Tierra Adentro
Foto tomada de Flickr.

Me enamoré perdidamente de su mano izquierda. Ya sé, ya sé, pero… ¡la derecha era tan distinta!, del estilo de las recatadas. Izquierda era una fiera. El día que nos conocimos, la miré embolsándose un puño de dulces mientras la cajera se distraía con el cabello de Amanda. En el estacionamiento del supermercado se me apareció de nuevo y me acerqué de prisa. Le pedí que me dejara ayudarla con el mandado. Ella aceptó ofreciéndome las bolsas que cargaba con la diestra e intercambiamos teléfonos.

Amanda comenzó a fragmentarse luego del divorcio de sus padres. Tenía alrededor de trece años. El acuerdo fue pasar los fines de semana con Manuel y el resto con Catalina, lo que provocó que oscilara entre desayunar crepas en casa de su papá, desvelarse y dormir toda la tarde; al huevo con nopales de su madre, prohibido ver la tele más de una hora y “a las nueve de la noche te quiero en cama con la luz apagada”.

¡Cómo adoraba, Derecha, las visitas a Catalina! Su momento favorito era la hora del rosario, donde acompañaba la dulce y maquinal voz de Amanda con el frotar silencioso de las cuentas de madera. Entretanto, Izquierda se cerraba en puño sobre su regazo, negándose a colaborar con la señora que odió desde que tuvo memoria. No le perdonaba haberla azotado cuando Amanda era niña y acorde con su naturaleza, escribía, señalaba o recortaba con Izquierda, signo inconfundible de la presencia del diablo a ojos de su mamá.

Por otro lado, en ningún lugar se sentía tan a gusto Izquierda como en casa de Manuel, pues el padre de Amanda también era zurdo, y no escatimaba en materiales para que ella hiciera los dibujos que tanto adoraba. Lápices para claroscuro, de acabado metálico, de colores, acuareleables, carboncillo y plumones: todo estaba a disposición de Izquierda, que se movía en el lienzo como una artista del patinaje, dejando en ridículo a la mano contraria, cuyos trazos parecían garabatos infantiles comparados con los suyos.

A Derecha todavía le quedaba el consuelo de portar los relucientes anillos que Catalina regalaba a su hija en cada cumpleaños, siempre que no le hubiera faltado al respeto y saludara a las visitas con la mano adecuada.

El resultado fue la caótica Amanda que conocí, una los sábados por la noche y otra distinta los domingos por la mañana. Es más, cuando daban comienzo las cenas familiares, podía escuchársele defender que el fin natural de la mujer es el sagrado matrimonio, tener hijos y llevar una vida decorosa, y a la hora del postre criticar los cánones machistas que se imponen desde la infancia, calificando de retrógrada la pretensión de traer hijos al mundo. Los comensales no apartaban la mirada de sus platos y solo abrían la boca para zamparse un trozo de cheesecake.

Luego de nuestro primer encuentro, llamé a Amanda y la invité a Barrio Alegre. Al principio no decía mucho, pero al calor del alcohol Izquierda se hizo presente. Fue ella quien se alzó en el aire para pedir otra ronda de cervezas, la misma que me condujo hasta el baño de hombres, me tomó del mentón y comenzó a besarme. Fue Izquierda quién acarició mis mejillas y bajó tanteándome el abdomen hasta posarse sobre mi entrepierna. A la semana le pedí que fuéramos novios y Amanda, entusiasmada, aceptó.

Para ser feliz me bastaba contemplarla mientras leía, simulando peinar las páginas con el cariño que peina la espuma a las olas del mar. En ocasiones, cuando Derecha no se oponía y Amanda se quedaba a dormir, yo me pasaba toda la noche mirando soñar a Izquierda, fascinado por sus leves espasmos, y sentía que por fin había vencido el temor a morir.

Sin embargo, Amanda ocasionalmente se levantaba de humor derecho, y para muestra están las misas dominicales. ¡Con qué espontaneidad ―me acuerdo―, con qué gusto la acompañé cuando empezábamos a salir! Acabada la ceremonia pasábamos invariablemente cerca del mendigo (siempre hay uno afuera de las iglesias), que nos ofrecía las manos vacías y grasientas. En ese momento, Amanda me señalaba cualquier detalle del paisaje: el empedrado, la casa victoriana de enfrente, sus tejas ¿verde albahaca o verde esmeralda?, la cúpula con campana o el cielo gris. Mientras le digo que sí, que ya vi qué bonita la torre blanca de marfil, la diestra pone con suavidad un par de monedas de cobre sobre las palmas del mendigo, asegurándose de rozar disimuladamente las yemas de sus dedos, provocando que Amanda entorne los ojos y se estremezca, segura de que ni yo ni su mano izquierda nos enterábamos de lo que hacía con la derecha.

En ese perpetuo vaivén estuvimos once meses, hasta que ocurrió el acabose en la fiesta de Laura. Ya desde el camino, orquestamos una sinfonía de ideas que se antojaba estival (eran planes a largo plazo). En el asiento trasero del taxi, Izquierda jugaba con los caireles de Amanda, mientras Derecha me tomaba con ternura sobre el regazo cubierto de falda beige.

Durante la fiesta subimos de intensidad, intercambiando miradas burlonas, mordiéndonos los labios mientras los otros hablaban.

Por medio de un acuerdo silente, jugamos a desconocernos. Le pregunté si tenía novio y me dijo que no importaba. Me jaló al cuarto de Laura mientras se quitaba el sostén y de un empujón me hizo caer sobre un territorio suave y desconocido.

Mirándonos con ternura, entrecruzando las manos, arremetimos frenéticamente el uno contra el otro, luego suave, luego frenéticamente otra vez. Y así estuvimos jadeando, palpándonos, ensayando todas las posiciones que el ardor febril nos concedió y muriendo en cada contacto profundo. Los dedos de Izquierda en mi boca: imposible olvidar el sabor de sus dedos de luna.

En algún punto alguien tocó la puerta violentamente. Supimos de inmediato que se trataba de Laura y nos apuramos en salir, con la sonrisa que ponen los novios que acaban de darse el “sí” por primera vez. Pedimos un taxi.

Nadie sabe en qué estadística estará al minuto siguiente. Esa noche nos tocó ser uno de los ciento treinta y nueve mil percances viales que ocurren diario en el mundo. El otro, que venía alcoholizado, se brincó uno de los seis semáforos que hay de la casa de Laura a la mía. Impactó en el costado izquierdo, lugar de Amanda en ese momento. Al sentirlo venir, su instinto la obligó a protegerse el rostro con la siniestra y la diestra en puño sobre el pecho, como apretando al corazón. Se sumió la puerta y el vidrio de Amanda voló en mil pedazos, dejándola tapizada de esquirlas.

El susto duró lo que tenía que durar, pero el diagnóstico de Izquierda no fue favorable. La fiera mano que amé cayó en un estado de lasitud y estupor del que no volvería. Amanda interpretó el accidente como una señal que confirmaba las ideas de su madre. “Si no hubiéramos andado tan noche en la calle”, decía sentenciosamente. A partir de entonces, se volvió taciturna y mesurada, alegre como siempre, pero mesurada. Me tomó un par de semanas comprender que aquella noche Amanda fue por última vez su lado izquierdo, cuya forma más viva, la mano ahora lánguida, se ofuscaba en su propia tumba de carne.

La última noche que pasamos juntos me soñé bailando con Izquierda, que flotaba delicadamente. Abrí los ojos y miré la mano que no dormía, pero tampoco estaba despierta. Daba la impresión de ser un mero instrumento de Amanda, empalmada con Derecha, sosteniendo su rostro durmiente. Entonces, me acerqué y le di un beso, me levanté de la cama, me vestí sin hacer mucho ruido, y no volví a buscarla jamás.

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