En 1999, en la entrevista que Roberto Bolaño dio a la periodista María Teresa Cárdenas, al preguntársele sobre objetivo de la Literatura, respondió: Y en mi vida, que ha sido más bien nómade y de una pobreza extrema en ocasiones, el leer ha contrapesado esa pobreza y ha sido mi soberanía y ha sido mi elegancia.
Siendo el 2020 un año marcado por el encierro forzado, una actividad introspectiva como la lectura ofrece una posibilidad infinita de asomarse al Otro, aun a pesar de las limitaciones del contacto personal. Este año, mis lecturas cierran en un total de 340 libros, de los cuales comparto los que considero los mejores que he tenido la fortuna de encontrar, en una cartografía por géneros y países de origen de los autores.
NOVELA MEXICANA
La sonorense Sylvia Aguilar-Zéleny y su novela Basura (2018, Nitro/Press) plasma tres historias cruzadas sobre mujeres que definen sus propias vidas a partir de los restos de otros, y que se encuentran en esos grandes territorios de la miseria humana: los basureros del norte del país. Loba de Orfa Alarcón (2019, Alfaguara), sobre la violencia heredada como una enfermedad incurable.
Dos revelaciones de Editorial Almadía: Gilma Luque y su Obra negra (2017), narración sobre la infancia y adolescencia de una mujer marcada por la enfermedad, el desgaste irreversible y la muerte inminente de una madre a la que se ama, pero cuya situación provoca culpa y vergüenza. Y la escritora oaxaqueña Karina Sosa Castañeda con Caballo fantasma (2020), un recorrido introspectivo por la ausencia de los otros, por la permanente sensación de estar solo y nunca pertenecer.
Dos premios Mauricio Achar – Random House Alejandro Carrillo y Adiós a Dylan (2016), novela iniciática sobre la esperanza y la decepción inherentes al crecer; y Entre los rotos (2019) de la veracruzana Alaíde Ventura Medina, quien enumera las heridas incurables provocadas por un padre violento y la frágil y difícil relación fraternal que sobrevive al daño.
NOVELA LATINOAMÉRICANA
2020 fue para mí un año predominantemente argentino. Leí a Dolores Reyes con Cometierra (2019, Editorial Sigilo), una novela sobre una mujer que puede establecer contacto con mujeres desaparecidas y también una reflexión sobre la violencia feminicida. Claudia Piñero en Elena sabe (2007, Alfaguara), retrato íntimo de una mujer que convive con la enfermedad de Parkinson, pero también un cuestionamiento al machismo y a la maternidad como formas de redención de la familia latinoamericana tradicional.
Rodrigo Fresán y Jardines de Kensington (2003, Mondadori): un tour de force a través de la historia de J. M. Barrie, el creador de Peter Pan, y un escritor inglés inmerso en la psicodelia de los años sesenta.
La favorita de la crítica, Mariana Enríquez y su Como desaparecer completamente (2004, Página12), sobre la vida rota de un sobreviviente de abuso sexual familiar. Camila Sosa Villada logra con Las malas (Tusquets, 2020), uno de los mejores libros del año: un retrato luminoso de la búsqueda de la propia identidad sexual. Del argentino Osvaldo Soriano, No habrá más penas ni olvido (1978, Seix Barral), el relato cinematográfico de un enfrentamiento de peronistas con la policía en búsqueda de justicia.
Desde Chile, Nona Fernández con La dimensión desconocida (2016, Random House) y Space Invaders (2020, Fondo de Cultura Económica) muestra el peso de la dictadura militar en el construcción de la propia identidad. Lina Meruane, con Sangre en el ojo (2012, Eterna Cadencia), sobre una mujer que pierde la vista en un país extranjero, y la dependencia total y enfermiza de un hombre hacia su cuidado: una prosa diestra y visceral.
El chileno Pedro Lemebel, Tengo miedo, torero (2001, Anagrama), sobre la ternura del enamoramiento imposible entre un perseguido político y la mujer trans que lo protege (con película a estrenarse próximamente en México).
La ecuatoriana Mónica Ojeda con Nefando (2019, Almadía), la historia de un violento y sórdido juego en la red, construido para reflejar la vida de una familia marcada por la más inefable oscuridad; una novela que obliga al lector a mirar en el propio abismo interior.
Pilar Quintana, colombiana y su novela La perra (2019, Random House), la historia de una mujer rota que se empeña en destruir lo que ama.
NOVELA CONTEMPORÁNEA
Dos novelas de escritoras coreanas: de Cho Nam-Joo (1978) Kim Ji-young, nacida en 1982 (2019, Alfaguara), relato sobre la culpa y la vergüenza que genera la condición de ser mujer en la sociedad contemporánea. En la misma línea, La vegetariana, de Han Kang (premio Man Booker Internacional, 2016) , novela en la que a partir de una anécdota aparentemente irrelevante (una mujer que decide súbitamente dejar de comer carne), se logra una profunda reflexión sobre la resistencia ejercida a través del propio cuerpo contra el abuso, el machismo y la misoginia presentes desde la infancia.
Una revelación: el vietnamita Ocean Vuong (1988) con En la Tierra somos fugazmente grandiosos (2019, Anagrama): una historia sobre la fugacidad de la vida y la belleza, sobre resiliencias familiares y personales.
Francia representada en las novelas de Delphine de Vigan, Las horas subterráneas (2010, Suma de Letras), sobre la violencia silenciosa del acoso laboral y la imposibilidad de encontrarse en el Otro; y Las lealtades (2018, Anagrama), seres heridos que guardan fidelidades tóxicas que solamente logran perpetuar escenarios de dolor. De igual manera, el relato biográfico de Évelyne Pisier y Caroline Laurent, De repente, la libertad (2018, Lumen), que ahonda sobre la libertad conseguida por una mujer a mediados del siglo XX. De la escritora Anna Gavalda, Juntos nada más (2004, Seix Barral) y La amaba (2002, Seix Barral); así como una favorita personal: Annie Ernaux con El lugar (2020, Tusquets), un retrato duro y terrible sobre la ternura abstracta del propio padre.
Europa Oriental representada por una oda de suma belleza dedicada a la figura de la madre en la novela de Tatiana Ţȋbuleac, El verano en que mi madre tuvo los ojos verdes (2016, Impedimenta). Atlas descrito por el cielo (2012, Sexto Piso) del escritor serbio Goran Petrović, en el que delinea a través de 52 pasajes, el descubrimiento del lenguaje para construir mundos donde no existen techos más altos que el cielo. La vida verdadera (2020, Salamandra) de la belga Adeline Dieudonné (1982), recuerdos de una infancia profundamente dolorosa. De la polaca Olga Tokarczuk, premio Nobel de Literatura 2018 con Sobre los huesos de los muertos (2009, Océano), una novela negra que abre la pregunta sobre la ética inherente al maltrato animal.
Algo de literatura anglosajona: Parentesco (1979, Capitán Swing), de la estadounidense Octavia E. Butler: la historia de una mujer afroamericana del siglo XX que enfrenta el periodo de esclavitud de Estados Unidos en 1815, llevándola a los límites de su propia humanidad. También la inglesa Nell Leyshon con Del color de la leche (2013, Sexto Piso), una novela sobre la tragedia de nacer mujer en 1830, y la sublevación de la opresión a través de la apropiación del lenguaje.
Aprender a hablar con las plantas, de la española Marta Orriols (2018, Lumen), una exquisita descripción de la pérdida del ser amado, y el replanteamiento de la propia vida interior a partir de las cenizas. Ray Loriga y la novela distópica Tokio ya no nos quiere (1999, Plaza & Janés), historia sobre la travesía de un hombre que se dedica a borrar recuerdos.
Algunas novelas clásicas, como La hija del optimista, de Eudora Welty (2009, Impedimenta), Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, El paciente inglés (1997, Plaza&Jánes) de Michael Ondaatje, Novecento: la leyenda del pianista en el océano de Alessandro Baricco (1994, Anagrama) y Furia Feroz, de J.G.Ballard (1988, Booket).
CUENTO
Cosas que nunca te dije (2013, Tajamar), de la chilena María José Viera-Gallo, cuentos sobre el exilio, el amor incondicional a los hijos a través de la enfermedad, la desintegración inevitable de la pareja, las noches que hacen que la vida valga la pena y las consecuencias de la tortura inenarrable.
Quiltras (2020, Paraíso Perdido), de Arelis Uribe: personajes de las periferias en los que nadie repara, dueños de una palpable humanidad.
Samanta Schweblin, con Siete casas vacías (2015, Páginas de Espuma): personajes que guardan celosamente la memoria de los que se han ido, que se preservan de la demencia, que comparten algunas aficiones como forma de vengarse del mundo injusto.
El descubrimiento de la prosa de Sam Shepard en El gran sueño del paraíso (2002, Anagrama) quien retrata la vida de los habitantes del Medio Oeste rural norteamericano, de las planicies y del desierto. Raymond Carver y la versión de 1989 de Vintage Books de What we talk about when we talk about love, quien demuestra una maestría en el manejo de un lenguaje sobrio, y de la epifanía como momento revelador de la miseria y luminosidad humanas.De igual manera, el descubrimiento de la finalista del National Book Award, Bonnie Jo Campbell, con American Salvage (2010, Wayne State University Press),con historias de los olvidados, de los consumidos por la pobreza, las drogas y los prejuicios.
Cuento mexicano: Sylvia Aguilar-Zéleny con Nenitas (2013, Nitro/Press); Esa membrana finísima (2014, Fondo Editorial Tierra Adentro) de Úrsula Fuentesberain: el sentido de extrañeza y el horror en lo que se reconoce como ajeno. Love is love (o de cómo me ato las cintas) (2019, Nitro/Press): sobre las diversas formas de expresión de la identidad sexual.Benjamín Alire Sáenz y su Kentucky Club (2014, Random House): personajes rotos y un Juárez nostálgico y violento. Mi hallazgo de Dios en la Tierra de José Revueltas (2017, Era): cuentos sobre el sufrimiento en carne viva, el olor de la enfermedad y la muerte, el abandono y la desolación, el amor torcido y el honor quebrantado, la degradación moral y la esperanza inútil.
POESÍA
El mejor libro de poesía leído en 2020: Edith Södergran, Encontraste un alma: Poesía completa (2017, Nørdica). Poeta nacida en Rusia en 1892, muerta prematuramente a los 31 años; dueña de una desbordante sensibilidad, temas como la naturaleza salvaje, el cuestionamiento de Dios, la belleza, el origen y el destino del dolor, la feminidad y la sororidad, la condición de mujer joven y plena, el abandono al amor que todo lo arrasa.
La faceta poética de Ocean Vuong con Night sky with exit wounds (2016, Canyon Press); una oda al esposo idílico en The beauty of the husband : a fictional essay in 29 tangos (2001, Vintage Books) de Anne Carson; y de la mexicana Elisa Díaz Castelo, Principia (2018, Fondo Editorial Tierra Adentro): sobre el cuerpo como territorio finito.
CRÓNICA
Los libros de crónica desde la cárcel mexicana para mujeres, Mujeres que matan y Las celdas rosas (Nitro/Press, 2013 y 2018) de la sonorense Sylvia Arvizu (1978) en las que descubre en la palabra escrita un cauce para alcanzar la libertad anhelada.
Las memorias del neurocirujano Paul Kalanithi, Recuerda que vas a morir. Vive (2016, Seix Barral): sobre el hallazgo de la Neurocirugía como motivación vital, el diagnóstico de cáncer avanzado y la confrontación con la propia vida que se extingue.
Los diarios del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro, La tentación del fracaso (2003, Seix Barral), donde se plasma su pesimismo envolvente, la frustración de la escritura, la desconfianza en las palabras y las dudas sobre la posteridad.
La irlandesa Maggie O´Farrell y Sigo aquí: diecisiete roces con la muerte (2017, Libros del Asteroide), en el que la autora rememora momentos en los que la vida propia pudo haber cesado por el azar.
El músico estadounidense Moby con Porcelain. Mis memorias (2016, Sexto Piso): una larga carta de amor a la Nueva York de los años ochenta. El escritor afroamericano Ta-Nehisi Coates (1975), con un ensayo brutalmente honesto y personal, Entre el mundo y yo (2016, Seix Barral): una carta de amor al hijo que nace en un mundo plagado por la violencia racial, la negación de la Historia negra y el ejercicio de la paternidad a partir de modelos dañinos; ofreciendo un resquicio de esperanza en el hallazgo de uno mismo en el contacto con los otros.
DIVULGACIÓN
Howard Gardner, Verdad, belleza y bondad reformuladas: la enseñanza de las virtudes en el siglo XXI (2011, Paidós).
LIBROS SOBRE FEMINISMO
La estadounidense Kate Bolick (1972) y su búsqueda de la libertad, independencia y soledad a través del ejemplo de vida de otras escritoras en Solterona: la construcción de una vida propia (2015, Malpaso).
Catalina Ruiz-Navarro y Las mujeres que luchan se encuentran: manual de feminismo pop latinoamericano (2019, Grijalbo), sobre seis ejes temáticos: cuerpo, poder, violencia de género, sexo, amor y activismo.
Ya no somos las mismas y aquí sigue la guerra, (2020, Random House), libro del colectivo de periodistas Pie de Página (Daniela Rea, editora), que muestra la escalada de la violencia de género en México, desde el punto de vista de las desplazadas por el narco, los familiares de desaparecidas, pero también de aquéllas que se empeñan en sanar.
La argentina Luciana Peker y La revolución de las hijas (2019, Paidós), semi-manifiesto sobre una revolución feminista, callejera y plural. La serie de Sexto Piso Tsunami (2018, Gabriela Jáuregui, editora) y Tsunami. Miradas feministas (2019, Marta Sanz, editora) y El feminismo lo cambia todo (2018, Paidós) de la española Silvia Clavería.
EL MEJOR LIBRO DEL AÑO LECTOR, 2020
Teoría de la gravedad (2019, Libros del Asteroide), de la periodista argentina Leila Guerriero; en el que, a partir de la narración de hechos cotidianos (como el corte de la primera orquídea del año, la lectura de un libro de Charles Simic), Guerriero reflexiona con una enorme sensibilidad y belleza sobre el estar aquí, sobre la tristeza que nos invade a diario, sobre las preguntas.
Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pienso si pedir un trago más o desistir e irme, cuando escucho romperse un vaso de vidrio que se estrella contra uno de los pocos pedazos de vinil que quedan en el piso, esos que alguna vez forraron el suelo del lugar. Casi al instante se escucha un coro de silbidos y después a un hombre gritar: “La siguiente ronda le toca a Olaf por manos torpes”. Tenía muchos años que no escuchaba que llamaran a alguien así.
Cuando yo tenía diez años conocí en mi calle a un niño con el nombre más atípico. Recuerdo que cuando escuché que lo llamaban sentí por primera vez, después de muchos meses, un interés de hablar con alguien, quería saber por qué tenía ese nombre, por qué lo llamarían Olaf y no José, Roberto, Francisco, Miguel o Jesús. Aquella vez yo había salido a caminar como lo hacía muchas veces, caminaba para escapar del viejo cinturón de cuero, del aliento alcohólico de mi padre pero sobre todo para huir de la angustia que me provocaban los quejidos de mamá cuando él la maltrataba. Escapaba del infierno en que se convertía la casa cuando papá llegaba tomado. Esa tarde, al ir caminando por mi calle, escuché un grito que salía de la última casa “Olaf, recuerda que tienes que regresar a la hora de la cena” mientras un niño de mi edad salía de aquella casa y respondía: “sí mamá”. Me quedé observando a aquel niño que corría hacia otros. Me senté en la esquina entre las jardineras, observaba aquellos niños que se organizaban para jugar futbol. Cuando la noche comenzó a caer, Olaf y los demás niños se fueron, yo seguía sentado entre las jardineras. La tarde siguiente regresé a la esquina de la calle, me senté por unos cuantos minutos y vi salir a Olaf, esta vez no estaba ninguno de sus amigos en la calle y él comenzó a patear el balón contra la pared. Yo jugaba con uno de los hilos de mi playera, lo jalaba hasta que conseguía un pedazo largo, lo enrollaba y desenrollaba en mis dedos pero no perdía de vista aquel niño. No pasó mucho tiempo antes de que el balón de Olaf cayera junto a mí, corrí a recogerlo y entregárselo. Miré sus manos limpias y mis manos con manchas de mugre, las escondí detrás de mí, creo que él jamás puso atención de mi aspecto y en seguida me invitó a jugar, yo acepté no sin antes preguntar ¿por qué te llamas Olaf, sabes por qué te pusieron ese nombre? Él respondió que no lo sabía, que si me ponía de portero o si se ponía él. A partir de aquel día nos convertimos en compañeros de juegos. Deje de saber de él cuando mi madre y yo huimos del infierno. Jamás lo volví a ver, jamás supe por qué se llamaba así.
Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pensando si pedir un trago más o desistir e irme, escucho romperse un vaso de vidrio pero no es motivo suficiente, estoy a punto de pagar la cuenta cuando la mesera pasa a levantar el desastre de Olaf y sus dos acompañantes. La mesera se inclina, comienza a juntar los vidrios rotos y el borracho Olaf me ha dado el motivo; desliza su mano hacia dentro de la blusa de la mesera, ella manotea y él se burla. De dos pasos estoy en su mesa, lo tomo de su camisa, lo alzo, sus acompañantes se levantan, mi mano derecha llena de cuarteaduras corre la gabardina para tomar mi revólver y golpear el rostro del gañan con la cacha, los dos amigos del maldito dan un paso atrás. Desahogo mis frustraciones en él. Me he convertido en una bestia como lo era mi padre. La rabia de atestiguar el sufrimiento de una mujer por los abusos de un hombre enciende el fuego en mí. La adrenalina de los golpes trastorna mi razón, siempre he odiado cualquier sustancia que altere mi ser pero la hormona que segrego al golpear a detestables como éste se convirtió en un vicio para mí, aunque no me enorgullece mi cuerpo necesita de ella y un poco del alcohol, desde aquel infierno que le provoqué a mi padre en nuestra antigua casa. Ahora sé que ha sido una desgracia lo que he heredado de aquel miserable.
Después de unos cuantos golpes con la cacha lo miro a la cara y hay un cambio en mi ritual, unas dudas me frenan − ¿sabes qué significa Olaf, sabes por qué te llamaron así?− él tipo con los pómulos a punto de estallar y un río de sangre en la nariz niega con la cabeza. Lo suelto, me acomodo la gabardina y confieso en voz alta que “odio nuestro nombre, es una condena”. Pongo sobre la mesa el pago por mis dos tragos y salgo, camino por la calle pensando en todos los que nos llamamos así, nadie me llama Olaf desde hace mucho y tenía varios años de no conocer alguien con ese nombre, hasta hoy. Recuerdo que a unos días de huir de mi calcinado padre pude preguntar a mamá sobre el significado de Olaf, ella me dijo: significa “legado de los antepasados”.
Ahí está el pueblo del Niño Fidencio. Parece cerquita, pero en realidad está bien metido en la Sierra.
Es octubre, se aproximan las fechas de los muertos, tanto las norteñas como las locales. Viajo de Monterrey a Monclova. El trance del desierto es necesario, la distancia que se dice como cualquier cosa, un viajecito por una carretera tan recta que no parece terminar nunca.
Allá, afuera de las ventanillas, el desierto. Un valle o una planicie, un yermo, le dice José Gil Olmos a la frontera entre Nuevo León y Coahuila. Pero no hay tal cosa, no veo muerte, tampoco el chofer lo hace, quien me cuenta sobre los osos negros que a veces bajan de las montañas, de los ciervos que se atraviesan por la carretera y a veces son embestidos, con muy mal resultado para quienes lo hacen, por los camiones que cruzan una tierra que hasta hace apenas unos años era territorio de la narcoviolencia.
El norte es el narco. Esa consigna estaba ya enclavada en las vivencias culturales, en el pensamiento de aquellos que pertenecemos al centro del país. Tlaxcala es tan distinta a Coahuila, a Nuevo León, ni siquiera en sus zonas rurales se parece y, sin embargo, noto la conexión, la soledad de los páramos que se extienden sin, aparentemente, un alma.
En Tlaxcala, las tarántulas, los conejos, coyotes, víboras o alacranes. En el Noroeste son los osos, los ciervos, y también las serpientes, los insectos más agresivos y venenosos que los del centro. El Norte no es, pues, desolación. Es supervivencia y soledad, es una zona marginal en apariencia, alejada de la vida mexicana de la capital. Región fronteriza. ¿Y no es en los cruces de caminos, en las regiones liminales, donde se aparecen los fantasmas?
Al menos aquí, algunas personas descubren la naturaleza más allá de la realidad aparente. Las fronteras con lo imaginario, y con lo espiritual, son bastante delgadas. Allá enclavado está el pueblo del Niño Fidencio. Y yo pongo cara como de no saber nada, porque jamás había escuchado sobre aquel nombre, denominación, espíritu. Un santito, un niñito Jesús, supongo. Pero es las dos cosas y más: un chamán, un santo, un buen hombre de los tiempos de la Revolución.
“Allá está Espinazo”, repite el chofer; tierra santa de peregrinaciones, donde está el templo del Santo Niño Curandero. Cada que vienen escritores quieren detenerse en Espinazo, que parece estar cerca, pero dista a una hora desde allí. Y lo que hay no es cualquier cosa. Hay que dedicarle su tiempo. En Espinazo parece que lo imposible se filtra entre la tierra, como un río subterráneo que brota como un milagro.
En realidad, no es un río, sino una charca, un cuerpo de agua insignificante, sucio, donde el Niño Fidencio curaba a los centenares de personas que acudían a diario para encontrar la salvación física, el cese del dolor. Como tantos otros santos populares, el Niño Fidencio nació como una persona de carne y hueso, un humano caminando por las fronteras desoladas a donde no llegaba la atención de nadie ni oficial ni mucho menos eclesiástica.
México es un país diverso, más de lo que comúnmente solemos pensar. Las realidades religiosas son tantas como grupos humanos pululan en la geografía golpeada por centenares de eventos, violentos o no, que han conformado una mitología de lo que es, o no es, la nación mexicana.
A manera de brevísimo resumen, diré que la religiosidad en la geografía que ahora constituye México, ha sido importante para fundamentar las diversas culturas que han florecido, y fenecido, en algún rincón del país. No es necesario pensar en los rituales mexicas, en los dioses mayas o en los centros ceremoniales que se encuentran regados en diversas zonas. Tan solo hay que pensar que el catolicismo ha confluido con otros centenares de religiones, fes y creencias de todo tipo, provocando sincretismos que, para cualquier interesado en estos fenómenos, sea desde la fe, la curiosidad científica o cualquier otra perspectiva, resultan fascinantes. Los dioses de las poblaciones nahuas, incluidas las madres divinas, ya fuera la Coatlicue, Chalchiutlicue, o hasta la misma Mitecacíhuatl, terminaron en los ejes centrados en las divinidades del cristianismo, en forma de vírgenes y santos.
Mircea Eliade habla del Deus in absenthia, en su Historia de las creencias e ideas religiosas (1976), y explica el interés del ser humano de entender el universo mediante, por ejemplo, el mito. Tiene que existir un dios creador, un agente que explique la existencia del Mundo o del Cosmos. Esta divinidad, sin embargo, tiene un carácter tan elevado que resulta lejano para los seres humanos, gozosos y sufrientes. ¿A qué entidad se le puede pedir clemencia, que alivie el sufrimiento, que nos “ayude” a conseguir algo que deseamos? La alta divinidad está tan lejos que es necesaria la concepción de dioses más cercanos.
El ejemplo más claro en las religiones cristianas, especialmente en las latinas, es el aspecto de los santos y de las vírgenes, en todos sus avatares. Como en la religión hindú, una misma emanación recibe distintos atuendos, plegarias, ritos y hasta funciones. La Virgen María es solo una, pero la encontramos como Virgen de Guadalupe, de Fátima, de Juquila, Dolorosa, etc. La virgen es, al fin y al cabo, un arquetipo de la madre, la madre celestial o la madre terrestre, que siempre nos cuida, protege, ve, pero que también castiga.
Uno de los santos populares más famosos, desde hace al menos cincuenta años, es la Santa Muerte, una expresión extraña, se vea por donde se vea, de una divinidad protectora y “bondadosa”. Cabe aclarar que un santo popular es distinto de un santo oficial, ya que no está, casi en ningún caso, validado por iglesia alguna (oficial)1.
En Latinoamérica, una de las iglesias cristianas más poderosas e influyentes es la católica, a pesar del crecimiento de diversas fes que parten desde el mismo cristianismo: pentecostales, protestantes, mormones, Testigos de Jehová, animistas, etc. No hay datos que puedan sugerir cómo ha cambiado la religiosidad de los mexicanos, debido a la hegemonía de la Iglesia Católica, que aún está coludida en instituciones oficiales y hasta de carácter científico.
Un ejemplo claro, aunque no contundente, sino meramente pragmático, es la “sensación” que la sociedad mexicana tiene sobre la Santa Muerte, un santo cuya filiación nada tiene que ver con la iglesia católica, aunque, como aprecia Andrew Chesnut en Santa Muerte. La segadora segura (2013), los creyentes en esta santa popular también se autodenominan católicos.
La santidad es un proceso llevado a cabo por la Iglesia Católica, que tiene determinadas pautas y requerimientos. Un santo es una persona histórica, real (aunque, por supuesto, muchos de estos santos pertenecen más bien a la necesidad de sincretismo o adecuación de la fe, convirtiendo a determinada divinidad en un santo, como el caso de San Jorge en Inglaterra), que ha concedido milagros a quienes, por alguna razón, se han encomendado a él.
El santo funciona como medio entre Dios y los hombres. Los santos son oficializados por el canon eclesiástico. Por el contrario, los santos populares, son erigidos por la gente, por el pueblo, por aclamación. No existe una validación oficial, aunque la fe, y el número de adeptos, en muchas ocasiones provoca el surgimiento de un aparato eclesiástico, tal es el caso del Niño Fidencio, o de la Santa Muerte2.
La existencia de santos populares parece provenir de la situación fronteriza, especialmente de la región norte (al menos en el país, ya que no es el único lugar donde existen santos populares), donde la mella provocada por la Revolución Mexicana permitió la existencia de personajes que se fueron convirtiendo, poco a poco, en santos. Tal es el caso de Jesús Malverde, Juan Soldado, la Santa Niña de Cabora, el Niño Fidencio, hasta Pancho Villa.
José Gil Olmos, quien muestra en Santos Populares. La fe en tiempos de crimen (2017) un mosaico de las divinidades populares en el país, pareciera darnos una explicación en torno al crecimiento de la religiosidad, sea o no oficial. Y este fenómeno, nos dice, se debe a la violencia, al crimen, y a la desatención por parte de las instituciones que deberían salvaguardar la integridad de los ciudadanos. La famosa sentencia de Max Weber, quien decía que la única función del Estado debe ser la protección de sus ciudadanos, es decir, el ejercicio exclusivo de la fuerza, pareciera convertirse en una mera anécdota, pues desde el surgimiento de los movimientos independentistas, los países del continente han sufrido de estados de violencia constantes.
Esta explicación parecería convertirse en un fundamento que los estudiosos de la religión entienden como una base desde la cual partir para la explicación o el entendimiento de estos fenómenos. Sin embargo, esto es ligeramente distinto con el Niño Fidencio. No fue la criminalidad imperante, tampoco el ansia de quienes habitan las zonas grises o negras de la legalidad, lo que provocó el auge del Niño Fidencio, cuyo culto se convertiría, poco después, en una iglesia después de su muerte. Y es que precisamente, la santidad del llamado Niño Fidencio, se debe a los poderes curativos, casi chamánicos, de los que hizo gala durante su corta vida.
José Fidencio de Jesús Constantino Sintora, el taumaturgo de Espinazo, como lo llama Nicolás Echevarría en su película, nació el 13 de noviembre de 1898, en Las Cuevas, Irapuato, Guanajuato. Sin embargo, la mayor parte de su vida la pasó en el pueblo de Espinazo, Nuevo León, en las lindes de Nuevo León y Coahuila, hasta su muerte, el 19 de octubre de 1938. Aquel pueblo ferroviario, metido en el desierto, pobre y sin una sensación de grandeza, más que aquella compartida por el desierto, se convirtió en el símbolo de un culto dedicado a la sanación.
La vida de José Fidencio de Jesús ha sido estudiada por algunos antropólogos, así como por biógrafos interesados en un culto extraño y mesiánico. Carlos Monsiváis, en Los rituales del caos (1995), le dedica un artículo (no es el único, ya que participó en otros libros colectivos sobre el tema de los santos populares) al Niño Fidencio, explorando los límites de la fe, además de las circunstancias que llevan al nacimiento de un fenómeno religioso como este.
El Niño Fidencio creció en Espinazo, llamándose así porque, según testimonios de quienes conocieron al Santo Niño, sus órganos sexuales no se desarrollaron, por lo que fue virgen durante toda su vida, además de hacer gala de una voz infantil. Su fisonomía, como lo demuestran las grabaciones y fotografías de la época, es bastante peculiar, pues muestran a un hombre de mirada profunda, movimientos pausados, talante tranquilo, en medio de arrebatos extáticos, no de él, sino de los cientos de seguidores que acudían para obtener la sanación.
Desde muy pequeño, el Niño Fidencio descubrió los poderes curativos que tenía, como afirman algunas biografías, y de extraña manera poética se retrata en la novela de Felipe Montes, El evangelio del Niño Fidencio (2008). Sus curaciones las realizaba por medio de terapias diversas, aunque, como él afirmaba, su poder se lo daba la divinidad. Entre las que Monsiváis enumera se encuentran la kineterapia, la meloterapia, la imposición de pies y manos, o la impactoterapia. Estos ejercicios, propios del taumaturgo (de él y de otros) propinaban un carácter especial a todo lo que le rodeaba.
La consciencia del Niño parecía centrada en la curación por cualquier tipo de medio. Una vez establecido como curandero, sus jornadas se convirtieron en arduo trabajo que le llevaba periodos de dieciséis hasta veinte horas continuas. La consagración, sin embargo, llegó de parte del presidente Plutarco Elías Calles, quien lo visitó en una ocasión para atender una enfermedad de la que no se tiene registro. De la visita no se sabe demasiado, pero el solo hecho de existir, aunque no de manera oficial, volvió famoso al Niño, convirtiéndolo en uno de los curanderos más importantes de la historia reciente del país.
El culto al Niño Fidencio se propagó durante años, debido a las proclamas proféticas que el Niño hizo, incluso antes de morir, como aquella afirmación de que regresaría a la vida tres días después de su muerte, en otro cuerpo, y nadie sabría de quién. Esto provocó que quienes lo ayudaban sintieran que debía seguirse propagando la curación que el Niño le daba a cualquiera que tuviera alguna enfermedad o dolencia.
El 22 de junio de 1993 se fundó la Iglesia Fidencista Cristiana, con todo y su rito, aunque no se alejó de la Iglesia Católica del todo. Como sucede con los adeptos a distintos santos populares, su fe católica (o de otra filiación) no es interrumpida por su adherencia a los ritos de alguno de estos santos, de la Santa Muerte al Niño Fidencio. Además, a pesar de la diferencia fundamental entre el culto al Niño Fidencio, en contraposición del credo católico, la adherencia al fidencismo conlleva una fe dedicada a la esperanza en la curación de todo dolor, físico o espiritual.
La religiosidad es un fenómeno estudiado tanto por psicólogos como por lingüistas, antropólogos o hasta neurocientíficos. El fenómeno puede verse desde distintos puntos de vista. Sin embargo, la existencia de un Niño Fidencio, con su consiguiente “Iglesia” que sigue el legado de curación de Fidencio Constantino, mediante la utilización del chamanismo, ya que las “cajitas” (o depósitos corporales: sus sacerdotes) funcionan como médiums para utilizar los poderes del espíritu del Niño Fidencio y así curar. Las “cajitas”, además, llevan un camino de preparación, donde en lugar de recibir los espíritus de chamanes, hombres medicina o seres sobrenaturales, son poseídos por la emanación del Niño Fidencio.
Este tipo de ejercicios espirituales podría conllevar a una visión completamente escéptica: el Niño Fidencio y la iglesia taumatúrgica que se ha construido alrededor de su figura es tan solo un fraude. Mas, ¿cómo no apreciar la intensidad en el actuar del Niño Fidencio, en un hombre no desarrollado sexualmente que trabajaba hasta la extenuación sin cobrar ni un solo peso por sus servicios. Todo situado en el desierto, tan cerca de los placeres del capitalismo norteamericano, apenas incipiente durante las primeras décadas del siglo XX, guiado y enmarcado por un hombre, solo uno, cuyas armas eran sus manos, su orina, su saliva, su risa y su fe.
Más allá del escepticismo, y del cinismo, un vistazo a un fenómeno donde se aspira a superar el sufrimiento, nos habla de lo que es humano, verdaderamente humano. Y así, es complicado desprenderse de cualquier fe que surja, y no ver en el éxtasis una señal de belleza, un toque arrebatado de lo sublime, donde la cortina, ese velo de Isis, pareciera desvelarse aunque sea un poco.
A Espinazo, Nuevo León, aquella tierra abandonada y mística, he de volver, en medio del desierto, con velas votivas encendidas a la figura del Niño Fidencio vestido como el Sagrado Corazón de Jesús, o como la Virgen de Guadalupe, el Santo Queer, el Santo Virgen, a orar por la superación del sufrimiento, por el reconocimiento de la humanidad; incluso a través de las llagas, la pobreza, la enfermedad y la ignorancia, y el Niño Fidencio ha de responder, pues parece estar vivo en ese rincón del país (y no solo ahí), no porque uno sea adepto a la Iglesia Fidencista o crea o no en la taumaturgia, sino porque representa una realidad dolorosa y espectral donde, lo que Rafael Llopis llama “Pulsión hacia lo Sobrenatural”, se da en toda su expresión, en medio de los paisajes sublimes, circundado el pueblo por vías del tren, carreteras infinitas, ciervos y osos.
La forma, la punta o la llama, pertenece al Niño Santo, un hombre cualquiera que un día sintió que con sus manos podía curar, y la gente, sin nada ya que perder en este mundo, le hizo caso.