Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura
Imagen tomada de la base de datos de Google
El Internet es una extensión de la misoginia. Quien desconozca este principio es demasiado joven o demasiado ingenuo.
Poco antes de la llegada del 2008, varios sitos habían procurado la estandarización de las Reglas de Internet. La tarea fue más o menos exitosa, cristalizando algunos aforismos que no variaron su acomodo en las enumeraciones que se divulgaron posteriormente. Alrededor de la regla treinta gravita todo un entramado de elipses, coincidentes y coordinadas: No hay chicas en el internet .
Este breve dardo se había pensado como una advertencia. Antes de suponer siquiera la aparición de Facebook ─no se diga la de plataformas que priorizan el performance audiovisual, dando pie a la interacción directa con el usuario─, la convivencia virtual mediante ordenadores era apenas concebida a través de foros y salas de chat pobremente programadas. Las limitaciones de interfaz y funcionamiento se volvieron una excusa para el anonimato: desdoblado, el internauta podía pasearse entre rincones oscuros de la web sin necesidad de entregar datos de su vida o pixeles de su rostro. Es decir: la adolescente cachonda que te refería por mensajes lo mucho que te deseaba era, muy probablemente, un cincuentón secuestrado por la alopecia y el tiempo libre. Saber el peligro del catfishing te otorgaba la ventaja de masturbarte ante la imagen idealizada de una mujer hermosa sin tener que someterte al riesgo de que dejara de hablarte minutos después de que le depositaras el dinero que te pidió prestado.
La no-existencia de mujeres, primero teorética y después pragmática, fue adoptada como una condición ecológica por los usuarios de 4Chan y de tablones similares. El joven promedio que frecuentaba dichos sitios ─digamos blanco, suburbano y clasemediero ─ compartía con sus hermanos la marca del resentimiento y la apatía; alejado de la preparatoria y de sus bullies , podía desbocarse en los insultos que no era capaz de pronunciar en persona: maldecir a los negros de mierda, a las putas mujeres, etcétera. Su sitio web favorito era, pues, un descanso simbólico del acoso de los chicos que lo sometían y las chicas que lo humillaban.
Los foros sombríos se perpetraron con una discreción sectaria. Por su parte, los normies y las mujeres fueron acogidos por el seno de las redes sociales contemporáneas. Refugiados en una campana de eco, los radicalizados se fermentaron en su alienación.
Para el internet subterráneo, la misoginia se convirtió en una norma comportamental: como hombre, la manera en la que te posicionas ante las mujeres resulta un parámetro de tu valía, del peldaño que te corresponde en una escala. El Chad, el alfa, sabe bien que las mujeres no merecen una fracción mínimamente relevante de su tiempo y su dinero. Un simp , en su condición de beta, opina exactamente lo contrario.
El término “simp” se había acuñado como un neologismo americano para adjetivar al hombre simplón (simpleton ) durante mediados del siglo XX. Algunos raperos, ya en los noventa, se valieron de la palabra para jugar con su anteposición con pimp (proxeneta). Three 6 Mafia, entre los alardeos de Sippin ‘on Some Syrup , dice de sí mismo: “I’m trill, working the wheel, a pimp, not a simp”.
Alguien, en algún punto de la década pasada, terminó de darle a simp el sentido que posee hoy en día, volviéndolo un acrónimo de Sucker Idolizing Mediocre Pussy : Idiota que Idolatra Vaginas Mediocres. Así, el simp cobró la dignidad lingüística de un adjetivo sustantivado. Pasó a ser una entidad concreta, encarnada en un individuo con nombre y apellido, en lugar de ser una mera característica: ya no se era simp , se era un simp .
Grosso modo, un simp es un hombre que le ofrece su devoción, tiempo y dinero a una mujer que no le da nada a cambio. Entiéndase “coito” por “nada a cambio”. En ese sentido, simp es apenas una variación de pagafantas , magnificada en su incorrección política por el acrónimo del que se compone.
Todos los días hay una legión de adolescentes ─hombres, para variar─ discutiendo la legitimidad de la palabra simp en alguna caja de comentarios. Al ser un término que se define en su relación a la percepción de la feminidad de una mujer ─la calidad de su vulva, de su lealtad como compañera─, habrá quienes tendrán requerimientos más laxos o más estrictos para otorgar la designación.
El simp se somete a la humillación cotidiana de comentar fotos y desear los buenos días sin recibir respuesta. Cuando tiene el privilegio de la cercanía, se desvive en responder historias y pronunciar halagos bochornosos. No duda en hacer tareas y solucionar exámenes ajenos a cambio de un “gracias” y un emoji. Como perro entregado al semi abandono, se alegra de las palmaditas ocasionales en la cabeza. A streamers les regala el dinero conseguido con su sudor o el de sus padres, en busca de saludos y menciones en vivo.
En los últimos meses, entre la comunidad memera hispanohablante se popularizaron páginas hermanadas temáticamente por su nombre, como Ok, SIMP y Comentarios de simps. El fin de las mismas es exponer, mediante capturas de pantalla, chats y publicaciones de hombres cuya conducta esté inscrita en la circunferencia del simpismo . Por ahí ronda el pantallazo de un TikTok de Ari Gameplays en el que presume el interior de un carro de lujo recién comprado. Uno de sus suscriptores comenta: “Ahí se fueron todas mis estrellas y bits?”. Ella le responde, seguido de un emoji sonrojado: “Sí, muchas gracias por el apoyo”.
Lo cierto es que simp ha muerto, como todo lo que cae en las manos de los normies . La palabra, tramada por los adolescentes que desconocen la salud mental, ha sido reivindicada por la cultura de los memes y los TikToks. Chicas y chicos, sin distinción, se refieren al acto de admirar o querer a alguien como simpear . Muchos, en pro de su fama de aliados, se reconocen a sí mismos como simps de la chica que les gusta.
El significado de simp varía de teclado en teclado y lo seguirá haciendo hasta que otra palabra, igual de maleable y quizá más misógina, la reemplace. De momento, puedes tener la seguridad de que en algún recoveco de internet hay dos personas teniendo un intercambio similar a este:
>Ayer fue cumpleaños de mi mamá y le regalé un ramo de rosas!!!
>Jajajajajajaja, simp.
Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Diseño de forro: Teresa Guzmán Romero
Anda, Peláez, ve diciendo cómo te ha ido con Brígida.
Alfonso Reyes, “Sobre la traducción”.
A finales del siglo IV, Eusebio Hierónimo, por órdenes del papa Dámaso I, comenzó la labor de llevar el Antiguo testamento , escrito en hebreo, al latín. Este trabajo —que había sido precedido por la revisión de la versión latina del Nuevo testamento en el año 382— fue terminado en los primeros años del siglo V y daría como resultado la Vulgata , el texto que sería declarado en la cuarta sesión del Concilio de Trento, el 8 de abril de 1546, como la versión aceptada por la Iglesia.
Algunos siglos después de que el que sería conocido a la postre como San Jerónimo hubiera terminado su tarea, entre finales del IX y principios del XI, del santo oficio del copista nacieron ciertos comentarios en los márgenes de un códice que daban cuenta de que el latín comenzaba a transformarse. Estos comentarios, conocidos como glosas Emilianenses y Silenses —éstas por haberse encontrado en el monasterio de Santo Domingo de Silos, aquéllas por haber sido forjadas en el monasterio de San Millán de la Cogolla—, y junto a los Cartularios de Valpuesta, son el testimonio de que el otrora prístino latín se había oscurecido entre las tenebras del tiempo y de los muros monacales. Por ello, en el primer tercio del siglo XII, ya podían leerse los conocidos versos de Gonzalo de Berceo: “Quiero fer una prosa en roman paladino, /En qual suele el pueblo fablar a su veçino, /Ca non so tan letrado por fer otro latino: /Bien valdrá, conmo creo, un vaso de bon vino”.
Ambos paradigmas —Jerónimo de Estridón, el patrono de los traductores, y las glosas— parten de un mismo principio: la interpretación, y si como escribiera Umberto Eco, “ningún texto puede ser interpretado según la utopía de un sentido autorizado definido, original y final”, es justo decir que, al ser necesario que la Biblia estuviera escrita en la lengua del Imperio, el latín, y que éste, a su vez, algunos siglos más tarde enfrentara su ocaso, y con ello naciera la necesidad de reconfigurar el mundo occidental conocido hasta ese momento, la historia ha transcurrido alrededor de lo que George Steiner llamaría el “centro de gravedad”, aquello que “se encuentra del todo implícit[o] en el más rudimentario acto de la comunicación [y] se manifiesta en la coexistencia y el contacto mutuo de las miles de lenguas que se hablan en la Tierra”: la traducción.
Desde los múltiples exégetas bíblicos que discutían las traducciones anteriores y comentaban sus distintas interpretaciones, hasta la traducción intersemiótica —el llevar, por ejemplo, una novela al cine o un poema a un cuadro— o la traductología que incluye conceptos como equivalencia, adherencia, skopos , fidelidad o iniciativa del traductor, la traducción ha sido una disciplina que, al ser parte de la interpretación de un texto, ha tenido un desarrollo que ha tomado distintos caminos de acuerdo con su época y contexto. Baste recordar a personajes como Anne Darcie, que publicó en 1712 Sobre las causas de la corrupción del gusto y que junto a Pierre-Daniel Huet y Jacques-Bénigne Bossuet “supervisó una serie de textos griegos y latinos abreviados y expurgados para el uso del […] primogénito del rey de Francia [por lo que] ad sum delphini se convirtió en una expresión habitual para designar un libro expurgado”.
Del mismo modo, en la historia de la literatura se tienen ejemplos como el de Baudelaire como uno de los primeros traductores de Poe, las dificultades de traducir a Joyce —dificultades que, como lectores, quizás no hayamos percibido— o a Cintio Vitier como traductor de Rimbaud. Así, a nuestra mente quizás lleguen los nombres de nuestros traductores preferidos, o quizás se recuerde el nombre del traductor de nuestros libros de cabecera. ¿Cómo olvidar a Raúl Ortiz y Ortiz, quien tradujo excepcionalmente Bajo el volcán , de Malcolm Lowry? ¿ O el caso de Julio Cortázar como traductor, también, de Poe? Tal vez en un raudo recorrido por nuestras lecturas encontremos la línea “[…] It is a tale / Told by an idiot, / full of sound and fury, / Signifying nothing ”, que Macbeth espeta en el acto cinco de la obra “maldita” de Shakespeare y de donde saliera el título de la novela de Faulkner, y que puede encontrarse indistintamente como El ruido y la furia o El sonido y la furia, y hasta terminar el libro uno puede saber que esa línea encierra la visión de Benjy. En mi caso, recuerdo a Salvador Reyes Nevares, quien tradujo Los tres mosqueteros, ¿ pero cuántos han quedado olvidados, innombrables, en esta historia? Tal vez haya un poco de justicia poética en olvidar aquellos nombres que en nuestra juventud nos inundaron los ojos de “anagramés” y que nos hicieron presenciar cómo los personajes “follaban” después de haberse quitado las “bragas”, por mencionar sólo las menos cacofónicas. Como escribiera en un “Inventario” José Emilio Pacheco, él mismo traductor, a propósito de la invaluable labor de Sergio Pitol y que gracias a la Universidad Veracruzana y a Rodolfo Mendoza podemos conocer:
La literatura es un mar nutrido por todas las corrientes de la Tierra. Solo mediante las traducciones se mantienen en circulación las aguas. Sin ellas volveríamos a una Babel incomunicable, a una isla desértica y ahogada de sed en que nada podría florecer.
En este mismo texto, José Emilio también elogia, con la generosidad intelectual que siempre le caracterizó, el oficio de traducción de Rubén Bonifaz Nuño, Tomás Segovia y a Selma Ancira. Y uno puede seguir con esa lista tanto como la memoria lo permita. Por mi parte, en mis labios brotan los nombres de Francisco Cervantes, el entrañable Vampiro, y Eduardo Langagne como traductores del portugués; Guillermo Fernández —asesinado cobardemente el 31 de marzo de 2012—, del italiano; Javier García Galiano, del alemán; Bernardo Ruiz, del inglés y además de gótica inclinación. En mares más cercanos podríamos nombrar a Paula Abramo, Lorel Manzano, Elisa Díaz Castelo, Robin Myers, Hernán Bravo Varela, Rodrigo García Bonillas o José Miguel Barajas; todos ellos de doble creación, la propia y la que fluctúa en esa nostalgia de Babel que traslucía Steiner. En este bosquejo las literaturas alemana, portuguesa, francesa e inglesa confluyen en esas aguas de las que hablaba Pacheco; pero la memoria es corta e injustamente olvido a otros que se han enquistado en mis huesos.
Alfonso Reyes afirmaba que “en punto a traducción es arriesgado hacer afirmaciones generales. Todo está en el balancín del gusto. Y si este elemento de creación, incomunicable y difícil de legislar, no entrara en juego, la traducción no hubiera tentado nunca a los grandes escritores”. Y es justamente ese “balancín del gusto” —que a nuestros ojos del siglo veintiuno pareciera una mala traducción de un “subibaja”— el que ha dirigido una discusión centuria entre la literalidad de una traducción o la construcción perifrástica. Aquí no mencionaré el lugar común de “traduttore, traditore” , en su lugar recurriré a un viejo chiste: “las traducciones son como las parejas: las fieles no son buenas, y las buenas, no son fieles”. Amén de que el desocupado lector descubra el pudor que encierra mi modo de enunciarlo, pongo a su consideración la metáfora a la que echa mano Bonifaz para hablar de la traducción:
[…] se acostumbra, en música, hacer, para el piano, transcripciones de partituras orquestales. Se consigue, así, un modo de esquema fiel correspondiente a un múltiple universo sonoro. Los violines, las violas, los violoncello, los contrabajos, las maderas, los metales, las percusiones, reducen allí sus voces a las que producen los macillos al golpear el cordaje del piano. Empobrecida de tal manera, proporcionan, no obstante, una idea capaz de sugerir la idea vertebral del universo que esquematizan.
“La idea vertebral del universo” es una idea, si se lee con detenimiento, devastadora y, si se me permite el oxímoron, esperanzadora. En ella está contenida la idea añeja, pero no por eso menos cierta, de que cada texto es la manifestación de un momento histórico, de una cultura, de un mundo que quizás contenga todos los mundos, y que, por lo mismo, es irrepetible. Convengamos, entonces, que una primera idea de la traducción es que el replicar ese momentum es utópico, como lo llamó Ortega y Gasset. El filósofo español escribió a propósito de la traducción:
Escribir bien consiste en hacer continuamente pequeñas erosiones a la gramática, al uso establecido, a la norma vigente de la lengua. Es un acto de rebeldía permanente contra el contorno social, una subversión. Escribir bien implica cierto radical denuedo. Ahora bien; el traductor suele ser un personaje apocado. Por timidez ha escogido tal ocupación, la mínima. Se encuentra ante el enorme aparato policíaco que son la gramática y el uso mostrenco. ¿Qué hará con el texto rebelde? ¿No es pedirle demasiado que lo sea él también y por cuenta ajena? Vencerá en él la pusilanimidad y en vez de contravenir los bandos gramaticales hará todo lo contrario: meterá al escritor traducido en la prisión del lenguaje normal.
No es extraño que en el título del artículo de Ortega y Gasset esté la palabra “miseria”, porque al leer el fragmento anterior pareciera que el traductor tiene ante sí una tarea absurda, y por tanto, carente de todo sentido. Sin embargo, en contraposición podemos citar a Jorge Luis Borges, quien creía que, en esencia, la traducción era una “infidelidad creadora y feliz”, y al mismo tiempo, que “el original es infiel a la traducción”. Recordemos que Borges publicó en El País del 25 de junio de 1910, antes de cumplir once años, una versión de “El príncipe feliz”, de Wilde, por lo que esa infidelidad estaba germinando precozmente, hasta llegar a ser Pierre Menard.
Entre las demasiadas opciones que tiene un traductor para enfrentar un texto —un mundo—, no debe olvidarse que todas son, a fin de cuentas y como escribiera Eco, una “negociación”. Ésta nos lleva a saber —como lectores, autores o traductores— que hay algo que siempre se perderá en la traducción, pero que siempre está la posibilidad de que en ese nuevo universo se devele algo que en la lengua original no estaba. ¿Cómo podríamos traducir —para citar un verso bonifaciano— “ni mujer en qué caerse muerto”? El verso, del libro Fuego de pobres , de 1961, hace referencia a “no tener en qué caerse muerto”, un dicho que, cuando menos en el contexto nuestro (mexicano) habla de la pobreza material de alguien. Si cada cultura o lengua tiene su símil —así como el inglés “it’s raining cats and dogs” pudiera traducirse como “llueve a cántaros” o “se está cayendo el cielo”, en lugar de “están lloviendo perros y gatos”, por lo demás sin significado para cualquier hablante de español— , ¿qué sería lo más prudente para un traductor extranjero? ¿Traducir palabra por palabra el verso repleto de soledumbre de Bonifaz o encontrar el símil en la propia lengua? Al final, y para seguir a Eco, todo se reduce a tres circunstancias: significado, interpretación y negociación, y en ellas se dan pérdidas y compensaciones. Escribe Eco:
Hay algunas pérdidas que podríamos definir absolutas. Son los casos en los que no es posible traducir: cuando se dan casos de este tipo, pongamos, en el curso de una novela, el traductor recurre a la ultima ratio , la de poner una nota a pie de página (nota que ratifica su derrota).
La derrota —y aquí pensará el temerario lector que ha llegado hasta aquí que he pospuesto el tema central de este texto por pudor, asaz por imposibilidad— está en la negociación con el texto y con uno mismo. Las pérdidas y compensaciones se dan, en el mejor de los casos, en aquellos lugares en donde el traductor, con alevosía y ventaja, pero también con plena consciencia, quiere que se den; están en los dispositivos lingüísticos que tiene a su alcance y que pone al servicio de la intención del texto.
Para Borges, la traducción es mucho más ardua que la creación, puesto que ésta nace de la libertad, y aquélla tiene por fuerza que ceñirse al mundo que el texto original concibió. Y es en esta labor en donde el ritmo, el léxico, el contexto y el conocimiento profundo de la propia lengua se vuelven decisivos en la interpretación del texto, como escribiera Bonifaz, es decir “de otro modo lo mismo”.
Si un lector avezado se enfrenta a un texto traducido puede saber si éste tiene o no un valor estético, más allá de reconocer la fidelidad al texto primigenio; del mismo modo, este lector intuirá cuando la traducción no sólo no lo tenga, sino que además haya fallado en su objetivo en interpretar lo que se quería transmitir en primera instancia. Si retomamos la traducción “intersemiótica”, al doblar una película, por ejemplo, las inflexiones, las pausas y la respiración del actor original, que son parte de la construcción de un personaje, se perderán irremediablemente, aunque quizás pueda encontrar un nuevo derrotero con una nueva construcción; baste pensar en el personaje de Benito Bodoque, de Don Gato y su pandilla , cuya reinterpretación al español resultó ser un hallazgo emotivo y entrañable, al menos para el público latinoamericano. En literatura, sin embargo, el mismo proceso puede resultar no sólo más arduo, sino quizás, imposible. Pedro C. Tapia, a quien se le debe una versión rítmica de La Odisea , publicada por la UNAM en 2013, a propósito de la traducción de la Ilíada de Bonifaz escribe que el traductor se enfrenta:
[…] al escollo de la divina Caribdis […], a su continuo sobre y vomitar el agua: la echa afuera tres veces al día, y tres veces la absorbe […] ninguna lectura es idéntica a otra, y ni siquiera el mismo lector entiende lo mismo en distintos momentos: cosas que antes, después de algunos tanteos, parecían geniales, me resultan torpes, y lo que ayer me estaba mucho, luego me agrada menos.
Así, la continua lucha con el texto parte de las pérdidas ya descritas, pero también con el temple y la contención a las que el traductor tiene que recurrir para evitar ponerse encima de la obra original y de la intención del texto es ineludible.
Hasta aquí se han mencionado distintas posturas históricas de la milenaria labor de traducir, de interpretar. He retomado ejemplos paradigmáticos de la literatura y la semiótica para explicarme a mí mismo mi labor. Antes de emprender la travesía por las páginas de una novela, el traductor tiene que considerar los distintos caminos que puede tomar, pero que deben llevar al mismo punto, en mi caso el contar una historia, la de Panna María, la historia de una ciudad, Nueva York, la construcción de su identidad y de un sistema político que fue cimentado por los inmigrantes. El conocer la propia lengua y la propia historia pueden ser un punto de partida para el viaje, para verse en un espejo distinto, de un reflejo quizás distorsionado, pero en el cual uno puede reconocerse.
Si cada libro encuentra a su lector ideal en el momento indicado, quisiera pensar que también el traductor halla el texto idóneo en el cual verter la febril tarea de interpretar. Panna María es la historia de una ciudad, es una historia de amor y es una reconstrucción minuciosa de la vida de sus calles en el siglo XIX en donde se atisba el devenir político y social de un micro universo. Si el misericordioso lector me disculpa, quisiera contar que mi propio oficio de narrador se cimienta en la ciudad, en su historia y en la amorosa búsqueda. El siglo XIX mexicano ha sido, desde mi adolescencia, mi obsesión; el incorporarlo a mis intentos de ficciones son mi búsqueda diaria y el tratar de entablar un diálogo con sus escritores son mi ostinato . Sólo por eso apelé a la paciencia lectora, para poder mostrar cómo al encontrar la historia de Stefan Wilde y de Panna María encontré también el eco y el estruendo. La configuración de los partidos republicano y demócrata, la vida de los inmigrantes, los laberínticos pasillos de un edificio destinado a la prostitución y al juego, los amores que se dan entre el lecho compartido mil y un veces, la violencia de la marginación, los intereses, las guerras civiles, la modernidad en los albores del siglo XX y una historia de amor trágica llenaron mis libretas y mis labios por varios meses. Al principio, la historia era fascinante y el pretexto estaba dado, pero, ¿cómo podría emprender semejante labor?
Los primeros esbozos tuvieron que ser acompañados de las armas usuales: un par de diccionarios, varias libretas, algunos lápices. En las primeras cuartillas me di cuenta que el arsenal tenía que ser mayor por tres detalles: el primero, que mucho del léxico era una reconstrucción del inglés del siglo XIX; el segundo, que la novela estaba erigida sobre la cotidianidad de la comunidad inmigrante de Nueva York: polacos e irlandeses, principalmente, y, finalmente, que muchos de los sucesos estaban dados a través del conocimiento de la historia no sólo de la ciudad, sino del país mismo. Así que a la par de los fusiles con los que había cargado en primera instancia tuve que recurrir a diccionarios históricos y a libros de historia de los Estados Unidos. Sin embargo, ¡oh, fatalidad!, me faltaba el entender de manera decisiva la atmósfera de la novela, ver la obra negra debajo de todo el edificio, conocer las costumbres, el léxico y el carácter de los personajes principales de ella, porque eran inmigrantes polacos. Jerome Charyn, autor de Panna María — autor de más de cuarenta novelas y de ensayos que versan de DiMaggio a Emiliy Dickinson y a Hemingway— había erigido las paredes esta magna obra que es Panna María con un aire polaco, inmigrante, que se entremezclaba con el inglés de Nueva York y la historia de la ciudad. Ahí estaba, en palabras de Paul Cauer:
[…] la envoltura alrededor del pensamiento […] lo esencial, algo que, con frecuencia, es la parte decisiva de los pensamientos mismos, esos que estaban vivos en el espíritu del escritor, de un escritor que sólo y justamente los creó en el momento en que los plasmó en una forma escrita […] percibimos un aliento de esa operación creativa justa y solamente cuando nos enfrentamos a su forma lingüística, a fin de recuperar lo que ahí se oculta.
En este punto acudí a dos directrices: la derrota absoluta de la que Eco hablaba —la nota al pie de página— y al instinto. Con la primera apelo al lector y traté de sembrar vocablos polacos que se repiten incesantemente en el texto, las primeras veces explicados, y que después, indistintamente, traduje algunos y dejé otros, como en el texto original, para salvar un poco de aquella magistral atmósfera de Charyn; con la segunda tuve como premisa no agregar nada al texto y tratar de perder lo menos. Si mi versión lo consiguió, sólo el puntilloso lector podrá decidirlo. No hablo más de las decisiones a propósito de neologismos, topónimos o nombres, tampoco de la decisión de elidir elementos propios del español mexicano en aras de neutralidad.
Quizás he sido un infiel, pero que conste en este texto que esta infidelidad ha sido amorosa y minuciosa; que todas las horas en las que pacientemente José Francisco Conde Ortega, mi padre, y la ensayista Fabiola Eunice, mi compañera, me escucharon hablar incesantemente de Panna María y de sus laberintos no fueron vanas, y que mi gratitud por la generosidad del Fondo de Cultura Económica que es infinita. El lector tendrá la última palabra sobre mi versión de Panna María , que ofrezco, como escribiera Alfonso Reyes: “en prenda de mi buena fe […] que es confesar del modo más explícito que yo también tengo de vidrio el tejado”.
Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Para Iván, Valeria, Pani y Hernán, que lo vimos juntos.
El último cuadro religioso de Goya – y, según los críticos, el mejor- es “La última comunión de san José de Calasanz” (1819), que retrata al pedagogo aragonés a los 92 años, a poco de morir, recibiendo la comunión de manos de un presbítero que más bien parece Dios mismo extendiéndole el cielo abierto al santo. Calasanz murió muy viejo, cumpliendo la bienaventuranza del libro de los Proverbios: “La vejez es la corona del justo” (Pr 16, 31), no sin antes haber padecido la suspensión como superior de la orden e incluso la disolución de la misma, víctima de las envidias de los romanos que veían en el proyecto educativo de José la defensa de ideas contrarias a lo que competía a un sacerdote de la época: que todo el mundo, pobre o rico, cristiano o judío, tenía derecho a la educación.
En el cuadro de Goya se retrata una Iglesia oscurísima, y la única luz que hay en él proviene de lo alto, de fuera de la Iglesia, entra desde un lugar otro, el lugar divino. Se trata, pues, de una declaración de principios, un panegírico de la fe sin institución, casi contrapuesta a ella. Al lado de Calasanz, en la zona baja del cuadro, se agolpan todos los que acompañan y admiran al santo; una reminiscencia, para mí, del icono ortodoxo que representa la Entrada de Jesús a Jerusalén, adorado por los niños descalzos, pobres e indefensos reivindicados por su Mesías.
Esta composición se ha repetido en la historia de la Iglesia entre sus más insignes miembros una y otra vez: el santo exiliado de la paroikía , encarnando la residencia en el exilio que su madre se había resistido a encarnar. Su última representación la llevó a cabo Ernesto Cardenal, yaciendo en una cama de hospital, ataviado con su ornamento litúrgico ordinario, anciano y rebosante de alegría. El papa Francisco le había levantado la excomunión a la que lo habían sometido al alimón los dos pontífices que le precedieron por defender una doctrina considerada herética y llevar a cabo encargos de carácter político siendo un clérigo, como si la descarga anticomunista de Wojtyla y la persecución de quienes denunciaban la mafia pederasta dentro de las esferas más altas de la Curia no hubiera significado una acción política, con efectos por demás perniciosos en el orden temporal. Quienes esto saben, que son cada vez más, reconocerán que Cardenal supo situarse del lado correcto de la Historia, es decir, a la vera de la Historia, en la periferia de ella, por donde la Historia no pasaba y se vio obligada a pasar, y que quienes lo quisieron silenciar, expulsar de la comunión de la Iglesia, más bien le abrieron la puerta para ejercer la comunión en libertad, para ampliar la comunidad entre los desposeídos, entre aquellos para los cuales el Espíritu de la liturgia de Guardini resultaba irrealizable porque ni incensario, ni ostensorio ni salones para celebrar la liturgia renovada.
*
En el seminario, donde teníamos prohibido leer a Nietzsche o a Sartre, sí encontré, en cambio, un compendio de los Salmos comentado por el cardenal Gianfranco Ravasi. Dos o tres tomos dedicados a la interpretación y exégesis de la poesía bíblica más excelsa, al lado del Shir Ha Shirim , el Cantar de los Cantares. Junto a la referencia a muchos otros exegetas, Ravasi había incluido una breve mención y un par de citas de los “Salmos” de Ernesto Cardenal, quien había revisitado en clave marxista y poesía beat los 150 poemas del maestro de coro, David. Recuerdo, entre otros, la mención del Salmo 1:
Bienaventurado el hombre que no sigue las consignas del Partido
ni asiste a sus mítines
ni se sienta en la mesa con los gangsters
ni con los Generales en el Consejo de Guerra
Bienaventurado el hombre que no espía a su hermano
ni delata a su compañero de colegio
Bienaventurado el hombre que no lee los anuncios comerciales
ni escucha sus radios
ni cree en sus eslogans.
Será como un árbol plantado junto a una fuente.
En ese entonces me impresionó la lectura que Cardenal hizo de un salmo que otros teólogos, contemporáneos suyos o de generaciones posteriores incluso, habían usado para leer en él, en su remisión a los “impíos, que son como la paja que se lleva el viento”, la repulsión de Dios por los homosexuales, las mujeres que hacían un uso de su sexualidad que contravenía la moral cristiana, los comunistas ateos, los que pugnaban por un mundo más justo, en el que tenía más rostro de Cristo el que padecía hambre que el apologeta que maldecía a las sectas protestantes desde la silla giratoria de su empresa extractivista. Me impresionó que fuera posible releer en una clave tal los Salmos y que, siguiendo el precepto de Cristo – “El que tenga oídos para oír, que oiga” (Mc 4, 23)- lograra entrever en esa interpretación una cercanía indiscutible con la naturaleza de los salmos, mucho más que la prédica estéril y ocultista.
Algo así como lo que experimentó Marx al leer la Primera Epístola de Pablo a los Corintios, detrás de cuya referencia a la segunda venida de Cristo, en la que los cristianos ejercerían una Klésis , una vocación, en la que todo lo que se hace y se es carece de importancia, fuera del ser llamados al Reino e impeler la llegada del Reino a la Tierra (los que están desposados vivan, estándolo, como si no lo estuvieran; los que trabajan, como si no trabajaran, etc. (1 Cor 7, 29-31) ), Marx entrevió el surgimiento de una casta descastada, una clase, un Stand , que representaba la escisión entre el individuo y su figura social y que, por lo tanto, en palabras de Agamben, era “la única que podía abolir la división misma en clases para emanciparse a un tiempo a sí misma y a la sociedad entera”. ¿Con qué lentes hay que ver para que, haciéndole justicia al texto sacro, de allí se detone una revolución, una recomposición del mundo? ¿No decía Isaías eso? La palabra de Dios es como la lluvia que cae sobre la Tierra y no vuelve a él sin haberla fecundado y rendido sus frutos (Is 55, 10-13). La lectura canónica multisecular no llegó a esas interpretaciones o al menos las constriñó. Había que estar a la vera del camino, marginado, para ver lo que nadie vio. Para no formar parte de la condena evangélica de los que viendo no vieron, y oyendo, no llegaron a entender.
Justo ése es el enorme valor que tiene un poeta como Cardenal. Para un público que pertenecía al ala más conservadora de la sociedad, obcecada con la doctrina farisaica, los católicos de cepa, Cardenal estrecha un puente por el cual transitar, desde la imaginería, la lógica cristiana, hacia el mundo secular, hacia la realidad misma a la que es imposible voltear cuando se te dice desde el púlpito que todo lo que no esté motivado por la Revelación debe descalificarse a priori. El no dialogar con el diablo, como interpreta la Iglesia el gesto de Jesús en el desierto en medio de las tres tentaciones, consiste precisamente en ni siquiera poner a discusión los estamentos de la fe con quien no la reivindique. La escolástica, que es una clausura en sí misma y que se recrea en la circularidad perfecta de su necedad, sigue siendo operante y recomendada en la Iglesia dogmática que rige las comunidades de fe que profesan fidelidad absoluta a Roma. En el seminario me estaba prohibido leer a Nietzsche, porque, como me confesó alguna tarde el arzobispo de la diócesis a la que estaba suscrito, lo último que le interesaba en los primeros años de formación de los chicos, era que los seminaristas pensaran. No exagero en mi afirmación. Porque pensar siempre conlleva un peligro, un periculum , es decir, un intento, un riesgo, un ir a la ventura. Como caminar en la periferia. Me estaba prohibido leer a Nietzsche, decía, a Marx. Pero a Cardenal no.
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Después de convencerme de la no-existencia de Dios en la Amazonía peruana, viendo a gente morir de hambre, mujeres golpeadas hasta casi desangrarse, un niño caído a un pozo y reclamado por su mamá de trece años cuatro días después de haber muerto por hallarse ella en otra isla a tantos días de distancia, la lectura de Cardenal me dotó de una clave de interpretación de la realidad, todavía religiosa, todavía centralmente cristiana, donde los aniwin , los pobres predilectos de Dios, elegidos por él para ser el pueblo separado de entre todos los pueblos y levantado del polvo, tenían cabida, eran ellos el rostro mismo de Cristo y los agentes de su propia historia, los verdaderos Siervos de JHWH, los ungidos. Y donde, para entender a cabalidad el evangelio, era indispensable situarse en el Sitz im Leben del pueblo al que Dios se revelaba.
El Sitz im Leben que, según los teólogos de la liberación, en América Latina es y había sido siempre el martirio. No pudo conmigo Romano Guardini, ni siquiera Jacques Maritain y Raissa, que habían decidido suicidarse si en unos cuantos meses no hallaban nadie que les convenciera de lo contrario hasta que llegaron a Husserl -aunque alguna luz me dieron-. La poesía de Cardenal es afirmativa, bendice, cual pobre de Asís, lo creado, maldice lo que destruye la creación de Dios y anuncia incluso, contra la fatalidad posmoderna europea, un hombre nuevo, la resurrección final, un mundo en el que ya no reinará el caos y la confusión, la “alfombra fétida / de detergentes coca-cola ketchup / shampoos kellog / chile Tabasco frascos bolsas plásticas / bolsas bolsas / pasta Colgate crema Gillette llantas / envases vacíos / Agua de Colonia latas abiertas / Listerine caja de / kleenex pedazo de zapato gato / muerto trapos kotex / platos de cartón potes de pintura / juguetes florero / roto… / todo flotante / en el suave vaivén del/ agua”.
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Ernesto Cardenal nació en el año de 1925, uno después de que Vallejo fuera internado de una hemorragia intestinal, cuyas horas describiría como “más, acaso, mucho más siniestras y tremendas que la propia tumba”, el trauma que detonaría su genial escritura, arrastrando la lengua castellana contra el sentido; uno antes de que naciera mi adorada abuela, quien -viuda a los 46, con once hijos y una enfermedad mental- ya antes se había rebelado contra la traditio -la había traicionado-, cambiándose el apellido de su padre putativo que la llamaba negra cambuja y, sin dejarla vivir en su casa, la obligaba a ir por el mandado de madrugada con su madre todos los días; la misma que, tras infructuosos intentos de su madre por disuadirla de casarse con un cantante bohemio e inestable -y con un oído prodigioso y una voluntad de afrontar la vida con su voz y la tercera guitarra de un trío- se rebeló de nuevo y formó una extensísima familia en la que el espíritu bohemio e inestable se multiplicó junto a la voluntad vital.
Casi cuarenta años después, el año en que Cardenal fue ordenado sacerdote, 1965, se publicó la “Oración por Marilyn Monroe”, en la que el poeta hace una defensa de la estrella y sex symbol muerta tres años antes, tras consumir una sobredosis de Nembutal, teléfono en mano, como si estuviera llamando a alguien, Amy Winehouse de su tiempo. La interpretación de Cardenal, vista hoy por hoy por uno que otro poeta como paternalista y hasta misógina, es que a quien Marilyn llamaba era a Dios mismo esperando que le tomara la llamada.
La angustia que en un religioso provoca la última hora cuando se carece de la extremaunción, Cardenal la resolvió como, ya no un grito, sino una plegaria de auxilio de quien había padecido el peso de la opresión de una sociedad materialista, falocéntrica e hipersexuada y que no había podido reposar jamás más que en ese sillón en el que extendió su cuerpo. La llama reiteradas veces “empleadita de tienda”, una que, como todas ellas, “soñó con ser estrella de cine” y en este diminutivo ven, quienes quieren, un desdén, un ninguneo de la vida común y el oficio agotador y honesto que encarna hasta hoy ese esclavismo por todo el globo terráqueo. A mí el diminutivo me suena cariñoso, lleno de afecto y desde su primera lectura me recuerda más bien al empleo que hace Juan de él en su primera carta: “Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno hubiere pecado, abogado tenemos ante el Padre, a Jesucristo, el justo” (1 Jn 2, 1). No me parecería del todo descabellado que el mismo Ernesto haya pensado en este pasaje cuando escribió el poema, poniendo el cuerpo para preservar el de ella, para guardarle su honra, diciendo:
Perdónala, Señor, y perdónanos a nosotros
por nuestra 20th Century
por esa Colosal Super-Producción en la que todos hemos trabajado.
Ella tenía hambre de amor y le ofrecimos tranquilizantes.
Más allá de la discutibilidad de la fe cristiana y sus esperanzas, Cardenal puso a disposición del poema lo mejor que tenía: el perdón vicario, la justificación inmaculada y la promesa de una vida beata más allá de los reflectores y la fama. ¿Dónde se hallaba, otra vez, el discurso institucional para aquellos años? Todavía a principio de siglo, la Iglesia se negaba a celebrar las exequias de quien hubiera muerto por la vía del suicidio – ¿qué no es ése el asunto principal del Despertar de primavera de Frank Wedekind?- condenándolo a priori no solo al infierno -que eso nadie podrá probar- sino a la maledicencia de su nombre entre quienes quedaran en el mundo. Además, para el año de la aparición de ese poema, todavía estaba vigente – le restaba un año- el Index librorum prohibitorum , que dividía el mundo entre herejes y fieles, entre creyentes y blasfemos, entre hombres y mujeres. Aunque del papel de la mujer en la Iglesia de entonces ni hablar, ni del modelo que se les endilgaba y cuyas contradicciones contemporáneas debían asumir con el escarnio y la satanización desde el púlpito. El lugar donde se sitúa Ernesto Cardenal -lamento contrariar a quienes no leen la historia con las claves de su tiempo-, está diametralmente opuesto al que ocupaba la iglesia-institución, cuanto más al respecto de una mujer que había decidido no someterse, con éxito o sin él, a las órdenes de sus jefes. No hay una celebración de la belleza de Marilyn en el poema, sino más bien un intento por entender los motivos de su muerte, el vía crucis que recorrió sin que alguien se detuviera a considerarlo. No hay una negación del viático, sino más bien un reconocimiento de la culpa propia y la colectiva, de la construcción de una sociedad que resultó irrespirable para una mujer, célebre como era. Tras el via crucis de la vida de mi abuela, carente de fuerzas para rebelarse siempre, sospecho qué habría escrito Cardenal, de qué lado habría estado. Creo que no está mal pensarlo así.
*
“La poesía debe hablar de la vida, en el lenguaje del pueblo, no debe ser una poesía hermética, sino que se entienda y que transmita y que pueda explicar algo de lo que sienta el poeta. Y no debe eludir la política, menos en países de algunos de nosotros con problemas graves, con dictaduras militares, torturas, destierros, asesinatos. No se puede. Si uno quiere hablar de la vida tiene que hablar de la política”. Estas fueron las palabras que le escuché decir a Cardenal hace precisamente un año cuando la secretaría de Relaciones Exteriores lo trajo a México a celebrar sus noventa y cinco años, como una admonición de su pronta muerte. Lo paseaban en una silla de ruedas, con un poncho castaño que recordaba a los gauchos y a mí, en particular, a Mercedes Sosa, anunciando con su sola presencia los tiempos nuevos que él había avizorado y frente a los cuales mantenía su dignidad y su moral incólume, enemigo en sus últimos años del régimen que él había apoyado, inhóspito en su propia casa, y, sin embargo, profeta del advenimiento con el poder de salvar y condenar, no por sí mismo, sino por la vida que conservaba en sí, inagotable. Nos sentaron frente a él, ocho o diez poetas jóvenes, un par de autoridades, Cardenal con dificultades para oír, pero con una lucidez absoluta. Es decir, absuelta. Es decir, libre.
*
Cuando volví del seminario, estando todavía repensando mi decisión de regresar a la vida religiosa, fui a hospedarme cinco días en el monasterio benedictino de Nuestra Señora de los Ángeles, escondido, como el Misterio, en un bosque empinado y frondoso, en cuya cima se encontraba una capilla desde la que mañana, tarde y noche se escucharían, como de otro universo, las alabanzas que rompían el voto de silencio de los monjes en honor a Cristo, su esposo, que los había separado para sí. Es por todos sabido que la liturgia benedictina es de una belleza sin par, pero experimentar, escucharla y verla en vivo es inconteniblemente asombroso y conmovedor. Uno puede creer que Dios abandonó el mundo hasta que se levanta a las tres de la mañana y los escucha cantar. Uno entre ellos había compartido el monasterio con Cardenal, antes de Lemercier, y se había mudado años después, cuando el monasterio otro se vino abajo, a este monasterio. Habría cantado junto a él, pensé en esos días, y presenciado lo que detonó en Cardenal los versos siguientes:
Todo el bosque resuena con el canto
y solo ellas -las cigarras- en todo el bosque no los oyen.
¿Para quién cantan los machos?
¿Y por qué cantan tanto? ¿Y qué cantan?
Cantan como trapenses en el coro
Delante de sus salterios y antifonarios
Cantando el invitatorio de la Resurrección
Me recuerdo ahora, antes del clarear del alba, en la cima del bosque, pensando en las cigarras, en Cardenal cantando como una cigarra que no canta para una hembra porque es sorda, y que pasado el tiempo de pascua deja de cantar. Pienso en lo absurdo que es cantar para un Dios ausente, que abandonó la Historia, que suspendió su intervención por lo menos desde la última destrucción del Templo. Imagino a Cardenal escribiendo sobre la resurrección incluso en sus últimos días, proclamándola. Un trapense, un benedictino, sin hábito, pero rehabilitado, creyendo en la verdad que lo enamoró y el río, el fluyente de voces que emanaron de ella. Pienso en Tertuliano y en su credo quia absurdum . Y eso que dijo el poeta, a la vera del camino, al final de sus días:
Pero
Si el universo
Tuvo comienzo
No es eterno
Y eso
Es muy bueno
Porque nacerá algo nuevo
Aunque esto
Nuevo
Es un misterio.
Autores
(Wolfsburg, Alemania, 1990). Ha publicado
Parusía de los muertos (edición digital) y
Metáfora del sol ilustre (Proyecto literal, 2017), así como diversos textos en las revistas
Opción ,
Crítica y
Casa del tiempo , y en el suplemento
Laberinto , entre otras. También forma parte de la antología
Poetas parricidas (generación entre siglos) (Cuardivio Ediciones, 2014). De 2016 a 2017 fue becario del Programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (Fonca).
Ilustrador
Jal Reed
Alex Rosas (Jal Reed), es un ilustrador nacido en la ciudad de México en 1993. Egresado de la licenciatura de Diseño y Comunicación Visual en la Facultad de Estudios Superiores, Cuautitlán de la UNAM. Ha participado en exposiciones colectivas en diversas galerías de la Ciudad de México y el Museo de la Cancillería. En 2019 fue segundo lugar en el concurso de ilustración ALAS DE LA LIBERTAD, de grupo Salinas, seleccionado en PORTFOLIO DOMESTIKA – Talento joven, y ganador del Abierto Lumen en la categoría de ilustración.
Sus principales influencias vienen de las plantas, la ciencia ficción, el horror de la cotidianidad y la música, por lo que busca generar escenarios ajenos a este mundo, con temáticas oscuras y paletas de colores frescas.
Arte de portada utilizado en BBC iPlayer para promocionar la serie documental de televisión en línea “Can’t Get You Out of My Head” (2021)
¿Cómo llegamos a esto?
La pregunta no es ociosa. Llevamos un año encerrados en hogares que no fueron pensados para habitarse por tanto tiempo y con tantas personas. Tenemos miedo de las superficies, de la respiración de los otros, de partículas invisibles que nos privan de cualquier contacto físico. Aspiramos a vidas mejores viendo historias de Instagram, pidiendo artículos en Amazon, sintiendo alguna conexión por Zoom y en mensajerías que espían nuestros memes de Piolín.
Mientras algunos creen cualquier cosa, muchos no quieren creer en nada. Por lo menos, nadie cree en las viejas ideas de comunidad y nadie cree en la solidez del individuo. Nadie cree en las ideologías del pasado y nadie cree en los políticos actuales. Izquierda, derecha, centro, ¿Qué más da?
La política ya no tiene sentido. Desde Estados Unidos llueven teorías de conspiración. Algunas hablan de políticos pedófilos que se alimentan de químicos cerebrales extraídos del sufrimiento de neonatos. Donald Trump fue presidente; China reinventó el capitalismo; Reino Unido ya no es parte de Europa; Rusia nunca fue una democracia.
Nadie le cree a las empresas filantrópicas de Bill Gates, ni a la sonrisa programada de Hillary Clinton. ¿Quién piensa que Facebook está hecho para conectar personas? ¿Quién piensa que podemos separarnos de nuestros perfiles digitales?
Nadie cree en el futuro, todos dudan del pasado, cualquier tipo de esperanza se desdibuja en sueños apocalípticos. Tal vez, en el fondo, creemos que sería más fácil que todo se acabara y comenzar de cero.
¿Cómo llegamos a esto?
No hay una respuesta fácil, unificada y certera a esta pregunta, por supuesto. Quien diga que la tiene, nos está amenazando con otra teoría de conspiración, algún pensamiento religioso o una ideología programática. Adam Curtis no quiere hacer eso. El veterano creador de series documentales para la BBC dejó, hace mucho tiempo, el periodismo de investigación más clásico para hacer ensayos audiovisuales. Ahora, con su última miniserie, Can’t Get You Out of my Head , Curtis trata de explorar qué nos sucedió, desde el siglo pasado y cómo llegamos a este estado de paranoia, ruptura, individualismo frágil y abandono ideológico.
https://www.youtube.com/watch?v=thd5bBUNEw8
Una voz disidente
No es el primer rodeo de Curtis. En los años ochenta, el director británico hacía reportajes para la televisión inglesa. Fue en ese momento que trató de rastrear las causas de una crisis inmobiliaria en Reino Unido por la construcción desaforada de edificios con bloques prefabricados; que buscó al alcalde comunista de un pequeño pueblo italiano; que siguió a los corresponsales de guerra; o reconstruyó las relaciones políticas de Estados Unidos y Gran Bretaña en el siglo XX. En todos estos documentales, Curtis escribe, investiga y produce, pero rara vez narra. Esa fue su formación clásica en el viejo periodismo descriptivo.
A partir de Pandora’s Box (1992) , algo cambió en el estilo del documentalista. En esa miniserie, Curtis trató una cuestión espinosa: la relación entre la ciencia, la racionalidad y la política en el siglo XX. En pleno momento del auge de los tecnócratas, Curtis se preguntó sobre la validez de la racionalidad a raja tabla en la política. Pero no lo hizo desde el periodismo de investigación, sino desde el collage, la crítica sociológica, el cuestionamiento filosófico y el ensayo histórico. Por primera vez, Curtis utilizó una voz en off propia para narrar sus investigaciones. Se declaró como autor, como voz que ensaya, más allá de las anacrónicas pretensiones de objetividad periodística. Por primera vez, montó él mismo un collage alucinante de materiales de archivo. Por primera vez, se escuchó esa voz crítica e intrigante que cimbraría el mundo del periodismo inglés.
Este cambio de voz es esencial para entender el trabajo de Adam Curtis. El documentalista ha pasado casi cuarenta años observando el material de archivo de la BBC, encontrando tomas que le despiertan una sensible inclinación estética (como las maravillosas secuencias de Erik Durschmied), e historias que le parecen interesantes (como las investigaciones de James Mossman) para tratar de crear algo nuevo con ellas.
Con este material, Curtis quiere ensayar sobre ciertos temas específicos que parecen obsesionarlo. Lo suyo es la búsqueda de la organización multifacética del poder en las sociedades contemporáneas: cómo funciona el miedo, cómo funciona la racionalidad, cómo funciona la psicología, el amor o la automatización entre nosotros y los poderes que nos gobiernan. A partir de estas obsesiones, Curtis va más allá de la columna de opinión o el reportaje de investigación. La unión del material del archivo, la música popular, el cine y una narración que oscila entre la frialdad y certeros golpes emotivos, crea un tipo de ensayo histórico rigurosamente apasionante.
A diferencia de Chris Marker, que buscaba consonancias poéticas con la voz en off de sus documentales, las narraciones de Curtis no son elaboraciones literarias sugerentes. La voz de este documentalista se sitúa en el periodismo y no pretende nada más; un periodismo de investigación que va más allá de los datos para tratar de excavar tramas apasionantes sobre la superficie de la Historia. Curtis busca una profundidad sobre lo que percibimos como inevitable en el paso del tiempo: la historia, para él, esconde entre sus pliegos mucho más de lo que nos parece evidente.
En este interés por encontrar una profundidad histórica, se mezcla también una voluntad de contar historias. Curtis no quiere, necesariamente, recopilar todos los elementos distintivos en torno a un objeto de discurso, sino transmitir una interpretación emotiva, siempre a contrapelo de la historiografía.
“Esa es la clave de lo que hago.” Explica Curtis . “Básicamente soy un historiador que toma ideas y técnicas del arte, de la música pop, y de muchas otras cosas alrededor y que las junta con una investigación histórica básica y francamente aburrida. No soy un cineasta de vanguardia. Sé que puedo hacer que mis ideas se vean interesantes y atractivas usando estos medios. Así que, si le quitas todo el artificio, te queda un sólido y monótono ensayo histórico con evidencia sustancial.”
https://www.youtube.com/watch?v=Gak9xiU4cpA
La forma abierta
En Can’t Get You Out of My Head , Curtis se preocupa por los actos discursivos y por los monumentos del pasado para contarnos otra historia del pensamiento; una historia que pueda explicar lo que las ideologías, las predicciones, las estadísticas y la razón no han logrado conceptualizar. Curtis empieza preguntándose por qué los medios liberales no han podido entender cómo sucedió Trump, cómo Putin sigue en el poder, cómo se votó el Brexit o cómo China reinventó el capitalismo para salvar a Estados Unidos. Para tratar de explicar lo inexplicable, en vez de regresar a un pensamiento crítico, los medios liberales se entregaron a las mismas teorías de conspiración que el conservadurismo lleva tiempo cultivando. Y nadie sabe cómo llegamos a esto.
La premisa de Curtis en Can’t Get You Out of My Head es, entonces, tratar de explicar estos eventos, más allá de una historia del pensamiento, con una historia de las emociones. Si las racionalidades del siglo XX fallaron para explicar nuestro mundo, tal vez podamos explicar algo rastreando las irracionalidades del siglo XX. Así que Curtis rastrea. Y lo que encuentra son cuestionamientos dolorosos enfrascados en nuestro deseo y pasiones.
Can’t Get You Out of My Head cuestiona las corrientes de pensamiento que fueron erosionando la visión del mundo tanto de la izquierda como de la derecha desde el siglo XX hasta nuestros días. Todo empieza con las revoluciones en Rusia, Estados Unidos, China y Reino Unido, y la voluntad de cambiar los sistemas coloniales e imperiales en donde primaba el poder del dinero y las fuerzas armadas. De ahí, Curtis salta a la historia pasional de las revoluciones de los años sesenta; revoluciones que quisieron cambiar las injusticias vivas, remanentes, del racismo colonial revividas en una nueva corrupción burocrática. Y, así, rastrea finalmente cómo el poder político cedió ante los bancos y la llegada de los tecnócratas.
En esa última etapa histórica, Curtis observa cómo las esperanzas de un futuro diferente se derrumbaron, crisis tras crisis, atentado tras atentado, burbuja tras burbuja. El deseo de cambio mutó hacia nostalgias de tiempos pasados inexistentes; tiempos pasados de lords ingleses y del poder blanco en Estados Unidos; tiempos pasados de férreos controles estatales y líderes únicos.
La historia de esta decepción se teje como un telar sensible y reflexivo que cuestiona certezas. Porque la decepción siempre nace con una esperanza. Como humanidad, creímos en el colectivismo antes de que se derrumbara; deificamos y luego destruimos al individualismo; le dimos demasiado poder a la consciencia para luego avisarle que no era dueña en su propia morada. Todas estas creencias frágiles nacieron con un deseo.
Es por eso que, en este entretejimiento de objetos discursivos, Curtis siempre se enfoca en historias pasionales. Su idea siempre ha sido pasar de lo particular a lo colectivo, de la hormiga al hormiguero. En este principio mínimo, Curtis encuentra los deseos de los individuos frente a la historia. Y se permite hacer comparaciones osadas relacionando a Jiang Qing, última esposa de Mao Zedong, con el pensamiento individualista de Michael X y las revoluciones de Afeni Shakur; a su hijo, Tupac Shakur, con el pensamiento provocador de Edward Limónov y el movimiento de comunismo nacionalista; a la psicología y el posestructuralismo, con los movimientos del New Age y la paranoia de Nixon.
https://www.youtube.com/watch?v=hqX1J-1LyzA
Al rescate de los desesperados
A pesar de la complejidad del tema y los peligros de perderse en un telar de pasiones, Curtis mantiene una narración ecuánime que, sobre todas las cosas, evita juzgar y evita pontificar. Su tono nunca es paternalista y nunca es panfletario. La investigación histórica es, por una parte, sumamente rigurosa y las interpretaciones libres de Curtis están fundamentadas en una argumentación apasionada. Su mirada está expuesta y no queda nada insidioso: el montaje y la voz se asumen como propias; y las ideas de construcción documental son cada vez más personales.
Desde que se atrevió a explorar el montaje como forma pura de narración histórica con It Felt Like a Kiss (2009) , Curtis no ha dejado de afinar una voz ensayística cada vez más personal. En el sentido de la investigación, en la tercera entrega de All Watched Over by Machines of Loving Grace (2011) , encontramos Curtis más libre, más entregado al pathos, más provocador con la construcción de historias y las conclusiones que aventura. Can’t Get You Out of My Head es, justamente, la culminación de una década de experimentación subjetiva en el periodismo investigativo.
En este documental, Curtis se atreve a todo. Mezcla las imágenes con las que ya había jugado en It Felt Like a Kiss con la narración en off; se atreve a conclusiones aventuradas como las de All Watched Over by Machines of Loving Grace ; y, sobre todo, termina proponiendo algo único. El tono sensible de este documental culmina en un llamado a la acción. Porque, finalmente, Curtis ya no quiere demostrar su análisis del mundo, sino hacer algo con él despertando algo en nosotros.
Emotivamente, Can’t Get You Out of My Head está pautado por la hermosa canción de Phosphorescent, Song for Zula , que tiene un lugar privilegiado al principio y al final del documental, en las partes más interpretativas de la escritura. En esos momentos, el documentalista quiere enfrentarse a la apatía millenial de la canción de Matthew Houck; al dolor de corazón de una generación abandonada por las ideologías que todavía alimentaron los sueños de sus padres. En este mundo roto, de dirigentes que ya no creen en nada, que ya cedieron la política a las grandes élites financieras, que cedieron piso frente a los tecnócratas de finales de siglo, las nuevas generaciones se desesperan y se rinden en lo que Curtis alguna vez llamó “la teoría de la historia de Wes Anderson”:
“Hay una parte al final de The Life Aquatic of Steve Sizou de Wes Anderson en la que Bill Murray se toma las manos con todos en el submarino y profiere -estoy citando inexacto- la ideología de Wes Anderson, que es básicamente la ideología de nuestros días: “Somos todos un poco basura y eso está bien.” Nadie es mejor que los otros, todos somos basura y no hay ningún punto en intentarlo. Creo que esa es una manera de ver al mundo absolutamente deprimente y minúscula. Digo, entiendo por qué llegamos a eso. Es una reacción a los grandes fallos en intentar cambiar al mundo. Pero todos esos fallos no quieren decir que deberíamos dejar de intentar salvar al mundo.”
La pauta de Song for Zula , como el gran vals que suena sobre las generaciones que no pudieron cambiar al mundo, que calcularon mal todas sus intenciones, que terminaron por arruinar el planeta y legarnos su horror y su nihilismo, muestra una enorme desesperación. Pero Curtis quiere retratar esta desesperación de manera compasiva, empática, para invitarnos a superarla.
En el final de la canción de Houck, a pesar de todo el dolor y de todo el abandono, Curtis lee una esperanza:
“Soy ahora una cosa rota
Pero no me tiro en la oscuridad esperando el día
Mi corazón es dorado, mis pies son ligeros
Y voy a correr toda la noche hacia las llanuras desiertas”
El futuro incierto que nos muestra el documentalista termina en una propuesta; la propuesta de que el hombre no es tan débil, ni tan manipulable, como nos han hecho creer; la propuesta de que todavía no es demasiado tarde para cambiar al mundo.
“Conozco gente rica que está comprando refugios arriba de las montañas porque piensan que el mundo se va a inundar. Estamos en un periodo impresionante de paz y prosperidad, relativamente hablando, y no entiendo por qué no tratan de solucionar lo que está ocurriendo, por qué no tratan de cambiar al mundo y de encontrar mejores formas. En vez de eso, se retiran con un humor de autodesprecio, narcisista, apocalíptico. Algún día volveremos a ver este periodo, históricamente, y pensaremos: “¿Qué fue todo eso? ¿Cómo nos atrevemos?”
A través de un ballet emotivo de imágenes desgarradoras, de las historias de hombres y mujeres que se rebelaron contra los poderes apremiantes de sus eras, de la historia retorcida de nuestros deseos, Curtis justifica la desesperación de nuestra era, le da un contexto, la entiende. Entiende la elección de Trump, el mutismo político, camaleónico, de Putin, las aplicaciones masivas de control social a través de la inteligencia artificial en China, la decepción de un antiguo imperio, la nostalgia nacionalista, y la llegada del Brexit. Pero, sobre todo esto, Curtis intenta invitarnos a superar la apatía.
Así es como llegamos a esto, por eso estamos tan derrotados, tan solos y desesperados. Nos encontramos con un espejo y, por fin, alguien nos tiende una mano. La voz clara y altiva de Curtis, empática y regañona, termina como una bocanada de aire fresco. Porque alguien nos necesita, necesita que corramos toda la noche por las llanuras desiertas, que pensemos en un corazón de oro y que podamos escapar del dolor que fue creer en algo y sentir que nada nos quedó a cambio.
Tal vez, eso es todo lo que necesita una generación que dejó de creer en su capacidad de salvar al mundo: tener a alguien, como Curtis, que todavía crea en ella.
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Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.
Tomado de la base de datos de Google
Hace unos meses leí una antología de ensayo que malamente me llamó la atención: la gran mayoría de los textos empezaba de la misma manera. En las tres primeras líneas, una fecha, un lugar y un personaje aparecían como constante. 1598, Roma, Caravaggio. Berlín. Tabucchi. 1971. Lisboa. Málevich. 2006. Virginia. 1978. Guatemala. Broadway. 1969. Cirlot. Buenos Aires. 1935. París.
El ensayo se me presentó como un cúmulo de nombres, referencias apiladas, rocas sofocantes. Los pocos textos que proponían otro punto de partida me regresaron el oxígeno. No pude sino pensar en lo triste que era el haber catalogado a casi cincuenta personas que parecían hablar igual, tener una misma voz: el timbre de la necesidad de situar, la obligación de la referencia.
Una de las principales razones por las me gusta leer ensayo es porque me regala una dosis de algo imprevisto. Pensar en lo que no he pensado, llegar a otras conclusiones, ventilar mis ideas, darme aire. Mis libros favoritos recuperan ese derecho a la miscelánea que el propio Montaigne disfrutó a plenitud.
Al leer sus Ensayos siento lo opuesto a mi experiencia última con las antologías: en un mismo autor, descubro miles de voces. Lo que más aprecio de Montaigne es que hace y dice lo que se le pega en gana. Nunca me parece el mismo.
Se puede obsesionar con un asunto que llevará a sus últimas consecuencias a lo largo de un considerable número de páginas, como también encuentra placer en hablar de un tema en apenas un par de ellas. Recupera sus lecturas, da vida a los clásicos, habla de sí mismo. Leer a Montaigne siempre me ha parecido una conversación con un buen amigo del cual, por muy familiar que me parezca, no sé bien qué esperar.
Ese sentir que lo conozco tanto como lo ignoro me explica por qué su figura se ha convertido casi en un mito. El ejemplo de lo que significa ser un hombre moderno. Aunque muchos repitan junto a él que en los Ensayos descubrimos su autorretrato, lo que pinto de sí mismo, deja tantos huecos que han hecho posible y necesario para muchos otros escritores seguir hablando de él.
Allí está el prólogo que escribió Arreola, la espléndida autobiografía de Stefan Zweig, el estudio de Peter Burke o, incluso, el chispeante dato que Szymborska recopila tras la lectura de un libro sobre la higiene en el Renacimiento: a diferencia de sus contemporáneos, Michel de Montaigne no le tenía asco al agua, se bañaba a menudo y con placer.
¿Cómo no obsesionarnos con la vida de un autor que más que un hijo fue un proyecto educativo? ¿Será verdad eso que dicen acerca de que cada mañana era despertado con el dulce rumor de un dueto de músicos para avivar su espíritu? Ojalá supiéramos más del padre de Montaigne. Ese loco sujeto que decidió legarle el latín como “lengua materna” al contratar a un maestro que no hablaba francés y al negarle a su familia y los sirvientes comunicarse con él en otro idioma.
Ese mismo que, según se cuenta, llevó a su hijo a vivir con una pobre familia en sus primeros años para fortalecer su cuerpo con la inclemencia. ¿Qué dirá de nosotros el fascinarnos con su biografía? Quizá es un tanto ridículo admirar a un superhéroe cuyo mayor poder fue el gozar de una buena y exagerada educación.
Acepto que me seduce la torre con sus 67 máximas inscritas en el techo, ese lugar de reclusión y aislamiento del mundo. Pero sobre todo me intriga la naturaleza de esos textos que conforman los Ensayos y parecen fijar el vapor de una conversación.
Aunque hoy muchos piensen en un ensayo como una escritura constreñida, estirada y llena de citas, me gusta recordar que en su origen fue tan sólo el dictado que Montaigne hizo a un escriba para sujetar sus pensamientos libres. Ensayar es ejercitar la oralidad que nos descubre el orden y caos de la cabeza.
Porque Montaigne nació un día como hoy, me pregunto cómo sería celebrar el cumpleaños de tu escritor favorito. Conozco a ñoños incurables que tienen pequeñas tradiciones para festejar esos días feriados que ellos mismos se impusieron: relecturas de obras o pasajes, recordar la fecha a los demás casi como una admonición… Hasta ahora, ese universo de conmemoraciones y monumentos me resulta casi ajeno. Si olvido los cumpleaños y aniversarios de mis amigos, pagar el gas, contestar mensajes, con mayor razón suelo pasar por alto un natalicio que se ha repetido 488 veces. Mi cerebro no es un cerebro efeméride.
Este es el primer año que llego al 28 de febrero con una marca en el calendario, señal para el recuerdo que puse hace algunos meses cuando el ocio me hizo pensar en cuál sería la fecha idónea para conmemorar mi autoseleccionado Día Internacional del Ensayo. Hoy que la veo no dejo de imaginarme a mí sentada en una mesa junto a Montaigne, ambos con gorritos de fiesta frente a un pastel tapizado por las casi quinientas velitas que habría qué colocar.
Más que feliz, se me representa como un momento incómodo: dos seres humanos que no comparten la lengua, nada por hablar, de mundos diferentes. Felicitar a Montaigne, incluso aunque sea a través de estas líneas, no deja de parecerme más que otra manera de arrastrarlo fuera de su torre y de su paz.
Pero si acaso tuviera oportunidad de preguntarle sólo una cosa o conversar con él como estoy acostumbrada gracias a la magia de la comunicación discontinua de la literatura, aprovecharía para averiguar qué piensa de haber donado una palabra que designa textos tan diferentes. Los tediosos trabajos finales que reavivan la escolástica en estos tiempos, por ejemplo. O la prosa flácida que abarrota los periódicos y revistas. Mas, no sé por qué, sospecho que mi interlocutor entornaría levemente los ojos y me desplegaría su más sincera indiferencia. Regresaría a sí mismo y a asuntos más interesantes.
Porque quizá esa respuesta resulta inútil cuando se pronuncia, está hecha tan sólo para ponerse en acción: para seguir haciendo del ensayo la escritura que toque los bordes vírgenes del pensamiento, que se cuestione su propia vergüenza e impudicia, que nos permita descubrir e inventar con libertad lo que no hemos visto aún.
Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.
Ilustración de Herenia González
Escucho la voz de la madre tierra / Ya kaybe sk’op jme’ kaxailtik
La he escuchado clara y alegre / Lek chican la ka’ay sok junax yo’tan
La escucho en el viento / Ya kay ta ik’
Que mece los árboles. / Te ya stij te te’etik.
Escucho la voz de la madre tierra / Ya kaybe sk’op jme’ kaxailtik
La escucho en el río, / Ya kay ta u’kum te ya yich’ bel
Que lleva agua pura y limpia, / Sakil ja’ te ya yak’be ya’lel
Que riega los cultivos de maíz. / Te tsumbil iximetik.
Escucho la voz de la madre tierra / Ya kaybe sk’op jme’ kaxailtik
La escucho cuando la lluvia / Ya kay te bit’il te ja’al ya x-k’ot ta
Toca la tierra y riega los árboles / lumilal sok yak’be ya’lel te te’etik
Y baña la tierra con agua pura. / Sok ya yatintes lumilal ta lekil ja’.
Escucho la voz de la madre tierra / Ya kaybe sk’op jme’ kaxailtik
La he escuchado triste y adolorida / Ya ka’ay ta uk’um mayukix kuxlejal
La escucho en el viento frío / Te nojelilikix ta k’apal
Que azotan los árboles. / Sok te ma’yuk mach’a ya stuntesix
Ta ya’lel tsunubil.
Escucho la voz de la madre tierra / Ya kaybe sk’op jme’ kaxailtik
La escucho en el río sin vida / La ka’ay ya x-ok’
Que se ha llenado de desperdicios de basura / Te bit’il chopol ja’al ya x-kot ta lumilal
Y que ya nadie utiliza para el riego. / Sok ya smil te te’etik.
Escucho la voz de la madre tierra / La kaybe sk’op jme’ kaxailtik
La he escuchado gemir de dolor / Ya x-awun yu’un ak’ol k’inal
Cuando la lluvia ácida toca la tierra / Sok yu’un xkuxul k’inal.
Y mata los árboles.
He escuchado la voz de la madre tierra gritar de felicidad y de dolor.
https://tierraadentro.fondodeculturaeconomica.com/wp-content/uploads/2021/02/NICHIMALTIK.m4a
Autores
Imelda Gómez Girón, nació en el municipio de Tenejapa, Chiapas el 13 de mayo de 1992, su lengua materna es el tseltal. Tiene licenciatura en Desarrollo Sustentable de la Universidad Intercultural de Chiapas (UNICH). Formó parte del Instituto para el Desarrollo Sustentable en Mesoamérica (IDESMAC) como técnica de proyecto. Publicó en Coolhuntermx sobre el tema “Así es crecer en Tenejapa”, donde narra la historia de su experiencia con el tejido y el bordado.
Ilustración de Herenia González
ndíŋ mbìn mbìn (ndíŋ pájaro ratón ) es una pieza que usa los sonidos del zapoteco para crear una poesía fonética. Se trata de un poema de sonidos zapotecos, siendo la base de la pieza es el uso continuo de una onomatopeya muy recurrente en el habla zapoteca: ndíŋ ndíŋ, sonido que hace referencia a una persona que habla enredado. Con este recurso y con la cualidad tonal de la lengua zapoteca (según se pronuncie cada sílaba varía el significado) el autor va creando un sistema de sonidos fonéticos consecuentes que siguen un ritmo, que permiten tanto al oyente como al rapsoda, escuchar la base más primitiva de cualquier idioma: los sonidos.
ndíŋ mbìn mbìn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
m-bèz ré mdìn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndé-y-òʔl mbìn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
nâ n-zò lô wîn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndâ=n lô bîn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
zá ndâ=n kèʔnĭn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
zá lô běn mzìn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
n’día wìz zìʔn
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ pájaro ratón
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
Hablan los ratones
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
Cantan los pájaros
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
Estoy en la miseria
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
Voy a la milpa
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
Quiero bailar
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
Conocer al venado
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
fin del mal día
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
ndíŋ ndíŋ ndíŋ
Autores
Antipoeta en zapoteco de la Sierra Sur/ central, su lengua materna. Fundador del #DadaismoZapotecano. Iniciativa contracultural a la literatura indígena actual, que mezcla conceptos dadaístas propuestos por Tristan Tzara, la poesía digital de Eugenio Tisselli y la antipoesía de Nicanor de la Parra. Tres poetas de diferentes épocas, cada uno aportando una técnica a un pensamiento humano zapoteco carente de talento artístico. De Tristan toma la sucesión de palabras, letras y sonidos a la que es difícil encontrarle lógica, de Tisselli toma la extraordinaria belleza visual del código informático y la aleatoriedad digital que ofrece un software; y De la Parra, su propuesta de escribir poesía desde cero: homologarse a lo que es el poema, su valor estético, la base metodológica. Se contrapone rotundamente a la traducción e invita al lector a leer el poema en zapoteco.