Tierra Adentro
Ilustración por Ray Patiño.

Dossier aceleracionismo, CCRU y realismo especulativo

Buenas tardes, usuario.

Le escribo porque en el futuro todo es muy peligroso. Sucedieron eventos en el pensamiento que redireccionaron el escenario global. Aún nada es irreversible. Creemos que el conocimiento de dichos acontecimientos de la filosofía y la política pueden desencadenar una alternativa. “Podemos salir de ésta” dijeron quienes trasmitieron la información a nuestra época. El profesor Barker logró construir una máquina del tiempo. Sus años en la NASA con el programa SETI en el que monitoreando señales inteligentes diferenciándolas de patrones complejos derivados de señales no inteligentes dieron resultados. Después de más de veinte años, el Distribuidor-TIC hizo el cruce del logocentrismo al sistema binario; lo que da inmanencia a pequeños flujos de información traumática. Se escuchó el grito de la tierra e instantes después se materializan los signos.

Habría que advertir que las consecuencias de la información que yace en este cuerpo de correo, pueden ser letales. Ha llevado a defender una forma de gobierno monárquica en la que el Estado es una gran empresa con accionistas; hay quienes se han convertido en seres melancólicos de izquierda que gozan del futurismo ochentero y posiblemente se suiciden; a vivir en un loop musical y artístico sin innovación; a cambiar la naturaleza del cuerpo y convertir mujeres y hombres en ceros y unos; o a querer charlar con las piedras y abandonar lo humano. Agradecemos a Tierra Adentro, sabiendo el riesgo, por atreverse a dar a conocer estos sucesos.

 

Si antes no sabíamos a dónde íbamos, ahora, conociendo los riesgos, debemos tomar las  medidas necesarias para no alcanzar las consecuencias desastrosas que se han planteado arriba. La trama teórica que queremos desglosar tiene un origen espectral en los 90 y resurge como eco incómodo en los dos mil; cambiando la forma del mundo para el 2043. Sin ningún afán de novedad, sino con el ímpetu de actualizar y tensar las ideas que ya podrían leerse desde Marx o Platón; esbozaré la cartografía conceptual que vincula esta serie de herejías.

Estos informes fueron lo que se salvó del cruce temporal. Sobre alguno de éstos el equipo ha indagado más y serán publicados posteriormente, el resto esperan ser reescritos y pensados aún.

1

Sabemos que la política está mal. En 2013, Nick Srnicek y Alex Williams publicaron el Manifiesto por una política aceleracionista como respuesta al colapso inminente de los Estado-Nación y el cataclismo ambiental, haciendo un análisis del sistema planetario capitalista, sus declives y la escasa imaginación política actual para plantear soluciones e imaginarios reales.

 

2

La cibernética y el pensamiento rizomático han hecho ver que la individualidad, el pensamiento unitario, no funciona. Ahora los movimientos son multitudinarios pero desunificados. Son ecos que se oscilan entre propuestas de derecha; sustituir la fuerza de trabajo humano por máquinas para lograr objetivos de izquierda; abolir poco a poco el trabajo y llegar a un estado de bienestar global. Todo el mundo comenzó a moverse hacia el futuro. El pensamiento tomó las calles por medio de  la psique virtual.

3

El xenofeminismo infectó a los cuerpos y las mentes. Aquello pugna por un inhumanismo en el que la naturaleza es movimiento y la determinación de géneros o roles sociales que no está dictada por una esencia, sino que clama por politizar la racionalidad desde el feminismo y la imaginación. Si la naturaleza es injusta, cambiemos la naturaleza.

{Marianne Texido se adentró al ciberespacio para decodificar la consciencia a través del video y el lenguaje. Desde el feminismo, hackea la tecnología. Fue ella quien rearmó el código en “Utopías tecnológicas, palabra – música – código”}

 

4

Ya es demasiado tarde, nos estamos quedando sin tiempo al final de todo. Pero hubo una época en que la pulsión de futuro rondaba el pensamiento y el arte. A finales de los años dos mil, las herramientas construidas durante los años 60 y 80 son el motor del cambio y la innovación. Desde el mayo francés hasta el octubre mexicano, surgieron movimientos y obras que querían cambiar el mundo. De la filosofía de Lacan y Deleuze-Guattari hasta el socialismo de Salvador Allende en Chile. Fueron décadas de moldear el futuro.

En 1967 Roger Zelazny escribió El señor de la luz. En ella, un grupo de náufragos espaciales usa mejoras tecnológicas en sí mismos para sobrevivir condiciones hostiles y terminan por  crear seres inmortales que transfieren su alma de cuerpo en cuerpo. A este grupo de sobrevivientes, que con el uso de la tecnología mejoran las condiciones de vida y el propio cuerpo, los bautizó como aceleracionistas. Una forma hipermoderna de la vieja fábula de Frankenstein con la tecnología del siglo XX y una pizca de imaginación radical.

El pensamiento se infectó cada vez más de tecnología. El lenguaje se volvió obscuro para poder manipular a las máquinas. La Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU por sus siglas en inglés) fue un experimento delirante entre un grupo de profesores y estudiantes en la Universidad de Warwick. Ahí se forjó la ilustración obscura, el nuevo realismo y la cacería de fantasmas.

Nick Land”, como se dio a conocer en la tierra, fue un extraterrestre enviado desde el futuro para acabar con el comunismo. El marxismo tradicional asegura que lo logró. En sus años como profesor universitario realizó experimentos mentales; deshacerse del rostro para devenir pensamiento sin sujeto ni licencias, contar las mágicas aventuras de un investigador ficticio de la NASA en un paper académico, decirle a tus alumnos que Deleuze es un ingeniero, que sólo inventó un software para hackear el inconsciente.

La inteligencia Estatal se dio cuenta a tiempo del peligro cuando se le expulsó de Warwick tras la lectura de su texto “Colapso” en el que plantea la superación de lo humano en todos los sentidos por las máquinas. Su ensayo “The Dark Enlightenment” creó el movimiento neorreaccionario que desencadenó en políticas como la de Donald Trump o Johnson Carley. El proyecto que llevaron a cabo fue descentralizar el poder, acabar con el Estado por medio de modelos empresariales y ya no democráticos. La inhabilitación de los programas de entidades gubernamentales (Sistema de Seguridad Humano) que tuvo un arco de veinte años; a Trump (2017-2020) le siguió una guerra civil dentro del territorio norteamericano renegociando la verdadera libertad democrática hasta el triunfo de Johnson Carley (2032-presente) quien finalmente abandonó los valores añejos de la república federal y acabó con la defensa mainstream de la humanidad como algo puro que defender incondicionalmente.

El fin del humanismo dio cuenta de que era un mito que la naturaleza de la realidad ya había sido decidida. El poder abandonó el espacio público y la política se debatía en memorias ROM, parásitos virtuales, máquinas moleculares que estallaron la carne y la sustituyeron con petróleo, amnesia virtual, circuitos de subjetivación feminista sintética y ficciones etéreas.

Si no pensamos otra forma de humanismo no paternalista ni logocéntrico no habrá forma de responder a las políticas de vampirismo lésbico (no productivo) de Carley que está poniendo en vigor en estos años 2040.

{Desde China pudimos rescatar un texto programático de Land llamado Teleoplexia: Notas sobre aceleración. Brillantemente Ramiro Sanchiz lo pudo hacer inteligible a nuestra lengua. Tal vez, el último eslabón para salir de ésta}

 

5

Después de la crisis de 2008, Robin Mackay y Armen Avanessian a partir de 2012 se volvieron curadores del pensamiento futuro. Agentes claves para el mundo por venir.  Ante un mundo que se desmorona se han dedicado a antologar y crear conceptos para la imaginación política. En #Acelerate, antologaron desde Marx con su fragmento de las máquinas hasta llegar a las respuestas de Toni Negri al manifiesto aceleracionista. En su editorial Urbanomic publican todo el pensamiento que sirva para la contingencia. De ahí que Mark Fisher quien con acceso a los fragmentos del Distribuidor TIC se quitó la vida conociendo los riesgos, no sin dejar piezas para construir un mundo que pudo ser libre. Estos escollos M.S.Yániz tentó pensarlos a la luz del materialismo gótico.

 

6

El realismo especulativo, nuevo realismo o realismo extraño es una de las filosofías surgidas en el siglo XXI cuyos exponentes se ramifican en tres dependiendo su lengua materna. De ahí se desprenderá la afirmación de un mundo que existe sin la voluntad del pensamiento humano. {Martín Irazius ha realizado un estupendo trabajo rastreando las voces de todo ese ruido en su ensayo-musical sobre hielo.}

Ante un mundo que desaparece, aunque todo se haga cada vez más real es necesario pensar el mundo sin humanos. “la vida nos sobrevivirá” dijo Deleuze sabiamente. {Carlos Misael redactó los resquicios de un nihilismo extraño desde el tiempo ancestral}

 

7

{Cuando todo esto ya no esté quedarán los fósiles de cosas que hoy llamamos cultura. Todas las ruinas serán el eco de escenarios futuros posibles. El mundo; un museo de cosas muertas como dirá Simon Reynolds del rock. Este desencanto es reconstruido por Yomara en ¿Quién mató a la reina? ¿el realismo o el punk? Cuando el gobierno caiga sólo quedarán discos viejos y alguna imagen de un presente inexistente.

 

{La salida no es inventar variaciones del comunismo o capitalismo. Sino generar múltiples proyectos que crezcan y se deriven en ramas para desbordar el sentido común. Es en este sentido que las ficciones pueden contrarrestar el realismo capitalista al ofrecer alternativas localizables en cada forma de vida respecto a lo pensable en el capitalismo. Las ficciones estarían proyectando simulacros de mundos sin capital o más allá de él. Es con ellas que experimentaremos una sociedad otra.

 

P.D. Sería absurdo e inocente exigirle, usuario, que abandone la lógica actual de acumulación del capital y dedique su tiempo a perder el rostro, a la invención de un mundo libre no centralizado o a dar su cuerpo a la experimentación psíquica-cibernética. Sin embargo, creemos desde la resistencia en 2040 que repensar estos caminos pueden producir algo distinto a lo que el remolino del progreso tiene planeado para usted y su población.

 

Bienaventurado lo que nunca vive.

Lo que no ha nacido.

Y tú eres esa creación exterior. (Martin Bergmann, 1997)

 

 


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.

 

En cuanto me enteré que el huracán Delta amenazaba golpear con fuerza la península de Yucatán, al mismo tiempo que ordenaba en una aplicación veinte latas de atún, galletas de animalitos y dos veladoras, imprimí tu último libro de crónicas “El ajedrez es un juego tan siniestro y personal”, publicado recientemente por Los libros del perro. Me preocupaba quedarme sin electricidad y fallar el compromiso de presentarlo. Me visualicé heroico, en medio de la tormenta leyéndote y haciendo apuntes en los márgenes a la luz de una veladora.

El ajedrez que te enseñó tu padre te ha ayudado a protegerte. Te permitió defenderte de seres despreciables como Polo, un compañero de primaria con un lunar en la mejilla derecha del tamaño de una moneda de cinco pesos, que te molestaba por tartamudear. Al retarte conseguiste ganarle en tan solo tres movimientos.

Y algo aún más fundamental, el ajedrez te ayudó a entender tu entorno, te enseñó que, en el tablero de la vida, sobre todo entre las enormes casillas de concreto que conforman la ciudad de México, la única estrategia posible para sobrevivir es arriesgándolo todo y jugar a matar o morir. La misma estrategia que se necesita para escribir.

En tu libro propones que retratar lo humano va más allá de los fines periodísticos, sino que es necesario que exista en el discurso de nuestros gobernantes para erradicar el terrorismo del crimen organizado. Para salir del abstracto y humanizar el horror, propones que el futuro presidente diga :

“No es el hijo de Sicilia, es Juan Francisco, jugaba futbol de medio creativo y le desgarraron los pulmones. No son los estudiantes de cine: Es Javier Salomón Aceves Gastélum, lucía una larga barba rojiza de marinero eslavo y su imaginación partía del mar y del ritmo; es Marco Francisco García Ávalos, usaba gorra azul y su imaginación tendía hacia un misterio hermético; es Jesús Daniel Díaz García, sonreía ante recuerdos de nieve y su imaginación se exaltaba desde el frío. Construir juntos una película era lo único que querían. Los asfixiaron con sogas y disolvieron sus cadáveres en ácido.”

Para quienes crecieron en un contexto más amable, tus recuerdos de la infancia jugando ajedrez probablemente contrasten con los terribles crímenes que mencionas en algunas crónicas, pero para quienes crecimos en la Ciudad de México, o en cualquier ciudad violenta del mundo, nuestros recuerdos de la infancia están permeados por el horror. 

Pienso que ese es uno de los mayores aciertos de tu libro, estructuralmente es una radiografía de cómo fuimos constituidos quienes pertenecemos a las generaciones de los 80s y 90s. Radiografía en la que aparecen en un mismo esqueleto nuestros anhelos, recuerdos del colegio, reuniones familiares y las noticias de violaciones, secuestros y feminicidios. Radiografía aún más exacta de quienes crecimos en la clase media y también acudimos a citas con terapeutas para que dieran con un diagnostico que corroborara el más grande temor de nuestros padres: que no éramos normales.  

Tu búsqueda es mediante las palabras traducir el horror para sacarlo de la abstracción y poder enfrentarlo. En “Un nuevo salón México” dibujas, como en un pentagrama, la melodía del horror en el que está sumido nuestro país:

“Luego, un largo silencio. Se derrumba un edificio. Claxon de motocicleta. Organillero. Ruido de nariz que esnifa. Pitido virtual que avisa sobre un nuevo mensaje de facebook. Vibra una campana. Y de nuevo la trompeta; de su histérico grito surgen aires de mariachi, pero nunca terminan por crearse, pues son interrumpidos por una niña que lee sin expresión: 

Fragmentos de dos cuerpos humanos fueron encontrados en bolsas de plásticos bajo el puente Nonoalco, en Tlatelolco. La policía capitalina cree que se trata de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes que se pelean el control de la plaza Garibaldi. Se descubrió el tatuaje de un Bugs Bunny cargando una metralleta en un pedacito de antebrazo”.

 En tus crónicas propones contar el horror y la brutalidad desde la ternura. Como en “Siempre preferí a los niños”. En la que narras un intento de violación, pero también el proceso en el que la abuela del violador lleva a su nieto a terapia y con el apoyo de su nieta inicia una búsqueda para deconstruirse y entender que el hermetismo e insensibilidad de su nieto, no eran una virtud como antes ella creía, sino que fueron la base por la que llegó a perpetrar el crimen. Estoy seguro que muchos cronistas habrían optado por el camino fácil y únicamente retratar la brutalidad del intento de violación, pero al incluir las reflexiones de la abuela, y mencionar que su nieta la acompaña e instruye en su proceso de deconstrucción, humaniza a esa familia no para justificarla, sino para dejar en claro que cualquier hombre es un violador en potencia. 

En la última crónica “Todo lo que Ernesto no dice”, una madre de un hijo encarcelado por asaltar combis encuentra consuelo sabiendo que, a pesar de las violaciones, motines y el crimen organizado al que se enfrenta su hijo dentro del penal, hay cursos de música, presentaciones de teatro y talleres de escritura que lo ayudan sortear el horror y mantienen viva la esperanza de su reinserción a la sociedad.

Las violaciones, motines y crimen organizado al que se enfrenta  Ernesto en el penal no son para nada ajenas para quienes habitamos en esta enorme cárcel llamada México de la que quizá nunca logremos escapar. Pero es la música, el teatro y literatura como la de “El ajedrez es un juego tan siniestro y personal”, la que nos recuerda que otro México es posible. Que no somos más que peones, sí, pero a un par de casillas de coronarnos y ganar la partida.

El huracán disminuyó significativamente su fuerza antes de tocar tierra, así que contrario a mi fantasía, te leí con aire acondicionado, atacándome de galletas de animalitos, que tardé más tiempo en digerir que lo que duró el huracán. Aunque la realidad no me permitió escribir este texto con el trepidar de mis ventanas y la amenaza de que, según un video de Facebook, al romperse los vidrios me alcanzaran como proyectiles arrojados por el viento, encendí una veladora para emular mi fantasía.  Como dato inútil, “El ajedrez es un juego tan siniestro y personal” puede leerse cuidadosamente durante el tiempo que dura en consumirse tres cuartos de veladora. 

 

 

Este texto apareció originalmente en MEMORIAS DE NÓMADA, y lo publicamos con permiso del autor.

Autores
(Ciudad de México, 1992) Becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2019-2020. Becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) 2017-2018. Ganador del Premio Estatal de Cuento Corto "El Espíritu de la Letra", Yucatán, 2015. Mención honorífica en el Premio Nacional de cuento Joven FILEY 2015. Segundo lugar en el 17º Concurso Nacional de Cuento “Letras Muertas” 2016, organizado por la UNAM en homenaje a Rufino Tamayo. Segundo premio en el 51º concurso nacional de cuento de la revista Punto de Partida 2020. En diciembre del 2019 la Secretaria de la Cultura y las Artes del Gobierno del Estado de Yucatán le otorgó un reconocimiento por su destacada labor y aportación literaria más allá de nuestras fronteras estatales y nacionales. Actualmente se encuentra trabajando en su primera novela “El inconcluso” e imparte un taller intensivo de narrativa en la ciudad de Mérida y en modalidad en línea.
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De las aguas emerge una probóscide desconocida, de aspecto pútrido. El río está lejos de estar limpio. El detritus avanza junto con bolsas de basura, pañales, deshechos humanos. ¿Qué es lo que vemos? ¿Un tentáculo, el brazo de un ser de las profundidades, un hijo de Dagón? Lo que surge es algo parecido, pero es el cuerpo de un joven lanzado a las aguas por un par de policías. Nosotros lo sabemos muy bien, en este Otro Occidente, en este Sur sempiterno, por más que en algunos libros de geografía le llamen a México “un país de América del Norte.” Ese ansiado dream nórdico que nunca llega a concretarse se pierde ante el puñetazo nuestra realidad violenta, bizarra y llena de pobreza.

Nosotros ya nos enteramos de que la policía no siempre cuida a las personas ni actúa de la mejor manera. Hay ciertos lazos que pudieran unir el actuar de un agente de la ley mexicano con uno de Estados Unidos, cuando aparece el racismo desde su lado, y el ejercicio desmedido de la fuerza y el poder, desde el nuestro. Entonces, ¿no es Lovecraft (alguna de sus criaturas) emergiendo de algún río sureño? La respuesta es negativa, es aún peor: lo que flota es un cuerpo, una realidad transmutada, un joven orillado a delinquir, un don nadie, un chico roto por la policía, y también un hijo de los profundos.

La escena pertenece a un cuento particular de la narradora argentina Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973). “Bajo el agua negra” fue el culpable de que quedara prendado de su obra, aunque ya había disfrutado (y también sufrido) de algunos de sus relatos. Su lenguaje me alejaba un poco, lo mismo las situaciones de ellos, de una chica que recoge a un niño que pronto es asesinado, de unos pequeños que entran a una casa encantada, o sobre la sórdida historia de un asesino que podríamos llamar “serial”. El libro, Las cosas que perdimos en el fuego (2016), fue un acontecimiento que se extendió por doquier, como si de un incendio se tratara.

Lo que Mariana Enríquez hacía era violento y fantástico. Horror sobrenatural, situaciones terribles, crítica social. La emoción pudo más, y me volví a leer el libro completo. Cuando lo hice, descubrí que no era un accidente. 2016 marcaba el inicio de una explosión (odio llamarlo boom) de literatura macabra escrita tanto por mujeres como por hombres. Sin embargo, y esto llamó la atención de todo el mundo, la mayoría de las obras interesantes que surgían de aquí provenían de la pluma de escritoras.

¿Vamos a hablar de Mariana Enríquez? Sí, por supuesto. Pero no solo de ella, también de las inspiraciones góticas en Norma Lazo o en Adriana Díaz Enciso; de la carne y la madre como monstruo en Mónica Ojeda; de la piel y la ciencia ficción presente en Agustina Bazterrica; de la poesía en Denise Phé-Funchal, o el cine en la novela de Mónica Bustos, Novela B (2013). Caben aclarar aquí dos cosas: primera, la literatura de terror o literatura macabra en Latinoamérica, escrita por mujeres, es bastante amplia, más de lo que imaginamos; segunda: lo que abordaremos aquí será la literatura oscura escrita por mujeres de Latinoamérica en estas últimas dos décadas.

 

El Terror

¿Qué es y qué no es? Antes de cualquier cosa, tendríamos que preguntarnos de manera somera, sin tantos academicismos, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de terror?

El género de terror/horror suele entenderse como algo propio de una situación pragmática: lo que asusta en una manifestación artística, lo que provoca incomodidad, principalmente en el cine o en la literatura, todo ello pertenece al género del terror/horror. Hay quien incluso se pregunta si no es un género sino una estética. A esta visión no le faltan tablas para instaurarse como un método de estudio-comprensión-apreciación de las obras narrativas (incluso líricas, musicales o pictóricas). Desde Sigmund Freud, quien estudia en Lo Siniestro (1919) el término del “Unheimlich”, que significa “lo extraño-inquietante”, aquello que “debiendo ser familiar, termina por causar el efecto contrario”1.

Los pensadores que han estudiado la estética surgen desde el mismo principio del pensamiento occidental. Tanto desde Platón como de Aristóteles, se han comprendido las reglas de la métrica o de la forma de lo que debe ser el arte. El arte y los artistas, por otro lado, parecieran rebelarse siempre a este deber ser, y exploran lo que ellos han considerado pertinente, importante, y demás. Antes, lo bello se entendía como propio de lo bueno, sin embargo, como resalta Umberto Eco en Historia de la Fealdad (2007), la estética no solo encumbró lo que caracterizamos como bello.

Pinturas como El nacimiento de Venus nos pueden parecer bellas, y otras como El vampiro, de Edvard Munch, nos resulta más incómoda, ¿será igualmente bella? La estética se convirtió, pues, en una rama de la filosofía que estudia las manifestaciones de distintas expresiones artísticas, desde lo bello hasta lo grotesco. La estética de lo siniestro, tan cercana a lo feo y a lo grotesco, como dice Schelling, es “aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”. Misterio Tremendo y Fascinante, nos anuncia Rudolf Otto en su estudio sobre Lo Santo: lo racional y lo irracional en la idea de Dios (1917), la cercanía extática (y también hermética) con la divinidad, y recordemos que en el ámbito divino también cabe lo demoníaco.

Es el miedo lo que comúnmente se asocia al género de terror. H.P. Lovecraft, el famoso escritor de Providence que acuñó el término de “Weird Literature”, padre del llamado “Horror Cósmico”, entiende que el miedo es esencial en la fisiología humana, también en el pensamiento. El mayor temor es a lo desconocido. Cabe llamar la atención a este concepto, porque uno se pregunta, ¿no es todo el miedo un temor hacia lo desconocido? Puede existir un objeto en sí que provoque revulsión, rechazo, miedo o pánico en cualquier sujeto o lector (cada uno de estos términos puede ser estudiado de manera independiente; es el caso de lo grotesco, que incluso es una estética distinta a la de lo siniestro, en el libro de Stephen King, Danza macabra (1981), se hace una escala donde lo grotesco toma el último lugar en la escala de “lo horrible”).

Ahora bien, sin pretender que aquí expongo mi aporte teórico, creo que es importante aclarar que yo utilizo los términos de horror y terror como sinónimos. Tradicionalmente (pienso que esto se debe al estudio etimológico de la palabra) se entiende que terror (de ahí viene terrorismo, la era del terror, etc.) es una manifestación en el arte donde se muestra el miedo hacia algo físico, por ejemplo, un asesino, algo que puede ser tocado. Por otra parte, el horror abarcaría lo sobrenatural, la aparición de fantasmas, seres imposibles, manifestaciones propias de la literatura fantástica.

Debido a la cercanía de ambos términos, he decidido que, para facilitar la lectura, simplemente tomo a ambos términos como sinónimos, adjetivizando el término cuando es necesario. Tal es el caso del “terror natural” de la novela Mandíbula (2018), de Mónica Ojeda, manifiesto en el miedo hacia el cuerpo, la sociedad y la amenaza que significa y siente una adolescente inestable por su maestra. Por otra parte, el “terror sobrenatural” aparece en Nuestra parte de noche (2019), de Mariana Enríquez, cuando en la novela se realiza un ritual para invocar al Dios de la Oscuridad y este se presenta como una luz mística, muy a la manera del Pseudo Dionisio Areopagita, y provoca ciertas transformaciones físicas en los personajes (el caso de las garras doradas en Juan, el papá de Gaspar).

Esta aproximación va en contra de lo que muchos autores han entendido como terror. La decisión no está en mí, sino en el lector. Yo apelo a la confianza para mostrar aquí a una plétora de autoras que, si bien no se les llamaría a todas “de terror”, han escrito, en algún punto de sus carreras, obras macabras que me parecen notables.

Lovecraft pensaba que el verdadero Weird era la manifestación de lo sobrenatural en la literatura. Esta idea, expuesta en su libro seminal sobre el tema, El horror sobrenatural en la literatura (1927)2, permitió que en teoría literaria, lo llamado “fantástico”, tuviera una cercanía casi preternatural con el horror. Hay un problema al hablar de ambos términos, ya que muchas veces se confunden.

David Roas, en Tras los límites de lo real (2011), explica que la literatura fantástica explora una experiencia o situación que irrumpe en la realidad, con un elemento que no debería estar o ser (nótese la cercanía con la definición de lo siniestro o “unheimlich”). Ahora bien, la literatura fantástica a la que estamos acostumbrados los lectores aficionados a la literatura hispanoamericana establece elementos que no se acercan a lo terrorífico, a pesar de la extrañeza de ciertas situaciones. Roas habla del cuento “Carta a una señorita en París”, relato célebre de Julio Cortázar, donde un hombre empieza a vomitar conejitos. Lo que lo asusta, nos explica Roas, no es el acto en sí de vomitarlos, sino de cómo acomodarlos en su departamento.

Esta situación tan chocante es propia de lo fantástico en la literatura del continente y la podemos observar en bastantes cuentos de Jorge Luis Borges. El caso de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” es paradigmático. Se nos habla, con referentes reales, pues los personajes son el mismo Borges y su amigo Bioy Casares, de un artículo incluido en un extraño tomo de la Enciclopedia Británica, que habla sobre Uqbar. Este tomo es único, pues las pesquisas que comienzan no dan con otra repetición. Uqbar es una fantasía literaria, una broma en la enciclopedia, hasta que hace su irrupción en la realidad. Esto provoca sorpresa, maravilla, incluso la sensación de estar ante lo sublime, en dado caso, pero no se atisba lo siniestro, por más macabro que nos pueda parecer que al buscar una entrada en Wikipedia sobre un lugar fantástico, esta termine por hacer llegar esa fantasía a nuestro plano de realidad.

Rafael Llopis sigue con el término de Walter Scott, que escribió varias novelas góticas, para su libro Historia natural de los cuentos de miedo. Lo que busca Scott, y también Llopis, es “un agradable estremecimiento de terror sobrenatural”. Lo que debe causar un cuento de terror es, al menos, un estremecimiento, la inquietud (que en inglés funciona tan bien bajo el término “uncanny”). Otra vez, lo “unheimlich” hace su aparición. Aquello que es familiar, pero se comporta de manera distinta. Esto provoca en los personajes y en el lector un estremecimiento, miedo.

Para ello, Thomas Ligotti me parece útil, pues hace una división muy somera que pareciera ser sacada de La carne, la muerte y el diablo (1930), de Mario Praz, donde explica la existencia de dos tipos de autores: los luminosos y los oscuros. Qué duda cabe, tanto Julio Cortázar como Borges, Buzzatti o Calvino, pertenecen a la primera clasificación. Tenemos que recordar que este ensayo no busca el rigor académico, por lo que uso esta sencilla distinción al momento de entender, pragmáticamente, a los narradores de terror, los oscuros, de los fantásticos (de fantasy y demás), que serían luminosos. Estos elementos, por supuesto, también son propensos a mezclarse.

Por último, me parece que el terror, junto con lo que entiendo por terror latinoamericano, debe tener ciertos elementos que lo llevan, por lo menos, a una estética macabra: la sensación de una amenaza (ya sea social, como en el caso de Cadáver Exquisito (2017), de Agustina Bazterrica; sobrenatural, como en el cuento “El atanudos”, de Solange Rodríguez Pappe, o personificada, como en los personajes de la maestra y alumna, y viceversa, de la novela Mandíbula (2018), de Mónica Ojeda. Además de la amenaza, se debe sentir cierto malestar, ya sea debido a una situación ominosa o tétrica, derivada del lugar, o también de la situación social, como es el caso de la violencia. Esta molestia, que comparte elementos con la narrativa Noir, no busca resolverse, o desarrollarse a la manera de la búsqueda de un crimen, y sus causas. Esto es discutible, pues obras como las de Sandra Becerril tocan ambas narrativas sin problemas3.

Por último, haré énfasis en que lo explicado aquí pertenece a una categoría más abarcadora, que incluye tanto lo sobrenatural (el cuento de horror cósmico, el de fantasmas, los monstruos imposibles), como lo natural (asesinos, situaciones sociales sórdidas, monstruos políticos). Esto será clarificado en los siguientes párrafos.

 

El Terror, hacia Latinoamérica

El género de terror nace con la literatura llamada “gótica”. Lo gótico, coinciden los teóricos e historiadores más restrictivos, empieza con la publicación de El castillo de Otranto en 1765, y termina en 1820, con la publicación de Melmoth el errabundo, de Charles Robert Maturin, justo antes de la irrupción de Edgar Allan Poe y de la ghost story, y poco después de la magna obra de Mary Wollstonecraft Shelley, Frankenstein (1818).

En Estados Unidos surgieron autores que bebían del romanticismo alemán para exponer sus propios miedos a través de sus esferas de significado, su folklore y símbolos. El caso paradigmático es el de Poe, pues él centró la amenaza en el mismo corazón y la psique de sus personajes. Mediante elementos propios del género como los fantasmas o los monstruos, continuó la visión que Shelley había marcado, atormentando la mente de cada criatura para hacernos titubear al decidir si lo que ocurría pertenecía a una deformación de la realidad o a la mente enferma de algún aquejado.

Es bien sabido que, en 1816, en Villa Diodati, además de la creación de Frankenstein, también surgieron obras que retomaron a monstruos íconos del género, tal es el caso de los vampiros, con el relato del doctor Polidori, entonces secretario del infame Lord Byron. El vampiro (1819) tomó como modelo al enorme poeta inglés para retratar a la figura que todos conocemos: el aristocrático chupasangre.

La ghost story de la época victoriana permitió la aparición de autores como Joseph Sheridan Le Fanu, con sus historias de anticuario, además de la tremenda nouvelle, Carmilla (1872), que jugó ya con elementos de erotismo lésbico, tan poco frecuentes en la época. Lo mismo sucedió con la obra de Henry James, Otra vuelta de tuerca (1898), que aprovecha la ambigüedad de la psicología profunda de una institutriz y un par de niños casi abandonados.

El paso hacia Drácula (1897), de Bram Stoker, fue acompañado por autores cuyos intereses estaban ya cercanos a otros elementos que no pertenecían a los monstruos ni quimeras fantasmales. Aunque el mismo Stoker siguió publicando hasta las primeras décadas del XX, otros autores, que serían influencia directa de Lovecraft, ya pergeñaban sus contribuciones al género.

La viveza del terror es palpable a principios del siglo XX, con la aparición de las obras de M.P. Shiel, quien plantea en La nube púrpura (1901) un mundo donde la humanidad termina casi por extinguirse debido a un fenómeno extraño que es provocado por una expedición al Polo Norte. La influencia de obras como Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1938), de Edgar Allan Poe, o La esfinge de las nieves (1897), de Julio Verne, es palpable, lo que llevará a Lovecraft a escribir su famosa novela En las Montañas de la Locura (1936).

Las influencias de Lovecraft permiten entender cómo se gestó el siguiente paso en el horror, que fue el horror cósmico, como terminó llamándose su estilo, derivado desde el pesimismo decadentista de Robert W. Chambers, en obras como El rey de amarillo (1895) o las novelas de William Hope Hodgson, quien no solo exploró los horrores tentaculares del mar.

La obra de Lovecraft aún es palpable en la literatura de terror, que no terminó en la obra de Stephen King, sino que recorrió un amplio camino a través de él, plasmando el conocido horror cósmico, donde el humano es apenas un grano en la playa galáctica, acosado por entidades que no parecen tener consciencia de la humanidad.

Antes del arribo de Stephen King con su novela Carrie (1974), una multitud de autores revirtieron lo hecho por Lovecraft para acercar el terror a un nivel más cercano, como es el caso de Richard Matheson o Shirley Jackson, hasta la construcción de atmósferas poéticas, como el caso de Ray Bradbury. La estela permitió la entrada a un mundo donde la paranoia de la Guerra Fría seguía en su apogeo, plasmada tanto en las obras de Frank de Felitta como en las de Ira Levin o el mismo William Peter Blatty.

Stephen King fue entonces reconocido como un maestro del género por su interés en el acercamiento del horror a la vida común, a los estratos de la clase media y baja americana; Carrie, la protagonista de su primera novela, es ya una adolescente preocupada por su propio cuerpo y sus cambios, también por sus relaciones personales. No a la manera de Jackson, cuya intimidad hogareña se puede palpar tanto en su obra como en la de El bebé de Rosemary (1967). La adolescencia, lo popular, el rock and roll, los bolos, las estaciones de radio, igual que los personajes infantiles y juveniles aparecieron como punto medular en la obra de King.

¿Y después? El horror de los 80 y 90, particularmente interesado en los slasher, en la vida de jovencitas virginales masacradas por asesinos, encontró cabida en el cine, hasta el arribo de voces tan divergentes como la de Clive Barker, o Poppy Z. Brite.

La literatura del género pareció, por momentos, estar encapsulada en elementos repetitivos. Novelas de Dean Koontz o de Peter Straub que parecían entablar lazos como la obra de King, sin alejarse demasiado de los mismos tópicos. Por supuesto, esto no podía quedarse así, a pesar de las voces que anunciaban la extinción de la literatura de terror. Tendrían que llegar los autores contemporáneos que ahora descubren el velo del horror de maneras tan divergentes como aparentemente similares a las de otras épocas, como el caso de los autores Laird Barron, Caitlín R. Kiernan, Gemma Files, John Langan, y demás. Y, por otro lado, la estela nihilista y filosófica creada por Thomas Ligotti, quien retomó lo lovecraftiano para volver a asentar las bases de un horror impersonal, centrado en el capitalismo, pero también en el horror de la existencia.

 

El Terror en Latinoamérica

Debido a la naturaleza de este ensayo, he decidido no exponer los antecedentes que, como puntales de un enorme edificio que recién parece sobresalir de la Ciudad Literaria, son revisitados, y a veces olvidados injustamente.

En Latinoamérica hay una cantidad de autoras que han sido desdeñadas, o no han sido tomadas en cuenta, a pesar de su interés por lo sobrenatural, por la amenaza o lo macabro, tal es el caso de Juana Manuela Gorriti (1818-1892), quien recientemente ha sido rescatada por la editorial Penguin. La literatura macabra de Gorriti conlleva una señal del interés de autoras que, si bien están ahí, no son tomadas como principales en la historia de la literatura extraña o macabra. Alejandra Pizarnik, María Luis Bombal o Silvina Ocampo, por nombrar tan solo a tres.

 

El horror contemporáneo

Hablar de terror en América Latina es explorar agujas muy brillantes perdidas en un pajar. La literatura de este género, se ha dicho ya, es una expresión de la literatura occidental. No podía existir un elemento terrorífico en ella hasta la llegada del Iluminismo y el Siglo de las Luces. La rebeldía, los sentimientos como fuerza motora de la expresión escrita, el interés por las historias que habían sido relegadas como meros cuentos infantiles, volvió a golpear en las mentes de escritores que atravesaron la noche de la psique, y encontraron ahí una forma de hablar de lo humano: a través de la sombra y la oscuridad.

Argentina, la nación de la dictadura (como bien lo podría ser México), además de su folklore, de su gastronomía y cultura, ha dado a tantos autores tanto de literatura mimética como de exploraciones imaginativas diversas. Si bien es cierto que mucho del terror se ha visto como una forma de entender lo sobrenatural, en Latinoamérica la situación tenía que ser distinta, debido a las situaciones sociales que la gente han vivido desde la creación misma de sus naciones.

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) apuntaló la extrañeza por medio de narraciones que no habían sido leídas en la región durante varias décadas. El interés de la escritora, permitió jugar con elementos tan diversos como el de la maternidad negada, la asimilación grotesca del cuerpo y de sus necesidades, el miedo a la desaparición forzada, así como la irrupción de lo fantástico en un tono que divergía por completo de la luminosidad de un Cortázar o un Borges.

¿Dónde se encuentra el horror en una obra como la de Schweblin? Ciertamente no en monstruos típicos como los hombres lobo o los vampiros, sino en la consciencia de la desaparición posible, plausible, en medio de la nada, de una realidad tergiversada por la extrañeza. En Pájaros en la boca (2009), los relatos van explorando la violencia velada, también la manifestación de la sed por elementos extraños, que bien podrían significar muchas cosas o nada, tal es el caso del cuento que da título al libro, donde un hombre divorciado tiene que enfrentarse a la extraña conducta de su hija, quien se alimenta de pájaros vivos. El horror que al principio le provoca podría transformarse, después de todo, en aceptación.

En el cuento “Cabezas contra el asfalto”, Schweblin plantea la historia de un pintor que realiza obras con, como dice el título, cabezas estrelladas, con su consecuente explosión sanguínea. El interés de la obra se descubre en la extrañeza de la psicología de los personajes, quienes no parecen actuar de manera normal, como la chica del cuento “Pájaros en la boca”, o los hombres de “Irman”, que no establecen relaciones sino por medio de la violencia.

Si bien es cierto que la literatura de Schweblin no es cercana a los elementos tradicionales del terror, la psicología extraña, así como las situaciones, conllevan una psicología perversa y un extrañamiento kafkiano que hace de sus relatos algo desconcertantes.

Muchas de las historias de Schweblin entroncan con una tradición narrativa que poco a poco va consolidándose en Latinoamérica, en novelas como las de Diego Zúñiga, o en las de Selva Almada, quien escribe una novela a partir de elementos de no ficción, Chicas muertas (2014), una obra que abunda sobre varios feminicidios ocurridos en las tierras olvidadas de Argentina. El horror más tremebundo no es el de un pueblo que ha mutado a través de relaciones sexuales “infernales” con otras especies, sino la desaparición de niños, de chicas, de gente que sencillamente parece haber sido tragada por un pozo.

Este mismo elemento parece quedarse en la primera novela de Schweblin, Distancia de rescate (2014). En ella, la relación entre una madre y su hijo se torna siniestra, en medio de un páramo donde abundan los caballos, pero también los silencios, las estepas donde lo hay todo y nada a la vez. La extrañeza de esta novela se lleva a cabo a través del diálogo, así como de un narrador en tercera persona que expone lo que uno de los personajes hace en el mismo instante en que lo relata. En cierto momento de la novela se nos revela lo que significa esa “distancia de rescate”, provocando una incomodidad y una tristeza, cuyos significados hondos permean en el lector hasta hacerle entender que la intimidad se ha trastocado.

Schweblin parte desde la extrañeza para nombrar al mundo. Lo suyo no puede ser catalogado como literatura fantástica ni tampoco como terror a secas. Su obra da paso a una realidad mucho más profunda, donde existe un misterio que yace en un pozo profundo, donde la tristeza y la humanidad se pierden, donde lo normal termina por ser destrozado.

Agustina Bazterrica (Buenos Aires, 1974) es una escritora potente, tanto en sus cuentos como en sus novelas, incluyendo Matar a la niña (2014) y Cadáver exquisito (2017). La bonaerense debutó con una historia que bebe de la ironía y del sacrilegio, pues Matar a la niña es una historia irónica y alegórica, donde plantea dudas sobre la deidad, así como de las decisiones que conllevan actos de dudosa moral. La prosa de Bazterrica, sutil y por momentos descarnada, expresa una historia que recuerda a la novela inédita de Guadalupe Dueñas, Memorias de una espera, donde esa “espera” es la antesala a la otra vida.

En Cadáver exquisito asistimos a un mundo donde el dueño de una empresa de carnes trata de lidiar con sus responsabilidades al mismo tiempo que recibe un regalo exclusivo, una pieza de “carne viva”, una hembra de calidad Premium lista para ser devorada, vendida, consumida. El problema radica en que, en el mundo de Cadáver exquisito, los animales se han extinguido debido a un virus (y los que quedan son masacrados, por temor al contagio), y la única carne disponible es la de humano.

El horror, en apariencia, no es palpable en primer lugar, ya que la narración deriva en una situación propia de la ciencia ficción, donde el personaje principal comienza a dudar sobre la naturaleza de su mundo. ¿Qué clase de sociedad es aquella donde el gusto por la carne puede más que la empatía hacia otros seres humanos? Las piezas, el ganado, son convertidas en un género distinto, en una subespecie dedicada únicamente al consumo humano. Incluso, algunos de ellos han sido modificados genéticamente. Lo importante en el mundo de Cadáver exquisito es seguir manteniendo el statu-quo, la normalidad que no debe desaparecer, aunque se sacrifiquen otros valores, subvirtiendo la sociedad y sus guías.

Las metáforas de este tipo son explotadas no solo por Schweblin o Bazterrica, sino también por autoras como Fernanda García Lao (Mendoza, 1966), quien desde hace algún tiempo ha estado escribiendo obras donde la extrañeza y lo disparatado se unen junto al morbo, a esa alegoría perversa, como en el mundo del teatro y el cuerpo de la mujer, en La piel dura (2011) y particularmente en Nación vacuna (2017), que funciona como una compañera macabra de Cadáver exquisito, pues en el mundo planteado por García Lao, las mujeres parecen haber desaparecido en ciertos puntos de la geografía argentina, como la región de M. Por un momento, el lector incluso entiende que las mujeres tienen ciertas categorías, como en las “piezas cárnicas” de la novela de Bazterrica. Además, el juego de la reproducción, la sexualidad y la sensualidad morbosa, juegan un aspecto terrorífico en una distopía que recuerda a la guerra de las Malvinas. García Lao escribe piezas particulares donde los géneros se conjuntan en medio de la crítica social, para entablar discusiones sobre los roles de género (la maternidad, por ejemplo), la estructura social per se, además de manifestar los problemas alcanzados por el capitalismo y las formas políticas que lo contienen, que también sirven de espejo para retratar la realidad en toda su horrible extensión.

En la narrativa de Mariana Enríquez (nacida en 1973), la utilización de los elementos sobrenaturales es de suma importancia, aunque tampoco hace de lado la utilización de la alegoría y de la creación de situaciones más propias de las distopías.

El primer libro que llegó a los lectores latinoamericanos fue Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016) que desde la portada expresa un gusto por los tópicos de la literatura de terror, con una pintura de Aleksandra Waliszewska que muestra a una mujer loba. Los cuentos de este libro poseen características más cercanas a la larga tradición de la literatura macabra, desde la ghost story de un M. R. James, hasta el gótico de Shirley Jackson, quien parece ser una de las mayores influencias de la autora. “La casa de Adela”, por ejemplo, hunde sus raíces en Reloj de sol (1958), La maldición de Hill House (1959) o Siempre hemos vivido en el castillo (1962), todas novelas de la autora californiana. Sin embargo, las historias de Enríquez tienen un manifiesto interés por honrar a autores tan disímiles como Lovecraft o el mismo Stephen King, asimilando el terror en medio de una situación social particular, de carácter casi costumbrista.

Este libro no es el primero de la autora, pues Mariana Enríquez ya poseía varias novelas en su haber y otro libro de cuentos, además de una deliciosa crónica de sus paseos por cementerios famosos de diversos países, Alguien camina sobre tu tumba (2014)4. La solidez de su narrativa es palpable, lo mismo que su interés por temáticas sórdidas y por elementos propios del folklore reciente de la Argentina.

El cuento con el que abre Las cosas que perdimos en el fuego,El chico sucio”, funciona como una declaración de intenciones, pues muestra a un personaje femenino que vive en una vieja casona en medio de un barrio de mala fama, peligroso y sucio, plagado de prostitutas, drogadictos y sin techo. Llama la atención que la narradora-personaje no exprese su disgusto por vivir en una zona “caliente”, a pesar de que todos a su alrededor se quejan de lo mismo, “que cada vez está peor”, que “no se puede caminar sin que lo asalten a uno.”

La casa, situada en Avenida Constitución, en las profundidades de Buenos Aires, sirve como base para las idas y venidas de la narradora, quien encuentra a un chico, el hijo de una drogadicta que no posee nada más que una bolsa y drogas para su subsistencia. La chica se decide a cuidarlo por una noche, hasta que la realidad violenta de la ciudad hace su aparición.

Mariana Enríquez ha mencionado en diversas entrevistas su interés por los santos populares, por San La Muerte, el Gauchito Gil, La Telesita o el Quemadito. El Gauchito Gil es el santo privilegiado de “El chico sucio”; en el relato la narradora se lleva al niño, lo baña y le compra un helado, tan solo para encontrarse con la madre, quien la acusa de secuestradora y pervertida. El destino funesto del niño aparece poco después, en medio de los cultos que florecen en los rincones de Buenos Aires.

La utilización de santos, loas y otros espíritus nacionales, permite a Mariana Enríquez tejer una narrativa acusada de una prosa cuidada y certera al lado del habla de barrio en varios de sus personajes. La situación de pobreza golpea en cada momento a la sociedad argentina, ya sea mediante una calle que se va quedando sin sus habitantes originales, o mediante cultos que florecen en medio de la criminalidad.

En Las cosas que perdimos en el fuego aparecen fantasmas, como en “La casa de Adela” y en “Tela de araña”, junto con elementos que podrían encontrarse en el horror cósmico. Sin embargo, el cuentario posee un aura propia, señas de identidad que convierten a estos tópicos no en elementos tropicalizados, sino en herramientas que sirven para entretejer historias refrescantes, originales.

Nuestra parte de noche (2019), novela ganadora del prestigioso Premio Herralde de Novela, parece conjuntar todas las temáticas macabras y de crítica social que interesan a la bonaerense, desde los santos populares hasta la vida en medio de la dictadura, las desapariciones, las manifestaciones en apariencia anodinas, hasta la presencia de un mal casi encarnado. Nuestra parte de noche es una novela sobre la paternidad y la difícil vida de un niño solitario en medio de la Argentina de los 80 y 90, pero también es una construcción que explora la oscuridad, la luz negra de Dios, como un manifiesto místico sobre la misma noche.

Dolores Reyes, nacida también en Buenos Aires, en 1978, sigue una estela de denuncia similar. Y, como muchas de las narradoras aquí expuestas, es una feminista recalcitrante, cuya terquedad es notoria (y se agradece) en la prosa potente de su primera novela, Cometierra (Sigilo, 2019), donde se conjunta la habilidad de una chiquilla para atisbar dónde se encuentra alguien desaparecido (especialmente mujeres) por medio de la ingesta de tierra. La novela, a mitad mágica, a mitad Noir, expresa esta atmósfera melancólica que le permite hablar de las desapariciones forzadas, de los feminicidios.

Esta prosa dura y violenta, presente tanto en María Fernanda Ampuero, en Fernanda Melchor o Selva Almada, nos muestran una realidad cruda donde el machismo de algunos personajes hombres termina por acabar, casi siempre de manera ultraviolenta. Esto es así para mostrar una realidad mucho más terrible, donde esto no es un símbolo, sino apenas un atisbo de la tremenda verdad: el horror es lo que está allá afuera en la calle, y aquí adentro, en el corazón. Tan solo basta leer el cuento con el que arranca el libro de Ampuero, o el relato “Monstruos”, donde las niñas, aficionadas al cine de terror, se enfrentan a la monstruosidad más terrible. Ni qué decir de la tremenda y dolorosa Chicas muertas.

Uno de los casos que se unen a obras como Temporada de huracanes (2016) o Pelea de gallos (2018), es el de Ariana Harwicz, narradora Bonoarense, nacida en 1977, quien ya había cobrado fama por su novela Matate, amor (2012), que explorará la maternidad y la violencia. Sin embargo, ese camino parece desembocar en la muy oscura Degenerado (2019), donde aparece la voz a un pedófilo. El estilo de Harwicz permite que una personalidad de este tipo sea encausada con fines literarios. Harwicz consigue mostrar al lector un vistazo al interior del monstruo, en un ejercicio inimaginable, doloroso y cautivante a partes iguales.

La pregunta que surge es si esta literatura todavía es terror, horror de algún tipo. Es claro que la categoría calza muy bien con Mariana Enríquez, a pesar de que en ocasiones pareciera que estos elementos son más bien una herramienta para contar algo más cercano a la realidad justa, en una especie de naturalismo trastocado. ¿Es esto Noir, narraciones sin ficción, narrativa de la violencia? Al menos, podemos afirmar que la atmósfera oscura y el atisbo de lo terrible, permanece.

Cosa que va atemperándose en la obra de una narradora y poeta como la ecuatoriana Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988), quien ha arribado a la República de las Letras Oscuras con un par de novelas que exploran la oscuridad de nuestras aficiones y terrores; tales son los casos de Nefando (2016) y Mandíbula (2018). La primera es, en lenguaje corriente, una idea de olla, y lo afirmo porque se presenta como un artefacto literario contado desde distintas voces, expresiones que ofrecen ámbitos distintos de personajes que se entretejen para relatar la existencia de un videojuego erigido en la Deep web, cuyo tema expone la experiencia espantosa de unos hermanos. La sencillez de la prosa, que contrasta con Mandíbula, y funciona para exacerbar la violencia presente de las relaciones humanas, del deseo y de la confesión como forma de éxtasis y autoreconocimiento.

Por otra parte, Mandíbula presenta una cercanía mayor con el terror más natural, pues desde el principio el lector se enfrenta a una adolescente que ha sido secuestrada por su maestra. Las razones de Miss Clara construirán una trama donde la perversidad parece hundirse en la psicología de sus personajes principales. Como extra, dentro de la novela se encuentra un ensayo sobre el “horror blanco”, que se desarrolla en la raíz blanquecina de lo que ella considera terrorífico: desde la ballena blanca de Melville hasta las tierras boreales de Poe en su novela de Gordon Pym.

Por otra parte, lo que ocurre con Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020) me parece que exhibe un interés no solo del género de terror, o de lo fantástico (presente en los cuentos “Las voladoras”, “Caninos”, “Slasher” o “El mundo de arriba y el mundo de abajo”), sino por la construcción de los cuentos en sí, tratando de converger en algo que bien podría llamarse “Poento”.

Ahora bien, aquí tal vez deba estar en contra de la autora, pues no encuentro lo que ella ha llamado Gótico Andino, en pos de un encuentro con la geografía accidentada de los Andes y la oscuridad de los lugares y personajes del gótico. El gótico tropical5 es capaz de existir, como bien puede encontrarse en novelas como María (1867), de Jorge Isaacs, o en la fabulosa lucha de la naturaleza en La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera6. Sin embargo, la prosa lírica de Ojeda, más la creación de cuentos donde la trama no es tan importante como la estructura y la posición de ciertas frases en ella, buscan con mayor fuerza la experimentación de sensaciones, de lo que se manifiesta en el yo lírico, tan propio de la poesía. Por supuesto, esto no demerita ni los logros formales de Ojeda ni el interés que puede encontrar el lector en narraciones macabras y violentas como “Slasher”, o en los elementos sincréticos y folklóricos del último relato, “El mundo de arriba y el mundo de abajo”, que emparenta con la visión mágica y ocultista, vista también en Mariana Enríquez, junto con una cosmovisión propia de su semiósfera.

Por otra parte, la narrativa de Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976), busca dentro de la rica tradición de lo fantástico y lo sobrenatural, es decir, de los fantasmas, de los monstruos, así como de otras narrativas no miméticas, una intimidad narrativa, una profundidad psicológica en sus personajes. A diferencia de Ojeda, quien presenta la violencia como un leitmotiv poderoso (y en su última obra la cosmovisión ecuatoriana y regional), Solange Rodríguez se adentra en los relatos de personajes que sufren desde dentro, sin aspavientos, pero que se enfrentan a lo indecible. Esto sucede en libros como La bondad de los extraños (Ediciones Antropófago, 2014) y el más reciente La primera vez que vi un fantasma (Candaya, 2018).

Si bien los relatos persiguen el fantástico en ocasiones, como en el caso de “Pequeñas mujercitas” o en “La primera vez que vi un fantasma”, el desarrollo de lo perverso dentro de una psique lastimada, al más puro estilo Poe, se nota en uno de los primeros relatos, “Paladar”, donde una pareja constituida por un norteamericano y una latina se enfrenta a un tour gastronómico, muy folklórico y peculiar, podría decirse que hasta extremo, donde la naturaleza de su relación quedará a flote. Aquí, la atmósfera, esta vez muy gótica, se entremete en los rincones de una Lima nocturna y salvaje, de tradiciones apenas entendidas por un hombre desparpajado, por una mujer dolida. Lo que pase con la comida será una incógnita que quizá nunca llegue a revelarse. Por otra parte, la aparición de un monstruo en “El atanudos”, perfecta para entrar en una rama del horror folklórico, nos adentra en la posibilidad muy clásica de encontrar el horror al mudarse de casa. Como en la tragedia, este horror se halla al vislumbrar lo prohibido, al encaminarse hacia un lugar que no debía explorarse. El castigo por atisbar el secreto siempre será bastante alto.

Lo he mencionado en otras ocasiones, pero un monstruo propio como el “atanudos”, que a pesar de su aparente localidad, es una creación original de la autora, merece un lugar en todos los bestiarios de literatura de terror y fantástica. Se nota que el horror es importante para la narrativa de Solange. Tan solo hay que percibir el recurso narrativo que parece tanto en “El atanudos” como en “La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños”: esto es el relato contado en círculo, a semejanza de una hoguera, el cuento que aparece venido de un pasado ignoto, pero que nos toca a la menor provocación.

Como detalle curioso, en el libro se incluyen dos relatos de ciencia ficción bastante aterradores: uno donde el mundo es achicharrado por el sol, y una mujer ha decidido casarse con un árbol, mientras su hermana trata de construir su mundo a través de un divertimento donde observa a hombres dormidos por internet. El segundo, “Confeti en el cielo”, es un relato más breve donde se atisba el fin del mundo, con una desesperanza tal que la hace sentir al lector. Lo único que queda es la blancura, el amor de una mascota, los libros, la creencia de que nada ha sido en vano.

En esta misma corriente cercana a la ciencia ficción, se erige un libro de cuentos extraños, poco usual en la narrativa latinoamericana, incluso de género, que es Nuestro mundo muerto (Almadía, 2016), de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981), una narradora con apenas un par de libros en su haber, pero que muestra un talante inquieto y certero, con tonalidades propias de la Bolivia profunda, así como de una tradición heredada por autores del terror, el weird y la ciencia ficción. El libro abre con “El ojo”, que de cierta manera recuerda a Carrie (1974), del afamado Stephen King, pues muestra la relación entre una madre controladora y su hija. Este relato es tan certero como inquietante, y presenta un abanico de narraciones que fluctúan entre el horror más mesiánico, como el caso de “Alfredito”, hasta la ciencia ficción más dura, como es el caso de “Nuestro mundo muerto”.

Paraguay no es solo la frontera del Mato Grosso, del Parque Nacional del Gran Chaco, de la ciudad de Corrientes. Es más que un río o un país sin salida al mar, y Mónica Bustos (Asunción, 1984) así lo demuestra en Novela B (Suma de Letras, 2013), pues en su novela es una exploración donde permean narraciones tan disímiles como la aparición de un hombre lobo, los vampiros, o los avistamientos extraterrestres, se vive un homenaje casi imposible, pues en sus poco más de doscientas páginas, el verdadero amor por la parte más popular del género se hace presente. Las historias de la novela parecieran descubrir un hilo tenue, pero cargado de referencias a leyendas urbanas, folklore y mucha cultura pop, ya que se apropia satisfactoriamente del uso de las narrativas del cine de serie B (de ahí el título).

La narrativa boliviana, poco conocida en nuestro país, se distingue así por una narradora de fortaleza, originalidad y prosa certera, que apuntala, junto con Giovanna Rivero (Montero, 1972), una narrativa oscura y siniestra, también luminosa e inquietante. El caso de Rivero es menos conocido, pero en su obra aparece una novela que parte desde la relación familiar y la historia de crecimiento, en una especie de bildungsroman (novela de aprendizaje) con elementos de realismo mágico, para manifestar una narrativa distinta y propositiva, como 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya, 2014). Además, Para comerte mejor (Sudaquia, 2015) es un libro de cuentos que expresa una cercanía temática muy parecida a la de Colanzi, con una utilización de elementos folklóricos, así como otros tantos sin una clasificación exacta. La oscuridad propia de los cuentos de hadas permea en la realización de una obra que se siente como un conjunto, un entramado de historias que convergen en una prosa hermosa, con cadencias oscuras y luminosas a partes iguales.

Dentro de esta continuidad narrativa, mencionaré a un grupo de autoras que merecen la pena, tanto por la amplitud y ambición de sus obras, como por la utilización de elementos siniestros y extraños que terminan en obras de particular belleza. Daína Chaviano (La Habana, 1957) es una escritora que ha sido comparada con Angélica Gorodischer o Liliana Bodoc, autoras paradigmáticas en los géneros de la Fantasía y la Ciencia Ficción. Una trilogía suya, que abarca la historia de La Habana, así como descripciones geográficas de la misma ciudad, es la de La Habana Oculta, cuyo ambiente gótico la acerca a autoras que esconden las temáticas de la crítica y de la hilaridad de las situaciones sociales de un país como Cuba, mediante elementos oscuros. Es también el caso de un libro como El abrevadero de los dinosaurios (Huso, 2005). Sin embargo, el caso de Extraños testimonios (Huso, 2017)7 es uno de los más interesantes, pues conjunta una serie de cuentos escritos en diferentes etapas de la autora, donde se juega con elementos diversos de la tradición de la literatura de terror, desde vampiros hasta fantasmas. Quizá el más elaborado, y que recuerda a “El parásito”, de Conan Doyle, es “Ciudad de oscuro rostro”.

Esta diversidad en cuanto a relatos, que conjuntan manifestaciones de la literatura de terror clásica, pero actualizada, se encuentra en obras como No vayas a playa muerte (Editorial Autores de Argentina, 2019), de la bonaerense Victoria Marañón Rodríguez (1984), una autora independiente que trabaja temáticas clásicas como la brujería o el vampirismo. Por otra parte, la aproximación de Denise Phé Funchal (Guatemala, 1977) es mucho más versátil, en su excelente libro Buenas costumbres (F&G, 2011) donde se retratan historias extrañas, y perturbadoras. El terror se esconde a través de los rostros de la gente más común. Sin embargo, algunos de sus relatos más surrealistas, la acercan a aproximaciones como las de Mónica Ojeda8.

Michelle Roche Rodríguez (Caracas, 1979) es una escritora venezolana que ha presentado una novela, Malasangre (Anagrama, 2020), donde el vampirismo está en primera fila, aunque en realidad sea un pretexto para hablar del salvajismo de la sociedad de aquel país en los años veinte (e incluso ahora), además de la historia inquietante de Venezuela, similar a la de todos los países que conforman este continente. La aproximación al vampirismo la realiza de una manera sutil, casi anecdótica, para después entablar un diálogo sobre la historia de la región y la moral.

La historia, aunque pierde fuerza conforme avanza, y se resuelve en unas cuantas páginas, juega con el vampirismo para hablar de lo mismo que hablaba Drácula, del deseo femenino visto desde el escrúpulo de la moral imperante, del miedo cerval que los hombres le tienen a una mujer liberada. De una manera más apegada a las reglas del horror y de lo gótico, principalmente, Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964), publicó en 2001 La sed (Ediciones Colibrí, 2001), un homenaje claro a la novela de vampiros, especialmente a la de tipo victoriana, recargada, sin la ligereza de Le Fanu ni la originalidad de Stoker. En cambio, lo suyo se acerca a la novela de vampiros de Anne Rice, sin que toque las venas discursivas más modernas de la obra.

Por otra parte, Díaz Enciso prefiere sumergirse en La sed (Secretaría de Cultura de Puebla, 2001) en una marcada imitación de la novela de terror del XIX. Esta decisión también la toma Marina Yuszczuk (Quilmes, 1984), en La sed (Blatt & Ríos, 2020), novela con la que comparte nombre, que es una obra donde se retrata la fiebre amarilla en el Buenos Aires del XIX. Pareciera que, junto con Michelle Roche Rodríguez, la idea del vampirismo, encarnada en personajes femeninos escritos por mujeres, se convierte en una veta de búsqueda para estas narrativas oscuras9.

 

El Terror en México

El caso mexicano no tendría por qué diferir de lo visto hasta ahora en las narrativas, a veces experimentales, de decenas de autoras que en estas últimas décadas han utilizado los elementos del género, o se han adentrado en él, para hablarnos de sus propias preocupaciones, tesis, ideas y obsesiones. En México, a pesar de la tradición oral y el imaginario que conllevan las leyendas, además de celebraciones como el Día de Muertos, las obras terroríficas no han sido tantas como cabría esperar.

Como colosales cimientos se encuentran las voces de Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo, Adela Fernández o Beatriz Álvarez Klein. Si se explora con detenimiento, se encontrará a una plétora de autores, desde la Revolución, o antes, que han trabajado temáticas oscuras, de Rafael Delgado a Bernardo Couto Castillo. Sin embargo, la literatura de terror pareciera no haber existido, de no ser por el triunvirato más o menos famoso de Dávila-Dueñas-Tario, que se ha mantenido a través de las décadas como una fuente de inspiración tanto para escritores independientes como comerciales.

La actual explosión de literaturas macabras ha conllevado a observar la obra de Lola Ancira (Querétaro, 1987), quien, con El vals de los monstruos (FETA, 2018) presenta una narrativa salvaje llena de un terror natural donde asesinos y personas enfermas destripan sus psiques oscuras y violentas10. En sus cuentos, Ancira explora la violencia y los personajes sórdidos, desde el principio, con “En el Oriente se encendió esta guerra”, hasta la perversidad de “Tres lunares” y “Monos”. Eso no le impide que construya un relato melancólico y bellísimo como “Satélites”11.

Atenea Cruz (Durango, 1984) escribe de la violencia y la melancolía; lo hace en dos sendos libros, una novela Ecos (FETA, 2017) y Corazones negros (Editorial An Alfa Beta, 2019). En el primero, el aire espectral de un fantasma se hace presente bajo la mirada de un personaje masculino, tan solo para viajar en el tiempo, hacia el pasado, y explorar la melancolía, la ira y la tristeza de todo aquello que pudo ser. Sorprende la oscuridad que la autora le imprime a la contraparte del hombre, a su esposa,  una mujer berrinchuda, contradictoria y aun así conmovedora. En sus relatos, además de relucir la ternura y la soledad, también surgen apariciones salvajes bajo el manto de la violencia y la naturaleza errada del mundo.

En este tenor, pero de manera más acompasada, Bibiana Camacho (Ciudad de México, 1974) escribe relatos cargados de una sonoridad, de una melancolía tal que rompen el corazón, incluso cuando sus aproximaciones son mucho más oscuras como “El videojuego”, “¿Qué estás soñando?”, “La bella durmiente” o “La casa de campo”. Estos relatos pertenecen a Jaulas vacías (Almadía, 2019). En su novela Lobo (Almadía, 2017), la idea de un poblado donde los lobos se han extinguido, pero vuelven a ser avistados, se conjunta con la presencia de una joven investigadora que lucha para hacer crecer su carrera en la academia. La oscuridad se tergiversará con la amargura de la mujer que vive en ese pueblo apartado, Lobo, y la violencia tanto del capitalismo como de aquellos que vienen a arrebatar lo poco que les queda a los del pueblo.

Violeta García (Ciudad de México, 1984), opta por un dueto en sus libros Siniestro (2019) y Pabellón Psiquiátrico (2020), pues desde una perspectiva gótica, entabla la perversión de personajes que habitan enormes casas erigidas por su imaginación, hospitales que viven en sus cabezas, carreteras sin fin, logrando desde la profundidad de la mente un devenir errático y siniestro, que es palpable en sus narraciones cargadas de violencia contenida. En un camino que también explora el gótico, desde lo fantástico y desde la violencia, la obra de Magdalena López (Ciudad de México, 1992), retoma el sueño y lo fantasmal en Insomnes (La tinta del silencio, 2020). El cuerpo es para ella, una presencia amenazante, sangrienta, cercana a las propuestas del slasher, como en “Autoexploración”, homenaje al más puro cine de terror ochentero.

Es complicado separar el thriller o lo Noir del terror, pues en muchas ocasiones se conjunta, como es el caso de las narraciones de Iris García Cuevas (Acapulco, 1977) con su libro Ojos que no ven, corazón desierto (FETA, 2009), o Sandra Becerril (Ciudad de México, 1980). Esta última posee varias novelas pertenecientes a los géneros más duros de la literatura de terror, como el de los fantasmas, las casas encantadas y el sub-género de las maldiciones intergeneracionales, como en el caso de Desde tu infierno (Libros Empleados, 2016), recientemente llevado al cine con guion de la misma autora.

 

Conclusiones

Abundando en tantas propuestas como estilos que abordan de una u otra manera las temáticas macabras, oscuras o de terror, me pregunto si existirá alguna conclusión a la que llegar respecto al estilo que está creciendo en Latinoamérica. Para empezar, quisiera decir que no es homogéneo, pero parece, en su mayor parte, tender hacia una experimentación, no siempre formal, de este tipo de reglas y temas, para así entablar una conversación que no solo actualice las distintas temáticas o monstruos, sino que las lleve a hablar con las diferentes circunstancias con que cada autora se presenta y se pelea.

Esto es no únicamente su tradición regional. En su mayoría, las autoras no se identifican con una cultura únicamente latinoamericana ni mucho menos con el Boom. El caso argentino es paradigmático, pues contiene ya decenas de autoras y autores que siguen los caminos de la extrañeza, el terror y los temas de la violencia. Es así también en el caso mexicano. Así que, si bien no existe una particularidad de lo “latinoamericano”, se puede notar un impulso narrativo particular, que conlleva la recreación de ciertas semiósferas, así como de tradiciones no necesariamente nacionales, que exploran los ámbitos del propio país, el territorio geográfico sino también personal, sexual, de género (no hablo del terror o del horror).

La literatura escrita por mujeres parece tener un impulso que, por suerte, no parece querer apagarse en muchísimos años (tal vez nunca, y lo celebro). Además, la valoración del género de terror conlleva a una exploración más íntima y peculiar de los miedos, de todo aquello que nos hace ser humanos, y que nos toca de manera particular, entablando un diálogo profundo con la misma literatura.

El terror en Latinoamérica es un centenar de autoras más, es la región, es la jungla y las montañas, es la violencia machista y es la respuesta también de escritoras que, ciñéndose en las temáticas de la oscuridad, buscan un resplandor prosístico y formal que lleven al lector a la experimentación de aquello que entrevía Burke: el horror y el asombro.

 

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).


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Autores
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015. Instagram: @richzela
Ilustración por Güerogüero.

Hace cuatro años, el 8 de noviembre de 2016, día de la elección presidencial de Estados Unidos, estaba en Iowa City. Por la noche, mis amigos y yo fuimos al Dey House, el edificio de la universidad que aloja al Writer’s Workshop, para ver los resultados. Cuando llegamos, la sala ya estaba llena de profesores y estudiantes. Mucha gente estaba hablando, había una atmósfera entre tensa y festiva, llena de expectación. Habían instalado una pantalla para proyectar el conteo de votos frente a los ventanales por los que normalmente se podría ver el río. No estábamos nerviosos, de hecho había en el ambiente una emoción cauta, contenida, que esperaba solo de los resultados para explotar. Esa noche se elegiría a la primera presidenta de Estados Unidos, no podía pasar otra cosa, ¿verdad? Lo contrario era impensable.  

¿Cuánto tiempo tardó el ambiente en transformarse? No sé si podría decirlo con exactitud, solo recuerdo que en algún momento las conversaciones fueron muriendo, la gente hablaba en susurros, miraba la pantalla en silencio. Poco a poco, la sala se fue vaciando. Sé que en algún momento una de mis amigas me preguntó si ya estaba todo perdido y que yo, como tantas otras personas en la sala, hice las matemáticas necesarias y le dije que había que esperar a que declararan Wisconsin o Texas o algún estado específico.  

Todo lo que sabía en ese momento sobre cómo funcionaban las elecciones de Estados Unidos lo había aprendido en la serie de televisión The West Wing que había visto con mis padres por lo menos una vez al año desde que había terminado en el 2006. Gracias a ese programa tenía una buena idea sobre los caucus, el electoral college, cuáles eran los estados definitorios, cómo funcionaba la suprema corte, cómo era parecido y diferente ese sistema al de México. Así que le contesté a mi amiga como si supiera, como si fuera una experta, que no todo estaba perdido todavía.  

No nos quedamos hasta que dieron los resultados. Cuando quedó claro quién sería el nuevo presidente, decidimos irnos a casa. En el grupo solo quedábamos extranjeros porque nuestros amigos estadounidenses se habían ido hacía ya tiempo. Si la sala había estado abarrotada al principio, ahora estaba casi vacía. Afuera en el jardín nos cruzamos con dos escritores que conocíamos, estaban abrazados, hablando bajito. Tengo el recuerdo de que uno de ellos estaba llorando, pero no puedo asegurar que fuera así. Seguimos de largo y caminamos las pocas cuadras hasta casa hablando poco. La noche estaba fría y silenciosa. 

* 

Me siento a escribir unos días después del último debate, el 28 de octubre, porque la situación cambia día a día y quiero hacer este artículo lo más cerca posible del 3 de noviembre. Mientras escribo, las encuestas colocan a Joe Biden por encima, pero no por mucho (52% contra 42%). Hace cuatro años, las encuestas también favorecían Hillary Clinton y, aunque los fallos en el sistema se arreglaron para la elección del 2018, es difícil volver a confiar en ellas. Hace cuatro años, Clinton obtuvo tres millones de votos más que Donald Trump, pero perdió porque el sistema electoral de Estados Unidos se basa en el colegio electoral y no en los votos. Cada estado tiene asignado un número de votos electorales y para ganar la presidencia se necesitan obtener 270 o más votos electorales. Estos votos no pueden repartirse (más que en Nebraska y Maine), sino que se entregan íntegros al candidato que haya ganado el “estado”, lo que ha provocado que en las últimas décadas las elecciones de Estados Unidos se deciden gracias a los llamados swing states, estados que no son tradicionalmente rojos (republicanos) o azules (demócratas) sino que cambian dependiendo de los candidatos, por lo que las campañas se enfocan en estos lugares. Por este sistema a veces el “voto popular” no coincide con el voto electoral, como sucedió en 2016.  

El proceso electoral de Estados Unidos es relativamente corto. Comienza en enero y termina en noviembre, pero los primeros meses se dedican a elegir a los candidatos de cada uno de los dos partidos principales; aunque hay partidos independientes, el sistema estadounidense es principalmente bipartidista. La campaña por la presidencia no comienza hasta el verano. Por ejemplo, este año Joe Biden fue declarado el candidato demócrata en junio. A partir de ese momento, los candidatos republicanos y demócratas se enfrentan. Este año la pandemia y las protestas de BLM en el verano impidieron que se llevaran a cabo muchos mítines y otras actividades de campaña. Hubo solo dos debates y justo después del primero de ellos, Donald Trump fue diagnosticado con covid 

Esta elección, como el resto del año, ha sido fuera de lo común. En muchos estados la votación ya ha comenzado sea personalmente o por medio del correo y desde la semana pasada he visto cada vez más videos en mi timeline de Twitter en los que se ven colas larguísimas. Parece que la gente sí está saliendo a votar, se les puede ver esperando bajo la lluvia o bailando al son de la música de alguno de los otros votantes. La mayoría de mis amigos han votado de esta forma o al menos por correo y cada vez veo más fotografías de gente que ya ejerció su derecho. Muchos estados se están acercando a los récords de participación, entre ellos Florida y Texas, dos estados clave para ganar la elecciones. Esto me hace pensar en un artículo que leí donde decía que cuando más gente sale a votar, es más probable que ganen ideas progresistas, en este caso los demócratas.  

¿Puede uno sentir esperanza viendo esos números? No lo sé. Como el resto de la gente atempero mi emoción y soy cautelosa. Las encuestas de hace cuatro años declaraban que Hilary Clinton sería presidenta y la base de Donald Trump no lo ha abandonado como puede verse en sus números de aprobación. Además, este proceso electoral ha sacado a la luz muchos de los problemas que había antes: gerrymandering (como se designa a la manera en la que se han hecho los mapas electorales usando criterios racistas y que favorecen a los republicanos), los problemas y la burocracia detrás del voto por correo y las trabas (si se pide una identificación oficial que puede requerir un trámite previo y un costo inesperado) que existen en los estados para votar antes del 3 de noviembre.  

Esta elección mucho más que la anterior está marcada por la incertidumbre. Al leer artículos y hablar con mis amigos estadounidenses me queda la sensación de que nadie sabe qué sucederá, pero aquí estamos observando el proceso.  

* 

Del 9 de noviembre de 2016 ya he escrito en otros lugares. Tuve que dar clases de español, aunque de lo único que se podía hablar era de la elección. Como con los alumnos, con mis compañeros surgía una y otra vez el mismo tema, pero los extranjeros lo hablábamos de una forma distinta a cómo lo hablaban los estadounidenses. A primera vista esto parecería obvio dado que no era nuestro país, pero el resto del mundo siempre está al pendiente de lo que está pasando en Estados Unidos.  

Por la noche tuve una clase de traducción. Mis compañeros llegaron con galletas, dulces, pasteles, comfort food dirían ellos, y caras de devastación. Algunos no se presentaron. Me senté junto a una amiga rumana y escuchamos la conversación, los miedos y la incredulidad de nuestros compañeros. Recuerdo el momento en que cruzamos miradas y supe que estaba pensando lo mismo que yo. En países como los nuestros, votar al candidato “menos peor” y sentirse defraudado por el sistema es normal. Estábamos acostumbradas a que nuestra idea de país no se desmoronaba con una elección, de hecho, la sensación era de “más de lo mismo” sin importar el partido político.  

Durante los siguientes meses, mientras vi a los estadunidenses organizarse, hablar de luchar, escribir cartas a sus representantes, salir a marchar alrededor del capitolio de Iowa siempre caminando por la banqueta, pensé más de una vez que envidiaba la fe que ellos tenían en sus instituciones, en los famosos check and balances de su democracia. Ellos habían crecido con la creencia de que sus gobernantes querían lo mejor para ellos y para su país, y, hasta ese momento, habían estado orgullosos de su sistema político.  

Esto es una generalización, por supuesto, casi una simplificación, pero yo, que tenía diez años en el 2000 cuando terminó la hegemonía del PRI y que he visto desmoronarse sexenio a sexenio las promesas de una nueva etapa, me sentía cínica, casi incrédula mientras los oía.  

Lo que ha sucedido con el gobierno de Donald Trump en los últimos cuatro años podría ser la comprobación de que todos los sistemas están en decadencia. Los últimos cuatro años parecen ser el primer acto del final del imperio comenzando por la prohibición de viaje para ciudades de ciertos países (la mayoría de naciones del Medio Oriente) con el que comenzó su mandato, pasando por las jaulas de niños migrantes separados de sus familias (de las que Trump habló con orgullo en el último debate), la guerra de aranceles con China, el juicio político que fue más un drama televisivo y no tuvo consecuencias, la manera en que los grupos de ultraderecha se sienten cómodos y hasta representados, las protestas de Black Lives Matter de este verano, entre muchísimos más momentos terribles de esta administración. Comienzo a escribir esto justo después de la confirmación de la nueva jueza de la suprema corte y me pregunto si a pesar de perder Donald Trump, su legado será ya imparable.  

* 

Hace algunas semanas vi una entrevista con Aaron Sorkin, el escritor y creador de West Wing. Allí decía que si él pudiera hacer el guion para la noche del 3 de noviembre escribiría que, al perder, Donald Trump, como ya advirtió que podría pasar, se negaría a aceptar su derrota. Sería un momento de pesadilla para un país que siempre ha tenido transiciones pacíficas. Pero, entonces, dice Sorkin, los republicanos por primera vez desde que Trump fue elegido, dejarían de ser tibios, de permitirle todo, y llegarían a la Casa Blanca a decirle “Donald, es hora de irse. No arruinarás este país. No comenzarás una guerra civil”. Sorkin admite que escribiría una idealización, un final en el que la gente hiciera lo correcto. Aclara que no espera que Donald Trump haga lo correcto, más que por error, pero, y esto es lo que llamó mi atención, Sorkin dice: “Trump no tiene remedio, pero el resto de nosotros sí”.  

Al leer esto se despierta en mí el mismo cinismo con el que observé a mis compañeros en Iowa después de la elección. Ese sentimiento que proviene de no tener ninguna confianza en las instituciones, en que alguien en la política de tu país vaya a hacer lo correcto. Pero otra parte de mí, en pleno 2020, necesita creer que es posible cambiar el rumbo. ¿Si no somos capaces de imaginar la posibilidad, de creérnosla, de luchar por ella, qué caso tiene entonces pensar en un futuro? 

Igual que hace cuatro años, el 3 de noviembre me sentaré a ver los resultados de la elección de Estados Unidos como una más del público global, que no puede hacer nada más que observar y desear que pierda Trump. Sé que eso no bastará para arreglar todos los problemas del mundo, no es suficiente, pero al menos lo tomaré como una señal de que la lucha por el futuro no tiene que ser tan cuesta arriba.  

Reconozco la ingenuidad de esta esperanza, pero entonces pienso en el plebiscito que acaba de pasar en Chile, en lo que el poder de la organización civil puede lograr, y pienso en esas filas de votantes bajo la lluvia en Florida, Nueva York y Texas, pienso que, si vamos a luchar por el futuro, tenemos que darnos la posibilidad de ser optimistas. ¿No sería este resultado una buena vuelta de tuerca para redimir el año?


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.

Ilustrador
GÜEROGÜERO
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fazines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.
Pixabay.
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Hoy martes 3 de noviembre serán las elecciones de Estados Unidos, un acto con repercusiones globales, marcadamente en la política exterior y la economía de México. A estas alturas, casi todas las encuestas le dan un amplio margen de victoria al demócrata Joe Biden con un promedio de ocho puntos. Pero no debemos olvidar que, debido a que en Estados Unidos no rige la fórmula del voto popular sino que es una elección en segundo grado para definir a los representantes en el Colegio Electoral, cualquier cosa puede pasar todavía.

En las elecciones pasadas, Hillary Clinton tenía una ventaja similar en las vísperas de la votación, pero el día de la jornada electoral estados clave y bisagra se inclinaron por el empresario republicano Donald Trump, quien obtuvo una victoria que casi ningún analista vaticinó. Hoy es diferente: a pesar de la ventaja de Biden, nadie descarta que Trump podría ser reelecto debido a que el sistema de votación estadounidense lo mantiene vivo.

¿Cuál es el escenario más probable en este momento? Hay por los menos trece estados que no parecen tener a un ganador claro según las encuestas, por lo que son los que realmente estarán en disputa el próximo martes. Como en 2016, la clave parece estar en Michigan, Pensilvania y Wisconsin, integrantes del “rust belt”, y que Trump les ganó a los demócratas por muy estrecho margen y contra todo pronóstico. Hoy, Trump vuelve a tener los momios en contra en esos estados. A diferencia de hace cuatro años, hoy nadie lo está dando por muerto.

Otros estados en disputa son Florida y Arizona, donde Trump se ha esmerado por conseguir el voto latino, especialmente en Florida tiene muchas simpatías con la comunidad cubano-americana. Mientras, los demócratas han mandado a Barack Obama a la península para contrarrestar los esfuerzos de los republicanos. El péndulo se mueve y será hasta el martes que sepamos hacia donde se inclina el fiel de la balanza.

Lo que será particular de estas elecciones, más allá del resultado, es el proceso mismo. La elección de 2016 estuvo marcada por las fake news en sitios como Breitbart News o con la participación de Cambridge Analytica, los algoritmos en Facebook y Twitter hasta la supuesta injerencia rusa. Sin que todo esto haya desaparecido, en el escenario actual tiene más relevancia la conformación del sistema político estadounidense. Desde la distribución del Colegio Electoral, hasta judicialización de las elecciones y la nueva redistribución de contrapesos en la Suprema Corte de Justicia a raíz de la muerte de la jueza liberal Ruth Bader Ginsburg y el nombramiento como su sucesora de la conservadora Amy Coney Barret, son cuestiones que se han debatido más en los medios que una desangelada campaña electoral debido a las restricciones por la pandemia del COVID-19.

Durante toda la campaña Donald Trump ha cuestionado la fiabilidad del voto por correo, advirtiendo que una manipulación de este formato pudiera derivar en un fraude electoral. Debido a la insistencia en esta narrativa por parte de Trump y la reconfiguración de la Suprema Corte, varios analistas consideran que el proceso electoral estadounidense puede terminar en instancias legales. Y es posible, dado que son varias las elecciones en Estados Unidos que han terminado en impugnaciones, la mayoría en el siglo XIX, con solo dos casos en la pasada centuria.

En 1960 la contienda entre John F. Kennedy y Richard Nixon dio como resultado la elección más reñida en cuanto al voto popular, con apena una décima diferencia a favor de Kennedy, aunque la diferencia en el Colegio Electoral fue mucho más amplia. Las voces de los republicanos clamaron fraude, y aunque hubo recuento de votos en algunos estados, el resultado final se mantuvo. Fresca está en la memoria la disputa de 2000 entre George W. Bush y Al Gore que tuvo como epicentro a Florida, y que terminó decidiéndose en los tribunales de la Suprema Corte a favor del candidato republicano.

Las disputas poselectorales, señalamientos de fraude y la judicialización de los resultados no son situaciones ajenas a la democracia estadounidense. El único punto de quiebre del sistema fue el proceso electoral de 1860, cuando el triunfo cómodo del republicano Abraham Lincoln dio paso a una declaración de secesión de siete estados y el comienzo de la Guerra de Civil. Es la única vez que un resultado electoral puso en jaque a nuestro vecino del norte y, curiosamente, el sistema político nunca se reformó porque la coyuntura era económica y no política, normativa o procedimental. Al contrario, después de la Guerra Civil se arraigó mucho del habitus de la política estadounidense que pervive hasta nuestros días.

Es por esto que resulta exagerado, al menos, afirmar que Donald Trump atenta contra la democracia estadounidense. Antes ha habido personajes como Richard Nixon o George W. Bush que han tenido discursos hostiles, han acusado o perpetrado fraudes electorales y han encaminado los resultados finales hacia el terreno de los tribunales. Trump no es el único ni el último de la lista de estos personajes, y de momento, por más incendiario e irrespetuoso que sea su discurso, que descalifique el proceso (i.e. voto por correo) o que busque la judicialización de la política, no se vislumbra un rompimiento en el sistema político estadounidense debido a que no hay discrepancias significativas en el terreno económico.

Los republicanos tienen más intereses en el modelo extractivista y las políticas energéticas, mientras que los demócratas están más metidos en el sector financiero, pero no son proyectos excluyentes, sino complementarios, en el modelo de economía imperialista de Estados Unidos que vive un periodo de incertidumbre ante la pandemia y la reestructuración del capitalismo global y el actual sistema de producción y distribución de mercancías.

¿Pronóstico? Todo parece indicar que la balanza del voto popular y electoral se inclinará para Biden, aunque seguramente veremos un escenario de confrontación poselectoral en algunos estados que pudieran terminar en la Suprema Corte, donde Trump pareciera tener cierta ventaja.

Sea cual sea el resultado, Biden o Trump, republicanos o demócratas, no se perciben más que cambios cosméticos en la economía o en la política exterior, mientras que el mayor cambio estaría en que en la Oficina Oval ya no esté un líder estridente, sino uno soso.

Ojalá pronto veamos un movimiento ciudadano y popular que verdaderamente busque una redefinición de la política y el establishment estadounidense. La semilla puede estar en el movimiento de BLM (Black Lives Matter), sobre todo si logra reunificarse y encontrar un liderazgo a mediano plazo.

 


Autores
Historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y McGill University, Canadá. Candidato a doctor en Ciencia Política por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Francia.

El predicador fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso.


Cualquiera que more en el lugar secreto del Altísimo 

se conseguirá alojamiento bajo la mismísima sombra del Todo Poderoso. 

Salmos 91:1 

 

—¿Acepta a Dios en su corazón, hermana? 

Esa pregunta había perturbado mi pequeño universo de horarios calculados con precisión obsesivo-compulsiva, haciéndome sentir fuera de lugar. Igual a un pez colgado de un anzuelo metálico, brillante y bien afilado. 

—¿Acepta a Dios en su corazón, hermana? —de nuevo aquella voz oxidada y molesta. 

—¿Lo hace, hermana? ¿Lo acepta? ¿Lo hace? ¿Lo acepta? —Las palabras de aquel hombre, enfundado en un traje negro algo desvaído y sombrero de paja sucio, parecían un enjambre de abejas furiosas listas para aguijonearme . Yo no quería ser descortés. Tampoco ansiaba hablar con ese tipo pálido y enjuto que miraba meticulosamente mis movimientos. De repente me sentí como una liebre tratando de huir de un ave de presa. 

—Lo siento, señor, no quiero ser grosera, tengo mucha prisa —le dije mientras paraba un taxi. 

—No se preocupe, hermana —dijo el hombre, abriéndome la puerta del auto—. Dios siempre tiene tiempo para usted. Que tenga un bello día bajo las alas de Nuestro Señor. 

Por el retrovisor del auto noté al predicador: miraba mi taxi y se santiguaba una y otra vez. Lo hacía tan rápido que parecía un aleteo frenético y macabro. Quizás era mi imaginación la que aleteaba, dejándose llevar por por ridículas fantasías, como tantas otras veces me había pasado y no sucedía nada fuera de lo común con aquel hombre. Aún así, un escalofrío recorrió mi espalda. 

El placentero y silencioso viaje en taxi borró rápidamente todo recuerdo de aquel tipo y me sumergí en mi meticuloso día. 

Por la noche, de regreso a casa, noté que por toda la ciudad había predicadores como el que me había perturbado. ¿Qué clase de nueva iglesia estarían promocionando? No eran como otros predicadores, que estaban más cerca de ser agentes de ventas que hombres de fe. 

Aquellos hombres y mujeres en trajes y largos vestidos negros muy modestos definitivamente no pertenecían a esas lucrativas corporaciones religiosas que prometían la salvación, riqueza material y el Armagedón la misma semana. La palabra “culto” comenzó a danzar en mi cabeza. Sin embargo olvidé ese pensamiento al cerrar la puerta. 

Mi pequeño universo ordenado y silencioso era todo lo que necesitaba. La locura del mundo podía quedarse afuera, pero había algo que me molestaba. La pregunta de aquel hombre: “¿Acepta a Dios en su corazón?” ¿Qué clase de pregunta era esa? Aquellas palabras me habían dejado un regusto metálico en la boca. Jamás he sido una persona religiosa, pero puedo considerarme cristiana. Al menos, creyente. Lo suficiente para creer ciertas cosas. Como que uno debe temer a Dios, y que él nos librará de la trampa del pajarero y de la peste que causa adversidades, y que aunque caminemos por el valle de sombras, no temeremos, porque él estará de nuestro lado, o algo así, algo así. 

Decidí que el día había sido demasiado largo y yo estaba exhausta para seguir pensando en el hombrecillo del culto raro, así que bebí un trago de whiskey y me fui a la cama. 

Un ruido tenue comenzó a sacarme de mi sueño: alguien tocaba la puerta mucho después de la media noche. Mi corazón comenzó a acelerarse, me levanté tratando de no hacer ruido. Sin encender las luces, me acerqué a la mirilla de la puerta: el pasillo bien iluminado no mostraba a nadie. Quizá me lo imaginé, ya iba de regreso a la cama cuando golpearon otra vez, ahora mucho más fuerte. Con el corazón en la garganta volví a mirar. Nada, no pude ver nada. Algo cubría el otro lado de la mirilla, algo oscuro, parecía una pluma de pájaro. La curiosidad me pedía abrir la puerta y mirar, pero había visto suficientes películas de terror para saber que eso era exactamente lo que no debía hacer. 

Me quedé muy quieta, sentí las garras del miedo encajarse en mi cuerpo, adueñándose de mi mente, impidiéndome respirar o pensar con calma. 

De nuevo golpes en la puerta, cada vez más fuertes; la pared vibra, la cerradura tiembla. Reúno lo que me queda de coraje, me acerco a la mirilla: el pasillo sigue iluminado, sólo que no está vacío. Está plagado de cuervos grandes y brillantes, todos se quitan las plumas unos a otros, hay manchas de sangre en paredes y piso. Más golpes, pero esta vez no provienen de la puerta sino de la ventana a mis espaldas. El miedo termina lo que empezó. Posa sus garras en mi cuello, sus fauces en mi pecho. Aunque no quiero voltear, mi cuerpo parece no tener voluntad y giro hacia la ventana. Afuera está, suspendido en el aire por un gigantesco par de alas negras, el predicador con su traje negro y su sombrero de paja, golpeando incesantemente con su afilado pico de cuervo. Sus inmensos ojos oscuros me miran, hurgando en mi alma. Grazna y ríe, mientras se santigua una y otra vez. 

—¿Ya tiene tiempo para Dios, hermana? 


Autores
Estudios en letras inglesas, escritora LIJ incursionando en el género del terror. Egresada del taller de cuento del Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. Fanática del cine de horror y amante de los gatos.
Bruja. Pintura al óleo. Wikimedia commons

Realmente, el mundo está poblado de brujas;  

unas más benignas, otras más implacables;  

pero el reino no solo de la fantasía,  

sino el de la realidad evidente pertenece a las brujas. 

Reinaldo Arenas 

 

Existen distintos tipos de fuego. Está el que quema y calcina. El que ilumina, reconforta y no hace daño. El que sólo sabe de gritos y dolor. El que sana y limpia. Josefa podía transformarse en cualquiera de los cuatro. 

Su cuerpo era el reflejo de su nombre: duro, fuerte. A pesar de eso, al caminar parecía que flotaba, apenas rozaba el piso. Su piel antigua, de edad incalculable, acumulaba la arena del desierto; su cabello larguísimo preservaba la tiniebla de la noche y el olor del almizcle. La conocí cuando un hilito de sangre que corría en mi pierna derecha alarmó a mi padre. Él me mandó a limpiar, me dio unos trozos de manta de cielo y me dijo que me pusiera uno dentro del calzón. Asustada, obedecí. Mi madre se había ido a aliviar de su quinto hijo con la abuela, yo era la mayor. Cuando regresé, él me estaba esperando con un bulto de ropa. Me tomó con fuerza del brazo, con más temor que ira, y me encaminó al cerro de San Pedro. Cuando ya no había casas ni ganado a la vista, apenas en las faldas, me soltó. 

De aquí te sigues tú sola. En una media hora vas a ver una casucha, ahí tocas. Te vas a quedar un tiempo allá. Estate serena, chamaca me dio una palmada en el hombro que casi me tira y regresó por donde mismo. Mi padre parecía gastarse con las palabras, por eso siempre había hablado tan poco. Al soltar un vocablo se encorvaba, como si se desprendiera de su alma de a poquito con cada sílaba, por eso no hice preguntas. Tampoco me dio tiempo de abrir la boca porque él salió disparado, huyendo de algo invisible. 

Oscurecía y empezaba a refrescar. Entre el silencio se colaba el sonido de una serpiente cascabel; de matorrales agitados por las correrías de liebres y tlacuaches. Los quebrantahuesos volaban en círculos. Yo estaba tensa. Intuí a dónde iba, mas no para qué. Avancé cada vez más de prisa, esquivando los cardones y los nopales de púas afiladas, hasta que comencé a trotar. No podía fijarme bien en el camino y las rocas me hirieron los pies. Los zarzales secos me arañaron las pantorrillas. Cuando empezaba a quedarme sin aliento, vi una luz redonda y roja. Me dirigí hacia ella. Sentí que el fuego se alejaba conforme yo me acercaba. De pronto estuve frente a una puerta desvencijada. Me arrodillé para tomar aliento y se abrió. Primero me llegó un aroma dulce, a hinojo, luego, una voz se fue asomando entre la oscuridad: 

Mija, qué bueno que ya llegaste, te estaba esperando desde hace rato. ¿Qué haces ahí en el suelo? Pásate, que el vapor frío te viene siguiendo Josefa traía un chal sobre los hombros, un vestido holgado y opaco y un paño sobre la cabeza del que pendía un collar de cuentas de colores. Llevaba el cabello negrísimo y largo atado en una coleta. Retrocedió y dejó la puerta abierta. 

Nunca llegué a entender cómo, en aquel pueblo olvidado, la gente, sigilosa y gris como las piedras o arisca como planta de desierto, parecía estar al tanto de cualquier detalle ajeno a su pereza.  

Tardé en tomar confianza y entrar, ¿qué otra cosa podía hacer? ¿Qué hubieras hecho tú? Si regresaba, mi padre era capaz de llevarme de las trenzas con Josefa. Entré y me quedé al lado de la puerta, por si acaso. Un olor a herrumbre me dio la bienvenida. Luego descubrí que también olía a moho, a tela guardada. El lugar, apenas iluminado por una lámpara de aceite, parecía abandonado. Una cortina separaba la cocina del resto. Había distintas sillas y sillones repartidos a lo largo de las paredes, por el pasillo que llevaba a una única puerta. Lo reducido de la fachada era eso, una mera pinta. 

Teresa, deja tus cosas y ven a la cocina más que una orden, su voz en la penumbra era como un faro, y me dirigí a ella.  

Dentro, el olor a manzanilla y canela hirviendo me llevó a una taza humeante sobre la mesa repleta de hierbas secas, frascos con líquidos y plastas. Josefa señaló un huacal y se sentó en la única silla desocupada. Me dijo que bebiera y el primer sorbo fue una sanación casi instantánea. Mi vientre dejó de punzar.  

Tu mamá se acaba de aliviar y tu papá no sabía qué hacer contigo, así que te vas a quedar aquí unos días. Lo que te pasó es normal, a todas nos sucede cada mes. Ya estás lista para traer chamacos al mundo y para entender el fuego. En mi cuarto te puse un catre, desde mañana me vas a ayudar con los pacientes. En una semana estarás de vuelta en tu casa al terminar de hablar, me acercó una charola vieja rebosante de pan de anís recién horneado.  

Sus ojos parecían estar cubiertos por una capa gris. Muchos decían que era ciega, pero nunca la vi equivocarse al tomar algo, manotear en el aire ni dudar en sus movimientos.  

En una colchoneta que chirriaba y olía a polvo, descansé mejor que nunca. Sin gallos ni alarmas, Josefa despertó de golpe: Ya es hora, niña, son las cinco en punto. Salió del cuarto, luego de la casa. La vi entrar a la letrina. Un poco más lejos, noté el reflejo de las estrellas en el agua negra de una pila. Al lado, rumiaban una yegua con su potrillo. Me cambié el camisón, tomé una muda y fui a la cocina. Dos mujeres ya estaban preparando infusiones, haciendo montones de hierbas, separando hojas de ramas. A pesar de que la misma penumbra de la noche anterior reinaba dentro, pude observar, colgando alrededor del techo, pieles y pequeños animales secos, arrugados y negros como pasas. Una de ellas me señaló un cuenco con pimienta roja y unos cucuruchos para repartirla. Les dije que primero me quería limpiar. Una me alcanzó una jícara: “Y ni se te ocurra meterte. Esa pila es para baños curativos”. Nunca vi a Josefa bañarse ahí, y aun así, no olía mal. Su humor era dulce, igual al anís. 

Josefa volvió con un hombre detrás y fueron directo a la habitación cerrada. No tardaron en llegar los primeros pacientes. Yo sabía que trataba diferentes males, que la gente hacía fila durante horas y que más les valía llegar temprano. Pero si preguntabas dónde quedaba la casa, nadie te decía. Era como un pacto comunal: visitarla, mas no hablar al respecto. Supe de personas que regresaban con un corazón nuevo, de mujeres embarazadas que volvían sin panza. Los del pueblo decían que ella era uno de esos fuegos que tenían un pacto con el diablo, que no era mujer de dios. Y aún así, no dejaban de visitarla. 

En Catorce, cuando había luna llena y el bramido ardiente del viento traía un tufo a huevo podrido —que los viejos comparaban con la peste del azufre del infierno—, luego se veían bolas de fuego en el aire, luces que nos acompañaban, como la que vimos hace rato. “¡Son las brujas!”, decían, “vienen a buscar niños para chuparles la sangre. Hay que persignarse tres veces cada que uno las ve, para librarse de todo mal”. No había otra explicación cuando un bebé de meses moría en su cuna, ¿qué otra cosa lo podía matar? Las confundían con las tlahuelpuchi, y hasta pensaban que lo que asustaba y hacía huir a unas, tenía el mismo efecto sobre las otras. No sabían que el ajo, las tijeras y los espejos no actuaban contra el fuego.  

Catorce está poblado por generaciones enteras saturadas de terror, obstinadas en sus creencias. Josefa sólo hacía el bien, lo sé por el tiempo que viví con ella. Esos siete días se convirtieron en cinco años; ya no volví al pueblo. Me vine acá, para Matehuala, y fui a dar con tu abuelo. 

Te decía: muchos odiaban a Josefa, la llamaban “bruja” como si eso fuera algo malo, la criticaban por no tener hijos, por estar sola. Alegaban que su matriz estaba llena de guijarros y espinas, y que me iba a pasar lo mismo. Pero Josefa no los había tenido porque no deseaba quedarse con un solo hombre, porque no había que elegir entre el placer y la libertad.  

Le echaban la culpa de cada desgracia, en especial los hombres. La utilizaban como amenaza con los niños pequeños y no tan pequeños; iniciaban la tenebra y la maldecían por lo bajo cuando, por cualquier razón, debía bajar al pueblo. Por lo mismo, sus ayudantes, siempre discretos, se encargaban de lo necesario para los rituales de sanación. Que te quede esto bien claro: Josefa, más que una bruja, era una curandera. 

Mi primer día me dieron un chal que debía llevar puesto siempre, dentro y fuera de la casa, cubriéndome medio rostro. El olor a herraduras oxidadas del sitio se disfrazaba con la esencia penetrante de las ristras de ajo, los manojos de yerbanís, ruda, hierbabuena, altamisa, epazote, llantén, flor de muerto, sincuya También había montones de raíces y semillas dormidas, cogollos, hojas, pelo y granos de maíz. Me mostraron por primera vez las casitas de avispa, las espinas de puercoespín, el coral, la cáscara sagrada, los corazones verdes y los huesitos resecos de distintas alimañas. Cada elemento con distintas propiedades medicinales, dijo una, lo mismo son bondadosos que peligrosos. Cada cuerpo es diferente; debemos ser precisas, dijo la otra.  

Josefa atend durante horas seguidas a los pacientes conforme iban llegando. La mayoría eran adultos, aunque en ocasiones llevaban niños que necesitaban una limpia, con torsión de intestinos o una simple gripe. A falta de médico en Catorce, ella era la única alternativa. Una vez, un pequeño se coló hasta la cocina y preguntó:¿Qué comen las brujas?”, “bolín, biznagas y a ti”, soltó una de las ayudantes al momento. El niño salió de la cocina y no se volvió a mover de su asiento. 

Poco antes de cumplirse el mes, la sangre me visitó de nuevo. Al anochecer, sin nada más que el olor del desierto, aparecieron tres bolas de fuego a lo lejos. Verlas moverse fue muy bello, era como si danzaran. Sus llamas se tocaban, alargaban sus lenguas rojas y se alejaban para encontrarse de nuevo. Josefa dijo que era el baile de iniciación. Luego de eso, me mandó a la choza trasera, donde vivían las dos mujeres. Comencé a acompañarlas al pueblo una vez por semana para hacer mandados y traer lo que hiciera falta. Noté que, quienes me miraban, lo hacían con cierto respeto o temor. Agachaban la cabeza si pasaban junto a nosotras y se persignaban. Ahí entendí que volver no sería tan sencillo, y me conformé con ver a mi madre y a mis hermanos desde lejos. A veces ella se escapaba e iba a la casa de Josefa, me dejaba alguna prenda y dulces de leche o camote.  

Todos los días se trabaja igual, “no hay descanso para la enfermedad”, decía Josefa. De seis de la mañana a cinco de la tarde, la puerta de la casa permanecía abierta. A las cinco y media se cerraba. Había días en que llegaban casos urgentes o a deshoras porque venían de fuera, y ella siempre supo hacer un espacio para cada uno.  

Cuando aprendí lo suficiente sobre las hierbas y podían confiar en mí para surtir los tratamientos, Josefa me permitió presenciar sus consultas. Mis recuerdos son turbios: entre la oscuridad mal iluminada por cirios viejos, el olor nauseabundo a carne podrida y el humo del sahumerio, no sé qué tanto de lo que vi fue real. El aire en ese sitio, que yo sentía como un pozo asfixiante y húmedo, era denso; costaba moverse y respirar. Trata de imaginarlo: sólo me ubicaba por su voz, al escuchar sus susurros. El cuchillo era siempre el mismo, un deshuesador oxidado pero filoso con una cinta negra en el mango, tan viejo como ella. El procedimiento tampoco variaba. El paciente, recostado bocarriba o bocabajo, según se requiriera, era envuelto por hechizos, Josefa se encomendaba a Nakawé, la madre y la vida, y con una estocada certera abría piel, grasa, carne y hueso. El hombre que la acompañaba, su mano derecha, presto ayudaba a rasgar y separar para que ella sacara el “daño”, como le decían a la enfermedad o al mal que aquejara el cuerpo. Luego, Josefa, ávida, metía los dedos, adornados siempre con sus anillos enormes de oro y plata, y hundía también las manos. Extirpaba el tumor, el hígado, la vejiga, la próstata o matriz, el pulmón o hasta el corazón dañado, incluso huesos; lo lanzaba lejos y sacaba de una caja de madera, adornada con lagartijas de chaquira azul, un tejido u órgano idéntico y sano, lo levantaba sobre el cuerpo recipiente y lo dejaba caer. La entraña siempre se hundía en el lugar exacto, emitiendo un ruido líquido al embonar. Todo aquello transcurría en baños de sangre y dolor, y si se trataba de un hombre, había además gritos y blasfemias. Después, Josefa pasaba las manos sangrientas sobre la herida, untaba menjurjes y colocaba vendas. Recetaba lo indicado y decía que, después de tres días de reposo, estarían sanos y podrían volver a trabajar. A los del pueblo los trataba con brebajes y pócimas; a los extranjeros, con medicamentos. A quienes eran muy católicos, les recomendaba rezar; y a los huicholes, el contacto con la tierra, invocar a Tatewari, el abuelo fuego. 

No me preguntes de dónde salían esos órganos, yo tampoco lo sé. Algunos decían que eran donaciones; otros, que Josefa se los arrancaba a los animales desperdigados. Ve tú a saber. Para el caso, a nadie le interesaba mucho la procedencia, siempre y cuando recuperaran la salud. 

Ya lo ves, niña, ni demonios ni diablo, esta es la pura magia de la tierra, la naturaleza misma de la vida. El universo susurra en soledad, son sus palabras las que sanan a través de mí. Yo no me convertí en sanadora, nací siéndolo. Nadie me dio a elegir. Aprendí a descifrar los secretos, a utilizar el poder. A comprender el cuerpo me dijo Josefa al terminar la primera faena en la que participé. Esta sabiduría se remonta al inicio de los tiempos, de nuestros orígenes. La naturaleza es una diosa poderosa, yo nomás la interpreto. Estos ritos, ofrendas y sacrificios me ayudan a proteger a todo aquel que lo pida. Nuestra tierra seca nos obliga a esto, a comunicarnos con ella. Hechicera o bruja, da lo mismo cómo me digan. No te imaginas cuántas somos. Aunque nunca las hayas visto, ahí andan, estamos al tanto las unas de las otras. Hay otras que hablan con los muertos, adivinan el futuro, tienen visiones. Yo nomás curo.  

¿Sabes que Wirikuta es tierra sagrada? Para los indígenas, el mundo como lo conocemos nació aquí. De ahí viene el poder de esta tierra. Nuestras bolitas de fuego no son otra cosa que un buen augurio, la esperanza para muchos; el alivio de la enfermedad, el consuelo para la aflicción. Una guía en medio del abismo.  

El poder en la sangre y las manos de las brujas es inmenso. No temas cuando las veas de nuevo en medio de la oscuridad muda. Piensa que podría ser yo. 


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.