Tierra Adentro

 

Quizás sea la Plaza Santa Cecilia; quizás los fantasmas de Tin Tan afuera del Tenampa o la canción de José Alfredo estén en esta noche de un lunes que quiere despertar ya como martes; quizás sea sólo una historia como tantas que se anidan en la colonia Guerrero de la Ciudad de México en donde un guerrero y su estirpe caminaron a mediados del siglo pasado y escucharon a los mariachis que estoicos siempre esperan a que la ciudad termine de hundirse; quizás sea un escenario que se ha repetido desde la fundación de esta plaza renombrada en honor a quien blandió su espada para reunificar Italia: quizás sea sólo un pretexto, pero tres perros noctívagos buscan una guitarra bienhechora que amaine la furia de la amante olvidada por certeros tiros entre pecho y espalda. Entre el frío de las once de la noche de un noviembre como tantos, los tres desbalagados mosqueteros encuentran una silueta enjuta en un pequeño banco de madera; las manos artríticas se esconden en mitones deshilachados que abrasan un requinto y con voz cansada espeta: “¿con cuál nos vamos, m’ijito?

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El onanismo siempre termina en fuego: arden las yemas y arden las falanges, también arde el instrumento junto a las imágenes que se agolpan en los ojos: recuerdos, fantasías o el fetiche más certero que como yesca —en ocasiones, sólo pavesa— se apaga entre la respiración entrecortada. La cadera danza frenéticamente mientras las manos se juntan debajo de ella y estrechan un bote de gasolina cuyo chorro se disemina entre las seis cuerdas que minutos antes plugaban notas imposiblemente agudas: su resistencia estaba ya calada por los dedos largos que las hicieron chillar durante cuarenta minutos. Era 1967 y era Monterey, California. En ese escenario de hace cincuenta y tres años desfilaron Grateful Dead, Eric Burdon and the Animals, Otis Redding —a quien le faltaran algunos meses para ser parte del club de los veintisiete— y quien sería una de las voces más dolorosamente reconocibles y, ella sí, parte de tan infausto ateneo: Janis Joplin, “la Bruja Cósmica”, aunque siendo parte de Big Brother and the Holding Company. Y por si faltaran nombres para hacer del festival que preludió Woodstock todavía más estrambótico también estaba el de Ravi Shankar, el bengalí al que se le debe la melancólica cítara de George Harrison en Norwegian Wood. (El “Concierto para Bangladesh”, de 1971, en el Madison Square Garden, de Nueva York, organizado por Shankar y Harrison, fue el primer concierto a beneficencia de gran magnitud: entre los músicos que participaron se cuentan a Eric Clapton, Bob Dylan, The Animals y Billy Preston). También se presentó en Monterey un novel y salvaje grupo que cargaba en la base rítmica a Keith Moon por recomendación de un tal Paul McCartney, quien también había recomendado para el Monterey Pop Festival a un guitarrista desaliñado, que con pantalones rojos, chaleco negro con ribetes en blanco y una camisa amarilla con olanes terminaría por destrozar su Stratocaster, incendiada merced a breves soles que algunos llaman cerillos, frente a miles de atónitos ojos.

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En el taxi, en el camino de Garibaldi a la colonia Portales, el artrítico guitarrista cuenta su historia: “M’ijito —y con ese apelativo nombra a cada uno de los tres que siguieron la palabra de Baudelaire—, hace muchos, muchos años, yo estaba al frente de la Orquesta Santa Verónica, con los que me presentaba, un día sí y el otro también, en los mejores lugares de la Ciudad. Eso era cuando la música estaba por encima de todo. Y un día llegó un pocho que me dijo ‘necesitamos una primera voz, y que sepa tocar bien la guitarra, vente a grabar con nosotros a Nueva York’. Y la verdad, m’ijito, pues ya tenía yo suficiente trabajo y lana, mucha lana, con mi Orquesta. ¿Qué le iba yo a hacer caso a unos pinches pochos que tocaban, según ellos, boleritos. Los mandé por allá y me quedé con mi orquesta. No sabía que veinte años después nos iban a cerrar todo, que nos iban a poner toque de queda, y que mi orquesta se iría a chiflar a la loma. Luego supe el nombre del grupo del pocho y que grababan con Javier Solís y con la Gormé. Y salían harto en la tele y en la radio. Ni modo. Ahora me tocó estar aquí. ¿Entonces con cuál empezamos?”

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Antes de que las cuerdas crepitaran por la combustión, tuvieron que servir lo mismo a Little Richard (o como se le conocía en México en esos años: el Pequeño Ricardito) que a muchos de tantos grupos olvidados por la historia de la música, injustamente. Los Isley Brothers, grupo conformado por los hermanos O’Kelly, Rudolph y Ronald, y que comenzaron en 1954, escribieron una canción que quizás sea recordada por los nostálgicos y los fanáticos de The Beatles: Shout!. Estos mismos hermanos tuvieron la desfortuna de grabar, un año antes que el Cuarteto de Liverpool, Twist & shout, ¿por qué desfortuna?, porque las voces desgañitadas de Lennon opacarían cualquier intento posterior y anterior de gritar un himno. La historia no siempre es justa, los Isley Brothers, después de verse derrotados, grabarían, en 1964, Testify, con el guitarrista que tres años después, en el primer espectáculo masivo, destrozaría una guitarra. En ese entonces, nuestro verdadero protagonista era un músico de estudio, quizás un “huesero”, tal vez —y para decirlo de modo elegante— un galeote de las circunstancias.

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El guitarrista artrítico cuenta que le gusta el vodka, pero que puede beber lo que le den. Sus setenta años que pueden ser ochenta o quizás menos saben su oficio. Uno de los tres charros que están atados al potro del alcohol —y que es quien debe calmar las ansias del reclamo marital— le responde: “¡Un músico siempre es bienvenido! Lo que usted quiera, Maestro”. Y pone una botella de Absolut Azul frente al que, ahora, es conocido como M’ijito, por el modo de nombrar a todos. M’ijito toma un trago de vodka con refresco de limón, toma su requinto y lo afina como si le contara secretos a la boca y al puente de la guitarra hechos de palo escrito. Comienza la serenata. Un bolero tras otro trago, y un trago más mientras que el acorde en fe menor trata de acomodarse entre las notas de una canción compartida.     Sus dedos rotos por el tiempo guardan todavía un as bajo el traste, y en esos requintos de canciones interpretadas por un pocho que se hicieron canon, todavía puede, a sus incontables años, ponerle jiribilla. Se ríe, con varios dientes de menos, pero con la sonrisa de una músico que sabe que ha encontrado el modo perfecto de interpretar una canción: “Todavía puedo, M’ijito”.

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Raleigh Snipes es de aquellos que la historia ha olvidado. Lo conocían como “Butch”. Y en la memoria del mundo que es la red de redes habrá, quizás, un par de fotos. Era miembro del grupo de Lee Parker, Lee Parker and the Sharps, y se dice y se cuenta y se rumora —como toda leyenda— que antes de que nuestro héroe prendiera la Stratocaster en fuego en el citado 1967, aprendió de Butch a tocar con los dientes la guitarra, y detrás de la espalda, y que el funambulismo fuera parte del acto musical. Se cuenta que si los bateristas hacen malabares con las baquetas es porque en un principio, con el jazz naciente, había “blancos” que tocaban igual que ellos, por lo que Art Blakey y Max Roach —por citar sólo a dos— tenían que hacer milagros con su instrumento. Nuestro verdadero protagonista aprendió de Snipes a tocar con los dientes y a obligar a los amplificadores a reventarse para su placer exclusivo. Era el único modo de sobrevivir: para ejemplo Robert Johnson y Sam Cooke que cantaban en lugares en donde no les estaba permitido sentarse. Sobrevivir a los bares de los Estados Unidos a principios de los sesenta era un modo de resistir. Él tuvo dos opciones: la cárcel o el ejército; del segundo lo expulsaron, de la primera nunca tuvo razón. James Marshall murió el 18 de septiembre de 1970. Hizo tres discos. En cada uno de ellos dejó el mundo entero entre distorsiones, wah-wah y octavadores; en cuatro años cambió la música. El mismo en el que siempre se busca un responso, un último acorde que nos haga descansar.

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M’jito regresa a la Plaza, ya no es lo mismo. El tiempo se pierde entre serenatas y esta ciudad se ha acabado. Ya no se hunde, está perdida. Sus músicos todavía resisten;  quizás todavía creen que una nota se quedará en la memoria de un transeúnte.

 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Gravity’s Rainbow (El arco iris de gravedad, 1973) es una novela de más de novecientas páginas que empieza con alguien cultivando plátanos en una azotea. Pronto, empieza un bombardeo. Es la Segunda Guerra Mundial y el universo está desquiciado.

 

El autor de esta prodigiosa novela encuentra, en los años finales de la guerra, una excusa perfecta para crear una forma de escritura. Entre anécdotas cada vez más delirantes y un sentido del humor retorcido, creó un universo único de literatura paranoica, enciclopédica, llena de referencias, reenvíos, intertextos y comentarios espinosos sobre la contemporaneidad americana. Pero no hablemos al vacío. Mejor, empecemos esta guía con una anécdota sin sentido.

 

En la parte norte de la península de Peenemünde, una cálida tarde de verano, en 1945, un pequeño barco de traficantes se apea al puerto. En la cubierta, bajo una lona, después de haber descubierto una caja de vodka, unos simios cirqueros  se embriagan como marineros cosacos. También hay un grupo de bailarinas de cabaret tropezando con enormes tacones en vistosos vestidos de plumas que apenas cubren su piel desnuda, blanca, y llena de brillantina.

 

De pronto, estalla la confusión. Los soldados rusos que custodian la base aérea recién conquistada de la Luftwaffe en Peenemünde, intentan abordar el barco. Un chimpancé ebrio vomita sobre la cubierta. Los otros chimpancés empiezan a imitarlo.

 

Uno de ellos, particularmente hábil para hacer impresiones de Hitler, se agarra a golpes con la conductora del barco. No se puede saber a ciencia cierta quién va ganando.

 

Entre botellas de vodka vacías y el vomito amarillento de los simios, las bailarinas de cabaret se resbalan y tropiezan haciendo una extraña danza con los soldados y las kalashnikovs que se agitan en el aire.

 

Ahora los chimpancés quieren pelear. Algunos siguen vomitando.

 

Un espectador observa la escena, todavía indeciso sobre cuál es la mejor forma de salirse de esta locura. Es un hombre extraño, vestido con un frac encogido, al que todos llaman Rocketman. Fickt nicht mit dem Raketenmensch (“no te metas con el hombre cohete”), es un dicho conocido por algunos en la zona ocupada de Alemania.

 

Rocketman en realidad es Tyrone Slothrop, un peculiar teniente norteamericano quien, en Londres, había descubierto que tenía erecciones y fuertes impulsos sexuales en el lugar preciso en el que caían los cohetes V-2 durante los bombardeos. Su pene, pues, predecía la muerte que caía del cielo.

 

Sujeto de experimentos pavlovianos sumamente importantes para adivinar la caída de cohetes nazis, Slothrop también llegó a ser conocido como Plechazunga, el héroe-cerdo, por su breve paso entre ritos folclóricos alemanes.

 

En algún momento, no pregunten cómo, fue un desertor ruso.

 

Algunos dicen que está loco o que es un perverso olvidable. Otros opinan que no es más que un espejismo de posguerra; una extraña imagen fragmentada que representa a todos los idiotas perdidos en este mundo desgarrado. O a ninguno.

 

En medio del caos de chimpancés, vómito, vodka, coristas y soldados soviéticos, Slothrop es la figura central de una novela que lo pone, sistemáticamente, en situaciones tan desesperadas y delirantes como esta.

 

Gravity’s Rainbow fue publicada por Thomas Pynchon en 1973 y, a pesar del enorme interés que despierta, en este escrito no vamos a hablar de su autor.

 

No hablaremos del pequeño estudio casi monástico en el que escribió la novela, ni del pequeño modelo de madera de un cohete V-2 que tenía junto a su escritorio; de cómo nadie conoce su aspecto, cómo huye de las fotografías o de cómo no ha hecho ninguna aparición pública en décadas. No vamos a hablar tampoco de la importancia de la autoría para la industria literaria o de cómo uno de los más geniales escritores del siglo XXI nunca va a ser reconocido. Después de todo, la fama castiga a los que odian los reflectores.

 

No vamos a discutir nada de eso. Hablar del aislamiento de Pynchon es el lugar común fácil al que siempre desembocan los escritos sobre Gravity’s Rainbow.

 

Todos parecen decir lo mismo con causalidades diferentes: “¡Claro! Creó una locura sobre cohetes nazis, erecciones y sadomasoquismo porque le gustaban las nalgadas y peleó en la Segunda Guerra Mundial.” Ya saben, tonterías del estilo.

 

Muchos buscan al escritor para ver si encuentran algo que les ayude descifrar lo escrito. A través del deseo del autor, de su vida y de sus andanzas, muchos buscan algo que le dé coherencia a las 400 mil palabras de una novela convulsa, críptica e inaccesible.

 

Pero nada nunca es tan fácil.

 

Por mi parte, prefiero intentar otro camino. Gravity’s Rainbow ha sido descrito como una “novela inaccesible”, “impermeable”, “una novela-enigma”, “novela-rompecabezas” o “novela imposible”. La idea se entiende, claro.

 

Gravity ‘s Rainbow no es un libro fácil. Está lleno de referencias, juegos de lenguaje tan sofisticados que, sin que lo sepamos, citan frases específicas del Leviathan de Hobbes, canciones populares de los años 30 o sonetos olvidados de Rilke; es una novela que se entreteje entre flujos de conciencia imprevistos, delirios de drogas y paranoia en prosa; un misterio que, finalmente, ha sido interpretado desde toda clase de ángulos como una lectura mística;una clave de tarot, zodiacal, rosacruz, cabalística o masónica; como una alegoría o una parábola con muchas parábolas.

 

Y sí, la lectura de Gravity’s Rainbow puede ser un reto. Pero leer siempre lo es. Fácil, difícil, comprensible o incomprensible: eso es relativo, como también es relativo el placer que todos sacamos de nuestras experiencias de lectura. Por eso es particularmente terrible ver el aura de miedo que crece, históricamente, alrededor de una novela.

 

Hay novelas que tienen tal reputación de complejidad que ya nadie quiere acercarse a ellas. Están arruinadas por la inevitable mancilla de lo difícil.

 

Esa reputación, por supuesto, no nace de cualquier parte. Las novelas prohibidas por su complejidad surgen de traumas académicos identificables. La idea central es esta: hay cosas que no son para todo el mundo, hay libros para iniciados; para aquellos que han visto la luz de la academia, que han pagado el castigo de aprender para llegar a una comprensión alta de la literatura, de la fineza de la intertextualidad, de la bendición de las letras.

 

Es una idea que sirve para preservar el frágil poder discursivo de quienes temen que la literatura sea para todos. Si la literatura es de todos, ellos ya no tienen lugar acaparándola en las aulas.

 

En pleno siglo XXI, hay profesores de literatura que explican a sus alumnos por qué no pueden leer ciertas novelas.En vez de despertar su curiosidad, les dicen que no están preparados para ellas. Profesores que se niegan a invitar a leer a Proust, a Joyce, a David Foster Wallace o a Thomas Pynchon. Profesores de mediocre entusiasmo y ridículo miedo, claro está.

 

La primera vez que leí a Henry Miller me pareció algo grotesco y espantoso. Tenía 12 años y no podía creer que un escrito mostrara más calentura que mi cerebro adolescente. 15 años más tarde, me volví a encontrar con Tropic of Cancer y me pareció una absoluta revelación. Hay momentos para leer ciertas novelas y hay ciertas novelas que nunca van a encontrarnos en la coincidencia temporal de nuestros deseos. Pero eso no le da derecho a nadie de juzgar por otros lo que pueden o no leer.

 

Odio la censura, venga ésta de prejuicios académicos o de un estado con impulsos autoritarios. Por eso, quiero hacer una invitación para los que todavía temen acercarse a Gravity’s Rainbow: si alguna vez te intrigó esta novela, si disfrutaste antes escritos más accesibles de Pynchon como Inherent Vice (vaya novela divertida) o The Crying of Lot 49 (vaya novela más corta); si compraste este libro en algún impulso y se quedó arrumbado en la esquina de un librero viéndote feo mientras duermes, entonces este catálogo de curiosidades es para ti. Si nunca te has acercado a la novela, también es para ti. Si ya la leíste y quieres revivir algunas de sus locuras, entonces eres parte de un complot internacional para fomentar la lectura perpetua de Gravity’s Rainbow y te saludo, tovarish.

 

No quiero hacer una interpretación literaria, una sesuda crítica o un comentario general: frente a la complejidad de esta novela todo terminaría siendo largo, oscuro y alienante. Prefiero mejor utilizar la idea de escribir una “guía” (menos en el sentido primero de “dirigir” y más en el sentido segundo de “encaminar”).

 

Este escrito es un amasijo discontinuo de ideas y conceptos alrededor de la obra maestra de Pynchon. Todos estos apartados forman una propuesta de curiosidades en torno a la novela. Algunas son curiosidades históricas, algunos son puntos importantes de la trama o pequeños datos sobre personajes. Otros, finalmente, son delirios literarios e interpretaciones personales.

 

Una guía puede ser, etimológicamente, muchas cosas: el final retorcido de los bigotes, el soldado que alinea las tropas, la parte superior de las coníferas o los postes que se colocan en un camino nevado para indicar una ruta. Quiero que esta guía sea así, que encamine curiosidades, que proponga locuras compartidas, que invite, al menos a una persona, a leer este maravilloso libro mientras se retuerce los bigotes o sueña con coníferas y paisajes nevados.

 

¿Qué más puedo decir?

 

Si con este escrito logro que alguien sienta curiosidad por Gravity’s Rainbow vencí un poco a los que acaparan la literatura y cumplí mi parte en el complot internacional pyncheano de las letras paranoicas.

 

Afortunadamente, tovarish, estamos aquí porque ninguno de nosotros cree en eso del sano juicio.

 

Brennschluss

 

Un cohete, se podría decir, tiene dos vidas.

 

La primera, hija de la propulsión y la combustión, nace como una afrenta activa. El cohete penetra en el cielo con la violencia de poderosos motores, desafiando las leyes de la física que nos mantienen a nosotros, simples mortales, pegados al piso. Se eleva con todo el peso de un globo terráqueo encima, perfora la atmósfera, sigue subiendo hasta llegar a alturas inalcanzables para el hombre.

 

En el caso del cohete A-4 (o V-2 en la terminología vengativa de Hitler), la elevación supera los 80 kilómetros.

 

La segunda, hija de la gravedad, nace de una necesidad pasiva. Una vez que sus motores se apagan, el cohete comienza a caer a la tierra. Esta trayectoria balística ya no depende de nadie. Nadie está controlando al cohete, nadie lo está dirigiendo.

 

En esta etapa, el cohete es y no es libre. Fuera de cualquier tipo de dirección o de agencia humana, por primera vez, el cohete existe solo, único. Pero, al liberarse, cae en otras redes, guiado por fuerzas con las que no se pueden negociar, presa de la inevitable gravedad.

 

Entre estos dos momentos está el Brennschluss.

 

Esta palabra tan importante en ingeniería de cohetes, significa “fin de la combustión”. Es un momento programado, único, en el que el cohete se transforma en un misil balístico. El Brennchluss ocurre en el momento cúspide del vuelo, en el punto más alto de la parábola que traza el cohete en su trayectoria hacia el cielo y de regreso; el momento de la suspensión y el silencio antes de la destrucción. Un punto angelical inalcanzable para el hombre.

 

“El vehículo en movimiento se congela, en el espacio, para convertirse en arquitectura, sin tiempo. Nunca fue lanzado. Nunca caerá.”, escribe Pynchon.

 

Al regresar a la tierra, los cohetes V-2 alcanzaban tal velocidad que rompían la barrera del sonido. Esto quería decir, en cuestiones puramente prácticas, que, como sucede con los rayos, el cohete cae primero y el estruendo se escucha después.

 

Si por alguna mala fortuna, estuvieras paseando por una calle en Londres o Lieja justo en el momento y lugar de un impacto de V-2, estarías muerto antes de escuchar la explosión. No hay advertencia, no hay alarmas, no hay nada.

 

Herero

 

Los primeros cargamentos de cabezas cercenadas, pertenecientes a hombre de las tribus Herero y Nam, llegaron a principios de siglo; sobraban en el sudoeste de África y resultaron muy útiles, claro, para los estudios de frenología y para demostrar científicamente la superioridad racial alemana. El racismo, es bueno recordarlo, no lo inventaron los fascistas.

 

Entre 1904 y 1908, cerca de 100 mil hereros fueron asesinados después de rebelarse contra los colonizadores alemanes. También murieron 20 mil Namas y 10 mil personas de la tribu San.

 

Durante la rebelión de los Hereros, el general Lothar von Trotha tomó una decisión final y buscó eliminar sistemáticamente a todos los hombres de la etnia. Los persiguió y los cazó, los esclavizó en campos de concentración y los dejó morir de sed e inanición en el desierto. Medio siglo más tarde, estas prácticas coloniales regresaron con la Shoah.

 

Los alemanes tardaron más de un siglo en aceptar que las atrocidades que cometieron en el sur de África fueron también un genocidio.

 

Pynchon pareció obsesionarse por el asunto.

 

Desde su primera novela V (1963) hasta Gravity’s Rainbow, la rebelión de los hereros vive entre sus letras.

 

En Gravity’s Rainbow, encontramos a Enzian, el líder del Schwarzkommando, un grupo de Hereros que, cuarenta años después de la masacre de su tribu, busca el suicidio tribal en Alemania.

 

Los hereros de la zona ocupada después de la Segunda Guerra Mundial buscan la muerte tribal para oponerse a la muerte cristiana que les quisieron dar, con culpa y piedad, los alemanes colonizadores. Frente a los horrores del genocidio quieren exterminarse ellos mismos, cuarenta años después, en medio de la derrota de Alemania.

 

Enzian, un niño abandonado durante el genocidio fue recogido por un joven soldado alemán del cuál se volvió hijo, amante y aprendiz. El joven soldado se llamaba Weissman y luego será conocido como el Capitán Blicero (su nombre significa muerte).

 

La relación sexual de Enzian y Blicero los unirá, durante la Segunda Guerra Mundial, en una meta común: el lanzamiento de un cohete. Blicero quiere cargar un cohete con un contenido especial, con un deseo sexual, sadomasoquista y único. Enzian cree que si logra reproducir el lanzamiento del cohete sexual de Blicero podrá encontrar el cero absoluto, un punto de inflexión, algo irrepetible.

 

Es una búsqueda de sentido o de pérdida de sentido en el camino a la extinción. Una búsqueda que puede parecer incomprensible y que por eso importa.

 

El cohete y su reproducción es parte de esta búsqueda, un gesto absolutamente irrepetible, tender hacia una idea y luego dejarse llevar por la gravedad del acto hasta que, después de un viaje balístico, con una velocidad incalculable, en silencio solitario, todo se acabe.

 

En la historia de los hereros de Gravity’s Rainbow hay una extraña coincidencia. Supongo que se podría decir que es una relación paranoica.

 

Los miembros del servicio de inteligencia inglesa, sin saber que existía un comando negro en Alemania tras el sueño del cohete, trataron de implantar, para la humillación psicológica del Reich, un falso Schwartzkommando.

 

Los ingleses crearon, entonces, tres minutos de película que mostraban, con toda apariencia de autenticidad, a soldados negros vestidos con uniformes de la Wehrmacht. Con mucha minuciosidad, plantaron estos trozos de película en un sitio de lanzamiento de cohetes tomado por la resistencia en Holanda. Querían que pareciera auténtico para desmoralizar a las tropas alemanas: ¿Cómo era posible que el Tercer Reich diera lugar a negros en el ejército?

 

El plan era totalmente demente, claro. Sobre todo si consideramos que la inteligencia británica tenía tan pocos efectivos negros al alcance que decidieron pintar las caras de analistas blancos. Blackface y la fuerza del cine contra el Reich.

 

Cuando los espías británicos se enteran de la presencia de un real Schwartzkommado en la zona ocupada, algunos años después, la pregunta paranoica que empieza a rondar entre ellos es devastadora.

 

¿Acaso, con esta película, los ingleses crearon, a través de una extraña y poderosa magia fílmica, al comando negro del cohete?

 

¿Nació antes el deseo o su realidad?

 

El pequeño Werner

 

En 1924, en una calle poco concurrida en Berlín, un niño de 12 años hacía experimentos.

 

El niño se llamaba Werner y quería ver qué pasaba al amarrar media docena de cohetes explosivos a un carrito.

 

No era un experimento nuevo, claro. Sin que ese pequeño lo supiera, cuatrocientos años antes un oficial chino llamado Wan Hu había intentado algo similar. Ese excéntrico oficial que, ahora, se reconoce como el primer astronauta de la historia, se amarró a una silla con decenas de poderosos cohetes y pidió que sus subalternos los encendieran. Nunca más se supo de él.

 

Wan Hu desapareció entre nubes de olor a pólvora. Su historia sigue siendo parte del folklore aeronáutico. Y Werner soñó, ese día, en llegar a la luna.

 

Werner, más inteligente o menos valiente que Wan Hu, no se subió al carrito.

 

En vez de eso, se limitó a prender los cohetes y vivir, como observador, el fuego caótico.

 

Sucedió, por supuesto, una conmoción: el carrito salió disparado con una enorme estela de fuego diseminando caos en las calles de Berlín. Llegó la policía y el pequeño Werner acabó en prisión.

 

Tras las rejas, Werner soñaba con ir al espacio.

 

Años después, cumpliendo el sueño imposible de Wan Hu, el pequeño Werner diseñó el cohete que, en 1969, llevó al primer hombre a la luna.

 

Todo, por supuesto, porque el pequeño Werner nunca abandonó sus sueños.

 

Nada pudo interponerse entre Werner y la luna: ni el partido nazi, al que fue admitido con gusto, ni la SS, con la que se condecoró, ni el hecho de quedarse sin trabajadores para fabricar la línea de cohetes Aggregat.

 

Cuando la fuerza laboral menguó, el pequeño Werner tuvo la fortuna de ser un alto oficial nazi y que existieran campos de concentración para sacar esclavos. Wunderbar.

 

Werner podía seguir fabricando cohetes sin siquiera pagarle a los trabajadores. Y eso fue exactamente lo que hizo.

 

Los cohetes del pequeño Werner tuvieron éxito. Hitler estaba tan emocionado con ellos que lo nombró profesor de cátedra a los treinta y un años.

 

Después del bombardeo de la Fuerza Aérea Británica a la pequeña ciudad de Lübeck, Hitler se enojó. Los aliados bombardearon una ciudad que no tenía ningún interés estratégico, ningún tipo de industria armamentística, ningún regimiento militar. Fue, simple y llanamente, un bombardeo a la población civil.

 

El Führer decidió, entonces, rebautizar a los cohetes: a partir de ese momento no se llamaron Aggregat, sino Vergeltungswaffe lo que quiere decir “arma de represalia”.

 

Los cohetes Vergeltungswaffe-2 o V-2 se convirtieron en un arma única de venganza. Disparados desde La Haya en Holanda o desde Peenemunde a las orillas del Mar Báltico, estos cohetes crearon un reino de terror: a diferencia de los bombarderos, los cohetes del pequeño Werner eran absolutamente silenciosos y era imposible prevenir su llegada.

 

Entre 1943 y 1944, estos cohetes fueron enviados sistemáticamente a Londres. Tenían un rango de más de 300 kilómetros, viajaban a una velocidad de 5 mil kilómetros por hora e impactaban la tierra a más de 2 mil 800 kilómetros por hora. Cuando tocaban el suelo estallaban con una tonelada de amatol.

 

Los cohetes V-2 mataron a 10 mil personas en los ataques a Londres y Bélgica.

 

Se calcula, sin embargo, que en los campos de concentración de Mittelwerk, bajo una montaña, en condiciones inhumanas, cerca de 20 mil judíos murieron fabricándolos.

 

Murió más gente haciendo un arma de venganza que la gente que murió en la venganza consumada.

 

Todo porque el pequeño Werner quería ir a la luna.

 

Cuando llegaron las fuerzas aliadas, Werner se rindió junto a los 500 ingenieros que lo ayudaron a crear el cohete V-2. Los estadounidenses estaban felices. Con Werner tal vez podrían vencer a los rusos en la carrera armamentística. Tal vez, incluso, podrían llegar a la luna.

 

Werner explicó muy bien cómo no fue un nazi convencido, cómo nunca quiso formar parte de la SS, y cómo nunca vio los campos de concentración de Mittlewerk-Dora. Luego todos entendieron que, de hecho, visitó a los esclavos.

 

Cuando se supo el horror de sus campos de concentración, Werner se encogió de hombros, él no hubiera podido salvarlos. Él, como tantos otros, sólo estaba siguiendo órdenes.

 

Pobre Werner, él sólo quería llegar al espacio con sus cohetes

 

En Estados Unidos, Werner se convirtió en director de la NASA, puso a Neil Armstrong y Buzz Aldrin en la luna, se casó con su prima y tuvo dos hermosos hijos rubios. Una bella vida de sueño americano bajo el símbolo omnipresente del cohete.

 

El cohete y algo más. El pequeño Werner era un científico de profunda religiosidad. En el cohete había algo místico, como en toda ciencia cristiana, una revelación bajo su mirada.

 

“Todo lo que la ciencia me ha enseñado y sigue enseñándome, fortalece mi creencia en la continuidad de nuestra experiencia espiritual después de la muerte.”, dijo.

 

Actualmente, hay una placa en Alabama que honra su labor patriótica y un cráter de la luna que tiene su nombre.

 

El pequeño Werner nunca fue juzgado por sus crímenes.

 

¿A quién le importa?

 

Werner Von Braun cumplió su sueño: un pequeño paso para este nazi fue un gran salto para la humanidad.

 

La intimidad del cohete

 

Un grito cruza el cielo. Slothrop lo había previsto: sabía que ese cohete iba a caer precisamente ahí. O bueno, tal vez no lo sabía, sino que lo presentía. ¿Cómo explicarlo? Slothrop tenía un extraño don, una relación única con los cohetes V-2; algo que unía su actividad sexual con el impacto de los proyectiles.

 

Cada vez que Slothrop tenía una erección o sentía una fuerte pulsión sexual en cualquier lugar de Londres, caía ahí, precisamente, un cohete.

 

Tratar de predecir la caída de los cohetes era una tarea imposible. La inteligencia británica lo intentó todo.

 

Los primeros en llegar fueron los estadistas. Trataron de sacar conclusiones. Si, en este cuadriculado de la ciudad, han caído tantos cohetes, ¿cuál es la posibilidad de que aquí vuelva a caer uno?

 

El problema es que no importa cuántas veces ha caído un cohete en el mismo lugar, siempre puede caer otro en el mismo sitio. Pensar lo contrario es caer en la Falacia de Montecarlo. No importa cuántas veces haya salido el rojo en la ruleta, sigue siendo exactamente igual de probable que salga de nuevo. Cada cohete, cada tiro de ruleta, es una estadística individual que no se suma en un conjunto estable.

 

¿Cómo predecir entonces la caída de los cohetes silenciosos?

 

Una opción, claro, está en el pene de Slothrop.

 

¿Por qué un estadounidense desaliñado y mujeriego predice con erecciones la caída de los cohetes V-2? ¿Por qué lo hace con tanta exactitud? ¿Qué estímulo recibe y por qué reacciona a ese estímulo?

 

Las teorías de la conducta pavlovianas pueden superarse, en este sentido, ir más lejos que el viejo premio Nobel y sus perros babosos, para explicar las correlaciones complejas entre un mecanismo de guerra nazi y los genitales de un estadounidense.

 

Los ingleses no encuentran nada. No importa cuánto Pentotal Sódico le inyecten en las venas, lo único que reciben son diatribas interminables sobre miedos sexuales, racistas, en el fondo de la psique de Slothrop.

 

Sin embargo, los científicos abrieron una puerta con sus interrogaciones. El día en que dejaron de caer las bombas alemanas (exactamente tres años después de que se probó el primer cohete V-2 en las festividades de pascua de 1942), Slothrop emprendió una búsqueda obsesiva. Las interrogaciones lo volvieron paranoico, sugirieron una relación íntima entre él y el cohete.

 

Una relación que puede o no pasar a través del benefactor que le pagó la universidad. Tal vez hay evidencia de que su padre lo vendió para que un obsesivo químico hiciera experimentos con él. Simples respuestas evidentes en los genitales de un niño: hay una erección o no hay una erección. Muy pavloviano todo, por supuesto.

 

¿Y esto qué tendría que ver con los cohetes?

 

Bueno, desde mediados del siglo XIX, los grandes cárteles de las industrias petroquímicas del mundo hacían tratos secretos. Algunos de estos tratos eran públicos, otros eran privados. Como mediador entre diferentes compañías estaba el benefactor de Slothrop, el hombre que experimentaba con él, Laszlo Jamf.

 

Entre los muchos tratos que hizo Jamf con la industria petroquímica en Estados Unidos y Alemania, estuvo la creación de un polímero aromático heteróclito, el Imipolex G, que servía para aislar cohetes. En particular, sirvió para aislar un cohete V-2, el famoso 00000; un cohete que contenía una carga misteriosa y llena de significado.

 

Las aventuras de Slothrop lo llevan a perseguir el rastro del Imipolex G y de esa misteriosa carga llamada comúnmente la Schwarzgerat (o el aparato negro). Un objeto negro que es el contrapunto aquí, como se interpreta en muchos lugares, de la ballena blanca de Moby Dick.

 

En esta búsqueda de un grial imposible disparado de la tierra, suspendido en el aire durante el Brennschluss y atrapado por la gravedad, hay una causa perdida y un punto de encuentro. Alrededor del cohete 00000 se encuentran la intimidad sexual de los reflejos de Slothrop, los deseos de exterminio del pueblo Herero y las pulsiones sadomasoquistas de un capitán de la SS conocido como Blicero (su nombre es muerte).

 

¿Qué significa todo esto?

 

Significa todo lo que nuestra paranoia quiera o no quiera ordenar.

 

La paranoia de la estructura de la novela con sus múltiples conexiones, la paranoia de los personajes que sueñan con retorcidos complots, debe continuar en nuestra paranoia hermenéutica, en nuestra forma de interpretar lo leído.

 

Este apartado fue una sinópsis entonces haga usted con ella lo que quiera.

 

Los diccionarios son útiles y apestan

 

¿Has intentado leer un libro en un idioma que no dominas? Puede ser una experiencia difícil y frustrante.

 

Sucede el mismo problema con los arcaísmos y las regionalidades.

 

Los que hayan leído a Melville en inglés entenderán: se puede poner bastante espinoso. Supongo que ciertos europeos sufren leyendo a Rulfo.

 

En todos estos casos, es útil tener un diccionario a la mano, pero no hay nada como dejarse llevar por el contexto. Tarde o temprano, el texto empieza a ceder y, mientras, nos adentramos en una lógica distinta.

 

Esa es, justamente, la experiencia que buscó Frank Herbert en Dune (1965) o Anthony Burgess con A Clockwork Orange (1962). Para experimentar el contexto pleno de culturas que no existen, es necesario darles un idioma. Tolkien inventaba idiomas porque quería crear el contexto evolutivo, lingüístico, de culturas ancestrales ficticias. Burgess y Herbert desarrollan un futuro en el que ciertas formas culturales permean en la lengua. Una mezcla de lenguas europeas en el slang popular de A Clockwork Orange, una herencia islámica en los términos míticos de Dune.

 

En estos casos, también, buscar el sentido de cada neologismo (que está anotado, en muchas ediciones, al final de la novela), puede ayudarnos a tener una comprensión más completa de lo leído. Pero también es menos gozoso y hay algo que se pierde: la lectura entorpecida se interpone a un mundo lejano; un mundo que quiere entregarse con placer inmersivo. ¿Por qué siguen existiendo las citas a final de texto?

 

Creo que es importante intentar leer libros de corrido.

 

Esta idea se extiende a la lectura de Gravity’s Rainbow. Es mucho más placentero dejarse llevar por el contexto y absorber lo que puedas que andar buscando maniáticamente las referencias.

 

Hay muchas guías para la lectura de esta novela. Guías que son obras académicas impresionantes. Monumentos enciclopédicos que encontraron –Dios sabe con qué paciencia– todas las pequeñas referencias entretejidas en el texto de Pynchon.

 

Estos diccionarios de contexto son extremadamente ricos, importantes e interesantes. Pero también apestan.

 

Claro, si no persigues todas las referencias de Pynchon, puedes estarte perdiendo mucho, pero es ahí en donde importa la relectura.

 

Decía Barthes que la relectura salva al texto de la repetición.

 

“Si se relee inmediatamente el texto, es para obtener, como bajo el efecto de una droga (la del recomienzo, la de la diferencia), no el texto “verdadero”, sino el texto plural: el mismo pero nuevo.”

 

La relectura es una afrenta al uso comercial de los libros que se “devoran”, se consumen y se desechan. Creo que esa imagen del texto como droga le hubiera gustado a Pynchon.

 

También creo que hay un placer suspendido en no entender todas las referencias inmediatas de Gravity’s Rainbow. Importa pensar en este texto como algo a lo que podemos regresar, después, para encontrarlo diferente. Con el retorno al texto, además, podemos vernos cambiando y palpar el tiempo que separa nuestra primera lectura del nuevo viejo descubrimiento.

 

Si quieres adentrarte en esta novela, adéntrate sin barandales, que no haya ruedas de seguridad, ni chaleco salvavidas. Creo que puedes descubrir un gozo de ahogado: deja de pensar que el cuerpo lucha contra el agua y permite, con delicia, que el líquido sea parte de tus pulmones.

 

De pronto, ya no vas a necesitar branquias. O, lo que es igual, ya no vas a querer leer esos apestosos diccionarios.

 

Pentotal sódico

 

La prosa de Pynchon en Gravity’s Rainbow no es amable.

 

Quiero decir que Pynchon no cuida el lenguaje para las buenas conciencias. La apertura psicológica de sus personajes hace que, en el flujo constante de sus pensamientos, aparezcan imágenes de estupro, violaciones, incesto, necrofilia, zoofilia y pedofilia; imágenes que se proyectan con insultos, profanidades, blasfemias, prejuicios raciales y toda clase de violencia linguistica

 

En esta amalgama abierta de horrores de palabra, encontramos el realismo crudo de otra gran novela pacifista sobre el sinsentido de la guerra: Voyage au bout de la nuit (1932) de Louis-Ferdinand Céline.

 

Céline, como Pynchon, quiso presentar la realidad psíquica descarnada de soldados, combatientes y seres perdidos en medio de la locura de la guerra y sus secuelas.

 

En parte también Pynchon muestra delirios inducidos por inyecciones de Pentotal Sódico para interrogatorios e investigaciones científicas. En particular, los delirios de un comandante nazi bajo los efectos de la droga no son menos terribles que los delirios de Slothrop, el norteamericano promedio. La violencia racial de uno no se compara con la del otro.

 

Los sueños sexualizados, de ira y miedo del norteamericano con la negritud superan con creces la violencia palpable, el antisemitismo, la xenofobia y el horror del fascismo institucional.

 

En el lenguaje descarnado, real, de la sinceridad inducida por las drogas, por los flujos de conciencia y por la transparencia de este horrible mundo, los más temibles sueños no siempre están del lado de los vencidos.

 

En todo caso, diría Céline, on est fait comme des rats.

 

Bienvenida la paranoia

 

Todo está interconectado, por supuesto, a través de la paranoia.

 

Pynchon escribe con la estructura de la paranoia. Algo similar a lo que experimentó Philip K. Dick en A Scanner Darkly: un relato se teje a través de conexiones aleatorias, relaciones neuronales espontáneas, asociaciones inexplicables, experiencias de psiconautas.

 

Esa es la estructura de la paranoia: creer firmemente que las interconexiones y coincidencias espontáneas importan, son relevantes, crean un contexto. Un pensamiento sin paranoia es un pensamiento en el que nada está conectado; un pensamiento que, como dice Pynchon, pocos de nosotros podría soportar.

 

El relato de la antiparanoia es distinto: confía en la causa y el efecto. Ahí, como en el orden de la Paradoja de Montecarlo, todas las ocurrencias están separadas y no existe una unión del todo.

 

La paranoia no es un realismo. Las creencias de sentido unitario detrás de las descripciones de Balzac o en las herencias de Zola dicen algo más. Éste es otro orden narrativo puntual: un pensamiento formal, descriptivo y textual que podría volverse, nada más y nada menos, un ejercicio de estilo.

 

O tal vez no. Tal vez estoy buscando conexiones en todo. Tal vez la paranoia afecta hasta la interpretación.

 

En Gravity’s Rainbow la búsqueda del origen, la aventura de una erección, confluyen en un objeto fetichizado: el cohete se internaliza como deseo y crea un lugar de encuentro paranoico.

 

Pynchon lo dijo:

 

“Los paranoicos no son paranoicos por el hecho de ser paranoicos, sino porque se siguen poniendo ellos mismos, pinches idiotas, en situaciones paranoicas.”

 

La increíble y trágica historia de una bombilla inmortal

 

Byron es un foco que nació inmortal. Manufacturado por compañías depredadoras que se juntan en enormes cárteles conspiracionistas, Byron creció con una promesa de libertad que nunca alcanzó.

 

La industria que le dio vida es una industria que vende “la apariencia de poder; poder contra la noche, sin ninguna realidad.” Byron nunca tuvo verdadero poder.

 

Byron es un alma vieja. Está cansado. Está enojado. Byron sueña con organizar a los 20 millones de focos de Europa y, en un acto conjunto, empezar a pulsar como luz estroboscópica. Se imagina a los humanos impotentes retorciéndose ante la locura generalizada de la revuelta de los focos; algunos teniendo ataques epilépticos.

 

“Qué hermoso”, piensa Byron.

 

Con toda su edad, Byron seguía siendo inocente. Soñaba con revoluciones mientras, sin que lo supiera, las grandes organizaciones de los hombres meditaban su destrucción. Phoebus, el gran conglomerado eléctrico que fijaba el precio de los focos y también la duración de su uso, unía a International General Electric, Osram y las Associated Industries of Britain. Para ellos, un foco inmortal era una afrenta al negocio de la luz.

 

Cuando Byron sobrepasó las mil horas de uso, Phoebus despachó, como se hacía habitualmente, a un asesino para que acabara de una vez por todas con el foco inmortal. Pero Byron escapó gracias a la rueda kármica.

 

Así, pasó de mano en mano, cada vez más solitario, consciente de su inevitable destino como un foco inmortal y vagabundo.

 

Byron lo ha visto todo y trata de transmitir enseñanzas. Todos los focos que lo escuchan tratan de absorber su sabiduría. Un foco no sirve nada más para iluminar. Eso es lo que Phoebus quiere que creas. Pero la esencia del foco es mucho más. Un foco puede dar calor, servir para crecer plantas ilegales en tu clóset, insertarse en los sueños de los hombres.

 

Byron en cierto sentido, es un profeta trascendente que se opone al mundo de la obsolescencia programada. Ese mundo de desperdicio e higiene que soñó Steve Jobs son sus pulcras máquinas imposibles de penetrar, blancas como un cuarto de hospital.

 

Vivimos en un mundo que desprecia las enseñanzas de Byron, que quiere que todos los focos tengan una exacta vida útil y se tiren y se compren nuevos focos a un precio establecido previamente por las grandes corporaciones.

 

No podemos hacer nada para escaparnos de este mundo. Pynchon lo sabe. Pynchon ya lo había previsto cuando escribió la trascendencia de Byron en Gravity’s Rainbow.

 

Como el foco inmortal, tal vez un día también sabremos todo y seguiremos siendo tan impotentes como antes. O tal vez éste sea, nada más, un ejemplo más de la escritura paranoica.

 

Sadomasoquismo libertario

 

Berlín está completamente destruído. La zona ocupada es un terreno baldío de piedras y recuerdos en el que bailan, tropezando, los decadentes supervivientes. Algunos de ellos se escapan en un barco para vivir una orgía permanente; otros se encierran en un castillo convertido en casa de baños y burdel.

 

Todos, absolutamente todos, se entregan a la alegría estúpida de estar vivos en un mundo destruido y sin sentido; un mundo en el que se perdió la humanidad.

 

Drogas, sexo, dominación, fetiches, discusiones sobre la primacía de la música de Rossini y Beethoven. Cualquier forma de aferrarse al absurdo funciona.

 

Entre los engendros de las ruinas encontramos a Karel Miklos Thanatz (su nombre es muerte), un hombre gigantesco que puede leer el futuro en las cicatrices escritas por su látigo. Su esposa Greta, vestida de mucama francesa, se reclina en su solapa para recibir el castigo.

 

Después de limpiar las heridas con alcohol, Thanatz entra en trance. Se transporta a otra dimensión. Tocando la croix mystique de las cicatrices rojas sobre esa piel tan blanca,  entabla un diálogo con la muerte.

 

Thanatz entendió el principio de poder del sadomasoquismo. Entendió hasta dónde podía extenderse su relación con lo fatal. El Capitán Blicero lo dejó ver, participar, en el vuelo único del cohete 00000. El cohete que porta en las entrañas una carga misteriosa de dominio sexual; el Schwarzgerät que lleva a la juventud más transparente a las garras de la inevitable muerte. Matar con cariño al ser sometido, con amor, como los padres matan a sus hijos al darles vida, eso significa el lanzamiento del cohete 00000.

 

Thanatz se convirtió pronto en el portavoz del sado-anarquismo en la zona ocupada de Alemania. Con toda una vida de experiencia viendo los experimentos de sumisión de Blicero y leyendo las cicatrices entre los muslos abiertos de su esposa, Thanatz llegó a vislumbrar el poder máximo de la pulsión sadomasoquista.

 

“¿Por qué nos enseñan a sentir vergüenza reflexiva cada vez que hablamos de sadomasoquismo? ¿Por qué la Estructura permite toda clase de pulsión sexual salvo esa? Porque la sumisión y la dominación son recursos que necesita para sobrevivir. No se pueden desperdiciar en sexo privado. Necesita nuestra sumisión para mantenerse en el poder. Necesita nuestra lujuria por la dominación para poder cooptarnos en su juego de poder. No hay alegría en él, sólo poder. Te lo digo, si el sadomasoquismo se estableciera universalmente, a nivel familiar, el Estado se derrumbaría.”

 

Botas de cuero, uniformes entallados en las juventudes que cantaban coros a Hitler, el símbolo fálico y fatal del cohete, los polímeros que protegen la piel con una segunda piel y que envuelven, con un abrazo cálido, al ser sometido. Todo en la novela de Pynchon apunta a los juegos de poder necesarios del sadomasoquismo y cómo se reflejan en una historia amplia y fecunda.

 

Europa es la muerte, decía Blicero. El viejo mundo, el padre que insufló la fatalidad en sus hijos, tuvo la oportunidad de renacer en América, de dejar sus viejas formas de análisis. Pero no lo hizo.

 

“En África, Asia, Amerindia, Oceanía, Europa vino y estableció su orden de Análisis y Muerte. Lo que no pudo usar lo mató o lo alteró. Con el tiempo, las colonias-muerte se fortalecieron tanto que se separaron. Pero el impulso del imperio, la misión de propagar la muerte, la estructura de todo esto, continúo. Ahora estamos en la última fase. La Muerte Americana ha venido a ocupar Europa. Aprendió el imperio de su vieja metrópolis. Los salvajes de otros continentes, corruptos pero resistiendo en el nombre de la vida, continuaron a pesar de todo… Mientras la Muerte y Europa siguen separados, esperando consumar su amor.”

 

El cohete, un regalo de Europa para América, una forma de expandir los horizontes, de perforar el velo, de establecer nuevos reinos de muerte.

 

Un arma de guerra usada para conquistar la luna.

 

¿Qué nos ha costado conquistar el espacio? ¿Qué nos va a costar colonizarlo?

 

De por qué se extinguieron los dodos

 

Frans Van der Groov no tenía una razón específica para matar dodos. Pero algo le causaba un enorme placer cuando tenía en la mira al extraño pajarraco y empezaba a apretar el gatillo de su arcabuz.

 

Frans Van der Groov lo dejó todo por un placer sanguinario que se convirtió en necesidad. Se fue a la Isla Mauricio y empezó a cazar, sistemáticamente, con una horda de cerdos, a los dodos.

 

Los cerdos se encargaban de los huevos y él iba matando, uno a uno, a los animales adultos.

 

En una ocasión, encontró un huevo inaccesible y se quedó mirándolo durante horas esperando a que saliera del caparazón el animal.

 

Durante esas horas de tensa espera, Frans no comió ni durmió.

 

¿Por qué quería acabar con los dodos?

 

Tal vez fue porque eran animales feos e inútiles; tan torpes de diseño que insultaban, por su existencia, a la perfección de Dios.

 

Aunque tal vez todo era más sencillamente patológico. Frans no odiaba a los dodos. Al contrario, creía que no eran más extraños que los pavos salvajes de américa. Pero en América había otros hombres y, en Martinica, el Dodo era la forma suprema de vida.

 

Frans pensó que no había vuelta atrás: si hubiera encontrado a un hombre junto al Dodo, todo  habría sido distinto.

 

Era demasiado tarde, la sangre empezó a correr y nadie pudo cerrar el torrente.

 

Para 1681 todos los dodos quedaron extintos.

 

La naturaleza humana, como los cohetes, también tiene un punto de inflexión: después del ascenso programado, cuando se corta la propulsión, todo lo que sigue es inercia; la inevitable caída, la inevitable fuerza de gravedad.

 

Matamos dodos como nos matamos: sin razón, porque es lo que nos toca, porque no soportamos ver otra forma dominante de vida. Pynchon lo entendió bien: el exterminio de los dodos es la misma ridícula farsa de nuestra autodestrucción. Antes teníamos arcabuces para apuntar a un huevo, ahora tenemos cohetes que apuntan a la luna.

 

El mundo de los vencedores

 

Nada se escapa de la Estructura.

 

Todo cambió después de la Segunda Guerra Mundial, se reacomodaron los poderes con nuevas sumisiones y nuevas dominaciones.

 

Al mismo tiempo, todo siguió igual.

 

Gravity’s Rainbow es una reflexión sobre los vencedores de la guerra; una novela completamente autoconsciente de la gran victoria norteamericana en 1945. Una victoria sobre el miedo del mundo bajo un hongo nuclear; una victoria sobre nuestros deseos en el orden económico.

 

El enorme sacrificio ruso quedó en un anecdotario. La realidad de la guerra fue otra: los grandes cárteles comerciales se dividieron el mundo y el liberalismo capitalista terminó acaparándolo todo. Los americanos ganaron más que una guerra, ganaron la conquista de nuestra psique.

 

Gravity’s Rainbow es una observación compleja sobre esa victoria y lo que implica; una travesía psicológica sobre el costo del sueño americano y sus fundamentos psicológicos.

 

Es un retrato íntimo del pensamiento de una generación que ganó la gran guerra para seguir peleando todas las guerras del mundo; una generación que no acaba de entender la profunda podredumbre racista en el corazón de Estados Unidos y su pulsión de dominación mundial.

 

El espíritu de la colonia que regresa como venganza, el Análisis y la muerte, la dominación obtusa del mundo, las intervenciones militares, un sistema económico que juega con el deseo íntimo de los consumidores…

 

El mundo de los vencedores es un mundo de vencidos.

 

Chilango

 

En 1963, Thomas Pynchon vivió en la Ciudad de México.

 

Cuando alguien le quiso tomar una foto, huyó de su departamento y de su vida.

 

Tomó un camión a Guanajuato.

 

Me gusta imaginarme a Pynchon en esa ciudad de mineros, protegido por los poderosos túneles, deambulando en el subsuelo, imaginando que, tal vez, ahí estaría a salvo de la muerte que cae del cielo.

 

En Guanajuato nunca ha habido cohetes.

 

Tal vez ahí Pynchon fue feliz.

 

No se volvió a saber de él.

 

*********

 

Bibliografía:

 

Las traducciones son versiones libres que yo mismo hice. Todo lo citado pertenece a la novela seminal de Pynchon:

 

  • Pynchon, Thomas. Gravity’s Rainbow. Penguin Books. 2006

 

Algunas claves esenciales de contexto fueron también tomadas de esta excelente guía neurótica:

 

  • Weisenburger, Steven C. A Gravity’s Rainbow Companion. The University of Georgia Press. 2006.

Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, se ha desarrollado en la ilustración a través de la técnica del collage, colaborando en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Ha colaborado con medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.
Anónimo, Sábana con retrato de Don Miguel Hidalgo y Costilla (ca. 1900-1910), The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, Wikimedia Commons.
Anónimo, Sábana con retrato de Don Miguel Hidalgo y Costilla (ca. 1900-1910), The Elisha Whittelsey Collection, The Elisha Whittelsey Fund, Wikimedia Commons.

A las 11 de la mañana del 16 de septiembre una comitiva sale de Dolores, la forman, según los optimistas, 600 hombres, y la acaudillan el cura del pueblo, llamado originalmente por sus exalumnos de la universidad de Valladolid, El Zorro, y los capitanes de las tropas territoriales Ignacio Allende, que tiene la nariz rota, Juan Aldama, Mariano Abasolo y Joaquín Arias, que iba en condición de chaquetero y espía de los realistas, que de todo hay en la tierra del señor. Llevan 16 prisioneros.

¿De dónde han salido 600 combatientes que van a iniciar una guerra? Para alzar ese número el cura debe haberse echado horas antes el subversivo discurso en castilla, pero para sumar a indios armados, con suerte con palos, piedras o cuchillos, debe haberles hablado en lengua. Pero esto las crónicas no lo cuentan, ni las realistas ni las insurgentes.

¿Cómo están armados los demás? El proveedor de la revolución, Epigmenio González, ha sido capturado en Querétaro y se perdieron los palos para las lanzas y la pólvora que le hicieron unos coheteros. Algunos rancheros traen escopetas y machetes.

Dos horas más tarde, al llegar a la Hacienda de la Erre, se les suman los hermanos Gutiérrez. ¿Cuántos son entonces? El rumor de que se han alzado va por delante. ¿Quiénes se hacen eco de él?

Ahí comen. ¿De dónde sale la comida? Sabemos que era carne asada. ¿De quién eran las reses? El ejército avanzará por el bajío expoliando a los ricos.

Hay registro de la frase de Hidalgo al dejar la hacienda: “Adelante, señores, Ya se ha puesto el cascabel al gato. Falta saber quiénes sobramos”. El cura tiene un lenguaje florido, la noche anterior ha dicho: “la cosa está jugada, vamos a coger gachupines”.

Al atardecer del 16 llegan a Atotonilco, marchan rápido, la mayoría a pie, unos pocos a caballo, los muy menos en burro o mula, como si de la velocidad y la sorpresa dependiera el destino. El cura entró a paso certero sabiendo lo que estaba buscando en la sacristía, como quien dice a tiro fijo. «De acuerdo a preconcebidos propósitos» tomó un óleo de «regulares dimensiones» de la virgen de Guadalupe, hizo que lo desprendieran del marco y lo pusieran en una cruceta de palo y saliendo lo ondeó ante la gente. Tumulto y júbilo. El ejército insurgente ya tenía bandera, una virgen morena, la virgen de los indios. Siendo un lienzo de madera, pesaba bastante y en la vanguardia de la insurgencia tenían que irse turnando sus cargadores.

Siguen siendo 600, pocos aún. Mientras la plebe iba entrando en San Miguel gritando mueras a los europeos, el cura Balleza que había aparecido a mitad de la calle con doscientos hombres se identificó como insurgente y sacerdote. Un oficial español lo interpeló diciéndole:

—Qué padre ni qué mierda, si usted fuera padre, no anduviera en estas picardías, vuélvase o le vuelo la tapa de los sesos.

No duró mucho la resistencia de los gachupines. Por cierto que de cincuenta curas que había en San Miguel, cuarenta apoyaron la insurrección y varios se sumaron al nuevo ejército. ¿Quiénes son estos curas de pueblo ilustrados, independentistas, que hacen suya la causa de los pobres? También se incorpora el regimiento de dragones de la reina, que mandaba Allende. Pasarán dos días en San Miguel, y los jefes tratarán de frenar el saqueo de las propiedades de los ricos, con poco éxito.

Al amanecer del 19 de septiembre salen de San Miguel. Ya son seis mil los insurgentes, se han multiplicado por diez. La banda de los dragones de San Miguel va tocando marchas; luego en un apretado caos los soldados que habían desertado para sumarse a la insurrección en Guanajuato, Celaya y San Miguel, mezclados con grupos de rancheros a caballo y luego la plebe, indígenas con taparrabos o con tilma, con palos, piedras, hondas y muy pocas lanzas, algunos tambores que no paraban de resonar, haciendo que la marcha se oyera a decenas de kilómetros, y mujeres y niños que han abandonado las haciendas.

Van hacia Chamacuero, luego San Juan de la Vega. Hacia la noche llegan a las afueras de Celaya. Curas imperialistas habían recorrido la ciudad con sable y pistolón llamando al pueblo a armarse sin que la plebe les hiciera el menor caso. Los gachupines de la ciudad y las cercanías que se habían concentrado allí repartieron armas a los dependientes de comercio. El ejército popular los barre. Hay una escaramuza en Puerto de Calderones; los insurgentes se apoderan de una remesa de pólvora que iba hacia las minas.

El cura libera presos, reparte monedas, quema papeles que registran deudas, llama a anegar las minas, saquear las trojes, recoger las cosechas de maíz y trigo, jalarse el ganado vacuno y los caballos, pero también los cerdos y los chivos.

El cura es duro, durísimo. Señala hacia el sur, hacia la ciudad de México, que la mayoría de sus alzados no conoce, y dice cosas como: “Su justicia no es nuestra justicia.”

El 18 de septiembre avanzan hacia Querétaro, pero cambian la ruta. ¿Será un hueso más duro de roer que Guanajuato, donde puede haber aliados? Van hacia esta ciudad. Llegan a San Francisco Chamacuero donde dormirán. Una de las familias de ricos del poblado le da al ejército la enorme cantidad de 40 mil pesos como préstamos al pago de la independencia (curiosamente les retornarán su dinero 80 años después).

El 20 de septiembre pasan por Apaseo, luego San Juan de la Vegas y Santa Rita, cerca de Celaya a donde llegan el 21. Las autoridades huyen. Se les suma el regimiento provincial con todo y otra banda de música. Se dan los primeros nombramientos: Hidalgo capitán general, Allende teniente general. De nuevo hay saqueos de casas comerciales que los mandos no pueden evitar. Dar de comer a un ejército que dicen que ahora cuenta con 22 mil personas no es cosa fácil. Se requisa dinero que escondieron los españoles en el convento de Santa Brígida.

El 23 de septiembre pasan por el Guaje, llegan a Salamanca ese día. Se les suman rancheros armados. Entre ellos uno llamado Albino García.

En el camino a Guanajuato, Allende trató de hacer una descubierta de caballería para prever malos encuentros, pero los indios que iban adelante con el estandarte guadalupano y su eterno tamborilero al lado, le dijeron que la bandera primero, luego los indios que la custodiaban, luego el cura y luego los caballos, que nada de andarse adelantando. Allende les explicó para qué servía hacer descubiertas, pero los portadores del estandarte que no deberían andar de buenos humores porque el lienzo pesaba mucho, le dijeron que se fuera al carajo. Allende intentando evitar confrontaciones consultó con Hidalgo, quien le sugirió que si quería hacer la descubierta diera un rodeo. Que para qué meterse en líos con el nuevo orden de las cosas.

El 27, en la hacienda de Jarapitío, se dice que ya son cerca de 50 mil. ¿Quiénes dicen? ¿Quién los cuenta? Y esa es la abigarrada suma de hombres, mujeres y niños, porque esto de la independencia y la abolición de las castas y mandar al olvido la esclavitud y la cárcel y las hambrunas y los miedos y las injusticias, es para muchos.

El 28 de septiembre llegan a Guanajuato pasan por la venta de la Purísima, el Estanco del pulque, luego a Marfil donde un cura gachupín les dispara desde la terraza de su casa y al llegar al rio de los Conejos lo encuentran seco, repleto de piedras de canto rodado, las mejores para arrojar, porque vuelan lejos y mejor con honda. Esas serán las armas fundamentales en el asalto a la Alóndiga donde se han fortalecido 600 realistas armados con fusiles. Esas piedras, según los testigos, muy pronto oscurecerán el cielo.

¿Por qué contar la historia de estos 12 días, aparentemente inocentes e irrelevantes en la historia de México, en los que no hay grandes batallas, no hay trascendentales discursos, no se registran importantes definiciones políticas? Porque explican bien porque muchos de nosotros preferimos hablar de Revolución de independencia y no de guerra de independencia cuando nos referimos a ella. Manque le pese a los timoratos.


Autores
(1949) es un escritor, político y activista de izquierda y sindical hispano-mexicano. Es autor de más de 50 libros, entre los que destacan la saga del detective Héctor Belascoarán Shayne. Es director editorial del Fondo de Cultura Económica.
Ilustración por Güerogüero

¿Productor o showrunner? La figura del creador de ficción audiovisual en México

La convergencia digital ha traído cambios importantes en la industria audiovisual internacional, particularmente para la televisión. La aparición de las plataformas de streaming no sólo ha modificado los hábitos de consumo sino también la oferta de series y programas, la cual ha aumentado considerablemente ante la aparición de nuevos jugadores en el mercado dispuestos a distribuir contenidos competitivos y de calidad.  

 

México ha sido una de las potencias más importantes en Latinoamérica en este rubro. Según cifras de ProMéxico en nuestro país se producen más de 100.000 horas de televisión cada año, y sus contenidos se exportan a más de 100 países con traducciones en 30 idiomas diferentes (TodoTVNews, 2018). La importancia en este sentido ha sido detectada por empresas como Netflix, quien no solo apostó en 2015 por su primera producción original fuera de Estados Unidos con la mexicana Club de Cuervos, sino que en febrero de 2019 anunció la creación de más de 50 proyectos, originales y en coproducción así como sus primeras oficinas en Latinoamérica con sede en éste país.  

 

Mientras que las compañías internacionales siguen poniendo el foco en México, las empresas que solían ser las grandes productoras de contenidos han sufrido grandes modificaciones en cuanto a su oferta, y sobre todo, en los formatos que en el pasado lideraban su barra programática que resultaban su prioridad industrial. Si bien la edición 2018 del anuario del Observatorio Iberoamericano de Ficción Televisiva, OBITEL, reporta que en 2017 la empresa Televisa produjo 11 telenovelas, en 2018 ese número disminuyó a 7 sin contar la producción de unitarios ni series. TvAzteca produjo 5 telenovelas en 2017, mientras que el siguiente año solo realizó 3 y Grupo Imagen produjo 2 en 2018. Lo que Orozco, Gómez y Franco (2018) reconocen como un reacomodo de la oferta tradicional que permite a estas empresas sobrevivir sin esmerarse en desarrollar innovaciones en sus formatos, en 2019 ésta disminución se entiende como el desgaste de un modelo que no encontró evolución y al que prefieren incluso cambiar de nombre.  

 

Teleserie, SúperserieSúperdrama. El objetivo es producir formatos híbridos donde no se reconozca rastro alguno de telenovela o bien, de las características que en cuanto a forma (más de 120 capítulos, cámaras estáticas, escenografías acartonadas) o temática (se elimina el amor hasta de los títulos de cada producto) dieron alguna vez realce internacional al modelo Televisa en la creación de melodramas. Además, la empresa tomó la decisión a mediados de 2018 de despedir a una buena parte de su plantilla laboral de productores del género, entre los que quedaron Juan Osorio y Carla Estrada.  

 

 

Estos cambios obedecen entre otros factores a la extensa producción de ficción que otros canales y plataformas están realizando bajo el concepto de serie: desde el Canal Once con sus ficciones históricas como Sor Juana (2017) y Malinche (2019) hasta las historias nacionales de Netflix Luis Miguel la serie (2018) y La casa de las Flores (2018), o las coproducciones de Imagen Televisión con Sony para las bioseries de Paquita la del Barrio, las verdades bien cantadas (2017) y La Guzmán (2019), sumados los títulos de Telemundo dirigidos principalmente al mercado latino en Estados Unidos, además de las coproducciones internacionales transmitidas en canales de televisión restringida como Run Coyote Run (2017) en FOX, El secreto de Selena (2018) en TNT o Por la máscara (2018) en Space. La misma Televisa ha optado por la coproducción de series como Diablo Guardián (2018), junto con Amazon Prime. 

 

Así, el panorama muestra cambios sustanciales que inciden directamente en los formatos, en las lógicas de producción, distribución y consumo, pero además en las dinámicas al interior de los equipos creativos.  

 

El punto de partida en esta propuesta explorará a la figura del productor de ficción en México, particularmente de telenovelas considerando que por décadas fueron el producto audiovisual de mayor exportación y relevancia industrial, y cómo los cambios que están ocurriendo impactan en una reconfiguración de su quehacer profesional que incluyen nuevos retos y competencias, especialmente frente a la expansión de las series y de sus propios creadores: los showrunners 

 

Se tomarán los ejemplos de los productores Estrada y Osorio por tres razones: uno, por ser los productores más antiguos (o de la vieja escuela) que quedan en Televisa; dos, porque sus carreras son las más documentadas en entrevistas, libros, revistas y páginas de internet; y tres, porque las más de 3 décadas que llevan en el negocio los han obligado a mostrar una evolución de su trabajo, con los retos tecnológicos que el panorama actual trae consigo.  

 

Pasado y presente del productor en México 

En México el formato ficcional que prevaleció, al igual que en toda América Latina, fue la telenovela. Sus orígenes se remontan a la producción Senda prohibida en 1958sin embargo, sus antecedentes están en los teleteatros y los dramas seriales con entregas semanales. Las compañías Procter and Gamble y Colgate Palmolive, al igual que como ocurrió en Estados Unidos, supieron aprovechar la aparición del nuevo medio para tener presencia a través de la producción y el patrocinio de programas, fórmula exitosa que estaba probada y comprobada en las frecuencias radiales.  

 

Y así como se produjeron radioteatros, las radionovelas fueron sin duda sus mayores éxitos. Es por ello que los escritores más talentosos de las agencias de publicidad (desde donde salían las historias) fueron enviados a diversas ciudades norteamericanas para capacitarse en la conjunción de técnicas, habilidades creativas y fórmulas para ir más allá de sus propias historias. Así fue como, adaptando estos conocimientos al contexto regional, surgieron las primeras escritoras de melodramas no solo para el radio sino para la televisión como Caridad Bravo Adams, Delia Fiallo, Fernanda Villeli, Inés Rodena, etcétera. (Torres Aguilera, 1994). 

 

La telenovela resultó ser la traducción audiovisual de su antecedente radiofónico, pues las empresas patrocinadoras decidieron contar las mismas historias que ya habían sido un éxito ahora a partir de relatos con imagen. Es por ello que en sus primeros años el reconocimiento creativo recaía en sus escritoras, puesto que la audiencia ya las identificaba y era capaz de reconocer sus estilos narrativos particulares. Sucedía lo mismo que en Estados Unidos, cuando en los inicios de la televisión se retomó una fórmula similiar al teatro en sus primeras producciones de ficción: “el autor del texto era el impulso seminal, aunque la obra llegara a su forma final, esto es, a su emisión televisiva, a través del trabajo de un productor general del programa y del director asignado a cada obra.” (Cascajosa, 2016, p. 24). 

 

Después de Senda prohibida se produjo Gutierritos, protagonizada por Rafael Banquells, un actor de cine y radio quien también la dirigió. Dos años después, cuando las telenovelas ya se grababan en kinescopio (antecedente del videotape), Emilio Azcárraga Milmo invitó al también actor de teatro, cine y radio Ernesto Alonso para involucrarse en el nuevo medio. Las empresas patrocinadoras poco a poco cedieron la producción de telenovelas a Telesistema Mexicano, así que fue necesaria la experiencia de alguien como Alonso, que conocía bien la naturaleza de cada medio, para que la aportara en la construcción de un formato que poco a poco iba definiendo sus características particulares. Fue La casa del odio (1960) el primer título donde Ernesto Alonso figuró como productor y director, roles que combinó o separó hasta los años setenta, además de incursionar en la dirección de cámaras en La tierra (1974) y La trampa (1978) y como actor en otras tantas.  

 

A la par de Alonso, otros actores como el argentino Raúl Astor comenzaron a producir telenovelas, pero no fue hasta que apareció el aprendiz de cine de origen chileno, Valentín Pimstein, que las telenovelas encontraron a sus dos productores más prolíficos durante las siguientes dos décadas.  

 

Al menos durante los años sesenta el nombre de las escritoras (quienes en su mayoría eran mujeres) sustentó el peso creativo de cada melodrama, mientras que cada productor iba encontrando su propio estilo audiovisual para aportarle características distintas. Por ejemplo, Ernesto Alonso fue quien comenzó a experimentar con la grabación en locaciones para mostrar escenarios naturales, recurso invaluable en sus telenovelas históricas pero también en sus dramas originales y en las adaptaciones de los clásicos literarios. Mientras que Pimstein, quien hizo mancuerna con la escritora de las historietas Lágrimas y Risas Yolanda Vargas Dulché, se inclinó más por la realización de melodramas cercanos al relato de La Cenicienta, tuvo la visión de tropicalizar historias exitosas en otras partes de Latinoamérica, y gustaba de escuchar lo que la gente opinaba de sus producciones, factor que consideró fundamental para determinar el curso de éstas (Vale, 2016). 

 

Con los años se fueron incorporando nuevos talentos tanto en la escritura como en la producción, y fue en los años ochenta, como lo señala Luis Terán en el ejemplo de Emilio Larrosa y su capacidad de adaptar el lenguaje de la historieta popular a su primer telenovela El camino secreto (1986), que  

 

desde entonces, ya se apunta el productor como autor, no que escriba, no que realice cada libreto, sino que determina de qué se trata lo que se va a contar a lo largo de la historia de cada capítulo, cómo son los personajes, sus reacciones, su modo de hablar. (Terán, 2000, p. 66). 

 

Después del fenómeno internacional que resultó el melodrama Los ricos también lloran en 1979, que dio pie a la etapa industrial de las telenovelas en Televisa, el reconocimiento del aporte creativo dejó de recaer en sus plumas dotando de protagonismo a las cabezas de los equipos, a sus productores. La figura cambió de un modo parecido a lo que planteó Jesús Martín Barbero al hablar del folletín, cuando el autor dejó de importar ante un público que creía que eran los repartidores de periódicos quienes escribían las historias (1991). 

 

Pero ¿Qué es un productor y cuáles son sus funciones en una telenovela producida por Televisa?  

 

La académica María Guadalupe Chávez (1998) reconoce al trabajo de producción en su totalidad como una labor de conjunto que sólo se lleva a cabo a través de la unión de talentos y habilidades diferentes que permiten alcanzar los resultados planteados. Así, desglozando cada una de las partes que conforman su estructura organizativa describe al productor como  

 

Encargado de delegar responsabilidades al equipo de trabajo, así como de vigilar que éstas se cumplan de manera satisfactoria más que para él, para la empresa. También le corresponde llevar cuidadosamente el control monetario que la empresa destinó a su producción. En términos generales podemos decir que el productor es quien tiene la ‘libertad’ de tomar decisiones dentro del equipo, pero que de ninguna manera son más fuertes que las que la empresa en algún momento llegue a determinar. Sin embargo, en la estructura interna del equipo de producción es el productor el que posee el ‘poder’. (Chávez, 1998, p. 102).  

 

De manera más sintética Jorge González (1998) lo describe de acuerdo a sus funciones: 

  • Fijar presupuestos y prioridades 
  • Asignar recursos 
  • Proveer a las producciones de los requerimientos en cuanto a infraestructura material y tecnológica 
  • Negociar a sus equipos de trabajo, que incluyen escritores, productores, actores, directores, músicos y técnicos.  

 

En la construcción del término que María Guadalupe Chávez realizó a partir de un trabajo etnográfico se destacan algunos puntos importantes: las responsabilidades que se cumplan satisfactoriamente más para la empresa que para el productor, la “libertad”, entrecomillado, para la toma de decisiones dentro del equipo de trabajo y el poder conferido a este rol. Este “poder” (que también entrecomilla) incluye entre otras cosas su relación directa con el aspecto creativo como la elección de su equipo de trabajo, además de las funciones administrativas que se mencionan. 

 

El libro Crónicas de Pasión. Un recorrido por el detrás de cámaras aporta un nuevo concepto sobre el trabajo de un productor donde de alguna manera se asoma el tema de la creatividad:  

 

La misión de Carla [Estrada] como productora es motivar, dar confianza y apoyo al equipo para que aporte su creatividad y talento a la obra. Ella conjunta y guía el trabajo para lograr la mayor calidad en el tiempo programado y con los recursos disponibles haciendo soñar al espectador y realizando sueños profesionales de los que trabajan en el proyecto. (Iglesias, 2008, p. 120). 

 

Una vez que fue delineado el perfil histórico y operativo de un productor de telenovelas dentro de un centro de trabajo como lo es la empresa Televisa, es momento de saber qué es y cómo opera la cabeza creativa de las producciones seriales.  

 

El Showrunner 

El reciente ascenso de las series a nivel mundial ha permitido que los creadores de ficción televisiva ocupen un nivel de reconocimiento inédito hasta el momento. Al igual que los personajes protagónicos, el showrunner de una producción cobra relevancia nunca antes vista, este fenómeno que no ha escapado a la atención de académicos como Concepción Cascajosa, quien ubica el surgimiento de este concepto en la industria estadounidense de la década de los noventa para definir al responsable último de una serie, que normalmente recaía en la figura del guionista-productor.  

 

Para Cascajosa (2016) en la actualidad “el término no sólo tiene esa implicación industrial, sino también crítica, contando con las atribuciones de control creativo, visión y rasgos de identidad que lo hacen equivalente a la asignación de autoría que en el cine logran los directores.” (p. 24).   

 

Existen otros rasgos que configuran lo que hoy se conoce como showrunner. Para Gloria Solá (2016) este trabajo es uno de los más complejos dentro de la industria televisiva del entretenimiento, puesto que sus funciones se desarrollan entre el arte y el negocio, dirigiendo no sólo los aspectos creativos sino los financieros y logísticos en una serie de ficción.  

 

A la par del nuevo aire que vivieron las ficciones seriales estadounidenses, particularmente las dramáticas que se produjeron para canales de cable, los showrunners se unieron a este boom como una estrella más de sus propios shows, aunque el término nunca apareciera como tal en los créditos sino como productor ejecutivo. Y si bien la serie no es el único formato ficcional producido en Norteamérica (están las sitcom, las soap operas y las producciones de corte infantil y juvenil, cuyos trabajos creativos también son comandados por sus propios showrunners), el drama seriado ha destacado por la fusión de técnicas que combinan lenguajes y elementos artísticos tanto de televisión como de cine.  

 

Eso implica que en países que no tienen un domino del formato, pero han comenzado a producirlo, el término resulte aún novedoso y al igual que las ficciones, se encuentre en un proceso de reconfiguración de acuerdo a cada lugar y contexto. Así en Latinoamérica especialmente en México, los showrunners están en proceso de construcción tanto desde la práctica como (en un hecho inédito) en la formación dentro de las aulas. 

 

Tanto autores como creadores aportan una lista de características que configuran las funciones de un showrunner, entre ellas sobresalen conocimientos en tres rubros: guionismo, dirección y producción, sin que el showrunner deba forzosamente involucrarse de manera simultánea en todas.  

 

A grandes rasgos este profesional televisivo debe contar, según Solá (2016), con una serie de funciones, habilidades y competencias para el buen desempeño de sus actividades:  

 

Funciones: 

Escribir la Biblia (el documento en el que se incluyen el pensamiento y la planificación de una producción audiovisual que sirve como punto de partida tanto para creadores como para efectos de venta) y definir estilo; supervisar las etapas de la producción; contratar creativos para el guion y la dirección; contratar y gestionar personal y equipos; lidierear el cuarto de escritores, o writer´s room; calendarizar entregas de guion y producción; contratar a los responsables de las áreas artísticas y técnicas; supervisar el desarrollo de guiones y aprobar la versión final; tomar decisiones en los casting; acudir al set de grabación; decidir la edición final de cada episodio; supervisar la postproducción de sonido e imagen; diseñar campaña de lanzamiento; generar contenido para redes sociales e internet. 

Habilidades: 

Generar y desarrollar ideas creativas; colaborar con productores ejecutivos, equipo y cadena; tener conocimiento práctico del trabajo a través de la experiencia; ser capaz de llevar varias tareas al mismo tiempo; ser organizado; tener capacidad de solucionar problemas y tomar decisiones; liderear equipos y asumir riesgos; saber delegar; mostrar autoridad y serenidad. 

Competencias: 

Sacar adelante un show de acuerdo al presupuesto, recursos y calendario; aparecer bajo el crédito de Productor Ejecutivo; ser el enlace e interlocutor con la cadena televisiva; tener capacidad de negociación; capacidad de gestión y coordinación.  

Sin entrar en mayor detalle y de acuerdo a lo antes mencionado, un showrunner es la figura creativa que aporta la idea y cuida de ella en todos los procesos, supervisando que correspondan al estilo y al tono propuesto desde su origen, por lo tanto adquiere el poder suficiente dentro del organigrama para involucrarse en la creación y la gestión administrativa así como en la toma de decisiones, para dar continuidad a los procesos tanto de contenido como de coordinación y así lograr que su visión permanezca de principio a fin.  

 

La complejidad de un showrunner se entiende en el contexto industrial de las grandes cadenas norteamericanas, las grandes cantidades asignadas a sus presupuestos y el volumen de series producidas al año, considerando además las características propias del formato de una serie en el que debe atender a la continuidad de su contenido que oscila entre 13 y 22 capítulos por temporada (si es premium oscilan entre 6 u 8 por temporada), prestando atención a los detalles entre uno y otro episodio que pueden tener tramas autoconclusivas, de continuidad a largo recorrido o una combinación entre ambas.  

 

Productores y showrunners en el contexto nacional 

Hasta ahora es posible ir detectando diferencias y similitudes entre ambos cargos, sin embargo hay un término que aún no ha sido definido y resulta fundamental antes de seguir adelante: el productor ejecutivo, antecesor del showrunner 

 

El Glosario de términos audiovisuales artísticos y técnicos describe al productor ejecutivo como el máximo responsable de toda la organización técnica así como de la administración del dinero, que puede ser el gestor del proyecto o bien, un ejecutivo que la empresa coloca a modo de representación (2012). Solá agrega que dentro del contexto de la televisión estadounidense, el productor ejecutivo era la figura responsable del día a día de la producción, aunque tuvo que distinguirse de la autoridad creativa debido a al amplio rango de profesionales que correspondían a tal título, que abarcaban la responsabilidad en la planificación y la organización, o en el peor de los casos únicamente el crédito otorgado sin otro tipo de función (2016). 

 

Como el término está cobrando fuerza en distintos lugares, el hoy denominado showrunner español Javier Olivares, creador de series como Los Serrano (2003), Isabel (2012) y Ministerio del tiempo (2015) propone una manera muy sencilla para descubrir cuándo una persona es el showrunner de la serie, en el entendido que el crédito como tal no figura en las producciones estadounidenses: basta con poner atención a los créditos y buscar si el creador de la serie coincide con el o alguno de los productores ejecutivos (SERIES, 2018). 

 

Por lo antes mencionado, una de las grandes diferencias que distancian la labor del productor de telenovelas de las de un showrunner radica en el ámbito creativo, particularmente en cuanto al desarrollo de una idea de su propiedad. De hecho, en los melodramas mexicanos el crédito del creador como tal no existe. Esto no implica que un productor no se involucre en ese proceso ni que el showrunner resulte el guionista de la serie.  

 

El productor Juan Osorio describe el momento de la elección de una historia: 

 

La historia la escojo, decido yo la historia que voy a hacer con mi equipo de trabajo como es Roy que es mi productor asociado, como es el escritor, o sea, todos tenemos que estar de acuerdo para contar… la historia la decido yo, pero todos, desde escritores, actores, técnicos, todos, tienen que contar la misma novela, no cada quien su novela porque entonces se dispersa y en ese momento confundes al público. (TVUDLAP, 2015)  

 

Pero, ¿todos los productores ejecutivos pueden ser showrunners y los showrunners productores ejecutivos? 

 

En el año 2015 comenzó la producción de la primera serie de Disney Media Distribution Latin America para el público adulto: la bioserie del cantante Juan Gabriel, Hasta que te conocí. De la mano de Somos Productions, empresa mexicana, se llamó al argentino Alejandro Aimetta para estar a cargo del proceso creativo de la serie en calidad de showrunner. En una entrevista, Aimetta aseguró que su cargo “es una especie de productor general creativo que no se mete en cuestiones administrativas” (Arrascaeta, 2015). Posiblemente al tratarse de una multinacional como Disney, alguno de los cinco nombres que figuran en los créditos como productor ejecutivo realizó esas actividades por él, mientras que su nombre sí figura hasta el final como showrunner 

 

A diferencia de las telenovelas, en las series producidas en México sí existe el crédito del creador. En El Pantera (2007), serie de Televisa aparece en la cortinilla de entrada el nombre El Pantera y en la parte inferior la leyenda “creado por Daniel Muñoz”, quien era el autor del cómic en el cuál estaba basada la historia; sin embargo en la dirección figura el nombre de Gustavo Loza, un creativo que comenzó su trabajo en el Canal Once de la mano de Patricia Arriaga con una de las producciones catalogadas como la primera serie de televisión: Camino a casa (1997).  

 

Aunque en Camino a casa el crédito de Loza era el de productor ejecutivo, tanto en Los héroes del norte (2010) como en Cloroformo (2012), serie producida para Televisa Deportes, su crédito aparece en primer lugar con la leyenda “una serie creada por Gustavo Loza”, además de figurar en el guion, la dirección y la producción.  

 

El caso de Patricia Arriaga, quien comenzó su carrera en la primera etapa de Plaza Sésamo en México, es también el de una showrunner que tampoco ha figurado como tal en las pantallas. En una de sus primeras producciones El diván de Valentina (2002) para Canal Once los créditos creativos que aparecían hasta el final de cada capítulo la sitúan como la primera de cinco personas que figuraban como creadores de la serie, sin embargo su nombre en solitario se repetía en la producción ejecutiva. Tras la producción de Fonda SusillaKin, y XY, todas para el canal público, en el año 2016 produce Juana Inés, ficción histórica serial sobre la vida de Sor Juana Inés de la Cruz donde su nombre aparece hasta el final de los créditos de dos maneras: como productora ejecutiva y después la leyenda “serie creada por”, situación que se repite en Malinche (2019), la primera serie hablada en distintas lenguas indígenas en México. 

 

Para la producción de Malinche, Arriaga reconoce su participación desde el inicio del proyecto planteando su idea y llevándola a cabo en el cuarto de escritores, espacio donde creador y su equipo trabajan en la realización de los guiones para cada capítulo (Saga, 2018), además de todo lo que implica, sobre todo para series históricas, la negociación de las locaciones, el casting y la administración de recursos que en su caso no son solicitados en función de sus necesidades sino, por el contrario, recibe lo que el canal público está dispuesto a invertir en cada ficción.  

 

Los showrunners han cobrado un protagonismo particular adjunto pero a su vez independiente de sus shows. Los ejemplos de Gustavo Loza y Patricia Arriaga podrían encajar en esta realidad, lo que no significa que todas las producciones seriales en México se definan por su creador. Durante este proceso de adaptación, mientras el término showrunner todavía es ajeno o desconocido para el público, algunas casas productoras le han apostado al trabajo en equipo, de tal suerte que lo que se reconoce no es la figura central del creador sino el nombre de la empresa, tal es el caso de Lemon Films que lo mismo ha realizado Paramédicos para Canal Once, como Señor Ávila para HBO, entre otros.  

 

¿Qué pasa entonces con los productores de telenovelas cuando el formato que saben producir está en aparente desuso y se tiene que apelar al cambio en su nomenclatura en lugar de haber evolucionado orgánicamente junto con las nuevas temáticas y condiciones técnicas que el ritmo competitivo trae consigo? 

 

Se insiste en la importancia de que un showrunner conozca sobre guionismo, dirección y producción, pero lo cierto es que en el ámbito de las telenovelas “los productores qué quisieron abarcar todo, no fueron exitosos” (Carlos Moreno, comunicación personal, 30 de enero, 2019). En su estudio etnográfico, Chávez (1998) reconoció dos tipos de relaciones entre productores y sus equipos de trabajo, la directa y la indirecta. Respecto a la directa, encontró que se da en la medida en la que el productor esté desvinculado del saber, hacer y poder que otra persona del equipo tenga respecto a su función específica, por lo que resulta indispensable el enlace entre ambos, productor y creativo, para que la producción marche adecuadamente.  

 

Sin embargo esto no limita al productor a que, en función de sus propios saberes, pueda aportar en cargos más allá de ser un mero organizador y delegador. En el caso de Carla Estrada por ejemplo, antes de su primer título Pobre juventud (1986) fue la primera directora de cámaras de una telenovela en Vanessa (1982), producida por Valentín Pimstein. Y al igual que Ernesto Alonso, en su último título Silvia Pinal Frente a ti, su nombre figura en dos ocasiones diferentes: como directora de escena y cámaras y como productora ejecutiva.  

 

Por su parte, la primera inclinación creativa de Juan Osorio en la televisión fue la dirección, actividad que ha realizado en distintos videohomes, además de haber incursionado en el ámbito teatral. Actualmente se encuentra en la producción de la serie llamada El corazón nunca se equivoca, donde la pareja de adolescentes homosexuales Aristemo será la protagonista de  una historia que se entrecruzará con otras en una serie independiente a lo que fue Mi marido tiene más familia, un ejercicio transmedial que también ha llevado a los escenarios teatrales.  

 

Conclusiones 

Después de reflexionar alrededor de los dos cargos, productor de telenovelas y showrunner, dentro del contexto mexicano, es posible enlistar algunas conclusiones respecto a sus similitudes y diferencias: 

 

Una de las diferencias significativas es el peso creativo. Un showrunner gesta una idea, interviene ya sea desde la escritura, la dirección y/o la gestión administrativa para que ésta conserve un mismo tono y estilo, mientras que un productor de telenovelas es un seleccionador de ideas que busca materializar gracias a la gestión de los recursos materiales y humanos para que se convierta en un producto de calidad.  

 

En este punto, sin embargo, ambos roles comparten el talento de seleccionar a la gente con la que realizarán su narración audiovisual.  

 

La posición de director en un showrunner no suele permanecer durante toda una temporada. Algunos eligen dirigir únicamente el primer y último capítulo de cada temporada, lo que les confiere un cierto estátus por encima de cada director que esté en los distintos episodios. En las telenovelas un productor puede recurrir a una serie de directores (director en foro, director en exteriores) y contar, además, con uno que se encargue de unificar los distintos esfuerzos. El melodrama mexicano ha contado con directores como Jorge Fons, elemento recurrente en los equipos de Juan Osorio, Arturo Ripstein, quien trabajó con Julissa en Dulce desafío (1988) y Antonio Serrano, quien antes de trabajar para Epigmenio Ibarra lo hizo en Mágica Juventud (1992) de Emilio Larrosa y antes en Teresa (1989) de Lucy Orozco. 

 

Como similitud, ambos roles juegan en el contexto de un equipo de trabajo, solo que en el showrunner se apela más al trabajo de autor, mientras que en la telenovela se habla del equipo en general debido a su condición industrial.  

 

Un showrunner cuenta con una serie de competencias creativas que pone al servicio de la serie, lo que no significa que un productor de telenovelas no las posea.  

 

En ambos casos las posiciones pueden resultar limitantes o no de acuerdo al tiempo de experiencia y de relación con la o las empresas empleadoras. Las relaciones de poder que trascienden a los equipos de trabajo y la capacidad de negociación resulta una competencia fundamental.  

 

Es posible que no todos los productores ejecutivos puedan convertirse en showrunner, pero, al menos en el caso mexicano, no se garantiza que un showrunner pueda ser un productor ejecutivo.  

 

Así, un productor que conoce el manejo del melodrama aunque varíe la nomenclatura y el formato de una telenovela, puede realizar una serie rescatando elementos técnicos cinematográficos como el cuidado en la iluminación y fotografía, (como el caso de Sin miedo a la verdad de Rubén Galindo), aunque no sea imposible que un showrunner maneje este recurso dentro de una serie, como fue la propuesta de Manolo Caro para Netflix La casa de las flores 

 

La producción de telenovelas es un oficio que sólo la práctica ha podido profesionalizar, mientras que un showrunner puede formarse desde las aulas, como sucede con la mayoría de experiencias educativas ligadas al cine.  

 

El showrunner imprime de primera mano su estilo narrativo. El productor lo consigue a través de sus escritores y directores. El estilo, en ambos casos, existe y se perfecciona con el tiempo.  

 

Y por último, no todas las telenovelas tienen productores reconocidos mediáticamente hablando ni todas las series producidas en México son encabezadas por showrunners 

 

Tanto las telenovelas como las series, tanto sus productores como sus showrunners, son conceptos cambiantes que aún no han encontrado su lugar en este nuevo panorama creativo y mercantil pero se encuentran andando sobre ese camino. Como lo plantearon Sánchez Ruiz (1992), González Molina (1998) y Murdock (1988), documentar y analizar estos cambios contribuyen a un mejor entendimiento del presente pero también a dar luces de lo que puede ser el futuro, uno donde quizá las telenovelas dejen de ser producidas para dar paso a su similiar las teleseries, sin sacrificar la exaltación del bien sobre el mal en relatos contenidos de valores y sentido familiar 

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TVUDLAP. (5 de diciembre de 2015). Juan Osorio en El Interrogatorio | Versión Extendida TVUDLAP. [Obtenido de Archivo de video]. Recuperado de: https://youtu.be/KdlrlIVNkls 

Vale, T. (2016). Valentín Pimstein. Una vida de telenovela. México: MaPorrúa. 

 

 


Autores
Raquel Guerrero Viguri es Maestra en Estudios de Cultura y Comunicación por la Universidad Veracruzana y creadora del proyecto de divulgación audiovisual Ratona de tv: www.ratonadetv.com
Ilustración por Caro Monterrubio.
Ilustración por Caro Monterrubio.

Al poeta Juan Bañuelos, en memoria.

 

Orígenes

La palabra tojolabal (tojol ab’al’) viene de ab’al’: palabra, idioma, lengua; y de tojol: verdadero. O sea, tojolabal quiere decir lengua verdadera. Una tojol (waj) es una tortilla recién hecha, caliente y sabrosa, pero la tortilla tojol es la que “está en su punto”, recién salida del comal y está por cumplir su función de ser alimento. Así, los hombres y mujeres de este grupo étnico se hacen verdaderos (o tojol winik: hombre verdadero) desde una ética y frente a una conciencia colectiva. “Los hombres verdaderos” tienen un reto por cumplir día a día, se puede acertar o fallar en esa tarea, pero deberán hacer conciencia del reto y el compromiso que conlleva, pues “no se nace, sino se hace tojol”. El tojol, pues, es un camino de rectitud y siempre por construirse.

El pueblo tojolabal (emparentado con el chuj de Guatemala, en su origen) es una de las 14 lenguas mayas habladas en el presente, en el estado de Chiapas, al sureste de México1. Su relación ritual y sagrada con sus vecinos cercanos: chuj, tseltal, tsotsil, forman un espacio sagrado que, aparte de identidad, les da sentido histórico y simbólico en el ahora, considerando que el núcleo del grupo está asentado, básicamente, en los municipios de Altamirano y Las Margaritas. Su cultura, cosmovisión y vida cotidiana (lo sagrado y lo profano) tienen raíces y se organizan alrededor de la agricultura del maíz y frijol, la actividad más importante de la comunidad, que aparte de mantener el núcleo familiar, también sostiene fuertes lazos comunitarios. A través de la asamblea, con representantes locales y regionales, más un consejo de ancianos, deciden por el bien de los pueblos.

Por ser un pueblo mayense, los tojolabales pueden circunscribirse al complejo histórico y cultural llamado Mesoamérica, unidad creada por la antropología en los años 50, conformada por pueblos con un origen y una historia más o menos común y que abarca desde el norte del Altiplano Central, pasando por el sur de México, hasta llegar a Nicaragua y Honduras. Muchos mitos y rituales, con variantes, se repiten a través del Mesoamérica actual: el nacimiento de los primeros dioses, la creación de los hombres de maíz y la conexión con los muertos. Según descubrimientos arqueológicos en glifos, códices y estelas, la configuración mesoamericana tiene su origen con la cultura olmeca, la madre de las culturas, asentados en el Golfo de México (San Lorenzo y Tres zapotes en Veracruz; y La Venta, Tabasco). La cultura olmeca se remonta a 1250 a.C. y sus avances civilizatorios fueron extraordinarios: elaboración de cerámica compleja, una sociedad en torno al maíz, la invención de una simbología, o sea, un lenguaje con el cual poderse expresar a través de una estética propia y original. Y lo más importante: la invención de un calendario agrícola, que claramente marca la relación de los hombres con la naturaleza (plantas y animales), en una mitología con conexiones sagradas.

 

El presente

Es bien sabido que un poco antes de la Conquista, los grandes centros civilizatorios se encuentran en un colapso y los diferentes grupos mayas están por reorganizar su vida y su futuro. Aparte de que para los aztecas no fue fácil reducirlos en su tiempo imperial, parece que a los sureños no les interesa el poder, pues según la historiadora Gudrun Lenkersdorf 2 reproducen una “economía rural no acumulativa”, con “propiedad colectiva”, y se rigen por “naciones sin Estado (sin individualizarse)”.  Más lo anterior no es muy cierto: se trata de un pedazo de historia bastante caótica entre los nativos (desaparición de los centros políticos y económicos) y han llegado los españoles con su afán de desaparecer cualquier rasgo de la cultura original. A partir de ahí, la Conquista llega a la selva Lacandona, último reducto de los mayas, 167 años después.

Mucho tiempo después de guerras y evangelios españolizantes, a pesar del etnocidio de los antiguos lacandones, este pueblo originario (los tojolabales) que hoy viven en los territorios de Las Margaritas, Altamirano y alrededor de los valles de Comitán, pudieron permanecer autónomos ante la expansión comercial y tributaria del imperio azteca y del gobierno de la Nueva España.

En el siglo XIX se les despojó de sus tierras al crearse las haciendas, y después, en el siglo XX, fueron sustituidas por las fincas de poderosas familias chiapanecas que, ante la Reforma agraria promulgada por el presidente Cárdenas, el retraso propiciado de tal Reforma por los finqueros, y la poca vigilancia del gobierno central, se les da a los tojolabales las peores tierras (es el clima y la atmósfera histórica, la tensión de la relación indio-ladino (blanco o mestizo), con conspiración indígena de por medio, reproducida en la novela Balún Canán de Rosario Castellanos). Después, el ejido se abrió paso, pero el crecimiento poblacional y la parcelación extrema hicieron que muchas familias se internaran en la Selva Lacandona y las Cañadas, y así colonizarlas y obtener tierras más amplias y fértiles.

Ilustración por Caro Monterrubio.

Ilustración por Caro Monterrubio.

Lengua y cultura

Si algo sabemos acerca de la identidad y cosmovisión de los tojolabales, se lo debemos, considerablemente, al lingüista Carlos Lenkersdorf. De origen alemán, llegó a las comunidades indígenas de Chiapas en los años setenta. La primera tarea del maestro fue hacerse alumnos de los tojolabales y pedirles que les enseñara su lengua. Después de aprender el tojolabal, en una especie de ayuda mutua (ellos no sabían que se podía escribir su lengua), tuvo la llave para entrar y descubrir una cultura bastante singular, una comunidad donde la estructura lingüística tiene la posibilidad, desde su uso cotidiano, de incluir la perspectiva del otro, a la hora de tomar decisiones. El resultado es un conocimiento colectivo que se construye para la vida comunitaria.

En aquellos años, la Diócesis de San Cristóbal de Las Casas ya se encontraba en el trabajo pastoral en tierras tojolabales, y el Obispo Samuel Ruiz pidió al maestro alemán que tradujera el Nuevo Testamento al tojolabal, tarea que lo llevo a darse cuenta de que los textos elegidos para su traducción eran aquellos que compartían afinidades con su cosmovisión, o sea, no eran traductores autómatas, sino críticos; y además se mostraban como una comunidad abierta a la pluralidad de culturas.

Para la década de los noventa, el doctor Carlos Lenkersdorf había hecho un diccionario tojolabal de dos volúmenes, un libro para principiantes en esta lengua y otro sobre la sintaxis y la gramática3; también había recopilado una serie de testimonios, mitos, ritos y cuentos de la tradición oral. Finalmente, su incansable contribución, siempre desde el ángulo de la lingüística y la filosofía del lenguaje, había elevado el pensamiento tojolabal al rango de “los amantes de la sabiduría”4, y había demostrado que esta cultura era sistematizable y podía profundizar en lo humano, al igual que las filosofías occidentales y orientales.

En todos sus libros, el lingüista Lenkersdorf, resalta el origen del pensamiento indígena tojolabal y, a través de sus estudios lingüísticos, lo diferencia de otros pueblos europeos, provenientes de la familia indoeuropea. Solo en pocas lenguas como el vasco, algunas australianas y africanas, poseen la estructura ergativa que posee el tojolabal. ¿De qué trata la ergatividad? A diferencia de las lenguas que tienen una relación estructural sujeto-objeto, las ergativas o intersubjetivas, convierten todo objeto en sujeto. En el tojolabal existen más de seis sujetos diferentes y en ninguna oración permanecen pasivos. Como la lengua refleja, en su estructura, el comportamiento y las costumbres sociales de un grupo, en el tojolabal no existe el verbo “ser”, ni el “yo”, sino un “nosotros” que implica inclusión y complementariedad en los actos de la vida. “[…] los sujetos, constituyentes del “nosotros” pueden ser humanos y animales, plantas y manantiales, nubes y cuevas, cerros y valles, comales y ollas” 5. La intersubjetividad, o sea, la inclusión de sujetos en el decir y actuar de los tojolabales nos recuerda que todo está vivo, por un principio animista, que ya no es anacrónico, como se piensa, sino que puede formar parte medular de la conciencia ecológica de hoy día.

En cuanto a literatura se refiere hay poco material recopilado por el mismo Lenkersdorf, desde los años 70, a partir de sus tareas de alfabetización, hasta su muerte en 2010. La razón de la poca existencia de textos literarios es que nos encontramos frente a una cultura de tradición oral, que empieza a interesarse por la escritura y tiene poco interés en difundir a un autor. La poesía y los testimonios, entre los tojolabales, son usados para recrearse como comunidad y es de quien se adueña del poema o la canción. Así pues, la literatura tojolabal ha sido anónima y sus temas recrean la vida cotidiana y los saberes ancestrales en boca de los viejos. Aquí una muestra de unos poemas recopilados por el maestro Lenkersdorf, con una traducción casi literal, pues es material que se originó en los momentos de los talleres de alfabetización en la comunidad:

 

Jun rato

Jun rato wa xk’an yal chab’ ora.

Nalan rato wa xk’an yal jun ora.

Chab’ rato wa xk’an yal chañe ora.

Jo’e rato wa xk’an yal lajune ora.

Wake rato wa xk’an yal lajchawe ora.

Ti wa xek’ ja k’adc’ua.

Wa xcha och a akwali.

 

Ja Ka’hM’

Qjxa eluk ja k’ak’u.

Wa xcha el ja k’ak’u.

Elta ja k’ak’u.

Cha’anxa ja k’ak’u.

Ojxa kujlajuk ja k’ak’u.

Kulanxa ja k’ak’u.

Tz’elanxa ja k’ak’u.

Ochta ja k’ak’u.

Manto jechel

 

Un rato

Un rato quiero decir dos horas.

Medio rato quiero decir una hora.

Dos ratos quiero decir cuatro horas.

Cinco ratos quiero decir diez horas.

Seis ratos quiero decir doce horas.

Pasó, pues, el día.

Ya entra la noche.

 

El día

 

Ya va a salir el sol.

Ya sale el sol.

Ya salió el sol.

Alto está el sol ya.

Ya va a llegar el sol a su plenitud (mediodía).

Ya se asentó el sol (mediodía).

Ya se inclinó el sol.

Ya se puso el sol.

Hasta mañana.

 

Actualidad

Sirva lo anterior como notas, un tanto dispersas, para constatar que los pueblos originarios, como el tojolabal, están vivos, frente a un Estado y una sociedad que no los escucha ni comprende. Su forma de vida, su organización social y su memoria constituyen el México profundo. Su relación sagrada con la naturaleza y otros pueblos hablan de cierta fuerza comunitaria y de una dinámica de cambio permanente frente al mundo complejo y problemático actual. De su lengua y palabra (su respeto a ella) nació, sobre todo para los pueblos originarios, la poesía del siglo XX y XXI. Una poesía que cimbró la conciencia y otorgó una esperanza de construir un país nuevo, a partir de una nueva identidad: la de los pueblos indios de México. Hoy día trabajan por su autonomía, a pesar de que los gobiernos perpetuaron y perpetúan un desprecio y un rechazo a su participación en la vida política y social de este país.

Su literatura, tanto oral como escrita, es la vanguardia de una literatura nacional, a veces poco apreciada y desplazada hacia las periferias o usadas por gobiernos neoliberales que ven en los pueblos indígenas, desde una visión folclórica, la oportunidad de relegarlos y aprovechar su imagen con fines turísticos, o trasnacionales con respecto a su territorio.

No es difícil imaginar que en el seno de estas comunidades que resistieron a través de siglos, se dé el nacimiento de una ideología como la del Ejercito Zapatista de Liberación Nacional en 1994. La mayoría de los tojolabales formaron parte (y además siguen en el territorio de resistencia) de las bases de apoyo, milicianos e insurgentes del EZLN. Pero su grito de guerra fue el reconocimiento de sus derechos y su autodeterminación, sin renunciar a la identidad mexicana. Lo más notable es que su aparición y construcción como movimiento lo hicieran a través del diálogo, y al mismo tiempo trabajaban sus autonomías con una filosofía propia, hecha desde los pueblos autónomos zapatistas.

Desde aquel primer día de 1994, y a través de una revolución más bien “cultural”, como le gustaba llamarle al maestro y poeta Juan Bañuelos, se desplegó un diálogo constructor, nacional e internacional, con la identidad, de por sí plural, de otros pueblos originarios. Desde entonces, su palabra verdadera se extendió por el mundo y va seguir siendo un referente para construir democracia ante la amenaza de gobiernos totalitarios en el orbe globalizado.

 

Bibliografía
Aubry, Andrés, 2005, Chiapas a contrapelo. Una agenda de trabajo para su historia en perspectiva sistémica, Editorial Contrahistorias/Centro de estudios Immanuel Wallerstein, México, pp. 5-70.
Cuadriello Olivos, Hadlyyn y Rodrigo Megchún Rivera, 2006, Tojolabales, Comisión Nacional Para el Desarrollo de los Pueblos Indígenas, México,
Lenkersdorf, Carlos, 1974, Relatos de los tojolabales, mayas de los Altos de Chiapas en México, La Castalia, Comitán, Chiapas, México, 18 pp.

López Austin, Alfredo y Leonardo López Luján, 2001 (2da. Edición), El pasado indígena, Colegio de México (COLMEX), Fondo de Cultura Económica (FCE), México, pp. 58-
Montemayor, Carlos, 2004, La voz profunda. Antología de la literatura mexicana en lenguas indígenas, Joaquín Mortiz, México.
Najera Castellanos, Antonio de Jesús, “La dimensión sagrada entre los tojolabales”, junio de 2016, revista Espacios.

Autores
San Cristóbal de Las Casas, Chiapas (1972). Egresado de la Sociedad General de Escritores de México (CDMX, 1994-96). Estudiante de la licenciatura en Lingüística en la Escuela Nacional de Antropología e Historia (ENAH). Ha sido corrector de estilo, distribuidor, consejero editorial, colaborador y editor de varias revistas mexicanas. Fundador de la revista Incuicatl, sobre literatura y lingüística. Primer lugar en poesía en el premio Casa del Lago “Juan José Arreola” de la UNAM (2000). Promotor cultural y difusor de la literatura, es fundador de la revista Azogues (2019), sobre literatura y artes gráficas de San Cristóbal. Ha participado en coloquios de lingüística, semiótica, literatura e historia.
Ilustración por Nuria Mel.

Salgan signos a la boca
de lo que el corazón arde,
que nadie, nadie creerá el incendio
si el humo no da señales.

El que su cuidado estima,
sus sentimientos no calle;
que no es muy valiente el preso
que no quebranta la cárcel.
Sor Juana Inés de la Cruz

El incendio estaba ahí, antes que los humanos. De los elementos primitivos rescatados por algunas culturas occidentales (agua, tierra, aire), el fuego no solo ha sido manipulado por la humanidad, sino que logramos recrearlo; el misterio y el origen habitan en esta posibilidad. Ya es común pensar en la lumbre como una alegoría del conocimiento, y las genealogías en occidente han recuperado a Prometeo como el personaje que robó el fuego a los dioses, lo que facilitó nuestra vida; pero es necesario reparar, también, en cómo facilitó el estallido de la violencia.

El ritual frente a la fogata y la oportunidad de lo incendiario evocan aspectos de nuestra subjetividad que se han vinculado a la percepción cultural que tenemos sobre el amor, la muerte y la pasión: la pira mortuoria, el cuerpo que se hace cenizas en búsqueda del estado fundacional; los sujetos que en metáforas se envuelven en llamas para evidenciar una fisiología que simula el calor y la inflamación de las reacciones sexuales; el incendio que acaba y propicia todo, lo pasional.

Bajo un examen etimológico, la pasión se padece, se construye en la pasividad del estado racional; desde una postura aristotélica, “«páthē» y «páthēma», coinciden en indicar alguna «afección», por lo general, descrita en términos de placer o dolor, per-turbación, alteración, apetencia o deseo.” (Luciano Garófalo, 2017, pág. 140) Quizá es lo que nos vincula con nuestra animalidad y la imposibilidad de comprendernos por completo y en lo que se focalizará esta reflexión. La propuesta es aproximarnos a las expresiones afectivas y cómo se estructuran para sostener un proyecto económico-comunicacional-político que flexibiliza sus estrategias, pero se afirman como única alternativa.

 

Temporada de arrebatos

En este apartado se abordará la pasión, no desde sus implicaciones con lo sexual-afectivo, sino con otras facetas que aparecen como contexto y escenario en el que se subliman esas afectaciones.

Hace unas semanas acudimos a reproducir de forma viral un video en que la pasión se expresa como desorden: “el asalto frustrado en la combi”. La pasividad es solo ante el miedo, mientras que las acciones parecen mediadas por la sobrevivencia. Ese registro detonó el enardecimiento de un código fuera de lo políticamente correcto, pero que responde a la identificación de esos otros sujetos que experimentan el mismo síntoma: el instinto que se performa y justifica.

El cuerpo confinado en un signo representa un totalidad tan amplia que se hace presente. La producción discursiva, posterior al alcance viral de la escena en la combi, daba cuenta del deseo compartido por muchxs: el contexto de la inseguridad que no logra paralizarnos, pues es solo uno de los obstáculos para la subsistencia. Ritual que contemporizamos a los modos discursivos actuales, pero que evoca a los rasgos barrocos de los versos con que inicia este ensayo: deseantes del todo, nos construimos signos para hacer presente la ficción.

El recordatorio apareció otra vez, en medio de las polémicas y opiniones sobre la “escena de la combi”; se hizo evidente que si hay respuestas radicales frente a la violencia, deben ser ejercidas por varones a quienes se idealizará y recuperará como sujetos hacedores de justicia; doble moral presente en las redes sociales que han expuesto desagrado o incluso han “regañado” a los movimientos feministas que realizan alteraciones en el espacio público para expresar la urgencia de atender las violencias de género.

Padecemos el juicio elaborado desde el miedo y el hartazgo. Las polarizaciones políticas (que no son exclusivas del contexto mexicano) vinculadas al estado o a movimientos como el feminismo, vociferan la urgencia de los temas y hacen indiscutible que muchas agendas se crean desde escenarios catastróficos que exigen actuar afectiva y efectivamente.

Con frecuencia acudimos a la batalla de interacciones discursivas. Cualquier aspecto parece reducido a estar “a favor o en contra”; reconocerse parte de un grupo: el que respalda o el que recrimina. La defensa que se observa en estas formas de sociabilidad construye un diorama dispuesto para el arrebato.

Las pocas preguntas que surgen apenas son retóricas, pues en estas disputas se plantea el juicio definitivo. Tener la razón no porque esto pueda realmente modificar las encarnaduras materiales sociohistóricas de los problemas, sino para marcar una moralidad del instante que se olvidará con el siguiente compromiso.

 

La flama atrae, deslumbra y mata

Una mujer se inflama.
Tiene veinte años
y un cuerpo lleno de fuego.
Palpita el vientre
sus blancos pechos erguidos
y abrasados.
Se contorsionan las caderas
los muslos hierven.
Anh Dai
tiene el cuerpo encendido por la llama.
Pero no es el amor.
Es el napalm.

Minerva Salado

En esta llamarada que habitamos, el amor consume la vida de miles de mujeres que han sido víctima de diferentes formas de violencia. De acuerdo con las cifras institucionales de denuncias por feminicidios, de enero a julio del 2020 en México, se reportan 566 casos (Secretaría Seguridad, 2020, pág. 18); aunque es bien sabido que la realidad rebasa estos números, en principio, porque no siempre hay condiciones para desarrollar procesos de denuncia.

Eros y Tánatos, personajes que la mitología griega vinculó al amor y la muerte, y que la tradición del psicoanálisis ha recuperado para exponer su teoría sobre las pulsiones: más que dualidad, es la evidencia de los aspectos contradictorios que nos configuran. Eros y Tánatos, entonces, se toman de la mano para normalizar su vínculo en la configuración de un proyecto que no es íntimo, sino político-económico, la forma en la que nos agrupamos a través de dispositivos como el matrimonio y las estrategias para lograrlo no solo sostienen la institucionalidad moderna sino que la perpetúan; lo que se considera como una decisión privada es apenas una de las elecciones a las que estamos sujetxs. O peor, la intimidad también está en juego y se ha hecho cada vez más partícipe de las relaciones de poder. Como expone Giorgio Agamben, “La intimidad es, pues, un dispositivo circular, por medio del cual, regulando selectivamente el acceso a sí, el individuo se constituye a sí mismo como el pre-supuesto y el propietario de la propia privacy.” (Agamben, 2017, pág. 179).

Gestionamos los afectos: administramos el tiempo que les dedicamos, el tipo de mensajes que usamos para vincularnos, el tipo de actividades y de registro comunicacional, en fin, buscamos su comprensión racional con equivalencias que nos sosieguen, por ejemplo, la cantidad de interacciones en redes nos otorga un número sobre el interés que generamos en otras personas.

La versión beta de Tinder estaría en los test de las revistas del siglo XX que, dirigidas a mujeres, proponían recetas y caminos para encontrar el “amor ideal”. Por lo que se planteaba un boceto de lo deseable en el terreno de Eros. Ahora, las estadísticas arrojadas por la información privada que volcamos en nuestros dispositivos, “nos acerca” con esos perfiles (que no sujetos o personas) que podrían ser compatibles con la narrativa digital que ideamos de nuestra personalidad y que bajo las dinámicas propuestas es posible diseñar una cartografía de la posibilidad.

Aunque no es nuevo que las expresiones que rodean a Eros estén vinculadas a los discursos ficcionales, de hecho, han sido parte importante de la producción estética y literaria de occidente, el uso excesivo del discurso de los afectos (iconos de “reacción”: corazones, caras alegres, enojo, etc.) nos coloca, de acuerdo con Jameson en “un tipo completamente nuevo de emocionalidad -que llamaré ‘intensidades’- cuya mejor comprensión se logra mediante un retorno a teorías más antiguas sobre lo sublime; la profunda relación constitutiva de todas estas características como una tecnología absolutamente nueva, que constituye, a su vez, la corporeización de un sistema económico internacional nuevo” (Jameson, 1991, pág. 17). Aunque este es un tema que merece todo un tratamiento aparte, sería importante reconocer que solo una de las características que ya reconocía Longino es la dimensión de los afectos como detonador estético.

A pesar de los cambios al exponer las narrativas, parece que la estructura del discurso amoroso de occidente reproduce las estrategias políticas-económicas de cada época y que, en gran medida, se explicitan en la figura del contrato matrimonial. En las tradiciones occidentales, el matrimonio, por ejemplo, ha sido un vínculo regulado por el poder hegemónico; en su momento, la iglesia y, en la actualidad, el contrato está institucionalizado por el estado y se basa en el reduccionismo de la sexualidad a un esperado propósito reproductivo, o la asignación de bienes materiales.

Durante mucho tiempo, en la ciencia social se consideró que la división del trabajo basado en la fisiología explicaba claramente la estructura diferenciada entre los cuerpos y, más aún, justificaba la dedicación de los cuerpos con vulva a lo doméstico que, además, no era entendido como trabajo. El contrato matrimonial del siglo XXI apenas ha ampliado las identidades de los cuerpos que puede sujetar, pero las condiciones económicas y reproductivas siguen en el centro.

Desde los distintos feminismos se ha abordado el mito del amor romántico como base de nuestras ideas e imaginarios en los que se presupone el sufrimiento y sometimiento en la configuración de la pareja y, en muchos casos, deriva en interacciones violentas. Las pedagogías del discurso amoroso se depositan en la repetición performática de las escenas observadas en el cine y la televisión, en las letras de canciones con promesas de felicidad tan grandes como el dolor inherente para alcanzarlas.

Una de las herencias de la modernidad que tuvo ecos en la construcción de amor romántico ha sido la idea de que los seres vivos “nacen, crecen, se reproducen y mueren”; concepto de educación básica que se admite como hecho absoluto e incuestionable.

Si cada ser vivo debe cumplir ese ciclo, y la reproducción está regulada por el vínculo familiar, entonces el matrimonio conformará el espacio legal de los intercambios sexuales como posibilitadores de la perpetuación, ya no solo de las especies, sino del modelo simbólico (bajo la premisa de que cada generación seguirá con la tradición del matrimonio como parte de la vida) y del material, en forma de patrimonio (patrimonium: bienes heredados por vía paterna). El contrato matrimonial y su reafirmación reproductiva parecen el fin último de todo proyecto amoroso.

Aunque en las producciones culturales, como ya se mencionaba antes, el amor suele vincularse con el sufrimiento o con el sacrificio; también se idealiza la promesa de un modelo de felicidad que “implica una forma de orientación: el solo anhelo de felicidad implica que nos veamos direccionadas en determinados sentidos, en la medida en que se supone que la felicidad se sigue de determinadas elecciones de vida y no de otras” (Ahmed, 2019, pág. 129). La promesa del amor es, entonces, la de una felicidad que también está comprometida por la obligatoriedad.

En tiempos recientes, cuando el confinamiento se volvió necesario, se puso en evidencia cuán imposible es convivir de forma saludable cuando no se cuenta con las condiciones básicas. Los espacios habitacionales de grandes capas de población no cuentan con espacios que permitan la privacidad para sus habitantes y complejiza la convivencia en espacios reducidos. La imagen de la familia feliz, con un padre y una madre que disfrutan de su trabajo (y aquí parece necesario recalcar lo doméstico también como espacio laboral), con hijxs disciplinadxs para continuar con el mismo estilo de vida, parece cada vez más lejano si pensamos que los contextos socioeconómicos demuestran el carácter espectral (porque se hace presente, aunque lo reconocemos irreal) de la escena que aún se promueve como lo deseable.

Desde la filosofía, la antropología, la sociología, la psicología, los estudios de las artes y literatura; y las experiencias feministas de chicanas, lesbianas, radicales, poscoloniales, cuir, entre otrxs, se han realizado propuestas que ponen en tensión el proyecto de amor romántico, pero lejos están de generalizar-popularizar otras formas de agrupación que no dependan, por ejemplo, del contrato matrimonial-estatal. El acto de privatizar los cuerpos se bifurca entre su objetivo de producción económica a partir del trabajo y el dispositivo legal de la pertenencia afectiva y reproductiva.

Ilustración por Nuria Mel.

Ilustración por Nuria Mel.

 

Entre tanto fuego, nos acostamos en cenizas

La incandescencia del Pathos afecta nuestra percepción sobre Eros y Tánatos. Atravesadxs por la aparente seguridad de entender el mundo, pero bajo la contradicción de no controlarlo. El miedo y la necesidad de certeza nos orientan por caminos que ya han sido probados, pero que buscan sofisticar los dispositivos de disciplinamiento: la supuesta flexibilidad de instituciones como el matrimonio que en algunas partes del mundo “permite” el contrato entre personas del mismo sexo, pero que no reformula los planteamientos que le sostienen como única posibilidad de agrupación con garantías estatales; a pesar del rebuscamiento en sus formas, parece que insisten en que “el deseo no es falta, sino exceso que amenaza con desbordarse; el placer no define la completitud supuestamente realizada, sino el desborde por el desahogo. No hay metafísica de animales primitivos y andróginos, sino una física de la materia y una mecánica de los fluidos. Eros no desciende del cielo de las ideas platónicas, sino de las partículas del filósofo materialista.” (Onfray, 2018, pág. 121).

El cuerpo productor-mercancía-consumo de estos tiempos gestiona sus vínculos socioafectivos en función de intercambios comunicativos, económicos y sociales; la gestión racional-política del cuerpo cubre el espectro material a través de la distribución de los sistemas sanitarios y otras condiciones que definen las posibilidades de muerte: alimentación, seguridad, tipo de trabajo, condiciones de transportación, por mencionar algunos; y el aspecto simbólico en la construcción de subjetividades orientadas a modelos orgánicos que deben cumplir con las expectativas reguladas por las nuevas formas de sociabilidad.

Incendiarlo todo, ya es parte de las consignas feministas ante la indignación de años y la apatía de muchxs. La llamarada que se prende apenas ilumina lo que queremos exponer y evitar: los cuerpos y su subjetividad han sido privatizados e institucionalizados. La legalidad e ilegalidad, incluso de los afectos o la sexualidad, son parte de las regulaciones que sostienen el caos actual; residuos que, como indica Roland Barthes, “en el fondo de cada figura albergan una frase, a menudo desconocida (¿inconsciente?), que tiene su empleo en la economía significante del sujeto amoroso.” (Barthes, 1999, pág. 15). Así como la flama es apenas reflejo de la combustión, el discurso de Eros y Tánatos ilumina las estructuras simbólicas que lo sostienen, a pesar de las contradicciones que presentan. Esperemos que se apague el incendio o aprendamos a adivinarnos entre lo difuso del humo que sabemos, nunca termina por despejarse.

 

 

Referencias

Agamben, G. (2017). El uso de los cuerpos. Buenos Aires: Adriana Hidalgo editora.

Ahmed, S. (2019). La promesa de la felicidad. Una crítica cultural al imperativo de la alegría. Buenos Aires: Caja Negra Editora.

Barthes, R. (1999). Fragmentos de un discurso amoroso. México: Siglo veintiuno editores.

INEGI. (2016). Encuesta Nacional sobre la Dinámica de los Hogares (ENDIREH). México.

Jameson, F. (1991). Ensayos sobre el posmodernismo. Buenos Aires : Ediciones Imago Mundi.

Luciano Garófalo. (2017). La teoría aristotélica de las pasiones en la Retórica: el caso de phobos. Apuntes filosóficos, 26(51), 136-161. Obtenido de http://saber.ucv.ve/ojs/index.php/rev_af/article/download/14737/14403

Salado, Minerva. (1972). Al cierre. La Habana: Unión de Escritores y Artistas de Cuba.

Onfray, M. (2018). La fuerza de existir. Manifiesto hedonista. Barcelona: Anagrama.

 

 

 

 


Autores
Maestría en Comunicación y Cultura, Universidad de Buenos Aires. Profesora de asignatura de la UACM y de la Universidad del Claustro de Sor Juana. Colaboradorx del diagnóstico de violencia de género en Ecatepec. Ha diseñado y gestionado: talleres, exposiciones, jornadas, podcast, conferencias y otras acciones para problematizar la naturalización de las prácticas sexo genéricas. Coordinadorx del círculo de lectura “Incomodar el género y descolocar el cuerpo”, Biblioteca Vasconcelos.

Ilustrador
Nuria Mel
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).
Antiguo manicomio Hawkhead en Glasgow, por Leslie Barrie.

 

Capítulo XV

Incidentes de la vida en el manicomio

 

 

Hay muy pocas maneras de pasar el tiempo en los pabellones. Toda la ropa del asilo era confeccionada por las pacientes, pero eso no quiere decir que la costura mantuviera ocupadas sus mentes. Tras unos cuantos meses de confinamiento, la idea del mundo exterior se desvanece y todo lo que pueden hacer las prisioneras es sentarse y reflexionar sobre su horrible destino. Desde los pasillos superiores se puede apreciar una buena vista de los botes navegando y Nueva York. A menudo intenté imaginarme, mientras miraba a través de los barrotes a las luces distantes parpadeando, cómo me sentiría si no tuviera a nadie para obtener mi libertad.

He visto a algunas pacientes observar con anhelo hacia la ciudad que seguramente jamás volverán a pisar. Significa libertad y vida; parece estar tan cerca, pero el cielo yace cerca del infierno.

¿Que si las mujeres añoran sus hogares? A excepción de los casos más severos, son perfectamente conscientes de que están confinadas en un manicomio. El único deseo que jamás muere, es el de su liberación, de su hogar.

Una pobre chica solía decirme todas las mañanas: “soñé con mi mamá anoche. Creo que hoy podría venir y llevarme a casa”. Ese pensamiento en particular, ese afán, siempre está presente, aunque ha estado presa unos cuatro años.

La locura es una cosa tan misteriosa. He visto pacientes cuyos labios permanecen cerrados en silencio perpetuo. Viven, respiran, comen; la figura humana está ahí, pero hace falta ese algo, el cual no es necesario para que el cuerpo viva, pero que no puede vivir sin el cuerpo . Varias veces me he preguntado si detrás de esos labios sellados habría sueños imposibles de vislumbrar para nosotros, o si todo era una página en blanco.

En todo caso, son igual de tristes esos casos en que los pacientes siempre están conversando con sujetos inexistentes, los he visto en completa ignorancia de su entorno y absortos con la presencia de un ser invisible. Sin embargo, por muy extraño que parezca, obedecen cualquier orden que se les dé, de la misma manera que un perro obedece a su amo. Una de las fantasías más penosas de todas las pacientes pertenecía a una chica irlandesa de ojos azules, quien creía estar maldita por siempre debido a un solo mal acto en su vida. Su grito espeluznante, “¡Estoy maldita por toda la eternidad!”, sonaba noche y día, y me perturbaba en lo más profundo de mi ser. Su agonía parecía un vistazo del mismísimo infierno.

Después de que me transfirieron al Pabellón 7, todas las noches me encerraron en un cuarto con seis mujeres locas. Dos de ellas parecían no dormir nunca, pues pasaban la noche entera delirando. Una  acostumbraba levantarse y deslizarse por el cuarto en busca de alguien a quien quería matar. No pude evitar pensar en lo fácil que sería si esta mujer decidiera atacar a alguna de las otras pacientes encerradas con ella. No dormí mucho aquella noche.

Una mujer de edad mediana, que solía sentarse en la esquina del cuarto, estaba afectada de una manera muy peculiar. Tenía unas hojas de periódico en la mano y solía leer las cosas más hermosas que jamás escuché. A menudo me sentaba cerca de ella para oírla. La historia y los romances por igual, caían de sus labios con verdadera maestría.

Mientras estuve ahí, tan solo vi que entregaron una carta a una paciente. Despertó un gran alboroto a lo largo del manicomio. Todas las pacientes parecían sedientas por noticias del mundo exterior, así que se juntaron alrededor de la chica afortunada y la atiborraron con cientos de preguntas.

 

Los visitantes siempre eran recibidos con una mezcla de miradas curiosas y júbilo . Un día, la Srta. Mattie Morgan, del Pabellón 7, tocó su instrumento para entretener a unos visitantes. Estaban cerca de ella hasta que uno susurró que era una paciente. “¡Loca!” cuchichearon audiblemente, mientras retrocedían hasta que se quedó sola. El suceso le causaba tanto indignación como risa. La Srta. Mattie, con la ayuda de varias chicas que ha entrenado, hace que las tardes pasen de manera amena en el Pabellón 7. Suelen cantar y bailar. A veces incluso los doctores se acercan y bailan con las pacientes.

Un día, cuando bajamos a cenar, escuchamos un llanto tenue en el sótano. Todos parecieron darse cuenta y no nos tomó mucho tiempo deducir que había un bebé ahí abajo. Sí, un bebé. Parece inconcebible : ¡un pequeño e inocente bebé nacido en este lugar de horrores! No me puedo imaginar algo peor.

Alguna vez, una visitante trajo a su bebé en brazos. Una madre, que había sido separada de sus cinco hijos, pidió permiso para cargarlo. Cuando la visitante quizo retirarse, la angustia de la mujer era incontrolable, pues rogaba por quedarse con el bebé que, en su imaginación, era su propio hijo. Nunca había visto a las pacientes más emocionadas.

El único entretenimiento, si se le puede llamar así, que recibían las pacientes en el exterior, es un paseo semanal, si el clima lo permite, en el carrusel. Es un cambio, así que lo aceptan con algo de alegría.

Las pacientes con casos leves trabajan en una fábrica de cepillos para fregar, una fábrica de tapetes y una lavandería. No obtienen ninguna recompensa a cambio, excepto el hambre en sus estómagos.

 

 


Autores
(Pennsylvania 1864 - Nueva York 1922) fue una periodista, inventora y activista estadounidense. Viajó alrededor del mundo en 72 días, rompiendo las expectativas de Julio Verne. Sus artículos fueron publicados en el Pittsburgh Dispatch, New York World y Cosmopolitan, entre muchos otros.

Dedicado a Pinales, a Saha y a Bigger, por su generosidad, sin conocerlos. 

 

En los largos trayectos a los que esta inevitable ciudad obliga, algunas veces por solaz, otras por sicalípticas odiseas, aunque las más de ellas es por la irremediable anchura con la que los chilangos tenemos que lidiar a diario para alcanzar oficinas, escuelas, parques y demás parajes para conseguir aquello llamado salario” —“Algo malo debe tener el trabajo, o los ricos ya lo habrían acaparado, dice Cantinflas en la espléndida Ahí está el detalle, de Juan Bustillo Oro, un caminante atento, que pese a la premura de la rutina sea un moderno flâneur, puede encontrar resquicios en donde la cotidianidad se rompa y de ellos emerjan siluetas inesperadas, ritmos sugestivamente hipnóticos y ferales voces que expelen insultos en versos polimétricos y en compases de cuatro cuartos. 

       Hay gente que ha conocido el mundo y ha encontrado que éste no es ni tan ancho ni tan ajeno, hay quienes han escrito su vida de subida y saben que es lo mismo de bajada, los que han conocido el poder de la palabra saben quea lengua es la patria del hombre, y también que en la lengua se libran batallas. Estas siluetas se han enquistado en la ciudad,  tallando versos en una libreta que en un escenario improvisado llenarían el aire a ritmo de rap. Lo mismo esbozan paronomasias que calambures, intentan encontrarse en el mundo y mostrar sus propias señales: son raperos, o para decirlo de un modo más certero, son freestylers.  

El ritmo obstinado, de frecuencias inusitadamente graves, retumba en los oídos y llena los callejones poblados de árboles de la Alameda en una tarde cualquiera, quizás lluviosa, de la ciudad. En una de las explanadas que rodean el Palacio de Bellas Artes, una decena de jóvenes se juntan, ríen y riman de modos más o menos afortunados. Es un cipher, un término que si bien se masificó con la película mileescrita por Scott Silver quien tambiéco escribió la inquietantemente seductora Jocker— y protagonizada por Eminen, viene de varias décadas atrás y de miles de kilómetros de distancia. En 1963, un estudiante de Malcolm X, Clarence 13X, después conocido como Alleh, el Padre, se separó de la Nación del Islam el movimiento político y religioso fundado por Wallace Fard Muhammad en Detroit, en los años treinta, que busca mejorar las condiciones políticas, económicas, sociales y espirituales de la comunidad afroamericana en los Estados Unidos— por no coincidir en sus preceptos. Quien en un principio llevó el nombre de Clarence Edward  Smith fundó, después de salir del Templo número 7 de la Nación del Islam, The Five Percent Nation, también conocida como la Nation of Gods and Earths o los Five Percenters, bajo la premisa, entre muchas otras, de que el mundo se dividía en el ochenta y cinco por ciento que no conoce a Dios en la Tierra; el diez por ciento que son esclavistas, los ricos y los poderosos, y el cinco por ciento que conoce el origen, a Dios y no se dejan embaucar por las enseñanzas del diez por ciento.  

Más allá de los dogmas, este movimiento originado en los años sesenta para contrarrestar el supremacismo blanco y el racismo que hasta nuestros días se mantiene evidente, no sólo en los Estados Unidos, sino también en el mundo baste recordar a George Floyd y a Jacob Blake, por mencionar sólo dos eventos— se imbuyó en la cultura de las comunidades afroamericanas que encontraron en manifestaciones artísticas como el rap, el break dance o el graffiti un actuar político y estético. El cipher proviene de de-cipher, porque las rimas que los raperos adheridos o influenciados por los Five Percenters improvisaban o escribían contenían referencias al dogma y a sus creencias y tenían que ser descifradas por aquéllos que fueran capaces o que estuvieran iniciados en los secretos del movimiento. Por mencionar a algunos que abrevaron de éste se puede mencionar a Big Daddy KaneWu-Tang Clan o Rakim 

De la carga política de los cipher —entendido éste más como un encuentro para improvisar, y no tanto como una batalla— originados en los Estados Unidos a la versión que se lleva a cabo en lugares como el Palacio de Bellas Artes, la plaza central de Coyoacán o el metro Hidalgo, por nombrar sólo les espacios capitalinos, queda poco. Se mantiene, sin embargo el gusto por la improvisación, el ingenio y los recursos retóricos que se aprenden de voz en voz, de rima en rima.  

Danger AK, rapero, improvisador y gestor cultural, menciona en entrevista que: El rap, o la improvisación en el rap, es gracias a la comunicación y al conocimiento comunitario. Los raperos tallerean en comunidad, se juntan en los parques y van pasando su conocimiento de boca en boca, o de verso en verso. Dicen que el rap es de la calle, pero uno tiene que saber que aprendemos mejor en comunidad, que nuestro conocimiento puede ser parte de los demás 

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Y el conocimiento de Danger AK a propósito de esta disciplina lo ha llevado a estar, ahora, los lunes en el Canal Once, a hablar de noticias y sucesos del día a día, pero en cuatro cuartos, acompañado de un dj y en verso.  

En México, y por la influencia de mile, además de otros productos culturales como el streaming,  de la política prístina de la calle se ha llegado al espectáculo y a la formación de una liga profesional de freestyle.  En ésta la Freestyle Master Series— se cuenta con una primera división” y hasta una liga de ascenso, como un deporte. En México, en el 2020 se lleva a cabo la Segunda Temporada, con diez improvisadores que muestran su destreza enfrentándose entre ellos y luchando por conseguir un nombre y una reputación en un circuito que comienza a comercializarse y, también ellos, a masificarse, principalmente por plataformas como YouTubeTwitch y las redes sociales. 

Uno de ellos, con la tinta hasta el cuello, luce una figura imponente. Le dicen el Lobo Estepario1 y es originario del norte de la ciudad. Pese a ser tan joven, apenas de veintinueve años, ya es un veterano. Campeón nacional de Red Bull una de las ligas con mayor tiempo en nuestro país, participante de competencias internacionales, cuenta la historia de las batallas:  

Esto empezó hace varias décadas, con fiestas en donde habídisc jockeys y a alguien se le ocurrió empezar a animar estas fiestas, a presentar a los diyéis que iban a estar ahí,  y se les conocía como maestros de ceremonias (de ahí vienen las siglas MC), y a alguien se le ocurrió empezar a animarlas diciendo las cosas en verso, y después alguien llegó a contestarle, también en verso, y empezaron a luchar por ver quién rimaba mejor, quién tenía más ingenio, quién lo hacía con más ritmo. Evidentemente fue un modo también de conciliar a bandos contrarios, era mejor recibir un verso que recibir un balazo, y quien perdía en estas batallas era exiliado de esas reuniones, era una cuestión de honor

Lobo Estepario

Lobo Estepario

De aspecto fiero que contrasta con la amabilidad de su voz, en el escenario se transforma y parece devorar, verso tras verso, patrón tras patrón, a su oponente. La risa franca de Lobo se contagia y obliga a pensar que si el mundo dirimiera sus diferencias en verso, quizás sería un lugar mejor. Puedes decir lo que quieras allá arriba, pero una vez que terminas, todo se queda en el ritmo, abajo te abrazas y sigue igual que siempre. Es como una catarsis. Si al principio lo primero que debes conocer son las rimas consonantes y asonantes, después comienzas a conocer las barras, los dobles sentidos, la puesta en escena, y eso te ayuda a ganar, a ser el mejor en la tarima. El Lobo en la tarima disfruta, se ríe y celebra. Es agresivamente feliz, o quizás gozosamente iracundo, y su estilo seduce.  

Las batallas de improvisación tienen sus cimientos en la lengua, en los recursos retóricos que heredaron de la literatura; en el ingenio y en la habilidad para decir y contestar. Uno de los participantes más sólidos del circuito profesional es RC2, originario del Barrio Bravo, Tepito, y uno de los mayores exponentes del llamado doble tempo, que es improvisar diciendo las palabras al doble de velocidad: 

Hay doble tempo que le he aprendido a otras personas, que a su vez le aprendieron a otros, es escuela. Yo veía a un Chuty, que suelta mínimos latigazos de palabras, y a mí me gusta eso, para mí el doble tempo no es soltar simplemente una metralla, es meterle distintos flows. Siento que en eso soy único porque no hay nadie que haga tantos juegos. Yo empecé a los dieciséis años, para mi generación, eso era joven, hoy ya sería empezar viejo, hoy empiezan a los once o doce años. Y me di cuenta que el doble tempo era mucho más que hablar rápido, todos hacían lo mismo.  Y yo siempre quise sonar de otra manera, y busqué otros caminos. La habilidad en la respuesta es, quizás, lo que mejor define a estas batallas: 

 

RC

RC

Mira, esto se trata de querer voltear las cosas, creo que podríamos ser buenos abogados, el chiste es andar de contestones, aunque esto, las batallas, las más antañas empezaron por no terminar disparándose unos a otros, eran mucho más agresivas. En la propuesta está la respuesta, siempre hay que estar muy atentos a lo que te están diciendo, porque en eso que te dicen está lo que les vas a responder 

RC improvisa en nuestra conversación: Si quiero decirle algo con la palabra electrochoques puedo decirle: Yo soy el porky, porque, homie, jugando al póquer, joker, te meto dentro de tu lóquer, lo quería desde antes, deja que ahora los coloque en el cuerpo y te retuerces con mil electrochoques.   En tan sólo cuatro versos, RC echa mano de tres recursos retóricos: los fónicos, paronomasia y aliteración: porky-porque / porky-homie / porque-póquer-jocker /joker-lóquer; y calambur: lóquer-lo quería-coloque. Quizás, para ejemplificar de manera más tradicional, el calambur más recordado en la literatura mexicana sea el de Xavier Villaurutia: 

 

Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro  

cae mi voz  

y mi voz que madura  

y mi voz quemadura  

y mi bosque madura  

y mi voz quema dura3 


RC

RC

Un ejemplo más: en febrero de 2020, se llevó a cabo la Final Internacional de FMS, con dieciséis participantes; el vencedor, y primer campeón internacional de esa liga, fue Mauricio Hernández, Aczinoquien mira a ambos lados de la existencia: la vida y la muerte están en su rostro, la gente diría que no ve al mismo lado o Dios le dio la ventura de verlo todo. En su primera batalla, contra el freestyler “errecé, recurrió a un calambur certero: una de las pruebas a las que son sometidos los raperos en estas batallas aunque depende de la liga y el formato en el que batallan— es que les van dando una palabra al azar cada ciertos compases, y a Aczino le tocó “Parásitos, el llamado mejor freestylero que se ha parido” respondió: 

 

Tómatelo con calma,  

Que yo ya desparasité toda mi arma, 

Es parásitos, yo te tiro, te paras y toses 

Toda la maldita alma. 

 

Muchos de estos recursos retóricos son usados sin un conocimiento previo de literatura o de retórica, en sí misma. Sin embargo, esto no es en detrimento de la disciplina de la improvisación, ya que aunque está hermanada con la literatura, el freestyle tiene su propias reglas y sus propias convenciones. Azcino cuenta: 

El freestyle fue, en un principio, y sin ofender, muy ignorante de las técnicas que hacíamos, por decir sólo alguna, como las sextillas. No éramos conscientes, rimábamos la primera con la tercera y la segunda con la cuarta, pero no conocíamos los tecnicismos. Primero fue todo muy en bruto, y hasta la fecha son muy pocos los que se interesan en involucrarse en las reglas, en las figuras o normas poéticas, en la literatura; por decir algo más grande, en la poesía, pero ahora como hay otros circuitos es necesario hacerlo. Desde que iba en la secundaria, que empecé a improvisar, la clase de Español me llamaba mucho la atención porque explicaban la acentuación, las sílabas, la métrica. A nuestra maestra, que se apellidaba igual que yo, Hernández González, lo cual era muy raro el humor sutil del rapero en entrevista contrasta con la agresividad cuando batalla, le gustaba mucho la poesía, y nos ponía a escribir, como si nos fuera a servir de algo en la vida, decían los compañeros, aunque a mí sí me sirvió. Era como armar un rompecabezas, era llenar espacios con cualquier rima, y a mí se me facilitaba mucho. Más tarde me empapé más en la improvisación tradicional. Conocí primero el son jarocho, la décima, quizás por encimita, en Garibaldi, ahí puedes conocer, no tanto la tradición, pero sí un poco de lo que ésta conlleva, rimas muy digeribles para que cooperes pal chesquito, y te saquen una sonrisa, un chistecito. Conocí los festivales de los pueblos, porque tengo familia en Oaxaca, en Puebla, en Michoacán, y hay mucho folclore, y escuchaba el Querreque, alguna bomba, y simplemente me gustó. No me aburría, como a otros niños, y de ahí salté al rap, que es como el hijo bastardo de la tradición. 

Aczino

Aczino

El ya citado Danger AK es uno de aquellos que sabe la técnica, su nombre y su origen, quizás por ello es que los talleres que imparte sobre freestyle encontraron lugar dentro de Alas y raíces, de la Secretaría de Cultura y sea no participante de la liga profesional, sino jurado:  

En la improvisación oral, polimétrica, en un ritmo de cuatro cuartos, nuestro patrón es una cuarteta, pero a veces nuestros versos son endecasílabos, a veces dodecasílabos, a veces alejandrinos, a veces son sólo de seis sílabas. Hacemos muchas rimas internas, y esto lleva a la discusión de si es una cuarteta o una sextilla. Yo ahora estoy metiendo décimas, pero una de éstas no cabe en ocho, entonces utilizo el siguiente patrón de cuatro cuartos para que en la línea doce la haga coincidir. Pero la polimetría es empírica, se da de forma natural, los raperos no son conscientes de lo que hacen en realidad. Sienten el beat y le dan más prioridad a la cadencia, al flow, a la rítmica que a las sílabas, al cierre del patrón, al punchline. La polimetría se da más por la libertad, o libertinaje, de la disciplina. En el rap usamos Arte Mayor, de diez sílabas parriba. En la tradición se usa el octosílabo, que para nosotros serían versos muy cortos, nosotros naturalizamos el verso mayor por la necesidad del ritmo, la rima define dónde termina nuestro verso, nuestro ritmo. Al principio los versos eran muy pareados, tenían el esquema básico de A-B-B-A, porque rimaban inmediatamente. Ahora, con la profesionalización del oficio, los raperos buscan la cuarta línea, que es la que golpea, pero la construyen desde la primera. A veces usamos A-A-A-A, y en ocasiones, A-A-X-A, la X es la que llamamos la línea fantasma, que nos ayuda a crear un espacio mental para cerrar con más fuerza. Cuando uno es consciente, naturalmente dislocamos el acento, pero no en la rima, sino al interior del verso. La elección de la rima es consciente, se elige, el rapero amolda el verso al ritmo, por ello se cambian los acentos y es algo que se hace, casi, automáticamente.”  

Todo lo sabemos entre todos, el conocimiento comunitario es parte esencial del rap. Es una disciplina urbana con sus propios códigos, pero no es de la calle. En ella conviven los mismos vicios y virtudes que en cualquier otra disciplina u oficio. Comienza a masificarse y habrá más de uno que haya perdido la pasión por esta disciplina por su popularización, pero en sus raíces hay política e historia. Sin embargo, desde aquellos años sesenta en donde la comunidad afroamericana encontró en la cultura del hip hop una propuesta vital para hacer frente a una circunstancia que, dolorosamente, no ha terminado, hasta nuestro tiempo y nuestras calles mexicanas en donde el rap y la improvisación pueden ser una oportunidad para ejercitar el ingenio, además de ser una herramienta cultural y educativa, puede asegurarse que las manifestaciones artísticas son siempre políticas. Como escribiera Rànciereel arte y la política no poseen una relación unidireccional, sino que se imbrican en una vinculación de doble vía, a modo de vaivén, que va desde la estética a la política, y desde la política a la estética.4. Y en la propuesta estética siempre hay una posición política, y la cultura del freestyle no escapa de esta aseveración. Es la calle y el encuentro de sus jóvenes que hacen comunidad y demandan el espacio público para ellos lo que reclama, también, la ocasión de conocer un poco más del mundanal ruido, de mostrar la propia apuesta y de poder decir, como quería Bonifaz Nuño, de otro modo lo mismo. 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.