensarlo a lo largo de una semana y redefinir conclusiones.

o) Publicar un análisis del procedimiento y las conclusiones.

p) Repetir las veces que sea necesario.

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Collage de Miranda Guerrero.

Existe una condición inicial para empezar a llorar: no estar llorando. No porque no se pueda seguir derramando gotitas saladas cuando ya se ha abierto la llave, no, ¡sí se puede! Incluso cuentan que se han roto récords mundiales llorando. Hubo una vez,  durante una de estas contiendas maratónicas para los lagrimales, en que cada uno de los competidores llenó un plato de sopa con lágrimas. Desde ahí viene la recomendación de comer caldo de pollo para el corazón —y para el llanto—, pues hay que hidratarse severamente antes de entrar a estos certámenes; dicen que varias veces los chillones han caído deshidratados por contar con bajas reservas de electrolitos. De modo que sí se puede llorar una vez tras otra. Pero si se llora después de llorar entonces se dice “se sigue llorando” y no se utiliza el término “se comienza a llorar”.

 

Para empezar a llorar hay que poseer un sentimiento que detone la emanación de agua del lagrimal. Lo más común es que se llegue a esta meta por gozar de tristeza o desconsuelo; enojo o dolor. Pero algunas veces desenmarañar el porqué no es tan fácil y la génesis del llanto es imposible atribuírsela a un sólo factor, así que en estos casos los afluentes lagrimales serán provenientes de un anímico río revuelto.

 

Son dos factores los que garantizan, según numerosos estudios, el prolongado derrame de lágrimas. El primero está asociado a la compleja amalgama sentimental: mientras menos sepamos del porqué se llora, más difícilmente llegará el consuelo, pues se pierde mucho tiempo en falsas hipótesis. El segundo factor es la penetrabilidad de la emoción: mientras más profundo en las esté oculto el sentimiento engendrador de lágrimas, más difícil será contenerlas. Por lo que cada doliente puede elegir a gusto la complejidad del sentimiento que lo haga llorar, sólo debe asegurarse de programar el sollozo, pues sería terrible perder la visita al dentista por no haber calculado bien el tiempo para la conclusión de la primera actividad.

 

Si hasta ahora parecía complejo decantar un único sentimiento para prepararse y comenzar a llorar, la locura estalla cuando se destapan casos en los que las personas reportan iniciar esta actividad por razones contrarias al llanto: reír. Resulta que hay homo sapiens que lloran de alegría. ¡Qué locura!

 

Luego, según el gusto, es necesario acotar el tipo de llanto que se interpretará: lamento, lloriqueo, berrinche, desconsuelo, queja, silente —sí, se puede llorar enmudecido—, o riendo (este último asociado a la exótica modalidad de llorar de risa). Muchas veces, si se tiene en claro el sentimiento que genera el llanto, se puede circunscribir inmediatamente la modalidad de representación. Otras veces no, y entonces es habitual transitar de un estilo interpretativo a otro hasta encontrar el más adecuado; cosa que no debe de preocupar a nadie, pues el vaivén emocional es lo más ordinario que existe. Lo verdaderamente inusual es efectuar de manera simultánea y polifónica dos clases de llanto; quien domine esta multifacética tarea seguro ganará un premio nunca antes dado.

 

Como se puede inferir hasta ahora, no hay unanimidad en la razón por la cual se comienza a llorar y tampoco existen convenciones sobre el tipo de lamento que cada sentimiento desencadenará. Es decir, la elección y responsabilidad queda en manos del ejecutante. Eso sí, hay que estar conscientes de que no se tolerarán reclamos si el actor decide llorar de risa en el velorio de su madre o si enmudece al dolor de la tortura. En caso de incomodidad, les sugerimos alzar una plegaria para Ezis, divinidad griega de la angustia y la tragedia.

 

Cabe mencionar que existen tres formas para empezar a llorar en las que los sentimientos no se involucran. La primera es insertando en el ojo un objeto tan pequeño como un grano de arena; al parecer si el bulto es más grande que esto, entonces pasa desapercibido por el hospedero, de ahí que el tan famoso refrán diga que no se ve la viga en el propio ojo pero sí la basurita en el ajeno. Después de colocar el cuerpo extraño en algún rincón de la esclerótica, éste se moverá con libertad por todo el globo ocular arañándolo, provocando molestia e irritación; de modo que el ojo utilizará su único mecanismo para deshacerse de la pieza encajada: llorará. Después de un rato de lagrimear, el cuerpo extraño saldrá y cesará la actividad hídrica. De lo contrario, hay que acudir con el oftalmólogo para un procedimiento médico que puede requerir agujas estériles y gotas desensibilizadoras.

 

Como es del saber popular, los bebés lloran por demandas y no por sentimientos profundos, así que ésta es la segunda manera. Más extraordinario que llorar sin sentimientos es que este puede ser un llanto desértico, es decir, sin perlitas de agua escurriendo por los agujeros de la cara; y la razón es que si se es muy nuevo en este mundo, los lagrimales son tan inmaduros que todavía no tienen la plomería ocular en funcionamiento, así que se llora en seco.

 

Si se es un lactante, lo único que basta para comenzar a llorar es tener una necesidad (cual sea): hambre, frío, calor, dolor, sueño. En otras ocasiones basta con la incomodidad de haberse ensuciado con excreciones. La recomendación para echar a andar este tipo de llanto es ser una criatura en brazos porque, en la vida adulta, hacer esto puede ser verdaderamente contraproducente para las relaciones públicas.

 

Para encarnar al tercer tipo de ejecutante en las artes del lamento impávido, se requiere haber sido tallado a manos de un escultor en algún material inerte, saber estarse quieto como estatua por tiempos que superan el fastidio y pertenecer a algún tipo de culto que congregue feligreses alrededor. La advertencia para interpretar el papel indica que las lágrimas teñirán de carmín la cara y todo el ropaje con el que otros decidan ataviarle. Habiendo aceptado lo anterior, la instrucción prescribe que se comience a llorar después de haber oído una plegaria sobre la cual se esté completamente de acuerdo y que origine un fuerte compromiso de responsabilidad para resolverla, de otro modo se le pide abstenerse. El fiel orador asociará esa semilla de granada lacrimosa con el milagro implorado.

 

Existe una variante operacional en la que la lírica popular dice que, a veces, se puede hacer una especie de cambalache emocional. Dicho llanto resulta de la imposibilidad de soltar esas lágrimas que consideraríamos “normales”, las húmedas que tienden a dejar el rostro hecho un caldo, es decir, este acto es árido y el trueque consiste en cambiar la fenomenología por completo. Para comenzar a llorar de este nuevo modo, en vez de abrir el ángulo de los párpados para expresar el sentimiento, se abre el orificio más grande de la cara y se expulsa aire de manera controlada generando sonidos armónicos. El algoritmo de sapienza folclórica no especifica si deben ir cargados de semántica o simplemente ser armoniosos para el oído, también se desconoce si deben de hacerse afinados o no, tal vez no importe. Finalmente, emitiendo sonidos así podemos estar seguros que “se canta cuando llorar no se puede”.

 

El acto de llorar o lo que los expertos llaman “estar llorando” es más complejo iniciarlo, pues requiere sostener durante un tiempo diferente a cero un continuo devenir de sollozos, quejas y sonidos; nutrir la mente y el corazón de manera constante de un mar de sentimientos para que no mermen los actos interpretativos y se precisa de un reservorio robusto de energía para que de los ojos broten con una frecuencia constante, y acorde a la exégesis actoral, las lágrimas; o se necesita polvo, hambre y tragedias, en el caso de llorar con el corazón sosiego. Siendo esto así, no es de incumbencia para este texto especificar lo relativo al acto de “estar llorando”, pues como muy bien se rotuló en la primera línea de la primera página de estos párrafos, estas hojas están dedicadas a los instantes previos: “para comenzar a llorar”. No obstante a manera de gratificación para los lectores que llegaron hasta este punto, existe una recomendación final que se deberá de considerar antes del inicio de esta actividad, únicamente con la finalidad de que el cataclismo córneo no los agarre desprevenidos.

 

A cada ejecutante le sugerimos tener a la mano un trozo de papel o un paño para poder desecar los encharcamientos faciales; los más incómodos se establecen en el centro de la cara, exactamente en el canal que une la nariz con la boca y que un médico llamaría surco nasolabial; pues al parecer no importando la fisonomía o la edad o el género de la persona que llora, la topografía de la faz hará que toda la humedad confluya a ese punto. Si no se cuenta con lienzo alguno, su recurso se limitará a enjugarse las lágrimas y fluidos nasales con las manos desabrigadas, por lo que sugerimos usarlas a turnos con reposos regulares para beneficiar la evaporación superficial de humedad y así asegurar el éxito del aseo.

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Autores
Nació en Xalapa, Veracruz. Lleva la mitad de su vida viviendo en Ciudad de México, así que se autodenomina jarochilanga. Estudió la carrera de Física y Matemáticas, ha tomado cursos sobre divulgación y periodismo de ciencia, edición de libros y revistas. Además de ser editora, escribe microcuentos de 140 caracteres en el blog Mis historias diminutas.

Ilustrador
Miranda Guerrero
Miranda Guerrero es una artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías en Tierra Adentro; mientras que ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX. Instagram: www.instagram.com/mirandacollageartist/
Collage de Miranda Guerrero.

Decía Octavio Paz en El laberinto de la soledad que: “El mexicano grita todo lo que puede el 16 de septiembre para quedarse callado el resto del año”. Podríamos pensar que los mexicanos se rebelan de manera silenciosa, casi subterránea. Tal vez por medio de la fiesta o el afán de lo imposible, de aquello que queda registrado en tres líneas de los libros de historia como el hecho de tener el mayor número de preseas en los récords Guinness. Es sabido que toda nación, además de tener un gusto inquietante por la sangre, debe tener héroes de guerra o suicidas que se arrojen al vacío envueltos en la bandera nacional. Dentro de estas hazañas nacionalistas se encuentra la mentada de madre más grande registrada en la historia, en la que más de 500 personas entonaron un atronador “¡chinga tu madre!” en el cielo de Guadalajara.

Pensaba en la cima de la historia, en los récord Guinness, en formar parte de algo grande; en la trascendencia de la anécdota, en la gallardía que equivale a levantarse de la mesa y decir frente al público: ¡Yo estuve ahí cabrones! O salir al ruedo como gallito de combate: “a mí no me ninguneas hijo de tu puta madre, porque estuve en los Guinness”. Al pensar en ese ideal máximo, empecé a canturrear una especie de tonadita, con la frase: “Rapunzel, Rapunzel, deja tu pelo caer”. Recordé ese cuento escrito por los hermanos Grimm publicado en 1812. La historia de Rapunzel: la adolescente que a los doce años es encerrada en una torre sin puertas ni escaleras. Solo con una ventana por donde la bruja Gothel, su madre adoptiva, una fetichista lésbica, la frecuentaba todas las tardes.

La hechicera, obsesionada por atesorar aquella peligrosa reliquia de juventud, conoce las palabras que le dan acceso: “Rapunzel, Rapunzel, deja tu pelo caer”. La adolescente que no ha visto a otro ser vivo más que a la bruja y menos aún a un peluquero, desenreda sus “magnificas y larguísimas trenzas”, que como sabemos alcanzaban “veintes varas” de largo, lo equivalente a casi veinte metros hasta hacerlas llegar al suelo. Tan solo las desenvolvía en torno a un gancho de la ventana y las dejaba caer por la ventana. De tal forma que la hechicera practicase una especie de rapel, jaloneando las hebras doradas de Rapunzel y apoyando los pies sobre la tapia hasta alcanzar el tragaluz. Interrumpí esa reflexión al momento que descorría la puerta de cristal que daba acceso a la peluquería. Ahí estaba una joven, de cabello liso negro, con un overol blanco de dos bolsas laterales, donde guardaba todo tipo de herramientas de trabajo: tijeras para cortar bigotes estorbosos o desplumar pelos desobedientes, dispensadores de plástico con perfumes o aguas benditas.

Tenía las dos rodillas y el codo puestos en el suelo. Con su mano libre de manicurista con uñas recién pintadas, recolectaba gruesas y compactas bolas de pelo negro, que yacían impávidas en el suelo, para después llevarlas con gran parsimonia a su boca y engullirlas con placer. En ese momento supe que, aunque pensadores de alta talla habían mascullado durante toda su vida que el único y verdadero tema de la filosofía era el suicidio, para mí quedaba claro que el verdadero peligro real y filosófico para la sociedad eran los peluqueros.

Ya que el cuestionarnos si la vida vale o no la pena pasa a un segundo plano cuando nos enfrentamos a problemas realmente grandes como la belleza o la fealdad propias. Valdría la pena saber si los individuos son capaces de sobreponerse a los males de su fealdad, rechazados por una condición impuesta por su propia fisionomía. Una carne cuyo cuerpo muerto sería rechazado por cuervos y zopilotes, por sus propias madres e inclusive por sus propias abuelas. Hay que recordar que esas derrotas impuestas pueden siempre arreglarse por medio de un corte de cabello, pues aunque digan que las apariencias engañan, todo el mundo sabe que no es cierto.

Las preguntas que a continuación se plantean han sido discutidas en diversos congresos, de las que aquí se derivan algunas cuestiones y respuestas:

¿Por qué los peluqueros representan el mayor riesgo para la sociedad? ¿Qué haríamos sin Televisa? ¿¡Qué vamos a hacer!?

Si consideramos que todo gremio tiene sus formas de desfogue como la mentada nacional, es importante ponerse a pensar de qué manera actúan estos aparentes estetas y en lo que están pensando mientras despojan con sus tijeras las cabelleras de los incautos. Impávidas cabezas, puestas de espalda, expuestas a los ánimos irascibles del ejecutante, dando con ello agraciados o debilitadores cortes ya sea para maldecir las desgracias del mal gobierno, de los bajos salarios, o de la nostalgia de las telenovelas mexicanas; hoy en día, por cierto, más bien turcas o colombianas.

Hartos de las inmundicias ofrecidas por los culebrones con acentos guapachosos o mal dobladas, hartos de que en los programas de chismorreo y escándalo ya no hubiesen actores mexicanos, despojados así de la fortuna de poder tocarlos u observarlos a la distancia en una genérica plaza comercial o a través de las franjas electrificadas de los aeropuertos, arrancados de sus héroes modernos, los peluqueros empezaron una rebelión. Fue a partir del despojo que sintieron de su cultura propia. Entendida como una actitud ante la vida, constituidas por ligeros brotes de amaneramiento, un amor incondicional a Televisa y un frenesí casi cardíaco a programas como La Oreja.

La peluquería es un oficio tan antiguo como el bandidaje. Cuántos reyes barbones, en castillos repletos de espejos, llenos de ocio y narcisismo, obsesionados con no asemejarse al vulgo habían preferido mantener la barba que la vida. Qué pensar cuando el emperador Maximiliano, sitiado por las tropas liberales de Juárez no siguió los consejos de sus más cercanos generales, que le aconsejaban cortarse la barba y huir. Es sabido que en la Francia del Ancien Règime, los peluqueros gozaban de un estatuto superior dentro de las cortes compuestas por bufones, músicos, cocineros y saltimbanquis. Sólo ellos podían secundar a las damas y adentrarse en las habitaciones reales; escuchar las vidas frívolas propias del ocio, de insidias y enredos en la cama o simplemente de las maledicencias de su consorte. Su papel se distinguió de tal manera durante la Revolución Francesa que el historiador francés Jules Michelet, los describió como el gremio más pro monárquico de la época. Una devoción inclusive superior a la proferida por los sacerdotes mismos, sabedores que tras la decapitación del rey, ya no tendrían cabelleras que cortar.

Algunos creen que los peluqueros fueron los malos aprendices de los carniceros, individuos no diestros en el uso de los cuchillos, que renunciaron al oficio de instrumentos sádicos y delantales atados al cuello untados de sangre. Todo esto derivó en su deseo incumplido de trocear o desollar carne. Los peluqueros, defenestrados de las carnicerías, obligados al destierro, no tuvieron de otra que volverse diestros en el uso de las navajas y las tijeras. Actualmente se calcula que cerca de tres mil peluqueros deambulan todos los días por las calles de la Ciudad de México, a la vista de todos, sin que a nadie parezca importarle nada. No hay que olvidar que no había trofeo más preciado para los Pieles Rojas o los Iroqueses que poseer el mayor número de cabelleras, las cuales eran expuestas en las paredes del interior de sus rústicas casas. Prueba imbatible de sus enemigos caídos en combate.

Otro dato que pasa a la vista de todos son las historias de infortunio de aquellos individuos que optaron por aventarse a las vías férreas o colgarse de sauces llorones, tras la culminación de un insatisfactorio corte de cabello. O la del loco, que tras dos meses de encierro en un psiquiátrico, lo primero que decidió al salir fue cortarse la cabellera con pretensiones de encontrar, en la renovación de su rostro, también la transformación de su vida. Pero no, tras haber sido despojado de sus pilosidades, el peluquero le muestra su rostro reflejado, y lo que encuentra es la representación de un individuo que no había visto jamás en su vida. No es insospechado pensar en la psicosis o trastorno disociativo a la que el expaciente se vio enfrentado.

Se trata de un gremio que sabe poseer las herramientas básicas para reducir en cenizas el orgullo de cualquier individuo, que puede ser efímero si contemplamos la vanidad expuesta por Carlos I de Inglaterra, famoso por haber pasado sus últimas horas con vida frente al tocador antes de ser decapitado blanqueándose la piel con talcos y rizándose con gran esmero el cabello. Tiempo después se supo que, tras haber sido expropiada su cabeza durante unos minutos por el pueblo, fue vuelta a suturar a su cuerpo por un médico francés, para que así por lo menos el rey no hubiese sentido que sus últimas horas hubiesen transcurrido en vano.

No se me olvidará la expresión de tristeza de aquel alopécico cráneo que, detenido frente a la vitrina de una peluquería, miraba con ojos acuosos la multitud de pelos anónimos que yacían en el suelo del salón, mientras el ayudante del peluquero, con escoba en mano y la solemnidad de un monje, apilaba pequeños montoncitos de cabello. Nadie sabía, excepto yo, cuál sería el último destino de éstos.

Con todo, estos sujetos acosados por los espejos, las sillas giratorias y los televisores encendidos conforman, hoy en día, el ala dura del dandismo baudelairiano, el cual profesaba que en la vida: “hay que vivir y morir frente a un espejo “.


Autores
(Ciudad de México, 1989) Es Antropólogo social de la Universidad Autónoma Metropolitana Iztapalapa. Obtuvo la beca en 2017, para participar en el curso el taller de periodismo narrativo, de la Fundación Gabriel García Márquez en Managua, Nicaragua. Actualmente se encuentra cursando el diplomado de Creación literaria, en la Escuela de Escritores de México y es traductor del italiano al español en la Editorial Paso de Gato.

Ilustrador
Miranda Guerrero Araiza
Miranda Guerrero es una artista visual y escritora. Se licenció en la carrera de Letras Hispánicas por la UAM-Iztapalapa. Ha publicado sus fotografías en Tierra Adentro; mientras que ha publicado su poesía en portales como Otro páramo, Digo Palabra y Círculo de Poesía. También ha escrito para páginas web como Pijamasurf, Ecoosfera y MásdeMX. Instagram: www.instagram.com/mirandacollageartist/

 

2. Los haikús

Para nuestro haikú de verano decidimos poner en cuestión la línea editorial de nuestra web durante el periodo vacacional.

Para el haikú de otoño elegimos un tema procedimental: la eficacia en la selección y edición de libros y colaboraciones.

El haikú de invierno aborda, desde la adultez y en primera persona, el límite de edad para publicar en Tierra Adentro.

Y el haikú de primavera se refiere al que consideramos el movimiento político más relevante de la literatura mexicana en 2019: #MeTooEscritoresMexicanos.

Hemos optado por el conteo tradicional de moras, en lugar de sílabas.

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 a) verano

Playa y mar

para surfear

en Tierra.


b) otoño

Cae follaje

al manuscrito;

sí: inédito.


c) invierno

El poema

de cana y deuda,

¿pasará frío?


d) primavera

Ese marzo

de las mujeres

permanece.


 

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Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.