Tierra Adentro
Portada Cuentos completos (Fondo de Cultura Económica)

La familia fue llegando poco a poco. Los que venían de Olaria estaban muy bien vestidos porque la visita significaba al mismo tiempo un paseo por Copacabana. La nuera de Olaria apareció de azul marino, con adornos de lentejuelas y un drapeado que disimulaba la barriga sin faja. Su marido no llegó por obvias razones: no quería ver a sus hermanos. Pero había mandado a su mujer para no cortar del todo los lazos, y ésta iba con su mejor vestido para demostrar que no necesitaba a nadie, acompañada de sus tres hijos: dos niñas a las que ya les estaba saliendo el pecho, infantilizadas en holanes color rosa y enaguas almidonadas, y el niño intimidado por el traje nuevo y la corbata.

Zilda —la hija con la que vivía la cumpleañera— había dispuesto las sillas una junto a la otra a lo largo de las paredes, como para una fiesta en la que va a haber baile, así que la nuera de Olaria, tras saludar con mala cara a los anfitriones, se arrellanó en una de las sillas y se quedó callada, la boca en un mohín, manteniendo su pose de ofendida. “Vine por no dejar de venir”, le había dicho a Zilda, y luego se había sentado, ultrajada. Las dos jovencitas de rosa y el niño, pálidos y muy peinados, no sabían bien qué actitud asumir y se quedaron de pie junto a su madre, impresionados por el vestido azul marino y las lentejuelas.

Después llegó la nuera de Ipanema con dos nietos y la nana. Su marido llegaría después. Y como Zilda —la única mujer entre los seis hermanos hombres y la única que, se había decidido hacía años, tenía tiempo y espacio para albergar a la cumpleañera—, como Zilda estaba en la cocina con la sirvienta acabando de hacer las croquetas y los sándwiches, ahí quedaron: la nuera de Olaria encopetada junto a sus hijos de corazón inquieto; la nuera de Ipanema en la hilera opuesta de sillas, fingiendo ocuparse del bebé para no tener que ver a su concuña de Olaria; la nana ociosa y uniformada, con la boca abierta. Y en la cabecera de la mesa grande, la festejada, que ese día cumplía ochenta y nueve años.

Zilda, la anfitriona, había puesto la mesa temprano, la había llenado de servilletas de papel de colores y vasos desechables alusivos a la ocasión, había dispersado globos que volaban por el techo, en algunos de los cuales se leía “Happy Birthday!”, en otros “¡Feliz Cumpleaños!” Al centro estaba dispuesto el enorme pastel glaseado. Para avanzar el trabajo, había adornado la mesa al terminar de comer, arrimando las sillas a la pared y había enviado a los niños a jugar a casa del vecino para que no desordenaran la mesa.

Y, para avanzar el trabajo, había vestido a la cumpleañera al terminar de comer. Le había puesto de una vez la cadenita al cuello y el broche, le había rociado un poco de agua de colonia para disimular su olor a encierro y la había sentado a la mesa. Y, desde las dos, la cumpleañera estaba sentada en la cabecera de la larga mesa vacía, tensa en la sala silenciosa. De vez en cuando, consciente de las servilletas de colores. Mirando curiosa uno que otro globo que temblaba con el paso de los coches. Y de vez en cuando, esa angustia muda: cuando seguía, fascinada e impotente, el vuelo de la mosca en torno del pastel.

Hasta que a las cuatro entró la nuera de Olaria y después la de Ipanema. Cuando la nuera de Ipanema pensó que no iba a aguantar ni un segundo más la situación de estar sentada frente a su concuña de Olaria —que, llena de viejas ofensas no veía motivos para dejar de mirar desafiante a la nuera de Ipanema—, entraron por fin José y su familia. Y apenas se estaban besando, cuando la sala empezó a llenarse de gente que se saludaba ruidosa, como si todos hubieran esperado abajo el momento de subir, con la precipitación del retraso, los tres tramos de la escalera, hablando, arrastrando niños sorprendidos, llenando la sala e inaugurando la fiesta.

Los músculos del rostro de la cumpleañera ya no la interpretaban, así que nadie podía saber si estaba contenta. Lo que estaba era sentada en la cabecera. Se trataba de una vieja grande, flaca, imponente y morena. Parecía hueca. —Ochenta y nueve años, ¡sí, señor! —dijo José, el hijo mayor ahora que Jonga había muerto—. Ochenta y nueve años, ¡sí, señora! —dijo frotándose las manos con pública admiración y como una señal imperceptible para todos. Todos se interrumpieron atentos y miraron a la cumpleañera de un modo más oficial. Algunos menearon la cabeza con admiración como si hubiera roto un récord. Cada año que la cumpleañera superaba era una vaga etapa para toda la familia. ¡Sí, señor!, dijeron algunos sonriendo tímidamente. —¡Ochenta y nueve años! —repitió en un eco Manoel, que era socio de José—. ¡Pero si es un retoñito! —dijo vivaz y nervioso, y todos se rieron, menos su esposa. La vieja no se manifestaba.

Algunos no le habían llevado ningún regalo. Otros le llevaron una jabonera, un fondo de algodón, un broche de fantasía, una macetita con un cactus; nada, nada que fuera de utilidad para la anfitriona o sus hijos, nada que fuera realmente de utilidad para la propia cumpleañera y que significara, por ello, un ahorro. La anfitriona guardaba los regalos amarga, irónica. —¡Ochenta y nueve años! —repitió Manoel afligido, mirando a su esposa. La vieja no se manifestaba.

Entonces, como si ésa hubiera sido para todos la prueba final de que de nada servía esforzarse, con el encogerse de hombros de quien está junto a una sorda, siguieron haciendo la fiesta solos, comiéndose los primeros sándwiches de jamón más como prueba de entusiasmo que por apetito, jugando a que todos estaban muertos de hambre. El ponche se sirvió, Zilda sudaba, ninguna cuñada le ayudó en realidad, la grasa caliente de las croquetas emanaba un olor de picnic; y, dándole la espalda a la cumpleañera, que no podía comer frituras, se reían inquietos. ¿Y Cordelia? Cordelia, la nuera más joven, sentada, sonriendo.

—¡No, señor! —respondió José con falsa dureza—. ¡Hoy no se habla de

negocios!

—¡Está bien, está bien! —se retractó Manoel deprisa, mirando rápidamente

a su mujer, que desde lejos paraba la oreja, atenta.

—Nada de negocios —gritó José—, ¡hoy es el día de mi madre!

En la cabecera de la mesa ya sucia, los vasos manchados, sólo el pastel entero, ella era la madre. La cumpleañera parpadeó. Y cuando la mesa ya estaba inmunda, las madres enervadas por el ruido que hacían sus hijos mientras las abuelas se recargaban complacientes en las sillas, entonces apagaron la inútil luz del corredor para encender la vela del pastel, una vela grande con un papelito pegado donde se leía “89”. Pero nadie aplaudió esa idea de Zilda, y ésta se preguntó angustiada si estarían pensando que había hecho aquello para ahorrar velas, sin que a ninguno se le ocurriera pensar que nadie había cooperado ni con una caja de cerillos para la comida de la fiesta, que ella, Zilda, servía como una esclava, con los pies exhaustos y el corazón indignado. Entonces encendieron la vela. Y entonces José, el líder, cantó con mucha fuerza, animando con una mirada autoritaria a los más inseguros o sorprendidos, “¡vamos!, ¡todos al mismo tiempo!” y de repente todos empezaron a cantar fuerte como soldados. Despertada por las voces, Cordelia los miró espantada. Como no se habían puesto de acuerdo, unos cantaron en portugués y otros en inglés. Entonces intentaron corregirse: los que habían cantado en inglés pasaron al portugués, y los que habían cantado en portugués empezaron a cantar muy bajito en inglés.

Mientras cantaban, la cumpleañera, a la luz de la vela encendida, meditaba como junto a una chimenea. Eligieron al bisnieto más pequeño, que, inclinado en el regazo de su madre, que lo animaba, ¡apagó la llama con un solo soplo lleno de saliva! Por un instante aplaudieron ante la potencia inesperada del niño que, atónito y exultante, los miraba a todos encantado. La anfitriona esperaba con el dedo listo en el interruptor del corredor y prendió el foco.

—¡Viva mamá!

—¡Viva la abuela!

—Viva doña Anita —dijo la vecina que había aparecido.

¡Happy birthday! —gritaron los nietos del Colegio Bennett.

Soltaron todavía algunos aplausos ralos. La cumpleañera miraba el pastel apagado, grande y seco. ¡Parte el pastel, abuela! —dijo la madre de los cuatro hijos—. ¡Tiene que partirlo ella! —les aseguró insegura a todos, con un tono íntimo e intrigante. Y, como todos lo aprobaron satisfechos y curiosos, ella de repente se puso impetuosa—: ¡Parte el pastel, abuela! Y de pronto la vieja tomó el cuchillo. Y sin dudarlo, como si al dudarlo un momento toda ella fuera a desplomarse hacia adelante, soltó el primer tajo con un puño de asesina. —Qué fuerza —susurró la nuera de Ipanema, y no se sabía si estaba escandalizada o agradablemente sorprendida. Estaba un poco horrorizada.

—Hace un año todavía era capaz de subir esa escalera con más energía que yo —dijo Zilda, amarga. Soltado el primer tajo, como si se hubiera arrojado la primera paletada de tierra, todos se acercaron plato en mano, insinuándose con fingidos codazos de entusiasmo, cada cual por su pequeña paletada. Poco después las rebanadas se repartían entre los platitos, con un silencio lleno de alboroto. Los niños pequeños, con la boca oculta por la mesa y los ojos al nivel de ésta, contemplaban el reparto con muda intensidad. Las pasas rodaban del pastel entre migajas secas. Los niños, angustiados, las veían desperdiciarse, contemplaban atentos su caída. Y cuando se dieron cuenta, ¿no estaba ya la cumpleañera devorándose el último bocado? Y, por así decirlo, la fiesta estaba terminada. Cordelia los miraba a todos ausente, sonreía.

—Ya le dije: ¡hoy no se habla de negocios! —respondió José radiante.

—¡Está bien, está bien! —se encogió Manoel, conciliador, sin mirar a su esposa, que no le quitaba los ojos de encima—. Está bien —intentó sonreír Manoel y una contracción pasó rápida por los músculos de su cara. —¡Hoy es el día de mi madre! —dijo José. En la cabecera de la mesa, el mantel manchado de Coca-Cola, el pastel derruido, ella era la madre. La cumpleañera parpadeó.

Ellos, su familia, se movían agitados, riendo. Y ella era la madre de todos. Y si no se paró de repente, como un muerto que se levanta despacio y obliga a los vivos a la mudez y al terror, la cumpleañera se puso más tiesa en la silla, y más alta. Ella era la madre de todos. Y como la cadenita la sofocaba, ella era la madre de todos e, impotente en la silla, los despreciaba. Y los miraba parpadeando. Todos esos hijos y nietos y bisnietos suyos que no eran más que carne de su rodilla, pensó de pronto, como si escupiera. Rodrigo, su nieto de siete años, era el único que era carne de su corazón, Rodrigo, con esa carita dura, viril y despeinada. ¿Dónde está Rodrigo? Rodrigo con su mirada somnolienta y entumida en esa cabecita ardiente, confusa. Ése sí que sería un hombre. Pero, parpadeando, ella, la cumpleañera, miraba a los demás. Oh qué desprecio por la vida, que fallaba. ¿Cómo, cómo, siendo tan fuerte, había podido dar a luz a aquellos seres opacos, con brazos fofos y caras ansiosas? Ella, la fuerte, la que se había casado en el momento y la ocasión indicados con un buen hombre al que, obediente e independiente, había sabido respetar; a quien había sabido respetar y que le había dado hijos y le había pagado los partos y honrado las cuarentenas. El tronco era bueno. Pero había dado esos frutos ácidos y desafortunados, que no eran capaces ni de sentir una buena alegría. ¿Cómo había podido dar a luz a esos seres risueños, débiles, sin austeridad? El rencor le rugía en el pecho vacío. Una bola de comunistas, eso eran; una bola de comunistas. Los miró con su cólera de vieja. Parecían ratones apiñados, su familia. Irreductible, giró la cabeza y, con una fuerza insospechada escupió en el piso.

—¡Mamá! —gritó mortificada la anfitriona—. ¡Qué le pasa, mamá! —gritó, muerta de vergüenza, y no quería ni voltear a ver a los demás, sabía que los desgraciados se miraban entre sí victoriosos, como si ella tuviera la obligación de educar a la vieja, y poco faltaba para que le dijeran que ya ni bañaba a su madre, jamás entenderían su sacrificio—. ¡Mamá, qué le pasa! —dijo en voz baja, angustiada—. ¡Usted nunca había hecho eso! —añadió en voz alta para que todos la oyeran, quería sumarse al estupor de los demás, cuando el gallo cante por tercera vez negarás a tu madre. Pero su enorme vergüenza se suavizó cuando se dio cuenta de que los demás meneaban la cabeza como si estuvieran de acuerdo en que la vieja ya no era más que una niña.

—Últimamente le da por escupir —concluyó entonces confesándoselo contrita a todos. Todos miraron a la cumpleañera compungidos, respetuosos, en silencio. Parecían ratones apiñados, su familia. Los niños, aunque ya crecidos —probablemente de más de cincuenta años, ¡yo qué sé! —, los niños aún conservaban la belleza de sus caritas. ¡Pero qué mujeres habían escogido! Y qué mujeres habían escogido sus nietos, aún más débiles y ácidos. Todas vanidosas, con las piernas flacas, y con esos collares falsos de mujer que a la hora de la hora no se aguanta, esas mujercitas que casaban mal a sus hijos, que no sabían poner a una criada en su lugar, y todas con las orejas llenas de aretes:

¡ni uno de oro, ni uno! La rabia la sofocaba.

—¡Dame un vaso de vino! —dijo. De súbito, se hizo el silencio, cada cual con su vaso inmóvil en la mano.

—Abuelita ¿no le va a hacer daño? —insinuó cautelosa su nieta rechoncha y bajita.

—¡Qué abuelita ni qué nada! —explotó amarga la cumpleañera—. ¡Váyanse al diablo, bola de maricones, cornudos y putas! ¡Dame un vaso de vino, Dorothy! —ordenó. Dorothy no sabía qué hacer, los miró a todos pidiendo cómicamente auxilio. Pero, como máscaras inmunes e inapelables, de pronto ninguno de los rostros se manifestaba. La fiesta en pausa, los sándwiches mordidos en la mano, algún trozo que quedaba seco en una boca, hinchando en tan mal momento el cachete. Todos se habían quedado ciegos, sordos y mudos, con croquetas en la mano. Y miraban impasibles.

Desamparada, divertida, Dorothy le dio el vino: astutamente, sólo dos dedos en el vaso. Inexpresivos, preparados, todos esperaron la tempestad. Pero la cumpleañera no sólo no explotó ante la miserable dosis de vino que Dorothy le había servido, sino que ni siquiera tocó el vaso. Tenía la mirada fija, silenciosa. Como si no hubiera pasado nada. Todos se miraron corteses, sonriendo ciegamente, abstractos como si un perro hubiera hecho pipí en la sala. Con estoicismo, se reanudaron las voces y las risas. La nuera de Olaria, que había experimentado su primer momento al unísono con los demás cuando la tragedia victoriosamente parecía a punto de desencadenarse, tuvo que volver sola a su acritud, ya sin contar ni con el apoyo de sus tres hijos, que ahora se mezclaban, traicioneros, con los demás. Desde su silla recluida, analizaba criticona aquellos vestidos sin corte, sin drapeados, la manía de usar vestidos negros con collares de perlas, que no era ni remotamente una moda, sólo era una manera de ahorrar. Examinaba distante los sándwiches que casi no tenían mantequilla. Ella no se había servido nada, ¡nada! Sólo había comido un poquito de cada cosa, para probar. Y, por así decirlo, una vez más, la fiesta estaba terminada.

Todos se quedaron sentados, benevolentes. Algunos con la atención vuelta hacia su interior, en espera de algo que decir. Otros vacíos y expectantes, con una sonrisa amable, el estómago lleno de esas porquerías que no alimentaban, pero quitaban el hambre. Los niños, ya incontrolables, gritaban llenos de vigor. Unos ya tenían la cara inmunda; otros, más pequeños, ya estaban mojados; la tarde caía veloz. Y Cordelia, Cordelia miraba ausente, con una sonrisa aturdida, soportando ella sola su secreto. ¿Qué le pasa?, preguntó alguien con una curiosidad negligente, señalándola de lejos con un gesto de la cabeza, pero tampoco le contestaron. Encendieron el resto de las luces para precipitar la tranquilidad de la noche, los niños empezaban a pelearse. Pero las luces eran más pálidas que la tensión pálida de la tarde. Y el crepúsculo de Copacabana, sin ceder, se ensanchaba cada vez más y se metía por las ventanas como un lastre.

—Tengo que irme —dijo turbada una de las nueras, levantándose y sacudiéndose las migajas de la falda. Varios se pararon sonriendo. La cumpleañera recibió un beso cauteloso de cada cual como si su piel tan infamiliar fuera una trampa. E, impasible, parpadeando, recibió las palabras intencionalmente atropelladas que le decían tratando de darle un último impulso de efusión a algo que ya no era sino pasado: la noche ya había caído casi totalmente. La luz de la sala parecía entonces más amarilla y más rica; la gente, envejecida. Los niños ya estaban histéricos.

—Pensará que el pastel sustituye la cena —se preguntaba la vieja en sus profundidades. Pero nadie podía adivinar lo que pensaba. Y para aquellos que junto a la puerta la miraron una vez más, la cumpleañera no era sino lo que parecía ser: sentada a la cabecera de la mesa inmunda, con la mano cerrada sobre el mantel como si aferrara un cetro y con esa mudez que era su última palabra. Con un puño cerrado sobre la mesa, ya nunca volvería a ser sólo lo que ella pensaba. Su apariencia la había rebasado al fin y, superándola, se agigantaba serena. Cordelia la miró espantada. El puño mudo y severo sobre la mesa le decía a la infeliz nuera que sin remedio amaba quizá por última vez: Tiene que saberse. Tiene que saberse. Que la vida es breve. Que la vida es breve.

Pero no volvió a repetirlo. Porque la verdad era un destello. Cordelia la miró aterrorizada. Y nunca volvió a repetirlo, ni una sola vez, mientras Rodrigo, el nieto de la cumpleañera, le jalaba la mano a aquella madre culpable, perpleja y desesperada, que volvió a mirar atrás implorándole a la vejez una señal más de que una mujer debe, en un ímpetu desgarrador, aferrarse al fin a su última oportunidad y vivir. Una vez más, Cordelia quiso mirar. Pero ante esa nueva mirada, la cumpleañera era una vieja en la cabecera de la mesa. Había pasado el destello. Y, arrastrada por la mano paciente y terca de Rodrigo, la nuera lo siguió, espantada. —No todo el mundo tiene el privilegio y el orgullo de reunirse alrededor de su madre —carraspeó José, acordándose de que Jonga era el que hacía los discursos. —¡De su madre, mis calzones! —se rio bajito una sobrina, y la prima más lenta se rio sin encontrarle el chiste. —Nosotros lo tenemos —dijo Manoel desanimado, ya sin mirar a su esposa—. Nosotros tenemos ese gran privilegio —dijo distraído, secándose las palmas húmedas de las manos.

Pero no era nada de eso, sólo el malestar de la despedida, nunca se sabe bien qué decir, José esperaba de sí mismo con perseverancia y confianza la próxima frase del discurso. Que no venía. Que no venía. Que no venía. Los demás aguardaban. Cuánta falta hacía Jonga en esos momentos —José se secó la frente con el pañuelo—, ¡cuánta falta hacía Jonga en esos momentos! Pero claro, Jonga había sido el único al que la vieja siempre había aprobado y respetado, y eso le dio mucha seguridad. Y cuando se murió, la vieja no volvió a hablar de él; alzó un muro entre su muerte y los demás. Tal vez lo había olvidado. Pero no había olvidado esa mirada firme y directa con que desde siempre había visto a sus demás hijos, obligándolos a desviar invariablemente los ojos. El amor de una madre era difícil de soportar: José se secó la frente, heroico, risueño.

Y de pronto le vino la frase: —¡Nos vemos el año que entra! —dijo José súbitamente con malicia, dando, así, con la frase oportuna: ¡una afortunada indirecta! —. Nos vemos el año que entra, ¿eh? —repitió, temiendo que no lo comprendieran. La miró, orgulloso de las artimañas de la vieja, que siempre se las ingeniaba para vivir un año más. —¡El año que entra nos reunimos frente al pastel con las velitas prendidas! —aclaró el hijo Manoel, perfeccionando el espíritu de su socio—. ¡Nos vemos el año que entra, mamá! ¡Y frente al pastel, con las velitas prendidas! —dijo muy claramente, cerca de su oreja, mientras miraba obsequioso a José. Y la vieja de pronto cacareó una risa floja, comprendiendo la alusión. Entonces abrió la boca y dijo:

—Pues sí.

Con el entusiasmo de ver que la cosa había salido tan inesperadamente bien, José gritó emocionado, agradecido, con los ojos húmedos:

—¡Nos vemos el año que entra, mamá!

—¡No estoy sorda! —dijo la cumpleañera ruda, agasajada.

Los hijos se miraron riéndose, vejados, felices. La cosa había salido bien. Los niños fueron saliendo alegres, con el apetito arruinado. La nuera de Olaria le dio un coscorrón de venganza a su hijo, demasiado alegre y ya sin corbata. Las escaleras eran difíciles, oscuras, era increíble que insistieran en vivir en un edificiucho que tarde o temprano sería fatalmente demolido, y encima, cuando llegara la orden de desalojo, Zilda iba a dar lata, iba a tratar de enjaretarle la vieja a sus nueras. Al pisar el último escalón, los invitados, con alivio, se encontraron en la tranquilidad fresca de la calle. Era la noche, sí. Con su primer escalofrío. Adiós, hasta pronto, hay que vernos. No se desaparezcan, dijeron rápido. Algunos fueron capaces de ver a los demás a los ojos con una cordialidad sin recelo. Otros les cerraban las chamarras a los niños mirando el cielo en busca de algún indicio del clima. Todos sentían oscuramente que en la despedida podrían, tal vez, ya sin correr el riesgo de comprometerse, ser buenos y decir esa palabra extra. ¿Qué palabra? No lo sabían exactamente, y se miraban sonriendo, mudos. Era un instante que pedía estar vivo. Pero que estaba muerto. Empezaron a separarse caminando medio de espaldas, no sabían cómo desprenderse de sus parientes sin brusquedad.

—¡Nos vemos el año que entra! —repitió José su afortunada indirecta, agitando la mano con un vigor efusivo, su pelo ralo y blanco se movía en el viento. Está gordo, pensaron, tiene que cuidarse el corazón—. ¡Nos vemos el año que entra! —gritó José elocuente y grande, y su altura parecía desmoronable. Pero ellos, ya lejos, no sabían si debían reírse fuerte para que él los oyera o si bastaría sonreír, aun en la oscuridad. Algunos, además, pensaron que por suerte había algo más que una broma en la indirecta y que no se verían obligados a encontrarse frente al pastel con las velitas prendidas sino hasta el año próximo; mientras que otros, ya en una parte más oscura de la calle, se preguntaban si la vieja aguantaría un año más el nerviosismo y la impaciencia de Zilda, aunque ellos sinceramente no podían hacer nada al respecto: “Que llegue a los noventa, por lo menos”, pensó melancólica la nuera de Ipanema. “Para que cumpla un número bonito”, pensó soñadora. Mientras tanto, allá arriba, sobre escaleras y contingencias, estaba la cumpleañera sentada a la cabecera de la mesa, erecta, definitiva, más grande que ella misma. Será que hoy no va a haber cena, meditaba. La muerte era su misterio.


Autores
Chaya Pinjasovna Lispector, luego llamada Clarice Lispector ( Ucrania; 10 de diciembre de 1920–Río de Janeiro, Brasil; 9 de diciembre de 1977), fue una periodista, reportera, traductora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles y poemas. Es considerada una de las escritoras latinoamericanas más importantes del siglo XX.
Ilustración de Winold Reiss

El negro habla de ríos

Yo he conocido ríos…

Yo he conocido ríos, antiguos como el mundo y más viejos que el fluir

de la sangre en venas humanas.

Mi alma ha crecido profundo como los ríos.

Yo me bañé en el Éufrates cuando los amaneceres eran jóvenes,

Yo construí mi choza cerca del Congo y ello me arrulló,

Yo miré sobre el Nilo y alcé las pirámides sobre él.

Yo escuché del Mississippi cuando

Abe Lincoln bajó a Nuevo Orleans,

Y yo he visto su pecho fangoso convertirse todo dorado bajo el ocaso.

Yo he conocido ríos:

Antiguos, oscuros ríos,

Mi alma ha crecido profundo como los ríos.

Juventud

Nosotros tenemos el día que sigue

Brillando ante nosotros

Como llama

Ayer, una cosa noche-ida

Un nombre sol-abajo

Y amanecer el día ahora

Arco ancho por encima del camino venimos,

¡Marchamos!

Hombre juglar

Porque mi boca

Está amplia con risa

Y mi garganta

Está llena de canto,

Tú no piensas

Yo sufro luego

Yo he aferrado mi dolor

Tanto tiempo.

Porque mi boca

Está amplia con risa,

Tú no escuchas

Mi llanto interior,

Porque mis pies

Están alegres con baile,

Tú no sabes

Yo muero.

Nuestra Tierra

Deberíamos tener una tierra de sol,

De maravilloso so,

Y una tierra de agua fragante

Donde el ocaso es un suave pañuelo

De rosa y dorado,

Y no esta tierra

Donde la vida es fría.

Deberíamos tener una tierra de árboles,

De altos anchos árboles,

Doblegado con loros parloteantes

Brillantes como el día,

Y no esta tierra con pájaros grises.

Ah, deberíamos tener una tierra alegre,

De amor y alegría y vino y canto,

Y no esta tierra donde la alegría está mal.

Yo también

Yo, también, canto América.

Yo soy el hermano más oscuro.

Ellos me mandan a comer a la cocina

Cuando llega compañía.

Pero yo río,

Y como bien,

Y crezco fuerte.

El día que sigue

Me sentaré a la mesa

Cuando llegue compañía

Nadie se atreverá

Decirme,

Come en la cocina”

Entonces.

Además, verán lo hermoso que soy

Y estarán avergonzados,—

Yo, también, soy América.

 

The New Negro: an Interpretation. Albert and Charles Boni, edited by Alain Locke, March 1927. pp. 141-5. Impreso.

Ilustración de Winold Reiss
Ilustración de Winold Reiss

Autores
(Joplin, 1902 - Nueva York, 1967) Escritor estadounidense que abogaba por su raza afroamericana. Poeta y divulgador reconocido de los años veinte que fue tomado para movimientos de afroamericanos posteriores.
Rodrigo Porcayo Jiménez (Ciudad de México, 1994) Editor y escritor, licenciado en Literatura Latinoamericana egresado de la Universidad Iberoamericana. Tiene certificaciones en marketing digital y escritura técnica otorgados por University of Illinois y Oregon State University, respectivamente. Escritor y editor de contenido freelance digital y SEO para empresas pequeñas. Actualmente colabora con la revista Tierra Adentro en publicaciones diarias de la página en línea y redes sociales.
Ilustración por Nuria Mel

Están de moda los personajes femeninos fuertes, decir que tu historia (tu película, tu serie, tu novela, la que hiciste o la que te voló la cabeza) tiene un personaje femenino fuerte. ¿Pero qué vendría a ser eso? Me da un poco de miedo pensar que es una chica cool, irónica, siempre inteligente, pero un poco fría; encantadora, pero torpe, una especie de Anne Hall remixada con una retórica de empoderamiento: siento que hay un poco de eso en algunas series y películas que me encantan, como Fleabag, I May Destroy You y Booksmart, y en sus muchas imitaciones que me gustaron menos. Quise empezar con esto porque creo que El cisne negro, la película de Darren Aronofsky que se estrenó en Estados Unidos hace casi exactamente diez años, podría servir para pensar otro concepto de personaje femenino fuerte, uno que haga más referencia al personaje que a la fortaleza: Nina, la joven aspirante a primera bailarina que encarna Natalie Portman, llena el tiempo y el espacio con sus delirios y sus fantasmas, con los ángulos de su cuerpo y el temblor de sus labios. Eso es lo que para mí debería entenderse por un personaje fuerte: sus características “personales”, en cuanto falsa persona, me importan menos a la hora de pensar en su peso y su complejidad.

 

Y de hecho, empecé con esto también porque, en los estándares de la era #meToo, Nina es casi una antiheroína en el peor de los sentidos. Se me ocurre que a una espectadora diez años menor que yo podría sorprenderle cómo mis amigas y yo devoramos esta película en 2010 (y no fuimos nosotras solas, teniendo en cuenta que la película fue un éxito de crítica y sorprendentemente también de taquilla, llegando a recaudar 106 millones de dólares en Estados Unidos y 329 millones a nivel global, además de abrir el festival de Venecia y devenir una de las películas emblemáticas tanto de la carrera de Aronofsky como la de Portman); cómo en algún momento nos pareció que nos interpelaba, que hablaba de nosotras. El cisne negro parece en principio contar una historia trillada, el cuento de la recién llegada, de la ingénue en busca del estrellato y de su identidad como artista: Nina, una joven bailarina clásica que integra un cuerpo de ballet, quiere dar el salto a prima ballerina obteniendo el papel principal del icónico ballet El lago de los cisnes. Para eso, tiene que convencer a Thomas Leroy, el estricto y manipulador director del ballet que encarna Vincent Cassel, de que ella es capaz, no solo de representar al cisne blanco con su pureza y precisión, sino también de “soltarse el pelo” y convertirse en el cisne negro. Desde el principio, la película presenta esta situación como un desafío tanto artístico como personal para Nina: ella debe cruzar una frontera para dejar de ser la niñita remilgada que ya es demasiado grande para ser y que encima la frena en términos expresivos, y convertirse en una mujer plantada en su sensualidad, una bailarina capaz de usar sus experiencias y sus sentidos para hacer cuerpo la dualidad que El lago de los cisnes exige; teniendo en cuenta, claro, que desde hace ya más de un siglo la costumbre es que la misma bailarina interprete tanto a Odette, el cisne blanco que representa al amor bueno y puro, y a Odile, el cisne negro, que simboliza la tentación y la pasión. La historia además se complica cuando llega al ballet Lily, el personaje de Mila Kunis, una chica que carece de la disciplina que es el fuerte de Nina, pero tiene una sensualidad natural que la hace perfecta para el cisne negro. 

 

El punto de vista que seguimos es el de Nina, pero a diferencia de lo que podría pensarse a partir del resumen de la trama que hice recién, Nina no es un personaje aspiracional con el que una chica puede querer identificarse, no es una muchachita imperfecta, pero querible que descubre su sensualidad de manera luminosa. Por el contrario, Nina es un personaje con el que es difícil empatizar y que, más bien, una tiende a odiar y compadecer a la vez; por su ingenuidad, por el modo en que parece creerse mejor que el resto, aunque es evidente que se odia a sí misma, por la manera en que soporta las locuras de su madre, la bailarina frustrada que la tiene encerrada y congelada como una especie de niña eterna o muñeca de porcelana; por sus también evidentes trastornos alimenticios y de autoflagelación, por su incapacidad a los casi veintilargos años de hacer nada mínimamente parecido a tomar las riendas de su propia vida. Es la Lily de Mila Kunis, en cambio, la que se parece más a un personaje que hoy podría tener una serie en la que guiñarte el ojo desde la cámara y relatar sus dificultades para balancear su pasión por la danza y sus ganas de divertirse. Pero Aronofsky elige dejar a Lily un poco a oscuras, en el plano de la fantasía y la especulación: nuestro acceso es a la mente de Nina, y conocemos a Lily solo desde su punto de vista, como un objeto de envidia, de deseo y finalmente de miedo e ira.

 

Lo genial de El cisne negro; sin embargo, es que justamente hay varias capas más. Aronofsky nunca nos pide que nos identifiquemos con Nina o que la admiremos, ni siquiera que deseemos que las cosas le salgan bien. Lo que ofrece El cisne negro con Nina no es una historia de iniciación, sino una radiografía de un padecimiento mental profundamente generizado, atravesado por el género. Esto último es una interpretación que tomo de Mark Fisher, en un interesante debate que él sostuvo sobre El cisne negro con la crítica feminista Amber Jacobs. Para Jacobs, la película reitera fetichiza motivos machistas: el ballet aparece como una especie de ámbito hiperfeminizado, hipersexuado y asfixiante, las relaciones entre mujeres solo pueden ser de competencia enfermiza (entre Nina y su madre que la reprime y la castiga por su propia frustración como bailarina, entre Nina y Lily que compiten por el papel de Odette, pero quizás sobre todo por la atención de Leroy), las mujeres se dividen en vírgenes y prostitutas, la única forma en que su creatividad puede ser liberada es a través de un hombre y si se liberan demasiado, se vuelven locas y mueren (como parece sucederle a Nina). Jacobs destaca también la evidente erotización y estetización de estos clichés: las bailarinas hiperdelgadas y teniendo un sexo entre ellas que parece hecho a medida para un espectador masculino y poco exigente, como otra prueba de la mirada masculina que inunda El cisne negro

 

Fisher concuerda en que la película muestra todo esto, pero no cree, como Jacobs, que lo haga de manera acrítica, y creo que su lectura es la más ajustada: ya desde el principio la película introduce una perspectiva claustrofóbica, que nos da a entender que “el mundo” no es necesariamente así, sino que así es como lo ve Nina desde su alienación, desde la posición de una mujer que ha sido criada para cumplir y satisfacer, no para crear. Desde ese punto de vista, pienso que incluso (aunque quizás me estoy excediendo y concediéndole a Aronofsky mucho más de lo que merece) hay en la estilización e hiperestetización de El cisne negro algo paródico, un comentario sobre el modo en que históricamente vemos al ballet, y a las frágiles ninfas que lo practican, como epítomes de la femineidad: más allá de las imágenes sangrientas, en las que claramente Aronofsky se propone mostrar toda la suciedad y el dolor que hay detrás de esas diáfanas bailarinas, creo que la escena en la que la madre de Nina la obliga a comer una torta (blanca, rosada y florida, hiperfemenina igual que el cuarto lleno de ositos de Nina) donde más podemos ver esta tensión entre belleza y horror, el modo en que este universo, esta estética y esta mirada se sostiene en una hipocresía y en una dualidad que no puede más que terminar en psicosis, una tensión imposible entre “cómeme” y “no me comas”. 

 

Sin embargo, el desacuerdo más fundamental entre Fisher y Jacobs se ubica, me parece, en torno a qué constituye una narrativa feminista. “La película”, dice Jacobs, “ni siquiera ofrece alguna clase de ambigüedad capaz de sugerir alguna alternativa a la construcción patriarcal de la femineidad”. Para Jacobs, el hecho de que la película sea pesimista (es decir, que muestre un mundo en el que no hay salida posible del patriarcado, en el que no hay alternativa, en donde en los márgenes no hay resistencia sino puro sufrimiento) la convierte en una película antifeminista, en un relato de derecha, en una legitimación y una reiteración del sistema que exhibe; en cambio, lo que Fisher encuentra subversivo (y progresista) es este mismo pesimismo, la idea de que no hay salida y sobre todo, no hay control. No estamos ante un sujeto que a pesar de la densidad de las estructuras logre tomar control de su destino: estamos ante un sujeto frágil, que se desmorona y se quiebra bajo el peso de esas estructuras. Pero, aunque Fisher, creo que por cortesía, no insiste en esto, yo quiero hacerlo: ¿por qué esa no es una narrativa feminista? ¿Por qué una narrativa feminista es, necesariamente, una narrativa del triunfo? Siguiendo al propio Fisher y a teóricas y teóricos como Sara Ahmed, Lauren Berlant y Lee Edelman, me pregunto: ¿por qué una narrativa feminista tiene que ser una narrativa de la felicidad feminista? ¿No hay también un relato del quiebre feminista, de la mujer que fue formada para cumplir y agradar y por eso, cuando quiso traspasar ese límite y dejar de ser muñeca para ser artista, se incendió? Yo creo que sí, y que ese es justamente el interés que ofrece la película, y en especial vista desde nuestra actualidad llena de “personajes femeninos fuertes” que muestran exactamente eso que Jacobs quería ver: una alternativa al patriarcado, el modo en que las mujeres se hacen fuertes aprendiendo del dolor. Lo refrescante de El cisne negro es que Nina no aprende nada: se autodestruye. Tensada entre múltiples demandas contradictorias en conjunción, con un deseo que apenas acaba de empezar a descubrir y entender (hablo, más que de su deseo sexual, de su deseo de bailar, de dejar de hacerlo por deber y empezar a hacerlo con pasión), Nina no encuentra una salida pacífica y se entrega a lo que tiene más a mano: una locura, pero al menos una locura creadora, que aunque la conduzca a la muerte la lleva mucho más lejos de lo que jamás podría haberla llevado su existencia reprimida.

 

Algo que se ha repetido bastante en la interpretación de El cisne negro es el modo en que la película repite el guion del clásico ballet El lago de los cisnes de Tchaicovsky: esta lectura, de hecho, es facilitada por un paratexto de la propia película, los créditos finales, en los que cada actor y actriz aparecen, no solamente con el nombre de pila de su personaje, sino con el que le correspondería en el ballet. Nina, por supuesto, es Odette, la reina cisne; Lily es el cisne negro, la madre de Nina es la reina y Vincent Cassel aparece acreditado como “el caballero”, un rol que no aparece estrictamente en el ballet (al igual que el personaje de la bailarina retirada, que interpreta Winona Ryder, y aparece acreditado como “el cisne moribundo”, protagonista estrictamente de un solo de ballet que no pertenece a la obra de Tchaikovsky, aunque está emparentado con ella). Muchos momentos de la película pueden espejarse con los de la obra, pero lo interesante es que al final, a diferencia de lo que sucede en las versiones más conocidas de El lago de los cisnes, Odette (Nina) muere sola, y no con su príncipe amado (que en la película no aparece más que en algunas escenas de danza). Creo que este desvío respecto del final clásico es una pista central para leer la película en una clave que al principio podría costar, pero que a mí se me armó desde el principio, desde la primera vez que la vi en el cine: no como una película solamente sobre una víctima o una esquizofrénica, sino también como una película sobre una artista, sobre cómo es devenir una artista entregada y torturada cuando una es mujer y encima trabaja con su cuerpo, con un cuerpo sobre el que todos quieren escribir tantas cosas y con el que una quiere hacer su propio lienzo. En algún sentido, El cisne negro es todo esto, la historia de una víctima y también de una creadora, de una artista que es engullida por un mundo que no está preparado para darle un lugar para producir, sino solo para ser consumida. Jacobs decía que no había ninguna señal en la película del deseo de criticar esa mirada sexista que Aronofsky parecía más bien reproducir: yo creo que este final, en el que se pone en evidencia la eliminación total de la trama romántica del ballet y su reemplazo por una historia de entrega a la pasión creadora, es esa señal. Al Nina morir sola en el escenario, (sea en el delirio o en la realidad; para el final de la película, ya no sabemos si estamos dentro o fuera de su cabeza), lo que se consagra no es, como en El lago de los cisnes, un amor, sino una artista. Es un final triste, oscuro, claustrofóbico y pesimista, como toda la película, pero eso no lo hace, para mí, menos feminista que nuestras narrativas contemporáneas sobre chicas que sí logran pensar y construir otros mundos. Quizás, más bien, todo lo contrario.


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.

Ilustrador
Nuria Mel
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).
Foto por Noel René Cisneros

Ha pasado un año, tres meses y diecinueve días desde el asesinato de Enrique Servín, un crimen que sigue sin justicia. Su muerte, su pérdida, no es sólo una tragedia que nos atañe a quienes lo conocimos, a quienes tuvimos el privilegio de su amistad; es una tragedia también haber perdido una mente como la suya, una verdadera biblioteca que albergaba incontables poemas de los más diversos idiomas que llegó a estudiar, fragmentos de novelas y las historias que, con su formidable capacidad oral, hacían un deleite las conversaciones con él.

Con él hemos perdido su erudición y su capacidad para la bondad. Cualquiera que lo haya conocido puede dar testimonio de su disposición para ayudar a quien fuera, pero estos rasgos, aunque hermosos, son los que nos quedan en la memoria. De esa bondad nos queda la lección que nos dio y continuar su labor, su lucha por los derechos lingüísticos de las comunidades indígenas es una de las labores que hemos de continuar en su nombre.

Su voz, su sonrisa —que no pocas veces se tornaba en risa abierta, era formidable su sentido del humor—, las hemos perdido y permanece fragmentada, como su imagen, en videos, en fotografías. Sus palabras también pronto serán sustituidas en la memoria por las palabras dichas frente a una cámara, pero, quizá en el punto donde aún me es posible encontrarlo, con su voz, con los giros de su pensamiento, es en su poesía.

Enrique fue un poeta, aunque sólo publicó un libro de poesía —en sentido estricto fueron dos, pero El agua y la sombra (UACH, 2003) recopila los poemas que publicó en Así de frágil será el pasado (UAZ, Dosfilos Editores, 1990) y Sin dolor de por medio (Onomatopeya, 1997)— esa obra es suficiente para considerarlo poeta. “Un poeta no tiene más de siete poemas perfectos”, nos citaba a Rilke y en El agua y la sombra es posible encontrar esos siete poemas, de hecho se encontrarán más, pero también ya es cuestión de gustos.

Para hablar de esos poemas y del libro en su conjunto he de dar un paso atrás y hablar del epígrafe, que no aparece en el libro pero que él me dio a conocer, no pocas veces nos lo recitó. Se trata de un poema de Al-Mu’tamid, en el cual el poeta, encarcelado, se admira ante el vuelo de las perdices y lamenta su suerte, presentó los versos finales, de donde procedería el epígrafe de dónde Enrique Servín tomó no sólo el título, sino una de las emociones que atraviesan su libro:

“Mi alma anhela

el encontronazo con la muerte:

otro quizás amaría la vida cargado de grilletes.

Que Dios preserve a las perdices en sus crías,

que a las mías las traicionaron el agua y la sombra.”

El agua y la sombra como metáfora del paso ineludible del tiempo, de la pérdida constante. Todo se nos va como el agua, ahí está desde el principio de nuestra tradición poética Jorge de Manrique y los ríos como metáfora de la propia vida. Mientras que la sombra, la ausencia de luz, es una de las formas más antiguas que en la poesía se ha dado a la muerte —nox est perpetua, dijo Catulo—. Pero, aunque esa conjunción que resulta una metáfora tan poderosa, tan insinuante, del agua y la sombra, no es la única razón del epígrafe, esos versos contienen también una aspiración por la libertad (y una nostalgia por ella), una contemplación del mundo natural (en las perdices) contrastada con el mundo humano, todo lo cual forma parte de la poesía con que Enrique Servín construyó su obra.

“Un poema es”, nos llegó a decir en el taller de poesía[1] que por varios años impartió, “una pieza verbal donde cada una de las dimensiones del idioma están activadas de manera unitaria y armónica para transmitir, con un mínimo de elementos, un máximo de intensidad comunicativa y estética.” A partir de esa definición, hecha por él mismo, es que hablaré de los siete poemas de Agua y la sombra que hacen de Enrique Servín un poema —y razón por la cual se ha de seguir leyendo ese libro y el resto de su obra—.

Ya he hablado de la amistad que nos unió, que me sigue uniendo a él, dada esa amistad es que en diciembre 2007 como obsequio de cumpleaños me dio su libro. Libro cuyo primer poema es una Nota para un regalo, qué mejor apertura. Señalo esto para remarcar que este libro ha estado conmigo trece años, durante los cuales he vuelto a sus páginas constantemente[2].

Aunque es un libro lleno del fino e irónico sentido del humor de Enrique —ahí están Lamentación de un cocodrilo que se come una sirena, Caviloso, Hongos y eternidad, Inauguración de la Cloaca Máxima, Lección de historia son sólo algunos de los ejemplos—, he de decir que mi última lectura no deja de estar sesgada por mi duelo, es decir, ahora son los poemas que hablan de la muerte y el paso inexorable del tiempo los que más me conmueven. De ahí que del primero de los poemas de los que deseo hablar es uno de los que más se compartió el día de su asesinato: Elegía. El poema habla del momento en que se supo que un violinista de la sierra, Juan Hielo, murió:

 

“Es triste esa primera vez, al hablar de alguien

usar el imperfecto.

El verbo vivo, firme, cede al fin:

hablaba, decía, tenía. Era.

 

Hielo tocaba su violín en la sierra.”[3]

 

Poco hay que se pueda agregar ante esos versos, más allá del interés por el paso del tiempo, y de la existencia misma, y su correlato en el lenguaje que utilizamos. Es claro el porqué este poema se volvió el más compartido en redes sociales una vez se supo de su asesinato.

Enrique Servín fue una persona que se preocupaba por el horror del mundo y su violencia. La Oración del avestruz lo muestra, también Valentía en el Mictlán, pero en ese sentido el que mejor desarrolla esa preocupación, sin caer en los clichés que se le dan a la poesía comprometida es Apuntes para cualquier himno nacional, unos apuntes que son un poema y que podrían ser también el himno de un país, de cualquier país (como bien apunta en la nota al final, que es un potpurrí hecho con estrofas de nuestro himno, el himno estadounidense y la Marsellesa). Con ironía parodia el lenguaje grandilocuente del chauvinismo y ofrece un poema que, además de mover a reflexión, nos saca una sonrisa.

 

“La Patria es generosa: en el país

no se hace millonario tan sólo el que no quiere

todos sus millonarios son buena prueba de ello

(también todos sus pobres, añadamos).

Su ley fundamental nos garantiza

el derecho a creer en lo que sea

a soñar en voz alta. Incluso a morir de hambre

si eso es lo que queremos.

[…]

Es cierto que tenemos -como todo- defectos

¿qué cosa no los tiene? ¿qué persona o familia?

¿qué país no los tiene? Eso se llama

la condition humaine.

Pero volteen el rostro los traidores

hacia el resto del mundo:

¿No están peor en Tirania

en Barbaria, en Pauperia, en Malpaís?”

 

Si hay recomendaciones para un himno nacional, no son las únicas, también Apuntes para una cartilla moral, un poema que aboga por la responsabilidad moral del individuo, antes que a leyes o preceptos.

 

“1. Cree en la alegría y en el dolor ajenos:

son reales, como los propios.

Pero no pienses que puedes definirlos, ni entenderlos del todo.

Somos islas

y apenas nos es dado, pocas veces

entrever el infierno o el cielo de los otros.

[…]

7. Cree en la poesía. Que también es de aire

pero que nos ofrece verdades más grandes que la verdad

indecibles como los sueños, bálsamos.

Y que puede, con unas pocas sílabas ingrávidas, invisibles

abrir las puertas de los abismos.

 

Cree en la flor que no dura, en la verdad de los sueños

en el tiempo que iguala lo triste a la hermosura.

 

Cree en el mar y en la arena, y en el sol que la inventa

en la alegría de las doradas cervezas y en el fugaz amor.

 

En la poesía, que salva todo eso

y sobrevive hombres, religiones, y llega más lejos que los imperios.”

 

Al terminar de leerlo, de recitarlo, uno se pregunta ¿necesito otra guía moral que estos sencillos consejos en los cuales la poesía es central? La poesía, esa creación humana capaz de unirnos a través de milenios y lugares muy disimiles.

Ese misterio y esa unión Enrique la refleja en el poema Luna y Fronteras (en el libro de 2003 aparece como La luna en ciudad Juárez. Recuerdo) donde la voz poética habla del encuentro en el consulado estadounidense con un grupo de chinos con quienes habló de poesía.

“Los descubro. Los saludo en mi chino precario. Es suficiente.

Pierden su lugar, se amontonan alrededor de mí.

Les menciono a Li Pai, a Tu Fu

los grandes nombres del pasado.

Una de ellas me recita de memoria un poema, emocionada.

Como si cantara.

Me explica una palabra que no entiendo.

Vuelve a explicar. Señala al cielo y al voltear

descubro que es la luna.

La luna blanca y azul.

La luna alta sobre el arrabal

sobre el barrio grisáceo de la ciudad más gris.

Pero es la misma que vieran aquellos grandes muertos.

La luna de Li Pai y de Tu Fu. La que han de ver

los poetas del porvenir.

La de todos los siglos

y todos los hombres.”

Este poema que es también un recuerdo refleja una de las posturas sobre la poesía que él prefería, aquella que no teme a ser confesional (como hace en A personal confession, cuando pregunta de quien es la confesión en el poema si el poeta ya no existe). Así, poemas que surgen de la vivida experiencia personal deslumbran con las revelaciones sobre la condición humana.

“Carro pintado de azul

 

Mi abuela dice que el primer carro que vi era azul.

Al recordar que recordaba, yo digo que era verde.

El carro ya no existe.

 

Como una imagen rayada por una vara en el agua

los recuerdos se funden, se confunden.

 

Así de frágil es el pasado.”

La fragilidad del pasado, su pérdida, los fragmentos que de él nos llegan y apenas podemos reconocer son constantes en su poesía, Grupo de muchachos jugando beisbol es un ejemplo. Pero donde queda más de manifiesto es en el poema Catedral de Chihuahua, una hermosa loa a ese edificio que ha sido el corazón de cantera de la ciudad del desierto. En él, al final, la voz poética recuerda su infancia con una tía abuela que lo llevaba a contemplar la catedral:

“Ella se ha ido.

 

Cualquier cosa, se sabe, aunque no dure para siempre

dura más que los hombres:

una camisa, unos lentes,

un viejo libro, una flor seca entre sus páginas.

Con más razón la piedra poderosa del templo.

 

Y sin embargo

la pátina de polvos y de soles, el lento envejecer

del templo inanimado son también

todo aquello:

la historia compartida, los recuerdos

lo inabarcable y numeroso

también lo ya olvidado y perdido para siempre: el borradizo

 

transcurrir de los hombres en el aire luminoso del tiempo.”

 

La pérdida de los seres queridos es un motivo que atraviesa muchos de los poemas de El agua y la sombra. Uno de los que más me ha conmovido desde la primera vez que lo leí es Mi padre frente al mar, poema en el que se narra[4] un sueño en el que la voz poética se encuentra con el padre fallecido:

 

“Cuántas cosas habríamos recordado, cuántas cosas

amadas, entendidas. Y yo volviendo a verte, frente al mar.

Qué bien lucías, padre. Qué bien te sentaba la muerte.

Cuánto silencio y lejanía acumulados en estos raros años de tu ausencia.

El verte una vez más, qué dulce era. Y el mar

que nunca vimos juntos, cómo brillaba

desde un oleaje lento, como algo incomprensible, y en paz.

 

Pero de pronto un ruido, un movimiento brusco en el camino

me despertó

y alrededor quedó el rumor del autobús en que viajaba

la sorda oscuridad de las distancias sin límites. El regresar

a un viaje menos bello y más triste, en medio del desierto.

Las ventanillas frías, unos pocos vislumbres de formas indecibles

en la noche: la larga carretera hacia lo oscuro.

 

¿A qué ciudad me acercaba? ¿A dónde quería ir? ¿Qué perseguía?

Tú, hacía un instante, allá, tan lejos, frente al mar

Yo, desde este lado, ahora, más acá de los sueños

dudando como siempre, tenso y callado

viajando por el hondo desierto de la noche

por ajenos caminos

hacia ajenas ciudades.”

 

Presento las estrofas finales del poema, para mostrar el contraste entre el espacio onírico con el que empieza, donde se da el encuentro con el padre, y el espacio de la vigilia, uno luminoso y abierto y el otro oscuro y cerrado. La presencia amable del padre en el mundo de los sueños opuesta a la soledad de un autobús en una carretera del desierto en medio de la noche.

 

Enrique no está. Nos queda su voz, su poesía. Nos quedan los inéditos, que no son pocos (por lo menos otro libro de poesía, otro de relatos fantásticos y su maravillosa novela). Mientras seguimos leyéndolo no se ha hecho justicia, luego de más de un año no ha habido avances en la investigación.

[1] Habrá que señalar aquí la que, contrario al prejuicio contra los talleres literarios y los talleristas, Enrique Servín nunca intentó imponer su visión de la poesía, al contrario, promovió que cada persona adquiriera su propia voz y la desarrollara. Para ello acercaba a quienes asistíamos a su taller a las más diversas tradiciones poéticas del mundo, incluso en aquellas de sociedades ágrafas; su desconfianza hacia las vanguardias, por lo mismo, le permitió no casarse con una sola forma de entender la poesía y de hacer poesía. Ryby Myers, poeta organizadora del Encuentro Nacional de Poesía Enrique Servín y que formó parte del taller, ha dicho de él que era: “Un poeta hacedor de poetas”.

 

[2] La dedicatoria del libro incluye una oración en serviño clásico, “la única lengua que nació muerta”, una conlang que Enrique Servín creó para una serie de relatos que permanecen inéditos. Como buen amante de los idiomas que era (y de los sistemas de escritura de estos) no pudo resistir la tentación de crear su propia lengua, con su propio sistema de escritura que evoca al alfabeto georgiano o a los abugidas bráhmicos.

[3] De algunos poemas he elegido versiones corregidas por el propio Enrique Servín en lugar de las del libro de la colección Flor de arena de la UACH (colección que, por cierto, él comenzó en los 1990s cuando fungió como editor). En el caso de este poema, los cambios son mínimos, pero significativos: poner en cursivas algunas palabras.

[4] Enrique Servín insistía en sus talleres que los poemas podían narrar, que un siglo de vanguardias nos había hecho creer que el poema se oponía a la narración, sin embargo, a lo largo de la historia y de las más diversas tradiciones literarias el poema ha sido también narración.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Imagen de Gerd Altmann de Pixabay

Quizá yo también lo conocí. Se llamaba Elliot Rodger y tendría mi edad de no haberse suicidado tras escapar de la policía. Había asesinado a siete personas en las inmediaciones de la Universidad de Santa Bárbara, en Isla Vista, California. Era 2014, y los dos teníamos 22 años, una edad en la que ya es tarde para suicidarse por falta de atención, pero en la que todavía estás a tiempo, si te lo propones, de matar a alguien más por la misma razón. A Elliot se le pasó la oportunidad de desaparecer precozmente, por lo que tuvo que esperar unos años para fortalecer su baja autoestima. No digo que el chico no haya intentado quitarse la vida antes, sobre todo en la secundaria, cuando las chicas de su salón lo tildaban de raro y no tenía más remedio que desahogarse en internet junto a otros hombres como él, que no sabían qué hacer cuando esas mismas chicas los rechazaban.

A inicios del 2000, en internet había foros y salas de chats por montones, sitios destinados para incitar el intercambio entre los usuarios de anécdotas, comentarios, ideas, opiniones, secretos, en fin, todo lo que supieran sobre un tema en concreto, sin la necesidad de erigirse como líderes de opinión –algo que más tarde vendría con la web 2.0 y las redes sociales–. Si en la “vida real” no eras tan cool, en el “ciberespacio” podías encontrar al menos una comunidad con la cual compartir los más extravagantes intereses. Más o menos así nacieron Reddit y 4chan. Con el tiempo, y sin que este haya sido su propósito original, estos foros se convirtieron en el semillero de resentidos sociales que aprovechaban el anonimato para describir sus frustraciones. Bajo el elocuente nickname de Anonymous, muchas personas entraban para fraguar venganzas o esparcir sus hipótesis más perversas sobre la sociedad. Debido a mi carácter, inestable y disperso, me cuesta trabajo definir una postura respecto a casi cualquier cosa, incluida la manera en que son y se comportan los hombres. Incluso cuando utilizo hombre para referirme a la humanidad, sé que algo queda fuera, por más que insistan quienes opinan que el hombre como masculino genérico incluye a todos y a todas.

En mi adolescencia, habiendo probado ya las mieles de la pansexualidad delante de la webcam, a menudo me preguntaba si realmente era necesario comportarme como varón (lo que sea que esto signifique) en un mundo donde el anonimato me permitía, en cambio, experimentar con otras expresiones e identidades. Era divertido y, a su modo, placentero. Sin embargo, mientras algunos estábamos ocupados imaginando vidas paralelas, otros –hombres jóvenes en su mayoría– aprovechaban el anonimato para defender su “verdadera esencia”. Se hacían llamar incels y aún existen, aunque ya no solo en los márgenes de internet. Paradójicamente, la historia de estos hombres tiene orígenes femeninos.

En los noventas, una mujer llamada Alana acuñó el término incel para referirse a la comunidad a la que pertenecía. Los miembros se distinguían por no encontrar pareja debido a su inseguridad. Al inicio Alana quería llamar a su comunidad “Vírgenes solitarios”, pero creyó que era ofensivo y optó entonces por Involuntary Celibates, expresión completa del acrónimo incels (“célibes involuntarios” en español). La virginidad de los incels es directamente proporcional al rencor que les guardan a las mujeres. No pasó mucho tiempo para que algún hombre la usara en 4chan por primera vez para referirse a sus fracasos amorosos y hacer pública su misoginia. Lo más interesante del asunto es que tiempo después se desataron diversas versiones sobre la sexualidad y el género de Alana. En algunos sitios cuentan que era bisexual, otros dicen que era una mujer trans y otros más que era queer. Pareciera que su indefinición se burlara de los esfuerzos de aquellos hombres obsesionados con defender las virtudes masculinas.

Como toda comunidad en internet, los incels tienen sus propios códigos e incluso una jerga compuesta por términos que utilizan para catalogar a quienes no son como ellos, esos otros que siempre son el problema. Los Chads y las Stacy son, respectivamente, hombres y mujeres tan atractivos que no necesitan esforzarse para encontrar a su media naranja, en una sociedad que los promueve como modélicos estilos de vida. Según la mentalidad incel, su aspecto les facilita las cosas en una sociedad que aspira a ser como ellos. Por años, los incels han respondido con creces a las preguntas planteadas por una masculinidad que creen conocer a fondo. Construyeron una lógica condescendiente con sus propias creencias, una perspectiva del mundo en el que ellos por fin toman el control. Sin embargo, más que descifrar los códigos masculinos, protagonizan una sociedad a su medida. Se han hecho de una habitación propia donde duermen arrullados por sus propias certezas.

Antes de que Rodger se convirtiera en mártir del movimiento, la palabra era el único catalizador de emociones destructivas que tenía a su alcance, en la secundaria, para drenar su propia agresividad. El día de la masacre en Isla Vista, Rodger subió a YouTube un video de casi siete minutos con el título Elliot Rodger’s Retribution, donde explicaba las razones que lo llevaron a vengarse del modo en que lo hizo. Entre sus víctimas se encontraban tres hombres que compartían departamento en una hermandad muy cerca de la universidad, al igual que tres mujeres que también vivían juntas. Otra mujer, en una cafetería cercana, se uniría a la lista minutos después. De este modo Rodger había concertado su Retribution’s Day: un acto de rendición de cuentas, una purga de los malos ciudadanos. Esos “malos ciudadanos” comprendían al género femenino, particularmente a las mujeres que se habían negado a intimar con él, así como a los hombres atractivos y musculosos y a las parejas interraciales, pues Elliot no toleraba que un negro, un chino o un mexicano tuvieran más sexo que él y, peor aún, con las mujeres que le pertenecían únicamente por ser su paisano.

Además, desde muy chico llevó una especie de diario titulado My Twisted World, que hasta el día de hoy algunos consideran el manifiesto de la virilidad oprimida. A la manera de una bildungsroman, Rodger relata a partir de su nacimiento hasta la planeación de su castigo, recordando cada tanto las vejaciones y rechazos constantes por los que atravesó desde que llegó a este mundo y tomó conciencia de su maldad. Son más de 100 páginas que, con un editor visionario, pudo haber ocupado las mesas de novedades días después de que llevara a cabo la matanza por la que se le recuerda. Lo cierto es que no creo que My Twisted World pertenezca a la no ficción. Al contrario, la imaginación de Rodger se desborda en busca de una imagen en particular: la de la víctima que se redime tras vengar su agravio. Su historia tiene más ficción que realidad. No me refiero a que haya mentido, al contrario, su relato es tan creíble para él, tan nítido y cierto, que mentir habría sido faltar a la verdad. Su verdad. Ya desde las primeras líneas hay un tono que persiste hasta la última, con la que incluso cierra el libro de un modo por lo demás sugerente: “Finally, at long last, I can show the world my true worth” (Por fin, puedo mostrarle al mundo mi verdadero valor).

Para él, pasar desapercibido era una manera de confirmar que los demás se estaban perdiendo de su “verdadero valor” (en la primaria lo llamaban “Quiet Kid”). En cambio, para mí fue un modo de encontrar el mío. A los trece años, yo quería descubrirlo con ayuda de internet, mientras que Rodger lo tenía muy claro y no podía perder tiempo dudando. Éramos adolescentes que buscamos refugio en las salas de chat, en los foros virtuales, en los videojuegos multijugador como World of Warcraft (WoW). Elliot podía pasar todo el verano jugando en casa de su madre, sobre todo luego del divorcio y de que la casa paterna se convirtiera en una cárcel para él. Su estancia en las salas de chat de las que habla en su libro, las fotos que un amigo suyo le mandó de mujeres desnudas, los gráficos de Halo que se convertiría en su videojuego favorito, la poca atención que le prestaban las chicas cuando salía a jugar en comparación con la que recibían otros chicos más apuestos que él… Elliot Rodger era un adolescente inadaptado como yo, ¿por qué entonces asesinar en vez de suicidarse, como lo haría cualquier adolescente inseguro y deprimido que se respete? Porque para los hombres como él, los demás siempre han sido el problema.

Días después de la Masacre de Isla Vista, algunos hombres comenzaron a llamarlo San Rodger, entre ellos Alek Minassian, quien años más tarde pondría en práctica el mandato de su ídolo. El 23 de abril de 2018, con veinticinco años, Minassian atropelló a veinticinco personas –de las que solo sobrevivieron quince– en condiciones más o menos parecidas a lo ocurrido en California. Sin embargo, esta vez detrás del ataque había un motivo de orden superior. Minassian dejaría un mensaje en clave militar para el recuerdo:

El soldado (recluta) de Infantería Minassian 00010 desea hablar con el sargento 4chan, por favor. C23249161. ¡La rebelión de los incel ya ha comenzado! Derrocaremos a todos los Chads y las Stacys. ¡Saluden todos al supremo caballero Elliot Rodger!

Tanto Rodger como Minassian son protagonistas en un relato para nada nuevo. Sus historias pertenecen a una constelación narrativa como un capítulo más de la violencia sistemática que se vive a diario. Sus biografías bien podrían venderse como bestseller, y seguramente en el futuro alguien decida publicarlas y haga dinero a costa de un par de adolescentes confundidos. Más que un testimonio, ambos personifican la invención del héroe modélico para el que los demás son el origen de todos los males. Cuando finalmente esos hombres reunidos delante de una pantalla aceptaron que morirían por su causa, defendiendo a muerte su propia virilidad mancillada, dejaron de pertenecerse a sí mismos y crearon la imagen del incel que hoy conocemos: un hombre que solo le pertenece a otros hombres.

Naturalmente, cuando los incel reclaman sexo se refieren únicamente al coito heterosexual. Pero la falta de sexo no es su único problema. Si fuera así, en cada foro las amenazas contra las mujeres alternarían con propuestas homoeróticas entre los participantes. Tal vez alguno de estos hombres desarrollara con el tiempo una filia que consistiera en excitarse con los lamentos de otros hombres. Seguramente aquel se masturbaba frenéticamente mientras leía las historias de rechazo de los demás. Un incel llora únicamente delante de otros hombres. Hacerlo con una mujer no resulta placentero. Casados con su imagen de víctimas, de tener enfrente a una chica, podrían decepcionarse de sí mismos y de lo que habían imaginado. No querrían desperdiciar sus lágrimas, como si de semen se tratara, frente a una mujer. Lo harían, por el contrario, entre más hombres como ellos, hombres que también lloran, pero solo frente a una pantalla y en compañía masculina. El llanto funciona igual que la eyaculación: con una imagen que cala hasta el fondo de nuestras fantasías. Los muertos ya no lloran ni se masturban, por lo que mantener el deseo significa seguir vivo, y estos hombres quieren seguir vivos, siendo lo que son, perteneciendo a donde pertenecen, elucubrando planes que a última hora no cumplen porque es más cómodo quedarse en casa y no arriesgarse a perder lo único que les queda: su condición erótica de víctimas.

Por eso Rodger, el primer mártir en morir por la causa incel, fue santificado inmediatamente. Lo habían despojado de toda atracción sexual. Su carencia de sensualidad permitía que se le viera como un santo. Rodger marcó la ruta hacia un único destino: el de la trascendencia. A menos que estos mismos hombres decidan morir en vida, esto es, renieguen de sí mismos y cambien –en definitiva, se vuelvan más humanos– seguirán siendo los mismos hombres de siempre.

Hace unos días estaba aburrido y quise adentrarme lo más que pudiera en las profundidades de internet. Hice un recorrido por algunas páginas relacionadas con los incels, incluidas 4chan y Reddit, de donde fueron vetados no hace mucho. Sin embargo, estos hombres no se dieron por vencidos y diseñaron su propio sitio web, www.incels.co. A la manera de aquellos foros, en su webpage tejen hilos de discusión sobre temas como la masculinidad ultrajada de la que, según parece, todavía tienen mucho que decir. También encontré comentarios de hombres que insinuaban violaciones como castigo a las mujeres que los habían rechazado; hombres que vendían fotos íntimas de sus compañeras de clase; hombres que hacían tutoriales de conquista; hombres que presumían haber abusado de sus hermanas, primas, sobrinas. En definitiva, hombres más hombres que humanos.

Si el odio hacia las mujeres los une es porque su masculinidad no es suficiente. Para poder definirse necesitan de un enemigo en común, en este caso son todas y cada una de las mujeres que los han rechazado. Que les dijeron que no, y ellos no pudieron vivir con la negación pues los hacía sentir incompletos, carentes de algo, poco-hombres. Aventurarse a lo desconocido, a las profundidades de lo distinto, los mostraría vulnerables, y su vulnerabilidad terminaría por desactivar su automatismo. Los incels son peligrosos no solo por su misoginia y sus amenazas, sino por la imagen viril que insisten en preservar. En su masculinidad no existe el tal vez: eres o no eres hombre; vives –y sobre todo, mueres– o no como uno.

 

Bibliografía

 

Elliot Rodger, My Twisted World. Encontrado en: https://schoolshooters.info/sites/default/files/rodger_my_twisted_world.pdf

Elliot Rodger’s Retribution. Encontrado en: https://www.nytimes.com/video/us/100000002900707/youtube-video-retribution.html

Nota adicional

Este ensayo pertenece a Yosotr3s, libro inédito de ensayos sobre reescritura y cultura digital.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Siad Barre con el presidente de Rumania Nicolae Ceaușescu en 1976 (foto tomada del archivo de Wikimedia)

El 26 de enero se cumplen tres décadas en la que Jaalle Mohamed Siad Barre (1910-1995) fue depuesto como presidente de la República Democrática de Somalia (1969-1991), ello es digno de mención pues dicho evento marca un hito en el desarrollo estatal de aquella nación en el cuerno de África. Posterior al derrocamiento de Barre, el país se sumergió en una guerra civil prolongada que requirió de la mediación de la ONU y EE. UU, en pleno auge hegemónico internacional después de la Guerra Fría, con resultados poco satisfactorios.

A inicios del S.XXI Somalia se encontraba descentralizado como gobierno y desarticulado como estado. Carecía de un estado funcional capaz de tener control legal y político de su territorio, abandonando a su población. Dejando a los “señores de la guerra “como el principal poder en el territorio. No obstante, es preciso hacer una breve recapitulación histórico-política que nos permita comprender el rol de Barre en la construcción estatal somalí; el porqué de su precaria situación actual; y la importancia geoestratégica pasada y contemporánea.

Tomado de Wikimedia

Retrato militar del general Mohamed Siad Barre 1970 (Foto tomada del archivo de Wikimedia)

 

 

Somalilandia: la lucha por Somalia

Hacia finales del siglo XIX, el territorio de la Somalilandia (hoy Somalia y Yibuti) se vio envuelto en una serie de conflictos entre diferentes potencias coloniales de la época: Reino Unido, Francia, Italia, Rusia y Etiopía, por el control de la región. Hasta ser dominada en un área de influencia dividida; por un lado, los ingleses (Somalilandia británica) controlaron el norte del territorio.

Más al occidente, los franceses controlaron (Somalilandia francesa/hoy Yibuti) junto con Yemen, el estrecho de Bab el-Mandeb (enclave estratégico entre el Mar Rojo, el Golfo de Adén y el Mar Arábigo), tras el cual pasarían más de la mitad de los energéticos (petróleo y gas natural) que hoy se consumen en el mundo pero que ya en ese entonces comenzaban a ser importantes en la economía global. Finalmente, una tercera porción sureña de Somalilandia quedó en poder de los italianos (Somalilandia italiana).

Durante la Segunda Guerra Mundial, el régimen fascista italiano (1922-1943) invadió la mayor parte de esta región e incluso a Etiopía y Eritrea, pero luego de ese breve lapso los ánimos independentistas comenzaban a formarse. En este periodo entra en escena Siad Barre, pues colaboró tanto en la operación militar italiana de expansión territorial, y después con la administración militar posguerra (1945-1960) de la Somalilandia británica y la Somalilandia italiana que estaría primero bajo mandato británico y posteriormente administrado por Italia y la recién formada ONU. Hacia 1960, se decidieron fusionar ambas Somalilandias (dejando fuera a su par francés) para volverse independiente bajo el nombre de “República somalí”.

Somalia y Barre

Desde los primeros años de la Somalia independiente, el país tuvo que luchar contra las ambiciones británicas, francesas, y etíopes en las regiones de Kenya y Yabuti para impedir una unificación mayor del territorio que traspasara sus fronteras originales bajo un fuerte sentimiento nacionalista y pan-somalí (que pugnaba por incorporar a otras etnias afines al país en el extranjero inmediato). Durante dicho periodo, y ya en plena Guerra Fría (1945-1991) el gobierno somalí decidió estrechar los lazos militares con la URSS, mientras que sus vecinos circundantes fueron apoyados por EE. UU y Gran Bretaña. Cabe mencionar que, como toda nación en proceso de independencia, o ya independiente, la mayoría se vería absorbida por dicho enfrentamiento entra las superpotencias y sus aliados. No solamente en la región de África, sino en todo el mundo durante gran parte del siglo XX.

Para 1969, el gobierno precedente de Mohamed Egal (1967-1969) había sido incapaz de concertar las fuerzas pan-somalís que se debatían la conducción del país. En el inter, el candidato triunfador de las elecciones presidenciales de 1969, Abdirashid Ali Shermake, fue asesinado a finales de 1969. Ello motivaría un golpe de Estado orquestado por los militares nacionales (otro rasgo definitivo de la historia africana en la Guerra Fría y en la actualidad) que buscaban dar un nuevo rumbo al país, entre ellos, Barre.

Entre 1969 y 1974, el gobierno encabezado por Barre, a través del Consejo Revolucionario Somalí, fundó la República Democrática Somalí. Y lanzó una campaña de modernización del país montada en el precepto ideológico del “socialismo científico” (estudio de tendencias histórico-sociales a partir del método científico), en la cual el estado asumió control de áreas críticas de la economía, como lo son la agricultura y la ganadería; combinado con medidas de unificación nacional, desarrollo económico, sedentarización de tribus nómadas y la revolucionaria incorporación del alfabeto latino para el idioma somalí. Así como una “des-clanificación”1de las relaciones político-sociales en el país.

Ello provocó resistencia de los líderes musulmanes locales debido al papel emancipado de la mujer, sin embargo, ello fue mantenido bajo control por el gobierno de Barre durante bastante tiempo. El carácter revolucionario de la administración de Barre estuvo fuertemente influenciada por la URSS, Corea del Norte y China, específicamente en la creación de agencias de adoctrinamiento y un fuerte culto a la personalidad del líder nacional. Inclusive llegó a incorporar elementos Nasseristas2en su ideario, generando narrativas extraordinarias en las que el propio Barre era concebido por el pueblo somalí como un “padre benevolente de una nación cuya madre era la gloriosa revolución”3

Pero, este acercamiento hacia el mundo socialista pronto sufriría un periodo de distanciamiento, quiebre y alejamiento por parte de Barre entre 1974 y 1978, pues aquellas potencias decidieron apoyar a Etiopía en el renovado conflicto de los nacionalistas somalís en el este del territorio llamado Guerra del Ogadén (1977-1978) y también en el oeste de Somalia. Este llevaría al gobierno de Barre a cortar cualquier relación y apoyo con el socialismo (a excepción de China y Rumania), buscando así nuevos apoyos en occidente, específicamente EE. UU. Sin embargo, la ayuda no sería como el líder esperaba en términos cualitativos ni cuantitativos.

Luego de un infructuoso golpe de estado contra Barre en 1978, este decidió emprender medidas más liberales para ganar el favor y apoyo del mundo euroatlántico. Sin embargo, ello no generó muchos resultados en el exterior, y tampoco en la condición interna del país, ya que se deterioraba paulatinamente, especialmente en el sector económico y social debido a la ruptura socialista. Ante ello, se adoptaron medidas más restrictivas de administración y la supresión de los movimientos tribales/islámicos fueron fuertemente suprimidos. En cambio, la resistencia contra el gobierno de Barre se acumulaba gradualmente, especialmente en toda la zona de la Somalilandia británica.4

Entrada la década de 1980, los problemas internos del país aumentaban, la economía no mejoraba y los préstamos de las instituciones financieras occidentales no eran suficientes para asegurar el crecimiento de Somalia. Aunado a ello, en 1986 Barre sufrió un accidente automovilístico que casi le cuesta la vida, por lo cual tuvo que depender cada vez más de otras figuras para ejercer el poder efectivamente.

Para 1988 se firmó la paz con el territorio vecino de Etiopía y se normalizaron las relaciones entre ambos países, renunciando al sueño del pansomalismo, pero se sellaba también el declive y desenlace del régimen de Barre, pues los rebeldes de Ogadén y el norte de Somalia vieron aquello como una traición a su lucha y se lanzaron al derrocamiento del régimen somalí concurrente entre 1988 y 1991. Con altos costos civiles y miles de desplazados al interior del continente, Europa y EE. UU.

Las facciones contra Barre se multiplicaron y generaron la pérdida de control primero en el norte del territorio y poco a poco fueron atrincherando al gobierno hacia la capital, Mogadiscio. Especialmente el Congreso Unido Somalí, basado en una estructura de clanes y cuyo líder principal, el General Aideed se encargarían de derrocar y expulsar a Barre para finales de enero de 1991. A lo anterior sobrevendrían décadas de inestabilidad, violencia y muerte para el país.

Somalia sin Barre

Posterior a la caída de Barre, diversos clanes se disputaron cruelmente el control de los restos del territorio de Somalia, ello suscitó un nuevo fenómeno en el país pero ya conocido en el continente y en muchos otros lugares del mundo previa a su unificación en un  estado nación con el monopolio legítimo y exclusivo de la violencia: el caudillismo encarnado en los contemporáneos “señores de la guerra” (warlords) en África en los que su poder está sustentado en líneas de clan o linaje, y poseen el control de un territorio determinado en lugar del gobierno central. Derivado de dicho conflicto un estado no reconocido (por la ONU, ni ningún otro país) decidió declararse independiente de Somalia el 18 de mayo de 1991 llamándose así Somalilandia, el cual abarca la mayor parte del territorio de la Somalilandia británica.

La situación era insostenible al final de la Guerra Fría y en 1992 la potencia hegemónica triunfante, EE. UU decidió convocar a una operación de paz para resolver el conflicto en suelo somalí con la ayuda de tropas propias y derivadas de la ONU, que entre 1992 y 1995 trataron de sofocar los enfrentamientos entre las múltiples guerrillas en el territorio, que para ese entonces ya habían causado miles de muertos combatientes, muertos civiles y un millar de refugiados exiliados hacia otros países dentro y fuera del continente.

Para 1995 se había logrado establecer la paz y el control de la capital, pero para que la situación realmente se estabilizara tendrían que pasar muchos años más. Un gobierno interino, dos transicionales (uno de carácter nacional y otro federal) entre 2000 y 2012 para que en ese último año se convocara a una asamblea constituyente y en junio del mismo año se proclamara una nueva República Federal que se encargaría de ser el sustituto estatal del gobierno de Barre después de 21 años de inestabilidad política y un Estado no reconocido (Somalilandia) que posee hasta hoy en día control de facto del territorio.

Adicionalmente, no es de extrañar que Somalia desde hace mucho tiempo haya estado bajo la lupa de las potencias coloniales y de la confrontación bipolar, pues el elemento geográfico es fundamental para entender la posición geopolítica de Somalia en la actualidad. Ya que gran parte de su franja costera constituye un paso en el comercio internacional altamente transitado, y fenómenos como la piratería, suscitado a principios del año 2000 ante un gobierno central débil y preocupado por mantener la supremacía terrestre no pudo contener; y hubo de confiar en misiones extranjeras y de organizaciones internacionales para hacerle frente, incluso hubo casos en que contratistas privados hubieron de acompañar navíos mercantes ante la amenaza corsaria en la costa somalí y el golfo de Adén.

Para concluir, hemos de hacer énfasis en la importancia que la caída de Barre supuso no solamente para Somalia, sino para toda la región en general, pues tuvieron que pasar más de veinte años para que un gobierno medianamente unificado volviera a tomar el control de todo el país, ello sin exceptuar la solución que resta por resolver en la región norte. Y la cual seguramente requerirá, como en tiempos pasados, de la mediación de las actuales potencias mundiales y locales para lograr un desenlace favorable a todas las partes involucradas.

 

 

 

Fuentes 

Fage, J.D y Oliver Roland eds., The Cambridge History of Africa Volume 8: from c. 1940 to c. 1975, Cambridge University Press, Reino Unido, 1984.

Metz, Helen Chapin ed., Somalia: A country study, Library of Congress. Federal Research Division, EEUU, 1993.

Ioan Lewis, Understanding Somalia and Somaliland: Culture History and Society, Columbia University Press, EEUU, 2008.

 

 

 


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.
César Ríos en colaboración con Dea López "Fino antojito" (2020) Masa Medidas variables Serie de 50. Imagen: Cortesía del artista.a
César Ríos en colaboración con Dea López “Fino antojito” (2020) Masa Medidas variables Serie de 50. Imagen: Cortesía del artista.

Los plagios creativos de Marcel Duchamp fueron decisivos para el devenir de las artes conceptuales a lo largo del siglo XX. Gran parte de los planteamientos artísticos que hasta la fecha presenciamos se enraízan en los gestos vanguardistas realizados por Duchamp a partir de su rechazo gradual al arte “retiniano” y “olfativo”. Sus famosos ready-mades incomodaban (y lo siguen haciendo) por su extrema ambigüedad.

Para Octavio Paz, “los ready-mades no son antiarte, como tantas creaciones modernas, sino a-rtísticos. Ni arte ni anti-arte sino algo que está entre ambos, indiferente, en una zona vacía”. [1] Al abandonar las convenciones de la pintura, Duchamp enalteció la actividad intelectual del arte y puso en tela de juicio su destreza técnica:si la ejecución de sus ready-mades requería un mínimo esfuerzo, otras obras le ocuparon más de diez años.

La huella de Duchamp sobre el arte contemporáneo latinoamericano ha sido decisiva. Es una constelación fascinante que se extiende de este lado del continente: desde el minimalismo humorístico del cubano Wilfredo Prieto (1978), pasando por los tributos explícitos del colombiano Álvaro Barrios (1945), hasta las creaciones post-pictóricas del argentino Guillermo Kuitca (1961). [2]

¿Qué relato podríamos contar sobre Duchamp desde México? ¿Cuál fue su vínculo con nuestro país? Documenta el biógrafo Calvin Tomkins que, en 1957, Duchamp y Teeny, su esposa, realizaron un viaje de tres semanas que empezó en la Ciudad de México y Cuernavaca, en compañía de Olga y Rufino Tamayo; posteriormente, la pareja visitó Oaxaca y sitios arqueológicos en Yucatán. [3]

Afirmar que se trató de un viaje estrictamente vacacional sería menospreciar un valioso dato biográfico. Aunque no la podemos equiparar con su estancia en Argentina en 1918 — de mayor duración y más intrigante para la crítica especializada, debido a su intensa actividad como ajedrecista y fecunda inactividad como artista — aquella visita por México podría servir como un relato paralelo del arte moderno nacional. El relato queda pendiente y amerita un estudio aparte.

En la actualidad, son los artistas contemporáneos quienes inventan nuevos significados en torno a la figura de Marcel Duchamp y su pertinencia en el contexto artístico nacional. En el último año he presenciado un “giro duchampiano” en el arte contemporáneo mexicano que comienza, curiosamente, en las ferias de arte. En la última selección para Salón ACME predominaron formatos portátiles, algunos derivados de objetos cotidianos e industriales, en consonancia con aquello que Duchamp llamó ready-made.

Buen ejemplo fue Sansón (2020), escultura de la artista Claudia Rodríguez (Ciudad de México, 1966). Parecía una clara alusión a uno de los más célebres ready-mades de Duchamp: Comb (1916), peine de acero con un extraño acertijo inscrito al costado.

Claudia Rodríguez  "Sansón" (2020) Bronce 17 x 4 x 0.50 cm 3/5 Imagen: Carlos Díaz Corona.

Claudia Rodríguez “Sansón” (2020) Bronce 17 x 4 x 0.50 cm 3/5 Imagen: Carlos Díaz Corona.

Rodríguez opta por una estrategia típicamente duchampiana. La materialidad de su peine engaña al ojo, un guiño sutil a Why Not Sneeze, ¿Rrose Selavy? (1921), ready-made compuesto por una serie de materiales desconcertantes, incluyendo una serie de cubos de mármol que asemejan terrones de azúcar. Dos ingeniosas y falsamente ligeras esculturas que miden casi lo mismo y que juegan con su aparente liviandad. Sansón, con un clavo en medio de los dientes, realiza una demostración hercúlea de su propia tensión como objeto escultórico.

El giro duchampiano excede los confines del circuito de las ferias de arte, instalándose en el espacio público y en las economías informales, recorriendo un itinerario de China a la Ciudad de México o albergándose como archivos en la esfera digital. Las reinterpretaciones serán, valiéndome de términos provenientes de la música, covers, bootlegs o copias piratas; también mash-ups o remixes. Algunas evocan el ritmo de la cumbia y la atmósfera de los sonideros. Otras, en cambio, parecen derivadas de la música electrónica formada por samples donde las huellas de procedencia se desdibujan para conformar un producto completamente nuevo.

Quesadillas bootleg y ready-made tropical

A mediados de diciembre del 2020, en el corazón de la ciudad de Oaxaca, el artista César Ríos (Cuernavaca, 1994) montó a lo largo de dos días un puesto de comida callejero donde, por cuarenta y cinco pesos, se podía adquirir una quesadilla frita que replicaba la forma de Fountain (1917) de Duchamp.

César Ríos en colaboración con Dea López "Fino antojito" (2020) Masa Medidas variables Serie de 50. Imagen: Cortesía del artista.

César Ríos en colaboración con Dea López “Fino antojito” (2020) Masa Medidas variables Serie de 50. Imagen: Cortesía del artista

El menú también incluyó una quesadilla en forma del perrito inflable de Jeff Koons y una serie de sopes en forma de logotipos de líneas de ropa como Lacoste, Louis Vuitton o Chanel. Un certificado empapado de aceite corroboraba la autenticidad de cada obra ya ingerida por el espectador-comensal (no faltó quien jamás reparó en que era un certificado y desechara el papel). Ríos hace del célebre ready-made duchampiano un antojito bootleg.

César Ríos en colaboración con Dea López "Fino antojito" (2020) Masa Medidas variables Serie de 50. Imagen: Cortesía del artista

César Ríos en colaboración con Dea López “Fino antojito” (2020) Masa Medidas variables Serie de 50. Imagen: Cortesía del artista

 

La iniciativa surgió en Instagram en colaboración con la curadora Dea López, directora de CO.MERR (@co.merr), plataforma que propone una investigación conjunta entre la gastronomía y las artes locales oaxaqueñas. En contra de todo pronóstico para un proyecto de arte público en plena pandemia, la acción de Ríos se viralizó en cuestión de horas.

Los memes sobre la pieza dejaron relucir la ironía facilona y condescendiente de las redes sociales. No hay que abusar de nuestra imaginación para deducir que, si el urinario se hubiera exhibido en nuestra época, habría causado un sinfín de memes. Duchamp mismo anticipó los efectos escandalosos de la obra de arte, no solo con sus ready-mades, sino también con la exhibición pública de su pintura cubista Nude Descending a Staircase No. 2 en el Armory Show de 1913.

La quesadilla-urinario de Ríos arroja interrogantes en torno al trabajo manual. Pues, ¿cómo explicar las a veces desiguales diferencias (y también las coincidencias) entre el ingreso de un empleo formal y el trabajo del artista? Ríos no pretende resolver las contradicciones detrás de la pregunta, sino que amasa todas las respuestas en un solo objeto de arte seriado y de accesible consumo. Su experiencia familiar lo motivó a retomar las dinámicas detrás de las fondas mexicanas. “Le chingamos como si fuera un puesto de comida como tal”, sostiene Ríos. [4]

Pero la quesadilla escultórica no necesariamente se plantea como un código compartido por todos los comensales. No es un inside joke universal. A la acción asistió público no especializado que degustó, sin más, un extraño urinario de masa. Un urinario, pues, vaciado de Duchamp. Cosa que, por cierto, no le habría molestado a Duchamp. No olvidemos que, desde su aparición, Fountain rehúye a la legitimación autoral al erosionar con la firma la noción de genio creador (el artefacto venía firmado por el seudónimo “R. Mutt”).

Sin querer, el puesto quesadillero se transformó en un puesto de arte relacional, una excusa para detonar toda clase de conversaciones. Quiero pensar, no para “educar” sobre arte, sino para homenajear la iconoclastia duchampiana. Alguien entre la asistencia exclamaba: ¡Y pensar que este urinario coincidió con el fin de la revolución mexicana! Al apropiarse del urinario solemnizado por las instituciones museísticas, la garnacha de Ríos colapsa nociones como el elitismo y el gusto. Duchamp, que alguna vez sentenció que la “gran aspiración de su vida era reaccionar en contra del gusto”, habría simpatizado. [5]

Si la obra de Ríos desplaza a Duchamp a una fonda improvisada, el trabajo de Chavis Mármol (Apan, 1982), reinstala al ready-made en el contexto de un mercado mexicano. Como parte de la exposición colectiva Cronofagia en Islera, el artista hidalguense recreó Bottle-Rack (1914), primer ready-made de Duchamp, ornamentado con frutas del Mercado de la Merced. [6]

En Ready-made para mercado (2020), Mármol invierte la des-funcionalización a la que Duchamp sometió a su objeto encontrado. Como diciendo que, en el contexto latinoamericano, el portabotellas podría servir para cualquier cosa, en este caso de frutero. Su propuesta descubre puntos de contacto con el “rasquachismo”, sensibilidad estética en la que, de acuerdo con Tomás Ybarra-Frausto, los objetos residuales considerados inferiores (low-brow) reciclados indiscriminadamente en el espacio doméstico forjan la identidad colectiva chicana. [7]

Chavis Marmol "Ready-made para mercado" (2020) Metal y fruta 120 x 90 x 90 cm Créditos: Cortesía del artista

Chavis Marmol
“Ready-made para mercado” (2020)
Metal y fruta
120 x 90 x 90 cm
Créditos: Cortesía del artista

 

 

Meses después, la réplica de 120 x 90 cm del Ready-made para mercado se adaptó a una edición seriada de 40 cm que se exhibió en el marco de la Feria FAMA en Monterrey. Consistió en una edición de autor fabricada en acero inoxidable acompañada por una fotografía de la pieza y un certificado de autenticidad.

 "Ready-made para mercado" (2020) Caja de edición de escultura 50 x 40 x 40 cm Serie de 30  Créditos: Cortesía del artista

“Ready-made para mercado” (2020)
Caja de edición de escultura
50 x 40 x 40 cm
Serie de 30
Créditos: Cortesía del artista

 

 

En su versión portátil, el Ready-made para mercado tropicaliza a la máxima potencia el artefacto duchampiano como si fuera un cover versión salsa o cumbia. Vivimos, sin duda, en la era del remix; Chavis mismo señala que “el conocimiento hoy en día es un gran ready-made”. [8]

¿Cómo pensar algo completamente nuevo con material preexistente que es en sí material no-original? El proceso creativo se explica como una súbita ocurrencia, un destello de ingenio que traslada el alto arte europeo a un puesto de frutas. Mármol des-sacraliza a Duchamp y a la extraña apariencia de los secadores de botellas (hoy objetos anacrónicos y obsoletos, verdaderas reliquias). Lo consigue al sobrecargarlo de plátanos, uvas y sandías, acercando a Duchamp a aquel “imaginario mexicano” que lo fascinó en 1957. [9]

Reducir a escala su propia creación permite a Mármol seguir efectuando transformaciones simbólicas sobre el objeto. De acuerdo con John Roberts, el ready-made consiste en trasladar un bien de una esfera productiva (en el ámbito de la circulación o no-circulación) a otra esfera productiva (el estudio o algún otro sitio de trabajo). [10]

Mármol invierte aquel proceso al reintegrar al objeto de arte al ámbito doméstico, dándole nueva vida como frutero al centro del comedor. En otras palabras, re-funcionaliza al ready-made. Pero las contradicciones inherentes al ready-made no se detienen ahí. Roberts añade que el ready-made hace palpable la “ausencia de labor artística” y visibiliza la “labor intelectual/inmaterial”. [11]

Ríos y Mármol —uno desde la cocina, el otro desde la herrería— han conseguido darle la vuelta a la improductividad duchampiana detrás del ready-made al reivindicar sus propios procesos manuales y la labor física detrás del objeto de arte.

Piratería ready-made y museo mash-up

La práctica de Marek Wolfryd (CDMX, 1989) puede englobarse como toda una poética de la apropiación. Wolfryd concibe la historia del arte occidental como un infinito catálogo de formas a su disposición.

La estrategia le permite reflexionar en torno a dinámicas culturales y económicas. A la par, cuestiona las estructuras de clase soterradas en la producción artística. La apropiación también lo hace verificar inconsistencias y áreas pantanosas en la legalidad en torno a los derechos de autor y la propiedad de la imagen. De ahí que uno de sus intereses principales — y también de sus influencias — sea el apropiacionismo norteamericano suscitado a partir de la década de los setenta.

Su más reciente serie en proceso instaura un diálogo con artistas como Richard Prince, Richard Pettibone o Louis Lawler, integrantes de una generación artística que cuestionó a grandes rasgos los mecanismos ideológicos detrás de la circulación, reproducción y masificación de las imágenes.

Para llevar hasta sus máximas consecuencias los planteamientos de dichos creadores, Wolfryd realizó una selección de obras no pictóricas que ejercieran algún tipo de apropiación o citación previa, y las mandó hacer al óleo encargadas en China. Las copias fueron realizadas en un estudio manufacturero en el distrito de Dafeng, donde se elaboran pinturas de cualquier imagen.

Wolfryd lo llama “una impresora de óleos global en el capitalismo tardío”. [12] La ambigüedad detrás de estos “cuadros piratas” (¿son productos industriales? ¿son artesanías?) abre la posibilidad de pensarlos como verdaderos ready-mades. Duchamp, por cierto, anunciaba esta estrategia de manipulación de las imágenes en Pharmacie (1914), una ilustración anónima “rectificada” — cierta anodina estampa paisajística — con unas manchas de color. En ambos casos se asume y problematiza la fabricación compartida del objeto de arte.

En efecto, uno de los cuadros que Wolfryd comisionó en Dafeng representa a la Fuente de Duchamp en una versión ostentosa y dorada. Se trata, a su vez, de otra reinterpretación. En 1996, la artista Sherrie Levine presentó la escultura Fountain (Buddha) [1996] lanzando una crítica sumamente irónica al contraponer las creencias orientales y el aura del arte occidental. Es una meta-metareferencia.

Marek Wolfryd (en colaboración con Li Zi y Shenzhen Gallerie At Co., Ltd)  "El camino infinito; circulación, despojo y des-creación, Fountain (Buddha) de Sherrie Levine, 1996" (2021)  Pintura comisionada al óleo sobre tela, madera esmaltada  34 x 35 x 14 cm  Créditos: Cortesía del artista

Marek Wolfryd (en colaboración con Li Zi y Shenzhen Gallerie At Co., Ltd)
“El camino infinito; circulación, despojo y des-creación, Fountain (Buddha) de Sherrie Levine, 1996” (2021)
Pintura comisionada al óleo sobre tela, madera esmaltada
34 x 35 x 14 cm
Créditos: Cortesía del artista

 

 

Ni la elección de este trabajo específico de Levine ni su fabricación china son elementos azarosos dentro del proyecto de Wolfryd. Por el contrario, surgen de un marcado interés en la concepción del arte en Oriente, donde importaba más el objeto en sí que su autoría (existen ejemplos de obras que datan del período de la dinastía Ming selladas y marcadas por cada poseedor subsecuente a lo largo del tiempo). Al situarse en un área limítrofe entre la cita, el plagio y la parodia, el proyecto de Wolfryd establece discrepancias en las formas hegemónicas de (re)producción artística en la era contemporánea.

A diferencia de un cuadro convencional, analizado por sus valores compositivos y su técnica, los óleos chinos de Wolfryd deben ser leídos, cotejados, acaso impugnados en tanto documentos. Pues una copia, para ser reconocida como tal, primero debe ser leída por un intérprete que confirme su inautenticidad.

En ese caso, la piratería pictórica de Wolfryd es un hipertexto, en el sentido que Gérard Genette le confirió al término: un texto derivado de uno anterior (hipotexto) por transformación simple o imitación. [13] Sin embargo, no podemos poner en duda el valor artístico del objeto, aún si viene “de fábrica”, pues no se trata de mera falsificación (forgery).

La piratería, en especial la piratería china, deja rastros patentes de sus alteraciones y modificaciones. Dichas huellas “rectifican” y reiteran el engaño visual. Simple y sencillo trompe-l’œil.

Si Wolfryd somete a Fountain a un sistema de circulación pirata de un país a otro, evidenciando su estatuto como obra archi-citada, Alonso Cedillo (CDMX, 1988) propone una museografía imaginaria con la obra de Duchamp montada al interior del Titanic. Marcel Duchamp at the RMS Titanic, as seen by Mr Caledon Hockley & Mrs Rose DeWitt Bukater (2020) es un video de 57 segundos que recorre una retrospectiva de Duchamp en el vestíbulo de la mítica embarcación. [14]

Alonso Cedillo "Marcel Duchamp at the RMS Titanic, as seen by Mr Caledon Hockley & Mrs Rose DeWitt Bukater" (2020) Video 57" Créditos: Cortesía del artista

Alonso Cedillo
“Marcel Duchamp at the RMS Titanic, as seen by Mr Caledon Hockley & Mrs Rose DeWitt Bukater” (2020)
Video
57″
Créditos: Cortesía del artista

 

 

Tanto el escenario como las piezas fueron extraídas del software de modelado 3D Sketchup. La exposición entera se vende en archivos digitales comprimidos en un barril de petróleo del banco de datos fundado por Cedillo NIMDA Petroleum Institute. De tal manera, las obras del video pueden ser “cristalizadas”, trasladas a lo físico con ayuda de una impresora 3D. Por supuesto, el video es un anacronismo, una imagen imposible; en 1912, cuando el hundimiento ocurrió, Duchamp apenas perfilaba sus primeros intentos por separarse de la pintura impresionista.

Cedillo ha experimentado formas alternas para invitarnos a explorar el salón de su exposición fantástica, ya sea a través de recorridos virtuales en Facebook o filtros de Instagram. Su procedimiento es el de un mash-up, la combinación de dos o más melodías similares en una nueva canción. ¿Podríamos decir que Cedillo samplea a Duchamp? ¿O no será, quizá, un tipo de pastiche que Duchamp ya había ingeniado antes?

Alonso Cedillo "Marcel Duchamp at the RMS Titanic, as seen by Mr Caledon Hockley & Mrs Rose DeWitt Bukater" (2020) Video 57" Créditos: Cortesía del artista

Alonso Cedillo
“Marcel Duchamp at the RMS Titanic, as seen by Mr Caledon Hockley & Mrs Rose DeWitt Bukater” (2020)
Video
57″
Créditos: Cortesía del artista

 

 

Recordemos que en 1935 diseñó la primera versión de Boîte-en-valise, una maleta con sesenta y ocho reproducciones a escala de su producción artística. Sea como fuere, el video de Cedillo nos invita a reflexionar sobre los incesantes flujos de información y datos en la era digital, así como sobre la vigencia del ready-made en el contexto del arte post-internet y sus infinitas posibilidades como artefacto ultra-reproducible desde lo inmaterial.

Ya sea a través de un render computarizado, de copias made in China, de comida callejera o de trabajos seriados en bronce o acero inoxidable, la incertidumbre del ready-made, su a-rtisticidad, sigue vigente y genera nuevas vías de expresión en el contexto mexicano.

Ciudad de México, 9/1/2021

 

[1] Octavio Paz, “Apariencia desnuda. La obra de Marcel Duchamp”, Obras Completas IV, México, Fondo de Cultura Económica, 2014, p. 156.

[2] Graciela Speranza dedica numerosas páginas a entrelazar los puntos de contacto entre Kuitca y Duchamp. Véase Fuera de campo: Literatura y arte argentinos después de Duchamp, Barcelona, Anagrama, 2006.

[3] Calvin Tomkins, Duchamp, Barcelona, Anagrama, 2006, p. 443.

[4] Entrevista personal con el artista, 4/1/2021.

[5] Thomas Girst, “Taste” en The Duchamp Dictionary, London, Thames & Hudson, 2014, p. 175.

[6] Islera es una plataforma de difusión, experimentación artística y cooperación cultural cofundada en el año 2020 por Kristell Henry, Violeta Ortega y Trilce Zúñiga.

[7] Véase Tomás Ybarra-Frausto. “Rasquachismo: A Chicano Sensibility”, en Chicano Aesthetics: Rasquachismo, Phoenix: MARS, Movimiento Artístico del Río Salado, 1989, pp. 5-8.

[8] Entrevista personal con el artista, 7/1/2021.

[9] Ibíd.

[10] John Roberts, The Intangibilities of Form. Skill and Deskilling in Art After the Readymade, London, Verso, 2007, p. 25.

[11] Ibíd.

[12] Entrevista personal con el artista, 7/1/2021.

[13] Gerard Génette, Palimpsestos. La literatura en segundo grado, Madrid, Taurus, 1989, p. 17.

[14] En otra versión del video, las obras naufragan en el vestíbulo, despojadas por completo del elegante formato museográfico.


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).
Ilustración por Maricarmen Zapatero

Magdalena Macías, desde el momento en que nació, debió acostumbrarse a que nadie la llamaría por su nombre. Era la hija mayor de Arnulfo “el Gordo” Macías y tenía la mala fortuna de ser su vivo retrato: cuadrada, mirada dura y vivaz, labios curvados hacia abajo, cabello crespo de un castaño incómodo y rubio en los lugares equivocados. Ya desde antes de entrar a la escuela, Magdalena arrastró consigo el apodo de su padre, y en todo Jojutla, desde siempre, fue “La Gorda” Macías.

A la Gorda Macías le gustaba sentarse al frente de la clase, porque era lista, y además de lista era muy cabrona. Tenía olfato para las mentiras, y todos decían que aquello y su complexión eran cosa hereditaria: cabrones y de hueso ancho todos los Macías. Si alguien le tiraba una bola de papel en la nuca, a la Gorda le bastaba echar un vistazo atrás para saber quién había sido. Luego, los hacía confesar con manita de puerco.

Según la gente, la Gorda se hizo policía también por tradición familiar, aunque ella sabía que era por las cosas que le contaba su abuelo, Don Florencio Macías, de cuando vestía el uniforme. Además, a su abuelo le tenía cariño porque era el único que le decía Magda y no Gorda. — ¿Sabes qué es la Ley Fuga, Magda? Cuando se ejecuta a un detenido durante el traslado, y luego uno dice que usó fuerza letal porque el detenido intentó escapar. A eso le decíamos galleguear, quién sabe por qué. Una cosa fea, pero a veces necesaria. —

La Gorda Macías entró a la Academia a los dieciocho, y cuando empezó a patrullar era la única que entrenaba tiro y corría seis kilómetros al día. En poco tiempo pasó de policía Primero a Segundo. Por ese entonces era compañera de Silverio Maldonado, un tilzapotleño moreno, malhechote y alto al que nadie, nunca, se atrevió a ponerle apodos.

La Gorda no paró hasta llegar arriba, con Maldonado como su brazo derecho. Nadie cuadró tanto a una policía municipal como la Gorda Macías en Jojutla. Era de no creerse.

Desde que la Gorda Macías se hizo comisaria nadie que llevara uniforme pedía mordidas ni se tracaleaba nada . Pero si de algo ella disfrutaba al estar al mando, era el haber dejado de ser La Gorda Macías para ser la GM: — Eso sí suena perro. Con ese apodo ya solo me falta mi corrido. — Maldonado dijo: —No mame mi GM, a los polis nadie nos hace corridos, a menos que también seamos narcos. —

La GM controlaba los sobres con efectivo que llegaban de Cuernavaca. Se iban al fondo especial y con eso se hacían cosas para la gente: arreglar las canchas, levantar bardas, a veces también darle dinero a quien tuviera algún apuro, y ella nunca se embolsó nada. — Los invito a mi casa para que vean que no me he comprado ni una tele nueva, cabrones. —

La Municipal de Jojutla ganó pronto tal fama que un día invitaron a la GM a la reunión de mandos en Cuernavaca. Cuentan que el “Gober” Martínez estaba tan contento con sus números que le ofreció a la GM un buen puesto en la Estatal, pero ella lo rechazó. Pensaba que su abuelo de seguro tenía razón: — La policía, igual que la pared de una cocina, mientras más arriba, más cochambrosa se pone. —

De regreso de la reunión, Maldonado le preguntó a la GM por qué había rechazado el puesto. Cuando ella le dijo que estaba muy a gusto en su pueblo, Maldonado, como ave de mal agüero, dijo: —Uy mi GM, pues habrá que andar al tiro entonces, que nada pone más nervioso a un político que una poli que le rechaza dinero. —

Pasaron una temporada tranquila, pero se levantaron rumores. Al Gober no le había gustado el desaire y por eso habló con Favela, el jefe de la Estatal, para que le bajara los humos a la cabrona de la GM. Los contactos de Maldonado en Cuernavaca le avisaron que Favela había mandado a los hermanos Ascencio a agitar Jojutla. — Te haces la chingona, pero bien que aceptas los sobres, — Cuentan que dijo Favela antes de dar la orden.

Era cuestión de tiempo. Al poco, los Ascencio se aparecieron por el pueblo y se pusieron a cobrar derecho de piso a los dueños de los bares. La GM reportó las extorsiones con los estatales, pero ya sabía lo que le iban a decir: que del crimen organizado se encargaba “el Mando Único”. Una forma elegante de decirle que se fuera a chingar a su madre.

A los Ascencio nadie los tocaba porque habían nacido en Jojutla, y porque operaban con Los Rojos. — Hijos de su pinche madre —, decía la GM, — si hasta fuimos juntos a la escuela. —

Al principio la gente les pagó por miedo, pero después, cuando ya no se pudo, tuvieron que volver a hablar con la GM. — No vamos a poder seguir así —, le decían, — yo no ajusto para pagarles lo que me piden, y luego vienen aquí al bar, se toman lo que quieren, molestan a las muchachas… —

Al día siguiente, la GM llamó a la policía Federal donde tenía un primo. Luego de colgar, le dijo a Maldonado: — Vamos a torcer al cabrón del Chicatana. — El Chicatana, a Ascencio le decían así porque era igual que la hormiga: territorial, pero poco agresivo. En el camino a Chinameca, Ascencio había agarrado una bodega grande donde se la pasaba metido con sus hombres, antes de salir a hacer problemas.

Al ver llegar a los federales, vestidos de negro y con sus armas largas, Maldonado dijo:

—¿Está segura, mi GM? Los Ascencio son de Los Rojos… —

— Me vale madres si es Rojo o si es el Santo Padre, Maldonado, aquí con mi gente o se comportan o se comportan —, dijo la GM antes de subir a la camioneta. Cuentan que cuando les cayó el operativo, los narcos ni sacaron las pistolas. Sólo escucharon los golpes en la reja de metal sin entender qué pasaba, porque se suponía que tenían un arreglo con la Estatal y en Morelos nadie los tocaba. Entraron los uniformados y el Chicatana sólo alcanzó a murmurar un — ¿Qué pedo, que no saben quién soy? —

Aunque fuera Municipal, los Federales dejaron a la GM hacer el arresto. — Eres un pinche delincuente —, dijo la GM al esposar al Chicatana.

Después del operativo, mientras se fumaban un cigarro, Maldonado le dijo a la GM: —Esto se va a poner cabrón, mi GM, como mínimo nos van a querer matar. — Ella se acordó de su abuelo, que decía: — Si eres poli y alguien no te quiere matar es porque no haces bien tu chamba. —

Las quejas desde Cuernavaca no tardaron en llegar. Por teléfono le dijeron: — No me chingue, GM, cómo deja a la Federal hacer un operativo en su municipio… usted me pone en una situación muy delicada con la gente del Gober Martínez, está encabronadísimo, lo hizo usted quedar muy mal. — Y ella respondió — Discúlpeme subinspector, pero no me quedaba de otra, por acá la cosa está gruesa y la gente necesita tranquilidad. — En el periódico nacional una nota: Cae mando de Los Rojos en Jojutla Morelos.

En Jojutla la gente llegó a estar contenta y agradecida, pero el gusto duró poco. Ahora faltaba tronar al otro Ascencio, al mayor, el Alacrán Ascencio, sicario de Los Rojos, sobre el que se contaba de todo; que le patrocinaba las pedas a toda la Estatal; que andaba con una actriz de telenovelas; que jugaba golf con el Gober. — ¿Y a ese dónde lo buscamos? — preguntó Maldonado. Y la GM dijo — Cuando les encierras a un hermano esos perros llegan solos. —

El Alacrán Ascencio se puso a reclutar a los muchachitos de las rancherías más pobres. El miedo y los quinientos pesos con los que los sacaba de la casa les bastaban para no negarse a nada. A veces el Alacrán también se llevaba a las muchachas, hasta a las más jovencitas. — Puta madre. — La GM se acordó de su abuelo: — ¿Sabe qué es bien importante para un poli, Magda? Saber cuál es el menor de los males, porque males siempre va a haber. Si ya le tienes la medida de las chingaderas de uno, mejor no le muevas, porque si quitas a ese luego llega otro, y no sabes si el que viene será peor. —

Debía encontrar la manera de ponerle un alto al Alacrán. Si intentaba hacer otro operativo con la Federal, el gobernador iba a mover sus hilos para impedírselo. Del Mando Único ni hablar; todos le lamían las botas al cártel. Volvió a llamar a su primo Alberto y le dijo: — Si no puedes ayudarme con otro operativo al menos consígueme unas armas buenas que tengo un pedo que resolver. — Con el guardadito de los sobres podía pagarlas.

Maldonado pasó toda la semana en indagatorias. Habló con sus soplones, con los campesinos viejos a los que ya no les daba miedo morir, con todos los dueños de los bares en donde Ascencio hacía sus fiestas. Decían que tenía una casa cerca de Coaxtitlán, en la que paraban todos sus sicarios.

A los pocos días lo rastrearon, luego de que su gente hubiese comprado veinte cartones de cerveza Victoria en un Modelorama. Para agarrar al Alacrán, se llevaron cuatro camionetas de la Municipal, y a los polis que menos miedo le tenían, que eran pocos. Pasaron el Cerro Frío y después la carretera de tierra que subía a la Sierra de Huautla.

Entre los cerros pelones no les costó dar con la única casa grande, rodeada de algunos árboles. Todavía estaba a medio construir, iluminada con un generador a gasolina que graznaba desde lejos. Todo estaba tan tranquilo que la casa no tenía la barda terminada, ni nadie que la vigilara. Para no llamar la atención, dejaron las camionetas en una curva que provocaba un punto ciego en la carretera, y subieron a pie hacia la entrada.

La GM llegó hasta la palapa donde se escuchaba música de banda. De un golpe noqueó a un flaco que bebía cerveza, “el Cuerno de Chivo” colgado del hombro como bolsa de señora. Detrás de ella, Maldonado tumbó a otros dos a puro golpe limpio. Pronto se escucharon los balazos uniformes de las armas automáticas. Órdenes, gritos. — No le disparen a nadie, pendejos —, dijo la GM que ya se había echado al piso, pero aun así no dejaba de avanzar hasta donde estaba el Alacrán, a quien Maldonado alcanzó y, antes de que agarrara su AKA, le tiró tres dientes de un culatazo que le hizo también caer de rodillas sobre un charco de sangre y cerveza. Tres sicarios muertos, por suerte ningún municipal. — Qué bueno que no trajimos a los miedosos. —

El Alacrán se mantuvo tranquilo y con las manos en alto, hasta que vio que alrededor no había Federales y que ese operativo no era oficial. Si lo fuera, sonreiría: para gente como él la cárcel sólo significa vacaciones pagadas. Se puso pálido. — Si le paras ahorita a este desmadre, te perdono la vida; andas muy creída desde que le agarraste gusto a tu nuevo apodito —, dijo, pero la voz le temblaba y la GM se rió — ¿me perdonas la vida? ¿Tú a mí, cabrón? Creo que no entiendes cómo funciona esto de que yo te esté apuntando y tú estés arrodillado como un pendejo… Yo te perdono la vida si le paras a tu desmadre, dijo ella y apuntó con la barbilla hacia el camino. Ándale, échate una carrera y aquí la dejamos. —

El Alacrán dijo: —Tú a mí me la pelas, pinche Gorda Macías. —

Escucharlo otra vez le hizo arder las entrañas. El Alacrán corría cerro abajo, trastabillaba y levantaba una nube de tierra parda en medio de la noche.

La GM le disparó de lejos, y por la espalda, mientras corría. “Una cosa fea, pero a veces necesaria.”

Se quedó sentada con Maldonado sobre la barda a medio construir. Otro municipal les trajo una cerveza que rescató de la hielera medio ensangrentada. — Ya se la limpié bien, mi GM, le dijo, lo bueno que ya nos libramos de este culero ¿no? —

Maldonado y la GM bebieron en silencio mientras miraban el bulto a lo lejos, el sombrero tirado, el agujero en la nuca. Maldonado dijo: —No, mi oficial, hay dos cosas en esta vida de las que uno nunca se libra: de la gente culera y de los apodos que a uno le pongan. —