Tierra Adentro
Fotografía tomada de Flirck
Fotografía tomada de Flirck

Cuando estamos cansados, 
nos atacan ideas que vencimos hace mucho 

Friedrich Nietzsche 

 

Una de las canciones más icónicas de Descendents, Suburban home, inicia y termina declarando “I want to be stereotyped, I wanna be classified1, lo que parece ser una respuesta irónica a la premisa que persigue Simon Reynolds cuando reconoce la potencial característica curatorial que se fue generando en torno al rock y que lentamente se va desplegando a toda la música. En 2010, esta idea es reafirmada por Mark Fisher, amigo y cómplice de Reynolds, durante una entrevista que les hacen a ambos sobre música dance que se puede consultar en el blog de Simon Reynolds donde afirma que la música “became the center of the culture because it was consistently capable of giving the new a palpable form; it was a kind of lab that focused and intensified the convulsions that culture was undergoing. There’s no sense of the new anywhere now2. Aún cuando el comentario va sobre la música dance, esta última disyuntiva de lo nuevo, que también Reynolds se pregunta a lo largo de Retromania, es aquello que sostiene un tratamiento específico del tiempo y cómo se va entrecruzando con la música ¿Qué futuro y qué presente construyen la música y desde dónde? ¿Hay un futuro? 

En toda esa suerte de necesidad curatorial sobre lo que se escucha, existe una fuga de deseo fijada en el pasado, una melancolía por el tiempo que se nos ha perdido; algo que Reynolds identifica como “anhelo colectivo”. Esta nostalgia puede resultar de una insatisfacción con el presente, de imaginar mundos posibles en los que no se puede habitar en el “ahora” y que vuelve necesario pensar en y desde el pasado. Lo melancólico se traduce a lo curatorial a partir de un ejercicio archivístico y documental –de una historicidad basada en los posters, CD’s, viniles, entradas de concierto e incluso artefactos usados por ídolos que da pie a que la música se traduzca al museo– aquel espacio que va aguardando todo lo que está por morir. Todo lo que, según T. W. Adorno, pretende trascender y ser admirado pero que de ninguna manera será el presente, aquello que culturalmente pareciera necesitar de permanencia mediante la materialidad museística pero que ya está más muerto que vivo.  

 Reynolds logra fijar aquel aparato museístico y anhelo nostálgico en el rock por ser “viejo y establecido” dadas las experiencias que ha tenido en el British Music Experience y en la Rock’n’Roll Public Library donde todas esas posibles materialidades que puede llegar a tener la música se expanden dentro del museo y que necesitan idolatrarse como aquel presente que ya es pasado. El rock mexicano, además de sus grandes diferencias culturales con el británico, tampoco huye de hacer del rock un museo –y los ejemplos son públicamente conocidos– sobre todo por instituciones encargadas de guiar aquello que deja de ser presente, lo muerto, como la UNAM o el Museo del Chopo, instituciones que a inicios de año proyectaron un documental sobre el recién fallecido Charlie Monttana; así como otros momentos más en que las instituciones han hecho nichos de idolatría a bandas y cantantes como Rockdrigo González y su simbólica estatua en metro Balderas.  

*** 

Estas consideraciones palpables sobre el rock van de la mano también con aquello que Derrida denominó el “mal de archivo” y que, en una síntesis torpe y breve, podría definirse como aquella afección sobre el documento, sobre la apropiación de un archivarlo todo del museo, que para Adorno era verlo todo morir. Derrida, al rastrear los orígenes griegos de la palabra archivo (autenticidad, autoridad, origen), nos conduce hasta identificarla con la pulsión de muerte freudiana que involucra volver a la vida a un estado inanimado. Esta misma necesidad desbordante por guardar y almacenarlo todo se potencia con la digitalización de archivos en Internet. Es decir, el mal de archivo no se detuvo con la amplitud de opciones del internet, sino que cambió de plataforma y se volvió aún más imponente. La respuesta que entre líneas ofrece Reynolds a este coleccionismo, al archivismo violento y la necesidad museística de la música fue plantear que la música también depende del olvido, de dejar atrás la cultura oxidada, así como uno es capaz de olvidar a un viejo amante, de permitirle a la música misma y, por lo tanto a la cultura, olvidar. 

*** 

Frente a esa potencial y superficial condición de añejamiento del rock la infinidad de posibilidades, caracterizada por un poder ser, que establece la música en tanto manifestación cultural y política, también opera de la misma manera en la música pop. Este género conlleva una estandarización modernista de presentarse casi siempre como algo fresco, la idea de la innovación se quiebra al construir rítmica y líricamente basados en una tradición ya extinta (lo que equivaldría más a una renovación musical). Hay una fijación por el pasado, como una suerte de ejercicio arqueológico que se lleva a cabo al producir canciones pop, una condición retromaniaca no de admirar lo ya muerto, como ocurre con el rock, sino de darle al presente algo “nuevo” basado en el pasado, una constante línea de investigación musical sobre aquello que puede revivirse. La música pop está condicionada a un ejercicio arqueológico insaciable.  

Hay diversas formas en que el pop ha ido reviviendo, como un zombi que nunca muere, todas aquellas resultan en potencialidades musicales: el sampleo3 al que ahora estamos tan acostumbrados pero que marcó los inicios del hip-hop o los mashups de diversas melodías (musicales o cinematográficas) que volvieron identificables a las canciones pop con ritmos poco complejos pero fáciles de memorizar, surgen también de una formación tecnológica que se aleja de aquello que se construía de forma más análoga y solamente era grabado. Las ciencias más o menos ocultas que esconden las producciones musicales de los artistas pop del momento basan muchos de sus ritmos, circunstancias melódicas o fórmulas sonoras en música con una tradición ya construida pero que busca ser renovada; que se recrea a partir de una amplia producción tecnológica que antes hubiera sido poco posible. Un ejemplo simple es la formación de las bases flamencas de Rosalía con ritmos distintos que provocan un aire “innovador”, aunque eso implique más bien una renovación o restauración musical, una mirada hacia un género popularmente muerto pero que como práctica arqueológica se despliega a lo largo de El mar querer, álbum del 2018. 

En esta búsqueda en el pasado, también el pop instaura la materialidad como ámbito nostálgico. El CD, que en 2020 donde al algoritmo de Spotify, Youtube, Apple Music y demás plataformas de escucha van guiando e influyendo en los gustos musicales, opera como un fantasma, como aquello que parafraseando a Roland Barthes desde su análisis a la fotografía- denominó el ectoplasma de lo que había sido. La generación Z que nace con un smartphone en la mano da pie a reafirmar esta idea y a hacer del CD (lo digital) y los cassettes y viniles (lo analógico) fantasmas del cuerpo de un álbum musical que puede ser descargado en el celular en cuestión de minutos. Sin embargo, no están en el olvido, funcionan como herramientas de lo retro, de lo que alguna vez existió. La música, en algún momento de la historia, tuvo un cuerpo –análogo– que ya está sepultado. 

Dadas esas tensiones entre el pop y el rock, el punk aparece como aquella cosa, en apariencia, poco clasificable –deseo que afirmaba la canción de Descendents citada al inicio– dentro de esas dinámicas de búsqueda en líneas temporales. Hay en el punk, siguiendo a Reynolds, un rechazo iconoclasta por el pasado, una suerte de negación de una tradición. En el punk no hay persecuciones de pasado, ni delirios de futuro. En el punk habita el ahora, el cambio del presente. Sobre todo, extrapolado a los desarrollos evolutivos del pop y del rock, hay en el punk un lenguaje particular que poco pudieron descifrar los lenguajes de periodismo musical en el momento en que The Clash y los Sex Pistols comenzaban a gritonear.  

Algo que ya premedita la forma en que Reynolds juega con la idea de punk y, sobre todo; de postpunk, se fija en el prólogo de Rip it up and start again cuando narra sus primeros acercamientos a las letras de Johnny Rotten mientras dedica su libro a “aquellos que no estuvieron en el momento ni en el lugar adecuado”, estableciendo ya una temporalidad sobre la cual versa el punk. Aquella forma de trabajo de recuerdo, sobre la cual se establece el pop y el rock, en distintas modalidades, desaparece dentro del punk y de la música rave que escuchó Reynolds, pues ambos repelen el archivo, no construyen desde el pasado ya muerto.  

El punk ya no ocurre como una dinámica freudiana o como proceso del duelo, es un tipo de música que va más allá de ese pasado porque lo niega, se rehúsa a reivindicar el pasado porque la idolatría no es su momento de existencia. El pasado y la tradición no suceden realmente en la construcción musical del punk, más allá de sus letras y su condición política. Dado esto, la hauntología4 que muchas veces yace en el poder del recuerdo; es decir, en el aparecer improvisto del pasado y el hacer perdurar. En el punk también se construye, pero en su límite último, en la fragilidad de ese recuerdo, en aquel pasado que es borroso y siempre está a punto de desaparecer, es decir, nunca construye desde ahí porque el punk no colisiona en el pasado, es una materia en constante presente.  

La temporalidad que se recrea y regenera dentro de la música funciona más como un daño colateral de su progresiva e intempestiva variabilidad; de su necesidad por ser un referente cultural más que por designar discursos tajantes y fijos. Si el pop renueva esos pasados y el rock pretende idolatrar y añejar, el punk siempre está muriendo porque nunca ha soltado la contradicción. El punk se expresa desde el presente; se posiciona en el lugar donde se quiebra la nostalgia. Se reconstruye, acciona, olvida y muere ahí mismo. En un pacto no de duelo sino de entablar una relación horizontal con la realidad, donde lo que culturalmente nos intriga, duele, conflictúa y acoge es el presente innegable.  


Autores
(Oaxaca, 1998) escritora y lectora. Le interesa explorar la forma en que la música representa mundos y lenguajes, al igual que la política y el feminismo. Ha leído poesía en festivales y maratones. Expuso fotografía en el Centro Manuel Álvarez Bravo. Participa en seminarios de cine latinoamericano. Es cofundadora de la Sociedad de Lectores Independientes. 
Ilustración por Ray Patiño

No hay nada más acá o más allá de la manifiesta gratuidad de lo dado,

 nada, sino la potencia sin límite y sin ley de su destrucción,

de su emergencia, de su preservación.

Quentin Meillassoux

El desarrollo técnico que se despliega en siglo XXI ha venido a transformar, en muchos sentidos, el paradigma desde el que se lee, piensa, discute y produce filosofía; hoy tenemos muchos más recursos bibliográficos, archivos, materiales y herramientas que las generaciones precedentes, vivimos en un exceso de información, una saturación de contenidos que facilitan el acceso a múltiples referencias de forma instantánea, y no sólo eso, pues además contamos con la facilidad de construir comunidades de discusión y diálogo a través de la redes virtuales, mismas que también nos permiten establecer contacto con interlocutores en distintos lugares geográficos a partir del encuentro común de afinidades. Esta inercia que democratiza la lectura y discusión filosófica, contraviene los tiempos y dinámicas de las formas institucionales y académicas que hasta ahora le han dado cabida de forma casi exclusiva a esta disciplina; en ese sentido, habría que reconocer que la filosofía, con todas las pretensiones de crítica y rigor con que ella misma se presenta, se trata en un sentido formal, de una institución más bien conservadora, regida por un sistema de grados, títulos y reconocimientos bastante codificados y ritualizados, pero que, por otro lado no pueden contener el carácter fluido con que esta circula y es apropiada como discurso fuera de ella.

La filosofía hoy en día está más vigente que nunca, el público que se acerca a sus reflexiones desde lugares ajenos, marginales o periféricos a sus espacios y moldes académicos es cada vez más amplio, sólo que la gran mayoría de los profesores de filosofía parecen no haberse dado cuenta.

      Existe toda una generación de jóvenes, quienes conocimos la potencia de la reflexión filosófica a través de plataformas virtuales, medios digitales que en su fugacidad resultaron mucho más instigadoras que las aburridas clases de ética y lógica en el bachillerato. No es de extrañar que cada vez se encuentre más gente inscrita en facultades de filosofía que llegó ahí por algún extravío de discusión y reflexión internauta, algo que por otro lado, sólo puede desconcertar a la vieja guardia de la academia filosófica. Hay nombres, autores, códigos que fluyen mejor bajo toda esta dinámica contemporánea: la teoría crítica alemana y el post-estructualismo francés son dos tradiciones que parecen dialogar muy bien con los nuevos tiempos, a los que ciertamente se suma el tono disruptor del pensamiento feminista o el decolonialismo anti-racista latinoamericano, algo que, por otro lado habría que analizar y valorar críticamente, pero que no se pueden negar como referentes que se actualizan a menudo en los foros y debates contemporáneos, que en el contexto actual de crítica y puesta en cuestión de las violencias y desigualdades históricas, parecen privilegiar el discurso subjetivista del testimonio y la verdad como dimensión de una fenomenología encarnada y no reductiva, inaccesible para quienes no participan de la misma experiencia.

Más que un relativismo, parece verificarse un subjetivismo perspectivista en la discusión contemporánea. Se vuelve así, necesario ampliar la escucha ante una proliferación de voces que se enuncian desde sitios y experiencias bastante disímiles, al grado de que formular cualquier afirmación sobre la objetividad, la verdad o el absoluto resultan de suyo un motivo de sospecha. El pluralismo, más que un posmodernismo, se nos presenta entonces como necesidad ante las diversas posturas que reclaman para sí la universalidad de su propia razón. 

Como alguien que vivió su vuelco hacia la disciplina filosófica a través de las pantallas, me  entusiasma esta dinámica contemporánea, que vuelve la reflexión y discusión argumentada —en diálogo con las distintas tradiciones del pensamiento―, algo más accesible y abierto para un mayor número de personas. Por otro lado, tampoco habría que idealizar estos medios electrónicos que hoy se nos imponen como necesidad. La saturación de información y contenidos generan ruido en exceso, sin mencionar la cantidad de personas y colectividades ávidas no sólo de expresar su sentir y su pensar, pero también de imponer su sentir y pensar. La facultad de escuchar —o la empatía mínima— que requiere el establecimiento de cualquier diálogo crítico, no es algo que suela proliferar en la red, tampoco en el mundo, más bien se trata de un bien valioso y escaso, pero al que no debemos renunciar. Las redes sociales no se tratan de ningún ágora filosófica donde se cultive el diálogo y la interlocución, son por el contrario, un patio de recreo, con grupos de afinidad y pandillas copartícipes del acoso selectivo. 

Cuando los medios electrónicos se vuelven una plataforma más del conflicto social, apelar al diálogo filosófico dentro de ellos, se plantea como una insistencia por remar a contracorriente en medio de la sordera y la necedad de todos los bandos; la racionalidad, para bien o para mal, es el lastre que todo sujeto que cultiva la filosofía debe cargar, aún quienes insisten en precisar su límites. 

      La confianza en la racionalidad —una herencia de la modernidad ilustrada― es la desdicha de quien abraza la filosofía como vocación. Implica comprometerse con la reflexión y la crítica incesante, aún la de los propios prejuicios, y de esta manera, no puede conllevar la complicidad con ningún dogma o sistema de creencias establecido, requiere por el contrario, de una flexibilidad inaudita para asimilar cada vez más puntos de vista, sopesando y valorando la multiplicidad de argumentos a través del diálogo y la escucha, pero sin dejar de tomar postura frente al conflicto. La filosofía no se sustrae a la creencia, sino que afirma creencias justificadas, argumentadas y abiertas, poniendo siempre en evidencia las cartas de su propia enunciación, dispuesta además a abandonar su propio juego cuando se demuestra la amplitud de aquella realidad que antes tomaba por cierta. La filosofía, si lo es en verdad, resulta ella misma una práctica deconstructiva, una desestabilización radical de los prejuicios y certezas previas, no sólo un anhelo de trangresión al orden de la racionalidad establecida. Se trata de  una búsqueda infatigable por la verdad y la justicia, incluso si para esto resulta necesario cuestionar también lo que estas nociones significan.

Esta búsqueda incesante ha llevado históricamente a muy distintas derivas, incluso las más aberrantes, y aunque es responsabilidad de toda filosofía saldar cuentas con su tradición, con sus referencias y precursores —explicarles más que justificarles―, mi intención aquí será dar cuenta de un par de afluentes del pensamiento contemporáneo, dos conceptos que se nos presentan como tema y problema de la filosofía actual. La «contingencia» y la «extinción», son dos términos que en su radicalidad y pretensión de objetividad y absoluto,  han venido a cimbrar todo el paradigma de la filosofía moderna y posmoderna tal como le conocemos, al menos desde Kant, esto es, aquella que se afianzada sobre la certeza del sujeto, ya sea que se le tome en su carácter universal ó se lo piense determinado por su circunstancia histórica. 

Esta filosofía ilustrada, que se podría traducir como una epistemología antropológica, es decir, como reflexión crítica sobre nuestras posibilidades de conocer e interpretar el mundo a partir de nuestra determinación sensible y pensante, donde todo conocimiento sobre la objetividad de lo real y el mundo estaría subordinado a la relación que establecemos con él; se trataría pues, de un correlacionismo tal como lo define Quentin Meillassoux en su libro Après la finitude (2006). Texto potente y esclarecedor sobre el dilema en el que nos encontramos desde hace algunos siglos: un antropocentrismo que permea todas nuestras estructuras de pensamiento, incluso cuando pretendemos subvertirlas a través de estrategias no-racionalistas como fueron las de Nietszche, Bergson o Deleuze. Se trata pues, de reconocer el carácter esencial y absoluto que le hemos otorgado a la correlación sujeto-objeto sin siquiera notarno, en el que todo conocimiento sobre la objetividad exterior del mundo queda reducido y determinado por las condiciones subjetivas que le vuelven inteligibles para un ente sensible y pensante: no hay un afuera radical, y si lo hay lo es sólo para confirmar nuestra imposibilidad del acceso.

El correlacionismo que denuncia Meillassoux —en lo que podríamos leer también como un diagnóstico certero sobre la filosofía contemporánea―, se encuentra hipostasiado, es decir, extendido y difuminado aún en aquellas metafísicas que pretenden superar el antropocentrismo. Al final, lo que permanece es siempre la determinación absoluta de una relación esencial, una experiencia de la donación, un ser del mundo dado para algo o alguien, llámese el espíritu, la vida o lo que se quiera. La propuesta de Meillassoux cae como un balde de agua fría, pues desde una propuesta especulativa muy cercana a los planteamientos de Roy Bashkar en filosofía de la ciencia, se trata de reconocer la primacía de la realidad por sobre el pensamiento, un universo que preexiste a la aparición del hombre, y al que, en cierto modo, le es indiferente nuestra subsistencia. El universo no necesita de ninguna especie o entidad pensante que le explique o le otorgue sentido, y el hecho de que pretendamos serlo, es una contingencia de la propia materia, un golpe de suerte en medio de una realidad aleatoria.

El  punto de partida sobre el que Meillassoux despliega su crítica al correlacionismo, desde el cual habrá de afirmar de manera especulativa el carácter absoluto de la contingencia, es lo que él denomina archi-fósil o tiempo ancestral: aquellas evidencias sobre la existencia del universo anterior al surgimiento de la especie humana. Se trata de registros que ponen en cuestión el sentido fenomenológico de la donación, del aparecer de lo real para algún testigo. Se trata de una paradoja que el solipsismo de nuestra especie no puede pensar, sólo haciendo implosionar el círculo correlacional en el que estamos inmersos es posible dar sentido a afirmaciones como el origen del Universo hace 13,5 miles de millones de años o el surgimiento del planeta Tierra hace 4,45 miles de millones de años. Se trata de advertir que la única posibilidad de que la correlación sujeto-objeto desde la que nos posicionamos pueda dar cuenta de este tipo de realidades sin testigo, es reconociendo su propio no-ser o ser potencialmente de otra manera, pero además, la contingencia misma como condición absoluta de su propia posibilidad. 

La provocación realista del Meillassoux nos invita a revalorar la posibilidad de afirmar juicios con pretensión de verdad o absoluto, aunque en este caso se trata de un absoluto irónico o contra-absoluto, pues la certeza que él demuestra y toma luego por axioma, es la necesidad de la contingencia, es decir, que todo es finito y nada es necesario, ni siquiera el fin o la muerte misma. La contingencia como punto de partida abre la posibilidad de un porvenir inaudito, incluso en el que las leyes de la naturaleza podrían ser distintas a como las conocemos ahora, y engendrar realidades tan insólitas como la posibilidad de una justicia universal. Si bien, esta última parte, que compromete la filosofía de Meillassoux con una especulación divino lógica sobre lo que Dios podría llegar a ser algún día, tiene la gran ventaja de facilitarnos una ética racionalista cuyo fundamento sería la posibilidad lógica y no la creencia dogmática; lo cierto es que, siendo fieles al principio de contingencia, habría que reconocer que la justicia y la redención, si bien lógicamente factibles, también se tratan de posibilidades virtuales que bien podrían no manifestarse nunca. Un mundo sin justicia ni redención alguna es igualmente posible al advenimiento de un orden divino, justo y bondadoso; aunque el horror y la catástrofe que se nos presentan ahora como evidencia parecieran orientar más el cálculo hacia el primer escenario. 

Hasta aquí podemos estar de acuerdo con Meillassoux en que «En efecto, no podemos pretender saber si nuestro mundo, aunque contingente, colapsará un día efectivamente. […] Afirmar por el contrario que todo debe necesariamente perecer sería una proposición todavía metafísica» (2015:104). Sin embargo, no deja de resultarnos provocadora, la interpretación que, desde un realismo menos especulativo y más bien determinista nos presenta Ray Brassier, filósofo contemporáneo que al igual que Meillassoux, nos incita a pensar una realidad sin donatario ni testigo, un mundo sin nosotros, sólo que en este caso la estrategia sigue un camino distinto. Más que un crítico de la modernidad ilustrada, Brassier es un heredero radical que reivindica la empresa racionalista, cuya convicción científica conlleva un fuerte carácter desmitificador, una potencia corrosiva sobre los dogmas que todavía permean la experiencia antropocéntrica de lo humano.

La Ilustración como empresa científica y filosófica que busca la verdad y desmonta los prejuicios, en sus últimas consecuencias, implica un desencanto radical del mundo, su función explicativa y esclarecedora sobre la realidad, le muestran al ser humano su absoluta precariedad, su finitud y la falta de cualquier sentido trascendental en la existencia. La especie humana no guarda ningún privilegio ontológico sobre los demás entes que pueblan el universo, y como estos, también es finito, perecedero, destinado a extinguirse como parte de la entropía cósmica, el enfriamiento radical de todo, ese apagamiento absoluto del universo en donde no quedará huella de que alguna vez hubo una especie pensante a la búsqueda de la verdad, la justicia y el sentido. En los ensayos que componen Nihil Unbound: Enlightenment and Extinction (2007), Brassier explora las consecuencias de una metafísica naturalista, un cientificismo exacerbado hasta la desilusión, en donde, siendo fieles a la investigación astrofísica, podemos datar la muerte del Sol dentro de 5000 millones de años, la de la Vía Láctea en 4 mil millones de años —cuando se suceda su colisión con la galaxia de Andrómeda―, y finalmente la extinción misma del Universo según el modelo del enfriamiento o muerte, considerado éste como el escenario más probable por la comunidad científica dentro de 16,700 millones de años.

Si para Meillassoux se trata de pensar la huella ancestral que nos remite a un origen del Universo, los indicios de una existencia previa a la aparición de nuestra especie sobre la Tierra, evidencias del carácter contingente de cualquier testigo o donatario en el devenir cósmico, para Brassier se trata de pensar desde la certeza de un futuro inquietante y certero, una escatología científica sobre el fin de los tiempos, en donde somos capaces de reconocer la extinción de la especie, el planeta, el sistema solar, las galaxias y el universo entero como una de las máximas certezas a las que ha llegado el conocimiento científico. La ciencia —y no sólo la filosofía― nos revelaría, como una especie sensible y pensante, capaz de cometer más terribles injusticias, pero también la más profunda de las compasiones, pero indiferente a un universo que, en sí mismo, en su creación y devenir, lleva la huella de su propia finitud. El humanismo no sería entonces el solipsismo de una especie buscando universalizar sus aspiraciones desde su pequeña particularidad finita y contingente. 

Si desde la finitud de nuestro pensamiento, podemos asumir el principio de contingencia como axioma, un punto de partida que abre un infinito horizonte de posibilidades virtuales, la filosofía no puede limitarse a construir especulaciones —aunque lógicas― acerca de lo posible, debe prestar atención también a lo que se muestra como evidencia empírica por parte de aquellas ciencias particulares, que, como la prospectiva, sugieren un cálculo estadístico acerca de los escenarios factibles hacia el porvenir. Más que un mero cálculo del futuro, la prospectiva puede pensarse como una disciplina estadística que modela escenarios de lo posible en función de las tendencias actuales. Se trata pues, de extrapolar las tendencias de crecimiento y desarrollo, de uso y abuso de los recursos, para esbozar así modelos realistas del futuro posibles, es decir, proyecciones factibles desde las premisas que hoy se nos presentan como evidencia.

Un referente básico en la investigación prospectiva a nivel mundial, es el estudio sobre Los límites del crecimiento encabezado por la doctora en biofísica Dana Meadows en 1972, donde se concluía que si crecimiento demográfico a nivel mundial, la industrialización, la contaminación, la producción de alimentos y la explotación de recursos naturales, mantenían la inercia de desarrollo vigente, el planeta Tierra alcanzaría sus límites absolutos para hacer habitable nuestra subsistencia durante los próximos cien años. Y sin embargo, el diagnóstico resultaba optimista, pues se planteaba todavía la posibilidad de revertir las tendencias del desarrollo industrial, reduciendo así la huella ecológica sobre el planeta y asegurando de esta manera su habitabilidad durante algunos siglos más. Con el transcurrir de los años, este diagnóstico es cada vez menos alentador, el astrofísico Stephen Hawking antes de morir presagiaba  el comienzo de la sexta extinción masiva en el planeta.

Cuando hemos visto arder las selvas en África y el Amazonas, cuando las mineras derraman cientos de metales pesados sobre los ríos de México, cuando los cascos polares del planeta comienzan a derretirse, y además reflexionamos todos estas cosas en medio de una pandemia mundial que nos recuerda nuestra propia vulnerabilidad, no es necesario aventurarse a la especulación filosófica y los postulados de la astrofísica para advertir ya la vigencia de la contingencia y la extinción como dos realidades que se vislumbran a flor de piel.

     Si la filosofía tiene todavía algo por decir, si tiene alguna verdad por esclarecer o alguna justicia por nombrar, estas no se pueden disociar del contexto histórico-material en que se inscriben, ni de los efectos que sus discursos buscan provocar. En este sentido, considero que hay en la provocación realista de Meillassoux y Brassier una potencia que debemos aprovechar, pues desde aquellas posturas cercanas aunque disímiles —una de carácter especulativo, volcada hacia esperanza de una justicia insólita, y la otra comprometida con un materialismo naturalista, fiel al diálogo con las ciencias―, se trata de descentralizar al sujeto antropológico como referente y punto de partida de nuestra comprensión de la existencia en el universo. Se trata de reconocer que no podemos evadirnos de la incertidumbre, pues esta es constitutiva de nuestra existencia, y donde quizá las únicas certezas son las que podemos extraer de nuestra propia finitud; una finitud que, por otro lado, podría quizá terminar un día, cuando la muerte muera por fin y se suceda la eternidad, pero ese es un momento virtual sobre el que no podemos fiarnos aún, y menos hoy cuando vemos a la civilización humana colapsar con nosotros y nuestras comunidades incluidas.

Tengo la impresión de que cuando Meillassoux plantea una justicia venidera —o un Dios virtual como él le llama― como una posibilidad lógica dentro de las múltiples configuraciones de este universo híper-caótico regido por la contingencia, lo hace para mantener la posibilidad racional de una ética, un regulador moral a la manera de Kant. Pero en los hechos esta posibilidad virtual, aunque lógica, resulta inoperante para una praxis ético-política, justo porque reinscribe el espectro de una teología —incluso si no lo pretende―, hipostasiando una trascendencia sobre una inmanencia material pero prospectiva y virtual. Por el contrario, la escatología desencantada de Brassier resulta más acorde con el realismo científico que sin fetichizar los postulados de la investigación empírica, los considera datos ineludibles, contingentes en la medida que pueden ser refutados por otros posibles postulados que vendrían después a desplazarse, pero sobre los cuales nos es posible al menos, formular juicios sustentables sobre el cálculo de lo posible. Las variables podrían cambiar en el futuro, pero hay que considerar aquellas que tenemos hoy y partir de las cuales nos es viable especular sobre el porvenir.

La falta radical de sentido que se revela con la verdad de la extinción, no sólo antropológica sino también cosmológica, no debería desalentarnos en la afirmación de una ética, por el contrario, cada vez tenemos mayor indicio de sus coordenadas, del intervalo espacio-temporal en que se inscribe nuestro hábitat, así como la vida —humana y no-humana― que consideramos digna de ser vivida dentro de este. Quizá no haya justicia ulterior, pero eso no nos exime de responsabilidad, por el contrario, nuestra finitud no nos exculpa, sino que nos vuelve co-partícipes de los destinos venideros de aquí a que se suceda la extinción.

      Uno no puede evadirse de estas cosas al momento de pensar, de escribir, o de suscribir una filosofía, ya sea en un medio académico o en una plataforma virtual, la filosofía tiene que hacerse cargo no sólo de lo pensable, sino también de lo impensable, tanto de lo posible como de lo imposible, incluso de lo ominoso, porque de lo contrario, estaría evadiendo la realidad ahí donde tendría que esmerarse en revelar. Y no se trata de evadir los conflictos actuales, las diferencias y pluralidades que hoy se enfrentan —no sólo en el discurso y la política, sino también en la guerra―, pero estas no pueden desligarse del devenir más amplio que les contiene y hace posibles, esta Tierra finita y contingente como escenario de todos nuestros conflictos y afectos, un planeta que se extinguirá cuando el Sol consuma todo su combustible e implosione, pero que, aceleradamente agota también sus posibilidades de albergar vida debido la ceguera radical de nuestra especie, ese antropocentrismo individualista como eufemismo de nuestra propia estupidez. Estamos montados ya sobre una máquina de producción suicida que no parecemos muy interesados en revertir, y los pocos intentos por desmontarle son aún bastante tibios, es como si la gran mayoría nos hubiéramos resignado a lo inevitable de la catástrofe.  

¿Puede ser hoy la filosofía otra cosa que una prédica de la redención —sin salvación― en el final de los tiempos? Me gustaría soñar que sí. 

Ilustración por Ray Patiño

Ilustración por Ray Patiño


Autores
(1988) Miembro fundador del seminario Emanaciones Plotinianas y la Red de Metafísica y Ontología Contemporánea; amigo del seminario Spinoza Mx. Ha participado como organizador y expositor en distintos congresos y coloquios filosóficos: Neosexualidades (2014), El porvenir de la deconstrucción (2017), Ontología salvaje (2018), Encrucijadas de la multitud: Discusiones de lo político en Spinoza (2019), entre otros. Actualmente colabora en la Asociación Filosófica de México, A. C.

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.
Materialismo gótico por Ray Patiño
Materialismo gótico por Ray Patiño

 

§00. Era un día lluvioso, la bolsa financiera se desplomaba, AMLO luchaba por su “voto por voto”, se estrenaba X-Men Origins y Avatar,  fallecía Michael Jackson, Oasis se retira de la escena y los jóvenes ingleses vivían los últimos años de aquél refugio retromaniaco para la cultura underground de música, punk, zines y skate que es la fábrica Battersea Power Station. El realismo del que les quiero hablar surge en 2009.

Mientras estaba en una firma de autógrafos de Watchmen y me emocionaba salir a patinar con desconocidos en Londres, Mark Fisher estaba presentando su primer libro: Capitalist Realism: Is There No Alternative? 

¿Hay algo afuera que podemos nombrar realidad? Tal vez sí. Entre las cosas reales están los árboles, videojuegos, tu familia, las ciudades y los satélites. También son reales las clases sociales, el dinero y las películas. Antes existía una estructura social que era el feudalismo. Esa ya no existe y fue reemplazada por el capitalismo. Lo que nos lleva a imaginar que podía, después, venir otra cosa. Una nueva forma de gobernanza y administración.

El problema es que no se ha imaginado aún; aunque el capitalismo ha cambiado desde su fundación industrial a la globalidad digital. Abarcando cada vez más aspectos de la vida. ya no es lo que era, ahora es mucho más. Las imágenes que podrían surgir antes del neoliberalismo tras la mención de Capitalismo era de fábricas, niños, mujeres y hombres trabajando catorce horas diarias utilizando el cuerpo, un capataz, Chaplin riéndose de ello, condiciones de vida paupérrimas, un cerdo vestido de traje con fajos de dólares, prostitución y grandes ciudades.

El cerdo y la fábrica nos llevan al legendario disco de Pink Floyd, Animals. El realismo del que Mark Fisher habla es una creencia implícita. Esa realidad no estuvo siempre dada, sino que tomó forma en años recientes y puede introducirse con la historia de una fábrica. Battersea Power Station es una fábrica de carbón que se inauguró en 1939 y que fue durante varias décadas el edificio de ladrillos más grande de Europa. Está en las orillas de Londres. Se volvió un ícono contracultural en 1965 por su aparición en la película Help de The Beatles y por ser la portada de Animals de Pink Floys, en 1977: ahí se ve la fábrica con un cerdo volador. Hasta 2013 fue una ruina moderna que oscilaba entre lugar naif para eventos estatales como torneos de tenis, club privado de futbol y espacio de especulación financiera siempre fallida. Por las noches era un refugio de jóvenes que patinaban y tocaban música. (Ese año fue locación de El caballero de la noche de Christopher Nolan; película que interesaba a Fisher como síntoma del avance del desencanto y la obscuridad en occidente, que era, además, parte de un nuevo realismo de comics junto a Watchmen o Sin City que surgió de la mano de la economía de Reagan y el thatcherismo quienes se jactaban de habernos “despertado de los sueños de colectividad, supuestamente defectuosos y peligrosamente engañoso”. El capitalismo es injusto pero no criminal como el estalinismo, dirá Badiou, así como Batman es autoritario y violento, pero no un terrorista como el Guasón. Ciudad gótica parece ser la imagen de fracaso del capitalismo, no el resultado de la extrapolación de la acumulación de capital inherente del sistema. Idea que Fisher problematizará  desde el realismo capitalista.

La fábrica es hoy, después de  8.000 millones de euros, la sucursal de Apple que cuenta con 46.000 metros cuadrados de oficinas, un hotel de 5 estrellas para las élites turistas y un condominio para sus empleados según su nivel, teatros, entretenimiento y la más alta tecnología de hiperconectividad: es decir un mundo. Desde Fredric Jameson sería el mundo utópico de la posmodernidad: aquella arquitectura que cancela cualquier sentido de exterioridad pero que te lo da todo en tanto consumo. No hay salida. El capitalismo está tan instalado en las mentalidades que privatizando y modernizando espacios genera la idea de permanencia y bien común. La fábrica dice hoy: este mundo es para siempre.

Sabemos que no es cierto pero también que sí lo es. Los centros comerciales se abandonan; el COVID dio cuenta de su intrascendencia pero también de la pasión que generan al ver las filas que hace la gente para comprar más, después de un par de meses sin poder consumir. Aunque se abandonen, después se hará otra mejora que se ajuste a los nuevos deseos.

No es ningún secreto que la izquierda fracasó: aquella que soñaba con el socialismo realmente existente. Si ya desde los 70 había cierto recelo con esas radicalizaciones al día de hoy se vuelve casi impensable una crítica política desde un futuro socialista. Estos militantes férreos, enajenados por la gobernanza no prestaban atención a la cultura por no tener retribución material obvia o ser productos del “tiempo libre burgués”. No lo vieron así, pero en el desgaste y la falta de sentido mercantil del placer, el deseo, el arte, el lenguaje, los mass media o el género, había un campo subversivo al capitalismo. De ahí el cruce lógico de la militancia desencantada a los estudios culturales. Es en este trance que el bloggero Mark Fisher (1968) escribe viendo zonas que reactiven una izquierda que no hizo caso de la cultura y la imaginación.

Mark Fisher es un ensayista, teórico musical y crítico cultural británico que acabó con su vida el 13 de enero de 2017, a sus 48 años, tras una intensa lucha con la depresión producto de la maquinaria neoliberal. La depresión comúnmente es vista en términos biológicos. ¡Así se anula toda la carga política a la psiquiatría! Él pensaba que una deuda de la izquierda era repolitizar la psiquiatría y dar cuenta que la psique puede ser resultado de factores sociales, como el desamparo laboral y médico, que genera el neoliberalismo.

En 2003 abrió su blog K-Punk porque era la única forma –el espacio libre del blog personal – de continuar un tipo de discurso que vinculara la teoría y el pop. Cuyo origen era la “prensa musical y las escuelas de arte pero había casi desaparecido provocando consecuencias políticas y culturales espantosas”. La “k” refiere a ciber del griego kuber y el punk, más allá del género musical, lo entendía como la confluencia por fuera de los espacios legitimados de la cultura; como los fanzines, la apropiación de bodegas para la música o la misma idea de un blog.

K-punk fue calificado como uno de los weblogs más exitosos sobre teoría cultural. Publicó tres libros; dos en vida y uno póstumo Capitalist Realism: Is There No Alternative? (2009), Ghosts of My Life: Writings on Depression, Hauntology and Lost Futures (2014) y The Weird and the Eerie (2017). Coordinó y editó otros dos; The Resistible Demise of Michael Jackson (2009) y junto a Gavin Butt y Kodwo Eshun Post-Punk Then and Now (2016).  Todos los escritos de su blog y su libro inconcluso Comunismo ácido fueron editado por Darren Ambrose y su colega musicólogo Simon Reynolds en  K-Punk: The Collected and Unpublished Writings of Mark Fisher (2004–2016)

El conjunto de sus textos es raro (adjetivo que a él le habría gustado), pero es atravesado por una trama de tácticas políticas para visibilizar problemas sociales, estéticos, clínicos y de gobernanza.

Las entradas en su blog K-Punk son sobre Batman, el punk, la experiencia de ver programas de televisión viejos con los padres, literatura basura o marginal, videos musicales pop, Borges como precursor del pensamiento cibernético, tomar café de Starbucks en marchas anticapitalistas, J. G. Ballard, películas comerciales, Joy Division, exégesis de frases de políticos, filósofos de moda, los grandes filósofos, cadenas de Facebook, zombis y movimientos autónomos.

De principio ningún orden. En esta enumeración parece que no hay ninguna línea argumental relevante. Pienso que tal vez así sea, no hay “nada relevante” porque no es necesario, así como obra no es el concepto más pertinente para la serie de ensayos, glosas teóricas o notas del ensayista inglés.

Pero Fisher se enmarca en la línea de pensamiento que considera que en la existencia no hay necesidad sino contingencia y desde ahí escribe. Tampoco es que K-Punk sea un filósofo avant la lettre o un escritor de teoría-ficción como sí lo es su colega cyber-gótico Nick Land. No crea teorías sobre el pensamiento abstracto y la relación de las cosas con las substancias, ni tampoco crea narrativas ajenas al mundo terrestre donde la vida se va en códigos y materia obscura. K-Punk conjuga dos formas de producir pensamiento de forma inteligente.

Su amable estilo y claridad puede venir de sus años como docente con jóvenes de preparatorias de escasos recursos. Al tiempo que fabulaba sus teorías veía lo que el neoliberalismo afecta la vida y los cuerpos de los alumnos; cómo les era prometida la idea de libertad laboral al tiempo que sabían que realmente no iban ser más que obreros o los efectos de las redes sociales en su sistema nervioso. Además de ser un teórico contemporáneo, todos estos elementos hacen de Fisher alguien que sigue comentando nuestro presente.

Materialismo al ciberespacio

Fisher no sistematizó una teoría. No hay ningún texto suyo del que se diga “acá está la filosofía de Mark Fisher”. Su pensamiento escapa a ese tipo de esquematización, hay repeticiones, métodos y lugares recurrentes, eso sí. El realismo capitalista es su concepto más popular, cuyo libro homónimo alcanzó la etiqueta de Best Seller y puso a la editorial Zero Books de teoría contemporánea, cofundada por él, en el mapa internacional. Pero es más que esa apostilla posmoderna y por lo que merece ser pensada en ese vago mapa que es la filosofía contemporánea.

Mark Fisher junto a Simon Reynolds, Kodwo Eshun, Iain Hamilton Grant, Ray Brassier, Reza Negarestani, Robin Mackay entre otros fue parte del experimento para-normal que tuvo lugar en la Universidad de Warwick en los noventa. Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU por sus siglas en inglés) fue, en términos prácticos, un grupo de estudio que no existió y si se busca un poco más es un espacio extenso dentro de una acotada trama de tiempo que se creó desde el futuro y por azar tomó forma en Inglaterra. A lo largo de su existencia (1994-1999) tuvo varias misiones cuyos testimonios han sido agrupado en CCRU: Writings 1997-2003 entre ellas se encuentra el de una mujer que asegura que el CCRU controlaba su mente y asesinó a Bill Gates e instantáneamente después la Inteligencia Estatal sustituyó su cuerpo por uno nuevo. El grupo como tal fue organizado por Sadie Plant y Nick Land. Desde la biotecnología, el cine serie B y el posestructuralismo llevaron a cabo una filosofía sui generis sin precedentes. Tras una serie de lecturas públicas que atentaban la moralidad y los saberes universitarios, el grupo y especialmente Nick Land fueron expulsados de la Universidad. Lo que llevó a Land a huir de occidente, refugiarse en China y al resto del grupo de este plano de realidad al ciberespacio.

El grupo desarticulado que se gestó como CCRU, y fue relegado de la academia, fue la primera generación que escribió filosofía en los blogs personales. El nuevo realismo es la filosofía más seria en esa ruta.

De esos años para-académicos Fisher presentó en 1999 su tesis doctoral en Warwick: Un constructo de líneas planas: materialismo gótico y teoría-ficción cibernética, publicado póstumamente en 2018. Por lo que él cuenta, no fue muy bien recibido en la academia. Leído en retrospectiva sí es muy ambicioso y poco académico pero permite, al día de hoy, considerarse como el documento bisagra entre dos épocas: la del postestructuralismo y los nuevos paradigmas que implicó internet. Como la descentralización de saberes, la idea de que lo humano no es esencial y puede haber otras formas de relacionarse con la tecnología y, por tanto, con la naturaleza. De ahí el interés por las ficciones de horror o ciencia que proponen agencia sin sujeto o cuerpos sin órganos en el sentido de Deleuze y Guattari. Además, ya cita a los que serán, después de 2007, los representantes de la filosofía del realismo especulativo. La tesis es pionera en muchos sentidos.

La filosofía del materialismo gótico busca, retomando un concepto artístico considerado femenino y poco serio (el gótico), actualizar el materialismo (ya mal visto tras la caída del muro de Berlín) para pensar en el mismo plano lo orgánico como lo inorgánico, lo vivo y lo muerto, los androides y máquinas, en tanto capaces de generar agencia con el mundo. Este materialismo toma como real tanto la ficción como lo humano. De ahí que lance preguntas no tan obvias como ¿si las máquinas están vivas? o ¿Qué hacer si nosotros (los humanos) estamos tan muertos como las máquinas? A partir de esta filosofía es que el materialismo gótico se dedicó a analizar el cine, la literatura en términos políticos y los discursos de los gobernantes en un sentido fantástico.

No es solo contrarrestar campos del saber; es ver cómo funcionan los objetos en todos los campos. En su momento político como en el estético. Leer a Freud y Hegel para iluminar y pensar Los juegos del hambre y Toy Story, desde la fuerza revolucionaria del suicidio nihilista o los paradigmas antihumanistas de Ray Brassier.
thumbnail_Meme de los Simpson. Texto Yaniz

 

“Intelectual sin ser académico, popular sin ser populista”. Lo que yace en la prosa de Fisher excede su abanico de referencias y conexiones efectivas: es una mirada. Se sabe a voces que el mayor piropo que se le puede hacer a un escritor o un artista es “me enrareciste la vida”. Es decir, que tu visión del mundo cambie después de una obra, es mucho decir. Quizá, más allá de sus temas que son cercanos e innovadores, lo que tiene el teórico británico es una forma de mirar: un método en el pensamiento sobre los objetos. De lo que más extraña Simon Reynold (cómplice de Fisher, musicólogo y también bloguero), de su amigo, es saber qué diría sobre algún suceso o producto cultural. En una entrevista confiesa detenerse para custionarse constantemente: ¿Qué habría dicho Mark Fisher sobre esto? La interrogante resuena en cada uno tras haberlo leído. Ya sea para corroborar sus aseveraciones con matices o por una duda genuina. No dejo de pensar en sus potenciales notas sobre la serie Dark, la uberización del mundo o la tercera temporada de Westland que no alcanzó a ver pero cuyo ensayo sobre la moralidad para satisfacer los deseos en el cuerpo robótico es apabullante.

Hay al menos tres formas de leer los textos de Fisher, es decir, que hay varios motivos, épocas, preocupaciones o afinidades detrás de éstos. También son tres razones por las que Fisher es leído y posicionado en cierto mapa intelectual a pesar de su poca producción y prematura muerte.

Una de ellas y la más difundida, sería la que funciona con método dialéctico posmoderno. En ella Mark Fisher sería el gran ideólogo del realismo capitalista, así como Baudrillard lo es del simulacro, Lipovetsky del vacío y Jameson de la lógica cultural del capitalismo tardío; la segunda sería como un catalizador cultural del punk y el auge de internet, ahí no sería más que un bloguero que ganó visibilidad por su prematuro suicidio y los elogios de Slavoj Zizek y Bifo; el tercer camino sería como el continuador de la teoría de la historia de Walter Benjamin, para quien la tarea del historiador es resarcir la catástrofe que el progreso deja detrás, haciendo visibles los proyectos y agentes silenciados por los vencedores de la historia.

El realismo capitalista es difícil de definir pero fácil de ver, avanza en todos los niveles de la vida bajo el neoliberalismo. Cuando cualquier creencia se esfuma lo que sigue quedando son las relaciones capitalistas.  Para el teórico cultural, británico, uno de los “logros” del capitalismo es su sistema de equivalencias. Todo es intercambiable por alguna otra cosa (siempre particular, individual). Si quieres ver una película, una en especial, la que sea: de arte o anarquista, no importa, si no está disponible, las plataformas de streeming te darán decenas de opciones similares, cercanas, digeridas acorde a tus intereses. Pero eso en todos los planos. Si no hay un candidato de izquierda radical alguno de los candidatos tendrá alguna propuesta que “suene” de izquierda y que para el momento de la elección te funcione a ti. Sino, alguno te dará una despensa y quizá cambies tu voto. Todo es monetizable e intercambiable cuando estás en el plano de inmanencia del realismo capitalista.

Cuando piensas que el cine es Netflix o Cinépolis; cuando buscas empleo resignado a que tendrás que hacer horas extras, que no te darán prestaciones o seguro médico y que no es el trabajo que quieres pero es la única opción; cuando vas a votas por el candidato menos peor y sientes que eso es participar de la política, es que estás en el realismo capitalista.

Lo que es común a estas situaciones es la inmersión en un campo ideológico transpersonal en el que se cree que no hay alternativa al capitalismo. No se manifiesta de forma consciente pero la resignación y automatización con la que se vive devela esa creencia.  Es más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo. Si suscribes a esta frase es que Mark Fisher aún tiene razón.

thumbnail_Meme Realismo Capitalista. Texto Yaniz

 

El panorama que este primer libro representa es estéril. Uno siente que nos encontramos en un punto sin retorno del capitalismo. Ya no hay un horizonte expectante al cual dirigirse: ni el comunismo, ni el capitalismo son rutas viables y la imaginación política se ha quedado estéril. Esto nos deja en una temporalidad nula. Hoy pienso que el confinamiento que produjo la pandemia por Covid19 hace ver la temporalidad en la que estamos inmersos. Una en la que se ha cancelado un futuro claro y como argumenta el compañero de Fisher, Simon Reynolds, la cultura se base en revival, remixes, mashups y homenajes para llenar este tiempo estéril.

La imposibilidad de imaginar el porvenir político en Fisher toma la forma de la lenta cancelación del futuro. Me refiero al hecho de que Fisher propone que el futuro se presenta como un agotamiento, contrario a los relatos apocalípticos o de estados totalitarios en que alimenta la idea de que el fin del mundo es un corte temporal y brusco como Un día después de mañana o un nuevo orden mundial, tras la catástrofe como en Los juegos del hambre o Divergente. El fin del mundo llegará ¿o ya llegó? Sin que nos percatemos, pues no es una épica que se esté narrando desde afuera del mundo y nos describa ese relato, sino que estamos dentro. Al igual que un pez en el mar no es consciente del agua que lo rodea; nosotros no nos podemos percatar en sí del tiempo. El final es gradual y al estar inmersos en él, no es un acontecimiento que suceda de forma tan visible.

Para ejemplificar esto alude a Los hijos del hombre de Cuarón. La tesis de la película es que en algún momento la humanidad dejó de poder concebir y por generaciones no ha nacido ningún niño y esto provocó el fin del mundo de forma gradual: “el desastre no tiene un momento puntual”. Con esta cita abre el libro:

“En una de las escenas más importantes del film de Alfonso Cuarón de 2006, Children of men, el personaje de Clive Owen, Theo, pasa a visitar a un amigo en la estación eléctrica de Battersea, reconvertida en una mezcla de edificio gubernamental y colección de arte privada. En este edificio, que en sí mismo es un artefacto patrimonial reciclado, se preservan tesoros como el David de Miguel Ángel, el Guernica de Picasso y el cerdo inflable de Pink Floyd. (…) Theo pregunta entonces: «¿qué van a importar todas estas cosas si pronto nadie podrá verlas?». No existe la coartada de las generaciones futuras, ya que no hay ninguna a la vista. La respuesta que recibe de su amigo es una demostración de hedonismo nihilista: «Simplemente trato de no pensar en eso».”

El filme le sirve a Fisher para llevarlo a un terreno más culturalista, la infertilidad como metáfora de lo nuevo. Para él, la pregunta que lanza la película es ¿cuánto tiempo sobrevive una sociedad sin la aparición de lo nuevo? Poco. Pero a nosotros nos sirve para ver cómo no nos enteraremos del fin del mundo sino hasta que ya estemos en él. También para constatar la forma en que desde el materialismo gótico se pueden leer los productos culturales.

Pienso en Fisher, y esta sería la última vía, como una reliquia del futuro perdido. Culturalmente vivió el auge del punk, las promesas del comunismo, su desencanto con la caída del muro y el socialismo realmente existente, el comienzo del posfordismo y la pérdida de condiciones sociales y laborales que precarizan la vida. Su inicio como lector y espectador de ciencia ficción tuvo esperanza. Fue el periodo en el que se diseñó el futuro que sobrevive al día de hoy. Desde entonces el futuro es el mismo e incluso lo hemos rebasado: Blade Runner es una de las películas que fueron parteaguas para el CCRU y se suponía sucedería en 2019. No llegó ese paisaje cyberpunk ni alcanzamos la tecnología. Sin embargo parece que estamos estancados en una eterna repetición en la que ese mismo escenario es lo que se nos presenta como el futuro aún por llegar. Por eso, Fisher es una reliquia del futuro perdido. Tanto como investigador como estratega político en sus textos yacen las fugas al atolladero que el mismo hizo notar. El último periodo del pensamiento de Fisher (si es que lo podemos historizar así, en sus 18 años de producción) es, al igual que el Dr. Manhattan para la guerra fría, una forma de quebrar el tiempo plano del capitalismo neoliberal.

 

thumbnail_Meme tras leer a Fisher. texto yaniz

Cancelación del futuro y dimensión política

Fisher trabajó todo el tiempo sobre el campo laboral y la burocracia El trabajo teórico de Fisher puede llegar a parecer únicamente ingenioso; un buen uso de fuentes diversas articuladas en ensayos coherentes. Pues junta campos culturales que se piensa están separados: como la cultura pop y la filosofía clásica. El trabajo teórico que por momentos puede parecer solo ingenioso, en el sentido de juntar campos culturales diferentes y producir un nuevo pensamiento sobre las cosas banales, Fisher lo lleva al plano de las garantías individuales y las exigencias estatales. Este paso político intensifica sus planteamientos. El símil entre el trabajo precarizado de los call centers y la película Exiztenz de Cronenberg, nos hacen ir y venir de un tiempo llano (del realismo capitalista) y un tiempo con promesas que se mantiene como loop en el pasado (el de la imaginación de Cronenberg).

Aunque se pueda ver en Fisher todo un espectro culturalista o de divulgación filosófica es más que eso. Desde el inicio hacía hincapié en los lugares y formas en que se puede resistir al aplastante sistema económico. “Los <<buenos momentos>> de la pista de baile se transformaron en fugaces escapes del capitalismo que cada vez más dominaba todas las áreas de la vida, la cultura y la psiquis”. También pensaba que el tiempo que pasan los adultos viendo cine de fantasía o comercial, volviendo a mirar todas las series que veían de jóvenes: una y otra vez Star Wars, Doctor who o la misma Blade Runner representaba el único lugar en el que el adulto alienado puede imaginar y creer. Por eso apostaba porque es desde la ficción que se pueden construir otras formas de mundos.

 

¿Qué hacer?

La pregunta obligada en este punto es qué hacer con este diagnóstico. Con un sistema que avanza y luce inquebrantable. Fisher encontró algunas fugas, dos caminos y siguió uno.  Las fugas parten de un método exploratorio en que las ideas son presencias que nos acechan. De ahí la célebre frase marxista: “Un fantasma recorre Europa, es el fantasma del comunismo”. Reconvertido por Fisher, a través de Derrida, en la Hauntología o espectrología: El “estudio de lo que se repite sin haber estado presente en primer lugar” ). La hauntología se presenta como una cacería de fantasmas. Fantasmas política y estéticamente relevantes. Esto es la revisión arqueológicas de momentos en el pasado en donde ha surgido la crítica al capital o el realismo capitalista. Como la pista de baile, el socialismo de Salvador Allende o The hunger games Esta cacería de fantasmas toma la forma de la búsqueda, por momentos o acciones específicas, que hubieran subvertido el sistema o al menos abierto alguna vía otra. Ghost of my life y The Weird and the Eerie son lecturas nostálgicas de mundos alternos. En la música y las películas. Lugares claves en que se podría haber burlado al capital.

“La cultura -y la cultura musical en particular- fue un terreno de lucha más que un dominio del capital. La relación entre las formas estéticas y la política fue inestable e imperfecta; la cultura no “expresaba” solamente posiciones políticas ya existentes, sino que también anticipaba la política por venir (que muy a menudo era una política que nunca llegaba realmente)”. Pura potencia. Fisher pensaba que el realismo capitalista y la cultura del capitalismo tardío eran una curva de treinta años denominado neoliberalismo.

La hauntología fue el método para leer los futuros perdidos. Las dos salidas que vislumbró estaban siendo preparadas en el seminario que dejó inconcluso en la Universidad de Goldsmith. En ese plan dejó una tarea por hacer, la búsqueda de formas de vida pos capitalistas. Junto a ese plan dejó una introducción inconclusa de un libro: Acid Comunism. El otro camino, que finalmente tomó, se puede leer en el acto de desobediencia que significa el suicidio en un régimen totalitario. En sus notas a Los juegos del Hambre dice que, por lo que Katniss Everdeen puede encabezar la revuelta en Sinsajo es porque al ganar decide suicidarse junto a Peter con los frutos del bosque. En ese momento de decisión radical se burla absolutamente al sistema. Se le niega y desobedece al tiempo. Que Mark Fisher se haya suicidado quizá fue la crítica más radical que pudo haber ejercido.

Una vez me dijeron que el marxista no quiere ser marxista (no es una identidad), sino que tiene una preocupación real por eliminar las contradicciones políticas, sociales y económicas. Fisher dirá que vistos desde cierto lugar los productos culturales tienen la imagen para atacar esas contradicciones que los marxistas buscan. No solo por una añeja deuda política es pertinente revisar la obra de éste ensayista, o no hacerlo porque para él la salida haya sido la muerte. Yo creo que en sus textos yace la posibilidad de inventar el futuro.

 


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Ilustración por Ray Patiño.

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Gdzie człowiek się śpieszy, tam diabeł się cieszy1.

Quiero hablar con alguien vivo

Soy parte de esa generación rancia, heredera de una mitología dictada por Disney más que por los “clásicos”. En mi infantil experiencia, Hércules tiene la voz de Ricky Martin y su interés amoroso es Tatiana; tal sensación es intraducible a otra cultura que no sea mexicana o al menos latinoamericana. En mi recuento de la niñez, Hércules nace héroe, entrena, vence criaturas, pasan varias transiciones musicales y rechaza su regreso al Olimpo para quedarse con Megara.

La versión extendida y no adaptada por Walt Disney involucra un segundo matrimonio y un tabú moderno: el asesinato del héroe. Hércules se casó con la princesa Deyanira. En punto de la historia, ella encuentra al centauro Nessus; la criatura se desangra y  le asegura a Deyanira que si guarda su sangre y hace vestirla a Hércules, evitara que el héroe se enamore de alguien más. La mujer guarda la sangre de la criatura como poción de amor, y viaja con su esposo hasta la ciudad de Trachis, donde una princesa Lole despierta la angustia y celo en Deyanira.

Hércules pide a su esposa darle su mejor vestimenta para ir a visitar al rey; por lo que Deyanira, insegura de sí, baña la ropa de Hércules en lo que cree una poción de amor, pero no era sangre de centauro sino de Hydra; el veneno provoca la agonía y muerte de Hércules. Este último momento de vida es lo que le condecora un lugar en el panteón del Olimpo.

Mi mayor preocupación de hablar sobre un tema es que sus autores sigan vivos. No es que no hayamos superado aquello de la muerte de la autor, sino que es más fácil escribir cuando tu autor está literalmente muerto. No es que la realidad haya cambiado drásticamente y que una lectura sobre ello transformaría mi vida y mi percepción sobre esta; el asunto es que la realidad concebida de forma general contiene este matiz Disney, con musicales y lo demás.

Realismo Disney de alguna manera, una forma digerible para cualquier público y altamente comercial, el realismo del que aquí hablaré está lejos de ser un producto de uso corriente como el Apple Watch o el pragmatismo.

Tampoco quiero señalar que no es un optimismo naïve del realismo, al fin y al cabo no tiene letras pegajosas, sino solo el elemento naïve, debatir sobre las letras que ahora uno lee, así como el soporte, sea una computadora o un celular y su posibilidad de realidad es lo que inquieta a la filosofía. Aquello que inquieta es que la realidad para la mayoría de personas ajenas a la filosofía la tienen en un instinto fantástico; la realidad “es como me la cuento”, es terrible o es que tiene un final feliz.

Ser ingenuo, ser naïve, significa tener sentido común. Abres los ojos por la mañana, sin ninguna duda despiertas diciendo, “esto es la realidad”, son las 8 de la mañana, mi celular esta sobre la cama, afuera de mi puerta sigue estando la Ciudad de México, cada estrella que he visto sigue ahí, el pasado no se ha reformulado para al levantarme; tampoco estoy en un episodio de la Dimensión Desconocida o Black Mirror, es risible o así parece, pero es un gesto de total confianza, abrir los ojos, salir de las sabanas, y que la realidad siga ahí, alterable en cierto dinamismo.

La realidad es “Lo que hay”. Willard V.O. Quine no podría estar más orgulloso, pues es así como él mismo fórmula la simplicidad del problema ontológico, tres monosílabos en español, “Lo que hay”, pero ¿qué hay?, una palabra: “todo”2; pasaron varios años antes que ese “todo” paulatinamente se tornara en un terreno conflictivo de filosofía del lenguaje como se evidencia en obras posteriores como, Word and Object (1960), Ontological Relativity and Other Essays (1969), The Roots of Reference (1974), en resumen ese “todo” era de accesos limitados, sugestivos pero limitados. Durante el transcurso de esa biografía nacía la generación posmoderna de literatos en Norteamérica. Ellos eran realistas, excepto, que no en el sentido de Quine; [r]ealismo3 –literario– era agregar cosas que le dieran un sentido tanto de identificación como de interés a la narrativa, una ventana a otro mundo, pero esta ventana era un chiste, con detalles mínimos como aquel juego de una novela que busca ser una novela. La mayoría de escritores se pensaba realista, así hablara de dientes, misiles V-2, casas de la risa o bromas infinitas.

El realismo que aquí nos atañe busca casi lo opuesto a lo anterior mencionado, no es ni fabulatorio ni identificatorio, no persigue nada, no habla sobre mitos griegos ni tiene musicales, es un realismo bastante dispar, es uno que considera tan real a Hércules, como a Walt Disney, como a los dedos de tu mano, como a el tratado de Génova.

 

Realismo. Un musical

Gotas de agua cayendo en mi cabeza. La igualdad clave, entre Hércules, Walt Disney, un átomo, y estas líneas, ¿cuál es?

Todas son reales, en medidas distintas. El campo de sentido donde aparecen no es el mismo, esto quiere decir que, podemos hacer aseveraciones sobre Harry Potter, sobre su cicatriz en la frente y sus padres James y Lily, podemos declarar que los círculos cuadrados son inexistentes, sobre la ambigüedad del Chupacabras, podemos buscar los primeros 100 números primos, tanto como podemos ir al baño y lavarnos las manos interrumpiendo así la lectura.

Un campo de sentido4 es la manera de responder a la pregunta de ¿cómo es que todas las cosas pueden pertenecer a una sola realidad?, ¿cómo es que Harry Potter, el Chupacabras, los números primos y tu lavabo es que existen o aparecen en una misma realidad?, aparecen, sí, pero en distintos campos de sentido, en otro tipo de jerga, la de Graham Harman; podemos decir que sus cualidades sensibles no interactúan igual unas entre otras, a su vez con nosotros, unas son socialmente reales, otras ficticias, otras entes matemáticos, una son mientras que otras no.

Hablar sobre realismo especulativo no es tortuoso, es una charla, la más real que tendrás en tu vida.

Hablar sobre realismo especulativo no cambiara nada en el mundo, solo mantendrá latente, un resto, tal vez inútil en tu cabeza o en el mundo.

El realismo especulativo permite a hablar, escribir, pensar, T O D O, con mesura y diferencias.

El realismo especulativo no cuestiona la identidad de uno, antes te pregunta ¿qué hay? Lo hay todo, cada cosa, cada pensamiento, cada personaje de ficción, animal, mineral, cada sensación en los tobillos de un manatí, cada ola, cada incendio en Australia, cada memoria ambigua sobre algún cumpleaños en la infancia, cada mesa, todo es real.

El embajador de Disneylandia en la tierra, Philip K. Dick, tuvo un extraordinario momento de lucidez en esos meses que atravesaba por su intento suicida y un “bloqueo de escritor”. Era 1972, una estudiante le pide que defina realidad en una oración, tal proeza, realizable, realidad es aquello que, aunque dejes de creer, sigue ahí5. Por supuesto que estoy diciendo esto porque vivo cerca de Disneyland[efne_note]Ibíd, p. 262[/efn_note].

Pues un día cerrarás los ojos y todo seguirá ahí, normalmente cuando esto sucede es porque quieres que algo suceda, de esto se deriva una máxima, “si es depresivo, debe ser real”, pues de aquí se desprende otra normalidad, y es que no se cuestiona la realidad lo suficiente desde que llegamos a la luna o se inventó el Internet. Cuando cierres los ojos seguirán ahí, y es incierto si un mayor terror sería que dejarán de estarlo. A la realidad le somos indiferentes, con esto la prosopopeya más grande.

Hasta aquí todos realistas, pero ¿cómo uno obtiene el título de especulativo?, era Abril del 2007 en la universidad londinense Goldsmiths, con cuatro autores invitados; Quentin Meillassoux, Graham Harman, Ray Brassier, e Iain Hamilton Grant.

En Nápoles, en el restaurante “Il Vinacciolo” a las 13:30 el 23 de Junio del 2011, posiblemente entre el plato fuerte, presuntamente un Risotto al hinojo con frutos del mar, y el postre, un comensal, Maurizio Ferraris, tiene una hierofanía y nace el nuevo realismo, agrega acertadamente en que quizá sea el único movimiento filosófico con fecha y lugar exacto, otro comensal le acompaña, Markus Gabriel, no recuerdo sobre un tercero.

Jueves 16 de marzo de 1972, 3 de la tarde, la arquitectura moderna tuvo acta de defunción, con la demolición del primero de los 33 conjuntos habitacionales en St. Louis, Missouri, Pruitt-Igoe y profecías, pues para muchos el segundo después de la detonación de las cargas explosivas nace otro tipo de arquitectura, algo similar podríamos decir del nuevo realismo. Un segundo antes, a las 13:29’59, todavía persistía un cuño textualista en el mundo. Entreguémonos a propósito de Ferraris, o bien, recordemos la workshop celebrada en Goldsmiths, el viernes 24 abril, 2 años antes con la aparición del Realismo Especulativo, en la cuaterna de autores que más tarde se distanciarían y algunos rechazarían tal etiqueta.

Hay dos realismos, el realismo especulativo, y el nuevo realismo, los hay casi como hay paraguas, y canciones de cuna (nunca los suficientes). Esto dos (realismos) englobados bajo la etiqueta de “realistas postcontinentales” por Ernesto Castro. Hay más realismos, y pese a tales designaciones, hay un giro especulativo, una democracia de los objetos, hay un reinventar lo real, que si siguiéramos al pie de la letra son tanto nuevos como especulativos como postcontinentales, hay no-realismos, y también hay clonaciones de la realidad.

En Lee Braver, hay 6 matrices de realismos6:

R1-Independencia

R2-Correspondencia

R3-Unicidad

R4-Bivalencia

R5-Conocimiento Pasivo

R6-Del Sujeto

Las “erres (Rs)” quieren decir; (1) el mundo existe con independencia de nosotros; (2) hay una relación entre palabras y cosas; (3), el mundo es uno, la realidad es una porque solo hay una descripción verdadera y completa de esta, es decir, todos los documentales coexisten en un mismo universo; (4) lo que podamos decir de la realidad es autónomo por parte de la realidad ya que este es el criterio para discernir entre verdad y falsedad; (5) la realidad puede ser descrita con una percepción libre de juicios; (6) los conceptos a priori [previo a toda experiencia] son para mí y para todos. Habrá una insistencia saturada en la existencia del mundo externo (1), y, su independencia, declarando que en este punto estamos encaminados hacia la especulación. Adelante volveremos al resto de erres.

 

El Nuevo Giro No Re-Inventado Postcontinental Especulativo7

Esto fue lo que ocurrió. Iniciado este siglo se ha producido una cantidad ilegible de escritos sobre el realismo. Más allá de lo que torpemente fuera una introducción párrafos atrás, no nos hemos hecho inmersos en las divergencias y posibles corrientes de tales escritos. Cronológicamente las corrientes son las siguientes;

 

Herejía ante revoluciones

No-Filosofía (ca. 1990)8François Laruelle no ha gozado de la fama merecida. Sus años de mayor producción literaria se emparentan con las últimas obras de la esfera intelectual francesa. Él no es realista, piensa que predicar sobre el realismo, esto es, decir la realidad es ______, genera un resto ajeno a la realidad, de decir, la realidad es aquello a lo que le puedo tirar el café encima, o la realidad es eso que permanece luego de que cierre los ojos, entonces, ¿qué ocurre con aquello a lo que no puedo tirar café pero sí té, o aquello que desaparece cuando abro los ojos?, para Laruelle entonces no podemos predicar, todo está contenido en lo Uno, sin confusión griega, pues este Uno son todos los predicados e inexhaustible en el número de estos (aunque esto sea una predicación que busca no serlo).

Es relevante aunque no sustancial explicar la jerga Laruelleana, dado que esta no es mi intención, lo señalo como parte del itinerario de “nuevas corrientes” aunque, se encuentre este en el siglo pasado, y alcanzó notoriedad debido a las traducciones de Ray Brassier en Teoría Alíen9 (2001), usándolo para desarrollar su propio no-materialismo.

La no-filosofía dentro de la obra de Laruelle ha cambiado de nombres, a filosofía no-estándar, y filo-ficción, este “no-“ es una analogía un tanto equivocada, pues tiene su raíz en las geometría no-euclidianas, que son diferentes maneras de tomar el quinto (axioma de los elementos de Euclides), la disparidad sería en que estas no son “no-geometrías” y el axioma filosófico que generaría esta Y griega, es el de la decisión filosófica, no es metafilosófico, pero tampoco niega la filosofía, privilegia la herejía frente a las revoluciones filosóficas.

Revoluciones Silenciosas

El Giro Ontológico (2006). De nombre atractivo y seductor para una generación en vías de radicalizar la antropología (independientemente de lo que esto significa). Estimo el giro ontológico no es realista, al menos no en el sentido que he tratado de implantar arriba, sería anti-realista si un juicio ortodoxo tuviéramos que hacer de este y sus autores. Pero, ¿en qué consiste el giro ontológico? Y las dos interrogantes exhaustivas que esto provoca, ¿giro de qué?, ¿qué se entiende aquí por ontología?, Interrogantes que persistieron hasta bien pasada una década, en “cazadores de mitos de ontología” celebrado en Tokio (2018).

Su acogida fue bastante criticada, tomándolo de un intento hiperbólico de diferenciarse de la noción de cultura10, o de retomar algo que siempre hubiera estado ahí en los lugares donde se hacía ya etnografía11, recriminaciones a otros giros como el espacial o el material12. Antes de entrar en materia, el giro ontológico así como el realismo especulativo parece reunir dos tradiciones divorciadas, solo que en este caso en lugar de dos sería entre las tres facciones más prominentes de antropología, la inglesa, francesa y norteamericana13.

El realismo en este giro no es único, si acaso promulgarían por una cantidad ilimitada de realidades14. Por otro lado su problema afirman es la producción de etnografía y no uno metafísico15, accidentalmente es ambos, pero en términos de producción etnográfica comienza con un breve texto sobre los Habu de autoría de Roy Wagner16, reconociendo que el concepto de cultura era simplemente insatisfactoria para la descripción de las practicas Habu decide años adelante escribir una obra de carácter de puramente teórico titulado La invención de la cultura (1975), tal insatisfacción se expresa en un trabajo etnográfico el cual puede producir casi en un temperamento de dialogo un nuevo concepto de cultura.

Ese trayecto fue tomado por Martin Holbraad en su etnografía, distinto escenario, pues fue la verdad antes que la cultura lo que llamó la atención de este autor17. El giro entonces es en tanto que hay una revisión del texto etnográfico con respecto al marco teórico, hasta entonces pareciera que no han pasado ni tres minutos con respecto a la antropología posmoderna, de aquí el segundo factor.

La ontología es tomada como la divergencia con respecto a la representación (y con la epistemología) posicionándose en la producción de objetos nuevos mediante sea ya el pensamiento, la reflexión y la re-conceptualización. Son realidades distintas, alternas y no tanto realidades a ser representadas en una copia en carbón, por un lado ni dar un sobre énfasis en el aspecto literario de la producción antropológica, es probable que la mayoría de escritos caigan en el intermedio de estos dos extremos, igualmente la crítica a este movimiento suele seguir la lógica del péndulo.

 

Goldsmiths

La palabra que primero leeremos es “correlacionismo18, tal vez conscientes de sus adjetivos “fuerte y débil”, el correlacionismo plantea que solo podemos conocer la relación entre mundo y palabra, ser y pensamiento, o que no podemos decir nada más allá del lenguaje, la razón, lo humano.

Es correlacionismo fuerte cuando niega imperativamente que no hay un más allá del correlato que propone, un horizonte irrevisable; es correlacionismo débil cuando se acepta que hay un más allá de ese correlato, pero nosotros estamos restringidos a solo poder decir algo sobre el lenguaje, la razón.

En Lee Braver, párrafos arriba. Habremos notado en que las “erres” que refieren a conocimiento son desvaloradas en el giro ontológico puesto nos dan la ocasión de suponerlas representaciones de una realidad subterrea inatendida; en el realismo especulativo, la epistemología igual sugiere una correlación entre los polos de una mente y el mundo, entre palabras y objetos.

Slavoj Žižek sugiere dos ejes en el realismo especulativo, divino/secular y científico/metafísico19. El primero solo tiene sentido para Meillassoux; el segundo es algo acertado, es cierto que Meillassoux y Brassier privilegian cierto discurso científico para el acceso a la realidad mientras que Graham Harman y Iain Hamilton Grant podríamos decir están en un polo más estético, no obstante esto es insuficiente para caracterizarlos. Harman propone la inconmensurabilidad especial20 como un segundo criterio, que en términos más coloquiales serían los pasos de intermedio entre la realidad y nuestro punto de partida.

Es súbito, pero la realidad existe y es independiente a nosotros. En este punto especulativo viene a ser un acceso indirecto o marginal a tal realidad, de lo contrario serían solo realistas. En términos de inconmensurabilidad especial, Harman y Brassier proponen hay un infinito número entre uno y otro; Meillassoux y Grant al contrario consideran que las matemáticas y la naturaleza son intermediarios (más o menos) directos entre uno y otro extremo.

Cuando Harman expone a Lee Braver21 agrega una “R” que no figura en su introducción al realismo especulativo, es una R de “realidades no-humanas” (R7), la cual, la antropología y filosofía contemporánea estaría de acuerdo. Fuera la aversión del fin del mundo o una democracia de los objetos o una obsolescencia del humano pareciera que otro rasgo a considerar como candidato al realismo contemporáneo.

 

Il Vinacciolo

Markus Gabriel termina de comer, es momento de pagar la cuenta, ¿qué clase de existencia tiene esto?, social, diría Ferraris, y en un campo de sentido de un restaurante, afirmaría Markus. ¿Qué de novedoso tiene el nuevo realismo de estos dos autores? El primer motivo es una respuesta al giro lingüístico o al constructivismo, posmodernismo, en fin, anti-realistas o la confusión entre epistemología y ontología22.

El segundo es la externalidad del mundo, y un tercero que Ferraris nombre su propio giro ontológico, que tiene que ver en absoluto con problemas metafísicos y para nada etnográficos.

Puede que lo “nuevo” del realismo radique en la interlocución con el impasse de una tradición anterior, Ferraris y Markus tienen apartados extensos de ontología negativa23, y tras ello una ontología positiva donde uno promulga por su documentalidad y ontología social; el otro, su ontología de los campos de sentido. Ambos, pluralistas ontológicos, solo uno es exponente de un nihilismo metafísico.

Sin embargo, ¿por qué es relevante y fue sublevado conceptualmente el correlacionismo? Es una pregunta poco menos frecuente, lo mismo en ¿Por qué el mundo no existe? (2013), pregunta que funge de título para una obra de Markus, ¿qué suele entenderse por “el mundo no existe”? El mundo suele entenderse en términos planos, casi como sinónimo de tierra, o el conjunto de todos los fenómenos, o de todos los hechos, en general parece haber un consenso que “mundo” es un concepto de adición de todas las cosas, a su vez en otros casos suele ser tomado por sinónimo de “realidad”, esta declaratoria haría parecer a Gabriel un anti-realista, nada más alejado.

Mundo” para Gabriel es el campo de sentido que abarca todos los campos de sentido, pero ¿qué significa que el mundo no exista?24 Que por el carácter introductorio del presente, habré de usar el ejemplo –sugestivo mas no argumentativo– empleado por Markus Gabriel, imagina google earth, y que pudieras hacer zoom hacia afuera, y ver la tierra, el sistema solar, y luego a nivel galaxias… eventualmente si pudiéramos hacer el zoom-out para ver el universo entero, ¿dónde estaría colocada esta hipotética cámara?, la respuesta: en el universo, esto se traduce no en que todo pertenece a la realidad, sino que no existe ese lugar “afuera” donde pudiéramos abarcarlo todo25.

Nuevos, Re-inventados y análogos

Luego de Goldsmiths y Il Vinacciolo, pero previo a resolver la querella del porqué a la inexistencia del mundo y lo imperativo de la disolución del correlacionismo han surgido varios textos que agrupan un (a veces) disímil de autores26French Theory Today27 (2010) de Galloway, en su traducción al francés ha recibido el nombre de Los nuevos realistas28, entre las filas de nombres se incluye Meillassoux y Laruelle, así como otros nombres bastante conocidos como el de Catherine Malabou, y Bernard Stiegler, agregando uno casi ignoto como es el de Belhaj Kacem. Advierte en su introducción los traductores al francés que tal decisión ha sido para abarcar la disparidad de teorías.

Galloway incursiono en humanidades digitales, y aquí podemos introducir realismo al aseverar una realidad que supera a lo humano, superación en términos de capacidades, esto último está en disputa (aún).

¿Qué puede hacer o no el internet con respecto a lo humano? almacén, reproductor, y generador de información más grande que ha existido, realizador de profecías de inmediatez, de aldeas digitales, de los sueños de Gutenberg, masificador, enciclopedia prometida; sin embargo resulta sospechoso el que esta superación humana por sus objetos técnicos no ocurriera con la rumba o el tostador.

El realismo analógico29 bebe bastante de la tradición de Ferraris, dado que este también es un re-habilitado de ese periodo de textualidad y amor a la interpretación. Primero como hermenéutica, luego como realismo pero en ambos casos “analógico.” La analogía era la solución no popularizada en tierras transcontinentales contra la posmodernidad, así, frente a lo univoco (una interpretación) de la modernidad y a lo equivoco (ilimitadas interpretaciones) de la posmodernidad, la analogía proponía un justo medio, de esto, el realismo analógico acepta la exterioridad y la independencia de la realidad busca su vez de dar con una mediación epistemológica.

Mientras que, re-inventar lo real30 toma en su mayoría escritores que no suelen asociarse con la discusión del realismo filosófico; Samuel Beckett, Jean Baudrillard, a quienes  no se les considera como relevantes o a veces incluso de anti-realistas.

Nombres, algunos ya mencionados, más otro a quien no se la ha prestado la atención suficiente: François Laruelle y Clément Rosset. Ambos son tomados en tanto realistas por su tesis enológica (que la realidad es, y es una) lo cual nos lleva a aseveraciones que van de lo material a lo absolutamente inmanente, es decir, la realidad existe, sí, independiente a nosotros, y a lo sumo, podemos decir que la realidad es real porque persiste el principio de identidad, y lo que es más, ¿qué no es real?, Cuando aceptamos que la realidad es; UNA, única y totalizadora ya nada se nos escapa, desde los pensamientos, hasta los números enteros, pasando por los centauros, incluso lo que no ha ocurrido, lo que no ocurrirá y lo que ya ocurrió forman parte de esta realidad, preguntarnos ¿qué no es real?, es un oxímoron, todo es real en tanto pertenece a la realidad, normalmente se suele traducir lo “no-real” como, no-factico o falso e imaginativo.

Podríamos tomar de ejemplo la siguiente afirmación: se suele decir que las hipogrifos (las criaturas que aparecen en la tercera entrega de Harry Potter) no son reales, pero lo que quieren decir es, materialmente no hay un animal con esas característica; aunque en otro tipo de materialidad, el libro Harry Potter, existe materialmente como palabras sobre papel, o existe en una adaptación fílmica o los filamentos de la imaginación de las personas, ¿es real?, sí, ¿puedo salir al mercado negro y adquirir uno?, no, pero esto no lo hace menos real.

El autor con el que termina este escrito es un underdog en la lengua española, Serge Salat, quien parece reformular a Baudrillard, Laruelle y Rosset de un plumazo, Salat un autor quien asimila; lo virtual, lo ilusorio, lo fantasmatico, como real, de esa manera, re-inventa la realidad, dando el mayor peso a la capacidad de la realidad virtual para asimilar cualquier cosa, y, si no lo ha hecho, eventualmente lo hará.

 

Realismo poscontinental

Siguiendo el edicto de Mullarkey, Ernesto Castro emplea el término realismo poscontinental para agrupar tanto a especulativos como a nuevos realistas, es decir, la constelación de 6 autores31.

No existiendo un recuento mayor detallado en ningún idioma su libro/tesis sobre realismo poscontinental, sería el libro de buro para cualquiera que trate de dar una palabra al respecto de los debates actuales. Dicho ello ¿de qué manera agrupa a dos “tradiciones”? Gabriel citando a Searle; si le haces una pregunta a un filósofo analítico te contestará con un argumento, en cambio a un continental esa pregunta te la contestará con un autor o un libro (en un gesto hibrido entre admiración por autoridades y entusiasmo por la historia)32 los filósofos que pertenecen al realismo suelen citar a Heidegger tanto como podrían hacerlo con Rudolf Carnap, Peter Strawson o Jacques Derrida, es la metafísica contemporánea la cual abarca y hace necesarios continentales y analíticos por igual.

Esta reconciliación de dos tradiciones por medio de la metafísica la podemos apreciar en Ernesto Castro cuando toma dos elementos comunes a la metafísica; primero la independencia y la externalidad (de la realidad), lo segundo es entorno a un debate antiquísimo en filosofía, los universales.

La existencia de universales siempre deriva en varias posturas, si tal debate parece no figurar como una problemática conocida en términos medio parcos, trata sobre si los conceptos abstractos generales imperan sobre las entidades particulares, y estas existen fuera del reino del entendimiento humano; coloquialmente si negamos que existan los universales y sean solo particulares o nombres estamos en el reino del nominalismo, si aceptamos ambos, universales y particulares es realismo y si solo aseveramos aceptamos los universales somos conceptualistas, para Ernesto Castro el realismo es aquel que posiciona una realidad independiente, y además puede ser conocida; si no existe tal realidad se es nominalista, si existe tal realidad pero no es independiente somos idealistas y si existe tal realidad y es independiente pero, no podemos saber nada esta somos escépticos. Este problema de los universales entrevé un título a realizar sobre los géneros, mientras que en nuestros términos la conclusión que da es el de realismos eclécticos que rompen con el puritanismo del siglo XX.

 

Conclusión. El musical33

¿Y si acepto que solo los perros de razas pequeñas cuentan con esas características (es decir de existir externos e independientes a nosotros)? Si solo puede aseverar ese realismo ingenuo o mal sentido de igualar la realidad con caninos, o la totalidad de pensar un realismo a la Disney, entonces, ¿qué? La conclusión reza de la siguiente forma, además de aceptar esa realidad externa e independiente basta decir el cómo se llegó a esas conclusiones (que exista algo ajeno, o como salir del circulo correlacionista), sea por las extinciones brasserianas, la negación duocavista de Harman, la ancestralidad en Meillassoux, la inenmendabilidad de Ferraris, o sea el caso.

Ahora, ¿qué hay en esa realidad externa e independiente?, Markus asevera que esa realidad no es una, antes no una sino varias, dicho sea ningún mundo, pero sí varios campos de sentidos, el giro ontológico asevera lo mismo, mas no por las mismas razones; la existencia del pluralismo ontológico viene a ser una traducción poco fiel de lo que quiere decir la inconmensurabilidad especial.

El mundo no existe porque el mundo para Gabriel Markus es el campo de sentido de los campos de sentido, y una primera replica es que si tal campo de sentido existiera, habría un campo de sentido intermedio entre estos dos, generando un tercero, luego cuarto y la cuenta continua.

Harman había considerado ello entre lo real y sensible, y siguiendo a Bruno Latour, uno se detiene cuando le parece aburrido, pues es innegable que cuales sean dos relaciones genere un tercero y así infinitamente. Ahora, por qué la correlación nos parece poco satisfactoria parece responder a que lo humano no siempre estuvo aquí, antes no había nada y cuando se extinga el sol o cualquier minucia climática nos aniquile tampoco habrá “un nosotros”, que, con ese nosotros procuremos nombrar toda la especie humana, cada vida orgánica, para los materialistas les parece que lo humano es materia entre materia, que si alguien tiene una bala atorada en el cuerpo eso es suficiente demostración para decir que hay algo ajeno e independiente a nosotros.

Si las maquinas parecen superarnos en todo sentido concebible o si la cuestión de lo humano ha sido invertida y ahora todos somos animales u otra infinidad de posibilidades virtuales, financieras, de objetos más grandes que cualquiera de nosotros. También puede ser una definición más lógica que requiera de altercados y modalidades del ser, que procure la necesidad de la contingencia y un par de varios atributos por el cual la existencia de una totalidad de los hechos ajena a la teoría de conjuntos es irremediablemente ilógica y que esto sea parte del realismo nos dice bastante sobre el alcance de la realidad en tanto teoría.

Versión resumida para lectores inquietos; Un comentario –con 9 likes– de un usuario de Youtube en el vídeo, “En las cenizas del posmodernismo: Un nuevo realismo. Una conferencia con Umberto Eco”34dice:

Esta presentación muestra cuánto tiempo le es necesario a un hombre para exigir sentido común en estos días. (Nyarlantoteph 2011)

La percepción general puede ser así, que la filosofía ha perdido el sentido común cuando los debates se esgrimen a partir de “las mesas existen” o peor aún, cuando hay filósofos que nieguen la existencia de esas mismas mesas, y esto en la historia de esta disciplina había ocurrido ya. El realismo resurge como un problema para el siglo XXI debido a eslóganes del tipo, “no hay nada fuera del texto”, “no hay hechos solo interpretaciones”, “los simulacros son más reales que la realidad”.

Para ser realista en el siglo XXI hace falta aseverar la existencia de lo siguiente; una realidad independiente, externa, y un acceso (directa o indirecta a esta). Además de las razones para aseverar tal existencia.

Los motivos para aseverar tal existencia generan las divergencias de los movimientos en las teorías del siglo XXI; i) el ser humano ha sido rebasado por la tecnología [originando tesis aceleracionistas, posthumanistas y de cuño digital]; i’) la base conceptual de la realidad es superada por el análisis de esta, negando así su carácter representacional [giro ontológico en la antropología]; i’’) El inminente riesgo de extinción posiciona un más allá de lo humano [híper-objetos de Morton, la Extinción en Brassier]; i’’’) La presencia de objetos ajenos y previos a nosotros nos dicta la existencia de un horizonte más allá de nosotros [nuevos materialismos (incluida la inmanencia radical)  y la ancestralidad de Meillassoux]; i’’’’) La existencia de objetos sociales [Sobre todo Ferraris] Estos i’s podrían ser agrupados en términos de finitud humana, o en un manierismo similar al de la Esencia del Cristianismo (1841), de Feyerabend.

Ahora mediante los i’s podemos reconocer la existencia e independencia de esa realidad, pero, quizá no que podamos pensarla, o que podamos decir algo sobre esta, o al menos algo que no nos devuelva al ser humano como el factor decisivo de este algo35. Podemos decir que en efecto existe un riesgo climático (i’’) pero a los únicos que les preocupa es a nosotros, nosotros puede ser entes dotados de lenguaje, razón, pensamiento o prospectiva del tiempo. Aquí es el eje que separa la existencia de la realidad con respecto a la finitud propia, lo siguiente depende de un grado de introspección más que de fuerza argumental a mi parecer.

Existe el correlacionismo, digamos de los escritores en línea con el realismo especulativo que pudieran ser anti-correlacionistas, ¿qué podrían decirnos de la realidad que no caiga bajo el estigma del correlacionismo de la filosofía contemporánea?, dicho de otro modo, ¿qué no gobierna bajo el imperio de los signos, más allá de lo humano, en fin, más allá? Si esto se presenta como una necesidad insuperable (que la realidad solo puede ser humana, conocida/expresada por signos, y que seremos eternos prisioneros del lenguaje) entonces, sí, seamos realistas sin la apostilla de “especulativos” o siquiera realistas.

De lo anterior que podamos decir algo más de la realidad, es decir su inconmensurabilidad especial; ii) La realidad (o mundo) no existe sino en una cantidad infinita de campos de sentidos [Gabriel]; ii’) Las relaciones entre objetos no se agota en las relaciones que puedan tener con el ser humano [Harman]; ii’’) La necesidad de la contingencia/Híper-caos como una variación de nihilismo metafísico. La siguiente disputa una vez asimilado hay un gran afuera es afirmar o negar la existencia de realidades no humanas [independientes y externas sobre las cuales podamos decir algo] o a nuestro servicio, ¿por qué la realidad habría de ser una?

Estos dos puntos son las tematizaciones, inexactos, lo suficiente como para ser tomados como probables. La suficiente inexactitud, incalculable, nos llevaría a una primera e inconclusa invitación al realismo ; sin embargo y aquí nuestro mayor riesgo y razón de inconclusión, es que la mayoría de autores de esta lista siguen produciendo textos, la inédita tesis de Meillassoux, Infraestructura de Harman, o los muchos proyectos siguiendo la línea de la OOO (Ontología Orientada a Objetos), alumnos de Ferraris retomando su pensamiento realista para aplicarlo a la literatura, por no decir la enorme cantidad de textos críticos orbitando alrededor de estos autores, Markus Gabriel otorgándonos dos o tres títulos anualmente (sin contar traducciones), la no-filosofía de Laruelle sigue haciendo olas en el habla sajona, cada día las humanidades digitales apremian mayor terreno académico y se sigue disputando la relación entre esta constelación de autores y corrientes. No puedo sino disculparme por este recorrido panorámico, que buscaba resolver el problema risible de, ¿existen las mesas? Y de ser así, ¿cómo?

La verdad es que uno, al final, se cansa de todo, el realismo especulativo se asoma más allá de ese fin, preguntándose, ¿por qué vuelves realidad?, ¿cómo, cuándo, dónde, y por qué? La realidad misma nos puede ser indiferentes, dejándonos con esas mismas interrogantes, es más, incita esperando el día en que esto no ocurra. Al final, habremos de despertar de nuestro sueño correlacionista, y reconciliar el pensamiento con el absoluto36.

 

 

Bibliografía

 

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Recursos Digitales

Textos

Ray Brassier, Alien Theory, The decline of materialism in the name of matter, (tesis de doctorado), Reino Unido, University of Warwick, 2001, consultada el 30 de Octubre de 2020 en https://uberty.org/wp-content/uploads/2015/03/brassier-alien-theory.compressed.pdf

Ernesto Castro Córdoba, Realismo Poscontinental Ontología y epistemología para el siglo XXI (tesis de doctorado), Madrid, Universidad Complutense, 2019, consultada el 13 de Julio de 2020 en https://eprints.ucm.es/51271/1/T40886.pdf

Graham Harman, “Graham Harman entrevista a Markus Gabriel”, Septiembre 23 2016, consultado el 1 Noviembre del 2020 en http://euppublishingblog.com/wp-content/uploads/2016/09/graham-harman-interviews-markus-gabriel-a4.pdf

Willard V. O. Quine, On What there Is, consultado el 30 de Octubre del 2020 en http://comet.lehman.cuny.edu/fitting/forclasses/phil76600fall2013/quine-on-what-there-is.pdf

 

 

Audio

Conferencia “Hello Everything” para el Simposio de Filosofía celebrado el 1 de Diciembre del 2010, UCLA. Publicado por Timothy Morton, consultado el 18 de Julio del 2020 en https://archive.org/details/AHistoryOfSpeculativeRealismAndObject-orientedOntology

 

Videos

“On the Ashes of Post-Modernism: A New Realism. A Conference with Umberto Eco”, publicado por iitaly (2011), consultado el 1 de Noviembre del 2020, en https://www.youtube.com/watch?v=tZnwpW3OEZo

“Three Ontological Turnings, Martin Holbraad”, publicado por Etnograficzna (2016), consultado 18 de Julio del 2020, en https://www.youtube.com/watch?v=c-SQBe-V7Jw

 

“Why the world does not exist | Markus Gabriel | TEDxMünchen”, publicado por TEDx Talks (2013), consultado el 30 de Octubre del 2020, en https://www.youtube.com/watch?v=hzvesGB_TI0

 


Autores
Martín Iraizos (CDMX, 1995). Estudiante de Filosofía en la Facultad de Filosofía y Letras, UNAM, CU. Urbanismo (Fac. Arq. CU, UNAM 2014–2018) Museografía (San Carlos 2018) Traductor y director de notas de: Noys, B. (2018). Velocidades Malignas, Aceleracionismo y Capitalismo, Madrid, España: Materia Oscura. Ponente para el congreso internacional Kierkegaard y la filosofía contemporánea (2020, Ibero) presentando; “La barba de Kierkegaard y otros cuentos para niños (Deliberación filosófica sobre los cuentos de hadas en la obra de Kierkegaard)” Ponente para el Primer y Segundo Congreso Latinoamericano de Investigación en Cambio Climático y Noveno y Décimo Congreso Nacional de Investigación sobre el Cambio Climático (2019-2020). Ponente para el Primer Congreso Interdisciplinario de Historia de México, presentando; “Otro fin del mundo es posible. Lección preliminar de las narices de los osos pardos” (2019). Colaborador en las revistas digitales: Entropía (2020), CineGrafía (2020) Fuimos Peces (Fenomenología de los parásitos estomacales, seguido de Por qué debemos arrollar a los ciclistas) (2017), y Metrópoli Digital (Invitación a la Necrofilia) (2017)

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopublica.
Ilustración por Ray Patiño.

Dossier aceleracionismo, CCRU y realismo especulativo

Buenas tardes, usuario.

Le escribo porque en el futuro todo es muy peligroso. Sucedieron eventos en el pensamiento que redireccionaron el escenario global. Aún nada es irreversible. Creemos que el conocimiento de dichos acontecimientos de la filosofía y la política pueden desencadenar una alternativa. “Podemos salir de ésta” dijeron quienes trasmitieron la información a nuestra época. El profesor Barker logró construir una máquina del tiempo. Sus años en la NASA con el programa SETI en el que monitoreando señales inteligentes diferenciándolas de patrones complejos derivados de señales no inteligentes dieron resultados. Después de más de veinte años, el Distribuidor-TIC hizo el cruce del logocentrismo al sistema binario; lo que da inmanencia a pequeños flujos de información traumática. Se escuchó el grito de la tierra e instantes después se materializan los signos.

Habría que advertir que las consecuencias de la información que yace en este cuerpo de correo, pueden ser letales. Ha llevado a defender una forma de gobierno monárquica en la que el Estado es una gran empresa con accionistas; hay quienes se han convertido en seres melancólicos de izquierda que gozan del futurismo ochentero y posiblemente se suiciden; a vivir en un loop musical y artístico sin innovación; a cambiar la naturaleza del cuerpo y convertir mujeres y hombres en ceros y unos; o a querer charlar con las piedras y abandonar lo humano. Agradecemos a Tierra Adentro, sabiendo el riesgo, por atreverse a dar a conocer estos sucesos.

 

Si antes no sabíamos a dónde íbamos, ahora, conociendo los riesgos, debemos tomar las  medidas necesarias para no alcanzar las consecuencias desastrosas que se han planteado arriba. La trama teórica que queremos desglosar tiene un origen espectral en los 90 y resurge como eco incómodo en los dos mil; cambiando la forma del mundo para el 2043. Sin ningún afán de novedad, sino con el ímpetu de actualizar y tensar las ideas que ya podrían leerse desde Marx o Platón; esbozaré la cartografía conceptual que vincula esta serie de herejías.

Estos informes fueron lo que se salvó del cruce temporal. Sobre alguno de éstos el equipo ha indagado más y serán publicados posteriormente, el resto esperan ser reescritos y pensados aún.

1

Sabemos que la política está mal. En 2013, Nick Srnicek y Alex Williams publicaron el Manifiesto por una política aceleracionista como respuesta al colapso inminente de los Estado-Nación y el cataclismo ambiental, haciendo un análisis del sistema planetario capitalista, sus declives y la escasa imaginación política actual para plantear soluciones e imaginarios reales.

 

2

La cibernética y el pensamiento rizomático han hecho ver que la individualidad, el pensamiento unitario, no funciona. Ahora los movimientos son multitudinarios pero desunificados. Son ecos que se oscilan entre propuestas de derecha; sustituir la fuerza de trabajo humano por máquinas para lograr objetivos de izquierda; abolir poco a poco el trabajo y llegar a un estado de bienestar global. Todo el mundo comenzó a moverse hacia el futuro. El pensamiento tomó las calles por medio de  la psique virtual.

3

El xenofeminismo infectó a los cuerpos y las mentes. Aquello pugna por un inhumanismo en el que la naturaleza es movimiento y la determinación de géneros o roles sociales que no está dictada por una esencia, sino que clama por politizar la racionalidad desde el feminismo y la imaginación. Si la naturaleza es injusta, cambiemos la naturaleza.

{Marianne Texido se adentró al ciberespacio para decodificar la consciencia a través del video y el lenguaje. Desde el feminismo, hackea la tecnología. Fue ella quien rearmó el código en “Utopías tecnológicas, palabra – música – código”}

 

4

Ya es demasiado tarde, nos estamos quedando sin tiempo al final de todo. Pero hubo una época en que la pulsión de futuro rondaba el pensamiento y el arte. A finales de los años dos mil, las herramientas construidas durante los años 60 y 80 son el motor del cambio y la innovación. Desde el mayo francés hasta el octubre mexicano, surgieron movimientos y obras que querían cambiar el mundo. De la filosofía de Lacan y Deleuze-Guattari hasta el socialismo de Salvador Allende en Chile. Fueron décadas de moldear el futuro.

En 1967 Roger Zelazny escribió El señor de la luz. En ella, un grupo de náufragos espaciales usa mejoras tecnológicas en sí mismos para sobrevivir condiciones hostiles y terminan por  crear seres inmortales que transfieren su alma de cuerpo en cuerpo. A este grupo de sobrevivientes, que con el uso de la tecnología mejoran las condiciones de vida y el propio cuerpo, los bautizó como aceleracionistas. Una forma hipermoderna de la vieja fábula de Frankenstein con la tecnología del siglo XX y una pizca de imaginación radical.

El pensamiento se infectó cada vez más de tecnología. El lenguaje se volvió obscuro para poder manipular a las máquinas. La Unidad de Investigación de Cultura Cibernética (CCRU por sus siglas en inglés) fue un experimento delirante entre un grupo de profesores y estudiantes en la Universidad de Warwick. Ahí se forjó la ilustración obscura, el nuevo realismo y la cacería de fantasmas.

Nick Land”, como se dio a conocer en la tierra, fue un extraterrestre enviado desde el futuro para acabar con el comunismo. El marxismo tradicional asegura que lo logró. En sus años como profesor universitario realizó experimentos mentales; deshacerse del rostro para devenir pensamiento sin sujeto ni licencias, contar las mágicas aventuras de un investigador ficticio de la NASA en un paper académico, decirle a tus alumnos que Deleuze es un ingeniero, que sólo inventó un software para hackear el inconsciente.

La inteligencia Estatal se dio cuenta a tiempo del peligro cuando se le expulsó de Warwick tras la lectura de su texto “Colapso” en el que plantea la superación de lo humano en todos los sentidos por las máquinas. Su ensayo “The Dark Enlightenment” creó el movimiento neorreaccionario que desencadenó en políticas como la de Donald Trump o Johnson Carley. El proyecto que llevaron a cabo fue descentralizar el poder, acabar con el Estado por medio de modelos empresariales y ya no democráticos. La inhabilitación de los programas de entidades gubernamentales (Sistema de Seguridad Humano) que tuvo un arco de veinte años; a Trump (2017-2020) le siguió una guerra civil dentro del territorio norteamericano renegociando la verdadera libertad democrática hasta el triunfo de Johnson Carley (2032-presente) quien finalmente abandonó los valores añejos de la república federal y acabó con la defensa mainstream de la humanidad como algo puro que defender incondicionalmente.

El fin del humanismo dio cuenta de que era un mito que la naturaleza de la realidad ya había sido decidida. El poder abandonó el espacio público y la política se debatía en memorias ROM, parásitos virtuales, máquinas moleculares que estallaron la carne y la sustituyeron con petróleo, amnesia virtual, circuitos de subjetivación feminista sintética y ficciones etéreas.

Si no pensamos otra forma de humanismo no paternalista ni logocéntrico no habrá forma de responder a las políticas de vampirismo lésbico (no productivo) de Carley que está poniendo en vigor en estos años 2040.

{Desde China pudimos rescatar un texto programático de Land llamado Teleoplexia: Notas sobre aceleración. Brillantemente Ramiro Sanchiz lo pudo hacer inteligible a nuestra lengua. Tal vez, el último eslabón para salir de ésta}

 

5

Después de la crisis de 2008, Robin Mackay y Armen Avanessian a partir de 2012 se volvieron curadores del pensamiento futuro. Agentes claves para el mundo por venir.  Ante un mundo que se desmorona se han dedicado a antologar y crear conceptos para la imaginación política. En #Acelerate, antologaron desde Marx con su fragmento de las máquinas hasta llegar a las respuestas de Toni Negri al manifiesto aceleracionista. En su editorial Urbanomic publican todo el pensamiento que sirva para la contingencia. De ahí que Mark Fisher quien con acceso a los fragmentos del Distribuidor TIC se quitó la vida conociendo los riesgos, no sin dejar piezas para construir un mundo que pudo ser libre. Estos escollos M.S.Yániz tentó pensarlos a la luz del materialismo gótico.

 

6

El realismo especulativo, nuevo realismo o realismo extraño es una de las filosofías surgidas en el siglo XXI cuyos exponentes se ramifican en tres dependiendo su lengua materna. De ahí se desprenderá la afirmación de un mundo que existe sin la voluntad del pensamiento humano. {Martín Irazius ha realizado un estupendo trabajo rastreando las voces de todo ese ruido en su ensayo-musical sobre hielo.}

Ante un mundo que desaparece, aunque todo se haga cada vez más real es necesario pensar el mundo sin humanos. “la vida nos sobrevivirá” dijo Deleuze sabiamente. {Carlos Misael redactó los resquicios de un nihilismo extraño desde el tiempo ancestral}

 

7

{Cuando todo esto ya no esté quedarán los fósiles de cosas que hoy llamamos cultura. Todas las ruinas serán el eco de escenarios futuros posibles. El mundo; un museo de cosas muertas como dirá Simon Reynolds del rock. Este desencanto es reconstruido por Yomara en ¿Quién mató a la reina? ¿el realismo o el punk? Cuando el gobierno caiga sólo quedarán discos viejos y alguna imagen de un presente inexistente.

 

{La salida no es inventar variaciones del comunismo o capitalismo. Sino generar múltiples proyectos que crezcan y se deriven en ramas para desbordar el sentido común. Es en este sentido que las ficciones pueden contrarrestar el realismo capitalista al ofrecer alternativas localizables en cada forma de vida respecto a lo pensable en el capitalismo. Las ficciones estarían proyectando simulacros de mundos sin capital o más allá de él. Es con ellas que experimentaremos una sociedad otra.

 

P.D. Sería absurdo e inocente exigirle, usuario, que abandone la lógica actual de acumulación del capital y dedique su tiempo a perder el rostro, a la invención de un mundo libre no centralizado o a dar su cuerpo a la experimentación psíquica-cibernética. Sin embargo, creemos desde la resistencia en 2040 que repensar estos caminos pueden producir algo distinto a lo que el remolino del progreso tiene planeado para usted y su población.

 

Bienaventurado lo que nunca vive.

Lo que no ha nacido.

Y tú eres esa creación exterior. (Martin Bergmann, 1997)

 

 


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.

Ilustrador
Ray Patiño
Ciudad de México, 1988. Estudió en la Facultad de Artes y Diseño (UNAM), ha trabajado para el mundo editorial y la creación de interactivos digitales, actualmente trabaja como freelance y en sus tiempos libres dibuja cómics personales que autopública.

 

En cuanto me enteré que el huracán Delta amenazaba golpear con fuerza la península de Yucatán, al mismo tiempo que ordenaba en una aplicación veinte latas de atún, galletas de animalitos y dos veladoras, imprimí tu último libro de crónicas “El ajedrez es un juego tan siniestro y personal”, publicado recientemente por Los libros del perro. Me preocupaba quedarme sin electricidad y fallar el compromiso de presentarlo. Me visualicé heroico, en medio de la tormenta leyéndote y haciendo apuntes en los márgenes a la luz de una veladora.

El ajedrez que te enseñó tu padre te ha ayudado a protegerte. Te permitió defenderte de seres despreciables como Polo, un compañero de primaria con un lunar en la mejilla derecha del tamaño de una moneda de cinco pesos, que te molestaba por tartamudear. Al retarte conseguiste ganarle en tan solo tres movimientos.

Y algo aún más fundamental, el ajedrez te ayudó a entender tu entorno, te enseñó que, en el tablero de la vida, sobre todo entre las enormes casillas de concreto que conforman la ciudad de México, la única estrategia posible para sobrevivir es arriesgándolo todo y jugar a matar o morir. La misma estrategia que se necesita para escribir.

En tu libro propones que retratar lo humano va más allá de los fines periodísticos, sino que es necesario que exista en el discurso de nuestros gobernantes para erradicar el terrorismo del crimen organizado. Para salir del abstracto y humanizar el horror, propones que el futuro presidente diga :

“No es el hijo de Sicilia, es Juan Francisco, jugaba futbol de medio creativo y le desgarraron los pulmones. No son los estudiantes de cine: Es Javier Salomón Aceves Gastélum, lucía una larga barba rojiza de marinero eslavo y su imaginación partía del mar y del ritmo; es Marco Francisco García Ávalos, usaba gorra azul y su imaginación tendía hacia un misterio hermético; es Jesús Daniel Díaz García, sonreía ante recuerdos de nieve y su imaginación se exaltaba desde el frío. Construir juntos una película era lo único que querían. Los asfixiaron con sogas y disolvieron sus cadáveres en ácido.”

Para quienes crecieron en un contexto más amable, tus recuerdos de la infancia jugando ajedrez probablemente contrasten con los terribles crímenes que mencionas en algunas crónicas, pero para quienes crecimos en la Ciudad de México, o en cualquier ciudad violenta del mundo, nuestros recuerdos de la infancia están permeados por el horror. 

Pienso que ese es uno de los mayores aciertos de tu libro, estructuralmente es una radiografía de cómo fuimos constituidos quienes pertenecemos a las generaciones de los 80s y 90s. Radiografía en la que aparecen en un mismo esqueleto nuestros anhelos, recuerdos del colegio, reuniones familiares y las noticias de violaciones, secuestros y feminicidios. Radiografía aún más exacta de quienes crecimos en la clase media y también acudimos a citas con terapeutas para que dieran con un diagnostico que corroborara el más grande temor de nuestros padres: que no éramos normales.  

Tu búsqueda es mediante las palabras traducir el horror para sacarlo de la abstracción y poder enfrentarlo. En “Un nuevo salón México” dibujas, como en un pentagrama, la melodía del horror en el que está sumido nuestro país:

“Luego, un largo silencio. Se derrumba un edificio. Claxon de motocicleta. Organillero. Ruido de nariz que esnifa. Pitido virtual que avisa sobre un nuevo mensaje de facebook. Vibra una campana. Y de nuevo la trompeta; de su histérico grito surgen aires de mariachi, pero nunca terminan por crearse, pues son interrumpidos por una niña que lee sin expresión: 

Fragmentos de dos cuerpos humanos fueron encontrados en bolsas de plásticos bajo el puente Nonoalco, en Tlatelolco. La policía capitalina cree que se trata de un ajuste de cuentas entre bandas de narcotraficantes que se pelean el control de la plaza Garibaldi. Se descubrió el tatuaje de un Bugs Bunny cargando una metralleta en un pedacito de antebrazo”.

 En tus crónicas propones contar el horror y la brutalidad desde la ternura. Como en “Siempre preferí a los niños”. En la que narras un intento de violación, pero también el proceso en el que la abuela del violador lleva a su nieto a terapia y con el apoyo de su nieta inicia una búsqueda para deconstruirse y entender que el hermetismo e insensibilidad de su nieto, no eran una virtud como antes ella creía, sino que fueron la base por la que llegó a perpetrar el crimen. Estoy seguro que muchos cronistas habrían optado por el camino fácil y únicamente retratar la brutalidad del intento de violación, pero al incluir las reflexiones de la abuela, y mencionar que su nieta la acompaña e instruye en su proceso de deconstrucción, humaniza a esa familia no para justificarla, sino para dejar en claro que cualquier hombre es un violador en potencia. 

En la última crónica “Todo lo que Ernesto no dice”, una madre de un hijo encarcelado por asaltar combis encuentra consuelo sabiendo que, a pesar de las violaciones, motines y el crimen organizado al que se enfrenta su hijo dentro del penal, hay cursos de música, presentaciones de teatro y talleres de escritura que lo ayudan sortear el horror y mantienen viva la esperanza de su reinserción a la sociedad.

Las violaciones, motines y crimen organizado al que se enfrenta  Ernesto en el penal no son para nada ajenas para quienes habitamos en esta enorme cárcel llamada México de la que quizá nunca logremos escapar. Pero es la música, el teatro y literatura como la de “El ajedrez es un juego tan siniestro y personal”, la que nos recuerda que otro México es posible. Que no somos más que peones, sí, pero a un par de casillas de coronarnos y ganar la partida.

El huracán disminuyó significativamente su fuerza antes de tocar tierra, así que contrario a mi fantasía, te leí con aire acondicionado, atacándome de galletas de animalitos, que tardé más tiempo en digerir que lo que duró el huracán. Aunque la realidad no me permitió escribir este texto con el trepidar de mis ventanas y la amenaza de que, según un video de Facebook, al romperse los vidrios me alcanzaran como proyectiles arrojados por el viento, encendí una veladora para emular mi fantasía.  Como dato inútil, “El ajedrez es un juego tan siniestro y personal” puede leerse cuidadosamente durante el tiempo que dura en consumirse tres cuartos de veladora. 

 

 

Este texto apareció originalmente en MEMORIAS DE NÓMADA, y lo publicamos con permiso del autor.

Autores
(Ciudad de México, 1992) Becario del programa Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA) 2019-2020. Becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) 2017-2018. Ganador del Premio Estatal de Cuento Corto "El Espíritu de la Letra", Yucatán, 2015. Mención honorífica en el Premio Nacional de cuento Joven FILEY 2015. Segundo lugar en el 17º Concurso Nacional de Cuento “Letras Muertas” 2016, organizado por la UNAM en homenaje a Rufino Tamayo. Segundo premio en el 51º concurso nacional de cuento de la revista Punto de Partida 2020. En diciembre del 2019 la Secretaria de la Cultura y las Artes del Gobierno del Estado de Yucatán le otorgó un reconocimiento por su destacada labor y aportación literaria más allá de nuestras fronteras estatales y nacionales. Actualmente se encuentra trabajando en su primera novela “El inconcluso” e imparte un taller intensivo de narrativa en la ciudad de Mérida y en modalidad en línea.
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De las aguas emerge una probóscide desconocida, de aspecto pútrido. El río está lejos de estar limpio. El detritus avanza junto con bolsas de basura, pañales, deshechos humanos. ¿Qué es lo que vemos? ¿Un tentáculo, el brazo de un ser de las profundidades, un hijo de Dagón? Lo que surge es algo parecido, pero es el cuerpo de un joven lanzado a las aguas por un par de policías. Nosotros lo sabemos muy bien, en este Otro Occidente, en este Sur sempiterno, por más que en algunos libros de geografía le llamen a México “un país de América del Norte.” Ese ansiado dream nórdico que nunca llega a concretarse se pierde ante el puñetazo nuestra realidad violenta, bizarra y llena de pobreza.

Nosotros ya nos enteramos de que la policía no siempre cuida a las personas ni actúa de la mejor manera. Hay ciertos lazos que pudieran unir el actuar de un agente de la ley mexicano con uno de Estados Unidos, cuando aparece el racismo desde su lado, y el ejercicio desmedido de la fuerza y el poder, desde el nuestro. Entonces, ¿no es Lovecraft (alguna de sus criaturas) emergiendo de algún río sureño? La respuesta es negativa, es aún peor: lo que flota es un cuerpo, una realidad transmutada, un joven orillado a delinquir, un don nadie, un chico roto por la policía, y también un hijo de los profundos.

La escena pertenece a un cuento particular de la narradora argentina Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973). “Bajo el agua negra” fue el culpable de que quedara prendado de su obra, aunque ya había disfrutado (y también sufrido) de algunos de sus relatos. Su lenguaje me alejaba un poco, lo mismo las situaciones de ellos, de una chica que recoge a un niño que pronto es asesinado, de unos pequeños que entran a una casa encantada, o sobre la sórdida historia de un asesino que podríamos llamar “serial”. El libro, Las cosas que perdimos en el fuego (2016), fue un acontecimiento que se extendió por doquier, como si de un incendio se tratara.

Lo que Mariana Enríquez hacía era violento y fantástico. Horror sobrenatural, situaciones terribles, crítica social. La emoción pudo más, y me volví a leer el libro completo. Cuando lo hice, descubrí que no era un accidente. 2016 marcaba el inicio de una explosión (odio llamarlo boom) de literatura macabra escrita tanto por mujeres como por hombres. Sin embargo, y esto llamó la atención de todo el mundo, la mayoría de las obras interesantes que surgían de aquí provenían de la pluma de escritoras.

¿Vamos a hablar de Mariana Enríquez? Sí, por supuesto. Pero no solo de ella, también de las inspiraciones góticas en Norma Lazo o en Adriana Díaz Enciso; de la carne y la madre como monstruo en Mónica Ojeda; de la piel y la ciencia ficción presente en Agustina Bazterrica; de la poesía en Denise Phé-Funchal, o el cine en la novela de Mónica Bustos, Novela B (2013). Caben aclarar aquí dos cosas: primera, la literatura de terror o literatura macabra en Latinoamérica, escrita por mujeres, es bastante amplia, más de lo que imaginamos; segunda: lo que abordaremos aquí será la literatura oscura escrita por mujeres de Latinoamérica en estas últimas dos décadas.

 

El Terror

¿Qué es y qué no es? Antes de cualquier cosa, tendríamos que preguntarnos de manera somera, sin tantos academicismos, ¿a qué nos referimos cuando hablamos de terror?

El género de terror/horror suele entenderse como algo propio de una situación pragmática: lo que asusta en una manifestación artística, lo que provoca incomodidad, principalmente en el cine o en la literatura, todo ello pertenece al género del terror/horror. Hay quien incluso se pregunta si no es un género sino una estética. A esta visión no le faltan tablas para instaurarse como un método de estudio-comprensión-apreciación de las obras narrativas (incluso líricas, musicales o pictóricas). Desde Sigmund Freud, quien estudia en Lo Siniestro (1919) el término del “Unheimlich”, que significa “lo extraño-inquietante”, aquello que “debiendo ser familiar, termina por causar el efecto contrario”1.

Los pensadores que han estudiado la estética surgen desde el mismo principio del pensamiento occidental. Tanto desde Platón como de Aristóteles, se han comprendido las reglas de la métrica o de la forma de lo que debe ser el arte. El arte y los artistas, por otro lado, parecieran rebelarse siempre a este deber ser, y exploran lo que ellos han considerado pertinente, importante, y demás. Antes, lo bello se entendía como propio de lo bueno, sin embargo, como resalta Umberto Eco en Historia de la Fealdad (2007), la estética no solo encumbró lo que caracterizamos como bello.

Pinturas como El nacimiento de Venus nos pueden parecer bellas, y otras como El vampiro, de Edvard Munch, nos resulta más incómoda, ¿será igualmente bella? La estética se convirtió, pues, en una rama de la filosofía que estudia las manifestaciones de distintas expresiones artísticas, desde lo bello hasta lo grotesco. La estética de lo siniestro, tan cercana a lo feo y a lo grotesco, como dice Schelling, es “aquello que, debiendo permanecer oculto, se ha revelado”. Misterio Tremendo y Fascinante, nos anuncia Rudolf Otto en su estudio sobre Lo Santo: lo racional y lo irracional en la idea de Dios (1917), la cercanía extática (y también hermética) con la divinidad, y recordemos que en el ámbito divino también cabe lo demoníaco.

Es el miedo lo que comúnmente se asocia al género de terror. H.P. Lovecraft, el famoso escritor de Providence que acuñó el término de “Weird Literature”, padre del llamado “Horror Cósmico”, entiende que el miedo es esencial en la fisiología humana, también en el pensamiento. El mayor temor es a lo desconocido. Cabe llamar la atención a este concepto, porque uno se pregunta, ¿no es todo el miedo un temor hacia lo desconocido? Puede existir un objeto en sí que provoque revulsión, rechazo, miedo o pánico en cualquier sujeto o lector (cada uno de estos términos puede ser estudiado de manera independiente; es el caso de lo grotesco, que incluso es una estética distinta a la de lo siniestro, en el libro de Stephen King, Danza macabra (1981), se hace una escala donde lo grotesco toma el último lugar en la escala de “lo horrible”).

Ahora bien, sin pretender que aquí expongo mi aporte teórico, creo que es importante aclarar que yo utilizo los términos de horror y terror como sinónimos. Tradicionalmente (pienso que esto se debe al estudio etimológico de la palabra) se entiende que terror (de ahí viene terrorismo, la era del terror, etc.) es una manifestación en el arte donde se muestra el miedo hacia algo físico, por ejemplo, un asesino, algo que puede ser tocado. Por otra parte, el horror abarcaría lo sobrenatural, la aparición de fantasmas, seres imposibles, manifestaciones propias de la literatura fantástica.

Debido a la cercanía de ambos términos, he decidido que, para facilitar la lectura, simplemente tomo a ambos términos como sinónimos, adjetivizando el término cuando es necesario. Tal es el caso del “terror natural” de la novela Mandíbula (2018), de Mónica Ojeda, manifiesto en el miedo hacia el cuerpo, la sociedad y la amenaza que significa y siente una adolescente inestable por su maestra. Por otra parte, el “terror sobrenatural” aparece en Nuestra parte de noche (2019), de Mariana Enríquez, cuando en la novela se realiza un ritual para invocar al Dios de la Oscuridad y este se presenta como una luz mística, muy a la manera del Pseudo Dionisio Areopagita, y provoca ciertas transformaciones físicas en los personajes (el caso de las garras doradas en Juan, el papá de Gaspar).

Esta aproximación va en contra de lo que muchos autores han entendido como terror. La decisión no está en mí, sino en el lector. Yo apelo a la confianza para mostrar aquí a una plétora de autoras que, si bien no se les llamaría a todas “de terror”, han escrito, en algún punto de sus carreras, obras macabras que me parecen notables.

Lovecraft pensaba que el verdadero Weird era la manifestación de lo sobrenatural en la literatura. Esta idea, expuesta en su libro seminal sobre el tema, El horror sobrenatural en la literatura (1927)2, permitió que en teoría literaria, lo llamado “fantástico”, tuviera una cercanía casi preternatural con el horror. Hay un problema al hablar de ambos términos, ya que muchas veces se confunden.

David Roas, en Tras los límites de lo real (2011), explica que la literatura fantástica explora una experiencia o situación que irrumpe en la realidad, con un elemento que no debería estar o ser (nótese la cercanía con la definición de lo siniestro o “unheimlich”). Ahora bien, la literatura fantástica a la que estamos acostumbrados los lectores aficionados a la literatura hispanoamericana establece elementos que no se acercan a lo terrorífico, a pesar de la extrañeza de ciertas situaciones. Roas habla del cuento “Carta a una señorita en París”, relato célebre de Julio Cortázar, donde un hombre empieza a vomitar conejitos. Lo que lo asusta, nos explica Roas, no es el acto en sí de vomitarlos, sino de cómo acomodarlos en su departamento.

Esta situación tan chocante es propia de lo fantástico en la literatura del continente y la podemos observar en bastantes cuentos de Jorge Luis Borges. El caso de “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius” es paradigmático. Se nos habla, con referentes reales, pues los personajes son el mismo Borges y su amigo Bioy Casares, de un artículo incluido en un extraño tomo de la Enciclopedia Británica, que habla sobre Uqbar. Este tomo es único, pues las pesquisas que comienzan no dan con otra repetición. Uqbar es una fantasía literaria, una broma en la enciclopedia, hasta que hace su irrupción en la realidad. Esto provoca sorpresa, maravilla, incluso la sensación de estar ante lo sublime, en dado caso, pero no se atisba lo siniestro, por más macabro que nos pueda parecer que al buscar una entrada en Wikipedia sobre un lugar fantástico, esta termine por hacer llegar esa fantasía a nuestro plano de realidad.

Rafael Llopis sigue con el término de Walter Scott, que escribió varias novelas góticas, para su libro Historia natural de los cuentos de miedo. Lo que busca Scott, y también Llopis, es “un agradable estremecimiento de terror sobrenatural”. Lo que debe causar un cuento de terror es, al menos, un estremecimiento, la inquietud (que en inglés funciona tan bien bajo el término “uncanny”). Otra vez, lo “unheimlich” hace su aparición. Aquello que es familiar, pero se comporta de manera distinta. Esto provoca en los personajes y en el lector un estremecimiento, miedo.

Para ello, Thomas Ligotti me parece útil, pues hace una división muy somera que pareciera ser sacada de La carne, la muerte y el diablo (1930), de Mario Praz, donde explica la existencia de dos tipos de autores: los luminosos y los oscuros. Qué duda cabe, tanto Julio Cortázar como Borges, Buzzatti o Calvino, pertenecen a la primera clasificación. Tenemos que recordar que este ensayo no busca el rigor académico, por lo que uso esta sencilla distinción al momento de entender, pragmáticamente, a los narradores de terror, los oscuros, de los fantásticos (de fantasy y demás), que serían luminosos. Estos elementos, por supuesto, también son propensos a mezclarse.

Por último, me parece que el terror, junto con lo que entiendo por terror latinoamericano, debe tener ciertos elementos que lo llevan, por lo menos, a una estética macabra: la sensación de una amenaza (ya sea social, como en el caso de Cadáver Exquisito (2017), de Agustina Bazterrica; sobrenatural, como en el cuento “El atanudos”, de Solange Rodríguez Pappe, o personificada, como en los personajes de la maestra y alumna, y viceversa, de la novela Mandíbula (2018), de Mónica Ojeda. Además de la amenaza, se debe sentir cierto malestar, ya sea debido a una situación ominosa o tétrica, derivada del lugar, o también de la situación social, como es el caso de la violencia. Esta molestia, que comparte elementos con la narrativa Noir, no busca resolverse, o desarrollarse a la manera de la búsqueda de un crimen, y sus causas. Esto es discutible, pues obras como las de Sandra Becerril tocan ambas narrativas sin problemas3.

Por último, haré énfasis en que lo explicado aquí pertenece a una categoría más abarcadora, que incluye tanto lo sobrenatural (el cuento de horror cósmico, el de fantasmas, los monstruos imposibles), como lo natural (asesinos, situaciones sociales sórdidas, monstruos políticos). Esto será clarificado en los siguientes párrafos.

 

El Terror, hacia Latinoamérica

El género de terror nace con la literatura llamada “gótica”. Lo gótico, coinciden los teóricos e historiadores más restrictivos, empieza con la publicación de El castillo de Otranto en 1765, y termina en 1820, con la publicación de Melmoth el errabundo, de Charles Robert Maturin, justo antes de la irrupción de Edgar Allan Poe y de la ghost story, y poco después de la magna obra de Mary Wollstonecraft Shelley, Frankenstein (1818).

En Estados Unidos surgieron autores que bebían del romanticismo alemán para exponer sus propios miedos a través de sus esferas de significado, su folklore y símbolos. El caso paradigmático es el de Poe, pues él centró la amenaza en el mismo corazón y la psique de sus personajes. Mediante elementos propios del género como los fantasmas o los monstruos, continuó la visión que Shelley había marcado, atormentando la mente de cada criatura para hacernos titubear al decidir si lo que ocurría pertenecía a una deformación de la realidad o a la mente enferma de algún aquejado.

Es bien sabido que, en 1816, en Villa Diodati, además de la creación de Frankenstein, también surgieron obras que retomaron a monstruos íconos del género, tal es el caso de los vampiros, con el relato del doctor Polidori, entonces secretario del infame Lord Byron. El vampiro (1819) tomó como modelo al enorme poeta inglés para retratar a la figura que todos conocemos: el aristocrático chupasangre.

La ghost story de la época victoriana permitió la aparición de autores como Joseph Sheridan Le Fanu, con sus historias de anticuario, además de la tremenda nouvelle, Carmilla (1872), que jugó ya con elementos de erotismo lésbico, tan poco frecuentes en la época. Lo mismo sucedió con la obra de Henry James, Otra vuelta de tuerca (1898), que aprovecha la ambigüedad de la psicología profunda de una institutriz y un par de niños casi abandonados.

El paso hacia Drácula (1897), de Bram Stoker, fue acompañado por autores cuyos intereses estaban ya cercanos a otros elementos que no pertenecían a los monstruos ni quimeras fantasmales. Aunque el mismo Stoker siguió publicando hasta las primeras décadas del XX, otros autores, que serían influencia directa de Lovecraft, ya pergeñaban sus contribuciones al género.

La viveza del terror es palpable a principios del siglo XX, con la aparición de las obras de M.P. Shiel, quien plantea en La nube púrpura (1901) un mundo donde la humanidad termina casi por extinguirse debido a un fenómeno extraño que es provocado por una expedición al Polo Norte. La influencia de obras como Las aventuras de Arthur Gordon Pym (1938), de Edgar Allan Poe, o La esfinge de las nieves (1897), de Julio Verne, es palpable, lo que llevará a Lovecraft a escribir su famosa novela En las Montañas de la Locura (1936).

Las influencias de Lovecraft permiten entender cómo se gestó el siguiente paso en el horror, que fue el horror cósmico, como terminó llamándose su estilo, derivado desde el pesimismo decadentista de Robert W. Chambers, en obras como El rey de amarillo (1895) o las novelas de William Hope Hodgson, quien no solo exploró los horrores tentaculares del mar.

La obra de Lovecraft aún es palpable en la literatura de terror, que no terminó en la obra de Stephen King, sino que recorrió un amplio camino a través de él, plasmando el conocido horror cósmico, donde el humano es apenas un grano en la playa galáctica, acosado por entidades que no parecen tener consciencia de la humanidad.

Antes del arribo de Stephen King con su novela Carrie (1974), una multitud de autores revirtieron lo hecho por Lovecraft para acercar el terror a un nivel más cercano, como es el caso de Richard Matheson o Shirley Jackson, hasta la construcción de atmósferas poéticas, como el caso de Ray Bradbury. La estela permitió la entrada a un mundo donde la paranoia de la Guerra Fría seguía en su apogeo, plasmada tanto en las obras de Frank de Felitta como en las de Ira Levin o el mismo William Peter Blatty.

Stephen King fue entonces reconocido como un maestro del género por su interés en el acercamiento del horror a la vida común, a los estratos de la clase media y baja americana; Carrie, la protagonista de su primera novela, es ya una adolescente preocupada por su propio cuerpo y sus cambios, también por sus relaciones personales. No a la manera de Jackson, cuya intimidad hogareña se puede palpar tanto en su obra como en la de El bebé de Rosemary (1967). La adolescencia, lo popular, el rock and roll, los bolos, las estaciones de radio, igual que los personajes infantiles y juveniles aparecieron como punto medular en la obra de King.

¿Y después? El horror de los 80 y 90, particularmente interesado en los slasher, en la vida de jovencitas virginales masacradas por asesinos, encontró cabida en el cine, hasta el arribo de voces tan divergentes como la de Clive Barker, o Poppy Z. Brite.

La literatura del género pareció, por momentos, estar encapsulada en elementos repetitivos. Novelas de Dean Koontz o de Peter Straub que parecían entablar lazos como la obra de King, sin alejarse demasiado de los mismos tópicos. Por supuesto, esto no podía quedarse así, a pesar de las voces que anunciaban la extinción de la literatura de terror. Tendrían que llegar los autores contemporáneos que ahora descubren el velo del horror de maneras tan divergentes como aparentemente similares a las de otras épocas, como el caso de los autores Laird Barron, Caitlín R. Kiernan, Gemma Files, John Langan, y demás. Y, por otro lado, la estela nihilista y filosófica creada por Thomas Ligotti, quien retomó lo lovecraftiano para volver a asentar las bases de un horror impersonal, centrado en el capitalismo, pero también en el horror de la existencia.

 

El Terror en Latinoamérica

Debido a la naturaleza de este ensayo, he decidido no exponer los antecedentes que, como puntales de un enorme edificio que recién parece sobresalir de la Ciudad Literaria, son revisitados, y a veces olvidados injustamente.

En Latinoamérica hay una cantidad de autoras que han sido desdeñadas, o no han sido tomadas en cuenta, a pesar de su interés por lo sobrenatural, por la amenaza o lo macabro, tal es el caso de Juana Manuela Gorriti (1818-1892), quien recientemente ha sido rescatada por la editorial Penguin. La literatura macabra de Gorriti conlleva una señal del interés de autoras que, si bien están ahí, no son tomadas como principales en la historia de la literatura extraña o macabra. Alejandra Pizarnik, María Luis Bombal o Silvina Ocampo, por nombrar tan solo a tres.

 

El horror contemporáneo

Hablar de terror en América Latina es explorar agujas muy brillantes perdidas en un pajar. La literatura de este género, se ha dicho ya, es una expresión de la literatura occidental. No podía existir un elemento terrorífico en ella hasta la llegada del Iluminismo y el Siglo de las Luces. La rebeldía, los sentimientos como fuerza motora de la expresión escrita, el interés por las historias que habían sido relegadas como meros cuentos infantiles, volvió a golpear en las mentes de escritores que atravesaron la noche de la psique, y encontraron ahí una forma de hablar de lo humano: a través de la sombra y la oscuridad.

Argentina, la nación de la dictadura (como bien lo podría ser México), además de su folklore, de su gastronomía y cultura, ha dado a tantos autores tanto de literatura mimética como de exploraciones imaginativas diversas. Si bien es cierto que mucho del terror se ha visto como una forma de entender lo sobrenatural, en Latinoamérica la situación tenía que ser distinta, debido a las situaciones sociales que la gente han vivido desde la creación misma de sus naciones.

Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) apuntaló la extrañeza por medio de narraciones que no habían sido leídas en la región durante varias décadas. El interés de la escritora, permitió jugar con elementos tan diversos como el de la maternidad negada, la asimilación grotesca del cuerpo y de sus necesidades, el miedo a la desaparición forzada, así como la irrupción de lo fantástico en un tono que divergía por completo de la luminosidad de un Cortázar o un Borges.

¿Dónde se encuentra el horror en una obra como la de Schweblin? Ciertamente no en monstruos típicos como los hombres lobo o los vampiros, sino en la consciencia de la desaparición posible, plausible, en medio de la nada, de una realidad tergiversada por la extrañeza. En Pájaros en la boca (2009), los relatos van explorando la violencia velada, también la manifestación de la sed por elementos extraños, que bien podrían significar muchas cosas o nada, tal es el caso del cuento que da título al libro, donde un hombre divorciado tiene que enfrentarse a la extraña conducta de su hija, quien se alimenta de pájaros vivos. El horror que al principio le provoca podría transformarse, después de todo, en aceptación.

En el cuento “Cabezas contra el asfalto”, Schweblin plantea la historia de un pintor que realiza obras con, como dice el título, cabezas estrelladas, con su consecuente explosión sanguínea. El interés de la obra se descubre en la extrañeza de la psicología de los personajes, quienes no parecen actuar de manera normal, como la chica del cuento “Pájaros en la boca”, o los hombres de “Irman”, que no establecen relaciones sino por medio de la violencia.

Si bien es cierto que la literatura de Schweblin no es cercana a los elementos tradicionales del terror, la psicología extraña, así como las situaciones, conllevan una psicología perversa y un extrañamiento kafkiano que hace de sus relatos algo desconcertantes.

Muchas de las historias de Schweblin entroncan con una tradición narrativa que poco a poco va consolidándose en Latinoamérica, en novelas como las de Diego Zúñiga, o en las de Selva Almada, quien escribe una novela a partir de elementos de no ficción, Chicas muertas (2014), una obra que abunda sobre varios feminicidios ocurridos en las tierras olvidadas de Argentina. El horror más tremebundo no es el de un pueblo que ha mutado a través de relaciones sexuales “infernales” con otras especies, sino la desaparición de niños, de chicas, de gente que sencillamente parece haber sido tragada por un pozo.

Este mismo elemento parece quedarse en la primera novela de Schweblin, Distancia de rescate (2014). En ella, la relación entre una madre y su hijo se torna siniestra, en medio de un páramo donde abundan los caballos, pero también los silencios, las estepas donde lo hay todo y nada a la vez. La extrañeza de esta novela se lleva a cabo a través del diálogo, así como de un narrador en tercera persona que expone lo que uno de los personajes hace en el mismo instante en que lo relata. En cierto momento de la novela se nos revela lo que significa esa “distancia de rescate”, provocando una incomodidad y una tristeza, cuyos significados hondos permean en el lector hasta hacerle entender que la intimidad se ha trastocado.

Schweblin parte desde la extrañeza para nombrar al mundo. Lo suyo no puede ser catalogado como literatura fantástica ni tampoco como terror a secas. Su obra da paso a una realidad mucho más profunda, donde existe un misterio que yace en un pozo profundo, donde la tristeza y la humanidad se pierden, donde lo normal termina por ser destrozado.

Agustina Bazterrica (Buenos Aires, 1974) es una escritora potente, tanto en sus cuentos como en sus novelas, incluyendo Matar a la niña (2014) y Cadáver exquisito (2017). La bonaerense debutó con una historia que bebe de la ironía y del sacrilegio, pues Matar a la niña es una historia irónica y alegórica, donde plantea dudas sobre la deidad, así como de las decisiones que conllevan actos de dudosa moral. La prosa de Bazterrica, sutil y por momentos descarnada, expresa una historia que recuerda a la novela inédita de Guadalupe Dueñas, Memorias de una espera, donde esa “espera” es la antesala a la otra vida.

En Cadáver exquisito asistimos a un mundo donde el dueño de una empresa de carnes trata de lidiar con sus responsabilidades al mismo tiempo que recibe un regalo exclusivo, una pieza de “carne viva”, una hembra de calidad Premium lista para ser devorada, vendida, consumida. El problema radica en que, en el mundo de Cadáver exquisito, los animales se han extinguido debido a un virus (y los que quedan son masacrados, por temor al contagio), y la única carne disponible es la de humano.

El horror, en apariencia, no es palpable en primer lugar, ya que la narración deriva en una situación propia de la ciencia ficción, donde el personaje principal comienza a dudar sobre la naturaleza de su mundo. ¿Qué clase de sociedad es aquella donde el gusto por la carne puede más que la empatía hacia otros seres humanos? Las piezas, el ganado, son convertidas en un género distinto, en una subespecie dedicada únicamente al consumo humano. Incluso, algunos de ellos han sido modificados genéticamente. Lo importante en el mundo de Cadáver exquisito es seguir manteniendo el statu-quo, la normalidad que no debe desaparecer, aunque se sacrifiquen otros valores, subvirtiendo la sociedad y sus guías.

Las metáforas de este tipo son explotadas no solo por Schweblin o Bazterrica, sino también por autoras como Fernanda García Lao (Mendoza, 1966), quien desde hace algún tiempo ha estado escribiendo obras donde la extrañeza y lo disparatado se unen junto al morbo, a esa alegoría perversa, como en el mundo del teatro y el cuerpo de la mujer, en La piel dura (2011) y particularmente en Nación vacuna (2017), que funciona como una compañera macabra de Cadáver exquisito, pues en el mundo planteado por García Lao, las mujeres parecen haber desaparecido en ciertos puntos de la geografía argentina, como la región de M. Por un momento, el lector incluso entiende que las mujeres tienen ciertas categorías, como en las “piezas cárnicas” de la novela de Bazterrica. Además, el juego de la reproducción, la sexualidad y la sensualidad morbosa, juegan un aspecto terrorífico en una distopía que recuerda a la guerra de las Malvinas. García Lao escribe piezas particulares donde los géneros se conjuntan en medio de la crítica social, para entablar discusiones sobre los roles de género (la maternidad, por ejemplo), la estructura social per se, además de manifestar los problemas alcanzados por el capitalismo y las formas políticas que lo contienen, que también sirven de espejo para retratar la realidad en toda su horrible extensión.

En la narrativa de Mariana Enríquez (nacida en 1973), la utilización de los elementos sobrenaturales es de suma importancia, aunque tampoco hace de lado la utilización de la alegoría y de la creación de situaciones más propias de las distopías.

El primer libro que llegó a los lectores latinoamericanos fue Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016) que desde la portada expresa un gusto por los tópicos de la literatura de terror, con una pintura de Aleksandra Waliszewska que muestra a una mujer loba. Los cuentos de este libro poseen características más cercanas a la larga tradición de la literatura macabra, desde la ghost story de un M. R. James, hasta el gótico de Shirley Jackson, quien parece ser una de las mayores influencias de la autora. “La casa de Adela”, por ejemplo, hunde sus raíces en Reloj de sol (1958), La maldición de Hill House (1959) o Siempre hemos vivido en el castillo (1962), todas novelas de la autora californiana. Sin embargo, las historias de Enríquez tienen un manifiesto interés por honrar a autores tan disímiles como Lovecraft o el mismo Stephen King, asimilando el terror en medio de una situación social particular, de carácter casi costumbrista.

Este libro no es el primero de la autora, pues Mariana Enríquez ya poseía varias novelas en su haber y otro libro de cuentos, además de una deliciosa crónica de sus paseos por cementerios famosos de diversos países, Alguien camina sobre tu tumba (2014)4. La solidez de su narrativa es palpable, lo mismo que su interés por temáticas sórdidas y por elementos propios del folklore reciente de la Argentina.

El cuento con el que abre Las cosas que perdimos en el fuego,El chico sucio”, funciona como una declaración de intenciones, pues muestra a un personaje femenino que vive en una vieja casona en medio de un barrio de mala fama, peligroso y sucio, plagado de prostitutas, drogadictos y sin techo. Llama la atención que la narradora-personaje no exprese su disgusto por vivir en una zona “caliente”, a pesar de que todos a su alrededor se quejan de lo mismo, “que cada vez está peor”, que “no se puede caminar sin que lo asalten a uno.”

La casa, situada en Avenida Constitución, en las profundidades de Buenos Aires, sirve como base para las idas y venidas de la narradora, quien encuentra a un chico, el hijo de una drogadicta que no posee nada más que una bolsa y drogas para su subsistencia. La chica se decide a cuidarlo por una noche, hasta que la realidad violenta de la ciudad hace su aparición.

Mariana Enríquez ha mencionado en diversas entrevistas su interés por los santos populares, por San La Muerte, el Gauchito Gil, La Telesita o el Quemadito. El Gauchito Gil es el santo privilegiado de “El chico sucio”; en el relato la narradora se lleva al niño, lo baña y le compra un helado, tan solo para encontrarse con la madre, quien la acusa de secuestradora y pervertida. El destino funesto del niño aparece poco después, en medio de los cultos que florecen en los rincones de Buenos Aires.

La utilización de santos, loas y otros espíritus nacionales, permite a Mariana Enríquez tejer una narrativa acusada de una prosa cuidada y certera al lado del habla de barrio en varios de sus personajes. La situación de pobreza golpea en cada momento a la sociedad argentina, ya sea mediante una calle que se va quedando sin sus habitantes originales, o mediante cultos que florecen en medio de la criminalidad.

En Las cosas que perdimos en el fuego aparecen fantasmas, como en “La casa de Adela” y en “Tela de araña”, junto con elementos que podrían encontrarse en el horror cósmico. Sin embargo, el cuentario posee un aura propia, señas de identidad que convierten a estos tópicos no en elementos tropicalizados, sino en herramientas que sirven para entretejer historias refrescantes, originales.

Nuestra parte de noche (2019), novela ganadora del prestigioso Premio Herralde de Novela, parece conjuntar todas las temáticas macabras y de crítica social que interesan a la bonaerense, desde los santos populares hasta la vida en medio de la dictadura, las desapariciones, las manifestaciones en apariencia anodinas, hasta la presencia de un mal casi encarnado. Nuestra parte de noche es una novela sobre la paternidad y la difícil vida de un niño solitario en medio de la Argentina de los 80 y 90, pero también es una construcción que explora la oscuridad, la luz negra de Dios, como un manifiesto místico sobre la misma noche.

Dolores Reyes, nacida también en Buenos Aires, en 1978, sigue una estela de denuncia similar. Y, como muchas de las narradoras aquí expuestas, es una feminista recalcitrante, cuya terquedad es notoria (y se agradece) en la prosa potente de su primera novela, Cometierra (Sigilo, 2019), donde se conjunta la habilidad de una chiquilla para atisbar dónde se encuentra alguien desaparecido (especialmente mujeres) por medio de la ingesta de tierra. La novela, a mitad mágica, a mitad Noir, expresa esta atmósfera melancólica que le permite hablar de las desapariciones forzadas, de los feminicidios.

Esta prosa dura y violenta, presente tanto en María Fernanda Ampuero, en Fernanda Melchor o Selva Almada, nos muestran una realidad cruda donde el machismo de algunos personajes hombres termina por acabar, casi siempre de manera ultraviolenta. Esto es así para mostrar una realidad mucho más terrible, donde esto no es un símbolo, sino apenas un atisbo de la tremenda verdad: el horror es lo que está allá afuera en la calle, y aquí adentro, en el corazón. Tan solo basta leer el cuento con el que arranca el libro de Ampuero, o el relato “Monstruos”, donde las niñas, aficionadas al cine de terror, se enfrentan a la monstruosidad más terrible. Ni qué decir de la tremenda y dolorosa Chicas muertas.

Uno de los casos que se unen a obras como Temporada de huracanes (2016) o Pelea de gallos (2018), es el de Ariana Harwicz, narradora Bonoarense, nacida en 1977, quien ya había cobrado fama por su novela Matate, amor (2012), que explorará la maternidad y la violencia. Sin embargo, ese camino parece desembocar en la muy oscura Degenerado (2019), donde aparece la voz a un pedófilo. El estilo de Harwicz permite que una personalidad de este tipo sea encausada con fines literarios. Harwicz consigue mostrar al lector un vistazo al interior del monstruo, en un ejercicio inimaginable, doloroso y cautivante a partes iguales.

La pregunta que surge es si esta literatura todavía es terror, horror de algún tipo. Es claro que la categoría calza muy bien con Mariana Enríquez, a pesar de que en ocasiones pareciera que estos elementos son más bien una herramienta para contar algo más cercano a la realidad justa, en una especie de naturalismo trastocado. ¿Es esto Noir, narraciones sin ficción, narrativa de la violencia? Al menos, podemos afirmar que la atmósfera oscura y el atisbo de lo terrible, permanece.

Cosa que va atemperándose en la obra de una narradora y poeta como la ecuatoriana Mónica Ojeda (Guayaquil, 1988), quien ha arribado a la República de las Letras Oscuras con un par de novelas que exploran la oscuridad de nuestras aficiones y terrores; tales son los casos de Nefando (2016) y Mandíbula (2018). La primera es, en lenguaje corriente, una idea de olla, y lo afirmo porque se presenta como un artefacto literario contado desde distintas voces, expresiones que ofrecen ámbitos distintos de personajes que se entretejen para relatar la existencia de un videojuego erigido en la Deep web, cuyo tema expone la experiencia espantosa de unos hermanos. La sencillez de la prosa, que contrasta con Mandíbula, y funciona para exacerbar la violencia presente de las relaciones humanas, del deseo y de la confesión como forma de éxtasis y autoreconocimiento.

Por otra parte, Mandíbula presenta una cercanía mayor con el terror más natural, pues desde el principio el lector se enfrenta a una adolescente que ha sido secuestrada por su maestra. Las razones de Miss Clara construirán una trama donde la perversidad parece hundirse en la psicología de sus personajes principales. Como extra, dentro de la novela se encuentra un ensayo sobre el “horror blanco”, que se desarrolla en la raíz blanquecina de lo que ella considera terrorífico: desde la ballena blanca de Melville hasta las tierras boreales de Poe en su novela de Gordon Pym.

Por otra parte, lo que ocurre con Las voladoras (Páginas de Espuma, 2020) me parece que exhibe un interés no solo del género de terror, o de lo fantástico (presente en los cuentos “Las voladoras”, “Caninos”, “Slasher” o “El mundo de arriba y el mundo de abajo”), sino por la construcción de los cuentos en sí, tratando de converger en algo que bien podría llamarse “Poento”.

Ahora bien, aquí tal vez deba estar en contra de la autora, pues no encuentro lo que ella ha llamado Gótico Andino, en pos de un encuentro con la geografía accidentada de los Andes y la oscuridad de los lugares y personajes del gótico. El gótico tropical5 es capaz de existir, como bien puede encontrarse en novelas como María (1867), de Jorge Isaacs, o en la fabulosa lucha de la naturaleza en La vorágine (1924), de José Eustasio Rivera6. Sin embargo, la prosa lírica de Ojeda, más la creación de cuentos donde la trama no es tan importante como la estructura y la posición de ciertas frases en ella, buscan con mayor fuerza la experimentación de sensaciones, de lo que se manifiesta en el yo lírico, tan propio de la poesía. Por supuesto, esto no demerita ni los logros formales de Ojeda ni el interés que puede encontrar el lector en narraciones macabras y violentas como “Slasher”, o en los elementos sincréticos y folklóricos del último relato, “El mundo de arriba y el mundo de abajo”, que emparenta con la visión mágica y ocultista, vista también en Mariana Enríquez, junto con una cosmovisión propia de su semiósfera.

Por otra parte, la narrativa de Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976), busca dentro de la rica tradición de lo fantástico y lo sobrenatural, es decir, de los fantasmas, de los monstruos, así como de otras narrativas no miméticas, una intimidad narrativa, una profundidad psicológica en sus personajes. A diferencia de Ojeda, quien presenta la violencia como un leitmotiv poderoso (y en su última obra la cosmovisión ecuatoriana y regional), Solange Rodríguez se adentra en los relatos de personajes que sufren desde dentro, sin aspavientos, pero que se enfrentan a lo indecible. Esto sucede en libros como La bondad de los extraños (Ediciones Antropófago, 2014) y el más reciente La primera vez que vi un fantasma (Candaya, 2018).

Si bien los relatos persiguen el fantástico en ocasiones, como en el caso de “Pequeñas mujercitas” o en “La primera vez que vi un fantasma”, el desarrollo de lo perverso dentro de una psique lastimada, al más puro estilo Poe, se nota en uno de los primeros relatos, “Paladar”, donde una pareja constituida por un norteamericano y una latina se enfrenta a un tour gastronómico, muy folklórico y peculiar, podría decirse que hasta extremo, donde la naturaleza de su relación quedará a flote. Aquí, la atmósfera, esta vez muy gótica, se entremete en los rincones de una Lima nocturna y salvaje, de tradiciones apenas entendidas por un hombre desparpajado, por una mujer dolida. Lo que pase con la comida será una incógnita que quizá nunca llegue a revelarse. Por otra parte, la aparición de un monstruo en “El atanudos”, perfecta para entrar en una rama del horror folklórico, nos adentra en la posibilidad muy clásica de encontrar el horror al mudarse de casa. Como en la tragedia, este horror se halla al vislumbrar lo prohibido, al encaminarse hacia un lugar que no debía explorarse. El castigo por atisbar el secreto siempre será bastante alto.

Lo he mencionado en otras ocasiones, pero un monstruo propio como el “atanudos”, que a pesar de su aparente localidad, es una creación original de la autora, merece un lugar en todos los bestiarios de literatura de terror y fantástica. Se nota que el horror es importante para la narrativa de Solange. Tan solo hay que percibir el recurso narrativo que parece tanto en “El atanudos” como en “La historia incómoda que nos contó Olivia el día de su cumpleaños”: esto es el relato contado en círculo, a semejanza de una hoguera, el cuento que aparece venido de un pasado ignoto, pero que nos toca a la menor provocación.

Como detalle curioso, en el libro se incluyen dos relatos de ciencia ficción bastante aterradores: uno donde el mundo es achicharrado por el sol, y una mujer ha decidido casarse con un árbol, mientras su hermana trata de construir su mundo a través de un divertimento donde observa a hombres dormidos por internet. El segundo, “Confeti en el cielo”, es un relato más breve donde se atisba el fin del mundo, con una desesperanza tal que la hace sentir al lector. Lo único que queda es la blancura, el amor de una mascota, los libros, la creencia de que nada ha sido en vano.

En esta misma corriente cercana a la ciencia ficción, se erige un libro de cuentos extraños, poco usual en la narrativa latinoamericana, incluso de género, que es Nuestro mundo muerto (Almadía, 2016), de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981), una narradora con apenas un par de libros en su haber, pero que muestra un talante inquieto y certero, con tonalidades propias de la Bolivia profunda, así como de una tradición heredada por autores del terror, el weird y la ciencia ficción. El libro abre con “El ojo”, que de cierta manera recuerda a Carrie (1974), del afamado Stephen King, pues muestra la relación entre una madre controladora y su hija. Este relato es tan certero como inquietante, y presenta un abanico de narraciones que fluctúan entre el horror más mesiánico, como el caso de “Alfredito”, hasta la ciencia ficción más dura, como es el caso de “Nuestro mundo muerto”.

Paraguay no es solo la frontera del Mato Grosso, del Parque Nacional del Gran Chaco, de la ciudad de Corrientes. Es más que un río o un país sin salida al mar, y Mónica Bustos (Asunción, 1984) así lo demuestra en Novela B (Suma de Letras, 2013), pues en su novela es una exploración donde permean narraciones tan disímiles como la aparición de un hombre lobo, los vampiros, o los avistamientos extraterrestres, se vive un homenaje casi imposible, pues en sus poco más de doscientas páginas, el verdadero amor por la parte más popular del género se hace presente. Las historias de la novela parecieran descubrir un hilo tenue, pero cargado de referencias a leyendas urbanas, folklore y mucha cultura pop, ya que se apropia satisfactoriamente del uso de las narrativas del cine de serie B (de ahí el título).

La narrativa boliviana, poco conocida en nuestro país, se distingue así por una narradora de fortaleza, originalidad y prosa certera, que apuntala, junto con Giovanna Rivero (Montero, 1972), una narrativa oscura y siniestra, también luminosa e inquietante. El caso de Rivero es menos conocido, pero en su obra aparece una novela que parte desde la relación familiar y la historia de crecimiento, en una especie de bildungsroman (novela de aprendizaje) con elementos de realismo mágico, para manifestar una narrativa distinta y propositiva, como 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya, 2014). Además, Para comerte mejor (Sudaquia, 2015) es un libro de cuentos que expresa una cercanía temática muy parecida a la de Colanzi, con una utilización de elementos folklóricos, así como otros tantos sin una clasificación exacta. La oscuridad propia de los cuentos de hadas permea en la realización de una obra que se siente como un conjunto, un entramado de historias que convergen en una prosa hermosa, con cadencias oscuras y luminosas a partes iguales.

Dentro de esta continuidad narrativa, mencionaré a un grupo de autoras que merecen la pena, tanto por la amplitud y ambición de sus obras, como por la utilización de elementos siniestros y extraños que terminan en obras de particular belleza. Daína Chaviano (La Habana, 1957) es una escritora que ha sido comparada con Angélica Gorodischer o Liliana Bodoc, autoras paradigmáticas en los géneros de la Fantasía y la Ciencia Ficción. Una trilogía suya, que abarca la historia de La Habana, así como descripciones geográficas de la misma ciudad, es la de La Habana Oculta, cuyo ambiente gótico la acerca a autoras que esconden las temáticas de la crítica y de la hilaridad de las situaciones sociales de un país como Cuba, mediante elementos oscuros. Es también el caso de un libro como El abrevadero de los dinosaurios (Huso, 2005). Sin embargo, el caso de Extraños testimonios (Huso, 2017)7 es uno de los más interesantes, pues conjunta una serie de cuentos escritos en diferentes etapas de la autora, donde se juega con elementos diversos de la tradición de la literatura de terror, desde vampiros hasta fantasmas. Quizá el más elaborado, y que recuerda a “El parásito”, de Conan Doyle, es “Ciudad de oscuro rostro”.

Esta diversidad en cuanto a relatos, que conjuntan manifestaciones de la literatura de terror clásica, pero actualizada, se encuentra en obras como No vayas a playa muerte (Editorial Autores de Argentina, 2019), de la bonaerense Victoria Marañón Rodríguez (1984), una autora independiente que trabaja temáticas clásicas como la brujería o el vampirismo. Por otra parte, la aproximación de Denise Phé Funchal (Guatemala, 1977) es mucho más versátil, en su excelente libro Buenas costumbres (F&G, 2011) donde se retratan historias extrañas, y perturbadoras. El terror se esconde a través de los rostros de la gente más común. Sin embargo, algunos de sus relatos más surrealistas, la acercan a aproximaciones como las de Mónica Ojeda8.

Michelle Roche Rodríguez (Caracas, 1979) es una escritora venezolana que ha presentado una novela, Malasangre (Anagrama, 2020), donde el vampirismo está en primera fila, aunque en realidad sea un pretexto para hablar del salvajismo de la sociedad de aquel país en los años veinte (e incluso ahora), además de la historia inquietante de Venezuela, similar a la de todos los países que conforman este continente. La aproximación al vampirismo la realiza de una manera sutil, casi anecdótica, para después entablar un diálogo sobre la historia de la región y la moral.

La historia, aunque pierde fuerza conforme avanza, y se resuelve en unas cuantas páginas, juega con el vampirismo para hablar de lo mismo que hablaba Drácula, del deseo femenino visto desde el escrúpulo de la moral imperante, del miedo cerval que los hombres le tienen a una mujer liberada. De una manera más apegada a las reglas del horror y de lo gótico, principalmente, Adriana Díaz Enciso (Guadalajara, 1964), publicó en 2001 La sed (Ediciones Colibrí, 2001), un homenaje claro a la novela de vampiros, especialmente a la de tipo victoriana, recargada, sin la ligereza de Le Fanu ni la originalidad de Stoker. En cambio, lo suyo se acerca a la novela de vampiros de Anne Rice, sin que toque las venas discursivas más modernas de la obra.

Por otra parte, Díaz Enciso prefiere sumergirse en La sed (Secretaría de Cultura de Puebla, 2001) en una marcada imitación de la novela de terror del XIX. Esta decisión también la toma Marina Yuszczuk (Quilmes, 1984), en La sed (Blatt & Ríos, 2020), novela con la que comparte nombre, que es una obra donde se retrata la fiebre amarilla en el Buenos Aires del XIX. Pareciera que, junto con Michelle Roche Rodríguez, la idea del vampirismo, encarnada en personajes femeninos escritos por mujeres, se convierte en una veta de búsqueda para estas narrativas oscuras9.

 

El Terror en México

El caso mexicano no tendría por qué diferir de lo visto hasta ahora en las narrativas, a veces experimentales, de decenas de autoras que en estas últimas décadas han utilizado los elementos del género, o se han adentrado en él, para hablarnos de sus propias preocupaciones, tesis, ideas y obsesiones. En México, a pesar de la tradición oral y el imaginario que conllevan las leyendas, además de celebraciones como el Día de Muertos, las obras terroríficas no han sido tantas como cabría esperar.

Como colosales cimientos se encuentran las voces de Amparo Dávila, Guadalupe Dueñas, Inés Arredondo, Adela Fernández o Beatriz Álvarez Klein. Si se explora con detenimiento, se encontrará a una plétora de autores, desde la Revolución, o antes, que han trabajado temáticas oscuras, de Rafael Delgado a Bernardo Couto Castillo. Sin embargo, la literatura de terror pareciera no haber existido, de no ser por el triunvirato más o menos famoso de Dávila-Dueñas-Tario, que se ha mantenido a través de las décadas como una fuente de inspiración tanto para escritores independientes como comerciales.

La actual explosión de literaturas macabras ha conllevado a observar la obra de Lola Ancira (Querétaro, 1987), quien, con El vals de los monstruos (FETA, 2018) presenta una narrativa salvaje llena de un terror natural donde asesinos y personas enfermas destripan sus psiques oscuras y violentas10. En sus cuentos, Ancira explora la violencia y los personajes sórdidos, desde el principio, con “En el Oriente se encendió esta guerra”, hasta la perversidad de “Tres lunares” y “Monos”. Eso no le impide que construya un relato melancólico y bellísimo como “Satélites”11.

Atenea Cruz (Durango, 1984) escribe de la violencia y la melancolía; lo hace en dos sendos libros, una novela Ecos (FETA, 2017) y Corazones negros (Editorial An Alfa Beta, 2019). En el primero, el aire espectral de un fantasma se hace presente bajo la mirada de un personaje masculino, tan solo para viajar en el tiempo, hacia el pasado, y explorar la melancolía, la ira y la tristeza de todo aquello que pudo ser. Sorprende la oscuridad que la autora le imprime a la contraparte del hombre, a su esposa,  una mujer berrinchuda, contradictoria y aun así conmovedora. En sus relatos, además de relucir la ternura y la soledad, también surgen apariciones salvajes bajo el manto de la violencia y la naturaleza errada del mundo.

En este tenor, pero de manera más acompasada, Bibiana Camacho (Ciudad de México, 1974) escribe relatos cargados de una sonoridad, de una melancolía tal que rompen el corazón, incluso cuando sus aproximaciones son mucho más oscuras como “El videojuego”, “¿Qué estás soñando?”, “La bella durmiente” o “La casa de campo”. Estos relatos pertenecen a Jaulas vacías (Almadía, 2019). En su novela Lobo (Almadía, 2017), la idea de un poblado donde los lobos se han extinguido, pero vuelven a ser avistados, se conjunta con la presencia de una joven investigadora que lucha para hacer crecer su carrera en la academia. La oscuridad se tergiversará con la amargura de la mujer que vive en ese pueblo apartado, Lobo, y la violencia tanto del capitalismo como de aquellos que vienen a arrebatar lo poco que les queda a los del pueblo.

Violeta García (Ciudad de México, 1984), opta por un dueto en sus libros Siniestro (2019) y Pabellón Psiquiátrico (2020), pues desde una perspectiva gótica, entabla la perversión de personajes que habitan enormes casas erigidas por su imaginación, hospitales que viven en sus cabezas, carreteras sin fin, logrando desde la profundidad de la mente un devenir errático y siniestro, que es palpable en sus narraciones cargadas de violencia contenida. En un camino que también explora el gótico, desde lo fantástico y desde la violencia, la obra de Magdalena López (Ciudad de México, 1992), retoma el sueño y lo fantasmal en Insomnes (La tinta del silencio, 2020). El cuerpo es para ella, una presencia amenazante, sangrienta, cercana a las propuestas del slasher, como en “Autoexploración”, homenaje al más puro cine de terror ochentero.

Es complicado separar el thriller o lo Noir del terror, pues en muchas ocasiones se conjunta, como es el caso de las narraciones de Iris García Cuevas (Acapulco, 1977) con su libro Ojos que no ven, corazón desierto (FETA, 2009), o Sandra Becerril (Ciudad de México, 1980). Esta última posee varias novelas pertenecientes a los géneros más duros de la literatura de terror, como el de los fantasmas, las casas encantadas y el sub-género de las maldiciones intergeneracionales, como en el caso de Desde tu infierno (Libros Empleados, 2016), recientemente llevado al cine con guion de la misma autora.

 

Conclusiones

Abundando en tantas propuestas como estilos que abordan de una u otra manera las temáticas macabras, oscuras o de terror, me pregunto si existirá alguna conclusión a la que llegar respecto al estilo que está creciendo en Latinoamérica. Para empezar, quisiera decir que no es homogéneo, pero parece, en su mayor parte, tender hacia una experimentación, no siempre formal, de este tipo de reglas y temas, para así entablar una conversación que no solo actualice las distintas temáticas o monstruos, sino que las lleve a hablar con las diferentes circunstancias con que cada autora se presenta y se pelea.

Esto es no únicamente su tradición regional. En su mayoría, las autoras no se identifican con una cultura únicamente latinoamericana ni mucho menos con el Boom. El caso argentino es paradigmático, pues contiene ya decenas de autoras y autores que siguen los caminos de la extrañeza, el terror y los temas de la violencia. Es así también en el caso mexicano. Así que, si bien no existe una particularidad de lo “latinoamericano”, se puede notar un impulso narrativo particular, que conlleva la recreación de ciertas semiósferas, así como de tradiciones no necesariamente nacionales, que exploran los ámbitos del propio país, el territorio geográfico sino también personal, sexual, de género (no hablo del terror o del horror).

La literatura escrita por mujeres parece tener un impulso que, por suerte, no parece querer apagarse en muchísimos años (tal vez nunca, y lo celebro). Además, la valoración del género de terror conlleva a una exploración más íntima y peculiar de los miedos, de todo aquello que nos hace ser humanos, y que nos toca de manera particular, entablando un diálogo profundo con la misma literatura.

El terror en Latinoamérica es un centenar de autoras más, es la región, es la jungla y las montañas, es la violencia machista y es la respuesta también de escritoras que, ciñéndose en las temáticas de la oscuridad, buscan un resplandor prosístico y formal que lleven al lector a la experimentación de aquello que entrevía Burke: el horror y el asombro.

 

 


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).


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Autores
Ilustrador y narrador gráfico, nacido en la ciudad de México. Estudió diseño y comunicación visual en la ENAP. Ha recibido varios reconocimientos por su trabajo, como: Seleccionado en la beca de Jóvenes Creadores del FONCA, periodo 2012-2013 y 2017-2018 en la categoría de narrativa gráfica, Primer lugar en el 20º Catálogo de Ilustradores de la FILIJ, mención honorífica en el 16º catálogo de ilustradores de FILIJ, seleccionado en 18º Spectrum: The Best in Contemporary Fantastic Art, seleccionado en el Catálogo Expose 11 de Ballistic Publishing. Zezolla, su primer álbum ilustrado fue seleccionado para representar a México en la Bienal de Bratislava y es parte de la lista de honor de IBBY en la categoría de mejor propuesta de ilustración en 2015. Instagram: @richzela