Tierra Adentro
Foto de Jesús Flores.

BATALLA DE LA ALAMEDA

El día que se detuvo el tiempo

 

Foto de Jesús Flores.

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La mañana del lunes cinco de febrero del 2018 la ciudad despertó con la triste noticia de que serían derribados los baños públicos de la Alameda. Después de estar más de veinte años en el interior del paseo público, el Municipio tomó la decisión de removerlos para un mejor aprovechamiento en sus áreas verdes.

En cuanto se esparció el rumor se hicieron presentes algunos delegados del sector intelectual para reclamar dicha insurrección arquitectónica. Argumentaban que el inmueble ya no le pertenecía al Municipio sino a sus habitantes, ya que se le había considerado un monumento histórico y símbolo identitario de la ciudad.

 

Foto de Jesús Flores.

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Luis Glases fue quien convocó la manifestación pacifista por medio de sus redes sociales y, al grito de consignas defensoras, llegó a la Alameda con un selecto grupo de ciudadanos conscientes y bienintencionados para impedir la entrada de las máquinas demoledoras.

Glases, junto al señor J del Hoyo, formaba parte de un consejo ciudadano que cuestionaba los movimientos de la administración en turno, y este no era la excepción. El señor J del Hoyo hizo lo propio al invitar a la manifestación a todos sus contactos. Caballeros pudientes, cultos y refinados. Respetables padres de familia que en sus ratos libres merodean los jardines de la Alameda, convirtiendo así los baños públicos en una suerte de peña literaria, en donde sus modales al igual que sus rodillas, se estremecen en bramidos guturales como tanques de agua.

 

Foto de Jesús Flores.

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Los baños son poesía. Los baños son historia. Los baños son la médula insular de este mar llamado vida; decían algunas pancartas de los manifestantes que se apostaron a los alrededores de los servicios sanitarios para impedir su derribamiento. Con mano-cadena acordonaron el área y exigieron hablar con el alcalde para que les diera una respuesta sobre el destino de las tazas, los azulejos, los tanques y los lavabos que conformaban el espacio histórico.

Una larga lista de oradores leyó conmovedoras cartas de despedida. Luis Glases pidió un minuto de silencio por el mastique y la cerámica esmaltada que perecían lentamente frente a ellos. El señor J del Hoyo declamó lloroso un poema al que nombró Me ronca el sapo de dolor.

 

Foto de Jesús Flores.

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Encendieron velas, repartieron flores, entonaron cantos de libertad y de justicia mientras los albañiles, confundidos por su interrupción laboral, veían desde lejos el mitin, aprovechando el tiempo muerto para comer su lonche y descansar su cuerpo trabajado.

Hasta que por fin llegó el alcalde. Arribó trepado en los diablitos de una bici balona, la manejaba el Negrote, su guarura de confianza. Su forma de llegar, evidentemente demagoga y populista, no embaucó a quienes protestaban y de inmediato se acercaron a él para leerle sus demandas. Exigían el inmediato desalojo de las máquinas y de los trabajadores alegando que, en pos del progreso, se destruía un símbolo de nuestra historia tan importante como el Casino o el Cristo del cerro. Hicieron un listado con diez razones por las que no debían hacerlo:

 

1 Porque no queremos.

2 Porque en estos baños han obrado y orinado tres generaciones de nuestra ciudad.

3 Porque la gente ya se acostumbró al olor y les gusta.

4 Porque un parque sin baños es como un bar sin limones.

5 Por las nuevas generaciones.

6 Por las que aún no llegan.

7 Por las que ya se van.                                   

8 Porque no queremos.

9 Porque sí.

10 La última y la más importante. Porque allí se firmó el Tratado Zaragoza.

 

El Tratado Zaragoza: un documento político que acabó con el famoso Jueves de Tangas en los edificios del gobierno. Cada jueves, desde el alcalde hasta los polis de la puerta, llegaban a trabajar ataviados con originales y seductoras tangas, y al final del día se premiaba a la más artística en una pasarela que se prolongaba hasta altas horas de la madrugada.

Pero la decisión ya estaba tomada. Luego de escuchar detenidamente el pliego de razones, el alcalde se mantuvo firme en su decisión de destruir los baños; esta vez no se saldría con la suya el comité ciudadano. Las máquinas New Holland fueron encendidas y la fuerza pública intervino para intentar desalojar a los manifestantes, quienes seguían aferrados mano cadena al pequeño inmueble.

 

Foto de Jesús Flores.

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En un arranque de desesperación, Glases, al ver la avanzada de la maquinaria, se metió a uno de los baños y se abrazó a una taza, y comenzó a vociferar que solo muerto lo sacarían de allí. El señor J del Hoyo hizo lo mismo en otro wáter. Los dos estaban convencidos de que solo así impedirían el derrumbe.

Conforme se desvaneció la franja humana que rodeaba los baños, los gritos de los dos activistas se hicieron más fuertes, metieron sus cabezas a los retretes defecados y empezaron a cantar el Himno del Estado. Los demás manifestantes hicieron lo mismo, se escuchaba el canto hasta los últimos rincones de la ciudad. Parecía que un coro de ángeles se había filtrado en el clamor de las voces demandantes.

El alcalde, sorprendido, levantó su mano derecha para detener el desalojo. Había entendido que, al igual que con las tangas, tenía que premiar la creatividad del pueblo que artísticamente le pedía detenerse.

Conmovido se acercó a Glases y le extendió su mano para que se levantara de ese batidero. Le habían tocado el corazón. Se dieron un abrazo entrañable y llegaron a un acuerdo. El señor J del Hoyo se unió a ellos en el apretón y de inmediato sacó de una carpeta un documento de negociación donde la ciudad sería la única beneficiaria de todo ese conflicto. Hubo cohetes, selfies, reporteros, aguas celis y música electrónica. Un final feliz. A más de un año de estos hechos que marcaron el rumbo de la historia de nuestro pueblo, los baños públicos fueron demolidos y reubicados a solo unos cuantos metros.

 

Foto de Jesús Flores.

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Texto extraído del proyecto multimedia El Museo de la Ubre. Sala Identidad e Historia


Autores
Alias: Sebastián Margot, Nazareno Vidales, Valente Gallero y Alexander Matamoros. Torreón, Coah. 1978 Fotógrafo y poeta. Su trabajo ha sido expuesto y publicado en México, EUA, Brasil, Cuba, España, China y Hungría. Autor del poemario Chacal y Susceptible (2008) y de la fotonovela porno de bolsillo El Libro Chacal (2009). Actualmente vive y trabaja en Torreón. Instagram: @jesusflorescompany
Juanjo Güitrón (Nayarit, 1985) es ilustrador y diseñador gráfico, web y editorial. Dirige el estudio Cogochi.

Valente no podía decir la e. Por eso, cuando alguno de los otros niños del callejón le preguntábamos su nombre, él, ufano, contestaba: “ma llamo Valanta”. Y su edad: “siata años”.

“Ma llamo Valanta y tango siata años”. Respondía.

Era moreno, tenía los pelos necios como una escoba nueva, dientes grandes y blancos como Bugs Bunny y ojos cafés, casi miel. Tal era su aspecto cuando llegó a vivir a la colonia con su familia, viajeros del Bajío.

Si a Valente le preguntabas cómo estaba, él contestaba:

—Astoy bian.

Si le decías: “oye, ¿por qué no puedes hablar bien?”, él respondía, imperativo:

—No sa, así hablo siampra, dasda qua ara más chico.

Valente alargaba esas locuciones con un timbre gangoso. Cuando decía “Valanta” se escuchaba “Vaaalaaantaaaaaaa”. Lento y grumoso, como si trajera algún objeto atorado en el cogote, o la lengua le pesara dos kilos y la quijada, tres. Como si hubiera tragado una bola de papel y ésta viviera dentro de su hocico.

Valente era un chico normal, sólo que escogía pronunciar una vocal por otra.

Constantemente se metía sus canicas en la boca. Las introducía de a puños y las paseaba todo el día. Cuando reía con su gran sonrisa de burro, se asomaban diablitos, huevitos, tiritos, agüitas e incluso un balín o una bombocha. Su colección era inmensa porque su madre le compraba todos los modelos nuevos que llegaban a la Tlapalería Carrillo, donde nos surtíamos.

Valente podía llenar un bote de plástico de 19 litros con sus canicas.

—¿Quiaran var mis canicas?

Afuera de su casa, Valente arrastraba el bote con la preciada carga y los vaciaba sobre la tierra. Cuando lo hacía aprovechábamos para robarle. Mientras él se detenía, absorto, en alguna en particular, nosotros llenábamos nuestros bolsillos. Algunas estaban todavía húmedas por la saliva de Valente. Después corríamos a mezclarlas con nuestras propias y exiguas colecciones. En aquellos tiempos no era fácil conseguir un huevito o un balín. A Valente no parecían importarle las pérdidas. Y no dudo que en su rito de metérselas a la boca se haya tragado varias canicas.

 

Pronto fue una rutina preguntarle a Valente su nombre como pretexto por cualquier nimiedad.

—Valente, ¿cómo te llamas y cuántos años tienes?

—Ma llamo Valanta y tango siata años.

—Jajajajajajajajajajajajajaja.

—¿Por quá sa rian?

—Jajajajajajajajajajajajajaja.

—¿Cómo dijiste?

—Qua por quá sa rian.

—Es que, a ver, ¿cómo te llamas y cuántos años tienes?

—Ma llamo Valanta y tango siata años, ¡ya las dija!

Y, al vernos poseídos, Valente reía con nosotros. Mientras más lo hacía, comenzaban a brotar de su trompa chorros incontenibles de baba transparente, que escurrían al suelo. Comenzaba a emitir sonidos guturales, porcinos, que parecían ahogarlo y lo ponían rojo, como si su cabeza fuera explotar en mil pedazos.

“¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr! ¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”

Entonces, extasiado, se tiraba al suelo y rodaba como lechón en un paroxismo infinito. Cuando al fin paraba, Valente no recordaba por qué reía. “¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”

En sus pantalones, casi siempre de pana, advertíamos un diminuto círculo de meados alrededor de su pequeña bragueta.

—Ya te measte, Valente.

—Claro qua no, yo no ma mia.

—Jajajajajaja.

Valente huía corriendo a casa mientras nos gritaba y volteaba su cabeza de piedra: “yo no ma mia, yo no ma mia, yo no ma miaaaa, yo no ma miaaaaaa… ¡Oeeenrrrc, oeeenrrr, oeeenrrr!”

Un vecino vio a Valente en la barranca con los pantalones abajo. Según su versión, lamía una Tutsi Pop. Daba una lamida a la paleta, redonda, perfecta, dulce, y luego se la metía por el culo. La sacaba, la lamía y la volvía a meter. El vecino, mayor que nosotros, aseguraba haberlo visto él mismo desde su azotea, cuya casa colindaba con el río de agua puerca que dividía nuestra colonia con la del frente.

A Valente le gustaba meterse las Tutsi Pop en el culo.

Desde otra perspectiva, reflexioné años después, Valente era un chico solitario. Porque de los tres o cuatro mocosos que compartíamos edad, él era el único que no estudiaba en ninguna escuela. Tenía la edad, pero no iba y nunca nos preguntamos por qué. Cuando el callejón se vaciaba de niños durante el día, él se la pasaba por ahí, jugando con los perros callejeros, yendo por la calle con su yoyo o chupando sus canicas.

Y, ahora sabíamos, restregando paletas Tutsi Pop en su esfínter.

Tiempo después su afición me recordaría un chiste que me contó mi primo: cada que la gente aventaba cacahuates a un changuito en el zoológico, éste los recogía, se los metía por el culo y luego los comía. En cierta ocasión alguien le preguntó al guardia por qué lo hacía: “Es que una vez le dieron un hueso de aguacate y, pues… ¡no salía! Ahora el chango es prevenido, primero checa si lo que le tiran cabe por la salida y luego se lo come”.

Pero eso fue después. Por aquellos años un comercial en la tele anunciaba una de las más grandes incógnitas de la Generación X: ¿Cuantas chupadas hay que dar para llegar al chiclocentro de la Tutsi Pop?

En el anuncio, un niño le preguntaba al búho mascota y logo de la marca, quien resolvía el misterio dando tres chupadas y una mordida al caramelo ante la cara estupefacta del infante.

Quizá, hipnotizado por ese comercial, Valente quiso hacer su propia versión.

—Valente, ¿te gustan las Tutsis?

—Sí.

—¿Y por qué te las metes por la cola?

—Claro qua no, yo no hago asas cochinadas.

—No te hagas güey.

Valente comenzaba a reír como puerco y corría a su casa.

Y nosotros quedábamos tirados soltando carcajadas.

Y a Valente no se le veía en dos o tres días por el callejón.

Pronto Valente ya no tenía siete, sino ocho años. Luago nuava, diaz… Pero seguía hablando igual. Un día se fue del vecindario. Lo perdimos. Nos perdimos, como tantos otros de mi generación, arrastrados por el sueño de cruzar la frontera a Estados Unidos, ser obreros, albañiles, empleados en bodegas, tianguis o talleres; o adheridos a una lata amarilla de pegamento para fijar tubos de PVC afuera de la Tlapalería Carrillo.

Valente y su risa de marrano se perdieron para siempre.

Ese año, 1997, el Teletón se transmitió por primera vez en la tele; pero no fue esa abominación la que me recordaría a Valente, candidato predilecto y la primera referencia que tuve de un niño down, sino las Tutsi Pops.

Cada que veo a alguien chupando una, pienso en Valanta.

An Valanta da siata años.


Autores
Es periodista y editor. Nació en la Ciudad de México. Es egresado de la Escuela de Periodismo Carlos Septién García (EPCSG). Fue ganador del concurso Estímulo Telefónica a la Comunicación (ETECOM) 2014 en la categoría de crónica escrita y de menciones honoríficas en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2017 y 2018. Colabora regularmente en suplementos como El Cultural (La Razón), Confabulario (El Universal) y en medios como Hojasanta, Vice, Noisey, Metrópoli Ficción y Planisferio.mx.

ESTUDIO DEL ECO

I.

No puedo hablar aquí

sin que esta voz se encuentre en su pregunta.

No busco ya el consuelo de escucharme

emulando los cantos del cenzontle

para creer que una colonia nace de mi pecho,

que mis palabras son personas y las personas

un grito que me nombra y me despierta.

Ya no busco que el aire me retorne mis súplicas:

tan sólo un ruido, una voz

que me invite a entenderla.

 

II.

Hablo, y afuera,

mi voz se encaracola.

Este aire submarino,

voz respirada entre los dientes

de una voz menos voz y más deslumbramiento,

—voz

más flor que humana— con ese soplo

de mundo enrarecido,

regresa a mí como diciendo:

observa.

 

III.

Hablo. Algo sucede.

Replican obedientes los plurales.

Retintín.

Despuntan silbos. ¿Cuáles son sus nombres?

Prefiero otra pregunta por respuesta, no la misma.

Retintín.

 

Aquí, una mota de polvo.

 

Allá, un color que refulge.

 

Un desplome de pasos invisibles

que se alejan.

 

Y suena un aleteo que enturbia los colores,

cambia el cielo del púrpura al cerúleo,

mis pies se ralentizan en la grava,

gravito con mi cuerpo desvaído y nos pregunto:

¿es mi lenguaje el que altera esta tierra?

 

Hablo el idioma de las lágrimas.

Veo pájaros caer.

 

 

APUNTES SOBRE LAS AVES

 

Los paseriformes cubren la mitad de la Tierra. Ya son más

de 6000 especies conocidas. Por lo menos 1000 de ellas se

hallan extintas1. Su cuerpo es plumífero y tienen cuatro

dedos que circundan, perfectamente, las ramas de los

árboles. Ellos duermen de pie. Su aparato de fonación es la siringe. Entonces cantan.


Ni gárrulos, piopíos,

titirijí

o tororoi,

ni jejeneros, ni tángaras

ni ojicarunculados

ni pájaros pijui.

·

Intento recordar la fauna de mi Tierra.

Pero estas aves no tienen semejanza,

se escapan del discurso, estas aves

emigran de mi lógica,

no pían y a mi voz no son indemnes.

Como orbes diminutos,

esféricas descienden en mis manos,

descienden tornasoles, pelechando su tupé.

·

Ni colicortos,

ni cantos ni oropéndolas,

ni petirrojos,

ni bípedos.

 

Las aves de esta tierra cubren el cielo. Ya son más de 30 especies desconocidas (son más de 30 especies en una): mutan2. No visten de pigmentos definidos. Su cuerpo es plumífero, redondo. No tienen dedos que se enrosquen en los árboles (tampoco hay árboles). Ellas duermen suspendidas en el aire, duermen quietas, reculan3. Cuando despiertan4 no emiten sonidos, pero bailan.


Autores
Cuernavaca, Morelos, 1991. Es autora del poemario Confín de nadie (FEDEM, 2018), obra ganadora del certamen de publicación de obra inédita del Fondo Editorial del Estado de Morelos 2018. Participa en la antología poética Desde el contorno (Ediciones Simiente, 2019). Cursa la carrera de Escritura creativa. Fue becaria en el programa Under the volcano 2019, en la Master Class de David Huerta. Su claraboya virtual es The PoemTube, un espacio literario en YouTube. Forma parte de Librosb4tipos, colectivo que visibiliza el trabajo intelectual femenino.

Ilustrador
Andrea García Flores
(Ciudad Madero, 1991) es diseñadora editorial e ilustradora, socia y coordinadora de Gato Negro Ediciones. En 2012 creó Design by Andrea, espacio digital dedicado a comercializar sus productos ilustrados.

La novela de Restauración es difícil de leer y lo es porque es hermosa, porque es dura, porque es aterradora. Restauración es complicada porque duele, porque funciona como un espejo para un tipo de masculinidad rancia y desquiciante. Restauración es una reescritura de Farabeuf. Pero no, Restauración no es una reescritura de Farabeuf. Tampoco debemos hacer caso al prejuicio del palimpsesto que sirve para que de él se creen obras magníficas (si no me creen, pregúntenle a Borges). Lo que aquí hace Ave Barrera es tomar como base a la novela/experimento/variaciones de un mismo tema de Salvador Elizondo y, a partir de ella, levantar un edificio narrativo de prosa triste, cadenciosa.

Como una arquitecta espléndida y ligeramente barroca, conforma los cimientos de dicha estructura principal de reminiscencias hacia una ciudad que se fue y nunca volverá, nacida en una época en que las cosas, todas las cosas, eran distintas pero igual de salvajes.

Ave Barrera, autora jovencísima de voz ya muy personal, pone su labor en la memoria de familias que cualquiera puede reconocer como suyas. Son familias y criaturas y seres que no hacen sino multiplicarse, abrirse, ser la imagen de un espejo que no es falso ni mera alucinación: de tanto repetirse y hacer los movimientos de siempre, su rutina conforma un edificio vivencial, está presente todo el tiempo; más que fantasmas, ellos están más “vivos” que los mismos vivos.

La novela inicia con la presencia de un personaje horrendo, “el villano”, si de una novela de aventuras se tratara, Zuri. Él es fotógrafo, un odioso fotógrafo (hay que dejarlo claro) que vive lleno de inseguridades, actitudes infantiles y una violencia enterrada que espera el momento de aparecer. Zuri es la representación de toda la violencia pasiva de los hombres que después encarnará, como los personajes (o el personaje, nunca se sabe) de Farabeuf, una agresividad latente y perturbadora, la cual hará mella en Min, la restauradora. Por suerte, la novela no trata en sí el enamoramiento “romántico” de Zuri y Min, sino de la relación desigual, violenta, desgarradora e injusta entre ellos. La voz guía es la de Min, quien en los mejores momentos de la novela decide sumirse en las profundidades de su comportamiento autodestructivo y leerse a ella misma sin compasión alguna.

La victimización y la debilidad violenta de algunos personajes masculinos lastiman a Min, quien no está en su mejor momento y por ello se dejará arrastrar, convirtiéndose en un reflejo de otro personaje que bien podría ser su antepasado, o ella misma en una época anterior: Gertrudis.

La casona es uno de los elementos principales de la historia y Ave Barrera no pierde la oportunidad de describirla a detalle. Le da calor a la piedra, suaviza la herrería y destapa los caños para dejar que el lector perciba la vetustez, la inmundicia, pero también los aromas del recuerdo, los detalles que en la novela de Elizondo eran tan visuales y que en Restauración son hasta sinestésicos. Min habita la casa que pertenece a la familia de Zuri, y ahí se entrega con todo su arte, con todas sus habilidades, con todos sus sentimientos.

La narradora quiere convencernos de que lo hace por amor, por entrega, pero en realidad lo hace por otra cosa. La historia retrata la enfermedad de aquel que se sacrifica por un amor no correspondido, pero también algo más profundo. No es que Min sea idiota, una víctima, una masoquista o una ilusa –ella puede percibir de manera activa, sensual y profunda, lo que vive ahí dentro de esa casa, en la cocina, junto a las ratas o en un hoyo donde ha de plantarse un árbol de aguacate. Restauración entonces abandona la violencia gótica del esclavizador que se aprovecha del desvalido para girar hacia un tono más cercano al de Shirley Jackson: una mujer fuerte que se sacrifica a cambio de conocerse, a cambio de convivir con fantasmas, con criaturas que aún viven en otras novelas, sombras chinescas y los ruidos lejanos de un gong o unas monedas cayendo sobre una mesa, mostrando un yin o un yang.

En esta novela las sorpresas son muchas. Durante la lectura brota la prosa de la autora jalisciense desplegándose como las alas de una mariposa o una palomilla de San Juan, apenas tenue, delicada, y al mismo tiempo, infinitamente hermosa. La voz de Min también se extiende hasta cubrir la novela con una textura especial e intimista. Se sufre con el personaje, con la voz, pero también se disfruta de la exploración del misterio, de la fotografía y la cirugía convertida en un acto de restauración. La casona es un castillo lleno de fantasmas, pero al contrario de los que existen en una novela de terror, estos acompañan con la calidez de la familia, de los ancestros que nunca se han ido, y rascan hasta que la narradora/restauradora pueda descubrir lo que yace adentro de su carne.

Restauración es un viaje difícil, doloroso, gozoso, hacia una época extinta, hacia otras ciudades que aún viven bajo las urbes modernas, pero principalmente es un lago-espejo en el que el lector puede asomarse y admirarse y horrorizarse con su propio reflejo.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

 

La televisión está encendida. Se escucha un fondo musical con melodía de triunfo. En la escena se observan dos hombres dentro de un camerino, uno de ellos sentado frente a un espejo y el otro, de pie y a su lado, indicándole con la mano en dónde debía firmar unos papeles que estaban en la mesa del tocador. Segundos después se superpone una imagen que entra en disolvencia: un hombre de traje, corbata de moño y actitud seria, quien enseguida dice: “La carabina de Ambrosio en su veterana sección Mercado de Lágrimas, presenta un capítulo más de Suerte Pobre Rico -hace énfasis en este título-, un drama interminable salido de la pluma de Carlos Lago de Tos. Veamos.” El hombre desaparece de nueva cuenta en disolvencia, la música de fondo se intensifica y el drama a escenificar comienza (Ambrosio, 2016).

Solemne, mirando directo a la cámara, dirigiéndose de frente a un público dispuesto a reírse de la tragicomedia presentada, Paco Stanley introducía de esta manera a una de las secciones más exitosas del programa La carabina de Ambrosio (Televisa) entre 1985 y 1986, del cuál en esas mismas fechas fungió también como anfitrión, anticipando los múltiples espacios tanto televisivos como radiofónicos y teatrales que conquistaría años después. Y este título, “Suerte Pobre Rico”, bien pudo ser el nombre del propio Mercado de lágrimas del afamado y querido conductor mexicano quien justo hace dos décadas fue asesinado a plena luz del día un 7 de junio, fecha en que se celebraba la libertad de expresión en nuestro país.

Francisco Jorge Stanley ingresó al mundo de los medios de comunicación tras haber estudiado la licenciatura en Derecho en la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y una maestría en Letras; lo hizo a principios de los años setentas como conductor radiofónico de la estación XEX, en un programa para niños llamado Capitanes infantiles. De la radio dio el brinco a la televisión donde incursionó en Nuestra gente, espacio de variedades en el que también se encontraban Verónica Castro, Janet Arceo, Jorge Alberto Riancho, entre otras futuras personalidades; después participó en Alegrías del mediodía y La mujer ahora para después formar parte del clásico de la televisión El Club del hogar, revista vespertina que dio inició en 1951 en Canal 4 donde se presentaban secciones, entrevistas, segmentos musicales y muchas marcas anunciantes a la hora de la comida.

La dinámica del programa El Club del hogar que condujeron Daniel Pérez Arcaraz y Francisco Fuentes era la de un conductor que hacía las veces de presentador y entrevistador (Pérez Arcaraz) y un patiño, en este caso un actor que representaba a un indígena, mismo que hacía las menciones comerciales (Francisco Fuentes), y cuyo personaje era conocido como Madaleno. Para los más críticos de esta emisión, como Florence Toussaint del semanario Proceso, El Club del hogar “simplemente repitió la fórmula del infantilismo, la estupidez que llega a la oligofrenia y el servilismo del así caracterizado indio. “El pata rajada” como le llama su compañero de set, pertenece a una clase y a una etnia inferior. Se le dan órdenes, se le regaña y no se le tiene el menor respeto.” (1982). Y es que de eso se trataba la dinámica entre conductor y patiño: el del micrófono, el bien vestido, hace escarnio de quien representa cierta inferioridad en la pantalla, un estilo de hacer televisión legendario que Paco Stanley, quien ingresó al programa tras la muerte de Daniel Pérez Arcaraz, aprendió a la perfección.

¿Quién nos entretiene?

Si uno ingresa a cualquier buscador en la red y escribe el nombre de Paco Stanley muy posiblemente todos los resultados arrojados (o la gran mayoría) tendrán que ver con su asesinato, con los rumores, teorías y aseveraciones sobre la posible causa de su fallecimiento, declaraciones de los implicados o de sus hijos, y las diversas críticas que mereció la cobertura mediática en torno a este acontecimiento, de lo cuál nos ocuparemos párrafos más adelante. Pero poco existe sobre la vida del conductor, sobre su carrera dentro de la televisión, sobre su paso como pieza fundamental en un formato televisivo que parece no ser muy tomado en cuenta más que para la crítica mordaz: las revistas de entretenimiento, y en su caso, sobre todo aquellas dirigidas a toda la familia en horarios de mediodía y vespertinos.

El académico Jesús Martín-Barbero aclara mejor lo que trato de decir: “llevo años preguntándome por qué los intelectuales y las ciencias sociales en América Latina siguen mayoritariamente padeciendo un pertinaz “mal de ojo” que les hace insensibles a los retos culturales que plantean los medios, insensibilidad que se intensifica hacia la televisión.” (1999, pág. 17). Así, en este espacio asumiré el reto de ir más allá para indagar en algunos aspectos que me parecen dignos de reflexión respecto a este polémico personaje y el papel que jugó como representante de una época y de un formato.

Mi primera curiosidad, después de escuchar muchos videos de Youtube con testimonios de afecto hacia Paco Stanley, además de leer los comentarios de aquellas personas que siguen manteniendo en su recuerdo una buena opinión hacia él, es si realmente sabemos quiénes son las personas que nos entretienen. O más allá de eso, si los respetamos y queremos por encima de quienes son esas personas. O si únicamente nos interesa el personaje que recibimos desde la pantalla. O si su vida privada nos mueve de tal manera que terminamos odiando aquella figura una vez que se descubre su ser interior.

No es necesario pensarlo únicamente con el señor Stanley; es cuestión de cerrar los ojos e imaginar en este momento en quiénes despositamos la confianza de entrar a nuestra vida para que, desde cualquier pantalla, nos haga pasar un buen rato. Puede ser un youtuber, puede ser algún comediante o standopero de Netflix, puede ser alguien a quien seguimos por Instagram, incluso puede ser alguien a quien vemos por televisión. ¿Realmente sabemos quiénes son? ¿Realmente nos importa? ¿Sirve de algo conocer su vida privada si eso pertenece al ámbito de lo estrictamente privado? ¿Realmente nos descorazonó tanto ver los documentales que acusan a Michael Jackson sobre lo que pudo —o no— haber hecho cuando no estaba grabando un disco o sobre un escenario que por eso quemamos sus discos y dejamos de reconocer su valor dentro de la industria musical? En pocas palabras la pregunta no es qué nos entretiene sino ¿quiénes nos entretienen?

El académico colombiano Omar Rincón ha indagado en torno a la lógica del entretenimiento, rasgo particular de los medios de comunicación que, asegura, han erigido una cruzada en contra del aburrimiento bajo la promesa de que toda vida puede ser divertida, y si esto no fuera así, ellos (los medios) puden llevarnos a escapar de nuestros problemas diarios a partir de narrativas que producen seducción, conformidad, afectos y saberes. Estas narrativas están hechas de fórmulas, defendidas por sus creadores, que van desde lo divertido, lo perezoso, lo efectista, lo facilista, lo superficial, lo banal y predecible, lo que divide al público entre aquellos que ven como negativos estos rasgos y aquellos que simplemente las disfrutan, es decir, la valoración masiva (Rincón, 2006).

La fórmula del entretenimiento de los programas de revista no fue exclusivo de Club del Hogar; a mediados de los setenta se emitió en la televisión un programa llamado Sube, Pelayo, Sube, conducido por Luis Manuel Pelayo, una emisión de concursos entre familias donde de alguna manera se humillaba a los concursantes, situación que provocada las risas del público en vivo y que era alentado por el conductor y elementos de la producción, mientras se veía cómo los concursantes se esforzaban sin logar su objetivo. Pero no hago mención de esto para provocare el juicio implacable, sino para evidenciar que las fórmulas que aún hoy en día seguimos encontrando no sólo en la televisión sino en las producciones de internet (y no sólo en América Latina, sino en países como Japón), fueron la escuela de Francisco Stanley, quien bajo estas lógicas en combinación con una personalidad sumamente carismática (también heredada de otro de sus maestros, Paco Malgesto), una gran agilidad mental y una presencia que las cámaras captaban y amaban, lograron crear su propio personaje: Paco Stanley, Paco Pacorro, de los conductores el más cotorro. Ese hombre que además de entretener y hacer reir anunciaba marcas de manera prodigiosa (¡y vaya que vendía bien!), nada que un influencer de hoy no haga en sus instastories o en otras redes sociales.

Tras la cancelación La Carabina de Ambrosio, Paco fue llamado a colaborar en un segmento de espectáculos del canal informativo de Televisa, Eco, en el que estuvo junto con la periodista Arlette Garibay en 1988. Pero al comenzar los años noventas se estrenó como conductor estelar de su propia emisión: ¡Ándale!, una versión con mayor presupuesto del segmento en Eco, además de estaba en un mejor horario, contaba con músicos y público en vivo, así como la colaboración de Benito Castro y María Elena Saldaña, La Güereja. Además, recuperó algunas secciones del Club del Hogar, como las palabras de Jorge Gutiérrez y Espinoza alias “Polillita” y trajo a las nuevas generaciones cánticos como El Gori Gori, popularizado por su estribillo de inicio “Los timbales del cura de Villalpando”.

En 1993 ocurrió una fusión entre el programa de Stanley con el infantil TVO, lo que se convirtió en Llévatelo, una producción de Enrique Segoviano (veterano productor de concursos en Televisa) en donde Paco compartió micrófono con Gabriela Ruffo. Dos años después regresa al formato de revista con Pácatelas, donde más que innovar, repite exitosamente la fórmula de los cánticos auto alabatorios (cantarse a sí mismo “qué lindo soy, qué bonito soy, cómo me quiero” mientras coqueteaba, dentro y fuera de la pantalla con sus edecanes y todo a pesar de su evidente exceso de peso), así como la interacción con el público, tanto en vivo como aquellos que se comunicaban de manera telefónica, que conociendo las dinámicas del conductor aguantaban toda clase de comentarios que en muchas ocasiones reabasaban, por milímetros, el tono de comedia para alcanzar la burla en televisión nacional.

Sin embargo se trataba del mismo Paco (tal vez de Francisco) quién entre broma y broma gustaba de declamar poemas diversos en sus emisiones. Y ahí su expertis práctico se combinaba con su base académica, ya que contaba con una maestría en Letras que aportaba un equilibrio al entretenimiento banal, que fue bien recibido por el público y mejor capitalizado por el conductor ya que esto lo llevó a incursionar en otra industria: la de la música, al grabar tres discos puramente de poemas.

Retomo los estudios de Omar Rincón (2006) sobre el entretenimiento, esta vez a partir de un cuadro comparativo donde intenta ilustrar la oposición de este concepto contra el arte y lo culto. El autor va describiendo ciertas categorías como objetivo, interlocutor, creación, actores y valores, desde las perspectivas del arte y del entretenimiento. Lo relevante en este caso es cuando describe a los actores: si bien en el rubro del arte éstos son descritos como personas cultas, ilustradas y con buen gusto, en el apartado del entretenimiento figuran de la siguiente manera: “El gusto de lo nuevo popular, de clase media, constituído por sujetos producidos “al estilo” de la sociedad de consumo, ese ser ascendente cuyo único criterio es el dinero, cuya religión es estar en el mercado de los símbolos y cuya cultura se acaba en el nombre de las estrellas del momento” (p. 45).

Aunque ilustrativa, la comparación de Rincón me hace pensar, ¿en dónde encaja Paco Stanley? Considerando que el texto es del año 2006 (tan solo 7 años después de su muerte), muchas cosas ya eran diferentes en este nuevo milenio. Me parece que lo que el autor plantea apunta hacia un concepto donde ya encajaban los productos venidos de los reality shows, vaticinaba el perfil de las estrellas del Youtube, y por supuesto tenían cabida muchas estrellas fugaces de la televisión. Pero me parece, salvo el juicio de quien esto lea, que Stanley sin ser un hombre del Renacimiento bien puede transitar entre una y otra descripción al unísono. Quizás no tenía muy buen gusto, quizá su personaje era quien no lo tenía, quizá se escudaba en Paco para que Francisco, el hombre ilustrado, no resultara aburrido para las masas, aunque sabía bien cómo combinarlos, y así exploró también su faceta como actor al representar durante 15 años consecutivos la versión cómica del clásico literario Don Juan Tenorio.

En el año 1998, tras una larga y exitosa temporada en Televisa, Paco Stanley y su equipo cambiaron de televisora e ingresaron a las filas de Televisión Azteca con dos programas: Una tras otra, revista matutina cuyo nombre aludía a una de sus frases características (que incluía ademán, como muchas otras), y un programa de variedad nocturno. Todo esto hasta el fatídico 7 de junio de 1999.

A partir de ésta fecha la opinión sobre el conductor/comediante/actor/declamador fue cambiando gracias a la información que los medios de comunicación fueron reportando respecto a las posibles causas de su asesinato. Si bien algunas cosas no eran desconocidas, muchos las ignoraban, como el nexo que Francisco Stanley tuvo con la política al ser militante activo del Partido Revolucionario Institucional, el cuál impulsó su candidatura a un cargo público del entonces Distrito Federal, situación que explica por qué en su funeral aparecieron muy diversas figuras del ámbito político.

Un hombre que se dedicó al entretenimiento familiar se diversificó hasta el punto de ser portada de la versión mexicana de la revista Playboy, misma que emulaba su versión estadounidense en la cuál figuraba el entonces magnate y hoy presidente de Estados Unidos de Norteamérica, Donald Trump. Un hombre que mantuvo en secreto, hasta el día de su muerte, hijos, negocios, y gustos, como el que se dice tenía por las drogas.

Y fue después del 7 de junio de 1999 que la línea entre lo público y lo privado de Francisco Stanley comenzó a fusionarse. Habermas dice: “La esfera íntima, otrora el centro de la esfera privada, retrocede por así decirlo, a su periferia en la medida en que comienza a desprivatizarse” (1994, pág. 181). La vida de Stanley, a partir de su muerte, se desprivatizó haciendo irresistible para esa gran masa que antes lo admiraba, la posibilidad de emitir una opinión (de cualquier índole) al respecto, bien fuera sobre él o sobre lo que su asesinato significó para otros intereses.

Misógino, burlón, pesado, abusador de su patiño y de quien más se dejara en pantalla; coqueto, patán y exigente. Pero también generoso, amable, trabajador, puntual, divertido y otros muchos adjetivos más que surgen de los testimonios que, a tantos años de distancia, mantienen con vida la polémica figura de Paco Stanley.

 

La cobertura mediática y lo mainstream

El asesinato de Francisco Stanley en la calle a plena luz del día, a la salida del hoy tristemente célebre restaurante de tacos El Charco de las Ranas, sirvió como pretexto para que los medios privados de comunicación, particularmente Televisión Azteca, comenzaran una fase nunca antes vista en México de golpismo contra el gobierno, y para que investigadores como Fátima Fernández Christlieb encontraran en esta cobertura un interesante objeto de estudio acerca de los mensajes mediáticos y la responsabilidad en sus discursos (2002).

Independientemente de todos los recuentos, notas, videos y demás información que se encuentran al alcance desde la red, el texto de Fernández La responsabilidad de los medios de comunicación ofrece un puntual análisis sobre la cobertura televisiva de aquel 7 de junio y además, propone un modelo sobre corresponsabilidad consciente en este tipo de situaciones de índole periodística que eventualmente impactan en otros discursos dentro del mismo medio. La pertinencia de este libro, especialmente en su primer capítulo, es el detalle minuto a minuto de lo que sucedió en la pantalla de Televisión Azteca, en ese entonces el lugar de trabajo del occiso, en cuanto la noticia se dio a conocer por primera vez en un corte informativo que interrumpió su programación regular, lo cuál ocurrió a las 12:23 a través del periodista Raúl Sánchez Carrillo, y desde entonces la pantalla del canal 13 no dejó de dar seguimiento incluso ocho días después, como lo reportaron algunos periódicos de circulación nacional.

Si bien la autora explica que su corpus es únicamente la televisora del Ajusco ya que fue en donde encontró un mayor número de elementos para realizar dicho análisis de discurso, también reconoce que en cuanto se dio a conocer la noticia ambas televisoras, Azteca y Televisa, “sintieron al muerto como suyo” (Fernández Christlieb, 2002, pág. 30).

¿Pero por qué hacer un estudio sobre esto? La autora enlista una serie de razones que explican bien por qué hasta la fecha, como fue mencionado párrafos anteriores, la muerte de Stanley trascendió más que su vida misma: 1) por la duración del discurso; 2) por los pronunciamientos políticos durante la narración, que incluyeron las palabras de Ricardo Salinas Pliego, entonces director del canal; 3) por el clima de emotividad que se vivió dentro de la televisora; y 4) por la reacción que esta cobertura suscitó entre la prensa durante los días subsecuentes. El discurso pronunciado por todos los actores de la cobertura informativa del 7 de junio de 1999 destaca, entre otros elementos, la postura oficial de la televisora que desde el principio condenó la inseguridad vivída en el Distrito Federal (hoy Ciudad de México), que posteriormente se convirtió en un señalamiento directo en contra de autoridades como Cuauhtémoc Cárdenas, entonces Jefe de Gobierno con aspiraciones presidenciales en la contienda del año 2000.

Conductores como Jorge Garralda, quien dada la emotividad de la noticia tuvo que abandonar el estudio por haber perdido el control de sus palabras, dejó claro cuál iba a ser desde las 12:27 del día (el fatídico tiroteo se dio a las 12:08) la línea a seguir: el anclaje del discurso en la representación social que la audiencia tenía sobre la inseguridad en la capital para, con ello, asumir una postura oficial para culpar a las autoridades hasta pedir su renuncia si no contribuían al esclarecimiento del crimen. Todo en vivo, en televisión nacional, algo nunca antes visto. Todo en pleno día de la Libertad de expresión, por qué no. Para Fátima Fernández, el climax del discurso de aquel día fueron las palabras de Ricardo Salinas, sin manotazos ni exhabruptos pero sí con contundencia, exigiendo seguridad y señalando las fallas de las autoridades, las mismas con quienes los consecionarios de medios del país suelen negociar en privado.

Al día siguiente, en el horario habitual del programa Una tras otra, Patricia Chapoy apareció en un set lleno de flores en donde recibió llamadas del público doliente, hizo enlaces con personajes del espectáculo que hablaron sobre su consternación ante la pérdida de Paco, tuvo enlaces informativos con reporteros tanto de espectáculos como del área de noticias, y recibió la visita de otros conductores de la televisora como Sergio Sarmiento, quién ante las palabras de Chapoy “el clamor popular a partir de ésta situación es que no nos sentimos gobernados”, contestó: “Paty, estamos en una verdadera guerra” (Retrobetamx, 2013). Pero no sería hasta horas después de ese 8 de junio que la Procuraduría de Justicia del Distrito Federal anunciara, tras la necropcia, que tanto en el cuerpo como en la ropa de Paco Stanley se habían encontrado restos de cocaína.

Y entonces las noticias mezclaron farándula con política con narcotráfico. El discurso del narco fue encontrando ventanas para colarse poco a poco en la televisión abierta mexicana, convirtiéndose en un fenómeno que Frédéric Martel describe como mainstream, es decir, “un medio, un programa, o un producto cultural destinado a una gran audiencia. El mainstream es lo contrario a la contracultura, de la subcultura de los nichos de mercado; para muchos, es lo contrario del arte.” (2014, pág. 23). Veinte años después, luego de leer El Blog el Narco, tras conocer las historias de Teresa Mendoza tanto en libro como en melodrama y luego haber seguido las cinco temporadas de El señor de los cielos por Telemundo cadena norteamericana, la primera de ellas incluso ganadora de un Emmy Internacional, no nos puede quedar duda de que en el umbral del siglo XXI los discursos referentes a los capos de la droga iban a dejar de ser particulares de quienes leían las columnas del periodista Jesús Blanco-Ornelas o consumían por entretenimiento los videohomes de los hermanos Almada.

Lo narco se volvió mainstream y su relación con la farándula comenzó a entreverse de a pocos a partir de la figura de Paco Stanley que, como señala Fabrizio Mejía en su libro Nación TV, una biografía novelada sobre la historia de Televisa, fue amigo de Víctor Iturbe, el Pirulí, un cantante de boleros a quien asesinaron en la puerta de su casa en noviembre de 1987, se dijo después que la causa fue un ajuste de cuentas por deudas de droga. Mejía elucubra que Iturbe, Stanley y el actor Humberto Navarro vendían unas botellitas dentro de los foros de la televisora cuyo contenido servía para trabajar mejor y que, tras la muerte del cantante, el conductor había heredado el negocio. Sugiere además que fue por hacerle un chiste sobre drogas a Emilio Azcárraga que éste lo corrió de Televisa y, siguiendo por el camino de la ficción y las suposiciones, en la segunda temporada de la narco serie El señor de los cielos se plantea un nexo entre el actor/patiño de un conductor de televisión llamado Pepe y Víctor Casillas, hermano de Aurelio, a quien en el capítulo 82 ejecutan dentro de su camioneta, ubicada afuera de un restaurante mientras Memo, el patiño, sale del baño para encontrarse con el cuerpo recién baleado de su amigo y compañero de trabajo.

El actor que interpretó a Pepe fue Ausencio Cruz, el mismo que muchos años atrás, junto con Víctor Trujillo, recreaban en La caravana la dinámica llevada al extremo de la comedia de un conductor de programa de concursos (Trujillo), que solía humillar al pobre Margarito (Cruz), ridiculizándolo, sobajándolo, haciendo lo posible por jamás darle el premio por el que competía y todo bajo la premisa del espectáculo y el entretenimiento televisivo. Ésa fue la escuela de Paco Stanley, una que se ha ido cambiando y modificando en un siglo donde el escarnio es acusado de discriminación pero, no obstante, sigue siendo una fórmula eficaz para entretener (y sobre todo, para vender) sin importar desde qué pantalla provenga el contenido ni quiénes sean las personas que lo estén generando. Visto así, las cosas no han cambiado mucho desde entonces.

 

Bibliografía

Ambrosio, L. c. (27 de diciembre de 2016). La Carabina de Ambrosio (1979) Mercado de Lagrimas: “Suerte Pobre Rico” [Obtenido de Archivo de video] Recuperado de: https://youtu.be/Xbhr7x-veA8
Fernández Christlieb, F. (2002). La responsabilidad de los medios de comunicación. México: Paidós.
Habermas, J. (1994). Historia y crítica de la opinión pública. Barcelona: Gustavo Gili.
Martel, F. (2014). Cultura Mainstream. Cómo nacen los fenómenos de masas. Barcelona, España: Penguin Random House Grupo Editorial.
Martín-Barbero, J., & Rey, , G. (1999). Los ejercicios del ver. Hegemonía audiovisual y ficción televisiva. Barcelona: Gedisa.
Mejía Madrid, F. (2013). Nación TV. La novela de Televisa. México: Grijalbo.
Retrobetamx. (9 de junio de 2013). Muerte de Paco Stanley 080699 02 (“El show debe continuar”) [Obtenido de Archivo de video] Recuperado de: https://youtu.be/Mx3ADkhcjq4
Rincón, O. (2006). Narrativas mediáticas. O cómo se cuenta la sociedad del entretenimiento. Barcelona: Gedisa .
Toussaint, F. (6 de marzo de 1982). Club del hogar: decano, anacrónico, banal [Obtenido de Revista Proceso] Recuperado de: https://www.proceso.com.mx/133007/club-del-hogar-decano-anacronico-banal

Autores
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com

EL CIELO EN NORMANDIA (COMIC-URESHISAN_UNIVERSE)


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.

La primera novela de Luna Miguel es protagonizada por Helena, una mujer de treinta años que rige sus acciones a través del hambre, una fuerza que la orilla a satisfacer de manera frenética sus necesidades físicas, afectivas e intelectuales. Helena encarna aquel impulso voraz al describir lo que come en sus artículos de crítica gastronómica, cuando se masturba luego de darse un atracón, al preguntarse qué tiempo tardaría en devorar determinada cantidad de libros o al enfrentarse a la muerte de los otros como si fuera un proceso de larga digestión.

El capítulo 19 ofrece una suerte de retrato genealógico y alimenticio, una biografía del hambre de Helena:

A partir de entonces, clasificó todos sus recuerdos por sabores: su madre sabía a maíz. Amador tenía un gustillo a aceite. Sébastien era mermelada. Eudald escocía como una lima en la punta de la lengua. Rocío era leche. Sus años monásticos en el instituto de Almería, ajoblanco. Y la universidad crepitaba como Licor 43.

El sabor del tanatorio Cisneros sería para siempre amargo, y ahora bajaba por su garganta como un puñado de arena1.

Luna Miguel dialoga con la obra más conocida de Nabokov en las líneas referidas a Helena a sus veinte años:

Su mirada se topó con ese ejemplar rosa de Lolita que nunca había terminado de leer. Lo había intentado hasta en diez ocasiones. Le fascinaba y lo detestaba a partes iguales porque también era un compendio de sus propias desgracias. Como la protagonista, ella era huérfana, joven, pobre y víctima2.

En la narración de Nabokov, Humbert Humbert acecha a la pequeña Lo, cinco lustros menor que él. El funeral de Lolita muestra una situación casi idéntica: “Si yo tengo quince años y él tiene treinta y nueve, entonces nos llevamos veinticuatro”3, sostiene la protagonista. Otra similitud entre los textos radica en el registro de aquel vínculo desigual. La novela del escritor ruso recrea las notas del personaje que detallan el acercamiento a Dolores Haze en “una agenda encuadernada en cuero negro de imitación con una fecha dorada, 1947”4. En el libro de Luna Miguel ocurre algo parecido, sólo que a la inversa. Ha sido Helena quien inmortaliza aquella relación en “un cuaderno pequeño, envuelto en una especie de papel de arroz lila y envejecido”5. Imposible olvidar las primeras líneas de la obra de Nabokov: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Pecado mío, alma mía. Lo-li-ta: la punta de la lengua emprende un viaje de tres pasos paladar abajo hasta apoyarse, en el tercero, en el borde de los dientes. Lo. Li. Ta.”6. Humbert Humbert saborea el nombre y la idea del nombre. A su vez, Helena escribe en su cuaderno:

Me he comprado también una barra de cacao de fresa que me comería entera. Me hace pensar en unos caramelos que trajo mamá de Cartagena de Indias una vez que volvió del entierro de una tía. Sabían así. Justo como saben mis labios ahora. Justo así como quiero que sepan los tuyos cuando los muerda.7.

Hay en la protagonista una patente vocación al placer. El hecho de que la autora ceda la voz a la figura femenina responde a una construcción que, lejos de ser moralizante con respecto a Lolita, se manifiesta como un homenaje y una propuesta novedosa a partir de la tradición. El giro de la novela respecto a la figura de la nínfula consiste en el duelo y en la renuncia hacia el vínculo con el profesor: ese nudo invisible y punzante que Helena desata poco a poco.

Narrar tres etapas de su vida (la infancia, la adolescencia y la actual treintena) e incluir diferentes soportes textuales (el diario o las redes sociales) revela al personaje en un vaivén de construcción y reconstrucción de identidad.

Otro aspecto que cruza El funeral de Lolita corresponde a las reflexiones en torno a la escritura. Recuperar su diario le permite a Helena, y al lector, acceder a un discurso y a un Yo fragmentados: “Escribo para averiguar por qué. Escribo porque escribir me quita el hambre. Escribir no quita el hambre. Qué tontería. Escribir lo agranda”8. Leerse deviene en un acto cercano al canibalismo, consumir los propios recuerdos nutre y duele.

Uno de los puntos débiles de la novela es la dificultad para reconocer en los diálogos a quiénes pertenecen las voces. Los registros de los personajes podrían haberse delimitado mejor. Sin embargo, lo compensa con las cualidades plásticas del texto; un gran momento es el retrato de la protagonista que come provocando el estupor de los comensales:

Cogió la carne de ternera y empezó a comerla con las manos. La sangre resbalaba por su barbilla y la gente de otras mesas se volvía para mirarla. Un camarero se le acercó y le dijo al oído que debía retirarse de inmediato, que no era necesario que pagara9.

Esta imagen resulta poderosa en cuanto a las preguntas surgidas de ella: ¿El hambre, en sus distintos ámbitos, debe disimularse siempre? ¿Por qué reaccionamos con miedo ante la franca manifestación del deseo?

Si en Los estómagos (La Bella Varsovia, 2015) ―el poemario más reciente de Luna Miguel― la autora crea una atmósfera de profunda visceralidad, ahora suma a su narrativa el impulso reiterado de vivir en respuesta a la muerte. Cada página nos acerca a las entrañas del personaje, colocándonos al interior de un cuerpo hambriento.

 


Bibliografía

Miguel, Luna, El funeral de Lolita, Lumen, México, 2019.

Nabokov, Vladimir, Lolita, Anagrama, Barcelona, 2016.


Autores
(Oaxaca, 1993). Narradora. Estudió Letras Hispánicas en la UAM. Actualmente es becaria en la Fundación para las Letras Mexicanas.

La escuela nos otorga —extrañamente— un horizonte de sentido. Cada infante ingresa al aula preparado para hacerse de una nueva lengua. Y mientras nuestros rudimentos gramaticales duermen de tedio sobre las hojas pautadas de los Scribe, el patio de recreo bulle con un segundo lenguaje: es ahí donde nacen los apodos (nuestros epítetos heroicos) y las leyendas de otros reinos (otros colegios).

Apenas acaban las vacaciones, la escuela es habitada por los fantasmas de héroes, princesas, oráculos y grandes villanos. En el salón de clases se entremezclan la hipérbole de la épica, el retruécano picaresco, las confabulaciones colectivas y la marcha de las retóricas académicas: cada profesor es —a su modo— un estilista malogrado que pretende seducir y ganarse la atención del grupo. Entre los mesabancos, a orillas de las canchas y en la frontera de los baños se gestan los mitos que pretenden explicar esa arbitrariedad inquietante de respirar un mundo.

Cuando comienzan a palidecer las promesas escolares, la literatura entra al quite, chuta el tiro y espera a que otro distraído devuelva la pelota que voló la barda. La ficción consuela porque nos hace creer que en el salón 64 ocurrieron acontecimientos dignos de ser narrados, que entre sus cuatro paredes está la clave para descifrar la tristeza de González, las ínfulas de Romagnoli, la rabia del Tetudo y las obsesiones de Paula Valero. Pero lo cierto es que la literatura no descifra ni esclarece; acaso sugiere un orden falso y le cobra venganzas minúsculas a ese otro relato que llamamos realidad.

Ahora quisiera imaginar que habla el profesor X del Instituto Moncadense. Un cliché con suéter de rombos y café soluble en vasito de unicel:

—Jaime Hernán, tengo algunas dudas respecto a su manuscrito.

— ¿Qué dudas, maestro?

—En la página quince describe una sala de urgencias y dice el narrador, cito: “Esa sala me ofrecía un delicioso bullicio de lamentos, parecido al de las vacas mugiendo de hambre”. Líneas más adelante habla de una niña que se voló un par de dedos con un petardo y dice, cito: “Chillaba como me imagino que lo haría un águila”. Más adelante habla de los pezones de cierto personaje y dice, cito: “estaban tan separados que parecían dos sombreritos mexicanos alejándose cada cual para su fiesta, como buscando resguardo en la oscura maleza de las axilas”. También, señor Hernán, en una escena francamente pornográfica, menciona a un personaje que chupa determinado apéndice de la anatomía masculina con, cito: “el mismo ahínco con el que se sorbe un grumo atascado en un popote”. Mmhm… no estoy seguro…

—Es solo un cuento, maestro, no lo tome tan en serio.

—¿Cómo no lo voy a tomar tan en serio? Si tuviera que escribir un reporte a sus padres, ¿qué les diría? Señor y señora, en los cuentos de su hijo hay felaciones furtivas, masturbadores anhedónicos, prostitución encubierta y una usurpadora infantil. Por favor… dígame, ¿pasa algo en casa?

Y en este punto dejamos a Jaime y al profe discutir a solas.

Aprovechamos la querella para espiar su boleta de calificaciones: un par de notas sobresalientes aquí y allá y los consabidos ochos y nueves. La boleta de un ñoño, pues. Repasamos los hechos conocidos de sobra: los números de un escritor pulcro, exacto y contundente. Un humorista quirúrgico al que le basta enlistar los elementos de un espacio (un cine, una oficina o un set de televisión) para que este deje entrever su carisma ridículo. En Melancolía de los pupitres las pulsiones oscuras aparecen balanceadas por su contrapeso ramplón: la ironía se expresa sola, elegantemente, sin guiños ni aspavientos de sabelotodo. La crueldad se asoma para ceder ante el retrato compasivo. En este conjunto de relatos se cumple el axioma clásico de la comedia, una planta ligera de raíces profundas. El alumno conoce su oficio y —quizá por eso— la melancolía prevalece al final de la lectura: no hay forma de contar todo. El escritor zarpa en busca del tiempo perdido y anticipa su fracaso; aunque en estos cuentos existan pistas y elementos para explicar las obsesiones de los personajes, invariablemente palpita una zona de sombras en donde pareciera que cualquier cosa es posible, una región ajena al control del escritor. Sin embargo, a riesgo de desbalagarse, el autor se recrea imaginando al otro, al que tomó un camino diferente y dobló la esquina para adentrarse en la aventura.

Melancolía de los pupitres orilla a preguntarse; si no somos más que la suma desordenada de nuestras propias fabulaciones: los anhelos, las fantasías y las historias truncas: todo aquello que pudo haber sido, pero que jamás sucedió. Este libro nos devuelve a la noción de que la vida está en otra parte, de que respiramos mejor en un aire de metáforas y mitologías y que cada uno —desde su pupitre, desde la soledad— anima la cáscara de un personaje que nunca acaba de escribirse.

La escuela, ese primer país que nos otorga una coordenada (la del tirano, el jodón, la ruidosa, el flatulento, el ñoño o el excéntrico), tiene su trasunto tragicómico en la vida de los adultos. Ahí estamos de nuevo, en un salón más amplio y salvaje, con cuerpos más viejos y desparramados; sé que ahí —en esa jungla en donde la mayoría se pretenden profesores— Jaime He es un mirón atento y precavido: el estudiante esquinero (guardián de atalaya) listo con una cerbatana que nos recuerda nuestra insignificancia. Es justo el tipo de pillo rápido y comedido al que es tan difícil atrapar.

Por desgracia —o al menos hasta donde tengo conocimiento— Jaime no ostenta cargos públicos ni corre una casa de apuestas; eligió equivocarse y dedicar su tiempo a esa cosa inservible y bella que es la literatura. Vio venir el balón y lo prendió de botepronto; dio un tiro largo que voló la barda, atravesó el tiempo y llegó rodando hasta nuestros pies. Ahora es el lector quien —desde su lado de la cancha— pondrá a rodar la pelota.


Autores
Licenciado en literatura hispanoamericana por la Universidad Iberoamericana y actor por el Centro Universitario de Teatro (CUT). Ha colaborado en publicaciones como Chilango, Proceso y la Ciudad de Frente. Actualmente es profesor de historia del arte en la Universidad Autónoma de Querétaro.