Cuando estamos cansados, nos atacan ideas que vencimos hace mucho
Friedrich Nietzsche
Una de las canciones más icónicas de Descendents, Suburban home, inicia y termina declarando “Iwantto be stereotyped, I wanna be classified”1, lo que pareceser una respuesta irónica a la premisa que persigue Simon Reynolds cuando reconoce la potencial característica curatorial que se fue generando en torno al rock y que lentamente se va desplegando a toda la música. En 2010, esta idea es reafirmada por Mark Fisher, amigo y cómplice de Reynolds, durante una entrevista que les hacen a ambos sobre música dance –que se puede consultar en el blog de Simon Reynolds–donde afirma que la música “becamethe center ofthe culture because it was consistently capable of giving the new a palpable form; it was a kind of lab that focused and intensified the convulsions that culture was undergoing. There’s no sense of the new anywhere now”2. Aúncuando el comentariovasobre la músicadance, esta última disyuntiva de lo nuevo, que también Reynolds se pregunta a lo largo de Retromania, es aquello que sostiene un tratamiento específico del tiempo y cómo se va entrecruzando con la música ¿Qué futuro y quépresente construyen la música y desde dónde? ¿Hay un futuro?
En toda esa suerte de necesidad curatorial sobre lo que se escucha, existe una fuga de deseo fijada en el pasado, una melancolía por el tiempo que se nos ha perdido; algo que Reynolds identifica como “anhelo colectivo”. Esta nostalgia puede resultar de una insatisfacción con el presente, de imaginar mundos posibles en los que no se puede habitar en el “ahora” y que vuelve necesario pensar en y desde el pasado. Lo melancólico se traduce a lo curatorial a partir de un ejercicio archivístico y documental –de una historicidad basada en los posters, CD’s, viniles, entradas de concierto e incluso artefactos usados por ídolos que da pie a que la música se traduzca al museo– aquel espacio que va aguardando todo lo que está por morir. Todo lo que, según T. W. Adorno, pretende trascender y ser admirado pero que de ninguna manera será el presente, aquello que culturalmente pareciera necesitar de permanencia mediante la materialidad museística pero que ya está más muerto que vivo.
Reynolds logra fijar aquel aparato museístico y anhelo nostálgico en el rock por ser “viejo y establecido” dadas las experiencias que ha tenido en el British Music Experience y en la Rock’n’RollPublic Library donde todas esas posibles materialidades que puede llegar a tener la música se expanden dentro del museo y que necesitan idolatrarse como aquel presente que ya es pasado. El rock mexicano, además de sus grandes diferencias culturales con el británico, tampoco huye de hacer del rock un museo –y los ejemplos son públicamente conocidos– sobre todo por instituciones encargadas de guiar aquello que deja de ser presente, lo muerto, como la UNAM o el Museo del Chopo, instituciones que a inicios de año proyectaron un documental sobre el recién fallecido Charlie Monttana; así como otros momentos más en que las instituciones han hecho nichos de idolatría a bandas y cantantes como Rockdrigo González y su simbólica estatua en metro Balderas.
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Estas consideraciones palpables sobre el rock van de la mano también con aquello que Derrida denominó el “mal de archivo” y que, en una síntesis torpe y breve, podría definirse como aquella afección sobre el documento, sobre la apropiación de un archivarlo todo del museo, que para Adorno era verlo todo morir. Derrida, al rastrear los orígenes griegos de la palabra archivo (autenticidad, autoridad, origen), nos conduce hasta identificarla con la pulsión de muerte freudiana que involucra volver a la vida a un estado inanimado. Esta misma necesidad desbordante por guardar y almacenarlo todo se potencia con la digitalización de archivos en Internet. Es decir, el mal de archivo no se detuvo con la amplitud de opciones del internet, sino que cambió de plataforma y se volvió aún más imponente. La respuesta que entre líneas ofrece Reynolds a este coleccionismo, al archivismo violento y la necesidad museística de la música fue plantear que la música también depende del olvido, de dejar atrás la cultura oxidada, así como uno es capaz de olvidar a un viejo amante, de permitirle a la música misma y, por lo tanto a la cultura, olvidar.
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Frente a esa potencial y superficial condición de añejamiento del rock la infinidad de posibilidades, caracterizada por un poder ser, que establece la música en tanto manifestación cultural y política, también opera de la misma manera en la música pop. Este género conlleva una estandarización modernista de presentarse casi siempre como algo fresco, la idea de la innovación se quiebra al construir rítmica y líricamente basados en una tradición ya extinta (lo que equivaldría más a una renovación musical). Hay una fijación por el pasado, como una suerte de ejercicio arqueológico que se lleva a cabo al producir canciones pop, una condición retromaniaca no de admirar lo ya muerto, como ocurre con el rock, sino de darle al presente algo “nuevo” basado en el pasado, una constante línea de investigación musical sobre aquello que puede revivirse. La música pop está condicionada a un ejercicio arqueológico insaciable.
Hay diversas formas en que el pop ha ido reviviendo, como un zombi que nunca muere, todas aquellas resultan en potencialidades musicales: el sampleo3al que ahora estamos tan acostumbrados pero que marcó los inicios del hip-hop o los mashupsde diversas melodías (musicales o cinematográficas) que volvieron identificables a las canciones pop con ritmos poco complejos pero fáciles de memorizar, surgen también de una formación tecnológica que se aleja de aquello que se construía de forma más análoga y solamente era grabado. Las ciencias más o menos ocultas que esconden las producciones musicales de los artistas pop del momento basan muchos de sus ritmos, circunstancias melódicas o fórmulas sonoras en música con una tradición ya construida pero que busca ser renovada; que se recrea a partir de una amplia producción tecnológica que antes hubiera sido poco posible. Un ejemplo simple es la formaciónde las bases flamencas de Rosalía con ritmos distintos que provocan un aire “innovador”, aunque eso implique más bien una renovación o restauración musical, una mirada hacia un género popularmente muerto pero que como práctica arqueológica se despliega a lo largo de El mar querer, álbum del 2018.
En esta búsqueda en el pasado, también el pop instaura la materialidad como ámbito nostálgico. El CD, que en 2020 donde al algoritmo de Spotify, Youtube, Apple Music y demás plataformas de escucha van guiando e influyendo en los gustos musicales, opera como un fantasma, como aquello que parafraseando a Roland Barthes desde su análisis a la fotografía- denominó el ectoplasma de lo que había sido. La generación Z que nace con un smartphone en la mano da pie a reafirmar esta idea y a hacer del CD (lo digital) y los cassettes y viniles (lo analógico) fantasmas del cuerpo de un álbum musical que puede ser descargado en el celular en cuestión de minutos. Sin embargo, no están en el olvido, funcionan como herramientas de lo retro, de lo que alguna vez existió. La música, en algún momento de la historia, tuvo un cuerpo –análogo– que ya está sepultado.
Dadas esas tensiones entre el pop y el rock, el punk aparece como aquella cosa, en apariencia, poco clasificable –deseo que afirmaba la canción de Descendents citada al inicio– dentro de esas dinámicas de búsqueda en líneas temporales. Hay en el punk, siguiendo a Reynolds, un rechazo iconoclasta por el pasado, una suerte de negación de una tradición. En el punk no hay persecuciones de pasado, ni delirios de futuro. En el punk habita el ahora, el cambio del presente. Sobre todo, extrapolado a los desarrollos evolutivos del pop y del rock, hay en el punk un lenguaje particular que poco pudieron descifrar los lenguajes de periodismo musical en el momento en que The Clash y los Sex Pistols comenzaban a gritonear.
Algo que ya premedita la forma en que Reynolds juega con la idea de punk y, sobre todo; de postpunk, se fija en el prólogo de Ripit up and startagaincuando narra sus primeros acercamientos a las letras de Johnny Rotten mientras dedica su libro a “aquellos que no estuvieron en el momento ni en el lugar adecuado”, estableciendo ya una temporalidad sobre la cual versa el punk. Aquella forma de trabajo de recuerdo, sobre la cual se establece el pop y el rock, en distintas modalidades, desaparece dentro del punk y de la música rave que escuchó Reynolds, pues ambos repelen el archivo, no construyen desde el pasado ya muerto.
El punk ya no ocurre como una dinámica freudiana o como proceso del duelo, esun tipo de música que va más allá de ese pasado porque lo niega, se rehúsa a reivindicar el pasado porque la idolatría no es su momento de existencia. El pasado y la tradición no suceden realmente en la construcción musical del punk, más allá de sus letras y su condición política. Dado esto, la hauntología4que muchas veces yace en el poder del recuerdo; es decir, en el aparecer improvisto del pasado y el hacer perdurar. En el punk también se construye, pero en su límite último, en la fragilidad de ese recuerdo, en aquel pasado que es borroso y siempre está a punto de desaparecer, es decir, nunca construye desde ahí porque el punk no colisiona en el pasado, es una materia en constante presente.
La temporalidad que se recrea y regenera dentro de la música funciona más como un daño colateral de su progresiva e intempestiva variabilidad; de su necesidad por ser un referente cultural más que por designar discursos tajantes y fijos. Si el pop renueva esos pasados y el rock pretende idolatrar y añejar, el punk siempre está muriendo porque nunca ha soltado la contradicción. El punk se expresa desde el presente; se posiciona en el lugar donde se quiebra la nostalgia. Se reconstruye, acciona, olvida y muere ahí mismo. En un pacto no de duelo sino de entablar una relación horizontal con la realidad, donde lo que culturalmente nos intriga, duele, conflictúa y acoge es el presente innegable.
No hay nada más acá o más allá de la manifiesta gratuidad de lo dado,
nada, sino la potencia sin límite y sin ley de su destrucción,
de su emergencia, de su preservación.
Quentin Meillassoux
El desarrollo técnico que se despliega en siglo XXI ha venido a transformar, en muchos sentidos, el paradigma desde el que se lee, piensa, discute y produce filosofía; hoy tenemos muchos más recursos bibliográficos, archivos, materiales y herramientas que las generaciones precedentes, vivimos en un exceso de información, una saturación de contenidos que facilitan el acceso a múltiples referencias de forma instantánea, y no sólo eso, pues además contamos con la facilidad de construir comunidades de discusión y diálogo a través de la redes virtuales, mismas que también nos permiten establecer contacto con interlocutores en distintos lugares geográficos a partir del encuentro común de afinidades. Esta inercia que democratiza la lectura y discusión filosófica, contraviene los tiempos y dinámicas de las formas institucionales y académicas que hasta ahora le han dado cabida de forma casi exclusiva a esta disciplina; en ese sentido, habría que reconocer que la filosofía, con todas las pretensiones de crítica y rigor con que ella misma se presenta, se trata en un sentido formal, de una institución más bien conservadora, regida por un sistema de grados, títulos y reconocimientos bastante codificados y ritualizados, pero que, por otro lado no pueden contener el carácter fluido con que esta circula y es apropiada como discurso fuera de ella.
La filosofía hoy en día está más vigente que nunca, el público que se acerca a sus reflexiones desde lugares ajenos, marginales o periféricos a sus espacios y moldes académicos es cada vez más amplio, sólo que la gran mayoría de los profesores de filosofía parecen no haberse dado cuenta.
Existe toda una generación de jóvenes, quienes conocimos la potencia de la reflexión filosófica a través de plataformas virtuales, medios digitales que en su fugacidad resultaron mucho más instigadoras que las aburridas clases de ética y lógica en el bachillerato. No es de extrañar que cada vez se encuentre más gente inscrita en facultades de filosofía que llegó ahí por algún extravío de discusión y reflexión internauta, algo que por otro lado, sólo puede desconcertar a la vieja guardia de la academia filosófica. Hay nombres, autores, códigos que fluyen mejor bajo toda esta dinámica contemporánea: la teoría crítica alemana y el post-estructualismo francés son dos tradiciones que parecen dialogar muy bien con los nuevos tiempos, a los que ciertamente se suma el tono disruptor del pensamiento feminista o el decolonialismo anti-racista latinoamericano, algo que, por otro lado habría que analizar y valorar críticamente, pero que no se pueden negar como referentes que se actualizan a menudo en los foros y debates contemporáneos, que en el contexto actual de crítica y puesta en cuestión de las violencias y desigualdades históricas, parecen privilegiar el discurso subjetivista del testimonio y la verdad como dimensión de una fenomenología encarnada y no reductiva, inaccesible para quienes no participan de la misma experiencia.
Más que un relativismo, parece verificarse un subjetivismo perspectivista en la discusión contemporánea. Se vuelve así, necesario ampliar la escucha ante una proliferación de voces que se enuncian desde sitios y experiencias bastante disímiles, al grado de que formular cualquier afirmación sobre la objetividad, la verdad o el absoluto resultan de suyo un motivo de sospecha. El pluralismo, más que un posmodernismo, se nos presenta entonces como necesidad ante las diversas posturas que reclaman para sí la universalidad de su propia razón.
Como alguien que vivió su vuelco hacia la disciplina filosófica a través de las pantallas, me entusiasma esta dinámica contemporánea, que vuelve la reflexión y discusión argumentada —en diálogo con las distintas tradiciones del pensamiento―, algo más accesible y abierto para un mayor número de personas. Por otro lado, tampoco habría que idealizar estos medios electrónicos que hoy se nos imponen como necesidad. La saturación de información y contenidos generan ruido en exceso, sin mencionar la cantidad de personas y colectividades ávidas no sólo de expresar su sentir y su pensar, pero también de imponer su sentir y pensar. La facultad de escuchar —o la empatía mínima— que requiere el establecimiento de cualquier diálogo crítico, no es algo que suela proliferar en la red, tampoco en el mundo, más bien se trata de un bien valioso y escaso, pero al que no debemos renunciar. Las redes sociales no se tratan de ningún ágora filosófica donde se cultive el diálogo y la interlocución, son por el contrario, un patio de recreo, con grupos de afinidad y pandillas copartícipes del acoso selectivo.
Cuando los medios electrónicos se vuelven una plataforma más del conflicto social, apelar al diálogo filosófico dentro de ellos, se plantea como una insistencia por remar a contracorriente en medio de la sordera y la necedad de todos los bandos; la racionalidad, para bien o para mal, es el lastre que todo sujeto que cultiva la filosofía debe cargar, aún quienes insisten en precisar su límites.
La confianza en la racionalidad —una herencia de la modernidad ilustrada― es la desdicha de quien abraza la filosofía como vocación. Implica comprometerse con la reflexión y la crítica incesante, aún la de los propios prejuicios, y de esta manera, no puede conllevar la complicidad con ningún dogma o sistema de creencias establecido, requiere por el contrario, de una flexibilidad inaudita para asimilar cada vez más puntos de vista, sopesando y valorando la multiplicidad de argumentos a través del diálogo y la escucha, pero sin dejar de tomar postura frente al conflicto. La filosofía no se sustrae a la creencia, sino que afirma creencias justificadas, argumentadas y abiertas, poniendo siempre en evidencia las cartas de su propia enunciación, dispuesta además a abandonar su propio juego cuando se demuestra la amplitud de aquella realidad que antes tomaba por cierta. La filosofía, si lo es en verdad, resulta ella misma una práctica deconstructiva, una desestabilización radical de los prejuicios y certezas previas, no sólo un anhelo de trangresión al orden de la racionalidad establecida. Se trata de una búsqueda infatigable por la verdad y la justicia, incluso si para esto resulta necesario cuestionar también lo que estas nociones significan.
Esta búsqueda incesante ha llevado históricamente a muy distintas derivas, incluso las más aberrantes, y aunque es responsabilidad de toda filosofía saldar cuentas con su tradición, con sus referencias y precursores —explicarles más que justificarles―, mi intención aquí será dar cuenta de un par de afluentes del pensamiento contemporáneo, dos conceptos que se nos presentan como tema y problema de la filosofía actual. La «contingencia» y la «extinción», son dos términos que en su radicalidad y pretensión de objetividad y absoluto, han venido a cimbrar todo el paradigma de la filosofía moderna y posmoderna tal como le conocemos, al menos desde Kant, esto es, aquella que se afianzada sobre la certeza del sujeto, ya sea que se le tome en su carácter universal ó se lo piense determinado por su circunstancia histórica.
Esta filosofía ilustrada, que se podría traducir como una epistemología antropológica, es decir, como reflexión crítica sobre nuestras posibilidades de conocer e interpretar el mundo a partir de nuestra determinación sensible y pensante, donde todo conocimiento sobre la objetividad de lo real y el mundo estaría subordinado a la relación que establecemos con él; se trataría pues, de un correlacionismo tal como lo define Quentin Meillassoux en su libro Après la finitude (2006). Texto potente y esclarecedor sobre el dilema en el que nos encontramos desde hace algunos siglos: un antropocentrismo que permea todas nuestras estructuras de pensamiento, incluso cuando pretendemos subvertirlas a través de estrategias no-racionalistas como fueron las de Nietszche, Bergson o Deleuze. Se trata pues, de reconocer el carácter esencial y absoluto que le hemos otorgado a la correlación sujeto-objeto sin siquiera notarno, en el que todo conocimiento sobre la objetividad exterior del mundo queda reducido y determinado por las condiciones subjetivas que le vuelven inteligibles para un ente sensible y pensante: no hay un afuera radical, y si lo hay lo es sólo para confirmar nuestra imposibilidad del acceso.
El correlacionismo que denuncia Meillassoux —en lo que podríamos leer también como un diagnóstico certero sobre la filosofía contemporánea―, se encuentra hipostasiado, es decir, extendido y difuminado aún en aquellas metafísicas que pretenden superar el antropocentrismo. Al final, lo que permanece es siempre la determinación absoluta de una relación esencial, una experiencia de la donación, un ser del mundo dado para algo o alguien, llámese el espíritu, la vida o lo que se quiera. La propuesta de Meillassoux cae como un balde de agua fría, pues desde una propuesta especulativa muy cercana a los planteamientos de Roy Bashkar en filosofía de la ciencia, se trata de reconocer la primacía de la realidad por sobre el pensamiento, un universo que preexiste a la aparición del hombre, y al que, en cierto modo, le es indiferente nuestra subsistencia. El universo no necesita de ninguna especie o entidad pensante que le explique o le otorgue sentido, y el hecho de que pretendamos serlo, es una contingencia de la propia materia, un golpe de suerte en medio de una realidad aleatoria.
El punto de partida sobre el que Meillassoux despliega su crítica al correlacionismo, desde el cual habrá de afirmar de manera especulativa el carácter absoluto de la contingencia, es lo que él denomina archi-fósil o tiempo ancestral: aquellas evidencias sobre la existencia del universo anterior al surgimiento de la especie humana. Se trata de registros que ponen en cuestión el sentido fenomenológico de la donación, del aparecer de lo real para algún testigo. Se trata de una paradoja que el solipsismo de nuestra especie no puede pensar, sólo haciendo implosionar el círculo correlacional en el que estamos inmersos es posible dar sentido a afirmaciones como el origen del Universo hace 13,5 miles de millones de años o el surgimiento del planeta Tierra hace 4,45 miles de millones de años. Se trata de advertir que la única posibilidad de que la correlación sujeto-objeto desde la que nos posicionamos pueda dar cuenta de este tipo de realidades sin testigo, es reconociendo su propio no-ser o ser potencialmente de otra manera, pero además, la contingencia misma como condición absoluta de su propia posibilidad.
La provocación realista del Meillassoux nos invita a revalorar la posibilidad de afirmar juicios con pretensión de verdad o absoluto, aunque en este caso se trata de un absoluto irónico o contra-absoluto, pues la certeza que él demuestra y toma luego por axioma, es la necesidad de la contingencia, es decir, que todo es finito y nada es necesario, ni siquiera el fin o la muerte misma. La contingencia como punto de partida abre la posibilidad de un porvenir inaudito, incluso en el que las leyes de la naturaleza podrían ser distintas a como las conocemos ahora, y engendrar realidades tan insólitas como la posibilidad de una justicia universal. Si bien, esta última parte, que compromete la filosofía de Meillassoux con una especulación divino lógica sobre lo que Dios podría llegar a ser algún día, tiene la gran ventaja de facilitarnos una ética racionalista cuyo fundamento sería la posibilidad lógica y no la creencia dogmática; lo cierto es que, siendo fieles al principio de contingencia, habría que reconocer que la justicia y la redención, si bien lógicamente factibles, también se tratan de posibilidades virtuales que bien podrían no manifestarse nunca. Un mundo sin justicia ni redención alguna es igualmente posible al advenimiento de un orden divino, justo y bondadoso; aunque el horror y la catástrofe que se nos presentan ahora como evidencia parecieran orientar más el cálculo hacia el primer escenario.
Hasta aquí podemos estar de acuerdo con Meillassoux en que «En efecto, no podemos pretender saber si nuestro mundo, aunque contingente, colapsará un día efectivamente. […] Afirmar por el contrario que todo debe necesariamente perecer sería una proposición todavía metafísica» (2015:104). Sin embargo, no deja de resultarnos provocadora, la interpretación que, desde un realismo menos especulativo y más bien determinista nos presenta Ray Brassier, filósofo contemporáneo que al igual que Meillassoux, nos incita a pensar una realidad sin donatario ni testigo, un mundo sin nosotros, sólo que en este caso la estrategia sigue un camino distinto. Más que un crítico de la modernidad ilustrada, Brassier es un heredero radical que reivindica la empresa racionalista, cuya convicción científica conlleva un fuerte carácter desmitificador, una potencia corrosiva sobre los dogmas que todavía permean la experiencia antropocéntrica de lo humano.
La Ilustración como empresa científica y filosófica que busca la verdad y desmonta los prejuicios, en sus últimas consecuencias, implica un desencanto radical del mundo, su función explicativa y esclarecedora sobre la realidad, le muestran al ser humano su absoluta precariedad, su finitud y la falta de cualquier sentido trascendental en la existencia. La especie humana no guarda ningún privilegio ontológico sobre los demás entes que pueblan el universo, y como estos, también es finito, perecedero, destinado a extinguirse como parte de la entropía cósmica, el enfriamiento radical de todo, ese apagamiento absoluto del universo en donde no quedará huella de que alguna vez hubo una especie pensante a la búsqueda de la verdad, la justicia y el sentido. En los ensayos que componen Nihil Unbound: Enlightenment and Extinction(2007), Brassier explora las consecuencias de una metafísica naturalista, un cientificismo exacerbado hasta la desilusión, en donde, siendo fieles a la investigación astrofísica, podemos datar la muerte del Sol dentro de 5000 millones de años, la de la Vía Láctea en 4 mil millones de años —cuando se suceda su colisión con la galaxia de Andrómeda―, y finalmente la extinción misma del Universo según el modelo del enfriamiento o muerte, considerado éste como el escenario más probable por la comunidad científica dentro de 16,700 millones de años.
Si para Meillassoux se trata de pensar la huella ancestral que nos remite a un origen del Universo, los indicios de una existencia previa a la aparición de nuestra especie sobre la Tierra, evidencias del carácter contingente de cualquier testigo o donatario en el devenir cósmico, para Brassier se trata de pensar desde la certeza de un futuro inquietante y certero, una escatología científica sobre el fin de los tiempos, en donde somos capaces de reconocer la extinción de la especie, el planeta, el sistema solar, las galaxias y el universo entero como una de las máximas certezas a las que ha llegado el conocimiento científico. La ciencia —y no sólo la filosofía― nos revelaría, como una especie sensible y pensante, capaz de cometer más terribles injusticias, pero también la más profunda de las compasiones, pero indiferente a un universo que, en sí mismo, en su creación y devenir, lleva la huella de su propia finitud. El humanismo no sería entonces el solipsismo de una especie buscando universalizar sus aspiraciones desde su pequeña particularidad finita y contingente.
Si desde la finitud de nuestro pensamiento, podemos asumir el principio de contingencia como axioma, un punto de partida que abre un infinito horizonte de posibilidades virtuales, la filosofía no puede limitarse a construir especulaciones —aunque lógicas― acerca de lo posible, debe prestar atención también a lo que se muestra como evidencia empírica por parte de aquellas ciencias particulares, que, como la prospectiva, sugieren un cálculo estadístico acerca de los escenarios factibles hacia el porvenir. Más que un mero cálculo del futuro, la prospectiva puede pensarse como una disciplina estadística que modela escenarios de lo posible en función de las tendencias actuales. Se trata pues, de extrapolar las tendencias de crecimiento y desarrollo, de uso y abuso de los recursos, para esbozar así modelos realistas del futuro posibles, es decir, proyecciones factibles desde las premisas que hoy se nos presentan como evidencia.
Un referente básico en la investigación prospectiva a nivel mundial, es el estudio sobre Los límites del crecimiento encabezado por la doctora en biofísica Dana Meadows en 1972, donde se concluía que si crecimiento demográfico a nivel mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de recursos naturales, mantenían la inercia de desarrollo vigente, el planeta Tierra alcanzaría sus límites absolutos para hacer habitable nuestra subsistencia durante los próximos cien años. Y sin embargo, el diagnóstico resultaba optimista, pues se planteaba todavía la posibilidad de revertir las tendencias del desarrollo industrial, reduciendo así la huella ecológica sobre el planeta y asegurando de esta manera su habitabilidad durante algunos siglos más. Con el transcurrir de los años, este diagnóstico es cada vez menos alentador, el astrofísico Stephen Hawking antes de morir presagiaba el comienzo de la sexta extinción masiva en el planeta.
Cuando hemos visto arder las selvas en África y el Amazonas, cuando las mineras derraman cientos de metales pesados sobre los ríos de México, cuando los cascos polares del planeta comienzan a derretirse, y además reflexionamos todos estas cosas en medio de una pandemia mundial que nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad, no es necesario aventurarse a la especulación filosófica y los postulados de la astrofísica para advertir ya la vigencia de la contingencia y la extinción como dos realidades que se vislumbran a flor de piel.
Si la filosofía tiene todavía algo por decir, si tiene alguna verdad por esclarecer o alguna justicia por nombrar, estas no se pueden disociar del contexto histórico-material en que se inscriben, ni de los efectos que sus discursos buscan provocar. En este sentido, considero que hay en la provocación realista de Meillassoux y Brassier una potencia que debemos aprovechar, pues desde aquellas posturas cercanas aunque disímiles —una de carácter especulativo, volcada hacia esperanza de una justicia insólita, y la otra comprometida con un materialismo naturalista, fiel al diálogo con las ciencias―, se trata de descentralizar al sujeto antropológico como referente y punto de partida de nuestra comprensión de la existencia en el universo. Se trata de reconocer que no podemos evadirnos de la incertidumbre, pues esta es constitutiva de nuestra existencia, y donde quizá las únicas certezas son las que podemos extraer de nuestra propia finitud; una finitud que, por otro lado, podría quizá terminar un día, cuando la muerte muera por fin y se suceda la eternidad, pero ese es un momento virtual sobre el que no podemos fiarnos aún, y menos hoy cuando vemos a la civilización humana colapsar con nosotros y nuestras comunidades incluidas.
Tengo la impresión de que cuando Meillassoux plantea una justicia venidera —o un Dios virtual como él le llama― como una posibilidad lógica dentro de las múltiples configuraciones de este universo híper-caótico regido por la contingencia, lo hace para mantener la posibilidad racional de una ética, un regulador moral a la manera de Kant. Pero en los hechos esta posibilidad virtual, aunque lógica, resulta inoperante para una praxis ético-política, justo porque reinscribe el espectro de una teología —incluso si no lo pretende―, hipostasiando una trascendencia sobre una inmanencia material pero prospectiva y virtual. Por el contrario, la escatología desencantada de Brassier resulta más acorde con el realismo científico que sin fetichizar los postulados de la investigación empírica, los considera datos ineludibles, contingentes en la medida que pueden ser refutados por otros posibles postulados que vendrían después a desplazarse, pero sobre los cuales nos es posible al menos, formular juicios sustentables sobre el cálculo de lo posible. Las variables podrían cambiar en el futuro, pero hay que considerar aquellas que tenemos hoy y partir de las cuales nos es viable especular sobre el porvenir.
La falta radical de sentido que se revela con la verdad de la extinción, no sólo antropológica sino también cosmológica, no debería desalentarnos en la afirmación de una ética, por el contrario, cada vez tenemos mayor indicio de sus coordenadas, del intervalo espacio-temporal en que se inscribe nuestro hábitat, así como la vida —humana y no-humana― que consideramos digna de ser vivida dentro de este. Quizá no haya justicia ulterior, pero eso no nos exime de responsabilidad, por el contrario, nuestra finitud no nos exculpa, sino que nos vuelve co-partícipes de los destinos venideros de aquí a que se suceda la extinción.
Uno no puede evadirse de estas cosas al momento de pensar, de escribir, o de suscribir una filosofía, ya sea en un medio académico o en una plataforma virtual, la filosofía tiene que hacerse cargo no sólo de lo pensable, sino también de lo impensable, tanto de lo posible como de lo imposible, incluso de lo ominoso, porque de lo contrario, estaría evadiendo la realidad ahí donde tendría que esmerarse en revelar. Y no se trata de evadir los conflictos actuales, las diferencias y pluralidades que hoy se enfrentan —no sólo en el discurso y la política, sino también en la guerra―, pero estas no pueden desligarse del devenir más amplio que les contiene y hace posibles, esta Tierra finita y contingente como escenario de todos nuestros conflictos y afectos, un planeta que se extinguirá cuando el Sol consuma todo su combustible e implosione, pero que, aceleradamente agota también sus posibilidades de albergar vida debido la ceguera radical de nuestra especie, ese antropocentrismo individualista como eufemismo de nuestra propia estupidez. Estamos montados ya sobre una máquina de producción suicida que no parecemos muy interesados en revertir, y los pocos intentos por desmontarle son aún bastante tibios, es como si la gran mayoría nos hubiéramos resignado a lo inevitable de la catástrofe.
¿Puede ser hoy la filosofía otra cosa que una prédica de la redención —sin salvación― en el final de los tiempos? Me gustaría soñar que sí.