Tierra Adentro

EL CIELO EN NORMANDIA (COMIC-URESHISAN_UNIVERSE)


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.

La primera novela de Luna Miguel es protagonizada por Helena, una mujer de treinta años que rige sus acciones a través del hambre, una fuerza que la orilla a satisfacer de manera frenética sus necesidades físicas, afectivas e intelectuales. Helena encarna aquel impulso voraz al describir lo que come en sus artículos de crítica gastronómica, cuando se masturba luego de darse un atracón, al preguntarse qué tiempo tardaría en devorar determinada cantidad de libros o al enfrentarse a la muerte de los otros como si fuera un proceso de larga digestión.

El capítulo 19 ofrece una suerte de retrato genealógico y alimenticio, una biografía del hambre de Helena:

A partir de entonces, clasificó todos sus recuerdos por sabores: su madre sabía a maíz. Amador tenía un gustillo a aceite. Sébastien era mermelada. Eudald escocía como una lima en la punta de la lengua. Rocío era leche. Sus años monásticos en el instituto de Almería, ajoblanco. Y la universidad crepitaba como Licor 43.

El sabor del tanatorio Cisneros sería para siempre amargo, y ahora bajaba por su garganta como un puñado de arena1.

Luna Miguel dialoga con la obra más conocida de Nabokov en las líneas referidas a Helena a sus veinte años:

Su mirada se topó con ese ejemplar rosa de Lolita que nunca había terminado de leer. Lo había intentado hasta en diez ocasiones. Le fascinaba y lo detestaba a partes iguales porque también era un compendio de sus propias desgracias. Como la protagonista, ella era huérfana, joven, pobre y víctima2.

En la narración de Nabokov, Humbert Humbert acecha a la pequeña Lo, cinco lustros menor que él. El funeral de Lolita muestra una situación casi idéntica: “Si yo tengo quince años y él tiene treinta y nueve, entonces nos llevamos veinticuatro”3, sostiene la protagonista. Otra similitud entre los textos radica en el registro de aquel vínculo desigual. La novela del escritor ruso recrea las notas del personaje que detallan el acercamiento a Dolores Haze en “una agenda encuadernada en cuero negro de imitación con una fecha dorada, 1947”4. En el libro de Luna Miguel ocurre algo parecido, sólo que a la inversa. Ha sido Helena quien inmortaliza aquella relación en “un cuaderno pequeño, envuelto en una especie de papel de arroz lila y envejecido”5. Imposible olvidar las primeras líneas de la obra de Nabokov: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”6. Humbert Humbert saborea el nombre y la idea del nombre. A su vez, Helena escribe en su cuaderno:

Me he comprado también una barra de cacao de fresa que me comería entera. Me hace pensar en unos caramelos que trajo mamá de Cartagena de Indias una vez que volvió del entierro de una tía. Sabían así. Justo como saben mis labios ahora. Justo así como quiero que sepan los tuyos cuando los muerda.7.

Hay en la protagonista una patente vocación al placer. El hecho de que la autora ceda la voz a la figura femenina responde a una construcción que, lejos de ser moralizante con respecto a Lolita, se manifiesta como un homenaje y una propuesta novedosa a partir de la tradición. El giro de la novela respecto a la figura de la nínfula consiste en el duelo y en la renuncia hacia el vínculo con el profesor: ese nudo invisible y punzante que Helena desata poco a poco.

Narrar tres etapas de su vida (la infancia, la adolescencia y la actual treintena) e incluir diferentes soportes textuales (el diario o las redes sociales) revela al personaje en un vaivén de construcción y reconstrucción de identidad.

Otro aspecto que cruza El funeral de Lolita corresponde a las reflexiones en torno a la escritura. Recuperar su diario le permite a Helena, y al lector, acceder a un discurso y a un Yo fragmentados: “Escribo para averiguar por qué. Escribo porque escribir me quita el hambre. Escribir no quita el hambre. Qué tontería. Escribir lo agranda”8. Leerse deviene en un acto cercano al canibalismo, consumir los propios recuerdos nutre y duele.

Uno de los puntos débiles de la novela es la dificultad para reconocer en los diálogos a quiénes pertenecen las voces. Los registros de los personajes podrían haberse delimitado mejor. Sin embargo, lo compensa con las cualidades plásticas del texto; un gran momento es el retrato de la protagonista que come provocando el estupor de los comensales:

Cogió la carne de ternera y empezó a comerla con las manos. La sangre resbalaba por su barbilla y la gente de otras mesas se volvía para mirarla. Un camarero se le acercó y le dijo al oído que debía retirarse de inmediato, que no era necesario que pagara9.

Esta imagen resulta poderosa en cuanto a las preguntas surgidas de ella: ¿El hambre, en sus distintos ámbitos, debe disimularse siempre? ¿Por qué reaccionamos con miedo ante la franca manifestación del deseo?

Si en Los estómagos (La Bella Varsovia, 2015) ―el poemario más reciente de Luna Miguel― la autora crea una atmósfera de profunda visceralidad, ahora suma a su narrativa el impulso reiterado de vivir en respuesta a la muerte. Cada página nos acerca a las entrañas del personaje, colocándonos al interior de un cuerpo hambriento.

 


Bibliografía

Miguel, Luna, El funeral de Lolita, Lumen, México, 2019.

Nabokov, Vladimir, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2016.


Autores
(Oaxaca, 1993). Narradora. Estudió Letras Hispánicas en la UAM. Actualmente es becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas.

La escuela nos otorga —extrañamente— un horizonte de sentido. Cada infante ingresa al aula preparado para hacerse de una nueva lengua. Y mientras nuestros rudimentos gramaticales duermen de tedio sobre las hojas pautadas de los Scribe, el patio de recreo bulle con un segundo lenguaje: es ahí donde nacen los apodos (nuestros epítetos heroicos) y las leyendas de otros reinos (otros colegios).

Apenas acaban las vacaciones, la escuela es habitada por los fantasmas de héroes, princesas, oráculos y grandes villanos. En el salón de clases se entremezclan la hipérbole de la épica, el retruécano picaresco, las confabulaciones colectivas y la marcha de las retóricas académicas: cada profesor es —a su modo— un estilista malogrado que pretende seducir y ganarse la atención del grupo. Entre los mesabancos, a orillas de las canchas y en la frontera de los baños se gestan los mitos que pretenden explicar esa arbitrariedad inquietante de respirar un mundo.

Cuando comienzan a palidecer las promesas escolares, la literatura entra al quite, chuta el tiro y espera a que otro distraído devuelva la pelota que voló la barda. La ficción consuela porque nos hace creer que en el salón 64 ocurrieron acontecimientos dignos de ser narrados, que entre sus cuatro paredes está la clave para descifrar la tristeza de González, las ínfulas de Romagnoli, la rabia del Tetudo y las obsesiones de Paula Valero. Pero lo cierto es que la literatura no descifra ni esclarece; acaso sugiere un orden falso y le cobra venganzas minúsculas a ese otro relato que llamamos realidad.

Ahora quisiera imaginar que habla el profesor X del Instituto Moncadense. Un cliché con suéter de rombos y café soluble en vasito de unicel:

—Jaime Hernán, tengo algunas dudas respecto a su manuscrito.

— ¿Qué dudas, maestro?

—En la página quince describe una sala de urgencias y dice el narrador, cito: “Esa sala me ofrecía un delicioso bullicio de lamentos, parecido al de las vacas mugiendo de hambre”. Líneas más adelante habla de una niña que se voló un par de dedos con un petardo y dice, cito: “Chillaba como me imagino que lo haría un águila”. Más adelante habla de los pezones de cierto personaje y dice, cito: “estaban tan separados que parecían dos sombreritos mexicanos alejándose cada cual para su fiesta, como buscando resguardo en la oscura maleza de las axilas”. También, señor Hernán, en una escena francamente pornográfica, menciona a un personaje que chupa determinado apéndice de la anatomía masculina con, cito: “el mismo ahínco con el que se sorbe un grumo atascado en un popote”. Mmhm… no estoy seguro…

—Es solo un cuento, maestro, no lo tome tan en serio.

—¿Cómo no lo voy a tomar tan en serio? Si tuviera que escribir un reporte a sus padres, ¿qué les diría? Señor y señora, en los cuentos de su hijo hay felaciones furtivas, masturbadores anhedónicos, prostitución encubierta y una usurpadora infantil. Por favor… dígame, ¿pasa algo en casa?

Y en este punto dejamos a Jaime y al profe discutir a solas.

Aprovechamos la querella para espiar su boleta de calificaciones: un par de notas sobresalientes aquí y allá y los consabidos ochos y nueves. La boleta de un ñoño, pues. Repasamos los hechos conocidos de sobra: los números de un escritor pulcro, exacto y contundente. Un humorista quirúrgico al que le basta enlistar los elementos de un espacio (un cine, una oficina o un set de televisión) para que este deje entrever su carisma ridículo. En Melancolía de los pupitres las pulsiones oscuras aparecen balanceadas por su contrapeso ramplón: la ironía se expresa sola, elegantemente, sin guiños ni aspavientos de sabelotodo. La crueldad se asoma para ceder ante el retrato compasivo. En este conjunto de relatos se cumple el axioma clásico de la comedia, una planta ligera de raíces profundas. El alumno conoce su oficio y —quizá por eso— la melancolía prevalece al final de la lectura: no hay forma de contar todo. El escritor zarpa en busca del tiempo perdido y anticipa su fracaso; aunque en estos cuentos existan pistas y elementos para explicar las obsesiones de los personajes, invariablemente palpita una zona de sombras en donde pareciera que cualquier cosa es posible, una región ajena al control del escritor. Sin embargo, a riesgo de desbalagarse, el autor se recrea imaginando al otro, al que tomó un camino diferente y dobló la esquina para adentrarse en la aventura.

Melancolía de los pupitres orilla a preguntarse; si no somos más que la suma desordenada de nuestras propias fabulaciones: los anhelos, las fantasías y las historias truncas: todo aquello que pudo haber sido, pero que jamás sucedió. Este libro nos devuelve a la noción de que la vida está en otra parte, de que respiramos mejor en un aire de metáforas y mitologías y que cada uno —desde su pupitre, desde la soledad— anima la cáscara de un personaje que nunca acaba de escribirse.

La escuela, ese primer país que nos otorga una coordenada (la del tirano, el jodón, la ruidosa, el flatulento, el ñoño o el excéntrico), tiene su trasunto tragicómico en la vida de los adultos. Ahí estamos de nuevo, en un salón más amplio y salvaje, con cuerpos más viejos y desparramados; sé que ahí —en esa jungla en donde la mayoría se pretenden profesores— Jaime He es un mirón atento y precavido: el estudiante esquinero (guardián de atalaya) listo con una cerbatana que nos recuerda nuestra insignificancia. Es justo el tipo de pillo rápido y comedido al que es tan difícil atrapar.

Por desgracia —o al menos hasta donde tengo conocimiento— Jaime no ostenta cargos públicos ni corre una casa de apuestas; eligió equivocarse y dedicar su tiempo a esa cosa inservible y bella que es la literatura. Vio venir el balón y lo prendió de botepronto; dio un tiro largo que voló la barda, atravesó el tiempo y llegó rodando hasta nuestros pies. Ahora es el lector quien —desde su lado de la cancha— pondrá a rodar la pelota.


Autores
Licenciado en literatura hispanoamericana por la Universidad Iberoamericana y actor por el Centro Universitario de Teatro (CUT). Ha colaborado en publicaciones como Chilango, Proceso y la Ciudad de Frente. Actualmente es profesor de historia del arte en la Universidad Autónoma de Querétaro.

La contingencia ambiental de hace unas semanas fungió como un sombrío recordatorio de las condiciones ecológicas que atraviesa el Valle de México. Ángel Vargas, ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino 2019, nos comparte dos poemas en torno a la situación ambiental. Estos poemas pertenecen al libro [BÚNKER] de próxima publicación en Écrits des Forges y Mantis Editores, traducción de Ana Cristina Zúñiga y Bernand Pozier, Québec, 2019.


Respiración artificial

 

Arde un poco en los ojos
esta tormenta inmóvil de ozono
hace que en la tv hablen únicamente
de smog y contingencia.
Podría vivir así:
renunciaría al color
y a los amaneceres
por la bruma perenne.
Una pared de imecas
anulando horizontes.

 

Renunciaría a mirar
cómo un tren de aterrizaje
se incorpora a la panza de un avión
que cruzará el Atlántico
para que ciento cincuenta quinceañeras
conozcan por fin París.
Renunciaría al detalle y a la minucia.
Aunque declinara
mi placer de combustión interna,
me sería insuficiente. Supongo
que algo muere con la resignación
a la ceguera.

 

Aunque hay ciertas medidas
que según los expertos
mitigarían problemas inmediatos,
sigo siendo un escéptico.

 

Se podría respirar
a través de un barbijo,
como los animales,
aunque no es lo mejor
para los que sonríen.
El uso de mascarillas purificadoras de aire
en ambientes domésticos
anularía de golpe
la intimidad y la ternura.

 

El beso y la sonrisa dejarían de existir.

Tendríamos que mirarnos a los ojos.


Trasplante de una sombra

 

Un árbol de ciudad
no recuerda una infancia
junto a pinos
ni bosques de eucaliptos.
Reconoce un vivero
como un niño a un orfanatorio
y sabe de traslados y adopciones
por hileras de anchas avenidas.
Crece contra la voluntad de las aceras
y se cuelga del hombro de las casas
para ver a lo lejos los contornos del valle.
Son muy pocos los que han estado aquí
mucho antes del asfalto.

 

Un árbol de ciudad se resigna
a las lluvias de mayo
y a ciertos manguerazos
que en las madrugadas
dejan caer las pipas
como la bendición de los domingos.

 

Y aunque pudiera ser que tenga
preguntas idénticas
a las de un desterrado,
el árbol no reclama
el esclarecimiento de su genealogía.
Ofrenda el mecanismo
—su alquimia forestal—
de convertir carbono en un diamante aéreo.
Sabe que su sombra
es un fruto imposible
que no se pudriría
sobre el asfalto.

 


Autores
(Acapulco, 1989) estudió Letras hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Es autor de Díptico, A pesar de la voz, Límulo y El viaje y lo doméstico. Ha sido beneficiario del PECDA Guerrero, del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA y actualmente de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de poesía.
“Equal Suffrage – Votes For Women – Club” por Edith Mahier

A cien años de la la Decimonovena Enmienda de Estados Unidos, ¿fue suficiente la aprobación del voto femenino?


 

Las revoluciones democráticas de la modernidad y las luchas de los feminismos a lo largo del tiempo han logrado grandes cambios sociales, y en cierta medida —y dentro del marco de un modelo liberal— la autonomía política y moral de las mujeres. Hoy en día, la mayoría de los Estados democráticos reconocen la igualdad de derechos de todos los seres humanos sin importar su género y, en teoría, las mujeres tienen acceso a las mismas oportunidades de educación y desarrollo que los hombres. Sin embargo, la lucha por la liberación de la mujer está lejos de haber terminado y todavía existen desigualdades abismales entre los sexos. Tanto en el ámbito público, como en el privado, la mujer sigue siendo discriminada y sus derechos, violados.

Es necesario ser conscientes de los movimientos históricos y políticos que nos han traído hasta donde estamos hoy para tener un punto de partida sólido con el cual contrarrestar la opresión sexista y, en general, para subvertir los sistemas de dominación actuales. El patriarcado es una institución milenaria que a lo largo del tiempo y bajo formas distintas, se ha ido adaptando a los sistemas sociales imperantes de cada época, por ello es necesario tomar en cuenta las múltiples vertientes del pensamiento feminista.

La lucha de la mujer comenzó a tener objetivos precisos a partir de la Revolución Francesa y como consecuencia del pensamiento racionalista e igualitario de la Ilustración. Durante el siglo XVIII, se proclamó la supremacía de la razón y se reconocieron la libertad, igualdad y dignidad humanas, pero estos principios “universales” no se extendían ni a las mujeres ni a muchos otros grupos étnicos que continuaron siendo oprimidos. Mujeres como Olympe de Gouges o Flora Tristán señalaron las inconsecuencias del pensamiento ilustrado y demandaron la reivindicación de los derechos de la mujer. La petición principal fue el derecho al sufragio, desde donde se pretendía hacer un cambio social profundo1.

El feminismo, como movimiento teórico y social, surgió como respuesta a la incongruencia de los grupos sociales dominantes que defendían la universalidad de la razón y las ideas de igualdad y progreso durante el siglo XVIII. Con la Vindicación de los Derechos de la Mujer de Mary Wollstonecraft se abrió el camino para la segunda ola feminista que, durante el siglo XIX, abogó por el reconocimiento de la ciudadanía de las mujeres y por el movimiento sufragista. Cabe destacar que esta ola —que cobró mucha fuerza en Estados Unidos e Inglaterra— fue predominantemente liderada por mujeres pertenecientes a la clase burguesa.

Durante el siglo XIX se consolidó el modelo liberal y se separó por completo la esfera pública de la privada. La división del trabajo y el relegamiento de la mujer a las tareas del hogar no era nada nuevo, pero se acentuó con la modernización, la Revolución Industrial y el auge del capitalismo: el hombre se convirtió en un engranaje cuyo valor dependía de su capacidad para producir, y la mujer se convirtió a su vez en la encargada de cuidar al engranaje para asegurar su buen funcionamiento. La mujer también se volvió una máquina cuyo valor residía en su capacidad de procrear futura mano de obra y se le dejó fuera de la esfera política.

En 1848 Elizabeth Cady Stanton convocó la primera convención para declarar los derechos civiles de las mujeres en Estados Unidos y para firmar la Declaración de Seneca Falls. En esta declaración alrededor de setenta mujeres proclamaron su independencia de la autoridad masculina. Muchos de las y los que estuvieron presentes en la convención eran también abolicionistas y estaban a favor de la igualdad de oportunidades en el ámbito de la educación.

La evolución del movimiento sufragista no se dio de la misma manera en Europa —donde se caracterizó por ser más violento y utilizar la disrupción como método para conseguir sus objetivos—, que en Estados Unidos —donde fue menos subversivo y se basó en la persuasión y en alianzas políticas estratégicas para alcanzar sus metas¾. La lucha por el sufragio femenino en Estados Unidos tuvo dos fases predominantes. Durante las primeras décadas se buscó obtener el éxito a través de la apelación a los derechos individuales de la mujer y a través de alianzas con grupos abolicionistas. Eventualmente, se concedió el voto a la población afroamericana, pero no a la mujer, por lo que las sufragistas estadounidenses rompieron su colaboración estratégica con los abolicionistas, y adoptaron nuevos discursos y escenarios2.

A principios del siglo XX, el discurso dejó de enfatizar la importancia de los derechos individuales de las mujeres, se alejó de su postura emancipadora y señaló que, dadas las características “propias” de la mujer —caridad, vocación para cuidar y enseñar, sensibilidad, entre otras— era necesario que obtuvieran su derecho al voto, pues de esta manera contribuirían al funcionamiento, bienestar y estabilidad de la sociedad. Con este cambio de postura, el sufragio femenino dejó de ser rechazado por los círculos que se oponían a él, muchos de ellos, irónicamente, conformados por mujeres. El 4 de junio de 1919 se propuso la Decimonovena Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos que otorgaba a la mujer el derecho al voto. Hace 100 años se decidió que la mujer podía acceder a la esfera política y tener palabra en ella.

Este año se cumple el centenario de este logro enorme de la lucha feminista, y sin duda alguna, el mundo no sería como lo conocemos sin las acciones de las mujeres que conformaron el movimiento sufragista; sin embargo no puedo dejar de sentirme escéptica respecto a esta actitud —bastante en boga actualmente– de optimismo ante el “empoderamiento” femenino. No puedo dejar de encontrar paralelismos entre el último argumento falaz del movimiento sufragista estadounidense y las motivaciones del feminismo liberal que sigue expandiéndose hoy.

Es necesario recordar que la lucha por el voto de la mujer siempre se dio en el contexto de un sistema liberal y capitalista, sistema que dejó y sigue dejando fuera a las mujeres de la clase obrera, que eventualmente provocó la catástrofe ecológica en la que nos encontramos hoy en día, y que continúa enriqueciendo a los ricos a costa del trabajo de la clase explotada. Además, una de las motivaciones principales del movimiento sufragista fue tener más poder sobre la propiedad privada, pues las mujeres pagaban impuestos sin tener realmente derechos sobre sus pertenencias. Esto, evidentemente, solo le concernía a las mujeres burguesas.

El sufragio femenino otorgó a las mujeres el derecho a participar en la vida pública y el sistema vio una oportunidad de ganar más votos y más máquinas de producción. El voto de la mujer como representación de que se tienen los mismos derechos políticos me parece valiosa, pero en la praxis, las mujeres no están ni cerca de tener las mismas oportunidades de representación y poder político que los hombres.

Lo que se obtuvo finalmente fueron más votos para las “democracias”, que no son sino manifestaciones veladas del liberalismo capitalista y colonialista más atroz que continúa abusando del planeta, los animales, y las personas. ¿Estoy en contra del voto de la mujer? Por supuesto que no, pero no puede dejarse de lado que la igualdad de condiciones políticas entre hombres y mujeres está basada en la idea de que ambos puedan decidir dentro de un sistema profundamente patriarcal que está basado en el autoritarismo y en la explotación.

Ya lo decían Emma Goldman y otras feministas anarquistas o socialistas. Evidentemente, no hay razones físicas, intelectuales o morales por las cuales la mujer no debería tener los mismos derechos que un varón. Pero intentar que la mujer tenga la misma potencia de explotar y de volverse victimaria como el hombre en un modelo imperialista como lo es el de Estados Unidos, no es la solución.

Podrían resultar extrañas las críticas recalcitrantes al sufragio femenino como la de Emma Goldman, pero tienen mucho sentido si se toma en cuenta que, al final, la motivación del movimiento sufragista fue —de manera muy simplificada– arreglar de alguna manera a la sociedad con su bondad y sensibilidad “naturales” y así contribuir para su bienestar. Así, la ironía del voto femenino recae en que no se otorgó pensando en los derechos intrínsecos de la mujer como individuo, sino en su utilidad como herramientas para la esfera política3.

Lo que sucedió hace cien años fue una premonición de lo que está pasando actualmente. Hoy, el feminismo liberal, y por lo tanto fácil de vender, se enfoca en la mujer blanca de occidente y deja de lado a las mujeres negras, latinas y de otros grupos étnicos; comercializa con la idea del “empoderamiento” y sigue comercializando una idea de feminismo hollywoodense e inconsciente de la lucha de clases y de la situación ecológica. Este tipo de feminismo, que busca darle más poder a la mujer dentro del sistema actual, es una falacia y es una forma de seguir perpetuando la desigualdad y la exclusión de muchísimas mujeres.

Debemos estar conscientes de que el modelo político actual es absurdo y que nunca va a satisfacer la necesidad de justicia y mejoramiento, y es por esto que, como señala Goldman, es importante no fetichizar el sufragio, ni el empoderamiento, ni cualquier medida que contribuya a la permanencia de este sistema. El punto no es que haya más CEOs mujeres al frente de multinacionales que se enriquezcan a costa del trabajo de otros, el punto no es que haya mujeres al frente de Estados autoritarios. El sistema está podrido y es necesario extirpar el capitalismo y los principios liberales —y patriarcales— desde la raíz.

Por otro lado, y desde la perspectiva de género, el socialismo tampoco es garantía de que la mujer deje de ser invisibilizada. El sexismo está en la derecha, en la izquierda y en todos lados. Además, mientras exista un Estado, existirá autoritarismo.

Definitivamente el asunto es mucho más complejo de lo que se puede escribir en unos cuantos párrafos; sin embargo estoy segura de que tomar consciencia es el primer paso para repensarnos, reconstruirnos y comenzar a proponer soluciones sororas desde nuestra subalternidad, desde la empatía por nosotras, por los animales, por el planeta; desde un lugar donde no dependamos de ninguna manera de los hombres, de su permiso para participar en la política, ni de sus sistemas. ¿Es difícil?, sí. ¿Es aún peor para las mujeres que no nacimos en un país poderoso como Estados Unidos?, sí.

A cien años de la Decimonovena Enmienda de la Constitución de los Estados Unidos que aprueba el sufragio femenino, estoy segura que las mujeres de las clases obreras, las mujeres de otros países que no son considerados de primer mundo y las mujeres estadounidenses que siguen siendo marginadas tienen mucho que decir todavía: “no es suficiente, que pague el capital, queremos lo que es nuestro. ¡Se va a caer!”.

 

 Bibliografía

  • Villaseñor, María Estela, “Un largo camino: la lucha por el sufragio femenino en Estados Unidos” en his [en línea], vol. 12, nº 24, 2010, pp. 89-119. Disponible en: <http://www.scielo.org.mx/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S1665-44202010000200004>
  • Goldman, Emma, “El sufragio femenino” en La mujer más peligrosa del mundo. Textos feministas de Emma Goldman, Anarquismo en PDF, pp. 47-60.
  • Heras Aguilera, Samara de las, “Una aproximación a las teorías feministas” en Revista de Filosofía, Derecho y Política, nº 9, enero de 2009, pp. 45-82. Disponible en: <http://universitas.idhbc.es/n09/09-05.pdf>
  • Valcárcel, Amelia, La memoria colectiva y los retos del feminismo, Publicación de las Naciones Unidas, 2001. Disponible en: <https://repositorio.cepal.org/bitstream/handle/11362/5877/S01030209_es.pdf>


Autores
Egresada de la licenciatura en Escritura Creativa y Literatura de la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2017 fue asistente editorial de la antología "Motivos de sobra para inquietarse" publicada por Libros Pimienta. En 2018 fue seleccionada para participar en el área de Escritura Creativa del programa Elipsis México 2018, organizado por el British Council en colaboración con el Hay Festival Querétaro. Ha publicado en la revista Sin Embargo, y actualmente forma parte del Women’s Creative Mentorship Project organizado por el International Writing Program de la Universidad de Iowa.

 

El pasado 17 de mayo Netflix estrenó 1994, una miniserie documental dirigida por el periodista Diego Enrique Osorno y producida por Vice Studios. En cinco capítulos de aproximadamente 50 minutos, se nos presenta una narración de los sucesos más significativos en la vida política y social del país durante aquel año.

Se parte de un lugar común: 1994 fue un año crucial para la historia reciente de México. Se trató de un año bastante particular ya que ocurrieron grandes sucesos que marcaron el rumbo del país enmarcados en la efervescencia política de ese tiempo.

A este documental lo sostiene un fuerte andamiaje construido por el gran número de entrevistas a muchos de los actores políticos de esa época —y que lo siguen siendo hoy en día— que figuran en él; personajes públicos de entre los que destacan: Carlos Salinas de Gortari, el Subcomandante Insurgente Galeano (antes Marcos), Diego Fernández de Cevallos, Cuauhtémoc Cárdenas, Marcelo Ebrard, el Subcomandante Moisés y Raúl Salinas de Gortari. Tanto el contenido de las entrevistas como el de archivo dibujan un mosaico en el que se expresan las voces testimoniales de los actores protagónicos de aquellos tiempos. Resulta bastante sugestivo tener, por ejemplo, al Sup y a Salinas en el mismo lugar, emitiendo juicios sobre los mismos hechos.

Al historizar cinematográficamente los procesos históricos, Osorno se impica con su “objeto de estudio”; como anota Enzo Traverso, representa un “pasado vivido, con toda la subjetividad que eso implica, que interfiere permanentemente con este trabajo de historización. Y esto tiene implicaciones muy grandes, porque el siglo XX se transforma en un objeto de historia”.1

Los testimonios generan interés porque en el plano anecdótico representan la historia viva de estos grandes procesos políticos. Sin embargo, si bien hay ciertos matices sobre los actores en este documental, podemos decir que se da prioridad a los relatos y a la visión de los dirigentes políticos y las élites, convertidos en los verdaderos sujetos históricos: una narrativa característica de la historia política clásica, que en sus formas discursivas más simplificadas se le llama la historia de bronce. Este tipo de narrativa no sólo se sustenta en los testimonios que utiliza, sino en una idea de la historia particular. En el caso de 1994 como un documental que materializa un discurso histórico, nos preguntamos: ¿qué explicación de los procesos se nos ofrece?, ¿qué se resalta y que se oculta en la narración?

 

El escenario

Un sistema político mexicano nació el día que le volaron la cabeza a un sonorense y murió el día que le volaron la cabeza a otro. Cuando el 17 de julio de 1928 el general Obregón terminó baleado en el restaurante de La Bombilla en San Ángel, el proceso de reorganización política post-revolucionaria se tornó irreversible: el poder político debía reemplazar al poder de las armas.

El camino que siguió la familia revolucionaria y la clase política mexicana estuvo pavimentado con reglas escritas y no escritas sobre el poder político. En 1929 se fundó el Partido Nacional Revolucionario, luego Partido de la Revolución Mexicana (1938) y finalmente el Partido Revolucionario Institucional (1946). En este largo viaje lleno de contradicciones, sus actores acumularon experiencias y poder. En 1982 el sistema llegó a un límite. Las estrategias y modelos económicos cambiaban con rapidez y, para el sexenio siguiente, la forma de hacer política y de pensar la economía ya no estaba en correspondencia con el nacionalismo revolucionario. Después de las crisis económicas, las instituciones del Estado cambiaron y la estabilidad política que acompañaba al régimen se tambaleó en un contexto global distinto.

En 1994 la figura que articula la narrativa es el otro sonorense asesinado: Luis Donaldo Colosio. Su asesinato efectivamente fue la expresión del derrumbamiento del orden político y un golpe mediático de largo plazo. En un país en el que el candidato oficial indudablemente ascendía a la presidencia, se entendió como el asesinato de un presidente. Pero en el documental Colosio es más que eso.

 

 

El mártir de la democracia y el colosiocentrismo

Colosio aparece en los cinco capítulos y es el protagonista de tres: el capítulo sobre su designación como candidato, el de su asesinato y el de las investigaciones e hipótesis sobre el asesinato. En ellos se esboza la trayectoria política de Colosio y su vida familiar. Esta línea se ensancha con los relatos sobre la muerte de la esposa de Coloso, Diana Laura Riojas, en el mismo año.

Colosio es el guía del documental, y aparece como una figura poderosa y atractiva que encarnaba un verdadero cambio en la vida política del país.  Sin embargo, fue su asesinato en Lomas Taurinas, Tijuana el 23 de marzo de 1994 el evento que elevó su figura al nivel de mártir de la democracia.

Osorno ofrece un relato excesivamente admirativo de Colosio, a quien supone en rompimiento con el PRI, como un demócrata rebelde y hasta revolucionario. El evento en el que se consagra esta caracterización es el famoso discurso que Colosio ofrece frente a las masas priistas en la Plaza de la República, siendo observado por el Monumento a una Revolución a la cual el salinismo había traicionado. Se desliza una tesis: si no hubiese sido por el asesinato, la democracia se habría consumado en México.

Sin embargo, es sabido que Colosio sí tuvo alta aceptación popular en distintas regiones, pero no tenía el poder político que sugiere el documental. Ni siquiera pudo ser gobernador de Sonora y estuvo a la sombra de otros priistas, empezando por el Salinas de Gortatri. A pesar de haber presidido el PRI, Colosio era una figura menor frente a Manuel Camacho.

A pesar de la buena documentación y la forma sintética de presentar los misterios sobre el asesinato de Colosio, sigue sin haber una respuesta definitiva. Las contradicciones del interminable caso y los laberintos de las inútiles investigaciones se empalman con la enigmática persona de Mario Aburto. Aunque no se nos ofrece ninguna respuesta, podemos observar los problemas que se desataron tras este magnicidio. Los responsables se deslindan y todo sigue oscuro. Lo mismo con la muerte del secretario general del PRI, Ruiz Massieu. Lamentablemente a este asesinato se le resta importancia, pues el documental —como hemos visto— es bastante Colosiocentrista.

 

 

Lo dicho y lo no dicho

Ante la figura de Colosio y su historia, los demás temas se abordan prácticamente de manera tangencial. Por ejemplo, la figura de Zedillo solo cobra sentido en tanto sustituto de Colosio, sin ahondar mucho en su figura política. Las acusaciones contra Raúl Salinas no pasan del lugar común.

Pero un caso particular es el del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Resulta muy impactante —y satisfactorio— volver a ver a los sujetos de los pasamontañas hablar sobre su movimiento. El pietaje es muy rico, sobre todo los videos del año 1992 en los que se pueden observar a los guerrilleros entrenando. Pero los zapatistas parecieran ser solo un actor colectivo que reacciona frente a la coyuntura.

Osorno pone atención en el poder mediático que tuvieron durante el alzamiento, la persecución y los diálogos para la solución del conflicto. Lamentablemente no se abordan los orígenes históricos de la guerrilla en Chiapas, las formas de organización y alternativas idiológicas que proponían (y siguen practicando), ni las implicaciones de un movimiento indígena armado en un mundo globalizado y neoliberal.

También quedó inexplorado el verdadero impacto mediático que tuvo la guerrilla zapatista en la prensa y la vida intelectual del país. Los zapatistas se comunicaron con el mundo de una forma particular. Como dice Pablo González Casanova: “a las formas tradicionales de comunicación y a la composición acostumbrada de los discursos políticos, los zapatistas sumaron las más avanzadas técnicas electrónicas, verbales, musicales, pictóricas, y nuevas formas de generalizar y de ejemplificar, de explicar, narrar y convencer”.2

Muy al margen de la documentación e investigación existente en torno al EZLN y sus orígenes, 1994 apuesta por la teoría del orígen “camachista” de la guerrilla: es decir, la suposición, actualmente desacreditada, de que los zapatistas fueron una maquinación priista y una válvula de escape para el inquieto y amenazante Camacho dentro de la clase política.

 

Un ejemplo de la teleología de la democracia.

Entre la niebla del Colosiocentrismo —basada en la figura martirizada de Luis Donaldo y los procesos políticos circundantes—, puede vislumbrarse la meta en la distancia: la democracia. El viaje hacia la democracia es un tropo común en la historia contemporánea reciente del país. El motor de esta búsqueda está en la relación entre la sociedad y el sistema político. La muerte de Colosio parece ser tan injusta y lastimosa para el pueblo mexicano porque la democracia estaba en juego.

Este episodio en el largo camino cobra sentido en el contexto de otros sucesos que anunciaban la llegada de un verdadero régimen democrático. Comenzando en 1968 —que también es mencionado por Osorno, porque ningún relato sobre el México contemporáneo está completo sin esa referencia—, pasando por 1988, 1994, 2000 y 2018; este viaje se convierte más en una forma de pensar la historia. Estas y otras ideas han sido tomadas del contenido y discusiones en las clases del Dr. Mario Virgilio Santiago y la Dra. Denisse Cejudo, en la Facultad de Filosofía y Letras, y otros cursos de la misma institución. En específico, ambos historiadores abordan esa idea en una reciente publicación en la que también se discute la historia del tiempo presente: Cfr. “Prólogo. La historia contemporánea y del tiempo presente en México, hipótesis para discutir” en Denisse Cejudo y Mario V. Santiago, Revisitando el movimiento estudiantil de 1968. La historia contemporánea y del tiempo presente en México, México, 2018, pp. 25-263.

Hay un punto de llegada y es la misión histórica de la sociedad lograr una verdadera democracia. Se le puede considerar una teleología de la democracia, que si bien no es explícita en el documental, está implícita en todas las formas de pensar la historia contemporánea de México. Solo queda pensar en qué implicaciones tiene este gran relato, a quienes les sirve, qué deja adentro y a quiénes deja afuera.


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.

Infinitamente Ausentes es una serie de obras impresas en serigrafía con materiales no convencionales como desechos orgánicos o reciclados a través de técnicas experimentales. Las imágenes son generadas a partir de la apropiación de fotografías encontradas en mercados de pulgas y de su álbum familiar, que abordan la nostalgia y el caos que se observa en la postergación de la adolescencia y la falta de madurez en las sociedades contemporáneas. La ausencia de fe, el racismo, la desigualdad de oportunidades, la mediocridad y el desencanto son también temas principales de esta serie que fue desarrollada durante el Programa Jóvenes Creadores del FONCA 2016–2017.

Comunión

Comunión

Cumpleaños

Cumpleaños

La anunciación

La anunciación

Leche y miel

Leche y miel

Primaria

Primaria


Autores
1986. Querétaro, México. Artista miembro del Taller de Serigrafía de la Casa de la Cultura ‘Ignacio Mena Rosales’ desde el 2010. Su trabajo es desarrollado bajo la influencia de la ilustración y la apropiación de la imagen. Cuenta con más de 52 exposiciones colectivas e individuales entre México, Suecia y Bélgica, destacando: Infinitamente Ausentes (Gotemburgo, Suecia, 2018), Entomología Onírica (Bruselas, 2018 / Museo de la Ciudad de Querétaro, 2014), L’enfant gâtè (Museo de la Ciudad de Querétaro, 2015) y El niño perdido (Museo de la Ciudad de Querétaro, 2015) realizadas en su totalidad en serigrafía. Ha sido beneficiado por becas como la residencia artística en Museo de la Acuarela (Nordiska Akvarellmuseet, 2013) en Suecia y el programa Jóvenes Creadores del FONCA 2016–2017; así como del PECDA 2013–2014. Ha sido también coordinador y maestro de talleres de adaptación social: Muralismo (2014) y Cartonería (2015) en Hammarkullen, Suecia, zona de inmigrantes refugiados.

La obra plástica de Silvia Mayoral Molina toma como punto de partida el lenguaje del dibujo y de la pintura. El eje temático se concentra en el tránsito existencial del ser humano, enmarcado por una concepción anecdótica que funge como autorretrato-espejo de acento introspectivo.

La serie Nocturno, aborda el tema del abandono; plantea los conceptos de la soledad, la ausencia y la pérdida. Asimismo, utiliza el ambiente nocturno de un singular insomnio doliente e introspectivo, es una mirada a un segmento de esas estancias existenciales en que se llega a transitar como ser humano.


Caja de sueños

La Espera I

La Espera II

La Espera III

Nocturno I