Tierra Adentro
Foto por Carlos Vargas
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“¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. “¿Le leemos las cartas?”, insiste. Está sentada sobre un banquito sucio de madera. Con los dedos débiles, decorados de uñas largas, la anciana sostiene un tenedor desechable que usa para llevar el arroz rojo a su boca. “¿Le leemos las cartas?”, pregunta. Luego hace una pausa para comer. Su rostro delgado tiene los ojos apagados. Lleva puesto un suéter negro para doblegar al frío. Este día no tiene nada más que el banquito de madera y el utensilio de plástico. Ayer, lo mismo. Antier, lo mismo. Y así, vulnerable y enferma de diabetes, sobrevivió a una pandemia global.

Adriana no tuvo fiebre, tos seca o cansancio. Tampoco le dolió la cabeza ni sintió malestar en la garganta. ¿Pérdida del olfato? Para nada. ¿Conjuntivitis? Menos. ¿Alguna dificultad para respirar? Mucho menos. En resumen: no presentó ningún síntoma de COVID-19. Nunca se hizo la prueba y nunca resultó positiva. Su caso no aparece en los listados de la Universidad Johns Hopkins o de la Secretaría de Salud federal. Adriana no enfermó. Sobrevivió a la pandemia. Lo hizo por necesidad y escepticismo. Lo hizo aferrada a la idea de que todo era una mentira.

La Jornada Nacional de Sana Distancia inició en México el 23 de marzo de 2020 y concluyó 10 semanas después, en el anochecer de mayo. Luego vino un mes de Semáforo Rojo en la Ciudad de México. Durante todo ese tiempo Adriana estuvo en la calle, sentada en el banquito sucio de madera, ofreciendo lectura de cartas o pidiendo dádivas a desconocidos. Se le pudo ver afuera del Metro Chilpancingo o junto a la estatua de Tin Tan en la periferia de la Glorieta de los Insurgentes.

Foto por Carlos Vargas

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A Adriana la conocí el 26 de abril de 2020. “Joven, ¿me podría dar su hora?”, me preguntó. Eran casi las tres de la tarde de ese domingo. Entre los dos había unos cuatro metros de distancia, entonces opté por levantar la voz para que me escuchara. “Son las dos y cincuenta y tantos”, le dije. Luego me acerqué a preguntarle quién era. La mujer no reaccionó bien al cuestionamiento al principio. Dijo que era común que a los metiches les terminaran rompiendo la madre. Apretó los dientes, levantó las cejas. Se mostró molesta. Pero luego terminó hablando de un gran amor que tuvo y hasta de su padre, un hombre muy rico que tenía negocios en lo que hoy es la Zona Rosa de la Ciudad de México.

Ese domingo era silencioso. El coma inducido en la Ciudad de México llevaba más de un mes. Nueva York ya se había convertido en el epicentro de la pandemia. Los países europeos mantenían las fronteras cerradas para evitar la propagación del COVID-19. La capacidad hospitalaria se reducía y comenzaba a haber brotes de hambre alrededor del planeta. Y Adriana, más vulnerable por su avanzada edad y por la comorbilidad que la aflige, no se movía del banquito. Y así pasaron decenas de días y noches. Y así fue como sobrevivió a la epidemia que, hasta mediados de septiembre, ha cobrado más de 900 mil vidas y ha enfermado a casi 30 millones de personas en el mundo.

Foto por Carlos Vargas

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DIANA

 

Es el domingo 2 de agosto de 2020. El calor de abril se borró con las lluvias y las bajas temperaturas del último tramo del año. “¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. Habla en plural porque a un costado está sentada Diana, su hija. Si alguna persona acepta conocer su futuro, es Diana quien saca de una mochila rosa el mazo de naipes. Luego busca una superficie en la que ella y el cliente puedan verse frente a frente. Elige las escaleras de un 7-Eleven. Barajea las cartas siete veces”, dice Diana. “Barajea pensando en tus temas”, agrega. Después pide lanzar una frase sobre las cartas rojas: “por mí, por mi casa y lo que deseo saber”.

“En este año vas a tener una pareja muy importante y puede ser que te quieras casar o te quieras juntar”, dice Diana. Mientras tanto, Adriana continúa invitando a los peatones de la calle Génova a la lectura. Ninguna de las dos usa cubrebocas. No lo hacen en agosto y tampoco lo hicieron en abril. No usan gel antibacterial ni se preocupan por la sana distancia. El lavado de manos es imposible al estar trabajando en la calle. Y la verdad no es algo que les robe el sueño. Acá el hambre es la que deben apagar.

“Hay un hombre moreno que te va a ayudar, te ofrecerá trabajo”, dice Diana. En sus manos tiene el segundo bloque de cartas rojas. Decinueve minutos dura el proceso. Al cliente le dice que vienen viajes, amor, dinero y empleo. 250 pesos es el precio de conocer el futuro, asegura ella; 500 si alguien quiere saber un poco más. “En las cartas te ves muy joven. Se ve la fuerza. Una salud buena, estable”, describe Diana. Frente a ella, Adriana lleva el tenedor de plástico a su boca otra vez.

“¿Cómo está tu mamá de salud?”, le pregunto a Diana. “A veces no le da hambre. Siempre enojona”, contesta. Luego asegura que la diabetes está controlada.  “Siempre le regalan chocolates, pero yo le digo que no se lo tome porque se va a pudrir. Trato de darle café o té, pero no la dejo que tome dulces”, cuenta. Luego dice que su problema es que no comen frutas ni verduras. Parece que evade el tema de la pandemia, y es que en sus descripciones y adivinaciones nunca evoca el contexto que le pasa caminando frente a sus ojos. Tal vez es sólo que no la preocupa. Sin embargo, el cuestionamiento me parece necesario y decido lanzarlo:

 

– ¿Cómo les fue con la pandemia?

 

Diana, de 48 años de edad, termina de guardar los naipes en la mochila rosa y contesta segura:

 

– Eso no existe, Carlos. Eso no existe, no es verdad.

Foto por Carlos Vargas

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EL DÍA NO SÉ QUÉ

 

Diana dice que aprendió a leer las cartas desde que estaba en el vientre de Adriana. A su madre la cataloga como una bruja de las buenas, de las que ayudan a hacer el bien. Dice que no sólo leen las cartas, también realizan rituales. Dice que la vida es tan difícil que ya hasta alopecia le causó. Luego habla del amor que tiene por los perros y los gatos callejeros, y busca con la mirada uno de sus felinos entre las jardineras para presentarlo, pero no tiene suerte. Y luego escucha la insistente pregunta que le he hecho minutos atrás:

 

–¿De verdad no crees en el virus?

 

–No existe. Es una estrategia de guerra. El cubrebocas enferma a la gente. Hay gente que se ahoga con el cubrebocas, hay gente a la que le puede dar un ataque cardiaco con el cubrebocas. Hay gente a la que se le pueden hacer hongos.

 

En sus palabras se nota un discurso creado por las historias que ha escuchado durante los meses recientes. ¿Está convencida? A veces la vida te obliga a convencerte de algo. Y te convence porque no hay opción para creer en otra cosa. ¿De qué le serviría a ella temerle al SARS-CoV-2?, me pregunto. De nada. Si decidiera quedarse en su casa, ¿cómo reunirían dinero ella y su madre para comer?, me respondo.

 

“¿Le leemos las cartas?”, pregunta Adriana. La noche comienza a devorarse la luz en la periferia de la Glorieta de los Insurgentes. “¿Le leemos las cartas?”, cuestiona otra vez. Los desconocidos, hoy aún más por el cubrebocas y las caretas, siguen de largo. Es el día no sé qué de la semana, no sé cuál de la epidemia. En México el virus sigue activo por la incredulidad de algunos y por la necesidad de la mayoría. Es el día no sé qué de la semana, no sé cuál de la pandemia y Adriana sigue allá afuera. Sobrevive. Igual que Diana. Igual que millones. Y lo hace con cuatro palabras: “¿Le leemos las cartas?”.

 

 

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Fotografía cortesía de la autora
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