Tierra Adentro
Imagen tomada de Freepik

Ceniza fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso


Obedecía solo a una ley, que era la del más fuerte.
Mary Shelley

 

La mujer se asoma a la puerta para contemplar un nuevo amanecer de ceniza. Se ha cubierto totalmente la piel con tiras de tela, unas gafas de buceador le protegen los ojos y un trapo empapado en agua le cubre la boca. El sol es un disco apagado que apenas se vislumbra entre la nube de ceniza que cubre el cielo. Hace semanas que no abandona la casa y meses que no ve a nadie, excepto cadáveres que están cubiertos por el mismo polvo que los mató.

Entra en casa y termina de prepararse. Se calza sus mejores zapatos, que le quedan un poco grandes: eran del viejo. Cuando se quita el pañuelo para volver a empaparlo en agua, sufre un ataque de tos. Escupe sangre. Casi tan importante como conseguir alimento es encontrar una nueva mascarilla. La suya está rota.

Antes de abandonar la casa, oculta en un agujero del piso los pocos alimentos que le quedan. Después de cerrar la puerta, se agacha para coger un puñado de ceniza y la echa en el picaporte. Si alguien pasa por allí, pensará que la casa lleva mucho tiempo abandonada, como todas en la urbanización.

La mujer pasa delante del cadáver del viejo, sobre el que ya se han acumulado varios centímetros de ceniza. La ciudad comienza a cinco kilómetros de la estación. Calcula que tardará tres horas llegar allí. El camino es empinado. Tal vez duerma en una casa abandonada y regrese a la estación mañana. En la ciudad todavía hay supervivientes, aunque, confía, cada vez menos. Algunos se encerraron en sus casas cuando comenzó todo y allí perecieron, mientras esperaban vanamente que desapareciera la nube de negra. Otros supervivientes se organizaron en bandas que se acabaron disputando la poca comida y el agua que había. Quizás ya hayan muerto todos.

Los campos se han secado y los árboles han perdido las hojas. De vez en cuando se ven animales caídos. Durante un tiempo la mujer trató de alimentarse de los cadáveres de animales, aunque encontraba el sabor repugnante. Entonces conoció al viejo revisor, que le aconsejó que no lo hiciera.

Siente frío, a pesar de que están en agosto. La mujer va marcando sus pasos en la ceniza. El viejo le dijo que la nube acabaría desapareciendo y que todo, poco a poco, volvería a la normalidad. Pero no ocurrió nada de eso. Un día comprendió que no lograría sobrevivir si el viejo seguía comiendo los pocos alimentos que les quedaban. Le encerró en una habitación. Poco antes de morir, el viejo comenzó a delirar: creía oír llover.

La mujer pasa el guante por el cristal de las gafas. Hay que limpiarlas cada poco. Ve un coche junto al arcén. Al parecer han intentado ponerlo en marcha lanzándolo cuesta abajo. Sin éxito, claro. La ceniza también ha acabado con todos los vehículos.

Cuando llega a la altura de la fábrica de gres, decide tomarse un descanso. Se sienta y, teniendo cuidado de dar la espalda al viento, se quita el pañuelo que le cubre la cara para beber un sorbo de agua. Quizás un poco más adelante se eche un caramelo a la boca. En el bar de la estación encontró una caja llena, todo un tesoro. Todavía le quedan más de trescientos.

La fábrica de gres está cerrada. La mujer se pregunta si los desvalijadores la habrán saqueado. Quizás haya algo interesante dentro. Durante un instante le da vueltas a la cabeza. Finalmente, decide seguir con su plan original de ir a la ciudad; no sospecha que acaba de firmar su condena. Reanuda la marcha cuando el pálido sol está en lo alto del cielo.

Pasa por delante del asilo. Lo recorrió unos meses atrás con el viejo. Encontraron medicinas y agua, pero les fue imposible abrir la cámara frigorífica. El viejo le propuso hacer un boquete en la pared, pero ella, que tendría que haber hecho todo el trabajo, adujo que probablemente los alimentos se habrían echado a perder. Ahora tiene una fugaz visión de cajas de frutas y verduras, de carne fresca y pescado. Tal vez la próxima vez siga la idea del viejo.

Un ruido le pone alerta. Ve un coche con la puerta abierta y rápidamente se mete en él. Afortunadamente, no hay dentro ningún cadáver. La mujer trata de contener la respiración. Oye unos pasos y un chirrido. Alguien empuja un carro metálico. La mujer siente los latidos de su corazón. Tiene ganas de toser. El chirrido se detiene. Dos personas hablan. Han debido ver sus huellas. La mujer aferra el cuchillo. Los pasos se acercan.

 


Autores
España. Ha ganado el VIII Premio de Relatos Entrelibros 2005, el XVI Premio para Escritores Noveles de la Diputación Provincial de Jaén 2006, el IV Certamen de Microrrelatos La Risa de Bilbao (2013), el IV Concurso de Microrrelatos La Calle de Todos (2014) y el II Concurso Ávila Me Mata (2015). Ha publicado relatos en los periódicos Ideal y La Razón. Algunos de sus cuentos han sido leídos en los programas La Rosa de los Vientos de Onda Cero, Wonderland de Ràdio 4, El Público de Canal Sur, Érase otra vez de Aragón Radio y La Ventana de la SER.
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