Tierra Adentro
Coral Medrano.
Coral Medrano.

 

Anotaciones sobre la tragedia: Reconciliación y narrativas.

 

1. Todo está perdonado

Anne-Marie Uwimana camina codo a codo con a Celestin Habinshuti en su aldea dentro del sector Kibirizi, una provincia al sur de Ruanda, mientras el equipo de producción de la BBC Africa los filma. La escena por sí sola es desgarradora. Hace 25 años ambos eran vecinos cuando las tensiones raciales entre los grupos hutu y tutsi escalaron después de la muerte del general Juvénal Habyarimana (bajo circunstancias que hasta el día de hoy siguen sin esclarecerse), la cual sirvió como el detonante para el asesinato sistematizado de más de 800 mil tutsis durante los meses de abril a julio de 1994.

Aunque los autores intelectuales del genocidio fueron en realidad diversos actores políticos con intereses específicos en Ruanda, muchos de los crímenes los realizaron los propios ciudadanos hutu en contra de sus conocidos tutsi, severamente influenciados por una propaganda racista que durante mucho tiempo nutrió periódicos, programas de radio y televisión. Uno de los medios más conocidos por sus mensajes de odio fue “Radio-Televisión libre de las Mil Colinas”, fundada en julio de 1993 por Ferdinand Nahimana, un allegado político a Habyarimana y principal actor de la propaganda extremista hutu. Diariamente, la cadena transmitía mensajes como: “Su aspecto es horrible con ese pelo espeso y barbas llenas de pulgas. Se parecen a los animales. En realidad, son animales. Las cucarachas tutsis son asesinos sedientos de sangre. Diseccionan a sus víctimas, extrayendo sus órganos vitales. Son bestias feroces. Pido que se levanten y que luchen usando todo lo que encuentren. Utilicen palos, garrotes y machetes, y eviten la destrucción de nuestro país”.

Celestin, recuerda Anne-Marie, entró a su casa y mató a dos de sus hijos cortándoles el cuello con un machete. Su marido y sus otros dos hijos ya habían sido asesinados días antes. Ella apenas pudo escapar.  Celestin estuvo encarcelado durante diez años por sus crímenes, pero salió de prisión hace poco.

Hoy caminan juntos por la aldea, se apoyan en distintas tareas e incluso en ocasiones comen y beben juntos. Su historia es el resultado de los programas diseñados por la NURC o Comisión Nacional para la Unidad y la Reconciliación, por sus siglas en inglés, que forma parte de los varios intentos del gobierno ruandés para sanar las heridas sociales ocasionadas por una de las mayores tragedias en la historia contemporánea de África y el mundo.

Por medio de grupos en las comunidades, principalmente religiosos, se busca diseñar espacios en donde las conversaciones acerca de las vivencias sobre el genocidio puedan orientarse. Tal es el caso de la iglesia católica en Kibirizi, donde el padre Ubold Rugirangoga —quien también sufrió la persecución por parte de hutus— logró a través de retiros y pláticas con los sobrevivientes de la aldea que estos perdonaran a los integrantes de la comunidad que en 1994 habían masacrado a sus familiares y que en los últimos años habían regresado después de haber estado presos.  En estos retiros religiosos comunitarios, los exconvictos escucharon pláticas y estudiaron la historia de Ruanda con el padre Rugirangoga durante seis meses. Se prepararon junto con las víctimas para el acto de perdón y para hablar en público sobre sus testimonios. “El perdón nos libera. Primero la víctima debe perdonar y después el perpetuador debe buscar ese perdón”, dice el padre en una conferencia sobre su labor hace unos años.

Este tipo de historias son ahora frecuentes en muchas aldeas y pueblos en Ruanda. La imposibilidad de convivir dentro de la comunidad cuando la sociedad carga con los traumas de un genocidio alimentado por discursos de odio es más que evidente.  El perdón, se observa entonces, cumple una función de futuro dentro de la paz comunitaria y por ende de las propias personas. Se establece con ayuda de la labor de líderes religiosos bajo perspectivas morales que ayudan también a argumentar las posibilidades del mismo: para el perdón es necesario entender  que la persona a la que se le perdonará un hecho atroz es más que ese hecho. A través del testimonio que implica otorgarle dignidad y relevancia a la vivencia, las personas encuentran la posibilidad de resignificar la tragedia.

“[El padre Rugirangoga] me dijo que yo tenía la llave para liberarlo de su culpa y que Celestin también tenía la llave para liberarme a mí”, dice Anne-Marie para la entrevista de la BBC.

 

Coral Medrano.

Coral Medrano.

 

2. El genocidio que antecedió al genocidio

Aunque para muchas personas estas reconciliaciones y actos de perdón público dentro de las comunidades de Ruanda son actitudes de una grandeza moral casi incomprensibles, la realidad es que para las personas y el gobierno actual ruandés este es el único camino para poder cohesionar las fracturas abismales dentro de la sociedad. Sin esta reconciliación sólo estarían forjando las bases de un próximo conflicto nutrido por el odio y la venganza en torno a lo que pasó.  Justo como sucedió 22 años antes del genocidio de 1994, cuando grupos tutsis mataron a más de 350 000 hutus en un intento por dañar al gobierno ruandés liderado por el presidente Kayibanda en 1972.  Las interminables olas de violencia que se habían desatado después de la independencia del país tenían sus raíces en la época de la colonización europea.

***

Hablar de la historia de Ruanda bajo los términos específicos que puedan explicar el conflicto es complicado. En primer lugar, porque las regiones anteceden a las fronteras políticas y las tribus anteceden a las separaciones raciales. No existen verdaderas pruebas sobre los orígenes marcados de los grupos tusti y hutus, salvo por el propio significado elemental y casi frívolo de cada uno: tutsi: pastor; hutu: campesino.   Se sabe que no hay verdaderas diferencias culturales ni mucho menos raciales.  Ambos grupos comparten el mismo lenguaje y las mismas tradiciones. Sus orígenes parecen ser más una diferenciación de castas y de clase que fueron agravándose con el tiempo en los reinados del siglo XIX, pero que tuvo su ápice y consagración con la llegada de los colonizadores alemanes y belgas que utilizaron a su favor la separación de los grupos para poder gobernar de manera más eficaz a la población de la región.  Así fue como lograron pronunciar las mínimas diferencias raciales, como la altura o ligeros tonos del color de piel como justificaciones artificiales para la separación de ambos grupos. Puestos importantes reservados solo para tutsis o segregación en las ciudades y zonas residenciales, por ejemplo, acrecentaron el conflicto, el cual culminó con la creación de partidos políticos basados sólo en las etnias y sus diferencias.  Esta división arraigada ya en las esferas de la política ruandesa sólo aumentó las tensiones para cuando la independencia llegó en los años sesenta y fue necesario estructurar un sistema que bajo estas divisiones resultó inherentemente separatista.

Cuando el genocidio de 1994 terminó con la llegada a la capital de las tropas del Frente Patriotico Ruandés a cargo del general tusti Paul Kagame, la situación dio un giro a favor de los tutsis. Sin embargo, al mismo tiempo la violencia en la frontera se acrecentó dada la cantidad de refugiados hutu que huían en ese momento hacia la región de Zaire.  Todo esto terminaría por provocar el conflicto armado más letal del continente de todo el siglo XX, las guerras del Congo, donde se estima que murieron más de cinco millones de personas.

La violencia es reaccionaria y no puede ser un medio para la reestructuración de un país y su sociedad.  Para evitar que el país se hundiera en más olas de violencia habría que poner en marcha un sistema de reconciliación social que tomara en cuenta los factores éticos más elementales para una reconstrucción total de su sociedad.

La pregunta obligada fue entonces: ¿Cómo debería lidiarse con la construcción de una narrativa de la tragedia en el marco de un genocidio?  La historia nos ha enseñado que dentro de las claves lo esencial es el testimonio y la consagración de los hechos. Mostrar la tragedia sin tapujos para desmantelar cualquier tipo de justificación del horror.  Pero un problema particular que la población de Ruanda tenía que afrontar eran las consecuencias de una narrativa reduccionista que antagonizara de manera general al grupo hutu que representa a la mayoría de la población del país.

 

3. Reconciliación: verdad y dignidad

La necesidad de tener en el centro del proyecto de reconciliación el elemento de la verdad no sólo se refería a la importancia de mantener presentes en la memoria los crímenes cometidos durante el genocidio, sino mantener también la verdad sobre el origen de las causas. La reconciliación como categoría política y jurídica tiene que estructurarse a través de distintos ejes elementales como lo es la justicia, la ética del perdón, el derecho a la verdad y el respeto al tiempo de luto que las víctimas necesiten, para que así la propia fundamentación le otorgue sentido a los actos de perdón en las vivencias más personales dentro de las comunidades y, al mismo tiempo, evitar la posibilidad de hacer del acto una demostración pública que humille a las víctimas. Es por eso que el perdón debe de estructurarse también en la noción básica de la dignidad humana.

Después de una brutal violación a esa dignidad es necesaria la reestructuración del concepto. Ninguna víctima sobreviviente podría jamás reconstruir una vida después del genocidio si no fuera a través de nuevas narrativas que ofrezcan la seguridad del no-olvido, pero también de un futuro que prometa un “nunca más”. Esa promesa se consolida en ese acto moralmente magnífico de convertir una violación a derechos humanos en una reacción enmendadora que prometa no más violencia. Es por eso que el proyecto de reconciliación no puede exigir el perdón, ya que representa una acción muy íntima y personal que se determina según las posibilidades morales y emocionales de cada persona, pero sí puede fomentar y crear contextos en donde a través de narrativas que le devuelvan a todos esa fundamentación del derecho humano les sea más fácil perdonar. Y si no, al menos, revertir el estado mecánico del resentimiento popular en una conciencia general de la comprensión.

Siempre con la seguridad de los representantes de Estado de que debían esclarecerse las causas: afrontar también la violencia ejercida por parte de los tutsis, entender que la separación racial era una falacia utilitaria por parte de los colonizadores belgas, y, finalmente, asimilar que en un entorno lleno de discursos de odio, la mayoría de los perpetradores a quienes las milicias les dieron machetes para cometer toda clase de crímenes, forman parte también de las víctimas de la tragedia.

Desafortunadamente, en la práctica muchas reacciones vieron un resultado más complejo del esperado como cuando los juicios y encarcelamientos masivos comenzaron pocos meses después de que la matanza había terminado y que volvieron a Ruanda el país con más personas en prisión en el mundo.

Los proyectos de re-enseñanza por parte del gobierno tampoco han sido del todo exitosos y en varias comunidades de tutsis no han tomado nada bien la liberación de algunos presos.  Las desigualdades económicas han sido también un tropiezo que deshabilita ciertas prácticas de reconciliación entre los grupos.

Aun así, algunos proyectos no gubernamentales como el Genocide Archive of Rwanda, financiados principalmente por la ONU,  se han encargado de recolectar todo tipo de archivos relacionados con el genocidio y han tenido la fortuna de contar con la participación de muchas personas y la posibilidad de recolectar testimonios tanto de víctimas como perpetradores que han decidido hablar sobre sus vivencias.

Esta clase de contribuciones y ejercicios elementalmente civiles, representan en gran medida la voluntad de muchas personas por querer superar la historia en los mejores términos posibles. Las acciones por parte del Estado ruandés son criticables desde muchas aristas, incluyendo los propios crímenes cometidos durante las guerras del Congo. Pero en las comunidades donde el proceso de sanación a través del perdón y la reconciliación es tanto una experiencia e interés individual como una acción colectiva, los intentos de seguir estructurando narrativas que ayuden a fomentar una cultura de la paz en todo el territorio son verdaderamente admirables y que se han visto pocas veces en la historia moderna de los conflictos en el mundo.

 

 

Coral Medrano.

Coral Medrano.

 

4. La última deuda con la verdad

El papel de la comunidad internacional durante el genocidio fue siempre muy polémico. La salida de los peacekeepers de Naciones Unidas previo a los 100 días de la matanza siempre se asumió como una negligencia que pudo haber evitado la masacre. Pero cuando terminó el genocidio y se dio a conocer el número de muertos y el grado de violencia de las matanzas sistematizadas, la comunidad internacional se volcó en disculpas.

Cuando Paul Kagame tomó la presidencia del país en el año 2000, culpó directamente a Francia por haber permitido la matanza y haberse relacionado directamente con los líderes hutu, lo cual generó desacuerdos y tensiones diplomáticas. Hace apenas un mes el actual presiente de Francia, Emmanuel Macron, ordenó que se realizara una investigación de dos años para entender cuáles fueron las verdaderas implicaciones de su país en el genocidio.

Aunque muchos creen improbable que se publiquen explícitamente las motivaciones que durante los años previos permitieron a Francia ofrecer ayuda a las milicias hutus, al menos puede esperarse un interés genuino de investigadores y grupos no gubernamentales que le otorguen a las víctimas de la tragedia la última deuda con la verdad respecto a la influencia extranjera del conflicto. Y, por ende, que pueda seguir presente el debate, por ejemplo, sobre la asistencia de la UNAMIR en zonas de conflicto y la relevancia de la información concreta e inmediata que permita el apoyo para des-escalar las tensiones y evitar tragedias durante situaciones de violencia. Cuando la prensa internacional y distintas ONGs en Ruanda alertaron sobre los sucesos y utilizaron por primera vez el término genocidio, el gobierno estadounidense ordenó que no se usara el término para evitar a toda costa la intervención debido a los acuerdos legislativos internacionles. Este tipo de  decisiones en momentos tan críticos resultan inadmisibles y es uno de los puntos esenciales donde aun hace falta ahondar y debtair.

A 25 años del genocidio de Ruanda aún quedan muchísimas preguntas por responder, demasiadas historias aún por contar, investigaciones y juicios por hacer, y lecciones por aprender. Ahora que resulta  común encontrar discursos de odio en nichos digitales masivos que cohesionan grupos  extremistas y se multiplican gracias a burbujas de información en redes sociales y a audiencias mejor articuladas o  cuando las políticas públicas de los países desarrollados, como en Estados Unidos, rápidamente se nutren de tintes xenófobos; cuando los sistemas internacionales de protección de derechos humanos parecen estar más debilitados que nunca y distintos conflictos en el mundo, como la guerra en Siria, siguen escalando con una participación internacional que sólo genera más violencia parece ser esencial seguir revisando la historia de Ruanda y entender las consecuencias de las mentiras, de la información fracturada y la manera en la que pueden crecer los discursos que matan personas.

 


Autores
Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ha publicado cuentos en antologías como “Sobrevivientes” y también colaborado en revistas digitales como Sin Embargo y Chulavista. Forma parte del colectivo Fárrago Nómada.

Ilustrador
Coral Medrano
Portada de la revista MAD, abril de 1959. Extraida de Flickr.

La noticia se propagó por las redes sociales hasta hacerse viral: después de 67 años la revista MAD deja de publicarse.

Luego hubo un desmentido: que no, que se dejaba de publicar material original, para reimprimir material clásico con portadas nuevas, por lo menos hasta cumplir sus obligaciones con los suscriptores y que dejaba de distribuirse en los puestos de periódicos para concentrarse en el llamado mercado directo, es decir, tiendas de cómics.

Al momento de escribir estas líneas, sigue sin quedar muy claro el destino de la publicación satírica de circulación masiva más longeva de los Estados Unidos. No ha habido un comunicado corporativo de parte de DC Entertainment, rama del conglomerado mediático Warner Bros. Entertainment que publica MAD.

La revista fue fundada en 1952 por el editor Harvey Kurtzman en la editorial EC Comics, propiedad de William Gaines. En aquel momento Kurtzman propuso un cómic que parodiara otros cómics, sin embargo muy pronto los otros medios masivos, cine, radio, la naciente televisión así como la publicidad y la política desfilaron por las despiadadas páginas de la revista.

En esa primera etapa, creadores como Jack Davis, Wallace Wood, Bill Elder y Basil Wolverton colaboraron con delirantes historietas. Wood era capaz de imitar el estilo gráfico de cualquier dibujante, lo que resultó en desternillantes parodias de otros cómics.

El éxito de MAD fue tan rotundo que aparecieron docenas de imitadores, revistas satíricas de todas las calidades, con sonoros nombres como Cracked, Panic, Riot, Madhouse (¡vaya cinismo!), Snafu, Yak Yak, Flip, Eh!, Arrgh!, Crazy, Not Brand Eech!, Wild, Get Lost y docenas más que con desaparecieron rápidamente[1] mientras la original siguió apareciendo durante décadas con su mascota, el niño tonto Alfred E. Neuman, en todas las portadas desde el número 21.

Para contextualizar un poco, MAD aparece en los puestos de periódicos durante el momento de mayor esplendor de las revistas de historietas o comic books, conocidos en México como pasquines o cuentos. La popularidad de Supermán, publicado desde 1939, había generado un nuevo mercado, independiente de las tiras de los periódicos.

Para finales de la Segunda Guerra Mundial, millones de personas, principalmente niños, leían cómics en los Estados Unidos. Había revistas de todos los temas imaginables: aventuras, romances, westerns, infantiles y horror. Estas últimas, de gran popularidad, eran la espcialidad de EC Comics. El editor descubrió que entre más cruentas y mórbidas era sus cómics, mejor vendían las revistas.

Ello llevó no sólo a Gaines, sino al gremio en general a explorar los límites del mal gusto y rebasarlo ampliamente. Las historias de EC eran tan extremas que hoy en día resultan bastante perturbadoras (algunas de ellas se adaptaron a la TV hace algunos años en la serie Cuentos de la Cripta, basadas en el cómic Tales From The Crypt)[2].

La saturación de violencia gráfica y crueldad prendió focos rojos entre educadores y padres de familia. Un psiquiatra llamado Fredric Wertham escribió un libelo titulado Seduction of the Innocent,  en el que responsabilizaba a la lectura de cómics violentos de provocar la delincuencia juvenil, la adicción a las drogas y alcohol y la homosexualidad, considerada en aquellos años una perversión. Ello provocó una persecución mediática hacia los cómics que derivó en una fuerte legislación y la creación de un organismo censor auto regulatorio para los editores de historietas, el Comics Code Authority.

Consecuentemente, todas las revistas de Gaines, que era el rey de los cómics violentos, desaparecieron con excepción de MAD. Gaines decidió cambiar el formato de comic book al de magazine, con lo que eludió la censura del Comic Code y dio a MAD otro status. Poco tiempo después Kurtzman abandonó el proyecto por diferencias creativas con el editor[3], pero la semilla estaba plantada.

Con Al Feldestein al frente y acercándose a la transición de los cincuenta a los sesenta, el nuevo editor conformó el perfil editorial que conocemos hoy: integró a la pandilla reincidente de idiotas, the usual gang of idiots, que incluyó a Jack Davis, que ya colaboraba con Kurtzman; Al Jaffe; el cubano Antonio Prohías, salido de la isla tras el triunfo de la revolución barbuda por publicar caricaturas anti castristas; Mort Drucker; Angelo Torres; Bob Clarke; Jack Rickard y pocos años después integraría a George Woodbridge, Dave Berg, Paul Peter Porges, Paul Coker Jr. y al mexicano Sergio Aragonés, entre muchos otros dibujantes y a guionistas como Dick DeBartolo, Tom Koch, Tom Richmond, Frank Jacobs y varios más.

En su formato de revista, MAD arremetería contra todo aquello que representara respetabilidad y solemnidad. Por sus páginas se parodiaron películas y series de televisión, políticos y líderes religiosos, movimientos sociales conservadores y progresistas, el consumismo, toda forma de fanatismo y hasta el movimiento punk en un cómic especialmente memorable para quien escribe este ensayo. Nada se salvaba del humor irreverente de MAD.

El producto editorial fue tan exitoso que pronto ramificó en muchos otros productos: libros recopilatorios, playeras, gorras, juegos de mesa y hasta dos series de televisión (animada y con actores) y una serie de videojuegos basados en los espías de Antonio Prohías, además de tener ediciones extranjeras en varias partes del mundo[4].

Era tan próspero el modelo de negocio de MAD que William Gaines se dio varios lujo inusitados en el mundo editorial: pagaba de inmediato a sus colaboradores muy por encima del promedio del mercado, prescindió de publicidad en la revista desde que cambió de formato y hasta la muerte del propio Gaines en 1992 y, lo más atípico de todo, hacer un viaje anual con el equipo editorial y los colaboradores más prolíficos a distintos destinos del mundo, que incluyeron varios países europeos, Asia y, por sugerencia expresa de Aragonés, México.

Ello compensaba la personalidad extravagante y expansiva de Gaines. La salida en 1987 de Don Martin, una de las estrellas de la revista y quien fuera llamado MAD’s maddest artista (“el artista más loco de MAD”), evidenció que la usual gang of idiots no era una familia funcional tan feliz como les gustaba aparentar.

Martin argumentaba que la aparentemente generosa tarifa pagada por Gaines incluía los derechos de reproducción a perpetuidad, que proyectado a largo plazo resultaba desventajoso y leonino para el colaborador.

Lo cierto es que Martin se mudó a las páginas de Cracked, la única revista imitadora de MAD que sobrevivió[5], donde se convirtió en Cracked’s crackedest artista, sólo para salir de pleito pocos años después, lo que hace pensar que el don era bastante conflictivo.

Con los años, nuevos talentos se integrarían al equipo de la revista, pero pocos habrían de consagrarse en el gusto de los lectores: Sam Viviano, Evan Dorkin, Bill Wray, el mexicano Feggo, el argentino Liniers y Peter Kuper, quien desde hace casi treinta años dibuja Spy Vs. Spy  tras la muerte de Prohías.

El desgaste natural de cualquier proyecto editorial fue mermando la popularidad de MAD. En vida, Bill Gaines vendió la revista a la Kinney Parking Company, conglomerado corporativo dedicado a la construcción y los estacionamientos que también adquirió DC Comics (se rumora que con dinero proveniente del crimen organizado). Viejo lobo de mar, Gaines vendió la revista pero retuvo el control editorial hasta su muerte.

Con el tiempo, MAD y DC pasaron a formar parte de Warner Entertainment. La pequeña editorial se volvió una marca más de un corporativo y sus oficinas se mudaron a las oficinas de Warner. Muchos ubican ahí el inicio de una larga decadencia. Una empresa familiar que produce una publicación casi artesanal se convirtió en el activo fijo de un gigante mediático al que no producía suficiente dinero.

Tras la muerte de Gaines, MAD incluyó publicidad en sus páginas por primera vez en varias décadas.

Un golpe previo al tiro de gracia vino cuando, en 2017, Warner mudó su división editorial a Burbank, California. MAD, un producto eminentemente neoyorquino, heredera del humor de vaudeville de los Hermanos Marx, perdió ahí uno de sus elementos fundamentales.

La mudanza coincidió con una espacie de refundación de la revista: tras dejar de publicarse mensualmente para convertirse en cuatrimestral y luego bimestral, se decidió a partir del número 550, tras 65 años de publicación ininterrumpida, empezar de nuevo con el número uno en su nueva periodicidad.

Por otro lado, la renuncia del editor Bill Morrison, veterano dibujante que había hecho fama en los cómics de los Simpson, encendió focos rojos. Morrison duró apenas unos meses en el puesto, en contraste con las largas carreras de sus predecesores, que solían durar décadas en la revista.

Finalmente, la filtración en los primeros días de julio por parte de algunos colaboradores de la revista se convirtió en pocas horas en trending topic de las redes sociales: Warner anunciaba que la usual gang que dejaba de publicar material original para sólo imprimir clásicos con nuevas portadas, por lo menos hasta cumplir sus compromisos con los suscriptores. No tomará nuevas suscripciones, se venderá sólo en tiendas de cómics y probablemente la revista desaparecerá.

Como se indicó líneas arriba, al momento de redactar este texto no ha habido un comunicado formal de Warner sobre el destino de MAD y si toneladas de especulación en línea. Expertos como Mark Evanier coinciden en que se trata de una marca muy valiosa, con casi 70 años de presencia en el mercado, como para dejarla morir. Él mismo, veterano guionista de cómics y colaborador de Sergio Aragonés en su cómic Groo The Wanderer, ha refutado la idea de que MAD se anquilosó, perdiendo el interés del público.

La presunta baja de MAD es otra más de las víctimas del agonizante mercado de las revistas, heridas de muerte por las plataformas digitales, con cuya inmediatez es imposible competir desde lo impreso.

Cualquiera que sea el destino de la revista, su legado es amplio e incalculable. El humor corrosivo e impertinente de MAD transformó profundamente primero a los Estados Unidos y luego al mundo entero. Es probable que la semilla de la contracultura hippy se haya sembrado en las mentes infantiles de los baby boomers en los primeros números de Kurtzman, como reconocen los historietistas underground Robert Crumb o Gilbert Shelton, entre otros.

El humor satírico contemporáneo en los Estados Unidos, desde la troupe de Saturday Night Live y el de los hermanos Zucker hasta el de comediantes como Jerry Seinfeld tienen una deuda impagable con MAD. Y más allá de las fronteras gringas, Sacha Baron Cohen, Les Luthies, Takeshi Kitano en su faceta de comediante y el humor del gran Andrés Bustamante y del historietista francés Gotlib, entre muchos otros regados por todo el globo, tienen una influencia innegable con el engendro de Harvey Kurtzman y sus muchachos.

Si la desaparición de MAD es inexorable[6], quedará para siempre su legado, impregnado en los memes (en el sentido con el que acuño la palabra Richard Dawkins) de nuestro sentido del humor durante los siguientes setenta años o más.

Así que como dijo Alfred E. Neuman, “What me worry?”

 

 


 

[1] Los interesados en revisar una somera historia de los imitadores de MAD pueden revisar el libro Behaving Madly, de Ger Apeldoorn y Craig Yoe (Yoe Books / IDW Publishing, 2017).

[2] No se piense que Gaines sólo publicaba cómics de horror. La editorial, heredada de su padre, originalmente se llamó Educational Comics y en sus inicios, en los años 30, publicaba historietas educativas y hasta adaptaciones de pasajes bíblicos. Al morir Max Gaines en un accidente de lancha, su hijo Bill hereda el negocio y lo convierte en Entertainment Comics. Además de los muy famosos títulos de horror publicaba westerns, cómics bélicos, románticos, policiacos y de ciencia ficción. En una de sus revistas, Weird Fantasy, Wallace Wood adaptó a cómic el cuento “Vendrán lluvias suaves” de un muy joven Ray Bradbury, décadas antes de que este medio tuviera respetabilidad cultural.

[3] Kurtzman fundaría su propia imitación de MAD, Humbug, financiada por Hugh Heffner, editor de Playboy. Pese a tener más recursos económicos, la publicación fracasó.

[4] La primera encarnación de MAD en México, llamada MAD en español, se editó en Monterrey por una empresa llamada Litográfica Industrial, SA de CV a finales de los años 70 e integró al dibujante mexicano Sergio Flores. Hubo otras dos o tres corridas editoriales del título en nuestro país. Ellas merecerían su propio artículo.

[5] Convertida en el sitio cracked.com desde hace varios años, es probable que la más famosa competidora de MAD sobreviva a la revista de Kurtzman en la era digital.

[6] Recordemos como ejemplo a la revista inglesa Punch, publicación satírica que desapareció tras 131 años (de 1881 a 1992).

 


Autores
Ciudad de México, 1972) Es escritor, historietista e ilustrador. Sus últimos libros son la novela gráfica Matar al candidato (Sexto Piso), en colaboración con F.G. Haghenbeck y la novela Ojos de lagarto (Océano).
Feria Internacional de Libro Zócalo, Sábado 15 de octubre del 2016. Vania Basulto / Secretaria de Cultura de la CDMX.
Feria Internacional de Libro Zócalo, Sábado 15 de octubre del 2016. Vania Basulto / Secretaria de Cultura de la CDMX.

 

La lista de escritores provenientes de la clase trabajadora en Estados Unidos podría abarcar una pequeña colección en cualquier biblioteca. Lo mismo incluiría a maquinistas y obreros que rateros, alcohólicos y expresidiarios; me refiero a ese lumpenproletario que un día alza la cabeza y se da cuenta de que el arte puede sacarlo del sitio donde está metido. Gente como Edward Bunker, James Ellroy, Nelson Algren, Iceberg Slim o Hubert Selby Jr, entre muchos otros, ejemplifican esa otra voz que grita desde las calles, justo contrapeso a la literatura criada en los campus universitarios, en las clase altas que nacen con bibliotecas olor a caoba y las vidas resueltas.

En México el panorama es muy diferente: el escritor lumpemproletario es una rara avis, y cuando llega a asomar cabeza el sistema de castas hace lo posible por acabarlo y regresarlo al margen. Armando Ramírez (1952-2019) fue una rareza, por eso y porque su estilo rompe con lo establecido. En su obra literaria y en su trabajo diario buscaba darle vida a los desposeídos, a la carne de presidio, pero no desde la lástima o la superioridad moral, sino como seres humanos que piensan y sienten.

Criado a un costado de la cárcel llamada “La Vaquita” (llamada oficialmente Reclusorio Número 3, sitio ya desaparecido), era hijo de un exboxeador y una ama de casa. Armando Ramírez fue autodidacta, uno de esos viejos sabios de barrio que comenzaron a leer por gusto propio y que hicieron de esto su forma de sobresalir. Pronto descubrió que el acento chilango tenía una musicalidad que muchas veces es negada, que el juego del “tostacho”, del calo, del lenguaje barrio, agregaba a la literatura mexicana matices y sonidos que se le habían negado.

A los 19 años publicó la novela que lo catapultaría a la fama, Chin chin, el teporocho (1971), verdadera declaración de intenciones, desafío con cuchillo en la boca para los críticos literarios y asomo desafiante al duro mundo de la Lit Mex, que es más racista y clasista de lo que acepta reconocerse.

En esta novela, escrita con una peculiar sintaxis y puntuación, nos cuenta en primera persona la vida de Rogelio, un joven de 22 años que, como el propio escritor, es de Tepito, barrio mítico. Rogelio, destruido por la culpa y las circunstancia de su vida, acaba rendido ante “la teporocha”, un brebaje de alcohol de 96 grados y refresco de tamarindo.

La novela deslumbró de inmediato al público lector, que la acogió de inmediato, vendiendo miles de ejemplares, convirtiéndose en un long seller. Como contó Ramírez en varias entrevistas, el dinero de ese libro le alcanzó para viajar al mítico Acapulco, lugar de estrellas de cine y de vacación de los chilangos más desfavorecidos. La crítica y el medio cultural, rancio y renuente a aceptar a alguien alejado de las credenciales de raza y clase social, lo vio con recelo. Margo Glanz, por ejemplo en su libro Repeticiones: Ensayos sobre literatura mexicana, lo considera “onda naca”.

Sin embargo hay una anécdota que contó el propio Armando, que esclarece la forma en que revolvió las aguas: “Fue Edmundo Valadés quien me presentó en una reunión a (Salvador) Elizondo. Valadés muy cordialmente le dijo: ‘Te presento a Armando Ramírez’. Elizondo sólo preguntó: ‘¿él es el escritor de Chin chin, el teporocho?’, y que se da la vuelta dejándome con la mano extendida. Yo le hice caracolitos y pensé: ‘pinche güey mamón’. ¿Te das cuenta que la discriminación por la inteligencia en México es más dura que muchas otras?”

Lo que había hecho Ramírez era darle voz a los que no la tenían, hacer hablar a esos personajes que deambulan por los barrios. Los teporochos, las prostitutas, los “tiradores”, esos pequeños traficantes de drogas que están en las esquinas. Seria en su segundo libro llamado Crónica de los chorrocientos mil días del barrio de Tepito. En donde se ve cómo obrero, ratero, prostituta, boxeador y comerciante juegan a las pipis y gañas, o sea, en donde todos juntos comeremos chi-cha-rrón (1974) donde volvería mítica esa parte de la ciudad, elevando a estos seres urbanos en personajes legendarios, en héroes de sagas y manuscritos. No por nada todas sus narraciones tiene ese alcance y juega y cita las crónicas coloniales como las de Fray Bernardino de Sahagún, Historia General de las cosas de la Nueva España, y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Diaz del Castillo, haciendo de esta manera una historia oral del barrio.

Su siguiente libro llamado Pu, luego renombrado Violación en Polanco, es brutal, duro, un juego entre realidad y ficción, con el cine de fondo, que volvió a molestar a las buenas conciencias literarias del país.

A partir de este momento, Ramírez recibiría una atención mediática que lo llevaría a hacer cine, periodismo escrito y televisivo. Sería jefe de información del programa “Hoy en la Cultura” de Canal 11. En el Canal 13, de la entonces televisora estatal Imevisión, Paco Ignacio Taibo I le ofreció realizar crónicas, además de reportear. La otrora poderosa Editorial Novaro le propuso hacer una revista llamada Chin chin el Teporocho, que vería la luz en 1978.

Pese a mantenerse siempre en una posición antiintelectual, sus compañeros de Tepito Arte Acá, lo vieron como un traidor al barrio, por lo que cortaron relación él. Sin embargo y pese a trabajar con el diablo (presentó el libro de superación personal del exalcalde de Tultitlán, José Antonio Ríos Granados, Cómo realizar grandes retos. Una historia de éxito), o compartir antena con el ultracatólico y homófobo Esteban Arce, Ramírez siempre fue fiel a su barrio, a su estilo y a su mantenerse al margen del Olimpo de las letras mexicanas.

Siempre supo que él era parte de la marginalidad. En una jugosa entrevista ofrecida a Anne Marie Mergier en 1977 para la revista Proceso, desmuestra muy bien esto: “La Cultura Acá es tener conciencia de nuestra identidad. No negar nada, ir a la verdadera búsqueda, no es una actitud esnobista, no en actitud nacionalista. No romantizar la pobreza, no ser populista. Existe una serie de gentes con inclinaciones artísticas, creativas, dentro del barrio. El hecho también de que no hayamos provenido de otra clase social, el hecho de que no hayamos abandonado el barrio, de que sintamos una identificación con la gente, de que estamos conscientes de que no vamos a poder integrarnos a otra parte, a pesar de que podamos tener mayor información. Pensamos que toda esta serie de cosas, que ha generado esta cultura, no debemos traicionarlas. Debemos seguir adelante para poder en cierta medida ser los voceros, ser el sentir, el sentimiento, la conciencia de nuestra gente. La novela PU realmente es eso, tratar de ser la voz de las gentes a las cuales se les niega existencia. En la medida que yo tenga la facultad de escribir voy a tratar de ser esa voz”.

Su última novela, Déjame (Océano, 2019), es un recorrido por el primer cuadro de la Ciudad de México, y a la vez un recorrido amoroso y sexual por el alter ego del escritor. Muestra ya a los personajes alejados de la furia y el resentimiento de la juventud, y los dota con la serenidad de la vejez. Este libro fue presentado en ausencia por otro longevo narrador y cronista, Emiliano Pérez Cruz, en Fábrica de Artes y Oficios (Faro) de Oriente  apenas la semana pasada, junto a la directora de Tepito Arte Acá, Susana Meza.

La obra de Ramírez merece una relectura, ya no como el cronista y el tipo que aparecía en la tele, sino como el autor desafiante y culto que siempre fue. Pues total, qué tanto es tantito.

 


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Ilustración por Lourdes Márquez.

El streaming parece ser un mundo lleno de encanto y felicidad: como usuarios tenemos a la mano un repertorio infinito de estilos musicales a un bajo costo; mientras que para los creadores es la oportunidad de liberarse de contratos y restricciones para lanzar sus obras, aunque su talento no sea bien remunerado.

La historia no inicia con el servicio en línea de la manera en que hoy lo conocemos, va un poco más atrás, cuando las disqueras no pudieron controlarlo todo y el internet dio el gran salto a la web 2.0: sitios web que permitieron a los usuarios interactuar y colaborar, y los convirtieron en lo que se denomina como prosumidor, pues no solo consultaban contenido, también lo añadían. Un ejemplo fue la creación de MySpace (2003), que dio pie a una época donde era posible alejarse de las casas productoras y sus ancianos trajeados, quienes decidían (detrás de un escritorio) qué estaba o no de moda entre los jóvenes; gracias a este sitio, los artistas subían sus canciones en formato MP3 y se hacían publicidad por cuenta propia.

Estas comunidades prosperaron, y en nuestro país contribuyeron a que muchas bandas independientes se consolidaran; inclusive en 2007 fue lanzado el álbum “Myspace México, cuyo contenido consistió en 15 temas compuestos por bandas como Austin TV, Maria Daniela y su sonido Lasser, Los Dynamite, Porter y Moderatto.

Tiempo después surgieron Spotify, Deezer, Rdio, Xbox Music, Google Play Music, Sony Music Unlimited, Napster, Amazon MP3, iTunes Store y YouTube, plataformas que poco a poco desplazaron a MySpace y que, al tener un mayor flujo de propuestas, aumentaron la diversidad musical; sin embargo, no mejoraron significativamente las condiciones de la industria.

Pero, ¿qué es la industria musical? Un negocio que “en su conjunto vive de la creación y la explotación de la propiedad intelectual musical”, es decir, donde los creadores, sellos discográficos, foros, auditorios, medios de comunicación y público interactúan entre sí. Ahora bien, ¿cómo puede el streaming afectar a este arte? Por un lado, se encuentra el público, que ha sufrido debido a la alteración en el proceso de escucha. En el artículo Las listas de Spotify están mecanizando la forma en la que consumimos música, publicado en el sitio Noisey de Vice, escrito por Eduardo Santos, se expone lo contraproducente de escuchar dichas playlist:

Según Spotify, estas listas son para tener ‘la música que te gusta, con menos esfuerzo’ […] en muchos casos nos hace perder la noción de que hay cosas que requieren que nos metamos de cabeza, que tengamos paciencia y emprendamos búsquedas de recompensas.

¿Y qué hay de malo o en qué afecta el escuchar las sugerencias? En el mejor de los casos, significa una perspectiva más amplia de la escena musical; no obstante, nos están condicionando a escuchar cierto tipo de música que, si bien se asemeja a nuestros gustos, después de determinado tiempo nos convierte en autómatas reproduciendo únicamente lo que hay en esas playlist.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Perdemos el interés de investigar por cuenta propia en bares y foros; dejamos de apoyar bandas locales o ¿por qué no?, iniciar la nuestra. La búsqueda y la retroalimentación disminuye en el escucha, convirtiéndolo solo en un canal receptor.

El descubrir música por sí mismo era un acto empírico, una ceremonia que requería un oído educado, además de que fomentaba la creación de una hermandad: compartir nuestros gustos musicales con amigos, vecinos, compañeros y familiares era una práctica común. Apreciamos a quienes nos rodean mediante el legado musical que nos heredan. Más que ritmos, los hallazgos son un ritual que vale la pena conservar y aprehender, no deben convertirse en un proceso alienante que nos esconde bajo unos audífonos y un dispositivo inteligente.

Lo que sucede a partir de la llegada del streaming es que dicha práctica se realiza de manera aislada, difícilmente se comparte música y nos concentramos únicamente en las recomendaciones de un algoritmo.

La problemática no recae exclusivamente en la forma nueva de escuchar música, sino en la remuneración económica para los creadores. En la nota Spotify insertará canciones patrocinadas en tu música posteada por Eugenia Flores para la revista WARP, se explica que dicha plataforma ahora financiará sencillos que agregará en las recomendaciones de los usuarios que aún no contratan este servicio: “para la fortuna o desfortuna de los usuarios […] ahora, además de escuchar los anuncios a media reproducción, también podrás conocer la obra de artistas apadrinados por Spotify”. Lo anterior presionará a la audiencia, ya que solo habrá dos opciones para el usuario del servicio gratuito: o se suscribe, o se atiene a la manipulación de los contenidos que escucha gracias a la inserción sin consentimiento de estas canciones patrocinadas.

Al respecto, el sitio Vulture publicó The Streaming Problem: How Spammers, Superstars, and Tech Giants Gamed the Music Industry, una investigación escrita por Adam K. Raymond, la cual explica cómo la plataforma engaña a sus usuarios para obtener más reproducciones; desde la producción de diferentes versiones de una canción (como el tema ‘Happy Birthday’), hasta la creación de artistas/bandas falsas; todo ello provocando un único resultado: la devaluación de la música.

Se informa que Spotify paga a los productores para crear piezas que luego se colocan en las listas de reproducción bajo los nombres de artistas desconocidos e inexistentes. Este pago le ahorra a la compañía la tarea de escribir cheques que vienen con esa lista de reproducción, pero engaña al público para que crean que los artistas realmente existen mientras limita las oportunidades para que los verdaderos creadores de música ganen dinero.

Para responder a la investigación, el servicio de streaming declaró a través de un vocero: “Lo que es totalmente falso es que estemos incluyendo listas con artistas inventados. Punto final.”

Aunado a esto, existen demandas como la impuesta por Wixen Music Publishing debido al uso de canciones de Tom Petty, Neil Young y The Doors sin licencia, la cual busca una indemnización de 600 millones de dólares. Asimismo, David Lowery, vocalista y guitarrista de Cracker, interpuso una demanda debido a que Spotify “reproduce y distribuye música con derechos de autor, ilegal y voluntariamente”.

Otro caso conocido es el de Debbie Harry, vocalista de Blondie, que escribió para el diario The Guardian las razones por las que se unió a la cruzada para exigir mejores pagos a los músicos por parte de los servicios de streaming. Debbie Harry es un ejemplo más de los artistas afectados por las prácticas de las plataformas:

El video ‘Heart of Glass’ se ha visto 49 millones de veces en YouTube, pero hay más de un millón de otros videos de Blondie en esta plataforma, la mayoría de ellos provenientes de cuentas no oficiales, reuniendo cientos de millones de vistas combinadas. Sin embargo, ninguno de nosotros recibirá una cantidad justa de regalías por estas reproducciones.

Actualmente las bandas son cada vez más líquidas y lo que en 2005 estaba de moda, ahora es prácticamente irrelevante. Es curioso que a partir de la llegada de la web 2.0, pese a existir un mayor repertorio musical, menos artistas perduran en la memoria colectiva.  Hoy en día el like es la única prueba, intangible por cierto, que tenemos de la interacción entre los usuarios del streaming y los creadores, cuando tiempo atrás el público tenía la capacidad de reconocer y apreciar los conceptos, referencias, símbolos y analogías de una obra, comenzando desde su portada. Los músicos conocían “al barrio”, tocaban en el chopo, entre multitudes, eran cercanos a su público y compartían en sus canciones una causa social que nos hacían identificarnos, ser partícipes y crear un diálogo.

Sin embargo, este texto no busca la desaprobación de Spotify u otros sitios. Si hago mención de este servicio es por la cantidad de información que se genera al ser la plataforma con mayor popularidad. Al final del día el streaming no es el enemigo, se trata de empresas y cualquiera de ellas ofrece mejores servicios cuando sus clientes se muestran exigentes y conocedores. Si ya estamos pagando una cantidad significativa por sus plataformas, ¿por qué no aprovechar al máximo su potencial? Es importante recordar que los creadores no ganan por compartir su arte mediante estas apps, ganan por subir a un escenario y llenar el espacio que les asignan, así que no olvidemos que los bolsillos que llenamos no son los de nuestros ídolos.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Sobre todo, reconozcamos que depende de nosotros crear una industria consolidada. En los años noventa (precursores del streaming) surgieron bandas con diversos sonidos y estilos, mismos que fungen actualmente como acto final en los festivales o tienen lleno total en los espacios más representativos de nuestro país: Foro Sol, Palacio de los Deportes, Auditorio Nacional. Molotov, Control Machete, Plastilina Mosh, Zurdok y Panteón Rococo son algunos de los ejemplos más representativos de una década fructuosa que continúa vigente; si lo contrastamos con la era del streaming, me atrevería a decir que Porter es el único proyecto de los años dos mil que figura al mismo nivel, sin embargo, su actuación en el cierre del Vive Latino 2013 jamás se repitió.

Con esta conclusión no propongo regresar al mundo de las disqueras y la radio, pues éstos limitaban la creatividad; lo que propongo es que seamos selectivos e interactivos con lo que consumimos para hacer trascender a quienes tienen el talento, si no hay una retroalimentación hacia las bandas, éstas no crecen y terminan como un perfil más dentro de la web.


Autores
Yuri Nava nació en la CDMX en 1994. Estudió la licenciatura en Comunicación y periodismo en la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Colaboró en medios digitales como Ultramarinos Co. y Resistencia Radio; en la revista WARP y en el diario Milenio. Actualmente realiza ensayos, reseñas e investigaciones dedicadas a la representatividad de la música alternativa en México.

Ilustrador
Lourdes Márquez Villanueva
(Ciudad de México, 1996) Ilustradora, estudiante Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Arte y Diseño Plantel Xochimilco.
Ilustración de “Nuevas distopías”, por Coral Medrano.

Para Adela Fernández y Emiliano González

 

—“Fue entonces cuando dentro de la jaula pude ver a dos niñitos gemelos, escuálidos y albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájaros, les daba el diminuto alimento. Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban.”

BM15 repetía de memoria las palabras que había escuchado la semana pasada, durante una de sus tareas.

—Todo esto lo imaginó mientras…

—Lo escuché.

—…lo escuchó mientras observaba una jaula abandonada, ¿cierto?

—Se trata de la misma voz de mujer, aunque las historias siempre cambian.

—¿Está segura que no se trata de RUR?

—Lo estoy. Sus voces son radicalmente opuestas: la de RUR es suave y clara, perfectamente ecualizada; la de mi fantasma es firme y modifica su entonación de acuerdo con lo que está narrando.

—Su fantasma… B-MI5, ¿ha estado leyendo? —El rostro cambiante de Serling se detuvo, proyectando la cara redonda de una abuelita sonriente.

—Sabe que lo tenemos prohibido y que además tenemos esa función deshabilitada.

El paso de tanques y camiones hizo vibrar las paredes.

—La ciudad está llena de salvajes —respondió Serling mientras su rostro volvía a adoptar diferentes formas y colores—. Tenga cuidado.

—Solo quiero saber si esto afectará mi rendimiento.

—Todo estará bien. Nos vemos en tres semanas.

B-MI5 desconectó de su nuca los cables provenientes de la base del monitor y salió del consultorio.

 

En su tiempo libre, a B-MI5 le gustaba sentarse frente a la ventana de su habitáculo. Desde ahí podía ver uno de los salones de la escuela de enfrente. Imaginaba que la mujer que le contaba historias, su fantasma, era la misma que recorría el aula gesticulando y llenando el pizarrón de letras y signos que ella no podía entender. Ahora la escuela estaba abandonada.

¿Y si se trataba de eso?, se preguntaba. ¿Y si las historias querían decirle algo? A lo mejor los niños-pájaro de Tía Enedina eran una metáfora de su incapacidad para reproducirse. A lo mejor…

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por el suave aguijoneo de una descarga eléctrica recorriendo su sistema central. Estaba por recibir un mensaje. Cerró los ojos y deseó que se tratara de la contadora de historias.

Se levantó después de algunos segundos,  bajó la persiana y se puso la chamarra: RUR le había indicado las coordenadas de su siguiente tarea.

 

La construcción vandalizada era uno de los monumentos que el gobierno del país había erigido en todas las ciudades como símbolos de equidad: cardosantos. No se necesitaba ser un genio para intuir que los responsables del deterioro no se tragaban ese mensaje. El trazo convulso de las letras lo delataba.

El disolvente desdibujó la consigna y en pocos minutos no quedó ni rastro de  insurrección. Mientras empacaba el material de trabajo, esperando que RUR le comunicara las siguientes coordenadas, B-MI5 escuchó un chapoteo. Caminó en dirección al sonido y encontró que se trataba de una fuente de la que brotaba sangre. Al principio la imagen la paralizó, pero enseguida sintió la necesidad de acercarse y beber un sorbo de ese líquido escarlata, como lo haría cualquier persona al verse una herida en los dedos.

La fuente. El agua. El suave aguijoneo de una descarga eléctrica recorriendo su sistema central. La voz firme de la mujer envolviendo su cabeza.

El día que fueron a traer agua de la fuente, Cordelia se sorprendió al ver por vez primera su rostro reflejado y comenzó a hablar consigo misma. Estaban a punto de volver a casa cuando de la fuente salió el reflejo y adquirió cuerpo y alma. Mi madre fingió no asombrarse y ante los ojos estupefactos de los aguadores, como si nada hubiera pasado, tomó a las niñas de la mano y emprendió la caminata de regreso. Mi madre llegó a casa con dos Cordelias, una de ellas empapada.

¿Habrá otras como yo?, se volvió a preguntar B-MI5. Es decir, sé que hay otras como yo, pero ¿también tendrán a su fantasma? A lo mejor eso es el alma de la que tanto hablan los hombres. A lo mejor…

Esta vez sus cavilaciones fueron interrumpidas por las sirenas de las patrullas. Regresó sobre sus pasos y al dar la vuelta en la esquina encontró que la calle estaba abarrotada por cientos de manifestantes. Uno de ellos chocó contra ella. Se trataba de una adolescente de quince o dieciséis años con el cabello alborotado y las manos rojas como el agua de la fuente, rabia y sudor escurriéndole por el rostro y una mochila naranja colgada del hombro. Salvo la diferencia de edades, eran prácticamente idénticas.

—Cordelia —susurró B-MI5, pero su hilo de voz fue apagado por la voz excitada de la adolescente:

—¡Tiempo, ya no queda tiempo! —dijo, soltando la mochila y tomándola por el cuello de la chamarra.

B-MI5 nunca había estado tan cerca de un humano, y sintió algo que, de momento, sólo podría describir como un dolor en el pecho.

La chica la soltó, le dio una tarjeta y se perdió entre el contingente. A lo lejos se escucharon disparos y sirenas.

 

Aunque solo tenía impreso un código QR, B-MI5 pasó toda la noche observando la tarjeta. En su mente se proyectaron las posibles consecuencias de asistir a un lugar no verificado, de tener contacto con humanos, de saber algo que probablemente no debería saber. Afuera se escuchaban más patrullas, más disparos, más gritos. El cielo se iluminaba por los incendios. Cuando los primeros rayos del sol la hicieron parpadear, B-MI5 desactivó su dispositivo de ubicación y se guardó la tarjeta en la chamarra.

El lugar estaba cerrado.

B-MI5 golpeó la cortina metálica hasta que por una ventanilla se asomaron dos ojos azules.

—¿Qué busca?

—Esto —respondió, mostrándole la tarjeta.

La ventanilla se cerró y se escuchó el descorrer de los cerrojos. Mientras la cortina se levantaba lentamente, B-MI5 pensó que no había sido una buena idea. Si era violentada, RUR no acudiría a su rescate. La desarmarían, venderían sus partes, le cambiarían la identidad, la utilizarían como juguete sexual. La vorágine de ideas alarmistas se apaciguó cuando vio al portador de los ojos azules. Se trataba de un viejo que rondaba los sesenta años, de cabello y barba totalmente blancos y sonrisa tímida que invitaba a la conversación.

—Adelante, Bemis —ordenó el viejo después de mirarla a los ojos por un par de segundos.

—No me llamo Bemis, me…

—Por supuesto, Bemis —interrumpió el viejo mientras se adentraba en el local, esquivando mesas repletas de antigüedades. Se detuvo frente a una cafetera y se sirvió una taza.

—¿Dónde está la chica? —preguntó, mostrando de nuevo la tarjeta.

—Eso me gustaría saber —respondió el viejo con voz apagada—. Pero no viniste en busca de la chica, Bemis —dijo, dándole un sorbo a su taza de café.

—No sé a lo que se refiere, señor…

—Viniste por las historias.

B-MI5 se sintió vulnerable, como cada vez que visitaba el consultorio de Serling.

El viejo le arrimó una silla y explicó:

—La voz que escuchas es de Ana. Entre los dos decidimos nombrarlas B-MI5, Bemis, como tributo a cierto personaje de La dimensión desconocida. Nuestra intención era crear personas artificiales capaces de almacenar, analizar y transformar toda expresión cultural suministrada. Las llamábamos “soñadoras”. Desgraciadamente, el gobierno del arquitecto Légamo obligó a RUR a cambiar el rumbo del proyecto, desestimó las iniciativas que proponían dotarlas de derechos y obligaciones, prohibió que tuvieran acceso a toda actividad artística y ordenó que se les pusiera una marca en la frente, como si fueran gólems.

El viejo hizo una pausa para recobrar el aliento. Bemis estaba lívida, con la cabeza a punto de estallar por toda la información que estaba procesando.

—Aun así, decidimos apegarnos al proyecto original. Ana diseñó un programa mimético, imposible de rastrear por RUR, que liberaría archivos de audio ante ciertos estímulos visuales. Un autor diferente por cada soñadora. Elegimos…

—¿Quién es mi autor?

—“Un cuento es como un sueño que se escapa del mundo onírico” —recitó el viejo después de ver con detenimiento la marca en la frente de Bemis—. En la universidad, nos pasábamos noches enteras leyendo a Adela Fernández y…

—¿Dónde está Ana?

Una explosión se escuchó a lo lejos, acompañada de sirenas.

—No tuvimos el tiempo suficiente —respondió el viejo, rehuyendo el contacto visual y abriendo y cerrando su mano prostética.

—¿Cuántas hay como yo?

—Cuarenta y tres. Eres la primera que me encuentra. Pero eso ya no importa. La ciudad está a punto de llenarse de fantasmas.

—¿Podría habilitarme la función de escritura?

 

Esa noche Bemis durmió como nunca, hasta podría decirse que soñó. Sin embargo, al abrir los ojos y ver el cielo sin nubes supo que algo muy malo había sucedido. Su cuerpo estaba cubierto por los escombros de lo que había sido el techo del habitáculo.

La ciudad estaba destruida.

Ruinas, fuego, olor a muerte y el lúgubre sonido del silencio.

Bemis corrió a la tienda de antigüedades. Las paredes estaban chamuscadas, las vigas, derretidas.Caminó por todos los lugares que podían caminarse sin hallar sobrevivientes.

RUR aparecía “fuera de línea”.

No sabía qué hacer, hasta que encontró la mochila naranja de Cordelia llena de latas de pintura en aerosol.

Bemis sonrió, tendría el tiempo suficiente para revivir a los fantasmas.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).

 

1. El dictamen externo

El pasado 12 de junio anunciamos la PRIMERA CONSULTA DE TIERRA ADENTRO. Este proceso en marcha, que culmina el último día de este mes, busca que lectores y autores de este fondo editorial del Estado mexicano opinen sobre lo que se ha hecho bien y mal en casi 45 años de historia.

Propusimos como ejes principales de la discusión los premios literarios, la equidad de género, los precios de los libros y la experiencia de quienes han publicado en Tierra Adentro, y estamos abiertos a todo tipo de discusión sobre el pasado, presente y futuro del programa.

La convocatoria coincidió con una serie de réplicas virtuales por la solicitud de revisión de manuscritos a doce autores. Aunque aclaramos ese punto en su momento, creemos conveniente insistir en el tema de fondo: los dictámenes externos de Tierra Adentro.

Existen tres malentendidos que deben aclararse:

a) No es una sola persona quien lee y determina cuáles libros serán publicados

Actualmente el equipo editorial de Tierra Adentro cuenta con 8 personas que trabajan en los dictámenes de libros. Este equipo, encabezado por el director editorial y la editora, es 50% femenino y 50% LGBT+. Si bien no son condiciones necesarias para la equidad, ni en sí mismas la garantizan, nos parece una composición adecuada en las circunstancias actuales del país, e intentaremos mantenerla.

Esta supuesta personalización del proceso de selección de libros se debe, por nuestra parte, a que nos interesaba señalar que si acertamos y elegimos los libros adecuados, se debe al trabajo en equipo; si no es así, si nos equivocamos, la responsabilidad es del director editorial. Esa es nuestra ética.

b) No todos los libros que recibía Tierra Adentro eran sometidos a dictámenes externos

En Tierra Adentro la dirección editorial decidía, de manera discrecional y sin ningún proceso de transparencia, cuáles eran los libros que iban a dictamen externo y cuáles no.

Más allá de la corrección o incorrección de este sistema, al margen de si quienes obtenían dictamen externo habían sido recomendados o no, lo que queda claro es que no había piso parejo para todos los participantes.

Nos han llegado cientos de libros para dictamen del programa editorial de 2019, si los enviamos todos a dictamen externo, nos acabamos el presupuesto de Tierra Adentro. Tendríamos que dejar de publicar en la web y ya no podríamos promover a los autores que publicaron en 2018.

Esa nos parece una mala decisión, pero si es el camino que eligen las escritoras y los escritores jóvenes, adelante. Para eso precisamente anunciamos la consulta.

¿No sería mejor que ideáramos mecanismos públicos de transparencia sobre la selección de libros?

Y si James Joyce publicó el Ulysses por entregas en The Little Review, ¿no podríamos escapar de ese absolutismo “libro inédito – libro en papel”, heredado de los concursos literarios? Nuestra realidad tecnológica grita que sí.

c) El dictamen externo no garantizaba equidad en Tierra Adentro

Esta no solo es una formulación teórica y una revisión del catálogo: 12 de los 16 dictámenes externos positivos que recibimos eran de autores y 4 de autoras.

Operar un programa editorial del Estado al margen de esas consideraciones es ya inaceptable. Instituciones en principio más conservadoras tienen protocolos mucho más estrictos para la participación incluyente.

Creemos que #MeTooEscritoresMexicanos fue un punto de inflexión en las relaciones de poder en el medio literario mexicano, pero sus implicaciones, las nuevas reglas del  gremio, siguen en construcción.

¿Qué hacer?

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Imagen tomada de Flickr.

I

Crecí en los noventa
navego entre pantanos
edificios sedientos,
poemas absurdos recitados
en el subconsciente de los baños de las escuelas públicas,
sed cotidiana
en mis labios hay una ciudad silenciosa
digitalizando su desnudez
sigo sin encontrar mi voz en las palabras.
En los noventa el mundo abría alternativas
Y otros cerraban calles,
Nos estaríamos preparando para una era tecnológica,
Para promover la igualdad de género en las provincias de la ciudad
Lucero,
Ana,
Guadalupe,
quien sea que fueras estarías a punto de entender
que toda era es igual,
errores pronto justificados,
aunque los sucesos no se repitan,
se parecen.
Y no es normal desaparecer
pero se vuelve cotidiano
a tal punto de ser un suceso
casi sin importancia /no debería ser así.

 

II

Oh Arnold, pasión de santidad en este loco y torcido mundo en que vivimos que bien me siento , cuando estas cerca de mi, olvido mis penas , cuando la esencia de tu dulce voz llena el aire , siento paz, paz verdadera.

Poema encontrado en internet de Helga Pataki.

 

Arnold:
La única alternativa es amar a la lluvia,
Intentar limpiar las ciudades,
Ven a mi sofá,
Quizá el amor como una esperanza funciona
Ignorar el tiempo
Olvidar la sobrepoblación
La falta de empleos,
Quizá funciona amar como esperanza a la soledad
Y hacer de los días aburridos algo interesante
Te digo que ames
aunque el mundo decida odiarse
Ahorcarse con unas patatas fritas sumergidas en aceite barato
o guardar silencio frente a la televisión durante horas
ama aunque amar se haya vuelto una oferta de supermercado
una canción desesperada
de ritmos chirriantes
sobre un colchón,
ama y no dejes de hacerlo
amar es estar en las puertas del siglo XXI
solo.


Autores
(1991, Campeche, México.) Licenciada en contaduría. Miembro del taller de literatura “Proyecto Escuela de Escritores Campechanos”. Beneficiaria del Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artístico de Campeche 2016. Becaria del Festival Interfaz-ISSTE Los signos en rotación 2016. Sus colaboraciones han sido publicadas en diversas revistas como Otro Paramo (Colombia), Antología de poetas del Siglo XXI (España), Circulo de Poesía (México), Revista Almiar (España), Pliego 16 (Fundación de las Letras Mexicanas) y beneficiaría del Proyecto Editorial “Sureñas: Narradoras y Poetas Jóvenes de la Zona Sur”, del Fondo Regional para la Cultura y las Artes de la Zona Sur (Forcazs).
Fotografía de Gregory Wake

El 7 de julio se cumplieron 89 años de la muerte de Arthur Conan Doyle, el creador del celebre personaje de Sherlock Holmes. A pesar de que Conan Doyle no le tenía mucho aprecio al personaje, el extravagante Holmes está irremediablemente arraigado en la memoria colectiva y se ha vuelto el referente inmediato de la figura del detective.


 

 

Capítulo I. El señor Sherlock Holmes

 

Obtuve mi grado de doctor en Medicina por la Universidad de Londres en el año de 1878,  para después ir a Netley a tomar los cursos reglamentarios para los cirujanos alistados en el ejército. Cuando completé mis estudios, me asignaron al Quinto Regimiento de Fusileros de Northumberland como cirujano asistente. El regimiento se hallaba en India en aquel momento, pero antes de que pudiera unirme a ellos, estalló la Segunda guerra anglo-afgana. Tras desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad ya había atravesado la frontera y se había adentrado profundamente en el país enemigo. Acompañado de muchos otros oficiales que se encontraban en mi situación, logramos alcanzarlos en Kandahar, donde encontré a mi regimiento y pude incorporarme de inmediato.

La campaña proporcionó honores y ascensos a muchos, aunque a mí solo me trajo desgracias y desastres. Me retiraron de mi brigada y me asignaron al regimiento de Berkshires, con quienes serví en la fatal batalla de Maiwand. Ahí, me alcanzó la bala de un jazail en el hombro, que me hizo pedazos el hueso y me rozó la arteria subclavia. Habría caído a manos de los mortíferos ghazis de no ser por el valor y devoción que mostró Murray, mi soldado ayudante, que me subió a un caballo de carga y logró llevarme a terreno seguro detrás de las líneas británicas.

Desgastado por el dolor y débil por las prolongadas dificultades que había sufrido, me trasladaron, junto con otros tantos oficiales heridos, al hospital de la base de Peshaur. Ahí me recuperé y ya había mejorado al punto de poder pasear por las salas del hospital e incluso tomar el sol en la terraza, cuando fui víctima del tifus, esa maldición traída por nuestras posesiones en India. Durante meses se perdió cualquier esperanza puesta en mi supervivencia y cuando por fin reaccioné y comience a mostrar mejoría, estaba tan débil y demacrado que la junta de médicos decidió que no se debía dejar pasar ni un día para mandarme de vuelta a Inglaterra. Me subieron en el transporte militar Orontes y tras un mes de viaje, llegué al embarcadero de Portsmouth con mi salud irremediablemente arruinada, pero con el permiso de una paternal nación de pasar los siguientes nueve meses intentando recuperarla.

No tenía familia ni amigos en Inglaterra, y por esa razón era libre como el mismo aire —o tan libre como un ingreso de once chelines y seis peniques al día le pueden permitir a un hombre—. Bajo estas circunstancias, me vi atraído por Londres, ese lugar donde van a parar todos los ociosos y haraganes del imperio. Estuve hospedado un tiempo en un hotel del Strand, llevando una vida de pocos lujos y sin sentido, gastando más dinero del que considero prudente. Mis finanzas cayeron en un estado tan alarmante, que me di cuenta de que o me iba de la metrópolis para llevar una vida rústica en el campo, o debía modificar completamente mi estilo de vida actual. Elegí la segunda alternativa y comencé por convencerme de dejar el hotel y hospedarme en un lugar menos caro y pretencioso.

El mismo día que llegué a esta conclusión, me encontraba de pie en el bar Criterion cuando alguien me tocó el hombro; me di la vuelta y reconocí al joven Stamford, quien  había sido mi asistente en el Barts. La visión de una cara conocida en el salvaje Londres es, de hecho, algo placentero para un hombre solitario. En los viejos tiempos, Stamford y yo no éramos precisamente buenos amigos, sin embargo ahora lo saludé con entusiasmo y él, por su parte, parecía deleitado de verme. Dejándome llevar por el júbilo, le sugerí que me acompañara a comer en el Holborn; así partimos juntos en un carruaje.

—¿Qué ha sido de su vida, Watson? —me preguntó de manera poco sutil mientras la carreta se abría paso ruidosa por las concurridas calles de Londres— Está delgado como un listón y bronceado como una nuez.

Le platiqué en resumidas cuentas mis aventuras y apenas había concluido mi relato cuando llegamos a nuestro destino.

—¡Pobre de usted! —dijo, conmiserándose después de haber escuchado mis desgracias— ¿Y qué piensa hacer ahora? 

—Busco dónde hospedarme —respondí—. Trato de resolver el problema de si es posible conseguir un alojamiento cómodo a un precio razonable

—Que cosa tan extraña —remarcó mi acompañante—, es la segunda persona el día de hoy que ha usado la misma expresión conmigo.

—¿Y quién fue el primero? —pregunté.

—Un hombre que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se estaba lamentando esta mañana porque no encontraba alguien con quién dividirse la renta de un lugar agradable que había encontrado, pero que resultó ser demasiado caro para su bolsillo.

—¡Por Dios! —exclamé— Si realmente busca a alguien para compartir alojamiento y gastos, soy el candidato ideal. Además es preferible para mí vivir con un compañero que solo.

El joven Stamford me miró con extrañeza por encima de su copa de vino.

—No conoce a Sherlock Holmes todavía —me dijo—; tal vez no quiera tenerlo como una compañía constante.

—¿Por qué? ¿Hay algo en su contra?

—Oh, yo no dije que hubiera algo en su contra. Es solo que es un hombre de ideas un tanto peculiares; un entusiasta de ciertas ramas de la ciencia. Por lo que sé, es un hombre decente.

—Supongo que es un estudiante de medicina —le dije.

—No, y no tengo idea de sus intenciones a futuro. Domina bien la anatomía y es un químico de primer nivel; pero, por lo que sé, nunca ha tomado ninguna clase de medicina sistemática. Sus estudios son muy inconexos y excéntricos, sin embargo ha amasado una gran cantidad de conocimiento inusual que sorprende a sus profesores.

—¿Alguna vez le ha preguntado cuáles son sus propósitos?

—No; no es un hombre abierto con su vida privada, aunque puede ser muy comunicativo cuando quiere.

—Me gustaría conocerlo —dije— Si he de compartir cuarto con alguien, prefiero que sea un hombre de hábitos estudiosos y callados. No tengo todavía las fuerzas suficientes para aguantar mucho ruido y ajetreo. Tuve mucho de ambas en Afganistán, lo suficiente como para que me duren en resto de mi vida. ¿Cómo puedo conocer a este amigo suyo?

—Estoy seguro que estará en el laboratorio. Es alguien que o no se aparece por semanas en el lugar, o trabaja ahí desde la mañana hasta la noche. Si quiere lo puedo acompañar cuando terminemos de almorzar.

—Seguro —le respondí, y la conversación se desvió hacia otros temas.

Mientras nos encaminábamos hacia el hospital después de dejar el Holborn, Stamford me habló un poco más del caballero que me proponía tomar como compañero de alojamiento.

—Espero que no me culpe si no congenia con él —me dijo—. Lo poco que sé de él se limita a lo que he aprendido de tratarlo ocasionalmente en el laboratorio. Es usted quien ha propuesto este asunto, así que no debe hacerme responsable a mí.

—Si no congeniamos, será fácil que cada quien siga su camino —le respondí—. Me parece, Stamford —añadí—, que tiene alguna razón para querer deslindarse del asunto. ¿Es, acaso, el carácter de este hombre tan formidable? Dígame sin rodeos.

—No es fácil expresar lo inexpresable —me respondió riendo—. Holmes es demasiado científico para mi gusto, casi se podría decir que tiene la sangre fría. No es difícil para mí imaginarlo dándole una pizca del último alcaloide vegetal, no por malicia, sino por mero espíritu científico, para conocer de forma más precisa los efectos de este. Aunque, para hacerle justicia, creo que él mismo lo tomaría sin pensarlo demasiado. Parece que tiene una pasión por el conocimiento exacto y definido.

—Una actitud admirable.

—Cierto, aunque él puede llevarlo al exceso. Cuando golpea a los sujetos de la sala de disección con un palo, ciertamente toma un giro extraño.

—¡Golpear a los cuerpos!

—Sí, para verificar hasta qué grado se pueden crear moretones en el cuerpo después de muertos. Lo vi con mis propios ojos.

—¿Y todavía dice que no estudia medicina?

—No. ¡Sabrá Dios cuál es el objetivo de sus estudios! Pero aquí estamos y usted debería formar sus propias impresiones de él.

Mientra hablábamos, atravesamos un camino estrecho y entramos por una puerta lateral que daba a una de las alas del gran hospital. Aquel era terreno familiar y no necesité que me guiaran para subir por la fría escalera de piedra y avanzar por el largo pasillo, cuyo único panorama era una pared encalada y sus puertas color castaño. En en el extremo del pasillo, un callejón abovedado y de poca altura se separaba del corredor principal y llevaba a laboratorio de química.

Era un cuarto de techo elevado, lleno de botellas alineadas y tiradas por toda la habitación. En la estancia yacían desperdigadas mesas bajas repletas de retortas, tubos de ensayo y pequeños mecheros de Bunsen con sus llamas azules y centelleantes. Había un solo estudiante en el cuarto que se encontraba inclinado sobre una mesa distante absorbido por su trabajo. Al escuchar el sonido de nuestros pasos, volteó para vernos y se levantó de un salto con una expresión de alegría.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —gritó dirigiéndose a mi compañero y corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que es precipitado por la hemoglobina y por nada más —sus rasgos mostraron un deleite tal que solo podría ser mayor ante el descubrimiento de una mina de oro.

—Doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —dijo Stamford presentándonos.

—¿Cómo está usted? —dijo cordialmente, estrechando mi mano con una fuerza que difícilmente le habría atribuido—. Veo que ha estado en Afganistán.

—¿Como diablos lo supo? —le pregunté sin esconder mi sorpresa.

—Eso no importa —dijo él sonriendo para sí mismo—. El asunto ahora es la hemoglobina. ¿Sin duda se da cuenta de lo significante que es mi descubrimiento?

—Es interesante, para la química, sin duda —le respondí—, pero en cuanto a practicidad… 

—¡Hombre! si es el descubrimiento más práctico para la medicina legal de los últimos años. ¿No ve que provee de una prueba infalible para manchas de sangre? ¡Venga aquí! —me tomó de la manga del saco en su entusiasmo y me jaló hacia la mesa en la que había estado trabajando—. Primero, un poco de sangre fresca —añadió mientras enterraba una larga púa en su dedo y añadía la gota de sangre resultante un una pipeta química—. Ahora añado esta diminuta cantidad de sangre a un litro de agua. Puede ver que la mezcla que se forma tiene la apariencia de agua simple. La proporción de sangre en ella no puede ser de más de uno en un millón. Sin embargo, no tengo duda alguna de que obtendré la reacción característica 

Mientras hablaba, puso en el recipiente unos cristales blancos y después añadió unas gotas de un fluido transparente. En un instante la mezcla adoptó un color caoba apagado y un polvo color café se precipitó al fondo del recipiente de vidrio.

—¡Ha!¡Ha! —exclamó aplaudiendo y con una expresión de emoción similar a la de un niño con un juguete nuevo—. ¿Qué piensa de eso?

—Parece una examen muy delicado —le dije.

—¡Espléndido!, ¡espléndido! La prueba del guayacol era muy incierta y tosca. Así como la examinación microscópica por corpúsculos de sangre. Este último método carece de valor si la mancha de sangre ya tiene algunas horas. Esta prueba que descubrí parece funcionar sin importar si la sangre es vieja o nueva. Si se hubiera inventado antes, muchos hombres que hoy caminan en libertad habrían pagado por sus crímenes hace mucho tiempo.

—En efecto —murmuré.

—Continuamente dependen de este elemento muchos casos criminales. Un hombre es sospechoso de un crimen meses después de que fue cometido. Su ropa de cama o su ropa es examinada y manchas marrones son encontradas en ellas. ¿Son manchas de sangre, de lodo, de óxido o de fruta? ¿De qué son? Es una pregunta que ha atormentado a muchos expertos, ¿quieres saber por qué? porque no había una prueba fidedigna. Ahora tenemos la prueba de Sherlock Holmes y se acabaron las dificultades.

Sus ojos brillaban mientras hablaba y ponía su mano en el corazón a la vez que hacía reverencias como si una multitud conjurada por su imaginación le aplaudiera.

—Merece usted que se le felicite —señalé, considerablemente sorprendido por su entusiasmo.

—El año pasado se dio el caso de Von Bischoff en Fráncfort. Seguramente lo habrían colgado si esta prueba hubiese existido en ese momento. También estuvo el caso de Mason de Bradford, y el de el famoso Muller, y Lefevre de Montpellier o el de Samson de Nueva Orleans. Podría nombrar un número considerable de casos donde hubiera sido decisivo.

—Parece usted un calendario andante del crimen —dijo Stamford riendo— Podría hacer un periódico en esa línea temática. Llámalo “Las noticias policiacas del pasado”.

—Podría volverse una lectura muy interesante —señaló Sherlock Holmes a la vez que ponía un pequeño parche sobre la herida de su dedo—. Debo ser cuidadoso —continuó dirigiéndose hacia mí con una sonrisa—, pues manejo venenos peligrosos constantemente —y me mostró su mano llena de parches similares decolorados por los ácidos fuertes.

—Venimos aquí a hablar de un negocio —dijo Stamford, quien se sentó en un taburete de tres pies y acercó con su pie uno para mí—. Mi amigo está buscando hospedaje y como usted se estaba quejando de que no tenía con quién dividir los gastos, pensé que sería una buena idea que se conocieran.

Sherlock Holmes parecía encantado con la idea de compartir alojamiento conmigo.

—Le tengo echado el ojo a unas habitaciones en Baker Street que creo nos vendrían como anillo al dedo —dijo él—. No le importa el olor del tabaco fuerte, ¿verdad?

—Usualmente fumo tabaco de la marina —le respondí.

—Con eso basta. Normalmente cargo con químicos y en ocasiones hago experimentos, ¿eso le molestaría?

—Para nada.

—Veamos, qué otros defectos tengo. A veces me entra tristeza y no abro la boca durante días. Cuando eso ocurra no vaya a pensar que estoy enfadado. Solo déjeme ser y pronto estaré bien. ¿Qué tiene usted que confesar? Es conveniente que dos camaradas sepan lo peor de cada uno antes de comenzar a vivir juntos.

Su interrogatorio me hizo reir.

—Tengo algunas manías —le dije—; estoy en contra de los sonidos estrepitosos porque me alteran los nervios; me levanto de la cama a las horas mas absurdas y soy extremadamente perezoso. Tengo otros cuantos defectos cuando me encuentro bien, pero en el presente esos son los principales.

—¿Considera el violín en su categoría de ruidos estrepitosos?

—Depende de quién lo toque —respondí—. Un violín bien tocado es un regalo de los dioses, uno mal tocado, en cambio…

—De acuerdo, entonces —exclamó con una risa alegre—. Creo que podemos considerar este asunto arreglado; eso si las habitaciones le parecen agradables.

—¿Cuándo podríamos verlas?

—Venga a buscarme aquí mañana al medio día e iremos juntos a arreglar el negocio —me respondió.

—De acuerdo, al mediodía en punto —le dije estrechando su mano.

Lo dejamos trabajando entre sus químicos y caminamos juntos hacia mi hotel.

—Por cierto —pregunté deteniéndome de forma repentina y volteando hacia Stamford—, ¿cómo diablos supo que vengo de Afganistán?

Mi compañero esbozó una sonrisa enigmática.

—Esa es su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente ha querido averiguar cómo descubre esas cosas.

—¡Oh! ¿Entonces es un misterio? —exclamé frotándome las palmas— Resulta muy intrigante. Debo agradecerle por presentarnos. «El tema más apropiado para el estudio de la humanidad es el hombre», usted sabe.

—Debe estudiarlo entonces —dijo Stamford mientras se despedía de mí—. Aunque encontrará que Holmes es un problema complejo. Apuesto a que aprenderá más él de usted, que usted de él. Adiós.

—Adiós —le respondí y seguí caminando hacia mi hotel, considerablemente interesado en el individuo que acababa de conocer.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
(Edimburgo, 1859) Estudió medicina, pero dejó la práctica médica por su carrera literaria. El trabajo que impulsó su éxito fue "Estudio en escarlata", novela donde aparece por primera vez Sherlock Holmes.