En el libro, siempre a mitad de camino entre el producto cultural y el objeto mercantil, se entrecruzan las supersticiones del coleccionista, las necesidades del estudiante, los placeres del lector, los campos de batalla del editor y los procesos personales del escritor. Las bibliotecas caseras son, a final de cuentas, una suerte de biografía en clave de quienes las usan y custodian. El orden puede variar: por autor, tema, lengua original, género literario; o incluso por color y tamaño. Hay quien ordena sus colecciones por editorial, para que el resultado ofrezca esa apariencia imaginada por el editor mismo.
Entre los libros que pueblan mi casa, desde hace años, los títulos del Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA) tienen su propio espacio. Es la editorial en la que varias generaciones de escritores jóvenes mexicanos —al menos las de los sesenta, setenta, ochenta y actualmente la de los nacidos en los noventa y dos mil— han publicado sus óperas primas, presentándose así ante los lectores y la comunidad.
Personalmente, crecí con la colección de Tierra Adentro. Me hice un lector asiduo de lo que publicaban en la editorial; primero esos completos desconocidos que son los cuentistas, novelistas, ensayistas, poetas que descubría en su catálogo; luego los amigos y conocidos, colegas con quienes he compartido este rito de paso que tantos de quienes escribimos, vivimos como una piedra de toque, una vela de armas, en nuestra juventud.
En mis tempranos veintes rastreaba los inicios de un novelista, el único poemario de quien dejó de publicar al poco tiempo, o los cuentos que anunciaban un talento que hoy hemos visto cumplirse. La sorpresa, siempre grata, era encontrar en estas obras publicadas por el FETA una serie de escrituras con las que compartía no solo el tiempo, sino un país y, sobre todo, los amplios territorios de la imaginación.
En este texto entrego un recuento de las lecturas que dejaron una huella en mi historia, y que ofrecen, con su presencia en los estantes, la marca de una generación con la que he compartido páginas, desde los costados del lector y el escritor.
1990-1999
El primer título de Tierra Adentro con el que me topé fue El nombre de esta casa (1999), uno de los primeros poemarios de Julián Herbert (Acapulco, 1971), que presentaba una poética madura y perdurable, de tono confesional y autobiográfico que el autor ha ido transformando para continuar sus búsquedas estéticas; recibido de manos del autor, significó el descubrimiento del sello editorial nacido con el objetivo original de publicar los primeros libros de los jóvenes escritores que vivieran fuera de la capital del país.
Me fui de largo y descubrí la poesía de Jorge Ortega (Mexicali, 1972), con su Cuaderno carmesí (1997), todo perfección formal y lujo verbal, una imaginería estructurada por el oído del poeta; las voces que dialogan y estallan en los monólogos que conforman Recuerdos de una casa azul (1996) de Jorge Arzate Salgado (Estado de México, 1966); las imágenes marítimas y de la infancia, la cadencia de los versos de Barcos para armas (1998), de Jesús Ramón Ibarra (Sinaloa, 1965); la voz de un jovensísimo y audaz Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979) en los breves pero potentes poemas de Oficios de ciega pertenencia (1999); las estaciones cambiantes de la escritura de León Plascencia Ñol (Jalisco, 1968) en Estación llena de pájaros (1993); los escenarios, los objetos, inertes y deshabitados, pero vivos, de Luis Vicente de Aguinaga (Jalisco, 1971) en Piedras hundidas en la piedra (1992); la memoria de ciertos paisajes desérticos y sitios distantes en Bajo un cielo de cal (1991) de Dana Gelinas (Coahuila, 1962); la trascendencia de los pequeños momentos sobre los que se funda un destino, en los que se esconde el eco de un mito, en Geometría de acróbatas (1996), de Óscar Santos (Aguascalientes, 1968); las iluminaciones profanas, los cantos de la noche y la decadencia de Cantar del Marrakech (1993) de Juan Carlos Bautista (Chiapas, 1964).
Con la lógica de las precuelas, por el lado de la novela me topé con los primeros libros de autores que conocía y apreciaba por sus obras posteriores. Entre ellos, el debut novelístico de David Toscana (Nuevo León, 1961), Las bicicletas (1992), antecedente de sus novelas más celebradas y anuncio de un autor mayor. Encontré más novelas de talentos emergentes: Luis Humberto Crosthwaite (Baja California, 1962), El gran pretender (1992), en la que su estilo, mezcla de callejería y encantamiento, y sus escenarios, las esquinas de la calle como centro del mundo, se despliegan con destreza; La primera calle de la soledad (1993), de Gerardo Horacio Porcayo (Morelos, 1966), novela fundacional del cyberpunken nuestro idioma, una intriga alucinante que sucede en un mundo ultratecnologizado, casi inhumano; Días de nadie (1993), de Hugo Valdés (Nuevo León, 1963), donde lo sobrenatural, la leyenda y la cotidianidad de una ciudad en fuga se solapan en las vidas de personajes que se buscan a sí mismos, ansiosos por encontrarse; Si yo fuera Susana San Juan… (1998), de Susana Pagano (Ciudad de México, 1968), que al contar una historia de un amor frustrado, es un homenaje a Juan Rulfo, una reescritura a partir de una voz femenina y de los temas del deseo y la identidad.
En lo que se refiere al cuento, encontré el libro de una escritora que explora con ingenio y contundencia todos los niveles de la realidad, el sueño, la vigilia, el delirio, la memoria, la fantasía, la extranjería: Esta y otras ciudades (1991), de Patricia Laurent Kullick (Tamaulipas, 1962). Pude darme cuenta de que hay un aire de familia en las colecciones Escenas de la tierra en fiesta y de la mar en calma (1994), de José Abdón Flores (San Luis Potosí, 1967), y La estatua sensible (1996), de Fernando de León (Jalisco, 1971), pues ocurren en ciudades y épocas distantes, donde lo fantástico y lo histórico se entrecruzan; y la prosa de ambos autores juega con los claroscuros, se arman de poesía, para ofrecer una puntual intensidad. Encontré La risa de las azucenas (1997), de Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972), un libro entrañable, conmovedor, que profundiza en el dolor, en la pérdida y la melancolía; en estos lentos fuegos se forjan las humanas historias de sus personajes. Y el extraño y bello Gente del mundo (1998), de Alberto Chimal (Estado de México, 1970), que reúne los vestigios de una obra inacabada y ambiciosa, pues se trata de las únicas páginas que quedan de la descripción de un mundo repleto de maravillas y civilizaciones; una colección en la estela de los apócrifos borgeanos.
En cuanto al ensayo, puedo mencionar La estrella portátil (1997), de José Israel Carranza (Jalisco, 1972), con sus observaciones urbanas, sus reflexiones acerca de la memoria, el asombro, la contemplación, y esos estados de la mente que abren puertas inesperadas. Vitrina del anticuario (1998), de Felipe Vázquez (Estado de México, 1966), una colección de mecanismos verbales que ponen en movimiento juegos metanarrativos, reformulaciones de lecturas, e invitan a reinventar nuestra mirada sobre la literatura. Y Bajo el volcán y el otro Lowry (1998), de Carlos Antonio de la Sierra (Morelos, 1972) que entraña un recorrido por la novela protagonizada por el cónsul, una obra que interroga una de las muchas caras de esta ficción inagotable.
2000-2018
Las distintas épocas, los rediseños, la inclusión de nuevos géneros y las acentuaciones que ha tenido la colección la han hecho perdurable. Se ha adaptado a los tiempos y renovado junto con las generaciones de autores cuya vocación es presentar ante el lector. Los primeros títulos son ya inconseguibles, y muchos otros aparecidos hace veinte o diez años siguen ese mismo destino (aunque algunos han sido reeditados en los catálogos de editoriales nacionales y extranjeras). Lo cierto es que forman parte de esa moderna tradición de la literatura joven mexicana a la que, nos guste o no, pertenecen quienes se acercan a la escritura por primera vez, así como pertenecimos quienes hoy nos encontramos lejos de la frontera de los 35 años, del lado de la adultez, y a la que le debemos grandes pasajes de nuestros años de formación.
Entre los libros que leí con gusto, interés y asombro, conservo colecciones de cuentos como Registro de imposibles (2000), de Cecilia Eudave (Jalisco, 1968), La línea perfecta del horizonte (2000), de Will Rodríguez (Mérida, 1970), La memoria del agua (2002), de Maritza Buendía (Zacatecas, 1974), El llanto de los niños muertos (2004), de Bernardo Fernández BEF (Ciudad de México, 1972), Vidas de catálogo (2007), de Liliana V. Blum (Durango, 1974), Invasión (2007), de Gonzalo Soltero (Ciudad de México, 1973), Ojos que no ven, corazón desierto (2009), de Iris García Cuevas (Acapulco, 1977), La Biblia Vaquera (2008), de Carlos Velázquez (Coahuila, 1979), Cosmonauta (2011), de Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977), Los rumores del miedo (2012), de Darío Zalapa Solorio (Michoacán, 1990), El último intento (2013), de Mariel Iribe Zenil (Veracruz, 1983), La Monalilia y sus estrellas colombianas (2017), de Nazul Aramayo (Coahuila, 1985), El vals de los monstruos (2018), de Lola Ancira (Querétaro, 1987), La noche sin nombre (2018), de Hiram Ruvalcaba (Jalisco, 1988).
Novelas como Gordas. Historia de una batalla (2002), de Isabel Velázquez (Baja California, 1969), Bajo el disfraz (Los cantares prohibidos) (2003), de Jesús Alvarado (Durango, 1969), Los cuervos (2006), de César Silva Márquez (Chihuahua, 1974), Artemisa Café (2012), de Israel Terrón Holtzeimer (Veracruz, 1982), Piscinas verticales (2017), de Gabriela Torres Olivares (Nuevo León, 1982), Anticitera. Artefacto dentado (2018), de Aura García Junco (Ciudad de México, 1988).
Los poemariosTraslación de dominio (2000), de María Rivera (Ciudad de México, 1971), La musa enferma (2002), de Francisco Alcaraz (Sinaloa, 1979), La máquina de vivir (2008), de Carmen Ávila (Coahuila, 1981), Se llaman nebulosas (2010), de Maricela Guerrero (Ciudad de México, 1977), Plexo (2011), de Luis Alberto Arellano (1976), Fiat Lux (2012), de Paula Abramo (Ciudad de México, 1980), Bitácora de mujeres extrañas (2014), de Esther M. García (Chihuahua, 1987), Retratos de familia (2015), de Karen Plata (Ciudad de México, 1986), Principia (2018), de Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986)
Ensayos como La utopía de los seres posthumanos (2004), de Luz María Sepúlveda (Ciudad de México, 1968), ¿Escribes o trabajas? (2004), de Eduardo Huchín (Campeche, 1979), La migración interior. Abecedario de Juan Goytisolo (2005), de Luis Vicente de Aguinaga, Todo es otro. A la caza del lenguaje en tiempos light (2002), de Heriberto Yépez (Baja California, 1974), Amigo o enemigo: el debate literario en Foe de J.M. Coetzee (2008), de Elisa Corona Aguilar (Ciudad de México, 1981), El cuento: la casa de lo fantástico (2007), de Magali Velasco (Veracruz, 1975), La pulga de Satán (2017), de Mariana Orantes (Ciudad de México, 1986), Cuaderno de faros (2017), de Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988)
Así como los textos dramáticos de Tragedias tempranas (2007), de Richard Viqueira (Ciudad de México, 1976) y Desiertos (200), de Hugo Alfredo Hinojosa (Baja California, 1977).
Una biblioteca es, como sugiere la impar imaginación de Jorge Luis Borges, el retrato de su dueño. En este listado no traté de emprender la fútil sumatoria de tres generaciones, sino manifestar mis lecturas, los libros que han dejado huella en mi memoria. Aquí se definen mis preferencias: abundante cuento, bastante poesía y ensayo, menos novelas y poca dramaturgia. Algunos libros llegaron a mí de mano de sus autores, otros fueron el botín de las horas invertidas en mirar anaqueles en librerías. Planeadas citas o grandes coincidencias, mis encuentros con estas páginas han abonado al apego que tengo a los títulos de Tierra Adentro, que ha sabido ser una casa para los jóvenes escritores de todos los géneros desde hace tres décadas.
2019-2020
Si bien en la juventud cometemos el divino atropello de pensar que el mundo nació en el instante en que lo conocimos, al avanzar en la vida nos damos cuenta de que cada uno de nuestros pasos se da en ese cuerpo de capas maleables y profundas raíces que es la tradición, la antigua y la reciente. Tierra Adentro ha sido también un espacio de intercambio intergeneracional, un esfuerzo que logra unir las geografías distantes que conforman nuestro país.
Vale la pena mencionar las ediciones colectivas que el Fondo Editorial Tierra Adentro ha organizado y editado a lo largo del tiempo: antologías de cuento, poesía, textos dramáticos (reunidos bajo diversos criterios), o de ensayos que estudian la obra de algún autor mexicano de importancia como Villaurrutia, Revueltas, Deniz o Elizondo. En ellas, se abría el diálogo y la posibilidad de circulación para más textos escritos por jóvenes; y ameritarían, quizá, otro ejercicio de recuperación memorística.
Para hablar del presente de Tierra Adentro, he reseñado y comentado diversos libros a lo largo de los meses recientes. Ahí, en esas líneas, se mencionan y se reflexiona en torno a libros que no están mencionados en las listas anteriores.
Siempre me ha parecido un acto propiciatorio estudiar la tradición, como cuando se aspira a publicar en alguna editorial, conocer su catálogo. Saber que no somos los primeros nos obliga a abrir los ojos, a elegir caminos estéticos con mayor conciencia. Nos enfrenta con lo que podemos ser y con lo que ya es. En última instancia, nos permite rebelarnos, continuar, buscar nuevas vías.
A lo largo de 30 años Tierra Adentro ha ampliado el horizonte de los jóvenes escritores. Nos ha mostrado que no escribimos solos, sino, como señalaba José Emilio Pacheco, con los que están, con los que han sido y con los que vendrán. En este sentido, el Fondo Editorial Tierra Adentro ha sido y es nuestra fértil e inquieta compañía.
Ilustración por
RyuHoshi-DeadCrow tomada de Devianart.
El género de terror no ha parado de evolucionar: aquello a lo que el ser humano le teme no ha sido siempre lo mismo y, aunque algunos miedos se han mantenido consistentes, otros nuevos han surgido en la mente de las personas.
El progreso tecnológico viene acompañado de temores. Un ejemplo muy claro es la creación de Arthur Conan Doyle: Sherlock Holmes. Si bien las aventuras de Holmes no pueden considerarse dentro del género de terror, sí reflejan los miedos de su época; se dejó de temer, aunque no del todo, a las abominaciones que acechaban en la oscuridad, y los monstruos pasaron a ser los seres humanos mismos.
Como dije antes, con la innovación vienen los miedos y la era digital no fue diferente. Los nuevos héroes son los hacktivistas, los nuevos monstruos son los hackers que te pueden observar sin que te des cuenta y príncipes nigerianos que con un click pueden robar los ahorros de toda tu vida. Pero no solo los temores evolucionan con el tiempo, también el formato en que se plantean y su manera de distribución.
Con el internet, que es el medio masivo de comunicación más grande, llegó la posibilidad de que los contenidos se hagan virales de forma nunca antes vista, y aquí es donde entran los creepypastas.
Creepypasta tiene su origen en otra palabra: copypasta, que viene de copy and paste (copiar y pegar). Son bloques de texto escritos generalmente con intención cómica y que otras personas copian y pegan en redes sociales y foros de internet; algunos ejemplos muy conocidos son el copypasta de Navy Seal y su versión latinoamericana de Richi Phelps. La variación entre el copypasta y el creepypasta se da en que el creepypasta no tiene una intención humorística; más bien busca provocar terror en el lector, de ahí el creepy en el nombre.
Hay tantos creepypastas que sería imposible tener un registro de todos los que se han escrito y apelan a diferentes audiencias. Se transmiten de la misma manera que un copypasta y dependen de los usuarios para llegar de una computadora a otra. De acuerdo con la académica Sandra Sánchez en su artículo “Netlore: leyendas urbanas y creepypastas”, el creepypasta presenta rasgos de la leyenda urbana y muchos de ellos son adaptaciones de las ya mencionadas, pero también una buena parte de ellos son relatos originales y representan los miedos de la actualidad, como aquellos que hablaban de la carne de rata en McDonalds o las jeringas con SIDA escondidas en lugares públicos cuyo origen se puede rastrear a cadenas de correos electrónicos.
A pesar de todo esto, son los creepypastas que hablan de temores más sobrenaturales los que destacan entre el resto. A continuación trataré algunos ejemplos y cómo encajan en la actualidad.
La historia del éxito de Slenderman es un ejemplo claro de lo viral que puede llegar a ser un creepypasta. No solo lo conocen la mayoría de los internautas, sino que ha trascendido la leyenda y se ha reproducido en diversos formatos, como videojuegos e incluso una película que se lanzó en el 2018. Sorprendentemente, el origen del Slenderman no fue un bloque de texto, sino un concurso de photoshop donde uno de los participantes (Eric Knudsen) incorporó la criatura en una serie de fotos que se harían virales y comenzarían la leyenda de la figura delgada. Slenderman, aunque no se originó a través de texto, comenzó a generar una leyenda que crecía conforme los internautas interactuaban con ella; cada uno le añadía algo o le quitaba algo a la hora de tratar su historia e incluso comenzaron a darle una historia de origen, alimentando esta abominación hasta el fenómeno mediático que llegó a ser.
Ben Drowned es otro creepypasta bastante conocido que representa una especie de subgénero dentro de estos relatos de terror creados por los internautas. Este subgénero, aunque no se puede etiquetar con una palabra, abarca creepypastas que se basan en videojuegos para crear historias aterradoras.
El caso de Ben Drowned narra la historia de un joven que compra un cartucho viejo de “The Legend of Zelda: Majora’s Mask” en una venta de garaje y, al intentar jugarlo, el videojuego no funciona como se supone que debería. Comienzan a suceder cosas extrañas dentro del juego: diálogos espeluznantes, personajes apareciendo en secciones donde no deberían estar y la banda sonora del juego distorsionada de tal forma que le hiela la sangre al protagonista. En resumen, se trata de un cartucho de juego embrujado por el fantasma de un niño llamado Ben que, deduce el protagonista por las pistas dentro del juego, se ahogó.
Ben Drowned pertenece a una serie de creepypastas que se enfocan en juegos con efectos mortales o cartuchos de juegos malditos, en ejemplos similares figuran Sonic.exe, Super Mario 64 y Mr. Mix. Este tipo de creepypasta no buscan el terror de criaturas que acechan en los bosques como Slendeman, sino que toman figuras de la cultura pop como Mario, Sonic y Link y los distorsionan para provocar miedo en el lector. Algunos otros casos similares que no involucran videojuegos son Suicide Mouse que habla un supuesto corto en blanco y negro de Mickey Mouse que mostraba al famoso ratón deformándose en una figura mórbida y podía provocar el suicido y Squidward’s suicide, el relato de un supuesto interno de Nickelodeon con un contenido similar al de Suicide Mouse.
Como último creepypasta que me gustaría mencionar está Smile Dog, la historia de un estudiante universitario que está investigando el fenómeno alrededor de una imagen llamada smile.jpg. Según narra la historia, había una leyenda urbana detrás de la imagen que se decía podía causar epilepsia, ataques de ansiedad y pesadillas de forma permanente y la única manera de deshacerse de esta suerte de maldición era esparcir la imagen. La relevancia de este creepypasta es que esta supuesta imagen maldita parece alimentarse del internet como medio masivo. De hecho, en un momento, el relato cuenta cómo esta imagen se distribuía a través de cadenas de correo con la leyenda “SMILE!! GOD LOVES YOU!”
Ya sea a través de imágenes retocadas por computadora, videojuegos, figuras de la cultura pop o correos spam, pareciera que los creepypastas apelan al mundo moderno, al internet y las nuevas formas de entretenimiento. La evolución del terror en los últimos años ha creado nuevas narrativas de aquello a lo que le teme el ser humano y se ha trasladado desde el internet a otras plataformas como el cine con la película Unfriended (2014). Al final del día, el horror está en todas partes y el creepypasta ha sido un paso más en la evolución del mismo, su transferencia al mundo digital, la nueva forma de la leyenda urbana y la tradición oral. Con el creepypasta en vez de sentarse alrededor de la fogata a contar historias de terror, basta con un teclado, un clic y una red social o foro de internet para transmitir el miedo.
Me pregunto si es ético espiar a alguien desde su ventana y con binoculares. ¿Crees que es ético aunque se demostrara que esa persona no ha cometido un crimen? L.B. Jefferies, protagonista de La ventana indiscreta
Antes no entendía por qué mi abuela pasaba sus tardes mirando por la ventana. Todos los días, después del almuerzo, se sentaba en una poltrona azul que mi tío le había ayudado a poner en una esquina de la sala. Esa posición le ofrecía una vista panorámica de la avenida, la intersección del semáforo, el parque del barrio y los pocos comercios que había en la cuadra, pero también podía ver la cocina y la habitación de huéspedes (ya no vivía ahí nadie más que ella, viuda desde hace doce años). Si se sentía bien, abría la ventana, se fumaba medio Belmont a escondidas y se ovillaba en la contemplación. ¿Qué será lo que mira mi mamá?, decía mi papá mientras llegábamos en el carro para la visita de los domingos por la tarde y la veíamos asomada, mirando la carretera con ese aire nostálgico. Seguro nos estaba esperando, se respondía a sí mismo, aunque todos sabíamos que eso no era cierto.
¿Qué hace ahí, abuelita?
Viendo pasar las horas, mijo, repetía con su voz cansina. Pero yo siempre sospeché que había algo más detrás de esa fachada de viuda triste. Porque mi abuela nunca fue una mujer dominada. No. Era ella quien tomaba las decisiones importantes de la casa. Trabajó como peluquera hasta sus treinta y ocho años, entonces tuvo la tercera y última cesárea. Fue suya la idea de comprar ese lote baldío a principios de los años sesenta y construir una casa de tres pisos en esa zona periférica de la ciudad. Mi abuelo se oponía sin mucha voluntad a sus iniciativas, pero al final solía aceptar. No solo porque eran ideas ambiciosas, sino porque estaba convencido de que “su mujer” tenía visión. Las ironías de la vida. Tres años después de jubilarse, mi abuelo se quedó ciego y “su mujer” fue el bastón que le ayudó a caminar por los días hasta que un cáncer de próstata le secó la vida.
***
La tarde en que declararon el confinamiento hacía mucho calor. La primavera se había adelantado semanas, desorden que se repetía desde hace años por las bondades del cambio climático. La cuarentena aún no era oficial, así que tomé mi bicicleta y fui al parque a trotar por última vez. Había demasiados corredores a pesar de las medidas de prevención dictadas por la alcaldía. Niños, viejos, incluso perros. Gente arriesgada como yo, pensé. Sin embargo, ya se tomaban las distancias. Probablemente eran los rumores acerca del contagio a través del sudor, pero nadie corría igual: unos aceleraban el paso para evitar los roces, otros se frenaban y se desviaban por pequeños senderos. Los que corrían en grupos hablaban de “eso” – perdí la cuenta de las veces que escuché nombrar el virus mientras rebasaba a los demás atletas. Poco antes de completar la tercera vuelta al circuito, vi un rostro familiar: era Mariana, una vieja conocida que también vivía cerca del parque y decidió aprovechar la ocasión para echar una carrerita. Al verme, sonrió con sus dientes profusos y se detuvo. La ropa deportiva resaltaba sus caderas, se ceñía bien a su esbelta cintura y abultaba sus senos perfectos. Pese a su agitación, Mariana hacía esfuerzos notorios para evitar los bufidos y mantener la compostura. Nos saludamos con un beso tímido, más por la incomodidad del sudor y el lugar que por la “sana distancia”. Como yo, también ella aprovechaba la confusión antes del cierre definitivo del parque. Hay que vernos antes de que se acabe el mundo, me despedí. Sí, tenemos una cuenta pendiente, dijo, y me sonrió antes de alejarse por la pista atlética.
Mientras caminaba hacia la arboleda recordé mi corto romance con Mariana. Cuando la conocí era la amante de mi ex roomie. Siempre me había desagradado, y no porque fuera el tipo de muchacha que todo el tiempo usa sus encantos para obtener favores, sino porque su actitud era torpe y evidente. Por supuesto, Mariana me gustaba. Meses después de que dejara de frecuentar mi casa, coincidimos una tarde en el cine. Entonces la invité a mi nuevo departamento de soltero. Esa noche tomamos vino tinto, hablamos de la efervescencia política en todo el mundo, nos reímos de los jóvenes que pregonan la lucha de clases pero viven del dinero de sus padres; el resto cayó solo. Había sido un episodio feliz.
El canto de los pájaros, más fuerte de lo normal, me sacó de mi ensoñación. Terminé los ejercicios y me quedé un rato acostado en el pasto, sobre una cama de hojas secas, al cobijo de los ocotes. Observé el azul profundo del cielo y las franjas de luz solar que se mecían entre las ramas al pasar del viento.
Desatendiendo las precauciones en los medios de comunicación, concerté una cita con Mariana esa misma noche.
***
A diferencia de mi abuela, a mí siempre me pareció más interesante ver hacia adentro que hacia afuera de un inmueble por sus ventanas. Espiar la vida íntima de la gente, descubrir sus manías, sus rituales ridículos. De adolescente, vivía en un cuarto piso y mi habitación dominaba un parque rodeado de edificios. Recuerdo cuando me fijé por primera vez en una vecina. La descubrí una mañana, asomado por la ventana, mientras miraba un combate de pájaros. ¿Alguna vez han visto uno? No hay nada igual. Ni siquiera las mejores batallas aéreas de las películas de guerra están a la altura de ese vuelo furioso. Es majestuoso ver unos gorriones en bandada que embisten planeando y se taladran picotazos como espadachines. Esa vez, si mal no recuerdo, la mamá pájaro no pudo defender los huevos de su nido. Terminó acorralada por tres copetones que los devoraron a fuerza de piruetas y estocadas feroces. Cuando acabó la pelea y la madre cantaba un triste réquiem, mis ojos ávidos buscaron otro divertimento. Pronto penetraron al interior de un tercer piso, donde una señora peinaba a una muchacha. De espaldas, sentada frente a un espejo oval, la jovencita esperaba mientras la señora (que por comodidad llamaré la tía) repasaba de arriba abajo una larga cabellera rubia que le venía de maravilla a esa piel tersa y canela.
Pocos días después me asomé por la ventana sin otra razón más que sacudir el tedio. Entonces vi a la muchacha delante de la tienda que estaba en el primer piso de su edificio. Así descubrí su nombre (Andrea), su edad aproximada (once o doce años), y comprendí por su horrible uniforme que iba a la escuela de monjas dominicas, no muy lejos del colegio militar donde cursé la secundaria y el bachillerato.
***
Mariana y yo nos encontrábamos en las noches. Venía a mi departamento entre las diez y las once. Tenía un chofer de confianza (quien, desde luego, se le había insinuado antes de volverse confiable). Era un don muy amigo de los policías del sector. Le pagábamos tres veces el precio normal del trayecto para que viniera a una hora precisa.
En su casa Mariana decía que tenía “cansancio extremo” y se iba “a acostar” temprano —lo cual era verdad a medias; no conocí a nadie con tal capacidad para dormir tantas horas de seguido. Luego entendí que esa era su excusa habitual para encontrarse con sus amantes y su mamá, que era la única persona a quien rendía cuentas, no se entrometía. Era uno de esos pactos tácitos entre madre e hija donde la hija puede romper las reglas siempre y cuando la madre no se entere. A ella solo le importa que yo esté bien.
Nuestras citas seguían un protocolo habitual: antes de salir, Mariana me escribía por Telegram, la única aplicación con chats cifrados. Yo seguía su ubicación paso a paso gracias al GPS, y jugaba a adivinar la ruta que tomaría el chofer cada vez. Se detenían en un semáforo, entraban al barrio por un desvío para evitar sospechas, me divertía verlos en la pantalla del teléfono, como puntitos que se mueven poco a poco hacia su destino final. Aunque a veces también me podía la impaciencia y me asomaba por la ventana a esperarla, inquieto.
Aparte del horario, nuestros encuentros tenían dos reglas : no hablábamos del virus y nos vestíamos especialmente para cada ocasión. Normalmente habría recibido a cualquier visita en piyama, pero la presencia de Mariana era una gran motivación para sacudirme del ostracismo moroso en el cual me había sumido la cuarentena, que además prometía extenderse. Ella elegía la bebida, que yo me hacía surtir de una tienda de abarrotes a dos calles de mi departamento. Por lo general tomábamos vino tinto pero a veces me pedía ginebra o vodka. De hecho, el licor jugaba un papel decisivo en nuestros jugueteos. El vino nos conducía poco a poco a un tantrismo clásico y sensual que culminaba con un orgasmo simultáneo e intenso. En cambio, los tragos fuertes abrían el camino del exceso: mordiscos, rasguños, golpes e insultos que cada vez se acercaban al frenesí salvaje. Una especie de ritual suicida donde buscábamos la pequeña muerte consumarla por completo.
Lo mejor era que teníamos todo nuestro tiempo; desde que decretaron el confinamiento la madre de Mariana, narcoléptica como su hija, no usaba ya despertador (casi nadie lo hacía) y “la niña” podía regresar de puntitas a las diez de la mañana sin ningún problema, pues su hermano menor la mantenía al tanto de cualquier eventualidad, que en realidad nunca ocurrió.
Una de las primeras noches estábamos tan ávidos que nos desfogamos sobre la mesa del comedor. Usé su bufanda de seda negra para amarrarle las muñecas y ahorcarla mientras se ponía de cuatro. Miraba fascinado el recorrido del hilillo de sudor que mojaba su nuca, le rodeaba los hoyitos de la espalda baja y luego se metía entre sus nalgas redondas. Al terminar, me erguí por completo estirando los brazos y me di cuenta de que había olvidado cerrar las cortinas de la sala. El departamento de enfrente seguía con la luz encendida. Estaba ocupado por una pareja de jóvenes más o menos de mi misma edad.
Creo que nos estaban viendo
Qué rico, déjalos –respondió Mariana mientras tomaba mi mano, la llevaba a su cuello y la apretaba con fuerza.
Más tarde en la noche estuve imaginando una espontánea llamada telefónica de Salvador, mi único amigo, o de algún excompañero del colegio, donde me preguntaban si era yo el que aparecía en cierto video de porno amateur. ¡Precisamente en esos días, que las visitas de los sitios pornográficos y el número de separaciones aumentaban exponencialmente según la prensa! Luego pensé en los pobres vecinos, aburridos del cuerpo de su respectiva pareja –que ya debían conocer de la A a la Z después de años de concubinato. Concluí conmigo mismo que nuestro exhibicionismo era una linda forma de solidaridad vecinal.
***
Todas las mañanas, religiosamente, mi abuela subía a la terraza. Regaba los geranios, las nomeolvides, extendía la ropa mojada y le daba de comer a sus tres zuros blancos. Solo un par de veces la acompañé en ese ritual, pues ella se lo reservaba como un placer solitario. Yo era un adolescente sin ningún interés en la vida más allá del fútbol, los videojuegos y la masturbación. Sin embargo recuerdo que el canto eufórico de las aves resonaba más que el volumen de la televisión cuando sentían los pasos de mi abuela trepar por las escaleras. Según mi papá, ella evitaba la compañía en la terraza porque ahí se arrumaba la ropa de mi difunto abuelo, pero yo descubrí que la realidad era otra. Lo hacía para hablar con sus pájaros.
Ese veinticinco de diciembre toda la familia había amanecido en casa de la abuela. Esa noche ningún niño concilia el sueño pensando en estrenar sus juguetes. Envuelto en una pesadilla, caminaba por la playa de la mano de Andrea cuando, de pronto, nos arrollaba un maremoto que me hizo despertar más temprano que el resto. Me sentía sin fuerzas y me dolía la cabeza, pero salí disparado hacia el árbol de navidad. Aunque las manos me sudaban a cántaros, no tuve problemas en destrozar ansiosamente las envolturas de mis regalos, los de mi hermano y los de mis primos grandes. Solo pensaba en estrenar la nueva consola que le había pedido al niño Dios en una carta mentirosa e idiota, y entonces escuché el canto de los zuros blancos. Estaba débil pero tenía los nervios crispados y el cuerpo me temblaba de emoción. El chillido de las aves se hizo cada vez más intenso, hasta resultarme insoportable. Una mezcla de curiosidad y fastidio me sobrecogió. Dejé mis nuevos juguetes en el suelo y subí a la carrera hacia la terraza.
Lo que vi al empujar la puerta metálica ocupa un vago umbral en mi memoria: una luz deslumbrante me abofeteaba el rostro, la abuela estaba de espaldas, su voz susurraba frases de cariño a los animales y las plantas, los platos en la jaula rebosaban de gusanos que se retorcían en horribles convulsiones. Entre la reminiscencia de la pesadilla, la fatiga acumulada, y la imagen de la cual no descubrí más que una parte, di un paso en falso hacia atrás y caí rodando por las escaleras.
***
Luego de tres semanas de citas furtivas, entendí (o creí entender) algo sobre Mariana. Deseaba forzosamente tener una mirada sobre ella. Como si necesitara percibir la fascinación de unos ojos ajenos para sentirse completa. Parecía no poder vivir de otra forma. Después de todo era actriz – sin mucho trabajo, es cierto, pero actriz al fin y al cabo. Por eso el maquillaje egipcio, por eso las faldas floridas, por eso los ligueros y esa lencería que se ajustaba perfectamente a las sinuosidades de su cuerpo exuberante. En las noticias se leía que los gobiernos de China, Japón y Corea del Sur habían empezado a monitorear la temperatura del cuerpo de la gente a través de una aplicación de smartphone que indicaba las probabilidades de que tuvieran el virus. En nuestro caso, pensé, habrían podido advertir un calor corporal con un origen más feliz.
–Hoy es viernes, hagamos algo distinto–propuso Mariana una noche que para mí no tenía nada de especial.
– ¿Algo como qué?
– A ver –dijo mientras echaba un vistazo a mi biblioteca y se detenía en un libro consagrado a la danza de Pina Bausch. – Ya sé. Hay un juego que se trata de actuar emociones….
–Pero si soy pésimo para actuar.
–Pues no seas pésimo. Escribir es actuar con palabras. Además no solo hay que actuar, también puedes hablar la lengua de los pájaros.
¿Qué?
Sí. Silbar, tararear o hacer ruidos expresivos para esculpir la emoción que elegiste. Así le decíamos en la escuela.
De repente la idea de Mariana se me antojó divertida. Propuse “la desidia” y con los ojos cerrados me acerqué al sofa para echarme en él pero en un gesto elegante Mariana me tomó de los sobacos con ambas manos y me mantuvo en pie. Luego alzó los brazos formando un óvalo y se fue alejando de espaldas en un cadencioso movimiento de ballet que era a la vez sutil y bello. Las lámparas semejaban una pintura de Rembrandt con su luz tenue. Se respiraba calma, tranquilidad en el aire, o eso pensé en su momento. De pronto se giró, pronunció la palabra “impaciencia” y me hizo un gesto con la mano para darme a entender que era mi turno pero, aunque quería, no logré moverme. Traté de dejarme llevar por el ambiente ritual y performativo del momento pero estaba bloqueado. Lo único que se me ocurrió fue silbar. Lancé un silbido tenue cuya intensidad fui aumentando gradualmente y después de un respiro hondo volví a empezar con toda la fuerza de mis pulmones. Mariana se acercó rauda y comenzó a trazar movimientos bruscos y repetitivos con sus brazos y piernas. El meneo de su cuerpo tenía algo de estrambótico; se veía extraño, inhumano. El ajetreo llegó a un paroxismo que casi me provoca miedo.
–¡Lujuria! –grité.
Entonces Mariana giró nuevamente, dio dos zancadas hacia la ventana, abrió las cortinas y dio media vuelta. Al fondo quedaron al descubierto los edificios de enfrente, los postes de luz, la luna creciente. El departamento de la pareja no solo tenía las luces encendidas sino las ventanas de par en par. Eso dejaba entrar el calor primaveral. Sonriente, Mariana se quitó el suéter de lana y los zapatos. Su blusa escotada de tirantes combinaba con el encaje de la falda violeta, que llegaba a la mitad de sus muslos torneados.
De pronto una cara se asomó por la ventana. Era la vecina, una joven delgada de cabello lacio, cara ovalada, y rasgos finos. También estaba maquillada. Recordé haberla visto antes en el restaurante que estaba al final de la calle. Me resultó curioso reconocerla apenas. Era una de las meseras. Se movía con desenvoltura de mesa en mesa y su amabilidad parecía genuina. Me hizo pensar en Pina, quien antes de convertirse en bailarina descubrió el encanto del histrionismo mientras trabajaba en el restaurante de su familia, en Solingen. Ahí comenzó a sorprender a clientes y colegas con su danza repentina, improvisaba movimientos con bandejas, platos y cubiertos que provocaban sonrisas y aplausos fuera de lugar.
Una dulce melodía de Chet Baker se dejó oír desde el apartamento de enfrente. Enseguida, la silueta del vecino vino a acompañar a la de su pareja. La música sonaba como una invitación. Mariana tomó su copa de vino de la mesa y le dio un trago largo. Luego se acercó moviéndose al ritmo del jazz y pasó su brazo por detrás de mi cuello para quedar colgada. La frotación de su piel a la mía me crispó por completo. Recibí la copa, vacié el resto de vino en mi boca y la puse sobre la mesita de metal que estaba a mi lado. Me incliné hacia ella y nos besamos. Mientras las lenguas se encontraban de nuevo, mientras encajaban una y otra vez me rondó una idea. No podía dejar de pensar en la mirada de los vecinos, en el morbo que debían estar sintiendo. Entonces entendí (o creí entender) a tantos amigos y conocidos que presumían a sus parejas constantemente y casi con impaciencia: no los impulsaba el sadismo del niño que alardea su juguete frente a otro que no puede tener uno igual. No. Necesitan sentir los celos, la envidia o simplemente el deseo de otros para apreciar mejor a su propia pareja. Ese deseo otorga una distancia, un alejamiento que es indispensable para entender cualquier cosa. Además evoca un respeto, confiere un poder y una consideración social que divierte, excita y colma la vida humana. Sin embargo, yo carecía de esa necesidad y trataba de evitar las miradas ajenas a toda costa. No quería la admiración ni la envidia de nadie porque temía que pronto se volcara en enojo y agresión. Mi propio juicio me era suficiente, me bastaba, hacía de mí un hombre reservado y egoísta.
El sonido del teléfono nos sobresaltó y rompió el conjuro evocador del instante. Era la policía, la voz ronca y severa de un hombre en la bocina. “Los vecinos se están quejando otra vez. Si no le bajan a su desmadre vamos a tener problemas”.
¿”Otra vez”? Están pendejos. –dijo Mariana.
La música ni siquiera es nuestra. –repliqué.
No hablo solo de la música. Respeten a la gente decente.
La cantinela de su última frase me quedó sonando en la mente mientras pensé de nuevo en el respeto. Colgué. Mientras tanto en el otro departamento noté que la luz ahora estaba apagada. Probablemente la pareja de enfrente estaba ahora en su propio divertimento. El juego había funcionado. Mariana cerró las cortinas y me condujo a la habitación. El saxo de Baker siguió sonando un buen rato todavía.
Al día siguiente hablé con Salvador. Me contó de un caso similar. Tenía unos vecinos que asomaban a los cuarenta años y todos los miércoles en la noche cogían en la sala con las luces encendidas y las cortinas abiertas. Salvador tenia una teoría. Según él no es que el hombre fuera impotente o la mujer una calentona; ambos necesitaban sentirse cómplices de otro para avivar su libido. Todo indicaba que el exhibicionismo era una práctica bastante común y había aumentado durante el confinamiento. “A la gente le gusta que la miren, los hace sentir importantes. Sobre todo cuando alguien está dispuesto a mirar”, concluyó.
Sin embargo, eso no respondía quién se había quejado con la policía ni por qué.
***
Eso le pasa por tomar tanta coca-cola. Es un veneno, me regañó mi abuela.
Ni siquiera pude responderle, pero habría querido preguntarle de qué estaba hablando con los zuros blancos. Mi papá y mi tío me cargaron a la habitación, llamaron a un médico que me puso una compresa en la cabeza, me dio unos analgésicos, una palmadita en la espalda y me ordenó dormir toda la tarde. La pesadilla que había quedado pendiente de la noche anterior reapareció fundida con ese instante en que mi abuela hablaba la lengua de las aves y del cual no recordaba casi nada. Justo antes de que el maremoto nos estallara encima Andrea me miraba y su boca empezaba a susurrar algo incomprensible para mí pero poco a poco sus murmullos se transformaban en otra cosa y de pronto estaba piando como un copetón, pidiéndome que nos volviéramos pájaros para escapar de ahí. Naturalmente, al despertar aquella noche, salté sobre mi consola nueva pero mi mamá me ordenó volver a la cama y tuve que aguantarme las ganas mientras mi hermano y mis primos se sumergían en la reconfortante alienación de los videojuegos.
Ese año me fui obsesionando con Andrea, a quien amaba desde lejos, como lo ordena el absurdo romanticismo puberto. Miraba por la ventana en las mañanas, antes de salir a la escuela, y pasaba la tarde esperando que fuera a la tienda o abriera las cortinas de su alcoba. Antes de las vacaciones, el colegio organizó una ceremonia de entrega de armas para los reclutas que cumplían su primer año de servicio militar. Después de los actos protocolarios, el sargento nos preguntó: ¿cómo van a bautizar su rifle de servicio, cadetes? El arma era una réplica de madera de un fusil G-3, de fabricación irakí, que me emocionaba y me hacía sentir como un soldadito de plomo. No es de asombrar que le pusiera “Andrea” a mi dichoso rifle.
Un domingo, mi papá me pidió que saliera por un pollo rostizado y una botella de coca cola de dos litros. Fui a la rosticería, sólo compré el pollo adrede para luego tener que pasar por la tienda. Por supuesto, nada me espantaba más que la idea de encontrarme a Andrea, pero mis actos de autosabotaje siempre han rendido frutos: ahí estaba, con un vestido florido, una balaka y sus cabellos rubios recién peinados. Mientras hacía la fila, delante de ella, me embargó un vértigo enorme y mis manos comenzaron a sudar. La bolsa plástica resbaló y el pollo rostizado con dos órdenes de papas a la francesa fue a dar a sus talones.
¡Qué tarado! Discúlpame.
Andrea se giró, me ayudó a levantar las bolsas y me esgrimió la sonrisa más hermosa del planeta.
No sería capaz de comerme un pollo…
¿Por qué?
Se parece demasiado a Waldo.
Mientras esperábamos en la fila, me contó que su tía (sí era su tía, como asumí en un principio) tenía un perico llamado Waldo y era como un integrante más de la familia. Aunque la comparación me pareció excesiva, aproveché para llevar la charla a un terreno más amable, le conté de los zuros de mi abuela y propuse que fuéramos un día a mirar los combates de pájaros al parque.
***
Por desgracia lo bueno dura poco y uno nunca alcanza a disfrutarlo bien. Una mañana nos despertamos más tarde de lo habitual (y hubiéramos seguido durmiendo de no haber sido por el vecino, que empezó unas clases de ukulele a todas luces destinadas al fracaso). Al comprobar la hora Mariana se espantó y salió de la cama de un salto. “¡Verga!, si no llego en diez minutos mi mamá me va a mandar a la chingada”. Llamé al chofer mientras ella se vestía a toda velocidad y me explicaba que le había prometido a su mamá ayudarle con las gestiones de una reunión familiar. Ni siquiera nos habíamos despedido cuando la vi agarrar su bolsa y salir por el umbral de la puerta. Enseguida me di cuenta de que había olvidado su cubrebocas en la mesa de noche. Lo tomé, me puse el mìo y corrí a entregárselo. Mientras cruzaba el corredor grité su nombre y llegué al momento justo para ver cómo la señora del cuarto piso, que subía las escaleras con más bolsas de mercado de las que podía cargar, tropezaba de lleno con Mariana, se iba de espaldas y se golpeaba contra la barandilla. Me acerqué tan rápido como pude para ayudarla, pero su grito chillón me mantuvo a raya. “ ¡Conserve su distancia, pinche menso!”, gritó la mujer. Aunque Mariana le pidió disculpas cien veces al tiempo que recibía el cubrebocas y seguía su camino, presa del pánico y la prisa, el daño ya estaba hecho. Los perros de todos los vecinos empezaron a ladrar, el bebé de los del quinto piso estalló en su cantinela insoportable, e incluso el ruido de los pájaros retumbó en el edificio. Tras la algarabía, varios chismosos asomaron sus cabezas y, para completar, aquellos que miraban por sus ventanas vieron a Mariana subir al coche a toda prisa y salir del vecindario. Los insultos no se hicieron esperar: “¡pendeja irresponsable!”, “¡viniste a contagiar al barrio!” “¿y ahora cómo le hago para volverlo a dormir?” El escándalo fue total y ahora la mitad del vecindario me odiaba. No solo habían visto a Mariana conmigo y me prohibieron (¿con qué derecho, me preguntaba yo?) sus futuras visitas. Además me acusaron ante la municipalidad de alterar el orden en la vía pública y poner en riesgo la salud de la comunidad. Las tensiones sociales de la contingencia sentaron un malestar generalizado y el incidente de Mariana fue la gota que derramó la copa. La realidad estaba perdiendo la cordura.
***
Con binoculares, refrescos y chocolates, Andrea y yo tuvimos que esperar al tercer picnic bajo la arboleda para presenciar un combate en el aire. Durante ese tiempo las hormonas habían hecho su labor y los besos franceses, que antes me resultaban asquerosos, llegaron a deleitarme gracias al movimiento suave y cadencioso de su lengua. Disfrutaba el sabor a chicle de frambuesa; me esforzaba por rozar los espacios insospechados de su boca que la hacían gemir suavemente y levantaban mi apetito. Cuando nos empezábamos a emocionar más de lo aconsejado en la vía pública, vi algo extraño con el rabillo del ojo. Uno de los pinos agitaba sus ramas y el silbido de los copetones era demasiado agudo para expresar alegría. Me desprendí de Andrea e inmediatamente tomé los binoculares. Al confirmar mi intuición, se los pasé para que lo viera todo en detalle. A poca distancia de nosotros se presentaba un choque entre dos parejas de gorriones. Una estaba sobre una rama delgada del pino, mientras la otra yacía en la punta del poste eléctrico, a un metro de distancia. El duelo ocurría con una simetría que yo ya había visto otras veces: primero una pareja se batía, luego la otra, como si fuera una coreografía. Las aves, erguidas, saltaban en franca lid y se picoteaban en el aire antes de regresar a sus respectivas bases. El compás era irreal, parecía un doble combate de esgrima. De pronto, una de las parejas, exhausta por las acometidas, cayó a unos pocos metros de nosotros. Al acercarme pude notar que sus patas estaban enredadas entre sí. Había un pájaro que dominaba claramente la batalla; le propinaba una picotiza despiadada al otro, que mantenía la cabeza gacha, los ojos cerrados y solo se protegía con eventuales aletazos, como un boxeador que mantiene sus puños pegados al rostro y está demasiado cansado para contraatacar. Atónita, Andrea miraba la pelea con una mezcla de horror y fascinación. Años más tarde habría de comprender que esa escena era la perfecta imagen del amor. La ilusión de un vuelo hermoso que se frustra y se desmorona, la angustiosa caída libre, las agresiones mutuas y el dolor inevitable.
***
Esa misma tarde una patrulla apareció frente al edificio. Como el timbre de mi departamento no funciona, tuvieron que gritar mi nombre para que saliera por la ventana y me expusieron una vez más al escarnio público. Asustado, les dije que me esperaran, me puse lo primero que encontré y bajé. Eran dos policías: una mujer bajita de rostro amable y su compañero, un cincuentón con apenas más bigote que Cantinflas y varios kilos de sobrepeso. La mujer me extendió un oficio y una multa.
No tengo dinero conmigo. Debo ir a un cajero.
Entonces va a tener que acompañarnos– respondió el policía.
¿En pleno confinamiento? ¿Está loco?
Si no quiere empeorar las cosas, le sugiero que se ponga el tapabocas que le va a entregar mi compañera y venga con nosotros. Además una vecina ha reportado varias veces que usted hace ruido en las noches y no deja dormir a la gente. Son ocho horas de detención preventiva.
Me di cuenta de que protestar no serviría para nada. Antes de subir a la patrulla, le eché un vistazo al vecindario. Era un hervidero. La gente observaba con saña, contenta de haber encontrado un chivo expiatorio. Miré hacia el edificio de enfrente, donde vivían los vecinos voyeristas. No se veía a nadie. Sin embargo, en el departamento de al lado, a través de la cortina, podía distinguir una silueta y ya me hacía a la idea de quién podía ser.
Al entrar en la pequeña estación de policía noté que contaba con pocas celdas y ningún protocolo sanitario contra la pandemia. Naturalmente, estaban en sobrecupo y cada calabozo tenía cinco personas en vez de dos. Al ingresar me hicieron llenar un formulario ridículo para saber si estaba enfermo (“¿ha presentado síntomas de neumonía en las últimas horas”?, entre otras joyas de la inteligencia médico-policial). Luego me abandonaron en una de las celdas, junto a un señor que no paraba de mirar su celular y un muchacho de unos diecinueve años que dormía plácidamente la borrachera en una esquina.
Esa tarde fumé siete cigarrillos (que pagué al triple del precio normal), soborné a un guardia para que me dejaran usar mi propio teléfono y llamé a Salvador para que hiciera honor a su nombre y a la amistad que nos unía. Tres horas más tarde recibí una caja con comida china de parte de “un primo” mío. Junto a la galleta de la fortuna había un fajo de billetes. Era suficiente para pagar los respectivos sobornos y la multa. Luego de pasar al puesto central de la estación, firmé un “compromiso de respeto a las normas de convivencia y contingencia sanitaria”. Tardé casi dos horas en encontrar un taxi autorizado para regresar a casa.
***
Un buen día me decidí a aceptar el desafío de Andrea, que varias veces me había retado a que le hiciera una visita nocturna. No puedo creer que un soldadito que quiere ser piloto y le gusta mirar peleas de pájaros le tenga miedo a las alturas, se burló una tarde. Eso ya era demasiado. Tenía que defender mi honor mancillado, así que accedí. Entonces me dijo que la esperara a medianoche frente a la fachada del edificio, del lado que daba hacia su sala. Contra todo pronóstico no tuve problema para salir a esa hora sin que lo notaran mis padres. Cuando Andrea se asomó pensé que me iba a decir que todo era una broma, que podía regresar a mi casa. Pero no. Lanzó un ancho cordel de sábanas blancas amarradas entre sí. Hizo un gesto de silencio con el índice y me animó a subir. “Apúrate, que alguien nos puede ver” musitó. Desde mi perspectiva, el segundo piso no parecía muy alto, pero a medida que fui apoyando los pies sobre los ladrillos y gané un poco de altura, el miedo me hizo sudar las manos, como la vez del pollo rostizado. Entonces pensé en el entrenamiento militar, en lo que dirían mis amigos del colegio si se enteraban de que me partí un brazo subiendo un par de metros. Puse todo mi empeño y tracé con fuerza mis zancadas hasta agarrar la mano de Andrea, que me dio el jalón decisivo.
La sala no tenía nada de especial aparte de un sillón de cuero muy elegante y una gran jaula de cobre en la esquina opuesta. El loro reposaba erguido, con sus garras bien aferradas al tubo y el cuello inclinado hacia un lado. Waldo es uno de los pocos loros que no habla, solo silba un poco cuando tiene hambre o mientras duerme, como si roncara, me susurró al oído Andrea. Al sentir su boca tan cerca de mi oreja tuve una erección casi involuntaria y la miré. Esa madrugada, ya de regreso en mi cama, recordaría la oscuridad, el miedo de que nos descubriera su tía, la calentura al contacto de nuestras pieles y sobre todo los chillidos de dolor y goce, la lucha, la sangre hirviendo entre sus piernas y mi pelvis. Concluiría que crecer duele y la primera penetración es tan extraña como el primer beso con lengua.
¿Podemos quedarnos en la sala?, le pregunté.
Claro, mi tía duerme como un lirón, me respondió Andrea, mientras se sacaba las tirantas del vestido y me mostraba su delicado cuerpo desnudo.
***
En cuanto llegué a casa sentí que algo andaba mal. “Está intenso el asunto”, dijo el taxista al ver la escena. Me puse el cubrebocas, pagué y me bajé. Un bullicio inusitado agitaba toda la calle. La gente discutía de una ventana a otra. Los pocos que se agrupaban al pie de los inmuebles gesticulaban y se gritaban entre ellos. Por encima de todas las voces se escuchaba el silbato del guardia, que en lugar de acallar a la muchedumbre encendía la mecha de su rabia. Me giré para pedirle al taxista que llamara a la policía, pero sólo oí el rechinar de las ruedas cuando arrancó. Tomé mi teléfono y me dispuse a marcar yo mismo pero me frenó la voz del vecino del ukulele, que me señalaba. “Usted tiene la culpa”, gritó. Lo esquivé rápido y caminé hacia la entrada con la única intención de subir a mi departamento y ponerme a beber hasta perder la conciencia. Al llegar a la fachada me enteré de que “la viejita del tercer piso, la mirona”, era la primera contagiada del barrio y sería cuestión de semanas antes de que el virus se propagara. Entonces dirigí mis ojos hacia el departamento de los vecinos de enfrente, que naturalmente estaban asomados, pero no solo me ignoraron sino que inmediatamente se metieron y cerraron sus ventanas. Tal vez temían que los vincularan conmigo, pensaban que me había contagiado o simplemente ya no les servía mi mirada, ahora que estaba solo. No tenía caso. Lo importante era que lo nuestro había acabado antes de empezar y lo asimilé en el acto. Entonces, con el pecho lleno de pánico esquivé a varios vecinos agolpados en la entrada mientras iba respondiendo que ya había pagado mi multa, que en la estación estuve aislado y protegido, y que Mariana no volvería nunca más.
Esa noche, cuando el ruido cesó y el efecto del vino abrió paso a la tregua melancólica del sueño, pensé en mi abuela. Entendí por qué se quedaba contemplando el paso del tiempo en aquellas tardes eternas.
Hoy puedo mirar por la ventana en silencio, solo como ella, y observar el combate de los pájaros. A veces trato de hablarles, pero a mí no me escuchan.
La actual es una de esas épocas donde la interpretación es en gran parte reaccionaria, asfixiante.
Susan Sontag, Contra la interpretación
Irónicamente todo empieza por la imagen, la mayoría de nuestros recuerdos son representados por instantáneas; las cosas que hemos vivido, los secretos de familia, nuestros momentos de felicidad y los días que estuvimos contra las cuerdas, ese cúmulo de vivencias conforman un montaje, una serie que habitamos en el momento donde ni siquiera el deseo asiste, pero ahí están, una y otra vez para recordarnos lo que fuimos.
Sin embargo, en el caso de la fotografía, la imagen, más que revelar de manera tácita, no hace sino cuestionar quiénes somos. Las respuestas se encuentran justo en el punto de quiebre: la manera en que el instante fue capturado se transforma en un muestreo sobre el tiempo y espacio. Tomar fotografías nos permite comprender un contexto particular, pero en ocasiones igualmente crear fantasías. De esta mezcla surge el montaje de la “verdad” sobre nuestra civilización.
Lo que denominamos como civilización nos ha enseñado una fantasía maniquea que nos marca desde la infancia. Sin embargo, la sensibilidad permite que se intuya que más allá de esa ilusión, de las metáforas sobre el bien y el mal, existe algo que en la vida adulta reconocemos como ético y como siniestro. Susan Sontag, cuyo nombre de niña era Susan Rosenblatt, comprendió la diferencia gracias a la fotografía —de nuevo, la imagen y su verdad— que visibilizaba los horrores de la condición humana. Con tan solo doce años, pudo observar un libro cuyo tema e imágenes visibilizaba lo acontecido en el holocausto1. Casi treinta años después, diría: “¿Qué es la humanidad? Es la cualidad que las cosas tienen en común cuando se las ve como fotografías”.2
El responder —o por lo menos intentar hacer algo— ante la crueldad y el sufrimiento de la humanidad condicionaron de manera definitiva la carrera literaria de la mente más prolífica y brillante del siglo XX, la única capaz de reflexionar respecto a cómo sobrellevar las innumerables dolencias sociales, así como las personales, en general los instantes border que revelan la realidad.
Desde el 2006 no la hemos visto más, su pensamiento es lo que nos permite tener un asidero ante la continua falta de ética en las formas de mandato, al mismo tiempo que nos sitúa ante los intersticios de la vida social, aquellas fisuras donde una serie de imágenes dan cuerpo a la vida, a las prácticas, a las diversas formas de sentir dolor, a las cuerpas con sus sexualidades e incluso a sentir el instante estético como la única llama capaz de cauterizar —por lo menos unos instantes— la corrosión de la enfermedad y sus metáforas, de la metástasis que han ocasionado el capitalismo salvaje, el miedo al otro y la supremacía dentro del cuerpo social.
Metáforas precoces
A quien hoy reconocemos con el nombre de Susan Sontag, el arte en su totalidad la hizo renacer más allá de lo que pudo vislumbrar en su infancia. Nació un 16 de enero de 1933 en un suntuoso edificio en el oeste de Manhattan, sus padres Jack Rossenblat y Mildred Jacobsen, eran judíos nacidos en Estados Unidos, —en realidad de una rama de emigración más antigua que la mayoría de los intelectuales judíos estadounidenses— de clase media alta, ya que Jack se dedicaba al comercio de pieles en China, motivo por el cual la pareja vivió algún tiempo en China. Entre viajes de Nueva York a China, en 1935 nació Judith. Susan y su pequeña hermana quedaban al resguardo de la familia de Jack.
De acuerdo a Benjamin Moser —biógrafo de Sontag— Mildred era realmente hermosa, Susan le veía parecido con Joan Crawford; sin embargo, en los relatos de ambas hermanas se encuentra la idea de que era una madre ausente. En uno de los viajes, cuando la autora de EL benefactor (1963), contaba únicamente con cinco años, su padre perdió la vida a causa de una tuberculosis que lo aquejaba tiempo atrás de su boda con la despampanante Mildred; sin embargo, ninguna de las dos lo sabrían hasta meses después3.
De entre las cosas que podemos decir sobre la trayectoria literaria de Sontag, una resulta sobresaliente y es el hecho de que llevó la no ficción —el ensayo sin más— a terrenos donde su lucidez intelectual se mezclaba con el deseo, con los terrores nocturnos o el miedo a quemarlo todo, pulsiones adquiridas desde la infancia.
Para quienes hemos perdido a nuestro padre, o a ambas figuras, sabemos los innumerables tropiezos que esto constituye en nuestra propia escritura. Si bien se elige la negación, en el momento menos propicio, una esquirla saldrá de entre la piel, su propia tragedia eclipsará para siempre lo que pudo ser un ensayo personal publicable. Si acaso la vanidad es incontenible y da lugar a describir desde la primera persona, y no desde el personaje, la profundidad de la herida, de manera simplista, definitivamente estaremos ante el peor error y lo pagaremos con horas sin sentido de autoconmiseración.
Sontag, más que ser una escritora contenida, sabía perfectamente contemplar su dolor, enfrentarlo, incluso contraponerlo frente al arte, de manera que la experiencia quedara mezclada con la propia, acción que le permitía observarse de cuerpo entero y asumir dentro de su reflexión la realidad infranqueable. Sin duda, la pérdida de su padre, así como sus múltiples conflictos provocados por la relación inestable de su madre, fue una de sus tantas perturbaciones, pero esperó el momento oportuno para decantarla incluso una vez que ella misma pasó por el momento límite de saberse enferma.
En una época donde la cuerpa comenzó a edificar su reino, Sontag condensó el dolor —propio y de millones de personas— en una serie de ensayos donde desmitificó el sentido social de la enfermedad, que no es sino una zanja profunda llena de terrores, injusticias, así como de estigmas que invisibilizan lo verdaderamente importante y humano, el dolor de los enfermos.
En el momento en el que habla de cómo socialmente nos encontramos divididos entre enfermos y sanos, sostiene el hecho de que se producen una serie de fantasías y relatos contra las enfermedades más atemorizantes de finales del siglo XIX y después el XX, es decir, la tuberculosis, el cáncer y después el Sida, como lo expone en La enfermedad y sus metáforas (1978):
Mi tema no es la enfermedad física en sí, sino el uso que de ella se hace como figura o metáfora […] Dos enfermedades conllevan, por igual y con la misma aparatosidad, el peso agobiador de la metáfora: la tubercolusis y el cáncer[…] Aunque la mitificación de la enfermedad siempre tiene lugar en un marco de esperanzas renovadas, la enfermedad en sí (ayer la tuberculosis, hoy el cáncer) infunde un terror totalmente pasado de moda. Basta ver una enfermedad cualquiera como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, si no literalmente, contagiosa.4
Como lo argumenta el ensayista neoyorquino Phillip Lopate “Lo importante cuando escribimos sobre la infancia, es trasladar nuestro punto de vista psicológico de cuando éramos niños, no el limitado registro verbal que teníamos entonces”5, Susan estaba hablando del dolor de su padre, a quién ya casi no recordaba y cuya tumba le costó mucho trabajo encontrar al mismo tiempo que reflexionaba sobre el sentirse en esa ciudadanía de segunda que constituía la enfermedad. Pero, ¿cómo es posible hablar de las grandes pérdidas sin un pixel de nuestro autorretrato? ¿Qué clase de escritora pasa por sus propias experiencias y sin lágrimas, sino por el contrario con un denso escrutinio hacia la sociedad?
Uno de los primeros ejercicios que le ayudó a condensar las dolencias y pulsiones fue el ser una incansable escritora de diarios. El primer cuaderno que utilizó fue comprado en Tucson, en la esquina de Speedway y Country Club, su madre había decidido instalarse un tiempo ahí para aliviar los ataques de asma que Sontag sufría desde muy pequeña.
En ese lugar desértico, no solo comenzaría a explorar su prolífica escritura íntima, sino que conocería a quien sería su padrastro y de quien adoptaría su apellido —de acuerdo con Moser, la decisión la tomó con el fin de no ser reconocida abiertamente como judía y con eso parar el acoso escolar—, Nat Sontag, un excombatiente con quién su madre se casaría el 10 de noviembre de 1945. Quizá sin pensarlo, Susan comenzó a ensayar su voz sus pensamientos y a verter cada una de las partículas que iban conformando los cimientos de esta magna edificación intelectual.
Con tan solo diecisiete años, Susan estaba segura de que su lugar no se encontraba al lado de su madre, el dolor que sentía ante su propio contexto la sacaba una y otra vez de la definición de una adolescente de clase media normal, como puede observarse en la siguiente entrada de su diario:
25/12/48
Estoy casi al borde de la locura. A veces —creo— (con cuanto cuidado escribo estas palabras) —hay momentos fugaces (que vuelan tan rápido) cuando sé con la certeza de que hoy es Navidad que estoy tambaleante al borde de un precipicio sin fondo— ¿Qué me pregunto, me conduce al desorden? ¿Cómo puedo diagnosticarme a mí misma? Todo lo que siento, del modo más inmediato, es la más angustiosa necesidad de amor físico y compañía mental —soy muy joven, y quizá supere el aspecto preocupante de mis ambiciones sexuales— francamente no me importa […] Mi necesidad es tan abrumadora y el tiempo, en mi obsesión, tan breve.6
Esas obsesiones eran lo que contrastaba al mismo tiempo con la “alta cultura” a la que desde muy temprana edad tuvo acceso. Por supuesto que quién escribe ese fragmento —impulsivo, incluso naïf como toda escritura adolescente— es una joven que todavía no reconocía la sensación de saberse deseada, de ser leída en decenas de idiomas, incluso de ser referente en diversos productos de la industria cultural estadounidense como Critters, también en la cultura mexicana, como fue el caso de Fantomás, la amenaza elegante (1975) —de entre cuyos guionistas se encontraba Gonzalo Martré—, era en definitiva una joven escritora en ciernes con una sed absoluta de libertad y pensamiento crítico.
En el recorrido, la siguiente metáfora precoz sería la experiencia del matrimonio, con el sociólogo Philip Rieff y posteriormente la de ser madre. De acuerdo al testimonio de su propio hijo, David Rieff e incluso de su hermana en el documental Regarding Susan Sontag (2014), ambas experiencias llegaron de manera intempestiva y siendo muy joven, con tan solo dieciocho años, simplemente estaba dentro de una habitación que no le correspondía. En sus diarios incluso existe una pausa de casi dos años y no es hasta su estancia en París en la Sorbona, que vuelve a emerger, no solo con una mayor agudeza, sino que denota una mayor ansiedad de probar, leer y escucharlo todo.
Más allá de la habitación
Ocho años después se divorció. Fue entonces cuando las proyecciones de su escritura en ciernes dieron paso a una carrera prolífica. Desde luego que junto con la crianza, esa carrera resultaba agotadora y muchas veces frustrante. De la habitación, logró mudarse a un departamento para ella misma, un espacioso lugar para habitarse. En muchos sentidos, David produjo otras formas de habitación, incluso en las formas en que ella misma comprendía la imaginación infantil y el deseo de tener un compañero, como lo sugiere la siguiente entrada de su diario:
14/1/57
David anunció ayer, cuando lo estaban disponiendo a dormir,<<¿Sabes lo que veo cuando cierro los ojos? Siempre que cierro los ojos veo a Jesús en la cruz>>. Es hora de Homero, creo. La mejor manera de desviar estas mórbidas fantasías religiosas individualizadas es abrumarlas con el impersonal baño de sangre homérico.7
Regresar entonces a las imágenes primarias para condensar el sufrimiento de la civilización occidental, de alguna forma esa fue la fórmula que Susan utilizó para casi cualquier mal del mundo, una forma incluso más sofisticada en cuanto a tratamiento que la de la propia Hannah Arendt; puesto que todo comienza por las imágenes, hay que regresar al origen para percibir la falla o comprender la discontinuidad.
Luego de la publicación de El benefactor (1964), misma en la que tardó casi cuatro años de escritura con David en sus piernas, como lo argumenta Michelle Dean en Agudas, mujeres que hicieron de la opinión un arte (2019)8, su vida se tornó absolutamente prolífica y hay que decirlo, glamorosa. Harper´s, The New York Times, cenas en Manhattan y toda clase de aventuras con las mujeres y hombres de la cultura pop de la década de los sesenta y setenta la llevaron a otro piso.
Siempre he pensado que en el fondo era algo no solo que disfrutaba, sino que era absolutamente liberador, una manera de tener control y equilibrio sobre su historia, así como sus propias ideas y capacidad intelectual. Para alguien que no nació en un círculo intelectual o artístico y que tuvo que forjarse a sí misma su derecho de piso, el contar con un sinfín de referencias, gustos e incluso un absoluto poder de decisión, definitivamente tenía que significarlo todo. Incluso en su célebre ensayo Notas sobre lo camp (1964), podemos perfilar el hecho de que Susan comprendía perfectamente a Tomas Mann, a Gide, a Adorno, al mismo tiempo que comprendía —y disfrutaba— de la estética gay, la moda, el consumo masivo, las piezas de casi mal gusto, de manera que podía incluso crear un diálogo entre ambas condiciones, sin tener que renunciar a ninguna.
Sería en su segundo libro, el ya canónico Contra la interpretación, de 1966, donde la ensayista nos propone dejarnos guiar por nuestros propios sentidos, tirar por completo las interpretaciones que nos alejan de la verdadera experiencia estética —al final la que vale es la personal— y dejar que la obra nos hable, tal y como la fotografía presenta, incluso en su propia reducción, una de las tantas verdades sobre nuestra cultura. Los cruces que logra entre la cultura popular y el arte recrean la cartografía no solo de su mirada, sino de su gusto, una estructura incluso más cercana a la de Roland Barthes y por supuesto a la Pierre Bourdieu.
Pero los hallazgos y los deseos siguen: la aventura entre su vida amorosa, su ir y venir de París a Nueva York, y su lucha por no dejarse vencer ante nada, como en esa célebre ocasión cuando puso a Norman Mailer en su lugar, pidiéndole que simplemente le dijera escritora y no “dama que escribe”, como se observa en el documental Recordando a Susan Sontag (2014). Junto con sus libros de ficción, incluso En América(1999), mismo que le valió el National Book Award en el 2000, Susan Sontag nunca dejó de ponernos al límite de la situación, principalmente de ponerse discursiva y corporalmente al mismo nivel.
Cuando se dice que una obra de arte “es su contenido”, me parece que en estos momentos no hemos salido de esa imagen, aquella donde yo me paro de cara a la obra y espero a que me diga algo, que me cuestione, incluso me haga sentir incómoda. Pero la crítica no siempre llega a ese momento, no siempre ofrece argumentos certeros acerca de lo que esa obra le dijo a quién escribe, sino que en un instinto heteropatriarcal ostenta lo que desea que las espectadoras veamos, lo cual no es del todo malo si esa pluma cuenta con suficiente estilo —el estilo, como los detalles son decisivos, ya lo vemos con Susan y sus textos en publicaciones incluso de moda— pero si la situación es desafortunada, no estaremos sino frente a un edificio cuya fachada se está derrumbando y no permite que entremos, por lo que somos testigos de su final.
Las metáforas persisten
En medio de todavía la exaltación por el 11 de septiembre de 2001 y con muchas cosas todavía por decir, Susan Sontag no pudo vencer su tercera lucha contra el cáncer y tras un trasplante de médula fallido, finalmente muere en el frío invierno de 2004 en la otra parte de su corazón geográfico, Nueva York.
Desde su partida hemos sido testigos de una obra que no envejeció mal, por el contrario, sus preguntas, su honestidad y la serie de listas sobre sus intereses, todavía nos atraviesan de la misma forma en que su mirada atravesó las cámaras más deseadas del siglo XX, incluyendo la de Annie Leibovitz, su última pareja. Sus pulsiones son tan importantes que no podríamos reconocer plenamente su tren de pensamiento sin la lectura de sus diarios, pero existe una certeza de que no podría desvanecer las metáforas sin su lucidez.
Este 28 de diciembre, a un año más de la muerte de Sontag, mientras una enfermedad cumple al mismo tiempo un año de haberse expandido por el mundo, no haré sino tirarme a contemplar el techo mientras visualizo las metáforas que se construyen diariamente afuera de mi departamento.