Tierra Adentro
Rodrigo Fernández, El poeta Raúl Zurita; presentación del libro Íntegra de Gonzalo Rojas en la Biblioteca Nacional de Santiago, 25 de abril de 2013, Wikimedia Commons.
Rodrigo Fernández, El poeta Raúl Zurita; presentación del libro Íntegra de Gonzalo Rojas en la Biblioteca Nacional de Santiago, 25 de abril de 2013, Wikimedia Commons.

Nació en Chile, pero su primera lengua fue el italiano. A diferencia de otros niños que crecieron al amparo de literatura infantil, él lo hizo escuchando relatos de la Divina Comedia, en boca de su abuela materna, quien lo cuidaba mientras su madre iba a trabajar.

Quedó huérfano de padre cuando apenas contaba con dos años de edad y, a pesar de pertenecer a una familia ilustrada, padeció la miseria económica. El día en que se dio el golpe de Estado, en 1973, fue hecho prisionero y trasladado al carguero “Maipo”, donde fue torturado y permaneció recluido con ochocientas personas en un espacio para cincuenta.

Estos datos que parecen perfilar un personaje de novela dramática son hechos reales en torno a la vida de Raúl Zurita Canessa, quien este año fue distinguido con el Premio Reina Sofía, en su XXIX edición, y charló en exclusiva para el Fondo de Cultura Económica (FCE).

“Sobreviví años robando libros caros, de arquitectura o medicina, para venderlos. Hasta que fui descubierto. En 1979, cuando salió mi primer libro, Purgatorio, yo podía verlo en las vitrinas de todas las librerías de Santiago. Pero no podía entrar a ninguna. El acuerdo para no mandarme preso me prohibía ingresar a cualquier librería y quedé fichado en todas”, refiere en Verás un mar de piedras (FCE, México, 2017).

“Mi abuela fue un personaje importante en mi niñez porque nos contaba cuentos con personajes de la Divina Comedia. ¡Era terrible! Yo no sabía del amor cuando era pequeño. La nostalgia de mi abuela, que no pudo volver a su país, Italia, nos hablaba permanentemente a mí y a mi hermana de Da Vinci y Miguel Ángel. Ya de adulto me di cuenta de que todo lo que escribiría tenía que ver con ella y su relación con un país al que nunca volvió relación. Cuando años después que muriera yo fui a Italia, me di cuenta de cuenta de que había ido solo cumplir la deuda de su nostalgia”, comentó Zurita.

Al referirse a la trilogía Purgatorio, Anteparaíso y La vida nueva, cuyo diseño está trazado para soportar la estética y la belleza de las palabras, y donde se asoma su lado de ingeniero, el poeta dijo: “Fue una imagen que tuve a propósito de la situación terrible que pasaba Chile, con la dictadura del año 1973, cuando Pinochet derrocó a Allende, del cual yo era un partidario fervoroso, me apresaron en la mañana muy temprano y me di cuenta de que mi situación era muy mala por dos razones, una, porque los marinos siempre han sido golpistas, y dos, porque yo no he comido ni he dormido en dos días, pero salí y no pasó nada grave, comparado con otros que no están para contarlo.

“Tiempo después estuve en una situación más humillante. En Santiago me detuvieron durante horas por reírme. Recuerdo que cuando salí de eso, lo que menos me interesaba en el mundo era la poesía. Lo que necesitaba era conseguirme un trabajo como fuera. La poesía me interesaba nada. No podía interesarme menos. No era lo que se necesitaba. En ese entonces ser fotógrafo no era una acción de arte, sino un gesto desesperado, e hice un performance encerrado solo, en un baño. Al hacer ese  performance sentí que algo había pasado. Que se mermaba algo. Que era un comienzo. Si la guagua no chilla es porque está muerta, ese fue mi chillido”.

La de Raúl Zurita es una poesía en la cual se amalgaman el dolor y la rabia. “Estamos inundados de poesía autista, autorreferente. Creo, con toda humildad, que si la poesía comienza a interrogarse sobre sí misma es porque ha desaparecido. Hay una fuerza tan potente que se rencarna en tu cuerpo, en tus órganos, en tu sufrimiento, en tu llorar, en tu dolor, en tus deseos de amor, de muerte. Finalmente no somos sino distintas metáforas de lo mismo. Tenemos la misma necesidad de amor, el mismo temor ante la muerte y, ante esa metáfora, también aparecen las manos monstruosas. Los monstruosos hermanos nuestros que se crearon en las mismas ciudades y  caminaron las mismas calles. Sin embargo, son seres monstruosos. Nos amargan, nos linchan… Prometo que nunca he pretendido, nunca, en ningún momento, ni en mi mayor locura, que lo que yo digo pueda ser o servirle a otro para algo, para mí es así”, dijo el creador chileno.

Pensando en la idea de que la poesía no sea autorreferencial, el yo poético y el real funcionan de manera similar. “No hay nada más parecido al relato de la vida de un ser humano que la escritura y, al mismo tiempo, no hay nada más diferente en el universo que una vida al relato. Como si estuvieran separados en una distancia muy pequeña, pero insondable, un abismo infinito”. En Zurita aparece una base real, sin embargo, los escenarios son absolutamente fantásticos. El Pacífico se ha secado hace miles de años. Los escenarios son apocalípticos, como si vieras una película de mil años después. “Así lo entiendo, pero sé que un libro nunca va a ser ea vida, ni yo, ni yo tampoco voy a ser ese libro. No hay nada más parecido a un libro que una vida y una vida a un libro al mismo tiempo, es una contradicción irresoluble”, afirmó.

El poeta sudamericano ha sido un fuerte crítico con la poesía contemporánea. En ese sentido, habló de su percepción en torno al rol de la poesía contra la realidad. “Cuando uno es joven, la arrogancia tal vez sirve para autoafirmarse, pero con el tiempo te das cuenta de que perteneces a un río mucho más ancho, en mi caso, al río de la poesía chilena, pero que hay montañas de poesía autista. Si viniera un extraterrestre a la tierra y lo único que leyera fueran los libros de poesía de los últimos 60 años, lo más probable es que llegaría a la conclusión de que, salvo las decepciones sentimentales, problemas de soledad y angustia, acá en la tierra no ha pasado nada”.

Zurita reconoce tener una relación estrecha con la música, misma que se pone de manifiesto en lo que ha dado en llamar performance. En ese sentido, el vate sudamericano confesó: “La música me alucinó siempre. No soy melómano porque soy de gustos desordenados. El segundo movimiento del Sexteto de cuerdas No. 1, de Brahms. es increíble. ¿Cómo alguien puede hacer algo tan increíblemente bello? La música para mí es fundamental. Es parte de mi vida. Sin música me muero y al mismo tiempo no sé nada. Si eso se traspasa a mis libros no lo sé. Uso muy conscientemente letras de canciones bolivianas, de José Alfredo Jiménez y de Cuco Sánchez. Uno descubre imágenes en gran parte de la música popular: ‘Grítenme piedras del campo’. Esa es una invocación cuyas raíces se remontan a dos mil quinientos años: es Isaías”.

En contraparte a la sonoridad de la música, está también el silencio como ingrediente capital en la poesía de Zurita. “El silencio tiene que ver con Dante y el silencio a la entrada del infierno, cuando ve a los poetas que están en el limbo, porque ellos no podían ver a Dios. Habla con Homero, Ovidio, Lucano, y recién allí hablaron de las cosas que en vida es mejor callar. Creo que la poesía es una lucha a muerte con el silencio. Es darse de cabezazos contra lo que tú no podés. Nunca he creído en la autocensura. Son tus propios límites y son reales, y aunque te rompes la cabeza no podés ir más allá. Eso sucede cuando uno escribe poesía. A mí por lo menos me sucede. De repente sentís la impotencia y no podés ver algo que crees que está allí, pero no está”.

¿Un mar de piedras podría ser leído como una biografía? “En ese libro se engarzaron pedazos hasta el punto de construir una biografía literaria. Sin embargo, necesariamente, una biografía deja siempre lo más importante fuera, como dice Hemingway: ‘Lo verdaderamente importante no se dice’”.

Al referirse al Chile contemporáneo, a la encrucijada por la que atraviesa, así como a sus jóvenes, Raúl Zurita reflexionó un momento antes de responder: “No ilusiona. No puede dejar de doler todo el cúmulo de desigualdades, de abuso, de impunidad que había en las calles. Cómo no prever con una mirada que están construyendo casas sobre papel, sobre una fragilidad inmensa, la clase media chilena y su frase famosa ‘es una clase absolutamente endeudada, al borde permanente de la pobreza’. La diferencia en la salud entre los ricos y los pobres es abismal, una educación que no es tan buena ni para los que la pueden pagar, y para los que no lo pueden pagar es terrible, por las condiciones: cursos de 70 niños con problemas familiares tremendos. Eran tan predecibles las cosas que iban a pasar. Lo que me impresiona es que si hubieran leído lo que estaban escribiendo los poetas jóvenes hace diez años, ya estaba escrito todo. Porque claro, la poesía es como el mito de Casandra, una adivina que lo sabe todo sobre el pasado, presente y futuro, pero nadie la escucha, esa es su condena: que nadie la escucha”, concluyó el poeta.

A decir de Luis García, director del Instituto Cervantes, Raúl Zurita es un referente de la poesía iberoamericana desde su primer libro, por su lenguaje “libre, arrebatado y ajustado (…) es emblema de la gran tradición de poesía chilena” y con ella ha demostrado cómo se puede hacer frente al miedo “con la dignidad de la palabra poética”.

El Fondo de Cultura Económica cuenta en su fondo editorial con dos libros de Raúl Zurita: INRI (2003), donde refleja la fuerza poética del autor, y Un mar de piedras, que preparó el editor Héctor Montesinos.


Autores
Es doctora en filosofía por la Universidad Complutense de Madrid,. Fue editora de las colecciones de Economía, Sociología, Política y Derecho, Comunicación y la Gaceta del Fondo de Cultura Económica. Actualmente imparte clases en la Universidad Iberoamericana, campus Santa Fe y es subgerente de Proyectos especiales en el Fondo de Cultura Económica y directora de la Colección Popular de la misma institución. Autora de _El Laberinto digital. Cómo crear contenidos en la era internet _
Estudió Ciencia Política en la UNAM y maestría en la Universidad de Chile. Ha sido editor de sellos independientes entre los que destacan Sexto piso y Hueders. Ha dado clases en distintas universidades de México y Chile. Actualmente se encuentra a cargo de la subsidiaria del FCE en Chile.

Lo más fatal que un hombre puede hacer  

es tratar de estar solo1. 

 

La primera vez que te encontraste con el libro, tu amiga V te contó que El corazón es un cazador solitario, primera novela de Carson McCullers, se publicó en 1940 cuando su autora tenía 23 años y desde el primer momento fue un éxito tanto comercial como crítico, es más, el New York Times la consideró “la obra literaria del año”.  

Estabas en su casa en Iowa City, curioseando en el librero mientras esperabas que terminara de alistarse para salir. Te llamó la atención el título y cuando le preguntaste sobre él, su voz desde el baño te dijo que lo había sacado de la biblioteca porque era uno de sus favoritos. Lo hojeaste, pero antes de que decidieras si el libro te había atrapado o no, V volvió al cuarto y declaró que estaba lista. Si no lo has leído, llévatelo, te dijo. No recuerdas qué excusa diste, tal vez era justo ese momento del semestre donde no había tiempo más que para las cosas que tenías que leer para las clases. Lo leeré cuando sea el momento, le dijiste guardando el título en tu memoria. ¿Cómo olvidar un título tan bueno? Desde esa primera vez sentiste que era uno de esos libros que llegaría a tu vida en el momento justo.  

* 

 “En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos” (p.17) comienza el libro. Los mudos son John Singer y Spiros Antonapoulos, mejores amigos que viven juntos en una ciudad obrera, sin nombre, en el sur de Estados Unidos hasta el día que internan a Antonapoulos en un manicomio en otra ciudad. Cuando Singer se queda solo, se muda a la casa de huéspedes de la familia Kelly y comienza a frecuentar el café Nueva York. Así conoce a los otros cuatro personajes principales que durante el resto de la novela lo buscarán para hablar con él: Mick Kelly, una niña de trece años que sueña con ser compositora; Jake Blount, un alcohólico comunista que acaba de llegar al pueblo; el doctor Copeland, un médico afroamericano, y Biff Brannon, el dueño del café. El libro narra el año que dura la relación de estos cuatro personajes con Singer, que como sordomudo es capaz de entenderlos, pero no de responderles. Esto no impide que todos vuelvan una y otra vez a verlo en busca de compresión. “La visita contribuyó a disipar la sensación de soledad que le atormentaba, de manera que cuando se despidió se sentía en paz consigo mismo una vez más” (p.166) dice el narrador desde el punto de vista del doctor Copeland después de una de sus visitas. 

Te encuentras con esta frase a principios de septiembre, más de seis meses después de que comenzara la pandemia, seis meses de encierro solitario en tu departamento, y te sientes profundamente identificada. De hecho, todo el libro te remueve tanto que varias veces te detienes y prefieres leer sobre la autora que seguir. Leealrededor de la novela es más fácil que enfrentarte a sus personajes alienados que intentan sobrevivir a la soledad y al rechazo social a través de la única conexión humana que tienen a su alcance. ¿Qué quiere decir, piensas, que el único dispuesto a escucharlos de verdad es un sordomudoDesde el comienzo la interacción está desbalanceada y, por eso, condenada al desastre.  

Lees en My Autobiography of Carson McCullers de Jenn Shapland que McCullers acababa de mudarse a Nueva York y pasó el 14 de junio de 1940, el día que se publicó El corazón es un cazado solitario, en un cuarto de hotel “aislada y sola” como los personajes de su novela. De hecho, lees que en todos sus libros (cuatro novelas y un libro de cuentos) regresa a los mismos temas: amores no correspondidos, alienación social y el intento infructuoso de conectar con otros seres humanos. Su vida, como la de muchos de sus personajes, se encuentra marcada por la tragedia. Se casó con el mismo hombre dos veces en un matrimonio que la hizo infeliz; se enamoró (u obsesionó dependiendo de la interpretación) de Annemarie Schwarzenbach; sufrió depresión y alcoholismo; muy joven tuvo fiebre reumática, enfermedad que la dejó débil y con una condición cardiaca de la que murió a los cincuenta años.  

Cuando retomas el libro, en la página 24, subrayas el siguiente fragmento en el que John Singer intenta comunicarse por última vez con su mejor amigo antes de que éste se vaya: “Hablaba y hablaba. Y aunque sus manos jamás se tomaban un descanso, no era capaz de decir todo lo que tenía que decir. Quería contarle a Antonapoulos todos los pensamientos que había albergado su mente y su corazón, pero no había tiempo”. Y sabes que así te has sentido muchas veces en los últimos meses, cuando cuelgas una reunión de Zoom y el silencio de tu departamento te aplasta y te das cuenta que apenas dejaste hablar, que interrumpiste a todos, que no fuiste capaz de preguntarles nada de regreso a tus interlocutores, porque cuando comenzaste a hablar, no podías callarte.  

* 

Lees como nunca lo has hecho antes, consciente de cada página que falta para el siguiente capítulo, pero no es porque el libro te aburra, sino porque el confinamiento te ha dejado la concentración suficiente para escribir, pero te ha despojado de alguna facultad clave para leer. Cuando no puedes evitarlo más y la entrega del artículo está sobre ti, te obligas a leer. Conforme avanzas, surgen frases e ideas en tu cabeza, todas en segunda persona. Sigues el impulso, aunque te incomoda. Dudas porque no sabes si el recurso tiene algún sentido o si, por el contrario, al distanciarte en el punto de vista de tu artículo, estás huyendo de esta novela que tanto te apela. Al final, te aferras a tu segunda persona y te enfocas en los detalles: 

Te sorprende que los hechos más violentos, aquellos que cambian la vida de los personajes, duren apenas unas líneas, llegan de improviso, ponen de cabeza la vida del personaje, lo dejan más solo que antes, pero el narrador no se detiene en ellos, sino que los cuenta con sequedad y se concentra en lo que viene después, en las reacciones de los personajes. Pasa una y otra vez. McCullers captura algo con esto; la forma en que los momentos más decisivos de la vida son puntuales. Casi podrías perdértelos si no lees con cuidado, pero las secuelas del cambio permanecen, reverberan en la vida de cada personaje. 

Te sorprende cómo los temas políticos que toca la novela siguen vigentes. Todos los personajes se encuentran insatisfechos con sus circunstancias. Todos son productos de su época. Pero en sus discursos a Singer, encuentras ecos que retumban hacia el presente con las manifestaciones después de la muerte de George Floyd; con las limitaciones que la pobreza pone a los sueños de las personas; con las discusiones sobre la voracidad del capitalismo.  

Durante todo el libro esperas el momento en que dos de los personajes, Blount y el doctor Copeland, por fin hablen porque parece que ellos podrían entenderse. Ambos admiran a Karl Marx y quieren cambiar el mundo en el que se encuentran, ¿qué fácil sería hablar y conectar si comparten las mismas ideas? Pero cuando por fin sucede, discuten, no se entienden y terminan peleando. Comparten ideas, pero las estrategias de acción son distintas, mientras más hablan, más parecen incompatibles. No son capaces de escucharse y cada uno se aferra a las conclusiones a las que ya había llegado, decretando que el otro está equivocado. Concluyes que en el mundo del libro las circunstancias de los personajes evitan que puedan comunicarse de verdad y cuando piensas en las discusiones de Twitter que lees a cada rato, piensas lo vigente que sigue siendo esta idea.  

* 

Te preguntas si leer algo que te apela, te afecta, de manera tan directa podrá curarte de la aflicción de la lectura o si es esperar demasiado del libro. Tratas de leer con mente crítica, pero una y otra vez vuelve a subrayar alguna frase como “Sintió deseos de no volver a ver una cara humana. Sin embargo, al mismo tiempo no se veía capaz de permanecer allí sentado, solo, en la vacía habitación (p. 280) y no puedes evitar pensar en todas las veces que has tenido lo que llamas “ataques de soledad”. Llega la ansiedad y te sientes incómoda en tu propia piel, incapaz de estarte quieta, de concentrarte, de hacer cualquier cosa. La única cura que has encontrado hasta ahora es sentarte en la misma habitación con otra persona y hablar. 

¿Será por eso que tus párrafos están en segunda persona? Más de una vez cambias los verbos, vuelves al “yo”, pero cada vez esto te estanca. Casi parece que este libro en el que nadie logra realmente ser escuchado, te ha empujado a hablar contigo misma. En la página 236 Singer le escribe una carta a Antonapoulos, aunque éste no sabe leer. Cierra: “No sirvo para estar solo y sin alguien como tú, que comprende”. Lees esta cita y dejas de lucha con el punto de vista porque, al final, ¿qué es escribir en segunda persona sino pretender que el texto es una conversación y no un monólogo?  

* 

No sabes de dónde salió esa creencia tuya de que los libros llegan a tu vida en el momento correcto, pero hasta ahora habías confiado en ella ciegamente. A ratos parece sólo una buena excusa para explicar por qué no has leído un clásico, pero te ha pasado tantas veces que cuando te encuentras con ciertos libros que casi puedes asegurar que serán para el futuro. Te pasó con Los detectives salvajes que intentaste leer cuatro veces antes de devorarlo en un viaje a Lisboa o con Memorias de Adriano el libro favorito de tu madre que cargaste a varios países hasta que por fin lo leíste al regresar a México.  

La segunda vez que intentaste leer El corazón es un cazador solitario estabas de nuevo en la casa de V, pero esta vez en su departamento de Madrid. Te estabas quedando allí unas semanas antes de irte de España y, de nuevo, curioseando el librero te encontraste con su copia, la que leyó en la universidad cuando estaba estudiando letras inglesas y pensaste que tal vez por fin llegó el momento, pero entre las despedidas, las semanas se te fueron y de nuevo lo dejaste de lado.  

Por eso, cuando viste el título del libro entre los temas a elegir, pensaste que ahora sí había llegado el momento y que, si no era el correcto, te obligarías a leerlo de todas formas. En la página 47 lees los pensamientos de Biff Brannon sobre el primer encuentro entre Singer y Blount. Se pregunta por qué éste tuvo esa necesidad de entregarle todo lo que llevaba en su interior al sordomudo y concluye: “Porque forma parte de la naturaleza de ciertos hombres entregar en un momento dado todo lo que es personal, antes de que fermente y envenene…, arrojárselo a un ser humano o a alguna idea humana. Tienen que hacerlo. Está en su naturaleza” y una parte de ti se alegra de la obligación, aunque al terminar de leer lo único que quieres es eso mismo, entregarle a otro ser humano todo lo que has sentido. Al final, lo único que haces es mandarle un mensaje a V que dice: “Estoy destrozada”. 

¿Fue este confinamiento el momento correcto para el libro? No lo sabes, pero intuyes que esa no es la pregunta más importante. Al pensar en el “momento correcto”, te das cuenta que la experiencia de leer ha quedado marcada por tus propias circunstancias y es imposible disociarlas. El libro te afectó y lo que sacaste de él está unido a este momento vital. Hay muchas más lecturas en él de la que puede contener este artículo, pero a ochenta años de su publicación, El corazón es un cazador solitario te habla del presente tanto como del pasado. No tiene una respuesta para la soledad que estás sintiendo, pero al menos está allí para hablarte de verdad.  

 


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Imagen de Mariana Martínez
Imagen de Mariana Martínez

Los rumores a la salida de la iglesia viajaban en pequeños susurros y miradas indiscretas que consiguieron incomodar a don Mario Patlani y doña Marta, su esposa. Casi todo el pueblo asistió a misa aquel domingo, pues el sacerdote daría anuncios importantes para la mayordomía.

En un inicio don Mario pensó que la gente los miraba por la expectativa de lo que pudieran hacer en su administración, pues a su familia le correspondía ese año ser los mayordomos de San Juan Bautista. Pero poco a poco le fue pareciendo sospechoso que nadie se acercara y solo los miraran. Después supuso que los comentarios tenían que ver con que Lupita, su única hija, quien no los acompañó aquella mañana tan importante para la familia. Pensó que bastaría con aclarar que Lupita les pidió permiso para quedarse en casa porque se sintió enferma toda la semana y quería descansar.

Don Mario no aguantó la curiosidad, se acercó a su compadre Gilberto y le preguntó qué se traía la gente. Gilberto le contestó que una compañera de su hija había corrido el rumor de que, mientras estaban en misa, Lupita aprovecharía para fugarse a la capital, que lo llevaba planeando semanas. En el pueblo de Ixtenco nada había causado tanto revuelo desde hacía bastantes años.

Guadalupe, una joven de 18 años, hija única del matrimonio de los señores Patlani, recientemente había terminado el bachillerato durante el que demostró un gran interés por el conocimiento, se interesaba por la literatura y a diferencia de sus compañeros ella disfrutaba de los libros. Varias fueron las discusiones con sus padres por su intención de seguir estudiando, para lo que debía dejar su hogar. Ninguna mujer de la familia se había atrevido a salir del pueblo, no había nada que buscar fuera de ahí, le decían sus padres, todo lo que se necesita para vivir tranquila y dignamente estaba con ellos.

Pasaron varias semanas en las que intentaron conocer a dónde se había fugado Guadalupe, pero nadie sabía; a sus amigas solo les dijo que quería irse a la capital a estudiar, pero no comentó con quien o a que lugar llegaría. Don Mario y doña Marta se entristecieron. En algún momento se les planteó que cambiaran para otro año su mayordomía, pero don Mario se negó, dijo que el compromiso con el santo era mayor a cualquier otra cosa.

Para los primeros días de junio Guadalupe cumplía cinco meses de haber salido del pueblo. Los preparativos para la celebración estaban en marcha. El santo se encontraba en la casa de los Patlani para unas pruebas de los ropones que utilizaría en las festividades. Mientras en la casa se encontraban varias personas ayudando con la preparación de la indumentaria del santo, llegó una carta. El sobre que entregaban a doña Marta venía firmado por Guadalupe Patlani. Al fin se sabía algo de ella. Doña Marta le pidió a una jovencita que le leyera la carta.

 

Padres:

     Tengo un recuerdo en el que estoy, a mis doce años, esperándolos fuera de la secundaria, al fin logro verlos llegar. Caminamos en dirección a la casa y me emociona poderles contar sobre un nuevo libro que leí, habla sobre las ranas y he descubierto mi gusto por los animales; tenía un nuevo sueño, el de estudiar para médico veterinario. Camino entre ustedes y mi padre parece no escucharme, mamá me acaricia la cabeza pero no hace ningún comentario.

    Sigo preguntándome de donde saque el valor para salir del hogar, salir del pueblo. Sé la pena que les he causado, imagino el enojo de papá, me lastima pensar en la angustia de mamá. Pero debía arriesgarme a salir o tendría que vivir con la eterna duda de si soy capaz de perseguir mis sueños, de buscar la felicidad lejos de casa.

     Fui la primera en muchas generaciones que se alejó del Valle, la única que dejó la casa. Espero encontrar mi propio camino.

     Los extraño mucho y cada día me duermo pensando en ustedes. Espero algún día puedan entenderme, me vine a la ciudad a estudiar, he encontrado el apoyo de la maestra Raquel. No se preocupen de mí, espero pronto visitarlos.

Los quiere Guadalupe.

Las palabras fueron para doña Marta un alivio, por fin tenía noticias de su hija. Para don Mario la carta fue motivo de un gran coraje, manoteaba y gritaba que era un descaro, que más le valía a Guadalupe no regresar. Entre la gente que estaba ayudando se encontraba Gilberto, el compadre. En un intento por calmar a don Mario, Gilberto quiso tomarlo del brazo pero don Mario se jaloneó y rompió la mano derecha de San Juan Bautista, la mano de yeso cayó al piso y se destrozó. Todo ruido que había en la casa desapareció.

La creencia dicta que las lluvias llegarán siempre y cuando el dedo de San Juan Bautista se mantenga apuntando hacia arriba. Ahora la figura del santo patrono no tenía la mano derecha.

El 24 de junio se realizó la tradicional peregrinación a la cueva en el volcán, con el brazo del santo roto. Los creyentes iban temerosos de que la Malinche estuviera enojada. El recorrido se llevó a cabo, pero la lluvia que año con año los acompañaba nunca llegó. El presagio de que la lluvia solo aparecería mientras el santo patrono mantuviera el dedo de su mano hacia arriba se había cumplido. San Juan Bautista había perdido la mano, el volcán estaba enojado, la Malinche estaba enojada. Don Mario culpó a su hija de la desgracia del pueblo. Pasó una semana y las lluvias no llegaron. La desobediencia, aquella traición, aquella carta, aquel enojo, aquel brazo roto, todo era culpa de una mujer rebelde: Guadalupe.

La hija de los Patlani se enteró de lo ocurrido en casa de sus padres cuando recibieron la carta. La maestra Raquel, que aún visitaba el pueblo donde alguna vez dio clases, le platicó. Un par de semanas después, Guadalupe, tomó la decisión de enviar una nueva carta a su padre:

Padre:

    Me he enterado de lo que ha pasado en Ixtenco y lo lamento mucho. Sé que no podré regresar y me pesa. Solo quiero escribirte lo que pienso aunque creo que no me entenderás. Ahora estoy haciendo algunas de las cosas que anhelaba: conocer la ciudad, tomar mis propias decisiones y asumir sus consecuencias. Entiendo que me protegían pero en mí estaba esa necesidad de salir a enfrentar el mundo: moverme de la pasividad del pueblo.

     Estos movimientos de rebeldía como tú les llamas no saldrían de mí si no hacia esto, tarde o temprano sucedería. Entiendo me costará muy caro, en momentos me he sentido estúpida e impotente, pero continuaré tras mis deseos, tras nuevos horizontes. Fui muy hocicona e indiferente a muchos valores que intentaron inculcarme, pero he crecido y sentido que esas costumbres y valores me traicionan. Comprendo que no te parezca lo correcto, pero es lo mejor para mí. Ojalá algún día me comprendas.

Te quiere Guadalupe.

Sentado fuera de su casa, don Mario, revisa la correspondencia, mientras espera que reparen la mano del santo patrono. Entre el correo que llegó está el periódico del día y la carta de Guadalupe. No podía decidir entre leer o no la carta de su hija, aún la detestaba, pero quería saber qué tenía que decirle. Don Mario hace a un lado el periódico, lee la carta de Guadalupe, al terminar la rompe y la tira quedándose quieto en su silla.

Don Mario escucha que alguien se acerca y en seguida toma el periódico, es doña Marta que sale para avisar a su marido que el santo ha quedado reparado. Lo mira; él está leyendo. La esposa ve que una gota cae sobre la hoja del periódico que lee su marido. Don Mario avienta el diario y cae abierto en las noticias del clima donde dice: “Después de unos días de retraso, las lluvias al fin llegarán al volcán la Malinche: se espera para hoy por la tarde”. Don Mario mueve la cabeza negativamente, su rostro se humedece y observa la lluvia caer.

 


Autores
José Alberto Méndez Severiano, Estado de México (1986). Estudia la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Participó en el compilado de minificciones "Mínimas perdurables" publicado en colaboración con la Secretaría de Cultura, también ha participado en la revista Cultura Urbana.

Ilustrador
Mariana Martínez
Foto de form PxHere

Mi deseo de dominar al mundo y mi ambición expansionista imperial comenzaron con un videojuego. En los años noventa, cuando se popularizaron los juegos de computadora para Windows, me fascinaba jugar el World Empire IV. El juego era muy simple y mostraba un mapa de colores con las naciones del mundo y los nombres de los países. El objetivo era conquistar los diferentes territorios por medio de invasiones por tierra, mar o aire convertirlos a tu “ideología”Loconflictos eran señalados por globos rojos y amarillos con picos asimétricos que parpadeaban por unos segundos y marcaban las supuestainvasiones, tras lo cual se lograba o no la conquista. Poco a poco y con suerte, iba coloreando el mapa de todos los continentes del color predeterminado que había elegido para marcar la expansión de mi imperio. Así me aprendí los nombres de los países y podía reconocer sus banderascapitales y población aproximada (según el juego), que se mostraban en una barra lateral antes de efectuar la conquista. 

Cuando me regalaron mi primer globo terráqueo para ver en tercera dimensión los países, lo primero que hice fue compararlo con el viejo globo que estaba en casa de mi abuela que era mi fascinación porque todavía marcaba la “Unión Soviética”. El mío, renovado y con colores más brillantes, ya tenía las particiones de todas lanaciones nuevamente independientesDesde entonces, me obsesioné con la geografía y la cartografía, y me preguntaba si los países que yo veía en el mapa existían en realidad y si sería posible realmente conquistarlos con facilidad o simplemente re-trazar los límites de los estados, como en el videojuego. Lo que más me fascinaba era encontrar nuevas ciudades o regiones en los pliegues, cuyos nombres desconocía. Luego de “descubrir” un nuevo lugar corría a la enciclopedia a buscar más información sobre el remoto espacio que aún no había cartografiado. 

Las micronaciones que han surgido en los últimos cincuenta años son prueba de que mi ambición expansionista imperial no es única, sino que forma parte de un deseo compartido por todos los pobladores de la tierra que nos sentimos súbditos, muchas veces inútiles y mínimos, de naciones en las que poco podemos influir. La solución de los micronacionalistas ha sido crear sus propias naciones, colorear los espacios ficticios o en disputa de sus propios colores ideológicos y multiplicar la lista de naciones con adherencias afectivas pero sin reconocimiento oficial. 

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En 1966 un mayor retirado de la armada británica, Paddy Roy Bates, se apropió de una vieja plataforma marina, Roughs Tower, y la proclamó su territorio soberano. La plataforma, que está en el mar del norte diez kilómetros de la costa de Suffolk, Inglaterra, era una vieja estructura que había sido usada por la marina como puesto defensivo durante la Segunda Guerra Mundial. La plataforma es del tamaño de dos canchas de tenis (tiene una superficie de 550) y está colocada 18 metros sobre el mar, sostenida por dos columnas huecas de concreto. En un principio, Roy se apropió de la torre para que fuera la base de su estación de radio pirata. En los años sesenta, la BBC tenía el monopolio de las transmisiones de radio y no había ninguna estación que tocara música sino hasta la media noche. Algunos aficionados establecieron estaciones piratas en barcos o, como Roy, en plataformas, para transmitir música las 24 horas del día desde fuera de las fronteras de Inglaterra.   

Después de establecer su nueva estación de radio en la plataforma de artillería, Roy decidió regalarle la isla a su esposa por motivo de su cumpleaños. Poco después, en 1967, establec formalmente el estado independiente de la “Principalidad de Sealand”, invocando la Ius Gentium Derecho de gentes” sobre un territorio que era Terra Nullius, es decir, Tierra de nadieRoy izó su nueva bandera y junto con la recién coronada Princesa Joan establecieron una monarquía constitucional, parlamentaria y unitaria. 

La improbable historia de la creación de la nación marítima más pequeña del mundo fue un golpe para el derecho internacional y abrió la puerta para que surgieran muchas otras micronaciones. Aunque ningún país reconoce formalmente al Principado de Sealand, es muy difícil negar su soberanía. En más de una docena de ocasiones, el gobierno británico ha intentado reconquistar la plataforma ya sea por la fuerza o legalmente, pero ha perdido cada una de estas batallas. La plataforma está localizada en aguas internacionales y por lo tanto fuera del mar territorial de Inglaterra. Luego de que Michael, el hijo de Roy, disparara a trabajadores que se aproximaron a la plataforma en un barco, se declaró en una corte inglesa que Sealand tenía el derecho soberano territorial de defenderse porque está a más de diez kilómetros de la costa, en aguas internacionales, desde entonces los Bates toman este precedente legal para mantener su principado. 

En las cinco décadas desde su establecimiento, Sealand ha sido víctima de golpes de estado, ha tenido crisis de rehenes, ha intentado resolver sus problemas económicos siendo un casino flotante, un paraíso digital para el crimen organizado o una base para WikiLeaks. Sealand es el espacio ideal para el sueño de libertarios que buscan una nación lejos del alcance de toda regulación gubernamentalPese a que no es reconocida legítimamente, es la micronación más conocida del mundo y ha sido modelo para la fundación de otras micronaciones que buscan rehuir al derecho local y encontrar espacios de soberanía en territorios en disputa. 

 

Vista aérea del Principado de Sealand Foto por Ryan Lackey - Flickr CC BY 2.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=6911235

Vista aérea del Principado de Sealand Foto por Ryan Lackey – Flickr 

 

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La geografía y la cartografía puras son neutrales en su condición de ciencias y métodos basados en las ciencias naturales o las matemáticas, pero son la base para toda cuestión y disputa políticaLas delimitaciones geográficas y el trazado de líneas contienen en sí mismas ideas políticas acerca del espacio y la ordenación del mundo para su aprovechamiento y dominio. Las líneas imaginarias, hasta hoy, nos impiden acceder a ciertos espacios o nos dan el beneficio de entrar gracias a un pasaporte con la denominación de origen de nuestro cuerpo. 

La toma de la tierra es el acto primitivo que establece un derecho ya que “la historia de todo pueblo que se ha hecho sedentario, de toda comunidad y de todo imperio se inicia, pues, en cualquier forma con el acto constitutivo de una toma de la tierra…precede lógicamente… e históricamente a la ordenación que luego le seguirá. Contiene así el orden inicial del espacio, el origen de toda ordenación concreta posterior, de todo derecho ulterior. La toma de la tierra es el arraigar en el mundo material de la historia”1.  

El jurista alemán Carl Schmitt, adscrito en sus inicios al régimen nazi, publicó en 1950 El nomos de la tierra. El libro conforma una compleja teoría que liga las ideas históricas de la tierra y el territorio con el derecho que se fundó a partir de cada uno de los diferentes ordenamientos espaciales. Para Schmitt todo orden social es una ordenación del espacio y está condicionado por las concepciones que se tienen del espacio y, por lo tanto, toda revolución social es una revolución espacial, es decir, un cambio radical en cómo se concibe la dimensión del espacio. Para Schmitt, la conquista de un territorio es el acto que funda el nomoses decir, el principio auténtico de legitimación más allá de la mera legalidad2.

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Las micronaciones son entidades constituidas como países modelos que proclaman ser estados independientes pero no tienen el reconocimiento del resto de los estados u organismos internacionales. Generalmente ocupan territorios muy pequeños o imaginarios y casi no tienen población. Tampoco tienen muchos de los atributos de un estado tradicional como control de su territorio, población o monopolio de la fuerza y soberanía. Muchas micronaciones reclaman territorios o le disputan territorios a otros estados, pero muchas de ellas existen solo de forma virtual (como un espacio social o un dominio en internet).  

En los últimos cuarenta años, gracias a la expansiva desterritorialización del internet y a la tentativa de reterritorialización de viejos reclamos territoriales, se han multiplicado las micronaciones. 

Es importante distinguir a las micronaciones de los pequeños países o microestados, que sí tienen un reconocimiento legítimo como Andorra, Mónaco, FijiLichtenstein, San Marino, Palaos, Tuvalu o el Vaticano. Las micronaciones, a diferencia de los microestados, no cuentan con ningún reconocimiento de su soberanía o territorio y muchas de ellas no tienen los atributos de un estado tradicional. Pero no hace falta mucho para fundar una micronación y legalmente es relativamente fácil hacerlo.  

Lo que tienen en común las micronaciones es que se mantienen dentro de los cuatro principios que definen a un “Estado” según la Convención de Montevideo: población permanente (aunque sea solo una persona), un territorio definido, un gobierno y la capacidad de entablar relaciones con otros estados. Todas las micronaciones cuentan con un nombre, un territorio (que va desde un dominio en internet, un cuarto adolescente o el universo entero), ciudadanos y tienen algún objetivo para legitimar su fundación. 

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El Principado de Seborga decidió retomar un fragmento de tierra de 14 km² en el noreste de Italia, cerca de la frontera con Francia, que según Giorgio Carboneno pertenecía legalmente a Italia. Después de una búsqueda exhaustiva en los archivos del Vaticano, Carbone, un ambicioso floricultor de la región, trazó claramente la historia del territorio de Seborga del que luego se proclamó príncipe: durante la Edad Media Seborga había sido propiedad de los monjes benedictinos de San Onorato de Lerins y en 1079 el Abad del monasterio fue coronado Príncipe del Sacro Imperio Romano, con autoridad sobre la Principalidad de Seborga. En el siglo XVIII la Principalidad se le vendió a la dinastía Savoy pero en la Unificación de Italia de 1861 no hay ninguna mención del principado, por lo que la fundación de la República Italiana de 1946, para Carbone, fue un acto ilegítimo y unilateral porque no consideró en ningún documento la soberanía de Seborga. Los habitantes de Seborga proclamaron en 1963 la independencia del principado y eligieron a Carbone como jefe de estado. Carbone se proclamó “Su Tremendidad” (Sua Tremendità) Giorgio I, Príncipe de Seborga, y la mayoría de los menos de cuatrocientos habitantes de la región votaron a favor de la independencia de Seborga de Italia. 

El Principado de Seborga es una de muchas micronaciones que han sido fundadas por reclamos históricos válidos (o no tan válidos) como Sealand, la República Libre de Liberland, la Dependencia Real de Forvik o el Reino de Tavolara. En los archivos o en las lagunas de las leyes buscan que se les permita tener soberanía sobre un estrecho pedazo de tierra y así fundar un nomos sobre el cual arraigar su historia material y social. Las historias de los orígenes son ficciones que legitiman una trayectoria expansionista. Reclamos como el de Seborga revelan, en última instancia, que nuestra idea de soberanía fundada sobre el nomos de la tierra sutura el espacio del ser con el de la ley y el lugar y tiene brechas que nos muestran cómo se construyó el orden geopolítico a lo largo de la historia.

El principado de Seborga. Wikimedia Commons.

El principado de Seborga. Wikimedia Commons.

 

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A fines del siglo XIX e inicios del siglo XX la ordenación de la tierra y la idea de los Estados, que había nacido como vehículo de la secularización, cambió radicalmente y con ello el ámbito de la economía toma el primer plano en las relaciones que ahora son mundiales y dependen de la “libertad de la economía del mundo”3. Es decir, por encima de las fronteras político-estatales ahora está la economía mundial, no-estatal. El triunfo definitivo del capital marca la capacidad de descodificar el territorio como orden y de sustraerse al nomos para imponer su propia lógica devoradora. 

La tentativa capitalista vino a cambiarlo todo y como bien dice el filósofo Gilles Deleuze, “consiste en reinventar territorialidades artificiales para inscribir a las personas, para volver vagamente a recodificarlas… Y ahí donde las territorialidades son flotantes, se procede por reterritorialización artificial, residual, imaginaria4. Por un lado, bajo el capitalismo todo se desterritorializa constantemente, se descodifica toda identidad solida y estable o todo territorio fijo y consistente. Y, por otro lado, el capitalismo no cesa de reterritorializarse, de neo-territorializar, lo que no significa que resucite las viejas ideas de una soberanía que emerge de la posesión de la tierra o del cuerpo del soberano, sino que se trata de una reterritorialización subjetiva o de las subjetividades. La territorialización, no obstante, no se refiere solamente a la tierra, sino “todo doblamiento de los signos sobre aquello que puede servir de territorialidad en relación a ellos”5. 

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Cuando los estados fallan y no crean espacios de legalidad para reterritorializar a las subjetividades, nacen micronaciones. El Reino Gay y Lésbico de las Islas del Mar del Coral, por ejemplo, nació como una micronación autoproclamada a manera de protesta simbólica de parte de un grupo de activistas LGBTQ de Queensland, Australia. En 2004, un grupo reclamó las islas no habitadas del Mar del Coral y declararon su independencia de AustraliaLlegaron en el barco “Gayflower” a la isla de Cato e izaron la bandera del arco iris como protesta ante la decisión del parlamento federal australiano de prohibir los matrimonios homosexuales. En las pequeñas islas sin agua potable los activistas proclamaron su capital en un campamento de la isla Heaven. Basándose en la “Ley de enriquecimiento injusto” de la ley internacional que proclama que las poblaciones oprimidas tienen derecho de autogobierno y autodeterminación, los activistas proclamaron como “compensación territorial” un estado independiente gay y lésbico. La micronación existió de facto hasta 2017 cuando el parlamento australiano finalmente legalizó el matrimonio entre personas del mismo sexo y el autoproclamado emperador Matthew Briggs disolvió el reino.  

 

Estampillas. Wikimedia Commons

Estampillas. Wikimedia Commons

 

Algunas micronaciones también comenzaron como un experimento social o como protesta política como el Reino del Otro Mundo basado en el matriarcado, o North Dumpling, una isla en la costa del Estado de Nueva York que se declaró independiente cuando decidieron no construir una turbina eólica en la isla. En esta veta, hay micronaciones que comenzaron como un proyecto artístico o pedagógico como el Gran Ducado de las Islas Lagoan, el proyecto de arte colectivo esloveno Neuwe Slowenische Kunst (NSK) que fundó su propio estado soberano como parte de su programa artístico, o el Reino de los Libros de Hay-on Wye que declaró una ciudad independiente de la corona británica.  

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En 1979, Robert Ben Madison, con tan solo catorce años, fundó en Madison, Milwaukee, una de las micronaciones más antiguas que aún sigue vigente: el Reino de TalossaPoco después de la muerte de su madre y con una ceremonia en la sala de su casa, hizo lo que muchos soñamos: declaró que su cuarto era su propio “país independiente y soberano” y que él sería su monarca y único ciudadano. Madison escribió un periódico, diseñó una bandera y un emblema para su nueva nación e incluso diseñó su propio idioma, el Talossano. Pero lo que le dio notoriedad fue que en 1995 Talossa fue la primera micronación en registrarse en internet y tener una presencia muy activa. A partir de una serie de reportajes que se hicieron sobre su reino, muchos “ciudadanos” se unieron a Talossa y a partir de entonces Madison comenzó a declarar que él había inventado el término “micronación”. Talossa tiene su propia lengua, el glheþ Talossan con 35,000 palabras y 121 palabras derivadas que inventó el propio Madison e incluso hay un Comité para el uso del lenguaje Talossano que en su página web da cursos para aprender el idioma y periódicamente extiende decretos sobre los cambios del uso en el lenguaje y suplementos a la lista del vocabulario. En su libro sobre Talossa, Madison dice que en un referendo la mayoría de los ciudadanos estuvieron de acuerdo en describir a Talossa como “una comunidad de personas que se divierten haciendo cosas que son razonablemente similares a lo que hacen otros países (“reales”), ya sea por razones de nostalgia turística, por desear poder, en busca de ser una parodia o, también, como la construcción de una nación”[efn_ note] R. Ben Madison, Ár Päts, The Classic History of the Kingdom of Talossa. 1979-2008. Abbavilla, Atatürk, RT: Preẞeu Støtanneu, p. 6. https://docplayer.net/47443172-Ar-pats-the-classic-history-of-the-kingdom-of-talossa-r-ben-madison-m-a.html  [/efn_note]. A partir del surgimiento de Talossa en internet, han sido fundadas muchas otras micronaciones, territorialidades artificiales que existen exclusivamente en línea. 

Con el internet y el surgimiento de la propiedad sobre los códigos o dominios virtuales surgieron nuevas territorialidades indeterminadas. Como llegó a vislumbrar Schmitt con el colonialismo en Áfricaante una identidad abstracta del suelo, no puede comprenderse verdaderamente por qué ha de estar prohibida la adquisición de colonias a un Estado neutralizado y por qué un Estado cualquiera no ha de poder dominar, en cualquier parte del globo, por distante que se encuentre, cualquier trozo de tierra como territorio estatal6. Excepto que, ahora, la identidad abstracta es puramente virtual y lo que se adquieren son territorios ya sean extraterrestres o servidores remotos que constituyen territorios para las micronaciones y sus diversas ambiciones.  

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El Imperio Aericano (Aerican Empire) es una micronación fundada en 1987. Aerica no tiene ningún territorio soberano propio y tampoco ha sido reconocido por ningún otro estado soberano. Los ciudadanos aericanos reclaman la soberanía sobre un vasto territorio despoblado que incluye 1km² en Australia, el área del tamaño de una casa en Montreal, Canadá y otras áreas de la Tierra, además de una colonia en Marte, el hemisferio norte de Plutón y un planeta imaginario. Su bandera es similar a la canadiense, pero tiene una gran cara amarilla sonriente en el centro en vez de la hoja de maple. El lema del Imperio Aericano es: “El mundo es ridículo; mantengámoslo así” (“The world is ridiculouslet’s keep it that way”). El imperio fue fundado por el canadiense Eric Lis y un grupo de amigos. Durante los primeros diez años, el Imperio era enteramente ficticio y reclamaba soberanía solo sobre planetas ficticios y peleaba con otras micronaciones de forma virtual, pero después de la apertura de su sitio en internet en 1997, el Imperio fue declarado una entidad real y comenzó a emitir pasaportes, monedas y notas bancarias. A el Imperio Aericano le siguió otra veta de micronaciones que nacieron como un experimento legal o científico como Asgardia y Celestia que reclaman que todo el universo es su territorio. 

El impecablemente diseñado sitio de internet de Asgardiao el “Reino espacial de Asgardia”, micronación que nació en 2016, nos muestra lo lejos que puede llegar la ambición expansionista y de tener un espacio que abarca más que nuestras viejas ideas de territorialidad. Asgardia busca ser una nación digital independiente y quiere que el espacio exterior sea libre para todos, para que la humanidad sea inmortal y se perpetúe. La misión de Asgardia es “unir a la gente en una sociedad transnacional, igualitaria y progresiva y construir un nuevo hogar para la humanidad en el espacio para proteger a nuestra cuna, el planeta Tierra7. Asgardia quiere desarrollar una nueva ley espacial que elimine la militarización del espacio. Para ellos, los sistemas de gobierno existentes han probado ser ineficientes y creen que a través de la tecnología pueden crear un gobierno realmente humanista y democrático.  

 

 

Muchos ven a Asgardia como un proyecto viable dada la accesibilidad de la tecnología espacial y hace unos años lanzaron su primer satélite, Asgardia-1, que es su territorio soberano que protege a los símbolos nacionales, la constitución e información de los asgardianosSer ciudadano de Asgardia es muy sencillo y solo requiere la verificación del correo electrónico y aceptar la constitución. No me podía quedar con la curiosidad y les escribo como nueva ciudadana de Asgardia luego de haber leído meticulosamente la constitución y asegurarme de que no incluyera una contribución económica obligatoria. El fundador, Igor Ashurbeyli, un científico y empresario ruso, originalmente de Azerbain, me mandó ya un certificado virtual, prueba de mi nueva micro-nacionalidad. 

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En el serio juego de las micronacionalidades y el micronacionalismo las ambiciones no son tan distintas a las de cuando jugaba World Empire IVPoco a poco, la reinvención de territorialidades artificiales o de reclamos territoriales va coloreando el siglo XXI de colores insólitos e insospechados bajo el nombre de las mismas ideologías. La proliferación de las micronaciones me parece un síntoma de cómo nuestra ambición y ego buscan a toda costa o, quizás, a costa de todo espacio, poseer un territorio sobre el cual ser soberanos absolutos y ejercer nuestra (falsa) libertad plenaEl reclamo de soberanía de parte de las micronaciones no es muy diferente a la forma en que muchas identidades minoritarias reclaman su lugar en la esfera política y es parte de la misma maniobra de desterritorialización y reterritorialización de parte del capital, que nos atomiza cada vez más a su antojo, haciéndonos creer que somos únicos y diferentes e, incluso, que podemos ser ciudadanos de diferentes naciones. Al final, importa muy poco para el capital si nos declaramos soberanos de una nueva micronación, siempre y cuando sigamos disgregados, desarticulados y sigamos consumiendo las nuevas cartografías que nos prometen siempre más libertad, siempre más felicidad, siempre la realización de nuestro último deseo. 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Foto por Carlos Vargas
Foto por Carlos Vargas

“¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. “¿Le leemos las cartas?”, insiste. Está sentada sobre un banquito sucio de madera. Con los dedos débiles, decorados de uñas largas, la anciana sostiene un tenedor desechable que usa para llevar el arroz rojo a su boca. “¿Le leemos las cartas?”, pregunta. Luego hace una pausa para comer. Su rostro delgado tiene los ojos apagados. Lleva puesto un suéter negro para doblegar al frío. Este día no tiene nada más que el banquito de madera y el utensilio de plástico. Ayer, lo mismo. Antier, lo mismo. Y así, vulnerable y enferma de diabetes, sobrevivió a una pandemia global.

Adriana no tuvo fiebre, tos seca o cansancio. Tampoco le dolió la cabeza ni sintió malestar en la garganta. ¿Pérdida del olfato? Para nada. ¿Conjuntivitis? Menos. ¿Alguna dificultad para respirar? Mucho menos. En resumen: no presentó ningún síntoma de COVID-19. Nunca se hizo la prueba y nunca resultó positiva. Su caso no aparece en los listados de la Universidad Johns Hopkins o de la Secretaría de Salud federal. Adriana no enfermó. Sobrevivió a la pandemia. Lo hizo por necesidad y escepticismo. Lo hizo aferrada a la idea de que todo era una mentira.

La Jornada Nacional de Sana Distancia inició en México el 23 de marzo de 2020 y concluyó 10 semanas después, en el anochecer de mayo. Luego vino un mes de Semáforo Rojo en la Ciudad de México. Durante todo ese tiempo Adriana estuvo en la calle, sentada en el banquito sucio de madera, ofreciendo lectura de cartas o pidiendo dádivas a desconocidos. Se le pudo ver afuera del Metro Chilpancingo o junto a la estatua de Tin Tan en la periferia de la Glorieta de los Insurgentes.

Foto por Carlos Vargas

Foto por Carlos Vargas

A Adriana la conocí el 26 de abril de 2020. “Joven, ¿me podría dar su hora?”, me preguntó. Eran casi las tres de la tarde de ese domingo. Entre los dos había unos cuatro metros de distancia, entonces opté por levantar la voz para que me escuchara. “Son las dos y cincuenta y tantos”, le dije. Luego me acerqué a preguntarle quién era. La mujer no reaccionó bien al cuestionamiento al principio. Dijo que era común que a los metiches les terminaran rompiendo la madre. Apretó los dientes, levantó las cejas. Se mostró molesta. Pero luego terminó hablando de un gran amor que tuvo y hasta de su padre, un hombre muy rico que tenía negocios en lo que hoy es la Zona Rosa de la Ciudad de México.

Ese domingo era silencioso. El coma inducido en la Ciudad de México llevaba más de un mes. Nueva York ya se había convertido en el epicentro de la pandemia. Los países europeos mantenían las fronteras cerradas para evitar la propagación del COVID-19. La capacidad hospitalaria se reducía y comenzaba a haber brotes de hambre alrededor del planeta. Y Adriana, más vulnerable por su avanzada edad y por la comorbilidad que la aflige, no se movía del banquito. Y así pasaron decenas de días y noches. Y así fue como sobrevivió a la epidemia que, hasta mediados de septiembre, ha cobrado más de 900 mil vidas y ha enfermado a casi 30 millones de personas en el mundo.

Foto por Carlos Vargas

Foto por Carlos Vargas

DIANA

 

Es el domingo 2 de agosto de 2020. El calor de abril se borró con las lluvias y las bajas temperaturas del último tramo del año. “¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. Habla en plural porque a un costado está sentada Diana, su hija. Si alguna persona acepta conocer su futuro, es Diana quien saca de una mochila rosa el mazo de naipes. Luego busca una superficie en la que ella y el cliente puedan verse frente a frente. Elige las escaleras de un 7-Eleven. Barajea las cartas siete veces”, dice Diana. “Barajea pensando en tus temas”, agrega. Después pide lanzar una frase sobre las cartas rojas: “por mí, por mi casa y lo que deseo saber”.

“En este año vas a tener una pareja muy importante y puede ser que te quieras casar o te quieras juntar”, dice Diana. Mientras tanto, Adriana continúa invitando a los peatones de la calle Génova a la lectura. Ninguna de las dos usa cubrebocas. No lo hacen en agosto y tampoco lo hicieron en abril. No usan gel antibacterial ni se preocupan por la sana distancia. El lavado de manos es imposible al estar trabajando en la calle. Y la verdad no es algo que les robe el sueño. Acá el hambre es la que deben apagar.

“Hay un hombre moreno que te va a ayudar, te ofrecerá trabajo”, dice Diana. En sus manos tiene el segundo bloque de cartas rojas. Decinueve minutos dura el proceso. Al cliente le dice que vienen viajes, amor, dinero y empleo. 250 pesos es el precio de conocer el futuro, asegura ella; 500 si alguien quiere saber un poco más. “En las cartas te ves muy joven. Se ve la fuerza. Una salud buena, estable”, describe Diana. Frente a ella, Adriana lleva el tenedor de plástico a su boca otra vez.

“¿Cómo está tu mamá de salud?”, le pregunto a Diana. “A veces no le da hambre. Siempre enojona”, contesta. Luego asegura que la diabetes está controlada.  “Siempre le regalan chocolates, pero yo le digo que no se lo tome porque se va a pudrir. Trato de darle café o té, pero no la dejo que tome dulces”, cuenta. Luego dice que su problema es que no comen frutas ni verduras. Parece que evade el tema de la pandemia, y es que en sus descripciones y adivinaciones nunca evoca el contexto que le pasa caminando frente a sus ojos. Tal vez es sólo que no la preocupa. Sin embargo, el cuestionamiento me parece necesario y decido lanzarlo:

 

– ¿Cómo les fue con la pandemia?

 

Diana, de 48 años de edad, termina de guardar los naipes en la mochila rosa y contesta segura:

 

– Eso no existe, Carlos. Eso no existe, no es verdad.

Foto por Carlos Vargas

Foto por Carlos Vargas

EL DÍA NO SÉ QUÉ

 

Diana dice que aprendió a leer las cartas desde que estaba en el vientre de Adriana. A su madre la cataloga como una bruja de las buenas, de las que ayudan a hacer el bien. Dice que no sólo leen las cartas, también realizan rituales. Dice que la vida es tan difícil que ya hasta alopecia le causó. Luego habla del amor que tiene por los perros y los gatos callejeros, y busca con la mirada uno de sus felinos entre las jardineras para presentarlo, pero no tiene suerte. Y luego escucha la insistente pregunta que le he hecho minutos atrás:

 

–¿De verdad no crees en el virus?

 

–No existe. Es una estrategia de guerra. El cubrebocas enferma a la gente. Hay gente que se ahoga con el cubrebocas, hay gente a la que le puede dar un ataque cardiaco con el cubrebocas. Hay gente a la que se le pueden hacer hongos.

 

En sus palabras se nota un discurso creado por las historias que ha escuchado durante los meses recientes. ¿Está convencida? A veces la vida te obliga a convencerte de algo. Y te convence porque no hay opción para creer en otra cosa. ¿De qué le serviría a ella temerle al SARS-CoV-2?, me pregunto. De nada. Si decidiera quedarse en su casa, ¿cómo reunirían dinero ella y su madre para comer?, me respondo.

 

“¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. La noche comienza a devorarse la luz en la periferia de la Glorieta de los Insurgentes. “¿Le leemos las cartas?”, cuestiona otra vez. Los desconocidos, hoy aún más por el cubrebocas y las caretas, siguen de largo. Es el día no sé qué de la semana, no sé cuál de la epidemia. En México el virus sigue activo por la incredulidad de algunos y por la necesidad de la mayoría. Es el día no sé qué de la semana, no sé cuál de la pandemia y Adriana sigue allá afuera. Sobrevive. Igual que Diana. Igual que millones. Y lo hace con cuatro palabras: “¿Le leemos las cartas?”.

 

 


Autores
Carlos Vargas Sepúlveda (Ciudad de México, 1992 ), es autor del libro Rostros en la oscuridad: El caso Ayotzinapa. Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la UNAM. Actualmente es editor y reportero en el periódico SinEmbargo. Corre maratones.
Ilustración de María Magaña

Seguramente en medio de la pandemia —cercana a los imaginarios posapocalípticos—, para las más jóvenes puede resultar esperanzador imaginar lo que sucedía en 1999. Era el fin del milenio, en el mundo las últimas notas del grunge se mezclaban con ese género denominado new metal, el pop a lo Britney Spears y las Boy band. En México, el ska combinaba las variadas formas de represión hacia los grupos indígenas con el anuncio de la época panista y la huelga de la UNAM; hechos que desde la memoria aún generan cuestionamientos sobre la política interna, los sucesos globales, la violencia de género y la identidad sexual en el presente.

En aquel entonces, la palabra gay y lesbiana ya se encontraban asimiladas por las industrias culturales, sobre todo en el escenario de la aldea global; la representación del lesbianismo en series como Friends (1994 – 2004) y películas como Cruel Intentions (Roger Kumble, 1999), comenzaban a exponer relaciones distintas a la perspectiva binaria, es decir, vínculos entre hombres y mujeres; aunque sin ninguna crítica favorable y desde la perspectiva del deseo masculino, cuyo reflejo se ha visto expandido con la industria pornográfica hecha por y para hombres.

En ese sentido, vale la pena considerar el impacto que el capitalismo, mediante las industrias culturales, ha fomentado dentro de la creación de consumos y estéticas que han generado efectos adversos, como violencia, tipificación de los cuerpos, así como la creación de imaginarios que detentan contra las verdaderas prácticas, en este caso, de las mujeres bisexuales.

Estos ejemplos eran solo la orilla de lo que se buscaba cambiar desde el feminismo, hacía más de treinta años: una transformación en los sistemas de poder, en las instituciones y en general en los mecanismos opresivos hacia las mujeres. Estos propósitos también se gestaron entre las relaciones que la agenda hasta entonces LGTB demandaba, exigencias como el respeto, la generación de leyes que salvaguardaran la vida de las personas cuya identidad y preferencia sexual se ha visto violentada por el sistema heteropatriarcal y el pensamiento binario. Así el 23 de septiembre de 1999 se desdoblaba una agenda que luego de dos décadas sigue en profunda emergencia: la visibilización y el respeto hacia la bisexualidad.

Tres activistas de Estados Unidos hicieron posible que se integrara dentro del mundo el reconocimiento de esta identidad; así que Wendy Curri, Gigi Raven y Randy Page, crearon la fecha conmemorativa para terminar con la indiferencia y el mayor malestar de las personas bisexuales, es decir, la invisibilidad. Randy Page había creado la bandera un año antes, donde los colores azul, magenta y lavanda se asocian con la aceptación erótico/afectiva hacia cualquiera de los géneros. Ciertamente en Estados Unidos se dio mayor relevancia al tema. Ya en 1990 se había creado la primera organización en este país, así como publicaciones y un conjunto de conocimiento sobre la salida del clóset como bisexuales. Sin embargo, más allá de celebrar juntxs este día, resulta necesario analizar lo que ocurre desde el feminismo.

 

Unicornios

Es mejor que hablemos en sí de historias y relaciones que tejen, de maneras diversas, prácticas y afectividades dentro de un movimiento constante. Por ello no resulta extraño que nuestra identidad sea amenazadora, si pensamos que buena parte del raciocinio occidental es binario, y dentro de este, también se encuentra un sector del pensamiento feminista blanco.

En términos contemporáneos pensar que alguien es bisexual no debería generar molestia, sin embargo los agravios todavía son constantes. En principio, se tendría que contar el amplio y complejo entramado de historias que hilan el tejido de la bisexualidad mexicana y latinoamericana. Nuestra historia responde a diversas realidades que, a pesar del recorrido de los años, atienden a la emergencia de visibilizarnos como una colectividad deseante, que exige se libere de los prejuicios impuestos no solo por la mirada heterosexual conservadora, sino por diversos grupos integrantes del ejército colectivo LGBTTTI. Hablemos claro, no somos un mito ni estamos confundidas, tampoco quiere decir que nuestras prácticas sexuales y relaciones amorosas sean necesariamente poliamorosas, o incluso que demuestren signos de inmadurez afectiva; en realidad al igual que el resto de las identidades, nuestras preferencias responden solamente al deseo y gusto por la compañía de personas de ambos sexos y/o más géneros. Es decir, obedecen al disfrute de nuestra cuerpa.

Sin embargo, más allá del universo que propone la comunidad LGBTTTI, no existe el reconocimiento de nuestra identidad. Como cualquier otra salida del clóset, depende del contexto familiar, de la creación de redes de apoyo, del acercamiento a instituciones y colectivas, en sí a encontrar nuestro propio lugar en el mundo, pero en la mayoría de los casos existe rechazo o desconcierto; el primero porque salimos del canon de las relaciones entre hombre y mujer. Debo de admitir que si bien dentro del Estado ha existido mayor visibilidad para todxs los integrantes de la comunidad y para el resto de las identidades, aún no es suficiente. En el caso del desconcierto, tiene que ver con el hecho de que se espera que tengamos una orientación definida de acuerdo a las clasificaciones: que sea una preferencia hacia nuestro mismo género o a uno distinto, lo mismo aplica para las mujeres y hombres cis o las sexualidades trans.

Lo anterior demuestra la necesidad de identificarnos desde marcos estrechos, donde existe una ausencia de representaciones bisexuales, de personas, prácticas y discursos con los cuales reconocernos. El problema, además de personal, es de representación política. Partimos de una doble invisibilidad que al notarse enfrenta una heteronormatividad. Es muy común que dentro del slange se nos denomine incluso como unicornios, personas cuya preferencia es un fetiche para la mirada masculina, y una amenaza para las relaciones.

 

Entre la cacería de brujas y dormir con el enemigo: la bifobia y la cultura de cancelación sobre las otras cuerpas

Más allá del ataque hacia las prácticas y relaciones desarrolladas por mujeres bisexuales hacia cualquiera de los sexos y/o corporalidades, existe un inmenso conflicto político al interior de los feminismos, en los grupos lésbicos cerrados y en el grueso de la sociedad; este problema tiende a la creación de agresiones y violencias simbólicas y físicas.

Como bien lo admite la activista argentina María Luisa Peralta en el prólogo del libro Bisexualidades feministas, contra relatos desde una disidencia situada (2019), la bifobia (aversión a la bisexualidad) y las agresiones “comprometen a la supervivencia personal y desactiva las posibilidades colectivas de resistencia y transformación de un orden sociosexual, opresivo, explotador y aniquilador”, prácticamente es un regreso al control corporal, y se convierte en una cacería de brujas que puede volverse más dolorosa al sentir esa cancelación desde el feminismo y las agentes que rompen su pacto de sororidad, respeto, compromiso político y ética del movimiento; pero más allá del impacto que causa cancelar a alguien, el aspecto político tiene un peso decisivo en la práctica de la invisibilización, es decir, en cómo se estructura una sexualidad represora, capaz de construir un programa inquisidor.

El deseo provoca a las actividades coercitivas, como la aparentemente joven cultura de la cancelación. En pleno siglo XXI, el regreso hacia el siglo XII no suena descabellado si pensamos a la bisexualidad como una práctica herética, donde la constante acusación por la falta de pureza, así como por ser mujeres con una identidad que no se encuadra dentro de aquellas socialmente aceptadas, se encamina hacia aquella mirada inquisitiva a la brujería y los asuntos que producían una obsesión mórbida por parte de la iglesia católica y el Estado monárquico, como bien lo retrata Silvia Federici en Calibán y la bruja (1998):

Con el Tercer Sínodo Laterano de 1179, la Iglesia intensificó sus ataques contra la sodomía dirigiéndolos simultáneamente contra los homosexuales y el sexo no procreativo (Bowswll, 1981:277). Por primera vez, condenó la homosexualidad, “la incontinencia que va en contra de la naturaleza” (Spencer, 1995a: 114). Con la adopción de esta legislación represiva, la sexualidad fue completamente politizada. Todavía no encontramos, sin embargo, la obsesión mórbida con que la Iglesia Católica abordaría después las cuestiones sexuales. Pero ya en el siglo XII podemos ver a la Iglesia no sólo espiando los dormitorios de su rebaño sino haciendo de la sexualidad una cuestión de Estado. Las preferencias sexuales no ortodoxas de los herejes también deben ser vistas, por lo tanto, como una postura anti autoritaria, un intento de arrancar sus cuerpos de las garras del clero.

Por desgracia la coerción no solo proviene de los grupos conservadores heteropatriarcales, sino de algunas corrientes feministas, que sin duda tienen una visión crítica hacia la opresión de las mujeres, pero han provocado ataques sistemáticos hacia las personas bisexuales.

En el caso del feminismo radical, sostiene entre su discurso acciones políticas e incluso visibilidad en la cultura popular. Esta sección propone una línea de puritanismo de cara a las preferencias y prácticas sexuales de todas las mujeres, dividiendo entre dos grupos a la colectiva: el primero contempla aquellas que se encuentran dentro su marco de visibilidad, cuyas características se encuentran determinadas por clase, fenotipo, preferencia sexual, identidad de género y educación. La otra parte es conformada por quienes tenemos otra idea sobre la identidad, el empoderamiento de nuestras cuerpas, nuestros deseos y elecciones, incluso sobre el deseo de ser madres y/o formar una familia con varones.

En el caso de establecer una relación o una base familiar con hombres cis o transgénero, a las mujeres bisexuales se nos presiona para que desistamos, se nos descalifica y se nos culpa de que exista mayor riesgo de transmisión de ETS por tener contacto sexual con hombres y mujeres; debido a esto, se nos denomina igualmente como promiscuas o se nos infantiliza, diciendo que hemos cedido a la presión de sostener prácticas y relaciones heteronormadas. Estos escenarios mantienen aspectos no solo de una política sobre los cuerpos, sino igualmente una medicalización, cancelación.

La actual bifobia se extiende hacia cada nueva chica que abre sus redes sociales y se encuentra con el despliegue de discursos y campañas que cuestionan nuestra identidad, el compromiso político y ético con el feminismo e incluso, como en el caso de las mujeres transgénero, la absoluta violencia hacia sus cuerpos, por el hecho de contar con un elemento anatómico que -para las llamadas radfem mediáticamente la incorporan en la cultura de la violación.

En un contexto tan apremiante, como lo hemos visto, el capitalismo asimila de manera colorida —incluso animada— todas la identidades; por esa razón es indispensable la discusión y el análisis con una base crítica y ética, ya que la bifobia y la cancelación de nuestras cuerpas supone un programa de vigilancia y castigo, mismo que reproduce la historia de las instituciones totales —la Iglesia, el Estado, la Familia— y ahora mismo la mediatización de la política y el peso de las industrias culturales.

Por ello este 23 de septiembre es tiempo para alzar nuestra bandera y portar nuestros colores con orgullo, supone —como el 23 de junio— exigir nuestros derechos, entre ellos la visibilidad, el respeto y el cumplimiento de auspiciar una vida libre de violencia. Definitivamente ese trabajo necesita sumar voces y diálogo fuera de la comunidad LGBTTTI, o hacia el ejecutivo y el grueso del Estado, a los discursos que no hacen sino rasgar la bandera de la sororidad.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.
La colina del viento. Ilustración por Eduardo Ramón Trejo.

Puedo contar, con los dedos de una mano, los lugares donde he vivido: la casa de mis padres hasta mis veinticuatro años, un departamento y una casa en Iowa City, un cuarto en la Residencia de Estudiantes de Madrid y este departamento, desde donde escribo ahora mismo, al que me mudé apenas dos semanas antes de que comenzara la cuarentena. De todos esos espacios, la Residencia de Estudiantes es el único que se siente más grande que mis recuerdos, que no puedo reducir a mi experiencia. Los dos años que viví en aquella habitación pequeña, coexistí con los sucesos, personas y tiempos que me precedieron.

Han nombrado de muchas formas a la colina donde se encuentra la Residencia de Estudiantes. A principios del siglo XX, esa parte de los Altos del Hipódromo era campo, y se le llamaba la Colina del Viento1. Por allí solo pasaba una acequia del Canal Isabel II, que proveía de agua a la ciudad y el único edificio era el Museo de Historia Natural.

Más tarde, en 1915,  Juan Ramón Jiménez la bautizó la “Colina de los Chopos”2, haciendo alusión a los tres mil árboles de este tipo que había en el jardín. Hoy en día, aún se avista la cúpula del Museo de Historia Natural por las ventanas de la Residencia y queda un pequeño jardín por el que corre un canalillo que conmemora la antigua acequia, pero ya no hay ningún chopo.

Entre la primera (1910 – 1936) y segunda época (1986-presente) de la Residencia de Estudiantes están la Guerra Civil y la dictadura franquista. Los árboles no son lo único que cambió desde entonces. Para la mayoría de los españoles es una institución que forma parte de los libros de historia, de la llamada Edad de Plata de las letras y las ciencias españolas, y no un centro cultural en funcionamiento.

Me topé con ese problema desde el instante en que pedí mi visa, y la persona que me atendió en la embajada me dijo que mi solicitud estaba mal llenada porque no podía estudiar en “una residencia de estudiantes”. Tuve que explicarle que no era una residencia, sino La Residencia de Estudiantes. A la fecha sospecho que algo en esa confusión fue parte de las razones por las que me negaron el trámite aquella vez.

Cuando por fin llegué a Madrid, encontré que mi hogar podía entenderse mejor como un hotel. Es la manera más fácil de explicar cómo fue vivir en ese sitio. Mis compañeros y yo éramos las únicas personas que pasaban allí el año entero, hecho que era más obvio durante las vacaciones de diciembre y de agosto, cuando no había huéspedes y las instalaciones se sentían vacías. Cada uno de los becarios tenía una habitación, pero las áreas comunes del hotel se convertían en parte de nuestra casa; era inevitable que con el tiempo desarrolláramos una relación cercana con la gente del restaurante, de la recepción y de limpieza que nos cuidaban y conocían muchos pormenores de nuestro día a día.

Vivir en ese lugar era un balance entre lo privado y lo público, entre las comodidades de un huésped y las responsabilidades de un becario. En estas últimas estaba ayudar con las visitas guiadas.

Una de las más especiales fue una guía teatralizada, donde mis compañeros y yo actuábamos como los personajes que vivieron en la Residencia durante la década de los veinte: Federico García Lorca, Salvador Dalí, Concha Méndez, María de Maeztu, Alberto Jiménez Fraud entre muchos otros. Fue así que por fin me aprendí la historia y fue esa visita la que repetí más de una vez para mis amigos. Si estuviéramos allí ahora mismo, los guiaría desde la reja verde del número 21 de la calle Pinar, entre los matorrales de lavanda, hasta el primero de los edificios. Les diría que ese era uno de los dos Pabellones Gemelos, les señalaría una de las ventanas en el cuarto piso, la mía, y les contaría que originalmente los edificios solo tenían tres pisos, que el último de ellos se construyó durante la rehabilitación en la década de los ochenta, por eso las ventanas del tercer nivel eran redondas, en contraste con las cuadradas de los otros pisos.

También les contaría que la Residencia se mudó a la colina del viento en 1915, pero que los primeros cinco años de su historia ocupó el número 14 de la calle Fortuny, al otro lado del Castellana, que después se convirtió en la Residencia de Señoritas. Les haría notar que los edificios de ladrillo rojizo son estilo neomudéjar y que fueron diseñados por el arquitecto Antonio Flórez Urdapilleta. Tal vez les diría que los detalles verdes en las ventanas y las tejas son algunas de mis cosas favoritas.

Luego los llevaría a recorrer el jardín, hablaría sobre los muchos nombres que tuvo esa zona, les señalaría la cúpula del Museo de Historia Natural entre los árboles, mientras paseamos por la acequia y les contaría de los chopos desaparecidos. Les diría que la Residencia fue ideada por Francisco Giner de los Ríos como parte del proyecto pedagógico de la Institución Libre de Enseñanza para renovar el país basándose en la filosofía krausista. Giner de los Ríos le encargó a Alberto Jiménez Fraud que fuera a visitar los colleges ingleses y aprendiera el modelo para implementarlo en España.

Fraud, que fue el director de la Residencia desde su apertura en 1910 hasta su cierre cuando estalló la Guerra Civil (en 1936), volvió de Inglaterra con ideas claras para hacer de la Residencia un lugar donde los jóvenes de todo el país que llegaran a estudiar a Madrid, pudieran convivir con los intelectuales más importantes de la época, donde se fomentarían actividades diversas como el deporte, las artes, las humanidades y las ciencias para formar jóvenes integrales.

Desde el principio, el proyecto atrajo a muchas personas importantes y se convirtió en hervidero de creatividad. Entre los tutores se encontraban Miguel de Unamuno, Alfonso Reyes, Manuel de Falla, José Ortega y Gasset, Pedro Salinas, Blas Cabrera, Eugenio d’Ors, Rafael Alberti y Juan Ramón Jiménez. Este último vivió muchos años en la Residencia, contaría en mi visita guiada al cruzar por el jardín entre los dos pabellones gemelos para explicar que él fue quien plantó las cuatro adelfas y lo nombró “el jardín de las adelfas”, o “el jardín de los poetas”.

En este punto, haría una pausa para dejar que se asomaran por la ventana de la Habitación Histórica, una recreación de cómo eran los cuartos de los residentes. Esto daría pie para hablar de los más ilustres, de que Federico García Lorca, Luis Buñuel y Salvador Dalí vivieron en esa casa entre 1920 y 1927 y se hicieron amigos, que estaban llenos de ocurrencias y se influenciaron mutuamente. También mencionaría a Pepín Bello, compañero de todos ellos, tal vez el pegamento del grupo, que los sobrevivió a cada uno y que se convirtió en su cronista. Frente a la habitación podría contar la anécdota de cuando Dalí y Lorca se encerraron varios días en su habitación y pidieron que se les trajera comida diciendo que eran náufragos y no podían salir. Les hablaría de las tertulias, de la hora del té, de que se cuenta que, en ese mismo jardín, Lorca le leyó las primeras líneas de Poeta en Nueva York (1940) a Alberti.

De allí los guiaría hacia el Edificio Central, que antes se llamaba “La Casa”, donde está ahora la recepción, el comedor y el salón de actos. Nos detendríamos frente al banco del Duque de Alba, y desde allí les señalaría el último de los edificios que forman la Residencia: el Trasatlántico, llamado así porque los primeros residentes decían que cuando sacaban a orear sus sábanas al balcón, el edificio parecía un navío. Hoy se alojan allí las oficinas administrativas, pero en ese lugar estaban los laboratorios científicos donde trabajaron Severo Ochoa y Santiago Ramón y Cajal. Eso me ayudaría para contar que Albert Einstein visitó la Residencia en más de una ocasión. Y no fue el único, muchos intelectuales dieron charlas en el salón de actos: Paul Valéry, Marie Curie, Igor Stravinsky, John M. Keynes, Alexander Calder, Walter Gropius, Henri Bergson y Le Corbusier.

Si no fuera hora de la comida o la cena y no pudiera enseñarles el comedor, concluiría el paseo en el salón de actos. Allí les contaría del final, de que con el estallido de la Guerra Civil, la Residencia se ofreció para usarse como hospital de carabineros y una vez que inició la dictadura de Franco, la mayoría de las personalidades que habían tenido contacto con la institución se exiliaron y las instalaciones de la colina del viento se volvieron parte del Consejo Superior de Investigaciones Científicas. Hablaría, por último, sobre el piano del salón del acto, que sobrevivió en el sótano. El piano en el que Manuel de Falla le enseñó a tocar a Federico García Lorca. En realidad es el único objeto de la Residencia que sobrevive desde esa época.

Allí acabaría el tour, ya no ahondaría en el presente, de la segunda época de la Residencia de Estudiantes que comenzó en 1986, cuando implementaron el proyecto de restauración de los edificios y se quiso recuperar el espíritu y las actividades. La institución dejó de ser una residencia para convertirse en un centro cultural y en un hotel en donde se albergan científicos, artistas y humanistas importantes que visitan España.

Entre las personas que han pasado por allí en esta segunda época se encuentran Mario Vargas Llosa, Pierre Boulez, Martinus Veltman, Ramón Margalef, Jacques Derrida, Blanca Varela, o Massimo Cacciari.

No les hablaría tampoco del sello editorial, de todos los libros que edita la Residencia, de su biblioteca que cuenta con la obra de varios antiguos residentes ni de las becas gracias a las cuales viví allí. El Ayuntamiento de Madrid las convocó por primera vez en 1988 y desde entonces hasta la fecha, los becarios han vivido en los últimos pisos de los pabellones gemelos.

Debido a la naturaleza múltiple de la Residencia de Estudiantes, la institución cerró sus puertas en abril a causa de la pandemia. Las becas también se suspendieron, pero recientemente se anunció una nueva convocatoria para iniciar en noviembre. La beca para estudiantes de doctorado y artistas menores de 30 incluye el alojamiento y tres comidas al día en el restaurante, además de la oportunidad de vivir un año en un centro cultural lleno de actividades y convivir con el resto de los becarios. Las becas para ciudadanos españoles y latinoamericanos están abiertas hasta el 30 de septiembre3.

En mi experiencia los dos años que tuve la suerte de vivir en la Residencia de Estudiantes fueron de intensa creación e intercambio. No necesariamente por el número de páginas que escribí, sino por las conversaciones que tuve, los eventos a los que asistí y las muchas formas en las que habité ese espacio.

Tuve la oportunidad de relacionarme con cientos de personas: amigos cercanos, trabajadores del restaurante, camareras de piso, recepcionistas, algunas figuras importantes del panorama intelectual español (tan masculino como muchos otros), algunos artistas que nos prestaron su arte, sus pinturas, sus danzas, su voz. Es curioso pensar que en este departamento, en el que llevo encerrada los últimos seis meses, apenas he compartido momentos con más de diez personas.


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, se ha desarrollado en la ilustración a través de la técnica del collage, colaborando en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Ha colaborado con medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Cancelación. Imagen tomada de Pixabay.

Aunque no es nuevo exigirles respeto y un uso responsable de sus voces a las personas que gozan de cierta fama, una búsqueda rápida muestra como la frase “cultura de la cancelación” tomó fuerza a finales del 2017 entre los usuarios de Twitter, y ha crecido en popularidad durante esta pandemia que nos mantiene interactuando a través de nuestras pantallas.

La idea de “cancelar” se originó en la comunidad virtual #blacktwitter, donde se usaba la palabra para referirse a cortar cualquier tipo de nexo y apoyo hacia quien hubiera roto el contrato social que mantenemos. Un claro ejemplo de “cancelación” surgió en el 2015, meses después de que el comediante, Hannibal Buress mencionara públicamente que el actor, comediante y activista, Bill Cosby era un violador. Aunque se tenía información al respecto desde hace décadas, no fue sino hasta esas declaraciones que el tema comenzó a hablarse más en Twitter y diversos blogs; gracias a esto, más víctimas se sintieron escuchadas, listas para hablar públicamente de sus experiencias, y las empresas se sintieron presionadas a tomar decisiones financieras para deslindarse del violador que, eventualmente, fue declarado culpable ante un juzgado.

Fue en ese contexto de movimientos como #MeToo, que la palabra “cancelar” comenzó a usarse por la población en general para hablar del productor y violador, Harvey Weinstein, condenado a 23 años de prisión; del acosador y comediante, Louis C.K., y de Kevin Spacey, el actor señalado por abusar de menores.

Así, cuando al descubrirse que personas famosas (músicos, actores, comediantes, productores, escritores) habían cometido abusos sexuales impunemente, usuarios de Twitter y Facebook vocalizaban sus intenciones de boicotear las carreras de los implicados. Algunas acciones incluían dejar de pagar por su música, sus películas, o sus libros. Y tanto los empleadores como quienes tenían proyectos en conjunto con las personas canceladas, se sintieron presionados a cortar lazos profesionales para evitar ser parte de ese boicot.

Estas acciones no se han logrado por el corazón bondadoso de aquellos que durante años permitieron el abuso y prácticas discriminatorias mientras volteaban hacia otro lado; las repercusiones se concretaron porque al ver que la inacción podría tener consecuencias para ellos y sus proyectos, salieron públicamente a romper vínculos con los abusadores, a cancelar libros, o eliminar programas. Eso es “cancelarlos”.

Para las personas que estamos acostumbradas a lidiar con los efectos de nuestras acciones, la idea de la cancelación parece una consecuencia lógica a nuestros errores públicos, pero para los beneficiarios del nepotismo u otras prácticas injustas, con plataformas desde las que comparten puntos de vista mediocres y discriminatorios, es una pesadilla que usuarios sin renombre, muchas veces anónimos en una red social, puedan criticarlos y exigir consecuencias a sus discursos de odio. Lo interesante es que quitar de una posición de protagonismo a alguien cuyas ideas dañan a la sociedad nos beneficia a todos, y ser cuestionados por nuestras acciones y palabras, también. Al final la esfera social con privilegios aplaude la meritocracia, del mismo modo que cualquiera ama las historias de redención. Lo anterior sugiere que si alguien merece su plataforma, ya tendrá tiempo de volverla a obtener, después de haber enmendado sus errores.

Sin embargo, la realidad nos dice que esas personas “canceladas” probablemente regresen a sus plataformas en cuestión de semanas o meses sin haber cambiado en absoluto, pues la sociedad en general sigue sin tomar en serio distintas formas de discriminación y por lo tanto olvida y perdona fácilmente. Como muestra está el comediante Dave Chappelle, quien ha sido duramente criticado por burlarse de las víctimas de abuso sexual y las personas transgénero; sin embargo, él se ha beneficiado del miedo a la cultura de la cancelación, creando especiales en Netflix alrededor del tema y recibiendo 20 millones de dólares.

Hay casos en los que la llamada cancelación no es más que una crítica merecida, sin mayores consecuencias. Por ejemplo, a principios de año la conductora regiomontana de noticias, María Julia Lafuente se refirió a las manos de una mujer como “prietas, horribles y nacas” en plena transmisión. La sobrina de la señora, indignada, publicó en Twitter lo hirientes que habían sido las palabras para su tía, y la gente comenzó a criticar a la conductora. Pero solo bastó una disculpa pública para que el asunto se olvidara. Finalmente en una sociedad racista y clasista ese tipo de comentarios intolerantes no son particularmente ofensivos.

Otro ejemplo de “cancelación” que nunca llega a ser más que una crítica merecida es la carrera artística de Kanye West. En mayo de 2018, después de haber apoyado públicamente al presidente de E.U., Donald Trump, la celebridad salió en televisión a decir que las personas afroamericanas estaban siendo limitadas por una cárcel mental, más que por un sistema injusto y racista, y que el hecho de que hubieran sido esclavizadas por tantos años tal vez había sido una elección propia. Fue duramente criticado, pero un mes más tarde sacó su nuevo álbum Ye (2018) que llegó al número uno de las listas de Billboard.

De esta manera, famosos con un buen equipo de relaciones públicas generalmente logran salir ilesos de cualquier incidente cercano a la cultura de la cancelación. Y tristemente lo que muchos consideran “cancelaciones” no son más que una ola de críticas que no tienen más consecuencias que la incomodidad de quien no está acostumbrado a lidiar con el resultado de sus actos.

¿Recuerdan cuando el presidente del Instituto Nacional Electoral, Lorenzo Córdova se burló de los representantes de los pueblos indígenas, específicamente del líder chichimeca Mauricio Mata y las críticas comenzaron a lloverle por sus comentarios racistas al punto de pedir su renuncia? Pues el INE organizó un encuentro con Rigoberta Menchú, a quien invitaron como observadora electoral. Obviamente nadie se iba a poner a criticar a una indígena Premio Nobel de la Paz, quien voló a México a estrechar la mano de Córdova y a hablarnos del perdón. Así que en cuestión de horas, el llamado a la renuncia de Córdova desapareció. Cinco años después, el señor sigue en su puesto, probablemente con el mismo nivel de ignorancia y de desprecio hacia gran parte de la población a la que representa.

Las personas realmente “canceladas” son quienes no tienen plataformas, quienes se oponen a las estructuras de poder, quienes lo pierden todo en actos injustos. Forman parte de ese poder aquellos que son criticados mientras llenan auditorios, venden miles de libros, o continúan siendo pagados para compartir sus opiniones caducas en diarios de circulación nacional.

Los profesores que han abusado de sus alumnas en las universidades con más prestigio del país, y quienes han sido “cancelados” en redes sociales siguen en las aulas, dando clases y participando en webinars, o si acaso “les fue mal”, están en casa con una buena jubilación y una reputación básicamente intacta fuera de círculos feministas; mientras las mujeres de quienes abusaron, perdieron oportunidades laborales que nunca regresarán, tuvieron que dejar sus estudios, cambiar de especialidad o dedicarse a algo distinto. ¿Quiénes son los cancelados realmente?

Aunque el intento de “cancelación” puede tener consecuencias positivas para algunos -pues las críticas llegan a generar simpatía y esa victimización los fortalece-, a veces ni siquiera existe una crítica, sino que alguien se pregunta qué pasaría si existiera una, y eso basta para que cientos de personas salten a defender a su cantante, escritor o actor favorito. Hace poco lo vimos cuando una persona supuso que la portada de ¿Dónde jugarán las niñas? (1997), álbum de la banda Molotov, habría sido “cancelada” si la hubieran lanzado este año; eso bastó para que las personas salieran a defender algo que a pocos les interesaba retomar.

Finalmente, en una sociedad racista, o transodiante, ¿quién está dispuesto a exigir consecuencias por acciones que todos hemos cometido? Si es abuso la presión con la cual el actor, Aziz Ansari obligó a una mujer a tener relaciones sexuales con él, entonces mi novio y mi mejor amigo serían abusadores, y obviamente no lo son, ¿verdad? Y si no entiendo por qué lo que dijo la autora J.K. Rowling es transfóbico, pues cuando lo dicen mis amigas es solo un chiste, y yo claramente no odio a las personas trans, porque sigo creyendo que la única expresión de odio es la violencia física y verbal, entonces no sé cuáles de mis acciones o palabras podrán ser criticadas en el futuro y, lógicamente, mi reacción será apoyar a esas personas famosas pasando por un mal momento.

Cuando nos enteramos que el tenor español Plácido Domingo había dañado el futuro profesional de mujeres jóvenes que no aceptaron sus propuestas sexuales, curiosamente no lo entendimos como “cancelación” hacia ellas; pero después de tres décadas de que el tenor abusara de su poder, decenas de víctimas y testigos alzaron sus voces para acusarlo, y la Orquesta de Filadelfia le canceló al artista la invitación a abrir un concierto, entonces sí tuvimos que leer columnas de opinión de señores que empatizaron con el abusador y vieron como una injusticia que las instituciones hubieran creído en las denuncias de decenas de víctimas. Aunque algunas de las consecuencias de esas denuncias incluyeron que el tenor quedara excluido del teatro de la Zarzuela en Madrid, a principios de agosto, fue galardonado en Austria por su influyente trayectoria profesional. Eso es, cancelado no está. Después de haber jugado con las carreras de mujeres con menor poder durante décadas, el señor es aplaudido, y a sus 78 años continúa recibiendo el respeto de su público y de personas poderosas en la industria de la música.

El problema para algunos es que hasta hace poco las reglas comunitarias no se aplicaban a ellos. Es más, gran parte de la sociedad sigue sin conocer las “nuevas” normas, entonces parece indignante que aquellos sin poder y cuyo rol en la sociedad era quedarse callados, o sonreír mientras se les humillaba, ahora vayan por la vida exigiendo respeto y hasta acciones disciplinarias. En la actualidad, la comunidad LGBTQ+, las mujeres, las personas neurodivergentes, las comunidades indígenas y personas racializadas van por ahí usando redes sociales y compartiendo su indignación hacia lo que se consideraban prácticas comunes y “solo chistes”.

Una de las razones por las que “la cultura de la cancelación” asusta tanto es porque el mundo está cambiando. Las personas comunes poseemos el acceso a herramientas que de cierta forma democratizan las ideas, y lidiar con este cambio puede ser difícil para quienes se beneficiaban de las estructuras antiguas.

Antes solo teníamos acceso a los datos oficialistas; si queríamos saber de un tema actual, necesitábamos prender la televisión, o comprar un diario para leer el punto de vista de los editores, pero ahora basta voltear a ver nuestros teléfonos para leer las versiones y puntos de vista de quienes están en el lugar de los hechos. Por supuesto que necesitamos seguir creando medidas alternativas que permitan rendir cuentas y democratizar la información de forma responsable, pero debemos lidiar con una realidad llena de medios irresponsables.

Lo que parece molestar a algunos es que personas sin renombre tengan el poder de decidir sobre sus vidas. ¿Cómo es posible que mujeres “desconocidas” puedan señalar a un hombre famoso y respetado? Y peor aún, que lo acusen no solo en las mismas instituciones que llevan décadas ignorando abusos y revictimizando a quienes quieren denunciar, sino compartiendo sus historias a través de redes sociales. ¿Cómo es posible que cientos o miles de personas les crean cuando lo único que hacen es compartir historias de 280 caracteres o menos, acompañados de capturas de pantalla que pudieron haber sido alteradas? Básicamente estábamos acostumbrados a escuchar solamente a aquellos quienes tuvieran poder y decidían a quién dar voz y a quien no, y de qué forma, pero actualmente “cualquier persona” puede conectarse a internet, contar su historia y ser escuchada. ¡La osadía!

La narrativa oficial nos dice que si la adolescente sonrió para una foto días después de haber sido violada, entonces está mintiendo. Pero en este mundo de cancelaciones que une a miles de jóvenes que han sufrido abusos parecidos y entienden sus complejidades, las denuncias se vuelven virales, y las historias son creíbles; aunque sean compartidas por alguien con una foto de perfil en la que sale sonriente en minifalda.

Con las consecuencias negativas que el internet puede traer, ahora una adolescente con una cuenta de Twitter o TikTok puede decir “¡ya basta!” y despertar no solo para leer críticas a sus acciones, sino para toparse con un mar de “yo te creo”.

La frase “cultura de la cancelación” viene acompañada de la favorita de los columnistas de opinión: “cacería de brujas”, y eso dice mucho sobre cómo perciben la realidad. Quienes se quejan de la “cultura de la cancelación” realmente creen que ser señalados por defender abusadores sexuales en pleno 2020 es similar a ser parteras perseguidas y quemadas por la iglesia durante el siglo XIV, y solo por eso merecen ser cancelados y donar sus espacios a alguien con más talento.

¿Se puede usar la “cultura de la cancelación” para dañar a alguien injustamente? Por supuesto. Existen varios ejemplos de directivos que en un intento de limpiar la imagen de su empresa desechan públicamente a sus empleados por un malentendido, tampoco los apoyan de ninguna manera, con todas las consecuencias negativas que eso pueda tener.

A finales de agosto, una madre soltera a quien no se le permitía entrar a un supermercado con su hija, fue grabada mientras gritaba sus comentarios clasistas y discriminatorios hacia los policías que le impedían el ingreso. Usuarios de Twitter crearon el hashtag #lady3pesos, y cuando se enteraron que trabajaba para la empresa inmobiliaria Century 21, fueron directamente a exigir acciones. La empresa, para no meterse en problemas, rápidamente salió a deslindarse de la empleada y a darla de baja de su red. El comportamiento de la mujer fue erróneo y merecía dar una disculpa pública, pero los empleadores se deshicieron de ella sin problema alguno, dejó a una madre soltera sin sustento en plena pandemia con tal de evitar conflictos.

Pero ahí el problema no es la rendición de cuentas exigida por la sociedad, o las charlas sobre temas importantes que queremos tener, sino el poder que tienen las empresas en la vida de los trabajadores y la falta de ética que hace que los directivos prefieran dejar a alguien sin sustento si eso mejorará la imagen pública. Lo anterior aplica tanto a trabajadores de la construcción como a cantantes famosos, o productores de películas. El asunto no es la crítica, es lo que las personas poderosas hacen con ella para cambiar el panorama.

En el caso de la escritora J.K. Rowling, quien después de haber compartido discursos transodiantes y apoyado a personas que acosan a mujeres trans, aún cuenta con el apoyo de su casa editorial, Hachette UK. Finalmente luchamos contra la discriminación, pero cuando tomar una postura pública al respecto puede eliminar ganancias millonarias, tal vez nos resulte más conveniente quedarnos callados. Así, cuando un grupo de empleados se negó a trabajar en el más reciente proyecto de la autora, la empresa no se los permitió, declarando que “la libertad de expresión es la piedra angular de la industria editorial”.

Algo interesante es que muchas veces lo que se critica no son las ideas, sino la forma tan irresponsable en la que se comparten. Por ejemplo, a principios de junio, el diario New York Times publicó una columna de opinión en la que un senador estadounidense pedía al gobierno federal usar las fuerzas armadas en su país para reprimir las protestas contra la represión policial. Cuando los reproches comenzaron a llover, incluida una carta firmada por 800 empleados en la que criticaban que se hubiera permitido publicar información falsa, el editor confesó haber publicado un texto que no cumplía con los estándares editoriales sin antes haberlo leído. Así, cuando renunció a su cargo, no lo hizo por la crítica a sus ideas, sino por su incapacidad de realizar su trabajo correctamente.

No fue “cancelado” por darle espacio a una idea rechazada por muchos, sino que él se “canceló” a sí mismo después de dañar la reputación del diario para el que trabajaba, algo que había hecho más de una vez anteriormente. No hubo “caza de brujas”, solo consecuencias a un trabajador deficiente en uno de los puestos más poderosos en el periodismo estadounidense .

La cultura de la cancelación somos las voces que no se escuchaban, las personas cuyas identidades no eran más que un chiste del que los comediantes se burlaban durante sus programas en horario estelar; bromas que nuestros padres repetían en la hora de la comida, y nuestros compañeros reiteraban durante el recreo. Pero ya no estamos dispuestxs a aceptar ese trato. Proponemos cambiar los chistes, exigirles a estos comediantes material nuevo y gracioso, a dejar de reciclar ideas que no funcionan y abandonar la mediocridad. A renovarse o morir.

Me parece que las personas que usan su voz para demandar respeto hacen un trabajo necesario, y estoy agradecida con lo que muchos llaman la “cultura de la cancelación”. Hace solo un mes, durante su discurso del día de la independencia de E.U., el presidente estadounidense, Donald Trump dijo que la “cultura de la cancelación” era “la definición misma de totalitarismo“, y a mí me sacó una sonrisa. Si alguien con ese historial tiene miedo, entonces vamos por buen camino.


Autores
Danae Silva es una diseñadora, ilustradora y arquitecta que dedica su tiempo a diversas iniciativas de justicia social. Administra la página de Facebook La Corregidora.