Ilustrador
Alex Contreras
Es Licenciado en Diseño Gráfico por la Escuela Superior de Comunicación Gráfica. Ha participado en exposiciones colectivas e individuales en diversas galerias, tales como: Vaseline, Folkers Design Gallery, y Espacio 1104. Actualmente es Director Creativo en Somos Nosotros , fundada en colaboración con JP Ayala. Su trabajo ha sido publicado en: La Peste , Revista Sassy , Espadas de Chihuahua , CUU , MX entre otras.
Retrato de Terry Gilliam. Flickr.
Nacido el 22 de noviembre de 1940 en Minneapolis, Minnesota, Terence Vance Gilliam pasó su infancia en una comunidad rural cuyos alrededores naturales funcionaron para que desarrollara su imaginación desde temprana edad. Su curiosidad artística y su necesidad de expresarse comenzaron a notarse con los dibujos que hacía siendo un niño al que ya le gustaba hacer reír a los demás.
Este 27 de julio el Festival Internacional de Cine Guanajuato realizará, en su edición XXII, un homenaje a Terry Gilliam, un verdadero libertador de las almas y uno de los soldados más incansables del cine, quien con su obra nos ha otorgado un espacio de comunión con las capacidades más altas del espíritu, los sueños y el lado.
En la reseña biográfica del festival, se cuenta que, a los doce años, Gilliam se mudó con su familia a Los Ángeles y ahí se volvió fan de la revista MAD , publicación que le cambió la manera de ver el mundo y quizá despertó en él ese humor tan característico.
Mientras estaba en la universidad estuvo a cargo de la revista universitaria Fang , en la cual copió la sátira y el humor que caracterizaban a la revista neoyorquina Help! Tras graduarse, viajó a Nueva York con la intención de conseguir un trabajo en el que pudiera seguir publicando. Así, consiguió su trabajo soñado al ser contratado en Help! , donde comenzó su carrera como dibujante.
En medio de la agitación política que se vivía en Estados Unidos durante los años sesenta, el futuro cineasta decidió mudarse a Inglaterra, donde consiguió trabajo como animador en un programa de televisión infantil. Esta decisión le cambiaría la vida para siempre, ya que ahí conoció a Terry Jones, Eric Idle y Michael Palin, tres de sus futuros cinco compañeros en Monty Python, el icónico grupo humorístico que encontró la forma de sintetizar el surrealismo más abrasivo con dosis de idiosincracia inglesa y una buena porción de absurdo.
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Tras el estreno del programa Monty Python’s Flying Circus en 1969, sus creadores se convirtieron en los comediantes más creativos y populares del momento. A lo largo de cuatro temporadas hicieron todo lo que quisieron con el formato televisivo, creando un estilo juguetón y libérrimo que quizá no ha sido superado, y que después llevó al cine con sus compañeros.
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Poseedor de una mente sumamente inquieta y deseoso de contar sus propias historias, Gilliam presentó en 1977 la primera cinta sin sus compañeros: Jabberwocky , una fantasía inspirada en el poema homónimo de Lewis Carroll. Con ella comenzaba a ser más claro el rumbo que el realizador tomaría en sus siguientes proyectos.
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Después, con Time Bandits (1981) iniciaría la llamada “Trilogía de la imaginación”, centrada en la lucha por defender la imaginación y la libertad de pensamiento. La historia sobre un niño que viaja a través del tiempo con un grupo de enanos revoltosos se convirtió en el primer gran filme de Gilliam y lo posicionó como un autor digno de seguimiento.
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La segunda entrega de la trilogía estaría más inclinada hacia la ciencia ficción pero sin dejar de respetar el estilo ya mostrado tanto en lo narrativo como en lo visual: Brazil (1985), una fantasía distópica y retro-futurista con toques de Orwell y Kafka, le valió dos premios BAFTA y dos nominaciones al Oscar, incluyendo la categoría de Mejor Guión Original.
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La culminación de la trilogía llegaría con la maravillosa aventura de fantasía The Adventures of Baron Munchausen (1988), cuya estética significó un parteaguas para el cine fantástico a finales de los ochenta.
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Con Fisher King (1991), el cineasta británico entregó una efectiva mezcla de comedia con drama en un relato sobre la amistad, el amor y seguir adelante sin importar las tragedias que se presenten, y en 12 Monkeys (1995) somos transportados a un futuro desolador que parece tener remedio a través de los viajes en el tiempo.
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Adaptando la novela homónima de Hunter S. Thompson en la oscura comedia Fear and Loathing in Las Vegas (1998), Gilliam nos llevó por un psicodélico malviaje de drogas que le voló la cabeza a una generación entera, otorgándole un estatus de culto a las desventuras de dos extraños personajes que viajan a toda velocidad hacia el centro del alma decadente de los Estados Unidos.
https://www.youtube.com/watch?v=8m662obIvhY
Terry Gilliam por fin pudo presentar su proyecto de ensueño en el Festival de Cannes 2018: The Man Who Killed Don Quixote . Gilliam había comenzado a trabajar en esta cinta desde 1989 y tuvo que superar toda clase de obstáculos para darle vida. The Man Who Killed Don Quixote es un verdadero ejemplo de tenacidad y lucha infatigable por expresarse en el arte cueste lo que cueste.
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Un defensor de la imaginación con sentido aventurero, creador de realidades paralelas y de mundos fantásticos en los que todo es posible, un visionario contador de historias y un rebelde que sabe usar la comedia como arma de expresión masiva: ése es Terry Gilliam. Sus personajes, en muchos casos, son capaces de superar la fragilidad para poner a su favor aquello que evidentemente está en su contra y así vivir en sus términos las aventuras que se presenten.
Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Apenas a unas semanas de haber asumido la dirección editorial de la revista Quién , en la junta de planeación el equipo me preguntó que qué haríamos para la edición de “Las 10 parejas más atractivas de 2011”. Después de pensarlo unos segundos, busqué darle la vuelta a la tradicional lista y respondí que sería bueno llevar a una pareja gay en portada.
Hacía poco más de un año que en la Ciudad de México se había aprobado el matrimonio entre dos personas del mismo sexo, sin embargo poco se hablaba de ello en medios tradicionales, y menos en medios sociales.
Después de una batalla a nivel interno contra las fuerzas comerciales que vendían espacios publicitarios (estaban convencidas de que los clientes cancelarían pautas publicitarias), ratifiqué que era el momento de hablar de cosas que una parte de México no quería hablar, el momento en que un medio impreso de esa envergadura social confrontara a todos aquellos quienes tenían miedo de la realidad.
Salió la portada, y sí, algunos clientes protestaron.
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Un estudio de la OCDE demuestra que la discriminación hacia las personas LGBT+ es menor en las localidades en las que el matrimonio entre dos personas del mismo sexo ha sido aprobado por la ley. Una ventaja que tuvieron los habitantes de la Ciudad de México desde 2009.
Este fin de semana se llevó a cabo la marcha LGBT+ más numerosa y mediática que la Ciudad de México pueda recordar. Alrededor de 170 mil personas se congregaron sobre las calles del centro. Hace un año, éramos pocos los medios (yo el año pasado dirigía HuffPost México) que durante junio en nuestras redes sociales habíamos cambiado el color de nuestro logo por el de la bandera arcoiris. Éramos muy pocos los medios que cubríamos con importantes espacios el día que celebra el orgullo.
Este 2019 vimos cómo todos los medios (o casi todos) estuvieron muy al pendiente del tema. El domingo la cobertura se llevó las primeras planas de todos los principales diarios por primera vez en la historia. Y vimos, además, presentes a 41 empresas privadas de parte de la red Pride Connection México (un grupo creado en 2014 para fomentar la inclusión LGBT+ en las grandes empresas a nivel interno).
El peso comercial fue determinante para que el asunto de la “moda” de apoyar a la comunidad haya explotado como lo hizo este 2019. Hoy en día, la comunidad LGBT+ a nivel nacional está conformada por unas 8 millones de personas que tienen en conjunto un poder adquisitivo equivalente a un PIB de 60 mil millones de dólares. Y esto ya lo entendieron las marcas como oportunidad en nuestro país. En Estados Unidos el mes de junio se equipara por sus resultados en ventas a las grandes temporadas como Navidad o Halloween. Y eso es lo que veremos suceder en México en los próximos años.
Todo esto es para celebrarse, sin duda. No obstante, es importante distinguir las razones de mercado, de branding , que actualmente las marcas suelen tener para montarse en luchas como el empoderamiento femenino, el cáncer de mama, la comunidad LGBT+, etcétera. Es el marketing social es lo que ahora mueve a la gente a engancharse con una marca o no.
Lanzar una edición arcoíris de un producto contribuye a las ventas de la empresa, y si la empresa destina parte de estas ventas a fomentar la inclusión a través de una organización o fundación valdrá la pena. Pero si la empresa únicamente utiliza la bandera para aumentar sus ganancias, como sociedad estamos perdiendo. La lucha que debemos librar es la del pensamiento que asegura que los gays, lesbianas, bisexuales o trans son personas que no merecen los mismos derechos que los heterosexuales por el simple hecho de que sus preferencias sean distintas.
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La portada de Quién fue la primera en la historia de los medios nacionales en abordar el tema, pero no debió ser la única. Los medios tenemos la responsabilidad social de reflejar la realidad y no esconderla. La comunidad LGBT+ es una realidad todos los días del año, no solo en junio. Ya se ha dicho, pero que se repita: los derechos LGBT+ son derechos humanos, así lo dicta nuestra Constitución y la Organización de Naciones Unidas.
Autores
Laura Manzo ha sido editora de medios impresos y digitales, de contenidos noticiosos y de estilo de vida, así como del segmento de sociales. Su trayectoria de más de 20 años incluye el lanzamiento y regionalización de la revista
InStyle y el portal de noticias HuffPost para ediciones mexicanas. Además, Laura estuvo al frente de la revista Quién durante más de cinco años.
Claudio Pellandini, ca.1885-1895
Alguna vez le dije a mi madre
que fuéramos a caminar a Chapultepec.
Las jacarandas habían tirado su flor
y una perfumada nieve
cubría los pastos del bosque color morado.
De niña anduve de su mano,
del zoológico al castillo,
de la feria a la luna de Remedios Varo,
del museo de piedra a los papalotes.
De niña mi madre calmó mi miedo
a la Piedra del sol.
No recuerdo haber corrido por los adoquines,
ni haberme escondido bajo los ahuehuetes.
Tal vez podríamos remar en el lago por primera vez.
La llamé por teléfono para contarle el florido invierno.
Imaginamos un día de color.
Yo la vi de pantalón de mezclilla
y ella pensó en mis manos pequeñas.
Montaríamos bicicletas que nos llevaran al pasado.
Un mantel de cuadros y canastas de fotografías.
Ella y yo.
Me propuso un día, una hora y un lugar.
Algo sucedió en el medio
—distancia, heridas, silencio—
No quise llegar a tiempo,
ella se resistió a dar con el lugar.
Abel Briquet, ca.1890
Volví a llamarla y acordamos hacerlo luego.
No un día, no una hora, no un lugar. Después.
Después la nieve se fue pudriendo y,
secos, nuestros planes acabaron en carros de basura.
Otras ramas, otras hojas, otras
flores.
Callada oí correr el tiempo.
Inmóvil vio pasar los días.
Los pinos crecieron altos,
las sequoias no.
En cristal de olvido,
el jardín botánico se quebró.
Chapultepec fue cambiando sin esperarnos a mi madre y a mí.
Si una vez agua dulce de los mexicas, fuente de los molinos,
fábrica de pólvora, guarida de ladrones y bestias salvajes,
palacio imperial y residencia presidencial…
Si un día domingo,
vino la vida y lo derribó todo.
El pasado se volvió imposible.
Nuestro encuentro también.
El lago seco sirvió de fosa de ahuehuetes muertos.
Sin animales, los caminos se vaciaron de niños
y abuelos y novios —y ella y yo—.
La belleza del castillo envejeció ante la juventud de los rascacielos.
El altar a la patria fue profanado por el olvido –como mi madre—.
La fuente del poeta perdió la flor de su palabra –como yo—.
Hoy, ella ha sido madre de otros hijos,
como yo he sido hija de otras madres.
En nuevas casas hemos amanecido
Mientras la nuestra se pierde, noche a noche,
más profundo en el pasado.
Hoy Chapultepec ya no es bosque.
A pedazos se compraron sus paisajes
En millones se vendió el domingo de tantos niños,
Las lanchas de románticos novios, las obleas de los abuelos,
y mi posibilidad de volver a encontrarla.
Altos edificios son ahora lápidas de antiguas
palmas, cedros y sicomoros.
Retoños de algún liquidámbar he visto crecer
entre las grietas del suelo.
Yo no sé ya su rostro.
He dudado a quién olvido, pero a ella
la he perdido con certeza.
Miro al suelo avergonzada
extrañando su imagen difusa.
Los adoquines del bosque se volvieron calles
y las calles estacionamientos.
Nunca volví con mi madre a Chapultepec.
Tal vez no pude reconocerla
y abandonándola al tiempo, me volví huérfana.
Tal vez olvidó mi nombre
y buscando el camino al pasado, dejó de recordarme.
Jacarandas ya no hay y pastos morados tampoco.
Sólo nauseabunda nieve en mi memoria.
Hoy veo pasar el tiempo.
Ausente, anónima,
sin raíz.
Sin voz.
La última vez que hablé con mi madre,
jacarandas habían nevado sobre Chapultepec.
Hoy ya no hay bosques en la ciudad
y entre grises árboles de piedra
vago buscando el rosto de una madre que no se quién es.
Marie Robinson Wright, ca. 1910
Autores
Elena Piedra nació el 24 de abril de 1990 con la poesía en los ojos y el drama en la punta de las pestañas. Durante un tiempo escribió versos, relatos y ensayos según las estaciones, pero por fin, a los casi 30 años, ha decidido hacerlo de manera profesional.
Foto: Eduardo Francisco Vazquez. Flickr.
Eran las diez de la noche. Estaba en Playa Hornos, un cerrito de arena a mitad de Acapulco, cuando una camioneta se estacionó frenéticamente en La Costera y dos hombres se bajaron de ella. Los brazos del conductor colgaban de la ventana esperando a que los otros regresaran. Cada uno llevaba en las manos un aparato que no alcancé a distinguir a primera vista. Parecían armas de alto calibre. Ambos vestían pantalón de mezclilla. Uno de ellos tenía una playera oscura, el otro una más clara. Se treparon a una estatua que adornaba grotescamente la vista: media tonelada de bronce desfigurado, un adefesio sin pies ni cabeza. Era una monstruosidad, una ofensa que pretendía representar la figura de la mujer morena de Acapulco.
Alguna vez leí en el periódico la crítica de un artista local en torno a la estatua. Decía que quien la elaboró no era siquiera un artesano, sino un arribista de las altas esferas del poder que carecía de imaginación, un exburócrata que se hacía pasar como fabricante de muebles y otros cachivaches de madera o fierro; un defraudador que hacía esculturas falsificadas y las vendía a un precio excesivo como obras trascendentales de arte. Algunos la llamaban la Sirena Costeña, otros, la Sirena Robusta.
El hombre de la playera oscura le hizo una indicación a su acompañante y empezaron a salir chispas del cuello de la estatua, unas lucecitas que desaparecían al instante como luciérnagas lanzándose al vacío en busca de una botella de ron y un poco de fiesta, a la caza de olas gigantes en las cuales zambullirse. Tomé mi mochila. Quedaban tres cervezas en el interior. Me levanté. Caminé hacia ellos derrapando un poco, intentando parecer un borracho sin rumbo.
En la banqueta me sacudí la arena de los zapatos y me refresqué la garganta con la cerveza quemada mientras veía a los dos tipos arrancar la cabeza de la Sirena Costeña con sus sierras feroces; las chispas se apagaban antes de llegar al suelo. Los vándalos no tenían prisa, pues el lugar estaba más solitario que un desierto. El único que se acercó fue un taxista que al oler el peligro se dio la vuelta trepando el camellón. Traté de acercarme a ellos. El hombre de playera oscura me vio y, arreglándose el bigote, me hizo una señal para que me largara del lugar. Fingí traer encima una borrachera de una semana. Llevaba varios tragos encima, pero mi conciencia seguía intacta. Fingí un resbalón y caí sobre la banqueta a un par de metros del muro donde posaba esa sirena pasada de kilos y calamares. Tardé lo suficiente en levantarme para ver cómo el otro hombre terminaba su hazaña y aventaba la cabeza hacia la parte trasera de la camioneta.
Fijaron su atención en mí. No pude evitar retarlos con la mirada. Por más nauseabunda que fuera la efigie, por más que estuviera pasada de tacos, no me parecía correcto vandalizar un ícono que pretendía celebrar la belleza de la mujer costeña.
El hombre de blanco me aventó la sierra. Estuvo a punto de impactarme en las piernas, pero logré evadirla. No pensaba terminar en el hospital por hacerme el borracho. El otro le recriminó la acción:
―Tarugo, debería mandarte a recogerla, apúrale que ésto no tarda en llenarse de chismosos.
Se treparon al vehículo, éste rugió al alejarse rumbo a Caleta. Recogí la sierra y la metí en mi mochila. Apuré el paso antes de que la gente se diera cuenta de lo que había sucedido y vinieran a hacerme preguntas. Crucé La Costera buscando una cantina en El Parazal.
Por varios minutos avancé sobre calles laberínticas y sin alumbrado público. Me detuve en una esquina a pelear con mi encendedor que se rehusaba a sacar una flama para prender mi cigarro. Una mujer apareció de la nada.
―¿Me invitas un cigarro, morenito? ―dijo.
Se me cayó el cigarro del susto y mi corazón se aceleró. Estaba acostumbrado a que las prostitutas se me ofrecieran en esas esquinas, pero después del degollamiento de la estatua lo que menos esperaba era una aparición femenina. Recogí el cigarro. El encendedor funcionó. Miré de pies a cabeza a la mujer. No pasaba del metro sesenta. Era morena, con rizos y labios delgados. Vestía una blusa escotada. Sus pechos estaban a punto de reventar, a leguas se notaba que su sostén era de dos tallas menos con el fin de hacerlos parecer más voluptuosos. Tenía piernas llenitas dentro de la mezclilla. Una lonja volvía más apetecible su cintura. Tenía un trasero ancho y pronunciado. Nalguitas para ahogarse en madrugadas de calor y estatuas degolladas. Olía a vaquita marina, al sudor de un roble bajo cuarenta grados de sol. Saqué un cigarro, lo puse en su boca y lo prendí. La tomé del brazo. Esa mujer descubriría el mar de fondo de mi cuerpo.
―Busco un lugar donde se pueda beber alcohol y escuchar buena música ―le dije mientras mis dedos tomaban posesión de su culo.
―Me llamo Paty Candle ―respondió― y mi especialidad es la cumbia, el bolero y atragantarme con vasos de ron.
Aguardé unos segundos.
―Tienes frente a ti al mismísimo Walter Torres ―le dije ―, anda que la noche es una marea roja donde surfean cangrejitos playeros como yo.
Empecé a surcar sus curvas con mis manos.
Paty Candle me lanzó un guiño y dio una vuelta moviendo las caderas al ritmo de una cumbia que sonaba en su cabeza, en su corazón moreno, en su vientre de candela marina.
Las calles del Parazal se fueron poblando de borrachos y drogadictos, de prostitutas en detrimento y delincuentes pésimos para las artes marciales. El lugar estaba infestado de cantinas con paredes cuarteadas, criaderos de peces sin traza ni futuro. Caminamos hasta La Plaza del Mariachi, donde hombres gordos bailaban sin tino con jovencitas huesudas y las meseras no hallaban una canción que alejara a la clientela aburrida de las paredes a punto de derrumbarse.
Paty era famosa en el lugar. Enseguida tomó posesión de una mesa reservada. Levantó el brazo y la encargada se acercó. Paty saludó a la mayoría de los clientes. Yo deseaba que nos dejaran en paz, que la noche empezara, que el mar se saliera de rumbo y nos ahogáramos en ron y música del trópico. Me vi en la necesidad de poner orden a mi alrededor.
―A ver, a ver ―le dije a la bola de personas que rodeaban la mesa y dando tres golpes continué―, aquí vine a disfrutar del calorcito nocturno de Acapulco y de esta morena rocosa, así que tráiganme una botella de ron.
Todos me lanzaron miradas asesinas. No tuvieron de otra que irse a su rincón. Acerqué la silla hacia Paty Candle y acaricié sus piernas. Sentí su mezclilla vieja, el tsunami de su sangre, las florecitas azules que brotaban de sus poros. Me pidió que tuviera más paciencia con los demás, aunque enseguida le pidió a una de las meseras que moviera el culo y trajera el ron.
―Voy a poner canciones de verdad, olas para romper columnas vertebrales ―me dijo mientras se levantaba y se dirigía a la rocola.
Observé despiadadamente las caderas coquetas de Paty Candle, Paty candamo, Paty candongo, cuando una gorda azotó la botella en el centro de la mesa, puso tres vasos, una Coca-Cola y, con sorna, dijo que eran seiscientos pesos, pues en La Plaza del Mariachi los tipos aguafiestas como yo pagaban por adelantado. Estaba sacando de la cartera algunos billetes cuando volvió Paty y le pidió más cortesía a la mesera.
―Luisita, Walter es mi amigo y a mis amistades se les trata con buenas maneras, ¿qué es eso de andarle cobrando si ni siquiera nos hemos echado un trago?
La mujer regresó a la barra murmurando sentencias de muerte en mi contra.
―Las canciones que puse se escucharán hasta dentro de una hora o más ―me dijo Paty con cara de resignación.
Alguien había puesto en la lista más de diez canciones y otro una docena. No me importaba, me conformaba con el ron y la piel terrosa de Paty Candle. Apenas era medianoche. Teníamos luna para rato, una bajamar para platicar de días solitarios en bancas de parque, de la tarde que había pasado tendido en la arena, bebiendo cerveza hasta que degollaron a la Sirena Costeña.
Entre corridos, baladas y cumbias sin alegría, le conté a Paty Candle, Paty candinga, Paty canción marina para destruir Acapulco, los pormenores de mi existencia. Un papá desaparecido, una mamá senil, hijo único y borracho con causa humana de por medio y oficinista en veranos repletos de gasolina, de mierda hotelera, de árboles talados sin motivo útil.
―Y esta noche, Paty, tú eres verano, verano de cerros bañados por huracanes, verano para espiar tiburones desde rocas suaves y no dormir, verano para apaciguar mis dolencias en tus rizos, en tu carne tenebrosa. Paty Candle, Paty candamo, Paty candongo de feria extinta, a tu lado, Acapulco es una lluviecita necia, necia, necia, que inunda parques, jardines, terrazas, las bodegas de los autoservicios. Paty, tú eres una lluvia recia que puede limpiar mis pulmones negros de tabaco, mis huesos descalcificados, mis dientitos podridos, limpiar y arrasar con la tristeza multicolor que habita en mis pupilas, en mis mañanas, en mis flores secas, en mis testículos de hierro que quieren ahogarse en la galaxia acuosa y cochambrosa que late entre tus piernas.
Paty me pidió que le parara, que en este Acapulco no quedaba de otra más que arrojarse de acantilados, saludar a los buques militares que invadían la bahía; dormir en una banca del parque, en la arenita rosa o morada o negra por tanto basural de la playa Papagayo; echarse otro vaso de ron dulcecito para apaciguar volcanes y placas tectónicas, tragar ron para soportar el vómito de quienes también visitan sin esperanza La Plaza del Mariachi, sus meados fuera del lugar indicado, sus bailes sin chiste; beber ron mientras te coquetea la mesera, mientras caen estrellitas y perros abandonados buscan un trocito de carne entre las mesas y niños indigentes ofrecen cigarros sueltos mientras piden un vasito de ron y lo beben con voracidad porque su vida está marcada por un tsunami apocalíptico que se llevará hoteles, burguesitas y vírgenes con las tetas a medio crecer, desaparecerán los petrograbados de Palma Sola y algunos semáforos, algunas esquinas rojas y cantinas de virtuosa muerte.
Ya no soportaba tanto trópico. Quería sumergirme en los acantilados de Paty Candle. Contaba los minutos y los vasos de ron. Pasó una hora. Dos horas. Eran las tres de la madrugada. Las canciones que había anunciado Paty Candle no aparecían por ninguna bocina oxidada, por ninguna boquita con sabor a almendro, a café costeño, al fierro luminoso de la estatua degollada. Las canciones no aparecían ni en los labios de Paty, putita alegre en una noche poblada de un ventarrón caluroso y mantarrayas perdidas.
Yo era un cangrejito playero perdido en esa cantina, esperando perderme en la arena calurosa de esa mujer que apareció de repente un jueves por la noche, un jueves precisamente, porque los jueves son días para pintar con ron y agüita de mar los edificios de Acapulco, las escuelas, las tetitas apretadas de Paty, sus nalgas bien plantadas, arbolitos de mango con una historia por delante.
Acabé de un jalón el enésimo trago de la noche y me lancé con saña hacia Paty Candle, Paty cántaro, Paty cancho donde pescar en madrugada. Tres parejitas bailaban con desgana en el centro de la cantina. Le metí mano a sus tetas. Le metí mano en la espalda y su electricidad me quitó el sueño, curó la tristeza y el susto de la sirena degollada. Me llevó al fondo de Santa Lucía. Le incendié las pupilas. Cuando estaba por treparme salvajemente en sus labios, Paty dijo que la ronda de sus canciones había empezado, que bailáramos ese bolero, que teníamos otras noches, otras mañanas, otras estatuas por degollar para besarnos.
Una voz costeña salía de la bocina, pasaste como un lucero en mi amante corazón , me arrojé a la pista para danzar lentamente ese bolero triste que hablaba de amor como un lucero en mi amante corazón . Mi corazón acurrucado en los pechos de Paty. Mis pies tratando de librar la noche, danzando lo mejor que podían. Mis manos atadas a las caderitas aceitadas y movidas de Paty. Mis deseos rebajados a una noche de ron y baile y meseras envidiosas disparándome con sus dedos balas de salva que entraban en mis venas, en mi aliento, en el cigarro que colgaba de mi boca que no podía encender porque nadie quería prestarme lumbre.
La canción terminó. Paty me pidió que esperara. Entonces sonó una cumbia. No era experto en bailes. Apenas si podía darles una falsa elasticidad a mis tobillos y rodillas, a mis omóplatos tensos y glúteos tiesos. Pero la voz costeña que cantaba y repetía versos me dio valentía para seguir pegado a Paty, para estar ahí, escuchando, tarareando me puse a bailar cumbión sin zapato y sin camisa , mientras ella, morena venida de una calle oscura, que solo me pidió un cigarro, daba vueltas y vueltas, era una tilapia huyendo de la red, sí, con cuatro velas prendidas y una botella de ron .
Me envolví en el baile cenagoso de Paty Candle, Paty candongo, Paty canción tropical para madrugadas solitarias, Paty que me hacía ver candela verde, candela acuática, urbana, candela para olvidar parientes y despidos injustificados y aborrecibles sirenas costeñas, sí, me puse a bailar cumbión sin zapato y sin camisa . Sí, sin zapato ni camisa . La madrugada estaba madura. Me puse a bailar cumbión.
Regresamos a la mesa, seguían sonando otras canciones de Paty. Revisé mi mochila. Todo seguía en su lugar. Tomamos más ron. Las meseras nos trajeron un poco de fritanga para resistir esas canciones acapulqueñas, esa botella, esa madrugada de viernes, porque los viernes también valen la pena, entre mareos, flores muertas y prostitutas que se niegan a dejar su oficio por más arrugado y seco que tengan el coño.
―La siguiente canción es la última ―dijo Paty dándome un jalón que casi me tira de la silla―, cuando termine nos vamos a donde tú quieras, siempre y cuando no quieras desmembrarme.
Asentí con la cabeza. El lugar se empezaba a vaciar. Las olas del mar alcanzaban a oírse entre el sonido de los coches. Acapulco era una madrugada tranquila, llena de alcohol y calles oscuras. Volví a abrazar a Paty. Su cuerpo era un tiburón en peligro de extinción, un mar de fondo pidiendo ser apaciguado, una parota intentando cubrir todo el cielo. La besé. Todo volvió a ser brutal. El viento arrancaba espectaculares. Los niños se enfurecían frente al televisor. Los policías lanzaban balazos al aire. Los gatos y los perros devoraban indigentes. Los cerros se venían abajo.
―Ya te besé lo suficiente, ahora déjame cantar esta última rola ―me pidió Paty.
Retomé la postura para escucharla. Era una sirena más adictiva que el opio, más embrujadora que el primer meado del día, más tranquilizadora que cualquier pastilla. De su voz salió: En La Roqueta pasamos la noche , las meseras le siguieron el juego y le pusieron un micrófono imaginario del que brotaban palabritas veraniegas, entre la arena y conchas de mar . La noche se extinguía. La encargada nos dijo:
―No es que los corra, pero ya es hora de cerrar y aún nos falta levantar este tiradero.
La mañana se anunciaba tras los cerros. Los urbanos cargaban gasolina. Las cortinas de los negocios se alzaban y en las playas trotaban viejitos, señoras divorciadas, jóvenes con sueños olímpicos. La luz del día empezaba a entrar en los vellos de Paty Candle. Su cuerpo empezó a brillar como una flor recién brotada, como el centro de la bahía, como las luces del cuello de la Sirena Costeña, como mis entrañas esperando desfogarse en las grutas salinas de Paty. Ella se despidió de sus amigas. La imité y nadie me hizo caso.
―Aquí cerca hay un lugar de paso al que le traigo ganas desde hace meses ―le comenté a Paty.
Ella me seguiría al desierto, a las montañas, a los pueblos fantasma que aparecen noche tras noche alrededor de Acapulco. Tomamos un taxi rumbo al Motel Ito.
Nos dieron la habitación 305. Olía a cloro, a hierbita de playa, a cama recién tendida. Sobre la ventana se reflejaban las primeras chispas del día, las primeras luciérnagas venidas del sol. Se colaban pitidos de coches y ofertas de tacos de canasta. No tenía prisa. Paty Candle compartía un viernes por la mañana conmigo y merecíamos algo más fuerte que las cervezas quemadas que llevaba en la mochila. Llamé a la recepción. Pedí el ron más barato porque estaba por quedarme sin efectivo y no usaba tarjetas bancarias.
―No se le olvide un encendedor al que no se le acabe el gas después de la quinta flama ―le advertí a la voz desconocida detrás del teléfono, dos pisos abajo, en tierra firme, despertando a las aves, mirando pasar cucarachas y ratas por las arterias secas del Río El Camarón, esperando a la señora que vende relleno de cuche.
En diez minutos subieron lo que pedí. Paty Candle alternaba su mirada entre el final de la película porno que apareció cuando prendió el televisor y los motores de las lanchas que surcaban la bahía en busca de tilapias vigorosas, tiburones despistados y pulpos vueltos locos por la tristeza.
―Estúpido, ¡no trajiste el encendedor! ―le recriminé al chico tras la ventana de servicio.
Quité el seguro de la puerta y enfurecido empecé a esculcar sus pantalones. Por ningún lado aparecía un maldito encendedor, una flama para incendiar El Veladero, un maldito gramo de gas con el que pudiera fumarme veinte, treinta, cuarenta cajetillas de cigarros. Paty Candle me pidió que dejara en paz al chico. Que ella traía una caja de cerillos.
― Es malo para la salud prenderlos con cerillos, ―le respondí mientras le metía una patada en el culo a ese chamaco que no servía ni para conseguir un bendito encendedor.
Cerré la puerta. Ya había pasado la noche limosneando flamas y fumando muy por debajo de mi condición pulmonar. No me pasaría esa mañana de viernes sin devorar tres docenas de cigarros. Me resigné. Tomé la caja de cerillos. Era tan poco hábil con ellos que para encender el primer cigarro del día me gasté diez cerillos. Fumaba. Recordé la noche. La Sirena Costeña. Las caderas de Paty Candle y sus tetas apretadas. Su piel morena. Despertó mi instinto testicular por Paty Candle, Paty candongo, Paty canción transparente a las ocho de la mañana de un viernes azul, un viernes de aviones huyendo de Acapulco, un viernes para echarse a la hamaca e imaginar que surfeas mares de fondo. Yo tenía mi propio mar de fondo en esa habitación.
Paty seguía divirtiéndose con la película. Le di una nalgada. Le saqué la teta izquierda, se la lamí. Sus vellos se erizaron, su pezón despertó, era una islita donde se cosechaba mango, plátano, guanábanas dulces. Me lancé a su otra teta y en ese pezón florecían el silencio, la tristeza, la soledad de quienes viven en los parques, de quienes se extravían en las playas, de quienes construyen una palapa y esperan a que termine la temporada de huracanes para lanzarse al océano.
Le bajé los pantalones y el reflejo de escamas de todos los colores me dejó ciego por unos segundos. Era un tatuaje. Paty Candle se tatuó escamas rojas, azules, negras, amarillas y verdes en toda la pierna derecha. La lamí. No presté atención al olor de su tanga. Fui tras cada punto de tinta que tenía en su muslo, en su rodilla, en su chamorro, en su tobillo. Sabía a robalo, a huachinango a la talla, a mantarraya desovando, al último ejemplar de la tortuga carey.
Su pierna me quemó la lengua, estaba repleta de malaguas y la recorría una electricidad ancestral. Para darle sazón bebí de la botella de ron, se la ofrecí a Paty y la vacié en su pierna. Lamí hasta que supuse que Paty era un volcán a punto de explotar. Lamí su ombligo. Volví a sus pezones donde ahora crecían tamarindos, cocos, ciruelas, y también cumbias, gozos matutinos, candela de mar.
Le quité la tanga y el centro de su sexo era el ojo de un huracán arrasando con Acapulco, con los perros sin dueño, con los bolilleros, con los colectivos. Un huracán arrasando con mi lengua, con mis células, con mis bosques silenciosos donde descansaba del ruidero de la gente.
Ella se puso a chupar, a lamer, a buscar una playita donde pudiera ser libre, sentirse ballena, sirena navegando el universo, en busca de una palapita para descansar en días tristes y faltos de sol. Me sumergí en sus bocanas, en sus plazas decoloradas, en su tierra reblandecida, en sus ojos espantando a las nubes, a los gatos rabiosos, a los zopilotes indiscretos, a los sicarios.
Paty trajo lluvia y sol, paría la venada, los autoservicios entraban en bancarrota, había tacos en oferta y las aves regaban por todo Acapulco flores de todo tipo, buganvilias, hibiscos, lirios, petunias. Mis huesos se desintegraron esa mañana de viernes, me extravié en el humo del cigarro y en largos tragos de ron.
El sexo de Paty era una bahía para tenderse a esperar la muerte, para arrojar lluvia, semen, trozos de tristeza y desesperación, globos de todo tipo y con todas las formas habidas y por haber. Estaba por llegar a la cresta de esa ola peligrosa, de surfear el mar de fondo que era Paty Candle, Paty candamo, Paty cancho para extinguir a la especie humana, cuando su cuerpo empezó a perder movimiento, a secarse, a volverse más rígido y duro y rugoso, parecía que se convertía en una piedra. No. Yo seguí moviéndome hasta reventar. Hasta que sentí un raspón en el pene justo cuando me vaciaba. Me salí de su cuerpo enseguida y llené la cama con mis fluidos, di un trago larguísimo a la botella y perdí el conocimiento.
Desperté asolado por la luz más quemante de Acapulco. En la televisión seguía la pasarela de películas porno. Paty ya no estaba. Me había acostado con tantas prostitutas que era costumbre que me abandonaran en la habitación. Paty nunca mencionó si ese era su oficio. Ni me sacó un centavo. Algo me punzó en el pene. Lo revisé. Tenía una raspada de casi dos centímetros. Me encabroné de no haber usado condones. Ya no quedaba de otra más que lavarse con el jabón barato de los hoteles.
La sed se clavó en mi garganta. La botella de ron estaba seca y ya no traía dinero para pedir otra. Opté por las cervezas quemadas de mi mochila. Cuando la intenté levantar pesaba más de lo normal. La sierra no pesaba tanto anoche. La abrí. Lo que menos esperaba encontrarme era la cabeza de la Sirena Costeña. No entendí cómo había llegado hasta ahí. La saqué y la miré con calma. Su piel era parecida a la piel de Paty. Su sonrisa era igualita, hasta con los dientes chuecos. La olí y tenía ese perfume a vaquita marina que esparcía Paty Candle a su paso. Del hueco de la estatua me cayó una gota de semen en los pies. Abrí la mochila: estaba mojada, tenía el tufo del semen a medio secarse. No quise investigar más. El miedo y la vergüenza me doblaron las piernas. Ya no tenía cigarros para calmarme.
Me di una ducha rápida. Me vestí. Metí la cabeza de metal en la mochila. Tomé la llave. No esperé el elevador, bajé las escaleras a toda velocidad. El calor del viernes incendiaba cada esquina, derretía acantilados de hielo, se esparcía entre las calles oxidadas de Acapulco. Tembloroso, le entregué la llave al recepcionista. Le pregunté si podía prestarme un encendedor. En la radio se escuchaba que la esplendorosa Sirena Costeña había amanecido sin cabeza y las autoridades ya investigaban el hecho.
Salí corriendo del lugar, pensando en qué terreno baldío enterrar la cabeza de bronce que llevaba en la mochila, esa cabeza que olía como un roble bajo el sol, de la que brotaban luciérnagas y agüita marina; brotaban burbujas donde se reflejaba la danza acuática de Paty Candle con la que se tranquilizaba todo Acapulco.
Autores
(Pinotepa Nacional, Oaxaca; 1986). Acapulqueño por elección. Beneficiario del Fonca en poesía durante el período 2012-2013. Uno de sus cuentos aparece en la antología de cuento infantil
Nahuales: los guardianes de la tierra (Fondo Regional para la Cultura y las Artes Zona Centro, 2013). Es autor del libro
Babélico (Praxis, 2012; Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo 2011) y de la plaquette de cuento
Aquellas noches de perros tiburón (Editorial De Otro Tipo, 2015; Premio Estatal de Cuento Joven Guerrero 2014). En 2016 recibió el Premio Nacional de Cuento Acapulco en su Tinta por "El Parazal". En 2017 publicó el libro de poemas La ejecución de Gary Gilmore (Diablura Ediciones).
Las boas escuchan atentamente las clases de psicología
si deben hacerlo.
Las boas podrían sacar diez en sus exámenes.
Las boas son la chica fresa, el rockstar
y el humilde que ha peleado por sobrevivir en cada paso
(aunque las boas no dan pasos).
Las boas caben en una lonchera, en una mochila,
caben en la manga de una sudadera.
Las boas tienen la compulsión por fingirse joyería.
Las boas aman la realeza,
codearse con maravillas se les da con facilidad.
Rodean el cuello, rodean las muñecas;
se vuelven collares que respiran con nosotros.
Las boas ayudan en los tiempos difíciles.
Las boas están ahí cuando nadie más está,
comiendo ratones o simplemente mirando
con la atención reptiliana que los humanos hemos olvidado cómo es.
Las boas sonríen a su modo, aunque no sean ellas las que sonríen,
su sonrisa sólo está en nuestra mente,
en la de los humanos que miramos con cariño a una boa.
No sé mucho sobre boas, y lo poco que sé podría ser una mentira.
Puede ser que no todas las boas sean así.
Puede ser que ni siquiera lo sean muchas.
Pero una lo era.
Ahora hay una boa en mi jardín,
donde antes sólo había tierra
ahora está ella, mudando su piel a otros sin piernas ni brazos
alimentando bocas que se ensanchan como la suya.
Ya no hay verde en la esquina del jardín,
sólo tierra removida y una manguera junto a la llave,
eso me queda en su lugar.
Las boas dejan de alimentarse, en algún punto,
el paso final de las boas es dejar de serlo.
Todas las boas acaban dando de comer su futuro.
La tierra esparce humedad entre sus huesos,
la manguera con que riego el jardín no me la recordaba
hasta ahora.
Nunca se ha sabido de mangueras que lloren por lo que se entierra en un jardín que riega con su boca,
pero no sé mucho sobre mangueras, y lo poco que sé podría ser mentira.
Autores
19 de Abril de 1991, Los Mochis, Sinaloa. Autor de
Puerta cerrada (Editorial Paraíso Perdido, 2017). Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola con
Merecemos algo mejor . Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2017-2018 en la categoría de Cuento. Ganador de una mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS, con el cuento "Ni la muerte los separó". Ha publicado en las revistas literarias
La cigarra y
Luvina .
El Festival Internacional de Cine Guanajuato (GIFF) presentará su vigésimo segunda edición del 19 al 28 de julio en dos ciudades guanajuatenses declaradas Patrimonio de la Humanidad: San Miguel de Allende y Guanajuato Capital. En el marco del festival se realizarán homenajes a dos directores de talla internacional: Gus Van Sant y Terry Gilliam.
En primera instancia, en la ciudad de San Miguel de Allende recibirá la Cruz de Plata el destacado director estadounidense Gus Van Sant, quien con películas como Good Will Hunting , Milk o Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot ha demostrado ser una de las voces más singulares del cine independiente, explorando con una visión única el lado sombrío del sueño americano.
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Por su parte, Terry Gilliam, creador de una obra inconfundible en la que combina magistralmente el poder de la fantasía más desaforada y el barroquismo visual, recibirá su homenaje en la capital del estado. Gilliam es miembro fundador del Monty Python y director de clásicos como Monty Python and the Holy Grail , Brazil , Twelve Monkeys y Fear and Loathing in Las Vegas , cintas que buscan expandir los límites del medio y potenciar los poderes liberadores de la imaginación.
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En el marco de esta celebración, la Asociación de Mujeres en el Cine y la Televisión rendirá homenajes a Queta Lavat y Guadalupe Ramírez. Queta Lavat es la personificación de uno de los pilares de la actuación en México. Su participación en cintas clásicas y el trabajo constante como actriz de teatro, televisión y doblaje, la colocan como artista ejemplar de la industria del cine en México.
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Por su parte, Guadalupe Ramírez recibirá un homenaje en reconocimiento a toda una vida dedicada a una de las labores más discretas pero más esenciales de la producción fílmica: el trabajo de laboratorio, corte de negativos y restauración.
En San Miguel de Allende se presentará en la gala inaugural Huo Zhe Chang Zhe (Vivir para cantar ), de Johnny Ma. Por su parte, Guanajuato Capital abre con Huachicolero , del director guanajuatense Edgar Nito, becado por GIFF en Rotterdam.
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El Festival Internacional de Cine Guanajuato proyectará 223 películas, provenientes de más de 40 países, de las cuales 120 estarán en competencia oficial.
Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
Luis Jorge Boone, escritor coahuilense reconocido por multitud de premios a lo largo y ancho del país, posee un registro sorprendente, de la poesía a la novela pasando por el cuento, y con Toda la soledad del centro de la tierra nos recuerda por qué la poesía no está necesariamente alejada de la narrativa.
La prosa de Boone es ya conocida en novelas interesantísimas, góticas y oscuras, a pesar de que el desierto relumbre como el fuego doloroso del aislamiento, la soledad, la tristeza o la muerte. El lirismo de la mejor poesía convive al lado de la oralidad, de las frases norteñas, de la contundencia de los diálogos, o junto a una descripción que deslumbra. En Las Afueras, Boone ya exhibía la aridez para contar una historia que, de manera secreta, casi como un juego con el lector, en realidad era la del mismo desierto.
Narradores del desierto hay, y muy buenos, en el país. Tan sólo hay que pensar en Jesús Gardea, Daniel Sada o en David Toscana. Por suerte el desierto no ha hecho sino configurarse como un tropo que la literatura del norte aprovecha, exprime, exhibe y modifica. Corre el rumor de que la narrativa más señera del país reside en el norte. Y es fácil barajear los nombres, desde Cristina Rivera Garza a Carlos Velázquez, hasta Julio Torri y Martín Solares. No todas las obras de estos escritores tratan del norte, ni tampoco toda la obra de Boone lo hace, pero lo que permanece es un territorio imaginario, un mapa sentimental y filosófico que se mantiene vigente. En la prosa de Boone vive y ruge una añoranza hacia el pasado, hacia lo perdido, hacia esa semilla que Carpentier retrató en su prosa galopante: el único lugar en el que podríamos arribar sin sentir la pérdida de la vida, del tiempo, es la infancia.
El personaje principal de Toda la soledad es un niño, El Chaparro. Celebro que Boone no haya elegido un nombre para él, o que éste no importe. El Chaparro es ese mocoso que brinca y se esconde y juega al lado de sus hermanos, pero también es ese bato (permítaseme la apropiación de este término norteño, y sí, se escribe con “B”) que sufre una pérdida, que está solo en el laberinto de su pequeña existencia breve y, al mismo tiempo, tremebunda. Es esa potencia, esa profundidad, la que se exhibe con otro punto geográfico que es más bien psíquico: el pozo sin fondo. El pozo, dice el narrador de la novela, podría estar en cualquier parte, en Los Arroyos, en las ciudades cercanas, en la frontera, o más al norte. Arnulfo, el primo que lleva el mismo nombre que el abuelo, el nieto mayor, el más alzadito, el que cree que todos son idiotas menos él, asegura haberse asomado por aquel lugar, llenando a El Chaparro de sueños inquietantes.
La novela va transcurriendo entre una prosa que se asemeja a la crónica, a la denuncia, y entre la poesía más acuciante y triste muestra una historia que se derrapa, se entremezcla, va de aquí para allá como los recuerdos de un “chamaco” que aún no ha salido del cascarón pero ya tiene que enfrentarse al sol desgraciado, a los “felones”, a las balas, a la vida que no perdona, y también al olvido.
La estructura de Toda la soledad llama la atención pues enmarca y profundiza una historia que en apariencia es breve y que puede devorarse en unas cuantas horas debido a su extensión. Pero la sorpresa es mayúscula porque mientras la tensión sube, el dolor y la melancolía también lo hacen. El personaje del niño se va enterrando en el ojo del lector gracias a las agudas frases que exhiben una oralidad que cualquiera reconoce, incluso si no se es mexicano, si no se vivió en el norte de niño, si no se ha sufrido de la misma forma, si lo ha tenido todo. El lenguaje se mezcla con la fuerza de la literatura a secas y con la lúdica irreverencia de la calle, de las frases “comunes”, de las amenazas, de las groserías que ha inventado la sociedad mexicana desde siempre. Y la combinación asombra. Y la combinación duele.
Si acaso, podría decirse que Luis Jorge Boone ha querido convertirse en alguien muy jodón con esta novela, en un escritor con trinche, que no deja en paz la barriga ni las costillas en ningún momento. Se pasa la página y ahí está la frase aguda, la penetración de la psique de un personaje, la de un hombre solitario que atiende en la miscelánea de la esquina, la de una señora que sufre una invasión, la de una mujer que apenas tiene voz pero que está ahí, transformada en una madre.
Se ha dicho que Luis Jorge Boone es uno de los escritores mexicanos más interesantes del momento. Yo lo contradigo: él es un escritor puntilloso, muy hábil, de prosa hermosa, de literatura sutil. Boone no va con el momento, con la corriente, con la moda actual; las últimas páginas del libro se hunden en la carne como el aguijón del alacrán.
Su prosa y su poesía obedecen a una tradición, a unas lecturas bien hechas pero, sobre todo, a una voz propia que trasciende la época, que se hace universal – incluso cuando se narra la historia de un pueblito olvidado en el arenal, en el desierto que parece olvidar todo y aun así nunca perdona.
Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como
Ágora ,
Letrarte y
Momento . Parte de su obra se incluye en las antologías
Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustrador
Juan José Ibáñez
Doctor en Ciencias Biológicas e Investigador del Consejo Superior de Investigaciones científicas (CSIC). Ha representado durante muchos años a España en el Buro Europeo de Suelos y la Agencia Europea de Medio Ambiente. También colabora asiduamente con la FAO en materia de suelos.