Tierra Adentro

En 1999, en la entrevista que Roberto Bolaño dio a la periodista María Teresa Cárdenas, al preguntársele sobre objetivo de la Literatura, respondió: Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y ha sido mi elegancia.

Siendo el 2020 un año marcado por el encierro forzado, una actividad introspectiva como la lectura ofrece una posibilidad infinita de asomarse al Otro, aun a pesar de las limitaciones del contacto personal. Este año, mis lecturas cierran en un total de 340 libros, de los cuales comparto los que considero los mejores que he tenido la fortuna de encontrar, en una cartografía por géneros y países de origen de los autores.

NOVELA MEXICANA

La sonorense Sylvia Aguilar-Zéleny y su novela Basura (2018, Nitro/Press) plasma tres historias cruzadas sobre mujeres que definen sus propias vidas a partir de los restos de otros, y que se encuentran en esos grandes territorios de la miseria humana: los basureros del norte del país. Loba de Orfa Alarcón (2019, Alfaguara), sobre la violencia heredada como una enfermedad incurable.

Dos revelaciones de Editorial Almadía: Gilma Luque y su Obra negra (2017), narración sobre la infancia y adolescencia de una mujer marcada por la enfermedad, el desgaste irreversible y la muerte inminente de una madre a la que se ama, pero cuya situación provoca culpa y vergüenza. Y la escritora oaxaqueña Karina Sosa Castañeda con Caballo fantasma (2020), un recorrido introspectivo por la ausencia de los otros, por la permanente sensación de estar solo y nunca pertenecer.

Dos premios Mauricio Achar – Random House Alejandro Carrillo y Adiós a Dylan (2016), novela iniciática sobre la esperanza y la decepción inherentes al crecer; y Entre los rotos (2019) de la veracruzana Alaíde Ventura Medina, quien enumera las heridas incurables provocadas por un padre violento y la frágil y difícil relación fraternal que sobrevive al daño.

NOVELA LATINOAMÉRICANA

2020 fue para mí un año predominantemente argentino. Leí a Dolores Reyes con Cometierra (2019, Editorial Sigilo), una novela sobre una mujer que puede establecer contacto con mujeres desaparecidas y también una reflexión sobre la violencia feminicida. Claudia Piñero en Elena sabe (2007, Alfaguara), retrato íntimo de una mujer que convive con la enfermedad de Parkinson, pero también un cuestionamiento al machismo y a la maternidad como formas de redención de la familia latinoamericana tradicional.

Rodrigo Fresán y Jardines de Kensington (2003, Mondadori): un tour de force a través de la historia de J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, y un escritor inglés inmerso en la psicodelia de los años sesenta.

La favorita de la crítica, Mariana Enríquez y su Como desaparecer completamente (2004, Página12), sobre la vida rota de un sobreviviente de abuso sexual familiar. Camila Sosa Villada logra con Las malas (Tusquets, 2020), uno de los mejores libros del año: un retrato luminoso de la búsqueda de la propia identidad sexual. Del argentino Osvaldo Soriano, No habrá más penas ni olvido (1978, Seix Barral), el relato cinematográfico de un enfrentamiento de peronistas con la policía en búsqueda de justicia.

portada-2

Desde Chile, Nona Fernández con La dimensión desconocida (2016, Random House) y Space Invaders (2020, Fondo de Cultura Económica) muestra el peso de la dictadura militar en el construcción de la propia identidad. Lina Meruane, con Sangre en el ojo (2012, Eterna Cadencia), sobre una mujer que pierde la vista en un país extranjero, y la dependencia total y enfermiza de un hombre hacia su cuidado: una prosa diestra y visceral.

El chileno Pedro Lemebel, Tengo miedo, torero (2001, Anagrama), sobre la ternura del enamoramiento imposible entre un perseguido político y la mujer trans que lo protege (con película a estrenarse próximamente en México).

La ecuatoriana Mónica Ojeda con Nefando (2019, Almadía), la historia de un violento y sórdido juego en la red, construido para reflejar la vida de una familia marcada por la más inefable oscuridad; una novela que obliga al lector a mirar en el propio abismo interior.

Pilar Quintana, colombiana y su novela La perra (2019, Random House), la historia de una mujer rota que se empeña en destruir lo que ama.

NOVELA CONTEMPORÁNEA

Dos novelas de escritoras coreanas: de Cho Nam-Joo (1978) Kim Ji-young, nacida en 1982 (2019, Alfaguara), relato sobre la culpa y la vergüenza que genera la condición de ser mujer en la sociedad contemporánea. En la misma línea, La vegetariana, de Han Kang (premio Man Booker Internacional, 2016) , novela en la que a partir de una anécdota aparentemente irrelevante (una mujer que decide súbitamente dejar de comer carne), se logra una profunda reflexión sobre la resistencia ejercida a través del propio cuerpo contra el abuso, el machismo y la misoginia presentes desde la infancia.

Una revelación: el vietnamita Ocean Vuong (1988) con En la Tierra somos fugazmente grandiosos (2019, Anagrama): una historia sobre la fugacidad de la vida y la belleza, sobre resiliencias familiares y personales.

Francia representada en las novelas de Delphine de Vigan, Las horas subterráneas (2010, Suma de Letras), sobre la violencia silenciosa del acoso laboral y la imposibilidad de encontrarse en el Otro; y Las lealtades (2018, Anagrama), seres heridos que guardan fidelidades tóxicas que solamente logran perpetuar escenarios de dolor. De igual manera, el relato biográfico de Évelyne Pisier y Caroline Laurent, De repente, la libertad (2018, Lumen), que ahonda sobre la libertad conseguida por una mujer a mediados del siglo XX. De la escritora Anna Gavalda, Juntos nada más (2004, Seix Barral) y La amaba (2002, Seix Barral); así como una favorita personal: Annie Ernaux con El lugar (2020, Tusquets), un retrato duro y terrible sobre la ternura abstracta del propio padre.

Europa Oriental representada por una oda de suma belleza dedicada a la figura de la madre en la novela de Tatiana Ţȋbuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016, Impedimenta). Atlas descrito por el cielo (2012, Sexto Piso) del escritor serbio Goran Petrović, en el que delinea a través de 52 pasajes, el descubrimiento del lenguaje para construir mundos donde no existen techos más altos que el cielo. La vida verdadera (2020, Salamandra) de la belga Adeline Dieudonné (1982), recuerdos de una infancia profundamente dolorosa. De la polaca Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura 2018 con Sobre los huesos de los muertos (2009, Océano), una novela negra que abre la pregunta sobre la ética inherente al maltrato animal.

Algo de literatura anglosajona: Parentesco (1979, Capitán Swing), de la estadounidense Octavia E. Butler: la historia de una mujer afroamericana del siglo XX que enfrenta el periodo de esclavitud de Estados Unidos en 1815, llevándola a los límites de su propia humanidad. También la inglesa Nell Leyshon con Del color de la leche (2013, Sexto Piso), una novela sobre la tragedia de nacer mujer en 1830, y la sublevación de la opresión a través de la apropiación del lenguaje.

Aprender a hablar con las plantas, de la española Marta Orriols (2018, Lumen), una exquisita descripción de la pérdida del ser amado, y el replanteamiento de la propia vida interior a partir de las cenizas. Ray Loriga y la novela distópica Tokio ya no nos quiere (1999, Plaza & Janés), historia sobre la travesía de un hombre que se dedica a borrar recuerdos.

Algunas novelas clásicas, como La hija del optimista, de Eudora Welty (2009, Impedimenta), Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, El paciente inglés (1997, Plaza&Jánes) de Michael Ondaatje, Novecento: la leyenda del pianista en el océano de Alessandro Baricco (1994, Anagrama) y Furia Feroz, de J.G.Ballard (1988, Booket).

CUENTO

Cosas que nunca te dije (2013, Tajamar), de la chilena María José Viera-Gallo, cuentos sobre el exilio, el amor incondicional a los hijos a través de la enfermedad, la desintegración inevitable de la pareja, las noches que hacen que la vida valga la pena y las consecuencias de la tortura inenarrable.

Quiltras (2020, Paraíso Perdido), de Arelis Uribe: personajes de las periferias en los que nadie repara, dueños de una palpable humanidad.

Samanta Schweblin, con Siete casas vacías (2015, Páginas de Espuma): personajes que guardan celosamente la memoria de los que se han ido, que se preservan de la demencia, que comparten algunas aficiones como forma de vengarse del mundo injusto.

El descubrimiento de la prosa de Sam Shepard en El gran sueño del paraíso (2002, Anagrama) quien retrata la vida de los habitantes del Medio Oeste rural norteamericano, de las planicies y del desierto. Raymond Carver y la versión de 1989 de Vintage Books de What we talk about when we talk about love, quien demuestra una maestría en el manejo de un lenguaje sobrio, y de la epifanía como momento revelador de la miseria y luminosidad humanas.De igual manera, el descubrimiento de la finalista del National Book Award, Bonnie Jo Campbell, con American Salvage (2010, Wayne State University Press),con historias de los olvidados, de los consumidos por la pobreza, las drogas y los prejuicios. 497_big

Cuento mexicano: Sylvia Aguilar-Zéleny con Nenitas (2013, Nitro/Press); Esa membrana finísima (2014, Fondo Editorial Tierra Adentro) de Úrsula Fuentesberain: el sentido de extrañeza y el horror en lo que se reconoce como ajeno. Love is love (o de cómo me ato las cintas) (2019, Nitro/Press): sobre las diversas formas de expresión de la identidad sexual.Benjamín Alire Sáenz y su Kentucky Club (2014, Random House): personajes rotos y un Juárez nostálgico y violento. Mi hallazgo de Dios en la Tierra de José Revueltas (2017, Era): cuentos sobre el sufrimiento en carne viva, el olor de la enfermedad y la muerte, el abandono y la desolación, el amor torcido y el honor quebrantado, la degradación moral y la esperanza inútil.

POESÍA

El mejor libro de poesía leído en 2020: Edith Södergran, Encontraste un alma: Poesía completa (2017, Nørdica). Poeta nacida en Rusia en 1892, muerta prematuramente a los 31 años; dueña de una desbordante sensibilidad, temas como la naturaleza salvaje, el cuestionamiento de Dios, la belleza, el origen y el destino del dolor, la feminidad y la sororidad, la condición de mujer joven y plena, el abandono al amor que todo lo arrasa.

581_big

La faceta poética de Ocean Vuong con Night sky with exit wounds (2016, Canyon Press); una oda al esposo idílico en The beauty of the husband : a fictional essay in 29 tangos (2001, Vintage Books) de Anne Carson; y de la mexicana Elisa Díaz Castelo, Principia (2018, Fondo Editorial Tierra Adentro): sobre el cuerpo como territorio finito.

CRÓNICA

Los libros de crónica desde la cárcel mexicana para mujeres, Mujeres que matan y Las celdas rosas (Nitro/Press, 2013 y 2018) de la sonorense Sylvia Arvizu (1978) en las que descubre en la palabra escrita un cauce para alcanzar la libertad anhelada.

Las memorias del neurocirujano Paul Kalanithi, Recuerda que vas a morir. Vive (2016, Seix Barral): sobre el hallazgo de la Neurocirugía como motivación vital, el diagnóstico de cáncer avanzado y la confrontación con la propia vida que se extingue.

Los diarios del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso (2003, Seix Barral), donde se plasma su pesimismo envolvente, la frustración de la escritura, la desconfianza en las palabras y las dudas sobre la posteridad.

La irlandesa Maggie O´Farrell y Sigo aquí: diecisiete roces con la muerte (2017, Libros del Asteroide), en el que la autora rememora momentos en los que la vida propia pudo haber cesado por el azar.

El músico estadounidense Moby con Porcelain. Mis memorias (2016, Sexto Piso): una larga carta de amor a la Nueva York de los años ochenta. El escritor afroamericano Ta-Nehisi Coates (1975), con un ensayo brutalmente honesto y personal, Entre el mundo y yo (2016, Seix Barral): una carta de amor al hijo que nace en un mundo plagado por la violencia racial, la negación de la Historia negra y el ejercicio de la paternidad a partir de modelos dañinos; ofreciendo un resquicio de esperanza en el hallazgo de uno mismo en el contacto con los otros.

DIVULGACIÓN

Howard Gardner, Verdad, belleza y bondad reformuladas: la enseñanza de las virtudes en el siglo XXI (2011, Paidós).

LIBROS SOBRE FEMINISMO

La estadounidense Kate Bolick (1972) y su búsqueda de la libertad, independencia y soledad a través del ejemplo de vida de otras escritoras en Solterona: la construcción de una vida propia (2015, Malpaso).

Catalina Ruiz-Navarro y Las mujeres que luchan se encuentran: manual de feminismo pop latinoamericano (2019, Grijalbo), sobre seis ejes temáticos: cuerpo, poder, violencia de género, sexo, amor y activismo.

Ya no somos las mismas y aquí sigue la guerra, (2020, Random House), libro del colectivo de periodistas Pie de Página (Daniela Rea, editora), que muestra la escalada de la violencia de género en México, desde el punto de vista de las desplazadas por el narco, los familiares de desaparecidas, pero también de aquéllas que se empeñan en sanar.

La argentina Luciana Peker y La revolución de las hijas (2019, Paidós), semi-manifiesto sobre una revolución feminista, callejera y plural. La serie de Sexto Piso Tsunami (2018, Gabriela Jáuregui, editora) y Tsunami. Miradas feministas (2019, Marta Sanz, editora) y El feminismo lo cambia todo (2018, Paidós) de la española Silvia Clavería.

EL MEJOR LIBRO DEL AÑO LECTOR, 2020

Teoría de la gravedad (2019, Libros del Asteroide), de la periodista argentina Leila Guerriero; en el que, a partir de la narración de hechos cotidianos (como el corte de la primera orquídea del año, la lectura de un libro de Charles Simic), Guerriero reflexiona con una enorme sensibilidad y belleza sobre el estar aquí, sobre la tristeza que nos invade a diario, sobre las preguntas.


Autores
(Puebla, 1984) es neuróloga pediatra por la BUAP y la UNAM; ferviente entusiasta de la lectura.
"Olaf" de María Magaña
“Olaf” de María Magaña

Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pienso si pedir un trago más o desistir e irme, cuando escucho romperse un vaso de vidrio que se estrella contra uno de los pocos pedazos de vinil que quedan en el piso, esos que alguna vez forraron el suelo del lugar. Casi al instante se escucha un coro de silbidos y después a un hombre gritar: “La siguiente ronda le toca a Olaf por manos torpes”. Tenía muchos años que no escuchaba que llamaran a alguien así.

Cuando yo tenía diez años conocí en mi calle a un niño con el nombre más atípico. Recuerdo que cuando escuché que lo llamaban sentí por primera vez, después de muchos meses, un interés de hablar con alguien, quería saber por qué tenía ese nombre, por qué lo llamarían  Olaf y no José, Roberto, Francisco, Miguel o Jesús. Aquella vez yo había salido a caminar como lo hacía muchas veces, caminaba para escapar del viejo cinturón de cuero, del aliento alcohólico de mi padre pero sobre todo para huir de la angustia que me provocaban los quejidos de mamá cuando él la maltrataba. Escapaba del infierno en que se convertía la casa cuando papá llegaba tomado. Esa tarde, al ir caminando por mi calle, escuché un grito que salía de la última casa “Olaf, recuerda que tienes que regresar a la hora de la cena” mientras un niño de mi edad salía de aquella casa y respondía: “sí mamá”. Me quedé observando a aquel niño que corría hacia otros. Me senté en la esquina entre las jardineras, observaba aquellos niños que se organizaban para jugar futbol. Cuando la noche comenzó a caer, Olaf y los demás niños se fueron, yo seguía sentado entre las jardineras. La tarde siguiente regresé a la esquina de la calle, me senté por unos cuantos minutos y vi salir a Olaf, esta vez no estaba ninguno de sus amigos en la calle y él comenzó a patear el balón  contra la pared. Yo jugaba con uno de los hilos de mi playera, lo jalaba hasta que conseguía un pedazo largo, lo enrollaba y desenrollaba en mis dedos pero no perdía de vista aquel niño. No pasó mucho tiempo antes de que el balón de Olaf cayera junto a mí, corrí a recogerlo y entregárselo. Miré sus manos limpias y mis manos con manchas de mugre, las escondí detrás de mí, creo que él jamás puso atención de mi aspecto y en seguida me invitó a jugar, yo acepté no sin antes preguntar ¿por qué te llamas Olaf, sabes por qué te pusieron ese nombre? Él respondió que no lo sabía, que si me ponía de portero o si se ponía él. A partir de aquel día nos convertimos en compañeros de juegos. Deje de saber de él cuando mi madre y yo huimos del infierno. Jamás lo volví a ver, jamás supe por qué se llamaba así.

Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pensando si pedir un trago más o desistir e irme, escucho romperse un vaso de vidrio pero no es motivo suficiente, estoy a punto de pagar la cuenta cuando la mesera pasa a levantar el desastre de Olaf y sus dos acompañantes. La mesera se inclina, comienza a juntar los vidrios rotos y el borracho Olaf me ha dado el motivo;  desliza su mano hacia dentro de la blusa de la mesera, ella manotea y él se burla. De dos pasos estoy en su mesa, lo tomo de su camisa, lo alzo, sus acompañantes se levantan, mi mano derecha llena de cuarteaduras corre la gabardina para tomar mi revólver y golpear el rostro del gañan con la cacha, los dos amigos del maldito dan un paso atrás. Desahogo mis frustraciones en él. Me he convertido en una bestia como lo era mi padre. La rabia de atestiguar el sufrimiento de una mujer por los abusos de un hombre enciende el fuego en mí. La adrenalina de los golpes trastorna mi razón, siempre he odiado cualquier sustancia que altere mi ser pero la hormona que segrego al golpear a detestables como éste se convirtió en un vicio para mí, aunque no me enorgullece mi cuerpo necesita de ella y un poco del alcohol, desde aquel infierno que le provoqué a mi padre en nuestra antigua casa. Ahora sé que ha sido una desgracia lo que he heredado de aquel miserable.

Después de unos cuantos golpes con la cacha lo miro a la cara y hay un cambio en mi ritual, unas dudas me frenan − ¿sabes qué significa Olaf, sabes por qué te llamaron así?−  él tipo con los pómulos a punto de estallar y un río de sangre en la nariz niega con la cabeza. Lo suelto, me acomodo la gabardina y confieso en voz alta que “odio nuestro nombre, es una condena”. Pongo sobre la mesa el pago por mis dos tragos y salgo, camino por la calle pensando en todos los que nos llamamos así, nadie me llama Olaf desde hace mucho y tenía varios años de no conocer alguien con ese nombre, hasta hoy. Recuerdo que a unos días de huir de mi calcinado padre pude preguntar a mamá sobre el significado de Olaf, ella me dijo: significa legado de los antepasados”.


Autores
José Alberto Méndez Severiano, Estado de México (1986). Estudia la carrera de Creación Literaria en la Universidad Autónoma de la Ciudad de México (UACM). Participó en el compilado de minificciones "Mínimas perdurables" publicado en colaboración con la Secretaría de Cultura, también ha participado en la revista Cultura Urbana.
Ilustración por Güerogüero.

Ahí está el pueblo del Niño Fidencio. Parece cerquita, pero en realidad está bien metido en la Sierra.

Es octubre, se aproximan las fechas de los muertos, tanto las norteñas como las locales. Viajo de Monterrey a Monclova. El trance del desierto es necesario, la distancia que se dice como cualquier cosa, un viajecito por una carretera tan recta que no parece terminar nunca.

Allá, afuera de las ventanillas, el desierto. Un valle o una planicie, un yermo, le dice José Gil Olmos a la frontera entre Nuevo León y Coahuila. Pero no hay tal cosa, no veo muerte, tampoco el chofer lo hace, quien me cuenta sobre los osos negros que a veces bajan de las montañas, de los ciervos que se atraviesan por la carretera y a veces son embestidos, con muy mal resultado para quienes lo hacen, por los camiones que cruzan una tierra que hasta hace apenas unos años era territorio de la narcoviolencia.

El norte es el narco. Esa consigna estaba ya enclavada en las vivencias culturales, en el pensamiento de aquellos que pertenecemos al centro del país. Tlaxcala es tan distinta a Coahuila, a Nuevo León, ni siquiera en sus zonas rurales se parece y, sin embargo, noto la conexión, la soledad de los páramos que se extienden sin, aparentemente, un alma.

En Tlaxcala, las tarántulas, los conejos, coyotes, víboras o alacranes. En el Noroeste son los osos, los ciervos, y también las serpientes, los insectos más agresivos y venenosos que los del centro. El Norte no es, pues, desolación. Es supervivencia y soledad, es una zona marginal en apariencia, alejada de la vida mexicana de la capital. Región fronteriza. ¿Y no es en los cruces de caminos, en las regiones liminales, donde se aparecen los fantasmas?

Al menos aquí, algunas personas descubren la naturaleza más allá de la realidad aparente. Las fronteras con lo imaginario, y con lo espiritual, son bastante delgadas. Allá enclavado está el pueblo del Niño Fidencio. Y yo pongo cara como de no saber nada, porque jamás había escuchado sobre aquel nombre, denominación, espíritu. Un santito, un niñito Jesús, supongo. Pero es las dos cosas y más: un chamán, un santo, un buen hombre de los tiempos de la Revolución.

“Allá está Espinazo”, repite el chofer; tierra santa de peregrinaciones, donde está el templo del Santo Niño Curandero. Cada que vienen escritores quieren detenerse en Espinazo, que parece estar cerca, pero dista a una hora desde allí. Y lo que hay no es cualquier cosa. Hay que dedicarle su tiempo. En Espinazo parece que lo imposible se filtra entre la tierra, como un río subterráneo que brota como un milagro.

En realidad, no es un río, sino una charca, un cuerpo de agua insignificante, sucio, donde el Niño Fidencio curaba a los centenares de personas que acudían a diario para encontrar la salvación física, el cese del dolor. Como tantos otros santos populares, el Niño Fidencio nació como una persona de carne y hueso, un humano caminando por las fronteras desoladas a donde no llegaba la atención de nadie ni oficial ni mucho menos eclesiástica.

México es un país diverso, más de lo que comúnmente solemos pensar. Las realidades religiosas son tantas como grupos humanos pululan en la geografía golpeada por centenares de eventos, violentos o no, que han conformado una mitología de lo que es, o no es, la nación mexicana.

A manera de brevísimo resumen, diré que la religiosidad en la geografía que ahora constituye México, ha sido importante para fundamentar las diversas culturas que han florecido, y fenecido, en algún rincón del país. No es necesario pensar en los rituales mexicas, en los dioses mayas o en los centros ceremoniales que se encuentran regados en diversas zonas. Tan solo hay que pensar que el catolicismo ha confluido con otros centenares de religiones, fes y creencias de todo tipo, provocando sincretismos que, para cualquier interesado en estos fenómenos, sea desde la fe, la curiosidad científica o cualquier otra perspectiva, resultan fascinantes. Los dioses de las poblaciones nahuas, incluidas las madres divinas, ya fuera la Coatlicue, Chalchiutlicue, o hasta la misma Mitecacíhuatl, terminaron en los ejes centrados en las divinidades del cristianismo, en forma de vírgenes y santos.

Mircea Eliade habla del Deus in absenthia, en su Historia de las creencias e ideas religiosas (1976), y explica el interés del ser humano de entender el universo mediante, por ejemplo, el mito. Tiene que existir un dios creador, un agente que explique la existencia del Mundo o del Cosmos. Esta divinidad, sin embargo, tiene un carácter tan elevado que resulta lejano para los seres humanos, gozosos y sufrientes. ¿A qué entidad se le puede pedir clemencia, que alivie el sufrimiento, que nos “ayude” a conseguir algo que deseamos? La alta divinidad está tan lejos que es necesaria la concepción de dioses más cercanos.

El ejemplo más claro en las religiones cristianas, especialmente en las latinas, es el aspecto de los santos y de las vírgenes, en todos sus avatares. Como en la religión hindú, una misma emanación recibe distintos atuendos, plegarias, ritos y hasta funciones. La Virgen María es solo una, pero la encontramos como Virgen de Guadalupe, de Fátima, de Juquila, Dolorosa, etc. La virgen es, al fin y al cabo, un arquetipo de la madre, la madre celestial o la madre terrestre, que siempre nos cuida, protege, ve, pero que también castiga.

Uno de los santos populares más famosos, desde hace al menos cincuenta años, es la Santa Muerte, una expresión extraña, se vea por donde se vea, de una divinidad protectora y “bondadosa”. Cabe aclarar que un santo popular es distinto de un santo oficial, ya que no está, casi en ningún caso, validado por iglesia alguna (oficial)1.

En Latinoamérica, una de las iglesias cristianas más poderosas e influyentes es la católica, a pesar del crecimiento de diversas fes que parten desde el mismo cristianismo: pentecostales, protestantes, mormones, Testigos de Jehová, animistas, etc. No hay datos que puedan sugerir cómo ha cambiado la religiosidad de los mexicanos, debido a la hegemonía de la Iglesia Católica, que aún está coludida en instituciones oficiales y hasta de carácter científico.

Un ejemplo claro, aunque no contundente, sino meramente pragmático, es la “sensación” que la sociedad mexicana tiene sobre la Santa Muerte, un santo cuya filiación nada tiene que ver con la iglesia católica, aunque, como aprecia Andrew Chesnut en Santa Muerte. La segadora segura (2013), los creyentes en esta santa popular también se autodenominan católicos.

La santidad es un proceso llevado a cabo por la Iglesia Católica, que tiene determinadas pautas y requerimientos. Un santo es una persona histórica, real (aunque, por supuesto, muchos de estos santos pertenecen más bien a la necesidad de sincretismo o adecuación de la fe, convirtiendo a determinada divinidad en un santo, como el caso de San Jorge en Inglaterra), que ha concedido milagros a quienes, por alguna razón, se han encomendado a él.

El santo funciona como medio entre Dios y los hombres. Los santos son oficializados por el canon eclesiástico. Por el contrario, los santos populares, son erigidos por la gente, por el pueblo, por aclamación. No existe una validación oficial, aunque la fe, y el número de adeptos, en muchas ocasiones provoca el surgimiento de un aparato eclesiástico, tal es el caso del Niño Fidencio, o de la Santa Muerte2.

La existencia de santos populares parece provenir de la situación fronteriza, especialmente de la región norte (al menos en el país, ya que no es el único lugar donde existen santos populares), donde la mella provocada por la Revolución Mexicana permitió la existencia de personajes que se fueron convirtiendo, poco a poco, en santos. Tal es el caso de Jesús Malverde, Juan Soldado, la Santa Niña de Cabora, el Niño Fidencio, hasta Pancho Villa.

José Gil Olmos, quien muestra en Santos Populares. La fe en tiempos de crimen (2017) un mosaico de las divinidades populares en el país, pareciera darnos una explicación en torno al crecimiento de la religiosidad, sea o no oficial. Y este fenómeno, nos dice, se debe a la violencia, al crimen, y a la desatención por parte de las instituciones que deberían salvaguardar la integridad de los ciudadanos. La famosa sentencia de Max Weber, quien decía que la única función del Estado debe ser la protección de sus ciudadanos, es decir, el ejercicio exclusivo de la fuerza, pareciera convertirse en una mera anécdota, pues desde el surgimiento de los movimientos independentistas, los países del continente han sufrido de estados de violencia constantes.

Esta explicación parecería convertirse en un fundamento que los estudiosos de la religión entienden como una base desde la cual partir para la explicación o el entendimiento de estos fenómenos. Sin embargo, esto es ligeramente distinto con el Niño Fidencio. No fue la criminalidad imperante, tampoco el ansia de quienes habitan las zonas grises o negras de la legalidad, lo que provocó el auge del Niño Fidencio, cuyo culto se convertiría, poco después, en una iglesia después de su muerte. Y es que precisamente, la santidad del llamado Niño Fidencio, se debe a los poderes curativos, casi chamánicos, de los que hizo gala durante su corta vida.

José Fidencio de Jesús Constantino Sintora, el taumaturgo de Espinazo, como lo llama Nicolás Echevarría en su película, nació el 13 de noviembre de 1898, en Las Cuevas, Irapuato, Guanajuato. Sin embargo, la mayor parte de su vida la pasó en el pueblo de Espinazo, Nuevo León, en las lindes de Nuevo León y Coahuila, hasta su muerte, el 19 de octubre de 1938. Aquel pueblo ferroviario, metido en el desierto, pobre y sin una sensación de grandeza, más que aquella compartida por el desierto, se convirtió en el símbolo de un culto dedicado a la sanación.

La vida de José Fidencio de Jesús ha sido estudiada por algunos antropólogos, así como por biógrafos interesados en un culto extraño y mesiánico. Carlos Monsiváis, en Los rituales del caos (1995), le dedica un artículo (no es el único, ya que participó en otros libros colectivos sobre el tema de los santos populares) al Niño Fidencio, explorando los límites de la fe, además de las circunstancias que llevan al nacimiento de un fenómeno religioso como este.

El Niño Fidencio creció en Espinazo, llamándose así porque, según testimonios de quienes conocieron al Santo Niño, sus órganos sexuales no se desarrollaron, por lo que fue virgen durante toda su vida, además de hacer gala de una voz infantil. Su fisonomía, como lo demuestran las grabaciones y fotografías de la época, es bastante peculiar, pues muestran a un hombre de mirada profunda, movimientos pausados, talante tranquilo, en medio de arrebatos extáticos, no de él, sino de los cientos de seguidores que acudían para obtener la sanación.

Desde muy pequeño, el Niño Fidencio descubrió los poderes curativos que tenía, como afirman algunas biografías, y de extraña manera poética se retrata en la novela de Felipe Montes, El evangelio del Niño Fidencio (2008). Sus curaciones las realizaba por medio de terapias diversas, aunque, como él afirmaba, su poder se lo daba la divinidad. Entre las que Monsiváis enumera se encuentran la kineterapia, la meloterapia, la imposición de pies y manos, o la impactoterapia. Estos ejercicios, propios del taumaturgo (de él y de otros) propinaban un carácter especial a todo lo que le rodeaba.

La consciencia del Niño parecía centrada en la curación por cualquier tipo de medio. Una vez establecido como curandero, sus jornadas se convirtieron en arduo trabajo que le llevaba periodos de dieciséis hasta veinte horas continuas. La consagración, sin embargo, llegó de parte del presidente Plutarco Elías Calles, quien lo visitó en una ocasión para atender una enfermedad de la que no se tiene registro. De la visita no se sabe demasiado, pero el solo hecho de existir, aunque no de manera oficial, volvió famoso al Niño, convirtiéndolo en uno de los curanderos más importantes de la historia reciente del país.

El culto al Niño Fidencio se propagó durante años, debido a las proclamas proféticas que el Niño hizo, incluso antes de morir, como aquella afirmación de que regresaría a la vida tres días después de su muerte, en otro cuerpo, y nadie sabría de quién. Esto provocó que quienes lo ayudaban sintieran que debía seguirse propagando la curación que el Niño le daba a cualquiera que tuviera alguna enfermedad o dolencia.

El 22 de junio de 1993 se fundó la Iglesia Fidencista Cristiana, con todo y su rito, aunque no se alejó de la Iglesia Católica del todo. Como sucede con los adeptos a distintos santos populares, su fe católica (o de otra filiación) no es interrumpida por su adherencia a los ritos de alguno de estos santos, de la Santa Muerte al Niño Fidencio. Además, a pesar de la diferencia fundamental entre el culto al Niño Fidencio, en contraposición del credo católico, la adherencia al fidencismo conlleva una fe dedicada a la esperanza en la curación de todo dolor, físico o espiritual.

La religiosidad es un fenómeno estudiado tanto por psicólogos como por lingüistas, antropólogos o hasta neurocientíficos. El fenómeno puede verse desde distintos puntos de vista. Sin embargo, la existencia de un Niño Fidencio, con su consiguiente “Iglesia” que sigue el legado de curación de Fidencio Constantino, mediante la utilización del chamanismo, ya que las “cajitas” (o depósitos corporales: sus sacerdotes) funcionan como médiums para utilizar los poderes del espíritu del Niño Fidencio y así curar. Las “cajitas”, además, llevan un camino de preparación, donde en lugar de recibir los espíritus de chamanes, hombres medicina o seres sobrenaturales, son poseídos por la emanación del Niño Fidencio.

Este tipo de ejercicios espirituales podría conllevar a una visión completamente escéptica: el Niño Fidencio y la iglesia taumatúrgica que se ha construido alrededor de su figura es tan solo un fraude. Mas, ¿cómo no apreciar la intensidad en el actuar del Niño Fidencio, en un hombre no desarrollado sexualmente que trabajaba hasta la extenuación sin cobrar ni un solo peso por sus servicios. Todo situado en el desierto, tan cerca de los placeres del capitalismo norteamericano, apenas incipiente durante las primeras décadas del siglo XX, guiado y enmarcado por un hombre, solo uno, cuyas armas eran sus manos, su orina, su saliva, su risa y su fe.

Más allá del escepticismo, y del cinismo, un vistazo a un fenómeno donde se aspira a superar el sufrimiento, nos habla de lo que es humano, verdaderamente humano. Y así, es complicado desprenderse de cualquier fe que surja, y no ver en el éxtasis una señal de belleza, un toque arrebatado de lo sublime, donde la cortina, ese velo de Isis, pareciera desvelarse aunque sea un poco.

A Espinazo, Nuevo León, aquella tierra abandonada y mística, he de volver, en medio del desierto, con velas votivas encendidas a la figura del Niño Fidencio vestido como el Sagrado Corazón de Jesús, o como la Virgen de Guadalupe, el Santo Queer, el Santo Virgen, a orar por la superación del sufrimiento, por el reconocimiento de la humanidad; incluso a través de las llagas, la pobreza, la enfermedad y la ignorancia, y el Niño Fidencio ha de responder, pues parece estar vivo en ese rincón del país (y no solo ahí), no porque uno sea adepto a la Iglesia Fidencista o crea o no en la taumaturgia, sino porque representa una realidad dolorosa y espectral donde, lo que Rafael Llopis llama “Pulsión hacia lo Sobrenatural”, se da en toda su expresión, en medio de los paisajes sublimes, circundado el pueblo por vías del tren, carreteras infinitas, ciervos y osos.

La forma, la punta o la llama, pertenece al Niño Santo, un hombre cualquiera que un día sintió que con sus manos podía curar, y la gente, sin nada ya que perder en este mundo, le hizo caso.

“Ya con esta me despido, con dolor de corazón

Fidencito Constantino, tú nos des la bendición.”


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).

Ilustrador
GÜEROGÜERO
Ilustrador egresado de la Licenciatura de Artes Visuales de la Universidad Autónoma de Querétaro. Se ha enfocado en la ilustración digital, la creación de GIFS, cómics y fazines. Su trabajo ha sido expuesto de manera colectiva en México, Canadá y Venezuela. Ha colaborado con distintos proyectos independientes y autogestivos, así como con distintas publicaciones editoriales y medios digitales.
Ilustración por Caro García

La televisión de casa en los noventas era negra y pesada; un cuadrado mate sobre el mueble de madera en el cuarto de mis papás. Con una precisión envidiable, el Canal 5 transmitía cada invierno la película Mi pobre angelito; en aquella pantalla se construyó la nostalgia, distendida en los años, atrapada entre canales que solo proyectaban una estática gris y ruidosa. Ahí, dentro del vidrio convexo de la t.v. veía la ciudad nevada, calles anchas adornadas con luces, aeropuertos de países fríos. Pero sobre todo veía a Kevin McCallister, uno de mis primeros enamoramientos infantiles, responsable de un amor tierno, de temporada, que nacía y culminaba siempre en diciembre. Creo que el protagonista me agradaba porque compartíamos los mismos sueños de niños: la fantasía de la libertad, el poder elegir comer chatarra todo el día, ver películas a altas horas de la noche, el deseo de estar solo.

*

La premisa es sencilla: Kevin es olvidado en casa durante las vacaciones navideñas. Su familia viaja a París y dos ladrones acechan el hogar que ahora solamente él resguarda. El guionista y productor John Hughes imaginó a un niño, encarnado en Macaulay Culkin, que reina su propio castillo; más allá de sus fronteras todo parece ser una amenaza y todos los rostros se vislumbran como enemigos: el vecino, los policías, las personas en farmacias, el repartidor de pizza. Kevin deberá conquistar la casa antes de poder defenderla; sentirse cómodo en sus entrañas, dueño de los pasillos y de la oscuridad del sótano. Conocer cada uno de los accesos, los puntos débiles por donde puedan escurrirse las amenazas y el invierno para después cubrirlos con trampas, juegos de sombras, cuerpos falsos de cartón que distraigan a los que observan desde afuera, que lo hagan parecer acompañado.

*

Al iniciar la película la familia está reunida en la casa de los McCallister. Con las habitaciones repletas, las voces traspasan los muros en alaridos; a través de la densidad de las palabras amontonadas algo logra entenderse de vez en cuando. Los gritos permanecen y cruzan la película, se convierten en un modo recurrente con el cual todos los personajes se expresan: los papás, los primos, los ladrones. Combinados con un juego de silencios, proporcionan significado a las escenas, peso a las acciones.  El discurso se forma en la apertura de la boca y la soltura de la lengua, en frases que suben de volumen hasta llegar a desarticularse. Tanto como los diálogos importan los momentos donde desaparecen las oraciones con un sentido evidente y dan paso a otro tipo de lenguaje, constituyendo un idioma propio.

Quizá el grito más memorable es el que Kevin suelta frente al espejo después de rasurarse y ponerse loción de afeitar. Una búsqueda rápida en línea me lleva al cartel original en donde el protagonista aparece recreando el gesto, con la boca abierta y las manos sobre los cachetes, que nos remite casi de manera inmediata al famosísimo cuadro de Edvard Munch. Pero contrario a lo que pudiera pensarse, este y otros elementos que conformaron la identidad última de la película no fueron planeados ni dirigidos.

Casualidad o parodia, “El grito” de Munch fue replicado por Macaulay Culkin en el filme que varias décadas después todavía consigue despertar la risa, esa gloria súbita, como diría Hobbs. Al final eso era lo que importaba y John Hughes era un experto en la materia pues había realizado antes muchas de las películas de comedia más importantes de los años 80 (Sixteen Candles, Pretty in Pink, The Breakfast Club). En conjunto con Chris Columbus en la dirección y el reconocido John Williams en la música lograron construir, con bajo presupuesto y casi nada de fe por parte de las productoras de cine, un clásico indispensable para los que disfrutamos un poco demasiado no la navidad, sino su inminencia; las películas nostálgicas y sensibleras, los villancicos en los pasillos del supermercado, las historias que se permiten existir solo por una estación.

Ilustración por Caro García

Ilustración por Caro García

 

Pasa que recuerdo al protagonista hablando español en un doblaje que por mucho tiempo se guardó dentro de mi mente como la voz real. “Esta es mi casa y la voy a defender”, decía Kevin al darse cuenta de que no había otra alternativa más que proteger el hogar. Los ladrones no irían a ningún lado; la amenaza estaba cada vez más cerca y más confiada.

Pienso ahora en la trama de la película y me parece de miedo: dos hombres adultos, violentos, acosando desde su carro a un niño que no llega a los diez años; siguiéndolo en la calle, sembrando terror. Pero es cierto lo que se dice comúnmente, que la comedia depende de la manera en que se aborda un tema, del enfoque y la presentación de los elementos; por ejemplo, Kevin contemplando un mapa de la casa con el título “Plan de batalla” escrito con crayones de colores; los movimientos caricaturescos y exagerados de los actores; los ladrones cayendo en las trampas, lastimándose y sobreviviendo como el Correcaminos o Tom (de Tom y Jerry). Comedia física le llaman: dolor y gritos que nos hacen reír.

*

Kevin tenía ocho años, yo quizá un poco menos. Él conocía el camino para llegar a la iglesia y las vías adecuadas para el regreso a casa; yo, con mi siempre terrible orientación espacial, temía perderme incluso en las tiendas departamentales. Pero para los dos el mundo se reducía a un único referente: un hogar, envés luminoso de la calle y el peligro. Me gustaba la suya porque se parecía a todas las que veía en la tele, tenía el aire estadounidense común de la época pero acaso era más cálida, con una paleta de colores definida en verdes, rojos, marrones. Ahora es una locación icónica en los suburbios de Chicago; nidito de ladrillo expuesto, tejas y muchos ventanales, atrapado en el tiempo y la memoria.

*

Los ladrones eventualmente cruzan las puertas, caen en las trampas puestas por Kevin y poco a poco van destruyendo todo a su paso. Los hombres son capturados por la policía y el niño permanece a salvo en su hogar. Son curiosas las escenas posteriores a la batalla librada porque, en teoría, la casa debería de estar hecha añicos, pero el caos no permanece. En el momento en el que los ladrones se van las paredes regresan a su estado intacto; el suelo y muebles no tienen los estragos causados mientras se realizaba la defensa. Se podrá decir lo inverosímil, lo poco cuidado, lo caricaturesco del asunto pero prefiero pensar que es la permanencia íntegra del mundo interior, la restauración que viene después de los destrozos.

*

Han pasado treinta años desde el estreno de Home Alone. Por mucho tiempo evité verla para no arruinar su recuerdo. Temía que su resplandor peculiar fuera también muy frágil y rápidamente opacado al querer traerlo al presente. La vi una vez más a los 18 en el mismo cuarto que antes contenía la televisión noventera y grande de la niñez; seguramente triste, buscando algo (no sé realmente qué) en aquella película. Porque en una casa sola a veces volvemos a sentirnos como niños; en habitaciones claras que podemos proteger y cuidar, inventando en ellas la intimidad o algo que se le parezca.

Este año me atreví a regresar a ella. La vi un par de veces pero ahora en inglés, no porque pensara que era mejor así, con más valor y originalidad; lo hice para sentir que era una película nueva, otra, la misma, pero distinta a la de mi infancia. Desde entonces al rostro del protagonista le pertenecen dos voces por igual, una en español y otra en inglés; en mi mente suenan al mismo tiempo, como un tejido reversible: “This is my house, I have to defend it/ Esta es mi casa y la voy a defender”. Me gusta el desdoblamiento, el recuerdo duplicado y su regusto de vieja novedad.

Ahora Kevin me genera ternura y empatía porque aprendió a quedarse mientras todos se iban, a encontrar movimiento entre los muros y empuje suficiente para mantener a salvo lo que resguardaban; porque hay días en que casi olvidamos que estamos solos. En el futuro quisiera ver de nuevo Home Alone; tal vez cuando eso suceda Macaulay Culkin se estará acercando a los 50 años y yo estaré entrada en mis treintas. Quién sabe cuánto tiempo va a pasar, lo que sí sé es que la próxima vez me gustaría verla acompañada.

 


Autores
(Sinaloa, 1992) es ensayista y traductora. Egresó de Lengua y Literatura Moderna Portuguesas. Ha publicado en suplementos culturales como Filias de Grupo Milenio y Confabulario del periódico El Universal y en revistas como Este País. Es parte de Álbum Rojo: narrativa sinaloense de no-ficción, Ciudades aprehendidas y otros apegos, Breve Manual del Libro Fantástico y de la compilación Conversaciones en el Umbral. Participó en la traducción del libro Sobre un Comba y otros cuentos de Manuel Rui, publicado por la Universidad Veracruzana. Fue becaria del PECDA Sinaloa (2017-2018), de la Fundación para las Letras Mexicanas (2018-2020) y actualmente es becaria del FONCA en el área de ensayo creativo.

Ilustrador
Caro García
Imagen tomada de Pixabay.
Imagen tomada de Pixabay.

En el libro, siempre a mitad de camino entre el producto cultural y el objeto mercantil, se entrecruzan las supersticiones del coleccionista, las necesidades del estudiante, los placeres del lector, los campos de batalla del editor y los procesos personales del escritor. Las bibliotecas caseras son, a final de cuentas, una suerte de biografía en clave de quienes las usan y custodian. El orden puede variar: por autor, tema, lengua original, género literario; o incluso por color y tamaño. Hay quien ordena sus colecciones por editorial, para que el resultado ofrezca esa apariencia imaginada por el editor mismo.

Entre los libros que pueblan mi casa, desde hace años, los títulos del Fondo Editorial Tierra Adentro (FETA) tienen su propio espacio. Es la editorial en la que varias generaciones de escritores jóvenes mexicanos —al menos las de los sesenta, setenta, ochenta y actualmente la de los nacidos en los noventa y dos mil— han publicado sus óperas primas, presentándose así ante los lectores y la comunidad.

Personalmente, crecí con la colección de Tierra Adentro. Me hice un lector asiduo de lo que publicaban en la editorial; primero esos completos desconocidos que son los cuentistas, novelistas, ensayistas, poetas que descubría en su catálogo; luego los amigos y conocidos, colegas con quienes he compartido este rito de paso que tantos de quienes escribimos, vivimos como una piedra de toque, una vela de armas, en nuestra juventud.

En mis tempranos veintes rastreaba los inicios de un novelista, el único poemario de quien dejó de publicar al poco tiempo, o los cuentos que anunciaban un talento que hoy hemos visto cumplirse. La sorpresa, siempre grata, era encontrar en estas obras publicadas por el FETA una serie de escrituras con las que compartía no solo el tiempo, sino un país y, sobre todo, los amplios territorios de la imaginación.

En este texto entrego un recuento de las lecturas que dejaron una huella en mi historia, y que ofrecen, con su presencia en los estantes, la marca de una generación con la que he compartido páginas, desde los costados del lector y el escritor.

 

1990-1999

El primer título de Tierra Adentro con el que me topé fue El nombre de esta casa (1999), uno de los primeros poemarios de Julián Herbert (Acapulco, 1971), que presentaba una poética madura y perdurable, de tono confesional y autobiográfico que el autor ha ido transformando para continuar sus búsquedas estéticas; recibido de manos del autor, significó el descubrimiento del sello editorial nacido con el objetivo original de publicar los primeros libros de los jóvenes escritores que vivieran fuera de la capital del país.

Me fui de largo y descubrí la poesía de Jorge Ortega (Mexicali, 1972), con su Cuaderno carmesí (1997), todo perfección formal y lujo verbal, una imaginería estructurada por el oído del poeta; las voces que dialogan y estallan en los monólogos que conforman Recuerdos de una casa azul (1996) de Jorge Arzate Salgado (Estado de México, 1966); las imágenes marítimas y de la infancia, la cadencia de los versos de Barcos para armas (1998), de Jesús Ramón Ibarra (Sinaloa, 1965); la voz de un jovensísimo y audaz Hernán Bravo Varela (Ciudad de México, 1979) en los breves pero potentes poemas de Oficios de ciega pertenencia (1999); las estaciones cambiantes de la escritura de León Plascencia Ñol (Jalisco, 1968) en Estación llena de pájaros (1993); los escenarios, los objetos, inertes y deshabitados, pero vivos, de Luis Vicente de Aguinaga (Jalisco, 1971) en Piedras hundidas en la piedra (1992); la memoria de ciertos paisajes desérticos y sitios distantes en Bajo un cielo de cal (1991) de Dana Gelinas (Coahuila, 1962); la trascendencia de los pequeños momentos sobre los que se funda un destino, en los que se esconde el eco de un mito, en Geometría de acróbatas (1996), de Óscar Santos (Aguascalientes, 1968); las iluminaciones profanas, los cantos de la noche y la decadencia de Cantar del Marrakech (1993) de Juan Carlos Bautista (Chiapas, 1964).

Con la lógica de las precuelas, por el lado de la novela me topé con los primeros libros de autores que conocía y apreciaba por sus obras posteriores. Entre ellos, el debut novelístico de David Toscana (Nuevo León, 1961), Las bicicletas (1992), antecedente de sus novelas más celebradas y anuncio de un autor mayor. Encontré más novelas de talentos emergentes: Luis Humberto Crosthwaite (Baja California, 1962), El gran pretender (1992), en la que su estilo, mezcla de callejería y encantamiento, y sus escenarios, las esquinas de la calle como centro del mundo, se despliegan con destreza; La primera calle de la soledad (1993), de Gerardo Horacio Porcayo (Morelos, 1966), novela fundacional del cyberpunk en nuestro idioma, una intriga alucinante que sucede en un mundo ultratecnologizado, casi inhumano; Días de nadie (1993), de Hugo Valdés (Nuevo León, 1963), donde lo sobrenatural, la leyenda y la cotidianidad de una ciudad en fuga se solapan en las vidas de personajes que se buscan a sí mismos, ansiosos por encontrarse; Si yo fuera Susana San Juan… (1998), de Susana Pagano (Ciudad de México, 1968), que al contar una historia de un amor frustrado, es un homenaje a Juan Rulfo, una reescritura a partir de una voz femenina y de los temas del deseo y la identidad.

En lo que se refiere al cuento, encontré el libro de una escritora que explora con ingenio y contundencia todos los niveles de la realidad, el sueño, la vigilia, el delirio, la memoria, la fantasía, la extranjería: Esta y otras ciudades (1991), de Patricia Laurent Kullick (Tamaulipas, 1962). Pude darme cuenta de que hay un aire de familia en las colecciones Escenas de la tierra en fiesta y de la mar en calma (1994), de José Abdón Flores (San Luis Potosí, 1967), y La estatua sensible (1996), de Fernando de León (Jalisco, 1971), pues ocurren en ciudades y épocas distantes, donde lo fantástico y lo histórico se entrecruzan; y la prosa de ambos autores juega con los claroscuros, se arman de poesía, para ofrecer una puntual intensidad. Encontré La risa de las azucenas (1997), de Socorro Venegas (San Luis Potosí, 1972), un libro entrañable, conmovedor, que profundiza en el dolor, en la pérdida y la melancolía; en estos lentos fuegos se forjan las humanas historias de sus personajes. Y el extraño y bello Gente del mundo (1998), de Alberto Chimal (Estado de México, 1970), que reúne los vestigios de una obra inacabada y ambiciosa, pues se trata de las únicas páginas que quedan de la descripción de un mundo repleto de maravillas y civilizaciones; una colección en la estela de los apócrifos borgeanos.

En cuanto al ensayo, puedo mencionar La estrella portátil (1997), de José Israel Carranza (Jalisco, 1972), con sus observaciones urbanas, sus reflexiones acerca de la memoria, el asombro, la contemplación, y esos estados de la mente que abren puertas inesperadas. Vitrina del anticuario (1998), de Felipe Vázquez (Estado de México, 1966), una colección de mecanismos verbales que ponen en movimiento juegos metanarrativos, reformulaciones de lecturas, e invitan a reinventar nuestra mirada sobre la literatura. Y Bajo el volcán y el otro Lowry (1998), de Carlos Antonio de la Sierra (Morelos, 1972) que entraña un recorrido por la novela protagonizada por el cónsul, una obra que interroga una de las muchas caras de esta ficción inagotable.

 

2000-2018

Las distintas épocas, los rediseños, la inclusión de nuevos géneros y las acentuaciones que ha tenido la colección la han hecho perdurable. Se ha adaptado a los tiempos y renovado junto con las generaciones de autores cuya vocación es presentar ante el lector. Los primeros títulos son ya inconseguibles, y muchos otros aparecidos hace veinte o diez años siguen ese mismo destino (aunque algunos han sido reeditados en los catálogos de editoriales nacionales y extranjeras). Lo cierto es que forman parte de esa moderna tradición de la literatura joven mexicana a la que, nos guste o no, pertenecen quienes se acercan a la escritura por primera vez, así como pertenecimos quienes hoy nos encontramos lejos de la frontera de los 35 años, del lado de la adultez, y a la que le debemos grandes pasajes de nuestros años de formación.

Entre los libros que leí con gusto, interés y asombro, conservo colecciones de cuentos como Registro de imposibles (2000), de Cecilia Eudave (Jalisco, 1968), La línea perfecta del horizonte (2000), de Will Rodríguez (Mérida, 1970), La memoria del agua (2002), de Maritza Buendía (Zacatecas, 1974), El llanto de los niños muertos (2004), de Bernardo Fernández BEF (Ciudad de México, 1972), Vidas de catálogo (2007), de Liliana V. Blum (Durango, 1974), Invasión (2007), de Gonzalo Soltero (Ciudad de México, 1973), Ojos que no ven, corazón desierto (2009), de Iris García Cuevas (Acapulco, 1977), La Biblia Vaquera (2008), de Carlos Velázquez (Coahuila, 1979), Cosmonauta (2011), de Daniel Espartaco Sánchez (Chihuahua, 1977), Los rumores del miedo (2012), de Darío Zalapa Solorio (Michoacán, 1990), El último intento (2013), de Mariel Iribe Zenil (Veracruz, 1983), La Monalilia y sus estrellas colombianas (2017), de Nazul Aramayo (Coahuila, 1985), El vals de los monstruos (2018), de Lola Ancira (Querétaro, 1987), La noche sin nombre (2018), de Hiram Ruvalcaba (Jalisco, 1988).

Novelas como Gordas. Historia de una batalla (2002), de Isabel Velázquez (Baja California, 1969), Bajo el disfraz (Los cantares prohibidos) (2003), de Jesús Alvarado (Durango, 1969), Los cuervos (2006), de César Silva Márquez (Chihuahua, 1974), Artemisa Café (2012), de Israel Terrón Holtzeimer (Veracruz, 1982), Piscinas verticales (2017), de Gabriela Torres Olivares (Nuevo León, 1982), Anticitera. Artefacto dentado (2018), de Aura García Junco (Ciudad de México, 1988).

Los poemarios Traslación de dominio (2000), de María Rivera (Ciudad de México, 1971), La musa enferma (2002), de Francisco Alcaraz (Sinaloa, 1979), La máquina de vivir (2008), de Carmen Ávila (Coahuila, 1981), Se llaman nebulosas (2010), de Maricela Guerrero (Ciudad de México, 1977), Plexo (2011), de Luis Alberto Arellano (1976), Fiat Lux (2012), de Paula Abramo (Ciudad de México, 1980),  Bitácora de mujeres extrañas (2014), de Esther M. García (Chihuahua, 1987), Retratos de familia (2015), de Karen Plata (Ciudad de México, 1986), Principia (2018), de Elisa Díaz Castelo (Ciudad de México, 1986)

Ensayos como La utopía de los seres posthumanos (2004), de Luz María Sepúlveda (Ciudad de México, 1968), ¿Escribes o trabajas? (2004), de Eduardo Huchín (Campeche, 1979), La migración interior. Abecedario de Juan Goytisolo (2005), de Luis Vicente de Aguinaga, Todo es otro. A la caza del lenguaje en tiempos light (2002), de Heriberto Yépez (Baja California, 1974), Amigo o enemigo: el debate literario en Foe de J.M. Coetzee (2008), de Elisa Corona Aguilar (Ciudad de México, 1981), El cuento: la casa de lo fantástico (2007), de Magali Velasco (Veracruz, 1975), La pulga de Satán (2017), de Mariana Orantes (Ciudad de México, 1986), Cuaderno de faros (2017), de Jazmina Barrera (Ciudad de México, 1988)

Así como los textos dramáticos de Tragedias tempranas (2007), de Richard Viqueira (Ciudad de México, 1976) y Desiertos (200), de Hugo Alfredo Hinojosa (Baja California, 1977).

Una biblioteca es, como sugiere la impar imaginación de Jorge Luis Borges, el retrato de su dueño. En este listado no traté de emprender la fútil sumatoria de tres generaciones, sino manifestar mis lecturas, los libros que han dejado huella en mi memoria. Aquí se definen mis preferencias: abundante cuento, bastante poesía y ensayo, menos novelas y poca dramaturgia. Algunos libros llegaron a mí de mano de sus autores, otros fueron el botín de las horas invertidas en mirar anaqueles en librerías. Planeadas citas o grandes coincidencias, mis encuentros con estas páginas han abonado al apego que tengo a los títulos de Tierra Adentro, que ha sabido ser una casa para los jóvenes escritores de todos los géneros desde hace tres décadas.

 

2019-2020

Si bien en la juventud cometemos el divino atropello de pensar que el mundo nació en el instante en que lo conocimos, al avanzar en la vida nos damos cuenta de que cada uno de nuestros pasos se da en ese cuerpo de capas maleables y profundas raíces que es la tradición, la antigua y la reciente. Tierra Adentro ha sido también un espacio de intercambio intergeneracional, un esfuerzo que logra unir las geografías distantes que conforman nuestro país.

Vale la pena mencionar las ediciones colectivas que el Fondo Editorial Tierra Adentro ha organizado y editado a lo largo del tiempo: antologías de cuento, poesía, textos dramáticos (reunidos bajo diversos criterios), o de ensayos que estudian la obra de algún autor mexicano de importancia como Villaurrutia, Revueltas, Deniz o Elizondo. En ellas, se abría el diálogo y la posibilidad de circulación para más textos escritos por jóvenes; y ameritarían, quizá, otro ejercicio de recuperación memorística.

Para hablar del presente de Tierra Adentro, he reseñado y comentado diversos libros a lo largo de los meses recientes. Ahí, en esas líneas, se mencionan y se reflexiona en torno a libros que no están mencionados en las listas anteriores.

Siempre me ha parecido un acto propiciatorio estudiar la tradición, como cuando se aspira a publicar en alguna editorial, conocer su catálogo. Saber que no somos los primeros nos obliga a abrir los ojos, a elegir caminos estéticos con mayor conciencia. Nos enfrenta con lo que podemos ser y con lo que ya es. En última instancia, nos permite rebelarnos, continuar, buscar nuevas vías.

A lo largo de 30 años Tierra Adentro ha ampliado el horizonte de los jóvenes escritores. Nos ha mostrado que no escribimos solos, sino, como señalaba José Emilio Pacheco, con los que están, con los que han sido y con los que vendrán. En este sentido, el Fondo Editorial Tierra Adentro ha sido y es nuestra fértil e inquieta compañía.


Autores
(Monclova, 1977) Ha sido becario del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca en tres ocasiones, y de la Fundación para las Letras Mexicanas durante dos periodos. Ha recibido siete premios nacionales, entre ellos el de Poesía Joven Elías Nandino 2007, el de Ensayo Carlos Echánove Trujillo 2009 y el de Poesía Ramón López Velarde 2009. Es autor de Las afueras, entre otros libros.
Ilustración por RyuHoshi-DeadCrow tomada de Devianart.

El género de terror no ha parado de evolucionar: aquello a lo que el ser humano le teme no ha sido siempre lo mismo y, aunque algunos miedos se han mantenido consistentes, otros nuevos han surgido en la mente de las personas. 

El progreso tecnológico viene acompañado de temores. Un ejemplo muy claro es la creación de Arthur Conan Doyle: Sherlock Holmes. Si bien las aventuras de Holmes no pueden considerarse dentro del género de terror, sí reflejan los miedos de su época; se dejó de temer, aunque no del todo, a las abominaciones que acechaban en la oscuridad, y los monstruos pasaron a ser los seres humanos mismos.

Como dije antes, con la innovación vienen los miedos y la era digital no fue diferente. Los nuevos héroes son los hacktivistas, los nuevos monstruos son los hackers que te pueden observar sin que te des cuenta y príncipes nigerianos que con un click pueden robar los ahorros de toda tu vida. Pero no solo los temores evolucionan con el tiempo, también el formato en que se plantean y su manera de distribución. 

Con el internet, que es el medio masivo de comunicación más grande, llegó la posibilidad de que los contenidos se hagan virales de forma nunca antes vista, y aquí es donde entran los creepypastas.

Creepypasta tiene su origen en otra palabra: copypasta, que viene de copy and paste (copiar y pegar). Son bloques de texto escritos generalmente con intención cómica y que otras personas copian y pegan en redes sociales y foros de internet; algunos ejemplos muy conocidos son el copypasta de Navy Seal y su versión  latinoamericana de Richi Phelps. La variación entre el copypasta y el creepypasta se da en que el creepypasta no tiene una intención humorística; más bien busca provocar terror en el lector, de ahí el creepy en el nombre. 

 

WhatsApp Image 2020-12-16 at 15.40.53

 

Hay tantos creepypastas que sería imposible tener un registro de todos los que se han escrito y apelan a diferentes audiencias. Se transmiten de la misma manera que un copypasta y dependen de los usuarios para llegar de una computadora a otra. De acuerdo con la académica Sandra Sánchez en su artículo “Netlore: leyendas urbanas y creepypastas”, el creepypasta presenta rasgos de la leyenda urbana y muchos de ellos son adaptaciones de las ya mencionadas, pero también una buena parte de ellos son relatos originales y representan los miedos de la actualidad, como aquellos que hablaban de la carne de rata en McDonalds o las jeringas con SIDA escondidas en lugares públicos cuyo origen se puede rastrear a cadenas de correos electrónicos.

A pesar de todo esto, son los creepypastas que hablan de temores más sobrenaturales los que destacan entre el resto. A continuación trataré algunos ejemplos y cómo encajan en la actualidad.

La historia del éxito de Slenderman es un ejemplo claro de lo viral que puede llegar a ser un creepypasta. No solo lo conocen la mayoría de los internautas, sino que ha trascendido la leyenda y se ha reproducido en diversos formatos, como videojuegos e incluso una película que se lanzó en el 2018. Sorprendentemente, el origen del Slenderman no fue un bloque de texto, sino un concurso de photoshop donde uno de los participantes (Eric Knudsen) incorporó la criatura en una serie de fotos que se harían virales y comenzarían la leyenda de la figura delgada. Slenderman, aunque no se originó a través de texto, comenzó a generar una leyenda que crecía conforme los internautas interactuaban con ella; cada uno le añadía algo o le quitaba algo a la hora de tratar su historia e incluso comenzaron a darle una historia de origen, alimentando esta abominación hasta el fenómeno mediático que llegó a ser.

Ben Drowned es otro creepypasta bastante conocido que representa una especie de subgénero dentro de estos relatos de terror creados por los internautas. Este subgénero, aunque no se puede etiquetar con una palabra, abarca creepypastas que se basan en videojuegos para crear historias aterradoras. 

El caso de Ben Drowned narra la historia de un joven que compra un cartucho viejo de “The Legend of Zelda: Majora’s Mask” en una venta de garaje y, al intentar jugarlo, el videojuego no funciona como se supone que debería. Comienzan a suceder cosas extrañas dentro del juego: diálogos espeluznantes, personajes apareciendo en secciones donde no deberían estar y la banda sonora del juego distorsionada de tal forma que le hiela la sangre al protagonista. En resumen, se trata de un cartucho de juego embrujado por el fantasma de un niño llamado Ben que, deduce el protagonista por las pistas dentro del juego, se ahogó.

Ben Drowned pertenece a una serie de creepypastas que se enfocan en juegos con efectos mortales o cartuchos de juegos malditos, en ejemplos similares figuran Sonic.exe, Super Mario 64 y Mr. Mix. Este tipo de creepypasta no buscan el terror de criaturas que acechan en los bosques como Slendeman, sino que toman figuras de la cultura pop como Mario, Sonic y Link y los distorsionan para provocar miedo en el lector. Algunos otros casos similares que no involucran videojuegos son Suicide Mouse que habla un supuesto corto en blanco y negro de Mickey Mouse que mostraba al famoso ratón deformándose en una figura mórbida y podía provocar el suicido y  Squidward’s suicide, el relato de un supuesto interno de Nickelodeon con un contenido similar al de Suicide Mouse.

Como último creepypasta que me gustaría mencionar está Smile Dog, la historia de un estudiante universitario que está investigando el fenómeno alrededor de una imagen llamada smile.jpg. Según narra la historia, había una leyenda urbana detrás de la imagen que se decía podía causar epilepsia, ataques de ansiedad y pesadillas de forma permanente y la única manera de deshacerse de esta suerte de maldición era esparcir la imagen. La relevancia de este creepypasta es que esta supuesta imagen maldita parece alimentarse del internet como medio masivo. De hecho, en un momento, el relato cuenta cómo esta imagen se distribuía a través de cadenas de correo con la leyenda “SMILE!! GOD LOVES YOU!”

Ya sea a través de imágenes retocadas por computadora, videojuegos, figuras de la cultura pop o correos spam, pareciera que los creepypastas apelan al mundo moderno, al internet y las nuevas formas de entretenimiento. La evolución del terror en los últimos años ha creado nuevas narrativas de aquello a lo que le teme el ser humano y se ha trasladado desde el internet a otras plataformas como el cine con la película Unfriended (2014). Al final del día, el horror está en todas partes y el creepypasta ha sido un paso más en la evolución del mismo, su transferencia al mundo digital, la nueva forma de la leyenda urbana y la tradición oral. Con el creepypasta en vez de sentarse alrededor de la fogata a contar historias de terror, basta con un teclado, un clic y una red social o foro de internet para transmitir el miedo.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Egresado de la Universidad del Claustro de Sor Juana de la carrera de Escritura creativa y literatura. Narrador y editor. Ha publicado en el único numero de la Revista Gargantúa.
Foto tomada de Pixabay

Me pregunto si es ético espiar a alguien desde su ventana y con binoculares.
¿Crees que es ético aunque se demostrara que esa persona no ha cometido un crimen?
L.B. Jefferies, protagonista de La ventana indiscreta

 

Antes no entendía por qué mi abuela pasaba sus tardes mirando por la ventana. Todos los días, después del almuerzo, se sentaba en una poltrona azul que mi tío le había ayudado a poner en una esquina de la sala. Esa posición le ofrecía una vista panorámica de la avenida, la intersección del semáforo, el parque del barrio y los pocos comercios que había en la cuadra, pero también podía ver la cocina y la habitación de huéspedes (ya no vivía ahí nadie más que ella, viuda desde hace doce años). Si se sentía bien, abría la ventana, se fumaba medio Belmont a escondidas y se ovillaba en la contemplación. ¿Qué será lo que mira mi mamá?, decía mi papá mientras llegábamos en el carro para la visita de los domingos por la tarde y la veíamos asomada, mirando la carretera con ese aire nostálgico. Seguro nos estaba esperando, se respondía a sí mismo, aunque todos sabíamos que eso no era cierto. 

¿Qué hace ahí, abuelita?

Viendo pasar las horas, mijo, repetía con su voz cansina. Pero yo siempre sospeché que había algo más detrás de esa fachada de viuda triste. Porque mi abuela nunca fue una mujer dominada. No. Era ella quien tomaba las decisiones importantes de la casa. Trabajó como peluquera hasta sus treinta y ocho años, entonces tuvo la tercera y última cesárea. Fue suya la idea de comprar ese lote baldío a principios de los años sesenta y construir una casa de tres pisos en esa zona periférica de la ciudad. Mi abuelo se oponía sin mucha voluntad a sus iniciativas, pero al final solía aceptar. No solo porque eran ideas ambiciosas, sino porque estaba convencido de que “su mujer” tenía visión. Las ironías de la vida. Tres años después de jubilarse, mi abuelo se quedó ciego y “su mujer” fue el bastón que le ayudó a caminar por los días hasta que un cáncer de próstata le secó la vida. 

***

La tarde en que declararon el confinamiento hacía mucho calor. La primavera se había adelantado semanas, desorden que se repetía desde hace años por las bondades del cambio climático. La cuarentena aún no era oficial, así que tomé mi bicicleta y fui al parque a trotar por última vez. Había demasiados corredores a pesar de las medidas de prevención dictadas por la alcaldía. Niños, viejos, incluso perros. Gente arriesgada como yo, pensé. Sin embargo, ya se tomaban las distancias. Probablemente eran los rumores acerca del contagio a través del sudor, pero nadie corría igual: unos aceleraban el paso para evitar los roces, otros se frenaban y se desviaban por pequeños senderos. Los que corrían en grupos hablaban de “eso” – perdí la cuenta de las veces que escuché nombrar el virus mientras rebasaba a los demás atletas. Poco antes de completar la tercera vuelta al circuito, vi un rostro familiar: era Mariana, una vieja conocida que también vivía cerca del parque y decidió aprovechar la ocasión para echar una carrerita. Al verme, sonrió con sus dientes profusos y se detuvo. La ropa deportiva resaltaba sus caderas, se ceñía bien a su esbelta cintura y abultaba sus senos perfectos. Pese a su agitación, Mariana hacía esfuerzos notorios para evitar los bufidos y mantener la compostura. Nos saludamos con un beso tímido, más por la incomodidad del sudor y el lugar que por la “sana distancia”. Como yo, también ella aprovechaba la confusión antes del cierre definitivo del parque. Hay que vernos antes de que se acabe el mundo, me despedí. Sí, tenemos una cuenta pendiente, dijo, y me sonrió antes de alejarse por la pista atlética. 

Mientras caminaba hacia la arboleda recordé mi corto romance con Mariana. Cuando la conocí era la amante de mi ex roomie. Siempre me había desagradado, y no porque fuera el tipo de muchacha que todo el tiempo usa sus encantos para obtener favores, sino porque su actitud era torpe y evidente. Por supuesto, Mariana me gustaba. Meses después de que dejara de frecuentar mi casa, coincidimos una tarde en el cine. Entonces la invité a mi nuevo departamento de soltero. Esa noche tomamos vino tinto, hablamos de la efervescencia política en todo el mundo, nos reímos de los jóvenes que pregonan la lucha de clases pero viven del dinero de sus padres; el resto cayó solo. Había sido un episodio feliz. 

El canto de los pájaros, más fuerte de lo normal, me sacó de mi ensoñación. Terminé los ejercicios y me quedé un rato acostado en el pasto, sobre una cama de hojas secas, al cobijo de los ocotes. Observé el azul profundo del cielo y las franjas de luz solar que se mecían entre las ramas al pasar del viento.

Desatendiendo las precauciones en los medios de comunicación, concerté una cita con Mariana esa misma noche.

***

A diferencia de mi abuela, a mí siempre me pareció más interesante ver hacia adentro que hacia afuera de un inmueble por sus ventanas. Espiar la vida íntima de la gente, descubrir sus manías, sus rituales ridículos. De adolescente, vivía en un cuarto piso y mi habitación dominaba un parque rodeado de edificios. Recuerdo cuando me fijé por primera vez en una vecina. La descubrí una mañana, asomado por la ventana, mientras miraba un combate de pájaros. ¿Alguna vez han visto uno? No hay nada igual. Ni siquiera las mejores batallas aéreas de las películas de guerra están a la altura de ese vuelo furioso. Es majestuoso ver unos gorriones en bandada que embisten planeando y se taladran picotazos como espadachines. Esa vez, si mal no recuerdo, la mamá pájaro no pudo defender los huevos de su nido. Terminó acorralada por tres copetones que los devoraron a fuerza de piruetas y estocadas feroces. Cuando acabó la pelea y la madre cantaba un triste réquiem, mis ojos ávidos buscaron otro divertimento. Pronto penetraron al interior de un tercer piso, donde una señora peinaba a una muchacha. De espaldas, sentada frente a un espejo oval, la jovencita esperaba mientras la señora (que por comodidad llamaré la tía) repasaba de arriba abajo una larga cabellera rubia que le venía de maravilla a esa piel tersa y canela. 

Pocos días después me asomé por la ventana sin otra razón más que sacudir el tedio. Entonces vi a la muchacha delante de la tienda que estaba en el primer piso de su edificio. Así descubrí su nombre (Andrea), su edad aproximada (once o doce años), y comprendí por su horrible uniforme que iba a la escuela de monjas dominicas, no muy lejos del colegio militar donde cursé la secundaria y el bachillerato.

***

Mariana y yo nos encontrábamos en las noches. Venía a mi departamento entre las diez y las once. Tenía un chofer de confianza (quien, desde luego, se le había insinuado antes de volverse confiable). Era un don muy amigo de los policías del sector. Le pagábamos tres veces el precio normal del trayecto para que viniera a una hora precisa. 

En su casa Mariana decía que tenía “cansancio extremo” y se iba “a acostar” temprano lo cual era verdad a medias; no conocí a nadie con tal capacidad para dormir tantas horas de seguido. Luego entendí que esa era su excusa habitual para encontrarse con sus amantes y su mamá, que era la única persona a quien rendía cuentas, no se entrometía. Era uno de esos pactos tácitos entre madre e hija donde la hija puede romper las reglas siempre y cuando la madre no se entere. A ella solo le importa que yo esté bien

Nuestras citas seguían un protocolo habitual: antes de salir, Mariana me escribía por Telegram, la única aplicación con chats cifrados. Yo seguía su ubicación paso a paso gracias al GPS, y jugaba a adivinar la ruta que tomaría el chofer cada vez. Se detenían en un semáforo, entraban al barrio por un desvío para evitar sospechas, me divertía verlos en la pantalla del teléfono, como puntitos que se mueven poco a poco hacia su destino final. Aunque a veces también me podía la impaciencia y me asomaba por la ventana a esperarla, inquieto.

Aparte del horario, nuestros encuentros tenían dos reglas : no hablábamos del virus y nos vestíamos especialmente para cada ocasión. Normalmente habría recibido a cualquier visita en piyama, pero la presencia de Mariana era una gran motivación para sacudirme del ostracismo moroso en el cual me había sumido la cuarentena, que además prometía extenderse. Ella elegía la bebida, que yo me hacía surtir de una tienda de abarrotes a dos calles de mi departamento. Por lo general tomábamos vino tinto pero a veces me pedía ginebra o vodka. De hecho, el licor jugaba un papel decisivo en nuestros jugueteos. El vino nos conducía poco a poco a un tantrismo clásico y sensual que culminaba con un orgasmo simultáneo e intenso. En cambio, los tragos fuertes abrían el camino del exceso: mordiscos, rasguños, golpes e insultos que cada vez se acercaban al frenesí salvaje. Una especie de ritual suicida donde buscábamos la pequeña muerte consumarla por completo.

Lo mejor era que teníamos todo nuestro tiempo; desde que decretaron el confinamiento la madre de Mariana, narcoléptica como su hija, no usaba ya despertador (casi nadie lo hacía) y “la niña” podía regresar de puntitas a las diez de la mañana sin ningún problema, pues su hermano menor la mantenía al tanto de cualquier eventualidad, que en realidad nunca ocurrió. 

Una de las primeras noches estábamos tan ávidos que nos desfogamos sobre la mesa del comedor. Usé su bufanda de seda negra para amarrarle las muñecas y ahorcarla mientras se ponía de cuatro. Miraba fascinado el recorrido del hilillo de sudor que mojaba su nuca, le rodeaba los hoyitos de la espalda baja y luego se metía entre sus nalgas redondas. Al terminar, me erguí por completo estirando los brazos y me di cuenta de que había olvidado cerrar las cortinas de la sala. El departamento de enfrente seguía con la luz encendida. Estaba ocupado por una pareja de jóvenes más o menos de mi misma edad.

  • Creo que nos estaban viendo 
  • Qué rico, déjalos –respondió Mariana mientras tomaba mi mano, la llevaba a su cuello y la apretaba con fuerza. 

Más tarde en la noche estuve imaginando una espontánea llamada telefónica de Salvador, mi único amigo, o de algún excompañero del colegio, donde me preguntaban si era yo el que aparecía en cierto video de porno amateur. ¡Precisamente en esos días, que las visitas de los sitios pornográficos y el número de separaciones aumentaban exponencialmente según la prensa! Luego pensé en los pobres vecinos, aburridos del cuerpo de su respectiva pareja –que ya debían conocer de la A a la Z después de años de concubinato. Concluí conmigo mismo que nuestro exhibicionismo era una linda forma de solidaridad vecinal.

***

Todas las mañanas, religiosamente, mi abuela subía a la terraza. Regaba los geranios, las nomeolvides, extendía la ropa mojada y le daba de comer a sus tres zuros blancos. Solo un par de veces la acompañé en ese ritual, pues ella se lo reservaba como un placer solitario. Yo era un adolescente sin ningún interés en la vida más allá del fútbol, los videojuegos y la masturbación. Sin embargo recuerdo que el canto eufórico de las aves resonaba más que el volumen de la televisión cuando sentían los pasos de mi abuela trepar por las escaleras. Según mi papá, ella evitaba la compañía en la terraza porque ahí se arrumaba la ropa de mi difunto abuelo, pero yo descubrí que la realidad era otra. Lo hacía para hablar con sus pájaros. 

Ese veinticinco de diciembre toda la familia había amanecido en casa de la abuela. Esa noche ningún niño concilia el sueño pensando en estrenar sus juguetes. Envuelto en una pesadilla, caminaba por la playa de la mano de Andrea cuando, de pronto, nos arrollaba un maremoto que me hizo despertar más temprano que el resto. Me sentía sin fuerzas y me dolía la cabeza, pero salí disparado hacia el árbol de navidad. Aunque las manos me sudaban a cántaros, no tuve problemas en destrozar ansiosamente las envolturas de mis regalos, los de mi hermano y los de mis primos grandes. Solo pensaba en estrenar la nueva consola que le había pedido al niño Dios en una carta mentirosa e idiota, y entonces escuché el canto de los zuros blancos. Estaba débil pero tenía los nervios crispados y el cuerpo me temblaba de emoción. El chillido de las aves se hizo cada vez más intenso, hasta resultarme insoportable. Una mezcla de curiosidad y fastidio me sobrecogió. Dejé mis nuevos juguetes en el suelo y subí a la carrera hacia la terraza.

Lo que vi al empujar la puerta metálica ocupa un vago umbral en mi memoria: una luz deslumbrante me abofeteaba el rostro, la abuela estaba de espaldas, su voz susurraba frases de cariño a los animales y las plantas, los platos en la jaula rebosaban de gusanos que se retorcían en horribles convulsiones. Entre la reminiscencia de la pesadilla, la fatiga acumulada, y la imagen de la cual no descubrí más que una parte, di un paso en falso hacia atrás y caí rodando por las escaleras. 

***

Luego de tres semanas de citas furtivas, entendí (o creí entender) algo sobre Mariana. Deseaba forzosamente tener una mirada sobre ella. Como si necesitara percibir la fascinación de unos ojos ajenos para sentirse completa. Parecía no poder vivir de otra forma. Después de todo era actriz – sin mucho trabajo, es cierto, pero actriz al fin y al cabo. Por eso el maquillaje egipcio, por eso las faldas floridas, por eso los ligueros y esa lencería que se ajustaba perfectamente a las sinuosidades de su cuerpo exuberante. En las noticias se leía que los gobiernos de China, Japón y Corea del Sur habían empezado a monitorear la temperatura del cuerpo de la gente a través de una aplicación de smartphone que indicaba las probabilidades de que tuvieran el virus. En nuestro caso, pensé, habrían podido advertir un calor corporal con un origen más feliz.

–Hoy es viernes, hagamos algo distinto– propuso Mariana una noche que para mí no tenía nada de especial.

– ¿Algo como qué?   

– A ver –dijo mientras echaba un vistazo a mi biblioteca y se detenía en un libro consagrado a la danza de Pina Bausch. – Ya sé. Hay un juego que se trata de actuar emociones….

–Pero si soy pésimo para actuar.

–Pues no seas pésimo. Escribir es actuar con palabras. Además no solo hay que actuar, también puedes hablar la lengua de los pájaros.

  • ¿Qué?
  • Sí. Silbar, tararear o hacer ruidos expresivos para esculpir la emoción que elegiste. Así le decíamos en la escuela. 

De repente la idea de Mariana se me antojó divertida. Propuse “la desidia” y con los ojos cerrados me acerqué al sofa para echarme en él pero en un gesto elegante Mariana me tomó de los sobacos con ambas manos y me mantuvo en pie. Luego alzó los brazos formando un óvalo y se fue alejando de espaldas en un cadencioso movimiento de ballet que era a la vez sutil y bello. Las lámparas semejaban una pintura de Rembrandt con su luz tenue. Se respiraba calma, tranquilidad en el aire, o eso pensé en su momento. De pronto se giró, pronunció la palabra “impaciencia” y me hizo un gesto con la mano para darme a entender que era mi turno pero, aunque quería, no logré moverme. Traté de dejarme llevar por el ambiente ritual y performativo del momento pero estaba bloqueado. Lo único que se me ocurrió fue silbar. Lancé un silbido tenue cuya intensidad fui aumentando gradualmente y después de un respiro hondo volví a empezar con toda la fuerza de mis pulmones. Mariana se acercó rauda y comenzó a trazar movimientos bruscos y repetitivos con sus brazos y piernas. El meneo de su cuerpo tenía algo de estrambótico; se veía extraño, inhumano. El ajetreo llegó a un paroxismo que casi me provoca miedo.  

–¡Lujuria! –grité.

Entonces Mariana giró nuevamente, dio dos zancadas hacia la ventana, abrió las cortinas y dio media vuelta. Al fondo quedaron al descubierto los edificios de enfrente, los postes de luz, la luna creciente. El departamento de la pareja no solo tenía las luces encendidas sino las ventanas de par en par. Eso dejaba entrar el calor primaveral. Sonriente, Mariana se quitó el suéter de lana y los zapatos. Su blusa escotada de tirantes combinaba con el encaje de la falda violeta, que llegaba a la mitad de sus muslos torneados.

De pronto una cara se asomó por la ventana. Era la vecina, una joven delgada de cabello lacio, cara ovalada, y rasgos finos. También estaba maquillada. Recordé haberla visto antes en el restaurante que estaba al final de la calle. Me resultó curioso reconocerla apenas. Era una de las meseras. Se movía con desenvoltura de mesa en mesa y su amabilidad parecía genuina. Me hizo pensar en Pina, quien antes de convertirse en bailarina descubrió el encanto del histrionismo mientras trabajaba en el restaurante de su familia, en Solingen. Ahí comenzó a sorprender a clientes y colegas con su danza repentina, improvisaba movimientos con bandejas, platos y cubiertos que provocaban sonrisas y aplausos fuera de lugar. 

Una dulce melodía de Chet Baker se dejó oír desde el apartamento de enfrente. Enseguida, la silueta del vecino vino a acompañar a la de su pareja. La música sonaba como una invitación. Mariana tomó su copa de vino de la mesa y le dio un trago largo. Luego se acercó moviéndose al ritmo del jazz y pasó su brazo por detrás de mi cuello para quedar colgada. La frotación de su piel a la mía me crispó por completo. Recibí la copa, vacié el resto de vino en mi boca y la puse sobre la mesita de metal que estaba a mi lado. Me incliné hacia ella y nos besamos. Mientras las lenguas se encontraban de nuevo, mientras encajaban una y otra vez me rondó una idea. No podía dejar de pensar en la mirada de los vecinos, en el morbo que debían estar sintiendo. Entonces entendí (o creí entender) a tantos amigos y conocidos que presumían a sus parejas constantemente y casi con impaciencia: no los impulsaba el sadismo del niño que alardea su juguete frente a otro que no puede tener uno igual. No. Necesitan sentir los celos, la envidia o simplemente el deseo de otros para apreciar mejor a su propia pareja. Ese deseo otorga una distancia, un alejamiento que es indispensable para entender cualquier cosa. Además evoca un respeto, confiere un poder y una consideración social que divierte, excita y colma la vida humana. Sin embargo, yo carecía de esa necesidad y trataba de evitar las miradas ajenas a toda costa. No quería la admiración ni la envidia de nadie porque temía que pronto se volcara en enojo y agresión. Mi propio juicio me era suficiente, me bastaba, hacía de mí un hombre reservado y egoísta.

El sonido del teléfono nos sobresaltó y rompió el conjuro evocador del instante. Era la policía, la voz ronca y severa de un hombre en la bocina. “Los vecinos se están quejando otra vez. Si no le bajan a su desmadre vamos a tener problemas”.

  • ¿”Otra vez”? Están pendejos. –dijo Mariana.
  • La música ni siquiera es nuestra. –repliqué.
  • No hablo solo de la música. Respeten a la gente decente.

La cantinela de su última frase me quedó sonando en la mente mientras pensé de nuevo en el respeto. Colgué. Mientras tanto en el otro departamento noté que la luz ahora estaba apagada. Probablemente la pareja de enfrente estaba ahora en su propio divertimento. El juego había funcionado. Mariana cerró las cortinas y me condujo a la habitación. El saxo de Baker siguió sonando un buen rato todavía.

Al día siguiente hablé con Salvador. Me contó de un caso similar. Tenía unos vecinos que asomaban a los cuarenta años y todos los miércoles en la noche cogían en la sala con las luces encendidas y las cortinas abiertas. Salvador tenia una teoría. Según él no es que el hombre fuera impotente o la mujer una calentona; ambos necesitaban sentirse cómplices de otro para avivar su libido. Todo indicaba que el exhibicionismo era una práctica bastante común y había aumentado durante el confinamiento. “A la gente le gusta que la miren, los hace sentir importantes. Sobre todo cuando alguien está dispuesto a mirar”, concluyó.

 Sin embargo, eso no respondía quién se había quejado con la policía ni por qué. 

***

Eso le pasa por tomar tanta coca-cola. Es un veneno, me regañó mi abuela.

Ni siquiera pude responderle, pero habría querido preguntarle de qué estaba hablando con los zuros blancos. Mi papá y mi tío me cargaron a la habitación, llamaron a un médico que me puso una compresa en la cabeza, me dio unos analgésicos, una palmadita en la espalda y me ordenó dormir toda la tarde. La pesadilla que había quedado pendiente de la noche anterior reapareció fundida con ese instante en que mi abuela hablaba la lengua de las aves y del cual no recordaba casi nada. Justo antes de que el maremoto nos estallara encima Andrea me miraba y su boca empezaba a susurrar algo incomprensible para mí pero poco a poco sus murmullos se transformaban en otra cosa y de pronto estaba piando como un copetón, pidiéndome que nos volviéramos pájaros para escapar de ahí. Naturalmente, al despertar aquella noche, salté sobre mi consola nueva pero mi mamá me ordenó volver a la cama y tuve que aguantarme las ganas mientras mi hermano y mis primos se sumergían en la reconfortante alienación de los videojuegos.

Ese año me fui obsesionando con Andrea, a quien amaba desde lejos, como lo ordena el absurdo romanticismo puberto. Miraba por la ventana en las mañanas, antes de salir a la escuela, y pasaba la tarde esperando que fuera a la tienda o abriera las cortinas de su alcoba. Antes de las vacaciones, el colegio organizó una ceremonia de entrega de armas para los reclutas que cumplían su primer año de servicio militar. Después de los actos protocolarios, el sargento nos preguntó: ¿cómo van a bautizar su rifle de servicio, cadetes? El arma era una réplica de madera de un fusil G-3, de fabricación irakí, que me emocionaba y me hacía sentir como un soldadito de plomo. No es de asombrar que le pusiera “Andrea” a mi dichoso rifle.

Un domingo, mi papá me pidió que saliera por un pollo rostizado y una botella de coca cola de dos litros. Fui a la rosticería, sólo compré el pollo adrede para luego tener que pasar por la tienda. Por supuesto, nada me espantaba más que la idea de encontrarme a Andrea, pero mis actos de autosabotaje siempre han rendido frutos: ahí estaba, con un vestido florido, una balaka y sus cabellos rubios recién peinados. Mientras hacía la fila, delante de ella, me embargó un vértigo enorme y mis manos comenzaron a sudar. La bolsa plástica resbaló y el pollo rostizado con dos órdenes de papas a la francesa fue a dar a sus talones.

  • ¡Qué tarado! Discúlpame.

Andrea se giró, me ayudó a levantar las bolsas y me esgrimió la sonrisa más hermosa del planeta.

  • No sería capaz de comerme un pollo…
  • ¿Por qué?
  • Se parece demasiado a Waldo.

Mientras esperábamos en la fila, me contó que su tía (sí era su tía, como asumí en un principio) tenía un perico llamado Waldo y era como un integrante más de la familia. Aunque la comparación me pareció excesiva, aproveché para llevar la charla a un terreno más amable, le conté de los zuros de mi abuela y propuse que fuéramos un día a mirar los combates de pájaros al parque.

***

Por desgracia lo bueno dura poco y uno nunca alcanza a disfrutarlo bien. Una mañana nos despertamos más tarde de lo habitual (y hubiéramos seguido durmiendo de no haber sido por el vecino, que empezó unas clases de ukulele a todas luces destinadas al fracaso). Al comprobar la hora Mariana se espantó y salió de la cama de un salto. “¡Verga!, si no llego en diez minutos mi mamá me va a mandar a la chingada”. Llamé al chofer mientras ella se vestía a toda velocidad y me explicaba que le había prometido a su mamá ayudarle con las gestiones de una reunión familiar. Ni siquiera nos habíamos despedido cuando la vi agarrar su bolsa y salir por el umbral de la puerta. Enseguida me di cuenta de que había olvidado su cubrebocas en la mesa de noche. Lo tomé, me puse el mìo y corrí a entregárselo. Mientras cruzaba el corredor grité su nombre y llegué al momento justo para ver cómo la señora del cuarto piso, que subía las escaleras con más bolsas de mercado de las que podía cargar,  tropezaba de lleno con Mariana, se iba de espaldas y se golpeaba contra la barandilla. Me acerqué tan rápido como pude para ayudarla, pero su grito chillón me mantuvo a raya. “ ¡Conserve su distancia, pinche menso!”, gritó la mujer. Aunque Mariana le pidió disculpas cien veces al tiempo que recibía el cubrebocas y seguía su camino, presa del pánico y la prisa, el daño ya estaba hecho. Los perros de todos los vecinos empezaron a ladrar, el bebé de los del quinto piso estalló en su cantinela insoportable, e incluso el ruido de los pájaros retumbó en el edificio. Tras la algarabía, varios chismosos asomaron sus cabezas y, para completar, aquellos que miraban por sus ventanas vieron a Mariana subir al coche a toda prisa y salir del vecindario. Los insultos no se hicieron esperar: “¡pendeja irresponsable!”, “¡viniste a contagiar al barrio!” “¿y ahora cómo le hago para volverlo a dormir?” El escándalo fue total y ahora la mitad del vecindario me odiaba. No solo habían visto a Mariana conmigo y me prohibieron (¿con qué derecho, me preguntaba yo?) sus futuras visitas. Además me acusaron ante la municipalidad de alterar el orden en la vía pública y poner en riesgo la salud de la comunidad. Las tensiones sociales de la contingencia sentaron un malestar generalizado y el incidente de Mariana fue la gota que derramó la copa. La realidad estaba perdiendo la cordura.

***

Con binoculares, refrescos y chocolates, Andrea y yo tuvimos que esperar al tercer picnic bajo la arboleda para presenciar un combate en el aire. Durante ese tiempo las hormonas habían hecho su labor y los besos franceses, que antes me resultaban asquerosos, llegaron a deleitarme gracias al movimiento suave y cadencioso de su lengua. Disfrutaba el sabor a chicle de frambuesa; me esforzaba por rozar los espacios insospechados de su boca que la hacían gemir suavemente y levantaban mi apetito. Cuando nos empezábamos a emocionar más de lo aconsejado en la vía pública, vi algo extraño con el rabillo del ojo. Uno de los pinos agitaba sus ramas y el silbido de los copetones era demasiado agudo para expresar alegría. Me desprendí de Andrea e inmediatamente tomé los binoculares. Al confirmar mi intuición, se los pasé para que lo viera todo en detalle. A poca distancia de nosotros se presentaba un choque entre dos parejas de gorriones. Una estaba sobre una rama delgada del pino, mientras la otra yacía en la punta del poste eléctrico, a un metro de distancia. El duelo ocurría con una simetría que yo ya había visto otras veces: primero una pareja se batía, luego la otra, como si fuera una coreografía. Las aves, erguidas, saltaban en franca lid y se picoteaban en el aire antes de regresar a sus respectivas bases. El compás era irreal, parecía un doble combate de esgrima. De pronto, una de las parejas, exhausta por las acometidas, cayó a unos pocos metros de nosotros. Al acercarme pude notar que sus patas estaban enredadas entre sí. Había un pájaro que dominaba claramente la batalla; le propinaba una picotiza despiadada al otro, que mantenía la cabeza gacha, los ojos cerrados y solo se protegía con eventuales aletazos, como un boxeador que mantiene sus puños pegados al rostro y está demasiado cansado para contraatacar. Atónita, Andrea miraba la pelea con una mezcla de horror y fascinación. Años más tarde habría de comprender que esa escena era la perfecta imagen del amor. La ilusión de un vuelo hermoso que se frustra y se desmorona, la angustiosa caída libre, las agresiones mutuas y el dolor inevitable.

***

Esa misma tarde una patrulla apareció frente al edificio. Como el timbre de mi departamento no funciona, tuvieron que gritar mi nombre para que saliera por la ventana y me expusieron una vez más al escarnio público. Asustado, les dije que me esperaran, me puse lo primero que encontré y bajé. Eran dos policías: una mujer bajita de rostro amable y su compañero, un cincuentón con apenas más bigote que Cantinflas y varios kilos de sobrepeso. La mujer me extendió un oficio y una multa.

  • No tengo dinero conmigo. Debo ir a un cajero.
  • Entonces va a tener que acompañarnos– respondió el policía.
  • ¿En pleno confinamiento? ¿Está loco?
  • Si no quiere empeorar las cosas, le sugiero que se ponga el tapabocas que le va a entregar mi compañera y venga con nosotros. Además una vecina ha reportado varias veces que usted hace ruido en las noches y no deja dormir a la gente. Son ocho horas de detención preventiva.

Me di cuenta de que protestar no serviría para nada. Antes de subir a la patrulla, le eché un vistazo al vecindario. Era un hervidero. La gente observaba con saña, contenta de haber encontrado un chivo expiatorio. Miré hacia el edificio de enfrente, donde vivían los vecinos voyeristas. No se veía a nadie. Sin embargo, en el departamento de al lado, a través de la cortina, podía distinguir una silueta y ya me hacía a la idea de quién podía ser.

Al entrar en la pequeña estación de policía noté que contaba con pocas celdas y ningún protocolo sanitario contra la pandemia. Naturalmente, estaban en sobrecupo y cada calabozo tenía cinco personas en vez de dos. Al ingresar me hicieron llenar un formulario ridículo para saber si estaba enfermo (“¿ha presentado síntomas de neumonía en las últimas horas”?, entre otras joyas de la inteligencia médico-policial). Luego me abandonaron en una de las celdas, junto a un señor que no paraba de mirar su celular y un muchacho de unos diecinueve años que dormía plácidamente la borrachera en una esquina. 

Esa tarde fumé siete cigarrillos (que pagué al triple del precio normal), soborné a un guardia para que me dejaran usar mi propio teléfono y llamé a Salvador para que hiciera honor a su nombre y a la amistad que nos unía. Tres horas más tarde recibí una caja con comida china de parte de “un primo” mío. Junto a la galleta de la fortuna había un fajo de billetes. Era suficiente para pagar los respectivos sobornos y la multa. Luego de pasar al puesto central de la estación, firmé un “compromiso de respeto a las normas de convivencia y contingencia sanitaria”. Tardé casi dos horas en encontrar un taxi autorizado para regresar a casa. 

***

Un buen día me decidí a aceptar el desafío de Andrea, que varias veces me había retado a que le hiciera una visita nocturna. No puedo creer que un soldadito que quiere ser piloto y le gusta mirar peleas de pájaros le tenga miedo a las alturas, se burló una tarde. Eso ya era demasiado. Tenía que defender mi honor mancillado, así que accedí. Entonces me dijo que la esperara a medianoche frente a la fachada del edificio, del lado que daba hacia su sala. Contra todo pronóstico no tuve problema para salir a esa hora sin que lo notaran mis padres. Cuando Andrea se asomó pensé que me iba a decir que todo era una broma, que podía regresar a mi casa. Pero no. Lanzó un ancho cordel de sábanas blancas amarradas entre sí. Hizo un gesto de silencio con el índice y me animó a subir. “Apúrate, que alguien nos puede ver” musitó. Desde mi perspectiva, el segundo piso no parecía muy alto, pero a medida que fui apoyando los pies sobre los ladrillos y gané un poco de altura, el miedo me hizo sudar las manos, como la vez del pollo rostizado. Entonces pensé en el entrenamiento militar, en lo que dirían mis amigos del colegio si se enteraban de que me partí un brazo subiendo un par de metros. Puse todo mi empeño y tracé con fuerza mis zancadas hasta agarrar la mano de Andrea, que me dio el jalón decisivo.

La sala no tenía nada de especial aparte de un sillón de cuero muy elegante y una gran jaula de cobre en la esquina opuesta. El loro reposaba erguido, con sus garras bien aferradas al tubo y el cuello inclinado hacia un lado. Waldo es uno de los pocos loros que no habla, solo silba un poco cuando tiene hambre o mientras duerme, como si roncara, me susurró al oído Andrea. Al sentir su boca tan cerca de mi oreja tuve una erección casi involuntaria y la miré. Esa madrugada, ya de regreso en mi cama, recordaría la oscuridad, el miedo de que nos descubriera su tía, la calentura al contacto de nuestras pieles y sobre todo los chillidos de dolor y goce, la lucha, la sangre hirviendo entre sus piernas y mi pelvis. Concluiría que crecer duele y la primera penetración es tan extraña como el primer beso con lengua. 

¿Podemos quedarnos en la sala?, le pregunté. 

Claro, mi tía duerme como un lirón, me respondió Andrea, mientras se sacaba las tirantas del vestido y me mostraba su delicado cuerpo desnudo.  

***

En cuanto llegué a casa sentí que algo andaba mal. “Está intenso el asunto”, dijo el taxista al ver la escena. Me puse el cubrebocas, pagué y me bajé. Un bullicio inusitado agitaba toda la calle. La gente discutía de una ventana a otra. Los pocos que se agrupaban al pie de los inmuebles gesticulaban y se gritaban entre ellos. Por encima de todas las voces se escuchaba el silbato del guardia, que en lugar de acallar a la muchedumbre encendía la mecha de su rabia. Me giré para pedirle al taxista que llamara a la policía, pero sólo oí el rechinar de las ruedas cuando arrancó. Tomé mi teléfono y me dispuse a marcar yo mismo pero me frenó la voz del vecino del ukulele, que me señalaba. “Usted tiene la culpa”, gritó. Lo esquivé rápido y caminé hacia la entrada con la única intención de subir a mi departamento y ponerme a beber hasta perder la conciencia. Al llegar a la fachada me enteré de que “la viejita del tercer piso, la mirona”, era la primera contagiada del barrio y sería cuestión de semanas antes de que el virus se propagara. Entonces dirigí mis ojos hacia el departamento de los vecinos de enfrente, que naturalmente estaban asomados, pero no solo me ignoraron sino que inmediatamente se metieron y cerraron sus ventanas. Tal vez temían que los vincularan conmigo, pensaban que me había contagiado o simplemente ya no les servía mi mirada, ahora que estaba solo. No tenía caso. Lo importante era que lo nuestro había acabado antes de empezar y lo asimilé en el acto. Entonces, con el pecho lleno de pánico esquivé a varios vecinos agolpados en la entrada mientras iba respondiendo que ya había pagado mi multa, que en la estación estuve aislado y protegido, y que Mariana no volvería nunca más. 

Esa noche, cuando el ruido cesó y el efecto del vino abrió paso a la tregua melancólica del sueño, pensé en mi abuela. Entendí por qué se quedaba contemplando el paso del tiempo en aquellas tardes eternas. 

Hoy puedo mirar por la ventana en silencio, solo como ella, y observar el combate de los pájaros. A veces trato de hablarles, pero a mí no me escuchan.  


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Ilustración por Aricollage.
Ilustración por Aricollage.

La actual es una de esas épocas donde la interpretación es en gran parte reaccionaria, asfixiante.

Susan Sontag, Contra la interpretación

Irónicamente todo empieza por la imagen, la mayoría de nuestros recuerdos son representados por instantáneas; las cosas que hemos vivido, los secretos de familia, nuestros momentos de felicidad y los días que estuvimos contra las cuerdas, ese cúmulo de  vivencias conforman un montaje, una serie que habitamos en el momento donde ni siquiera el deseo asiste, pero ahí están, una y otra vez para recordarnos lo que fuimos.

Sin embargo, en el caso de la fotografía, la imagen, más que revelar de manera tácita, no hace sino cuestionar quiénes somos. Las respuestas se encuentran justo en el punto de quiebre: la manera en que el instante fue capturado se transforma en un muestreo sobre el tiempo y espacio. Tomar fotografías nos permite comprender un contexto particular, pero en ocasiones igualmente crear fantasías. De esta mezcla surge el montaje de la “verdad” sobre nuestra civilización.

Lo que denominamos como civilización nos ha enseñado una fantasía maniquea que nos marca desde la infancia. Sin embargo, la sensibilidad permite que se intuya que más allá de esa ilusión, de las metáforas sobre el bien y el mal, existe algo que en la vida adulta reconocemos como ético y como siniestro. Susan Sontag, cuyo nombre de niña era Susan Rosenblatt, comprendió la diferencia gracias a la fotografía —de nuevo, la imagen y su verdad— que visibilizaba los horrores de la condición humana. Con tan solo doce años, pudo observar un libro cuyo tema e imágenes visibilizaba lo acontecido en el holocausto1. Casi treinta años después, diría: “¿Qué es la humanidad? Es la cualidad que las cosas tienen en común cuando se las ve como  fotografías”.2

El responder —o por lo menos intentar hacer algo— ante la crueldad y el sufrimiento de la humanidad condicionaron de manera definitiva la carrera literaria de la mente más prolífica y brillante del siglo XX, la única capaz de reflexionar respecto a cómo sobrellevar las innumerables dolencias sociales, así como las personales, en general los instantes border que revelan la realidad.

Desde el 2006 no la hemos visto más, su pensamiento es lo que nos permite tener un asidero ante la continua falta de ética en las formas de mandato, al mismo tiempo que nos sitúa ante los intersticios de la vida social, aquellas fisuras donde una serie de imágenes dan cuerpo a la vida, a las prácticas, a las diversas formas de sentir dolor, a las cuerpas con sus sexualidades e incluso a sentir el instante estético como la única llama capaz de cauterizar —por lo menos unos instantes— la corrosión de la enfermedad y sus metáforas, de la metástasis que han ocasionado el capitalismo salvaje, el miedo al otro y la supremacía dentro del cuerpo social.

 

Metáforas precoces

A quien hoy reconocemos con el nombre de Susan Sontag, el arte en su totalidad la hizo renacer más allá de lo que pudo vislumbrar en su infancia. Nació un 16 de enero de 1933 en un suntuoso edificio en el oeste de Manhattan, sus padres Jack Rossenblat y Mildred Jacobsen, eran judíos nacidos en Estados Unidos, —en realidad de una rama de emigración más antigua que la mayoría de los intelectuales judíos estadounidenses— de clase media alta, ya que Jack se dedicaba al comercio de pieles en China, motivo por el cual la pareja vivió algún tiempo en China. Entre viajes de Nueva York a China, en 1935 nació Judith. Susan y su pequeña hermana quedaban al resguardo de la familia de Jack.

De acuerdo a Benjamin Moser —biógrafo de Sontag— Mildred era realmente hermosa, Susan le veía parecido con Joan Crawford; sin embargo, en los relatos de ambas hermanas se encuentra la idea de que era una madre ausente. En uno de los viajes, cuando la autora de EL benefactor (1963), contaba únicamente con cinco años, su padre perdió la vida a causa de una tuberculosis que lo aquejaba tiempo atrás de su boda con la despampanante Mildred; sin embargo, ninguna de las dos lo sabrían hasta meses después3.

De entre las cosas que podemos decir sobre la trayectoria literaria de Sontag, una resulta sobresaliente y es el hecho de que llevó la no ficción —el ensayo sin más— a terrenos donde  su lucidez intelectual se mezclaba con el deseo, con los terrores nocturnos o el miedo a quemarlo todo, pulsiones adquiridas desde la infancia.

Para quienes hemos perdido a nuestro padre, o a ambas figuras, sabemos los innumerables tropiezos que esto constituye en nuestra propia escritura. Si bien se elige la negación, en el momento menos propicio, una esquirla saldrá de entre la piel, su propia tragedia eclipsará para siempre lo que pudo ser un ensayo personal publicable. Si acaso la vanidad es incontenible y da lugar a describir desde la primera persona, y no desde el personaje, la profundidad de la herida, de manera simplista, definitivamente estaremos ante el peor error y lo pagaremos con horas sin sentido de autoconmiseración.

Sontag, más que ser una escritora contenida, sabía perfectamente contemplar su dolor, enfrentarlo, incluso contraponerlo frente al arte, de manera que la experiencia quedara mezclada con la propia, acción que le permitía observarse de cuerpo entero y asumir dentro de su reflexión la realidad infranqueable. Sin duda, la pérdida de su padre, así como sus múltiples conflictos provocados por la relación inestable de su madre, fue una de sus tantas perturbaciones, pero esperó el momento oportuno para decantarla incluso una vez que ella misma pasó por el momento límite de saberse enferma.

En una época donde la cuerpa comenzó a edificar su reino, Sontag condensó el dolor —propio y de millones de personas— en una serie de ensayos donde desmitificó el sentido social de la enfermedad, que no es sino una zanja profunda llena de terrores, injusticias, así como de estigmas que invisibilizan lo verdaderamente importante y humano, el dolor de los enfermos.

En el momento en el que habla de cómo socialmente nos encontramos divididos entre enfermos y sanos, sostiene el hecho de que se producen una serie de fantasías y relatos contra las enfermedades más atemorizantes de finales del siglo XIX y después el XX, es decir, la tuberculosis, el cáncer y después el Sida, como lo expone en La enfermedad y sus metáforas (1978):

Mi tema no es la enfermedad física en sí, sino el uso que de ella se hace como figura o metáfora […] Dos enfermedades conllevan, por igual y con la misma aparatosidad, el peso agobiador de la metáfora: la tubercolusis y el cáncer[…] Aunque la mitificación de la enfermedad siempre tiene lugar en un marco de esperanzas renovadas, la enfermedad en sí (ayer la tuberculosis, hoy el cáncer) infunde un terror totalmente pasado de moda. Basta ver una enfermedad cualquiera como un misterio, y temerla intensamente, para que se vuelva moralmente, si no literalmente, contagiosa.4

Como lo argumenta el ensayista neoyorquino Phillip Lopate “Lo importante cuando escribimos sobre la infancia, es trasladar nuestro punto de vista psicológico de cuando éramos niños, no el limitado registro verbal que teníamos entonces”5, Susan estaba hablando del dolor de su padre, a quién ya casi no recordaba y cuya tumba le costó mucho trabajo encontrar al mismo tiempo que reflexionaba sobre el sentirse en esa ciudadanía de segunda que constituía la enfermedad. Pero, ¿cómo es posible hablar de las grandes pérdidas sin un pixel de nuestro autorretrato? ¿Qué clase de escritora pasa por sus propias experiencias y sin lágrimas, sino por el contrario con un denso escrutinio hacia la sociedad?

Uno de los primeros ejercicios que le ayudó a condensar las dolencias y pulsiones fue el ser una incansable escritora de diarios. El primer cuaderno que utilizó fue comprado en Tucson, en la esquina de Speedway y Country Club, su madre había decidido instalarse un tiempo ahí para aliviar los ataques de asma que Sontag sufría desde muy pequeña.

En ese lugar desértico, no solo comenzaría a explorar su prolífica escritura íntima, sino que conocería a quien sería su padrastro y de quien adoptaría su apellido —de acuerdo con Moser, la decisión la tomó con el fin de no ser reconocida abiertamente como judía y con eso parar el acoso escolar—, Nat Sontag, un excombatiente con quién su madre se casaría el 10 de noviembre de 1945. Quizá sin pensarlo, Susan comenzó a ensayar su voz sus pensamientos y a verter cada una de las partículas que iban conformando los cimientos de esta magna edificación intelectual.

Con tan solo diecisiete años, Susan estaba segura de que su lugar no se encontraba al lado de su madre, el dolor que sentía ante su propio contexto la sacaba una y otra vez de la definición de una adolescente de clase media normal, como puede observarse en la siguiente entrada de su diario:

25/12/48

Estoy casi al borde de la locura. A veces —creo— (con cuanto cuidado escribo estas palabras) —hay momentos fugaces (que vuelan tan rápido) cuando sé con la certeza de que hoy es Navidad que estoy tambaleante al borde de un precipicio sin fondo— ¿Qué me pregunto, me conduce al desorden? ¿Cómo puedo diagnosticarme a mí misma? Todo lo que siento, del modo más inmediato, es la más angustiosa necesidad de amor físico y compañía mental —soy muy joven, y quizá supere el aspecto preocupante de mis ambiciones sexuales— francamente no me importa […] Mi necesidad es tan abrumadora y el tiempo, en mi obsesión, tan breve.6

Esas obsesiones eran lo que contrastaba al mismo tiempo con la “alta cultura” a la que desde muy temprana edad tuvo acceso. Por supuesto que quién escribe ese fragmento —impulsivo, incluso naïf como toda escritura adolescente— es una joven que todavía no reconocía la sensación de saberse deseada, de ser leída en decenas de idiomas, incluso de ser referente en diversos productos de la industria cultural estadounidense como Critters, también en la cultura mexicana, como fue el caso de Fantomás, la amenaza elegante (1975) —de entre cuyos guionistas se encontraba Gonzalo Martré—, era en definitiva una joven escritora en ciernes con una sed absoluta de libertad y pensamiento crítico.

En el recorrido, la siguiente metáfora precoz sería la experiencia del matrimonio, con el sociólogo Philip Rieff y posteriormente la de ser madre. De acuerdo al testimonio de su propio hijo, David Rieff e incluso de su hermana en el documental Regarding Susan Sontag (2014), ambas experiencias llegaron de manera intempestiva y siendo muy joven, con tan solo dieciocho años, simplemente estaba dentro de una habitación que no le correspondía. En sus diarios incluso existe una pausa de casi dos años y no es hasta su estancia en París en la Sorbona, que vuelve a emerger, no solo con una mayor agudeza, sino que denota una mayor ansiedad de probar, leer y escucharlo todo.

 

Más allá de la habitación

Ocho años después se divorció. Fue entonces cuando las proyecciones de su escritura en ciernes dieron paso a una carrera prolífica. Desde luego que junto con la crianza, esa carrera resultaba agotadora y muchas veces frustrante. De la habitación, logró mudarse a un departamento para ella misma, un espacioso lugar para habitarse. En muchos sentidos, David produjo otras formas de habitación, incluso en las formas en que ella misma comprendía la imaginación infantil y el deseo de tener un compañero, como lo sugiere la siguiente entrada de su diario:

14/1/57

David anunció ayer, cuando lo estaban disponiendo a dormir,<<¿Sabes lo que veo cuando cierro los ojos? Siempre que cierro los ojos veo a Jesús en la cruz>>. Es hora de Homero, creo. La mejor manera de desviar estas mórbidas fantasías religiosas individualizadas es abrumarlas con el impersonal baño de sangre homérico.7

Regresar entonces a las imágenes primarias para condensar el sufrimiento de la civilización occidental, de alguna forma esa fue la fórmula que Susan utilizó para casi cualquier mal del mundo, una forma incluso más sofisticada en cuanto a tratamiento que la de la propia Hannah Arendt; puesto que todo comienza por las imágenes, hay que regresar al origen para percibir la falla o comprender la discontinuidad.

Luego de la publicación de El benefactor (1964), misma en la que tardó casi cuatro años de escritura con David en sus piernas, como lo argumenta Michelle Dean en Agudas, mujeres que hicieron de la opinión un arte (2019)8, su vida se tornó absolutamente prolífica y hay que decirlo, glamorosa. Harper´s, The New York Times, cenas en Manhattan y toda clase de aventuras con las mujeres y hombres de la cultura pop de la década de los sesenta y setenta la llevaron a otro piso.

Siempre he pensado que en el fondo era algo no solo que disfrutaba, sino que era absolutamente liberador, una manera de tener control y equilibrio sobre su historia, así como sus propias ideas y capacidad intelectual. Para alguien que no nació en un círculo intelectual o artístico y que tuvo que forjarse a sí misma su derecho de piso, el contar con un sinfín de referencias, gustos e incluso un absoluto poder de decisión, definitivamente tenía que significarlo todo. Incluso en su célebre ensayo Notas sobre lo camp (1964), podemos perfilar el hecho de que Susan comprendía perfectamente a Tomas Mann, a Gide, a Adorno, al mismo tiempo que comprendía —y disfrutaba— de la estética gay, la moda, el consumo masivo, las piezas de casi mal gusto, de manera que podía incluso crear un diálogo entre ambas condiciones, sin tener que renunciar a ninguna.

Sería en su segundo libro, el ya canónico Contra la interpretación, de 1966, donde la ensayista nos propone dejarnos guiar por nuestros propios sentidos, tirar por completo las interpretaciones que nos alejan de la verdadera experiencia estética —al final la que vale es la personal— y dejar que la obra nos hable, tal y como la fotografía presenta, incluso en su propia reducción, una de las tantas verdades sobre nuestra cultura. Los cruces que logra entre la cultura popular y el arte recrean la cartografía no solo de su mirada, sino de su gusto, una estructura incluso más cercana a la de Roland Barthes y por supuesto a la Pierre Bourdieu.

Pero los hallazgos y los deseos siguen: la aventura entre su vida amorosa, su ir y venir de París a Nueva York, y su lucha por no dejarse vencer ante nada, como en esa célebre ocasión cuando puso a Norman Mailer en su lugar, pidiéndole que simplemente le dijera escritora y no “dama que escribe”, como se observa en el documental Recordando a Susan Sontag (2014). Junto con sus libros de ficción, incluso En América (1999), mismo que le valió el National Book Award en el 2000, Susan Sontag nunca dejó de ponernos al límite de la situación, principalmente de ponerse discursiva y corporalmente al mismo nivel.

Cuando se dice que una obra de arte “es su contenido”, me parece que en estos momentos no hemos salido de esa imagen, aquella donde yo me paro de cara a la obra y espero a que me diga algo, que me cuestione, incluso me haga sentir incómoda. Pero la crítica no siempre llega a ese momento, no siempre ofrece argumentos certeros acerca de lo que esa obra le dijo a quién escribe, sino que en un instinto heteropatriarcal ostenta lo que desea que las espectadoras veamos, lo cual no es del todo malo si esa pluma cuenta con suficiente estilo —el estilo, como los detalles son decisivos, ya lo vemos con Susan y sus textos en publicaciones incluso de moda— pero si la situación es desafortunada, no estaremos sino frente a un edificio cuya fachada se está derrumbando y no permite que entremos, por lo que somos testigos de su final.

 

Las metáforas persisten

En medio de todavía la exaltación por el 11 de septiembre de 2001 y con muchas cosas todavía por decir, Susan Sontag no pudo vencer su tercera lucha contra el cáncer y tras un trasplante de médula fallido, finalmente muere en el frío invierno de 2004 en la otra parte de su corazón geográfico, Nueva York.

Desde su partida hemos sido testigos de una obra que no envejeció mal, por el contrario, sus preguntas, su honestidad y la serie de listas sobre sus intereses, todavía nos atraviesan de la misma forma en que su mirada atravesó las cámaras más deseadas del siglo XX, incluyendo la de Annie Leibovitz, su última pareja. Sus pulsiones son tan importantes que no podríamos reconocer plenamente su tren de pensamiento sin la lectura de sus diarios, pero existe una certeza de que no podría desvanecer las metáforas sin su lucidez.

Este 28 de diciembre, a un año más de la muerte de Sontag, mientras una enfermedad cumple al mismo tiempo un año de haberse expandido por el mundo, no haré sino tirarme a contemplar el techo mientras visualizo las metáforas que se construyen diariamente afuera de mi departamento.

 

 

 


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.

Ilustrador
AriCollage
(Cuernavaca, 1988) Collagista e ilustradora con residencia en la Ciudad de México. Desde el 2010, en el área de visuales, ha colaborado en revistas como “Letras Libres”, “Tierra Adentro”, “Armas y Letras”, "Antidogma" y en revistas electrónicas de arte y collage en diversas partes del mundo; así como en editoriales como Paraíso Perdido, en la Dirección General de Publicaciones de CONACULTA y el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha expuesto de manera individual y colectiva en las ciudades de Ciudad de México, Guanajuato, León, Cuernavaca, Pachuca, Barcelona, Norwich (UK), Kranj (SI) y Bogotá (CO). En el 2016 colaboró con Adidas Originals en el relanzamiento de los tenis gazelle en la Ciudad de México y en 2017 fue talented neighbor en la Flagship Store de la Condesa. Ha colaborado con músicos como Illias Asterion (MX), Herbsun (DEU), Swing Atoms (MX) y Fausto Leonora (MX). Desde el 2017 ha incursionado en el collage en gran formato inaugurando murales en sitios públicos como el mercado gourmet San Genaro, en Hostal Gael y en We Are Todos (en la Ciudad de México) y en Casatinta en la ciudad de Bogotá.