Sé que has estado triste, quizá incluso lo estés ahorita.
¿Lo estás?
Ven, deja te doy un abrazo.
Cuando estoy bajoneado me gusta hacer muchas cosas: escribir, escuchar música o jugar videojuegos.
¿Alguna vez te ha pasado que estando chale escuchas música más chale y curiosamente te sientes bien? Esto se llama catarsis.
Según Aristóteles, la catarsis es la facultad de la tragedia de redimir al espectador.
Te preguntarás: ¿qué tiene que ver Aristóteles con los videojuegos?
Pues wacha, ah, no, aguanta, te preparé una playlist, por si quieres escucharla mientras estás aquí:
Ahora sí, ¿a qué íbamos?
Nirvana: el constante renacimiento
Un elemento muy extendido en los videojuegos es la muerte; tu personaje (tú) vale(s) quiote una y otra vez hasta que le agarras la onda a los controles y mecánicas.
Recuerdo pasarme horas intentando matar a los jefes de Dark Souls; en este juego, en un momento estás bien Agustín de Iturbide, pasando por un puente, hay una vista bien chida, ay, qué bonito páj…¡Zaz!, una madresota te cae encima, mientras la pantalla se oscurece y aparecen en rojo las letras “You Died”, alcanzas a ver que lo que te aplastó es un Demonio de Tauro, uno de los primeros jefes (que después se volverá un enemigo común), resucitas en la hoguera, vuelves otra vez al puente, esquivas al Demonio, le das dos que tres madrazos, ahora sí, te la va a… ¡ay, no!, de un ataque especial con su martillo ya te bajó toda la vida.
Esto no solo pasa con los jefes, el entorno es un escenario vivo en el que tienes que aprender a sobrevivir, en un descuido hasta el minion más débil puede darte en la torre; no llevo la cuenta de cuántas veces vi esa pantalla de derrota: “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, “You Died”, y, aún así, ahí estaba, chingándole hora tras hora frente al Nintendo, como le dice mi abuelita; porque cada vez que lo intentaba otra vez, tenía más herramientas, para, en algún momento, rifármela.
La satisfacción de vencer es lo que hace a Dark Souls tan gratificante, no importa cuántas veces mueras, el fruto de tu esfuerzo está esperándote al final del camino; esa espada mágica que tanto querías, oro, pociones, armadura, o hasta el simple gusto de disfrutar un atardecer virtual desde el puente donde le partiste su máuser a ese hijo de su ay qué horror.
Según el budismo, los seres vivos pasamos por un ciclo de renacimientos y sufrimiento (Duhkha), este dolor es necesario para aprender y seguir avanzando a través de la existencia.
Para esta doctrina, la liberación del Duhkha llega con el Nirvana, el cual, además de ser un grupo noventero de grunge, es un estado de liberación e iluminación alcanzada mediante la meditación y el autoconocimiento; casi como cuando terminamos un videojuego.
Deja que duela
Está bien estar triste, desesperadx, enojadx, etc.
Los sentimientos no son malos, es normal sentir, ¿de qué otra manera podríamos disfrutar los buenos momentos si no hay un contraste? Lo peligroso es quedarse hundidx en el sufrimiento, y para evitar esto, tienes que conocer tu dolor, no lo evites, hazle cara, dile qué onda, cómo ha estado, siéntelo, es tuyo, eres tú.
En los videojuegos la frustración es normal, hay cientos de videos de gente gritándole a la pantalla, como video del niño alemán enojado que voy a poner aquí porque me dio mucha risa asjajkajs.
Sin embargo, si no perdemos partidas, si no sufrimos con el juego, no aprenderíamos del mundo en el que se desarrolla, y de nosotros como jugadores/personajes. Y la victoria final no sería tan gratificante como suele serlo
No estás solx
Y, si el dolor/juego es demasiado fuerte/difícil para ti, siempre existirán aquellos que te ofrezcan una mano.
Me mama World of Warcraft, un MMORPG en el que interactúas con otros jugadores para hacer misiones, mazmorras, comerciar, etc.
En una etapa muy chale de mi mente, me gustaba conectarme casi todo el día a WoW. Un día, a punto de entrar a una mazmorra, me puse a platicar con uno de los miembros del grupo: Xdraven (saludos, donde quiera que esté el compita, buena onda el wey), quien había pasado por algo similar a lo que yo sentía. Después de un largo coto salí de la mazmorra con nuevos ánimos y consejos para lidiar con el duhkha, aka ese pinche embrollo mental que a veces no deja en paz.
Si alguna vez te sientes solx con tu dolor, consume arte, lee, escucha música, juega videojuegos; haz catarsis, y, si en tu viaje de vida te pasas por Azeroth, Hyrule, Minecraft o cualquier otro mundo en código binario, recuerda que puedes encontrar amigos con quiénes luchar en las aventuras que se vienen.
Hablar de una tradición tan nutricia como la poesía hecha por mujeres latinoamericanas, sin duda es embarcarse hacia una historia lo suficientemente fuerte, palpitante y embriagadora como para comprender cómo hasta el día de hoy, donde la emergencia nos hace resguardarnos y esperar —como el resto— que esto termine, la violencia sigue depredando los miles de cuerpos que forman una dolorosa cartografía latinoamericana. Toda la región es una fosa, y la violencia siempre encuentra su forma de hacerse visible, de dejar un vacío: una silueta en las fotos familiares, en los relatos de las amigas, una hendidura que una y otra vez nos recuerda que el dolor ante la perdida, de alguna forma, nos une. Es un fluido que recorre desde el sur hasta la frontera norte, uno que se hace río pero que no deslava la voz, por el contrario, a ésta la vuelve potente, se resignifica desde el enclaustro hasta blandirse con el grito y la digna rabia de quien debe preservar la memoria de aquellas a quiénes les han arrebatado la vida. Las mujeres no parten. Ya sabemos que nos matan, silencian, ese otro cuerpo colmado de violencia: el heteropatriarcado tensa —a veces hasta romper— toda clase de hilos que tejemos para sostenernos, sea en forma de relaciones, en forma de libro, en relatos que a veces se salvan y se transmiten, otros se van con los cabellos y el cuajo donde ha quedado impresa la imagen de su perpetrador.
Las mujeres nos escribimos y narramos en primera persona las tensiones que históricamente se ligan a nuestro género. Todos los ciclos y de repente en el siglo XX se hace irreemplazable el momento de exponer el cuerpo, de hacerlo nuestro de manera colectiva, para que todo el mundo vea cómo nos apropiamos de nuestra mirada y nos hacemos sujetas históricas. La tradición es vasta, se engrosa a cada momento con los encuentros de aquellas quiénes quedaron ocultas. Con seguridad, el proceso de escribirse sostiene todo aquello que queda invisible e insonoro ante la gran masa, ante el agobio de las condiciones que anulan la vida una y otra vez. Dice Diana del Ángel que “volver a la poesía es también volver a la vida” y en nuestro país el cuerpo femenino se inscribe ya desde su propia complejidad en poetas como Rosario Castellanos, Dolores Castro, Margarita Michelena o Enriqueta Ochoa; cada una de ellas sostienen las coordenadas precisas para comenzar a rastrear el inicio de la palabra contemporánea, un sonido que lleva generaciones sosteniendo un largo conversatorio sobre la experiencia no de ser mujer, sino de la herida que se hace cuerpo mediante el ritmo y la escritura.
Es difícil explicar si ese río que corre por la hendidura honda e infinita va de sur a norte o de norte a sur, pero pensemos que viene desde el sur, que su caudal se aloja entre las cordilleras, que el sonido del agua se hace intenso porque está compuesto también de coros cuyos cuerpos fueron suprimidos. Como en el caso de las voces acalladas durante las dictaduras al sur de nuestra región, del constante acoso y devastación indígena y de las continuas luchas en Centroamérica. Pensar en la poesía latinoamericana escrita por mujeres irremediable es pensar en la historia de la violencia, como lo expone Sandra Ivette González: “Pensar en el análisis de la configuración de la violencia en la poesía escrita por mujeres dentro de los países en dictadura, específicamente en Chile y Argentina, implica pensar en la historia de la violencia contra las mujeres. Y a la vez pensar en la construcción, representación y estigmatización de los cuerpos de las mujeres. (González, 2020:23)”.
Si lo analizamos detenidamente, la escritura hecha por mujeres se compone de dos elementos que dialogan —discuten incluso— en torno a la complejidad, no de ser mujer, sino de nombrarse como tal en un contexto que se niega todavía a mirarnos, a dejarnos vivir. Estos dos elementos: cuerpo y escritura suponen universos donde la experiencia deviene rasgadura, herida, hendidura por donde la voz se abre paso, siempre a contracorriente. Es la escritura aquello que da una casa, una sombra a la cual asirse ante el inclemente sol que no trae sino una sequía donde no se ven sino los restos de quiénes nos muestran el mapa yermo. Por eso la escritura como un acto siempre móvil, se compone del constante movimiento de la corporalidad; quienes escriben no lo hacen desde la contemplación vana, sino desde el ir y venir, con el viento quebrado corriendo allende la llama poética, para romper el silencio, como ya lo sentía Dolores Castro en el siguiente fragmento de “Cantar”, que corresponde a su poemario Cantares de Vela de 1960:
[A CABEZADAS ROMPO ESTE SILENCIO]
A cabezadas rompo este silencio.
Rumia tinieblas
mi boca terca.
Porque terca es la luz que rompe,
el agua que rompe
mis ojos arrasados,
donde la oscuridad
levanta y quiebra.
A cabezadas rompo este silencio
como la gota terca
de cabeza contra la roca
donde la sombra ahonda
cada vez con más fuerza.
A cabezadas rompo este silencio
porque terca es la sed.
Y yo, bajo la tempestad,
estoy sedienta.
Es la sed lo que acrecienta el río, no de venganza —puede leerse o percibirse de esa forma, pero no lo es todo—, sino de los años sin ser nombradas, de los innumerables tratados, investigaciones y peroratas de quienes han escrito la historia, la fábula heteropatriarcal. Joanna Russ en su libro Cómo acabar con la escritura de mujeres, advierte que, a lo largo de la historia, la experiencia masculina siempre se ha considerado más interesante, mientras que la femenina es menos representativa, visión que puede —lo hace— distorsionar la lectura de una obra. “La experiencia femenina no solo se considera menos amplia, menos representativa, menos importante, que la experiencia masculina, sino que incluso el contenido de las obras puede distorsionarse según se piense que el autor es de un sexo o de otro.” (Russ, 2018:84) Pero ¿qué conspiran estas mujeres? ¿Será que apenas un siglo de estar en pie y no les alcanza? ¿Por qué leer mujeres? ¿Qué les ocurre cuando escriben? No es gratuito que además del cuerpo, pensemos en el agua como ese elemento vital que nos une y nos constituye biológica y poéticamente. La sal, el agua y aquello que la tiñe se unen a esa fuerza que ha sido capaz de romper las fronteras, más allá de que compartamos una lengua, compartimos esos fluidos, como se observa en el siguiente fragmento de la entrada del diario de Alejandra Pizarnik, del 1 de agosto de 1962:
Por instantes un grito ronco de alguien a quien estrangulan. Por instantes un ruido de mil uñas detrás de las paredes (quién quiere salir, quiénes están amurallados en mi casa). Por instantes sonidos de agua cayendo en desorden, de agua hirviendo, de agua lejana, de agua imbebible. Oh mi sed. Mi sed hecha de mi vida. Mi sed que me representa, que vive en mi lugar. No me abandones. No sé lo que digo pero no me abandones. (Pizarnik, 2014: 541)
Lo que le ocurre más allá de desplegar la experiencia corporal es situarse en realidad mediante su deseo. Para Hélène Cixous el motivo de poner el cuerpo se proponía mediante la respuesta del gozo. ¿Qué es goce femenino, dónde tiene lugar, cómo se inscribe a nivel de su cuerpo, de su inconsciente? Y, ¿cómo se escribe? (Cixous, 1995: 41) En medio de las reflexiones sobre cómo se escribe ese goce se sostiene del hartazgo que el silencio ha producido en las escritoras latinoamericanas. Este cuerpo silente de pronto se expone, grita y se retuerce para dejar de ser una carne, se acuerpa. Definitivamente, hablarlo de esta forma corresponde a una manera de hacer política, ese universo femenino tan bien delineado por Rosario Castellanos se modifica desde el momento en que ella y todas lo describen, hacen suya la experiencia de tener una conciencia política —al nombrarse socialmente— y una estética que rompe con aquellos elementos que tradicionalmente sostenían lo femenino, como lo era la pasividad e incluso el amor violento. Por ello podemos hablar de que al encuerparse se habla definitivamente de una resistencia —el agua que rompe—, y que necesariamente transgrede, como lo expone Sandra Ivette González:
La expresión “poner el cuerpo” adquiere otro sentido cuando hablamos de cuerpo de mujeres embutidos de significados tradicionalmente femeninos: pasividad, quietud, no violentos, poner el cuerpo implica entonces interrumpir los discursos tradicionales, encarnar otras formas de ser mujer […]Los periodos dictatoriales fueron épocas de violencia extrema contra los cuerpos, como parte de una apuesta por des-carenar, por anular personas, por hacer desaparecer. Las mujeres, con siglos de historia de represión sobre sus cuerpos, encarnaron la resistencia, la transgresión y la transformación; pusieron el cuerpo en las calles y articularon formas de pensar el cuerpo ausente. (González, 2020: 100)
Hablarlo tras procesos de violencia, no sólo implica pensar a la poesía poéticamente, sino el cómo el cuerpo se vuelve además de colectivo una experiencia que puede ser contada por diversas voces, pero cuya matriz será siempre la misma, porque necesariamente estas experiencias nos atraviesan, no de la manera artificial como cualquiera puede afectarse frente a la muerte, sino porque al abrirse la experiencia, cada una la resignificamos en nuestra piel, la región se vuelve cuerpo-territorio uno donde lo mismo se reconoce el goce, pero también el miedo al exterminio. Es ahí donde se abre igualmente el reconocimiento de los privilegios y en términos feministas de una organización por y para las mujeres que sostenga el cúmulo de voces representados contemporáneamente en la cuerpa.
Frente a la siniestra tradición de la violencia, del silenciamiento, exterminio y la denuncia de las poetas latinoamericanas contemporáneas, se plantea como una exploración de adentro hacia afuera, mirarse las marcas, la cicatriz infinita y denunciarla, hacerla propia, sin que nadie más se atreva nuevamente a enuniciarla, a veces con cadencia, a veces con rabia, como ocurre en el siguiente fragmento de “Piedras preciosas”, de la poeta argentina Valeria Tentoni:
Tenía todavía más piedras
¡Eran tantas!
Y me vengué con ellas de cosas que no podían
moverse
que no podían tocarme,
me vengué con toda furia con toda justicia
de noche, de mañana,
me defendí vengándome,
de nada que me atacara
me vengué sin dirección.
(Tentoni, 2018)
Todos los caminos de la escritura llevan al cuerpo, —como bien lo ha analizado Brenda Ríos en Raras—pero ciertamente la poesía latinoamericana no sólo vibra de la cuerpa, sino que se pregunta lo que le ocurre, lo que es, incluso aquello que olvidamos, como la infancia o la sensación de la muerte que se inscribe desde los primeros años en que ya se establece una conexión con la cuerpa y necesariamente con su ocaso. En poetas como Elisa Díaz Castelo este hilo se da de manera natural, la vida da también lugar a la muerte, es una relación que no puede ser separada, pero ciertamente debe de resignificarse para sí:
Me sucedió de niña. Ahora soy años después. La muerte
ha crecido conmigo. En mis huesos se expande
con su médula de humo. La tengo zurcida
al envés de mi vestido. Ya que morí de niña,
no sé tomarme el pulso ni mirar mi soslayo al espejo.
(Díaz, 2020: 17)
El deseo poético, ha dado una multiplicidad de voces como Diana del Ángel y Zel Cabrera, quienes han restituido mediante la voz que se abre desde la infancia una manera de contar esa violencia y, la pregunta de cómo ese río ha de descubrir la memoria de todas las corporalidades, las silenciadas por la dictadura y las guerrillas. Cada cuerpo se ha unido mediante su memoria rescatada —como en el caso de Ana María Ponce y las miles de mujeres privadas de su vida en los centros de tortura de Argentina, Chile y Uruguay—, sea mediante las formas contemporáneas de hacer poesía y resonar el río, el agua de una cuerpa que ha podido derrumbar fronteras y volvernos al leerlas, una marea y territorialidad capaz de crear nuevas cartografías, otras lecturas. Como lo advierte la poeta cubana Martha Luisa Hernández Cadenas, “Lo que el cuerpo sabe permanece latente. /No abandona al cuerpo, / lo que el cuerpo ha vivido desde antes de ser.” Son todas esas memorias, también las de la violencia, las que han desencadenado esa fuerza, cicatriz profunda que a cada tanto nos recuerda no volver al silencio.
Bibliografía
Cixous, Hélene, La risa de la Medusa, ensayos sobre la escritura, Anthropos, Universidad de Puerto Rico, Barcelona, 1995.
Díaz, Castelo, Elisa, El reino de lo no lineal, FCE, INABAL, ICA, México, 2020.
Del Ángel, Diana, Cuerpos centelleantes, La corporalidad poética en la obra de Rosario Castellanos, Margarita Michelena y Enriqueta Ochoa, (Tesis doctoral) Posgrado en Letras, FFYL, UNAM, 2019.
González Ruiz, Sandra Ivette, Cuerpo, violencia y transgresión: constelaciones de mujeres que escribieron poesía durante las dictaduras en Chile y Argentina (Tesis doctoral) Doctorado en Estudios Latinoamericanos, FFYL, UNAM, 2020.
y nos tapamos las orejas con las manos y abrimos la boca.
Se oye una explosión.
Agota Kristof
La habitación es espaciosa y las cortinas están cerradas. Los niños entran. Son dos. Es difícil verlos. La mujer viene detrás con la maleta, enciende la luz y pregunta:
—¿Esto es todo lo que han traído?
Los niños asienten.
—¿No hay otra maleta?
—No, solo esta —responde uno.
El otro dice:
—Compartimos todo.
La mujer suspira, abre la maleta, echa un vistazo: calcetines, cepillos de dientes, camisetas. Lo suficiente para pasar varios días. Zapatos de piel, suéteres, la ropa hecha bola. Patines de cuero también. Pasados de moda. Y una cuerda para saltar. Al fondo alcanza a ver una fotografía enmarcada. De inmediato siente curiosidad. Extiende la mano para sacarla, pero uno de los chicos se lo impide:
—¿Qué es esto? —pregunta señalando las sábanas.
—Son cohetes —responde ella—. Y robots.
Pero los niños parecen no entender. La miran confundidos. Y la mujer se da cuenta: les ha hablado en un idioma que desconocen. Pronto olvidó que los niños hablan ruso. Está cansada. Le cuesta concentrarse. Cierra la maleta y toma aire.
—¿Tienes hambre, Mikhail?, pregunta dirigiéndose a uno.
El otro responde:
—Mikhail soy yo.
Y se señala con el dedo.
—Él es Nikolái —continúa.
Ella gira la cabeza entre uno y otro. Concluye:
—¿Tiene hambre alguno de los dos?
Los gemelos asienten.
El desayuno espera sobre la mesa. La mujer lo ha preparado para darles la bienvenida. Los niños se sientan uno frente a otro. Miran las frutas y el pan tostado. Las cucharas reposan brillantes junto a los frascos de yogurt. Todo en orden. Ella espera, por supuesto, que coman. Porque lucen pálidos. Y débiles. Nikolái estira la mano hacia el tenedor, pero Mikhail se levanta de la silla y se aproxima a él. Le arrebata el tenedor. Aparta el plato.
—No comemos —informa a la mujer—, no comemos.
Acerca los labios al oído del gemelo. Le habla muy despacio.
Nikolái asiente, abre bien los ojos, se deja convencer.
—Queremos saber de dónde viene la fruta —dice.
—Del jardín de atrás —responde la mujer—, de mis árboles el durazno. Y lo demás del supermercado.
—¿Y esto de dónde viene?
—¿El yogurt? También del supermercado.
Nikolái olfatea el vasito.
—Nos lo han prohibido —sentencia—, el yogurt y la leche.
—No si es en pequeñas cantidades —revira ella—. Aquí no está contaminado
—Compruébalo —reta Mikhail, que ha vuelto a su silla y se mantiene erguido.
La mujer debe hacer entonces una demostración. Toma su yogurt y lo come. Dos grandes cucharadas.
—¿Ven? Aquí está limpio.
Se lame los dedos.
Los niños la miran como se mira a un animal salvaje, o a un extraterrestre. Mezclan el miedo con la curiosidad.
—Comeremos el pan tostado —finaliza Mikhail en nombre de los dos.
Y luego, después de comer el yogurt y el pan:
—Gracias por recibirnos aquí.
Felicidades, dice el instructivo, durante las próximas semanas usted alojará a uno o dos de los niños inscritos en nuestro programa de hospedaje. Agradecemos su interés y le damos algunas recomendaciones, a fin de que los niños se sientan como en su propia casa. Que respiren aire fresco, lee ella. Que tomen abundante sol. La piel de los niños es sensible y, si planea dar un paseo, le sugerimos aplicarles bloqueador solar. Le invitamos a que, durante la estancia, realice una visita al médico y otra al odontólogo, porque los niños vienen de familias que no pueden permitirse los cuidados más básicos. Al finalizar su estancia, serán devueltos por nuestro personal a sus países de origen. Si lo desea, haga un regalo sencillo entonces. Un buen ejemplo: las aspirinas, los medicamentos de venta libre. Otro ejemplo: el dinero en efectivo. Dólares americanos de preferencia. Si planea dar un incentivo económico, cosa los billetes al reverso de alguna prenda, para evitar pérdidas y para que los padres o abuelos puedan encontrarlos con facilidad. El instructivo dice también: no se desanime si durante los primeros días los niños no se adaptan al espacio de alojamiento. Les cuesta dar muestras de afecto, presentan cambios de humor, su silencio puede prolongarse.
Ella aparta el instructivo y mira las fotos anexas. Primero fotos individuales, acompañadas de información: Mikhail, 113 cm de estatura, 47 kilos de peso. Nikolái tiene la misma estatura, pero pesa un kilo más. Enseguida una foto de los dos. Los niños recién han cumplido los nueve y tienen el pelo del color de la paja. En la foto, Nikolái está un poco encorvado, pero Mikhail mira desafiante al objetivo. El fondo es la pared descascarada de una escuela, la lección de matemáticas sin borrar, las letras del alfabeto cirílico trazadas con tiza. Gemelos, se anotó al pie. La mujer pasa los dedos sobre el papel luminoso. Idénticos, lee en voz baja. Huérfanos, articula, a cargo de la abuela. Huérfanos, repite.
Y entonces se recrimina: ¿cómo se le ocurrió darles yogurt si es peligroso, si sus estómagos no están acostumbrados?
En la reunión previa, mientras esperaba su llegada, había escuchado las advertencias de otros padres anfitriones: el nuestro no quiso probar ni el queso, para ellos son comunes las prohibiciones; la mía era enfermiza y vomitaba cada noche por los nervios, decía que nunca se imaginó estar tan lejos de su casa; el mío, dijo un hombre, desconfiaba de los medicamentos que el doctor le había prescrito. Y cuéntanos, preguntaron después, ¿ya sabes a quién vas a hospedar? La mujer no respondió al principio, pero después dijo: dos hermanos, gemelos. ¿Cuándo llegan?, preguntó alguien. La próxima semana, respondió ella. Y esperó ansiosa.
Está en la cocina. Han pasado dos días desde su llegada. No puedo diferenciarlos, se dice. Acomoda las conservas. La mermelada primero, la cúrcuma y la pimienta después. Anota lo que es necesario comprar en el supermercado: pasta dental, lentejas, papel higiénico, algún juguete para los niños. Borra lo último. Nada de juguetes, piensa, pero, los necesitan tanto. Sus patines de madera lucen anticuados sobre la alfombra de la habitación. Camina a la ventana, se frota las manos, los mira explorar el jardín. Dice para sí:
—Nikolái corre hacia el columpio. Mikhail se acuesta boca abajo y extiende las manos. ¿O es Mikhail el que corre y Nikolái quien se acuesta?
Sebastián los habría identificado de inmediato. Él es bueno para estas cosas, piensa ella, pero tenía que pilotear a Francia y dejarme cuando le dije que vendrían. Él había instalado el columpio con un neumático en la rama del árbol y le había deseado buena suerte. Ella había escuchado con los audífonos algunas lecciones de sus clases de ruso a distancia, innecesarias, por supuesto, había aprendido el idioma hacía mucho tiempo. Repitió entonces las sílabas: mo-lo-kó, leche, la palabra prohibida; s-tra-na, país, muy bien, se felicitaba; ras-to-ia-ni-ye, distancia, esa la he dicho mal. Vigila a los niños otra vez y en cuanto se percata de que no miran hacia la casa, corre a la habitación y realiza una segunda inspección del equipaje. Hurga en los bolsillos pequeños de las maletas, en los pantalones, introduce la mano al interior de los patines; algo personal habrán guardado, un papel, un pañuelo. No encuentra nada. Estos niños, concluye, no tienen secretos.
La mujer tiene una profunda necesidad de conocerlos. Sólo estarán dos semanas juntos. El sudor comienza a resbalarle por las sienes. La desconfianza se instala en su interior. Para calmarse desliza uno de los patines sobre el suelo. Lo hace trazar una curva sobre la alfombra. Lo que necesitas saber sobre ellos está en el jardín, pronuncia. Sí, está en el jardín. Y allá va. Cierra las cortinas y va a prisa, hacia el jardín trasero, lleno de árboles frutales, de huertos.
Toma un par de caramelos de un bote de la cocina –tercer estante, junto al arroz– y sale. Los niños lo sueltan todo con caramelos, piensa. Es preciso hacerse la pregunta: ¿qué necesitas saber de ellos?
—¿Te gusta el columpio? —grita desde la puerta.
S-ving, s-ving, esa palabra la había aprendido particularmente, porque el columpio había sido puesto –ahí y así– para ellos.
El niño baja del neúmatico, ¿quién es, Mikhail o Nikolái? Ni siquiera por la ropa podría diferenciarlos. Uno podría tener puestos los pantalones del otro, luego podrían cambiarse los suéteres cuando ella no viera, cuando se descuidara y diera la vuelta.
Sí, podrían jugar a los trucos.
Ella, sin embargo, tiene algo.
—¿Caramelos?
Se ofrecen en sus manos. Como oro, brilla el papel metálico que los envuelve. Los niños se acercan rápidos, atraídos por el magnetismo del color.
—¿Son caramelos de verdad? —pregunta uno.
—Desde luego.
Mueve los dedos, como la bruja embustera de los cuentos, para agitar el brillo.
—Anda, Nikolái, toma los que quieras.
Así es tan fácil. Así sabrá rápido quién es quién por ahora.
Nikolái toma un dulce con la mano temblorosa. Una brisa de aire pasa y le agita el cabello.
—Anda, toma más —anima ella.
Nikolái toma más. Tres o cuatro. Mikhail otros. Los reparten en cantidades iguales, pero cuando Nikolái desenvuelve uno, Mikhail vuelve a imponerse. Se acerca de nuevo al oído del hermano. Con que sí tienen secretos.
—Ah, sí —dice Nikolái asombrado—. Son para el tesoro.
—Oh, ¿están jugando al tesoro? Muy bien, que sean para el tesoro.
Y corren detrás del árbol. Con sus piernas ágiles, cortas, llegan ahí donde ella ya no puede ver y la posición de sus cuerpos indica que colocan los dulces en la tierra.
Hay que cambiar de estrategia, siempre cambiar de estrategia.
—¡Creo que vamos a salir! Por las chamarras, anden, vamos.
Ella da un último vistazo al jardín. Detrás del árbol, le parece ver un brillo al que no puede acceder.
—¿Qué quieren ser cuando crezcan?
—Profesor de lengua —dice Mikhail, seguro de sí.
—¿Y tú?
—Yo quiero… astronauta.
La mujer conduce a velocidad moderada. Los niños se mantienen firmes en el asiento trasero.
—¿Hacia dónde queda el norte? —pregunta el primero.
—¿El norte? ¿Para qué quieres saber eso?
Los niños observan la ciudad por la ventanilla. Los árboles y puentes, las viejas casas.
—No lo sé…
Quedan atrás letreros gigantes que anuncian productos, semáforos.
—Es tan grande —se asombra Nikolái—. En el pueblo puedes ir de un lado a otro en un ratito. Y regresar.
—Lo imagino.
Ella busca un lugar para estacionarse. Después toma el carrito del supermercado y se asegura de que los chicos vayan junto. Una ráfaga de aire acondicionado los recibe y las puertas eléctricas se deslizan. Mikhail las observa con curiosidad.
—Había como estas en el aeropuerto.
Los niños entrecierran los ojos por la intensidad de la luz. Hay lámparas encima y debajo artículos etiquetados. Con el precio está ordenada la abundancia de frutas, envases. A ella le da placer ese orden. Pero algo ocurre pronto que lo interrumpe. En el pasillo de las cajas de cereal, las personas observan con curiosidad la imagen: una mujer que llena el carrito de las compras junto a dos niños idénticos, blancos como el queso, pálidos, con suéteres roídos, ojeras. Y los hombres cargan en hombros a sus críos. Las mujeres los alejan de los gemelos, los rodean con sus cochecitos, como si algo malo ocurriera con ellos o irradiaran una fuerza, un halo, un campo a su alrededor. Pero qué malo puede estar pasando, piensa ella, los van a asustar. Luego tiene que concentrarse en decir ko-rob-ka, caja, paquete, paket, caja, sí, shokolad, chocolate, cereal, zernovoy. Y darles a elegir. Ellos no entienden qué quiere ella. Mikhail señala con desinterés el cereal de chocolate, con los ojos bien abiertos. Lo mismo con las mermeladas, los sabores son muy extraños para ellos. Son exóticos. Preferimos la de la abuela, sí, expresan, la mermelada casera. Pero la abuela está tan lejos, habría que cruzar el océano para verla, vaya, cuánta desconsideración. Ella elige, piensa que ya hará una mermelada en casa con las frutas del jardín trasero y les gustará. No desconfiarán.
La abundancia marea. Había leído ella en las historias que hace años, cerca de donde venían los niños, todo crecía. Las patatas, las coles. Las vacas daban leche abundante. Las bayas se repartían entre los árboles y luego nadie podía comer nada. Nadie podía tomar nada porque todo estaba contaminado y tenía que ser inspeccionado por la máquina medidora de curios. Pero aquí está limpio, piensa, y los refrigeradores lo mantienen fresco. Nikolái extiende las manos frente a uno para sentir el aire gélido y recordar el invierno de casa, los pequeños tejados, un trenecito en la nieve.
—Extrañamos a la abuela.
Ya tan pronto, la nostalgia de casa.
—Lo sé —consuela ella—, pero pronto estarán de vuelta y podrán contarle historias, llevarle obsequios y…
Ahí están los juguetes. La mujer se alerta. Hay que tomar mejor la dirección de la carne o los artículos de higiene. Demasiado tarde. Los gemelos ya han corrido a ver autopistas, aviones miniatura.
—Una vez Vladimir llevó uno de estos a la escuela, ¿te acuerdas?
—Me acuerdo —dice Nikolái— y luego lo echó a volar en el bosque y se atoró en las ramas.
Ríen. Ella pasea la mirada entre las cajas y busca los patines. El tamaño adecuado, ¿cuál será? Su mano había entrado en los de ellos al realizar la inspección. Elige unos patines de color azul brillante, segura de que les gustarán. Levanta dos cajas. Se dispone a ponerlas en el carrito y entonces, Mikhail protesta. Algo ha hecho mal. Ha entrado en territorio indebido. Zona de exclusión.
Mikhail:
—No queremos.
Nikolái:
—No queremos. Nos gustan nuestros patines.
—Los compartimos. Compartimos todo.
No hay más. Esa fue una derrota. Ella devuelve los paquetes al estante.
—¿Volvemos a casa?
Sostiene firme el cochecito metálico, la electrifica.
Todo se basa en la habilidad de la observación. Con las horas, con los días, en momentos precisos, aprende a diferenciarlos. Un pequeño movimiento de los brazos, la forma de respirar, alguna inflexión de la voz. Nikolái es así y Mikhail de otra manera. No podrán confundirla esta vez. Desecha los carteles que quería colgarles al cuello, con sus nombres, como en los primeros días de clase. El color de su tez cambia conforme comen. Abundantes comidas y abundantes horas de sol, decía el instructivo. Pero por más que intente, algunos rincones de la casa permanecen oscuros. Los pasillos. Quién sabe qué podría haber por los pasillos. Por eso es necesario el orden. Y conforme pasa el tiempo, ellos se apropian de la casa. Hay lugares que a ella ya le parecen inaccesibles. El tesoro, ese rincón del jardín al que no se acerca, ¿qué se lo impide? En los jardines de la zona contaminada, lo sabía, lo había leído tantas veces, sobre la hierba, la radiación brillaba como los caramelos, azul, blanca, como un polvo. No puede cruzar más allá de los huertos de zanahoria y apenas puede acercarse al columpio, pero ellos se montan en él y con sus pequeñas manos acumulan objetos detrás del tronco: ¿qué habrán sustraído? ¿Qué cosas habrán averiguado ya de ella? Menos de lo que ella ha averiguado sobre ellos, desde luego. No han aceptado los patines, pero atiborran sus estómagos con pan de dulce y agua. Lo que ella necesita no es una historia, sino la historia. No saberla turba. Por eso se había ofrecido como anfitriona, para tener una particular, una suya.
¿De dónde habría venido la abuela? ¿Cuándo habían nacido estos niños y dónde y cómo? ¿Quién los había criado? ¿Quién recortaba sus cabellos? Es la tarde. Jueves. Mikhail escucha música con los audífonos puestos, echado sobre la alfombra. Nikolái utiliza crayones para trazar y rellenar huecos en los dibujos de un libro. Las páginas muestran seres mitológicos y ciudades inexistentes. Ella enciende todas las lámparas posibles. Hay que mantener el hogar iluminado para que algo no aceche. De dónde proviene ese miedo no sabe, pero el rostro de Nikolái se mira en exceso iluminado bajo la luz y sus ojos verdes se concentran en los colores de cera.
—Este árbol se parece al que está en casa de la vecina —dice.
O sobre un planisferio:
—Nos enseñaron en la escuela que íbamos a viajar desde aquí hasta acá.
Una línea roja se aparece, trasatlántica. El programa para niños irradiados ha sido tan generoso en traérselos. Niños de las zonas contaminadas al continente americano. Y es cierto, sí. Han venido a parar aquí. A pasar sus vacaciones.
—¿Y dónde está tu casa?
—Oh, mi casa —duda Nikolái.
¿Será que no quiere revelarlo o no sabe?
—No lo sé.
¿No debería saberlo ella? El niño titubea.
—Mikhail —llama—. Mikhail —más alto.
El otro se retira despacio los audífonos.
—¿Qué quieres?
—¿Dónde está nuestra casa?
Ahora los codos pequeños se recargan sobre la mesa, sobre el mapa, encima del mundo.
—No lo sé —dice el otro—. No tenemos casa.
—¿Pero cómo no van a tener casa? El pueblo de la abuela, ¿dónde está?
—La abuela tiene muchos pueblos —revela Nikolái.
Los globos oculares de Mikhail se vuelven hacia el hermano con desaprobación, pero nada puede frenar la historia. La mujer contiene la respiración. Este es el momento.
—La abuela se movió de un pueblo al otro, los soldados la movieron, cuando mamá era chica, sí, eso todos lo saben, la mitad de nuestro pueblo viene de otra parte.
Un pueblo trasplantado.
—Todo el mundo sabe lo que ocurrió en nuestra casa —apunta Mikhail.
La curiosidad se acrecienta. Necesita saberlo. Los dedos arrugan el pantalón, desesperados.
—¿Podrías contarme más, Mikhail?
—No quiero hablar de eso.
Pero Nikolái es el que habla.
—Aquí —con el dedo señalando el mapa—. Nos lo han contado.
Ahí, ella, con la vista sobre el dedo, en la geografía fragmentada.
—Hace años. Eran unas personas y luego la explosión.
Bajo la luz de la lámpara, las manos del niño se mueven para simular la catástrofe.
—¡Boom! El reactor explotó, la gente tuvo que salir, nos dijo la abuela, los soldados se los llevaron.
Agitado, Nikolái traza líneas sobre el mapa. Cancela los países. Revela nuevas fronteras.
—Explotó. Por eso no podemos tomar leche y no nos dejan ir al bosque. Dicen que nos enferma, ¿no sabías tú eso?
Otra línea se traza sobre la blancura del rostro. Es roja. Líquida. Sale de su nariz y va hasta los papeles sobre la mesa. La cabeza de Nikolái se vence. La sangre siempre interrumpe la historia. O la continúa.
Esto es lo que ella escucha pegada a la puerta.
—¿Por qué le dijiste todo?
Es Mikhail.
—Ella no debe saberlo.
—Ella preguntó.
Es Nikolái. Ella preguntó, con su voz baja, aguda. ¿Qué están removiendo? Abren los cajones. Corren la puerta del armario, ¿qué buscan? Suelta el aire contenido entre dientes. No deben saber que husmea detrás de la puerta. Ahora tienes la historia, se dice, ¿qué mas quieres? ¿Exprimir la historia, quieres? No puedes tenerlos para siempre. Luego va de puntillas a la habitación, los calcetines tejidos contra el piso, a mirar las fotos. Ciento trece centímetros de estatura, abundantes cantidades de sol, pero ahora cómo, con la espalda recta contra la cabecera de la cama, ahora cómo si está oscuro. Luego va a la cocina y coloca al fuego frutas del jardín y una gran cantidad de azúcar para formar una pasta. Esta mermelada les gustará. Necesita tanto gustarles, su aprobación. Encuentra frascos de vidrio y los esteriliza a fuego alto, entre burbujas de agua hirviente. Después revuelve en el baño, entre las pastillas que se ocultan tras el espejo. Y ya se habrán dormido los niños. Ya no hablan entre ellos. No puedo, no puedo entrar, no puedo transgredir. Abre la puerta de todos modos y los mira dormir, pequeñas espigas de paja contra la almohada. Son míos, a mí me han dado dos. ¿Y dónde está la foto que había en su equipaje?, piensa mientras acomoda los suéteres. Revuelve de nuevo, entre las toallas del armario, con ansiedad, mientras los niños duermen y sueñan que toman un baño de espuma, que vuelven a su aldea de cuentos de hadas infectada por la radiación. Que no la escuchen. Slushat. Escuchar. Prohibido, zapreshcheno. Entre las cajas con los adornos navideños, encuentra la foto, al fondo del armario la escondieron. Se la ocultan. Extiende los brazos para obtenerla. Vaya, es mía ya. No aparecen ellos por ningún lado. Sólo dos mujeres y un hombre que sostiene un azadón y una pala. Una foto vieja, gastada en los bordes. ¿Quiénes son, los padres, los abuelos? No sabe. Regresa a su habitación, con la foto y los suéteres a cuestas, y cose dólares detrás, aspirinas, con lentitud y delicadeza. A su abuela le encantarán. Las verá desaparecer en un vaso de agua. Una mezcla química de la que ella tampoco desconfiará y así, entre costura y costura, se adormece. Apaga la luz de la habitación como puede, pero podría jurar que alguien vino a la ventana, que desde el jardín vino una lámpara enorme de luz amarilla. Que vio a Mikhail apuntándole con ella, vigilando su sueño. Que su intención era proyectar un enorme brillo en su cara.
La gran explosión.
Ahora a preparar la maleta. ¿Cómo fue que Mikhail tomó la lámpara de los estantes? Verifica, pero nada. La lámpara está en su sitio, tal como usualmente la coloca. Frota las ventanas de su habitación, acomoda sus cabellos en el reflejo. Hay alguien detrás.
—¿Dónde está la foto?
Sin dar vuelta, sintiéndose descubierta, responde:
—En el comedor, junto a los botes de mermelada.
Entonces acomoda todo lo que han traído. Un par de suéteres con obsequios cosidos al reverso, patines de hace treinta años, más ropa, poca, una cuerda, botes de mermelada casera y, entre la suavidad de los tejidos, una foto enmarcada en madera y el vidrio roto. Dos mujeres. Un hombre. Un azadón y una pala.
—Vamos, Nikolái, apresúrate, despídete del jardín.
—Ya viene —dice Mikhail.
Toman la autopista.
—Ojalá que puedas ser profesor de lengua —suelta ella.
—Yo también lo espero.
—Y que puedas ir al espacio a ver cohetes, Nikolái.
—Ya llegamos muy lejos, vinimos hasta acá —responde, soplando un mechón de su pelo.
—¿Tú qué piensas hacer ahora que nos vamos?
Frente a los mostradores del aeropuerto internacional, una decena de niños como ellos revolotea de un lado a otro mientras esperan el momento de entregar su equipaje. Pálidos aún, pero mejor nutridos. El programa para niños irradiados estará orgulloso. Algunos de ellos de cráneos anormales, algunos con una pierna más larga que la otra. Otros con familiares que desarrollan cánceres de tiroides para los que las aspirinas son inútiles. Las pantallas muestran las muchas posibilidades a las que se puede ir. Ella está frente a los gemelos, con los hombros vencidos. Ellos llevan puestos los mismos suéteres. Idénticos siempre.
—Te voy a decir lo que quieres saber —rompe el silencio Mikhail y levanta la voz gradualmente—. Lo que quieres saber es que nuestros padres nos dejaron cuando teníamos dos años. Se fueron a Rusia cuando éramos pequeños y no los hemos vuelto a ver.
La mujer contiene la respiración.
—¿No es eso? —inquiere el niño.
—Yo también estoy sola, Mikhail.
—La foto era nuestra.
—Lo sé.
—No tenías derecho.
—Lo sé.
Sabe que ha costado admitirlo, que no volverán a verse.
—Pero te perdonaremos.
—Tenemos que entregar el equipaje —invita ella.
—Sí —dice Mikhail y allá van.
—Llévense algunos dulces —dice la mujer mientras saca todos los que pudo meterse en el bolsillo—. Anden, tomen, para el camino.
Se acercan a la fila.
—Cuando fue nuestro cumpleaños —dice Nikolái antes de formarse—, la abuela nos compró dos barras de chocolate para repartirlas entre los compañeros de la clase.
—Sí, y cada quien tomó un cuadrito —agrega Mikhail—: Vladimir tomó uno, Serguéi tomó otro y cantamos una canción.
—Ahora ya lo sabes —dice Nikolái.
Los abrazos son cortos. Nadie quiere alargar la despedida. Se han borrado las fronteras entre los gemelos. Ya no puede identificarlos. Los ve alejarse hasta el control de seguridad, junto al resto de los niños y las trabajadoras sociales. Ya no sabe quién es quién, pero uno de ellos gira, brevemente, la cabeza.
—¡No te olvides de ver el tesoro!
Mientras los ve desaparecer permanece quieta. Aprieta los puños. En su boca continúa el eco de la última palabra rusa que dirá: pa-ká, adiós.
Conduce a casa. Las llaves resbalan entre las manos. Corre hasta el jardín, detrás del árbol, donde brillaba. Los puños se hunden en la tierra. Hay un papel en el lugar del tesoro. Trazados a la prisa con crayones, en cirílico, una calle, un lugar, una invitación. Lo dejará ahí. Enterrado. Será su secreto. Muy pronto nada de esto parecerá real. Muy pronto quedará todo brillante en el subsuelo. Las semanas de radiación. Cuando supo ruso. Le parece escuchar risas detrás y jadea. Le da la impresión de que el columpio se mueve. Aunque sabe que ya se han ido, que no están más ahí, le es imposible. Pasa un buen rato, no se atreve a levantar la vista.
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En 1956, Jorge Luis Borges publica la segunda edición de su libro Ficciones, cuya primera se editó en 1944, y que tiene su origen en El jardín de los senderos que se bifurcan, libro publicado en 1941 por la mítica editorial Sur. Ficciones se compone de los ocho cuentos publicados en 1941 —“Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”, “Pierre Menard, autor del Quijote”, “Las ruinas circulares”, “La lotería en Babilonia”, “Examen de la obra de Herbert Quain”, “La biblioteca de Babel” y “El jardín de senderos que se bifurcan”— y seis textos nuevos —“Funes el memorioso”, “La forma de la espada”, “Tema del traidor y del héroe”, “La muerte y la brújula” y “Tres versiones de Judas”—, que el egregio argentino, para diferenciarlos de los publicados anteriormente, agrupó bajo el nombre de “Artificios”, y que componen la segunda parte del libro. En la segunda edición, además, Borges incluye tres textos no recogidos en la primera ocasión: “El fin”, “La secta del Fénix” y “El sur”. Más allá del justo prestigio que la obra de Borges ha mantenido durante varias décadas, quizá convenga recordar, como escribiera él mismo en el último cuento citado, que “a la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos”.
“El sur” se publicó por primera vez en La Nación, en 1953, y cuenta la historia de Juan Dalhmann, quien por un desafortunado suceso “en los últimos días de febrero de 1939” se golpea la cabeza con un “batiente recién pintado que alguien olvidó cerrar” y termina en el hospital, a punto de morir por una septicemia —no es tan descabellado pensar en cierta reminiscencia del Giuseppe Corte de “Los siete pisos”, de Dino Buzzati, escrito en 1937, con una circunstancia parecida—. Dalhmann, entonces, emprende un periplo ambiguo para el lector entre el sanatorio y “el sur [que] empieza del otro lado de Rivadavia”. Quince años después, en 1968, se filma la película Performance, y merced a una de esas simetrías borgesianas, en una escena está un joven Mick Jagger, en el papel de un excéntrico rockero llamado Turner, leyendo un fragmento de “El sur”:
At this point, something unforeseeable occurred; from a corner of the room, the old ecstatic Gaucho threw him a naked daga wish landed at his feet. Dahlmann bent over to pick it up, they would not have allowed such things to happen to me in the sanitarium, he thought, and he felt two things, the first…1
La película, dirigida por Donald Cammel y Nicolas Roeg, se estrenó dos años después, en 1970, y antes de que Jagger —Turner— pudiera acabar de leer el fragmento, una mosca se posa feraz en su ojo y el músico deja caer el libro; por un breve momento, la cámara contempla la caída, y el espectador puede ver la camisa del volumen en el suelo, con la fotografía de Jorge Luis Borges en ella. Performance es una película con fuerte impronta borgesiana: el destino, la identidad y la dualidad —ésta representada por Chas y Turner, un gángster y un super estrella que encuentran que no son tan distintos—, y que marca una ruptura con el incipiente mainstream; producida por Warner Bros., un “gran” estudio, se esperaba una película que usufructuara la creciente fama de los Rolling Stones y que estuviera más acorde tonalmente con A Hard Day’s Night, del supremo cuarteto de Liverpool. Sin embargo, las escenas sexualmente explícitas, el uso de estupefacientes y el ambiente violento y obscuro de la película la hizo ser repudiada por la mayoría de sus espectadores y críticos; aunque comenzó a ser revalorada a partir de la década de los ochenta, se mantiene casi invisible para la mayoría —si la comparamos con la cantidad de seguidores que los Stones han tenido— de los consumidores de cine.
En 1968, año de la producción de Performance, los Rolling Stones atravesaban su propia dualidad: por un lado, ser una banda reconocida con siete discos editados2, por el otro, se enfrentaban a la separación de su fundador y líder Bryan Jones, quien comenzaba a ausentarse de las grabaciones debido, en parte, a las adicciones. Así, Beggars Banquet (1968) y Let it Bleed (1969) serían los últimos discos de los Rolling Stones ornados por el nombre de Jones, quien moriría ahogado en su alberca el 3 de julio de 1969. Del mismo modo, estos discos serían los últimos editados por Decca Records y sería el preámbulo para que Mick Jagger, Keith Richards, Charlie Watts y Mick Taylor —el guitarrista que sustituyó a Bryan Jones— formaran Rolling Stones Records, editora con la que ganarían absoluta libertad para decidir sobre sus proyectos, tanto en el arte de éstos como en la música.
Si ya en Let it Bleed escarceaban con el arte pop —la portada es obra del diseñador Robert Brownjohn—, es en Sticky Fingers, de 1971, donde la portada se vuelve un personaje más de la narrativa del disco. No sólo el título alude a referencias veleidosamente sicalípticas: en la portada se muestra la cintura y la cadera de un hombre vestido con un entallado pantalón azul adornado por un cinturón de piel. En primer plano, está el cierre de los jeans, que al bajarlo, en la versión original, dejaba al descubierto una trusa blanca. Si bien la idea del cierre —¿el concepto?— era de Andy Warhol, los artífices de él fueron el fotógrafo Billy Name y el diseñador Craig Braun; el primero, uno de los ocupantes de The Factory, el estudio y colectivo neoyorquino de Warhol; el segundo, conocido por su trabajo en la portada de The Velvet Underground & Nico —también bajo la mano de Warhol—, grupo que tenía, como primera formación a Lou Reed, John Cale, Sterling Morrison y Maureen Tucker. En la portada del vinyl, el plátano podía pelarse, y resumía todo lo que la cultura popular, el rock y la masificación podían lograr. Era el fin de la década de los sesenta, de la psicodelia; del Maharishi y del Peace & Love; comenzaba la retrospección y el ver los alcances de una generación que después de Woodstock —y, en México, de Avándaro— se dio cuenta que la mass media podía ser un recurso para que el discurso contestatario llegara a más oídos. En México, Avándaro significó la represión; Woodstock fue el paradigma de la rebelión.
Los Rolling Stones se habían hecho de un lugar privilegiado junto a TheBeatles. Pero mientras en 1968 John, George, Paul y Ringo cantaban “Ob-La-Di Ob- La- Da”, los Rolling eran conocidos como “Sus satánicas majestades”. Su música, más cercana al blues, era mas cruda; su sonido, más orgánico, y su discurso, más corporal. Sticky Fingers, con la provocativa —y carísima— portada del cierre, es prueba de que la dualidad, cuando menos en el rock inglés, era moneda corriente. La pugna no era entre The Beatles y The Monkeys o The Beach Boys —el rock edulcorado de unos y la vida californiana de los otros—, sino entre la lascivia y la pugna discursiva de los Stones contra la exquisitez de quienes cambiaron la música popular. Aunque esta afrenta siempre se ha dado, no hay que olvidar que el primer éxito de los Rolling, “I Wanna be Your Man”, de 1963, fue escrita por Lennon y McCartney; que en el The Rolling Stones Rock and Roll Circus participaron Yoko Ono y The Dirty Mac —el super grupo conformado por John Lennon, Keith Richards, Mitch Mitchell (miembro de The Jimmy Hendrix Experience) y Eric Clapton—, y que en All you Need is Love, de 1967, Mick Jagger está entre el coro. Por ello, cuando en 1971 apareció, como primer track del Sticky Fingers, “Sugar Brown”, el mundo sonó distinto. Y distinto es el modo en que puede escucharse hoy en día: las alusiones crudas a la esclavitud pudieran incomodar a más de uno, si bien es cierto que tanto la cantante y novelista Marsha Hunt como la otrora miembro de The Ikettes —el grupo vocal formado por Tina y Ike Turner—, Claudia Lennear, claman por igual ser las destinatarias de la canción, que aunque firmada por Jagger y Richards, fue escrita, en su mayoría, por Mick.
El disco transita de la almibarada Wild Horses —en donde el discurso protector se cae ante las circunstancias actuales— a “Cant’ you Hear me Knocking”, en la cual comienza a vislumbrarse un nuevo quehacer musical. El saxofonista Bobby Keys —quien también grabara la inolvidable “Whatever Gets You thru the Night”, de Lennon junto a Elton John—y la melodía de una guitarra en séptima menor con un tufo a Carlos Santana, junto a las congas de Rocky Dijon, que ya había sonado en Sympathy for the Devil, alejaban a los Stones de su primer sonido y comenzaba a fraguarse la entrada a los setenta.
No obstante, las raíces de los Stones quedan patentes en “You Gotta Move”, una canción arquetípica de blues, de autor desconocido, pero que es parte de una tradición del canto gospel por la libertad. La transgresión absoluta llega con “Sister Morphine”, de la compositora Marianne Faithfull, una apología de los paraísos artificiales que reforzaba la imagen insubordinada de la banda londinense.
Cada uno de los diez tracks que componen el disco cuentan una historia. Y cada uno de sus escuchas —si los hay— reconstruyen su propio camino. En él está el arte pop y el rock, el mainstream y la insurrección; están Warhol, Lennon, Jagger, Richards, Ono y, como siempre los músicos que pocas veces se recuerdan: Bill Preston, Ian Stewart, Ry Cooder, Paul Buckmaster, entre muchos otros. Es parte de una memoria que no puede ni olvidarse ni cancelarse.
Los Rolling Stones llevan casi sesenta años de hacer música. Su logo, tal vez, no fue obra de John Pasche —como se consigna oficialmente—, tampoco de Craig Braun —que lo reclama como suyo—. quizás no haya salido de la pluma de Alan Aldridge —como dicen las historias del rock—, pero es el más reconocible de una época que muere poco a poco. “Dead Flowers”, un acercamiento a la música country, es un resumen de “la banda más grande de rock and roll del mundo”, porque alcanzaron, por un breve instante, el conocimiento del mundo; porque dejaron señales que pueden tomarse como propias; porque, como escribiera Borges en “El sur”, “el hombre vive en el tiempo, en la sucesión […], en la eternidad del instante”. Un instante que ha durado más de medio siglo y al que venturosamente podemos volver, de cuando en cuando, la vista atrás.
Retrato de la escritora Guadalupe Nettel, Coyoacán, 2018, fotografía de Mely Ávila, Creative Commons
Guadalupe Nettel ha creado con su obra literaria un espacio en donde lo grotesco, lo anómalo y los tabúes conviven con desfachatez. Tanto en sus libros de cuentos —especialmente en Pétalos y otras historias incómodas (2008) y El matrimonio de los peces rojos (2013) —como en sus novelas, la escritora de Ciudad de México ha ido descubriendo y reescribiendo la corporalidad, reparando sobre todo en la incomodidad y trasgrediendo la privacidad para dar voz a lo ignorado en la cotidianidad, a lo secreto y a lo reprimido. Su última novela, La hija única, comparte este espacio.
A través de las experiencias de tres mujeres de clase media alta en la Ciudad de México, Nettel explora tres aproximaciones distintas a la maternidad: Laura no quiere tener hijos y está tan segura que se ha practicado una ligadura de trompas; su mejor amiga Alina quiere un hijo más que nada en el mundo, pero tiene problemas para concebir y, más adelante, su bebé es diagnosticada con una extraña condición que puede matarla en cualquier momento; Doris, su vecina y madre viuda, no sabe qué hacer con el comportamiento de su hijo Nico. La maternidad no deseada, la maternidad negada y la maternidad difícil son los temas principales de la novela, y se abordan con crudeza y sin tapujos, incluso con cierto desparpajo.
Nettel hace especial énfasis en aquello que se aleja de la figura de la maternidad ideal y en los miedos que rondan a las madres. Por ejemplo, la novela aborda los cambios físicos que sufren las nuevas madres desde una estética de lo grotesco común en la obra de Nettel: “después del embarazo, su vientre se había surcado de estrías y justo por encima del vello púbico se extendía hacia los lados la cicatriz de la cesárea […] Su color marrón oscuro, pero sobre todo la forma en que la piel se desbordaba por encima de la marca como un flan mal cuajado, le resultaban monstruosos”.
Con la historia de Alina, Nettel se permite abordar otro tema difícil: la relación entre una madre y su bebé con necesidades especiales. La culpa, el rechazo, el amor, el miedo e incluso temas como la negligencia médica y la eutanasia presentan a Alina como una madre multidimensional, dividida entre el amor por su hija y el sentido común, el apego y el rencor, el miedo de que su único propósito en la vida sea ahora cuidar de su hija: “Lo peor era especular sobre el futuro; imaginar la muerte de Inés o visualizarse a sí misma arrastrando, por las calles irregulares y llenas de hoyos de la ciudad, una silla de ruedas donde iría una mujer a la que tendría que bañar y alimentar hasta el fin de sus días”.
A través de la perspectiva de Laura, que funge como un nexo contrastante entre las historias de Alina y Doris, se abordan también las interrogantes y decisiones difíciles de un embarazo riesgoso, el peso de la maternidad en la vida conyugal y el momento en que una madre debe reconocer a su hijo como una entidad distinta e independiente. Más interesante resulta cómo las tres protagonistas de Nettel traen a la página formas alternativas de experimentar la maternidad; se discute, por ejemplo, la vida en comunidad, los vínculos maternales que Laura establece con un niño que no es suyo y cómo Marlene, la niñera que contrata Alina, satisface su deseo de tener hijos cuidando bebés ajenos.
Muy al estilo de los cuentos de El matrimonio de los peces rojos, las alegorías animales sirven a Nettel para abordar la extrañeza de los procesos que llamamos naturales. En La hija única, Laura se obsesiona con un nido de palomas en su balcón, pues se da cuenta de que las palomas están empollando un huevo de otra especie. Este descubrimiento suscita en Laura reflexiones sobre su propio apego por el hijo de su vecina y el afecto que le tiene Marlene a la hija de Alina. La maternidad asumida como propia a través de un hijo ajeno, un fenómeno que ocurre con las palomas y con los humanos, permite a Nettel demostrar cómo nuestras instituciones sociales, como la maternidad ideal, no tienen más fundamento que la cultura en la que están incrustadas. En realidad son: la animalidad, los impulsos, las manías y los afectos irracionales los que en determinados momentos toman el timón de nuestras vidas.
Como en el resto de la obra de Nettel, las vivencias desde el cuerpo se encuentran en el centro de La hija única, y su prosa natural y desenfadada recuerda al lector que tanto la maternidad como la literatura son procesos que se experimentan, se sufren y se gozan, a través del cuerpo y, quizás más importante, que no hay una forma correcta de ser madre o mujer. La hija única no es una gran innovación dentro de la obra de Nettel, se nutre de las mismas obsesiones y apunta a la misma inconclusividad, pero logra aportar una perspectiva plural y refrescante a un tema que difícilmente podría llamarse novedoso.
Bibliografía:
Nettel, Guadalupe. La hija única. Anagrama, 2020.
Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, como se conoce al expresidente haitiano, apareció en la ventana de su dormitorio en un hotel Puerto Príncipe. Imagen tomada de Wikipedia.
A 50 años de la muerte de François “Papa Doc”1Duvalier, hacemos un breve recuento de las situaciones previas que llevaron a Haití a ser el representante principal de la lucha anticolonial del Siglo XIX, a transformarse gradualmente en el país peor desarrollado de toda la región latinoamericana, y el eterno mendigo de ayuda e influencia neo imperial estadounidense.
Haití antes de Duvalier, anticolonialismo e inestabilidad
A inicios de 1804, un grupo de insurgentes esclavos en Saint Domingue (colonia francesa de la isla Hispaniola2) comandados por Toussaint Louverture y Jean Jacques Dessalines, establecía la independencia del primer país dirigido por negros, y el primero en iniciar el proceso de descolonización en América Latina y el Caribe, Haití3.
La situación de cómo todo ello se desarrolló aseguraba un hecho inédito en el mundo, pues jamás una insurrección de esclavos había tenido como resultado la independencia y creación de un nuevo país, y más allá de ello, las fuerzas rebeldes lograrían derrotar a un contingente de 50,000 hombres enviado por el mismo Napoleón, por ello, deberían admitir la derrota ante reveses militares y sanitarios (muchos soldados caerían muertos por la fiebre amarilla).
Haití lo logró, y parecía que la ansiada independencia aseguraría un mejor futuro para la población local (en su mayoría originaria del oeste del continente africano), sin embargo, las luchas internas por el poder, fomentadas y aprovechadas por la polarización heredada y secular entre mulatos y negros, (más ricos y más pobres respectivamente) y la repentina transformación de Haití en imperio (1805-1806) lo sumirían en una condición de precariedad económica y política desde sus primeros años de existencia.
No sería sino hasta 1867, y con la adopción de una nueva constitución, que el país encontraría cierta estabilidad política, pues durante este periodo y hacia 1911, distintas administraciones presidenciales se sucedieron sin el menor contratiempo. No obstante, entre 1911 y 1915 las luchas intestinas se reactivarían y habría en este lapso un total de seis presidentes depuestos, asesinados o exiliados de la nación.
En aquel tiempo, los Estados Unidos se encontraban en franca expansión económica y geopolítica, respaldados por la Doctrina Monroe4(1823), la Guerra Hispano-americana de 18985, el Corolario Roosevelt 6(1904), la culminación del canal de Panamá en 1914 y su eventual entrada a la Primera Guerra Mundial (1914-1918), junto a las ideas del Almirante Alfred Mahan, en la cual las vías marítimas de comunicación constituían un puente vital para el crecimiento y el dominio global de EE.UU. como potencia comercial y militar durante todo el S. XX. Sería a partir de esta última idea que el gobierno estadounidense comenzaría a tomar mayor importancia en el control efectivo (directo o indirecto por medio de dictaduras afines a sus políticas) de diversos países de Centroamérica y el Caribe7, dentro de los cuales entraba la Hispaniola.
Es así como Washington ocuparía de manera efectiva aquella isla entre 1915 y 1934, y con ello instalaría gobiernos títeres afines a sus intereses tanto en Haití como en República Dominicana. Aunque gracias a ello pudo desarrollarse cierto grado de modernización y elevación en los niveles educativos en ambos países.
Desafortunadamente, una vez que las tropas norteamericanas se retiraron de Haití en 1934, el país volvió a las viejas andanzas de inestabilidad política y deterioro económico, esto por la incapacidad y corrupción de todos los gobiernos civiles y militares que se sucederían hasta 1956. Junto a ello se juntó la renovación del movimiento pro-negritud llamado noirism, el cual sería explotado por Duvalier para retener la legitimidad de su proyecto frente a las capas sociales menos favorecidas.
El legado del Duvalierismo (1957-1986)
En septiembre de 1957, luego de un lapso anterior de elevada efervescencia política que había tenido como resultado nueve presidencias en tan sólo seis meses parecía que todo regresaba al ansiado camino de la estabilidad. François Duvalier resultaba electo como presidente del país para un periodo de 5 años con el apoyo de gran parte de la población negra y pobre de la sociedad, no obstante, la ilusión de un cambio verdadero se desvanecería pronto, pues eventos como el triunfo de la Revolución Cubana8 en 1959 y el asesinato del dictador de Dominicana, Rafael Leónidas Trujillo en 1961 ofrecían un mensaje claro a Duvalier: nadie está exento de caer del poder.
Ante ello, los temores de Duvalier respecto a la firmeza de su puesto lo llevarían a mutar su administración a una de carácter enteramente autoritario y represivo. Para 1961 se reelegiría como presidente para un período de 6 años y en 1964 se designaría como presidente vitalicio.
Aquellos que osaban protestar contra su régimen eran acallados de manera rápida y brutal, incluyendo a todos los miembros de su familia, y para cumplir las órdenes de este aparato represivo tuvo que emplear la ayuda del ejército por un lado, pero para acotar cualquier ambición golpista de su parte creó en 1958 un cuerpo paramilitar llamado Tontons Macoutes9, enteramente leal a su persona y con diversos miembros pertenecientes al vudú haitiano10, lo cual les dotaba de una estela sobrenatural para incrementar su actividad represiva.
Respecto a éste último punto, el gobierno arrebató al Vaticano (hasta 1983) la potestad de nombrar obispos y miembros del clero haitiano, y además mezclo los elementos del vudú con el catolicismo para incrementar el poder de Duvalier hacia terrenos espirituales, inclusive se llegó a mencionar que el mismo se había vuelto “la representación del loa Barón Samedi (dios de la muerte) y que ello correspondía a su gusto por los trajes negros, los cementerios y los rituales realizados en los cadáveres de sus enemigos”11, y hasta modificar el propio catecismo católico para rendir tributo a Papa Doc en lugar de a dios en el padre nuestro.
Al igual que el emperador Faustino I (1849-1859) y Jacques I, explotaron la narrativa del orgullo racial negro para justificar su gobierno autoritario, al igual que la amenaza imperial de poderes externos contra el país, siendo República Dominicana el chivo expiatorio usual, mientras que Estados Unidos y Francia también compartían culpa en el rechazo público, adicionalmente, el régimen de Duvalier centró sus amenazas hacia adentro a partir de esta narrativa del poder negro en contra de todos los mulatos y clases altas en Haití, forzándolos a emigrar al extranjero y afectando seriamente el desarrollo económico y capitalista en la nación.
No obstante, este discurso populista solamente era empleado para mantener la legitimidad social hacia la presidencia de Duvalier, pues él de manera subrepticia manejaba los temores de la intervención comunista y socialista soviética y cubana en la isla, para mantener un flujo constante de apoyo económico y militar. Adicionalmente, tanto Duvalier padre como hijo traicionarían esos mismos principios de negritud al casarse con mujeres de procedencia mulata, lo cual en el caso del último minaría severamente su legitimidad.
Hacia principios de 1971, el gobierno perdía a su figura principal, pues Duvalier moriría víctima de un ataque cardiaco y sería sucedido en el poder por su hijo, Jean Claude Duvalier, apodado Bébé Doc por sus facciones suaves y por ser hijo del difunto Papá Doc. Con ello se esperaba que el régimen tomara un nuevo rumbo y las políticas de represión y saqueo económico terminaran, desgraciadamente, esto nunca pasó.
Empero, aquel ocuparía estas ideas de apertura y democratización del régimen en apariencia a su favor, pues ello (como en su momento fue el anticomunismo) le redituó favorablemente en forma de ayuda financiera por parte de EE. UU. Los sectores del turismo sexual (hasta 1980 y el advenimiento del VIH), la manufactura barata de ropa, artículos deportivos hacia el mercado estadounidense crecieron durante el mandato de Duvalier Jr, al igual que ciertos proyectos de infraestructura que serían pocos en contraste a la ayuda otorgada por Washington y otros organismos financieros internacionales (como el FMI y el BM), aunque ello era causado casi en su totalidad por la corrupción y ambición desmedida de Bebé Doc y su grupo que desviaban dichos recursos para beneficio propio.
Incluso ello representó un esquema completo de negocios para el gobierno, pues aquel únicamente destinaba los recursos para mantener en una situación de pobreza permanente a sus ciudadanos y mantener el flujo financiero para mejorar su “desarrollo” en un futuro que nunca llegaría. Más allá de ello, resultó esta administración ser más siniestra que su antecesora, pues el ministro del interior establecería todo un mercado de órganos, sangre y cadáveres hatianos destinados al consumo estadounidense.
Respecto al binomio represivo militar-macoutes, éste se mantuvo inalterado, ya que la represión, la tortura y el asesinato de opositores políticos se mantuvieron como la norma para preservar el poder durante todo el mandato de Duvalier Jr.
A principios de la década de 1980, Haití había gastado gran parte de sus recursos naturales en la producción de carbón, lo cual generó deforestación y un impacto directo en el sector agrícola y ambiental nacional. Aunado a esto, en 1982 Bebé Doc se casaría con Michèle Bennett, una mujer de origen mulato en una ceremonia fastuosa que estaría estipulada en gastos por alrededor de 3 MDD, lo que era una paradoja pues su población en ese entonces sobrevivía al día con 1.65 USD (hoy no ha cambiado mucho). Con ello la retórica populista noirista y populista a favor de los pobres recibía un golpe severo y la legitimidad del régimen comenzaría a tambalearse.
Para 1983, en un desesperado intento por mantenerse a flote, se invitó a visitar Haití al líder de la Santa Sede, Juan Pablo II12(1978-2005) para tratar de salvar la poca legitimidad que le quedaba a Duvalier Jr, sin embargo, pasó todo lo contrario, el Papa emitió un discurso en Puerto Príncipe denunciando los abusos del gobierno en turno e instaba a llevar a cabo un cambio radical al respecto.
Finalmente, para 1986 la situación se volvía insostenible, pues la administración de Ronald Reagan (1981-1989) presionaría a Baby Doc para dejar el poder en Haití y cortaría todo apoyo económico y militar para lograrlo, agregado a lo anterior, la crisis porcina de 1982 llevó a gran parte del campesinado haitiano a eliminar sus inversiones ante una fallida sustitución con cerdos americanos a quienes los apodaron “príncipes de 4 patas”13. Con esto se eliminaban los apoyos externos e internos de Duvalier Jr quien saldría exiliado hacia EE. UU. y luego Francia a principios de febrero de 1986.
Haití después del Duvalierismo, entre la miseria y la inestabilidad
A la caída de Baby Doc, los problemas de inestabilidad política se reiniciarían y se harían de nuevo frecuentes el desfile continúo de presidentes entre 1988 y 1991, pues para este último año sería electo Jean Bertrand Aristide, quien sería el primer presidente electo de manera democrática (verificada por observadores externos) en Haití, aunque su mandato duró meses, esto sentaría un precedente positivo en la historia política del país.
Entre 1991 y 1994 gobernó una junta militar, pero gracias a una nueva intervención estadounidense el presidente Aristide podría concluir su mandato desde 1994 y hasta 1996 cuando sería sucedido por René Préval (1996-2001, 2006-2011), desgraciadamente, para mantener la continuidad política del ejecutivo sería necesaria una nueva intervención de EE. UU. (y otros países en menor medida) entre 2004 y 2017 y con el aval de la ONU, pero esta vez con abusos reportados hacia la población local14.
Desde el 2011, con el gobierno del músico Michel Martelly —y luego de los disturbios y crisis económica e infraestructural que sufrió el país a raíz del terremoto en 2010— la situación política y económica se ha recuperado, el PIB nacional se ha duplicado casi (de 11,000 MDD a 20,000 MDD), sin embargo los indicadores como la pobreza y la capacidad de compra de los ciudadanos siguen extremadamente bajos, pues en el caso del primer indicador tenemos aproximadamente un 60% del total de la población (11 millones de personas) que vive en la pobreza, un 40% se encuentra desempleada y la mayoría vive con aproximadamente 2 dlls al día.
A esto se le añade una dependencia de exportaciones e importaciones en su mayoría a EE. UU. y China que ha tenido como resultado una eterna balanza comercial negativa (se importa más de lo que se exporta), y un Índice de Desarrollo Humano (que mide la expectativa de vida, la educación y el ingreso per cápita) de los más bajos del mundo (170 de 189 países) y el último de la región de América Latina y el Caribe.
Para finalizar, creemos que, en la última década, el país ha logrado avances económicos destacables, y un proceso de política estable, gracias a la debilitación financiera del aparato militar que es uno de los grandes responsables de la inestabilidad y conflictos nacionales. Sin embargo es necesario y para ello requerirán bastantes recursos y políticas orientadas a asegurar el control civil del ejército para desterrar por completo las ambiciones golpistas por un lado, y por otro es necesario un nuevo programa de ayuda internacional para mejorar las condiciones de desarrollo humano en Haití, por medio de la coordinación y actividad de ONG en el territorio pero también con recursos financieros ampliamente auditables, que permitan caer éstos en manos equivocadas y se suceda la tragedia que relatamos previamente con el régimen Duvalierista.
Fuentes Consultadas
Girard, Philippe R., Paradise Lost: Haiti’s Tumultuous Journey from Pearl of the Caribbean to Third World Hot Spot, Palgrave Macmillan, EEUU y Reino Unido, 2005
Gritzner, Charles F., Haiti, Chelsea House, EEUU, 2011.
Chapin Metz, Helen, Dominican Republic, and Haiti: country studies, Library of Congress, EEUU, 2001.
Troulliot, Michael-Rolph, Haiti, state against nation: the origins and legacy of
Duvalierism, Monthly Review Press, EEUU, 1990.
Podur, Justin, Haiti’s New Dictatorship: The Coup, The Earthquake and the UN Occupation, Pluto Press, Reino Unido, 2012.
Con motivo del Día Mundial del Cannabis decidimos hacerles un pequeño tributo a todas aquellas personas que les guste viajar, ya sea caminando a la tienda de la esquina o mientras pasean a su perro. Estirar las piernas siempre es bueno y, en la redacción de Tierra Adentro, queremos acompañarles en su travesía. Le dejamos estos ritmos para que se sientan irie1
Foto del puesto de Mr. brownies tomada por Diego Durán
“Llévate un cupcake a 13 pesos”, anuncia un sujeto con lentes negros, engrosa la voz mientras una pareja se acerca a él. Las palabras de quien se identifica como Mr. Brownies son más que una oferta; forman parte del derecho que los usuarios del cannabis exigen frente al Senado: el consumo legal de la marihuana.
Hay pocos espacios verdes en la CDMX capaces de irrumpir con la fachada gris de la nueva normalidad; uno de ellos surge en el parque Luis Pasteur, donde activistas a favor de la legalización del cannabis siembran el plantón 420, el primer cultivo legal de marihuana que desde el 2 de febrero de 2020 simboliza la protesta contra el prohibicionismo.
“Lo único bueno que le veo a la ley -reconoce Mr. Brownies- es que ya no seré perseguido por comprar 0.3 gramos de hierba para (preparar) un panqué”. Cuenta que desde hace años ha tenido que esconderse de los policías porque “te tratan como criminal por portarla.”
Esta criminalización al consumidor del cannabis se conserva en lo aprobado por la Cámara de diputados, pues portar 200 gramos de cannabis es equivalente a 15 años de prisión y a una multa que alcanza los 10 mil pesos.
Sobreregulación del cannabis en el mercado
El comercio de marihuana será gestionado por medio de distintas licencias que la Conadic otorgará luego de una previa solicitud: con fines de producción para cultivo de la hierba; y de distribución, enfocadas a adquirir el cannabis a un productor con fines de su venta a un comercializador.
La articulación del comercio despertó críticas por parte de los activistas. Para Jorge Hernández Tinajero, autor de La mota: Compendio actualizado de la mariguana en México (2013) y miembro fundador de la Asociación Mexicana de Estudios Cannabis (AMECA), las licencias indican que “los legisladores sobrerregularon en todos los aspectos de la planta”.
Hernández se refiere a los permisos de venta final, para distribuir a los centros de consumo autorizado; los de exportación, en caso de comercio dentro y fuera del país; y las licencias de investigación, producción o comercialización de productos derivados del cannabis, que permite generar mercancía para su venta al usuario final.
Los comerciantes como Mr. Brownies deberán contar con la licencia de producción para vender hierba; sin embargo, queda prohibida la venta de comestibles, con lo que Mr. Brownies y los consumidores carecerán de un amparo legal al consumir productos derivados del cannabis. La única vía a estos artículos será a través de las farmacéuticas, de acuerdo con la crítica del Consejo Cannábico.
Fumatón afuera del Senado de la República
“Cuando me va bien, compro 28 gramos y preparo brownies para dos meses” dice Mr. Brownies y se interrumpe en cuanto contempla la posibilidad de que la Conadic rechace alguna de sus solicitudes; “mi negocio podría funcionar si (la Conadic) me registra o si vendo clandestinamente”.
Estas dos opciones son las que Jorge Hernández también advierte. Se trata de “un problema de operatividad formal del mercado, y cualquier traba que haga difícil el ingreso al mercado formal, beneficiará a los mercados informales. Eso es parte del problema de sobrerregular”, concluye.
Aunque la ley para regular el cannabis aún se discute, la democratización del cultivo parece haber sido ignorada desde el primer dictamen del 2019. Hernández considera que “la legislación restringe la capacidad de autogestión, es decir, el hecho de que en lo privado se imponga un permiso para cultivar un número de plantas –máximo ocho plantas– que nunca va a satisfacer mi necesidad de consumo”.
Las restricciones de las que habla Hernández también aplican para los clubes de consumo. Serán conformadas por 20 miembros mayores de edad, donde habrá un límite de 50 plantas por cada uno de estos grupos autorizados por la Conadic.
Aunque las consideraciones están listas para el comercio a gran escala, los consumidores de marihuana y la producción de autoconsumo quedan en segundo plano, pues el modelo de cultivo autosuficiente “beneficiará, como siempre, a los más poderosos”, retoma el activista de la AMECA una de las principales observaciones de la asociación.
“Nuestra principal recomendación -explica- es que los legisladores reconozcan un espacio suficiente para la autogestión de los usuarios, que en ese sentido, los usuarios también puedan competir en el mercado”. Respecto al sector agrícola y su papel en este esquema de producción, “la ley debería tener una especial consideración con las comunidades que han sido afectadas por un sistema prohibicionista”.
Lo que contemplan con especial interés tanto en el Senado como en la Cámara de diputados son los beneficios del comercio de la marihuana. Los legisladores calcularon 18 mil 705 millones en recaudación de impuestos por la compra de productos derivados del cannabis.
Incluso los empresarios prevén que para el 2028 el mercado cannábico nacional alcanzaría un valor de dos mil millones de dólares, con ganancias del 67% de los productos médicos y 33% de los derivados para uso personal.
Información para el consumo
“La gente cree que la mota solo te droga; pero a veces yo utilizo cannabidiol (CBD), aunque sea más caro”, aclara Mr. Brownies. El CBD es un componente químico producido por el cannabis y es reconocido por sus propiedades terapéuticas contra la ansiedad, convulsiones y dolor.
La exigencia del uso medicinal de la marihuana ha visto sesgos informativos. Hernández resalta que hay prejuicios del consumo, pues “resulta interesante que el 97 por ciento de nuestros órganos tengan un receptor cannabinoide. Esas son cosas de las que no se hablan; los medios de comunicación presentan versiones exageradas, como sucedió con ‘la diputada panqué’ quien protagonizó un video viral”.
Cultivo de cannabis
Para el debate es necesario escuchar la voz de los científicos, pero en la AMECA “hemos visto -continúa Hernández- que a veces la ciencia no es neutral. Cuando se presenta información, tiene una carga moral”, y el activista recuerda un ejemplo: “escuché a un doctor decir que en ratones de laboratorio se habían registrado alteraciones en el sistema neuronal cuando se les daba cantidades demenciales de cannabis”.
El activista reconoce que si bien la conclusión científica es válida, “el patrón de consumo impuesto a los animales está lejos, sino es que es imposible, en el caso de los humanos”. En AMECA las recomendaciones para la presentar la información sobre el consumo de la hierba es “una comunicación desprovista de juicios discriminatorios y que los científicos no tengan una postura personal”.
En cuanto a las empresas que comercien marihuana para uso personal, tendrán que incluir en sus productos la leyenda: “Solo para venta en México”. En el empaque habrá una advertencia enfocada a las personas de 25 años sobre las consecuencias del consumo de la hierba, similar a las cajetillas de cigarros.
La AMECA considera necesario que el cannabis tenga publicidad restringida. En un esquema del mercado donde se concede espacio a la marihuana, debe contemplarse una comunicación clara sin recurrir a los estigmas del uso de la marihuana como una droga más peligrosa que otras sustancias.
Posesión simple, la paradoja en la regulación
“¿Qué están haciendo, jóvenes”, pregunta un oficial a Nicte y su pareja. Otro policía se acerca mientras vigila a los transeúntes de Garibaldi. “Están fumando marihuana”, dice tras saludar a su compañero. Nicte intenta alejarse de la banca donde ella y su novio permanecen sentados, pues el policía los ataja con una acusación, “es una falta administrativa, los tengo que llevar ante un juez cívico”.
Ambos oficiales catean a la pareja de Nicte. En un bolsillo de su chamarra, los policías palparon un bulto que resulta ser medio gramo de marihuana. A Nicte le pidieron sacar las cosas de su mochila, en la que carga otro gramo de hierba.
“¿Están conscientes de que eso es ilegal?” pregunta el policía mientras señala la marihuana. “Tengo que llevármelos”, la decisión es inamovible hasta que el novio de Nicte muestra un billete de 100 pesos. El mismo oficial mete sus pulgares en el chaleco. “Traes dos gramos y aquí también somos dos. No te vas a ir”, responde tajante.
“Ya nos íbamos”, se apresura Nicte y saca de su bolso un billete de 200 pesos. Ambos policías se aproximan a la pareja de Nicte y le explican cómo funciona la discreción policial en este país: “ves, ella sí sabe dialogar”.
Si bien la legalización de la marihuana para todos sus usos comenzó el 19 de noviembre de 2020, en el Senado; este año, la Cámara de diputados decide que la ley no necesita cambios pese a las críticas del dictamen: limitar a 28 gramos el uso lúdico de la hierba y mantener el delito de posesión simple.
Para Hernández, la posesión simple de marihuana provocará tensiones con las autoridades, porque “la policía nunca ha respetado los derechos del usuario canábico, será un estira y afloja”.
Las paradojas en la legislación de la marihuana serán reguladas por la Conadic, un organismo autónomo enfocado a combatir las adicciones. Sin embargo, Leopoldo Rivera Rivera, coordinador del Movimiento Cannábico Mexicano (MCM) y editor de Cáñamo México, la revista de la cultura del cannabis, considera que la Secretaría de Bienestar podría ser más adecuada.
El programa “Sembrando Vida va acorde con los principios de solidaridad y comunidad característicos de quienes participan en el Movimiento Cannábico Mexicano ”, agrega el coordinador. El MCM también recomienda que la Conadic adopte bases humanitarias al despeñar las múltiples tareas que los diputados planean conferir.
Zapatos convertidos en macetas.
De esa forma, el organismo funciona como “árbitro ante posibles actos de criminalización de las personas usuarias de cannabis”, explica el coordinador del MCM y enfatiza en los objetivos que la Conadic deberá perseguir: proteger al consumidor de cannabis de los posibles abusos policiales.
Aunque el organismo adopte las medidas propuestas por el MCM, el delito de posesión simple supone un obstáculo hacia la legalización del uso lúdico de la marihuana. Leopoldo Rivera advierte que un delito no puede centrarse solo en el gramaje, sino de “las circunstancias del hecho, la intencionalidad y la prueba fehaciente e incontrovertible de que la posesión (de hierba) tenía fines distintos al uso personal”.
México se dirige a una legalización contradictoria de la marihuana. La Comisión de Justicia del Senado y la Comisión de estudios legislativos aprobaron la ley sin atender a las recomendaciones de los activistas. Sin embargo, el coordinador de Morena, Ricardo Monreal llamó a frenar la regulación para eliminar las irregularidades en el próximo periodo, que inicia el 1 de septiembre.
La vía hacia una mejor convivencia con la marihuana, asegura Hernández, avanzará en medida que la sociedad elimine el estigma de la hierba y sus usuarios. Es necesario fomentar una cultura en la cual se conciba al uso de hierba como una elección personal; o como el MCM grita en las calles: “¡ni plantas ni gramos: venimos por derechos humanos!”.