Ilustración por María Magaña
Up there, there is a sea
Up there, there is a sea
Up there, there is a sea
The sea’s the possibility
Land , la penúltima canción de Horses, es una de mis favoritas en el debut de Patti Smith. Es la más larga y la que presenta la imagen de los caballos que le dan nombre al disco. Aunque al leer la letra parece una canción narrativa, en cuanto trato de rearmar la historia de Johnny, siento que el centro de la canción está más bien en las imágenes que se relacionan no por razones lógicas, sino respondiendo a la voz y subjetividad de Patti Smith. La canción comienza sin música, ella nos habla de un muchacho en un pasillo a punto de ser atacado por sus compañeros. Cuando entra un ritmo por debajo de la voz es como el comienzo de un sueño febril; el tono de Patti Smith se transforma, se acelera y las imágenes se agolpan una sobre otra. Es difícil decir qué sucede en la canción, pero entre el mar de posibilidades que está en el centro, la manada de caballos que corre y corre, la desesperación de Johnny y las palabras que se repiten da la sensación de una evocación. ¿A qué? No estoy segura.
Desde que comienzo a leer sobre Horses los datos más obvios se me escapan. Me cuesta trabajo saber cuándo salió. Incluso en el artículo de Wikipedia aparecen dos fechas: primero, el 13 de diciembre de 1975 y después, el 10 de noviembre de 1975. En una base de datos encuentro que salió el 10 de noviembre, pero entró a los rankings el 13 de diciembre. Un mes de diferencia en uno de los debuts más famosos de la historia de la música podría dar igual y, de hecho, la misma Patti Smith parece contestar a mis dudas cuando, el 10 de noviembre del 2020, publica unas fotografías conmemorando el aniversario 45. Aun así, me queda la sensación de que, como el contenido de sus canciones, los detalles más concretos del álbum se resbalan entre mis dedos cuando intento agarrarlos.
Horses no es solo el debut de Patti Smith, sino también el considerado inicio del punk. Se encuentra en casi todas las listas de los discos más importantes de la historia y artículos escritos a lo largo de las décadas concuerdan al decir que con este disco Patti Smith propone algo completamente nuevo, que cambia la dirección del rock y abre las posibilidades y roles de las mujeres en la música en general. Sin ella no existirían REM, P.J. Harvey, The Smiths, Razorlight, Alanis Morrissette y tantos más.
Admito que oí Horses por primera vez cuando me obsesioné con Patti Smith en la primavera del 2019. Durante varias semanas, casi todos los días, subía a mi habitación después de comer y lo escuchaba, esperando que a fuerza de repetición se me pegara algo. Es imposible oírlo y no mover los dedos, los pies, la cabeza, es como pasar por una fiebre, o experimentar la aceleración de una montaña rusa, la intensidad va escalando y sonidos que me embisten y me revuelcan, algunas veces solo me orienta su voz que recita más de lo que canta, me dejo llevar por ella, por cómo viene y va, el trance que tejen sus palabras, en su cadencia porque son más sonido que significado. Durante esas semanas de primavera, escuchaba una canción, leía la letra, la volvía a poner, me dejaba llevar. Estaba buscando algo, que confieso no he encontrado, que aún no sé articular, pero que sigo buscando cada vez que la escucho, cada vez que la leo, cada vez que abro su Instagram. Solo Patti Smith puede escribir sus descripciones como versos, una y otra vez comienza con un “ This is…”, sin que parezca impostado.
When suddenly Johnny gets the feeling he’s being surrounded by
Horses, horses, horses, horses
Coming in in all directions
White shining, silver studs with their nose in flames,
He saw horses, horses, horses, horses, horses, horses, horses, horses.
Me encontré por primera vez con las palabras de Patti Smith cuando visité Shakespeare and Co. en marzo de 2019. Había ido a París a ver a un amigo que iba a dar una conferencia y me dijo, a modo de invitación, que tenía hospedaje y viáticos, ¿por qué no lo alcanzaba allá? No lo pensé dos veces cuando encontré unos boletos muy baratos. Pasé cuatro días en la ciudad. La mayor parte del tiempo, como él tenía cosas que hacer, paseaba sola. Aprendería después que Patti Smith viajó por primera vez a París con su hermana cuando tenía veintitrés años. No hablaban francés y en el reportaje de Rolling Stone de 1976 cuenta cómo se unió a una compañía de artistas callejeros y decidió viajar en lugar de estudiar arte.
Al entrar a Shakespeare and Co. estaba buscando un libro que me llamara la atención para llevarme como recuerdo del viaje. No conocía la obsesión de Smith por Rimbaud y el simbolismo francés, ni sabía que al escribir Horses , al posar para la icónica portada, estaba tratando de manifestar a ese poeta dentro de sí misma. A la fecha no sé por qué escogí comprar Devotion . Es un libro reciente en el que ella corre la cortina de su proceso, nos explica cómo, durante un viaje a Francia y a Inglaterra, se le ocurren las ideas para el cuento homónimo. Escribe y piensa en trenes, en cafeterías, en hoteles, en la casa de Camus, frente a la tumba de Simone Weil. Rastrea sus pasos uno a uno y, finalmente, nos deja ver el texto resultante.
Me obsesioné.
Devotion podría ser una mala primera lectura para otras personas, no habla casi de su vida y es más bien un recorrido por su cabeza en un momento preciso, pero para mí fue ideal porque llevaba muchos años tratando de rastrear mi propio proceso de escritura, como si eso fuera a darme la clave que me hacía falta. No es que de repente, al leer ese libro, quisiera escribir como Patti Smith, de hecho, hace tiempo que acepté que probablemente nunca escriba como ella, que mi mente está mucho más adaptada para escribir ficción que poesía, que mi relación con las palabras no se siente tan potente, que tiendo a la estructura y no la evocación. Me encontré con una sensación más básica, la misma que he encontrado en otros libros donde quien escribe habla de su proceso, sentí que esos libros habían sido escritos con el único fin de llegar a mis manos. Y me doy cuenta de que es un tanto presuntuoso decirlo así, pero hay libros que entran en resonancia con algo profundo, que le dan palabras a lo que antes solo fue una sensación. En este caso me identifiqué con un sentimiento primordial y vital: la necesidad de escribir.
Después de ese viaje, ya en Madrid, leí M Train y Just Kids , dos libros mucho más autobiográficos. Escribe el primero después de la muerte de su esposo y relata su matrimonio, el nacimiento de sus hijos, su vida madura. El segundo la sigue desde su nacimiento hasta la muerte de Robert Mapplethorpe, “el artista de su vida”, con quien tuvo una relación romántica complicada que marcó sobre todo su carrera artística y su relación con el arte. Fue él quien tomó la fotografía para la portada de Horses . En ella se ve a Patti Smith despeinada, con una camisa blanca, un listón desanudado al cuello, el saco negro al hombro. Hasta ese momento ninguna mujer se había presentado de ese modo, andrógina y en control. Una mujer que no se presenta para ser el objeto de deseo de los hombres, sino como una persona (¿podría decir más bien una fuerza de la naturaleza?) en sí misma.
I tried to stop it, but it was too warm, too unbelievably smooth,
Like playing in the sea, in the sea of possibility, the possibility
Was a blade, a shiny blade, I hold the key to the sea of possibilities
There’s no land, but the land
Patti Smith tenía veintiún años cuando conoció a Mapplethorpe en la librería donde trabajaba. En seguida comenzaron una relación y, en algún momento después de que ella volvió de París, se mudaron al Chelsea Hotel, donde se encontró con muchísimos artistas entre ellos al poeta Allan Ginsberg. Patti Smith es primero una poeta y una cantante después, pero ambas vertientes se ven en las influencias de este primer disco. Además de Rimbaud están los poetas Beat, Jimi Hendrix, Bob Dylan, William Blake, A Book of Dreams de Wilhem Reich y The Doors. En Just Kids habla de la gente que conoce, los libros que lee, el arte que hace. Me emocionó su vitalidad, cómo pone por encima de todo sus ganas de ser libre, de ser artista, de crear, sin preguntarse demasiado si tiene talento o no, solo haciéndolo, dibujando, escribiendo, cantando, bailando, porque no puede detener la necesidad de crear de cualquier forma que se encuentre. Me gusta cómo no duda. Hasta que leí ese libro me di cuenta de que Patti Smith estaba a punto de cumplir 29 años cuando salió Horses . Me sorprendió porque yo también tenía 29 años mientras la leía y también quería crear, pero tenía (tengo) muchas dudas. No siento ese desparpajo y la manera en la que ella está dispuesta a todo, siempre presente, lista para comerse al mundo, para recibirlo entero.
Horses está compuesto por ocho canciones. Comienza con la famosa línea: Jesus died for somebody’s sins but not mine (Jesús murió por los pecados de alguien, pero no los míos) . Se grabó en el Electric Lady Studios, el estudio de Jimi Hendrix, donde Patti Smith se lo cruzó durante la fiesta de inauguración. Antes de grabar, Patti Smith y su banda (Lenny Kaye en la guitarra, Ivan Kral en el bajo, Jay Dee Daugherty en la batería y Richard Sohl en el piano) ya habían tocado varias veces en CBGB, el famoso club de Nueva York de punk y new wave, donde los escuchó un representante de la disquera Artista Records. Patti Smith entonces contactó a John Cale para que produjera el álbum. Ella cuenta que lo eligió un poco al azar, sin saber en qué se metía y que pensaba que estaba eligiendo una acuarela muy cara cuando en realidad recibió un espejo. En otras palabras, Patti Smith se encontró con otro artista temperamental, que tenía una visión diferente a ella y el proceso de grabar el disco estuvo marcado por sus peleas y discusiones.
Una cita en el reportaje de 1975 en Rolling Stone llama mi atención. Cuenta que muchas veces le dijeron que sería imposible que alguien se arriesgara a hacer un disco con una poeta y entonces dice: “las personas están tan seguras de la imposibilidad de las cosas, que como en Land of a Thousand Dances , no ven el mar de posibilidades. Solo sé que estoy haciendo exactamente lo que quería, me tomó cuatro años llegar hasta aquí, pero ha valido la pena”. Cuando oigo Land , esa canción construida como la trilogía Horses, Land of a Thousand Dances y La Mer(de) , creo entrever ese mar de posibilidades. A pesar de la historia deprimente de Johnny, el ataque y su suicidio, el sentimiento que me deja no es deprimente, sino energizante, una aceleración, casi una fiebre. Si uno se deja, Patti Smith nos presenta ese mar abierto donde todo es posible. En un video de YouTube la veo en el 2015 cantando algunas de las canciones de Horses. Su cabello largo y blanco, vestida con un traje negro, comienza a recitar con los ojos cerrados, su voz a los 68 años es diferente al disco original, pero la energía es la misma, la respuesta del público me da envidia. Quiero estar allí.
Desde la primavera en la que me obsesioné con ella, la sigo en Instagram . Me gusta el collage que nos presenta, entre los momentos de su pasado y los lugares de su presente. Cada vez que publica una fotografía responde un mensaje que le dejan, casi siempre felicitando a alguien por su cumpleaños. El día de la elección en Estados Unidos, subió un video de ella cantando afuera de un centro de votación en Nueva York. Su cabello blanco parece haber estado en unas trenzas que ya se han deshecho, pide disculpas por quitarse la mascarilla para cantar People have the power . Entreveo la misma sensibilidad y vitalidad que envidio cada vez que la leo, cada vez que la escucho. ¿De dónde saca tanta energía? ¿Tanta intensidad después de tanto tiempo?
Patti Smith tenía 10 años cuando se encontró con una copia de Iluminaciones de Arthur Rimbaud, en la entrevista con Rolling Stone confiesa que con un vistazo a su semblante en la portada se convirtió en su poeta preferido. No puedo decir que sintiera lo mismo al ver la portada de Devotion , pero lo siento ahora que vuelvo a ver este libro, blanco y sobrio frente a mí. Lo siento cuando la escucho y entiendo por qué ha sido una influencia para tanta gente.
Pongo de nuevo Horses esperando que me enseñe algo sobre estar presente, estar atenta, algo sobre estar viva.
In the sheets
There was a man
Dancing around
To the simple
Rock & roll
Song
Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos
Grados de miopía y de los libros de cuentos
Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio . Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Ilustrador
María Magaña
Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo.
La música de David Bowie fue innovadora, mucho se ha escrito sobre el impacto que esta tuvo en la cultura popular; pero me interesa abordar las diferentes facetas del ídolo del rock para llegar a su relación con el Internet y cómo sentó las bases de los servidores de streaming que hoy conocemos.
Esta conexión surgió de forma paulatina por lo que retomaré cómo el músico, después de saltar de los escenarios al cine, se adaptó y exploró diversos formatos del arte; incluso aprovechó los cambios de diferentes eras para lograr explotar sus ideas y proyectarlas a más personas.
El modista: “Fashion, turn to the left, Fashion, turn to the right”
A cinco años de la muerte de David Bowie, el 10 de enero de 2016 , lo que más se resaltaba de su historia es que en cada álbum desarrolló conceptos diferentes , los cuales se apreciaban no solo a través de los géneros musicales que elegía para componer su obra, sino en los personajes que creaba.
Cada alter ego tenía características únicas, y su mejor aliada para hacer notar esas diferencias era la moda, pues en los años sesenta, la imagen de los rockeros se reducía a solo dos matices ya establecidos por dos grandes bandas: los niños buenos (The Beatles ), y los rebeldes (Rolling Stones ).
En ese mundo, apareció una entidad cósmica, quien impactó por su esbelta figura y su alucinante ojo con midriasis. Fueron sus vestuarios y su maquillaje los que le permitieron romper los esquema de género de esa época y dar paso a lo que hoy conocemos como “androginia ”, cuyo estilo adoptarían otros cantantes como Prince , Brian Molko , Pink y artistas más actuales como Lady Gaga .
Este ser extraño se presentó en nuestro planeta como Ziggy Stardus t , con la publicación del álbum The Rise and Fall of Ziggy Stardust and the Spiders from Mars en 1972. La unión de su música y su extravagante imagen lo convirtieron en un pionero de las presentaciones teatrales, donde Stardust (personaje creado por Bowie) narraba una historia a través de su atuendo y actuación en el escenario.
Según David Bowie, Ziggy Stardust era un extraterrestre con la misión de transmitir paz y la esperanza a la raza humana; utilizaba ropa entallada, con estampados y texturas llamativas que lo hacían lucir irreal. Sin duda este alienígena pasó a la historia como una de las figuras referentes del glam rock .
Un año más tarde, Bowie mataría a Ziggy para dar vida a Aladdin Sane , un personaje inspirado en su medio hermano Terry Burns , quien sufría esquizofrenia y se suicidó a los 47 años al arrojarse a las vías del tren. Aladdin Sane surgió del anagrama “A Lad Insane” (un joven insano) y se quedaría impregnado en la memoria colectiva por llevar un rayo en el rostro .
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo.
Bowie tuvo otros personajes como Diamong Dog , The Thin White Duke , Mayo Tom , Tao Jones y Blackstar , pero fueron Ziggy y Aladdin los más recordados por demostrar la capacidad actoral del músico: interpretaba las canciones sobre el escenario como su alter ego en turno se lo exigía.
VIDEO
La atmósfera de sus conciertos era tan delirante que la audiencia olvidaba a la persona frente a ellos. Este talento para encarnar a otros seres, algunos intergalácticos, llevó a Bowie al cine.
El cineasta: “The Man Who Fell to Earth”
David Robert Jones , mejor recordado como David Bowie , actuó en al menos 25 películas , pero la cinta más recordada fue El hombre que cayó a la Tierra , estrenada en 1976 y dirigida por Nicolas Roeg . La trama gira alrededor de un extraterrestre que llega a la Tierra con la intención de buscar agua para su planeta, donde hay sequía.
VIDEO
El primer papel protagónico del músico le quedó como anillo al dedo, porque su apariencia “reptiliana ” hizo más sencilla la interpretación del alienígena; aunque fue su apropiación del personaje lo que hizo esta cinta icónica a más de cuarenta años de su estreno.
Bowie entonces no solo interpretó a personajes arriba del escenario, sino que se adaptó a otros formatos como el cine; fue su paso de un arte a otro (de la música y el escenario al cine) el aprendizaje que lo ayudaría a aprovechar los avances tecnológicos y diversas corrientes artísticas para dejar impregnada su esencia, como lo haría más adelante en la era digital del streaming .
El gadget, Omikron: The Nomad Soul
El músico británico se vio seducido también por los videojuegos y prestó su imagen para dar paso a “Omikron: The Nomad Soul ”, el debut de la empresa Quantic Dream en 1999. Bowie hizo parte de la banda sonora e involucró aspectos creativos al juego.
¿Por qué retomar estas facetas de Bowie? Porque hablamos de un artista multifacético que plasmó su visión en todas las ramas del arte que le fue posible. Incluso un lado menos conocido, pero no por eso menos importante, fue la pintura , la cual presentó solo una vez en una galería en 1995; la prensa señaló su obra como una mezcla de “lo tradicional con lo actual ”.
No es de extrañarse que sea real la historia de que un alienígena cayó a la tierra, el cual vino a salvarnos de la autodestrucción y utilizó todas las expresiones artísticas a su alcance para que sus ideas tuvieran más impacto; y si Bowie logró grandes aportes a la música, los shows en vivo, la moda, el cine y los videojuegos, ¿por qué no hacerlo en la web y plasmarlo por siempre?
El día que David Bowie inventó el streaming : “Ch-ch-ch-ch-changes”
Bowie sospechó que se avecinaba una revolución tras la llegada de Internet, y por ello en 1998, decidió lanzar BowieNet : su propio proveedor de música en línea , incluso antes de que Napster (creado en 1999) y MySpace (creado en 2003) vieran la luz.
En su plataforma estaban disponibles otros conciertos en vivo y pistas descargables (lo que más adelante haría iTunes en 2001); pero a diferencia de las primeras redes sociales concentradas en la música, BowieNet tenía ciertas ventajas que incluso podrían darle batalla a Spotify o Deezer .
En este servicio se podía crear un usuario y compartir canciones con los demás, lo que significaba entrar a una comunidad ; no solo había un emisor y receptores de contenido, en BowieNet los perfiles podían interactuar, y si tenían suerte, hablar con Bowie , quien en ocasiones se daba el tiempo de responder a sus seguidores.
The Guardian calificó al proyecto como “tecnológicamente ambicioso ” y a la fecha suena a un ensayo de la web 2.0 : “un concepto desarrollado en 2004 por Tim O’Really para referirse a las aplicaciones de Internet que se modifican gracias a la participación social”.
Si comparamos su sitio web con el streaming tal como lo conocemos ahora, no dista mucho en cuanto a beneficios para los consumidores, porque no solo ofrece su discografía, sino invita a los usuarios a ser parte de la plataforma y crear composiciones originales. El consumidor se convierte en creador .
Un año después de crear BowieNet , el músico ofreció una famosa entrevista a la BBC donde se refiere a la exploración del Internet como algo “excitante y terrorífico ”, además de predecir que la red tendría efectos “inimaginables ” para la sociedad y que cambiaría el “contenido” para siempre.
Bowie, siempre un paso adelante, veía en la Internet la respuesta y reciprocidad de los fanáticos a la música creada por los artistas; tal cual como lo haríamos ahora arrobando a nuestro músico o banda favorita para comentar qué nos pareció su última producción.
“Rebel Rebel ”
Bowie retaba al orden establecido cada que podía, rechazó una condecoración que le ofreció la Reina Isabel II, argumentando que “nunca tendría la intención de aceptar algo como eso” y que no es para lo que trabajó toda su vida, criticó a la famosa y exitosa cadena televisiva MTV porque no transmitían videos musicales de artistas afroamericanos y protagonizó cientos de escándalos sexuales que en este texto son irrelevantes, pero reafirman que estaba contra lo heteronormativo, y justo ahí radica su importancia, en que fue un ser que nadó contra corriente.
¿Era David Bowie un alienígena? Muchos afirman que el músico visualizó hasta su muerte y que por ello nos dejó un regalo antes de partir. Ya sea predicción o casualidad, el mensaje que dejó en su última producción Blackstar no lo pudimos descifrar hasta el día que cerró los ojos para siempre, pero el legado que nos dejó Bowie fue más grande que su discografía o participación en los proyectos ya mencionados.
Al hablar sobre Internet, resaltó que “la interacción entre el usuario y el proveedor será tan simple que aplastará nuestras ideas sobre los medios”. Consideraba que una obra no está terminada hasta que el público llega a ella y agrega su propia interpretación; quizá por eso el músico buscó siempre ampliar su arte a través de diversos formatos, como lo hizo con su salto de la música a el cine. El resultado de estas experiencias se concretaron en su proyecto en línea.
Con BowieNet surgió un espacio para la gente que no contemplaba las grandes disqueras, una comunidad donde la música era el propósito y lenguaje . La plataforma sentó las bases de lo que hoy llamamos streaming y la manera personalizada de consumir contenido.
Autores
Yuri Nava nació en la CDMX en 1994. Estudió la licenciatura en Comunicación y periodismo en la Facultad de Estudios Superiores Aragón. Colaboró en medios digitales como Ultramarinos Co. y Resistencia Radio; en la revista WARP y en el diario Milenio. Actualmente realiza ensayos, reseñas e investigaciones dedicadas a la representatividad de la música alternativa en México.
Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, se ha desarrollado en la ilustración a través de la técnica del collage, colaborando en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Ha colaborado con medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Imagen tomada de Pixabay.
Nada se percibe como algo eternamente nuevo (sería incognoscible). La memoria filtra el mundo y acomoda lo que se sale del cauce de la norma o es extraordinario. Quizás por eso me obsesionan las grietas y las manchas, las nubes y no los cielos: dinamitan la continuidad de lo mismo, introducen la diferencia en horizonte de lo dado. Christina Soto van der Plas
La mayoría tenemos grandes recuerdos e historias de nuestro pasado, algunas tan grandes que son difíciles de olvidar y se aferran al mundo físico a través de nuestra piel. Entiendo que muchas de estas marcas han sido motivo de sufrimiento, pero pienso que también son muestras de superación y sobrevivencia a aquello que causó esas heridas.
La idea de que las cicatrices traen consigo una gran anécdota, ha rondado mi cabeza desde que tengo memoria. La fascinación por las cicatrices me ha ocasionado algunos problemas, al dejarme llevar por la intriga de encontrar las historias atrapadas entre los tejidos regenerados, esos episodios de vida señalados en los cuerpos de las personas. En otros diálogos, más afortunados, la seducción por esas imperfecciones, me ha lleva a conocer interesantes relatos .
Pensar que aquellas huellas en la piel conllevan un cúmulo de sucesos, condensados en esa modificación del cuerpo, me parece fascinante; algo contradictorio a la vergüenza que causan las cicatrices y los señalamientos que la mayoría hace ante estas insignias de sobrevivencia.
Costras
Las marcas en nuestros cuerpos muchas veces son estigmatizadas. Tenemos una creencia que exige ocultar la cicatriz, pues hay que mantener una imagen estética del cuerpo; por lo que ver la marca que altera nuestra piel, resulta algo grotesco .
Esto, claro está, depende de la perspectiva de lo estético. Lo grotesco dice Mijaíl Bajtín , en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento (1965), es una estética que altera o rompe con los paradigmas de lo convencional, lo de tendencia o dominante. Las citarices fracturan los estereotipos occidentales de belleza; ahí radica el atractivo que veo en ellas: romper estereotipos es interesante y no se vuelve algo desagradable.
Hay estéticas que consideran bellas y valiosas las cicatrices. El Kintsugi es una técnica en la que los objetos de cerámica rotos o fracturados se arreglan con resina, para después recubrir con una capa de oro la parte de la fractura o herida reparada. Esta práctica se fue convirtiendo en una filosofía en donde las fracturas y cicatrices forman parte de nuestra historia; en lugar de ocultarse, deben incorporarse y mostrarse para embellecer, exhibiendo así su historia. De esa manera las marcas cobran un vigor estético demostrando la fuerza de la cicatrices , y así con el tiempo esas marcas adquieren mayor valor.
De una manera similar al Kintsugi , pienso en nuestras cicatrices como emblemas dolorosos que simbolizan algún hecho importante y que indudablemente implica una herida tanto física como emocional .
Herida
La parte más complicada -lamentable y menos romántica- es el momento en que nace la futura cicatriz. Todos tenemos al menos alguna marca, si uno piensa en cuál es significativa, coincidirá que es la más dolorosa.
Una de las cicatrices que más recuerdo estaba en el rostro de mi padre : una línea vertical, oscura, de casi medio centímetro de grosor, que cruzaba desde la ceja hasta su mentón. Luego de varios años, me acostumbré a verla. Él ahora está muerto, pero tengo tan clara, en mi mente, aquella marca que ha logrado trascender en el tiempo.
Pude acostumbrarme a la cicatriz en la cara de mi padre, pero difícilmente lograré superar el momento en que lo vi llegar con esa herida, con todo el rostro ensangrentado. Una pelea se había salido de control, y con un vidrio cortaron la piel de su ceja y barbilla. La sangre aumentó la alarma entre los familiares que lo vimos llegar a casa con la herida tan grande. Afortunadamente la cortada no fue tan profunda y pudo curarse con algunas puntadas y medicamentos, pero en lo emocional es una de las cosas que más me ha sacudido, desde luego uno de los acontecimientos más impactantes que recuerde.
Pasó bastante tiempo para que yo pudiera ver a mi padre a la cara sin sentir temor al recordar lo acontecido. Algunas semanas después de que la herida cerrara me ofrecí a untar pomada cicatrizante sobre la piel que se regeneraba, observé formarse a la cicatriz, vi irse a la costra; pero el horrible recuerdo jamás se curó, jamás se fue .
Pienso que al tocar nuestras cicatrices logramos entrar en contacto con aquellos fragmentos de los recuerdos atascados entre aquella nueva piel, reavivar un poco esas viejas heridas y hacerles saber que sobrevivimos a ellas.
Emociones
Uno de los detonantes de incomodidad o satisfacción son las cicatrices. “Las cicatrices, además de impactar en la comodidad física y funcionamiento de quien las padece, también afectan en el bienestar emocional y en su desarrollo social. La mejor manera de tratar una cicatriz es rehabilitarla también a nivel emocional […]”, dice Xóchitl Aguayo Mendoza , psicóloga del Hospital de Traumatología y Ortopedia del IMSS, en un reportaje publicado en El Heraldo .
Aunque la mayoría de las marcas en los cuerpos tienen una historia desafortunada, por los hechos que generaron una herida en el cuerpo, la gente no reacciona de la misma manera al hablar de ellas. Dentro de las personas que me han platicado sobre sus cicatrices hay algunas que se enorgullecen , la mayoría son sujetos que han sobrevivido a ataques en distintas circunstancias.
Uno de esos casos extraños es un joven de aproximadamente 30 años que se enorgullecía de sus enormes cicatrices en el estómago , consecuencia de una operación para salvarlo después de recibir tres balazos: “por andar en malos pasos”, me contó mientras se levantaba la playera, “pero aquí estoy, ni a balazos han podido conmigo”. En una situación muy diferente esta Joel , un policía que me mostró con orgullo un brazo quemado por atreverse a salvar una familia ante la tardía llegada de los bomberos.
Señales
Las marcas en nuestros cuerpos forman parte de ese gran conjunto de vivencias con las cuales se puede relatar los diversos y desafortunados hechos por los que hemos tenido que atravesar y saber así un poco de la “[…] historia de quién eres, porque cada cicatriz es la huella de una herida curada, y cada herida era resultado de una inesperada colisión con el mundo; es decir, de un accidente, de algo que no debía ocurrir a la fuerza […]”, dice Paul Auster en Diario de invierno (2012).
Las cicatrices son esos recuerdos aferrados a nuestra piel para no caer en el olvido, esas marcas que cartografían los acontecimos que han transgredido nuestro cuerpo , que ayudan a nuestra memoria a no dejar ir aquellas enseñanzas que nos deberían hacer crecer y saber que nada es eternamente nuevo. Ayudan a recordar que todo se transforma y que nos reconstituimos con esas marcas que dan un valor excepcional a aquello que es reparado.
Autores
José Alberto Méndez Severiano, Estado de México (1986). Estudia la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Participó en el compilado de minificciones "Mínimas perdurables" publicado en colaboración con la Secretaría de Cultura, también ha participado en la revista Cultura Urbana.
No tengo recuerdos de mi primera infancia, destellan algunas luces amarillas y el ruido de las máquinas me ensordece antes de mi llegada al hospital. La Unidad de Medicina Familiar número 2 del IMSS, cerquita del Museo del Automóvil. Cómo me gustaba ver las horas pasar, a través de la ventana, admirando un Mercedes Benz color aceituna del año 59. La primera voz que oí fue la de una doctora rubia, de ojos verdes, que rondaba los cincuenta años. Tomó mi envoltorio y me ofreció a un joven despeinado. El joven dio las gracias y me guardó en la bolsa externa de su mochila gris junto a dos paquetitos de chicles Trident y una bandeja de paracetamol a medio uso.
La siguiente vez que vi la luz fue cuando el joven apretujó en la bolsa un pase de abordar recién impreso. Nos pasaron por una banda de inspección con rayos X y el ruido de un motor furioso me hizo comprender que estábamos despegando por los aires hacia una tierra lejana.
Aterrizamos en Madrid poco antes de la llegada de la primavera. En el aeropuerto pensé ingenuamente que el joven por fin me sacaría del empaque, pero tan solo cogió uno de los paquetitos de chicles y devolvió el envoltorio desgarrado. Más que dolor sentí envidia, envidia de esa libertad oxigenada que le permitió al chicle saborear y ser saboreado por el mundo, aunque fuera tan corta su experiencia.
Los primeros días en Madrid el joven me llevaba en la mochila a todas partes. Visitamos la Biblioteca Pedro Salinas, las librerías de Callao, la Casa de América frente a la Cibeles. Hasta que un día, sin dar mayor explicación, el joven ya no salió más. Se recluyó en su habitación, algo le pasaba, parecía deprimido. Hasta en el baño o en la cocina lo oía moverse con miedo. Limpiaba con precisión robótica todas las superficies de la alcoba; lo sabía por el olor a cloro que me recordaba al aroma de la clínica del IMSS.
En una ocasión el joven abrió la mochila para sacar un paracetamol, y debía estar distraído o angustiado porque se olvidó de poner el cierre. Fueron días bellos y luminosos. A través de un resquicio podía observar su habitación melancólica, adornada con unos pocos libros y una maceta de plástico. También pude escuchar las noticias que salían de la computadora. Se hablaba de una enfermedad extraña que inflamaba los pulmones, el corazón y el tracto digestivo, de muertos que se contaban por miles y la inevitabilidad del contagio. Hablaron de mí y me arrugué de nervios, ¿qué tenía que ver mi minúscula existencia con una noticia de interés mundial?
Al parecer no había un consenso claro. Había quienes tildaban mi existencia de meramente decorativa. Otros nos consideraban indispensables, sobre todo en las tierras lejanas de Oriente. El joven parecía respaldar la primera teoría pues nunca me prestaba la más mínima atención, antes se comía un chicle o un paracetamol. A mí ni me pelaba. Tiempo después supe que durante esas semanas estuvo realmente enfermo. Yo lo oía ahogar toses en la almohada, pero creía que era culpa de sus incesantes cigarrillos, ni idea tenía de que había pasado tres noches consecutivas con fiebre.
Pasaron las semanas, los meses, hubo días en los que me hacía a la idea de que ese empaque de plástico también sería mi tumba. Si mi vida no iba a tener ninguna función trascendental más me valía ocupar el tiempo en reflexiones. Pensaba en mi textura, mis lazos, mi color azul clarito, un poco más eléctrico que el del cielo. Recordaba los ojos verdes de la doctora y el ronroneo del avión que me trajo a otro continente.
Uno de los últimos días de la primavera abrí los ojos tras una breve siesta y me encontré con la viva cara de la traición. A pocos centímetros de mi apertura, sobre la mesa empolvada por cenizas de tabaco, vi a otro de mi especie, uno muy parecido a mí con la diferencia de que era blanco, ligeramente obeso y tenía escrito en el costado derecho la inscripción KHN-95. Me es difícil articular la tristeza que ensombreció mi orgullo. Me habían relegado por un modelo gordo y paliducho. ¿Qué había de malo en mí? ¿Por qué el joven me ignoraba con tal vileza y alevosía?
Aunque me juré que jamás perdonaría al usurpador, he de confesar que tengo un espíritu blandito y no se me da bien el rencor. No pasaron muchas horas antes de que me animara a contestar a sus lamentos; eso porque el otro, en cuanto recuperó la conciencia, no hizo más que quejarse.
—Cállate que vas a despertar a todos —le dije.
—Tú no sabes —me dijo—, no sabes lo mal que está allá afuera.
—No seas llorón, duérmete otra vez.
—Eres afortunado —susurró entrecortando las palabras—. Yo… Una vez fui como tú. Ahora estoy deshecho.
—No exageres —le dije—, yo no te veo tan mal. Por lo menos conoces el mundo.
—Y es horrible —agitó la cabeza—, lo vi, sí que lo vi y es horrible.
Le temblaron los listones y profirió un agudo grito de dolor.
—Oye, ¿a dónde fuiste? —le dije—. Ey, vamos, cuéntame más del mundo.
Pero el otro ya no despertó. Me sumí en la más amarga de las confusiones. Por la mañana el joven arrojó su cadáver al basurero, le hizo un nudo a la bolsa y me miró con ojos codiciosos. Supe que había llegado mi hora.
Un golpe de oxígeno petrificó mis lazos en cuanto abrió el empaque, fue una sensación agridulce que no tardó en convertirse en un suplicio. El joven tronó mis vértebras acoplándolas a su nariz y resopló en mi interior una bocanada de aire caliente. Qué olor tan espantoso. Salimos del edificio de cara a un día soleado. Me mareé con la cabeza del joven que evitaba mirar de frente a los demás transeúntes. En vistazos diagonales distinguí cuerpos mórbidos y atemorizados; susurros recriminatorios, ninguna sonrisa, ningún buenos días, tan solo cabeceos negativos, la prisa submarina del buzo que desea retornar cuanto antes a la superficie.
—Espera a que la limpie —dijo un mesero señalando una mesa.
El joven contestó gracias y la palabra traspasó mi cuerpo como si yo mismo la hubiera pronunciado. No sabía si era yo el que se expresaba o tan solo hacía de filtro a los deseos que proferían los labios que protegía, pero al quedarme quieto se me antojó un café con leche y cuál fue mi sorpresa cuando el joven se lo pidió al mesero.
—¿Algo de comer?
«No», dije y pensé en sincronía con la cabeza del joven, «aún es pronto para consumir alimentos en el exterior». Vi con asco los cubiertos, la servilleta, el sobrecito de azúcar que acompañaba al café. El virus podía estar impregnado en cualquier utensilio, más valdría seguir la regla que dictaban en el noticiero de no llevarse las manos a la cara. Sin embargo, el joven era fumador por lo que no tardó en enrollar un cigarrillo y me jaló hacia los pelos de su barba para inhalar el humo.
—Dicen que ponerse la mascarilla en el cuello es como ponerse un condón en los huevos —bromeó el mesero.
—Qué le vamos a hacer —respondió el joven—, al final todos nos vamos a contagiar.
—Ya sé, tío, antes nos jodían con lo de quedarse en casa y ahora que no nos contagiamos lo suficiente.
—Yo no me he hecho la prueba. Espero tener anticuerpos.
A penas dijo esto, al mesero le cambió la cara, dio dos pasitos atrás, ajustó los lazos en sus orejas y se alejó espantado. Cuando trajo la cuenta lo hizo con la misma actitud incómoda, prácticamente lanzó el recibo a la mesa. El joven dejó una moneda de dos euros y no esperó su cambio.
Volví a cubrir su boca y me emocioné vaticinando los nuevos sitios a los que me llevaría. Para mi sorpresa, emprendimos el camino de vuelta, así de corto el viaje. Intenté atesorar todas las imágenes que se cruzaban por mi paso: niños jugaban cada uno con una pelota sin intercambiar pases, banderas nacionales y moños de luto en los balcones, un hombre y una mujer se debatían jaloneando a sus perros, un pastor alemán y un cocker, que querían a toda costa olfatearse, un viejo solo en silla de ruedas gritaba que todo era mentira, el virus era mental.
Capté un incremento en las palpitaciones del joven que, en un brusco ademán, intentó apretar mis lazos, pero jaló con demasiada fuerza y resentí un desgarro que me dejó pendiendo de una de sus orejas. ¡Me rompió el lazo! La crispación me envolvió en círculos desequilibrados de nubes, zapatos sucios, tapabocas con la bandera nacional y viejos locos.
Recuperé la conciencia frente al portón del edificio. El joven me mantenía fijo en su oreja derecha mientras intentaba abrir la cerradura con la otra mano. «Pinches tapabocas del IMSS», dijimos conforme nos enervábamos más, porque la cerradura no abría y contorsionábamos el cuerpo para no darle la cara a los peatones que nos veían con ojos policiacos.
—¡Me dejas pasar! —exclamó una madre enfurruñada que llevaba a cuestas una carriola doble.
—Sí, disculpe —El joven olvidó la llave en la cerradura y, sin dejar de sostenerme en su oreja, cruzó la calle para despejar el camino.
En cuanto pasó la gente, inhaló una larga bocanada, exhaló un suspiro hastiado y dijimos por última vez en conjunto: «A la mierda». Me desenredó de su otra oreja, me apachurró en su puño y me arrojó a un enorme basurero gris con tapa naranja. La última imagen que conservo de él es ese instante en el que se encaminaba de nuevo hacia el portón, no supe si consiguió acceder, encerrarse nuevamente. Yo imagino que sí, espero por su bien que lograra entrar cuanto antes, ya que se le vía muy nervioso y desacostumbrado.
Mi destino fue similar, caí en una superficie blanda con un intenso olor a fruta podrida. De vez en cuando oía la queja de un peatón que arrojaba un pañuelo o un envoltorio, alguno que escupía a la distancia y el gargajo se quedaba colgando, viscoso, en el único recuadro de luz que le queda a los inservibles.
Por la noche me recogió del bote un viejo barbudo con el cuerpo tapizado por chamarras y me remendó el bracito con un clip. Me llevó a su cara y comencé a pensar en un idioma carrasposo. La mierda del vigilante nos dirá que vamos tarde, dije refunfuñando calle abajo, con rumbo al río. Entramos a un albergue donde nos tomaron la temperatura y nos obligaron a lavarnos las manos y la cara.
—Son las diez menos cuarto, Mihail, la próxima vez no entras —dijo una señora.
—Sí, joder, ya sé, mierda de vida —respondimos sin levantar la cara.
—¡Cuidado! —nos advirtió la señora—. Una más y te vas a la calle.
Mihail la ignoró y siguió de frente hacia el lugar donde estaba su cama. En cuanto tomó asiento en el colchón me arrancó de su cara y me lanzó a una almohada.
—¿Te jodió la policía? —le preguntó a Mihail un gordo vestido de mayas color azul y rojo.
Nos carcajeamos y Mihail le tendió un papel arrugado.
—¡100 euros por no llevar mascarilla! —dijo el gordo—. Yo por suerte llevo la máscara de Spiderman y me dejan en paz.
Al día siguiente, la vigilante nos despertó temprano y mandó a todos a desayunar. Mihail se fue sin mí, pero al rato volvió y me buscó entre la almohada porque la vigilante no lo dejó salir sin tapabocas. Me colocó otra vez entre los pelos de su bigote que olía a pan tostado y aceite de oliva. Salimos a caminar por las calles de Madrid, Mihail se detenía en cada bote de basura en busca de alimento o algún objeto metálico que le fuera útil.
Entramos a una tienda y a la salida me subió a su nariz para darle tragos a una pequeña botella de vidrio. Cuando me bajaba su aliento olía dulce pero quemaba. Deambulamos cabizbajos rumiando maldiciones, y yo me entretenía buscando clips, piedritas coloridas, colillas de cigarro. De repente creí ver de ladito un coche como el mercedes del 54 que me hipnotizaba en la clínica, y en efecto se le parecía, pero era una versión más moderna y lustrosa. No sé si Mihail quería voltear, creo que fui yo el que lo distrajo, pero de pronto alguien grito ¡Cuidado!, y las llantas del coche hicieron un ruido estridente, el conductor se zarandeó dentro del vehículo y Mihail y yo salimos volando por los aires.
Caímos sobre el asfalto, nadie se nos acercaba, el conductor bajó del coche y sacó su teléfono. Sentía que mis pensamientos se extinguían, la vida se iba de mí y Mihail, petrificado, expiraba débilmente un idioma con olor a sangre que me empapaba el cuerpo tiñéndome de rojo.
—Está muerto —dijo un paramédico que me arrancó de su rostro y me echó a una bolsa de plástico.
Después me tiraron en otro bote de basura, uno más oscuro que el primero donde me echó el joven. Los de aquí rumoran que a partir de ahora hay de tres sopas: o nos entierran, o nos prenden fuego o nos llevan en barco a la isla prometida. Todos hablan de esa isla en medio del océano donde terminan muchos que son como nosotros y por las noches, a la luz de la luna, cuentan historias de cómo llegaron ahí. Yo no quiero ya contar historias, me conformo con que me suban al barco, a ver si en una de esas de despistan y me echo un clavado al mar, espero que la corriente me lleve de vuelta a casa. Si no, mejor que de una vez me quemen o me entierren, yo ya no quiero oír historias, esta vida no se la deseo a nadie.
Autores
(Ciudad de México, 1991) Narrador, poeta, editor, traductor y ensayista. Estudió la carrera de Letras Hispánicas en la UNAM, la maestría en la Universidad Complutense de Madrid y el doctorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Ha publicado los libros
Los designios del imaginero (2012) y
Agenbite of inwit (2018). Ganador del Premio Nacional de Novela “José Revueltas” por
Nuestro mismo idioma (FETA, 2015) y el Premio Nacional de Cuento “Julio Torri” 2019 por
Sonámbulos . En 2023 publicó su tercera novela
Mundo anclado (NitroPress, prólogo de Enrique Vila-Matas). Ha colaborado en diversas antologías como
Covid: Narrativa mexicana joven, desde y contra la pandemia (FCE, 2021) y
La lectura al centro: 55 autobiografías lectoras (UNAM, 2022), así como en la revista
Quimera, Barcarola, El Universal, Excélsior,Tierra Adentro y Luvina . Como editor ha elaborado las antologías narrativas
Lo fantástico no existe (Ediciones Periféricas, 2020),
De narcos a luchadores (Contrabando, 2019) y
El misterio de los seres espaciales (Deliria, 2023). Es profesor de literatura en la UNAM y en Literaria: Centro Mexicano de escritores.
En 1999, en la entrevista que Roberto Bolaño dio a la periodista María Teresa Cárdenas, al preguntársele sobre objetivo de la Literatura, respondió: Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y ha sido mi elegancia.
Siendo el 2020 un año marcado por el encierro forzado, una actividad introspectiva como la lectura ofrece una posibilidad infinita de asomarse al Otro, aun a pesar de las limitaciones del contacto personal. Este año, mis lecturas cierran en un total de 340 libros, de los cuales comparto los que considero los mejores que he tenido la fortuna de encontrar, en una cartografía por géneros y países de origen de los autores.
NOVELA MEXICANA
La sonorense Sylvia Aguilar-Zéleny y su novela Basura (2018, Nitro/Press) plasma tres historias cruzadas sobre mujeres que definen sus propias vidas a partir de los restos de otros, y que se encuentran en esos grandes territorios de la miseria humana: los basureros del norte del país. Loba de Orfa Alarcón (2019, Alfaguara), sobre la violencia heredada como una enfermedad incurable.
D os revelaciones de Editorial Almadía: Gilma Luque y su Obra negra (2017), narración sobre la infancia y adolescencia de una mujer marcada por la enfermedad, el desgaste irreversible y la muerte inminente de una madre a la que se ama, pero cuya situación provoca culpa y vergüenza. Y la escritora oaxaqueña Karina Sosa Castañeda con Caballo fantasma (2020), un recorrido introspectivo por la ausencia de los otros, por la permanente sensación de estar solo y nunca pertenecer.
Dos premios Mauricio Achar – Random House Alejandro Carrillo y Adiós a Dylan (2016), novela iniciática sobre la esperanza y la decepción inherentes al crecer; y Entre los rotos (2019) de la veracruzana Alaíde Ventura Medina, quien enumera las heridas incurables provocadas por un padre violento y la frágil y difícil relación fraternal que sobrevive al daño.
NOVELA LATINOAMÉRICANA
2020 fue para mí un año predominantemente argentino. Leí a Dolores Reyes con Cometierra (2019, E ditorial Sigilo), una novela sobre una mujer que puede establecer contacto con mujeres desaparecidas y también una reflexión sobre la violencia feminicida. Claudia Piñero en Elena sabe (2007, Alfaguara), retrato íntimo de una mujer que convive con la enfermedad de Parkinson, pero también un cuestionamiento al machismo y a la maternidad como formas de redención de la familia latinoamericana tradicional.
Rodrigo Fresán y Jardines de Kensington (2003, Mondadori): un tour de force a través de la historia de J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, y un escritor inglés inmerso en la psicodelia de los años sesenta.
La favorita de la crítica, Mariana Enríquez y su Como desaparecer completamente (2004, Página12), sobre la vida rota de un sobreviviente de abuso sexual familiar. Camila Sosa Villada logra con Las malas (Tusquets, 2020), uno de los mejores libros del año: un retrato luminoso de la búsqueda de la propia identidad sexual. Del argentino Osvaldo Soriano, No habrá más penas ni olvido (1978, Seix Barral), el relato cinematográfico de un enfrentamiento de peronistas con la policía en búsqueda de justicia.
Desde Chile, Nona Fernández con La dimensión desconocida (2016, Random House) y Space Invaders (2020, Fondo de Cultura Económica) muestra el peso de la dictadura militar en el construcción de la propia identidad. Lina Meruane, con Sangre en el ojo (2012, Eterna Cadencia), sobre una mujer que pierde la vista en un país extranjero, y la dependencia total y enfermiza de un hombre hacia su cuidado: una prosa diestra y visceral.
El chileno Pedro Lemebel, Tengo miedo, torero (2001, Anagrama), sobre la ternura del enamoramiento imposible entre un perseguido político y la mujer trans que lo protege (con película a estrenarse próximamente en México).
La ecuatoriana Mónica Ojeda con Nefando (2019, Almadía), la historia de un violento y sórdido juego en la red, construido para reflejar la vida de una familia marcada por la más inefable oscuridad; una novela que obliga al lector a mirar en el propio abismo interior.
Pilar Quintana, colombiana y su novela La perra (2019, Random House), la historia de una mujer rota que se empeña en destruir lo que ama.
NOVELA CONTEMPORÁNEA
Dos novelas de escritoras coreanas: de Cho Nam-Joo (1978) Kim Ji-young, nacida en 1982 (2019, Alfaguara), relato sobre la culpa y la vergüenza que genera la condición de ser mujer en la sociedad contemporánea. En la misma línea, La vegetariana , de Han Kang (premio Man Booker Internacional, 2016) , novela en la que a partir de una anécdota aparentemente irrelevante (una mujer que decide súbitamente dejar de comer carne), se logra una profunda reflexión sobre la resistencia ejercida a través del propio cuerpo contra el abuso, el machismo y la misoginia presentes desde la infancia.
Una revelación: el vietnamita Ocean Vuong (1988) con En la Tierra somos fugazmente grandiosos (2019, Anagrama): una historia sobre la fugacidad de la vida y la belleza, sobre resiliencias familiares y personales.
Francia representada en las novelas de Delphine de Vigan, Las horas subterráneas (2010, Suma de Letras), sobre la violencia silenciosa del acoso laboral y la imposibilidad de encontrarse en el Otro; y Las lealtades (2018, Anagrama), seres heridos que guardan fidelidades tóxicas que solamente logran perpetuar escenarios de dolor. De igual manera, el relato biográfico de Évelyne Pisier y Caroline Laurent, De repente, la libertad (2018, Lumen), que ahonda sobre la libertad conseguida por una mujer a mediados del siglo XX. De la escritora Anna Gavalda, Juntos nada más (2004, Seix Barral) y La amaba (2002, Seix Barral); así como una favorita personal: Annie Ernaux con El lugar (2020, Tusquets), un retrato duro y terrible sobre la ternura abstracta del propio padre.
Europa Oriental representada por una oda de suma belleza dedicada a la figura de la madre en la novela de Tatiana Ţȋbuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016, Impedimenta). Atlas descrito por el cielo (2012, Sexto Piso) del escritor serbio Goran Petrović, en el que delinea a través de 52 pasajes, el descubrimiento del lenguaje para construir mundos donde no existen techos más altos que el cielo. La vida verdadera (2020, Salamandra) de la belga Adeline Dieudonné (1982), recuerdos de una infancia profundamente dolorosa. De la polaca Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura 2018 con Sobre los huesos de los muertos (2009, Océano), una novela negra que abre la pregunta sobre la ética inherente al maltrato animal.
Algo de literatura anglosajona: Parentesco (1979, Capitán Swing), de la estadounidense Octavia E. Butler: la historia de una mujer afroamericana del siglo XX que enfrenta el periodo de esclavitud de Estados Unidos en 1815, llevándola a los límites de su propia humanidad. También la inglesa Nell Leyshon con Del color de la leche (2013, Sexto Piso), una novela sobre la tragedia de nacer mujer en 1830, y la sublevación de la opresión a través de la apropiación del lenguaje.
Aprender a hablar con las plantas , de la española Marta Orriols (2018, Lumen), una exquisita descripción de la pérdida del ser amado, y el replanteamiento de la propia vida interior a partir de las cenizas. Ray Loriga y la novela distópica Tokio ya no nos quiere (1999, Plaza & Janés), historia sobre la travesía de un hombre que se dedica a borrar recuerdos.
Algunas novelas clásicas, como La hija del optimista , de Eudora Welty (2009, Impedimenta), Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, El paciente inglés (1997, Plaza&Jánes) de Michael Ondaatje, Novecento: la leyenda del pianista en el océano de Alessandro Baricco (1994, Anagrama) y Furia Feroz , de J.G.Ballard (1988, Booket).
CUENTO
Cosas que nunca te dije (2013, Tajamar), de la chilena María José Viera-Gallo, cuentos sobre el exilio, el amor incondicional a los hijos a través de la enfermedad, la desintegración inevitable de la pareja, las noches que hacen que la vida valga la pena y las consecuencias de la tortura inenarrable.
Quiltras (2020, Paraíso Perdido), de Arelis Uribe: personajes de las periferias en los que nadie repara, dueños de una palpable humanidad.
Samanta Schweblin, con Siete casas vacías (2015, Páginas de Espuma): personajes que guardan celosamente la memoria de los que se han ido, que se preservan de la demencia, que comparten algunas aficiones como forma de vengarse del mundo injusto.
El descubrimiento de la prosa de Sam Shepard en El gran sueño del paraíso (2002, Anagrama) quien retrata la vida de los habitantes del Medio Oeste rural norteamericano, de las planicies y del desierto. Raymond Carver y la versión de 1989 de Vintage Books de What we talk about when we talk about love , quien demuestra una maestría en el manejo de un lenguaje sobrio, y de la epifanía como momento revelador de la miseria y luminosidad humanas.De igual manera, el descubrimiento de la finalista del National Book Award, Bonnie Jo Campbell, con American Salvage (2010, Wayne State University Press),con historias de los olvidados, de los consumidos por la pobreza, las drogas y los prejuicios.
Cuento mexicano: Sylvia Aguilar-Zéleny con Nenitas (2013, Nitro/Press); Esa membrana finísima (2014, Fondo Editorial Tierra Adentro) de Úrsula Fuentesberain : el sentido de extrañeza y el horror en lo que se reconoce como ajeno. Love is love (o de cómo me ato las cintas) (2019, Nitro/Press): sobre las diversas formas de expresión de la identidad sexual.Benjamín Alire Sáenz y su Kentucky Club (2014, Random House): personajes rotos y un Juárez nostálgico y violento. Mi hallazgo de Dios en la Tierra de José Revueltas (2017, Era): cuentos sobre el sufrimiento en carne viva, el olor de la enfermedad y la muerte, el abandono y la desolación, el amor torcido y el honor quebrantado, la degradación moral y la esperanza inútil.
POESÍA
El mejor libro de poesía leído en 2020: Edith Södergran, Encontraste un alma: Poesía completa (2017, Nørdica). Poeta nacida en Rusia en 1892, muerta prematuramente a los 31 años; dueña de una desbordante sensibilidad, temas como la naturaleza salvaje, el cuestionamiento de Dios, la belleza, el origen y el destino del dolor, la feminidad y la sororidad, la condición de mujer joven y plena, el abandono al amor que todo lo arrasa.
La faceta poética de Ocean Vuong con Night sky with exit wounds (2016, Canyon Press); una oda al esposo idílico en The beauty of the husband : a fictional essay in 29 tangos (2001, Vintage Books) de Anne Carson; y de la mexicana Elisa Díaz Castelo, Principia (2018, Fondo Editorial Tierra Adentro): sobre el cuerpo como territorio finito.
CRÓNICA
Los libros de crónica desde la cárcel mexicana para mujeres, Mujeres que matan y Las celdas rosas (Nitro/Press, 2013 y 2018) de la sonorense Sylvia Arvizu (1978) en las que descubre en la palabra escrita un cauce para alcanzar la libertad anhelada.
Las memorias del neurocirujano Paul Kalanithi, Recuerda que vas a morir. Vive (2016, Seix Barral): sobre el hallazgo de la Neurocirugía como motivación vital, el diagnóstico de cáncer avanzado y la confrontación con la propia vida que se extingue.
Los diarios del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso (2003, Seix Barral), donde se plasma su pesimismo envolvente, la frustración de la escritura, la desconfianza en las palabras y las dudas sobre la posteridad.
La irlandesa Maggie O´Farrell y Sigo aquí: diecisiete roces con la muerte (2017, Libros del Asteroide), en el que la autora rememora momentos en los que la vida propia pudo haber cesado por el azar.
El músico estadounidense Moby con Porcelain. Mis memorias (2016, Sexto Piso): una larga carta de amor a la Nueva York de los años ochenta. El escritor afroamericano Ta-Nehisi Coates (1975), con un ensayo brutalmente honesto y personal, Entre el mundo y yo (2016, Seix Barral): una carta de amor al hijo que nace en un mundo plagado por la violencia racial, la negación de la Historia negra y el ejercicio de la paternidad a partir de modelos dañinos; ofreciendo un resquicio de esperanza en el hallazgo de uno mismo en el contacto con los otros.
DIVULGACIÓN
Howard Gardner, Verdad, belleza y bondad reformuladas: la enseñanza de las virtudes en el siglo XXI (2011, Paidós).
LIBROS SOBRE FEMINISMO
La estadounidense Kate Bolick (1972) y su búsqueda de la libertad, independencia y soledad a través del ejemplo de vida de otras escritoras en Solterona: la construcción de una vida propia (2015, Malpaso).
Catalina Ruiz-Navarro y Las mujeres que luchan se encuentran: manual de feminismo pop latinoamericano (2019, Grijalbo), sobre seis ejes temáticos: cuerpo, poder, violencia de género, sexo, amor y activismo.
Ya no somos las mismas y aquí sigue la guerra , (2020, Random House), libro del colectivo de periodistas Pie de Página (Daniela Rea, editora), que muestra la escalada de la violencia de género en México, desde el punto de vista de las desplazadas por el narco, los familiares de desaparecidas, pero también de aquéllas que se empeñan en sanar.
La argentina Luciana Peker y La revolución de las hijas (2019, Paidós), semi-manifiesto sobre una revolución feminista, callejera y plural. La serie de Sexto Piso Tsunami (2018, Gabriela Jáuregui, editora) y Tsunami. Miradas feministas (2019, Marta Sanz, editora) y El feminismo lo cambia todo (2018, Paidós) de la española Silvia Clavería.
EL MEJOR LIBRO DEL AÑO LECTOR, 2020
Teoría de la gravedad (2019, Libros del Asteroide), de la periodista argentina Leila Guerriero; en el que, a partir de la narración de hechos cotidianos (como el corte de la primera orquídea del año, la lectura de un libro de Charles Simic), Guerriero reflexiona con una enorme sensibilidad y belleza sobre el estar aquí, sobre la tristeza que nos invade a diario, sobre las preguntas.
Autores
(Puebla, 1984) es neuróloga pediatra por la BUAP y la UNAM; ferviente entusiasta de la lectura.
Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pienso si pedir un trago más o desistir e irme, cuando escucho romperse un vaso de vidrio que se estrella contra uno de los pocos pedazos de vinil que quedan en el piso, esos que alguna vez forraron el suelo del lugar. Casi al instante se escucha un coro de silbidos y después a un hombre gritar: “La siguiente ronda le toca a Olaf por manos torpes”. Tenía muchos años que no escuchaba que llamaran a alguien así.
Cuando yo tenía diez años conocí en mi calle a un niño con el nombre más atípico. Recuerdo que cuando escuché que lo llamaban sentí por primera vez, después de muchos meses, un interés de hablar con alguien, quería saber por qué tenía ese nombre, por qué lo llamarían Olaf y no José, Roberto, Francisco, Miguel o Jesús. Aquella vez yo había salido a caminar como lo hacía muchas veces, caminaba para escapar del viejo cinturón de cuero, del aliento alcohólico de mi padre pero sobre todo para huir de la angustia que me provocaban los quejidos de mamá cuando él la maltrataba. Escapaba del infierno en que se convertía la casa cuando papá llegaba tomado. Esa tarde, al ir caminando por mi calle, escuché un grito que salía de la última casa “Olaf, recuerda que tienes que regresar a la hora de la cena” mientras un niño de mi edad salía de aquella casa y respondía: “sí mamá”. Me quedé observando a aquel niño que corría hacia otros. Me senté en la esquina entre las jardineras, observaba aquellos niños que se organizaban para jugar futbol. Cuando la noche comenzó a caer, Olaf y los demás niños se fueron, yo seguía sentado entre las jardineras. La tarde siguiente regresé a la esquina de la calle, me senté por unos cuantos minutos y vi salir a Olaf, esta vez no estaba ninguno de sus amigos en la calle y él comenzó a patear el balón contra la pared. Yo jugaba con uno de los hilos de mi playera, lo jalaba hasta que conseguía un pedazo largo, lo enrollaba y desenrollaba en mis dedos pero no perdía de vista aquel niño. No pasó mucho tiempo antes de que el balón de Olaf cayera junto a mí, corrí a recogerlo y entregárselo. Miré sus manos limpias y mis manos con manchas de mugre, las escondí detrás de mí, creo que él jamás puso atención de mi aspecto y en seguida me invitó a jugar, yo acepté no sin antes preguntar ¿por qué te llamas Olaf, sabes por qué te pusieron ese nombre? Él respondió que no lo sabía, que si me ponía de portero o si se ponía él. A partir de aquel día nos convertimos en compañeros de juegos. Deje de saber de él cuando mi madre y yo huimos del infierno. Jamás lo volví a ver, jamás supe por qué se llamaba así.
Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pensando si pedir un trago más o desistir e irme, escucho romperse un vaso de vidrio pero no es motivo suficiente, estoy a punto de pagar la cuenta cuando la mesera pasa a levantar el desastre de Olaf y sus dos acompañantes. La mesera se inclina, comienza a juntar los vidrios rotos y el borracho Olaf me ha dado el motivo; desliza su mano hacia dentro de la blusa de la mesera, ella manotea y él se burla. De dos pasos estoy en su mesa, lo tomo de su camisa, lo alzo, sus acompañantes se levantan, mi mano derecha llena de cuarteaduras corre la gabardina para tomar mi revólver y golpear el rostro del gañan con la cacha, los dos amigos del maldito dan un paso atrás. Desahogo mis frustraciones en él. Me he convertido en una bestia como lo era mi padre. La rabia de atestiguar el sufrimiento de una mujer por los abusos de un hombre enciende el fuego en mí. La adrenalina de los golpes trastorna mi razón, siempre he odiado cualquier sustancia que altere mi ser pero la hormona que segrego al golpear a detestables como éste se convirtió en un vicio para mí, aunque no me enorgullece mi cuerpo necesita de ella y un poco del alcohol, desde aquel infierno que le provoqué a mi padre en nuestra antigua casa. Ahora sé que ha sido una desgracia lo que he heredado de aquel miserable.
Después de unos cuantos golpes con la cacha lo miro a la cara y hay un cambio en mi ritual, unas dudas me frenan − ¿sabes qué significa Olaf, sabes por qué te llamaron así?− él tipo con los pómulos a punto de estallar y un río de sangre en la nariz niega con la cabeza. Lo suelto, me acomodo la gabardina y confieso en voz alta que “odio nuestro nombre, es una condena”. Pongo sobre la mesa el pago por mis dos tragos y salgo, camino por la calle pensando en todos los que nos llamamos así, nadie me llama Olaf desde hace mucho y tenía varios años de no conocer alguien con ese nombre, hasta hoy. Recuerdo que a unos días de huir de mi calcinado padre pude preguntar a mamá sobre el significado de Olaf, ella me dijo: significa “ legado de los antepasados”.
Autores
José Alberto Méndez Severiano, Estado de México (1986). Estudia la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Participó en el compilado de minificciones "Mínimas perdurables" publicado en colaboración con la Secretaría de Cultura, también ha participado en la revista Cultura Urbana.
Ilustración por Güerogüero.
Ahí está el pueblo del Niño Fidencio. Parece cerquita, pero en realidad está bien metido en la Sierra .
Es octubre, se aproximan las fechas de los muertos , tanto las norteñas como las locales. Viajo de Monterrey a Monclova . El trance del desierto es necesario, la distancia que se dice como cualquier cosa, un viajecito por una carretera tan recta que no parece terminar nunca.
Allá, afuera de las ventanillas, el desierto. Un valle o una planicie, un yermo, le dice José Gil Olmos a la frontera entre Nuevo León y Coahuila . Pero no hay tal cosa, no veo muerte, tampoco el chofer lo hace, quien me cuenta sobre los osos negros que a veces bajan de las montañas, de los ciervos que se atraviesan por la carretera y a veces son embestidos, con muy mal resultado para quienes lo hacen, por los camiones que cruzan una tierra que hasta hace apenas unos años era territorio de la narcoviolencia.
El norte es el narco . Esa consigna estaba ya enclavada en las vivencias culturales, en el pensamiento de aquellos que pertenecemos al centro del país. Tlaxcala es tan distinta a Coahuila, a Nuevo León, ni siquiera en sus zonas rurales se parece y, sin embargo, noto la conexión, la soledad de los páramos que se extienden sin, aparentemente, un alma.
En Tlaxcala , las tarántulas, los conejos, coyotes, víboras o alacranes. En el Noroeste son los osos, los ciervos, y también las serpientes, los insectos más agresivos y venenosos que los del centro. El Norte no es, pues, desolación. Es supervivencia y soledad, es una zona marginal en apariencia, alejada de la vida mexicana de la capital. Región fronteriza. ¿Y no es en los cruces de caminos, en las regiones liminales, donde se aparecen los fantasmas ?
Al menos aquí, algunas personas descubren la naturaleza más allá de la realidad aparente. Las fronteras con lo imaginario , y con lo espiritual , son bastante delgadas. Allá enclavado está el pueblo del Niño Fidencio . Y yo pongo cara como de no saber nada, porque jamás había escuchado sobre aquel nombre, denominación, espíritu. Un santito, un niñito Jesús, supongo. Pero es las dos cosas y más: un chamán, un santo , un buen hombre de los tiempos de la Revolución.
“Allá está Espinazo ”, repite el chofer; tierra santa de peregrinaciones, donde está el templo del Santo Niño Curandero . Cada que vienen escritores quieren detenerse en Espinazo , que parece estar cerca, pero dista a una hora desde allí. Y lo que hay no es cualquier cosa. Hay que dedicarle su tiempo. En Espinazo parece que lo imposible se filtra entre la tierra, como un río subterráneo que brota como un milagro.
En realidad, no es un río, sino una charca, un cuerpo de agua insignificante, sucio, donde el Niño Fidencio curaba a los centenares de personas que acudían a diario para encontrar la salvación física, el cese del dolor. Como tantos otros santos populares , el Niño Fidencio nació como una persona de carne y hueso, un humano caminando por las fronteras desoladas a donde no llegaba la atención de nadie ni oficial ni mucho menos eclesiástica.
México es un país diverso, más de lo que comúnmente solemos pensar. Las realidades religiosas son tantas como grupos humanos pululan en la geografía golpeada por centenares de eventos, violentos o no, que han conformado una mitología de lo que es, o no es, la nación mexicana.
A manera de brevísimo resumen, diré que la religiosidad en la geografía que ahora constituye México, ha sido importante para fundamentar las diversas culturas que han florecido, y fenecido, en algún rincón del país. No es necesario pensar en los rituales mexicas, en los dioses mayas o en los centros ceremoniales que se encuentran regados en diversas zonas. Tan solo hay que pensar que el catolicismo ha confluido con otros centenares de religiones, fes y creencias de todo tipo, provocando sincretismos que, para cualquier interesado en estos fenómenos, sea desde la fe, la curiosidad científica o cualquier otra perspectiva, resultan fascinantes. Los dioses de las poblaciones nahuas, incluidas las madres divinas, ya fuera la Coatlicue , Chalchiutlicue , o hasta la misma Mitecacíhuatl , terminaron en los ejes centrados en las divinidades del cristianismo, en forma de vírgenes y santos.
Mircea Eliade habla del Deus in absenthia , en su Historia de las creencias e ideas religiosas (1976), y explica el interés del ser humano de entender el universo mediante, por ejemplo, el mito . Tiene que existir un dios creador, un agente que explique la existencia del Mundo o del Cosmos. Esta divinidad, sin embargo, tiene un carácter tan elevado que resulta lejano para los seres humanos, gozosos y sufrientes. ¿A qué entidad se le puede pedir clemencia, que alivie el sufrimiento, que nos “ayude” a conseguir algo que deseamos? La alta divinidad está tan lejos que es necesaria la concepción de dioses más cercanos .
El ejemplo más claro en las religiones cristianas, especialmente en las latinas, es el aspecto de los santos y de las vírgenes , en todos sus avatares. Como en la religión hindú, una misma emanación recibe distintos atuendos, plegarias, ritos y hasta funciones. La Virgen María es solo una, pero la encontramos como Virgen de Guadalupe, de Fátima, de Juquila, Dolorosa, etc. La virgen es, al fin y al cabo, un arquetipo de la madre , la madre celestial o la madre terrestre, que siempre nos cuida, protege, ve, pero que también castiga.
Uno de los santos populares más famosos, desde hace al menos cincuenta años, es la Santa Muerte , una expresión extraña, se vea por donde se vea, de una divinidad protectora y “bondadosa”. Cabe aclarar que un santo popular es distinto de un santo oficial , ya que no está, casi en ningún caso, validado por iglesia alguna (oficial).
En Latinoamérica, una de las iglesias cristianas más poderosas e influyentes es la católica, a pesar del crecimiento de diversas fes que parten desde el mismo cristianismo: pentecostales, protestantes, mormones, Testigos de Jehová, animistas, etc. No hay datos que puedan sugerir cómo ha cambiado la religiosidad de los mexicanos, debido a la hegemonía de la Iglesia Católica, que aún está coludida en instituciones oficiales y hasta de carácter científico .
Un ejemplo claro, aunque no contundente, sino meramente pragmático, es la “sensación” que la sociedad mexicana tiene sobre la Santa Muerte, un santo cuya filiación nada tiene que ver con la iglesia católica, aunque, como aprecia Andrew Chesnut en Santa Muerte. La segadora segura (2013), los creyentes en esta santa popular también se autodenominan católicos.
La santidad es un proceso llevado a cabo por la Iglesia Católica, que tiene determinadas pautas y requerimientos. Un santo es una persona histórica , real (aunque, por supuesto, muchos de estos santos pertenecen más bien a la necesidad de sincretismo o adecuación de la fe, convirtiendo a determinada divinidad en un santo, como el caso de San Jorge en Inglaterra), que ha concedido milagros a quienes, por alguna razón, se han encomendado a él.
El santo funciona como medio entre Dios y los hombres. Los santos son oficializados por el canon eclesiástico . Por el contrario, los santos populares , son erigidos por la gente, por el pueblo, por aclamación . No existe una validación oficial, aunque la fe, y el número de adeptos, en muchas ocasiones provoca el surgimiento de un aparato eclesiástico, tal es el caso del Niño Fidencio , o de la Santa Muerte .
La existencia de santos populares parece provenir de la situación fronteriza, especialmente de la región norte (al menos en el país, ya que no es el único lugar donde existen santos populares), donde la mella provocada por la Revolución Mexicana permitió la existencia de personajes que se fueron convirtiendo, poco a poco, en santos. Tal es el caso de Jesús Malverde, Juan Soldado , la Santa Niña de Cabora , el Niño Fidencio , hasta Pancho Villa .
José Gil Olmos, quien muestra en Santos Populares. La fe en tiempos de crimen (2017) un mosaico de las divinidades populares en el país, pareciera darnos una explicación en torno al crecimiento de la religiosidad, sea o no oficial. Y este fenómeno, nos dice, se debe a la violencia , al crimen, y a la desatención por parte de las instituciones que deberían salvaguardar la integridad de los ciudadanos. La famosa sentencia de Max Weber , quien decía que la única función del Estado debe ser la protección de sus ciudadanos, es decir, el ejercicio exclusivo de la fuerza, pareciera convertirse en una mera anécdota, pues desde el surgimiento de los movimientos independentistas, los países del continente han sufrido de estados de violencia constantes.
Esta explicación parecería convertirse en un fundamento que los estudiosos de la religión entienden como una base desde la cual partir para la explicación o el entendimiento de estos fenómenos. Sin embargo, esto es ligeramente distinto con el Niño Fidencio . No fue la criminalidad imperante, tampoco el ansia de quienes habitan las zonas grises o negras de la legalidad, lo que provocó el auge del Niño Fidencio, cuyo culto se convertiría, poco después, en una iglesia después de su muerte. Y es que precisamente, la santidad del llamado Niño Fidencio, se debe a los poderes curativos , casi chamánicos, de los que hizo gala durante su corta vida.
José Fidencio de Jesús Constantino Sintora , el taumaturgo de Espinazo, como lo llama Nicolás Echevarría en su película, nació el 13 de noviembre de 1898, en Las Cuevas, Irapuato, Guanajuato. Sin embargo, la mayor parte de su vida la pasó en el pueblo de Espinazo, Nuevo León, en las lindes de Nuevo León y Coahuila, hasta su muerte, el 19 de octubre de 1938. Aquel pueblo ferroviario, metido en el desierto, pobre y sin una sensación de grandeza, más que aquella compartida por el desierto, se convirtió en el símbolo de un culto dedicado a la sanación .
La vida de José Fidencio de Jesús ha sido estudiada por algunos antropólogos, así como por biógrafos interesados en un culto extraño y mesiánico. Carlos Monsiváis , en Los rituales del caos (1995), le dedica un artículo (no es el único, ya que participó en otros libros colectivos sobre el tema de los santos populares) al Niño Fidencio, explorando los límites de la fe, además de las circunstancias que llevan al nacimiento de un fenómeno religioso como este.
El Niño Fidencio creció en Espinazo, llamándose así porque, según testimonios de quienes conocieron al Santo Niño , sus órganos sexuales no se desarrollaron, por lo que fue virgen durante toda su vida, además de hacer gala de una voz infantil. Su fisonomía, como lo demuestran las grabaciones y fotografías de la época, es bastante peculiar, pues muestran a un hombre de mirada profunda, movimientos pausados, talante tranquilo, en medio de arrebatos extáticos, no de él, sino de los cientos de seguidores que acudían para obtener la sanación .
Desde muy pequeño, el Niño Fidencio descubrió los poderes curativos que tenía, como afirman algunas biografías, y de extraña manera poética se retrata en la novela de Felipe Montes , El evangelio del Niño Fidencio (2008). Sus curaciones las realizaba por medio de terapias diversas, aunque, como él afirmaba, su poder se lo daba la divinidad . Entre las que Monsiváis enumera se encuentran la kineterapia, la meloterapia, la imposición de pies y manos, o la impactoterapia. Estos ejercicios, propios del taumaturgo (de él y de otros) propinaban un carácter especial a todo lo que le rodeaba.
La consciencia del Niño parecía centrada en la curación por cualquier tipo de medio. Una vez establecido como curandero, sus jornadas se convirtieron en arduo trabajo que le llevaba periodos de dieciséis hasta veinte horas continuas. La consagración, sin embargo, llegó de parte del presidente Plutarco Elías Calles , quien lo visitó en una ocasión para atender una enfermedad de la que no se tiene registro. De la visita no se sabe demasiado, pero el solo hecho de existir, aunque no de manera oficial, volvió famoso al Niño, convirtiéndolo en uno de los curanderos más importantes de la historia reciente del país.
El culto al Niño Fidencio se propagó durante años, debido a las proclamas proféticas que el Niño hizo, incluso antes de morir, como aquella afirmación de que regresaría a la vida tres días después de su muerte, en otro cuerpo, y nadie sabría de quién. Esto provocó que quienes lo ayudaban sintieran que debía seguirse propagando la curación que el Niño le daba a cualquiera que tuviera alguna enfermedad o dolencia.
El 22 de junio de 1993 se fundó la Iglesia Fidencista Cristiana , con todo y su rito, aunque no se alejó de la Iglesia Católica del todo. Como sucede con los adeptos a distintos santos populares, su fe católica (o de otra filiación) no es interrumpida por su adherencia a los ritos de alguno de estos santos, de la Santa Muerte al Niño Fidencio. Además, a pesar de la diferencia fundamental entre el culto al Niño Fidencio, en contraposición del credo católico, la adherencia al fidencismo conlleva una fe dedicada a la esperanza en la curación de todo dolor, físico o espiritual.
La religiosidad es un fenómeno estudiado tanto por psicólogos como por lingüistas, antropólogos o hasta neurocientíficos. El fenómeno puede verse desde distintos puntos de vista. Sin embargo, la existencia de un Niño Fidencio, con su consiguiente “Iglesia” que sigue el legado de curación de Fidencio Constantino , mediante la utilización del chamanismo , ya que las “cajitas ” (o depósitos corporales: sus sacerdotes) funcionan como médiums para utilizar los poderes del espíritu del Niño Fidencio y así curar. Las “cajitas”, además, llevan un camino de preparación, donde en lugar de recibir los espíritus de chamanes, hombres medicina o seres sobrenaturales, son poseídos por la emanación del Niño Fidencio.
Este tipo de ejercicios espirituales podría conllevar a una visión completamente escéptica: el Niño Fidencio y la iglesia taumatúrgica que se ha construido alrededor de su figura es tan solo un fraude. Mas, ¿cómo no apreciar la intensidad en el actuar del Niño Fidencio, en un hombre no desarrollado sexualmente que trabajaba hasta la extenuación sin cobrar ni un solo peso por sus servicios. Todo situado en el desierto, tan cerca de los placeres del capitalismo norteamericano, apenas incipiente durante las primeras décadas del siglo XX, guiado y enmarcado por un hombre, solo uno, cuyas armas eran sus manos, su orina, su saliva, su risa y su fe.
Más allá del escepticismo, y del cinismo, un vistazo a un fenómeno donde se aspira a superar el sufrimiento, nos habla de lo que es humano, verdaderamente humano. Y así, es complicado desprenderse de cualquier fe que surja, y no ver en el éxtasis una señal de belleza, un toque arrebatado de lo sublime, donde la cortina, ese velo de Isis, pareciera desvelarse aunque sea un poco.
A Espinazo , Nuevo León, aquella tierra abandonada y mística, he de volver, en medio del desierto, con velas votivas encendidas a la figura del Niño Fidencio vestido como el Sagrado Corazón de Jesús, o como la Virgen de Guadalupe, el Santo Queer, el Santo Virgen, a orar por la superación del sufrimiento, por el reconocimiento de la humanidad; incluso a través de las llagas, la pobreza, la enfermedad y la ignorancia, y el Niño Fidencio ha de responder, pues parece estar vivo en ese rincón del país (y no solo ahí), no porque uno sea adepto a la Iglesia Fidencista o crea o no en la taumaturgia, sino porque representa una realidad dolorosa y espectral donde, lo que Rafael Llopis llama “Pulsión hacia lo Sobrenatural”, se da en toda su expresión, en medio de los paisajes sublimes, circundado el pueblo por vías del tren, carreteras infinitas, ciervos y osos.
La forma, la punta o la llama, pertenece al Niño Santo, un hombre cualquiera que un día sintió que con sus manos podía curar, y la gente, sin nada ya que perder en este mundo, le hizo caso.
“Ya con esta me despido, con dolor de corazón
Fidencito Constantino, tú nos des la bendición.”
Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como
Ágora ,
Letrarte y
Momento . Parte de su obra se incluye en las antologías
Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustrador
GÜEROGÜERO
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fazines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.
Ilustración por Caro García
La televisión de casa en los noventas era negra y pesada; un cuadrado mate sobre el mueble de madera en el cuarto de mis papás. Con una precisión envidiable, el Canal 5 transmitía cada invierno la película Mi pobre angelito ; en aquella pantalla se construyó la nostalgia, distendida en los años, atrapada entre canales que solo proyectaban una estática gris y ruidosa. Ahí, dentro del vidrio convexo de la t.v. veía la ciudad nevada, calles anchas adornadas con luces, aeropuertos de países fríos. Pero sobre todo veía a Kevin McCallister, uno de mis primeros enamoramientos infantiles, responsable de un amor tierno, de temporada, que nacía y culminaba siempre en diciembre. Creo que el protagonista me agradaba porque compartíamos los mismos sueños de niños: la fantasía de la libertad, el poder elegir comer chatarra todo el día, ver películas a altas horas de la noche, el deseo de estar solo.
*
La premisa es sencilla: Kevin es olvidado en casa durante las vacaciones navideñas. Su familia viaja a París y dos ladrones acechan el hogar que ahora solamente él resguarda. El guionista y productor John Hughes imaginó a un niño, encarnado en Macaulay Culkin, que reina su propio castillo; más allá de sus fronteras todo parece ser una amenaza y todos los rostros se vislumbran como enemigos: el vecino, los policías, las personas en farmacias, el repartidor de pizza. Kevin deberá conquistar la casa antes de poder defenderla; sentirse cómodo en sus entrañas, dueño de los pasillos y de la oscuridad del sótano. Conocer cada uno de los accesos, los puntos débiles por donde puedan escurrirse las amenazas y el invierno para después cubrirlos con trampas, juegos de sombras, cuerpos falsos de cartón que distraigan a los que observan desde afuera, que lo hagan parecer acompañado.
*
Al iniciar la película la familia está reunida en la casa de los McCallister. Con las habitaciones repletas, las voces traspasan los muros en alaridos; a través de la densidad de las palabras amontonadas algo logra entenderse de vez en cuando. Los gritos permanecen y cruzan la película, se convierten en un modo recurrente con el cual todos los personajes se expresan: los papás, los primos, los ladrones. Combinados con un juego de silencios, proporcionan significado a las escenas, peso a las acciones. El discurso se forma en la apertura de la boca y la soltura de la lengua, en frases que suben de volumen hasta llegar a desarticularse. Tanto como los diálogos importan los momentos donde desaparecen las oraciones con un sentido evidente y dan paso a otro tipo de lenguaje, constituyendo un idioma propio.
Quizá el grito más memorable es el que Kevin suelta frente al espejo después de rasurarse y ponerse loción de afeitar. Una búsqueda rápida en línea me lleva al cartel original en donde el protagonista aparece recreando el gesto, con la boca abierta y las manos sobre los cachetes, que nos remite casi de manera inmediata al famosísimo cuadro de Edvard Munch. Pero contrario a lo que pudiera pensarse, este y otros elementos que conformaron la identidad última de la película no fueron planeados ni dirigidos.
Casualidad o parodia, “El grito” de Munch fue replicado por Macaulay Culkin en el filme que varias décadas después todavía consigue despertar la risa, esa gloria súbita , como diría Hobbs. Al final eso era lo que importaba y John Hughes era un experto en la materia pues había realizado antes muchas de las películas de comedia más importantes de los años 80 (Sixteen Candles , Pretty in Pink , The Breakfast Club). En conjunto con Chris Columbus en la dirección y el reconocido John Williams en la música lograron construir, con bajo presupuesto y casi nada de fe por parte de las productoras de cine, un clásico indispensable para los que disfrutamos un poco demasiado no la navidad, sino su inminencia; las películas nostálgicas y sensibleras, los villancicos en los pasillos del supermercado, las historias que se permiten existir solo por una estación.
Ilustración por Caro García
Pasa que recuerdo al protagonista hablando español en un doblaje que por mucho tiempo se guardó dentro de mi mente como la voz real. “Esta es mi casa y la voy a defender”, decía Kevin al darse cuenta de que no había otra alternativa más que proteger el hogar. Los ladrones no irían a ningún lado; la amenaza estaba cada vez más cerca y más confiada.
Pienso ahora en la trama de la película y me parece de miedo: dos hombres adultos, violentos, acosando desde su carro a un niño que no llega a los diez años; siguiéndolo en la calle, sembrando terror. Pero es cierto lo que se dice comúnmente, que la comedia depende de la manera en que se aborda un tema, del enfoque y la presentación de los elementos; por ejemplo, Kevin contemplando un mapa de la casa con el título “Plan de batalla” escrito con crayones de colores; los movimientos caricaturescos y exagerados de los actores; los ladrones cayendo en las trampas, lastimándose y sobreviviendo como el Correcaminos o Tom (de Tom y Jerry). Comedia física le llaman: dolor y gritos que nos hacen reír.
*
Kevin tenía ocho años, yo quizá un poco menos. Él conocía el camino para llegar a la iglesia y las vías adecuadas para el regreso a casa; yo, con mi siempre terrible orientación espacial, temía perderme incluso en las tiendas departamentales. Pero para los dos el mundo se reducía a un único referente: un hogar, envés luminoso de la calle y el peligro. Me gustaba la suya porque se parecía a todas las que veía en la tele, tenía el aire estadounidense común de la época pero acaso era más cálida, con una paleta de colores definida en verdes, rojos, marrones. Ahora es una locación icónica en los suburbios de Chicago; nidito de ladrillo expuesto, tejas y muchos ventanales, atrapado en el tiempo y la memoria.
*
Los ladrones eventualmente cruzan las puertas, caen en las trampas puestas por Kevin y poco a poco van destruyendo todo a su paso. Los hombres son capturados por la policía y el niño permanece a salvo en su hogar. Son curiosas las escenas posteriores a la batalla librada porque, en teoría, la casa debería de estar hecha añicos, pero el caos no permanece. En el momento en el que los ladrones se van las paredes regresan a su estado intacto; el suelo y muebles no tienen los estragos causados mientras se realizaba la defensa. Se podrá decir lo inverosímil, lo poco cuidado, lo caricaturesco del asunto pero prefiero pensar que es la permanencia íntegra del mundo interior, la restauración que viene después de los destrozos.
*
Han pasado treinta años desde el estreno de Home Alone. Por mucho tiempo evité verla para no arruinar su recuerdo. Temía que su resplandor peculiar fuera también muy frágil y rápidamente opacado al querer traerlo al presente. La vi una vez más a los 18 en el mismo cuarto que antes contenía la televisión noventera y grande de la niñez; seguramente triste, buscando algo (no sé realmente qué) en aquella película. Porque en una casa sola a veces volvemos a sentirnos como niños; en habitaciones claras que podemos proteger y cuidar, inventando en ellas la intimidad o algo que se le parezca.
Este año me atreví a regresar a ella. La vi un par de veces pero ahora en inglés, no porque pensara que era mejor así, con más valor y originalidad; lo hice para sentir que era una película nueva, otra, la misma, pero distinta a la de mi infancia. Desde entonces al rostro del protagonista le pertenecen dos voces por igual, una en español y otra en inglés; en mi mente suenan al mismo tiempo, como un tejido reversible: “This is my house, I have to defend it/ Esta es mi casa y la voy a defender”. Me gusta el desdoblamiento, el recuerdo duplicado y su regusto de vieja novedad.
Ahora Kevin me genera ternura y empatía porque aprendió a quedarse mientras todos se iban, a encontrar movimiento entre los muros y empuje suficiente para mantener a salvo lo que resguardaban; porque hay días en que casi olvidamos que estamos solos. En el futuro quisiera ver de nuevo Home Alone; tal vez cuando eso suceda Macaulay Culkin se estará acercando a los 50 años y yo estaré entrada en mis treintas. Quién sabe cuánto tiempo va a pasar, lo que sí sé es que la próxima vez me gustaría verla acompañada.
Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.