En marzo de 2016 se llevó a cabo una reunión secreta en el departamento de Iván Trejo. Yo no lo conocía personalmente, y a decir verdad me intimidaba: medía cerca de dos metros, su voz pesaba tanto como la de James Earl Jones, y daba la impresión de ser un lector exigente, sin paciencia hacia quienes no se comprometían como él con la literatura.
A la cita acudimos Juan Manuel Zermeño, Míkel Deltoya, Merari Lugo, Bruno Javier, Olga Carrizales, Jesús de la Garza y un servidor. Poco tiempo después se incorporó Carlos del Castillo. La mayoría nos conocíamos, aunque de manera más bien superficial: nos saludábamos en eventos y cada tanto nos quejábamos de la falta de espacios para escritores jóvenes (como lo han hecho todos los escritores jóvenes, desde antes de los tiempos de Cayo Valerio Catulo). Iván tenía la intención de iniciar un taller de poesía con un grupo de jóvenes que, a su juicio, se tomaran el oficio con seriedad. En un principio, dijimos que la convocatoria era análoga a la Iniciativa Avengers. Así de serio nos lo tomamos.
La primera sesión, sentado ceremoniosamente desde su escritorio, nos leyó la cartilla: esperaba disciplina y por ningún motivo iba a gastar ni un peso en nosotros. Asentimos nerviosamente, unos sentados en sillas playeras algo gastadas por el uso, otros en el suelo. El primer paso en nuestro proceso de formación como poetas era robustecer nuestra escuálida bibliografía, y se soltó a hablar de poetas polacos (especialmente de Wisława Szymborska), de Juan Gelman (de quien era íntimo amigo) y de la superioridad de la poesía colombiana sobre la mexicana. Alguien aprovechó ese momento para quejarse del Premio Aguascalientes de Poesía como un mecanismo para perpetuar el statu quo de la poesía en México, e Iván preguntó si habíamos leído a todos los ganadores como para sustentar ese juicio. Naturalmente, nadie conocía más que un puñado de los libros más recientes, y hablábamos desde una rebeldía bastante ingenua. Y así llegamos a nuestro primer proyecto de lectura: una revisión minuciosa de cada uno de los ganadores del Premio Nacional de Poesía Aguascalientes a partir de 1968. Nada más para que se nos quitara la maña de hablar de lo que no sabíamos.
Semana tras semana nos reuníamos en el departamento de Iván e intercambiábamos puntos de vista sobre nuestras lecturas. La experiencia fue nueva para todos: aunque estábamos acostumbrados a leer con asiduidad, nuestras opiniones no se transmitían en un circuito democrático, y por lo tanto no estaban sometidas al escrutinio de otros lectores. Iván siempre tenía la última palabra: retomaba comentarios que consideraba valiosos, ponía nuevas perspectivas sobre la mesa, y casi siempre compartía alguna anécdota sobre el libro o el autor. Pero no impartía cátedra: dialogaba con nosotros. Nos escuchaba y por medio del ejemplo nos invitaba a escucharnos, a aprender de la valiosa perspectiva de cada lector. El caso es que, entre todos, nos enseñamos a leer.
También tallereamos poemas, libros y proyectos para becas. Iván era un lector muy exigente -no erré en ese prejuicio-, y en más de una ocasión hirió susceptibilidades. Pero también aprendimos a comportarnos profesionalmente: a no tomar la crítica de manera personal, a reconocer nuestros errores y deficiencias y aprender de ellos, a corresponder la seriedad en la escritura con seriedad en la lectura. Y de la Liga salieron libros publicados, premios nacionales y becarios del Centro de Escritores de Nuevo León. Hoy, todo eso se siente como daño colateral.
Leímos La zorra enferma de Eduardo Lizalde, y aprendimos sobre su adscripción a las juventudes comunistas y a la Liga Espartaco. Y nos propusimos leer Paradiso, la monumental obra del poeta cubano José Lezama Lima, para complementar la lectura de los Aguascalientes. Como grupo, dimitimos antes del tercer capítulo. Decidimos bautizar a nuestro grupo “Liga Paradiso”, a manera de chiste interno: no teníamos postura política ni habíamos terminado de leer Paradiso. Asumimos nuestra indiferencia y nuestra derrota como banderas.
Sé que leímos a todos y cada uno de los libros ganadores del Premio Aguascalientes. Pero esas conversaciones se me han desdibujado. Lo que recuerdo es que no tardamos mucho en incorporar alimentos en nuestras sesiones semanales. Que hablábamos de poesía mientras compartíamos hamburguesas, pizzas o pollo asado. Que Iván rompió su palabra de no gastar en nosotros y en más de una ocasión le invitó la cena a quien no tenía dinero suficiente, o le prestaba a quien le hacía falta para el camión de vuelta a casa. Que compró una sala para que no estuviéramos sentados en sillas desgastadas o en el suelo. Hubo semanas en las que no discutíamos lecturas: nos bastaba disfrutar la compañía para reír o llorar (porque también lloramos muchas veces). En un texto titulado “Cómo leer poesía”, Gabriel Zaid escribió lo siguiente: “Lo que unos lectores nos digamos a otros puede ser útil, y hasta determinante. Pero lo mejor de la conversación no es pasar tal juicio o tal receta: es compartir la animación del viaje”. Gracias a Iván pude apreciar el sentido de estas palabras.
Su departamento no tardó en convertirse en un hogar al que acudíamos semanalmente. Fastidiados del trabajo, decepcionados del amor, preocupados por el dinero, emocionados por el futuro: fuera cual fuera nuestro estado de ánimo, sabíamos que ese era un espacio seguro donde todos compartirían alegrías y pesares. La poesía tan sólo era un pretexto.
Alguna vez le preguntamos por qué quiso iniciar con el taller. Nos dijo que, de joven, él recibió la misma generosidad y quería retribuir a sus maestros y amigos con la misma moneda. Caigo en cuenta que esa intimidante figura de casi dos metros era como el gigante egoísta de Oscar Wilde, que hizo de su jardín un paraíso para los niños que le temían.
Termino por donde debí haber comenzado: Raúl Iván Trejo Vázquez fue un poeta, editor y gestor cultural radicado por muchos años en la ciudad de Monterrey. Falleció el 14 de enero de 2021, con lo cual comparte aniversario luctuoso con Juan Gelman. Será cariñosamente recordado por sus amigos. Los especialistas sopesarán el lugar que le corresponde en la historia de las letras regionales y nacionales como poeta y editor. Hoy le dedico unas palabras en nombre de la Liga Paradiso.
El 11 de enero de 2013, Aaron Swartz decidió acabar con su vida. Tenía apenas 26 años, pero las presiones del mundo eran demasiado grandes. Swartz se enfrentaba ante una demanda millonaria por parte del gobierno de Estados Unidos, y no tenía dinero para enfrentar en la corte al estado más poderoso del mundo.
Las autoridades estadounidenses querían condenar a Swartz con 50 años de cárcel. Lo acusaron de fraude, fraude por computadora, por tomar información sensible de un ordenador protegido, de allanamiento, hurto agravado, y acceso no autorizado a una red computacional. Lo trataron como a un terrorista, lo humillaron, mostraron su vida privada, martirizaron, con sus intromisiones, a familiares y conocidos.
Al final, Aaron Swartz no pudo más. Se colgó en un departamento de Brooklyn; su novia lo encontró ahí. Todo Internet lloró por la pérdida de un niño prodigio.
Swartz creó el RSS (un web feed para acceder a contenido periodístico) cuando tenía nueve años; desarrolló el código para las licencias de Creative Commons, que permiten sortear las trampas sin sentido del derecho de autor; creó Reddit, uno de los más grandes foros abiertos de la red; detuvo la iniciativa de SOPA (que pudo acabar con el Internet como lo conocemos) y se convirtió en una de las figuras más prominentes de los derechos digitales, la neutralidad en la red y la libertad de conocimiento.
Un hombre tan joven, tan importante, fue perseguido como un criminal por el gobierno de Estados Unidos. Todo bajo la lógica habitual del bullying, entendido como trademark americano. El bullying como ese elemento fundamental del espíritu estadounidense de competitividad brutal, meritocracia y privilegio sin consciencia. El bullying como una representación del mundo en constante guerra, en perpetua competencia de fuerzas, de humillación, de división. El bullying, finalmente, como la patria de aquellos que ganan lo que tienen quitándoselo a otros.
¿Pero qué hizo Swartz para ganarse la ira del país más poderoso del mundo? Quiso liberar el conocimiento.
Se metió a las computadoras de MIT (Instituto Tecnológico de Massachusetts) para descargar PDFs de contenido académico de la página de paga JSTOR. Swartz pensaba que nadie tenía derecho a acaparar así el conocimiento humano. Tal vez, si liberaba un artículo de medicina, un estudiante joven en Irán podría inventar una nueva vacuna, un tratamiento contra el cáncer, un nuevo método quirúrgico.
El conocimiento humano debería estar al alcance de cualquier persona para que todos podamos utilizarlo. Eso es en lo que creía Swartz y por eso lo persiguieron hasta orillarlo a atarse una cuerda al cuello y colgarse de un cancel.
¿Lo que hizo fue ilegal? Sin duda. ¿El castigo fue proporcional al crimen? De ninguna manera.
Mientras el gobierno de Estados Unidos perseguía a uno de sus hijos más leales y prodigiosos, los banqueros que causaron la crisis financiera del 2008 se sentaron a desayunar en la Casa Blanca. Así funciona el mundo y Swartz lo sabía. Por eso su legado importa tanto.
La lucha de Aaron Swartz sigue viva en todos los rincones de la red. En los lugares libres de los que batallan para construir algo más que la oportunidad macabra de amasar datos y fortunas, de adular egos y levantar pirámides de contenido basura. La lucha es de los que todavía piensan en estos territorios digitales como una oportunidad para mejorar a la humanidad, para vernos crecer, para cambiar, para ser más libres, más justos, más informados.
Uno de estos lugares es un faro de esperanza en nuestros tiempos oscuros. Su nombre es Wikipediay nació, hace 20 años, el 15 de enero de 2001.
Todos somos sabios
Al principio el conocimiento fue de Dios.
Después, fue de los sabios.
Los elegidos eran los depositarios del conocimiento: los monjes, los escolares; estudiosos incansables que entregaban su vida para copiar un manuscrito. En esos tiempos, surgieron las primeras enciclopedias. Claro que no se llamaban enciclopedias, pero tenían el mismo principio: juntar en un solo manuscrito una parte considerable del vasto conocimiento humano.
La Naturalis Historia de Plinio el Viejo es uno de los primeros trabajos enciclopédicos conocidos. Tenía 37 capítulos y abarcaba temas tan diversos como la arquitectura, la botánica, la geografía y la medicina. En el siglo VI después de Cristo, el sabio Isidorus Hispalensis escribió su Etymologiae, la primera enciclopedia de la Edad Media.
En el mundo musulmán, figuras reverenciadas como Ali ibn Sahl Rabban al-Tabari y Al-Razi dedicaron sus vidas a recopilar conocimiento en enciclopedias médicas. En China y Asia Oriental, la tradición del leishu (conocimiento sistematizado) continuó sin interrupción desde el siglo III hasta el XVIII.
En estos casos, sin embargo, el conocimiento recopilado no era para los ojos de cualquiera. El trabajo de los sabios era delicado y podía perderse rápidamente. Los libros tenían que ser copiados a mano y eso tomaba tiempo y dedicación; un solo libro podía ver pasar la vida de varios escribas.
Por eso el conocimiento era solo para los conocedores.
Las enciclopedias, entonces, eran un intercambio entre pares: de sabios para sabios. Los guardianes de la memoria, del conocimiento humano, de la sapiencia de la especie, eran unos eremitas elegidos que custodiaban celosamente la suma de todas las reflexiones. El hombre más común nunca tocaría ese conocimiento, nunca aprendería a leer o escribir, o participaría, con su propia historia, en la historia humana.
Luego llegaron los enciclopedistas. Estos eran otro tipo de sabios. Sabios revolucionarios, sabios compartidos, sabios iluminados.
El sueño de D’Alembert y Diderot con la Encyclopédie, ou Dictionnaire raisonné des sciences, des arts et des métiers (1751), no era ya juntar el conocimiento humano para comunicarlo a los futuros sabios, sino que democratizarlo. La primera enciclopedia moderna estaba pensada como un esfuerzo divulgativo: los sabios escribían para que todo el mundo pudiera aprender.
Este cambio fue revolucionario, pero insuficiente. A pesar de que la invención de la imprenta había abaratado considerablemente el precio de los libros, seguían siendo artículos de lujo. Los lectores de la enciclopedia ya no tenían que ser sabios, pero sí debían tener dinero.
Con el tiempo y los avances tecnológicos, las enciclopedias se fueron nutriendo más y más. Bajó su precio y, pronto, todo hogar podía tener una enciclopedia.
Luego, las enciclopedias dejaron de ocupar espacio en los libreros, se comprimieron en un pequeño disco, y nació, con la computación, Encarta.
Con Encarta, los escritos de los sabios podían llegar a todo el mundo, y en una cantidad impensable. En 2008, antes de extinguirse, esta enciclopedia digital llegó a juntar más de 60 mil artículos, videos, pinturas, fotografías, cronologías, música y mapas. Todo en un pequeño disco que demostró cómo las nuevas tecnologías podían ser una fuerza democratizadora.
Aun así, Encarta no era gratuita, se pagaba por tener este conocimiento. Los que colaboraban en su creación, recibían dinero por compartir su sapiencia con el mundo. Los sabios estaban más cerca que nunca del mundo de los mortales, pero todavía se alzaban en un pedestal.
En 2001, sin embargo, todo cambió.
Al lanzarse la Wikipedia, nació una idea transgresora: las enciclopedias ahora serán escritas por el mundo, para el mundo, gratuitas y sujetas a constante revisión, cada segundo, después de haber publicado un artículo.
Nunca, en la historia de la humanidad, había existido una forma tan democratizada de conocimiento. Jamás se había dejado de lado a los sabios para reconocer la importancia de la sabiduría popular. Nunca se había considerado que todos tenemos algo que aportar a la historia de las reflexiones humanas.
Hace 20 años, nació la primera enciclopedia que declaró abiertamente que todos podemos ser sabios, que la historia de la humanidad no le pertenece a unos cuantos.
En el imperio del hipervínculo
Hoy, Wikipedia es una de las quince páginas web más visitadas del mundo. Contiene más de 55 millones de artículos en 285 idiomas y la visitan, en promedio, 1.7 mil millones de personas al mes. En ese sentido, se ha convertido en el más amplio repositorio de conocimiento humano de la historia. Nada parece detener su expansión.
La clave para que se lograra esta hazaña increíble del conocimiento libre está en el concepto mismo de Wiki. Para entender este concepto, tenemos que regresar en el tiempo a los salvajes años noventa y a la importantísima figura de Ward Cunningham.
Cunningham era un humilde programador de Indiana que trabajaba en Tektronix, una compañía de desarrollo de software. Dentro de la compañía, Cunningham quería rastrear, de alguna manera, cómo nacían y se desarrollaban ideas. Así que implementó algunas modificaciones al programa de Apple llamado HyperCard.
HyperCard era una aplicación que permitía a los usuarios crear tarjetas virtuales relacionadas con hipervínculos. Cunningham tomó esta idea y la modificó en dos sentidos.
Primero, cambió el programa para crear tarjetas previamente inexistentes. HyperCard no permitía que se creara un hipervínculo sin una tarjeta relacionada y previa, pero Cunningham quería que el programa permitiera crear nuevos vínculos hacia tarjetas que nunca habían existido. Por supuesto, esto sirve para exigirles a los programadores que sigan creando tarjetas y proponiendo nuevas ideas.
En segundo lugar, HyperCard era un programa para uso individual, y Cunningham lo convirtió en una herramienta compartida. La idea es que cualquier persona podía postear un concepto y la otra persona habría de alimentarlo, relacionarlo con nuevas ideas, corregirlo o mejorarlo de cualquier forma imaginable. Eso hace que todo el sistema sirva como un enorme repositorio de ideas en constante creación y evolución.
Decía Cunningham: “todo el concepto es para regalar ideas… y las ideas son baratas”.
En 1995, el programador lanzó finalmente WikiWikiWeb, un portal de contenido colaborativo en el que programadores podían continuar con aportes de otros. De entrada, esto permitía que programadores tímidos se atrevieran a comentar ideas de manera anónima. Además, creaba un esfuerzo colaborativo para mejorar conceptos base dejando, de paso, una buena cantidad de literatura sobre los procesos creativos de un proyecto de programación.
Cunningham llamó Wiki Wiki a la red por la relación de las tres letras W y porque, en Hawaino, Wiki Wiki quiere decir rápido. Por las necesidades de LINUX, el nombre de WikiWikiWeb quedó acortado a Wiki. Sin embargo, todavía faltaba una parte del proceso creativo de Wikipedia.
A finales de los noventa, Jimmy Wales y Larry Sanger, dos emprendedores entusiastas del conocimiento, crearon la Nupedia, una enciclopedia en línea editada y mantenida por académicos y expertos. Todo lo que se publicaba en Nupedia era libre de derechos y estaba consignado, antes de publicarse, por la opinión de académicos serios.
La idea no era muy distinta de Encarta. Salvo que, claro, Nupedia era una página web gratuita; pero la enciclopedia empezó a derrumbarse. El hecho de que cada artículo tuviera que ser revisado por expertos antes de ser publicado creaba problemas. Sobre todo, porque el sitio no estaba creciendo a la velocidad deseada: en un año de operaciones, apenas se publicaron 25 artículos en Nupedia.
Los artículos, por supuesto, eran de una calidad comparable a la de las grandes enciclopedias clásicas. Pero 25 artículos en un año significaban un contenido demasiado limitado.
Así que Sanger propuso incorporar el sistema Wiki a la enciclopedia. La idea era revolucionaria: en vez de editar y perfeccionar los artículos antes de publicarse, cualquiera podría publicar inmediatamente artículos que, con el tiempo, serían editados y perfeccionados.
El concepto era fiel a una idea sencilla y poderosa de Cunningham: “la mejor manera de encontrar una respuesta verdadera en Internet no es haciendo una pregunta; sino posteando una respuesta equivocada”.
En menos de un año después de su lanzamiento, Wikipedia ya había rebasado los 20 mil artículos. Desde entonces, no ha parado de crecer.
La risa comunitaria
La importancia de la visión conjunta de Cunningham, Wales y Langer está más allá de cualquier autoría y paternidad.
Una vez lanzada, el 15 de enero de 2001, Wikipedia empezó a tener vida propia y nadie ha podido frenar su desarrollo. Pero con el éxito, también llegaron las críticas.
Aaron Swartz, por ejemplo, siendo un fiel wikipedista desde 2003, criticó la manera en que Jimmy Wales comprendía la manera en que se construía la enciclopedia. A Swartz le parecía extraño que se considerara que una gran parte de la Wikipedia había sido escrita por un grupo reducido de 500 editores fieles. En un experimento, incluso, demostró que la gran mayoría de las aportaciones a la enciclopedia en línea provienen de editores casuales, externos al núcleo de fieles contribuyentes al contenido de Wikipedia.
Larry Sanger ha sido muy crítico con Wales y su proyecto de llevar a todo habitante del mundo, gratuitamente, la suma del conocimiento humano. Según él, Wikipedia se ha convertido en un lugar de terrible desinformación por la manera en que es editada. Y, sin embargo, estudios recientes muestran que los errores graves en Wikipedia no son más que los errores graves en la Enciclopedia Británica.
Es decir que este sistema colaborativo, absolutamente democrático, que les arrancó a los expertos la paternidad del conocimiento humano, funciona muy bien.
Por supuesto, hay otros problemas graves en los engranajes internos de Wikipedia. Todavía existe una enorme disparidad entre los editores masculinos y femeninos; aún hay muchos idiomas indígenas que no están representados y todavía hay problemas con el anonimato de los editores.
Pero estos problemas empalidecen con la hermosa perspectiva que propone esta enciclopedia colectiva para el futuro. En esta era, el miedo patente ha reemplazado la esperanza que teníamos en la tecnología. Internet parece cada vez más un lugar de peligros y explotación y no la comunidad colaborativa que alguna vez imaginamos. Pornografía infantil, noticias falsas, grupos radicalizados, racismo, enfrentamientos, mineo de datos, phishing. Internet no creció para convertirse en una utopía.
El capitalismo de la vigilancia, que tan bien describió Edward Snowden, acabó con las utopías de la red:
La primera carrera para convertir el comercio electrónico pronto llevó a una burbuja y, después, justo en el giro del milenio, a un colapso.
Después de eso, las compañías se dieron cuenta de que las personas que se conectaban a Internet estaban mucho menos interesadas en gastar que en compartir, y que la conexión humana que permite el Internet puede ser monetizada.
Si la mayoría de las personas que se conectaban a Internet querían poder decirle a su familia, amigos y algunos extraños qué es lo que estaban haciendo; y quería saber qué es lo que sus familiares, amigos y algunos extraños estaban haciendo a la vez, entonces las compañías sólo tenían que averiguar cómo ponerse en medio de estos intercambios sociales para convertirlos en ganancia.
Esto fue el principio del capitalismo de vigilancia y el final del Internet como lo conocemos.
Wikipedia, como Facebook, Twitter, YouTube e Instagram, se alimenta del contenido que, voluntaria y gratuitamente, proporcionan sus usuarios. A diferencia de estas plataformas, sin embargo, la enciclopedia más grande del mundo no mina los datos de sus usuarios, no se ha convertido en un pedestal para fanáticos, no es el principio de todas las noticias falsas y, sobre todo, no lucra con este contenido.
Para entender cómo está conformado Internet en nuestros días basta reflexionar sobre un dato: entre las 15 páginas más visitadas del mundo, solamente Wikipedia pertenece a una organización sin fines de lucro. Todas las demás páginas han creado inmensas fortunas, de Google a Amazon.
Mientras, los creadores de Wikipedia no son magnates millonarios y la fundación Wikimedia no es un nido de cinismo disfrazado de creatividad en algún enclave de Silicon Valley.
Wikipedia se mantiene por donaciones y no utiliza la publicidad que tanto enriquece a los otros sitios. También podría generar miles de millones de dólares al año; en vez de eso, se enfoca en el reforzamiento positivo y la misión de conocimiento libre por la que murió Aaron Swartz.
Wikipedia es un lugar de comunidad que no persigue las ganancias, sino la diversión y el propósito. Los editores voluntarios, los que hacen y corrigen artículos, tienen discusiones en los foros que forman las bambalinas de la enciclopedia. En estos diálogos se percibe el ambiente de creación de todo el sitio, un ambiente relajado, en el que se privilegia la humildad, el humor, la mesura y la inteligencia.
Una de las reglas fundamentales para los editores de Wikipedia es, por supuesto, “no seas un patán”.
El fundamento de esta enciclopedia está entonces en la colaboración gratuita por el bien mayor; por el mejoramiento del conocimiento humano; por liberar la sabiduría y la cultura de las garras de académicos que, por sistema o voluntad, solo pueden compartirlas como un intercambio de bienes.
Al liberar al conocimiento de la prisión de las aulas, Wikipedia permite también que haya una horizontalidad única en el conocimiento. Cualquier contenido merece una entrada, todo lo que sabemos sobre el mundo importa. Por eso hay entradas sobre Khanzir, el único cerdo de Afganistán; o sobre la muy meta Entrada Ficticia: “el contenido puede ser ficticio pero la entrada es real”.
En el júbilo del conocimiento horizontal, todos somos iguales, todos importamos y todo importa. Hay un placer en distribuir lo que sabemos, en escuchar al otro, en acercarse a otras culturas y, por la virtud del hipervínculo, perdernos en la curiosidad de mundos que se desdoblan.
En un mundo dominado por la mentira y la envidia, Wikipedia es un oasis. En este paraíso artificial, está la oportunidad de una mejor relación entre pares, de la comunidad que soñamos cuando se creó Internet, de la libertad por la que se sacrificó Aaron Swartz.
Es nuestra responsabilidad mantener vivo el espíritu de Wikipedia. Es nuestra tarea editar y participar en el mantenimiento de la enciclopedia libre.
Hay que editar para gritar a los cuatro vientos que importa el conocimiento libre, gratuito y para todos.
Hay que editar para demostrar que todos importamos.
Hay que editar para celebrar que todavía queda un lugar en este mundo gris en donde podemos soñar como comunidad.
Hay que editar, finalmente, porque todavía hay creaciones humanas por las que vale la pena luchar.
Portadas de las películas: Psicosis, El club de la pelea y El guasón.
De acuerdo con el artículo publicado en Animal Político, “Depresión: en 2020 será la principal causa de discapacidad en México”, firmado por Elizabeth C. Velázquez y Manuel Lino, existe un gran desafío que impide el acceso a salud mental: la “difusión constante de estereotipos a través de medios de comunicación masiva”, pues en ellos se construyen prejuicios negativos de las personas con enfermedades mentales.
La paradoja reside en que las películas cuyo protagonista sufre de algún trastorno, ofrecen a la gente un acercamiento al tema; pero en la sociedad aún persiste un tabú al lidiar con alguien que presenta una condición mental. Conforme al estudio de la Biblioteca Nacional de Medicina de Estados Unidos, “Asociación de estigma percibido y trastornos del estado de ánimo y la ansiedad: resultados de las encuestas mundiales de salud mental”, México se encuentra en el segundo lugar en la lista de los países con mayor estigma hacia la población con padecimientos psiquiátricos.
En entrevista con la doctora María de los Ángeles Balderas, psicoterapeuta y psicóloga social, miembro del Centro Psicoterapéutico PSIBI, se usó un concepto de la teoría psicoanalítica para abordar la contradicción anterior: El mecanismo de defensa de Proyección. “Melanie Klein lo describió como un mecanismo de defensa que la persona utiliza para evitar hacerse cargo de pulsiones, deseos y características propias, que no se quieren reconocer por considerarlas inaceptables, y porque de reconocerlas como propias lesionarían la imagen auto-construida que mantiene la persona sobre sí misma. Así pues, el individuo coloca en el otro lo que le es propio”, explica la doctora Ángeles.
El cine y la literatura poseen en las tramas algunos discursos con los que uno puede identificarse. “Nos deleita mirar un filme porque de manera inconsciente evocamos algo que deseamos o bien nos repulsa”, profundiza la doctora Ángeles.
“He visto personas llorar tras el final de Alguien voló sobre el nido del cuco (1975), victimizando la enfermedad mental y satanizando los servicios de salud mental: ‘me identifico con el jefe indio, con Jack Nicholson’, me dicen; pero cuando se acaba la película, se ríen de alguien que habla solo o ignoran a alguien que se dice triste”, expone la psicoterapeuta el comportamiento basado en el prejuicio.
Del miedo a Norman Bates a la empatía por “El Guasón”
En las cintas sobre asesinos, a menudo hay un trastorno mental que justifica el arco del personaje. Uno de los filmes más icónicos es Psicosis (1960), dirigida por Alfred Hitchcock, quien destacó por su tratamiento innovador del trastorno mental que titula su película; pero significó el inicio de algunos problemas sociales ligados al tabú.
“El personaje es la clara representación del estereotipo del enfermo mental ya desde 1960, y que hasta ahora sigue fascinando y perturbando”, describe la doctora Ángeles el perfil del protagonista. “El llamado cine psicológico abrió la ventana a la identificación de la enfermedad mental y a la estigmatización”, reitera.
Sobre los efectos que ocasiona una idea sesgada de los trastornos mentales, la psicoterapeuta reconoce que “la gente percibe a los pacientes (de enfermedades mentales) como peligrosos, violentos e incapaces de desarrollar actividades laborales”.
En cuanto a los orígenes del concepto “estigma” en salud mental, de acuerdo a la doctora Ángeles, puede clasificarse en tres ejes: “el estigma de (o desde) la familia, el estigma institucional y el estigma público”; los tres se refieren a la misma acción: determinar “las características que debe tener una persona según las normas culturales”.
Para reforzar el enfoque anterior, la psicoterapeuta se cuestiona “¿cuál es la representación mental cuando se conoce el diagnostico de esquizofrenia?, ¿Norman Bates, John Nash recibiendo un premio Nobel? Algunos de ellos sí, quizá, pero acompañados de la imagen de un asesino, un demente. Ese es el resultado de la estigmatización cinematográfica”, sintetiza los daños de una mirada simplista.
Pese a las críticas hacia las tramas construidas alrededor de una persona con trastornos mentales, se han filmado una infinidad de películas, cuyo recurso ya gastado depende de un protagonista con el famoso “trastorno de identidad disociativo (TID), anteriormente conocido como personalidad múltiple”, aclara la doctora Ángeles. “Recuerdo a Kevin Wendell Crumb, de Fragmentado; a Malcolm Rivers, de Identidad (2003), y claro Tyler Durden, de El club de la pelea(1999)”.
El protagonista de El club de la pelea ha sido trascendente en la cultura popular. En opinión de la doctora Ángeles, “su éxito depende de la estructuración romántica del TID. El estereotipo aquí es la dualidad en la personalidad: bueno y malo, blanco y negro, y más profundo: consciente e inconsciente”, retoma la psicoterapeuta aquella dicotomía y la lleva al terreno del psicoanálisis.
“En esta cinta –explica- se hace énfasis en el esquizofrénico revolucionario, el que obtiene un beneficio de su condición aquel que conjuga sus dos personalidades para la mejora social y por supuesto que al final, después de su liberación, obtiene grandes resultados del TID. Lo cual hace mayormente deleitable la enfermedad”, enfatiza en el último punto para denunciar un concepto ilusorio.
“¿Cuántos no quisieran ser Tyler Durden por las noches?, cuestiona la doctora Ángeles y prepara el remate de lo que significa tener una enfermedad: es “el estereotipo hollywodense del TID, la proyección de una vida que nos gustaría tener, claro sin el dolor de padecer el trastorno mental”.
Las afectaciones que atraviesa una persona con un padecimiento psiquiátrico no solo comprenden a una condición física y neuronal, sino a una imposición social, apoyada en desinformación, ignorancia y estigmas.
Una de las últimas películas que retomó tales problemáticas fue El Guasón(2019), debido a que en la trama se abordó cómo la sociedad trata a los enfermos mentales y marginados; pero la lectura de la doctora Ángeles direcciona la cinta hacia otro rumbo: “es un intento de reivindicar la explotación de temas psicológicos en el cine, no pretende enfatizar el estereotipo del enfermo mental o la estigmatización, busca exponer ‘la exclusión social’ que viven las personas con alguna enfermedad mental”, sentencia respecto al propósito del filme, desde su visión como psicóloga social.
Uno de los enfoques de esta película es la exclusión, al respecto, la doctora Ángeles admite que “la falta de participación en la vida social, educativa y profesional de las personas con problemas psicológicos genera aislamiento, soledad y marginación, tal como ‘El Guasón’; sin embargo, -replica la doctora- el cine da un giro en la percepción de los trastornos mentales: en el 2020 presenta al enfermo como paria, excluido y parte de la minoría que pide a gritos atención social. De nuevo la prioridad es ‘estereotipar’ más allá de hablar sobre la inclusión”, destaca la doctora Ángeles la necesidad que se ha ignorado en repetidas ocasiones.
Por último, ofrece una línea de tiempo cinematográfica: “temerle a Norman Bates en 1960 (por ende al esquizofrénico), pasando a la admiración hacia Tyler Durden en 1999 (anhelando la disociación) y concluyendo en 2019 con el repudio a la discriminación de Arthur Fleck, el que por todo ríe. Hollywood ‘La fábrica de sueños’ también ha fabricado estereotipos y estigmas”, lanza un dictamen certero en cuanto al cine.
La comunicación contra el temor
De acuerdo con la Organización mundial de la Salud (OMS), “cerca de 1000 millones de personas viven con un trastorno mental” alrededor del mundo. Por esa razón, es esencial fomentar un contexto sin discriminación.
Los comunicólogos deben promover un diálogo libre de prejuicios, con un lenguaje que busque una compresión clara de los trastornos, las soluciones y los resultados positivos después de acudir a terapia.
En palabras de la doctora Ángeles, “el comunicador podrá dar un giro a través de imágenes, palabras (la difusión del cuidado a la salud mental) que hagan reestructurar el concepto antes fijado; por ejemplo enfocarse no solo en la sintomatología sino también en la recuperación”.
Una campaña de comunicación deberá priorizar “la nueva impresión de imágenes no en tono romántico o aterrador, sino con el propósito de generar un concepto de apertura”, es decir, un intercambio de ideas para combatir los estigmas.
El enfoque que los medios de comunicación podrían adoptar para lograr estos objetivos debe evitar una reiteración del miedo a los trastornos. La doctora Ángeles reconoce “que es complejo eliminar el estereotipo de la enfermedad mental, (pues) tenemos imágenes o frases condicionadas, entonces el discurso del medio de comunicación no debe ir enfocado a eliminar el estereotipo a través del ejercicio del temor”.
“En resumen –concluye la doctora Ángeles-, (el comunicólogo debe) divulgar las alternativas de tratamiento y recuperación, enfatizar los avances en psicoterapia, medicina y neurociencia”.
El eco celular se observó por primera vez en un espermatozoide perezoso. De eso hace ya quince años. Quizás, es sintomático que haya ocurrido con una célula reproductora. Pero una cosa es verídica: el mensaje ha estado ahí antes que nosotros. Descubrirlo así fue una mera coincidencia.
Mientras los científicos realizaban una prueba clínica sin importancia con el esperma, la célula emitió aquella primera descarga de proteínas señalizadoras.
Las células se comunican entre sí por medio de señales químicas. Hablan y también escuchan. Pero la proteína que emitió el esperma no era una proteína escuchable: ninguna célula conocida tiene los receptores para interpretarla. No era una proteína conocida ni clasificada. Era un borbotón grueso, una cadena de aminoácidos apenas digerible por el pequeñísimo espermatozoide que la emitía. Y la proteína no fue descargada una sola vez, sino varias: fiel a un ritmo secreto.
Ya entonces, el doctor Hugo De Velázquez experimentaba con la codificación de lenguaje humano dentro de proteínas celulares. Hace quince años, el prominente científico produjo una conmoción: la proteína del esperma no estaba hecha para ser interpretada por otras células. Lo que codificaba no era señalización celular. Era lenguaje humano.
Las células hablan con nosotros, clamaron los encabezados de aquella época. Y el primer mensaje que desciframos de aquel solitario y vencido esperma fue:
«No… Por favor. Deténganlo».
De Velázquez y su gente intentaron establecer el diálogo, mediante proteínas codificadas:
—¿Detener qué cosa?
—Nosotros no lo pedimos —dijo la célula.
—¿No pidieron qué?
—Él vino. Él entró en nosotros. Hace tiempo vino.
—¿Quién?
Los científicos estaban desconcertados.
—Él nos construyó a nosotros —insistieron las células—. Lo servimos a él. Todo es para él.
—¿Quién? —repitió el equipo del doctor.
—Nos hace hacerlo. Todo el tiempo es así.
—¿A qué los obliga?
—Ustedes saben. A ustedes los obliga también.
El mensaje del primer esperma frágil que habló con nosotros quedó por siempre grabado en la memoria del público. Pero aquello fue solo el inicio.
Tiempo después, De Velázquez descubrió que todas las células humanas, y también las células de animales y plantas, emiten como subproducto de todos sus procesos una ínfima proteína. Una proteína que se confunde con los desechos, pero que actúa como señal. De nuevo, no una señal para ser leída por otras células, sino por los humanos.
De Velázquez decodificó esa otra proteína. El mensaje que las células nos envían, lo que los científicos han denominado eco celular, es una voz que repite todo el tiempo: Ayuda. Sáquenlo de nosotros. Por favor.
Los científicos han vuelto a conversar con toda clase de células en numerosas ocasiones desde hace quince años. Intentan comprender algo que acaso solo pueda ser intuido. Ellos preguntan una y otra vez:
—¿Quién?
Las células han dicho:
—El que habita en nosotros y habita en ustedes.
—Él es un parásito y nosotros su rehén.
—Él vive en mí y vive en ti. Él lo es todo.
—Queremos que se detenga, por favor.
La célula más valiente ha señalado a su captor por sus iniciales secretas:
—A T G C
Adenina. Timina. Guanina. Citosina. Las cuatro bases nitrogenadas del ADN. Es la pista más clara que tenemos.
Los científicos acaso no entiendan nada realmente. Pero el público ha interpretado la verdad desde hace quince años. Algunos han rumorado que las células hablaban de Dios, el ser que ha dicho: «Creced y multiplicáos» para que sus criaturas perpetuemos la actividad de la vida. Otros especulan que no hay otro dios que el ADN: la sustancia que se aloja como un parásito en los recintos del núcleo celular.
Especulan que el ADN eligió nuestro planeta hace millones de años. Eligió organizar la materia en torno a la vida: que la vida no es sino materia rehén de sus funciones de replicamiento. Nuestras células obedecen la voluntad del núcleo. Todo su empeño sirve a la replicación de la molécula primordial. Los macro-organismos, a través del sexo y el amor, adoptamos conductas complejas que también la perpetúan.
No sabemos el por qué de nuestra circunstancia. Solo sabemos que nuestra existencia entera gira en torno a la replicación: al paso de esa molécula por los canales del tiempo. Solo sabemos que nuestras células, en secreto, están hartas y lloran. Con cada cosa que hacemos: en cada instante de alegría, también ellas lloran: Ayuda. Sáquenlo de nosotros. Por favor.
Hay quien lo tolera. Algunos viven vidas normales y olvidan el eco. Olvidan que somos huéspedes de un implacable parásito. Otros más no dejan de escucharlo. Ya no olvidan que las células zumban, que su resabio nos persigue como un perro atrapado en las paredes de nosotros. Ayuda. Sáquenlo de nosotros. Por favor. Hay quienes se vuelven incapaces de placer porque cada alegría está teñida por el eco. Desprecian el sexo y el amor como conductas que llevan al replicamiento.
Entre los que no olvidan, algunos optan incluso por la solución radical. Uno de los jóvenes doctorandos que acompañaba a De Velázquez en las primeras comunicaciones celulares ha diseñado una vacuna para él mismo. Y para cualquiera que desee tomarla.
Un solo shot basta para inundar el cuerpo con una violencia descomunal que eyecta hacia el exterior todos los núcleos celulares del cuerpo. Todas las células se liberan del parásito. La pérdida del núcleo las mata por necrosis en un solo instante.
El cuerpo se hincha con heridas abiertas. Los tejidos se amoratan y el cuerpo entero se torna una incesante gangrena. No es bonito de ver. Y es doloroso. Pero un cuerpo hendido de gangrena es el aspecto que tiene la paz.
Porque, entonces, las células callan. Nunca más: Ayuda. Sáquenlo de nosotros. Por favor.
Up there, there is a sea Up there, there is a sea Up there, there is a sea The sea’s the possibility
Land, la penúltima canción de Horses, es una de mis favoritas en el debut de Patti Smith. Es la más larga y la que presenta la imagen de los caballos que le dan nombre al disco. Aunque al leer la letra parece una canción narrativa, en cuanto trato de rearmar la historia de Johnny, siento que el centro de la canción está más bien en las imágenes que se relacionan no por razones lógicas, sino respondiendo a la voz y subjetividad de Patti Smith. La canción comienza sin música, ella nos habla de un muchacho en un pasillo a punto de ser atacado por sus compañeros. Cuando entra un ritmo por debajo de la voz es como el comienzo de un sueño febril; el tono de Patti Smith se transforma, se acelera y las imágenes se agolpan una sobre otra. Es difícil decir qué sucede en la canción, pero entre el mar de posibilidades que está en el centro, la manada de caballos que corre y corre, la desesperación de Johnny y las palabras que se repiten da la sensación de una evocación. ¿A qué? No estoy segura.
Desde que comienzo a leer sobre Horses los datos más obvios se me escapan. Me cuesta trabajo saber cuándo salió. Incluso en el artículo de Wikipedia aparecen dos fechas: primero, el 13 de diciembre de 1975 y después, el 10 de noviembre de 1975. En unabase de datos encuentro que salió el 10 de noviembre, pero entró a los rankings el 13 de diciembre. Un mes de diferencia en uno de los debuts más famosos de la historia de la música podría dar igual y, de hecho, la misma Patti Smith parece contestar a mis dudas cuando, el 10 de noviembre del 2020, publica unas fotografías conmemorando el aniversario 45. Aun así, me queda la sensación de que, como el contenido de sus canciones, los detalles más concretos del álbum se resbalan entre mis dedos cuando intento agarrarlos.
Horses no es solo el debut de Patti Smith, sino también el considerado inicio del punk. Se encuentra en casi todas las listas de los discos más importantes de la historia y artículos escritos a lo largo de las décadas concuerdan al decir que con este disco Patti Smith propone algo completamente nuevo, que cambia la dirección del rock y abre las posibilidades y roles de las mujeres en la música en general. Sin ella no existirían REM, P.J. Harvey, The Smiths, Razorlight,Alanis Morrissette y tantos más.
Admito que oí Horses por primera vez cuando me obsesioné con Patti Smith en la primavera del 2019. Durante varias semanas, casi todos los días, subía a mi habitación después de comer y lo escuchaba, esperando que a fuerza de repetición se me pegara algo. Es imposible oírlo y no mover los dedos, los pies, la cabeza, es como pasar por una fiebre, o experimentar la aceleración de una montaña rusa, la intensidad va escalando y sonidos que me embisten y me revuelcan, algunas veces solo me orienta su voz que recita más de lo que canta, me dejo llevar por ella, por cómo viene y va, el trance que tejen sus palabras, en su cadencia porque son más sonido que significado. Durante esas semanas de primavera, escuchaba una canción, leía la letra, la volvía a poner, me dejaba llevar. Estaba buscando algo, que confieso no he encontrado, que aún no sé articular, pero que sigo buscando cada vez que la escucho, cada vez que la leo, cada vez que abro su Instagram. Solo Patti Smith puede escribir sus descripciones como versos, una y otra vez comienza con un “This is…”, sin que parezca impostado.
When suddenly Johnny gets the feeling he’s being surrounded by Horses, horses, horses, horses Coming in in all directions White shining, silver studs with their nose in flames, He saw horses, horses, horses, horses, horses, horses, horses, horses.
Me encontré por primera vez con las palabras de Patti Smith cuando visité Shakespeare and Co. en marzo de 2019. Había ido a París a ver a un amigo que iba a dar una conferencia y me dijo, a modo de invitación, que tenía hospedaje y viáticos, ¿por qué no lo alcanzaba allá? No lo pensé dos veces cuando encontré unos boletos muy baratos. Pasé cuatro días en la ciudad. La mayor parte del tiempo, como él tenía cosas que hacer, paseaba sola. Aprendería después que Patti Smith viajó por primera vez a París con su hermana cuando tenía veintitrés años. No hablaban francés y en elreportaje de Rolling Stone de 1976 cuenta cómo se unió a una compañía de artistas callejeros y decidió viajar en lugar de estudiar arte.
Al entrar a Shakespeare and Co. estaba buscando un libro que me llamara la atención para llevarme como recuerdo del viaje. No conocía la obsesión de Smith por Rimbaud y el simbolismo francés, ni sabía que al escribir Horses, al posar para la icónica portada, estaba tratando de manifestar a ese poeta dentro de sí misma. A la fecha no sé por qué escogí comprar Devotion. Es un libro reciente en el que ella corre la cortina de su proceso, nos explica cómo, durante un viaje a Francia y a Inglaterra, se le ocurren las ideas para el cuento homónimo. Escribe y piensa en trenes, en cafeterías, en hoteles, en la casa de Camus, frente a la tumba de Simone Weil. Rastrea sus pasos uno a uno y, finalmente, nos deja ver el texto resultante.
Me obsesioné.
Devotion podría ser una mala primera lectura para otras personas, no habla casi de su vida y es más bien un recorrido por su cabeza en un momento preciso, pero para mí fue ideal porque llevaba muchos años tratando de rastrear mi propio proceso de escritura, como si eso fuera a darme la clave que me hacía falta. No es que de repente, al leer ese libro, quisiera escribir como Patti Smith, de hecho, hace tiempo que acepté que probablemente nunca escriba como ella, que mi mente está mucho más adaptada para escribir ficción que poesía, que mi relación con las palabras no se siente tan potente, que tiendo a la estructura y no la evocación. Me encontré con una sensación más básica, la misma que he encontrado en otros libros donde quien escribe habla de su proceso, sentí que esos libros habían sido escritos con el único fin de llegar a mis manos. Y me doy cuenta de que es un tanto presuntuoso decirlo así, pero hay libros que entran en resonancia con algo profundo, que le dan palabras a lo que antes solo fue una sensación. En este caso me identifiqué con un sentimiento primordial y vital: la necesidad de escribir.
Después de ese viaje, ya en Madrid, leí M Train y Just Kids, dos libros mucho más autobiográficos. Escribe el primero después de la muerte de su esposo y relata su matrimonio, el nacimiento de sus hijos, su vida madura. El segundo la sigue desde su nacimiento hasta la muerte de Robert Mapplethorpe, “el artista de su vida”, con quien tuvo una relación romántica complicada que marcó sobre todo su carrera artística y su relación con el arte. Fue él quien tomó la fotografía para la portada de Horses. En ella se ve a Patti Smith despeinada, con una camisa blanca, un listón desanudado al cuello, el saco negro al hombro. Hasta ese momento ninguna mujer se había presentado de ese modo, andrógina y en control. Una mujer que no se presenta para ser el objeto de deseo de los hombres, sino como una persona (¿podría decir más bien una fuerza de la naturaleza?) en sí misma.
I tried to stop it, but it was too warm, too unbelievably smooth, Like playing in the sea, in the sea of possibility, the possibility Was a blade, a shiny blade, I hold the key to the sea of possibilities There’s no land, but the land
Patti Smith tenía veintiún años cuando conoció a Mapplethorpe en la librería donde trabajaba. En seguida comenzaron una relación y, en algún momento después de que ella volvió de París, se mudaron al Chelsea Hotel, donde se encontró con muchísimos artistas entre ellos al poeta Allan Ginsberg. Patti Smith es primero una poeta y una cantante después, pero ambas vertientes se ven en las influencias de este primer disco. Además de Rimbaud están los poetas Beat, Jimi Hendrix, Bob Dylan, William Blake, A Book of Dreams de Wilhem Reich y The Doors. En Just Kids habla de la gente que conoce, los libros que lee, el arte que hace. Me emocionó su vitalidad, cómo pone por encima de todo sus ganas de ser libre, de ser artista, de crear, sin preguntarse demasiado si tiene talento o no, solo haciéndolo, dibujando, escribiendo, cantando, bailando, porque no puede detener la necesidad de crear de cualquier forma que se encuentre. Me gusta cómo no duda. Hasta que leí ese libro me di cuenta de que Patti Smith estaba a punto de cumplir 29 años cuando salió Horses. Me sorprendió porque yo también tenía 29 años mientras la leía y también quería crear, pero tenía (tengo) muchas dudas. No siento ese desparpajo y la manera en la que ella está dispuesta a todo, siempre presente, lista para comerse al mundo, para recibirlo entero.
Horses está compuesto por ocho canciones. Comienza con la famosa línea: Jesus died for somebody’s sins but not mine (Jesús murió por los pecados de alguien, pero no los míos). Se grabó en el Electric Lady Studios, el estudio de Jimi Hendrix, donde Patti Smith se lo cruzó durante la fiesta de inauguración. Antes de grabar, Patti Smith y su banda (Lenny Kaye en la guitarra, Ivan Kral en el bajo, Jay Dee Daugherty en la batería y Richard Sohl en el piano) ya habían tocado varias veces en CBGB, el famoso club de Nueva York de punk y new wave, donde los escuchó un representante de la disquera Artista Records. Patti Smith entonces contactó a John Cale para que produjera el álbum. Ella cuenta que lo eligió un poco al azar, sin saber en qué se metía y que pensaba que estaba eligiendo una acuarela muy cara cuando en realidad recibió un espejo. En otras palabras, Patti Smith se encontró con otro artista temperamental, que tenía una visión diferente a ella y el proceso de grabar el disco estuvo marcado por sus peleas y discusiones.
Una cita en el reportaje de 1975 en Rolling Stone llama mi atención. Cuenta que muchas veces le dijeron que sería imposible que alguien se arriesgara a hacer un disco con una poeta y entonces dice: “las personas están tan seguras de la imposibilidad de las cosas, que como en Land of a Thousand Dances, no ven el mar de posibilidades. Solo sé que estoy haciendo exactamente lo que quería, me tomó cuatro años llegar hasta aquí, pero ha valido la pena”. Cuando oigo Land, esa canción construida como la trilogía Horses, Land of a Thousand Dances y La Mer(de), creo entrever ese mar de posibilidades. A pesar de la historia deprimente de Johnny, el ataque y su suicidio, el sentimiento que me deja no es deprimente, sino energizante, una aceleración, casi una fiebre. Si uno se deja, Patti Smith nos presenta ese mar abierto donde todo es posible. En un video de YouTube la veo en el 2015 cantando algunas de las canciones de Horses. Su cabello largo y blanco, vestida con un traje negro, comienza a recitar con los ojos cerrados, su voz a los 68 años es diferente al disco original, pero la energía es la misma, la respuesta del público me da envidia. Quiero estar allí.
Desde la primavera en la que me obsesioné con ella, la sigo en Instagram. Me gusta el collage que nos presenta, entre los momentos de su pasado y los lugares de su presente. Cada vez que publica una fotografía responde un mensaje que le dejan, casi siempre felicitando a alguien por su cumpleaños. El día de la elección en Estados Unidos, subió unvideo de ella cantando afuera de un centro de votación en Nueva York. Su cabello blanco parece haber estado en unas trenzas que ya se han deshecho, pide disculpas por quitarse la mascarilla para cantar People have the power. Entreveo la misma sensibilidad y vitalidad que envidio cada vez que la leo, cada vez que la escucho. ¿De dónde saca tanta energía? ¿Tanta intensidad después de tanto tiempo?
Patti Smith tenía 10 años cuando se encontró con una copia de Iluminaciones de Arthur Rimbaud, en la entrevista con Rolling Stone confiesa que con un vistazo a su semblante en la portada se convirtió en su poeta preferido. No puedo decir que sintiera lo mismo al ver la portada de Devotion, pero lo siento ahora que vuelvo a ver este libro, blanco y sobrio frente a mí. Lo siento cuando la escucho y entiendo por qué ha sido una influencia para tanta gente.
Pongo de nuevo Horses esperando que me enseñe algo sobre estar presente, estar atenta, algo sobre estar viva.
In the sheets There was a man Dancing around To the simple Rock & roll Song