Hace un par de años, al escritor Josías López Gómez, le dijeron que su literatura no era genuina dado que él no la había escrito originalmente. Más o menos expresado en estas palabras, fue lo que el escritor y Premio de Literaturas Indígenas de América había escuchado.
¿A qué se refería realmente la acusación? ¿Qué, por ser indígena, no tendría valor todo lo que escribiera frente a la literatura oficial del país? ¿O, literalmente, alguien más escribió la obra de López Gómez? Lo cierto es que la crítica venía de un propio compañero del autor, laboraban en un mismo colectivo, uno en donde promovían el desarrollo cultural y artístico en lenguas mayas de Chiapas.
La acusación, sin embargo, alude a la intervención activa de José Antonio Reyes Matamoros, uno de los grandes maestros que dedicó hasta el último año de su vida a profesionalizar escritores de todas las lenguas en Chiapas, como editor de la obra de López Gómez.
Reyes Matamoros era un maestro querido y respetado por sus alumnos que pasaron por la Escuela de Escritores de San Cristóbal de Las Casas, Chiapas. La escuela duró cerca de dos décadas, hasta la muerte de su fundador debido al cáncer. Uno de esos alumnos era Josías López Gómez, quien se convirtió en un gran escritor de cuentos. Y es a Reyes Matamoros a quien se le atribuye la autoría de sus textos, escritos con un español limpio, con frases cortas y un ritmo bien cuidado, conflictos y tramas que logran mostrar las contradicciones y pasiones humanas, como puede leerse en Spisil k’atbuj / Todo cambió (2006), su mejor libro publicado después de Sakubel k’inal jachwinik / La aurora lacandona (2005). Este aspecto formal y estético de la obra, por un lado, ha despertado dudas y envidias en algunos lectores, afirmando que López Gómez no pudo haber sido capaz de escribir y concebir relatos de ficción de gran calidad.
La crítica apunta, por otro lado, a que los cuentos de López Gómez fueron escritos originalmente en español y no en tseltal como se ha difundido en el escenario de la literatura en lenguas indígenas. Lo cual, en cierto modo, es verdad. Pero hablamos también de las consecuencias que cualquier escritor enfrenta si quiere romper tabúes, creencias y cierta morbosidad de amigos que no son tan amigos ni mucho menos profesionales en la crítica literaria.
Mi bisabuelo materno murió a los 115 años. Medio año antes de que falleciera fui a visitarlo. Era una mañana soleada, lo encontré sentado en el patio de su casa. Me reconoció de inmediato, aunque su vista ya no le ayudaba mucho presumía de lucidez. Yo sabía, mediante las narraciones de mi madre, que mi bisabuelo había nacido con un don. “El día en que nació lo vio, olió y oyó todo”, aseguraba mi madre, “con los cinco sentidos cargados de memoria”. Él se había dedicado toda su vida a la curación mediante rezos, usando el lenguaje sagrado para suplicar a los dioses su intervención ante la enfermedad de una persona, para quien toda enfermedad era espiritual.
—¿Es cierto que usted nació sabiendo que tenía un don para curar o lo descubrió en algún momento de su vida? —le pregunté. Una sonrisa se dibujó en su rostro. Su respuesta fue tajante:
—El don no se descubre, se nace con él.
Para él, el don era una habilidad, algo que haces con y por placer, pasión, responsabilidad, al grado de entregar la vida por él.
—¿Qué es lo que te sorprende con respecto del don? —me devolvió la pregunta. Él estaba sentado sobre una silla apolillada, pero resistente por el humo que había penetrado la madera.
—No sé cómo identificar si yo tengo un don, o si mi nahual es fuerte como el de usted —le respondí con timidez. Mi bisabuelo era un hombre alto, sonriente, pero generalmente irónico, quien además no se dejaba engañar fácilmente.
—Ambos tenemos un don —me respondió de golpe—, nacimos destinados al uso del lenguaje para sobrevivir. Yo curo con el lenguaje, con él peleo con otros nahuales; tú también lo haces, usas el lenguaje escrito para algo y alguien te lee para curarse de una herida, de una enfermedad. Es cierto que no a todos les va a servir, no todos nos curamos con la misma medicina, con las mismas hierbas. Otras personas se enojarán contigo, sentirán rabia al grado de querer desaparecerte de la dimensión de la tierra. Como ves, ambos vivimos del lenguaje, nuestra lengua es nuestro nahual. Si él se muriera en el olvido nosotros también lo haríamos. Así funcionan los nahuales. Somos un mismo ser.
La respuesta de mi bisabuelo era inesperada por mí. Sabía por medio de mis padres y abuelos que un nahual era un animal con el que compartimos la vida y la muerte, pero nunca hubiera pensado en el idioma como nahual. Ciertamente mi bisabuelo sabía que yo me dedicaba a la literatura, no necesariamente con ese nombre, en tsotsil no existe una equivalencia del concepto, mucho menos el de creación literaria. Más de una vez me preguntó a qué me dedicaba, qué estudiaba. Yo le respondía que escribía cuentos, historias en español y en nuestro idioma.
—Hace tiempo —agregó después de un largo silencio—, los hombres y las mujeres al nacer sabían a lo que se dedicarían. Entonces teníamos un calendario de veinte días en la memoria, cada día representaba un dios o diosa con una habilidad distinta. El don de un niño se descubría en el día de su nacimiento. Los padres esperaban conocer en qué dios nacía su hijo: el día de un astrónomo, de un curandero, de un arquitecto, de una partera, de un escritor, un escultor o de una tejedora, nomás por decir algunos. Tú y yo, por ejemplo, nacimos en el día de Itzamná, el dios del lenguaje. Tú lees libros, escribes historias; yo leo el fuego, el viento, el agua, la tierra y canto, peleo con palabras. Pero hemos perdido nuestro calendario de dioses, lo hemos olvidado. Un nuevo calendario marca el rumbo de nuestros días, sin propósitos personales. Ahora todos los niños nacen sin saber cuál es su don. Algunos lo descubren con el tiempo, si tienen suerte. Pareciera que ahora pagamos algún castigo de nuestros dioses buscando algo qué hacer durante nuestra vida. Nada nos satisface, vivimos llenos de vacíos. Los padres de ahora no saben con qué habilidad nacen sus hijos, sus hijas. Se aferran a creer que deben seguir lo que hacen ellos, que el niño será como el padre, que la niña será como la madre. Eso es lo más absurdo. Eso es vacío, es nada. No saben en qué educar a sus hijos, no el de ir a la escuela, si no el de desarrollar su habilidad conforme crecen. Antes, sí. Una vez que el hijo nacía bajo el día de cierto dios, los padres comenzaban a preocuparse por su futuro, luego lo llevaban con los sabios para desarrollar su don, perfeccionarlo y, desde ese primer día, lo trataban como tal. Un don no se puede renunciar. Vives con él o sufrirás toda tu vida.
La voz de mi bisabuelo quedó resonando en mí como un eco que me sigue a todos lados. Mis padres nunca pensaron que yo tuviera un don para usar el lenguaje, ni yo lo sabía. Descubrí mi pasión por las letras durante la carrera universitaria. Siempre me pregunto cómo es que nunca me arrepentí de haber escogido la carrera que estudié, que nunca me decepcioné como a otros les sucedía. En la universidad descubrí la escritura, la creación literaria. La carrera para mí siempre fue descubrimiento, asombro, pese a mi poco dominio del español.
La teoría de mi bisabuelo no era exactamente la de una predestinación. Si bien nacemos con una habilidad, el día de nuestro nacimiento define una posibilidad de futuro, a lo que nos podríamos dedicar con cierta seguridad. ¿Y si no coincidía la habilidad innata con el dios del nacimiento? No dudo que también hubieran podido generarse frustraciones, conflictos con su dios, con su don.
Pero vaya que, aun aceptando la teoría de mi bisabuelo, los maestros de la primaria muchas veces no creían en un don ni en su propia habilidad para enseñar. Aprendimos a leer y a escribir en español, en ese idioma nos evaluaban, nos reprobaban o nos decían que éramos buenos en tal materia cuando sacábamos una buena calificación, pero sin la claridad de qué o para qué. Desde pequeños nos enseñaban a “pensar” en español porque era el idioma del “conocimiento”.
Dábamos por entendido que un mestizo, dueño de su idioma, todo lo que escribía no necesitaba corregirse. Pensábamos que los niños mestizos, por el hecho de serlo, eran mejores en la escuela y que siempre sacaban dieces porque la educación se daba en su idioma. Cuán equivocados crecimos con ese pensamiento.
El caso de López Gómez es solamente la punta del iceberg. La acusación que recibió sobre su obra se debe también a que no pareciera creíble que un señor que no habla con propiedad el español lo pudiera escribir correctamente. Es decir, si hablas mal es imposible que escribas bien. Cuando tu escritura no coincide con tu forma de hablar y de pensar entonces hay una incoherencia.
La acusación pareciera dar a entender también que quienes publican literatura bilingüe están determinados a escribir en su idioma y a traducirlo al español, pero jamás viceversa. Quienes hacen lo último, escribir originalmente en español y luego traducirlo a su idioma materno, se considera antiestético y, sobre todo, políticamente incorrecto. Por esta razón el poeta Balam Rodrigo no incluyó a ningún poeta en lenguas indígenas en la revista Punto de Partida (2008), en su antología Trece poetas de Chiapas, debido a que la versión en lengua indígena como traducción y no la original le parecía una estrategia artificial. “Así, en la medida en que los hablantes de lenguas originarias de Chiapas escriban poesía directamente en su lengua materna”, argumenta el autor, “y de ésta hagan las versiones al castellano, integrando el total de su cosmovisión a las tradiciones poéticas indígena y occidental en el oficio de su escritura, hasta entonces podremos ver el gran potencial que tiene su literatura: el verdadero paso de la oralidad a la literariedad y un mayor anhelo de universalidad”.
Se piensa entonces que, si un autor escribió originalmente en español y la versión de su idioma no es más que una traducción, es políticamente incorrecto. No nos hemos preguntado, sin embargo, cuál fue el método de lectura de Balam Rodrigo para confirmar su sospecha o afirmar dicha hipótesis. ¿Leyó todos los libros publicados a la fecha en cada lengua mayense o los propios autores se lo confesaron o hubo algún delator de su confianza que habló por todos los escritores? Porque ni siquiera hizo mención del libro Snich tsantselav (2007) de Raymundo Díaz Gómez, publicado únicamente en tsotsil.
Otra visión radical sobre la poesía en lenguas indígenas, aun si fueron escritos en español originalmente, es la afirmación sobre su pésima calidad, tal como lo anotó en su momento el también poeta Julián Herbert en Antología sobre poesía mexicana reciente (2008), curiosamente en la misma fecha que Balam Rodrigo hizo lo suyo a nivel estatal. Herbert apuntaba que “La literatura mexicana en lenguas indígenas afronta una dificultad básica: son escasos los autores que la practican verdaderamente. Lo más común es que se escriban versos en español y posteriormente éstos sean traducidos por el propio autor a su lengua originaria. Lo cual descoyunta la unidad poética entre concepto, grafía y sonido. (…) pero rara vez su rango estético rivaliza con el de la expresión poética en lengua española. (…) la poesía en lenguas indígenas que se practica en nuestro país resulta dolorosamente pedestre”. Nótese que Julián Herbert habla de “lenguas indígenas” refiriéndose a la versión castellana.
Lo cierto es que tanto Rodrigo como Herbert no hablan ni leen ninguna lengua originaria del país. Por tanto, hay una contradicción en ambos autores. Si bien los dos no consideraron posible la inclusión de obras en lenguas indígenas en sus selecciones por estar escritas originalmente en español, de afirmarse lo contrario ¿no hubiera sido la misma barrera para su inclusión ya que los antologadores y críticos se excusarían por su falta de dominio en tales idiomas? Amén de que aprendan uno o varios de esos idiomas para emitir un valor estético en la composición y en la temática de las obras leídas, ambos poetas no citan en sus comentarios a ningún autor, ningún libro, para tener una idea de quiénes hablan, cuáles obras tomaron como ejemplo. Herbert lo hace mencionando a un poeta mapuche chileno que, por cierto, no escribe en mapuche. Se trata de Jaime Luis Huenún, aquel poeta de una “mestizada obra” que, a consideración de Herbert, sí rivaliza con la poesía en lengua española. ¿Después de una década para acá, ambos antologadores habrían cambiado de opinión?
Actualmente, la visión despectiva entre la versión original y la traducida ha sido superada por otros autores, quienes ponen por delante otros juicios de valor como el estético desde el español, dejando de lado la idea de lo políticamente incorrecto. Es el caso de Alejandro Aldana Sellschopp quien hizo la antología El cuento en Chiapas (1913-2015) (2017) e incluyó a cuatro autores pertenecientes a la lengua tseltal y tsotsil, de Fernando Trejo y Claudia Morales con Trece narradores de Chiapas de la revista Punto de partida (2016), quienes seleccionaron un cuento en tsotsil, y de Socorro Trejo Sirvent en Universo poético de Chiapas. Itinerario del siglo XX (2017). Las primeras dos antologías incorporan ambas versiones de los textos escogidos, no así en la última que únicamente publica en español y con un criterio menos rígido que de las dos primeras, borrando así la presencia de las lenguas indígenas en una antología de poesía en Chiapas.
Atravesamos, por lo visto, una doble descalificación para muchos autores: una por actuar políticamente incorrecto y otra por hacer lo políticamente correcto, por la forma en que una literatura se identifica o se nombra. Lo mismo ha apuntado el escritor Alberto Chimal al respecto cuando dice que “Así, ‘literatura femenina’, ‘artes indígenas’ y otros similares son casos de subgéneros que conciben como pretextos para la marginación”.
Si bien esta visión de la traducción y la versión original ya ha sido superada por algunos escritores, no es así para la academia, en particular, la norteamericana. La mayoría de quienes hacen crítica literaria o investigan sobre esta literatura dan por hecho que todo debe estar escrito en la lengua indígena que dice pertenecer, que el español será una versión traducida. No consideran que el español, como segundo idioma, es en realidad nuestro idioma de comunicación escrita, incluso dentro de los propios parajes.
Hasta cierto punto, el que algunos escritores acepten que su libro está escrito originalmente en español y la traducción está hecha a su lengua materna, es la ruptura de un orden cultural de lo políticamente correcto. Por el momento, quien lo ha hecho explícitamente como estrategia de escritura es el tsotsil Alberto Gómez Pérez. En su libro K’unk’un lajel / Muerte lenta (2012) la versión original está en español y quien hizo la traducción al tsotsil fue Enrique Pérez López, autor de varias traducciones del español al tsotsil y viceversa.
Muchos escritores buscamos o aparentamos hacer lo políticamente correcto, aunque de entrada decir que escribimos directo en nuestra lengua materna sea una auto traición. Lo mismo sucede con los académicos e investigadores que lamentan no poder leer la versión original de una obra y se excusan de trabajar con una versión traducida, cuando en realidad muchos de esos textos están escritos en castellano.
Mucha razón tendría mi bisabuelo al decir que con nuestro nahual peleamos y sufrimos ataques de otros que se dedican a lo mismo que nosotros. Considerando que algunos escritores encontramos el camino que nos apasiona, en donde hallamos críticas de todo tipo, desprestigios generalizados en vez de una preocupación por leer y analizar el trabajo en el idioma que se domine, aún no se ha discutido el valor y los alcances estéticos y creativos de una literatura que camina en dos idiomas. No se ha comprendido que si se publica en dos lenguas es porque se está ofreciendo una doble entrada de lectura, el anverso y el reverso de una misma obra literaria, para que el lector elija la versión que más se le facilite sin ninguna predisposición como cuando leemos a autores en inglés, francés, chino, japonés, italiano, alemán o polaco en español.
Algunos escritores nos enfrentamos con un doble propósito antes que preocuparnos por lo políticamente correcto: el de acercarnos, por un lado, a una posible forma de escritura de nuestro idioma imitando lo aprendido y leído en español. Se trata entonces de un regreso a nuestra lengua, a nuestra forma de ver y decir el mundo, no de una salida. Lo que escribimos en nuestro idioma materno o lo que traducimos del español, por otro lado, lo hacemos también para generar materiales de lectura, que los niños y adolescentes tengan un libro qué leer en su idioma. Recodemos que no tenemos una tradición literaria escrita. Falta aún el momento en que escribamos con libertad, no por obligación, en nuestros idiomas y que nadie nos pida que hagamos una traducción.
Muchos escribimos en español porque hemos hecho nuestro el idioma, como a un hermano que hemos adoptado. Es más fácil, además, encontrar correctores de estilo, editores y editoriales que valoren nuestro trabajo en español. Además, nuestra formación literaria la hemos hecho en este idioma, en donde desarrollamos y perfeccionamos nuestras habilidades. Actualmente algunos escritores y escritoras implementamos talleres de creación literaria en nuestras lenguas y seleccionamos lecturas en el mismo idioma como material de trabajo. Vaya que quienes no nacieron para esto o desaparecen después de publicar un solo texto, o salen huyendo de un taller después de recibir una crítica a su texto como si fuera personal.
Sabemos del valioso trabajo de un corrector de estilo y, sobre todo, de un editor que acompaña al escritor o interviene en la composición de una obra. En lenguas indígenas aún no existen tales oficios. Hoy podemos hablar de un corrector de estilo previo a la publicación de una obra o, en el mejor de los casos, antes de enviar un trabajo a una dictaminación, que más de las veces es otro escritor o lingüista que conoce el mismo idioma. Lo cierto es que no existe un corrector de estilo profesional como tampoco existen traductores profesionales para subsanar el dilema de la traducción y la versión original de un texto. La búsqueda de un lector o corrector cada vez se vuelve una práctica de precaución profesional, al menos para que el autor no cometa la desfachatez de creerse dueño de su idioma materno y creer que como escribe debe publicar sus textos.
Mientras que en español, como en muchos idiomas, es común el trabajo de un editor, aunque caminara como una sombra del autor, en tsotsil no existe hoy en día alguien que se considere editor, alguien que defina y perfile a un escritor en el mundo literario, no como otro autor sino como un asesor que, por su conocimiento y experiencia, le va mostrando al autor las posibilidades de composición de una obra para alcanzar la coherencia, la unidad de sentido, que le permita considerar el camino que va tomando la narración, el crecimiento o la caída de un personaje, la estructura temporal y espacial.
Al final y después de eso entra el corrector de estilo para limpiar los errores gramaticales o sintácticos que a cualquiera se le escapa, un corrector armado de los mejores diccionarios de la lengua en que corrige. Basta ver, por ejemplo, la película Pasión por las letras de Michael Grandage en donde se muestra la estrecha relación entre autor y editor de libros mediante la lectura de manuscritos, historia del editor neoyorkino Maxwell Perkins y del escritor Thomas Wolf, editor también de Ernest Hemingway.
En la creación literaria muy pocas veces se puede creer en alguien que diga que no acostumbra a releer o corregir su obra antes de enviarla a una dictaminación. O como diría una frase atribuida a William Hazlitt, “Aquellos impecables autores son los que nunca escribieron”. Los escritores Bartlebys preferirían no hacerlo para no darle gusto a los críticos modernos que o alaban una obra o la destruyen.
Ya que a la mayoría nos ha tocado descubrir nuestra vocación a la creación literaria, algunos más tarde que temprano, usualmente nos acercamos a personas que tienen conocimiento y experiencia en la composición para obtener de ellos la asesoría necesaria y convencernos que, con el tiempo, hemos hallado un estilo o una voz.
Si bien nacimos con una habilidad, en lugar de un don, necesitamos de alguien que nos acompañe para desarrollarla y perfeccionarla antes de caer en la condena del egocentrismo, de la falsa ilusión de originalidad. Algún día ya no sólo buscaremos ayuda con los mestizos sino también con los propios compañeros que hayan aprendido lo suficiente para orientar a un escritor en formación, que valore la calidad de una obra en esa lengua, una persona que lleve de la mano a quien busca convencerse de su don, porque entonces nunca será tarde para retirarse y seguir buscando el camino correcto.
No importa en qué idioma se escribe primero, o se sabe escribir o no. Tampoco existe una lengua más poética que otra, o menos literaria. Como sabemos, no basta dominar una técnica para escribir bien, o tienes la habilidad, el don, el genio, el demonio, o esta no es la opción. Si escribes por placer o por enfermedad, pero sin poder visualizar tu vida sin ella, sabrás que ese es un posible camino, sin importar que te llevará a la tumba sin reconocimiento. La literatura es así, a veces, lo único a lo que te prepara es a morir solo.
Steve Rhodes, “Lawrence Ferlinghetti at the San Francisco International Poetry Festival”, Flickr, CC BY-NC-SA 2.0
En el poema Allen Ginsberg está muriendo, Lawrence Ferlinghetti escribió:
Está muriendo la muerte que todos morimos
está muriendo la muerte de un poeta
¿Cómo es la muerte de un poeta?
Yo he velado poetas, los he visto en sus ataúdes, y puedo asegurar que un poeta muerto es un cuerpo muerto.
Sin embargo, el cuerpo de un poeta muerto es un velero que se pierde en el mar.
Ferlinghetti murió a los 101 años.
Su cuerpo habitó esta roca durante un siglo y un año.
Un siglo y un día.
36865 vueltas a una estrella desposeída.
Pequeño Lawrence de familia en familia.
Almirante de fragata.
Estudiante aguerrido.
Rebelde.
Marxista-zen.
Editor y librero.
Traductor y solitario.
Sinfónico flaneurista.
Poeta.
Sobre todo poeta.
De Jacques Prévert.
A Diane di Prima.
De Delmore Schwartz a William Carlos Williams.
En una noche de tragos, cigarros y jazz en San Francisco, Ciudad de México o
Chile, junto a Parra, Kerouac y Gregory Corso.
Libros viejos apilados en las esquinas de un departamento.
Los fantasmas revolucionarios lanzando papeles por la ventana de una noche gélida en Coney Island.
La música sale por los pasillos y los ductos de aire acondicionado.
La música flota suavemente por toda la ciudad iluminada.
Poesía en voz alta bajo el halo infernal del vino y las metáforas rancias.
Los músculos abiertos del editor.
Las venas ardientes de una editorial de poesía.
Cuando Ferlinghetti publicó Howl apareció en los archivos del FBI y fue citado a declarar en los juzgados.
Esto logró que el libro se hiciera un éxito comercial.
Vendiendo medio millón de copias.
Medio millón de poemas.
Poemas virales.
Esfinges de cemento y aluminio.
La poesía de polizonte en las casas, los taxis, las oficinas y los parques públicos.
En el verano de 1967, Lawrence tomó un ácido mientras organizaba unos catálogos en su famosa librería City Lights.
Era el contrapunto que le había dado Timothy Leary.
Los libreros comenzaron a derramar una brillante lava violeta.
Los libros se hundían en aceites iridiscentes.
Las palabras salían de su forma impresa formando textos en el aire.
Cuando la espesura del viaje comenzó a calmarse, Ferlinghetti le marcó a Allen Ginsberg y le dijo que bajo los efectos del LSD había escrito un poema de 176 páginas en tan sólo 8 horas.
Estuviera donde estuviera, Magdalena Macías —conocida para su pesar como La Gorda Macías—desde siempre tuvo que convivir con la tiránica presencia de las telenovelas. En la casa donde creció el ruido de la tele casi nunca paraba, y sin importar en qué momento del día pusiera atención a la pantalla, siempre se enteraba de la vida de alguna güera muy peinada que no dejaba de batallar con la mala suerte que su bondad y belleza le traían.
Ya fuera en las telenovelas que vio de niña, de adolescente, o en las que ya de adulta encontraban la manera de colarse en su vida —porque nunca las había visto por ganas propias sino ajenas—, lo que aprendió fue que a las mujeres siempre les tocaba sufrir y llorar por algún hombre que a veces era malo, aunque si el hombre era bueno también sufrían, mientras que las otras mujeres, envidiosas, en vez de ayudar solo conspiraban contra la eterna bondad de la güera.
Aunque en su casa, la Gorda se abstuviera de prender la tele, la dictadura de las telenovelas la seguía a cualquier parte: si no era en la caseta de vigilancia era en la fonda, y si no, en la estética de Maricela, donde cada mes le tocaba su despuntada. Maricela tenía muchas clientas, y su éxito radicaba en que si le decías córtame nomás tres centímetros, tres centímetros te cortaba. Aunque en su salón había otras muchachas, la Gorda Macías —para entonces policía primero de las fuerzas municipales de Jojutla— siempre esperaba a Maricela.
En la tarde de aquel jueves aguardaba su turno en un silloncito descuadrado, y aunque trató de revisar su celular, hojear revistas de chismes o mirar para la calle, la Gorda al fin dirigió su atención a la tele empotrada entre pared y techo. En pantalla, vio cómo un comando de narcos, que más bien parecían strippers disfrazados de narcos, estaba a punto de ser emboscado en la operación peor organizada de la historia de la DEA. El narco principal, todavía más güero y más mamado que sus achichintles, decía te amo, Yolanda, dejemos el pasado atrás. Y esa Yolanda entonces sonreía con una felicidad conseguida a golpe de lágrima sufridora.
La Gorda ni se había dado cuenta de que Maricela la llamaba hasta que sacudió la capa de corte y dijo:
—Qué suerte que te tocaba corte, Gorda, que traigo problemas con una muchacha…
Además de cortar el cabello, Maricela se dedicaba a ayudar a mujeres que necesitaran un lugar a dónde ir. La Gorda recordaba bien la primera vez que, sobre el mismo silloncito descuadrado, Maricela le había dicho a una muchachita tímida y con un moretón en la cara: si te atreves a escaparte del viejo ese, yo te espero con un carro y te quedas en mi casa. De eso hacía ya unos seis años, y desde entonces Maricela acomodaba en su casa del Centro —una de esas antiguas, con jardín central y muchos cuartos— a cuanta muchacha lo necesitara.
Algunas de ellas aprendían a cortar el cabello y entraban a trabajar a su salón. Otras lograban irse para otro pueblo donde tuvieran familia. Con el tiempo y la ayuda de abogadas, trabajadoras sociales y alguna gente del municipio, Maricela había terminado por montar un albergue. De vez en cuando la Gorda tenía que espantarle a algún viejo cabrón. Más de una vez la habían amenazado, intentado quemar su casa y hasta secuestrarla, pero Maricela, siempre brava, se crecía con los problemas. Dijo:
—Ya sabes que yo no soy de susto fácil, pero es que el viejo de Perla es para darle de comer aparte.
Maricela le contó que desde que Perla había llegado a la casa, empezaron a pasar por enfrente las camionetas negras. Lujosas, sin música y sin escándalo, sin asomar armas. Siempre a vuelta de rueda y siempre a la misma hora, ya sabes que yo soy de poco dormir y me pongo aquí junto a la ventana a hacer mis muestrarios de uñas, pero eso no es lo peor. Según Maricela y las muchachas, alguien había entrado a la casa, porque una mañana al entrar a la sala vieron de cabeza la imagen de la Virgen de los Milagros.
—A mí esto me está dando ya mucho miedo, Gorda, los viejos de las otras muchachas son de venir a gritar, de decir que van a hacer y a deshacer, perros que ladran nomás, ya los conoces… Pero esto no es cosa de alguien normal. Y espérate, que el otro día me dejaron prendida una vela negra en mi ventana, no te rías, Gorda.
Y aunque se riera, la Gorda se tomó muy en serio lo que escuchaba, y pidió que la dejaran hablar con Perla.
—Pobrecita, a mí no me cuenta nada, dijo Maricela, a ver si a ti te quiere decir.
A la noche siguiente, después de su turno, la Gorda todavía uniformada fue a la casa de Maricela, que la hizo pasar a los cuartos. Perla estaba sentada en una cama estrecha idéntica a las otras que cabían en aquella habitación de techo alto y aire de hacienda. Su expresión era altiva a pesar de tener el ojo izquierdo cerrado por la hinchazón de un madrazo.
—Yo a ese lo dejé porque está loco, me celaba hasta de ir a ver a mi tía, le dijo a la Gorda con su voz de agüita de barranca; Perla tenía moretones en el cuello y también ese espanto que se queda en la mirada luego de que alguien intenta ahorcarte.
—¿Ese? ¿Y ese quién es? ¿Le vas a levantar una denuncia? La risa de Perla arrastró piedras.
—Uy sí, ahorita, para que amanezcamos todas balaceadas, empezando por usted, mi poli. Yo lo que quiero es irme, pero todavía no puedo hasta que no le mande un dinerito a mi tía, para que ella se vaya también. ¿Y si te encuentra? Perla miró a la Gorda como si aquella idea nunca se le hubiera ocurrido, y entonces se soltó a llorar como la escuincla asustada que era. Y aunque no dijo nada, a la Gorda le pareció raro que la novia de un narquillo estuviera tan dispuesta a hablar con un uniformado.
Cuando salió del cuarto, se juntó con Maricela en el patio. Las macetas desprendían un olor denso a toronjil y a Huele de Noche, que se mezclaba con el humo del cigarro de Maricela y el de un espiral espanta zancudos.
—¿Qué pasó? No, pues lo de siempre, que está cabrón. Maricela sacó humo y risa entre los dientes.
Por testimonio, deducción y repaso de su catálogo de malandros notables, La Gorda estuvo segura de que Perla se había escapado de Rufino Santos, alias El Chupín, narquillo ostentoso y fuereño, fiel a la Santa Muerte y vínculo de los Guerreros Unidos para mantener la plaza de Tlaquiltenango.
Pues si la muchacha denuncia podríamos aprehenderlo por violencia familiar, dijo al día siguiente Maldonado, brazo derecho de la Gorda, que tenía razón pero a la vez no, porque esos delitos eran de fianza fácil y solo servirían para terminar de prenderles la mecha a los viejos violentos.
—No, Maldonado, cómo cree, mire, esto va a ser como en el dominó: cuestión de atención, talento y vista. Y si querían mantener seguro el albergue de Maricela, resolverle su asunto tendría que ser cosa extraoficial.
Aunque por entonces la Gorda no daba órdenes a nadie, todos le hacían más caso que al comandante, un enviado de Cuernavaca que desde hacía más de un año se la pasaba haciéndose poco más que pendejo, y cuando un jefe se hace pendejo, es fácil imitarlo. Por eso, en vez de corretear a los secundarianos que se las tronaban entre las milpas, Maldonado y la Gorda averiguaron de Eulalia Ojeda, la tía de Perla, que vivía en una casita recién pintada por rumbo de Las Calaveras.
Eulalia habló con ellos: dijo que El Chupín se apostaba afuera de su casa en su camioneta negra, sin música y muy solemne, y se tomaba a pico de botella un tequila de los caros sin dejar de mirar fijo hacia su ventana.
—Haga como que se pone de su parte, dijo La Gorda, dígale que va a convencer a Perla de regresar con él, mientras nosotros vemos cómo lo calmamos. Y ella dijo que sí, que haría lo que fuera con tal de que dejara a su sobrina en paz. También sé, dijo Eulalia, que trae problemas con uno al que le dicen El Pleititos. Ya a solas, Maldonado le dijo a la Gorda:
—Ese Pleititos es el Rojo que debería disputarle la plaza al Chupín, pero mucho no le ha de disputar porque de él nomás cuentan que es más culo que espinazo.
Con los días, las amenazas a Maricela se pusieron más creativas: que si marcas afuera de su puerta, que si le dormían a los perros con jarabe para la tos, que si el corazón de un pollo aparecía en un charquito de sangre.
—¿Y esto qué significará, Macías?, dijo Maldonado. Lo que ya sabíamos: que el cabrón del Chupín anda muy confiado de que Maricela se va a asustar y va a correr a la niña. Perla, que no salía de la casa, cada tanto le contaba a la Gorda lo que sabía:
—El Chupín dice que pasa más chiva que nunca y que además de creerse dueño de Jojutla y Tlaquiltenango, ya hasta se quiere medir la vara con los de Yautepec.
Sobre el Pleititos Duarte se sabía que era un acapulqueño de familia importante, pero con una voz tan queda que, por más fusca que cargara, nadie terminaba de respetarlo. Su apellido sí metía miedo, pero quedaba claro que no el suficiente, porque la Autopista del Sol era territorio del Chupín, quien afirmaba con mucha devoción deber su buena fortuna a las ofrendas que hacía para su Niñita Blanca.
—Le digo que está loco, mi poli, decía Perla, si regreso con él me mata, y lo mismo si no regreso.
El Chupín tenía vigilados los movimientos de Maricela y de cualquiera de las muchachas que vivieran con ella en el albergue. Si salían al mercado, entre las bolsas del mandado se encontraban alguna amenaza críptica en un papel. Una noche llegó a la estética un cliente a pedir un corte que después intentó pagar a dos mil pesos, para al fin decirle a Maricela, por las buenas, que lo mejor para todo el mundo era que corriera a Perla de la casa.
—No sé ni de dónde saqué voz para decirle que se llevara su dinero, pero ya no puedo más, le dijo Maricela a la Gorda. Por si algo pasaba, la Gorda montó guardia con nada más que su Beretta y la bendición de Dios, pero esa noche todo estuvo tranquilo.
Al día siguiente, el dueño de Las Tres Parcas barría cristales en la entrada: el Chupín había armado un señor berrinche después de haber recibido una llamada.
—Hizo que sacara a todos los clientes, se puso a dispararle a las botellas de la barra y después a quebrar cuanto mueble se le puso enfrente mientras mentaba madres, mire el desmadre que me dejó y ni modo que con quién me queje.
No puede tratarse del asunto de Perla, pensó la Gorda, o hubiera ido en chinga a robársela, ni modo que no pudiera.
—Ese donde sea me va a encontrar, decía Perla todo el tiempo.
La Gorda, por más mala cara que cargara a veces, siempre hallaba la forma de saber lo que necesitaba.
—Y eso no se gana con que le tengan a uno miedo, es nomás porque hablo con la gente, me acuerdo de sus nombres, de quién son familia y de todas las cosas que me cuentan, eso es lo que hace que a un poli de pueblo le tengan confianza, le decía a cuanto novato se le cruzara, porque si dejamos que solo la placa y el uniforme hagan esa chamba pues estamos jodidos.
De chisme, dicho y rumor, Maldonado y la Gorda llegaron a saber que el Pleititos Duarte tenía mucha presión para recuperar la Carretera Del Sol. Se rumoraba que Los Rojos de más arriba esperaban un cargamento de armas de alto poder para que sus hombres tuvieran mayor fuerza de choque. Pero yo con esa información ahora sí que ya no sé qué hacer, dijo Maldonado, pues si esto se vuelve un operativo federal, nosotros seguro que terminamos en una caja.
Maricela ponía al tanto a la Gorda: que, aunque salieran todas juntas, sentían que el Chupín tenía ojos en todas partes.
—¿Le hiciste como te dije?, dijo la Gorda, cambia la ruta de las calles por las que caminas, ve a la tienda a horas diferentes, que no te conozcan la rutina, y Maricela decía que sí, que le hacía caso y que hasta era ella la que depositaba de a poquito el dinero que Perla quería poner en una cuenta, unos ahorritos nada más.
—Por cierto, Perla te manda a decir que al Chupín acababan de robarle mucha lana de una casa de seguridad, y que cuidado con lo que digas en Las Tres Parcas, que ahí él se entera de todo.
Mientras con Maldonado hacía sus rondas cerca del panteón viejo, la Gorda al fin tuvo una iluminación: había forma de deshacerse del Chupín sin ensuciarse las manos.
—Vamos a hacer como que le hacemos un favor, y le contamos que su rival quiere pasar un chingo de fierros por la caseta que ellos controlan, y de paso, que seguro fue el Pleititos quien le robó el billete.
—Está peligroso eso, Macías, le dijo Maldonado, ¿y si el Pleititos se nos viene encima? Pues ya veremos cuando pase, dijo ella, un asunto a la vez.
Nomás había que regar tantita pólvora para que la tensión entre esos dos se acrecentara: si algo les molesta a los narquillos es que alguien pase por encima de su nombre. La Gorda, junto con el resto de la Municipal, se encargó de poner a la gente alerta: que nadie salga muy tarde y mejor si evitan los lugares donde aquel par de envalentonados saben dejarse ver. Aunque no se digan en voz alta, en un pueblo chico esas cosas se saben. Para el Nescafé de la media tarde, Maldonado dijo que la cosa entre el Chupín y el Pleititos ya andaba muy caliente:
—En Las Tres Parcas me contaron que el jefe del Chupín ya lo dejó barrido y regado, y quiere que truene al Pleititos cuanto antes.
Ya estaba listo. Para cuando El Chupín fuera a cobrarse las ofensas, el Pleititos ya estaría bien armado.
—Lo que no quiero es que vengan a echar bala al pueblo, dijo La Gorda, mejor que lo hagan afuerita.
—No pues ya donde lo hagan lo harán, dijo Maldonado, que ya los alebrestamos, ¿segura que era por ahí, Macías?
—Pues si no por dónde, Maldonado, vea nomás este chaleco antibalas, si ha servido tantos años es solo por la estampita de San Judas que el dueño anterior, en paz descanse, le puso adentro.
Una noche calurosa, pegajosa y con rumores de balacera. Como El Pleititos, aunque trajera fierros nuevos, era mal tirador, El Chupín tenía chance de escaparse vivo. No podían correr riesgos. La Gorda le pidió a Zamudio, un poli nuevo y entrón, que fuera el conductor de Maldonado para seguir con discreción los pasos de El Chupín. A la mínima insinuación de enfrentamiento tendrían que comunicarse con ella, por celular y no por radio:
—Porque los narcos bien que saben interceptarnos la alta frecuencia.
En un coche incautado por la Municipal y con las luces apagadas, Zamudio y Maldonado seguían al Chupín por el libramiento a Galeana. Zamudio, que seguía órdenes extraoficiales solo por no tenerle miedo al miedo y por sentirse en película de acción, llamó a la Gorda al primer tableteo de los cuernos de chivo. Con dos patrullas, La Gorda cerró el paso en el libramiento para que ningún civil anduviera por ahí, a riesgo de que más narcos quisieran unirse a la batalla y su retén les valiera poco más que puras madres.
Después de estacionar detrás de una casa en obra negra, Maldonado bajó del carro y se internó en los arrozales. Zamudio lo siguió sin saber a dónde iban.
—¿Qué, no era nomás una operación de espionaje?, dijo Zamudio por lo bajo.
—Este espionaje que necesitamos tiene que ser de cerca, chamaco. Ambos tenían ya los pantalones mojados por el lodo próximo al río cuando llegaron al tramo de la carretera donde los sicarios se habían baleado. El Chupín se reía, de pie y con un agujero en el hombro:
—Gracias, Flaquita, tú nunca me fallas.
Entre las cañas, Maldonado, que de puro cazar conejos en el monte tenía buena puntería, pudo, a pesar de la oscuridad, encajarle al Chupín un tiro en el cuello. Luego dijo:
—Atención, talento y vista. Llámale a Macías.
Apenas terminó de hablar con la Gorda, Zamudio vomitó toda su cena entre los arrozales y después se recompuso para volver al coche y regresar con Maldonado por donde habían venido. La Gorda llegó al libramiento a Galeana con una ambulancia y dos camionetas de la Municipal para ver la sangre en cuerpo del Chupín aguarse en la corriente del Río Apatlaco. En un mensaje de Wasap, le dijo a Maricela que ya podía irse a acostar tranquila.
Al día siguiente, entre nerviosa y enojada, Maricela recibió a la Gorda:
—Buenos días Gorda, te ofrezco un café, dijo, pero luego se retractó, ay no, cómo café con este calor, mejor un agua de alfalfa.
—Café está bien, ¿qué traes?, le dijo la Gorda y ella negó con la cabeza.
—Esa méndiga de Perla, resulta que le robó un montón de dinero al viejo ese, y esos ahorritos que me decía que le guardara en el banco, ¿te acuerdas? los estaba lavando la cabrona.
—¿En serio? ¿Cómo? ¿Y dónde anda ahorita?, dijo la Gorda. Maricela daba vueltas entre el patio y la cocina: ni sé ni quiero saber, ella solo esperaba la noticia de que se habían quebrado al Chupín para largarse. Maricela desapareció en las habitaciones y regresó con una mochila rosa de niña que dejó abierta a medias, junto al café que le había servido a la Gorda. Muy seria, dijo:
—Me dijo que te diera tu parte, ¿tú crees?, la descarada. Pero bueno, mira, yo no ayudo a las mujeres porque tengan que ser buenas, sino porque necesitan ayuda, y pues Perla ayuda necesitaba… deja de reírte, tú.
La Gorda aún sonreía cuando dijo:
—Mira, mejor aquí que en las telenovelas, que las viejas a veces sí se salen con la suya.
Imagen de la campaña internacional por la liberación de César Montes.
21 02 2021 Con la Mochila al Hombro desde la cárcel de Matamoros de la más alta seguridad
El día anterior, sábado, escuché el programa sobre mi caso con la participación de Paco Taibo II, Fritz Glocker y Humberto Macías. Se llamó algo así como “César Montes, una leyenda viviente”.
Profundamente agradecido por la participación de cada uno y la conducción del programa de una hora de duración. Inmerecidamente elogiosos. Queda sólo aclarar algunos aspectos mencionados.
1.- No fui deportado por error. Aclaré que tenía asilo político, entregué todos los documentos pertinentes que acreditaban el trámite.
2.- Demostré fehacientemente que mi padre era mexicano y estaba en trámite mi nacionalidad mexicana.
3.- No se investigó debidamente mi situación migratoria totalmente legal. Desde el primer momento me dijeron que sería deportado.
4.- Luego que acredité mi legalidad, dijeron que me llevarían a la Ciudad de México al Instituto Nacional de Migración en la noche misma de mi detención. Mintieron porque me llevaron al aeropuerto internacional Benito Juárez e intentaron embarcarme en un vuelo comercial a Guatemala, a lo que me opuse.
5.- Tuvieron que obligarme con violencia a subirme en un vuelo especial, esposado de pies y manos en tal forma que fue una tortura violando todos mis derechos humanos, siendo conducido a Tapachula, Chiapas, en contra de mi voluntad.
6.- Exactamente en 24 horas, estaba siendo entregado en la frontera de Guatemala, sin que hubiera ningún trámite de extradición. No hubo tiempo para hacer ningún trámite y tampoco hubo nadie de Interpol.
7.- Fui víctima de una detención ilegal, un secuestro, técnicamente hablando.
8.- Víctima de ilegal deportación, de una extradición irregular, ilegal, delictiva.
9.- No se respetó mi condición de persona de la tercera edad con casi 80 años.
10.- Se burlaron leyes estatales y federales por mi detención ilegal hecha como vil secuestro y por mi entrega ilegal al gobierno de Guatemala que tenía y tiene persecución política en mi contra por mis ideas revolucionarias.
Salí al estrecho corredorcito donde se ve el cielo con altus stratus moviéndose lentamente de norte a sur, señal de que seguirá el frío. Se pueden ver las copas de cipreses y los altos laureles de la India contrastando con lo originario. La vista se enmarca con las filosas concertinas electrizadas y los altos muros. Supe que habitan muchas ardillas en el bosquecito.
En la azotea camina un guardia penitenciario que de lejos me saluda. Fue él quien me trajo saludos de algún campesino beneficiado con tierra que gestionamos en el Fondo de Tierras. Son de Crucero Cakija, un proyecto productivo rentable que produce café en oro y cardamomo seco.
Frente a mi juegan cartas guardias y presos todo el día. Están los guardias más constantes: el de cara de tepezcuintle de bigotes recortados, el panzón, el vende dulces de cardamomo, el rijolillo. Al fondo se escucha la poco romántica música mono tonal, con letra de retraso mental. Salen brevemente los pandilleros ultra tatuados, me saludan con respeto, fumando sus puros de marihuana, permanentemente hablándome en su slang: “¿Tuanis comandante? ¿sólo escrituras? me llega comanche”.
Sch’iriret ala chikitin ta sk’abte’. Te sbak’etale ya skap sba tey a, maba yich’ tael ta ilel. K’unk’unax ya xlijk te sch’irirete, xlamametnax, sok kajalkaj ya xmo te sk’ope ja’to k’alal ya smakbe schikinik te mach’a ya’yike, ya xtoy beel ta yut te’tikil jichnix ya smaj tal sujtel sba, ya xtup’ beel jich bit’il sch’ailel k’ajk’ te bit’il ma’yuk bi chikan ya yijk’itae. Jts’in sch’ijan k’inal ya xjil, ya smakbe sk’op te ajk’ubale, ta ajk’ ala chikitin, te ya smaliy yochel, sch’iriretnax xjajch te sk’ayoj te tulan ta a’yele, te manchuk ayuk yantik k’ayojetik ta aj’kubal ja’ ya jxi’tikxan.
Ma’yuk yan xi’el jich bit’il jtukeltiknax ya xbenotik ta te’tikil banti ya xbajt jch’uleltik k’alal ya xlok’ik tal ta ajk’ubal te chikitinetike. Ta sbabial k’un amalnax ya xuxubtaat, ya stsajtabet te axi’wele, mak te atulanile. Ta patil, k’alal ya yilik te atukelnax sok te ma’yuk binti stak’ apase, ch’iretnax moel te sk’ayoje, jich ya sch’ijtaj te jnujkuleltike. Ya sk’abuat sok te sitike, mukinax ya xwilik ma sch’ay ta sitik te abeele, te sch’iret ya sts’akliat, manchuk k’ejel ya xbaat ya staatik. K’alal anop te la ach’ayix jilele ya awil te ayik a manchuk maba yakalik k’opojole: ma’yuk bit’il ya stak’ xlok’otik ta anel. Ta sbabial ya xi’wat, mak ta patil ya jnoptik kuxinel sok te sch’iriret.
Ay mach’a ya yalik te chikitinetike ja’ ya yak’ik ta na’el stojol te ayla mach’atik ch’ayem sch’ulelike, te mach’a ma jelawik beel ta yan balumilal, banti ta xkuxunik te animaetik, melel chopol stalelik k’alal kuxinemikto a. Te sch’irirete ja’la yok’elik te animaetik te ja’ ya sjun te mach’a ayik li’ ta jlumaltik, sok ta yantik, te ayik ta sni’ te witse.
2
Bayel binti ya jxi’ te k’alal ch’inonto ae: te sme’toibe, te sts’i’ te jme’chune te ja’ sbiil mamal soknix te xk’atp’ujon ta ala chikitine, melel ta jlumal te mamil me’chuniletike ya scholik te spisil te ants winiketike ya stak’ sk’atp’un sbaik ta jkojt chambalam, te nitiltsakalotikla sok te ma xk’o jna’betik sbae, ja’nax ta jwaychtik. Te k’alal ya xtojkotike ya kich’tik ak’el jkojtuk, ¿Mach’a ya yak’botik? Ja’ te ajawetik. Te chanbalametike, te na’bil sba bit’il lab’iletike, te patil k’alal ya xk’ax bayel k’aale ya xk’ajp’ujik ta ajawetik mak ta pukujetik, ja’ chikan te yutsilal yo’tanik, te stalelik mak te bin spasike.
Bayel ja’wil la jnop tal te yawan yilbajinon te ajawetik tame chopol jtalele, yawan xk’atp’unon a te binti ma smulan jko’tane: ta ala ch’in chikitin mak ta lukum te ma’yuk sbak’ site, jich ta sbajtel k’inal ya xkuxin ta ijk’al k’inal. Ja’ ya jxi’oj ts’in bi, melel jnopoj te ma’yuk binti xan chopol a te k’alal ayat ta ijk’al k’inal banti ma’yuk bi chikan a, jich yilel te makalat ta yutil kaxa, te ma’yuk ba jutul, banti ma stak’ xlok’otik a. Ja’ jich la ka’y k’alal ts’usul a jilon ta spus te jme’chune, banti pajal tame jamal mak muts’ul te jsitike, ijk’al k’inal spisil, ma stak’ jkil te jbak’etale. Le k’ot ta jko’tan te sok jsitik, ya jkiltik te spisil te bitik ayik, te sit elawiletik soknix te k’ajk’e.
Ta skaj te jxi’wele, lek ya kak’ jba. Jich tame ay bi sk’anben te jme’e ma’yuk bi ya kal, jich maba ya jt’ises sok ka’ybe stojol te sk’ajk’al yo’tane: “¡Tey xa awil tame k’atp’ujat beel ta chikitine!”, jichnix ya jpas sok te jtate, ma jp’ajix tame lom sab ya yik’on beel ta a’tele, sokto jwayel ya xban, melel ja’ lek xan te jun beele jich ma xk’atp’ujon a.
K’alal jch’iniltik ya jch’untik spisil te bin ya yalbetik ka’ytik te muk’ jch’ieletike swenta ya jch’unbetik a te smantalike, te xi’wele ya spas te jch’untik mantale. Ya swejtesik k’op a’yejetik te ya yak’ jxi’weltik, jich ya jnoptik te ay yantik lum balumilal sok snopel yantik jkuxineletik, maba sna’ik stojol te bayel ya yak’ jxi’weltike. Jichnix ya xi’wtesotik ek te jnojk’etaltike, sok sk’ak’ab ete’etik te ya smaj te sba nae, sok te biluk ya sjochila sba ta ajk’ubaltike. Jich ya xkuxinontaljo’tik bayel k’aal ja’to te, k’alal xjul ch’uleltik, ya kujch ku’unjo’tik te bin ya jxi’jo’tike.
“Ma’yuk binti ma stak’ ya yutsubtes te k’aale”, jich la yalben jtul jme’jun. La jch’un k’alal a ch’ay beel ka’y te jxi’wele. Jun k’aal jwewextik ta ch’iwich, yakon ta beel ta yolilal a te jpaxialetike, maba jna’oj a, la jta jtul jchon kaxlan chenek’, mach’a yakal ta scholbeyel jtul kerem te bit’il maba chopolik te chikitinetike, te yala yik’ik tal te ja’ale, sok te yala xtal k’alal ya ya’y te sch’iriretnaxe. Te jtul winik, te ma’yuk bin ora la kilbeix te site, ay bi la yak’ben jna’ stojol te ma’yuk mach’a scholobekon ka’y ae: te yawik te chikitinetike ja’ pajal sok te chawuketike, pajal ya yak’ik ta na’el stojol te ya xtalix tulan ja’ale.
Ta yorailnax la spuk lok’el sba te jxi’wele, jich jelonax ta ora te snopojibal ku’une melel smulanej jko’tan te ja’ale: te k’alal xp’eklajan ya xk’ot smaj sba ta tone, k’alal te schajajet ya xkoj tale, mak te bit’il ya xmal tal koel ta sba na, te sts’ujlajetnax ya xkoe. Xyal xmojnax sk’opojel te ja’e te ma jna’tik bi xi ya kalbetik ta stojole, ja’ yu’un ma’yuk spajib ya ka’y te bit’il spisilnax ya yak’bekon lamal k’inalil. Ya’tik ma jxi’ xk’ajp’ujonix beel ta chikitin, leknax alok’ ya ka’y te bit’il yanax jnope, ya xju’ ya yach’ubtes te te’tikil sok jxuxub te ja’ale.
3
Ay mach’a ya yalik te sch’iriret te chikitinetike ja’ jun poxil yu’unik te mach’a ma stak’ xk’opojike, te ya yak’ k’opojuk te uma’etik sok te mach’atik xmakmun te sk’opike. May’uk binti xan k’ax muk’ ta stojolik jich bit’il te sk’opik te ants winiketike, maba ts’akal ya ya’y sbaik tame ma’yuk te sk’opike, ma stak’ yalbeyik sbiil te biluketik. Jich yu’un ja’niwan la slebeik spoxil yu’un a te manchuk mach’a xjil ta uma’e.
Te binti ch’unbile ma’yuk yip tame ma’yuk mach’a yich’ ta muk’e. Jich la kil k’alal te jkijts’in j-Ayan, te ja’ yal te jme’jun xLus, la slebeik jkojt chikitin, melel k’alal nopol x-och ta nopjun, mato xlok’ a te sk’ope, ja’nax sch’ewch’on. K’alal jtul kerem ya sts’aka oxeb ja’wil yu’un, sok mato xlok’ lek te sk’ope, te sme’ state ya x-a’yan yo’tanik yu’un, melel ya sna’ik stojol te manix stak’ xk’ot schol sbiil a tame maba la sleik bi la yutike. Jich yu’un ya xbajtik ta sleel te ala ch’in chikitine. Jun k’aal te jtajuntik sok te jbankiltik jich la spasik, la sleik jun limete, la sejt’ik ta yolil, ja’ la stunte sbeik te sti’e, ya stik’beik ochel jch’ix te’ ta yutil jich ya schukik, jamal ya xjil te banti la yich’ set’ele. Jich la spasik te “spejts’ul te chikitine”.
Ta mal k’aal lijkjo’tik ta sleel te chikitine. Junojbatik beel te winiketike sok te keremjo’tike, banjo’tik ta te’tikil, ik’bilonjo’tik beel yu’un sch’iriret te chikitine. K’ax cheb oxeb ora te sleele, ajk’ ts’intikto te ay ma staik ta stsakele. K’alal la stsakik, te jtajun te mach’a yich’o beel te “spejts’ul chikitine” tulan ya’tel yich’o: sna’o stojol te k’unk’un ya stijtsan beel te ya’tejibe, swenta jich ma xtaot ta ilel a. Ajk’nax la stsak te ala chikitine, xwilwonax jajchel k’unk’un lub, melel laj yip te xik’e.
Ta stojol te ma xkol beel a, te “spejts’ul chikitine” la syalesik ta lum, la smajik tulan jich ch’ay sjol te chikitine, ala jteb ya snijkes jilel sba. Jtul jbankil la sjajch moel te limetae, la sch’ik ochel ta wolxa te chikitine swenta ma wil beel a. Ja’ jich la staik beel ta ik’el a: xba yak’be sk’op te mach’a ma’yuk yu’une.
K’alal te mato xlaj yip a te chikitine la stajtesik jich ya sti’’ te j-Ayane. Ay bayel ta ajtal ten bit’il ya spasbeik, ya stak’ sch’ilik ta samet, ya stak’ sch’ilik ta yutil xalten mak ja’nax ya xpi’xik sok waj. Te mach’atik sti’oike ma xjul ta sjolik te bi ya’yel te sbujts’e, k’anuk ta jich yilel te ma’yuk bi sti’oike, ya sch’ay ta yo’tanik te bi k’axemixe ja’nax ya xjul ta sjolik te bitik ya spasik te k’alal ya xk’ax yu’unik, jich xlijk yalik sbiil te balumilale. Tik’nax ala chikitin ya yich’ ti’el ts’in ya stak’ xlok’ix jp’aluk sk’op a: “la jti’ te ch’in chane”. Ja’ jich a tojk jtul ach’ jch’iel jk’opojel, jich la spas te jkijts’in j-Ayane.
4
Te sch’iriret chikitinetike, ja’ pajalik sok te chiletike, ma’yuk pajal sok yantik. Te stat chikitin sok xuxubik ya yik’ik tal te me’ chikitinetike, jich, ya stsaik te xuxub te ya xk’asesbeyik sk’ixnalike swenta ya skuch sbaik a. Ma ja’uknax mene, swenta xan ya stijik ek te mach’atik wayatik ta ye’tal te balumilale, melel ta sk’uxul te k’aale, ta yorail ja’aleltik, te ya xlok’ik tale. Maba ya yich’ tael ta ilel ta sikil k’inal, melel ja’nax ya xtojkik ta k’ixin k’inal.
Te stulanil sch’iriret pajal sok te lek sonil te xyal xmoj yipe yu’un te sik mak k’alel k‘inale. K’alal k’ajk’ ya yak’ sba te chikitine tulan ya xtoy moel te sk’ope, jich bit’il ya yich’ ya’yel ta olil k’aal, k’alal te ik’ ya sikubtes te te’tikile sok te tokol ya smakbe sit te ch’ulchane. Ya xpejk’a yip sk’opike; jich te k’alal yorail sikileltike ya xkejchaik ta ch’inintel, ya smuk sbaik ta yutil lum.
k’alal yorail ya skuch sbaik te chikitinetike sna’oikix stojol slajelike: te me’ chikitin, k’alal la yak’ te stone, ja’ yorail slajel, ja’ jich yak’elik ek; te state, k’alal toyemnax ya xuxubinik k’alal ya sleik te yantsilelike, ya xlaj yipik jich k’unk’un ya xlajik. K’alal ya xlaj sche’balik te li’ ta kuxinele jich yilel te ja’ yorail ya yak’beik jilel sch’ulel te stonik. Ja’ukmene, ma xyilikix te bit’il ya xtojk jilel te yalatakik ta stonike, k’alal ya xtojkike ya sch’ayik koel ta lumilal sok ya sjok’ik jtebuk snaik te banti jal ya xkuxinik beele, ta patil ya xlok’ik tal ta ba lum, xjajchik xan ta xuxubinel ta yanto k’epelal k’inal, ya xjajchik ta wilel.
Ta yuil mayo ya yak’ bayel ja’al, tulan ya xtal jich ya sk’unubtes jilel te lumilale, ja’ jich ya stak’ xlok’ik tal te chikitinetik, k’alal sbabi ya staik ta ilel te balumilale, sch’iriretnaxik, jich ya xlijk xan beel yu’unik te jun welta skuxinele ja’nax te ora xlajik, yu’un ya schamik k’alal mato sna’ik stojol te lek stak’ xwilik ta sba te te’tikil.
5
Ay mach’atik ya yalik te chikitinetike ya sk’oponotik ta spisil ora, yich’oikla ta spatik, te wejtesbil xi’wel ku’untike.
Ay mach’atik ya scholik te chikitinetike ya la xwaychejik ek ja’nax te balumilal te ya snopike k’ejel xan ek te bit’ilotike.
Ay mach’atik ya yalik te chikitinetike ya la xi’wtesotik, yu’un la jich ma xbeenonjo’tik ta te’tikil te banti ya kuxinik.
Ay mach’atik ya scholik te chikitinetike ya sts’abetik te ja’ te ya jkuch’tik, ja’ la ya sjamik sbeel te ja’etik sok te muk’ul pampamtik te t’ujbiltiknax ta ilel.
Ch’iriret te chikitine, yu’unla ta sk’op lok’em tal te sbiile.
Ch’ir
Ch’ir
Ch’ir
Ch’iiiiiiiiiiiir
Chicharra
1
Chir
chiir
chiir
Chiiiiiiiiiiiir
Una chicharra silba en la rama de un árbol, su cuerpo se esconde y apenas se ve. El sonido empieza con un soplo lento, cadencioso, y gradualmente se eleva de tono hasta provocar el ensordecimiento de quienes lo escuchan, se propaga en las montañas y regresa en forma de eco, disipándose como humo de fogata que se va sin dejar rastros. Por un corto tiempo, todo se queda en silencio, enmudece la noche. De pronto una chicharra, que aguarda su turno, libera aquel sonido inconfundible y penetrante, el más escalofriante entre todos los que suenan bajo el cielo nocturno.
No hay nada más pavoroso que caminar a solas en las veredas de las montañas y que la noche te sorprenda con la aparición de las chicharras. Primero te silban moderadamente, tantean tu miedo o, quizá, tu valentía. Después, cuando te descubren indefenso y solitario, resuenan con energía, erizando la piel. Te vigilan con sus ojos, vuelan sigilosamente sin perder de vista tus pasos, su chirrido te persigue, te encuentra sin importar a donde vayas. Cuando crees haberte librado de ellas, descubres que el silencio fue parte de su estrategia: no hay escapatoria. Al principio te asustan, pero de apoco se aprende a vivir con su estruendo.
Hay quienes dicen que el silbido de las chicharras es como el lamento de las almas que vagan con pena, de aquellas que no lograron trascender al otro mundo, donde las ánimas reposan, debido a sus malos actos en la vida. Los sonidos que liberan son quejidos eternos que acompañan a los habitantes de este pueblo, y de otros, asentado en lo alto de una colina.
2
De pequeño le temía a varias cosas: a los gusanos de la helada, al viejo perro Mamal de mi bisabuela y, a la idea de convertirme en una chicharra, pues las abuelas y los abuelos de mi pueblo cuentan que todas las personas pueden transformarse en algún animal, que estamos conectados con alguno que nunca logramos conocer, sino a través de nuestros sueños. Desde que nacemos nos asignan a uno, ¿quién lo hace? Los ajawetik. Los animales, conocidos como nahuales (lab’), con el tiempo se convierten en seres sagrados y malignos, depende de la pureza del alma de la persona y de sus intenciones.
Durante mucho tiempo creí que si me portaba mal los ajawetik me castigarían, convirtiéndome en lo que menos deseaba: en una chicharra o en una lombriz que carece de ojos, condenada a la eterna oscuridad. Esa posibilidad me asustaba, pues imaginaba que no había nada más terrible que hallarte en un lugar carente de luz, como si estuvieras atrapado dentro de una caja, sin una sola abertura, con la imposibilidad de salir. Aquella sensación la experimenté la vez que me quedé encerrado en el temascal de mi bisabuela, no había ninguna diferencia entre abrir y cerrar los ojos, todo era oscuro, no lograba ver mi propio cuerpo. En ese momento descubrí el privilegio de la vista, de poder apreciar todas las formas existentes, los rostros y la luz.
Debido a mi terror, procuraba comportarme correctamente. Si mi madre me pedía algo, evitaba quejarme para no molestarla y escuchar su corazón enfurecido decir: “¡hay lo ves si te conviertes en una chicharra!”, lo mismo hacía con mi padre, ya no renegaba si me llevaba a trabajar en la madrugada, me iba con sueño, pero era preferible acompañarlo que enfrentar mi terrible mutación.
De pequeños tendemos a creer todo lo que los adultos nos dicen para comportarnos como ellos lo desean, el miedo es una forma de control. Crean historias que nos provocan temores, y estos nos llevan a imaginar mundos extraños, a crear seres que refieren a nosotros mismos, sin que ellos sean conscientes de la intranquilidad que nos provocan. Nos asustamos con nuestra propia sombra, con las ramas de los árboles que golpean la lámina y con cualquier chasquido que oímos en la noche. Así vivimos por un largo tiempo hasta que un día, cuando nuestras almas maduran, logramos superar lo que tememos.
“No hay nada que el tiempo no cure”, me dijo una tía. Lo comprobé el día en que mi espanto se extinguió. Era un jueves de mercado, caminaba entre la gente y, sin esperarlo, me encontré con un vendedor de cacahuates, quien le contaba a un niño que las chicharras no eran malas, pues eran seres que llamaban a la lluvia, y que esta respondía cuando escuchaba los chirridos. Aquel señor, que nunca más volví a ver, me hizo entender algo que nadie antes me contó: el estruendo de las chicharras es el mismo que el de los rayos, ambos anuncian la llegada de los torrentes que caen del cielo.
En ese momento se desvanecieron mis temores y mi idea cambió drásticamente porque siempre he tenido fascinación por el agua. El sonido que produce cuando golpea con las piedras y cae en forma de cascada o se escurre en el techo de la casa formando goteras con su ritmo. El agua tiene distintos sonidos que resultan difíciles de definir, pero todos me provocan una infinita tranquilidad. Ahora ya no tengo miedo de transformarme en una chicharra, pues qué magnífico resulta, solamente de imaginarlo, que la lluvia pueda rejuvenecer a los bosques con mi voz.
3
Dicen que el silbido de las chicharras es una pócima que da voz a quienes carecían de ella, que hace hablar hasta los mudos y tartamudos. Para los humanos no hay algo más íntimo y personal que la voz, sin ella el ser estaría incompleto, sin poder pronunciar el nombre de las cosas. Por esa razón se han imaginado todos los remedios posibles para evitar el silencio perpetuo.
La creencia por sí sola no tiene fuerza si las personas desconfían de ella. Eso pude constatarlo cuando a mi primo Ayan, hijo de mi tía Lucía, le buscaron una chicharra, pues a poco tiempo de entrar al preescolar no lograba articular ni una sola palabra, únicamente balbuceaba. Cuando un niño cumple los tres años y aun no habla, los padres se preocupan, pues saben que de no hacer nada, el pequeño nunca podrá pronunciar ni su propio nombre. Entonces se aventuran en la búsqueda del insecto. Aquella ocasión mis tíos y mis primos cortaron un bote de refresco a la mitad, usaron la boquilla, le insertaron un palo y lo amarraron, dejando descubierta la parte cortada. De ese modo crearon el “atrapador de chicharras”.
La travesía comenzó por la tarde, los adultos y niños se fueron hacia las montañas, llevados por los chirridos del insecto. La búsqueda duró un par de horas, es una cacería que en ocasiones puede fracasar. Cuando al fin localizaron a una chicharra, el tío que llevaba el “atrapador de chicharras” tenía una gran responsabilidad: acercar muy despacio el artilugio, procurando que no fuera visto. En un movimiento rápido y certero atrapó al insecto, durante varios minutos revoloteó hasta que se cansó, pues se debilitaron sus alas.
Para que no se escapara, el “atrapador de chicharras” fue bajado enérgicamente al suelo, golpeó tan duro que atarantó al insecto, apenas intentó volar. Uno de mis primos levantó el bote e insertó una bolsa para impedir la huida de la chicharra. En ese momento su destino estaba decidido: transferir su voz a alguien que carece de ella.
Antes de que la chicharra perdiera su fuerza fue preparada para que Ayan se lo comiera. Hay distintas formas de hacerlo, puede ser asado en el comal, frito en un sartén o simplemente envuelto en una tortilla. Quienes lo han comido no recuerdan el sabor, es como si nada existiera antes de haberlo comido. Para ellos el pasado se diluye y los recuerdos comienzan después de aquel momento, cuando al fin logran nombrar al mundo con su voz. Una chicharra es suficiente para que en los días siguientes aquel que se lo coma logre liberar sus primeras palabras: “me comí un insecto”. De esa manera nace un nuevo ser parlante, tal como sucedió con mi primo Ayan.
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El chillido de las chicharras, al igual que el de los grillos, cambia en cada enunciación. Los machos son los que estridulan para atraer a las hembras y ellas, a su vez, eligen la melodía que logre transmitir el calor que necesitan para aparearse. Pero no solo chirrían con ese fin, también para despertar a los que se encuentran dormidos debajo de la tierra, pues en el verano, en la temporada de aguaceros, es cuando brotan del suelo. Casi nunca se aparecen en los lugares fríos, pues solamente nacen en tierra caliente.
Las tonalidades del chirrido son acordes sincronizados que varían dependiendo de los cambios de temperatura. Entre más animado esté el insecto, más enérgico será su chirriar, como cuando el sol se encuentra a la mitad del cielo o la brisa de la tarde refresca las montañas y las nubes atiborran el paisaje. En ese caso, los chirridos disminuyen su intensidad; y en temporada de frío, se quedan en absoluto silencio, refugiados en las entrañas de la tierra.
Una de las cosas trágicas que experimentan las chicharras es que al aparearse prescriben su muerte: la hembra, después de poner los huevecillos, deja de existir, es parte de su naturaleza; los machos, al haber estridulado tan fuerte para buscar pareja, se debilitan y lentamente perecen. Para ambos, morir implica el traspaso de sus diminutas almas a los huevecillos, que dejan constancia de su paso por la vida sin ser testigos del crecimiento de aquellos. Al salir caen al suelo y cavan pequeños orificios en el subsuelo, en donde se introducen y resguardan por una larga temporada, hasta que llegue el verano y emprendan su primer vuelo, su primer silbido.
En el mes de mayo se dan las primeras lluvias, son tan fuertes que ablandan la tierra, facilitando la salida de las chicharras que, al ver por primera vez el mundo exterior, silban con tal estruendo, iniciando un nuevo ciclo que les resultará efímero, pues habrán de morirse mucho antes de que descubran la maravilla de poder navegar en lo alto de los árboles.
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Hay quienes dicen que las chicharras nos hablan todo el tiempo, que llevan consigo, en los pliegues de su coraza, los miedos que inventamos.
Hay quienes cuentan que las chicharras también sueñan y que los mundos que imaginan son diferentes a los nuestros.
Hay quienes afirman que las chicharras nos asustan intencionalmente, para evitar que nos acerquemos a los árboles donde encuentran un momento de intimidad.
Hay quienes aseguran que las chicharras hacen brotar el agua que bebemos, que encausan los ríos y los mares que admiramos.
La chicharra es sonido, pues de la onomatopeya de su murmullo nace su pequeño nombre.
El presente año marca tres décadas del inicio de la Guerra Civil en Sierra Leona, un conflicto que no sería el único característico del convulso fin de la Guerra Fría (1945-1991), sino que marcaría el inicio de un grupo de conflictos de baja intensidad que hoy experimenta el mundo y que atraen la atención de numerosos actores internacionales en la búsqueda por el poder, la influencia y el control internacional. Por lo tanto, en este texto expondremos las causas, consecuencias y actualidad que imprimió aquel conflicto en el país y en la región del continente. Sin embargo, es preciso establecer un breve recuento de la situación de aquel país antes del conflicto, ello para entender mejor las causas y consecuencias del mismo.
Sierra Leona, Liberia y Gran Bretaña: triada antiesclavista
Durante la segunda mitad del S. XIX, Liberia ya era un país independiente, reconocido y apoyado por Estados Unidos desde 1862 y cuyo principal activo social consistía en población local pero también por esclavos liberados y “repatriados” al continente de origen. Mientras tanto, Sierra Leona (como muchos países del continente) empezó como un asentamiento colonial a favor del esclavismo administrado por Gran Bretaña, pero, al ser aprobada la ley anti-esclavista de 1807, aquella potencia europea se dedicó a debilitar el comercio humano en el Atlántico y a fomentar la repatriación de esclavos liberados al territorio1. Paradójicamente, en este mismo periodo, originado de la Conferencia de Berlín2 (1884-1885), Sierra Leona pasó a ser un protectorado del Imperio Británico desde 1896 hasta 1961, con una autonomía institucional más flexible que las colonias que le permitiría desarrollar estructuras de gobierno que darían origen —al fin del dominio colonial británico— al país como una República Parlamentaria.
Democracia y Dictadura (1961-1991)
Entre 1961 y 1968, el país disfrutaría de ciclos electorales libres disputados por los 2 partidos políticos principales, el Partido Popular de Sierra Leona (SLPP) y el Congreso de Todos los Pueblos (APC), triunfando el primero durante este periodo con las administraciones de Milton y Albert Margai (1958-1968). Todo indicaba que esta nación sería el ejemplo de la Democracia en el continente, y así lo fue hasta 1967, pues derivado de la elección de dicho año en la que el SLPP perdió la mayoría parlamentaria frente al APC y ante la negativa del gobierno a conceder la derrota, disturbios sucedidos por dos golpes de Estado en 1967 y 1968 descarrilarían el proceso de construcción estatal promisorio en Sierra Leona.
Luego del derrocamiento del gobierno de Albert Margai, Siaka Stevens (1968-1985), líder del APC daría un golpe de timón al gobierno nacional, estableciendo primero en 1971 un gobierno presidencial y en 1978 estableciendo del dominio político unipartidista del APC (similar a otros regímenes del continente y fuera de él característicos de la época). Esta administración se caracterizaría (como muchas otras del continente) por expoliar los recursos naturales del país a favor del líder político y su élite administrativa y militar, ello a expensas del empobrecimiento general de la población y su degradación en niveles de vida. Lo anterior sería más que evidente al final de la administración de Stevens, pues el país se encontraba en los últimos lugares de pobreza y desarrollo humano frente a las riquezas naturales (diamantes, bauxita, hierro etc.).
Joseph Momoh (1985-1992) sería el último presidente de Sierra Leona como gobierno unipartidista al ser designado como sucesor por el propio Stevens. Su administración sería incapaz de resolver el problema del declive económico y social, no obstante, gracias a la presión de Estados Unidos, Reino Unido, el FMI y una oleada democratizadora mundial posterior al fin de la Guerra Fría, traerían no sólo a Sierra Leona a abrir su sistema político hacia una verdadera participación multipartidista, sino regímenes cerrados en el bloque socialista, dictaduras latinoamericanas y el propio sistema de partidos en México se verían en la necesidad de reformarse o perecer en la desintegración, como sería el caso de la URSS y Yugoslavia entre otros. Desgraciadamente, para ese tiempo Liberia se encontraba inmersa en su 1er Guerra Civil (1989-1997) y ello no tardaría en desbordarse más allá de sus fronteras hacia territorio sierraleonés.
Guerra Civil Binacional (1991-2003)
Con el conflicto de Liberia previamente iniciado (1989-1997), e incluido en ello una participación de fuerzas de la Comunidad Económica de Estados de África Occidental (ECOWAS) basada en Sierra Leona, el líder principal de la insurrección en aquel país, Charles Taylor, decidió extender el conflicto hacia el país vecino para debilitar el apoyo que aquella comunidad le brindaba al gobierno liberiano en turno. Esto por medio de la creación de grupos de resistencia y lucha contra el gobierno de Momoh como el Frente Unido Revolucionario (RUF) liderado por Foday Sankoh y que previamente habían sido entrenados en Ghana y Libia (liderados por gobiernos militares hasta principios del S. XXI).
Con Sankoh presionando desde el este del territorio y en una situación cada vez más precaria en términos económicos, el gobierno de Momoh sucumbió el 29 de abril de 1992 frente a un Golpe de Estado organizado por el capitán Valentine Strasser, éste último se encargaría de establecer un Consejo Nacional Provisional de Gobierno (NPRC) que duraría hasta 1995, mientras tanto, el ejército no podía hacerle frente a los ataques del RUF, un nuevo movimiento hacia extensivo el conflicto con la creación de la guerrilla Kamajor que pretendía hacer frente a los abusos de los grupos insurrectos como del propio ejército nacional.
Para 1995 la sociedad demandó al gobierno la reinstauración del gobierno civil y constitucional en el país, Strasser cayó y fue reemplazado por su subalterno, Julius Maada Bio (actual presidente), quien se encargaría en 1996 de restablecer el orden administrativo y político por medio de nuevas elecciones en un clima de inestabilidad interna y con una Guerra Civil que se haría más cruenta a partir de aquel año.
Ajmed Tekhan Kabbah (1996-2007) resultaría electo gracias a la nominación del SLPP quien una vez más regresaba al poder luego de 43 años de ausencia política y una breve interrupción de su mandato por la toma de la capital nacional, Freetown entre marzo de 1997 y mayo de 1998 por medio del Consejo Revolucionario de las Fuerzas Armadas (AFRC), una rama derivada del RUF.
Después de aquel evento, el conflicto se derramó hacia las provincias fuera de la capital (Norte y Este del país) pero con una crueldad y muertes civiles incrementada que atraería la atención internacional por parte de la ONU, ECOWAS y la administración británica de Tony Blair (1997-2007). Adicional a aquellos horridos resultados, dos fenómenos paralelos atrajeron el interés de la opinión pública mundial y la academia: uno fue el papel que desempeñaron en el conflicto los “diamantes de sangre” (extraídos en zonas de guerra) para financiar las campañas insurgentes en Sierra Leona, Liberia, Guinea, Costa de Marfil etc. Y otro, fue el triste papel de los jóvenes (niños soldado) en los crueles casos de combate, violaciones, saqueos, canibalismo y otros abusos perpetrados contra la población civil.
Ante un poco profesional ejército nacional, el gobierno de Kabbah decidió apoyar a las guerrillas Kamajor para hacer frente al RUF y sus aliados con el apoyo de las tropas de la ECOWAS, aunque el conflicto no tenía visos de terminar pues el RUF y Charles Taylor (inmerso en la Segunda Guerra Civil de Liberia de 1999 a 2003) se retiraron hacia el este del territorio para controlar la explotación de diamantes a su favor.
Ante el eventual estancamiento del conflicto y posterior a una brutal ofensiva a inicios de 1999 por parte del RUF, el Gobierno central entabló una negociación con los rebeldes ofreciendo amnistía y participación política paritaria, cristalizado aquello por medio de la firma de los Acuerdos de Lomé en julio del mismo año. Sin embargo, diversos grupos rebeldes se negarían a entregar las armas y reincorporarse a la vida civil, pues la actividad de saqueo y asesinato se había vuelto altamente redituable junto con la explotación ilegal de diamantes.
Aunado a ello, se creó una Misión Especial de Mantenimiento de la Paz por parte de Naciones Unidas para hacer cumplir dichos acuerdos llegando a ser en su momento la misión más grande (6,000 tropas de 28 países) para asegurar la resolución de un conflicto por parte de la ONU. Pero, no sería sino hasta la intervención militar seria de una potencia media como Reino Unido que la balanza se inclinaría finalmente a favor del gobierno legítimo con una fuerza adicional de 1,200 tropas profesionales apoyadas por vía marítima y aérea.
Lo anterior aceleraría el proceso de debilitamiento de todos los movimientos insurgentes en el territorio, especialmente el RUF y junto a la operación de la ONU para monitorear el desarme y la desmovilización de todas las tropas irregulares en 2002 el presidente Kabbah declaraba el conflicto como terminado. A ello le seguiría de igual forma Liberia, pues en 2003 y gracias a la actuación multilateral conjunta de la ONU, la ECOWAS, Estados Unidos y Reino Unido, se derrocaba al líder rebelde Charles Taylor y la Guerra Civil binacional terminaba formalmente.
Después de la pólvora
Tanto en el caso de Sierra Leona como el de Liberia, las operaciones de mantenimiento de la paz de la ONU siguieron presentes para asegurar el cumplimiento de los acuerdos alcanzados entre los gobiernos y los rebeldes desmovilizados, también se estableció (como en el caso de Ruanda y Yugoslavia) Tribunales especiales Internacionales para juzgar los crímenes de guerra cometidos en ambos terrenos, excluyendo en ellos la pena de muerte pero asegurando sentencias en prisión de 15 a 50 años. Esto probó no solamente tener resultados punitivos (el expresidente de Liberia, Charles Taylor fue condenado a 50 años de prisión), sino también de rehabilitación hacia toda la población participante en el conflicto para generar conciencia de las atrocidades cometidas y esperar su no proliferación en el futuro. Lo último también fue posible gracias al establecimiento de una comisión para la verdad y la reconciliación que comenzó a tener audiencias en abril de 2003.
Desafortunadamente, los estragos de golpes militares, guerras civiles y administraciones extractivas en Sierra Leona y Liberia, las han llevado en la actualidad a ocupar los últimos lugares de desarrollo humano mundial (175 y 182 de 189 países) y de poder adquisitivo (174 y 180 de 186 países) a pesar de los esfuerzos regionales e internacionales para mejorar y corregir su rumbo.
Para concluir, si bien Sierra Leona comenzó como un punto promisorio en el continente para el desarrollo de un régimen democrático exitoso post-colonial, los efectos que sus antiguos administradores imprimieron en la poca o nula institucionalización estatal previa a su independencia los marcó para constituirse en su mayoría en regímenes autocráticos militares que se sucedieron unos a otros a través de golpes de Estado, Guerras Civiles o actualmente conflictos híbridos que al menos en el caso de África, pocos o ningún resultado positivo ha emanado de ello. Sin embargo, el caso de las misiones de la ONU representan esfuerzos serios y coordinados de la sociedad internacional para resolver problemas ante situaciones apremiantes generadas a partir del desorden mundial post-Guerra Fría.
Fuentes
Magbaily Cecile, Historical dictionary of Sierra Leone, Scarecrow Press, EEUU, 2006.
Mitton Kieran, Rebels in a Rotten State: Understanding Atrocity in the Sierra Leone Civil War, Oxford University Press, EEUU, 2015.
Harris David, Sierra Leone: A Political History, Oxford University Press, EEUU, 2014