Tierra Adentro
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

 

Este sábado 29 de junio celebramos en Ciudad de México la edición 41 de la marcha del orgullo LGBTTTIAQ+.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Dos fueron los señalamientos más repetidos entre marchistas y en redes sociales: el crecimiento constante de asistentes (que solo en parte representan a la diversidad de la capital, pues la marcha es ya motor turístico) y el asalto paulatino, pero en esta ocasión apabullante, de las corporaciones.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

A pocos metros de nuestra redacción, Tierra Adentro obsequió más de 400 libros de temáticas y autores LGBT+. Como la regla era que solo podía elegirse un libro por persona, descubrimos a una comunidad exigente en cuanto a su literatura: ¿cuál llevarse? ¿El arte nuevo de hacer libros de Ulises Carrión o El libro de Arenas de Reinaldo Arenas? ¿Jennifer Clement o Severo Sarduy?

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Crece el gusto por nuestro catálogo: volaron los ejemplares del ya clásico Leyendo agujeros. Ensayos sobre (des)escritura, antiescritura y no escritura (2005) de Luis Felipe Fabre, y constatamos el interés que suscitan libros más recientes, como Límulo (2016) de Ángel Vargas, O reguero de hermigas (2016) de Yolanda Segura y Linde Faz (2018) de Aldo Rosales Velázquez.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

No importó el volumen de la música de la carroza de Amazon o que Wal-Mart tomara la vanguardia. Desde nuestra esquina atestiguamos las resistencias que acompañaban a la disidencia sexual: entre los comerciantes informales sobresalían los artesanos independientes de banderines y pulseras con evidente valor añadido; la solidaridad motivada por la marcha se extendía a compromisos futuros (una decena de veces se acercaron dos amigues al carrito de libros y escogieron títulos distintos con la promesa de intercambiarlos); los movimientos de las mujeres, protagonistas indiscutibles del activismo de esta década, se hacían ver en forma de pañuelos verdes y demandas de género; y no faltaron las consignas y los carteles de quienes recordaban el origen militante del movimiento LGBT+ y los cambios sociales profundos que hacen falta para tener un país y un mundo en el que quepamos tod@s.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

La marcha del orgullo LGBTTTIAQ+ de Ciudad de México permanece como uno de los actos colectivos fundamentales para la civilidad y la tolerancia conquistadas y por conquistar.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

A solicitud de Tierra Adentro, el fotógrafo Irving Cabello acudió a la marcha con el propósito de retratar algunos de los rostros de esa diversidad que somos.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

 

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.


Autores
Irving Cabello nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Primer Acto

—Pronto —se repitió. Todo estaba sucediendo normalmente. El traqueteo del tren, el mal olor, la apetencia irreprimible de fumar y el escaso deseo de dormir. Ante la ventanilla desfilaban las masas sombrías de las casas. En un lugar lejano, unos cuantos proyectores sondeaban el cielo cual largos dedos de cadáver que rasgaran el manto amoratado de la noche. Se oía el tronar de cañones antiaéreos. Las negras casas, vacías y ciegas, continuaban desfilando. ¿Cuándo sería aquel “pronto”? La sangre le fluía del corazón, volviendo a él luego de haber circulado por todo su cuerpo y agitando su vida entera. Pero aquellos latidos sólo servían para advertirle: “Pronto…” No podía hablar de nada ni pensar en nada que no se refiriese a ello. “No quiero morir” —se dijo. Y en seguida la frase se transformó en esta otra: “Voy a morir… muy pronto”.

Heinrich Böll, El tren llegó puntual.

 

 Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

 

Para recordar a Phillipe de Comines, historiador flamenco nacido en el siglo XV, se sale de la guerra para encontrar la paz; de la paz surge la abundancia; la abundancia induce al ocio; el ocio se torna en vicio, y del vicio surge la guerra. Es vano enlistar en este espacio el sangriento devenir de los tristemente innumerables conflictos armados alrededor del mundo en tiempos modernos; es doloroso rememorar los que ha habido en nuestro panorama latinoamericano —dictaduras, intervenciones extranjeras, masacres— y es, por decir lo menos, inusitadamente estremecedora la historia de nuestro propio terruño.

Plauto, en la escena cuarta del segundo acto de su Asinaria, reconoce que el horror de la violencia encuentra su génesis en el desconocimiento del otro; el verso 495 establece un territorio desolador: el hombre —entendido éste como el género humano, de acuerdo con el contexto de la obra—, ante la ignorancia de la condición ajena, no hace sino volcar sus angustias y sus miedos para devorar a esa otra entidad y volverse su victimario, y quedar a merced del siguiente vuelco de la historia y terminar, esta vez él, sangrando tristeza por su propia derrota.

Si pudiéramos resumir las centurias de alianzas, desencuentros, amoríos y matrimonios del Viejo Continente o los milenios de alteridades que algunas veces se han reconocido en sus diferencias y otras tantas se han negado la oportunidad de coexistir que llevaron a nuestro siglo pasado a ser testigo de dos grandes guerras, sería con un solo momento que la causalidad —según las historias que rondan alrededor de aquella aciaga tarde— quiso provocar: el 28 de junio de 1914, es asesinado en un atentado el heredero al trono del Imperio Austro – Húngaro: el archiduque Francisco Fernando junto a su esposa, Sofía, duquesa de Hohenberg.

 Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

 

 

Si se nombra, quizá con frívola audacia, a la causalidad, es por el simple hecho de que el primer atentado (una granada lanzada contra el carruaje del heredero) había fallado en su objetivo. El serbio Gavrilo Princip, uno de los ejecutores del ataque, se refugió en un local de comida ante la confusión que había reinado. El archiduque, al salir ileso, ordenó a su cochero dirigirse al hospital para visitar a las víctimas. El carruaje que transportaba a Francisco Fernando y a Sofía tal vez se descompuso, quizás el auriga tomó la calle equivocada, tal vez solo fuera un instante de infortunio para ellos y —como se constató después— para la humanidad, pero Princip se encontró frente al destino y disparó su pistola semiautomática FN1910 contra los futuros monarcas. Aquí un apunte: se dice que, a raíz del asesinato, los tres hijos de la pareja son considerados como los “primeros huérfanos de la Gran Guerra”, los primeros de millones.

El asesinato del heredero condujo a tensiones políticas durante todo el mes siguiente; la injerencia bosnia en Serbia, así como la intromisión de las siempre colonialistas Alemania, Francia y Reino Unido, así como de Rusia en las negociaciones, llevaron a que el 28 de julio el Imperio Austro-Húngaro le declarara la guerra a Serbia. Numerosas declaraciones bélicas entre naciones se sucedieron en los siguientes días y así comenzó el hambre, la muerte y la sevicia del dominio: la Guerra.

 

Segundo Acto

Artagnan, a punto de ser nombrado Mariscal de Francia, ya con Porthos enterrado entre las ruinas de Belle Isle, Athos reunido en los cielos con su hijo Raoul, el vizconde de Bragelonne, y con Aramís exiliado en España, recorre “solo, inmensamente solo, una vez más el camino de regreso a París”. Y si bien es un personaje extraído de la profusa imaginación y talento del ya mulato Alexandre Dumas, tiene su referente histórico en el conde Charles de Batz-Castelmore, de quien tenemos noticias gracias al exmosquetero Gatien de Courtilz de Sandras, quien escribió las Mémoires de Monsieur d’Artagnan, capitaine lieutenant de la première compagnie des Mousquetaires du Roi, y que fue inspiración para la saga de los mosqueteros. Artagnan, el histórico, fue el mosquetero encargado de detener a Nicolas Fouquet, intendente del Rey Sol, por órdenes de Jean-Baptiste Colbert, quien tiene el privilegio de montar la Galería de los Espejos, en el Palacio de Versalles.

En este insigne salón María Antonieta, guillotinada el 16 de octubre de 1793 en el cadalso que había instaurado la Revolución Francesa, se casó con el futuro Luis XVI; también, como resultado de la guerra franco-prusiana, se creó en esta misma galería, en 1871, el Imperio alemán, y, finalmente, se firmó el Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919, el tratado de paz firmado por más de cincuenta países en donde Alemania acepta la derrota.

Los cuatrocientos cuarenta artículos del Tratado van encaminados en un sólo sentido: que Alemania aceptara la responsabilidad material y moral de las consecuencias de la guerra. Dice el Artículo 231:

Los gobiernos aliados y asociados afirman y Alemania acepta la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado todos los daños y perjuicios a los que las potencias aliadas y asociadas a los gobiernos y sus nacionales han sido sometidos como consecuencia de la guerra que les impone la agresión de Alemania y sus aliados.

 

Las secuelas que tuvo la nación germana fueron devastadoras: la pérdida de más de casi 100 000 km2 de territorio, el desarme absoluto de su ejército, la prohibición de manufacturar nuevo armamento, la reducción de su ejército y la obligación de restituir monetariamente todos los perjuicios consecuencia de la guerra. Francia, por haber sido la nación en la cual se llevó a cabo la mayor parte del conflicto y por tanto, por tener los mayores daños, fue quien pugnaba por castigos ejemplares: por ejemplo, en el Tratado, en el Artículo 119, renuncia a todos sus derechos y títulos sobre sus posesiones de Ultramar, en favor de las potencias aliadas y asociadas. Del mismo modo, el artículo 45 dicta que:

Como compensación por la destrucción de las minas de carbón en el norte de Francia y como parte de pago para la reparación total a pagar de Alemania por los daños ocasionados por la guerra, Alemania cede a Francia en posesión plena y absoluta, con derechos exclusivos de la explotación, no comprometido y libre de todas las deudas y cargas de cualquier tipo, las minas de carbón situadas en la cuenca del Sarre.

El Tratado fue, además de un instrumento que garantizará la paz en el mundo y la no intención de Alemania de inmiscuirse en asuntos belicistas —que, por supuesto, ninguna de las dos cosas sucedieron— fue un profundo modo de mellar en el alma del gobierno alemán. El Artículo 227 “acusa públicamente a Guillermo II de Hohenzollern, ex emperador de Alemania, por ofensa suprema contra la moral internacional y la santidad de los tratados”. Los países “victoriosos”, quienes escribieron las condiciones del Tratado quieren, con estas cláusulas, apuntalar la culpa apelando a una moral que, evidentemente, es tan sólo aquella que consideren las potencias aliadas. Los veinte mil millones de marcos oro que se piden como primera reparación a Alemania en el Artículo 235, antes de que se fijara el monto total, son una muestra del panorama que le esperaba a la otrora Germania a causa de la guerra: desempleo, hiperinflación, un sentimiento de derrota y de marginalidad y un rencor que encontraría su cauce años después.

 Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

 

 

Una de las características del Tratado de Versalles, más allá de su lectura inmediata de acuerdo con el conflicto que lo originó, es la relativa al Trabajo, que comprende los artículos del 387 al 427, en donde se establecen o recuperan las condiciones relativas a nuevas consideraciones a propósito de éste; por ejemplo, que no debe considerarse una mercancía; el derecho de asociación por razones lícitas; el pago de un salario adecuado para el empleado; el establecimiento de una jornada laboral incluido el descanso; la supresión del trabajo infantil y, fundamentalmente, y que cobra más fuerza en estos tiempos actuales, el principio de salario igual, sin distinción de sexo. A cien años de las firmas de las potencias y sus aliados, así como de una herida Alemania, ninguna de estas consideraciones expuestas en el Artículo 427 son, cruelmente, una constante en nuestras sociedades occidentales.

Fueron cuatro años en guerra —el armisticio se dio el 11 de noviembre de 1918—, seis meses de negociaciones en París, millones de muertos y heridos y un territorio geopolítico que no volvería a ser el mismo. Pasaron cinco años exactos entre el asesinato del archiduque y la firma del Tratado. Y la consciencia de la muerte, del hombre, lobo del hombre, de las penurias que arrastra la avaricia y la estupidez humana quedarían signados en las generaciones de artistas que vivieron de manera más o menos indirecta los diversos procesos bélicos del siglo veinte, tanto guerras mundiales como civiles. A vuelapluma podemos recordar a Böll y Mann, en Alemania; Elfriede Jelinek, en Austria; en Inglaterra, los poemas contra la guerra de Wilfred Owen; en España, García Lorca y Granada respirando en él. Estos son tan sólo un puñado de nombres que se han enquistado en la memoria, la lista es infinitamente mayor, tanto como el horror que la guerra causa. Quizá en un momento de calma, o mejor, de tormenta, convenga recordar a Efraín Huerta y sabernos un poco menos desamparados:

Hoy he dado mi firma para la Paz.
Bajo los altos árboles de la Alameda
y a una joven con ojos de esperanza.
Junto a ella otras jóvenes pedían más firmas
y aquella hora fue como una encendida patria
de amor al amor, de gracia por la gracia,
de una luz a otra luz.
Hoy he dado mi firma para la Paz.
Y conmigo, en cien países, cien millones de firmas,
cien orquestas del mundo, una sinfonía universal,
un solo canto por la Paz en el mundo.

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Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

 

En la pequeña y oscura sala del departamento 506, Esteban aguarda con impaciencia a los papás de Carlitos, un niño de 8 años a quien cuidará por dos días.

A Esteban, los espacios cerrados y oscuros le producen ansiedad, no soporta tener la puerta de su habitación cerrada. Prefiere la completa violación de su intimidad a permanecer encerrado por más de un par de minutos, sin embargo, cuando el debutante de niñero tiene que enfrentarse a lo que más odia, sus dedos índices en automático buscan a sus amigos los pulgares para frotarse una y otra vez, al grado, incluso, de llegar a sangrarse.

La sala es pequeña y no alberga más que dos sillones, una mesita de centro soportando el peso de varios libros apilados, y un par de cortinas negras que cubren todo rayo de luz, haciendo que el joven niñero desee levantarse e ir a su casa, pero se ve obligado a esperar o sus padres lo reprenderían, y él lo sabe

Pasados 5 minutos Esteban se levanta del sofá para retirarse cuando, sin esperarlo, el padre de Carlitos sale de la habitación del niño, le dirige una mirada con un aire de extrañeza. La madre, que hasta hacía unos minutos se arreglaba en el baño, lo inspecciona inquisitivamente.

—¿Pensabas irte? —replica la madre.

Esteban baja la mirada, no sabe qué le causa más ansiedad, si el espacio encerrado y oscuro o la mirada de la mujer.

—Siéntate.

Esteban toma asiento al mismo tiempo que los señores se acercan a él.

—¿Cuantos años tienes, hijo? —pregunta el padre.

—Trece.

—¿No crees que eres muy joven para cuidar de nuestro Carlitos?

—No, señor.

El hombre confía en Esteban. Además de que su madre les habló maravillas de él, es sabido por todos los vecinos del condominio que Esteban no es capaz de matar una mosca ni de robarse nada.

—Bien. Te explicaremos lo que debes de hacer. Ni se te ocurra —dice la mujer, aún inquisitiva— desobedecer.

—Como bien sabes, hijo —dice el padre— Carlitos está muy enfermo y no puede levantarse de su cama. No lo fuerces a hablar, necesita un tanque de oxígeno para poder respirar, entonces es mejor que no lo intentes.

—Lo único que debes hacer es cuidar que no salga de su habitación, supervisarlo. Es un niño y como todo niño quiere jugar, pero no entiende que su situación es delicada —la madre le entrega una tarjeta—. Este es mi número. No olvides llamar si tienes problemas.

—Y… ¿No comerá nada?

—¡No! —exclama la mujer—. Ni se te ocurra.

—Carlitos tiene conectada una sonda, por ahí come. Mira, hijo, te propongo algo. En un par de días será el cumpleaños de Carlitos, si haces bien tu trabajo podrás venir a jugar con él, ¿te parece?

Esteban no piensa en jugar con él ni en conocerlo, lo único que más desea en ese momento es que los dos días pasen volando para ir a su hogar cuanto antes; extraña la luz y los colores chillantes de su departamento.

Antes de marcharse, los padres le indican que puede comer cualquier cosa que haya en el refrigerador, calentarse comida o hacerse palomitas, puede ver el televisor, pero con un volumen muy bajo, y que por nada del mundo puede abrir la puerta de la habitación de Carlitos ni irse a su departamento.

 

Después de esperar lo suficiente como para que los padres regresen por si se les ha olvidado indicarle alguna otra cosa, Esteban abre las cortinas hasta que uno que otro rayo de luz ilumina el lugar, son las tres de la tarde y con las cortinas cerradas parece que fueran las siete o quizás las ocho de la noche.

 

Una combinación de olores satura su nariz, ya lo había percibido desde que llegó al departamento, pero nunca de una forma tan intensa como ahora. Trata de rastrear de donde vienen esos olores, pareciera como si se tratara de carne podrida combinada con aromas frutales. Aunque a veces los aromas frutales se imponen, hay momentos en que la peste penetra con más fuerza sus fosas nasales.

El niñero se dirige a la cocina y empieza olfatear cual perro cazador. Abre el microondas y encuentra un plato vacío. Sobre la estufa todo parece en orden, pero cuando abre el refrigerador y casi se cae de nalgas por el susto. Un plato cubierto con una bolsa transparente resguarda unas patas de cerdo y la mitad de la cabeza. “¡Eso es lo que huele asqueroso!”

Esteban cierra la puerta del refrigerador y justo en el ¡plak! le parece oír ruidos en el cuarto de Carlitos. Se desliza a la sala de la manera más cautelosa posible. En efecto, los ruidos vienen del cuarto. Tal vez se ha despertado. Esteban se queda inmóvil, no desea que Carlitos se asuste por culpa suya, porque ni siquiera sabe si sus padres le avisaron que tendría un niñero.

Esteban, mientras tanto, decide sentarse en el sofá donde los rayos de luz son más intensos, mientras escucha el lento caminar de Carlitos. Esteban piensa que Carlitos arrastra los pies como su abuelo Tino, igual de arrítmico y lento. “Pobre Carlitos,” piensa y se compadece de él por primera vez, piensa en todo lo que se está perdiendo, ya que a esa edad él ya había hecho muchas cosas, como ir a los caballos, al zoológico o cuando su padre lo llevó a conocer el mar.

Carlitos deja de caminar y el joven niñero supone que ha vuelto a la cama. Cuando levanta la mirada descubre una foto familiar en una de las repisas. Carlitos, muy sonriente, está sentado en las piernas de la madre, viste un traje de marinero color blanco con los costados decorados de azul y una gorrita muy simpática. Esteban mira con atención, se siente confundido, Carlitos se ve tan normal que no pareciera estar enfermo, tal vez estaba a punto de enfermarse.

Al volverse a su lugar, tira uno de los libros apilados en la mesita. El chico lanza un quejido por el susto, lo que provoca que Carlitos se vuelva a despertar, esta vez, sus pisadas son un poco más apresuradas hasta detenerse en la puerta.

Esteban está asustado, no sabe qué hacer. Llamarle a la madre o decirle a Carlitos que es su niñero. Está indeciso, pero decide acercarse a la puerta y decirle que no se preocupe, que todo está bien, que sus padres salieron y que él lo cuidará en lo que sus padres regresan.

La respiración dificultosa y pausada de Carlitos distrae de sus pensamientos al angustiado niñero. Esteban recordó a su abuelo Tino; antes de que muriera tenía una especie de cubrebocas que lo ayudaba a respirar, así como Carlitos respira.

—¿Carlitos? S-soy Esteban.

Carlitos no responde, solo se oye su respiración entrecortada y profunda.

—Tus padres salieron, yo te cuidaré solo por hoy y mañana.

Espera respuesta. Se lleva la mano a la frente recriminándose su tontería, pues Carlitos casi no puede hablar y es absurdo que responda.

—No me respondas, sólo te hablo para que sepas que yo estaré…

Esteban se interrumpe al escuchar que Carlitos vuelve a caminar alejándose de la puerta.

El incidente no pasa a mayores, es hasta las siete de la noche cuando Carlitos empieza a mostrarse más inquieto. Esteban procuró encender todas las luces antes de que cayera la noche y se llevó una gran sorpresa al notar que todos los focos estaban resguardados por lámparas que proyectan una luz tenue y rojiza; lo que mantenía el lugar casi en penumbras.

El cuarto de Carlitos también proyecta una luz rojiza muy tenue que se alcanza a percibir por debajo de la puerta,  al igual que dos sombras pequeñas.

—Deberías irte a la cama, Carlitos —sugiere el chico.

Después de un tiempo considerable un trozo de papel es deslizado por debajo de la puerta. Esteban lo recoge y alcanza a leer el mensaje a pesar de la pésima caligrafía.

“Uno sí dos no.”

Esteban no comprende.

—¿Uno sí, dos no? No entiendo.

Carlitos deja pasar unos segundos y da un golpecito a la puerta, deja pasar otros segundos y da dos golpecitos de nuevo. Esteban sigue sin entender.

Carlitos intenta hablar, su respiración parece cansada y entrecortada. Las palaras que trata de emitir se enredan. Esteban recarga la oreja a la puerta para entender lo que trata de decir el pobre niño hasta que un golpe seco en la puerta le retumba en el oído. Esteban grita de susto.

Retrocede unos pasos con las manos en el pecho, en ese momento suena el celular. Contesta, es su madre, le pregunta cómo va su día. No se demoran más de un minuto y cuelga, cuando Esteban voltea hacia debajo de la puerta hay otro trozo de papel. “JA JA”

Esteban enfurece.

—¿¡Te parece gracioso!? —estalla.

¡Toc!

Esteban se queda pensativo. Lo ha entendido.

—Carlitos, ¿estás aburrido?

¡Toc!

Sí, lo ha entendido.

Esteban dibuja una sonrisa en el rostro. Ha olvidado el malestar que le provoca estar en ese lugar encerrado y casi en penumbras y mejor piensa que para poder entablar una conversación con Carlitos tiene que hacer preguntas que se limiten a un sí o un no.

—¿Tienes hambre, Carlitos?

¡Toc! ¡Toc!

“Umm, veamos. ¿qué más puedo preguntar?” Piensa.

—¿Extrañas a tus papás?

Carlitos tarda un tiempo en responder hasta que suena el primer toquido. Esteban está a punto de formular otra pregunta cuando se escucha el segundo toquido.

Hablan un buen rato hasta que dan las 11 de la noche, a Esteban se le empiezan a terminar las preguntas.

—¿Es verdad que dentro de poco será tu cumpleaños?

¡Toc!

—¿Y estás feliz, por ello?

¡Toc! ¡Toc!

—¿Por qué no? —pregunta sorprendido-¿No vendrán tus amigos?

Esteban se recrimina, ha olvidado que la conversación se limita a un sí y un no.

Carlitos no responde, Esteban se culpa, se lamenta con Carlitos, pero ya no hay más respuestas. Sus pasos lo delatan, ha vuelto a la cama.

Esteban se va a la cama culpándose. “Soy un completo idiota.”

A la mañana siguiente bajo la puerta hay un trozo de papel más grande. Las letras son cada vez más difíciles de leer. Esteban sonríe, de pronto el fétido olor reaparece. Esteban corre a la cocina sin soltar el papel, piensa cómo hacerle para que esa maldita comida deje de apestar. Busca por todos los cajones de la alacena y encuentra pastillas aromatizantes, pone dos en cada lado del plato. El olor a frutas  ha quedado impregnado en las yemas de sus dedos y en sus fosas nasales, por lo que lo acompañará un buen tiempo.

Esteban vuelve a leer lo escrito en el trozo de papel. “¿Quieres amigo ser? Reza”.

Carlitos al parecer no se ha despertado, Esteban curiosamente siente ansias para responderle. Se debate en esperar a que despierte o despertarlo, no sabe qué hacer. Da vueltas al asunto hasta que lo decide. Se acerca a la puerta y piensa en la manera más original que se le puede ocurrir, coloca los nudillos en la puerta y ¡Toc!

De pronto, como si Carlitos sólo hubiese estado esperado esa respuesta, se oye que se levanta de la cama, después un estruendo, como de vidrio quebrado. Esteban se ve imposibilitado en preguntar pues Carlitos apresura el paso y en menos de un minuto está parado detrás de la puerta. Su respiración parece agitada, llena de excitación. Carlitos trata de emitir palabras, pero sólo consigue ruidos extraños y guturales.

—¿Estás bien?

¡Toc!

Carlitos le desliza otra nota más, esta vez lo invita a pasar a su habitación, lo quiere conocer. Esteban duda, los padres le indicaron que por ningún motivo debía entrar. Carlitos se impacienta con la respuesta y le desliza otra nota con signos de interrogación. Al no recibir respuestas emite un sonido, de pronto se oyen sus pisadas torpes y aceleradas en toda la habitación hasta que, por debajo de la puerta, le desliza una fotografía. Es Carlitos vestido de marinerito, pero sin sus padres, está dormido en una cama blanca. Esteban la mira con ternura.

—Yo no tengo una foto —se disculpa Esteban.

Sigue pensativo hasta que por fin se decide.

¡Toc!

Del otro lado se escucha un sinfín de sonidos extraños. Carlitos estalla de emoción.

—Pero… ¿cómo entro? Tus papás no me dejaron llave.

No hubo respuesta ni más ruidos de exaltación, ni pasos apresurados.

Esteban se vuelve al sillón a esperar la llegada de los padres, piensa que el deseo de Carlitos por conocerlo se ha frustrado.

Pasan de las cinco de la tarde, los padres están por llegar, tal vez a las siete u ocho. Esteban recibe una llamada de su madre, platican un par de minutos, deja de prestar atención y piensa que de verdad quiere conocer a Carlitos y que si no lo logró hoy, lo hará el día de su cumpleaños.

La llamada de su mamá hizo que no se percatara que debajo de la puerta, Carlitos le había deslizado una nota, ésta dice: “¿Por siempre amigos?” Esteban con una cálida sonrisa responde.

¡Toc!

En un instante aproximadamente, la llave de la puerta es entregada por Carlitos, quien espera con impaciencia la entrada de su amigo. Esteban la toma, duda un poco y piensa en lo peor que podría pasar. Tal vez Carlitos esté enfermo, pero que entre no hará que su salud empeore.

Abre la puerta con cuidado. El fétido olor penetra cual rayo mortal en las fosas nasales y Esteban vomita a un costado de la puerta. La tenue luz rojiza impide que distinga a su amigo. Todas las ventanas están cerradas y cubiertas con cortinas negras, largas y gruesas.

Antes de reincorporarse, a unos pasos de donde ha vomitado ve un cuadro tirado. Lo recoge y lo observa, su rostro, en ese momento, refleja un terror indescriptible, sus ojos parecen estar a punto de salirse. El olor cada vez es más penetrante. Esteban, tembloroso, quita la mirada de la fotografía y frente a él, en la penumbra, Carlitos lo mira con el único ojo que le queda, pero es imposible saber con qué gesto lo recibe Carlitos, ya sea por la tenue luz que poco ilumina su rostro descarnado, o por la poca piel que le cuelga del rostro.

Carlitos da unos pasos, su ropa de marinerito se ve más holgada y vieja que en las fotografías, debido a la poca piel y músculo que le queda a su cuerpo. Esteban jamás hubiera creído, si no lo hubiese presenciado con sus propios ojos, que un esqueleto pudiera caminar, incluso mantenerse de pie sin ayuda.

Esteban se lleva las manos al rostro y grita un par de ocasiones. El niñero intenta retroceder para salir corriendo, pero en el umbral de la puerta ve al padre de Carlitos con un bate en las manos. Justo antes de volver a gritar, recibe un fuerte golpe que le parte la cabeza en dos. Cae fulminado.

 

En la sala, con las cortinas impidiendo el paso de la luz se lleva a cabo una fiesta de cumpleaños. Los padres de Carlitos están muy entusiasmados de que su hijo por fin haya conseguido un nuevo amigo.

Sin embargo, a diferencia de las demás fiestas infantiles, esta es especial. En el centro de la mesa no hay un pastel que degustar, sino un jovencito con la cabeza recién cosida, respirando con dificultad, sus ojos, a punto de salirse de las cuencas dejan escapar un par de lágrimas. Carlitos lo mira con éxtasis. Ambos, a partir de ahora, serán amigos por siempre.

 


Autores
(Ciudad de México, 1991). Sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Xochimilco y especialista en género en educación por la Universidad Pedagógica Nacional. En 2010 fue finalista en el I Concurso Internacional de Nano Literatura con la novela corta Un día lluvioso. En 2013, publicó la novela El secreto del tío Edgar en España, posteriormente, en 2015 fue publicada en México. En el 2017, colaboró en la revista Noche Laberinto con el cuento Sentencia.

Corres por la colina con el cabello alborotado. Desde la cima puedes ver el valle. Verdes y frondosas columnas emergen caprichosamente. Criaturas de diversos colores cruzan el cielo azul emitiendo sonidos gloriosos. El aire se siente húmedo y puro. Respiras profundamente hasta que tu cuerpo se colma. La garganta se cierra: no puedes respirar. Caes de rodillas, tomándote el cuello con desesperación. No puedes gritar. Observas cómo todo pierde su forma hasta convertirse en un punto negro.

Despiertas bañada en sudor, jadeas. Te levantas nerviosa y revisas los niveles de saturación del refugio. Normales. Descuelgas del ropero un traje térmico.

Caminas a la ventana y observas el cielo plomizo. Contemplas maravillada esos dedos negros retorcidos que emergen por allí y por allá. Suspiras al ver la bruma verdusca matutina y sonríes al comprender que se trataba de una pesadilla.

Observas la foto que hay sobre el escritorio. Tu padre vestido con su cazadora de siempre. La barba espesa, los lentes, la escopeta colgada al hombro y tú, de dos años, sentada en sus piernas. Los dos ríen como si acabaran de contarles un chiste. Verificas que el dispositivo de almacenamiento esté dentro de la ranura que tienes detrás de la oreja derecha. Tiras de tu lóbulo una vez. Un ligero zumbido te indica que ya estás grabando. Ciudad de México, 17 de septiembre de… Tiras de tu lóbulo dos veces y regresas al ropero. Descorres los trajes, hurgas entre las cajas apiladas. Abres una que tiene “2030” rotulado en la tapa: periódicos amarillentos que saturan tu mente de recuerdos.

Tienes que apurarte, la tormenta ha cesado. Por la noche podrás continuar con la bitácora y, como cada año, releer las notas.

Desactivas la alarma y ajustas tu mascarilla antes de abrir la puerta. Ante ti, veinte cubetas distribuidas azarosamente en el patio, rebosantes de agua. Ha sido una buena noche. Retiras la ceniza acumulada en la malla protectora de cada una de las cubetas y las vacías en la cisterna. Coges la escopeta Winchester calibre 12 que heredaste de tu padre. Te cuelgas del cinturón una bolsa negra y un cuchillo de caza.

UM1

Eliges a uno de los conejos que hay en el corral techado del patio trasero. Quedan nueve. Piensas en alternativas mientras trozas al animal. Guardas las piezas, todavía calientes, en la bolsa negra y la entierras al lado de un árbol petrificado.

¿Habrá más mexicanos?, te preguntas desde el puesto de vigía. Hace diez años que no ves a ninguno. Desde el día en que tu padre y el escuadrón que comandaba fueron emboscados. No me pasará lo mismo, piensas. Apuntas con la escopeta. Disparas dos veces. Recargas. Tu ojo pegado a la mirilla. Otras dos detonaciones. Cuatro biomecánicos yacen en el pasto cenizo. Te acercas y escupes en la maraña de alambres blancos desparramados.

Con el rabillo del ojo observas a un niño que baja por la colina.

—¡Oye! —tu corazón late con fuerza, la mascarilla se empaña. Lo sigues hasta el centro de la ciudad. En el camino matas a tres biomecánicos más. El niño se mete a una casa sin puertas.

Dos ojos negros se asoman por la ventana. Apenas superan el borde. Tiene el pelo cenizo; las mejillas morenas, libres de petequias. Es solo un niño. Probablemente generó una especie de inmunidad, como los conejos, reflexionas.

—¡Oye! —le vuelves a gritar, acercándote lentamente. El niño abre la boca y emite un ligero tic-tac. Disparas. Un trozo de ventana se desmorona. Tic-tac. Disparas de nuevo. Tic-tac. Te hincas, recargas. Colocas la culata de nogal sobre tu hombro derecho. La mano izquierda sostiene el cañón de acero forjado. Tic-tac. Controlas la respiración y aprietas el gatillo con fuerza. Los ojos desaparecen. Te acercas sin dejar de apuntar al cuerpo exangüe del niño. Su cara ha sido sustituida por un gran hoyo del que cuelgan alambres blancos.

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—¡Ey, por aquí!

Volteas empuñando la escopeta. Es un hombre joven, sin mascarilla. Le apuntas a la cabeza.

—¡No, por favor! Soy inmune, como los conejos —suplica, cubriéndose el rostro. Te acercas. Le revisas la boca, los ojos, los oídos.

—Sígueme.

Ajustas los niveles de saturación, activas la alarma y entran a la casa. Te quitas la mascarilla, te acomodas el cabello y te secas la cara.

—Los niños son los más peligrosos. Mis padres murieron cuando intentaron ayudar a uno.

Lo miras: sus ojos transmiten tristeza.

Platican mientras cocinas al conejo. Él tampoco ha visto a más mexicanos. Le muestras tus archivos, tus mapas. Comen. Abres una botella de tequila. Se miran.

El humo del cigarrillo se impregna en las sábanas. Su cuerpo tibio y desnudo descansa a tu lado. Arrojas la colilla y retiras el revolver del buró. Verificas que esté cargado y apuntas a la cabeza del hombre. No puedes correr riesgos… Disparas.

Sangre y trozos de carne se deslizan por tu rostro. Ya no hay duda: ahora sí eres la última mexicana.

UM3

 

Los últimos mexicanos fue publicado originalmente en el número 43 de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).

Ilustrador
Elsa Rangel
Ilustradora y artista visual emergente originaria de la CDMX. Egresada de la Licenciatura en Diseño Gráfico y de la Maestría en Animation Concept Art. Se especializa en storytelling y la creación de mundos y personajes mediante técnicas análogas y digitales. La estética de su obra puede ser descrita como una experiencia visual onírica inspirada por la cultura mexicana, el rock clásico y la oscuridad.
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Si ustedes llaman CDMX a este sitio, ¿por qué yo no habré de llamar Monsi a Carlos Monsiváis? Es cierto que ambos hipocorísticos son de mal gusto, pero resultan efectivos para devenir marca registrada, y hacen que me pregunte, además, en qué momento esas cuatro letras resultaron el corolario de lo que fue (¿o sigue siendo?) la Ciudad de México.

 

De paso me gustaría saber qué significan dichas cuatro letras. ¿Será una clave para hackear una ciudad codificada? ¿Un nombre que de tan incluyente (por aquello de la equis), niega a la ciudad con su hermetismo? Pero ¿qué hay de aquella otra ciudad llamada «México», a secas, hace apenas diez años, que concentraba lo ininteligible del resto del país?  Denominada con la sinécdoque ranchera que nos caracteriza, la ciudad recibió este nombre por parte de aquella provincia pre-freudiana con que fantasea todavía el capitalino; un nombre que terminó desbordando las fronteras marcadas en la división política de los mapas escolares.

 

¿Es posible entonces nombrar de otro modo lo que Carlos Monsiváis tradujo durante la gestación de Apocalipstick? Traducir una ciudad no es forzosamente narrarla. La traducción implica un movimiento distinto —a contracorriente, tal vez—. Al traducirla algo se pierde, eso que la ficción puede inventar o tratar de un modo más distanciado. La crónica, en su intención, exige al cronista estar pendiente de la ciudad y sus variaciones temporales, de las mudanzas del caos, de la coreografía diaria que ejecutan quienes viven en ella. Monsi eligió la crónica para traducir esta ciudad. La crónica es el espejo al que debe la pregunta de si logrará la metrópolis verse reflejada. Y si lo logra —ahora me pregunto yo— ¿qué vería?

 

Por mucho tiempo la capital del país fue, para mí, una ciudad a la que se venía de ida y vuelta. Nunca un paradero. Por aquellos días yo tenía doce años y nuestra estancia en ella era breve, duraba acaso un fin de semana. Ese tiempo rendía lo suficiente para pasear en Chapultepec, conocer museos y exposiciones, revisitar Coyoacán (¡siempre Coyoacán!), comer en los alrededores del centro histórico, perder un par de horas en los traslados del metro y volver a la TAPO, cansados pero paseados, para tomar el autobús que nos llevara de regreso a Puebla. Este itinerario lo realizamos como una especie de viaje a la semilla, a los orígenes de aquello que creíamos que era la Ciudad de México. Después crecí y los viajes se redujeron a uno por año. O menos. Ya no nos importaba visitar los mismos lugares, y salir de esta zona de confort en una ciudad tan grande resultaba agotador, cuando no irrelevante. Podíamos decir, con total suficiencia, que conocíamos la Ciudad de México. No hacía falta involucrarnos demasiado, en todos lados era lo mismo: caos, imprudencia, jaleos, ojos que miraban todo menos los míos.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

¿Por qué, entonces, puede gustar tanto la Ciudad de México, si pareciera que ya la conocemos? Para mirarse (es decir, para saberse Ciudad de México, o México, o capital imitada de un país inimitable) hace falta que alguien la mire y quiera venir. Y venga, se mude y confine sus esperanzas, su sed aspiracionista, en los departamentos compartidos por diez personas también con metas compartidas. Porque estas diez personas sí vinieron y, tal vez igual que yo, la conocieron de paso alguna vez y se imantaron con esas memorias metonímicas. Quizá quedaron deslumbrados porque, para ellos, aquí estaba todo lo que falta allá afuera.

 

«El centralismo paga sus malevolencias y desmesuras con las masas que descienden de camiones y trenes y aquí se quedan, porque la idea del regreso al pueblo es más ardua de soportar que el desarraigo.»

 

El capitalino dirá que la provincia es más mocha, y quizá sea cierto. Pero también imita a la capital en otras cosas, sobre todo en el supuesto progreso e inclusión de dientes para fuera que ostenta esta última. Otra farsa deviene en la especulación inmobiliaria que se aferró a la tragedia del 19 de septiembre pasado. Si le creemos a Monsiváis, Miguel Alemán abre la puerta de su gobierno al otro cáncer que oferta como oasis a la ciudad: el capitalismo. La exaltación de la metrópolis encuentra su origen en aquellos primeros días de tensión políticoeconómica. Después de la Revolución mexicana, en el país entero se establece un rumbo distinto que definirá hasta hoy la idea distorsionada de progreso. El capitalismo da un rostro a la ciudad, «arrasa con las tradiciones pueblerinas» en palabras de Monsiváis. Puebla aún se divide por medio de la moral: la asistencia de centros nocturnos va a la baja dado que el centro se ha gentrificado. La Ciudad de México, por su parte, ya ni siquiera reclama un espacio para la perversidad maquillada por cúpulas.

 

El centralismo varía dentro de sus propias contenciones, aunque no como quisiéramos quienes no vivimos aquí. En enero de este año, el gobierno encabezado por un paciente López Obrador, propuso la descentralización de instituciones y servicios. Antes de esta decisión, lo que llegaba a la provincia no era más que el eco del acontecimiento, que encontraba su epicentro mediático en la capital. Cuántas veces hemos escuchado a aquellas caravanas cegadas por el oasis cosmopolita justificar su nomadismo diciendo que acá está lo «mejor», que vale la pena sacrificar el hogar para «crecer», para «superarse» y demás plática aspiracionista.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

¿Cuándo será el día que renunciemos a ese fenómeno llamado Chilango Dream, que, como su par gringo, hace de México un rancho? Quizá deban pasar otros diez años para que la catástrofe presagiada en este libro suceda: que México desaparezca tal como lo conocemos. Monsiváis leyó la historia del país en décadas. Para él, el «tiempo mexicano» no se mide por sexenios, sino en múltiplos de diez. Cada década representa un movimiento telúrico en el rocoso panorama nacional. Esto sucede de forma más evidente «en la capital de la República, en la nación donde el Centro dicta el comportamiento que diez años más tarde la provincia interioriza».

 

Como mexicanos, a fuerza de precisión en las fechas, hemos ganado lamentablemente un instrumento de medición que se ha vuelto nuestro particular cronómetro del derrumbe. La CDMX, y el resto del país, se renuevan cada 19 de septiembre. En vísperas de ese día la ciudad concluye su era y conoce una distinta. Así lo prueba, por ejemplo, lo dicho por Monsiváis sobre la Vecindad (con mayúscula, pues se trata de un arquetipo que prefigura la especulación inmobiliaria que padecemos ahora). El terremoto del 2019 terminó simbólicamente con las vecindades, los edificios viejos, las casonas que pertenecían a la historia de una ciudad que devino metrópolis, para dar paso a la gentrificación. La hegemonía capitalista desvela el rostro que, quizá, sea el atractivo actual de esta ciudad: el del caos con valor por metro cuadrado.

 

La nostalgia revestida de humor monsivaisiano también forma parte de las ruinas de aquella preCDMX. Con su alharaca particular, Monsiváis recupera en décadas la Ciudad de México. Por eso hoy, ni antes ni después, hoy es necesario reflexionar sobre el devenir (y quizá la debacle debido a la contingencia ambiental de las últimas semanas) de la capital de nuestro país. Diez años después de la publicación de Apocalipstick, el caos de la ciudad sigue siendo la única forma de individuo, «nunca antes tantos habían sido tantísimos». ¿Cómo reconocerse en la foto de Spencer Tunick, postal de los últimos tiempos? Cualquiera que la vea y lea el libro podría decir “Yo soy aquel; esta es mi tía; mira qué bien salieron los abuelos”, y nadie tendría argumentos para contradecirles. Sin embargo, pocos destacan en la masa, pues el anonimato es el rostro de esta ciudad. Pero también es un arma de doble filo. Es cierto que a Tunick lo quiso censurar Felipe Calderón, detrás de quien estuvo en todo momento durante su campaña Vicente Fox, principal responsable del desafuero perpetuado en contra de López Obrador. En ese tiempo los simpatizantes de AMLO abarrotaron las avenidas más importantes de la capital para exigirle al gobierno que repensara el desafuero contra su líder. En esa marea de gente (por desgastar aún más la metáfora empleada en algún rincón del libro) valdría preguntarse, como ahora, quince años después, ¿cuántos caben en un chingo? Aquellos que lograron colarse en la multitud insatisfecha asistieron a la marcha, en palabras de Monsiváis, para «imprimirle un contenido ético a su presencia».

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

La perspectiva benjaminiana ajusta la historia a sus variantes y repeticiones. En enero de 2019 Andrés Manuel López Obrador llega a la presidencia del mismo modo en que lideró la Marcha del Silencio: en medio de una aglomeración de cuerpos que querían ser testigos del sismo —esta vez político— que cada cierto tiempo marca la historia de México. La historia del desafuero contra AMLO prefigura nuestro presente. La ausencia de justicia —la corrupción como factor intertemporal— da paso al loop histórico-político del que no habíamos podido salir hasta hace seis meses. La multitud que marchó hombro con hombro con AMLO, en favor de la justicia y el voto libre, encuentra ahora un segundo aire, pues «sostiene en todo momento (…) un código ético y político, en este caso el derecho a la libre emisión del voto y a la democratización de las oportunidades, más el hartazgo ante la marginalidad política y la impunidad de los poderosos».

 

La portada de Apocalipstick muestra a unos encuerados perdidos en el anonimato de la carne. Gracias a las crónicas de Monsiváis, la metrópolis logró mirarse finalmente en un espejo de cuerpo entero por el que se preguntaba este último. Si, como advierte el mismo Monsi, muy pronto llegará el día en que busquemos gozar, paradójicamente, de nuestros 15 minutos de anonimato, entonces también estemos pendientes del día en que la ciudad al fin se despueble. ¿Quién se atrevería a refutar la sugerente utopía de un centro deshabitado?


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Te encuentro a la orilla de la cama
con la boca fría,
la mirada expuesta:
una afirmación del miedo.

 

La escasez del agua nos matará.

 

Quemas tanto a la expectativa
y descubres tu cuerpo.
dejando en mi vientre el vacío de tu cintura.

 

Susurran sobre el caos que se avecina.
Tus piernas tienen la longitud de la ausencia
imposible calcularla a base de suspiros.

 

Vivimos la sequía más larga del siglo.

 

Y yo, acostumbrada al abandono,
soy la voluntad que resguarda las sábanas,
su origen está en mis ojos por causa tuya.

 

Estamos en crisis.

 

Hago de este cuarto un lugar habitable
para los de tu especie
como renunciación a toda forma
que me aproxime a lo humano.

 

Soy río
y la humedad en las paredes
se vuelve insoportable.
Hablas del agobio
mientras afuera hay sed.
Dejas la llave abierta cuando no estás:
el agua se filtra por el suelo.

 

Soy agua bajo el agua,
dentro y encima,
los objetos que llevaron tu nombre
flotan esperanzados.

 

La sequedad en las calles
anuncia la miseria.
El olvido es el rostro del pueblo.
Ya todos se dirigen al mar.


Autores
Ha participado en exposiciones colectivas como Galería XXVI en 2015, Campo de Orquídeas 2da. Edición en 2016, Irreconocible en 2017 y Sigue la Patria en 2017. En 2019 presentó su primera exposición de pintura en solitario <emVariaciones de lo íntimo. Parte de su obra poética se encuentra en la antología de poesía 10 balas por ediciones El Viaje publicada en 2017; así como revistas y medios electrónicos, algunas de ellas son Engarce, DADA, El Humo, Revista Levadura, Revista Marcapiel, entre otras. Fue becaria Interfaz ISSSTE 2017 en poesía y del verano de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2018 también en poesía.

 

Though this be madness, yet there is method in it

No hace mucho leí un titular del periódico El Universal que rezaba “Millennials, dispuestos a pagar altos costos por vivir en zonas céntricas”. “Millennials” es el nombre que un coro de mercadólogos y filósofos pop han decidido darle a la generación de gente nacida, más o menos, entre los inicios de la década de 1980 y el 2000. Por supuesto, es una etiqueta que busca homogeneizar un grupo de personas que no está exento de las desigualdades transversales al paso de los años, e invisibilizar a las clases sociales que no encajan en el concepto como grupo de consumo, pero que también ha sido objeto de reapropiación por parte de los etiquetados con fines de denuncia social. No obstante, el consenso parece ser todavía uno: se trata de una generación defectuosa de origen; arruinada por la comodidad de la tecnología y la relativa bonanza económica de sus padres, la cual ellos, por su parte, son incapaces de igualar, a causa (se asume) de su ineptitud para ajustarse a la vida; de una locura aún sin clasificar que los lleva a pagar altos costos por vivir en zonas céntricas, o a viajar en vez de comprarse una casa, o a preferir una y otra vez lo efímero a lo perdurable, la inestabilidad a los cimientos. Corrijo: que nos lleva. La fecha arbitraria de mi nacimiento me coloca dentro del radar de disparo de los opinadores; no soy un modelo de emancipación: vi las Torres Gemelas de Manhattan caer cuando estaba en la secundaria, mi humanidad en estado larvario tuvo como ruido de fondo la época de oro de Walt Disney. Cumplí cinco años, por ejemplo, cuando se estrenó en cines El rey león.

 

Neither a borrower nor a lender be

La historia es conocida: Mufasa, el león rey de la sabana africana, es traicionado por su hermano Scar, quien lo asesina arrojándolo a una estampida de ñus, usurpa el trono y exilia al príncipe Simba, apenas un cachorro. Simba crece en el exilio, donde vive con una suricata y un jabalí; mas un día debe volver para enfrentarse a su tío, quien gobierna un reino empobrecido en complicidad con una manada de hienas, para derrocarlo y tomar su lugar como legítimo rey.

Hace poco volví a esta historia, esta vez en su versión teatral, consecuencia de un reciente proyecto de reciclaje narcisista emprendido por Disney. No pude, veintitrés años y numerosas dioptrías después, obviar algo de lo que tenía conocimiento, pero en lo cual no pensaba: El rey león es en realidad la historia de Hamlet, ópera magna de William Shakespeare. Que se sepa, esta influencia isabelina nunca ha sido reconocida por Disney, sin embargo es evidente; por lo demás, advertir la intertextualidad —¿el plagio, el cover?— resulta extemporáneo: la película fue hecha para el niño que fui más que para el adulto que soy.

Como sea, en la relectura de Hamlet, me fue imposible eludir la cascada de equivalencias: Mufasa es el rey de Dinamarca que, tras su muerte a traición, se aparece en forma de espectro; Simba no es sino el príncipe Hamlet; Scar es la versión felina del tío Claudio (no por nada, desde su estreno en Broadway la obra requiere para el papel del desaliñado león de melena negra a un actor con experiencia en teatro shakespeariano).

La historia se desenvuelve en paralelismos: el tío se sienta en el trono mientras el heredero huye: al exilio literal, en el caso de Simba, y al exilio metafórico, el del pasmo y la indecisión, en el caso de Hamlet; hacia el final de la historia, ambos príncipes enfrentan al usurpador, aunque el desenlace se bifurca en favor de esa histeria colectiva que busca suministrar a la infancia la mayor cantidad posible de finales felices: Simba derrota a Scar en la batalla climática y sube triunfante a la Roca del Rey, mientras que Hamlet muere tras consumar la venganza. En el primer caso, se produjo una secuela —cuya trama, para aderezar la paranoia, contiene reminiscencias de Romeo y Julieta—; en el segundo, el silencio.

T.S. Eliot dijo en un arrebato de abstracción que el mundo moderno podía dividirse entre la influencia de Dante y la influencia de Shakespeare. Se entiende que ni Walt Disney ni nuestros cinco años estaban listos para una versión animada de los nueve círculos del Infierno.

 

Intermedio

En la universidad tuve un maestro de francés al que se le desbordaba la materia: quién sabe si padecía episodios de altruismo pedagógico o si poseía tantos conocimientos que necesitaba desalojar en voz alta su cerebro para hospedar otros nuevos; el caso es que, de las cinco sesiones que el programa le asignaba a la semana, ocupaba siempre la última para enseñar saberes alternativos —así fue como aprendí, por ejemplo, algunos balbuceos en latín—. Por aquel entonces, yo no había leído a Shakespeare; quizá lo había leído a manera de menú de comida extranjera, asiéndome de las dos o tres palabras que se entienden para deducir el sentido general y, sobre todo, buscando ilustraciones. Uno de los temas de esa asignatura fantasma de los viernes era la historia antigua de Francia, que iba más o menos así:

En los tiempos en que Julio César mostraba inclinación por ir, ver y vencer, las Galias se habían convertido ya en una provincia romana. En la región de Auvernia lideraba el noble Celtilo, un dechado de virtudes, quien tenía a su vez un hermano, Gobanición, que significa “herrero” en galo, por lo que no sabemos si era éste su nombre o su apodo. Lo que sí sabemos, decía el profesor de francés, es que una gran cicatriz le surcaba el rostro, lo cual muy probablemente tuvo algún efecto triste e inmerecido en la formación de su carácter. Era dato conocido que Celtilo no simpatizaba con César, mientras que Gobanición era prorromano; el primero estaba desventajosamente bien educado, mas no así su hermano, quien atizó una conspiración entre los aristócratas para acusarlo de traición, arguyendo que planeaba restablecer la soberanía de Auvernia. A Celtilo lo quemaron vivo; Gobanición se ganó el favor del César.

No obstante, antes de arder, a Celtilo le había dado tiempo de dejar un hijo, Vercingétorix[1], a quien Gobanición, por supuesto, exilió. Éste se refugió en los bosques con los carnutos, otro pueblo galo liderado por el sacerdote druida Gutuater, quien lo educó y lo formó como el guerrero que más tarde reuniría a las tribus galas antirromanas en una alianza de resistencia, en cuyo jefe se convirtió.

Con ayuda de sus dos aliados y mejores amigos a la vanguardia, Vercingétorix venció a los romanos que habían entrado a Carnutes y despejó el camino hacia la ciudad. Ahí combatió a su tío y más tarde al propio Julio César; en ambas ocasiones, sin embargo, fue derrotado. El emperador le perdonó la vida y lo conservó encarcelado en Roma durante siete años hasta que quizá se aburrió de la certeza de su existencia y lo mandó estrangular. Su premio de consolación fue llegar a ostentar, con los siglos, el título de primer líder de Francia y algunas esculturas ecuestres espolvoreadas por aquel país.

Como puede adivinarse, la historia está llena de coincidencias que no pasaron inadvertidas para aquel maestro, quien no creyó necesario marco teórico ni evidencia bibliográfica alguna para alfabetizarnos en la seguridad de que El rey león y Hamlet no son sino meras diluciones en dos aguas diversas de la conquista de las Galias.

 

This above all: to thine own self be true

Es una casualidad, sin duda, pero una casualidad insurrecta, con pretensiones de fantasía, que Simba haya sido héroe de nuestras infancias. Las de mi generación, quiero decir. La irresolución de Hamlet convertido en león toma fuerza para venir a encarnarse en la generación que vio su historia en el cine, en 1994.

Al millennial se le acusa de vivir una adolescencia extendida. Ahora bien, Shakespeare nunca se ocupa de mencionar la edad del príncipe Hamlet, sin embargo tradicionalmente lo interpretan actores treintones o cuasitreintones. Es sólo el inicio de la coincidencia. Desde el comienzo de la obra advertimos que entre él y otros personajes adultos media un vacío generacional, que, aunque tiene sentido, da la impresión de no ser del todo natural; nadie parece querer considerarlo un adulto, sino más bien un adolescente tardío, un hombre en la ancianidad de la adolescencia: no está listo para reinar.

En paralelo, el exilio de Simba se convierte poco a poco en la postergación voluntaria de sus obligaciones. No se hallan tan lejos de la imagen acústica del millennial, un timorato engreído que se asume rescatador del mundo mas no abandona la casa paterna, hordas de humanos sobreeducados pero incapaces de integrarse al mundo real. Profetas involuntarios fueron aquellos romanos que vencieron a Vercingétorix y que acuñaron la palabra “adolescens” para referirse, no a los adolescentes (un concepto posterior a Shakespeare), sino a las personas menores de treinta años. Vivimos, como Hamlet, una adolescencia prolongada, en su caso por el ninguneo deliberado de su tío y su comportamiento que a los otros conviene mantener en el espectro de lo infantil, y en el nuestro por un sistema económico que impide la emancipación. Porque eso es, y no otra cosa, lo que delinea las, para algunos inexplicables, características del millennial. Resulta muy cómodo y muy tranquilizador diagnosticar un problema de actitud generacional antes que aceptar que existe un problema social y de desigualdad económica que afecta a gente de todas las edades, pero que se normalizó para recibirnos. El Hamlet contemporáneo estudió más que su tío, sin embargo a cambio de su trabajo tiene un poder adquisitivo considerablemente menor que el suyo; no sorprende que dude a la hora de tomar su lugar.

 

Otra coincidencia, no sé qué tan al margen.

Mientras Simba, en El rey león, pasa su juventud en el exilio, hay un personaje que, por el contrario, vive en carne propia la decadencia del reino. Se trata de Nala, una leona a la cual Simba conoce desde la infancia. Es ella quien, años después, sacará a Simba del limbo y lo orillará a enfrentar su destino.

El fotógrafo norteamericano Gregory Crewdson realizó en 2008 una serie de imágenes que llamó Beneath the Roses; la colección incluye una fotografía titulada llanamente “Ophelia”, a su vez una reinterpretación de la homónima del pintor John Everett Millais, quizá la más famosa ilustración de la muerte de la pretendiente no correspondida de Hamlet: en un trance casi alucinógeno de despreocupación (más bien un limbo de demencia, cruzado el umbral del sufrimiento), Ofelia cae de la rama rota de un árbol y flota, indiferente, en la superficie del agua, hasta que el peso de sus ropas se la traga y la ahoga. A diferencia de la pintura de Millais, el montaje de Crewdson no muestra un escenario de maleza, sino una típica casa suburbana inundada, en medio de la cual yace el cuerpo de una mujer: el personaje ha sido transplantado del semisuicidio a la destrucción, y, en vez de que la causa de muerte sea el desdén de Hamlet, lo es el contexto de lo que vemos en la foto: una aterradora normalidad.

La desolación capturada por Crewdson nos es más familiar que el delirio de la Ofelia shakespeariana, como quizá lo sería para Nala bajo el gobierno gangrenoso de Scar. La Ofelia contemporánea, la millennial, es víctima y testigo de una cotidianidad hostil. En el musical de Broadway, antes de abandonar el reino en busca de ayuda, Nala lo dice mejor:

Shadowland
The leaves have fallen
This shadowed land
This was our home
The river’s dry
The ground has broken
So I must go.

Si el usurpador Claudio le preguntara por nosotros, en lugar de por Hamlet, la reina Gertrudis contestaría de nuevo que nos hemos vuelto locos, nos hemos vuelto locas, “como el mar y el viento cuando rivalizan por ver cuál es el más poderoso”.

Locura: gastar hasta setenta por ciento del propio sueldo en rentas, comer demasiado fuera de casa, negarse a tener descendencia en la misma medida que las generaciones anteriores, huir de un empleo en vez de eternizarse en él con un horario fijo, priorizar lo inmediato a la estabilidad. Los hijos del milenio parecen contestar como Simba y sus amigos Timón y Pumba: “hakuna matata”, esa filosofía de la indiferencia a la que podría adscribirse Hamlet cuando les confiesa a Rosencrantz y Guildenstern que su demencia no es sino un disfraz, una distancia autoimpuesta respecto a los demás; El Universal utiliza el adjetivo “dispuestos” donde debería decir “obligados” por la precarización y la centralización del trabajo, por el transporte público dejado a su suerte en favor de la industria automotriz; porque la inestabilidad no la prefiere, sino que se la han impuesto; porque no es que no quiera tener hijos, sino que apenas le alcanza para sí mismo. Por eso se hace el loco; por eso elige postergar la hora de subir a la Roca del Rey y enfrentar a Scar, a Claudio, a Gobanición y a Julio César, todos ellos vástagos mimados de épocas menos hostiles; por eso va y se compra un latte de cincuenta pesos: para que todos lo llamen demente; para que nadie advierta que en el fondo algo está podrido en Dinamarca, en la sabana, en el mundo contemporáneo.

Si la generación que nos precedió —la de los ídolos suicidas, la de la rebeldía doméstica— encuentra el avatar de su adolescencia en las de Romeo y Julieta, las huestes millennials son Hamlet y Ofelia, no sin un poco de pesar.

 

Hakuna matata

En una escena emblemática de El rey león, bajo la cúpula estelar sin nubes, Mufasa, padre de Simba, le explica a su cachorro que “los grandes reyes del pasado nos miran desde las estrellas”. Veo la escena por enésima vez, y ahora no sé si se refiere a una manada de felinos ancestrales o a los reyes de Dinamarca —los asesinos, los usurpadores, los herederos—, a los reyes de una Francia que aún no tenía ese nombre —los conquistadores a los que veintisiete puñaladas impidieron coronarse, los traidores, los derrotados— o a otros reyes cuya existencia nadie registró pero que participan de este loop de las historias que se repiten a sí mismas a lo largo de los siglos como si la novedad fuera una rémora evolutiva que más vale sacudirse. Simba aprende, para luego ir a desaprender en la vida —su amigo Timón le explicará que las estrellas no son sino “luciérnagas que se quedaron pegadas en esa cosa negra de allá arriba”—. En nuestras cabezas galopa una y otra vez el coro de la canción, “sin preocuparse es como hay que vivir”, como recordándole a Hamlet que, si ya todo está podrido, cualquier preocupación es un lujo y una necedad.

 


 

[1]  Tampoco de él sabemos si tenía otro nombre, puesto que Vercingétorix es en realidad la combinación de diversas partículas en lengua gala o celta, a saber: uer- (gran), kinguéto (guerrero), y -rix (rey), lo que podría traducirse, un poco al vuelo, como “el gran rey guerrero”.


Autores
(Estado de México,1989), escritor y traductor, es autor de Señales de vida (Fá Editorial, 2015). Fue editor de la revista digital La Hoja de Arena y, en el periodo de 2013 a 2014, becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela. Alterna la escritura y la traducción con la docencia.
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

En la Alameda Central todas las formas
del olvido y del agua
están presentes;
desde sus malecones imprevistos
puedo medir la soledad atlántica.
Abigael Bohórquez, “Canción de la Ciudad de México bajo la tormenta y de la lluvia sin Laura”.

 

Si es cierto aquello de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, es igual de cierto entonces que no es posible atravesar la misma ciudad dos veces. Dicha afirmación corre el riesgo de sonar a chapuza, sobre todo si el recorrido a través de la urbe se realiza con premura, con descuido y bajo el fuste de la prisa y la costumbre.

Sin embargo, la máxima atribuida a Heráclito cobra significado cuando atravesamos la ciudad de forma lenta, pausada, y reparamos en sus detalles: no es la misma de ayer y, de más está decirlo, no es la que será mañana: Dios (o el Diablo, escoja usted) está en los detalles.

Una marcha lenta, un paseo y la enumeración minuciosa, detallada, siempre sorprendida y sorprendente (casi con torpeza, diría Georges Perec) de lo que ahí se ha alcanzado a apreciar, es lo que podríamos definir como la “labor” (sic) del Flâneur, aunque me resulta más cómodo el término “botánico del asfalto”, que Carlos Monsiváis acuña y encarna a la perfección en su Apocalipstick (2009).

Afirmaba José Alvarado Santos en “Meditación de un transeúnte”:

[…] porque en sus aceras transcurrieron, en años pasados, momentos felices de su vida, momentos de los que arranca para siempre su destino de transeúnte distraído, y supuso que la cuna del suyo propio puede ser un buen escenario para las consideraciones acerca de los ajenos.

Mucho meditó acerca de las flaquezas humanas que elevan a los mortales a cimas gloriosas o los hunden en abismos profundos y, naturalmente, negros, y en uno de los vericuetos de su divagación tropezó con el recuerdo de una figura que puede servir de ejemplo para toda explicación acerca del humano destino1.

 

Si bien la figura a la que se refería el autor de Visiones mexicanas (1985) no era la de Monsiváis, podría adecuarse al autor de Por mi madre, bohemios, quien, tal vez más que nadie, recorrió las calles de la Ciudad de México con afán observador y extrajo de ellas la esencia de esta, casi sublimada, para presentárnosla en brevísimos tratados unas veces, otras tantas en forma de ensayos más caudalosos, aunque siempre con un toque de ironía y mordacidad.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

 

Como pocos supo explotar la riquísima veta que es la Ciudad de México, monstruo de agua y concreto que se destruye constantemente para levantarse una vez más, distinta de como se fue a dormir.

Porque Monsi lo supo siempre: donde entra una ciudad bien podemos meter otras cincuenta (y no en el sentido espacial y tortuoso que parece regir el cupo de los vagones del metro), sino en las múltiples lecturas que hagamos de esta; todo cabe en un ensayo sabiéndolo acomodar.

Tal como una ciudad es la urbe (así, monstruosa, unidad indisoluble vista desde lejos) pero también sus calles, casas y edificios (o sus definiciones, como diría el propio Monsiváis) Apocalipstick es un artefacto narrativo que bien pudiera leerse como un ensayo de largo aliento, una crónica de los días inamovibles o bestiario urbano de semificción; catálogo de aforismos, epigramas (con su respectiva miel y su aguijón) o la transcripción de las voces de un coro anónimo citadino que habla y habla, pero nunca se sabe cuándo empezó ni dónde acabará.

Porque en la obra de Monsiváis, muy a la usanza de Pedro Páramo (1955), las voces de los vivos y los muertos se intercalan con agilidad en el discurso, casi con sabor a psicofonía, y ayudan a apuntalar todavía más el ritmo sabroso que sostiene toda su obra.

Mapeo de sus obsesiones y temas predilectos, Apocalipstick es también el registro del cambio de una ciudad con el andar de los años, un catálogo de instantáneas que rastrean el zeitgeist y su lenta mutación al paso de los tiempos. Sólo alguien con su mirada puede reconocer, y documentar, la lenta e inexorable transformación de la “Parranda” en “Reventón”, diseccionar el paseo por las calles y explicar cómo devino en recorrido por el mall más cercano.

Bajo la pluma de Monsiváis, los vasos comunicantes entre el boxeador y la estrella pop, el cantinero y el sacerdote, se dibujan precisos y tan claros que uno piensa que ya los había notado antes, aunque no haya nada más alejado de la realidad.

¿Dónde yace la diferencia, si es que la hay, entre el observador contumaz, analítico, y el voyerista? Quizá, en caso de existir, reposa, una vez más, en los detalles, en lo que se produzca con lo extraído casi a hurtadillas del fenómeno observado. O, en todo caso, en el aprehender dicho fenómeno, aunque sea por un instante. Y para Monsiváis, que se reconocía observador, aunque peligrosamente cercano al voyerista (visual y auditivo) la única condición para renunciar a esa capacidad observadora era que se le permitiera tocar lo que miraba.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

 

 

Afortunadamente para nosotros sus lectores, la ciudad, siempre espejismo de sí misma, es inalcanzable, es el perro que se sacude los pelos cuando ya estábamos a punto de terminar de contárselos y hay que volver a comenzar. No se toca enteramente lo que no se comprende, y lo que no se comprende no puede morir, permanece inalcanzable en su calidad de anhelo.

Así, pues, Apocalipstick, como el resto de su obra, es solo el testimonio (menuda cosa, sin embargo) del hombre que quiso observar todo y no lo logró; bitácora del caminante citadino, del filósofo de la variedad de tipos humanos y sus oficios y manías. Para Monsiváis funciona más no estar en contacto directo con el objeto de admiración, sino verlo a través de la ventana, para dejar el resto a la imaginación.

Porque para él, el fenómeno de observar al humano en su condición más pura (esto es, justamente, cuando no se siente observado) se asocia más al chisme que al análisis sesudo, aunque los resultados que nos proporcionó tengan muchas más seriedad de la que él mismo quiso hacernos creer.

Si para Walter Benjamin los grandes hombres dan mayor peso a las obras inconclusas que a las que ya ostentan un punto final, Monsiváis fue, sin duda un gran hombre, porque reconocía siempre, implícitamente, en sus escritos, que lo suyo fue siempre un mero acercamiento a lo que en realidad deseaba expresar, que lo que él deseaba atrapar no se entiende bajo el cautiverio de la palabra y siempre encuentra el modo de estar fuera del discurso.

Como botánico del asfalto, destinado a perseguir especies sin cuerpo, flora urbana que se marchita apenas nace, se conformó con dibujarlas a través de la observación y verterla en su amplísima obra: con eso se quedó. A nosotros, afortunadamente, nos quedan sus libros, donde todas las formas de la memoria y la identidad mexicana están presentes.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.