La Ciudad de México, la tres veces fundada —su primera advocación está en aquella rodeada de lagos: México Tenochtitlan; la segunda comenzó el 13 de agosto de 1521, el día de la rendición de los mexicas; la tercera, cuando el Ejército Trigarante entró en la ciudad, el 27 de septiembre de 1821—, ha crecido a lo largo de los siglos hasta ser inabarcable para sus cronistas y sus caminantes, quienes han ensanchado tanto sus fronteras que hasta el nombre administrativo que llevaba desde 1824 se desvaneció en 2016 para dar paso al actual, más sonoro, reconocible y asaz estridente, como sus propias calles.
En 1975, año del conejo, según el horóscopo chino, murieron el generalísimo Franco y el compositor Dmitri Shostakóvich; México organizó los juegos Panamericanos y Bobby Fischer cedió su título de campeón mundial a Anatoly Karpov; se estrenó Pantaleón y las visitadoras y Monty Python and the Holy Grail, y One flew over the Cuckoo’s Nest ganó el premio Oscar a la mejor película. Y Bohemian Rapsody, estrambóticamente sonora, se escuchó por primera vez.
En México se vivía la cruda de 1968 y del “Halconazo de 1971“; en estados como Guerrero, la persecución policiaca y las muertes eran moneda constante, mientras la nacional se devaluaba cada día más, y Francisco “el Bondojo” Fernández jugaba, junto a Pablo Larios y el “Harapos” Morales, en el Zacatepec, equipo al que dirigiera, décadas antes, el insigne Nacho Trelles. La colonia que le otorgara el hipocorístico —la Bondojito, al norte de la Ciudad, nombre de una especie de nopal— celebraba, ese año, el debut de Fernández en la primera división, pero en sus calles también se comentaba la tragedia que había cimbrado la mañana fría de un lunes de octubre.
Durante el siglo XX convivieron los tranvías impelidos por fuerza animal con los transportes de vapor y electricidad, este último estableció su primera línea en 19001. Antes, en 1857, el primer tranvía impelido por el aliento de cuadrúpedos tristes, había establecido su ruta desde el Zócalo hasta La Villa. En este vehículo, los habitantes de la Ciudad pasaban sus horas decimonónicas, y hasta nuestros días han llegado fieles retratos de su cotidianidad. Escribiera Manuel Gutiérrez Nájera:
Yo, sin embargo, paso las horas agradablemente encajonado en esa miniaturesca arca de Noé, sacando la cabeza por el ventanillo, no en espera de la paloma que ha de traer un ramo de oliva en el pico, sino para observar el delicioso cuadro que la ciudad presenta en ese instante. El vagón, además, me lleva a muchos mundos desconocidos y a regiones vírgenes. No, la ciudad de México no empieza en el Palacio Nacional, ni acaba en la calzada de la Reforma. Yo doy a ustedes mi palabra de que la ciudad es mucho mayor. Es una gran tortuga que extiende hacia los cuatro puntos cardinales sus patas dislocadas. Esas patas son sucias y velludas. Los ayuntamientos, con paternal solicitud, cuidan de pintarlas con lodo, mensualmente2.
En las décadas finales del siglo XIX, los tranvías se habían organizado en la Compañía de Ferrocarriles del Distrito Federal que agrupaba más de tres mil mulas y seiscientos carruajes de pasajeros, quienes recorrían doscientos kilómetros de vías. Para el año de 1917, la Ciudad de México tenía setecientos cincuenta mil habitantes, y los tranvías eléctricos, que llevaban apenas diecisiete años operando, tenían ya catorce líneas y un entramado de trescientos cuarenta y tres kilómetros de vías, lo que supone más del cincuenta por ciento de la actual red del metro.
Estos datos podrían darse en cualquier otra ciudad del mundo y darían cuenta del progreso y modernización de una urbe. Sin embargo, cuando menos en los que atañen a nuestra ciudad, estas cifras llevan a considerar el contexto político: en 1917 Venustiano Carranza llega al poder y se firma la Constitución, hasta ahora vigente, con lo que comienza el fin de la Revolución Mexicana.
Es decir, eran años en donde la sangrienta rebelión había trastocado la realidad capitalina. La pobreza, la hambruna y el valor devaluado del peso eran el pan —o el palo, para citar a Don Porfirio— de cada día. Aunado a esto, el crecimiento de la población supuso que la demanda del servicio de transporte aumentara, y con ello las utilidades para los concesionarios de los tranvías: la México Electric Transway Co., de origen inglés, y que tenía sede en Londres y una filial en Canadá3. En 1911, los operadores de los tranvías comenzaron a manifestarse en contra de las condiciones laborales a las que las empresas extranjeras los sometían. Francisco León de la Barra, presidente interino ante la renuncia de Díaz, respondió a las demandas por medio de la represión. No obstante, el movimiento de los transportistas tuvo réplicas en 1916, 1922 y 1946. En 1916, en particular:
(…) un grupo de personas aprovechó la oportunidad para improvisar los primeros autotransportes urbanos de pasajeros del país: colocaron sobre un chasis que disponía de motor de combustión interna una plataforma de madera con bancas y en algunas ocasiones toldo. La presencia de estos nuevos medios de transporte tuvo un efecto inmediato sobre el conflicto laboral: debilitó la presión de los tranviarios sobre las actividades de su huelga4.
Así comenzó la pugna por el transporte. Ante una Ciudad que se multiplicaba en sí misma y en la que convivieron tranvías eléctricos, mulas y camioneros; se erigieron los intereses políticos de la minoría oligárquica que, con la daga en el cuello de los trabajadores, velan por sus intereses.
El 24 de noviembre de 1932, a las cinco de la tarde, se llevó a cabo una ceremonia para despedir el “Tranvía de mulitas de ‘Granada’”, que daba servicio a un par de cuadras al nororiente del zócalo capitalino. La invitación decía:
Para despedir cariñosamente a este humilde y leal trenecito, que sirvió al público durante muchos años, se efectuarán solemnes honras fúnebres […] en la terminal de las calles de “Granada”; de allí será conducido el interdicto a su última morada.
Invitamos a Ud. atentamente a que asista a los funerales.
Los Dolientes
Se suplica abstenerse de enviar ofrendas florales.
Antes de que la fauna compuesta por “Delfines”, “Ballenas”, “Cotorras” y “Cocodrilos” se adueñaran de las calles, la población mexicana había crecido de forma exponencial, y el servicio de tranvías estaba en desventaja en cuanto a la demanda en comparación con la de los camiones. El dos de enero de 1946 se nacionalizó la empresa de tranvías, lo que resultó en:
(…) una fórmula mixta en el transporte urbano de pasajeros: la concesión privada más el subsidio y la intervención estatal directa en la prestación del servicio. Los depositarios de la primera fueron los camioneros agrupados en la Alianza de Camioneros, en tanto el Estado participó a través de la empresa descentralizada Servicios de Transportes Eléctricos del Distrito Federal6.
Así nacía el “Pulpo Camionero”, y con él, el monopolio del servicio de los camiones que desplazó a los tranvías y no dejó que creciera la red de los trolebuses que se había introducido en la década de los cincuenta. Con la ciudad desbordada por su población, la demanda creciente y la oferta rebasada se hizo necesaria una nueva alternativa.
El Grupo Ingenieros Civiles Asociados (ICA) presentó al gobierno del infame Gustavo Díaz Ordaz el plan para construir un tren metropolitano, como en otros países del mundo. A partir de estas negociaciones, el 4 de septiembre de 1969 se inauguró la primera línea del Metro, con dieciséis estaciones —de Zaragoza a Chapultepec— y casi trece kilómetros de longitud. En los siguientes años, hasta 1972, se amplió la Línea 1 hasta Observatorio; se construyó la Línea2 de Tacuba a Taxqueña, y comenzó la primera etapa de la Línea 3, de Tlatelolco a Hospital General. A partir de la última ampliación de estos años —la de Tacubaya a Observatorio—, el Metro dejó de expandirse. El comienzo del declive económico mexicano, el crecimiento de la deuda, el contexto político y las acciones federales fueron los obstáculos que detuvieron las obras del Sistema de Transporte Colectivo Metropolitano.
(…) la determinación de congelar la obra del Metro no fue un simple acto de racionalidad económica, sino que pasó también por la esfera política. Los camioneros tenían una cuota de poder y constituían un interlocutor político obligado (…) nacional; este poder era tal que permitió que Rubén Figueroa Figueroa, presidente de la Alianza de Camioneros, fuera designado candidato del PRI y posteriormente electo gobernador del estado de Guerrero (1975-1981). El gobierno capitalino tuvo que negociar con los camioneros y tolerar sus condiciones para mantener el funcionamiento del transporte citadino7.
El gobernador Figueroa, quien fuera secuestrado por el Partido de los Pobres en 1974, durante su campaña política, y nombrara a Acosta Chaparro8 como Director de Policía y Tránsito, fue también señalado por golpear a la Autónoma de Guerrero y por hacer que el mar escupiera muertos. Transportista y oligarca, logró que el transporte concesionado y manejado por la Alianza, de la que él era presidente, tuviera una presencia predominante en la capital, al grado que su apoderado legal, Octavio Sentíes, fue nombrado como Regente del Distrito Federal, y la expansión del Metro se detuviera seis años.
El Metro, que naciera en el papel con el decreto publicado en el Diario Oficial de la Federación, el sábado 29 de abril de 1967, comenzaba a ser parte de la vida de la Capital.
Sin embargo, apenas algunos años después de su inauguración, el 20 de octubre de 1975, el tren número 10 descargó la inercia de su andar contra de la retaguardia del tren número 8, en la estación Viaducto, de la Línea 2.
Oficialmente se reportaron 26 muertos y 69 heridos. Y el conductor del desafortunado tren, un joven de apenas veintidós años, Carlos Fernández Sánchez, fue el receptáculo de toda culpa. No podía ser de otro modo: el sistema nunca falla. El “error humano” fue la causa de la tragedia y le acarreó al operador una pena de catorce años de prisión y una multa de casi trece millones de pesos, según la sentencia del juez Juan Verniz. Así lo relata el periodista Luis Guillermo Hernández, quien ha contado esta historia como nadie:
(…) una Comisión Especial, conformada por el Procurador Horacio Castellanos Coutiño, el director del Metro, Jorge Espinosa Ulloa, y el secretario general de gobierno del Distrito Federal, creada por orden del presidente Luis Echeverría, encontró un único culpable, en apenas 5 días.
Quien busque los expedientes perdidos de la tragedia del Metro, tras 33 años de olvido, es posible que sólo encuentre silencio. Muchos de los protagonistas han muerto. Otros se perdieron de la mirada pública.
En el Archivo General de la Nación, que resguarda los archivos oficiales de la presidencia de Echeverría, no hay documentos relacionados con el caso. En el Archivo Histórico de la Ciudad de México, donde debía estar el expediente penal completo del conductor, sólo hay un oficio, del tamaño de media hoja carta9.
Los medios informativos —que, salvo honrosas excepciones, siempre han estado al servicio del mejor postor— cubrieron ampliamente la nota, y dejaron constancia de que el único culpable fue el joven Fernández Sánchez. Sin embargo, Héctor Manuel Zavala Bucio presentó Crónica de un silencio (1984). Zavala Bucio era el encargado de la prensa del Sindicato de Trabajadores del Sistema de Transporte Colectivo en 1975, y había declarado después del accidente que este había sido producto de la fatalidad. En el testimonio posterior, Zavala Bucio afirma que:
Poco más tarde llegó Adán Camacho, solicitando la presencia de todos en la Sala de Plenos, y la mía, en su privado, a donde acudí predispuesto a recibir la reprimenda por mi incumplimiento y a exponer mis disculpas.
—¿Y el comunicado ? —me preguntó Adán—. Espero que no lo hayas dado a conocer […] Ven, vamos con los demás, necesito que me ayudes y me apoyes para echar marcha atrás sobre lo acordado ayer; nos podemos emboletar y meternos en broncas gratuitas; ya analicé anoche las cosas y es mejor callar, flaco, es mejor guardar silencio […]
No recuerdo textualmente su discurso, pero, entre otras cosas, externó la propuesta de no declarar como sabotaje el incidente de Viaducto y respaldar las declaraciones de las autoridades de la Ciudad […] Confesó haber estado en contacto con algunos funcionarios, quienes le recomendaron e hicieron entender que era menester establecer cautela en toda declaración o agravar la consternación, sobre todo de carácter técnico, para evitar brotes de pánico o agravar la consternación ciudadana10.
En el mismo tenor, Siempre! publicó un artículo en donde se daba cuenta de los peritajes que especialistas de la UNAM y del IPN habían hecho. El joven Carlos Fernández Sánchez, quien tuvo como defensa al joven licenciado Jesús Zamora Pierce, había quedado a merced de la sevicia gubernamental y del servilismo del sindicato.
En los peritajes se decía que las causas del accidente habían sido “concurrentes, si una de ellas no se hubiese presentado, el alcance […] no habría ocurrido”. Estas causas fueron: un error en el diseño de las señales luminosas; un exceso de trenes en la línea; una falla en la comunicación radiotelefónica; una falla de señalización o una falla del sistema automático, y una falla en el frenado11. Es decir, al joven, del que solo se sabe que salió de la cárcel en los ochenta y nunca más se le volvió a ver, se le imputaron los cargos, la culpa y se le cargaron “todos los muertos”.
En el corrillo de la Ciudad se hablaba de un sabotaje, de un accidente premeditado que hiciera que las autoridades pusieran atención en el desarrollo y mantenimiento del Metro. Un año después del accidente se instauró el pilotaje automático, que, dicen, era lo que se buscaba.
La Ciudad no es una. Sus habitantes son incontables como también las historias que se cuentan de su transporte. Recordemos a los cronistas que dejaron por escrito en las últimas décadas del siglo XX los sinsabores del caminante. José Agustín y José Emilio Pacheco dejaron cuentos sobre el Metro y sus laberintos. En la colonia Bondojito todavía hay quien habla de los dos hermanos, del futbolista y del operador. Al primero, el corazón lo traicionó a los treinta y siete años; al segundo, un país gobernado por corruptos lo mandó a chirona y, con ello, lo despareció de la historia de esta Ciudad.
Pero, en verdad, ¿quién no está demente, melancólico, loco?,
¿quién no es un enfermo mental?
Robert Burton, Anatomía de la melancolía
Es difícil determinar con exactitud por qué algunas personas o cosas nos atraen más que otras. Dentro de esta incógnita que, en mi caso, mezcla historia propia y contexto social, la atracción a los libros, que son mitad persona y mitad cosa, es una categoría aparte. Hay libros que existen para interpelar a algunas pocas personas. Hay otros que son planetas gigantescos que pasan a través de los siglos creando séquitos inesperados de asteroides. La espesa Anatomía de la melancolía, escrita en el siglo XVII, me ha causado una atracción quasimetafísica desde hace años, cuando supe por primera vez de ella entre las páginas de otra obra de la excentricidad, Vida y opiniones de Tristram Shandy, Caballero. Robert Burton escribe sobre melancolía para evitarla, pues dice, no hay mejor leña para la hoguera del sufrimiento que el ocio. La depresión es un océano de dolor, tan grande y profundo que es indescriptible si estás dentro. Burton se rehúsa a nadar en esas aguas y opta por observarlas desde un faro altísimo, compuesto de citas, conjeturas, descripciones y anécdotas eruditas.
Anatomía de la melancolía. El nombre mismo es hipnótico.
La sola misión de conseguir el libro me resultó significativa: la traducción más fácil de conseguir es un compilado de greatest hits[1]y no el libro completo, que sólo está publicado en español, en toda la magnificencia de sus 474 páginas, por la Asociación Española de Neuropsiquiatría.
La materia prima de este ensayo viene de sus páginas, en las que me he movido siempre guiada por una libromancia melancólica.
*
Es difícil determinar con exactitud por qué algunas cosas nos atraen más que otras. Por ejemplo, en la botica de un monasterio, como llevada por una fuerza sobrenatural, me quedé mirando una piedra color tierra dulce, que, supe poco después, era calcedonia. Según la ficha que la acompañaba, esta versátil hija del sílice “expulsa los malos pensamientos causados por la melancolía” y refrena la libido cuando se pone en la parte donde se toca el sereno. Más allá de que sólo puedo intuir quién es el sereno y dónde se toca, la otra mitad de la prescripción me pareció perfecta y necesaria.
*
Intenté escribir sobre depresión. Recién había leído varios libros del tema. Me sentía lista e informada; incluso me inventé fuertes y controversiales opiniones, como debe ser. Luego erré entre muchos borradores que intentaban mezclar épocas y conceptos pero que nunca tocaban de lleno el tema. Como la calcedonia en el monasterio, se apareció la melancolía y no me dejó ir. Seguramente tiene que ver con algún tono antiguo del término, que, con toda una historia que remite a cumbres borrascosas y poetas mirando la noche, seduce a lo que queda de mi yo romántico del pasado. ¿Del pasado? El alejamiento temporal, el matiz literario del término, lo acientífico, también ayudan a crear una distancia que la mucho más ominosa palabra “depresión” no tiene. Tan próxima, tan tangible, tan gris y sin poesía.
La palabra melancolía es, en parte, una protoforma de nombrar a la depresión. Visto desde una perspectiva moderna, aquello de lo que habla Burton en su obra no encaja tal cual en el concepto clínico contemporáneo.[2] El Nuevo Demócrito, pseudónimo de Burton, caracteriza ese mal por la presencia de “temor, tristeza y delirio sin fiebre”, pero a lo largo de sus páginas, un desfile de personajes históricos, reales y ficticios, demuestran formas distintas de locura, que definitivamente están más cerca del delirio que de una desesperanza incapacitante. Por otro lado, mis primeras exploraciones del laberinto de la Anatomía me llevaron a reafirmar unas de mis concepciones de ese entonces: Burton habla de la depresión como una falla de origen en los individuos. Apoyándose en la teoría de los cuatro humores que componen al hombre, dice que aquellos que tengan demasiada bilis negra están condenados a la melancolía. ¿Cómo llegamos a esa acumulación de bilis? Además de una propensión natural, las causas son de lo más variadas: designio de los dioses, una mala jugada del zodiaco, alimentación desbalanceada, mal de amores, estreñimiento. Si bien el mal de amores y el estreñimiento sí pueden llegar a dar un bajón de proporciones considerables, el designio de los dioses y el zodiaco ya no parecen una explicación suficiente para nada. Por otro lado, pensé en ese entonces, la traducción de la bilis negra a nuestra época es la teoría de la baja producción de serotonina.[3] Si un día me vuelvo loca como Ignatius, protagonista de La conjura de los necios que decide ver el mundo contemporáneo como si del medievo se tratara, comenzaré a creer que me deprimo por mi exceso de bilis negra a causa de un castigo divino, pero que no pasa nada, porque me curo cada vez con mi reserva de calcedonia y escribiendo sobre melancolía. Hay algo de cierto en ello. Por ahora, aún asentada (más o menos) en la realidad, me tengo que conformar con las mil explicaciones que rodean al hecho de que nos deprimimos cada vez más sin necesidad de la comanda de algún dios antropomórfico. A casi 10 años de mi primera lectura, la Anatomía ya no me resuena igual en este llamado a pensarnos desde nuestra “química” (no estoy segura de cómo llamar a los humores) y, por tanto, como solitarixs portadorxs de nuestros males. Curioso que la “enfermedad de nuestro tiempo”, y principal causa de incapacidad según la OMS, se siga pensando como un problema individual, y, a menudo, un tema tabú. Tampoco creo ya en esa satisfacción que me daba, paradójicamente, atribuir a la falta de serotonina mis depresiones.
*
El DSM-5, Manual Diagnóstico y Estadístico de Trastornos Mentales, es el quinto vástago de la Asociación Estadounidense de Psiquiatría, que actualiza periódicamente este volumen de oprobiosa historia. Hojear sus 900 páginas de clasificaciones, me puso a pensar cómo sería un test a la Burton para diagnosticar melancolía. A continuación un primer acercamiento a una lista de síntomas de la sección del libro en la que Burton afirma que la tristeza es ingrediente inseparable de la melancolía.
-Lxs melancólicxs se enojan con todo.
-A pesar de que ríen de vez en vez, o se sueltan a series de carcajadas y sonrisas, regresan luego a la miseria.
-En cuanto abren los ojos, después de sueños terribles, inquietos, sus corazones apesadumbrados empiezan a suspirar.
-Las cosas pasadas, presentes o futuras, el recuerdo de alguna desgracia, las pérdidas, daños, abusos, etc. les atormentan y se reavivan, como si se hicieran de nuevo.
-Lxs melancólicxs, ven agresiones y ofensas en cada esquina.
-Lxs melancólicxs se animan y desaniman en un instante.
-Lxs melancólicxs son apasionados en extremo y lo que quieren lo buscan con frenesí.
-Lxs melancólicxs no persiguen nada porque no tienen ánimo para pararse siquiera.
-Lxs melancólicxs se enamoran en exceso.
-O, por el contrario, le temen férreamente al amor.
Amantes de los extremos. Visto así, lxs melancólicxs podemos ser todxs. O casi.
*
Burton dice que hay dos tipos de melancolía en el mundo. La melancolía en disposición y la melancolía en hábito. De la melancolía por disposición, esa que va y viene, que responde a la tristeza, al temor, la enfermedad, la muerte, se dice que no puede ser evadida. “Nadie es tan sabio, nadie tan feliz, nadie tan paciente, tan generoso, tan divino, tan piadoso, que pueda defenderse”. La melancolía en ese sentido es inherente a ser humanx. La melancolía peligrosa es la que se vuelve hábito: una enfermedad crónica o continua. No toda tristeza es depresión, incluso cuando es profunda. En ediciones previas del DSM, existía algo llamado “la excepción del duelo” que evitaba un diagnóstico de depresión, aunque los síntomas coincidieran con los marcados en el DSM, a quienes hubieran perdido a alguien cercano.[4] El periodo de un duelo normal era, inicialmente, de un año. Luego, en la siguiente edición del DSM, de 3 meses. Después, dos semanas. Finalmente, la excepción del duelo desapareció, en parte porque presentaba una pregunta difícil de hacer: ¿por qué solo la presencia de la muerte resulta una circunstancia razonable para que el dolor profundo exista y se extienda en el tiempo? ¿Dónde empieza lo patológico y qué es solo una emoción humana normal? O diría quizás Burton, ¿dónde habitamos la melancolía por disposición y dónde la volvemos hábito?
*
En la época de Burton existía la creencia de que los acordes del universo, originados en los astros, regían con su música a los seres vivos. Por ello, ciertas melodías podían influir de manera determinante a las personas, y había una correspondencia entre cada uno de los cuatro modos musicales, mixolidio, dórico, lidio y frigio, con los cuatro humores. En el caso de lxs melancólicxs, propensos al exceso de bilis negra, el modo frigio contribuía a su enfermedad. Por ello, se recomendaba a lxs que adolecían de este mal que se mantuvieran alejados. El problema era que lxs melancólicxs, entonces y ahora, se sentían irremediablemente atraídos hacia ese modo, y en vez de obedecer la prescripción de música más alegre que revitalizara su ánimo, se encontraban imantadxs por aquello que sólo contribuía a su desequilibrio de humores. Y quién va a juzgar a esxs melancólicxs del pasado si en los peores momentos de dolor pocas cosas me parecen más bellas que la voz aterciopelada de Chet Baker llorando por enamorarse tan terriblemente fuerte que el amor no dura, en vez de recurrir al reggaetón que podría sacarme de mis momentos más bajos a fuerza de caderazos y guarradas. Ah, el placer de remover la tristeza y hacerla gloriosa con ornamentos que le vayan bien.
*
Es difícil determinar con exactitud por qué algunas cosas nos atraen más que otras. Dice la narradora de Entre los rotos, de Alaíde Ventura: “No puedo explicar con precisión qué cualidades tiene la tristeza que me resulta tan atractiva… en especial entre nosotros, los rotos… Es difícil mirar la tristeza y no pensar: Aquí yo puedo hacer algo. Se abre una ventana de posibilidades.” ¿Qué buscamos cuando nos atraen las fisuras del otrx? ¿Consolarnos a través de ellxs? ¿Sentirnos comprendidxs o menos anormales? ¿Cumplir nuestro complejo de salvadoras, de cuidadoras por designio social? Un espejo que podamos romper.
*
Una nota que casi podríamos llamar optimista emerge de vez en vez entre las líneas del Nuevo Demócrito: la melancolía es la emoción más propicia para el pensamiento. Mejora la comprensión del hombre (para Burton, sólo hay hombres) más que ningún otro humor. Adelanta sus meditaciones más que cualquier bebida. Pienso en el propio inicio del libro, la ya mencionada declaración de que escribe sobre melancolía para no caer en ella. Las melancólicas vamos por la vida tratando de evadir la irresistible atracción que ejercen los planetas oscuros, con su fuerza vertiginosa. Como Burton, gravito en torno a aquellas cosas que acarician mis dolores, y las medito y amaso hasta que dejan de ser sufrimiento, y se vuelven materia de cambio. Quizás, como el personaje de Entre los rotos, mi deseo de arreglar cosas rotas, de arreglarme, es el centro real de la atracción centrífuga.
*
Lxs melancólicxs nos preguntamos constantemente si lo somos por hábito o por disposición, aunque cada vez creo menos que la depresión sea una identidad o que pensarse desde ahí haga algo más que dificultar el abandono del hábito. Quiero cambiar del soy al estoy. Quiero pensar que toda melancolía es por disposición.
*
En esta anatomía incompleta no puede faltar el final bellísimo y melancólicamente luminoso del Nuevo Demócrito. No todo es desamparo, ni siquiera para lxs habituales de lo oscuro. El consejo, tan vigente entonces como ahora, es doble: haz algo, toca a alguien; no abraces la soledad ni abandones la mente a sus divagaciones destructivas:
Tened esperanzas, infelices.
Dichosos, tened precaución.
En esos días en que me cuento entre lxs dichosxs, lo hago siempre desde esas líneas; en los que la melancolía por disposición amenaza con volverse hábito me recuerdo que somos (soy) menos melancólicxs cuando somos con lxs otrxs. Mi Anatomía seguirá siendo un planeta en torno al cual gravitar, mi ejemplar, que reposó por un par de años en una repisa, a lado de un filodendro que no para de extenderse y, bajo mi descuidado riego, moja todo a su alrededor. Moho. Sus orillas están llenas de polvo negro. Dicen que ese es incurable y peligroso, y que es mejor deshacerse del libro. Me rehúso.
[1] De esta edición saco las citas: Anatomía de la melancolía, Alianza editorial, 2008. La traducción es de Ana Sáez Hidalgo, Raquel Álvarez Peláez, y Cristina Corredor.
[2] Jesús Ramírez-Bermúdez, Depresión, la noche más oscura, publicado por Penguin Random House en 2020
[3] Para explorar el papel que tiene la serotonina en la depresión, y sus alcances reales, recomiendo el libro de Jesús Ramírez-Bermúdez, Depresión, la noche más oscura, publicado por Penguin Random House en 2020, así como el de Johann Hari, Lost Connections: Uncovering the Real Causes of Depression – and the unexpected solutions, Bloomsbury, 2018. Johann Hari es enfático al afirmar que los factores sociales y vivenciales son mucho más relevantes que la química cerebral o la predisposición genética y avoca su libro a analizar las “desconexiones” que llevan a la misma. Ramírez-Bermúdez afirma que: “el estrés social es quizá el factor más importante en la formación de los estados depresivos, pero esto no sucede más allá del cuerpo humano, sino en un individuo que tiene cuerpo, emociones, pensamientos.”
[4] Johann Hari, Lost Connections: Uncovering the Real Causes of Depression – and the unexpected solutions, Bloomsbury, 2018.
Hospital psiquiátrico de St. Louis, staff e internas. Fotografía por St. Louis Water Department. Wikimedia Commons
El día que trajeron a Pauline Moser al manicomio, escuchamos unos gritos desgarradores y una chica irlandesa, vestida a medias, vino tambaleándose por el pasillo como como si estuviese borracha al tiempo que gritaba: “¡Viva! ¡Tres hurras! ¡He matado al diablo! Lucifer, Lucifer, Lucifer…” y así sucesivamente, una y otra vez. Se arrancaba mechones enteros con la mano, mientras gritaba a todo pulmón: “Vaya que engañé a los diablos. Siempre dicen que Dios hizo el infierno, pero no lo hizo”. Pauline le ayudaba a cantar las más horribles canciones y juntas convertían aquel lugar en un verdadero infierno. Después de que la chica irlandesa estuvo ahí alrededor de una hora, el Dr. Dent entró y mientras caminaba a lo largo del pasillo, la Srta. Grupe le susurró: “Ahí viene el diablo, ve por él”. Sorprendida de que le diera semejante instrucción a una mujer disparatada, esperaba ver a la frenética criatura correr directo hacia el doctor. Por suerte no lo hizo, pero comenzó a repetir su mantra de “Oh, Lucifer”.
Después de que se fue el doctor, la Srta. Grupe trató de provocarla de nuevo diciendo que la pintura del trovador colgada en la pared era el diablo y la pobre criatura comenzó a gritar: “Maldito diablo, te daré tu merecido”, hasta que dos enfermeras tuvieron que sentarse encima de ella para contenerla. Al parecer, incitar a las pacientes para que cometieran actos atroces era una fuente de entretenimiento para los cuidadores.
Siempre intenté hacerle ver a los doctores que estaba sana y pedía que me dieran de alta, pero mientras más me empeñaba en convencerlos de mi cordura, más dudaban de mí.
—¿De que sirve que haya doctores aquí? —le pregunte a alguno de ellos, cuyo nombre no recuerdo.
—Para cuidar a los pacientes y poner a prueba su sanidad —contestó.
—Muy bien —le dije—, hay dieciséis doctores en esta isla y, a excepción de dos, nunca he visto a ninguno prestar atención a los pacientes. ¿Cómo puede un doctor juzgar la sanidad de una mujer tan solo dándole los buenos días y negándose a escucharla cuando suplica por su libertad? Incluso las enfermas saben que no sirve de nada decir algo, pues les responderán que es su imaginación.
Les insistí a otros doctores: “Hágame todas las pruebas y dígame, ¿estoy loca o no? Pruebe mi pulso, mi corazón, mis ojos; pídame que estire el brazo, que mueva los dedos, como lo hizo el Dr. Field en Bellevue; y luego dígame si estoy cuerda”. Pero creían que estaba delirante, así que no me prestaban atención.
De nuevo, le dije a uno de ellos:
—No tienen derecho a mantener gente sana como prisioneros en este lugar. Yo estoy cuerda, siempre lo he estado y debo insistir en que me hagan una examinación completa o que me liberen. Varias de las mujeres aquí adentro también están cuerdas. ¿Por qué no pueden ser libres?
—Están locas —fue su respuesta— y padecen de delirios.
Tras una larga plática con el Dr. Ingram, me dijo:
—Te voy a transferir a un pabellón más callado.
Una hora más tarde la Srta. Grady me llamó a la sala y, tras llamarme por los nombres más viles y profanos que una mujer es capaz de articular, me dijo que tenía suerte de salvar mi pellejo al conseguir que me transfirieran, pues de otro modo se las hubiera pagado por haberle contado todo a detalle al Dr. Ingram.
—Maldita mujerzuela, se te olvida tu lugar, pero no se te olvida decirle nada al doctor.
Después de llamar a la Srta. Neville, que también fue transferida amablemente por el Dr. Ingram, la Srta. Grady nos llevó al pabellón de arriba, el No. 7.
En el Pabellón 7 están la Sra. Kroener, la Srta. Fitzpatrick, la Srta. Finney y la Srta. Hart. No noté que las trataran tan mal como en el piso de abajo, pero las escuché hacer comentarios sañosos y amenazas, torcer los dedos y abofetear a las pacientes revoltosas. La enfermera nocturna, que se llama Conway si no mal recuerdo, es bastante irascible. En el Pabellón 7, si cualquiera de las pacientes poseía algún objeto modesto, pronto lo perdían. Todas debían desvestirse en el pasillo, frente a su propia puerta y doblar su ropa y dejarla ahí hasta la mañana siguiente. Pedí permiso para desvestirme en mi cuarto, pero la Srta. Conway me dijo que si alguna vez me atrapaba haciendo un truco así, me daría un motivo por el cual arrepentirme.
El primer doctor que vi aquí, el Dr. Caldwell, me acarició el mentón y como ya estaba cansada de rehusarme a decirle dónde estaba mi hogar, tan solo le hablaba en español.
El Pabellón 7 podría parecer un lugar decente a los ojos de un visitante ocasional. Sus paredes están repletas de cuadros baratos y tiene un piano, presidido por la Srta. Mattie Morgan, que en otra época estuvo en una tienda musical en la ciudad. Ha estado en el manicomio por tres años. La Srta. Mattie ha estado entrenando a varias de las pacientes para cantar, con algo de éxito. El artista del pabellón es Under (pronunciado Wanda), una chica polaca. Cuando quiere demostrar su talento, es realmente una pianista prodigiosa. Lee la música más difícil de una sola mirada y la manera en la que acaricia las teclas es perfecta.
En domingo se les permite asistir a la iglesia a las pacientes más calladas, cuyos nombres son elegidos por los cuidadores a lo largo de la semana. Hay una pequeña capilla católica en la isla, donde también se realizan otros servicios.
Un “inspector” vino un día y acompañó al Dr. Dent haciendo las rondas. En el sótano se toparon con que la mitad de las enfermeras se habían ido a cenar, dejando a la otra mitad a nuestro cargo, como solía hacerse siempre. Dieron órdenes inmediatas de traer a las enfermeras de vuelta a sus deberes hasta después de que las pacientes acabaran de comer. Algunas de las pacientes quisieron decir algo de la falta de sal, pero las enfermeras lo impidieron.
El manicomio de la Isla de Blackwell es una ratonera humana. Es fácil entrar, pero una vez adentro es imposible salir. Tenía en mente hacer que me internaran en los pabellones más violentos, la Cabaña y el Retiro, pero una vez que obtuve el testimonio de dos mujeres sanas, decidí no poner en riesgo mi salud (y mi cabello), así que no actué de manera violenta.
Ya hacia el final me habían aislado de todos los visitantes, así que cuando vino el abogado, Peter A. Hendricks, y me dijo que algunos amigos estaban dispuestos a hacerse cargo de mí si prefería estar con ellos en lugar del manicomio, no tardé en dar mi consentimiento. Le pedí que me enviara algo de comer en cuanto llegara a la ciudad y luego esperé con ansias mi liberación.
Esta llegó más pronto de lo que esperaba. Estaba fuera, formada en línea, tomando un paseo y justo me había percatado de una pobre mujer que se desmayó mientras las enfermeras intentaban forzarla a caminar.
—Adiós; me voy a casa —le grité a Pauline Moser, mientras pasaba de largo acompañada por una mujer de cada lado.
Con tristeza me despedí de todas las personas que conocía mientras las pasaba de camino a la libertad y a la vida, mientras ellas se quedaban atrás condenadas a un destino peor que la muerte. “Adiós” le susurré a la mujer mexicana. Me llevé los dedos a los labios y le envié un beso en señal de despedida, y de este modo dejé atrás a mis compañeras del Pabellón 7.
Anhelaba con ansias salir de este horrible lugar, pero cuando llegó el momento de mi liberación y supe que caminaría bajo el cielo abierto de nuevo, hubo un cierto dolor en irme. Por diez días fui una de ellas. Aunque algo ilógico, me parecía extremadamente egoísta dejarlas con su sufrimiento. Sentí un deseo quijotesco por ayudarlas con mi presencia y simpatía. Pero tan solo por un momento. Las barras cedieron y la libertad me supo más dulce que nunca.
En un abrir y cerrar de ojos ya me encontraba cruzando el río y acercándome a Nueva York. Una vez más era una chica libre tras diez días en el manicomio de la Isla de Blackwell.
Mi esposo nos ha abandonado, ¿pero cómo se lo explico a mi gato? Quark mira por la ventana a los zanates revoloteando en el árbol de junto. Ese gato es listo y puede notar que algo anda mal, pero ¿será capaz de entenderlo?
El último dron de carga levanta el restirador de Mario y desaparece por el techo retráctil; sigue en el aire la fila de drones que han desmantelado una parte considerable de esta casa. Las paredes del estudio, ahora vacío, han comenzado a descomponerse. Pronto serán compostadas para que el resto de la casa pueda crecer, si es que eso aún es posible.
Lo que queda de Mario es su gabardina sobre mi silla, algunos libros y una grabación almacenada en mi memoria, porque una conversación de cien horas, dispersa entre varias semanas, no fue suficiente para hacerme entender que nuestras vidas estarían mejor separadas.
Cada que abro su mensaje, una alerta informa que mi supresor de emociones está activado, pues no seré capaz de experimentar el momento por mí misma. Es por eso que está activado el dispositivo.
Me muevo por la casa, abro las ventanas con un pensamiento. Quark mueve las orejas, y llamo su atención encendiendo y apagando la luz en progresión rítmica. Adoptamos al gato cinco años antes del accidente. Ahora, más de un año después de ese día, siento que ha transcurrido una eternidad.
¿Pudo Quark anticipar la partida de Mario? Incluso antes que yo notara los pequeños cambios en su rutina, la distribución sesgada de sus pasos sobre el piso, la probabilidad condicional de sus afectos, la desviación estándar de sus “te amo”. Las señales antes que me dijera que no veía un futuro conmigo.
Un avión pasa sobre la casa, siento disminuir la luz sobre los paneles solares del tejado. El tronido de las turbinas aumenta hasta forzarme a apagar mis ojos y mis oídos. Las puertas se abren con fuerza, pero nadie entra.
Tal vez nunca fue buena idea controlar una casa con el cerebro de una mujer muerta, aun si los filtros recortan las filosas deltas de mis miedos, aunque diga: “lo siento”, cada vez que asusto a las visitas.
Pero Quark no teme. Con los ojos cerrados, estira su cuerpo bajo un intenso rayo de sol; el contorno de su pelaje es un muro de fuego.
Una alerta aparece en mi campo virtual de visión: “El supresor de emociones está activado. Si desea percibir el rango normal de emociones, elija desactivar para una mejor experiencia”.
Sin notarlo, reproduzco el mensaje de Mario. Su rostro y torso aparecen torpemente. Puedo ver que está sentado en mi silla, por lo incómodo que parece.
—No sé cómo empezar esto —dice Mario—. Me ha atormentado tanto tiempo y creo que llegó el momento de partir. —Pasa una mano por su rostro, de pronto parece diez años más viejo—. Desde el accidente, las cosas han sido confusas, más para ti que para mí. Los doctores y técnicos nos mostraron esta opción, y tú elegiste tomarla. Sabíamos que no sería lo mismo, que no serías la misma persona. —Mario desvía la mirada, conteniendo el llanto. Quark salta en su regazo, y él sonríe con tristeza mientras lo acaricia—. Hablo ahora porque te encuentras dormida, en un ciclo que has adoptado aunque no cumpla ya una función orgánica en ti.
Dormir es una forma de mostrarle cuánto me importa: no permanecer consciente. El resto del tiempo divido la frecuencia de mi reloj para percibir un mundo más cercano al suyo.
En el video, Mario calla, mira al techo en busca de signos que delaten mi vigilia. Recorre con los ojos la que fuera mi habitación, donde se apilan las placas en criogenia con las rebanadas de mi cerebro, mi espina y parte de mis intestinos.
En mi campo visual externo, noto que Quark ha saltado sobre mi silla, frota su cabeza contra la gabardina de Mario. He olvidado alimentarlo. El despachador automático echa un puñado de croquetas, y Quark camina hacia su plato. El alimento y el agua no serán problema para Quark. El problema, a pesar de mis atenciones, será su soledad y su falta de entendimiento de la ausencia.
—Todo ha sido tan distinto —continúa Mario— que nuestras conversaciones parecen un intento de contacto entre diferentes especies.
Lo que sigue de la grabación lo he visto más de quince mil veces en la última hora estándar. Mario se levanta, besa en la frente a Quark y deja su gabardina sobre la silla, donde yo solía sentarme cuando aún tenía un cuerpo. Se despide de mí con una sonrisa que me recuerda al Mario que me acompañó los últimos días de mi borrosa existencia pasada.
Quark termina de comer y mira a su alrededor, notando mi presencia entre la fibra óptica y los repetidores. Activo su ratón de juguete y lo hago dar vueltas por el comedor. Veo sus pupilas dilatadas a la espera del siguiente movimiento súbito.
A veces puedes saber si hubo una separación por la cantidad de tráfico aéreo sobre las casas. Pero la mayoría de las separaciones toman tiempo, subliman los techos y agrietan las paredes, y todo lo que experimentas es una ligera y constante incomodidad.
Parte de mi cerebro reside en la nube, otra parte está dispersa entre cientos de microcontroladores. Sin embargo, sigo siendo humana. Lo extrañaré.
“Ha desactivado el supresor de emociones. Si experimenta molestias, seleccione la opción deseada en el menú”. Ignoro el mensaje y abrazo a Quark con todo mi ser.
Las paredes y ventanas crecen. Y aunque una parte de mí se ha marchado para siempre, mi casa es más grande ahora de lo que era antes de conocerlo.
Sé que estaremos bien, aun en su ausencia.
El ajedrez es un juego tan siniestro y personal de Hugo Roca
“¿Qué le pasa a tu hijo?”, pregunta la amiga de mamá
“Es un niño misterioso”, y la voz de mamá suena etérea, despreocupada, casi alegre, pero al fondo del sonido (sonido tan parecido a una risa breve), hay algo, una especie de vibración oscura, que me revela la filtración del temor en su alma.
Mamá decide llevarme con una terapista. Yo tengo ocho años. Llego a una casa grande en la colonia Del Valle con un jardín poblado por conejos grises. Conejos gordos, tímidos y rápidos. Me recibe una mujer joven. Al fondo del jardín, a la derecha, hay un pasillo con un arenero que termina en una puerta metálica blanca. La mujer joven se llama Laura. Le calculo 30 años.
La voz de Laura es extraña: una voz inconclusa. Comienza con claridad las palabras, pero el sonido no acaba, o por lo menos no acaba convincentemente; se esconde, algo oculta, y resulta falsa la última vibración antes de desvanecerse.
Y siento instintivamente que esta mujer de sonido mutilado miente.
Tras la puerta metálica blanca hay un cuarto con alfombra peluda roja en donde juego con Laura. Algunos juegos me incomodan: los que involucran palitos y debo agruparlos por colores iguales u ordenarlos según sus distintos tamaños. Estos son los juegos iniciales, que duran 20 o 25 minutos. Luego Laura me hace preguntas.
Pero yo no le digo Laura. Evito su nombre como si fuera veneno, y, sobre la marcha, debo improvisar con el lenguaje para evitar tener que pronunciarlo. La expresión de mis ideas, al nunca ir dirigida hacia ella —al evitarla—, resulta enigmática y ambigua, como si le hablara al vacío. Y ese es el mejor escenario: la ambigüedad y el enigma. El peor escenario es la repetición involuntaria de sonidos.
El terror y la parálisis.
Soy un niño tartamudo.
“Yo te digo por tu nombre, ¿por qué tú no me dices Laura?”.
Mi tartamudez viene y va, por rachas.
“Porque usted es la maestra”, pronuncio la frase con voz fría y rápida, una nítida frase fluida, que fluye desde un sentimiento muy cercano al desprecio.
Cuando se trata de defenderme, de justificar mi comportamiento, hablo perfectamente. Si debo proteger mi intimidad, la tartamudez desaparece.
Para mí no puedes ser Laura porque es falso tu sonido.
Es lo que siento, pero no es lo que digo. Por eso son tan incómodas mis conversaciones con Laura. Ella quiere saber lo que siento. Está obsesionada con la necesidad de conocer mis sentimientos. Me dice que es su trabajo.
“Tengo que saber lo que sientes para poder ayudarte”.
Y la palabra ayuda desencadena mi desprecio.
¿Por qué esta mujer cree que tiene que ayudarme?, ¿por qué mamá cree que esta mujer tiene que ayudarme?
Y reproduzco en mi cabeza un fragmento de lo que Laura dice:
Tengo que saber lo que sientes.
Mamá y Laura me creen anormal, un niño enfermo. La clave para saber por qué creen eso al parecer está en lo que siento
Son privados mis sentimientos.
Nunca, nadie, podrá acceder a ellos. Ni siquiera mamá. Son invisibles los mundos que me interesan; son mundos secretos. Y son invisibles los sentimientos; los sentimientos son mi secreto: el secreto que me permite existir en mundos invisibles. Si yo intentara explicarle a Laura lo que siento, estaría traicionando la naturaleza privada de mis sentimientos. Los estaría trasladando a atmósferas —ideas, palabras, conversación— a las que no pertenecen. Y ahí morirían asfixiados.
Las preguntas que se desprenden de esta idea me aterran: una vez dentro de la cabeza de Laura, ¿qué les pasaría a mis sentimientos?, ¿qué ocurriría con mis sentimientos si de pronto existieran en la voz increada (y chillona) de Laura? Sería como hundir a un pájaro en agua. Me aterra la idea de que a mi secreto acceda una desconocida, una bruta cualquiera.
¿Quieres, Laura, saber lo que siento? Lo único que voy a hacerte sentir es mi desprecio.
Una opción es el silencio: reaccionar ante sus preguntas con miradas mudas. Pero eso levantaría muchas dudas; dudas que le darían la razón a mamá, a Laura y al motivo de esta terapia. Dudas que me harían quedar como un niño completamente raro, anormal, enfermo, inadaptado. El silencio es una carta mala en este momento.
Sin la posibilidad del silencio (primera opción de mi desprecio), opto, entonces, por la mentira.
Mentir es la solución a todos mis problemas: Me impone la necesidad de hablar (y hablar me hace parecer normal), mantiene protegidos mis sentimientos e, indirectamente, también expresa mi (velado) desprecio.
Mientras Laura no descubra que miento, creerá que progresa, que es una gran terapista, que poco a poco ha ido penetrando en mi corazón.
Estúpida.
Yo tengo un reto: mentir con destreza, mentir fino, convertirme en maestro de la mentira. Es un reto que me fascina. Aunque surge el gran problema (y es un problema que se ha repetido a lo largo de mi infancia):
Soy un niño tartamudo.
Mi paladar no tiene defecto, tampoco mi lengua. Es mental el problema. A veces mi sonido es incapaz de ir a la misma (frenética) velocidad con la que avanzan mis ideas. Entonces mi sonido se tropieza. Se traba y permaneces trabado, en repetición obsesiva, mientras mis ideas ya dieron dos o tres vueltas. Mis ideas no son indulgentes con el sonido que las representa; nunca lo esperan. Crueles y altivas, lo dejan tirado. Y entonces queda huérfano mi sonido. Abandonado. Y para destrabarse, para liberarse del
humillante estado de parálisis en que ha quedado, busca con desesperación la salida de cualquier ruido fácil. Lo busca sin la intervención de las prepotentes ideas (a las que sirve) que lo han olvidado, y entonces digo cualquier cosa tonta que extraigo de no sé qué parte oscura de mi (ausencia de) pensamiento.
Digamos, por ejemplo, que lo que quiero decir es:
“¡Mire!, el conejo quiere meterse en el arenero”.
Me quedo trabado en el co-co-co-co-co-co y mi manera de arreglarlo es regresar, ir atrás, dar la vuelta y evitar la palabra maldita.
Funcionan las preguntas tontas.
“¿Tienen animales en esta casa?”, y volteo a ver hacia el arenero.
“Sí, conejos”, me dice Laura, quien me ha visto acariciar conejos durante los últimos siete meses. Luego sigue la trayectoria de mi mirada y descubre a un conejo que quiere meterse en el arenero. Sale a ahuyentarlo.
Y en el fondo, consigo comunicar lo que quería comunicar. Siempre de maneras indirectas, siempre de maneras raras, que a veces parecen misteriosas y a veces estúpidas, tan estúpidas que el significado de mi comportamiento parece reducirse a dos opciones: me estoy burlando de mi interlocutora o soy completamente tonto.
Y a veces mi sonido es tan veloz como mis ideas.
Mi tartamudez es mental y, por lo tanto, caprichosa.
“No tienes que preocuparte si te cuesta trabajo pronunciar algunas palabras”, dice Laura.
“¿Como cuáles palabras?”, y con todo mi cuerpo deseo desconcertarla.
“Pues… como conejo…”.
“Conejo, conejo, conejo”, estallo con mis ojos fijos en sus ojos, “el conejo, un conejo cojo, el conejo blanco y el conejo rojo, conejo, conejos, el conejo gris gordo se quería subir en el arenero”, estallo con mis ojos fríos en sus ojos desconcertados, “adorable
conejo viejo que no le da vergüenza que lo veamos arrastrase como conejo en la arena, ¡ay, qué conejo conejo conejo conejo conejo travieso!”.
Y estos estallidos míos de rencoroso cinismo, de negra iracundia sonora, sumen a Laura en un estado de perplejidad.
Dejar a Laura perpleja es algo que me gusta mucho.
Tras la sesión de preguntas y respuestas, llega el momento de los juegos finales: ir al arenero y luego al piano.
En el arenero, a pesar de las suaves insinuaciones de Laura (su filosofía es la no-insistencia) no construyo nada: ni fortalezas ni estatuas. En el arenero me revuelco y cavo con mis manos un agujero lo suficientemente largo y hondo como para que pueda meter mi cuerpo acostado.
Alguna vez me quito la playera. Ha llovido y quiero sentir mi pecho embarrado de arena mojada. Ridícula, escandalizada, un poco severa, Laura me obliga a vestirme.
“Ponte tu playera”.
Y por primera vez desde que comenzaron las sesiones, su sonido suena completo. Creado. Una creación patética: que nace de las convenciones, del prejuicio, de la falta de un instinto verdadero que le indique cuándo una situación es natural y cuándo peligrosa.
¿Qué clase de mujer puede considerar indecente que un niño quiera meterse en un areno y quitarse la playera? Una mujer estúpida.
Laura es una mujer estúpida.
Y después del arenero, vamos al piano.
Caminamos por un estrecho pasillo que dobla abruptamente a la izquierda y da a la puerta de la estancia principal en cuya sala hay un desafinado piano vertical de madera clara ante el cual me siento y comienzo a producir sonidos.
Tomo tres veces por semana clases de piano en el centro de Coyoacán con Miss Brigher, una rígida y metódica maestra inglesa. Aunque no existe relación alguna entre
mis clases formales de música y lo que hago en el piano desafinado de madera clara en la sala de la casa de los conejos al lado de Laura.
Una cosa es aprender técnica y otra muy distinta experimentar con la articulación sonora de mi pensamiento secreto.
Y mi sonoro pensamiento secreto pertenece a un piano desafinado. Es raro, disonante y caótico. También sombrío y desafiante. Está lleno de sonidos fragmentados, atmósferas extendidas, repeticiones obsesivas e incomprensibles silencios prolongados.
Esos últimos minutos de mis sesiones con Laura los dedico a la invención de mis íntimos ruidos.
Me entrego con fervor a la tarea. El cuarto y la presencia de la joven mujer a mi lado desaparecen y me dedico a apretar teclas guiado por los caprichos de extraños dioses atrapados en mi inconsciente.
Dioses feroces. Histéricos dioses. Dioses de la repetición. Dioses silentes.
Y Laura me deja ser, sentada a diez metros de mí, retraída y discreta. Eso yo se lo agradezco mucho a Laura.
Hasta que una tarde, a mitad de una de mis experimentaciones sonoras en torno a mi pensamiento secreto, durante un espacio vacío que ella interpreta como aburrimiento, dice
“¿No quieres hacer algo más?, digo: ayer tocaste algo muy parecido”.
Y yo sé que los lugares de trabajo de Laura son el patio y el cuartito detrás del arenero. Sé que le permiten usar el piano un ratito por cortesía para que sus niños se distraigan, pero que el resto de la estancia principal son las oficinas de un despacho de diseño en donde Laura no tiene jurisdicción.
Dejo de tocar el piano y me paro.
“Sí, quiero explorar estos cuartos”, digo y comienzo a caminar hacia un pasillo con varias puertas.
Laura me sigue precavida y desconcertada, pero no dice nada. Abro la primera puerta a mi izquierda y me meto a la habitación. No le da tiempo de seguirme. Es demasiado lenta. Para cuando ella entra, yo ya he manipulado una especie de gran tuerca adherida a una mesa de madera cuya superficie está llena con varios objetos. Manipulo la tuerca y todo el contenido de la mesa se estrella contra el suelo: lápices, pinceles, frascos de pintura, lienzos, marcos y un rosario. Los frascos son de vidrio y se hacen añicos. Las pinturas (verdes, amarillas, marrones, rojas…) se esparcen a manera de densas manchas pringosas en la peluda alfombra azul celeste.
“¡Puta madre!”
El grito de Laura es breve y contenido. Un sonido que nace del rencor.
Por un instante, Laura me odia. Desea mi sufrimiento. Quizá, por un instante, desea mi muerte. Desea golpearme. Y durante ese instante Laura me parece por vez primera una mujer real, bella e interesante.
“Vete”, dice y yo salgo del cuarto.
Me siento en el piano mientras ella recoge.
Aprieto muy lentamente las teclas. Busco sonidos que estén muy separados unos de otros, como si fueran larguísimos pasos. Misteriosos pasos largos. Aprieto hasta el fondo un pedal que alarga los sonidos, que los dota de eco. Pasos largos y sostenidos suenan desde diferentes lugares. Invisibles lugares siniestros. Van hacia Laura para cazarla. Quiero asustarla. Quiero irritarla. Quiero que me culpe. Que descargue contra mí su ira.
Lo quiero porque sé que ella siente esas cosas y, sobre todo, que expresar esas cosas contra mí, contra un niño, contra uno de sus pacientes, la haría sentir miserable y desgraciada.
Y yo quiero su desgracia porque ella me ha interrumpido mientras yo improvisaba en el piano mi canción privada.
Los sonidos como demoniacos pasos invisibles con los que deseo atormentarla no tienen efecto en Laura, pero sí en un conejo.
Un gordo conejo gris (cosa insólita) entra en la sala y se queda ahí, en la puerta, mirando hacia mí, buscando el cuerpo de esos sonidos con los ojos, los bigotes y las orejas, que mueve rápidas y breves hacia adelante.
Suena el timbre. Ha llegado mamá. Laura sale del cuarto con las manos manchadas de pintura roja. Está pálida y sombría, como una mujer que se ha convertido en fantasma.
Antes de seguirla hacia la puerta, le pregunto:
“¿A qué se refería cuando dijo que lo que hoy interpreté en el piano sonó muy parecido a lo que interpreté ayer?”.
Laura me mira con hostilidad y sorpresa.
“No lo sé, ¿qué importancia tiene?”.
Y esas palabras son el último recuerdo que tengo de Laura.
Dejo de verla poco tiempo después del incidente de la mesa.
“Ya no vas a verla más”, dice mamá.
Y yo no pregunto nada.
El ajedrez es un juego tan siniestro y personal de Hugo Roca Joglar
To make provision for the prohibition of the sale and
distribution of unwholesome literature
Censorship of Publications Act (1929)
Apilada en el suelo de un sótano dublinés, la colección de libros prohibidos en Irlanda crecía bajo llave; una biblioteca encarcelada, formada por muchas de las que serían las piezas más importantes de la literatura universal. El orden que alguna vez pretendieron darle fue abandonado después de pocos años, de él solo quedaron señalamientos en las estanterías indicando los títulos, volúmenes imposibles de encontrar en el resto del país. Los ejemplares guardados en aquel lugar habían pasado antes por la lectura draconiana de la junta de censura que había decidido condenarlos a la oscuridad de aquel rincón. No podían ser importados, editados, distribuidos ni leídos en el territorio recién independiente de Irlanda. El yugo caía en autores extranjeros y nacionales, todos eran inspeccionados, letra a letra desmontadas sus intenciones. Del lenguaje nacía también el deseo y la prohibición.
Una gruesa línea en azul marcaba las faltas, ríos que cruzaban las páginas liberando la fuerza de su cauce, condenando a las palabras escritas a un hundimiento que duraría al menos cuarenta años. Bajo agua estaban insinuaciones a los senos de mujeres, apariciones de actos sexuales, del cuerpo desnudo y, en resumidas cuentas, cualquier manifestación del amor que les pareciera indecente. También sufrieron condena las menciones al aborto o a métodos de control de natalidad; incluso la utilización de la palabra “embarazada” (pregnant), que no apareció sino hasta 1960, era motivo de escándalo; razón suficiente para descartar una obra.
Dentro del sótano, “the best banned in the land”, como los llamaba Brendan Behan a manera de broma iluminada, se alzaban en columnas guardando lo mejor del pensamiento de su época en un laberinto de hojas y polvo.
*
El Estado Libre Irlandés, independizado de las fuerzas inglesas en 1922, consideró necesario regular la entrada y publicación de información. Hay quien piensa que fue una herramienta para mantener intacto el espíritu con el cual el país había ganado su libertad; o para que la construcción de los nuevos valores nacionales no se viera comprometida. De cualquier manera, había una preocupación creciente por las noticias llegadas del exterior y se optó, en un inicio, por censurar las publicaciones periódicas; específicamente aquellas provenientes de Reino Unido.
Consideraron obscenos los anuncios de cremas depilatorias, las fotografías de bailarines o modelos, los asesinatos, la sangre y, por supuesto, cualquier crítica al Estado Libre. El rango de lo prohibido era grandísimo. Se llegó a tal extremo que algunos periódicos como News of the World, se vieron obligados a producir números especiales para su distribución en Irlanda. Revistas famosas fueron prohibidas hasta hace relativamente poco tiempo, Playboy y Hustler, son dos de los casos más famosos; hay otros, sin embargo, menos evidentes para el sentido común, como las revistas Vogue o Broadway and Hollywood Movies.
Pero la élite católica y el Estado ampliaron el poder de alcance de la censura; películas y libros no escaparían al escrutinio. Se creó el Comittee on Evil Literature en 1926, conformado por cinco miembros, dos de los cuales tenían puestos religiosos; su tarea fue evaluar la necesidad de un sistema de censura fijo y los temas permitidos o negados al pueblo. El dictamen fue predecible y en 1929 se hizo oficial la “Censorship of Publications Act”. El rigor frente a los libros no fue menor que el impuesto a las revistas y periódicos.
Si en un inicio el acta de censura obligaba, en teoría, a los miembros del comité a tomar en consideración la importancia social e histórica así como la calidad literaria de la obra, estos parámetros fueron rápida, si no inmediatamente, ignorados. Los censores protegieron los valores de la iglesia católica romana, guiados no por la ya de por si sesgada ley, sino por estándares de corrección, juicios morales y, a fin de cuentas, por su gusto personal.
El primer censor de cine en el Estado Libre Irlandés, James Montgomery, dijo en 1923: “I know nothing about films, but I know the 10 commandments!”. Una frase que se hizo famosa pues ejemplifica a la perfección la actitud de los censores ante las distintas expresiones del arte y nos da cuenta del pulso político de la época.
*
Recuerdo la icónica escena de censura en Cinema Paradiso; el Padre Adelfio toma asiento en una sala vacía mientras Alfredo hace correr la película desde el cuarto de proyección. De la boca de un león de piedra sale una luz disparada hacia la pantalla. Toto, el aspirante a cácaro, espía con entusiasmo, asomando el rostro entre unas cortinas. Las manos del Padre Adelfio sujetan una campana que agitará en cualquier momento. El roce de las pieles hace que los ojos del párroco y censor se abran; la mano sosteniendo la campana se sacude escandalizada cada vez que una escena debe ser censurada. Al escuchar el replicar del instrumento, Alfredo marca con un papelito en el rollo de la película la parte condenada, el lugar que será mutilado antes de que pueda proyectarse públicamente.
Un beso y el Padre Adelfio deja salir un rotundo no; la campana suena una y otra vez hasta que, de pronto, la imagen cambia: aparecen las campanas de la iglesia anunciando misa. Un mismo sonido, uno solo es el rostro del hombre que condena o bendice.
Aquella escena bellísima retrata algo terrible; realidades con raíces antiguas, prácticas que los sistemas actuales han sabido asimilar y justificar. Antes de la televisión Irlanda, como muchos otros, era un país plástico y cuidadosamente editado; no existía el sexo ni el crimen, los cuerpos descubiertos ni las almas turbias. Sus ficciones eran limpias y depuradas, correctas; qué angosto ese mundo puesto en escena, en países que se parecían mucho a un teatro.
Eduardo Lourenço, al pensar el caso de la censura en Portugal durante el siglo XX, dijo que no vivían (en aquella época) en un país real sino en una disneylandia cualquiera; en el extremo de la pulcritud, de lo moralmente aceptado. Y aunque Lourenço hablaba de la época de la dictadura salazarista, aplica también al espíritu de censura irlandés y a tantos más. Porque habrá que recordar siempre lo que sabemos bien, que un país independiente no equivale a una sociedad libre.
*
Algunos autores incluidos en la lista de censura:
Aldous Huxley
Anatole France
Boccaccio
D.H. Lawrence
Edna O’Brien
Ernest Hemingway
Scott Fitzgerald
Frank O’Connor
Honoré de Balzac
J.D. Salinger
John Steinbeck
Margaret Sanger
Marie Stopes
Mikhail Sholokhov
Radclyffe Hall
Samuel Beckett
Thomas Mann
William Faulkner
*
La respuesta de los intelectuales irlandeses no se hizo esperar. Un grupo de importantes escritores se unió en un frente contra la censura. Entre ellos se encontraba W.B. Yeats, representando a la Academia Irlandesa de las Letras; Sean O’ Faolain, Brendan Behan, Samuel Beckett, entre muchos más.
La censura era tomada como un reto, como una banda de honor; si el libro no lograba pasar la prueba era señal de que algo se estaba haciendo bien. Su indignación los llevó a escribir piezas cada vez más ácidas; el tono de burla y las parodias hacían evidente el profundo descontento que sentían con los medios de control ideológico del país, con la coartación de la libertad creativa y de expresión.
En los años que siguieron a la implementación del acta de censura, la literatura irlandesa pasó por periodos de efervescencia, pero el ambiente cultural se volvió cada vez más sofocante. Beckett, en su ensayo “Censorship in the Saorstat” (una crítica incisiva al proceso censor, repleta de metáforas sexuales y que estuvo prohibida en Irlanda, por supuesto, durante décadas) escribió: Sterilization of the mind and apotheosis of the litter suit well together.
Con el tiempo nuevas actas fueron establecidas en Irlanda, reblandeciendo de a poco los parámetros de prohibición. Lo que antes era indecente, dijeron, sexual y políticamente inapropiado, ya no lo era más. En 1967, se acordó que la censura de libros con material obsceno duraría solo doce años y no por tiempo indefinido. Cinco mil títulos se liberaron de manera automática; libros como TheCatcher in the Rye de Salinger, pasaron a formar parte de los programas obligatorios de lecturas escolares; y autores cuya obra no era editada ni distribuida, como Beckett y Joyce, se convirtieron en estandartes de la literatura nacional. Más adelante se levantó la prohibición a las referencias de métodos para el control de natalidad pero no fue sino hasta finales de la década de los noventa que las menciones al aborto fueron aceptadas.
La censura de libros en Irlanda continúa siendo permitida legalmente aunque rara vez sea aplicada. Hoy hay solamente un libro censurado por indecencia y obscenidad; después de dieciocho años, en 2016, el consejo decidió penar a la novela The Rapped Little Runaway de Jean Martin, por retratar de manera explícita la violación de una menor en más de una ocasión a lo largo de la trama. El caso se enturbia de manera veloz; Jean Martin es, aparentemente, el seudónimo de algún escritor que se queda en las sombras de la editorial Star Distributors, una firma conocida en los setentas por publicar historias de pornografía extrema. The Rapped Little Runaway es solo un título más en su amplio catálogo de libros destinados a satisfacer y explorar las fronteras de lo social y moralmente aceptado en ámbitos sexuales.
La prohibición actual impide a la editorial distribuir la obra en librerías pero no la frena de las ventas en línea o en tiendas de segunda mano. Si el libro es relativamente fácil de obtener, ¿cuál es, entonces, el punto de censurarlo? Quizá sea solamente una declaración de principios, una señal de alerta y miedo; quizá, un fantasma de otro siglo regresa a poner una vez más el dedo en la cuestión de los límites morales de la literatura, del sentido de corrección que debería o no poseer. El deseo de lo prohibido comienza a latir en textos que ahora forman parte de la historia y que, de otra manera, probablemente hubieran pasado casi sin ser notados.
Establecida contra la censura, no puedo evitar preguntarme, sin llegar a ninguna respuesta absoluta, ¿en quién debería recaer, de haberla, la responsabilidad de lo escrito?, ¿en los editores, los vendedores, los escritores, el gobierno, en quien adquiere los ejemplares?, ¿deberíamos de apostar por educar a los lectores o por un sentido de responsabilidad autoral?
Por supuesto, Irlanda es solo uno de los países que tiene dentro de su historia reciente la incómoda presencia de la censura. Volver a su caso hace que cuestionemos la perpetuación de estos sistemas de prohibición y, acaso, de otros mecanismos más o menos sutiles; la censura autoimpuesta por lo políticamente correcto, la censura que nace de las dinámicas del mundo editorial o las abiertamente infligidas por el Estado. Interrogantes de una discusión que tiene siglos sin agotarse.
La palabra escrita se presenta de nuevo como un poder que conjura e incita, invocando a las pulsiones más bellas del alma pero también a las más oscuras; y entonces surge el terror, el desconcierto, tal vez no a lo que llamaron alguna vez literatura malsana ni a la ficción, sino a las más concretas y terribles de nuestras realidades.
Lina salió de la habitación a media noche y se apoyó unos segundos en el marco de la puerta, se frotaba los párpados como si se limpiara los residuos del sueño que acababa de tener: ella jugaba en el parque con otra niña de su misma edad, una morena que, de pronto, le aventaba un puñado de arena en la cara; la picazón en los ojos la había despertado. “Eso me saco por cenar pan dulce”, pensó Lina, sacudiéndose el camisón mientras enfilaba rumbo al baño.
Su prima, Violeta, le había advertido de los peligros del pan unas horas antes, mientras preparaban la cena:
—El pan da pesadillas… Y la tortilla… Y el chocolate… Además de que te engordan.
Asomándose a la puerta entornada de la habitación de huéspedes frente al baño, Lina vio a Violeta dormida y la forma en que se dilataba y contraía su pecho bajo las sábanas radiantes de tan blancas. También observó los senos caídos a los costados de Violeta como dos globos llenos de agua. Por instinto, Lina se llevó las manos a su pecho plano y palpó a conciencia. “Todavía no salen, pero ya mero”, pensó.
Apenas entró al baño, Lina sacó el banquito que su madre guardaba en el gabinete y lo situó frente al espejo sobre el lavabo; se trepó en él y examinó las mejillas y la nariz de su reflejo. Violeta le había dicho, también, que “el sueño de calidad” era importante para crecer sana y hermosa; tendría que descansar muchas horas para ponerse “tan bien como Violeta”, pensó, sonriendo con la fe de sus ocho años. Sospechó, además, que tendría que crecer unos treinta centímetros y perder cuatro o cinco kilos: dejaría de ser Lina “Balina”, como la llamaban sus compañeras del colegio, por su baja estatura y silueta redondeada.
A Lina le gustaba que sus padres la dejasen al cuidado de su prima, quien, a sus dieciséis, sabía cosas y las enseñaba sin reservas; a diferencia de mamá, quien se había molestado con Lina cuando le preguntó qué era un “aborto”, y cuando le pidió que le explicase qué era el amor; y cuando le anunció que, de grande, estudiaría para convertirse en modelo.
En aquellas ocasiones, Violeta le había explicado a Lina:
—Aborto es cuando te quitas lo embarazada. Amor es dedicarle todas las canciones que te gustan a una sola persona. No hay que estudiar para ser modelo, solo tienes que estar buenota.
“La chica sí tenía todo para ser modelo”, pensó Lina en el baño, remontándose a sus actividades de aquella tarde. A las 3:00 comenzaron una dieta rica en antioxidantes; a las 4:00, respondieron el test de la revista Eres (“¿Te es infiel? Descúbrelo con solo siete preguntas”); a las 5:00, hicieron pruebas de maquillaje con cuanto encontraron en el tocador de mamá: labiales suaves como la mantequilla, enchinadores, polvos pálidos con la textura de la maicena entre sus dedos.
Violeta sabía cómo debían combinarse los colores y cuáles bases iban mejor con cada tono de piel, y puso en práctica estos conocimientos en Lina. Atenta a los delicados brochazos con que Violeta le aplicaba el rubor, Lina se había sentido dignificada, heredera de una sabiduría que solo tenían las mujeres en edad de ponerse sostén. Y, recordando esto, de noche, a horcajadas sobre el retrete, Lina se daba cuenta de que aquella emoción no se había desvanecido, como si le hubiesen dado un regalo que se recibe una vez en la vida.
Lina se dispuso a volver a su habitación aunque, antes, se ubicó de nuevo frente al espejo. Le pareció que le sentaba bien la luz de luna que se colaba por la ventana; la luna, como los polvos de su madre, afinaba los rasgos y suavizaba las imperfecciones. Así que cuando su reflejo se tiño de rojo, y luego de azul, Lina se sobresaltó. Al mismo tiempo le llegó un aullido que había escuchado un par de veces, monótono y apremiante. “Una sirena”, se dijo Lina, al tanto de que las patrullas y ambulancias pertenecían a la madrugada y, por ello, suponían tragedias reservadas para los mayores. Peligros de los que Lina se había enterado en los sanitarios de su escuela, escuchando a hurtadillas los susurros con que se comunicaban sus compañeras del colegio mientras hacían pipí y se alisaban la falda y se ajustaban las calcetas. Entre los goteos y las rasgaduras de papel higiénico, Lina había conocido ciertas palabras que, como impregnadas por los malos olores del baño, no se había atrevido a pronunciar; términos que sus compañeras mayores empleaban con un nerviosismo y un recato tales que a Lina ni siquiera se le había ocurrido mencionárselos a Violeta ni a mamá, por supuesto.
Tomada por una aprensión incierta, volvió a la habitación de huéspedes, decidida a despertar a su prima. Pero al encontrársela tan serena y frágil en cama, no se atrevió a azuzarla. Se sintió tonta: ¿de veras iba a molestar a Violeta porque la había asustado una sirena?, ¿no era el momento de mostrarse madura?
De puntillas anduvo a lo largo del pasillo y entró a la estancia, por cuya cristalera se proyectaba el mismo destello rojiazul sobre los muebles, alterando la realidad: bajo la luz roja, Lina tenía la impresión de que la estancia se quemaba, y bajo la azul, de que esta se hundía en el mar. Se acercó al ventanal para correr las cortinas y echar un ojo: más allá del jardín que rodeaba su casa, más allá del enrejado y de la banqueta, junto al colorín de la casa de enfrente, se demoraba la supuesta patrulla, aunque, al cabo de unos segundos, se alejó en dirección al bulevar. Aliviada, Lina pensó que podría regresar a su cuarto, pero entonces el destello bicolor volvió a pintar la noche y el reloj anunció las 3:00 A.M. Aulló otra sirena en el exterior y, en las alturas, retumbó el techo como si su casa hubiese respingado del susto.
Lina se percató de que no era una sola patrulla la que recorría su calle, sino que eran tres o cuatro. Esa presencia le producía una angustia similar a la que le daban los exámenes finales y, al igual que hacía en aquellas ocasiones, se puso a rezar. Al poco rato tuvo la impresión de que sus plegarias eran escuchadas; habiéndose marchado la última patrulla, su calle volvió a quedar en el silencio de la madrugada. Por si acaso, Lina prosiguió con los rezos, aunque pasaron diez minutos y ninguna patrulla regresó.
Un poco más tranquila, se apresuró a la habitación en que yacía Violeta: sus párpados inmóviles y respiración acompasada la reconfortaron; Lina se hacía consciente por primera vez del influjo que su prima tenía en ella. Nada malo podía ocurrir si Violeta se encontraba cerca; todo iría bien si su prima era capaz de dormir en semejante calma. Y en esto pensaba Lina cuando, de nueva cuenta, su casa retumbó.
Enseguida se escucharon los pasos: una serie de vibraciones a lo largo del techo, espaciadas y ligeras. Lina soltó un breve sollozo, tenue como un maullido, y volvió a rezar: “Que vuelvan las patrullas”—se dijo—, “que no nos pase nada”. De rodillas, acodada sobre la cama, Lina se vio de reojo en el espejo de la cómoda y le pareció que nunca se había observado con tanta atención. Se concentró en ese instante: se vio asustada, encogida en el camisón, y supo que aquel instante era el inicio de algo. Apenas un segundo antes, Lina se había propuesto despertar a Violeta para pedirle ayuda, pero ahora quería cuidar su sueño a como diera lugar, para que su prima siguiera creciendo sana y hermosa.
Lina se dispuso a dar con la fuente de los pasos, decidida a enfrentarse a cualquier eventualidad. Atravesó el pasillo, la estancia y la cocina, de cuya alacena sacó el picahielos. Abrió la puerta que daba al patio trasero; ante Lina, la escalera de hierro que subía a la azotea se aferraba al muro en que su padre acostumbraba recargarse cuando salía a fumar un cigarro. No conocía el techo de su propia casa, recordó Lina, y esto la ponía en desventaja. Tomó precauciones: el picahielos sujeto bajo el resorte de la pantaleta, anudado el dobladillo del camisón para evitar que el viento se lo levantase. Entraba en territorio enemigo, sentía Lina mientras trepaba.
Subió los doce peldaños en segundos. Al pisar la azotea, un escalofrío le recordó que iba descalza. El cielo negro sopló una ráfaga que se le metió entre los muslos, le deshizo el nudo de su camisón y la despeinó. Su pijama ondeaba como una bandera—el estandarte de un ejército conformado solo por una pequeña—, y frente a ella se postraba su adversario: un hombre pecho tierra, agazapado como una lagartija.
—¡Agáchate, te van a ver!— ordenó el hombre.
Lina obedeció en el acto; al acuclillarse, la punta del picahielos le rozó la cadera. En la calle pasó un coche con la radio encendida y las ventanillas abajo; sus faros alumbraron el semblante de Lina.
No le era posible apreciar por completo el rostro del hombre ahí tendido, dada la postura en que él se hallaba y la cachucha gris que llevaba puesta. Sin embargo, Lina alcanzaba a distinguir la nariz recta y las manos toscas como guantes de carnaza, cubiertas de vello negro y sedoso. Manos que la llevaban a rastras hacia el pasado, al recuerdo de las niñas que hacían pipí y se acomodaban la falda en el baño, mientras decían aquellas palabras que Lina desconocía. Tanteando a oscuras entre las goteras y los susurros de su memoria, Lina dio con el término apropiado para un desconocido que acecha de madrugada:
—Es usted un violador, ¿verdad?
Él sopesó la acusación. Luego dijo:
—No, niña. Soy ratero.
Su respuesta no sosegó del todo a Lina, pero la satisfizo; al menos estaba familiarizada con ese término. Sabía, a qué atenerse con aquel hombre.
—No somos ricos— le dijo ella. Entonces recordó que tenía a Violeta dormida en el cuarto de huéspedes, y mintió:
—Le advierto que mi papá compró una pistola.
Riéndose quedo, el hombre se llevó una mano a la cintura y sacó un revólver del cinto:
—Ah, mira qué coincidencia: yo también— respondió, antes de tendérselo por la empuñadura a Lina, quien se sobresaltó y casi se va de espaldas.
—Agárralo con confianza, no está cargado.
Pese a no quererlo, Lina obedeció. Esperaba que el revólver se sintiese frío; sin embargo, le sorprendió la tibieza del metal. Pesaba más que un tabique, más que la cabeza de la prima recargada en su hombro. La empuñadura suave y pulida del revólver le recordó a la textura de un hueso de mamey, y esta impresión familiar la tranquilizó.
—¿Para qué se mete a robar con una pistola sin balas?— preguntó ella.
—Tenía balas—le respondió él—. Y yo no robo casas, niña; eso es de jotos. Yo robo bancos.
Reincorporándose con un quejido que le cortó el aliento, quedó sentado frente a Lina, quien por fin pudo apreciar el rostro bajo la gorra: joven, sudoroso, deformado por un gesto agónico. Su tez era casi fosforescente en la oscuridad; los pómulos, prominentes; los ojos negros, con un brillo acerado como el del revólver, y también negros la chamarra y el pantalón que llevaba puestos. “Está guapo”, pensó Lina, pero luego notó el manchón sangriento que se le extendía sobre la camisa a la altura del estómago, y soltó un quejido que enfrió más la noche. Dejó caer el revólver, que dio en el techo y lo cimbró.
—¿Qué tiene ahí?—le preguntó asustada— ¿Qué le pasó?
—Que me dispararon. Me cacharon en la movida.
—¿Le duele mucho?
—¿Tú qué crees?
El hombre se llevó una mano al tórax, mostrándole a Lina el boquete en su costado izquierdo, abierto como un ojo. La sangre manaba lenta, resistiéndose a abandonar el cuerpo.
—¿Y qué va a hacer?—le preguntó Lina.
—Esperar—le dijo él poco antes de recoger el revólver.
—¿Quiere que llame a una ambulancia?
—¿Tú qué crees?—volvió a preguntarle él, impaciente, entrecerrando los ojos.
—¿Qué quiere que haga?
—Solo quédate quieta—le dijo él mientras se quitaba el sombrero—. Y calladita, ¿oquei?
—Oquei —respondió Lina.
Y así permaneció ella por un lapso de dos o tres minutos, en tanto que estudiaba al hombre. “No parece ratero”, pensó la niña. Los ladrones debían ser feos y andrajosos. Él, agradable al ojo y bien vestido, se parecía más a los actores de las telenovelas que a los maleantes de las series policiacas. ¿Y si era un actor? ¿Y si estaba actuando en ese momento? ¿No le habría mentido a Lina con respecto a sus ocupaciones?
—Ya dígame la verdad—le dijo Lina por lo bajo-: ¿es usted un violador?
Atónito, el hombre posó su mirada en la de Lina. Luego esbozó una sonrisa burlona y le respondió:
—Niña, ¿sabes qué es una violación? ¿Cuántos años tienes?
—Doce—mintió Lina, segura de que dicha cifra le conferiría mayor autoridad—. Y sí sé qué es una violación.
—Ah, ¿sí?—le preguntó él, apuntándola con el revólver—. A ver, cuéntame, ¿qué es?
Lina se quedó boquiabierta, incapaz de dar una respuesta y, para salir del apuro, dijo:
—Pasemos a otra cosa—dijo la niña, gravando la voz para escucharse más adulta, avergonzada por su torpeza. El hombre se reía con disimulo.
—Hay cosas que es mejor no saber—le advirtió él cuando recobró la seriedad—. Pero, para que no te quedes con la duda, te explico: una violación es cogerse a alguien sin su permiso.
Lina conocía a medias el significado de coger y estaba consciente, además, de que era una palabra prohibida para los niños. ¿Cuántos de sus compañeritos del colegio se habían atrevido a usarla y, por ello, ganado una visita a la Dirección? Cientos. ¿Cuántas veces se había ruborizado su profesora al escucharla en boca de sus pupilos? Cientos, también. El desahogo con que el hombre sacaba a relucir el término conmovía a Lina: al igual que su prima, este desconocido parecía hablarle con la verdad. Esa noche estaba aprendiendo cosas, pensó Lina, y cuando otra niña curiosa acudiera a ella en busca de respuestas, Lina podría dárselas.
Esta pregunta tomó desprevenido al hombre, quién miró desubicado a Lina antes de responderle:
—Muy bonitas.
—¿Cómo son?—le preguntó Lina, y él, concentradísimo como si recordara un sueño, se las describió: Martha tenía los ojos verdes y el pelo castaño; María era la que más se parecía a él; alta y esbelta, buen porte, y se le daba el canto.
Pese a notarse incómodo, el hombre se mostraba paciente, dispuesto a dejarse interrogar. Y de ese modo, Lina supo que el hombre era un viudo de 39 años, inquilino de un edificio que se caía de viejo, exejecutivo de una aseguradora, y cinéfilo: solía llevar a sus dos hijas a la matiné de los domingos.
En la negrura de la azotea, Lina podía recrear el oscuro departamento que ocupaba él, desordenado y polvoriento. Lo veía en callejones, de noche, planeando sus atracos. Lo imaginaba en la sala de cine, él sentado junto a sus pequeñas, pasándose una bolsa de palomitas, sus rostros iluminados entre las gradas. Un vago desconsuelo se apoderó de Lina: en ese preciso instante, María y Martha dormían en el departamento oscuro, sin sospechar que su papá se desangraba en compañía de una extraña. ¿Sabían ellas a qué se dedicaba su papá?, se preguntó Lina, y se propuso preguntárselo al hombre, aunque se contuvo: mientras hablaban, el manchón sangriento se había hecho más notorio.
—¿Le duele mucho? Tenemos un botiquín en el baño. ¿Quiere vendas? ¿Quiere alcohol?
—Sí, alcohol. Pero del que se bebe.
—Mi papá solo toma tequila.
—El tequilita está bien—le dijo él, agitando impaciente el revólver y dirigiéndole a Lina una mirada resignada que, de un segundo a otro, se tornó pavorosa. En el acto, Lina se percató de que algo, a espaldas de ella, había llamado la atención del hombre; se volvió para determinar de qué se trataba pero solo alcanzó a ver la baranda de la escalera.
—Ya estuvo—sentenció él como para sí mismo-. Ya valió.
Lina captó de inmediato el sentido fulminante de estas palabras, pero sin entender qué las inspiraba, y cuando iba a preguntárselo al hombre, él no le dio oportunidad:
—¿Me vas a traer el tequilita o qué?
Asintiendo, Lina se puso de pie; el picahielos le rozaba el muslo. Él se guardó el revólver en el bolsillo interior de la chamarra, extrayendo de él una bala apenas más grande que una almendra. Se la tendió a Lina y, con una sonrisa, le dijo:
—Mira: para los violadores.—Lina la tomó. Al igual que el revólver, la bala se sentía tibia entre sus dedos; la apretó en su mano. Entonces se encaminó a la escalera.
Atravesó el patio y la cocina, y entró en la estancia. Ahí encontró a Violeta, agitada, resollando al teléfono:
—Le digo que yo lo vi, está ahí arriba con mi primita y trae una pistola.—Se interrumpió al notar que Lina se aproximaba y, con un gesto de alivio, puso fin a la conversación.
“Ya valió”, pensó Lina a su vez, estrujando la bala en su mano izquierda.
No bien hubo colgado el teléfono, Violeta se arrojó sobre Lina; la apretaba contra su pecho mientras le preguntaba qué había pasado, si se encontraba bien, qué tanto hacía allá arriba con el hombre, pero no le dio tiempo para responderle: jaló a Lina del brazo, la condujo a la puerta y la sacó de la casa.
Cruzaron la calle y se resguardaron bajo el colorín. Desde ahí, Lina trató de echarle un vistazo al hombre en la azotea, aunque Violeta no se lo permitió.
—¿Estás bien?, ¿te hizo algo?—le preguntó, acuclillándose frente a Lina para inspeccionarla.
—No me hizo nada -respondió Lina y, como para tranquilizar de una vez por todas a Violeta, añadió con optimismo—: No es un violador.
Esto, lejos de calmar a Violeta, la impacientó:
—¡¿Que eres pendeja o qué?! ¡¿Qué tal que te mataba?!
Lina agachó la mirada. Y se alteró, de nuevo, la frágil paz de las altas horas. Aullando llegaron tres patrullas con las torretas encendidas y se iluminaron las recámaras de los vecinos; salieron las señoras en bata y pantuflas, y se congregaron alrededor de Violeta y Lina. El destello rojiazul desenmascaraba a la muchedumbre: en la luz roja, las señoras parecían sonreírle a Lina, y en la azul, daba la impresión de que la miraban feo.
En el afán de enterarse de lo que ocurría, Lina volteaba una y otra vez en dirección a su azotea, pero el cerco de gente no se lo permitió; escuchaba sus murmullos: “¿Será que la…? Yo creo que sí… Cabrón, mira que hacerle eso a una criatura…”
Tan pronto como llegaron las patrullas, se fueron. Lina alcanzó a distinguirlas cuando se alejaban rumbo al bulevar. Lina sabía que ya no tenía caso buscar al hombre… “Me hubiera gustado echarle un ojo por última vez al ladrón”, admitió, oprimiendo la bala en su puño.
Una última vecina, presurosa por rezagada, salió de su casa y corrió hacia a la multitud. Cruzada de brazos, le preguntó a una de las mujeres que ya se encontraba ahí:
—¿Qué pasó, oiga?
Una señora procedió a darle los pormenores. Los padres no estaban en el domicilio; solo la niña y su prima. La prima se había despertado en la madrugada, dirigido a la alcoba de la niña y, al notar que esta no se encontraba en cama, la había buscado con desesperación hasta que, por fin, dio con ella en la azotea, en compañía de un desconocido que la amenazaba con una pistola.
—No me diga… ¿Y le hizo algo a la pobre?—preguntó la rezagada.
—La niña dice que no—le respondió la aludida—, pero solo es una criatura… Ella qué va a saber.
Lina quería confrontar a las mujeres; echárseles encima, sacarse el picahielos y darles un buen escarmiento. Pero, en silencio, dejó que Violeta la tomara de la mano y la llevase de vuelta a la casa. La puerta se cerró; afuera, los murmullos iban apagándose.
—Toma—le dijo Violeta; había ido a la cocina y vuelto con medio bolillo en la mano—Para el susto.
En respuesta, Lina entregó las armas. Se sacó el picahielos por debajo del camisón y se lo tendió a Violeta junto con la bala, aún tibia. Luego se frotó los párpados, como si se limpiase los residuos de un sueño.
“Cualquier cosa, se sabe, aunque no dure para siempre
dura más que los hombres:
una camisa, unos lentes,
un viejo libro, una flor seca entre sus páginas.
Con más razón la piedra poderosa del templo.”
Enrique Servín
La única certeza de estar vivo es la muerte, pero hay una paradoja en esto: tras un fallecimiento solo queda la incertidumbre. Lo prueban siglos de filosofía y las religiones del mundo; lo constatamos al perder a alguien cercano. Cada quien afronta las pérdidas de manera particular, es cuando la psicología o incluso el arte pueden ofrecer alguna respuesta.
A través del tiempo, las civilizaciones han creado sus propios ritos vinculados a la muerte para que los sobrevivientes procesen el dolor. En nuestro contexto de atomización e individualismo exacerbado, pocos rituales nos quedan para sobrellevar una pérdida, cada quien ha de buscar los propios. A fin de cuentas, el duelo atañe a quien lo padece, la pérdida es suya y enfrentarla (o no) solo a esa persona le corresponde.
Hace un año que estoy atravesando un duelo, que intento soportar —en palabras de la psicoanalista Melanie Klein— la enfermedad; afirmar que no ha sido fácil es decir lo evidente, pero no por obvio deja de ser cierto.
Supe del asesinato de Enrique Servín (1958-2019) mientras yo vivía en Atenas. No eran ni siquiera las seis de la mañana cuando recibí la noticia: lo encontraron muerto en su casa, el 9 de octubre del 2019. A partir de esa fecha, he enfrentado el vacío, las incertidumbres que trae consigo la muerte. Ha pasado un año desde entonces, durante el cual he aprendido a sobrevivir.
Escribir estas líneas implica hablar del dolor que he afrontado, el duelo que atravieso. Revelar algo que en realidad solo me atañe a mí; pero ¿no es así toda escritura? Al menos es la forma en que la concibo. Escribir es también una forma de sanar. Y, después de todo, si algo le debo a Enrique, de entre tanto que quince años de una amistad tan cercana trajo consigo, es mi escritura.
No se me mal entienda. Ni fue por él que descubrí mi vocación ni mi escritura se fundamenta en emular la suya. No, como buen mentor, él me ofreció la oportunidad de descubrir caminos que ignoraba, de descubrir mi voz. Aquí es oportuno, dado el amor al lenguaje de Enrique, señalar la etimología de la cual descienden tanto los términos latinos vox y vocare que nos dieron voz y vacación; él agregaría que también ἐπικός desciende de la misma raíz.
“Un poeta hacedor de poetas”, en palabra de Ruby Myers, quien también como yo encontró su voz en los talleres y la amistad de Enrique. Esta habilidad que tenía de ser un guía, un mentor, es lo que quiero compartir. Es la parte de esta tragedia que quisiera hacer comprensible, y de algún modo ha sido la tabla de salvación a la que me he podido aferrar a lo largo de los meses.
El autor casi siempre se mantuvo discreto, pero dado su bonhomía no pasaba inadvertido. En el encuentro literario “Lunas de Octubre”, en La Paz, Baja California Sur y en otros eventos a lo largo del país, podía ver y escuchar al poeta. Su memoria envidiable que atesoraba cientos de poemas en español y en lenguas tan diversas como el rarámuri y el polaco, el chino y el hopi, el latín y el maya.
Enrique publicó tres títulos literarios en vida. Se me puede señalar que de poesía fueron más, pero, El agua y la sombra (UACH, 2003) compilaba poemas que ya había editado con anterioridad. Queda la obra inédita, que no es poca, pero con lo publicado ya es un autor a tomar en cuenta.
Su libro de aforismos Cuaderno de abalorios (Aldus-UACH, 2015) muestra la obra de un hombre crítico y sensible, que amaba las lenguas (no por nada la primera sección del libro se llama “Palabras”). A él le preocupaba el dolor en el mundo. En Anirúame, historias de los antiguos tarahumaras (Secretaría de las Culturas y las Artes del Estado de Oaxaca, 2015) hace un esfuerzo admirable por reconstruir una mitología hecha jirones. Enrique se dedicó a escuchar historias, a describir los retazos del tapiz que antaño fue una religión. No operó, en la elaboración de ese libro, como un etnógrafo (que pudo haberlo hecho dada su formación como antropólogo), al contrario, supo que debía construir de la mejor manera que sabía, hacer con esos retazos un nuevo tejido, un nuevo texto.
Ya por esos tres libros merece un lugar en la historia de nuestras letras. Hubo quienes lo conocieron y lamentaban que él estuviera en Chihuahua, que no viviera en Xalapa, Guadalajara, Monterrey, o la Ciudad de México, que en cualquiera de estos sitios hubiese tenido mayor reconocimiento, que habría podido publicar más. No les falta razón. Pero él decidió quedarse en la capital de este estado, eligió dar talleres allí y trabajar en la defensa de las lenguas indígenas. Él decía que eran sus querencias las que lo habían hecho quedarse, pero había, así lo creo, una decisión política. Alguien tan crítico con el poder optó por no vivir en el centro.
Pero su obra literaria no se circunscribe a esos tres libros, a los inéditos que dejó, a los artículos y entrevistas que hizo; su obra en gran medida son todas las personas que recibieron su influencia, una benéfica que bien podía proceder de una simple charla en la que intercalaba los versos precisos que funcionaban como semillas para algún texto, el entendimiento de la creación misma. A veces eran apenas unas palabras y la revelación se presentaba.
Su amor por la poesía y por la palabra evitaban que él impusiera su visión, ya no se diga su forma de escribir, sobre quienes participaban en sus talleres. Su objetivo era que cada quien diera con su voz propia, con la mejor manera de crear. Su extenso conocimiento de tradiciones le permitía entender que nunca hay una única manera de expresarse. De encontrar sentido.
A esto último es a lo que me he aferrado, a una búsqueda del sentido a través de la escritura. Acudí a obras dolientes, también leí Lo que no tiene nombre (2013) de Piedad Bonnett, quien escribe sobre su intento por explicarse el suicidio de su propio hijo; repasé la recapitulación de la agonía de la madre de Simone de Beauvoir, en Una muerte muy dulce (1964); continué con el Diario de duelo (2009), de Roland Barthes y con El año del pensamiento mágico (2005) de Joan Didion.
Cuando Enrique murió, uno de sus poemas, Elegía, fue compartido —la capacidad que los latinos vieron en el poeta de coincidir con el profeta: vate, el que ofrece vaticinios—. Ese poema señala el momento en que dejamos de nombrar a una persona en tiempo presente para hacerlo en pasado. El sujeto que ya no está en el mundo. Volver a su poesía, a sus aforismos, es doloroso porque me es inevitable leerlos con su voz, constatar el pensamiento que tan pródigo compartía y que ya solo permanece en esas líneas.
Me provoca cierta melancolía volver a encontrar su ingenio y su ironía, una navaja que él conservaba con buen filo. En este punto es necesario recordar, como un buen contrapunto al poema que mencioné arriba, uno de sus aforismos: “¿Es posible el conocimiento profético? Un día estaré muriendo. Un día habré muerto. Un día habrán pasado exactamente mil años de mi muerte. He aquí tres sentencias absolutamente proféticas.” Y la sonrisa que despertaba ahora deja un sabor amargo en la garganta: ha pasado un año desde su muerte.
Podría quedarme con ese sabor amargo, pero prefiero tratar de sonreír, de pensar que nadie como él supo amar la vida, valorarla. “Hay que reconocer a tiempo los paraísos”, escribió, y él supo hacerlo. Alguien a quien de ninguna manera se le podría objetar este aforismo: “—¿Y qué?— Respondería yo en el Juicio Final.”
Tras su muerte queda una gran ausencia, la que padezco (y padecemos sus dolientes) y la del intelectual, el defensor de los idiomas, el poeta formador de poetas. “La verdadera muerte es el olvido”, escribió en otro de sus aforismos y, estoy seguro, no permitiré que lo alcance mientras yo siga vivo.
Cierro con una lección, que por desgracia no practicó conmigo, aunque sin saberlo recibí de él algunas de las herramientas para ese aprendizaje: “En las escuelas deberían enseñarse tres materias obligatorias: Amar, Temer, Partir. Por lo que respecta a Envejecer, podría aceptarse como materia optativa, ya que no todo mundo llega a necesitarla.”