Tierra Adentro
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“¿Cómo se lo explico a mi gato?” fue publicado originalmente en Penumbria: revista fantástica para leer en el ocaso.


 

Mi esposo nos ha abandonado, ¿pero cómo se lo explico a mi gato? Quark mira por la ventana a los zanates revoloteando en el árbol de junto. Ese gato es listo y puede notar que algo anda mal, pero ¿será capaz de entenderlo?

El último dron de carga levanta el restirador de Mario y desaparece por el techo retráctil; sigue en el aire la fila de drones que han desmantelado una parte considerable de esta casa. Las paredes del estudio, ahora vacío, han comenzado a descomponerse. Pronto serán compostadas para que el resto de la casa pueda crecer, si es que eso aún es posible.

Lo que queda de Mario es su gabardina sobre mi silla, algunos libros y una grabación almacenada en mi memoria, porque una conversación de cien horas, dispersa entre varias semanas, no fue suficiente para hacerme entender que nuestras vidas estarían mejor separadas.

Cada que abro su mensaje, una alerta informa que mi supresor de emociones está activado, pues no seré capaz de experimentar el momento por mí misma. Es por eso que está activado el dispositivo.

Me muevo por la casa, abro las ventanas con un pensamiento. Quark mueve las orejas, y llamo su atención encendiendo y apagando la luz en progresión rítmica. Adoptamos al gato cinco años antes del accidente. Ahora, más de un año después de ese día, siento que ha transcurrido una eternidad.

¿Pudo Quark anticipar la partida de Mario? Incluso antes que yo notara los pequeños cambios en su rutina, la distribución sesgada de sus pasos sobre el piso, la probabilidad condicional de sus afectos, la desviación estándar de sus “te amo”. Las señales antes que me dijera que no veía un futuro conmigo.

Un avión pasa sobre la casa, siento disminuir la luz sobre los paneles solares del tejado. El tronido de las turbinas aumenta hasta forzarme a apagar mis ojos y mis oídos. Las puertas se abren con fuerza, pero nadie entra.

Tal vez nunca fue buena idea controlar una casa con el cerebro de una mujer muerta, aun si los filtros recortan las filosas deltas de mis miedos, aunque diga: “lo siento”, cada vez que asusto a las visitas.

Pero Quark no teme. Con los ojos cerrados, estira su cuerpo bajo un intenso rayo de sol; el contorno de su pelaje es un muro de fuego.

Una alerta aparece en mi campo virtual de visión: “El supresor de emociones está activado. Si desea percibir el rango normal de emociones, elija desactivar para una mejor experiencia”.

Sin notarlo, reproduzco el mensaje de Mario. Su rostro y torso aparecen torpemente. Puedo ver que está sentado en mi silla, por lo incómodo que parece.

—No sé cómo empezar esto —dice Mario—. Me ha atormentado tanto tiempo y creo que llegó el momento de partir. —Pasa una mano por su rostro, de pronto parece diez años más viejo—. Desde el accidente, las cosas han sido confusas, más para ti que para mí. Los doctores y técnicos nos mostraron esta opción, y tú elegiste tomarla. Sabíamos que no sería lo mismo, que no serías la misma persona. —Mario desvía la mirada, conteniendo el llanto. Quark salta en su regazo, y él sonríe con tristeza mientras lo acaricia—. Hablo ahora porque te encuentras dormida, en un ciclo que has adoptado aunque no cumpla ya una función orgánica en ti.

Dormir es una forma de mostrarle cuánto me importa: no permanecer consciente. El resto del tiempo divido la frecuencia de mi reloj para percibir un mundo más cercano al suyo.

En el video, Mario calla, mira al techo en busca de signos que delaten mi vigilia. Recorre con los ojos la que fuera mi habitación, donde se apilan las placas en criogenia con las rebanadas de mi cerebro, mi espina y parte de mis intestinos.

En mi campo visual externo, noto que Quark ha saltado sobre mi silla, frota su cabeza contra la gabardina de Mario. He olvidado alimentarlo. El despachador automático echa un puñado de croquetas, y Quark camina hacia su plato. El alimento y el agua no serán problema para Quark. El problema, a pesar de mis atenciones, será su soledad y su falta de entendimiento de la ausencia.

—Todo ha sido tan distinto —continúa Mario— que nuestras conversaciones parecen un intento de contacto entre diferentes especies.

Lo que sigue de la grabación lo he visto más de quince mil veces en la última hora estándar. Mario se levanta, besa en la frente a Quark y deja su gabardina sobre la silla, donde yo solía sentarme cuando aún tenía un cuerpo. Se despide de mí con una sonrisa que me recuerda al Mario que me acompañó los últimos días de mi borrosa existencia pasada.

Quark termina de comer y mira a su alrededor, notando mi presencia entre la fibra óptica y los repetidores. Activo su ratón de juguete y lo hago dar vueltas por el comedor. Veo sus pupilas dilatadas a la espera del siguiente movimiento súbito.

A veces puedes saber si hubo una separación por la cantidad de tráfico aéreo sobre las casas. Pero la mayoría de las separaciones toman tiempo, subliman los techos y agrietan las paredes, y todo lo que experimentas es una ligera y constante incomodidad.

Parte de mi cerebro reside en la nube, otra parte está dispersa entre cientos de microcontroladores. Sin embargo, sigo siendo humana. Lo extrañaré.

“Ha desactivado el supresor de emociones. Si experimenta molestias, seleccione la opción deseada en el menú”. Ignoro el mensaje y abrazo a Quark con todo mi ser.

Las paredes y ventanas crecen. Y aunque una parte de mí se ha marchado para siempre, mi casa es más grande ahora de lo que era antes de conocerlo.

Sé que estaremos bien, aun en su ausencia.

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