Tierra Adentro
Ilustración por Eduardo Ramón Trejo

Gravity’s Rainbow (El arco iris de gravedad, 1973) es una novela de más de novecientas páginas que empieza con alguien cultivando plátanos en una azotea. Pronto, empieza un bombardeo. Es la Segunda Guerra Mundial y el universo está desquiciado.

 

El autor de esta prodigiosa novela encuentra, en los años finales de la guerra, una excusa perfecta para crear una forma de escritura. Entre anécdotas cada vez más delirantes y un sentido del humor retorcido, creó un universo único de literatura paranoica, enciclopédica, llena de referencias, reenvíos, intertextos y comentarios espinosos sobre la contemporaneidad americana. Pero no hablemos al vacío. Mejor, empecemos esta guía con una anécdota sin sentido.

 

En la parte norte de la península de Peenemünde, una cálida tarde de verano, en 1945, un pequeño barco de traficantes se apea al puerto. En la cubierta, bajo una lona, después de haber descubierto una caja de vodka, unos simios cirqueros  se embriagan como marineros cosacos. También hay un grupo de bailarinas de cabaret tropezando con enormes tacones en vistosos vestidos de plumas que apenas cubren su piel desnuda, blanca, y llena de brillantina.

 

De pronto, estalla la confusión. Los soldados rusos que custodian la base aérea recién conquistada de la Luftwaffe en Peenemünde, intentan abordar el barco. Un chimpancé ebrio vomita sobre la cubierta. Los otros chimpancés empiezan a imitarlo.

 

Uno de ellos, particularmente hábil para hacer impresiones de Hitler, se agarra a golpes con la conductora del barco. No se puede saber a ciencia cierta quién va ganando.

 

Entre botellas de vodka vacías y el vomito amarillento de los simios, las bailarinas de cabaret se resbalan y tropiezan haciendo una extraña danza con los soldados y las kalashnikovs que se agitan en el aire.

 

Ahora los chimpancés quieren pelear. Algunos siguen vomitando.

 

Un espectador observa la escena, todavía indeciso sobre cuál es la mejor forma de salirse de esta locura. Es un hombre extraño, vestido con un frac encogido, al que todos llaman Rocketman. Fickt nicht mit dem Raketenmensch (“no te metas con el hombre cohete”), es un dicho conocido por algunos en la zona ocupada de Alemania.

 

Rocketman en realidad es Tyrone Slothrop, un peculiar teniente norteamericano quien, en Londres, había descubierto que tenía erecciones y fuertes impulsos sexuales en el lugar preciso en el que caían los cohetes V-2 durante los bombardeos. Su pene, pues, predecía la muerte que caía del cielo.

 

Sujeto de experimentos pavlovianos sumamente importantes para adivinar la caída de cohetes nazis, Slothrop también llegó a ser conocido como Plechazunga, el héroe-cerdo, por su breve paso entre ritos folclóricos alemanes.

 

En algún momento, no pregunten cómo, fue un desertor ruso.

 

Algunos dicen que está loco o que es un perverso olvidable. Otros opinan que no es más que un espejismo de posguerra; una extraña imagen fragmentada que representa a todos los idiotas perdidos en este mundo desgarrado. O a ninguno.

 

En medio del caos de chimpancés, vómito, vodka, coristas y soldados soviéticos, Slothrop es la figura central de una novela que lo pone, sistemáticamente, en situaciones tan desesperadas y delirantes como esta.

 

Gravity’s Rainbow fue publicada por Thomas Pynchon en 1973 y, a pesar del enorme interés que despierta, en este escrito no vamos a hablar de su autor.

 

No hablaremos del pequeño estudio casi monástico en el que escribió la novela, ni del pequeño modelo de madera de un cohete V-2 que tenía junto a su escritorio; de cómo nadie conoce su aspecto, cómo huye de las fotografías o de cómo no ha hecho ninguna aparición pública en décadas. No vamos a hablar tampoco de la importancia de la autoría para la industria literaria o de cómo uno de los más geniales escritores del siglo XXI nunca va a ser reconocido. Después de todo, la fama castiga a los que odian los reflectores.

 

No vamos a discutir nada de eso. Hablar del aislamiento de Pynchon es el lugar común fácil al que siempre desembocan los escritos sobre Gravity’s Rainbow.

 

Todos parecen decir lo mismo con causalidades diferentes: “¡Claro! Creó una locura sobre cohetes nazis, erecciones y sadomasoquismo porque le gustaban las nalgadas y peleó en la Segunda Guerra Mundial.” Ya saben, tonterías del estilo.

 

Muchos buscan al escritor para ver si encuentran algo que les ayude descifrar lo escrito. A través del deseo del autor, de su vida y de sus andanzas, muchos buscan algo que le dé coherencia a las 400 mil palabras de una novela convulsa, críptica e inaccesible.

 

Pero nada nunca es tan fácil.

 

Por mi parte, prefiero intentar otro camino. Gravity’s Rainbow ha sido descrito como una “novela inaccesible”, “impermeable”, “una novela-enigma”, “novela-rompecabezas” o “novela imposible”. La idea se entiende, claro.

 

Gravity ‘s Rainbow no es un libro fácil. Está lleno de referencias, juegos de lenguaje tan sofisticados que, sin que lo sepamos, citan frases específicas del Leviathan de Hobbes, canciones populares de los años 30 o sonetos olvidados de Rilke; es una novela que se entreteje entre flujos de conciencia imprevistos, delirios de drogas y paranoia en prosa; un misterio que, finalmente, ha sido interpretado desde toda clase de ángulos como una lectura mística;una clave de tarot, zodiacal, rosacruz, cabalística o masónica; como una alegoría o una parábola con muchas parábolas.

 

Y sí, la lectura de Gravity’s Rainbow puede ser un reto. Pero leer siempre lo es. Fácil, difícil, comprensible o incomprensible: eso es relativo, como también es relativo el placer que todos sacamos de nuestras experiencias de lectura. Por eso es particularmente terrible ver el aura de miedo que crece, históricamente, alrededor de una novela.

 

Hay novelas que tienen tal reputación de complejidad que ya nadie quiere acercarse a ellas. Están arruinadas por la inevitable mancilla de lo difícil.

 

Esa reputación, por supuesto, no nace de cualquier parte. Las novelas prohibidas por su complejidad surgen de traumas académicos identificables. La idea central es esta: hay cosas que no son para todo el mundo, hay libros para iniciados; para aquellos que han visto la luz de la academia, que han pagado el castigo de aprender para llegar a una comprensión alta de la literatura, de la fineza de la intertextualidad, de la bendición de las letras.

 

Es una idea que sirve para preservar el frágil poder discursivo de quienes temen que la literatura sea para todos. Si la literatura es de todos, ellos ya no tienen lugar acaparándola en las aulas.

 

En pleno siglo XXI, hay profesores de literatura que explican a sus alumnos por qué no pueden leer ciertas novelas.En vez de despertar su curiosidad, les dicen que no están preparados para ellas. Profesores que se niegan a invitar a leer a Proust, a Joyce, a David Foster Wallace o a Thomas Pynchon. Profesores de mediocre entusiasmo y ridículo miedo, claro está.

 

La primera vez que leí a Henry Miller me pareció algo grotesco y espantoso. Tenía 12 años y no podía creer que un escrito mostrara más calentura que mi cerebro adolescente. 15 años más tarde, me volví a encontrar con Tropic of Cancer y me pareció una absoluta revelación. Hay momentos para leer ciertas novelas y hay ciertas novelas que nunca van a encontrarnos en la coincidencia temporal de nuestros deseos. Pero eso no le da derecho a nadie de juzgar por otros lo que pueden o no leer.

 

Odio la censura, venga ésta de prejuicios académicos o de un estado con impulsos autoritarios. Por eso, quiero hacer una invitación para los que todavía temen acercarse a Gravity’s Rainbow: si alguna vez te intrigó esta novela, si disfrutaste antes escritos más accesibles de Pynchon como Inherent Vice (vaya novela divertida) o The Crying of Lot 49 (vaya novela más corta); si compraste este libro en algún impulso y se quedó arrumbado en la esquina de un librero viéndote feo mientras duermes, entonces este catálogo de curiosidades es para ti. Si nunca te has acercado a la novela, también es para ti. Si ya la leíste y quieres revivir algunas de sus locuras, entonces eres parte de un complot internacional para fomentar la lectura perpetua de Gravity’s Rainbow y te saludo, tovarish.

 

No quiero hacer una interpretación literaria, una sesuda crítica o un comentario general: frente a la complejidad de esta novela todo terminaría siendo largo, oscuro y alienante. Prefiero mejor utilizar la idea de escribir una “guía” (menos en el sentido primero de “dirigir” y más en el sentido segundo de “encaminar”).

 

Este escrito es un amasijo discontinuo de ideas y conceptos alrededor de la obra maestra de Pynchon. Todos estos apartados forman una propuesta de curiosidades en torno a la novela. Algunas son curiosidades históricas, algunos son puntos importantes de la trama o pequeños datos sobre personajes. Otros, finalmente, son delirios literarios e interpretaciones personales.

 

Una guía puede ser, etimológicamente, muchas cosas: el final retorcido de los bigotes, el soldado que alinea las tropas, la parte superior de las coníferas o los postes que se colocan en un camino nevado para indicar una ruta. Quiero que esta guía sea así, que encamine curiosidades, que proponga locuras compartidas, que invite, al menos a una persona, a leer este maravilloso libro mientras se retuerce los bigotes o sueña con coníferas y paisajes nevados.

 

¿Qué más puedo decir?

 

Si con este escrito logro que alguien sienta curiosidad por Gravity’s Rainbow vencí un poco a los que acaparan la literatura y cumplí mi parte en el complot internacional pyncheano de las letras paranoicas.

 

Afortunadamente, tovarish, estamos aquí porque ninguno de nosotros cree en eso del sano juicio.

 

Brennschluss

 

Un cohete, se podría decir, tiene dos vidas.

 

La primera, hija de la propulsión y la combustión, nace como una afrenta activa. El cohete penetra en el cielo con la violencia de poderosos motores, desafiando las leyes de la física que nos mantienen a nosotros, simples mortales, pegados al piso. Se eleva con todo el peso de un globo terráqueo encima, perfora la atmósfera, sigue subiendo hasta llegar a alturas inalcanzables para el hombre.

 

En el caso del cohete A-4 (o V-2 en la terminología vengativa de Hitler), la elevación supera los 80 kilómetros.

 

La segunda, hija de la gravedad, nace de una necesidad pasiva. Una vez que sus motores se apagan, el cohete comienza a caer a la tierra. Esta trayectoria balística ya no depende de nadie. Nadie está controlando al cohete, nadie lo está dirigiendo.

 

En esta etapa, el cohete es y no es libre. Fuera de cualquier tipo de dirección o de agencia humana, por primera vez, el cohete existe solo, único. Pero, al liberarse, cae en otras redes, guiado por fuerzas con las que no se pueden negociar, presa de la inevitable gravedad.

 

Entre estos dos momentos está el Brennschluss.

 

Esta palabra tan importante en ingeniería de cohetes, significa “fin de la combustión”. Es un momento programado, único, en el que el cohete se transforma en un misil balístico. El Brennchluss ocurre en el momento cúspide del vuelo, en el punto más alto de la parábola que traza el cohete en su trayectoria hacia el cielo y de regreso; el momento de la suspensión y el silencio antes de la destrucción. Un punto angelical inalcanzable para el hombre.

 

“El vehículo en movimiento se congela, en el espacio, para convertirse en arquitectura, sin tiempo. Nunca fue lanzado. Nunca caerá.”, escribe Pynchon.

 

Al regresar a la tierra, los cohetes V-2 alcanzaban tal velocidad que rompían la barrera del sonido. Esto quería decir, en cuestiones puramente prácticas, que, como sucede con los rayos, el cohete cae primero y el estruendo se escucha después.

 

Si por alguna mala fortuna, estuvieras paseando por una calle en Londres o Lieja justo en el momento y lugar de un impacto de V-2, estarías muerto antes de escuchar la explosión. No hay advertencia, no hay alarmas, no hay nada.

 

Herero

 

Los primeros cargamentos de cabezas cercenadas, pertenecientes a hombre de las tribus Herero y Nam, llegaron a principios de siglo; sobraban en el sudoeste de África y resultaron muy útiles, claro, para los estudios de frenología y para demostrar científicamente la superioridad racial alemana. El racismo, es bueno recordarlo, no lo inventaron los fascistas.

 

Entre 1904 y 1908, cerca de 100 mil hereros fueron asesinados después de rebelarse contra los colonizadores alemanes. También murieron 20 mil Namas y 10 mil personas de la tribu San.

 

Durante la rebelión de los Hereros, el general Lothar von Trotha tomó una decisión final y buscó eliminar sistemáticamente a todos los hombres de la etnia. Los persiguió y los cazó, los esclavizó en campos de concentración y los dejó morir de sed e inanición en el desierto. Medio siglo más tarde, estas prácticas coloniales regresaron con la Shoah.

 

Los alemanes tardaron más de un siglo en aceptar que las atrocidades que cometieron en el sur de África fueron también un genocidio.

 

Pynchon pareció obsesionarse por el asunto.

 

Desde su primera novela V (1963) hasta Gravity’s Rainbow, la rebelión de los hereros vive entre sus letras.

 

En Gravity’s Rainbow, encontramos a Enzian, el líder del Schwarzkommando, un grupo de Hereros que, cuarenta años después de la masacre de su tribu, busca el suicidio tribal en Alemania.

 

Los hereros de la zona ocupada después de la Segunda Guerra Mundial buscan la muerte tribal para oponerse a la muerte cristiana que les quisieron dar, con culpa y piedad, los alemanes colonizadores. Frente a los horrores del genocidio quieren exterminarse ellos mismos, cuarenta años después, en medio de la derrota de Alemania.

 

Enzian, un niño abandonado durante el genocidio fue recogido por un joven soldado alemán del cuál se volvió hijo, amante y aprendiz. El joven soldado se llamaba Weissman y luego será conocido como el Capitán Blicero (su nombre significa muerte).

 

La relación sexual de Enzian y Blicero los unirá, durante la Segunda Guerra Mundial, en una meta común: el lanzamiento de un cohete. Blicero quiere cargar un cohete con un contenido especial, con un deseo sexual, sadomasoquista y único. Enzian cree que si logra reproducir el lanzamiento del cohete sexual de Blicero podrá encontrar el cero absoluto, un punto de inflexión, algo irrepetible.

 

Es una búsqueda de sentido o de pérdida de sentido en el camino a la extinción. Una búsqueda que puede parecer incomprensible y que por eso importa.

 

El cohete y su reproducción es parte de esta búsqueda, un gesto absolutamente irrepetible, tender hacia una idea y luego dejarse llevar por la gravedad del acto hasta que, después de un viaje balístico, con una velocidad incalculable, en silencio solitario, todo se acabe.

 

En la historia de los hereros de Gravity’s Rainbow hay una extraña coincidencia. Supongo que se podría decir que es una relación paranoica.

 

Los miembros del servicio de inteligencia inglesa, sin saber que existía un comando negro en Alemania tras el sueño del cohete, trataron de implantar, para la humillación psicológica del Reich, un falso Schwartzkommando.

 

Los ingleses crearon, entonces, tres minutos de película que mostraban, con toda apariencia de autenticidad, a soldados negros vestidos con uniformes de la Wehrmacht. Con mucha minuciosidad, plantaron estos trozos de película en un sitio de lanzamiento de cohetes tomado por la resistencia en Holanda. Querían que pareciera auténtico para desmoralizar a las tropas alemanas: ¿Cómo era posible que el Tercer Reich diera lugar a negros en el ejército?

 

El plan era totalmente demente, claro. Sobre todo si consideramos que la inteligencia británica tenía tan pocos efectivos negros al alcance que decidieron pintar las caras de analistas blancos. Blackface y la fuerza del cine contra el Reich.

 

Cuando los espías británicos se enteran de la presencia de un real Schwartzkommado en la zona ocupada, algunos años después, la pregunta paranoica que empieza a rondar entre ellos es devastadora.

 

¿Acaso, con esta película, los ingleses crearon, a través de una extraña y poderosa magia fílmica, al comando negro del cohete?

 

¿Nació antes el deseo o su realidad?

 

El pequeño Werner

 

En 1924, en una calle poco concurrida en Berlín, un niño de 12 años hacía experimentos.

 

El niño se llamaba Werner y quería ver qué pasaba al amarrar media docena de cohetes explosivos a un carrito.

 

No era un experimento nuevo, claro. Sin que ese pequeño lo supiera, cuatrocientos años antes un oficial chino llamado Wan Hu había intentado algo similar. Ese excéntrico oficial que, ahora, se reconoce como el primer astronauta de la historia, se amarró a una silla con decenas de poderosos cohetes y pidió que sus subalternos los encendieran. Nunca más se supo de él.

 

Wan Hu desapareció entre nubes de olor a pólvora. Su historia sigue siendo parte del folklore aeronáutico. Y Werner soñó, ese día, en llegar a la luna.

 

Werner, más inteligente o menos valiente que Wan Hu, no se subió al carrito.

 

En vez de eso, se limitó a prender los cohetes y vivir, como observador, el fuego caótico.

 

Sucedió, por supuesto, una conmoción: el carrito salió disparado con una enorme estela de fuego diseminando caos en las calles de Berlín. Llegó la policía y el pequeño Werner acabó en prisión.

 

Tras las rejas, Werner soñaba con ir al espacio.

 

Años después, cumpliendo el sueño imposible de Wan Hu, el pequeño Werner diseñó el cohete que, en 1969, llevó al primer hombre a la luna.

 

Todo, por supuesto, porque el pequeño Werner nunca abandonó sus sueños.

 

Nada pudo interponerse entre Werner y la luna: ni el partido nazi, al que fue admitido con gusto, ni la SS, con la que se condecoró, ni el hecho de quedarse sin trabajadores para fabricar la línea de cohetes Aggregat.

 

Cuando la fuerza laboral menguó, el pequeño Werner tuvo la fortuna de ser un alto oficial nazi y que existieran campos de concentración para sacar esclavos. Wunderbar.

 

Werner podía seguir fabricando cohetes sin siquiera pagarle a los trabajadores. Y eso fue exactamente lo que hizo.

 

Los cohetes del pequeño Werner tuvieron éxito. Hitler estaba tan emocionado con ellos que lo nombró profesor de cátedra a los treinta y un años.

 

Después del bombardeo de la Fuerza Aérea Británica a la pequeña ciudad de Lübeck, Hitler se enojó. Los aliados bombardearon una ciudad que no tenía ningún interés estratégico, ningún tipo de industria armamentística, ningún regimiento militar. Fue, simple y llanamente, un bombardeo a la población civil.

 

El Führer decidió, entonces, rebautizar a los cohetes: a partir de ese momento no se llamaron Aggregat, sino Vergeltungswaffe lo que quiere decir “arma de represalia”.

 

Los cohetes Vergeltungswaffe-2 o V-2 se convirtieron en un arma única de venganza. Disparados desde La Haya en Holanda o desde Peenemunde a las orillas del Mar Báltico, estos cohetes crearon un reino de terror: a diferencia de los bombarderos, los cohetes del pequeño Werner eran absolutamente silenciosos y era imposible prevenir su llegada.

 

Entre 1943 y 1944, estos cohetes fueron enviados sistemáticamente a Londres. Tenían un rango de más de 300 kilómetros, viajaban a una velocidad de 5 mil kilómetros por hora e impactaban la tierra a más de 2 mil 800 kilómetros por hora. Cuando tocaban el suelo estallaban con una tonelada de amatol.

 

Los cohetes V-2 mataron a 10 mil personas en los ataques a Londres y Bélgica.

 

Se calcula, sin embargo, que en los campos de concentración de Mittelwerk, bajo una montaña, en condiciones inhumanas, cerca de 20 mil judíos murieron fabricándolos.

 

Murió más gente haciendo un arma de venganza que la gente que murió en la venganza consumada.

 

Todo porque el pequeño Werner quería ir a la luna.

 

Cuando llegaron las fuerzas aliadas, Werner se rindió junto a los 500 ingenieros que lo ayudaron a crear el cohete V-2. Los estadounidenses estaban felices. Con Werner tal vez podrían vencer a los rusos en la carrera armamentística. Tal vez, incluso, podrían llegar a la luna.

 

Werner explicó muy bien cómo no fue un nazi convencido, cómo nunca quiso formar parte de la SS, y cómo nunca vio los campos de concentración de Mittlewerk-Dora. Luego todos entendieron que, de hecho, visitó a los esclavos.

 

Cuando se supo el horror de sus campos de concentración, Werner se encogió de hombros, él no hubiera podido salvarlos. Él, como tantos otros, sólo estaba siguiendo órdenes.

 

Pobre Werner, él sólo quería llegar al espacio con sus cohetes

 

En Estados Unidos, Werner se convirtió en director de la NASA, puso a Neil Armstrong y Buzz Aldrin en la luna, se casó con su prima y tuvo dos hermosos hijos rubios. Una bella vida de sueño americano bajo el símbolo omnipresente del cohete.

 

El cohete y algo más. El pequeño Werner era un científico de profunda religiosidad. En el cohete había algo místico, como en toda ciencia cristiana, una revelación bajo su mirada.

 

“Todo lo que la ciencia me ha enseñado y sigue enseñándome, fortalece mi creencia en la continuidad de nuestra experiencia espiritual después de la muerte.”, dijo.

 

Actualmente, hay una placa en Alabama que honra su labor patriótica y un cráter de la luna que tiene su nombre.

 

El pequeño Werner nunca fue juzgado por sus crímenes.

 

¿A quién le importa?

 

Werner Von Braun cumplió su sueño: un pequeño paso para este nazi fue un gran salto para la humanidad.

 

La intimidad del cohete

 

Un grito cruza el cielo. Slothrop lo había previsto: sabía que ese cohete iba a caer precisamente ahí. O bueno, tal vez no lo sabía, sino que lo presentía. ¿Cómo explicarlo? Slothrop tenía un extraño don, una relación única con los cohetes V-2; algo que unía su actividad sexual con el impacto de los proyectiles.

 

Cada vez que Slothrop tenía una erección o sentía una fuerte pulsión sexual en cualquier lugar de Londres, caía ahí, precisamente, un cohete.

 

Tratar de predecir la caída de los cohetes era una tarea imposible. La inteligencia británica lo intentó todo.

 

Los primeros en llegar fueron los estadistas. Trataron de sacar conclusiones. Si, en este cuadriculado de la ciudad, han caído tantos cohetes, ¿cuál es la posibilidad de que aquí vuelva a caer uno?

 

El problema es que no importa cuántas veces ha caído un cohete en el mismo lugar, siempre puede caer otro en el mismo sitio. Pensar lo contrario es caer en la Falacia de Montecarlo. No importa cuántas veces haya salido el rojo en la ruleta, sigue siendo exactamente igual de probable que salga de nuevo. Cada cohete, cada tiro de ruleta, es una estadística individual que no se suma en un conjunto estable.

 

¿Cómo predecir entonces la caída de los cohetes silenciosos?

 

Una opción, claro, está en el pene de Slothrop.

 

¿Por qué un estadounidense desaliñado y mujeriego predice con erecciones la caída de los cohetes V-2? ¿Por qué lo hace con tanta exactitud? ¿Qué estímulo recibe y por qué reacciona a ese estímulo?

 

Las teorías de la conducta pavlovianas pueden superarse, en este sentido, ir más lejos que el viejo premio Nobel y sus perros babosos, para explicar las correlaciones complejas entre un mecanismo de guerra nazi y los genitales de un estadounidense.

 

Los ingleses no encuentran nada. No importa cuánto Pentotal Sódico le inyecten en las venas, lo único que reciben son diatribas interminables sobre miedos sexuales, racistas, en el fondo de la psique de Slothrop.

 

Sin embargo, los científicos abrieron una puerta con sus interrogaciones. El día en que dejaron de caer las bombas alemanas (exactamente tres años después de que se probó el primer cohete V-2 en las festividades de pascua de 1942), Slothrop emprendió una búsqueda obsesiva. Las interrogaciones lo volvieron paranoico, sugirieron una relación íntima entre él y el cohete.

 

Una relación que puede o no pasar a través del benefactor que le pagó la universidad. Tal vez hay evidencia de que su padre lo vendió para que un obsesivo químico hiciera experimentos con él. Simples respuestas evidentes en los genitales de un niño: hay una erección o no hay una erección. Muy pavloviano todo, por supuesto.

 

¿Y esto qué tendría que ver con los cohetes?

 

Bueno, desde mediados del siglo XIX, los grandes cárteles de las industrias petroquímicas del mundo hacían tratos secretos. Algunos de estos tratos eran públicos, otros eran privados. Como mediador entre diferentes compañías estaba el benefactor de Slothrop, el hombre que experimentaba con él, Laszlo Jamf.

 

Entre los muchos tratos que hizo Jamf con la industria petroquímica en Estados Unidos y Alemania, estuvo la creación de un polímero aromático heteróclito, el Imipolex G, que servía para aislar cohetes. En particular, sirvió para aislar un cohete V-2, el famoso 00000; un cohete que contenía una carga misteriosa y llena de significado.

 

Las aventuras de Slothrop lo llevan a perseguir el rastro del Imipolex G y de esa misteriosa carga llamada comúnmente la Schwarzgerat (o el aparato negro). Un objeto negro que es el contrapunto aquí, como se interpreta en muchos lugares, de la ballena blanca de Moby Dick.

 

En esta búsqueda de un grial imposible disparado de la tierra, suspendido en el aire durante el Brennschluss y atrapado por la gravedad, hay una causa perdida y un punto de encuentro. Alrededor del cohete 00000 se encuentran la intimidad sexual de los reflejos de Slothrop, los deseos de exterminio del pueblo Herero y las pulsiones sadomasoquistas de un capitán de la SS conocido como Blicero (su nombre es muerte).

 

¿Qué significa todo esto?

 

Significa todo lo que nuestra paranoia quiera o no quiera ordenar.

 

La paranoia de la estructura de la novela con sus múltiples conexiones, la paranoia de los personajes que sueñan con retorcidos complots, debe continuar en nuestra paranoia hermenéutica, en nuestra forma de interpretar lo leído.

 

Este apartado fue una sinópsis entonces haga usted con ella lo que quiera.

 

Los diccionarios son útiles y apestan

 

¿Has intentado leer un libro en un idioma que no dominas? Puede ser una experiencia difícil y frustrante.

 

Sucede el mismo problema con los arcaísmos y las regionalidades.

 

Los que hayan leído a Melville en inglés entenderán: se puede poner bastante espinoso. Supongo que ciertos europeos sufren leyendo a Rulfo.

 

En todos estos casos, es útil tener un diccionario a la mano, pero no hay nada como dejarse llevar por el contexto. Tarde o temprano, el texto empieza a ceder y, mientras, nos adentramos en una lógica distinta.

 

Esa es, justamente, la experiencia que buscó Frank Herbert en Dune (1965) o Anthony Burgess con A Clockwork Orange (1962). Para experimentar el contexto pleno de culturas que no existen, es necesario darles un idioma. Tolkien inventaba idiomas porque quería crear el contexto evolutivo, lingüístico, de culturas ancestrales ficticias. Burgess y Herbert desarrollan un futuro en el que ciertas formas culturales permean en la lengua. Una mezcla de lenguas europeas en el slang popular de A Clockwork Orange, una herencia islámica en los términos míticos de Dune.

 

En estos casos, también, buscar el sentido de cada neologismo (que está anotado, en muchas ediciones, al final de la novela), puede ayudarnos a tener una comprensión más completa de lo leído. Pero también es menos gozoso y hay algo que se pierde: la lectura entorpecida se interpone a un mundo lejano; un mundo que quiere entregarse con placer inmersivo. ¿Por qué siguen existiendo las citas a final de texto?

 

Creo que es importante intentar leer libros de corrido.

 

Esta idea se extiende a la lectura de Gravity’s Rainbow. Es mucho más placentero dejarse llevar por el contexto y absorber lo que puedas que andar buscando maniáticamente las referencias.

 

Hay muchas guías para la lectura de esta novela. Guías que son obras académicas impresionantes. Monumentos enciclopédicos que encontraron –Dios sabe con qué paciencia– todas las pequeñas referencias entretejidas en el texto de Pynchon.

 

Estos diccionarios de contexto son extremadamente ricos, importantes e interesantes. Pero también apestan.

 

Claro, si no persigues todas las referencias de Pynchon, puedes estarte perdiendo mucho, pero es ahí en donde importa la relectura.

 

Decía Barthes que la relectura salva al texto de la repetición.

 

“Si se relee inmediatamente el texto, es para obtener, como bajo el efecto de una droga (la del recomienzo, la de la diferencia), no el texto “verdadero”, sino el texto plural: el mismo pero nuevo.”

 

La relectura es una afrenta al uso comercial de los libros que se “devoran”, se consumen y se desechan. Creo que esa imagen del texto como droga le hubiera gustado a Pynchon.

 

También creo que hay un placer suspendido en no entender todas las referencias inmediatas de Gravity’s Rainbow. Importa pensar en este texto como algo a lo que podemos regresar, después, para encontrarlo diferente. Con el retorno al texto, además, podemos vernos cambiando y palpar el tiempo que separa nuestra primera lectura del nuevo viejo descubrimiento.

 

Si quieres adentrarte en esta novela, adéntrate sin barandales, que no haya ruedas de seguridad, ni chaleco salvavidas. Creo que puedes descubrir un gozo de ahogado: deja de pensar que el cuerpo lucha contra el agua y permite, con delicia, que el líquido sea parte de tus pulmones.

 

De pronto, ya no vas a necesitar branquias. O, lo que es igual, ya no vas a querer leer esos apestosos diccionarios.

 

Pentotal sódico

 

La prosa de Pynchon en Gravity’s Rainbow no es amable.

 

Quiero decir que Pynchon no cuida el lenguaje para las buenas conciencias. La apertura psicológica de sus personajes hace que, en el flujo constante de sus pensamientos, aparezcan imágenes de estupro, violaciones, incesto, necrofilia, zoofilia y pedofilia; imágenes que se proyectan con insultos, profanidades, blasfemias, prejuicios raciales y toda clase de violencia linguistica

 

En esta amalgama abierta de horrores de palabra, encontramos el realismo crudo de otra gran novela pacifista sobre el sinsentido de la guerra: Voyage au bout de la nuit (1932) de Louis-Ferdinand Céline.

 

Céline, como Pynchon, quiso presentar la realidad psíquica descarnada de soldados, combatientes y seres perdidos en medio de la locura de la guerra y sus secuelas.

 

En parte también Pynchon muestra delirios inducidos por inyecciones de Pentotal Sódico para interrogatorios e investigaciones científicas. En particular, los delirios de un comandante nazi bajo los efectos de la droga no son menos terribles que los delirios de Slothrop, el norteamericano promedio. La violencia racial de uno no se compara con la del otro.

 

Los sueños sexualizados, de ira y miedo del norteamericano con la negritud superan con creces la violencia palpable, el antisemitismo, la xenofobia y el horror del fascismo institucional.

 

En el lenguaje descarnado, real, de la sinceridad inducida por las drogas, por los flujos de conciencia y por la transparencia de este horrible mundo, los más temibles sueños no siempre están del lado de los vencidos.

 

En todo caso, diría Céline, on est fait comme des rats.

 

Bienvenida la paranoia

 

Todo está interconectado, por supuesto, a través de la paranoia.

 

Pynchon escribe con la estructura de la paranoia. Algo similar a lo que experimentó Philip K. Dick en A Scanner Darkly: un relato se teje a través de conexiones aleatorias, relaciones neuronales espontáneas, asociaciones inexplicables, experiencias de psiconautas.

 

Esa es la estructura de la paranoia: creer firmemente que las interconexiones y coincidencias espontáneas importan, son relevantes, crean un contexto. Un pensamiento sin paranoia es un pensamiento en el que nada está conectado; un pensamiento que, como dice Pynchon, pocos de nosotros podría soportar.

 

El relato de la antiparanoia es distinto: confía en la causa y el efecto. Ahí, como en el orden de la Paradoja de Montecarlo, todas las ocurrencias están separadas y no existe una unión del todo.

 

La paranoia no es un realismo. Las creencias de sentido unitario detrás de las descripciones de Balzac o en las herencias de Zola dicen algo más. Éste es otro orden narrativo puntual: un pensamiento formal, descriptivo y textual que podría volverse, nada más y nada menos, un ejercicio de estilo.

 

O tal vez no. Tal vez estoy buscando conexiones en todo. Tal vez la paranoia afecta hasta la interpretación.

 

En Gravity’s Rainbow la búsqueda del origen, la aventura de una erección, confluyen en un objeto fetichizado: el cohete se internaliza como deseo y crea un lugar de encuentro paranoico.

 

Pynchon lo dijo:

 

“Los paranoicos no son paranoicos por el hecho de ser paranoicos, sino porque se siguen poniendo ellos mismos, pinches idiotas, en situaciones paranoicas.”

 

La increíble y trágica historia de una bombilla inmortal

 

Byron es un foco que nació inmortal. Manufacturado por compañías depredadoras que se juntan en enormes cárteles conspiracionistas, Byron creció con una promesa de libertad que nunca alcanzó.

 

La industria que le dio vida es una industria que vende “la apariencia de poder; poder contra la noche, sin ninguna realidad.” Byron nunca tuvo verdadero poder.

 

Byron es un alma vieja. Está cansado. Está enojado. Byron sueña con organizar a los 20 millones de focos de Europa y, en un acto conjunto, empezar a pulsar como luz estroboscópica. Se imagina a los humanos impotentes retorciéndose ante la locura generalizada de la revuelta de los focos; algunos teniendo ataques epilépticos.

 

“Qué hermoso”, piensa Byron.

 

Con toda su edad, Byron seguía siendo inocente. Soñaba con revoluciones mientras, sin que lo supiera, las grandes organizaciones de los hombres meditaban su destrucción. Phoebus, el gran conglomerado eléctrico que fijaba el precio de los focos y también la duración de su uso, unía a International General Electric, Osram y las Associated Industries of Britain. Para ellos, un foco inmortal era una afrenta al negocio de la luz.

 

Cuando Byron sobrepasó las mil horas de uso, Phoebus despachó, como se hacía habitualmente, a un asesino para que acabara de una vez por todas con el foco inmortal. Pero Byron escapó gracias a la rueda kármica.

 

Así, pasó de mano en mano, cada vez más solitario, consciente de su inevitable destino como un foco inmortal y vagabundo.

 

Byron lo ha visto todo y trata de transmitir enseñanzas. Todos los focos que lo escuchan tratan de absorber su sabiduría. Un foco no sirve nada más para iluminar. Eso es lo que Phoebus quiere que creas. Pero la esencia del foco es mucho más. Un foco puede dar calor, servir para crecer plantas ilegales en tu clóset, insertarse en los sueños de los hombres.

 

Byron en cierto sentido, es un profeta trascendente que se opone al mundo de la obsolescencia programada. Ese mundo de desperdicio e higiene que soñó Steve Jobs son sus pulcras máquinas imposibles de penetrar, blancas como un cuarto de hospital.

 

Vivimos en un mundo que desprecia las enseñanzas de Byron, que quiere que todos los focos tengan una exacta vida útil y se tiren y se compren nuevos focos a un precio establecido previamente por las grandes corporaciones.

 

No podemos hacer nada para escaparnos de este mundo. Pynchon lo sabe. Pynchon ya lo había previsto cuando escribió la trascendencia de Byron en Gravity’s Rainbow.

 

Como el foco inmortal, tal vez un día también sabremos todo y seguiremos siendo tan impotentes como antes. O tal vez éste sea, nada más, un ejemplo más de la escritura paranoica.

 

Sadomasoquismo libertario

 

Berlín está completamente destruído. La zona ocupada es un terreno baldío de piedras y recuerdos en el que bailan, tropezando, los decadentes supervivientes. Algunos de ellos se escapan en un barco para vivir una orgía permanente; otros se encierran en un castillo convertido en casa de baños y burdel.

 

Todos, absolutamente todos, se entregan a la alegría estúpida de estar vivos en un mundo destruido y sin sentido; un mundo en el que se perdió la humanidad.

 

Drogas, sexo, dominación, fetiches, discusiones sobre la primacía de la música de Rossini y Beethoven. Cualquier forma de aferrarse al absurdo funciona.

 

Entre los engendros de las ruinas encontramos a Karel Miklos Thanatz (su nombre es muerte), un hombre gigantesco que puede leer el futuro en las cicatrices escritas por su látigo. Su esposa Greta, vestida de mucama francesa, se reclina en su solapa para recibir el castigo.

 

Después de limpiar las heridas con alcohol, Thanatz entra en trance. Se transporta a otra dimensión. Tocando la croix mystique de las cicatrices rojas sobre esa piel tan blanca,  entabla un diálogo con la muerte.

 

Thanatz entendió el principio de poder del sadomasoquismo. Entendió hasta dónde podía extenderse su relación con lo fatal. El Capitán Blicero lo dejó ver, participar, en el vuelo único del cohete 00000. El cohete que porta en las entrañas una carga misteriosa de dominio sexual; el Schwarzgerät que lleva a la juventud más transparente a las garras de la inevitable muerte. Matar con cariño al ser sometido, con amor, como los padres matan a sus hijos al darles vida, eso significa el lanzamiento del cohete 00000.

 

Thanatz se convirtió pronto en el portavoz del sado-anarquismo en la zona ocupada de Alemania. Con toda una vida de experiencia viendo los experimentos de sumisión de Blicero y leyendo las cicatrices entre los muslos abiertos de su esposa, Thanatz llegó a vislumbrar el poder máximo de la pulsión sadomasoquista.

 

“¿Por qué nos enseñan a sentir vergüenza reflexiva cada vez que hablamos de sadomasoquismo? ¿Por qué la Estructura permite toda clase de pulsión sexual salvo esa? Porque la sumisión y la dominación son recursos que necesita para sobrevivir. No se pueden desperdiciar en sexo privado. Necesita nuestra sumisión para mantenerse en el poder. Necesita nuestra lujuria por la dominación para poder cooptarnos en su juego de poder. No hay alegría en él, sólo poder. Te lo digo, si el sadomasoquismo se estableciera universalmente, a nivel familiar, el Estado se derrumbaría.”

 

Botas de cuero, uniformes entallados en las juventudes que cantaban coros a Hitler, el símbolo fálico y fatal del cohete, los polímeros que protegen la piel con una segunda piel y que envuelven, con un abrazo cálido, al ser sometido. Todo en la novela de Pynchon apunta a los juegos de poder necesarios del sadomasoquismo y cómo se reflejan en una historia amplia y fecunda.

 

Europa es la muerte, decía Blicero. El viejo mundo, el padre que insufló la fatalidad en sus hijos, tuvo la oportunidad de renacer en América, de dejar sus viejas formas de análisis. Pero no lo hizo.

 

“En África, Asia, Amerindia, Oceanía, Europa vino y estableció su orden de Análisis y Muerte. Lo que no pudo usar lo mató o lo alteró. Con el tiempo, las colonias-muerte se fortalecieron tanto que se separaron. Pero el impulso del imperio, la misión de propagar la muerte, la estructura de todo esto, continúo. Ahora estamos en la última fase. La Muerte Americana ha venido a ocupar Europa. Aprendió el imperio de su vieja metrópolis. Los salvajes de otros continentes, corruptos pero resistiendo en el nombre de la vida, continuaron a pesar de todo… Mientras la Muerte y Europa siguen separados, esperando consumar su amor.”

 

El cohete, un regalo de Europa para América, una forma de expandir los horizontes, de perforar el velo, de establecer nuevos reinos de muerte.

 

Un arma de guerra usada para conquistar la luna.

 

¿Qué nos ha costado conquistar el espacio? ¿Qué nos va a costar colonizarlo?

 

De por qué se extinguieron los dodos

 

Frans Van der Groov no tenía una razón específica para matar dodos. Pero algo le causaba un enorme placer cuando tenía en la mira al extraño pajarraco y empezaba a apretar el gatillo de su arcabuz.

 

Frans Van der Groov lo dejó todo por un placer sanguinario que se convirtió en necesidad. Se fue a la Isla Mauricio y empezó a cazar, sistemáticamente, con una horda de cerdos, a los dodos.

 

Los cerdos se encargaban de los huevos y él iba matando, uno a uno, a los animales adultos.

 

En una ocasión, encontró un huevo inaccesible y se quedó mirándolo durante horas esperando a que saliera del caparazón el animal.

 

Durante esas horas de tensa espera, Frans no comió ni durmió.

 

¿Por qué quería acabar con los dodos?

 

Tal vez fue porque eran animales feos e inútiles; tan torpes de diseño que insultaban, por su existencia, a la perfección de Dios.

 

Aunque tal vez todo era más sencillamente patológico. Frans no odiaba a los dodos. Al contrario, creía que no eran más extraños que los pavos salvajes de américa. Pero en América había otros hombres y, en Martinica, el Dodo era la forma suprema de vida.

 

Frans pensó que no había vuelta atrás: si hubiera encontrado a un hombre junto al Dodo, todo  habría sido distinto.

 

Era demasiado tarde, la sangre empezó a correr y nadie pudo cerrar el torrente.

 

Para 1681 todos los dodos quedaron extintos.

 

La naturaleza humana, como los cohetes, también tiene un punto de inflexión: después del ascenso programado, cuando se corta la propulsión, todo lo que sigue es inercia; la inevitable caída, la inevitable fuerza de gravedad.

 

Matamos dodos como nos matamos: sin razón, porque es lo que nos toca, porque no soportamos ver otra forma dominante de vida. Pynchon lo entendió bien: el exterminio de los dodos es la misma ridícula farsa de nuestra autodestrucción. Antes teníamos arcabuces para apuntar a un huevo, ahora tenemos cohetes que apuntan a la luna.

 

El mundo de los vencedores

 

Nada se escapa de la Estructura.

 

Todo cambió después de la Segunda Guerra Mundial, se reacomodaron los poderes con nuevas sumisiones y nuevas dominaciones.

 

Al mismo tiempo, todo siguió igual.

 

Gravity’s Rainbow es una reflexión sobre los vencedores de la guerra; una novela completamente autoconsciente de la gran victoria norteamericana en 1945. Una victoria sobre el miedo del mundo bajo un hongo nuclear; una victoria sobre nuestros deseos en el orden económico.

 

El enorme sacrificio ruso quedó en un anecdotario. La realidad de la guerra fue otra: los grandes cárteles comerciales se dividieron el mundo y el liberalismo capitalista terminó acaparándolo todo. Los americanos ganaron más que una guerra, ganaron la conquista de nuestra psique.

 

Gravity’s Rainbow es una observación compleja sobre esa victoria y lo que implica; una travesía psicológica sobre el costo del sueño americano y sus fundamentos psicológicos.

 

Es un retrato íntimo del pensamiento de una generación que ganó la gran guerra para seguir peleando todas las guerras del mundo; una generación que no acaba de entender la profunda podredumbre racista en el corazón de Estados Unidos y su pulsión de dominación mundial.

 

El espíritu de la colonia que regresa como venganza, el Análisis y la muerte, la dominación obtusa del mundo, las intervenciones militares, un sistema económico que juega con el deseo íntimo de los consumidores…

 

El mundo de los vencedores es un mundo de vencidos.

 

Chilango

 

En 1963, Thomas Pynchon vivió en la Ciudad de México.

 

Cuando alguien le quiso tomar una foto, huyó de su departamento y de su vida.

 

Tomó un camión a Guanajuato.

 

Me gusta imaginarme a Pynchon en esa ciudad de mineros, protegido por los poderosos túneles, deambulando en el subsuelo, imaginando que, tal vez, ahí estaría a salvo de la muerte que cae del cielo.

 

En Guanajuato nunca ha habido cohetes.

 

Tal vez ahí Pynchon fue feliz.

 

No se volvió a saber de él.

 

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Bibliografía:

 

Las traducciones son versiones libres que yo mismo hice. Todo lo citado pertenece a la novela seminal de Pynchon:

 

  • Pynchon, Thomas. Gravity’s Rainbow. Penguin Books. 2006

 

Algunas claves esenciales de contexto fueron también tomadas de esta excelente guía neurótica:

 

  • Weisenburger, Steven C. A Gravity’s Rainbow Companion. The University of Georgia Press. 2006.

Autores
Nicolás Ruiz (Ciudad de México, 1987) es maestro en literatura comparada por la UNAM. Desde hace casi 10 años se dedica al periodismo cultural y ha publicado en revistas y blogs de cine, política y cultura como Nexos, Televisa.News, Dónde Ir y Correspondencias. Actualmente, es editor y conductor en Código Espagueti, Ibero 90.9, Noticieros Televisa y FOROtv.

Ilustrador
Eduardo Ramón Trejo
Ilustrador y diseñador gráfico nacido en Guadalajara y radicado en la CDMX. Con un interés por la narrativa visual y la gráfica de antaño, se ha desarrollado en la ilustración a través de la técnica del collage, colaborando en diversos proyectos editoriales, comerciales y exposiciones colectivas e individuales. Ha colaborado con medios impresos y digitales como Tierra Adentro, Letras Libres, Wired, Vice, Chilango, Expansión, El Fanzine, Picnic, entre otros.