Tierra Adentro
Imagen de Mariana Martínez
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Los rumores a la salida de la iglesia viajaban en pequeños susurros y miradas indiscretas que consiguieron incomodar a don Mario Patlani y doña Marta, su esposa. Casi todo el pueblo asistió a misa aquel domingo, pues el sacerdote daría anuncios importantes para la mayordomía.

En un inicio don Mario pensó que la gente los miraba por la expectativa de lo que pudieran hacer en su administración, pues a su familia le correspondía ese año ser los mayordomos de San Juan Bautista. Pero poco a poco le fue pareciendo sospechoso que nadie se acercara y solo los miraran. Después supuso que los comentarios tenían que ver con que Lupita, su única hija, quien no los acompañó aquella mañana tan importante para la familia. Pensó que bastaría con aclarar que Lupita les pidió permiso para quedarse en casa porque se sintió enferma toda la semana y quería descansar.

Don Mario no aguantó la curiosidad, se acercó a su compadre Gilberto y le preguntó qué se traía la gente. Gilberto le contestó que una compañera de su hija había corrido el rumor de que, mientras estaban en misa, Lupita aprovecharía para fugarse a la capital, que lo llevaba planeando semanas. En el pueblo de Ixtenco nada había causado tanto revuelo desde hacía bastantes años.

Guadalupe, una joven de 18 años, hija única del matrimonio de los señores Patlani, recientemente había terminado el bachillerato durante el que demostró un gran interés por el conocimiento, se interesaba por la literatura y a diferencia de sus compañeros ella disfrutaba de los libros. Varias fueron las discusiones con sus padres por su intención de seguir estudiando, para lo que debía dejar su hogar. Ninguna mujer de la familia se había atrevido a salir del pueblo, no había nada que buscar fuera de ahí, le decían sus padres, todo lo que se necesita para vivir tranquila y dignamente estaba con ellos.

Pasaron varias semanas en las que intentaron conocer a dónde se había fugado Guadalupe, pero nadie sabía; a sus amigas solo les dijo que quería irse a la capital a estudiar, pero no comentó con quien o a que lugar llegaría. Don Mario y doña Marta se entristecieron. En algún momento se les planteó que cambiaran para otro año su mayordomía, pero don Mario se negó, dijo que el compromiso con el santo era mayor a cualquier otra cosa.

Para los primeros días de junio Guadalupe cumplía cinco meses de haber salido del pueblo. Los preparativos para la celebración estaban en marcha. El santo se encontraba en la casa de los Patlani para unas pruebas de los ropones que utilizaría en las festividades. Mientras en la casa se encontraban varias personas ayudando con la preparación de la indumentaria del santo, llegó una carta. El sobre que entregaban a doña Marta venía firmado por Guadalupe Patlani. Al fin se sabía algo de ella. Doña Marta le pidió a una jovencita que le leyera la carta.

 

Padres:

     Tengo un recuerdo en el que estoy, a mis doce años, esperándolos fuera de la secundaria, al fin logro verlos llegar. Caminamos en dirección a la casa y me emociona poderles contar sobre un nuevo libro que leí, habla sobre las ranas y he descubierto mi gusto por los animales; tenía un nuevo sueño, el de estudiar para médico veterinario. Camino entre ustedes y mi padre parece no escucharme, mamá me acaricia la cabeza pero no hace ningún comentario.

    Sigo preguntándome de donde saque el valor para salir del hogar, salir del pueblo. Sé la pena que les he causado, imagino el enojo de papá, me lastima pensar en la angustia de mamá. Pero debía arriesgarme a salir o tendría que vivir con la eterna duda de si soy capaz de perseguir mis sueños, de buscar la felicidad lejos de casa.

     Fui la primera en muchas generaciones que se alejó del Valle, la única que dejó la casa. Espero encontrar mi propio camino.

     Los extraño mucho y cada día me duermo pensando en ustedes. Espero algún día puedan entenderme, me vine a la ciudad a estudiar, he encontrado el apoyo de la maestra Raquel. No se preocupen de mí, espero pronto visitarlos.

Los quiere Guadalupe.

Las palabras fueron para doña Marta un alivio, por fin tenía noticias de su hija. Para don Mario la carta fue motivo de un gran coraje, manoteaba y gritaba que era un descaro, que más le valía a Guadalupe no regresar. Entre la gente que estaba ayudando se encontraba Gilberto, el compadre. En un intento por calmar a don Mario, Gilberto quiso tomarlo del brazo pero don Mario se jaloneó y rompió la mano derecha de San Juan Bautista, la mano de yeso cayó al piso y se destrozó. Todo ruido que había en la casa desapareció.

La creencia dicta que las lluvias llegarán siempre y cuando el dedo de San Juan Bautista se mantenga apuntando hacia arriba. Ahora la figura del santo patrono no tenía la mano derecha.

El 24 de junio se realizó la tradicional peregrinación a la cueva en el volcán, con el brazo del santo roto. Los creyentes iban temerosos de que la Malinche estuviera enojada. El recorrido se llevó a cabo, pero la lluvia que año con año los acompañaba nunca llegó. El presagio de que la lluvia solo aparecería mientras el santo patrono mantuviera el dedo de su mano hacia arriba se había cumplido. San Juan Bautista había perdido la mano, el volcán estaba enojado, la Malinche estaba enojada. Don Mario culpó a su hija de la desgracia del pueblo. Pasó una semana y las lluvias no llegaron. La desobediencia, aquella traición, aquella carta, aquel enojo, aquel brazo roto, todo era culpa de una mujer rebelde: Guadalupe.

La hija de los Patlani se enteró de lo ocurrido en casa de sus padres cuando recibieron la carta. La maestra Raquel, que aún visitaba el pueblo donde alguna vez dio clases, le platicó. Un par de semanas después, Guadalupe, tomó la decisión de enviar una nueva carta a su padre:

Padre:

    Me he enterado de lo que ha pasado en Ixtenco y lo lamento mucho. Sé que no podré regresar y me pesa. Solo quiero escribirte lo que pienso aunque creo que no me entenderás. Ahora estoy haciendo algunas de las cosas que anhelaba: conocer la ciudad, tomar mis propias decisiones y asumir sus consecuencias. Entiendo que me protegían pero en mí estaba esa necesidad de salir a enfrentar el mundo: moverme de la pasividad del pueblo.

     Estos movimientos de rebeldía como tú les llamas no saldrían de mí si no hacia esto, tarde o temprano sucedería. Entiendo me costará muy caro, en momentos me he sentido estúpida e impotente, pero continuaré tras mis deseos, tras nuevos horizontes. Fui muy hocicona e indiferente a muchos valores que intentaron inculcarme, pero he crecido y sentido que esas costumbres y valores me traicionan. Comprendo que no te parezca lo correcto, pero es lo mejor para mí. Ojalá algún día me comprendas.

Te quiere Guadalupe.

Sentado fuera de su casa, don Mario, revisa la correspondencia, mientras espera que reparen la mano del santo patrono. Entre el correo que llegó está el periódico del día y la carta de Guadalupe. No podía decidir entre leer o no la carta de su hija, aún la detestaba, pero quería saber qué tenía que decirle. Don Mario hace a un lado el periódico, lee la carta de Guadalupe, al terminar la rompe y la tira quedándose quieto en su silla.

Don Mario escucha que alguien se acerca y en seguida toma el periódico, es doña Marta que sale para avisar a su marido que el santo ha quedado reparado. Lo mira; él está leyendo. La esposa ve que una gota cae sobre la hoja del periódico que lee su marido. Don Mario avienta el diario y cae abierto en las noticias del clima donde dice: “Después de unos días de retraso, las lluvias al fin llegarán al volcán la Malinche: se espera para hoy por la tarde”. Don Mario mueve la cabeza negativamente, su rostro se humedece y observa la lluvia caer.

 

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