Tierra Adentro

 

En la pequeña y oscura sala del departamento 506, Esteban aguarda con impaciencia a los papás de Carlitos, un niño de 8 años a quien cuidará por dos días.

A Esteban, los espacios cerrados y oscuros le producen ansiedad, no soporta tener la puerta de su habitación cerrada. Prefiere la completa violación de su intimidad a permanecer encerrado por más de un par de minutos, sin embargo, cuando el debutante de niñero tiene que enfrentarse a lo que más odia, sus dedos índices en automático buscan a sus amigos los pulgares para frotarse una y otra vez, al grado, incluso, de llegar a sangrarse.

La sala es pequeña y no alberga más que dos sillones, una mesita de centro soportando el peso de varios libros apilados, y un par de cortinas negras que cubren todo rayo de luz, haciendo que el joven niñero desee levantarse e ir a su casa, pero se ve obligado a esperar o sus padres lo reprenderían, y él lo sabe

Pasados 5 minutos Esteban se levanta del sofá para retirarse cuando, sin esperarlo, el padre de Carlitos sale de la habitación del niño, le dirige una mirada con un aire de extrañeza. La madre, que hasta hacía unos minutos se arreglaba en el baño, lo inspecciona inquisitivamente.

—¿Pensabas irte? —replica la madre.

Esteban baja la mirada, no sabe qué le causa más ansiedad, si el espacio encerrado y oscuro o la mirada de la mujer.

—Siéntate.

Esteban toma asiento al mismo tiempo que los señores se acercan a él.

—¿Cuantos años tienes, hijo? —pregunta el padre.

—Trece.

—¿No crees que eres muy joven para cuidar de nuestro Carlitos?

—No, señor.

El hombre confía en Esteban. Además de que su madre les habló maravillas de él, es sabido por todos los vecinos del condominio que Esteban no es capaz de matar una mosca ni de robarse nada.

—Bien. Te explicaremos lo que debes de hacer. Ni se te ocurra —dice la mujer, aún inquisitiva— desobedecer.

—Como bien sabes, hijo —dice el padre— Carlitos está muy enfermo y no puede levantarse de su cama. No lo fuerces a hablar, necesita un tanque de oxígeno para poder respirar, entonces es mejor que no lo intentes.

—Lo único que debes hacer es cuidar que no salga de su habitación, supervisarlo. Es un niño y como todo niño quiere jugar, pero no entiende que su situación es delicada —la madre le entrega una tarjeta—. Este es mi número. No olvides llamar si tienes problemas.

—Y… ¿No comerá nada?

—¡No! —exclama la mujer—. Ni se te ocurra.

—Carlitos tiene conectada una sonda, por ahí come. Mira, hijo, te propongo algo. En un par de días será el cumpleaños de Carlitos, si haces bien tu trabajo podrás venir a jugar con él, ¿te parece?

Esteban no piensa en jugar con él ni en conocerlo, lo único que más desea en ese momento es que los dos días pasen volando para ir a su hogar cuanto antes; extraña la luz y los colores chillantes de su departamento.

Antes de marcharse, los padres le indican que puede comer cualquier cosa que haya en el refrigerador, calentarse comida o hacerse palomitas, puede ver el televisor, pero con un volumen muy bajo, y que por nada del mundo puede abrir la puerta de la habitación de Carlitos ni irse a su departamento.

 

Después de esperar lo suficiente como para que los padres regresen por si se les ha olvidado indicarle alguna otra cosa, Esteban abre las cortinas hasta que uno que otro rayo de luz ilumina el lugar, son las tres de la tarde y con las cortinas cerradas parece que fueran las siete o quizás las ocho de la noche.

 

Una combinación de olores satura su nariz, ya lo había percibido desde que llegó al departamento, pero nunca de una forma tan intensa como ahora. Trata de rastrear de donde vienen esos olores, pareciera como si se tratara de carne podrida combinada con aromas frutales. Aunque a veces los aromas frutales se imponen, hay momentos en que la peste penetra con más fuerza sus fosas nasales.

El niñero se dirige a la cocina y empieza olfatear cual perro cazador. Abre el microondas y encuentra un plato vacío. Sobre la estufa todo parece en orden, pero cuando abre el refrigerador y casi se cae de nalgas por el susto. Un plato cubierto con una bolsa transparente resguarda unas patas de cerdo y la mitad de la cabeza. “¡Eso es lo que huele asqueroso!”

Esteban cierra la puerta del refrigerador y justo en el ¡plak! le parece oír ruidos en el cuarto de Carlitos. Se desliza a la sala de la manera más cautelosa posible. En efecto, los ruidos vienen del cuarto. Tal vez se ha despertado. Esteban se queda inmóvil, no desea que Carlitos se asuste por culpa suya, porque ni siquiera sabe si sus padres le avisaron que tendría un niñero.

Esteban, mientras tanto, decide sentarse en el sofá donde los rayos de luz son más intensos, mientras escucha el lento caminar de Carlitos. Esteban piensa que Carlitos arrastra los pies como su abuelo Tino, igual de arrítmico y lento. “Pobre Carlitos,” piensa y se compadece de él por primera vez, piensa en todo lo que se está perdiendo, ya que a esa edad él ya había hecho muchas cosas, como ir a los caballos, al zoológico o cuando su padre lo llevó a conocer el mar.

Carlitos deja de caminar y el joven niñero supone que ha vuelto a la cama. Cuando levanta la mirada descubre una foto familiar en una de las repisas. Carlitos, muy sonriente, está sentado en las piernas de la madre, viste un traje de marinero color blanco con los costados decorados de azul y una gorrita muy simpática. Esteban mira con atención, se siente confundido, Carlitos se ve tan normal que no pareciera estar enfermo, tal vez estaba a punto de enfermarse.

Al volverse a su lugar, tira uno de los libros apilados en la mesita. El chico lanza un quejido por el susto, lo que provoca que Carlitos se vuelva a despertar, esta vez, sus pisadas son un poco más apresuradas hasta detenerse en la puerta.

Esteban está asustado, no sabe qué hacer. Llamarle a la madre o decirle a Carlitos que es su niñero. Está indeciso, pero decide acercarse a la puerta y decirle que no se preocupe, que todo está bien, que sus padres salieron y que él lo cuidará en lo que sus padres regresan.

La respiración dificultosa y pausada de Carlitos distrae de sus pensamientos al angustiado niñero. Esteban recordó a su abuelo Tino; antes de que muriera tenía una especie de cubrebocas que lo ayudaba a respirar, así como Carlitos respira.

—¿Carlitos? S-soy Esteban.

Carlitos no responde, solo se oye su respiración entrecortada y profunda.

—Tus padres salieron, yo te cuidaré solo por hoy y mañana.

Espera respuesta. Se lleva la mano a la frente recriminándose su tontería, pues Carlitos casi no puede hablar y es absurdo que responda.

—No me respondas, sólo te hablo para que sepas que yo estaré…

Esteban se interrumpe al escuchar que Carlitos vuelve a caminar alejándose de la puerta.

El incidente no pasa a mayores, es hasta las siete de la noche cuando Carlitos empieza a mostrarse más inquieto. Esteban procuró encender todas las luces antes de que cayera la noche y se llevó una gran sorpresa al notar que todos los focos estaban resguardados por lámparas que proyectan una luz tenue y rojiza; lo que mantenía el lugar casi en penumbras.

El cuarto de Carlitos también proyecta una luz rojiza muy tenue que se alcanza a percibir por debajo de la puerta,  al igual que dos sombras pequeñas.

—Deberías irte a la cama, Carlitos —sugiere el chico.

Después de un tiempo considerable un trozo de papel es deslizado por debajo de la puerta. Esteban lo recoge y alcanza a leer el mensaje a pesar de la pésima caligrafía.

“Uno sí dos no.”

Esteban no comprende.

—¿Uno sí, dos no? No entiendo.

Carlitos deja pasar unos segundos y da un golpecito a la puerta, deja pasar otros segundos y da dos golpecitos de nuevo. Esteban sigue sin entender.

Carlitos intenta hablar, su respiración parece cansada y entrecortada. Las palaras que trata de emitir se enredan. Esteban recarga la oreja a la puerta para entender lo que trata de decir el pobre niño hasta que un golpe seco en la puerta le retumba en el oído. Esteban grita de susto.

Retrocede unos pasos con las manos en el pecho, en ese momento suena el celular. Contesta, es su madre, le pregunta cómo va su día. No se demoran más de un minuto y cuelga, cuando Esteban voltea hacia debajo de la puerta hay otro trozo de papel. “JA JA”

Esteban enfurece.

—¿¡Te parece gracioso!? —estalla.

¡Toc!

Esteban se queda pensativo. Lo ha entendido.

—Carlitos, ¿estás aburrido?

¡Toc!

Sí, lo ha entendido.

Esteban dibuja una sonrisa en el rostro. Ha olvidado el malestar que le provoca estar en ese lugar encerrado y casi en penumbras y mejor piensa que para poder entablar una conversación con Carlitos tiene que hacer preguntas que se limiten a un sí o un no.

—¿Tienes hambre, Carlitos?

¡Toc! ¡Toc!

“Umm, veamos. ¿qué más puedo preguntar?” Piensa.

—¿Extrañas a tus papás?

Carlitos tarda un tiempo en responder hasta que suena el primer toquido. Esteban está a punto de formular otra pregunta cuando se escucha el segundo toquido.

Hablan un buen rato hasta que dan las 11 de la noche, a Esteban se le empiezan a terminar las preguntas.

—¿Es verdad que dentro de poco será tu cumpleaños?

¡Toc!

—¿Y estás feliz, por ello?

¡Toc! ¡Toc!

—¿Por qué no? —pregunta sorprendido-¿No vendrán tus amigos?

Esteban se recrimina, ha olvidado que la conversación se limita a un sí y un no.

Carlitos no responde, Esteban se culpa, se lamenta con Carlitos, pero ya no hay más respuestas. Sus pasos lo delatan, ha vuelto a la cama.

Esteban se va a la cama culpándose. “Soy un completo idiota.”

A la mañana siguiente bajo la puerta hay un trozo de papel más grande. Las letras son cada vez más difíciles de leer. Esteban sonríe, de pronto el fétido olor reaparece. Esteban corre a la cocina sin soltar el papel, piensa cómo hacerle para que esa maldita comida deje de apestar. Busca por todos los cajones de la alacena y encuentra pastillas aromatizantes, pone dos en cada lado del plato. El olor a frutas  ha quedado impregnado en las yemas de sus dedos y en sus fosas nasales, por lo que lo acompañará un buen tiempo.

Esteban vuelve a leer lo escrito en el trozo de papel. “¿Quieres amigo ser? Reza”.

Carlitos al parecer no se ha despertado, Esteban curiosamente siente ansias para responderle. Se debate en esperar a que despierte o despertarlo, no sabe qué hacer. Da vueltas al asunto hasta que lo decide. Se acerca a la puerta y piensa en la manera más original que se le puede ocurrir, coloca los nudillos en la puerta y ¡Toc!

De pronto, como si Carlitos sólo hubiese estado esperado esa respuesta, se oye que se levanta de la cama, después un estruendo, como de vidrio quebrado. Esteban se ve imposibilitado en preguntar pues Carlitos apresura el paso y en menos de un minuto está parado detrás de la puerta. Su respiración parece agitada, llena de excitación. Carlitos trata de emitir palabras, pero sólo consigue ruidos extraños y guturales.

—¿Estás bien?

¡Toc!

Carlitos le desliza otra nota más, esta vez lo invita a pasar a su habitación, lo quiere conocer. Esteban duda, los padres le indicaron que por ningún motivo debía entrar. Carlitos se impacienta con la respuesta y le desliza otra nota con signos de interrogación. Al no recibir respuestas emite un sonido, de pronto se oyen sus pisadas torpes y aceleradas en toda la habitación hasta que, por debajo de la puerta, le desliza una fotografía. Es Carlitos vestido de marinerito, pero sin sus padres, está dormido en una cama blanca. Esteban la mira con ternura.

—Yo no tengo una foto —se disculpa Esteban.

Sigue pensativo hasta que por fin se decide.

¡Toc!

Del otro lado se escucha un sinfín de sonidos extraños. Carlitos estalla de emoción.

—Pero… ¿cómo entro? Tus papás no me dejaron llave.

No hubo respuesta ni más ruidos de exaltación, ni pasos apresurados.

Esteban se vuelve al sillón a esperar la llegada de los padres, piensa que el deseo de Carlitos por conocerlo se ha frustrado.

Pasan de las cinco de la tarde, los padres están por llegar, tal vez a las siete u ocho. Esteban recibe una llamada de su madre, platican un par de minutos, deja de prestar atención y piensa que de verdad quiere conocer a Carlitos y que si no lo logró hoy, lo hará el día de su cumpleaños.

La llamada de su mamá hizo que no se percatara que debajo de la puerta, Carlitos le había deslizado una nota, ésta dice: “¿Por siempre amigos?” Esteban con una cálida sonrisa responde.

¡Toc!

En un instante aproximadamente, la llave de la puerta es entregada por Carlitos, quien espera con impaciencia la entrada de su amigo. Esteban la toma, duda un poco y piensa en lo peor que podría pasar. Tal vez Carlitos esté enfermo, pero que entre no hará que su salud empeore.

Abre la puerta con cuidado. El fétido olor penetra cual rayo mortal en las fosas nasales y Esteban vomita a un costado de la puerta. La tenue luz rojiza impide que distinga a su amigo. Todas las ventanas están cerradas y cubiertas con cortinas negras, largas y gruesas.

Antes de reincorporarse, a unos pasos de donde ha vomitado ve un cuadro tirado. Lo recoge y lo observa, su rostro, en ese momento, refleja un terror indescriptible, sus ojos parecen estar a punto de salirse. El olor cada vez es más penetrante. Esteban, tembloroso, quita la mirada de la fotografía y frente a él, en la penumbra, Carlitos lo mira con el único ojo que le queda, pero es imposible saber con qué gesto lo recibe Carlitos, ya sea por la tenue luz que poco ilumina su rostro descarnado, o por la poca piel que le cuelga del rostro.

Carlitos da unos pasos, su ropa de marinerito se ve más holgada y vieja que en las fotografías, debido a la poca piel y músculo que le queda a su cuerpo. Esteban jamás hubiera creído, si no lo hubiese presenciado con sus propios ojos, que un esqueleto pudiera caminar, incluso mantenerse de pie sin ayuda.

Esteban se lleva las manos al rostro y grita un par de ocasiones. El niñero intenta retroceder para salir corriendo, pero en el umbral de la puerta ve al padre de Carlitos con un bate en las manos. Justo antes de volver a gritar, recibe un fuerte golpe que le parte la cabeza en dos. Cae fulminado.

 

En la sala, con las cortinas impidiendo el paso de la luz se lleva a cabo una fiesta de cumpleaños. Los padres de Carlitos están muy entusiasmados de que su hijo por fin haya conseguido un nuevo amigo.

Sin embargo, a diferencia de las demás fiestas infantiles, esta es especial. En el centro de la mesa no hay un pastel que degustar, sino un jovencito con la cabeza recién cosida, respirando con dificultad, sus ojos, a punto de salirse de las cuencas dejan escapar un par de lágrimas. Carlitos lo mira con éxtasis. Ambos, a partir de ahora, serán amigos por siempre.

 


Autores
(Ciudad de México, 1991). Sociólogo por la Universidad Autónoma Metropolitana unidad Xochimilco y especialista en género en educación por la Universidad Pedagógica Nacional. En 2010 fue finalista en el I Concurso Internacional de Nano Literatura con la novela corta Un día lluvioso. En 2013, publicó la novela El secreto del tío Edgar en España, posteriormente, en 2015 fue publicada en México. En el 2017, colaboró en la revista Noche Laberinto con el cuento Sentencia.

Corres por la colina con el cabello alborotado. Desde la cima puedes ver el valle. Verdes y frondosas columnas emergen caprichosamente. Criaturas de diversos colores cruzan el cielo azul emitiendo sonidos gloriosos. El aire se siente húmedo y puro. Respiras profundamente hasta que tu cuerpo se colma. La garganta se cierra: no puedes respirar. Caes de rodillas, tomándote el cuello con desesperación. No puedes gritar. Observas cómo todo pierde su forma hasta convertirse en un punto negro.

Despiertas bañada en sudor, jadeas. Te levantas nerviosa y revisas los niveles de saturación del refugio. Normales. Descuelgas del ropero un traje térmico.

Caminas a la ventana y observas el cielo plomizo. Contemplas maravillada esos dedos negros retorcidos que emergen por allí y por allá. Suspiras al ver la bruma verdusca matutina y sonríes al comprender que se trataba de una pesadilla.

Observas la foto que hay sobre el escritorio. Tu padre vestido con su cazadora de siempre. La barba espesa, los lentes, la escopeta colgada al hombro y tú, de dos años, sentada en sus piernas. Los dos ríen como si acabaran de contarles un chiste. Verificas que el dispositivo de almacenamiento esté dentro de la ranura que tienes detrás de la oreja derecha. Tiras de tu lóbulo una vez. Un ligero zumbido te indica que ya estás grabando. Ciudad de México, 17 de septiembre de… Tiras de tu lóbulo dos veces y regresas al ropero. Descorres los trajes, hurgas entre las cajas apiladas. Abres una que tiene “2030” rotulado en la tapa: periódicos amarillentos que saturan tu mente de recuerdos.

Tienes que apurarte, la tormenta ha cesado. Por la noche podrás continuar con la bitácora y, como cada año, releer las notas.

Desactivas la alarma y ajustas tu mascarilla antes de abrir la puerta. Ante ti, veinte cubetas distribuidas azarosamente en el patio, rebosantes de agua. Ha sido una buena noche. Retiras la ceniza acumulada en la malla protectora de cada una de las cubetas y las vacías en la cisterna. Coges la escopeta Winchester calibre 12 que heredaste de tu padre. Te cuelgas del cinturón una bolsa negra y un cuchillo de caza.

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Eliges a uno de los conejos que hay en el corral techado del patio trasero. Quedan nueve. Piensas en alternativas mientras trozas al animal. Guardas las piezas, todavía calientes, en la bolsa negra y la entierras al lado de un árbol petrificado.

¿Habrá más mexicanos?, te preguntas desde el puesto de vigía. Hace diez años que no ves a ninguno. Desde el día en que tu padre y el escuadrón que comandaba fueron emboscados. No me pasará lo mismo, piensas. Apuntas con la escopeta. Disparas dos veces. Recargas. Tu ojo pegado a la mirilla. Otras dos detonaciones. Cuatro biomecánicos yacen en el pasto cenizo. Te acercas y escupes en la maraña de alambres blancos desparramados.

Con el rabillo del ojo observas a un niño que baja por la colina.

—¡Oye! —tu corazón late con fuerza, la mascarilla se empaña. Lo sigues hasta el centro de la ciudad. En el camino matas a tres biomecánicos más. El niño se mete a una casa sin puertas.

Dos ojos negros se asoman por la ventana. Apenas superan el borde. Tiene el pelo cenizo; las mejillas morenas, libres de petequias. Es solo un niño. Probablemente generó una especie de inmunidad, como los conejos, reflexionas.

—¡Oye! —le vuelves a gritar, acercándote lentamente. El niño abre la boca y emite un ligero tic-tac. Disparas. Un trozo de ventana se desmorona. Tic-tac. Disparas de nuevo. Tic-tac. Te hincas, recargas. Colocas la culata de nogal sobre tu hombro derecho. La mano izquierda sostiene el cañón de acero forjado. Tic-tac. Controlas la respiración y aprietas el gatillo con fuerza. Los ojos desaparecen. Te acercas sin dejar de apuntar al cuerpo exangüe del niño. Su cara ha sido sustituida por un gran hoyo del que cuelgan alambres blancos.

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—¡Ey, por aquí!

Volteas empuñando la escopeta. Es un hombre joven, sin mascarilla. Le apuntas a la cabeza.

—¡No, por favor! Soy inmune, como los conejos —suplica, cubriéndose el rostro. Te acercas. Le revisas la boca, los ojos, los oídos.

—Sígueme.

Ajustas los niveles de saturación, activas la alarma y entran a la casa. Te quitas la mascarilla, te acomodas el cabello y te secas la cara.

—Los niños son los más peligrosos. Mis padres murieron cuando intentaron ayudar a uno.

Lo miras: sus ojos transmiten tristeza.

Platican mientras cocinas al conejo. Él tampoco ha visto a más mexicanos. Le muestras tus archivos, tus mapas. Comen. Abres una botella de tequila. Se miran.

El humo del cigarrillo se impregna en las sábanas. Su cuerpo tibio y desnudo descansa a tu lado. Arrojas la colilla y retiras el revolver del buró. Verificas que esté cargado y apuntas a la cabeza del hombre. No puedes correr riesgos… Disparas.

Sangre y trozos de carne se deslizan por tu rostro. Ya no hay duda: ahora sí eres la última mexicana.

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Los últimos mexicanos fue publicado originalmente en el número 43 de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso.


Autores
(Ciudad de México, 1977) Cursó el diplomado de “Literatura fantástica y ciencia ficción” en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Ex alumno de Sogem, de la EME y de la Universidad de Edimburgo. Sus cuentos han sido traducidos al inglés, francés e italiano. Ha sido jurado en concursos literarios, coordinado antologías e impartido conferencias, tanto nacionales como en el extranjero, sobre lo fantástico, el terror y la obra de Emiliano González y H. P. Lovecraft. Es director de Penumbria, revista fantástica para leer en el ocaso y su libro más reciente es Anímula, historias diminutas soñadas por Madame Vulpes (BUAP, 2018).

Ilustrador
Elsa Rangel
Ilustradora y artista visual emergente originaria de la CDMX. Egresada de la Licenciatura en Diseño Gráfico y de la Maestría en Animation Concept Art. Se especializa en storytelling y la creación de mundos y personajes mediante técnicas análogas y digitales. La estética de su obra puede ser descrita como una experiencia visual onírica inspirada por la cultura mexicana, el rock clásico y la oscuridad.
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Si ustedes llaman CDMX a este sitio, ¿por qué yo no habré de llamar Monsi a Carlos Monsiváis? Es cierto que ambos hipocorísticos son de mal gusto, pero resultan efectivos para devenir marca registrada, y hacen que me pregunte, además, en qué momento esas cuatro letras resultaron el corolario de lo que fue (¿o sigue siendo?) la Ciudad de México.

 

De paso me gustaría saber qué significan dichas cuatro letras. ¿Será una clave para hackear una ciudad codificada? ¿Un nombre que de tan incluyente (por aquello de la equis), niega a la ciudad con su hermetismo? Pero ¿qué hay de aquella otra ciudad llamada «México», a secas, hace apenas diez años, que concentraba lo ininteligible del resto del país?  Denominada con la sinécdoque ranchera que nos caracteriza, la ciudad recibió este nombre por parte de aquella provincia pre-freudiana con que fantasea todavía el capitalino; un nombre que terminó desbordando las fronteras marcadas en la división política de los mapas escolares.

 

¿Es posible entonces nombrar de otro modo lo que Carlos Monsiváis tradujo durante la gestación de Apocalipstick? Traducir una ciudad no es forzosamente narrarla. La traducción implica un movimiento distinto —a contracorriente, tal vez—. Al traducirla algo se pierde, eso que la ficción puede inventar o tratar de un modo más distanciado. La crónica, en su intención, exige al cronista estar pendiente de la ciudad y sus variaciones temporales, de las mudanzas del caos, de la coreografía diaria que ejecutan quienes viven en ella. Monsi eligió la crónica para traducir esta ciudad. La crónica es el espejo al que debe la pregunta de si logrará la metrópolis verse reflejada. Y si lo logra —ahora me pregunto yo— ¿qué vería?

 

Por mucho tiempo la capital del país fue, para mí, una ciudad a la que se venía de ida y vuelta. Nunca un paradero. Por aquellos días yo tenía doce años y nuestra estancia en ella era breve, duraba acaso un fin de semana. Ese tiempo rendía lo suficiente para pasear en Chapultepec, conocer museos y exposiciones, revisitar Coyoacán (¡siempre Coyoacán!), comer en los alrededores del centro histórico, perder un par de horas en los traslados del metro y volver a la TAPO, cansados pero paseados, para tomar el autobús que nos llevara de regreso a Puebla. Este itinerario lo realizamos como una especie de viaje a la semilla, a los orígenes de aquello que creíamos que era la Ciudad de México. Después crecí y los viajes se redujeron a uno por año. O menos. Ya no nos importaba visitar los mismos lugares, y salir de esta zona de confort en una ciudad tan grande resultaba agotador, cuando no irrelevante. Podíamos decir, con total suficiencia, que conocíamos la Ciudad de México. No hacía falta involucrarnos demasiado, en todos lados era lo mismo: caos, imprudencia, jaleos, ojos que miraban todo menos los míos.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

¿Por qué, entonces, puede gustar tanto la Ciudad de México, si pareciera que ya la conocemos? Para mirarse (es decir, para saberse Ciudad de México, o México, o capital imitada de un país inimitable) hace falta que alguien la mire y quiera venir. Y venga, se mude y confine sus esperanzas, su sed aspiracionista, en los departamentos compartidos por diez personas también con metas compartidas. Porque estas diez personas sí vinieron y, tal vez igual que yo, la conocieron de paso alguna vez y se imantaron con esas memorias metonímicas. Quizá quedaron deslumbrados porque, para ellos, aquí estaba todo lo que falta allá afuera.

 

«El centralismo paga sus malevolencias y desmesuras con las masas que descienden de camiones y trenes y aquí se quedan, porque la idea del regreso al pueblo es más ardua de soportar que el desarraigo.»

 

El capitalino dirá que la provincia es más mocha, y quizá sea cierto. Pero también imita a la capital en otras cosas, sobre todo en el supuesto progreso e inclusión de dientes para fuera que ostenta esta última. Otra farsa deviene en la especulación inmobiliaria que se aferró a la tragedia del 19 de septiembre pasado. Si le creemos a Monsiváis, Miguel Alemán abre la puerta de su gobierno al otro cáncer que oferta como oasis a la ciudad: el capitalismo. La exaltación de la metrópolis encuentra su origen en aquellos primeros días de tensión políticoeconómica. Después de la Revolución mexicana, en el país entero se establece un rumbo distinto que definirá hasta hoy la idea distorsionada de progreso. El capitalismo da un rostro a la ciudad, «arrasa con las tradiciones pueblerinas» en palabras de Monsiváis. Puebla aún se divide por medio de la moral: la asistencia de centros nocturnos va a la baja dado que el centro se ha gentrificado. La Ciudad de México, por su parte, ya ni siquiera reclama un espacio para la perversidad maquillada por cúpulas.

 

El centralismo varía dentro de sus propias contenciones, aunque no como quisiéramos quienes no vivimos aquí. En enero de este año, el gobierno encabezado por un paciente López Obrador, propuso la descentralización de instituciones y servicios. Antes de esta decisión, lo que llegaba a la provincia no era más que el eco del acontecimiento, que encontraba su epicentro mediático en la capital. Cuántas veces hemos escuchado a aquellas caravanas cegadas por el oasis cosmopolita justificar su nomadismo diciendo que acá está lo «mejor», que vale la pena sacrificar el hogar para «crecer», para «superarse» y demás plática aspiracionista.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

¿Cuándo será el día que renunciemos a ese fenómeno llamado Chilango Dream, que, como su par gringo, hace de México un rancho? Quizá deban pasar otros diez años para que la catástrofe presagiada en este libro suceda: que México desaparezca tal como lo conocemos. Monsiváis leyó la historia del país en décadas. Para él, el «tiempo mexicano» no se mide por sexenios, sino en múltiplos de diez. Cada década representa un movimiento telúrico en el rocoso panorama nacional. Esto sucede de forma más evidente «en la capital de la República, en la nación donde el Centro dicta el comportamiento que diez años más tarde la provincia interioriza».

 

Como mexicanos, a fuerza de precisión en las fechas, hemos ganado lamentablemente un instrumento de medición que se ha vuelto nuestro particular cronómetro del derrumbe. La CDMX, y el resto del país, se renuevan cada 19 de septiembre. En vísperas de ese día la ciudad concluye su era y conoce una distinta. Así lo prueba, por ejemplo, lo dicho por Monsiváis sobre la Vecindad (con mayúscula, pues se trata de un arquetipo que prefigura la especulación inmobiliaria que padecemos ahora). El terremoto del 2019 terminó simbólicamente con las vecindades, los edificios viejos, las casonas que pertenecían a la historia de una ciudad que devino metrópolis, para dar paso a la gentrificación. La hegemonía capitalista desvela el rostro que, quizá, sea el atractivo actual de esta ciudad: el del caos con valor por metro cuadrado.

 

La nostalgia revestida de humor monsivaisiano también forma parte de las ruinas de aquella preCDMX. Con su alharaca particular, Monsiváis recupera en décadas la Ciudad de México. Por eso hoy, ni antes ni después, hoy es necesario reflexionar sobre el devenir (y quizá la debacle debido a la contingencia ambiental de las últimas semanas) de la capital de nuestro país. Diez años después de la publicación de Apocalipstick, el caos de la ciudad sigue siendo la única forma de individuo, «nunca antes tantos habían sido tantísimos». ¿Cómo reconocerse en la foto de Spencer Tunick, postal de los últimos tiempos? Cualquiera que la vea y lea el libro podría decir “Yo soy aquel; esta es mi tía; mira qué bien salieron los abuelos”, y nadie tendría argumentos para contradecirles. Sin embargo, pocos destacan en la masa, pues el anonimato es el rostro de esta ciudad. Pero también es un arma de doble filo. Es cierto que a Tunick lo quiso censurar Felipe Calderón, detrás de quien estuvo en todo momento durante su campaña Vicente Fox, principal responsable del desafuero perpetuado en contra de López Obrador. En ese tiempo los simpatizantes de AMLO abarrotaron las avenidas más importantes de la capital para exigirle al gobierno que repensara el desafuero contra su líder. En esa marea de gente (por desgastar aún más la metáfora empleada en algún rincón del libro) valdría preguntarse, como ahora, quince años después, ¿cuántos caben en un chingo? Aquellos que lograron colarse en la multitud insatisfecha asistieron a la marcha, en palabras de Monsiváis, para «imprimirle un contenido ético a su presencia».

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

La perspectiva benjaminiana ajusta la historia a sus variantes y repeticiones. En enero de 2019 Andrés Manuel López Obrador llega a la presidencia del mismo modo en que lideró la Marcha del Silencio: en medio de una aglomeración de cuerpos que querían ser testigos del sismo —esta vez político— que cada cierto tiempo marca la historia de México. La historia del desafuero contra AMLO prefigura nuestro presente. La ausencia de justicia —la corrupción como factor intertemporal— da paso al loop histórico-político del que no habíamos podido salir hasta hace seis meses. La multitud que marchó hombro con hombro con AMLO, en favor de la justicia y el voto libre, encuentra ahora un segundo aire, pues «sostiene en todo momento (…) un código ético y político, en este caso el derecho a la libre emisión del voto y a la democratización de las oportunidades, más el hartazgo ante la marginalidad política y la impunidad de los poderosos».

 

La portada de Apocalipstick muestra a unos encuerados perdidos en el anonimato de la carne. Gracias a las crónicas de Monsiváis, la metrópolis logró mirarse finalmente en un espejo de cuerpo entero por el que se preguntaba este último. Si, como advierte el mismo Monsi, muy pronto llegará el día en que busquemos gozar, paradójicamente, de nuestros 15 minutos de anonimato, entonces también estemos pendientes del día en que la ciudad al fin se despueble. ¿Quién se atrevería a refutar la sugerente utopía de un centro deshabitado?


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Te encuentro a la orilla de la cama
con la boca fría,
la mirada expuesta:
una afirmación del miedo.

 

La escasez del agua nos matará.

 

Quemas tanto a la expectativa
y descubres tu cuerpo.
dejando en mi vientre el vacío de tu cintura.

 

Susurran sobre el caos que se avecina.
Tus piernas tienen la longitud de la ausencia
imposible calcularla a base de suspiros.

 

Vivimos la sequía más larga del siglo.

 

Y yo, acostumbrada al abandono,
soy la voluntad que resguarda las sábanas,
su origen está en mis ojos por causa tuya.

 

Estamos en crisis.

 

Hago de este cuarto un lugar habitable
para los de tu especie
como renunciación a toda forma
que me aproxime a lo humano.

 

Soy río
y la humedad en las paredes
se vuelve insoportable.
Hablas del agobio
mientras afuera hay sed.
Dejas la llave abierta cuando no estás:
el agua se filtra por el suelo.

 

Soy agua bajo el agua,
dentro y encima,
los objetos que llevaron tu nombre
flotan esperanzados.

 

La sequedad en las calles
anuncia la miseria.
El olvido es el rostro del pueblo.
Ya todos se dirigen al mar.


Autores
Ha participado en exposiciones colectivas como Galería XXVI en 2015, Campo de Orquídeas 2da. Edición en 2016, Irreconocible en 2017 y Sigue la Patria en 2017. En 2019 presentó su primera exposición de pintura en solitario <emVariaciones de lo íntimo. Parte de su obra poética se encuentra en la antología de poesía 10 balas por ediciones El Viaje publicada en 2017; así como revistas y medios electrónicos, algunas de ellas son Engarce, DADA, El Humo, Revista Levadura, Revista Marcapiel, entre otras. Fue becaria Interfaz ISSSTE 2017 en poesía y del verano de la Fundación para las Letras Mexicanas en 2018 también en poesía.

 

Though this be madness, yet there is method in it

No hace mucho leí un titular del periódico El Universal que rezaba “Millennials, dispuestos a pagar altos costos por vivir en zonas céntricas”. “Millennials” es el nombre que un coro de mercadólogos y filósofos pop han decidido darle a la generación de gente nacida, más o menos, entre los inicios de la década de 1980 y el 2000. Por supuesto, es una etiqueta que busca homogeneizar un grupo de personas que no está exento de las desigualdades transversales al paso de los años, e invisibilizar a las clases sociales que no encajan en el concepto como grupo de consumo, pero que también ha sido objeto de reapropiación por parte de los etiquetados con fines de denuncia social. No obstante, el consenso parece ser todavía uno: se trata de una generación defectuosa de origen; arruinada por la comodidad de la tecnología y la relativa bonanza económica de sus padres, la cual ellos, por su parte, son incapaces de igualar, a causa (se asume) de su ineptitud para ajustarse a la vida; de una locura aún sin clasificar que los lleva a pagar altos costos por vivir en zonas céntricas, o a viajar en vez de comprarse una casa, o a preferir una y otra vez lo efímero a lo perdurable, la inestabilidad a los cimientos. Corrijo: que nos lleva. La fecha arbitraria de mi nacimiento me coloca dentro del radar de disparo de los opinadores; no soy un modelo de emancipación: vi las Torres Gemelas de Manhattan caer cuando estaba en la secundaria, mi humanidad en estado larvario tuvo como ruido de fondo la época de oro de Walt Disney. Cumplí cinco años, por ejemplo, cuando se estrenó en cines El rey león.

 

Neither a borrower nor a lender be

La historia es conocida: Mufasa, el león rey de la sabana africana, es traicionado por su hermano Scar, quien lo asesina arrojándolo a una estampida de ñus, usurpa el trono y exilia al príncipe Simba, apenas un cachorro. Simba crece en el exilio, donde vive con una suricata y un jabalí; mas un día debe volver para enfrentarse a su tío, quien gobierna un reino empobrecido en complicidad con una manada de hienas, para derrocarlo y tomar su lugar como legítimo rey.

Hace poco volví a esta historia, esta vez en su versión teatral, consecuencia de un reciente proyecto de reciclaje narcisista emprendido por Disney. No pude, veintitrés años y numerosas dioptrías después, obviar algo de lo que tenía conocimiento, pero en lo cual no pensaba: El rey león es en realidad la historia de Hamlet, ópera magna de William Shakespeare. Que se sepa, esta influencia isabelina nunca ha sido reconocida por Disney, sin embargo es evidente; por lo demás, advertir la intertextualidad —¿el plagio, el cover?— resulta extemporáneo: la película fue hecha para el niño que fui más que para el adulto que soy.

Como sea, en la relectura de Hamlet, me fue imposible eludir la cascada de equivalencias: Mufasa es el rey de Dinamarca que, tras su muerte a traición, se aparece en forma de espectro; Simba no es sino el príncipe Hamlet; Scar es la versión felina del tío Claudio (no por nada, desde su estreno en Broadway la obra requiere para el papel del desaliñado león de melena negra a un actor con experiencia en teatro shakespeariano).

La historia se desenvuelve en paralelismos: el tío se sienta en el trono mientras el heredero huye: al exilio literal, en el caso de Simba, y al exilio metafórico, el del pasmo y la indecisión, en el caso de Hamlet; hacia el final de la historia, ambos príncipes enfrentan al usurpador, aunque el desenlace se bifurca en favor de esa histeria colectiva que busca suministrar a la infancia la mayor cantidad posible de finales felices: Simba derrota a Scar en la batalla climática y sube triunfante a la Roca del Rey, mientras que Hamlet muere tras consumar la venganza. En el primer caso, se produjo una secuela —cuya trama, para aderezar la paranoia, contiene reminiscencias de Romeo y Julieta—; en el segundo, el silencio.

T.S. Eliot dijo en un arrebato de abstracción que el mundo moderno podía dividirse entre la influencia de Dante y la influencia de Shakespeare. Se entiende que ni Walt Disney ni nuestros cinco años estaban listos para una versión animada de los nueve círculos del Infierno.

 

Intermedio

En la universidad tuve un maestro de francés al que se le desbordaba la materia: quién sabe si padecía episodios de altruismo pedagógico o si poseía tantos conocimientos que necesitaba desalojar en voz alta su cerebro para hospedar otros nuevos; el caso es que, de las cinco sesiones que el programa le asignaba a la semana, ocupaba siempre la última para enseñar saberes alternativos —así fue como aprendí, por ejemplo, algunos balbuceos en latín—. Por aquel entonces, yo no había leído a Shakespeare; quizá lo había leído a manera de menú de comida extranjera, asiéndome de las dos o tres palabras que se entienden para deducir el sentido general y, sobre todo, buscando ilustraciones. Uno de los temas de esa asignatura fantasma de los viernes era la historia antigua de Francia, que iba más o menos así:

En los tiempos en que Julio César mostraba inclinación por ir, ver y vencer, las Galias se habían convertido ya en una provincia romana. En la región de Auvernia lideraba el noble Celtilo, un dechado de virtudes, quien tenía a su vez un hermano, Gobanición, que significa “herrero” en galo, por lo que no sabemos si era éste su nombre o su apodo. Lo que sí sabemos, decía el profesor de francés, es que una gran cicatriz le surcaba el rostro, lo cual muy probablemente tuvo algún efecto triste e inmerecido en la formación de su carácter. Era dato conocido que Celtilo no simpatizaba con César, mientras que Gobanición era prorromano; el primero estaba desventajosamente bien educado, mas no así su hermano, quien atizó una conspiración entre los aristócratas para acusarlo de traición, arguyendo que planeaba restablecer la soberanía de Auvernia. A Celtilo lo quemaron vivo; Gobanición se ganó el favor del César.

No obstante, antes de arder, a Celtilo le había dado tiempo de dejar un hijo, Vercingétorix[1], a quien Gobanición, por supuesto, exilió. Éste se refugió en los bosques con los carnutos, otro pueblo galo liderado por el sacerdote druida Gutuater, quien lo educó y lo formó como el guerrero que más tarde reuniría a las tribus galas antirromanas en una alianza de resistencia, en cuyo jefe se convirtió.

Con ayuda de sus dos aliados y mejores amigos a la vanguardia, Vercingétorix venció a los romanos que habían entrado a Carnutes y despejó el camino hacia la ciudad. Ahí combatió a su tío y más tarde al propio Julio César; en ambas ocasiones, sin embargo, fue derrotado. El emperador le perdonó la vida y lo conservó encarcelado en Roma durante siete años hasta que quizá se aburrió de la certeza de su existencia y lo mandó estrangular. Su premio de consolación fue llegar a ostentar, con los siglos, el título de primer líder de Francia y algunas esculturas ecuestres espolvoreadas por aquel país.

Como puede adivinarse, la historia está llena de coincidencias que no pasaron inadvertidas para aquel maestro, quien no creyó necesario marco teórico ni evidencia bibliográfica alguna para alfabetizarnos en la seguridad de que El rey león y Hamlet no son sino meras diluciones en dos aguas diversas de la conquista de las Galias.

 

This above all: to thine own self be true

Es una casualidad, sin duda, pero una casualidad insurrecta, con pretensiones de fantasía, que Simba haya sido héroe de nuestras infancias. Las de mi generación, quiero decir. La irresolución de Hamlet convertido en león toma fuerza para venir a encarnarse en la generación que vio su historia en el cine, en 1994.

Al millennial se le acusa de vivir una adolescencia extendida. Ahora bien, Shakespeare nunca se ocupa de mencionar la edad del príncipe Hamlet, sin embargo tradicionalmente lo interpretan actores treintones o cuasitreintones. Es sólo el inicio de la coincidencia. Desde el comienzo de la obra advertimos que entre él y otros personajes adultos media un vacío generacional, que, aunque tiene sentido, da la impresión de no ser del todo natural; nadie parece querer considerarlo un adulto, sino más bien un adolescente tardío, un hombre en la ancianidad de la adolescencia: no está listo para reinar.

En paralelo, el exilio de Simba se convierte poco a poco en la postergación voluntaria de sus obligaciones. No se hallan tan lejos de la imagen acústica del millennial, un timorato engreído que se asume rescatador del mundo mas no abandona la casa paterna, hordas de humanos sobreeducados pero incapaces de integrarse al mundo real. Profetas involuntarios fueron aquellos romanos que vencieron a Vercingétorix y que acuñaron la palabra “adolescens” para referirse, no a los adolescentes (un concepto posterior a Shakespeare), sino a las personas menores de treinta años. Vivimos, como Hamlet, una adolescencia prolongada, en su caso por el ninguneo deliberado de su tío y su comportamiento que a los otros conviene mantener en el espectro de lo infantil, y en el nuestro por un sistema económico que impide la emancipación. Porque eso es, y no otra cosa, lo que delinea las, para algunos inexplicables, características del millennial. Resulta muy cómodo y muy tranquilizador diagnosticar un problema de actitud generacional antes que aceptar que existe un problema social y de desigualdad económica que afecta a gente de todas las edades, pero que se normalizó para recibirnos. El Hamlet contemporáneo estudió más que su tío, sin embargo a cambio de su trabajo tiene un poder adquisitivo considerablemente menor que el suyo; no sorprende que dude a la hora de tomar su lugar.

 

Otra coincidencia, no sé qué tan al margen.

Mientras Simba, en El rey león, pasa su juventud en el exilio, hay un personaje que, por el contrario, vive en carne propia la decadencia del reino. Se trata de Nala, una leona a la cual Simba conoce desde la infancia. Es ella quien, años después, sacará a Simba del limbo y lo orillará a enfrentar su destino.

El fotógrafo norteamericano Gregory Crewdson realizó en 2008 una serie de imágenes que llamó Beneath the Roses; la colección incluye una fotografía titulada llanamente “Ophelia”, a su vez una reinterpretación de la homónima del pintor John Everett Millais, quizá la más famosa ilustración de la muerte de la pretendiente no correspondida de Hamlet: en un trance casi alucinógeno de despreocupación (más bien un limbo de demencia, cruzado el umbral del sufrimiento), Ofelia cae de la rama rota de un árbol y flota, indiferente, en la superficie del agua, hasta que el peso de sus ropas se la traga y la ahoga. A diferencia de la pintura de Millais, el montaje de Crewdson no muestra un escenario de maleza, sino una típica casa suburbana inundada, en medio de la cual yace el cuerpo de una mujer: el personaje ha sido transplantado del semisuicidio a la destrucción, y, en vez de que la causa de muerte sea el desdén de Hamlet, lo es el contexto de lo que vemos en la foto: una aterradora normalidad.

La desolación capturada por Crewdson nos es más familiar que el delirio de la Ofelia shakespeariana, como quizá lo sería para Nala bajo el gobierno gangrenoso de Scar. La Ofelia contemporánea, la millennial, es víctima y testigo de una cotidianidad hostil. En el musical de Broadway, antes de abandonar el reino en busca de ayuda, Nala lo dice mejor:

Shadowland
The leaves have fallen
This shadowed land
This was our home
The river’s dry
The ground has broken
So I must go.

Si el usurpador Claudio le preguntara por nosotros, en lugar de por Hamlet, la reina Gertrudis contestaría de nuevo que nos hemos vuelto locos, nos hemos vuelto locas, “como el mar y el viento cuando rivalizan por ver cuál es el más poderoso”.

Locura: gastar hasta setenta por ciento del propio sueldo en rentas, comer demasiado fuera de casa, negarse a tener descendencia en la misma medida que las generaciones anteriores, huir de un empleo en vez de eternizarse en él con un horario fijo, priorizar lo inmediato a la estabilidad. Los hijos del milenio parecen contestar como Simba y sus amigos Timón y Pumba: “hakuna matata”, esa filosofía de la indiferencia a la que podría adscribirse Hamlet cuando les confiesa a Rosencrantz y Guildenstern que su demencia no es sino un disfraz, una distancia autoimpuesta respecto a los demás; El Universal utiliza el adjetivo “dispuestos” donde debería decir “obligados” por la precarización y la centralización del trabajo, por el transporte público dejado a su suerte en favor de la industria automotriz; porque la inestabilidad no la prefiere, sino que se la han impuesto; porque no es que no quiera tener hijos, sino que apenas le alcanza para sí mismo. Por eso se hace el loco; por eso elige postergar la hora de subir a la Roca del Rey y enfrentar a Scar, a Claudio, a Gobanición y a Julio César, todos ellos vástagos mimados de épocas menos hostiles; por eso va y se compra un latte de cincuenta pesos: para que todos lo llamen demente; para que nadie advierta que en el fondo algo está podrido en Dinamarca, en la sabana, en el mundo contemporáneo.

Si la generación que nos precedió —la de los ídolos suicidas, la de la rebeldía doméstica— encuentra el avatar de su adolescencia en las de Romeo y Julieta, las huestes millennials son Hamlet y Ofelia, no sin un poco de pesar.

 

Hakuna matata

En una escena emblemática de El rey león, bajo la cúpula estelar sin nubes, Mufasa, padre de Simba, le explica a su cachorro que “los grandes reyes del pasado nos miran desde las estrellas”. Veo la escena por enésima vez, y ahora no sé si se refiere a una manada de felinos ancestrales o a los reyes de Dinamarca —los asesinos, los usurpadores, los herederos—, a los reyes de una Francia que aún no tenía ese nombre —los conquistadores a los que veintisiete puñaladas impidieron coronarse, los traidores, los derrotados— o a otros reyes cuya existencia nadie registró pero que participan de este loop de las historias que se repiten a sí mismas a lo largo de los siglos como si la novedad fuera una rémora evolutiva que más vale sacudirse. Simba aprende, para luego ir a desaprender en la vida —su amigo Timón le explicará que las estrellas no son sino “luciérnagas que se quedaron pegadas en esa cosa negra de allá arriba”—. En nuestras cabezas galopa una y otra vez el coro de la canción, “sin preocuparse es como hay que vivir”, como recordándole a Hamlet que, si ya todo está podrido, cualquier preocupación es un lujo y una necedad.

 


 

[1]  Tampoco de él sabemos si tenía otro nombre, puesto que Vercingétorix es en realidad la combinación de diversas partículas en lengua gala o celta, a saber: uer- (gran), kinguéto (guerrero), y -rix (rey), lo que podría traducirse, un poco al vuelo, como “el gran rey guerrero”.


Autores
(Estado de México,1989), escritor y traductor, es autor de Señales de vida (Fá Editorial, 2015). Fue editor de la revista digital La Hoja de Arena y, en el periodo de 2013 a 2014, becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) en el área de novela. Alterna la escritura y la traducción con la docencia.
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.
Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

En la Alameda Central todas las formas
del olvido y del agua
están presentes;
desde sus malecones imprevistos
puedo medir la soledad atlántica.
Abigael Bohórquez, “Canción de la Ciudad de México bajo la tormenta y de la lluvia sin Laura”.

 

Si es cierto aquello de que no podemos bañarnos dos veces en el mismo río, es igual de cierto entonces que no es posible atravesar la misma ciudad dos veces. Dicha afirmación corre el riesgo de sonar a chapuza, sobre todo si el recorrido a través de la urbe se realiza con premura, con descuido y bajo el fuste de la prisa y la costumbre.

Sin embargo, la máxima atribuida a Heráclito cobra significado cuando atravesamos la ciudad de forma lenta, pausada, y reparamos en sus detalles: no es la misma de ayer y, de más está decirlo, no es la que será mañana: Dios (o el Diablo, escoja usted) está en los detalles.

Una marcha lenta, un paseo y la enumeración minuciosa, detallada, siempre sorprendida y sorprendente (casi con torpeza, diría Georges Perec) de lo que ahí se ha alcanzado a apreciar, es lo que podríamos definir como la “labor” (sic) del Flâneur, aunque me resulta más cómodo el término “botánico del asfalto”, que Carlos Monsiváis acuña y encarna a la perfección en su Apocalipstick (2009).

Afirmaba José Alvarado Santos en “Meditación de un transeúnte”:

[…] porque en sus aceras transcurrieron, en años pasados, momentos felices de su vida, momentos de los que arranca para siempre su destino de transeúnte distraído, y supuso que la cuna del suyo propio puede ser un buen escenario para las consideraciones acerca de los ajenos.

Mucho meditó acerca de las flaquezas humanas que elevan a los mortales a cimas gloriosas o los hunden en abismos profundos y, naturalmente, negros, y en uno de los vericuetos de su divagación tropezó con el recuerdo de una figura que puede servir de ejemplo para toda explicación acerca del humano destino1.

 

Si bien la figura a la que se refería el autor de Visiones mexicanas (1985) no era la de Monsiváis, podría adecuarse al autor de Por mi madre, bohemios, quien, tal vez más que nadie, recorrió las calles de la Ciudad de México con afán observador y extrajo de ellas la esencia de esta, casi sublimada, para presentárnosla en brevísimos tratados unas veces, otras tantas en forma de ensayos más caudalosos, aunque siempre con un toque de ironía y mordacidad.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

 

Como pocos supo explotar la riquísima veta que es la Ciudad de México, monstruo de agua y concreto que se destruye constantemente para levantarse una vez más, distinta de como se fue a dormir.

Porque Monsi lo supo siempre: donde entra una ciudad bien podemos meter otras cincuenta (y no en el sentido espacial y tortuoso que parece regir el cupo de los vagones del metro), sino en las múltiples lecturas que hagamos de esta; todo cabe en un ensayo sabiéndolo acomodar.

Tal como una ciudad es la urbe (así, monstruosa, unidad indisoluble vista desde lejos) pero también sus calles, casas y edificios (o sus definiciones, como diría el propio Monsiváis) Apocalipstick es un artefacto narrativo que bien pudiera leerse como un ensayo de largo aliento, una crónica de los días inamovibles o bestiario urbano de semificción; catálogo de aforismos, epigramas (con su respectiva miel y su aguijón) o la transcripción de las voces de un coro anónimo citadino que habla y habla, pero nunca se sabe cuándo empezó ni dónde acabará.

Porque en la obra de Monsiváis, muy a la usanza de Pedro Páramo (1955), las voces de los vivos y los muertos se intercalan con agilidad en el discurso, casi con sabor a psicofonía, y ayudan a apuntalar todavía más el ritmo sabroso que sostiene toda su obra.

Mapeo de sus obsesiones y temas predilectos, Apocalipstick es también el registro del cambio de una ciudad con el andar de los años, un catálogo de instantáneas que rastrean el zeitgeist y su lenta mutación al paso de los tiempos. Sólo alguien con su mirada puede reconocer, y documentar, la lenta e inexorable transformación de la “Parranda” en “Reventón”, diseccionar el paseo por las calles y explicar cómo devino en recorrido por el mall más cercano.

Bajo la pluma de Monsiváis, los vasos comunicantes entre el boxeador y la estrella pop, el cantinero y el sacerdote, se dibujan precisos y tan claros que uno piensa que ya los había notado antes, aunque no haya nada más alejado de la realidad.

¿Dónde yace la diferencia, si es que la hay, entre el observador contumaz, analítico, y el voyerista? Quizá, en caso de existir, reposa, una vez más, en los detalles, en lo que se produzca con lo extraído casi a hurtadillas del fenómeno observado. O, en todo caso, en el aprehender dicho fenómeno, aunque sea por un instante. Y para Monsiváis, que se reconocía observador, aunque peligrosamente cercano al voyerista (visual y auditivo) la única condición para renunciar a esa capacidad observadora era que se le permitiera tocar lo que miraba.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

Cortesía Museo del Estanquillo. Colecciones Carlos Monsiváis.

 

 

Afortunadamente para nosotros sus lectores, la ciudad, siempre espejismo de sí misma, es inalcanzable, es el perro que se sacude los pelos cuando ya estábamos a punto de terminar de contárselos y hay que volver a comenzar. No se toca enteramente lo que no se comprende, y lo que no se comprende no puede morir, permanece inalcanzable en su calidad de anhelo.

Así, pues, Apocalipstick, como el resto de su obra, es solo el testimonio (menuda cosa, sin embargo) del hombre que quiso observar todo y no lo logró; bitácora del caminante citadino, del filósofo de la variedad de tipos humanos y sus oficios y manías. Para Monsiváis funciona más no estar en contacto directo con el objeto de admiración, sino verlo a través de la ventana, para dejar el resto a la imaginación.

Porque para él, el fenómeno de observar al humano en su condición más pura (esto es, justamente, cuando no se siente observado) se asocia más al chisme que al análisis sesudo, aunque los resultados que nos proporcionó tengan muchas más seriedad de la que él mismo quiso hacernos creer.

Si para Walter Benjamin los grandes hombres dan mayor peso a las obras inconclusas que a las que ya ostentan un punto final, Monsiváis fue, sin duda un gran hombre, porque reconocía siempre, implícitamente, en sus escritos, que lo suyo fue siempre un mero acercamiento a lo que en realidad deseaba expresar, que lo que él deseaba atrapar no se entiende bajo el cautiverio de la palabra y siempre encuentra el modo de estar fuera del discurso.

Como botánico del asfalto, destinado a perseguir especies sin cuerpo, flora urbana que se marchita apenas nace, se conformó con dibujarlas a través de la observación y verterla en su amplísima obra: con eso se quedó. A nosotros, afortunadamente, nos quedan sus libros, donde todas las formas de la memoria y la identidad mexicana están presentes.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
Altar de la esquina del movimiento. Irving Cabello.

Gracias a los sonideros existe la música en la calle. Todo comenzó con alguien encargado en amenizar el pachangón. La historia se remonta a la década de 1940 a 1950. En esa época, el historiador y antropólogo, Oscar Lewis, en su libro Antropología de la pobreza ya menciona a un director de orquesta que le pone música y sabor a un cumpleaños. Eso sucedió en la colonia Morelos (Barrio Bravo de Tepito), en una vecindad de la calle Panaderos.

“Había soñado con alquilar el tocadiscos y los discos para bailes semanales, como hacían algunas personas en las vecindades grandes”, se puede leer en aquella obra publicada en 1959. Desde entonces, el sonidero (hermanastro del sound system de Jamaica y del DJ neoyorquino ligado al hip-hop) ha coexistido en nuestra cultura popular, en el bailarín o la bailarina que llevamos dentro a la hora de escuchar salsa, cumbia y demás ritmos afroantillanos.

La principal tarea del sonidero sigue siendo, tras más de seis décadas, la misma: complacer a su público con ritmos tropicales. ¿Cómo? Haciéndole oír temas que toquen el corazón. Su tradición así lo dicta, como la famosa Dinastía Perea del Peñón de los Baños, “La Colombia Chiquita” de la Ciudad de México; cuyos protagonistas, don Pablo y Manuel, se aventuraron a viajar por discos de su música favorita al Continente Americano y el Caribe. Cuando lo hicieron no se imaginaron que influenciarían a otros para hacer algo similar.

Las melodías que introducían a su gente se volvieron piezas representativas del movimiento sonidero: “Así son”, de Los Neutrales; “Eres mentirosa”, de Los Mirlos; “El hijo del guaguancó”, de The Latin Brothers; “Plegaria”, de Rodolfo Aicardi.

El sonidero también es conocido por mandar saludos muy folclóricos. En los primeros años solo iba dirigido a la festejada o festejado, pero al convertirse en un locutor del barrio desempeñó la función de vía de comunicación que unifica a las amistades y la familia con quienes cumplen sentencias en la cárcel, con el amor platónico de toda la vida, con los que se encuentran lejos de casa, o incluso para quienes recuerdan a sus seres queridos que ya no están con ellos.

De fiesta callejera en Tepito. Irving Cabello.

De fiesta callejera en Tepito. Irving Cabello.

Y si alguien dice ser un sonidero de verdad, se le reconoce por su pasión y conocimiento musical. Así, estos personajes que vienen de abajo trascienden a leyendas; ya sea porque viajan por las carreteras en sus tráileres, con sus equipos de luz y sonido para montar el baile en cualquier rincón del país, o porque siempre permanecieron como gurús del ambiente sonidero, sin ir más allá de los límites de sus barrios.

Otro fenómeno importante se percibe en los clubes de baile. Ahí la comunidad gay y transexual se convirtió en algo esencial del movimiento sonidero, el cual se ha expandido por gran parte de México y los Estados Unidos (la raza mexicana recuerda sus lugares de procedencia al escuchar cumbia, guaracha, salsa).

También las mujeres han tomado un espacio para poner música y mandar saludos; tarea que en los últimos años ha hecho el colectivo Musas Sonideras, teniendo como referencia a doña Guadalupe Reyes Salazar, Sonido La Socia, la primera mujer sonidera del país, oriunda de una de las vecindades más populares y con más memorias del Barrio Bravo: la Casa Blanca.

Entre 1970 y 1990 es considerada la época de oro del movimiento sonidero  gracias al auge que tuvieron los ritmos tropicales durante la decada anterior (1950-1960). La gente que se enamoró de esa música comenzó a coleccionar discos y a reproducirlos en celebraciones a las cuales asistían porque eran los invitados especiales. Hoy en día, la movida sonidera sigue vigente en los sectores populares y, a pesar de que un inicio la esencia del sonidero era la apropiación del espacio publico, este se ha visto mermado por la violencia y marginalidad, y por quienes lo consideran peligroso. El ambiente, a consecuencia de eso, se ha refugiado en salones de bailes, y muchos recuerdan con nostalgia sus orígenes en las vecindades, donde estos dioses del barrio lograron transformar las calles en pistas de baile.

SONIDO PANCHO Y LA ESQUINA DEL MOVIMIENTO

Inició en 1968 cuando doña Panchita, madre de los siete hermanos González, compró una consola. Un día se la rentó a una vecina de su misma calle (Pintores, de la colonia Morelos), quien tenía un XV años en la vecindad marcada con el número 4. De esa forma, Francisco, “Pancho”, el hijo mayor de Panchita, inició la carrera de “La Máquina de la Salsa” (así se le conoce a Sonido Pancho, ya que al Barrio Bravo se le considera cien por ciento salsero, y porque había una amistad con Polymarchs, “La Disco Máquina”, uno de los sonideros más reconocidos de música disco y Hi-NRG).

—En un principio los sonideros no acostumbraban tener nombre. Esto era un hobbie y nuestro sonido se dio fortuitamente, a partir de esos XV años. De ese día en adelante mi hermano Pancho se encargó de amenizar fiestas en diferentes vecindades de Tepito —comenta Jesús Chucho de 50 años, el actual encargado de “La Máquina de la Salsa”, y el hijo menor de doña Panchita.

Jesús González, líder del Sonido Pancho.

Jesús González, líder del Sonido Pancho.

Una de las razones para que Sonido Pancho iniciara tuvo que ver con que a los González les gustaba la música tropical y conseguir acetatos que datan de los cuarenta a los sesenta.

—Por la gran popularidad del cine de rumberas y porque algunos cubanos se mudaban a México, mis hermanos empezaron a coleccionar música de La Sonora Matancera —recuerda Chucho, sentado frente a su computadora donde hace mezclas y arreglos de canciones.

Para la década de los setenta, cuando la movida sonidera se desbordaba por distintas colonias de la Ciudad de México, Sonido Pancho vio cómo las celebraciones dentro de las vecindades se trasladaban a la calle (ya era mucha la gente que gustaba bailar canciones tropicales). Así, y gracias a los González, nació La Esquina del Movimiento, un baile callejero popular del Barrio Bravo.

—Fuimos de los primeros en hacer algo así. El baile duró de 1985 a 1995. Inició en el cuadro que hacen las calles Pintores y Alfarería —describe Chucho, rodeado de cuadros religiosos, consolas, viejos tocadiscos, vinilos, libros y reconocimientos que el ambiente sonidero o algunas estaciones de radio le han dado.

—¿Por qué le pusimos así? Porque antes toda la calle Pintores era la arteria donde pintaban coches y siempre había mucho meneo. Entonces adoptamos un tema de La Sonora Matancera llamado “La esquina del movimiento” —cuenta—, sin embargo el baile acabó porque las autoridades comenzaron a limitarnos por los pleitos y la delincuencia. Ya no era pura gente de aquí la que formaba la rumba. Venían de la Guerrero, la Peralvillo, La Merced y otros barrios céntricos, donde igualmente se organizaban bailes. También tuvo que ver que tocábamos en otros lados, y no únicamente en Tepito.

Altar de la esquina del movimiento. Irving Cabello.

Altar de la esquina del movimiento. Irving Cabello.

Sonido Pancho se ha presentado en gran parte de Estados Unidos, ha participado en festivales como el Vive Latino (2015), ha llevado su estilo chilango-tropical a España (2015), e incluso apareció en la película mexicana de 1976 Chin Chin el teporocho (adaptación del libro que escribió Armando Ramírez en 1972).

—La participación en Chin Chin el teporocho se dio porque Armando Ramírez es vecino; él es tepiteño —menciona Chucho, mientras parte de su equipo de trabajo arriba a su hogar, y se prepara para salir por la noche a Tlalnepantla, Estado de México—. Lo de España vino después de la participación en el Vive Latino. Ahí conocimos gente de aquel país que nos invitó a una especie de intercambio cultural. Allá tocamos como antes, con discos de acetato. Nos presentamos junto a un picotero, que son los sonideros colombianos.

Algo que ha caracterizado a Sonido Pancho es que ha tenido diferentes locutores a lo largo de su trayectoria. La batuta de mandar saludos se la han pasado entre familia y amigos. Pero los dos locutores que más recuerda la gente son Gustavo Serrano (Sonido Jasso La Voz) y Jorge Romero, “La Voz del Barrio” (Sonido Berraco). No obstante, Chucho, desde 1985, después de que sus hermanos El Inglés y Morusas estuvieran al frente, ha sido el responsable de seleccionar la música.

—El primer locutor fue mi hermano Pancho, pero al casarse se alejó del sonido. Después mis otros dos hermanos se encargaron del sonidero; solo que a nosotros nunca nos ha atraído el asunto de la locución —aclara Chucho, dejando saber que lo de él es ser un gran conocedor de música tropical, que eso viene de familia.

"Don Chucho", el encargado de la música del Sonido Pancho.

“Don Chucho”, el encargado de la música del Sonido Pancho.

Por eso mismo, comenta, quien sigue con la historia de este sonidero (uno de los más conocidos en todo el país) sabe que la tarea del locutor no es algo sencillo, y que se da poco a poco.

—Lo que hace a un buen locutor es que conozca a la gente, que sea inteligente para recordar los nombres de las personas que van llegando al baile. Mientras más facilidad se tenga en memorizar, es más sencillo desempeñar la locución. También algo muy importante es darle un estilo propio, con el caló del barrio —dice Chucho.

Hoy Sonido Pancho es considerado por sus fans una escuela que formó locutores y próximos sonideros.

—Trato de transmitirles mi experiencia a los nuevos locutores —explica Chucho, mientras voltea a ver a su sobrino Osvaldo (Disco Móvil Osvi), de quien dice, tiene un don para reconocer canciones—. Esta tarea no la puede hacer cualquiera. Quienes han estado con nosotros saben de música y se adaptan al estilo que manejamos.

En cuanto a la labor que “La Máquina de la Salsa” desempeña, introduciendo artistas y canciones nuevas, asegura Chucho: “Hemos traído salsa, cumbia, entre otros ritmos. Hacemos eso para consolidarnos en el Peñón de los Baños, Aragón y otros sitios importantes del movimiento sonidero, como también lo es el estado de Puebla. Incluso, muchas de las canciones que se han convertido en éxitos no han sido gracias a la radio. Eso ha sido gracias a nosotros, los sonideros, quienes nos empeñamos en traer algo inédito”.

Chucho sabe que los tiempos han cambiado, que el Internet ha facilitado todo y que ahora muchos sonideros cuentan con música desconocida (tanto vieja como contemporánea). Hoy  simplemente con un clic se puede descargar un centenar de melodías. Aun así, Sonido Pancho, gracias a la gran trayectoria y los contactos que tiene por distintos lugares del país y el extranjero, ha sabido mantenerse en el gusto del público con clásicos del género tropical, como también con nuevos temas que le hacen llegar artistas que comienzan sus carreras.

Reconocimiento a Sonido Pancho por su trayectoria.

Reconocimiento a Sonido Pancho por su trayectoria.

—Actualmente hemos trabajado con artistas jóvenes de Republica Dominicana, quienes por supuesto ya saben de lo importante que son los sonideros mexicanos para ellos —finaliza Chucho, y reproduce algunos saludos que esos cantantes le han hecho llegar vía WhatsApp.

DISCOS MEDELLÍN, EL TESORO DEL AMBIENTE SONIDERO

Desde hace cuatro décadas don Manuel Pérez García, de 60 años, es el dueño de Discos Medellín. La tienda se localiza en la colonia Morelos, en el local 7 de la calle Aztecas 79.

Don Manuel, aparte de amar y vivir de la música tropical, practica la santería y es un sabio de los ritmos afroantillanos. Él, en un horario de diez de la mañana a seis de la tarde, recibe a sonideros que se especializan en salsa, cumbia, guaracha, son montuno y guaguancó. Mantiene visible en su negocio uno de los lemas más conocidos del Barrio Bravo: “Tepito existe porque resiste”.

En Discos Medellín se venden CDs, vinilos, mp3 y artículos relacionados al movimiento sonidero. Cuando don Manuel no está atrás del mostrador, ambienta fiestas y eventos bajo el nombre de Sonido Medellín.

—La tienda la comencé yo solo, pero ya sabes que cuando uno está chavo anda en la fiesta. Así conocí a mi cuate Javier Lemus, quien en aquel tiempo tenía su sonido llamado Medellín —narra don Manuel, en el interior de su guarida donde se pueden ver sombreros colombianos (vueltiao), cuelgan en sus paredes una playera de Héctor Lavoe, cuadros de santeros y de Ismael Rivera; imágenes de Willie Colón y el Grupo Niche, y flyers de bailes sonideros.

Manuel Pérez García, dueño de Discos Medellín.

Manuel Pérez García, dueño de Discos Medellín.

—Mi local tuvo muchos nombres: El Universo de la Salsa, Discos Géminis, La Crema de la Salsa. Pero eso cambió cuando mi amigo y yo comenzamos a convivir más, nos volvimos como uña y mugre: yo lo acompañaba a las fiestas con su sonido y él me ayudaba en la tienda. Nuestra amistad se hizo más grande y acordamos que él iba a ser Sonido Medellín y yo Discos Medellín.

Pero don Manuel, antes de involucrarse de lleno en la movida sonidera, era restaurador de muebles antiguos y hasta trabajó en la aduana de la Ciudad de México. Sin embargo, desde que era un niño, gozaba de la música tropical andando por las calles del Barrio Bravo, donde siempre ha vivido.

—Un día, de chamaco, descubrí a Sonido Casa Blanca, gracias a una canción que se titula “Pan de coco”, de Los Caballeros de Colón —comenta el dueño de Discos Medellín, después de atender a uno de sus clientes que pregunta por una chamarra sonidera que había encargado—. Ese tema hasta se convirtió en un himno tepiteño.

Actualmente, y como lo fue “Pan de coco” en alguna época de Tepito, don Manuel ahora menciona a artistas como Mariño, quien junto a Kike Maracas, por el cariño que le tienen al Barrio Bravo, le han dedicado canciones como “Barrio salsero”.

La composición da a conocer que la zona céntrica de la Ciudad de México no únicamente debe de ser señalada como peligrosa, sino que debe tomarse en cuenta que de su entorno han surgido futbolistas (Cuauhtémoc Blanco); boxeadores (Raúl “Ratón” Macías, Octavio “El Famoso” Gómez); escritores (Armando Ramírez); personajes picaros (Lourdes Ruíz, “La Reina del Albur”, Arturo Ayala Plasencia “El Tirantes”); o los sonideros que le dan una idiosincrasia musical (Gloria Matancera, Casa Blanca, Puma, La Changa, Pancho y muchos más).

Igualmente recuerda que, en los años setenta, a quienes podían considerárseles como verdaderos ambientadores (así les llamaba antes a los sonideros), solían ser personas que se desempeñaban como radiotécnicos; ellos sabían darles uso a los equipos de sonido. Un claro ejemplo, expone don Manuel, fue Sonido de Macario, quien acostumbraba rentar sus consolas para diferentes eventos y celebraciones en Tepito.

Un hecho que influyó para que la movida sonidera de Tepito creciera, expone don Manuel, se debe al trabajo que realizó Sonido La Socia en la década de los cincuenta, en su vecindad Casa Blanca. Ella se caracterizó por tocar la música de La Sonora Matancera, de quienes popularizo muchas de sus canciones, y hasta llegó a tener una entrañable amistad con el maraquero y corista de esa agrupación cubana, Carlos Manuel Díaz Alonso “Caito”.

—Hoy en día se reconoce a Sonido La Socia por ser el primer sonidero comandado por una mujer —afirma don Manuel, mientras ecualiza la bocina que tiene afuera de su local, donde tiene sonando música tropical durante toda su jornada de trabajo— Ramón Rojo, Sonido La Changa, antes de ser el más famoso y reconocido de todos, era bien bailador y le ayudaba a La Socia a acarrear su equipo de una fiesta a otra.

Además, indica que antes de que Sonido La Changa se conociera por toda la nación y viajara alrededor del mundo, sonidos como Gloria Matancera fue uno de los pioneros y de los más importantes del Barrio Bravo.

—Gloria Matancera es un sonido de los clásicos, de los de vecindad y sin estar mande y mande saludos. Esa es la diferencia con La Changa, quien se encargó de expandir la movida sonidera tepiteña, hasta el punto de ya ser considerado como un negocio hoy en día.

El concepto de mandar saludos por parte del sonidero, dice don Manuel, inició cuando llegaron los micrófonos al ambiente, y los locutores empezaron a felicitar a quienes cumplían años, se casaban, etcétera. Por eso mismo, considera el dueño de Discos Medellín, antes, en las primeras olas de personas que se involucraban y se daban el tiempo para crear sus sonidos, eran más profesionales.

La galería de Discos Medellín. Irving Cabello.

La galería de Discos Medellín. Irving Cabello.

—Las nuevas generaciones son más estudiosas; por eso saben el momento perfecto en donde mandar saludos —reconoce don Manuel—. O hasta llegan a hacerles historias a las salsas románticas, para que sean más llamativas.

Uno de los maestros de don Manuel, como el de muchos otros, fue don Pablo Perea (cabecilla de la Dinastía Perea). “Esta leyenda que comenzó a introducir música tropical al país junto a Manuel”, comenta el dueño de Discos Medellín con un semblante serio. Pablo le daba recomendaciones, y le decía dónde conseguir música en más países. Sobre la tradición de viajar por distintos lugares del continente americano y el Caribe para hacerse de música, revela don Manuel, hasta hace apenas más de un año solía hacerlo. No obstante, con el incremento del dólar, ya no ha vuelto a salir de México.

Un motivo más para que parte del ambiente sonidero haya decaído en los últimos años es que la era digital que aniquiló la competencia que existía entre los sonideros a la hora de conseguir canciones nunca antes escuchadas en México, al momento de traerlas desde lugares que casi nunca revelaban, e incluso ocultando el nombre real de la melodía, y tapando el título que aparecía en la etiqueta del acetato, cuando decidían hacerla sonar en sus tocadiscos, lo cual provocaba que los otros sonideros que también se presentaban, debían contar con algo inédito, nunca antes escuchado.

—Los sonidos se han convertido en empresas, ve el espectáculo con el que cuentan y el gran número de gente que convocan —contrasta don Manuel, recordando las épocas donde ayudaba a los sonideros para sentirse parte del ambiente, aun cuando no recibía ninguna remuneración y únicamente gozaban de las canciones y el baile.

Mientras tanto, Discos Medellín, el tesoro más valioso de don Manuel, seguirá recibiendo a cualquier interesado en este mundo.

Don Manuel Pérez y el tesoro del ambiente sonidero.

Don Manuel Pérez y el tesoro del ambiente sonidero.

—Continuaré distribuyendo música a un setenta por ciento de los sonideros. Haré eso aquí en Tepito, en más zonas de la Ciudad de México y en diferentes rincones del país y el extranjero.


Autores
Javier Ibarra (1987): Nació en la Ciudad de México. Escribe y hace periodismo de forma autodidacta. Colabora para distintos medios del país. Gran parte de su adolescencia la vivió en Santa Catarina, Nuevo León, donde tocó la batería en algunas bandas de hardcore punk. Junto algunos de sus amigos editó el fanzine literario-musical Punkroutine, con el cual obtuvo el Programa de apoyo a publicaciones impresas Raúl Rangel Frías 2015, de CONARTE Nuevo León. Actualmente vive al norte de la CDMX. En la tercera edición del Premio Nacional de Periodismo Gonzo, organizado por la editorial Producciones El Salario del Miedo fue mención honorifica con el texto Ciudadela: máquina del tiempo vuelta rumba. Su primer libro de crónica se llama Una tragedia en tres acordes. Historias desde el moshpit (Producciones El Salario del Miedo/CONARTE, 2018).

Ilustrador
Irving Cabello
Del asfalto de la Ciudad de México del 88, navegando entre sus grietas bajo la charola de periodista, siempre con una lente lista para enfocar, dedico mi tiempo a buscar historias. Tengo en mi trabajo documental un canal de desfogue y una identificación con sus actores, identificación que me ayuda a comprenderme a mi y a mi generación dentro de la sociedad contemporánea.

Una in(útil) guía del k-pop

Escribo esto mientras “Kill this love” suena en el fondo, el sonido ominoso de una trompeta sale de los altavoces de la computadora. La pieza se va construyendo con la adición de percusiones y la voz de una chica que anuncia “BlakPink in your area”. Los versos en coreano se entrelazan con palabras y frases en inglés para formar una lírica pegajosa e impronunciable. La canción ha roto todos los récords que se le han puesto enfrente, ha tomado puestos importantes en listas como Billboard Hot 100, se ha colado los charts de Reino Unido y alcanzado el número uno en distintos países, todo esto tras ser lanzada hace poco más de un mes.

La mayoría de las personas se sorprenden cuando, a lo largo del mundo y de la CDMX, estaciones de radio reproducen la canción. Los cibernautas miran las listas de récords de páginas como Youtube solo para descubrir que 5 de los 10 videos musicales más vistos en las primeras 24 horas pertenecen a agrupaciones coreanas. Cada vez más y más personas usan mercancía que lleva estampada los nombres de EXO, Twice, Got7, Wanna One, Dreamchatcher o BTS.

Así es, el k-pop está entre nosotros y no tiene intenciones de ir a ninguna parte. Puede parecer que se trata de una incursión reciente, de un movimiento que nos alcanzó hace poco, pero en realidad se trata de un acercamiento paulatino que comenzó en 2013 (Moinar, 2014; 159) y que ha conseguido su punto máximo entre los años 2017 y 2018.

El movimiento denominado como “La ola coreana” ha conquistado fronteras inalcanzables para muchos sectores del entretenimiento y ha consolidado una de las industrias más importantes de los últimos años. Porque el k-pop no es un género musical, sino una industria conformada por aproximadamente medio centenar de empresas especializadas en entretenimiento (Gendler, 2017; 2), las cuales se encargan de la formación de artistas multidisciplinarios conocidos como trainee, los cuales enfocan todo su tiempo para convertirse en idols. La proyección extranjera consolidó el poder de masa del k-pop con niveles de venta que aumentan cada año, “en el año 2015, se llegó a los 354 millones de dólares según un estudio realizado por la KOTRA (Oficina Comercial de Corea) y la KOFICE (Korea Foundation for International Culture Exchange)” (Hurtado Olmos, 2016; 4).

A pesar de su denominación como pop coreano, el género principal de la industria es el hip-hop, el cual se inserta dentro de la mayoría de las canciones mediante desarticulaciones que dan paso a las formaciones de rap —la mayoría de los grupos cuenta con, al menos, un rapero—, de igual forma, suelen combinarse una infinidad de géneros musicales que van desde el pop latino hasta el rock japonés.

El k-pop, en su mayoría se trata de agrupaciones coreográficas que suelen conformarse a partir de los cuatro integrantes y que pueden llegar a sobrepasar los diez, como es el caso de LOONA o Seventeen; sin embargo, también existen bandas o solistas. Es este proceso de marketing lo que suele diferenciar a los grupos coreanos de los grupos pop del resto del mundo. Los artistas k-pop suelen contar con dos enfoques: uno local y uno internacional. El primero se rige dentro de la construcción de la imagen del idol, condiciona su pensamiento, su forma de hablar y hasta de sentir, lo que los identifica como lo mejor de la ciudadanía coreana. El segundo es la manera en que los grupos son promocionados o acercados a los mercados musicales de otros países.

En la actualidad no es extraño notar la inserción de lenguas como el inglés o el español en las canciones coreanas, si bien la adición del primero no es nada nuevo, cabe destacar que el interés por el español ha ido en aumento en los últimos años y se expresa en la adición de pequeñas frases o palabras, como ocurre en las canciones de KARD, a las colaboraciones con artistas latinos como es “Otra vez“, canción interpretada por el grupo k-pop Super Junior y la agrupación mexicana Reik. Incluso se ha llegado a la elaboración de covers completamente cantados en español como “Ahora te puedes marchar” interpretada también por Super Junior.

Otra de las técnicas de marketing se encuentra en la construcción de conceptos interactivos dedicados a la elaboración de narrativas en universos alternos que permiten a los grupos contar una historia a través de sus videos, los cuales mantienen atentos al fandom mediante el uso de pistas a lo largo de la carrera del grupo, lo que convierte cada lanzamiento en una especie de juego detectives. Uno de los casos más notorios de la actualidad, mas no el único, es el de BTS, que basa su narrativa en Demian, una novela de Hermann Hesse.

No se puede demeritar la importancia del k-pop en su alcance, ni en su constitución mercadológica o en el trabajo requerido para poder tener éxito dentro de la industria —sin embargo, temas como la explotación laboral, la estructura económica, la cultura del fandom y las exigencias estéticas de los idols deberán quedar pendientes para otra ocasión— no cuando grupos como BlackPink han alcanzado más de 800 millones de visitas en su video DDU-DU DDU-DU, o cuando agrupaciones menos reconocidas como MAMAMOO comienzan a ganar subtítulos al español en sus videos. Puede que para las personas que se encuentran solo en las periferias de lo que implica el fenómeno de “La ola coreana” todo esto les parezca algo reciente y de poca importancia, una moda pasajera que en algún momento llegará a su fin, pero en la realidad este fenómeno lleva tanto tiempo entre nosotros que se ha vuelto parte de nuestra vida diaria.

Este no tan repentino boom producido en torno a las producciones coreanas ha dejado al descubierto al gran número de fanáticos que son capaces de ignorar cuestiones básicas como el idioma, la edad, el género, la cultura y la diferencia horaria. Personas que salen a la calle con tenis de edición limitada de su grupo favorito y que han aprendido a decir oppa y saranghaeyo, siendo en la mayoría de los casos chicas adolescentes, descritas principalmente como ruidosas, que realizan dance covers incluso sin saber bailar y memorizan canciones en una lengua que no terminan de aprender a pronunciar. Este, por lo general, es el sector visible de los fanáticos, aquellos que sin temor a las represalias sociales —las que tarde o temprano se hacen notar— se entregan al amor desmedido por una persona que vive a medio mundo de distancia.

 

Ser fan = Ser infantil
Cabe destacar que, si prestamos atención, podremos notar que más de una persona en esta horda de fans tiene barba y su IFE, —porque aún se llamaban así cuando realizó el trámite— mostrando la edad suficiente para haber votado ya en un par de ocasiones. Es esta parte del fandom, de cualquier fandom en realidad, la que suele recibir toda la atención, la cual es negativa en mayor parte. El fanatismo nunca ha sido bien visto y su connotación, tanto en los ámbitos históricos como sociales, es peyorativa. La edad suele ser otro de los factores determinantes de esta connotación pues parece que, entre mayor te vuelves menos derecho tienes a ser fanático de algo.

Juan Soto Ramírez en su texto Las modas culturales, publicado en 2015, habla sobre esta situación, refiriéndose a ella como “Infantilización Cultural” y, aunque no puedo evitar estar de acuerdo en muchos de sus puntos —sobre todo en lo que concierne al capitalismo y al existir en una sociedad “enajenada”— debo diferir ante su tratamiento de aquellos que él denomina “adultos niño” y la forma en la que se insertan en la sociedad. Soto Ramírez considera un “adulto niño” a toda persona que no se comporte ni se encasille dentro de los marcos sociales establecidos, a toda persona que, al rebasar la marca de la adolescencia, siga teniendo aficiones.

El adulto niño es capaz de nutrirse de gloria o las penas de su equipo de futbol, de su ídolo musical a quien le rinde tributo desmedido, de su escritor preferido a quien defiende a ultranza, etc. Ser un adulto-niño en la cultura no es poca cosa. El precio que se paga por ello tiene costes políticos, económicos, legales, culturales, ideológicos, etc. (Soto Ramírez, 2015; 137)

El discurso de Soto Ramírez se vuelve una oda a cómo los tiempos antiguos eran mejores, en la que desmerita la libertad de expresión y tacha de infantiloide a la necesidad de entretenimiento. Se vuelve Owen Wilson en Media noche en París, lamentando cómo la sociedad del consumo ha detenido el avance sociocultural, económico y político, ya que nos abstraemos al grado de ignorar toda responsabilidad. No voy a negar que parte de la idea central del discurso de Soto Ramírez tiene un peso importante como para ser ignorado, la época moderna corre sobre el desinterés, el derroche y el hedonismo, es una realidad con la que se convive todos los días y sería imprudente intentar encubrirla.

Sin embargo, también encuentro imprudente de su parte, y la de autores como Paco Gómez Nadal y todos aquellos que defienden esta visión unilateral del discurso sobre infantilización, el colocar a todos a la fuerza dentro de un mismo molde y después señalarnos con el dedo. De esta forma tampoco pretendo negar otro hecho tangible: hay de fanáticos a fanáticos. Siempre existirá alguna persona que sobrepase los límites de lo sano, que le quite la parte inocente y vuelque su vida a un determinado tema. En el caso específico del k-pop, estos fanáticos extremistas son denominados sasaengs. Se trata de personas que convierten el fanatismo en obsesión, desarrollan un fuerte sentimiento de posesión sobre su ídolo, al grado que, no solo los acosan, sino que ha habido intentos de secuestro o persecución.

La negatividad acarreada por estas personas suele contagiar a todo el fandom y lo que generaliza etiquetas y visiones sobre los fanáticos. Pero así como existen individuos cuyo nivel de abstracción con respecto de la realidad que lo rodea ha llegado a puntos críticos, también existen personas conscientes del lugar que ocupan y de sus responsabilidades como miembros funcionales de la sociedad.

Por norma general todos nos hemos burlado de una persona por ser fanática de algo. Y es por eso que solemos ocultar nuestras pasiones, nuestros gustos culposos. Por fuera permitimos que se muestre parte de nuestra personalidad, la parte que tiene más posibilidades de encajar dentro de los patrones estandarizados de lo socialmente correcto, y mantenemos un perfil bajo en torno a aquello que podría tacharnos de infantiles, con todos los puntos negativos que eso implica. Después de todo, caras vemos, playlist no sabemos. Es casi seguro que todos tenemos un conocido cuyo fanatismo se oculta entre sus listas de recomendaciones de Spotify, su galería y las paginas a las que da “me gusta” en Facebook.

 

El otaku malinchista

En el caso de que se pueda dejar de lado esta creencia que infantiliza a personas y actividades —volviéndolas inaceptables para determinadas edades— los gustos personales se enfrentan a un choque cultural. Cuando las visiones culturales y sociales de Occidente y Oriente se encuentran, no suelen hacerlo de buena manera. Los ideales y forma de vida de uno se contraponen en relación con las del otro. Los estereotipos se corrompen y alteran al grado de que las visiones generales de cada uno parecen irreconciliables. Incluso cuando existen múltiples puntos en los que superficialmente parecen coincidir con nuestra cultura, como lo son la imposición de roles de género, una mentalidad religiosa y una sociedad tradicionalista, no hay mucho más allá que desarrolle lazos que vinculen a ambas culturas. Aspectos básicos como los estereotipos de belleza son invertidos de forma agresiva de un extremo al otro del planeta.

Al no ser capaces de conciliar estas diferencias, se recurre al rechazo y la burla en torno a aquello que no se puede entender. Las personas que logran dejar de lado las primeras impresiones, aquellas que en lugar de desagrado o repulsión experimentan interés, se ven encasillados en el molde de otakus y los que se atreven a llevar esta fascinación un poco más lejos son clasificados como malinchistas. Tal parece que habitamos en una sociedad que pretende ensimismarse, que prefiere regodearse en sus carencias en lugar de solucionarlas y que ignora visones diferentes. Pero aun así existe esta interacción. Es gracias a esto que existen grandes sagas de anime dobladas al español, que algunos canales de televisión se dediquen solo a la emisión de doramas, o que los grupos de k-pop puedan obtener certificaciones de oro o platino en países de América Latina.

Aquello que suele generar más “desagrado” con respecto a la industria del k-pop es, sin lugar a duda, la apariencia de los integrantes de los grupos, los llamados idols «son una especie de versión asiática de los bellos elfos nórdicos de J.R.R. Tolkien» (Moinar, 2014; 161). Ellos trasgreden el canon occidental de belleza y lo llevan un poco más allá con el uso de maquillaje, cabello colorido, vestimentas estrambóticas y coreografías que desafían los límites de la coordinación humana. Es por su aspecto que comienza la lluvia de comentarios negativos, pues se asume que los cantantes y bailarines de esta industria solo son bien parecidos y que carecen de cualquier talento artístico. Si bien es cierto que no todos los que debutan tienen el mismo nivel de habilidades, también es cierto que todos los aspirantes a idol se enfrentan a un entrenamiento multidisciplinario que no se compara en nada con la formación de los artistas occidentales.

Los idols son cantantes, actores, modelos, compositores, letristas, bailarines y conductores. Están moldeados dentro de los estándares más altos de disciplina y moralidad. Son el ejemplo a seguir de una gran porción de la población joven de Corea del Sur y múltiples países en Asia. Su formación y trabajo, sin caer en la exageración, sobrepasa por mucho la de la mayoría de los artistas occidentales.

La cultura coreana exige una vigencia constante, es debido a esta demanda que los grupos de k-pop sacan material cada pocos meses —desde una canción especial hasta un mini álbum— lo que implica conciertos y promociones en programas musicales. Aun así, enfrentan múltiples críticas. Los occidentales cuestionan su capacidad vocal, sus habilidades de danza, y sienten frustración debido a la tendencia experimental que conlleva el permanecer vigente para las personas de su país —no parecen soportar que cambien de género musical cada pocas canciones, y que transformen repetidamente su identidad—.

En Corea, por otra parte, existe un sentimiento de posesión que desprecia las promociones y actividades en el extranjero. Del mismo modo, y contrario a lo que se puede llegar a creer, es el público coreano quien más presión ejerce sobre la apariencia de los idols, siendo ellos quienes imponen un nivel de perfección idealizada e irreal, catalogando y despreciando a todo aquel que no se atenga a sus ideales. Sin importar si somos americanos o asiáticos, solemos encasillar y valorar con base en nuestros prejuicios y a través de primeras impresiones. Nos alientan a menospreciar las creaciones ajenas a nuestros estándares y a aquellos que disfrutan de ellas.

Es en aras de salir de los moldes que la sociedad ha impuesto para delimitar lo que es aceptable y lo que no lo es, que las personas escapan del fanatismo, lo esconden bajo el tapete y luego lo niegan. Se le hace un espacio en el clóset junto un montón más de tabúes que, debido a la mala recepción que puedan tener, preferimos esconder. Y si bien parece que se le da mayor relevancia de la requerida a estos temas al compararlos con asuntos de gran importancia sociocultural, como suele ser la expresión y orientación sexual o la religión, resulta ser una analogía de lo más atinada, ya qué ¿cómo esperamos ser capaces de enfrentarnos, como sociedad o individuos, a todos los problemas inmediatos de nuestro entorno cuando no podemos aprender a aceptarnos entre nosotros?

Existimos en una sociedad que se centra más en menospreciar el género musical que escuchamos y que pierde el tiempo hablando de nuestro estilo al vestir o los programas que consumimos, que en solucionar sus propias decadencias y errores. Una sociedad donde los gustos personales y la forma en la que pasamos muestro tiempo libre tiene más peso que nuestras habilidades laborales y opinión; que tacha a las cosas y personas por su apariencia y colorido, sin fijarse realmente en su trasfondo o importancia, sin considerar todo el trabajo que hay detrás. Y nosotros, como individuos, preferimos evitar todos los comentarios, prejuicios y burlas llevando a segundo plano lo que nos apasiona, lo resguardamos en nuestro teléfono, en listas de reproducción y dentro de nosotros para luego fingir que no está ahí.

 


 

Bibliografía:

Cabut, Mateu.
2011. “La crítica del adorno a la cultura de masas” en Constelaciones, Revista de teórica critica. Núm 3. Pp. 130-147.

Gendler, Martín Ariel
2017. Cuando el k-pop conoció internet (e internet conoció al k-pop): Retroalimentaciones dentro de un fenómeno global en crecimiento. Buenos Aires, Argentina.

Hurtado Olmos, Lorena
2016. El artista como producto en Corea del Sur: EXO y el fenómeno fan. Universidad de Valencia, España.

Martínez López, José Samuel.
2011. “Sociedad del entretenimiento (2): Construcción sociohistórica, definición y caracterización de las industrias que pertenecen a este sector.” en Revista Luciérnaga. Edición 6. Pp. 6-16.

Moinar, Victoria.
2014 “La ola k-pop rompe en américa latina: un fanatismo transnacional para las relaciones exteriores de corea del sur” en Questión, revista especialidad en investigación y comunicación. Vol. 1, Núm. 41. Pp. 159-179.

Soto Ramírez, Juan.
2015 “Las modas culturales” en Revista Iberoamericana de Ciencias. Vol. 2 Núm. 3. Pp. 125-138.


Autores
(Estado de México, 1992). Narradora y ensayista. Egresada de la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) en la licenciatura de Letras.