Tierra Adentro

A 50 años de su muerte 

Julio Torri nació en 27 de junio de 1889 y murió en la Ciudad de México, el 11 de mayo de 1970; acaba de cumplirse el cincuenta aniversario de su fallecimiento. Profesor discreto y a la vez un gran conversador, ciclista fidelísimo y caballero de finos modales, lector incansable y editor dedicado, cofundador del Ateneo de la Juventud y autor de una obra mínima pero indispensable en la modernidad de nuestras letras. La obra de Torri se origina de la devoción con la que leía a los clásicos, de modo que su afán por lograr páginas perfectas viene de la convicción de que no es posible agregar gran cosa al tesoro de la literatura universal, y de aspirar a concentrar su estilo en frases decantadas y relatos mínimos, que funcionaran como variaciones, homenajes o acercamientos. Publicó, en un periodo de más de treinta años, tres libros de creación y un estudio que reúne sus clases sobre literatura: Poemas y ensayosDe fusilamientosTres libros y La literatura española. A estos se añade el póstumo El ladrón de ataúdes y Diálogo de los libros, que consta de su correspondencia con Alfonso Reyes. 

Su obra, ceñida y breve, ha dado lugar a innumerables lecturas, ensayos y ediciones. Maestro de escritores, sus libros provocaron el respeto y se ganaron los elogios de José Emilio Pacheco, Margo Glantz, Serge I. Zaïtzeff y Tito Monterroso, entre muchos otros. Aunque solemos considerarlo cuentista, su obra se incluyó, por poner un par de ejemplos, en Poesía en movimiento (elaborada por Octavio Paz, José Emilio Pacheco y Homero Aridjis) y Antología del poema en prosa en México (realizada por Luis Ignacio Helguera). El constante tránsito entre las líneas de acción de una narración y las intensidades del poema son una marca de su estilo, siempre versátil, erudito y concentrado. Esta cualidad transgenérica me parece uno de los principales argumentos para hablar de la total actualidad de la que goza su obra. 

Con el pretexto del reciente aniversario, se han organizado charlas en las que se revisa y comenta la obra del escritor. Y con este mismo argumento, me parece un buen momento para hacer un repaso a vuela pluma del premio al que se convoca a los cuentistas jóvenes de este país, y que, en recuerdo y celebración, lleva el nombre del autor. 

Una estatua con su efigie o un edificio con su nombre resultarían menos constantes y, por otro lado, este tipo de consideraciones están destinadas a ocultarse en su inmovilidad, terminan por formar parte del paisaje y, peor, se vuelven un anónimo ruido de fondo. Una forma más dinámica de honrar al autor de De fusilamientos es el premio de cuento joven que convocan la Secretaría de Cultura (a través de la Dirección General de Publicaciones y el Programa Cultural Tierra Adentro) y la Secretaría de Cultura de Coahuila desde hace veinte años. 

 

La historia 

Es posible diferenciar dos etapas en la historia del premio. En la primera (hasta 2009), las bases sólo delimitaban la extensión del libro, pero no la de los textos individuales. En la segunda, que se extiende hasta la actualidad, cada cuento debe constar de tres cuartillas como máximo. Esta regla intenta acercar la naturaleza de los libros a la obra de Torri, al ponderar la brevedad y reconocer el ejercicio de esta clase de escritura, donde colindan, a veces con gran acierto, los territorios de la poesía y del cuento, tal y como sucede todo el tiempo en la obra del coahuilense. Se diferencia así, además, de otros certámenes en los que la extensión de los textos es libre, como el Comala de Cuento Joven. 

Los generales de los diecisiete ganadores permiten ya un ejercicio estadístico. Nacidos en su mayoría en las décadas de los setenta y ochenta (alguno en los últimos de los sesenta y otro par en el primero de los noventa), encontramos entre ellos autoras destacadas, como Maritza M. Buendía, escritores de trayectoria, como Antonio Ramos, y jóvenes autores cuya carrera hoy goza el impulso del premio. En el listado podemos ver cómo se van representando las generaciones de manera sucesiva, y al adentrarnos en las obras de cada uno, notar las variaciones y constancias en la práctica de la narrativa breve que se suscitan al paso de las décadas. 

En veinte años, más allá de cánones u oficialismos, el premio ha ayudado poner en la mira de los lectores una serie de propuestas narrativas notables. A estas alturas de nuestra tradición, con la mezcla de generaciones y la diversidad de propuestas que vivimos, estos recuentos, mitad pequeño ejercicio de crítica, mitad memorabilia, me parecen una buena manera de repensar la historia de la literatura que se genera en nuestro tiempo, y de rescatar lecturas que corren el riesgo de perderse en el cambiante paisaje de nuestras letras. 

 

  1. El juego de los indicios, José Abdón Flores (San Luis Potosí, 1967)
  2. Que los muertos vivan en paz, Julio G. Pesina (Tamaulipas, 1973)
  3. Ballenas, Gabriel Wolfson (Puebla, 1976)
  4. El jardín de los cautivos, Maritza M. Buendía (Zacatecas, 1974)
  5. Dejaré esta calle, Antonio Ramos (Nuevo León, 1977)
  6. Murania, Alejandro Pérez Cervantes (Coahuila, 1973)
  7. Todo esto sucede bajo el agua, Rodolfo J.M. (Ciudad de México, 1973) 
  8. Aquello que nos resta, Liliana Pedroza (Chihuahua, 1976)
  9. 20Motel Bates,Yussel Dardón (Puebla, 1982) 
  10. La línea de la metamorfosis, Mario Sánchez Carbajal(Ciudad de México, 1983) 
  11. La novela zombi,Ériq Sáñez (Ciudad de México, 1986) 
  12. Gloriamundi, Noel René Cisneros (Chihuahua, 1984) 
  13. 63 señoritas condenadas a la desolación, Érika Zepeda Montañés (Jalisco, 1982)
  14. Ensayo de orquesta, Laura Baeza (Campeche, 1988)
  15. Cosmos nocturno, Gerardo Lima (Tlaxcala, 1988)
  16. Los sonámbulos, Alejandro Espinoza Fuentes (Ciudad de México, 1991)
  17. La biblia encarnada, Daniel Montaño (Durango, 1991)

  

Botones de muestra 

Es común encontrarnos con que los títulos ganadores salen, con el paso del tiempo, de circulación. Después de algunos años, en el relevo generacional o los azares de las librerías, la historia colectiva se oscurece y llega a perderse. Me parece que un premio literario nos da siempre, tanto a los autores que lo obtuvieron como a sus lectores, la oportunidad de revisar una trayectoria, la del autor homenajeado y la de los libros galardonados. A manera de muestra, termino este recuento comentando cuatro títulos ganadores del Premio Nacional de Cuento Joven Julio Torri que me parecen notables, por la peculiaridad de su universo ficcional y por la destreza de su forma. Antes de empezar, agregaría a esta breve lista Cosmos nocturno, de Gerardo Lima, colección que he reseñado con anterioridad. 

 

Dejaré esta calle, Antonio Ramos (2005) 

La infancia, el barrio, el microcosmos de la colonia donde se fraguan los años y sueños de la edad temprana son los escenarios en que suceden existencias violentas y fugaces, sencillas y prosaicas, desesperanzadas. Estas historias tratan de mujeres que dejan de ser seres reales para convertirse en objetos deseos onanistas de autodescubrimiento, adultos que presienten su propia decrepitud en los camiones de transporte colectivo que habrán de entregar a la trituradora cuando se termine su turno, cocineros que engañan a sus amigos en un trance de mórbida ternura después de una cacería decepcionante, luchadores apócrifos que se disfrazan de ídolos populares para emborracharse gratis, porteros cuyo último partido lo juegan siendo un cadáver queen medio del campo de futbol, señalan la contaminación de la muerte y la derrota presente en todos los ámbitos de la vida. Al mismo tiempo que plasma el habla popular, Dejaré esta calle describe el momento en que la última brizna de inocencia se pierde para entrar a las amarguras del mundo adulto, la vida de personajes que viven la calle y la frustración como escuelas que lo preparan siempre para lo peor. 

 

Murania, Alejandro Pérez Cervantes (2007) 

Una prosa violenta y lírica, la dimensión hollywoodense de ciertas escenas clave, los escenarios de road movie, la dignidad trágica de sus protagonistas (en la que conviven la inocencia de los seres sencillos y la locura de las almas atormentadas) acercan a Murania a la literatura del Deep South norteamericano. Ambientes hostiles donde la existencia es precaria, bares donde se gestan clandestinos géneros musicales, enamoramientos que nacen con mala estrella, revistas literarias de un solo número, disqueras fantasma, pueblos que desaparecerán: todo en estas páginas tiene la divisa de lo frágil. Lauro Zavala: golpeador y carnicero profesional cuyo descenso empezó cuando de niño enfrentó ese gran abismo de los traileros nocturnos: la caída horizontal de la carretera desierta. Apolonio Ugarte: poeta escaso e inmigrante ilegal que se enamora de una mujer a quien sólo ve una vez, y a quien un delirio visionario lo hace recorrer todos los vía crucis del bracero paria. Valek Walkuskiviajero polaco encargado de construir un homenaje gigantesco y demencial al legendario indio Caballo Loco: tallar una escultura monumental suya que tardará varias generaciones en ser terminada. Murania es un tapiz donde cada vida minúscula guarda el germen de su propia destrucción, y juntas conforman un complejo muestrario de la desgracia. 

 

Motel BatesYussel Dardón (2012) 

En la tradición de Gente del mundo, de Alberto Chimal, este libro ofrece una variopinta colección de miniaturas que construyen un mundo paralelo. Motel Bates delinea el plano de un lugar alucinado y peligroso: un establecimiento cuyo principal atractivo es la alta probabilidad de morir asesinado. Los personajes y las personas reales de dentro y fuera de la película merodean los textos: revisan el libro de registro, vigilan desde las sombras de los corredores, tocan a la puerta. Aquí encontramos variaciones de sus escenas más icónicas del filme de Hitchcock, así como reescrituras, capítulos spin off, derivaciones; todo elaborado con un sugerente y certero humor negro, que se materializa, por ejemplo, en una serie de avisos que orientan a los potenciales suicidas que se hospedan en el motel, acerca de las macabras maneras en que su deseo de muerte se puede cumplir. Además, eslang del cinéfilo es utilizado para desarrollar un detrás de cámaras en el que el director, el escritor de la novela en la que está basada la película, el camarógrafo, los actores y el mismo espectador entran en esa dimensión desconocida de la ficción que les permite experimentar el horror en carne propia. En este libro conviven la minificción, el apunte, la estampa macabra, el poema en prosa, el cuento. Lo que me lleva a afirmar que se trata quizá del libro más torriano de esta selección. 

 

Ensayo de orquesta, Laura Baeza (2017) 

Para un músico no todo es tocar. Su biografía contiene los mismos elementos de angustia, nostalgia, felicidad, culpa, deseo, ambición, necesidad, que la de cualquier persona. Vemos a los protagonistas portando triunfales sus arcos y violines, pulsando un chelo, un arpa, tocando un piano, cantando, que siendo asaltados, abandonados por su pareja, sintiéndose malditos por la historia familiar, desdoblándose en extrañas personalidades, o siendo relegados por nuevos talentos. Se narra a partir de la extrema fragilidad de la carrera musical, del artista que cae en desgracia o en el desempleo muy rápidamente, porque los músicos no son sólo superdotados que descifran el lenguaje de la partitura y lo convierten en la mística vibración del alma, sino que son, a fin de cuentas, trabajadores en busca del sustento y la seguridad que les niega la sociedad. Destaca la versatilidad de tonos de los relatos. Unos son fantásticos, otros cuentan la violencia y la miseria desde el realismo, otros más ofrecen estampas de contenido histórico o malogradas historias de amor. Cuentos en los que la música, sus ejecutantes, los instrumentos que la producen, y algunos personajes históricos, dan vida a veloces historias breves, mientras revelan zonas oscuras de la vida. Historias escritas con gran conocimiento del ámbito de la música, y además con la agudeza y el pulso firme de una eficaz narradora. 


Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de Las afueras, entre otros libros.
Ilustración por Miranda Guerrero.

Leo en un obituario de Kate Millett, fallecida en 2017 a días de sus 83 años, que su clásico Política sexual de 1970 es un libro “vigente”. Me parece una afirmación curiosa, un producto de la solemnidad con que tratamos a los muertos: yo pienso lo contrario.

Hoy, a cincuenta años de su publicación, Política sexual es un libro difícil de leer. La industria editorial, además, me avala: a diferencia de libros como El segundo sexo de Simone de Beauvoir, Una habitación propia de Virginia Woolf o El género en disputa de Judith Butler (por mencionar dos anteriores y uno posterior), cuyas reediciones y traducciones proliferan alrededor del mundo, Política sexual apenas se consigue usado en inglés, español y francés.

No la oí mencionar, tampoco, en ninguno de los cursos que tomé sobre feminismo en mi vida; tampoco la leí en la universidad (aunque, si somos sinceras, casi no se lee feminismo en la universidad). Y sin embargo, ninguna de estas otras autoras fue portada de la revista Time, como no lo fue casi ningún otro autor o autora de un libro de crítica literaria; difícilmente alguna de ellas haya ocupado en el debate público el lugar que ocupó Millett, que se convirtió a principios de los años 70 en una de las figuras más visibles y controvertidas del feminismo de segunda ola. Y aunque haya muerto casi en el olvido, creo que es tan influyente como aquellas autoras feministas que siguen agotando tiradas, y que repasar el legado de Política sexual es necesario para entender muchos dilemas que el feminismo sigue pensando todavía hoy.

Política sexual es, según su propia autora, un libro de crítica literaria y crítica cultural: para muchas personas es el primer libro de crítica literaria feminista, y creo que esta afirmación tiene bastante sustento. Por supuesto hubo críticas mujeres antes de 1970, e incluso críticas que eran feministas (Virginia Woolf, sin ir más lejos); sin embargo el libro de Millett es el primero que hace un foco claro y casi exclusivo en la diferencia sexual (el concepto de “perspectiva de género” es posterior al feminismo de segunda ola) como hilo conductor para el análisis de los textos literarios que elige. De hecho, los departamentos universitarios de Women’s Studies no existían antes de este libro: el primero, fundado en la San Diego State College (hoy San Diego State University), nace exactamente en 1970, producto de la misma efervescencia militante que hizo posible al libro de Millett.

Millett se concentró en autores de mucho prestigio, como D. H. Lawrence, Henry Miller, Jean Paul Sartre y Norman Mailer, los cuales (con la excepción de Lawrence) seguían vivos cuando su libro se publicó. No eran solo autores canónicos en un sentido académico: eran también escritores muy respetados por la izquierda de la época, y en parte precisamente por la supuesta frontalidad con la que en su literatura retrataban la sexualidad, escandalizando a la pacatería y subvirtiendo a la moral burguesa.

Ilustración por Miranda Guerrero.

Ilustración por Miranda Guerrero.

Todo esto explica el revuelo que el libro causó, ese que llevó a Millett a una histórica portada de Time: no se estaba metiendo con escritores anticuados y perimidos, sino con popes de la literatura y el progresismo que gozaban de plena vigencia, y los estaba exponiendo como mucho menos “modernos” y “vanguardistas” de lo que estos autores le habían parecido a su medio progresista.

Laurence, Miller y Mailer podían parecer desafiantes frente a la pacatería pequeñoburguesa, pero lo que quiere mostrar Millett es que más que subversivos son representantes de otro orden de dominación, ese según el cual las mujeres son meras excusas y receptáculos para sus deseos; y que esas supuestas escenas de sexo transgresoras que tanto se celebraron en las novelas de estos escritores no son más que muestras cabales de una forma de opresión de la que recién se estaba empezando a hablar.

En este libro, basado en la tesis con la que su autora se doctoró en Columbia, Millett alterna el análisis de los textos literarios de estos autores (y de uno más, Jean Genet, al que contrapone a todos ellos) con una serie de argumentos y reconstrucciones históricas que delinean sus tesis sobre el modo en que la mujer ha sido subyugada en todos los aspectos de su vida, y cómo sucede que algo que tradicionalmente se pensó por fuera de la política como las relaciones sexuales y afectivas son el escenario y el fundamento de una guerra abierta contra las mujeres. “El coito no se realiza en el vacío”, escribe Millett luego de comparar tres escenas de sexo de Mailer, Miller y Genet; “aunque parece constituir en sí una actividad biológica y física, se halla tan firmemente arraigado en la amplia esfera de las relaciones humanas que se convierte en un microcosmo representativo de las actitudes y valores aprobados por la cultura. Cabe, por ejemplo, tomarlo como modelo de la política sexual que se ejerce en el ámbito individual o personal”.

En algún sentido, los motivos que hacen que hoy Política sexual suene un poco extemporáneo son los mismos que hicieron un libro fundamental e incendiario en 1970. Hoy quizás nos parezca algo anticuado el énfasis en el sexo que hace Millett (sobre todo, quizás, el énfasis en el “coito”, muy propio de cierta rama del feminismo radical para el cual el principio del mal se encuentra en el sexo heterosexual), y probablemente no nos impresione demasiado su afirmación de que la sexualidad es política; hace falta recordar, no obstante, que Foucault publica el primer tomo de su Historia de la sexualidad en 1976, seis años después de la salida de Política sexual. Aunque el autor francés y las feministas norteamericanas de la segunda ola nunca hayan tenido las mejores relaciones (ni hayan pensado la sexualidad de maneras remotamente parecidas), puede pensarse que todos ellos pertenecen a una época que estaba repensando lo íntimo y las fronteras de la politicidad; de hecho, aunque la autoría exacta se desconoce, la famosa consigna “lo privado es político” data de este momento del movimiento feminista, y aunque la entienda de un modo muy diferente Foucault podría haberla dicho también. Si hoy todo esto pertenece a cierto sentido común intelectual es porque Millett y sus compañeras influyeron sobre el debate público y académico mucho más de lo que a veces pensamos.

Pero más allá de su aporte a este sentido común académico, creo que hay una pregunta abierta por Millett para la que muchas feministas que escribimos sobre literatura y arte todavía no tenemos respuesta: ¿qué significa, exactamente, hacer crítica cultural feminista? Política sexual no siempre tiene una solución interesante a este problema: muy a menudo, en los análisis de los textos literarios, cae en posiciones denuncialistas, que se limitan a juzgar moralmente a los personajes y a veces incluso a los autores de las novelas que cita. Sin embargo, sus lecturas tienen también momentos brillantes.

Ilustración por Miranda Guerrero.

Ilustración por Miranda Guerrero.

Una de las primeras escenas que analiza, tomada de la novela Sexus de Henry Miller, es casi paródica leída a la distancia: el narrador cuenta una historia de sexo con la mujer de un amigo, a la que toma por sorpresa en el baño, que parece casi sacada de una porno barata. No por lo burda, sino sobre todo por lo generosa que es con el narrador esa escena, tanto que una espera que finalmente termine siendo un sueño: él la toma con tanta potencia que ella no llega a resistirse, pero luego además le encanta, pero luego él vuelve a tomarla con fuerza como para que nos quede bien claro quién tiene el poder. Millett analiza el pasaje con inteligencia, reconociendo en el vocabulario el lenguaje que un hombre usaría para contarle a otro sus hazañas sexuales verdaderas o falsas. Expone la farsa de escena, el modo en que las ganas de alardear se imponen sobre la literatura (incluso en el caso de escritores excelentes). Lo hace, además, sin pedir disculpas por meterse con “un autor tan importante”, en un coraje del que mucha que hoy quizás somos demasiado respetuosas podríamos aprender.

También tiene momentos muy lúcidos su lectura de la obra de Jean Genet: como muchos otros críticos, Kate Millett es su mejor versión cuando habla de los autores que sí le gustan. En Genet, el único autor no heterosexual que analiza en el libro, Millett lee una voz que parodia las virtudes de la masculinidad, extremándolas y mostrándolas en su absurdo. Como pasa con muchas feministas de los años 70, el tono de Millett a veces tiende a la solemnidad, pero justamente es más lúcida cuando analiza el modo en que la parodia y la reversión (colocar frente a la forma clásica de la virilidad un espejo lleno de curvas, como para volverla monstruosa) funcionan como críticas sutiles y poderosas, antes que cuando ataca abiertamente a esas virilidades. El motivo de lo queer (palabra cuyo uso se generalizó después de Millett) como burla de la heteronorma volverá a aparecer en las obras de teóricos como Judith Butler y Paul Preciado, especialmente cuando trabajen con drag kings y drag queens: Millett, que fue sacada del closet como lesbiana a la fuerza y que vio su carrera truncada a partir de ese evento (incluso, su carrera en el feminismo, donde la lesbofobia era todavía muy extendida) no va tan a fondo como ellos con estas ideas, pero ya las intuía, y en esas intuiciones hay una frescura que todavía hoy se lee viva. Pero ante todo, en términos de influencias, hay que decir que de los mejores lugares de la obra de Millett saldrían autoras como Susan Gilbert, Sandra Gubar y Elaine Showalter, entre otras, que apenas unos años después perfeccionarían el arte de la crítica literaria feminista.

En la década de los 90, la crítica literaria feminista pasaría de moda. El concepto de género, cuyas potencialidades desarrolló en esos años Butler, haría estallar en mil pedazos al sujeto político del feminismo, que ya no podía identificarse lisa y llanamente con “la mujer” (que por otra parte ya nadie sabe qué es ni a quién representa). El vocabulario “mujerista” de la crítica literaria feminista de las décadas anteriores chocaría mucho con los nuevos modos de la teoría queer, y muy pocas obras de crítica literaria feminista anteriores a la explosión de la tercera oleada “sobrevivirían” a ese cimbronazo. Desde mi humilde punto de vista, sin embargo, sigue habiendo mucho que rescatar en esos textos. De Política sexual, sobre todo, me sigue estremeciendo su potencia de manifiesto, la urgencia con la que está escrito, la valentía con la que Millett decidió (equivocándose, porque en la urgencia una no puede hacer otra cosa) hacer temblar los cimientos de su propia época. Puede ser difícil leer Política sexual en el presente, pero si queremos preguntarnos cómo dar vida y sangre tanto al movimiento feminista como a la crítica literaria, quizás sea casi imprescindible.

 


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.

 

 

No sé bien qué esperabas que te dijera –dijo al fin–,
sabes lo previsible que me parece la ficción especulativa.

-Pirg en “Zorg, autor de El Quijote

 

 

¿Por qué fue escrito? Ante todo libro nuevo puede surgir esta pregunta. Algunos textos cuyo origen y contexto exigen de ésta una consideración aparte. Ese es el caso de Diez planetas (Periférica, 2019) de Yuri Herrera. Junto a éste hay otros libros cuya recepción, no siempre en la misma época, ayuda a su lectura. Cuando se publicó El Quijote de La Mancha (1605 y 1615) se leyó como un texto más de las novelas de caballería y no fue hasta el siglo XIX,  junto a una nueva concepción de la subjetividad que supuso el romanticismo, que se vio en ella la obra paródica, metaliteraria y singular que al día de hoy tenemos al pensar en el Quijote (Mismo que Herrera retoma pero quizá con naves espaciales; algo más movido el asunto); o el género policial releído como máquina especulativa de ficciones por Jorge Luis Borges. Con menos tiempo y sin la a-sincronía el libro Diez Planetas aterriza justo a tiempo en el segundo semestre de 2020.

Ya comenzaba a estar en el ambiente un nuevo auge de la ciencia ficción de la mano del feminismo de Donna Haraway, Ursula K. Le Guin y el agotamiento de la imaginación política global, auge que el Covid-19 asentó e intensificó. Pensemos en los millones de televidentes alrededor del mundo viendo la serie Dark augurando un fin del mundo el pasado 27 de junio y quizá una salida al llano tiempo presente. El futuro se volvió uno de los ejes culturales. Pero la literatura mexicana está, desde la guerra contra el narco iniciada por Felipe Calderón, en el perfeccionamiento de una forma de realismo. La narco novela que, desde la urgencia, se volvió la norma. Élmer Mendoza, Fernanda Melchor, Victor Hugo Rascón Banda, Eduardo Antonio Parra o Sara Uribe fueron representantes de esta emergencia a mostrar el horror. La transición no fue igual en toda esa discordante generación pero no extraña que ésta última, de la Antígona González –un poema experimental que da testimonio de las voces que sufren la violencia y la pérdida– pase a “Un montón de escritura para nada” en el que desde la especulación crítica interroga y comenta el presente, su condición de realidad y de futuro.

Mismo camino siguió, tal vez, Yuri Herrera, quien para Christopher Domínguez Michael es un verdadero escritor bajo el tema y cobijo de la narco literatura, a diferencia del boom panfletario y quizá amarillista del resto. Yuri Herrera (Actopan, Hidalgo, 1970) es autor de Trabajos del reino (Periférica, 2008), Señales que precederán el fin del mundo (Periférica, 2009), La transmigración de los cuerpos (periférica, 2013) y El incendio en la mina de El Bordo (El Quiniqué cooperativa Editorial, 2018). Libros con tramas excepcionales y distintas pero agrupados en un eco de representación de la realidad mexicana: aquella cruel, impune, violenta y políticamente corrupta.

Siendo tan bueno en ese campo –que además tiene buenas ventas– el paso a escribir cuento de ciencia ficción parece raro pero no desatinado. Al escribirlo no creo que estuviera pensando que la humanidad iba a atravesar una época de auto cuestionamiento que reubicara la pregunta sobre el futuro a gran escala. Sin embargo así fue y siendo impreso en 2019 imagino que tardó en distribuirse debido a dicha contingencia. Lo cual lo hace llegar en un contexto cuya lectura será enriquecedora y extrañamente pertinente. Tal vez ese es el camino: entender y militar por el presente para comenzar a proyectar un futuro desde nuevas formas del lenguaje.  Se dice –y es un lugar común –que la literatura habla de nosotros: ¿tú y yo?, ¿los seres humanos?, ¿las personas del año en que se escribe un texto?, ¿quiénes es nosotros? Ese nosotros es histórico: muta. La literatura es lenguaje que crea formas, rutas de ir hacia y desde el presente. Lo que diferencia los libros anteriores de Herrera de las centenas de novelas del narco es que al hablar de la desaparición y la migración está reinventando el lenguaje, la forma en que nos relacionamos con las cosas. Nombraba de otra manera ese nuestro mundo hostil.

A la par de un libro histórico sobre la tragedia del incendio en la mina El Bordo ocurrida en Pachuca durante 1920, Herrera lleva tres años escribiendo los cuentos que recién publica. Cuentos que alejado de la investigación histórica del otro libro exploran la imaginación radical, lúcida y sutil. Respondiendo a la pregunta inicial: se escribió por el ímpetu de libertad de estilo, porque la emergencia ya no es el narcotráfico y por la necesidad de imaginar alternativas a la forma de relatar lo humano.

Encasillarlos en el género ciencia ficción le funciona a las librerías pero los cuentos se irían corriendo de esos estantes si los dejaran libres. Son ficciones puras que se pueden emparentar al sci-fi sólo si es de la mano de la Ciberiada de Stanislaw Lem o el ficcionario de Jorge Luis Borges, incluso un Kafka. Si se cree que ni Borges o Kafka tienen elementos de sci-fi entonces Herrera tampoco.

Diez Planetas es una serie de 21 ficciones cortas. Cada una es un pensamiento; una especulación poética que mira la vida desde ese afuera radical que Foucault buscó para pensar occidente. Son narraciones ingeniosas que cargan con esa antigua fuerza que todos los cuentos tenían. No un simple remate fácil en forma de “vuelta de tuerca” sino que son narraciones (no todas, al menos 18) que terminas de leer y te preguntas ¿qué pasó aquí?, ¿hacia dónde vamos?, ¿de dónde viene tal invención?, ¿por qué me sigo autonombrando humano?, ¿en qué punto el mundo se comenzó a ver como hoy yo lo veo? O simplemente ¡hay que pensar esto a profundidad!

Me impresiona la claridad que tiene Yuri Herrera sobre todas las cosas. En una entrevista que dio a El País se le pregunta sobre algunos de los relatos y él contesta sabiendo cómo surgió esa idea, los nudos y problemas que tiene como cuento y los conflictos prácticos que ese relato impone. Por ejemplo Los conspiradores que trata de Los Unos y Los Otros, cuyo origen es una teoría especulativa de que el imperio Inca no hablaba quechua y que los conquistadores –que hablaban otra lengua –al llegar a esa zona en lugar de imponer ese nuevo idioma adoptaron el quechua y tras esa apropiación lo establecieron como el lenguaje del imperio. Movimiento de extracción e imposición. Cuyo parecido con la apropiación cultural de ropa y comida en la actualidad no es coincidencia. El lugar, dice Herrera, donde se encuentran Los Unos con Los Otros, según la leyenda es “lo oficial”. Esa historia hegemónica del imperio cualquiera que sea.

Los relatos cuyo cobijo es Diez Planetas (y hace justicia a ellos como conjunto) no tienen el mismo principio pero van en el mismo sentido. Hay los que lanzan hipótesis sobre la vida humana y pueden caer en la categoría sci-fi, pero también los hay que van más allá o preguntan desde otro ángulo que no es el humano o no hacen una pregunta teleológica como sí lo suele hacer el sci-fi. Es el caso de “casa tomada” en el que una casa imita las acciones y actitudes de sus habitantes; si golpeas a alguien, los mosaicos de la casa te golpearán a ti; o el intento de un burócrata de regular la manifestación de los espíritus en la tierra una vez que ésta fue despoblada de humanos.  Otro y quizá el más sonado en las reseñas y reportes hasta el momento es Entera en el que una célula dentro del cuerpo de un estafador cobra consciencia y sus reflexiones pasan por la idea de hacerse un lugar en el mundo, la religión, el existencialismo, la necesidad de la ficción y el nihilismo previo al apocalipsis que para ella fue la tristeza previa a su extinción. Dentro de los cuentos hay una fábula epistemológica: “Plano”. En ella se narran los peligros de no tomar en cuenta los conocimientos previos de la humanidad y querer ver todo con tus propios ojos: gente que cae de los árboles buscando su final o náufragos que van por el fin del mar.  En donde la única diferencia entre la ciencia y lo fantástico es un punto de vista. El terror y lo real pueden ser ¡Dragones! ¡Dragones!

Paralelo al plano fantástico-inventivo, los relatos están en diálogo fuerte con la realidad. Ahí se dan relaciones de poder, seres becados, conspiraciones del lenguaje, migraciones, soledad y la búsqueda desesperada de una vacuna, pero en este caso, contra la insurrección.

Son especulaciones en el sentido que buscan y defienden miradas e ideas. Cada relato parte de teorías que a la vez parten de lo real y el lenguaje para indagar sobre las ideas, los deseos, la cosmovisión y lo real tanto para irse de ahí como para volver. Disloca los esquemas y presupuestos que otros han instaurado para mostrar otro posible orden de cosas. Las estrellas, los cometas y planetas –la galaxia, en fin – son los motivos para pensar la soledad desde la nariz, la adolescencia, las orgías creadoras y la psique y metáforas de los terraplanistas

Yuri Herrera llama a casa porque después de un paseo terrícola de aparentar ser un profesor y escritor hecho regresa a ese plano de realidad donde uno juega con el lenguaje –además del par de conocimientos que uno sabe sobre las cosas– y al jugar inventa el mundo. A sus 50 años regresa a ese momento en el que el mundo está aún todo por  hacerse, el lenguaje se extiende y es incomprensible y el cuerpo no sabe cómo decir. Ese hogar que se ha llegado a nombrar infancia. Ese resquicio de asombro jovial cuando uno ve por primera vez E.T. Quizá por eso las varias dedicatorias a sus sobrinos.

Lo que me gusta y por lo que no son “grandes historias de ciencia ficción” es que no hay épica en ningún sentido. Aunque sea el fin del mundo es uno en el que te quedaste dormido en la gran evacuación y despiertas sin importarte mucho por qué no hay nadie más y en lugar de ser la leyenda del “último hombre en la tierra” te desvaneces. Sólo cosas que pasan y tampoco es para tanto.

 


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Ilustración por María Magaña.

Tratemos de ignorar, por un momento, la memoria de los últimos meses; aunque lo anterior resulta difícil, pues algunos  científicos dedicados a la investigación sobre las funciones neuronales han declarado que lo vivido durante este tiempo lo recordaremos como un tipo de memoria de destello, es decir, los recuerdos que se crean mediante experiencias traumáticas. El centelleo estará con nosotros el resto de nuestros días.

En mi familia, la demencia senil es algo que acompaña a mis parientes mayores en sus últimos años. Es una condición extraña, parece como si vivieran en medio de una neblina densa, muy azul, cuyos vapores no los dejan respirar. Al final, solo un cuerpo, la falta de aliento los une con los demás que un día también se asfixiaron en aquella bruma, sin importar la edad.

En estos meses, mientras a la distancia observo la memoria y pérdida de mis familiares, también me acuerdo de la vida antes del encierro; me pregunto cuál será la última canción que escucharé cuando el aliento comience a faltarme, o si la densidad azul me impida reconocer los rostros de mis seres amados. Pienso que definitivamente mi cerebro me llevará a las notas de blues y la voz potente de una de las mujeres más importantes en la historia de la música: Janis Joplin.

En el momento en que la pandemia comenzaba a enmarcar esta nueva década, Janis Joplin hubiera cumplido 77 años, pero una cantidad inexacta de aquella neblina azul embriagadora —fulminante— la apartó de nuestra vida hace cincuenta años.

 

Destellos sobre la necesidad de sentirse amada

Janis Joplin nació el 19 de enero de 1943, en el seno de una familia conservadora del pueblo texano Port Arthur. Desde muy pequeña su mirada inquieta y su cabellera enmarañada la invitaban a salirse de las estructuras rectas; la mantuvieron como el blanco de las miradas y los dedos que solían señalarla, como una chica que no se comportaba según las normas. Sus padres no eran la excepción, así que de alguna manera, ella movió la primera pieza del tablero hacia la búsqueda de unos brazos amorosos que la apreciaran con la misma explosión, dulzura y encanto que emitía desde su voz.

Para la década de los cincuenta y en plena posguerra, las prácticas, las reglas —la coerción en sí— eran aquello que formaba la estructura de las buenas costumbres, aquel entramado grueso, inflexible que las familias se encargaban de tejer. Incluso después de haberse separado, los vástagos tenían la tarea de seguir con tal hilado, que representaba la reproducción exactas de aquellas prácticas.

En ese contexto y con la ya por demás sabida actitud irreverente y contracultural de la cantante, Janis no tenía otra opción que huir y rescatarse antes de que el tufo a petróleo y las porristas de cabelleras rubias le robaran la potencia de su voz que no fue comprendida, ni siquiera, en los bares folk de Austin. Así que un día decidió irse a San Francisco, con el corazón en las manos, dispuesta a dárselo a quien pudiera acallar las voces de rechazo. Tomó su valija y se dispuso a crearse otro guion.

Pero la neblina nunca se aparta.

 

La ambición no es un Mercedes-Benz

De alguna forma todas buscamos lo mismo: la libertad y el amor. Lo segundo resulta ya de por sí escabroso, porque justamente la libertad nos exige replantear la idea del amor y del sexo. Desde el feminismo intentamos romper con el amor reconocido como “romántico”. Por lo que se espera que ahora pueda sentirse y entenderse como el ejercicio de prácticas igualitarias, fuera de violencia de cualquier tipo, incluyendo la económica.

Sin embargo, la pedagogía del capital sienta sus bases en la construcción siniestra  de roles de género, en los que las niñas son vistas como entes hechos para el cuidado —del hogar o de quien haga falta— y la reproducción bajo los esquemas de las buenas costumbres. En cuanto a los niños, el sistema dice: “que hagan lo que quieran”, lo que resulta violento para ellos mismos.

Por eso el deseo de posesión de personas y objetos, encubierto de amor y de carencias afectivas, es la materia de la que se engrosa ese tejido que hiede y no deja ver ni ser las cuerpas de millones de mujeres y sus deseos. Y también por eso Janis sacó las palabras con su filo pulido desde las voces afroamericanas, con quienes se hermanaba —Billie Holiday, Bessie Smith, Odetta Holmes— y obtuvo la fuerza necesaria para enfrentar su destin.  Joplin vivió el rechazo, básicamente por ser una mujer libre, lo que en términos de una vida dedicada a la música tampoco significaba un viaje amable o tranquilo.

Resulta muy conocida la entrevista en la cual Janis habló sobre la ironía que representaba sentir que arriba del escenario le hacía el amor a más de 25 mil personas, y luego llegaba a la cama sola. En plena ola hippie, donde el amor libre, la psicodelia y, hay que decirlo, la vasta experimentación con diversas drogas, un espíritu como el de la intérprete de himnos del verano en California: “Me and Bobby Mc Gee”, “Summertime” y “Little blue girl”, no sería la excepción de tirarse de lleno a la experiencia del amor de su época.

Cincuenta años después, resulta común que diversos medios intenten recordarla con adjetivos que regresan al hedor del tejido coercitivo, entre los que se encuentran autodestructiva, salvaje, “vida trágica”; estas formas regresan hacia las memorias de las buenas costumbres, de las células aún activas en Texas del Ku Klux Klan.

El miedo a la libertad es algo que el capital, el racismo y el heteropatriarcado se han encargado de difundir; ante esas circunstancias, la contracultura, las manifestaciones de amor frente al terror belicista, el gusto por el sexo y la visibilidad de su cuerpa, siguen construyendo a Janis Joplin como una mujer incomprendida, mal portada —una niñita que no sigue las reglas— o una mala influencia para la juventud, incluso aquí en México, cuando en realidad, ella era una joven que buscaba el amor.

En el documental, Janis Joplin, little girl blue, (2015), la  directora y también guionista, Amy Berg, presenta una historia distinta de la que conocemos. Se relata la vida de Joplin mediante los testimonios de sus hermanos y compañeros de la escuela. Berg también crea una cartografía emotiva mediante las cartas y postales que la bruja cósmica le enviaba a su madre cuando partió hacia California.

Los fragmentos de entrevistas, pero sobre todo, los sueños, los sinsabores y las ganas de estar con alguien —incluso de casarse—, sostienen una mujer real, no aquella criatura mítica y adicta al LSD, sino una joven de veinte años, como miles de jóvenes de aquella época o de esta, donde la falta de contacto físico, la continua violencia en los hogares, no hacen sino dibujar deseos, temores y preguntas sobre sí.

Cuando Janis cimbró el Monterey Pop Festival —aquel donde, como lo cuenta Jesús Francisco Conde de Arriaga, Jimi Hendrix incendió su Stratocaster frente a miles de cuerpos—, la mayoría de  los asistentes escucharían a Janis Joplin por primera vez acompañada de la Big Brother and The Holding Company. Esa noche los fuegos se cruzaron con el deseo de triunfar y el champán. La risa, los viajes y el caballo blanco hecho de alucinógenos, la llevarían a encontrar una parte de lo que buscaba desde su adolescencia, todavía hiriente. Giras, entrevistas, portadas y miles de mujeres y hombres que deseaban ser tocados por su amor, la hicieron escuchar voces extrañas y, después, a Woodstock, tras separarse de la BB.

Esa noche del 17 de agosto de 1969, la niebla azul comenzó a emerger, tanto que aquel esplendor luminoso de la noche del Monterey, donde todos quedaron atónitos, se convirtió en una memoria destello, y ella misma pidió borrar su participación del documental del 1970.

Seguramente con un padre que trabajaba en Texaco, la idea de éxito y ambición fueron una constante dentro de su crianza. Lo tenía ya todo, se lo contaba a su madre, y aunque eufórica, en sus letras no se siente complacida. Pero como lo comenta en una de sus cartas, “la ambición no es una búsqueda depravada de estatus o dinero, quizá es un búsqueda de amor, mucho amor”.

 

Ey, mamá, te lo diré de nuevo

La mañana del 3 de octubre de 1979, Janis visitó el estudio de grabación de Sunset Sound Recorders1Pearl estaba en gestación y tras una noche con Ken Person, la niebla azul lo cubrió todo, Janis comenzó a perderse y su voz y su aliento se unieron al Universo.

Mucho se especula sobre la decepción amorosa, sobre la sobredosis, pero lo cierto es que la bruja cósmica jamás dejo de respirar los vapores azules de la falta de amor, de la tristeza. Yo no la viví, pero la melancolía es un hilo de plata, cuya bruma azul me hace cómplice, ser parte de un grupo, incluso más allá del famoso club de los 27, del cual Janis también forma parte.

Esta mañana, en medio de una crisis mundial, el espíritu de finales de los sesenta me trastoca, duele en la cuerpa y retumba mientras escucho “Maybe”. Pienso que cuando los vapores azules empiecen a asfixiar incluso los destellos, le haré caso a la Bruja Azul y me uniré a su cosmos.

Hey, mama, I tell you again

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.
Foto: Wikimedia commons

Era la 40ª edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires y Quino había sido invitado a dar el discurso inaugural tras 41 años de haber dejado de publicar las tiras cómicas de Mafalda. Seis años antes había anunciado su retiro, pues tenía la intención de renovarse para no dibujar siempre la misma viñeta. La verdad, que anunciaría años después, era que estaba perdiendo la vista debido a un glaucoma. 

El mundo se le iba oscureciendo, pero se presentó en la feria del libro, y en lugar de un discurso, fue entrevistado por Cristina Mucci y Carlos Ulanovsky. Se habló de su trayectoria, de su estilo de dibujo, de su amor por el cine, y cuando el tema volvió inevitablemente a Mafalda, Cristina Mucci rememoró una pregunta que le habían hecho a Quino en una entrevista en Francia “¿Qué diría hoy Mafalda?”. 

Las personas le preguntaban eso frecuentemente, dijo Quino, le reclamaban también el haber terminado la tira cómica, el haber matado a Mafalda, como si los comentarios sagaces o el humor político se hubieran terminado ahí. “Mafalda siempre dijo lo que digo yo” dijo Quino, “Mafalda soy yo”.

 

Hijo de migrantes españoles, Joaquín Salvador Lavado Tejón, Quino, nació en Mendoza, Argentina en 1932. Inspirado por su tío Joaquín, que era ilustrador, inició su carrera como comiquero en el semanario Esto es. Pronto acumuló más colaboraciones en otras revistas y publicó su primer libro recopilatorio, Mundo Quino, pero ese era solo el inicio de una larga y homenajeada trayectoria. 

Era 1963 y Quino acababa de publicar su primer libro cuando la empresa de electrodomésticos Mansfield le encargó crear una serie de personajes que formarían parte de una campaña publicitaria. Quino entregó una propuesta que fue rechazada y el proyecto terminó sin haber comenzado, pero entre los personajes diseñados para ser parte de la publicidad de la empresa estaba Mafalda.

Del material entregado, Quino decidió rescatar a la entonces aún sin nombre niña de cabello abultado para reutilizarla como personaje de una tira cómica para la revista Leoplán. La tira fue publicada y después se cambió al semanario Primera plana, donde durante los siguientes nueve años Mafalda y Quino obtendrían amor y reconocimiento internacional inigualables.

 

Podemos hablar mucho del éxito que siguió, de cómo Mafalda pasó a formar parte de la infancia de cientos de miles de personas a lo largo del mundo, de las críticas políticas y sociales que la tira cómica hizo durante las dictaduras latinoamericanas de los años sesenta o de cómo su primer libro recopilatorio se agotó después de cinco días.  

Podemos hablar largo y tendido de premios, condecoraciones, felicidades y dificultades, o de cómo cuando dejó Mafalda, argumentando la necesidad de ser libre de dibujar siempre el mismo personaje, su popularidad y la de la misma Mafalda no hicieron más que seguir creciendo. Pero ahora, tras haber perdido a Quino el miércoles pasado, es importante recordar al hombre detrás del cómic, a esa persona que décadas después de haber dejado Mafalda, volvió a ella para participar en una campaña por los derechos de los niños en colaboración con la Unicef.

O de ese Quino que al ver que el movimiento Provida estaba usando la imagen de Mafalda con un pañuelo azul publicó el siguiente comunicado:

 

 

 

Kiara on Twitter: "En 2018, cuando los grupos provida alteraron una imagen  de Mafalda añadiendo un pañuelo celeste, Quino sacó este comunicado.…  https://t.co/KIeNTgm4eg"

Hay que recordar al hombre que tuvo que dejar Mafalda, y poco después Argentina, por el aumento de la violencia en toda latinoamérica: “Luego del golpe (de Estado) de Chile la situación latinoamericana se puso muy sangrienta (…) Si la seguía dibujando me pegaban uno o cuatro tiros”.

Si vamos a recordar a Quino, debemos hacerlo más allá de la nostalgia que nos provoca la niña de cabello abultado y odio por la sopa. Quino, por medio de Mafalda y más allá de ella, nunca dejó de hablar de lo que creía en sus tiras cómicas, de criticar los regímenes políticos injustos con humor e ironía. En sus obras posteriores (A mí no me grite, Gente en su sitio y muchas otras más) realizó críticas aún más potentes y nunca permaneció callado ante la injusticia.

No perdimos a Mafalda cuando Quino dejó de trabajar en su publicación porque, como dijo en esa 40º edición de la Feria del libro de Argentina, él era Mafalda.  

Quino se ha ido y el mundo pierde un poco más de la ironía y el humor que todos necesitamos, pero su trabajo no caerá en el olvido. En los pocos días que han pasado desde su muerte, la escultura de Mafalda, sentada en una banca y acompañada por Manolito y Susana en Buenos Aires, ha ido lentamente llenándose de flores.

 

En esa entrevista inaugural de la 40º edición de la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, Quino dijo que dibujaba con la intención de que el mundo cambiara “para el lado bueno, el de los Beatles, el de John Lennon”. Pero que el mundo no había cambiado “a lo largo de leer la historia uno se da cuenta de que el mundo repite siempre los mismos errores”. 

Quizás, como dijo aquella vez, el mundo siga repitiendo sus errores hasta el infinito. En ese caso, por lo menos, sus cómics seguirán siendo tan vigentes ahora como cuando fueron pensados y entonces tendremos siempre el oasis de humor y astucia en el que Quino supo refugiarnos.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

 

—¿Qué es un fantasma?

—Un evento terrible condenado a repetirse una y otra vez,
un instante de dolor, quizá algo muerto que parece por momentos vivo aún,
un sentimiento, suspendido en el tiempo, como una fotografía borrosa,
como un insecto atrapado en ámbar. Un fantasma, eso soy yo.

Diálogo de El espinazo del diablo

 

 

Conocí a la escritora Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) gracias a una cita de su libro La primera vez que vi un fantasma (Candaya, 2018), que obró en mí a manera de hechizo: “Los monstruos, cuando nos encontramos, jamás volvemos a estar solos”. Poco después, el escritor Roberto Wong habló en su podcast (episodio “Tsunami: nueva literatura escrita por mujeres”) sobre el cuento de Solange titulado “Matadora”, publicado en dicho libro.

En diciembre de 2019 tuve la fortuna de coincidir con ella en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, pues ambas fuimos invitadas para distintas actividades. Finalmente, adquirí su libro en el stand de la editorial independiente Candaya, en el área internacional de la feria. Solange formó parte del Encuentro Internacional de Cuentistas, coordinado por Alberto Chimal. En el cuadernillo digital que reúne pensamiento y obra de los ocho narradores internacionales invitados, se publicó su relato “El mundo estará ahí afuera”, acompañado de un texto íntimo sobre la enfermedad y la muerte.

Esta catedrática y tallerista ecuatoriana es además una autora muy prolífica: ha publicado los libros de cuentos Tinta sangre (2000), Dracofilia (2005), El lugar de las apariciones (2007), Balas perdidas (Premio Joaquín Gallegos Lara 2010), La bondad de los extraños (2014) y Levitaciones (2017).

La primera vez que vi un fantasma recibió mención honorífica del Premio Joaquín Gallegos Lara 2019 y fue publicado por una editorial catalana. Está conformado por quince narraciones acogidas bajo el epígrafe “Toda historia de amor es una historia de fantasmas”, mismas que exhiben lo inhóspito del mundo y de nuestros propios cuerpos, y cuyas temáticas están relacionadas con la pérdida, diferentes catástrofes, fugas, excursiones, venganzas, ingesta de alimentos, separaciones, lo onírico y la mentira, así como abandonos y agresiones que van desde violencias sutiles hasta homicidios y crímenes de odio.

Los personajes que habitan estas páginas, en su mayoría femeninos, experimentan cierta desazón —que va de lo abrumador a lo meramente incómodo— hacia su realidad, donde, tarde o temprano, la irrupción de un elemento sobrenatural o extraño se abrirá paso a través de una grieta imperceptible. Dicho elemento suele ser un fantasma, entes que ansían ser vistos, reconocidos, y que están más presentes de lo que nos gusta suponer: “todas las ciudades están construidas sobre huesos y cementerios, así que, de cada cinco habitantes, uno es un fantasma”, nos dice Solange. Estos visitantes, obligados a permanecer ocultos en nuestro mundo a falta de un reino propio, son espectros de lo que alguna vez fue, presencias mudas, escondidas en resquicios a la espera del momento adecuado para mostrarse. Lo que hace Solange es mostrar precisamente dichos resquicios o fisuras para que el lector identifique aquello que se logra colar hasta su vista.

La narrativa de Solange es un acto de magia, hechizo de la palabra con el que crea atmósferas densas, espacios en su mayoría cerrados y escenarios nocturnos. Metaficción, vueltas de tuerca y finales abiertos operan tanto en sus minificciones como en los relatos extensos. Gracias a los mecanismos de la ciencia ficción y lo fantástico, la autora logra que lo insólito y lo peculiar se vuelva palpable, reconocible.

Dentro de estas historias inquietantes con tintes siniestros e incluso espeluznantes en las que las advertencias convertidas en amenazas abundan, Solange enfocó su mirada en lo inusual: recreó instantáneas únicas, imágenes de situaciones excepcionales que nos presenta en un álbum con una portada melancólica en tonos fríos, fotografía de Patrick Tomasso en la que podemos advertir un ente de pie, cubierto por una sábana blanca y rodeado por el abandono.

El álbum fotográfico inicia con “A tiempo para desayunar”, la instantánea de un hombre enfrascado en su recuerdo de un solo y traumático hecho —un accidente automovilístico en el que su padre arrolló a una persona—, mismo que se altera conforme lo evoca una y otra vez, convirtiéndose en una pesadilla recurrente en la que él mismo cambia de papel: lo mismo es la víctima que el victimario o un testigo. El protagonista está instalado en un hotel en el que todos asisten a un desayuno perpetuo y reconstruyen algún recuerdo fundamental en un presente laberíntico en el que, a fuerza de mutismo, incluso el lenguaje se desvanece.

La segunda fotografía se titula “Paladar”, e inicia con un epígrafe muy atinado de Patricia Esteban Erlés cuyas primeras palabras son: “El amor es una suerte de canibalismo”. Éste es el retrato de una pareja distanciada que basa su relación en la ingesta de comida y que recorre Lima a través de un turismo gastronómico que inicia con los olores infectos y colores llamativos de un mercado latino. Su relación está construida en torno a una alimentación excéntrica: ranas crudas como ingrediente principal de un licuado y gusanos y saltamontes para otros platillos. Gran parte de la historia transcurre entre las calles de la ciudad. La pareja está alojada en un hotel famoso por sus espectros, en el que la protagonista (quien se recupera de una mastectomía) no siente temor porque ella misma se aterroriza y sufre un dolor constante que, más que estar en su cuerpo, está en su memoria. Durante una madrugada, los colores atractivos de la ciudad ejercen su poder y ella decide salir mientras su esposo permanece inconsciente en la profundidad del sueño. En la soledad de las calles conoce a Lorenzo, un fotógrafo que aprovecha el lugar desierto para lograr tomas de ese “lado b” nocturno de la urbe. Tras acompañarse unas horas y terminar en un restaurante de pollo frito, ella regresa al hotel. En La primera vez…, Solange imita a Lorenzo: capta de forma certera hechos o situaciones alternas a nuestra realidad.

“Un hombre en mi cama” anuncia un futuro cercano: inicia con la descripción de una escena similar a la de la película Historia de fantasmas (David Lowery, 2017) en la que, desde dos ventanas que están de frente, las figuras de dos espectros se miran y se reconocen. En un mundo apocalíptico y desolado donde resulta imposible pasar tiempo en el exterior debido al calor extremo y dañino —incluso mortal—, las cámaras, pantallas y “carros comunicadores” se han convertido en el único vínculo con los otros. Noa, la protagonista, es devota de las imágenes de hombres dormidos. Su mirada, en apariencia inofensiva, se alimenta de la imagen inmóvil del otro, del anhelo de lo imposible, como ocurre en La casa de las bellas durmientes de Yasunari Kawabata, donde los que observan son ancianos acaudalados, y el objeto de contemplación, bellas jóvenes narcotizadas. Noa vive una situación de distanciamiento social y encierro muy similar a la actual, y debe salir a presenciar un acto singular: la boda de su hermana con un árbol. La situación se complica más tras sufrir trastornos del sueño e ingerir somníferos para tratar de descansar un poco antes de la unión. Experimenta algunas horas en un estado de somnolencia contra la que no puede luchar, hasta que finalmente un sueño pesado, indistinguible de la muerte, la vence.

Lo onírico como dimensión alterna, presente en varios cuentos más, es de suma importancia en el universo narrativo de Solange, preocupación más que comprensible: el acto necesario de dormir, al que dedicamos en promedio una tercera parte de nuestras vidas, culmina en un fenómeno fisiológico intrincado cuyas imágenes hemos tratado de interpretar desde el misticismo, la metafísica e incluso la psicología.

“La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños”, narración que ha sido adaptada al teatro, fluye con la noche como telón de fondo para una reunión de celebración que se convierte en lo opuesto. Una ácida crítica social y la clara distinción de clases en una ciudad que divide la opulencia de la miseria son la base de este cuento en el que la figura de una leyenda urbana irrumpe en la vida de la protagonista para trastocarla por completo. Esta aparición, que se anuncia con un toquido particular que llega hasta los asistentes de la fiesta, demanda lo que parecería imposible para la mayoría, pero la protagonista lo resuelve de una forma muy práctica.

Uno de los relatos más tenaces y originales, que actualmente se está guionizando, es “Matadora”: exhibe de forma cruda la violencia de género que revictimiza a las mujeres al cuestionar las razones por las que fueron atacadas o incluso asesinadas. Mediante una triada femenina (madre-hija-gata), Solange dilucida en la ficción cómo nuestra atroz realidad podría llegar a su fin: mediante la revancha. La Matadora sabe de la misoginia y el machismo imperantes, de los abusos sexuales, sobre los feminicidios y la violencia que no se condena ni se castiga porque, para la sociedad, la víctima siempre es la culpable, y no está dispuesta a soportarlo más: “Esto nunca va acabar, pienso con desesperanza, a menos que hagamos algo todas juntas”. Así, en sus rondines nocturnos acecha y ataca a quienes antes eran los cazadores.

“El Atanudos” es otro relato de corte fantástico basado en el folclor ecuatoriano.  Aquí, de nuevo, el sueño funge como portal a otra dimensión, y uno de los personajes afirma que “del mundo normal que todos habitamos, entran y salen seres que tienen el propósito de confundirnos”. El Atanudos, ente invisible, se encarga de anudar y entorpecerlo todo: desde la mente hasta el habla, el cabello, las extremidades y los intestinos. Es una especie de maldición que se hace presente mediante un hedor agrio y que se debe endilgar —o heredar— a alguien más para quedar libre, labor que incluso se puede realizar mediante el hecho de narrar la historia.

El último cuento da título al libro y es un cierre magnífico. En él, una pareja en fuga trata de llegar a Las Vegas fingiendo el secuestro de la mujer para poder cobrar una recompensa. Una notable diferencia de edad, reflejada en sus cuerpos y en los actos inmaduros del joven, permiten percibir lo que le ocurre a la protagonista, quien se estremece tanto por el abandono —y la doble estafa— del quien fuera su nueva pareja como por la aparición de un ente sobrenatural en su vieja habitación de hotel, y este avistamiento no le produce el sentimiento esperado de terror, sino una profunda tristeza. El sitio cuenta con su propio Pequeño Museo Norteamericano de la Muerte, en el que se le rinde tributo a criminales de la talla de Bonnie Parker, quien, junto con Clyde Barrow, conmocionó a la sociedad norteamericana cien años atrás. La sabiduría de una de las empleadas del sitio afirma que “si una deja que le decidan la vida, una se llena de odios, de fantasmas”.

En este catálogo de mujeres tan distintas como sus historias, atravesadas por rayos de oscuridad y negruras íntimas, familiares, encontramos una naturaleza aparentemente ajena pero que nos habita en lo más recóndito, que forma parte de nosotros sin saberlo. Estas instantáneas muestran diversos universos que van desde lo conflictivo de las relaciones interpersonales hasta los enfrentamientos con nosotros mismos, así como parejas en un choque continuo por la constante necesidad de evitar la soledad y el abandono, por lograr sobrevivir a costa del otro.

Los fantasmas presentes en este libro son entes multiformes, convicciones, creencias de quienes los vuelven visibles, existencias alarmantes que traen consigo el pasado, los errores, los secretos y el dolor que se creían ya olvidados. Representan diversos matices del inconsciente y de lo inexplicable que, sin embargo, resulta más real que lo concreto; lo escalofriante no reside en contemplarlos, sino en saberlos posibles.

Solange trabaja de forma creativa y original una escala del terror que colinda con la nostalgia y la pesadumbre. Su inventario fantasmagórico —de seres que no terminan de encajar, que no encuentran su sitio para estar—, nos desvela algunos de sus intereses y obsesiones, como la labor que ha adoptado para reivindicar la figura femenina dentro de la literatura.

Para conocer más sobre esta autora y su extraordinario mundo creativo, su bitácora titulada “El lugar de las apariciones” es una amplia colección de peculiares imágenes acompañadas de textos únicos, como la fotografía a blanco y negro de una persona cubierta con una sábana blanca y dos agujeros en forma de círculo a la altura del sitio donde deberían estar sus ojos: “Lo cierto es que tosemos fantasmas que tenemos atascados. Nos los sacamos de la solapa con un gesto de la mano y borramos sus vestigios cuando nos frotamos los párpados. En los intersticios de los dientes siempre nos quedan fantasmas y también bajo las uñas…”.


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.
Ilustración por Aricollage.

Durante la cuarentena, “el valor de capitalización bursátil de 20 farmacéuticas ha crecido 194,360 millones de dólares” (Méndez, 2020), y resulta evidente cuán redituables son las farmacéuticas que recuperan su sentido más etimológico, en tanto remedio/veneno que en búsqueda de una sustancia capaz de aminorar los padecimientos de esta pandemia, también desestabilizan aparatos políticos y económicos.

Ya desde hace años, la industria dedicada a la producción y distribución de sustancias médicas ha desarrollado mecanismos para aumentar sus ganancias que, para el 2017, se estimaron en 1,11 billones de dólares (AIMFA, 2018). Y si ese mercado legal resulta rentable, en el mismo periodo, Global Financial Integrity reportó que el tráfico de drogas generaba 426 billones de dólares (Clough, 2017). Bajo las regulaciones, o desde el margen legislativo, los medicamentos se posicionaron como el elemento indispensable para la vida orgánica.

 

La genealogía de la moral de los fármacos

Si algo ha marcado la genealogía de los fármacos es lo contradictorias que resultan las fronteras para aceptar el consumo de algunas sustancias. Aunque nuestra época parece tener delimitado el problema, estas separaciones se diluyen en algunas prácticas cotidianas que se revisarán más adelante. Por ahora es importante recuperar un breve repaso de algunas sustancias que han sido censuradas, pero tras un largo periodo, fueron consideradas como fármacos en Occidente, a partir de la modernidad y su proyecto emancipatorio-colonial en las américas.

El Caribe sacudió a Europa con el tabaco, y México agitó la controversia sobre el chocolate y sus propiedades curativas. Para 1631 se publicó en Madrid el Curioso tratado de la naturaleza y calidad del Chocolate1, del médico Antonio Colmenero de Ledesma, quien describía la preparación, usos medicinales y hasta una reflexión filosófica:

en el Cacao hay diferentes sustancias, en las unas, es a saber en las no tan grasas, hay más cantidad de lo mantecoso que de lo terrestre; y en las partes grasas hay más de terrestre que de oleaginoso. En estas hay calor y humedad (sic) predominio, y en aquellas (,) frialdad y sequedad. (Ledesma, 1631, pág. 12).

Con este tratado, el chocolate se clasificó como un fármaco que, al popularizarse en Europa, cuestionaba las reacciones corporales que causaba; la sensación placentera y “adictiva” del cacao, junto con un jocoso origen americano, llevó a la estigmatización de la sustancia que se relacionaba incluso con la lujuria. Elementos que se diluyeron a través de los siglos, hasta que, ahora, con los cuestionamientos sobre el consumo de azúcar, se ha regresado a algunas de las discusiones al respecto.

Junto con el alcohol, la cafeína también fue motivo de polémica, mientras que se apropiaban de muchos de los espacios de sociabilidad. En el siglo XIX, los cafés y bares se volvieron los personajes principales de la vida de una ciudad.

No solo se trata de la sustancia que altera el estado de ánimo, sino de todo lo que posibilita y la escena que se crea, tal como lo demuestra la cadena de venta más grande del mercado de café en taza: Starbucks, cuyo producto principal es la experiencia.

El chocolate, la cafeína, el tabaco y el alcohol son las sustancias que lograron superar la genealogía moral que las persigue, y se convirtieron en industrias legales que no están exentas de cuestionamientos, pero que han entrado en la “hegemonía del poder farmacopornográfico que se vuelve explícita a finales del siglo XX y hunde sus raíces en el origen de la modernidad capitalista, en las transformaciones de la economía medieval de finales del siglo XV que darán paso a las economías industriales, a los Estados-Nación y a los regímenes de saber científico-técnicos occidentales”. (Preciado, 2008, pág. 112)

Si como se menciona al inicio de este texto, la industria farmacéutica y el tráfico de drogas suman ganancias estratosféricas, agregar los beneficios económicos del chocolate, la cafeína, el tabaco y el alcohol, solo nos haría más evidente la inmensidad de los flujos de capital que circulan en torno al cuerpo y sus alteraciones; además abriría la pregunta sobre cuántas y cuáles son las sustancias que intervienen en el cuerpo; desde la industria alimenticia y la química en los alimentos, hasta la cosmética y el cuidado higiénico que rodean la producción y presentan una amplia polémica para categorizarlas.

 

Entre ilegalidad y normalización: sociedad sustancializada

Todas las mañanas, corre porque la endorfina es el mejor café para despertar; luego de la rutina de ejercicios toma jugo de soya y un cóctel completo: el multivitamínico, las pastillas naturales para mejorar la digestión, un poco de espirulina para aumentar la actividad física, ginseng para la memoria, una tableta de calcio para prevenir la osteoporosis, una aspirina para evitar infartos, una tableta efervescente para la gastritis, unas gotas para nivelar la presión, una pastilla para el cólico y un parche antinconceptivo.

A veces toma las pastillas que le recomendó el psiquiatra, pero no le gusta “abusar” porque dicen que crean adicción. A su bebida añadió vitamina A y C, para prevenir los resfriados; el jugo es de soya porque “aminora” los síntomas de la menopausia.  Después del cóctel, solo come un poco de fruta, pues prefiere lo natural.

De camino al trabajo, piensa que necesita un chocolate caliente, aún no entiende esa necesidad repentina de la “sustancia” cuando está “en sus días”, aunque a manera de una masturbación alimenticia, cambia el chocolate por una barra nutricional; hay que darle placer al cuerpo, pero de manera controlada. El cuidado de su dieta está relacionado a su predisposición genética para desarrollar múltiples enfermedades, por ello, a través de dispositivos, desde los más sencillos a los más sofisticados, le han realizado pruebas para medir los niveles de las sustancias de su cuerpo y sustituirlas o compensarlas con fármacos.

Desde pequeña tiene todas las vacunas y asiste a las revisiones periódicas; los médicos examinaron cada parte de su cuerpo: contaron los dedos, midieron, pesaron, analizaron su sangre, examinaron sus reflejos, cuidaron su cuerpo de las “malformaciones”, la vacunaron contra el tétanos, sarampión, rubiola, escarlatina, y recibió alguna inyección que le dio un alergólogo. Se trata de una tecnología volcada al servicio de la normalidad, cualquier cosa se puede ampliar con una lente, sobre todo las igualdades y las diferencias, así se pueden “arreglar los defectos”.

Como en este relato, los fármacos sostienen la narrativa que ha pretendido estandarizar al cuerpo y sus reacciones. Lo mismo la conducta que los niveles de química corporal, la obsesión práctica que aspira a un cuerpo óptimo y deseable se traduce en comportamientos que reproducimos en nuestros modos de vida.

Hasta aquí la ¿ficción? para seguir con las preguntas: ¿se puede liberar el cuerpo de los fármacos que parecen necesarios para nuestros modos de vida?, ¿cuáles son los límites que posibilitan el uso de algunas sustancias y el desprecio por otras? Estamos en un mundo que coincide en la condena hacia algunos productos de este tipo, pero que ha creado mecanismos de argumentación científica para moldear las conductas a partir de las bases de esos mismos fármacos. Ejemplo de lo anterior es el creciente uso de medicamentos para atender el TDH (Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad), en especial, el aumento del consumo de Adderall.

El uso de los fármacos para la regulación de la conducta y la personalidad se normalizó a finales del siglo XX, y la psiquiatría ha encontrado en el proyecto de felicidad, impuesto por el capitalismo, un objetivo alcanzable a través del control de la química cerebral.

Como condena, menester o sociabilidad, los fármacos diversifican sus estrategias de consumo y modelan la moral en turno. Con esto no se está obviando que algunas sustancias tienen fuertes e inmediatas repercusiones a la salud, por el contrario, lo que se propone es poner énfasis en sus usos sociales y los aspectos que se consideran para su incorporación en los flujos de capital.

Como se expuso al inicio, el consumo de algunas sustancias que fueron consideradas como dignas de prohibición, hoy se han normalizado. Sin embargo, es interesante observar que la producción y distribución de fármacos ha estado relacionada con la ilegalidad, al menos, desde la Edad Media, cuando “la inquisición condena a los cultivadores, recolectores, y conocedores de preparaciones a base de plantas, considerándolos brujas, alquimistas, parteras, herejes o desviantes satánicos” (Preciado, 2008), figuras que al margen de la naciente sistematización del conocimiento médico, guardaban experiencias colectivas, por lo que “se inicia así un proceso de expropiación de saberes populares, de criminalización de germoplasmas vegetales que culminará en la modernidad con la persecución del cultivo, el uso y el tráfico de drogas” (Preciado, 2008).

Un ejemplo de lo anterior es el cannabis, que ha permanecido dentro de las sustancias enjuiciadas debido a razones socio-culturales, sin tomar en cuenta sus efectos a la salud o al comportamiento; no obstante, que en algunas ciudades ha sido legalizado el consumo y/o la venta, esta planta solo ha conseguido entrar al diorama de “la progresiva transformación de los recursos naturales en patentes farmacológicas y la confiscación de todo saber autoexperimental de administración de sustancias por las instituciones jurídico-médicas.” (Preciado, 2008)

La moralidad de las sustancias parece definirse por una normalización, también depende de la posibilidad de cuerpos productivos y adaptados para mantener las configuraciones político-económicas de cada tiempo, y que se expresan en actos como los relatados previamente. De esta manera, y como propone Sayak Valencia en Capitalismo Gore (2010), las estrategias de producción, distribución y consumo de sustancias, replican los mecanismos de carácter expansivo y estándares de calidad propuestos por el capitalismo institucionalizado-legal.

Las estructuras de poder que imitan a los sistemas empresariales, también exponen los riesgos de la base de la pirámide, en este sentido, los cuerpos “de los disidentes distópicos (…) son ahora quienes detentan —fuera de las lógicas humanistas y racionales, pero dentro de las racionalistas-mercantiles— el poder sobre el cuerpo de la población, creando un poder paralelo al estado sin suscribirse plenamente a él, al tiempo que le disputa su poder de oprimir.” (Valencia, 2012, pág. 98)

El auge del saber técnico en torno a la normalización del cuerpo se basa en una idea de salud atravesada por valores éticos, políticos y estéticos, por lo que genera una industria farmacéutica con variantes médicas, cosméticas y conductuales. Ahora tenemos fármacos para todo, ya sea el blanqueamiento de piel, la regulación de la masa corporal, la higiene, la disfunción eréctil, o la ansiedad. En este sentido, el sistema de valores que guía a la investigación científica que se aleja de la búsqueda de “remedios” para las enfermedades y se centra en la homogeneización del cuerpo y sus conductas, conforma su ideal en valoraciones subjetivas que aún se encuentran en tensión, pero que se reafirman de acuerdo con el sistema hegemónico.

Está por demás decir que la salud, el ocio, e incluso la identidad y otras formas de subjetivación se envasan y compran en las estanterías de las farmacias, se tiñen con ellas, se incorporan al baño y la limpieza diaria, también se comen e introducen en nuestros cuerpos y en los rituales cotidianos.

La sociedad que ha sido pensada como confortable, está repleta de fármacos y sustancias para simular nuestra accesibilidad al discurso de la normalidad de los cuerpos. La producción laboral se sitúa en el centro de la configuración de lo de deseable y nuestras capacidades físicas y psicológicas estarán mediadas por la eficiencia profesional. Todo rasgo que queda fuera de los estándares puede ser modificado a través del diseño químico.

 

Referencias

AIMFA, A. d. (2018). Top 10 compañías farmacéuticas 2018 a nivel mundial. Obtenido de https://www.aimfa.es/top-10-companias-farmaceuticas-2018-nivel-mundial/

Clough, C. (2017). Transnational Crime is a $1.6 trillion to $2.2 trillion Annual “Business” Finds New GFI Report . Obtenido de https://gfintegrity.org/press-release/transnational-crime-is-a-1-6-trillion-to-2-2-trillion-annual-business-finds-new-gfi-report/

Ledesma, A. C. (1631). Curioso tratado de la naturaleza y calidad del chocolate. Biblioteca Nacional de España. Obtenido de http://bdh-rd.bne.es/viewer.vm?id=0000090098&page=1

Preciado, P. (2008). Testo Yonqui. Sexo, drogas y biopolítica . España: Espasa-Calpe .

Valencia, S. (febrero de 2012). Capitalismo Gore y necropolítica en México contemporáneo . (GERI-UNAM, Ed.) Relaciones Internacionales(19). Obtenido de https://revistas.uam.es/relacionesinternacionales/article/download/5115/5568/0


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
PickPic

¿Quién no ha jugado a encontrar formas definidas en las nubes de un cielo primaveral? ¿Quién no ha creído ver patrones nítidos al atravesar un patio lleno de azulejos o al pasar a prisa por una hilera de baldosas?  La paraidolia es una reacción psicológica que nos lleva a creer que vemos claramente una figura cuando se trata, en realidad, de elementos dispuestos de manera casual e involuntaria. Definir la línea que separa la especulación de la información parece una tarea sencilla, pero no lo es. Tomemos como ejemplo las constelaciones. Muchos creen que son sólo cuerpos celestes al alcance de nuestra vista, si bien se pueden tomar como referencias geográficas para localizar los puntos cardinales y recobrar el rumbo. Para otros, en cambio, las constelaciones trazan formas definidas en el firmamento: escorpiones, doncellas y seres de antiguas mitologías, símbolos arcanos con una influencia directa sobre la vida cotidiana y el destino de la especie humana. En este punto valdría la pena preguntarse si es posible sostener con sincera contundencia alguna de estas dos posturas, ¿acaso este dilema no se reduce a un asunto de creencia e intuición, a un conocimiento que rebasa la razón? Algo similar ocurre con ciertas teorías conspirativas cuando no abusan del sentido común y la lógica. Sin embargo, el conspiracionismo incita serios problemas en el marco de incertidumbre de la pandemia y sobre todo en una época en que los rumores, las mentiras y la falsa información se difunden en cuestión de minutos a través de sitios web y redes sociales. 

 

El discreto encanto del conspiracionismo 

¿Bill Gates elaboró el Covid-19 en sus laboratorios para vender vacunas con implantes de GPS y someter la población a un control total? ¿Los atentados del 9/11 fueron planeados por el gobierno de Bush para tener un pretexto de invadir Medio Oriente? Las teorías conspirativas suelen tener un lado fascinante. Nos insertan en un emocionante relato donde convergen los complots maquiavélicos, las profecías apocalípticas y mejor aún: los oyentes juegan un papel central en la historia con el simple hecho de conocerla, de alguna forma parecen ser los únicos capaces de detener la catástrofe inminente.  

Esto no niega la veracidad de algunas teorías conspirativas como el Watergate –el presidente Nixon tuvo que renunciar porque espiaba ilegalmente a sus opositores, y seguramente no ha sido el único– o “la conspiración de la bombilla de luz” –en 1924 diferentes productores de bombillas, entre ellos Osram y General Electric, acordaron limitar la duración de los focos de luz a menos de 1000 horas para forzar el consumo1 

Es innegable que la codicia, la ambición desmedida y otras enfermedades del poder llevan a los seres humanos a orquestar terribles golpes contra sus pares. De hecho, muchas sociedades secretas como el Kuklux Clan se han gestado con este propósito exclusivo. Pero la existencia real de algunas teorías conspirativas no es su único fundamento. También las situaciones de crisis (económicas, políticas, ecológicas) activan una disposición psicológica hacia la desconfianza que fácilmente puede disparar un criticismo desmedido. ¿Cómo reconocer una teoría conspirativa? En The psycology of conspiracy theories (2017) Jan-Willem Van Prooijen sostiene que tienen cinco características básicas e irremplazables:  

  1. Patrones: establece conexiones causales entre dos o más hechos sin relación aparente. Por ejemplo, a) Bill Gates patrocina investigaciones científicas sobre las gripas viales. b) El Covid-19, una gripa vial, se esparce por el mundo.  
  2. Voluntad: La maquinación de un plan con una clara intención.  
  3. Coaliciones: Un grupo (no necesariamente humano) se organiza entorno a una misión. 
  4. Hostilidad: La conspiración tiene un efecto negativo sobre la humanidad. 
  5. Continuo secreto: Una serie de impedimentos mantienen el plan en la clandestinidad. 

 Esta tipología habla mucho de cómo nuestra psique se relaciona con lo desconocido y a veces decidimos aceptar tal o cual creencia con una inocencia relativa.  

 

¿Por qué creemos en las teorías conspirativas? 

El conocimiento tiene un componente inevitable de buena fe. No se puede tener un doctorado en todas las áreas del saber. Aunque se pudiera, sería necesario creer en la veracidad de los documentos y los libros, en las enseñanzas de los maestros y el legado de pensadores, científicos y demás figuras de autoridad. Incluso las estadísticas tienen un margen de error, zonas de indeterminación. En resumen, las certezas son parciales. Por eso mismo todos creemos por lo menos en un par de conspiraciones.  

¿Cómo estar 100% seguros de que los astronautas norteamericanos y soviéticos pisaron la luna en la década de los sesenta?, ¿cómo verificar que fue William Shakespeare quien escribió sus obras y no su mayordomo, a quien previamente había cortado la lengua y encerrado en un calabozo para sacar provecho de su talento literario?, ¿cómo saber si la muerte de John F. Kennedy fue consecuencia de un plan urdido por un misterioso grupo de hombres poderosos? Todas estas son preguntas difíciles de responder a menos que el interlocutor posea recursos extraordinarios para sustentar las teorías que puedan llegar a surgir de cada pregunta. Por eso la cultura responde a un acto de confianza en fuentes y medios. Es un poco como el mecanismo de voto por procuración en la democracia participativaCuando uno no puede ir personalmente a votar pero desea hacerlo, puede otorgarle un “poder” a un tercero por medio del cual autoriza a votar en representación de uno. De cierta manera así funciona el conocimiento. Uno ejerce un acto de buena fe y deposita “un voto de confianza” en otros. De por sí confiar cuesta trabajo por ltiples razones (gobiernos corruptos, policía autoritaria, inseguridad, egoísmo, etc.)pero en tiempos de crisis aumenta el recelo, se añade un fuerte componente de miedo– después de las recesiones económicas, por ejemplo, hay una atmósfera de hostilidad que empeora conductas como la misoginia o la xenofobia.  

En general, cada individuo confía más en una fuente que en otra, y esa decisión no está guiada como casi ninguna por un conocimiento 100% racional la razón pura tiene sus límites, dijo Kant. Una cantidad de sesgos nos determinan, seamos o no conscientes de ello. El prestigio es uno de ellos. La celebridad o fama de una persona, un grupo o una fuente, inclinan notablemente nuestras decisiones, poco importa si están bien o mal fundamentadas. Asimismo los sesgos que provienen del narcisismo, como el deseo de tener razón a toda costa o la expectativa de ver nuestras convicciones confirmadas –la antesala de los prejuicios–, ambos son factores capitales a la hora de entregar nuestro voto de confianza a un artículo informativo, un rumor o programa de noticias. 

En cuanto a la psicología colectiva, el delirio conspiracionista a menudo dibuja en esquema que divide las situaciones en dos grupos: “los buenos” y “los malos”. El primer grupo está conformado por quienes conocen la conspiración y de alguna forma, desconocida incluso para ellos mismos, van a detenerlo; el segundo grupo lo conforman los conspiradores y el resto del mundo que no ha tenido la agudeza para descubrir “la verdad”.  

De igual forma, un factor psicológico colectivo reside en sobreestimar el egoísmo y el alcance de los demás. La mayoría de los países esgrime una creencia o un dicho popular según el cual desconfiar del otro es un síntoma de inteligencia y astucia. Cuando Marc Zuckerberg donó el 99% de los beneficios de Facebook a organismos caritativos, cientos de bloggers y medios denunciaban su acto como egoísta y tramposo; hay un poco de hiperparanoia en esta reacción.  

 

Es cierto que vivir en sociedad implica estar prevenido y desconfiar aunque el peligro real varía según el lugarpero en situaciones críticas como guerras o crisis sanitarias el panorama empeora considerablementeLas poblaciones dudan de todolos individuos sospechan unos de otros y reina un clima de tensión que anticipa el caos. Es el terreno ideal para la proliferación de rumores conspirativos. Interesantes experimentos han probado la relación entre ambos fenómenos2. ¿Cómo llegaron miles de londinenses a creer que las torres de red inalámbrica 5G transmiten el Covid-19 por medio de ondas electromagnéticas? Peor aún, ¿cómo llegaron a tal nivel de paranoia que prendieron fuego a decenas de torres y dejaron heridos, muertos e innumerables problemas para los usuarios de la web? Quizás lo peor del asunto es que los artículos, videos y fakenews que consultaban por internet los llevaron a destruir los dispositivos que les permitían acceder a dicha información. Una ironía que coquetea con la esquizofrenia y el telón de fondo de la distopía 

 

Tanto más sucedió en la célebre anécdota de Orson Welles y “La guerra de los mundos”. El 30 de octubre de 1938 poco menos de 12 millones de personas oyeron un programa radial en el que Welles teatralizaba, junto a la compañía “The Mercury teather on the air”, la novela de ciencia ficción del escritor británico H.G. Wells. El futuro director interpretaba el papel del Dr. Pierson, un científico que presenciaba la invasión alienígena: “Señoras y señores, esto es lo más aterrador que he presenciado nunca… ¡espera un minuto! Alguien se está acercando desde el hueco. Alguien o algo… Puedo ver dos discos luminosos… ¿serán ojos? ¿o un rostro? O tal vez sea…” Pese a que se trataba de una emisión semanal consagrada a los clásicos de la literatura, y a una “pequeña broma de Halloween” en palabras de Welles, la audiencia se tomó tan en serio la representación del futuro cineasta que miles se escondieron en sus sótanos o salieron despavoridos de sus casas, la policía recibió incontables llamadas telefónicas y se reportaron varios accidentes de tráfico a esa hora a lo largo y ancho del país. ¿Por qué millones de personas habrían de creer esto?  

No se puede olvidar que en los años treinta amenazaba la expansión del nazismo y había fuertes rezagos del trauma social provocado por la Gran Depresión en 1929. Nacía entonces en Estados Unidos una desconfianza generalizada, una atmósfera del complot que ha revivido en momentos neurálgicos de su historia como el asesinato de Kennedy, el escándalo de Watergate y los atentados de 9-11. En estas situaciones la gente estaba muy nerviosa, sentía miedo y en especial tendía a sobreestimar el alcance de un grupo ajeno y desconocido (los extraterrestres, los misteriosos opositores al gobierno de Kennedy o el grupo de poderosos detrás del presidente Bush), que es otro de los rasgos psicológicos del conspiracionismo. Lo distinto puede suscitar horror y aversión en las poblaciones, un escenario perfecto para el oportunismo de líderes políticos con figura paternal y un discurso nacionalista que reivindica ideologías en las cuales el racismo y la xenofobia son puntas de lanza.  

 

Las conspiraciones y las ideologías  

La historia de las conspiraciones es tan larga como la del ser humano. Los antiguos atenienses ya desconfiaban de la presencia de foráneos en tiempos previos al ejercicio democrático. De hecho, el juicio contra Sócrates fue producto de un acuerdo entre varios hombres poderosos pertenecientes al Tribunal de los Heliastas que dictaminó su muerte por toma de Cicuta3. ¿Qué agregar sobre el complot de Marcus Brutus y los senadores del Imperio Romano para asesinar a puñaladas a Julio César? 

En la edad media, la Inquisición acusó a las mujeres de conspirar con el diablo para lastimar a la población.  Monjes  radicales como Heinrich Kramer, autor del Malleus Maleficarum, señalaron a las “brujas” campesinas viejas o jóvenes, solteras y desligadas del poder eclesiástico como responsables directas de fenómenos dispares y no relacionados: epidemias que diezmaban a la población, sequías que afectaban los sembradíos, abortos y muertes durante el embarazo, tales fueron algunos de los injustos cargos que se tradujeron en una conspiración a gran escala. Secundados por el episcopado, los agentes de la Inquisición iniciaron una brutal “cacería de brujas, un genocidio de miles de mujeres en la horca o la hoguera4. 

El Holocausto también es en buena medida el fruto de un complot: un cenáculo de líderes nazis, oficiales y agentes de la S.S. encabezados por Hitler, se reunió en enero de 1942 en una villa de Wansee, cerca de Berlín, dictaminó el exterminio a la población judía de Europa. Este evento ha sido registrado en la historiografía como “La conferencia de Wansee5. 

Asimismo, en Tuskegee, Alabama, tuvo lugar un abominable experimento entre 1932 y 1970. El servicio de salud pública de Estados Unidos examinó cientos de pacientes negros enfermos de sífilis sin informarles que eran objeto de una investigación. En vez de tratarlos con penicilina para lograr su recuperación, observaron los efectos de la enfermedad hasta sus últimas consecuencias. Incluso provocaron la enfermedad en pacientes sanos con el fin de realizar su maquiavélico diagnóstico. Como resultado, murieron casi 150 afroamericanos.  

En los últimos treinta años, las conspiraciones han tomado un giro particular con la militancia cibernética de personajes como Julien Assange, Edward Snowden o Aaron SchwartzDesde sus computadoras, estos individuos accedieron a información celosamente guardada en los archivos gubernamentales o judiciales de instituciones como el pentágono o la CIA, e hicieron hasta lo imposible para liberar la información al dominio público. Como retaliación, han sido perseguidos con saña, sus vidas y su libertad sufrieron numerosos atentados. Assange, por ejemplo, sacó a la luz Kenia: el llanto de sangre, un informe sobre los cientos de ejecuciones extrajudiciales cometidas por la policía de Kenia desde 2007 y atribuidas a pandillas o grupos rebeldes6. Ese mismo año, presentó al mundo el portal de Wikileaks, una red de páginas web desde donde filtró sucesos como crímenes de guerra perpetrados por el ejército norteamericano en Irak y Afganistán7. A partir de ese momento se convirtió en uno de los hombres más buscados en el mundo y a su alrededor se fraguó una alianza de sus enemigos políticos para inculparlo y atraparlo. Assange huyó de Australia, de Francia y se refugió durante años en la embajada ecuatoriana en Inglaterra, donde vivió en un estado constante de aislamiento y sin comunicación con el mundo exterior. Finalmente el gobierno ecuatoriano cedió a la presión internacional en abril de 2019Assange fue apresado inmediatamente y encerrado en la prisión de Belmarshen Londres. El gobierno de los Estados Unidos ha manifestado en repetidas ocasiones su deseo de extraditar al activista para juzgarlo por “alta traición”, un delito que todavía es castigado con la pena de muerte en ese país.  

Todas las conspiraciones anteriores han sido comprobadas por diversas fuentes. Cada una expone una aberración de la ideología o una enfermedad del poder: racismo, antisemitismo, misoginia, fanatismo religioso y tiranía política. No obstante, son esencialmente distintas de las teorías conspirativas que circulan en nuestros días. ¿Por qué? Primero, hay pruebas fehacientes de su existencia, no se basan en rumores que suponen hechos improbables; además, no caen en abusos de la sensatez de teorías que declaraexcentricidades como la existencia de una asociación de reptilianos o vampiros-cyborg que nos controlan de maneras energéticas, espirituales e insospechadas así lo sostiene en sus extraños videos8  Laura Eisenhowerbisnieta del expresidente y general estadounidense Dwight Eisenhower, cuya paranoia conspiracionista y constantes menciones del “gobierno en las sombras” (shadow governementlo preceden.  

 

Los peligros de la conspiranoia  

En nuestros días las teorías conspirativas ejercen un impacto nunca antes visto. La inmediatez de su difusión entre los cibernautas entraña consecuencias inmediatas a nivel mundial. Actualmente son capaces de determinar la dimisión de un presidente o su elección como es el caso de Donald Trump, quien repetía sin cesar que el cambio climático era una farsa inventada por los chinos y que Barack Obama no nació en Estados Unidos sino en Kenia9. Asimismo, las conspiracioneconllevan el riesgo de esparcir una enfermedad mortal y causar muertes, como ocurre con la población que no se vacuna (o no vacuna a sus hijos) porque considera que las vacunas son inventos de la industria farmacéutica para ganar dinero, están manipuladas para someter la voluntad humana y causar autismo10. Peor aún, los delirios conspiranoicos provocan agresiones racistas o xenofóbicas. Así ha venido sucediendo con los linchamientos y las muestras de violencia sufridas por la población de fisonomía asiática11, juzgada como chivo expiatorio por la idea según la cual el gobierno chino elaboró el Covid-19 y lo esparció entre sus ciudadanos para derrocar la economía mundial“Una mentira repetida mil veces se vuelve verdad”, decía GoebbelsVivimos en una época en que las mentiras tienen tal influencia sobre el mundo que pueden modificarlo y hacer realidad algo que de otra manera no hubiera sucedido nunca. 

 

La mirada del observador transforma lo observado 

En 1927 Werner Heisenbgerg propuso un principio de física cuántica que establece la imposibilidad de medir con precisión la posición de las partículas. Según el físico alemán, su constante movimiento y la capacidad de superposición permiten a las moléculas ocupar más de un lugar al mismo tiempo. Además, la intervención del sujeto que mide también puede ejercer una influencia sobre lo medido. En otras palabras, si existiera un microscopio tan sofisticado que permitiera observar las partículas más ínfimas del universo, éste sería tan potente que las terminaría afectando por la interacción de la luz y los átomos. Por lo tanto, realizar muchas veces el mismo experimento puede arrojar resultados distintos. 

Es posible entrever un símil entre el principio de incertidumbre y las limitaciones de nuestro juicio en lo que respecta a las teorías conspirativas. Dado que ocupamos una posición singular en el mundo, estamos segmentarizados por factores como nuestrcontexto socioeconómico, nuestras creencias (políticas, religiosas, etc.) y nuestros deseos inconscientes (las ganas de tener la razón, de confirmar nuestros prejuicios, de oponernos a una ideología o creencia). De alguna forma estas condiciones nos imposibilitan para distinguir con claridad situaciones de una complejidad que nos rebasa y cuya impotencia nos inclina a aceptar conspiraciones imposibles de ratificar. Quizás la consciencia de esas limitaciones nos ayude a revisitar nuestras convicciones, a reconocer nuestros sesgos como los rediles de una pradera que acaso podemos ampliar o transitar con serenidad, aceptando que la experiencia de lo incierto forma parte de la vida misma.  


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme