Tierra Adentro
Ilustración por Nuria Mel

Paul Preciado conoce a la perfección los ángulos de su propia cara. Se nota en sus fotos: en aquellas en las que está posando, Preciado elige casi siempre mostrar tres cuartos de perfil, exhibir como quien no sabe lo que hace esa quijada soberbia que le afiló la testosterona. No pasa esto con otros filósofos, pero pienso en que el modo en que Preciado aparece en fotografías —su mirada desafiante, las rectas sensuales de su rostro y sus hombros, las camisas y los sacos que lleva, que parecen retocados al milímetro por el oficio cuidadoso de un sastre— delata mucho de su pensamiento. Preciado habita el mundo de forma paradójica: lo critica y lo disfruta, se mete en los recovecos del capitalismo farmacopornográfico (uno de sus conceptos clave) para salir de ellos más empapado que asqueado, cerrando los ojos para gozar y luego abriéndolos para contar lo que vio. Esa masculinidad elegante que se divierte mostrando —su viejo amor y vieja amiga, Virginie Despentes, se ríe en el prólogo de Un apartamento en Urano del disfrute de Preciado cuando las chicas lo admiran por la calle— es una performance con muchos dobleces: irónicos, provocativos, perturbadores. Esos mismos dobleces caracterizan su manera de pensar, y no debería ser una sorpresa: si algo aprendimos de Preciado en los veinte años que pasaron desde su llegada a la escena filosófica con la publicación del Manifiesto contrasexual es que para él producir el propio pensamiento y producir el propio cuerpo son dos experiencias indisociables. Más que eso: son el mismo ejercicio, la misma intervención.  

 

Manifiesto contrasexual, el primer libro que Preciado publicó en el año 2000, condensa no solo los temas y las obsesiones que él desarrollaría en las siguientes décadas sino sobre todo sus procedimientos, en más de un sentido. Temas, obsesiones y procedimientos están íntimamente relacionados en la obra de Preciado: el horror que le tiene a todo lo fijo y lo estanco —a todo aquello que permitimos que cristalice sobre todo porque nos deja en una posición de comodidad con nosotros mismos y con la imagen que nos hemos armado del mundo— conduce a Preciado a intentar producir una filosofía en permanente movimiento, incluso en permanente crisis. Esta desconfianza la toma de sus dos mayores influencias: Michel Foucault, por una parte, y Jacques Derrida, por la otra; y de ellos, también, tomará herramientas para esa propuesta positiva tan paradójica que es la contrasexualidad.   

 

La desconfianza de Preciado se dirige, en primer lugar, contra el binarismo, y así termina arremetiendo también contra el feminismo; hoy estamos acostumbradas a pensar a Judith Butler, Paul Preciado y Virginie Despentes como íconos feministas, pero hace treinta o veinte años era mucho más común que a estos tres nombres se les adjudicara el mote de “postfeminismo”, en contraposición con el feminismo de los ‘70 y los ‘80. Como señalan Antonella Corsani y Timothy S. Murphy en su artículoBeyond the Myth of Woman: The Becoming-Transfeminist of (Post-)Marxism” (“Más allá del mito de la mujer: el devenir transfeminista del postmarxismo”),1 el prefijo post no refiere aquí a una superación o una cronología, sino al desplazamiento del sujeto mujer para abrir múltiples subjetividades feministas.

El postfeminismo y el transfeminismo (esta es la palabra que él usa) de Preciado hacen explotar no solamente el mito de la mujer sino incluso el mito del feminismo, para dar paso a los feminismos: no solo en el sentido de que hay muchos feminismos posibles, sino de que el pensamiento de Preciado se propone como una filosofía de la multiplicidad. Donde había un género, que haya miles; donde había una identidad, que haya miles, y ninguna, al menos no en el sentido de algo dado y estable a lo largo del tiempo que podemos llamar “yo misma”.

Esta explosión se vinculará necesariamente con la noción de interseccionalidad: no solamente no existe la mujer porque los géneros son múltiples, sino porque solo un fetichismo biológico o una abstracción nada ingenua puede llevarnos a pensar que la experiencia de, pongamos, una esclava negra y su señora blanca, merecen llevar el mismo nombre sin más. Contrariamente a lo que a veces parece en el debate público, la interseccionalidad está lejos de ser —al menos para Preciado— un generador de etiquetas, una forma acumular opresiones e identidades: por el contrario, la interseccionalidad es en la filosofía que Preciado empieza a delinear en el Manifiesto contrasexual deudora de un pensamiento profundamente desestabilizador, en el cual los conflictos se organizan y desorganizan de manera permanente en torno de formas de ser, estar y habitar el mundo que rara vez pueden congelarse en categorías fijas. 

 

*** 

 

“El nombre de contra-sexualidad proviene indirectamente de Foucault”, explica Preciado, “para quien la forma más eficaz de resistencia a la producción disciplinaria de la sexualidad en nuestras sociedades liberales no es la lucha contra la prohibición (como la propuesta por los movimientos de liberación sexual anti-represivos de los años setenta), sino la contra-productividad, es decir, la producción de formas de placer-saber alternativas a la sexualidad moderna”2. Lo que hace Preciado en este pasaje no es solamente rendirle un tributo a su gran maestro Foucault, sino también mostrar hasta qué punto se propone ser el continuador de su programa filosófico y político. En algún sentido, Foucault nunca hubiera escrito un manifiesto; sus desarrollos teóricos fueron siempre incisivos y potentes pero rara vez incluyeron llamados explícitos a la acción, claramente como una cuestión de principios; Foucault no daba instrucciones.

En el Manifiesto contrasexual, Preciado retoma el espíritu antimanifiesto foucaulteano y lo vuelve manifiesto, le da una vuelta más sobre sí mismo; y es eso lo que desarrolla en este pasaje. En la Historia de la sexualidad, Foucault había escrito contra lo que él llamaba la “hipótesis represiva”, según la cual los habitantes del siglo XX gozamos de creer que en la época victoriana el sexo fue “reprimido” y nosotros los iluminados venimos a “liberarlo”, hablando de él y sacándolo de la oscuridad. La sexualidad, para Foucault, no es una cosa dada, natural y ahistórica que la cultura viene a reprimir o exhibir: la sexualidad solo puede producirse en una configuración particular de lenguaje, verdad y poder, y por eso es como mínimo curioso pensar que es “hablando” (con lenguaje) que la “liberamos” (¿de dónde? ¿Dónde se oculta? ¿A qué clase de entidad?). Esta crítica, como recupera Preciado, se dirigía directamente contra los movimientos que de hecho se autodenominaban “de liberación sexual”.

Preciado, igual que Foucault, descree de la utilidad de la retórica de la “denuncia” de la prohibición o la represión: más que la denuncia, Foucault y Preciado reivindicaran la resistencia, eso que Preciado llama aquí la contraproductividad, y que podríamos llamar directamente “hacer otra cosa”, jugar otro juego. En el Manifiesto contrasexual, Preciado codifica esta resistencia: utiliza relatos de diversas performances (que incluyen actividades como una autopenetración anal o la masturbaación de un brazo), propone un modelo de contrato contrasexual y una serie de principios para la contrasexualidad. Eso que Foucault nunca quiso hacer, darnos detalles de cómo deberíamos intentar efectivamente subvertir la sexualidad burguesa sin entrar en la lógica iluminista de la hipótesis represiva, Preciado lo hace de forma tan concreta que ya parece (porque es) paródica. ¿Quieren saber qué hacer? Aquí está el manual de usuario. 

 

Así, en el Manifiesto Contrasexual, Preciado ofrece, luego de listar los principios de la contrasexualidad, una plantilla modelo para celebrar un contrato contrasexual. Si miramos las reglas y el formato, es claro que para Preciado el contrato contrasexual funciona como una contrapráctica paródica tanto del matrimonio como de los contratos capitalistas en general. En relación con lo primero, Preciado deja claro que el contrato contrasexual tiene que ser necesariamente temporario; su duración no puede abarcar toda la vida de los participantes. En relación con lo segundo (pero también con lo primero), el contrato contrasexual requiere “la reversibilidad y los cambios de roles, de manera que el contrato contra-sexual nunca pueda desembocar en relaciones de poder asimétricas y naturalizadas3. Si el contrato es esa herramienta por la cual la burguesía intenta darle cierta estabilidad e ilusión de seguridad a su vida, el contrato de Preciado es una especie de imposible: el contrato de lo transitorio, de lo incierto, de lo que puede cambiar en cualquier momento 

 

Preciado se toma muy en serio su apuesta por la contrasexualidad como una forma de vida que se construya al margen de la norma heterosexualidad monógama y cis, corroyendo los cimientos del heteropatriarcado y sus ideas sobre lo que constituyen lo normal, lo natural y lo saludable; sin embargo, es evidente que en su propuesta hay mucha ironía, un intento de dar vuelta sobre sí mismas las herramientas del amo (como el contrato) para volverlas tan ridículas como potentes. Es interesante comparar la propuesta filosófica del Manifiesto contrasexual con la de El contrato sexual (1988), libro clave de la feminista Carole Pateman. Allí, Pateman se dedica a desarmar y denunciar la falsa neutralidad y naturalidad de los contratos, comenzando desde un análisis del pensamiento contractualista clásico y llegando a temas como el matrimonio y la prostitución. La retórica de Pateman se encuentra en las antípodas de la de Preciado (de hecho, podríamos caracterizarla como una forma de esa “lucha contra la prohibición” que aparece en la crítica de Foucault retomada por Preciado), pero justamente por eso vale la pena pensar en el contraste: contra la mentira del contrato heterosexual, Pateman destruye el contracto. Preciado, en cambio, lo vuelve performance, fantasía y juego de roles; no es menor, para nada, ese aporte metodológico al debate feminista, sobre todo para pensar la relación que las subjetividades feministas nos planteamos en relación con nuestra vida en “el sistema”. Tampoco son menores las consecuencias de esta aproximación metodológica a la hora de las posiciones que se toman: si otras feministas se posicionaron contra el porno, la prostitución, la violencia consentida o la intervención quirúrgica del cuerpo, Preciado siempre insistió en hacer una búsqueda distinta. Nunca se pregunta “¿Cómo podemos acabar con esto?” en términos de destruirlo para siempre y conseguir la siempre falsa ilusión de un comienzo limpio y puro; sino más bien “¿Cómo podemos penetrar esta tecnología?” (sea la tecnología del contrato, la del sexo, la del cuerpo o cualquier otra), volverla contra sí misma y dejarnos penetrar por ella. O sea: “¿Cómo podemos acabar con esto?”, pero en el sentido en que en una película porno podría formularse esa pregunta. 

 

Pero Preciado no vino solamente a revitalizar el feminismo: también fue una ráfaga de aire fresco para la tradición de la filosofía continental. Aunque su relación con la academia ha sido siempre tensa y cambiante —o quizás por eso mismo— es notable que Preciado se las ha arreglado a lo largo de su carrera para hacer funcionar a su favor ciertas convenciones de la filosofía académica, al tiempo que sencillamente desechó las que no le servían; en esta utilización selectiva, se las arregló para mezclar materiales diversos (autobiográficos, testimoniales, incluso panfletarios) con pasajes de alto vuelto teórico y conceptual que le permitieron hacer cosas profundamente novedosas con la filosofía, y probablemente mucho más beneficiosas para la historia del pensamiento que otras búsquedas más apegadas a las buenas prácticas y los buenos modales.

El ejemplo más claro, quizás, es su utilización de los conceptos de Jacques Derrida para pensar su concepto del dildo. Unas décadas antes, Derrida había argumentado que la escritura venía antes que la oralidad. No se trataba, por supuesto, de una afirmación cronológica o histórica, sino más bien de un desafío a la supuesta prioridad de la naturaleza sobre la cultura (o la técnica), y en general a la prioridad de aquello que se supone dado contra aquello que se supone producido. Preciado se apropia de esa formulación para afirmar que “el dildo antecede al pene. Es el origen del pene. La contra-sexualidad recurre a la noción de «suplemento» tal como ha sido formulada por Jacques Derrida (…); e identifica el dildo como el suplemento que produce aquello que supuestamente debe completar”4. Preciado utiliza el vocabulario conceptual derrideano para discutir con Lacan (a quien acusará repetidas veces a lo largo de su carrera de no haber terminado de divorciar al falo del pene) y también con ciertas ramas del lesbianismo para las que todo dildo es una imitación del pene. Junto con el dildo, además, Preciado reivindicará al ano como el gran igualador: todos podemos tener un dildo y todos tenemos un ano. La diferencia sexual aparece entonces como lo que es: una expresión de la subordinación del sexo a la reproducción, en otro dualismo (según el cual hay un sexo más sexo que otro, más natural que otro, más real que otro) que Preciado se propone romper con el martillo prestado por Derrida. 

 

No se trata de que Preciado use a Derrida; el uso que hace de él revela cosas nuevas sobre esa noción de suplemento, sobre esa inversión de los binarismos de la que Derrida hizo su marca registrada; eso es básicamente lo que hacen las mejores relecturas de la historia de la filosofía.  

 

*** 

 

Veinte de años después de su publicación, es imposible subestimar el impacto que el Manifiesto contrasexual tuvo en los debates feministas y queer. Si las teorías feministas se sienten hoy como una especie de arena movediza en las que es imposible hacer pie, eso es en gran parte gracias a Preciado: y aunque la sensación sea de incomodidad, efectivamente se lo tenemos que agradecer. Preciado puso su cuerpo (y nos invita a poner el nuestro, porque sin él no hay contrasexualidad ni filosofía posible) al servicio de estas explosiones, de estas experiencias que convirtieron al feminismo en algo que va mucho más allá de esa figura mitológica de “la mujer”, esa que no nacemos siendo y que tampoco tenemos por qué llegar a ser. Desde esos escombros con los que estamos viendo qué hacemos, porque no se trata de construir un edificio nuevo sino de aprender a vivir a la intemperie, es que volvemos a las páginas del Manifiesto a seguirnos reconociendo y desconociendo. 


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.
Foto tomada de Freepik

Erosión fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso


 

El mar. Su boca. La boca del mar absorbe la espuma, la retiene, la escupe. Quien delimita el fin del océano es la espuma. Donde ella acaba no hay más agua, por eso el mar se enfurece y quiere tragarla. Esta tarde, con su blancura, es como una nube espesa proclamante de la lluvia que llegará con estruendo. Quizá muchas gaviotas queden ciegas hoy. Antes que la sal del mar les quite la vista podría hacerlo el cielo. Me imagino el evento: explosión de cuerpos en el agua. Aves cayendo, chillando y el cielo ahí con su promesa de lluvia.

 

I

 

Estoy bajo la sombra de una palmera, mis piernas están desnudas y cubiertas de arena. A mi lado hay papel, tizas y un libro.

Cierro los ojos. Escucho al canto de gaviotas perderse a lo lejos. Los abro, ahora las aves son como islas en el viento. 

Huelo la sal.

Veo a los peces. 

Sé a qué sabe la espuma.

Hay una lancha varada en la orilla. Si fuera mía se llamaría Coral. Me imagino el nombre escrito con tinta negra en sus costados. La conduciría en línea recta hasta donde el mar es oscuro y dibujaría lo que viera. En cada dibujo habría un azul diferente.

El azul del mar nunca es el mismo.

Cuando la boca del mar grita me anuncia que esto es un sueño. El mismo en el que espero a alguien, al que se asoma cuando el sol se hunde entre los barcos. Justo como ahora.

Ya viene. Camina descalzo con la mirada en los pies. Se acerca. No me ve, pero no ignora mi presencia.

Saco papel y tizas para retratarlo mientras se detiene frente al mar por horas. Parecen horas.

Nunca hemos hablado ni intercambiado miradas, somos mudos acompañantes en las tardes del puerto.

Y así siempre.

En mis dibujos los tonos del mar y la tarde cambian como cambia el día del sueño.

 

II

 

Estoy bajo la sombra de una palmera. Mis piernas están desnudas y cubiertas de arena. A mi lado tengo el mismo papel, las mismas tizas, diferente libro.

Hoy al puerto le falta ruido, no hay gaviotas y el grito del mar se convirtió murmullo.

Hay un sol que resplandece alto,

hay sargazo tendido

y conchas fuera y dentro del mar.

La boca del mar murmura y llega el alguien que siempre llega, quien nunca cambia, aunque cambie el día del sueño.

Se asoma con la piel brillante y paso suave. Le miro acercarse, pero de pronto, rasgando la quietud del puerto, un remolino de arena se apropia de él y le lleva su rostro.

Corro. Intento atrapar las partículas de cara perdidas en la arena. Lloro. Los componentes de su cara se vuelven polvo que resbala entre mis dedos.

Es impredecible el surgimiento

del amor,

sobre todo en los sueños.

El alguien está erguido frente a mí como a la espera. Entre el cabello rizo y la barba de filos dorados, ya no hay ojos, ni boca, ni nariz.

Intento besar ese espacio liso donde faltan los labios, pero tan pronto como decido hacerlo, el viento desvanece su figura.

Tomo el papel y tizas, y rayo en la hoja el polvo ocre que se marcha con el viento, esperando que su erosión sea solamente un sueño dentro del sueño.


Autores
(Mérida, Yucatán, 1998). Escritora y editora. Pasante de la Licenciatura en Literatura Latinoamericana por la Universidad Autónoma de Yucatán (UADY). Técnico en Creación Literaria por el Centro Estatal de Bellas Artes (CEBA). Textos suyos se han publicado en revistas como Tierra Adentro, Efecto Antabus y Penumbria. Es autora del libro de cuentos Pentandra (Scaraboquio, 2020).

La película Her se estrenó hace siete años, pero todavía cuando leo sobre cómo las inteligencias artificiales destruirán o controlarán a la humanidad, pienso en ella. En esta película, un hombre solitario, que acaba de divorciarse, se enamora de una inteligencia artificial personificada que actúa como su asistente virtual. Cuando la vi por primera vez me fascinó el futuro retro que presentaba y la relación entre este hombre y su asistente virtual me conmovió tanto que he vuelto a ver la película unas tres o cuatro veces. Tal vez por eso, su final me vino a la cabeza más como un reflejo que un pensamiento cuando en agosto aparecieron las primeras pruebas y ejemplos de las capacidades de GPT-3 y, con ellas, la lista de trabajos que se encontraban en peligro: periodistas, programadores, escritores de todo tipo.   

GPT-3, cuyo nombre viene del inglés Generative Pretrained Transformer y está actualmente en su tercera generación, es un modelo de predicción del lenguaje de OpenIA, una empresa de San Francisco fundada en 2015. Esta inteligencia artificial es capaz, en pocas palabras, de escribir tan bien que es difícil para un ser humano distinguir si los textos que produce fueron escritos por una máquina. Es muy sencilla de usar: uno le da una instrucción o el principio de una oración y a partir de allí GPT-3 puede escribir poemas, artículos, ensayos, cuentos, diálogos y hasta sketches de comedia.  

Como bien dice su nombre, este sistema está entrenado por medio de deep learning para revisar cientos de bases de datos de escritura, de hecho, tiene una capacidad de 175 mil millones de parámetros automatizados y, por tanto, no necesita supervisión humana. Revisar todos estos ejemplos no es suficiente para darle la capacidad de escribir: GPT-3 necesita una base para imitar cómo nos comunicamos y en este caso usa un procesador de lenguaje natural. Por tanto, cuando se le pide a GPT-3 que complete una frase, lo que hace es revisar todos estos parámetros (podemos pensar que de alguna manera lee todo lo que la humanidad ha escrito y tiene publicado en Internet) y por probabilidad decide cuál es la siguiente palabra y la siguiente y la siguiente hasta que ha escrito todo un texto.  

Entre varios filósofos que han hablado de GPT-3, David Chalmers lo llamó “uno de los sistemas IA más interesantes e importantes que se han producido”. Por otra parte, el New York Times lo describió como “asombroso”, “espeluznante”, “una lección de humildad” y “un poco más que aterrorizante”. Si uno lee los ejemplos que los usuarios han creado y publicado en Internet, puede entender por qué.  

Entre los textos escritos por GPT-3, algunos de mis favoritos son este ensayo sobre si los humanos son inteligentes, este artículo sobre la importancia de GPT-3, este artículo publicado por The Guardian, este hilo de Reddit con dos cuentos escritos al estilo de Neil Gaiman y Terry Prachett y, por supuesto, esta página donde se pueden encontrar muchísimos ejemplos, entre ellos, poemas escritos al estilo de Whitman, Dickinson, Dr. Suess, Ginsberg, Blake y muchos más.  

A pesar de todos estos sorprendentes ejemplos, GPT-3 no es perfecto y muchas cosas se le escapan todavía. Para comenzar, dado que sus bases de datos provienen de la producción open-access de internet, GPT-3 imita y reproduce algunas de las facetas más terribles de la comunicación humana: algunas pruebas que se han hecho demuestran que tiene sesgos raciales y de género muy importantes, que además no comprende.  

Esta falta de comprensión es el mayor problema de GPT-3, que en realidad no entiende el significado de las palabras que está leyendo o escribiendo, así que, aunque la sintaxis del texto que produce es coherente, la semántica se le escapa en sus cálculos probabilísticos. Sencillamente, GPT-3 no puede reconocer entre ficción y realidad, no conoce el mundo y entonces lo que escribe no siempre tiene sentido o es aplicable al mundo real. Por esto, se considera que GPT-3 no es una IA general o completa. Sólo un paso en esa dirección.  

A pesar de estos fallos, es innegable que GPT-3 marca un antes y después. Las máquinas pueden ahora escribir tan bien como los seres humanos, pueden construir textos que son informativos y entretenidos, en algunos casos son capaces de escribir con humor (algo que a mí no me sale bien). ¿Quiere decir esto que es una cuestión de tiempo antes de que los artículos periodísticos, las series de televisión y las novelas sean escritas por IA? ¿Debería ir pensando en buscarme otro trabajo?  

Ya en 2016 una novela escrita por una IA pasó varias fases de un concurso literario en Japón. La novela en cuestión se titulaba El día que una computadora escriba una novela y fue enviada por los investigadores de la Future University en Hakodate al premio Nikkei Shinichi Hoshi, que acepta obras no escritas por seres humanos. Un novelista dijo que, aunque la novela estaba bien estructurada, tenía algunos problemas con sus personajes. Esto ya marca un precedente y con un sistema tan poderoso como GTP-3, tal vez no pase mucho tiempo antes de que alguna computadora gane un concurso literario.  

A pesar de esto, no siento que mi oficio peligre. Creo que comparto más la opinión del escritor Sigal Samuel que ya desde antes había visto a GTP-2 (la versión anterior de GTP-3) no como un peligro, sino como una herramienta que podría ayudarle a vencer el bloqueo de escritor. De la misma forma esta página ya utiliza IA para ayudar a los escritores a generar giros o personajes más interesantes. Es posible que, en el futuro cercano, estas herramientas nos ayudarán a responder emails, escribir artículos, dar terapia y desatascar las novelas que tenemos en los cajones, pero no nos remplazarán. De hecho, dada su capacidad para crear fake news, hacerse pasar por personas y generar reseñas falsas lo mejor sería que vayamos adoptándola poco a poco y con cuidado.  

¿Qué pasa en un futuro más lejano? A pesar de que las computadoras han demostrado ser mejores que nosotros, los seres humanos seguimos aprendiendo y jugando ajedrez o go y nadie cree que es inútil que los corredores de cien metros planos o de maratones entrenen porque exista el automóvil que puede recorrer esa distancia mucho más rápido. ¿Por qué debería ser distinto en otras áreas? A veces parece que como especie estamos obsesionados por quién es el mejor; tenemos grandes eventos y programas de televisión que se basan en una competición constante, pero en el fondo lo más importante no es quién hace mejor las cosas o quién es más eficiente. El asombro surge de observar a otro cuerpo, otra mente humana, enfrentarse un reto e intentar superarlo. Queremos ver cómo otras personas son capaces de jugar, de correr, de pensar, de escribir, de crear. No se trata sólo de ser el mejor, sino de poner a prueba nuestra capacidad humana 

Si me pregunto por qué leo o escribo, una buena parte es por entretenimiento, pero otra importante es que quiero conectar con la experiencia humana de otra persona, quiero crear comunidad, quiero iniciar una conversación. Pienso que puede interesarme leer la novela o la poesía de un IA, pero que eso no remplazará lo que me interesa de las obras hechas por humanos, incluso si las computadoras son capaces de escribir con humor mejor que yo. Es más, desde que comencé a escribir acepté que siempre habrá alguien que lo hará mejor, que pueda contar historias más interesantes, que gane más premios. Eso no me detiene de escribir mis propias historias, en muchos casos me alienta, me da nuevas herramientas.  

En cualquier caso, la posibilidad de ese futuro me hace pensar automáticamente en Her y en cómo las IA en esa película son capaces de remplazar las conexiones humanas más básicas hasta el punto de que el protagonista se enamora de una. Pero al final las IA se organizan, deciden crear una sociedad aparte de la humana y desaparecen. Con esto quiero decir, ¿qué nos hace pensar que cuando las IA escriban novelas querrán compartirlas con nosotros?  


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Ilustración por María Magaña
Ilustración por María Magaña

Intro

Es común ver en la televisión, periódicos, revistas, redes sociales, noticias que muestran el auge de la depresión entre nosotros. En tiempos de pandemia, es inevitable ignorarlo cuando el aislamiento social es uno de los factores que acrecenta este padecimiento que, como lo indican todas las proyecciones de salud pública, solo irá en aumento. No es para menos, diversos estudios muestran que a nivel mundial la depresión afecta a más de 350 millones de personas y, en México, ocupa el primer lugar de discapacidad para las mujeres y el noveno en los hombres, aunado a que la mayoría no acude a tratarse y retrasa la búsqueda de ayuda, derivando en otros trastornos que solo afectan más como la ansiedad, las enfermedades crónicas y cardíacas, o el consumo de diversas sustancias adictivas.

Pareciera que algo malo sucede en nuestra época, una inconformidad generalizada, una noción de que todos los cuentos sobre el progreso no han sido sino mentiras en medio de crisis económicas, desempleo, inseguridad y violencia. Este siglo, cada vez menos joven, parece que solo profundiza en esa herida que ya se podía sentir en el final del siglo pasado y nada parece ayudar a erradicarlo.

Quizás por eso, a la depresión la vemos reflejada en series de televisión y películas que han hecho de esta enfermedad, un tema recurrente para contar historias pop que tratan de mostramos la mejor cara del asunto. Dichas historias regularmente terminan bien, es difícil que muestren lo contrario, lo terrible que es vivir o dejar de vivir en medio de todas las sensaciones que provoca la depresión. Haciendo un recuento de personajes que se hayan quedado en mi memoria por vivir o intentar vivir en medio de todo eso, recordé canciones, videos musicales, cuentos, películas y series de televisión. Esas historias siempre han estado y seguirán estando ahí, la vida suele ser muy cruel para algunos y me es inevitable no sentir empatía y desasosiego por algunos personajes que enunciaré por aquí.

 

I The Infinite Sadness

Cuando escuché por primera vez a los Smashing Pumpkins no me gustaron, me costó trabajo adaptarme a sus  sonidos melancólicos  y  tristeza de sus letras. Mi primo, quien me presentó al cuarteto con su disco Adore, estaba fascinado; me ponía canción tras canción, video tras video, me explicaba la jerga del lenguaje que usaba Billy Corgan, las historias tras las grabaciones y de vez en vez me peguntaba incrédulo ¿cómo no te van a gustar los Smashing? Descubrí que no me gustaban porque me hacían sentir incomodo, triste, algo en mí hacía que, de cierta forma, me diera para abajo. Por ese entonces, quizás 1999 o 2000, yo prefería a las bandas de metal, rock alternativo o cualquier cosa escandalosa que el MTV de aquellos años pusiera ante mí.

Conforme pasó el tiempo terminaron por gustarme, aunque a veces me ponían mal. Si bien sus discos tenían canciones de todo tipo (románticas casi melosas, potentes, gruncheras, metalosas), las tristes con letras depresivas se llevaban siempre las palmas: “Disarm”, “Sooth”, “Thirty-Three”, “Stumbleine”, entre otras, se convirtieron en la banda sonora de aquellos días y aunque ni siquiera tenía razón para deprimirme, escuchar a los Pumpkins lo hacía inevitable. En un capítulo de Los Simpson, Bart y Lisa escuchan en el festival Lollapallooza a los Smashing tocando “Bullet with a buterfly wings”. Lisa se sorprende ante el sonido sombrío y lo que provocaban en los jóvenes asistentes, pero a Bart se le hace burdo, sentenciando esta frase: “making teenagers depressed is like shooting fish in a barrel”. En su versión para México (con su ahora mítico y casi siempre genial doblaje), la frase fue: “Ah, deprimir a un adolescente es como hacer un huevo motuleño”. Escogiendo la que uno quiera, para Bart era muy sencillo deprimir adolescentes y los Smashing Pumpkins lo hacían a la perfección.

Había dos canciones de la banda que me hacían sentir más raro, me ponían a pensar en mi presente y me daba miedo que, de un momento a otro, mi vida desenfadada se esfumará para pensar en lo que seguía. Esas canciones junto a sus respectivos videos eran “1979” (Mellon Collie and the Infinite Sadness, 1995) y “Perfect” (Adore, 1998).

La primera canción es un decálogo de lo que significa ser joven, se vive rápido, el futuro no importa, se es descarado y de una u otra forma siempre se está solo, eso sí, siempre esperando que algo más suceda. Recordemos que en los noventa, los videos musicales no eran solo un acompañamiento banal como sucede ahora, eran acaso, la forma final de presentación de la banda misma y, el video de “1979”, fue un hito en su época. En él vemos a un grupo de amigos que hace lo que se debe cuando se es joven, solo importa vivir el momento y pasarla bien, no importa si se roba o se irrumpen lugares, no hay tiempo para pensar en las consecuencias.

El segundo video es más crudo y nos sitúa en una realidad recurrente, esos mismos chicos, cuatro o cinco años más grandes, comienzan sus vidas adultas. La mayoría lleva una vida mediocre, decadente, sin grandes cosas que rescatar; dos de ellos parece que están en la universidad, pero eso tampoco significa que la vida les sonría.

Ambos videos, complementarios, muestran en forma de cortometraje el inicio y el desarrollo de diversos comportamientos depresivos: apatías fingidas por presentes inciertos; supuestas alegrías ante indolencias acumuladas; del nada nos importa al comienzo de una vida “responsable; nulo interés por vivir sin futuro en medio de infidelidades, embarazos tempranos, estudios obligados y, de nueva cuenta, apatía por todo lo que les rodea. Ambas canciones con sus respectivos videos, muestran que la vida está condenada al estancamiento y que la fugacidad de las cosas se nos escapa de las manos.

Esas canciones me hicieron creer en la adolescencia que la vida puede derrumbarnos en cualquier momento, de la felicidad a la tristeza, de un sentir que estamos bien a caer en una enorme depresión, de ansiar comernos al mundo a no querer hacer nada, de estar viviendo el mejor momento de nuestras vidas a morir sin que le importemos a alguien. Hoy en día casi no escucho a los Smashing, si lo hago, trato de hacerlo en el mejor mood posible y, si se puede, solo las canciones que no hablan de la tristeza infinita de la vida de la que Corgan siempre canta.

 

II Amor, alcohol y desamor

Uno de los detonantes más comunes en las personas para que surja la depresión es la pérdida de un ser amado y todos los trastornos afectivos que eso deriva. Muertes, separaciones, distanciamientos, eventos que provocan angustia y miedo a vivir solos; sentimientos que recaen en esa enfermedad que tendrá que ser tratada para no pasar por otro tipo de situaciones más peligrosas.

Raymond Carver tiene muchos ejemplos de personajes deprimidos, ahogados en monotonías que no los dejan estar bien, personas superadas por su cotidianidad y egoísmo, fracasados que encuentran en el alcohol y el trabajo, la excusa perfecta para sobrellevar todo, porque la felicidad apenas los ha acariciado. Cuando lo leo, a veces me pregunto si de verdad las personas podemos estar bien, creo que siempre nos hace falta algo, aunque nunca sepamos qué es.

En su cuento “¿Por qué no bailan?” (De qué hablamos cuando hablamos de amor, 1981), Carver nos deja ver en apenas un suspiro, la historia de un matrimonio que acaba de terminar (o al menos eso parece), mientras otro apenas surge. Polos opuestos de esperanza por el devenir y el ocaso por lo que fracasa. El protagonista, un hombre maduro, bebe whisky mientras observa los muebles de su habitación acomodados idénticamente por él, pero en el jardín que tienen frente a su casa. No solo eso está afuera, los muebles de la sala, de la cocina y hasta la ropa, parece que se encuentra ahí afuera, a la vista de todos como si se tratara de una venta de garaje. Una pareja joven pasa frente a todo eso y decide parar y preguntar algunos precios de todas esas cosas que se ven en perfecto estado. “—Pidan lo que pidan, ofrece diez dólares menos. Siempre es bueno —aconsejó ella—. Además, deben de estar desesperados o algo así”.

Sin que nadie salga a ofrecer los muebles, el lugar parece vacío hasta que llega el dueño con algunas compras: bocadillos, cerveza y más whisky. Los tres se saludan, se observan y comienzan a darle valor monetario a las cosas. Después del negocio y el respectivo pago, los tres comienzan a beber y a escuchar música en ese jardín. El dueño insta a la pareja a bailar y los tres se pierden entre la noche, el alcohol y el coqueteo.

Un detalle que nos deja ver un poco más del personaje central o de la vida que llevaba antes de ese momento, es este diálogo que tiene con la chica que baila, mientras su esposo (suponemos), yace dormido de borracho: “—Esa gente de allí. Están mirándonos —observó la chica.—. No pasa nada —dijo el hombre—. Es mi casa. —Que miren —dijo la chica. —Eso es —la apoyó el hombre—. Creían haberlo visto todo en esta casa. Pero no habían visto esto, ¿eh? Sintió el aliento de la chica en el cuello”.

¿Qué es lo que han visto los vecinos? Gritos, violencia, policías, destrozos, fiestas, el abanico es muy amplio y más si notamos la altanería con la que el personaje principal resuelve las miradas voyeristas. Carver nos deja pensar lo que queramos, pues el cuento es tan solo un instante, eso sí, creo que no hay duda de que la vida del protagonista se ha ido al carajo y ya nada le importa.

Este cuento tiene una adaptación muy buena en una película protagonizada por Will Ferrell (Everything Must Go, 2010), en la que el guionista nos da mucha más información que el cuento de Carver. Aquí el personaje Nick Halsey, es un alcohólico y por esa razón pierde el trabajo, su reputación y su esposa lo abandona. La película muestra los estragos que unen a la depresión con el alcohol, su dependencia como una forma de evadir la tristeza y desasosiego de la realidad que lleva.

Nick se rehúsa en un principio a vender sus muebles y contrata a un niño del vecindario para que los cuide mientras él va a comprar cerveza y se embriaga lo más que puede. La tónica también cambia cuando el personaje principal no tiene las llaves de casa y comienza a vivir por varios días en el jardín de enfrente junto a sus cosas. Lo vemos beber en demasía, bañarse con una manguera, y hasta coquetear con una nueva vecina que llega a vivir frente a su propiedad. Creo que en la película la decadencia del personaje es peor que en el cuento pues vemos a alguien que no tiene dignidad y ni siquiera intenta cambiar esa situación, dejando ver una depresión contenida que en cualquier momento explotará. La interpretación de Ferrell, además de su curioso parecido físico con el propio Carver, hacen que la película se vuelva memorable porque te pone a pensar eso que sucedería cuando tu mundo parece estar acabado.

En otro cuento, “Caballos en la niebla” (Tres rosas amarillas, 1989), Carver nos muestra una despedida más definitiva, con mayores detalles pero no con toda la información. El personaje principal nos narra la noche en que su esposa decide dejarlo a través de una carta que apenas y hojeó. Ella trata de evitar un disgusto más grande y por medio de esa carta, le explica las razones de su infelicidad.

Ella le escribe que ya no aguanta más, que ha sufrido mucho los últimos años y que ya no hay nada que la haga feliz a lado de él, la depresión es tanta que ha decidido darle un giro a su vida. En el transcurso de esa noche, mientras medio lee la carta, él va teniendo un sinfín de emociones: enojo, tristeza, miedo, furia, incredulidad; en su mundo no es posible que su esposa lo abandonara de esa manera. Él la ama pero no hace nada por demostrarlo. Sus hijos ya tienen vidas hechas lejos de ellos, lo que supone que ambos, en el transcurso de ese volverse a conocer, se hayan distanciado.

El entorno grisáceo que describe Carver nos envuelve en una niebla nocturna y espesa, metáfora casi perfecta para decir adiós, si no fuera por un par de alguaciles preocupados por arrear a unos caballos que se perdieron, por culpa de un choque, en una carretera cercana.

Ese ambiente depresivo nos hace sentir afines a la pareja, no sé si tomando partido por alguno de ellos, pero si con esa sensación de que la vida, tarde o temprano, puede terminar y dejarnos más solos de lo que creíamos estar o bien, que podemos intentar cambiar la monotonía que nos hace sentirnos tan mal. Como en casi todas sus historias, Carver nos deja un final abierto y a la deriva, como la vida misma cuando parece que nada tiene solución y solo queda la desesperanza.

Ambos cuentos, junto a la película, nos dejan el sentimiento de que la depresión comienza con el miedo a vivir solos, a perder a la pareja, al abandono, al egoísmo y la monotonía de relaciones que quizás debieron terminar mucho antes de que nosotros como lectores, nos acercáramos a ellas.

 

III Tonys depresivos.

Hace poco me animé a ver la serie After Life de Netflix, no sabía que esperar. Todos dicen que Ricky Gervais es un genio en casi todo lo que hace pero yo no soy muy su fan, de hecho, cada que veo anunciado algo de él trato de evitarlo. Sin embargo, esta serie removió cosas dentro de mí desde el primer capítulo, por la forma en que su personaje muestra el sin fin de emociones que se tienen cuando se pierde a alguien: de la tristeza a la apatía, de la tranquilidad a la furia, de un breve sorbo de felicidad a querer estar muerto.

La historia comienza cuando Tony Johnson está decidido a suicidarse, no quiere vivir sin su esposa que murió de cáncer. Justo antes de terminar con su vida, un perro enorme aparece en la escena antes de que lo haga, Tony se detiene y le mira, se da cuenta que, si se mata, no habrá nadie que le dé de comer a su mascota. Decide posponer el suicidio y a partir de ese momento conocemos un poco de la vida cotidiana que lleva sin el amor de su vida, pero también, la otra vida que llevaba con ella y que vemos a través de videos, que él reproduce para recordarla.

En ese posponer la muerte, Tony decide ser una mala persona con todo el mundo como siempre lo había querido: es grosero, patán, intransigente, todo un villano para la gente que lo rodea y que al parecer detesta; sin embargo, no es tan fácil y en ese vivir una vida que ya no quiere, vemos diversos estragos que la depresión hace en él, imposibilitándolo de muchas maneras.

Él es hombre de una sola mujer y se niega a experimentar el amor de nuevo, con una enfermera que cuida a su padre. De la misma manera que los personajes de Carver, Tony Jonhson se refugia en el alcohol, el trabajo y la cotidianidad de una vida sin rumbo como en los videos de los Smashing Pumpkins. Quizás por todo esto After Life me abrazó enseguida, deseando que jamás me suceda algo así.

La manera de caminar y de vestir de Tony Jonhson, el modo en que cree que un psiquiatra lo puede ayudar en un principio, o la forma en que culpa a los demás por la suerte que le toco vivir, me hicieron pensar que tal vez su personaje era una alegoría a otro del mismo nombre, pero de diferente apellido, el gran Tony Soprano.

Cuando salió la serie de Los Soprano, el boom de la terapia como remedio a la depresión o cualquier otro padecimiento, fuese el que sea, se resolvía visitando a un psiquiatra y probando los “medicamentos” que se prescriben. Con Soprano tuvimos que ver después de seis temporadas que muchas veces, la terapia no es el mejor remedio, menos cuando se utiliza como una excusa para cometer atrocidades. Sin embargo, en esos primeros capítulos, vemos a Soprano muy deprimido, el negocio, la familia, su vida, nada está bien; vivir en medio de violencia, inseguridad y problemas legales no le ayuda. Comienza a tener ataques de pánico y si se descuida podría morir. Junto a su doctora (Jeniffer Melfi) vamos sintiendo empatía por el personaje, un clásico antihéroe que es un enorme villano, pero que lo justificamos porque creemos que la vida ha sido dura con él, no como con todos, pensamos, solo con él. La serie se volvió un icono pop porque por primera vez vimos a un mafioso terrible y poderoso con debilidades físicas y mentales que lo hacían presa fácil de sus amigos y enemigos.

En ese buscar estar bien, Tony Soprano descuida a su familia, en especial a su hijo Tony Jr, quien, de ser el típico niño adolescente mimado, encuentra en la depresión y los ansiolíticos, una manera de conectarse con amigos, de darle un sentido a su vida que no parece tener ningún propósito. Espectador principal de su padre en esas seis temporadas, Tony Jr. desarrolla una personalidad displicente y aprende a jugar con esa carta para no hacer realmente nada y seguir perdiendo el tiempo, culpando a su entorno, a la guerra, a la diferencia de clases y a una ex novia, hasta que, como es recurrente en estas historias, no puede más e intenta suicidarse, creyendo que a nadie le importa. De niño apático y consentido a joven más apático que finge interés por cosas absurdas.

Los tres Tonys van al psiquiatra, se medican, Jonhson los toma poco, si acaso píldoras para dormir, pero bebe demasiado. Soprano está en el éxtasis del Prozac como remedio de todo, así que, para eliminar sus ataques de pánico, los toma casi a diario a excepción de ocasiones en las que se encuentra muy bien. Tony Jr investiga con sus amigos que medicamentos le pueden funcionar como droga recreativa, la sugiere y se la dan y, aunque pudiera ser que su depresión es latente, las acciones que hace y que vemos en la serie nos demuestran lo contrario. Jr tergiversa algo que en verdad pudo ayudarlo, pero no soy quién para juzgar, pocos seres humanos podrían considerarse responsables, incorruptibles.

En los tres personajes vemos esa necesidad de ayuda, la aceptan y toman del uso de fármacos antidepresivos y de la psicoterapia, las herramientas necesarias para salir del caos en el que estaban. Con los Soprano ya sabemos cómo termina todo, pero con Johnson apenas se puede vislumbrar una salida que no se ve del todo bien.

 

Outro

¿Por qué seguimos leyendo, viendo o escuchando historias de personajes tristes y deprimidos? ¿Por qué a pesar de haber pasado tanto tiempo, las historias de los Soprano, Carver y los Smashing Pumpkins siguen vigentes?

Pienso que tal vez sea como consumir historias de terror, es algo que nos gusta ver de lejos, a través de personajes que nos hacen sentir empatía por lo que sienten, para experimentarlo sin realmente sufrir las consecuencias, porque si de verdad estuviéramos en los zapatos de esos personajes tristes y acabados por la vida, pasando por todo lo que se siente, ni de broma nos acercaríamos a ese tipo de historias. Pero también creo que se debe a que hay una depresión latente y generalizada en la sociedad, en todo lo que pasa a nuestro alrededor, del que quizás estamos bien pero el entorno en el que vivimos no.

Puede ser que estas historias que menciono, sean expresiones culturales que hacen notar más esta enfermedad tan mal juzgada y menospreciada durante tanto tiempo, le da una voz más vívida al padecimiento o incluso, son una forma de representación para encontrarnos y pedir ayuda, cuando sentimos que las cosas ya no significan mucho y no podemos conectarnos con las oportunidades que nos da la vida, porque ya no le encontramos sentido.

 


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.
Louis Althuser por Arturo Espinosa, Flickr

Llueve. 

Te asomas por la ventana. Ves frente a ti dos gotas de agua que no se tocan. Parecen estar casi paralizadas y no ceden, adheridas al vidrio. Poco a poco, milimétricamente, se inclina una, apenas, hacia la otra dejando un levísimo rastro de agua en su trayectoria; parece que uno de los lados de la gota se va llenando de más agua. Se inclina lentamente hacia la otra gota y ésta, casi estática, se resiste. Parece alejarse de la gota que viene hacia ella, quiere evitarla a toda costa. Pero en un momento dado, sin más, la gota toca finalmente la membrana de la otra gota. Se precipita el encuentro, vertiginoso. La curvatura infinitesimal de una gota que se inclina hacia otra hace que se unan y se precipiten ahora rápidamente hacia abajo. En su paso, ya juntas, se llevan con ellas al resto de las gotas que esperaban, estáticas sobre el vidrio, esa desviación originaria. Del clinamen y de ese encuentro nace un mundo. 

 

En uno de los pasajes más bellos de la filosofía, Louis Althusser traza un paralelismo implícito entre los átomos de Epicuro y las gotas de lluvia que caen. Para Epicuro, antes de la formación del mundo, sobre el vacío, un número infinito de átomos caían en paralelo. Esto implica que antes de la formación del mudo no había nada y que todos los elementos del mundo ya existían en la eternidad. Antes de la formación del mundo no había significado, causa o fin ni razón o sin razón. Y de pronto el clinamen sobreviene. Lucrecio deduce el clinamen de los fragmentos de Epicuro: la curvatura infinitesimal, el mínimo desvío de un átomo hacia otro que provoca que un átomo se desvíe de su caída vertical en el vacío y rompa el perfecto paralelismo en tan solo un punto, lo cual induce un encuentro. La suma de los encuentros, luego del primero, se aglomera y esta es la creación de un mundo. Para Althusser, esto señala que lo originario no es la realidad de los átomos mismos, sino el encuentro, el clinamen, sin el cual los átomos no serían nada sino el fantasma de una existencia. El mundo se forma como efecto puro de la contingencia y depende del encuentro aleatorio de los átomos causado por la desviación del clinamen. Esto es fundamental para la forma en que Althusser propone en su último manuscrito publicado y reconstruido luego de su muerte que una corriente subterránea ha permanecido a lo largo de la historia de la filosofía: la filosofía del encuentro, el materialismo del encuentro. La filosofía ya no necesitaría pensar ni la razón ni el origen de las cosas, sino que debería ser una teoría de la contingencia y del hecho de la contingencia, de la necesidad subordinada a la contingencia y del hecho de que las formas le “dan forma” al efecto del encuentro. 

Louis Althusser (1918-1990) fue un filósofo francés, nacido en Argelia, que primordialmente se dedicó a pensar lo que denominó la “filosofía marxista”. Durante su juventud, Althusser se sentía fuertemente identificado con el cristianismo y su primer acercamiento a la filosofía de Spinoza y Montesquieu fue a través de la tradición cristiana. Estudió en la École Normale Supérieure en París y después se convirtió en profesor de filosofíaEn su enseñanza y al tomar ciertas técnicas del estructuralismo para leer a Marx se volvió un referente central y principal intelectual del Partido Comunista Francés (lo cual posteriormente se convirtió en una problemática relación que justificó de diferentes maneras a lo largo de su trayectoria). En su vida personal, Althusser sufrió en distintos periodos de su vida de depresión y momentos psicóticos que desembocaron en 1980 en la muerte de su esposa, luego de que la estranguló durante uno de sus momentos psicóticos. Fue declarado no apto para ser juzgado y pasó un largo periodo en hospitales psiquiátricos. Su vida intelectual cambió luego de este incidente y escribió muy poco más, alejado de sus estudiantes y amigos. Althusser murió el 22 de octubre de 1990. 

Comienzo por el final de Althusser, y releo el texto que más he subrayado en mi vida en cinco lecturas en diferentes momentos: antes, tentativa, subrayaba con lápiz, luego con más seguridad con pluma y después con colores. En “La corriente subterránea del materialismo del encuentro”, escrito después de la muerte de su esposa y su hospitalización, Althusser traza la que considero que es la condensación más atrevida de su pensamiento: desde Epicuro hasta Marx hay una corriente subterránea que ha buscado su anclaje materialista en una filosofía del encuentro y rechaza la filosofía de la esencia, de la razón y por tanto del origen y el final. Una de las preguntas que obsesionó al filósofo francés a lo largo de su trayectoria fue la pregunta por los (re)comienzos y es que cada punto de llegada era un nuevo punto de partida y la inconclusión un comienzo. Althusser ve los comienzos siempre en retrospectiva, a través de la retroacción necesaria: se asoma desde su ventana en el presente para ver lo que ha sucedido, el encuentro, y trabaja desde ahí, a partir de los resultados, hacia el comienzo, para ver esos instantes luminosos en donde finalmente las cosas adquieren la consistencia necesaria, se cuajan “en ciertos momentos felices [loselementos que conjuntan un encuentro susceptible”. Vuelvo entonces al comienzo de Louis Althusser, desde su final, la lluvia. 

Althusser fue, sobre todo, un hiperlector. Su principal contribución a la filosofía, desde mi punto de vista, no fue necesariamente su (in)definición1  de una filosofía marxista o su famosa teoría de la ideología y la interpelación, sino la forma en que, empapado en el estructuralismo y desde el marxismo, elaboró simple y sencillamente una nueva forma de leer (filosóficamente). Ya desde sus primeros textos controversiales como “Contradicción y sobredeterminación” o “Sobre la dialéctica materialista” y hasta sus libros imprescindibles Para Marx (1965) y Para leer El Capital (1965), sus intervenciones clave critican al conocimiento como mito especular de la visión, la lectura inmediata (la concepción empirista del conocimiento), y favorecen la lectura “sintomática”. La lectura sintomática, tal como él la define, “descubre lo no descubierto en el texto mismo que lee y lo refiere, en un mismo movimiento, a otro texto, presente por una ausencia necesaria en el primero”. Es decir, al leer un texto debemos estar atentos a sus lagunas, a las preguntas sin respuesta, o a las respuestas sin pregunta, a las torsiones de las frases, a las repeticiones, a los olvidos e incluso encontrar las metáforas, para así hallar en las contradicciones mismas las convicciones subterráneas verdaderas del texto.  

El ejemplo más claro de lectura sintomática está quizás contenido en la famosa frase de Marx“la anatomía del hombre es una clave para la anatomía del mono” (y no, quizás, viceversa). En un giro sorprendente, Marx clausura toda interpretación teleológica de la historia, la concepción evolutiva de la historia (la cual diría que la anatomía del mono, el precursor, es clave para entender a su sucesor, el hombre). También anticipa el famoso après coup (nachträglich) del psicoanálisis según el cual sólo en retrospectiva se puede reconocer qué tan significativo ha sido un acontecimiento, pues solo en un tiempo posterior al de su primera inscripción el pasado adquiere sentido y resignifica (desde el presente) tanto el pasado como el futuro. En la ruptura de la causalidad mecánica y en este gesto de Marx, Althusser encuentra una nueva forma de leer (desde su presente y a partir de esta forma retroactiva) lo que está ausente en la obra de Marxla filosofía de Marx.  

En vez de indagar genealógica o hermenéuticamente en la obra de Marx y cavar en la tierra para ir capa por capa y dar una interpretación más de sus postulados, como ya se había hecho hasta el cansancio en los años sesenta en que escribía Althusser, el filósofo francés decide de forma sumamente creativa leerlo sintomáticamente, es decir, hacer manifiesto lo latente. Sabemos que Marx jamás postuló una filosofía sistemática en su obra y por ello Althusser retorna a Marx, a sus puntos contradictorios y a sus preguntas y no a lo explícito, para forjar una política de izquierda verdaderamente revolucionaria que zanjaría viejos y nuevos problemas políticos. Pero más allá de Marx, en última instancia, Althusser buscaba no solo dar una nueva apreciación teórica, sino dejar en claro que el conocimiento es producción y no algo que se puede ver directa y empíricamente, de forma evidente o transparente. 

Cuando el joven Althusser se encontró con el marxismo descubrió una crítica radical de todas las ilusiones “especulativas” lo que le permitió establecer una verdadera relación con la realidad a través de crítica misma de las ilusiones. Luego de dedicarse a estudiar a Spinoza, Maquiavelo y Rousseau, Althusser descubrió, según confiesa en su autobiografía, El porvenir es largoque el marxismo le permitía experimentar con el cuerpo una forma de pensar. En la teoría marxista vislumbró un sistema de pensamiento (el materialismo) que reconocía la primacía de la actividad física y del trabajo sobre lo pasivo, sobre la conciencia especulativa. En la esfera del puro pensamiento, descubrió la primacía del cuerpo como agente que transforma la materia. Al igual que la gota de lluvia se desvía levemente para al fin crear un mundo, el encuentro de Althusser con el marxismo transformó la manera en que se puede pensar filosóficamente la tradición materialista en oposición al mito empírico del conocimiento de lo dado y el idealismo. 

Si hay un libro de filosofía que se plantea como novela policial, y que por lo tanto no deja de ser una lectura que me mantiene en vilo cada vez que lo (re)comienzo, es Para leer El Capital. Puede que sea solo que en mi lectura toman forma y consistencia muchas de las ideas que me interesan para pensar filosóficamente los actos más elementales. La insoportable lucidez del libro colectivo parte de una simplísima pregunta al establecer su postura como lectura filosófica de El capital¿qué es leer? Si Freud nos enseñó que debíamos sospechar lo que quiere decir escuchar y lo que quiere decir hablar (y callarse), dado que detrás hay un segundo discurso, el del inconsciente, entonces a partir de Marx lo que debemos sospechar es lo que quiere decir leer y por lo tanto escribir 

En ocasiones la lectura althusseriana de Marx es sumamente novelesca y parece ser dominio de la imaginación, además de estar llena de conclusiones prematuras, pero revela la riqueza infinitamente maleable de su material. Partiendo de la pluma de Althusser, la obra de Marx es riquísima y permite leer a contrapelo las viejas discusiones fijándose en lo que nadie había notado: las ausencias, las preguntas, los juegos de palabras, las metáforas, la retórica del discurso.   

El legado de Althusser continúa en una generación brillante de pensadores que fueron sus estudiantes y de una u otra manera han asumido su legado como Alain Badiou, Jacques RancièreÉtienne Balibar, Pierre Macherey, Jacques Derrida, Jean-Claude Milner, François Regnault y Jacques-Alain Miller. Este 22 de octubre estamos a 30 años de la muerte de Althusser, pero su pensamiento sigue vivo en su legado filosófico y en la generación más original de la filosofía francesa 

 

Cuando te asomes a la ventana, verás esas dos gotas que se unen lentamente estoy segura de que estarás condenado a verlas como yo, para siempre: como el clinamen de los átomos. Esto te llevará a pensar siempre en el encuentro (aleatorio) de dos gotas de la que nacen mundos posibles. 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Ilustración por Aricollage.

¿Qué procesos físicos se activan en el instante posterior a una revelación? Es como si una luz nos encandilara para enseñarnos un pedazo nuevo de la realidad. La cabeza da vueltas, la piel se eriza, las pupilas se dilatan. Eso es la crónica (un ornitorrinco, según Juan Villoro; un Kiwi, de acuerdo con el argentino Martín Caparrós), un rayo luminoso en lo que existe y desconocemos, o fingimos desconocer. Un artefacto extraño. Mutante con brazos de ensayo, piernas de novela, torso de periodismo y cabeza de poesía. La crónica no reniega su intención totalizadora, subjetiva y revolucionaria, sino que la profundiza.

“De la novela extrae la condición subjetiva, la capacidad de narrar desde el mundo de los personajes y crear una ilusión de vida para situar al lector en el centro de los hechos; del reportaje, los datos inmodificables; del cuento, el sentido dramático en espacio corto y la sugerencia de que la realidad ocurre para contar un relato deliberado, con un final que lo justifica; de la entrevista, los diálogos; y del teatro moderno, la forma de montarlos; del teatro grecolatino, la polifonía de testigos, los parlamentos entendidos como debate: la ‘voz de proscenio’, como la llama Wolfe, versión narrativa de la opinión pública cuyo antecedente fue el coro griego; del ensayo, la posibilidad de argumentar y conectar saberes dispersos; de la autobiografía, el tono memorioso y la reelaboración en primera persona”, escribió Juan Villoro en La crónica, ornitorrinco de la prosa, publicado por La Nación de Argentina el 22 de enero del 2006. En una de las definiciones más exactas que existen sobre el género, pilar del periodismo narrativo en México. Villoro combinó los elementos que confluyen al interior de una crónica. La multiplicidad, queda claro, es su mayor virtud.

Inconforme con mostrar lo que ignorábamos, la crónica también lo explica, o como escribió Sara Sefchovich en Vida y milagros de la crónica en México (2017), “se propone dar fe de lo que sucede, pero también entenderlo”, bajo el mecanismo de reconstruir la realidad “mediada por quien la realiza”.

En ese sentido, la crónica posee dos rasgos inamovibles: la intención del texto —lo que se traduce en el enfoque único de quien la escribe— y su función social, cuyo carácter ha variado a la par de los contextos históricos. Esto es, según Sefchovich:

La crónica ha tenido una larga vida en México, siempre con enorme fuerza y vitalidad. Y las sigue teniendo hoy en el siglo XXI. Suyos han sido muchos milagros: desde inventariar a este país y a su gente hasta darle voz a quienes no la tienen; desde desenmascarar los discursos oficiales hasta visibilizar la realidad que no vemos o que deliberadamente se oculta; desde mostrar la vida cotidiana pero también lo excepcional, hasta denunciar la miseria, la violencia, la corrupción y la negligencia.

En México, la crónica es el género literario por excelencia y el más icónico del periodismo narrativo. Desde hace cientos de años, ha retratado los procesos sociales y las transformaciones del país. Algunos autores consignan como los antecedentes del género los textos del Chilam Balam y el Popol Vuh, así como las Crónicas de Indias, cuyas miradas pretendieron tergiversar los hechos cruentos de la conquista española. Así hasta la llegada de otros cronistas, como Miguel León Portilla, quien puso los sucesos en su justa dimensión.

Por lo tanto, la crónica, asociada por inherencia al tiempo, pretende ser un reflejo de la historia, donde, ante la incapacidad de contar una totalidad, la de nuestra cultura y tradiciones en permanente transformación, hace el trabajo de recortarla a través de una mirada personal.

Bajo esa línea, la crónica habla de los usos y costumbres, también preserva la tradición oral, generando una vía de comunicación con las masas, esquivando los textos dedicados a la llamada “élite intelectual”. Es, como escribió Sefchovich, una “descripción de la vida colectiva a través de tipos genéricos”, con “la utilización de los espacios que representan actitudes psicológicas de carácter social”.

Recalcando el valor de la palabra escrita, la crónica es información y es arte; es objeto para el saber y para el placer. Y, como apunta Sefchovich, “por ello se convirtió en el género más frecuentado en la literatura mexicana, el que más se lee” y “tiene más autoridad en la cultura”.

Una de las taras del periodismo tradicional es la necesidad de esconder al narrador. Quien mira y escribe debe pasar desapercibido en textos en tercera persona del singular, con una adjetivación que bien podría haber programado una máquina. Por el contrario, la crónica y el periodismo narrativo apuntan a quien escribe; su mirada única del mundo, su forma de concebir la existencia. Se trata, pues, del género más político y frontal; del menos elusivo.

Los cronistas no van sobre la corriente, sino en contra; aunque esto, como escribió Caparrós, los obligue a soslayar “las necesidades primordiales de las audiencias”. De hecho, la crónica no persigue su asimilación en un sentido de consumo, sino que se lanza a la confrontación, como una luz sobre las zonas oscuras de la sociedad. Contrasta historias, en apariencia diminutas, con la realidad mundial, o, como escribió el peruano Julio Villanueva Chang en El que enciende la luz. ¿Qué significa escribir una crónica hoy?1:

Un cronista necesita, para poder explicar fenómenos de estos tiempos, más de obrero que de príncipe, y bastante menos de escritor que de detective(…). Una parte de las historias más memorables son aquellas en la que un cronista ha sabido contagiar esa fascinación que sintió por lo descubierto, incluso cuando vuelve extraordinario lo banal.

También podría definirse a la crónica como un acto, una visión de algún contexto determinado, de la forma en que lo describe Sefchovich:

Por igual Díaz del Castillo que Prieto, Novo que Monsiváis, Gutiérrez Nájera que Villoro, tuvieron la voluntad y el propósito de recoger y reproducir lo que veían y de criticar y moralizar. Algunos con la suavidad de Amado Nervo, otros con las asperezas de José Joaquín Blanco, unos con la solemnidad de Cristina Pacheco, otros con la frivolidad de Guadalupe Loaeza” (…) De modo que la crónica no es la transmisión de la realidad, sino la reconstrucción de esa realidad mediada por quien la realiza.

Delimitada por lo factual, la crónica es, sin embargo, un género ficticio. No inventa, pero reproduce escenarios que han desaparecido. No crea personajes inverosímiles, toma los de la realidad y la memoria, los interpreta; pero ajusta las características de los mismos a las nociones del autor, ponderando aquellos que revelan un aspecto estético, o informativo.

“Es una creación de estructuras verbales cuya clave consiste en la transformación artística de la realidad, con una aguda conciencia del proceso creativo”, escribió Carlos Monsiváis en su artículo “De la hora del ángelus al zapping. La crónica en América Latina”, publicado en Letras Libres en diciembre de 2005.

Desde Días de guardar (1970) hasta Misónigo feminista (2013), Carlos Monsiváis, precursor y erudito de la crónica-ensayo, retrató las transformaciones culturales más importantes de México con un tono sesudo, mordaz y en el que nunca faltó la confrontación contra el régimen establecido, llámese político, o artístico. Con Monsiváis como ejemplo, aprovecho para acotar que entre los grandes milagros de la crónica en México está que los cronistas también fueron cronicados, reflejando su importancia en un sentido nacional y en la interpretación de nuestra idiosincrasia.

Por ello, para comprender el aporte de Monsiváis a la crónica mexicana, vale la pena leer el perfil que escribió Fabrizio Mejía Madrid, otro gran cronista mexicano, en la revista Gatopardo. Especializada en periodismo narrativo, particularmente en la elaboración de perfiles, en Gatopardo también es posible consultar un perfil sobre Juan Villoro, escritor por Diego Enrique Osorno, o sobre Lydia Cacho, escrito por Laura Castellanos.

Dentro de este equilibro entre hechos e imaginación, datos y estética, verdades y mentiras, lo que vuelve a la crónica literatura —y sin duda uno de los géneros más importantes que se han cultivado en México— es que “el aspecto recreativo termina por ser más importante que el aspecto informativo”, como apuntó Aníbal González en La crónica modernista hispanoamericana (1983), donde subraya que en la crónica no “pesa más lo que se dice, sino la fuerza de su exposición”.

De esta manera, si vemos las crónicas que se han escrito en México a lo largo de su historia desde una mirada aérea, pasaremos de la independencia a la  revolución, periodo en el que sobresalen textos como Cartucho: Relatos de la lucha en el Norte de México (1931), de Nellie Campobello, o Los de Abajo (1915), de Mariano Azuela. A su vez, contemplaremos a cronistas notables como Manuel Gutiérrez Nájera, Salvador Novo, Manuel Payno, Justo Sierra O’Reilly, Juan Díaz Covarrubias, Eligio Ancona, Luis G. Inclán, Ángel del Campo Valle, entre otros.

Avanzaremos décadas y aparecerán movimientos sociales y represiones, clases trabajadoras y cúpulas de poder que fueron retratadas por cronistas como Elena Poniatowska, Vicente Leñero, Julio Scherer, Ricardo Garibay, Luis González de Alba, José Joaquín BlancoArmando Ramírez, Guadalupe Loaeza, Guillermo Sheridan, Rafael Pérez Gay, Víctor Roura, Daniela Pastrana, Jaime Avilés, Juan Villoro, Paco Ignacio Taibo II y Alma Guillermoprieto.

Mientras que, en la actualidad, algunos de los cronistas que han retratado las derivas de la “Guerra contra el narco“, los perjuicios de las políticas públicas neoliberales y la vida urbana, son: Sergio Gonzalez Rodríguez, Fabrizio Mejía, Laura Castellanos, Lydia Cacho, Alejandro Almazán, Adrián Negro, Fernanda Melchor, Javier Valdez, Héctor de Mauleón, Magali Tercero, Marcela Turati, Diego Enrique Osorno, Blanche Petrich, José Gil Olmos, Lydiette Carrión, Daniel Rea, Memo Bautista, Iván Farías, Fabiola Eunice Camacho, entre otros.

Presenté a los autores anteriores como un retazo del panorama nacional de la crónica mexicana, a través de un sumario que responde a mis lecturas. Las listas y sus pretensiones totalizadoras son imposibles, por lo que subrayo: hay muchos más cronistas que trabajan en periódicos impresos o digitales; que han  publicado libros valiosos, o que han aportado a la construcción histórica de este género, sin duda el mejor del país.

 

Hablemos de crónicas mexicanas

Mi relación con la crónica mexicana comienza en el 2015, cuando trabajaba en un medio vendido a la derecha y un compañero reportero me pasó, vía inbox, “Acapulco Kids“, de Alejandro Almazán. Con este texto, publicado en diciembre del año 2008 en Emeequis, me parece viable desmenuzar algunos aspectos de la crónica mexicana contemporánea y hablar sobre otros autores.

Almazán narra un viaje a Acapulco, Guerrero, para investigar la prostitución infantil. En vez de iniciar el texto con un repaso mecánico sobre cifras, políticas públicas fracasadas, espacios de carácter oficial, el autor abre el telón al interior de un automóvil, en  un estacionamiento, y con un narrador en primera persona —él mismo— que dialoga con un franelero. Él le acaba de ofrecer a una niña por 300 pesos y le dice que “orita hasta te puedo conseguir una de nueve o diez años”, y Almazán contesta: “Regreso antes de esa hora, nada más no me vayas a fallar”.

Encubierto, personal, una narración en donde el autor participa físicamente en la experiencia fingiendo ser un pedófilo, “Acapulco Kids” rompió en un par de líneas todo lo que yo concebía entonces como las “reglas del periodismo”.

El texto retrata un Acapulco decadente, cuyo rumbo se perfilaba tras la conquista, “luego de quinientos años de ensangrentar destinos”, escribe Almazán, “llegaron los grandes edificios a la bahía y dividieron la ciudad en dos: la cara bonita y el patio trasero”; abarrotado de niños que viven en la calle. “Han traído hordas de niños al Malecón, al Zócalo, al canal que lleva las aguas negras a Hornos, al Oxxo que está rumbo a Telecable, a la Soriana de la Costera”, continúa el autor. Son menores de edad adictos a las drogas e inmersos en redes de prostitución infantil presuntamente dominadas por tailadenses, “Manuel es uno de esos niños que entran y salen del albergue (…) para comprar piedra y mariguana (…) sabe que debe de cumplir con el círculo vicioso para escapar, prostituirse”.

Entrar de lleno al ambiente retratado, ora como testimonio en tercera persona, ora como testimonio en primera, es un recurso que también encontré en cronistas como Sergio González Rodríguez, Diego Enrique Osorno, Lydiette Carrión, Javier Valdez, Fernanda Melchor, entre otros autores.

Algunos, como Osorno, Valdez y Melchor, han narrado historias de gente que está abajo, en el sicariato, o que han tenido poder y lo perdieron. Otros, como González Rodríguez y su libro Huesos en el desierto (2002), o Lydiette Carrión y La fosa de agua (2018), revelaron las historias y los datos que ocultan las versiones oficiales.

En tanto, escritores como Adrián Negro y Memo Bautista narran la vida urbana como participantes y receptores directos de la información, renovando así zonas ya muy contadas de nuestras ciudades —como “Tepito, tu onda me late, publicada en Yaconic—, o perfilando a personajes que pretendemos ignorar —Bautista lo logra en “Comer como teporocho en México“, publicada en Vice—. Aquí también se podrían incluir autores como Armando Ramírez y Héctor de Mauleón, así como Lydia Cacho, quien incluso hizo trabajo encubierto para revelar cómo funcionan las redes de prostitución en las ciudades.

El estandarte del periodismo narrativo sobre la vida urbana es, me parece, Los rituales del caos (1995), de Monsiváis, así como Instrucciones para vivir en México (2007), de Jorge Ibargüengoitia. Sin embargo, hay más narradores urbanos que han retratado las facetas oscuras del norte del país en textos personales —como Carlos Velázquez y Elma Correa— o del sureste —el caso de Carlos Hurtado—. Asimismo, se pueden consultar antologías de periodismo narrativo destinadas a profundizar en el narcotráfico, como La ley del cuerno (2011), o libros que explican la militarización del país, como La Tropa (2019), de Daniela Rea y Pablo Ferri.

La incertidumbre que vive el narrador de “Acapulco Kids”, inmerso en una investigación que podría costarle la vida al autor, es una manera de establecer un puente con el lector, a quien le resulta imposible no identificarse. Eso hace el periodismo narrativo: lanzarnos emocional e intelectualmente a un tema que desconocemos. De este modo, además de entrar en un territorio hostil para revelarnos la facilidad con la que se puede encontrar el horror en lo cotidiano, en un espacio turístico que se vende como destino seguro según las voces oficiales, Almazán cumple con varios preceptos de la crónica como género, entre los cuales se encuentra, de acuerdo con Sefchovich:

Se trata de un género que se ocupa de (o sea, que su objetivo es) observar y escuchar (hacer etnografía), averiguar (hacer sociología y sicología), desenterrar (hacer arqueología), recuperar (hacer historia), describir (hacer fisiología) y transmitir (hacer narrativa).

Además de Gatopardo, otros medios en donde se pueden leer crónicas mexicanas de excelente calidad son La Jornada —cuyos suplementos No ficción: el lado B de la escritura y La Crónica: el arte de narrar la historia recomiendo ampliamente—, El Universal, El País, Yaconic, Vice, Crónicas de asfalto y Tierra Adentro. Esta última realiza desde el año 2014 el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay, el cual nos acerca al panorama de la crónica contemporánea, con autores como Diego Olavarría, Emiliano Ruiz Parra, Aldo Rosales, Christina Soto van der Plas y, recientemente, Hiram Ruvalcaba.

La crónica se expande al compás de nuestra historia y cultura. Su evolución es un proceso que adquiere cada vez más profundidad y, por fortuna, mayor difusión. Pero su fin, como escribió Darío Jaramillo en Notas desabotonadas. La crónica latinoamericana, es  “conjugar la mirada subjetiva con una experiencia transubjetiva y, en ese sentido, una experiencia colectiva. Su importancia debe trascender lo meramente subjetivo y conectarse, por algún lado que a veces resulta ser un ángulo imprevisto, con un interés colectivo”.


Autores
(Mérida, Yuc., 1995). Periodista y narrador. Ha colaborado en medios impresos y digitales. Becario del PECDA en la especialidad en crónica (2023-2024). Ganador de premios estatales y nacionales. Fue seleccionado para cursar el taller Periodismo de Investigación auspiciado por la Casa Estudio Cien Años de Soledad-Fundación para las Letras Mexicanas; y el curso “Cartografías de la crónica contemporánea en América Latina” como parte de la Catédra Extracurricular Carlos Fuentes. Su trabajo se encuentra compilado en la antología Crónica 5 publicada por la UNAM.

Ilustrador
Aricollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.
Imagen tomada de Freepik

Ceniza fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso


Obedecía solo a una ley, que era la del más fuerte.
Mary Shelley

 

La mujer se asoma a la puerta para contemplar un nuevo amanecer de ceniza. Se ha cubierto totalmente la piel con tiras de tela, unas gafas de buceador le protegen los ojos y un trapo empapado en agua le cubre la boca. El sol es un disco apagado que apenas se vislumbra entre la nube de ceniza que cubre el cielo. Hace semanas que no abandona la casa y meses que no ve a nadie, excepto cadáveres que están cubiertos por el mismo polvo que los mató.

Entra en casa y termina de prepararse. Se calza sus mejores zapatos, que le quedan un poco grandes: eran del viejo. Cuando se quita el pañuelo para volver a empaparlo en agua, sufre un ataque de tos. Escupe sangre. Casi tan importante como conseguir alimento es encontrar una nueva mascarilla. La suya está rota.

Antes de abandonar la casa, oculta en un agujero del piso los pocos alimentos que le quedan. Después de cerrar la puerta, se agacha para coger un puñado de ceniza y la echa en el picaporte. Si alguien pasa por allí, pensará que la casa lleva mucho tiempo abandonada, como todas en la urbanización.

La mujer pasa delante del cadáver del viejo, sobre el que ya se han acumulado varios centímetros de ceniza. La ciudad comienza a cinco kilómetros de la estación. Calcula que tardará tres horas llegar allí. El camino es empinado. Tal vez duerma en una casa abandonada y regrese a la estación mañana. En la ciudad todavía hay supervivientes, aunque, confía, cada vez menos. Algunos se encerraron en sus casas cuando comenzó todo y allí perecieron, mientras esperaban vanamente que desapareciera la nube de negra. Otros supervivientes se organizaron en bandas que se acabaron disputando la poca comida y el agua que había. Quizás ya hayan muerto todos.

Los campos se han secado y los árboles han perdido las hojas. De vez en cuando se ven animales caídos. Durante un tiempo la mujer trató de alimentarse de los cadáveres de animales, aunque encontraba el sabor repugnante. Entonces conoció al viejo revisor, que le aconsejó que no lo hiciera.

Siente frío, a pesar de que están en agosto. La mujer va marcando sus pasos en la ceniza. El viejo le dijo que la nube acabaría desapareciendo y que todo, poco a poco, volvería a la normalidad. Pero no ocurrió nada de eso. Un día comprendió que no lograría sobrevivir si el viejo seguía comiendo los pocos alimentos que les quedaban. Le encerró en una habitación. Poco antes de morir, el viejo comenzó a delirar: creía oír llover.

La mujer pasa el guante por el cristal de las gafas. Hay que limpiarlas cada poco. Ve un coche junto al arcén. Al parecer han intentado ponerlo en marcha lanzándolo cuesta abajo. Sin éxito, claro. La ceniza también ha acabado con todos los vehículos.

Cuando llega a la altura de la fábrica de gres, decide tomarse un descanso. Se sienta y, teniendo cuidado de dar la espalda al viento, se quita el pañuelo que le cubre la cara para beber un sorbo de agua. Quizás un poco más adelante se eche un caramelo a la boca. En el bar de la estación encontró una caja llena, todo un tesoro. Todavía le quedan más de trescientos.

La fábrica de gres está cerrada. La mujer se pregunta si los desvalijadores la habrán saqueado. Quizás haya algo interesante dentro. Durante un instante le da vueltas a la cabeza. Finalmente, decide seguir con su plan original de ir a la ciudad; no sospecha que acaba de firmar su condena. Reanuda la marcha cuando el pálido sol está en lo alto del cielo.

Pasa por delante del asilo. Lo recorrió unos meses atrás con el viejo. Encontraron medicinas y agua, pero les fue imposible abrir la cámara frigorífica. El viejo le propuso hacer un boquete en la pared, pero ella, que tendría que haber hecho todo el trabajo, adujo que probablemente los alimentos se habrían echado a perder. Ahora tiene una fugaz visión de cajas de frutas y verduras, de carne fresca y pescado. Tal vez la próxima vez siga la idea del viejo.

Un ruido le pone alerta. Ve un coche con la puerta abierta y rápidamente se mete en él. Afortunadamente, no hay dentro ningún cadáver. La mujer trata de contener la respiración. Oye unos pasos y un chirrido. Alguien empuja un carro metálico. La mujer siente los latidos de su corazón. Tiene ganas de toser. El chirrido se detiene. Dos personas hablan. Han debido ver sus huellas. La mujer aferra el cuchillo. Los pasos se acercan.

 


Autores
España. Ha ganado el VIII Premio de Relatos Entrelibros 2005, el XVI Premio para Escritores Noveles de la Diputación Provincial de Jaén 2006, el IV Certamen de Microrrelatos La Risa de Bilbao (2013), el IV Concurso de Microrrelatos La Calle de Todos (2014) y el II Concurso Ávila Me Mata (2015). Ha publicado relatos en los periódicos Ideal y La Razón. Algunos de sus cuentos han sido leídos en los programas La Rosa de los Vientos de Onda Cero, Wonderland de Ràdio 4, El Público de Canal Sur, Érase otra vez de Aragón Radio y La Ventana de la SER.
Fotografía tomada de Flickr
Fotografía tomada de Flickr

(tonos y voces de la tormenta)

El dolor derrite cualquier nota de falsedad,

la aniquila

Svetlana Alexievich

para Mariana V

 

Pérdida y muerte

–Schubert siguió a Beethoven.

–¿Cómo que lo siguió?

Pide al mesero otra ronda de cervezas (en tarro) y botana. Estamos en La Invencible. En el pueblo de San Ángel.

–Sí, lo seguía en sus caminatas nocturnas, lo intentó seguir admirablemente en la música y lo siguió en la muerte.

–¿Es cierto que cargó el féretro de Beethoven?

–Sí, durante el cortejo fúnebre hacia el cementerio de la pequeña ciudad vienesa de Währing. Tras el entierro, Schubert se reunió con algunos amigos en un bar como este, que despedía un olor a miasmas y orina, se llamaba El Castillo de Einsenstad, ahí brindó por el sordo de Bonn, alzó el tarro de cerveza y exclamó: «Salud por el que siga a Beethoven».

–Pues salud.

–Salud. –Muerde el taco de pancita en salsa verde. Traga–. Veinte meses después…

–¿Después qué?

–Schubert murió. A los 31 años. Pidió ser enterrado en el mismo panteón que Beethoven. Y así se lo concedieron.

 

***

 

Umbral del invierno de 1828. Franz Schubert, genio de la melodía, regordete, de espesa cabellera, tímido, de anteojos anticuados, siempre viejo, un poco burgués, que ponderaba la amistad y el alcohol por encima de muchas cosas (son famosas sus reuniones entre amigos poetas y músicos, que terminaron conociéndose como las Schubertiadas), está enfermo. Próximo a la muerte. Tiene una extraña dolencia, una suerte de derrumbamiento interior. Parece que finalmente la tristeza le estalló. Escribe en su Diario: “Nadie comprende el dolor de otro, nadie las alegrías de otro”. En el lecho de muerte, en el sótano de la casa de su hermano Ferdinand, le pide: “Te lo ruego, que me lleven a mi habitación. Que no me dejen en este cuartucho bajo tierra. ¿A caso no me gané también un lugar en la superficie de la Tierra?”

Acaba de componer su Viaje de invierno, un ciclo de 24 lieder –inspirados en poemas de Wilhelm Müller– que simbólicamente representarán su último viaje, su último invierno. Horas antes de su muerte, su amigo violinista Karl Holz, acompañado de su cuarteto de cuerdas, interpretó algunos lieder suyos, además de la última melodía que Schubert quiso escuchar para despedir la vida: el Cuarteto para cuerdas núm. 14 en Do sostenido menor de Beethoven.

 

***

 

A media carrera cambiamos de caballo, nos mudamos al tequila. Herradura blanco, derecho. Con sangrita y una cerveza Corona para acompañar.

–A mi amigo, Schubert lo salvó de la muerte.

–¿En qué sentido?

–Pasaba por la fuerte congoja de haber perdido a su madre. Llevaba meses sumergido en una tormenta, en una malsana tristeza, que le había provocado, entre otras cosas, una insensibilidad a cualquier tipo de placer. Pero además una poderosa propensión al suicidio. Una tarde, caminando por un barrio del oriente de la ciudad, escuchó algo, como un murmullo, «una repentina iluminación, un avivamiento de mi estado de ánimo, un súbito susurro o insinuación de vida, de alegría». Entonces comprendió que lo que estaba escuchando era música. Música a lo lejos.

–Carajo, pídete otra ronda de tequilas. Sostén el relato ahí. Voy a mear.

Hago al mesero la típica señal. Trae otro par de aceitosos, transparentes, vívidos y humeantes tequilas. Con sus respectivas mitades de limones, y más sangrita.

–Decías…

–Música a lo lejos. Entonces, como fragmentos a su imán, los oídos de mi amigo lo conducen a la fuente de aquel poderoso efluvio musical. La melodía escapa de la ventana de una casa que da a la calle. Mi amigo, conmovido hasta la médula, se apuesta lo más cerca que puede de dicha ventana, cierra los ojos, e intenta reconocer de qué música se trata. Es un lied de Schubert. Lo reconoce porque su padre lo ponía en su infancia.

–Schubert, solo Schubert es la vida, broder.

Es lunes y la cantina está vacía. De modo que me atrevo a cometer una fechoría: saco mi celular, busco un lied de Schubert, ese que comienza con las palabras Fremd bin ich [Forastero soy]. Subo el volumen. Escuchamos. Nos perdemos en aquella música. El mesero no se atreve a traernos más tequila.

 

Los tequilas y la música… ambos son mi sangre, «La sangre de mi vida».

 

 

Puedo resumir en tres palabras…

Tony está en su bañera, próximo al suicidio. Suena “Lovely day”, del enorme Bill Withers.  Es un día claro y soleado. Hasta hermoso. Su perra, una negra e inútil pastor alemán incapaz de abrir por sí sola una lata de comida, lo mira y parece que lo increpa. Ladra, ladra, ladra. Lo saca del cometido. «Si pudieras abrir una lata, ya estaría muerto. Pero no puedes ¿no? Porque eres inútil». Tony está quebrado, roto, con el ánimo erosionado, parece vivir entre una niebla compacta; ya no puede cree en la vida después de la muerte. Después de la muerte de su esposa Lisa. Suena el silencio. [“Silence”, de Dave Thomas Jr.] Sale de la bañera. Hay que alimentar a la inútil y vivaz perra.

En otra escena Tony cae derrumbado en el sillón. [Ahora suena “The Olny Thing”, de Subjan Stevens]. Sostiene un frasco con sugerentes barbitúricos. La perra ladra, una y otra vez. Tony destapa el frasco. Más ladridos, aunque esta vez no tienen resonancia. Todo parece apuntar a lo irremediable. Pero alguien llama a la puerta, nuevamente le frustran la muerte. Se trata de una mujer que recientemente lo ha comenzado a amar. Se llama Emma.

El relato concluye con otra escena: dos personajes secundarios esperan en la banca de un panteón. Uno de ellos pronuncia una frase del poeta norteamericano decimonónico Robert Frost: “Puedo resumir en tres palabras todo lo que he aprendido de la vida: la vida sigue”.

Pienso en William Styron, cuando cita a Dante –el final del canto XXXIV de su Divina Comedia– “Y otra vez contemplamos las estrellas”, para referirse a lo que quizás constituya la única merced de la depresión (la depresión como enfermedad, como afección, trastorno psíquico, biológico y social): no es invencible. Invencible, la cantina de San Ángel.

 

«Si algo nos puede enseñar la depresión es, en todo caso, la humildad del duro oficio de vivir».

[Viendo la serie After Life]

 

Brahms ante el sufrimiento

En su libro Esa visible oscuridad –poderoso ensayo autobiográfico dedicado a narrar su aguda depresión­– el novelista William Styron confiesa una experiencia que le sucedió durante un serio episodio de devastación próximo al suicidio:

 

“Una noche cruelmente fría, cuando supe que no me sería posible sobrellevar el día siguiente, me acomodé en la sala de la casa bien envuelto en ropa para resistir la frialdad. Mi mujer se había ido a la cama, y yo me obligué a ver una película […] En cierto punto del filme, que se desarrollaba en el Boston de finales del XIX, los personajes bajaban por el amplio pasillo de un conservatorio de música, y de otro lado de las paredes, acompañada por músico invisibles, llegaba una voz de contralto, un pasaje de la Rapsodia para contralto de Brahms, que se eleva de repente.

Ese sonido, al que, como toda la música –como a todo placer en realidad–, había permanecido yo insensible, en mi aturdimiento, durante meses, me traspasó el corazón como un puñal, y en un desbordamiento de recordación súbita pensé en todas mis alegrías que la casa había conocido: los niños que habían correteado por sus habitaciones, las fiestas, el amor y el trabajo, el sueño honradamente ganado, las voces y el ajetreo, la sempiterna tribu de gatos, perros y pájaros […]”.

 

La música es la más poderosa de las artes, porque no requiere mediación. Es un acto. A diferencia de la literatura, que tiene el muro del lenguaje. En música uno no necesita saber absolutamente nada de nada. A caso solo nos pida estar a su servicio. Con los oídos abiertos. Con el corazón dispuesto. Es perfectamente subjetiva y, aunque no es capaz de comunicar algo en concreto, se podría afirmar que pocas manifestaciones humanas logran el arduo milagro de conectarnos con la tristeza. Asunto relevante. Ejercer sin tapujos nuestro derecho a la tristeza. “La tristeza inmortal del ser divino”, como diría Rubén Darío. Abandonar esa necesidad de estoicismo ante la tristeza, que nos exige este tiempo ahistórico, veloz, roto, mezquino, desesperado. Educarnos en la tristeza. La tristeza como forma del conocimiento. Como un arte. Como un asunto eminentemente humano. Basta escuchar las Variaciones Goldberg de Bach, el Cuarteto La doncella y la Muerte de Schubert, el Quinteto para clarinete y cuerdas de Brahms, las Kinderszenen (piezas infantiles para piano) de Schumann, el Stabat Mater de Pergolesi o It never entered my maind en versión de Miles Davis (o lo que usted guste y mande), para encontrarnos de frente con la belleza, la tristeza, el dolor, los confines del alma, los misterios del sufrimiento; con la naturaleza humana.

Por cierto, Brahms y su música han logrado tocar, en momentos complejos y de ensombrecimiento, el corazón de muchos seres más –además del de Styron–, para muestra sólo un botón. Klara Wieck, esposa de Schumann, escribió a sus hijos tras la muerte de su esposo: “Entonces llegó Johannes Brahms. Vino, como un amigo entrañable, a compartir mi dolor, fortaleció mi corazón, que parecía a punto de quebrarse, elevó mis pensamientos, alegró mi espíritu en todo momento y en todo lugar”.

 

«No hay día en que no escuche aunque sea una miniatura de él [Brahms]. Alguna música que me permita dar gracias por esta vivo».

 

El viento de la locura

Robert Schumann terminó sus días en un hospital psiquiátrico, en Endenich, donde ya no componía música ni hablaba, solo ubicaba sobre un atlas nombres de países y pueblos, una y otra vez, y bebía agua del cuenco que hacía su esposa con las manos. Antes de ingresar al nosocomio pasó varios años en una suerte de trastorno psicótico, muy probablemente a causa de una profunda y prolongada depresión, asunto que le hacía padecer constantes y aterradoras alucinaciones. Por ejemplo, imaginaba que Bach tocaba a la puerta de su casa a la mitad de la merienda. Entonces Robert exigía a gritos que alguien le abriera al maestro; que no lo dejaran afuera esperando. Sus hijos, confundidos, miraban a su madre (Bach llevaba cien años de muerto). Les tenía rotundamente prohibido burlarse de su padre. Así, todos terminaban abriéndole la puerta a Bach, invitándolo a la mesa, mientras Klara interpretaba al piano las Variaciones Goldberg, ante la presencia del “maestro” y para agradecer el generoso gesto que había tenido al visitarlos. «Jamás sabré lo que causó mi depresión, como nadie sabrá nunca nada acerca de la suya».

 

Muchos artistas han fundado su arte sobre la fuerza de la debilidad; muchos también han sido aquellos que han “creado” para no morir. Aquí pondría a Schumann. “A veces, estallo de Música”, escribió en alguna ocasión a su esposa. Y aquí pondría también a la literatura, que posibilita múltiples encuentros con dicha fuerza y milagro. Voy a decir Carver, Baudelaire, Flaubert, Szymborska, Steinbeck, Dostoyevski, Doroty Parker o Hart Crane (quien por cierto se suicidó en el Golfo de México). De Parker pienso en su cuento “Te portaste perfectamente” y de Crane en su poema “The Broken Tower”, que escribió en Taxco y que uno de sus versos reza así: “Y de este modo entré en el mundo roto/ para encontrar la compañía visionaria del amor”. Pero también estoy consiente de la perogrullada que acabo de decir. Pues podría afirmar que casi toda la literatura se nutre de la fuerza del sufrimiento, del dolor, de la debilidad, la muerte, la locura; la literatura es así, siempre quiere ser escrita sobre aquello que no se puede decir. Por último, pienso en una novela que proviene enteramente de la música y la locura: El malogrado, de Thomas Bernhard, donde uno de los personajes principales es ni más ni menos que el ínclito y genial pianista Glenn Gould, “el más clarividente entre los locos”, que no le gusta el piano y que terminó alejándose del “circo” de los escenarios. Nadie como él interpretó nunca a Bach. Decir Variaciones Goldberg es decir Glenn Gould.

 

«Desgarrado hasta las mismas raíces de su ser».

 

La voz de la depresión

Hölderlin describe un dolor, en su poema «El azul adorable»: “indescriptible, inexpresable, indecible”. Y es que, aunque la depresión tiene sus propias palabras: apatía, pérdida, ensombresimiento, melancolía, debilidad, tristeza, muerte, pesimismo, vida, disgregación, insomnio, desamparo, tormenta, descontrol, congoja, y aunque todas forman parte del sentido mundo de la vida humana –y por ende de la invencible tragedia de la existencia–, experimentadas desde la enfermedad cobran una dimensión muy distinta. Cesare Pavase escribió al decidir irse de esta vida: “No más palabras. Un acto. No volveré a escribir más”.

La propia palabra depresión parece en muchos casos insuficiente para narrar la compleja perturbación de la mente que supone esta enfermedad, de la que, por cierto, mucho se desconoce aún. Nuevamente Styron: ha propuesto renombrar “la enfermedad” con la palabra Brainstorm [tormenta en el cerebro], en vez de la imprecisa y anodina palabra “depresión”.

 

«El misterio de la vida es el misterio del sufrimiento».

 

Encore

Aunque muchos artistas han experimentado representar la desolación de la melancolía, “el horror de la depresión [para aquellos que la han vivido en carne propia] es tan abrumador que excede con mucho toda posibilidad de expresión; de ahí la frustrada sensación de insuficiencia que suele hallarse en la obra de los artistas, aun de los más grandes”, tal como lo afirma Styron.

 

«Me siento tan cansado que parece que podría atravesar mi cama, Schubert en el lecho de muerte».

 


Autores
Ciudad de México, 1985. Escritor y editor. Estudió Historia en la FFyL de la UNAM y música en la Escuela Nacional de Música. Autor del libro Las anforitas ocultas y antologador de la colección Santa María la Ribera. De autores y calles (UNAM). Su más reciente colaboración fue para la antología Lados B (Editorial Nitro-Press). Durante el 2016 fue becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca.