Rodrigo Fernández, El poeta Raúl Zurita; presentación del libro Íntegra de Gonzalo Rojas en la Biblioteca Nacional de Santiago, 25 de abril de 2013, Wikimedia Commons.
Nació en Chile, pero su primera lengua fue el italiano. A diferencia de otros niños que crecieron al amparo de literatura infantil, él lo hizo escuchando relatos de la Divina Comedia, en boca de su abuela materna, quien lo cuidaba mientras su madre iba a trabajar.
Quedó huérfano de padre cuando apenas contaba con dos años de edad y, a pesar de pertenecer a una familia ilustrada, padeció la miseria económica. El día en que se dio el golpe de Estado, en 1973, fue hecho prisionero y trasladado al carguero “Maipo”, donde fue torturado y permaneció recluido con ochocientas personas en un espacio para cincuenta.
Estos datos que parecen perfilar un personaje de novela dramática son hechos reales en torno a la vida de Raúl Zurita Canessa, quien este año fue distinguido con el Premio Reina Sofía, en su XXIX edición, y charló en exclusiva para el Fondo de Cultura Económica (FCE).
“Sobreviví años robando libros caros, de arquitectura o medicina, para venderlos. Hasta que fui descubierto. En 1979, cuando salió mi primer libro, Purgatorio, yo podía verlo en las vitrinas de todas las librerías de Santiago. Pero no podía entrar a ninguna. El acuerdo para no mandarme preso me prohibía ingresar a cualquier librería y quedé fichado en todas”, refiere en Verás un mar de piedras (FCE, México, 2017).
“Mi abuela fue un personaje importante en mi niñez porque nos contaba cuentos con personajes de la Divina Comedia. ¡Era terrible! Yo no sabía del amor cuando era pequeño. La nostalgia de mi abuela, que no pudo volver a su país, Italia, nos hablaba permanentemente a mí y a mi hermana de Da Vinci y Miguel Ángel. Ya de adulto me di cuenta de que todo lo que escribiría tenía que ver con ella y su relación con un país al que nunca volvió relación. Cuando años después que muriera yo fui a Italia, me di cuenta de cuenta de que había ido solo cumplir la deuda de su nostalgia”, comentó Zurita.
Al referirse a la trilogía Purgatorio, Anteparaíso y La vida nueva, cuyo diseño está trazado para soportar la estética y la belleza de las palabras, y donde se asoma su lado de ingeniero, el poeta dijo: “Fue una imagen que tuve a propósito de la situación terrible que pasaba Chile, con la dictadura del año 1973, cuando Pinochet derrocó a Allende, del cual yo era un partidario fervoroso, me apresaron en la mañana muy temprano y me di cuenta de que mi situación era muy mala por dos razones, una, porque los marinos siempre han sido golpistas, y dos, porque yo no he comido ni he dormido en dos días, pero salí y no pasó nada grave, comparado con otros que no están para contarlo.
“Tiempo después estuve en una situación más humillante. En Santiago me detuvieron durante horas por reírme. Recuerdo que cuando salí de eso, lo que menos me interesaba en el mundo era la poesía. Lo que necesitaba era conseguirme un trabajo como fuera. La poesía me interesaba nada. No podía interesarme menos. No era lo que se necesitaba. En ese entonces ser fotógrafo no era una acción de arte, sino un gesto desesperado, e hice un performance encerrado solo, en un baño. Al hacer ese performance sentí que algo había pasado. Que se mermaba algo. Que era un comienzo. Si la guagua no chilla es porque está muerta, ese fue mi chillido”.
La de Raúl Zurita es una poesía en la cual se amalgaman el dolor y la rabia. “Estamos inundados de poesía autista, autorreferente. Creo, con toda humildad, que si la poesía comienza a interrogarse sobre sí misma es porque ha desaparecido. Hay una fuerza tan potente que se rencarna en tu cuerpo, en tus órganos, en tu sufrimiento, en tu llorar, en tu dolor, en tus deseos de amor, de muerte. Finalmente no somos sino distintas metáforas de lo mismo. Tenemos la misma necesidad de amor, el mismo temor ante la muerte y, ante esa metáfora, también aparecen las manos monstruosas. Los monstruosos hermanos nuestros que se crearon en las mismas ciudades y caminaron las mismas calles. Sin embargo, son seres monstruosos. Nos amargan, nos linchan… Prometo que nunca he pretendido, nunca, en ningún momento, ni en mi mayor locura, que lo que yo digo pueda ser o servirle a otro para algo, para mí es así”, dijo el creador chileno.
Pensando en la idea de que la poesía no sea autorreferencial, el yo poético y el real funcionan de manera similar. “No hay nada más parecido al relato de la vida de un ser humano que la escritura y, al mismo tiempo, no hay nada más diferente en el universo que una vida al relato. Como si estuvieran separados en una distancia muy pequeña, pero insondable, un abismo infinito”. En Zurita aparece una base real, sin embargo, los escenarios son absolutamente fantásticos. El Pacífico se ha secado hace miles de años. Los escenarios son apocalípticos, como si vieras una película de mil años después. “Así lo entiendo, pero sé que un libro nunca va a ser ea vida, ni yo, ni yo tampoco voy a ser ese libro. No hay nada más parecido a un libro que una vida y una vida a un libro al mismo tiempo, es una contradicción irresoluble”, afirmó.
El poeta sudamericano ha sido un fuerte crítico con la poesía contemporánea. En ese sentido, habló de su percepción en torno al rol de la poesía contra la realidad. “Cuando uno es joven, la arrogancia tal vez sirve para autoafirmarse, pero con el tiempo te das cuenta de que perteneces a un río mucho más ancho, en mi caso, al río de la poesía chilena, pero que hay montañas de poesía autista. Si viniera un extraterrestre a la tierra y lo único que leyera fueran los libros de poesía de los últimos 60 años, lo más probable es que llegaría a la conclusión de que, salvo las decepciones sentimentales, problemas de soledad y angustia, acá en la tierra no ha pasado nada”.
Zurita reconoce tener una relación estrecha con la música, misma que se pone de manifiesto en lo que ha dado en llamar performance. En ese sentido, el vate sudamericano confesó: “La música me alucinó siempre. No soy melómano porque soy de gustos desordenados. El segundo movimiento del Sexteto de cuerdas No. 1, de Brahms. es increíble. ¿Cómo alguien puede hacer algo tan increíblemente bello? La música para mí es fundamental. Es parte de mi vida. Sin música me muero y al mismo tiempo no sé nada. Si eso se traspasa a mis libros no lo sé. Uso muy conscientemente letras de canciones bolivianas, de José Alfredo Jiménez y de Cuco Sánchez. Uno descubre imágenes en gran parte de la música popular: ‘Grítenme piedras del campo’. Esa es una invocación cuyas raíces se remontan a dos mil quinientos años: es Isaías”.
En contraparte a la sonoridad de la música, está también el silencio como ingrediente capital en la poesía de Zurita. “El silencio tiene que ver con Dante y el silencio a la entrada del infierno, cuando ve a los poetas que están en el limbo, porque ellos no podían ver a Dios. Habla con Homero, Ovidio, Lucano, y recién allí hablaron de las cosas que en vida es mejor callar. Creo que la poesía es una lucha a muerte con el silencio. Es darse de cabezazos contra lo que tú no podés. Nunca he creído en la autocensura. Son tus propios límites y son reales, y aunque te rompes la cabeza no podés ir más allá. Eso sucede cuando uno escribe poesía. A mí por lo menos me sucede. De repente sentís la impotencia y no podés ver algo que crees que está allí, pero no está”.
¿Un mar de piedras podría ser leído como una biografía? “En ese libro se engarzaron pedazos hasta el punto de construir una biografía literaria. Sin embargo, necesariamente, una biografía deja siempre lo más importante fuera, como dice Hemingway: ‘Lo verdaderamente importante no se dice’”.
Al referirse al Chile contemporáneo, a la encrucijada por la que atraviesa, así como a sus jóvenes, Raúl Zurita reflexionó un momento antes de responder: “No ilusiona. No puede dejar de doler todo el cúmulo de desigualdades, de abuso, de impunidad que había en las calles. Cómo no prever con una mirada que están construyendo casas sobre papel, sobre una fragilidad inmensa, la clase media chilena y su frase famosa ‘es una clase absolutamente endeudada, al borde permanente de la pobreza’. La diferencia en la salud entre los ricos y los pobres es abismal, una educación que no es tan buena ni para los que la pueden pagar, y para los que no lo pueden pagar es terrible, por las condiciones: cursos de 70 niños con problemas familiares tremendos. Eran tan predecibles las cosas que iban a pasar. Lo que me impresiona es que si hubieran leído lo que estaban escribiendo los poetas jóvenes hace diez años, ya estaba escrito todo. Porque claro, la poesía es como el mito de Casandra, una adivina que lo sabe todo sobre el pasado, presente y futuro, pero nadie la escucha, esa es su condena: que nadie la escucha”, concluyó el poeta.
A decir de Luis García, director del Instituto Cervantes, Raúl Zurita es un referente de la poesía iberoamericana desde su primer libro, por su lenguaje “libre, arrebatado y ajustado (…) es emblema de la gran tradición de poesía chilena” y con ella ha demostrado cómo se puede hacer frente al miedo “con la dignidad de la palabra poética”.
El Fondo de Cultura Económica cuenta en su fondo editorial con dos libros de Raúl Zurita: INRI (2003), donde refleja la fuerza poética del autor, y Un mar de piedras, que preparó el editor Héctor Montesinos.
La primera vez que te encontraste con el libro, tu amiga V te contó que El corazón es un cazador solitario, primera novela de Carson McCullers, se publicó en 1940 cuando su autora tenía 23 años y desde el primer momento fue un éxito tanto comercial como crítico, es más, el New York Times la consideró “la obra literaria del año”.
Estabas en su casa en Iowa City, curioseando en el librero mientras esperabas que terminara de alistarse para salir. Te llamó la atención el título y cuando le preguntaste sobre él, su voz desde el baño te dijo que lo había sacado de la biblioteca porque era uno de sus favoritos. Lo hojeaste, pero antes de que decidieras si el libro te había atrapado o no, Vvolvió al cuarto y declaró que estaba lista. Si no lo has leído, llévatelo, te dijo. No recuerdas qué excusa diste, tal vez era justo ese momento del semestre donde no había tiempo más que para las cosas que tenías que leer para las clases. Lo leeré cuando sea el momento, le dijiste guardando el título en tu memoria. ¿Cómo olvidar un título tan bueno? Desde esa primera vez sentiste que era uno de esos libros que llegaría a tu vida en el momento justo.
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“En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos” (p.17) comienza el libro. Los mudos son John Singer y Spiros Antonapoulos, mejores amigos que viven juntos en una ciudad obrera, sin nombre,en el sur de Estados Unidos hasta el día que internan a Antonapoulosen un manicomio en otra ciudad. Cuando Singer se queda solo, se muda a la casa de huéspedes de la familia Kelly y comienza a frecuentar el café Nueva York. Así conoce a los otros cuatro personajes principales que durante el resto de la novela lo buscarán para hablar con él: Mick Kelly, una niña de trece años que sueña con ser compositora; Jake Blount, un alcohólico comunista que acaba de llegar al pueblo; el doctor Copeland, un médico afroamericano, y Biff Brannon, el dueño del café. El libro narra el año que dura la relación de estos cuatro personajes con Singer, que como sordomudo es capaz de entenderlos, pero no de responderles. Esto no impide que todos vuelvan una y otra vez a verlo en busca de compresión. “La visita contribuyó a disipar la sensación de soledad que le atormentaba, de manera que cuando se despidió se sentía en paz consigo mismo una vez más” (p.166) dice el narrador desde el punto de vista del doctor Copeland después de una de sus visitas.
Te encuentras con esta frase a principios de septiembre, más de seis meses después de que comenzara la pandemia, seis meses de encierro solitario en tu departamento, y te sientes profundamente identificada. De hecho, todo el libro te remueve tanto que varias veces te detienes y prefieres leer sobre la autora que seguir. Leer alrededor de la novela es más fácil que enfrentarte a sus personajes alienados que intentan sobrevivir a la soledad y al rechazo social a través de la única conexión humana que tienen a su alcance. ¿Qué quiere decir, piensas, que el único dispuesto a escucharlos de verdad es un sordomudo? Desde el comienzo la interacción está desbalanceada y, por eso, condenada al desastre.
Lees en My Autobiography of Carson McCullers de Jenn Shapland que McCullers acababa de mudarse a Nueva York y pasó el 14 de junio de 1940, el día que se publicó El corazón es un cazado solitario, en un cuarto de hotel “aislada y sola” como los personajes de su novela. De hecho, lees que en todos sus libros (cuatro novelas y un libro de cuentos) regresa a los mismos temas: amores no correspondidos, alienación social y el intento infructuoso de conectar con otros seres humanos. Su vida, como la de muchos de sus personajes, se encuentra marcada por la tragedia. Se casó con el mismo hombre dos veces en un matrimonio que la hizo infeliz; se enamoró (u obsesionó dependiendo de la interpretación) de Annemarie Schwarzenbach; sufriódepresión y alcoholismo; muy joven tuvo fiebre reumática, enfermedad que la dejó débil y con una condición cardiaca de la que murió a los cincuenta años.
Cuando retomas el libro, en la página 24, subrayas el siguiente fragmento en el que John Singer intenta comunicarse por última vez con su mejor amigo antes de que éste se vaya: “Hablaba y hablaba. Y aunque sus manos jamás se tomaban un descanso, no era capaz de decir todo lo que tenía que decir. Quería contarle a Antonapoulos todos los pensamientos que había albergado su mente y su corazón, pero no había tiempo”. Y sabes que así te has sentido muchas veces en los últimos meses, cuando cuelgas una reunión de Zoom y el silencio de tu departamento te aplasta y te das cuenta que apenas dejaste hablar, que interrumpiste a todos, que no fuiste capaz de preguntarles nada de regreso a tus interlocutores, porque cuando comenzaste a hablar, no podías callarte.
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Lees como nunca lo has hecho antes, consciente de cada página que falta para el siguiente capítulo, pero no es porque el libro te aburra, sino porque el confinamiento te ha dejado la concentración suficiente para escribir, pero te ha despojado de alguna facultad clave para leer. Cuando no puedes evitarlo más y la entrega del artículo está sobre ti, te obligas a leer. Conforme avanzas,surgen frases e ideas en tu cabeza, todas en segunda persona. Sigues el impulso, aunque te incomoda. Dudas porque no sabes si el recurso tiene algún sentido o si, por el contrario, al distanciarte en el punto de vista de tu artículo, estás huyendo de esta novela que tanto te apela. Al final, te aferras a tu segunda persona y te enfocas en los detalles:
Te sorprende que los hechos más violentos, aquellos que cambian la vida de los personajes, duren apenas unas líneas, llegan de improviso, ponen de cabeza la vida del personaje, lo dejan más solo que antes, pero el narrador no se detiene en ellos, sino que los cuenta con sequedad y se concentra en lo que viene después, en las reacciones de los personajes. Pasa una y otra vez. McCullers captura algo con esto; la forma en que los momentos más decisivos de la vida son puntuales.Casi podrías perdértelos si no lees con cuidado, pero las secuelas del cambio permanecen, reverberan en la vida de cada personaje.
Te sorprende cómo los temas políticos que toca la novela siguen vigentes. Todos los personajes se encuentran insatisfechos con sus circunstancias.Todos son productos de su época.Pero en sus discursos a Singer, encuentras ecos que retumban hacia el presente con las manifestaciones después de la muerte de George Floyd; con las limitaciones que la pobreza pone a los sueños de las personas; con las discusiones sobre la voracidad del capitalismo.
Durante todo el libro esperas el momento en que dos de los personajes, Blount y el doctor Copeland, por fin hablen porque parece que ellos podrían entenderse. Ambos admiran a Karl Marx y quieren cambiar el mundo en el que se encuentran, ¿qué fácil sería hablar y conectar si comparten las mismas ideas? Pero cuando por fin sucede, discuten, no se entienden y terminan peleando. Comparten ideas, pero las estrategias de acción son distintas, mientras más hablan, más parecen incompatibles. No son capaces de escucharse y cada uno se aferra a las conclusiones a las que ya había llegado, decretando que el otro está equivocado. Concluyes que en el mundo del libro las circunstancias de los personajes evitan que puedan comunicarse de verdad y cuando piensas en las discusiones de Twitter que lees a cada rato, piensas lo vigente que sigue siendo esta idea.
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Te preguntas si leer algo que te apela, te afecta, de manera tan directa podrá curarte de la aflicción de la lectura o si es esperar demasiado del libro. Tratas de leer con mente crítica, pero una y otra vez vuelve a subrayar alguna frase como “Sintió deseos de no volver a ver una cara humana. Sin embargo, al mismo tiempo no se veía capaz de permanecer allí sentado, solo, en la vacía habitación” (p. 280) y no puedes evitar pensar en todas las veces que has tenido lo que llamas “ataques de soledad”. Llega la ansiedad y te sientes incómoda en tu propia piel, incapaz de estarte quieta, de concentrarte, de hacer cualquier cosa. La única cura que has encontrado hasta ahora es sentarte en la misma habitación con otra persona y hablar.
¿Será por eso que tus párrafos están en segunda persona? Más de una vez cambias los verbos, vuelves al “yo”, pero cada vez esto te estanca. Casi parece que este libro en el que nadie logra realmente ser escuchado, te ha empujado a hablar contigo misma. En la página 236 Singer le escribe una carta a Antonapoulos, aunque éste no sabe leer. Cierra: “No sirvo para estar solo y sin alguien como tú, que comprende”. Lees esta cita y dejas de lucha con el punto de vista porque, al final, ¿qué es escribir en segunda persona sino pretender que el texto es una conversación y no un monólogo?
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No sabes de dónde salió esa creencia tuya de que los libros llegan a tu vida en el momento correcto, pero hasta ahora habías confiado en ella ciegamente. A ratos parece sólo una buena excusa para explicar por qué no has leído un clásico, pero te ha pasado tantas veces que cuando te encuentras con ciertos libros que casi puedes asegurar que serán para el futuro. Te pasó con Los detectives salvajes que intentaste leer cuatro veces antes de devorarlo en un viaje a Lisboa o con Memorias de Adriano el libro favorito de tu madre que cargaste a varios países hasta que por fin lo leíste al regresar a México.
La segunda vez que intentaste leer El corazón es un cazador solitario estabas de nuevo en la casa de V, pero esta vez en su departamento de Madrid. Te estabas quedando allí unas semanas antes de irte de España y, de nuevo, curioseando el librero te encontraste con su copia, la que leyó en la universidad cuando estaba estudiando letras inglesas y pensaste que tal vez por fin llegó el momento, pero entre las despedidas, las semanas se te fueron y de nuevo lo dejaste de lado.
Por eso, cuando viste el título del libro entre los temas a elegir, pensaste que ahora sí había llegado el momento y que, si no era el correcto, te obligarías a leerlo de todas formas. En la página 47 lees los pensamientos de Biff Brannon sobre el primer encuentro entre Singer y Blount. Se pregunta por qué éste tuvo esa necesidad de entregarle todo lo que llevaba en su interior al sordomudo y concluye:“Porque forma parte de la naturaleza de ciertos hombres entregar en un momento dado todo lo que es personal, antes de que fermente y envenene…, arrojárselo a un ser humano o a alguna idea humana. Tienen que hacerlo. Está en su naturaleza” y una parte de ti se alegra de la obligación, aunque al terminar de leer lo único que quieres es eso mismo, entregarle a otro ser humano todo lo que has sentido. Al final, lo único que haces es mandarle un mensaje a V que dice: “Estoy destrozada”.
¿Fue este confinamiento el momento correcto para el libro? No lo sabes, pero intuyes que esa no es la pregunta más importante. Al pensar en el “momento correcto”, te das cuenta que la experiencia de leer ha quedado marcada por tus propias circunstancias y es imposible disociarlas. El libro te afectó y lo que sacaste de él está unido a este momento vital. Hay muchas más lecturas en él de la que puede contener este artículo, pero a ochenta años de su publicación, El corazón es un cazador solitario te habla del presente tanto como del pasado. No tiene una respuesta para la soledad que estás sintiendo, pero al menos está allí para hablarte de verdad.
Los rumores a la salida de la iglesia viajaban en pequeños susurros y miradas indiscretas que consiguieron incomodar a don Mario Patlani y doña Marta, su esposa. Casi todo el pueblo asistió a misa aquel domingo, pues el sacerdote daría anuncios importantes para la mayordomía.
En un inicio don Mario pensó que la gente los miraba por la expectativa de lo que pudieran hacer en su administración, pues a su familia le correspondía ese año ser los mayordomos de San Juan Bautista. Pero poco a poco le fue pareciendo sospechoso que nadie se acercara y solo los miraran. Después supuso que los comentarios tenían que ver con que Lupita, su única hija, quien no los acompañó aquella mañana tan importante para la familia. Pensó que bastaría con aclarar que Lupita les pidió permiso para quedarse en casa porque se sintió enferma toda la semana y quería descansar.
Don Mario no aguantó la curiosidad, se acercó a su compadre Gilberto y le preguntó qué se traía la gente. Gilberto le contestó que una compañera de su hija había corrido el rumor de que, mientras estaban en misa, Lupita aprovecharía para fugarse a la capital, que lo llevaba planeando semanas. En el pueblo de Ixtenco nada había causado tanto revuelo desde hacía bastantes años.
Guadalupe, una joven de 18 años, hija única del matrimonio de los señores Patlani, recientemente había terminado el bachillerato durante el que demostró un gran interés por el conocimiento, se interesaba por la literatura y a diferencia de sus compañeros ella disfrutaba de los libros. Varias fueron las discusiones con sus padres por su intención de seguir estudiando, para lo que debía dejar su hogar. Ninguna mujer de la familia se había atrevido a salir del pueblo, no había nada que buscar fuera de ahí, le decían sus padres, todo lo que se necesita para vivir tranquila y dignamente estaba con ellos.
Pasaron varias semanas en las que intentaron conocer a dónde se había fugado Guadalupe, pero nadie sabía; a sus amigas solo les dijo que quería irse a la capital a estudiar, pero no comentó con quien o a que lugar llegaría. Don Mario y doña Marta se entristecieron. En algún momento se les planteó que cambiaran para otro año su mayordomía, pero don Mario se negó, dijo que el compromiso con el santo era mayor a cualquier otra cosa.
Para los primeros días de junio Guadalupe cumplía cinco meses de haber salido del pueblo. Los preparativos para la celebración estaban en marcha. El santo se encontraba en la casa de los Patlani para unas pruebas de los ropones que utilizaría en las festividades. Mientras en la casa se encontraban varias personas ayudando con la preparación de la indumentaria del santo, llegó una carta. El sobre que entregaban a doña Marta venía firmado por Guadalupe Patlani. Al fin se sabía algo de ella. Doña Marta le pidió a una jovencita que le leyera la carta.
Padres:
Tengo un recuerdo en el que estoy, a mis doce años, esperándolos fuera de la secundaria, al fin logro verlos llegar. Caminamos en dirección a la casa y me emociona poderles contar sobre un nuevo libro que leí, habla sobre las ranas y he descubierto mi gusto por los animales; tenía un nuevo sueño, el de estudiar para médico veterinario. Camino entre ustedes y mi padre parece no escucharme, mamá me acaricia la cabeza pero no hace ningún comentario.
Sigo preguntándome de donde saque el valor para salir del hogar, salir del pueblo. Sé la pena que les he causado, imagino el enojo de papá, me lastima pensar en la angustia de mamá. Pero debía arriesgarme a salir o tendría que vivir con la eterna duda de si soy capaz de perseguir mis sueños, de buscar la felicidad lejos de casa.
Fui la primera en muchas generaciones que se alejó del Valle, la única que dejó la casa. Espero encontrar mi propio camino.
Los extraño mucho y cada día me duermo pensando en ustedes. Espero algún día puedan entenderme, me vine a la ciudad a estudiar, he encontrado el apoyo de la maestra Raquel. No se preocupen de mí, espero pronto visitarlos.
Los quiere Guadalupe.
Las palabras fueron para doña Marta un alivio, por fin tenía noticias de su hija. Para don Mario la carta fue motivo de un gran coraje, manoteaba y gritaba que era un descaro, que más le valía a Guadalupe no regresar. Entre la gente que estaba ayudando se encontraba Gilberto, el compadre. En un intento por calmar a don Mario, Gilberto quiso tomarlo del brazo pero don Mario se jaloneó y rompió la mano derecha de San Juan Bautista, la mano de yeso cayó al piso y se destrozó. Todo ruido que había en la casa desapareció.
La creencia dicta que las lluvias llegarán siempre y cuando el dedo de San Juan Bautista se mantenga apuntando hacia arriba. Ahora la figura del santo patrono no tenía la mano derecha.
El 24 de junio se realizó la tradicional peregrinación a la cueva en el volcán, con el brazo del santo roto. Los creyentes iban temerosos de que la Malinche estuviera enojada. El recorrido se llevó a cabo, pero la lluvia que año con año los acompañaba nunca llegó. El presagio de que la lluvia solo aparecería mientras el santo patrono mantuviera el dedo de su mano hacia arriba se había cumplido. San Juan Bautista había perdido la mano, el volcán estaba enojado, la Malinche estaba enojada. Don Mario culpó a su hija de la desgracia del pueblo. Pasó una semana y las lluvias no llegaron. La desobediencia, aquella traición, aquella carta, aquel enojo, aquel brazo roto, todo era culpa de una mujer rebelde: Guadalupe.
La hija de los Patlani se enteró de lo ocurrido en casa de sus padres cuando recibieron la carta. La maestra Raquel, que aún visitaba el pueblo donde alguna vez dio clases, le platicó. Un par de semanas después, Guadalupe, tomó la decisión de enviar una nueva carta a su padre:
Padre:
Me he enterado de lo que ha pasado en Ixtenco y lo lamento mucho. Sé que no podré regresar y me pesa. Solo quiero escribirte lo que pienso aunque creo que no me entenderás. Ahora estoy haciendo algunas de las cosas que anhelaba: conocer la ciudad, tomar mis propias decisiones y asumir sus consecuencias. Entiendo que me protegían pero en mí estaba esa necesidad de salir a enfrentar el mundo: moverme de la pasividad del pueblo.
Estos movimientos de rebeldía como tú les llamas no saldrían de mí si no hacia esto, tarde o temprano sucedería. Entiendo me costará muy caro, en momentos me he sentido estúpida e impotente, pero continuaré tras mis deseos, tras nuevos horizontes. Fui muy hocicona e indiferente a muchos valores que intentaron inculcarme, pero he crecido y sentido que esas costumbres y valores me traicionan. Comprendo que no te parezca lo correcto, pero es lo mejor para mí. Ojalá algún día me comprendas.
Te quiere Guadalupe.
Sentado fuera de su casa, don Mario, revisa la correspondencia, mientras espera que reparen la mano del santo patrono. Entre el correo que llegó está el periódico del día y la carta de Guadalupe. No podía decidir entre leer o no la carta de su hija, aún la detestaba, pero quería saber qué tenía que decirle. Don Mario hace a un lado el periódico, lee la carta de Guadalupe, al terminar la rompe y la tira quedándose quieto en su silla.
Don Mario escucha que alguien se acerca y en seguida toma el periódico, es doña Marta que sale para avisar a su marido que el santo ha quedado reparado. Lo mira; él está leyendo. La esposa ve que una gota cae sobre la hoja del periódico que lee su marido. Don Mario avienta el diario y cae abierto en las noticias del clima donde dice: “Después de unos días de retraso, las lluvias al fin llegarán al volcán la Malinche: se espera para hoy por la tarde”. Don Mario mueve la cabeza negativamente, su rostro se humedece y observa la lluvia caer.