Pero sí, oirás de pronto esa palabra —como ahora, donde esté Pavese oye la nuestra—, sentirás la anhelada presencia, el esperado signo de un ser que desde otra isla oye tus gritos, alguien que entenderá tus gestos, que será capaz de descifrar tu clave. Y entonces tendrás fuerzas para seguir adelante, por un momento no sentirás el gruñido de los cerdos. Aunque sea por un fugitivo instante, sentirás la eternidad.
Ernesto Sábato
Así como Don Quijote se levanta una mañana y abandona su hogar con incertidumbre y esperanzas por primera vez, así tomé el autobús para acudir al Festival Internacional de Cine de Guanajuato 2019 (GIFF). Uno de los invitados de honor era el cineasta Terry Gilliam, ex integrante de los Monty Python, director de 12 monos, El rey pescador, Tideland, El imaginario del doctor Parnasus y de la más reciente, y también accidentada, El hombre que mató a Don Quijote.
Miraba por la ventana del autobús y, al observar los cultivos y las campiñas entre las fábricas y los pueblos, pensaba que eran como aquellas en las que Alonso Quijano podría estar vagando en búsqueda de injusticias qué solucionar o de heridos que ayudar o de un páramo oscuro donde velar las armas. Otro pensamiento se cruzaba: quizá Terry Gilliam estaría a su lado, cual Sancho; después de todo –y se reafirmaría durante las actividades del director americano en el festival– él también era una especie de Don Quijote que siempre se interesaba por filmar películas muy costosas e imaginativas, a pesar de que nunca recuperaran su inversión.
Solo una vez había visitado la ciudad y cualquier información que tenía sobre ella era muy vaga: que el mezcal era muy barato y se podía encontrar en cualquier lugar o que uno podía estar caminando durante horas por el centro; cosas que en realidad no me ayudaban a hacerme una idea de lo que encontraría al llegar.
Me quedé en un edificio escondido, con el que di tras navegar unos cuantos callejones que se alejaban de una calle principal: un laberinto lleno de misterios, con un graffiti de una Virgen de Guadalupe en un muro deshecho con un altar delante. Cuando salí a caminar en busca de una bebida con uno de los amigos que me recibió, pude observar con más detalle la ciudad: sus calles de cantera como caminos de serpientes y escaleras que, entre más avanzas, siempre te arrojan a los mismos puntos; las casas pintadas de colores distintos, las plazas en las que se vivieron momentos históricos que desconocía. Sobre una calle que desembocaba a la Plaza San Fernando, mi amigo historiador, me dijo que antes aquel lugar era utilizado como drenaje ya que la gente arrojaba los deshechos por los balcones.
“Caminos de serpientes y escaleras”. Sergio Ceyca.
Recorrí Guanajuato con la emoción de entrevistar a Terry Gilliam. Me imaginaba que él iba caminando por la calle paralela a la que yo me encontraba; sin embargo, no fue sino hasta el Auditorio del Estado, allí se realizaron la mayoría de las conferencias y eventos ese día: un auditorio como jamás había visto otro porque estaba en la cima de una montaña desde donde podía apreciarse el centro de la ciudad. El Festival Internacional de Cine de Guanajuato entonces es un evento que recibe mucho apoyo y dinero para traer el cine a una región que, por sí misma, se presta a abrazar a los representantes internacionales.
Cuando lograré hablar con Gilliam y le pregunté sobre qué pensaba de esa ciudad dónde había tantas estatuas y hasta un festival y un museo relacionadas con la obra de Miguel de Cervantes Saavedra (también le pregunté que si ya lo habían llevado a visitar), él respondió:
–Sí, hemos visitado todo. He estado mirando las estatuas por la ciudad y me han platicado del Cervantino. Es fantástico, demasiado extraordinario, que Cervantes sea más importante para Guanajuato de lo que es para España. Es extraordinario, realmente fantástico, finalmente he encontrado la casa perfecta para Don Quijote.
La casa de Don Quijote. Sergio Ceyca.
La historia de la filmación El hombre que mató a Don Quijote inicia desde los años ochenta cuando, tras la distribución de Las aventuras del barón Münchausen, Gilliam quería dedicarse a realizar una película sobre Don Quijote, sin siquiera leer el libro (igual que le ocurrió con Brazil). Fue hasta principios del dos mil que se consiguió financiamiento para iniciar en España (por no acudir a filmarla a México, donde seguro habría sido recibido con un desfile). Allí inició la maldición: justo el primer día de rodaje cayó una tormenta bíblica que arrastró el material de la filmación y, en los siguientes días, se supo que Jean Rochefort, el actor que interpretaría al Caballero de la Triste Figura, sufría problemas de próstata que le impedían montar a caballo. Posteriormente, justo como retrata el documental Perdidos en la mancha, la producción ya no pudo continuar.
La novela de Cervantes infunde en sus lectores la esperanza para continuar a pesar de los golpes, los azotes y las burlas de la fortuna. El hombre que mató a Don Quijote narra la historia de Toby Grisoni, un director de comerciales que se encuentra en España realizando uno, curiosamente, sobre Don Quijote. Toby está harto de las reuniones con los inversores, de las cenas en restaurantes caros, y lo anuncia con sarcasmo. Es una figura creativa que se ha hartado de la adulación. De pronto se encuentra con un filme que grabó una década atrás, cuando aún era director independiente y viajó a España con sus amigos para realizar una pequeña película de festival llamada ‘El hombre que mató a Don Quijote’, en la cual participaban actores de una villa llamada Los Sueños. Así que toma una motocicleta y viaja hasta el lugar en busca de aquella gente con quienes tenía muchos y muy buenos recuerdos. Para su desgracia, los pobladores de Los Sueños no lo recordaban de esa manera, sino como el americano que llegó a enloquecer a todos: la hija del tabernero se había ido a volverse una estrella a Madrid y en su desesperación se volvió una scort; el hombre que hizo de Sancho Panza no hizo más que tomar hasta ahogarse. El viejo zapatero que interpretó al Caballero de la Triste Figura había enloquecido y se cree Don Quijote mismo y, por eso, tiene que andar por la Mancha buscando heridos a los cuales curar e injusticias las cuales terminar. Así que Toby Grisoni se enfrenta a su responsabilidad sobre este Don Quijote del siglo XXI y lo termina acompañando seguro de que el hombre enloqueció por su culpa.
Además, la película plantea una situación que parece una estocada directa a la yugular de esta sociedad: ¿qué significa ser un hombre en esta época? ¿Aún debemos aspirar a ser caballeros y vivir en la fantasía?
Durante la catedra magistral que Terry Gilliam brindó el sábado 27 de julio, en el auditorio principal, el actor Sergio Zurita, quien fue su moderador, le preguntó si no sentía que ya había filmado la historia de Don Quijote anteriormente. Gilliam respondió que, precisamente, hacia unos meses alguien le puntualizó que El rey pescador (también llamada Pescador de ilusiones en Latinoamérica) era una especie de rescritura de la historia cervantina: un hombre (Robin Williams) enloquece y cree que puede encontrar el santo grial en la ciudad de NewYork, así que vive en las calles como caballero andante y, luego, es acompañado por un locutor de radio fracasado (Jeff Bridges) quien siente una deuda hacia este caballero newyorkino.
Como ya ha dicho en muchas entrevistas, Gilliam considera que la historia del caballero de la Mancha resume gran parte de su obra. Cuando le pregunté cómo se dio el cambio de pasar la historia (originalmente protagonizada por Johnny Depp) de la época de Cervantes a tiempos modernos, de Johnny Deep viajando al pasado a Adam Driver viajando a su pasado, Terry Gilliam respondió:
–La historia de Depp era sobre un personaje que se golpea la cabeza y termina en el siglo XVII, lo cual costaba mucho más dinero, así que decidimos dejarlo en nuestra época y se volvió más interesante cuando surgió la idea de que el personaje que interpreta Adam está realizando comerciales, pero que diez años antes arribó como un joven cineasta con ideas y sueños y realizó este filme que arruinó la vida de muchas personas. La película, en realidad, es sobre el peligro de las películas”.
Ya en la conferencia, Gilliam desarrollaría esta idea:
–Cuando tuvimos un guion escrito, la idea era un poco más como la novela de Mark Twain Un yankee en la corte del Rey Arturo, donde un hombre moderno se golpea en la cabeza y despierta en la Inglaterra medieval: el personaje de Toby inicia una aventura con el verdadero Don Quijote. Ahora, filmar una película ambientada en el siglo XVII iba a ser más caro, así que al pasar los años continuamos trabajando en el guion y dije: hay que pasar todo al mundo moderno, así podemos trabajar con un presupuesto menor. Esos años fue difícil financiar la película: colaboré con estos hombres que estaban convencidos de que podrían conseguir el dinero y luego trabajábamos uno o dos años y era fracaso. Todo era como para Don Quijote en el libro de Cervantes: empieza con grandes sueños, pero siempre golpea el suelo. Así ha sido la experiencia y hasta después llegamos con esta idea de que cuando Toby era más joven, aún no hacía mucho dinero con los comerciales y todavía no se volvía cínico, realizó una película para graduarse de la escuela de cine, llamada ‘El hombre que mató a Don Quijote’, la hizo con los pobladores de una pequeña villa. Lo que fue interesante para mí es cómo la película cambió a esas personas. Y eso fue algo que enfaticé mucho, porque la novela de Cervantes es sobre leer libros y el peligro de leer demasiados libros de caballería, pues te corrompes pensando que el mundo puede ser así, y eso es lo que le ocurre al Quijote; así que pensé que era mucho más interesante hablar sobre cómo las películas pueden crear esta corrupción, de cómo pueden darnos una mirada falsa sobre cómo es el mundo, y que todos somos víctimas de eso. Por ejemplo, no sé cuántos de ustedes piensen que pueden volar, pero mucha gente sí lo cree; en el mundo actual necesitamos mucha tecnología para hacerlo y a mí me aburren esos súper poderes, a mí me interesa lo que nosotros, como seres humanos, podemos hacer con nuestras vidas. Y así es como terminamos con esta película totalmente diferente.
El momento en que pude entrevistarlo directamente fue en la alfombra roja, afuera del Auditorio del Estado. Era muy divertido tener enfrente Gilliam, con una playera negra con el logo de “Quijote vive”, y que encima de esta trajera una camisola oriental de color azul, haciendo muchos gestos y lanzando oneliners para hacerte reír. Cuando llegó al homenaje le pregunté sobre una idea que menciona en Gilliamesque, su autobiografía pre póstuma: él no se consideraba un autor tanto como sí un filtrador.
A lo largo de su filmografía, Terry Gilliam se ha servido de la literatura: filmó su versión de Las aventuras del Barón de Münchausen, hizo una nueva y más brutal versión de Alicia en el país de las maravillas (que está basada en la novela en verso de Mitch Cullin, Tideland), y adaptó la novela fundadora del periodismo gonzo Miedo y asco en las Vegas, o revivir el mito de Fausto en El imaginario del doctor Parnassus. También en esencia, Brazil es 1984. Además de que estas son historias disparatadas y llenas de imaginación, tienen una constante: no es Gilliam el autor de ellas, sino una especie de facilitador que le brinda un estilo, una firma, peculiar a las películas. Él no se considera un ‘autor’ sino un ‘filtro’.
Sobre esto Terry Gilliam comentó:
–Cuando estás filmando una película y mucha gente está involucrada, todos quieren sentir que el director es un dios y que lo sabe todo. Eso no es verdad. Confío en que mucha gente trabaje junta y yo solo ‘filtro’ las malas ideas y dejo que continúen las buenas ideas.
Un momento interesante para hablar de esto quizá es en la adaptación cinematográfica de Miedo y Asco en las Vegas, donde hay un cambio en una escena del libro original de Hunter Thompson. Johnny Depp, quien personifica a Thompson, camina en una habitación de hotel destruida y se sienta frente a la máquina de escribir para lo que en el libro es el final del capítulo siete: un discurso sobre el final de la inocencia que representó para los jóvenes y artistas de los sesenta la represión gubernamental, y luego la decepción que tuvo la sociedad americana al ver que este ‘despertar de la conciencia’ tampoco solucionaba nada. Esa época fue en la que Terry Gilliam abandonó Estados Unidos y se refugió en Inglaterra: de alguna manera aquel discurso también hablaba, con cierta epicidad dentro de la tragedia, sobre sus amigos, sobre lo que lo rodeaba, solo que él no escribió aquellas palabras. Lo que Gilliam pudo hacer fue catalizarlas en una película, transformarlas en otra situación.
Terry Gilliam, el filtrador de historias. Sergio Ceyca.
Durante la noche se realizó una proyección de Miedo y asco en las Vegas, antes de la cual Terry Gilliam dio una introducción breve. La película se reprodujo en la pantalla de un escenario para conciertos de rock frente a un gran campo empastado. Gilliam se presentó quince minutos antes de la hora y, en cuanto lo hizo, las personas empezaron a acercarse a él: todas lo hacían con nerviosismo, intranquilidad, y una vez que lo tenían enfrente, Gilliam les hacía preguntas, se reía con ellos, compartía su vida con aquellas personas con quienes ya había compartido sus películas.
Incluso había medios para entrevistarlo y no se dirigía a ellos porque siempre había alguien que lo detenía, que tenía un comentario o quería una selfie. El evento, finalmente, se retrasó más de media hora.
En un momento, un joven se acercó a él con el rostro desencajado y Gilliam entendió su papel de maestro: le preguntaba esto, le preguntaba aquello, le daba consejos y el joven solo podía mirarlo con admiración. Yo estaba a unos metros, y el padre del joven llegó orgulloso para decirme que él era su hijo, que para el chico Brazil era una película muy importante, que había cambiado su vida. Igual que para mí, desde diciembre, El hombre que mató a Don Quijote me había ayudado a sobrevivir una serie de sortilegios y problemas que se habían atravesado en mi camino. Por eso había ido a Guanajuato a entrevistar a Gilliam; por eso todos queríamos reunirnos con él, aunque a veces la sociedad mira mal que la gente les agradezca a los artistas por alguna de sus creaciones y hasta parece un pecado aún más grave decir que ésta nos salvó. Se piensa que se busca adularlos. Pero la gente a mi alrededor intentaba hacerle entender al director –con unas palabras, una anécdota, una ofrenda– que le debíamos gratitud.
Si resulta como lo he planeado, espero no hacerlo.
Dicen que llueve mucho en Nueva York.
Estuve en la isla hace un par de años. Desde el cuarto del hotel miraba Central Park, era un hotel bastante viejo. El Emporio. Una noche vi cómo asaltaban a una pareja de mujeres. Una de ellas llevaba un suéter rojo.
Cuando tenía veinticinco años estuve ahí y no me gustó.
Tal vez te guste ahora.
Lo dudo.
Quiero un cigarro.
Si lo deseas salgo a comprar uno.
Ya pasó el tiempo.
¿Cómo dices?
Ni Nueva York y ni tú son los mismos de hace 25 años.
Sigo siendo el mismo.
Nadie lo es.
¿Quién lo asegura?
Mi sicóloga.
Ella.
Sí.
Si nos hiciéramos tres preguntas específicas, cuáles serían.
¿A qué viene esto?
Anda.
¿Hablas en serio?
Consiénteme.
¿Por qué no te vas conmigo?
Porque no puedo.
Puedes ser más creativo que eso.
Pero no lo soy.
Eres detective, puedes inventar algo más emocionante. Tú querías jugar.
Nueva York no me gusta. Odio el pastrami y la zona cero. Detesto la humedad. El desierto es lo mío. Manejar hasta las afueras de Juárez y ver cómo la tierra se traga el sol cuando anochece.
Me enteré de que antes de subir al cuadrilátero, Mickey Rourkecorría en Central Park cinco, diez kilómetros.
Mickey Rourke ya está viejo.
¿Siempre seré la segunda?
No entiendo.
Creo que estoy siendo demasiado clara.
Te conocí cuando te conocí.
Al principio tenía pavor de que nos descubrieran.
¿Qué sucedió?
Me marcho, eso es lo que sucedió. En el buró se encuentra la confirmación del vuelo, junto con la cartera y el revólver.
¿Tengo algo qué ver con tu decisión?
No.
¿Qué soy para ti?
No lo sé.
¿Amigos?
No.
¿Podremos jugar a que te espero?
Sí.
…
¿Por qué sonríes?
No lo sé.
¿No sabes por qué sonríes?
Se está haciendo tarde. Llegó el vecino de la camioneta roja.
De tu infancia, dime algo que recuerdes.
Alguna vez, en un rancho de Zacatecas monté a caballo con uno de mis tíos. En una de sus manos llevaba la rienda y en la otra una lata de cerveza, supongo que una Tecate, o tal vez una Modelo. Por el movimiento, de vez en cuando la cerveza me salpicaba la cara. El caballo era azabache. Tal vez. La calle blanca y terrosa. No recuerdo por qué subí al caballo o cuánto tiempo duró el paseo.
Cuéntame algo que recuerdes de tu juventud.
En una ocasión le regalé una cerveza Superior a una amiga. Toqué la puerta de su casa y cuando apareció, le extendí la botella fría, como si se tratara de un ramo de flores. Sonrió y me dio un beso.
¿Cómo se llamaba ella?
Liliana.
¿Y qué pasó después?
Se casó.
¿La extrañas?
Tuvo dos hijos. Luego se divorció y se fue a vivir a El Paso y de ahí se mudó a Los Ángeles. Es contadora.
¿Hablas con ella?
Ya no… Acerca tu vaso, aún hay whisky.
Alguna vez me dijiste que yo era una vampira.
Lo sigo creyendo.
Tal vez deje de serlo en tu historia…
Porque te vas.
Porque ya son otros tiempos.
Porque te vas.
En pocas palabras, sí.
Aquí estaré siempre, bajo esta gran noche, pensando en el siguiente movimiento.
Necesito más que eso.
Te digo que no soy tan creativo.
Me voy porque estoy harta de las pesadillas.
Ahora lo deseas.
¿Qué quieres decir?
Quizá después ya no. Por mucho tiempo tuve un trabajo estable. Cada fin de semana recibía un pago fijo. Hiciera o no, mi pago estaba ahí, completo. Ahora busco a la gente que no desea ser encontrada.
Siempre puedo regresar.
¿A qué?
Falta una pregunta más.
Creo que ambos superamos la cuota.
¿Te gustan mis cicatrices?
Sí.
¿Incluso la de la rodilla?
Incluso.
A los diez años caí encima de una botella rota. Jugábamos a los policías y ladrones, los niños de la cuadra y yo. Entre ellos se encontraba Ricardo. El único que me visitó durante la convalecencia. Una tarde nos masturbamos juntos. Al principio me dio vergüenza. Luego no. Cuando me recuperé me regaló un osito blanco de peluche. Un par de meses después, por alguna razón, dejamos de hablarnos. A fin de año se mudó junto con su familia a San Antonio y le perdí el rastro, pero hace poco lo vi de lejos en el Smart de la Avenida de la raza. Alto y guapo. No me atreví a saludarlo.
Tiene la forma de una sonrisa, tu cicatriz.
No desde donde yo la veo.
Si te hubiera encontrado antes.
Pero no fue así.
Un día iré a Nueva York. Te localizaré comprando fruta en un mercado de Chinatown. Lentes negros y bufanda oscura, como te conocí.
Deberías ser escritor.
Eso no se me da, pero si un día te pierdes, te encuentro. Eso es lo mío.
Deberías irte conmigo.
…
Perdón.
No es necesario.
Me llevaré tu sombrero.
De acuerdo.
Si pudiera, me llevaría tu revólver, creo que es más confiable que el mío.
Allá podrás comprar uno fácilmente.
Tal vez me trague Central Park.
¿Por qué piensas que será mejor allá? Prácticamente hacemos lo mismo.
No lo creo. Tú los encuentras y yo soy la antidetective.
Así se escucha siniestro.
Tal vez allá pueda ser la detective. Tener mi despacho, mi ventilador barato de metal.
Como en las películas.
Todavía pienso en esas dos mujeres de Central Park. Una de ellas sobre la acera, desmayada o mal herida, no sé, y la de suéter rojo sujetándola de la mano, tratando de pedir ayuda. Recuerdo que tomé el teléfono para llamar a la policía, pero sucedió algo: al regresar a la ventana ya no había nadie allá abajo. Apenas si me había retirado un minuto, quizá ni eso. Miré a un lado y otro. Permanecí frente al vidrio un buen tiempo, con el teléfono en la mano. El sendero donde había sucedido aquello se perdía en una curva, entre las ramas de los árboles. A la mañana siguiente me paseé por aquella zona. En cierto momento oí el graznido de un cuervo y eché un vistazo a la ventana de mi habitación, la 508 del viejo Emporio. Me pareció muy diminuta desde aquella distancia. En el suelo no encontré ningún indicio de forcejeos, ni mujeres malheridas. Como si el parque se las hubiera tragado. ¿Qué hubieras hecho en mi lugar?
Lo mismo, pero no importa.
Esa noche soñé que yo era la mujer de rojo y que en algún momento miraba hacia la ventana de mi cuarto de hotel, un segundo después el mundo desaparecía.
¿Cómo?
Cierra los ojos y aguanta la respiración. Cubre tus oídos. Trata de no moverte. Así. Eso mismo ocurría en el sueño.
los que reconocen el canto del diablo en pared vecina / recurren diariamente al sacrificio de las serpientes / los que sentados con pelo y agua / sueñan plaga de muchachos adormecidos tras la puerta / los que jalan la palanca para el sonido del disimulo / mientras el galope de las cabras hace eco de montaña /
los que abandonan la metáfora / y prefieren una embestida real por la espalda
aquellos que adoloridos rugen por dentro de cabina en cabina
aquellos que silenciosos miran por debajo y encuentran un espejo
aquellos que vaciados dejan rastro de blancura esparcida
aquellos que insatisfechos con marcador permanente deciden
anunciarse
porque la oferta y la demanda así lo dictan
porque las heridas emanan sangre cada dos días
porque las hemorragias se cortan amarrando cuerpos
II
aquellos que tantas veces /
tú que la primera vez que te encontré / estabas escrito bajo el dispensador de papel:
Por todos ustedes que Estrujan los muslos Rodillas con otros Para su salvación también Estoy aquí Todo todito entero Utilicen de mí desde uñas hasta Ojos
443 159 1616 Juluis
(perpetuo tu cuerpo cuando leí)
anoté el número /
dos días después /
te marqué
III
da miedo, Juluis
ver un hombre herido
escrito en la pared de un baño público
(hombre lobo que se anuncia: maravilloso / quimérico/ proverbial)
sonó el teléfono: sonó el teléfono: sonó el teléfono
voz humana/ aullidos
contestaste:
las consecuencias eléctricas
entraron por oído
se alojaron en el ocre sentimental
de mis órganos
rasgaron de gravedad las paredes hemorrágicas de mi cuerpo
debí colgar antes de que péndulos mis piernas
y brazos
sostuvieran la mochila donde:
un espejo
un autorretrato
una libreta
un lapicero
saliéramos a buscarte
IV
tú, que la segunda vez que te encontré
(de cuerpo atómico frente a mí
con tus dedos incendiándose)
manipulabas un mandala de alambre
y me contaste la historia:
los monjes tibetanos: hace más de tres mil años: relajación y meditación: las formas sagradas: los movimientos: el origen del universo: la evolución de la vida: la nada: la gran explosión: el átomo: las galaxias: el Sistema Solar: la Tierra: los elementos: agua: aire: fuego: tierra: la dualidad: bien: mal: Yin: Yang: luz: oscuridad: la vida en la Tierra: la Flor de Loto: el Hombre: sus manifestaciones: las culturas: el tambor: la rueda: una corona para el rey: otra para su reina: un salvador y su cáliz sagrado: los seres de otros planetas: las naves espaciales: regresamos al origen: el átomo
Para mi gente, los que se han estrechado en la distancia.
La distancia puede volverse una cicatriz. De eso quería escribir. Podría haberlo hecho desde mi experiencia lejos de mi gente y de los paisajes que aprendí a apropiarme para entender cómo nos marca la distancia. Pero antes siquiera de acercarme a esta página en blanco, en los borradores previos a la escritura, fui cambiando ligeramente el rumbo, aunque nunca del todo.
Lo que hizo que modificara el abordaje fue encontrarme con el «Elogio de la distancia» de Paul Celan:
En la fuente de tus ojos
viven las redes de los pescadores del mar del extravío.
En la fuente de tus ojos
mantiene el mar su promesa.
Aquí lanzo yo
un corazón que estuvo entre la gente,
mi ropa y el brillo de un juramento:
Más negro en la negrura estoy aún más desnudo.
Soy leal solo cuando soy disidente.
Soy tú cuando soy yo.
En la fuente de tus ojos
voy a la deriva y sueño con un rapto.
Una red atrapó una red:
nos separamos estrechamente abrazados.
En la fuente de tus ojos
un ahorcado estrangula la cuerda.
Este poema me recordó una de las cosas que más me atraen de la corriente terapéutica Gestalt relacional: la noción de ser con el entorno y no separado de él, al interior de una mismidad abstracta. Me recordó la reescritura de la Oración de la Gestalt que hizo Carlos Esteve: «yo soy yo, gracias a ti, tú eres tú, gracias a mí». Al encontrarme con el poema de Celan me di cuenta de que eso quería hacer, un elogio de la distancia.
En la fuente de tus ojos / viven las redes de los pescadores del mar del extravío. / En la fuente de tus ojos / mantiene el mar su promesa. Vive en nuestra mirada, al interior del manto acuífero, debajo de los iris, lo que hemos visto. En la contemplación del mar reside también el deseo de volver a verlo. Cuando estamos frente a nuestra gente querida nos la llevamos en la piel y, cuando dejamos de verla, cicatriza en la distancia, en nuestros ojos reside su imagen que se anida en el recuerdo.
Al hablar de la distancia entre las personas, había pensado en situaciones muy particulares como la geografía o el mar de por medio, pero me doy cuenta de que la distancia es una cotidianidad que nos golpea, a veces, sin que nos demos cuenta. Semanas antes, cuando Julieta y yo salimos de México, una amiga me dijo, con la confianza de quien supone que el internet ha resuelto más problemas de los que ha subrayado, que con las videollamadas y la inmediatez de las redes sociales, conectarse con los seres queridos era una cuestión de tiempo y no una cuestión de distancia.
Pero otro modo para medir la vida es la distancia, porque es una manera lateral de hacer físico el tiempo. Decimos que nuestro trabajo está a 20 minutos como decimos que está a un par de kilómetros. Cuando hablamos de la distancia entre dos ciudades o dos países, nos interesa saber cuántas millas terrestres, aéreas o náuticas separan un lugar de otro, pero, en especial, queremos saber cuánto tiempo debemos invertir para llegar: dos horas de vuelo, doce horas en auto, veinte horas en barco.
Cuando se está físicamente lejos de todo y de todos, la distancia no solo se intuye como tiempo, el tiempo que te lleva salir de dnde estás para llegar hasta donde se quiere estar, sino que multiplica la cercanía con las personas. En nuestra cultura tendemos a decir: “cuenta conmigo”, “cuando quieras”, “si necesitas algo, llámame”, pero la mayor parte del tiempo son solo fórmulas sociales. Cuando se tiene verdadera necesidad del otro, aunque sea solo moral, la distancia puede volverse un abismo infértil o una cicatriz. Son pocos quienes en verdad están ahí cuando nadie más está. Muchas veces son personas que nunca dijeron, literalmente, “cuenta conmigo”, pero que siempre, con la sencillez de su presencia, lo hicieron saber.
Estando lejos de todo, las personas que se vuelven entrañables son por las que no dudarías cruzar el mar solo para verlas de nuevo, invertir el tiempo, hacer que se vuelva fértil todo ese recorrido, toda esa espera. Son las que viven en la propia piel pues ahí han cicatrizado, aunque no las veamos todos los días, son a quienes desearíamos ver siempre. Y vuelvo a Celan: Aquí lanzo yo / un corazón que estuvo entre la gente, / mi ropa y el brillo de un juramento: / Más negro en la negrura estoy aún más desnudo. Porque uno se siente más invisible que nunca, más vulnerable, más desnudo, cuando se encuentra en medio de todos y nadie devuelve una mirada familiar, una mirada de reconocimiento.
Cuando se vive en la misma ciudad de siempre, a veces se vive en la fantasía de que en cualquier momento se podrá ver a la otra persona, que basta dedicar minutos de planeación para que se transformen en horas de convivencia. Pero luego, cuando nos reencontrarmos con los otros, siempre nos asombramos de cómo ha pasado el tiempo, de cómo hemos dejado pasar otro año, otros años, sin vernos. Siempre suponemos que no hemos tenido tiempo, pero si se hiciera un recorrido honesto de todos los tiempos muertos que se dedicaron a nada, las cuentas saldrían en contra.
Si el tiempo se manifiesta de forma física en la distancia, quizá podríamos transformar en kilómetros o millas todo el tiempo que no hemos pasado con otras personas para entender qué tan cerca están. Aunque esto no siempre sería exacto. Hay personas que vemos poco y, sin embargo, resultan esenciales porque son las más cercanas. Hablo entonces de los encuentros deliberados, de los que uno decide por encima de todo, no de aquellos que suceden a pesar de sí mismo —como encontrarnos con un colega del trabajo todos los días, por ejemplo—, esos encuentros se vuelven significativos, nos marcan porque se imprime en cada célula y en cada pensamiento. Cuando suceden están marcados por la presencia de ambos y el deseo que ambos imprimen en ese encuentro, pues no quieren nada más que el encuentro mismo recuerdan que Soy tú cuando soy yo, y viceversa: soy yo cuando soy tú, cuando somos, cuando estamos siendo. Soy leal solo cuando soy disidente; ser leal a sí mismo es también ser disidente, ir contra uno para encontrar al otro porque se sabe que no hay mayor lealtad hacia sí que la que se tiene hacia el otro en el encuentro.
Cuando alguien cercano está físicamente lejos, cuando se va del país o tenemos que irnos y dejar a todos los nuestros, recordamos con el cuerpo cómo la presencia física también tiene un papel fundamental en las relaciones. Con una pareja, por ejemplo, se puede decir de mil modos el amor, pero no puede hacerse. Enviar abrazos o saludos por medio de mensajes, nunca será igual a tocar la mano de un amigo, sentir sus brazos rodeando con fuerza y la temperatura exacta de su cuerpo.Un beso escrito o dicho por teléfono jamás tendrá la humedad de los labios; la mirada misma, aún a través de la videollamada, no tiene el mismo efecto que cuando dos personas se encuentran frente a frente. En la llamada virtual lo que se observa es el dispositivo que reproduce una imagen, no un cuerpo, no la mirada del otro; del mismo modo que cuando nos vemos en el espejo sabemos que no es la imagen que los otros ven sobre nosotros mismos, porque le falta lo que tienen los otros ojos: el brillo de la otra mirada que completa nuestra imagen, que nos hace ser. Por eso cuando nos vemos con una persona entrañable su presencia física reconforta, pues estamos siendo con esa persona del único modo en que podemos ser junto a ella. Por eso la distancia con las personas entrañables se expresa en el deseo de volverlas a ver: En la fuente de tus ojos / voy a la deriva y sueño con un rapto. / Una red atrapó una red: / nos separamos estrechamente abrazados. No estamos más junto a esa persona y aun así la sentimos cerca, estrechamente abrazada a nuestra separación. La red que atrapa otra red es el deseo que se engarza a la voluntad del otro, la que sueña con raptar tiempo al tiempo en la deriva y hacer posible volver a verse.
Collage de Miranda Guerrero Araiza
En la fórmula que expresé antes, en la que podríamos convertir el tiempo que no hemos estado con otra persona en distancia para entender su cercanía, falta una variable: el deseo de estar con esa persona. Pero ¿cómo podría medirse esa falta, cómo medir el deseo de volver a encontrarse? Haría falta quizá, otra conversión. Una operación que pueda transformar el deseo en algo físico, que nos haga dimensionar la falta del otro: lo que estamos dispuestos a hacer y a lo que estamos dispuestos a renunciar para el reencuentro. Por supuesto, no son sumas tangibles, tienen un valor personal, pero también pueden medirse en tiempo. El tiempo que se está dispuesto a invertir para llegar hasta la otra persona, sumado a todo lo que se deja suspendido. Quizá si se tuviera presente, en cada encuentro con los otros, a todo lo que se está renunciando para estar ahí, esas experiencias se volverían más significativas; marcarían nuestra experiencia vital como la impronta que deja el hierro incandescente sobre la piel de los caballos cuando los marcan a fuego.
Cuando la distancia existe entre dos personas que se están queriendo que se están amando, se entiende que son ambas voluntades las que se imprimen en el encuentro, no solo es la cuerda la que estrangula al ahorcado, sino un ahorcado estrangula la cuerda desde la fuente de esos ojos. Cuando dije que la distancia puede volverse un abismo infértil o una cicatriz, a esto me refería: la distancia entre dos personas puede acentuar el deseo de la cercanía y contemplar, con una nitidez inhabitual, qué tan importante, qué tan cercana es esa persona.
Si bien la distancia puede medirse en tiempo, el tiempo debe entenderse como experiencia. Las horas y los siglos son insignificantes sin la piel que los vive. En la distancia, cuando se rompe la ilusión de que podemos encontrar a la otra persona en cualquier momento, cuando se vuelve exponencial la cantidad de recursos que deben invertirse en la experiencia de estar con otros, el tiempo que se vive lejos de los seres entrañables también es diferente porque hay otro modo de entender quiénes están más cerca: quienes abarcan nuestros pensamientos más, recordándonos todo el tiempo, en su ausencia física, que están con nosotros en nuestros recuerdos, pero también en su no estar físico pues se expresan en cómo nos hacen falta.
Cuando era niño y pasaba un fin de semana lejos de casa, al volver, mi madre siempre me preguntaba si la había extrañado. Yo instintivamente contestaba que sí, porque en mi vivencia infantil o adolescente en realidad nunca entendí qué significaba extrañar. Incluso de adulto, cuando llegué a viajar al interior de la república por semanas y sin Julieta, llegué a preguntarme qué se siente extrañar en realidad, cómo saber que se ha extrañado al otro.
En italiano, el modo de decirle al otro que lo has extrañado es señalar su falta en la expresión: mi manchi quiere decir, literalmente, que el otro hace que uno sienta su no presencia, su falta. Es como decir, en español, «me haces falta» o «me faltas», pero adquiere una contundencia inusual cuando es el único modo de decirle al otro que lo echas de menos. Hace poco vimos, en la estación de trenes, un árbol de Navidad en el que habían colgados cientos de deseos para Babbo Natale. Entre estos, había uno que da cuenta de cómo es que esta expresión adquiere toda su contundencia: “Caro Babbo Natale: fai che papà si svegli, ci manca tanto” (Querido Santa Claus: haz que papá se despierte, nos falta tanto). Cuando lo leí me solté a llorar, porque me di cuenta de cómo en una sola frase podía expresarse la falta de otra persona.
Hoy que me faltan tantas personas he entendido qué es extrañar, con todo el cuerpo. Me doy cuenta de que al estar cerca de otros en lo físico, a veces viví anestesiado de su falta, porque siempre me conté que en cualquier momento los volvería a ver, porque el reencuentro se me antojaba casi inevitable. Me doy cuenta de que la distancia física es una cicatriz que llevo cada vez que alguien me pregunta de dónde soy; cada vez que alguien detecta en mi acento la extranjería; cada vez que quiero saber de alguien y la diferencia horaria impide una llamada; cada vez que en una esquina me parece percibir una figura familiar y me hace recordar que no podría ser ella; cada vez que un olor se activa la memoria y con ella las experiencias vividas con mi gente; cada vez que, en una frase, me descubro hablando como alguien más (usando sus palabras); cada vez que escucho algo sobre mi país y me preocupo por mi gente precisamente porque no estoy ahí para ayudar en caso de que fuera necesario.
Pesa la distancia, es cierto. Es una subespecie del dolor. No puedo decir que me duele la distancia, aunque a veces ésta me provoque dolor. La distancia misma es una experiencia que se vive en la carne, pues tiene la capacidad de sajarla. Como con las cicatrices, la distancia está ahí marcando nuestra existencia, solo que a veces no nos damos cuenta.
Extrañar, sentir la falta que los otros nos hacen, darnos cuenta de que es tan cierto que en cualquier momento podemos volver a vernos como su expresión contraria, que en cualquier instante podríamos no volver a vernos, es aceptar la contingencia de la muerte en nuestras relaciones y honrarla al aceptar la falta que nos hace cada persona entrañable cada vez que nos separamos de ella.
Uno de los móviles para venir a Italia, aparte de las facilidades que da contar con la ciudadanía, fue conocer en persona a mis tíos, al hermano de mi padre y a su esposa. Con ellos siempre tuve una relación virtual, vía telefónica. Siempre estuvieron presentes, pero nunca los había extrañado, pues mi relación con ellos era exclusivamente de voz, sin el recuerdo físico, sin saber cómo era besarlos al saludarlos, cómo sonaba su voz en su lengua madre (porque me hablaban en español por deferencia), sin saber cómo era compartir el pan con ellos; era difícil pensar en su ausencia, solo podía sentir mi deseo de conocerlos.
Mi tío falleció hace poco. La noticia la recibí por un mensaje de mi primo. Julieta aún dormía. En ese instante no pude llorar, pero no porque no estuviera triste, sino porque siempre temí recibir esa noticia sin haber tenido la oportunidad de extrañarlo, sin que se hubiese vuelto mi tío y yo su sobrino por nuestras experiencias juntos, y no sólo por el parentesco de la sangre y el cariño a la distancia. En ese momento ganó la satisfacción de habernos vuelto cercanos en la experiencia, en el tiempo, el hecho de tener huellas de su presencia en nuestras vidas, el haberme podido reconocer en su mirada y entender un poco más lo misteriosa que es la propia genealogía, lo mucho que dicen de mí mis raíces.
Supongo que ese es el peso que tiene la distancia, saber que una vez que nos separamos del otro podría ser la última vez que nos veamos, dolernos con su distancia definitiva. La distancia última, contra la que nada podemos hacer, es la muerte, el agotamiento radical del tiempo. Y también nos marca, porque no tenemos forma de medir esa distancia salvo equiparando todo el tiempo que no pasaremos más cerca de la otra persona.
Las separaciones como la muerte, el tiempo y la distancia, son inevitables. Forman parte de nuestro ser en el mundo. Estas experiencias nos marcan de forma constante. Dar cuenta de esa cicatriz es un modo de honrar nuestra experiencia con el otro. Son modos de recordar cómo nos hacen falta los otros porque estando con ellos somos de una manera que no podríamos ser cuando no están. Cuando mueren no sólo nos duele su ausencia, sino la parte propia que se muere en su cesar de existir.