Tierra Adentro
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar Ilustración de portada: Eko

I

SU ESPOSA lo había sujetado entre sus brazos como si pudiera alejar a la muerte de él.

Él había exclamado:

—¡Dios mío, soy hombre muerto!

La puerta de la habitación se había abierto, y él había visto afuera a un gigantesco camello negro de una sola joroba, y había escuchado el repiqueteo de las campanas de su arnés al tocarlas el viento. Luego un enorme rostro negro, coronado por un gran turbante negro, había aparecido en el umbral. El eunuco negro había entrado a la habitación, moviéndose como una nube, con una cimitarra gigantesca en la mano. La Muerte, Destructora de Placeres y Desgarradora de la Sociedad, había llegado al fin.

Negrura. Nada. Él ni siquiera sabía que su corazón se había detenido para siempre. Nada.

Entonces sus ojos se abrieron. Su corazón latía con vigor. Era fuerte, ¡muy fuerte! Todo el dolor de la gota en sus pies, la agonía de su hígado, el tormento de su corazón, habían desaparecido.

Había tanto silencio que podía oír la sangre que corría por su cabeza. Estaba solo en un mundo sin sonido.

Una luz brillante llenaba todo el espacio con intensidad uniforme. Podía ver, pero no entendía lo que veía. ¿Qué eran esas cosas que estaban sobre él, a su lado, debajo de él? ¿Dónde estaba?

Intentó incorporarse y sintió pánico. No había ninguna superficie sobre la cual sentarse, pues estaba suspendido en la nada. Su intento de incorporarse lo hizo girar hacia adelante, muy despacio, como si estuviera en un baño de melaza. A treinta centímetros de las puntas de sus dedos había una barra de un metal rojo brillante. Descendía desde lo alto, desde el infinito, hacia el infinito. Intentó sujetarla, pues era el objeto sólido más cercano, pero algo invisible se le oponía. Era como si una fuerza empujara contra él y lo repeliera.

Lentamente, dio un giro completo. La resistencia lo detuvo, con las puntas de los dedos a unos quince centímetros de la barra. Enderezó el cuerpo y avanzó un par de centímetros. Al mismo tiempo, su cuerpo comenzó a girar sobre su eje longitudinal. Inhaló con un prolongado zumbido. Aunque sabía que no tenía asidero, no pudo evitar agitar los brazos, presa del pánico, en un intento de sujetarse de algo.

Ahora estaba boca abajo… ¿o boca arriba? Fuera cual fuese la dirección, era la opuesta a la que tenía al despertar. Pero eso no importaba. “Arriba” y “abajo” de él, la vista era la misma. Estaba suspendido en el espacio, y un capullo invisible e insensible impedía que cayera. A dos metros “debajo” de él estaba el cuerpo de una mujer de piel muy pálida. Estaba desnuda y era completamente lampiña. Parecía estar dormida. Tenía los ojos cerrados, y su pecho subía y bajaba con suavidad. Tenía las piernas juntas y extendidas, y los brazos a los costados. Giraba despacio, como un pollo en un espetón.

La misma fuerza que la hacía girar, lo hacía girar a él también. Se apartó lentamente de la mujer y vio otros cuerpos desnudos y lampiños: hombres, mujeres y niños, dispuestos ante él en hileras que giraban en silencio. Sobre él giraba el cuerpo desnudo y lampiño de un negro.

Bajó la vista para observar su propio cuerpo. Él también estaba desnudo y sin vello. Su piel estaba lisa, y los músculos de su abdomen eran prominentes, y sus muslos estaban marcados con músculos jóvenes y vigorosos. Las venas azules que antes sobresalían como montículos de topos ya no estaban. Ya no tenía el cuerpo del endeble y enfermo hombre de sesenta y nueve años que, apenas un momento antes, había estado moribundo. Su centenar de cicatrices había desaparecido.

Entonces se dio cuenta de que no había viejos ni viejas entre los cuerpos que lo rodeaban. Todos parecían tener alrededor de veinticinco años, aunque era difícil determinar su edad exacta, pues sus cabezas y sus pubis desprovistos de pelo los hacían lucir mayores y más jóvenes a la vez.

Alguna vez se había jactado de no conocer el miedo. Ahora, el miedo le arrancó el grito que se había formado en su garganta. Su miedo lo oprimía y le exprimía su nueva vida.

Al principio se pasmó por seguir con vida. Luego, su posición en el espacio y la disposición de aquel nuevo ambiente paralizaron sus sentidos. Veía y sentía a través de una ventana semi-opaca. Al cabo de unos segundos, algo se abrió en su interior. Casi pudo escucharlo, como si la ventana se levantara de pronto.

El mundo tomó una forma que él podía percibir, aunque no podía comprenderla. Por encima de él, a ambos lados, por debajo, hasta donde alcanzaba la vista, había cuerpos flotantes. Estaban dispuestos en hileras verticales y horizontales. Las verticales estaban separadas por barras rojas, delgadas como palos de escoba, una a treinta centímetros de los pies de los durmientes y otra a treinta centímetros de sus cabezas. Cada cuerpo estaba a unos dos metros del cuerpo de arriba, el de abajo y los de los lados.

Las barras subían desde un abismo sin fondo hasta un abismo sin techo. El vacío gris en el que desaparecían las barras y los cuerpos, arriba y abajo, a diestra y siniestra, no era el cielo ni la tierra. A lo lejos no se veía nada más que la opacidad del infinito.

A un lado había un hombre moreno de rasgos toscanos. Al otro, una mujer india, y más allá, un hombre corpulento de aspecto nórdico. Fue hasta su tercer giro que pudo distinguir qué era lo que resultaba tan extraño en aquel hombre: su brazo derecho estaba rojo a partir de un punto debajo del codo. Parecía faltarle la capa externa de la piel.

Unos segundos después, a varias hileras de distancia, vio el cuerpo de un varón adulto al que le faltaban la piel y todos los músculos de la cara.

Había otros cuerpos que no estaban completos. A lo lejos atisbó vagamente un esqueleto, con un revoltijo de órganos en su interior.

Continuó girando y observando mientras su corazón aterrorizado azotaba su pecho. Para entonces ya comprendía que se encontraba en una cámara colosal, y que las barras de metal irradiaban alguna fuerza que, de algún modo, sustentaba y hacía girar a millones, quizá miles de millones, de seres humanos.

¿Dónde estaba ese lugar?

Por supuesto, no era la ciudad de Trieste, del Imperio austro-húngaro, en 1890.

No se parecía a ningún cielo o infierno sobre el que hubiera leído u oído hablar, y eso que creía conocer todas las teorías sobre el más allá.

Había muerto. Ahora estaba vivo. Toda su vida se había burlado de la idea de la vida después de la muerte. Ahora no podía negar que se había equivocado, pero no había nadie que le dijera: “¡Te lo dije, condenado infiel!”

De entre todos los millones de personas, sólo él estaba despierto.

Mientras giraba a una velocidad estimada de una vuelta completa cada diez segundos, vio algo más que lo hizo ahogar un grito de asombro: a cinco hileras de distancia había un cuerpo que, a primera vista, parecía humano. Sin embargo, ningún miembro de la especie Homo sapiens tenía cuatro dedos en cada mano y cuatro en cada pie. Ni una nariz y unos labios negros y coriáceos como los de un perro. Ni un escroto con muchas pequeñas protuberancias. Ni unas orejas con esas extrañas circunvoluciones.

El terror se desvaneció poco a poco. Su corazón dejó de latir tan rápido, aunque no volvió a su ritmo normal. Su cerebro se descongeló. Tenía que salir de esa situación, en la que estaba tan indefenso como un cerdo en un espetón. Tenía que encontrar a alguien que pudiera explicarle qué hacía en ese lugar, cómo había llegado y por qué estaba ahí.

Decidir fue actuar.

Recogió las piernas y dio una patada, y esa acción, o más bien la reacción, lo impulsó un par de centímetros hacia adelante. Una vez más, pateó y avanzó en contra de la resistencia. Sin embargo, al hacer una pausa, se vio desplazado de nuevo a su ubicación original, y sus brazos y piernas fueron empujados con suavidad hasta volver a su posición rígida original.

Frenético, pataleando y moviendo los brazos como un nadador, logró avanzar hacia la barra. Mientras más se acercaba, más potente era la fuerza que se le oponía. No se dio por vencido. Si se rendía, volvería al punto inicial, y sin fuerzas para volver a empezar. No estaba en su naturaleza rendirse hasta haber agotado todas sus fuerzas.

Estaba respirando con dificultad; tenía el cuerpo cubierto de sudor, sus brazos y piernas se movían como si estuvieran inmersos en una densa gelatina, y su avance era imperceptible. Entonces, las puntas de los dedos de su mano izquierda tocaron la barra. Se sentía dura y caliente.

De pronto, supo hacia dónde era “abajo”. Cayó.

El contacto con la barra había roto el hechizo. Las redes de aire que lo rodeaban se rompieron en silencio, y él se desplomó.

Estaba lo bastante cerca de la barra para sujetarla con una mano. Al detenerse tan de pronto su caída, se golpeó dolorosamente la cadera contra la barra. La piel de su mano ardía al deslizarse sobre la barra; se aferró a la barra con la otra mano, y se detuvo.

Frente a él, al otro lado de la barra, los cuerpos habían comenzado a caer. Descendían con la velocidad de los cuerpos que caían en la tierra, y cada uno mantenía su posición y su distancia original con los cuerpos de arriba y de abajo. Incluso seguían girando.

Fue entonces que el soplo del aire sobre su espalda sudorosa lo hizo dar la vuelta sobre la barra. Detrás de él, en la hilera vertical de cuerpos que había ocupado antes, los durmientes también caían. Uno tras otro, como lanzados metódicamente por una trampilla, caían girando con lentitud. Sus cabezas pasaban a pocos centímetros de él. Tuvo suerte de no ser derribado y precipitarse al abismo con ellos.

En solemne procesión caían los cuerpos. Uno tras otro se desplomaban a ambos lados de la barra, mientras las demás hileras, de millones y millones de cuerpos, dormían.

Se quedó mirando un rato. Luego comenzó a contar cuerpos; siempre había sido un ávido enumerador. Sin embargo, desistió al llegar a tres mil uno. Después de eso, sólo siguió contemplando la catarata de carne. ¿Hasta qué altura inconmensurable estaban apilados? ¿Y hasta dónde podían caer? Sin quererlo, los había precipitado cuando su toque perturbó la fuerza que emanaba de la barra.

No podía trepar barra arriba, pero sí podía bajar. Comenzó a dejarse caer, y luego miró hacia arriba y se olvidó de los cuerpos que caían a su lado. En algún lugar en lo alto, un zumbido empezaba a empequeñecer el silbido de la caída de los cuerpos.

Una angosta embarcación, con forma de canoa y hecha de una sustancia de color verde brillante, estaba hundiéndose entre la columna de los cuerpos que caían y la columna contigua, de cuerpos suspendidos. La canoa aérea no tenía soporte visible, pensó él, y una medida de su terror fue el hecho de que no se detuviera a pensar en lo cómico de esa idea: no tenía soporte visible. Como una embarcación mágica de Las mil y una noches.

Sobre el borde de la embarcación apareció un rostro. La barca se detuvo, y el zumbido cesó. Otro rostro apareció junto al primero. Ambos tenían cabello largo, negro y lacio. En un momento, los rostros se retiraron, el zumbido se reanudó y la canoa continuó descendiendo hacia él. Se detuvo a un metro y medio sobre él. Sobre la proa verde estaba grabado un pequeño símbolo: un espiral blanco que giraba hacia la derecha. Uno de los ocupantes de la embarcación habló en una lengua con muchas vocales y un cierre glotal que aparecía con frecuencia. Sonaba como alguna lengua polinesia.

Abruptamente, el capullo invisible reapareció en torno a él. Los cuerpos que caían comenzaron a descender con mayor lentitud, hasta detenerse. El hombre, junto a la barra, sintió que la fuerza se cerraba sobre él y lo levantaba. Aunque se aferró a la barra con desesperación, sus piernas se elevaron, y su cuerpo las siguió. Pronto quedó mirando hacia abajo. Sus manos se desprendieron de la barra; sintió que también perdía su sujeción a la vida, a la cordura, al mundo. Comenzó a flotar hacia arriba y girar. Pasó junto a la canoa aérea y se elevó sobre ella. Los dos hombres que la tripulaban estaban desnudos, tenían la piel morena, como árabes yemeníes, y eran apuestos. Sus rasgos eran nórdicos, similares a los de algunos islandeses que él había visto.

Uno de ellos levantó una mano, en la que sujetaba un objeto metálico del tamaño de un lápiz. Miró por encima del objeto, como si fuera a usarlo para disparar algo.

El hombre que flotaba en el aire gritó de rabia y de odio y de frustración, y sacudió los brazos para nadar hacia la máquina.

—¡Los mataré! —gritó—. ¡Los mataré! ¡Los mataré! El olvido volvió a caer sobre él.

II

DIOS ESTABA de pie sobre él, que yacía sobre la hierba junto a las aguas y los sauces llorones. Yacía con los ojos muy abiertos, débil como un recién nacido. Dios estaba golpeándole las costillas con la punta de un bastón de hierro. Dios era un hombre alto de mediana edad. Tenía una larga barba negra y bifurcada, y vestía el mejor traje de domingo de un caballero inglés del quincuagésimo tercer año del reinado de la reina Victoria.

—Estás atrasado —dijo Dios—. Hace mucho que pasó la fecha para el pago de tu deuda, ¿sabes?

—¿Cuál deuda? —preguntó Richard Francis Burton. Se pasó los dedos por las costillas para cerciorarse de que aún tuviera todas.

—Me debes la carne —respondió Dios, volviendo a golpearlo con el bastón—. Sin mencionar el espíritu. Me debes la carne y el espíritu, que son una misma cosa.

Burton se puso de pie trabajosamente. Nadie, ni siquiera Dios, iba a golpear a Richard Burton en las costillas y salirse con la suya sin pelea.

Dios ignoró los inútiles esfuerzos de Burton, sacó un gran reloj de oro del bolsillo de Su chaleco, abrió la pesada cubierta grabada, miró las manecillas y dijo:

—Muy atrasado.

Dios extendió Su otra mano, con la palma hacia arriba.

—Paga, señor. De lo contrario, me veré obligado a ejecutar.

—¿Ejecutar qué?

Cayeron las tinieblas. Dios comenzó a disolverse en esa oscuridad. Fue entonces que Burton notó que Dios se le parecía. Tenía el mismo cabello negro y lacio, la misma cara árabe de ojos oscuros y penetrantes, los pómulos altos, los labios gruesos y la barbilla prominente y partida. En Sus mejillas se veían las mismas cicatrices largas y profundas, testigos de la jabalina somalí que le perforó la mandíbula en esa batalla en Berbera. Sus manos y pies eran pequeños, en contraste con Sus anchos hombros y Su enorme pecho. Y tenía el largo y grueso bigote y la barba bifurcada por los que el beduino había llamado a Burton “el Padre de los bigotes”.

—Te ves como el diablo —dijo Burton, pero ya Dios se había convertido en una sombra más entre las tinieblas.

III

BURTON aún dormía, pero estaba tan cerca de la superficie de la vigilia, que tenía conciencia de haber soñado. La luz empezaba a remplazar a la noche.

Entonces abrió los ojos, y no supo dónde estaba.

Sobre él había un cielo azul. Una suave brisa corría sobre su cuerpo desnudo. Su cabeza sin cabello, su espalda, sus piernas y las palmas de sus manos reposaban sobre la hierba. Volvió la cabeza hacia la derecha y vio una planicie cubierta de un pasto muy corto, muy verde y muy denso. La planicie ascendía suavemente a lo largo de un kilómetro y medio. Más allá de la planicie había una cadena de colinas que empezaban pequeñas y se volvían más altas y escarpadas, y más irregulares en su forma, conforme avanzaban hacia las montañas. Las colinas parecían extenderse unos cuatro kilómetros. Todas estaban cubiertas de árboles, algunos de los cuales resplandecían con tonos escarlatas, azules, verdes brillantes, amarillos fogosos, y vivos rosas. Más allá de las colinas, las montañas se alzaban abruptas, perpendiculares, e increíblemente altas. Eran negras y de un verde azulado, y parecían estar hechas de una roca ígnea vidriosa, con enormes manchas de liquen que cubrían al menos una cuarta parte de su superficie.

Entre él y las colinas había numerosos cuerpos humanos. El más cercano, a sólo unos metros de distancia, era el de la mujer blanca que había estado debajo de él en aquella columna vertical.

Quería levantarse, pero se sentía entumecido y torpe. Por el momento, lo único que pudo hacer, y con un gran esfuerzo, fue volver la cabeza hacia la izquierda. De ese lado había más cuerpos desnudos, en una planicie que descendía hasta un río a unos nueve metros de distancia. El río tenía aproximadamente kilómetro y medio de ancho, y al otro lado había otra planicie, de alrededor de kilómetro y medio de extensión, que subía hacia unas estribaciones cubiertas de árboles, y luego las montañas negras y verdiazules, gigantescas y escarpadas. Ese lado era el este, pensó, aturdido. El sol acababa de salir sobre la cima de una montaña.

Cerca de la orilla del río se alzaba una estructura extraña. Estaba hecha de granito gris con vetas rojas, y tenía forma de hongo. Su ancha base no podía tener más de metro y medio de altura, y la cabeza del hongo tenía un diámetro de unos quince metros.

Logró levantarse lo suficiente para apoyarse en un codo.

Había más hongos de granito a lo largo de ambas orillas del río.

Por toda la planicie había humanos calvos, colocados a intervalos de un metro ochenta. La mayoría aún estaban tendidos de espaldas, mirando al cielo. Otros comenzaban a moverse, a mirar a su alrededor, e incluso a sentarse.

Él también se sentó, y se palpó la cabeza y la cara con ambas manos. Estaban lisas.

Su cuerpo no era el cuerpo arrugado, correoso y marchito de sesenta y nueve años que yaciera en el lecho de muerte. Era el cuerpo de piel suave y músculos poderosos que tenía a sus veinticinco años. El mismo cuerpo que tenía cuando flotaba entre las barras de metal en aquel sueño. ¿Sueño? Parecía demasiado vívido para ser un sueño. No era un sueño.

Ceñía su muñeca una tira delgada de un material transparente, conectada a una correa de quince centímetros del mismo material. El otro extremo de la correa estaba sujeto a un arco metálico, la agarradera de un cilindro de metal grisáceo con una cubierta cerrada.

Ociosamente, sin poder concentrarse porque su mente estaba entorpecida, levantó el cilindro. Pesaba menos de medio kilo, así que no podía ser de hierro, aunque estuviera hueco. Tenía treinta centímetros de diámetro, y más de setenta centímetros de longitud.

Todos tenían un objeto similar sujeto a la muñeca.

Tambaleante, con el corazón empezando a retomar su ritmo mientras sus sentidos se espabilaban, se puso de pie.

Otros también estaban levantándose. Muchos tenían la cara floja, o helada de asombro. Otros parecían temerosos. Sus ojos, muy abiertos, daban vueltas; sus pechos subían y bajaban con rapidez; respiraban en jadeos. Algunos temblaban como si un viento helado soplara sobre ellos, aunque el aire tenía una tibieza agradable.

Lo extraño, lo verdaderamente insólito y aterrador era el silencio, casi absoluto. Nadie decía palabra; sólo se escuchaba el siseo de la respiración de los que estaban cerca de él; el chasquido de un hombre que se daba una palmada en la pierna; el silbido quedo de una mujer.

Estaban boquiabiertos, como a punto de decir algo.

Comenzaron a moverse, mirándose a la cara; a veces extendían la mano para tocar a alguien. Arrastraban los pies descalzos, se volvían hacia un lado, hacia el otro, miraban las colinas, los árboles cubiertos de enormes flores de vivos colores, las montañas imponentes y cubiertas de liquen, el río verde y destellante, las piedras con forma de hongo, las correas y los recipientes grises de metal.

Algunos se palpaban el cráneo desnudo y la cara.

Todos estaban absortos en algún movimiento mecánico, y en silencio.

De pronto, una mujer se puso a gemir. Cayó de rodillas, echó atrás la cabeza y los hombros, y aulló. Al mismo tiempo, ribera abajo, alguien más aulló.

Fue como si esos dos gritos fueran señales. O como si fueran las dos llaves de la voz humana, y acabaran de abrirla.

Los hombres, mujeres y niños comenzaron a gritar o sollozar, o desgarrarse el rostro con las uñas, o golpearse el pecho, o caer de rodillas y levantar las manos en señal de oración, o tirarse al suelo y tratar de hundir el rostro en la hierba, como avestruces, para no ser vistos, o rodar de un lado a otro, ladrando como perros y aullando como lobos.

El terror y la histeria se apoderaron de Burton. Quería arrodillarse y rezar para salvarse del juicio. Quería misericordia. No quería ver el rostro cegador de Dios aparecer sobre las montañas, un rostro más brillante que el sol. No era tan valiente ni tan inocente como antes había creído ser. El juicio sería tan aterrador, tan completamente definitivo, que no podía soportar pensar en eso.

Una vez había tenido una fantasía en la que estaba ante Dios, después de morir. Como ahora, era pequeño y estaba desnudo en medio de una vasta planicie, pero estaba solo. Entonces Dios, enorme como una montaña, había caminado hacia él. Y él, Burton, se había plantado y desafiado a Dios.

Aquí no había Dios, pero aun así Burton huyó. Corrió por la planicie, apartando a empujones a hombres y mujeres, rodeando a algunos y saltando sobre otros que rodaban en el suelo. Mientras corría, aullaba: “¡No! ¡No! ¡No!” Sacudía los brazos para defenderse de terrores invisibles. El cilindro sujeto a su muñeca giraba y giraba.

Cuando jadeaba tanto que ya no podía aullar, y sus brazos y piernas colgaban, pesados, y sus pulmones ardían y su corazón parecía estallar, se tiró al suelo bajo el primer árbol.

Al cabo de un rato, se sentó y miró hacia la planicie. El ruido de la multitud había pasado de los gritos a un sonoro parloteo. La mayoría hablaba, aunque no parecía que alguien escuchara a los demás. Burton no podía distinguir ninguna palabra individual. Algunos hombres y mujeres se abrazaban y besaban como si se hubieran conocido en su vida anterior y ahora se estrecharan para confirmarse mutuamente su identidad y su realidad.

Había algunos niños entre la multitud. Sin embargo, ninguno era menor de cinco años. Al igual que sus mayores, no tenían cabello. La mitad de ellos lloraban, fijos en su lugar. Otros, también llorando, corrían de un lado a otro, mirando las caras que se alzaban sobre ellos; era obvio que buscaban a sus padres.

Burton comenzaba a respirar con más facilidad. Se puso de pie y se dio la vuelta. El árbol bajo el cual se encontraba era un pino rojo (a veces llamado, erróneamente, pino noruego) de unos sesenta metros de altura. A su lado había otro árbol, de una especie que jamás había visto. Dudaba que existiera en la Tierra (estaba seguro de que no se encontraba en la Tierra, aunque en ese momento no podía dar razones específicas). El árbol tenía un grueso y nudoso tronco negruzco, y muchas gruesas ramas con hojas triangulares de casi dos metros de largo, verdes con bordes escarlata. Tenía unos noventa metros de altura. También había árboles que parecían robles blancos y negros, abetos, tejos y pinos.

Aquí y allá había macizos de altas plantas parecidas al bambú, y donde no había árboles ni bambú crecía hierba de un metro de altura. No se veían animales. Ningún insecto, ningún pájaro.

Miró a su alrededor en busca de un palo o un garrote. No tenía la menor idea de qué le esperaba a la humanidad, pero si se la dejaba sin control ni supervisión, pronto volvería a su estado normal. Una vez pasada la sorpresa, cada quien trataría de cuidarse a sí mismo, y eso significaba que unos atacarían a otros.

No encontró nada que sirviera como arma. Entonces se le ocurrió que podía usar el cilindro de metal. Golpeó un árbol con él. Aunque el objeto era ligero, también era extremadamente duro.

Abrió la tapa, que estaba sujeta por un gozne. El interior del tubo contenía seis anillos metálicos, tres a cada lado, separados de modo que cada uno sujetaba un cuenco o recipiente rectangular de metal gris. Todos los recipientes estaban vacíos. Cerró la tapa. Sin duda, con el tiempo descubriría la función del cilindro.

Fuera lo que fuese que había pasado, la resurrección no había dado como resultado cuerpos de frágil ectoplasma brumoso. Burton era todo carne y hueso y sangre.

Aunque aún se sentía un poco desligado de la realidad, como separado de los engranes del mundo, empezaba a salir de su conmoción.

Tenía sed. Tendría que bajar a beber al río y esperar que no estuviera envenenado. Al pensar eso, sonrió con ironía y se acarició el labio superior. Su dedo quedó decepcionado. Era una reacción curiosa, pensó, y entonces recordó que ya no tenía su espeso bigote. Ah, sí, esperaba que el agua del río no estuviera envenenada. ¡Qué idea tan extraña! ¿Por qué alguien volvería los muertos a la vida sólo para matarlos de nuevo? Sin embargo, se quedó parado bajo el árbol un largo rato. Odiaba la idea de volver a pasar entre aquella multitud que parloteaba y lloraba histéricamente, para llegar al río. Aquí, lejos de la turba, estaba libre del terror, el pánico y la conmoción que envolvía a aquella gente como un mar. Si volvía con ellos, quedaría atrapado entre sus emociones.

Al poco rato vio que una fi gura se separaba de la multitud desnuda y caminaba hacia él. Vio que no era un ser humano.

Fue entonces que Burton tuvo la certeza de que ese Día de la Resurrección no era el vaticinado por ninguna religión. Burton no había creído en el Dios de los cristianos, los musulmanes, los hindúes ni de ninguna otra fe. De hecho, no estaba seguro de creer en Creador alguno. Había creído en Richard Francis Burton y en unos cuantos amigos. Había estado seguro de que cuando muriera, el mundo dejaría de existir para él.

 

Traducción hecha por Darío Zárate

Autores
Philip José Farmer (North Terre Haute, Indiana; 26 de enero de 1918-Peoria, Illinois; 25 de febrero de 2009) fue un escritor estadounidense de ciencia ficción y fantasía, autor de novelas y relatos breves. Inventó el concepto de Familia Wold Newton.
Nació en la ciudad de México en 1987, y estudió Letras Clásicas en la UNAM. Traduce literatura del inglés, francés y latín al español. Por su traducción de las Heroidas de Ovidio, la International Board on Books for Young People (IBBY) lo incluyó en la Lista de Honor IBBY, 2016.

Ilustrador
Laura Esponda Aguilar y Eko
Diseño de portada: Laura Esponda Aguilar Ilustración de portada: Eko
Ilustración de Laura Velázquez

 

Desde el medioevo árabe, desde Alhacen, conocemos todas las magias de los espejos. ¿Valía la pena realizar la Enciclopedia, el Siglo de las Luces, la Revolución, para afirmar que basta con curvar un espejo para precipitarse en lo imaginario? ¿No es una ilusión lo que nos ofrece el espejo normal, la imagen de ese otro que nos mira desde su zurdera perpetua mientras nos afeitamos cada mañana?

El péndulo de Foucault.

 

Más que nunca en la historia de la humanidad lo real se nos presenta como una experiencia del caos. Los acontecimientos desfilan ante nuestros ojos de manera discontinua, desarticulada e interrumpida. Muchos son sucesos impactantes, urgentes y trascendentales pero nos cuesta no solo digerirlos o comprenderlos en su totalidad, sino dimensionar su alcance a corto o largo plazo. Entonces tratamos de darles un orden, de encontrar una lógica secreta; establecemos relaciones causales para sentirnos tranquilos y sobre todo para conectar nuestras ideas con el imaginario colectivo, para tejer un diálogo con el mundo.

Nuestra afanosa búsqueda de sentido hace que artefactos como la literatura, el cine o los videojuegos –rebozantes de sentido, símbolos y relaciones causales donde hay principio, nudo y desenlace– sean una experiencia paliativa, un masaje para nuestras mentes angustiadas y neuróticas. Umberto Eco creía asimismo que el poder de la literatura reside, por un lado, en la construcción de mundos posibles con una experiencia narrativa unitaria y coherente capaz de explicar la multiplicidad de experiencias sensoriales y cognitivas, y por otro que esta ejerce un poder terapéutico al sumergirnos en universos que, a diferencia de nuestra realidad, sí tienen un sentido completo.

De alguna manera la teoría, la obra literaria y buena parte de la vida de Eco constituyen un intento romántico de conciliar, quizás de mitigar por medio de símbolos, la profunda ruptura que separa al individuo y el mundo que lo rodea: la consciencia de que la vida humana entraña un irreductible absurdo, un sinsentido –como se discutía en las famosas diatribas existencialistas de Sartre y el joven Camus. Su conocimiento enciclopédico y concentrado en el mundo de los libros está a medio camino entre genios obsesos como Borges y George Steiner. Sin embargo, fue un lector voraz tanto de magazines superfluos como de tratados de filosofía del lenguaje, que leía indiscriminadamente. Según los cálculos de sus allegados, la biblioteca de este ex profesor emérito de la universidad de Bolonia con más de 38 doctorados honoris causa comportaba unos 50 mil ejemplares, y muchos eran libros ocultistas, esotéricos o de temáticas “en las que no cree pero que le parece indispensable conservar”1.

Durante sus últimos años solía mantener la rutina propia de un diletante. Poco después de levantarse y tomar un piccolo espresso sentía unas ganas irresistible de fumarse un cigarrillo (durante varios años llegó a fumar alrededor de 60 cigarrillos al día2). Para calmarlas tomaba un cigarro apagado en su mano y realizaba singular ejercicio de gimnástica intelectual; elegía un fragmento entre su biblioteca o sus lecturas momentáneas y lo escribía en las cuatro lenguas que mejor conocía: inglés, francés, italiano y español. Una de sus declaraciones en medio de una entrevista resume su credo personal: “los libros no están hechos para que uno crea en ellos, sino para ser sometidos a investigación. Cuando consideramos un libro, no debemos preguntarnos qué dice, sino qué significa”3.

Ficciones

Los personajes de Umberto Eco suelen responder a dos vertientes: unos creen que hay una verdad y es posible hallarla siguiendo el rigor del método, mientras otros consideran que no se trata de descubrir una verdad sino de construirla. En el primer grupo están Guillermo de Baskerville y Adso de Melk, estos Sherlock Holmes y Watson medievales que buscan el misterioso asesino de unos monjes en un convento benedictino de los Alpes italianos; en el segundo está Casaubón, el protagonista del Péndulo de Foucault, quien trata de descifrar el secreto de los Caballeros Templarios siguiendo los pasos de extrañas cofradías masónicas para encontrar el Santo Grial.

Ambos grupos representan a su vez dos formas distintas de leer los signos: la clásica, según la cual los símbolos conducen al hallazgo de la verdad porque todo elemento material tiene su correlativo abstracto; y la moderna, que carece de certezas, puntos de anclaje y cuya única motivación reside en la voluntad del individuo que la teje. El modelo de la primera es la alegoría, donde cada idea responde a un dibujo o un símbolo; el de la segunda es justamente el péndulo del físico francés León Foucault, un artefacto que muestra cómo el centro va cambiando debido al movimiento del suelo y se balancea entre dos extremos que se entienden como los polos de la condición humana: la razón y la pasión. Guillermo de Baskerville es consciente de ese peligro, que ironiza en sus diálogos con Adso de Melk:

Comprendí que, cuando no tenía una respuesta, Guillermo imaginaba una multiplicidad de respuestas posibles, muy distintas unas de otras. Me quedé perplejo.

—Pero entonces –me atreví a comentar–, aún estáis lejos de la solución…

—Estoy muy cerca, pero no sé de cuál.

—¿O sea que no tenéis una única respuesta para vuestras preguntas?

—Si la tuviera, Adso, enseñaría teología en París.

—¿En París siempre tienen la respuesta verdadera?

—Nunca, pero están muy seguros de sus errores.

—¿Y vos? –dije con infantil impertinencia–. ¿Nunca cometéis errores?

—A menudo –respondió–. Pero en lugar de concebir uno solo, imagino muchos, para no convertirme en el esclavo de ninguno.4

Todo arte es un proceso de imitación (mímesis) de la realidad. La música imita el sonido de la naturaleza, así como la escultura imita la pose de los seres y las cosas. Cada proceso creativo está supeditado a un lenguaje –ya sea visual, auditivo o literario. A diferencia de la comunicación, que aspira a una presentación inmediata de las cosas que nombra, el arte tiene una finalidad estética, trata de embellecerlas por medio de recursos de estilo que de cierta manera también las desfiguran.

Ya los antiguos griegos y los iconoclastas musulmanes, entre otros, desconfiaron de la ficción imitativa al prohibir la representación de lo divino en cualquiera de sus formas. No deja de fascinar (por su extrañeza) que el emperador Justiniano II haya ordenado acuñar monedas de oro con el rostro de Jesucristo en el reverso, pero tampoco extraña que su producción no durara mucho por ser considerada un acto blasfemo y hereje. Representar algo equivale, pues, a tergiversarlo, extrapolarlo, deformarlo. Esta desconfianza en la semiología artística es una idea constante en la obra del erudito italiano, que juega con ella hasta llevarla al paroxismo.

Las novelas de Eco están construidas como artefactos rebozantes de alegorías, símbolos y posibles relaciones entre sus pequeños detalles –por ejemplo el segundo capítulo (o día) de El Nombre de la Rosa (1980), que tiene más de treinta páginas pero sólo es una minuciosa descripción de la enseña de la abadía donde ocurren los hechos. El lector puede recorrer el relato como un delirante conspiracionista, buscando conexiones insospechadas a cada instante, o como Sherlock Holmes, guiado por la más lúcida hermenéutica. Esta apertura de las obras ejerce un doble efecto; supone una cierta libertad en la lectura pero a su vez le abre las puertas a la claustrofobia propia de un laberinto.

En El Pendulo de Foucault (1988) la sobreinterpretación de la sobreinterpretación conduce a una investigación de secretos que no existen –y es precisamente su inexistencia lo que los vuelve interesantes. Bajo la premisa de que “desde cierto punto de vista en este mundo todo tiene que ver con todo” se puede fundamentar casi cualquier cosa. La trama de la novela expresa un falso silogismo, esto es, un falso argumento implícito entre dos postulados. Si pudiera reducirse, éste sería algo como: “existe una sociedad secreta con ramificaciones en el mundo entero que trama un complot para expandir el rumor de que existe un complot universal”. Eso explica por qué Eco sostenía animadamente que él había inventado a Dan Brown antes de que este existiera, e incluso cuando precisaba con sorna que “en realidad Dan Brown no existe”5. En efecto, el secretismo es un principio fundamental de los cultos mistéricos y herméticos. Su función en el juego de poderes consiste en ocultar para seducir, para atraer la atención. Así funciona el morbo en la política, en el amarillismo mediático, en los juegos de azar e incluso en el juego infantil del “Yo sé algo que tú no sabes y no te lo voy a decir”. El riesgo de esta excesiva búsqueda de sentido donde no hay más que hechos inconexos puede conjurar razonamientos que colindan con la más abominable locura:

El resto es sólo ingenio. Inventa, inventa el Plan, Casaubon. Es lo que han hecho todos, para explicar los dinosaurios y los melocotones. He comprendido. La certeza de que no había nada que comprender, ésa debía ser mi paz y mi triunfo. Pero estoy aquí, habiéndolo comprendido todo, y Ellos me buscan, convencidos de que puedo revelarles el objeto de su sórdido deseo. No basta con haber comprendido, si los otros se niegan a aceptarlo y siguen interrogando. Me están buscando, deben de haber encontrado mis huellas en París, saben que ahora estoy aquí, aún quieren el Mapa. Y por mucho que les diga que no hay mapas, seguirán queriéndolo6.

Aparte de su temática, las tramas de Umberto Eco fascinan por su artificiosa estructura. Sus libros suelen ser escritos por uno de los personajes, son versiones de versiones como Don Quijote de la Mancha, están sujetos a supuestos, falseamientos e interpretaciones no sólo del lector sino de los eventuales copistas o escritores; son marañas de ficción sobre ficción como los palimpsestos antiguos donde se escribían y sobrescribían las cuentas, los pensamientos y las leyes humanas. El nombre de la rosa, por ejemplo, es el descuidado diario de Adso de Melk, está dividido en días u horas monásticas y escrito en retrospectiva a la investigación de los asesinatos, que se cometen cada día.

Por su parte, El péndulo de Foucault es el frenético relato de un delirio “conspiranoico” asociado al esoterismo y las sociedades secretas, separado en 120 secciones que se derivan a su vez en los diez “sefirot” o emanaciones de la inteligencia infinita en la Cábala hebrea. Lo interesante en ambos casos es que las narraciones están sujetas a erratas e inconsistencias por parte de los personajes que las escriben. De hecho, el propio autor pone en entredicho su veracidad por medio del tono paródico. Y es que, para Eco, tanto la semiología como la literatura, actividades esencialmente humanas, fluctúan entre la mentira y la risa, pues sólo el ser humano sabe mentir y reír –por mucho que las reacciones nerviosas de los monos guarden una insospechada semejanza con la risa humana.

La semiología como terapia

Para Umberto Eco investigar los signos y los símbolos es, así como la lectura y la creación literaria, un proceso terapéutico. ¿Por qué? Porque al ordenar lo que antes parecía caos, al “penetrar en el bosque de símbolos y encontrar el camino”, siempre se crea una sensación de completud, una katarsis liberadora –no en vano nos embarga un extraño bienestar interior después de una buena conversación, una buena lectura o de escribir una carta sincera. Dicho atributo se encuentra tanto en la comprensión como en la expresión, pues ambas son, en el fondo, creación de sentido.

Así pues, describir el sentido de un mensaje provoca bienestar porque supone la ejecución de un proceso dialéctico, algo que en semiología se conoce como descodificación y recodificación. Cuando somos conscientes de dicho fenómeno, sostiene Eco7, entendemos que la comunicación es un fenómeno relativo y específico que demanda ciertas aptitudes para ser comprendido y ejecutado. Entonces sabemos que es posible darle una dirección, adaptar e individualizar ese universo de signos y símbolos en la transmisión del mensaje.

Desde luego, toda comunicación está mediada, entre otras cosas, por condiciones ideológicas (en qué creen los hablantes), biológicas (cuál es su género, su estado de salud, etc.) y socio-económicas; pero el acto de comunicar tiene en sí mismo el poder de revolucionar las circunstancias que lo producen, de sospechar la reacción y modificar la conducta de los oyentes. Por eso no basta con entender el código o la lengua, es fundamental conocer las condiciones que rodean el proceso de comunicación. Asimismo, en la novelística de Eco se da cuenta no solo de un relato central, sino sobre todo de la historia del manuscrito, casi siempre objeto de enmendaduras, transcripciones y traducciones, que han ido modificando deformando o reconstruyendo su significado en su largo periplo histórico.

Gracias a las investigaciones de Eco en La estructura ausente (1969) se concibió un nuevo tipo de signo que permitía analizar la avasalladora cantidad de información que comenzó a circular con el cine y se multiplicó con el internet. Al entender una nueva variante del ícono que diera cuenta de la reapropiación de las imágenes para recodificar su sentido se superó la clásica concepción de Charles Sanders Pierce según la cual los íconos imitan a sus referentes, lo cual equivale a decir que las cosas se parecen a los símbolos que adoptan. Sim embargo con su mención de la “pluricodicidad” Eco abrió la posibilidad a un ícono de evocar realidades distintas e incluso contrarias en función del contexto. Por ejemplo, al recordar la célebre escena de Pulp Fiction en la que Vincent Vega (John Travolta) espera en la sala del departamento de Mía Wallace (Uma Thurman) y abre los brazos en señal de desconcierto –sin duda un recurso histriónico cercano al gag–, se recordará también que dicha escena fue reutilizada en diferentes contextos (en un proceso de ready made cuyo precursor más conocido sin duda es Marcel Duchamp) como si fuera un pastiche. Ese procedimiento se convirtió, sin más, en uno de los mecanismos más privilegiados en la uso de gifs y memes, dos fenómenos que reinventaron los procesos de codificación y recodificación en la comunicación digital.

El dispositivo publicitario

La publicidad y los medios de comunicación han llevado las posibilidades de la comunicación hasta el límite, pues comprendieron que al controlar “las circunstancias de recepción de un mensaje”8 podían anticipar la respuesta del público ante el mismo. Así funciona, a pequeña escala, el sistema publicitario de las redes sociales –especialmente de Facebook, Twitter e Instagram– donde se agenda un calendario con el contenido que verán los usuarios – “amigos” o “seguidores” – durante semanas, meses o años. El contacto lingüístico queda reducido a un mecanismo mercantil de alienación, control e imposición del poder.

No extraña entonces que, como afirma Eco, en cualquier acto comunicativo subyace siempre un sentimiento de desconfianza. Además de supeditar los intercambios a una relación socio-económica, existe la sensación de que el entramado de signos del cual nos servimos para comunicar “no sea del todo el mundo” –una preocupación platónica plasmada en diálogos como Fedro o de la escritura y en la famosa alegoría de la caverna–, y por otro lado siempre tendremos el temor de una sombra que nos indica que lo más importante de la comunicación es algo que “sucede a las espaldas” de la comunicación misma, en una especie de inconsciencia cultural.

En Los límites de la interpretación (1990) Eco trata de cercar el problema. Su análisis estudia los problemas culturales e históricos a los cuales se somete la comunicación. Lo que entendieron los lectores medievales de la Biblia es sin duda radicalmente distinto a lo que entienden los actuales y de lo que, muy probablemente, entenderán los futuros. Además, hay versiones apócrifas que han sido trastocadas, reinterpretadas, traducidas (bien y mal), lo cual ha modificado sustancialmente su sentido. Pese a ese entramado de procesos complejos, que se suma a las intenciones ideológicas (políticas, religiosas, económicas) de los exégetas de la Biblia, su interpretación sigue teniendo límites. De su lectura no podríamos suponer, digamos, que Zéus es el dios regente del éter.

Además de tales aspectos interpretativos, Eco vuelve varias veces al problema del lenguaje local y del argot. Incluso en las esferas más locales, la comunicación engendra un posible hermetismo. El albur mexicano, por ejemplo, está orquestado de innumerables símiles de doble sentido (el camote es el pene, la concha es la vagina, los huevos son los testículos, etc.) y cada albur funciona a partir de un octosílabo que reduce o amplifica la comunicación hacia un metafórico acto sexual. Hablarle al otro se vuelve entonces desplegar una tentativa de fornicar con él, humillarlo ante el público, someterlo en un coito donde el código patriarcal a su vez evoca nuevamente el espectro de un campo de poder y cierta forma fantasmática de la depredación. “Todo se trata de sexo, menos el sexo, que se trata de poder”, diría Oscar Wilde.

Sin embargo, ante esta avalancha de control y sobrecarga publicitaria que toca la afectividad de los individuos –no hay que olvidar, como recuerda Gilles Lipovetski, que las redes sociales, a imagen y semejanza de los demás marcos de comunicación, son ante todo “plataformas emocionales” donde los usuarios no sólo crean vínculos afectivos o profesionales sino sobre todo reconstruyen su propio ego9–, hay estrategias de reapropiación. La alienación inherente a los anuncios puede desmontarse por medio de la descodificación, como en el caso los memes o de las obras de arte que reconstruyen, deconstruyen y destruyen –así como, siglos antes, lo hacían las caricaturas obscenas del César en las paredes del imperio Romano –mensajes (publicitarios, informativos, etc.) y, al pasarlos por el filtro de la ironía burlesca o de la crítica, entablan un diálogo que puede, incluso, llevar su significado hacia el extremo opuesto del mensaje inicial. En la enmarañada urdimbre de la comunicación, la creación simbólica despliega una forma especial de redención para los seres humanos.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme

Ilustrador
Laura Velázquez
nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992. Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Arte, lo que le permitió explorar distintas disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, ilustración digital, fotografía.
Portada del libro La ruta del hielo y la sal publicado por el Fondo de Cultura Económica

Soy testigo de esa sangre
EFRAÍN HUERTA

I. ANTES DE LA TORMENTA.
DEL 5 AL 16 DE JULIO 1897

EN LA noche: el olor, el peso, el tacto de la sal.

Mucho más presente que las aguas al otro lado de la

madera.

¿Quién podría saberlo?

Las noches no están ocupadas en soñar con las sirenas

de sexo incierto, sino en la caricia eterna, infatigable
de la materia oculta dentro del líquido.

Cuando el sol de mediodía seca las velas del barco,

mojadas por la brisa o la tormenta, están cubiertas por
ese blanco granulado que existe entre los cabellos de todos,
en medio de sus dedos, infiltrándose con la niebla
salada del mar nocturno.

No hay sitio a salvo. Descansa en todas las grietas del

barco, en las literas de metal, tras las provisiones, en los
tesoros que ocultamos de la herrumbre, sonriendo con
su presencia.

Y cuando los hombres se desnudan, la encuentran

entre sus muslos, protegida entre la pierna y los testículos.

Los marinos son la mujer de Lot.

Seres de sal.

Cuando voy al castillo de proa, lleno del calor absurdo

de los cuerpos descansando en medio del bochorno,
casi puedo observarla sobre sus pieles indolentes.

¿Quiénes la han probado? ¿Quiénes han saboreado el

océano y el cuerpo en ese lugar oculto?

Yo no.

No puedo.

Soy el capitán.

Me es imposible ordenarle a ninguno de mis hombres

venir a mi camarote, pedirle que se desnude, ni que
acepte, inmóvil, que lo lave con la lengua, mordiendo levemente
su carne, temblando con el apetito de su piel.

¿Y si no hay sabor?

Eso querría decir que alguien más lo salvó de la sal.

Entonces tendría que pedir cuentas, exigir disciplina:

que conserven su sal para mí, su sexo cálido.

Pero no puedo pedir cuentas.

No cuando el tiempo es tan largo, y el viento inmóvil

nos obliga a permanecer bajo el sol, midiendo las horas
por el sudor lento que perdemos.

A lo lejos es posible ver el horizonte moverse, un espejismo

inútil: agua en medio del agua, hirviente.

En esos momentos no es difícil imaginar que ardemos

ahí.

¿Cómo negarles nada si las aguas nos niegan todo en

ese momento?

¿No es mejor saber que se sació un hambre inmemorial,

que se ofreció uno —enteramente libre— a un apetito
que nos crea al devorarnos?

Sus cuerpos son suyos.

No míos ni de los posibles amantes.

Suyos el sudor, y a quien se lo brindan.

La sal de la vida…

Es en esos momentos cuando añoro las rutas heladas.

El golfo de Botnia, el mar Báltico, el mar del Norte.

Las habitaciones de la tripulación cerradas rigurosamente.

Ocultos en mantas y abrigos. Bajo sitio, tratan do
de impedir la entrada del eterno, indiferente frío. Podemos
deslizarnos sobre él, o morir en él, sin que le importe.

Los capitanes atrapados en el súbito hielo, escuchando

cómo sus embarcaciones son abiertas por las agujas
heladas, al metal ceder, doblarse ante el peso de un millón
de filos transparentes, no se les puede convencer de
que el frío no es un enemigo.

He visto el hielo formarse en el horizonte, las enormes

islas sin tierra derivando lejos de nuestra ruta. El
invierno, la nieve son ciclos que no tienen que ver con
los barcos que cruzan su camino.

Las auroras boreales se encienden y arden aunque

nadie las vea.

El hielo es para otros seres, un ciclo y una razón para

ojos ajenos a nosotros.

La indiferencia de Dios, murmurada por el mundo.

El frío sólo se tiene a sí mismo, pero el calor exige

que participemos en él.

Podemos refugiarnos de la helada, no nos pertenece,

cubrirnos de pieles y acercarnos al fuego.

Pero ¿qué hacer cuando el calor viene de nosotros?

En las horas muertas podemos sentir la sangre como

un sudor dentro del cuerpo, mar cálido anidado bajo
nuestra carne, la piel afiebrada, palpitante.

¿De qué manera abrigarnos de lo que corre dentro

de nosotros?

Quien muere congelado se desprende de su cuerpo,

lo abandona en medio de un sueño misericordioso.

Quien muere por fuego es atrapado por su carne hirviente

hasta el último instante, grita hasta que la muerte
es un bálsamo.

Es el tipo de cosas que se piensan bajo el sol inmóvil,

cuando la sombra que brinda la goleta es también una
sombra cálida. El vapor sube de las aguas, el bochorno
nos persigue.

Entonces, qué maravilloso andar desnudos.

Pero la carne se fragmenta bajo el sol, y aparecen las

primeras grietas, las llagas que lame la sal.

Por ello debo prohibirlo, ordenar que se pongan las

ropas ácidas, astringentes camisas, los pantalones crepitantes.

Les pido que se encierren con el bochorno bajo las

telas.

Ni siquiera dentro del barco puedo disfrutar con la

visión de sus cuerpos. Los miro demasiado fijamente y
ellos lo interpretan como otra orden y se cuadran a su pesar
y se visten a mi pesar.

El sudor (¿podría ser de otro modo?) me hace imaginar

músculos firmes, las líneas de las venas.

Me preguntan por qué escojo hombres de determinadas

tierras, por qué trabajan conmigo marineros de
acentos exóticos.

No puedo decirles que no me interesa de dónde vengan,

ni su raza, ni las palabras que anidan en sus lenguas.

Busco cuerpos lampiños, músculos por donde pueda

correr libremente el sudor, líquido recorriendo, deslizante.

Por ello soy muy estricto con la ropa.

Porque sé que bajo ella casi no hay vello, nada que

estorbe a las caricias húmedas, a los dedos dibujando
sobre ellos el deseo.

A los ojos que también parecen tocar el camino de

la sal.

Por ello abandoné la ruta helada, los mares de hielo,

el azul oscuro.

Fue una mala decisión.

Pero lo sabía desde el principio.

El sol seca a los hombres, abrumándolos con su peso.

Los hace conscientes de sí mismos, de que nadan en la

atmósfera hirviente.

Su carne, podría decirse, a flor de piel. Siempre presente,

susurrando sus apetitos.

Pero también una prisión.

Por ello, en los pocos puertos helados que toca nuestra

ruta dejamos una guardia escasa en el Deméter, y buscamos
casas de piedra donde pueda respirarse el frío.

Territorio nuestro: límite entre la carne y mundo.

Frío afuera, nosotros dentro de nuestra piel.

Y aun ahí, después del sol hirviente, añoramos el

fuego.

Buscamos, entonces, el calor de otras pieles y la sal

ajena.

Mi tripulación me convida con vino, y cerveza y a

veces sacrifica parte de su paga para comprarme mujeres
como a ellos les gustan.

Yo escojo las más jóvenes, las de pechos planos, que

parecen más niños que hembras. Entre más blancas,
mejor.

Pero son caras, y yo no me animo a comprarlas por

mí mismo.

Horas en las que cierro los ojos e imagino que son

otros labios quienes producen las caricias. Les pido que
no hablen, que dejen de ser, para que mi fantasía las cubra
con otras carnes y pueda tener un orgasmo débil,
tembloroso, casi escapando de mí, derramándose como
arena.

Las rameras que buscan a las tripulaciones no ignoran

que en las horas inmóviles sobre las aguas, cuando no
hay más que la certeza de estar en medio de la noche, y
la respiración del resto de los marinos, uno buscará, tarde
o temprano, el sabor de la sal entre los muslos.

Por ello también venden a sus hijos.

Hijos devastados, como ellas mismas; hermosos sólo

para hombres recién desembarcados, con la vista casi
quemada por el sol, y nublada por la bebida.

Los marineros compran esos hijos, ¿por qué no? No

es ningún secreto.

En las islas se venden más baratos, y no es raro encontrarlos

en los puertos de nuestra ruta.

¿No es acaso Grecia famosa por ello?

Pero yo no los compro. Me quedo con mis hombres

fingiendo ver mujeres y hablando de anécdotas que a
nadie importan.

No puedo comprarlos.

No cuando acompaño a las tripulaciones.

Soy el capitán, y soy el que decide sobre las vidas de

mis hombres.

Mis hombres.

En la ruta de la sal es más sencillo el asesinato,

la intriga. Los músculos arden y buscan que el ardor
tenga un significado: moverse, estrellarse contra algo,
actuar.

¿Contra qué?, ¿contra quién en la inmovilidad?

En mi goleta no deben existir favoritismos.

Por ello no escojo a nadie, no comparto las guardias

con quienes me agradan, no los dejo andar desnudos.

No me atrevo.

Por eso es tan difícil encontrar tripulaciones: hombres

lampiños de países helados.

Prefiero que el calor los amodorre, que sea una pesada

manta sobre sus cabezas. No quiero hombres acostumbrados
al calor, cuya piel morena sea capaz de enfrentarse
al mediodía.

No deseo que se rían de mis órdenes de vestirse.

No podría apartarme de ellos, no podría dejar de

buscar el sabor oculto dentro de sus cuerpos.

La sal de su semen.

Las tripulaciones vienen y van. En cada viaje un hombre

nuevo, alguien que se marcha.

Hacen bien. No soy un buen capitán. Muchas cosas

me distraen.

Están incómodos conmigo y en una goleta no hay

espacio suficiente para ocultar el hastío.

En Varna pensé que perdería a toda mi tripulación.

Después de servir durante tanto tiempo en las Espóradas

del mar Egeo, y surtir a las islas del Dodecaneso, deberían
estar hartos del calor, de mí, del viejo Deméter
atracado tantos días inútiles en el puerto de Rodas.

El mar Negro debió recordarles que eran hombres de

tierras frías, conocedores más de puertos como Odesa,

Sebastopol, Soch, Batumi, que de islas con nombres extraños:

Schinusa, Nisiros, Laconia, Kálimnos.

Sé (¿cómo no saberlo?) que desean mujeres de piel

blanca, con idiomas comunes, con recuerdos de la tierra
helada, del crujir del hielo en las tormentas.

¿Qué podrían saber las mujeres de las islas griegas

de la gimiente Baba Yaga, en medio del bosque y la nieve,
sobre infinitamente delgadas patas de pollo? Nada.

Las mujeres oscuras acostumbran sonreír ante esa imagen

y son incapaces de proteger a los marinos del miedo
que los susurros maternos les han heredado en las infinitas horas del invierno.

Debieron irse a buscar esos cuerpos blancos, los comunes

recuerdos del hielo; pero se quedaron, casi todos,
conmigo.

Llegamos a Bulgaria y ellos bajaron a tierra y no pidieron

algunas monedas extras mientras encontraban
otro barco.


Autores
es narrador. Ha publicado, entre otros, los libros Hyperia (1999), Las razas ocultas (1998), Xanto, Novelucha Libre (1994); La ruta del hielo y la sal (1998), Quitzä y otros sitios (2002), y En el principio fue la sangre.
Ilustración por Axel Rangel

El pequeño pueblo tzotzil de San Andrés Larráinzar o Sakamch’en de los Pobres -como lo rebautizaron los zapatistas- fue el escenario de un capítulo determinante en la historia del movimiento indígena. El 16 de febrero de 1996, una delegación del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) en representación de las comunidades indígenas y el gobierno mexicano a través de la Comisión para la Concordia y Pacificación (COCOPA) firmaron los Acuerdos de San Andrés sobre Derechos y Cultura Indígena.

Este documento fue resultado de la negociación entre los insurgentes zapatistas y el gobierno federal. Después del levantamiento del 1º de enero de 1994, el Estado mexicano emprendió acciones militares en contra del EZLN, sin embargo, desde 1995 se estableció el cese al fuego. A finales de ese año comenzaron las mesas de diálogo y negociación entre las partes. En los Acuerdos de San Andrés, el gobierno se comprometía a resolver las demandas indígenas modificando la constitución y legislando a favor de la autonomía de los pueblos y sus derechos culturales y políticos.

La cuestión de los recursos naturales y el medio ambiente fue uno de los temas consignados en los Acuerdos. En el segundo punto del acuerdo, el EZLN manifiesta que la intención del gobierno por subsanar los daños causados en territorios indígenas a través de indemnizaciones era insuficiente. Lo necesario era: “desarrollar una política de verdadera sustentabilidad, que preserve las tierras, los territorios y los recursos naturales de los pueblos indígenas, en suma, que contemple los costos sociales de los proyectos de desarrollo”1. Es decir, que la demanda zapatista no solo quería una política de reparación de daños por parte del gobierno, sino una iniciativa que abriera las puertas a la autonomía verdadera en la que fuesen los pueblos quienes decidieran las formas de gestionar sus recursos naturales: aguas, bosques, selvas y suelos. 2

En ese sentido, la demanda de autonomía por el territorio no se reducía solamente a la posesión de tierras cultivables, básicas para el sustento de las comunidades.  Los zapatistas expresaban que el territorio es el hábitat de las comunidades y “la base material de su reproducción como pueblo y expresa la unidad indisoluble hombre-tierra-naturaleza” 3. Esta comprensión amplia sobre el territorio de los pueblos ha sido una construcción cultural que históricamente ha contrastado con las formas occidentales de comprender la naturaleza, por ejemplo, la concepción utilitarista que ha provocado daños irremediables al medio ambiente. Esto no implica que las comunidades no ejerzan presión sobre los ecosistemas circundantes o que no impacten en su medio natural. Sin embargo, distintos proyectos de desarrollo basados en la industrialización han impuesto formas de utilizar los recursos completamente insostenibles causando daños socioambientales a gran escala. Esta situación fue denunciada por el EZLN desde la Primera Declaración de la Selva Lacandona en la que se exigía poner fin al “saqueo de las riquezas naturales”4 en los territorios chiapanecos.

Gran parte de las zonas forestadas del país son habitadas por pueblos indígenas. Según el antropólogo Gonzalo Aguirre Beltrán, estas zonas, denominadas por él como regiones de refugio, el proceso de colonización provocó que los indígenas se resguardaran en zonas remotas alejadas de las poblaciones mestizas.5Esta situación generó que los pueblos establecieran vínculos adaptativos a su medio natural en los que se desarrollaron culturalmente. Sin embargo, en épocas del indigenismo -política dirigida hacia los indígenas para su integración social y cultural a la vida nacional- los indígenas experimentaron un proceso de aculturación dirigida. Es decir, que las instituciones estatales como el Instituto Nacional Indigenista -apoyado por parte del gremio de antropólogos- promovería el cambio cultural en las comunidades indígenas, erradicando las prácticas atrasadas y nocivas, sustituyéndolas por aquellas propias de la sociedad mestiza y avanzada.6

En las décadas de 1970 y 1980, el modelo indigenista fue ampliamente criticado, tanto por antropólogos como por los mismos pueblos indígenas. La denuncia sobre el daño social que causaba el indigenismo estatal quedó patente en las declaraciones de Barbados. El colonialismo interno, la usurpación de los recursos naturales y el etnocidio -entendido como la destrucción de los rasgos culturales de un pueblo- figuraban en la lista de agravios contra las comunidades indígenas:

La dominación física se expresa, en primer término, en el despojo de la tierra. Este despojo comenzó desde el momento mismo de la invasión europea y continúa hasta hoy. Con la tierra se nos han arrebatado también los recursos naturales: los bosques, las aguas, los minerales, el petróleo. La tierra que nos queda ha sido dividida y se han creado fronteras internas e internacionales, se ha aislado y dividido a los pueblos y se ha pretendido enfrentar a unos contra otros.7

Los pueblos indígenas protagonizaron procesos políticos de defensa del territorio y en ese contexto se inscribió el levantamiento y la movilización del EZLN. En ese sentido, la defensa de los recursos naturales eran resultado de un proceso histórico de largo aliento de disputa entre los pueblos y los Estados nacionales.

En los Acuerdos de San Andrés, se establecen que los siguientes ejes serán los que rijan la relación entre el gobierno y los pueblos indígenas: pluralismo, libre determinación, consulta y acuerdos, descentralización de la democracia y sustentabilidad.  Este último rubro fue de central importancia, pues obligaba al gobierno a respetar el desarrollo cultural de los pueblos en sus propios territorios incluyendo la protección de los recursos naturales y su gestión autónoma por parte de las comunidades:

Es indispensable y urgente asegurar la perduración de la naturaleza y la cultura en los territorios de los pueblos indígenas. Se impulsará el reconocimiento, en la legislación, del derecho de los pueblos y comunidades indígenas a recibir la indemnización correspondiente, cuando la explotación de los recursos naturales que el Estado realice, ocasione daños en su hábitat que vulneren su reproducción cultural.8

La incorporación de los Acuerdos al marco jurídico nacional, era obligación del gobierno, pues México había ratificado el 169 convenio de la Organización Internacional del Trabajo, que en su artículo 15 menciona la importancia de la protección de los recursos naturales en los territorios indígena, la consulta y  preferencia por las comunidades en la concesión de los recursos:

  1. Los derechos de los pueblos interesados a los recursos naturales existentes en sus tierras deberán protegerse especialmente. Estos derechos comprenden el derecho de esos pueblos a participar en la utilización, administración y conservación de dichos recursos.
  2. En caso de que pertenezca al Estado la propiedad de los minerales o de los recursos del subsuelo, o tenga derechos sobre otros recursos existentes en las tierras, los gobiernos deberán establecer o mantener procedimientos con miras a consultar a los pueblos interesados, a fin de determinar si los intereses de esos pueblos serían perjudicados, y en qué medida, antes de emprender o autorizar cualquier programa de prospección o explotación de los recursos existentes en sus tierras. Los pueblos interesados deberán participar siempre que sea posible en los beneficios que reporten tales actividades, y percibir una indemnización equitativa por cualquier daño que puedan sufrir como resultado de esas actividades. 9

Aunque los tratados de San Andrés fueron un antecedente para el reconocimiento de las demandas populares formuladas por los pueblos indígenas y llevadas a la negociación por el EZLN, los Acuerdos no tuvieron una repercusión profunda en la situación de marginación de los pueblos ni en el marco legal del país. A finales de 1996 se creó el Congreso Nacional Indígena objetivo fue fortalecer la organización de los pueblos para la lucha y negociación de sus derechos. Sin embargo, las propuestas de ley impulsadas por el gobierno de Ernesto Zedillo no fueron aceptadas por los indígenas organizados. En cambio la estrategia gubernamental de asediar los territorios indígenas zapatistas por medio de grupos paramilitares se reanudó resultando en masacres como la sucedida en Acteal el 22 de diciembre de 1997.

Así, el incumplimiento de los Acuerdos de San Andrés se ha convertido en un símbolo de la traición a los pueblos indígenas; otro punto de quiebre en la larga historia de negociación y disputa entre los pueblos indígenas y el Estado. 10 En particular, ante la actual crisis ambiental global, la lucha de los pueblos indígenas organizados por la autonomía en la gestión y conservación de los recursos naturales, es un elemento fundamental para comprender las problemáticas socioambientales y trazar caminos alternativos en la urgente misión de proteger la naturaleza en un mundo donde impera la desigualdad.

 

Referencias:

2ª Declaración de Barbados, 28 de julio de 1977. Disponible en: http://www.servindi.org/pdf/Dec_Barbados_2.pdf

“Acuerdos de San Andrés sobre Derechos y Cultura Indígena”. Disponible en: http://www5.diputados.gob.mx/index.php/esl/content/download/140424/701288/file/F.pd

Hernández Navarro, Luis y Ramón Vera Herrera, Los tratados de San Andrés, México, Ediciones Era, 1998.

 

Leff, Enrique, Racionalidad ambiental. La reapropiación social de la naturaleza, México, Siglo XXI, 2004.

 

 

Organización Internacional del Trabajo, 169 Convenio sobre pueblos indígenas y tribales, 1989. Disponible en: https://www.ilo.org/wcmsp5/groups/public/—americas/—ro-lima/documents/publication/wcms_345065.pdf

 

 

 

 

 

 

 

 

 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo
Ilustración realizada por Axel Rangel

I: los asuntos pendientes

Hoy cumplo seis meses de pagar por un servicio que no uso. Un par de años atrás, el internet y la televisión por cable traducían su banda ancha a un lenguaje práctico: el bienestar de un matrimonio en ciernes. Firmar contratos con las compañías, pagar facturas, ver nuestros nombres impresos en las cuentas y papeles, nos hicieron creer que existía una vida común, así lo era. Ahora, de todo aquello quedan solo unos foquitos rojos en aparatos inservibles que se ramifican a través de una maraña de cables, sondas larguísimas capaces de conectar el mundo exterior con mi sala de estar. He tratado de cancelar la suscripción muchas veces, pero los laberintos telefónicos esquivan todas mis llamadas. Bienvenido al Centro de Atención a clientes Izzi. Si desea conocer nuestro aviso de privacidad consulte nuestra página de internet. Por favor espere en la línea. Escucho el menú con atención, marco el número de mi contrato, digito 1 para confirmar y nuevas opciones se despliegan en mi oído, presiono 4 para dar de alta, baja o cambiar mis servicios, ignoro la tecla de # que me podría repetir la cantaleta y espero en la línea. ¿Qué mente diabólica ideó esos diagramas de flujo infranqueables, murallas con las que se erige esta burocracia del ring rong? Hacer filas, llenar formas y sacar copias me parecen procesos más tolerables que tan solo esperar detrás de la bocina. Prefiero tratar con personas de rostro apergaminado tras un mostrador que con esa monótona voz pausada, de dicción perfecta, que me repite los pasos con una gracilidad exasperante.

Llevo siete minutos en la línea, digitando números con la ansiedad de encontrar algún humano que me ayude a cancelar aquello por lo que pago aunque ya no uso. Todos nuestros operadores se encuentran ocupados, en un momento será atendido. Una música comienza a sonar, las notas se remojan en una acuarela de Brasil dejándome en claro que el bossa nova y la samba marcan el compás del himno de la espera. No entiendo el límite entre el ruido y las músicas de fondo. Las que cortan el silencio en los elevadores, en las subterráneas bocinas del metro, en los restaurantes de comida rápida. Elegidas, ¿por quién? Convenidas, ¿desde cuándo?

Hola, gracias por llamar a Atención Especial. Le atiende Alfonso, ¿con quién tengo el gusto? Pronuncio mi nombre con la certeza de que será una errata. De que me dirán de nuevo que no coincide con el del contrato y será imposible cancelar el cable y el internet. Con la conciencia de que nuevamente no podré explicar las razones por las cuales necesito otra alternativa, algo, lo que sea, que no implique al titular; decirlo todo sin que esta conversación se torne una visita con el terapeuta.

Cuelgo la bocina mientras Alfonso me ofrece doce canales y algunos megas más de internet si acepto aumentar mi pago a cincuenta pesos extra. Hay hombres subcontratados para no aceptar excusas. Pero quizá fui ingenua al creer que en veinte minutos arreglaría lo que en cuatro años no pude resolver y nos llevó a este instante. Mi relación con el servicio de red se ha vuelto una metáfora de nosotros. Que llevamos seis meses sin hablar, que anulaste cualquier medio de contacto, que tu ropa, tus libros y tus tiliches siguen en el departamento, esas cosas no se les dicen a los agentes telefónicos.

II: el silencio

Las cámaras de Hokkaido Television hacen zoom al rostro de Yumi. Han pasado veinte años desde que su esposo le impuso la ley del hielo y se limitó a comunicarse con gruñidos o movimientos de cabeza. Incluso en el arte de ignorar, los japoneses tenían que ser asiáticamente imbatibles. De sus tres hijos, uno jamás había visto que su padre, Otou Katayama, interactuara verbalmente con su madre. La cámara tambalea, abre el campo visual y capta el primer intercambio: Ha pasado un tiempo desde que hablamos, le dice él después de dos décadas, titubeando como si fueran las primeras palabras de un infante que en los fonemas comienza a descifrar el mundo, rompiendo el iceberg de su mutismo.

El lenguaje no solo es producción mental y sonora, también es sensible al tacto, tiene temperatura. Su escala graduada oscila en dos polos opuestos: en uno está el callar frío y en el otro la magnitud del sonido cálido, reconfortante. Por eso, castigar con el silencio se vuelve una punición que sucede a grados bajo cero. En las palabras hay un hálito vital, un flujo sanguíneo que las hace palpitar y enrojecer; al pronunciarlas se les pone en movimiento, dispuestas a friccionar con el mundo para producir una chispa, liberando calor. Vida, cercanía, palabra, movimiento; su naturaleza es la de la combustión, interacción de cuerpos que produce el tacto encendido. Por ende, el silencio premeditado es una anulación del verbo que graniza y aísla; el silencio, como la muerte, ahonda las distancias.

He marcado tu número para pedirte que me ayudes a resolver mis contrariedades telefónicas, pero ya me acostumbré al tono glacial del buzón de voz anunciando que la llamada se cobrará al terminar los tonos siguientes, revelándome algo nuevo de las pérdidas en este capitalismo tardío: incluso la indiferencia cuesta un peso por minuto. Es cierto, el vigor del verbo, su vitalidad lingüística, también lo vuelve poderoso y aun violento. La legislación del hielo hace del lenguaje un mecanismo de expulsión. El silencio es más que una negación del sonido, acciona como arma y represalia. Por eso en la Atenas de Clístenes se instituyó el ostracismo como una práctica contra la tiranía. Los griegos votaban por aquel desafortunado que sería excluido inscribiendo su nombre en un pedazo de terracota. De esos trozos despostillados toma su nombre el castigo: el ostracón es palabra que designa a la cáscara de huevo, al caparazón de tortuga y a esos pedazos de cerámica con forma de concha que albergarían el trazo del exilio. Al pie de la colina de Cerámico, el barrio del gremio alfarero de Atenas, se arrojaban los productos defectuosos que rodarían hasta romperse y mudar en cascajo. ¿Qué tan doloroso y aleccionador puede ser el rechazo? La respuesta la conocen esas especies animales que excluyen a quien desafía los hábitos o normas; el proscrito es un león repudiado que muere de inanición por no pertenecer a la cacería grupal.

La burocracia telefónica me parece un ostracismo con rostro nuevo. La soledad a la que conmina es similar a la de todos esos mecanismos en los cuales negar la comunicación se vuelve pieza clave. Ser ignorado por el conmutador tiene un dejo del meidung de los amish, del petalismo originario de Siracussa donde los nombres de los exiliados políticos se escribían en el revés de una hoja de olivo, del jerem judío con el que se condenó a Baruch Spinoza por menoscabar la imagen paterna con sus ideas; ese anatematismo cuya condena dictó: “ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral y escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o transcripto por él”. Las palabras no son tan solo grafías ingenuas, sino los signos de la pólvora. Si Sócrates prefirió la cicuta mortal en lugar del exilio fue por negarse a experimentar la existencia invisible de quien transita por el mundo como si no estuviera vivo, pero sin la anulación del dolor, esa única ventaja de la muerte. Es preferible extinguirse a devaluarse poco a poco. ¿Por qué nos duele ser excluidos de una plática, desdeñados por los operadores de teléfono o bloqueados por la persona a la que en algún momento amamos? La ciencia aclara las heridas del silencio: la corteza cingulada anterior de nuestro cerebro se activa cuando somos ignorados y esa misma corteza es la que detecta los diferentes niveles de dolor.

La negación de la palabra se vuelve un castigo tormentoso por su cualidad de agresión pasiva: anula al otro y no le ofrece un plazo límite, la tortura pesa en ignorar cuándo se recobrará la palabra, pues si es la comunicación la que se suprime, ¿cómo poder preguntarlo? Pueden ser horas, días, meses… ¿Qué pensaría Yumi durante los veinte años en los que Otou le aplicó la ley del hielo? El sufrimiento de ella era no poder hablarle, pero también el no saber si el rechazo acabaría de pronto —hay silencios sin plazos límite— ni tener claro por qué empezó esa anulación. La cámara hace zoom en los labios resecos de Otou mientras hablan de lo celoso que él se sintió por la atención que Yumi le prestaba a sus hijos: al sentirse desplazado, la desplazó a ella.

Las facturas de Izzi, a diferencia de tu silencio, sí tienen fecha de vencimiento. Para mí, la ausencia asume el rostro de una cifra mensual, tres dígitos que vuelven como un recordatorio de lo perdido, un pago pendiente que jamás termina y no tiene para cuándo acabar con el eterno retorno de los vestigios.

III: las presencias

Accedo a Facebook, doy clic en tu nombre, se abre una nueva pestaña. Este contenido no está disponible en este momento. Es posible que el enlace que seguiste haya caducado o que la página solo sea visible para un público al que no perteneces; la frase traza la estela de tu yo virtual, ahora extinto y del que solo queda este fantasma.

No son las ausencias las que duelen, sino todo aquello que permanece de lo perdido. No es la desaparición, son las presencias. Por eso me fatigan las conversaciones con los agentes telefónicos: ya nada sobrevive de nosotros, pero tu empecinado nombre sigue siendo un obstáculo. Y no puedo decirle a la voz del otro lado de la bocina que el problema no está en que te hayas ido, sino en todo lo que dejaste: los platos sin lavar, la cuenta pendiente de pago, una patineta, el cuadro de Pulp Fiction. No puedo dictarle el inventario de lo que queda de ti en casa, decirle que desde hace seis meses lo único que conozco de ti son dos pesas de seis kilos cada una y un ejercitador de abdominales, un dinosaurio armable de madera y dos fidgets spiners, una cigarrera de Marlboro, la filosofía política revuelta en el librero, una televisión que ya no sirve, páginas de Sergio Galindo y Roald Dahl, el periódico que usaste de cortina, la lavadora, discos de música que van desde The Doors hasta José Alfredo Jiménez, una copa que te robaste en la presentación de un libro, un patito de goma, tu licencia de conducir de Tamaulipas, una botella de mezcal que casi te deja ciego, dos celulares viejos, un bong de plástico, tus estudios de cardiología: el dibujo de tu válvula mitral, aórtica, pulmonar y tricúspide, los resultados del Banco de Sangre y el certificado de la donación que hiciste cuando aún pensábamos que Max sobreviviría a la leucemia, un encendedor con navaja, las manchas que dejaste en la pared, un pez cantante, ropa que sigue colgada en el perchero, tu certificado de bachillerato, el casco que usaste tras el sismo, la promesa de un hijo, zapatos ya enmohecidos, publicidad de Greenpeace, un frasco lleno de hojuelas de pescado y tu tortuga con su caparazón, cerámica sinople, donde se inscribe mi nombre ostraquizado.

Los objetos se resisten a la partida y se vuelven flores de Coleridge, mediadores entre dos mundos, dos tiempos. Las pérdidas y los cuentos fantásticos comparten esa intercesión del umbral. Así como el hombre de “La cena” de Alfonso Reyes encuentra en su ojal una florecilla modesta que él no cortó, así los objetos se vuelven no solo evocaciones sino testimonios del pasado. Recuerdan aquella nota del siglo XVIII recuperada por Borges: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?”. No nos podemos fiar de la veracidad de los recuerdos que, ordenados y resignificados, distan mucho de las sensaciones vívidas y revueltas. Pero los objetos que subsisten a las ausencias, como las flores del ensueño, habitan el mundo de la memoria y el mundo de la experiencia; son crisoles del ayer y el ahora.

Tu retrato se desperdiga en minucias de la casa y su diseminación hace más presente el vacío. No por nada las almohadas se convierten en el tesoro más valioso y triste de los divorciados: algodonosas atenuantes de los huecos, bálsamo del cuerpo ausente. Todo objeto que es semilla de la remembranza funciona como las palabras mediadoras, frases que accionan el mundo al pronunciarse. Lo sabía el centurión que le pide a Jesucristo ayuda para aliviar a un sirviente paralítico y que, viendo la disposición de él para ir hasta su hogar a curarlo, le responde: “yo no soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanar su alma”. La palabra pone en acción.

Quizá por eso el lenguaje es un espejo, alimento de los locos, simulacro y permanencia. Aunque la burocracia telefónica rechace mis solicitudes y tú seas un entusiasta del mutismo, afanado en acabar con los canales de nuestra comunicación, la palabra íntima persiste en tanto se le convoque. Tú estás indispuesto, pero la escritura nunca.

¿Por qué escribir un ensayo? La respuesta, en su origen, no atiende a formas ni aspiraciones literarias o eruditas que parecen otorgarle los escritores y críticos de hoy, sino a una humana y profundísima tristeza. El ensayo no es nada sin la pérdida. Nace de ella, se alimenta de carencias. Escribo por la misma razón que Montaigne comenzó a escribir ensayos: encontrar un paliativo de la ausencia. Como él, me he quedado con una conversación interrumpida y no existe otro refugio que la escritura. La amistad de Michel de Montaigne con Étienne de La Boétie se nutría de una confidencia definitiva e inigualable. Sus conversaciones eran intercambios desbocados de comprensión mutua. Con las mejores compañías, esas que nos hacen encajar sin titubeos, las palabras fluyen a chorros haciendo que las horas pasen como agua. Luego de la muerte de Étienne de La Boétie, Montaigne se enfrenta a un dolor peculiar, uno que le parece peor que ningún otro: el de la soledad producida por el silencio absoluto. Absorto en sus pensamientos y refugiado entre las paredes de su torre, nota que la muerte no es otra cosa que la cancelación de la palabra. Muerto tú, ¿a dónde van a parar las digresiones? ¿A quién decirle ahora, se pregunta, los sobresaltos de lectura, los datos insólitos y pensamientos nimios? ¿Qué hacer con todo eso agolpado en el pecho, la tráquea, la cabeza?

Al negarme la palabra me convierto en un eco cada vez más difuso y lejano. Si no hablamos, no existimos para el otro. Escribo para explicarme por qué en el verbo también se cifra la existencia. Montaigne y yo, nuestra causa es una sola, pero la diferencia radica en que tu pérdida no fue azarosa, sino un decreto tuyo. Decidir anular los vínculos, arrebatar la palabra, no es otra cosa que un simulacro de la muerte. Y no existe otra vía para recuperar el lenguaje perdido más que en ésta, el habla de Montaigne, habitación de los que están solos. Por eso me aferro a las contingencias del ensayo, por el derecho a la incertidumbre, por ser el único texto que puede quedarse como nosotros: esperando eternamente en la línea telefónica, ambiguo, incierto, inconcluso.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo
Foto tomada de Pixabay

La reciente participación del equipo mexicano de futbol Tigres de la UANL, significó para cualquier equipo en la historia del balompié mexicano, la mejor participación en este torneo desde su inauguración en el año 2000, superando actuaciones destacadas como la del Necaxa enfrentando al Real Madrid por un tercer lugar o a las de Monterrey y Atlante jugando grandes partidos contra Liverpool y Barcelona a pesar de perder. ¿Pero cuáles fueron las claves de este equipo regiomontano que tanto da de que hablar para bien o para mal?  Acá algunos detalles de este controvertido equipo:

 

André Pierre Gignac o el temple de un gitano

Es la noche del 22 de julio de 2015, minuto 17 y Rafael Sobis se prepara para sacar un tiro de esquina. En el área solo hay cinco Tigres esperando el servicio. El brasileño patea de pierna derecha un mal córner que queda corto. La defensa del Inter despeja sin problemas hasta el medio campo en donde Israel Jiménez controla sin problemas y extiende el balón por la banda derecha a Jürgen Damm quien, sin pensarlo, desborda hacía el fondo y mete un centro bombeado casi perfecto: “el remateeeeeeee goooooooooooool de Andre Pierre Gignaaaaac se estrena como goleador de Tigres”. A partir de ese momento, la leyenda del Bomboro comenzaría en tierras regias.

El francés llegó a México con el incentivo de jugar las semifinales y una posible final en la Copa Libertadores (torneo de clubes más importante de América) y desde luego, con un sueldo de los más altos que daba la liga en ese momento. El click con sus compañeros, cuerpo técnico y afición fue casi inmediato, su carisma y entrega lo hicieron adaptarse muy rápido a nuestro país, anotando 28 goles y asistiendo en 4 ocasiones en su primer año. Gracias a este desempeño, jugó la Eurocopa de 2016 e su país natal, quedando subcampeón ante Portugal de Cristiano Ronaldo.

Pero quizás Gignac tenía un plus sobre otros extranjeros que llegaron a México con etiqueta de superestrellas y con mayores expectativas como Bebeto Djalminha, Solari (ahora técnico del America), Donovan y hasta Ronaldinho. El francés nació en una familia de gitanos españoles y después vivió entre los Manouches, muy cerca de la ciudad portuaria de Marsella, así que, en su niñez y parte de su adolescencia, se la pasó viajando de un lado a otro a bordo de casas rodantes, vendiendo o trabajando en ferias, cazando ciervos o conejos para comer, y adaptándose a la vida errante que le tocaba.

Infancia es destino, ya lo sabemos y Gignac no parece ser la excepción. Él mismo cuenta que esa primera vida como gitano le enseñó a nunca medir esfuerzos cuando se trata de estar en la cancha. Quizás esa fuerza lo ha ayudado a sobresalir en cada torneo que ha jugado para los Tigres, a diferencia, por ejemplo, de esos otros dos franceses (Jeremy Menéz y Andy Delort) que desde otros equipos trataron de replicar el efecto Gignac y no lo lograron. Ni siquiera se le acercaron un poco.

Gignac se peleó con su técnico Didier Deschamps por no rendir lo que tenía que rendir cuando ambos estaban en el Marsella FC; conquistó a Marcelo Bielsa por su entrega y por contagiar de animosidad, garra e ímpetu a sus compañeros; enamoró al más enojón y exitoso de todos los técnicos que hay en México (Tuca Ferreti); y reconquistó a su antiguo entrenador para llevarlo a la Eurocopa portando la camiseta número diez y dejando fuera a jugadores que jugaban en equipos y ligas más importantes.

El francés más mexicano, o quizás, más regio, siempre se sintió querido por la afición de Tigres, a tal manera y a solo 4 meses de estar jugando en Monterrey, en un amistoso Francia vs Alemania en el 2015. Monsieur Gignac le dedicó un gol a la porra Libres y Lokos, con la seña característica de estos hinchas: hizo la doble “L” entrecruzando los dedos y las manos desde el otro lado del charco.

A más de cinco años de su llegada, convertido en el máximo goleador en la historia de Tigres, con un hijo mexicano y en camino a ser uno de los más grandes del club, se le preguntó sobre su país de origen al terminar de jugar la final (en la que se le reconoció como el segundo mejor jugador del torneo), y Dédé, como también se le conoce, respondió con una sonrisa: “supe que pasaron el partido en Francia, mi familia pudo ver el partido… extraño un poco Francia, pero estoy muy bien en México”.

 

Por lo menos a semifinal

Llegar al Mundial de Clubes para los equipos mexicanos es casi una obligación, y ganar el torneo (Liga de Campeones de la Concacaf) que los catapulta al Mundial es casi como un día de campo dependiendo de la seriedad con la que los equipos lo tomen, ya que sus rivales del área no tienen ni la infraestructura y ni el poder monetario que generan los equipos de la liga mexicana. Si acaso, los equipos de EUA (que cada vez son mejores) ponen mejores trabas pero aún son muy pocas.

Al jugar el Mundial suele pasar lo mismo, los campeones de Oceanía, África o Asia no suponen una verdadera amenaza, es por eso que la mayoría de la prensa, exige a los equipos llegar por lo menos a semifinal, pudiendo perder o ganar según la lotería que les toque en el sorteo (al enfrentar primero al campeón de Sudamérica o de Europa) pero siempre con ese partido como mínimo. Algo similar a lo que se le exige a la Selección Mexicana de llegar a un quinto partido como premio y como obligación a octavos de final en el Mundial de Futbol.

Necaxa, América Chivas, Monterrey, Pachuca y hasta el Atlante, han participado en el torneo, siendo las Chivas del 2018 y Pachuca del 2007, los equipos que peores registros dejaron en el torneo. Monterrey en cambio, fue el último equipo que mejor sabor de boca dejó al jugar con enorme categoría la semifinal contra Liverpool en el 2019, sin embargo, los ingleses les ganaron 2-1 a instantes de alargar el juego en tiempo extra. Al final los Rayados se quedaron con el tercer lugar al ganarle en penales al campeón de África.

Como se puede ver, parece que los equipos regiomontanos han dominado los últimos años la liga mexicana y, de cierta forma es verdad. Tanto Monterrey (FEMSA) como Tigres (CEMEX/UANL), son los equipos más prósperos de la liga mexicana económica y deportivamente hablando, son los que mejor pagan e invierten en buenos jugadores ya probados o consagrados, que les reditúa en buenos resultados, a diferencia de equipos que poco a poco pierden la grandeza (como Cruz Azul) o se han estancado al ser dueños de varios equipos de futbol (Grupo Pachuca).

 

Nahuel Guzmán y el arte de defender

En espera de la entrega de trofeos y medallas, cada equipo espera en su lado, sin embargo, un intruso se acerca de a poco al equipo alemán: Es Nahuel “El patón” Guzman. Neuer se da cuenta y lo intercepta, pero el portero argentino con un breve saludo lo aparta y se dirige a su objetivo que esta más atrás. Llega frente a Robert Lewandowski y le reclama que utilizó la mano en el gol con el que ganaron la final. El nueve polaco se sorprende y le dice una, dos veces, tres, que no, que él no metió ninguna mano e incluso gesticula con sus brazos que no hizo esa trampa. Nahuel se ve triste más que enojado y decide apartarse, ya nada se podía hacer, pero para el arquero, Lewa tenía que enterarse de que lo que hizo estaba mal.

Nahuel Guzmán le ha dado una solidez tremenda al equipo de Tigres, pocas veces se equivoca y tiene una presencia bárbara en el área. Es capaz de poner nerviosos a sus rivales a la hora de atajarles penales (una de sus especialidades), sabe manejar los tiempos de cada partido, juega con los pies y tiene gran juego aéreo, sabe perder el tiempo e incluso fingir un golpe inexistente cuando se requiere. Es colmilludo, marrullero y polémico, de no existir el VAR, haría más cosas ilegales para favorecer a su equipo. Sin duda “El Patón” es un gran portero como los de antes, que infinidad de veces ha ganado partidos él solo para los Tigres.

Pero como buen equipo defensivo con el sello característico de Ricardo “Tuca” Ferretti, Nahuel necesita socios y los encontró en sus defensas centrales (Diego Reyes y Carlos Salcedo) y sus mediocampistas defensivos (Guido Pizarro y Jesús Dueñas), jugadores fuertes, aguerridos e incansables que, a excepción de Dueñas, llegaron de equipos europeos como el Sevilla, el Porto o el Frankfurt. Cinco piezas inamovibles comandadas por el portero argentino que lograron un par de partidos tremendos en este mundial, antes de jugar la final contra el Bayern Munich.

 

Tigres-Palmeiras la verdadera final

Que los equipos mexicanos jueguen contra equipos sudamericanos, en especial brasileños o argentinos siempre es un espectáculo. Los sudamericanos pierden el tiempo, patean, cortan el juego, fingen faltas y lo mejor de todo es que el árbitro siempre está a su favor. Esta historia la conocemos desde 1998 cuando los equipos mexicanos fueron invitados por primera vez a jugar la Copa Libertadores. Es por eso que cada equipo de México que logró llegar a semifinales o finales de ese torneo o de la Copa Sudamericana, se merece elogios aparte.

Cómo olvidar las actuaciones de jugadores como el Bofo Bautista ganándose escupitajos y todo el odio del estadio de Boca Junios, o el temple y los goles de Cuauhtémoc Blanco frente a equipos brasileños, o la fuerza y convicción de Paco Palencia al anotar el gol que empataría la final contra Boca Junios en medio de un infierno de gritos y gases lacrimógenos aquella noche en la Bombonera. Contra todo y todos, la mayoría de equipos mexicanos que llegaron a esas instancias dejaron una huella imborrable y crearon una empatía tremenda a pesar de no hinchar por ellos.

Con Tigres fue algo similar más no igual porque no son un equipo que cree esa empatía de otros equipos históricos y esta vez no se jugaría con las reglas de la Conmebol, afortunadamente para el equipo regio. A los brasileños del Palmeiras se les trató como a los mexicanos, incluso se vieron exhibidos de lo malos que eran, esta vez se toparon con el equipo más sudamericano que tiene la liga mexicana y que, además, sabe jugar bien cuando se lo propone.

Palmeiras salió a hacer lo que lo llevo a ganar la final de la Libertadores, romper el juego, esperar, contraatacar, intimidar y pegar cuando se debía, no por nada tenían en sus filas a Felipe Melo, un clásico jugador incendiario acusado de mala leche y de golpear y lesionar a jugadores contrarios cada que le place sin temor a sanciones o consecuencias. Tigres hizo lo suyo y en una primera mitad de golpes mutuos, supo aguatar el juego brusco de los brasileños con mejor futbol, destacando jugadores como Rodríguez, Salcedo, Nahuel, Quiñones y desde luego Gignac.

El partido terminó al minuto 53, cuando Gignac marcó desde los once pasos, un penal de los brasileños sobre González. Como bien sabemos en México, nunca es bueno que primero te anoten los Tigres, porque después, es casi imposible darles la vuelta. Después del gol empezó otro partido, si bien Palmeiras lo intentó, simplemente no pudieron contra la barrera que el equipo de Ferretti les puso, aunado a la gran actuación de Nahuel que comenzó a mover los hilos del juego como más le gusta. Sin duda, este partido, menos disparejo y más peleado, nos recuerda la necesidad de restablecer los vínculos entre las federaciones americanas para elevar el nivel competitivo. Es donde quizás CONCACAF y CONMEBOL deberían trabajar más y no solo esperar un partido cada año.

 

El arte de la trascendencia

La polémica comenzó cuando algunos jugadores de Tigres dijeron que, al jugar el Mundial de Clubes, no representarían a México sino a su club en específico, a la institución solamente. Esta declaración seguramente vendió portadas de diarios, visitas a sitios webs y enojó a gran parte de la afición mexicana necesitada de logros ajenos más que los propios. Después el técnico y algunos jugadores salieron a decir que siempre sí representaban al país, pero el daño ya estaba hecho.

En ese afán de vanagloriar lo inmediato y olvidar lo que se construye con años de trabajo, al Club Tigres se le ha tratado de llamar equipo grande (al nivel de América o Chivas), equipo de la década (por los títulos recientes). Sin embargo, el equipo no tiene relevancia más allá de los aficionados regiomontanos, que además están divididos por su rival y vecino el Club de Futbol Monterrey. Sumado a eso, dichas declaraciones aumentaron la polémica y dan la razón a los que dicen que Tigres está muy lejos de ser un equipo grande ya que solo representan a una región y ni siquiera tienen un número considerable de aficionados fuera de Monterrey. Quizás su grandeza venga cuando sean el equipo con más títulos en la historia de la liga, pero aún están lejos de lograrlo.

En cuanto a la cancha tampoco es un equipo que podamos considerar o equiparar con los grandes, los que juegan siempre a ganar porque de eso depende su historia y su prestigio. En la mayoría de sus partidos Tigres juega a no perder, a defender y “dormir” la pelota el mayor tiempo posible, a meter como se dice, el camión en la portería para no recibir goles, la prensa y los rivales se burlan de esto llamándole el Tucamión. Basta recordar la final contra el León del 2019, en la que, en el partido de ida, con gol de Gignac ganaron 1-0. La vuelta terminó 0-0 con un León desbordado al ataque, pero sin nada que hacer ante un equipo experto en defender y romper el juego.    Algo similar pasó en la final del Mundial frente al Bayern Munich: pocas llegadas, todos abajo y que el rival se desgaste. Si bien Gignac intentó lo más que pudo al ataque, Ferretti decidió jugar a lo de siempre y conformarse con lo que ya tenía ganado antes de que empezar el juego: el segundo lugar.

Los tigres, fieles al estilo de su entrenador se dedicaron esperar, a intentar dormir la pelota, a los contrarios y desde luego, a los espectadores. No a sus aficionados pues ellos ya están acostumbrados a eso, pero sí al público en general que los vio por el morbo de qué pasaría si lograban llevar al Bayern al menos a los penales, que seguro, era el plan de Ferretti ante la enorme confianza que le tiene a su portero.

En general el encuentro fue aburrido, más allá de un primer tiempo bueno en el que los Tigres generaron buenas jugadas, los alemanes estaban a tiro y era cuestión de tiempo para que anotaran. Presencia nomás se dice en el barrió cuando se sabe que un equipo es más fuerte y ganará solo con presentarse. Quizás si los Tigres hubieran apretado más, los alemanes hubieran hecho un mejor encuentro, pero no pasó nada, ellos también hicieron lo mínimo para ganar y el equipo regio hizo lo que mejor sabe hacer para aumentar la polémica de sus detractores: jugar a no perder.

Como aficionado al futbol me hubiera gustado que los Tigres jugaran de otra manera, más apegado a los buenos equipos mexicanos que han existido, o bien, a los partidos (contados) en los que esos mismos Tigres, han aplastado a sus rivales. Ojalá que, como dijo Gignac, los Tigres regresen a ese torneo más fuertes y puedan trascender en la historia de los equipos que se quedan en la memoria, los que hace algo más de lo que ya tienen ganado, los que se vuelven grandes en momentos como este.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.
Ilustración por Axel Rangel

 

Rayo de sol

En la luz podemos ver el tiempo,

contamos los segundos, en la luz,

envejecemos.

No hemos visto nada, todavía, que demuestre que se crea energía

en el universo

no hemos visto nada,

                                            todavía

No hemos visto

nada

 

 

 

Habitación pasillo

En la habitación de ventanal y pasillo, con solo dos muros en los que

nada

el sol de las primeras horas de otoño,

las cosas

se alargan por sus sombras.

 

Sobre el suelo manchado,

con el tapete doblado,

huele a madera; sol; a jardín secreto detrás de una iglesia durante un bautizo.

 

Una niña de tres años juega a pisar las manchas del marco de la ventana

tras

lucido 

a sus pies,

sentada junto al cuerpo de su madre, que no reacciona,

y un jarrón de flores

 

-azul, marrón y amarillo-

volcado por el suelo, con las flores

como llovidas por el 1/4,

deshechas,

deshojadas,

 

marchitas

 

 

Pré-rvert 1

Estás loca.

Me dice.

Il a mis

Que me van a encerrar porque

Il a tourné

Estoy loca

Me repite.

Il a bu
Et il a reposé le…
Sans me parler
Il a allumé

La primera vez que le dije

dans le cendrier

Te odio

Il a mis

Ses mains sur moi

Sans me regarder

Papá, te odio

tanto

Il a fait des ronds

Puis

él se va,

con un “perdón”

Un par de lágrimas

parti

Y yo estrello

mi cráneo en la pared.

 


Autores
Es licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en la revista digital C de Cultura. Actualmente es reportera en el periódico La Crónica de hoy, así como miembro del Consejo Editorial de Mexicana de Arte.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo
Ilustración por Jal Reed

Mi cuerpo sin piel, sangrante

Mi cuerpo sin luz, río seco,

(…) Mi cuerpo sin voz, caduco,

Mi cuerpo con sed, intacto,

Mi cuerpo sin mí, rastrojo

–  Diana del Ángel, Ausencia

“Se busca”, “se busca”, “se busca”; los volantes pegados unos sobre otros en las calles, las portadas de los periódicos, los cientos de “compartido” en Facebook; estas dos palabras que claman por las víctimas de las desaparecidas se convirtieron en una metáfora de nuestra vida en el país. Un montaje, una puesta en escena fantasmal de cifras, rostros,  restos y, sobre todo, de una violencia ininteligible, natural, cotidiana. Nuestra identidad está definida por el contexto en el que nos desenvolvemos: nuestro territorio nos determina.

Gloria Anzaldúa comenta sobre las mujeres chicanas como las deslenguadas, las de la lengua huérfana, que no son ni de aquí ni de allá1; esta condición de invisibilidad de su lengua está definida por las regiones fronterizas en las que crecieron: vencer la tradición del silencio sería legitimar el Spanglish, el Texmex o el Pachuco como una lengua más, con un código propio intransferible. Ahora bien, ¿cómo se traducen estos códigos de la lengua en el cuerpo?

Yes, yes, that´s what I wanted, I always wanted,                                                  

I always wanted, to return to the body where I 

was born. 2

El cuerpo es la primera frontera entre un yo y un otro; y el de la mujer, a lo largo de la historia occidental, ha sido un escenario sobre el cual se han instaurado luchas, pactos y alianzas. Desde las “cazas de brujas” realizadas por los conocimientos que éstas tenían sobre la medicina y la sexualidad no reproductiva de las mujeres; el dominio masculino de la procreación al servicio de la reproducción del trabajo; y hasta la crueldad de los estereotipos de belleza, las mujeres han sido despojadas sobre el control de sus cuerpos y, con ello, se les ha privado de su integridad física y psicológica.

En su ensayo “La primera persona del plural” Cristina Rivera Garza habla sobre un video animado de la artista Wangechi Mutu titulado “El fin de cargarlo todo”. En éste, podemos ver durante diez minutos a una mujer que carga una cesta sobre su espalda, mientras avanza esa cesta se va convirtiendo en una casa y luego en un mundo, hasta que el peso es tanto que la mujer termina siendo devorada por la tierra. 3 Es decir, la mujer por un lado ha sido despojada de su propio cuerpo y, por otro, ha sido obligada a cargar el mundo a cuestas con él. Lo corpóreo como ente politizado, privatizado y desnaturalizado: el principal símbolo de explotación pero también de resistencia.

“Escribir el cuerpo”, como se planteó Woolf y se

propone Héléne Cixous, es sólo el principio. Tenemos

que reescribir el mundo. 4 

¿Cuál es la dinámica corporal a la que se confieren los feminicidios, por ejemplo, de la misma frontera de la que habla Anzaldúa? ¿Bajo qué significantes territoriales se adscriben? ¿Cómo se constituye este discurso de las víctimas de feminicidios, de los “Se busca”, de la violencia? ¿Cómo vencer la tradición del silencio, ya no de la lengua, sino de los cuerpos?

Las víctimas de Ciudad Juárez y, en realidad, de todo el país pueden tener dos destinos: pasar de vivir en un territorio peligroso, delicuencial, susceptible de vulnerarlas día tras día, a uno de cifras, en el que su rostro e identidad se diluyen en un número más; o pasar del mismo territorio peligroso a uno ilegible, movedizo, perteneciente al limbo, en donde no hay quien pueda encontrarlas y en donde se convierten en la nada: una cartografía de desaparecidas. En cualquiera de los dos casos, la mujer es una identidad despersonalizada, pierde sus cualidades individuales para pertenecer a un grupo categórico designado por el Estado, Max Weber lo llamó: el monopolio de la violencia. 5 

No pasa nada, dirá ella. Nada, repetirán los que vengan.

Nada. Como el silencio del desierto. Nada.                     

Como los huesos de las víctimas dispersos en la noche. 6 

Todo acto de opresión lleva una firma. El cuerpo de la mujer se convirtió en una forma de simbolizar el territorio: si la masculinidad es un estatus que se gana y que requiere de aprobación (también masculina), entonces la corporalidad femenina es el conducto por el cual el hombre obtiene el poder de colonización que le permite ser merecedor de dicho estatus y, además, exhibirlo.

Quien viola y tortura puede decidir sobre la vida de una mujer, con la confianza de que no recibirá ningún castigo, lo cual permite al agresor dar un mensaje social de dominación. Colonizar un cuerpo es controlar territorialmente; es marcar, dejar impresa esa firma que manifiesta lo que Rita Segato denomina “violencia expresiva”, la cual tiene como finalidad primaria controlar por completo la voluntad del otro. 7 

En un inicio se comentó cómo con la expropiación del cuerpo la mujer también sufría el despojo de su integridad psicológica. Precisamente de eso se trata la violencia expresiva, la violación y el feminicidio. No es la simple satisfacción de un deseo sexual, es la subordinación emocional, psicológica y moral del otro.

Lege rubrum si vis intelligere nigran (Lee lo notado en rojo si quieres entender lo escrito en negro) 8 

Así como el discurso de la propiedad forma parte del sistema patriarcal, también el discurso de la violencia. Todos hablamos ese lenguaje represivo, es un sistema de comunicación que naturalizamos y del cual nos apropiamos: “los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad. 9 

¿Cuál es el lenguaje de los feminicidios? Es precisamente el del cuerpo de la mujer sacrificado para la obtención o reafirmación de un bien mayor: la mantención del poder y de cierto posicionamiento masculino. Los feminicidios no son crímenes comunes de género, son la firma de la posesión territorial; crímenes que dialogan con la ley con la que todos nos respaldamos y en la única en la que podemos buscar apoyo, por eso ni siquiera tenemos un modo de afrontarlos, porque sobrepasan las categorías sociales y jurídicas que nos rodean, son indescifrables.

Para que todas podamos ser nombradas

Para que no deje de retumbarnos en la cabeza                             

hasta  que gritemos. Alzo la voz para no negarnos,

porque tenemos nombre y no dejaremos que lo olviden. 10 

Ciudad Juárez es un espacio en donde desde principios de los años 90 se concentraron estos crímenes. Sin embargo, la ciudad chihuahuense es el espejo de una realidad que ocurre en todo el territorio nacional: “Las muertas de Ciudad Juárez planteaban un acertijo donde se transparentaba el país: la dificultad de la justicia y el peso de sus inercias de ineptitud y corrupción. Pero la certeza del mal en una frontera mexicana también se expandía poco a poco hasta rebasar el perímetro de la aldea, e incluir lo global.”11 La frontera ya no solo se limita al espacio geográfico sino a la corporalidad. Las mujeres se convierten en un nuevo mapa de la realidad en México.

… Y tú me devolverás los cuerpos de mis niños y niñas;

los depositarás en las playas de la isla y los prebendados 

los pondrán en las criptas del templo (…), y mostrarán 

a los viajeros piadosos todos estos huesecillos blancos   

esparcidos en la noche… 12

¿Cómo se les llama o se lidia con los crímenes en los que prevalece el control totalitario, ya sea de grandes corporaciones como las de medios de comunicación, instituciones financieras, organismos legales, fuerzas armadas, etc., o ya sea del Estado? Tendríamos que generar nuevas categorías, en primer lugar, para desinvisibilizarlos y dejar de trasladarlos equívocamente a la categoría de crímenes de género por motivos sexuales, y en segunda, para desmantelarlos y accionar contra ellos con las herramientas necesarias. En su momento, los feminicidios de Ciudad Juárez no se consideraron feminicidios sino “homicidios de mujeres”. Esta resistencia en el lenguaje y en las maneras de ver y crear el mundo, es respuesta de las autoridades que insisten en salvaguardar y en demostrar su dominancia sobre las otredades. Actualmente, el lenguaje estandarizado patriarcal normaliza la violencia y nos deja sin la capacidad de nombrarla, pues pertenece a estas autoridades instauradas en la hegemonía que lo aplican para traicionar y encubrir. Por eso, lenguajes como el chicano o el que aplica visiones feministas sirven de resistencia ante el discurso hegemónico.

La figura de la mujer se ha establecido como el espacio oportuno para desarrollar relaciones de poder y subyugación, pero por esto mismo también se ha constituido como el principal terreno de lucha y liberación colectiva. Las significaciones del cuerpo, del lenguaje y del territorio convergen para visibilizar el régimen político al que han sido adscritos. Deshabitar el mandato patriarcal implica transformar las visualizaciones de un sistema caduco en acciones urgentes que prioricen a los cuerpos transgredidos, desde lo discursivo y hasta lo geográfico; tal vez así, la firmeza de nuevos trazos marcados creará un mapa ya no de dominios, sino de autonomías.

Somos como la paja de páramo que se arranca y               

vuelve a crecer… y de paja de páramo sembraremos

el mundo.13

 

 

Bibliografía:

Anzaldúa, Gloria, Borderlands/ La Frontera: The New Mestiza, España, Capitan Swing Libros, 2016.

González Rodríguez, Sergio, Huesos en el desierto, 3ª edición,  México, Anagrama, 2006.

Juaregui, Gabriela, Cristina Rivera Garza, et. al, Tsunami, México, Sexto piso, 2018.

Segato, Rita, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado, Buenos Aires, Tinta limón, 2014.

Weber, Max, La política como vocación, España, NoBooks, 2011.


Autores
Ciudad de México, 1997) Estudió la licenciatura en Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Escribe principalmente ensayo y dramaturgia. Es integrante del Grupo Representativo Águilas La Salle Teatro desde el 2013. Fue participante en el Festival Internacional de Teatro de la UNAM en 2017 y 2018, y ganadora al Premio a Mejor Actriz en el 2018. Forma parte del consejo editorial de la revista Universitarios del periódico Reforma. Ha estudiado ballet clásico en el sistema Royal Academy of Dance y le interesan las conjunciones que se pueden formar entre la danza y la literatura.

Ilustrador
Jal Reed