Tierra Adentro
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“Este género artístico, en lo que se refiere a la lengua, es el más próximo al terreno de la conversación social. Todo lo presentado por él vive en las costumbres de la época y del pueblo.”1

Desde los años 90, se ha promovido en la traducción el respeto por la alteridad cultural. Nuevas voces cuestionaron las prácticas etnocéntricas que promueven la fluidez del texto meta, la invisibilidad del traductor y la homogeneización de los textos, y salieron en defensa de la finalidad ética de la labor traductora: albergar la otredad. En el teatro, por ser un género híbrido, que se escribe, pero que ha de representarse ante un público, la producción de textos más inteligibles para los espectadores hace más difícil la resistencia a la ‘domesticación’ de la literatura dramática.

En 1976, en la conferencia de Lovaina, Bélgica, André Lefevere declaró que los estudios de traducción debían independizarse de los estudios literarios y lingüísticos para analizar los textos desde su red de signos culturales. Desde entonces, Lefevere y Susan Bassnett desarrollaron este enfoque en diversas publicaciones. El giro cultural, como se llamó este cambio de paradigma, alejó a la disciplina de las metodologías prescriptivistas tradicionales y puso énfasis en los procesos culturales que motivan la traducción y que se ven afectados por ella.

Una vez apoyada por los estudios culturales, la traducción, como disciplina, se alejó de la concepción hegemónica y elitista de la cultura (que se sostenía en la dicotomía entre alta y baja cultura), para llegar a la noción de culturas, en plural, y al cuestionamiento del canon literario. El valor de los textos se comenzó a observar como una construcción cultural, y no como algo intrínseco. Se volvió necesario pensar en la traducción como un mecanismo de manipulación cultural en el que se desenvuelven dinámicas de poder que determinan qué se traduce, cuándo y cómo. Pero no fue sino hasta los años 90 que se instauró oficialmente el giro cultural en los estudios de traducción.

En La invisibilidad del traductor, Venuti habla sobre un concepto muy utilizado en la tradición anglosajona para evaluar las traducciones literarias: la fluidez. La búsqueda de la fluidez y la ilusión de la transparencia, es decir, que las traducciones se adapten al lenguaje contemporáneo y a los valores culturales de sus receptores de forma que no puedan identificar el origen extranjero del texto fuente, es un problema cultural, ya que las traducciones no reflejan las diversidades culturales de los textos fuente y se fomenta una cultura monolingüe y limitada.

La fluidez hace desaparecer la otredad, lo extranjero, porque domestica el lenguaje, y lo adapta a sus propias particularidades gramaticales y léxicas, al tiempo que cambia los referentes traducidos por unos más cercanos a los de la cultura de llegada, lo que borra las particularidades del autor y la cultura de origen. Esto es justamente lo que para Berman constituye una falta a la finalidad ética de la traducción, que es permitir la entrada de lo extranjero para que el lector pueda aceptarlo. Así, el traductor debe brindar al lector “el goce genuino de obras extranjeras”2.

El fin de la traducción es que el lector sienta la esencia de autor, un autor proveniente de otra cultura, tal vez de otra época. Si arrancamos al autor de su contexto, lo transformamos en el vecino de al lado y aplanamos su vocabulario y su discurso para no dejar oír su acento, estamos robando al autor su verdadera identidad y al lector la oportunidad de conocerla.

Ahora, al leer una novela, el lector puede ir y venir a placer, tiene tiempo de meditar, de investigar, de leer las notas a pie, etcétera. En cambio, el espectador de teatro experimenta la obra de forma pasiva y no tiene control sobre su velocidad y su desarrollo, no puede regresar si no entiende algo y no tiene más información que la que recibe a través de sus sentidos durante la puesta en escena, además de las escasas notas que haya recibido en un programa de mano.

Entonces, no parece factible traer la extrañeza de un texto traducido a un espectáculo teatral. Y es por eso que muchos traductores de teatro consideran que se debe buscar equivalentes locales de lo que dice el texto original para que la lectura (por parte de los actores, en este caso) sea fluida, de modo que se lea y se escuche ‘natural’.

En su artículo La traducción teatral contemporánea, Cristina Vinuesa habla sobre su experiencia como traductora teatral y describe su proceso ante la obra Cocina y dependencias de Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri. En su reflexión, cuenta la anécdota de tener que traducir una escena en la que uno de los personajes traía un postre a una cena veraniega, une bûche de noël, un postre francés navideño. Vinuesa cuenta que su decisión fue “salvar la escena con una equivalencia cultural”3y españolizarlo como “roscón de reyes”4 cuando el personaje hace alusión a lo original que fue su aportación, por ser junio. Así, el público pudo entender la hilaridad del parlamento.

Uno de los defensores de la traducción mediante equivalencias es Eugene Nida, lingüista estadunidense que, como parte de su labor misionera, realizó traducciones bíblicas para las comunidades que visitaba. Para Nida, la mejor manera de traducir es la equivalencia dinámica, que busca el referente natural más cercano al del texto original para lograr en el receptor del texto traducido una reacción similar a la que hubiera tenido el lector del texto original, aunque ello implique más ajustes formales y de contexto.

Esto significa que, si en el texto original tenemos a un sujeto comiendo un hotdog en Nueva York, en la traducción para un lector mexicano lo encontraremos comiendo tacos en la Ciudad de México, en una especie de ‘teoría de la liberación teatral’. En cuanto a la traducción de teatro, este enfoque ha sido aceptado y adoptado por el carácter oral de la literatura dramática, al punto en el que se aboga abiertamente por invisibilizar al traductor:

Max Beerbohm considera que el fallo garrafal de muchos de los que traducen obras dramáticas es la falta de naturalidad en las expresiones, de forma que hacen que el lector sea ‘extremadamente consciente’ de que aquello es una traducción […] parece como si su máxima aspiración fuera encontrar frases que el lector medio nunca utilizaría.5

Susan Bassnett, además de haber impulsado el giro cultural, es una de las personalidades más prolíficas en el estudio de la traducción teatral (que ha sido bastante menos explorada que otras áreas de la traducción, tanto técnica como literaria). Bassnett considera que la evaluación de las traducciones desde el punto de vista de su funcionalidad en el escenario es cuestionable ya que, al no existir una forma de medir esa funcionalidad, lo único que logra es servir como un pretexto para que el traductor manipule el texto libremente, tal vez incluso en detrimento del sentido de la obra original o de la intención del autor.

Este tipo de libertades pueden resultar en el sacrificio de la forma del texto, de las estructuras sintácticas que apoyan el sentido del mensaje, en favor de equivalentes semánticos que se acoplen a la cultura de llegada. Un texto teatral es un punto de partida. A veces el texto es modificado durante los ensayos o puede ser que la obra haya sido concebida en el escenario y escrita después –incluso hay textos teatrales que no fueron creados para actuarse.

El director hace una lectura de la obra y conjura la visión que quiere realizar. Hay escenógrafos, vestuaristas e iluminadores que trabajan hacia esa visión, pero que también pueden hacer sugerencias o propuestas de acuerdo con su área de especialidad. Y están también los actores que, al encarnar a los personajes y pronunciar los diálogos, les imprimen algo de ellos mismos. De las interpretaciones de todas estas personas (y del presupuesto de la producción) nace el espectáculo teatral como lo conocemos. Además, el traductor es solamente una de las personas involucradas en el proceso teatral y, como tal, no le corresponde decidir sobre la interpretación del texto en el escenario, sino solamente al sistema lingüístico elegido.

Mucho se ha discutido sobre la existencia de redes de significado ocultas en los textos. En el teatro, esta idea se sustenta en el método actoral de Stanislavsky, que sugiere que los actores descubren, a través del texto, una situación emocional subyacente de los personajes, que puede o no concordar con lo que expresan verbalmente. Y para los traductores las implicaciones de la existencia de este subtexto crean un desafío imposible en cuanto a su decodificación desde el idioma fuente y recodificación en el idioma meta.

Afortunadamente, para los que ejercemos esta profesión, Bassnett y otros académicos, como Egil Tornqvist, han llegado a la conclusión de que la existencia de un texto interno de estas características implicaría una decodificación distinta por parte de cada persona y habría entonces una infinidad de variantes, por lo que nunca podría ser el mismo en un texto fuente que en el texto meta. Además, la noción de subtexto es una convención exclusivamente occidental, por lo que su aplicación en la traducción teatral sería, en el mejor de los casos, limitada.

Bassnett posiciona al traductor frente a su materia de trabajo: el lenguaje. Debe entonces el traductor avocarse a la atención de los signos lingüísticos y extralingüísticos que se encuentran en el texto para facilitar el contacto entre sistemas teatrales. Para lograrlo, por supuesto, su labor estará restringida por las características de la cultura de llegada. Por ejemplo, Ducis’ tuvo que borrar algunas escenas de Hamlet para ponerla en escena, porque la sociedad francesa de su tiempo las hubiera considerado de mal gusto.6

Una buena forma de abordar la traducción teatral podría ser la que propone Eric Bentley en la introducción de El círculo de tiza caucasiano: que tal vez las primeras publicaciones de obras extranjeras deberían ser traducciones muy literales para después producir adaptaciones en las que se busquen equivalentes. De hecho, eso fue lo que hicieron él y Brecht con esta obra. Brecht le solicitó a Bentley una traducción palabra por palabra, que fue publicada en 1948 por la University of Minnesota Press, y en ediciones posteriores se publicaron cambios realizados al texto en inglés. Bentley comenta que, en ese proceso, fue de mucha ayuda la puesta en escena de la Universidad de Harvard en 1960.

Una versión literal de una obra extranjera nos lleva a visitar al autor en lugar de traerlo a nosotros. Nos permite conocer más de él, de su contexto y de su pensamiento creador. El traductor puede añadir notas para aclarar puntos que así lo requieran por las diferencias entre las culturas de partida y de llegada o por una imposibilidad de traducción, por ejemplo, de un juego de palabras. Pero las palabras estarían ahí, a disposición de lectores y directores para ser interpretadas, ahora sí, desde y para su contexto sociocultural. Entonces sí podemos hablar de encontrar equivalencias que permitan una lectura disfrutable e inteligible, sin sacrificar la otredad de autor y la extrañeza de su creación, al tiempo que se deja abierta la posibilidad para el desarrollo creativo de los artistas de la escena.

A fin de cuentas, ninguna traducción es algo definitivo y el texto teatral no es una obra terminada, sino que se culmina en la conciencia del espectador. En realidad, el texto puede manipularse y puede tener muchas intenciones originales, mediatas y finales. Es como una partitura que, con la limitación propia del lenguaje, esta ahí, esperando ser interpretada. Entonces el traductor tiene que ser consciente que es un medio para llegar a un fin y que no le corresponde realizar la adaptación, pero sí darle las herramientas al lector o al director para poder desarrollar su propuesta y definir en qué clave va a tocar esas notas.

 

 

 


Autores
Fernanda Igartua es traductora de literatura en lengua inglesa y socia fundadora de Nauta: Traducción y Cultura. Es licenciada en Estudios Internacionales por York University y cursó la maestría en Gestión Cultural y Desarrollo Sostenible. Actualmente, cursa el Diplomado en Formación de Traductores Literarios de la UNAM.
Ediciones Era, libro electrónico

Decir que un libro pertenece a la “narrativa del desierto” suena como a un juego editorial, una trampa concebida para llevar al lector a esas novelas duras, a esos cuentos de violencia y paisajes abiertos y narcos destruyendo todo el Mundo habitable. En el desierto parece, según los publicistas culturales, no existir espacio para el amor ni, para la dicha o para el crecimiento (la transformación) de los hombres. El desierto es muerte, nos han dicho.

Luis Jorge Boone (Monclova, 1977) se ha hecho famoso por ser un escritor que transita entre los grandes géneros. Me explico: tanto en sus cuentos, pongamos por ejemplo Largas filas de gente rara (FCE, 2012), Cavernas (Era, 2014), como en sus poemarios Traducción a lengua extraña (FETA, 2007), Bisonte mantra (Era, 2017) o su último Contramilitancia (Atrasalante, 2020), se percibe la tesitura de un escritor de oficio, de un letrista preocupado en la forma y el contenido, por la alta calidad de aquello que llamamos “Alta Literatura”, sin olvidarse de la cultura pop con la que ha crecido.

Boone es también novelista, y aunque hasta ahora no ha escrito teatro, pareciera que sus intereses nos llevan también a la dramaturgia y la puesta en escena, como demuestra el escenario concreto y al mismo tiempo turbio de “Las glorias del cine al alcance de todos”, relato con el que cierra Suelten a los perros (Era, 2020), cuentario ganador del Premio Nacional Agustín Yáñez 2019.

El más reciente libro de Luis Jorge Boone, tengo que decirlo, es una gozada. No hay espacios realmente superfluos en ninguno de estos cinco relatos, que funcionan con una estructura pareja que da muestras de su conocimiento en cuanto a la construcción de un libro de cuentos. A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, donde muchos cuentarios se construyen con aquellos textos que se publican en revistas de todo tipo, en Latinoamérica existe la concepción de un libro redondo, conformado por historias que, a pesar de ser autónomas, buscan la cohesión de algo que bien pudiera llamarse “cuentario”.

Construir un libro así no es sencillo. ¿Bajo qué aspectos debe entenderse la cohesión de estos relatos? Otra vez, pensando en la tradición anglosajona, existen libros que sí funcionan de esta manera, y que por lo mismo en ocasiones se toman como novelas, tal es el caso de algunos libros de Alice Munro y Joyce Carol Oates; o de casos particulares como el de Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson y Knockemstiff de Donald Ray Pollock, donde se conjuntan una serie de historias en las que los personajes se entrecruzan en un mismo paisaje o ciudad. En Suelten a los perros no ocurre lo mismo con exactitud, sin embargo, la presencia de Coahuila, específicamente la región monclovense, se manifiesta como escenario, paisaje, y hasta mismo personaje que cobra vida para explicarle al lector que el desierto es todo menos muerte, aunque exista el dolor y las heridas también supuren veneno.

El primer relato, “Mi vida con las plagas”, narra la historia de un hombre que debe enfrentarse con el destino, cuya forma es la de una rata, uno de esos animales inmundos y gigantescos, salido de una pesadilla propia de la CDMX o de la mente de Stephen King (en muchas ocasiones me he preguntado cómo hubiera sido la obra del escritor de Maine de haber nacido en Azcapotzalco). Aquí se atisba la picaresca de un hombre que no es ese “heredero de los cazadores de mamuts”, ni tampoco un espécimen propio del cine norteamericano, donde en cualquier película el personaje hombre puede desatascar una tubería, arreglar una chapa o el motor de su automóvil viejo.

El “héroe” del primer relato no es un resolvedor de conflictos, sino un simple ser humano que pasa por la desgracia, que habita, o más bien sobrevive, la casa en obra negra de su hermana, quien le cobra una renta miserable porque así puede ahorrar en lo que su vida se acomoda. Un maestro que le pregunta a sus alumnos cómo harán uno de los exámenes que no ha querido, ni podido, preparar. Un divorciado que acude a la llamada chingativa, siempre chingativa, de su ex.

La prosa de Boone transita entre el marasmo de la decadencia, pero también en el humorismo sereno de aquel hombre derruido y que aun así peregrina en el desierto hirviente o gélido del paisaje humano: Monclova, Coahuila, la cercanía de la frontera, el desierto y las dunas, el lugar de la tristeza y de la risa. Boone nos recuerda que algunos de sus libros son “narrativa del desierto”, sin por ello hablar de la violencia o los tiroteos y los cuerpos aventados en la carretera. No siempre la ira de la bala contra el cuerpo, del cuchillo contra el cuello, es todo lo que habita en el desierto. También en él existe la violencia interior, el horror interior,  la risa, la esperanza y la ignominia de una vida simplona llena de pequeñas tragedias.

“Quimeras por la mañana” es quizá uno de los relatos más bellos y complejos del libro, junto con “Cien fotografías iguales”, pues el budismo se mezcla con la pérdida de un proyecto en pareja: el matrimonio, y los detritus que no lo son, ciertamente, sino frutos luminosos que sirven como guías para buscar, en el páramo, la luz de la mañana. Es un hombre, otro hombre de mediana edad, otra vez divorciado, otra vez en Coahuila, es cierto. Mas, ¿no es ese hombre cualquiera de los lectores, sea hombre o mexicano o coahuilense o lo que sea? Ese hombre que ha dejado de vivir en una parte del Mundo para llegar a las charcas de la “medianía”, de la existencia donde se ha perdido casi todo en una separación, pues ese todo es una niña, la hija del protagonista, que se mueve entre los palacios de la nueva pareja de la exesposa y el propio universo del padre. La belleza se encuentra en una decisión, en la alabanza a todo lo que significa la conexión de uno con los otros, de esos otros con uno, de uno con uno mismo. La belleza se encuentra en la desconexión, incluso en la de los pensamientos, cuando se apaga todo ante una mañana inminente, con las manos al volante y una carretera infinita situada justo en medio del desierto. Otra vez el desierto, pero en esta ocasión no está vacío.

Me resulta complicado definir si existe una emoción imperante en Suelten a los perros. Es un libro melancólico, es cierto, pero no todo es tristeza o desarraigo o aceptación de la pendejez de uno. Las historias son de crecimiento, sin que el coaching barato tenga participación alguna, aunque uno de los personajes del libro decida ponerse los tenis y salir a correr, y con ello, pese a ello, baje la panza y su vida vuelva a ser lo que el común de los mortales llamaría “vida estable”.

No se encuentra el lector ante un libro del abismo. Aquí no hay desgarraduras superfluas diseñadas para la lágrima fácil, ni para la degradación del cuerpo y el alma ni siquiera para gozar, cual masoquistas, con el dolor y el sufrimiento extremos. Lo que hay en Suelten a los perros es pura humanidad convertida en prosa, donde el atisbo del horror se conjunta con la aceptación de la derrota, con el pesar de una carrera que nunca se levantó del todo, con el divorcio y la desconexión, con la confrontación de un universo cotidiano que aun así muestra puntos insidiosos en cada una de las habitaciones en las que nos desenvolvemos. Hay incluso un espacio para el terror y el misterio, donde un amante asiste a la galería de una fotógrafa que ha desaparecido sin explicación alguna, y ha dejado detrás, una especie de epitafio o quizá la muestra de que lo sobrenatural existe, y que levantar el velo siempre conlleva un castigo.

Aunque los personajes no se entrecrucen y no haya conexiones ente las historias, Suelten a los perros, bien podría haberse llamado Monclova, Coahuila, y como los libros de Anderson o de Pollock, tampoco nos hablaría realmente de un punto geográfico y en el tiempo del Mundo, sino de aquellos que son como nosotros, y que viven, sufren y a veces se ríen de las pendejadas que hacen. Un libro del desierto pero no del corazón humano vacío, sino del que incluso en la ficción encuentra el resuello del anhelo y el calor de la risa o las cosquillas del deseo.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Diseño de forro: Teresa Guzmán Romero

I

LAS CHICAS DEL HORATIO, 1907 NO ERA en Bridgeport ni en Horatio House donde Christina vivía junto a otras nueve mujeres; era en un edificio de ladrillo con lámparas de cobre en el tejado. Sus cornisas parecían caer desde un cielo marrón y las ventanas eran pequeños puños de tenue luz azul. Era un castillo oscuro de la calle Treinta y Siete. Un castillo lleno de polacos.

Panna María, el agujero más sucio de todo Manhattan. Las ratas y los bribones polacos caían sobre sus víctimas desde las escaleras de emergencia. En un mes, Christina se mudaría a aquel infierno.

Había caminado desde la Avenida Once para explorar Panna María. Pero las ratas no aparecían y los bandidos polacos debían de haberse escabullido por la azotea de cobre. ¿Dónde estaban las putas que infestaban la casa? Esas mujeres con la cara embadurnada de lodo rojizo y que no se ofrecían desde las ventanas, como las brujas alrededor de Horatio House, ni cobraban frente a la puerta principal. El castillo estaba cerrado. Nada entraba ni salía de ahí. Vio un bombín en el sótano y escuchó el balido de una cabra. Era todo el movimiento que Panna María podía soportar.

Regresó a la Once, donde las brujas estaban paradas frente a las ventanas. Los vendedores de carbón iban de puerta en puerta. Los ropavejeros olfateaban algún trueque. Los ciegos manoseaban la falda de Christina, quien tenía que ir sacando dedos de su corsé. Empezaba a sentirse como en casa. Christina dio un centavo para las vacas del establo que estaba detrás de su dormitorio; le gustaban esos vientres henchidos y la leche que abastecía a los pobres de Hell’s Kitchen. Las vacas eran criaturas confiables; la despertaban todas las mañanas con su mugido.

Era Kitty Matlock, la chica que había desertado de la universidad para convertirse en cuidadora, dejando atrás un pasado en Bridgeport, Connecticut, de salseras y cremeras de porcelana. En Horatio House no tenían salseras: el gravy se servía en un tazón común y corriente.

Los escarabajos roían sus calcetas. Tenía una cama austera, de monja, y a nadie se le otorgaba una almohada apropiada. Se entretenía con los hombres que metía a escondidas a su dormitorio y los llevaba a la esquina más oscura de un pasillo, donde se ponía una almohada de crin de caballo debajo de las nalgas. Tenía un catálogo de sinvergüenzas por amantes: ropavejeros, ayudantes de carniceros, vagabundos y barrenderos de la lechería. Aullaban bajo su ventana cuando querían estar con ella. Kitty los dejaba entrar por el sótano antes de que despertaran a “la autoridad”: las enfermeras en jefe que la habrían corrido a patadas del dormitorio. Restregaba su cuerpo contra aquellos hombres una o dos veces, con la crin de caballo arañándole el trasero. Ellos se arrullaban en su frente llamándola amor o querida y a gritos le proponían matrimonio en la febril ansia de tenerla. Y ella tenía que contestarle al ayudante de carnicero:

—No puedo casarme, soy una monja. Cuando Christina se cansaba de él, la hermana Caroline y la hermana George, sus cómplices, consolaban al muchacho.

—¡Una seductora, eso es lo que eres! —decía Caroline.

—Kitty es una femme fatale —la corregía George.

Las tres monjas se escapaban del dormitorio con el propósito de tomar cerveza en el salón para mujeres de McNulty’s. Era lo más cercano a una cantina socialista. Las mujeres podían beber y fumar sin tener que estar acompañadas por un hombre.

Las monjas fueron a McNulty’s después de la expedición de Christina a Panna María. Caroline y George tenían curiosidad de saber de ese país de polacos concentrado en un solo edificio. ¿Qué podía decirles Christina? “Vi un bombín en el sótano”, que era lo único que se había movido en el edificio. El infierno necesitaba una enfermera, pero ella no podría haber sido asignada a Panna María sin su papá, el rey republicano.

Oh, kitty, kitty, kitty cat.

El barman, Henry, se empeñaba en molestar a Christina. Derramaba cerveza en su falda, ponía la barbilla cerca de su escote y le espetaba procacidades.

—Vamos al cuarto de atrás, ¿quieres, amor? ¿No te das cuenta de que estoy loco por ti?

—Vete al diablo —respondió Caroline, mientras la hermana George soplaba el humo de su cigarro en los ojos de Henry.

Christina descubrió un escarabajo prendido a su falda y lo arrojó a la escupidera. Era 1907 y podía hacer lo que quisiera.

Henry se molestó. No resultaba propio de una dama sacarse animales de la ropa.

—Es una pervertida —dijo —. Esa zorra tiene bichos por todo el cuerpo.

Y así dejó de estar enamorado de Christina Matlock. Henry sabía quién era su padre, el rey Rufus, y esperaba enamorar a la enfermera para volverse su yerno. Tendría una vida holgada si se casara con una millonaria, pero no se le acercaría si resultaba ser una depravada. Seguiría sirviendo cerveza en el McNulty’s hasta que pudiera encontrar a otra enfermera mejor.

George tomó la mano de Christina.

—Te extrañaremos.

—Pero si sólo me voy a la calle Treinta y Siete, por Dios.

—Kitty, ¿no tienes miedo?

—¿Por qué? Papá contrató a los demócratas para cuidarme.

—Son tan asquerosos como los polacos —dijo Caroline—. Y el doble de sucios.

—Eso es lo mejor de todo —George iba por su quinto tarro de cerveza—. Kit va a arreglar Manhattan. Se postulará para alcalde con el apoyo de las mujeres.

—El apoyo de las mujeres no existe —dijo Caroline.

—Seduciremos a cada político del país, empezando por el papá de Kit, para que nos den su voto.

Las tres monjas rieron mientras eructaban por tanta cerveza. Henry miró de reojo el salón de las mujeres.

—Zorras. ¡Ni siquiera les interesan los hombres! George abrazó a Caroline:

—Siempre perteneceremos al Horatio, pase lo que pase. Después de nueve o 10 cervezas, las novicias salieron del McNulty’s trastabillando bajo la luz de los faroles. Bien podrían haber sido un trío de prostitutas, pero iban vestidas con la blusa violeta y el tocado azul de las muchachas del convento. La hermana Caroline iba cantando canciones procaces acerca de un granjero que tenía una enorme herramienta que iba de una vaca a otra. Y estas vacas lascivas cantaban el coro:

Granjero Brown, granjero Brown, Ordéñanos, ¿quieres, cariño? No nos quites tu herramienta.

Christina se tambaleaba por la calle y cantaba con sus hermanas. El único hombre con el que se casaría era el granjero Brown. Su padre era el rey republicano; su madre, Mathilde la Loca, estaba muerta.

Las hermanas regresaron al convento. Se vieron obligadas a entrar por el sótano, por una ventana rota cercana al establo. La autoridad cerraba con llave las puertas a las ocho. El tocado de George se arrugó al pasar por el vidrio roto.

—¡Mierda de rata! —musitó—. ¡Ojalá que la autoridad tenga la cama llena de cucarachas y de mierda de rata!

Subieron a oscuras a su dormitorio; no podían permitirse encender una vela. Las enfermeras en jefe aparecerían resoplando, creyendo que la noche de brujas había llegado.

Las novicias no podían irse a dormir sin fumar un cigarro, así que compartieron uno en el baño. Caroline eructaba por tanta cerveza. Se desvistieron, buscaron a tientas los camisones y se metieron en la cama. Las demás chicas del dormitorio se burlaron de ellas:

—Las tres señoritas de la casa.

—Ay, cállense —dijo George.

—Las tres apestan; estoy a punto de reportarlas con la autoridad.

—Atrévete, querida, y te mando a vivir con las vacas.

Esas peleas ocurrían todas las noches: Caroline, George y Christina contra todas las demás monjas de Horatio House. Eran unas singulares perras, todas ellas. Un ejército de enfermeras en la Avenida Once. Ninguna había nacido en Nueva York. Las chicas del Horatio venían de lugares muy diversos: Connecticut, las dos Carolinas, Maine; entre el montón había dos de Minnesota. Eran hijas de ricos que se prometían a sí mismas ayudar a los pobres. La autoridad no aceptaba a nadie cuya sangre no fuera, al menos, un tanto azul.

El linaje de Christina en los Estados Unidos era más viejo que la Revolución, pero eso no evitó que su madre se volviera loca. No había ninguna seguridad en la pureza de sangre. Hubiera preferido ser polaca, sin sangre con la cual soñar. ¿Necesitarían las brujas polacas una chica más? Se cambiaría el disfraz de monja y sería aprendiz de las putas de Panna María.

 

II. EL HIJO DEL ZAR

—¡Panna Matka! ¡Panna Matka! ¡Ya llegó!

La rodearon chicas gordas y holgazanas, en bata, con tartaletas de fresa entre los dientes. Sus gargantas se estremecían por el esfuerzo que hacían al masticar; parecían gansos de largos y agitados cuellos blancos. Podías atiborrarlas de pasteles, pero no llevarlas al matadero. Los gansos de Matka eran demasiado valiosos.

Los alemanes adoraban a una mujer rolliza. Llegaban del club demócrata local con un tarro de cerveza y preguntaban por la chica más gorda de la casa. No habrían podido seguir viviendo sin Matka y su brigada polaca.

—¿Quién llegó? —les preguntó Matka a Henryka y a Filys, sus ayudantas.

—Stefan, el zarévich.1

Y comenzaron a reír. No estaban encantadas con Stefan Wilde, su pequeño zar, quien les cobraba la renta a Matka y a todos los demás polacos del edificio.

—Matka, ¿deberíamos empujarlo por las escaleras? Es tan escuálido que se romperá el culo.

Matka calló a las chicas. La llamaban Panna Matka porque era como un general para ellas, una madre superiora que gobernaba el pequeño convento del séptimo piso. Los alemanes las hubieran asesinado mucho tiempo antes si no hubiera sido por Panna Matka. Se arrojaba contra los demócratas borrachos con un sartén o con un bastón si trataban de engañar o de hacer daño a alguna de las chicas. ¿Quién podía confiar en los alemanes? Primero te besan y manosean, y, una vez satisfechos, empiezan a golpear.

—Adelante —gruñó Matka—, déjenlo entrar.

Y las chicas salieron bailando de la habitación con sus rebanadas de pastel en la mano.

Stefan Wilde apareció en la puerta, con una rosa cubierta de hollín en la mano. Daba igual lo que Stefan llevara: ya fuera una fl or, un sombrero o un pañuelo, siempre estaría lleno de carbón. Era una criatura que pertenecía al sótano. No estaba hecho para la luz del sol ni para visitar el séptimo piso. Funcionaba mejor abajo de las escaleras.

A Matka la flor le dijo todo. Stefan no había ido por negocios. No tenía ningún plan nuevo para ella y sus chicas.

Murmuró su nombre: Elizabeth. Se sentía inseguro con el cuello lleno de hollín y una rosa en la mano. Ella sonrió y él lo tomó como una señal para desvestirse. Dobló sus pantalones chocolate en el respaldo de una silla mientras miraba de reojo las arrugas. El sombrero seguía adornando su cabeza. Stefan Wilde no podía correr ningún riesgo en el cuarto de una puta. Cuando se acostó en la cama de la mujer, llevaba puesta su ropa interior de franela, tan llena de hollín como el resto de su atuendo. Tenía negras las plantas de los pies. Había nacido en un depósito de carbón.

Ella soltó las cintas de su bata y se metió debajo del edredón con Stefan. Matka tenía 35 años, pero los policías y los políticos la preferían en lugar de las blondinkas2 a las que Stefan arrastraba de los barcos de inmigrantes hasta la calle Treinta y Siete. Era una morena con alguno que otro pliegue debajo de las caderas. No era la suya precisamente una cintura de avispa. Tenía un vientre prominente, surcos de piel madura y unos senos que podrían llenar de leche el Tammany Hall.3 Pero Matka estaba muy ocupada cuidando el negocio del séptimo piso y reconfortando a niños fieros como Stefan Wilde.

Incluso bajo el sombrero se podía ver la satisfacción en su rostro; gruñía de placer al sentir a Panna Matka. Stefan tenía los ojos tan abiertos como los de un leopardo mientras la trepaba para penetrarla. Su boca estaba abierta. Contuvo un estornudo. Su ropa interior, llena de plumas y polvo, raspaba la piel de Matka con cada embestida de su cuerpo.

Matka recibía cientos de promesas de los demócratas del Tammany: que la sacarían de ese basurero para instalarla en una mansión en la parte baja de la Quinta Avenida; que tendría agua caliente y baño privado, y que no tendría que correr hasta los fétidos inodoros del patio. Todas las ventajas modernas para Elizabeth Warszawa, el lirio polaco, pero ella prefería aquel horrible lugar donde vivían todos los polacos, rodeado de cervecerías alemanas e irlandesas, establos y mataderos. Y prefería a Stefan Wilde.

Él nunca compartía ni un cigarro con Matka, ni se quedaba acostado junto a ella. La negativa de Stefan ante la cortesía más elemental era como una declaración de amor. Matka estaba convencida de que él estaba aterrado por la música escrita entre gemidos y el escalofrío enquistado debajo de su ropa.

Comenzó a provocarlo:

—¿Cuándo nos vamos a casar?

—El próximo año —le contestaba mientras se ponía sus pantalones chocolate, pero con un gesto extraño en los labios. Wilde era un poeta; había estudiado gramática inglesa y sabía dónde iban los puntos y las comas. Había llegado al grado más alto de la escuela pública. El poeta estaba en problemas. Tenía un ligero temblor en sus ojos cafés.

—Elizabeth, deberíamos irnos de Panna María.

—¿No te gusta la Décima Avenida? Tienes un harem de blondinkas. Eres el príncipe de Nowy York. 4

—Los polacos siempre hemos tenido que comer mierda. Los rusos nos conquistaron una vez; ahora los alemanes nos tienen en sus manos. Elizabeth, tomaremos el ferry hasta Hoboken y pondremos casa en algún lugar por allí.

—Sólo si te casas conmigo —respondió Matka. Stefan se rascó la oreja.

—¿Por qué casarnos? Viviremos juntos, comeremos helados.

—El helado no le sienta bien a una vieja solterona.

—¿Y quién es una vieja solterona? Elizabeth, eres bellísima.

—Quiero tener un hijo.

Stefan se caló el sombrero hasta la punta de la nariz.

—No puedo ayudarte con eso. Adiós. —Te vas a arrepentir, Stefek.

Iré corriendo a la iglesia a pedirle a Dios que te lance un rayo al sombrero.

—Fallará —dijo Stefan—. Dios se mudó a Aaron Burr Hall. Está demasiado ocupado contando dólares como para andar mandando rayos.

Se levantó el ala del sombrero con dos dedos y Matka vio sus ojos. El café se había hecho cenizo. Todo él era hollín. Sus ojos, su mandíbula y sus uñas eran como leche ennegrecida; Matka debe haber asustado al poeta con el asunto del matrimonio.

—Panna Stara5 —musitó—, soy una vieja solterona.

—Te voy a buscar marido —dijo el de los ojos oscuros.

Ella le lanzó un zapato que golpeó su brazo. Un sonido se articuló en la garganta de Stefan Wilde que podría haber sido un susurro de amor. Lo mataría si se atrevía a burlarse de ella.

—Señor Piel y Huesos, ¿quiere que su Elizabeth se case con otro?

—No —respondió—. Usted es mi señora.

Ahí estaba Matka, a un paso del matrimonio. El poeta se había comprometido. Ya tenía un prometido. Stefan Wilde se puso de un pálido enfermizo. No podía respirar en el séptimo piso. Necesitaba su depósito de carbón, el aire viciado y húmedo del sótano.

Fue a visitar a su maestro, Peter Charney, al 607.

Peter llevaba puesto un abrigo. Le gustaba acampar en sus habitaciones, como soldado de infantería. Tenía una tetera rusa o samovar, pero no quería una estufa. El único zyd6de Panna María se había autoexiliado de los judíos del centro de la ciudad. No pudo asentarse con ellos en Hester Street. Había sido oficial del ejército polaco; los rusos habían permitido a la gente de Varsovia tener una unidad fantasma y habían puesto a Charney al frente para burlarse de los polacos y de todo lo polaco. Le concedieron derechos y privilegios. Charney montaba a caballo y podía vigilar los inmundos distritos de la zona norte de la estación Vienna, aquel barrio llamado Nalewki, hogar de obreros, bandidos y judíos. Entraba a Nalewki acompañado de un tambor y seis mosque teros, jóvenes campesinos lo suficientemente tontos para acompañar a Peter Charney. Reprendían a las prostitutas, les exigían permisos a los pordioseros y detenían peleas, hasta que tanto los goyim o gentiles como los judíos se rebelaron contra su unidad y arremetieron a golpes contra Charney y su caballo. Charney quemó su uniforme (salvo el abrigo) y huyó hacia Panna María y los Estados Unidos.

En el campamento de Peter te sentabas sobre botellas de leche y tomabas el té sin añadidos ni pasteles. Siempre era tiempo de guerra en la casa de Peter. Charney no creía en nada más que en la lucha. “Antinomias —repetía—. Monárquicos y realistas, republicanos y demócratas, Aleksander Hamilton y Aaron Burr.” Hamilton era su héroe. Charney le enseñaba a Stefan Wilde historia norteamericana haciendo un recuento de las peleas entre Aaron y Aleksy sobre cuál de los dos debía gobernar los Estados Unidos. Un rey elegido, como George Washington, o el dictador Aaron Burr y la plebe del Tammany Hall.

Era algo que confundía a Stefan, porque los demócratas eran llamados republicanos en la época de Aaron Burr. Era capaz de citar de memoria cada detalle del duelo de Aaron: cómo había cruzado el Hudson en un bote de remos para ver a Aleksy en Weehawken Hill; la capa que vestía Aleksy en el sitio del desafío, y cómo ésta se enredaba en sus pantorrillas. Aleksy no limpiaba su pistola; tenía el pelo ensortijado y sus manos eran muy pequeñas. No dispararía contra Aaron Burr. Apuntó el cañón hacia los árboles. Aleksy fue un idiota al morir así, disparando a unos mirlos que reposaban en unas ramas.7 El maestro no estaba de acuerdo.

No podía dejar de llorar por Aleksy. Y Stefan tenía que discutir con su maestro.

—Aleksy era un trepador social —dijo—. ¿No se había casado con una mujer rica?

—¿Y qué ventaja tiene casarse con una pobre? Anda, descalifícalo porque le gustaba la ropa fina. Los hombres bajitos tienen que ser elegantes, si no ¿quién se fijaría en ellos?

Stefan no había ido a discutir hoy. Le gustaba imaginarse a Aleksy con unos pantalones chocolate. Su maestro preparó un té de un color rojo sangre. Esa sangre no era producto de la viscosidad de la mermelada. Era la herrumbre de la tetera lo que teñía el agua del té.

Stefan se terminó el té. Le dijo adiós al soldado judío y salió hacia el vestíbulo. Se había olvidado de Aaron Burr; estaba pensando en la matka que había perdido. Su madre había muerto antes de que él cumpliera dos años. Tuvo una sucesión de tías, mujeres de vellosas barbillas que le jalaban las orejas y que le daban pucheros infames para comer.

Las lámparas de gas irradiaban una tenue luz azul en el hueco de las escaleras. Stefan tuvo que andar a tientas, temeroso de pisar a algún niño en aquel lóbrego pozo. Los chiquillos vagaban frente a las puertas abiertas y se perdían por el edificio, o bien morían de tos ferina.

Algo gris subía por la vuelta de la escalera. No podía ser el bombín de un niño. Era demasiado alto. Aquel sombrero gris sobresalía muy por encima del barandal. Era el sombrero de fieltro de su jefe; era el sombrero de Herman O’Flahertie, el casero, encargado del bar y presidente de los Aaron Burr.

—Stevie, ¿estás cobrando la renta? No es correcto que andes por las escaleras todo el tiempo. Te van a salir bolsas en los ojos. No quiero que te enfermes por mi culpa. Tengo varios chicos polacos en el club. ¿Quieres que pongamos a alguno a prueba?

—Asustaría a los niños si aparece alguien nuevo. ¿Por qué molestar a la gente?

—Es tu territorio, Steve, Panna María no sería lo mismo sin ti, pero toma un poco de sol antes de que te conviertas en un sastre judío.

***

—Matka, es el mestizo.

Así era como llamaban las muchachas a O’Flahertie. Todos los demás lo llamaban el Alemán.8 Su madre era alemana y su padre irlandés, pero su sangre irlandesa no lo ayudaba. En la Décima Avenida, cualquiera con algo de alemán en él era siempre un alemán.

Matka tuvo que gritarles a aquellas blondinkas gordas.

—Apúrense, ¿sí? A Su Alteza no le gusta esperar y va a querer comer unos bollos con el té.

Las rubias se encogieron de hombros.

—Tenemos pasteles de semilla de amapola.

—¡Idiotkas! —les dijo—, a él no le gusta la comida polaca. Henryka, ve a la esquina y compra bollos irlandeses.

—¿Puedo mandar a Tbilisi?

—¡Ve tú!

Tbilisi era un viejecito que había sido raptado por los rusos después de la insurrección polaca de 1863 y obligado a vivir en el Cáucaso. Los rusos le tumbaron los dientes y el viejo tuvo que escapar a los Estados Unidos con algunos dedos de menos. No era muy listo; no podía contar ni escribir en ninguna lengua, pero era un buen mozo para las chicas, un mensajero que podía ir por helado. Sólo que no era capaz de diferenciar un pan de un rábano encurtido. En la panadería irlandesa le robaban hasta los pantalones y llenaban su ropa interior con veneno para ratas. Y el Alemán acababa por no tener nada para remojar en el té.

Era el pretendiente más perseverante que Matka tenía. O’Flahertie la cansaba cuando le hablaba de nidos de amor. Tenía cinco pequeños alemanes en casa y una esposa de gruesos tobillos. Él prometía deshacerse de ellos por Panna Matka. Ella podría vivir con él, arriba de la Sociedad Aaron Burr, en los cuartos donde se guardaban las viejas boletas y los libros electorales. Los demócratas habían prometido sacar toda la basura.

Tbilisi llevó al Alemán a su habitación. El anciano tenía la boca llena de saliva. Estaba pensando en los Estados Unidos. Stefan Wilde lo había prendido justo al salir del barco, entre un cargamento de rubias. El único atisbo del Nuevo Mundo que Tbilisi tuvo fue un viaje en el tren elevado de la Avenida Nueve. Había ido del Cáucaso a un burdel en la calle Treinta y Siete. O’Flahertie le dio 10 centavos y cerró la puerta.

—¿Cómo estás, amor?

—Tan bien como una prostituta barata puede estar.

El Alemán sonrió. Tenía un rizo sobre la frente que le gustaba a Matka; le encantaban los copetes.

—No eres una prostituta. Eres una empresaria, dueña de su propio negocio.

—¿Entonces dónde están los libros de cuentas y los registros?

—Éste no es lugar para recibos. Tu forma de trabajar es al contado, así no tienes demasiados comprobantes.

O’Flahertie se puso a olisquear por la habitación.

—Está el rastro de Wilde en el aire: carbón y sudor. ¿Le das pastel gratis? Tu pastel, Elizabeth.

Matka tuvo ganas de estrellarle un candelero entre los ojos. Era su puta, no una cabra de su granja. ¿Qué derecho tenía el Alemán de tener celos de sus favores? No le importaba contar los dólares que ella ganaba para él en esa habitación, pero rezongaba como un santurrón si percibía el olor de otro hombre en el cuerpo de Matka. No era tonta. Se había quitado del cuerpo el polvo de carbón de Stefan antes de que el Alemán llegara. Las muchachas habían cambiado las sábanas mientras Matka sacudía el edredón y escondía la rosa llena de hollín de Stefan en el armario. Pero le gustaba su aroma. Debajo de todo el hollín, Stefan olía a Polonia.

El Alemán sollozó arrepentido:

—¡Lizzie, trabajar tanto no es para ti! ¿No te ofrecí una casa?

Sus lamentos eran como la súplica de un mendigo. No estaba solamente detrás del pastel. Podía tener rubias y morenas con nalgas perfectas como lunas y pies más pequeños que los de Panna Matka. El Alemán tenía la enfermedad de los príncipes y los comerciantes poderosos: no era capaz de dominar a Matka, así que lo llamaba amor. Así es como le parecía a la filosofka de la calle Treinta y Siete.

Estaba besándola en la garganta.

—Por Dios, ¿vendrás a vivir con un hombre? Podría obligarte, contratar a un par de chicos para que te arrastraran del cuello.

—Pues hazlo. Tendrás una mujer de piedra en tu cama.

—Te voy a arruinar el negocio, ¿me escuchas?

—Arruínalo —le contestó ella—. Siempre hemos sido pobres, y tú serás pobre con nosotras.

La mitad de su cara estaba cubierta bajo la bata de Matka. Era como un niño perdido buscando una familia milagrosa que lo consolara y lo hiciera sentirse fuerte. No podía encontrar a esa familia con los de la Aaron Burr ni en los tobillos anchos de su mujer. Tenía que salir de su hogar e ir a un burdel en un alto edificio de ladrillos a punto de derrumbarse bajo la carga de cobijar a una colonia de polacos.

Tbilisi abrió la puerta con toda la prudencia de un chico que había pasado tanto tiempo encerrado. A Matka no le importaba, el viejo podía mirarla a escondidas; pero si el Alemán se daba cuenta, el anciano reposaría en el cementerio para palomas que los chicos de Panna María habían construido en el patio trasero; para encubrir a Tbilisi, Matka se prendió del cabello del Alemán.

***

Stefan Wilde estaba teniendo una tarde maravillosa: había estado en las escaleras cerca de una hora, y persiguió la espalda de una chica hasta que ella volvió a meterse rápidamente a su cuarto. Rescató a un abuelo que tenía el pie atrapado en las escaleras. Había jugado rayuela con las muchachas del segundo piso y extravió la teja con la que jugaban. Las chicas le reclamaron tan fuerte que fue de puerta en puerta suplicando a los vecinos hasta que encontró la tapa de una botella para remplazar la piedra. Les dijo adiós y bajó al sótano. Unos niños harapientos dormían en el depósito de carbón; se abrazaban entre ellos para mantener su temperatura. La tarde estaba muy entrada como para asustar a aquellos chiquillos poniendo cara de monstruo.

Estuvo rondando entre los cuartos de los polacos que no podían pagar la renta. Nadie había sido desalojado de Panna María. Si la catástrofe llegaba, te llevabas tus muebles a los cuartos debajo de las escaleras. Stefan no tenía que dar cuentas al casero una vez que se iba más allá de la planta baja. Él era el príncipe del cuarto de carbón. Había instalado lámparas de seguridad, así que su sótano no era un sepulcro inhabitable.

No era el único príncipe. Tenía que competir con los mayores de la Sociedad de Ayuda Mutua. Estos ancianos ocupaban la mayor parte del espacio de Wilde; podían haberse metido en cualquier otra parte del edificio, pero aborrecían las ventanas, los pasamanos y el olor del jabón para lavar la ropa. Eran reflexivos, revolucionarios del Viejo País, y no se les podía molestar con problemas cotidianos.

Stefan llamó a su puerta. Un ruido se ahogó entre la madera, algo como un hipido enorme, un resoplido de aire, polvo y aire fétido.

—¡Vete al diablo! No queremos sopa de pepino —le estaba ladrando John Kwiecinski, el cabecilla de los ancianos. John creía que era alguien del Praga, un restaurante polaco que les llevaba la comida cada hora.

—No soy del Praga, John.

—Entonces, lárgate.

Stefan no pensaba hacerle caso al señor. Entró al santuario de John. No había guardaespaldas que se le echaran encima o le rompieran la cabeza. Los viejos estaban desarmados. Tenían dólares, arenque, vodka, ciruelas pasas y hogazas de pan negro. Estaban sentados en almohadas, inspeccionando todo con las manos. Stefan sentía una incómoda agitación a su alrededor, un remolino de botas, dedos y gorros de piel. Los arenques desaparecían en boca de los ancianos, que, desdeñando las servilletas, se limpiaban la barba con billetes.

Los viejos producían la ilusión de ser dieciséis hombres dominados por la furia del hambre. Sólo eran cuatro: Jerzy, Tymodeusz, Jakub y John, sin una sola cana en la nariz. En realidad, los viejos estaban en la plenitud de la vida. Pan Jakub, el mayor, era un patán de 45 años.

Vivían en su mansión del sótano con cien gatos. Los gatos eran de Jakub y John, quienes ya habrían convertido el espacio debajo de las escaleras en una enorme tienda de mascotas y en un criadero de gatos si no hubiera sido por Stefan Wilde. Stefan quería los cuartuchos para los viejos y los pobres. A los ancianos no les importaba; tenían los bocadillos del Praga y sus cien gatos.

—Ven, gatita, ven, ven con Jakub.

Y veinte de esos animales se desperdigaban por las almohadas, lamían a Jakub, se restregaban en él dócilmente, lo arañaban y ronroneaban. A los viejos no les gustaba tener machos a su alrededor, sólo gatas con bigotes color crema y pelaje oscuro y tupido.

Stefan ni se molestaba con Jerzy, Jakub o Tymodeusz; estos patanes egoístas estaban sordos para Panna María y el sufrimiento de los polacos. Tenía que apelar al cuarto patriarca, Pan John, quien todavía tenía olfato para la política.

—John, creo que es tiempo de alejarnos de los de la Aaron Burr. Este tipo, O’Flahertie, no hace nada por nosotros. Los demócratas son una carga.

Los ancianos quebraban huesos de pollo para los gatos. El crujir de los huesos al romperse sonaba como una herida en el aire polvoriento.

—Entonces, pequeño arrendador —siseó John—, ¿deberíamos pedirles ayuda a los republicanos?

—No, podríamos empezar una revolución, John.

Los ancianos resoplaron:

—Revolución.

Hasta los gatos parecían burlarse de Stefan, arqueando el cuello y mirándolo fijamente con profundos ojos azules y verdes.

Ahorcaré a estos gatos. Lo juro.

—John, ¿y qué si les dejamos de pagar a los Aaron Burrs? Tenemos suficientes cabezas duras en el edificio como para poder empezar. La Décima Avenida se convertiría en una calle polaca.

—Deja que O’Flahertie siga al frente. Es mejor así.

¿Qué había pasado con el ímpetu del viejo? Veinte años antes, Jerzy, Tymodeusz, Jakub y John habían sido los intelectuales de Kartofel, un pueblo de agricultores de papas al este de Varsovia, en la Polonia rusa. En Kartofel había un príncipe malvado, Michael Chelnik, cuya banda de rufianes, los Chelnikis, robaban a los campesinos sus cosechas y los mataban de hambre.

En ese entonces John no tenía ni un cojín para sentarse. Se metió entre los Chelnikis y mató al príncipe. Los rusos lo acusaron de ser un anarquista, pero no pudieron encontrar ni a John ni a sus amigos. Los cuatro anarquistas llegaron a Nueva York, se metieron en los terruños inhóspitos de la calle Treinta y Siete, se escondieron en un sótano y comenzaron a fundar una colonia de polacos.

La colonia dormía bajo una manta alemana. ¿Cómo podía Stefan pensar en la insurrección de Panna María mientras el señor John se cubría con ella? Era como si los ancianos estuvieran sometidos por algún brutal hechizo, y Stefan Wilde no era capaz de descubrir aquello que los condenó a quedarse en el sótano con sus gatos.

Viejas solteronas. Tía Jakub, tía John.

Una silueta palpitó desde las sombras. Stefan escuchó un gemido. Un atisbo rubio se acercó a él. Era Henryka desde arriba, que gimió de nuevo.

—¡Santo cielo! ¡Stepanchik, ven!

Tenía el rímel corrido; por el miedo, parecía un maniquí vuelto a la vida.

—Matka no puede controlarlo, está loco.

—¿Quién está loco?

—El mestizo.

—Dice que el Alemán se ha vuelto loco —Stefan tradujo para los ancianos—. ¿Escuchan? O’Flahertie está fuera de control. Henryka, ¿qué es lo que ha hecho?

—Está tratando de matar a Tbilisi.

—¿Atacar a un viejo inofensivo?

—Stepanchik, por favor, lo va a matar mientras hablas.

—Ya voy —dijo Stefan tras calarse el sombrero. Salió con Henryka; los gatos se dispersaron ante la cercanía de sus pasos. Los ancianos regresaron al coma en el que estaban, masticando pescado salado y no pensando en nada que no fueran sus gatos y los dólares.

Stefan se apresuró entre la hilera de cuartos traseros. Su bombín creció considerablemente merced a la luz mortecina. Tropezó con un armario y cayó sobre el regazo de un polaco. “Perdóname, Pani.” Henryka tuvo que jalarlo para sacarlo de allí.

—Deprisa.

—Ya voy, pero todavía no me dices lo que el Alemán quiere de Tbilisi.

—Su vida. Es el castigo por mirar mientras O’Flahertie fornicaba.

—¿Herman estaba con Elizabeth, y Tbilisi estaba mirando?

—Stepanchik, mueve las piernas.

Llegaron a la entrada del sótano y emprendieron la larga subida. Henryka no podía seguirle el ritmo al sombrero. Era demasiado gorda. Acostarse con los demócratas no le había enseñado a negociar con las curvas de las escaleras.

Stefan podía escuchar a las chicas gritando en el segundo piso. Los escalones estaban atestados de gente que también había escuchado los gritos. Era como vivir en un baño público. Nada era sagrado en Panna María.

Stefan subió las escaleras con un oscuro presentimiento en los huesos. Dos rubias le salieron al paso:

—Entra, Stefan.

Entró en la madriguera de las putas. Las habitaciones de Matka estaban invadidas por chicas con la saliva escurriendo por sus labios debido a los gritos proferidos. Tbilisi yacía con el cuello contra el piso. Lo pisaba el Alemán, vestido con la ropa interior más fina. Atenazaba la quijada del viejo con el pie descalzo. La sangre se arremolinaba entre los dedos del pie de O’Flahertie. El cráneo de Tbilisi chocaba contra la pared cada vez que el Alemán lo pateaba.

Mientras lo golpeaba, el Alemán conversaba con Elizabeth.

—Cálmate, mujer, ¿quieres? No estoy hecho de hojalata.

Matka seguía golpeándolo con una escoba y aparecían pequeñas marcas azules en la espalda del alemán, quien parecía disfrutar la perseverancia de la mujer, hasta que aparecieron nuevas marcas de un color azul casi morado.

—Lizzie —graznó—, voy a llamar a la policía.

—¿Vas a dejar de patear a ese pobre viejo?

—Así aprenderá a no espiarme —bramó el Alemán con los dientes apretados. Estaba teniendo un día de campo en casa de Matka y seguiría pateando hasta que la luna y el cielo cayeran por la ventana y le suplicaran para que se detuviera. Pero no fue la luna a la que encontró. El regocijo de sus ojos se menguó.

—Ah, el mismísimo hombre en persona. No recuerdo haberte invitado al pícnic, Steve.

Al Alemán se le amargó la boca. Olvidó a Tbilisi y la escoba de Elizabeth. El polaco le estaba arruinando la diversión.

—Vete al sótano, Steve. Éste es un asunto privado.

—¿Puedo llevarme al viejo? Se lo devolveré dentro de una hora, después de sacarle los dientes y lavarlos con agua fresca.

—Grandiosa idea —dijo el Alemán—. ¿Conque un indulto, no? ¿No te dije que te largaras?

¿Cómo podía Stefan desdecirse delante de Matka y sus chicas? ¿Acaso no era él su jefe, Stepan Stepanchik? Si no podía protegerlas en su propio terreno, ¿cuál era su valor?

Stefan murmuró una palabra larga:

—Zarévich.

—¿Qué es eso?

—Soy el hijo del zar. Yo soy el que manda en este negocio.

—Ésas sí que son noticias, Steve. ¿Te volviste loco?

—Ya basta con tu pie, no lo patees.

O’Flahertie obedeció al zarévich por un instante. Una inclemente furia se apoderó de él. Tomó a Stefan por las orejas y lo aventó encima de Tbilisi. Ni siquiera se molestó en darle una patada. Lo estampó contra la pared. El regocijo volvía. Metió el pie entre los muslos del viejo, buscó hasta que encontró a qué asirse y sacó al viejo que estaba debajo de Stefan Wilde, quien seguía colgando en el aire.

Fue un espectáculo extraordinario para las muchachas, que nunca habían visto al hijo de un zar suspendido de las orejas. Gritaron y ulularon hasta que Matka susurró detrás de ellas, de modo que el Alemán no pudiera escucharla: “Idiotas, ayuden al viejo”. Y sacaron pañuelos, pomadas y un cántaro del lavabo.

El Alemán dejó caer al zarévich.

—¿Ya te arrepentiste, Steve?

Las orejas de Wilde ya no existían; en su lugar, sentía sendos zarpazos que abrasaban ambos lados de su cara. Los zarpazos lo cegaban. Stefan parpadeó. Su boca era un cilindro del que salía un espumarajo rojizamente oscuro.

—Habla.

—Zarévich.

—¡Ah, la misma cantaleta! Deberías reprimir esa canción, Steve, no te hará ningún bien. Yo soy el dueño, tú trabajas para mí.

—Zarévich.

—Eres un bufón. Arrepiéntete, Steve. No serás el primero que se muere en este cuarto. ¿Te acuerdas de Fingal, el otro alemán? Los republicanos lo contrataron para rellenar las urnas… ¡en mi distrito! Era una trampa para ridiculizarme. Yo no podía tolerar eso, ¿o sí, Steve? Engañamos a Fingal para que subiera al séptimo piso. Ya sabes que estaba enamorado de Matka. Lo sacamos de la cama de Matka, no queríamos sangre en la alfombra. Y la asfixia es lo mejor. Le estrujé la garganta, le destrocé la tráquea y esperé hasta que los ojos se le pusieran morados. Ése fue el final. Busqué una corbata y un collar nuevo para Fingal; necesitaba acicalarlo un poco, ¿qué podía hacer? No puedes ir por ahí con un muerto por Manhattan, la gente se quedaría mirando. Aunque nunca llegó a salir del edif cio. Lo metimos en el montacargas y le dimos un paseo. Fingal yace ahora en el sótano. Has bailoteado encima de su esqueleto dos veces al día. Pero ése no es el punto. Tenía una razón para planchar al viejo. Podría haber sido el fantasma de Fingal detrás de la puerta; Fingal o algún sicario de otro distrito. Tienes que sufrir si te agarran mirando las pelotas del señor O’Flahertie.

Tuvo suerte de llegar al final de su historia. Matka había empezado a apalearlo con la escoba. Él no entendía este fervor. ¿No había soltado ya a Tbilisi? ¿Qué más quería Matka? Claro, estaba encariñada con su mensajero. Steve era su hom brecito. ¿Y el Alemán? Él tenía que ir después de su propio empleado, contentarse con migajas.

—No hubieras venido. El sótano es tu casa, Steve. No tienes nada que hacer en el séptimo piso.

—Zarévich —dijo Stefan—. Mi casa.

O’Flahertie usó el talón para golpearle la parte posterior de la cabeza. Después saltó sobre el zarévich con ambos pies.

Disfrutó la debilidad de la carne de Wilde, el crujir de los huesos, el aire que salía de la nariz del zarévich en cortas y regulares exhalaciones.

Matka no podía impedir que O’Flahertie siguiera utilizando sus artimañas. Entre más lo golpeaba, más alto saltaba contra el Alemán. Hubiera podido hacer que en su espalda se dibujaran montañas azuladas por los golpes, y el Alemán no se doblegaría.

—Eres muy torpe, amor. Un poco más fuerte, ¿sí? Matka consiguió meter la escoba entre los tobillos del Alemán y trató de hacerlo caer de espaldas. Éste tuvo que esquivar la escoba para poder seguir con el castigo. Ni se inmutó; tenía el aliento de una ballena.

Esperó el sonido indicado; un silbido y un estertor que indicarían que el pecho del zarévich estaba a punto de romperse. Una más, dos más, tres patadas más.

Una mirada oscura lo contemplaba. Sintió unos pelillos sobre él, los bigotes de un gato. El señor había subido desde el depósito de carbón. Era John Kwiecinski.

—Hola, John. ¿Vienes a ver a Matka? —dijo, mientras se preparaba para saltar encima de Stefan Wilde—. ¿O a rescatar al zarévich?

Sus tobillos esquivaron la escoba. Se aferró al cuerpo de Wilde y se balanceó con los talones como si maniobrara un bote en aguas turbulentas.

—¿Quieres rescatarlo?

El señor de los ancianos comenzó a marcharse.

—Es una pena —murmuró por encima del hombro.

—¿Qué? —Que Stefan tenga que morir, es tu mejor capital. Si lo pierdes, Alemán, no volverás a ver ni un centavo de Panna María. Es el héroe de estos rumbos; ayuda a todos los que están en apuros. Tendrás una revuelta en puerta, y eso se verá mal en las encuestas.

El Alemán desconfió.

—¿Es tu sobrino el zarévich?

—¿Él? Nos estarías haciendo un favor si acabaras con él. Este socialistucho oculta a pobres en el sótano bajo tus narices.

—¿Conque robándome, no? ¿Por qué no debería mandarlo a la tumba?

—Ya te dije, Alemán. Es el capitán de tus inquilinos. Los polacos jamás votarán sin Stefan Wilde. Lastímalo y perderás todo tu apoyo en la zona. A mí no me importa.

Y el señor John se subió en el zarévich, junto al Alemán.

—Él me pertenece —dijo el Alemán, frunciendo el ceño con una mueca de ira bajo la piel—. ¡Vete!

John se bajó, pero se detuvo sobre las rodillas de Stefan.

—Hay vodka en el sótano, Alemán, de 40 grados de alcohol. Acabamos con el socialista y celebraremos con vodka.

—Buena idea, pero creo que dejaré vivir al hombrecillo… hasta las elecciones.

O’Flahertie se bajó del cuerpo de Stefan y buscó su ropa. Las mujeres llegaron con diferentes cosas y él se marchó con John. Matka bramó en cuanto los escuchó en el rellano de la escalera.

—Cierren la puerta.

Las chicas titubearon.

—¿Y si llega un cliente, algún demócrata importante?

—Que se quede con las ganas.

Contempló a Tbilisi para asegurarse de que el viejo seguía en Panna María y no donde las almas muertas tienen que esperar. Después fue hacia Stefan, el zarévich. Estaba a punto de asistirlo cuando éste abrió un ojo.

—¿Es verdad?

Su voz la sorprendió. No esperaba que hablara. Sus labios se estrecharon como boca de pez.

—¿En verdad ayudaste a O’Flahertie a matar al otro alemán?

Matka tenía que ser astuta.

—¿El otro alemán?

—Fingal.

—No recuerdo ese nombre.

Los ojos de Stefan se hundieron y Matka se sintió desolada.

—¿Ese Fingal? —respondió—. Me acuerdo que había engañado al Alemán… se robó algunos votos… Fingal vino… estaba loco por Henryka.

—El Alemán dijo que era por ti.

—Por mí y por Henryka… por las dos.

—¿Y las dos vieron lo que le hizo a Fingal?

Frunció el ceño al zarévich, que estaba junto a sus pies.

—¿Es esto un juicio? —preguntó Matka.

—No —dijo ásperamente, con el cuerpo lleno de ruidos. Estaba tirado en el suelo de Matka con arrugas en el chaleco y fuego bajo la camisa. Su piel se estremecía con el recuerdo de O’Flahertie. Tenía un ruido en el pecho más profundo que la tos ferina que plagaba el edificio. Le costaba articular hasta la palabra más simple.

—Había dos encima de mí… el Alemán y John… como cómplices.

—¿Cómplices? Estás loco. Si no hubiera sido por John estarías muerto. Logró detener al Alemán. Se lo llevó a beber.

—Fingal —murmuró Stefan.

¡Fingal, siempre Fingal! Era la matrona de un burdel polaco en medio de un territorio alemán e irlandés. ¿Cómo podría meterse en política? O’Flahertie era el dueño del séptimo piso. Ella estaba enamorada del otro alemán, en verdad. Fingal le compraba peinetas y prendedores, y caramelos para las chicas. Aunque en realidad no era por los regalos. Fingal era consciente de la difícil situación de Matka. Él pagaba por su compañía y no le molestaban los tratos que una puta debe tener con diferentes hombres tan sólo para ser la que te ama durante una hora, hasta que el siguiente llega a la puerta.

¿Cómo podría saber las intenciones de O’Flahertie? Estaba debajo de la colcha, entrelazada con Fingal, que estaba en la febril cúspide de la pasión, con la carne trémula, cuando O’Flahertie entró con dos golpeadores. El Alemán se volvió hacia ella y plantó un dedo en sus labios; anudó una corbata alrededor del cuello de Fingal, que no podía creer que su placer se revirtiera contra él tan deprisa. Se levantó de la cama como un caballito de mar herido, con los brazos en su propio cuello mientras O’Flahertie enroscaba la corbata; los dos matones lo sujetaban por la cintura, casi como un amante lo haría, y el esperma de Fingal se derramó en el vientre de Matka. El esperma de un hombre muerto.

Las chicas estaban preparando el té. “Stepan Stepanchik”, tarareaban, mientras pelaban dos limones para el té del zarévich. Tenían mermelada, pasteles y panes alemanes. Se peleaban entre ellas para alimentar a Stepan Stepanchik. Matka podría haberlas mandado de regreso a la cocina, pero ellas sabían bien cómo tomarle el pelo a su hombre para hacerlo reír.

Los ojos del zarévich se postraron en ella. Su cara se ensombreció; la vio como una asesina. Ella estaba loca por él, el último de sus pretendientes, el del sótano, con hollín en las mangas, sin interés en ganar dinero para sí y para su pro metida, Panna Matka. Poeta que trabajaba como esclavo para otra gente, Stefan lamió la mermelada y miró hacia la pared. A ella le hubiera gustado empujarle la base del pan en los labios hasta que le prometiera casarse con ella, pero estaba convaleciendo y su boca podría romperse.

Matka lo dejó allí, con la mermelada y el té, y salió a la habitación de enfrente. Cerró la puerta y se fumó un cigarrillo turco; tenía un vaso de aquella amarga cerveza que les gustaba a las blondinkas. Kvass. 9 Subió los pies al alféizar y trató de conformarse con las comodidades que tenía: un armario lleno de corsés y abrigos, y comida para un ejército de chicas.

Matka se distrajo con una vena que sobresalía de su tobillo, justo al lado del hueso. ¡Panna Stara! ¿Su nariz se haría más grande? Moriría como una solterona, sin dientes; como una puta en Nueva York.

II

Horatio House.

Las vacas detrás del dormitorio empezaban a mugir, pero no fue eso lo que despertó a Christina, sino la Enfermera Nell. Estaba de pie junto a la almohada de Christina con la actitud de comandante en jefe, sacudiendo a Kit.

—Levántate, gansa borracha. Sé dónde andas por las noches; comiendo ostras en el club de los anarquistas. Gracias a Dios que te vamos a regalar a los polacos, porque si no tendría que azotarte. Levántate, mujer. Tu padre te está esperando.

¿Qué quería su papá? Nunca había visitado el convento hasta ahora.

El puño de Nell estaba cerca de la garganta de Christina.

—Te va a invitar a desayunar. Vístete.

Christina pensaba en pan con mantequilla. Podía librarse de la avena de la mañana si su papá estaba ahí. Le agradeció a Nell y corrió a lavarse la cara; después tuvo que forcejear con sus cajones por toda la ropa interior que tenía.

Su padre estaba abajo en el vestíbulo con Darcy Braun, patrono de Horatio House y presidente de la Liga de los Ciudadanos. Braun había emprendido una cruzada contra todo tipo de vicio. Las brujas de la Avenida Once cerraban sus ventanas cuando Braun andaba por allí. Había prometido terminar con su carrera de prostitutas, pero miraba a aquellas mujerzuelas como si fuera un ladrón de caballos buscan do disimuladamente qué robar; además, se asomaba a los dormitorios durante las inspecciones para ver debajo de los camisones de las monjas.

Papá llevaba su abrigo de invierno, hecho de pieles plateadas. Ella podía imaginarse las intrigas que afloraban dentro y fuera de esos grandes bolsillos y esos faldones largos. Si lo miraba detenidamente a la cara, comenzaba a fantasear con asesinarlo. Había abandonado a su madre en Bridgeport y la había dejado ahí como a una muñeca vieja, mientras él se procuraba un imperio en Manhattan y alentaba a la loca de Mathilde a que se uniera a las Hijas de la Revolución Americana.10

—¿Cómo está mi pequeña? —preguntó papá.

—Disfrutando la opulencia.

Es decir, la avena y la Enfermera Nell, pero no se quejaría con su papi.

—Vamos al Café Ópera —dijo papá.

—No sabía que el Ópera fuera para desayunar.

—No es, pero para nosotros sí.

El carruaje de papá estaba fuera, sobre la Avenida Once.

Christina subió a la parte alta; papá adoraba viajar cerca del cochero. El tránsito se detuvo para dejar pasar al caballo de papá. El viejo King Arthur se ponía nervioso con los tranvías y con cualquier otro animal, pero los llevó hasta el Café Opera.

El maître estaba todavía en mangas de camisa. Vivía encima del restaurante.

Se sentaron en la terraza mientras el maître subía y bajaba las escaleras con huevos al plato, fiambres y enfriadores de champán; encendió el comedor principal para que papá no tuviera que desayunar en penumbras.

Christina echó cátsup a sus huevos y mostaza alemana a la carne. Papá se rio.

—Darce, has arruinado los gustos de mi hija con lo que sirves en Horatio House.

—Tonterías. Les dan de comer de todo.

—Sí, menudencias de pollo y potaje.

Papá llamó a alguien escaleras abajo:

—¡Édgar, mi hija muere de hambre!

Édgar estaba en el piso de abajo. Christina vació el frasco de mostaza; hubiera comido mostaza hasta que se le reventaran las fosas nasales. Era una joven rebelde.

Édgar les llevó otra charola de fiambres y se paró detrás del Jefe Matlock.

—Ve abajo, ¿quieres? —ordenó Matlock.

Édgar se fue con las botellas vacías entre las manos, sosteniéndolas como si fueran cuellos de ganso.

Braun eructó en el puño de la camisa y clavó sus ojos enrojecidos bajo el uniforme de Christina.

—Matka. El nombre de la señora es Matka.

Christina se rascó el muslo. Tenía champaña en la nariz, pero no podía emborracharse frente a su papá; tomaba la champaña a sorbos y sentía el fantasma de su madre sentada en el hombro de su padre. Mathilde la Loca, cubierta por su sudario, remendaba mitones para las Hijas de la Revolución Americana.

—¿Y esta Matka tiene algún lugar?

—Panna María —dijo Darcy—. Matka está a cargo de todas las brujas.

—No la asustes, Darce —dijo su padre mientras sacaba otra botella de la hielera de Édgar.

—Rufus, no puede ir con los ojos vendados, va a entrar al burdel más grande del lado oeste.

—Ya —dijo papá—, pero Matka no va a reclutar a mi hija.

Darcy entrecerró sus ojos enrojecidos.

—No es eso —y palpó el regazo de Christina durante un segundo—. Vamos a arruinar a mamá gallina, arrestaremos a su prole entera. Niña, ¿vigilarías a esa vaca gorda por nosotros?

—¿Cuál vaca gorda?

Darcy abrió sus ojos enrojecidos.

—Matka. Su especie va a desaparecer.

—También los republicanos, los demócratas y la Liga de Ciudadanos —dijo Matlock—. No tendremos tu ciudad de oro por otros 30 años, Darce.

—La tendrás antes de eso. Estaremos en la Luna para 1917. Y después iremos a Marte. No hay lugar para Matka.

—¿Por qué no? Los marcianos preferirían tener a Matka a contar con todos tus Ciudadanos… Querida, puedo decirle a Édgar que vaya a una panadería judía para que te consiga algo con semillas de amapola.

Kit hubiera sido capaz de sumirlo en las semillas de amapola en la primera oportunidad que hubiera tenido.

—Gracias, papá, pero estoy satisfecha. El rey republicano tiró la servilleta sobre la terraza y apareció Édgar. Christina elogió el desayuno que Édgar había preparado de la nada e increpó a su padre en cuanto se hubieron acomodado en la parte alta del carruaje.

—Trabajó como un perro, ¿no podías haberle dado las gracias al hombre?

—¡Por Dios, niña! —dijo Matlock levantándose el abrigo plateado—, yo fui quien lo trajo al Ópera. Soy dueño de una parte de ese lugar, al igual que Darce.

 

Este adelanto de Panna María de Jerome Charyn se publica con permiso del Fondo de Cultura Económica.

Ilustración de Axel Rangel

A wound gives off its own light
surgeons say.
If all the lamps in the house were turned out
you could dress this wound
by what shines from it.  

Anne Carson 1

He estado revisando los libreros para acomodar en un solo estante los libros de cocina de mi mamá. La colección es más grande de lo que imaginaba. Ayer me senté en el piso para mirar con detenimiento las revistas gringas de cocina que estaban almacenadas en un mueble, ya son viejitas, como de los años 90 o principios del 2000. Hubo una que me llamó la atención por sus recetas de Nueva Inglaterra y empecé a leer en voz alta los nombres de cada platillo para que mi mamá me resolviera algunas dudas de vocabulario, así descubrí que en inglés el aderezo se llama dressing:

–¿Cómo de vestirse?
–Sí a tu abuelo le encanta una escena muy simple de El gordo y el flaco en el que le preguntan “Would you like your salad dressed or undressed?”, la persona pide undressed y el mesero llega desnudo, bueno, cubierto con un mandil. Siempre que lo cuenta se muere de risa.

¿Cómo será vestir una herida?
¿Se viste con aderezo?

 

*

Homer says

Andromache went

after she parted form Heckor –”often turning to look back”

Han sido días de remover el pasado para ir tirando todo lo que ya no necesitamos. Salieron muchas fotos viejas, retratos de la familia que fuimos. Mirarnos me provoca un sentimiento agridulce. Cuando era niña creía en dios y jugaba a las muñecas.

 

*

Other species, which are not poisonous, often have colorations and patterns

similar to poisonous species.

This imitation of poisonous by nonpoisonous species is called

mimicry

My husband was no mimic. 

 

¿Qué es qué? ¿Quién es quién? ¿Cómo cambiamos? ¿Quiénes fuimos? (y somos) Dentro de mi casa todos somos venenosos y no venenosos. ¿Existen las familias sin veneno? Quiero imaginar que sí. La realidad es que hay veneno y por eso me mantengo equipada con antídoto para no asfixiarme con las picaduras.

 

 

*

Today I have not won. But who can tell if I shall win tomorrow.

So he would say to himself going down the stairs.

Then he won. 

 

Los días se sienten muy iguales. Ya no sé en qué día estamos ni cuando es viernes. Hay veces en que me siento abrumada y sin energía. Semanas de tristeza, como la pasada, creo que por lo mismo de estar “limpiando” la casa, escombrando, descubriendo objetos con intensas cargas afectivas. Pero también hay momentos en los que tengo ganas de trabajar, de caminar, de ayudar en la casa. Días en los que me animo a ver a mis amigos y la paso bien; momentos en los que gano vida.

 

*

But she

had seeing scars

on her eyes from trying to look hard enough at every stone of every

sidewalk in the city,

 

Entre las cosas encontré un diario de mi hermano y lo leí. Según yo él no escribe diarios y tengo una que otra pista para creer que este fue un ejercicio de la universidad. De cualquier manera, lo escribió día con día durante un par de meses. Sus entradas son de lo más sencillas y breves. A veces habla sobre su amor por tocar la guitarra, en otras de lo bien que la pasó de fiesta. Luego sobre su interés por la cocina. Nunca aparecen nombres de personas, sentimientos profundos, todo es sencillo y en esa sencillez también hay elocuencia, sabiduría.

 

*

this welter of disorder and pain is our life.

Yes.

Your so-called freedom.

 

Duele. Ordenar, mover objetos de un lado a otro, olvidar en donde quedó algo porque el desorden es otro y ya no podemos contar con la memoria. Pierdo cosas sin salir de casa y sin embargo hay otras que tengo bien identificadas, por ejemplo, un alfiler con el que hago hoyos en las cubiertas de plástico de mis semilleros.

 

*

In the effort  to  find  one’s  way  among  the  contents  of  memory

(Aristotle emphasizes)

a principle of association is helpful—

 

Papeles. 80 kilos en la primera vuelta al centro de reciclado. No es ni una tercera parte de lo que tenemos.  Hay que revisar uno por uno. Identificar si se tira, se reúsa, se guarda. Y si se guarda hay que escoger su categoría: cartas personales, documentos oficiales, papeles financieros, instructivos, recetas, literatura… Los papeles provocan un efecto inmediato en la memoria, redescubrirlos es viajar a otras décadas, a otros presentes, cuando nuestras vidas no eran la de ahora, pero casi.

 

*

Why sadness? This flowing the world to its end. Why in your eyes—

 

Me han dicho que mi mamá es una persona triste. Veo su mirada y no encuentro las señales de tristeza que los demás aseguran. Tal vez me he dedicado a borrar ese detalle o quizás yo veo otra cosa, algo radiante que tiene ella.

 

*

What can save these marks from themselves.

What if we drop a little more solvent

on the seam

 

Somos tan minúsculos. Mi familia, mi casa, yo. Toda nuestra vida se puede borrar fácilmente. ¿En dónde van a terminar nuestras cosas? ¿En otras casas, en la basura, en el fuego? Hay que hacer las paces con el borramiento. Hay que imaginar otras formas de existir y desaparecer.

 

 


Autores
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario (2019-2020). Ha publicado ensayos en C de Cultura, Punto en línea, Pliego 16, entre otras revistas electrónicas e impresas.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo
Imagen de Jason Sackey de Pixabay

La presión para “re-abrir” las escuelas, el caso recientemente tomado por nadie más que el mamón de David Brooks, es una pila de basura falsa, peligrosa y fascista. En su artículo para el New York Times Brooks demoniza a los maestros, acusándonos de ser unos cobardes, idiotas y flojos a quienes nuestro frívolo deseo de seguir vivos nos viene con un supuesto alto costo: el bienestar de los “niños afroamericanos que viven en ciudades con alcaldes progresistas y sindicatos poderosos”.

Pendejo, PLEASE, cállate el hociquito, o, como Wittgenstein alguna vez escribió, “De lo que no se puede hablar, hay que callarse la puta boca”.

Entre el ¡regresen-a-trabajar-pinches-vagos-flojos! de la editorial de Brooks y la burla del payaso de la clase, Dinesh D’Souza, predeciblemente lanzado contra un maestro de secundaria por ser más erudito que su goofy ass, nos encontramos en medio de un maratón de burlas a los maestros.

El discursito de Brooks afirma cuatro “hechos”, y entonces, para no romper con su pseudo-estructura, afirmaré cuatro tesis en defensa de los maestros. Antes de demostrar mis puntos, quisiera dejar claro que, a diferencia de Brooks, un célebre experto en sándwiches, yo sí tengo experiencia en asuntos de educación pública. Ambos de mis padres son maestros retirados bilingües que enseñaron a niños afroamericanos. Siguiendo su dirección, obtuve una licencia para educar, y he enseñado a niños afroamericanos que viven en ciudades con alcaldes progresistas y sindicatos poderosos cerca de veinte años.

  1. Las escuelas ya están abiertas.

Repito, LAS ESCUELAS YA ESTÁN ABIERTAS.

UNO NO PUEDE RE-ABRIR ALGO QUE EXISTE EN UN ESTADO DE APERTURA.

Al discutir que las escuelas deberían “re-abrir”, Brooks se compromete a un escamoteo retórico tal que deslegitima los servicios educativos ofrecidos por los distritos que se han mudado a plataformas digitales. Estudiantes en estos distritos asisten a la escuela. Solamente se ve diferente, muy diferente, y la calidad de la educación en línea que están recibiendo esos niños en estos distritos podría mejorar enormemente a través de un incremento de fondos. Los recursos existen para esta redistribución presupuestaria con los departamentos de policía local que tienen miles de millones de dólares secuestrados.

Lo que los “re-abristas” de verdad están empujando es volver a tener a los niños “almacenados” en un lugar. Abogan por reunir a los niños de regreso en establecimientos que ya estaban sobrepoblados y ya tenían poca ventilación pre-COVID-19. Mi salón de clases anterior, por ejemplo, estaba arriba de la cafetería y, como habrás aprendido o no en clase, el calor sube. Mi salón también sufría de luz solar directa y carecía de aire acondicionado. Como consecuencia de estos factores, la temperatura de mi salón, a veces, excedía los 38 grados centígrados.

El calor del salón no duraba un día, duraba SEMANAS, y cuando pedí ayuda a la administración, me dijeron que “enseñara afuera, cerca del árbol”. Cuando me quejé una segunda vez, los administradores me enviaron un e-mail en el que me invitaba a su oficina con aire acondicionado a disfrutar de una paleta de hielo.

  1. Las familias afroamericanas, de quienes Brooks se apuntó como embajador paternalista, no son los miembros comunitarios discutiendo “re-abrir” las áreas que él describe. Ese esfuerzo está siendo liderado por miembros de la extrema derecha.

Cuando Jon Valant, catedrático emérito de Brookings Institution, analizó datos demográficos y politicos relacionados con la reapertura de los campus, encontró que era mucho más probable que los distritos educativos en condados que apoyaban a Trump en la elección de 2016 anunciaran planes de tener clases cara a cara: “En realidad, no hay relación —visual o estadística— entre las decisiones de reapertura de los distritos educativos y los nuevos casos de COVID-19 per capita en los condados. En contraste, hay una fuerte relación—visual y estadística— entre las decisiones de reapertura de los distritos y el apoyo a la elección de Trump en el 2016 por parte de los condados.”

Jon Valant, Brookings Institute

Mike Gallo, habitante de Long Beach y defensor del re-almacenamiento escolar, es un exlanzador de las ligas mayores de béisbol que desperdicia sus días haciendo shit-posting en Facebook. Gallo y otros padres blancos de estudiantes enrolados en Long Beach Unified District, un distrito con una población estudiantil 15.2 por ciento blanca, quieren obligar a las escuelas a re-almacenar ahora. Mientras tanto, los casos de COVID continúan incrementando en el condado de Los Ángeles, mismo condado que contiene a Long Beach.

Long Beach es predominantemente una comunidad Latinx, y Los Angeles Times reporta que el COVID ha “afectado a los Latinos de maneras desproporcionadas… la gente se enferma en el trabajo y luego esparcen el virus a miembros de sus familias en casa”. Long Beach Unified School District es el empleador más grande en Long Beach y mientras las muertes de Latinxs por COVID-19 están arriba por 1000%, los re-almacenadores de Long Beach parecen despreocupados por estas estadísticas. Y no parecen molestarse por el hecho de que “la mayoría de los niños, adolescentes y jóvenes que mueren por COVID-19 son hispánicos, afroamericanos o nativos-americanos ”.

  1. ¡Algunos idiotas que se están uniendo al movimiento de “re-apertura” son también (surprise, surprise) anti-sindicatos!

El Long Beach Post reportó que el “exsuperintendente del Sindicato de Long Beach [Carl Cohn] está promoviendo una idea potencialmente controversial para el estado: acelerar la reapertura de las escuelas tomando el control de las negociaciones laborales entre los distritos locales y sus empleados”. En una editorial publicada en EdSource, Cohn pide al gobernador Gavin Newom suspender temporalmente el poder colectivo de negociación local de los maestros, argumentando que el estado debería poder obligar a los maestros a regresar a las aulas físicas tradicionales.

El argumento de Cohn trae a la mente un fenómeno derechista conocido como ausnahmezustand, el estado de excepción, que era fetichizado por otro Carl, Carl Schmitt, un teórico político y Nazi. De él, el editor en jefe de Lawfare, Quinta Jurecic, ha escrito: “Schmitt es mejor conocido por su teoría del ‘estado de excepción’, que dicta que el poder soberano puede decidir actuar fuera del marco de la ley. Como [Schmitt] escribió proféticamente en 1922, el ‘soberano es quien decide sobre la excepción’”. Al poner esta teoría en práctica se da pie a una dictadura, y la comodidad con la que Cohn propuso su solución de “re-apertura” fashy1, indica que el trumpismo no está limitado al gobierno federal. También prospera a nivel estatal y local.

  1. El empuje para re-almacenar niños en campus escolares demuestra una sed de sangre capitalista.

El capitalismo requiere desigualdad, sufrimiento y muerte, y al re-almacenar estudiantes afroamericanos en campus maltrechos, lugares donde el COVID-19 puede esparcirse, el costo aceptable de los “re-aperturistas” queda claro. El racismo capitalista, que es todo el capitalismo, depende de aquellos de nosotros categorizados “no blancos” para cargar con los denominados blancos, y si morimos en el proceso no debemos preocuparnos. Los encabezados se referirán a nosotros como héroes.

Tenemos una oportunidad de rehacer las escuelas al usar lo que educadora Ruth Wilson Gilmore ha llamado reformas no-reformistas; cambios que no nada más ajustan ligeramente, sino que buscan transformar las circunstancias existentes de forma radical. Esta pandemia ha tirado la gorra de la educación pública en Estados Unidos, revelando que nuestro sistema actual no es más que una calva obvia que ningún peine puede tapar. Enviar gente de regreso a los campus escolares sin hablar de cómo la austeridad restringió a las escuelas públicas hasta dejarlas vacías e inefectivas, al día de hoy, beneficiará al tipo de gente a la que le importan más los sándwiches que las comunidades de color.

 

Nota: Traducción realizada por Rodrigo Porcayo 

Este texto apareció originalmente en inglés en Tasteful Rude y lo traducimos con permiso del editor.

 


Autores
es escritora, locutora y artista. Vive en Long Beach, California. Su libro más reciente, Mean fue la selección editorial del New York Times. Publishers Weekly la describe como "una voz literaria sin igual." Gurba es co-anfitriona del podcast AskBiGirlz, junto a la caricaturista y compañera biracial Mari Naomi. Sus collages y arte digital han sido presentados en museos, galerías y centros comunitarios.
Rodrigo Porcayo Jiménez (Ciudad de México, 1994) Editor y escritor, licenciado en Literatura Latinoamericana egresado de la Universidad Iberoamericana. Tiene certificaciones en marketing digital y escritura técnica otorgados por University of Illinois y Oregon State University, respectivamente. Escritor y editor de contenido freelance digital y SEO para empresas pequeñas. Actualmente colabora con la revista Tierra Adentro en publicaciones diarias de la página en línea y redes sociales.
Ilustración de Rodrigo León

hablamos desoyendo

 

están desgranados los vidrios del pasillo

 

hipóstasis de la luz

 

dramas,

duelos, desgracias

 

si las formas fueran tan flexibles

el cántaro se plegaría sobre su silueta

hasta ser una buganvilia de agua

 

importa todo esto

 

importa en la desnudez,

junto al río oscuro

 

[tísicas, altas y bajas navajas de piedra

[felicidad por la asfixia de no pensar

 

nos queremos,

y en perpetuidad de esa pequeña arrogancia,

unimos las manos y vamos iluminando bosques

 

dentro de paredes cósmicas

 

una a una, líneas erráticas

 

un plumaje que viene y va

[en la azotea la tarde, nubes removidas, leona azur

 

astilla de roca | escalinata roja

 

ecos en papiroflexia

 

descubrimos que la claridad se corruga

[subrayado solar en la vejez de nuestros muebles

[la exposición al viento frío me adelgaza

 

abrazados sobre la ventana abierta,

mar aire, mar luz,

abismos claros

 

la muerte ya no es aliada

 

vendrá un angosto infinito

 

habrá algo entre nuestros muslos

[frugal paraíso

[la vista encendida

 

Volar a ratos, volar olvido

[abiertos los ojos, juntos…


Autores
Aldo Vicencio (Ciudad de México, 1991) Poeta y ensayista, estudió la licenciatura en Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es autor de los libros Piel Quemada: Vicisitudes de lo Sensible (Casa Editorial Abismos, 2017), Anatolle. Danza fractal (El Ojo Ediciones, 2018) y Púlsar (Ediciones Camelot América, 2019). Su obra ha sido publicada en diversas revistas literarias iberoamericanas como Punto en Línea de la UNAM (México); Digo.Palabra.txt (Venezuela), Revista Antagónica (Costa Rica); Enfermaria 6 (Portugal), La Ubre Amarga (Bolivia); Buenos Aires Poetry (Argentina), Santa Rabia Magazine (Perú); Una verdad sin alfabeto (El Salvador), Oculta Lit y penúltiMa (España), entre otras. También ha sido incluido en diferentes antologías, entre ellas Nido de Poesía (LibrObjeto Editorial, 2018)

Ilustrador
Rodrigo León
Vista de Laguna de Catemaco desde Totonicapan. Los Tuxtlas, Veracruz. Fotografía de Susana Garduño

“La enfermedad de la razón se arraiga 

en su origen mismo: la ambición

humana de dominar la naturaleza”

 

Max Horkheimer 1

 

En la comunidad de dos Dos Amates, situada entre las lagunas de Catemaco y Sontecomapan, la selva aún resiste los embates de la deforestación.

 

En el último medio siglo se ha acabado con el 80% de la vegetación de Los Tuxtlas, en Veracruz, para darle cada vez más espacio a la ganadería. 2 Esta actividad se introdujo en la zona en las primeras décadas del siglo XVI y, a primera vista, parecería que determina este entorno de inmensos pastizales en los que los árboles que todavía no se han talado sirven para atar el alambre de púas que delimita los terrenos.

 

Pero a medida que uno se aleja de la decena de calles sobre las que se extiende Dos Amates, se encuentra con un espacio cada vez menos reclamado. En lo profundo de la selva, hojas gigantes y permanentemente mojadas reflejan en su inmensidad los pocos pedazos de cielo que logran atravesar la densidad de las copas de los árboles. El sonido de la lluvia se confunde con el de un río oculto en la maleza que sigue curso milenario, ignorando botellas y bolsas de plástico que se atoran entre sus piedras.

 

Esta cruda imagen de la huella humana revela una verdad común para geógrafos y ecólogos: casi todo lo que entendemos como natural está marcado por la intervención antropogénica. Ahora se sabe, aunque pocos lo sepan, que muchos de los paisajes que alguna vez se consideraron libres de influencia humana han sido continua y profundamente alterados por ella. Las dos caras de Dos Amates son, en realidad, una misma.

 

La noción de que existen dos esferas esencialmente distintas, una humana y otra natural, es más literaria que científica y es, sobre todo, una creación de la modernidad europea impuesta al resto de un mundo para el cual la división absoluta entre naturaleza y cultura muchas veces no tiene sentido.

Vista de Laguna de Catemaco desde Totonicapan.  Los Tuxtlas, Veracruz. Fotografía de Susana Garduño

Vista de Laguna de Catemaco desde Totonicapan.
Los Tuxtlas, Veracruz. Fotografía de Susana Garduño

*

Hace unos 10,000 años terminó la última glaciación en la Tierra. El mundo se derritió, y de lo que era hielo surgieron los primeros bosques modernos. La especie humana no tardaría mucho en volver este nuevo mundo irreconocible.

 

“En el espacio de 10,000 años — explica Michael Williams — los humanos habrían de tener un efecto solo ligeramente menos dramático y generalizado que el que tuvo la era del hielo en los 100,000 años anteriores”. 3 En cuanto el reinado del hielo cedió, comenzó la transformación antropogénica del nuevo entorno y la transformación ambiental de los nuevos humanos. Desde entonces es que somos nosotros y nuestra circunstancia.

 

“Capturar el fuego fue nuestro primer experimento de domesticación, y bien pudo haber sido nuestra primera apuesta fáustica”, escribió el historiador del medioambiente Stephen Pyne.4 Después de millones de años de ser un fenómeno impredecible e incontrolable, el fuego se convirtió en una herramienta humana que volvió los inviernos más llevaderos y le quitó al día la exclusividad de la luz.

 

Gracias a la nueva posibilidad de cocinar y calentarse frente a una fogata, los humanos empezaron a socializar de manera diferente. Comenzaron también a incendiar terrenos para crear espacios habitables, cazar y ahuyentar a animales, regenerar el suelo y, en general, facilitarse la vida, transformando profundamente su entorno en el proceso. Las grandes praderas de América del Norte y del Sur, por ejemplo, son paisajes artificiales a los que los humanos les dieron forma quemando los bosques periódicamente durante siglos.

 

No es difícil imaginar cómo el fuego pudo darles una idea incipiente a algunos hombres —humanos— de que todo a su alrededor podía ser herramienta y materia prima, de que eran sujeto y lo demás era objeto, de que eran el centro y el resto estaba ahí para ellos.

 

A partir de este artilugio, se elaboraron otros más complejos que permitieron incrementar el control humano de la naturaleza. Con la agricultura masiva y la capacidad de imaginar y producir en lugar de buscar y (con suerte) encontrar, muchos seres humanos conocieron la tranquilidad de la predicción en un mundo caótico, se multiplicaron y establecieron comunidades estratificadas. Algunas sociedades comenzaron a crear su propio mundo a costa de la dominación de lo otro y los otros, de paso provocando la extinción del 83% de las especies de mamíferos que existían en los albores del Holoceno, hace unos 12,000 años.

 

La Revolución Industrial y el establecimiento del sistema de explotación capitalista aceleraron exponencialmente ese proceso y nos colocaron, por el camino del Antropoceno o de la época geológica dominada por la transformación humana, a la sexta era de extinción masiva en la Tierra. Sólo en los últimos sesenta años ha desaparecido más de la mitad de las poblaciones animales y, se calcula que entre el 25% y el 40% de todas las especies del planeta se extinguirán en los próximos treinta años, a un ritmo de cien al día. 5

 

Por esta razón, hay quienes dudan de la utilidad de la noción del Antropoceno, propuesta por el ecólogo Eugene Stoermer en 1983 y popularizada por el químico Paul Crutzen en el 2000, y prefieren referirse a esta época como Capitaloceno.

 

Este cambio pone el énfasis en el hecho de que no es la humanidad en abstracto y, ni siquiera la mayor parte de ésta, la principal fuerza antropogénica detrás de la crisis del cambio climático.

 

La profunda y acelerada transformación de la atmósfera de la Tierra, que pone en riesgo la vida de todas sus especies, está vinculada a un sistema económico y específico y a un sector no muy grande de la población mundial que se beneficia desproporcionadamente de la riqueza que éste genera, a costa de la viabilidad de la vida en el planeta.

 

De acuerdo con el especialista en ecología humana Andreas Malm, que acuñó el término Capitaloceno, “nuestra era geológica no es la de la humanidad, sino la del capital”. 6

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

*

La precursora de la dominación es la denominación. La creación de conceptos, nombres e historias que explican y justifican. En la leyenda del Génesis el personaje de Adán, al nombrar, reconoce lo que le pertenece. Los colonizadores europeos hicieron lo mismo.

 

El siglo xviii fue un periodo de reajuste y recrudecimiento de los proyectos imperiales y, crucialmente, de los sistemas filosóficos que buscaban darles legitimidad.

 

Los filósofos de la Ilustración asumieron que todo cuanto existía era inteligible y sistematizable. La monstruosa diversidad del mundo se redujo a una máquina perfectamente diseñada, dominada por leyes naturales: universales, eternas y estáticas. La naturaleza se escribió como un inventario de elementos puntualmente ordenados y jerarquizados, clasificados en géneros, especies, grupos.

 

En esta época se consolidó como ciencia — y, por ende, como incuestionable — la oposición fundamental entre naturaleza y cultura. En 1757 Victor Riqueti, marqués de Mirabeau, acuñó el neologismo francés civilisation. 7 El término no tardó en importarse, primero, a la Ilustración británica y de ahí al resto de Europa occidental y los territorios que ésta mantenía bajo control colonial.

 

Desde entonces, el concepto de civilización quedó localizado temporal, geográfica y mitológicamente en el cristianismo europeo. Se convirtió en la base de la saga épica de la modernidad, en la lo civilizado debe vencer sobre lo salvaje, lo racional sobre lo irracional, el sujeto sobre el objeto. El sujeto por excelencia es el hombre europeo; el objeto, toda la naturaleza, incluyendo a un gran número de seres humanos que, dentro del paradigma colonial, quedaron relegados al ámbito de lo natural y, por ende, explotable.

 

En la Ilustración el estado natural adquirió una significación doble y contradictoria: por un lado, era el contraste frente a lo que lo civilizado se definía a sí mismo como tal; por otro, el modelo que permitía distinguir lo normal de la aberración y que marcaba la pauta que la humanidad debía seguir para establecer su propia organización.

 

Selvas literarias y filosóficas, sustentadas en una larga tradición dualista que opone y jerarquiza la naturaleza y la civilización, dominan nuestros imaginarios. Una de las más famosas es la de El libro de la selva (1894) de Rudyard Kipling, una novela escrita durante el llamado Nuevo Imperialismo de los siglos XIX y XX. La “ley de la jungla” es el hilo que conduce al lector por los caminos de la selva de Kipling. Esta ley establece un orden jerárquico para los distintos grupos de animales, a la vez que refleja en la ficción las jerarquías raciales del colonialismo. La selva literaria se construye en una contradicción en la que lo humano se opone esencialmente a lo natural y, al mismo tiempo, debe reproducirlo.

 

Uno de los principales efectos de esta narrativa naturalista fue la consolidación en la ciencia moderna de teorías deterministas sobre la esencialidad de las jerarquías humanas. La Ilustración no sólo se encargó de clasificar científicamente a la naturaleza en especies, sino también a la humanidad en razas, las cuales determinan el lugar que cada individuo y cada grupo deben ocupar, naturalmente, en el orden social. —Sin saberlo, los ilustrados ya promulgaban nuestro origen y destino en el oxímoron de la naturaleza humana.

 

En su estudio clásico, La invención de las mujeres (1997), la socióloga Yorùbá Oyèronké Oyêwùmí lo explica del siguiente modo: “Durante siglos la idea de que la biología es destino –o mejor aún, que el destino es biológico– ha sido esencial en el pensamiento occidental”.8

 

Teorías consideradas hoy como pseudociencia eran en el siglo XVIII tan científicas como la mecánica newtoniana. La medición y comparación de cráneos, por ejemplo, se usó para explicar las diferencias entre las cinco razas definidas por el médico alemán Johann Friedrich Blumenbach (1752–1840). Probablemente no sea necesario aclarar cuál se consideraba, científicamente, superior.

 

Este conjunto de teorías, también conocidas como racismo científico, fue muy influyente hasta bien entrado el siglo XX. Después de un último auge con el programa genocida nazi — el secretario político de Hitler, Rudolf Hess, llamaba al nazismo “biología aplicada” —, el racismo científico perdió terreno con la derrota alemana.

 

Pero su paradigma evolutivo, que coloca lo europeo (o europeizado) como modelo universal, sigue vivo como una poderosa fuerza organizadora. Incluso, se podría decir que ha ganado impulso con el ascenso de la extrema derecha en muchos lugares del mundo. Recientemente, el presidente brasileño Jair Bolsonaro ejemplificó este punto del siguiente modo: “El indio ha cambiado, está evolucionando y convirtiéndose cada vez más en un ser humano como nosotros”. 9

*

La distinción filosófica entre humanidad y naturaleza nunca ha sido literal, pues la categoría humano históricamente no ha incluido a todos los miembros de la especie.

 

En la Ilustración, los denominados “salvajes” podían ser intrínsecamente buenos, como predicaba Rousseau, o inevitablemente amenazantes (como la naturaleza misma), según pensaba Voltaire. Pero en todo caso eran marginales al orden civilizado: tanto a sus vicios como a sus virtudes.

 

En las exposiciones etnográficas, o zoológicos humanos, 10 europeos y norteamericanos podían ver no sólo plantas y animales traídos de las colonias, sino a nativos americanos y africanos esclavizados.

 

Estas exhibiciones, que tuvieron lugar sobre todo en los siglos XIX y XX (aunque en realidad la idea se remonta a Colón), contribuyeron a inscribir el racismo científico en la cultura popular. Su objetivo era mostrar que los indígenas y los negros eran otro tipo de humanos, más cercanos a la naturaleza salvaje que a la civilización, y a quienes, en consecuencia, les correspondía una posición distinta a la de los europeos.

 

Milenios antes, Aristóteles hablaba de esclavos naturales y sostenía que las mujeres representaban el punto medio entre el hombre y el animal. En la larga y sólo parcialmente superada época imperial, la mujer-naturaleza y el esclavo natural eran el territorio caótico y amenazante que el hombre blanco debía civilizar y dominar. El hombre — ya no el humano — de la modernidad es el centro, y el resto está ahí para él.

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

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En 1908, el escritor hispano-paraguayo Rafael Barrett (1876-1910) publicó una serie de artículos para exponer la explotación de los trabajadores agrícolas por empresas de yerba mate en Sudamérica. “Lo que son los yerbales” denuncia unas condiciones trabajo forzado que era en gran medida indistinguibles de la esclavitud, abolida oficialmente en el continente el siglo anterior.

 

“El obrero se interna en la selva”, escribe Barrett:

 

Allí encuentra la milenaria capa de humus, bañada en la transpiración de la tierra; el monstruo inextricable, inmóvil, hecho de millones de plantas atadas en un solo nudo infinito; la húmeda soledad donde acecha la muerte y donde el horror gotea como en las grutas… ¡La selva! La rama serpiente y la elástica zarpa y el devorar silencioso de los insectos invisibles.

 

En esa naturaleza cruel, “el hombre desaparece, sepultado bajo la codicia del hombre”. 11

 

En la narración de Barrett confluyen los opuestos que con tanto esmero separó la Ilustración. El hombre civilizado es la fuerza de lo salvaje. La modernidad se sustenta en la ley de la selva, en la brutalidad de la subordinación del otro. La selva literaria, tenso espejo de lo humano, refleja a éste como lo mismo y lo contrario.

 

“El mito es ya Ilustración; la Ilustración recae en mitología”. 12 Ésta es la tesis central de la obra seminal de los críticos de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer y Theodor Adorno Dialéctica de la Ilustración (1944). Para ellos, mitología e Ilustración se reducen al afán de entender y explicar la naturaleza para poder someterla.

 

Dialéctica de la Ilustración fue un libro publicado en el contexto de la Segunda Guerra Mundial en torno a la subsecuente toma de consciencia de lo que significaba el nazismo: el regreso a la barbarie después de 200 años de civilización posilustrada. Tanto progreso y volvimos a ser caos, irracionalidad, jungla.

 

Para la Escuela de Frankfurt el nazismo demostró que la civilización y la barbarie no son oposiciones, sino que, en su afán de dominación, se contienen una a la otra.

 

Las décadas que siguieron a la Ilustración fueron el inicio de su largo e inacabado proceso de deconstrucción. Con Johann Georg Hamann y los románticos de Jena comenzó una tradición de sospecha del racionalismo ilustrado que se extiende hasta la filosofía continental contemporánea. Desde otra tradición intelectual y política, escritores y académicos caribeños, africanos y afroamericanos han llegado a conclusiones similares, y con frecuencia más radicales.

 

Intelectuales contemporáneos a la Escuela de Frankfurt como lo fueron W.E.B. Du Bois o Aimé Césaire elaboraron una genealogía que vinculaba la barbarie colonial (es decir, la ejercida por los supuestos civilizadores) con la de los fascismos de su tiempo.

 

El nazismo no surge para estos pensadores como un desvío del progreso ilustrado, sino como un fatídico regreso a Europa de la misma barbarie, deshumanización e instrumentalización ejercidas por siglos sobre el mundo colonizado en nombre de la civilización.


Autores
Bárbara Pérez Curiel ha colaborado con ensayos, artículos de opinión y textos narrativos con distintos medios y revistas mexicanos e internacionales. Traduce libros y artículos para el Fondo de Cultura Económica.
GameStop en Hillsboro,Oregon. Wikimedia.
GameStop en Hillsboro,Oregon. Wikimedia.

El libre mercado sólo es libre hasta que la gente rica empieza a perder dinero”

Visto en r/wallstreetbets

A principios del 2021 fuimos testigos de un evento que marcará un hito en la historia financiera del planeta. El escándalo de GameStop que puso en jaque a Wall Street, es un fenómeno lo suficientemente extraño como para poner de acuerdo a Ted Cruz y a Alexandria Ocasio-Cortez.

Si quisiéramos dar una respuesta rápida y fácil para explicar lo que está sucediendo, diríamos que un grupo bastante numeroso de troles de internet se puso de acuerdo para comprar las acciones de una compañía que estaba al borde de la bancarrota, con el fin de obligar a grandes fondos de inversión a tener pérdidas multimillonarias.

Sin embargo, algo más sucedió. Si se ve más allá de los memes, el delirio colectivo, la politización del problema y la aparente irracionalidad de la turba de Reddit, se podrá encontrar una estrategia bien pensada, genial y digna de cualquier financiero profesional que se respete.

Para decirlo llanamente, el escándalo de GameStop no es fruto del azar o de la mera burla de foros en línea: es un movimiento deliberado e intrigante que ha mostrado las grietas de un sistema financiero que se creía invencible.

Michael Burry y el génesis del Gamestonk

Esta historia empieza hace dos años. En concreto, al 16 de agosto del 2019, fecha en la que el Dr. Michael Burry – aquél personaje que saltó a la fama por descubrir, antes que nadie, la burbuja inmobiliaria que detonó la crisis financiera del 2008 -, escribió una carta al consejo directivo de Gamestop, una compañía dedicada a la venta minorista de videojuegos y otros electrónicos.

Para ese entonces, la compañía, como muchos retailers de medios físicos (en paz descansen Blockbuster y Tower Records), ya estaba en franca decadencia. Pero Burry les expuso un plan para salir a flote. En un momento donde el valor de las acciones de Gamestop había tocado un abismo por debajo de los 4 dólares, el fundador del fondo de inversión Scion Capital vio una ventana de oportunidad inigualable.

A diferencia de la gran mayoría de los jugadores en la bolsa, que confiaban en que el valor de las acciones de Gamestop continuaría a la baja (luego de una estrepitosa caída del 70% de su valor a lo largo del año previo), Burry creía que las acciones de la compañía estaban siendo infravaloradas en el mercado. Para él, la empresa contaba con la liquidez suficiente para revertir su decaimiento, y también con las condiciones para continuar siendo rentable para los accionistas.

Aquellos que sostenían una visión pesimista, creían que la desaparición de Gamestop era inminente por su modelo de negocios insostenible. El diagnóstico que pesaba sobre la empresa era muy parecido al que llevó a la extinción de Blockbuster: la venta de videojuegos física estaba siendo desplazada y superada por las ventas digitales y en línea.

Una proyección bastante razonable y justificada, si consideramos el éxito de plataformas como Steam y el peso de las tiendas digitales que ya vienen precargadas en toda marca de consolas. Pero Burry tenía un motivo para mantenerse optimista: la nueva generación de consolas todavía incluía unidades de disco físicas; es decir, se mantenía la oportunidad de seguir vendiendo videojuegos en formato físico.

Menos de una semana después de que la posición del Dr. Burry se hiciera pública, las acciones de Gamestop dispararon su valor en un 20%, creando así una de las condiciones necesarias para poner en marcha lo que sucedería después.

Chewy y el segundo aire

A pesar del oxígeno que le dio Michael Burry a la moribunda empresa, el sentimiento negativo en el mercado siguió atormentando a Gamestop hasta ya bien entrados en el 2020. Principalmente, claro, por la llegada de la pandemia de Covid-19.

Era evidente que los cierres y cuarentenas en todo el mundo impactarían con mayor fuerza a aquellos negocios cuyo principal canal de venta estaba a nivel de piso. Y Gamestop no fue la excepción. Desde el primer semestre del año, la empresa tuvo un fuerte golpe económico.

A pesar de ello, en agosto del 2020, Ryan Cohen, fundador de Chewy -una de las principales empresas dedicadas a la venta en línea de productos para mascotas-, anunció su participación como accionista en Gamestop, adquiriendo una posición del 9% de la compañía. Gracias al involucramiento del joven millonario, las acciones de Gamestop, volvieron a dar un brinco de más del 25%, sobrepasando el umbral de los 6 dólares por acción.

Pero Ryan Cohen no nada más llevó dinero a la compañía, sino que también propuso un plan para salvarla. Su idea era usar su experiencia en el e-commerce -dado el éxito demostrado en su empresa anterior- para migrar el negocio de Gamestop a Internet y convertir al retailer en una competencia de Amazon.

Un mes después de anunciar su participación como accionista, Cohen tuvo acercamientos con la directiva de la empresa para materializar su plan. Sus pláticas tuvieron un nuevo efecto positivo en el valor de las acciones de Gamestop, que pasaron por encima de los 10 dólares; un movimiento del 28%.

El “short squeeze” o una muerte por mil cortes

El hecho de que un multimillonario decidiera participar en Gamestop cimbró al mercado accionario, pero también a uno de los rincones más oscuros de Internet. El 1 de septiembre, apareció un post en wallstreetbets, un foro de Reddit dedicado a la discusión de estrategias de inversión en la bolsa y los memes financieros (ellos mismos se describen “como si 4chan encontrara una terminal de Bloomberg”). En el post -publicado por el usuario “airdoon”- se explicaba una estrategia muy particular relacionada con las acciones de Gamestop: el “short squeeze” u obligar a los vendedores en corto a liquidar sus posiciones a precios muy elevados.

¿Pero qué quiere decir esto?

Lo primero que hay que entender es el short-selling o venta en corto. Este tipo de inversión se hace cuando se cree que el precio de una acción va a la baja. Esta creencia puede darse por muchas razones, por ejemplo, porque se estima que el valor de una acción está sobrevalorado; porque las condiciones financieras de una empresa dan señales preocupantes; o bien porque el contexto en el corto plazo puede afectar el prestigio de una compañía (como cuando se destapa algún escándalo).

Es decir, a diferencia del tipo más intuitivo de inversión en la bolsa, donde se compra una acción para luego venderse más cara, en la venta en corto se hace lo contrario: se vende una acción esperando comprarla más barata en el futuro.

En la práctica, para hacer una venta en corto, el inversionista primero tiene que pedir prestada una acción para venderla al instante, sin importar el precio (digamos a 10 pesos). Con el dinero de la venta en mano, espera a que se cumpla su pronóstico de que el precio de esa acción baje. Si eso sucede, el accionista recompra la misma acción, pero a un precio menor (supongamos que baja a 8 pesos). Le devuelve al prestamista la acción que le fue otorgada, y el inversionista se queda con la diferencia de la venta en corto como ganancia (en este ejemplo, 2 pesos).

Hasta aquí todo puede parecer lógico. Pero una diferencia importante entre la venta en corto y en largo (aquella donde compramos esperando vender más caro) es la exposición al riesgo. La venta en corto supone una posición mucho más vulnerable, porque no hay un tope en las pérdidas que un inversionista puede sufrir.

Pensémoslo así: si compramos una acción esperando venderla más cara, pero nunca sube de precio -y, al contrario, se cae-, lo más que podemos perder es el precio que nos costó la acción (si sucediera el peor escenario, y su valor se fuera a cero). En cambio, si pedimos prestada una acción y la vendemos esperando que baje de precio para comprarla más barata, pero nunca baja de precio -y, por el contrario, sube-, entonces lo que podemos perder es ilimitado. Entre más sube el precio de la acción, más perdemos. Y, teóricamente, puede subir al infinito, porque no hay un tope hacia arriba.

En otras palabras, mientras que en la inversión a largo plazo la pérdida máxima está limitada al 100% de la inversión, en el caso de la venta en corto puede ser del 200%, 500%, 1000% o más.

Aunado a eso, la venta en corto implica pedir prestada la acción y hay que considerar los pagos de intereses y primas por el tiempo que el inversionista se tarda en devolverla.

En esas circunstancias, un “short squeeze” o “estrangulamiento de las posiciones en corto” se logra cuando se infla el precio de una acción a pesar de los pronósticos bajistas, obligando a los vendedores en corto a liquidar sus posiciones para mitigar pérdidas.

Recordemos que el short-selling implica un préstamo de acciones. Por lo tanto, el inversionista que hace una venta en corto está obligado a comprar nuevamente las acciones que está vendiendo. Sólo así puede saldar su deuda.

Además, tiene la premura de liquidar su posición para que los intereses y primas del préstamo no le coman sus potenciales ganancias, o bien incrementen sus pérdidas. Por ende, si su pronóstico sobre la caída del precio de una acción falla, entre más tiempo se tarde en cerrar su inversión, mayor será su pérdida.

Cuando, finalmente, el inversor decide terminar su posición, genera un efecto adicional muy interesante. Dado que volverá a comprar la acción, pero al precio en el que se está ofertando, produce una retroalimentación positiva en el sentimiento del mercado: al recomprar la acción, el mercado entiende que aumenta la demanda y, en consecuencia, sube el precio de las acciones. Sólo imagínense cómo reacciona el mercado cuando no es un solo vendedor en corto el que liquida su posición, sino una masa de ellos: las acciones suben estrepitosamente.

Contra sus propios pronósticos, este tipo de inversionistas ayudan a crear una inercia de aumento de precios cuando se ven obligados a liquidar sus ventas cortas. Y esto puede acabar atrayendo a más compradores y así darle un mayor impulso al precio de la acción. En cambio, si se tardan demasiado, salirse de este negocio puede costarles muy caro, sobre todo si otros vendedores en corto deciden abandonar el barco antes que ellos. Este bucle puede continuar hasta que todas las posiciones en corto sean liquidadas.

“Airdoon”, el usuario que propuso la genial estrategia en Reddit, se dio cuenta del grado de vulnerabilidad al que estaban expuestos los short-sellers de Gamestop.

Tomado de: https://www.highshortinterest.com/

Tomado de: https://www.highshortinterest.com/

Según su propia argumentación, Gamestop era una de las acciones con más ventas en corto dentro del mercado. De hecho, una inmensa mayoría de sus acciones existentes se estaban vendiendo en corto. Del total de acciones de Gamestop que se intercambiaban públicamente (el “float”, en la tabla de arriba), más de un 121% se estaba vendiendo en corto (el “ShortInt” o “interés en corto”).

¿Cómo es posible que se puedan vender en corto más del 100% de las acciones disponibles en el mercado? ¿Cómo se logran intercambiar más acciones que las que existen?

Gracias a que esas acciones son deuda.

Piénsenlo así: cuando hay un sentimiento negativo generalizado sobre el valor de una empresa, hay más probabilidades de que los inversionistas vendan en corto las acciones de esa compañía en vez de tomar posiciones largas. Y sí más inversionistas en corto entran a un mercado, entonces la cantidad de acciones prestadas también aumenta.

Imaginen que pido prestada una acción para venderla en corto. Eso quiere decir que le debo una acción a alguien más (llamémosle A). Yo me deshice de esa acción al precio de mercado, porque espero que su valor baje en el futuro. La persona a la que le vendí la acción (llamémosle B) le presta esa misma acción a otro inversionista que también pretende venderla en corto. Entonces, adquiere una deuda de una acción con B. Por lo tanto, aunque se están realizando diferentes transacciones con una sola acción, ya hay una deuda acumulada de dos acciones diferentes (la que yo le debo a A y la que el otro inversionista le debe a B).

Así es como se puede crear un “interés en corto” (ShortInt en la tabla) que sobrepase más del 100% de las acciones existentes. A medida que se incrementa el “interés en corto” de una acción, la brecha entre las acciones disponibles y las acciones necesarias para cubrir las deudas de las ventas en corto se hace más grande; es decir, la misma oferta de acciones deja de alcanzar para cubrir la demanda abierta por las posiciones en corto.

“Airdoon” se dio cuenta de que esto estaba sucediendo con Gamestop. Se había creado una especie de “burbuja” entre la cantidad de posiciones en corto (cantidad de acciones prestadas) y el número de acciones realmente disponibles para cubrir esas posiciones.

Sólo hacía falta cambiar el sentimiento negativo sobre el valor de Gamestop para poner en marcha el “estrangulamiento”. Y ahí es donde las proyecciones de Michael Burry y la noticia de la participación de Ryan Cohen como accionista de la empresa, podrían servir como catalizadores.

De hecho, Airdoon ya señalaba el sufrimiento de algunos de los short-sellers a causa de los aumentos de precio en las acciones en agosto y septiembre del 2020. Más noticias a favor de la compañía podrían detonar movimientos para liquidar las posiciones en corto y activar la retroalimentación positiva.

Esas noticias llegaron en octubre y luego ya entrado el 2021. Sin embargo, a pesar del crecimiento en el precio de las acciones de Gamestop, los vendedores en corto decidieron seguir apostando a la baja, para mitigar el impulso alcista que estaba teniendo la acción en el mercado. Así que hicieron más ventas en corto para proteger su posición.

Pero no contaban con la coordinación masiva de Reddit. Los usuarios del foro se hicieron, rápidamente, con la mayor cantidad de acciones disponibles en el mercado. Si la demanda de acciones de Gamestop estaba excedida en las posiciones en corto, entonces, mientras se compraran más acciones y no se vendieran ni se prestaran para realizar más ventas cortas, se podía obligar a los grandes inversionistas a liquidar sus posiciones o esperar una muerte por mil cortes en intereses y primas.

Y la “burbuja” reventó.

Al controlar la poca oferta de acciones de Gamestop, los usuarios de Reddit “exprimieron” a los vendedores en corto con precios cada vez más elevados para cerrar sus posiciones. Algo muy parecido a lo que sucedió con Volkwagen en el 2008, cuando, por un breve momento, se convirtió en la compañía más valiosa del planeta como consecuencia de la desesperación de los short-sellers por cerrar sus posiciones.

En menos de un mes, el precio de las acciones de Gamestop subió en más de 1500%, pasando de menos de 20 a casi 350 dólares. La acción coordinada de los más de 5 millones de usuarios afiliados a wallstreetbets, junto con las condiciones abiertas por Burry y Cohen, resultó en un golpe fulminante para dos grandes fondos de inversión: Citron Research y Melvin Capital. Sólo este último perdió el 53% de su capital en el transcurso de enero.

Aunque también hubo grandes ganadores. Uno de los diez fondos de inversión más grandes del mundo, Blackrock, pudo haber generado ganancias por más de 2 mil millones de dólares gracias a estas circunstancias.

Más allá de las pérdidas o ganancias monetarias, el escándalo de GameStop (o “GameStonk”) dejó al descubierto muchas cosas. Reveló la capacidad de coordinación de los foros de internet para actuar en masa contra las “ballenas” del mercado; convirtió a los que parecían ser héroes del mercado en villanos; hizo patente el resentimiento millenial por la crisis del 2008; y reabrió el debate sobre las regulaciones del mercado bursátil.

Sin embargo, tal vez lo más importante de estos eventos increíbles es que le regresa a la gente esa sensación amarga de desconfianza frente al sistema financiero institucional. Esa desconfianza que queda mejor expresada por la prosa elocuente de los propios usuarios de Reddit:

El libre mercado sólo es libre hasta que la gente rica empieza a perder dinero”


Autores
Carlos Camp Talavera (Ciudad de México, 1989) es maestro en filosofía de la ciencia por la UNAM. Su carrera profesional ha estado marcada por la investigación en antropología aplicada a mercados y marcas, además de periodismo económico. Ha publicado en revistas y blogs como Nexos, Oink Oink y Televisa.News. Actualmente, escribe guiones para Convoy Network y emprende un negocio dedicado a los servicios de arte y la venta de obra.