Este sábado 29 de junio celebramos en Ciudad de México la edición 41 de la marcha del orgullo LGBTTTIAQ+.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Dos fueron los señalamientos más repetidos entre marchistas y en redes sociales: el crecimiento constante de asistentes (que solo en parte representan a la diversidad de la capital, pues la marcha es ya motor turístico) y el asalto paulatino, pero en esta ocasión apabullante, de las corporaciones.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
A pocos metros de nuestra redacción, Tierra Adentro obsequió más de 400 libros de temáticas y autores LGBT+. Como la regla era que solo podía elegirse un libro por persona, descubrimos a una comunidad exigente en cuanto a su literatura: ¿cuál llevarse? ¿El arte nuevo de hacer libros de Ulises Carrión o El libro de Arenas de Reinaldo Arenas?¿Jennifer Clement o Severo Sarduy?
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
No importó el volumen de la música de la carroza de Amazon o que Wal-Mart tomara la vanguardia. Desde nuestra esquina atestiguamos las resistencias que acompañaban a la disidencia sexual: entre los comerciantes informales sobresalían los artesanos independientes de banderines y pulseras con evidente valor añadido; la solidaridad motivada por la marcha se extendía a compromisos futuros (una decena de veces se acercaron dos amigues al carrito de libros y escogieron títulos distintos con la promesa de intercambiarlos); los movimientos de las mujeres, protagonistas indiscutibles del activismo de esta década, se hacían ver en forma de pañuelos verdes y demandas de género; y no faltaron las consignas y los carteles de quienes recordaban el origen militante del movimiento LGBT+ y los cambios sociales profundos que hacen falta para tener un país y un mundo en el que quepamos tod@s.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
La marcha del orgullo LGBTTTIAQ+ de Ciudad de México permanece como uno de los actos colectivos fundamentales para la civilidad y la tolerancia conquistadas y por conquistar.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
A solicitud de Tierra Adentro, el fotógrafo Irving Cabello acudió a la marcha con el propósito de retratar algunos de los rostros de esa diversidad que somos.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
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Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.
—Pronto —se repitió. Todo estaba sucediendo normalmente. El traqueteo del tren, el mal olor, la apetencia irreprimible de fumar y el escaso deseo de dormir. Ante la ventanilla desfilaban las masas sombrías de las casas. En un lugar lejano, unos cuantos proyectores sondeaban el cielo cual largos dedos de cadáver que rasgaran el manto amoratado de la noche. Se oía el tronar de cañones antiaéreos. Las negras casas, vacías y ciegas, continuaban desfilando. ¿Cuándo sería aquel “pronto”? La sangre le fluía del corazón, volviendo a él luego de haber circulado por todo su cuerpo y agitando su vida entera. Pero aquellos latidos sólo servían para advertirle: “Pronto…” No podía hablar de nada ni pensar en nada que no se refiriese a ello. “No quiero morir” —se dijo. Y en seguida la frase se transformó en esta otra: “Voy a morir… muy pronto”.
Heinrich Böll, El tren llegó puntual.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.
Para recordar a Phillipe de Comines, historiador flamenco nacido en el siglo XV, se sale de la guerra para encontrar la paz; de la paz surge la abundancia; la abundancia induce al ocio; el ocio se torna en vicio, y del vicio surge la guerra. Es vano enlistar en este espacio el sangriento devenir de los tristemente innumerables conflictos armados alrededor del mundo en tiempos modernos; es doloroso rememorar los que ha habido en nuestro panorama latinoamericano —dictaduras, intervenciones extranjeras, masacres— y es, por decir lo menos, inusitadamente estremecedora la historia de nuestro propio terruño.
Plauto, en la escena cuarta del segundo acto de su Asinaria, reconoce que el horror de la violencia encuentra su génesis en el desconocimiento del otro; el verso 495 establece un territorio desolador: el hombre —entendido éste como el género humano, de acuerdo con el contexto de la obra—, ante la ignorancia de la condición ajena, no hace sino volcar sus angustias y sus miedos para devorar a esa otra entidad y volverse su victimario, y quedar a merced del siguiente vuelco de la historia y terminar, esta vez él, sangrando tristeza por su propia derrota.
Si pudiéramos resumir las centurias de alianzas, desencuentros, amoríos y matrimonios del Viejo Continente o los milenios de alteridades que algunas veces se han reconocido en sus diferencias y otras tantas se han negado la oportunidad de coexistir que llevaron a nuestro siglo pasado a ser testigo de dos grandes guerras, sería con un solo momento que la causalidad —según las historias que rondan alrededor de aquella aciaga tarde— quiso provocar: el 28 de junio de 1914, es asesinado en un atentado el heredero al trono del Imperio Austro – Húngaro: el archiduque Francisco Fernando junto a su esposa, Sofía, duquesa de Hohenberg.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.
Si se nombra, quizá con frívola audacia, a la causalidad, es por el simple hecho de que el primer atentado (una granada lanzada contra el carruaje del heredero) había fallado en su objetivo. El serbio Gavrilo Princip, uno de los ejecutores del ataque, se refugió en un local de comida ante la confusión que había reinado. El archiduque, al salir ileso, ordenó a su cochero dirigirse al hospital para visitar a las víctimas. El carruaje que transportaba a Francisco Fernando y a Sofía tal vez se descompuso, quizás el auriga tomó la calle equivocada, tal vez solo fuera un instante de infortunio para ellos y —como se constató después— para la humanidad, pero Princip se encontró frente al destino y disparó su pistola semiautomática FN1910 contra los futuros monarcas. Aquí un apunte: se dice que, a raíz del asesinato, los tres hijos de la pareja son considerados como los “primeros huérfanos de la Gran Guerra”, los primeros de millones.
El asesinato del heredero condujo a tensiones políticas durante todo el mes siguiente; la injerencia bosnia en Serbia, así como la intromisión de las siempre colonialistas Alemania, Francia y Reino Unido, así como de Rusia en las negociaciones, llevaron a que el 28 de julio el Imperio Austro-Húngaro le declarara la guerra a Serbia. Numerosas declaraciones bélicas entre naciones se sucedieron en los siguientes días y así comenzó el hambre, la muerte y la sevicia del dominio: la Guerra.
Segundo Acto
Artagnan, a punto de ser nombrado Mariscal de Francia, ya con Porthos enterrado entre las ruinas de Belle Isle, Athos reunido en los cielos con su hijo Raoul, el vizconde de Bragelonne, y con Aramís exiliado en España, recorre “solo, inmensamente solo, una vez más el camino de regreso a París”. Y si bien es un personaje extraído de la profusa imaginación y talento del ya mulato Alexandre Dumas, tiene su referente histórico en el conde Charles de Batz-Castelmore, de quien tenemos noticias gracias al exmosquetero Gatien de Courtilz de Sandras, quien escribió las Mémoires de Monsieur d’Artagnan, capitaine lieutenant de la première compagnie des Mousquetaires du Roi, y que fue inspiración para la saga de los mosqueteros. Artagnan, el histórico, fue el mosquetero encargado de detener a Nicolas Fouquet, intendente del Rey Sol, por órdenes de Jean-Baptiste Colbert, quien tiene el privilegio de montar la Galería de los Espejos, en el Palacio de Versalles.
En este insigne salón María Antonieta, guillotinada el 16 de octubre de 1793 en el cadalso que había instaurado la Revolución Francesa, se casó con el futuro Luis XVI; también, como resultado de la guerra franco-prusiana, se creó en esta misma galería, en 1871, el Imperio alemán, y, finalmente, se firmó el Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919, el tratado de paz firmado por más de cincuenta países en donde Alemania acepta la derrota.
Los cuatrocientos cuarenta artículos del Tratado van encaminados en un sólo sentido: que Alemania aceptara la responsabilidad material y moral de las consecuencias de la guerra. Dice el Artículo 231:
Los gobiernos aliados y asociados afirman y Alemania acepta la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado todos los daños y perjuicios a los que las potencias aliadas y asociadas a los gobiernos y sus nacionales han sido sometidos como consecuencia de la guerra que les impone la agresión de Alemania y sus aliados.
Las secuelas que tuvo la nación germana fueron devastadoras: la pérdida de más de casi 100 000 km2 de territorio, el desarme absoluto de su ejército, la prohibición de manufacturar nuevo armamento, la reducción de su ejército y la obligación de restituir monetariamente todos los perjuicios consecuencia de la guerra. Francia, por haber sido la nación en la cual se llevó a cabo la mayor parte del conflicto y por tanto, por tener los mayores daños, fue quien pugnaba por castigos ejemplares: por ejemplo, en el Tratado, en el Artículo 119, renuncia a todos sus derechos y títulos sobre sus posesiones de Ultramar, en favor de las potencias aliadas y asociadas. Del mismo modo, el artículo 45 dicta que:
Como compensación por la destrucción de las minas de carbón en el norte de Francia y como parte de pago para la reparación total a pagar de Alemania por los daños ocasionados por la guerra, Alemania cede a Francia en posesión plena y absoluta, con derechos exclusivos de la explotación, no comprometido y libre de todas las deudas y cargas de cualquier tipo, las minas de carbón situadas en la cuenca del Sarre.
El Tratado fue, además de un instrumento que garantizará la paz en el mundo y la no intención de Alemania de inmiscuirse en asuntos belicistas —que, por supuesto, ninguna de las dos cosas sucedieron— fue un profundo modo de mellar en el alma del gobierno alemán. El Artículo 227 “acusa públicamente a Guillermo II de Hohenzollern, ex emperador de Alemania, por ofensa suprema contra la moral internacional y la santidad de los tratados”. Los países “victoriosos”, quienes escribieron las condiciones del Tratado quieren, con estas cláusulas, apuntalar la culpa apelando a una moral que, evidentemente, es tan sólo aquella que consideren las potencias aliadas. Los veinte mil millones de marcos oro que se piden como primera reparación a Alemania en el Artículo 235, antes de que se fijara el monto total, son una muestra del panorama que le esperaba a la otrora Germania a causa de la guerra: desempleo, hiperinflación, un sentimiento de derrota y de marginalidad y un rencor que encontraría su cauce años después.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.
Una de las características del Tratado de Versalles, más allá de su lectura inmediata de acuerdo con el conflicto que lo originó, es la relativa al Trabajo, que comprende los artículos del 387 al 427, en donde se establecen o recuperan las condiciones relativas a nuevas consideraciones a propósito de éste; por ejemplo, que no debe considerarse una mercancía; el derecho de asociación por razones lícitas; el pago de un salario adecuado para el empleado; el establecimiento de una jornada laboral incluido el descanso; la supresión del trabajo infantil y, fundamentalmente, y que cobra más fuerza en estos tiempos actuales, el principio de salario igual, sin distinción de sexo. A cien años de las firmas de las potencias y sus aliados, así como de una herida Alemania, ninguna de estas consideraciones expuestas en el Artículo 427 son, cruelmente, una constante en nuestras sociedades occidentales.
Fueron cuatro años en guerra —el armisticio se dio el 11 de noviembre de 1918—, seis meses de negociaciones en París, millones de muertos y heridos y un territorio geopolítico que no volvería a ser el mismo. Pasaron cinco años exactos entre el asesinato del archiduque y la firma del Tratado. Y la consciencia de la muerte, del hombre, lobo del hombre, de las penurias que arrastra la avaricia y la estupidez humana quedarían signados en las generaciones de artistas que vivieron de manera más o menos indirecta los diversos procesos bélicos del siglo veinte, tanto guerras mundiales como civiles. A vuelapluma podemos recordar a Böll y Mann, en Alemania; Elfriede Jelinek, en Austria; en Inglaterra, los poemas contra la guerra de Wilfred Owen; en España, García Lorca y Granada respirando en él. Estos son tan sólo un puñado de nombres que se han enquistado en la memoria, la lista es infinitamente mayor, tanto como el horror que la guerra causa. Quizá en un momento de calma, o mejor, de tormenta, convenga recordar a Efraín Huerta y sabernos un poco menos desamparados:
Hoy he dado mi firma para la Paz. Bajo los altos árboles de la Alameda y a una joven con ojos de esperanza. Junto a ella otras jóvenes pedían más firmas y aquella hora fue como una encendida patria de amor al amor, de gracia por la gracia, de una luz a otra luz. Hoy he dado mi firma para la Paz. Y conmigo, en cien países, cien millones de firmas, cien orquestas del mundo, una sinfonía universal, un solo canto por la Paz en el mundo.
En la pequeña y oscura sala del departamento 506, Esteban aguarda con impaciencia a los papás de Carlitos, un niño de 8 años a quien cuidará por dos días.
A Esteban, los espacios cerrados y oscuros le producen ansiedad, no soporta tener la puerta de su habitación cerrada. Prefiere la completa violación de su intimidad a permanecer encerrado por más de un par de minutos, sin embargo, cuando el debutante de niñero tiene que enfrentarse a lo que más odia, sus dedos índices en automático buscan a sus amigos los pulgares para frotarse una y otra vez, al grado, incluso, de llegar a sangrarse.
La sala es pequeña y no alberga más que dos sillones, una mesita de centro soportando el peso de varios libros apilados, y un par de cortinas negras que cubren todo rayo de luz, haciendo que el joven niñero desee levantarse e ir a su casa, pero se ve obligado a esperar o sus padres lo reprenderían, y él lo sabe
Pasados 5 minutos Esteban se levanta del sofá para retirarse cuando, sin esperarlo, el padre de Carlitos sale de la habitación del niño, le dirige una mirada con un aire de extrañeza. La madre, que hasta hacía unos minutos se arreglaba en el baño, lo inspecciona inquisitivamente.
—¿Pensabas irte? —replica la madre.
Esteban baja la mirada, no sabe qué le causa más ansiedad, si el espacio encerrado y oscuro o la mirada de la mujer.
—Siéntate.
Esteban toma asiento al mismo tiempo que los señores se acercan a él.
—¿Cuantos años tienes, hijo? —pregunta el padre.
—Trece.
—¿No crees que eres muy joven para cuidar de nuestro Carlitos?
—No, señor.
El hombre confía en Esteban. Además de que su madre les habló maravillas de él, es sabido por todos los vecinos del condominio que Esteban no es capaz de matar una mosca ni de robarse nada.
—Bien. Te explicaremos lo que debes de hacer. Ni se te ocurra —dice la mujer, aún inquisitiva— desobedecer.
—Como bien sabes, hijo —dice el padre— Carlitos está muy enfermo y no puede levantarse de su cama. No lo fuerces a hablar, necesita un tanque de oxígeno para poder respirar, entonces es mejor que no lo intentes.
—Lo único que debes hacer es cuidar que no salga de su habitación, supervisarlo. Es un niño y como todo niño quiere jugar, pero no entiende que su situación es delicada —la madre le entrega una tarjeta—. Este es mi número. No olvides llamar si tienes problemas.
—Y… ¿No comerá nada?
—¡No! —exclama la mujer—. Ni se te ocurra.
—Carlitos tiene conectada una sonda, por ahí come. Mira, hijo, te propongo algo. En un par de días será el cumpleaños de Carlitos, si haces bien tu trabajo podrás venir a jugar con él, ¿te parece?
Esteban no piensa en jugar con él ni en conocerlo, lo único que más desea en ese momento es que los dos días pasen volando para ir a su hogar cuanto antes; extraña la luz y los colores chillantes de su departamento.
Antes de marcharse, los padres le indican que puede comer cualquier cosa que haya en el refrigerador, calentarse comida o hacerse palomitas, puede ver el televisor, pero con un volumen muy bajo, y que por nada del mundo puede abrir la puerta de la habitación de Carlitos ni irse a su departamento.
Después de esperar lo suficiente como para que los padres regresen por si se les ha olvidado indicarle alguna otra cosa, Esteban abre las cortinas hasta que uno que otro rayo de luz ilumina el lugar, son las tres de la tarde y con las cortinas cerradas parece que fueran las siete o quizás las ocho de la noche.
Una combinación de olores satura su nariz, ya lo había percibido desde que llegó al departamento, pero nunca de una forma tan intensa como ahora. Trata de rastrear de donde vienen esos olores, pareciera como si se tratara de carne podrida combinada con aromas frutales. Aunque a veces los aromas frutales se imponen, hay momentos en que la peste penetra con más fuerza sus fosas nasales.
El niñero se dirige a la cocina y empieza olfatear cual perro cazador. Abre el microondas y encuentra un plato vacío. Sobre la estufa todo parece en orden, pero cuando abre el refrigerador y casi se cae de nalgas por el susto. Un plato cubierto con una bolsa transparente resguarda unas patas de cerdo y la mitad de la cabeza. “¡Eso es lo que huele asqueroso!”
Esteban cierra la puerta del refrigerador y justo en el ¡plak! le parece oír ruidos en el cuarto de Carlitos. Se desliza a la sala de la manera más cautelosa posible. En efecto, los ruidos vienen del cuarto. Tal vez se ha despertado. Esteban se queda inmóvil, no desea que Carlitos se asuste por culpa suya, porque ni siquiera sabe si sus padres le avisaron que tendría un niñero.
Esteban, mientras tanto, decide sentarse en el sofá donde los rayos de luz son más intensos, mientras escucha el lento caminar de Carlitos. Esteban piensa que Carlitos arrastra los pies como su abuelo Tino, igual de arrítmico y lento. “Pobre Carlitos,” piensa y se compadece de él por primera vez, piensa en todo lo que se está perdiendo, ya que a esa edad él ya había hecho muchas cosas, como ir a los caballos, al zoológico o cuando su padre lo llevó a conocer el mar.
Carlitos deja de caminar y el joven niñero supone que ha vuelto a la cama. Cuando levanta la mirada descubre una foto familiar en una de las repisas. Carlitos, muy sonriente, está sentado en las piernas de la madre, viste un traje de marinero color blanco con los costados decorados de azul y una gorrita muy simpática. Esteban mira con atención, se siente confundido, Carlitos se ve tan normal que no pareciera estar enfermo, tal vez estaba a punto de enfermarse.
Al volverse a su lugar, tira uno de los libros apilados en la mesita. El chico lanza un quejido por el susto, lo que provoca que Carlitos se vuelva a despertar, esta vez, sus pisadas son un poco más apresuradas hasta detenerse en la puerta.
Esteban está asustado, no sabe qué hacer. Llamarle a la madre o decirle a Carlitos que es su niñero. Está indeciso, pero decide acercarse a la puerta y decirle que no se preocupe, que todo está bien, que sus padres salieron y que él lo cuidará en lo que sus padres regresan.
La respiración dificultosa y pausada de Carlitos distrae de sus pensamientos al angustiado niñero. Esteban recordó a su abuelo Tino; antes de que muriera tenía una especie de cubrebocas que lo ayudaba a respirar, así como Carlitos respira.
—¿Carlitos? S-soy Esteban.
Carlitos no responde, solo se oye su respiración entrecortada y profunda.
—Tus padres salieron, yo te cuidaré solo por hoy y mañana.
Espera respuesta. Se lleva la mano a la frente recriminándose su tontería, pues Carlitos casi no puede hablar y es absurdo que responda.
—No me respondas, sólo te hablo para que sepas que yo estaré…
Esteban se interrumpe al escuchar que Carlitos vuelve a caminar alejándose de la puerta.
El incidente no pasa a mayores, es hasta las siete de la noche cuando Carlitos empieza a mostrarse más inquieto. Esteban procuró encender todas las luces antes de que cayera la noche y se llevó una gran sorpresa al notar que todos los focos estaban resguardados por lámparas que proyectan una luz tenue y rojiza; lo que mantenía el lugar casi en penumbras.
El cuarto de Carlitos también proyecta una luz rojiza muy tenue que se alcanza a percibir por debajo de la puerta, al igual que dos sombras pequeñas.
—Deberías irte a la cama, Carlitos —sugiere el chico.
Después de un tiempo considerable un trozo de papel es deslizado por debajo de la puerta. Esteban lo recoge y alcanza a leer el mensaje a pesar de la pésima caligrafía.
“Uno sí dos no.”
Esteban no comprende.
—¿Uno sí, dos no? No entiendo.
Carlitos deja pasar unos segundos y da un golpecito a la puerta, deja pasar otros segundos y da dos golpecitos de nuevo. Esteban sigue sin entender.
Carlitos intenta hablar, su respiración parece cansada y entrecortada. Las palaras que trata de emitir se enredan. Esteban recarga la oreja a la puerta para entender lo que trata de decir el pobre niño hasta que un golpe seco en la puerta le retumba en el oído. Esteban grita de susto.
Retrocede unos pasos con las manos en el pecho, en ese momento suena el celular. Contesta, es su madre, le pregunta cómo va su día. No se demoran más de un minuto y cuelga, cuando Esteban voltea hacia debajo de la puerta hay otro trozo de papel. “JA JA”
Esteban enfurece.
—¿¡Te parece gracioso!? —estalla.
¡Toc!
Esteban se queda pensativo. Lo ha entendido.
—Carlitos, ¿estás aburrido?
¡Toc!
Sí, lo ha entendido.
Esteban dibuja una sonrisa en el rostro. Ha olvidado el malestar que le provoca estar en ese lugar encerrado y casi en penumbras y mejor piensa que para poder entablar una conversación con Carlitos tiene que hacer preguntas que se limiten a un sí o un no.
—¿Tienes hambre, Carlitos?
¡Toc! ¡Toc!
“Umm, veamos. ¿qué más puedo preguntar?” Piensa.
—¿Extrañas a tus papás?
Carlitos tarda un tiempo en responder hasta que suena el primer toquido. Esteban está a punto de formular otra pregunta cuando se escucha el segundo toquido.
Hablan un buen rato hasta que dan las 11 de la noche, a Esteban se le empiezan a terminar las preguntas.
—¿Es verdad que dentro de poco será tu cumpleaños?
¡Toc!
—¿Y estás feliz, por ello?
¡Toc! ¡Toc!
—¿Por qué no? —pregunta sorprendido-¿No vendrán tus amigos?
Esteban se recrimina, ha olvidado que la conversación se limita a un sí y un no.
Carlitos no responde, Esteban se culpa, se lamenta con Carlitos, pero ya no hay más respuestas. Sus pasos lo delatan, ha vuelto a la cama.
Esteban se va a la cama culpándose. “Soy un completo idiota.”
A la mañana siguiente bajo la puerta hay un trozo de papel más grande. Las letras son cada vez más difíciles de leer. Esteban sonríe, de pronto el fétido olor reaparece. Esteban corre a la cocina sin soltar el papel, piensa cómo hacerle para que esa maldita comida deje de apestar. Busca por todos los cajones de la alacena y encuentra pastillas aromatizantes, pone dos en cada lado del plato. El olor a frutas ha quedado impregnado en las yemas de sus dedos y en sus fosas nasales, por lo que lo acompañará un buen tiempo.
Esteban vuelve a leer lo escrito en el trozo de papel. “¿Quieres amigo ser? Reza”.
Carlitos al parecer no se ha despertado, Esteban curiosamente siente ansias para responderle. Se debate en esperar a que despierte o despertarlo, no sabe qué hacer. Da vueltas al asunto hasta que lo decide. Se acerca a la puerta y piensa en la manera más original que se le puede ocurrir, coloca los nudillos en la puerta y ¡Toc!
De pronto, como si Carlitos sólo hubiese estado esperado esa respuesta, se oye que se levanta de la cama, después un estruendo, como de vidrio quebrado. Esteban se ve imposibilitado en preguntar pues Carlitos apresura el paso y en menos de un minuto está parado detrás de la puerta. Su respiración parece agitada, llena de excitación. Carlitos trata de emitir palabras, pero sólo consigue ruidos extraños y guturales.
—¿Estás bien?
¡Toc!
Carlitos le desliza otra nota más, esta vez lo invita a pasar a su habitación, lo quiere conocer. Esteban duda, los padres le indicaron que por ningún motivo debía entrar. Carlitos se impacienta con la respuesta y le desliza otra nota con signos de interrogación. Al no recibir respuestas emite un sonido, de pronto se oyen sus pisadas torpes y aceleradas en toda la habitación hasta que, por debajo de la puerta, le desliza una fotografía. Es Carlitos vestido de marinerito, pero sin sus padres, está dormido en una cama blanca. Esteban la mira con ternura.
—Yo no tengo una foto —se disculpa Esteban.
Sigue pensativo hasta que por fin se decide.
¡Toc!
Del otro lado se escucha un sinfín de sonidos extraños. Carlitos estalla de emoción.
—Pero… ¿cómo entro? Tus papás no me dejaron llave.
No hubo respuesta ni más ruidos de exaltación, ni pasos apresurados.
Esteban se vuelve al sillón a esperar la llegada de los padres, piensa que el deseo de Carlitos por conocerlo se ha frustrado.
Pasan de las cinco de la tarde, los padres están por llegar, tal vez a las siete u ocho. Esteban recibe una llamada de su madre, platican un par de minutos, deja de prestar atención y piensa que de verdad quiere conocer a Carlitos y que si no lo logró hoy, lo hará el día de su cumpleaños.
La llamada de su mamá hizo que no se percatara que debajo de la puerta, Carlitos le había deslizado una nota, ésta dice: “¿Por siempre amigos?” Esteban con una cálida sonrisa responde.
¡Toc!
En un instante aproximadamente, la llave de la puerta es entregada por Carlitos, quien espera con impaciencia la entrada de su amigo. Esteban la toma, duda un poco y piensa en lo peor que podría pasar. Tal vez Carlitos esté enfermo, pero que entre no hará que su salud empeore.
Abre la puerta con cuidado. El fétido olor penetra cual rayo mortal en las fosas nasales y Esteban vomita a un costado de la puerta. La tenue luz rojiza impide que distinga a su amigo. Todas las ventanas están cerradas y cubiertas con cortinas negras, largas y gruesas.
Antes de reincorporarse, a unos pasos de donde ha vomitado ve un cuadro tirado. Lo recoge y lo observa, su rostro, en ese momento, refleja un terror indescriptible, sus ojos parecen estar a punto de salirse. El olor cada vez es más penetrante. Esteban, tembloroso, quita la mirada de la fotografía y frente a él, en la penumbra, Carlitos lo mira con el único ojo que le queda, pero es imposible saber con qué gesto lo recibe Carlitos, ya sea por la tenue luz que poco ilumina su rostro descarnado, o por la poca piel que le cuelga del rostro.
Carlitos da unos pasos, su ropa de marinerito se ve más holgada y vieja que en las fotografías, debido a la poca piel y músculo que le queda a su cuerpo. Esteban jamás hubiera creído, si no lo hubiese presenciado con sus propios ojos, que un esqueleto pudiera caminar, incluso mantenerse de pie sin ayuda.
Esteban se lleva las manos al rostro y grita un par de ocasiones. El niñero intenta retroceder para salir corriendo, pero en el umbral de la puerta ve al padre de Carlitos con un bate en las manos. Justo antes de volver a gritar, recibe un fuerte golpe que le parte la cabeza en dos. Cae fulminado.
En la sala, con las cortinas impidiendo el paso de la luz se lleva a cabo una fiesta de cumpleaños. Los padres de Carlitos están muy entusiasmados de que su hijo por fin haya conseguido un nuevo amigo.
Sin embargo, a diferencia de las demás fiestas infantiles, esta es especial. En el centro de la mesa no hay un pastel que degustar, sino un jovencito con la cabeza recién cosida, respirando con dificultad, sus ojos, a punto de salirse de las cuencas dejan escapar un par de lágrimas. Carlitos lo mira con éxtasis. Ambos, a partir de ahora, serán amigos por siempre.
Corres por la colina con el cabello alborotado. Desde la cima puedes ver el valle. Verdes y frondosas columnas emergen caprichosamente. Criaturas de diversos colores cruzan el cielo azul emitiendo sonidos gloriosos. El aire se siente húmedo y puro. Respiras profundamente hasta que tu cuerpo se colma. La garganta se cierra: no puedes respirar. Caes de rodillas, tomándote el cuello con desesperación. No puedes gritar. Observas cómo todo pierde su forma hasta convertirse en un punto negro.
Despiertas bañada en sudor, jadeas. Te levantas nerviosa y revisas los niveles de saturación del refugio. Normales. Descuelgas del ropero un traje térmico.
Caminas a la ventana y observas el cielo plomizo. Contemplas maravillada esos dedos negros retorcidos que emergen por allí y por allá. Suspiras al ver la bruma verdusca matutina y sonríes al comprender que se trataba de una pesadilla.
Observas la foto que hay sobre el escritorio. Tu padre vestido con su cazadora de siempre. La barba espesa, los lentes, la escopeta colgada al hombro y tú, de dos años, sentada en sus piernas. Los dos ríen como si acabaran de contarles un chiste. Verificas que el dispositivo de almacenamiento esté dentro de la ranura que tienes detrás de la oreja derecha. Tiras de tu lóbulo una vez. Un ligero zumbido te indica que ya estás grabando. Ciudad de México, 17 de septiembre de… Tiras de tu lóbulo dos veces y regresas al ropero. Descorres los trajes, hurgas entre las cajas apiladas. Abres una que tiene “2030” rotulado en la tapa: periódicos amarillentos que saturan tu mente de recuerdos.
Tienes que apurarte, la tormenta ha cesado. Por la noche podrás continuar con la bitácora y, como cada año, releer las notas.
Desactivas la alarma y ajustas tu mascarilla antes de abrir la puerta. Ante ti, veinte cubetas distribuidas azarosamente en el patio, rebosantes de agua. Ha sido una buena noche. Retiras la ceniza acumulada en la malla protectora de cada una de las cubetas y las vacías en la cisterna. Coges la escopeta Winchester calibre 12 que heredaste de tu padre. Te cuelgas del cinturón una bolsa negra y un cuchillo de caza.
Eliges a uno de los conejos que hay en el corral techado del patio trasero. Quedan nueve. Piensas en alternativas mientras trozas al animal. Guardas las piezas, todavía calientes, en la bolsa negra y la entierras al lado de un árbol petrificado.
¿Habrá más mexicanos?, te preguntas desde el puesto de vigía. Hace diez años que no ves a ninguno. Desde el día en que tu padre y el escuadrón que comandaba fueron emboscados. No me pasará lo mismo, piensas. Apuntas con la escopeta. Disparas dos veces. Recargas. Tu ojo pegado a la mirilla. Otras dos detonaciones. Cuatro biomecánicos yacen en el pasto cenizo. Te acercas y escupes en la maraña de alambres blancos desparramados.
Con el rabillo del ojo observas a un niño que baja por la colina.
—¡Oye! —tu corazón late con fuerza, la mascarilla se empaña. Lo sigues hasta el centro de la ciudad. En el camino matas a tres biomecánicos más. El niño se mete a una casa sin puertas.
Dos ojos negros se asoman por la ventana. Apenas superan el borde. Tiene el pelo cenizo; las mejillas morenas, libres de petequias. Es solo un niño. Probablemente generó una especie de inmunidad, como los conejos, reflexionas.
—¡Oye! —le vuelves a gritar, acercándote lentamente. El niño abre la boca y emite un ligero tic-tac. Disparas. Un trozo de ventana se desmorona. Tic-tac. Disparas de nuevo. Tic-tac. Te hincas, recargas. Colocas la culata de nogal sobre tu hombro derecho. La mano izquierda sostiene el cañón de acero forjado. Tic-tac. Controlas la respiración y aprietas el gatillo con fuerza. Los ojos desaparecen. Te acercas sin dejar de apuntar al cuerpo exangüe del niño. Su cara ha sido sustituida por un gran hoyo del que cuelgan alambres blancos.
—¡Ey, por aquí!
Volteas empuñando la escopeta. Es un hombre joven, sin mascarilla. Le apuntas a la cabeza.
—¡No, por favor! Soy inmune, como los conejos —suplica, cubriéndose el rostro. Te acercas. Le revisas la boca, los ojos, los oídos.
—Sígueme.
Ajustas los niveles de saturación, activas la alarma y entran a la casa. Te quitas la mascarilla, te acomodas el cabello y te secas la cara.
—Los niños son los más peligrosos. Mis padres murieron cuando intentaron ayudar a uno.
Lo miras: sus ojos transmiten tristeza.
Platican mientras cocinas al conejo. Él tampoco ha visto a más mexicanos. Le muestras tus archivos, tus mapas. Comen. Abres una botella de tequila. Se miran.
El humo del cigarrillo se impregna en las sábanas. Su cuerpo tibio y desnudo descansa a tu lado. Arrojas la colilla y retiras el revolver del buró. Verificas que esté cargado y apuntas a la cabeza del hombre. No puedes correr riesgos… Disparas.
Sangre y trozos de carne se deslizan por tu rostro. Ya no hay duda: ahora sí eres la última mexicana.