Tierra Adentro
Ilustración realizada por Axel Rangel

I: los asuntos pendientes

Hoy cumplo seis meses de pagar por un servicio que no uso. Un par de años atrás, el internet y la televisión por cable traducían su banda ancha a un lenguaje práctico: el bienestar de un matrimonio en ciernes. Firmar contratos con las compañías, pagar facturas, ver nuestros nombres impresos en las cuentas y papeles, nos hicieron creer que existía una vida común, así lo era. Ahora, de todo aquello quedan solo unos foquitos rojos en aparatos inservibles que se ramifican a través de una maraña de cables, sondas larguísimas capaces de conectar el mundo exterior con mi sala de estar. He tratado de cancelar la suscripción muchas veces, pero los laberintos telefónicos esquivan todas mis llamadas. Bienvenido al Centro de Atención a clientes Izzi. Si desea conocer nuestro aviso de privacidad consulte nuestra página de internet. Por favor espere en la línea. Escucho el menú con atención, marco el número de mi contrato, digito 1 para confirmar y nuevas opciones se despliegan en mi oído, presiono 4 para dar de alta, baja o cambiar mis servicios, ignoro la tecla de # que me podría repetir la cantaleta y espero en la línea. ¿Qué mente diabólica ideó esos diagramas de flujo infranqueables, murallas con las que se erige esta burocracia del ring rong? Hacer filas, llenar formas y sacar copias me parecen procesos más tolerables que tan solo esperar detrás de la bocina. Prefiero tratar con personas de rostro apergaminado tras un mostrador que con esa monótona voz pausada, de dicción perfecta, que me repite los pasos con una gracilidad exasperante.

Llevo siete minutos en la línea, digitando números con la ansiedad de encontrar algún humano que me ayude a cancelar aquello por lo que pago aunque ya no uso. Todos nuestros operadores se encuentran ocupados, en un momento será atendido. Una música comienza a sonar, las notas se remojan en una acuarela de Brasil dejándome en claro que el bossa nova y la samba marcan el compás del himno de la espera. No entiendo el límite entre el ruido y las músicas de fondo. Las que cortan el silencio en los elevadores, en las subterráneas bocinas del metro, en los restaurantes de comida rápida. Elegidas, ¿por quién? Convenidas, ¿desde cuándo?

Hola, gracias por llamar a Atención Especial. Le atiende Alfonso, ¿con quién tengo el gusto? Pronuncio mi nombre con la certeza de que será una errata. De que me dirán de nuevo que no coincide con el del contrato y será imposible cancelar el cable y el internet. Con la conciencia de que nuevamente no podré explicar las razones por las cuales necesito otra alternativa, algo, lo que sea, que no implique al titular; decirlo todo sin que esta conversación se torne una visita con el terapeuta.

Cuelgo la bocina mientras Alfonso me ofrece doce canales y algunos megas más de internet si acepto aumentar mi pago a cincuenta pesos extra. Hay hombres subcontratados para no aceptar excusas. Pero quizá fui ingenua al creer que en veinte minutos arreglaría lo que en cuatro años no pude resolver y nos llevó a este instante. Mi relación con el servicio de red se ha vuelto una metáfora de nosotros. Que llevamos seis meses sin hablar, que anulaste cualquier medio de contacto, que tu ropa, tus libros y tus tiliches siguen en el departamento, esas cosas no se les dicen a los agentes telefónicos.

II: el silencio

Las cámaras de Hokkaido Television hacen zoom al rostro de Yumi. Han pasado veinte años desde que su esposo le impuso la ley del hielo y se limitó a comunicarse con gruñidos o movimientos de cabeza. Incluso en el arte de ignorar, los japoneses tenían que ser asiáticamente imbatibles. De sus tres hijos, uno jamás había visto que su padre, Otou Katayama, interactuara verbalmente con su madre. La cámara tambalea, abre el campo visual y capta el primer intercambio: Ha pasado un tiempo desde que hablamos, le dice él después de dos décadas, titubeando como si fueran las primeras palabras de un infante que en los fonemas comienza a descifrar el mundo, rompiendo el iceberg de su mutismo.

El lenguaje no solo es producción mental y sonora, también es sensible al tacto, tiene temperatura. Su escala graduada oscila en dos polos opuestos: en uno está el callar frío y en el otro la magnitud del sonido cálido, reconfortante. Por eso, castigar con el silencio se vuelve una punición que sucede a grados bajo cero. En las palabras hay un hálito vital, un flujo sanguíneo que las hace palpitar y enrojecer; al pronunciarlas se les pone en movimiento, dispuestas a friccionar con el mundo para producir una chispa, liberando calor. Vida, cercanía, palabra, movimiento; su naturaleza es la de la combustión, interacción de cuerpos que produce el tacto encendido. Por ende, el silencio premeditado es una anulación del verbo que graniza y aísla; el silencio, como la muerte, ahonda las distancias.

He marcado tu número para pedirte que me ayudes a resolver mis contrariedades telefónicas, pero ya me acostumbré al tono glacial del buzón de voz anunciando que la llamada se cobrará al terminar los tonos siguientes, revelándome algo nuevo de las pérdidas en este capitalismo tardío: incluso la indiferencia cuesta un peso por minuto. Es cierto, el vigor del verbo, su vitalidad lingüística, también lo vuelve poderoso y aun violento. La legislación del hielo hace del lenguaje un mecanismo de expulsión. El silencio es más que una negación del sonido, acciona como arma y represalia. Por eso en la Atenas de Clístenes se instituyó el ostracismo como una práctica contra la tiranía. Los griegos votaban por aquel desafortunado que sería excluido inscribiendo su nombre en un pedazo de terracota. De esos trozos despostillados toma su nombre el castigo: el ostracón es palabra que designa a la cáscara de huevo, al caparazón de tortuga y a esos pedazos de cerámica con forma de concha que albergarían el trazo del exilio. Al pie de la colina de Cerámico, el barrio del gremio alfarero de Atenas, se arrojaban los productos defectuosos que rodarían hasta romperse y mudar en cascajo. ¿Qué tan doloroso y aleccionador puede ser el rechazo? La respuesta la conocen esas especies animales que excluyen a quien desafía los hábitos o normas; el proscrito es un león repudiado que muere de inanición por no pertenecer a la cacería grupal.

La burocracia telefónica me parece un ostracismo con rostro nuevo. La soledad a la que conmina es similar a la de todos esos mecanismos en los cuales negar la comunicación se vuelve pieza clave. Ser ignorado por el conmutador tiene un dejo del meidung de los amish, del petalismo originario de Siracussa donde los nombres de los exiliados políticos se escribían en el revés de una hoja de olivo, del jerem judío con el que se condenó a Baruch Spinoza por menoscabar la imagen paterna con sus ideas; ese anatematismo cuya condena dictó: “ordenamos que nadie mantenga con él comunicación oral y escrita, que nadie le preste ningún favor, que nadie permanezca con él bajo el mismo techo o a menos de cuatro yardas, que nadie lea nada escrito o transcripto por él”. Las palabras no son tan solo grafías ingenuas, sino los signos de la pólvora. Si Sócrates prefirió la cicuta mortal en lugar del exilio fue por negarse a experimentar la existencia invisible de quien transita por el mundo como si no estuviera vivo, pero sin la anulación del dolor, esa única ventaja de la muerte. Es preferible extinguirse a devaluarse poco a poco. ¿Por qué nos duele ser excluidos de una plática, desdeñados por los operadores de teléfono o bloqueados por la persona a la que en algún momento amamos? La ciencia aclara las heridas del silencio: la corteza cingulada anterior de nuestro cerebro se activa cuando somos ignorados y esa misma corteza es la que detecta los diferentes niveles de dolor.

La negación de la palabra se vuelve un castigo tormentoso por su cualidad de agresión pasiva: anula al otro y no le ofrece un plazo límite, la tortura pesa en ignorar cuándo se recobrará la palabra, pues si es la comunicación la que se suprime, ¿cómo poder preguntarlo? Pueden ser horas, días, meses… ¿Qué pensaría Yumi durante los veinte años en los que Otou le aplicó la ley del hielo? El sufrimiento de ella era no poder hablarle, pero también el no saber si el rechazo acabaría de pronto —hay silencios sin plazos límite— ni tener claro por qué empezó esa anulación. La cámara hace zoom en los labios resecos de Otou mientras hablan de lo celoso que él se sintió por la atención que Yumi le prestaba a sus hijos: al sentirse desplazado, la desplazó a ella.

Las facturas de Izzi, a diferencia de tu silencio, sí tienen fecha de vencimiento. Para mí, la ausencia asume el rostro de una cifra mensual, tres dígitos que vuelven como un recordatorio de lo perdido, un pago pendiente que jamás termina y no tiene para cuándo acabar con el eterno retorno de los vestigios.

III: las presencias

Accedo a Facebook, doy clic en tu nombre, se abre una nueva pestaña. Este contenido no está disponible en este momento. Es posible que el enlace que seguiste haya caducado o que la página solo sea visible para un público al que no perteneces; la frase traza la estela de tu yo virtual, ahora extinto y del que solo queda este fantasma.

No son las ausencias las que duelen, sino todo aquello que permanece de lo perdido. No es la desaparición, son las presencias. Por eso me fatigan las conversaciones con los agentes telefónicos: ya nada sobrevive de nosotros, pero tu empecinado nombre sigue siendo un obstáculo. Y no puedo decirle a la voz del otro lado de la bocina que el problema no está en que te hayas ido, sino en todo lo que dejaste: los platos sin lavar, la cuenta pendiente de pago, una patineta, el cuadro de Pulp Fiction. No puedo dictarle el inventario de lo que queda de ti en casa, decirle que desde hace seis meses lo único que conozco de ti son dos pesas de seis kilos cada una y un ejercitador de abdominales, un dinosaurio armable de madera y dos fidgets spiners, una cigarrera de Marlboro, la filosofía política revuelta en el librero, una televisión que ya no sirve, páginas de Sergio Galindo y Roald Dahl, el periódico que usaste de cortina, la lavadora, discos de música que van desde The Doors hasta José Alfredo Jiménez, una copa que te robaste en la presentación de un libro, un patito de goma, tu licencia de conducir de Tamaulipas, una botella de mezcal que casi te deja ciego, dos celulares viejos, un bong de plástico, tus estudios de cardiología: el dibujo de tu válvula mitral, aórtica, pulmonar y tricúspide, los resultados del Banco de Sangre y el certificado de la donación que hiciste cuando aún pensábamos que Max sobreviviría a la leucemia, un encendedor con navaja, las manchas que dejaste en la pared, un pez cantante, ropa que sigue colgada en el perchero, tu certificado de bachillerato, el casco que usaste tras el sismo, la promesa de un hijo, zapatos ya enmohecidos, publicidad de Greenpeace, un frasco lleno de hojuelas de pescado y tu tortuga con su caparazón, cerámica sinople, donde se inscribe mi nombre ostraquizado.

Los objetos se resisten a la partida y se vuelven flores de Coleridge, mediadores entre dos mundos, dos tiempos. Las pérdidas y los cuentos fantásticos comparten esa intercesión del umbral. Así como el hombre de “La cena” de Alfonso Reyes encuentra en su ojal una florecilla modesta que él no cortó, así los objetos se vuelven no solo evocaciones sino testimonios del pasado. Recuerdan aquella nota del siglo XVIII recuperada por Borges: “Si un hombre atravesara el Paraíso en un sueño, y le dieran una flor como prueba de que había estado allí, y si al despertar encontrara esa flor en su mano… ¿entonces qué?”. No nos podemos fiar de la veracidad de los recuerdos que, ordenados y resignificados, distan mucho de las sensaciones vívidas y revueltas. Pero los objetos que subsisten a las ausencias, como las flores del ensueño, habitan el mundo de la memoria y el mundo de la experiencia; son crisoles del ayer y el ahora.

Tu retrato se desperdiga en minucias de la casa y su diseminación hace más presente el vacío. No por nada las almohadas se convierten en el tesoro más valioso y triste de los divorciados: algodonosas atenuantes de los huecos, bálsamo del cuerpo ausente. Todo objeto que es semilla de la remembranza funciona como las palabras mediadoras, frases que accionan el mundo al pronunciarse. Lo sabía el centurión que le pide a Jesucristo ayuda para aliviar a un sirviente paralítico y que, viendo la disposición de él para ir hasta su hogar a curarlo, le responde: “yo no soy digno de que entres a mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanar su alma”. La palabra pone en acción.

Quizá por eso el lenguaje es un espejo, alimento de los locos, simulacro y permanencia. Aunque la burocracia telefónica rechace mis solicitudes y tú seas un entusiasta del mutismo, afanado en acabar con los canales de nuestra comunicación, la palabra íntima persiste en tanto se le convoque. Tú estás indispuesto, pero la escritura nunca.

¿Por qué escribir un ensayo? La respuesta, en su origen, no atiende a formas ni aspiraciones literarias o eruditas que parecen otorgarle los escritores y críticos de hoy, sino a una humana y profundísima tristeza. El ensayo no es nada sin la pérdida. Nace de ella, se alimenta de carencias. Escribo por la misma razón que Montaigne comenzó a escribir ensayos: encontrar un paliativo de la ausencia. Como él, me he quedado con una conversación interrumpida y no existe otro refugio que la escritura. La amistad de Michel de Montaigne con Étienne de La Boétie se nutría de una confidencia definitiva e inigualable. Sus conversaciones eran intercambios desbocados de comprensión mutua. Con las mejores compañías, esas que nos hacen encajar sin titubeos, las palabras fluyen a chorros haciendo que las horas pasen como agua. Luego de la muerte de Étienne de La Boétie, Montaigne se enfrenta a un dolor peculiar, uno que le parece peor que ningún otro: el de la soledad producida por el silencio absoluto. Absorto en sus pensamientos y refugiado entre las paredes de su torre, nota que la muerte no es otra cosa que la cancelación de la palabra. Muerto tú, ¿a dónde van a parar las digresiones? ¿A quién decirle ahora, se pregunta, los sobresaltos de lectura, los datos insólitos y pensamientos nimios? ¿Qué hacer con todo eso agolpado en el pecho, la tráquea, la cabeza?

Al negarme la palabra me convierto en un eco cada vez más difuso y lejano. Si no hablamos, no existimos para el otro. Escribo para explicarme por qué en el verbo también se cifra la existencia. Montaigne y yo, nuestra causa es una sola, pero la diferencia radica en que tu pérdida no fue azarosa, sino un decreto tuyo. Decidir anular los vínculos, arrebatar la palabra, no es otra cosa que un simulacro de la muerte. Y no existe otra vía para recuperar el lenguaje perdido más que en ésta, el habla de Montaigne, habitación de los que están solos. Por eso me aferro a las contingencias del ensayo, por el derecho a la incertidumbre, por ser el único texto que puede quedarse como nosotros: esperando eternamente en la línea telefónica, ambiguo, incierto, inconcluso.


Autores
(Ciudad de México, 1993). Ensayista y docente. Ha sido beneficiaria de las becas de la Fundación para las Letras Mexicanas y el programa "Jóvenes creadores" del FONCA. Ha recibido diversas distinciones, una de las más recientes es el Premio Nacional de Ensayo Joven "José Luis Martínez" 2020.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo
Foto tomada de Pixabay

La reciente participación del equipo mexicano de futbol Tigres de la UANL, significó para cualquier equipo en la historia del balompié mexicano, la mejor participación en este torneo desde su inauguración en el año 2000, superando actuaciones destacadas como la del Necaxa enfrentando al Real Madrid por un tercer lugar o a las de Monterrey y Atlante jugando grandes partidos contra Liverpool y Barcelona a pesar de perder. ¿Pero cuáles fueron las claves de este equipo regiomontano que tanto da de que hablar para bien o para mal?  Acá algunos detalles de este controvertido equipo:

 

André Pierre Gignac o el temple de un gitano

Es la noche del 22 de julio de 2015, minuto 17 y Rafael Sobis se prepara para sacar un tiro de esquina. En el área solo hay cinco Tigres esperando el servicio. El brasileño patea de pierna derecha un mal córner que queda corto. La defensa del Inter despeja sin problemas hasta el medio campo en donde Israel Jiménez controla sin problemas y extiende el balón por la banda derecha a Jürgen Damm quien, sin pensarlo, desborda hacía el fondo y mete un centro bombeado casi perfecto: “el remateeeeeeee goooooooooooool de Andre Pierre Gignaaaaac se estrena como goleador de Tigres”. A partir de ese momento, la leyenda del Bomboro comenzaría en tierras regias.

El francés llegó a México con el incentivo de jugar las semifinales y una posible final en la Copa Libertadores (torneo de clubes más importante de América) y desde luego, con un sueldo de los más altos que daba la liga en ese momento. El click con sus compañeros, cuerpo técnico y afición fue casi inmediato, su carisma y entrega lo hicieron adaptarse muy rápido a nuestro país, anotando 28 goles y asistiendo en 4 ocasiones en su primer año. Gracias a este desempeño, jugó la Eurocopa de 2016 e su país natal, quedando subcampeón ante Portugal de Cristiano Ronaldo.

Pero quizás Gignac tenía un plus sobre otros extranjeros que llegaron a México con etiqueta de superestrellas y con mayores expectativas como Bebeto Djalminha, Solari (ahora técnico del America), Donovan y hasta Ronaldinho. El francés nació en una familia de gitanos españoles y después vivió entre los Manouches, muy cerca de la ciudad portuaria de Marsella, así que, en su niñez y parte de su adolescencia, se la pasó viajando de un lado a otro a bordo de casas rodantes, vendiendo o trabajando en ferias, cazando ciervos o conejos para comer, y adaptándose a la vida errante que le tocaba.

Infancia es destino, ya lo sabemos y Gignac no parece ser la excepción. Él mismo cuenta que esa primera vida como gitano le enseñó a nunca medir esfuerzos cuando se trata de estar en la cancha. Quizás esa fuerza lo ha ayudado a sobresalir en cada torneo que ha jugado para los Tigres, a diferencia, por ejemplo, de esos otros dos franceses (Jeremy Menéz y Andy Delort) que desde otros equipos trataron de replicar el efecto Gignac y no lo lograron. Ni siquiera se le acercaron un poco.

Gignac se peleó con su técnico Didier Deschamps por no rendir lo que tenía que rendir cuando ambos estaban en el Marsella FC; conquistó a Marcelo Bielsa por su entrega y por contagiar de animosidad, garra e ímpetu a sus compañeros; enamoró al más enojón y exitoso de todos los técnicos que hay en México (Tuca Ferreti); y reconquistó a su antiguo entrenador para llevarlo a la Eurocopa portando la camiseta número diez y dejando fuera a jugadores que jugaban en equipos y ligas más importantes.

El francés más mexicano, o quizás, más regio, siempre se sintió querido por la afición de Tigres, a tal manera y a solo 4 meses de estar jugando en Monterrey, en un amistoso Francia vs Alemania en el 2015. Monsieur Gignac le dedicó un gol a la porra Libres y Lokos, con la seña característica de estos hinchas: hizo la doble “L” entrecruzando los dedos y las manos desde el otro lado del charco.

A más de cinco años de su llegada, convertido en el máximo goleador en la historia de Tigres, con un hijo mexicano y en camino a ser uno de los más grandes del club, se le preguntó sobre su país de origen al terminar de jugar la final (en la que se le reconoció como el segundo mejor jugador del torneo), y Dédé, como también se le conoce, respondió con una sonrisa: “supe que pasaron el partido en Francia, mi familia pudo ver el partido… extraño un poco Francia, pero estoy muy bien en México”.

 

Por lo menos a semifinal

Llegar al Mundial de Clubes para los equipos mexicanos es casi una obligación, y ganar el torneo (Liga de Campeones de la Concacaf) que los catapulta al Mundial es casi como un día de campo dependiendo de la seriedad con la que los equipos lo tomen, ya que sus rivales del área no tienen ni la infraestructura y ni el poder monetario que generan los equipos de la liga mexicana. Si acaso, los equipos de EUA (que cada vez son mejores) ponen mejores trabas pero aún son muy pocas.

Al jugar el Mundial suele pasar lo mismo, los campeones de Oceanía, África o Asia no suponen una verdadera amenaza, es por eso que la mayoría de la prensa, exige a los equipos llegar por lo menos a semifinal, pudiendo perder o ganar según la lotería que les toque en el sorteo (al enfrentar primero al campeón de Sudamérica o de Europa) pero siempre con ese partido como mínimo. Algo similar a lo que se le exige a la Selección Mexicana de llegar a un quinto partido como premio y como obligación a octavos de final en el Mundial de Futbol.

Necaxa, América Chivas, Monterrey, Pachuca y hasta el Atlante, han participado en el torneo, siendo las Chivas del 2018 y Pachuca del 2007, los equipos que peores registros dejaron en el torneo. Monterrey en cambio, fue el último equipo que mejor sabor de boca dejó al jugar con enorme categoría la semifinal contra Liverpool en el 2019, sin embargo, los ingleses les ganaron 2-1 a instantes de alargar el juego en tiempo extra. Al final los Rayados se quedaron con el tercer lugar al ganarle en penales al campeón de África.

Como se puede ver, parece que los equipos regiomontanos han dominado los últimos años la liga mexicana y, de cierta forma es verdad. Tanto Monterrey (FEMSA) como Tigres (CEMEX/UANL), son los equipos más prósperos de la liga mexicana económica y deportivamente hablando, son los que mejor pagan e invierten en buenos jugadores ya probados o consagrados, que les reditúa en buenos resultados, a diferencia de equipos que poco a poco pierden la grandeza (como Cruz Azul) o se han estancado al ser dueños de varios equipos de futbol (Grupo Pachuca).

 

Nahuel Guzmán y el arte de defender

En espera de la entrega de trofeos y medallas, cada equipo espera en su lado, sin embargo, un intruso se acerca de a poco al equipo alemán: Es Nahuel “El patón” Guzman. Neuer se da cuenta y lo intercepta, pero el portero argentino con un breve saludo lo aparta y se dirige a su objetivo que esta más atrás. Llega frente a Robert Lewandowski y le reclama que utilizó la mano en el gol con el que ganaron la final. El nueve polaco se sorprende y le dice una, dos veces, tres, que no, que él no metió ninguna mano e incluso gesticula con sus brazos que no hizo esa trampa. Nahuel se ve triste más que enojado y decide apartarse, ya nada se podía hacer, pero para el arquero, Lewa tenía que enterarse de que lo que hizo estaba mal.

Nahuel Guzmán le ha dado una solidez tremenda al equipo de Tigres, pocas veces se equivoca y tiene una presencia bárbara en el área. Es capaz de poner nerviosos a sus rivales a la hora de atajarles penales (una de sus especialidades), sabe manejar los tiempos de cada partido, juega con los pies y tiene gran juego aéreo, sabe perder el tiempo e incluso fingir un golpe inexistente cuando se requiere. Es colmilludo, marrullero y polémico, de no existir el VAR, haría más cosas ilegales para favorecer a su equipo. Sin duda “El Patón” es un gran portero como los de antes, que infinidad de veces ha ganado partidos él solo para los Tigres.

Pero como buen equipo defensivo con el sello característico de Ricardo “Tuca” Ferretti, Nahuel necesita socios y los encontró en sus defensas centrales (Diego Reyes y Carlos Salcedo) y sus mediocampistas defensivos (Guido Pizarro y Jesús Dueñas), jugadores fuertes, aguerridos e incansables que, a excepción de Dueñas, llegaron de equipos europeos como el Sevilla, el Porto o el Frankfurt. Cinco piezas inamovibles comandadas por el portero argentino que lograron un par de partidos tremendos en este mundial, antes de jugar la final contra el Bayern Munich.

 

Tigres-Palmeiras la verdadera final

Que los equipos mexicanos jueguen contra equipos sudamericanos, en especial brasileños o argentinos siempre es un espectáculo. Los sudamericanos pierden el tiempo, patean, cortan el juego, fingen faltas y lo mejor de todo es que el árbitro siempre está a su favor. Esta historia la conocemos desde 1998 cuando los equipos mexicanos fueron invitados por primera vez a jugar la Copa Libertadores. Es por eso que cada equipo de México que logró llegar a semifinales o finales de ese torneo o de la Copa Sudamericana, se merece elogios aparte.

Cómo olvidar las actuaciones de jugadores como el Bofo Bautista ganándose escupitajos y todo el odio del estadio de Boca Junios, o el temple y los goles de Cuauhtémoc Blanco frente a equipos brasileños, o la fuerza y convicción de Paco Palencia al anotar el gol que empataría la final contra Boca Junios en medio de un infierno de gritos y gases lacrimógenos aquella noche en la Bombonera. Contra todo y todos, la mayoría de equipos mexicanos que llegaron a esas instancias dejaron una huella imborrable y crearon una empatía tremenda a pesar de no hinchar por ellos.

Con Tigres fue algo similar más no igual porque no son un equipo que cree esa empatía de otros equipos históricos y esta vez no se jugaría con las reglas de la Conmebol, afortunadamente para el equipo regio. A los brasileños del Palmeiras se les trató como a los mexicanos, incluso se vieron exhibidos de lo malos que eran, esta vez se toparon con el equipo más sudamericano que tiene la liga mexicana y que, además, sabe jugar bien cuando se lo propone.

Palmeiras salió a hacer lo que lo llevo a ganar la final de la Libertadores, romper el juego, esperar, contraatacar, intimidar y pegar cuando se debía, no por nada tenían en sus filas a Felipe Melo, un clásico jugador incendiario acusado de mala leche y de golpear y lesionar a jugadores contrarios cada que le place sin temor a sanciones o consecuencias. Tigres hizo lo suyo y en una primera mitad de golpes mutuos, supo aguatar el juego brusco de los brasileños con mejor futbol, destacando jugadores como Rodríguez, Salcedo, Nahuel, Quiñones y desde luego Gignac.

El partido terminó al minuto 53, cuando Gignac marcó desde los once pasos, un penal de los brasileños sobre González. Como bien sabemos en México, nunca es bueno que primero te anoten los Tigres, porque después, es casi imposible darles la vuelta. Después del gol empezó otro partido, si bien Palmeiras lo intentó, simplemente no pudieron contra la barrera que el equipo de Ferretti les puso, aunado a la gran actuación de Nahuel que comenzó a mover los hilos del juego como más le gusta. Sin duda, este partido, menos disparejo y más peleado, nos recuerda la necesidad de restablecer los vínculos entre las federaciones americanas para elevar el nivel competitivo. Es donde quizás CONCACAF y CONMEBOL deberían trabajar más y no solo esperar un partido cada año.

 

El arte de la trascendencia

La polémica comenzó cuando algunos jugadores de Tigres dijeron que, al jugar el Mundial de Clubes, no representarían a México sino a su club en específico, a la institución solamente. Esta declaración seguramente vendió portadas de diarios, visitas a sitios webs y enojó a gran parte de la afición mexicana necesitada de logros ajenos más que los propios. Después el técnico y algunos jugadores salieron a decir que siempre sí representaban al país, pero el daño ya estaba hecho.

En ese afán de vanagloriar lo inmediato y olvidar lo que se construye con años de trabajo, al Club Tigres se le ha tratado de llamar equipo grande (al nivel de América o Chivas), equipo de la década (por los títulos recientes). Sin embargo, el equipo no tiene relevancia más allá de los aficionados regiomontanos, que además están divididos por su rival y vecino el Club de Futbol Monterrey. Sumado a eso, dichas declaraciones aumentaron la polémica y dan la razón a los que dicen que Tigres está muy lejos de ser un equipo grande ya que solo representan a una región y ni siquiera tienen un número considerable de aficionados fuera de Monterrey. Quizás su grandeza venga cuando sean el equipo con más títulos en la historia de la liga, pero aún están lejos de lograrlo.

En cuanto a la cancha tampoco es un equipo que podamos considerar o equiparar con los grandes, los que juegan siempre a ganar porque de eso depende su historia y su prestigio. En la mayoría de sus partidos Tigres juega a no perder, a defender y “dormir” la pelota el mayor tiempo posible, a meter como se dice, el camión en la portería para no recibir goles, la prensa y los rivales se burlan de esto llamándole el Tucamión. Basta recordar la final contra el León del 2019, en la que, en el partido de ida, con gol de Gignac ganaron 1-0. La vuelta terminó 0-0 con un León desbordado al ataque, pero sin nada que hacer ante un equipo experto en defender y romper el juego.    Algo similar pasó en la final del Mundial frente al Bayern Munich: pocas llegadas, todos abajo y que el rival se desgaste. Si bien Gignac intentó lo más que pudo al ataque, Ferretti decidió jugar a lo de siempre y conformarse con lo que ya tenía ganado antes de que empezar el juego: el segundo lugar.

Los tigres, fieles al estilo de su entrenador se dedicaron esperar, a intentar dormir la pelota, a los contrarios y desde luego, a los espectadores. No a sus aficionados pues ellos ya están acostumbrados a eso, pero sí al público en general que los vio por el morbo de qué pasaría si lograban llevar al Bayern al menos a los penales, que seguro, era el plan de Ferretti ante la enorme confianza que le tiene a su portero.

En general el encuentro fue aburrido, más allá de un primer tiempo bueno en el que los Tigres generaron buenas jugadas, los alemanes estaban a tiro y era cuestión de tiempo para que anotaran. Presencia nomás se dice en el barrió cuando se sabe que un equipo es más fuerte y ganará solo con presentarse. Quizás si los Tigres hubieran apretado más, los alemanes hubieran hecho un mejor encuentro, pero no pasó nada, ellos también hicieron lo mínimo para ganar y el equipo regio hizo lo que mejor sabe hacer para aumentar la polémica de sus detractores: jugar a no perder.

Como aficionado al futbol me hubiera gustado que los Tigres jugaran de otra manera, más apegado a los buenos equipos mexicanos que han existido, o bien, a los partidos (contados) en los que esos mismos Tigres, han aplastado a sus rivales. Ojalá que, como dijo Gignac, los Tigres regresen a ese torneo más fuertes y puedan trascender en la historia de los equipos que se quedan en la memoria, los que hace algo más de lo que ya tienen ganado, los que se vuelven grandes en momentos como este.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.
Ilustración por Axel Rangel

 

Rayo de sol

En la luz podemos ver el tiempo,

contamos los segundos, en la luz,

envejecemos.

No hemos visto nada, todavía, que demuestre que se crea energía

en el universo

no hemos visto nada,

                                            todavía

No hemos visto

nada

 

 

 

Habitación pasillo

En la habitación de ventanal y pasillo, con solo dos muros en los que

nada

el sol de las primeras horas de otoño,

las cosas

se alargan por sus sombras.

 

Sobre el suelo manchado,

con el tapete doblado,

huele a madera; sol; a jardín secreto detrás de una iglesia durante un bautizo.

 

Una niña de tres años juega a pisar las manchas del marco de la ventana

tras

lucido 

a sus pies,

sentada junto al cuerpo de su madre, que no reacciona,

y un jarrón de flores

 

-azul, marrón y amarillo-

volcado por el suelo, con las flores

como llovidas por el 1/4,

deshechas,

deshojadas,

 

marchitas

 

 

Pré-rvert 1

Estás loca.

Me dice.

Il a mis

Que me van a encerrar porque

Il a tourné

Estoy loca

Me repite.

Il a bu
Et il a reposé le…
Sans me parler
Il a allumé

La primera vez que le dije

dans le cendrier

Te odio

Il a mis

Ses mains sur moi

Sans me regarder

Papá, te odio

tanto

Il a fait des ronds

Puis

él se va,

con un “perdón”

Un par de lágrimas

parti

Y yo estrello

mi cráneo en la pared.

 


Autores
Es licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en la revista digital C de Cultura. Actualmente es reportera en el periódico La Crónica de hoy, así como miembro del Consejo Editorial de Mexicana de Arte.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo
Ilustración por Jal Reed

Mi cuerpo sin piel, sangrante

Mi cuerpo sin luz, río seco,

(…) Mi cuerpo sin voz, caduco,

Mi cuerpo con sed, intacto,

Mi cuerpo sin mí, rastrojo

–  Diana del Ángel, Ausencia

“Se busca”, “se busca”, “se busca”; los volantes pegados unos sobre otros en las calles, las portadas de los periódicos, los cientos de “compartido” en Facebook; estas dos palabras que claman por las víctimas de las desaparecidas se convirtieron en una metáfora de nuestra vida en el país. Un montaje, una puesta en escena fantasmal de cifras, rostros,  restos y, sobre todo, de una violencia ininteligible, natural, cotidiana. Nuestra identidad está definida por el contexto en el que nos desenvolvemos: nuestro territorio nos determina.

Gloria Anzaldúa comenta sobre las mujeres chicanas como las deslenguadas, las de la lengua huérfana, que no son ni de aquí ni de allá1; esta condición de invisibilidad de su lengua está definida por las regiones fronterizas en las que crecieron: vencer la tradición del silencio sería legitimar el Spanglish, el Texmex o el Pachuco como una lengua más, con un código propio intransferible. Ahora bien, ¿cómo se traducen estos códigos de la lengua en el cuerpo?

Yes, yes, that´s what I wanted, I always wanted,                                                  

I always wanted, to return to the body where I 

was born. 2

El cuerpo es la primera frontera entre un yo y un otro; y el de la mujer, a lo largo de la historia occidental, ha sido un escenario sobre el cual se han instaurado luchas, pactos y alianzas. Desde las “cazas de brujas” realizadas por los conocimientos que éstas tenían sobre la medicina y la sexualidad no reproductiva de las mujeres; el dominio masculino de la procreación al servicio de la reproducción del trabajo; y hasta la crueldad de los estereotipos de belleza, las mujeres han sido despojadas sobre el control de sus cuerpos y, con ello, se les ha privado de su integridad física y psicológica.

En su ensayo “La primera persona del plural” Cristina Rivera Garza habla sobre un video animado de la artista Wangechi Mutu titulado “El fin de cargarlo todo”. En éste, podemos ver durante diez minutos a una mujer que carga una cesta sobre su espalda, mientras avanza esa cesta se va convirtiendo en una casa y luego en un mundo, hasta que el peso es tanto que la mujer termina siendo devorada por la tierra. 3 Es decir, la mujer por un lado ha sido despojada de su propio cuerpo y, por otro, ha sido obligada a cargar el mundo a cuestas con él. Lo corpóreo como ente politizado, privatizado y desnaturalizado: el principal símbolo de explotación pero también de resistencia.

“Escribir el cuerpo”, como se planteó Woolf y se

propone Héléne Cixous, es sólo el principio. Tenemos

que reescribir el mundo. 4 

¿Cuál es la dinámica corporal a la que se confieren los feminicidios, por ejemplo, de la misma frontera de la que habla Anzaldúa? ¿Bajo qué significantes territoriales se adscriben? ¿Cómo se constituye este discurso de las víctimas de feminicidios, de los “Se busca”, de la violencia? ¿Cómo vencer la tradición del silencio, ya no de la lengua, sino de los cuerpos?

Las víctimas de Ciudad Juárez y, en realidad, de todo el país pueden tener dos destinos: pasar de vivir en un territorio peligroso, delicuencial, susceptible de vulnerarlas día tras día, a uno de cifras, en el que su rostro e identidad se diluyen en un número más; o pasar del mismo territorio peligroso a uno ilegible, movedizo, perteneciente al limbo, en donde no hay quien pueda encontrarlas y en donde se convierten en la nada: una cartografía de desaparecidas. En cualquiera de los dos casos, la mujer es una identidad despersonalizada, pierde sus cualidades individuales para pertenecer a un grupo categórico designado por el Estado, Max Weber lo llamó: el monopolio de la violencia. 5 

No pasa nada, dirá ella. Nada, repetirán los que vengan.

Nada. Como el silencio del desierto. Nada.                     

Como los huesos de las víctimas dispersos en la noche. 6 

Todo acto de opresión lleva una firma. El cuerpo de la mujer se convirtió en una forma de simbolizar el territorio: si la masculinidad es un estatus que se gana y que requiere de aprobación (también masculina), entonces la corporalidad femenina es el conducto por el cual el hombre obtiene el poder de colonización que le permite ser merecedor de dicho estatus y, además, exhibirlo.

Quien viola y tortura puede decidir sobre la vida de una mujer, con la confianza de que no recibirá ningún castigo, lo cual permite al agresor dar un mensaje social de dominación. Colonizar un cuerpo es controlar territorialmente; es marcar, dejar impresa esa firma que manifiesta lo que Rita Segato denomina “violencia expresiva”, la cual tiene como finalidad primaria controlar por completo la voluntad del otro. 7 

En un inicio se comentó cómo con la expropiación del cuerpo la mujer también sufría el despojo de su integridad psicológica. Precisamente de eso se trata la violencia expresiva, la violación y el feminicidio. No es la simple satisfacción de un deseo sexual, es la subordinación emocional, psicológica y moral del otro.

Lege rubrum si vis intelligere nigran (Lee lo notado en rojo si quieres entender lo escrito en negro) 8 

Así como el discurso de la propiedad forma parte del sistema patriarcal, también el discurso de la violencia. Todos hablamos ese lenguaje represivo, es un sistema de comunicación que naturalizamos y del cual nos apropiamos: “los crímenes sexuales no son obra de desviados individuales, enfermos mentales o anomalías sociales, sino expresiones de una estructura simbólica profunda que organiza nuestros actos y nuestras fantasías y les confiere inteligibilidad. 9 

¿Cuál es el lenguaje de los feminicidios? Es precisamente el del cuerpo de la mujer sacrificado para la obtención o reafirmación de un bien mayor: la mantención del poder y de cierto posicionamiento masculino. Los feminicidios no son crímenes comunes de género, son la firma de la posesión territorial; crímenes que dialogan con la ley con la que todos nos respaldamos y en la única en la que podemos buscar apoyo, por eso ni siquiera tenemos un modo de afrontarlos, porque sobrepasan las categorías sociales y jurídicas que nos rodean, son indescifrables.

Para que todas podamos ser nombradas

Para que no deje de retumbarnos en la cabeza                             

hasta  que gritemos. Alzo la voz para no negarnos,

porque tenemos nombre y no dejaremos que lo olviden. 10 

Ciudad Juárez es un espacio en donde desde principios de los años 90 se concentraron estos crímenes. Sin embargo, la ciudad chihuahuense es el espejo de una realidad que ocurre en todo el territorio nacional: “Las muertas de Ciudad Juárez planteaban un acertijo donde se transparentaba el país: la dificultad de la justicia y el peso de sus inercias de ineptitud y corrupción. Pero la certeza del mal en una frontera mexicana también se expandía poco a poco hasta rebasar el perímetro de la aldea, e incluir lo global.”11 La frontera ya no solo se limita al espacio geográfico sino a la corporalidad. Las mujeres se convierten en un nuevo mapa de la realidad en México.

… Y tú me devolverás los cuerpos de mis niños y niñas;

los depositarás en las playas de la isla y los prebendados 

los pondrán en las criptas del templo (…), y mostrarán 

a los viajeros piadosos todos estos huesecillos blancos   

esparcidos en la noche… 12

¿Cómo se les llama o se lidia con los crímenes en los que prevalece el control totalitario, ya sea de grandes corporaciones como las de medios de comunicación, instituciones financieras, organismos legales, fuerzas armadas, etc., o ya sea del Estado? Tendríamos que generar nuevas categorías, en primer lugar, para desinvisibilizarlos y dejar de trasladarlos equívocamente a la categoría de crímenes de género por motivos sexuales, y en segunda, para desmantelarlos y accionar contra ellos con las herramientas necesarias. En su momento, los feminicidios de Ciudad Juárez no se consideraron feminicidios sino “homicidios de mujeres”. Esta resistencia en el lenguaje y en las maneras de ver y crear el mundo, es respuesta de las autoridades que insisten en salvaguardar y en demostrar su dominancia sobre las otredades. Actualmente, el lenguaje estandarizado patriarcal normaliza la violencia y nos deja sin la capacidad de nombrarla, pues pertenece a estas autoridades instauradas en la hegemonía que lo aplican para traicionar y encubrir. Por eso, lenguajes como el chicano o el que aplica visiones feministas sirven de resistencia ante el discurso hegemónico.

La figura de la mujer se ha establecido como el espacio oportuno para desarrollar relaciones de poder y subyugación, pero por esto mismo también se ha constituido como el principal terreno de lucha y liberación colectiva. Las significaciones del cuerpo, del lenguaje y del territorio convergen para visibilizar el régimen político al que han sido adscritos. Deshabitar el mandato patriarcal implica transformar las visualizaciones de un sistema caduco en acciones urgentes que prioricen a los cuerpos transgredidos, desde lo discursivo y hasta lo geográfico; tal vez así, la firmeza de nuevos trazos marcados creará un mapa ya no de dominios, sino de autonomías.

Somos como la paja de páramo que se arranca y               

vuelve a crecer… y de paja de páramo sembraremos

el mundo.13

 

 

Bibliografía:

Anzaldúa, Gloria, Borderlands/ La Frontera: The New Mestiza, España, Capitan Swing Libros, 2016.

González Rodríguez, Sergio, Huesos en el desierto, 3ª edición,  México, Anagrama, 2006.

Juaregui, Gabriela, Cristina Rivera Garza, et. al, Tsunami, México, Sexto piso, 2018.

Segato, Rita, La escritura en el cuerpo de las mujeres asesinadas en Ciudad Juárez. Territorio, soberanía y crímenes de segundo estado, Buenos Aires, Tinta limón, 2014.

Weber, Max, La política como vocación, España, NoBooks, 2011.


Autores
Ciudad de México, 1997) Estudió la licenciatura en Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. Escribe principalmente ensayo y dramaturgia. Es integrante del Grupo Representativo Águilas La Salle Teatro desde el 2013. Fue participante en el Festival Internacional de Teatro de la UNAM en 2017 y 2018, y ganadora al Premio a Mejor Actriz en el 2018. Forma parte del consejo editorial de la revista Universitarios del periódico Reforma. Ha estudiado ballet clásico en el sistema Royal Academy of Dance y le interesan las conjunciones que se pueden formar entre la danza y la literatura.

Ilustrador
Jal Reed
Foto sin copyright tomado de la base de datos de Google

“Este género artístico, en lo que se refiere a la lengua, es el más próximo al terreno de la conversación social. Todo lo presentado por él vive en las costumbres de la época y del pueblo.”1

Desde los años 90, se ha promovido en la traducción el respeto por la alteridad cultural. Nuevas voces cuestionaron las prácticas etnocéntricas que promueven la fluidez del texto meta, la invisibilidad del traductor y la homogeneización de los textos, y salieron en defensa de la finalidad ética de la labor traductora: albergar la otredad. En el teatro, por ser un género híbrido, que se escribe, pero que ha de representarse ante un público, la producción de textos más inteligibles para los espectadores hace más difícil la resistencia a la ‘domesticación’ de la literatura dramática.

En 1976, en la conferencia de Lovaina, Bélgica, André Lefevere declaró que los estudios de traducción debían independizarse de los estudios literarios y lingüísticos para analizar los textos desde su red de signos culturales. Desde entonces, Lefevere y Susan Bassnett desarrollaron este enfoque en diversas publicaciones. El giro cultural, como se llamó este cambio de paradigma, alejó a la disciplina de las metodologías prescriptivistas tradicionales y puso énfasis en los procesos culturales que motivan la traducción y que se ven afectados por ella.

Una vez apoyada por los estudios culturales, la traducción, como disciplina, se alejó de la concepción hegemónica y elitista de la cultura (que se sostenía en la dicotomía entre alta y baja cultura), para llegar a la noción de culturas, en plural, y al cuestionamiento del canon literario. El valor de los textos se comenzó a observar como una construcción cultural, y no como algo intrínseco. Se volvió necesario pensar en la traducción como un mecanismo de manipulación cultural en el que se desenvuelven dinámicas de poder que determinan qué se traduce, cuándo y cómo. Pero no fue sino hasta los años 90 que se instauró oficialmente el giro cultural en los estudios de traducción.

En La invisibilidad del traductor, Venuti habla sobre un concepto muy utilizado en la tradición anglosajona para evaluar las traducciones literarias: la fluidez. La búsqueda de la fluidez y la ilusión de la transparencia, es decir, que las traducciones se adapten al lenguaje contemporáneo y a los valores culturales de sus receptores de forma que no puedan identificar el origen extranjero del texto fuente, es un problema cultural, ya que las traducciones no reflejan las diversidades culturales de los textos fuente y se fomenta una cultura monolingüe y limitada.

La fluidez hace desaparecer la otredad, lo extranjero, porque domestica el lenguaje, y lo adapta a sus propias particularidades gramaticales y léxicas, al tiempo que cambia los referentes traducidos por unos más cercanos a los de la cultura de llegada, lo que borra las particularidades del autor y la cultura de origen. Esto es justamente lo que para Berman constituye una falta a la finalidad ética de la traducción, que es permitir la entrada de lo extranjero para que el lector pueda aceptarlo. Así, el traductor debe brindar al lector “el goce genuino de obras extranjeras”2.

El fin de la traducción es que el lector sienta la esencia de autor, un autor proveniente de otra cultura, tal vez de otra época. Si arrancamos al autor de su contexto, lo transformamos en el vecino de al lado y aplanamos su vocabulario y su discurso para no dejar oír su acento, estamos robando al autor su verdadera identidad y al lector la oportunidad de conocerla.

Ahora, al leer una novela, el lector puede ir y venir a placer, tiene tiempo de meditar, de investigar, de leer las notas a pie, etcétera. En cambio, el espectador de teatro experimenta la obra de forma pasiva y no tiene control sobre su velocidad y su desarrollo, no puede regresar si no entiende algo y no tiene más información que la que recibe a través de sus sentidos durante la puesta en escena, además de las escasas notas que haya recibido en un programa de mano.

Entonces, no parece factible traer la extrañeza de un texto traducido a un espectáculo teatral. Y es por eso que muchos traductores de teatro consideran que se debe buscar equivalentes locales de lo que dice el texto original para que la lectura (por parte de los actores, en este caso) sea fluida, de modo que se lea y se escuche ‘natural’.

En su artículo La traducción teatral contemporánea, Cristina Vinuesa habla sobre su experiencia como traductora teatral y describe su proceso ante la obra Cocina y dependencias de Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri. En su reflexión, cuenta la anécdota de tener que traducir una escena en la que uno de los personajes traía un postre a una cena veraniega, une bûche de noël, un postre francés navideño. Vinuesa cuenta que su decisión fue “salvar la escena con una equivalencia cultural”3y españolizarlo como “roscón de reyes”4 cuando el personaje hace alusión a lo original que fue su aportación, por ser junio. Así, el público pudo entender la hilaridad del parlamento.

Uno de los defensores de la traducción mediante equivalencias es Eugene Nida, lingüista estadunidense que, como parte de su labor misionera, realizó traducciones bíblicas para las comunidades que visitaba. Para Nida, la mejor manera de traducir es la equivalencia dinámica, que busca el referente natural más cercano al del texto original para lograr en el receptor del texto traducido una reacción similar a la que hubiera tenido el lector del texto original, aunque ello implique más ajustes formales y de contexto.

Esto significa que, si en el texto original tenemos a un sujeto comiendo un hotdog en Nueva York, en la traducción para un lector mexicano lo encontraremos comiendo tacos en la Ciudad de México, en una especie de ‘teoría de la liberación teatral’. En cuanto a la traducción de teatro, este enfoque ha sido aceptado y adoptado por el carácter oral de la literatura dramática, al punto en el que se aboga abiertamente por invisibilizar al traductor:

Max Beerbohm considera que el fallo garrafal de muchos de los que traducen obras dramáticas es la falta de naturalidad en las expresiones, de forma que hacen que el lector sea ‘extremadamente consciente’ de que aquello es una traducción […] parece como si su máxima aspiración fuera encontrar frases que el lector medio nunca utilizaría.5

Susan Bassnett, además de haber impulsado el giro cultural, es una de las personalidades más prolíficas en el estudio de la traducción teatral (que ha sido bastante menos explorada que otras áreas de la traducción, tanto técnica como literaria). Bassnett considera que la evaluación de las traducciones desde el punto de vista de su funcionalidad en el escenario es cuestionable ya que, al no existir una forma de medir esa funcionalidad, lo único que logra es servir como un pretexto para que el traductor manipule el texto libremente, tal vez incluso en detrimento del sentido de la obra original o de la intención del autor.

Este tipo de libertades pueden resultar en el sacrificio de la forma del texto, de las estructuras sintácticas que apoyan el sentido del mensaje, en favor de equivalentes semánticos que se acoplen a la cultura de llegada. Un texto teatral es un punto de partida. A veces el texto es modificado durante los ensayos o puede ser que la obra haya sido concebida en el escenario y escrita después –incluso hay textos teatrales que no fueron creados para actuarse.

El director hace una lectura de la obra y conjura la visión que quiere realizar. Hay escenógrafos, vestuaristas e iluminadores que trabajan hacia esa visión, pero que también pueden hacer sugerencias o propuestas de acuerdo con su área de especialidad. Y están también los actores que, al encarnar a los personajes y pronunciar los diálogos, les imprimen algo de ellos mismos. De las interpretaciones de todas estas personas (y del presupuesto de la producción) nace el espectáculo teatral como lo conocemos. Además, el traductor es solamente una de las personas involucradas en el proceso teatral y, como tal, no le corresponde decidir sobre la interpretación del texto en el escenario, sino solamente al sistema lingüístico elegido.

Mucho se ha discutido sobre la existencia de redes de significado ocultas en los textos. En el teatro, esta idea se sustenta en el método actoral de Stanislavsky, que sugiere que los actores descubren, a través del texto, una situación emocional subyacente de los personajes, que puede o no concordar con lo que expresan verbalmente. Y para los traductores las implicaciones de la existencia de este subtexto crean un desafío imposible en cuanto a su decodificación desde el idioma fuente y recodificación en el idioma meta.

Afortunadamente, para los que ejercemos esta profesión, Bassnett y otros académicos, como Egil Tornqvist, han llegado a la conclusión de que la existencia de un texto interno de estas características implicaría una decodificación distinta por parte de cada persona y habría entonces una infinidad de variantes, por lo que nunca podría ser el mismo en un texto fuente que en el texto meta. Además, la noción de subtexto es una convención exclusivamente occidental, por lo que su aplicación en la traducción teatral sería, en el mejor de los casos, limitada.

Bassnett posiciona al traductor frente a su materia de trabajo: el lenguaje. Debe entonces el traductor avocarse a la atención de los signos lingüísticos y extralingüísticos que se encuentran en el texto para facilitar el contacto entre sistemas teatrales. Para lograrlo, por supuesto, su labor estará restringida por las características de la cultura de llegada. Por ejemplo, Ducis’ tuvo que borrar algunas escenas de Hamlet para ponerla en escena, porque la sociedad francesa de su tiempo las hubiera considerado de mal gusto.6

Una buena forma de abordar la traducción teatral podría ser la que propone Eric Bentley en la introducción de El círculo de tiza caucasiano: que tal vez las primeras publicaciones de obras extranjeras deberían ser traducciones muy literales para después producir adaptaciones en las que se busquen equivalentes. De hecho, eso fue lo que hicieron él y Brecht con esta obra. Brecht le solicitó a Bentley una traducción palabra por palabra, que fue publicada en 1948 por la University of Minnesota Press, y en ediciones posteriores se publicaron cambios realizados al texto en inglés. Bentley comenta que, en ese proceso, fue de mucha ayuda la puesta en escena de la Universidad de Harvard en 1960.

Una versión literal de una obra extranjera nos lleva a visitar al autor en lugar de traerlo a nosotros. Nos permite conocer más de él, de su contexto y de su pensamiento creador. El traductor puede añadir notas para aclarar puntos que así lo requieran por las diferencias entre las culturas de partida y de llegada o por una imposibilidad de traducción, por ejemplo, de un juego de palabras. Pero las palabras estarían ahí, a disposición de lectores y directores para ser interpretadas, ahora sí, desde y para su contexto sociocultural. Entonces sí podemos hablar de encontrar equivalencias que permitan una lectura disfrutable e inteligible, sin sacrificar la otredad de autor y la extrañeza de su creación, al tiempo que se deja abierta la posibilidad para el desarrollo creativo de los artistas de la escena.

A fin de cuentas, ninguna traducción es algo definitivo y el texto teatral no es una obra terminada, sino que se culmina en la conciencia del espectador. En realidad, el texto puede manipularse y puede tener muchas intenciones originales, mediatas y finales. Es como una partitura que, con la limitación propia del lenguaje, esta ahí, esperando ser interpretada. Entonces el traductor tiene que ser consciente que es un medio para llegar a un fin y que no le corresponde realizar la adaptación, pero sí darle las herramientas al lector o al director para poder desarrollar su propuesta y definir en qué clave va a tocar esas notas.

 

 

 


Autores
Fernanda Igartua es traductora de literatura en lengua inglesa y socia fundadora de Nauta: Traducción y Cultura. Es licenciada en Estudios Internacionales por York University y cursó la maestría en Gestión Cultural y Desarrollo Sostenible. Actualmente, cursa el Diplomado en Formación de Traductores Literarios de la UNAM.
Ediciones Era, libro electrónico

Decir que un libro pertenece a la “narrativa del desierto” suena como a un juego editorial, una trampa concebida para llevar al lector a esas novelas duras, a esos cuentos de violencia y paisajes abiertos y narcos destruyendo todo el Mundo habitable. En el desierto parece, según los publicistas culturales, no existir espacio para el amor ni, para la dicha o para el crecimiento (la transformación) de los hombres. El desierto es muerte, nos han dicho.

Luis Jorge Boone (Monclova, 1977) se ha hecho famoso por ser un escritor que transita entre los grandes géneros. Me explico: tanto en sus cuentos, pongamos por ejemplo Largas filas de gente rara (FCE, 2012), Cavernas (Era, 2014), como en sus poemarios Traducción a lengua extraña (FETA, 2007), Bisonte mantra (Era, 2017) o su último Contramilitancia (Atrasalante, 2020), se percibe la tesitura de un escritor de oficio, de un letrista preocupado en la forma y el contenido, por la alta calidad de aquello que llamamos “Alta Literatura”, sin olvidarse de la cultura pop con la que ha crecido.

Boone es también novelista, y aunque hasta ahora no ha escrito teatro, pareciera que sus intereses nos llevan también a la dramaturgia y la puesta en escena, como demuestra el escenario concreto y al mismo tiempo turbio de “Las glorias del cine al alcance de todos”, relato con el que cierra Suelten a los perros (Era, 2020), cuentario ganador del Premio Nacional Agustín Yáñez 2019.

El más reciente libro de Luis Jorge Boone, tengo que decirlo, es una gozada. No hay espacios realmente superfluos en ninguno de estos cinco relatos, que funcionan con una estructura pareja que da muestras de su conocimiento en cuanto a la construcción de un libro de cuentos. A diferencia de lo que ocurre en Estados Unidos, donde muchos cuentarios se construyen con aquellos textos que se publican en revistas de todo tipo, en Latinoamérica existe la concepción de un libro redondo, conformado por historias que, a pesar de ser autónomas, buscan la cohesión de algo que bien pudiera llamarse “cuentario”.

Construir un libro así no es sencillo. ¿Bajo qué aspectos debe entenderse la cohesión de estos relatos? Otra vez, pensando en la tradición anglosajona, existen libros que sí funcionan de esta manera, y que por lo mismo en ocasiones se toman como novelas, tal es el caso de algunos libros de Alice Munro y Joyce Carol Oates; o de casos particulares como el de Winesburg, Ohio de Sherwood Anderson y Knockemstiff de Donald Ray Pollock, donde se conjuntan una serie de historias en las que los personajes se entrecruzan en un mismo paisaje o ciudad. En Suelten a los perros no ocurre lo mismo con exactitud, sin embargo, la presencia de Coahuila, específicamente la región monclovense, se manifiesta como escenario, paisaje, y hasta mismo personaje que cobra vida para explicarle al lector que el desierto es todo menos muerte, aunque exista el dolor y las heridas también supuren veneno.

El primer relato, “Mi vida con las plagas”, narra la historia de un hombre que debe enfrentarse con el destino, cuya forma es la de una rata, uno de esos animales inmundos y gigantescos, salido de una pesadilla propia de la CDMX o de la mente de Stephen King (en muchas ocasiones me he preguntado cómo hubiera sido la obra del escritor de Maine de haber nacido en Azcapotzalco). Aquí se atisba la picaresca de un hombre que no es ese “heredero de los cazadores de mamuts”, ni tampoco un espécimen propio del cine norteamericano, donde en cualquier película el personaje hombre puede desatascar una tubería, arreglar una chapa o el motor de su automóvil viejo.

El “héroe” del primer relato no es un resolvedor de conflictos, sino un simple ser humano que pasa por la desgracia, que habita, o más bien sobrevive, la casa en obra negra de su hermana, quien le cobra una renta miserable porque así puede ahorrar en lo que su vida se acomoda. Un maestro que le pregunta a sus alumnos cómo harán uno de los exámenes que no ha querido, ni podido, preparar. Un divorciado que acude a la llamada chingativa, siempre chingativa, de su ex.

La prosa de Boone transita entre el marasmo de la decadencia, pero también en el humorismo sereno de aquel hombre derruido y que aun así peregrina en el desierto hirviente o gélido del paisaje humano: Monclova, Coahuila, la cercanía de la frontera, el desierto y las dunas, el lugar de la tristeza y de la risa. Boone nos recuerda que algunos de sus libros son “narrativa del desierto”, sin por ello hablar de la violencia o los tiroteos y los cuerpos aventados en la carretera. No siempre la ira de la bala contra el cuerpo, del cuchillo contra el cuello, es todo lo que habita en el desierto. También en él existe la violencia interior, el horror interior,  la risa, la esperanza y la ignominia de una vida simplona llena de pequeñas tragedias.

“Quimeras por la mañana” es quizá uno de los relatos más bellos y complejos del libro, junto con “Cien fotografías iguales”, pues el budismo se mezcla con la pérdida de un proyecto en pareja: el matrimonio, y los detritus que no lo son, ciertamente, sino frutos luminosos que sirven como guías para buscar, en el páramo, la luz de la mañana. Es un hombre, otro hombre de mediana edad, otra vez divorciado, otra vez en Coahuila, es cierto. Mas, ¿no es ese hombre cualquiera de los lectores, sea hombre o mexicano o coahuilense o lo que sea? Ese hombre que ha dejado de vivir en una parte del Mundo para llegar a las charcas de la “medianía”, de la existencia donde se ha perdido casi todo en una separación, pues ese todo es una niña, la hija del protagonista, que se mueve entre los palacios de la nueva pareja de la exesposa y el propio universo del padre. La belleza se encuentra en una decisión, en la alabanza a todo lo que significa la conexión de uno con los otros, de esos otros con uno, de uno con uno mismo. La belleza se encuentra en la desconexión, incluso en la de los pensamientos, cuando se apaga todo ante una mañana inminente, con las manos al volante y una carretera infinita situada justo en medio del desierto. Otra vez el desierto, pero en esta ocasión no está vacío.

Me resulta complicado definir si existe una emoción imperante en Suelten a los perros. Es un libro melancólico, es cierto, pero no todo es tristeza o desarraigo o aceptación de la pendejez de uno. Las historias son de crecimiento, sin que el coaching barato tenga participación alguna, aunque uno de los personajes del libro decida ponerse los tenis y salir a correr, y con ello, pese a ello, baje la panza y su vida vuelva a ser lo que el común de los mortales llamaría “vida estable”.

No se encuentra el lector ante un libro del abismo. Aquí no hay desgarraduras superfluas diseñadas para la lágrima fácil, ni para la degradación del cuerpo y el alma ni siquiera para gozar, cual masoquistas, con el dolor y el sufrimiento extremos. Lo que hay en Suelten a los perros es pura humanidad convertida en prosa, donde el atisbo del horror se conjunta con la aceptación de la derrota, con el pesar de una carrera que nunca se levantó del todo, con el divorcio y la desconexión, con la confrontación de un universo cotidiano que aun así muestra puntos insidiosos en cada una de las habitaciones en las que nos desenvolvemos. Hay incluso un espacio para el terror y el misterio, donde un amante asiste a la galería de una fotógrafa que ha desaparecido sin explicación alguna, y ha dejado detrás, una especie de epitafio o quizá la muestra de que lo sobrenatural existe, y que levantar el velo siempre conlleva un castigo.

Aunque los personajes no se entrecrucen y no haya conexiones ente las historias, Suelten a los perros, bien podría haberse llamado Monclova, Coahuila, y como los libros de Anderson o de Pollock, tampoco nos hablaría realmente de un punto geográfico y en el tiempo del Mundo, sino de aquellos que son como nosotros, y que viven, sufren y a veces se ríen de las pendejadas que hacen. Un libro del desierto pero no del corazón humano vacío, sino del que incluso en la ficción encuentra el resuello del anhelo y el calor de la risa o las cosquillas del deseo.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Diseño de forro: Teresa Guzmán Romero

I

LAS CHICAS DEL HORATIO, 1907 NO ERA en Bridgeport ni en Horatio House donde Christina vivía junto a otras nueve mujeres; era en un edificio de ladrillo con lámparas de cobre en el tejado. Sus cornisas parecían caer desde un cielo marrón y las ventanas eran pequeños puños de tenue luz azul. Era un castillo oscuro de la calle Treinta y Siete. Un castillo lleno de polacos.

Panna María, el agujero más sucio de todo Manhattan. Las ratas y los bribones polacos caían sobre sus víctimas desde las escaleras de emergencia. En un mes, Christina se mudaría a aquel infierno.

Había caminado desde la Avenida Once para explorar Panna María. Pero las ratas no aparecían y los bandidos polacos debían de haberse escabullido por la azotea de cobre. ¿Dónde estaban las putas que infestaban la casa? Esas mujeres con la cara embadurnada de lodo rojizo y que no se ofrecían desde las ventanas, como las brujas alrededor de Horatio House, ni cobraban frente a la puerta principal. El castillo estaba cerrado. Nada entraba ni salía de ahí. Vio un bombín en el sótano y escuchó el balido de una cabra. Era todo el movimiento que Panna María podía soportar.

Regresó a la Once, donde las brujas estaban paradas frente a las ventanas. Los vendedores de carbón iban de puerta en puerta. Los ropavejeros olfateaban algún trueque. Los ciegos manoseaban la falda de Christina, quien tenía que ir sacando dedos de su corsé. Empezaba a sentirse como en casa. Christina dio un centavo para las vacas del establo que estaba detrás de su dormitorio; le gustaban esos vientres henchidos y la leche que abastecía a los pobres de Hell’s Kitchen. Las vacas eran criaturas confiables; la despertaban todas las mañanas con su mugido.

Era Kitty Matlock, la chica que había desertado de la universidad para convertirse en cuidadora, dejando atrás un pasado en Bridgeport, Connecticut, de salseras y cremeras de porcelana. En Horatio House no tenían salseras: el gravy se servía en un tazón común y corriente.

Los escarabajos roían sus calcetas. Tenía una cama austera, de monja, y a nadie se le otorgaba una almohada apropiada. Se entretenía con los hombres que metía a escondidas a su dormitorio y los llevaba a la esquina más oscura de un pasillo, donde se ponía una almohada de crin de caballo debajo de las nalgas. Tenía un catálogo de sinvergüenzas por amantes: ropavejeros, ayudantes de carniceros, vagabundos y barrenderos de la lechería. Aullaban bajo su ventana cuando querían estar con ella. Kitty los dejaba entrar por el sótano antes de que despertaran a “la autoridad”: las enfermeras en jefe que la habrían corrido a patadas del dormitorio. Restregaba su cuerpo contra aquellos hombres una o dos veces, con la crin de caballo arañándole el trasero. Ellos se arrullaban en su frente llamándola amor o querida y a gritos le proponían matrimonio en la febril ansia de tenerla. Y ella tenía que contestarle al ayudante de carnicero:

—No puedo casarme, soy una monja. Cuando Christina se cansaba de él, la hermana Caroline y la hermana George, sus cómplices, consolaban al muchacho.

—¡Una seductora, eso es lo que eres! —decía Caroline.

—Kitty es una femme fatale —la corregía George.

Las tres monjas se escapaban del dormitorio con el propósito de tomar cerveza en el salón para mujeres de McNulty’s. Era lo más cercano a una cantina socialista. Las mujeres podían beber y fumar sin tener que estar acompañadas por un hombre.

Las monjas fueron a McNulty’s después de la expedición de Christina a Panna María. Caroline y George tenían curiosidad de saber de ese país de polacos concentrado en un solo edificio. ¿Qué podía decirles Christina? “Vi un bombín en el sótano”, que era lo único que se había movido en el edificio. El infierno necesitaba una enfermera, pero ella no podría haber sido asignada a Panna María sin su papá, el rey republicano.

Oh, kitty, kitty, kitty cat.

El barman, Henry, se empeñaba en molestar a Christina. Derramaba cerveza en su falda, ponía la barbilla cerca de su escote y le espetaba procacidades.

—Vamos al cuarto de atrás, ¿quieres, amor? ¿No te das cuenta de que estoy loco por ti?

—Vete al diablo —respondió Caroline, mientras la hermana George soplaba el humo de su cigarro en los ojos de Henry.

Christina descubrió un escarabajo prendido a su falda y lo arrojó a la escupidera. Era 1907 y podía hacer lo que quisiera.

Henry se molestó. No resultaba propio de una dama sacarse animales de la ropa.

—Es una pervertida —dijo —. Esa zorra tiene bichos por todo el cuerpo.

Y así dejó de estar enamorado de Christina Matlock. Henry sabía quién era su padre, el rey Rufus, y esperaba enamorar a la enfermera para volverse su yerno. Tendría una vida holgada si se casara con una millonaria, pero no se le acercaría si resultaba ser una depravada. Seguiría sirviendo cerveza en el McNulty’s hasta que pudiera encontrar a otra enfermera mejor.

George tomó la mano de Christina.

—Te extrañaremos.

—Pero si sólo me voy a la calle Treinta y Siete, por Dios.

—Kitty, ¿no tienes miedo?

—¿Por qué? Papá contrató a los demócratas para cuidarme.

—Son tan asquerosos como los polacos —dijo Caroline—. Y el doble de sucios.

—Eso es lo mejor de todo —George iba por su quinto tarro de cerveza—. Kit va a arreglar Manhattan. Se postulará para alcalde con el apoyo de las mujeres.

—El apoyo de las mujeres no existe —dijo Caroline.

—Seduciremos a cada político del país, empezando por el papá de Kit, para que nos den su voto.

Las tres monjas rieron mientras eructaban por tanta cerveza. Henry miró de reojo el salón de las mujeres.

—Zorras. ¡Ni siquiera les interesan los hombres! George abrazó a Caroline:

—Siempre perteneceremos al Horatio, pase lo que pase. Después de nueve o 10 cervezas, las novicias salieron del McNulty’s trastabillando bajo la luz de los faroles. Bien podrían haber sido un trío de prostitutas, pero iban vestidas con la blusa violeta y el tocado azul de las muchachas del convento. La hermana Caroline iba cantando canciones procaces acerca de un granjero que tenía una enorme herramienta que iba de una vaca a otra. Y estas vacas lascivas cantaban el coro:

Granjero Brown, granjero Brown, Ordéñanos, ¿quieres, cariño? No nos quites tu herramienta.

Christina se tambaleaba por la calle y cantaba con sus hermanas. El único hombre con el que se casaría era el granjero Brown. Su padre era el rey republicano; su madre, Mathilde la Loca, estaba muerta.

Las hermanas regresaron al convento. Se vieron obligadas a entrar por el sótano, por una ventana rota cercana al establo. La autoridad cerraba con llave las puertas a las ocho. El tocado de George se arrugó al pasar por el vidrio roto.

—¡Mierda de rata! —musitó—. ¡Ojalá que la autoridad tenga la cama llena de cucarachas y de mierda de rata!

Subieron a oscuras a su dormitorio; no podían permitirse encender una vela. Las enfermeras en jefe aparecerían resoplando, creyendo que la noche de brujas había llegado.

Las novicias no podían irse a dormir sin fumar un cigarro, así que compartieron uno en el baño. Caroline eructaba por tanta cerveza. Se desvistieron, buscaron a tientas los camisones y se metieron en la cama. Las demás chicas del dormitorio se burlaron de ellas:

—Las tres señoritas de la casa.

—Ay, cállense —dijo George.

—Las tres apestan; estoy a punto de reportarlas con la autoridad.

—Atrévete, querida, y te mando a vivir con las vacas.

Esas peleas ocurrían todas las noches: Caroline, George y Christina contra todas las demás monjas de Horatio House. Eran unas singulares perras, todas ellas. Un ejército de enfermeras en la Avenida Once. Ninguna había nacido en Nueva York. Las chicas del Horatio venían de lugares muy diversos: Connecticut, las dos Carolinas, Maine; entre el montón había dos de Minnesota. Eran hijas de ricos que se prometían a sí mismas ayudar a los pobres. La autoridad no aceptaba a nadie cuya sangre no fuera, al menos, un tanto azul.

El linaje de Christina en los Estados Unidos era más viejo que la Revolución, pero eso no evitó que su madre se volviera loca. No había ninguna seguridad en la pureza de sangre. Hubiera preferido ser polaca, sin sangre con la cual soñar. ¿Necesitarían las brujas polacas una chica más? Se cambiaría el disfraz de monja y sería aprendiz de las putas de Panna María.

 

II. EL HIJO DEL ZAR

—¡Panna Matka! ¡Panna Matka! ¡Ya llegó!

La rodearon chicas gordas y holgazanas, en bata, con tartaletas de fresa entre los dientes. Sus gargantas se estremecían por el esfuerzo que hacían al masticar; parecían gansos de largos y agitados cuellos blancos. Podías atiborrarlas de pasteles, pero no llevarlas al matadero. Los gansos de Matka eran demasiado valiosos.

Los alemanes adoraban a una mujer rolliza. Llegaban del club demócrata local con un tarro de cerveza y preguntaban por la chica más gorda de la casa. No habrían podido seguir viviendo sin Matka y su brigada polaca.

—¿Quién llegó? —les preguntó Matka a Henryka y a Filys, sus ayudantas.

—Stefan, el zarévich.1

Y comenzaron a reír. No estaban encantadas con Stefan Wilde, su pequeño zar, quien les cobraba la renta a Matka y a todos los demás polacos del edificio.

—Matka, ¿deberíamos empujarlo por las escaleras? Es tan escuálido que se romperá el culo.

Matka calló a las chicas. La llamaban Panna Matka porque era como un general para ellas, una madre superiora que gobernaba el pequeño convento del séptimo piso. Los alemanes las hubieran asesinado mucho tiempo antes si no hubiera sido por Panna Matka. Se arrojaba contra los demócratas borrachos con un sartén o con un bastón si trataban de engañar o de hacer daño a alguna de las chicas. ¿Quién podía confiar en los alemanes? Primero te besan y manosean, y, una vez satisfechos, empiezan a golpear.

—Adelante —gruñó Matka—, déjenlo entrar.

Y las chicas salieron bailando de la habitación con sus rebanadas de pastel en la mano.

Stefan Wilde apareció en la puerta, con una rosa cubierta de hollín en la mano. Daba igual lo que Stefan llevara: ya fuera una fl or, un sombrero o un pañuelo, siempre estaría lleno de carbón. Era una criatura que pertenecía al sótano. No estaba hecho para la luz del sol ni para visitar el séptimo piso. Funcionaba mejor abajo de las escaleras.

A Matka la flor le dijo todo. Stefan no había ido por negocios. No tenía ningún plan nuevo para ella y sus chicas.

Murmuró su nombre: Elizabeth. Se sentía inseguro con el cuello lleno de hollín y una rosa en la mano. Ella sonrió y él lo tomó como una señal para desvestirse. Dobló sus pantalones chocolate en el respaldo de una silla mientras miraba de reojo las arrugas. El sombrero seguía adornando su cabeza. Stefan Wilde no podía correr ningún riesgo en el cuarto de una puta. Cuando se acostó en la cama de la mujer, llevaba puesta su ropa interior de franela, tan llena de hollín como el resto de su atuendo. Tenía negras las plantas de los pies. Había nacido en un depósito de carbón.

Ella soltó las cintas de su bata y se metió debajo del edredón con Stefan. Matka tenía 35 años, pero los policías y los políticos la preferían en lugar de las blondinkas2 a las que Stefan arrastraba de los barcos de inmigrantes hasta la calle Treinta y Siete. Era una morena con alguno que otro pliegue debajo de las caderas. No era la suya precisamente una cintura de avispa. Tenía un vientre prominente, surcos de piel madura y unos senos que podrían llenar de leche el Tammany Hall.3 Pero Matka estaba muy ocupada cuidando el negocio del séptimo piso y reconfortando a niños fieros como Stefan Wilde.

Incluso bajo el sombrero se podía ver la satisfacción en su rostro; gruñía de placer al sentir a Panna Matka. Stefan tenía los ojos tan abiertos como los de un leopardo mientras la trepaba para penetrarla. Su boca estaba abierta. Contuvo un estornudo. Su ropa interior, llena de plumas y polvo, raspaba la piel de Matka con cada embestida de su cuerpo.

Matka recibía cientos de promesas de los demócratas del Tammany: que la sacarían de ese basurero para instalarla en una mansión en la parte baja de la Quinta Avenida; que tendría agua caliente y baño privado, y que no tendría que correr hasta los fétidos inodoros del patio. Todas las ventajas modernas para Elizabeth Warszawa, el lirio polaco, pero ella prefería aquel horrible lugar donde vivían todos los polacos, rodeado de cervecerías alemanas e irlandesas, establos y mataderos. Y prefería a Stefan Wilde.

Él nunca compartía ni un cigarro con Matka, ni se quedaba acostado junto a ella. La negativa de Stefan ante la cortesía más elemental era como una declaración de amor. Matka estaba convencida de que él estaba aterrado por la música escrita entre gemidos y el escalofrío enquistado debajo de su ropa.

Comenzó a provocarlo:

—¿Cuándo nos vamos a casar?

—El próximo año —le contestaba mientras se ponía sus pantalones chocolate, pero con un gesto extraño en los labios. Wilde era un poeta; había estudiado gramática inglesa y sabía dónde iban los puntos y las comas. Había llegado al grado más alto de la escuela pública. El poeta estaba en problemas. Tenía un ligero temblor en sus ojos cafés.

—Elizabeth, deberíamos irnos de Panna María.

—¿No te gusta la Décima Avenida? Tienes un harem de blondinkas. Eres el príncipe de Nowy York. 4

—Los polacos siempre hemos tenido que comer mierda. Los rusos nos conquistaron una vez; ahora los alemanes nos tienen en sus manos. Elizabeth, tomaremos el ferry hasta Hoboken y pondremos casa en algún lugar por allí.

—Sólo si te casas conmigo —respondió Matka. Stefan se rascó la oreja.

—¿Por qué casarnos? Viviremos juntos, comeremos helados.

—El helado no le sienta bien a una vieja solterona.

—¿Y quién es una vieja solterona? Elizabeth, eres bellísima.

—Quiero tener un hijo.

Stefan se caló el sombrero hasta la punta de la nariz.

—No puedo ayudarte con eso. Adiós. —Te vas a arrepentir, Stefek.

Iré corriendo a la iglesia a pedirle a Dios que te lance un rayo al sombrero.

—Fallará —dijo Stefan—. Dios se mudó a Aaron Burr Hall. Está demasiado ocupado contando dólares como para andar mandando rayos.

Se levantó el ala del sombrero con dos dedos y Matka vio sus ojos. El café se había hecho cenizo. Todo él era hollín. Sus ojos, su mandíbula y sus uñas eran como leche ennegrecida; Matka debe haber asustado al poeta con el asunto del matrimonio.

—Panna Stara5 —musitó—, soy una vieja solterona.

—Te voy a buscar marido —dijo el de los ojos oscuros.

Ella le lanzó un zapato que golpeó su brazo. Un sonido se articuló en la garganta de Stefan Wilde que podría haber sido un susurro de amor. Lo mataría si se atrevía a burlarse de ella.

—Señor Piel y Huesos, ¿quiere que su Elizabeth se case con otro?

—No —respondió—. Usted es mi señora.

Ahí estaba Matka, a un paso del matrimonio. El poeta se había comprometido. Ya tenía un prometido. Stefan Wilde se puso de un pálido enfermizo. No podía respirar en el séptimo piso. Necesitaba su depósito de carbón, el aire viciado y húmedo del sótano.

Fue a visitar a su maestro, Peter Charney, al 607.

Peter llevaba puesto un abrigo. Le gustaba acampar en sus habitaciones, como soldado de infantería. Tenía una tetera rusa o samovar, pero no quería una estufa. El único zyd6de Panna María se había autoexiliado de los judíos del centro de la ciudad. No pudo asentarse con ellos en Hester Street. Había sido oficial del ejército polaco; los rusos habían permitido a la gente de Varsovia tener una unidad fantasma y habían puesto a Charney al frente para burlarse de los polacos y de todo lo polaco. Le concedieron derechos y privilegios. Charney montaba a caballo y podía vigilar los inmundos distritos de la zona norte de la estación Vienna, aquel barrio llamado Nalewki, hogar de obreros, bandidos y judíos. Entraba a Nalewki acompañado de un tambor y seis mosque teros, jóvenes campesinos lo suficientemente tontos para acompañar a Peter Charney. Reprendían a las prostitutas, les exigían permisos a los pordioseros y detenían peleas, hasta que tanto los goyim o gentiles como los judíos se rebelaron contra su unidad y arremetieron a golpes contra Charney y su caballo. Charney quemó su uniforme (salvo el abrigo) y huyó hacia Panna María y los Estados Unidos.

En el campamento de Peter te sentabas sobre botellas de leche y tomabas el té sin añadidos ni pasteles. Siempre era tiempo de guerra en la casa de Peter. Charney no creía en nada más que en la lucha. “Antinomias —repetía—. Monárquicos y realistas, republicanos y demócratas, Aleksander Hamilton y Aaron Burr.” Hamilton era su héroe. Charney le enseñaba a Stefan Wilde historia norteamericana haciendo un recuento de las peleas entre Aaron y Aleksy sobre cuál de los dos debía gobernar los Estados Unidos. Un rey elegido, como George Washington, o el dictador Aaron Burr y la plebe del Tammany Hall.

Era algo que confundía a Stefan, porque los demócratas eran llamados republicanos en la época de Aaron Burr. Era capaz de citar de memoria cada detalle del duelo de Aaron: cómo había cruzado el Hudson en un bote de remos para ver a Aleksy en Weehawken Hill; la capa que vestía Aleksy en el sitio del desafío, y cómo ésta se enredaba en sus pantorrillas. Aleksy no limpiaba su pistola; tenía el pelo ensortijado y sus manos eran muy pequeñas. No dispararía contra Aaron Burr. Apuntó el cañón hacia los árboles. Aleksy fue un idiota al morir así, disparando a unos mirlos que reposaban en unas ramas.7 El maestro no estaba de acuerdo.

No podía dejar de llorar por Aleksy. Y Stefan tenía que discutir con su maestro.

—Aleksy era un trepador social —dijo—. ¿No se había casado con una mujer rica?

—¿Y qué ventaja tiene casarse con una pobre? Anda, descalifícalo porque le gustaba la ropa fina. Los hombres bajitos tienen que ser elegantes, si no ¿quién se fijaría en ellos?

Stefan no había ido a discutir hoy. Le gustaba imaginarse a Aleksy con unos pantalones chocolate. Su maestro preparó un té de un color rojo sangre. Esa sangre no era producto de la viscosidad de la mermelada. Era la herrumbre de la tetera lo que teñía el agua del té.

Stefan se terminó el té. Le dijo adiós al soldado judío y salió hacia el vestíbulo. Se había olvidado de Aaron Burr; estaba pensando en la matka que había perdido. Su madre había muerto antes de que él cumpliera dos años. Tuvo una sucesión de tías, mujeres de vellosas barbillas que le jalaban las orejas y que le daban pucheros infames para comer.

Las lámparas de gas irradiaban una tenue luz azul en el hueco de las escaleras. Stefan tuvo que andar a tientas, temeroso de pisar a algún niño en aquel lóbrego pozo. Los chiquillos vagaban frente a las puertas abiertas y se perdían por el edificio, o bien morían de tos ferina.

Algo gris subía por la vuelta de la escalera. No podía ser el bombín de un niño. Era demasiado alto. Aquel sombrero gris sobresalía muy por encima del barandal. Era el sombrero de fieltro de su jefe; era el sombrero de Herman O’Flahertie, el casero, encargado del bar y presidente de los Aaron Burr.

—Stevie, ¿estás cobrando la renta? No es correcto que andes por las escaleras todo el tiempo. Te van a salir bolsas en los ojos. No quiero que te enfermes por mi culpa. Tengo varios chicos polacos en el club. ¿Quieres que pongamos a alguno a prueba?

—Asustaría a los niños si aparece alguien nuevo. ¿Por qué molestar a la gente?

—Es tu territorio, Steve, Panna María no sería lo mismo sin ti, pero toma un poco de sol antes de que te conviertas en un sastre judío.

***

—Matka, es el mestizo.

Así era como llamaban las muchachas a O’Flahertie. Todos los demás lo llamaban el Alemán.8 Su madre era alemana y su padre irlandés, pero su sangre irlandesa no lo ayudaba. En la Décima Avenida, cualquiera con algo de alemán en él era siempre un alemán.

Matka tuvo que gritarles a aquellas blondinkas gordas.

—Apúrense, ¿sí? A Su Alteza no le gusta esperar y va a querer comer unos bollos con el té.

Las rubias se encogieron de hombros.

—Tenemos pasteles de semilla de amapola.

—¡Idiotkas! —les dijo—, a él no le gusta la comida polaca. Henryka, ve a la esquina y compra bollos irlandeses.

—¿Puedo mandar a Tbilisi?

—¡Ve tú!

Tbilisi era un viejecito que había sido raptado por los rusos después de la insurrección polaca de 1863 y obligado a vivir en el Cáucaso. Los rusos le tumbaron los dientes y el viejo tuvo que escapar a los Estados Unidos con algunos dedos de menos. No era muy listo; no podía contar ni escribir en ninguna lengua, pero era un buen mozo para las chicas, un mensajero que podía ir por helado. Sólo que no era capaz de diferenciar un pan de un rábano encurtido. En la panadería irlandesa le robaban hasta los pantalones y llenaban su ropa interior con veneno para ratas. Y el Alemán acababa por no tener nada para remojar en el té.

Era el pretendiente más perseverante que Matka tenía. O’Flahertie la cansaba cuando le hablaba de nidos de amor. Tenía cinco pequeños alemanes en casa y una esposa de gruesos tobillos. Él prometía deshacerse de ellos por Panna Matka. Ella podría vivir con él, arriba de la Sociedad Aaron Burr, en los cuartos donde se guardaban las viejas boletas y los libros electorales. Los demócratas habían prometido sacar toda la basura.

Tbilisi llevó al Alemán a su habitación. El anciano tenía la boca llena de saliva. Estaba pensando en los Estados Unidos. Stefan Wilde lo había prendido justo al salir del barco, entre un cargamento de rubias. El único atisbo del Nuevo Mundo que Tbilisi tuvo fue un viaje en el tren elevado de la Avenida Nueve. Había ido del Cáucaso a un burdel en la calle Treinta y Siete. O’Flahertie le dio 10 centavos y cerró la puerta.

—¿Cómo estás, amor?

—Tan bien como una prostituta barata puede estar.

El Alemán sonrió. Tenía un rizo sobre la frente que le gustaba a Matka; le encantaban los copetes.

—No eres una prostituta. Eres una empresaria, dueña de su propio negocio.

—¿Entonces dónde están los libros de cuentas y los registros?

—Éste no es lugar para recibos. Tu forma de trabajar es al contado, así no tienes demasiados comprobantes.

O’Flahertie se puso a olisquear por la habitación.

—Está el rastro de Wilde en el aire: carbón y sudor. ¿Le das pastel gratis? Tu pastel, Elizabeth.

Matka tuvo ganas de estrellarle un candelero entre los ojos. Era su puta, no una cabra de su granja. ¿Qué derecho tenía el Alemán de tener celos de sus favores? No le importaba contar los dólares que ella ganaba para él en esa habitación, pero rezongaba como un santurrón si percibía el olor de otro hombre en el cuerpo de Matka. No era tonta. Se había quitado del cuerpo el polvo de carbón de Stefan antes de que el Alemán llegara. Las muchachas habían cambiado las sábanas mientras Matka sacudía el edredón y escondía la rosa llena de hollín de Stefan en el armario. Pero le gustaba su aroma. Debajo de todo el hollín, Stefan olía a Polonia.

El Alemán sollozó arrepentido:

—¡Lizzie, trabajar tanto no es para ti! ¿No te ofrecí una casa?

Sus lamentos eran como la súplica de un mendigo. No estaba solamente detrás del pastel. Podía tener rubias y morenas con nalgas perfectas como lunas y pies más pequeños que los de Panna Matka. El Alemán tenía la enfermedad de los príncipes y los comerciantes poderosos: no era capaz de dominar a Matka, así que lo llamaba amor. Así es como le parecía a la filosofka de la calle Treinta y Siete.

Estaba besándola en la garganta.

—Por Dios, ¿vendrás a vivir con un hombre? Podría obligarte, contratar a un par de chicos para que te arrastraran del cuello.

—Pues hazlo. Tendrás una mujer de piedra en tu cama.

—Te voy a arruinar el negocio, ¿me escuchas?

—Arruínalo —le contestó ella—. Siempre hemos sido pobres, y tú serás pobre con nosotras.

La mitad de su cara estaba cubierta bajo la bata de Matka. Era como un niño perdido buscando una familia milagrosa que lo consolara y lo hiciera sentirse fuerte. No podía encontrar a esa familia con los de la Aaron Burr ni en los tobillos anchos de su mujer. Tenía que salir de su hogar e ir a un burdel en un alto edificio de ladrillos a punto de derrumbarse bajo la carga de cobijar a una colonia de polacos.

Tbilisi abrió la puerta con toda la prudencia de un chico que había pasado tanto tiempo encerrado. A Matka no le importaba, el viejo podía mirarla a escondidas; pero si el Alemán se daba cuenta, el anciano reposaría en el cementerio para palomas que los chicos de Panna María habían construido en el patio trasero; para encubrir a Tbilisi, Matka se prendió del cabello del Alemán.

***

Stefan Wilde estaba teniendo una tarde maravillosa: había estado en las escaleras cerca de una hora, y persiguió la espalda de una chica hasta que ella volvió a meterse rápidamente a su cuarto. Rescató a un abuelo que tenía el pie atrapado en las escaleras. Había jugado rayuela con las muchachas del segundo piso y extravió la teja con la que jugaban. Las chicas le reclamaron tan fuerte que fue de puerta en puerta suplicando a los vecinos hasta que encontró la tapa de una botella para remplazar la piedra. Les dijo adiós y bajó al sótano. Unos niños harapientos dormían en el depósito de carbón; se abrazaban entre ellos para mantener su temperatura. La tarde estaba muy entrada como para asustar a aquellos chiquillos poniendo cara de monstruo.

Estuvo rondando entre los cuartos de los polacos que no podían pagar la renta. Nadie había sido desalojado de Panna María. Si la catástrofe llegaba, te llevabas tus muebles a los cuartos debajo de las escaleras. Stefan no tenía que dar cuentas al casero una vez que se iba más allá de la planta baja. Él era el príncipe del cuarto de carbón. Había instalado lámparas de seguridad, así que su sótano no era un sepulcro inhabitable.

No era el único príncipe. Tenía que competir con los mayores de la Sociedad de Ayuda Mutua. Estos ancianos ocupaban la mayor parte del espacio de Wilde; podían haberse metido en cualquier otra parte del edificio, pero aborrecían las ventanas, los pasamanos y el olor del jabón para lavar la ropa. Eran reflexivos, revolucionarios del Viejo País, y no se les podía molestar con problemas cotidianos.

Stefan llamó a su puerta. Un ruido se ahogó entre la madera, algo como un hipido enorme, un resoplido de aire, polvo y aire fétido.

—¡Vete al diablo! No queremos sopa de pepino —le estaba ladrando John Kwiecinski, el cabecilla de los ancianos. John creía que era alguien del Praga, un restaurante polaco que les llevaba la comida cada hora.

—No soy del Praga, John.

—Entonces, lárgate.

Stefan no pensaba hacerle caso al señor. Entró al santuario de John. No había guardaespaldas que se le echaran encima o le rompieran la cabeza. Los viejos estaban desarmados. Tenían dólares, arenque, vodka, ciruelas pasas y hogazas de pan negro. Estaban sentados en almohadas, inspeccionando todo con las manos. Stefan sentía una incómoda agitación a su alrededor, un remolino de botas, dedos y gorros de piel. Los arenques desaparecían en boca de los ancianos, que, desdeñando las servilletas, se limpiaban la barba con billetes.

Los viejos producían la ilusión de ser dieciséis hombres dominados por la furia del hambre. Sólo eran cuatro: Jerzy, Tymodeusz, Jakub y John, sin una sola cana en la nariz. En realidad, los viejos estaban en la plenitud de la vida. Pan Jakub, el mayor, era un patán de 45 años.

Vivían en su mansión del sótano con cien gatos. Los gatos eran de Jakub y John, quienes ya habrían convertido el espacio debajo de las escaleras en una enorme tienda de mascotas y en un criadero de gatos si no hubiera sido por Stefan Wilde. Stefan quería los cuartuchos para los viejos y los pobres. A los ancianos no les importaba; tenían los bocadillos del Praga y sus cien gatos.

—Ven, gatita, ven, ven con Jakub.

Y veinte de esos animales se desperdigaban por las almohadas, lamían a Jakub, se restregaban en él dócilmente, lo arañaban y ronroneaban. A los viejos no les gustaba tener machos a su alrededor, sólo gatas con bigotes color crema y pelaje oscuro y tupido.

Stefan ni se molestaba con Jerzy, Jakub o Tymodeusz; estos patanes egoístas estaban sordos para Panna María y el sufrimiento de los polacos. Tenía que apelar al cuarto patriarca, Pan John, quien todavía tenía olfato para la política.

—John, creo que es tiempo de alejarnos de los de la Aaron Burr. Este tipo, O’Flahertie, no hace nada por nosotros. Los demócratas son una carga.

Los ancianos quebraban huesos de pollo para los gatos. El crujir de los huesos al romperse sonaba como una herida en el aire polvoriento.

—Entonces, pequeño arrendador —siseó John—, ¿deberíamos pedirles ayuda a los republicanos?

—No, podríamos empezar una revolución, John.

Los ancianos resoplaron:

—Revolución.

Hasta los gatos parecían burlarse de Stefan, arqueando el cuello y mirándolo fijamente con profundos ojos azules y verdes.

Ahorcaré a estos gatos. Lo juro.

—John, ¿y qué si les dejamos de pagar a los Aaron Burrs? Tenemos suficientes cabezas duras en el edificio como para poder empezar. La Décima Avenida se convertiría en una calle polaca.

—Deja que O’Flahertie siga al frente. Es mejor así.

¿Qué había pasado con el ímpetu del viejo? Veinte años antes, Jerzy, Tymodeusz, Jakub y John habían sido los intelectuales de Kartofel, un pueblo de agricultores de papas al este de Varsovia, en la Polonia rusa. En Kartofel había un príncipe malvado, Michael Chelnik, cuya banda de rufianes, los Chelnikis, robaban a los campesinos sus cosechas y los mataban de hambre.

En ese entonces John no tenía ni un cojín para sentarse. Se metió entre los Chelnikis y mató al príncipe. Los rusos lo acusaron de ser un anarquista, pero no pudieron encontrar ni a John ni a sus amigos. Los cuatro anarquistas llegaron a Nueva York, se metieron en los terruños inhóspitos de la calle Treinta y Siete, se escondieron en un sótano y comenzaron a fundar una colonia de polacos.

La colonia dormía bajo una manta alemana. ¿Cómo podía Stefan pensar en la insurrección de Panna María mientras el señor John se cubría con ella? Era como si los ancianos estuvieran sometidos por algún brutal hechizo, y Stefan Wilde no era capaz de descubrir aquello que los condenó a quedarse en el sótano con sus gatos.

Viejas solteronas. Tía Jakub, tía John.

Una silueta palpitó desde las sombras. Stefan escuchó un gemido. Un atisbo rubio se acercó a él. Era Henryka desde arriba, que gimió de nuevo.

—¡Santo cielo! ¡Stepanchik, ven!

Tenía el rímel corrido; por el miedo, parecía un maniquí vuelto a la vida.

—Matka no puede controlarlo, está loco.

—¿Quién está loco?

—El mestizo.

—Dice que el Alemán se ha vuelto loco —Stefan tradujo para los ancianos—. ¿Escuchan? O’Flahertie está fuera de control. Henryka, ¿qué es lo que ha hecho?

—Está tratando de matar a Tbilisi.

—¿Atacar a un viejo inofensivo?

—Stepanchik, por favor, lo va a matar mientras hablas.

—Ya voy —dijo Stefan tras calarse el sombrero. Salió con Henryka; los gatos se dispersaron ante la cercanía de sus pasos. Los ancianos regresaron al coma en el que estaban, masticando pescado salado y no pensando en nada que no fueran sus gatos y los dólares.

Stefan se apresuró entre la hilera de cuartos traseros. Su bombín creció considerablemente merced a la luz mortecina. Tropezó con un armario y cayó sobre el regazo de un polaco. “Perdóname, Pani.” Henryka tuvo que jalarlo para sacarlo de allí.

—Deprisa.

—Ya voy, pero todavía no me dices lo que el Alemán quiere de Tbilisi.

—Su vida. Es el castigo por mirar mientras O’Flahertie fornicaba.

—¿Herman estaba con Elizabeth, y Tbilisi estaba mirando?

—Stepanchik, mueve las piernas.

Llegaron a la entrada del sótano y emprendieron la larga subida. Henryka no podía seguirle el ritmo al sombrero. Era demasiado gorda. Acostarse con los demócratas no le había enseñado a negociar con las curvas de las escaleras.

Stefan podía escuchar a las chicas gritando en el segundo piso. Los escalones estaban atestados de gente que también había escuchado los gritos. Era como vivir en un baño público. Nada era sagrado en Panna María.

Stefan subió las escaleras con un oscuro presentimiento en los huesos. Dos rubias le salieron al paso:

—Entra, Stefan.

Entró en la madriguera de las putas. Las habitaciones de Matka estaban invadidas por chicas con la saliva escurriendo por sus labios debido a los gritos proferidos. Tbilisi yacía con el cuello contra el piso. Lo pisaba el Alemán, vestido con la ropa interior más fina. Atenazaba la quijada del viejo con el pie descalzo. La sangre se arremolinaba entre los dedos del pie de O’Flahertie. El cráneo de Tbilisi chocaba contra la pared cada vez que el Alemán lo pateaba.

Mientras lo golpeaba, el Alemán conversaba con Elizabeth.

—Cálmate, mujer, ¿quieres? No estoy hecho de hojalata.

Matka seguía golpeándolo con una escoba y aparecían pequeñas marcas azules en la espalda del alemán, quien parecía disfrutar la perseverancia de la mujer, hasta que aparecieron nuevas marcas de un color azul casi morado.

—Lizzie —graznó—, voy a llamar a la policía.

—¿Vas a dejar de patear a ese pobre viejo?

—Así aprenderá a no espiarme —bramó el Alemán con los dientes apretados. Estaba teniendo un día de campo en casa de Matka y seguiría pateando hasta que la luna y el cielo cayeran por la ventana y le suplicaran para que se detuviera. Pero no fue la luna a la que encontró. El regocijo de sus ojos se menguó.

—Ah, el mismísimo hombre en persona. No recuerdo haberte invitado al pícnic, Steve.

Al Alemán se le amargó la boca. Olvidó a Tbilisi y la escoba de Elizabeth. El polaco le estaba arruinando la diversión.

—Vete al sótano, Steve. Éste es un asunto privado.

—¿Puedo llevarme al viejo? Se lo devolveré dentro de una hora, después de sacarle los dientes y lavarlos con agua fresca.

—Grandiosa idea —dijo el Alemán—. ¿Conque un indulto, no? ¿No te dije que te largaras?

¿Cómo podía Stefan desdecirse delante de Matka y sus chicas? ¿Acaso no era él su jefe, Stepan Stepanchik? Si no podía protegerlas en su propio terreno, ¿cuál era su valor?

Stefan murmuró una palabra larga:

—Zarévich.

—¿Qué es eso?

—Soy el hijo del zar. Yo soy el que manda en este negocio.

—Ésas sí que son noticias, Steve. ¿Te volviste loco?

—Ya basta con tu pie, no lo patees.

O’Flahertie obedeció al zarévich por un instante. Una inclemente furia se apoderó de él. Tomó a Stefan por las orejas y lo aventó encima de Tbilisi. Ni siquiera se molestó en darle una patada. Lo estampó contra la pared. El regocijo volvía. Metió el pie entre los muslos del viejo, buscó hasta que encontró a qué asirse y sacó al viejo que estaba debajo de Stefan Wilde, quien seguía colgando en el aire.

Fue un espectáculo extraordinario para las muchachas, que nunca habían visto al hijo de un zar suspendido de las orejas. Gritaron y ulularon hasta que Matka susurró detrás de ellas, de modo que el Alemán no pudiera escucharla: “Idiotas, ayuden al viejo”. Y sacaron pañuelos, pomadas y un cántaro del lavabo.

El Alemán dejó caer al zarévich.

—¿Ya te arrepentiste, Steve?

Las orejas de Wilde ya no existían; en su lugar, sentía sendos zarpazos que abrasaban ambos lados de su cara. Los zarpazos lo cegaban. Stefan parpadeó. Su boca era un cilindro del que salía un espumarajo rojizamente oscuro.

—Habla.

—Zarévich.

—¡Ah, la misma cantaleta! Deberías reprimir esa canción, Steve, no te hará ningún bien. Yo soy el dueño, tú trabajas para mí.

—Zarévich.

—Eres un bufón. Arrepiéntete, Steve. No serás el primero que se muere en este cuarto. ¿Te acuerdas de Fingal, el otro alemán? Los republicanos lo contrataron para rellenar las urnas… ¡en mi distrito! Era una trampa para ridiculizarme. Yo no podía tolerar eso, ¿o sí, Steve? Engañamos a Fingal para que subiera al séptimo piso. Ya sabes que estaba enamorado de Matka. Lo sacamos de la cama de Matka, no queríamos sangre en la alfombra. Y la asfixia es lo mejor. Le estrujé la garganta, le destrocé la tráquea y esperé hasta que los ojos se le pusieran morados. Ése fue el final. Busqué una corbata y un collar nuevo para Fingal; necesitaba acicalarlo un poco, ¿qué podía hacer? No puedes ir por ahí con un muerto por Manhattan, la gente se quedaría mirando. Aunque nunca llegó a salir del edif cio. Lo metimos en el montacargas y le dimos un paseo. Fingal yace ahora en el sótano. Has bailoteado encima de su esqueleto dos veces al día. Pero ése no es el punto. Tenía una razón para planchar al viejo. Podría haber sido el fantasma de Fingal detrás de la puerta; Fingal o algún sicario de otro distrito. Tienes que sufrir si te agarran mirando las pelotas del señor O’Flahertie.

Tuvo suerte de llegar al final de su historia. Matka había empezado a apalearlo con la escoba. Él no entendía este fervor. ¿No había soltado ya a Tbilisi? ¿Qué más quería Matka? Claro, estaba encariñada con su mensajero. Steve era su hom brecito. ¿Y el Alemán? Él tenía que ir después de su propio empleado, contentarse con migajas.

—No hubieras venido. El sótano es tu casa, Steve. No tienes nada que hacer en el séptimo piso.

—Zarévich —dijo Stefan—. Mi casa.

O’Flahertie usó el talón para golpearle la parte posterior de la cabeza. Después saltó sobre el zarévich con ambos pies.

Disfrutó la debilidad de la carne de Wilde, el crujir de los huesos, el aire que salía de la nariz del zarévich en cortas y regulares exhalaciones.

Matka no podía impedir que O’Flahertie siguiera utilizando sus artimañas. Entre más lo golpeaba, más alto saltaba contra el Alemán. Hubiera podido hacer que en su espalda se dibujaran montañas azuladas por los golpes, y el Alemán no se doblegaría.

—Eres muy torpe, amor. Un poco más fuerte, ¿sí? Matka consiguió meter la escoba entre los tobillos del Alemán y trató de hacerlo caer de espaldas. Éste tuvo que esquivar la escoba para poder seguir con el castigo. Ni se inmutó; tenía el aliento de una ballena.

Esperó el sonido indicado; un silbido y un estertor que indicarían que el pecho del zarévich estaba a punto de romperse. Una más, dos más, tres patadas más.

Una mirada oscura lo contemplaba. Sintió unos pelillos sobre él, los bigotes de un gato. El señor había subido desde el depósito de carbón. Era John Kwiecinski.

—Hola, John. ¿Vienes a ver a Matka? —dijo, mientras se preparaba para saltar encima de Stefan Wilde—. ¿O a rescatar al zarévich?

Sus tobillos esquivaron la escoba. Se aferró al cuerpo de Wilde y se balanceó con los talones como si maniobrara un bote en aguas turbulentas.

—¿Quieres rescatarlo?

El señor de los ancianos comenzó a marcharse.

—Es una pena —murmuró por encima del hombro.

—¿Qué? —Que Stefan tenga que morir, es tu mejor capital. Si lo pierdes, Alemán, no volverás a ver ni un centavo de Panna María. Es el héroe de estos rumbos; ayuda a todos los que están en apuros. Tendrás una revuelta en puerta, y eso se verá mal en las encuestas.

El Alemán desconfió.

—¿Es tu sobrino el zarévich?

—¿Él? Nos estarías haciendo un favor si acabaras con él. Este socialistucho oculta a pobres en el sótano bajo tus narices.

—¿Conque robándome, no? ¿Por qué no debería mandarlo a la tumba?

—Ya te dije, Alemán. Es el capitán de tus inquilinos. Los polacos jamás votarán sin Stefan Wilde. Lastímalo y perderás todo tu apoyo en la zona. A mí no me importa.

Y el señor John se subió en el zarévich, junto al Alemán.

—Él me pertenece —dijo el Alemán, frunciendo el ceño con una mueca de ira bajo la piel—. ¡Vete!

John se bajó, pero se detuvo sobre las rodillas de Stefan.

—Hay vodka en el sótano, Alemán, de 40 grados de alcohol. Acabamos con el socialista y celebraremos con vodka.

—Buena idea, pero creo que dejaré vivir al hombrecillo… hasta las elecciones.

O’Flahertie se bajó del cuerpo de Stefan y buscó su ropa. Las mujeres llegaron con diferentes cosas y él se marchó con John. Matka bramó en cuanto los escuchó en el rellano de la escalera.

—Cierren la puerta.

Las chicas titubearon.

—¿Y si llega un cliente, algún demócrata importante?

—Que se quede con las ganas.

Contempló a Tbilisi para asegurarse de que el viejo seguía en Panna María y no donde las almas muertas tienen que esperar. Después fue hacia Stefan, el zarévich. Estaba a punto de asistirlo cuando éste abrió un ojo.

—¿Es verdad?

Su voz la sorprendió. No esperaba que hablara. Sus labios se estrecharon como boca de pez.

—¿En verdad ayudaste a O’Flahertie a matar al otro alemán?

Matka tenía que ser astuta.

—¿El otro alemán?

—Fingal.

—No recuerdo ese nombre.

Los ojos de Stefan se hundieron y Matka se sintió desolada.

—¿Ese Fingal? —respondió—. Me acuerdo que había engañado al Alemán… se robó algunos votos… Fingal vino… estaba loco por Henryka.

—El Alemán dijo que era por ti.

—Por mí y por Henryka… por las dos.

—¿Y las dos vieron lo que le hizo a Fingal?

Frunció el ceño al zarévich, que estaba junto a sus pies.

—¿Es esto un juicio? —preguntó Matka.

—No —dijo ásperamente, con el cuerpo lleno de ruidos. Estaba tirado en el suelo de Matka con arrugas en el chaleco y fuego bajo la camisa. Su piel se estremecía con el recuerdo de O’Flahertie. Tenía un ruido en el pecho más profundo que la tos ferina que plagaba el edificio. Le costaba articular hasta la palabra más simple.

—Había dos encima de mí… el Alemán y John… como cómplices.

—¿Cómplices? Estás loco. Si no hubiera sido por John estarías muerto. Logró detener al Alemán. Se lo llevó a beber.

—Fingal —murmuró Stefan.

¡Fingal, siempre Fingal! Era la matrona de un burdel polaco en medio de un territorio alemán e irlandés. ¿Cómo podría meterse en política? O’Flahertie era el dueño del séptimo piso. Ella estaba enamorada del otro alemán, en verdad. Fingal le compraba peinetas y prendedores, y caramelos para las chicas. Aunque en realidad no era por los regalos. Fingal era consciente de la difícil situación de Matka. Él pagaba por su compañía y no le molestaban los tratos que una puta debe tener con diferentes hombres tan sólo para ser la que te ama durante una hora, hasta que el siguiente llega a la puerta.

¿Cómo podría saber las intenciones de O’Flahertie? Estaba debajo de la colcha, entrelazada con Fingal, que estaba en la febril cúspide de la pasión, con la carne trémula, cuando O’Flahertie entró con dos golpeadores. El Alemán se volvió hacia ella y plantó un dedo en sus labios; anudó una corbata alrededor del cuello de Fingal, que no podía creer que su placer se revirtiera contra él tan deprisa. Se levantó de la cama como un caballito de mar herido, con los brazos en su propio cuello mientras O’Flahertie enroscaba la corbata; los dos matones lo sujetaban por la cintura, casi como un amante lo haría, y el esperma de Fingal se derramó en el vientre de Matka. El esperma de un hombre muerto.

Las chicas estaban preparando el té. “Stepan Stepanchik”, tarareaban, mientras pelaban dos limones para el té del zarévich. Tenían mermelada, pasteles y panes alemanes. Se peleaban entre ellas para alimentar a Stepan Stepanchik. Matka podría haberlas mandado de regreso a la cocina, pero ellas sabían bien cómo tomarle el pelo a su hombre para hacerlo reír.

Los ojos del zarévich se postraron en ella. Su cara se ensombreció; la vio como una asesina. Ella estaba loca por él, el último de sus pretendientes, el del sótano, con hollín en las mangas, sin interés en ganar dinero para sí y para su pro metida, Panna Matka. Poeta que trabajaba como esclavo para otra gente, Stefan lamió la mermelada y miró hacia la pared. A ella le hubiera gustado empujarle la base del pan en los labios hasta que le prometiera casarse con ella, pero estaba convaleciendo y su boca podría romperse.

Matka lo dejó allí, con la mermelada y el té, y salió a la habitación de enfrente. Cerró la puerta y se fumó un cigarrillo turco; tenía un vaso de aquella amarga cerveza que les gustaba a las blondinkas. Kvass. 9 Subió los pies al alféizar y trató de conformarse con las comodidades que tenía: un armario lleno de corsés y abrigos, y comida para un ejército de chicas.

Matka se distrajo con una vena que sobresalía de su tobillo, justo al lado del hueso. ¡Panna Stara! ¿Su nariz se haría más grande? Moriría como una solterona, sin dientes; como una puta en Nueva York.

II

Horatio House.

Las vacas detrás del dormitorio empezaban a mugir, pero no fue eso lo que despertó a Christina, sino la Enfermera Nell. Estaba de pie junto a la almohada de Christina con la actitud de comandante en jefe, sacudiendo a Kit.

—Levántate, gansa borracha. Sé dónde andas por las noches; comiendo ostras en el club de los anarquistas. Gracias a Dios que te vamos a regalar a los polacos, porque si no tendría que azotarte. Levántate, mujer. Tu padre te está esperando.

¿Qué quería su papá? Nunca había visitado el convento hasta ahora.

El puño de Nell estaba cerca de la garganta de Christina.

—Te va a invitar a desayunar. Vístete.

Christina pensaba en pan con mantequilla. Podía librarse de la avena de la mañana si su papá estaba ahí. Le agradeció a Nell y corrió a lavarse la cara; después tuvo que forcejear con sus cajones por toda la ropa interior que tenía.

Su padre estaba abajo en el vestíbulo con Darcy Braun, patrono de Horatio House y presidente de la Liga de los Ciudadanos. Braun había emprendido una cruzada contra todo tipo de vicio. Las brujas de la Avenida Once cerraban sus ventanas cuando Braun andaba por allí. Había prometido terminar con su carrera de prostitutas, pero miraba a aquellas mujerzuelas como si fuera un ladrón de caballos buscan do disimuladamente qué robar; además, se asomaba a los dormitorios durante las inspecciones para ver debajo de los camisones de las monjas.

Papá llevaba su abrigo de invierno, hecho de pieles plateadas. Ella podía imaginarse las intrigas que afloraban dentro y fuera de esos grandes bolsillos y esos faldones largos. Si lo miraba detenidamente a la cara, comenzaba a fantasear con asesinarlo. Había abandonado a su madre en Bridgeport y la había dejado ahí como a una muñeca vieja, mientras él se procuraba un imperio en Manhattan y alentaba a la loca de Mathilde a que se uniera a las Hijas de la Revolución Americana.10

—¿Cómo está mi pequeña? —preguntó papá.

—Disfrutando la opulencia.

Es decir, la avena y la Enfermera Nell, pero no se quejaría con su papi.

—Vamos al Café Ópera —dijo papá.

—No sabía que el Ópera fuera para desayunar.

—No es, pero para nosotros sí.

El carruaje de papá estaba fuera, sobre la Avenida Once.

Christina subió a la parte alta; papá adoraba viajar cerca del cochero. El tránsito se detuvo para dejar pasar al caballo de papá. El viejo King Arthur se ponía nervioso con los tranvías y con cualquier otro animal, pero los llevó hasta el Café Opera.

El maître estaba todavía en mangas de camisa. Vivía encima del restaurante.

Se sentaron en la terraza mientras el maître subía y bajaba las escaleras con huevos al plato, fiambres y enfriadores de champán; encendió el comedor principal para que papá no tuviera que desayunar en penumbras.

Christina echó cátsup a sus huevos y mostaza alemana a la carne. Papá se rio.

—Darce, has arruinado los gustos de mi hija con lo que sirves en Horatio House.

—Tonterías. Les dan de comer de todo.

—Sí, menudencias de pollo y potaje.

Papá llamó a alguien escaleras abajo:

—¡Édgar, mi hija muere de hambre!

Édgar estaba en el piso de abajo. Christina vació el frasco de mostaza; hubiera comido mostaza hasta que se le reventaran las fosas nasales. Era una joven rebelde.

Édgar les llevó otra charola de fiambres y se paró detrás del Jefe Matlock.

—Ve abajo, ¿quieres? —ordenó Matlock.

Édgar se fue con las botellas vacías entre las manos, sosteniéndolas como si fueran cuellos de ganso.

Braun eructó en el puño de la camisa y clavó sus ojos enrojecidos bajo el uniforme de Christina.

—Matka. El nombre de la señora es Matka.

Christina se rascó el muslo. Tenía champaña en la nariz, pero no podía emborracharse frente a su papá; tomaba la champaña a sorbos y sentía el fantasma de su madre sentada en el hombro de su padre. Mathilde la Loca, cubierta por su sudario, remendaba mitones para las Hijas de la Revolución Americana.

—¿Y esta Matka tiene algún lugar?

—Panna María —dijo Darcy—. Matka está a cargo de todas las brujas.

—No la asustes, Darce —dijo su padre mientras sacaba otra botella de la hielera de Édgar.

—Rufus, no puede ir con los ojos vendados, va a entrar al burdel más grande del lado oeste.

—Ya —dijo papá—, pero Matka no va a reclutar a mi hija.

Darcy entrecerró sus ojos enrojecidos.

—No es eso —y palpó el regazo de Christina durante un segundo—. Vamos a arruinar a mamá gallina, arrestaremos a su prole entera. Niña, ¿vigilarías a esa vaca gorda por nosotros?

—¿Cuál vaca gorda?

Darcy abrió sus ojos enrojecidos.

—Matka. Su especie va a desaparecer.

—También los republicanos, los demócratas y la Liga de Ciudadanos —dijo Matlock—. No tendremos tu ciudad de oro por otros 30 años, Darce.

—La tendrás antes de eso. Estaremos en la Luna para 1917. Y después iremos a Marte. No hay lugar para Matka.

—¿Por qué no? Los marcianos preferirían tener a Matka a contar con todos tus Ciudadanos… Querida, puedo decirle a Édgar que vaya a una panadería judía para que te consiga algo con semillas de amapola.

Kit hubiera sido capaz de sumirlo en las semillas de amapola en la primera oportunidad que hubiera tenido.

—Gracias, papá, pero estoy satisfecha. El rey republicano tiró la servilleta sobre la terraza y apareció Édgar. Christina elogió el desayuno que Édgar había preparado de la nada e increpó a su padre en cuanto se hubieron acomodado en la parte alta del carruaje.

—Trabajó como un perro, ¿no podías haberle dado las gracias al hombre?

—¡Por Dios, niña! —dijo Matlock levantándose el abrigo plateado—, yo fui quien lo trajo al Ópera. Soy dueño de una parte de ese lugar, al igual que Darce.

 

Este adelanto de Panna María de Jerome Charyn se publica con permiso del Fondo de Cultura Económica.

Ilustración de Axel Rangel

A wound gives off its own light
surgeons say.
If all the lamps in the house were turned out
you could dress this wound
by what shines from it.  

Anne Carson 1

He estado revisando los libreros para acomodar en un solo estante los libros de cocina de mi mamá. La colección es más grande de lo que imaginaba. Ayer me senté en el piso para mirar con detenimiento las revistas gringas de cocina que estaban almacenadas en un mueble, ya son viejitas, como de los años 90 o principios del 2000. Hubo una que me llamó la atención por sus recetas de Nueva Inglaterra y empecé a leer en voz alta los nombres de cada platillo para que mi mamá me resolviera algunas dudas de vocabulario, así descubrí que en inglés el aderezo se llama dressing:

–¿Cómo de vestirse?
–Sí a tu abuelo le encanta una escena muy simple de El gordo y el flaco en el que le preguntan “Would you like your salad dressed or undressed?”, la persona pide undressed y el mesero llega desnudo, bueno, cubierto con un mandil. Siempre que lo cuenta se muere de risa.

¿Cómo será vestir una herida?
¿Se viste con aderezo?

 

*

Homer says

Andromache went

after she parted form Heckor –”often turning to look back”

Han sido días de remover el pasado para ir tirando todo lo que ya no necesitamos. Salieron muchas fotos viejas, retratos de la familia que fuimos. Mirarnos me provoca un sentimiento agridulce. Cuando era niña creía en dios y jugaba a las muñecas.

 

*

Other species, which are not poisonous, often have colorations and patterns

similar to poisonous species.

This imitation of poisonous by nonpoisonous species is called

mimicry

My husband was no mimic. 

 

¿Qué es qué? ¿Quién es quién? ¿Cómo cambiamos? ¿Quiénes fuimos? (y somos) Dentro de mi casa todos somos venenosos y no venenosos. ¿Existen las familias sin veneno? Quiero imaginar que sí. La realidad es que hay veneno y por eso me mantengo equipada con antídoto para no asfixiarme con las picaduras.

 

 

*

Today I have not won. But who can tell if I shall win tomorrow.

So he would say to himself going down the stairs.

Then he won. 

 

Los días se sienten muy iguales. Ya no sé en qué día estamos ni cuando es viernes. Hay veces en que me siento abrumada y sin energía. Semanas de tristeza, como la pasada, creo que por lo mismo de estar “limpiando” la casa, escombrando, descubriendo objetos con intensas cargas afectivas. Pero también hay momentos en los que tengo ganas de trabajar, de caminar, de ayudar en la casa. Días en los que me animo a ver a mis amigos y la paso bien; momentos en los que gano vida.

 

*

But she

had seeing scars

on her eyes from trying to look hard enough at every stone of every

sidewalk in the city,

 

Entre las cosas encontré un diario de mi hermano y lo leí. Según yo él no escribe diarios y tengo una que otra pista para creer que este fue un ejercicio de la universidad. De cualquier manera, lo escribió día con día durante un par de meses. Sus entradas son de lo más sencillas y breves. A veces habla sobre su amor por tocar la guitarra, en otras de lo bien que la pasó de fiesta. Luego sobre su interés por la cocina. Nunca aparecen nombres de personas, sentimientos profundos, todo es sencillo y en esa sencillez también hay elocuencia, sabiduría.

 

*

this welter of disorder and pain is our life.

Yes.

Your so-called freedom.

 

Duele. Ordenar, mover objetos de un lado a otro, olvidar en donde quedó algo porque el desorden es otro y ya no podemos contar con la memoria. Pierdo cosas sin salir de casa y sin embargo hay otras que tengo bien identificadas, por ejemplo, un alfiler con el que hago hoyos en las cubiertas de plástico de mis semilleros.

 

*

In the effort  to  find  one’s  way  among  the  contents  of  memory

(Aristotle emphasizes)

a principle of association is helpful—

 

Papeles. 80 kilos en la primera vuelta al centro de reciclado. No es ni una tercera parte de lo que tenemos.  Hay que revisar uno por uno. Identificar si se tira, se reúsa, se guarda. Y si se guarda hay que escoger su categoría: cartas personales, documentos oficiales, papeles financieros, instructivos, recetas, literatura… Los papeles provocan un efecto inmediato en la memoria, redescubrirlos es viajar a otras décadas, a otros presentes, cuando nuestras vidas no eran la de ahora, pero casi.

 

*

Why sadness? This flowing the world to its end. Why in your eyes—

 

Me han dicho que mi mamá es una persona triste. Veo su mirada y no encuentro las señales de tristeza que los demás aseguran. Tal vez me he dedicado a borrar ese detalle o quizás yo veo otra cosa, algo radiante que tiene ella.

 

*

What can save these marks from themselves.

What if we drop a little more solvent

on the seam

 

Somos tan minúsculos. Mi familia, mi casa, yo. Toda nuestra vida se puede borrar fácilmente. ¿En dónde van a terminar nuestras cosas? ¿En otras casas, en la basura, en el fuego? Hay que hacer las paces con el borramiento. Hay que imaginar otras formas de existir y desaparecer.

 

 


Autores
Licenciada en Literatura Latinoamericana por la Universidad Iberoamericana. Becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de ensayo literario (2019-2020). Ha publicado ensayos en C de Cultura, Punto en línea, Pliego 16, entre otras revistas electrónicas e impresas.

Ilustrador
Axel Rangel
Egresado de Diseño y Comunicación visual en la UNAM. Ha colaborado desde el 2005 en diversas publicaciones: SM, Castillo, Macmillan, Grupo Expansión, Progreso/Edelvives, Forbes México, SEP, Santillana, Travesías Media, Edebé, entre otros. Desde el 2019 es representado por la Agencia Illozoo