Tierra Adentro
"Olaf" de María Magaña
“Olaf” de María Magaña

Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pienso si pedir un trago más o desistir e irme, cuando escucho romperse un vaso de vidrio que se estrella contra uno de los pocos pedazos de vinil que quedan en el piso, esos que alguna vez forraron el suelo del lugar. Casi al instante se escucha un coro de silbidos y después a un hombre gritar: “La siguiente ronda le toca a Olaf por manos torpes”. Tenía muchos años que no escuchaba que llamaran a alguien así.

Cuando yo tenía diez años conocí en mi calle a un niño con el nombre más atípico. Recuerdo que cuando escuché que lo llamaban sentí por primera vez, después de muchos meses, un interés de hablar con alguien, quería saber por qué tenía ese nombre, por qué lo llamarían  Olaf y no José, Roberto, Francisco, Miguel o Jesús. Aquella vez yo había salido a caminar como lo hacía muchas veces, caminaba para escapar del viejo cinturón de cuero, del aliento alcohólico de mi padre pero sobre todo para huir de la angustia que me provocaban los quejidos de mamá cuando él la maltrataba. Escapaba del infierno en que se convertía la casa cuando papá llegaba tomado. Esa tarde, al ir caminando por mi calle, escuché un grito que salía de la última casa “Olaf, recuerda que tienes que regresar a la hora de la cena” mientras un niño de mi edad salía de aquella casa y respondía: “sí mamá”. Me quedé observando a aquel niño que corría hacia otros. Me senté en la esquina entre las jardineras, observaba aquellos niños que se organizaban para jugar futbol. Cuando la noche comenzó a caer, Olaf y los demás niños se fueron, yo seguía sentado entre las jardineras. La tarde siguiente regresé a la esquina de la calle, me senté por unos cuantos minutos y vi salir a Olaf, esta vez no estaba ninguno de sus amigos en la calle y él comenzó a patear el balón  contra la pared. Yo jugaba con uno de los hilos de mi playera, lo jalaba hasta que conseguía un pedazo largo, lo enrollaba y desenrollaba en mis dedos pero no perdía de vista aquel niño. No pasó mucho tiempo antes de que el balón de Olaf cayera junto a mí, corrí a recogerlo y entregárselo. Miré sus manos limpias y mis manos con manchas de mugre, las escondí detrás de mí, creo que él jamás puso atención de mi aspecto y en seguida me invitó a jugar, yo acepté no sin antes preguntar ¿por qué te llamas Olaf, sabes por qué te pusieron ese nombre? Él respondió que no lo sabía, que si me ponía de portero o si se ponía él. A partir de aquel día nos convertimos en compañeros de juegos. Deje de saber de él cuando mi madre y yo huimos del infierno. Jamás lo volví a ver, jamás supe por qué se llamaba así.

Estoy sentado en un pequeño bar, observando mi reloj, esperando. Pensando si pedir un trago más o desistir e irme, escucho romperse un vaso de vidrio pero no es motivo suficiente, estoy a punto de pagar la cuenta cuando la mesera pasa a levantar el desastre de Olaf y sus dos acompañantes. La mesera se inclina, comienza a juntar los vidrios rotos y el borracho Olaf me ha dado el motivo;  desliza su mano hacia dentro de la blusa de la mesera, ella manotea y él se burla. De dos pasos estoy en su mesa, lo tomo de su camisa, lo alzo, sus acompañantes se levantan, mi mano derecha llena de cuarteaduras corre la gabardina para tomar mi revólver y golpear el rostro del gañan con la cacha, los dos amigos del maldito dan un paso atrás. Desahogo mis frustraciones en él. Me he convertido en una bestia como lo era mi padre. La rabia de atestiguar el sufrimiento de una mujer por los abusos de un hombre enciende el fuego en mí. La adrenalina de los golpes trastorna mi razón, siempre he odiado cualquier sustancia que altere mi ser pero la hormona que segrego al golpear a detestables como éste se convirtió en un vicio para mí, aunque no me enorgullece mi cuerpo necesita de ella y un poco del alcohol, desde aquel infierno que le provoqué a mi padre en nuestra antigua casa. Ahora sé que ha sido una desgracia lo que he heredado de aquel miserable.

Después de unos cuantos golpes con la cacha lo miro a la cara y hay un cambio en mi ritual, unas dudas me frenan − ¿sabes qué significa Olaf, sabes por qué te llamaron así?−  él tipo con los pómulos a punto de estallar y un río de sangre en la nariz niega con la cabeza. Lo suelto, me acomodo la gabardina y confieso en voz alta que “odio nuestro nombre, es una condena”. Pongo sobre la mesa el pago por mis dos tragos y salgo, camino por la calle pensando en todos los que nos llamamos así, nadie me llama Olaf desde hace mucho y tenía varios años de no conocer alguien con ese nombre, hasta hoy. Recuerdo que a unos días de huir de mi calcinado padre pude preguntar a mamá sobre el significado de Olaf, ella me dijo: significa legado de los antepasados”.

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