Tierra Adentro
Imagen tomada de Flickr

Los ladrones de corazones regresan en Persona 5 Royal (2019). Antes de su lanzamiento, parecía complicado mejorar el titán de los JRPG’s que fue Persona 5 (2016) en su momento, pero ¿cómo mejorar un juego que fue alabado mundialmente y al que parecía no faltarle nada?  Pues bien, la versión Royal del juego no dejó decepcionados a sus fans.

Comenzando de un micro universo, que es la Academia Shujin, el juego aborda problemas de la sociedad actual, como el encubrimiento del abuso sexual en las escuelas, y avanza a un macro universo con antagonistas de mayor escala, como un artista que roba las obras de sus aprendices, un empresario que trata a sus empleados como robots desechables o políticos que solo quieren beneficiar a su círculo y utilizan su poder para deshacerse de todos aquellos que se les oponen.

El juego inicia con un adolescente agrediendo a un hombre para defender a una mujer a punto de ser secuestrada. El hombre, que se asume tiene cierto poder político, pues coacciona a la mujer para que testifique a su favor, levanta cargos en contra del joven, este es puesto en libertad condicional y mandado a Tokio para vivir bajo el cuidado de Sojiro Sakura durante el año que dura su castigo.

A partir de este momento identificamos de qué trata el juego y qué se desarrollará durante los siguientes capítulos: adultos usando su poder para aprovecharse y herir a los demás, especialmente a los jóvenes.

Durante el primer capítulo, el protagonista, junto a los nuevos y marginados amigos que conoce en la escuela, consigue el poder de robar los “corazones” de los adultos con deseos retorcidos dentro de un mundo cognitivo y, de esta manera, hacerlos arrepentirse y confesar sus crímenes en el mundo real, convirtiéndose en los Phanton Thieves of Hearts.

El primer antagonista, Suguru Kamoshida, es un ex medallista olímpico, profesor de educación física y entrenador del prestigioso equipo de voleibol de la Academia Shujin, lugar donde comienza a estudiar el protagonista. Sin embargo, tiene un lado oscuro, es un secreto a voces que Kamoshida abusa verbal, física e incluso sexualmente de algunos de sus estudiantes, llegando al punto en que una alumna de la alineación principal del equipo intenta suicidarse y a pesar de que es sabido el abuso de Kamoshida, nadie hace nada por el prestigio que el equipo de Voleibol le da a la escuela.

Uno de los aspectos más fuertes de la trama es que el poder sobrenatural que obtienen los protagonistas nace de su voluntad de rebeldía contra el estatus quo, contra las injusticias y las cosas que están mal con la sociedad. Su fuerza recae en la capacidad de no aceptar las cosas como son, se convierten en una inspiración para aquellos que los rodean durante el juego y que carecen de poderes especiales, provocando que se revelen y crean que se puede vivir en un mundo mejor.

Si bien el juego raya en el idealismo, es una bocanada de aire fresco para aquellos a quienes les gustan los juegos que proponen algo más que solo un gran gameplay y una banda sonora brutal, y aunque exista la creencia de que un videojuego político llega a ser aburrido y cansado, la realidad es que Atlus hizo un gran trabajo al emparejar todos estos aspectos y crear un juego de 150 horas de duración que mantenga al jugador enganchado.

 

spoiler

 

Pero, ¿qué tiene de extra Royal en cuanto a trama que lo hace mejor que el lanzamiento original? A partir de aquí comienzan los spoilers. El juego añade un último arco y dos nuevos personajes de los cuales destaca Maruki Takuto, un consejero estudiantil que es contratado para cuidar el bienestar emocional de los involucrados en el incidente tras los eventos de Kamoshida, aunque la razón principal es para mejorar la imagen de la escuela y dar la impresión de que están haciendo algo por cambiar después de los abusos.

Maruki es un personaje con el que te relacionas durante la primera parte del juego y con quien creas un lazo muy fuerte, pues, junto con algunas excepciones, es de los únicos personajes adultos que están genuinamente preocupados por el protagonista.

Además de ser un consejero, Maruki está interesado en la ciencia cognitiva, que se relaciona con los superpoderes de los Phantom Thieves, y quiere aprender más de ella para poder ayudar a las personas a superar traumas de su pasado eficazmente y evitarles sufrimiento. Todo lo anterior se consuma en el último arco del juego, donde Maruki, con ayuda de la ciencia cognitiva y tras robar el poder de Yaldabaoth, un dios malvado que se manifestó por los deseos retorcidos colectivos, crea un mundo ideal, donde todos tienen lo que desean y no tienen que sufrir por nada.

Este último arco crea el gran dilema moral de Persona 5 Royal: vivir en un mundo ideal donde todo se te da en la mano o vivir las dificultades de la vida, superarlas, crear tu propia felicidad y cambiar al mundo con tus propias manos.

El choque de ideales entre los Phantom Thieves y Takuto Maruki se da en un clímax que pone la piel chinita a cualquiera que haya tomado el riesgo de invertirle 150 horas al juego. La música refleja ese choque, sacando a relucir lo bien pensado que está el soundtrack para acompañar la historia. Mientras llegas al último cuarto del mundo cognitivo de Maruki suena “I Believe” que representa los ideales de los Phantom Thieves:

 

It’s time to
Bring an end to question
Who will win, it’s us
I used to have that feeling
Premonition of falling short
Now I have no fear since we’re here
To fight it together

[…]

It’s our turn to get back
To grab the future
Which we fully believe
And it’s not given to us
It’s earned

https://www.youtube.com/watch?v=bwNNiyu56yY&ab_channel=nomico

En cambio, durante la última pelea suena “Throw away your mask”, representando los ideales de Takuto Maruki:

 

Don’t sleep through
Dreams that can come true
No more tears shall drop from your cheeks anymore
You won’t need to
Strive for greatness
Believe in me
That you don’t need to suffer from
Anything

You don’t need to make a wrong turn
Just requires guidance from above
We don’t need to have this conflict
Cause I can take you
To the place of delight
Give peace
Of mind
To the whole world

https://www.youtube.com/watch?v=Kbw6hF7tHns&feature=emb_title&ab_channel=nomico

Sin duda Atlus, como los Phantom Thieves, robó los corazones de muchos con Persona 5 Royal que, aunque no es el mejor juego para empezar a jugar la franquicia de Persona, sí atrapará a todos los fans de los RPG’s ahí fuera que aún no lo han probado.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Tomografía de lo ínfimo.

Las partículas elementales crearon el universo, la materia y nuestros cuerpos. Partes ínfimas, mínimas, en ellas radica todo origen. Lo insignificante, al igual que los detalles, importa: un análisis de ADN a través de una muestra de saliva indica quién es el culpable en un crimen; el orden de los colores de los anillos de una serpiente cascabel anuncia si esta es venenosa o no; los gonosomas deciden el sexo biológico de un mamífero. El diablo siempre está en esos detalles que alteran nuestra percepción de lo conocido, poniendo el dedo en las letras pequeñas, señalando cláusulas infinitas y confusas.

Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) conoce tan bien esto que su libro de ensayos, Tomografía de lo ínfimo (FOEM, 2018) ganó el Certamen Internacional de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz 2017. En los once ensayos y un Minifacio en lugar de prefacio que conforman la obra (algunos de ellos disponibles en línea), Rivero reflexiona sobre objetos comunes, partes del cuerpo en apariencia insignificantes y situaciones cotidianas que resultan fundamentales para la existencia, pero en cuyas implicaciones graves no reparamos.

Desde el humor, la escritura fresca de Rivero nos invita a pensar acerca de lo, en apariencia, insignificante, porque es precisamente ahí donde radica lo esencial.

La mención previa del diablo no es gratuita; desde el epígrafe del libro, Rivero remite a la maldad misma en un verso del poema “Mala fe” de Rosario Castellanos: “Es el Mal. Con Mayúscula. Es la prueba patente de que en el Universo algo falló y alguien tiene la culpa: Dios, el diablo, nuestros primeros padres o los últimos”.

En cada texto, Laura Sofía nos hace pensar en lo que pasa inadvertido por ser tan obvio, como en las diez letras de su propio nombre, para luego invitarnos a analizar el nuestro. Esto ocurre en “Finitud del antropónimo”, donde nos dice que los nombres son imposiciones y designios, palabras poderosas que nos modelan a imagen y semejanza, y esta delimitación provoca una rebeldía expresada a través de los alias, los hipocorísticos, los seudónimos; otras máscaras para representar lo mismo.

Una visita al podólogo por una uña encarnada es el detonador de “Meditación sobre las uñas”, ensayo en el que Rivero nos recuerda que “nadie sabe lo que tiene hasta que lo mira enfermo”, donde exhibe la dualidad del mismo elemento cuya esencia es a la vez bondadosa y malévola, placentera y dolorosa —como las dos caras de una moneda— gracias al ingenio del hombre llevado al extremo: un método de tortura es extirpar las uñas por completo o introducir alfileres debajo de ellas hasta desprenderlas. Así, el dolor la lleva a discurrir, a saber lo importante que es cada milímetro de materia que constituye nuestro cuerpo, mismo que exige atención ya sea a través del dolor o el placer.

En “El séptimo mandamiento: ensayo de un crimen”, Rivero hace una apología al robo; aquí, el engaño es el protagonista. Esta es una disertación sobre el atraco en sus distintas modalidades y niveles y un reconocimiento a la habilidad e inteligencia que requiere usurpar un bien ajeno sin ser descubierto, acción reprobable que va en contra de las leyes, pero que puede ser admirable en cuanto a la destreza requerida para llevarla a cabo, como en el caso de Albert Spaggiari —predecesor de El Profesor en la popular serie de Netflix La casa de papel, quien robó el Banco de Niza únicamente por el desafío que representaba tal proeza. La autora concluye muy atinadamente que “la cultura no es más que una serie de rapiñas reciclada”, mar de voces y ecos confundidos y apretujados a lo largo de las épocas.

Las necesidades fisiológicas también tienen su sitio en Tomografía de lo ínfimo: “Imprecación contra los baños públicos” habla sobre la necesidad de disfrazar o disimular nuestras necesidades corporales y excreciones, todo aquello que va en contra de la “civilidad y la contención humana”, así como nuestra búsqueda casi siempre infructuosa por una intimidad constantemente amenazada tanto física como virtualmente en este contexto hiperconectado.

Bolsas que guardan bolsas” recuerda lo banal de lo moderno y el consumismo en el que estamos inmersos, esa cultura plástica de tres tiempos tan nuestra: comprar, usar y tirar; fases que se configuran gracias a “la precariedad y la pobreza clasemediera” en la que la mayoría estamos inmersos y que añade un penúltimo paso: reciclar.

En “Manifiesto sobre el uso de pantuflas en la oficina”, Rivero aboga por la comodidad del calzado como antídoto contra la tristeza y la melancolía del eterno oficinista gris, condenado a pasar horas en sitios ocultos de la luz natural, reducidos y colonizados por computadoras, impresoras y escritorios invadidos de notas adhesivas, clips y sillas giratorias.

El cuerpo y su vulnerabilidad es un elemento sumamente patente en las elucubraciones de Laura Sofía, que concluye en su ensayo sobre las comidas en grupo, que no son sino un continuo fracaso y experiencias repletas de percances que no hacen más que volver públicos los actos y hábitos privados, exhibir vicios, costumbres y manías por lo general muy bien escondidas: “somos tan solo una madeja de tubos digestivos, conductos lagrimales y metafísica intestinal”.

Otro ejemplo está en  “Pornografía del doble tocino”, donde se enfoca en el deseo y lo erótico del acto de comer, y cita un pasaje de Inés Arredondo en donde la narradora describe paso a paso (y a través del recorrido del líquido dulzón en su cuerpo) la satisfacción y el gozo de ingerir tres mangos ayudada solo por sus manos, fragmento que pertenece al cuento “Estío”, publicado en La señal (1965).

En estos ensayos argumentativos y críticos, Rivero hace uso del humor negro para insertar al lector en circunstancias o situaciones en las que la desesperanza tiene las de ganar, mostrándole una puerta de emergencia para dejar lo funesto detrás.

La apología a lo mínimo, el cuerpo imperfecto y sus imperfectas necesidades biológicas, la propia naturaleza humana, la crítica de las arraigadas y poco prácticas costumbres sociales, la fusión de lo culto y lo popular, un recorrido histórico y geográfico por la Ciudad de México y una mezcla de erudición, hacen de estos ensayos irónicos propuestas donde lo pequeño siempre apunta hacia lo superior.

Discurriendo lo mismo sobre el cuerpo que sobre los espacios, Rivero llega a frases iluminadas como “La uña es símbolo de la dualidad entre la sensatez y la bestialidad humana”, “La confianza nace al aceptar la animalidad ajena”, o “El pudor, como el baño público, es hipócrita”.

Incluso hay algunas definiciones a la Ambrose Bierce en su ya mítico Diccionario del Diablo (1911):

Baño público. Monstruo bifonte que apelmaza en su aberrante naturaleza a dos contrarios: el cuarto más privado de todos y la desbordante masificación que aboga por una política del uso compartido.

Vida. Tablero donde nos movemos ingenuamente siempre tratando de escapar a sus normas.

Trabajo. Aceptación de la rutina y negación de la individualidad.

Esperanza. Objeto frágil, delicado como papel arroz, niño travieso que desaparece si se le pierde de vista.

Dientes. Molcajete que reúne los sabores.

Erotismo. Voyerista con imaginación desbordada.

Laura Sofía asocia lo mismo a César Augusto con la primera ley de Newton, la primera fábrica de canicas del país instalada en Tacubaya y un museo en Francia, que a Carlos VIII, Luis XIV y la Revolución francesas con la burocracia contemporánea y un decálogo que aboga por el uso de las pantuflas en la zona de trabajo del proletariado. Con el tema del tiempo y la espera, relaciona a la reina Isabel II, George Lakoff, un consultorio dental y un aeropuerto.

La obra de Rivero se aleja de la seriedad decimonónica del ensayo elaborado en siglos pasados, mas no pierde profundidad. Utilizando una lupa como la que ilustra la portada, la autora nos coloca debajo de una lente amplificadora para examinar a detalle, para buscar fisuras o grietas invisibles al ojo humano, escondidas entre piel, grasa y músculo; capas que su mirada inquisitiva atraviesa sin problemas.

Al igual que un orfebre, la suya es una labor minuciosa de observación, reflexión y expresión a través de un lenguaje pulido y reluciente como piedra preciosa bien trabajada. Rivero llevó el ensayo más allá de la definición tradicional de este género creado por Montaigne a través de manifiestos, meditaciones, imprecaciones e incluso análisis amorosos.

Laura Sofía se enfoca en aquello que necesita de las palabras, del lenguaje, para obtener la dimensión real que le corresponde en nuestras vidas. Parte de lo mínimo para llegar a lo inconmensurable; como ejemplo, la carrera vertiginosa de una canica que la lleva a cavilar sobre el sistema solar. Sus pensamientos culminan en revelaciones fulminantes, y la belleza del lenguaje que utiliza para describir un trozo mínimo de vidrio esférico (“su contraste de dureza y lisura, su elogio a la tierra y al fuego que las convierte en movimiento congelado”) sintetiza su mirada y voz tan únicas.

Actualmente, Rivero escribe para Nexos sobre cuestiones que nos atañen en la época actual, como la necesidad económica de compartir la vivienda con conocidos o amigos y los malos ratos que nos hacen pasar las compañías de Internet cuando nuestra vida laboral y social depende de dicho servicio. También imparte talleres de ensayo en el centro cultural Casa Tomada, y su bitácora como creadora está disponible en su blog.

Además, hace unas semanas, Rivero obtuvo el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020 por su obra Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos, constituida también por once ensayos cuyos temas giran en torno a cuestiones consideradas tabú, y cuya publicación está próxima.

 


Autores
(Querétaro, 1987) es autora de los libros de cuentos Tusitala de óbitos, El vals de los monstruos, Tristes sombras y Despojos.
Ilustración por Caro García

Se trataba del libro más extraño que había leído nunca. Se diría que los pecados del mundo, exquisitamente vestidos, y acompañados por el delicado sonar de las flautas, pasaban ante sus ojos como una sucesión de cuadros vivos. Cosas que había soñado confusamente se hicieron realidad de repente. Cosas que nunca había soñado empezaron a revelársele poco a poco.

El retrato de Dorian Gray

Dicen las malas lenguas que los mejores escritores ingleses nacieron en Irlanda: Samuel Beckett, James Joyce y William Yeats ejemplifican esta ironía, pero sin duda alguna, Oscar Wilde (1854-1900) es el más emblemático. Quizás esto se deba esencialmente a que su obra genial y su vida de enfant terrible esculpieron un paradigma de lo british y lo bello. O tal vez porque él fue portavoz por excelencia de L’Art pour l’art  en la lengua anglosajona, así como la víctima perfecta de la sociedad victoriana, monumento a la mojigatería y doble moral en el mundo. “Mi vida es mi obra maestra”, habría de escribir desde la cárcel, cuando la pasión desbordada y su temperamento poético habían trazado su destino de muerte, cinco años después de conocer al gran amor de su vida, Lord Alfred Douglas, quien sería también su perdición.

En la existencia de Wilde brilla el choque de dos fuerzas opuestas: un impulso creativo y otro destructivo, pulsiones que la tradición clásica esculpió en las simbólicas figuras de Eros y Tanatos, amor y muerte. La manifestación de este encuentro tejió la fascinante historia de este genio, quien no solo sufrió este conflicto interno sino que además interpretó y padeció las contradicciones de su época.

 

Edad de oro

Oscar Wilde fue un prodigio. Su inteligencia excepcional y su encanto fascinaron auditorios, salones y tabernas en Europa y Norteamérica durante la segunda mitad del siglo XIX. Con el rumor de su presencia bastaba para que todas las miradas se prepararan ante su deslumbrante figura. De su infancia se habla poco, pero se sabe que fue una época definitiva para su visión romántica de la estética1.

Su madre, la poeta y dramaturga Jane Wilde, ejerció una doble influencia en el pequeño Oscar. El agua corre, el agua hace espuma / Las olas brillantes se parten en pedazos / Y con ojos asombrados [el pescador] ve surgir / una ninfa de las cavernas subterráneas2. Lady Wilde le recitó sus versos ricos en florituras y afectaciones, revestidos de un singular nacionalismo irlandés y una veneración del preciosismo neoclásico.

El recuerdo de aquellos buenos tiempos en la memoria de Wilde tejería el marco de una “edad de oro” que, años más tarde, harían su aparición en el colorido universo de El príncipe Feliz (1888), donde las golondrinas llevan rubíes a la mesa de los niños para devolverles la felicidad y el dulce sueño.

Sin embargo, las ambigüedades en la vida de sus padres imbuyeron el carácter del futuro escritor con una disposición hacia las contradicciones. Lady Jane era una talentosa escritora que componía “sediciosas obras del teatro irlandés mientras amenazaba a sus inquilinos irlandeses si no le pagaban la renta”3. De igual manera su padre, el otólogo más importante de su época, fue oculista personal de la reina Victoria y del Rey Carlos XV de Suecia, se movió entre la aristocracia y la pequeña burguesía con la astucia de un zorro social. A su imagen y semejanza, Oscar supo mimetizarse entre la clase alta pese a sus ideas de corte socialista y se integró sin dificultad en las ciudades que lo recibían como un perfecto embajador del arte y la elegancia.

“A pesar de que por cultura Wilde era un ciudadano de todas las capitales civilizadas, de raíz era un irlandés muy irlandés, y, como tal, un extranjero en todas partes menos en Irlanda”4 diría Bernard Shaw al respecto.

 

Pentland y Pater, dos ilustres mentores

La cátedra de Grecia antigua impartida por el provost5 John Pentland Mahaffy en la escuela Trinity College de Dublín alimentaría otro hito inevitable en la obra de Wilde: el helenismo. Ese espacio, donde el joven encontró su primer mentor, propiciaría su reiterada asociación de la belleza griega con la infancia y el individualismo creativo.

De ahí surgen sus primeras prédicas de lo bello como un deber ético que, expresadas en Oxford años más tarde con encanto y elocuencia, habrían de provocar entre sus compañeros un odio visceral. Diversos biógrafos aluden a las repetidas golpizas6 y los insultos en público que supo eludir con ingenio. De hecho, cuenta una anécdota que una tarde varios compañeros lo persiguieron hasta el borde de una colina, desde la cual Wilde se contentó con elogiar la belleza del paisaje. “El primer deber en la vida es adoptar una pose”, solía repetir al final de sus charlas.

Es bien sabido que el siglo XIX idealizó notablemente la cultura griega; fascinaba especialmente el concepto de ágora como un punto de encuentro entre sabios y jóvenes aprendices, así como los primeros destellos de la democracia o el arte conversatorio de la mayéutica, ese acuerdo común asentado sobre preguntas, contradicciones y dilemas que habría de marcar los derroteros del pensamiento en Occidente —la filosofía, ese destino de lo humano. A Wilde lo embelesaba particularmente la relación del pueblo griego con las artes poéticas —la poesía épica, la tragedia— y la música. “Todo arte aspira constantemente hacia la condición de la música”, escribió el crítico e historiador del arte Walter Pater en La Escuela de Giogione (1877), un ensayo consagrado a detallar las diferencias entre el romanticismo y el arte del renacimiento, Pater fue mentor de Wilde en el Trinity College desde su debut literario con Poems (1881), su primer libro de poemas.

La influencia del hedonismo pateriano en la obra del irlandés es inmensa. De hecho, en Wilde afirmó varias veces que la música es el único arte puro porque en ella no hay más que forma, el contenido es indisoluble o en el mejor de los casos, inexistente. Asimismo, fue devoto de “la teoría del presente” acuñada por Pater, que Jorge Luis Borges sintetizó con tino y fortuna:

Walter Pater predicó la doctrina de que únicamente existía el presente, que éste era como un ápice entre dos abismos conjeturales, pasado y futuro. Corolario de esta doctrina era la necesidad de vivir el momento con plenitud, no con plenitud meramente física o sensual, sino con plenitud en el sentir y en el comprender7.

Basta leer unas páginas de El retrato de Dorian Gray (1890) o La importancia de llamarse Ernesto (1895), las obras más notables en el credo artístico de Wilde, para descubrir cómo estos pensamientos las permean de principio a fin. Sus protagonistas viven afectados por el gusto y la delectación de los placeres sensoriales; se dan la buena vida, desprecian el pasado, el futuro los tiene sin cuidado. Solo el presente embriagador parece inquietarlos pero su hedonismo tiene también un sello helénico, epicúreo.

Para el filósofo griego Epicuro la naturaleza humana está dominada por una búsqueda constante del placer. Pero buscar el placer no implica necesariamente una bacanal orgiástica, un banquete donde lo único que preocupa sea el disfrute. No. En realidad la vida epicúrea se trata más bien de evitar el dolor y de encontrar en esa lejanía una felicidad y un regocijo.

En el siglo III A.C. Epicuro se alejó de las polis griegas para fundar “el jardín”, una escuela filosófica conformada por un huerto enorme donde recibía ladrones, prostitutas y esclavos.

 

Hedonismo, decadentismo y helenismo

Aunque los personajes de Wilde se enmarcan en un espacio de placer intenso y fugaz, sus chistes negros y sus ironías punzantes no desconocen los principios profundos de la filosofía hedonista: vivimos en un mundo sin dioses, y lo único que sabemos viene de la experiencia y la razón. Desde luego, son seres esencialmente modernos, conscientes de la finitud humana, por eso ríen, por eso se burlan del dolor ajeno, por eso su humor agridulce tiene un matiz sadomasoquista (el disfrute del sufrimiento del otro y de uno mismo).

Si bien tanto Dorian Gray como Jack Worthing declaman al ritmo firme y cadencioso de la poesía de Verlaine, cisne del parnaso que canta el arte por el arte, su conducta nos recuerda más al maldito simbolista Charles Baudelaire y a su consciencia del mal (“o dentro del mal”); esa consciencia trágica del poeta que se ríe de espanto al ver jugar a un niño pobre con una rata viva, o que ofrece una moneda falsa como limosna a un mendigo y pretende ganar las indulgencias de la caridad judeo-cristiana con una transacción fraudulenta.

La admiración de Wilde por el romanticismo del siglo XIX lo hermana con Baudelaire desde una perspectiva estética y filosófica. “Todo arte es a la vez superficie y símbolo”, proclama una sentencia que habría podido escribir cualquiera de los dos, aunque haya sido Wilde. Ambos desprecian el culto de la utilidad y el progreso; celebran la mentira, el artificio de lo humano que crea una belleza inútil y efímera8;  elogian la máscara, el maquillaje, la parafernalia de la ficción; ambos reivindican y encarnan la figura del dandy —ese trágico héroe de la vida moderna que esgrime su elegancia y refinamiento en el telón de fondo de las ciudades industrializadas—; ambos rinden tributo a Víctor Hugo y a Honoré de Balzac, si bien Wilde es heredero directo del paisajismo preciosista y helénico de John Keats, a quien le dedica un memorable ensayo titulado La tumba de John Keats (1877), esencial para comprender las directrices poéticas de su escritura. En el texto, Wilde evoca el “sacerdocio de la belleza” del poeta inglés, su obsesión con resignificar la naturaleza a partir de la contemplación, y su muerte a destiempo como un mártir de veinticinco años de edad. No es casualidad que el poema favorito del irlandés, y quizás el más célebre de Keats, sea precisamente Oda a una urna griega (la urna siendo un símbolo de la muerte y del tributo a la memoria), cuyos versos resuenan en la obra del irlandés: “la belleza es verdad y la verdad, belleza”.

La noción clásica de lo bello implica un equilibrio entre el fondo y la forma, pero a Wilde le resulta más importante la forma, el color, el poder evocador del símbolo; por eso sus obras por momentos parecieran carecer de contenido, pues su deleite del estilo es a la vez romántico y parnasiano. La apertura de El retrato de Dorian Grey es más que ilustrativa al respecto: “El intenso perfume de las rosas embalsamaba el estudio y, cuando la ligera brisa agitaba los árboles del jardín, entraba, por la puerta abierta, un intenso olor a lilas, o el aroma más delicado de las flores rosadas de los espinos”.

Sin embargo, la pulsión oscura aflora en la literatura de Wilde, la imbuye con “metáforas tan monstruosas como orquídeas”, naturalezas muertas o deformadas que nos recuerdan el simbolismo decadente de Baudelaire y sus Flores del mal (1857). Con todo, la presencia de los clásicos repunta y forja sus ideas estéticas más constantes, entre ellas la imagen idílica según la cual la antigüedad griega, gracias a sus condiciones culturales, materiales y sociales, fue una infancia de la humanidad donde la esencia de lo artístico se manifestó en toda su pureza a través del individualismo de cada ser humano. Dicha idea de una Arcadia, ampliada por supuesto en la melodiosa retórica de Wilde, se despliega en El alma del hombre bajo el socialismo (1891), tal vez su ensayo más controversial y lúcido. Es producto, entre otras cosas, de su entusiasmo por el anarquismo filosófico y de la fuerte influencia de su tutor John Ruskin, un brillante sociólogo y crítico de arte bastante reconocido.

Según Ruskin, la codicia es el pecado fundamental del ser humano y obedece a la inequidad socioeconómica, que podría combatirse desde las políticas del socialismo cristiano. Estas ideas resonaron en Wilde y fluyeron con su prosa imaginativa. En el texto, el irlandés augura con optimismo desbordante que si existiera una sociedad sin propiedad privada y en la cual las necesidades básicas sean satisfechas por el estado –no sin antes advertir los peligros de una tiranía industrial, que degradaría aún más la condición humana9–, los individuos podrían dedicarse con ahínco a aquellas prácticas que anhelaran sus corazones, esto es, el arte y el ocio:

La verdadera personalidad del hombre crecería natural y espontáneamente, como crecen la flor y el árbol. No estará en desacuerdo. Nunca argumentará ni discutirá. No se empeñará en demostrar nada. Lo sabrá todo. Y, a pesar de ello, no anhelará el conocimiento. Poseerá la sabiduría y la cordura. Su valor no se medirá con arreglo a cosas materiales. No tendrá nada; y, no obstante, lo tendrá todo, y cuanto se le arrebate continuará, sin embargo, siendo suyo; a tal extremo será rica. (…) será algo prodigioso, tan prodigiosa, realmente, como la personalidad de un niño10.

No es difícil ver en la Arcadia de Wilde la imagen de una edad de oro que dominó su juventud y sus primeras lecturas. Tampoco es azar que esta sociedad idílica haya sido preconizada por los poetas románticos, tan influidos por las raíces del arte griego. Además, la idea del socialismo como un alto estado de lo humano acompañó a la mayoría de los intelectuales a lo largo del siglo XIX y en parte del XX. Por eso no extraña el cierre de su portentoso ensayo, cargado de utopía y de ocaso: “El socialismo será el nuevo helenismo”.

 

Ilustración por Caro García

Ilustración por Caro García

Apogeo y declive

Antes de graduarse con honores en Oxford, la reputación de Wilde en el medio académico lo prometía a la fama –su actitud de dandy no pasaba desapercibida–, pero los desamores avisaron desgracia. Al volver a Irlanda, tuvo el primero. Se enamoró perdidamente de Florence Balcombe, una notable dama que frecuentaba el medio intelectual en Dublín, e incluso le propuso matrimonio. Balcome declinó el ofrecimiento de Wilde y se casó meses después con Bram Stoker. El rechazo le causó una profunda molestia que no solo lo mantuvo alejado de su país natal durante más de seis años, sino que además distanció a los escritores, si bien habrían de reanudar su amistad cuando el infortunio cayó sobre el irlandés.

A pesar de todo, la década de 1880 fue bastante prolífica: Wilde escribió piezas de teatro y se concentró en sus primeros cuentos de buena recepción –El fantasma de Canterville y El príncipe feliz–  y sus conferencias sobre arte y estética que lo tuvieron viajando por Europa y Estados Unidos. Además, probablemente durante ese tiempo maduró su obra cumbre, El retrato de Dorian Grey.  En 1883 conoció a Constance Lloyd, distinguida aristócrata dublinesa con quien contrajo nupcias y tuvo dos hijos. Para su desgracia, la felicidad de la vida familiar duró muy poco, como el mismo habría de lamentarlo.

 

El loco amor, esa catábasis

La aparición de Lord Alfred Douglas “Bosie” en el camino de Oscar Wilde es una de las anécdotas mágicas y terribles de la literatura universal. Ambos eran poetas de la vida, encarnaciones de un ideal estético; se conducían por la existencia como si fuera una obra de arte. Pero “Bosie” no solo era un aristócrata encantador y caprichoso, o un Adonis exquisito de carácter voluble, sino que además parecía milimétricamente calcado del personaje de Dorian Gray, que Wilde creó antes de conocerlo. “Al darme la vuelta lo vi por primera vez. Cuando nuestros ojos se encontraron, me noté palidecer. Una extraña sensación de terror se apoderó de mí. Supe que tenía delante a alguien con una personalidad tan fascinante que, si yo se lo permitía, iba a absorber toda mi existencia, el alma entera, incluso mi arte”11.

Resulta difícil imaginar qué puede sentir un escritor que conoce a alguien idéntico al protagonista de su mejor obra, un ser compuesto a imagen y semejanza de sus ideales estéticos. Debe ser una impresión que se ubica a medio camino entre Pigmalión, el rey enamorado de su escultura de Venus, y el Dr. Frankestein, que enfrentó la monstruosidad creada con sus propias manos. Por eso no sorprende el loco amor que lanzó a Oscar Wilde en un descenso a los infiernos, una catábasis de la cual el héroe nunca regresó, pero desde cuyas profundidades dejó un negro testimonio de su hermoso dolor: De profundis (1905).

Las circunstancias de su primer encuentro son vacuas. El poeta Lionel Johnson los presentó en una reunión familiar a mediados de 1891. Simpatizaron inmediatamente. Comenzaron a frecuentarse en Londres, en la campiña inglesa, en cenáculos de artistas, políticos y amigos en común. Visitaban juntos bibliotecas y hoteles de lujo. Asistían a obras de teatro, muchas de las cuales se mofaban abiertamente en restaurantes y tabernas durante la noche. El irlandés estaba en el apogeo de su carrera, recogía los frutos de su drama más celebrado La importancia de llamarse Ernesto –que bien podría traducirse como “la importancia de ser Severo”–, dado el sentido original de su nombre en inglés.

No obstante, la entrañable amistad comenzó a degenerar en una relación tóxica, de constantes reclamos, chantajes y reproches. Douglas y Wilde viajaron juntos por Europa, conocieron mutuamente a sus familias, y establecieron una larga correspondencia, que habría de convertirse en la prueba irrefutable de su amistad, de sus amoríos y en la terrible punta de lanza de las acusaciones del padre de Douglas, el Marqués de Queensberry:

Me mandas un poema muy bonito, de la escuela poética estudiantil, para mi aprobación; yo contesto con una carta de fantásticos conceptos literarios te comparo con Hilas, o Jacinto, Jonquil o Narciso, o alguien a quien el gran Dios de la Poesía favoreciera y honrara con su amor. La carta es como un pasaje de uno de los sonetos de Shakespeare, traspuesto a tono menor. Sólo la pueden entender los que hayan leído el Banquete de Platón, o captado el espíritu de cierto ánimo grave que se nos ha hecho hermoso en los mármoles griegos. Era, déjame decirlo con franqueza, el tipo de carta que yo habría escrito, en un momento feliz aunque caprichoso, a cualquier joven gentil de una u otra Universidad que me hubiera enviado un poema de su mano, seguro de que tendría el ingenio o cultura suficientes para interpretar a derechas sus fantásticas expresiones. ¡Mira la historia de esa carta! Pasa de ti a las manos de un compañero aborrecible; de él a una panda de chantajistas; se reparten copias por Londres, a mis amigos y al empresario del teatro donde se está representando mi obra; se le dan todos los sentidos menos el recto; la Sociedad se embelesa con absurdos rumores de que he tenido que pagar una enorme suma de dinero por haberte escrito una carta infamante; esto sirve de base al peor ataque de tu padre; yo mismo presento la carta original ante el Tribunal para que se vea lo que es en realidad; el abogado de tu padre la denuncia como intento repulsivo e insidioso de corromper a la Inocencia; al cabo entra a formar parte de una acusación criminal; la Corona la recoge; el juez dictamina sobre ella con poca erudición y mucha moralidad; al final voy por ella a la cárcel. Ése es el resultado de escribirte una carta encantadora12.

Después de múltiples provocaciones y rencillas públicas, Lord Alfred Douglas convenció a Wilde de demandar a su padre por calumnia en 1895. Aunque el juicio no arrojó un dictamen definitivo, tras quedar en libertad, el Marqués de Queensbourg contraatacó como un púgil –no deja de ser curioso que este ser conservador y retrógrado haya inventado las reglas básicas del boxeo moderno, arte que el sobrino lejano de Wilde, el poeta Arthur Cravan, habría de practicar en suelo mexicano pocos años más tarde. A diferencia del primer proceso, la demanda contra Oscar Wilde por “inmoralidad” prosperó.

El escritor trató de protegerse con el aura artística que la sociedad le había concedido, pero ya era demasiado tarde. La correspondencia entre los amigos, el testimonio de burgueses mojigatos y la inteligencia cavernaria del jurado victoriano, condenaron al irlandés a dos años de trabajos forzados en la cárcel. Ese fue el comienzo del fin para él. Su vida se fue apagando con una velocidad impresionante. Si bien se reconcilió con Lord Douglas al salir de la cárcel, e incluso trató de iniciar una vida con él en Italia, terminó cediendo a la presión económica de su esposa y se estableció en París, ya con síntomas de una nefasta meningitis, y bajo un nombre falso. Esa última contradicción, la de un amorío destructivo e inevitable, selló una vida tan llena de contradicciones como su brillante obra.

De profundis y La balada de la cárcel de Reading (1898), publicadas tres años antes de su muerte solitaria en París, quedaron como un testimonio postrero de su malogrado genio. Ambas obras fueron las últimas lágrimas que florecieron como dos narcisos, los cuales según el mito griego brotaron de la tierra cuando el hombre más bello del  mundo murió ahogado en el estanque, al tratar de besar su propia imagen.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
El hombre sin atributos, de Robert Musil.

¿Cómo se escribe una novela total? ¿Qué condicionantes o facultades se necesitan para rebuscar en el punto más profundo la naturaleza misma, la más pura de lo humano? A través de la belleza, sería una de las respuestas. Ya Marcel Proust había emprendido la búsqueda de un universo a través del lenguaje y de los artefactos de la memoria utilizando la belleza de las descripciones, paisajes y sutilezas que iban de la imagen más ingenua a la perversión más torcida, todo aderezado con ese estilo tan propio del decadentismo, sin llegar, por supuesto, a las cotas de un Joris-Karl Huysmans o de un Octave Mirbeau.

Un intento más, el de la cotidianidad grotesca, de un Ulysses (1922) magnánimo y extraño, escrito por James Joyce, que jugó con las propuestas experimentales del uso del “fluir de la consciencia”, que autoras como Virginia Woolf, o escritores como William Faulkner, siguieron con resultados magníficos.

Había una esencia apenas percibida por los sabuesos de la literatura durante los primeros años del siglo XX. Era un tufo a conflagración, a la inocencia del capitalismo, a ese conflicto que terminaría llamándose la Gran Guerra, y que parecía en un principio nada más que una sangría saludable para aligerar las tensiones europeas.

Darse cuenta de que la forma de afrontar los conflictos cambiaría para siempre las reglas, la utilización del poder, e incluso las técnicas de la ciencia, devino en las posibilidades creativas de artistas que buscaban entender el absurdo y la violencia de un conflicto de casi nivel global, utilizando así la novela que, ya desde el siglo anterior, se erigía como la madre de los géneros narrativos. Esto es, por supuesto, una exageración debida a los ejemplos decimonónicos.

La labor dickensiana manifiesta en novelas de mil páginas, enormes bloques que examinaban la historia completa de un hombre como en David Copperfield (1850), conformó una generación de novelistas que trabajaban con el formato más amplio de la narrativa. ¿Cómo podía distinguirse la novela en el XXI ante esta tradición en la novela de siglos pasados? ¿Qué tendría que ocurrir para hallar un recurso propio (o una serie de ellos) que no fuera una mera copia,  reactualización, de la narrativa del siglo XIX?

Una copia fue justo la idea que desecharon los grandes novelistas del XX, de Joyce a Woolf. Los historiadores, por supuesto, han llamado “vanguardia” a movimientos particulares del arte que han buscado la renovación y a partir de eso instaurar un nuevo concepto para escribir novela. Y es el siglo XX el que ve emerger estas propuestas, tanto en poesía como en dramaturgia o narrativa.

Con una senda tan larga que abarca desde el Decadentismo hasta el gótico sureño, lo que buscó Robert Musil, poco antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial, fue una explosión, una caterva prosística subyugada al mero estilo, aunque anclada en una cruceta marcada por personajes que bien podrían ser un mero pretexto para la circulación de la prosa aparentemente lineal. En su entretejido novelístico, manifiesto en El hombre sin atributos (1930), se expande un mapa del mundo, específicamente el de Austria, el de la Viena imperial y monárquica, de principios de 1900.

A pesar de que una de las razones para elegir la capital del entonces Imperio Austro-Húngaro fue la nacionalidad misma del autor, también subyace la naturaleza periférica de Austria, que le sirvió al escritor para manifestar este estado de lejanía, de eterno trabajo en progreso, de periferia que nunca termina por cerrar en centro fuerte.

Robert Musil, un autor austriaco nacido en 1880, no es únicamente el escritor de El hombre sin atributos, novela empezada a escribir en 1930, y publicada en dos volúmenes: el primero en 1930, y el segundo en 1943. El material adicional de esta novela que, es importante señalarlo, está inacabada, se terminó por publicar también en 1943. Este 2020, sin embargo, se cumplen 90 años del inicio de esta gesta imposible y totalizante. La obra de Musil contiene esfuerzos cuya prosa es igual de exquisita, pero con temáticas completamente disímiles, como la bildungsroman, en Las tribulaciones del estudiante Törless (1906), o el erotismo y la visión masculina de la femineidad (sea esto lo que sea o pueda significar) en Tres mujeres (1924). Sin embargo, la obra cuya manifestación condensa el interés superior de Musil, el más amplio, se cristalizó en la novela inacabada por antonomasia, al menos de la literatura contemporánea eurocéntrica, El hombre sin atributos.

Los análisis de la tremenda obra que tardó años en completarse, además de que ni siquiera esto fue posible, son demasiados, principalmente en alemán. Se extraña, sin embargo, una versión crítica de la misma, ya que la edición imperante en español es la de Seix Barral. Algo hay que decir a favor de ella, pues además de respetar la elegante prosa (tan delicada como retadora en su estructura plagada de hipérbaton inteligente y magníficamente empleado) mantiene la versión fijada por Adolf Frisé, e incluye los fragmentos que quedaron al aire cuando el autor halló la muerte, desde los capítulos en galeradas, incluyendo el último de ellos, que permanece enmarcado en el segundo volumen, “Viaje al paraíso”.

Lo dicho me sirve para entender que no vale de mucho la pretensión de escribir, en unos cuantos párrafos, un análisis de una obra que parece inasible. No porque sea difícil, ya que la profundidad y la extensión de la misma permiten casi cualquier tipo de acercamiento. Esta palabra que he elegido no es un accidente, pues solo puede aproximarse a la obra. Musil, en su extensa obra, depositó a sus personajes, ese hombre sin atributos, Ulrich, y su contraparte, el hombre con atributos, Arnheim, además de los ejes compuestos por Clarisse o Moonsburg. Kakania no es el centro mismo de la novela, sino la prosa, la manta imposible de la misma escritura que deviene en una continuación ad infinitum del universo.

Lo aquí preparado, revisado y magnificado por Musil, es el cosmos y también el caos de una toponimia cuya identidad doble manifiesta lo extraño y frágil de este elemento geopolítico que era el Imperio Austro-Húngaro, denominado popularmente Kakania, debido a las dos Kas de su nombre, que refieren el kaiserlich und königlich (imperial y real), pues en ella cabían el imperio de Francisco José (el mismo que aparece en La marcha Radetsky, de Joseph Roth) y el reinado de Wilhelm II.

“Austria antes que Prusia”, se oye pronunciar a uno de los personajes que forman una de las crucetas narrativas de la novela, esa organización que será llamada “Acción Paralela”, cuyo objetivo no parece demasiado claro, pero en apariencia, parece destinado a un sentido nacionalista. Sin embargo, Musil no es un escritor del Realismo Soviético. Su obra no mantiene un cariz de este tipo.

La polifonía, porque existe, está en una construcción diegética que la aleja de, por ejemplo, obras posteriores que divagarían entre la divergencia de voces para establecer una realidad (como Vida y destino, de Vasili Grossman, o la trilogía de Ciudades a la deriva, de Stratís Tsirkas).

Austria antes que Prusia, es como si el narrador nos dijera “el pensamiento antes que el sentimiento”. Porque las voces están transmutadas en ideas. Porque las relaciones entre personajes responden mucho más a una suerte de diálogo mayéutico que a una expresión de lo social, de la ideología. Si aquí hay una ideología, es la de la vida como trabajo incompleto, como obra incompleta, work in progress sempiterno.

La obra, dividida en dos volúmenes, versa sobre la historia, primero, de Ulrich, el susodicho hombre sin atributos, y su némesis (que en realidad es su complemento), Peter Arnheim, quien los tiene todos. Sin embargo, este juego no es uno de violencia, celos o conflicto eterno, sino el de una reflexión sosegada, pero también amplia y compleja, de la totalidad de aquello que llamamos real, realidades, más que otra cosa. Y una de ellas es la de los últimos años de Kakania, un lugar abrumador y extraño, donde transitan automóviles, pero también es permitido que un hombre ajuste los caballos a su viejo coche y dirigirse a su destino guardando las formas, la lentitud.

Es posible afirmar, porque podrían comentarse o pensarse mil cosas sobre esta novela, que el adagio a la lentitud es una especie de crítica a la aceleración que terminará por derramar el mundo hasta la llegada de la Segunda Guerra Mundial. No es casual que la novela se sitúe justo antes de su estallido, donde las potencias aún parecían decididas a entablar una guerra “necesaria”, “elegante”, con unidades de caballería incluso; una guerra para, en palabras de Kissinger, “liberar la tensión del conflicto europeo.”

La guerra, además de atroz, conllevará ese absurdo de la realidad que no tiene ningún sentido, el movimiento de la “Acción Paralela” cuyo objetivo es fútil, y luego inexistente. Esta asociación terminará por convertir el letimotiv de la novela, ese objetivo plasmado tanto por el narrador como por el mismo Musil, en una piedra de toque necesaria para comprender lo que su prosa quiere decirnos: la caída de Kakania. Su inevitabilidad no es solo una representación de un mundo que se fue y que no podremos recuperar salvo en la memoria, sino de aquello que nunca termina por ser, que fluye y que también se extiende como en una arquitectura demente, proteica, y también absurda.

Es notable esta necesidad de Musil, de hablar de una organización que se funda antes de tener un objetivo, pareciera abandonarse en el segundo volumen, donde este llamado leitmotiv, encalla en la aparición de la hermana de Ulrich, Agathe, y en su relación filial. Y es justo aquí donde el lector se pregunta sobre las intenciones del autor, si acaso existiría un tercero, si era posible culminar una novela que tenía por fin no completarse, más aún en su propia estructura, en lo tenue de su anécdota que, sin embargo, sirve para extenderse por todo el mundo. Kakania es un mapa del mundo, y es el locus amenus y el locus horridus, al mismo tiempo, de un universo destinado a la infinitud.

No hay nada más real que el absurdo, pareciera decirnos Musil, erigiendo en su prosa una estética que va más allá de lo decadente, de la innovación, de la vanguardia, pues la construcción en apariencia lineal, mediante el uso adecuado del hipérbaton, de las figuras retóricas justas, a veces elocuentes y hasta pantagruélicas, manifiesta una nueva forma de hacer una prosa, una novela que jamás podría acabar. Porque, como Kakania, en esa doble “excelsidad”, busca no solo abarcar todo el mundo, sino ser el mundo mismo.

En sus noventa años de aniversario, al menos su primer volumen, ya que el segundo se publicó hasta 1943, en plena guerra (mejor circunstancia irónica no podría haberse gestado), se erige aún no como una de las grandes novelas escritas en alemán, sino como una de las grandes catedrales narrativas cuyo único fin es el arte y la filosofía, la idea de lo imposible, del work in progress que representa, más que a la política o a la sociedad, a la humanidad misma.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración por María Magaña.

No existe muerte oportuna, mucho menos esperada; pero aquí estoy, ante el repaso de la iluminación —que no es otra cosa sino la prueba de que la poesía es solo para las iniciadas en las experiencias vitales y de muerte—, el deceso y la llama eterna de una de las mejores poetas del siglo XX: Anne Sexton. Regresar a su mirada no es sino la búsqueda de un acompañamiento ante los sucesos cotidianos de la existencia, el desencanto, el deseo y la correspondencia entre la muerte y la vida que sostuvieron cada una de sus líneas.

Desde luego que la voz de Sexton ha recuperado su potencia en los últimos años, en parte porque cada vez existen más jóvenes que desean reconocer el trabajo de cientos de escritoras a veces perdidas en la memoria de la literatura, y porque —hay que reconocerlo—, la poesía hecha por mujeres sostiene de diversas formas la necesidad de hacerse escuchar con la mayor resonancia posible. En el caso de Anne Sexton, vale la pena contemplar con sumo cuidado el trabajo que forjó durante su corta pero prolífica carrera.

Sexton fue reconocida y admirada por diversos logros literarios; sin duda se convirtió en una de las mejores poetas de su generación y será la voz que deslumbre desde la experiencia de la cuerpa, la maternidad, la menstruación, la muerte y el abuso de drogas; por lo que en términos de vida, su mayor logro fue haber tomado a la literatura como su espacio de aceptación, como aquel donde en términos clínicos se reconoce cuando alguna vez hemos llegado a la frialdad del diván y quién nos mira, siendo un profesional de la salud mental, no indica que ese es un lugar seguro.

Nacida bajo el nombre de Anne Gray Harvey, nació un 9 de noviembre de 1928 en Massachusetts. De familia burguesa y siendo la menor de tres hermanas, su juventud fue el primer escalón para llegar al constante combate entre la vida y la melancolía; lo anterior fue el resultado de una infancia de continuo abuso y maltrato por parte de su padre, como lo relata Diane Middlebrook en Anne Sexton: una biografía (1998).

Junto con el reconocimiento de la soledad y tristeza no resulta extraño que la poeta haya decidido casarse siendo muy joven, en 1948, con Alfred Muller Sexton, y con quien además de tomar su apellido tejió la siguiente parte de sus experiencias dolorosas. Con el nacimiento de su primera hija, Linda Gray Sexton, Anne reconoció en su psique la primera señal de estar ligada a la iluminación mediante una experiencia poco reconocida en su momento y que pese a las décadas todavía es motivo de silencio: una depresión postparto. Tras su primera crisis fue internada en el hospital Weestwood Leodegario. El siguiente año, tras el nacimiento de su segunda hija, Joy, nuevamente fue hospitalizada. En ese periodo conoció a su médico, Martín Orne, quien biográficamente es importante porque sería quien la alentara a escribir, con el fin de encontrar una cura ante su profunda depresión.

Anne logró sobreponerse y enamorarse de la idea de que podría romper con la imagen del sueño americano y con la cadena de violencia que terminaba por marcar a sus hijas. Se inscribió en un curso de escritura en la Universidad de Boston. Impartido por Robert Lowell. Sexton conocería a Sylvia Plath, con quien además de beber martinis después del taller, desarrollaría una visible admiración y de alguna forma un tipo de resguardo al encontrar una compañera de letras y dolor, el tipo de relación que toda escritora debiera experimentar.

Ambas, tocadas por la tristeza, las infidelidades, el no saber qué hacer siendo madre y escritora, ninguna sabía esconder sus pulsiones; sin embargo, ambas se acompañaban cada vez que la muerte tocaba sus cabellos, cada vez que soplaba sobre sus hijos, de ahí que no resulta extraño que ante el dolor por la partida de Sylvia, Sexton haya escrito con la furia que sucede al llanto, misma que explota ante el suicidio de Plath, anterior al suyo y por el que en 1963 escribe La muerte de Sylvia, incluido igualmente en su obra ganadora del Pulitzer en 1967, Live or Die (1966):

 

Ladrona,

¿cómo te arrastraste adentro,

te arrastraste sola

dentro de la muerte que quise tanto y por tanto tiempo,

la muerte que dijimos haber superado,

la que llevábamos en nuestros pechos flacos.

 

Mucho se habla de que la literatura resulta ser un terapia para quiénes no podemos salir del invierno eterno que es la melancolía. Desde luego que esta profilaxis no es para todos, solamente aquellos señalados con el duende —como lo llamaba Lorca— pueden ver más allá de la nieve y comprender el clima del silencio, recursos que para Anne constituían escenarios donde la tristeza encuentra también luz, para después cantar las loas, desgañitarse en el grito profundo de la extinción sobre la vida y del deseo de vivir cada experiencia como la última.

Anne reconoció sobre su piel la unción de la poesía, en el granate que se asoma y nos hace reconocer no la ausencia de un hijo, sino la honestidad del útero para hacerse nombrar sin la declaratoria de un reloj, en la cadencia de los senos cuando se saben plenos, en la abstracción del martini vespertino que siempre coquetea abiertamente con el deceso.

En la historia de la literatura es común suplantar técnica y poesía por etiquetas e incluso campañas publicitarias. La esfera de las figuras literarias en cualquier parte del mundo se cubre por esa leche negra tan espesa que termina igualmente por ahogar la verdadera resonancia. Es por eso que en nuestro contexto, reconozco que el termino poesía confesional siempre me ha parecido poco adecuado, en parte porque toda obra de alguna manera es confesional y tratándose del tejido fino hecho por mujeres, definitivamente termina por generar un juicio de valor que irrumpe en el detonar de la experiencia.

Cualquier obra es personal, no existe en ella nada que no nos haya devuelto la mirada y al hacerlo sentirnos desnudas, tocadas por lo único verdadero que en sí es la palabra. Al casi tocar la cuarta década, con la muerte rondando mis hombros y una hija que me regresa a la vida, leer a Anne Sexton no es sino un proceso de escucha en el recorrido de las imágenes cíclicas. Su voz me ofrece el consuelo; me detengo incluso ante la plena conciencia de saberme acompañada sin importar el dolor y la alegría que otorgan las señales de la cuerpa: su luz, la tristeza, la fragmentación, el vacío, la duda, elementos que solo puedo comprender al leer su poema “La menstruación a los cuarenta”:

 

Amor! Esa enfermedad roja

año tras año, David, me volverías loca!

David! Susan! David! David!

plena y desgreñada, silbando en la noche,

nunca envejeciendo,

esperándote siempre en el porche…

año tras año,

mi zanahoria, mi col,

te habría poseído antes que todas las mujeres,

llamándote por tu nombre,

llamándote por el mío.

 

De cada una de sus líneas, de cada rocío que brota al sentirla tan cercana, no puedo sino pensar que sus imágenes y su voz son tan hirientes y dulces, como el caso del poema: “Niñita, mi ejote, mi dulce mujer, que traspasa incluso el reconocimiento en términos de “el eterno femenino” para llevarnos a una posición más profunda.

Me gusta pensar que sus palabras pueden expresar la misma desesperación y goce más allá del género, que cualquiera es capaz reconocer en sus pérdidas; la verdad sobre la belleza encerrada igualmente en el desasosiego, también en el reconocimiento de una corporalidad, cuyas necesidades son complacidas mediante la búsqueda del amor, la masturbación y el placer de reconocerse a sí misma.

Ni la creación ni la clínica pudieron salvarla. La poesía me ha mostrado que no está hecha para rescatar a nadie, me demuestra que puede acompañarme de manera orgánica e íntima en los momentos más temidos, incluyendo el éxtasis.

El 4 de octubre de 1974, tras una reunión con Maxine Kunin, como lo relata Middlebrook, Anne Sexton volvió a su casa, se puso el abrigo de su madre, y tras servirse Vodka, encendió el motor de su automóvil con la puerta cerrada del garaje.

Esta vez lo había conseguido, en trance, asumió entonces que podía tener cualquier edad, se liberaba para siempre de sí misma y del dolor que la propia Linda Gray reconoce en sus narraciones.

Sin embargo, ante un otoño frío y la muerte que se extiende por el planeta, me abrazo, me recuesto en su pecho y espero abrasarme con su llama o sepultarme entre la gélida nieve que ya no volvió a ver, que yo misma sin conocerla, la siento ante la última mirada de quiénes amamos por y con las palabras.

Espero que la muerte también me alcance con la última gota de Ginebra y el paladeo de la escritura ante el corte del último aliento.

 

Bibliografía

Diane Middlebrook, Anne Sexton: una biografía, Circe, España, 1998

Sexton, Anne. Vive o muere, Ediciones Vitrubio, España, 2008.

Sexton, Anne. Poesía completa, Ediciones Linteo, España, 2012.

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.
Ilustración por Mariana Martínez

IEl buscador no saca ningún resultado que me satisfaga. Intento de nuevo, ahora en inglés: “ghosts Siri voice activation”. Nada. O al menos, nada que me convenza. Vuelvo a intentar, esta vez abriéndole mi corazón a Google: “Can Siri detect ghosts?”. Reviso lentamente los resultados, descarto los anuncios de aplicaciones que dicen ser capaces de detectar fantasmas y entro a tres páginas que llaman mi atención: la web de una estación de radio estadounidense, una entrada en el sitio de una médium y un post publicado en r/Paranormal de Reddit. Encuentro testimonios de aparentes entidades fantasmales que intentan comunicarse con alguien usando la activación por voz de Siri. Leo con cansancio, las situaciones son las mismas: Siri se activó y dijo algo que los oyentes interpretaron como un mensaje del más allá, no había ruidos ambientales o algo que pudiera activar al asistente personal de Apple. En dos ocasiones los celulares responsables del mensaje sobrenatural se encontraban apagados.

Ninguno de los testimonios me convence, parecen prefabricados, pero aún así conservo los enlaces, dispuesta a revisarlos más tarde. Leo más resultados hasta el hartazgo, hasta que el tema me aburre y pienso en apagar la computadora, pero no dejo de sentirme ansiosa.

Miro la hora de reojo. Llevo en esto desde la una de la madrugada y ya son las cuatro. Reviso más blogs de médiums, veo videos en YouTube de cazadores de fantasmas amateur; intento encontrar la clave que me permita descifrar al mundo paranormal. Dan las seis de la mañana. Mis dudas sobre la existencia de un fantasma que me habla por medio de Siri permanecen, pero dos cosas se confirman: no hay una manera seria de aprender a ser un cazafantasmas en el siglo XXI y esta cuarentena terminó de freírme el cerebro.

 

Lo que pasó en cuarentena

Desde el momento en el que se instauró la Jornada Nacional de Sana Distancia, fatídico viernes 13, supe que la sobreviviría en las peores condiciones de salud mental posibles. Después de todo, mi terapeuta había suspendido las sesiones hasta próximo aviso (seguramente hasta aprender a usar Zoom) y nunca había habido un mejor momento para recaer en las antiguas prácticas de autodestrucción pasiva como este.

Los primeros días me negué a enfrentar que la cuarentena no significaba vacaciones: abandoné todas mis responsabilidades, desordené mis horarios y terminé desayunando palomitas. Después me negué a dormir o a comer algo más que avena, café, té y manzanas. Me aislé. Silencié mi celular y desactivé las notificaciones de todas las aplicaciones con mensajería instantánea. El mundo virtual me parecía demasiado ruidoso, demasiado demandante. Pensé en dedicarme a lo esencial: el trabajo, las salidas al súper y las necesidades de los gatos. Los cambios en la programación del radio fueron mis únicas variantes.

Mis semanas se pasaban en un tiempo unificado y prolongado, días y horas se confundían entre sí; el crepúsculo y el alba se habían fusionado y si descansé algo no fue más que cinco horas por semana. Bajé ocho kilos, tenía migrañas todo el tiempo y mis ojos parecían haberse secado por la lectura constante en pantallas o libros. Comencé a sentirme perseguida por algo que no podía terminar de descifrar, algo que me veía en las noches desde alguna esquina oscura, que creía descubrir con el rabillo del ojo solo para voltear y ver que había desaparecido; una sombra, un reflejo apenas, que veía en toda la casa sin alcanzar a descubrir por completo. Casi como una sensación de pesar que me rodeaba y señalaba desde los rincones menos iluminados, una entidad inescapable que me convertía en una prisionera en mi propia casa. Siempre vigilada, siempre perseguida. Fue ahí cuando empezó el contacto paranormal por medio de Siri.

Mi celular, aunque estuviese viendo la tele, escuchando música o leyendo, comenzó a activarse aleatoriamente. En la pantalla se iluminaban las palabras que Siri creía haber escuchado, entre ellas: “Muérete”, “cállate”, “aquí estoy”, “hola” y “silencio”.

La primera vez que sucedió, pensé en la posibilidad de que Siri hubiese escuchado algún ruido ambiental parecido quizás en tono o en cadencia al “Oye, Siri” necesario para activarla.

La segunda vez la televisión estaba prendida. La tercera se activó mientras dormía y terminó despertándome, creí que quizás yo había hablado entre sueños. Pero mientras los incidentes se acumulaban y mi temor a aquello que sentía que me vigilaba crecía, no pude evitar relacionar a Siri con ese ente vigilante, siempre al acecho, en la penumbra o en la claridad del día. Si antes no dormía por alguna necedad infantil, ahora no lograba conciliar el sueño por imaginarme que eso que me vigilaba, acechando en las tinieblas, podía comunicarse conmigo usando mi celular.

¿Creo en fantasmas?, ¿cuál era mi teoría sobre los espíritus?, ¿creo que las almas de las personas se quedan en este plano o creo en entes espirituales que no son gente, sino que emulan serlo? Me pregunté eso una y otra vez mientras intentaba poner en orden mi miedo a la oscuridad que sentía que me perseguía.

Durante las noches de insomnio voluntario, temía que la entidad se manifestase frente a mí de una forma corpórea e inequívocamente real, que me pusiera en la posición de aceptar que eso que sentía era real. Durante el día extrañaba la distracción que mi rutina anterior me habría concedido: los trayectos en transporte público, la oficina, las calles de la ciudad, todo se me hacía lejano, como si no hubiese sucedido y solo quedaran esos ojos indistinguibles que podía sentir sobre mí a todas horas.

Siempre he sido miedosa y lo sobrenatural me aterra porque me da miedo pensar en mi muerte o en que haya más en la vida que lo visible; un plano de existencia más en dónde fracasar. Al mismo tiempo, el que no exista nada más allá de mí, de lo palpable, de lo comprobable, es algo que mi mente jamás ha decidido aceptar. Hasta ahora siempre había pensado en lo sobrenatural como se piensa en los aliens: poco y vagamente. Después de todo, era poco probable que en toda mi vida algo sobrenatural fuera a posar su mirada en mí.

Aún así, los días pasaban y la fuerza de eso seguía creciendo. Su ojo, siempre atento y vigilante, me perseguía día y noche. Temía ir al baño, quedarme sola en un cuarto oscuro, y de noche, acostada en mi cama, casi podía sentir su respiración a mi lado. Pensé en exorcizarlo, pero como mis conocimientos sobre el contacto paranormal comenzaban y terminaban con la película El rito, recurrí a internet una vez más.

 

El fantasma de fantasmas

El internet de 2009 era mucho más transgresor, peligroso y lleno de rincones paranormales de lo que es ahora. Aún recuerdo el momento en el que la casualidad o las búsquedas ociosas me llevaron hasta un forum lleno de personas que decían ser vampiros reales.

Wiccanas, licántropos, cazadores de fantasmas y entidades paranormales parecían cruzar por igual aquella internet adolescente. El internet antiguo, hermosamente peligroso, completamente anónimo, lleno de posibilidades extrañas. La red de datos, siempre invisible, inalcanzable en lo físico, que nos recorre todo el tiempo y a la que accedemos con un simple aparatito. Foros, wikis, redes sociales, páginas de negocios, blogs. Todo impalpable, todo invisible. El internet fue el gran fantasma que contiene a todos los fantasmas.

Comencé mi expedición paranormal intentando reencontrarme con esa parte del internet que nos hace sentir que otros planos de existencia son posibles. Quería averiguar si esos planos encontraban un portal específicamente útil en mi celular, desde donde alguna entidad usaba ese punto de interconexión cuántica para decirme peladeces por medio de Siri.

Deseaba, primero que nada, creer en que lo que me perseguía era real. Después, saber si podía comunicarme con eso, más allá de Siri, y así convencerlo de que me dejara en paz.

En esas búsquedas de madrugada me sumergí en un agujero de información sobre aquellos que me parecía que tendrían las respuestas que buscaba: los cazadores de fantasmas profesionales.

 

Brevísimo recuento histórico de los cazadores de fantasmas

La historia de los cazadores de fantasmas es difícil de rastrear, pero podemos buscar entre los anales de la historia y retroceder hasta la corte de la reina Isabel I para encontrar al doctor John Dee, alquimista, mago, científico, espía y nigromante, quien, en un tiempo en el que no era extraño creer en lo sobrenatural, decidió comprobar la existencia de los espíritus, la validez de las ciencias ocultas y, entre otras cosas, encontrar la receta de la Piedra Filosofal.

Sus aventuras ocultistas junto con Edward Kelly, otro alquimista, mago y médium han sido inmortalizadas en un grabado donde se muestra a los dos hombres conjurar a un espíritu a mitad de la noche.

Asimismo, en sus memorias tituladas Verdadera y fiel relación de lo que sucedió durante años entre el doctor Dee y algunos espíritus el doctor narra la búsqueda por evidencia innegable de la existencia de lo paranormal. En el prefacio, después de asegurar al lector y al arzobispo de Canterbury que sus investigaciones no son para nada profanas o heréticas, habla de lo importante que es para él no usar en ningún momento la Biblia como prueba del mundo espiritual:

Si fuésemos a discutir el caso[de la existencia de los espíritus] basándonos en la Escritura, terminaríamos pronto, pues no hay ninguna controversia en este punto entre los hombres, o al menos entre los hombres que yo conozco, que este de los espíritus, brujas y apariciones cuando la Palabra de Dios hace de  juez. Pero supongo que tengo que lidiar que, aunque no niegan completamente la Palabra de Dios, difícilmente admiten cualquier cosa que se les figura contraria a la razón o, al menos, sostenida por evidencias. Es por esto que me abstendré de usar toda prueba y testimonio escrito en la Escritura y es mi deseo que el lector cristiano (quien de otra manera tendría justa razón en sentirse ofendido) comprenda las razones que guían mi proceder.[1]

 

El doctor Dee quiso que sus hallazgos complementaran y corroboraran los relatos de la escritura bíblica; aunque si encontró esa evidencia es un asunto realmente discutible. Hay quienes dudan de la veracidad de las memorias del doctor debido a que él mismo nunca llegó a contactar totalmente con un espíritu, sino que lo hizo usando a Edward Kelly como médium.

Aún así, es importante resaltar lo novedoso del proceder de Dee para acercarse al problema de lo espiritual. Es poco probable que cualquier otro estudioso de la época hubiese publicado un texto como este, que desde el inicio hace a un lado las creencias religiosas tomadas por verdades absolutas de la época.

La búsqueda del doctor al lado de Edward Kelly llegó en un momento histórico especial; Europa era constantemente asediada por oleadas de peste bubónica que dejaban miles de muertos a su paso. Las medidas impuestas por los gobiernos de la época parecían no causar ningún impacto en la enfermedad que invariablemente regresaba año tras año, sin importar la cantidad de rezos o cuarentenas que se impusieran.

Me pregunto si John Dee se habrá preguntado en algún momento, rodeado de peste y enfermedad, a dónde iban las almas de los que morían día a día; si algunas de sus sesiones con Kelly se habrán dado en una cuarentena como la que vivimos nosotros ahora; si su búsqueda espiritual le causaba algún consuelo en un momento en donde todo parecía lleno de caos y muerte.

El doctor, después de haber servido en la corte de la reina Isabel I, haber realizado exorcismos, buscado incansablemente la piedra filosofal y quizás haber entablado amenas conversaciones con espíritus y ángeles, falleció pobre y desconocido para el mundo que antes tanto lo había buscado, pocos años después de que dos de sus hijas y su esposa cedieran finalmente ante la peste. Con él falleció el primer intento de aunar el pensamiento científico al paranormal.

 

La revuelta insospechada de El origen de las especies

 

Tendremos que ir hasta la era victoriana para encontrar nuestra nueva ola de cazafantasmas surgidos gracias a la “crisis de la fe” de 1860, ocasionada por la publicación de El origen de las especies de Charles Darwin.

Poco sabía Darwin al embarcarse en su viaje de cinco años en el HMS Beagle, lleno de unas náuseas que no lo abandonaron mientras estuvo en el barco, que su teoría de la especiación llegaría a poner en duda la veracidad de la Biblia, la existencia de Dios y de un panteón de criaturas cuya coexistencia con los humanos nunca antes se había cuestionado. Más difícil de predecir para el entonces joven naturalista  era que sus investigaciones desembocarían, como por arte de un efecto mariposa, en la creación de la primera sociedad científica para el estudio de lo sobrenatural.

La fe sobrevivió, desde luego, la religión siguió su camino. Pero algo distinto sucedió con el mundo paranormal; se refugió en la ciencia y así surgió la ola que arrastró a científicos y escépticos por igual: llegó el estudio del espiritismo de la mano del profesor Henry Sidgwick.

 

El auge del espiritismo y del hombre que decidió desenmascararlo

 

Una noche de marzo del año 1848 en Nueva York, las hermanas Maggie y Kate Fox descubrieron que podían comunicarse con el espíritu de un hombre asesinado cuyos restos se encontraban enterrados en el sótano de su casa. Era de noche y la familia Fox no había podido dormir debido a los inexplicables golpes que se escuchaban por toda la casa. Llamaron a sus vecinos, los Redfield para buscar su consejo; creían que la casa estaba embrujada.

Cuando Mary Redfield llegó en mitad de la noche a la residencia Fox, creyó que se trataba de una broma de sus vecinos. Rápidamente cambió de parecer al ver el estado en el que se encontraba la familia: las niñas se escondían bajo la cama aterradas; los padres estaban ojerosos y visiblemente cansados y los golpes no cesaban.

Fue Maggie Fox quien decidió intentar comunicarse con el espíritu que los atormentaba y en un momento histórico, condujo junto con Kate la primera sesión espiritista de la época. Le pidió al ánima diera 5 golpes si podía entenderla. Los golpes se escucharon de inmediato, 5 exactos y luego cesaron. Kate pidió que diera 15. El espíritu volvió a obedecer.

Pronto, las hermanas Fox se hicieron famosas presentándose ante audiencias cada vez más grandes para entregar mensajes de familiares fallecidos, reconfortar viudas y calmar el dolor de padres que habían perdido a sus hijos. Fueron llamadas “médiums”, es decir, el medio por el cual se comunican los espíritus. No pasó mucho tiempo para que surgieran otras personas capaces de ver, hablar y transmitir mensajes del mundo espiritual por medio de técnicas como la escritura automática o la posesión del cuerpo por la entidad espiritual.

Las hermanas Fox fueron el catalizador de una oleada de médiums y psíquicos que proclamaban poder conectarse con el más allá y traernos las buenas nuevas de nuestros seres amados desde otros planos existenciales.

Estos espiritistas, llamados así primero los médiums y después llegando a designar a los seguidores de todo un movimiento religioso, levitaban mesas, entraban en trance, conjuraban apariciones como tanto siglos atrás lo había hecho John Dee y más importante aún, eran, o parecían ser, la prueba de la existencia de una vida más allá de la muerte; de la inmortalidad del alma.

El espiritismo se esparció con fuerza por toda Europa, encantando a científicos, escépticos y creyentes por igual. Así fue como llegó a Francia donde Hippolyte Léon Denizard Rivail, después conocido como Allan Kardec, empezó a asistir a las sesiones espiritistas de un médium. Las sesiones inspiraron tanto a Rivail que creyó encontrar la verdad absoluta en el espiritismo y publicó el 18 de abril de 1857 El libro de los espíritus donde hablaba “sobre la inmortalidad del alma, la naturaleza de los Espíritus y sus relaciones con los hombres, las leyes morales, la vida presente, la vida futura y el porvenir de la humanidad. Según la enseñanza impartida por los Espíritus superiores, con ayuda de diversos médiums”.

El libro de los espíritus se agotó en pocos días y Rivail, ahora Kardec, impulsado por la popularidad de sus ideas, fundó en 1858 la Sociedad de Estudios Espiritistas de París. Ese lugar se convertiría en un bastión del espiritismo en los años venideros y albergaría, impulsaría e ilusionaría por igual a  los fieles seguidores de Kardec llegando a conformar la sede de una verdadera religión que sería abrazada por figuras como Rubén Darío, Ramón del Valle-Inclán o Francisco I. Madero.

Poco importó que unos años después de su salto a la fama Maggie Fox se presentara frente a un auditorio para confesar que todo había sido una mentira. El daño estaba hecho y el espiritismo se esparcía alimentado por las ideas de Kardec.

 

Cada día parecía surgir un nuevo médium, pero “la crisis de la fe” no pasaría de largo al espiritismo y una noche de diciembre de 1869, un hombre llamado Henry Sidgwick paseaba por los jardines de Cambridge con Frederic W. H. Myers. Myers le preguntó a Sidgwick por qué en la Biblia los fenómenos sobrenaturales sucedían tan seguido mientras que en la vida diaria pasaban tan poco. Seguramente, dijo Myers, si el mundo espiritual que se manifiesta en los tiempos bíblicos es verdadero, deben de suceder cosas similares en nuestros tiempos.

Sidgwick había crecido siguiendo los preceptos de la Iglesia Anglicana y era un creyente fiel, pero dudaba como lo hacían muchos otros, presas de una crisis causada por Darwin y el avance científico de la época, de la veracidad de las enseñanzas bíblicas.

Sin embargo, esa noche, movido por las dudas de su amigo que no hacían sino reflejar las suyas propias, Sidgwick decidió encontrar aquellos sucesos paranormales que seguramente probarían la veracidad bíblica.

Así fue como, aliándose con Edmund Gurney, Sidgwick y Myers emprendieron lo que se convertiría en el trabajo de sus vidas: la búsqueda de evidencia contundente para probar la existencia del mundo oculto. En su investigaciones desenmascararon a muchos médiums fraudulentos que, bajo la bandera del espiritismo, engañaban y vendían estafas como verdaderos encuentros sobrenaturales.

Mientras que el estudio de los médiums y el contacto espiritual que prometían en sus sesiones parecía solo traer decepciones y charlatanes a Sidgwick y Myers, Gurney fue encontrando pruebas de una posible transferencia de pensamiento entre paciente y terapeuta durante varias sesiones de hipnosis. Este descubrimiento sería el inicio de la extensiva investigación sobre la telepatía.

No pasó mucho tiempo antes de que los estudios científicos de Sidgwick, Myers y Gurney sobre lo paranormal se hicieran famosos en el mundo académico y en 1862 fundaron junto con el doctor W.F. Barrett, Arthur J. Balfour, quien después se convertiría en Primer Ministro de Inglaterra, Frank Podmore, Richard Hutton y Balfour Stewart la Society for Psychical Research (SPR)o Sociedad para la Investigación Psíquica con Sidgwick como presidente.

Los miembros de la SPR se caracterizaron en su mayoría por ser investigadores críticos que no dudaban en desenmascarar  charlatanes o visitar lugares embrujados para probar o desmentir la existencia de los fantasmas que los ocupaban, continuando sin saberlo una labor que había quedado truncada siglos atrás tras la muerte del doctor John Dee.

Las líneas de investigación propuestas e instauradas por Sidgwick y sus miembros incluían investigaciones respecto a la clarividencia, la telepatía, los trances hipnóticos, los lugares embrujados, las apariciones, los videntes y el espiritismo.

Aunque la mayor parte de las investigaciones no fueron concluyentes, en su labor como investigadores de lo paranormal hicieron grandes avances en determinar la importancia de la sugestión tanto como causa como cura de diversas enfermedades; incursionaron en el estudio de condiciones mentales anormales e hicieron grandes avances en el estudio del impacto de los mensajes subliminales en la mente.

Me pregunto qué pensarían los caballeros de la SPR si supieran que sus descendientes graban videos en YouTube intentando contactar con los espíritus en casas embrujadas.

 

La investigación paranormal continúa y seguramente no parará jamás. Ya sea en su modalidad amateur con investigadores youtubers o en un modo más sofisticado que nos recuerda a la SPR, que aún existe y continúa sacando investigaciones en su revista cuatrimestral, o como The Penn Ghost Project, un laboratorio de la Universidad de Pennsylvania que se dedica por completo a investigar fenómenos sobrenaturales. Lo oculto nos atrae inevitablemente y las maneras de estudiarlo solo se han perfeccionado con los años.

 

Inspirada por YouTube y la Sociedad para la Investigación Psíquica fundada por Sidgwick, me decidí a tomar la oportunidad que mi fantasma personal me ofrecía de convertirme en una investigadora de lo paranormal.

 

Cazafantasmas

Internet ofrece un gran espectro de información para aquellos investigadores amateur que como yo buscan iniciarse en el maravilloso mundo de la caza de fantasmas; desde la más científica que te pide que solo busques pruebas duras y uses aparatos tecnológicos con luces titilantes hasta la que raya en el espiritismo puro y duro donde se recomienda contactar a un médium, usar una ouija o incluso hacer un viaje astral para conversar con las entidades que te rodean.

Decidí honrar la memoria científica y protestante de Henry Sidgwick y no incursionar con métodos espiritistas en mi coqueteo con los espíritus. Hice a un lado a los médiums y las invocaciones ritualistas y me adentré en horas y horas de videos de YouTube, blogs, la web de la SPR y todo lo que pude hallar.

A pesar de mi decisión de honrar la memoria de los caballeros de la SPR, sentí que traicionaba la del doctor John Dee al descartar los métodos más esotéricos. Decidí revisar, al menos por curiosidad, algún método de nigromancia para contactar con las almas de los fallecidos.

 

Nigromante amateur

La idea era replicar el famoso grabado donde John Dee, junto con Edward Kelly, invoca a un espíritu en un cementerio, pero  lo impidió la falta de un grimorio o de conocimientos de lo que Édourard Brasey en su capítulo dedicado al estudio del doctor Dee y la nigromancia llama “un círculo con símbolos cabalísticos y fórmulas sagradas destinadas a invocar a la protección divina”. Decidí seguir otra receta nigromante directa del Dragón rojo, un grimorio de autor anónimo publicado en 1522 que asegura tener el secreto para “el arte de controlar los Espíritus Celestes, Aéreos, Terrestres e Infernales con el verdadero secreto de hablar con los muertos, ganar a la lotería y descubrir los tesoros”.

Imagen tomada de Wikipedia

Imagen tomada de Wikipedia

Me interesó particularmente la parte de ganar la lotería, pero las recetas del Dragón rojo mostraron ser imposibles de seguir debido en partes iguales a la pandemia en la cual estamos sumidos y a los ingredientes que requerían los rituales. Rápidamente deseché el grimorio al ser incapaz de encontrar “clavos del ataúd de un niño”, “un cabrito virgen”, “la bendición de un muchacho puro” y al negarme rotundamente a  hablar con el espíritu de un fallecido después de desenterrar su cadáver, sacarle las tibias y caminar “cinco mil novecientos pasos” al oeste la noche de Navidad.

Yo solo quería averiguar si lo que me hablaba usando Siri era un fantasma o no; dudaba que el espíritu del muerto que iba a desenterrar me lo pudiera decir y para encontrar al cabrito virgen debía aventurarme al único lugar que conocía que me ayudaría con una petición tan extravagante: el establo de mis tíos abuelos. Tristemente, su casa se encuentra a varias horas de camino en un pueblo profundamente afectado por el coronavirus. Nada que hacer.

Decidí regresar al camino de la ciencia y la razón y reemprender mi revisión de blogs, videos de YouTube y webs de sociedades científicas.

 

Cazafantasmas II

Encontré que algunos consejos se repetían entre los investigadores a los que pude tener acceso, estos son los más comunes:

  1. Primero hay que descartar cualquier explicación lógica, ambiental o mental que haya provocado la aparente manifestación de un factor sobrenatural.
  2. Si hay un testigo de la aparición o manifestación, es importante conducir, de ser posible, una evaluación psicológica.
  3. Normalmente nunca se trata de fantasmas, espíritus u otras entidades paranormales.
  4. Si el investigador ha descartado todo menos lo sobrenatural, debe de asumir muy al modo de Sherlock Holmes que una vez quitada toda razón lógica, lo ilógico debe ser la respuesta.
  5. El investigador debe conducirse de forma educada siempre con las entidades-objeto de estudio.
  6. Los fantasmas tienden a tornarse agresivos o poco comunicativos cuando no se les trata con respeto y cordialidad. También se aconseja hacerle varias visitas a la entidad para que se vaya acostumbrando a nuestra presencia.
  7. Las apariciones físicas consumen mucha energía, lo más probable es que la entidad se manifieste auditivamente. En ese caso, es indispensable que el investigador tenga una grabadora.
  8. También se recomienda el uso de medidores de campos electromagnéticos, medidores infrarrojos, detectores de movimiento y cajas de espíritus (aparatos que cambian de estación de radio cada segundo, se cree que los espíritus pueden usar la energía de la caja para hablar por medio del ruido provocado por el cambio de radiofrecuencias).

 

Emocionada, decidí comenzar reconociendo el estado de la manifestación que yo veía como sobrenatural. ¿Había alguna causa que no aludiese a lo paranormal? Quizás la voz captada por Siri podría explicarse como un ruido ambiental malentendido por la inteligencia artificial de Apple, pero Siri había escuchado al espíritu tanto con ruido de la televisión como en habitaciones silenciosas, así que no, no podía explicarse solo con causas ambientales.

¿Qué tal el estado mental del testigo, es decir, mi estado mental? Bueno, la pandemia, el insomnio y la falta de terapia no habían sido amables conmigo. Pero decidí ignorar ese paso, además, no podía echarle la culpa a alguna clase de alucinación sin sentir ganas de correr con mi terapeuta o someterme a una evaluación psiquiátrica.

Lo siguiente era ser amable con el espíritu, lo cual era difícil, ya que sus intentos de establecer contacto conmigo se habían dado con frases como “muérete”.

Pensé darle el beneficio de la duda. Si ese ente existía quizás se sentía abrumado como todos por la cuarentena. Quizás había decidido ser maleducado para alejarnos de casa y volver a la soledad que esta pandemia le había arrebatado.

Intenté compadecerme de él, pensar en cómo me sentiría yo si estuviese acostumbrada a una cierta cantidad de interacción al día solo para ver mi casa repentinamente inundada 24/7 por la gente que casi nunca la habitaba. Quizás el mundo espiritual había estado especialmente abarrotado los últimos días, con nuevos vecinos, nuevas almas que se sumaban a él. Me pregunté si mi fantasma extrañaba tanto como yo los momentos de soledad. Tal vez la causa de su conducta agresiva contra mí era simplemente el estrés que le provocaba mi presencia, tal vez nos contactábamos mutuamente como último recurso para no enfrentar la nueva realidad que nos amenazaba. Pensé en mi insomnio y en mi incapacidad de adaptarme bien a los cambios.

Pensé en mi soledad y en mi tristeza. Tal vez no éramos tan ajenos el uno del otro después de todo.

“Así que también tú puedes sentirte tan amontonado aquí como me siento yo, eh”, decidí decir al aire en un intento por crear alguna clase de conexión con la cosa que me vigilaba desde la oscuridad.

 

Por último, tras hacer un recuento del material que recomendaban tener para la caza de fantasmas y compararlo con el que tenía yo (una grabadora, una cámara y una linterna) busqué el precio de los equipos por internet. Quizás, después de todo, la investigación paranormal era mi futuro.

Los medidores de campos electromagnéticos, los medidores infrarrojos y las cajas de espíritus resultaron ser mucho más caros de lo que pensé y los baratos eran poco recomendados; sin contar con que los envíos se habían atrasado debido a la pandemia. Quizás si pedía uno ahora podría llegarme para agosto.

Recordé que la página de la SPR y algunos investigadores paranormales hacen hincapié en que aunque los medidores pueden ayudar a detectar la presencia de alguna entidad sobrenatural, la mayor parte de la evidencia se recopila con grabaciones de sonido. Decidí llevar a cabo mi primer experimento así.

 

El experimento

Se pone el interruptor de la lámpara a medio camino entre encendido y apagado. Se supone que si hay un fantasma, necesitará poquísima energía para responder a las preguntas que se le hacen y podrá prender la lámpara a voluntad. El investigador no debe olvidar grabar el audio y el video del experimento. Aunque el espíritu no entre en contacto con el investigador por medio de la linterna, quizás lo haga audiblemente por medio de murmullos y por eso la grabadora es esencial.

Se le explican amablemente a la entidad las reglas.

Voy a grabar nuestra conversación. Mantén apagada la linterna para no, enciende para sí, es fácil.

Aquí voy.

Hola. ¿Hay alguien ahí?

Nada.

Bueno. ¿Por qué me dices que me muera usando el Siri de mi celular?

Nada. Quizás demasiado confrontativo.

¿Cómo te llamas? Yo soy Isabel, aunque quizás ya lo sepas. Parece ser que vivimos juntos.

Nada. Ni Siri me hace caso.

¿Por qué insistes en seguirme?

Nada.

También me siento abrumada por esta pandemia. ¿Has vivido una pandemia así antes?

Sin respuesta.

 

Paré cuando fue evidente que el espíritu se negaba a hablarme y corrí a revisar la grabación. Nada. Ni un murmullo, un susurro o un golpe inexplicable.

Terminé ahí mi corta carrera de cazafantasmas. Si el fantasma no se dignaba a hablarme cuando lo buscaba, era obvio que quería mantener esta relación completamente unilateral.

El desaire que me causaba su silencio pudo más que el temor que antes me había causado. Decidí llamar a mi terapeuta.

Mientras que mi incursión en el mundo del estudio de lo paranormal no vale la pena ser llamada una incursión, resulta sorprendente recordar que hay personas que han dedicado su vida a probar o desmentir de una vez por todas la existencia de los fantasmas, los videntes y de todas aquellas criaturas cuya existencia pocos se atrevían a dudar hace unos siglos.

Quizás el pensamiento científico le quitó toda la emoción a un mundo que antes parecía plagado de misterios y encantos. Lleno de seres mágicos esperándonos a la vuelta de la esquina, viviendo con nosotros silenciosamente. Quizás solo queremos que vuelva ese encanto y la cuarentena es el momento perfecto para remistificar lo que nos rodea, ciertamente parece más fácil ocultarse entre leyendas, ocultistas y espíritus que enfrentar el cambio y la pérdida que vive nuestro mundo.

Quiero pensar en mi encuentro con el fantasma de Siri como algo así, como mi necesidad de regresarle al mundo un poco más de esa magia y misterio oculto que me parece más reconfortante que la distopía en la que vivimos.

Al menos los fantasmas nos son conocidos en su naturaleza desconocida, después de todo llevamos siglos creyendo en ellos y quizás den miedo, pero no tanto como un virus salido aparentemente de la nada.

Siri eventualmente paró su comunicación fantasmagórica y con ella volvieron las noches de descanso y los días de una alimentación adecuada. La vida en cuarentena siguió su cauce y encontré mi propio ritmo en medio del caos. No descubrí un fantasma, pero en la web de la Sociedad para la Investigación Psíquica me reencontré con ese internet primitivo que ya creía perdido hacía mucho tiempo.

El internet se volvió a llenar ante mis ojos de aquellas maravillas que nunca se habían ido, solo habían mutado. En los blogs de médiums de mascotas y videntes veganos creí reencontrar el espíritu de las hermanas Fox y del espiritismo victoriano; mientras que en aquellos videos de YouTube de cazadores de fantasmas se encontraba el de John Dee, Henry Sidgwick y un largo linaje de investigadores de lo paranormal. La búsqueda de una espiritualidad comprobable y la creencia en un espiritismo místico jamás se habían esfumado y se mostraban más reales que nunca habiendo trascendido la barrera de los años para llegar a asentarse en los rincones más extraños del internet.

Por último, esa red de comunicaciones, esa entidad invisible solo accesible por medio de nuestros aparatos tecnológicos: el internet, me pareció la cúspide de una interconectividad espiritual inaudita. Solo en un lugar así, invisible, intocable y solo alcanzable por medio de herramientas que en otros tiempos habrían sido tachadas de sobrenaturales podrían reunirse todas las religiones, todas las creencias y todas las ciencias del mundo.

Quizás nunca vea un fantasma ni sea capaz de comprobar su existencia. Probablemente mis interacciones con la entidad que me contactaba por medio de Siri fueron el producto de una mente cansada, presa de una paranoia promovida por la incertidumbre de la pandemia y el aislamiento. Sin embargo, una cosa permanece cierta, aún en la pandemia cientos de hombres y mujeres trabajan día a día para acercarse cada vez más a develar aquel mundo oculto, inalcanzable y enigmático que durante siglos ha fascinado a las mentes más brillantes.

 

Bibliografía:

 

 

 

[1] La traducción es mía: “Were we to argue the case by Scripture, the business would soon be at an end; there being no one controverted point among men, that I know of, that can receive a more ample, full, clear and speedy determination, than this business of spirits and witches, and apparitions may, if the word of God might be judge. But I will suppose that I have to do with such who though they do not altogether deny the Word of God, yet will not easily, however, admit of anything that they think contrary to reason, or at least not maintained by reasons. I shall therefore forbear all scripture proofs and testimonies in this particular, and desire the christian reader (who otherwise might justly take offense) to take notice upon what ground it is that I forbear.”


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Ilustración por María Magaña.

Con la crisis económica que se hace evidente, misma que advierte Arturo Herrera (SHCP): esta “pandemia y su duración se acrecientan los niveles de incertidumbre” (Forbes, 2020), la memoria nos ha llevado a recuperar aquel momento de la primera mitad del siglo XXI que implicó un colapso económico en Estados Unidos y que puso la mirada en los cuestionamientos sobre las estrategias que había seguido el capitalismo hasta ese momento; la iniciativa fallida de la acopio de capital, a través de la producción solo pudo ser superada con el encuentro del consumo como principio y fin de un modelo de economía estética (Rolnik, 2013, pág. 318).

Conforme avanzó el siglo, los miedos en cuanto a la industria como única posibilidad de significación derivaron en reflexiones sobre el capitalismo cognitivo, que como concepto político señala “la ineluctable transformación de un modelo técnico, como la «puesta a trabajar» —que indica la coacción y el sometimiento a una relación salarial— de una nueva constelación expansiva de saberes y conocimientos.” (E. Rodríguez, 2004 , pág. 11)

Logramos llevar ‘más allá’, el pesimismo previsto por Theodor Adorno y Max Horkheimer en La industria cultural. Iluminismo como mistificación de masas (1947), y la visión de los actos comunicativos al servicio del mercado se diluyó ante la explosión de la comunicación como mercado. A pesar de las distancias y cambios en las preguntas que se hicieran quienes son exponentes de la Escuela de Frankfurt, sus pensamientos sobre expresiones artísticas como el cine y la música (Adorno), posibilitan establecer una genealogía de los consumos culturales y cómo es que se expresan a partir de una supuesta democratización participativa que promueven las interacciones digitales.

Por una parte, la música ha sufrido grandes modificaciones, pues hasta el siglo XIX era necesario la ejecución en vivo, y con la posibilidad de reproducirla por distintos dispositivos, la industria de esta expresión artística que, en algunas de sus formas se había destinado a grupos de élite, permitió la popularización y el origen diverso de propuestas.

Por otra parte, el cine que parece una de las artes producto de la tecnología de la pantalla, fue rápidamente incorporado como elemento que se pone a disposición, de acuerdo con las demandas del público.

 

La terrible levedad del público

La promesa que guardaba el espíritu revolucionario de la modernidad en el concepto ciudadano se vio rápidamente rebasada por las fragilidades en que se enmarcan los estados, pues distan del bienestar prometido por el modelo industrial. Hoy, parece que la identificación popular se orienta a pensar a las colectividades como públicos. “En el público, la invención y la imitación se difunden de manera casi instantánea, como la propagación de una onda en un medio perfectamente elástico.” (Lazzarato, 2006, pág. 87) Y como expone en su artículo, Maurizio L., esta noción no implica una forma exclusiva-excluyente, sino que permite una multiplicidad de opciones. Además, el concepto de público otorga una capacidad participativa que, en otros tiempos y bajo otras plataformas, se expresaba con el aplauso o el abucheo colectivo. Durante el siglo XX, los medios tradicionales como el radio y la televisión han invertido ampliamente en tecnología y encuestas para conocer la opinión de la audiencia, y ya en tiempos recientes, los medios digitales expresan con inmediatez, la aprobación.

La maleabilidad propuesta por la noción de público implica, además de la evidencia de su opinión como elemento que cobra valor, el ocultamiento de que “el consumo no es tan pasivo como nos dicen los funcionalistas, pues el consumo es también un espacio de producción de sentido y por tanto de contradicciones.” (Martín-Barbero, 2012, pág. 83)

La determinación de nuestros gustos y afiliaciones se enfrentan a una diversidad diseñada para la agrupación segmentada, pero en posibilidad de confluir. Ya desde el cine, la televisión y el radio, los productos culturales encontraron mecanismos para eliminar las fronteras geopolíticas, los subtítulos y el doblaje terminaron con la última barrera para la distribución global.

También los publicistas, al diseñar esas campañas, han recogido los deseos secretos de miles de estadounidenses que nada tienen que ver unos con otros, cuyos intereses objetivos chocan frontalmente entre sí y que nunca podrían pertenecer a la misma comunidad si se tratase sólo de discursos y argumentos conscientes (Pardo, 2016, pág. 267)

El espacio diseñado por el confort de las múltiples estrategias comunicacionales se manifiestan para propagar una idea tranquilizadora y el carácter de confianza que le ha faltado al estado se ha sustituido por un público que encuentra respuesta a sus quejas y que observa en el servicio al cliente el remplazo para el descalabrado concepto de democracia.

 

Del acceso, al exceso de creación

Si en algo coinciden las visiones historiográficas de la humanidad es en la presencia constante de expresiones simbólicas que pueden ser entendidas como arte o elementos estéticos, por lo que parece que nuestra especie busca la ficción y los discursos subjetivos. Aunque en la forma oficial del arte se recuperan aquellos productos simbólicos que exhiben las relaciones de poder, “…también el imaginario social se ve como una fábrica y no como un teatro. Una trastienda desordenada de la mente colectiva en la que se producen los comportamientos y se elaboran las formas de conciencia discursiva que la sociedad pone en escena” (Bifo, 2007, pág. 166).

La galería, el museo, el teatro, prácticamente cualquier espacio vinculado a la creación y expresión artística ha sido transformado por la pantalla que ya no requiere la presencia para aproximarse a la obra; pero más aún, su producción también ha sido atravesada por las prácticas digitales de distribución.

Desde la pantalla televisiva, los formatos “en vivo” presentaron un cuestionamiento a la presencialidad física; la aceptación de modalidades “a distancia”, permitieron que aquellas escenas que solo podían mirarse en los múltiples formatos del teatro y del cine, después se convirtieran en elemento esencial de los hogares en las últimas décadas del siglo XX. Esta posibilidad que alteró y amplió las opciones escénicas y musicales, conformó rápidamente el tipo de productos que se distribuirían. El principal crítico era el “público objetivo” determinado por los productores.

La posibilidad técnica de la cámara ha popularizado la creación de imágenes y videos con muestras de danza, música, performance, entre otras. La creación escrita ha encontrado una diversidad de géneros que se disciplinan a la rigidez del número acotado de caracteres y las figuras retóricas se simplifican a los lugares comunes que comparten con las imágenes que las viralizan. Muestra de esto es el controversial ganador del Premio Espasa Calpe (2020), Rafael Cabaliere; de quien, incluso, se dudó de su existencia y se supuso que podría ser producto de Inteligencia Artificial.

La facilidad técnica para crear y distribuir imágenes no necesariamente ha significado la búsqueda de disrupciones; sitios como Wattpad, promueven la escritura y la lectura de relatos elaborados por “aficionadxs”, pero, a pesar de la cantidad exorbitante de participaciones, los productos que han sido valorados por sus suscritxs presentan rasgos temáticos y estrategias narrativas endogámicas que recuperan temáticas o fórmulas que podrían articularse en una revisión contemporizada de la Morfología del cuento (1928) de Vladimir Propp pero que, ahora, dependen directamente de las influencias de otros productos audiovisuales.

Cierto es que, dentro de la multiplicidad de elementos: imágenes, textos y audiovisuales, podemos encontrar valores estéticos y simbólicos relevantes, pero ante la cantidad y rapidez con que se distribuyen, la noción de permanencia ya no parece interesante. Junto con esta característica, la posibilidad de “intervenir” en prácticamente cualquier pieza se ha vuelto uno de los aspectos más atractivos para lxs consumidores.

Ya sea películas, libros, videojuegos, animaciones y hasta comerciales, han sido productos dignos de elaboración de fanfiction. Este tipo de relato que recibió su nombre a partir de la proliferación de las industrias culturales mencionadas al inicio del ensayo, consiste en “reelaborar” una historia, una estrategia que ya había sido utilizada en la literatura, incluso, desde lxs griegxs y sus múltiples versiones de un mismo mito.

Como producción cultural, los fanfiction replican la maniobra técnica que implicó la intervención de la Mona Lisa en L.H.O.O.Q. de Duchamp, pero la vacían del asalto creativo e irreverente, pues en su reproducción inmediata y en serie, no busca la desestabilización de su creador, por el contrario, postulan al producto literario como verdad y fin último, santo grial a encontrar y descifrar. Esperanza última que, escondida y con gran luminiscencia, impide su análisis.

El gesto de intervención replicado por muchas piezas a inicios del siglo pasado fue adaptado para el público que convirtió en objeto central de culto algunas expresiones estéticas (sobre todo audiovisuales y literatura). Si a la Escuela de Frankfurt le preocupaba la pérdida del aura en el arte; ahora debería angustiarnos la actitud fanática que sacraliza y busca una verdad dentro del pacto ficcional.

Lo que iniciara como un objetivo democratizador del acto creativo, pronto se vio atrapado por el discurso de las acciones simbólicas que encuentran una distribución de las reacciones apresuradas para el interés económico del consumo. Participar aparece como el acto último de la función democrática-capitalista, opinión que en suma marcará el objetivo de lo que aún queda sin advertencia, pues no es el objetivo, sino el proceso lo que se juega en este ir y venir de discursos.

Como documento cultural, el fanfiction nos expone la búsqueda de versiones y variantes disciplinadas a una realidad mediada por un acuerdo autoimpuesto y que estará sometido al acucioso escrutinio de una comunidad que agota los medios para acceder a un producto, pero pocas veces lo analiza como objeto vinculante de significados simbólico-político-económicos.

Estos creadores que también son público comparten los rasgos que se expusieron en el apartado anterior. Las variaciones en su consumo y atención por la producción simbólica estarán mediadas por sus prácticas e intereses previos. Una de las razones por las que, a pesar de la diversidad de oferta, la elección de los productos culturales favorece las industrias y formatos hegemónicos. Ejemplo de esto es que, a partir de las modificaciones derivadas de la pandemia, las compañías teatrales han “migrado” a modelos híbridos o con funciones en plataformas virtuales y se han generado múltiples propuestas que han resuelto creativamente muchas imposibilidades; no obstante la facilidad en el acceso no se creó un público numéricamente importante.

Aunque es un tema que debería ser abordado ampliamente, me parece relevante reconocer que, en la historia de las artes clásicas, el teatro ha puesto particular interés en su audiencia; sin embargo, la mediación de la pantalla ha incrementado los cuestionamientos sobre una expresión que perdió popularidad, frente a los dispositivos.

La crisis para la puesta en escena ha resultado catártica, si se piensa en las muchas propuestas que se están gestando y en la reflexión sobre las viejas preguntas que se reformulan frente a estrategias resilientes e, incluso, disruptivas en un sentido estructural. Solo por mencionar un ejemplo, el Maratón Internacional de Cabaret que se llevó a cabo en octubre de este año, dio cuenta de expresiones (académicas y teatrales) de resistencia que recuperan la parodia, frente la distribución del pastiche, entendido como:

la parodia, es la imitación de una máscara peculiar, un discurso en una lengua muerta: pero es una práctica neutral de tal imitación, carente de los motivos ulteriores de la parodia, amputada de su impulso satírico, despojada de risas (…) El pastiche es, pues, una parodia vacía, una estatua con cuencas ciegas”. (Jameson, 1991, pág. 31)

Podría interpretarse, de la postura de Jameson, que lo presentado como distribución simbólica en productos audiovisuales viralizados, nos aleja de la emocionalidad planteada por la moral moderna decimonónica, para acercarnos al diseño de las “intensidades” como micro estímulos constantes que no pretenden una reacción permanente o desestabilizadora, sino la “distracción” momentánea que favorezca el tránsito a la siguiente (congruencia con relaciones económicas basadas en el consumo).

Lo que se pierde de la noción paródica es su fuerza política y potenciadora, pues los significantes del pastiche se desbordan. Como público de las industrias culturales nos confort(m)amos con la elección prevista por la diversificación de mercados y la especialización con promesas de identificación.

Uno de los aspectos que se pierden es la búsqueda que se ve superada por la “recomendación” prevista por la totalidad de nuestros consumos. Cada reacción frente a la pantalla acumula la información que intenta aproximarse a una noción completa de nuestro deseo. Mientras que nuestra capacidad de decisión aparenta un lugar primordial, aunque en realidad nos sujetamos a las opciones que tenemos y consideramos como amplias y universales.

El consumidor-creador se regodea en una supuesta omnipresencia que impide observar que la sugerencia se vuelve norma, cuando nuestras prácticas no se dirigen a un cuestionamiento o disidencia, rasgo que se repite en los productos culturales que sostienen ese mismo sistema.

 

Referencias

Bifo, F. B. (2007). Generación post alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo.  Buenos Aires: Tinta Limón.

  1. Rodríguez, R. S. (2004 ). Entre el capitalismo cognitivo y el Commonfare . En o. D. Blondeau, Capitalismo cognitivo, propiedad intelectual y creación colectiva. Madrid: Traficantes de sueños .

Jameson, F. (1991). Ensayos sobre el posmodernismo. Buenos Aires: Ediciones Imago Mundi .

Lazzarato, M. (2006). Por una política menor. Acontecimiento y política en las sociedades de control. Madrid: Traficantes de sueños.

Martín-Barbero, J. (enero-junio de 2012). De la Comunicación a la Cultura: perder el “objeto” para ganar el proceso. Signo y Pensamiento, XXX(60), 76-84 .

Pardo, J. L. ( 2016). Políticas de la autenticidad en las sociedades contemporáneas. Estudios del malestar. Barcelona : Anagrama.

Rolnik, F. G. (2013). Micropolítica. Cartografías del deseo. Buenos Aires: Tinta Limón.

 

 


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.

Ilustrador
María Magaña
(Guadalajara, 1988) es ilustradora y diseñadora. Egresada de la Licenciatura en Diseño para la Comunicación Gráfica por la Universidad de Guadalajara. Desde el 2011 distribuye su trabajo de forma independiente.
Eduardo Limón. Selfie de autor.
Eduardo Limón. Selfie de autor.

Con el dictamen sobre la marihuana, publicado a finales de abril del 2019, la regulación de la hierba aún no tenía una decisión categórica; incluso se concedió una prórroga para ampliar el periodo de discusión sobre el tema que debía terminar el 30 de abril del año pasado.

El camino hacia el consumo legal de la hierba culminó el 19 de noviembre del 2020, cuando la Cámara de Senadores avaló la marihuana para todos los usos; sin embargo persiste la crítica sobre la persecución a los usuarios. Desde el dictamen del año pasado ya surgían objeciones entorno al gramaje que una persona puede portar sin ir a prisión, mismos términos que aún conserva el reglamento.

En entrevista con Eduardo Limón, periodista cultural y autor de Historias Verdes (2018), se habla del matiz punitivo del documento que será dictaminado en la Cámara de Diputados.

“Tiene que ver con la liberación de quiénes fueron encarcelados por la posesión simple de marihuana”, cuyo número se calcula en 12 mil; “pero por el otro lado, persiste la vocación punitiva solo que ahora se encareció; esto es si tienes de 28 a 200 gramos, igualmente vas a ser multado”, explica la multa que asciende a 11 mil pesos, y continua con el gramaje que equivale a una pena de 10 años en prisión, “si tienes más de 200 gramos igualmente puedes ser encarcelado”.

De acuerdo con el dictamen, “prevé la creación del Instituto Mexicano de Regulación y Control de Cannabis”, como un organismo público desconcentrado de la Secretaría de Salud, encargado de regular, reglamentar, monitorear, sancionar y evaluar el sistema de regulación del cannabis. Para el periodista, lo anterior resulta contradictorio si se considera que por el hecho de exceder el número de plantas en casa, también hay una sanción.

“En este caso, la legislación te dice ‘sí puedes tener plantas, pero solo cierta cantidad, hasta 8, no vayas a tener 9 porque entra el ejército a tu casa”, señala Eduardo Limón una de las consecuencias que atentan con el derecho que persigue lo avalado en la Cámara de Senadores: el derecho al libre desarrollo de la personalidad. Por esta razón, el también autor admite que mantiene “de alguna manera optimismo en cuanto a que la legislación que se está aprobado sea aún susceptible de mejoras”.

 

El consumo legal y sus objetivos

La norma también incluye informar sobre los productos derivados del cannabis para el consumo adulto, es decir, personas mayores de edad. Es una práctica que el mercado exige adoptar, y Eduardo Limón considera que la medida resulta benéfica “en tanto que el consumidor va a comenzar a tener las opciones normalizadas que ya existe en otros territorios en los que la planta y su consumo son legales”.

Con el comercio que la ley contempla, surge la posibilidad de que los agricultores pueden emprender en el futuro mercado. Al respecto, el periodista apunta a un sector que debería ser favorecido por las reformas comerciales. “Los pequeños productores general y los pequeños productores nacionales en particular los regionales. Hay gente que establece un plan que tiene que ver con incorporar al mercado productos elaborados a partir de marihuana y no está pensando en establecer una gran empresa creación de productos, sino solamente un pequeño negocio local”, habla sobre uno de los posibles panoramas para el comercio del país.

Uno de los objetivos de la regulación es obstaculizar el crimen organizado como el narcotráfico de drogas, culpable del 60% de las 53 mil 628 muertes contabilizadas en los primeros 18 meses del actual sexenio, de acuerdo con Animal Político, en su nota “18 meses con AMLO: han asesinado a más de 5,800 mujeres y 1,800 menores”.

Aunado a lo anterior, Eduardo Limón considera que “legislación alrededor de la marihuana pone sobre la mesa un tema muy importante para el fortalecimiento democrático del país, tiene que ver con el cambio en la percepción social que existe alrededor de las sustancias ilegales”.
Las responsabilidades del consumo

Como parte de las medidas complementarias a la aprobación del uso de la marihuana, se contempla la creación del programa nacional de prevención y tratamiento a adicciones, cuyo público meta son los jóvenes mayores de edad.

En la opinión de Eduardo Limón “el esfuerzo, en gran medida, irá bien enfocado si entendemos el consumidor es un ciudadano que puede generar adicciones”, menciona la condición que las autoridades deben recordar al enfrentar adicciones. “El usuario debe de ser atendido por autoridades médicas que ofrezcan al ciudadano consumidor la ayuda que necesita no persecución”, concluye.

Respecto a la ilegalidad, el periodista reconoce que “muchas veces se orilla al usuario a rozar la circunferencia del crimen organizado, con todos los riesgos que conlleva para la vida de una persona”. Aunque Eduardo Limón celebra la decisión del Senado, reconoce que es necesaria una revisión más profunda del dictamen, “quiero tener confianza en que la cámara de diputados, antes de la aprobación, va a incorporar al proyecto de dictamen las consideraciones que diversos organismos de la sociedad civil muchos colectivos y ciudadanos estamos señalando con respecto a las fallas de la regulación que se está presentando, creo que eso será lo más benéfico y es además lo más oportuno”.

La responsabilidad que el Instituto Mexicano para la Regulación y Control del Cannabis debe procurar es “escuchar, a todos, cualquier sector de la población que se pronuncie alrededor de este tema; no estoy hablando solo de los consumidores, sino también de los ciudadanos que dicen ‘yo no consumo, pero igualmente estoy a favor de que se respete el derecho de los demás’ a consumir”.

 

¿Cómo nos contaremos la prohibición?

Si bien el vivimos en una época propicia para experimentar cambios en nuestra cultura, el caso de la marihuana, es inevitable pensar en el futuro y los aprendizajes que obtendremos como sociedad.

La pregunta general que me hago en mi libro Historias verdes –comienza Eduardo Limón-, tiene que ver con eso, con la forma en la que en un futuro la sociedad mexicana va platicar acerca de la marihuana. ¿Llegará el momento en el que alguien diga ‘mira esto de cuando la marihuana era ilegal’? Como pensar en los Estados Unidos, cuando el alcohol era ilegal, me da mucha curiosidad”, expone un escenario que se encuentra cada vez más cerca.

Incluso el panorama en el que los usuarios podrían acercarse a la marihuana sería distinto al de los consumidores “en los años 70 del siglo pasado, cuando era verdaderamente arriesgado”; en cambio, ahora las personas tienen garantizado el uso de la hierba con restricciones en el gramaje.

Las previsiones para México con su nueva regulación hacen énfasis en el consumo. Eduardo Limón habla de un patrón que otros países como Holanda y Portugal presentaron: “en principio, el consumo se incrementa, y transcurridos los meses decrece para quedarte casi igual al nivel en el que se encontraba antes de la prohibición, porque hay grupos de ciudadanos que en legítimo derecho de probar la hierba, se van a acercar, pues ahora se puede. Algunos les gustará; pero a otros muchos, no. Entonces ellos no volverán a acercarse a la sustancia sencillamente porque no les gustó”, explica el comportamiento que el periodista prevé en el país.

La diferencia radica en las condiciones coercitivas que la gente solía enfrentar. Eduardo Limón explica la importancia de una decisión legítima en las personas y el consumo de la hierba, “ya no habría una imagen heteropatriarcal detrás de nosotros, diciendo ‘eso sí, eso no, haz esto, haz lo otro, eso sí se puede hacer, eso no’. Una sociedad democrática permite que cada uno de nosotros haga, en un marco legislativo responsable, con su vida lo que quiera”.

 

Libertades individuales vs restricciones

“Habito un territorio en el que las autoridades rehúyen términos felices como “lúdico” y “recreativo”, y en donde el aburridísimo concepto “consumo adulto” (que suena a sello de tinta negra aplicado sobre una bolsa de papel estraza), permea la primera legislación contemporánea para descriminalizar la mariguana, pero también vivo en un lugar donde por primera vez se asume que el tema no puede retrasarse más. ‘Diviértete, pero tantito’, parece decir la autoridad”, escribe Eduardo Limón en su columna de opinión publicada en Animal Político.

La cita anterior sintetiza de forma clara el matiz persecutorio del dictamen del consumo de la marihuana; sin embargo, tras la despenalización de la hierba, la sociedad podría aprehender la marihuana y su consumo como parte fundamental en el libre desarrollo de la personalidad, proeza que solo será posible con las prácticas enfocadas a repetir a los consumidores.

Para abordar lo anterior, Eduardo Limón especula: “hoy ni tú ni yo anteponemos ningún argumento de extrañeza al hecho absolutamente natural de que las mujeres voten, y eso en gran medida tiene que ver con que el cambio social paulatino”, retoma el ejemplo de un punto de inflexión en la historia de la democracia, entendida como el reconocimiento de la otredad.

“Lo que en principio en algunos sectores posiblemente llamé a la alarma y al escándalo –continúa-, con las décadas, se irá asentando en favor de construir una sociedad en la que los derechos de todos”.

El contexto parece desbordar las prácticas que como sociedad concebíamos permisibles, la marihuana y su consumo nos ofrece un documento histórico al respecto. La actual despenalización de la hierba para todos los usos “es un gran paso, indudablemente lo es, pero es un paso tímido”, afirma Eduardo Limón.

Quizá la discusión en la esfera política esté cerca del final, pero el debate en la cultura apenas ve una oportunidad para adoptar posturas legítimas, basadas en la libertad pese a la criminalización aún presente.

“Creo que para la Cámara de Diputados será muy importante mantenerse al tanto de los dichos de la sociedad y recoger con sensibilidad todas las opiniones que ya se están generando por parte de quienes nos vemos involucrados directamente con el tema de la legislación. También se debe considerar a los ciudadanos que están en el debate y se deben respetar sus libertades”, concluye Eduardo Limón, una de las voces que ha documentado el camino tortuoso hacia la legalidad de la hierba y su uso para el libre desarrollo de la personalidad.

 

Fuentes:

https://www.eleconomista.com.mx/politica/Senado-de-Mexico-aprueba-legalizacion-de-la-marihuana-para-uso-integral–20201119-0082.html

https://www.youtube.com/watch?v=oiLKqkHyf90

https://www.eluniversal.com.mx/nacion/los-7-puntos-clave-de-la-despenalizacion-de-la-marihuana-aprobada-en-el-senado

https://www.excelsior.com.mx/nacional/senado-aprueba-uso-ludico-de-la-mariguana-consumo-prohibido-en-lugares-publicos/1417843

https://www.senado.gob.mx/64/gaceta_del_senado/2020_11_19/2741#478

https://www.animalpolitico.com/transito-lento/un-poquito-legalizada/


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.
José Alberto Méndez Severiano, Estado de México (1986). Estudia la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Participó en el compilado de minificciones "Mínimas perdurables" publicado en colaboración con la Secretaría de Cultura, también ha participado en la revista Cultura Urbana.