El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.
“Los vuelos espaciales son un simple escape, una fuga, porque es más fácil ir a Marte o a la Luna que conocerse a uno mismo.”
–Carl Jung
19 de julio de 1972. 23:53.
Mañana se cumplen tres años del alunizaje del Apolo 11 y de la caminata de Buzz Aldrin y Neil Armstrong. Jamás olvidaré las palabras que Buzz dijo al sentir el desierto monocromático: “Magnífica desolación.” La ansiedad de ver mañana a los tripulantes en la tele celebrando el aniversario no me permite dormir. El refrigerador hace un ruido extraño desde hace unas horas, pero no anticipé que sería gran problema. Con la intención de ser más preciso, no es la ansiedad, sino el suspenso.
¿En dónde se presentará Buzz mañana? ¿Usará la misma corbata que el año pasado? ¿Habrá desfile en Houston? Seguramente en Nueva York. Debí revisar la programación. Y también el refrigerador, pero ya es muy tarde para eso.
20 de julio de 1972. 01:15.
Me levanté de la cama para callar al refrigerador. Se escucha un zumbido como si hubiera una abeja atrapada. O una mosca. Sí, es una mosca lo que se escucha desde dentro. Cuando lo abrí, el ruido cesó.
Me quedé unos minutos perplejo, tratando de descifrar la causa, o tratando de hallar la abeja. No, no; me parece más probable la mosca. Lo que fuese. ¿El foco, tal vez? ¿Es esto un augurio? De súbito se me mostró la posibilidad. Así llegan las premoniciones, de golpe, si no, no lo serían, porque lo que crece gradualmente se puede anticipar con el mínimo esfuerzo. La tranquilidad que vivir en un rancho en Texas proporciona es a veces inquietante. Más cuando no se puede dormir. El ruido de una mosca se puede convertir en un martillo. Me hace recordar el poema de Dickinson: “Escuché el zumbido de una mosca –al morir–”.
Escribir me quita un poco el suspenso, pero también me despierta. Ay, Dios, y se me va ocurriendo lo siguiente: espero no pasar el resto de la noche debatiendo entre si dejar de escribir el diario o no. En fin.
20 de julio de 1972. 01:20.
Me pregunto si la precisión es cualitativa o cuantitativa. Escribí hace un poco más de una hora, al reemplazar ansiedad por suspenso, que pretendía ser más preciso. Y de ser el caso, ¿podré llamar diario a esto?
La última entrada fue hace un año, el mismo 20 de julio. La existencia del diario depende de unos pocos días que giran alrededor del aniversario del Apolo 11. Para ser más preciso, desde el 20 de julio de 1969, esto ha sido mi único ejercicio de escritura.
20 de julio de 1972. 01:25.
Me parece un poco excesivo seguir poniendo la fecha completa en cada entrada. Quizá deba omitir el día, a menos que haya cambiado. A veces me gustaría ser eficiente, pero la ansiedad me gana. Aún así, al escribir la fecha completa me sitúa mentalmente en lo que está por escribirse.
Me ha parecido siempre que en este formato se pasa por alto la fecha y la hora mientras se avanza en la trama porque la repetición cansa. No me abstengo de la falta; yo también soy víctima, pero si la esencia del formato es el diario, es decir, la fecha, entonces se pierde algo crucial. Si duermo en este momento, tendré unas buenas horas de descanso. Quizá no se pierda nada, en realidad.
Actividad extravehicular del Apolo 17.
20 de julio de 1972. 02:05.
Supongamos que un francotirador observa su blanco allá a lo lejos. Recostado boca abajo –aquí añadimos la presión de la guerra–, consulta la distancia del enemigo con su spotter. Con telémetro en mano, calcula que son 500 metros. Esto significa que desde el telescopio del francotirador cualquier milímetro de más, o de menos, se verá reflejado con un error de decenas de metros en el blanco. Toma la decisión, dispara y la bala le pasa a un centímetro de la cabeza. Su error ni siquiera es calculable.
¿Nos atreveremos a concluir que por un disparo a 500 metros de distancia errado por un centímetro, el francotirador fue impreciso? Limitémonos a lo siguiente: el disparo fue impreciso. Pero, supongamos ahora que cojo el mismo rifle y hago el intento a 500 metros de distancia sin preparación militar previa y, como era de esperarse, mi bala esquiva al enemigo por una distancia francamente ridícula. No cabe duda que tanto yo, como el disparo, hemos sido imprecisos, pero, ¿soy más impreciso que el francotirador mencionado?
Esta discusión la llevé a cabo con Buzz en varias ocasiones, pero nunca mostró interés por desarrollarla. Y es que, más importante que la angustia de los problemas prácticos, me preocupa el peso que podría tener –si es que no lo tiene ya– en la poesía. No es que algunos versos puedan llegar a ser más precisos; de eso no hay duda; sino, que cualquier verso pueda ser más preciso. O, peor aún, que nunca sean lo suficientemente precisos.
No es lo mismo que el balazo dé en el pecho del enemigo a que dé en el rostro. O que dé en la frente, o en el cerebro. O que dé justamente en esa región del cerebro en donde la sinapsis le hizo recordar al enemigo algo sobre sus hijos o su madre, instantes antes del balazo. La mosca regresó a zumbar dentro del maldito refrigerador.
20 de julio de 1972. 02:45.
Yo era el escritor perfecto para Buzz. Hay dos características primarias que se toman en cuenta cuando se busca a un escritor fantasma. Número uno: buen escritor. Dos: underachiever. Mi reputación venía respaldada por mis colegas.
La NASA formó un comité para decidir quiénes iban a ser los escritores fantasmas, tanto de Buzz, como de Neil. De Michael ni se tomaron la molestia. “Hay que ser eficientes”, le dijeron, y con una mueca, añadieron “realistas”. El comité no solo asumió el cargo para los dos primeros escritores, sino también para los escritores de los posteriores astronautas que pisaron –y siguen pisando– la Luna, cuyos nombres he olvidado.
El espíritu de la lista de candidatos se podría resumir en una sola frase: la melancolía de las cosas no hechas. El premio: tener la oportunidad de escribir el verso, frase, oración, aforismo, etcétera, para su astronauta designado. El comité decidió crear la Liga de los Poetas Fantasmas de la Luna.
A mí, francamente, me incomodaba la designación de poeta, pues no lo soy. Pero siendo Apolo el dios de la poesía —cosa de un significado transformado—, al comité le pareció sensato. Y lo era. Además, la batalla habría sido una tremenda ridiculez debido al carácter confidencial de la empresa.
En los rumores durante el concurso se hablaba de un primer lugar y un segundo, aunque el comité jamás lo reconoció, alegando que ambos seleccionados eran del mismo prestigio. Pero los candidatos asumimos que el victorioso se iba con Buzz, y el segundo con Neil. La razón era sencilla: Buzz iba a ser el primer ser humano en pisar la Luna. ¡Ja!
20 de julio de 1972. 03:50.
Arranqué las hojas con las últimas dos entradas por considerarlas superfluas elucubraciones sobre el francotirador y el francotirado. Se me contagió una idea que el Abate Prevost advierte en un prólogo: “Por más lejos que esté de aspirar al rango de escritor exacto, no ignoro que una narración debe ser descargada de las circunstancias que la volverían pesada e incómoda.” Sin embargo, decidí mantener la fecha completa para custodiar la formalidad del género.
Si se pierden las formalidades, bien podría, entonces, cometer la bufonada de continuar el diario desde la tercera persona de mí mismo. Ha de decirse enseguida lo que debe ser dicho enseguida: el soldado enemigo no recordó a sus hijos, ni a su madre, sino que escuchó el zumbido de una mosca cuando murió.
Retrato oficial de la tripulación del Apolo 11. De izquierda a derecha se encuentran: Neil A. Armstrong, comandante; Michael Collins, piloto del modulo; Edwin E. “Buzz” Aldrin, piloto del modulo lunar.
20 de julio de 1972. 09:47.
D. Parry abrió el refrigerador por última vez. Se había levantado del sillón por algo de beber. En la televisión apareció, al fin, el segundo ser humano en pisar la Luna. No estaban con él Neil Armstrong, ni Michael Collins. No había un desfile en Houston, Nueva York, o Chicago, ni centenares de civiles aclamando la hazaña de tres años atrás. La euforia de aquellos días estaba extinguida.
En la televisión apareció pilotando un tractor Dynamark en un comercial, con una voz en el fondo que decía: ‘Dynamark Lawn Tractor. Astronaut Buzz Aldrin drives it around. It’s out of this world!’ D. Parry escuchó un zumbido en el refrigerador.
20 de julio de 1972. 04:28.
El comité nos seleccionó por medio de un concurso. Cada uno llevó una muestra. Algunos leyeron poesía, y otros, aforismos. Yo llevé un ensayo que estaba escribiendo sobre Kafka. Bueno, no el ensayo en sí, sino los apuntes. Al igual que el resto: no un poema, sino algunos versos y la idea general.
En cualquier otro concurso esto hubiera sido una razón para la descalificación inmediata, sin embargo la NASA sabía con quién trataba y no esperaba menos de nosotros, los underachievers, quienes vivíamos en la imaginación, en nuestras fantasías: la crema y nata en el mundo anónimo de la literatura.
Hay distintas razones para la procrastinación, o la mera abstinencia de la escritura. Está, por ejemplo, la falta de fecha de entregas, la introspección, la comodidad, alguna adicción, entre otras cosas. Los más desdichados padecemos de todas. Pero por primera vez nos vimos de frente con aires favorables.
En realidad mis apuntes de Kafka hablaban más de mí que de la empresa de la Luna. Pero pocos entregaron algo y, como dije, el respeto de mis colegas me respaldaba.
Meses después, en un bar, otro candidato me llegó a confesar que sí, en efecto mis apuntes eran mejores que la lluvia de ideas que presentó sobre su soneto, que el alcance de su proyección no era superior a mis divagaciones. Frente al comité cité el diario Kafka, así como unos acercamientos propios al respecto. Quizá por eso me até al formato después.
Estas fechas son el cúmulo de lo que queda de mi escritura; remanentes causales y con aire a premonición. Comencé diciendo: “¿Habrá existido una mente tan enrevesada que ha se ha revelado en la expresión escrita?” Desde el inicio capté su atención. Eso buscaban, ese acercamiento. Cité a Kafka después: “Hoy miré un mapa de Viena. Por un momento, no pude comprender por qué construyeron esta gran ciudad si lo único que se necesita es un cuarto.” Los perdí un poco. Pero concluí con un hilo de apuntes decisivo. Les dije, “La verdadera realidad es poco realista, para comprender más allá de la comprensión debemos, también, estar en el humor de la aceptación. En el reino de la aceptación total, no hay accidentes. Sólo hay una verdad, pero está viva, por lo tanto, tiene un rostro vivo que se transforma.”
20 de julio de 1972. 09:47.
D. Parry se imaginó saliendo del rancho, comprando un tractor Dynamark, llamando a Buzz por teléfono, con la esperanza de que en la fantasía sus llamadas sí serían contestadas. Y así fue.
Se imaginó comprando un traje de astronauta. En el momento en que escuchó el zumbido de la mosca, se imaginó a 500 metros de distancia de sí mismo. Se imaginó reclamándole a su antiguo amigo por teléfono: ¿por qué no usaste mis palabras, Buzz? ¿Por qué te dejaste llevar por aquel impulso que terminó por condenarnos? ¿Por qué cantaste aquella premonición? ¿Por qué no vienes al rancho?
El astronauta Edwin E. Aldrin Jr., piloto del módulo lunar, camina en la superficie de la luna cerca de una de las patas del modulo lunar durante la actividad extravehicular de la misión Apollo 11. Foto de la NASA.
20 de julio de 1972. 06:50.
Existía un rumor entre la Liga que cuando K. –escritor de Armstrong– entregó al comité la frase definitiva, a éstos les gustó tanto que cambiaron los planes de la actividad extravehicular, o caminata espacial. Sería Neil Armstrong el primero en pisar la Luna. Veinte minutos antes que Buzz.
La versión oficial de la NASA fue la siguiente: aunque es cierto que en las actividades extravehiculares el primero en descender es el oficial subalterno, es decir, Buzz Aldrin, la puerta del módulo lunar (Eagle) estaba del lado izquierdo, mismo lado en el que se encontraba Neil Armstrong. Intercambiar lugares dentro del Eagle con aquellos trajes presurizados, cascos y mochilas con material de supervivencia sensible, resultaba innecesariamente riesgoso.
20 de julio de 1972. 09:47.
D. Parry se imaginó recibiendo a Buzz en su hogar. Él con aquella corbata patrótica, ridícula, y las insignias militares junto con los pines de la NASA, que obligaban a recordar de golpe que él, Buzz Aldrin, pisó la Luna.
Entraba por la puerta principal con los brazos extendidos, y D. Parry le colocaba el traje sin vacilación. Le cerraba la cremallera de la espalda, y, con unos pequeños saltos, Buzz terminaba por acomodarse el traje; los disfraces no están hechos a la medida del astronauta. Le entregaba, por último, uno de los dos radios.
20 de julio de 1972. 07:28
Me reclamaba Buzz por haberle costado el prestigio. Me repetía la frase del equipo K./Armstrong en voz alta: “One small step for a man; one giant leap for mankind.” “¡Pero esa frase jamás podría existir desde la Luna!”, yo me defendía. La Liga de los Poetas Fantasmas de la Luna fue un recurso publicitario. Esto lo entendió K. perfectamente, así como Neil y Buzz. Yo no sé si no lo entendí o no quise aceptarlo.
Hay una razón más para la melancolía de las cosas no hechas: yo no iba a pisar la Luna. A lo mucho podía imaginarlo, como lo han hecho otros escritores a 500 metros. En este caso, 384,400 kilómetros de distancia. Y es verdad que la literatura no es una precisión, sino un acercamiento. O quizá que la precisión de la literatura funciona sólo cuando estamos en el humor de aceptarla, el entendimiento más allá del entendimiento. Pero la verosimilitud no era suficiente en esta ocasión.
Dos seres humanos pisarían la Luna, y se nos exigían unas palabras que pudieran condensar la magnitud de tal acontecimiento. Era evidente que ambos astronautas, militares hasta la médula, carecían de la sensibilidad artística. Entonces, recaía en nosotros esa función.
Buzz me gritaba, “¡Ve a un puto desierto solo, piensa qué es lo que sientes y me lo traes escrito!” A los pocos días le entregué a Buzz, y al comité, mi elección: “No hay palabras para describirlo. ¡Poesía! ¡Debieron enviar a un poeta!” Buzz tachó la palabra enviar, y la intercambió por traer.
20 de julio de 1972. 09:47.
Se imaginó dándole un resumen a Buzz sobre la recreación del alunizaje del Apolo 11. Él debía de pilotar el tractor Dynamark, con el nombre designado de “Troubled Odyssey”. Debía de pilotar el tractor por el terreno vasto del rancho de Texas, vacío y monocromático. Debía pilotar a “Troubled Odyssey” hacia el centro del terreno y ejecutar el descenso, tal como lo hizo con el Eagle en la Luna. Y al descender, decir las palabras que D. Parry había le había asignado, las que se perdieron el olvido por esa otra frase: desolación magnífica. “Memorízalas bien”, se imaginaba pidiéndole a Buzz. “Líbrame de esta melancolía.” Se imaginaba el rastro de polvo levantado que el tractor iba dejando mientras avanzaba. Se imaginaba las manos y el cuerpo de Buzz vibrando debido al terreno. El tractor se iba haciendo cada vez más pequeño. D. Parry lo veía desde la casa, con el otro radio en la mano. Y esperaba. A los lejos, a 500 metros para ser precisos, el tractor se detenía. Y ya no era Buzz quien descendía con el traje puesto y el radio en la mano, sino el propio D. Parry, porque en las fantasías siempre es uno mismo quien las protagoniza. Al descender, D. Parry pisó mal y resbaló, pero no cayó. Se quedó unos minutos parado en medio del terreno desolado. Se buscó a sí mismo en la casa, a lo lejos, pero ya no se encontraba él ahí. Probó con el radio, pero no hubo respuesta. D. Parry escuchó el magnífico zumbido de una mosca.
La tierra vista en el horizonte desde la luna. Fotografía de la NASA.
Nebulosa Pata de Gato también conocida como NGC 6334 , capturada por el telescopio espacial Spitzer. Imagen de NASA.
—Prosiga —dijo Cavor, mientras yo permanecía en la orilla de la entrada del agujero, mirando al oscuro interior de la esfera. Estábamos solos él y yo. Era ya de tarde, el sol se había puesto y la quietud del crepúsculo se cernía sobre nosotros.
Metí mi otra pierna y me deslicé por la lisa superficie de vidrio hasta llegar al fondo del interior de la esfera, entonces me voltee para tomar las latas de comida y el resto del equipaje que Cavor me extendía. El interior de la esfera era tibio, el termómetro marcaba 26° grados centígrados, y como en teoría no perderíamos casi nada de esta temperatura por la radiación, íbamos vestidos con zapatos y camisas delgadas. Habíamos incluido en nuestro equipaje, sin embargo, un bulto de ropa de lana gruesa y varias cobijas abrigadoras para calentarnos en caso de cualquier contratiempo.
Dirigido por Cavor, coloqué los paquetes, cilindros de oxígeno y otras necesidades sin demasiada prisa y pronto todo estuvo dentro. Él caminó por el cobertizo inspeccionando que no hubiésemos olvidado nada y se metió dentro de la esfera junto a mí. Me percaté de que llevaba algo en su mano.
—¿Qué trae ahí? —pregunté.
—¿No ha traído nada para leer?
—¡Dios, no!
—Olvidé decírselo. Hay algunos puntos de incertidumbre. Mi último viaje… ¡Podría llevarnos semanas!
—Pero…
—Estaremos flotando en esta esfera con absolutamente ninguna ocupación.
—Me habría gustado saberlo…
Miró por el agujero de la entrada.
—¡Mire! —dijo— ¡Hay algo allá!
—¿Hay tiempo?
—Debe de quedarnos menos de una hora.
Observé entonces el cobertizo. Había una edición vieja de Tit-Bits que uno de los hombres de la construcción seguramente había traído consigo. En una esquina más lejana vi un Lloyd’s News roto. Regresé corriendo a la esfera después de recogerlos.
—¿Qué trajo usted? —le pregunté.
Tomé el libro que llevaba en la mano y leí el título: Obras completas de William Shakespeare.
Se sonrojó un poco.
La silueta de la Estación Espacial Internacional se observa mientras transita la luna el 2 de diciembre de 2017. Imagen de NASA.
—Mi educación ha sido puramente científica —dijo avergonzado.
—¿Nunca lo ha leído?
—Nunca.
— Shakespeare tiene una forma poco común de ver el mundo.
—Eso es precisamente lo que me han dicho.
Lo ayudé a atornillar la cubierta de vidrio de la entrada y él presionó un botón para cerrar la persiana correspondiente en la capa exterior de la esfera. La poca luz crepuscular que llegaba a la esfera desapareció. Nos encontrábamos rodeados de una oscuridad absoluta. Permanecimos en silencio durante un rato. Aunque la esfera no evitaba la entrada del sonido, no se escuchaba nada. Me di cuenta en ese momento de que no había nada de donde agarrarme cuando la sacudida del despegue viniese y pensé en que seguramente me sentiría incómodo sin una silla.
—¿Por qué no metimos sillas?— pregunté.
—Ya está resuelto —dijo Cavor— no las necesitaremos.
—¿Por qué no?
—Ya verá —dijo con el tono de alguien que se rehúsa a seguir hablando.
Me callé. Repentinamente llegó a mí la certeza de la gran estupidez que resultaba estar dentro de la esfera. Incluso me pregunté si no sería demasiado tarde para retirarme de la exploración. El mundo afuera de la esfera, el mundo real, sería demasiado frío e inhóspito para mí sin la ayuda de Cavor, pues había estado dependiendo por semanas de su generosidad, pero ¿sería tan inhóspito y tan frío como el cero absoluto del espacio exterior? De no ser por la cobardía que sentí ante la idea de abandonar el viaje en la esfera, estoy seguro de que lo habría obligado a dejarme salir. Pero dudé y dudé y me llené de temor e irritación y el tiempo siguió pasando.
Vino entonces un pequeño tirón junto con un sonido, como de una botella de champaña siendo descorchada en otra habitación, leve y silbante. Por solo un instante tuve la sensación de ser tensado enormemente, una convicción trascendental de que mis pies estaban siendo presionados hacia abajo con la fuerza de incontables toneladas. Esa sensación duró tan solo un momento infinitesimal, pero bastó para romper con la cobardía que me había detenido antes.
—¡Cavor! —dije en la oscuridad—, mis nervios están destruidos. No creo poder…
Me detuve antes de completar la oración. Él no respondió.
—¡Olvídalo! —grité— ¡Soy un imbécil! ¿Qué tengo que estar haciendo aquí? No lo haré, Cavor, no iré. Es demasiado arriesgado. Me voy a salir.
—No puede —dijo.
—¿Que no puedo? ¡Ya lo veremos!
No respondió por al menos diez segundos.
—Es demasiado tarde para pelear ahora, Bedford —dijo—, ese tirón fue el comienzo. Estamos volando ya tan rápidamente como una bala hacia el abismo del espacio.
—Yo…
Nebulosa del Águila también conocida como Messier 16, contiene un cúmulo estelar abierto llamado “Los pilares de la creación”. Imagen de NASA.
Intenté decir algo y entonces no pareció importar lo que fuera a suceder. Por un momento permanecí aturdido; sin nada que decir. Era como si jamás hubiese escuchado ni tenido la idea de dejar el planeta. Entonces percibí un cambio inexplicable en mis sensaciones corporales. Era una sensación de ligereza, de irrealidad junto con una sensación extraña en la cabeza, casi apoléctica y un golpeteo de presión en los oídos, como si las venas que les llevaban sangre se hubieran vuelto audibles. Ninguna de esas sensaciones disminuyó conforme el tiempo fue avanzando, sino que me acostumbré a ellas hasta que dejaron de ser inconvenientes.
Escuché un clic y el brillo de una lámpara apareció.
Vi la cara de Cavor, tan blanca como supuse que estaba la mía. Nos vimos en silencio, la oscuridad transparente del vidrio detrás de él hacía que pareciera que flotaba en el vacío.
—Bueno, lo hicimos —dije, rompiendo el silencio.
—Sí —dijo—, lo hicimos.
—No se mueva —me dijo cuando iba a hacer un movimiento—; deje que sus músculos permanezcan relajados, como si estuviera en cama. Estamos en un pequeño universo personal. ¡Mire esas cosas!
Señaló a las cajas y manojos sueltos que habían estado sobre las cobijas en el fondo de la esfera. Me sorprendió ver que flotaban casi a un pie de distancia de la pared de la esfera. Entonces vi, gracias a su sombra, que Cavor ya no estaba recargado en el cristal. Entonces extendí mi mano hacia mi espalda y descubrí que yo también flotaba lejos del vidrio.
No grité ni gesticulé, sino que me inundó el miedo. Era como estar siendo sostenido y levantado por algo desconocido. El más leve toque de mi mano contra el cristal me impulsaba con rapidez. Entendía lo que pasaba, pero mi conocimiento no prevenía mi terror. Estábamos excluidos de toda gravedad exterior, tan solo surtía efecto la atracción a los objetos que se encontraban dentro de la esfera. Por ello todo lo que no estaba fijo al vidrio se movía, lentamente por la ligereza de nuestras masas, hacia el centro gravitacional de nuestro pequeño mundo que parecía estar por la mitad de la esfera, más cercano a mí que a Cavor, pues yo pesaba más que él.
—Volteémonos —dijo Cavor— y flotemos espalda con espalda, con las cosas entre nosotros.
Era la más extraña sensación jamás concebida: flotar libremente en el espacio. Primero, era algo horriblemente desconcertante y una vez que el horror pasaba, no era algo enteramente desagradable, sino, de hecho, completamente relajante. La única sensación terrenal comparable es la de estar recostado en una cama suave de plumas. Sin embargo, ¡jamás había sentido algo tan totalmente liberador ni me había sentido tan lleno de independencia! Nunca había experimentado algo así. Había esperado un tirón violento al inicio, una sensación de velocidad vomitiva. En su lugar, me sentí como si hubiera abandonado mi cuerpo. No era el inicio de un viaje; era el inicio de un sueño.
El fantasma de Cassiopeia también conocido como IC 63, ubicado a 550 años luz de la constelación de La Reina Cassiopeia. Imagen de NASA.
El astronauta Leland Melvin en conversación con Elmo. Nasa.
“Los Marcianos llegaron ya, y llegaron bailando ricachá”: es una verdad innegable que los miedos más grandes de la humanidad siempre se ven plasmados en el arte; la música no es una excepción, y Tatiana lo sabe.
Las expresiones musicales sobre el espacio son amplias y muy variadas, por eso cuando para este miércoles de la #SemanaEspacial nos hicimos la pregunta “¿Qué cantamos cuando cantamos del espacio?”, la respuesta no quedaba del todo clara.
Cuando hablamos de música espacial no faltan manifestaciones de la otredad: “Well, I turned into a Martian/ Whoa oh oh/ I can’t even recall my name/ Whoa oh oh”; epopeyas: “Era rusa y se llamaba Laika/ Ella era una perra muy normal/ Pasó de ser un corriente animal/ A ser una estrella mundial”; su romantización: “Fly me to the moon/ Let me play among the stars/ Let me see what spring is like/ On a, Jupiter and Mars”; y otras manifestaciones menos sobrias como “La cumbia del marcianito”.
Por eso, a falta de una respuesta única nos dimos a la tarea de recopilar todas las respuestas que se nos ocurrieran, desde Richard Strauss, hasta Chayanne, en esta playlist que les traemos con cariño desde la Redacción de Tierra Adentro.
La cuenta de la Polícia Nacional de España en Twitter se mofaba de un hombre que, supuestamente, escondió droga en su peluquín. Medio kilo de cocaína para ser exactos.
La Policía Nacional, entre cuyas obligaciones está mantener la presunción de inocencia, utilizó un canal de comunicación masivo para informar del suceso en tono de mofa, haciendo escarnio del caso.
No se trata de corrección política, tampoco de falta de sentido del humor (el presentador Andreu Buenafuente, por ejemplo, hizo un tuit riéndose del caso, y no tengo nada que reprochar), es una cuestión de derechos y libertades.
“Mi padre siempre decía : no te fíes de los hombres que llevan peluquín “. (Pepe Rubianes) pic.twitter.com/yv7HlgUn28
Si a una persona se le detiene por lo que podría ser un caso constitutivo de delito, demasiado tiene con la que se le viene encima, como para verse en las redes sociales siendo objeto de bromas y soportar un linchamiento público.
¿Por qué la Policía española decidió publicar un tuit así?, por cierto, ¿alguien sabe a qué vienen esos emojis? ¿En qué aporta valor informativo a la ciudadanía? ¿Sirve para concienciar? ¿Tiene intención ejemplarizante?
Ninguna explicación parece de recibo, pues es evidente que se trata de una anécdota elevada a la categoría de mofa por quienes deberían preservar los derechos de las personas, sean culpables o inocentes.
A la Policía Nacional, una institución que pagamos con el dinero de nuestros impuestos, se le presupone saber estar, educación, respeto y capacidad de comunicación. Su cuenta de twitter está demasiadas veces politizada y muestra salidas de tono propias de cuentas personales.
Si te "roba" un beso no es delito. Feliz #SanValentín 💋
En comunicación se dice que cada mensaje debe adaptarse al canal en que va a ser comunicado, pero no pueden ser los códigos del canal los que deformen y desnaturalicen el mensaje. Bastaba con decir, «un hombre es detenido por tráfico de drogas». La Policía española decidió hablar del peluquín y precipitar una conclusión: Se le va a caer el pelo (o lo que es lo mismo: le espera la cárcel). Decidió usar el tono heredado de un Community Manager estrella que dejó también la semilla de malas praxis en el sector. Lo institucional, lo legal y lo ético, mal que pese a muchos CM, está muy por encima de un estilo particular a la hora de comunicar.
Usar bien las redes de una institución de tanto calado tiene que ver con la ejemplaridad que muestras, con la responsabilidad pública y el buen uso de las mismas. En definitiva, con ser profesionales por encima de todo.
Lo peor es que no se trata de un mensaje aislado, esa falta de responsabilidad y sensibilidad en la cuenta de la Policía Nacional nos ha acompañado estos últimos años y nadie parece ponerle remedio.
La ciudadanía merece un mejor uso de los canales públicos. No parece de recibo que, de tanto en cuanto, terminemos preguntándonos cual Rorschach en Watchmen, ¿quién vigila a los vigilantes?
Mira abajo despejada luna y lava esta escena, Deja caer suave las mareas del nimbo de la noche sobre rostros cadavéricos, hinchados, púrpuras, Sobre los muertos de espalda y sus brazos estirados, Deja caer tu nimbo de invisible tinta sagrada luna
1865
Reconciliación
Palabra sobre todo, hermosa como el cielo, Hermoso que la guerra y su carnicería con el tiempo se pierdan por completo, Que las manos de las hermanas Muerte y Noche sin cesar lavan una y otra vez con gentileza este mundo contaminado; Ha muerto mi enemigo, un hombre divino como yo está muerto, Miro a donde yace pálido y quieto en el ataúd —me acerco, Me agacho y ligeramente con mis labios toco el rostro blanco en el ataúd
1865-66
Si leemos los poemas cortos reunidos de Whitman —en especial aquellas líricas breves en, digamos, Drum Taps o Sands at Seventy— nos daremos cuenta de que a menudo Whitman seguirá a un poema en el que no está presente con un poema del mismo tema en el que sí está presente. Se le podrá llamar compulsión, es un patrón maravilloso a medida que reescribe cada impulso con él mismo al centro. El segundo poema que les he dado, “Reconciliación”, es un poema famoso, pero prefiero el primero, no tan famoso y claramente una paráfrasis lunar del segundo. Pero claro, se escribió antes, y eso vuelve al segundo una paráfrasis humana del primero. Los rostros en el primer poema son púrpura, cadavéricos, hinchados; la escena es claramente un campo de batalla, ninguno de los cadáveres ha sido recogido y puesto en un ataúd como sucederá en “Reconciliación”. Y solo entonces, ya que la luna los ha limpiado, se le ocurre a Whitman besar. De hecho creo que la luna está presente en todos lados en el segundo poema, aunque nunca se menciona. Está ahí al inicio, “Palabra sobre todo,” que, por supuesto, se refiere al título, “Reconciliación,” pero también toma en cuenta que “En el principio era la Palabra”, que claramente, en las instancias entre estos dos poemas, se puede traducir a “Primero fue la luna.” Y está presente en el rostro quieto y pálido del cadáver, a quien Whitman besa, y al hacerlo se vuelve él mismo la luna. Me gusta pensar en el segundo como una revisión del primero, visto a la luz de la luna, lo que ha hecho el beso y el poema posibles. La luna haciendo posible un poema… ¿qué podemos decir sobre eso? ¿Qué podemos decir sobre la poesía y la luna?
***
Estoy convencida de que el primer poema lírico se escribió de noche y que la luna fue testigo del evento y que el evento fue testigo de la luna. Para mi la luna siempre ha sido la encarnación misma de la poesía lírica. En Occidente la poesía lírica comienza con una mujer en una isla en el sexto o séptimo siglo A.C. y yo digo ahora: la poesía lírica comienza con una mujer en una isla en una noche a la luz de la luna, a punto de ser luna llena, o justo después, o la noche de. La poesía épica ya estaba bien establecida. Grandes hombres ya habían cantado sobre batallas y héroes, cuyas acciones afectaron a miles, y sobre escudos deslumbrantes y el mar color de vino y la aurora de dedos rosados. Pero sería erróneo pensar que el clamor había disminuido. Los historiadores nos dicen que no eran tiempos idílicos; en las Islas Eolias, en especial en Lesbos, la civilización era vieja pero cambiando rápidamente, atravesada por crisis económicas y enfrentamientos entre políticas emergentes y principios tradicionales. En medio de todo esto, entonces, una mujer en una isla en una noche a la luz de la luna toma algún artefacto para escribir, o no lo hace, toma un instrumento musical, o no lo hace, comienza simplemente a hablar o a cantar, y sus palabras expresan sus emociones en ese momento. Llamémosla Safo. Difícilmente se puede decir que estas pequeñas canciones hayan sobrevivido—tenemos solo fragmentos—pero esto parece apropiado, pues ¿qué es el momento si no un fragmento de un tiempo mayor?
Esta noche he mirado La luna y después las Pléyades descender
Hay una melancolía que permea el poema y no mucho esfuerzo por cambiar el orden de las cosas. La luna se pone, la noche pasa, la vida se va, y el individuo se vuelve el repositorio lógico de todo este movimiento, en tanto que está consciente de ello, consciente y punto, y aún así, con su soledad en la cama logra otorgarle quietud; el movimiento vertiginoso del sistema entero se fija y preserva como una mariposa en una tabla, de tal forma que difícilmente parece que transcurre el tiempo, a pesar de que precisamente ese es el tema del poema. Se ha hecho la observación varias veces de que existen más poemas tristes que felices en este mundo, y, aun si jamás los he ingresado todos a una computadora para leer el análisis, diría que la luna ocurre con más frecuencia que el sol como imagen en la poesía lírica. Me pregunto, ¿por qué? Podría comenzar con una docena de razones: insomnio; la asociación que la luna tiene con la muerte, uno de los temas más recurrentes en la poesía (y aun así, también se asocia a la luna con la fertilidad); o el hecho de que la mayoría de los poemas en la historia del mundo han sido escritos, supuestamente, por hombres heterosexuales que desean mujeres, y la luna se representa en muchos idiomas como femenina, aunque no en todos— el alemán es una de las excepciones notables. Una cosa lleva a otra, una cosa cancela a la otra, todas se relacionan y ninguna me interesa. Después de todo, se ha comprobado, usando equipo ultrasensible, que incluso una taza de té es susceptible a las mareas lunares. Déjenme ofrecer una observación simple. Hay un contraste mayor entre el cielo de noche y la luna que entre el cielo de día y el sol. Este contraste es más conductivo al abatimiento, que siempre se separa y aísla, que a la felicidad, que siempre se une o se combina. Y darle la cara al sol es absurdo —nos cegaría. A todos los niños se les enseña que no hay que mirar al sol. El sol es fuente vital, el gran poder creativo. Uno no se puede enfrentar a Dios sin aniquilación inmediata; no podemos ver directamente a Medusa, pero podemos ver su inútil reflejo. La luna no tiene luz propia; nuestra aprehensión por ella es solo un reflejo del sol. Y algunos creen que los artistas reflejan el poder creativo de algún impulso original demasiado grande para nombrar. Otra cosa: la luna es la imagen misma del silencio —y, como dice Charles Simic, “Los niveles más elevados de consciencia carecen de palabras.” La gran lunaticidad de la mayoría de los poemas líricos es que intentan usar palabras para transmitir aquello que no puede ser puesto en palabras. Por otro lado, las estrellas fueron el primer texto, la primer instancia de locución; el conectar las estrellas, el encontrar un patrón en ellas, fue la primera historia, sagrada para los cuentistas. Pero la luna fue el primer poema, en un sentido lírico, una entidad completa en sí misma, reconocible con una sola mirada, con un efecto emocional tal que el contexto del tiempo y lugar difícilmente parecen importar. “Su poder yace precisamente en su permanecer siempre al borde de la lectura,” dice Simic, hablando de la fotografía, y yo veo la luna como el incunable de la fotografía, como la primera fotografía, el primero momento que se detuvo, el primer estudio de contrastes. Yo aquí—tú allá. Es un mapa interesante —pero incorrecto. Como señala Paul Auster en su novela Moon Palace, en realidad debería ser —“Tú allá—yo aquí.” Los mapas, el arte de la cartografía, no existían, no pudieron haber existido sino hasta después de que la astronomía floreciera: “Una persona no puede saber dónde está en el mundo excepto en relación a la luna o a una estrella… Un aquí existe solamente en relación a un allá, no al revés.” Ese allá va primero. La luna es claramente el Otro— con O mayúscula, O de luna llena— en relación al cual existimos. Cada mirada a la luna, en cualquier fase, fija el punto de nuestra existencia en la tierra. El cielo es el único fenómeno que puede observarse desde cualquier punto del planeta. Toda cultura, sin excepción, tiene una experiencia de la luna. Si Ezra Pound afirmaba que todas las épocas son contemporáneas, Simic dice que lo son porque los momentos presentes ciertamente lo son. Cuando vivía en China, la gente ahí se impresionaba porque la luna era tan importante para mi como para ellos. Aparentemente, creían que en Occidente no apreciamos a la luna y sus cualidades lo suficiente. Ciertamente, tienen un día festivo entero —el festival de otoño— en honor a la luna. En la noche de luna llena en septiembre, las familias se reúnen después del anochecer y hacen un picnic nocturno, iluminado por lámparas con forma de luna, y comen alimentos redondos, incluyendo los pastelitos redondos que hornean para la ocasión, conocidos como mooncakes (pasteles lunares). Los espectadores aguardan, aún en noches nubladas, a que la luna sea visible, aunque sea brevemente. En China miran a la luna y piensan en algún familiar o ser querido que no está ahí, y saben que esa misma velada la persona ausente se refleja sobre ellos. Me senté con un grupo de chicas solteras que se la pasaban imaginando a sus futuros esposos mirando a la luna e imaginándose a ellas. La imagen lunar se volvía una forma de comunicación, como las imágenes en la poesía: “El ojo posee un saber que no puede compartir con la mente,” dice Hayden Carruth.
Neruda, en su poema “Establecimientos nocturnos” se refiere a sí mismo como un “sobreviviente adorador de los cielos” — que es lo que muchos poetas son, cre, aunque hay quienes dicen que dos cosas ponen esta afirmación en cuestión: teoría posmoderna y tecnología (que son inseparables) y las misiones de alunizaje del Apollo. Hay un libro popular e interesante sobre el espacio —Being Digitally, de Nicholas Negroponte. Sin detenerme mucho en este punto —ya que mi corazón está con las misiones lunares— me gustaría comentar algunas observaciones hechas por el señor Negroponte. “El planeta digital se verá y sentirá como la cabeza de un alfiler.” Comentario: con mil ángeles bailando sobre él. Observación: “El lento manejo humano de la información en forma de libros, revistas, periódicos y cassettes está a punto de volverse una instantánea y económica transferencia de datos electrónicos que se mueven a la velocidad de la luz”. Observación, hecha por Keats, al leer por primera vez la traducción de Homero por Chapman: “Me sentí entonces como un observador de los cielos/ en el momento en que un nuevo planeta se acerca nadando a su familia.” Me imagino que eso podría ocurrir casi a la velocidad de la luz, junto con todas las carretillas rojas y gallinas blancas en la lluvia. Está bien, tres segundos —como se ha definido la duración aproximada del momento presente— no precisamente la velocidad de la luz, pero alrededor del tiempo que toma mirar a la luna. De verdad, la gente debe creer que los literatos son todos adictos a lo dolorosamente pesado y lento. Como la nave que se usó para los lanzamientos lunares, los buenos libros solo parecen pesados y lentos: su velocidad depende de sus motores internos y de hacia dónde apunta. La luna me parece un enlace apropiado entre la NASA y la poesía. Como lo articuló Cortázar: “El hombre está llegando a la luna, pero hace más de veinte siglos que un poeta supo de los ensalmos capaces de hacer bajar la luna hasta la tierra. ¿Cuál es, en el fondo, la diferencia?” El otoño pasado, un pequeño artículo llamado “Poesía y la luna, 1969”, escrito por Edward Lense, apareció en AWP Chronicle. No comparto las preocupaciones de Lense, pero para resumir el artículo, Lense utiliza el alunizaje del 20 de julio, 1969, como un ejercicio semiótico, demostrando cómo las imágenes de la luna en la poesía cambiaron con el advenimiento de la tecnología. De tal forma que pasamos de la luna del mito —la Diosa blanca de Robert Graves, la musa, la rica y plateada esencia de Artemisa o Diana— a cosas post-alunizaje más abstractas como la imagen de la luna de Robert Lowell, un “chasis orbitando la tierra, / mueca de calor, espasmo de acero inoxidable, / azotacalles con corazón de gis, innombrable, / cosa fría y vacía en el universo.” La luna a mitad de siglo queda escondida tras una capa de smog, aprisionada, en su mausoleo, reducida a ceniza, como si los poetas declararan, dice Lense, que “el lenguaje metafórico ya no podrá ser usado en relación a la luna porque, una vez que los astronautas desvelaran su misterio aterrizando sobre ella, está se había vuelto demasiado prosaica.” Esto me parece contradictorio, ya que la ceniza, el smog, la prisión y la tumba, usadas en relación a la luna, son metáforas, y aunque las metáforas cambian, el decir que se han abandonado es un error. Pero yo sé —ustedes saben— a lo que Lense se refiere. Básicamente, es como decir que una mujer no es interesante a menos que sea una virgen. Lowell es demasiado bueno como poeta para creer tal cosa, así que sus versos resuenan con cierto interés, pero Lense cita y discute seriamente varios poemas lunares particularmente horribles publicados el día después del alunizaje en el New York Times —en especial poemas de Babette Deutsch y Anthony Burgess (el poema de Lowell no aparece en el Times), poemas que son tan malos que me parece injusto para los poetas, cuyo desempeño en estos poemas ocasionales no es el mejor, y para los lectores, para quienes los poemas son indicadores de cómo respondieron los poetas al alunizaje y sus efectos en la imaginación. Lense podría argumentar que un dossier de poesía en el New York Times es un indicador de algo, y tendría razón. De hecho, todo el periódico de ese día es bastante maravilloso. En primera página hay un poema de Archibald MacLeish, un poema bastante mediocre que Lense discute y deshecha— es una relación vaga y positiva del alunizaje, e incluye el verso, formal y con cara seria, “¡O, un significado!”. Aunque MacLeish nunca explique cuál es ese significado, creo que el contraste entre cómo un verso así se pudo leer en 1969 y cómo se lee hoy en día es un mejor indicador de los cambios que han tenido lugar en la poesía. ¿Y no fue MacLeish quien dijo “Un poema no debería significar, sino ser”? Y, en un notable paréntesis que nada tiene que ver con el alunizaje, se imprimió en la página de Cartas al Editor —sin comentario— un poema de James Kirkup llamado “Emily in Winter: Amherst”. Hay cobertura extensa de la guerra de Vietnam y el desacuerdo por parte de los estudiantes; y luego está la página en la que Lense se enfoca, un dossier de dos cuartillas con poemas de Babette Deutsch, Anthony Burgess, Anne Sexton, y el ruso Andrei Voznesensky. Estos son los poetas, dice, que llevan la acusación de lunacidio contra la NASA. ¡Lunacidio! Es una palabra fantástica y agradezco a Lense por ella. Pero la acusación es suicida. El verano pasado se cumplieron veinticinco años del alunizaje, y no creo que la luna haya perdido parte alguna de su presencia. Lense cierra su artículo con un párrafo que comienza: “En este momento, entonces, los dioses en los cielos han perdido sus nombres, y hacen falta nuevos nombres y más adecuados, que los poetas, o cualquiera, se encargarán de inventar.”
Desearía tener un dólar por cada vez que he escuchado eso. Me viene a la memoria lo que Kenzaburo Oe, novelista japonés, dijo recientemente en un simposio sobre Premios Nobel en Atlanta: “Es el segundo deber de la literatura el crear mitos. Pero su primer deber es destruir estos mitos.” Y, pensando en el uso de Lense de la frase “En este momento” (“En este momento, entonces, los dioses en los cielos han perdido…”), recuerdo lo que el gran poeta italiano del siglo XX, Eugenio Montale, dice en su poema “A Pio Rajna”: “Quien excava en el pasado puede comprender / que el pasado y el futuro se distan / el uno del otro por apenas una millonésima de segundo.” Creo que es mucho más interesante —se dicen cosas más interesantes— pasar página a los poemas de ese periódico e ir a las páginas en las que varias personas prominentes de esa época responden al alunizaje, en el mismo ejemplar, pero en prosa. Pablo Picasso: “No significa nada para mi. No tengo opinión, ni me importa.” Con su cabeza de luna, vivo en su propio momento, Picasso eligió aislarse, alejarse de los eventos actuales de su tiempo. ¿Qué hay de los propios astronautas? ¿Mientras estaban en la luna, no es probable que hubiera al menos un momento en el que se vieran interrumpidos y sin comunicación con los eventos relevantes de su época, su trabajo, el resto de nosotros en la Tierra —¡seguramente!— y que cumplieran alguna experiencia privada de miedo o reposo? Un notable habló de ello como si él mismo hubiera sido un astronauta —Vladimir Nabokov: “Batiendo la tierra de la luna, palpitando sus guijarros, saboreando el pánico y esplendor del evento, sintiendo en la boca del estómago la separación de terra… estas son las sensaciones más románticas que haya experimentado un explorador… esto es todo lo que puedo decir al respecto… Los resultados utilitarios no me interesan.” Lo inútil de la poesía arremete de cabeza, con su naturaleza anti-utilitaria. Pero el habitar el momento no es un dominio exclusivo de la poesía. Después de todo, Neil Armstrong se volvió un lunático, literalmente, tocado por la luna.
Entre 1969 y 1972, seis misiones volaron a la luna y seis misiones regresaron. No todo el que lee poesía queda cambiado por la experiencia, ni todos los hombres que fueron a la luna fueron alterados por su vacación. Pero quienes sí fueron alterados, sin excepción, dicen la misma cosa —no fue tanto estar en la luna lo que los afectó de forma profunda, sino el mirar hacia la Tierra desde la luna. La Tierra se volvió el Otro. Tú ahí — yo aquí.
Alan Shepard, Apollo 14: “Recuerdo que me impactó lo pacífico que se veía todo a esa distancia, pero recordaba por otro lado todas las confrontaciones a lo largo y ancho del planeta, y me sentí triste por que otras personas no podían ver lo que yo veía, porque a esa distancia todas las diferencias políticas y militares se vuelven tan insignificantes.”
Edgar Mitchell, Apollo 14: “Para mi, fue el principio de pensar unitariamente. Pensar que las moléculas de mi cuerpo se manufacturaron en los mismos hornos que aquellas estrellas en aquellas galaxias hace miles de millones de años.” Mitchell dejó a la NASA un año después de su regreso y fundó el Institute of Noetic Sciences al norte de California, una institución entregada al estudio de la consciencia y a la pregunta de cómo encajamos en el universo. En 1994 la institución tenía 40,000 miembros. “Fuimos allá arriba como técnicos espaciales y regresamos como humanitarios. El mirar a la Tierra desde allá es consciencia global instantánea.”
James Irwin, Apollo 15: “Sentí el poder de Dios como nunca lo había sentido.” Irwin, al parecer, tuvo una epifanía mientras estaba en la luna —un año después de su misión, renunció a la Fuerza Aérea para fundar la evangélica High Flight Foundation. Guió varias expediciones al Monte Ararat en Turquía en búsqueda de evidencia del Arca de Noé. Murió de un paro cardiaco en 1991, no sin antes escribir sobre la luna: “Vivimos en otro mundo que era completamente ‘nuestro’ por tres días. Debió ser muy parecido a lo que sintieron Adán y Eva cuando la Tierra era ‘suya’. Cómo describirlo, cómo describirlo.”
Alan Bean, Apollo 12: “Todo artista tiene al mundo o su imaginación como inspiración para sus obras. Tengo al mundo y mi imaginación, y soy el primero en tener también a la luna.” Bean es pintor de tiempo completo. Todo lo que pinta son imágenes de la luna. “Ciertamente, subirse a un cohete para ir a la luna es de las cosas más emocionantes que se pueden hacer, pero cuando pinto vuelvo a sentir lo mismo que sentí cuando estaba en el espacio. La vista quizás no sea la mejor, pero las mejores partes de la vida son internas.”
Neil Armstrong, Apollo 11: No hay comentarios por parte de Armstrong. Vive de forma aislada en Ohio y no atiende conferencias, reuniones, celebraciones, desfiles, aniversarios ni eventos de prensa. No responde a correos de desconocidos, teléfonos, no abre la puerta. Sin embargo, hace muchos años se le preguntó que cómo se sentía sabiendo que sus huellas bien podrían permanecer sin alteraciones en la superficie lunar por siglos. “Espero que alguien suba un día,” dijo, “y que las limpie.”
Una cosa es clara sobre estas experiencias: aquellos hombres comenzaron con una misión —las misiones de alunizaje de Apollo, que afectarían, tecnológicamente, cientos de miles de vidas a través del desarrollo de computadoras, transistores, circuitos integrados y plásticos ligeros— y regresaron con una visión. De misión a visión. Yeats sabría de qué se trata todo esto. De acuerdo con su diagrama-lunar definitivo, pudo incluso haberlo predicho. Cuando estaba en la universidad leí a Yeats, y, por supuesto, A Vision, aquel extraño y sobrenatural documento que fue dado —espiritualmente dictado— a Georgie, esposa de Yeats, comenzando en 1917 y concluyendo en 1920, en sesiones de escritura automática durante las cuales ella se transformaba en médium para el escritor desconocido e invisible— de hecho un grupo de ellos— quienes después, con tal de no fatigarla, comenzaron a visitarla mientras dormía y hablaban a través de ella mientras se encontraba soñando. Cuando consulto el libro ahora y leo algunos de los fragmentos que mi yo de diecinueve años subrayó, a veces suelto una que otra carcajada. No confío en sistemas tan elaborados y completos, no confío en métodos a través de los cuales se catalogan a los hombres y a la humanidad, que es justo lo que A Vision es, un sistema que usa las fases de la luna como su metáfora (“Hemos venido a darte metáforas para la poesía” le dijo la voz a Yeats), un sistema que construye la historia de la consciencia, tanto individual como colectiva, en el pasado, presente y futuro. Un sistema que, digamos, podría adivinar la llegada o la muerte de un Cristo o un Nietzsche. De acuerdo con este sistema, el universo es un gran huevo que se invierte de adentro hacia afuera y después comienza a reconstruir su caparazón. Ya ven, hay mucho en A Vision que es fascinante. Claramente no tengo el tiempo aquí hoy de entregarme a discutir A Vision. Solo quiero hablar brevemente sobre dos fases lunares de acuerdo al diagrama.
Consideremos la primera fase, la luna nueva, “ninguna descripción más allá de la plasticidad absoluta”; la plasticidad absoluta es objetividad absoluta, pensamiento puro, y el carácter de la primera fase es moral. En la decimoquinta fase, la luna llena, “ninguna descripción más allá de la belleza absoluta”; la belleza absoluta es subjetividad compleja, imágen pura; el carácter de la decimoquinta fase es físico. en otras palabras, el pensamiento desaparece para volverse imagen y la imagen desaparece para volverse pensamiento. Yeats creía que cada alma o persona eventualmente reencarnaría en la primera y decimoquinta fase, que son ambas de espíritu puro sin un equivalente corpóreo. Keats, durante su vida como Keats, nació en la decimocuarta fase, tan cerca como se puede estar de la imagen pura sin dejar de existir, una fase bastante ideal para un poeta lírico; Yeats lo llamaba un sujeto casi perfecto donde la curiosidad intelectual, aún presente, se encuentra en su punto más débil, lo que genera el efecto de cúspide de pensamiento y sentimiento en su obra. Como lo describe Yeats, “El ser ha llegado casi al final de la elaboración de sí mismo que tiene como clímax el ser absorbido por el tiempo.” Una mujer, sola, de noche, mirando a la luna, y dado que su carácter es físico, una mujer desnuda. ¿Pero no dije antes que el abatimiento, la sensualidad aislada que permea tanta de la poesía lírica, busca separarse de su entorno? ¿Cómo puede entonces ser absorbido por el tiempo? Parece que en el momento en que sucede la elaboración final de uno mismo —cuando uno finalmente se afirma —¡estoy viva y lo sé!— el momento se expande para llenar su estatura como eternidad. Llámenle algarabía, pero es por esto que la poesía es famosa. De hecho, cuando Yeats dice “El ser ha llegado casi al final de la elaboración de sí mismo que tiene como clímax el ser absorbido por el tiempo,” está describiendo el nacimiento del poema lírico, ese pedazo pequeño de masturbación, que, si se observa el diagrama, debió haber sido precedido por la plasticidad, el carácter meditabundo y moral de los grandes poemas épicos. Pero cuando miro estos diagramas pienso más en Wallace Stevens que en Yeats. En Stevens, el sol ocurre como imagen mucho más que la luna. Sus metáforas son diferentes, pero sus “polos” son como la luna nueva y llena, y Stevens se la pasa vistiéndose y desnudándose. Vestidme pues estoy desnudo,dice Yeats en la mayoría de sus poemas; Desnudadme pues estoy vestido, dice Stevens en los suyos. Ciertamente, la luna encarna los tres principios de la poesía que Stevens propone en su poema “Notas hacia una ficción suprema”: (1) debe ser abstracta, como solo la plasticidad pura de un regreso a lo posible puede ser abstracta, la luna nueva como un “comienzo inmaculado,” la “fuente original de la primera idea”; (2) debe cambiar, el principio a través del cual Nanzia Nunzio, en su viaje alrededor del mundo, pierde su virginidad; (3) debe ser placentera, así la poesía llega en ciclo como la luna a su “irracional// Distorción… más que racional distorción, / la ficción que nace de esa sensación,” y se completa en un final bueno, aunque ese final sea parte de su ficción.
Hay sociedades en la tierra cuyos habitantes no creen que el hombre haya pisado la luna. Se podría decir que ellos creen una ficción, pero esa ficción constituye su forma de saber las cosas. Hoy me sorprende bastantes que, aunque sea un ser consciente viviendo en la civilización, no puedo recordar mucho sobre la primera caminata en la luna, aunque sé exactamente dónde estaba cuando ocurrió. Pero no lo veía en la televisión ni recuerdo la fase lunar—cosas así. Estaba a bordo de un taxi belga alrededor de las diez de la noche un domingo de 1969 (si un poeta trabajara en la NASA, quizás se habría programado para un lunes), estaba encaminada a un café —un bar en realidad— donde me reuní con mis amigos a beber cada noche de ese verano. El conductor solo hablaba flamenco y yo, solo inglés. Él escuchaba la radio hasta que de repente comenzó a gritar y hablar rápidamente. Me tomo un momento registrar lo que ocurría y recordar que justo en ese momento se suponía que los estadounidenses estarían llegando a la luna. Orilló su taxi y salió del vehículo. Yo salí también y ahí estaba la luna en el cielo—apuntó a ella y yo asentí con la cabeza y nos quedamos ahí unos momentos, en silencio, contemplando la luna. Luego regresamos al taxi y me llevó al lugar en el que más quería estar, aunque durante mi estadía jamás admití a mis amigos que pasé el resto de la noche sola, en mi cuarto, escribiendo poesía. Incluso recuerdo una imagen que me enterneció bastante en uno de esos poemas —¡había una mujer deambulando en un campo con una varita de fresa! Cuando pagué al conductor, volvió a apuntar a la luna y dijo una palabra que no entendí. Pero uno de mis amigos en el bar hablaba flamenco y más tarde le pregunté qué significaba. Dijo que significaba loco. Pero nadie menos que el Dalai Lama nos dice que la luna es para un budista la representación de la serenidad y el reposo. El poema de Safo, ¿es un poema de agitación o reposo? Dejaré que Maurice Blanchot responda eso: “El reposo en la luz puede ser —tiende a ser— paz a través de la luz, luz que apacigua y pacifica; pero el reposo en la luz es también reposo —privación de toda ayuda e ímpetus externos— de forma que nada puede alterar, ni apaciguar, el movimiento puro de la luz… Reposo en la luz: ¿dulce apaciguamiento a través de la luz? ¿La difícil privación de de uno mismo y la totalidad del propio movimiento, una posición en la luz sin reposo? Aquí, dos cosas infinitamente diferentes son separadas por casi nada.” Sé que es severo, pero creo que esto es lo que ocurre cuando observamos la luna, y cuando escribimos: en ambos casos, dos experiencias infinitamente diferentes se separan por casi nada, y es esa misma nada la que es de mayor importancia y la que es más difícil mantener. Cuando Buzz Aldrin se reunió con Armstrong en la superficie de la luna, sus primeras palabras fueron: “Hermoso, hermoso. Magnífica desolación.”
Notas sobre la Carrera Espacial a 50 años del alunizaje del Apollo 11
El 21 de julio de 1969 el astronauta Michael Collins observó la primera caminata lunar desde el módulo de mando del Apollo 11, estacionado en el Mar de la Tranquilidad. No tuvo la fortuna de pisar la superficie de la Luna como Neil Armstrong y Buzz Aldrin, ni su nombre ha gozado de protagonismo en la historia mundial. Sin embargo se debe recordar que Collins fue parte de la legendaria misión Apolo 11, que consagró el anhelo de alcanzar y pisar la Luna, dando “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
Los avances tecnocientíficos que permitieron este viaje —y otras proezas en el espacio exterior— se dieron durante la Carrera Espacial[1], una competencia entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América para conquistar el espacio, durante la cual ambas potencias buscaron demostrar su superioridad y capacidad tecnológica frente a la de sus rivales, como lo habían hecho en la férrea competencia armamentística desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
También desarrollada durante la Guerra Fría, la Carrera Espacial supuso un esfuerzo paralelo entre ambas potencias para explorar el espacio exterior, poner en órbita satélites artificiales, enviar animales y humanos al espacio y, posteriormente, llevar a un ser humano a la Luna. En estos términos, el fenómeno de la tecnociencia y su desarrollo, no fue una simple consecuencia de la confrontación internacional, pero su aceleración y potencia no puede ser entendida sin tomar en cuenta tal escenario. En ese sentido, la conquista del espacio también tuvo un poderoso componente político y una intención muy clara que interesa a la historia social de las ciencias en el siglo XX.
La idea de conquistar el espacio se dibujó en la realidad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial[2] y se fortaleció con los discursos políticos estadounidenses[3] ya en el escenario de la Carrera Espacial. Cabe recordar que una conquista se define como la obtención del dominio sobre un objeto, sujeto o territorio como resultado del conflicto, la violencia o la guerra.
En el caso de la conquista del espacio, fueron las adversidades físicas y humanas las que inicialmente obstruyeron el camino. Fue por esa razón que la ciencia y la tecnología, como parte de un proyecto nacional, se aceleraron para poder mover la maquinaria de la Carrera Espacial. Este acelerón generó de ambas partes —soviéticos y estadounidenses— una serie de episodios significativos: el Sputnik en 1957; Yuri Gagarin y Valentina Tereshkova en 1961 y 1963; las misiones Apolo, incluyendo la colaboración entre la URSS y EE.UU.; así como el legado de decenas de astronautas que murieron en las misiones. Todas estas historias reflejan la fuerte intención —por parte de ambas potencias— de sobresalir y mostrar su poder tecnocientífico en paralelo al militar.
Propulsor S-1C del Cohete Saturno V del Apolo 11 en el Edificio de Ensamblaje de Vehículos. Nasa.
En 1962 el presidente John F. Kennedy pronunció un discurso ya histórico en la Universidad William Marsh Rice, en el que anunció que los Estados Unidos planeaban poner humanos en la luna antes de 1970. “Nos hacemos a la mar en este nuevo océano porque existen nuevos conocimientos qué obtener y nuevos derechos qué ganar, que deben ganarse y utilizarse para el progreso de todos los pueblos”, expresó el presidente estadounidense para justificar la Carrera Espacial.
Posteriormente en su discurso apuntó a la Luna: “Hemos decidido ir a la luna antes de que termine esta década, no porque sea sencillo, sino porque es complejo, porque ese objetivo servirá para organizar y medir nuestras mejores energías y habilidades, porque es un reto que estamos dispuestos a aceptar, un reto que no deseamos retrasar, un reto que ganaremos”.
El presidente Kennedy tenía claro que la ciencia y el conocimiento eran estandartes valiosos en el juego de la supremacía. El progreso científico vendría acompañado de un sentimiento de superioridad que al proyectarse al mundo, la Unión Soviética —que ganaba la carrera— por fin sería alcanzada por el país de la libertad.
También el espacio era sinónimo de futuro; la proyección de alcanzar la luna guardaba posibles beneficios para la humanidad: “Hemos dado al programa espacial la categoría de prioridad nacional, aunque me doy cuenta de que se puede considerar un acto de fe, incluso una visión, porque no sabemos cuáles son los beneficios que nos esperan”. Este discurso representa la valoración que el gobierno estadounidense atribuía a la Carrera Espacial, revestido de una retórica poderosa que persuadía a una sociedad que también deseaba sentirse poderosa.
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La promesa de expansión de la civilización más allá de la Tierra significó traspasar la frontera máxima: la de nuestro propio mundo. En el siglo XIX, durante la conquista del Oeste, los vaqueros y colonos extendieron los dominios de “la civilización” hasta el Océano Pacífico. Consigo traían el progreso —materializado en el ferrocarril— y civilizaban. Porque las fronteras no solo delimitan territorios, sino que son mecanismos constructores de identidades; definen lo propio y lo ajeno, a lo común y a la otredad. Lo conquistable no se redujo a terrenos, sino que abarcó a los indígenas, a los afroamericanos, a las mujeres y a todo aquel que diferente del conquistador.
La conquista del Oeste fue un verdadero motor del desarrollo social y económico de esa nación joven. El historiador de la ciencia Rafael Guevara Fefer lo expone de forma precisa: “Los Estados Unidos eran una nación que crecía a pasos agigantados gracias a que convertía las fronteras en civilización. Un Estado Nación, que como el Pac-Man, está obligado a devorarlo todo, plantas, animales, aguas, mares, cielos, ríos, piedras y personas… de otro modo se pierde el juego”[4].
Neil Armstrong en la Unidad de Investigación de Alunizaje en Langley, Virginia. Nasa.
Cuando se logró conquistar el territorio, la idea de la frontera en la cultura estadounidense se transformó y ya no era materializada en el proceso de colonización del Oeste. ¿Qué significaba la frontera en esos tiempos? Una pista nos la puede dar un importante texto generado al final de la Segunda Guerra Mundial. Se trata del informe de 1945 recibido por el presidente Harry Truman, titulado Science. The Endless Frontier (Ciencia. La frontera interminable).
En el texto se expresa la importancia que ha tenido la ciencia en el desarrollo nacional, y se formula la idea de que la ciencia es una posibilidad infinita de conocimiento, un proyecto político, un asunto del Estado, y una condición esencial para el progreso de la humanidad. Tal y como Kennedy diría años después sobre la conquista del espacio, ejecutada por los astronautas.
Este informe fue presentado por Vannevar Bush, cercano al Proyecto Manhattan, del que se desprendió la creación de la bomba atómica. Este es el ejemplo paradigmático que pone en discusión la relación entre el desarrollo científico y la política, que evidentemente provoca debates y reflexiones infinitas, pero vigentes y necesarias.
Pero la transición entre la conquista del Oeste y la conquista del espacio repercutió en la cultura norteamericana de distintas maneras, más allá de los programas científicos y los discursos políticos.
Un claro pero inesperado ejemplo de este proceso es, en cierta medida, la trama de Toy Story (1995). Este largometraje —importante por ser el primero animado digitalmente— cuenta la historia del vaquerito Woody, propiedad del niño Andy, que se siente desplazado por la llegada del nuevo juguete, Buzz Lightyear, quien, con alas mecánicas, sus rayos láser y su frase “to infinity and beyond”, desplaza al vaquero y a los demás juguetes.
Andy representa a toda una nueva generación de niños que presenciaron esos cambios (la película está ambientada entre las décadas de los cincuenta y los sesenta, en plena Carrera Espacial). El salvaje Oeste se convierte en la Luna o en Marte, y el sombrero de vaquero se convierte en casco; ya no hay caballos ni ferrocarriles, sino naves y transbordadores espaciales; ya no son los vaqueros, sino los astronautas, quienes representan un modelo a seguir en la sociedad norteamericana.
Valga la analogía para recordar que el significado de la conquista, y la idea de la frontera, son producto de la transformación histórica de las formas en la que las sociedades ven el mundo y se proyectan en él, creando los medios materiales e inmateriales para reproducir tales visiones y proyecciones.
Por si quedara duda de que las aventuras en el espacio fueron más bien procesos de conquista, queda pensar en toda la filmografía espacial y futurista de los sesenta y setenta: las space operas como Star Wars —cuya trama recuerda justamente a los Westerns— y Star Trek, así como toda la producción cultural de la Ciencia Ficción, un género consumado en distintos medios fuera de la literatura.
Incluso a Stanley Kubrick se le atribuye tanto la perfección técnica y artística con la que llevó a cabo 2001: Space Odyssey, así como la supuesta realización cinematográfica del alunizaje que, según la teoría de la conspiración, fue un montaje, pues en realidad el humano nunca llegó a la luna.
El técnico del traje de astronauta Joe Schmidt asesora a la Unidad Lunar de Respaldo del Apolo 11. Nasa.
Después del alunizaje, el presidente Richard Nixon se comunicó con los astronautas hasta la Luna. Les agradeció y reconoció el esfuerzo, pues “gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres”.
Es difícil saber en qué momento se consuma la conquista. Sin embargo, aunque las misiones espaciales sigan vigentes, apuntando al planeta Marte, parece que la conquista del espacio ya no tiene la fuerza ni la popularidad que tuvo durante la Carrera Espacial.
Entonces, ¿en dónde se proyecta la idea de la frontera hoy en día? ¿Que queda por conquistar? Se trata de preguntas abiertas, en tiempos en los que parece que las conquistas provocaron la autodestrucción humana: observada en la desigualdad, el colonialismo, la guerra y la crisis ecológica.
El avance progresivo de la humanidad, la frontera interminable de la ciencia y los proyectos civilizatorios del hombre occidental son cuestionables en tanto que han dejado fuera de la narrativa a muchos y a muchas, y han consolidado una forma monolítica de comprender la historia del mundo.
Lo que desde cierto punto de vista es la consagración del ser humano omnipotente, implica una contraparte de destrucción de su mundo. En este escenario tal vez sirva recordar la conversación entre Neil Armstrong y Buzz Aldrin cuando Aldrin descendió a la faz de la Luna:
Neil Armstrong: Una vista magnífica ahí fuera.
Buzz Aldrin: Magnífica desolación.
[1] La Carrera Espacial duró aproximadamente desde 1957 a 1975.
[2] De hecho, la tecnología de cohetes desarrollada por la Alemania Nazi fue fundamental para los avances de aeronáutica durante Carrera Espacial.
[3] En este caso, se tomará en cuenta la parte estadounidense. La Carrera Espacial desde el punto de vista de la URSS merece un espacio particular para ser estudiada y reflexionada.
[4] Dr. Rafael Guevara Fefer, comunicación directa. Julio de 2019.
Anotaciones sobre la tragedia: Reconciliación y narrativas.
1. Todo está perdonado
Anne-Marie Uwimana camina codo a codo con a Celestin Habinshuti en su aldea dentro del sector Kibirizi, una provincia al sur de Ruanda, mientras el equipo de producción de la BBC Africa los filma. La escena por sí sola es desgarradora. Hace 25 años ambos eran vecinos cuando las tensiones raciales entre los grupos hutu y tutsi escalaron después de la muerte del general Juvénal Habyarimana (bajo circunstancias que hasta el día de hoy siguen sin esclarecerse), la cual sirvió como el detonante para el asesinato sistematizado de más de 800 mil tutsis durante los meses de abril a julio de 1994.
Aunque los autores intelectuales del genocidio fueron en realidad diversos actores políticos con intereses específicos en Ruanda, muchos de los crímenes los realizaron los propios ciudadanos hutu en contra de sus conocidos tutsi, severamente influenciados por una propaganda racista que durante mucho tiempo nutrió periódicos, programas de radio y televisión. Uno de los medios más conocidos por sus mensajes de odio fue “Radio-Televisión libre de las Mil Colinas”, fundada en julio de 1993 por Ferdinand Nahimana, un allegado político a Habyarimana y principal actor de la propaganda extremista hutu. Diariamente, la cadena transmitía mensajes como: “Su aspecto es horrible con ese pelo espeso y barbas llenas de pulgas. Se parecen a los animales. En realidad, son animales. Las cucarachas tutsis son asesinos sedientos de sangre. Diseccionan a sus víctimas, extrayendo sus órganos vitales. Son bestias feroces. Pido que se levanten y que luchen usando todo lo que encuentren. Utilicen palos, garrotes y machetes, y eviten la destrucción de nuestro país”.
Celestin, recuerda Anne-Marie, entró a su casa y mató a dos de sus hijos cortándoles el cuello con un machete. Su marido y sus otros dos hijos ya habían sido asesinados días antes. Ella apenas pudo escapar. Celestin estuvo encarcelado durante diez años por sus crímenes, pero salió de prisión hace poco.
Hoy caminan juntos por la aldea, se apoyan en distintas tareas e incluso en ocasiones comen y beben juntos. Su historia es el resultado de los programas diseñados por la NURC o Comisión Nacional para la Unidad y la Reconciliación, por sus siglas en inglés, que forma parte de los varios intentos del gobierno ruandés para sanar las heridas sociales ocasionadas por una de las mayores tragedias en la historia contemporánea de África y el mundo.
Por medio de grupos en las comunidades, principalmente religiosos, se busca diseñar espacios en donde las conversaciones acerca de las vivencias sobre el genocidio puedan orientarse. Tal es el caso de la iglesia católica en Kibirizi, donde el padre Ubold Rugirangoga —quien también sufrió la persecución por parte de hutus— logró a través de retiros y pláticas con los sobrevivientes de la aldea que estos perdonaran a los integrantes de la comunidad que en 1994 habían masacrado a sus familiares y que en los últimos años habían regresado después de haber estado presos. En estos retiros religiosos comunitarios, los exconvictos escucharon pláticas y estudiaron la historia de Ruanda con el padre Rugirangoga durante seis meses. Se prepararon junto con las víctimas para el acto de perdón y para hablar en público sobre sus testimonios. “El perdón nos libera. Primero la víctima debe perdonar y después el perpetuador debe buscar ese perdón”, dice el padre en una conferencia sobre su labor hace unos años.
Este tipo de historias son ahora frecuentes en muchas aldeas y pueblos en Ruanda. La imposibilidad de convivir dentro de la comunidad cuando la sociedad carga con los traumas de un genocidio alimentado por discursos de odio es más que evidente. El perdón, se observa entonces, cumple una función de futuro dentro de la paz comunitaria y por ende de las propias personas. Se establece con ayuda de la labor de líderes religiosos bajo perspectivas morales que ayudan también a argumentar las posibilidades del mismo: para el perdón es necesario entender que la persona a la que se le perdonará un hecho atroz es más que ese hecho. A través del testimonio que implica otorgarle dignidad y relevancia a la vivencia, las personas encuentran la posibilidad de resignificar la tragedia.
“[El padre Rugirangoga] me dijo que yo tenía la llave para liberarlo de su culpa y que Celestin también tenía la llave para liberarme a mí”, dice Anne-Marie para la entrevista de la BBC.
Coral Medrano.
2. El genocidio que antecedió al genocidio
Aunque para muchas personas estas reconciliaciones y actos de perdón público dentro de las comunidades de Ruanda son actitudes de una grandeza moral casi incomprensibles, la realidad es que para las personas y el gobierno actual ruandés este es el único camino para poder cohesionar las fracturas abismales dentro de la sociedad. Sin esta reconciliación sólo estarían forjando las bases de un próximo conflicto nutrido por el odio y la venganza en torno a lo que pasó. Justo como sucedió 22 años antes del genocidio de 1994, cuando grupos tutsis mataron a más de 350 000 hutus en un intento por dañar al gobierno ruandés liderado por el presidente Kayibanda en 1972. Las interminables olas de violencia que se habían desatado después de la independencia del país tenían sus raíces en la época de la colonización europea.
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Hablar de la historia de Ruanda bajo los términos específicos que puedan explicar el conflicto es complicado. En primer lugar, porque las regiones anteceden a las fronteras políticas y las tribus anteceden a las separaciones raciales. No existen verdaderas pruebas sobre los orígenes marcados de los grupos tusti y hutus, salvo por el propio significado elemental y casi frívolo de cada uno: tutsi: pastor; hutu: campesino. Se sabe que no hay verdaderas diferencias culturales ni mucho menos raciales. Ambos grupos comparten el mismo lenguaje y las mismas tradiciones. Sus orígenes parecen ser más una diferenciación de castas y de clase que fueron agravándose con el tiempo en los reinados del siglo XIX, pero que tuvo su ápice y consagración con la llegada de los colonizadores alemanes y belgas que utilizaron a su favor la separación de los grupos para poder gobernar de manera más eficaz a la población de la región. Así fue como lograron pronunciar las mínimas diferencias raciales, como la altura o ligeros tonos del color de piel como justificaciones artificiales para la separación de ambos grupos. Puestos importantes reservados solo para tutsis o segregación en las ciudades y zonas residenciales, por ejemplo, acrecentaron el conflicto, el cual culminó con la creación de partidos políticos basados sólo en las etnias y sus diferencias. Esta división arraigada ya en las esferas de la política ruandesa sólo aumentó las tensiones para cuando la independencia llegó en los años sesenta y fue necesario estructurar un sistema que bajo estas divisiones resultó inherentemente separatista.
Cuando el genocidio de 1994 terminó con la llegada a la capital de las tropas del Frente Patriotico Ruandés a cargo del general tusti Paul Kagame, la situación dio un giro a favor de los tutsis. Sin embargo, al mismo tiempo la violencia en la frontera se acrecentó dada la cantidad de refugiados hutu que huían en ese momento hacia la región de Zaire. Todo esto terminaría por provocar el conflicto armado más letal del continente de todo el siglo XX, las guerras del Congo, donde se estima que murieron más de cinco millones de personas.
La violencia es reaccionaria y no puede ser un medio para la reestructuración de un país y su sociedad. Para evitar que el país se hundiera en más olas de violencia habría que poner en marcha un sistema de reconciliación social que tomara en cuenta los factores éticos más elementales para una reconstrucción total de su sociedad.
La pregunta obligada fue entonces: ¿Cómo debería lidiarse con la construcción de una narrativa de la tragedia en el marco de un genocidio? La historia nos ha enseñado que dentro de las claves lo esencial es el testimonio y la consagración de los hechos. Mostrar la tragedia sin tapujos para desmantelar cualquier tipo de justificación del horror. Pero un problema particular que la población de Ruanda tenía que afrontar eran las consecuencias de una narrativa reduccionista que antagonizara de manera general al grupo hutu que representa a la mayoría de la población del país.
3. Reconciliación: verdad y dignidad
La necesidad de tener en el centro del proyecto de reconciliación el elemento de la verdad no sólo se refería a la importancia de mantener presentes en la memoria los crímenes cometidos durante el genocidio, sino mantener también la verdad sobre el origen de las causas. La reconciliación como categoría política y jurídica tiene que estructurarse a través de distintos ejes elementales como lo es la justicia, la ética del perdón, el derecho a la verdad y el respeto al tiempo de luto que las víctimas necesiten, para que así la propia fundamentación le otorgue sentido a los actos de perdón en las vivencias más personales dentro de las comunidades y, al mismo tiempo, evitar la posibilidad de hacer del acto una demostración pública que humille a las víctimas. Es por eso que el perdón debe de estructurarse también en la noción básica de la dignidad humana.
Después de una brutal violación a esa dignidad es necesaria la reestructuración del concepto. Ninguna víctima sobreviviente podría jamás reconstruir una vida después del genocidio si no fuera a través de nuevas narrativas que ofrezcan la seguridad del no-olvido, pero también de un futuro que prometa un “nunca más”. Esa promesa se consolida en ese acto moralmente magnífico de convertir una violación a derechos humanos en una reacción enmendadora que prometa no más violencia. Es por eso que el proyecto de reconciliación no puede exigir el perdón, ya que representa una acción muy íntima y personal que se determina según las posibilidades morales y emocionales de cada persona, pero sí puede fomentar y crear contextos en donde a través de narrativas que le devuelvan a todos esa fundamentación del derecho humano les sea más fácil perdonar. Y si no, al menos, revertir el estado mecánico del resentimiento popular en una conciencia general de la comprensión.
Siempre con la seguridad de los representantes de Estado de que debían esclarecerse las causas: afrontar también la violencia ejercida por parte de los tutsis, entender que la separación racial era una falacia utilitaria por parte de los colonizadores belgas, y, finalmente, asimilar que en un entorno lleno de discursos de odio, la mayoría de los perpetradores a quienes las milicias les dieron machetes para cometer toda clase de crímenes, forman parte también de las víctimas de la tragedia.
Desafortunadamente, en la práctica muchas reacciones vieron un resultado más complejo del esperado como cuando los juicios y encarcelamientos masivos comenzaron pocos meses después de que la matanza había terminado y que volvieron a Ruanda el país con más personas en prisión en el mundo.
Los proyectos de re-enseñanza por parte del gobierno tampoco han sido del todo exitosos y en varias comunidades de tutsis no han tomado nada bien la liberación de algunos presos. Las desigualdades económicas han sido también un tropiezo que deshabilita ciertas prácticas de reconciliación entre los grupos.
Aun así, algunos proyectos no gubernamentales como el Genocide Archive of Rwanda, financiados principalmente por la ONU, se han encargado de recolectar todo tipo de archivos relacionados con el genocidio y han tenido la fortuna de contar con la participación de muchas personas y la posibilidad de recolectar testimonios tanto de víctimas como perpetradores que han decidido hablar sobre sus vivencias.
Esta clase de contribuciones y ejercicios elementalmente civiles, representan en gran medida la voluntad de muchas personas por querer superar la historia en los mejores términos posibles. Las acciones por parte del Estado ruandés son criticables desde muchas aristas, incluyendo los propios crímenes cometidos durante las guerras del Congo. Pero en las comunidades donde el proceso de sanación a través del perdón y la reconciliación es tanto una experiencia e interés individual como una acción colectiva, los intentos de seguir estructurando narrativas que ayuden a fomentar una cultura de la paz en todo el territorio son verdaderamente admirables y que se han visto pocas veces en la historia moderna de los conflictos en el mundo.
Coral Medrano.
4. La última deuda con la verdad
El papel de la comunidad internacional durante el genocidio fue siempre muy polémico. La salida de los peacekeepers de Naciones Unidas previo a los 100 días de la matanza siempre se asumió como una negligencia que pudo haber evitado la masacre. Pero cuando terminó el genocidio y se dio a conocer el número de muertos y el grado de violencia de las matanzas sistematizadas, la comunidad internacional se volcó en disculpas.
Cuando Paul Kagame tomó la presidencia del país en el año 2000, culpó directamente a Francia por haber permitido la matanza y haberse relacionado directamente con los líderes hutu, lo cual generó desacuerdos y tensiones diplomáticas. Hace apenas un mes el actual presiente de Francia, Emmanuel Macron, ordenó que se realizara una investigación de dos años para entender cuáles fueron las verdaderas implicaciones de su país en el genocidio.
Aunque muchos creen improbable que se publiquen explícitamente las motivaciones que durante los años previos permitieron a Francia ofrecer ayuda a las milicias hutus, al menos puede esperarse un interés genuino de investigadores y grupos no gubernamentales que le otorguen a las víctimas de la tragedia la última deuda con la verdad respecto a la influencia extranjera del conflicto. Y, por ende, que pueda seguir presente el debate, por ejemplo, sobre la asistencia de la UNAMIR en zonas de conflicto y la relevancia de la información concreta e inmediata que permita el apoyo para des-escalar las tensiones y evitar tragedias durante situaciones de violencia. Cuando la prensa internacional y distintas ONGs en Ruanda alertaron sobre los sucesos y utilizaron por primera vez el término genocidio, el gobierno estadounidense ordenó que no se usara el término para evitar a toda costa la intervención debido a los acuerdos legislativos internacionles. Este tipo de decisiones en momentos tan críticos resultan inadmisibles y es uno de los puntos esenciales donde aun hace falta ahondar y debtair.
A 25 años del genocidio de Ruanda aún quedan muchísimas preguntas por responder, demasiadas historias aún por contar, investigaciones y juicios por hacer, y lecciones por aprender. Ahora que resulta común encontrar discursos de odio en nichos digitales masivos que cohesionan grupos extremistas y se multiplican gracias a burbujas de información en redes sociales y a audiencias mejor articuladas o cuando las políticas públicas de los países desarrollados, como en Estados Unidos, rápidamente se nutren de tintes xenófobos; cuando los sistemas internacionales de protección de derechos humanos parecen estar más debilitados que nunca y distintos conflictos en el mundo, como la guerra en Siria, siguen escalando con una participación internacional que sólo genera más violencia parece ser esencial seguir revisando la historia de Ruanda y entender las consecuencias de las mentiras, de la información fracturada y la manera en la que pueden crecer los discursos que matan personas.