Tierra Adentro

¿Cómo hablar de una novela que es más que una novela? Nos hemos acostumbrado, como lectores, a lo tradicional: a la narrativa de largo aliento que cuenta una historia de muchas maneras. A veces esta narrativa puede ser lineal o experimental.  Por eso tenemos prodigios de la estructura, desde En busca del tiempo perdido a Farabeuf, sin olvidarnos de La vida que se va, de Vicente Leñero o Winnesburg, Ohio, de Sherwood Anderson. Sin embargo, lo común al enfrentarse a una novela encontrarnos con la narración que describe una ciudad, una serie de personajes, un pueblo, un acontecimiento que veremos desde distintos puntos, como ocurre en Lo que Maisey sabía.

Leer Anticitera se convierte en un ejercicio que no puede hacer más que provocar, en primera instancia,  extrañamiento.  La experiencia de esta novela remite al lector al Sueño de Polífilo más que a Vargas Llosa, por ejemplo.

Trataré de explicarme. Anticitera es una novela contada en muchos fragmentos. ¿Qué cuenta? No sólo un hecho, sino muchos, que a su vez forman parte de una misma cosa. Es decir, en poco más de cien páginas la autora nos descubre que no hay historias definidas por el bien y el mal, ni miles de tramas donde convergen las vidas de personas en determinados periodos de tiempo. Ni siquiera los escenarios, que nos llevan de la antigua Grecia a la Francia Medieval, y después al Renacimiento, importan aquí. Son meras piezas dentadas de una gigantesca maquinaria. ¿Cuál? El cosmos. Y para explicarlo, la autora se sirve de la Música de las Esferas.

Cabría esperar que aquí se haga un análisis de ciertas partes de la novela, del artefacto narrativo (me es más cómodo llamarle así), que incluso se vean y se desengranen los significados ocultos en determinado pasaje, en una trama, en el arco argumental de, digamos, Friné, o de Boldini, o de algún alquimista que pueble las páginas de este libro. Diré que me es imposible. La prosa y la inventiva de la autora superan mi capacidad de análisis. Y esto no se debe a que la prosa sea farragosa o a que la historia sea tan complicada como para mandarla al traste. No estamos ante un experimento fallido, sino ante un cúmulo de experiencias que sólo son perceptibles con el tiempo. Lo confieso: después de leer la novela me quedé anonadado, sin entender lo que había ocurrido, pero sabiendo que lo que había en Anticitera tocaba ciertas fibras en mí. Tuvieron que pasar algunos días y una segunda lectura para convencerme: no estaba ante un enigma, sino ante un prodigio.

Lo que ocurre en Anticitera debe ser desvelado por el mismo lector. Hay decenas de referencias a la literatura antigua que no hacen sino engrandecer lo que ocurre aquí. Pero tampoco es necesario que se lean colecciones enteras de literatura grecolatina o medieval. Esto sí hay que recalcarlo: Aura García-Junco le habla al lector inteligente, al lector que se ha quedado con ganas de más. Entonces, en lugar de sentirnos derrotados,  somos capaces de convertir nuestra sorpresa en un arma y sal con ella como si fuera lanza en ristre a buscar más y más datos que converjan y hablen con los personajes de Anticitera y hagan brotar luz donde aparentemente hay sombra.

,Esta es una novela experimental, eso está más que claro, aunque esto no signifique que se necesiten conocimientos interdisciplinarios exhaustivos, o que lo que hay aquí sea ilegible. Hay maravilla, fenómenos que nos superan. ¿No es eso el Cosmos? ¿No por ello la ciencia se ha dividido en numerosas ramas, pretendiendo así comprender, aunque sea una parte ínfima, del Universo? Aquí hay matemáticas, ingeniería y muchísima inventiva. Artefactos. Pareciera que Aura García-Junco nos cuestiona: si algunos construyen complejos mecanismos con cientos de pequeñas piezas, ¿por qué no construir una máquina con puro papel y palabras? Una máquina que lea el universo y dialogue con él, que lo convierta y lo traduzca a través del lenguaje y de la historia, de la vida individual y del movimiento de los astros.

Anticitera, una espléndida joya, un artefacto perfecto. No falta más que anunciarlo a bombo y platillo: entren, lectores, y asómbrense con el movimiento de los cielos.

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Aquí puedes leer la primera parte.

Una lectura feminista y latinoamericana de la Teoría King Kong

 

El monstruo que vive en mí no se rinde

Los castigos primordiales son la muerte y la violación. El feminicidio es la cristalización absoluta del dominio; es una pedagogía de la crueldad que desde un país como el que vivimos es imposible no reconocer y no ser tocada por ella. Más adelante profundizaremos en esto. Por el momento, detengámonos en la violación, ese acto continuado del ejercicio de dominación sobre las mujeres refundando una y otra vez el orden que nos mantiene subordinadas. Es un programa político sumamente eficaz que no busca aniquilar sino castigar y disciplinar. La violación no es solo el acto, sino la experiencia de una herida que está obligada a vivirse como trauma, como tabú, se vive en el silencio, en la vergüenza y en la culpa. El castigo no es solo la violación sino no poder hablar de ella, no alcanzar nunca sanación o justicia.

Es brutal la declaración que hace Virginie: la violación es el momento en que se siente mujer, suciamente mujer. La violación es un dispositivo de castración imparable que de la misma manera que nos arrebata lo político y la capacidad de defendernos, de hacer uso de la violencia, porque la violencia no es nuestro territorio. El sacrificio que se hace sobre nuestro cuerpo busca esculpir en él la debilidad, el miedo y la humillación, la marca de una “mercancía deteriorada”. Sin embargo, aunque el monstruo está herido, no dejar que se rinda es una manera de enfrentar el castigo y anular, así, su efecto domesticador y debilitante.

Para Virginie es importante que partamos de que en un orden político como éste la violación no es un fenómeno extraordinario, sino será un riesgo inevitable que correremos mientras vivamos. No se trata de la normalización de la violación, sino de comprender el papel fundamental que juega en la instauración del orden patriarcal capitalista y entonces prepararnos para defendernos y vengarnos. Desdramatizar la violación permite a Virginie trabajar por la capacidad de recuperarse. El monstruo está herido, pero no se rinde. El trabajo sexual es una empresa de indemnización. El cine, la escritura, la literatura le permiten su venganza: exhibir la bestialidad citadina, la monstruosidad del orden, pero también resignificar al King Kong en el dominio de lo simbólico como una fuente de potencia que ha sido despojada de las mujeres: abrir la jaula.

El trabajo sexual y la pornografía en este sentido no son dos apuestas políticas reivindicativas a las que de manera directa nos lleva la argumentación de Despentes. Nos parece más bien que la experiencia de vivir como trabajadora sexual, como directora de cine y consumidora de porno le permite pensar la posibilidad, por una parte, de representar la isla y el King Kong de otra manera. El problema no es el porno, el problema no es cobrar por el intercambio sexual sino las relaciones de poder y las condiciones en las que estas experiencias se dan.

A qué otras fantasías, a qué otros puntos ciegos de la razón pueden apelarse en el cine, por ejemplo, para recuperar lo lúdico, la fuerza, la potencia de la sexualidad, encontrar en el universo de lo obsceno las energías vitales y llevarlo al dominio de lo simbólico que libere más que capture a la bestia, apropiarse de la puta como metáfora de la mujer viciosa, de la bruja, de la callejera, de la que hace lo que no debe, para hacerla aparecer como desobediente y no como víctima.

Pero también le permite, por otra parte, imaginar otro final para la película, otra narrativa en la que King Kong no muere y la ciudad sucumbe. La teoría King Kong apuesta no solo por apropiarse de las reglas de juego en la ciudad, empujadas por la virilidad entendida como potencia, que ya sería una estrategia importante en el fortalecimiento de las mujeres y su experiencia vital, sino incluso apuesta por destruir la ciudad desatando la fuerza de una sexualidad hiperpotente. La isla recupera la utopía de la sexualidad sin géneros, la hiperpotencia que no cristaliza en dominación, la vuelta a una naturaleza irracional que se aleja de los horrores de la propia razón. Nos parece que la teoría King Kong se alimenta de esta utopía, pero es una utopía negativa que no construye en la imaginación otro lugar más deseable, sino que deja ver lo nefasto de la propia realidad entendida como utopía. Muestra la barbarie en la civilización, el terror del orden y la violencia con la que se instaura. Un fantasma, un problema filosófico y político del pensamiento occidental y moderno del que Virginie forma parte no solo como pensadora, sino como punk.

 

King Kong al otro lado del Atlántico

Fueron días de diseccionamiento del texto, de los temas, de comprender su dimensión simbólica, de rastrear la relación entre la metáfora y la teoría, de encontrar esos cruces de sentido que nos hicieran inteligibles las posiciones más polémicas. Nuestro universo onírico fue afectado: nos soñamos putas, víctimas, pero también desobedientes; nos soñamos acosadas por militares en medio de la guerra. Para nosotras el diálogo se volvió una experiencia profunda que alcanzó regiones de nuestro pensamiento que no logramos identificar a cabalidad, y estamos conmovidas por ello.

mandatosdelamasculinidad

¿Qué nos dice a nosotras la teoría King Kong? ¿Cómo nos interpela personal y políticamente? Una de las apuestas de la epistemología feminista consiste en no olvidar la condición de situado de todo pensamiento y de toda producción teórica. Teorizar desde la experiencia es un acto político de militancia; nace de lo personal, pero busca hacer visibles rasgos y semejanzas de una experiencia general compartida, en este caso por las mujeres como clase oprimida por el patriarcado y como género construido por el capitalismo, ambas operaciones fundamento del orden al que nos seguimos enfrentando.

En el apartado anterior, lo que buscamos en nuestra lectura fue comprender la teoría política que atraviesa el fondo del texto, sin obviar los temas específicos y polémicos que aparecen en su superficie. Por un lado, pensamos que hemos corrido el riesgo de que, en el proceso de abstracción, los elementos más íntimos, aquellos que nos conectan afectivamente con el libro-testimonio-bomba de Virgine, se difuminen y lo vuelvan aséptico, más académicamente digerible. Y quizás algo así haya ocurrido en el proceso. Sin embargo, queremos aclarar que este no fue un ejercicio sacrificial para hacer entrar la teoría King Kong en un orden inteligible que devenga controlable. Más bien pensamos estas herramientas como indispensables para el posicionamiento que pretendemos hacer desde nuestra propia teorización y militancia feminista nacidas en México y Latinoamérica.

¿De qué orden político estamos hablando? ¿Qué orden político tiene en mente Virginie Despentes cuando denuncia el control de la sexualidad como su mecanismo fundamental? ¿De qué manera este control de la sexualidad se expresa a uno y otro lado del Atlántico? ¿Cómo historizamos la ciudad o cómo caracterizamos la isla desde acá? ¿Es King Kong la metáfora más sugerente para hablar de nuestra hiperpotencia contenida? ¿Cuáles han sido nuestros propios símbolos? ¿Qué nos dice a nosotras la “revolución de los géneros” como apuesta emancipatoria?

Más Calibán1 que King Kong

El orden político fundado en la colonización y el despojo de la tierra y de las capacidades políticas de organizar y reproducir la vida social no es el mismo en Europa que en América Latina. Es más, para Europa, América Latina fue como su isla y en todo caso, nuestro King Kong es Calibán. En la narrativa del King Kong, el monstruo es capturado, raptado y llevado a la ciudad para exhibirlo como mecanismo de control y, una vez que se rebela, es aniquilado. En la narrativa de Calibán la isla es invadida, colonizada, la ciudad se instala en ella y la civiliza. Shakespeare no representa a Calibán como se hace con King Kong: Calibán no causa ningún terror, es más bien un ser inferior, un animal despreciable más que temible; no hay razón posible en él, es bruto, hay que enseñarle a hablar, pero exclusivamente para que aprenda a obedecer las órdenes de Próspero, del colonizador. De King Kong se espera que destruya con su fuerza la ciudad y el orden entero, de Calibán que, vengativo, viole a la hija de Próspero y debilite la moral del invasor al apropiarse de “sus” mujeres. El temor a King Kong y a Calibán no es el mismo y, por tanto, tampoco sus mecanismos de control. Aunque ambas son figuras metafóricas que simbolizan el otro lado de la civilización occidental, de la razón, del progreso, de la técnica, de la evolución humana, lo hacen de diferente manera.

Veíamos cómo, para Virginie, la virilidad era la expresión citadina y masculina de la potencia de la isla y de King Kong que tiene su ideal del “hombre de verdad”, al que es imposible dar cabal cumplimiento pero que, como paliativo, ofrece la posibilidad de enseñorearse violentamente con las mujeres. La virilidad de Calibán está más precarizada, es la virilidad de un monstruo que siempre ha sido considerado inferior. El grado de frustración es mayor y su respuesta también más virulenta. ¿Cómo ser un “hombre de verdad” cuando apenas eres considerado humano, en la mina, la plantación, la hacienda, la maquila o en la fábrica? La masculinidad de aquí es sierva de aquellos “siervos arrogantes”.

 

Más Sycorax que Calibán

Pero no solo es Calibán. La recuperación y resiginficación que se ha hecho desde América Latina por teóricos y poetas latinoamericanos ha olvidado a Sycorax, la bruja, su madre, un olvido aprendido del mismo Shakespeare que no le dio ninguna importancia en su obra. Si Virginie hace el contraste de la bestia con la bella como epítome de la feminidad, acá simplemente, esa bella no existe, acá es Sycorax, es la bruja, la india, la negra, la empobrecida, la campesina, la migrante. La condición de doble o triplemente marginadas que somos las mujeres en América Latina también nos pone en jaque con el ideal de la feminidad construido desde Europa en la que la hiperpotencia, la fuerza de las mujeres era contenida y gobernada.

El papel que desempeña, por ejemplo, la maternidad como su aspecto más glorioso, en una especie de correspondencia pedagógica con la pretensión del Estado fascista de controlarlo todo, según la teoría King Kong, encontraría quizás un símil en América Latina en el propio disciplinamiento religioso sobre las mujeres y en su discurso sobre las bondades, incluso sagradas, del ser madre. Sin embargo, pensamos que esa sacralización no apunta pedagógicamente a la satisfacción de un interés de élite con miras al establecimiento de un orden fascista. El desarrollo histórico del orden colonial al estado neoliberal actual no ha precisado del consenso que el propio orden fascista exige. Virginie estaría quizás hablando de una biopolítica a lo Foucault, de disciplinamiento y de control; nosotras sentimos que no nos alcanza para comprender la realidad tan cruda y violenta a la que nos enfrentamos, nos suena más la necropolítica de Mbembé, en todo caso, la pedagogía de la crueldad, el capitalismo gore.

La precarización de la vida en los países periféricos del capitalismo es un mecanismo del orden político global en el que los ideales de la feminidad y de la maternidad, incluso la propia división sexual del trabajo como mecanismos de control han funcionado muy distinto. Pensemos en los cuerpos de las mujeres racializadas y precarizadas, en su experiencia de colonización, esclavitud y explotación; en los cuerpos de las mujeres indígenas y negras sometidas tanto a parir y producir mayor mano de obra como a ser explotadas en el trabajo esclavo igual que los hombres: ¿Cuál maternidad si las hijas e hijos son robados, vendidos, ahora desaparecidos? ¿Cuál feminidad posible, cuál jaula sino la plantación, la mina, la hacienda, ahora la maquila? ¿Cuál delicadeza o debilidad si difícilmente son consideradas mujeres, humanas y no animales de carga, y la más de las veces no son sino cuerpos de mujeres pobres que no importan? No significa que la feminidad que describe Virginie no sea también un ideal que ha sido trasladado culturalmente como mecanismo de control de la sexualidad a América Latina, solo que acá tiene una historia distinta y no está dirigida necesariamente a todas las mujeres independientemente de su raza o de su clase.

 

Por un nosotras fuera de la jaula

Ahora bien, en lo que nos sentimos profundamente interpeladas es en el llamado a romper el mandato a no defendernos, a romper ese dispositivo de castración de nuestra potencia. Y es que aquí los castigos por el incumplimiento a los mandatos de feminidad, de subordinación colonial y patriarcal se conjuntan con los ejercicios de reforzamiento de una masculinidad también doblemente frustrada, por eso es que vivimos en el límite. La violencia a la que son sometidos nuestros cuerpos en la guerra contra las mujeres que enfrentamos hoy en nuestro país ―entre cada tres y cinco minutos una mujer es violada y nueve al día son asesinadas―, nos ha puesto en una situación de vida-muerte y de riesgo constante; necesitamos romper los límites impuestos en el uso de la fuerza y Virginie nos conmina a aprender a defendernos, incluso a vengarnos de nuestros agresores.

En términos de principios políticos coincidimos también en algo que nos parece esencial: el despojo de lo político y su abandono consensuado nos impide y nos aleja de nuestra emancipación. Cuando Virginie reflexiona sobre la manera en la que se organiza lo colectivo, volviendo a la metáfora, la manera en la que la ciudad es constituida da cuenta de cómo las mujeres son despojadas de su poder de hacer y rechazar, es decir de su poder de decidir, de organizar la vida social de tal manera que les sea favorable. ¿Por qué ―se pregunta― no se ha hecho una reorganización de los cuidados, de lo doméstico? ¿Por qué no hemos organizado la producción de lo que necesitamos como mujeres?

Aunque el tono testimonial del libro pareciera dar luz sobre todo a formas de resistencia y transgresión individuales que posiblemente sean útiles para reivindicar y modificar la visión del mundo de algunas chicas a título personal, también nos parece necesario apuntalar estos asomos colectivos, acá diríamos comunitarios y de clase, que también están presentes en el texto. En este sentido la abstracción de la “revolución de los géneros” no sería una mera consigna panfletaria como podría leerse, sino que obedece, más bien, a un horizonte utópico donde el control de la sexualidad, que sostiene el orden político, ha sido dinamitado.

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Nuestra isla no sería el caos, la oscuridad y lo innombrable, lo excesivo y poliforme de la sexualidad. Es curioso, pero desde América Latina, desde los pueblos del Abya Yala, desde los feminismos más alejados de la domesticación colonial y capitalista, la metáfora no acude a lo monstruoso, quizás ni siquiera haya metáforas a las que recurrir, sino que esas energías nacen de la propia necesidad de defender urgentemente la vida: del territorio acechado por el capital, de nuestro cuerpo asediado por el machismo que mata. La recuperación de la relación orgánica con todo lo vivo es la recuperación también del poder de nuestros cuerpos y de toda política posible para nosotras.

Entendemos que, desde Europa, a las tendencias fascistoides se les enfrente con una política de la ruptura, de lo incontrolable. Pero también nos queda claro que contra el capitalismo gore ―que aniquila cuerpos y territorios en su afán infinito de acumular ganancias― y también contra esa expresión neoconservadora de la castrante religiosidad popular, no basta responder desde un paradigma político así, para nosotras aún muy posmoderno incluso en algún sentido ajeno.

Los feminismos latinoamericanos están respondiendo desde la apuesta política por la construcción, reconstrucción y multiplicación de lo común, por aquello que nos interpela a todas y a cada una en sus diferentes posiciones, pero que pasa por trabajar relaciones sociales ancladas a la reproducción comunitaria de la vida, por hacer más eficaces los cuidados entre nosotras, por organizar los mecanismos y elaborar las estrategias que nos permitan el ejercicio de deliberación colectiva y de las capacidades políticas en el destino de nuestros territorios, empezando por nuestros cuerpos.

Son muchas las maneras en las que estamos saliendo de la jaula, muchos mandatos de feminidad, pero también de clase y de raza que se desobedecen en esta reciente oleada imparable de feminismos en la región. Claras muestras de rebeldía que no se detienen en la ruptura del consenso patriarcal que busca mantenernos en la posición histórica en la que hemos sido subordinadas, sino que, volviendo a la metáfora de la isla conquistada por la ciudad, van abriendo grietas, intersticios por donde resurge la vida aplastada por el asfalto.

Salimos de la jaula cada vez que nos organizamos y tomamos las calles para gritar los nombres de las asesinadas y desaparecidas, cada vez que hacemos públicas nuestras denuncias y les creemos a las otras, porque reconocemos que compartimos esa herida común. Cada vez que nos organizamos para la autodefensa y nos reunimos para consensar estrategias para la sobrevivencia cotidiana o para compartir los cuidados maternos; en chats para monitorear nuestro regreso a casa salvas o en los grupos para el acompañamiento emocional. Cada vez que le apostamos a la organización colectiva, la autogestión y el apoyo mutuo.

Sabemos que dejar la jaula no es fácil. Sabemos que estamos aprendiendo a caminar fuera de ella y que estamos en peligro. Sabemos, también, que hacer a un lado las herramientas del amo requiere de disciplina y cuestionamiento constante, de evitar a toda costa el disciplinamiento de nuestras propias rebeldías. Hay una historia larga que nos antecede: miles de King Kong como Virginie, calibanas, brujas, desobedientes, revolucionarias, que diariamente nos enseñan la potencia de ser libres. En el camino estamos encontrando a otras, dispuestas también a apostar por la dinamita y la alegría, por eso que para Virginie es salvaje y que no es sino la potencia de la vida misma, fuente primera de todo lo político.


 


Autores
Doctora en Estudios Latinoamericanos en el área de Filosofía. Dedicada al estudio de la Filosofía Política feminista, latinoamericana y de liberación. Forma parte de la escuela de pensamiento y de la Asociación de la Filosofía de la Liberación (AFyL). Vive en la Comuna Lencha Trans, un espacio político autogestivo que apuesta por la vida comunitaria en la urbe y es miembro de Biznaga Editoras, una colectiva editorial feminista concentrada en publicar a mujeres y disidencias sexogenéricas.
Maestra y tallerista de literatura. Activista feminista y co-coordinadora de la Biblioteca de Mujeres en Hermosillo, Sonora.

Ilustrador
Irasema Fernández
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.

Una lectura feminista y latinoamericana de la Teoría King Kong

Nos animamos a leer Teoría King Kong juntas. No es la primera vez que nos encontramos con Virginie Despentes. Su nombre nos refiere inmediatamente a Viólame, la universidad y esa película irrumpiendo en una realidad muy lejana a las “gafas violetas” y del “machete al machote”. De ese encuentro recordamos el horror, las largas y perturbadoras escenas en aquella bodega vacía, los gritos. Era la representación cruda de una amenaza que sabíamos cotidiana. Nos quedamos frías, ¿cómo sobrevivir después de una violación?

También recordamos el impulso, la fuerte excitación al ver a aquellas mujeres sacudirse el polvo de la humillación y levantarse. Compartimos con ellas la rabia y una satisfacción profunda en la revancha. Salimos filosas. Nos imaginábamos armadas: una pistola en cada bolsa y una bala para cada acoso. Queríamos tomar las calles por asalto, pero no lo hicimos. Quizás fue el temor nacido de las advertencias, quizás simplemente no sabíamos cómo, quizás por las mismas razones que no lo hacemos hoy.

Casi veinte años después, ya en el feminismo, Virginie es una referencia recurrente. Entrevistas y textos sueltos de Teoría King Kong circulan por las redes constantemente. “Escribo desde las feas, para las feas, las viejas, las camioneras, las frígidas, las mal cogidas, las incogibles, las histéricas, las chifladas, todas las excluidas del gran mercado de la buena chica”. “Tenientas corruptas” se ha vuelto un canto de guerra para las disidentas de la feminidad. A otros textos les rodea un aura más polémica, “Durmiendo con el enemigo” y “Brujas porno” son, al mismo tiempo, reflexiones muy citadas y reconocidas o fuertemente cuestionadas.

Aunque no queda claro cuál es el feminismo detrás de Teoría King Kong, dentro de las páginas de este libro podemos rastrear algunas referencias. Y es que no es fácil leer a Virginie, ya sea porque nos pone delante el horror o porque nos confronta con aquellos mecanismos de control y dominación que hemos interiorizado, pero su lectura es siempre polémica, incómoda. Al mismo tiempo, un aire de familiaridad, de sencillez en su palabra y contundencia en sus afirmaciones, termina de alguna manera interpelándonos.

El feminismo como movimiento crítico que propone el cuestionamiento de todas las formas de opresión, se construye y deconstruye a sí mismo a través de discusiones y debates constantes entre sus distintas posturas. En estos momentos, la diversidad de discusiones en la academia, en las calles o en las redes es verdaderamente rica e interesante. No siempre tiene buena pinta, pero negar el debate al interior del feminismo, es negarle su esencia misma de transformación constante. Es a través del diálogo, la disputa y la negociación de cada una de las implicaciones de sus distintas corrientes que el feminismo se fortalece. Es en ese tenor que nos acercamos ahora a Teoría King Kong.

 

Las discusiones alrededor del trabajo sexual y la pornografía son intensas. Al hablar Virginie de su experiencia en este campo y reivindicar su potencial emancipador, se inserta en uno de los debates más álgidos del feminismo. De un lado están las colectivas de trabajadoras sexuales autónomas y feministas prosexo que pugnan por el reconocimiento de sus derechos, por su participación en el diseño de las políticas que les afectan y porque se reconozca su capacidad de decisión y agencia. Para ellas, la abolición y la prohibición las criminaliza y condena a la precariedad. Por otro lado, el feminismo radical y abolicionista considera este trabajo y la pornografía mera propaganda patriarcal, vehículos para reproducir la violencia contra las mujeres; para ellas, la trata y la prostitución son dos caras de la misma moneda.

Otro punto de debate son las reflexiones alrededor del género. Para Virginie, King Kong y su isla representan lo salvaje y en lo salvaje encuentra la posibilidad de lo no binario. Podría interpretarse como un acercamiento a la teoría queer y su lectura performativa de las identidades y, en ese sentido, entrar en discusión con el feminismo radical que señala los peligros de diluir las identidades de género y desdibujar las relaciones de poder en el sistema patriarcal y capitalista, borrando a las mujeres como clase y dificultando su organización. Sin embargo, creemos que la potencia de la metáfora no apunta a lo queer como performance. Como veremos más adelante, para nosotras más bien representa la ausencia del control de la sexualidad que para Virginie es fundamento del orden político.

Ahora bien, difícilmente un libro como este puede satisfacer al feminismo materialista que recoge la crítica socialista al estado de cosas actual y que pugna por horizontes revolucionarios nutridos del paradigma del siglo XX. Sin embargo, hay que decir que la noción de clase, aunque débil, está presente. Virginie reconoce como punto crucial del orden político la división sexual del trabajo, las relaciones de poder que convienen al sistema capitalista: el hombre al servicio del estado y la mujer al servicio de los hombres. Señala en las clases dominantes el temor a la libertad del pueblo, a la democratización de la realización de los deseos. Es al pueblo a quien se le impone una moralidad sexual que produce un deseo enfermo, perverso, relegado a la periferia, a lo oscuro, lo prohibido, lo ilegal. La libre expresión de la sexualidad es privilegio de las élites, al pueblo se le niega la capacidad de ser libre, por tanto, se le conmina al control y al castigo.

Más que sugerir fórmulas que pretendan agotar estos debates o proponer una postura feminista específica, Virginie nos habla de ella. No habla desde la academia, sino desde la experiencia personal, desde sí misma, “deseosa de vivir las experiencias e incapaz de conformarme con el relato que los otros hacen de ellas”. Politiza su propia vida, nos confiesa su aventura como mujer que se fuga de la norma. No sería lo que es, ni escribiría lo que escribe, si no fuera por lo que ha vivido. Se niega a callar, a guardar el secreto y hace de nuevo, como con la prostitución, lo que no debe hacer nunca una mujer: entregar su intimidad, exponerse, aceptar su exclusión del grupo, volverse una mujer pública.

Virginie encarna la deserción de la feminidad, se apropia de su “virilidad” y encara con ella al mundo. Es libre, deja su casa y sale a la calle, viaja, viste como quiere, es violada. Se confronta con su libertad, sobrevive, logra superarlo. Vuelve a salir a la calle, vende su cuerpo y filma una película sobre violación y prostitución. Se enfrenta ahora con los ataques más feroces, recibe “doble ración de condescendencia burlona”, “vejaciones suplementarias”, “llamadas al orden”. Bajo vigilancia constante, se agota. Intenta feminizarse, mantener un perfil bajo, reingresar a su categoría, mezclarse un poco con el ambiente, para darse tiempo. Un “cálculo de supervivencia social”, como ella misma lo llama. No lo logra, descubre que pierde fuerza y regresa con un golpe: Teoría King Kong es su respuesta subversiva a lo vivido, a ese constante llamado a dejar de ser la que es, a dejarse enjaular en el restringido marco de la feminidad, vuelve a fugarse, ahora consciente y con orgullo, escribe:

Y empiezo por ahí para que las cosas sean claras: no me disculpo de nada, no me vengo a quejar. No cambiaría mi lugar por ningún otro, porque ser Virginie Despentes me parece que es un asunto mucho más interesante de llevar que cualquier otro.

Su tono es definitivamente provocador. No le interesa endulzar nada, cruda como la punk que se proclama, dice las cosas como cree que son, habla desde donde no se debe hablar y como no se debe hablar. Expone lo que debe ser oculto, silenciado, lo monstruoso, lo condenado. Desde ahí se enuncia. No sabe guardar las apariencias y juega rudo ―como ellos―. Invierte cínicamente la narrativa masculina, se jacta de vivir una vida de hombre, reclama su potencia y su agresividad e irrumpe con la palabra incómoda, la anécdota cruda, el espejo despiadado. Desde esa incitadora inversión, niega la feminidad, sus trampas y comodines, se apropia de lo viril considerado solo para los hombres. Reivindica aquello que en ella fue rechazado y llamado a la castración constante y nos cuenta cómo ahí encuentra su fuga, su salvación. Si se hubiera situado en la feminidad, no estaríamos discutiendo esta lectura. Porque la feminidad implica callar y avergonzarse, entender la orden. Pero Virginie no sabe mantener la boca cerrada, no es sexi, ni dulce. No representa a la buena víctima, aúlla, expone sus llagas.

Tal como invierte los mandatos de género, invierte también el sentido de los estigmas impuestos a las mujeres, las violadas, las putas ―las que cobran y las que no― la actriz porno que vive de simular placer e hipnotizar a los hombres. No son creaturas que han perdido su valor; al contrario, potencialmente todas ellas son capaces de trasgredir los límites de la jaula de las fantasías masculinas, de convertirse en creaturas que reconocen su valor en este mundo y se lo apropian.

Virginie crea, es inteligente, se expresa, pierde el miedo, vuelve a salir a la calle. No han logrado provocar en ella los efectos del trauma, les arrebata ese poder a sus verdugos, conserva el apetito sexual, se atreve a indemnizarse a sí misma por aquello que le fue arrebatado brutalmente y regresa el golpe.

¿Qué queda al descubierto con esa inversión que Virginie Despentes ensaya en su propia vida y en este texto? Por un lado, la posibilidad de pensar lo político con otros fundamentos, el control de la sexualidad como mecanismo fundamental para dominar, pero ¿dominar qué a través de la sexualidad?, ¿cuál es esa sexualidad que no conviene al estado y a las fuerzas dominantes? Eso es lo que Virginie responde a través de su propia vida y de la reflexión para la elaboración de esta teoría, la teoría King Kong.

 

King Kong Girl: La teoría

King Kong es un monstruo, una bestia terrorífica y fascinante a la vez. Vive en una isla que ha sido protegida con murallas, alejada de la ciudad: del orden y la normalidad. Frente a ella, la isla es caos, formas complejas e híbridas habitan su universo orgánico que aún no ha sido escindido en géneros, es un mundo donde lo no binario es salvaje. King Kong y su isla son la metáfora opuesta al Estado y su ciudad, representan lo no domesticado, lo “primitivo” que subyace de manera negada en todo orden político. Es muy sugerente la metáfora de Virginie porque nos lleva a preguntarnos no solo sobre cómo se instituye el orden político en la ciudad (la política), sino en cómo se constituye la ciudad misma (lo político). Y la ciudad se constituye precisamente a partir de la negación de la isla, es decir, a partir de la negación de la fuerza de una sexualidad polimorfa, de su control, de su domesticación o incluso de su exterminio, porque le tiene miedo, porque se siente amenazada. El Estado debe matar a la bestia: consigna civilizatoria.

La primera hipótesis de la teoría King Kong es que el control de la sexualidad es lo que permite la constitución del orden político. Aquí no hay ningún contractualismo, mucho menos una justificación metafísica, no son las virtudes de la racionalidad humana, la sabiduría divina o un destino cosmogónico. El orden político nace más bien como un sacrificio cuyo rito central es la violación. Es en este ejercicio crudo y directo del poder cuando se establecen los mandos y las leyes. Un origen nada sublime que debe mantenerse oculto y silenciado.

La premisa es que los mecanismos de dominación a partir de los cuales una mujer es inferiorizada nos permiten entender las mecánicas de control de toda la población, el despojo de sus capacidades políticas, la confiscación de su poder. La violación es un programa político preciso porque enseña la dominación, dice quién manda y quien manda organiza las leyes. El goce en la brutalidad de anular a la mujer, de hacerla menos, culpabilizarla y degradarla es la representación del ejercicio de poder, semejante a lo que hace el mercado capitalista con las personas y con todo lo vivo, lo que hace el Estado neoliberal con los pueblos. La dominación de la mujer es escuela y fuente para las demás formas de dominación.

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La violación de las mujeres es el ejercicio por excelencia del control de la sexualidad, un control que permite la reproducción del orden capitalista y patriarcal: someter a las mujeres, volvernos impotentes frente al poder sexual del hombre; someter a los hombres, volverlos impotentes frente al poder del patrón, del estado y de la ley, paradójicamente por su mismo acto de violar, por obedecer a una virilidad supuestamente brutal que no son capaces de resistir.

La división sexual del trabajo escindió la reproducción social de la vida, capturando a las mujeres en el espacio doméstico, sujetándolas a la figura de la madre, confiscando sus cuerpos y despojándolas del quehacer de la política. Mientras que a los hombres se les capturó para la producción de mercancías o para las tareas de la guerra, sujetándolos a la figura del macho, del padre, se les concede la autoridad de violar a las mujeres, es decir, de quitarles todo poder y someter toda resistencia, pero haciéndolos esclavos de un supuesto deseo brutal nacido de sus pasiones.

Al final de cuentas, lo que intenta mostrar Virginie es que el poder político reside en el Estado y en el mercado que organizan lo colectivo a favor de una élite política y de clase a partir de mecanismos de control de la sexualidad tanto de los hombres como de las mujeres, de la instauración del miedo, la culpa y la debilidad como fuentes de legitimación del poder.  La idea de la sexualidad incontrolable y salvaje de los hombres no solo funciona como justificación del dominio hacia las mujeres, sino para justificar su propio sometimiento, porque entonces necesitan de un poder y un orden ulterior que los mantenga a raya, que también los controle y los castigue.

Nada de esto es natural entonces, sino un artificio político sostenido en ideales, creencias, juicios y castigos. La construcción cultural de la feminidad y la masculinidad, la moral que niega la potencia de la sexualidad y la imposición de los castigos por su indisciplina son los mecanismos que sostienen en pie y ponen en movimiento toda la maquinaria de control.

 

La jaula de la feminidad

La feminidad es el mecanismo de control de la sexualidad de las mujeres a través de la sumisión a normas estéticas y a una heterosexualidad hipernormativa. Las mujeres debemos ser femeninas y ser femeninas es ser bellas, dulces, amables, condescendientes, jóvenes, seductoras y también madres. Debemos vivir nuestra sexualidad desde el deseo heterosexual, debemos amar a los hombres, servirles, complacerles, cuidarlos a ellos y a sus hijos. Debemos mantenernos en el orden de lo privado, de lo doméstico, del trabajo productivo y reproductivo ―que pasa como “natural” para ser desvalorizado y no remunerado―. No hay que reír muy alto, no hay que mostrar proezas intelectuales, hay que limitar los movimientos, abandonar todo rasgo de esa sexualidad que representan la isla y su monstruo, aminorar nuestro poder, simular nuestra inferioridad, volvernos débiles, indefensas, dependientes y dóciles.

La feminidad es la jaula en la que se captura a King Kong, esa potencia sexual lúdica, creativa. La jaula produce al género femenino, domestica a las mujeres, las vuelve serviles.  Para Virginie, una prueba de dicha sumisión es la “necesidad obsesiva y humillante de atraer a los hombres”: las estrategias de seducción, la coquetería, son maneras de tranquilizarlos y disculparse para evitar ser castigadas por el incumplimiento del ideal inalcanzable de la feminidad. Ahí está la trampa que nos captura y mantiene atrapadas: el mandato de la feminidad nunca puede cumplirse a cabalidad, siempre hay algo que nos falta, siempre una equivocación, un fallo que justifica la activación de la maquinaria de control y de vigilancia, pero también de disciplina y castigo, en el caso de salir de la jaula.

Hay mujeres que por supervivencia posiblemente se adaptan y hasta están contentas en su feminidad, pero hay otras, como Virginie Despentes, que no lo consiguen. Aunque lo intentaran no lo lograrían y están orgullosas de ello, de ser unas perdedoras sociales, unas desgraciadas de la feminidad: feas, demasiado agresivas, ruidosas, gordas, vulgares, incapaces de amar a los hombres o de ser amadas por ellos. No les interesa ser madres y quedarse en casa, más bien se sienten atraídas por la ciudad, por la independencia, por ejercer el poder de hacer y de rechazar, es decir, por ser autónomas, libres, más deseantes que deseables.

La figura de la “perdedora”, la “proletaria de la feminidad”, más que simpática es esencial porque rompe el pacto de inferioridad a la que han sido sometidas las mujeres. Es una transgresora y una transgresión implica no solamente romper con una norma, sino ir más allá del límite, conocer más de la cuenta, experimentar más de lo debido. Potencialmente podríamos ser cualquiera de nosotras. La proletaria de la feminidad asume valores y prácticas “viriles” asociadas exclusivamente con el género masculino. Y decimos “asociadas” porque no es que de manera esencial le pertenezcan, sino que han sido apropiadas como mecanismo de control de la sexualidad de la mujer. Lo que queda de King Kong en la ciudad se expresa en ciertos rasgos de la virilidad masculina y la manera en la que la mujer se rebela al mandato de la feminidad es apropiándose también de ellos. Es muy significativo que para Virginie la apuesta política implique el abandono de la feminidad.

 

La virilidad tradicional o la cultura del dominio patriarcal

La virilidad tradicional está construida sobre la mutilación de la feminidad en los hombres. Sobre el ideal también inalcanzable del “hombre de verdad”: el que reprime y calla sus emociones y su sensibilidad, el que se avergüenza de su delicadeza y de su vulnerabilidad, el que tiene el pene grande, el que debe ser valiente, dar el primer paso, proteger y no pedir ayuda, dar muestras de agresividad, ser exitoso socialmente, amordazar su sensualidad, el que sabe morir en la guerra y manejar un hogar con sana autoridad y con la ley de su parte. Ese ideal de la masculinidad tampoco lo encontramos en ninguna parte y, sin embargo, es defendido por los hombres y los convierte en una especie de “siervos arrogantes”, como les llama Virginie. Porque beber, tener amigos, competir, ganar dinero, ser agresivo, querer tener sexo con mucha gente, vestirse cómodamente, tener mayor movilidad, hacer las cosas importantes, todo eso es una prerrogativa del carácter viril que se adjudican y les conviene defender porque, además, la furia derivada del incumplimiento a cabalidad del ideal de la masculinidad puede desplegarse, a modo de revancha, sobre las mujeres: eso siempre los hará sentirse más hombres. Para las mujeres, abandonar los mandatos de la feminidad es cobrar conciencia de su clase, para los hombres abandonar los mandatos de la masculinidad es sacrificar su ventaja política, volverse vulnerables, no solo frente a las mujeres, sino frente a los otros hombres con quienes pelean por el poder.

King Kong no es viril, es fuerza sin domesticación, pero no ejerce dominio y en esta confusión y en esta trampa cae también la masculinidad. Eso que llama Virginie “la virilidad tradicional” también enjaula al King Kong, le da una forma a su potencia y la cristaliza en dominio. Toda la hiperpotencia del King Kong es traducida como una fuerza que le otorga poder sobre la mujer o sobre otros hombres más débiles que él, es decir, feminizados. La agresividad de la isla se convierte en violencia al interior de la ciudad. El dominio sobre la mujer no es salvaje, es un mecanismo político de solidaridad masculina que excluye los cuerpos feminizados del poder, justificando contra ellos el uso de la violencia y su destrucción. Aunque tiene una relación de semejanza, lo viril no es lo salvaje. Lo salvaje sería que no hubiera dominio, que no hubiera orden político, lo salvaje sería “la revolución de los géneros”, la ausencia de control de la sexualidad.

 

El goce perverso como mecanismo de poder político

En la ciudad hay una sexualidad enferma: el deseo se ha vuelto perverso. Mecanismo neurótico del orden político para sostenerse. Inferiorizar a la mujer, degradarla con la violación, produce el efecto de hacer de ella algo despreciable. Por un lado, la mujer que se asume como inferior, se desprecia a ella misma, deseando entonces aquello que la destruya, sintiendo goce de su impotencia. Y por el otro, el hombre que sostiene la inferiorización de la mujer también la desprecia, pero la desea al mismo tiempo y, en consecuencia, termina despreciándose a sí mismo por ello. Enseñarles a los hombres a despreciar a las mujeres y lo femenino es enseñarles a sentir desprecio por aquello que desean, provocando que sea casi natural sentir goce por su destrucción. Las manifestaciones de un poder que hiere y ultraja a las mujeres, violándolas, golpeándolas, son fuente de placer masculino. “Lo que se las pone dura debe ser problemático”, sostiene Virginie.

El recinto del goce masculino es doloroso, construida la virilidad bajo el supuesto de un deseo bestial incontrolable con reminiscencias a lo King Kong, se vuelven presa fácil de la vergüenza y la culpa como mecanismos de control cuando se trata de ellos mismos, pero al mismo tiempo no deja de ser un recinto no solo del goce, sino del poder cuando se trata más bien de controlar a las mujeres. En este sentido, no hay nada naturalmente perverso en el deseo de los hombres, su deseo destructivo es una construcción política: violar a la mujer es un acto de guerra que busca debilitar al enemigo, que en este caso es nada menos que la mitad de la población oprimida en el mundo.

Por momentos es incómodo leer a Virginie cuando habla del deseo de los hombres, de la vulnerabilidad y el sufrimiento del que son capaces en su posición de dominadores. Pero más que un llamado nuevamente a las mujeres a la compasión por el que sufre, nos parece que, más bien, se trata de mostrar la construcción perversa del deseo como mecanismo de control de todo el cuerpo colectivo y la manera diversificada en la que opera para los hombres y para las mujeres. Virginie sostiene que el control de la sexualidad produce un cuerpo social neurótico con estructuras autodestructivas. Por eso es un fracaso el orden social y político, no porque las mujeres no estemos cumpliendo con una especie de responsabilidad natural que nos correspondería por el hecho de serlo y que garantizaría la estabilidad del orden, sino porque los fundamentos mismos de ese orden político están torcidos, son perversos.

Volvamos a la metáfora de la teoría: las energías vitales de la isla aún siendo terroríficas, puntos ciegos de la razón, innominables, no potencian la dominación ni la violencia, al contrario: al ser domesticadas con fines políticos y administradas en una economía del deseo, se logra constituir y mantener el orden; lo que deja siempre en latencia la posibilidad de la ruptura y, por tanto, le restringe su expresión en líneas de fuga muy precisas y domeñables por la moral de la culpa y la condena. Así como en la película King Kong es capturado, exhibido, desnaturalizado y finalmente aniquilado, así también el orden político se comporta con la sexualidad, con el deseo.

Como decíamos antes, la captura produce lo femenino. Lo femenino es exhibido a partir de dos espectáculos: la madre y la puta, el King Kong encadenado en el anfiteatro o el que asedia a la ciudad con su monstruosidad poniendo en riesgo todo orden posible.  Los dos son espectáculos sumamente pedagógicos. La madre sirve al orden político como una figura de control en el ámbito de lo doméstico: la madre sabe qué es lo mejor para sus hijas e hijos, les vigila, controla y castiga. Es por supuesto polémico, pero para Virginie, la madre tiene un recinto de poder en su casa, no frente a su patrón que es el marido, sino frente a su descendencia.

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No es casual que la casa, el hogar, sea concebido como lo doméstico, lo domesticado pues y que este sea, precisamente, el lugar que el orden político le ha dado a las mujeres. El Estado, sobre todo el fascista, tan brutalmente conocido en Europa ―y ahora tan peligrosamente olvidado―, sería entonces la réplica del poder de la madre en la casa.

El Estado fascista, nos recuerda Virginie, infantiliza a las personas, las controla y las vigila, siempre argumentando bienestar y seguridad a cambio de su libertad. Por eso es que la moral glorifica a la madre, por eso es que hay toda una propaganda acerca de la maternidad como una experiencia femenina ineludible, fantástica, plagada de alegrías, como la experiencia en la que las mujeres pueden realizarse.

Por su lado, la puta es exhibida como el espectáculo de la criatura del vicio, del asfalto, la que se apropia de la ciudad, la que trabaja fuera de la célula familiar, la que tiene sexo sin amor; es su espejo invertido, su fetiche, que hace parecer natural aquello que es artificial, producido y generado históricamente: la maternidad, el matrimonio, la heterosexualidad. La relación entre la puta y el King Kong tampoco es inmediata, la ciudad es la mediación, en la isla no hay putas, hay putas porque hay ciudad.

La lectura abolicionista del libro ha puesto su mira crítica frente a la posición de Virginie, en específico frente al argumento de una especie de reivindicación del trabajo sexual que parece hallarse en el texto. Esto porque apunta solo a una emancipación individual de la mujer bajo criterios muy liberales y en un contexto radicalmente distinto en el que ocurre masivamente el trabajo sexual más bien como trata: en una degradación profunda de los cuerpos de las mujeres, hipersexualizadas, mercantilizadas, convertidas en objeto, al servicio de la satisfacción masculina que confirma su posición de poder y de dominio. Es cierto, tienen razón, pero en alguna medida, también Virginie, quien no niega la existencia de esta realidad atroz a la que millones de mujeres son sometidas. Sin embargo, más que sumarse a la denuncia del trabajo sexual explotado, lo que nos comparte es la experiencia política personal de vivir el goce de este trabajo como transgresión, de no pensarse como víctima, de su apropiación del espectáculo en la exhibición de la bestia. Comprender la transgresión al control de la sexualidad como una transgresión propiamente política. Ser puta no porque estás obligada sino justamente porque no debes hacerlo.

En la isla tampoco hay pornografía. De la misma manera la pornografía como expresión del control de la sexualidad y la “domesticación de las masas” funciona para liberar la tensión que el orden político ha generado entre la idea de un delirio sexual abusivo y un rechazo exagerado de la realidad sexual. Este “delirio sexual abusivo” es la representación cinematográfica de la hipersexualidad de la isla, donde no hay amarras ni límites posibles. Se trata de una técnica de ilusión que más que representar, alimenta las fantasías sexuales con las que se asocia la hipersexualidad, fantasías generadas por la propia industria cultural patriarcal y machista, que se ancla en el goce de dañar, ultrajar y destruir eso que se desea. El rechazo exagerado de la realidad sexual es justo el otro extremo, maniqueo, de la moral cristiana de la civilización occidental que condenó místicamente a la bestia, al demonio, a las fuerzas del mal que hacen débil la carne, son tentadoras, seductoras, pero terroríficas; el sexo oculta una verdad innombrable, es una zona oscura, peligrosa cuando no sirve a la reproducción sino al placer o al interés, en el sexo habita el mal y el mal debe ser destruido.

Entre el delirio sexual abusivo y el rechazo exagerado de la realidad sexual, está la pornografía como otra manera de exhibir a la bestia y desnaturalizarla. La bestia no vive en esta tensión, King Kong no es la representación de un delirio sexual abusivo, justo Virginie llama la atención sobre el hecho de que en la película la relación entre la bestia y la bella no es erótica. ¿Cómo representar a King Kong en el porno sin reproducir el orden político de dominación hacia las mujeres y el goce perverso de la destrucción? ¿Cómo hacer del porno una herramienta de desobediencia al control de la sexualidad? Más que preguntas son invitaciones.

 

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Autores
Doctora en Estudios Latinoamericanos en el área de Filosofía. Dedicada al estudio de la Filosofía Política feminista, latinoamericana y de liberación. Forma parte de la escuela de pensamiento y de la Asociación de la Filosofía de la Liberación (AFyL). Vive en la Comuna Lencha Trans, un espacio político autogestivo que apuesta por la vida comunitaria en la urbe y es miembro de Biznaga Editoras, una colectiva editorial feminista concentrada en publicar a mujeres y disidencias sexogenéricas.
Maestra y tallerista de literatura. Activista feminista y co-coordinadora de la Biblioteca de Mujeres en Hermosillo, Sonora.

Ilustrador
Irasema Fernández
(Ciudad de México, 1990). Es escritora, ilustradora y feminista. Ha publicado su obra escrita en diversas antologías, revistas y semanarios. En 2017-2018 fue becaria del Fonca en la categoría de cuento. De manera autogestiva, y en compañía de otras artistas, pinta murales y hace intervenciones en la calle con mensaje de género en diferentes partes de la Ciudad de México y el Estado de México.
Hubert Martínez, ganador del premio de literaturas indígenas de América 2017. Manuel ndiva’i.

Antes de convertirse en poeta de la lengua mè´phàà, Hubert Martínez Calleja, Premio de literaturas indígenas de América 2017, era metalero. Bajo la luz fluorescente del bar en el que nos encontramos el 11 de septiembre de 2018, al filo de las siete de la noche, me enseña con orgullo las improntas de ese pasado: tres perforaciones y un rostro aguerrido que raya entre la locura, la sensibilidad y la violencia.

Nació en Malinaltepec, Guerrero, el 27 de septiembre de 1986. Con los seudónimos Hubert Matiúwaà y Hubert Malina publicó los poemarios Xtámbaa/Piel de tierra (Pluralia/Secretaría de Cultura, 2016), Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira (Pluralia/Secretaría de Cultura, 2017) y Las sombrereras de Tsísídiin (Instituto Nacional de Lenguas Indígenas/Universidad de Guadalajara, 2018). Además, ha sido becario del PECDA (2015-2016) y del Fonca (2016-2017).

Como uno de los exponentes de la literatura en mè´phàà, cualquiera creería que su filiación por la lengua se gestó en él antes de su nacimiento, como una herencia inculcada por sus padres desde la concepción, pero no:

—Todo fue por un compa, con quien estudié en Guerrero. Él escribió un ensayo sobre la lengua mè´phàà y un maestro de nuestra universidad le dijo: “De eso no hables que es de changos”. Yo le agarré el hombro y le dije: Oye, no te agüites cabrón: yo soy indígena como tú y nos vamos a fundamentar hasta partirle su madre a ese güey”. Leímos día y noche. Leímos como enfermos. Se lo refutamos y fue nuestra victoria. Ahí comprendí la importancia.

A Hubert lo motiva lo mismo que motivó a Lucio Cabañas y Genaro Vázquez: encauzar la rabia hacia un acto que cambie la vida de su pueblo, el cual, de acuerdo a lo que dice en la mesa al compás de sus puños, ha sido reprimido por casi 700 años. Primero por los españoles y ahora por los narcos. Su poemario, Las sombrereras de Tsísídiin, acreedor del Premio de Literaturas Indígenas de América 2017, habla sobre la trata de mujeres en Guerrero porque para Hubert la literatura también puede ser una crítica social y  política; algo que definirá como “crear una consigna que por tan hermosa es imposible franquear o permitir que se la lleve el aire”; algo que  ejemplificará con Roque Dalton y los poetas de Nicaragua, país en el que vivió durante el año 2015.

—Yo no sé si me consideran panfletario. Eso, al chile, me tiene sin cuidado.

Y son, quizá, muchos los asuntos que le importan poco a Hubert. No busca el reconocimiento ni la ovación, ni que su nombre aparezca como letrero luminoso en las revistas prestigiosas. Llega solo al bar, huyendo, como acostumbra, de los juegos de máscaras, de los rituales cortesanos que imponen un modelo literario muy propio de las provincias. Me dice que ha postergado viajes para leer y seguir escribiendo. Lo hace —recalca— porque le importan cosas elementales: la preservación de su lengua y su cultura.
—Tan ocupado como me quieren tener, ¿a qué hora voy a tener chance de leer y escribir? —dice— ¿A qué hora voy a vivir?

Hace unos meses publicó un mensaje en Facebook avisando que no participaría en más eventos hasta finales de 2019. Sin embargo aceptó publicar textos en Tierra Adentro y mantener una columna en el suplemento “Ojarasca” de La Jornada nacional. Viéndolo desde este punto de la mesa, envueltos en música norteña, con tres poemarios, un premio internacional y varios nacionales a cuestas, Hubert resulta un escritor completo. Pero, cinco años atrás, se encontraba a la deriva. Alejado de los grupos literarios de Guerrero y Ciudad de México (de lecturas donde un escritor connotado le dijo: “Qué bueno que viniste, pero tu poesía es una mierda”), trabajando solo, escribiendo sus poemas en mè´phàà y luego traduciéndolos al español, Hubert siempre creyó en sí mismo.

Se acomoda los lentes, seca el sudor que le escurre por la mejilla, bebe un trago de cerveza y dice:

—A mí me gusta la violencia. La violencia como un acto estético. Se escriben, así, poemas bien vergas.

En contraste con el gabán y el sombrero negro de ala ancha que usa en la mayoría de sus fotografías, viste una camisa roja, abierta hasta la mitad del pecho; pantalón de mezclilla, mocasines negros. Mueve las manos hacia los lados y, para remarcar los argumentos importantes, forma un puño que sella con fuerza en lugares específicos de la mesa.

Su idioma, el tlapaneco o mè´phàà, catalogado como una lengua otomangueana, cuenta con pocas investigaciones sobre su situación actual. Datos recabados en 1994 consignaron que hace 25 años tenía cerca de 100 mil hablantes repartidos entre la Chinameca, en el estado de Morelos, y al centro, norte y sur del estado de Guerrero, principalmente en las regiones conocidas como La Montaña y La Costa Chica de Guerrero.

Asimismo, durante el año 2010 el Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI) registró 392 localidades donde el 5% o más de la población hablan tlapaneco.

Hubert, sin embargo, apunta que la pérdida de su idioma se debe fundamentalmente al desplazamiento, es decir, gente que huye de sus sitios de origen para evitar ser víctima de la violencia generalizada.

De acuerdo con la Comisión Mexicana en Defensa y Promoción de los Derechos Humanos (CMDPDH), entre enero de 2016 y diciembre de 2018 el total de personas desplazadas por la fuerza ascendió a 338 mil 405. Tan solo en 2018 registraron que los estados más afectados fueron Guerrero, con 5 mil 56 personas desplazadas; Chiapas, con 5 mil 35; Sinaloa, con 836; Oaxaca, con 300 y Michoacán con 240. Remarcaron que los principales afectados son personas en situaciones de vulnerabilidad como “niñas, niños, adolescentes, adultos mayores, personas indígenas y periodistas”.

 

2

—¿Es difícil traducir tus poemas al español?

—Por supuesto, porque durante muchos años la lengua indígena no se escribió. Era una situación que obedecía a un pensamiento hegemónico, sentenciaba que solo se debe escribir lo que tiene historia, y los pueblos originarios o indígenas fueron desplazados; se les negó su historia. —El puño de Hubert forma una parábola, cae junto a los vasos—. Eso ha sido complicado porque apenas en los sesentas salen lingüistas de las comunidades y comienzan a sistematizar una gramática. De cualquier modo, la gente de las comunidades no sabe leer mè´phàà ni escribirlo. Para empezar algunos ni siquiera saben hablar español.

—¿Qué tan atrás se fueron los lingüistas para generar esa gramática? ¿Códices?

—Tienen un patrón derivado de los tomos universales. Ahí toman grafías, escuchan como suena y lo van armando. Podríamos crear un idioma si quisiéramos. La palabra está viva, pues. Y todos podemos crear un lenguaje. Lo complejo en este caso es escribirlo. Pero a la gente de mi pueblo, particularmente, no le interesa escribir. Sobre eso hay un punto que me gusta: yo soy el primer poeta en escribir un libro de poemas en mè´phàà, pero no soy el primero en hacer poesía. Tenemos una tradición de narradores orales súper chingones.

—Es sabido cómo son los escritores en lengua castellana, pero me pregunto: ¿cuáles son las condiciones que definen al escritor en lengua indígena?

—Estamos entre dos mundos: el mundo de la oralidad y el mundo de la escritura. En el primero eres un narrador, alguien que sabe una historia y es bueno contándola. En el otro tienes que ponerte disciplinado, ajustarte a la lógica de la escritura, lo que es una ventaja y una desventaja porque las lenguas minoritarias, las llamadas indígenas, casi no tienen lenguas escritas; la ventaja es que cuando se logra escribir aumenta el conocimiento de los pueblos; y la desventaja es que, como son de tradición oral, a la hora de escribir una historia cambia porque la forma de narrar en el pueblo es distinta. Si yo te contara ahora una historia en el pueblo tendría que partir de los elementos con los que convivimos para meterlos en la narración, actualizarla de acuerdo al lugar y a quién la escucha. En cambio, en un libro tienes que elegir una de esas cosas. En un libro no partes de esos elementos y tú eliges el ambiente de tu narración, un ambiente que se petrifica en una página. En el pueblo, cada quien reproduce la historia a su manera. Las narraciones en los pueblos son dinámicas, vivas; tienen otro sentido de ser. Te digo: nunca les interesó escribir, pero son excelentes narradores orales. Con mirar el ambiente van agregando elementos nuevos.

 

3

Hubert conduce una motocicleta y arriba hacia la montaña de Guerrero con el viento estrellándose contra su rostro, ese viento entre húmedo y cálido que impera en uno de los estados más violentos del país. La moto es un escarabajo metálico que, dice, está bien vergas, y le sirve para contemplar el abismo cuando atraviesa las curvas cerradas. En lo alto, donde los campesinos subsisten del cultivo de Amapola, Hubert vuelve a casa luego de meses de respirar smog: charlas, presentaciones, clases, el espectro total de la vida urbana.

El escarabajo se abre brecha haciendo estruendo y espanta a las señoras recargadas en los muros; a los niños que juegan maquinitas en la penumbra de los tendejones, que de súbito voltean y abren los ojos como cerillos encendidos en la oscuridad. Hubert atraviesa la tarde como pretende atravesar el olvido y reivindicar la lengua con la que los hombres y mujeres que ahora salen de la milpa hablan de la lluvia, del brocal roto; con la que fusionan la risa de los animales nocturnos con su propia risa o con sus vidas y movimientos.

—Soy uno de los primeros que sale de la comunidad y se enfrenta al mundo de la academia, los festivales, la literatura. El hecho de que haya estado fuera franqueó un estatus de poder. La banda de mi pueblo ahora dice: a huevo, yo también puedo estar en ese festival. Y eso me hace feliz.

—Los pueblos más cabrones desaparecieron —agrega mientras se acomoda los lentes, bebe un trago de cerveza y mueve los dedos como si señalara los puntos precisos de un mapa invisible—, y los inteligentes, los que supieron dialogar, jugar sus piezas ajedrez, hoy perduran. Nosotros tenemos 700 años de resistencia y de no ceder. Nunca fuimos diplomáticos. Por eso estamos aislados en la montaña.

Sobre la preponderancia de la lengua indígena —por encima del español— durante el proceso de escritura, Hubert dice:

 —Escribo en mè´phàà porque, más allá del romanticismo, me parece un pedo político. Escribo por la rabia. Escribo en mè´phàà porque me lleva a emociones distintas y mundos mucho más extraños dentro mi memoria. Porque la lengua se mete y explora. Me atraviesa. En cambio, mi español es limitado: el español (incluso el que usamos ahora) es básico, un idioma que usamos solo para comunicarnos. Por eso no me alcanza el español para traducir el mè´phàà.

“Pienso que cada cultura va a entender la poesía en respuesta a una necesidad de su existencia. En mi lengua siempre se tiene que escribir para dejar constancia de un tiempo. Si no, ¿quién contaría la historia del pueblo? Sin historia no habría rituales, no sabrías por qué el conejo se unió a la rama de un chile, por qué el tlacuache tuvo fuego en la cola, por qué las serpientes formaron los cerros y trazaron los caminos hacia la montaña. Las historias marcan un tiempo de la existencia, y el que a nosotros nos tocó vivir como pueblos originarios ha sido un tiempo en el que nuestro pueblo ha sido excluido y ha sido sistemáticamente violentado. Ante esto, podríamos hablar de las estrellas, pero me parece una responsabilidad abordar la violencia que vivimos: de que llegan los narcos y nos desaparecen; de que las mineras se llevan nuestros recursos y acaban con el agua. Creo que ese es el tiempo que hay que marcar en la memoria; el tiempo que nos tocó vivir, que es un tiempo culero”.

En ese sentido, Hubert coincide con lo que plantea Francisco Javier Romero en su ensayo La literatura indígena mexicana en búsqueda de una identidad nacional (Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, 2010), donde se argumenta que las literaturas indígenas buscan una identidad propia, ajena a las construcciones que el Estado ha hecho sobre sus culturas. En el tránsito de lo oral a lo escrito, sostiene Romero, en particular en la poesía, se ha dado un proceso de resistencia cultural, que, si bien antes se centró en contar la época posterior a la conquista, actualmente se enfoca en “su seno terrenal para manifestar su existencia y exigir con su literatura un lugar en la nación que los vio nacer”. Como poeta, Hubert ha colocado una lupa sobre la marginación, la violencia y el rezago institucional que afectan a los pueblos originarios de Guerrero. Para él, escribir en lengua mè´phàà es un acto de resistencia.

 

4

Luego de impartir un taller de escritura en mè´phàà, Hubert notó que la gente de su comunidad comenzó a escribir sobre los problemas de los que él escribe: narco, violencia, represión política y pobreza. Comprendieron que esa realidad les pertenecía, que había que reflejarla.

—Reconocieron que se trata de un problema que, por encima de la poesía tradicionalista, tiene que ser evidenciado.

Por lo tanto, su caso dio una pauta creativa a los jóvenes escritores de la región, quienes, desde la lengua indígena, repararon en que ellos también pueden visibilizar los problemas de La Montaña, vivir de la escritura, viajar a los festivales, reproducir su realidad a través de la poesía y la prosa.

Con esto, Hubert se refiere a una suerte de “salto al exterior” que, como menciona Javier Romero, consiste en plasmar los sentimientos, la realidad y las exigencias desde la escritura indígena, pero con pleno conocimiento de la cultura nativa a la que pertenecen, así como de la cultura mestiza occidentalizada del mundo urbano latinoamericano.

—En mi caso he escrito sobre puros temas sociales— dice sobre este punto—. Mi primer libro habla sobre Ayotzinapa, en los siguientes he hablado sobre narcotráfico y los asesinatos. En mi tercer libro, el que ganó el premio, hablé sobre la trata de niñas. He intentado abandonar la idea romántica del indígena que ama la tierra, que solo escribe sobre ella. —Pone el puño sobre la mesa para remarcar una frase importante—. ¿Cómo voy a hablar de la tierra y el sol si vienen unos pinches sicarios y ejecutan niños en la montaña?

Argumenta que el establishment todavía no respeta sus costumbres. Dice que espera el momento en que puedan ser ellos mismos, con todo lo que implica culturalmente. No obstante, es realista y duda que suceda pronto.

—¿Cuánta banda armada perdió la vida en la lucha? Hemos luchado por años. Lo que nos falta es establecer alianzas. Las fronteras no sirven. A fin de cuentas, lo que todos buscamos es que los pueblos tengan autonomía en sus decisiones. Lo primero: su propio gobierno; lo segundo: una economía propia. Ambas cosas imposibles desde la visión occidental.

Finalmente habla sobre Nicaragua, donde vivió durante el año 2015 mientras realizaba una estancia de investigación.

—Cuando estuve en Nicaragua aprendí algo sobre los poetas: ellos hicieron la revolución sandinista. ¿Sabes quién mató a Somoza? Un poeta. Todos los poetas participaron en la revolución. Ahí quieren a los poetas, la gente sabe que dicen cosas que son ciertas, que van contra el poder, que hablan sobre las causas sociales. No son poetas acomodaticios y agachados, así como se entiende la poesía en algunas partes de México. Aquí el poder los institucionalizó. Los poetas se vendieron. Es una mafia que se ha perpetuado y que te dice “mejor no escriban sobre las condiciones sociales”. Sobre esto te digo: si vas a hablar de condiciones sociales, hazlo con estética, con reglas, con técnica, se trata, pues, de crear una consigna que por tan hermosa es imposible franquear o permitir que se la lleve el aire. Como los poetas de Nicaragua, como lo hizo el salvadoreño Roque Dalton.


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.
Imagen extraída del EPUB del “Aleph para máquinas”.

 

Reseñar o, mejor, llanamente escribir sobre un libro conduce al intento de inventariar, destacar para un hipotético lector tal o cual elemento del contenido. Sin importar la elección del tema, la calidad de la prosa, el ritmo, sabemos qué cosas podemos (o debemos) esperar, sobre todo si se trata de una narración. A veces parecería que esperamos obtener de la literatura lo mismo que esperamos obtener de un auto o de cualquier producto de consumo.

Es un error pensar en la narrativa como un orbe infinito del cual pueden extraerse siempre formas infinitas. Sería mejor pensarla como una cantera enorme, pero finita. Conflicto, voz y efecto entretenido: características de las que El Aleph para máquinas (Edición del autor, Text Jockeys, 2019) de Pierre Herrera carece y, en cambio, señala a través de un mecanismo que es su propia causa. Pequeñas esferas dispuestas sobre el espacio de la hoja como un intento de drenar el significado.

No es casual la elección del formato: EPUB de 437 KB. Tampoco la vía de publicación (autoedición digital), el medio de distribución (internet, redes sociales) ni la licencia de Producción de Pares. A pesar de que la literatura, como todo en el occidente capitalista, se enfrenta a la demanda de un gusto creado a partir de flujos económicos, un Aleph únicamente puede funcionar bajo su propia lógica.

“Signos que no son signos en tanto aluden a algo distinto de ellos mismos y, por lo tanto, poseen un estrato de inmaterialidad independiente del significado y el referente”. Asumamos, por ahora, la posibilidad de que en efecto se trata de una intervención del Aleph borgeano. A diferencia de los otros, la versión de Herrera no puede ser leída, al menos no convencionalmente. Puedes scrollear a través de la secuencia de formas, espacios y páginas, pero no leer. No hay nada que leer, aunque haya signos, le muestra cosas al lenguaje que este apenas identifica como bultos opacos: el intento de generar palabras choca.

Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio supone un pasado que los interlocutores comparten. Escribir ajeno no es nada nuevo en lo que toca a historia del arte; Borges, como sus coetáneos Fernández y Grombrowicz, masajea la idea de la escritura como meta en sí misma; la reescritura como ese orbe donde está contenido todo. Irónicamente, en el caso de los Aleph, el engordamiento levantó suficiente humo para encender las alarmas de la propietaria de los derechos de Jorge Luis Borges y hacerla reclamar lo que entiende por “pago legítimo”. Repasemos. La intervención de Pablo Katchadjian consistió en colar texto nuevo entre lo ya escrito por Borges. Experimento con resultados positivos, en especial, si consideramos los alcances a largo plazo: la sentencia, favorable a María Kodama, consistió en la multa simbólica de 1 peso, la cual el artista se niega a pagar.

“Después de escribirla vi que había algo de profanación, en el sentido de que la profanación es llevar algo de vuelta al mundo […]. Todas las profanaciones exigen un ritual, y el ritual siempre tiene que ver con el juego”.

Contra la literatura como una práctica de mercado, el plagio. Al contrario de la opinión de María Kodama —apoyada en las legislaciones internacionales sobre derechos de autor— es el primer autor, el original, el que comete el plagio porque es este el que se apropia del excedente de labor colectiva que produce el texto; el segundo autor, el que plagia al primero, lo único que hace es devolverle a la colectividad lo que el primero se apropió.

Todo lenguaje es un alfabeto de símbolos cuyo ejercicio supone un pasado que los interlocutores comparten; ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas abarca?

Quizá el Aleph no sea el lugar donde convergen todos los puntos, sino desde donde todo sale y se disipa.

Para la tradición del capitalismo no hacer sentido es todo menos deseable, precisamente porque el significado es un comodín indispensable para determinar qué es lo que sí y lo que no se puede decir. Chomsky afirma que no hay diferencia radical entre el lenguaje y el mundo. En contraposición a un mercado (editorial) que demanda contenidos decodificables, Pierre Herrera suelta una pregunta encaminada hacia la búsqueda de una práctica, una estrategia basada en la naturaleza compartida del lenguaje: algo que significa algo para alguien en algún lugar. En vez de letras, círculos, patrones, color. Inexactitud basada en la experiencia particular del espacio. El Aleph para máquinas reta las condiciones de la estructura de un libro, si bien no alcanza a superarlas. La estructura espacio-temporal del despliegue de un objeto legible persiste. Entre la búsqueda de coherencia y la elección de un formato, quizá lo más interesante suceda al pensar la escritura fuera del cajón de la literatura. Ahora es un libro, aunque podría no serlo. Mejor que no lo sea. ¿Y si reprodujéramos manualmente los patrones, fabricáramos tarjetas perforadas y las usáramos para crear sonido? ¿Escritura para máquinas análogas? ¿Podría ser partitura, notación, instructivo? Solo son ideas.

Por lo demás, el problema, como siempre, es la enumeración siquiera parcial de un conjunto infinito.


Autores
(CDMX, 1992). Es autor de Usted está aquí (Ed. Mantarraya, Mx, 2016) y Sin nada detrás (Periferia de escribidores, MX, 2019). Ha sido publicado en distintas revistas y sitios web como Letras Libres, Oculta Lit, Dolce Stil Criollo, Digo.palabra.txt, Low-fi Ardentía, El Humo, Al-Araby, Angel City Review, entre otros. Forma parte del Lhabloratorio Colectivo. Fue becario del programa Jóvenes Creadores del FONCA en el periodo 2017-2018.

 

Creer que uno se vuelve loco y creer que uno se muere son experiencias terapéuticas y sanadoras, por más extravagante que parezca.

Antonio Escohotado

 

En el fondo, todas las familias son disfuncionales. Siempre hay desacuerdos, resentimientos o frustraciones que permanecen ocultos y, por lo general, los implicados se van a la tumba con ellos. La falta de comunicación crea un malestar constante que suele llenarse con más silencio.

“Quizás ese sea el motivo de este viaje, aliviar ese malestar”, pienso cuando la imponente sinuosidad del río Putumayo, afluente del Amazonas, aparece cinco mil metros por debajo de mis ojos. Es una enorme serpiente dorada que atraviesa la espesura con decenas de riachuelos ondulando a cada lado. Voy a bordo de un pequeño avión ATR 42 junto a mi familia —padre, madre y hermano— mientras oigo el ruido de las hélices disminuir su intensidad. Comienza el descenso. También viajan con nosotros mi cuñada y su mejor amiga, ambas estadounidenses. Nos dirigimos hacia Puerto Asís, en el bajo Putumayo.

Este viaje familiar no es un paseo tradicional. No venimos a dormir plácidas siestas o a beber mojitos frente a un paisaje amable y doméstico, sino a internarnos en la selva amazónica para participar en una ceremonia de ayahuasca. Días antes habíamos comenzado una rigurosa dieta sexual y alimenticia que dispuso nuestros cuerpos para recibir el yagé, el brebaje ancestral, de la manera más apropiada posible. Mi hermano y yo ya hemos tenido varias experiencias con el bebedizo y creemos que es importante incluir a la familia en ese proceso. Convencer a mis padres, que están separados desde hace más de diez años pero siguen manteniendo una muy buena relación, no fue nada fácil debido a su educación religiosa, conservadora, y sobre todo por su miedo al qué dirán. Pasamos horas tratando de deshacer los mitos y prejuicios que la mala prensa, las habladurías y los estafadores han creado en torno al uso de esta planta.

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—¿Pero y qué pasa si no vomito? ¿Me muero? —preguntaba mi papá, irónico y condescendiente.

— ¡No, no! Lo más normal es vomitar pero hay excepciones… Y las pocas muertes por sobredosis fueron provocadas por plantas ajenas a la ayahuasca y ocurrieron por culpa de gente irresponsable que lo tomó y lo suministró sin ningún conocimiento, sin dieta y en ambientes ajenos a la bebida…—respondí, eligiendo con cuidado mi tono y mis palabras. —En estas ceremonias todo está bien organizado.

—Yo no quiero chiflarme ni ver elefantes rosados— replicó mi mamá, provocadora.

—Nadie se vuelve loco con la ayahuasca, solo en extraños casos puede despertar la enfermedad latente de una persona. A veces uno cree que se vuelve loco, y después, con el tiempo, se acuerda y le da risa. De hecho, la mayoría de las alucinaciones suceden cuando tienes los ojos cerrados, y en el fondo son construcciones de tus propias emociones, las verdades reprimidas de tu mente —cerró magistralmente David, mi hermano, biólogo de formación y artífice del viaje.

Él planeó los pormenores de nuestro recorrido, consiguió el alojamiento en la casa del Taita Oso, un reconocido chamán de la amazonía colombiana, y nos anunció que la ceremonia estaría presidida por su tío, el Taita Querubín, líder espiritual del pueblo Cofán conocido como el “mayor de los mayores” por sus ciento seis años de edad. Asentada en el bajo Putumayo, entre la frontera que separa Colombia y Ecuador, esta ignorada etnia[1] se cuenta como un número más dentro de los 102 grupos indígenas de Colombia y sobrevive desde hace siglos en un territorio fuertemente golpeado por varios frentes: por un lado, el atroz conflicto armado que no termina del todo; por el otro, la acción invasiva de las compañías petroleras; y para completar, las decenas de grupos narcotraficantes que operan sus laboratorios en los alrededores.

Este triple foco de violencia ha traído innumerables situaciones dramáticas: desde la destrucción del patrimonio cultural autóctono, pasando por la explotación organizada de sus pueblos bajo el yugo de las multinacionales, hasta llegar al reclutamiento y la muerte “accidental” de miles de jóvenes campesinos e indígenas, víctimas y actores en el fuego cruzado del país. De hecho, la comunidad indígena Siona, vecinos del pueblo Cofán, ha sido declarada en peligro de extinción como víctima de los combates entre las FARC, los paramilitares y el ejército colombiano[2]. Para completar, la construccion de un oleoducto transfronterizo por parte de la compañía inglesa Amerisur, y su versión ecuatoriana, Petroamazonas, ha recrudecido los enfrentamientos. Resulta indignante que la Agencia Nacional de Hidrocarburos, adscrita al Ministerio de Minas de Colombia, haya otorgado una concesión sobre un territorio declarado área protegida y resguardo indígena. Como es de suponer, los gobiernos de Colombia y Ecuador defienden los intereses de la petrolera, mientras los grupos insurgentes asientan minas antipersonales en la tierra y amenazan a los indígenas con tomar represalias si ayudan al bando enemigo.

***

Al bajar del avión siento una patada de viento caliente en la cara, como si entrara de repente a un baño turco y su vapor me asfixiara enseguida. Recogemos nuestros morrales, ligeros como nos habían recomendado, y salimos del aeropuerto hacia la plaza central del municipio. Son las once de la mañana y el bochorno se extiende aunque el cielo está bastante nublado.

Puerto Asís es una pequeña comunidad ubicada a ochenta kilómetros de Mocoa, la capital de la región. Desangrada por la violencia y al margen de la mano del gobierno, este caserío subsiste miserablemente pese a la vasta cantidad de dinero que representa la extracción de petroleo, la minería y la siembra de hoja de coca. Caminamos entre casas a medio construir, mercados erigidos en medio del fango y calles mal pavimentadas que se inundan con el más tímido chubasco. Mientras nos adentramos, vamos sintiendo la intensidad del olor a gasolina, que es el producto más barato del sector y explica por qué todo el mundo anda en motocicleta.

Mis padres caminan atrás, a paso tranquilo, y conversan como dos buenos amigos. Después de un noviazgo de una década, un matrimonio católico de veinticinco años y una empresa de comercio de quince (con dos bancarrotas), habían terminado por separarse. Se mantuvieron a distancia por tres años y luego decidieron reconstruir su relación como padres de dos hijos y, sobre todo, aliados en su día a día. Mi madre comenzó a trabajar en una tienda de artesanías y ha salido con otros hombres sin poder hablar de un noviazgo; mientras que mi padre entabló una nueva relación, tuvo una hermosa niña —que ahora tiene poco menos de tres años— y continuó con el comercio de frutas. Me da gusto verlos compartiendo tiempo de calidad, pero al percatarme de que vamos tarde, los apuro un poco.

La plaza central de Puerto Asís es plomiza como el resto del lugar. Solo sobresale un monumento compuesto de tres estatuas de cobre; un soldado con el rifle arriba, un colono mirando al horizonte y un cacique con su atuendo ceremonial. En su base se lee “Centenario de Puerto Asís”. Al atravesar la plaza nos abordan varios conductores y ayudantes de transporte ofreciéndose en llevarnos.

—Vamos para Orito —digo, tímido, pero más me tardo yo en hablar que uno de los ayudantes, el más avezado, en agarrar mi maleta y proponer una tarifa de grupo. Aceptamos sin convicción pero con ganas de seguir nuestro camino. En menos de cinco minutos estamos dentro de una moderna Van gris que se interna en el follaje.

***

El paisaje que encontramos frente a nosotros es desigual. Pasamos, de una carretera semi-pavimentada a una trocha enlodada, y luego a un sendero arenoso con pedrusco en varios tramos. A cada lado nos cobija una arboleda de yarumos y cedros macizos. A veces se ven potreros con humildes casonas donde se practica la ganadería. Entonces recuerdo esos extraños huecos que había visto desde el avión cuando miraba la selva. Pienso en una larga conversación que sostuve con mi hermano acerca de la ganadería. Según él, a pesar de los beneficios materiales y la activación económica a corto plazo que genera esta práctica, conlleva una serie de graves problemas como la deforestación, la erosión de los suelos y un desperdicio de agua descomunal. De acuerdo con el DNP (Departamento Nacional de Planeación), Colombia tiene 6,6 millones de hectáreas de tierra irrigable. Sin embargo, solo se utiliza el 3% de las hectáreas con potencial para las plantaciones y el 23% de tierra apta para actividades agrícolas, mientras que en la ganadería se usa el doble de terreno[3].

Los altibajos del camino me provocan un mareo cada vez más fuerte. Siento como si estuviera sobre una balsa, como si navegara por el mar agitado. En la parte delantera de la camioneta, mi madre y mi padre hablan, divertidos por la hermosura del panorama. A mi lado, mi hermano, su esposa y su amiga, duermen tiernamente.

Poco antes del atardecer le pido al conductor que se detenga porque ya no aguanto más. Bajo de la camioneta, avanzo unos pasos hacia la zanja y trato de tomar un poco de aire. En ese momento escucho un ruido profundo que resuena fuertemente y continúa zumbando dentro de mi cabeza: es el canto agudo y sostenido de cientos de pájaros. Todos los demás salen del vehículo y observan el espectáculo. Delante de nosotros hay una ciénaga poblada por garzas blancas —garcillas bueyeras, según averigüé más tarde— y coronada con altas palmeras. Al observar detenidamente, nos percatamos de que las ramas de los árboles albergan decenas de estas aves y el color plateado de sus plumas se funde con el de las nubes pálidas.

—Esos pájaros siempre vienen aquí en esta época del año. Todas las tardes se ponen a cantar. —dice el conductor.

—Seguramente las ciénagas y los pantanos les sirven de humedal… —explica mi hermano.

Entonces una leve llovizna que se acercaba desde las montañas comienza a rocear la zona. El sol termina de caer y se oculta tras la cordillera. Un arcoíris de postal se pinta en nuestro panorama. Regresamos al auto y seguimos avanzando hacia Orito. Yo he olvidado mi náusea por completo.

***

Orito es un lugar desconocido para el mundo, excepto quizás por una marcha multitudinaria realizada en 1996 por diversas comunidades campesinas e indígenas —Cofán y Siona, entre otras— para protestar por el ausentismo del gobierno, las minas antipersonales[4] en el territorio, las consecuencias de las fumigaciones con glifosato sobre los cultivos y los habitantes del sector. El dilema se resume en una frase de los afectados: …aquí la coca ha sido Ministerio de Educación, de Salud, de Agricultura, etc. En pocas palabras la mata de coca aquí ha sido el estado.[5]

Esa noche nos quedamos en uno de los tres hoteles de Orito. Es un pequeño edificio de ásperas baldosas, paredes blancas y algunas plantas, que huele a limpiador floral barato. No vamos a cenar afuera, solamente comemos unas manzanas y tomamos jugo, pues lo más recomendable es acentuar la dieta los días anteriores a la ceremonia para facilitar el paso de la ayahuasca por el estómago. Cada habitación tiene dos camas así que nos repartimos en parejas y yo comparto el cuarto con mi padre. Antes de dormir, él enciende la televisión como es su costumbre desde que lo conozco. Yo trato, sin éxito, de avanzar en mi lectura de Las Cartas de la Ayahuasca, una serie epistolar con la que William Burroughs y Allen Ginsberg dan cuenta de sus correrías en Colombia, Panamá y Perú durante la primera mitad de los años cincuenta. Pocos minutos después, escucho los suaves ronquidos de mi padre. Tomo el control del televisor y bajo el volumen cuidando en dejar un sonido perceptible para no despertarlo. Observo el gesto de vulnerabilidad en su cara, expuesta a la luz blanca del televisor. Sus arrugas se acentúan como esas pequeñas comisuras de un tronco que la lluvia y el viento van formando poco a poco. Intento recordar su rostro cuando estaba joven, pienso durante unos minutos en la muerte y en el inevitable temor que se antepone a su aceptación. Comprendo que cuando lo tome, el yagé me hará regresar a esa fuente de angustia.

***

Al día siguiente nos levantamos y nos preparamos temprano. A las diez llega Luis, uno de los asistentes del Taita Querubín, en una vieja camioneta Ford bien equipada para la trocha. Calvo, de rostro bonachón y ojos negros, Luis nos sonríe y le da un abrazo a cada uno de nosotros, como si nos conociera desde antes.

—¡Qué maravilla! Toda una familia que viene a tomar remedio. —Sentencia. Suban sus maletas y acompáñenme a buscar unas cosas para la casita.

Yo prefiero viajar en la parte trasera de la camioneta para tomar un poco de aire. Pasamos rápidamente por el mercado, subimos un kilo de naranjas, cinco garrafas de agua y varios bultos de verduras. Luego vamos a la plaza, donde recogemos una pareja que también viene a la ceremonia y salimos de ahí. La trocha que se adentra en la selva no es tan hostil como uno podría imaginarse. De hecho, los caseríos aledaños están bastante bien conectados a pesar de los problemas de agua potable y electricidad que vive la comunidad varias veces al año. Al atravesar uno de los tres puentes que dejamos atrás, veo un grupo de colegiales que caminan, probablemente hacia sus casas. Uno de ellos saca un smartphone y me toma una fotografía, mientras mi figura va alejandose en la camioneta. Pienso en hacer lo mismo, pues los jóvenes conforman un bello cuadro vespertino junto a la espesura y el río abajo, pero al final me arrepiento.

***

Foto por Camilo Rodríguez

Foto por Camilo Rodríguez

A juzgar por la posición del sol es mediodía cuando llegamos a la casa del Taita, una finca rodeada de árboles de más de cincuenta metros de altura que se encuentra junto a una especie de ciénaga. La humedad es tal, que en cuestión de diez minutos estoy empapado en sudor. Bajamos las maletas, la comida y entramos al hermoso terreno, de aproximadamente una hectárea de extensión. El espacio está dividido entre un alojamiento grande, una cocina al exterior con dos comedores, unos inodoros para el baño y una zona cubierta junto a la pradera, lugar que parece destinado a las fogatas y reuniones. En la parte posterior hay una casona donde los artesanos exhiben sus collares, pulseras, una bella pedrería y algunas prendas de ropa con diseños alternativos. Al lado, un hermoso lago da hacia un follaje verde y profundo que no termina nunca. Un zumbido constante, provocado por millones de insectos y animales, vibra alrededor y envuelve toda el área.

El alojamiento es un amplio espacio cubierto con un techo de zinc que intensifica el calor al recibir el impacto del sol. Tiene unas sesenta hamacas colgadas, unas junto a otras, divididas en dos hileras que marcan la separación entre hombres y mujeres. Mi padre saca de su morral una hamaca industrial que me pasa y me ayuda a colgar de ambos lados. luego, yo le devuelvo el favor. Me detengo varias veces para secarme el sudor, o siquiera para escurrirlo. Del otro lado, mi madre, mi cuñada y su amiga realizan la misma operación. Finalmente, cada uno se acuesta en su hamaca para probarla. Por un momento me pregunto cómo será pasar la noche en el mismo espacio con decenas de desconocidos bajo el efecto de la ayahuasca. Me consuelo pensando que en situaciones así uno abandona sus manías y, por simple pragmatismo, regresa a su funcionamiento más natural.

***

La reunión comienza hacia las tres de la tarde. Somos unas cincuenta personas, sobre todo colombianos. Hay también algunos ecuatorianos, argentinos, un par de australianos, estadounidenses y, desde luego, venezolanos. De todos ellos podría decirse, a priori, que son viajeros en busca de sensaciones y experiencias profundas, en su mayoría personas de carácter sereno, comprendidos entre los 25 y los 50 años y tienen una clara inclinación hacia la espiritualidad. También nos acompañan algunos familiares del Taita, miembros de la etnia Cofán y varios ayudantes para la ceremonia. Todos estamos reunidos en el prado, frente al alojamiento. La noticia del día es la llegada de Querubin Queta Alvarado, el reconocido chamán y respetado líder social de 106 años de edad cuya sola presencia es un símbolo tan poderoso que funge como bisagra entre campesinos, pueblos indígenas y agentes del gobierno comunitario. Según Luis, el Taita no tardará en llegar, pues el avión que lo lleva a Puerto Asís ya había despegado.

—Buenas tardes para todos —empieza el Taita Oso, un hombre afable, alto y corpulento que lleva muy bien su sobrenombre y viste una camisilla blanca y un collar repleto de semillas y adornos de chaquiras—. Hoy estamos reunidos para tener nuestra ceremonia de yagé con el taitica Querubín, el mayor de los cofanes.

En ese momento, me percato de que mi cuñada, Stephanie, y su amiga, Lindsay, tendrán problemas para comprender lo que dice el hombre, pues a duras penas articulan frases en español. Entonces, comienzo a realizar una traducción simultánea bastante limitada por mi inglés mediocre.

—En el campamento contamos con todo lo necesario para brindarles una buena asistencia durante la toma. Cualquier cosa que necesiten pueden consultarme a mí o a otro ayudante de la casa —continúa el Taita Oso.

—Les recordamos a las mujeres que tienen o tuvieron recientemente su luna, consulten con la abuela y se den un baño especial con hierbitas si quieren participar de la ceremonia… Comenzaremos en las horas de la noche, mientras tanto pueden descansar en las hamacas —culminó.

Brevemente, explico a Stephanie y Lindsay algo que seguramente mi hermano ya les había advertido: la tradición de la ayahuasca quiere, en algunas tribus como la cofán, que la mujer se abstenga de tomarla cuando tiene su menstruación. Según varios chamanes y ayudantes de los rituales, eso se debe a que la presencia del flujo sanguíneo en el cuerpo de la mujer lo calienta de tal manera que sus emisiones de temperatura y su carga energética —con el mismo principio termodinámico en que se basa la práctica del reiki— ejercen un efecto negativo sobre el Taita. Sin embargo, también he oído decir a otros practicantes de los rituales de ayahuasca, menos afianzados a la tradición ancestral, que las razones de esta proscripción pasan por relaciones de poder y dinámicas de dominación patriarcal.

Stephanie y Lindsay se van inmediatamente hacia el alojamiento, por lo cual entiendo que alguna de ellas, o quizás ambas, tienen su período en esos días. El sol se esconde tras las montañas y la ceremonia no tarda en comenzar.

***

La ayahuasca es un bebedizo de color marrón preparado a partir del arbusto de la Chacruna (Psychotria viridis) y las lianas del Bejuco de oro (Banisteriopsis caapi). Es difícil precisar el momento exacto de sus primeros usos, pero el reporte más antiguo de las ceremonias está registrado en La historia de las misiones de la compañía de Jesús, un informe escrito por el teólogo e historiador español José Chantre y Herrera, en 1637. Su nombre en quechua, ayawaska, significa “la soga de los espíritus” y evoca un mito de diferentes cosmovisiones amazónicas según el cual esta medicina posee una soga que permite al espíritu salir momentáneamente del cuerpo sin perder su vínculo esencial.

Producto de una juiciosa cocción líquida, la bebida toma la textura espesa de un jarabe de color marrón pero se diluye en agua para facilitar su ingestión. Cuando no se combina con miel, su sabor es extremadamente amargo y puede ser difícil de tragar. Su poder psicotrópico viene de una sustancia vegetal llamada Dimetriltriptamina, conocida como DMT —que puede conseguirse en forma de polvo para fumar, con un potente efecto alucinógeno de poca duración—. Según el psiquiatra norteamericano Rick Strassman, el DMT se produce naturalmente en el cuerpo humano —en la glándula pineal—, especialmente en momentos de umbral como el orgasmo y la muerte[6]. En un sentido estricto, la ayahuasca no es una sustancia alucinógena, sino enteógena, esto quiere decir que las visiones provocadas por ella son percepciones internas —no externas— y se producen al tener los ojos cerrados. Este poder evocador e introspectivo recuerda el espléndido pensamiento de Jung: La iluminación no se alcanza fantaseando con figuras de luz sino haciendo consciente la propia oscuridad[7].

La ayahuasca es una puerta de entrada hacia una experiencia metafísica, es la intersección entre lo biológico y lo trascendental, así como una fuente extraordinaria de autoconocimiento. Sin embargo, sus atributos demandan un uso responsable, en condiciones apropiadas, y con el respeto que merece una planta de semejante potencia. Utilizada en tratamientos contra la depresión y el alcoholismo, la planta despierta por igual las dudas, las angustias y los miedos más profundos arraigados en la psique de un ser humano. Quizás debido a esto, también Jung solía advertir después de sus estudios con LSD y mescalina: Ten cuidado con la sabiduría que no te has ganado[8]. Desde luego, la ayahuasca no es una panacea. Tampoco se trata de una solución permanente a todos los conflictos internos de una persona. Al contrario, es más bien una exposición, una revelación de tales conflictos. Por esta razón, la claridad del propósito y la convicción son fundamentales para tener una experiencia enriquecedora y provechosa.

Hacia las nueve de la noche aparece el Taita Querubín. Es un hombre moreno, pequeño, de ojos semirrasgados, un rostro amable y pueril que me hace pensar en un bebé oriental. Demuestra esa vejez tenue que acompaña a los varones a partir de los setenta años y permanece plasmada en su cuerpo por el resto de sus días. Viste varios collares, entre ellos uno compuesto de dientes de tigre. Su cabeza está adornada con un hermoso penacho de plumas coloridas. Todo está listo, y después de una oración conjunta en la cual nos deseamos una hermosa ceremonia y mucha fortaleza, comienza el ritual.

Se forman dos filas, una de hombres y otra de mujeres. A la cabeza de cada una se ubican los asistentes o allegados de la comunidad Cofán, seguidos de las personas que ya han bebido ayahuasca en otra ocasión. Al final van los primerizos, como mis padres y Lindsay. Mientras espero en la fila comienzo a sentir un vacío punzante en la boca del estómago, esa profunda sensación de nerviosismo que me aborda cuando voy a presentar un examen importante, cuando voy a entrar en contacto con una mujer que me gusta mucho o segundos antes de lanzarme por un tobogán. Esta ansiedad me embarga porque la ayahuasca siempre entrega una experiencia nueva, majestuosa o demóniaca, y nunca se sabe con seguridad qué va a ser. Trato de pensar en otra cosa, intento concentrarme en la pregunta, el propósito, o el asunto esencial de mi vida que quiero indagar y comprender tras la ingestión del bebedizo. Pienso en mi presente y decido preguntarle al Yagé si estoy en el lugar indicado o si debo buscar otros horizontes.

En el centro del alojamiento, el Taita Querubín y el Taita Oso ofrecen la medicina. Avanzo poco a poco hasta llegar a los chamanes. El Taita Oso sirve un poco menos de media taza en una totuma de madera y el Taita Querubín bendice con oraciones y conjuros el recipiente antes de ponerlo en mis manos. Lo recibo respetuosamente y lo bebo de un solo trago. Su amargura es tan impresionante que retuerce mis nervios, me pone la piel de gallina. Tomo un poco de aire y salgo del alojamiento de inmediato. Siento un mareo que me hace tambalear al dar los primeros pasos y recuerdo el incomparable poder embriagador de la bebida. Busco un cigarrillo en el bolsillo de mi saco para espantar el sabor de mi boca. Levanto la vista e intento ver las estrellas pero una gran nube lo impide. Luego de encender un pielrroja me dirijo con cuidado hacia el descampado.

***

Ya en la pradera veo a mi padre calentando sus manos frente a la fogata. Me acomodo junto a él, y le pregunto cómo está. Responde que bien, que solo siente un leve mareo. Al poco tiempo se nos une mi hermano, que viene con una sonrisa dibujada en la cara. Durante varios minutos los tres nos quedamos hipnotizados observando el fuego, esa inacabable fuente de crepitaciones y magia, como años antes permanecimos noche tras noche frente al televisor después de cenar. Era un silencio parecido, quizás menos fraternal y sincero que el de ahora.

Dos jóvenes llegan y se sientan en un tronco que yace acostado delante de nosotros. Uno de ellos saca su armónica y empieza a sonar una melodía sutil y dulce. Pienso de nuevo en mi padre, que hace poco volvió a ser papá ya que, como expliqué antes, su novia dio a luz a Sofía, una hermosura que ya tiene casi dos años de edad y que, más que mi hermanita, yo la veo como a mi ahijada. Me resulta hermoso y noble que mi madre, lejos de una reacción previsible, no solo haya aceptado sin problema ese hecho, sino que además haya consagrado una relación de amistad tan fuerte con mi padre y su novia después de su separación. Es una fortuna tenerla con nosotros en este viaje familiar y ver el amor tan especial que le profeza a Sofía, un amor semejante al que siente por sus propios hijos —mi hermano y yo—. Entonces la veo llegar justamente a ella, mi madre, desde el alojamiento. Seguramente acaba de beber y debe estar sintiendo los primeros efectos de “la chuma”, como muchos llaman a la borrachera de la ayahuasca[9].

—Hola, má. ¿Cómo vas? —pregunta mi hermano.

—De maravilla, mi amor —responde—. Deberían ponerse algo más abrigado y venir a dar una vuelta —Nos invita a los tres.

Me parece una buena idea. Al levantarme, el mareo es más leve que antes pero ya siento el yagé circulando por mi estómago, removiendo lugares insospechados de mis intestinos y mis tripas. Mientras paseamos los cuatro en grupo, vamos conversando un poco. Mi padre repite que no siente nada extraño por el momento, apenas una leve impresión de ebriedad. Mi madre, en cambio, está muy animada y habla de la hermosa noche pese a que el cielo sigue bastante nublado. Vemos a muchas personas caminando directamente hacia sus hamacas, y algunos pocos saliendo a buscar el aire y el calor de la fogata. El sonido de los insectos sigue latente, como un telón de fondo que mantiene la atmósfera selvática y el olor de la humedad en el aire.

Llegamos al lago que está frente a la casona de los artesanos. Entonces viene Stephanie, que se había quedado hablando con la joven australiana después de la primera toma. Nos cuenta que Lindsay está en su hamaca y dice no haber sentido nada de nada. Sin embargo, Stephannie y mi hermano la conocen bien, aseguran que una experiencia como esta la puso frente a algo que no puede controlar y eso la asusta tanto que se ha refugiado en la negación.

—¡Hijos, Hijos! ¡Miren allá arriba! —exclama mi madre casi gritando.

Levantamos la cabeza y nos encontramos con una asombrosa bóveda de un negro profundo que parece espolvoreada con esquirlas doradas. Las nubes han quedado atrás y ahora los astros brillan con tal intensidad que mis ojos comienzan a tejer visiones. Serpientes coloridas sobrevuelan el cielo a la velocidad de una estrella fugaz. Fascinada, mi madre ríe de contento. Por un segundo me pregunto si comparte conmigo la alucinación que me deslumbra.

—¡Miren, hijos! ¡Miren! —Repite, pero esta vez viene uno de los asistentes del Taita y nos advierte que hablemos más bajo porque muchas personas están descansando en el alojamiento. Mi madre se disculpa con el rubor de un niño que ha hecho una travesura. Luego se frota los brazos, trata de cubrirse más con el manto que lleva puesto y nos repite que vayamos a ponernos algo para el frío.

—Ella es la que tiene frío y ya nos hizo abrigar a nosotros —responde mi padre.

Todos reímos, tratando de hacer el menor ruido posible. En ese momento siento un leve retortijón en el abdomen y comprendo lo que eso significa. Le aviso a mi padre que voy a vomitar y me interno en el follaje, cuidando de usar mi linterna para hallar un lugar apropiado. Encuentro unos arbustos pequeños a unos cuantos metros del lugar y me pongo en cuatro patas. Las palmas de mis manos se mojan al tocar la hierba. Oigo en los alrededores a otras personas que ya están vomitando. Una extraña emanación tenebrosa me rodea. Miro hacia el suelo y advierto una vieja alucinación que me alteró mucho durante mis primeras ceremonias de yagé: es una mujer que lleva un vestido largo y el cabello suelto. De repente, la mujer abre sus ojos y desde todos sus poros comienzan a brotar millones de gusanos que se revuelven, amenazantes. Pese a la potencia de la visión, me calmo fácilmente porque ya conozco esa alucinación y no puede asustarme de nuevo. Entiendo que ha empezado el proceso en que los neurotransmisores de la ayahuasca se activan en mi cuerpo y una lucha psicológica de mi mente contra mis propios miedos —desde los más superficiales hasta los más vívidos—se va a librar durante las próximas horas.

Un potente chorro de vómito sale disparado desde la boca de mi estómago y cae en la base de los arbustos, salpicando un poco mis manos y mi mentón. Entonces siento una música primitiva, muy similar a la producida por el birimbao —o arpa de boca—, envolviendo los rincones de mi mente. Me hago consciente de los pixeles o puntos microscópicos que componen las imágenes que observo. Veo surgir y desaparecer sucesivamente por cada uno de esos puntos unos signos tribales semejantes a los escarabajos. De pronto me sorprendo a mí mismo diciendo sucesivamente palabras en inglés y francés, lenguas que conozco pero que no utilizo naturalmente. Mi ritmo cardiaco se acelera y entonces recuerdo mis primeras ceremonias, en especial una con el Taita Universario Queta, chamán de la misma etnia, quien me dio un consejo y me reveló una verdad a la cual me aferro como un amuleto en momentos difíciles: “Siempre hay que estar parado en la raya, amiguito…” me dijo una noche como aquella en que no podía sobreponerme a la sugestión de mis alucinaciones y estuve tiritando y lanzando leves quejidos durante horas. En esa misma ocasión, horas más tarde, Universario me descubrió un secreto que a la vez es un dato sencillo y una verdad esencial: Ti suiyivi, me dijo, al calor de la fogata, lo que en su lengua natal se traduce como “Estoy solo”.

Me reconforta pensar en la presencia espiritual de varios chamanes, ancestros y parientes de la comunidad Cofán, intuyo sus fantasmas revoloteando por toda la casa y protegiendo la ceremonia. Recuerdo que el término “chamán” —que proviene de una etnia siberiana y se asimila a la palabra pajé—, significa “el hombre que encarna toda la experiencia”[10] y entiendo, o creo entender, que en las experiencias rituales la colectividad reencuentra su unidad y todos somos uno.

Entonces una segunda contorsión me empuja a vomitar. Esta vez expulso el resto del líquido que había ingerido. En ese momento percibo la dilatación de mis pupilas y comienzo a visionar la imagen de varias personas, una encima de otra, como si fuera un collage infinito y en movimiento. Comprendo que son personas que se encuentran en otros espacios y momentos, no los logro identificar pero entablamos una estrecha conexión, un vínculo profundo que rebasa los sentidos y se parece a eso que Jung llamaba la percepción extrasensorial.[11] En resumen, siento como si mi cuerpo fuera un órgano más del macrocosmos conformado por ese grupo de gente. De pronto la visión se deshace y da lugar a otra más potente: distingo una inmensa central tecnológica en donde cientos de seres humanos sentados en sillas, rodeados por computadores y pantallas se encuentran ensamblados a una serie de dispositivos electrónicos. Todos tienen la boca completamente abierta, que está ocupada por una ancha sonda magnética y los conecta con los aparatos. Sus ojos también permanecen abiertos, percibiendo las gamas multicolor de un prisma que sale de las pantallas y los mantiene en estado de alienación. Unos tratan de hablar pero sus bocas están completamente llenas, saturadas, sin espacio alguno para articular palabra.

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***

No estoy seguro de cuánto tiempo transcurre mientras permanezco postrado en cuatro patas. Calculo que pasan entre veinte minutos y media hora. Escupo los últimos rezagos de líquido en mi paladar. Siento que vienen desde lo más hondo de mis entrañas, que siguen removiéndose y dan paso a un inmenso alivio. Entonces el olor a tierra me parece más profundo que nunca. Respirar por la nariz o por la boca se ha vuelto delicioso, pues el frescor del aire es tan dulce como antes fue amargo el brebaje. En ese momento oigo un canto que se acerca poco a poco, y aparece el taita Oso. Ese hombre enorme, de figura imponente, pasa delante de mí y sopla un sahumerio de hierbas en mi cara. Luego canta un rezo y su voz llega a lo profundo de mi angustia y la apacigua. Enseguida mi madre pasa a ver cómo estoy y, desde el suelo, le hago entender que todo va bien y le pido que me deje solo. Hago un esfuerzo para mirar a mi padre, a lo lejos, que también recibe el mensaje. Sigo postrado un buen rato. Me siento ligero y tranquilo. Una reconfortante brizna me espolea. Vuelvo a oír el amable zumbido de los insectos. Al fondo, la suave música de la armónica conserva la atmósfera ritual —y yo pienso que es la calma que sucede a la tormenta—.

Después de unos minutos me limpio la boca, me incorporo y regreso con mis padres, que han vuelto a sentarse junto a la fogata. Mi madre luce cansada. La abrazo, le repito que no hay de qué preocuparse y me disculpo por haberla alejado hace un rato. Soy consciente de una leve repulsión que me provocan su instinto y su fuerte apego maternal. Ella me cuenta que vomitó y se siente mejor, pero dice que no quiere irse a dormir sabiendo que nosotros seguimos despiertos. Agrega que Stephannie se fue a recostar en la hamaca y que Lindsay por fin sintió el efecto de la bebida.

—La niña está contenta, está hablando con la abuelita, la esposa del Taita —me dice.

—Tu hermano ya vomitó la segunda y ahora va por la tercera —anota mi padre, inquieto. Lo miro a los ojos y sonrío. Alcanzo a percibir la música de una guitarra que proviene del alojamiento.

Dejo atrás a mis padres, que continúan hablando entre ellos. Doy unos pasos y me doy cuenta de que he recuperado el equilibrio. Al entrar en el recinto admiro la luz tenue de varias velas que ilumina el lugar con un fulgor naranja. Hay un grupo de seis personas conformando un semi-círculo alrededor del Taita Querubín. Mi hermano y Stephanie están entre la audiencia. Un joven que luce una cola de caballo y viste una ruana de lana dirige la melodía con su rasgueo galopante. De pronto, su canto nítido y afinado esparce un buen ánimo en el lugar. Su canción es de una belleza inocente, de una poesía hermética como la de tantas canciones fraternales que se entonan en las ceremonias religiosas:

Busco caminos colmados que sean directos,
los pastos creciendo, los bosques mojados, todo en perfección.
Tierras que marcan los pasos, no existen fronteras
y abres las puertas de tu percepción
Cuando llegue la tormenta, a tus raíces vuelve
sembradas soportarán la conmoción.

Por un momento siento que el ritmo de la música envuelve todo el lugar, como si la energía de las personas que están allí, aunque reposen en sus hamacas, aunque apenas se enteren de lo que sucede, se uniera en una poderosa tonada ceremonial. Mi hermano canta animado, Stephanie sonríe y aplaude. La temperatura de mi cuerpo aumenta y siento un golpe de ebriedad creciendo adentro de mí. El aura del Taita alcanza una intensidad increíble, su presencia irradia una devoción para mí desconocida hasta entonces. De pronto empiezo a zapatear y la alegría me invade por completo. Por fin entiendo que la comunión de las gentes en torno al ritual no es solo una idea romántica, que los cuerpos realmente entran en la misma frecuencia gracias a la música y al canto.

De pronto, el Taita Oso llega al alojamiento y el Taita Querubín se levanta muy despacio con la ayuda de un asistente. Ambos se reúnen en la esquina donde hay una olla grande con la preparación de ayahuasca y comienzan a servir otra toma. Varios se dirigen a recibir el remedio mientras el joven de la cola de caballo no para de tocar la guitarra. Mi hermano invita a Stephanie pero ella se niega. Luego me mira a mí. Yo no quiero ir pero en el fondo sí quiero. Finalmente me decido y lo sigo. Lo observo beber con un poco de dificultad, espero hasta que el Taita Oso me llama. El hombre me sonríe paternalmente, me sirve una taza, esta vez menos llena que la anterior, y me la vuelvo a beber de un solo trago. Entonces recibo las bendiciones del Taita Querubín y regreso donde estaba para seguir disfrutando la música.

Algunas personas se levantan de las hamacas y van por su segunda toma. Mientras hacen la fila, observo a Lindsay, que charla con mi madre en el espacio femenino del alojamiento. Mi hermano está sentado en posición de flor de loto, justo frente a mí. Tiene los ojos cerrados y una sonrisa en la cara. Yo lo imito. Se escucha el sonido de una armónica irrumpiendo en la habitación. Su acompañamiento a la guitarra es melodioso, amable al oído. Paso algunos minutos concentrado en la música, respirando lentamente, esperando una alucinación o el momento decisivo del alivio.

***

El retumbe de unos pasos que se alejan me saca del trance. Abro los ojos. Mi hermano se ha ido. Ya no queda frente al Taita Querubín más que el Taita Oso y el joven de la cola de caballo, ambos en una actitud de sosiego y recogimiento. Entonces siento el regorgitar del brebaje en mis intestinos. Al levantarme tambaleo y, de no ser por una viga que se alza a mi lado izquierdo y detiene mi caída, me hubiera estrellado aparatosamente contra el suelo. Me incorporo como puedo y salgo al descampado, hacia el mismo lugar donde vomité la primera vez.

El clima ha disminuido bastante y presiento que la bóveda celeste está totalmente despejada. Incluso los insectos y las plantas parecen descansar frente a la pesadez de la noche. Deben ser las tres o cuatro de la mañana. Al acurrucarme siento el borbollón que sube por mi estómago, mi garganta y termina en la base de unos arbustos. Respiro profundo y me fuerzo un poco a expulsar el resto de líquido que sigue dentro de mí. No muy lejos de allí oigo a otra persona vomitando y levanto con esfuerzo la cabeza para confirmar mi hipótesis: es mi hermano.

Entonces una vívida alucinación se apodera de mí. Veo colores bailando en forma de serpientes –no muy distintas de los alebrijes— que van y vienen, salen de mi boca, vuelven a entrarme por una oreja, luego salen por la otra y regresan por mis fosas nasales. Maravillado, trato de abrir los ojos pero entiendo que esta vez la lucha será más fuerte. Caigo al suelo y vomitó repetidamente pequeñas cantidades. Al fondo, escucho los cantos rituales y las bendiciones del Taita Querubín, pero también distingo la voz de mi hermano, que murmura cosas incomprensibles, como si hablara otra lengua. Durante varios minutos trato de levantarme un poco pero el mareo, la lluvia de imágenes y la borrachera me mantienen a raya. Me sorprendo bostezando, vomitando, riendo y llorando casi simultáneamente.

Entonces oigo la voz de mi madre acercándose. Entiendo que se dirige a mi hermano y al no obtener una respuesta de su parte continúa solicitándolo:

–David, responde, David.

–Despierta por favor, David.

–Pipe, ¿Cómo estás, hijo?

–Hijo, responde por favor.

El tono ascendente y chillón de sus palabras me hace comprender que está muy preocupada. Volteo a ver y creo reconocer a mi padre a un lado y a mi hermano acostado boca abajo. No puedo estar muy seguro porque además de ser miope, me encuentro a varios metros de distancia, pero comienzo a sentir temor cuando escucho que mi madre va a llamar al Taita porque David no reacciona. Mi padre se percata de mi presencia, se acerca y me pregunta si estoy bien. Asiento con la cabeza y cuando voy a preguntarle por mi hermano no logro musitar palabra. Una segunda oleada de mareo y visiones me asalta, agacho mi cabeza nuevamente y cierro los ojos.

Por un momento cuya duración desconozco no oigo nada de lo que sucede a mi alrededor, como cuando estalla un petardo y después solo escuchas un silbido agudo y continuo. La imagen de una telúrica batalla hace aparición en mi mente: el nacimiento de mi hermanita ocurre en vivo y en directo frente a mí pero luego siento que sucede adentro de mí, como si yo la estuviera pariendo, como si todo el universo la estuviera pariendo en conjunto. El ritmo de mi respiración aumenta de nuevo e imagino el parto como una experiencia límite entre la vida y la muerte. Entiendo –o creo entender– cómo la madre ofrece su vida en un tributo de amor infinito que da lugar al milagro de una nueva existencia.

Por un instante logro desconectarme de esta visión y tomo aire, pero justo en ese momento veo a mi hermano tendido en el suelo. A su lado, el Taita Oso ejecuta fuertes rezos y echa humo de sahumerios sobre él. Entonces recibo toda la angustia de mis padres y la siento en mi propia piel: mi pánico llega al paroxismo cuando concibo la idea de que mi hermano ha sufrido un infarto y el Taita está tratando de revivirlo a unos cuantos metros de mí –y yo no puedo siquiera moverme. Imagino lo que vendrá después de esto: escándalos por el uso de la planta, la culpa por la permisividad de mi familia, las exequias, el funeral… Desde lo profundo de mi horror, recuerdo que mi hermano nos manifestó varias veces que su última voluntad sería donar sus órganos a algún un paciente en espera y que su cuerpo fuera enterrado en la base de un frondoso árbol. De pronto, la alucinación intrauterina del parto de mi hermana regresa con toda su fuerza. Sin embargo, esta vez no siento amor, sino sufrimiento y la desesperación se apodera de mí. Comienzo a relinchar como un caballo, hago fuerza con todas las extremidades y lanzo quejidos de angustia. Entonces veo la cabeza de mi hermana saliendo de las entrañas mismas de la tierra, oigo su agudo llanto de recién nacida, y paralelamente siento que mi hermano acaba de exhalar su último hálito y ahora su espíritu vuela hacia la espesura. Rendido, pongo mi cara contra el césped mojado y me dejo caer por completo.

***

En un estado de umbral entre la vigilia y el ensueño, siento la presencia de mi hermano, siento su alma manifestándose desde unos árboles que se encuentran a unos tres o cuatro metros de mí:

–Hermano, no te puedes morir así, no es justo con nosotros.

–La muerte es la ley natural de las cosas, la impermanencia –responde su voz.

–¿Por qué contigo todo tiene que irse al extremo?

–Es la vida. No hay puntos medios en la vida, todo es perfecto. Desde que venimos sabemos que nos vamos a ir, pero la seriedad que le ponemos a nuestros propios juegos nos distrae de lo esencial.

El sonido de unas leves pulsaciones que van aumentando y provienen de las profundidades de la tierra me saca de mi enajenación. Tengo los ojos entreabiertos, la oreja izquierda contra el césped y aquellos latidos incesantes me llevan a pensar en el corazón, ese pequeño motor que nunca se detiene, que acompaña la existencia humana de principio a fin. Ya no escucho la voz de mi hermano desde la espesura del follaje. Abro los ojos, me incorporo lentamente y con mucho trabajo. Me percato de que el amanecer ha derramado su claridad sobre todo el campamento. Deben ser las cinco o seis de la mañana.

Allí donde lo vi por última vez, mi hermano está sentado hablando tranquilamente con mi padre y Stephanie. Luce tan agotado como yo y tiene el rostro pálido. Varios asistentes se pasean por el descampado, algunos comentan su experiencia de la noche anterior. El sonido de los pájaros tempraneros nos saluda y el rocío comienza a secarse bajo la luz del sol. El Taita Oso llega al descampado y nos avisa que la curación colectiva comenzará dentro de cinco minutos. Voy al encuentro de mi hermano y juntos nos dirigimos hacia el lugar donde antes estuvo la fogata. No me animo a decirle nada, pero presiento que él también vivió esa intensa conexión a su manera.

Minutos después, las casi sesenta personas que asistieron a la ceremonia nos acomodamos en un gran círculo. El Taita Oso nos pide retirarnos los abrigos para dejar que el sahumerio, la hoja de ortiga y el agua bendecida hagan lo suyo. Luego inicia una plegaria colectiva de agradecimiento por el buen desarrollo de la ceremonia. Entonces, tras una serie de conjuros y oraciones en lengua cofán, el Taita Querubín pasa soplando el humo del copal y el palosanto en el rostro de cada uno de los presentes, y después escupe gotas de un líquido fresco en el cual se distingue la menta y la hierbabuena por el olor que dejan sobre la piel. El Taita Oso y dos de sus asistentes pasan realizando rezos y cantos que se entremezclan en el aire. En mi abdómen, las tripas se remueven y siento su vibración. Ver a mi padre, a mi madre, a mi hermano y su esposa, me produce una profunda emoción. Las lágrimas brotan de mis ojos y reflexiono sobre la ayahuasca como ritual terapéutico. Al igual que el psicoanálisis, la  terapia familiar por medio del teatro o las sesiones de charla grupal en familia, el yagé favorece una mejor comprensión y comunicación a partir del conocimiento de uno mismo y de sus propios límites. Entiendo que la ceremonia me permitió comprender un poco mejor mis apegos familiares, en especial la devota admiración hacia mi hermano, la función negativa de mi madre como ente transmisor de miedos y la relación de serena paridad con mi padre.

Al terminar la curación, se siente una ligereza y una calma especial en el ambiente. En el fondo y guardando las diferencias, me digo que el ritual implica los mismos principios que una típica reunión en occidente: ebriedad, emociones o tensiones fuertes pero momentáneas, comunión, liberación y catarsis. Mis padres, uno al lado del otro, lucen más serenos que mi hermano y yo. Trato de imaginar lo que una experiencia semejante les ha aportado en su relación de padres y amigos.

***

Cuando regreso al alojamiento, Stephanie y Lindsay vuelven del baño. Ambas lucen radiantes pese a las dificultades de la noche. Aparentemente la abuelita, esposa del taita, las ayudó a darse una segunda limpieza con ruda y otras plantas florales. Exhausto, como todos, busco mi hamaca y caigo dormido en menos de un minuto. Duermo sin interrupción durante varias horas, de las que solo recuerdo una resonancia de los ronquidos que expide mi compañero de al lado, los cuales no me impiden descansar plácidamente.

Al despertarme, tengo bastante sed. A juzgar por el calor y la posición del sol, debe ser la una o dos de la tarde. Agarro la cantimplora y bebo un largo trago de agua fresca. Me siento ligero y alegre. Mi padre se acerca y sin decirnos nada nos fundimos en un cálido abrazo. Me cuenta que mi madre por fin ha podido descansar y que sigue dormida como un lirón. Lo veo tranquilo, comprendo, sin que me lo diga, que anoche confrontó muchos de sus prejuicios sociales y miedos como padre. Entonces me pregunta si quiero comer algo porque están preparando el desayuno. Como no tengo ningún apetito, decido quedarme un rato más en la hamaca.

Ya despierto por el clima y el buen reposo, retomo uno de los libros que hay en mi mochila. Se trata de Las Enseñanzas de Don Juan. Intento encontrar alguna conclusión o epílogo para lo que vi la noche anterior, sin conseguirlo. Sigo un pasaje particular en el que Carlos Castaneda, ese desconocido antropólogo sudamericano que estudió y vivió buena parte de su vida en Estados Unidos, llega al cenit de su aprendizaje chamánico bajo la tutela de Don Juan, el poderoso brujo de la comunidad Yaqui de Sonora. En el fragmento, el maestro explica que la finalidad última de todas las prácticas chamánicas es la búsqueda del conocimiento. No obstante, advierte que el conocimiento está limitado por el tiempo y lo transitorio:

Ser hombre de conocimiento no tiene permanencia. Uno no es nunca en realidad un hombre de conocimiento. Más bien, uno se hace hombre de conocimiento por un instante muy corto, después de vencer a los cuatro enemigos naturales.

Esos cuatro enemigos, explica Don Juan a su aprendiz, son una especie de etapas que recorre cualquier persona en su búsqueda existencial: el miedo, la claridad, el poder y la vejez. Dichos obstáculos se superan desafiando su aparente solidez. Después de superar el miedo, hay que cuestionar la claridad, y luego hay que desafiar el poder, comprender su condición efímera e impersonal. Finalmente llega el enemigo implacable, la vejez:

(…) Si el hombre se sacude el cansancio y vive su destino hasta el final, puede entonces ser llamado hombre de conocimiento, aunque sea tan solo por esos momentitos en que logra ahuyentar el último enemigo, el enemigo invencible. Esos momentos de claridad, poder y conocimiento, son suficientes.

Al terminar el pasaje, sigo presa de sus evocadoras palabras, y de pronto veo a mi hermano asomar su cabeza por un lado de la hamaca. Las hojas y las fibras del pasto aún abundan en sus cabellos, pero tiene la sonrisa de quien realmente ha descansado cuerpo y mente.

–¿Cómo estás, hermano? –me pregunta. ¿Vamos a comer algo, no?

 

 


 

[1] ONIC, Pueblos Indígenas en Colombia, consultado el 9 de octubre de 2018. https://www.acnur.org/t3/pueblos-indigenas/pueblos-indigenas-en-colombia/

[2] https://www.elespectador.com/noticias/nacional/los-guardianes-del-yage-acosados-una-petrolera-articulo-673366

[3] Consultado el 20 de octubre de 2018 en https://es.mongabay.com/2017/01/la-ganaderia-extensiva-esta-acabando-los-bosques-colombia/.

[4] Información actualizada en el artículo: https://www.elespectador.com/noticias/judicial/los-guardianes-del-yage-confinados-por-la-violencia-articulo-754137

[5] Tomada de https://www.las2orillas.co/a-2la-coca-no-es-el-unico-problema-que-padece-el-putumayo/ y consultada el 21 de octubre de 2018.

[6] Strassman, Rick, DMT The Spirit MoleculePark Street Press, Rochester,Vermont, 2000.

[7] La citación completa es : « La iluminación no se alcanza fantaseando con figuras de luz sino haciendo consciente la propia oscuridad… lo que no se hace consciente se manifiesta en nuestras vidas como destino.” JUNG, Carl, Las relaciones entre el yo y el inconsciente, Paidos, Madrid, 1973.

[8] Citado por el reconocido psicólogo Jordan Peterson en su entrevista acerca del uso de alucinógenos y sus riesgos. Disponible en: https://www.youtube.com/watch?v=77lQpHaD43k

[9] En ecuador, la palabra “chuma” se refiere a cualquier tipo de ebriedad en un contexto familiar.

[10] THEROUX, Paul, En busca de la Ayahuasca y otros desvíos, ensayos y reflexiones, Almadía, Ciudad de México, 2019, p. 10.

[11] En una de sus múltiples teorías sobre los fenómenos metafísicos, Jung expone la posibilidad de una conexión extrasensorial entre individuos o entes, fenómeno que prefigura la relatividad del tiempo y el espacio a un factor determinante: la psique humana: “Como cabía esperar, se hicieron todos los intentos posibles por negar a fuerza de explicaciones esos resultados, que rayan en lo milagroso y en lo simplemente imposible. Mas todas esas tentativas se estrellaron contra los hechos: hechos que hasta ahora no han podido refutarse. Los experimentos de Rhine nos han enfrentado con el hecho de que hay sucesos que se relacionan experimentalmente, es decir, en este caso, significativamente, sin que sea posible demostrar que tal relación es de índole causal, ya que la “transmisión” no manifiesta ninguna de las propiedades conocidas de la energía. En consecuencia, incluso puede dudarse de que en realidad se trate de una transferencia”. En JUNG, Carl Gustav, La interpretación de la naturaleza y la psique: la sincronicidad como un principio de conexión acausal, Barcelona, Paidos, p. 35. Consultado el 9 de noviembre de 2018 y disponible en: http://www.formarse.com.ar/libros/librosJung/JungCarlGustavLaInterpretacionDeLaNaturalezaYLaPsique.PDF

 

Bibliografía

Antonin Artaud & Marc Barbezat, Apprendice à Les Tarahumaras, Decines20, Éditions l’Arbalète, 1963.

Castaneda, Carlos, Las enseñanzas de Don Juan, Fondo de Cultura Económica, México, 2017.

Escohotado Antonio, Historia Universal de las drogas, Espasa libros, Madrid, 1999.

Grobb, Charles, The psicology of the Ayahuasca, en Shannon, Benny, The Antipodes of the Mind, 2003, p. 63-94.

Jung, Carl Gustav, La interpretación de la naturaleza y la psique, Barcelona, Paidos, 1983.

JUNG, Carl, Las relaciones entre el yo y el inconsciente, Paidos, Madrid, 1973.

Obra completa de Carl Gustav Jung. Volumen 8. La dinámica de lo inconsciente: Sincronicidad como principio de conexiones acausales. Sobre sincronicidad. Página 436, § 849. Madrid: Trotta, 2004.

Metzner, Ralph, Sacred Vine of Spirits: Ayahuasca, Park Street Presse, Rochester, 2006.

Shannon, Benny, The Antipodes of the Mind: Charting the Phenomenology of the Ayahuasca Experience, Oxford University Presse, 2003.

Theroux, Paul, En busca de la Ayahuasca y otros desvíos, ensayos y reflexiones, Almadía, Ciudad de México, 2019, p. 10.

Burroughs, William, Las Cartas de la Ayahuasca, Anagrama, Barcelona, 2019.

Strassman, Rick, DMT The Spirit Molecule Park Street Press, Rochester,Vermont, 2000.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Mario Eduardo Cano Domínguez
(Ciudad de México, 1994) artista plástico y diseñador mexicano cuya inspiración parte de la naturaleza para crear su estilo como una alegoría a la tierra y nuestras culturas originarias. Nació el 3 de Julio de 1994 en el poniente de la Ciudad de México
Ilustración de Karen Lara.

En memoria de Mary Oliver y Luna


Una exhortación a ser feliz

Desde que te has ido, anhelo
dormir sobre los nudos de tu vientre.
Te imagino hoy:
ondula tu cola en el aire, me sonríes,
corres detrás de mí,
jadeas
y bebo de tu agua invisible.

 

Mis pies sobre la bicicleta,
no quiero frenar nunca.
Pedaleo y tengo otra vez diez años.
Vuelvo a casa
con tu saliva en mi palma
tejiendo nuevas líneas de vida.

 

For now I must go on without you
pero alcanzaré mi muerte
y flotaré hacia ti en aguas de silencio:
you and me to the sea,
the rest of them to the grave.

 

Abro los ojos:
tu cabello es ceniza en mis dedos,
cae al mar.
Un pétalo blanco se resiste ante la sal.

 

 

La mascota de mi exnovio

Lo que pasó es mejor
en la memoria —una naranja compartida en la cocina,
un pedazo de pan, de esos que los perros
no pueden digerir pero que tragaste en silencio,
lamiéndote el hocico y con los ojos puestos en mí
con lo que yo siempre querré decir
que fue amor.

 

Quizá fue más lo nuestro
que mi relación con tu dueño:
bocados secretos en el desayuno,
las bienvenidas inquietas a casa
aún cuando no era mi hogar,
las búsquedas de Google en la madrugada
sobre tus manchas de vaca café y negra,
tus orejas de elfo triste como Dobby,
sobre cómo evolucionaste para tener pulgares,
unas garritas que no se mueven,
o un pelaje que se cae sin falla
de marzo hasta octubre.

 

Las siestas en el suelo
y aquella única vez secreta
cuando al quedarme sola en la cama,
subiste y lloré abrazada contra tu espalda.
Sentí de pronto que el mar estaba en tu pecho
y era un tambor, era un llanto más catártico
que el sexo.

 

Quizá quiero decir que lo amé
porque quiero pensar que el amor es una ecuación
que conjuga x, y, tiempo y misericordia.
Pero el amor conjuga todas las jícamas
que compré para ti en el súper, todas las veces
en las que me dejaste besar tu frente.

 

El amor era salir a pasear
y que tú no siguieras tu camino
hasta encontrarme —levantando las orejas,
moviendo la cola— asegurándote de que yo
siguiera avanzando contigo.

Ilustración de Karen Lara.

Ilustración de Karen Lara.

Instructivo para cuidar a Yuuki

Al perrito Yuuki no le gusta
estar solo. A mí tampoco:
cuidarlo en casa ajena resulta un acto
de amor propio.

*

1. El perrito Yuuki gusta de dormir desnudo.
2. El perrito se dedica a dormir casi todo el día.
3. Al perrito hay que obligarlo a comer y tomar agua.

*

Cuando pienso en Yuuki
pienso en la muerte,
pienso en cómo habrá sido
el final para mis perros
y en cómo será para Yuuki la vida
en repeticiones de tres:
pasear, comer, dormir.

 

Hay poco espacio
en sus ánimos
para jugar con el agua.
Me ve cargar la tristeza
y el vértigo,
quisiera echarse a correr
sin voltear atrás.

 

Me deja compartir con él la cama
y me pregunto por qué las actividades de un perro
son las mismas
que las de una persona como yo.

 

Quisiera saber cómo hace Yuuki
para que su vida
no atienda a los síntomas
de un cerebro ocupado
sick of craving, sick of losing,
cansado de perder el apetito.

*

1. La persona depresiva gusta de aislarse.
2. A la persona depresiva no la emociona un nuevo día.
3. Un perro vive quince años; tiene más suerte que los seres humanos.

*

Dime que todo estará bien, le pido a Yuuki.
Dímelo otra vez.

 

Tenemos el mejor acuerdo de todos.
Cada que se lo pregunto
él me responde.
Todo estará bien.

Ilustración de Ana Karen Lara.

Ilustración de Karen Lara.

 


Autores
(Tijuana, 1995) Es licenciada en Escritura Creativa por la Universidad del Claustro de Sor Juana. Fue librera, becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas (2022-2023) y residente de la Fundación Antonio Gala para Jóvenes Creadores (2019-2020). Actualmente es editora de la revista Casa del tiempo de la Universidad Autónoma Metropolitana. También coordina círculos de lectura y talleres de escritura. Ha publicado dos poemarios: Hipocampo (Dharma Books, 2021; Isla elefante, 2025) y Algo tibio que matar (El toro celeste, 2025).

Ilustrador
Karen Lara
Licenciada en Diseño Gráfico. Vive en la Ciudad de México. Es apasionada de la ilustración y la caligrafía. Disfruta de trabajar con vectores y experimentar con distintos estilos y técnicas.
El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.

 

“Los vuelos espaciales son un simple escape, una fuga, porque es más fácil ir a Marte o a la Luna que conocerse a uno mismo.”

–Carl Jung

 

 

19 de julio de 1972. 23:53.

Mañana se cumplen tres años del alunizaje del Apolo 11 y de la caminata de Buzz Aldrin y Neil Armstrong. Jamás olvidaré las palabras que Buzz dijo al sentir el desierto monocromático: “Magnífica desolación.” La ansiedad de ver mañana a los tripulantes en la tele celebrando el aniversario no me permite dormir. El refrigerador hace un ruido extraño desde hace unas horas, pero no anticipé que sería gran problema. Con la intención de ser más preciso, no es la ansiedad, sino el suspenso.

¿En dónde se presentará Buzz mañana? ¿Usará la misma corbata que el año pasado? ¿Habrá desfile en Houston? Seguramente en Nueva York. Debí revisar la programación. Y también el refrigerador, pero ya es muy tarde para eso.

 

20 de julio de 1972. 01:15.

Me levanté de la cama para callar al refrigerador. Se escucha un zumbido como si hubiera una abeja atrapada. O una mosca. Sí, es una mosca lo que se escucha desde dentro. Cuando lo abrí, el ruido cesó.

Me quedé unos minutos perplejo, tratando de descifrar la causa, o tratando de hallar la abeja. No, no; me parece más probable la mosca. Lo que fuese. ¿El foco, tal vez? ¿Es esto un augurio? De súbito se me mostró la posibilidad. Así llegan las premoniciones, de golpe, si no, no lo serían, porque lo que crece gradualmente se puede anticipar con el mínimo esfuerzo. La tranquilidad que vivir en un rancho en Texas proporciona es a veces inquietante. Más cuando no se puede dormir. El ruido de una mosca se puede convertir en un martillo. Me hace recordar el poema de Dickinson: “Escuché el zumbido de una mosca –al morir–”.

Escribir me quita un poco el suspenso, pero también me despierta. Ay, Dios, y se me va ocurriendo lo siguiente: espero no pasar el resto de la noche debatiendo entre si dejar de escribir el diario o no. En fin.

 

20 de julio de 1972. 01:20.

Me pregunto si la precisión es cualitativa o cuantitativa. Escribí hace un poco más de una hora, al reemplazar ansiedad por suspenso, que pretendía ser más preciso. Y de ser el caso, ¿podré llamar diario a esto?

La última entrada fue hace un año, el mismo 20 de julio. La existencia del diario depende de unos pocos días que giran alrededor del aniversario del Apolo 11. Para ser más preciso, desde el 20 de julio de 1969, esto ha sido mi único ejercicio de escritura.

 

20 de julio de 1972. 01:25.

Me parece un poco excesivo seguir poniendo la fecha completa en cada entrada. Quizá deba omitir el día, a menos que haya cambiado. A veces me gustaría ser eficiente, pero la ansiedad me gana. Aún así, al escribir la fecha completa me sitúa mentalmente en lo que está por escribirse.

Me ha parecido siempre que en este formato se pasa por alto la fecha y la hora mientras se avanza en la trama porque la repetición cansa. No me abstengo de la falta; yo también soy víctima, pero si la esencia del formato es el diario, es decir, la fecha, entonces se pierde algo crucial. Si duermo en este momento, tendré unas buenas horas de descanso. Quizá no se pierda nada, en realidad.

Actividad extravehicular del Apolo 17.

Actividad extravehicular del Apolo 17.

20 de julio de 1972. 02:05.

Supongamos que un francotirador observa su blanco allá a lo lejos. Recostado boca abajo –aquí añadimos la presión de la guerra–, consulta la distancia del enemigo con su spotter. Con telémetro en mano, calcula que son 500 metros. Esto significa que desde el telescopio del francotirador cualquier milímetro de más, o de menos, se verá reflejado con un error de decenas de metros en el blanco. Toma la decisión, dispara y la bala le pasa a un centímetro de la cabeza. Su error ni siquiera es calculable.

¿Nos atreveremos a concluir que por un disparo a 500 metros de distancia errado por un centímetro, el francotirador fue impreciso? Limitémonos a lo siguiente: el disparo fue impreciso. Pero, supongamos ahora que cojo el mismo rifle y hago el intento a 500 metros de distancia sin preparación militar previa y, como era de esperarse, mi bala esquiva al enemigo por una distancia francamente ridícula. No cabe duda que tanto yo, como el disparo, hemos sido imprecisos, pero, ¿soy más impreciso que el francotirador mencionado?

Esta discusión la llevé a cabo con Buzz en varias ocasiones, pero nunca mostró interés por desarrollarla. Y es que, más importante que la angustia de los problemas prácticos, me preocupa el peso que podría tener –si es que no lo tiene ya– en la poesía. No es que algunos versos puedan llegar a ser más precisos; de eso no hay duda; sino, que cualquier verso pueda ser más preciso. O, peor aún, que nunca sean lo suficientemente precisos.

No es lo mismo que el balazo dé en el pecho del enemigo a que dé en el rostro. O que dé en la frente, o en el cerebro. O que dé justamente en esa región del cerebro en donde la sinapsis le hizo recordar al enemigo algo sobre sus hijos o su madre, instantes antes del balazo. La mosca regresó a zumbar dentro del maldito refrigerador.

 

20 de julio de 1972. 02:45.

Yo era el escritor perfecto para Buzz. Hay dos características primarias que se toman en cuenta cuando se busca a un escritor fantasma. Número uno: buen escritor. Dos: underachiever. Mi reputación venía respaldada por mis colegas.

La NASA formó un comité para decidir quiénes iban a ser los escritores fantasmas, tanto de Buzz, como de Neil. De Michael ni se tomaron la molestia. “Hay que ser eficientes”, le dijeron, y con una mueca, añadieron “realistas”. El comité no solo asumió el cargo para los dos primeros escritores, sino también para los escritores de los posteriores astronautas que pisaron –y siguen pisando– la Luna, cuyos nombres he olvidado.

El espíritu de la lista de candidatos se podría resumir en una sola frase: la melancolía de las cosas no hechas. El premio: tener la oportunidad de escribir el verso, frase, oración, aforismo, etcétera, para su astronauta designado. El comité decidió crear la Liga de los Poetas Fantasmas de la Luna.

A mí, francamente, me incomodaba la designación de poeta, pues no lo soy. Pero siendo Apolo el dios de la poesía —cosa de un significado transformado—, al comité le pareció sensato. Y lo era. Además, la batalla habría sido una tremenda ridiculez debido al carácter confidencial de la empresa.

En los rumores durante el concurso se hablaba de un primer lugar y un segundo, aunque el comité jamás lo reconoció, alegando que ambos seleccionados eran del mismo prestigio. Pero los candidatos asumimos que el victorioso se iba con Buzz, y el segundo con Neil. La razón era sencilla: Buzz iba a ser el primer ser humano en pisar la Luna. ¡Ja!

 

20 de julio de 1972. 03:50.

Arranqué las hojas con las últimas dos entradas por considerarlas superfluas elucubraciones sobre el francotirador y el francotirado. Se me contagió una idea que el Abate Prevost advierte en un prólogo: “Por más lejos que esté de aspirar al rango de escritor exacto, no ignoro que una narración debe ser descargada de las circunstancias que la volverían pesada e incómoda.” Sin embargo, decidí mantener la fecha completa para custodiar la formalidad del género.

Si se pierden las formalidades, bien podría, entonces, cometer la bufonada de continuar el diario desde la tercera persona de mí mismo. Ha de decirse enseguida lo que debe ser dicho enseguida: el soldado enemigo no recordó a sus hijos, ni a su madre, sino que escuchó el zumbido de una mosca cuando murió.

Retrato oficial de la tripulación del Apolo 11. De izquierda a derecha se encuentran: Neil A. Armstrong, comandante; Michael Collins, piloto del modulo; Edwin E. "Buzz" Aldrin, piloto del modulo lunar.

Retrato oficial de la tripulación del Apolo 11. De izquierda a derecha se encuentran: Neil A. Armstrong, comandante; Michael Collins, piloto del modulo; Edwin E. “Buzz” Aldrin, piloto del modulo lunar.

20 de julio de 1972. 09:47.

D. Parry abrió el refrigerador por última vez. Se había levantado del sillón por algo de beber. En la televisión apareció, al fin, el segundo ser humano en pisar la Luna. No estaban con él Neil Armstrong, ni Michael Collins. No había un desfile en Houston, Nueva York, o Chicago, ni centenares de civiles aclamando la hazaña de tres años atrás. La euforia de aquellos días estaba extinguida.

En la televisión apareció pilotando un tractor Dynamark en un comercial, con una voz en el fondo que decía: ‘Dynamark Lawn Tractor. Astronaut Buzz Aldrin drives it around. It’s out of this world!’ D. Parry escuchó un zumbido en el refrigerador.

 

20 de julio de 1972. 04:28.

El comité nos seleccionó por medio de un concurso. Cada uno llevó una muestra. Algunos leyeron poesía, y otros, aforismos. Yo llevé un ensayo que estaba escribiendo sobre Kafka. Bueno, no el ensayo en sí, sino los apuntes. Al igual que el resto: no un poema, sino algunos versos y la idea general.

En cualquier otro concurso esto hubiera sido una razón para la descalificación inmediata, sin embargo la NASA sabía con quién trataba y no esperaba menos de nosotros, los underachievers, quienes vivíamos en la imaginación, en nuestras fantasías: la crema y nata en el mundo anónimo de la literatura.

Hay distintas razones para la procrastinación, o la mera abstinencia de la escritura. Está, por ejemplo, la falta de fecha de entregas, la introspección, la comodidad, alguna adicción, entre otras cosas. Los más desdichados padecemos de todas. Pero por primera vez nos vimos de frente con aires favorables.

En realidad mis apuntes de Kafka hablaban más de mí que de la empresa de la Luna. Pero pocos entregaron algo y, como dije, el respeto de mis colegas me respaldaba.

Meses después, en un bar, otro candidato me llegó a confesar que sí, en efecto mis apuntes eran mejores que la lluvia de ideas que presentó sobre su soneto, que el alcance de su proyección no era superior a mis divagaciones. Frente al comité cité el diario Kafka, así como unos acercamientos propios al respecto. Quizá por eso me até al formato después.

Estas fechas son el cúmulo de lo que queda de mi escritura; remanentes causales y con aire a premonición. Comencé diciendo: “¿Habrá existido una mente tan enrevesada que ha se ha revelado en la expresión escrita?” Desde el inicio capté su atención. Eso buscaban, ese acercamiento. Cité a Kafka después: “Hoy miré un mapa de Viena. Por un momento, no pude comprender por qué construyeron esta gran ciudad si lo único que se necesita es un cuarto.” Los perdí un poco. Pero concluí con un hilo de apuntes decisivo. Les dije, “La verdadera realidad es poco realista, para comprender más allá de la comprensión debemos, también, estar en el humor de la aceptación. En el reino de la aceptación total, no hay accidentes. Sólo hay una verdad, pero está viva, por lo tanto, tiene un rostro vivo que se transforma.”

 

20 de julio de 1972. 09:47.

D. Parry se imaginó saliendo del rancho, comprando un tractor Dynamark, llamando a Buzz por teléfono, con la esperanza de que en la fantasía sus llamadas sí serían contestadas. Y así fue.

Se imaginó comprando un traje de astronauta. En el momento en que escuchó el zumbido de la mosca, se imaginó a 500 metros de distancia de sí mismo. Se imaginó reclamándole a su antiguo amigo por teléfono: ¿por qué no usaste mis palabras, Buzz? ¿Por qué te dejaste llevar por aquel impulso que terminó por condenarnos? ¿Por qué cantaste aquella premonición? ¿Por qué no vienes al rancho?

El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.

El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.

20 de julio de 1972. 06:50.

Existía un rumor entre la Liga que cuando K. –escritor de Armstrong– entregó al comité la frase definitiva, a éstos les gustó tanto que cambiaron los planes de la actividad extravehicular, o caminata espacial. Sería Neil Armstrong el primero en pisar la Luna. Veinte minutos antes que Buzz.

La versión oficial de la NASA fue la siguiente: aunque es cierto que en las actividades extravehiculares el primero en descender es el oficial subalterno, es decir, Buzz Aldrin, la puerta del módulo lunar (Eagle) estaba del lado izquierdo, mismo lado en el que se encontraba Neil Armstrong. Intercambiar lugares dentro del Eagle con aquellos trajes presurizados, cascos y mochilas con material de supervivencia sensible, resultaba innecesariamente riesgoso.

 

20 de julio de 1972. 09:47.

D. Parry se imaginó recibiendo a Buzz en su hogar. Él con aquella corbata patrótica, ridícula, y las insignias militares junto con los pines de la NASA, que obligaban a recordar de golpe que él, Buzz Aldrin, pisó la Luna.

Entraba por la puerta principal con los brazos extendidos, y D. Parry le colocaba el traje sin vacilación. Le cerraba la cremallera de la espalda, y, con unos pequeños saltos, Buzz terminaba por acomodarse el traje; los disfraces no están hechos a la medida del astronauta. Le entregaba, por último, uno de los dos radios.

 

20 de julio de 1972. 07:28

Me reclamaba Buzz por haberle costado el prestigio. Me repetía la frase del equipo K./Armstrong en voz alta: “One small step for a man; one giant leap for mankind.” “¡Pero esa frase jamás podría existir desde la Luna!”, yo me defendía. La Liga de los Poetas Fantasmas de la Luna fue un recurso publicitario. Esto lo entendió K. perfectamente, así como Neil y Buzz. Yo no sé si no lo entendí o no quise aceptarlo.

Hay una razón más para la melancolía de las cosas no hechas: yo no iba a pisar la Luna. A lo mucho podía imaginarlo, como lo han hecho otros escritores a 500 metros. En este caso, 384,400 kilómetros de distancia. Y es verdad que la literatura no es una precisión, sino un acercamiento. O quizá que la precisión de la literatura funciona sólo cuando estamos en el humor de aceptarla, el entendimiento más allá del entendimiento. Pero la verosimilitud no era suficiente en esta ocasión.

Dos seres humanos pisarían la Luna, y se nos exigían unas palabras que pudieran condensar la magnitud de tal acontecimiento. Era evidente que ambos astronautas, militares hasta la médula, carecían de la sensibilidad artística. Entonces, recaía en nosotros esa función.

Buzz me gritaba, “¡Ve a un puto desierto solo, piensa qué es lo que sientes y me lo traes escrito!” A los pocos días le entregué a Buzz, y al comité, mi elección: “No hay palabras para describirlo. ¡Poesía! ¡Debieron enviar a un poeta!” Buzz tachó la palabra enviar, y la intercambió por traer.

 

20 de julio de 1972. 09:47.

Se imaginó dándole un resumen a Buzz sobre la recreación del alunizaje del Apolo 11. Él debía de pilotar el tractor Dynamark, con el nombre designado de “Troubled Odyssey”. Debía de pilotar el tractor por el terreno vasto del rancho de Texas, vacío y monocromático. Debía pilotar a “Troubled Odyssey” hacia el centro del terreno y ejecutar el descenso, tal como lo hizo con el Eagle en la Luna. Y al descender, decir las palabras que D. Parry había le había asignado, las que se perdieron el olvido por esa otra frase: desolación magnífica. “Memorízalas bien”, se imaginaba pidiéndole a Buzz. “Líbrame de esta melancolía.” Se imaginaba el rastro de polvo levantado que el tractor iba dejando mientras avanzaba. Se imaginaba las manos y el cuerpo de Buzz vibrando debido al terreno. El tractor se iba haciendo cada vez más pequeño. D. Parry lo veía desde la casa, con el otro radio en la mano. Y esperaba. A los lejos, a 500 metros para ser precisos, el tractor se detenía. Y ya no era Buzz quien descendía con el traje puesto y el radio en la mano, sino el propio D. Parry, porque en las fantasías siempre es uno mismo quien las protagoniza. Al descender, D. Parry pisó mal y resbaló, pero no cayó. Se quedó unos minutos parado en medio del terreno desolado. Se buscó a sí mismo en la casa, a lo lejos, pero ya no se encontraba él ahí. Probó con el radio, pero no hubo respuesta. D. Parry escuchó el magnífico zumbido de una mosca.

La tierra vista en el horizonte desde la luna. Fotografía de la NASA.

La tierra vista en el horizonte desde la luna. Fotografía de la NASA.


Autores
(1985, Monterrey, Nuevo León). Estudié Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana, pero aún no me decido en usar el hábito. Me gusta escribir Historia especulativa. En palabras de Joan Fontcuberta: “Yo no entiendo nunca la ficción como algo que se contrapone a la realidad”.