Tierra Adentro
Ilustración por Mariana Martínez

Barthes confiesa en Roland Barthes por Roland Barthes (1975) que padece la misma enfermedad que yo: “veo el lenguaje”. Hay quienes piensan en imágenes, hay quienes piensan como si estuvieran dentro de una película, con un narrador omnisciente o protagonista, y hay quienes piensan de manera corporal, muy dentro de la experiencia. Yo pienso de forma lingüística, una palabra y sus asociaciones me llevan a otras palabras que, en ocasiones de ansiedad, trazo y vuelvo a trazar en la mente, delineándolas de manera obsesiva, acaso para contener esa rara pulsión que des-ata mi locura, el desliz libre de la cadena significante. Christina Soto van der Plas jamás se permitiría esa deriva y desliz en el habla, pero sí en la escritura. De la misma manera, Barthes dice que ve el lenguaje y se ve a sí mismo: “lo imaginario es simple: es el discurso del otro en tanto lo veo yo (en tanto lo rodeo de comillas). Luego vuelvo la escopia sobre mí mismo: veo mi lenguaje en tanto es visto: lo veo totalmente desnudo (sin comillas); es el momento vergonzoso, doloroso, de lo imaginario. Una tercera visión se perfila entonces: la de los lenguajes infinitamente escalonados, los paréntesis jamás cerrados: visión utópica, en la medida en que supone un lector móvil, plural, que pone y quita las comillas con presteza: que se pone a escribir conmigo”.

Quien se pone a escribir conmigo es mi hermano el filósofo, a veces. Hace unas semanas me escribió para que le recomendara algún libro de Roland Barthes y para que le contara un poco qué esperar de ellos. Tardé varios minutos en recorrer en mi mente la obra de Barthes y no pude elegir un solo libro de su multifacética producción. El problema es que no es posible determinar a ciencia cierta quién fue Roland Barthes (Cherburgo, 1915- París, 1980) y cuál fue su principal campo de estudio. Basta considerar que su primer libro el Grado cero de la escritura (1953), es un texto sobre el rol social de la literatura y el lugar de la lengua, el estilo y la escritura en la historia de la literatura y que su último texto, La cámara lúcida (1980) es sobre la fotografía. Generalmente se considera que Barthes logró tender un puente entre el estructuralismo y el postestructuralismo pero también fue una celebridad en el campo de la semiótica. Pienso que, más bien, fue un crítico de la cultura en todas sus formas (arte, literatura, cine, diseño, moda, fotografía) y en su prolífica obra acuñó una serie de conceptos que hoy son centrales para una gran variedad de disciplinas: el escriptor, lo escribible y lo legible, la muerte del autor, el studium fotográfico y el punctum, el placer y el goce del texto.

El goce del texto es lo que me llevó a lo que le recomendaría a mi hermano. No le recomendé las obras más estructuralistas o semióticas, sino más bien al Barthes autobiográfico que me enseñó que un crítico literario se guía por el placer del texto y no por un sistema riguroso de correspondencias. Le recomendé Mitologías (1956) de su obra temprana en donde busca tanto una crítica ideológica del lenguaje de la cultura de masas como desmitificar la “mistificación que transforma la cultura pequeño-burguesa en naturaleza universal”. Pero también uno de mis libros de cabecera (que literalmente siempre tengo en mi mesita de noche) Fragmentos de un discurso amoroso (1977) en donde, palabra por palabra, el autor francés desentraña los significados y significantes más íntimos de lo que puede ser el amor tanto en su experiencia de enamorado como en el psicoanálisis y en la literatura. El último libro que le recomendé fue S/Z, un extrañísimo libro de crítica literaria que supera con creces al texto que disecciona y que muestra lo que un texto puede producir en lecturas sucesivas. A partir de S/Z el crítico literario no es un escritor frustrado, sino también un gran novelista que es capaz de pensar.

“Gran novelista que es capaz de pensar” es el epíteto que mejor describe a Barthes. Hace cincuenta años que se publicó S/Z (1970) y según la dedicatoria de Barthes, es “la huella de un trabajo que se hizo en el curso de un seminario de dos años (1968-1969) llevado a cabo en la École Practique des Hautes Études… Este texto, que se escribió según ellos lo escucharon”. El resultado, esa huella, es un extrañísimo tour de force de crítica literaria que requiere de nuestra paciente escucha. S/Z es un análisis detallado del relato corto Sarrasine de Honoré de Balzac, pero es mucho más que meramente un ejercicio hermenéutico literario. Más allá de la interpretación, abre la multiplicidad del sentido. Se trata de un libro que supera por mucho al texto que analiza, ejercicio que no resulta común en la crítica literaria, que suele ser parasitaria y poco interesante. Así, Barthes desplaza la figura del autor como productor de sentido y del crítico, que es el único que puede entender el sentido oculto de la escritura y la lectura.

La lectura produce sentido, no es un acto pasivo de consumo o de mera opinión. Un texto de Jean Reboul sobre la castración personificada y una cita de Georges Bataille en El azul del cielo fueron los que llevaron a Barthes al relato de Sarrasine. Este dato nos revela que esta red múltiple no es inocente ni es accidental. A partir de una lectura psicoanalítica y la búsqueda de Bataille de la “verdad múltiple de la vida” en donde el autor y el lector dan rienda suelta a su deseo, Barthes llega a su lectura que manifiesta no como una estructura de significantes, sino como “una galaxia de significantes”.

Una galaxia de significantes define lo que es S/Z. Si “Un tiro de dados” de Mallarmé fuera un libro de crítica literaria, tomaría la forma de S/Z. Barthes parte del breve relato de Balzac, contenido en unas treinta páginas. Como si la fuerza telúrica de un terremoto hubiera dispersado Sarrasine, el crítico decide dividirlo en 561 fragmentos o lexias (“unidades de lectura”) de diferente tamaño, a veces de una palabra o de varias líneas, dependiendo del lugar en el que decide cortar el significante para llegar al significado. En cada lexia, busca que no haya más de tres o cuatro sentidos que enumerar. Coloca así los fragmentos de texto en la parte superior y debajo analiza con detalle el sentido que se va produciendo y cómo se relaciona con lo anterior. Identifica también cinco códigos notables en todo el relato: el hermenéutico, el sémico, el proairético o de las acciones, el gnómico o cultural y el simbólico. En esos cinco códigos tipifica el relato. Pero donde realmente está la voz de Barthes, lector, es en las 93 “divagaciones” marcadas con numerales romanos que son meditaciones de una o dos páginas sobre la lectura y sobre qué hacemos cuando leemos. No intenten encontrar una interpretación unívoca del texto o una crítica literaria tradicional, que busca señalar el sentido que se nos escabulle. En S/Z hay divagaciones, terremotos que rompen un texto, galaxias de significantes y, sobre todo, una forma muy rara de interpretar.

“Interpretar un texto no es darle un sentido (más o menos fundado, más o menos libre), sino por el contrario apreciar el plural de que está hecho”. Para Barthes, cada texto es su propio modelo y debe ser tratado en su diferencia y no con base a un modelo previo que se le pueda “aplicar” al objeto textual. Línea por línea, tomando el relato de Balzac, Barthes cuestiona por completo la construcción del sentido, el edificio entero del realismo y al autor de La comedia humana, una de las figuras más canónicas de la literatura francesa. Pero no tira de su pedestal solamente a Balzac, autor, sino a la noción misma de autoría y propiedad. Si la institución literaria está marcada por el despiadado divorcio entre el fabricante y el usuario del texto, su propietario y su cliente, su autor y su lector, Barthes le restituye al lector la capacidad de reescribir todo texto a partir de su propia interpretación y más allá de toda intención del autor.

Más allá de la intención del autor, S/Z señala desde el título la oposición y complementariedad de los personajes de Sarraisine y de Zambinella. En breve: la belleza de Zambinella cautiva a Sarrasine, quien hace una escultura de ella. Sarrasine asume que toda belleza tiene que ser femenina, Zambinella es el epítome de la belleza y, por lo tanto, de la feminidad. Sarrasine rapta a Zambinella y finalmente descubre que era un hombre que se hacía pasar por mujer, un castrato cantante de ópera. Lo que ancla al texto es la desestabilización que produce la anatomía de Zambinella y cómo la percibe Sarrasine, como una obra de arte y después como su propia castración en potencia. Para Barthes, según las costumbres de la onomástica francesa, era de esperar “SarraZine” en donde la Z es la letra de la mutilación. Fonéticamente la Z es un látigo castigador que corta, tacha, raya, y es la letra del desvío, la inicial de la castración. Sarrasine contempla en Zambinella su propia castración, por eso la barra (/) que opone la S de SarraSine a la Z de Zambinella, es la barra de la censura, de la superficie especular, de la alucinación, el filo de la antítesis. Se podría decir que “S/Z” es el modelo del signo lingüístico y del sujeto que propone Barthes, aquí en acción en una obra literaria y en una clara topología que no agota el sentido.

La topología de S/Z no agota el sentido de una obra clásica realista. Conocemos los problemas del realismo y su afán de reflejar o representar la realidad, cuando en verdad hay otro modelo del realismo que es el modelo productivo. Y esto no es inocente: Barthes modificó la forma en que consideramos al realismo y por lo tanto la idea de cómo la política interviene o es parte de la literatura. Ya no se trata del viejo modelo en el que la obra literaria refleja la realidad y por lo tanto puede ser crítica directamente de lo que reproduce, sino de un modelo en el que se inscribe la política en la forma misma. Es un modo de percibir. El enfoque no es ya en el debate de la relación entre la literatura y la política, sino en la condición política de la literatura.

El estilo de Barthes es tan importante como sus ideas y acaso es lo que lo torna encantador. Sus mejores textos son aquellos en que se permite ensayar y abandona la lógica del artículo académico, para admitir que el mundo solo puede ser percibido a través de la conciencia plenamente subjetiva, que frecuentemente conlleva nostalgia y asombro. Su argumentación no es hermética, es abierta y permite que el aire pase: son indagaciones de un lector, no muros en contra de los ataques de otros críticos. Ahí, descubrimos una sensibilidad y sus reflejos que puntúan el discurso, destacan los detalles que importan. Barthes nos enseña cómo la teoría puede ser hermosa, poética y legible y no un bloque o bodrio impenetrable. El texto y la teoría, como los sujetos lectores que nos aproximamos a ellos, tan plurales.

“Cuanto más plural es el texto, menos está escrito antes de que yo lo lea: no le someto a una operación predicativa, consecuente con su ser, llamada lectura, y yo no es un sujeto inocente, anterior al texto, que lo use luego como un objeto por desmontar o un lugar por investir. Ese ‘yo’ que se aproxima al texto es ya una pluralidad de otros textos, de códigos infinitos, o más exactamente perdidos (cuyo origen se pierde)”. Barthes lo dice con contundencia: ninguna lectura es inocente porque está marcada por la pluralidad de todos los textos que hemos leído y por nuestra propia vida y subjetividad. Pero ahí no encuentra la literatura su límite, sino su riqueza, su forma de pensamiento.

La literatura es una forma de pensamiento. ¿Qué quiere decir esto? Me rehúso a caer en dos lecturas (que son válidas, pero no me interesan): la primera, la lectura que aplica la teoría a la literatura, en donde, por ejemplo, se leería una novela desde los aspectos feministas que subvierten los paradigmas de género digamos, desde Butler o Haraway. La literatura se vuelve una excusa u objeto al que la teoría debe rescatar de su pobreza para insertarla en un debate más amplio y de especialistas que son “los elegidos” para traducirnos las obras. Es el uso teórico de la literatura. La segunda lectura que evito es pensar la literatura desde sus mecanismos internos, por ejemplo, como una obra de teatro (tipo Brecht) que mientras se desarrolla, reflexiona sobre sus propios dispositivos de representación para denunciar que es una ilusión. Es metaliteratura autorreferencial o teoría de la literatura. No, la literatura es su propia forma de pensamiento.

La literatura es una forma de pensamiento: crea sus propios conceptos, lógicas, formas y figuras, al igual que cualquier otro discurso. La literatura está en diálogo o contradice (no está subsumida ni se lee a través del lente de) otras teorías, historia o política. Pero no se trata de una categoría limitada: está en movimiento y son operaciones y lógicas. Igual que el pensamiento que va y viene, a la deriva. Tampoco está predeterminada por autores, geografías o géneros. Por eso prefiero siempre los experimentos, ejercicios, proyectos y comienzos y aborrezco lo conclusivo.

Aborrezco lo conclusivo y siempre pienso que debo seguir el placer del texto. Como Barthes, yo también he experimentado el terror de sentir a los lectores que me habitan y se ponen a escribir conmigo. Inevitablemente, mi forma de pensar es el lenguaje y por eso la literatura hace que este mundo sea más habitable, menos hostil y más rico en significaciones. Roland Barthes murió a los 65 años de forma prematura. Después de almorzar con François Mitterrand, entonces candidato presidencial, fue atropellado por una furgoneta de una lavandería mientras cruzaba la Rue des Écoles, delante del Collège de France. Lo identificó su colega, Michel Foucault. Según una anécdota que recuerdo que me contó Luis Inclán pero que no puedo verificar, al cruzar la calle estaba leyendo un libro. Como suelo hacerlo yo misma para burla de mis amigos: camino leyendo un libro porque mi cuerpo procesa mejor lo leído en movimiento porque, como Barthes, estoy enferma y veo el lenguaje.


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Con la boca se me leerá del pueblo y a través de todos los siglos en la fama,

si algo tienen de verdadero los presagios de los poetas, viviré.

Ovidio

 

I

En el río Evros flotaba una cabeza que iba cantando hacia el mar. Era la cabeza de Orfeo, aventada a las aguas después de que las Ménades lo desmembraran y decapitaran. La cabeza se dirige a una morada final, en la isla de Lesbos, y durante el trayecto sigue cantando himnos para su amada Eurídice.

La imagen del desmembramiento de Orfeo y el canto de su cabeza cercenada parece ser más importante, para Jean Cocteau, que todo el mito órfico. Un mito que, sin embargo, tiene una presencia abrumadora en toda su obra.

Orfeo cantaba deliciosamente. Los pájaros se acercaban para escucharlo y los árboles se inclinaban para recibir cerca los acordes de su lira.

Orfeo se enamoró de Eurídice que, defendiéndose de una agresión sexual, pisó una serpiente que la envenenó. Eurídice murió poco después sin que Orfeo, con todo su arte, pudiera hacer nada.

Loco de duelo, el bardo utilizó el poder de su canto para seducir a Caronte, el barquero, al cancerbero que guardaba la puerta de los infiernos, y a los mismos dioses del inframundo, para que le regresaran a Eurídice. Hades accede a su plegaria, conmovido, pero le exige una condición: no voltear a ver a Eurídice hasta llegar al reino de los vivos.

Eurídice sigue a Orfeo hasta el fin de los infiernos guiada por el sonido de su lira. Pero antes de llegar, Orfeo peca con la mirada: no resiste sentir a su amada tan cerca de él y, fatídicamente, se voltea para verla.

Eurídice se esfuma y Orfeo se queda solo.

Luego, como una venganza conjurada, las Ménades le dan muerte y esparcen los miembros arrancados de su cuerpo por diferentes rumbos. La cabeza del bardo termina, así, flotando en el Evros.

Para Maurice Blanchot, la mirada de Orfeo da nacimiento a la poesía; es un gesto de construcción y de destrucción. Eurídice representa la suma del arte de Orfeo, todo lo que desea, todo lo que puede representar. Al voltear a verla, directamente, el bardo la crea y la pierde, la captura y se le escapa.

“Para Orfeo, Eurídice es el extremo que puede alcanzar el arte; es, bajo un nombre que la disimula y un velo que la cubre, el punto profundamente oscuro hacia el cual el arte, el deseo, la muerte y la noche parecen dirigirse.”

El gesto poético requiere así un sacrificio. El poeta crea y destruye constantemente su arte, se interna en la noche, encuentra y pierde. Todo esto vive y permea en el imaginario de Jean Cocteau.

Desde una precoz juventud, Cocteau sabía que quería dedicar su vida a la poesía. Uno de los últimos movimientos literarios nostálgicos del pasado, el simbolismo, lo acogió en sus brazos. Todo alrededor de él hablaba de glorias antiguas, de encantos románticos opuestos a la horrenda revolución industrial, de la exploración sin fronteras de la naturaleza y del rico espacio interno del alma.

Cocteau, rápidamente, encontró una expresión propia. A los 19 años, el famosísimo actor Édouard de Max le organizó un recital de poesía en el Teatro Femina de los Campos Elíseos de París. El teatro está atiborrado por la popularidad de De Max y todos quedaron cautivados por el precoz talento de un joven elegante, grácil y sumamente hermoso que leía versos con ojos llenos de lágrimas.

Los más importantes actores de la Comédie Francaise e intérpretes de ópera leyeron sus poemas. La escena cultural francesa estaba impresionada: frente a ellos, con un pesimismo encantador y un talento inaudito para los versos, se elevaba un nuevo Rimbaud.

Cocteau se instaló en el Hôtel Biron, justo encima del taller de Rodin y recibía a la crema y nata de la intelectualidad francesa. Este joven de veinte años ya era el poeta más famoso de su generación y su departamento se convirtió en un núcleo de pensadores, músicos y escritores en la efervescente vida literaria de Francia antes de la Gran Guerra.

Cocteau fue una figura esencial de la intelectualidad francesa que atravesó sesenta años de creatividad definiendo las vanguardias. Su historia se entrecruza con la de Max Ernst, Pablo Picasso, Igor Stravinski, Guillaume Apollinaire, Erik Satie, Eugène Ionesco, Jean Giraudoux, Jean Marais, Jean Anouilh, Colette, Jean-Luc Godard, Jean-Pierre Melville, François Truffaut, Charlie Chaplin, Maurice Barrés, Modigliani, Maria Casarès, Max Jacob, Jacques Audiberti, W.H. Auden, Ezra Pound, Pierre Bergé, Georges Simenon, Thomas Mann, Diego Rivera, Andy Warhol, Alejo Carpentier y una lista interminable del polvoso panteón intelectual del siglo XX.

En una carta, Marcel Proust le escribió, con admiración:

“Es conmovedor pensar que de esa flor tan bella y dulce, tan inocente e inclinada, que eres, haya podido crear, sin que se rompa el tallo y deje de ser gustosa y flexible, una inmensa y sólida columna de pensamientos y perfumes.”

Para Cocteau la figura del poeta se convirtió en un destino. Antes de que supiera quién era, el mundo ya le había dicho que era un gran poeta. La figura del poeta lo atravesó, lo definió y lo volvió inalcanzable.

Cocteau se creó y se destruyó a través de esta identidad fugaz representada en la mirada de Orfeo. Y en su vida poética se plasmó la imagen obsesiva de ese bardo ecléctico, nato versificador, prodigio de un don otorgado por los dioses que fue cortado en pedazos y cuya cabeza terminó flotando en un río mientras cantaba versos de amor.

 

II

Estrella de juventud, figura esencial para la cultura literaria francesa de principios de siglo, ahora Jean Cocteau parece un recuerdo diluido. Su nombre resuena con una importancia algo caduca. Nadie recuerda su historia y cuáles fueron sus laureles.

¿Era un escritor de teatro? ¿Un pintor? ¿Un cineasta? ¿Un poeta?

Cocteau, como algunos de sus contemporáneos, vive ahora en un limbo impreciso. Su nombre sigue significando mucho y, al mismo tiempo, ya no quiere decir nada. Aún existe su fama, pero no se leen, no se comentan, y no se ven sus obras.

Las palabras dulces, las alabanzas que recibió en los años veinte, las épocas de gloria de un escritor que floreció muy joven y se convirtió en el centro de las letras francesas, no duraron mucho. Cocteau no tuvo la suerte del poeta que brilla intensamente y se extingue rápido: su vida y su producción rebasaron por mucho los arrebatos de la juventud. Pronto, se convirtió en una figura incómoda.

La envidia de algunos, el franco desprecio de otros y la homofobia de todos, hicieron que su nombre se manchara. Con el paso del tiempo, hablar de Cocteau en los grandes círculos intelectuales de París, era hablar de un lugar común, de un farsante acabado, grandilocuente, que quiso hacer demasiadas cosas y que no logró hacer ninguna.

La imagen de Cocteau pasó de la admiración por un creador joven y multifacético, que hizo ensayo y crítica, poesía, narrativa, teatro y cine desde muy temprana edad; a la de una figura arcaica que, en tiempos de vanguardias, nuevas formas de la novela y el paso del surrealismo onírico, seguía hablando de nereides y escribiendo en alejandrinos.

Mucho de esto tuvo que ver, por supuesto, su eterna pelea con los surrealistas. Cocteau, se podría decir, era un surrealista antes de su tiempo. Pero no era un escritor político, era bisexual y había nacido en una familia burguesa acomodada: tres cosas que los surrealistas y, en particular, André Bréton, nunca le perdonaron.

Breton, como líder tiránico del movimiento surrealista, dedicó su vida a confrontar todo lo que hacía Cocteau. Y los surrealistas siguieron su mandato: desde el festival Dada destruían globos con su nombre; Robert Desnos declaró abiertamente que le gustaría que regresara el terror revolucionario para poder torturarlo públicamente; Paul Éluard pidió que lo fusilaran como a una bestia apestosa y, en 1930, interrumpió su obra, La Voix Humaine con gritos homofóbicos; también, en 1932, con Louis Aragon y Luis Buñuel se pararon frente a su departamento para esperarlo y golpearlo por haber robado, supuestamente, la idea de la película L’Âge D’Or; René Char, finalmente, estuvo a punto de atacarlo afuera de un cine en Montparnasse…

Era tal el odio que le tenía André Breton que, en los años sesenta, casi cinco décadas después de que empezara su disputa, escribió una carta virulenta para que no le dieran el reconocimiento de “Príncipe de los Poetas”. Para entonces, Cocteau ya era miembro de la Academia Francesa, estaba más que consagrado, y era el presidente de honor del jurado del Festival de Cannes.

“El contenido de su versificación, sin necesidad de recurrir al psicoanálisis, escribía Breton, es igual al de las frases que se leen en urinarios. Debe ser visto como antipoeta por esa complexión típica de impostor nato. Su astucia (cosida y aderezada de un hilo nauseabundo) siempre ha sido la de hacer pasar el anticonformismo por conformismo y visceversa. Hace cuarenta años fue lo que pasó con Radiguet. Y no hizo más que retomarlo con mayor imprudencia al ser elegido por la Academia.”

En esta carta, por demás violenta y llena de una prosa que, lejos de ser brillante, mostraba ya la decadencia furibunda del jefe del surrealismo, Breton menciona un episodio por demás doloroso para atacar a Cocteau. Cuando habla de Radiguet, Breton se refiere a un joven poeta que murió por una fiebre tísica a la edad de veinte años. Raymond Radiguet era el amante de Cocteau y su muerte se derivó de los malos cuidados del médico de cabecera del laureado poeta.

Como protector de Radiguet, Cocteau falló. Como con muchos otros, Cocteau convirtió a un joven y talentoso efebo en su amante. Pero Radiguet murió bajo su protección y Cocteau fue visto como el culpable de una decadencia prematura y una muerte negligente.

Este episodio traumático, junto al del suicidio de su padre, alimentaron la obsesión de Cocteau con la muerte. Alimentaron también la terrible culpa que cargó hasta el final de sus días. Todo esto alimentando una aguda adicción al opio de la que nunca se pudo librar. El golpe de Breton, en efecto, fue bajo.

Al final de su vida, la obsesión con la muerte, la culpa y los delirios de persecución asediaban a Cocteau. A pesar de estar rodeado por artistas imprescindibles que lo consideraban todavía un gran poeta, Cocteau sentía que su legado se desvanecía. Llegó a autodenominarse “el hombre más odiado de Francia”.

Cocteau vivía nostálgico de otros aplausos, de sentirse relevante, de ser el más querido y más necesitado en la escena cultural. El hecho de vivir esta nostalgia mientras surcaba el Mediterráneo en Orfeo I y II, sus yates, no lo convertía en una figura más empática. Para los años sesenta, su tiempo ya había pasado. La escritura cargada de símbolos e intensidad romántica que lo caracterizaba no era la moda de un tiempo entregado al genio pronominal, formalista y seco de Natalie Sarraute y Alain Robbe-Grillet.

Ni siquiera lo consolaban las alabanzas de los jóvenes críticos y cineastas de Les Cahiers du Cinéma. Cocteau, visiblemente emocionado por la pasión que mostraban por sus obras cinematográficas Godard y Truffaut, Éric Rohmer y Jacques Rivette, también sentía que era el fruto de una nostalgia irreverente. Ellos lo querían porque, para ser diferentes a todos, debían alabar al más odiado.

El gran poeta de principios de siglo estaba roto. Todo lo que había conseguido le parecía un castillo de naipes, lo asediaban los fantasmas de amantes, el escarnio público, el odio de otros escritores.

Cocteau era profundamente infeliz y pensaba en el vacío de su legado. Aun así, en su lápida, Cocteau escribió el deseo de toda su vida:

“Me quedo con ustedes.”

 

III

Tres años antes de morir, Cocteau filmó su última película. A diferencia de experiencias previas, durante este rodaje, el crew entero estaba enamorado de él. Nadie sufrió por sus peticiones excesivas, todos le acordaron todo. El equipo completo dormía en el mismo lugar, comían juntos, bebían juntos.

Sus viejos amigos, Picasso, Charles Aznavour, Jean-Pierre Leaud, y un muy hermoso y joven Yul Brynner, participaron gustosos en su capricho. Truffaut, endeudándose por todas partes, pagó la producción.

En el último día de rodaje, Cocteau estaba ansioso. Lo vieron de mal humor, algo se le estaba yendo de las manos.

Cocteau pintó, en la secuencia final de la cinta, un trazo de la cara de Orfeo y, con ese gesto, se despidió del mundo. Estaba terminando su legado, la vida se le escapaba.

Lo que ponía tan triste a Cocteau, sin embargo, no era el miedo a la muerte, sino que al realizar su testamento, durante ese rodaje idílico, había encontrado el calor familiar, las alabanzas y el amor comunal que tanto había buscado en vida. Era un poco tarde, pero era conmovedor.

Le Testament d’Orphée concluye un viaje cinematográfico que inició, tres décadas antes, con Le Sang d’un Poète. Desde esa maravillosa cinta filmada en 1930 (aunque estrenada hasta 1932 por culpa de André Breton, lo adivinaron bien), Cocteau ya empezaba a enarbolar sus ideas en torno al cine.

Le Sang d’un Poète fue una obra profundamente personal que exploraba las inquietudes de un poeta y de una época. Aquí estaba ya la violencia de la muerte, el espectáculo de la crueldad, la cercanía con la adicción al opio. También había una estética homoerótica única que, a pesar de las recriminaciones de plagio de los surrealistas, era absolutamente ajena al cine de Buñuel.

A partir de este primer ensayo cinematográfico, Cocteau se aventuró en proyectos cada vez más osados. Conoció nuevos éxitos que lo hicieron recordar sus mejores años de alabanza. Escribió el guión de L’Éternel Retour (1942) que consagró como actor y símbolo sexual a su amante, Jean Marais. También realizó, en 1946, una de las más importantes películas fantásticas de todos los tiempos, La Belle et la Bête. Finalmente, se afirmó su romance con la Nouvelle Vague a través de la genial adaptación de su novela Les Enfants Terribles, que realizó con Jean-Pierre Melville en 1950.

A través de tres décadas de producción cinematográfica, sin embargo, la obra más íntima, más importante, para el pensamiento de Cocteau fue, por supuesto, su trilogía de Orfeo. Una trilogía centrada en el motivo del bardo que, después de Le Sang d’un Poète (1930), continuó con Orphée en 1950 y terminó con su última película, rodada sólo algunos años antes de morir, Le Testament D’Orphée de 1960.

A través de estas obras, Cocteau definió una estética propia. A diferencia de los surrealistas, él no pensaba en el cine como un medio más para expresar el inconsciente. Lo suyo no era una construcción onírica, sino el uso específico de otro lenguaje para escribir poesía. Muy literalmente, él hablaba de “escribir con luz” y de utilizar a los actores como “la tinta de un estilógrafo”.

“El cinematógrafo es una escritura; una escritura que requiere un estilo. […] El estilo con el que se reconoce a cada poeta es el ángulo desde el que mira las cosas y las expresa. Es lo mismo en el cine. El ángulo debe ser una preocupación constante para el poeta-cineasta- Lo que filma no tiene ninguna importancia. O casi. Es la manera en que filma lo que importa.”

Cocteau ya admitía un formalismo sensible desde sus primeros acercamientos al cine y esta preocupación formal se quedó siempre con él. Por algo nunca hablo de cine, sino de cinematografía. La grafía, la escritura, en el cine, eran para él aspectos esenciales.

Lo importante de la filmación era atrapar lo que sucedía frente a la cámara. El hecho mismo de emplazar la cámara era un acto religioso. Porque la materialidad de la película, de la cámara y de lo que sucede frente a ella es algo que transforma, para Cocteau, la realidad misma.

“El cine, al ejercer un poder sobre el tiempo, permite que haya un intermediario entre lo real y el hombre.” Explica Caroline Surmann. “No solamente permite desacelerar o acelerar el desarrollo del tiempo, sino que permite cortarlo y reconstruirlo, suspenderlo y revertirlo, revirtiendo, así, el orden de la causalidad. En sus películas, para hacer que lo irreal aparezca en pantalla, Cocteau invoca todo tipo de manipulaciones en el desarrollo mismo del negativo.”

Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Como bien señala Surmann, para Cocteau, como para Barthes y para Bazin antes que él, el cine demuestra, en una primera inmediatez, que aquello que sucedió frente a la cámara existió. Algo ocurrió y quedó impreso en la película.

Por eso a Cocteau le interesa la manipulación de la película, pero nunca los efectos visuales de postproducción hechos en laboratorio. En la manipulación posterior del negativo se perdería el vínculo físico con la realidad plasmada. Separado de lo real, el cine no tendría sentido.

Sobreimpresiones, stop-motion, cámaras lentas, secuencias revertidas, trucos de luz, trucos de foto práctica, trucos de montaje, todo lo que Cocteau ponía en juego en sus películas empezaba con algo que ocurrió frente a la cámara. Lo que manipulaba era la realidad misma.

Para Cocteau, el cine muestra la verdad de lo irreal. A través de un lenguaje de imágenes, de una escritura de luz, la realidad desnuda lo que normalmente escondería. Ese, finalmente, es el propósito mismo de la poesía según los formalistas rusos (diría Jakobson, para la función poética del lenguaje, proyectar el eje de la selección sobre el eje de la combinación).

“Cocteau considera”, continúa Surmann, “que estas manipulaciones son siempre la verdad porque concibe al tiempo y al espacio como entidades subjetivas y, por lo tanto, relativas. Estas unidades sólo valen para nosotros y no en sí. `El tiempo es un fenómeno de perspectiva’, decía Cocteau. El tiempo está fundado en la percepción y no en las cosas en sí. Al manipularlo no se desfigura, sino que se revela lo real proponiendo otra realidad posible.”

Desde Le Sang d’un Poète, entonces, Cocteau experimenta con la materia fílmica para decir algo más sobre lo real. Sacar, como él diría, la noche a pleno día. Y esa noche no es otra que su propia noche.

Desde la primera cinta que filmó, a través del lenguaje cinematográfico, Cocteau está tratando de decirse. “Una especie de striptease”, dice la voz en off de Le Testament d’Orphée, “para desnudar mi alma.”

Al recrear el mito órfico, Cocteau se está recreando. Con la manipulación de la realidad, está tratando de dar a luz el inverso de lo que es, el otro que regresa esa mirada impasible en el espejo. Por eso, entre muchas otras cosas, podemos notar un interés obsesivo por la figura del poeta en la trilogía de Orfeo.

Por eso, también, en Le Testament d’Orphée, Cocteau mismo aparece en la pantalla encarnando al poeta. Ya no se trata de Enrique Rivero en la primera cinta o el símbolo sexual Jean Marais en la segunda. Aquí, Coteau deja de darle vueltas al tema órfico y se representa a sí mismo como la encarnación del bardo.

Inmediatamente, esto crea un sentido unitario que atraviesa la trilogía; un sentido que nada más confirma lo que siempre se supo: Cocteau usó al cine y, en particular, a la figura de Orfeo en el cine, para encontrarse. Lo que se dice en sus películas, pues, es la irrealidad de su realidad, la verdad de su noche, la exploración de sus obsesiones.

 

IV

“Toda película es una película de ficción.”

Esta declaración del teórico y semiótico francés Christian Metz puede sonar un poco tajante… pero no deja de ser cierta.

Metz explica que toda película es una ficción por la ausencia de lo que representa. En el teatro, por ejemplo, las cosas son distintas. No importa, en verdad, si se representa la obra más delirante del sueño de Artaud, un ejercicio de desautomatización brechtiana o una comedia musical, los actores están ahí y la representación comparte el mismo espacio que el espectador.

En el cine, sin embargo, estamos frente a una pantalla en donde aparecen personas y objetos que ya no están; se pronuncian palabras que no fueron enunciadas en ese momento; se escucha música que no fue interpretada en la sala.

“Lo que sucede en la pantalla puede ser más o menos ficticio, pero la manera en que se desenvuelve es ficticia en sí: el actor, el decorado, las palabras que uno escucha están todas ausentes, todo fue grabado […]. Es el significante en sí, como un todo, que se graba, que es ausencia: una pequeña tira perforada y enrollada que “contiene” vastos paisajes, batallas arregladas, la forma en que se derrite el hielo en el río Neva, vidas enteras, y que pueden caber en una familiar lata de metal cuyas dimensiones modestas son una clara prueba de que ahí, `en realidad’, no está contenido todo eso.”

Para Metz, entonces, el cine es más perceptivo y menos perceptivo que otras artes. Por una parte, todo lo que percibimos en el cine es falso y, sin embargo, en pocos medios lo percibimos de una manera tan intensa, inmediata, completa y vivencial. Es decir que la percepción es real, pero lo que percibimos no es el objeto: “sólo es sombra, fantasma, un doble, una réplica, un nuevo tipo de espejo.”

Lo que es interesante de la analogía de Metz del cine como espejo es que, justamente, se trata de un espejo en el que los únicos ausentes son los espectadores que miran. En el espejo de la pantalla de cine puede caber todo, las batallas arregladas, el hielo que se derrite y los paisajes descomunales. Pero el espectador jamás podrá encontrarse como reflejo en ese mundo.

Por eso, para Metz, el espectador no se identifica -porque tiene que haber una identificación para que todo esto funcione- ni con los personajes, ni con los objetos, ni con la trama, sino consigo mismo, percibiéndose así, percibiendo, en una sala oscura. Por su ausencia en la pantalla -ese lugar en dónde sólo hay objetos ausentes-, el espectador se encuentra con su propia presencia. Es un momento de regreso a sí mismo, a la percepción presente que Metz compara incluso, en términos psicoanalíticos, con la presencia hiper-perceptiva del niño que descubre su ser físico en el mundo frente a un espejo.

El cementerio, decía Bajtín, está lleno de otros. En el cine, responde Metz, sólo el otro puede habitar la pantalla.

 

V

Al leer estas reflexiones de Metz no puedo dejar de pensar en Cocteau.

En la trilogía de Orfeo, el motivo más recurrente es siempre el del espejo. El poeta de Le Sang d’un Poète pide permiso a la estatua animada para cruzar el espejo y encontrar a sus fantasmas. En Orphée, el poeta atraviesa el espejo para perseguir a La Muerte de Casarès hasta los infiernos. En Le Testament d’Orphée, es Cocteau mismo el que atraviesa, por última vez, un espejo para encontrar a sus amantes muertos y enfrentar el juicio de sus pares.

El espejo, en el cine de Cocteau, es el umbral que divide a los mundos, que separa el adentro y el afuera, la exterioridad del poeta y su noche íntima. Es también el motivo con el que Cocteau experimentó más la plasticidad del montaje, la manera de truquear el tiempo y duplicar a los actores.

“Cocteau parece haber traducido sus ideas poéticas sobre lo real en la práctica cinematográfica” Explica Surmann. “El doble, el reflejo, el espejo que no es un espejo, son elementos que juegan con las apariencias, con lo que está representado y lo que vemos realmente. Ilustran la relatividad de lo real y evocan el `yo’ alternativo y equívoco que nos habita a todos.”

El vanidoso y frágil poeta siempre supo, instintivamente, que su ausencia podría reafirmarse en otros espejos. El constante motivo del espejo atravesado, en su producción fílmica, para pasar a la noche, al lado oculto de sí mismo, se desdobló, en su legado cinematográfico, en otro espejo; el espejo que también es la pantalla de cine; el espejo en el que, con cada proyección, sigue reflejándose.

Por eso, tal vez, escribió su último testamento con una cámara. El lenguaje cinematográfico sirvió para que Cocteau explorara una intimidad en compañía. Este espíritu romántico tan desplazado, tan solitario a pesar de su nutrido entourage, buscó, al final de su vida, trasladar la desautomatización del lenguaje en la poesía, hacia la desautomatización de la realidad en el cine. Y así, creó un vínculo con la posteridad, con el espectador que se encuentra frente a una pantalla como frente a un espejo.

Al ver una película de Cocteau, el espectador se enfrenta al reflejo de un mundo ausente, habitado por un poeta de otras épocas. En ese reflejo, el espectador ausente se llena de la presencia del otro, del alma desnuda de quien todavía habita detrás del espejo.

Este último contacto con el espectador, este último acto de amor generalizado es el verdadero testamento del poeta que soñaba con una eternidad acompañada. A través del cine, Cocteau conquistó el amor masivo que siempre deseó.

En Le Testament D’Orphée, con la cara tiesa por cirugías faciales, sin poder hacer ese coqueto gesto de parar los labios que tanto le gustaba, Cocteau regó su sangre simbólica para estar siempre con nosotros. Lo que nos dejó, pues, no es esa imagen de una vejez tramposa, sino la presencia de su ausencia.

Cocteau atravesó, por así decirlo, un último espejo.

Con un testamento cinematográfico, el poeta, finalmente, logró irse flotando, como la cabeza decapitada de Orfeo, cantando para siempre un amor no correspondido al mundo, sobre el lejano río de nuestras miradas.

 

*********

Bibliografía:

Todas las citas de Jean Cocteau y de Caroline Surmann fueron tomadas de la copiosa monografía publicada en Les Cahiers de L’Herne en torno al poeta francés. Son más de mil páginas imperdibles con escritos inéditos, ensayos teóricos y correspondencias: una lectura muy recomendable para todos los interesados en el tema.

– Linarès, Serge, dir., 2016. Cahier Jean Cocteau. Les Cahiers de L’Herne. Marseille.

Los detalles biográficos sobre la vida de Cocteau son tomados de la magnífica, lúcida y divertida biografía-monumento de Claude Arnaud publicada originalmente en francés.

– Arnaud, Claude, 2016. Jean Cocteau, A Life. Yale University Press. New Haven and London.

Los textos teóricos de Christian Metz son tomados de su seminal libro sobre cine y psicoanálisis publicado originalmente en francés en los años setenta:

– Metz, Christian, 1982. The Imaginary Signifier: Psychoanalysis and the Cinema. Indiana University Press. Bloomington and Indianapolis.

También, tomé la cita de Maurice Blanchot y diferentes perspectivas de lectura de la muy interesante tesis de Sarah Bewick:

Bewick, Sarah Catherine, 2010. Le Regard Tactile chez Jean Cocteau: Une analyse esthétique de la trilogie orphique. Durham theses, Durham University. Available at Durham E-Theses Online: http://etheses.dur.ac.uk/336/

Todas las traducciones son mías y les pido una sincera disculpa por las molestias que eso les ocasione.

 


Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, se ha desarrollado en la ilustración a través de la técnica del collage, colaborando en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Ha colaborado con medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Imagen tomada de pixabay.

Los sábados cuando regreso de comer en casa de mis padres, tomo Viaducto, Tlalpan y luego Churubusco. Ya en los carriles centrales puedo ver el complejo Mítikah a lo lejos. Casi a última hora de la tarde, con sus luces apagadas y los huecos de los pisos superiores donde todavía faltan ventanas le dan un aspecto postapocalíptico, de edificio que se quedó a medio construir. Algunas noches, la grúa se alza sobre la ciudad, encendida como un faro.

El edificio en realidad no está abandonado, sino todavía en construcción. Se prevé que esté listo en 2021 y entonces será el rascacielos más alto de la Ciudad de México. Tendrá 68 pisos y 267.3 metros de altura. Cuando busco en Google el nombre para asegurarme de cómo se escribe, el primer resultado que aparece es “MÍTIKAH: Ciudad Viva”.

Paso al menos una hora mirando los planos de cada tipo de departamento, las vistas y las amenidades. Son impresionantes, me recuerdan a los videos, donde las celebridades muestran sus casas. Sin embargo, más que darme deseos de vivir allí, la búsqueda redobla el sentimiento que tengo cada vez que veo la torre, invariablemente pienso en la novela High-Rise (Rascacielos, 1975) de J. G. Ballard.

Los personajes de la novela viven en un rascacielos como Mítikah, que ofrece todas las comodidades y les permite ignorar el mundo exterior; pero, a lo largo del libro, la vida en el complejo de solo 40 pisos poco a poco se desintegra hasta que la sociedad dentro del edificio decae en caos.

A veces veo la torre Mítikah y pienso en esta cita: “Hablaban del rascacielos como de una vasta presencia animada atenta a cualquier acontecimiento y que los vigilaba con una mirada magistral.”

James Graham Ballard fue un escritor inglés que nació en Shanghai el 15 de noviembre de 1930 y vivió en la Concesión Internacional (un enclave estadounidense y británico en el que se vivía al estilo “americano”) hasta 1945 que su madre, su hermana y él regresaron a Inglaterra.

Durante la invasión japonesa a China, Ballard pasó dos años en un campo de concentración para ciudadanos de los países Aliados. De esta experiencia surgió una de sus novelas más conocida The Empire of the Sun (1984), que más tarde Steven Spielberg adaptó en una película con Christina Bale. Sin embargo, esta no es su novela más representativa.

Ballard escribió casi veinte novelas y tantos cuentos que la compilación, publicada en 2009, tiene más de mil páginas. Seis de sus libros se han adaptado al cine, siendo la película más reciente High-Rise, protagonizada por Tom Hiddleston, y una de las más conocidas la adaptación de Crash en 1996, dirigida por David Cronenberg.

La mayoría de sus historias son de ciencia ficción y presentan escenarios distópicos y postapocalítpicos. Se considera a Ballard como parte de la New Wave de ciencia ficción que surgió durante la década de 1960. Algunos otros escritores que formaron parte de esta corriente fueron Samuel R. Delany, Ursula K. Le Guin, Alice Bradley Sheldon (James Tiptree, Jr.) y Roger Zelazny, entre otros. En su escritura apostaban por una nueva visión de la ciencia ficción, que se alejaba del pulp y los temas típicos del Golden Age en pos de una escritura más arriesgada y experimental. Sus influencias eran Ray Bradbury, Theodore Sturgeon, Kurt Vonnegut y Frederik Pohl, entre otros, por lo que sus temas eran más “suaves” (sociales) que los de la ciencia ficción “dura” (científica) de Isaac Asimov, Arthur C. Clarke o Robert Heinlein.

Durante los primeros días de noviembre leí The Drowned World (El mundo sumergido), la segunda novela de Ballard, que publicó en 1962. Leerlo se sintió a veces como un déjà vu. Me transmitió una sensación similar que libros como Lord of the Flies (1954) o Heart of Darkness (1902), en los que los humanos se enfrentan a la naturaleza y a la locura. Los escenarios de estas novelas parecen ecos distorsionados­ —un mundo selvático, caluroso, con lagunas profundas e iguanas gigantes— y los pocos personajes pasan la mayor parte de la novela aislados o perdidos entre multitudes caóticas y violentas.

Desde el principio de The Drowned World, el lector sabe que estas lagunas han cubierto alguna capital europea y que la temperatura de la Tierra está aumentando peligrosamente, pero hasta después de un tercio nos enteramos que es Londres y que el colapso climático en este caso no se debe a la intervención humana, sino al cambio en los patrones de las tormentas solares. En este futuro, los humanos que quedan viven en los polos, mientras que los trópicos se han convertido en zonas inhabitables.

Esta novela se considera el primer libro en una trilogía cuya unidad no proviene de seguir la misma trama, sino de su temática. Los siguientes libros presentan historias, personajes y escenarios diferentes, pero cada uno de las tramas subsecuentes (The Burning World y The Crystal World) suceden en una nueva versión del futuro de la Tierra en la que una catástrofe ambiental ha terminado con la civilización como la conocemos.

Las novelas, sobre todo The Drowned World, son importantes para la historia de la ciencia ficción porque se consideran las obras que inician la ficción climática o cli-fi. Aunque en un principio era una corriente de la ciencia ficción, conforme los desastres ambientales y el cambio climático se han vuelto parte de nuestro día a día, los temas del cli-fi han comenzado a aparecer en novelas que retratan el presente y no futuros distópicos.

Algunos otros autores reconocidos en este género son Margaret Atwood (Oryx and Crake), Paolo Bacigalupi (The Windup Girl), Doris Lessing (Mara and Dann), Kim Stanley Robinson (2312), Octavia E. Butler (Parable of the Sower) e Ian McEwan (Solar). De cierta forma incluso Distancia de rescate de Samanta Schweblin podría considerarse parte del cli-fi, dado que tiene como trasfondo los problemas ambientales, en específico, el uso de pesticidas en Argentina.

 

El primer cuento que leí de J.G. Ballard fue The Drowned Giant (El gigante ahogado), que comienza cuando una criatura humanoide y gigante aparece muerta en una playa. Como en otras historias de Ballard, vemos a los humanos caer en una fascinación cada vez mayor por el cadáver, que se pudre sobre la arena, hasta que comienzan a mutilarlo por diversos motivos científicos, estéticos o solo por entretenimiento. Aunque comienza con un hecho sobrenatural, el resto del cuento está narrado casi en un tono mundano, lo cual aumenta el efecto perturbador de la historia. Para el final del relato, del cadáver no quedan ni siquiera los huesos.

A la fecha todavía pienso en la sensación que me dejó, en la manera en la que logra tomar un hecho especulativo que podría parecer gracioso o plano y a través del tono y punto de vista ofrecernos otras capas de sentido.

Es por esta cualidad que la ficción de Ballard no es ciencia ficción solo por sus escenarios distópicos. Sus libros se caracterizan más por la manera en que sus transgresiones y especulaciones se presentan como parte de una normalidad y tal vez por esa misma razón, tienen efectos profundos en la psicología de los personajes.

En The Drowned World una parte importante de la trama retrata los sueños extraños que los personajes tienen mientras el nuevo ambiente los afecta y los hace “recordar” una época prehistórica. Los protagonistas comienzan a preguntarse qué tanto el ser humano se define por el ambiente en el que vive, cuál es nuestra relación con la historia evolutiva de nuestro planeta.

Es por esta razón que ballardian es un adjetivo que aparece en el diccionario Collins y habla de una situación o escenario que parece sacado de alguna de sus novelas: “especialmente los paisajes hechos por el hombre, modernos y lúgubres, o los efectos psicológicos debido al desarrollo tecnológico, social y ambiental”.

Con este adjetivo en mente vuelvo a la página web de Mítikah: Ciudad viva, a la imagen del rascacielos más alto de México, oscurecido, destartalado, acechando la Ciudad a sus pies. Pienso en la promesa de comodidad suprema, que al vivir allí uno no tiene necesidad de salir de casa y todo se encuentra a su disposición. Desde allí sería fácil olvidar que, si un inquilino desciende de las alturas, se aleja de las luces del centro comercial y cruza Churubusco, estará a solo algunas cuadras del bullicio y la vida en el Centro de Coyoacán.

Imagino los apartamentos de más de 100m2, ahora vacíos, sin ventanales, el viento helado que los recorre. Pienso en la gente que ya ha comprado un lugar, que se encerrará allí algún día, y recuerdo una cita de Ray Bradbury al hablar de la escritura de ciencia ficción en general y de Fahrenheit 451 (1953) en específico: “No trato de predecir el futuro, lo que quiero es prevenirlo”.


Autores
(Ciudad México, 1990), química y escritora. Es autora de cuatro novelas juveniles de fantasía, el libro de ensayos Grados de miopía y de los libros de cuentos Un año de servicio a la habitación y Ansibles, perfiladores y otras máquinas de ingenio. Fue becaria del Fonca en el Programa Jóvenes Creadores y del Ayuntamiento de Madrid en la Residencia de Estudiantes. Obtuvo el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen 2018 de cuento y el Premio Nacional Juan José Arreola 2019. En 2021 fue seleccionada como parte de los 22 Novelistas Jóvenes en español por la revista Granta. Actualmente estudia la Maestría de Estudios de Asia y África en el Colegio de México.
Subversión (ciber)feminista por Ray Patiño
Subversión (ciber)feminista por Ray Patiño

>> Fotograma del performance de Literatura Expandida Jam Textualidades en Contingencia. Texto, Daniela Tarazona. Intervención digital, Marianne Teixido. Casa del Lago UNAM, junio 2020. <<

>> Fotograma del performance de Literatura Expandida Jam Textualidades en Contingencia. Texto, Daniela Tarazona. Intervención digital, Marianne Teixido. Casa del Lago UNAM, junio 2020. <<

Redes, hilos, cuerpo, hardware, territorio. Parecía que la pandemia paralizaría al movimiento feminista, ese que en marzo hervía de ira, rabia, que gritaba justicia al tiempo que destruía la propiedad pública y cimbraba las estructuras machistas de poder, para hacer oír nuestras exigencias mientras lo quemábamos todo. Tuvimos que parar de tajo y parecía que se había apagado. Pero desde el resguardo seguimos tejiendo redes, conversando, compartiendo, creando, organizándonos, manifestándonos, problematizando. Resistiendo cada una, desde nuestras trincheras.

Internet, como territorio, está ocupado por las mineras de datos, que excavan en nuestras cuerpas virtuales y tienen como objetivo saquear nuestra información. Decía Guiomar Rovira en un stream de Luchadoras: “yo no creo en los horizontes distópicos porque me ponen triste y la tristeza es impotencia y la impotencia es imposibilidad política”. Para el ciberfeminismo la utopía y la distopía han sido un parteaguas desde que surge como propuesta en relación a la idea de cyborg y ciberespacio. ¿Es la tecnología, entendida en su forma más burda, un medio para la emancipación o es un instrumento del poder y violencia que hay que evitar? La respuesta no es dicotómica. Como menciona Sadie Plant, los unos y ceros componen universos, micro, macro, públicos e íntimos. La dicotomía bien – mal, cierto – falso, positivo – negativo, onlineoffline, vacío – lleno, blanco – negro, hombre – mujer, al combinarse se anulan y multiplican las posibilidades de entender el mundo. La realidad que enfrentamos no debe de reducirse a una u otra. Concuerdo con Guimar, respecto a una perspectiva alentadora, que nos llena de fuerza y vigor para afrontar, desde el autocuidado, personal y colectivo, las violencias a nuestros cuerpos, digitales, físicos, híbridos. Sin embargo, no hay que perder de vista la distopía. Las distopías nos dan objetivos y nos plantea retos.

Los monstruos de las redes digitales, centralizadas, autoritarias, hegemónicas y patriarcales, son cuna para la violencia machista, lejos ya queda la ingenuidad de la esperanza en las redes; aunque se mantiene la indignación. En la vida cotidiana, el acoso cibernético acecha nuestro cuerpo. Saltan de lo offline al online. De la cámara de un policía, sin escrúpulos, que ve el feminicidio como un espectáculo y al cuerpo sin vida de Ingrid como mercancía a intercambiar con un periodista, igual de deleznable, con nula preocupación ética por su oficio, trabajador de un medio que se beneficia económicamente con la perpetuación de la violencia encarnada en una imagen, cuyo público está ávido de devorar imágenes cada vez más sangrientas que comparte y normaliza, mientras se burla y halaga las violencias, cerrando así el círculo de violencia. Esas redes hegemónicas, son entonces, un terreno de lucha, contra bots y trolls machistas, digitales y de carne. Les hacemos frente desde el acompañamiento, nos respaldamos con lo que tenemos a la mano; con hashtags, con robotæ viajeras del ciberespacio que con poesías maquínicas infinitas dan luz, “bits de esperanza” y resistencia. Y sí, pese a todo, perdura la esperanza.

Este resguardo, potencia nuestra creatividad. Hackeamos pugnando por redes distribuidas y descentralizadas, codeando, ficcionando, cuidando, aconsejando, tejiendo redes y redes de redes. Para compartir, visibilizar nuestro arte, pugnando por la construcción nuestros espacios virtuales, fuera de las lógicas de acumulación de datos, rastreo y vigilancia. Muestra de ello es todo el ecosistema sonoro de cartografías, archivos y repositorios feministas como AOIRUsted no está aquí, Audiomapa de Mujeres en la Música, female:pressure, Musexplats, GEXLAT, ORIS, Híbridas y Quimeras o LILA I : Livecoderas Latinoaméricanas, entre muchos más.

>> Teixido, M. Deconstrucción textual en RiTa.js <<

>> Teixido, M. Deconstrucción textual en RiTa.js <<

Las tecnologías, como instrumentos y/o software, son medio para la praxis política, agentes con los que nos hibridamos para defender nuestro cuerpo territorio con el que existimos en internet. La música hecha por mujeres, lesbianas, trans, intersex, personas de género fluido y otras disidencias que experimentan con sonido en Latinoamérica son un caldo de cultivo donde, desde la colectividad, generamos nuestros antídotos. El sonido, como vehículo de estas redes, forma nodos descentralizados y autónomos, que conforman un tejido sonoro y sororo.

En mi práctica con código, escribir ha sido la forma de condensar reflexiones que vienen de lo social y se subliman en el acto performático de programar al vuelo. La escritura de código, más allá de su cualidad performática al momento de live codear, funge como un hilo conductor que enlaza con otras prácticas que trabajan con sonido y con expresiones artísticas como la literatura.  El editor de código es un telar, y la sintaxis de los lenguajes son hilos; algunos más gruesos, otros más lustrosos, otros son tan delgados que con facilidad se enredan y hay que detenerse a debuggear. Para tejer los lenguajes, hay que encontrar los intersticios entre el lenguaje natural y los lenguajes de programación para parsear a sonido e imagen, en un primer momento, y a partir de ahí, problematizar la realidad social desde nuestros conocimientos situados.

Pese a tejer con código, con un sentido artístico y académico, he optado por la no ficción como micropolítica de creación. Aun así, considero a la literatura de ficción, un mundo por explorar del cual apenas voy leyendo la punta del iceberg.

 

Hace poco, me preguntaba, además de Donna Haraway, Úrsula K. Le Guin o Mary Shelley, qué otras mujeres problematizan desde el feminismo y la ciencia ficción las condiciones que nos atraviesan en lo social. Teniendo en cuenta, las diferencias de clase, sexo, raza, lengua, etnia, región, contexto histórico y cultural. Me resultaba frustrante no tener un nombre de la literatura latinoamericana al cual mirar desde la teoría cyborg. Me conflictuaba no tener un referente inmediato a la ciencia ficción más allá de las referencias a hombres cis blancos.

Esto, me remite al libro de Dina Comisarenco Eclipse de siete lunas, compendio que hace justicia a la deuda histórica con las mujeres muralistas mexicanas. A Fanny Rabel, Aurora Reyes, María Izquierdo, Rina Lazo, Elena  Huera, Olga Costa, Lilia Carrillo, Elvira Gascón, y muchas más. Así como en la ciencia ficción latinoamericana escrita por mujeres, el problema que surge de preguntarse ¿quiénes son las mujeres que hicieron o están haciendo muralismo? en la literatura, programación y casi cualquier práctica, socialmente construida como “masculina” el problema es el mismo. Viene desde las editoriales, y en general, de las estructuras sociales que delimitan las preferencias del público construidas mediáticamente que optan por reproducir, publicar, referir o dar difusión a obras de Rivera, K. Dick, Siqueiros, Bradbury, Orozco o Asimov. El heteropatriarcado, omite e invisibiliza.

Dado lo cual, fue grata mi sorpresa coincidir con Daniela Tarazona, novelista mexicana de ciencia ficción. Ella me mostró un panorama inmenso que gira sobre el cuerpo literario teniendo como eje la naturaleza, instanciado en su obra y en la de cyborgs latinoamericanas como Finisia Fideli, Marta Aponte Alsina y Eugenia Prado. Daniela compartió conmigo el mundo cyborg de Hipólita Thompson e Irma, protagonistas de sus novelas El beso de la liebre y El animal sobre la piedra, respectivamente. En ambas, la identidad sexual, atravesada por la metamorfosis corporal, cuestiona los roles de género. En lo particular la historia de Irma me voló la cabeza, ya que la transformación a un animal ovíparo nos hizo converger desde el xenofeminismo, al salir del naturalismo esencialista poniendo sobre el papel-pantalla las posibilidades no naturales de las normas biológicas expresadas en la historia de Irma. El cambio de Irma pone en cuestión la maternidad femenina, en un primer momento, a partir de la hibridación corporal que despoja a la mujer de su sentido reproductivo al disociar el nacimiento del cuerpo femenino, por tratarse de reproducción ovípara. Y esto no implica negar la sexualidad, sino reinventar las formas del cuerpo poniendo en tela de juicio los roles de género.

>> Fotograma del Jam Textualidades en Contingencia. Texto e intervención digital por M. Teixido. Casa del Lago UNAM, junio 2020. <<

>> Fotograma del Jam Textualidades en Contingencia. Texto e intervención digital por M. Teixido. Casa del Lago UNAM, junio 2020. <<

Conocernos, compartir nuestros códigos sintácticos para generar una narrativa en tiempo real, Daniela desde el lenguaje natural y yo en los lenguajes de programación, hizo patente la función de la palabra como tecnología, las ficciones del cuerpo que retoman a la naturaleza como punto de partida para la metamorfosis. La creación artística y tecnopolítica enlaza a la colectividad desde la cual, mujeres, personas disidentes de género y/o queers componemos lo político colectivo con el pensamiento teórico para ensamblar nuestras interfaces que responden a nuestros intereses e inquietudes, desde las cuales resistimos al poder que está en guerra con nosotras, nosotres y nuestras cuerpas.

Fotografía tomada de Flirck
Fotografía tomada de Flirck

Cuando estamos cansados, 
nos atacan ideas que vencimos hace mucho 

Friedrich Nietzsche 

 

Una de las canciones más icónicas de Descendents, Suburban home, inicia y termina declarando “I want to be stereotyped, I wanna be classified1, lo que parece ser una respuesta irónica a la premisa que persigue Simon Reynolds cuando reconoce la potencial característica curatorial que se fue generando en torno al rock y que lentamente se va desplegando a toda la música. En 2010, esta idea es reafirmada por Mark Fisher, amigo y cómplice de Reynolds, durante una entrevista que les hacen a ambos sobre música dance que se puede consultar en el blog de Simon Reynolds donde afirma que la música “became the center of the culture because it was consistently capable of giving the new a palpable form; it was a kind of lab that focused and intensified the convulsions that culture was undergoing. There’s no sense of the new anywhere now2. Aún cuando el comentario va sobre la música dance, esta última disyuntiva de lo nuevo, que también Reynolds se pregunta a lo largo de Retromania, es aquello que sostiene un tratamiento específico del tiempo y cómo se va entrecruzando con la música ¿Qué futuro y qué presente construyen la música y desde dónde? ¿Hay un futuro? 

En toda esa suerte de necesidad curatorial sobre lo que se escucha, existe una fuga de deseo fijada en el pasado, una melancolía por el tiempo que se nos ha perdido; algo que Reynolds identifica como “anhelo colectivo”. Esta nostalgia puede resultar de una insatisfacción con el presente, de imaginar mundos posibles en los que no se puede habitar en el “ahora” y que vuelve necesario pensar en y desde el pasado. Lo melancólico se traduce a lo curatorial a partir de un ejercicio archivístico y documental –de una historicidad basada en los posters, CD’s, viniles, entradas de concierto e incluso artefactos usados por ídolos que da pie a que la música se traduzca al museo– aquel espacio que va aguardando todo lo que está por morir. Todo lo que, según T. W. Adorno, pretende trascender y ser admirado pero que de ninguna manera será el presente, aquello que culturalmente pareciera necesitar de permanencia mediante la materialidad museística pero que ya está más muerto que vivo.  

 Reynolds logra fijar aquel aparato museístico y anhelo nostálgico en el rock por ser “viejo y establecido” dadas las experiencias que ha tenido en el British Music Experience y en la Rock’n’Roll Public Library donde todas esas posibles materialidades que puede llegar a tener la música se expanden dentro del museo y que necesitan idolatrarse como aquel presente que ya es pasado. El rock mexicano, además de sus grandes diferencias culturales con el británico, tampoco huye de hacer del rock un museo –y los ejemplos son públicamente conocidos– sobre todo por instituciones encargadas de guiar aquello que deja de ser presente, lo muerto, como la UNAM o el Museo del Chopo, instituciones que a inicios de año proyectaron un documental sobre el recién fallecido Charlie Monttana; así como otros momentos más en que las instituciones han hecho nichos de idolatría a bandas y cantantes como Rockdrigo González y su simbólica estatua en metro Balderas.  

*** 

Estas consideraciones palpables sobre el rock van de la mano también con aquello que Derrida denominó el “mal de archivo” y que, en una síntesis torpe y breve, podría definirse como aquella afección sobre el documento, sobre la apropiación de un archivarlo todo del museo, que para Adorno era verlo todo morir. Derrida, al rastrear los orígenes griegos de la palabra archivo (autenticidad, autoridad, origen), nos conduce hasta identificarla con la pulsión de muerte freudiana que involucra volver a la vida a un estado inanimado. Esta misma necesidad desbordante por guardar y almacenarlo todo se potencia con la digitalización de archivos en Internet. Es decir, el mal de archivo no se detuvo con la amplitud de opciones del internet, sino que cambió de plataforma y se volvió aún más imponente. La respuesta que entre líneas ofrece Reynolds a este coleccionismo, al archivismo violento y la necesidad museística de la música fue plantear que la música también depende del olvido, de dejar atrás la cultura oxidada, así como uno es capaz de olvidar a un viejo amante, de permitirle a la música misma y, por lo tanto a la cultura, olvidar. 

*** 

Frente a esa potencial y superficial condición de añejamiento del rock la infinidad de posibilidades, caracterizada por un poder ser, que establece la música en tanto manifestación cultural y política, también opera de la misma manera en la música pop. Este género conlleva una estandarización modernista de presentarse casi siempre como algo fresco, la idea de la innovación se quiebra al construir rítmica y líricamente basados en una tradición ya extinta (lo que equivaldría más a una renovación musical). Hay una fijación por el pasado, como una suerte de ejercicio arqueológico que se lleva a cabo al producir canciones pop, una condición retromaniaca no de admirar lo ya muerto, como ocurre con el rock, sino de darle al presente algo “nuevo” basado en el pasado, una constante línea de investigación musical sobre aquello que puede revivirse. La música pop está condicionada a un ejercicio arqueológico insaciable.  

Hay diversas formas en que el pop ha ido reviviendo, como un zombi que nunca muere, todas aquellas resultan en potencialidades musicales: el sampleo3 al que ahora estamos tan acostumbrados pero que marcó los inicios del hip-hop o los mashups de diversas melodías (musicales o cinematográficas) que volvieron identificables a las canciones pop con ritmos poco complejos pero fáciles de memorizar, surgen también de una formación tecnológica que se aleja de aquello que se construía de forma más análoga y solamente era grabado. Las ciencias más o menos ocultas que esconden las producciones musicales de los artistas pop del momento basan muchos de sus ritmos, circunstancias melódicas o fórmulas sonoras en música con una tradición ya construida pero que busca ser renovada; que se recrea a partir de una amplia producción tecnológica que antes hubiera sido poco posible. Un ejemplo simple es la formación de las bases flamencas de Rosalía con ritmos distintos que provocan un aire “innovador”, aunque eso implique más bien una renovación o restauración musical, una mirada hacia un género popularmente muerto pero que como práctica arqueológica se despliega a lo largo de El mar querer, álbum del 2018. 

En esta búsqueda en el pasado, también el pop instaura la materialidad como ámbito nostálgico. El CD, que en 2020 donde al algoritmo de Spotify, Youtube, Apple Music y demás plataformas de escucha van guiando e influyendo en los gustos musicales, opera como un fantasma, como aquello que parafraseando a Roland Barthes desde su análisis a la fotografía- denominó el ectoplasma de lo que había sido. La generación Z que nace con un smartphone en la mano da pie a reafirmar esta idea y a hacer del CD (lo digital) y los cassettes y viniles (lo analógico) fantasmas del cuerpo de un álbum musical que puede ser descargado en el celular en cuestión de minutos. Sin embargo, no están en el olvido, funcionan como herramientas de lo retro, de lo que alguna vez existió. La música, en algún momento de la historia, tuvo un cuerpo –análogo– que ya está sepultado. 

Dadas esas tensiones entre el pop y el rock, el punk aparece como aquella cosa, en apariencia, poco clasificable –deseo que afirmaba la canción de Descendents citada al inicio– dentro de esas dinámicas de búsqueda en líneas temporales. Hay en el punk, siguiendo a Reynolds, un rechazo iconoclasta por el pasado, una suerte de negación de una tradición. En el punk no hay persecuciones de pasado, ni delirios de futuro. En el punk habita el ahora, el cambio del presente. Sobre todo, extrapolado a los desarrollos evolutivos del pop y del rock, hay en el punk un lenguaje particular que poco pudieron descifrar los lenguajes de periodismo musical en el momento en que The Clash y los Sex Pistols comenzaban a gritonear.  

Algo que ya premedita la forma en que Reynolds juega con la idea de punk y, sobre todo; de postpunk, se fija en el prólogo de Rip it up and start again cuando narra sus primeros acercamientos a las letras de Johnny Rotten mientras dedica su libro a “aquellos que no estuvieron en el momento ni en el lugar adecuado”, estableciendo ya una temporalidad sobre la cual versa el punk. Aquella forma de trabajo de recuerdo, sobre la cual se establece el pop y el rock, en distintas modalidades, desaparece dentro del punk y de la música rave que escuchó Reynolds, pues ambos repelen el archivo, no construyen desde el pasado ya muerto.  

El punk ya no ocurre como una dinámica freudiana o como proceso del duelo, es un tipo de música que va más allá de ese pasado porque lo niega, se rehúsa a reivindicar el pasado porque la idolatría no es su momento de existencia. El pasado y la tradición no suceden realmente en la construcción musical del punk, más allá de sus letras y su condición política. Dado esto, la hauntología4 que muchas veces yace en el poder del recuerdo; es decir, en el aparecer improvisto del pasado y el hacer perdurar. En el punk también se construye, pero en su límite último, en la fragilidad de ese recuerdo, en aquel pasado que es borroso y siempre está a punto de desaparecer, es decir, nunca construye desde ahí porque el punk no colisiona en el pasado, es una materia en constante presente.  

La temporalidad que se recrea y regenera dentro de la música funciona más como un daño colateral de su progresiva e intempestiva variabilidad; de su necesidad por ser un referente cultural más que por designar discursos tajantes y fijos. Si el pop renueva esos pasados y el rock pretende idolatrar y añejar, el punk siempre está muriendo porque nunca ha soltado la contradicción. El punk se expresa desde el presente; se posiciona en el lugar donde se quiebra la nostalgia. Se reconstruye, acciona, olvida y muere ahí mismo. En un pacto no de duelo sino de entablar una relación horizontal con la realidad, donde lo que culturalmente nos intriga, duele, conflictúa y acoge es el presente innegable.  


Autores
(Oaxaca, 1998) escritora y lectora. Le interesa explorar la forma en que la música representa mundos y lenguajes, al igual que la política y el feminismo. Ha leído poesía en festivales y maratones. Expuso fotografía en el Centro Manuel Álvarez Bravo. Participa en seminarios de cine latinoamericano. Es cofundadora de la Sociedad de Lectores Independientes. 
Ilustración por Ray Patiño

No hay nada más acá o más allá de la manifiesta gratuidad de lo dado,

 nada, sino la potencia sin límite y sin ley de su destrucción,

de su emergencia, de su preservación.

Quentin Meillassoux

El desarrollo técnico que se despliega en siglo XXI ha venido a transformar, en muchos sentidos, el paradigma desde el que se lee, piensa, discute y produce filosofía; hoy tenemos muchos más recursos bibliográficos, archivos, materiales y herramientas que las generaciones precedentes, vivimos en un exceso de información, una saturación de contenidos que facilitan el acceso a múltiples referencias de forma instantánea, y no sólo eso, pues además contamos con la facilidad de construir comunidades de discusión y diálogo a través de la redes virtuales, mismas que también nos permiten establecer contacto con interlocutores en distintos lugares geográficos a partir del encuentro común de afinidades. Esta inercia que democratiza la lectura y discusión filosófica, contraviene los tiempos y dinámicas de las formas institucionales y académicas que hasta ahora le han dado cabida de forma casi exclusiva a esta disciplina; en ese sentido, habría que reconocer que la filosofía, con todas las pretensiones de crítica y rigor con que ella misma se presenta, se trata en un sentido formal, de una institución más bien conservadora, regida por un sistema de grados, títulos y reconocimientos bastante codificados y ritualizados, pero que, por otro lado no pueden contener el carácter fluido con que esta circula y es apropiada como discurso fuera de ella.

La filosofía hoy en día está más vigente que nunca, el público que se acerca a sus reflexiones desde lugares ajenos, marginales o periféricos a sus espacios y moldes académicos es cada vez más amplio, sólo que la gran mayoría de los profesores de filosofía parecen no haberse dado cuenta.

      Existe toda una generación de jóvenes, quienes conocimos la potencia de la reflexión filosófica a través de plataformas virtuales, medios digitales que en su fugacidad resultaron mucho más instigadoras que las aburridas clases de ética y lógica en el bachillerato. No es de extrañar que cada vez se encuentre más gente inscrita en facultades de filosofía que llegó ahí por algún extravío de discusión y reflexión internauta, algo que por otro lado, sólo puede desconcertar a la vieja guardia de la academia filosófica. Hay nombres, autores, códigos que fluyen mejor bajo toda esta dinámica contemporánea: la teoría crítica alemana y el post-estructualismo francés son dos tradiciones que parecen dialogar muy bien con los nuevos tiempos, a los que ciertamente se suma el tono disruptor del pensamiento feminista o el decolonialismo anti-racista latinoamericano, algo que, por otro lado habría que analizar y valorar críticamente, pero que no se pueden negar como referentes que se actualizan a menudo en los foros y debates contemporáneos, que en el contexto actual de crítica y puesta en cuestión de las violencias y desigualdades históricas, parecen privilegiar el discurso subjetivista del testimonio y la verdad como dimensión de una fenomenología encarnada y no reductiva, inaccesible para quienes no participan de la misma experiencia.

Más que un relativismo, parece verificarse un subjetivismo perspectivista en la discusión contemporánea. Se vuelve así, necesario ampliar la escucha ante una proliferación de voces que se enuncian desde sitios y experiencias bastante disímiles, al grado de que formular cualquier afirmación sobre la objetividad, la verdad o el absoluto resultan de suyo un motivo de sospecha. El pluralismo, más que un posmodernismo, se nos presenta entonces como necesidad ante las diversas posturas que reclaman para sí la universalidad de su propia razón. 

Como alguien que vivió su vuelco hacia la disciplina filosófica a través de las pantallas, me  entusiasma esta dinámica contemporánea, que vuelve la reflexión y discusión argumentada —en diálogo con las distintas tradiciones del pensamiento―, algo más accesible y abierto para un mayor número de personas. Por otro lado, tampoco habría que idealizar estos medios electrónicos que hoy se nos imponen como necesidad. La saturación de información y contenidos generan ruido en exceso, sin mencionar la cantidad de personas y colectividades ávidas no sólo de expresar su sentir y su pensar, pero también de imponer su sentir y pensar. La facultad de escuchar —o la empatía mínima— que requiere el establecimiento de cualquier diálogo crítico, no es algo que suela proliferar en la red, tampoco en el mundo, más bien se trata de un bien valioso y escaso, pero al que no debemos renunciar. Las redes sociales no se tratan de ningún ágora filosófica donde se cultive el diálogo y la interlocución, son por el contrario, un patio de recreo, con grupos de afinidad y pandillas copartícipes del acoso selectivo. 

Cuando los medios electrónicos se vuelven una plataforma más del conflicto social, apelar al diálogo filosófico dentro de ellos, se plantea como una insistencia por remar a contracorriente en medio de la sordera y la necedad de todos los bandos; la racionalidad, para bien o para mal, es el lastre que todo sujeto que cultiva la filosofía debe cargar, aún quienes insisten en precisar su límites. 

      La confianza en la racionalidad —una herencia de la modernidad ilustrada― es la desdicha de quien abraza la filosofía como vocación. Implica comprometerse con la reflexión y la crítica incesante, aún la de los propios prejuicios, y de esta manera, no puede conllevar la complicidad con ningún dogma o sistema de creencias establecido, requiere por el contrario, de una flexibilidad inaudita para asimilar cada vez más puntos de vista, sopesando y valorando la multiplicidad de argumentos a través del diálogo y la escucha, pero sin dejar de tomar postura frente al conflicto. La filosofía no se sustrae a la creencia, sino que afirma creencias justificadas, argumentadas y abiertas, poniendo siempre en evidencia las cartas de su propia enunciación, dispuesta además a abandonar su propio juego cuando se demuestra la amplitud de aquella realidad que antes tomaba por cierta. La filosofía, si lo es en verdad, resulta ella misma una práctica deconstructiva, una desestabilización radical de los prejuicios y certezas previas, no sólo un anhelo de trangresión al orden de la racionalidad establecida. Se trata de  una búsqueda infatigable por la verdad y la justicia, incluso si para esto resulta necesario cuestionar también lo que estas nociones significan.

Esta búsqueda incesante ha llevado históricamente a muy distintas derivas, incluso las más aberrantes, y aunque es responsabilidad de toda filosofía saldar cuentas con su tradición, con sus referencias y precursores —explicarles más que justificarles―, mi intención aquí será dar cuenta de un par de afluentes del pensamiento contemporáneo, dos conceptos que se nos presentan como tema y problema de la filosofía actual. La «contingencia» y la «extinción», son dos términos que en su radicalidad y pretensión de objetividad y absoluto,  han venido a cimbrar todo el paradigma de la filosofía moderna y posmoderna tal como le conocemos, al menos desde Kant, esto es, aquella que se afianzada sobre la certeza del sujeto, ya sea que se le tome en su carácter universal ó se lo piense determinado por su circunstancia histórica. 

Esta filosofía ilustrada, que se podría traducir como una epistemología antropológica, es decir, como reflexión crítica sobre nuestras posibilidades de conocer e interpretar el mundo a partir de nuestra determinación sensible y pensante, donde todo conocimiento sobre la objetividad de lo real y el mundo estaría subordinado a la relación que establecemos con él; se trataría pues, de un correlacionismo tal como lo define Quentin Meillassoux en su libro Après la finitude (2006). Texto potente y esclarecedor sobre el dilema en el que nos encontramos desde hace algunos siglos: un antropocentrismo que permea todas nuestras estructuras de pensamiento, incluso cuando pretendemos subvertirlas a través de estrategias no-racionalistas como fueron las de Nietszche, Bergson o Deleuze. Se trata pues, de reconocer el carácter esencial y absoluto que le hemos otorgado a la correlación sujeto-objeto sin siquiera notarno, en el que todo conocimiento sobre la objetividad exterior del mundo queda reducido y determinado por las condiciones subjetivas que le vuelven inteligibles para un ente sensible y pensante: no hay un afuera radical, y si lo hay lo es sólo para confirmar nuestra imposibilidad del acceso.

El correlacionismo que denuncia Meillassoux —en lo que podríamos leer también como un diagnóstico certero sobre la filosofía contemporánea―, se encuentra hipostasiado, es decir, extendido y difuminado aún en aquellas metafísicas que pretenden superar el antropocentrismo. Al final, lo que permanece es siempre la determinación absoluta de una relación esencial, una experiencia de la donación, un ser del mundo dado para algo o alguien, llámese el espíritu, la vida o lo que se quiera. La propuesta de Meillassoux cae como un balde de agua fría, pues desde una propuesta especulativa muy cercana a los planteamientos de Roy Bashkar en filosofía de la ciencia, se trata de reconocer la primacía de la realidad por sobre el pensamiento, un universo que preexiste a la aparición del hombre, y al que, en cierto modo, le es indiferente nuestra subsistencia. El universo no necesita de ninguna especie o entidad pensante que le explique o le otorgue sentido, y el hecho de que pretendamos serlo, es una contingencia de la propia materia, un golpe de suerte en medio de una realidad aleatoria.

El  punto de partida sobre el que Meillassoux despliega su crítica al correlacionismo, desde el cual habrá de afirmar de manera especulativa el carácter absoluto de la contingencia, es lo que él denomina archi-fósil o tiempo ancestral: aquellas evidencias sobre la existencia del universo anterior al surgimiento de la especie humana. Se trata de registros que ponen en cuestión el sentido fenomenológico de la donación, del aparecer de lo real para algún testigo. Se trata de una paradoja que el solipsismo de nuestra especie no puede pensar, sólo haciendo implosionar el círculo correlacional en el que estamos inmersos es posible dar sentido a afirmaciones como el origen del Universo hace 13,5 miles de millones de años o el surgimiento del planeta Tierra hace 4,45 miles de millones de años. Se trata de advertir que la única posibilidad de que la correlación sujeto-objeto desde la que nos posicionamos pueda dar cuenta de este tipo de realidades sin testigo, es reconociendo su propio no-ser o ser potencialmente de otra manera, pero además, la contingencia misma como condición absoluta de su propia posibilidad. 

La provocación realista del Meillassoux nos invita a revalorar la posibilidad de afirmar juicios con pretensión de verdad o absoluto, aunque en este caso se trata de un absoluto irónico o contra-absoluto, pues la certeza que él demuestra y toma luego por axioma, es la necesidad de la contingencia, es decir, que todo es finito y nada es necesario, ni siquiera el fin o la muerte misma. La contingencia como punto de partida abre la posibilidad de un porvenir inaudito, incluso en el que las leyes de la naturaleza podrían ser distintas a como las conocemos ahora, y engendrar realidades tan insólitas como la posibilidad de una justicia universal. Si bien, esta última parte, que compromete la filosofía de Meillassoux con una especulación divino lógica sobre lo que Dios podría llegar a ser algún día, tiene la gran ventaja de facilitarnos una ética racionalista cuyo fundamento sería la posibilidad lógica y no la creencia dogmática; lo cierto es que, siendo fieles al principio de contingencia, habría que reconocer que la justicia y la redención, si bien lógicamente factibles, también se tratan de posibilidades virtuales que bien podrían no manifestarse nunca. Un mundo sin justicia ni redención alguna es igualmente posible al advenimiento de un orden divino, justo y bondadoso; aunque el horror y la catástrofe que se nos presentan ahora como evidencia parecieran orientar más el cálculo hacia el primer escenario. 

Hasta aquí podemos estar de acuerdo con Meillassoux en que «En efecto, no podemos pretender saber si nuestro mundo, aunque contingente, colapsará un día efectivamente. […] Afirmar por el contrario que todo debe necesariamente perecer sería una proposición todavía metafísica» (2015:104). Sin embargo, no deja de resultarnos provocadora, la interpretación que, desde un realismo menos especulativo y más bien determinista nos presenta Ray Brassier, filósofo contemporáneo que al igual que Meillassoux, nos incita a pensar una realidad sin donatario ni testigo, un mundo sin nosotros, sólo que en este caso la estrategia sigue un camino distinto. Más que un crítico de la modernidad ilustrada, Brassier es un heredero radical que reivindica la empresa racionalista, cuya convicción científica conlleva un fuerte carácter desmitificador, una potencia corrosiva sobre los dogmas que todavía permean la experiencia antropocéntrica de lo humano.

La Ilustración como empresa científica y filosófica que busca la verdad y desmonta los prejuicios, en sus últimas consecuencias, implica un desencanto radical del mundo, su función explicativa y esclarecedora sobre la realidad, le muestran al ser humano su absoluta precariedad, su finitud y la falta de cualquier sentido trascendental en la existencia. La especie humana no guarda ningún privilegio ontológico sobre los demás entes que pueblan el universo, y como estos, también es finito, perecedero, destinado a extinguirse como parte de la entropía cósmica, el enfriamiento radical de todo, ese apagamiento absoluto del universo en donde no quedará huella de que alguna vez hubo una especie pensante a la búsqueda de la verdad, la justicia y el sentido. En los ensayos que componen Nihil Unbound: Enlightenment and Extinction (2007), Brassier explora las consecuencias de una metafísica naturalista, un cientificismo exacerbado hasta la desilusión, en donde, siendo fieles a la investigación astrofísica, podemos datar la muerte del Sol dentro de 5000 millones de años, la de la Vía Láctea en 4 mil millones de años —cuando se suceda su colisión con la galaxia de Andrómeda―, y finalmente la extinción misma del Universo según el modelo del enfriamiento o muerte, considerado éste como el escenario más probable por la comunidad científica dentro de 16,700 millones de años.

Si para Meillassoux se trata de pensar la huella ancestral que nos remite a un origen del Universo, los indicios de una existencia previa a la aparición de nuestra especie sobre la Tierra, evidencias del carácter contingente de cualquier testigo o donatario en el devenir cósmico, para Brassier se trata de pensar desde la certeza de un futuro inquietante y certero, una escatología científica sobre el fin de los tiempos, en donde somos capaces de reconocer la extinción de la especie, el planeta, el sistema solar, las galaxias y el universo entero como una de las máximas certezas a las que ha llegado el conocimiento científico. La ciencia —y no sólo la filosofía― nos revelaría, como una especie sensible y pensante, capaz de cometer más terribles injusticias, pero también la más profunda de las compasiones, pero indiferente a un universo que, en sí mismo, en su creación y devenir, lleva la huella de su propia finitud. El humanismo no sería entonces el solipsismo de una especie buscando universalizar sus aspiraciones desde su pequeña particularidad finita y contingente. 

Si desde la finitud de nuestro pensamiento, podemos asumir el principio de contingencia como axioma, un punto de partida que abre un infinito horizonte de posibilidades virtuales, la filosofía no puede limitarse a construir especulaciones —aunque lógicas― acerca de lo posible, debe prestar atención también a lo que se muestra como evidencia empírica por parte de aquellas ciencias particulares, que, como la prospectiva, sugieren un cálculo estadístico acerca de los escenarios factibles hacia el porvenir. Más que un mero cálculo del futuro, la prospectiva puede pensarse como una disciplina estadística que modela escenarios de lo posible en función de las tendencias actuales. Se trata pues, de extrapolar las tendencias de crecimiento y desarrollo, de uso y abuso de los recursos, para esbozar así modelos realistas del futuro posibles, es decir, proyecciones factibles desde las premisas que hoy se nos presentan como evidencia.

Un referente básico en la investigación prospectiva a nivel mundial, es el estudio sobre Los límites del crecimiento encabezado por la doctora en biofísica Dana Meadows en 1972, donde se concluía que si crecimiento demográfico a nivel mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de recursos naturales, mantenían la inercia de desarrollo vigente, el planeta Tierra alcanzaría sus límites absolutos para hacer habitable nuestra subsistencia durante los próximos cien años. Y sin embargo, el diagnóstico resultaba optimista, pues se planteaba todavía la posibilidad de revertir las tendencias del desarrollo industrial, reduciendo así la huella ecológica sobre el planeta y asegurando de esta manera su habitabilidad durante algunos siglos más. Con el transcurrir de los años, este diagnóstico es cada vez menos alentador, el astrofísico Stephen Hawking antes de morir presagiaba  el comienzo de la sexta extinción masiva en el planeta.

Cuando hemos visto arder las selvas en África y el Amazonas, cuando las mineras derraman cientos de metales pesados sobre los ríos de México, cuando los cascos polares del planeta comienzan a derretirse, y además reflexionamos todos estas cosas en medio de una pandemia mundial que nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad, no es necesario aventurarse a la especulación filosófica y los postulados de la astrofísica para advertir ya la vigencia de la contingencia y la extinción como dos realidades que se vislumbran a flor de piel.

     Si la filosofía tiene todavía algo por decir, si tiene alguna verdad por esclarecer o alguna justicia por nombrar, estas no se pueden disociar del contexto histórico-material en que se inscriben, ni de los efectos que sus discursos buscan provocar. En este sentido, considero que hay en la provocación realista de Meillassoux y Brassier una potencia que debemos aprovechar, pues desde aquellas posturas cercanas aunque disímiles —una de carácter especulativo, volcada hacia esperanza de una justicia insólita, y la otra comprometida con un materialismo naturalista, fiel al diálogo con las ciencias―, se trata de descentralizar al sujeto antropológico como referente y punto de partida de nuestra comprensión de la existencia en el universo. Se trata de reconocer que no podemos evadirnos de la incertidumbre, pues esta es constitutiva de nuestra existencia, y donde quizá las únicas certezas son las que podemos extraer de nuestra propia finitud; una finitud que, por otro lado, podría quizá terminar un día, cuando la muerte muera por fin y se suceda la eternidad, pero ese es un momento virtual sobre el que no podemos fiarnos aún, y menos hoy cuando vemos a la civilización humana colapsar con nosotros y nuestras comunidades incluidas.

Tengo la impresión de que cuando Meillassoux plantea una justicia venidera —o un Dios virtual como él le llama― como una posibilidad lógica dentro de las múltiples configuraciones de este universo híper-caótico regido por la contingencia, lo hace para mantener la posibilidad racional de una ética, un regulador moral a la manera de Kant. Pero en los hechos esta posibilidad virtual, aunque lógica, resulta inoperante para una praxis ético-política, justo porque reinscribe el espectro de una teología —incluso si no lo pretende―, hipostasiando una trascendencia sobre una inmanencia material pero prospectiva y virtual. Por el contrario, la escatología desencantada de Brassier resulta más acorde con el realismo científico que sin fetichizar los postulados de la investigación empírica, los considera datos ineludibles, contingentes en la medida que pueden ser refutados por otros posibles postulados que vendrían después a desplazarse, pero sobre los cuales nos es posible al menos, formular juicios sustentables sobre el cálculo de lo posible. Las variables podrían cambiar en el futuro, pero hay que considerar aquellas que tenemos hoy y partir de las cuales nos es viable especular sobre el porvenir.

La falta radical de sentido que se revela con la verdad de la extinción, no sólo antropológica sino también cosmológica, no debería desalentarnos en la afirmación de una ética, por el contrario, cada vez tenemos mayor indicio de sus coordenadas, del intervalo espacio-temporal en que se inscribe nuestro hábitat, así como la vida —humana y no-humana― que consideramos digna de ser vivida dentro de este. Quizá no haya justicia ulterior, pero eso no nos exime de responsabilidad, por el contrario, nuestra finitud no nos exculpa, sino que nos vuelve co-partícipes de los destinos venideros de aquí a que se suceda la extinción.

      Uno no puede evadirse de estas cosas al momento de pensar, de escribir, o de suscribir una filosofía, ya sea en un medio académico o en una plataforma virtual, la filosofía tiene que hacerse cargo no sólo de lo pensable, sino también de lo impensable, tanto de lo posible como de lo imposible, incluso de lo ominoso, porque de lo contrario, estaría evadiendo la realidad ahí donde tendría que esmerarse en revelar. Y no se trata de evadir los conflictos actuales, las diferencias y pluralidades que hoy se enfrentan —no sólo en el discurso y la política, sino también en la guerra―, pero estas no pueden desligarse del devenir más amplio que les contiene y hace posibles, esta Tierra finita y contingente como escenario de todos nuestros conflictos y afectos, un planeta que se extinguirá cuando el Sol consuma todo su combustible e implosione, pero que, aceleradamente agota también sus posibilidades de albergar vida debido la ceguera radical de nuestra especie, ese antropocentrismo individualista como eufemismo de nuestra propia estupidez. Estamos montados ya sobre una máquina de producción suicida que no parecemos muy interesados en revertir, y los pocos intentos por desmontarle son aún bastante tibios, es como si la gran mayoría nos hubiéramos resignado a lo inevitable de la catástrofe.  

¿Puede ser hoy la filosofía otra cosa que una prédica de la redención —sin salvación― en el final de los tiempos? Me gustaría soñar que sí. 

Ilustración por Ray Patiño

Ilustración por Ray Patiño


Autores
(1988) Miembro fundador del seminario Emanaciones Plotinianas y la Red de Metafísica y Ontología Contemporánea; amigo del seminario Spinoza Mx. Ha participado como organizador y expositor en distintos congresos y coloquios filosóficos: Neosexualidades (2014), El porvenir de la deconstrucción (2017), Ontología salvaje (2018), Encrucijadas de la multitud: Discusiones de lo político en Spinoza (2019), entre otros. Actualmente colabora en la Asociación Filosófica de México, A. C.

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Materialismo gótico por Ray Patiño
Materialismo gótico por Ray Patiño

 

§00. Era un día lluvioso, la bolsa financiera se desplomaba, AMLO luchaba por su “voto por voto”, se estrenaba X-Men Origins y Avatar,  fallecía Michael Jackson, Oasis se retira de la escena y los jóvenes ingleses vivían los últimos años de aquél refugio retromaniaco para la cultura underground de música, punk, zines y skate que es la fábrica Battersea Power Station. El realismo del que les quiero hablar surge en 2009.

Mientras estaba en una firma de autógrafos de Watchmen y me emocionaba salir a patinar con desconocidos en Londres, Mark Fisher estaba presentando su primer libro: Capitalist Realism: Is There No Alternative? 

¿Hay algo afuera que podemos nombrar realidad? Tal vez sí. Entre las cosas reales están los árboles, videojuegos, tu familia, las ciudades y los satélites. También son reales las clases sociales, el dinero y las películas. Antes existía una estructura social que era el feudalismo. Esa ya no existe y fue reemplazada por el capitalismo. Lo que nos lleva a imaginar que podía, después, venir otra cosa. Una nueva forma de gobernanza y administración.

El problema es que no se ha imaginado aún; aunque el capitalismo ha cambiado desde su fundación industrial a la globalidad digital. Abarcando cada vez más aspectos de la vida. ya no es lo que era, ahora es mucho más. Las imágenes que podrían surgir antes del neoliberalismo tras la mención de Capitalismo era de fábricas, niños, mujeres y hombres trabajando catorce horas diarias utilizando el cuerpo, un capataz, Chaplin riéndose de ello, condiciones de vida paupérrimas, un cerdo vestido de traje con fajos de dólares, prostitución y grandes ciudades.

El cerdo y la fábrica nos llevan al legendario disco de Pink Floyd, Animals. El realismo del que Mark Fisher habla es una creencia implícita. Esa realidad no estuvo siempre dada, sino que tomó forma en años recientes y puede introducirse con la historia de una fábrica. Battersea Power Station es una fábrica de carbón que se inauguró en 1939 y que fue durante varias décadas el edificio de ladrillos más grande de Europa. Está en las orillas de Londres. Se volvió un ícono contracultural en 1965 por su aparición en la película Help de The Beatles y por ser la portada de Animals de Pink Floys, en 1977: ahí se ve la fábrica con un cerdo volador. Hasta 2013 fue una ruina moderna que oscilaba entre lugar naif para eventos estatales como torneos de tenis, club privado de futbol y espacio de especulación financiera siempre fallida. Por las noches era un refugio de jóvenes que patinaban y tocaban música. (Ese año fue locación de El caballero de la noche de Christopher Nolan; película que interesaba a Fisher como síntoma del avance del desencanto y la obscuridad en occidente, que era, además, parte de un nuevo realismo de comics junto a Watchmen o Sin City que surgió de la mano de la economía de Reagan y el thatcherismo quienes se jactaban de habernos “despertado de los sueños de colectividad, supuestamente defectuosos y peligrosamente engañoso”. El capitalismo es injusto pero no criminal como el estalinismo, dirá Badiou, así como Batman es autoritario y violento, pero no un terrorista como el Guasón. Ciudad gótica parece ser la imagen de fracaso del capitalismo, no el resultado de la extrapolación de la acumulación de capital inherente del sistema. Idea que Fisher problematizará  desde el realismo capitalista.

La fábrica es hoy, después de  8.000 millones de euros, la sucursal de Apple que cuenta con 46.000 metros cuadrados de oficinas, un hotel de 5 estrellas para las élites turistas y un condominio para sus empleados según su nivel, teatros, entretenimiento y la más alta tecnología de hiperconectividad: es decir un mundo. Desde Fredric Jameson sería el mundo utópico de la posmodernidad: aquella arquitectura que cancela cualquier sentido de exterioridad pero que te lo da todo en tanto consumo. No hay salida. El capitalismo está tan instalado en las mentalidades que privatizando y modernizando espacios genera la idea de permanencia y bien común. La fábrica dice hoy: este mundo es para siempre.

Sabemos que no es cierto pero también que sí lo es. Los centros comerciales se abandonan; el COVID dio cuenta de su intrascendencia pero también de la pasión que generan al ver las filas que hace la gente para comprar más, después de un par de meses sin poder consumir. Aunque se abandonen, después se hará otra mejora que se ajuste a los nuevos deseos.

No es ningún secreto que la izquierda fracasó: aquella que soñaba con el socialismo realmente existente. Si ya desde los 70 había cierto recelo con esas radicalizaciones al día de hoy se vuelve casi impensable una crítica política desde un futuro socialista. Estos militantes férreos, enajenados por la gobernanza no prestaban atención a la cultura por no tener retribución material obvia o ser productos del “tiempo libre burgués”. No lo vieron así, pero en el desgaste y la falta de sentido mercantil del placer, el deseo, el arte, el lenguaje, los mass media o el género, había un campo subversivo al capitalismo. De ahí el cruce lógico de la militancia desencantada a los estudios culturales. Es en este trance que el bloggero Mark Fisher (1968) escribe viendo zonas que reactiven una izquierda que no hizo caso de la cultura y la imaginación.

Mark Fisher es un ensayista, teórico musical y crítico cultural británico que acabó con su vida el 13 de enero de 2017, a sus 48 años, tras una intensa lucha con la depresión producto de la maquinaria neoliberal. La depresión comúnmente es vista en términos biológicos. ¡Así se anula toda la carga política a la psiquiatría! Él pensaba que una deuda de la izquierda era repolitizar la psiquiatría y dar cuenta que la psique puede ser resultado de factores sociales, como el desamparo laboral y médico, que genera el neoliberalismo.

En 2003 abrió su blog K-Punk porque era la única forma –el espacio libre del blog personal – de continuar un tipo de discurso que vinculara la teoría y el pop. Cuyo origen era la “prensa musical y las escuelas de arte pero había casi desaparecido provocando consecuencias políticas y culturales espantosas”. La “k” refiere a ciber del griego kuber y el punk, más allá del género musical, lo entendía como la confluencia por fuera de los espacios legitimados de la cultura; como los fanzines, la apropiación de bodegas para la música o la misma idea de un blog.

K-punk fue calificado como uno de los weblogs más exitosos sobre teoría cultural. Publicó tres libros; dos en vida y uno póstumo Capitalist Realism: Is There No Alternative? (2009), Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures (2014) y The Weird and the Eerie (2017). Coordinó y editó otros dos; The Resistible Demise of Michael Jackson (2009) y junto a Gavin Butt y Kodwo Eshun Post-Punk Then and Now (2016).  Todos los escritos de su blog y su libro inconcluso Comunismo ácido fueron editado por Darren Ambrose y su colega musicólogo Simon Reynolds en  K-Punk: The Collected and Unpublished Writings of Mark Fisher (2004–2016)

El conjunto de sus textos es raro (adjetivo que a él le habría gustado), pero es atravesado por una trama de tácticas políticas para visibilizar problemas sociales, estéticos, clínicos y de gobernanza.

Las entradas en su blog K-Punk son sobre Batman, el punk, la experiencia de ver programas de televisión viejos con los padres, literatura basura o marginal, videos musicales pop, Borges como precursor del pensamiento cibernético, tomar café de Starbucks en marchas anticapitalistas, J. G. Ballard, películas comerciales, Joy Division, exégesis de frases de políticos, filósofos de moda, los grandes filósofos, cadenas de Facebook, zombis y movimientos autónomos.

De principio ningún orden. En esta enumeración parece que no hay ninguna línea argumental relevante. Pienso que tal vez así sea, no hay “nada relevante” porque no es necesario, así como obra no es el concepto más pertinente para la serie de ensayos, glosas teóricas o notas del ensayista inglés.

Pero Fisher se enmarca en la línea de pensamiento que considera que en la existencia no hay necesidad sino contingencia y desde ahí escribe. Tampoco es que K-Punk sea un filósofo avant la lettre o un escritor de teoría-ficción como sí lo es su colega cyber-gótico Nick Land. No crea teorías sobre el pensamiento abstracto y la relación de las cosas con las substancias, ni tampoco crea narrativas ajenas al mundo terrestre donde la vida se va en códigos y materia obscura. K-Punk conjuga dos formas de producir pensamiento de forma inteligente.

Su amable estilo y claridad puede venir de sus años como docente con jóvenes de preparatorias de escasos recursos. Al tiempo que fabulaba sus teorías veía lo que el neoliberalismo afecta la vida y los cuerpos de los alumnos; cómo les era prometida la idea de libertad laboral al tiempo que sabían que realmente no iban ser más que obreros o los efectos de las redes sociales en su sistema nervioso. Además de ser un teórico contemporáneo, todos estos elementos hacen de Fisher alguien que sigue comentando nuestro presente.

Materialismo al ciberespacio

Fisher no sistematizó una teoría. No hay ningún texto suyo del que se diga “acá está la filosofía de Mark Fisher”. Su pensamiento escapa a ese tipo de esquematización, hay repeticiones, métodos y lugares recurrentes, eso sí. El realismo capitalista es su concepto más popular, cuyo libro homónimo alcanzó la etiqueta de Best Seller y puso a la editorial Zero Books de teoría contemporánea, cofundada por él, en el mapa internacional. Pero es más que esa apostilla posmoderna y por lo que merece ser pensada en ese vago mapa que es la filosofía contemporánea.

Mark Fisher junto a Simon Reynolds, Kodwo Eshun, Iain Hamilton Grant, Ray Brassier, Reza Negarestani, Robin Mackay entre otros fue parte del experimento para-normal que tuvo lugar en la Universidad de Warwick en los noventa. Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU por sus siglas en inglés) fue, en términos prácticos, un grupo de estudio que no existió y si se busca un poco más es un espacio extenso dentro de una acotada trama de tiempo que se creó desde el futuro y por azar tomó forma en Inglaterra. A lo largo de su existencia (1994-1999) tuvo varias misiones cuyos testimonios han sido agrupado en CCRU: Writings 1997-2003 entre ellas se encuentra el de una mujer que asegura que el CCRU controlaba su mente y asesinó a Bill Gates e instantáneamente después la Inteligencia Estatal sustituyó su cuerpo por uno nuevo. El grupo como tal fue organizado por Sadie Plant y Nick Land. Desde la biotecnología, el cine serie B y el posestructuralismo llevaron a cabo una filosofía sui generis sin precedentes. Tras una serie de lecturas públicas que atentaban la moralidad y los saberes universitarios, el grupo y especialmente Nick Land fueron expulsados de la Universidad. Lo que llevó a Land a huir de occidente, refugiarse en China y al resto del grupo de este plano de realidad al ciberespacio.

El grupo desarticulado que se gestó como CCRU, y fue relegado de la academia, fue la primera generación que escribió filosofía en los blogs personales. El nuevo realismo es la filosofía más seria en esa ruta.

De esos años para-académicos Fisher presentó en 1999 su tesis doctoral en Warwick: Un constructo de líneas planas: materialismo gótico y teoría-ficción cibernética, publicado póstumamente en 2018. Por lo que él cuenta, no fue muy bien recibido en la academia. Leído en retrospectiva sí es muy ambicioso y poco académico pero permite, al día de hoy, considerarse como el documento bisagra entre dos épocas: la del postestructuralismo y los nuevos paradigmas que implicó internet. Como la descentralización de saberes, la idea de que lo humano no es esencial y puede haber otras formas de relacionarse con la tecnología y, por tanto, con la naturaleza. De ahí el interés por las ficciones de horror o ciencia que proponen agencia sin sujeto o cuerpos sin órganos en el sentido de Deleuze y Guattari. Además, ya cita a los que serán, después de 2007, los representantes de la filosofía del realismo especulativo. La tesis es pionera en muchos sentidos.

La filosofía del materialismo gótico busca, retomando un concepto artístico considerado femenino y poco serio (el gótico), actualizar el materialismo (ya mal visto tras la caída del muro de Berlín) para pensar en el mismo plano lo orgánico como lo inorgánico, lo vivo y lo muerto, los androides y máquinas, en tanto capaces de generar agencia con el mundo. Este materialismo toma como real tanto la ficción como lo humano. De ahí que lance preguntas no tan obvias como ¿si las máquinas están vivas? o ¿Qué hacer si nosotros (los humanos) estamos tan muertos como las máquinas? A partir de esta filosofía es que el materialismo gótico se dedicó a analizar el cine, la literatura en términos políticos y los discursos de los gobernantes en un sentido fantástico.

No es solo contrarrestar campos del saber; es ver cómo funcionan los objetos en todos los campos. En su momento político como en el estético. Leer a Freud y Hegel para iluminar y pensar Los juegos del hambre y Toy Story, desde la fuerza revolucionaria del suicidio nihilista o los paradigmas antihumanistas de Ray Brassier.
thumbnail_Meme de los Simpson. Texto Yaniz

 

“Intelectual sin ser académico, popular sin ser populista”. Lo que yace en la prosa de Fisher excede su abanico de referencias y conexiones efectivas: es una mirada. Se sabe a voces que el mayor piropo que se le puede hacer a un escritor o un artista es “me enrareciste la vida”. Es decir, que tu visión del mundo cambie después de una obra, es mucho decir. Quizá, más allá de sus temas que son cercanos e innovadores, lo que tiene el teórico británico es una forma de mirar: un método en el pensamiento sobre los objetos. De lo que más extraña Simon Reynold (cómplice de Fisher, musicólogo y también bloguero), de su amigo, es saber qué diría sobre algún suceso o producto cultural. En una entrevista confiesa detenerse para custionarse constantemente: ¿Qué habría dicho Mark Fisher sobre esto? La interrogante resuena en cada uno tras haberlo leído. Ya sea para corroborar sus aseveraciones con matices o por una duda genuina. No dejo de pensar en sus potenciales notas sobre la serie Dark, la uberización del mundo o la tercera temporada de Westland que no alcanzó a ver pero cuyo ensayo sobre la moralidad para satisfacer los deseos en el cuerpo robótico es apabullante.

Hay al menos tres formas de leer los textos de Fisher, es decir, que hay varios motivos, épocas, preocupaciones o afinidades detrás de éstos. También son tres razones por las que Fisher es leído y posicionado en cierto mapa intelectual a pesar de su poca producción y prematura muerte.

Una de ellas y la más difundida, sería la que funciona con método dialéctico posmoderno. En ella Mark Fisher sería el gran ideólogo del realismo capitalista, así como Baudrillard lo es del simulacro, Lipovetsky del vacío y Jameson de la lógica cultural del capitalismo tardío; la segunda sería como un catalizador cultural del punk y el auge de internet, ahí no sería más que un bloguero que ganó visibilidad por su prematuro suicidio y los elogios de Slavoj Zizek y Bifo; el tercer camino sería como el continuador de la teoría de la historia de Walter Benjamin, para quien la tarea del historiador es resarcir la catástrofe que el progreso deja detrás, haciendo visibles los proyectos y agentes silenciados por los vencedores de la historia.

El realismo capitalista es difícil de definir pero fácil de ver, avanza en todos los niveles de la vida bajo el neoliberalismo. Cuando cualquier creencia se esfuma lo que sigue quedando son las relaciones capitalistas.  Para el teórico cultural, británico, uno de los “logros” del capitalismo es su sistema de equivalencias. Todo es intercambiable por alguna otra cosa (siempre particular, individual). Si quieres ver una película, una en especial, la que sea: de arte o anarquista, no importa, si no está disponible, las plataformas de streeming te darán decenas de opciones similares, cercanas, digeridas acorde a tus intereses. Pero eso en todos los planos. Si no hay un candidato de izquierda radical alguno de los candidatos tendrá alguna propuesta que “suene” de izquierda y que para el momento de la elección te funcione a ti. Sino, alguno te dará una despensa y quizá cambies tu voto. Todo es monetizable e intercambiable cuando estás en el plano de inmanencia del realismo capitalista.

Cuando piensas que el cine es Netflix o Cinépolis; cuando buscas empleo resignado a que tendrás que hacer horas extras, que no te darán prestaciones o seguro médico y que no es el trabajo que quieres pero es la única opción; cuando vas a votas por el candidato menos peor y sientes que eso es participar de la política, es que estás en el realismo capitalista.

Lo que es común a estas situaciones es la inmersión en un campo ideológico transpersonal en el que se cree que no hay alternativa al capitalismo. No se manifiesta de forma consciente pero la resignación y automatización con la que se vive devela esa creencia.  Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Si suscribes a esta frase es que Mark Fisher aún tiene razón.

thumbnail_Meme Realismo Capitalista. Texto Yaniz

 

El panorama que este primer libro representa es estéril. Uno siente que nos encontramos en un punto sin retorno del capitalismo. Ya no hay un horizonte expectante al cual dirigirse: ni el comunismo, ni el capitalismo son rutas viables y la imaginación política se ha quedado estéril. Esto nos deja en una temporalidad nula. Hoy pienso que el confinamiento que produjo la pandemia por Covid19 hace ver la temporalidad en la que estamos inmersos. Una en la que se ha cancelado un futuro claro y como argumenta el compañero de Fisher, Simon Reynolds, la cultura se base en revival, remixes, mashups y homenajes para llenar este tiempo estéril.

La imposibilidad de imaginar el porvenir político en Fisher toma la forma de la lenta cancelación del futuro. Me refiero al hecho de que Fisher propone que el futuro se presenta como un agotamiento, contrario a los relatos apocalípticos o de estados totalitarios en que alimenta la idea de que el fin del mundo es un corte temporal y brusco como Un día después de mañana o un nuevo orden mundial, tras la catástrofe como en Los juegos del hambre o Divergente. El fin del mundo llegará ¿o ya llegó? Sin que nos percatemos, pues no es una épica que se esté narrando desde afuera del mundo y nos describa ese relato, sino que estamos dentro. Al igual que un pez en el mar no es consciente del agua que lo rodea; nosotros no nos podemos percatar en sí del tiempo. El final es gradual y al estar inmersos en él, no es un acontecimiento que suceda de forma tan visible.

Para ejemplificar esto alude a Los hijos del hombre de Cuarón. La tesis de la película es que en algún momento la humanidad dejó de poder concebir y por generaciones no ha nacido ningún niño y esto provocó el fin del mundo de forma gradual: “el desastre no tiene un momento puntual”. Con esta cita abre el libro:

“En una de las escenas más importantes del film de Alfonso Cuarón de 2006, Children of men, el personaje de Clive Owen, Theo, pasa a visitar a un amigo en la estación eléctrica de Battersea, reconvertida en una mezcla de edificio gubernamental y colección de arte privada. En este edificio, que en sí mismo es un artefacto patrimonial reciclado, se preservan tesoros como el David de Miguel Ángel, el Guernica de Picasso y el cerdo inflable de Pink Floyd. (…) Theo pregunta entonces: «¿qué van a importar todas estas cosas si pronto nadie podrá verlas?». No existe la coartada de las generaciones futuras, ya que no hay ninguna a la vista. La respuesta que recibe de su amigo es una demostración de hedonismo nihilista: «Simplemente trato de no pensar en eso».”

El filme le sirve a Fisher para llevarlo a un terreno más culturalista, la infertilidad como metáfora de lo nuevo. Para él, la pregunta que lanza la película es ¿cuánto tiempo sobrevive una sociedad sin la aparición de lo nuevo? Poco. Pero a nosotros nos sirve para ver cómo no nos enteraremos del fin del mundo sino hasta que ya estemos en él. También para constatar la forma en que desde el materialismo gótico se pueden leer los productos culturales.

Pienso en Fisher, y esta sería la última vía, como una reliquia del futuro perdido. Culturalmente vivió el auge del punk, las promesas del comunismo, su desencanto con la caída del muro y el socialismo realmente existente, el comienzo del posfordismo y la pérdida de condiciones sociales y laborales que precarizan la vida. Su inicio como lector y espectador de ciencia ficción tuvo esperanza. Fue el periodo en el que se diseñó el futuro que sobrevive al día de hoy. Desde entonces el futuro es el mismo e incluso lo hemos rebasado: Blade Runner es una de las películas que fueron parteaguas para el CCRU y se suponía sucedería en 2019. No llegó ese paisaje cyberpunk ni alcanzamos la tecnología. Sin embargo parece que estamos estancados en una eterna repetición en la que ese mismo escenario es lo que se nos presenta como el futuro aún por llegar. Por eso, Fisher es una reliquia del futuro perdido. Tanto como investigador como estratega político en sus textos yacen las fugas al atolladero que el mismo hizo notar. El último periodo del pensamiento de Fisher (si es que lo podemos historizar así, en sus 18 años de producción) es, al igual que el Dr. Manhattan para la guerra fría, una forma de quebrar el tiempo plano del capitalismo neoliberal.

 

thumbnail_Meme tras leer a Fisher. texto yaniz

Cancelación del futuro y dimensión política

Fisher trabajó todo el tiempo sobre el campo laboral y la burocracia El trabajo teórico de Fisher puede llegar a parecer únicamente ingenioso; un buen uso de fuentes diversas articuladas en ensayos coherentes. Pues junta campos culturales que se piensa están separados: como la cultura pop y la filosofía clásica. El trabajo teórico que por momentos puede parecer solo ingenioso, en el sentido de juntar campos culturales diferentes y producir un nuevo pensamiento sobre las cosas banales, Fisher lo lleva al plano de las garantías individuales y las exigencias estatales. Este paso político intensifica sus planteamientos. El símil entre el trabajo precarizado de los call centers y la película Exiztenz de Cronenberg, nos hacen ir y venir de un tiempo llano (del realismo capitalista) y un tiempo con promesas que se mantiene como loop en el pasado (el de la imaginación de Cronenberg).

Aunque se pueda ver en Fisher todo un espectro culturalista o de divulgación filosófica es más que eso. Desde el inicio hacía hincapié en los lugares y formas en que se puede resistir al aplastante sistema económico. “Los <<buenos momentos>> de la pista de baile se transformaron en fugaces escapes del capitalismo que cada vez más dominaba todas las áreas de la vida, la cultura y la psiquis”. También pensaba que el tiempo que pasan los adultos viendo cine de fantasía o comercial, volviendo a mirar todas las series que veían de jóvenes: una y otra vez Star Wars, Doctor who o la misma Blade Runner representaba el único lugar en el que el adulto alienado puede imaginar y creer. Por eso apostaba porque es desde la ficción que se pueden construir otras formas de mundos.

 

¿Qué hacer?

La pregunta obligada en este punto es qué hacer con este diagnóstico. Con un sistema que avanza y luce inquebrantable. Fisher encontró algunas fugas, dos caminos y siguió uno.  Las fugas parten de un método exploratorio en que las ideas son presencias que nos acechan. De ahí la célebre frase marxista: “Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”. Reconvertido por Fisher, a través de Derrida, en la Hauntología o espectrología: El “estudio de lo que se repite sin haber estado presente en primer lugar” ). La hauntología se presenta como una cacería de fantasmas. Fantasmas política y estéticamente relevantes. Esto es la revisión arqueológicas de momentos en el pasado en donde ha surgido la crítica al capital o el realismo capitalista. Como la pista de baile, el socialismo de Salvador Allende o The hunger games Esta cacería de fantasmas toma la forma de la búsqueda, por momentos o acciones específicas, que hubieran subvertido el sistema o al menos abierto alguna vía otra. Ghost of my life y The Weird and the Eerie son lecturas nostálgicas de mundos alternos. En la música y las películas. Lugares claves en que se podría haber burlado al capital.

“La cultura -y la cultura musical en particular- fue un terreno de lucha más que un dominio del capital. La relación entre las formas estéticas y la política fue inestable e imperfecta; la cultura no “expresaba” solamente posiciones políticas ya existentes, sino que también anticipaba la política por venir (que muy a menudo era una política que nunca llegaba realmente)”. Pura potencia. Fisher pensaba que el realismo capitalista y la cultura del capitalismo tardío eran una curva de treinta años denominado neoliberalismo.

La hauntología fue el método para leer los futuros perdidos. Las dos salidas que vislumbró estaban siendo preparadas en el seminario que dejó inconcluso en la Universidad de Goldsmith. En ese plan dejó una tarea por hacer, la búsqueda de formas de vida pos capitalistas. Junto a ese plan dejó una introducción inconclusa de un libro: Acid Comunism. El otro camino, que finalmente tomó, se puede leer en el acto de desobediencia que significa el suicidio en un régimen totalitario. En sus notas a Los juegos del Hambre dice que, por lo que Katniss Everdeen puede encabezar la revuelta en Sinsajo es porque al ganar decide suicidarse junto a Peter con los frutos del bosque. En ese momento de decisión radical se burla absolutamente al sistema. Se le niega y desobedece al tiempo. Que Mark Fisher se haya suicidado quizá fue la crítica más radical que pudo haber ejercido.

Una vez me dijeron que el marxista no quiere ser marxista (no es una identidad), sino que tiene una preocupación real por eliminar las contradicciones políticas, sociales y económicas. Fisher dirá que vistos desde cierto lugar los productos culturales tienen la imagen para atacar esas contradicciones que los marxistas buscan. No solo por una añeja deuda política es pertinente revisar la obra de éste ensayista, o no hacerlo porque para él la salida haya sido la muerte. Yo creo que en sus textos yace la posibilidad de inventar el futuro.

 


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Ilustración por Ray Patiño.

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Gdzie człowiek się śpieszy, tam diabeł się cieszy1.

Quiero hablar con alguien vivo

Soy parte de esa generación rancia, heredera de una mitología dictada por Disney más que por los “clásicos”. En mi infantil experiencia, Hércules tiene la voz de Ricky Martin y su interés amoroso es Tatiana; tal sensación es intraducible a otra cultura que no sea mexicana o al menos latinoamericana. En mi recuento de la niñez, Hércules nace héroe, entrena, vence criaturas, pasan varias transiciones musicales y rechaza su regreso al Olimpo para quedarse con Megara.

La versión extendida y no adaptada por Walt Disney involucra un segundo matrimonio y un tabú moderno: el asesinato del héroe. Hércules se casó con la princesa Deyanira. En punto de la historia, ella encuentra al centauro Nessus; la criatura se desangra y  le asegura a Deyanira que si guarda su sangre y hace vestirla a Hércules, evitara que el héroe se enamore de alguien más. La mujer guarda la sangre de la criatura como poción de amor, y viaja con su esposo hasta la ciudad de Trachis, donde una princesa Lole despierta la angustia y celo en Deyanira.

Hércules pide a su esposa darle su mejor vestimenta para ir a visitar al rey; por lo que Deyanira, insegura de sí, baña la ropa de Hércules en lo que cree una poción de amor, pero no era sangre de centauro sino de Hydra; el veneno provoca la agonía y muerte de Hércules. Este último momento de vida es lo que le condecora un lugar en el panteón del Olimpo.

Mi mayor preocupación de hablar sobre un tema es que sus autores sigan vivos. No es que no hayamos superado aquello de la muerte de la autor, sino que es más fácil escribir cuando tu autor está literalmente muerto. No es que la realidad haya cambiado drásticamente y que una lectura sobre ello transformaría mi vida y mi percepción sobre esta; el asunto es que la realidad concebida de forma general contiene este matiz Disney, con musicales y lo demás.

Realismo Disney de alguna manera, una forma digerible para cualquier público y altamente comercial, el realismo del que aquí hablaré está lejos de ser un producto de uso corriente como el Apple Watch o el pragmatismo.

Tampoco quiero señalar que no es un optimismo naïve del realismo, al fin y al cabo no tiene letras pegajosas, sino solo el elemento naïve, debatir sobre las letras que ahora uno lee, así como el soporte, sea una computadora o un celular y su posibilidad de realidad es lo que inquieta a la filosofía. Aquello que inquieta es que la realidad para la mayoría de personas ajenas a la filosofía la tienen en un instinto fantástico; la realidad “es como me la cuento”, es terrible o es que tiene un final feliz.

Ser ingenuo, ser naïve, significa tener sentido común. Abres los ojos por la mañana, sin ninguna duda despiertas diciendo, “esto es la realidad”, son las 8 de la mañana, mi celular esta sobre la cama, afuera de mi puerta sigue estando la Ciudad de México, cada estrella que he visto sigue ahí, el pasado no se ha reformulado para al levantarme; tampoco estoy en un episodio de la Dimensión Desconocida o Black Mirror, es risible o así parece, pero es un gesto de total confianza, abrir los ojos, salir de las sabanas, y que la realidad siga ahí, alterable en cierto dinamismo.

La realidad es “Lo que hay”. Willard V.O. Quine no podría estar más orgulloso, pues es así como él mismo fórmula la simplicidad del problema ontológico, tres monosílabos en español, “Lo que hay”, pero ¿qué hay?, una palabra: “todo”2; pasaron varios años antes que ese “todo” paulatinamente se tornara en un terreno conflictivo de filosofía del lenguaje como se evidencia en obras posteriores como, Word and Object (1960), Ontological Relativity and Other Essays (1969), The Roots of Reference (1974), en resumen ese “todo” era de accesos limitados, sugestivos pero limitados. Durante el transcurso de esa biografía nacía la generación posmoderna de literatos en Norteamérica. Ellos eran realistas, excepto, que no en el sentido de Quine; [r]ealismo3 –literario– era agregar cosas que le dieran un sentido tanto de identificación como de interés a la narrativa, una ventana a otro mundo, pero esta ventana era un chiste, con detalles mínimos como aquel juego de una novela que busca ser una novela. La mayoría de escritores se pensaba realista, así hablara de dientes, misiles V-2, casas de la risa o bromas infinitas.

El realismo que aquí nos atañe busca casi lo opuesto a lo anterior mencionado, no es ni fabulatorio ni identificatorio, no persigue nada, no habla sobre mitos griegos ni tiene musicales, es un realismo bastante dispar, es uno que considera tan real a Hércules, como a Walt Disney, como a los dedos de tu mano, como a el tratado de Génova.

 

Realismo. Un musical

Gotas de agua cayendo en mi cabeza. La igualdad clave, entre Hércules, Walt Disney, un átomo, y estas líneas, ¿cuál es?

Todas son reales, en medidas distintas. El campo de sentido donde aparecen no es el mismo, esto quiere decir que, podemos hacer aseveraciones sobre Harry Potter, sobre su cicatriz en la frente y sus padres James y Lily, podemos declarar que los círculos cuadrados son inexistentes, sobre la ambigüedad del Chupacabras, podemos buscar los primeros 100 números primos, tanto como podemos ir al baño y lavarnos las manos interrumpiendo así la lectura.

Un campo de sentido4 es la manera de responder a la pregunta de ¿cómo es que todas las cosas pueden pertenecer a una sola realidad?, ¿cómo es que Harry Potter, el Chupacabras, los números primos y tu lavabo es que existen o aparecen en una misma realidad?, aparecen, sí, pero en distintos campos de sentido, en otro tipo de jerga, la de Graham Harman; podemos decir que sus cualidades sensibles no interactúan igual unas entre otras, a su vez con nosotros, unas son socialmente reales, otras ficticias, otras entes matemáticos, una son mientras que otras no.

Hablar sobre realismo especulativo no es tortuoso, es una charla, la más real que tendrás en tu vida.

Hablar sobre realismo especulativo no cambiara nada en el mundo, solo mantendrá latente, un resto, tal vez inútil en tu cabeza o en el mundo.

El realismo especulativo permite a hablar, escribir, pensar, T O D O, con mesura y diferencias.

El realismo especulativo no cuestiona la identidad de uno, antes te pregunta ¿qué hay? Lo hay todo, cada cosa, cada pensamiento, cada personaje de ficción, animal, mineral, cada sensación en los tobillos de un manatí, cada ola, cada incendio en Australia, cada memoria ambigua sobre algún cumpleaños en la infancia, cada mesa, todo es real.

El embajador de Disneylandia en la tierra, Philip K. Dick, tuvo un extraordinario momento de lucidez en esos meses que atravesaba por su intento suicida y un “bloqueo de escritor”. Era 1972, una estudiante le pide que defina realidad en una oración, tal proeza, realizable, realidad es aquello que, aunque dejes de creer, sigue ahí5. Por supuesto que estoy diciendo esto porque vivo cerca de Disneyland[efne_note]Ibíd, p. 262[/efn_note].

Pues un día cerrarás los ojos y todo seguirá ahí, normalmente cuando esto sucede es porque quieres que algo suceda, de esto se deriva una máxima, “si es depresivo, debe ser real”, pues de aquí se desprende otra normalidad, y es que no se cuestiona la realidad lo suficiente desde que llegamos a la luna o se inventó el Internet. Cuando cierres los ojos seguirán ahí, y es incierto si un mayor terror sería que dejarán de estarlo. A la realidad le somos indiferentes, con esto la prosopopeya más grande.

Hasta aquí todos realistas, pero ¿cómo uno obtiene el título de especulativo?, era Abril del 2007 en la universidad londinense Goldsmiths, con cuatro autores invitados; Quentin Meillassoux, Graham Harman, Ray Brassier, e Iain Hamilton Grant.

En Nápoles, en el restaurante “Il Vinacciolo” a las 13:30 el 23 de Junio del 2011, posiblemente entre el plato fuerte, presuntamente un Risotto al hinojo con frutos del mar, y el postre, un comensal, Maurizio Ferraris, tiene una hierofanía y nace el nuevo realismo, agrega acertadamente en que quizá sea el único movimiento filosófico con fecha y lugar exacto, otro comensal le acompaña, Markus Gabriel, no recuerdo sobre un tercero.

Jueves 16 de marzo de 1972, 3 de la tarde, la arquitectura moderna tuvo acta de defunción, con la demolición del primero de los 33 conjuntos habitacionales en St. Louis, Missouri, Pruitt-Igoe y profecías, pues para muchos el segundo después de la detonación de las cargas explosivas nace otro tipo de arquitectura, algo similar podríamos decir del nuevo realismo. Un segundo antes, a las 13:29’59, todavía persistía un cuño textualista en el mundo. Entreguémonos a propósito de Ferraris, o bien, recordemos la workshop celebrada en Goldsmiths, el viernes 24 abril, 2 años antes con la aparición del Realismo Especulativo, en la cuaterna de autores que más tarde se distanciarían y algunos rechazarían tal etiqueta.

Hay dos realismos, el realismo especulativo, y el nuevo realismo, los hay casi como hay paraguas, y canciones de cuna (nunca los suficientes). Esto dos (realismos) englobados bajo la etiqueta de “realistas postcontinentales” por Ernesto Castro. Hay más realismos, y pese a tales designaciones, hay un giro especulativo, una democracia de los objetos, hay un reinventar lo real, que si siguiéramos al pie de la letra son tanto nuevos como especulativos como postcontinentales, hay no-realismos, y también hay clonaciones de la realidad.

En Lee Braver, hay 6 matrices de realismos6:

R1-Independencia

R2-Correspondencia

R3-Unicidad

R4-Bivalencia

R5-Conocimiento Pasivo

R6-Del Sujeto

Las “erres (Rs)” quieren decir; (1) el mundo existe con independencia de nosotros; (2) hay una relación entre palabras y cosas; (3), el mundo es uno, la realidad es una porque solo hay una descripción verdadera y completa de esta, es decir, todos los documentales coexisten en un mismo universo; (4) lo que podamos decir de la realidad es autónomo por parte de la realidad ya que este es el criterio para discernir entre verdad y falsedad; (5) la realidad puede ser descrita con una percepción libre de juicios; (6) los conceptos a priori [previo a toda experiencia] son para mí y para todos. Habrá una insistencia saturada en la existencia del mundo externo (1), y, su independencia, declarando que en este punto estamos encaminados hacia la especulación. Adelante volveremos al resto de erres.

 

El Nuevo Giro No Re-Inventado Postcontinental Especulativo7

Esto fue lo que ocurrió. Iniciado este siglo se ha producido una cantidad ilegible de escritos sobre el realismo. Más allá de lo que torpemente fuera una introducción párrafos atrás, no nos hemos hecho inmersos en las divergencias y posibles corrientes de tales escritos. Cronológicamente las corrientes son las siguientes;

 

Herejía ante revoluciones

No-Filosofía (ca. 1990)8François Laruelle no ha gozado de la fama merecida. Sus años de mayor producción literaria se emparentan con las últimas obras de la esfera intelectual francesa. Él no es realista, piensa que predicar sobre el realismo, esto es, decir la realidad es ______, genera un resto ajeno a la realidad, de decir, la realidad es aquello a lo que le puedo tirar el café encima, o la realidad es eso que permanece luego de que cierre los ojos, entonces, ¿qué ocurre con aquello a lo que no puedo tirar café pero sí té, o aquello que desaparece cuando abro los ojos?, para Laruelle entonces no podemos predicar, todo está contenido en lo Uno, sin confusión griega, pues este Uno son todos los predicados e inexhaustible en el número de estos (aunque esto sea una predicación que busca no serlo).

Es relevante aunque no sustancial explicar la jerga Laruelleana, dado que esta no es mi intención, lo señalo como parte del itinerario de “nuevas corrientes” aunque, se encuentre este en el siglo pasado, y alcanzó notoriedad debido a las traducciones de Ray Brassier en Teoría Alíen9 (2001), usándolo para desarrollar su propio no-materialismo.

La no-filosofía dentro de la obra de Laruelle ha cambiado de nombres, a filosofía no-estándar, y filo-ficción, este “no-“ es una analogía un tanto equivocada, pues tiene su raíz en las geometría no-euclidianas, que son diferentes maneras de tomar el quinto (axioma de los elementos de Euclides), la disparidad sería en que estas no son “no-geometrías” y el axioma filosófico que generaría esta Y griega, es el de la decisión filosófica, no es metafilosófico, pero tampoco niega la filosofía, privilegia la herejía frente a las revoluciones filosóficas.

Revoluciones Silenciosas

El Giro Ontológico (2006). De nombre atractivo y seductor para una generación en vías de radicalizar la antropología (independientemente de lo que esto significa). Estimo el giro ontológico no es realista, al menos no en el sentido que he tratado de implantar arriba, sería anti-realista si un juicio ortodoxo tuviéramos que hacer de este y sus autores. Pero, ¿en qué consiste el giro ontológico? Y las dos interrogantes exhaustivas que esto provoca, ¿giro de qué?, ¿qué se entiende aquí por ontología?, Interrogantes que persistieron hasta bien pasada una década, en “cazadores de mitos de ontología” celebrado en Tokio (2018).

Su acogida fue bastante criticada, tomándolo de un intento hiperbólico de diferenciarse de la noción de cultura10, o de retomar algo que siempre hubiera estado ahí en los lugares donde se hacía ya etnografía11, recriminaciones a otros giros como el espacial o el material12. Antes de entrar en materia, el giro ontológico así como el realismo especulativo parece reunir dos tradiciones divorciadas, solo que en este caso en lugar de dos sería entre las tres facciones más prominentes de antropología, la inglesa, francesa y norteamericana13.

El realismo en este giro no es único, si acaso promulgarían por una cantidad ilimitada de realidades14. Por otro lado su problema afirman es la producción de etnografía y no uno metafísico15, accidentalmente es ambos, pero en términos de producción etnográfica comienza con un breve texto sobre los Habu de autoría de Roy Wagner16, reconociendo que el concepto de cultura era simplemente insatisfactoria para la descripción de las practicas Habu decide años adelante escribir una obra de carácter de puramente teórico titulado La invención de la cultura (1975), tal insatisfacción se expresa en un trabajo etnográfico el cual puede producir casi en un temperamento de dialogo un nuevo concepto de cultura.

Ese trayecto fue tomado por Martin Holbraad en su etnografía, distinto escenario, pues fue la verdad antes que la cultura lo que llamó la atención de este autor17. El giro entonces es en tanto que hay una revisión del texto etnográfico con respecto al marco teórico, hasta entonces pareciera que no han pasado ni tres minutos con respecto a la antropología posmoderna, de aquí el segundo factor.

La ontología es tomada como la divergencia con respecto a la representación (y con la epistemología) posicionándose en la producción de objetos nuevos mediante sea ya el pensamiento, la reflexión y la re-conceptualización. Son realidades distintas, alternas y no tanto realidades a ser representadas en una copia en carbón, por un lado ni dar un sobre énfasis en el aspecto literario de la producción antropológica, es probable que la mayoría de escritos caigan en el intermedio de estos dos extremos, igualmente la crítica a este movimiento suele seguir la lógica del péndulo.

 

Goldsmiths

La palabra que primero leeremos es “correlacionismo18, tal vez conscientes de sus adjetivos “fuerte y débil”, el correlacionismo plantea que solo podemos conocer la relación entre mundo y palabra, ser y pensamiento, o que no podemos decir nada más allá del lenguaje, la razón, lo humano.

Es correlacionismo fuerte cuando niega imperativamente que no hay un más allá del correlato que propone, un horizonte irrevisable; es correlacionismo débil cuando se acepta que hay un más allá de ese correlato, pero nosotros estamos restringidos a solo poder decir algo sobre el lenguaje, la razón.

En Lee Braver, párrafos arriba. Habremos notado en que las “erres” que refieren a conocimiento son desvaloradas en el giro ontológico puesto nos dan la ocasión de suponerlas representaciones de una realidad subterrea inatendida; en el realismo especulativo, la epistemología igual sugiere una correlación entre los polos de una mente y el mundo, entre palabras y objetos.

Slavoj Žižek sugiere dos ejes en el realismo especulativo, divino/secular y científico/metafísico19. El primero solo tiene sentido para Meillassoux; el segundo es algo acertado, es cierto que Meillassoux y Brassier privilegian cierto discurso científico para el acceso a la realidad mientras que Graham Harman y Iain Hamilton Grant podríamos decir están en un polo más estético, no obstante esto es insuficiente para caracterizarlos. Harman propone la inconmensurabilidad especial20 como un segundo criterio, que en términos más coloquiales serían los pasos de intermedio entre la realidad y nuestro punto de partida.

Es súbito, pero la realidad existe y es independiente a nosotros. En este punto especulativo viene a ser un acceso indirecto o marginal a tal realidad, de lo contrario serían solo realistas. En términos de inconmensurabilidad especial, Harman y Brassier proponen hay un infinito número entre uno y otro; Meillassoux y Grant al contrario consideran que las matemáticas y la naturaleza son intermediarios (más o menos) directos entre uno y otro extremo.

Cuando Harman expone a Lee Braver21 agrega una “R” que no figura en su introducción al realismo especulativo, es una R de “realidades no-humanas” (R7), la cual, la antropología y filosofía contemporánea estaría de acuerdo. Fuera la aversión del fin del mundo o una democracia de los objetos o una obsolescencia del humano pareciera que otro rasgo a considerar como candidato al realismo contemporáneo.

 

Il Vinacciolo

Markus Gabriel termina de comer, es momento de pagar la cuenta, ¿qué clase de existencia tiene esto?, social, diría Ferraris, y en un campo de sentido de un restaurante, afirmaría Markus. ¿Qué de novedoso tiene el nuevo realismo de estos dos autores? El primer motivo es una respuesta al giro lingüístico o al constructivismo, posmodernismo, en fin, anti-realistas o la confusión entre epistemología y ontología22.

El segundo es la externalidad del mundo, y un tercero que Ferraris nombre su propio giro ontológico, que tiene que ver en absoluto con problemas metafísicos y para nada etnográficos.

Puede que lo “nuevo” del realismo radique en la interlocución con el impasse de una tradición anterior, Ferraris y Markus tienen apartados extensos de ontología negativa23, y tras ello una ontología positiva donde uno promulga por su documentalidad y ontología social; el otro, su ontología de los campos de sentido. Ambos, pluralistas ontológicos, solo uno es exponente de un nihilismo metafísico.

Sin embargo, ¿por qué es relevante y fue sublevado conceptualmente el correlacionismo? Es una pregunta poco menos frecuente, lo mismo en ¿Por qué el mundo no existe? (2013), pregunta que funge de título para una obra de Markus, ¿qué suele entenderse por “el mundo no existe”? El mundo suele entenderse en términos planos, casi como sinónimo de tierra, o el conjunto de todos los fenómenos, o de todos los hechos, en general parece haber un consenso que “mundo” es un concepto de adición de todas las cosas, a su vez en otros casos suele ser tomado por sinónimo de “realidad”, esta declaratoria haría parecer a Gabriel un anti-realista, nada más alejado.

Mundo” para Gabriel es el campo de sentido que abarca todos los campos de sentido, pero ¿qué significa que el mundo no exista?24 Que por el carácter introductorio del presente, habré de usar el ejemplo –sugestivo mas no argumentativo– empleado por Markus Gabriel, imagina google earth, y que pudieras hacer zoom hacia afuera, y ver la tierra, el sistema solar, y luego a nivel galaxias… eventualmente si pudiéramos hacer el zoom-out para ver el universo entero, ¿dónde estaría colocada esta hipotética cámara?, la respuesta: en el universo, esto se traduce no en que todo pertenece a la realidad, sino que no existe ese lugar “afuera” donde pudiéramos abarcarlo todo25.

Nuevos, Re-inventados y análogos

Luego de Goldsmiths y Il Vinacciolo, pero previo a resolver la querella del porqué a la inexistencia del mundo y lo imperativo de la disolución del correlacionismo han surgido varios textos que agrupan un (a veces) disímil de autores26French Theory Today27 (2010) de Galloway, en su traducción al francés ha recibido el nombre de Los nuevos realistas28, entre las filas de nombres se incluye Meillassoux y Laruelle, así como otros nombres bastante conocidos como el de Catherine Malabou, y Bernard Stiegler, agregando uno casi ignoto como es el de Belhaj Kacem. Advierte en su introducción los traductores al francés que tal decisión ha sido para abarcar la disparidad de teorías.

Galloway incursiono en humanidades digitales, y aquí podemos introducir realismo al aseverar una realidad que supera a lo humano, superación en términos de capacidades, esto último está en disputa (aún).

¿Qué puede hacer o no el internet con respecto a lo humano? almacén, reproductor, y generador de información más grande que ha existido, realizador de profecías de inmediatez, de aldeas digitales, de los sueños de Gutenberg, masificador, enciclopedia prometida; sin embargo resulta sospechoso el que esta superación humana por sus objetos técnicos no ocurriera con la rumba o el tostador.

El realismo analógico29 bebe bastante de la tradición de Ferraris, dado que este también es un re-habilitado de ese periodo de textualidad y amor a la interpretación. Primero como hermenéutica, luego como realismo pero en ambos casos “analógico.” La analogía era la solución no popularizada en tierras transcontinentales contra la posmodernidad, así, frente a lo univoco (una interpretación) de la modernidad y a lo equivoco (ilimitadas interpretaciones) de la posmodernidad, la analogía proponía un justo medio, de esto, el realismo analógico acepta la exterioridad y la independencia de la realidad busca su vez de dar con una mediación epistemológica.

Mientras que, re-inventar lo real30 toma en su mayoría escritores que no suelen asociarse con la discusión del realismo filosófico; Samuel Beckett, Jean Baudrillard, a quienes  no se les considera como relevantes o a veces incluso de anti-realistas.

Nombres, algunos ya mencionados, más otro a quien no se la ha prestado la atención suficiente: François Laruelle y Clément Rosset. Ambos son tomados en tanto realistas por su tesis enológica (que la realidad es, y es una) lo cual nos lleva a aseveraciones que van de lo material a lo absolutamente inmanente, es decir, la realidad existe, sí, independiente a nosotros, y a lo sumo, podemos decir que la realidad es real porque persiste el principio de identidad, y lo que es más, ¿qué no es real?, Cuando aceptamos que la realidad es; UNA, única y totalizadora ya nada se nos escapa, desde los pensamientos, hasta los números enteros, pasando por los centauros, incluso lo que no ha ocurrido, lo que no ocurrirá y lo que ya ocurrió forman parte de esta realidad, preguntarnos ¿qué no es real?, es un oxímoron, todo es real en tanto pertenece a la realidad, normalmente se suele traducir lo “no-real” como, no-factico o falso e imaginativo.

Podríamos tomar de ejemplo la siguiente afirmación: se suele decir que las hipogrifos (las criaturas que aparecen en la tercera entrega de Harry Potter) no son reales, pero lo que quieren decir es, materialmente no hay un animal con esas característica; aunque en otro tipo de materialidad, el libro Harry Potter, existe materialmente como palabras sobre papel, o existe en una adaptación fílmica o los filamentos de la imaginación de las personas, ¿es real?, sí, ¿puedo salir al mercado negro y adquirir uno?, no, pero esto no lo hace menos real.

El autor con el que termina este escrito es un underdog en la lengua española, Serge Salat, quien parece reformular a Baudrillard, Laruelle y Rosset de un plumazo, Salat un autor quien asimila; lo virtual, lo ilusorio, lo fantasmatico, como real, de esa manera, re-inventa la realidad, dando el mayor peso a la capacidad de la realidad virtual para asimilar cualquier cosa, y, si no lo ha hecho, eventualmente lo hará.

 

Realismo poscontinental

Siguiendo el edicto de Mullarkey, Ernesto Castro emplea el término realismo poscontinental para agrupar tanto a especulativos como a nuevos realistas, es decir, la constelación de 6 autores31.

No existiendo un recuento mayor detallado en ningún idioma su libro/tesis sobre realismo poscontinental, sería el libro de buro para cualquiera que trate de dar una palabra al respecto de los debates actuales. Dicho ello ¿de qué manera agrupa a dos “tradiciones”? Gabriel citando a Searle; si le haces una pregunta a un filósofo analítico te contestará con un argumento, en cambio a un continental esa pregunta te la contestará con un autor o un libro (en un gesto hibrido entre admiración por autoridades y entusiasmo por la historia)32 los filósofos que pertenecen al realismo suelen citar a Heidegger tanto como podrían hacerlo con Rudolf Carnap, Peter Strawson o Jacques Derrida, es la metafísica contemporánea la cual abarca y hace necesarios continentales y analíticos por igual.

Esta reconciliación de dos tradiciones por medio de la metafísica la podemos apreciar en Ernesto Castro cuando toma dos elementos comunes a la metafísica; primero la independencia y la externalidad (de la realidad), lo segundo es entorno a un debate antiquísimo en filosofía, los universales.

La existencia de universales siempre deriva en varias posturas, si tal debate parece no figurar como una problemática conocida en términos medio parcos, trata sobre si los conceptos abstractos generales imperan sobre las entidades particulares, y estas existen fuera del reino del entendimiento humano; coloquialmente si negamos que existan los universales y sean solo particulares o nombres estamos en el reino del nominalismo, si aceptamos ambos, universales y particulares es realismo y si solo aseveramos aceptamos los universales somos conceptualistas, para Ernesto Castro el realismo es aquel que posiciona una realidad independiente, y además puede ser conocida; si no existe tal realidad se es nominalista, si existe tal realidad pero no es independiente somos idealistas y si existe tal realidad y es independiente pero, no podemos saber nada esta somos escépticos. Este problema de los universales entrevé un título a realizar sobre los géneros, mientras que en nuestros términos la conclusión que da es el de realismos eclécticos que rompen con el puritanismo del siglo XX.

 

Conclusión. El musical33

¿Y si acepto que solo los perros de razas pequeñas cuentan con esas características (es decir de existir externos e independientes a nosotros)? Si solo puede aseverar ese realismo ingenuo o mal sentido de igualar la realidad con caninos, o la totalidad de pensar un realismo a la Disney, entonces, ¿qué? La conclusión reza de la siguiente forma, además de aceptar esa realidad externa e independiente basta decir el cómo se llegó a esas conclusiones (que exista algo ajeno, o como salir del circulo correlacionista), sea por las extinciones brasserianas, la negación duocavista de Harman, la ancestralidad en Meillassoux, la inenmendabilidad de Ferraris, o sea el caso.

Ahora, ¿qué hay en esa realidad externa e independiente?, Markus asevera que esa realidad no es una, antes no una sino varias, dicho sea ningún mundo, pero sí varios campos de sentidos, el giro ontológico asevera lo mismo, mas no por las mismas razones; la existencia del pluralismo ontológico viene a ser una traducción poco fiel de lo que quiere decir la inconmensurabilidad especial.

El mundo no existe porque el mundo para Gabriel Markus es el campo de sentido de los campos de sentido, y una primera replica es que si tal campo de sentido existiera, habría un campo de sentido intermedio entre estos dos, generando un tercero, luego cuarto y la cuenta continua.

Harman había considerado ello entre lo real y sensible, y siguiendo a Bruno Latour, uno se detiene cuando le parece aburrido, pues es innegable que cuales sean dos relaciones genere un tercero y así infinitamente. Ahora, por qué la correlación nos parece poco satisfactoria parece responder a que lo humano no siempre estuvo aquí, antes no había nada y cuando se extinga el sol o cualquier minucia climática nos aniquile tampoco habrá “un nosotros”, que, con ese nosotros procuremos nombrar toda la especie humana, cada vida orgánica, para los materialistas les parece que lo humano es materia entre materia, que si alguien tiene una bala atorada en el cuerpo eso es suficiente demostración para decir que hay algo ajeno e independiente a nosotros.

Si las maquinas parecen superarnos en todo sentido concebible o si la cuestión de lo humano ha sido invertida y ahora todos somos animales u otra infinidad de posibilidades virtuales, financieras, de objetos más grandes que cualquiera de nosotros. También puede ser una definición más lógica que requiera de altercados y modalidades del ser, que procure la necesidad de la contingencia y un par de varios atributos por el cual la existencia de una totalidad de los hechos ajena a la teoría de conjuntos es irremediablemente ilógica y que esto sea parte del realismo nos dice bastante sobre el alcance de la realidad en tanto teoría.

Versión resumida para lectores inquietos; Un comentario –con 9 likes– de un usuario de Youtube en el vídeo, “En las cenizas del posmodernismo: Un nuevo realismo. Una conferencia con Umberto Eco”34dice:

Esta presentación muestra cuánto tiempo le es necesario a un hombre para exigir sentido común en estos días. (Nyarlantoteph 2011)

La percepción general puede ser así, que la filosofía ha perdido el sentido común cuando los debates se esgrimen a partir de “las mesas existen” o peor aún, cuando hay filósofos que nieguen la existencia de esas mismas mesas, y esto en la historia de esta disciplina había ocurrido ya. El realismo resurge como un problema para el siglo XXI debido a eslóganes del tipo, “no hay nada fuera del texto”, “no hay hechos solo interpretaciones”, “los simulacros son más reales que la realidad”.

Para ser realista en el siglo XXI hace falta aseverar la existencia de lo siguiente; una realidad independiente, externa, y un acceso (directa o indirecta a esta). Además de las razones para aseverar tal existencia.

Los motivos para aseverar tal existencia generan las divergencias de los movimientos en las teorías del siglo XXI; i) el ser humano ha sido rebasado por la tecnología [originando tesis aceleracionistas, posthumanistas y de cuño digital]; i’) la base conceptual de la realidad es superada por el análisis de esta, negando así su carácter representacional [giro ontológico en la antropología]; i’’) El inminente riesgo de extinción posiciona un más allá de lo humano [híper-objetos de Morton, la Extinción en Brassier]; i’’’) La presencia de objetos ajenos y previos a nosotros nos dicta la existencia de un horizonte más allá de nosotros [nuevos materialismos (incluida la inmanencia radical)  y la ancestralidad de Meillassoux]; i’’’’) La existencia de objetos sociales [Sobre todo Ferraris] Estos i’s podrían ser agrupados en términos de finitud humana, o en un manierismo similar al de la Esencia del Cristianismo (1841), de Feyerabend.

Ahora mediante los i’s podemos reconocer la existencia e independencia de esa realidad, pero, quizá no que podamos pensarla, o que podamos decir algo sobre esta, o al menos algo que no nos devuelva al ser humano como el factor decisivo de este algo35. Podemos decir que en efecto existe un riesgo climático (i’’) pero a los únicos que les preocupa es a nosotros, nosotros puede ser entes dotados de lenguaje, razón, pensamiento o prospectiva del tiempo. Aquí es el eje que separa la existencia de la realidad con respecto a la finitud propia, lo siguiente depende de un grado de introspección más que de fuerza argumental a mi parecer.

Existe el correlacionismo, digamos de los escritores en línea con el realismo especulativo que pudieran ser anti-correlacionistas, ¿qué podrían decirnos de la realidad que no caiga bajo el estigma del correlacionismo de la filosofía contemporánea?, dicho de otro modo, ¿qué no gobierna bajo el imperio de los signos, más allá de lo humano, en fin, más allá? Si esto se presenta como una necesidad insuperable (que la realidad solo puede ser humana, conocida/expresada por signos, y que seremos eternos prisioneros del lenguaje) entonces, sí, seamos realistas sin la apostilla de “especulativos” o siquiera realistas.

De lo anterior que podamos decir algo más de la realidad, es decir su inconmensurabilidad especial; ii) La realidad (o mundo) no existe sino en una cantidad infinita de campos de sentidos [Gabriel]; ii’) Las relaciones entre objetos no se agota en las relaciones que puedan tener con el ser humano [Harman]; ii’’) La necesidad de la contingencia/Híper-caos como una variación de nihilismo metafísico. La siguiente disputa una vez asimilado hay un gran afuera es afirmar o negar la existencia de realidades no humanas [independientes y externas sobre las cuales podamos decir algo] o a nuestro servicio, ¿por qué la realidad habría de ser una?

Estos dos puntos son las tematizaciones, inexactos, lo suficiente como para ser tomados como probables. La suficiente inexactitud, incalculable, nos llevaría a una primera e inconclusa invitación al realismo ; sin embargo y aquí nuestro mayor riesgo y razón de inconclusión, es que la mayoría de autores de esta lista siguen produciendo textos, la inédita tesis de Meillassoux, Infraestructura de Harman, o los muchos proyectos siguiendo la línea de la OOO (Ontología Orientada a Objetos), alumnos de Ferraris retomando su pensamiento realista para aplicarlo a la literatura, por no decir la enorme cantidad de textos críticos orbitando alrededor de estos autores, Markus Gabriel otorgándonos dos o tres títulos anualmente (sin contar traducciones), la no-filosofía de Laruelle sigue haciendo olas en el habla sajona, cada día las humanidades digitales apremian mayor terreno académico y se sigue disputando la relación entre esta constelación de autores y corrientes. No puedo sino disculparme por este recorrido panorámico, que buscaba resolver el problema risible de, ¿existen las mesas? Y de ser así, ¿cómo?

La verdad es que uno, al final, se cansa de todo, el realismo especulativo se asoma más allá de ese fin, preguntándose, ¿por qué vuelves realidad?, ¿cómo, cuándo, dónde, y por qué? La realidad misma nos puede ser indiferentes, dejándonos con esas mismas interrogantes, es más, incita esperando el día en que esto no ocurra. Al final, habremos de despertar de nuestro sueño correlacionista, y reconciliar el pensamiento con el absoluto36.

 

 

Bibliografía

 

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——, Sinn und Existenz, Suhrkamp Verlag, 2016

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Recursos Digitales

Textos

Ray Brassier, Alien Theory, The decline of materialism in the name of matter, (tesis de doctorado), Reino Unido, University of Warwick, 2001, consultada el 30 de Octubre de 2020 en https://uberty.org/wp-content/uploads/2015/03/brassier-alien-theory.compressed.pdf

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Audio

Conferencia “Hello Everything” para el Simposio de Filosofía celebrado el 1 de Diciembre del 2010, UCLA. Publicado por Timothy Morton, consultado el 18 de Julio del 2020 en https://archive.org/details/AHistoryOfSpeculativeRealismAndObject-orientedOntology

 

Videos

“On the Ashes of Post-Modernism: A New Realism. A Conference with Umberto Eco”, publicado por iitaly (2011), consultado el 1 de Noviembre del 2020, en https://www.youtube.com/watch?v=tZnwpW3OEZo

“Three Ontological Turnings, Martin Holbraad”, publicado por Etnograficzna (2016), consultado 18 de Julio del 2020, en https://www.youtube.com/watch?v=c-SQBe-V7Jw

 

“Why the world does not exist | Markus Gabriel | TEDxMünchen”, publicado por TEDx Talks (2013), consultado el 30 de Octubre del 2020, en https://www.youtube.com/watch?v=hzvesGB_TI0

 


Autores
Martín Iraizos (CDMX, 1995). Estudiante de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, CU. Urbanismo (Fac. Arq. CU, UNAM 2014–2018) Museografía (San Carlos 2018) Traductor y director de notas de: Noys, B. (2018). Velocidades Malignas, Aceleracionismo y Capitalismo, Madrid, España: Materia Oscura. Ponente para el congreso internacional Kierkegaard y la filosofía contemporánea (2020, Ibero) presentando; “La barba de Kierkegaard y otros cuentos para niños (Deliberación filosófica sobre los cuentos de hadas en la obra de Kierkegaard)” Ponente para el Primer y Segundo Congreso Latinoamericano de Investigación en Cambio Climático y Noveno y Décimo Congreso Nacional de Investigación sobre el Cambio Climático (2019-2020). Ponente para el Primer Congreso Interdisciplinario de Historia de México, presentando; “Otro fin del mundo es posible. Lección preliminar de las narices de los osos pardos” (2019). Colaborador en las revistas digitales: Entropía (2020), CineGrafía (2020) Fuimos Peces (Fenomenología de los parásitos estomacales, seguido de Por qué debemos arrollar a los ciclistas) (2017), y Metrópoli Digital (Invitación a la Necrofilia) (2017)

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopublica.