Tierra Adentro
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

 

Apenas a unas semanas de haber asumido la dirección editorial de la revista Quién, en la junta de planeación el equipo me preguntó que qué haríamos para la edición de “Las 10 parejas más atractivas de 2011”. Después de pensarlo unos segundos, busqué darle la vuelta a la tradicional lista y respondí que sería bueno llevar a una pareja gay en portada.

Hacía poco más de un año que en la Ciudad de México se había aprobado el matrimonio entre dos personas del mismo sexo, sin embargo poco se hablaba de ello en medios tradicionales, y menos en medios sociales.

Después de una batalla a nivel interno contra las fuerzas comerciales que vendían espacios publicitarios (estaban convencidas de que los clientes cancelarían pautas publicitarias), ratifiqué que era el momento de hablar de cosas que una parte de México no quería hablar, el momento en que un medio impreso de esa envergadura social confrontara a todos aquellos quienes tenían miedo de la realidad.

Salió la portada, y sí, algunos clientes protestaron.

 

***

 

Un estudio de la OCDE demuestra que la discriminación hacia las personas LGBT+ es menor en las localidades en las que el matrimonio entre dos personas del mismo sexo ha sido aprobado por la ley. Una ventaja que tuvieron los habitantes de la Ciudad de México desde 2009.

Este fin de semana se llevó a cabo la marcha LGBT+ más numerosa y mediática que la Ciudad de México pueda recordar. Alrededor de 170 mil personas se congregaron sobre las calles del centro. Hace un año, éramos pocos los medios (yo el año pasado dirigía HuffPost México) que durante junio en nuestras redes sociales habíamos cambiado el color de nuestro logo por el de la bandera arcoiris. Éramos muy pocos los medios que cubríamos con importantes espacios el día que celebra el orgullo.

Este 2019 vimos cómo todos los medios (o casi todos) estuvieron muy al pendiente del tema. El domingo la cobertura se llevó las primeras planas de todos los principales diarios por primera vez en la historia. Y vimos, además, presentes a 41 empresas privadas de parte de la red Pride Connection México (un grupo creado en 2014 para fomentar la inclusión LGBT+ en las grandes empresas a nivel interno).

El peso comercial fue determinante para que el asunto de la “moda” de apoyar a la comunidad haya explotado como lo hizo este 2019. Hoy en día, la comunidad LGBT+ a nivel nacional está conformada por unas 8 millones de personas que tienen en conjunto un poder adquisitivo equivalente a un PIB de 60 mil millones de dólares. Y esto ya lo entendieron las marcas como oportunidad en nuestro país. En Estados Unidos el mes de junio se equipara por sus resultados en ventas a las grandes temporadas como Navidad o Halloween. Y eso es lo que veremos suceder en México en los próximos años.

Todo esto es para celebrarse, sin duda. No obstante, es importante distinguir las razones de mercado, de branding, que actualmente las marcas suelen tener para montarse en luchas como el empoderamiento femenino, el cáncer de mama, la comunidad LGBT+, etcétera. Es el marketing social es lo que ahora mueve a la gente a engancharse con una marca o no.

Lanzar una edición arcoíris de un producto contribuye a las ventas de la empresa, y si la empresa destina parte de estas ventas a fomentar la inclusión a través de una organización o fundación valdrá la pena. Pero si la empresa únicamente utiliza la bandera para aumentar sus ganancias, como sociedad estamos perdiendo. La lucha que debemos librar es la del pensamiento que asegura que los gays, lesbianas, bisexuales o trans son personas que no merecen los mismos derechos que los heterosexuales por el simple hecho de que sus preferencias sean distintas.

 

***

 

La portada de Quién fue la primera en la historia de los medios nacionales en abordar el tema, pero no debió ser la única. Los medios tenemos la responsabilidad social de reflejar la realidad y no esconderla. La comunidad LGBT+ es una realidad todos los días del año, no solo en junio. Ya se ha dicho, pero que se repita: los derechos LGBT+ son derechos humanos, así lo dicta nuestra Constitución y la Organización de Naciones Unidas.


Autores
Laura Manzo ha sido editora de medios impresos y digitales, de contenidos noticiosos y de estilo de vida, así como del segmento de sociales. Su trayectoria de más de 20 años incluye el lanzamiento y regionalización de la revista InStyle y el portal de noticias HuffPost para ediciones mexicanas. Además, Laura estuvo al frente de la revista Quién durante más de cinco años.
Claudio Pellandini, ca.1885-1895

Alguna vez le dije a mi madre
que fuéramos a caminar a Chapultepec.
Las jacarandas habían tirado su flor
y una perfumada nieve
cubría los pastos del bosque color morado.

De niña anduve de su mano,
del zoológico al castillo,
de la feria a la luna de Remedios Varo,
del museo de piedra a los papalotes.

De niña mi madre calmó mi miedo
a la Piedra del sol.

No recuerdo haber corrido por los adoquines,
ni haberme escondido bajo los ahuehuetes.
Tal vez podríamos remar en el lago por primera vez.

La llamé por teléfono para contarle el florido invierno.
Imaginamos un día de color.
Yo la vi de pantalón de mezclilla
y ella pensó en mis manos pequeñas.
Montaríamos bicicletas que nos llevaran al pasado.
Un mantel de cuadros y canastas de fotografías.
Ella y yo.

Me propuso un día, una hora y un lugar.

Algo sucedió en el medio
—distancia, heridas, silencio—
No quise llegar a tiempo,
ella se resistió a dar con el lugar.

Abel Briquet, c.1890

Abel Briquet, ca.1890

Volví a llamarla y acordamos hacerlo luego.
No un día, no una hora, no un lugar. Después.

Después la nieve se fue pudriendo y,
secos, nuestros planes acabaron en carros de basura.

Otras ramas, otras hojas, otras
flores.

Callada oí correr el tiempo.
Inmóvil vio pasar los días.

Los pinos crecieron altos,
las sequoias no.

En cristal de olvido,
el jardín botánico se quebró.

Chapultepec fue cambiando sin esperarnos a mi madre y a mí.
Si una vez agua dulce de los mexicas, fuente de los molinos,
fábrica de pólvora, guarida de ladrones y bestias salvajes,
palacio imperial y residencia presidencial…

Si un día domingo,
vino la vida y lo derribó todo.
El pasado se volvió imposible.
Nuestro encuentro también.

El lago seco sirvió de fosa de ahuehuetes muertos.
Sin animales, los caminos se vaciaron de niños
y abuelos y novios —y ella y yo—.
La belleza del castillo envejeció ante la juventud de los rascacielos.
El altar a la patria fue profanado por el olvido –como mi madre—.
La fuente del poeta perdió la flor de su palabra –como yo—.

Hoy, ella ha sido madre de otros hijos,
como yo he sido hija de otras madres.
En nuevas casas hemos amanecido
Mientras la nuestra se pierde, noche a noche,
más profundo en el pasado.

Hoy Chapultepec ya no es bosque.
A pedazos se compraron sus paisajes
En millones se vendió el domingo de tantos niños,
Las lanchas de románticos novios, las obleas de los abuelos,
y mi posibilidad de volver a encontrarla.

Altos edificios son ahora lápidas de antiguas
palmas, cedros y sicomoros.
Retoños de algún liquidámbar he visto crecer
entre las grietas del suelo.

Yo no sé ya su rostro.
He dudado a quién olvido, pero a ella
la he perdido con certeza.

Miro al suelo avergonzada
extrañando su imagen difusa.

Los adoquines del bosque se volvieron calles
y las calles estacionamientos.

Nunca volví con mi madre a Chapultepec.

Tal vez no pude reconocerla
y abandonándola al tiempo, me volví huérfana.
Tal vez olvidó mi nombre
y buscando el camino al pasado, dejó de recordarme.

Jacarandas ya no hay y pastos morados tampoco.
Sólo nauseabunda nieve en mi memoria.

Hoy veo pasar el tiempo.
Ausente, anónima,
sin raíz.
Sin voz.

La última vez que hablé con mi madre,
jacarandas habían nevado sobre Chapultepec.
Hoy ya no hay bosques en la ciudad
y entre grises árboles de piedra
vago buscando el rosto de una madre que no se quién es.

Marie Robinson Wright, ca. 1910

Marie Robinson Wright, ca. 1910


Autores
Elena Piedra nació el 24 de abril de 1990 con la poesía en los ojos y el drama en la punta de las pestañas. Durante un tiempo escribió versos, relatos y ensayos según las estaciones, pero por fin, a los casi 30 años, ha decidido hacerlo de manera profesional.
Foto: Eduardo Francisco Vazquez. Flickr.

Eran las diez de la noche. Estaba en Playa Hornos, un cerrito de arena a mitad de Acapulco, cuando una camioneta se estacionó frenéticamente en La Costera y dos hombres se bajaron de ella. Los brazos del conductor colgaban de la ventana esperando a que los otros regresaran. Cada uno llevaba en las manos un aparato que no alcancé a distinguir a primera vista. Parecían armas de alto calibre. Ambos vestían pantalón de mezclilla. Uno de ellos tenía una playera oscura, el otro una más clara. Se treparon a una estatua que adornaba grotescamente la vista: media tonelada de bronce desfigurado, un adefesio sin pies ni cabeza. Era una monstruosidad, una ofensa que pretendía representar la figura de la mujer morena de Acapulco.

Alguna vez leí en el periódico la crítica de un artista local en torno a la estatua. Decía que quien la elaboró no era siquiera un artesano, sino un arribista de las altas esferas del poder que carecía de imaginación, un exburócrata que se hacía pasar como fabricante de muebles y otros cachivaches de madera o fierro; un defraudador que hacía esculturas falsificadas y las vendía a un precio excesivo como obras trascendentales de arte. Algunos la llamaban la Sirena Costeña, otros, la Sirena Robusta.

El hombre de la playera oscura le hizo una indicación a su acompañante y empezaron a salir chispas del cuello de la estatua, unas lucecitas que desaparecían al instante como luciérnagas lanzándose al vacío en busca de una botella de ron y un poco de fiesta, a la caza de olas gigantes en las cuales zambullirse. Tomé mi mochila. Quedaban tres cervezas en el interior. Me levanté. Caminé hacia ellos derrapando un poco, intentando parecer un borracho sin rumbo.

En la banqueta me sacudí la arena de los zapatos y me refresqué la garganta con la cerveza quemada mientras veía a los dos tipos arrancar la cabeza de la Sirena Costeña con sus sierras feroces; las chispas se apagaban antes de llegar al suelo. Los vándalos no tenían prisa, pues el lugar estaba más solitario que un desierto. El único que se acercó fue un taxista que al oler el peligro se dio la vuelta trepando el camellón. Traté de acercarme a ellos. El hombre de playera oscura me vio y, arreglándose el bigote, me hizo una señal para que me largara del lugar. Fingí traer encima una borrachera de una semana. Llevaba varios tragos encima, pero mi conciencia seguía intacta. Fingí un resbalón y caí sobre la banqueta a un par de metros del muro donde posaba esa sirena pasada de kilos y calamares. Tardé lo suficiente en levantarme para ver cómo el otro hombre terminaba su hazaña y aventaba la cabeza hacia la parte trasera de la camioneta.

Fijaron su atención en mí. No pude evitar retarlos con la mirada. Por más nauseabunda que fuera la efigie, por más que estuviera pasada de tacos, no me parecía correcto vandalizar un ícono que pretendía celebrar la belleza de la mujer costeña.

El hombre de blanco me aventó la sierra. Estuvo a punto de impactarme en las piernas, pero logré evadirla. No pensaba terminar en el hospital por hacerme el borracho. El otro le recriminó la acción:

―Tarugo, debería mandarte a recogerla, apúrale que ésto no tarda en llenarse de chismosos.

Se treparon al vehículo, éste rugió al alejarse rumbo a Caleta. Recogí la sierra y la metí en mi mochila. Apuré el paso antes de que la gente se diera cuenta de lo que había sucedido y vinieran a hacerme preguntas. Crucé La Costera buscando una cantina en El Parazal.

Por varios minutos avancé sobre calles laberínticas y sin alumbrado público. Me detuve en una esquina a pelear con mi encendedor que se rehusaba a sacar una flama para prender mi cigarro. Una mujer apareció de la nada.

―¿Me invitas un cigarro, morenito? ―dijo.

Se me cayó el cigarro del susto y mi corazón se aceleró. Estaba acostumbrado a que las prostitutas se me ofrecieran en esas esquinas, pero después del degollamiento de la estatua lo que menos esperaba era una aparición femenina. Recogí el cigarro. El encendedor funcionó. Miré de pies a cabeza a la mujer. No pasaba del metro sesenta. Era morena, con rizos y labios delgados. Vestía una blusa escotada. Sus pechos estaban a punto de reventar, a leguas se notaba que su sostén era de dos tallas menos con el fin de hacerlos parecer más voluptuosos. Tenía piernas llenitas dentro de la mezclilla. Una lonja volvía más apetecible su cintura. Tenía un trasero ancho y pronunciado. Nalguitas para ahogarse en madrugadas de calor y estatuas degolladas. Olía a vaquita marina, al sudor de un roble bajo cuarenta grados de sol. Saqué un cigarro, lo puse en su boca y lo prendí. La tomé del brazo. Esa mujer descubriría el mar de fondo de mi cuerpo.

―Busco un lugar donde se pueda beber alcohol y escuchar buena música ―le dije mientras mis dedos tomaban posesión de su culo.

―Me llamo Paty Candle ―respondió― y mi especialidad es la cumbia, el bolero y atragantarme con vasos de ron.

Aguardé unos segundos.

―Tienes frente a ti al mismísimo Walter Torres ―le dije ―, anda que la noche es una marea roja donde surfean cangrejitos playeros como yo.

Empecé a surcar sus curvas con mis manos.

Paty Candle me lanzó un guiño y dio una vuelta moviendo las caderas al ritmo de una cumbia que sonaba en su cabeza, en su corazón moreno, en su vientre de candela marina.

Las calles del Parazal se fueron poblando de borrachos y drogadictos, de prostitutas en detrimento y delincuentes pésimos para las artes marciales. El lugar estaba infestado de cantinas con paredes cuarteadas, criaderos de peces sin traza ni futuro. Caminamos hasta La Plaza del Mariachi, donde hombres gordos bailaban sin tino con jovencitas huesudas y las meseras no hallaban una canción que alejara a la clientela aburrida de las paredes a punto de derrumbarse.

Paty era famosa en el lugar. Enseguida tomó posesión de una mesa reservada. Levantó el brazo y la encargada se acercó. Paty saludó a la mayoría de los clientes. Yo deseaba que nos dejaran en paz, que la noche empezara, que el mar se saliera de rumbo y nos ahogáramos en ron y música del trópico. Me vi en la necesidad de poner orden a mi alrededor.

―A ver, a ver ―le dije a la bola de personas que rodeaban la mesa y dando tres golpes continué―, aquí vine a disfrutar del calorcito nocturno de Acapulco y de esta morena rocosa, así que tráiganme una botella de ron.

Todos me lanzaron miradas asesinas. No tuvieron de otra que irse a su rincón. Acerqué la silla hacia Paty Candle y acaricié sus piernas. Sentí su mezclilla vieja, el tsunami de su sangre, las florecitas azules que brotaban de sus poros. Me pidió que tuviera más paciencia con los demás, aunque enseguida le pidió a una de las meseras que moviera el culo y trajera el ron.

―Voy a poner canciones de verdad, olas para romper columnas vertebrales ―me dijo mientras se levantaba y se dirigía a la rocola.

Observé despiadadamente las caderas coquetas de Paty Candle, Paty candamo, Paty candongo, cuando una gorda azotó la botella en el centro de la mesa, puso tres vasos, una Coca-Cola y, con sorna, dijo que eran seiscientos pesos, pues en La Plaza del Mariachi los tipos aguafiestas como yo pagaban por adelantado. Estaba sacando de la cartera algunos billetes cuando volvió Paty y le pidió más cortesía a la mesera.

―Luisita, Walter es mi amigo y a mis amistades se les trata con buenas maneras, ¿qué es eso de andarle cobrando si ni siquiera nos hemos echado un trago?

La mujer regresó a la barra murmurando sentencias de muerte en mi contra.

―Las canciones que puse se escucharán hasta dentro de una hora o más ―me dijo Paty con cara de resignación.

Alguien había puesto en la lista más de diez canciones y otro una docena. No me importaba, me conformaba con el ron y la piel terrosa de Paty Candle. Apenas era medianoche. Teníamos luna para rato, una bajamar para platicar de días solitarios en bancas de parque, de la tarde que había pasado tendido en la arena, bebiendo cerveza hasta que degollaron a la Sirena Costeña.

 

Entre corridos, baladas y cumbias sin alegría, le conté a Paty Candle, Paty candinga, Paty canción marina para destruir Acapulco, los pormenores de mi existencia. Un papá desaparecido, una mamá senil, hijo único y borracho con causa humana de por medio y oficinista en veranos repletos de gasolina, de mierda hotelera, de árboles talados sin motivo útil.

―Y esta noche, Paty, tú eres verano, verano de cerros bañados por huracanes, verano para espiar tiburones desde rocas suaves y no dormir, verano para apaciguar mis dolencias en tus rizos, en tu carne tenebrosa. Paty Candle, Paty candamo, Paty candongo de feria extinta, a tu lado, Acapulco es una lluviecita necia, necia, necia, que inunda parques, jardines, terrazas, las bodegas de los autoservicios. Paty, tú eres una lluvia recia que puede limpiar mis pulmones negros de tabaco, mis huesos descalcificados, mis dientitos podridos, limpiar y arrasar con la tristeza multicolor que habita en mis pupilas, en mis mañanas, en mis flores secas, en mis testículos de hierro que quieren ahogarse en la galaxia acuosa y cochambrosa que late entre tus piernas.

Paty me pidió que le parara, que en este Acapulco no quedaba de otra más que arrojarse de acantilados, saludar a los buques militares que invadían la bahía; dormir en una banca del parque, en la arenita rosa o morada o negra por tanto basural de la playa Papagayo; echarse otro vaso de ron dulcecito para apaciguar volcanes y placas tectónicas, tragar ron para soportar el vómito de quienes también visitan sin esperanza La Plaza del Mariachi, sus meados fuera del lugar indicado, sus bailes sin chiste; beber ron mientras te coquetea la mesera, mientras caen estrellitas y perros abandonados buscan un trocito de carne entre las mesas y niños indigentes ofrecen cigarros sueltos mientras piden un vasito de ron y lo beben con voracidad porque su vida está marcada por un tsunami apocalíptico que se llevará hoteles, burguesitas y vírgenes con las tetas a medio crecer, desaparecerán los petrograbados de Palma Sola y algunos semáforos, algunas esquinas rojas y cantinas de virtuosa muerte.

Ya no soportaba tanto trópico. Quería sumergirme en los acantilados de Paty Candle. Contaba los minutos y los vasos de ron. Pasó una hora. Dos horas. Eran las tres de la madrugada. Las canciones que había anunciado Paty Candle no aparecían por ninguna bocina oxidada, por ninguna boquita con sabor a almendro, a café costeño, al fierro luminoso de la estatua degollada. Las canciones no aparecían ni en los labios de Paty, putita alegre en una noche poblada de un ventarrón caluroso y mantarrayas perdidas.

Yo era un cangrejito playero perdido en esa cantina, esperando perderme en la arena calurosa de esa mujer que apareció de repente un jueves por la noche, un jueves precisamente, porque los jueves son días para pintar con ron y agüita de mar los edificios de Acapulco, las escuelas, las tetitas apretadas de Paty, sus nalgas bien plantadas, arbolitos de mango con una historia por delante.

Acabé de un jalón el enésimo trago de la noche y me lancé con saña hacia Paty Candle, Paty cántaro, Paty cancho donde pescar en madrugada. Tres parejitas bailaban con desgana en el centro de la cantina. Le metí mano a sus tetas. Le metí mano en la espalda y su electricidad me quitó el sueño, curó la tristeza y el susto de la sirena degollada. Me llevó al fondo de Santa Lucía. Le incendié las pupilas. Cuando estaba por treparme salvajemente en sus labios, Paty dijo que la ronda de sus canciones había empezado, que bailáramos ese bolero, que teníamos otras noches, otras mañanas, otras estatuas por degollar para besarnos.

Una voz costeña salía de la bocina, pasaste como un lucero en mi amante corazón, me arrojé a la pista para danzar lentamente ese bolero triste que hablaba de amor como un lucero en mi amante corazón. Mi corazón acurrucado en los pechos de Paty. Mis pies tratando de librar la noche, danzando lo mejor que podían. Mis manos atadas a las caderitas aceitadas y movidas de Paty. Mis deseos rebajados a una noche de ron y baile y meseras envidiosas disparándome con sus dedos balas de salva que entraban en mis venas, en mi aliento, en el cigarro que colgaba de mi boca que no podía encender porque nadie quería prestarme lumbre.

La canción terminó. Paty me pidió que esperara. Entonces sonó una cumbia. No era experto en bailes. Apenas si podía darles una falsa elasticidad a mis tobillos y rodillas, a mis omóplatos tensos y glúteos tiesos. Pero la voz costeña que cantaba y repetía versos me dio valentía para seguir pegado a Paty, para estar ahí, escuchando, tarareando me puse a bailar cumbión sin zapato y sin camisa, mientras ella, morena venida de una calle oscura, que solo me pidió un cigarro, daba vueltas y vueltas, era una tilapia huyendo de la red, sí, con cuatro velas prendidas y una botella de ron.

Me envolví en el baile cenagoso de Paty Candle, Paty candongo, Paty canción tropical para madrugadas solitarias, Paty que me hacía ver candela verde, candela acuática, urbana, candela para olvidar parientes y despidos injustificados y aborrecibles sirenas costeñas, sí, me puse a bailar cumbión sin zapato y sin camisa. Sí, sin zapato ni camisa. La madrugada estaba madura. Me puse a bailar cumbión.

Regresamos a la mesa, seguían sonando otras canciones de Paty. Revisé mi mochila. Todo seguía en su lugar. Tomamos más ron. Las meseras nos trajeron un poco de fritanga para resistir esas canciones acapulqueñas, esa botella, esa madrugada de viernes, porque los viernes también valen la pena, entre mareos, flores muertas y prostitutas que se niegan a dejar su oficio por más arrugado y seco que tengan el coño.

―La siguiente canción es la última ―dijo Paty dándome un jalón que casi me tira de la silla―, cuando termine nos vamos a donde tú quieras, siempre y cuando no quieras desmembrarme.

Asentí con la cabeza. El lugar se empezaba a vaciar. Las olas del mar alcanzaban a oírse entre el sonido de los coches. Acapulco era una madrugada tranquila, llena de alcohol y calles oscuras. Volví a abrazar a Paty. Su cuerpo era un tiburón en peligro de extinción, un mar de fondo pidiendo ser apaciguado, una parota intentando cubrir todo el cielo. La besé. Todo volvió a ser brutal. El viento arrancaba espectaculares. Los niños se enfurecían frente al televisor. Los policías lanzaban balazos al aire. Los gatos y los perros devoraban indigentes. Los cerros se venían abajo.

―Ya te besé lo suficiente, ahora déjame cantar esta última rola ―me pidió Paty.

Retomé la postura para escucharla. Era una sirena más adictiva que el opio, más embrujadora que el primer meado del día, más tranquilizadora que cualquier pastilla. De su voz salió: En La Roqueta pasamos la noche, las meseras le siguieron el juego y le pusieron un micrófono imaginario del que brotaban palabritas veraniegas, entre la arena y conchas de mar. La noche se extinguía. La encargada nos dijo:

―No es que los corra, pero ya es hora de cerrar y aún nos falta levantar este tiradero.

 

La mañana se anunciaba tras los cerros. Los urbanos cargaban gasolina. Las cortinas de los negocios se alzaban y en las playas trotaban viejitos, señoras divorciadas, jóvenes con sueños olímpicos. La luz del día empezaba a entrar en los vellos de Paty Candle. Su cuerpo empezó a brillar como una flor recién brotada, como el centro de la bahía, como las luces del cuello de la Sirena Costeña, como mis entrañas esperando desfogarse en las grutas salinas de Paty. Ella se despidió de sus amigas. La imité y nadie me hizo caso.

―Aquí cerca hay un lugar de paso al que le traigo ganas desde hace meses ―le comenté a Paty.

Ella me seguiría al desierto, a las montañas, a los pueblos fantasma que aparecen noche tras noche alrededor de Acapulco. Tomamos un taxi rumbo al Motel Ito.

Nos dieron la habitación 305. Olía a cloro, a hierbita de playa, a cama recién tendida. Sobre la ventana se reflejaban las primeras chispas del día, las primeras luciérnagas venidas del sol. Se colaban pitidos de coches y ofertas de tacos de canasta. No tenía prisa. Paty Candle compartía un viernes por la mañana conmigo y merecíamos algo más fuerte que las cervezas quemadas que llevaba en la mochila. Llamé a la recepción. Pedí el ron más barato porque estaba por quedarme sin efectivo y no usaba tarjetas bancarias.

―No se le olvide un encendedor al que no se le acabe el gas después de la quinta flama ―le advertí a la voz desconocida detrás del teléfono, dos pisos abajo, en tierra firme, despertando a las aves, mirando pasar cucarachas y ratas por las arterias secas del Río El Camarón, esperando a la señora que vende relleno de cuche.

En diez minutos subieron lo que pedí. Paty Candle alternaba su mirada entre el final de la película porno que apareció cuando prendió el televisor y los motores de las lanchas que surcaban la bahía en busca de tilapias vigorosas, tiburones despistados y pulpos vueltos locos por la tristeza.

―Estúpido, ¡no trajiste el encendedor! ―le recriminé al chico tras la ventana de servicio.

Quité el seguro de la puerta y enfurecido empecé a esculcar sus pantalones. Por ningún lado aparecía un maldito encendedor, una flama para incendiar El Veladero, un maldito gramo de gas con el que pudiera fumarme veinte, treinta, cuarenta cajetillas de cigarros. Paty Candle me pidió que dejara en paz al chico. Que ella traía una caja de cerillos.

― Es malo para la salud prenderlos con cerillos, ―le respondí mientras le metía una patada en el culo a ese chamaco que no servía ni para conseguir un bendito encendedor.

Cerré la puerta. Ya había pasado la noche limosneando flamas y fumando muy por debajo de mi condición pulmonar. No me pasaría esa mañana de viernes sin devorar tres docenas de cigarros. Me resigné. Tomé la caja de cerillos. Era tan poco hábil con ellos que para encender el primer cigarro del día me gasté diez cerillos. Fumaba. Recordé la noche. La Sirena Costeña. Las caderas de Paty Candle y sus tetas apretadas. Su piel morena. Despertó mi instinto testicular por Paty Candle, Paty candongo, Paty canción transparente a las ocho de la mañana de un viernes azul, un viernes de aviones huyendo de Acapulco, un viernes para echarse a la hamaca e imaginar que surfeas mares de fondo. Yo tenía mi propio mar de fondo en esa habitación.

Paty seguía divirtiéndose con la película. Le di una nalgada. Le saqué la teta izquierda, se la lamí. Sus vellos se erizaron, su pezón despertó, era una islita donde se cosechaba mango, plátano, guanábanas dulces. Me lancé a su otra teta y en ese pezón florecían el silencio, la tristeza, la soledad de quienes viven en los parques, de quienes se extravían en las playas, de quienes construyen una palapa y esperan a que termine la temporada de huracanes para lanzarse al océano.

Le bajé los pantalones y el reflejo de escamas de todos los colores me dejó ciego por unos segundos. Era un tatuaje. Paty Candle se tatuó escamas rojas, azules, negras, amarillas y verdes en toda la pierna derecha. La lamí. No presté atención al olor de su tanga. Fui tras cada punto de tinta que tenía en su muslo, en su rodilla, en su chamorro, en su tobillo. Sabía a robalo, a huachinango a la talla, a mantarraya desovando, al último ejemplar de la tortuga carey.

Su pierna me quemó la lengua, estaba repleta de malaguas y la recorría una electricidad ancestral. Para darle sazón bebí de la botella de ron, se la ofrecí a Paty y la vacié en su pierna. Lamí hasta que supuse que Paty era un volcán a punto de explotar. Lamí su ombligo. Volví a sus pezones donde ahora crecían tamarindos, cocos, ciruelas, y también cumbias, gozos matutinos, candela de mar.

Le quité la tanga y el centro de su sexo era el ojo de un huracán arrasando con Acapulco, con los perros sin dueño, con los bolilleros, con los colectivos. Un huracán arrasando con mi lengua, con mis células, con mis bosques silenciosos donde descansaba del ruidero de la gente.

Ella se puso a chupar, a lamer, a buscar una playita donde pudiera ser libre, sentirse ballena, sirena navegando el universo, en busca de una palapita para descansar en días tristes y faltos de sol. Me sumergí en sus bocanas, en sus plazas decoloradas, en su tierra reblandecida, en sus ojos espantando a las nubes, a los gatos rabiosos, a los zopilotes indiscretos, a los sicarios.

Paty trajo lluvia y sol, paría la venada, los autoservicios entraban en bancarrota, había tacos en oferta y las aves regaban por todo Acapulco flores de todo tipo, buganvilias, hibiscos, lirios, petunias. Mis huesos se desintegraron esa mañana de viernes, me extravié en el humo del cigarro y en largos tragos de ron.

El sexo de Paty era una bahía para tenderse a esperar la muerte, para arrojar lluvia, semen, trozos de tristeza y desesperación, globos de todo tipo y con todas las formas habidas y por haber. Estaba por llegar a la cresta de esa ola peligrosa, de surfear el mar de fondo que era Paty Candle, Paty candamo, Paty cancho para extinguir a la especie humana, cuando su cuerpo empezó a perder movimiento, a secarse, a volverse más rígido y duro y rugoso, parecía que se convertía en una piedra. No. Yo seguí moviéndome hasta reventar. Hasta que sentí un raspón en el pene justo cuando me vaciaba. Me salí de su cuerpo enseguida y llené la cama con mis fluidos, di un trago larguísimo a la botella y perdí el conocimiento.

Desperté asolado por la luz más quemante de Acapulco. En la televisión seguía la pasarela de películas porno. Paty ya no estaba. Me había acostado con tantas prostitutas que era costumbre que me abandonaran en la habitación. Paty nunca mencionó si ese era su oficio. Ni me sacó un centavo. Algo me punzó en el pene. Lo revisé. Tenía una raspada de casi dos centímetros. Me encabroné de no haber usado condones. Ya no quedaba de otra más que lavarse con el jabón barato de los hoteles.

La sed se clavó en mi garganta. La botella de ron estaba seca y ya no traía dinero para pedir otra. Opté por las cervezas quemadas de mi mochila. Cuando la intenté levantar pesaba más de lo normal. La sierra no pesaba tanto anoche. La abrí. Lo que menos esperaba encontrarme era la cabeza de la Sirena Costeña. No entendí cómo había llegado hasta ahí. La saqué y la miré con calma. Su piel era parecida a la piel de Paty. Su sonrisa era igualita, hasta con los dientes chuecos. La olí y tenía ese perfume a vaquita marina que esparcía Paty Candle a su paso. Del hueco de la estatua me cayó una gota de semen en los pies. Abrí la mochila: estaba mojada, tenía el tufo del semen a medio secarse. No quise investigar más. El miedo y la vergüenza me doblaron las piernas. Ya no tenía cigarros para calmarme.

Me di una ducha rápida. Me vestí. Metí la cabeza de metal en la mochila. Tomé la llave. No esperé el elevador, bajé las escaleras a toda velocidad. El calor del viernes incendiaba cada esquina, derretía acantilados de hielo, se esparcía entre las calles oxidadas de Acapulco. Tembloroso, le entregué la llave al recepcionista. Le pregunté si podía prestarme un encendedor. En la radio se escuchaba que la esplendorosa Sirena Costeña había amanecido sin cabeza y las autoridades ya investigaban el hecho.

Salí corriendo del lugar, pensando en qué terreno baldío enterrar la cabeza de bronce que llevaba en la mochila, esa cabeza que olía como un roble bajo el sol, de la que brotaban luciérnagas y agüita marina; brotaban burbujas donde se reflejaba la danza acuática de Paty Candle con la que se tranquilizaba todo Acapulco.

 


Autores
(Pinotepa Nacional, Oaxaca; 1986). Acapulqueño por elección. Beneficiario del Fonca en poesía durante el período 2012-2013. Uno de sus cuentos aparece en la antología de cuento infantil Nahuales: los guardianes de la tierra (Fondo Regional para la Cultura y las Artes Zona Centro, 2013). Es autor del libro Babélico (Praxis, 2012; Premio Estatal de Poesía María Luisa Ocampo 2011) y de la plaquette de cuento Aquellas noches de perros tiburón (Editorial De Otro Tipo, 2015; Premio Estatal de Cuento Joven Guerrero 2014). En 2016 recibió el Premio Nacional de Cuento Acapulco en su Tinta por "El Parazal". En 2017 publicó el libro de poemas La ejecución de Gary Gilmore (Diablura Ediciones).

Las boas escuchan atentamente las clases de psicología

si deben hacerlo.

Las boas podrían sacar diez en sus exámenes.

Las boas son la chica fresa, el rockstar 

y el humilde que ha peleado por sobrevivir en cada paso 

(aunque las boas no dan pasos).

Las boas caben en una lonchera, en una mochila, 

caben en la manga de una sudadera.

Las boas tienen la compulsión por fingirse joyería. 

Las boas aman la realeza, 

codearse con maravillas se les da con facilidad. 

Rodean el cuello, rodean las muñecas; 

se vuelven collares que respiran con nosotros.
Las boas ayudan en los tiempos difíciles. 

Las boas están ahí cuando nadie más está, 

comiendo ratones o simplemente mirando
con la atención reptiliana que los humanos hemos olvidado cómo es. 

Las boas sonríen a su modo, aunque no sean ellas las que sonríen,

su sonrisa sólo está en nuestra mente, 

en la de los humanos que miramos con cariño a una boa.

No sé mucho sobre boas, y lo poco que sé podría ser una mentira.

Puede ser que no todas las boas sean así.

Puede ser que ni siquiera lo sean muchas.

Pero una lo era.

 

Ahora hay una boa en mi jardín,

donde antes sólo había tierra

ahora está ella, mudando su piel a otros sin piernas ni brazos

alimentando bocas que se ensanchan como la suya. 

Ya no hay verde en la esquina del jardín,

sólo tierra removida y una manguera junto a la llave,

eso me queda en su lugar.


Las boas dejan de alimentarse, en algún punto,

el paso final de las boas es dejar de serlo.

Todas las boas acaban dando de comer su futuro.

La tierra esparce humedad entre sus huesos,

la manguera con que riego el jardín no me la recordaba

hasta ahora.


Nunca se ha sabido de mangueras que lloren por lo que se entierra en un jardín que riega con su boca,

pero no sé mucho sobre mangueras, y lo poco que sé podría ser mentira.


Autores
19 de Abril de 1991, Los Mochis, Sinaloa. Autor de Puerta cerrada (Editorial Paraíso Perdido, 2017). Mención honorífica en el XVI Concurso Nacional de Cuento Juan José Arreola con Merecemos algo mejor. Becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2017-2018 en la categoría de Cuento. Ganador de una mención especial en el II Certamen Literario Internacional de la Fundación SOMOS, con el cuento "Ni la muerte los separó". Ha publicado en las revistas literarias La cigarra y Luvina.

El Festival Internacional de Cine Guanajuato (GIFF) presentará su vigésimo segunda edición del 19 al 28 de julio en dos ciudades guanajuatenses declaradas Patrimonio de la Humanidad: San Miguel de Allende y Guanajuato Capital. En el marco del festival se realizarán homenajes a dos directores de talla internacional: Gus Van Sant y Terry Gilliam.

En primera instancia, en la ciudad de San Miguel de Allende recibirá la Cruz de Plata el destacado director estadounidense Gus Van Sant, quien con películas como Good Will Hunting, Milk o Don’t Worry, He Won’t Get Far on Foot ha demostrado ser una de las voces más singulares del cine independiente, explorando con una visión única el lado sombrío del sueño americano.

Por su parte, Terry Gilliam, creador de una obra inconfundible en la que combina magistralmente el poder de la fantasía más desaforada y el barroquismo visual, recibirá su homenaje en la capital del estado. Gilliam es miembro fundador del Monty Python y director de clásicos como Monty Python and the Holy Grail, Brazil, Twelve Monkeys y Fear and Loathing in Las Vegas, cintas que buscan expandir los límites del medio y potenciar los poderes liberadores de la imaginación.

En el marco de esta celebración, la Asociación de Mujeres en el Cine y la Televisión rendirá homenajes a Queta Lavat y Guadalupe Ramírez. Queta Lavat es la personificación de uno de los pilares de la actuación en México. Su participación en cintas clásicas y el trabajo constante como actriz de teatro, televisión y doblaje, la colocan como artista ejemplar de la industria del cine en México.

Por su parte, Guadalupe Ramírez recibirá un homenaje en reconocimiento a toda una vida dedicada a una de las labores más discretas pero más esenciales de la producción fílmica: el trabajo de laboratorio, corte de negativos y restauración.

En San Miguel de Allende se presentará en la gala inaugural Huo Zhe Chang Zhe (Vivir para cantar), de Johnny Ma. Por su parte, Guanajuato Capital abre con Huachicolero, del director guanajuatense Edgar Nito, becado por GIFF en Rotterdam.

El Festival Internacional de Cine Guanajuato proyectará 223 películas, provenientes de más de 40 países, de las cuales 120 estarán en competencia oficial.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Luis Jorge Boone, escritor coahuilense reconocido por multitud de premios a lo largo y ancho del país, posee un registro sorprendente, de la poesía a la novela pasando por el cuento, y con Toda la soledad del centro de la tierra nos recuerda por qué la poesía no está necesariamente alejada de la narrativa.


La prosa de Boone es ya conocida en novelas interesantísimas, góticas y oscuras, a pesar de que el desierto relumbre como el fuego doloroso del aislamiento, la soledad, la tristeza o la muerte. El lirismo de la mejor poesía convive al lado de la oralidad, de las frases norteñas, de la contundencia de los diálogos, o junto a una descripción que deslumbra. En Las Afueras, Boone ya exhibía la aridez para contar una historia que, de manera secreta, casi como un juego con el lector, en realidad era la del mismo desierto.

Narradores del desierto hay, y muy buenos, en el país. Tan sólo hay que pensar en Jesús Gardea, Daniel Sada o en David Toscana. Por suerte el desierto no ha hecho sino configurarse como un tropo que la literatura del norte aprovecha, exprime, exhibe y modifica. Corre el rumor de que la narrativa más señera del país reside en el norte. Y es fácil barajear los nombres, desde Cristina Rivera Garza a Carlos Velázquez, hasta Julio Torri y Martín Solares. No todas las obras de estos escritores tratan del norte, ni tampoco toda la obra de Boone lo hace, pero lo que permanece es un territorio imaginario, un mapa sentimental y filosófico que se mantiene vigente. En la prosa de Boone vive y ruge una añoranza hacia el pasado, hacia lo perdido, hacia esa semilla que Carpentier retrató en su prosa galopante: el único lugar en el que podríamos arribar sin sentir la pérdida de la vida, del tiempo, es la infancia.

El personaje principal de Toda la soledad es un niño, El Chaparro. Celebro que Boone no haya elegido un nombre para él, o que éste no importe. El Chaparro es ese mocoso que brinca y se esconde y juega al lado de sus hermanos, pero también es ese bato (permítaseme la apropiación de este término norteño, y sí, se escribe con “B”) que sufre una pérdida, que está solo en el laberinto de su pequeña existencia breve y, al mismo tiempo, tremebunda. Es esa potencia, esa profundidad, la que se exhibe con otro punto geográfico que es más bien psíquico: el pozo sin fondo. El pozo, dice el narrador de la novela, podría estar en cualquier parte, en Los Arroyos, en las ciudades cercanas, en la frontera, o más al norte. Arnulfo, el primo que lleva el mismo nombre que el abuelo, el nieto mayor, el más alzadito, el que cree que todos son idiotas menos él, asegura haberse asomado por aquel lugar, llenando a El Chaparro de sueños inquietantes.

La novela va transcurriendo entre una prosa que se asemeja a la crónica, a la denuncia, y entre la poesía más acuciante y triste muestra una historia que se derrapa, se entremezcla, va de aquí para allá como los recuerdos de un “chamaco” que aún no ha salido del cascarón pero ya tiene que enfrentarse al sol desgraciado, a los “felones”, a las balas, a la vida que no perdona, y también al olvido.

La estructura de Toda la soledad llama la atención pues enmarca y profundiza una historia que en apariencia es breve y que puede devorarse en unas cuantas horas debido a su extensión. Pero la sorpresa es mayúscula porque mientras la tensión sube, el dolor y la melancolía también lo hacen. El personaje del niño se va enterrando en el ojo del lector gracias a las agudas frases que exhiben una oralidad que cualquiera reconoce, incluso si no se es mexicano, si no se vivió en el norte de niño, si no se ha sufrido de la misma forma, si lo ha tenido todo. El lenguaje se mezcla con la fuerza de la literatura a secas y con la lúdica irreverencia de la calle, de las frases “comunes”, de las amenazas, de las groserías que ha inventado la sociedad mexicana desde siempre. Y la combinación asombra. Y la combinación duele.

Si acaso, podría decirse que Luis Jorge Boone ha querido convertirse en alguien muy jodón con esta novela, en un escritor con trinche, que no deja en paz la barriga ni las costillas en ningún momento. Se pasa la página y ahí está la frase aguda, la penetración de la psique de un personaje, la de un hombre solitario que atiende en la miscelánea de la esquina, la de una señora que sufre una invasión, la de una mujer que apenas tiene voz pero que está ahí, transformada en una madre.

Se ha dicho que Luis Jorge Boone es uno de los escritores mexicanos más interesantes del momento. Yo lo contradigo: él es un escritor puntilloso, muy hábil, de prosa hermosa, de literatura sutil. Boone no va con el momento, con la corriente, con la moda actual; las últimas páginas del libro se hunden en la carne como el aguijón del alacrán.

Su prosa y su poesía obedecen a una tradición, a unas lecturas bien hechas pero, sobre todo, a una voz propia que trasciende la época, que se hace universal – incluso cuando se narra la historia de un pueblito olvidado en el arenal, en el desierto que parece olvidar todo y aun así nunca perdona.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
Juan José Ibáñez
Doctor en Ciencias Biológicas e Investigador del Consejo Superior de Investigaciones científicas (CSIC). Ha representado durante muchos años a España en el Buro Europeo de Suelos y la Agencia Europea de Medio Ambiente. También colabora asiduamente con la FAO en materia de suelos.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.
Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

 

Este sábado 29 de junio celebramos en Ciudad de México la edición 41 de la marcha del orgullo LGBTTTIAQ+.

IMG_6009

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Dos fueron los señalamientos más repetidos entre marchistas y en redes sociales: el crecimiento constante de asistentes (que solo en parte representan a la diversidad de la capital, pues la marcha es ya motor turístico) y el asalto paulatino, pero en esta ocasión apabullante, de las corporaciones.

IMG_5864

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

A pocos metros de nuestra redacción, Tierra Adentro obsequió más de 400 libros de temáticas y autores LGBT+. Como la regla era que solo podía elegirse un libro por persona, descubrimos a una comunidad exigente en cuanto a su literatura: ¿cuál llevarse? ¿El arte nuevo de hacer libros de Ulises Carrión o El libro de Arenas de Reinaldo Arenas? ¿Jennifer Clement o Severo Sarduy?

IMG_6110

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Crece el gusto por nuestro catálogo: volaron los ejemplares del ya clásico Leyendo agujeros. Ensayos sobre (des)escritura, antiescritura y no escritura (2005) de Luis Felipe Fabre, y constatamos el interés que suscitan libros más recientes, como Límulo (2016) de Ángel Vargas, O reguero de hermigas (2016) de Yolanda Segura y Linde Faz (2018) de Aldo Rosales Velázquez.

IMG_6142

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

No importó el volumen de la música de la carroza de Amazon o que Wal-Mart tomara la vanguardia. Desde nuestra esquina atestiguamos las resistencias que acompañaban a la disidencia sexual: entre los comerciantes informales sobresalían los artesanos independientes de banderines y pulseras con evidente valor añadido; la solidaridad motivada por la marcha se extendía a compromisos futuros (una decena de veces se acercaron dos amigues al carrito de libros y escogieron títulos distintos con la promesa de intercambiarlos); los movimientos de las mujeres, protagonistas indiscutibles del activismo de esta década, se hacían ver en forma de pañuelos verdes y demandas de género; y no faltaron las consignas y los carteles de quienes recordaban el origen militante del movimiento LGBT+ y los cambios sociales profundos que hacen falta para tener un país y un mundo en el que quepamos tod@s.

IMG_5413

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

La marcha del orgullo LGBTTTIAQ+ de Ciudad de México permanece como uno de los actos colectivos fundamentales para la civilidad y la tolerancia conquistadas y por conquistar.

IMG_5772

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

A solicitud de Tierra Adentro, el fotógrafo Irving Cabello acudió a la marcha con el propósito de retratar algunos de los rostros de esa diversidad que somos.

IMG_6088

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

IMG_6164

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

IMG_5211

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

IMG_5839

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

 

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

IMG_6015

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

IMG_5697

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.

IMG_5675

Irving Cabello. Marcha LGBT+ 2019 en Ciudad de México.


Autores
Irving Cabello nació en Cuajimalpa en 1988. Fotógrafo de medios como Vice, Yaconic, Marvin, Maxim, Hoja Santa, GQ. Es fotógrafo porque le gusta conocer a la gente, cuando dispara el obturador se siente agradecido con el mundo.
La redacción de Tierra Adentro trabaja para estimular, apoyar y difundir la obra de los escritores y artistas jóvenes de México.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.
Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Primer Acto

—Pronto —se repitió. Todo estaba sucediendo normalmente. El traqueteo del tren, el mal olor, la apetencia irreprimible de fumar y el escaso deseo de dormir. Ante la ventanilla desfilaban las masas sombrías de las casas. En un lugar lejano, unos cuantos proyectores sondeaban el cielo cual largos dedos de cadáver que rasgaran el manto amoratado de la noche. Se oía el tronar de cañones antiaéreos. Las negras casas, vacías y ciegas, continuaban desfilando. ¿Cuándo sería aquel “pronto”? La sangre le fluía del corazón, volviendo a él luego de haber circulado por todo su cuerpo y agitando su vida entera. Pero aquellos latidos sólo servían para advertirle: “Pronto…” No podía hablar de nada ni pensar en nada que no se refiriese a ello. “No quiero morir” —se dijo. Y en seguida la frase se transformó en esta otra: “Voy a morir… muy pronto”.

Heinrich Böll, El tren llegó puntual.

 

 Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

 

Para recordar a Phillipe de Comines, historiador flamenco nacido en el siglo XV, se sale de la guerra para encontrar la paz; de la paz surge la abundancia; la abundancia induce al ocio; el ocio se torna en vicio, y del vicio surge la guerra. Es vano enlistar en este espacio el sangriento devenir de los tristemente innumerables conflictos armados alrededor del mundo en tiempos modernos; es doloroso rememorar los que ha habido en nuestro panorama latinoamericano —dictaduras, intervenciones extranjeras, masacres— y es, por decir lo menos, inusitadamente estremecedora la historia de nuestro propio terruño.

Plauto, en la escena cuarta del segundo acto de su Asinaria, reconoce que el horror de la violencia encuentra su génesis en el desconocimiento del otro; el verso 495 establece un territorio desolador: el hombre —entendido éste como el género humano, de acuerdo con el contexto de la obra—, ante la ignorancia de la condición ajena, no hace sino volcar sus angustias y sus miedos para devorar a esa otra entidad y volverse su victimario, y quedar a merced del siguiente vuelco de la historia y terminar, esta vez él, sangrando tristeza por su propia derrota.

Si pudiéramos resumir las centurias de alianzas, desencuentros, amoríos y matrimonios del Viejo Continente o los milenios de alteridades que algunas veces se han reconocido en sus diferencias y otras tantas se han negado la oportunidad de coexistir que llevaron a nuestro siglo pasado a ser testigo de dos grandes guerras, sería con un solo momento que la causalidad —según las historias que rondan alrededor de aquella aciaga tarde— quiso provocar: el 28 de junio de 1914, es asesinado en un atentado el heredero al trono del Imperio Austro – Húngaro: el archiduque Francisco Fernando junto a su esposa, Sofía, duquesa de Hohenberg.

 Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

 

 

Si se nombra, quizá con frívola audacia, a la causalidad, es por el simple hecho de que el primer atentado (una granada lanzada contra el carruaje del heredero) había fallado en su objetivo. El serbio Gavrilo Princip, uno de los ejecutores del ataque, se refugió en un local de comida ante la confusión que había reinado. El archiduque, al salir ileso, ordenó a su cochero dirigirse al hospital para visitar a las víctimas. El carruaje que transportaba a Francisco Fernando y a Sofía tal vez se descompuso, quizás el auriga tomó la calle equivocada, tal vez solo fuera un instante de infortunio para ellos y —como se constató después— para la humanidad, pero Princip se encontró frente al destino y disparó su pistola semiautomática FN1910 contra los futuros monarcas. Aquí un apunte: se dice que, a raíz del asesinato, los tres hijos de la pareja son considerados como los “primeros huérfanos de la Gran Guerra”, los primeros de millones.

El asesinato del heredero condujo a tensiones políticas durante todo el mes siguiente; la injerencia bosnia en Serbia, así como la intromisión de las siempre colonialistas Alemania, Francia y Reino Unido, así como de Rusia en las negociaciones, llevaron a que el 28 de julio el Imperio Austro-Húngaro le declarara la guerra a Serbia. Numerosas declaraciones bélicas entre naciones se sucedieron en los siguientes días y así comenzó el hambre, la muerte y la sevicia del dominio: la Guerra.

 

Segundo Acto

Artagnan, a punto de ser nombrado Mariscal de Francia, ya con Porthos enterrado entre las ruinas de Belle Isle, Athos reunido en los cielos con su hijo Raoul, el vizconde de Bragelonne, y con Aramís exiliado en España, recorre “solo, inmensamente solo, una vez más el camino de regreso a París”. Y si bien es un personaje extraído de la profusa imaginación y talento del ya mulato Alexandre Dumas, tiene su referente histórico en el conde Charles de Batz-Castelmore, de quien tenemos noticias gracias al exmosquetero Gatien de Courtilz de Sandras, quien escribió las Mémoires de Monsieur d’Artagnan, capitaine lieutenant de la première compagnie des Mousquetaires du Roi, y que fue inspiración para la saga de los mosqueteros. Artagnan, el histórico, fue el mosquetero encargado de detener a Nicolas Fouquet, intendente del Rey Sol, por órdenes de Jean-Baptiste Colbert, quien tiene el privilegio de montar la Galería de los Espejos, en el Palacio de Versalles.

En este insigne salón María Antonieta, guillotinada el 16 de octubre de 1793 en el cadalso que había instaurado la Revolución Francesa, se casó con el futuro Luis XVI; también, como resultado de la guerra franco-prusiana, se creó en esta misma galería, en 1871, el Imperio alemán, y, finalmente, se firmó el Tratado de Versalles, el 28 de junio de 1919, el tratado de paz firmado por más de cincuenta países en donde Alemania acepta la derrota.

Los cuatrocientos cuarenta artículos del Tratado van encaminados en un sólo sentido: que Alemania aceptara la responsabilidad material y moral de las consecuencias de la guerra. Dice el Artículo 231:

Los gobiernos aliados y asociados afirman y Alemania acepta la responsabilidad de Alemania y sus aliados por haber causado todos los daños y perjuicios a los que las potencias aliadas y asociadas a los gobiernos y sus nacionales han sido sometidos como consecuencia de la guerra que les impone la agresión de Alemania y sus aliados.

 

Las secuelas que tuvo la nación germana fueron devastadoras: la pérdida de más de casi 100 000 km2 de territorio, el desarme absoluto de su ejército, la prohibición de manufacturar nuevo armamento, la reducción de su ejército y la obligación de restituir monetariamente todos los perjuicios consecuencia de la guerra. Francia, por haber sido la nación en la cual se llevó a cabo la mayor parte del conflicto y por tanto, por tener los mayores daños, fue quien pugnaba por castigos ejemplares: por ejemplo, en el Tratado, en el Artículo 119, renuncia a todos sus derechos y títulos sobre sus posesiones de Ultramar, en favor de las potencias aliadas y asociadas. Del mismo modo, el artículo 45 dicta que:

Como compensación por la destrucción de las minas de carbón en el norte de Francia y como parte de pago para la reparación total a pagar de Alemania por los daños ocasionados por la guerra, Alemania cede a Francia en posesión plena y absoluta, con derechos exclusivos de la explotación, no comprometido y libre de todas las deudas y cargas de cualquier tipo, las minas de carbón situadas en la cuenca del Sarre.

El Tratado fue, además de un instrumento que garantizará la paz en el mundo y la no intención de Alemania de inmiscuirse en asuntos belicistas —que, por supuesto, ninguna de las dos cosas sucedieron— fue un profundo modo de mellar en el alma del gobierno alemán. El Artículo 227 “acusa públicamente a Guillermo II de Hohenzollern, ex emperador de Alemania, por ofensa suprema contra la moral internacional y la santidad de los tratados”. Los países “victoriosos”, quienes escribieron las condiciones del Tratado quieren, con estas cláusulas, apuntalar la culpa apelando a una moral que, evidentemente, es tan sólo aquella que consideren las potencias aliadas. Los veinte mil millones de marcos oro que se piden como primera reparación a Alemania en el Artículo 235, antes de que se fijara el monto total, son una muestra del panorama que le esperaba a la otrora Germania a causa de la guerra: desempleo, hiperinflación, un sentimiento de derrota y de marginalidad y un rencor que encontraría su cauce años después.

 Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

Jean-Pierre Dalbéra, Murakami en Versalles, Flickr.

 

 

Una de las características del Tratado de Versalles, más allá de su lectura inmediata de acuerdo con el conflicto que lo originó, es la relativa al Trabajo, que comprende los artículos del 387 al 427, en donde se establecen o recuperan las condiciones relativas a nuevas consideraciones a propósito de éste; por ejemplo, que no debe considerarse una mercancía; el derecho de asociación por razones lícitas; el pago de un salario adecuado para el empleado; el establecimiento de una jornada laboral incluido el descanso; la supresión del trabajo infantil y, fundamentalmente, y que cobra más fuerza en estos tiempos actuales, el principio de salario igual, sin distinción de sexo. A cien años de las firmas de las potencias y sus aliados, así como de una herida Alemania, ninguna de estas consideraciones expuestas en el Artículo 427 son, cruelmente, una constante en nuestras sociedades occidentales.

Fueron cuatro años en guerra —el armisticio se dio el 11 de noviembre de 1918—, seis meses de negociaciones en París, millones de muertos y heridos y un territorio geopolítico que no volvería a ser el mismo. Pasaron cinco años exactos entre el asesinato del archiduque y la firma del Tratado. Y la consciencia de la muerte, del hombre, lobo del hombre, de las penurias que arrastra la avaricia y la estupidez humana quedarían signados en las generaciones de artistas que vivieron de manera más o menos indirecta los diversos procesos bélicos del siglo veinte, tanto guerras mundiales como civiles. A vuelapluma podemos recordar a Böll y Mann, en Alemania; Elfriede Jelinek, en Austria; en Inglaterra, los poemas contra la guerra de Wilfred Owen; en España, García Lorca y Granada respirando en él. Estos son tan sólo un puñado de nombres que se han enquistado en la memoria, la lista es infinitamente mayor, tanto como el horror que la guerra causa. Quizá en un momento de calma, o mejor, de tormenta, convenga recordar a Efraín Huerta y sabernos un poco menos desamparados:

Hoy he dado mi firma para la Paz.
Bajo los altos árboles de la Alameda
y a una joven con ojos de esperanza.
Junto a ella otras jóvenes pedían más firmas
y aquella hora fue como una encendida patria
de amor al amor, de gracia por la gracia,
de una luz a otra luz.
Hoy he dado mi firma para la Paz.
Y conmigo, en cien países, cien millones de firmas,
cien orquestas del mundo, una sinfonía universal,
un solo canto por la Paz en el mundo.

5215288683_8f4519fc91_o


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.