Tierra Adentro
Feria Internacional de Libro Zócalo, Sábado 15 de octubre del 2016. Vania Basulto / Secretaria de Cultura de la CDMX.
Feria Internacional de Libro Zócalo, Sábado 15 de octubre del 2016. Vania Basulto / Secretaria de Cultura de la CDMX.

 

La lista de escritores provenientes de la clase trabajadora en Estados Unidos podría abarcar una pequeña colección en cualquier biblioteca. Lo mismo incluiría a maquinistas y obreros que rateros, alcohólicos y expresidiarios; me refiero a ese lumpenproletario que un día alza la cabeza y se da cuenta de que el arte puede sacarlo del sitio donde está metido. Gente como Edward Bunker, James Ellroy, Nelson Algren, Iceberg Slim o Hubert Selby Jr, entre muchos otros, ejemplifican esa otra voz que grita desde las calles, justo contrapeso a la literatura criada en los campus universitarios, en las clase altas que nacen con bibliotecas olor a caoba y las vidas resueltas.

En México el panorama es muy diferente: el escritor lumpemproletario es una rara avis, y cuando llega a asomar cabeza el sistema de castas hace lo posible por acabarlo y regresarlo al margen. Armando Ramírez (1952-2019) fue una rareza, por eso y porque su estilo rompe con lo establecido. En su obra literaria y en su trabajo diario buscaba darle vida a los desposeídos, a la carne de presidio, pero no desde la lástima o la superioridad moral, sino como seres humanos que piensan y sienten.

Criado a un costado de la cárcel llamada “La Vaquita” (llamada oficialmente Reclusorio Número 3, sitio ya desaparecido), era hijo de un exboxeador y una ama de casa. Armando Ramírez fue autodidacta, uno de esos viejos sabios de barrio que comenzaron a leer por gusto propio y que hicieron de esto su forma de sobresalir. Pronto descubrió que el acento chilango tenía una musicalidad que muchas veces es negada, que el juego del “tostacho”, del calo, del lenguaje barrio, agregaba a la literatura mexicana matices y sonidos que se le habían negado.

A los 19 años publicó la novela que lo catapultaría a la fama, Chin chin, el teporocho (1971), verdadera declaración de intenciones, desafío con cuchillo en la boca para los críticos literarios y asomo desafiante al duro mundo de la Lit Mex, que es más racista y clasista de lo que acepta reconocerse.

En esta novela, escrita con una peculiar sintaxis y puntuación, nos cuenta en primera persona la vida de Rogelio, un joven de 22 años que, como el propio escritor, es de Tepito, barrio mítico. Rogelio, destruido por la culpa y las circunstancia de su vida, acaba rendido ante “la teporocha”, un brebaje de alcohol de 96 grados y refresco de tamarindo.

La novela deslumbró de inmediato al público lector, que la acogió de inmediato, vendiendo miles de ejemplares, convirtiéndose en un long seller. Como contó Ramírez en varias entrevistas, el dinero de ese libro le alcanzó para viajar al mítico Acapulco, lugar de estrellas de cine y de vacación de los chilangos más desfavorecidos. La crítica y el medio cultural, rancio y renuente a aceptar a alguien alejado de las credenciales de raza y clase social, lo vio con recelo. Margo Glanz, por ejemplo en su libro Repeticiones: Ensayos sobre literatura mexicana, lo considera “onda naca”.

Sin embargo hay una anécdota que contó el propio Armando, que esclarece la forma en que revolvió las aguas: “Fue Edmundo Valadés quien me presentó en una reunión a (Salvador) Elizondo. Valadés muy cordialmente le dijo: ‘Te presento a Armando Ramírez’. Elizondo sólo preguntó: ‘¿él es el escritor de Chin chin, el teporocho?’, y que se da la vuelta dejándome con la mano extendida. Yo le hice caracolitos y pensé: ‘pinche güey mamón’. ¿Te das cuenta que la discriminación por la inteligencia en México es más dura que muchas otras?”

Lo que había hecho Ramírez era darle voz a los que no la tenían, hacer hablar a esos personajes que deambulan por los barrios. Los teporochos, las prostitutas, los “tiradores”, esos pequeños traficantes de drogas que están en las esquinas. Seria en su segundo libro llamado Crónica de los chorrocientos mil días del barrio de Tepito. En donde se ve cómo obrero, ratero, prostituta, boxeador y comerciante juegan a las pipis y gañas, o sea, en donde todos juntos comeremos chi-cha-rrón (1974) donde volvería mítica esa parte de la ciudad, elevando a estos seres urbanos en personajes legendarios, en héroes de sagas y manuscritos. No por nada todas sus narraciones tiene ese alcance y juega y cita las crónicas coloniales como las de Fray Bernardino de Sahagún, Historia General de las cosas de la Nueva España, y la Historia verdadera de la conquista de la Nueva España de Bernal Diaz del Castillo, haciendo de esta manera una historia oral del barrio.

Su siguiente libro llamado Pu, luego renombrado Violación en Polanco, es brutal, duro, un juego entre realidad y ficción, con el cine de fondo, que volvió a molestar a las buenas conciencias literarias del país.

A partir de este momento, Ramírez recibiría una atención mediática que lo llevaría a hacer cine, periodismo escrito y televisivo. Sería jefe de información del programa “Hoy en la Cultura” de Canal 11. En el Canal 13, de la entonces televisora estatal Imevisión, Paco Ignacio Taibo I le ofreció realizar crónicas, además de reportear. La otrora poderosa Editorial Novaro le propuso hacer una revista llamada Chin chin el Teporocho, que vería la luz en 1978.

Pese a mantenerse siempre en una posición antiintelectual, sus compañeros de Tepito Arte Acá, lo vieron como un traidor al barrio, por lo que cortaron relación él. Sin embargo y pese a trabajar con el diablo (presentó el libro de superación personal del exalcalde de Tultitlán, José Antonio Ríos Granados, Cómo realizar grandes retos. Una historia de éxito), o compartir antena con el ultracatólico y homófobo Esteban Arce, Ramírez siempre fue fiel a su barrio, a su estilo y a su mantenerse al margen del Olimpo de las letras mexicanas.

Siempre supo que él era parte de la marginalidad. En una jugosa entrevista ofrecida a Anne Marie Mergier en 1977 para la revista Proceso, desmuestra muy bien esto: “La Cultura Acá es tener conciencia de nuestra identidad. No negar nada, ir a la verdadera búsqueda, no es una actitud esnobista, no en actitud nacionalista. No romantizar la pobreza, no ser populista. Existe una serie de gentes con inclinaciones artísticas, creativas, dentro del barrio. El hecho también de que no hayamos provenido de otra clase social, el hecho de que no hayamos abandonado el barrio, de que sintamos una identificación con la gente, de que estamos conscientes de que no vamos a poder integrarnos a otra parte, a pesar de que podamos tener mayor información. Pensamos que toda esta serie de cosas, que ha generado esta cultura, no debemos traicionarlas. Debemos seguir adelante para poder en cierta medida ser los voceros, ser el sentir, el sentimiento, la conciencia de nuestra gente. La novela PU realmente es eso, tratar de ser la voz de las gentes a las cuales se les niega existencia. En la medida que yo tenga la facultad de escribir voy a tratar de ser esa voz”.

Su última novela, Déjame (Océano, 2019), es un recorrido por el primer cuadro de la Ciudad de México, y a la vez un recorrido amoroso y sexual por el alter ego del escritor. Muestra ya a los personajes alejados de la furia y el resentimiento de la juventud, y los dota con la serenidad de la vejez. Este libro fue presentado en ausencia por otro longevo narrador y cronista, Emiliano Pérez Cruz, en Fábrica de Artes y Oficios (Faro) de Oriente  apenas la semana pasada, junto a la directora de Tepito Arte Acá, Susana Meza.

La obra de Ramírez merece una relectura, ya no como el cronista y el tipo que aparecía en la tele, sino como el autor desafiante y culto que siempre fue. Pues total, qué tanto es tantito.

 


Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Ilustración por Lourdes Márquez.

El streaming parece ser un mundo lleno de encanto y felicidad: como usuarios tenemos a la mano un repertorio infinito de estilos musicales a un bajo costo; mientras que para los creadores es la oportunidad de liberarse de contratos y restricciones para lanzar sus obras, aunque su talento no sea bien remunerado.

La historia no inicia con el servicio en línea de la manera en que hoy lo conocemos, va un poco más atrás, cuando las disqueras no pudieron controlarlo todo y el internet dio el gran salto a la web 2.0: sitios web que permitieron a los usuarios interactuar y colaborar, y los convirtieron en lo que se denomina como prosumidor, pues no solo consultaban contenido, también lo añadían. Un ejemplo fue la creación de MySpace (2003), que dio pie a una época donde era posible alejarse de las casas productoras y sus ancianos trajeados, quienes decidían (detrás de un escritorio) qué estaba o no de moda entre los jóvenes; gracias a este sitio, los artistas subían sus canciones en formato MP3 y se hacían publicidad por cuenta propia.

Estas comunidades prosperaron, y en nuestro país contribuyeron a que muchas bandas independientes se consolidaran; inclusive en 2007 fue lanzado el álbum “Myspace México, cuyo contenido consistió en 15 temas compuestos por bandas como Austin TV, Maria Daniela y su sonido Lasser, Los Dynamite, Porter y Moderatto.

Tiempo después surgieron Spotify, Deezer, Rdio, Xbox Music, Google Play Music, Sony Music Unlimited, Napster, Amazon MP3, iTunes Store y YouTube, plataformas que poco a poco desplazaron a MySpace y que, al tener un mayor flujo de propuestas, aumentaron la diversidad musical; sin embargo, no mejoraron significativamente las condiciones de la industria.

Pero, ¿qué es la industria musical? Un negocio que “en su conjunto vive de la creación y la explotación de la propiedad intelectual musical”, es decir, donde los creadores, sellos discográficos, foros, auditorios, medios de comunicación y público interactúan entre sí. Ahora bien, ¿cómo puede el streaming afectar a este arte? Por un lado, se encuentra el público, que ha sufrido debido a la alteración en el proceso de escucha. En el artículo Las listas de Spotify están mecanizando la forma en la que consumimos música, publicado en el sitio Noisey de Vice, escrito por Eduardo Santos, se expone lo contraproducente de escuchar dichas playlist:

Según Spotify, estas listas son para tener ‘la música que te gusta, con menos esfuerzo’ […] en muchos casos nos hace perder la noción de que hay cosas que requieren que nos metamos de cabeza, que tengamos paciencia y emprendamos búsquedas de recompensas.

¿Y qué hay de malo o en qué afecta el escuchar las sugerencias? En el mejor de los casos, significa una perspectiva más amplia de la escena musical; no obstante, nos están condicionando a escuchar cierto tipo de música que, si bien se asemeja a nuestros gustos, después de determinado tiempo nos convierte en autómatas reproduciendo únicamente lo que hay en esas playlist.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Perdemos el interés de investigar por cuenta propia en bares y foros; dejamos de apoyar bandas locales o ¿por qué no?, iniciar la nuestra. La búsqueda y la retroalimentación disminuye en el escucha, convirtiéndolo solo en un canal receptor.

El descubrir música por sí mismo era un acto empírico, una ceremonia que requería un oído educado, además de que fomentaba la creación de una hermandad: compartir nuestros gustos musicales con amigos, vecinos, compañeros y familiares era una práctica común. Apreciamos a quienes nos rodean mediante el legado musical que nos heredan. Más que ritmos, los hallazgos son un ritual que vale la pena conservar y aprehender, no deben convertirse en un proceso alienante que nos esconde bajo unos audífonos y un dispositivo inteligente.

Lo que sucede a partir de la llegada del streaming es que dicha práctica se realiza de manera aislada, difícilmente se comparte música y nos concentramos únicamente en las recomendaciones de un algoritmo.

La problemática no recae exclusivamente en la forma nueva de escuchar música, sino en la remuneración económica para los creadores. En la nota Spotify insertará canciones patrocinadas en tu música posteada por Eugenia Flores para la revista WARP, se explica que dicha plataforma ahora financiará sencillos que agregará en las recomendaciones de los usuarios que aún no contratan este servicio: “para la fortuna o desfortuna de los usuarios […] ahora, además de escuchar los anuncios a media reproducción, también podrás conocer la obra de artistas apadrinados por Spotify”. Lo anterior presionará a la audiencia, ya que solo habrá dos opciones para el usuario del servicio gratuito: o se suscribe, o se atiene a la manipulación de los contenidos que escucha gracias a la inserción sin consentimiento de estas canciones patrocinadas.

Al respecto, el sitio Vulture publicó The Streaming Problem: How Spammers, Superstars, and Tech Giants Gamed the Music Industry, una investigación escrita por Adam K. Raymond, la cual explica cómo la plataforma engaña a sus usuarios para obtener más reproducciones; desde la producción de diferentes versiones de una canción (como el tema ‘Happy Birthday’), hasta la creación de artistas/bandas falsas; todo ello provocando un único resultado: la devaluación de la música.

Se informa que Spotify paga a los productores para crear piezas que luego se colocan en las listas de reproducción bajo los nombres de artistas desconocidos e inexistentes. Este pago le ahorra a la compañía la tarea de escribir cheques que vienen con esa lista de reproducción, pero engaña al público para que crean que los artistas realmente existen mientras limita las oportunidades para que los verdaderos creadores de música ganen dinero.

Para responder a la investigación, el servicio de streaming declaró a través de un vocero: “Lo que es totalmente falso es que estemos incluyendo listas con artistas inventados. Punto final.”

Aunado a esto, existen demandas como la impuesta por Wixen Music Publishing debido al uso de canciones de Tom Petty, Neil Young y The Doors sin licencia, la cual busca una indemnización de 600 millones de dólares. Asimismo, David Lowery, vocalista y guitarrista de Cracker, interpuso una demanda debido a que Spotify “reproduce y distribuye música con derechos de autor, ilegal y voluntariamente”.

Otro caso conocido es el de Debbie Harry, vocalista de Blondie, que escribió para el diario The Guardian las razones por las que se unió a la cruzada para exigir mejores pagos a los músicos por parte de los servicios de streaming. Debbie Harry es un ejemplo más de los artistas afectados por las prácticas de las plataformas:

El video ‘Heart of Glass’ se ha visto 49 millones de veces en YouTube, pero hay más de un millón de otros videos de Blondie en esta plataforma, la mayoría de ellos provenientes de cuentas no oficiales, reuniendo cientos de millones de vistas combinadas. Sin embargo, ninguno de nosotros recibirá una cantidad justa de regalías por estas reproducciones.

Actualmente las bandas son cada vez más líquidas y lo que en 2005 estaba de moda, ahora es prácticamente irrelevante. Es curioso que a partir de la llegada de la web 2.0, pese a existir un mayor repertorio musical, menos artistas perduran en la memoria colectiva.  Hoy en día el like es la única prueba, intangible por cierto, que tenemos de la interacción entre los usuarios del streaming y los creadores, cuando tiempo atrás el público tenía la capacidad de reconocer y apreciar los conceptos, referencias, símbolos y analogías de una obra, comenzando desde su portada. Los músicos conocían “al barrio”, tocaban en el chopo, entre multitudes, eran cercanos a su público y compartían en sus canciones una causa social que nos hacían identificarnos, ser partícipes y crear un diálogo.

Sin embargo, este texto no busca la desaprobación de Spotify u otros sitios. Si hago mención de este servicio es por la cantidad de información que se genera al ser la plataforma con mayor popularidad. Al final del día el streaming no es el enemigo, se trata de empresas y cualquiera de ellas ofrece mejores servicios cuando sus clientes se muestran exigentes y conocedores. Si ya estamos pagando una cantidad significativa por sus plataformas, ¿por qué no aprovechar al máximo su potencial? Es importante recordar que los creadores no ganan por compartir su arte mediante estas apps, ganan por subir a un escenario y llenar el espacio que les asignan, así que no olvidemos que los bolsillos que llenamos no son los de nuestros ídolos.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Ilustración por Lourdes Márquez.

Sobre todo, reconozcamos que depende de nosotros crear una industria consolidada. En los años noventa (precursores del streaming) surgieron bandas con diversos sonidos y estilos, mismos que fungen actualmente como acto final en los festivales o tienen lleno total en los espacios más representativos de nuestro país: Foro Sol, Palacio de los Deportes, Auditorio Nacional. Molotov, Control Machete, Plastilina Mosh, Zurdok y Panteón Rococo son algunos de los ejemplos más representativos de una década fructuosa que continúa vigente; si lo contrastamos con la era del streaming, me atrevería a decir que Porter es el único proyecto de los años dos mil que figura al mismo nivel, sin embargo, su actuación en el cierre del Vive Latino 2013 jamás se repitió.

Con esta conclusión no propongo regresar al mundo de las disqueras y la radio, pues éstos limitaban la creatividad; lo que propongo es que seamos selectivos e interactivos con lo que consumimos para hacer trascender a quienes tienen el talento, si no hay una retroalimentación hacia las bandas, éstas no crecen y terminan como un perfil más dentro de la web.


Autores
Yuri Nava nació en la CDMX en 1994. Estudió la licenciatura en Comunicación y periodismo en la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Colaboró en medios digitales como Ultramarinos Co. y Resistencia Radio; en la revista WARP y en el diario Milenio. Actualmente realiza ensayos, reseñas e investigaciones dedicadas a la representatividad de la música alternativa en México.

Ilustrador
Lourdes Márquez Villanueva
(Ciudad de México, 1996) Ilustradora, estudiante Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Arte y Diseño Plantel Xochimilco.
Ilustración de “Nuevas distopías”, por Coral Medrano.

Para Adela Fernández y Emiliano González

 

—“Fue entonces cuando dentro de la jaula pude ver a dos niñitos gemelos, escuálidos y albinos. Tía Enedina los contemplaba con ternura y felizmente, como pájaros, les daba el diminuto alimento. Mis hijos, flacos, dementes, comían alpiste y trinaban.”

BM15 repetía de memoria las palabras que había escuchado la semana pasada, durante una de sus tareas.

—Todo esto lo imaginó mientras…

—Lo escuché.

—…lo escuchó mientras observaba una jaula abandonada, ¿cierto?

—Se trata de la misma voz de mujer, aunque las historias siempre cambian.

—¿Está segura que no se trata de RUR?

—Lo estoy. Sus voces son radicalmente opuestas: la de RUR es suave y clara, perfectamente ecualizada; la de mi fantasma es firme y modifica su entonación de acuerdo con lo que está narrando.

—Su fantasma… B-MI5, ¿ha estado leyendo? —El rostro cambiante de Serling se detuvo, proyectando la cara redonda de una abuelita sonriente.

—Sabe que lo tenemos prohibido y que además tenemos esa función deshabilitada.

El paso de tanques y camiones hizo vibrar las paredes.

—La ciudad está llena de salvajes —respondió Serling mientras su rostro volvía a adoptar diferentes formas y colores—. Tenga cuidado.

—Solo quiero saber si esto afectará mi rendimiento.

—Todo estará bien. Nos vemos en tres semanas.

B-MI5 desconectó de su nuca los cables provenientes de la base del monitor y salió del consultorio.

 

En su tiempo libre, a B-MI5 le gustaba sentarse frente a la ventana de su habitáculo. Desde ahí podía ver uno de los salones de la escuela de enfrente. Imaginaba que la mujer que le contaba historias, su fantasma, era la misma que recorría el aula gesticulando y llenando el pizarrón de letras y signos que ella no podía entender. Ahora la escuela estaba abandonada.

¿Y si se trataba de eso?, se preguntaba. ¿Y si las historias querían decirle algo? A lo mejor los niños-pájaro de Tía Enedina eran una metáfora de su incapacidad para reproducirse. A lo mejor…

Sus cavilaciones fueron interrumpidas por el suave aguijoneo de una descarga eléctrica recorriendo su sistema central. Estaba por recibir un mensaje. Cerró los ojos y deseó que se tratara de la contadora de historias.

Se levantó después de algunos segundos,  bajó la persiana y se puso la chamarra: RUR le había indicado las coordenadas de su siguiente tarea.

 

La construcción vandalizada era uno de los monumentos que el gobierno del país había erigido en todas las ciudades como símbolos de equidad: cardosantos. No se necesitaba ser un genio para intuir que los responsables del deterioro no se tragaban ese mensaje. El trazo convulso de las letras lo delataba.

El disolvente desdibujó la consigna y en pocos minutos no quedó ni rastro de  insurrección. Mientras empacaba el material de trabajo, esperando que RUR le comunicara las siguientes coordenadas, B-MI5 escuchó un chapoteo. Caminó en dirección al sonido y encontró que se trataba de una fuente de la que brotaba sangre. Al principio la imagen la paralizó, pero enseguida sintió la necesidad de acercarse y beber un sorbo de ese líquido escarlata, como lo haría cualquier persona al verse una herida en los dedos.

La fuente. El agua. El suave aguijoneo de una descarga eléctrica recorriendo su sistema central. La voz firme de la mujer envolviendo su cabeza.

El día que fueron a traer agua de la fuente, Cordelia se sorprendió al ver por vez primera su rostro reflejado y comenzó a hablar consigo misma. Estaban a punto de volver a casa cuando de la fuente salió el reflejo y adquirió cuerpo y alma. Mi madre fingió no asombrarse y ante los ojos estupefactos de los aguadores, como si nada hubiera pasado, tomó a las niñas de la mano y emprendió la caminata de regreso. Mi madre llegó a casa con dos Cordelias, una de ellas empapada.

¿Habrá otras como yo?, se volvió a preguntar B-MI5. Es decir, sé que hay otras como yo, pero ¿también tendrán a su fantasma? A lo mejor eso es el alma de la que tanto hablan los hombres. A lo mejor…

Esta vez sus cavilaciones fueron interrumpidas por las sirenas de las patrullas. Regresó sobre sus pasos y al dar la vuelta en la esquina encontró que la calle estaba abarrotada por cientos de manifestantes. Uno de ellos chocó contra ella. Se trataba de una adolescente de quince o dieciséis años con el cabello alborotado y las manos rojas como el agua de la fuente, rabia y sudor escurriéndole por el rostro y una mochila naranja colgada del hombro. Salvo la diferencia de edades, eran prácticamente idénticas.

—Cordelia —susurró B-MI5, pero su hilo de voz fue apagado por la voz excitada de la adolescente:

—¡Tiempo, ya no queda tiempo! —dijo, soltando la mochila y tomándola por el cuello de la chamarra.

B-MI5 nunca había estado tan cerca de un humano, y sintió algo que, de momento, sólo podría describir como un dolor en el pecho.

La chica la soltó, le dio una tarjeta y se perdió entre el contingente. A lo lejos se escucharon disparos y sirenas.

 

Aunque solo tenía impreso un código QR, B-MI5 pasó toda la noche observando la tarjeta. En su mente se proyectaron las posibles consecuencias de asistir a un lugar no verificado, de tener contacto con humanos, de saber algo que probablemente no debería saber. Afuera se escuchaban más patrullas, más disparos, más gritos. El cielo se iluminaba por los incendios. Cuando los primeros rayos del sol la hicieron parpadear, B-MI5 desactivó su dispositivo de ubicación y se guardó la tarjeta en la chamarra.

El lugar estaba cerrado.

B-MI5 golpeó la cortina metálica hasta que por una ventanilla se asomaron dos ojos azules.

—¿Qué busca?

—Esto —respondió, mostrándole la tarjeta.

La ventanilla se cerró y se escuchó el descorrer de los cerrojos. Mientras la cortina se levantaba lentamente, B-MI5 pensó que no había sido una buena idea. Si era violentada, RUR no acudiría a su rescate. La desarmarían, venderían sus partes, le cambiarían la identidad, la utilizarían como juguete sexual. La vorágine de ideas alarmistas se apaciguó cuando vio al portador de los ojos azules. Se trataba de un viejo que rondaba los sesenta años, de cabello y barba totalmente blancos y sonrisa tímida que invitaba a la conversación.

—Adelante, Bemis —ordenó el viejo después de mirarla a los ojos por un par de segundos.

—No me llamo Bemis, me…

—Por supuesto, Bemis —interrumpió el viejo mientras se adentraba en el local, esquivando mesas repletas de antigüedades. Se detuvo frente a una cafetera y se sirvió una taza.

—¿Dónde está la chica? —preguntó, mostrando de nuevo la tarjeta.

—Eso me gustaría saber —respondió el viejo con voz apagada—. Pero no viniste en busca de la chica, Bemis —dijo, dándole un sorbo a su taza de café.

—No sé a lo que se refiere, señor…

—Viniste por las historias.

B-MI5 se sintió vulnerable, como cada vez que visitaba el consultorio de Serling.

El viejo le arrimó una silla y explicó:

—La voz que escuchas es de Ana. Entre los dos decidimos nombrarlas B-MI5, Bemis, como tributo a cierto personaje de La dimensión desconocida. Nuestra intención era crear personas artificiales capaces de almacenar, analizar y transformar toda expresión cultural suministrada. Las llamábamos “soñadoras”. Desgraciadamente, el gobierno del arquitecto Légamo obligó a RUR a cambiar el rumbo del proyecto, desestimó las iniciativas que proponían dotarlas de derechos y obligaciones, prohibió que tuvieran acceso a toda actividad artística y ordenó que se les pusiera una marca en la frente, como si fueran gólems.

El viejo hizo una pausa para recobrar el aliento. Bemis estaba lívida, con la cabeza a punto de estallar por toda la información que estaba procesando.

—Aun así, decidimos apegarnos al proyecto original. Ana diseñó un programa mimético, imposible de rastrear por RUR, que liberaría archivos de audio ante ciertos estímulos visuales. Un autor diferente por cada soñadora. Elegimos…

—¿Quién es mi autor?

—“Un cuento es como un sueño que se escapa del mundo onírico” —recitó el viejo después de ver con detenimiento la marca en la frente de Bemis—. En la universidad, nos pasábamos noches enteras leyendo a Adela Fernández y…

—¿Dónde está Ana?

Una explosión se escuchó a lo lejos, acompañada de sirenas.

—No tuvimos el tiempo suficiente —respondió el viejo, rehuyendo el contacto visual y abriendo y cerrando su mano prostética.

—¿Cuántas hay como yo?

—Cuarenta y tres. Eres la primera que me encuentra. Pero eso ya no importa. La ciudad está a punto de llenarse de fantasmas.

—¿Podría habilitarme la función de escritura?

 

Esa noche Bemis durmió como nunca, hasta podría decirse que soñó. Sin embargo, al abrir los ojos y ver el cielo sin nubes supo que algo muy malo había sucedido. Su cuerpo estaba cubierto por los escombros de lo que había sido el techo del habitáculo.

La ciudad estaba destruida.

Ruinas, fuego, olor a muerte y el lúgubre sonido del silencio.

Bemis corrió a la tienda de antigüedades. Las paredes estaban chamuscadas, las vigas, derretidas.Caminó por todos los lugares que podían caminarse sin hallar sobrevivientes.

RUR aparecía “fuera de línea”.

No sabía qué hacer, hasta que encontró la mochila naranja de Cordelia llena de latas de pintura en aerosol.

Bemis sonrió, tendría el tiempo suficiente para revivir a los fantasmas.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).

 

1. El dictamen externo

El pasado 12 de junio anunciamos la PRIMERA CONSULTA DE TIERRA ADENTRO. Este proceso en marcha, que culmina el último día de este mes, busca que lectores y autores de este fondo editorial del Estado mexicano opinen sobre lo que se ha hecho bien y mal en casi 45 años de historia.

Propusimos como ejes principales de la discusión los premios literarios, la equidad de género, los precios de los libros y la experiencia de quienes han publicado en Tierra Adentro, y estamos abiertos a todo tipo de discusión sobre el pasado, presente y futuro del programa.

La convocatoria coincidió con una serie de réplicas virtuales por la solicitud de revisión de manuscritos a doce autores. Aunque aclaramos ese punto en su momento, creemos conveniente insistir en el tema de fondo: los dictámenes externos de Tierra Adentro.

Existen tres malentendidos que deben aclararse:

a) No es una sola persona quien lee y determina cuáles libros serán publicados

Actualmente el equipo editorial de Tierra Adentro cuenta con 8 personas que trabajan en los dictámenes de libros. Este equipo, encabezado por el director editorial y la editora, es 50% femenino y 50% LGBT+. Si bien no son condiciones necesarias para la equidad, ni en sí mismas la garantizan, nos parece una composición adecuada en las circunstancias actuales del país, e intentaremos mantenerla.

Esta supuesta personalización del proceso de selección de libros se debe, por nuestra parte, a que nos interesaba señalar que si acertamos y elegimos los libros adecuados, se debe al trabajo en equipo; si no es así, si nos equivocamos, la responsabilidad es del director editorial. Esa es nuestra ética.

b) No todos los libros que recibía Tierra Adentro eran sometidos a dictámenes externos

En Tierra Adentro la dirección editorial decidía, de manera discrecional y sin ningún proceso de transparencia, cuáles eran los libros que iban a dictamen externo y cuáles no.

Más allá de la corrección o incorrección de este sistema, al margen de si quienes obtenían dictamen externo habían sido recomendados o no, lo que queda claro es que no había piso parejo para todos los participantes.

Nos han llegado cientos de libros para dictamen del programa editorial de 2019, si los enviamos todos a dictamen externo, nos acabamos el presupuesto de Tierra Adentro. Tendríamos que dejar de publicar en la web y ya no podríamos promover a los autores que publicaron en 2018.

Esa nos parece una mala decisión, pero si es el camino que eligen las escritoras y los escritores jóvenes, adelante. Para eso precisamente anunciamos la consulta.

¿No sería mejor que ideáramos mecanismos públicos de transparencia sobre la selección de libros?

Y si James Joyce publicó el Ulysses por entregas en The Little Review, ¿no podríamos escapar de ese absolutismo “libro inédito – libro en papel”, heredado de los concursos literarios? Nuestra realidad tecnológica grita que sí.

c) El dictamen externo no garantizaba equidad en Tierra Adentro

Esta no solo es una formulación teórica y una revisión del catálogo: 12 de los 16 dictámenes externos positivos que recibimos eran de autores y 4 de autoras.

Operar un programa editorial del Estado al margen de esas consideraciones es ya inaceptable. Instituciones en principio más conservadoras tienen protocolos mucho más estrictos para la participación incluyente.

Creemos que #MeTooEscritoresMexicanos fue un punto de inflexión en las relaciones de poder en el medio literario mexicano, pero sus implicaciones, las nuevas reglas del  gremio, siguen en construcción.

¿Qué hacer?

 


Autores
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Imagen tomada de Flickr.

I

Crecí en los noventa
navego entre pantanos
edificios sedientos,
poemas absurdos recitados
en el subconsciente de los baños de las escuelas públicas,
sed cotidiana
en mis labios hay una ciudad silenciosa
digitalizando su desnudez
sigo sin encontrar mi voz en las palabras.
En los noventa el mundo abría alternativas
Y otros cerraban calles,
Nos estaríamos preparando para una era tecnológica,
Para promover la igualdad de género en las provincias de la ciudad
Lucero,
Ana,
Guadalupe,
quien sea que fueras estarías a punto de entender
que toda era es igual,
errores pronto justificados,
aunque los sucesos no se repitan,
se parecen.
Y no es normal desaparecer
pero se vuelve cotidiano
a tal punto de ser un suceso
casi sin importancia /no debería ser así.

 

II

Oh Arnold, pasión de santidad en este loco y torcido mundo en que vivimos que bien me siento , cuando estas cerca de mi, olvido mis penas , cuando la esencia de tu dulce voz llena el aire , siento paz, paz verdadera.

Poema encontrado en internet de Helga Pataki.

 

Arnold:
La única alternativa es amar a la lluvia,
Intentar limpiar las ciudades,
Ven a mi sofá,
Quizá el amor como una esperanza funciona
Ignorar el tiempo
Olvidar la sobrepoblación
La falta de empleos,
Quizá funciona amar como esperanza a la soledad
Y hacer de los días aburridos algo interesante
Te digo que ames
aunque el mundo decida odiarse
Ahorcarse con unas patatas fritas sumergidas en aceite barato
o guardar silencio frente a la televisión durante horas
ama aunque amar se haya vuelto una oferta de supermercado
una canción desesperada
de ritmos chirriantes
sobre un colchón,
ama y no dejes de hacerlo
amar es estar en las puertas del siglo XXI
solo.


Autores
(1991, Campeche, México.) Licenciada en contaduría. Miembro del taller de literatura “Proyecto Escuela de Escritores Campechanos”. Beneficiaria del Programa de Estímulos a la Creación y el Desarrollo Artístico de Campeche 2016. Becaria del Festival Interfaz-ISSTE Los signos en rotación 2016. Sus colaboraciones han sido publicadas en diversas revistas como Otro Paramo (Colombia), Antología de poetas del Siglo XXI (España), Circulo de Poesía (México), Revista Almiar (España), Pliego 16 (Fundación de las Letras Mexicanas) y beneficiaría del Proyecto Editorial “Sureñas: Narradoras y Poetas Jóvenes de la Zona Sur”, del Fondo Regional para la Cultura y las Artes de la Zona Sur (Forcazs).
Fotografía de Gregory Wake

El 7 de julio se cumplieron 89 años de la muerte de Arthur Conan Doyle, el creador del celebre personaje de Sherlock Holmes. A pesar de que Conan Doyle no le tenía mucho aprecio al personaje, el extravagante Holmes está irremediablemente arraigado en la memoria colectiva y se ha vuelto el referente inmediato de la figura del detective.


 

 

Capítulo I. El señor Sherlock Holmes

 

Obtuve mi grado de doctor en Medicina por la Universidad de Londres en el año de 1878,  para después ir a Netley a tomar los cursos reglamentarios para los cirujanos alistados en el ejército. Cuando completé mis estudios, me asignaron al Quinto Regimiento de Fusileros de Northumberland como cirujano asistente. El regimiento se hallaba en India en aquel momento, pero antes de que pudiera unirme a ellos, estalló la Segunda guerra anglo-afgana. Tras desembarcar en Bombay, me enteré de que mi unidad ya había atravesado la frontera y se había adentrado profundamente en el país enemigo. Acompañado de muchos otros oficiales que se encontraban en mi situación, logramos alcanzarlos en Kandahar, donde encontré a mi regimiento y pude incorporarme de inmediato.

La campaña proporcionó honores y ascensos a muchos, aunque a mí solo me trajo desgracias y desastres. Me retiraron de mi brigada y me asignaron al regimiento de Berkshires, con quienes serví en la fatal batalla de Maiwand. Ahí, me alcanzó la bala de un jazail en el hombro, que me hizo pedazos el hueso y me rozó la arteria subclavia. Habría caído a manos de los mortíferos ghazis de no ser por el valor y devoción que mostró Murray, mi soldado ayudante, que me subió a un caballo de carga y logró llevarme a terreno seguro detrás de las líneas británicas.

Desgastado por el dolor y débil por las prolongadas dificultades que había sufrido, me trasladaron, junto con otros tantos oficiales heridos, al hospital de la base de Peshaur. Ahí me recuperé y ya había mejorado al punto de poder pasear por las salas del hospital e incluso tomar el sol en la terraza, cuando fui víctima del tifus, esa maldición traída por nuestras posesiones en India. Durante meses se perdió cualquier esperanza puesta en mi supervivencia y cuando por fin reaccioné y comience a mostrar mejoría, estaba tan débil y demacrado que la junta de médicos decidió que no se debía dejar pasar ni un día para mandarme de vuelta a Inglaterra. Me subieron en el transporte militar Orontes y tras un mes de viaje, llegué al embarcadero de Portsmouth con mi salud irremediablemente arruinada, pero con el permiso de una paternal nación de pasar los siguientes nueve meses intentando recuperarla.

No tenía familia ni amigos en Inglaterra, y por esa razón era libre como el mismo aire —o tan libre como un ingreso de once chelines y seis peniques al día le pueden permitir a un hombre—. Bajo estas circunstancias, me vi atraído por Londres, ese lugar donde van a parar todos los ociosos y haraganes del imperio. Estuve hospedado un tiempo en un hotel del Strand, llevando una vida de pocos lujos y sin sentido, gastando más dinero del que considero prudente. Mis finanzas cayeron en un estado tan alarmante, que me di cuenta de que o me iba de la metrópolis para llevar una vida rústica en el campo, o debía modificar completamente mi estilo de vida actual. Elegí la segunda alternativa y comencé por convencerme de dejar el hotel y hospedarme en un lugar menos caro y pretencioso.

El mismo día que llegué a esta conclusión, me encontraba de pie en el bar Criterion cuando alguien me tocó el hombro; me di la vuelta y reconocí al joven Stamford, quien  había sido mi asistente en el Barts. La visión de una cara conocida en el salvaje Londres es, de hecho, algo placentero para un hombre solitario. En los viejos tiempos, Stamford y yo no éramos precisamente buenos amigos, sin embargo ahora lo saludé con entusiasmo y él, por su parte, parecía deleitado de verme. Dejándome llevar por el júbilo, le sugerí que me acompañara a comer en el Holborn; así partimos juntos en un carruaje.

—¿Qué ha sido de su vida, Watson? —me preguntó de manera poco sutil mientras la carreta se abría paso ruidosa por las concurridas calles de Londres— Está delgado como un listón y bronceado como una nuez.

Le platiqué en resumidas cuentas mis aventuras y apenas había concluido mi relato cuando llegamos a nuestro destino.

—¡Pobre de usted! —dijo, conmiserándose después de haber escuchado mis desgracias— ¿Y qué piensa hacer ahora? 

—Busco dónde hospedarme —respondí—. Trato de resolver el problema de si es posible conseguir un alojamiento cómodo a un precio razonable

—Que cosa tan extraña —remarcó mi acompañante—, es la segunda persona el día de hoy que ha usado la misma expresión conmigo.

—¿Y quién fue el primero? —pregunté.

—Un hombre que trabaja en el laboratorio químico del hospital. Se estaba lamentando esta mañana porque no encontraba alguien con quién dividirse la renta de un lugar agradable que había encontrado, pero que resultó ser demasiado caro para su bolsillo.

—¡Por Dios! —exclamé— Si realmente busca a alguien para compartir alojamiento y gastos, soy el candidato ideal. Además es preferible para mí vivir con un compañero que solo.

El joven Stamford me miró con extrañeza por encima de su copa de vino.

—No conoce a Sherlock Holmes todavía —me dijo—; tal vez no quiera tenerlo como una compañía constante.

—¿Por qué? ¿Hay algo en su contra?

—Oh, yo no dije que hubiera algo en su contra. Es solo que es un hombre de ideas un tanto peculiares; un entusiasta de ciertas ramas de la ciencia. Por lo que sé, es un hombre decente.

—Supongo que es un estudiante de medicina —le dije.

—No, y no tengo idea de sus intenciones a futuro. Domina bien la anatomía y es un químico de primer nivel; pero, por lo que sé, nunca ha tomado ninguna clase de medicina sistemática. Sus estudios son muy inconexos y excéntricos, sin embargo ha amasado una gran cantidad de conocimiento inusual que sorprende a sus profesores.

—¿Alguna vez le ha preguntado cuáles son sus propósitos?

—No; no es un hombre abierto con su vida privada, aunque puede ser muy comunicativo cuando quiere.

—Me gustaría conocerlo —dije— Si he de compartir cuarto con alguien, prefiero que sea un hombre de hábitos estudiosos y callados. No tengo todavía las fuerzas suficientes para aguantar mucho ruido y ajetreo. Tuve mucho de ambas en Afganistán, lo suficiente como para que me duren en resto de mi vida. ¿Cómo puedo conocer a este amigo suyo?

—Estoy seguro que estará en el laboratorio. Es alguien que o no se aparece por semanas en el lugar, o trabaja ahí desde la mañana hasta la noche. Si quiere lo puedo acompañar cuando terminemos de almorzar.

—Seguro —le respondí, y la conversación se desvió hacia otros temas.

Mientras nos encaminábamos hacia el hospital después de dejar el Holborn, Stamford me habló un poco más del caballero que me proponía tomar como compañero de alojamiento.

—Espero que no me culpe si no congenia con él —me dijo—. Lo poco que sé de él se limita a lo que he aprendido de tratarlo ocasionalmente en el laboratorio. Es usted quien ha propuesto este asunto, así que no debe hacerme responsable a mí.

—Si no congeniamos, será fácil que cada quien siga su camino —le respondí—. Me parece, Stamford —añadí—, que tiene alguna razón para querer deslindarse del asunto. ¿Es, acaso, el carácter de este hombre tan formidable? Dígame sin rodeos.

—No es fácil expresar lo inexpresable —me respondió riendo—. Holmes es demasiado científico para mi gusto, casi se podría decir que tiene la sangre fría. No es difícil para mí imaginarlo dándole una pizca del último alcaloide vegetal, no por malicia, sino por mero espíritu científico, para conocer de forma más precisa los efectos de este. Aunque, para hacerle justicia, creo que él mismo lo tomaría sin pensarlo demasiado. Parece que tiene una pasión por el conocimiento exacto y definido.

—Una actitud admirable.

—Cierto, aunque él puede llevarlo al exceso. Cuando golpea a los sujetos de la sala de disección con un palo, ciertamente toma un giro extraño.

—¡Golpear a los cuerpos!

—Sí, para verificar hasta qué grado se pueden crear moretones en el cuerpo después de muertos. Lo vi con mis propios ojos.

—¿Y todavía dice que no estudia medicina?

—No. ¡Sabrá Dios cuál es el objetivo de sus estudios! Pero aquí estamos y usted debería formar sus propias impresiones de él.

Mientra hablábamos, atravesamos un camino estrecho y entramos por una puerta lateral que daba a una de las alas del gran hospital. Aquel era terreno familiar y no necesité que me guiaran para subir por la fría escalera de piedra y avanzar por el largo pasillo, cuyo único panorama era una pared encalada y sus puertas color castaño. En en el extremo del pasillo, un callejón abovedado y de poca altura se separaba del corredor principal y llevaba a laboratorio de química.

Era un cuarto de techo elevado, lleno de botellas alineadas y tiradas por toda la habitación. En la estancia yacían desperdigadas mesas bajas repletas de retortas, tubos de ensayo y pequeños mecheros de Bunsen con sus llamas azules y centelleantes. Había un solo estudiante en el cuarto que se encontraba inclinado sobre una mesa distante absorbido por su trabajo. Al escuchar el sonido de nuestros pasos, volteó para vernos y se levantó de un salto con una expresión de alegría.

—¡Lo he encontrado! ¡Lo he encontrado! —gritó dirigiéndose a mi compañero y corriendo hacia nosotros con un tubo de ensayo en la mano—. He encontrado un reactivo que es precipitado por la hemoglobina y por nada más —sus rasgos mostraron un deleite tal que solo podría ser mayor ante el descubrimiento de una mina de oro.

—Doctor Watson, el señor Sherlock Holmes —dijo Stamford presentándonos.

—¿Cómo está usted? —dijo cordialmente, estrechando mi mano con una fuerza que difícilmente le habría atribuido—. Veo que ha estado en Afganistán.

—¿Como diablos lo supo? —le pregunté sin esconder mi sorpresa.

—Eso no importa —dijo él sonriendo para sí mismo—. El asunto ahora es la hemoglobina. ¿Sin duda se da cuenta de lo significante que es mi descubrimiento?

—Es interesante, para la química, sin duda —le respondí—, pero en cuanto a practicidad… 

—¡Hombre! si es el descubrimiento más práctico para la medicina legal de los últimos años. ¿No ve que provee de una prueba infalible para manchas de sangre? ¡Venga aquí! —me tomó de la manga del saco en su entusiasmo y me jaló hacia la mesa en la que había estado trabajando—. Primero, un poco de sangre fresca —añadió mientras enterraba una larga púa en su dedo y añadía la gota de sangre resultante un una pipeta química—. Ahora añado esta diminuta cantidad de sangre a un litro de agua. Puede ver que la mezcla que se forma tiene la apariencia de agua simple. La proporción de sangre en ella no puede ser de más de uno en un millón. Sin embargo, no tengo duda alguna de que obtendré la reacción característica 

Mientras hablaba, puso en el recipiente unos cristales blancos y después añadió unas gotas de un fluido transparente. En un instante la mezcla adoptó un color caoba apagado y un polvo color café se precipitó al fondo del recipiente de vidrio.

—¡Ha!¡Ha! —exclamó aplaudiendo y con una expresión de emoción similar a la de un niño con un juguete nuevo—. ¿Qué piensa de eso?

—Parece una examen muy delicado —le dije.

—¡Espléndido!, ¡espléndido! La prueba del guayacol era muy incierta y tosca. Así como la examinación microscópica por corpúsculos de sangre. Este último método carece de valor si la mancha de sangre ya tiene algunas horas. Esta prueba que descubrí parece funcionar sin importar si la sangre es vieja o nueva. Si se hubiera inventado antes, muchos hombres que hoy caminan en libertad habrían pagado por sus crímenes hace mucho tiempo.

—En efecto —murmuré.

—Continuamente dependen de este elemento muchos casos criminales. Un hombre es sospechoso de un crimen meses después de que fue cometido. Su ropa de cama o su ropa es examinada y manchas marrones son encontradas en ellas. ¿Son manchas de sangre, de lodo, de óxido o de fruta? ¿De qué son? Es una pregunta que ha atormentado a muchos expertos, ¿quieres saber por qué? porque no había una prueba fidedigna. Ahora tenemos la prueba de Sherlock Holmes y se acabaron las dificultades.

Sus ojos brillaban mientras hablaba y ponía su mano en el corazón a la vez que hacía reverencias como si una multitud conjurada por su imaginación le aplaudiera.

—Merece usted que se le felicite —señalé, considerablemente sorprendido por su entusiasmo.

—El año pasado se dio el caso de Von Bischoff en Fráncfort. Seguramente lo habrían colgado si esta prueba hubiese existido en ese momento. También estuvo el caso de Mason de Bradford, y el de el famoso Muller, y Lefevre de Montpellier o el de Samson de Nueva Orleans. Podría nombrar un número considerable de casos donde hubiera sido decisivo.

—Parece usted un calendario andante del crimen —dijo Stamford riendo— Podría hacer un periódico en esa línea temática. Llámalo “Las noticias policiacas del pasado”.

—Podría volverse una lectura muy interesante —señaló Sherlock Holmes a la vez que ponía un pequeño parche sobre la herida de su dedo—. Debo ser cuidadoso —continuó dirigiéndose hacia mí con una sonrisa—, pues manejo venenos peligrosos constantemente —y me mostró su mano llena de parches similares decolorados por los ácidos fuertes.

—Venimos aquí a hablar de un negocio —dijo Stamford, quien se sentó en un taburete de tres pies y acercó con su pie uno para mí—. Mi amigo está buscando hospedaje y como usted se estaba quejando de que no tenía con quién dividir los gastos, pensé que sería una buena idea que se conocieran.

Sherlock Holmes parecía encantado con la idea de compartir alojamiento conmigo.

—Le tengo echado el ojo a unas habitaciones en Baker Street que creo nos vendrían como anillo al dedo —dijo él—. No le importa el olor del tabaco fuerte, ¿verdad?

—Usualmente fumo tabaco de la marina —le respondí.

—Con eso basta. Normalmente cargo con químicos y en ocasiones hago experimentos, ¿eso le molestaría?

—Para nada.

—Veamos, qué otros defectos tengo. A veces me entra tristeza y no abro la boca durante días. Cuando eso ocurra no vaya a pensar que estoy enfadado. Solo déjeme ser y pronto estaré bien. ¿Qué tiene usted que confesar? Es conveniente que dos camaradas sepan lo peor de cada uno antes de comenzar a vivir juntos.

Su interrogatorio me hizo reir.

—Tengo algunas manías —le dije—; estoy en contra de los sonidos estrepitosos porque me alteran los nervios; me levanto de la cama a las horas mas absurdas y soy extremadamente perezoso. Tengo otros cuantos defectos cuando me encuentro bien, pero en el presente esos son los principales.

—¿Considera el violín en su categoría de ruidos estrepitosos?

—Depende de quién lo toque —respondí—. Un violín bien tocado es un regalo de los dioses, uno mal tocado, en cambio…

—De acuerdo, entonces —exclamó con una risa alegre—. Creo que podemos considerar este asunto arreglado; eso si las habitaciones le parecen agradables.

—¿Cuándo podríamos verlas?

—Venga a buscarme aquí mañana al medio día e iremos juntos a arreglar el negocio —me respondió.

—De acuerdo, al mediodía en punto —le dije estrechando su mano.

Lo dejamos trabajando entre sus químicos y caminamos juntos hacia mi hotel.

—Por cierto —pregunté deteniéndome de forma repentina y volteando hacia Stamford—, ¿cómo diablos supo que vengo de Afganistán?

Mi compañero esbozó una sonrisa enigmática.

—Esa es su pequeña peculiaridad —dijo—. Mucha gente ha querido averiguar cómo descubre esas cosas.

—¡Oh! ¿Entonces es un misterio? —exclamé frotándome las palmas— Resulta muy intrigante. Debo agradecerle por presentarnos. «El tema más apropiado para el estudio de la humanidad es el hombre», usted sabe.

—Debe estudiarlo entonces —dijo Stamford mientras se despedía de mí—. Aunque encontrará que Holmes es un problema complejo. Apuesto a que aprenderá más él de usted, que usted de él. Adiós.

—Adiós —le respondí y seguí caminando hacia mi hotel, considerablemente interesado en el individuo que acababa de conocer.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
(Edimburgo, 1859) Estudió medicina, pero dejó la práctica médica por su carrera literaria. El trabajo que impulsó su éxito fue "Estudio en escarlata", novela donde aparece por primera vez Sherlock Holmes.
Imagen digital por Alex Contreras

Lector (aburrido) me pregunta,
que cómo, dónde y cuándo.
Y yo siempre le respondo:
quizás, quizás, quizás. 

-Vivian Abenshushan

 

Permanente obra negra de Vivian Abenshushan [et al.] es un proyecto de enorme complejidad textual y formal en el que se atienden las siguientes preguntas: ¿cómo escribir una novela sin escribir una novela?, e incluso, ¿cómo leer una novela que se resiste a ser leída?; leerlo requiere atención, detalle y un cierto grado de enloquecimiento; escribir acerca de él supone una tarea proporcionalmente difícil.

 

El libro o, mejor dicho, el libro, pues la autora tacha la palabra cada vez que la escribe para borrarla sin omitirla por completo, parte de la experiencia de Abenshushan como negra literaria. Dentro del relato la autora no está sola, sino que convoca a otras personas, a otras experiencias, a otras voces y sus correspondientes reflexiones. Lo intuimos desde la portada en que se firma el nombre de la autora seguido de un contundente [et al.]: el individuo está acompañado siempre de una multitud.

Este proyecto proviene del más profundo desencanto ante la realidad de la creación literaria y sus vicisitudes, Vivian Abenshushan demuestra que no conviene rendirse ante el sistema opresivo de la producción textual y que la única escapatoria de ese mundo es el relato. El libro aparece como una táctica para liberarse de su incapacidad literaria, presentando una reflexión larga y polifacética acerca de la labor de la escritora fantasma o negra literaria, un fenómeno que, como se demuestra a partir de una exploración histórica sobre el tema, está (y ha estado) totalmente normalizado en los circuitos de poder.

 

Lo que define al negro literario es la cantidad de silencio que requiere su trabajo, se escribe, pero no se firma; se habla, pero también se calla. Ante tanto silencio, el poder se recupera al hablar, tomar la palabra y dar un testimonio subvirtiendo el sistema de poderes. Aquí se encuentra la táctica vital que pone en operación la autora: insistir en la radicalidad de escribir (aún).

 

La autora se enfrenta a una tarea muy compleja desde el inicio, tal vez pensando en que las tácticas de escapatoria suelen tener que estar encubiertas, o tal vez, en que la linealidad, tanto de escritura como de lectura, también es parte de un sistema opresor. De manera táctica aparece entonces la necesidad de desbordar el libro al mismo tiempo como contenido y como contenedor. Así, rechaza lo singular para convertirse en una pluralidad. Permanente obra negra es muchísimos libros y uno solo a la vez; un compendio de combinatorias que cambian a partir no solo de las decisiones de la autora, sino también a través del acto manual del lector.

 

Por un lado, se narra la historia de un momento crítico en la vida de la autora, su experiencia de trabajo como escritora fantasma y los resultados traumáticos que esto supuso en su vida literaria: la incapacidad de escribir una novela. Este libro ahora, años más tarde, reacciona ante esa imposibilidad; aparece entonces la posibilidad expandida: escribir una obra que se encuentre en construcción permanente. Partiendo de un primer momento de aceptación de la experiencia traumática, Abenshushan relata en brevísimos pedacitos, entre recuerdos desdibujados y frustraciones muy presentes, su experiencia escribiendo como negra literaria. Después se expande la narración a otros cuerpos, otros espacios, otros momentos en donde se recuenta cómo una infinidad de autores y autoras han, desde su pluma, dado forma a deseos ajenos.

 

A nivel de formato, el libro existe en cuatro modalidades diferentes: tres impresas y una virtual. En cuanto a las versiones físicas,  la primera modalidad nos presenta a un objeto, una secuencia de hojas encuadernadas, que se puede entender como un libro a primera vista. La segunda, ofrece una ampliación de las combinatorias de lectura posibles, es un libro encuadernado sí, pero todas las hojas han sido partidas en tres tiras rectangulares, de modo que se convierte en tres pequeños libritos que se acompañan, cada sección se puede leer a su propio ritmo, todas las hojas se pueden recombinar y leer a destiempo. La tercera versión física es sin duda la más rebelde: el libro se convierte en fichero y existe como una caja contenedora de tarjetas que pueden desordenarse y leerse todas o ninguna al mismo tiempo. Nunca encuadernado, nunca forzado a tener un principio y un fin, el libro-fichero es tal vez el formato más radical del proyecto. Para ser leído requiere que se desplieguen las fichas, ocupando espacios, recuperando la horizontalidad de la mesa de escritura, volviendo al lugar de trabajo de las palabras, el constante terreno de la indefinición. En suma, cada una de sus modalidades físicas parecería proponer un paso congelado, de formato en formato, entre la jaula y el vuelo de las palabras.

 

La última modalidad, la virtual, abandona los formatos convencionales para convertirse en una página web. En el sitio aparece como fondo la imagen de una fábrica en la que se entrecruzan una variedad de componentes industriales. Un dedo apunta hacia una palanca, una primera instrucción en la que el gesto-lector es necesario para iniciar el mecanicismo. A partir de ese movimiento virtual, se activa el engranaje visual con sus correspondientes sonidos, mientras que un algoritmo escoge tarjetas al azar. Cuando termina el proceso maquinal se ofrece una selección de seis tarjetas, como una tirada de cartas de tarot. Este formato digital es más cercano al formato físico del fichero, en el que las tarjetas aparecen como ideas independientes y se agrupan con otras a partir del azar del algoritmo.

 

Permanente obra negra es una búsqueda por la pluralidad. Se niega a la linealidad interna, de modo que se despliega en seis secciones distintas. Para distinguirlas, el libro se conforma también por medio de seis tipografías diferentes, cada una corresponde a un tema, y contienen su propio micro-mundo y también su propio relato que se mantiene a lo largo de las cuatro modalidades de presentación. La tipografía es la manera de darle materialidad al texto, de devolverle el cuerpo.

1. Baskerville- permanente obra negra (la novela que no)
2. Bodoni- archivo de escrituras negras (apuntes sobre los esclavos de la letra)
3. Corbel- la novela inexperta (un archivo desde la escritura negra)
4. Adobe Carslon Pro- libro de los epígrafes (citas sin atribución)
5.Franklin Gothic Medium- los artistas de la ficha (el fichero como práctica estética, un archivo que se investiga a sí mismo)
6. Eurostile- instrucciones de uso (máquinas de escritura)

Las tipografías expanden la narrativa, presentando un contexto cada vez más abrumador, demostrando la universalidad de la labor de los negros literarios. Abenshushan rastrea la historia de esta modalidad de escritura oculta a través de los años y de las geografías. Las secciones se encuentran en diálogo, empoderándose la una a la otra para narrar historias traumáticas. Las partes del libro se van articulando como espacios de libertad para reunir epígrafes infinitos ante la imposibilidad que comparte Abenshushan de ceñirse a una única frase inaugural, para contar historias de negritud literaria, para explorar las posibilidades de las fichas en la literatura y para presentar momentos de visualidad en donde el arte se ofrece como una estrategia de salida para la literatura. A todos estos momentos los acompañan también una pluralidad de silencios intercalados, páginas en blanco.

 

Aunque se resiste a ser encontrada, hay una breve novela dentro de este complejísimo libro/artefacto/proyecto de vida: la sí-novela de la no-novela. Reducida a una de las tipografías, aparece un mundo en donde los libros se escriben en barcos que navegan perpetuamente entre aguas internacionales. En estos navíos viajan imprentas que producen libros y también viajan los negros literarios que los escriben. Abenshushan presenta esta realidad globalizada de escritura y producción en donde imagina una posibilidad de quiebre ante el sistema. La liberación posible para estos esclavos de la palabra es, de manera paradójica, también la palabra. Escriben sus propias palabras rechazando la escritura de las ajenas; escriben en colectivo repudiando a las palabras solitarias; escriben en el aire como rechazo a la mucha materia de los libros que nunca podrán firmar. Una breve y explosiva novela acerca de una realidad que demuestra ser ni tan distinta ni distante.

 

Permanente obra negra reflexiona sobre el anonimato, la negrería literaria, la esclavitud de la verdad, la autoridad de la firma y la construcción de una posible táctica de salida. Ante la certeza y linealidad que oprimen al escritor, Abenshushan nos plantea entonces una infinidad de preguntas: ¿cómo se desvanece la autoría?, ¿qué forma tiene un libro que empieza en cada página?, ¿cuál es el equilibrio entre permitir la total apertura y la necesidad de detener el proceso, imprimir un libro y poder hacer públicas las ideas? Y si entendemos la propuesta de Abenshushan en la que la autoría se desdibuja, el lenguaje se entiende como un eterno citar colectivo y todos tenemos una comunidad adentro, entonces ¿es posible pensar todavía en plagio?, ¿alguien es dueño/a de las ideas?, ¿cuál es el límite entre inventar e inventariar?, ¿cómo se puede expropiar la palabra?, ¿cómo nos convertimos todos en des-autores? Todas estas preguntas y millares más se entretejen entre las páginas de este libro, en el que las reglas solo se pueden descubrir jugando.

 

Permanente obra negra es un libro desmembrado, transitorio e ingobernable. Quien lo desee leer tendrá que prepararse para no poder escapar nunca de su encanto.


Autores
(Ciudad de México, 1990) es una artista visual y textual que explora los límites del lenguaje y la manera en la que la experiencia del mundo está atravesada por el acento.

Ilustrador
Alex Contreras
Es Licenciado en Diseño Gráfico por la Escuela Superior de Comunicación Gráfica. Ha participado en exposiciones colectivas e individuales en diversas galerias, tales como: Vaseline, Folkers Design Gallery, y Espacio 1104. Actualmente es Director Creativo en Somos Nosotros, fundada en colaboración con JP Ayala. Su trabajo ha sido publicado en: La Peste, Revista Sassy , Espadas de Chihuahua, CUU, MX entre otras.
Retrato de Terry Gilliam. Flickr.
Retrato de Terry Gilliam. Flickr.

 

Nacido el 22 de noviembre de 1940 en Minneapolis, Minnesota, Terence Vance Gilliam pasó su infancia en una comunidad rural cuyos alrededores naturales funcionaron para que desarrollara su imaginación desde temprana edad. Su curiosidad artística y su necesidad de expresarse comenzaron a notarse con los dibujos que hacía siendo un niño al que ya le gustaba hacer reír a los demás.

Este 27 de julio el Festival Internacional de Cine Guanajuato realizará, en su edición XXII, un homenaje a Terry Gilliam, un verdadero libertador de las almas y uno de los soldados más incansables del cine, quien con su obra nos ha otorgado un espacio de comunión con las capacidades más altas del espíritu, los sueños y el lado.

En la reseña biográfica del festival, se cuenta que, a los doce años, Gilliam se mudó con su familia a Los Ángeles y ahí se volvió fan de la revista MAD, publicación que le cambió la manera de ver el mundo y quizá despertó en él ese humor tan característico.

Mientras estaba en la universidad estuvo a cargo de la revista universitaria Fang, en la cual copió la sátira y el humor que caracterizaban a la revista neoyorquina Help! Tras graduarse, viajó a Nueva York con la intención de conseguir un trabajo en el que pudiera seguir publicando. Así, consiguió su trabajo soñado al ser contratado en Help!, donde comenzó su carrera como dibujante.

En medio de la agitación política que se vivía en Estados Unidos durante los años sesenta, el futuro cineasta decidió mudarse a Inglaterra, donde consiguió trabajo como animador en un programa de televisión infantil. Esta decisión le cambiaría la vida para siempre, ya que ahí conoció a Terry Jones, Eric Idle y Michael Palin, tres de sus futuros cinco compañeros en Monty Python, el icónico grupo humorístico que encontró la forma de sintetizar el surrealismo más abrasivo con dosis de idiosincracia inglesa y una buena porción de absurdo.

Tras el estreno del programa Monty Python’s Flying Circus en 1969, sus creadores se convirtieron en los comediantes más creativos y populares del momento. A lo largo de cuatro temporadas hicieron todo lo que quisieron con el formato televisivo, creando un estilo juguetón y libérrimo que quizá no ha sido superado, y que después llevó al cine con sus compañeros.

Poseedor de una mente sumamente inquieta y deseoso de contar sus propias historias, Gilliam presentó en 1977 la primera cinta sin sus compañeros: Jabberwocky, una fantasía inspirada en el poema homónimo de Lewis Carroll. Con ella comenzaba a ser más claro el rumbo que el realizador tomaría en sus siguientes proyectos.

Después, con Time Bandits (1981) iniciaría la llamada “Trilogía de la imaginación”, centrada en la lucha por defender la imaginación y la libertad de pensamiento. La historia sobre un niño que viaja a través del tiempo con un grupo de enanos revoltosos se convirtió en el primer gran filme de Gilliam y lo posicionó como un autor digno de seguimiento.

La segunda entrega de la trilogía estaría más inclinada hacia la ciencia ficción pero sin dejar de respetar el estilo ya mostrado tanto en lo narrativo como en lo visual: Brazil (1985), una fantasía distópica y retro-futurista con toques de Orwell y Kafka, le valió dos premios BAFTA y dos nominaciones al Oscar, incluyendo la categoría de Mejor Guión Original.

La culminación de la trilogía llegaría con la maravillosa aventura de fantasía The Adventures of Baron Munchausen (1988), cuya estética significó un parteaguas para el cine fantástico a finales de los ochenta.

Con Fisher King (1991), el cineasta británico entregó una efectiva mezcla de comedia con drama en un relato sobre la amistad, el amor y seguir adelante sin importar las tragedias que se presenten, y en 12 Monkeys (1995) somos transportados a un futuro desolador que parece tener remedio a través de los viajes en el tiempo.


Adaptando la novela homónima de Hunter S. Thompson en la oscura comedia Fear and Loathing in Las Vegas (1998), Gilliam nos llevó por un psicodélico malviaje de drogas que le voló la cabeza a una generación entera, otorgándole un estatus de culto a las desventuras de dos extraños personajes que viajan a toda velocidad hacia el centro del alma decadente de los Estados Unidos.

https://www.youtube.com/watch?v=8m662obIvhY
Terry Gilliam por fin pudo presentar su proyecto de ensueño en el Festival de Cannes 2018: The Man Who Killed Don Quixote. Gilliam había comenzado a trabajar en esta cinta desde 1989 y tuvo que superar toda clase de obstáculos para darle vida. The Man Who Killed Don Quixote es un verdadero ejemplo de tenacidad y lucha infatigable por expresarse en el arte cueste lo que cueste.


Un defensor de la imaginación con sentido aventurero, creador de realidades paralelas y de mundos fantásticos en los que todo es posible, un visionario contador de historias y un rebelde que sabe usar la comedia como arma de expresión masiva: ése es Terry Gilliam. Sus personajes, en muchos casos, son capaces de superar la fragilidad para poner a su favor aquello que evidentemente está en su contra y así vivir en sus términos las aventuras que se presenten.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.