Notas sobre la Carrera Espacial a 50 años del alunizaje del Apollo 11
El 21 de julio de 1969 el astronauta Michael Collins observó la primera caminata lunar desde el módulo de mando del Apollo 11, estacionado en el Mar de la Tranquilidad. No tuvo la fortuna de pisar la superficie de la Luna como Neil Armstrong y Buzz Aldrin, ni su nombre ha gozado de protagonismo en la historia mundial. Sin embargo se debe recordar que Collins fue parte de la legendaria misión Apolo 11, que consagró el anhelo de alcanzar y pisar la Luna, dando “un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad”.
Los avances tecnocientíficos que permitieron este viaje —y otras proezas en el espacio exterior— se dieron durante la Carrera Espacial[1], una competencia entre la Unión Soviética y los Estados Unidos de América para conquistar el espacio, durante la cual ambas potencias buscaron demostrar su superioridad y capacidad tecnológica frente a la de sus rivales, como lo habían hecho en la férrea competencia armamentística desde el fin de la Segunda Guerra Mundial.
También desarrollada durante la Guerra Fría, la Carrera Espacial supuso un esfuerzo paralelo entre ambas potencias para explorar el espacio exterior, poner en órbita satélites artificiales, enviar animales y humanos al espacio y, posteriormente, llevar a un ser humano a la Luna. En estos términos, el fenómeno de la tecnociencia y su desarrollo, no fue una simple consecuencia de la confrontación internacional, pero su aceleración y potencia no puede ser entendida sin tomar en cuenta tal escenario. En ese sentido, la conquista del espacio también tuvo un poderoso componente político y una intención muy clara que interesa a la historia social de las ciencias en el siglo XX.
La idea de conquistar el espacio se dibujó en la realidad desde el fin de la Segunda Guerra Mundial[2] y se fortaleció con los discursos políticos estadounidenses[3] ya en el escenario de la Carrera Espacial. Cabe recordar que una conquista se define como la obtención del dominio sobre un objeto, sujeto o territorio como resultado del conflicto, la violencia o la guerra.
En el caso de la conquista del espacio, fueron las adversidades físicas y humanas las que inicialmente obstruyeron el camino. Fue por esa razón que la ciencia y la tecnología, como parte de un proyecto nacional, se aceleraron para poder mover la maquinaria de la Carrera Espacial. Este acelerón generó de ambas partes —soviéticos y estadounidenses— una serie de episodios significativos: el Sputnik en 1957; Yuri Gagarin y Valentina Tereshkova en 1961 y 1963; las misiones Apolo, incluyendo la colaboración entre la URSS y EE.UU.; así como el legado de decenas de astronautas que murieron en las misiones. Todas estas historias reflejan la fuerte intención —por parte de ambas potencias— de sobresalir y mostrar su poder tecnocientífico en paralelo al militar.
Propulsor S-1C del Cohete Saturno V del Apolo 11 en el Edificio de Ensamblaje de Vehículos. Nasa.
En 1962 el presidente John F. Kennedy pronunció un discurso ya histórico en la Universidad William Marsh Rice, en el que anunció que los Estados Unidos planeaban poner humanos en la luna antes de 1970. “Nos hacemos a la mar en este nuevo océano porque existen nuevos conocimientos qué obtener y nuevos derechos qué ganar, que deben ganarse y utilizarse para el progreso de todos los pueblos”, expresó el presidente estadounidense para justificar la Carrera Espacial.
Posteriormente en su discurso apuntó a la Luna: “Hemos decidido ir a la luna antes de que termine esta década, no porque sea sencillo, sino porque es complejo, porque ese objetivo servirá para organizar y medir nuestras mejores energías y habilidades, porque es un reto que estamos dispuestos a aceptar, un reto que no deseamos retrasar, un reto que ganaremos”.
El presidente Kennedy tenía claro que la ciencia y el conocimiento eran estandartes valiosos en el juego de la supremacía. El progreso científico vendría acompañado de un sentimiento de superioridad que al proyectarse al mundo, la Unión Soviética —que ganaba la carrera— por fin sería alcanzada por el país de la libertad.
También el espacio era sinónimo de futuro; la proyección de alcanzar la luna guardaba posibles beneficios para la humanidad: “Hemos dado al programa espacial la categoría de prioridad nacional, aunque me doy cuenta de que se puede considerar un acto de fe, incluso una visión, porque no sabemos cuáles son los beneficios que nos esperan”. Este discurso representa la valoración que el gobierno estadounidense atribuía a la Carrera Espacial, revestido de una retórica poderosa que persuadía a una sociedad que también deseaba sentirse poderosa.
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La promesa de expansión de la civilización más allá de la Tierra significó traspasar la frontera máxima: la de nuestro propio mundo. En el siglo XIX, durante la conquista del Oeste, los vaqueros y colonos extendieron los dominios de “la civilización” hasta el Océano Pacífico. Consigo traían el progreso —materializado en el ferrocarril— y civilizaban. Porque las fronteras no solo delimitan territorios, sino que son mecanismos constructores de identidades; definen lo propio y lo ajeno, a lo común y a la otredad. Lo conquistable no se redujo a terrenos, sino que abarcó a los indígenas, a los afroamericanos, a las mujeres y a todo aquel que diferente del conquistador.
La conquista del Oeste fue un verdadero motor del desarrollo social y económico de esa nación joven. El historiador de la ciencia Rafael Guevara Fefer lo expone de forma precisa: “Los Estados Unidos eran una nación que crecía a pasos agigantados gracias a que convertía las fronteras en civilización. Un Estado Nación, que como el Pac-Man, está obligado a devorarlo todo, plantas, animales, aguas, mares, cielos, ríos, piedras y personas… de otro modo se pierde el juego”[4].
Neil Armstrong en la Unidad de Investigación de Alunizaje en Langley, Virginia. Nasa.
Cuando se logró conquistar el territorio, la idea de la frontera en la cultura estadounidense se transformó y ya no era materializada en el proceso de colonización del Oeste. ¿Qué significaba la frontera en esos tiempos? Una pista nos la puede dar un importante texto generado al final de la Segunda Guerra Mundial. Se trata del informe de 1945 recibido por el presidente Harry Truman, titulado Science. The Endless Frontier (Ciencia. La frontera interminable).
En el texto se expresa la importancia que ha tenido la ciencia en el desarrollo nacional, y se formula la idea de que la ciencia es una posibilidad infinita de conocimiento, un proyecto político, un asunto del Estado, y una condición esencial para el progreso de la humanidad. Tal y como Kennedy diría años después sobre la conquista del espacio, ejecutada por los astronautas.
Este informe fue presentado por Vannevar Bush, cercano al Proyecto Manhattan, del que se desprendió la creación de la bomba atómica. Este es el ejemplo paradigmático que pone en discusión la relación entre el desarrollo científico y la política, que evidentemente provoca debates y reflexiones infinitas, pero vigentes y necesarias.
Pero la transición entre la conquista del Oeste y la conquista del espacio repercutió en la cultura norteamericana de distintas maneras, más allá de los programas científicos y los discursos políticos.
Un claro pero inesperado ejemplo de este proceso es, en cierta medida, la trama de Toy Story (1995). Este largometraje —importante por ser el primero animado digitalmente— cuenta la historia del vaquerito Woody, propiedad del niño Andy, que se siente desplazado por la llegada del nuevo juguete, Buzz Lightyear, quien, con alas mecánicas, sus rayos láser y su frase “to infinity and beyond”, desplaza al vaquero y a los demás juguetes.
Andy representa a toda una nueva generación de niños que presenciaron esos cambios (la película está ambientada entre las décadas de los cincuenta y los sesenta, en plena Carrera Espacial). El salvaje Oeste se convierte en la Luna o en Marte, y el sombrero de vaquero se convierte en casco; ya no hay caballos ni ferrocarriles, sino naves y transbordadores espaciales; ya no son los vaqueros, sino los astronautas, quienes representan un modelo a seguir en la sociedad norteamericana.
Valga la analogía para recordar que el significado de la conquista, y la idea de la frontera, son producto de la transformación histórica de las formas en la que las sociedades ven el mundo y se proyectan en él, creando los medios materiales e inmateriales para reproducir tales visiones y proyecciones.
Por si quedara duda de que las aventuras en el espacio fueron más bien procesos de conquista, queda pensar en toda la filmografía espacial y futurista de los sesenta y setenta: las space operas como Star Wars —cuya trama recuerda justamente a los Westerns— y Star Trek, así como toda la producción cultural de la Ciencia Ficción, un género consumado en distintos medios fuera de la literatura.
Incluso a Stanley Kubrick se le atribuye tanto la perfección técnica y artística con la que llevó a cabo 2001: Space Odyssey, así como la supuesta realización cinematográfica del alunizaje que, según la teoría de la conspiración, fue un montaje, pues en realidad el humano nunca llegó a la luna.
El técnico del traje de astronauta Joe Schmidt asesora a la Unidad Lunar de Respaldo del Apolo 11. Nasa.
Después del alunizaje, el presidente Richard Nixon se comunicó con los astronautas hasta la Luna. Les agradeció y reconoció el esfuerzo, pues “gracias a lo que han conseguido, desde ahora el cielo forma parte del mundo de los hombres”.
Es difícil saber en qué momento se consuma la conquista. Sin embargo, aunque las misiones espaciales sigan vigentes, apuntando al planeta Marte, parece que la conquista del espacio ya no tiene la fuerza ni la popularidad que tuvo durante la Carrera Espacial.
Entonces, ¿en dónde se proyecta la idea de la frontera hoy en día? ¿Que queda por conquistar? Se trata de preguntas abiertas, en tiempos en los que parece que las conquistas provocaron la autodestrucción humana: observada en la desigualdad, el colonialismo, la guerra y la crisis ecológica.
El avance progresivo de la humanidad, la frontera interminable de la ciencia y los proyectos civilizatorios del hombre occidental son cuestionables en tanto que han dejado fuera de la narrativa a muchos y a muchas, y han consolidado una forma monolítica de comprender la historia del mundo.
Lo que desde cierto punto de vista es la consagración del ser humano omnipotente, implica una contraparte de destrucción de su mundo. En este escenario tal vez sirva recordar la conversación entre Neil Armstrong y Buzz Aldrin cuando Aldrin descendió a la faz de la Luna:
Neil Armstrong: Una vista magnífica ahí fuera.
Buzz Aldrin: Magnífica desolación.
[1] La Carrera Espacial duró aproximadamente desde 1957 a 1975.
[2] De hecho, la tecnología de cohetes desarrollada por la Alemania Nazi fue fundamental para los avances de aeronáutica durante Carrera Espacial.
[3] En este caso, se tomará en cuenta la parte estadounidense. La Carrera Espacial desde el punto de vista de la URSS merece un espacio particular para ser estudiada y reflexionada.
[4] Dr. Rafael Guevara Fefer, comunicación directa. Julio de 2019.
Anotaciones sobre la tragedia: Reconciliación y narrativas.
1. Todo está perdonado
Anne-Marie Uwimana camina codo a codo con a Celestin Habinshuti en su aldea dentro del sector Kibirizi, una provincia al sur de Ruanda, mientras el equipo de producción de la BBC Africa los filma. La escena por sí sola es desgarradora. Hace 25 años ambos eran vecinos cuando las tensiones raciales entre los grupos hutu y tutsi escalaron después de la muerte del general Juvénal Habyarimana (bajo circunstancias que hasta el día de hoy siguen sin esclarecerse), la cual sirvió como el detonante para el asesinato sistematizado de más de 800 mil tutsis durante los meses de abril a julio de 1994.
Aunque los autores intelectuales del genocidio fueron en realidad diversos actores políticos con intereses específicos en Ruanda, muchos de los crímenes los realizaron los propios ciudadanos hutu en contra de sus conocidos tutsi, severamente influenciados por una propaganda racista que durante mucho tiempo nutrió periódicos, programas de radio y televisión. Uno de los medios más conocidos por sus mensajes de odio fue “Radio-Televisión libre de las Mil Colinas”, fundada en julio de 1993 por Ferdinand Nahimana, un allegado político a Habyarimana y principal actor de la propaganda extremista hutu. Diariamente, la cadena transmitía mensajes como: “Su aspecto es horrible con ese pelo espeso y barbas llenas de pulgas. Se parecen a los animales. En realidad, son animales. Las cucarachas tutsis son asesinos sedientos de sangre. Diseccionan a sus víctimas, extrayendo sus órganos vitales. Son bestias feroces. Pido que se levanten y que luchen usando todo lo que encuentren. Utilicen palos, garrotes y machetes, y eviten la destrucción de nuestro país”.
Celestin, recuerda Anne-Marie, entró a su casa y mató a dos de sus hijos cortándoles el cuello con un machete. Su marido y sus otros dos hijos ya habían sido asesinados días antes. Ella apenas pudo escapar. Celestin estuvo encarcelado durante diez años por sus crímenes, pero salió de prisión hace poco.
Hoy caminan juntos por la aldea, se apoyan en distintas tareas e incluso en ocasiones comen y beben juntos. Su historia es el resultado de los programas diseñados por la NURC o Comisión Nacional para la Unidad y la Reconciliación, por sus siglas en inglés, que forma parte de los varios intentos del gobierno ruandés para sanar las heridas sociales ocasionadas por una de las mayores tragedias en la historia contemporánea de África y el mundo.
Por medio de grupos en las comunidades, principalmente religiosos, se busca diseñar espacios en donde las conversaciones acerca de las vivencias sobre el genocidio puedan orientarse. Tal es el caso de la iglesia católica en Kibirizi, donde el padre Ubold Rugirangoga —quien también sufrió la persecución por parte de hutus— logró a través de retiros y pláticas con los sobrevivientes de la aldea que estos perdonaran a los integrantes de la comunidad que en 1994 habían masacrado a sus familiares y que en los últimos años habían regresado después de haber estado presos. En estos retiros religiosos comunitarios, los exconvictos escucharon pláticas y estudiaron la historia de Ruanda con el padre Rugirangoga durante seis meses. Se prepararon junto con las víctimas para el acto de perdón y para hablar en público sobre sus testimonios. “El perdón nos libera. Primero la víctima debe perdonar y después el perpetuador debe buscar ese perdón”, dice el padre en una conferencia sobre su labor hace unos años.
Este tipo de historias son ahora frecuentes en muchas aldeas y pueblos en Ruanda. La imposibilidad de convivir dentro de la comunidad cuando la sociedad carga con los traumas de un genocidio alimentado por discursos de odio es más que evidente. El perdón, se observa entonces, cumple una función de futuro dentro de la paz comunitaria y por ende de las propias personas. Se establece con ayuda de la labor de líderes religiosos bajo perspectivas morales que ayudan también a argumentar las posibilidades del mismo: para el perdón es necesario entender que la persona a la que se le perdonará un hecho atroz es más que ese hecho. A través del testimonio que implica otorgarle dignidad y relevancia a la vivencia, las personas encuentran la posibilidad de resignificar la tragedia.
“[El padre Rugirangoga] me dijo que yo tenía la llave para liberarlo de su culpa y que Celestin también tenía la llave para liberarme a mí”, dice Anne-Marie para la entrevista de la BBC.
Coral Medrano.
2. El genocidio que antecedió al genocidio
Aunque para muchas personas estas reconciliaciones y actos de perdón público dentro de las comunidades de Ruanda son actitudes de una grandeza moral casi incomprensibles, la realidad es que para las personas y el gobierno actual ruandés este es el único camino para poder cohesionar las fracturas abismales dentro de la sociedad. Sin esta reconciliación sólo estarían forjando las bases de un próximo conflicto nutrido por el odio y la venganza en torno a lo que pasó. Justo como sucedió 22 años antes del genocidio de 1994, cuando grupos tutsis mataron a más de 350 000 hutus en un intento por dañar al gobierno ruandés liderado por el presidente Kayibanda en 1972. Las interminables olas de violencia que se habían desatado después de la independencia del país tenían sus raíces en la época de la colonización europea.
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Hablar de la historia de Ruanda bajo los términos específicos que puedan explicar el conflicto es complicado. En primer lugar, porque las regiones anteceden a las fronteras políticas y las tribus anteceden a las separaciones raciales. No existen verdaderas pruebas sobre los orígenes marcados de los grupos tusti y hutus, salvo por el propio significado elemental y casi frívolo de cada uno: tutsi: pastor; hutu: campesino. Se sabe que no hay verdaderas diferencias culturales ni mucho menos raciales. Ambos grupos comparten el mismo lenguaje y las mismas tradiciones. Sus orígenes parecen ser más una diferenciación de castas y de clase que fueron agravándose con el tiempo en los reinados del siglo XIX, pero que tuvo su ápice y consagración con la llegada de los colonizadores alemanes y belgas que utilizaron a su favor la separación de los grupos para poder gobernar de manera más eficaz a la población de la región. Así fue como lograron pronunciar las mínimas diferencias raciales, como la altura o ligeros tonos del color de piel como justificaciones artificiales para la separación de ambos grupos. Puestos importantes reservados solo para tutsis o segregación en las ciudades y zonas residenciales, por ejemplo, acrecentaron el conflicto, el cual culminó con la creación de partidos políticos basados sólo en las etnias y sus diferencias. Esta división arraigada ya en las esferas de la política ruandesa sólo aumentó las tensiones para cuando la independencia llegó en los años sesenta y fue necesario estructurar un sistema que bajo estas divisiones resultó inherentemente separatista.
Cuando el genocidio de 1994 terminó con la llegada a la capital de las tropas del Frente Patriotico Ruandés a cargo del general tusti Paul Kagame, la situación dio un giro a favor de los tutsis. Sin embargo, al mismo tiempo la violencia en la frontera se acrecentó dada la cantidad de refugiados hutu que huían en ese momento hacia la región de Zaire. Todo esto terminaría por provocar el conflicto armado más letal del continente de todo el siglo XX, las guerras del Congo, donde se estima que murieron más de cinco millones de personas.
La violencia es reaccionaria y no puede ser un medio para la reestructuración de un país y su sociedad. Para evitar que el país se hundiera en más olas de violencia habría que poner en marcha un sistema de reconciliación social que tomara en cuenta los factores éticos más elementales para una reconstrucción total de su sociedad.
La pregunta obligada fue entonces: ¿Cómo debería lidiarse con la construcción de una narrativa de la tragedia en el marco de un genocidio? La historia nos ha enseñado que dentro de las claves lo esencial es el testimonio y la consagración de los hechos. Mostrar la tragedia sin tapujos para desmantelar cualquier tipo de justificación del horror. Pero un problema particular que la población de Ruanda tenía que afrontar eran las consecuencias de una narrativa reduccionista que antagonizara de manera general al grupo hutu que representa a la mayoría de la población del país.
3. Reconciliación: verdad y dignidad
La necesidad de tener en el centro del proyecto de reconciliación el elemento de la verdad no sólo se refería a la importancia de mantener presentes en la memoria los crímenes cometidos durante el genocidio, sino mantener también la verdad sobre el origen de las causas. La reconciliación como categoría política y jurídica tiene que estructurarse a través de distintos ejes elementales como lo es la justicia, la ética del perdón, el derecho a la verdad y el respeto al tiempo de luto que las víctimas necesiten, para que así la propia fundamentación le otorgue sentido a los actos de perdón en las vivencias más personales dentro de las comunidades y, al mismo tiempo, evitar la posibilidad de hacer del acto una demostración pública que humille a las víctimas. Es por eso que el perdón debe de estructurarse también en la noción básica de la dignidad humana.
Después de una brutal violación a esa dignidad es necesaria la reestructuración del concepto. Ninguna víctima sobreviviente podría jamás reconstruir una vida después del genocidio si no fuera a través de nuevas narrativas que ofrezcan la seguridad del no-olvido, pero también de un futuro que prometa un “nunca más”. Esa promesa se consolida en ese acto moralmente magnífico de convertir una violación a derechos humanos en una reacción enmendadora que prometa no más violencia. Es por eso que el proyecto de reconciliación no puede exigir el perdón, ya que representa una acción muy íntima y personal que se determina según las posibilidades morales y emocionales de cada persona, pero sí puede fomentar y crear contextos en donde a través de narrativas que le devuelvan a todos esa fundamentación del derecho humano les sea más fácil perdonar. Y si no, al menos, revertir el estado mecánico del resentimiento popular en una conciencia general de la comprensión.
Siempre con la seguridad de los representantes de Estado de que debían esclarecerse las causas: afrontar también la violencia ejercida por parte de los tutsis, entender que la separación racial era una falacia utilitaria por parte de los colonizadores belgas, y, finalmente, asimilar que en un entorno lleno de discursos de odio, la mayoría de los perpetradores a quienes las milicias les dieron machetes para cometer toda clase de crímenes, forman parte también de las víctimas de la tragedia.
Desafortunadamente, en la práctica muchas reacciones vieron un resultado más complejo del esperado como cuando los juicios y encarcelamientos masivos comenzaron pocos meses después de que la matanza había terminado y que volvieron a Ruanda el país con más personas en prisión en el mundo.
Los proyectos de re-enseñanza por parte del gobierno tampoco han sido del todo exitosos y en varias comunidades de tutsis no han tomado nada bien la liberación de algunos presos. Las desigualdades económicas han sido también un tropiezo que deshabilita ciertas prácticas de reconciliación entre los grupos.
Aun así, algunos proyectos no gubernamentales como el Genocide Archive of Rwanda, financiados principalmente por la ONU, se han encargado de recolectar todo tipo de archivos relacionados con el genocidio y han tenido la fortuna de contar con la participación de muchas personas y la posibilidad de recolectar testimonios tanto de víctimas como perpetradores que han decidido hablar sobre sus vivencias.
Esta clase de contribuciones y ejercicios elementalmente civiles, representan en gran medida la voluntad de muchas personas por querer superar la historia en los mejores términos posibles. Las acciones por parte del Estado ruandés son criticables desde muchas aristas, incluyendo los propios crímenes cometidos durante las guerras del Congo. Pero en las comunidades donde el proceso de sanación a través del perdón y la reconciliación es tanto una experiencia e interés individual como una acción colectiva, los intentos de seguir estructurando narrativas que ayuden a fomentar una cultura de la paz en todo el territorio son verdaderamente admirables y que se han visto pocas veces en la historia moderna de los conflictos en el mundo.
Coral Medrano.
4. La última deuda con la verdad
El papel de la comunidad internacional durante el genocidio fue siempre muy polémico. La salida de los peacekeepers de Naciones Unidas previo a los 100 días de la matanza siempre se asumió como una negligencia que pudo haber evitado la masacre. Pero cuando terminó el genocidio y se dio a conocer el número de muertos y el grado de violencia de las matanzas sistematizadas, la comunidad internacional se volcó en disculpas.
Cuando Paul Kagame tomó la presidencia del país en el año 2000, culpó directamente a Francia por haber permitido la matanza y haberse relacionado directamente con los líderes hutu, lo cual generó desacuerdos y tensiones diplomáticas. Hace apenas un mes el actual presiente de Francia, Emmanuel Macron, ordenó que se realizara una investigación de dos años para entender cuáles fueron las verdaderas implicaciones de su país en el genocidio.
Aunque muchos creen improbable que se publiquen explícitamente las motivaciones que durante los años previos permitieron a Francia ofrecer ayuda a las milicias hutus, al menos puede esperarse un interés genuino de investigadores y grupos no gubernamentales que le otorguen a las víctimas de la tragedia la última deuda con la verdad respecto a la influencia extranjera del conflicto. Y, por ende, que pueda seguir presente el debate, por ejemplo, sobre la asistencia de la UNAMIR en zonas de conflicto y la relevancia de la información concreta e inmediata que permita el apoyo para des-escalar las tensiones y evitar tragedias durante situaciones de violencia. Cuando la prensa internacional y distintas ONGs en Ruanda alertaron sobre los sucesos y utilizaron por primera vez el término genocidio, el gobierno estadounidense ordenó que no se usara el término para evitar a toda costa la intervención debido a los acuerdos legislativos internacionles. Este tipo de decisiones en momentos tan críticos resultan inadmisibles y es uno de los puntos esenciales donde aun hace falta ahondar y debtair.
A 25 años del genocidio de Ruanda aún quedan muchísimas preguntas por responder, demasiadas historias aún por contar, investigaciones y juicios por hacer, y lecciones por aprender. Ahora que resulta común encontrar discursos de odio en nichos digitales masivos que cohesionan grupos extremistas y se multiplican gracias a burbujas de información en redes sociales y a audiencias mejor articuladas o cuando las políticas públicas de los países desarrollados, como en Estados Unidos, rápidamente se nutren de tintes xenófobos; cuando los sistemas internacionales de protección de derechos humanos parecen estar más debilitados que nunca y distintos conflictos en el mundo, como la guerra en Siria, siguen escalando con una participación internacional que sólo genera más violencia parece ser esencial seguir revisando la historia de Ruanda y entender las consecuencias de las mentiras, de la información fracturada y la manera en la que pueden crecer los discursos que matan personas.