Tierra Adentro
Imagen de Jason Sackey de Pixabay

La presión para “re-abrir” las escuelas, el caso recientemente tomado por nadie más que el mamón de David Brooks, es una pila de basura falsa, peligrosa y fascista. En su artículo para el New York Times Brooks demoniza a los maestros, acusándonos de ser unos cobardes, idiotas y flojos a quienes nuestro frívolo deseo de seguir vivos nos viene con un supuesto alto costo: el bienestar de los “niños afroamericanos que viven en ciudades con alcaldes progresistas y sindicatos poderosos”.

Pendejo, PLEASE, cállate el hociquito, o, como Wittgenstein alguna vez escribió, “De lo que no se puede hablar, hay que callarse la puta boca”.

Entre el ¡regresen-a-trabajar-pinches-vagos-flojos! de la editorial de Brooks y la burla del payaso de la clase, Dinesh D’Souza, predeciblemente lanzado contra un maestro de secundaria por ser más erudito que su goofy ass, nos encontramos en medio de un maratón de burlas a los maestros.

El discursito de Brooks afirma cuatro “hechos”, y entonces, para no romper con su pseudo-estructura, afirmaré cuatro tesis en defensa de los maestros. Antes de demostrar mis puntos, quisiera dejar claro que, a diferencia de Brooks, un célebre experto en sándwiches, yo sí tengo experiencia en asuntos de educación pública. Ambos de mis padres son maestros retirados bilingües que enseñaron a niños afroamericanos. Siguiendo su dirección, obtuve una licencia para educar, y he enseñado a niños afroamericanos que viven en ciudades con alcaldes progresistas y sindicatos poderosos cerca de veinte años.

  1. Las escuelas ya están abiertas.

Repito, LAS ESCUELAS YA ESTÁN ABIERTAS.

UNO NO PUEDE RE-ABRIR ALGO QUE EXISTE EN UN ESTADO DE APERTURA.

Al discutir que las escuelas deberían “re-abrir”, Brooks se compromete a un escamoteo retórico tal que deslegitima los servicios educativos ofrecidos por los distritos que se han mudado a plataformas digitales. Estudiantes en estos distritos asisten a la escuela. Solamente se ve diferente, muy diferente, y la calidad de la educación en línea que están recibiendo esos niños en estos distritos podría mejorar enormemente a través de un incremento de fondos. Los recursos existen para esta redistribución presupuestaria con los departamentos de policía local que tienen miles de millones de dólares secuestrados.

Lo que los “re-abristas” de verdad están empujando es volver a tener a los niños “almacenados” en un lugar. Abogan por reunir a los niños de regreso en establecimientos que ya estaban sobrepoblados y ya tenían poca ventilación pre-COVID-19. Mi salón de clases anterior, por ejemplo, estaba arriba de la cafetería y, como habrás aprendido o no en clase, el calor sube. Mi salón también sufría de luz solar directa y carecía de aire acondicionado. Como consecuencia de estos factores, la temperatura de mi salón, a veces, excedía los 38 grados centígrados.

El calor del salón no duraba un día, duraba SEMANAS, y cuando pedí ayuda a la administración, me dijeron que “enseñara afuera, cerca del árbol”. Cuando me quejé una segunda vez, los administradores me enviaron un e-mail en el que me invitaba a su oficina con aire acondicionado a disfrutar de una paleta de hielo.

  1. Las familias afroamericanas, de quienes Brooks se apuntó como embajador paternalista, no son los miembros comunitarios discutiendo “re-abrir” las áreas que él describe. Ese esfuerzo está siendo liderado por miembros de la extrema derecha.

Cuando Jon Valant, catedrático emérito de Brookings Institution, analizó datos demográficos y politicos relacionados con la reapertura de los campus, encontró que era mucho más probable que los distritos educativos en condados que apoyaban a Trump en la elección de 2016 anunciaran planes de tener clases cara a cara: “En realidad, no hay relación —visual o estadística— entre las decisiones de reapertura de los distritos educativos y los nuevos casos de COVID-19 per capita en los condados. En contraste, hay una fuerte relación—visual y estadística— entre las decisiones de reapertura de los distritos y el apoyo a la elección de Trump en el 2016 por parte de los condados.”

Jon Valant, Brookings Institute

Mike Gallo, habitante de Long Beach y defensor del re-almacenamiento escolar, es un exlanzador de las ligas mayores de béisbol que desperdicia sus días haciendo shit-posting en Facebook. Gallo y otros padres blancos de estudiantes enrolados en Long Beach Unified District, un distrito con una población estudiantil 15.2 por ciento blanca, quieren obligar a las escuelas a re-almacenar ahora. Mientras tanto, los casos de COVID continúan incrementando en el condado de Los Ángeles, mismo condado que contiene a Long Beach.

Long Beach es predominantemente una comunidad Latinx, y Los Angeles Times reporta que el COVID ha “afectado a los Latinos de maneras desproporcionadas… la gente se enferma en el trabajo y luego esparcen el virus a miembros de sus familias en casa”. Long Beach Unified School District es el empleador más grande en Long Beach y mientras las muertes de Latinxs por COVID-19 están arriba por 1000%, los re-almacenadores de Long Beach parecen despreocupados por estas estadísticas. Y no parecen molestarse por el hecho de que “la mayoría de los niños, adolescentes y jóvenes que mueren por COVID-19 son hispánicos, afroamericanos o nativos-americanos ”.

  1. ¡Algunos idiotas que se están uniendo al movimiento de “re-apertura” son también (surprise, surprise) anti-sindicatos!

El Long Beach Post reportó que el “exsuperintendente del Sindicato de Long Beach [Carl Cohn] está promoviendo una idea potencialmente controversial para el estado: acelerar la reapertura de las escuelas tomando el control de las negociaciones laborales entre los distritos locales y sus empleados”. En una editorial publicada en EdSource, Cohn pide al gobernador Gavin Newom suspender temporalmente el poder colectivo de negociación local de los maestros, argumentando que el estado debería poder obligar a los maestros a regresar a las aulas físicas tradicionales.

El argumento de Cohn trae a la mente un fenómeno derechista conocido como ausnahmezustand, el estado de excepción, que era fetichizado por otro Carl, Carl Schmitt, un teórico político y Nazi. De él, el editor en jefe de Lawfare, Quinta Jurecic, ha escrito: “Schmitt es mejor conocido por su teoría del ‘estado de excepción’, que dicta que el poder soberano puede decidir actuar fuera del marco de la ley. Como [Schmitt] escribió proféticamente en 1922, el ‘soberano es quien decide sobre la excepción’”. Al poner esta teoría en práctica se da pie a una dictadura, y la comodidad con la que Cohn propuso su solución de “re-apertura” fashy1, indica que el trumpismo no está limitado al gobierno federal. También prospera a nivel estatal y local.

  1. El empuje para re-almacenar niños en campus escolares demuestra una sed de sangre capitalista.

El capitalismo requiere desigualdad, sufrimiento y muerte, y al re-almacenar estudiantes afroamericanos en campus maltrechos, lugares donde el COVID-19 puede esparcirse, el costo aceptable de los “re-aperturistas” queda claro. El racismo capitalista, que es todo el capitalismo, depende de aquellos de nosotros categorizados “no blancos” para cargar con los denominados blancos, y si morimos en el proceso no debemos preocuparnos. Los encabezados se referirán a nosotros como héroes.

Tenemos una oportunidad de rehacer las escuelas al usar lo que educadora Ruth Wilson Gilmore ha llamado reformas no-reformistas; cambios que no nada más ajustan ligeramente, sino que buscan transformar las circunstancias existentes de forma radical. Esta pandemia ha tirado la gorra de la educación pública en Estados Unidos, revelando que nuestro sistema actual no es más que una calva obvia que ningún peine puede tapar. Enviar gente de regreso a los campus escolares sin hablar de cómo la austeridad restringió a las escuelas públicas hasta dejarlas vacías e inefectivas, al día de hoy, beneficiará al tipo de gente a la que le importan más los sándwiches que las comunidades de color.

 

Nota: Traducción realizada por Rodrigo Porcayo 

Este texto apareció originalmente en inglés en Tasteful Rude y lo traducimos con permiso del editor.

 


Autores
es escritora, locutora y artista. Vive en Long Beach, California. Su libro más reciente, Mean fue la selección editorial del New York Times. Publishers Weekly la describe como "una voz literaria sin igual." Gurba es co-anfitriona del podcast AskBiGirlz, junto a la caricaturista y compañera biracial Mari Naomi. Sus collages y arte digital han sido presentados en museos, galerías y centros comunitarios.
Rodrigo Porcayo Jiménez (Ciudad de México, 1994) Editor y escritor, licenciado en Literatura Latinoamericana egresado de la Universidad Iberoamericana. Tiene certificaciones en marketing digital y escritura técnica otorgados por University of Illinois y Oregon State University, respectivamente. Escritor y editor de contenido freelance digital y SEO para empresas pequeñas. Actualmente colabora con la revista Tierra Adentro en publicaciones diarias de la página en línea y redes sociales.
Ilustración de Rodrigo León

hablamos desoyendo

 

están desgranados los vidrios del pasillo

 

hipóstasis de la luz

 

dramas,

duelos, desgracias

 

si las formas fueran tan flexibles

el cántaro se plegaría sobre su silueta

hasta ser una buganvilia de agua

 

importa todo esto

 

importa en la desnudez,

junto al río oscuro

 

[tísicas, altas y bajas navajas de piedra

[felicidad por la asfixia de no pensar

 

nos queremos,

y en perpetuidad de esa pequeña arrogancia,

unimos las manos y vamos iluminando bosques

 

dentro de paredes cósmicas

 

una a una, líneas erráticas

 

un plumaje que viene y va

[en la azotea la tarde, nubes removidas, leona azur

 

astilla de roca | escalinata roja

 

ecos en papiroflexia

 

descubrimos que la claridad se corruga

[subrayado solar en la vejez de nuestros muebles

[la exposición al viento frío me adelgaza

 

abrazados sobre la ventana abierta,

mar aire, mar luz,

abismos claros

 

la muerte ya no es aliada

 

vendrá un angosto infinito

 

habrá algo entre nuestros muslos

[frugal paraíso

[la vista encendida

 

Volar a ratos, volar olvido

[abiertos los ojos, juntos…


Autores
Aldo Vicencio (Ciudad de México, 1991) Poeta y ensayista, estudió la licenciatura en Historia en la Universidad Nacional Autónoma de México. Es autor de los libros Piel Quemada: Vicisitudes de lo Sensible (Casa Editorial Abismos, 2017), Anatolle. Danza fractal (El Ojo Ediciones, 2018) y Púlsar (Ediciones Camelot América, 2019). Su obra ha sido publicada en diversas revistas literarias iberoamericanas como Punto en Línea de la UNAM (México); Digo.Palabra.txt (Venezuela), Revista Antagónica (Costa Rica); Enfermaria 6 (Portugal), La Ubre Amarga (Bolivia); Buenos Aires Poetry (Argentina), Santa Rabia Magazine (Perú); Una verdad sin alfabeto (El Salvador), Oculta Lit y penúltiMa (España), entre otras. También ha sido incluido en diferentes antologías, entre ellas Nido de Poesía (LibrObjeto Editorial, 2018)

Ilustrador
Rodrigo León
Vista de Laguna de Catemaco desde Totonicapan. Los Tuxtlas, Veracruz. Fotografía de Susana Garduño

“La enfermedad de la razón se arraiga 

en su origen mismo: la ambición

humana de dominar la naturaleza”

 

Max Horkheimer 1

 

En la comunidad de dos Dos Amates, situada entre las lagunas de Catemaco y Sontecomapan, la selva aún resiste los embates de la deforestación.

 

En el último medio siglo se ha acabado con el 80% de la vegetación de Los Tuxtlas, en Veracruz, para darle cada vez más espacio a la ganadería. 2 Esta actividad se introdujo en la zona en las primeras décadas del siglo XVI y, a primera vista, parecería que determina este entorno de inmensos pastizales en los que los árboles que todavía no se han talado sirven para atar el alambre de púas que delimita los terrenos.

 

Pero a medida que uno se aleja de la decena de calles sobre las que se extiende Dos Amates, se encuentra con un espacio cada vez menos reclamado. En lo profundo de la selva, hojas gigantes y permanentemente mojadas reflejan en su inmensidad los pocos pedazos de cielo que logran atravesar la densidad de las copas de los árboles. El sonido de la lluvia se confunde con el de un río oculto en la maleza que sigue curso milenario, ignorando botellas y bolsas de plástico que se atoran entre sus piedras.

 

Esta cruda imagen de la huella humana revela una verdad común para geógrafos y ecólogos: casi todo lo que entendemos como natural está marcado por la intervención antropogénica. Ahora se sabe, aunque pocos lo sepan, que muchos de los paisajes que alguna vez se consideraron libres de influencia humana han sido continua y profundamente alterados por ella. Las dos caras de Dos Amates son, en realidad, una misma.

 

La noción de que existen dos esferas esencialmente distintas, una humana y otra natural, es más literaria que científica y es, sobre todo, una creación de la modernidad europea impuesta al resto de un mundo para el cual la división absoluta entre naturaleza y cultura muchas veces no tiene sentido.

Vista de Laguna de Catemaco desde Totonicapan.  Los Tuxtlas, Veracruz. Fotografía de Susana Garduño

Vista de Laguna de Catemaco desde Totonicapan.
Los Tuxtlas, Veracruz. Fotografía de Susana Garduño

*

Hace unos 10,000 años terminó la última glaciación en la Tierra. El mundo se derritió, y de lo que era hielo surgieron los primeros bosques modernos. La especie humana no tardaría mucho en volver este nuevo mundo irreconocible.

 

“En el espacio de 10,000 años — explica Michael Williams — los humanos habrían de tener un efecto solo ligeramente menos dramático y generalizado que el que tuvo la era del hielo en los 100,000 años anteriores”. 3 En cuanto el reinado del hielo cedió, comenzó la transformación antropogénica del nuevo entorno y la transformación ambiental de los nuevos humanos. Desde entonces es que somos nosotros y nuestra circunstancia.

 

“Capturar el fuego fue nuestro primer experimento de domesticación, y bien pudo haber sido nuestra primera apuesta fáustica”, escribió el historiador del medioambiente Stephen Pyne.4 Después de millones de años de ser un fenómeno impredecible e incontrolable, el fuego se convirtió en una herramienta humana que volvió los inviernos más llevaderos y le quitó al día la exclusividad de la luz.

 

Gracias a la nueva posibilidad de cocinar y calentarse frente a una fogata, los humanos empezaron a socializar de manera diferente. Comenzaron también a incendiar terrenos para crear espacios habitables, cazar y ahuyentar a animales, regenerar el suelo y, en general, facilitarse la vida, transformando profundamente su entorno en el proceso. Las grandes praderas de América del Norte y del Sur, por ejemplo, son paisajes artificiales a los que los humanos les dieron forma quemando los bosques periódicamente durante siglos.

 

No es difícil imaginar cómo el fuego pudo darles una idea incipiente a algunos hombres —humanos— de que todo a su alrededor podía ser herramienta y materia prima, de que eran sujeto y lo demás era objeto, de que eran el centro y el resto estaba ahí para ellos.

 

A partir de este artilugio, se elaboraron otros más complejos que permitieron incrementar el control humano de la naturaleza. Con la agricultura masiva y la capacidad de imaginar y producir en lugar de buscar y (con suerte) encontrar, muchos seres humanos conocieron la tranquilidad de la predicción en un mundo caótico, se multiplicaron y establecieron comunidades estratificadas. Algunas sociedades comenzaron a crear su propio mundo a costa de la dominación de lo otro y los otros, de paso provocando la extinción del 83% de las especies de mamíferos que existían en los albores del Holoceno, hace unos 12,000 años.

 

La Revolución Industrial y el establecimiento del sistema de explotación capitalista aceleraron exponencialmente ese proceso y nos colocaron, por el camino del Antropoceno o de la época geológica dominada por la transformación humana, a la sexta era de extinción masiva en la Tierra. Sólo en los últimos sesenta años ha desaparecido más de la mitad de las poblaciones animales y, se calcula que entre el 25% y el 40% de todas las especies del planeta se extinguirán en los próximos treinta años, a un ritmo de cien al día. 5

 

Por esta razón, hay quienes dudan de la utilidad de la noción del Antropoceno, propuesta por el ecólogo Eugene Stoermer en 1983 y popularizada por el químico Paul Crutzen en el 2000, y prefieren referirse a esta época como Capitaloceno.

 

Este cambio pone el énfasis en el hecho de que no es la humanidad en abstracto y, ni siquiera la mayor parte de ésta, la principal fuerza antropogénica detrás de la crisis del cambio climático.

 

La profunda y acelerada transformación de la atmósfera de la Tierra, que pone en riesgo la vida de todas sus especies, está vinculada a un sistema económico y específico y a un sector no muy grande de la población mundial que se beneficia desproporcionadamente de la riqueza que éste genera, a costa de la viabilidad de la vida en el planeta.

 

De acuerdo con el especialista en ecología humana Andreas Malm, que acuñó el término Capitaloceno, “nuestra era geológica no es la de la humanidad, sino la del capital”. 6

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

*

La precursora de la dominación es la denominación. La creación de conceptos, nombres e historias que explican y justifican. En la leyenda del Génesis el personaje de Adán, al nombrar, reconoce lo que le pertenece. Los colonizadores europeos hicieron lo mismo.

 

El siglo xviii fue un periodo de reajuste y recrudecimiento de los proyectos imperiales y, crucialmente, de los sistemas filosóficos que buscaban darles legitimidad.

 

Los filósofos de la Ilustración asumieron que todo cuanto existía era inteligible y sistematizable. La monstruosa diversidad del mundo se redujo a una máquina perfectamente diseñada, dominada por leyes naturales: universales, eternas y estáticas. La naturaleza se escribió como un inventario de elementos puntualmente ordenados y jerarquizados, clasificados en géneros, especies, grupos.

 

En esta época se consolidó como ciencia — y, por ende, como incuestionable — la oposición fundamental entre naturaleza y cultura. En 1757 Victor Riqueti, marqués de Mirabeau, acuñó el neologismo francés civilisation. 7 El término no tardó en importarse, primero, a la Ilustración británica y de ahí al resto de Europa occidental y los territorios que ésta mantenía bajo control colonial.

 

Desde entonces, el concepto de civilización quedó localizado temporal, geográfica y mitológicamente en el cristianismo europeo. Se convirtió en la base de la saga épica de la modernidad, en la lo civilizado debe vencer sobre lo salvaje, lo racional sobre lo irracional, el sujeto sobre el objeto. El sujeto por excelencia es el hombre europeo; el objeto, toda la naturaleza, incluyendo a un gran número de seres humanos que, dentro del paradigma colonial, quedaron relegados al ámbito de lo natural y, por ende, explotable.

 

En la Ilustración el estado natural adquirió una significación doble y contradictoria: por un lado, era el contraste frente a lo que lo civilizado se definía a sí mismo como tal; por otro, el modelo que permitía distinguir lo normal de la aberración y que marcaba la pauta que la humanidad debía seguir para establecer su propia organización.

 

Selvas literarias y filosóficas, sustentadas en una larga tradición dualista que opone y jerarquiza la naturaleza y la civilización, dominan nuestros imaginarios. Una de las más famosas es la de El libro de la selva (1894) de Rudyard Kipling, una novela escrita durante el llamado Nuevo Imperialismo de los siglos XIX y XX. La “ley de la jungla” es el hilo que conduce al lector por los caminos de la selva de Kipling. Esta ley establece un orden jerárquico para los distintos grupos de animales, a la vez que refleja en la ficción las jerarquías raciales del colonialismo. La selva literaria se construye en una contradicción en la que lo humano se opone esencialmente a lo natural y, al mismo tiempo, debe reproducirlo.

 

Uno de los principales efectos de esta narrativa naturalista fue la consolidación en la ciencia moderna de teorías deterministas sobre la esencialidad de las jerarquías humanas. La Ilustración no sólo se encargó de clasificar científicamente a la naturaleza en especies, sino también a la humanidad en razas, las cuales determinan el lugar que cada individuo y cada grupo deben ocupar, naturalmente, en el orden social. —Sin saberlo, los ilustrados ya promulgaban nuestro origen y destino en el oxímoron de la naturaleza humana.

 

En su estudio clásico, La invención de las mujeres (1997), la socióloga Yorùbá Oyèronké Oyêwùmí lo explica del siguiente modo: “Durante siglos la idea de que la biología es destino –o mejor aún, que el destino es biológico– ha sido esencial en el pensamiento occidental”.8

 

Teorías consideradas hoy como pseudociencia eran en el siglo XVIII tan científicas como la mecánica newtoniana. La medición y comparación de cráneos, por ejemplo, se usó para explicar las diferencias entre las cinco razas definidas por el médico alemán Johann Friedrich Blumenbach (1752–1840). Probablemente no sea necesario aclarar cuál se consideraba, científicamente, superior.

 

Este conjunto de teorías, también conocidas como racismo científico, fue muy influyente hasta bien entrado el siglo XX. Después de un último auge con el programa genocida nazi — el secretario político de Hitler, Rudolf Hess, llamaba al nazismo “biología aplicada” —, el racismo científico perdió terreno con la derrota alemana.

 

Pero su paradigma evolutivo, que coloca lo europeo (o europeizado) como modelo universal, sigue vivo como una poderosa fuerza organizadora. Incluso, se podría decir que ha ganado impulso con el ascenso de la extrema derecha en muchos lugares del mundo. Recientemente, el presidente brasileño Jair Bolsonaro ejemplificó este punto del siguiente modo: “El indio ha cambiado, está evolucionando y convirtiéndose cada vez más en un ser humano como nosotros”. 9

*

La distinción filosófica entre humanidad y naturaleza nunca ha sido literal, pues la categoría humano históricamente no ha incluido a todos los miembros de la especie.

 

En la Ilustración, los denominados “salvajes” podían ser intrínsecamente buenos, como predicaba Rousseau, o inevitablemente amenazantes (como la naturaleza misma), según pensaba Voltaire. Pero en todo caso eran marginales al orden civilizado: tanto a sus vicios como a sus virtudes.

 

En las exposiciones etnográficas, o zoológicos humanos, 10 europeos y norteamericanos podían ver no sólo plantas y animales traídos de las colonias, sino a nativos americanos y africanos esclavizados.

 

Estas exhibiciones, que tuvieron lugar sobre todo en los siglos XIX y XX (aunque en realidad la idea se remonta a Colón), contribuyeron a inscribir el racismo científico en la cultura popular. Su objetivo era mostrar que los indígenas y los negros eran otro tipo de humanos, más cercanos a la naturaleza salvaje que a la civilización, y a quienes, en consecuencia, les correspondía una posición distinta a la de los europeos.

 

Milenios antes, Aristóteles hablaba de esclavos naturales y sostenía que las mujeres representaban el punto medio entre el hombre y el animal. En la larga y sólo parcialmente superada época imperial, la mujer-naturaleza y el esclavo natural eran el territorio caótico y amenazante que el hombre blanco debía civilizar y dominar. El hombre — ya no el humano — de la modernidad es el centro, y el resto está ahí para él.

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

Fotografía de Luis Alberto Rosas Zamudio

*

 

En 1908, el escritor hispano-paraguayo Rafael Barrett (1876-1910) publicó una serie de artículos para exponer la explotación de los trabajadores agrícolas por empresas de yerba mate en Sudamérica. “Lo que son los yerbales” denuncia unas condiciones trabajo forzado que era en gran medida indistinguibles de la esclavitud, abolida oficialmente en el continente el siglo anterior.

 

“El obrero se interna en la selva”, escribe Barrett:

 

Allí encuentra la milenaria capa de humus, bañada en la transpiración de la tierra; el monstruo inextricable, inmóvil, hecho de millones de plantas atadas en un solo nudo infinito; la húmeda soledad donde acecha la muerte y donde el horror gotea como en las grutas… ¡La selva! La rama serpiente y la elástica zarpa y el devorar silencioso de los insectos invisibles.

 

En esa naturaleza cruel, “el hombre desaparece, sepultado bajo la codicia del hombre”. 11

 

En la narración de Barrett confluyen los opuestos que con tanto esmero separó la Ilustración. El hombre civilizado es la fuerza de lo salvaje. La modernidad se sustenta en la ley de la selva, en la brutalidad de la subordinación del otro. La selva literaria, tenso espejo de lo humano, refleja a éste como lo mismo y lo contrario.

 

“El mito es ya Ilustración; la Ilustración recae en mitología”. 12 Ésta es la tesis central de la obra seminal de los críticos de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer y Theodor Adorno Dialéctica de la Ilustración (1944). Para ellos, mitología e Ilustración se reducen al afán de entender y explicar la naturaleza para poder someterla.

 

Dialéctica de la Ilustración fue un libro publicado en el contexto de la Segunda Guerra Mundial en torno a la subsecuente toma de consciencia de lo que significaba el nazismo: el regreso a la barbarie después de 200 años de civilización posilustrada. Tanto progreso y volvimos a ser caos, irracionalidad, jungla.

 

Para la Escuela de Frankfurt el nazismo demostró que la civilización y la barbarie no son oposiciones, sino que, en su afán de dominación, se contienen una a la otra.

 

Las décadas que siguieron a la Ilustración fueron el inicio de su largo e inacabado proceso de deconstrucción. Con Johann Georg Hamann y los románticos de Jena comenzó una tradición de sospecha del racionalismo ilustrado que se extiende hasta la filosofía continental contemporánea. Desde otra tradición intelectual y política, escritores y académicos caribeños, africanos y afroamericanos han llegado a conclusiones similares, y con frecuencia más radicales.

 

Intelectuales contemporáneos a la Escuela de Frankfurt como lo fueron W.E.B. Du Bois o Aimé Césaire elaboraron una genealogía que vinculaba la barbarie colonial (es decir, la ejercida por los supuestos civilizadores) con la de los fascismos de su tiempo.

 

El nazismo no surge para estos pensadores como un desvío del progreso ilustrado, sino como un fatídico regreso a Europa de la misma barbarie, deshumanización e instrumentalización ejercidas por siglos sobre el mundo colonizado en nombre de la civilización.


Autores
Bárbara Pérez Curiel ha colaborado con ensayos, artículos de opinión y textos narrativos con distintos medios y revistas mexicanos e internacionales. Traduce libros y artículos para el Fondo de Cultura Económica.
GameStop en Hillsboro,Oregon. Wikimedia.
GameStop en Hillsboro,Oregon. Wikimedia.

El libre mercado sólo es libre hasta que la gente rica empieza a perder dinero”

Visto en r/wallstreetbets

A principios del 2021 fuimos testigos de un evento que marcará un hito en la historia financiera del planeta. El escándalo de GameStop que puso en jaque a Wall Street, es un fenómeno lo suficientemente extraño como para poner de acuerdo a Ted Cruz y a Alexandria Ocasio-Cortez.

Si quisiéramos dar una respuesta rápida y fácil para explicar lo que está sucediendo, diríamos que un grupo bastante numeroso de troles de internet se puso de acuerdo para comprar las acciones de una compañía que estaba al borde de la bancarrota, con el fin de obligar a grandes fondos de inversión a tener pérdidas multimillonarias.

Sin embargo, algo más sucedió. Si se ve más allá de los memes, el delirio colectivo, la politización del problema y la aparente irracionalidad de la turba de Reddit, se podrá encontrar una estrategia bien pensada, genial y digna de cualquier financiero profesional que se respete.

Para decirlo llanamente, el escándalo de GameStop no es fruto del azar o de la mera burla de foros en línea: es un movimiento deliberado e intrigante que ha mostrado las grietas de un sistema financiero que se creía invencible.

Michael Burry y el génesis del Gamestonk

Esta historia empieza hace dos años. En concreto, al 16 de agosto del 2019, fecha en la que el Dr. Michael Burry – aquél personaje que saltó a la fama por descubrir, antes que nadie, la burbuja inmobiliaria que detonó la crisis financiera del 2008 -, escribió una carta al consejo directivo de Gamestop, una compañía dedicada a la venta minorista de videojuegos y otros electrónicos.

Para ese entonces, la compañía, como muchos retailers de medios físicos (en paz descansen Blockbuster y Tower Records), ya estaba en franca decadencia. Pero Burry les expuso un plan para salir a flote. En un momento donde el valor de las acciones de Gamestop había tocado un abismo por debajo de los 4 dólares, el fundador del fondo de inversión Scion Capital vio una ventana de oportunidad inigualable.

A diferencia de la gran mayoría de los jugadores en la bolsa, que confiaban en que el valor de las acciones de Gamestop continuaría a la baja (luego de una estrepitosa caída del 70% de su valor a lo largo del año previo), Burry creía que las acciones de la compañía estaban siendo infravaloradas en el mercado. Para él, la empresa contaba con la liquidez suficiente para revertir su decaimiento, y también con las condiciones para continuar siendo rentable para los accionistas.

Aquellos que sostenían una visión pesimista, creían que la desaparición de Gamestop era inminente por su modelo de negocios insostenible. El diagnóstico que pesaba sobre la empresa era muy parecido al que llevó a la extinción de Blockbuster: la venta de videojuegos física estaba siendo desplazada y superada por las ventas digitales y en línea.

Una proyección bastante razonable y justificada, si consideramos el éxito de plataformas como Steam y el peso de las tiendas digitales que ya vienen precargadas en toda marca de consolas. Pero Burry tenía un motivo para mantenerse optimista: la nueva generación de consolas todavía incluía unidades de disco físicas; es decir, se mantenía la oportunidad de seguir vendiendo videojuegos en formato físico.

Menos de una semana después de que la posición del Dr. Burry se hiciera pública, las acciones de Gamestop dispararon su valor en un 20%, creando así una de las condiciones necesarias para poner en marcha lo que sucedería después.

Chewy y el segundo aire

A pesar del oxígeno que le dio Michael Burry a la moribunda empresa, el sentimiento negativo en el mercado siguió atormentando a Gamestop hasta ya bien entrados en el 2020. Principalmente, claro, por la llegada de la pandemia de Covid-19.

Era evidente que los cierres y cuarentenas en todo el mundo impactarían con mayor fuerza a aquellos negocios cuyo principal canal de venta estaba a nivel de piso. Y Gamestop no fue la excepción. Desde el primer semestre del año, la empresa tuvo un fuerte golpe económico.

A pesar de ello, en agosto del 2020, Ryan Cohen, fundador de Chewy -una de las principales empresas dedicadas a la venta en línea de productos para mascotas-, anunció su participación como accionista en Gamestop, adquiriendo una posición del 9% de la compañía. Gracias al involucramiento del joven millonario, las acciones de Gamestop, volvieron a dar un brinco de más del 25%, sobrepasando el umbral de los 6 dólares por acción.

Pero Ryan Cohen no nada más llevó dinero a la compañía, sino que también propuso un plan para salvarla. Su idea era usar su experiencia en el e-commerce -dado el éxito demostrado en su empresa anterior- para migrar el negocio de Gamestop a Internet y convertir al retailer en una competencia de Amazon.

Un mes después de anunciar su participación como accionista, Cohen tuvo acercamientos con la directiva de la empresa para materializar su plan. Sus pláticas tuvieron un nuevo efecto positivo en el valor de las acciones de Gamestop, que pasaron por encima de los 10 dólares; un movimiento del 28%.

El “short squeeze” o una muerte por mil cortes

El hecho de que un multimillonario decidiera participar en Gamestop cimbró al mercado accionario, pero también a uno de los rincones más oscuros de Internet. El 1 de septiembre, apareció un post en wallstreetbets, un foro de Reddit dedicado a la discusión de estrategias de inversión en la bolsa y los memes financieros (ellos mismos se describen “como si 4chan encontrara una terminal de Bloomberg”). En el post -publicado por el usuario “airdoon”- se explicaba una estrategia muy particular relacionada con las acciones de Gamestop: el “short squeeze” u obligar a los vendedores en corto a liquidar sus posiciones a precios muy elevados.

¿Pero qué quiere decir esto?

Lo primero que hay que entender es el short-selling o venta en corto. Este tipo de inversión se hace cuando se cree que el precio de una acción va a la baja. Esta creencia puede darse por muchas razones, por ejemplo, porque se estima que el valor de una acción está sobrevalorado; porque las condiciones financieras de una empresa dan señales preocupantes; o bien porque el contexto en el corto plazo puede afectar el prestigio de una compañía (como cuando se destapa algún escándalo).

Es decir, a diferencia del tipo más intuitivo de inversión en la bolsa, donde se compra una acción para luego venderse más cara, en la venta en corto se hace lo contrario: se vende una acción esperando comprarla más barata en el futuro.

En la práctica, para hacer una venta en corto, el inversionista primero tiene que pedir prestada una acción para venderla al instante, sin importar el precio (digamos a 10 pesos). Con el dinero de la venta en mano, espera a que se cumpla su pronóstico de que el precio de esa acción baje. Si eso sucede, el accionista recompra la misma acción, pero a un precio menor (supongamos que baja a 8 pesos). Le devuelve al prestamista la acción que le fue otorgada, y el inversionista se queda con la diferencia de la venta en corto como ganancia (en este ejemplo, 2 pesos).

Hasta aquí todo puede parecer lógico. Pero una diferencia importante entre la venta en corto y en largo (aquella donde compramos esperando vender más caro) es la exposición al riesgo. La venta en corto supone una posición mucho más vulnerable, porque no hay un tope en las pérdidas que un inversionista puede sufrir.

Pensémoslo así: si compramos una acción esperando venderla más cara, pero nunca sube de precio -y, al contrario, se cae-, lo más que podemos perder es el precio que nos costó la acción (si sucediera el peor escenario, y su valor se fuera a cero). En cambio, si pedimos prestada una acción y la vendemos esperando que baje de precio para comprarla más barata, pero nunca baja de precio -y, por el contrario, sube-, entonces lo que podemos perder es ilimitado. Entre más sube el precio de la acción, más perdemos. Y, teóricamente, puede subir al infinito, porque no hay un tope hacia arriba.

En otras palabras, mientras que en la inversión a largo plazo la pérdida máxima está limitada al 100% de la inversión, en el caso de la venta en corto puede ser del 200%, 500%, 1000% o más.

Aunado a eso, la venta en corto implica pedir prestada la acción y hay que considerar los pagos de intereses y primas por el tiempo que el inversionista se tarda en devolverla.

En esas circunstancias, un “short squeeze” o “estrangulamiento de las posiciones en corto” se logra cuando se infla el precio de una acción a pesar de los pronósticos bajistas, obligando a los vendedores en corto a liquidar sus posiciones para mitigar pérdidas.

Recordemos que el short-selling implica un préstamo de acciones. Por lo tanto, el inversionista que hace una venta en corto está obligado a comprar nuevamente las acciones que está vendiendo. Sólo así puede saldar su deuda.

Además, tiene la premura de liquidar su posición para que los intereses y primas del préstamo no le coman sus potenciales ganancias, o bien incrementen sus pérdidas. Por ende, si su pronóstico sobre la caída del precio de una acción falla, entre más tiempo se tarde en cerrar su inversión, mayor será su pérdida.

Cuando, finalmente, el inversor decide terminar su posición, genera un efecto adicional muy interesante. Dado que volverá a comprar la acción, pero al precio en el que se está ofertando, produce una retroalimentación positiva en el sentimiento del mercado: al recomprar la acción, el mercado entiende que aumenta la demanda y, en consecuencia, sube el precio de las acciones. Sólo imagínense cómo reacciona el mercado cuando no es un solo vendedor en corto el que liquida su posición, sino una masa de ellos: las acciones suben estrepitosamente.

Contra sus propios pronósticos, este tipo de inversionistas ayudan a crear una inercia de aumento de precios cuando se ven obligados a liquidar sus ventas cortas. Y esto puede acabar atrayendo a más compradores y así darle un mayor impulso al precio de la acción. En cambio, si se tardan demasiado, salirse de este negocio puede costarles muy caro, sobre todo si otros vendedores en corto deciden abandonar el barco antes que ellos. Este bucle puede continuar hasta que todas las posiciones en corto sean liquidadas.

“Airdoon”, el usuario que propuso la genial estrategia en Reddit, se dio cuenta del grado de vulnerabilidad al que estaban expuestos los short-sellers de Gamestop.

Tomado de: https://www.highshortinterest.com/

Tomado de: https://www.highshortinterest.com/

Según su propia argumentación, Gamestop era una de las acciones con más ventas en corto dentro del mercado. De hecho, una inmensa mayoría de sus acciones existentes se estaban vendiendo en corto. Del total de acciones de Gamestop que se intercambiaban públicamente (el “float”, en la tabla de arriba), más de un 121% se estaba vendiendo en corto (el “ShortInt” o “interés en corto”).

¿Cómo es posible que se puedan vender en corto más del 100% de las acciones disponibles en el mercado? ¿Cómo se logran intercambiar más acciones que las que existen?

Gracias a que esas acciones son deuda.

Piénsenlo así: cuando hay un sentimiento negativo generalizado sobre el valor de una empresa, hay más probabilidades de que los inversionistas vendan en corto las acciones de esa compañía en vez de tomar posiciones largas. Y sí más inversionistas en corto entran a un mercado, entonces la cantidad de acciones prestadas también aumenta.

Imaginen que pido prestada una acción para venderla en corto. Eso quiere decir que le debo una acción a alguien más (llamémosle A). Yo me deshice de esa acción al precio de mercado, porque espero que su valor baje en el futuro. La persona a la que le vendí la acción (llamémosle B) le presta esa misma acción a otro inversionista que también pretende venderla en corto. Entonces, adquiere una deuda de una acción con B. Por lo tanto, aunque se están realizando diferentes transacciones con una sola acción, ya hay una deuda acumulada de dos acciones diferentes (la que yo le debo a A y la que el otro inversionista le debe a B).

Así es como se puede crear un “interés en corto” (ShortInt en la tabla) que sobrepase más del 100% de las acciones existentes. A medida que se incrementa el “interés en corto” de una acción, la brecha entre las acciones disponibles y las acciones necesarias para cubrir las deudas de las ventas en corto se hace más grande; es decir, la misma oferta de acciones deja de alcanzar para cubrir la demanda abierta por las posiciones en corto.

“Airdoon” se dio cuenta de que esto estaba sucediendo con Gamestop. Se había creado una especie de “burbuja” entre la cantidad de posiciones en corto (cantidad de acciones prestadas) y el número de acciones realmente disponibles para cubrir esas posiciones.

Sólo hacía falta cambiar el sentimiento negativo sobre el valor de Gamestop para poner en marcha el “estrangulamiento”. Y ahí es donde las proyecciones de Michael Burry y la noticia de la participación de Ryan Cohen como accionista de la empresa, podrían servir como catalizadores.

De hecho, Airdoon ya señalaba el sufrimiento de algunos de los short-sellers a causa de los aumentos de precio en las acciones en agosto y septiembre del 2020. Más noticias a favor de la compañía podrían detonar movimientos para liquidar las posiciones en corto y activar la retroalimentación positiva.

Esas noticias llegaron en octubre y luego ya entrado el 2021. Sin embargo, a pesar del crecimiento en el precio de las acciones de Gamestop, los vendedores en corto decidieron seguir apostando a la baja, para mitigar el impulso alcista que estaba teniendo la acción en el mercado. Así que hicieron más ventas en corto para proteger su posición.

Pero no contaban con la coordinación masiva de Reddit. Los usuarios del foro se hicieron, rápidamente, con la mayor cantidad de acciones disponibles en el mercado. Si la demanda de acciones de Gamestop estaba excedida en las posiciones en corto, entonces, mientras se compraran más acciones y no se vendieran ni se prestaran para realizar más ventas cortas, se podía obligar a los grandes inversionistas a liquidar sus posiciones o esperar una muerte por mil cortes en intereses y primas.

Y la “burbuja” reventó.

Al controlar la poca oferta de acciones de Gamestop, los usuarios de Reddit “exprimieron” a los vendedores en corto con precios cada vez más elevados para cerrar sus posiciones. Algo muy parecido a lo que sucedió con Volkwagen en el 2008, cuando, por un breve momento, se convirtió en la compañía más valiosa del planeta como consecuencia de la desesperación de los short-sellers por cerrar sus posiciones.

En menos de un mes, el precio de las acciones de Gamestop subió en más de 1500%, pasando de menos de 20 a casi 350 dólares. La acción coordinada de los más de 5 millones de usuarios afiliados a wallstreetbets, junto con las condiciones abiertas por Burry y Cohen, resultó en un golpe fulminante para dos grandes fondos de inversión: Citron Research y Melvin Capital. Sólo este último perdió el 53% de su capital en el transcurso de enero.

Aunque también hubo grandes ganadores. Uno de los diez fondos de inversión más grandes del mundo, Blackrock, pudo haber generado ganancias por más de 2 mil millones de dólares gracias a estas circunstancias.

Más allá de las pérdidas o ganancias monetarias, el escándalo de GameStop (o “GameStonk”) dejó al descubierto muchas cosas. Reveló la capacidad de coordinación de los foros de internet para actuar en masa contra las “ballenas” del mercado; convirtió a los que parecían ser héroes del mercado en villanos; hizo patente el resentimiento millenial por la crisis del 2008; y reabrió el debate sobre las regulaciones del mercado bursátil.

Sin embargo, tal vez lo más importante de estos eventos increíbles es que le regresa a la gente esa sensación amarga de desconfianza frente al sistema financiero institucional. Esa desconfianza que queda mejor expresada por la prosa elocuente de los propios usuarios de Reddit:

El libre mercado sólo es libre hasta que la gente rica empieza a perder dinero”


Autores
Carlos Camp Talavera (Ciudad de México, 1989) es maestro en filosofía de la ciencia por la UNAM. Su carrera profesional ha estado marcada por la investigación en antropología aplicada a mercados y marcas, además de periodismo económico. Ha publicado en revistas y blogs como Nexos, Oink Oink y Televisa.News. Actualmente, escribe guiones para Convoy Network y emprende un negocio dedicado a los servicios de arte y la venta de obra.
Portada Cuentos completos (Fondo de Cultura Económica)

La familia fue llegando poco a poco. Los que venían de Olaria estaban muy bien vestidos porque la visita significaba al mismo tiempo un paseo por Copacabana. La nuera de Olaria apareció de azul marino, con adornos de lentejuelas y un drapeado que disimulaba la barriga sin faja. Su marido no llegó por obvias razones: no quería ver a sus hermanos. Pero había mandado a su mujer para no cortar del todo los lazos, y ésta iba con su mejor vestido para demostrar que no necesitaba a nadie, acompañada de sus tres hijos: dos niñas a las que ya les estaba saliendo el pecho, infantilizadas en holanes color rosa y enaguas almidonadas, y el niño intimidado por el traje nuevo y la corbata.

Zilda —la hija con la que vivía la cumpleañera— había dispuesto las sillas una junto a la otra a lo largo de las paredes, como para una fiesta en la que va a haber baile, así que la nuera de Olaria, tras saludar con mala cara a los anfitriones, se arrellanó en una de las sillas y se quedó callada, la boca en un mohín, manteniendo su pose de ofendida. “Vine por no dejar de venir”, le había dicho a Zilda, y luego se había sentado, ultrajada. Las dos jovencitas de rosa y el niño, pálidos y muy peinados, no sabían bien qué actitud asumir y se quedaron de pie junto a su madre, impresionados por el vestido azul marino y las lentejuelas.

Después llegó la nuera de Ipanema con dos nietos y la nana. Su marido llegaría después. Y como Zilda —la única mujer entre los seis hermanos hombres y la única que, se había decidido hacía años, tenía tiempo y espacio para albergar a la cumpleañera—, como Zilda estaba en la cocina con la sirvienta acabando de hacer las croquetas y los sándwiches, ahí quedaron: la nuera de Olaria encopetada junto a sus hijos de corazón inquieto; la nuera de Ipanema en la hilera opuesta de sillas, fingiendo ocuparse del bebé para no tener que ver a su concuña de Olaria; la nana ociosa y uniformada, con la boca abierta. Y en la cabecera de la mesa grande, la festejada, que ese día cumplía ochenta y nueve años.

Zilda, la anfitriona, había puesto la mesa temprano, la había llenado de servilletas de papel de colores y vasos desechables alusivos a la ocasión, había dispersado globos que volaban por el techo, en algunos de los cuales se leía “Happy Birthday!”, en otros “¡Feliz Cumpleaños!” Al centro estaba dispuesto el enorme pastel glaseado. Para avanzar el trabajo, había adornado la mesa al terminar de comer, arrimando las sillas a la pared y había enviado a los niños a jugar a casa del vecino para que no desordenaran la mesa.

Y, para avanzar el trabajo, había vestido a la cumpleañera al terminar de comer. Le había puesto de una vez la cadenita al cuello y el broche, le había rociado un poco de agua de colonia para disimular su olor a encierro y la había sentado a la mesa. Y, desde las dos, la cumpleañera estaba sentada en la cabecera de la larga mesa vacía, tensa en la sala silenciosa. De vez en cuando, consciente de las servilletas de colores. Mirando curiosa uno que otro globo que temblaba con el paso de los coches. Y de vez en cuando, esa angustia muda: cuando seguía, fascinada e impotente, el vuelo de la mosca en torno del pastel.

Hasta que a las cuatro entró la nuera de Olaria y después la de Ipanema. Cuando la nuera de Ipanema pensó que no iba a aguantar ni un segundo más la situación de estar sentada frente a su concuña de Olaria —que, llena de viejas ofensas no veía motivos para dejar de mirar desafiante a la nuera de Ipanema—, entraron por fin José y su familia. Y apenas se estaban besando, cuando la sala empezó a llenarse de gente que se saludaba ruidosa, como si todos hubieran esperado abajo el momento de subir, con la precipitación del retraso, los tres tramos de la escalera, hablando, arrastrando niños sorprendidos, llenando la sala e inaugurando la fiesta.

Los músculos del rostro de la cumpleañera ya no la interpretaban, así que nadie podía saber si estaba contenta. Lo que estaba era sentada en la cabecera. Se trataba de una vieja grande, flaca, imponente y morena. Parecía hueca. —Ochenta y nueve años, ¡sí, señor! —dijo José, el hijo mayor ahora que Jonga había muerto—. Ochenta y nueve años, ¡sí, señora! —dijo frotándose las manos con pública admiración y como una señal imperceptible para todos. Todos se interrumpieron atentos y miraron a la cumpleañera de un modo más oficial. Algunos menearon la cabeza con admiración como si hubiera roto un récord. Cada año que la cumpleañera superaba era una vaga etapa para toda la familia. ¡Sí, señor!, dijeron algunos sonriendo tímidamente. —¡Ochenta y nueve años! —repitió en un eco Manoel, que era socio de José—. ¡Pero si es un retoñito! —dijo vivaz y nervioso, y todos se rieron, menos su esposa. La vieja no se manifestaba.

Algunos no le habían llevado ningún regalo. Otros le llevaron una jabonera, un fondo de algodón, un broche de fantasía, una macetita con un cactus; nada, nada que fuera de utilidad para la anfitriona o sus hijos, nada que fuera realmente de utilidad para la propia cumpleañera y que significara, por ello, un ahorro. La anfitriona guardaba los regalos amarga, irónica. —¡Ochenta y nueve años! —repitió Manoel afligido, mirando a su esposa. La vieja no se manifestaba.

Entonces, como si ésa hubiera sido para todos la prueba final de que de nada servía esforzarse, con el encogerse de hombros de quien está junto a una sorda, siguieron haciendo la fiesta solos, comiéndose los primeros sándwiches de jamón más como prueba de entusiasmo que por apetito, jugando a que todos estaban muertos de hambre. El ponche se sirvió, Zilda sudaba, ninguna cuñada le ayudó en realidad, la grasa caliente de las croquetas emanaba un olor de picnic; y, dándole la espalda a la cumpleañera, que no podía comer frituras, se reían inquietos. ¿Y Cordelia? Cordelia, la nuera más joven, sentada, sonriendo.

—¡No, señor! —respondió José con falsa dureza—. ¡Hoy no se habla de

negocios!

—¡Está bien, está bien! —se retractó Manoel deprisa, mirando rápidamente

a su mujer, que desde lejos paraba la oreja, atenta.

—Nada de negocios —gritó José—, ¡hoy es el día de mi madre!

En la cabecera de la mesa ya sucia, los vasos manchados, sólo el pastel entero, ella era la madre. La cumpleañera parpadeó. Y cuando la mesa ya estaba inmunda, las madres enervadas por el ruido que hacían sus hijos mientras las abuelas se recargaban complacientes en las sillas, entonces apagaron la inútil luz del corredor para encender la vela del pastel, una vela grande con un papelito pegado donde se leía “89”. Pero nadie aplaudió esa idea de Zilda, y ésta se preguntó angustiada si estarían pensando que había hecho aquello para ahorrar velas, sin que a ninguno se le ocurriera pensar que nadie había cooperado ni con una caja de cerillos para la comida de la fiesta, que ella, Zilda, servía como una esclava, con los pies exhaustos y el corazón indignado. Entonces encendieron la vela. Y entonces José, el líder, cantó con mucha fuerza, animando con una mirada autoritaria a los más inseguros o sorprendidos, “¡vamos!, ¡todos al mismo tiempo!” y de repente todos empezaron a cantar fuerte como soldados. Despertada por las voces, Cordelia los miró espantada. Como no se habían puesto de acuerdo, unos cantaron en portugués y otros en inglés. Entonces intentaron corregirse: los que habían cantado en inglés pasaron al portugués, y los que habían cantado en portugués empezaron a cantar muy bajito en inglés.

Mientras cantaban, la cumpleañera, a la luz de la vela encendida, meditaba como junto a una chimenea. Eligieron al bisnieto más pequeño, que, inclinado en el regazo de su madre, que lo animaba, ¡apagó la llama con un solo soplo lleno de saliva! Por un instante aplaudieron ante la potencia inesperada del niño que, atónito y exultante, los miraba a todos encantado. La anfitriona esperaba con el dedo listo en el interruptor del corredor y prendió el foco.

—¡Viva mamá!

—¡Viva la abuela!

—Viva doña Anita —dijo la vecina que había aparecido.

¡Happy birthday! —gritaron los nietos del Colegio Bennett.

Soltaron todavía algunos aplausos ralos. La cumpleañera miraba el pastel apagado, grande y seco. ¡Parte el pastel, abuela! —dijo la madre de los cuatro hijos—. ¡Tiene que partirlo ella! —les aseguró insegura a todos, con un tono íntimo e intrigante. Y, como todos lo aprobaron satisfechos y curiosos, ella de repente se puso impetuosa—: ¡Parte el pastel, abuela! Y de pronto la vieja tomó el cuchillo. Y sin dudarlo, como si al dudarlo un momento toda ella fuera a desplomarse hacia adelante, soltó el primer tajo con un puño de asesina. —Qué fuerza —susurró la nuera de Ipanema, y no se sabía si estaba escandalizada o agradablemente sorprendida. Estaba un poco horrorizada.

—Hace un año todavía era capaz de subir esa escalera con más energía que yo —dijo Zilda, amarga. Soltado el primer tajo, como si se hubiera arrojado la primera paletada de tierra, todos se acercaron plato en mano, insinuándose con fingidos codazos de entusiasmo, cada cual por su pequeña paletada. Poco después las rebanadas se repartían entre los platitos, con un silencio lleno de alboroto. Los niños pequeños, con la boca oculta por la mesa y los ojos al nivel de ésta, contemplaban el reparto con muda intensidad. Las pasas rodaban del pastel entre migajas secas. Los niños, angustiados, las veían desperdiciarse, contemplaban atentos su caída. Y cuando se dieron cuenta, ¿no estaba ya la cumpleañera devorándose el último bocado? Y, por así decirlo, la fiesta estaba terminada. Cordelia los miraba a todos ausente, sonreía.

—Ya le dije: ¡hoy no se habla de negocios! —respondió José radiante.

—¡Está bien, está bien! —se encogió Manoel, conciliador, sin mirar a su esposa, que no le quitaba los ojos de encima—. Está bien —intentó sonreír Manoel y una contracción pasó rápida por los músculos de su cara. —¡Hoy es el día de mi madre! —dijo José. En la cabecera de la mesa, el mantel manchado de Coca-Cola, el pastel derruido, ella era la madre. La cumpleañera parpadeó.

Ellos, su familia, se movían agitados, riendo. Y ella era la madre de todos. Y si no se paró de repente, como un muerto que se levanta despacio y obliga a los vivos a la mudez y al terror, la cumpleañera se puso más tiesa en la silla, y más alta. Ella era la madre de todos. Y como la cadenita la sofocaba, ella era la madre de todos e, impotente en la silla, los despreciaba. Y los miraba parpadeando. Todos esos hijos y nietos y bisnietos suyos que no eran más que carne de su rodilla, pensó de pronto, como si escupiera. Rodrigo, su nieto de siete años, era el único que era carne de su corazón, Rodrigo, con esa carita dura, viril y despeinada. ¿Dónde está Rodrigo? Rodrigo con su mirada somnolienta y entumida en esa cabecita ardiente, confusa. Ése sí que sería un hombre. Pero, parpadeando, ella, la cumpleañera, miraba a los demás. Oh qué desprecio por la vida, que fallaba. ¿Cómo, cómo, siendo tan fuerte, había podido dar a luz a aquellos seres opacos, con brazos fofos y caras ansiosas? Ella, la fuerte, la que se había casado en el momento y la ocasión indicados con un buen hombre al que, obediente e independiente, había sabido respetar; a quien había sabido respetar y que le había dado hijos y le había pagado los partos y honrado las cuarentenas. El tronco era bueno. Pero había dado esos frutos ácidos y desafortunados, que no eran capaces ni de sentir una buena alegría. ¿Cómo había podido dar a luz a esos seres risueños, débiles, sin austeridad? El rencor le rugía en el pecho vacío. Una bola de comunistas, eso eran; una bola de comunistas. Los miró con su cólera de vieja. Parecían ratones apiñados, su familia. Irreductible, giró la cabeza y, con una fuerza insospechada escupió en el piso.

—¡Mamá! —gritó mortificada la anfitriona—. ¡Qué le pasa, mamá! —gritó, muerta de vergüenza, y no quería ni voltear a ver a los demás, sabía que los desgraciados se miraban entre sí victoriosos, como si ella tuviera la obligación de educar a la vieja, y poco faltaba para que le dijeran que ya ni bañaba a su madre, jamás entenderían su sacrificio—. ¡Mamá, qué le pasa! —dijo en voz baja, angustiada—. ¡Usted nunca había hecho eso! —añadió en voz alta para que todos la oyeran, quería sumarse al estupor de los demás, cuando el gallo cante por tercera vez negarás a tu madre. Pero su enorme vergüenza se suavizó cuando se dio cuenta de que los demás meneaban la cabeza como si estuvieran de acuerdo en que la vieja ya no era más que una niña.

—Últimamente le da por escupir —concluyó entonces confesándoselo contrita a todos. Todos miraron a la cumpleañera compungidos, respetuosos, en silencio. Parecían ratones apiñados, su familia. Los niños, aunque ya crecidos —probablemente de más de cincuenta años, ¡yo qué sé! —, los niños aún conservaban la belleza de sus caritas. ¡Pero qué mujeres habían escogido! Y qué mujeres habían escogido sus nietos, aún más débiles y ácidos. Todas vanidosas, con las piernas flacas, y con esos collares falsos de mujer que a la hora de la hora no se aguanta, esas mujercitas que casaban mal a sus hijos, que no sabían poner a una criada en su lugar, y todas con las orejas llenas de aretes:

¡ni uno de oro, ni uno! La rabia la sofocaba.

—¡Dame un vaso de vino! —dijo. De súbito, se hizo el silencio, cada cual con su vaso inmóvil en la mano.

—Abuelita ¿no le va a hacer daño? —insinuó cautelosa su nieta rechoncha y bajita.

—¡Qué abuelita ni qué nada! —explotó amarga la cumpleañera—. ¡Váyanse al diablo, bola de maricones, cornudos y putas! ¡Dame un vaso de vino, Dorothy! —ordenó. Dorothy no sabía qué hacer, los miró a todos pidiendo cómicamente auxilio. Pero, como máscaras inmunes e inapelables, de pronto ninguno de los rostros se manifestaba. La fiesta en pausa, los sándwiches mordidos en la mano, algún trozo que quedaba seco en una boca, hinchando en tan mal momento el cachete. Todos se habían quedado ciegos, sordos y mudos, con croquetas en la mano. Y miraban impasibles.

Desamparada, divertida, Dorothy le dio el vino: astutamente, sólo dos dedos en el vaso. Inexpresivos, preparados, todos esperaron la tempestad. Pero la cumpleañera no sólo no explotó ante la miserable dosis de vino que Dorothy le había servido, sino que ni siquiera tocó el vaso. Tenía la mirada fija, silenciosa. Como si no hubiera pasado nada. Todos se miraron corteses, sonriendo ciegamente, abstractos como si un perro hubiera hecho pipí en la sala. Con estoicismo, se reanudaron las voces y las risas. La nuera de Olaria, que había experimentado su primer momento al unísono con los demás cuando la tragedia victoriosamente parecía a punto de desencadenarse, tuvo que volver sola a su acritud, ya sin contar ni con el apoyo de sus tres hijos, que ahora se mezclaban, traicioneros, con los demás. Desde su silla recluida, analizaba criticona aquellos vestidos sin corte, sin drapeados, la manía de usar vestidos negros con collares de perlas, que no era ni remotamente una moda, sólo era una manera de ahorrar. Examinaba distante los sándwiches que casi no tenían mantequilla. Ella no se había servido nada, ¡nada! Sólo había comido un poquito de cada cosa, para probar. Y, por así decirlo, una vez más, la fiesta estaba terminada.

Todos se quedaron sentados, benevolentes. Algunos con la atención vuelta hacia su interior, en espera de algo que decir. Otros vacíos y expectantes, con una sonrisa amable, el estómago lleno de esas porquerías que no alimentaban, pero quitaban el hambre. Los niños, ya incontrolables, gritaban llenos de vigor. Unos ya tenían la cara inmunda; otros, más pequeños, ya estaban mojados; la tarde caía veloz. Y Cordelia, Cordelia miraba ausente, con una sonrisa aturdida, soportando ella sola su secreto. ¿Qué le pasa?, preguntó alguien con una curiosidad negligente, señalándola de lejos con un gesto de la cabeza, pero tampoco le contestaron. Encendieron el resto de las luces para precipitar la tranquilidad de la noche, los niños empezaban a pelearse. Pero las luces eran más pálidas que la tensión pálida de la tarde. Y el crepúsculo de Copacabana, sin ceder, se ensanchaba cada vez más y se metía por las ventanas como un lastre.

—Tengo que irme —dijo turbada una de las nueras, levantándose y sacudiéndose las migajas de la falda. Varios se pararon sonriendo. La cumpleañera recibió un beso cauteloso de cada cual como si su piel tan infamiliar fuera una trampa. E, impasible, parpadeando, recibió las palabras intencionalmente atropelladas que le decían tratando de darle un último impulso de efusión a algo que ya no era sino pasado: la noche ya había caído casi totalmente. La luz de la sala parecía entonces más amarilla y más rica; la gente, envejecida. Los niños ya estaban histéricos.

—Pensará que el pastel sustituye la cena —se preguntaba la vieja en sus profundidades. Pero nadie podía adivinar lo que pensaba. Y para aquellos que junto a la puerta la miraron una vez más, la cumpleañera no era sino lo que parecía ser: sentada a la cabecera de la mesa inmunda, con la mano cerrada sobre el mantel como si aferrara un cetro y con esa mudez que era su última palabra. Con un puño cerrado sobre la mesa, ya nunca volvería a ser sólo lo que ella pensaba. Su apariencia la había rebasado al fin y, superándola, se agigantaba serena. Cordelia la miró espantada. El puño mudo y severo sobre la mesa le decía a la infeliz nuera que sin remedio amaba quizá por última vez: Tiene que saberse. Tiene que saberse. Que la vida es breve. Que la vida es breve.

Pero no volvió a repetirlo. Porque la verdad era un destello. Cordelia la miró aterrorizada. Y nunca volvió a repetirlo, ni una sola vez, mientras Rodrigo, el nieto de la cumpleañera, le jalaba la mano a aquella madre culpable, perpleja y desesperada, que volvió a mirar atrás implorándole a la vejez una señal más de que una mujer debe, en un ímpetu desgarrador, aferrarse al fin a su última oportunidad y vivir. Una vez más, Cordelia quiso mirar. Pero ante esa nueva mirada, la cumpleañera era una vieja en la cabecera de la mesa. Había pasado el destello. Y, arrastrada por la mano paciente y terca de Rodrigo, la nuera lo siguió, espantada. —No todo el mundo tiene el privilegio y el orgullo de reunirse alrededor de su madre —carraspeó José, acordándose de que Jonga era el que hacía los discursos. —¡De su madre, mis calzones! —se rio bajito una sobrina, y la prima más lenta se rio sin encontrarle el chiste. —Nosotros lo tenemos —dijo Manoel desanimado, ya sin mirar a su esposa—. Nosotros tenemos ese gran privilegio —dijo distraído, secándose las palmas húmedas de las manos.

Pero no era nada de eso, sólo el malestar de la despedida, nunca se sabe bien qué decir, José esperaba de sí mismo con perseverancia y confianza la próxima frase del discurso. Que no venía. Que no venía. Que no venía. Los demás aguardaban. Cuánta falta hacía Jonga en esos momentos —José se secó la frente con el pañuelo—, ¡cuánta falta hacía Jonga en esos momentos! Pero claro, Jonga había sido el único al que la vieja siempre había aprobado y respetado, y eso le dio mucha seguridad. Y cuando se murió, la vieja no volvió a hablar de él; alzó un muro entre su muerte y los demás. Tal vez lo había olvidado. Pero no había olvidado esa mirada firme y directa con que desde siempre había visto a sus demás hijos, obligándolos a desviar invariablemente los ojos. El amor de una madre era difícil de soportar: José se secó la frente, heroico, risueño.

Y de pronto le vino la frase: —¡Nos vemos el año que entra! —dijo José súbitamente con malicia, dando, así, con la frase oportuna: ¡una afortunada indirecta! —. Nos vemos el año que entra, ¿eh? —repitió, temiendo que no lo comprendieran. La miró, orgulloso de las artimañas de la vieja, que siempre se las ingeniaba para vivir un año más. —¡El año que entra nos reunimos frente al pastel con las velitas prendidas! —aclaró el hijo Manoel, perfeccionando el espíritu de su socio—. ¡Nos vemos el año que entra, mamá! ¡Y frente al pastel, con las velitas prendidas! —dijo muy claramente, cerca de su oreja, mientras miraba obsequioso a José. Y la vieja de pronto cacareó una risa floja, comprendiendo la alusión. Entonces abrió la boca y dijo:

—Pues sí.

Con el entusiasmo de ver que la cosa había salido tan inesperadamente bien, José gritó emocionado, agradecido, con los ojos húmedos:

—¡Nos vemos el año que entra, mamá!

—¡No estoy sorda! —dijo la cumpleañera ruda, agasajada.

Los hijos se miraron riéndose, vejados, felices. La cosa había salido bien. Los niños fueron saliendo alegres, con el apetito arruinado. La nuera de Olaria le dio un coscorrón de venganza a su hijo, demasiado alegre y ya sin corbata. Las escaleras eran difíciles, oscuras, era increíble que insistieran en vivir en un edificiucho que tarde o temprano sería fatalmente demolido, y encima, cuando llegara la orden de desalojo, Zilda iba a dar lata, iba a tratar de enjaretarle la vieja a sus nueras. Al pisar el último escalón, los invitados, con alivio, se encontraron en la tranquilidad fresca de la calle. Era la noche, sí. Con su primer escalofrío. Adiós, hasta pronto, hay que vernos. No se desaparezcan, dijeron rápido. Algunos fueron capaces de ver a los demás a los ojos con una cordialidad sin recelo. Otros les cerraban las chamarras a los niños mirando el cielo en busca de algún indicio del clima. Todos sentían oscuramente que en la despedida podrían, tal vez, ya sin correr el riesgo de comprometerse, ser buenos y decir esa palabra extra. ¿Qué palabra? No lo sabían exactamente, y se miraban sonriendo, mudos. Era un instante que pedía estar vivo. Pero que estaba muerto. Empezaron a separarse caminando medio de espaldas, no sabían cómo desprenderse de sus parientes sin brusquedad.

—¡Nos vemos el año que entra! —repitió José su afortunada indirecta, agitando la mano con un vigor efusivo, su pelo ralo y blanco se movía en el viento. Está gordo, pensaron, tiene que cuidarse el corazón—. ¡Nos vemos el año que entra! —gritó José elocuente y grande, y su altura parecía desmoronable. Pero ellos, ya lejos, no sabían si debían reírse fuerte para que él los oyera o si bastaría sonreír, aun en la oscuridad. Algunos, además, pensaron que por suerte había algo más que una broma en la indirecta y que no se verían obligados a encontrarse frente al pastel con las velitas prendidas sino hasta el año próximo; mientras que otros, ya en una parte más oscura de la calle, se preguntaban si la vieja aguantaría un año más el nerviosismo y la impaciencia de Zilda, aunque ellos sinceramente no podían hacer nada al respecto: “Que llegue a los noventa, por lo menos”, pensó melancólica la nuera de Ipanema. “Para que cumpla un número bonito”, pensó soñadora. Mientras tanto, allá arriba, sobre escaleras y contingencias, estaba la cumpleañera sentada a la cabecera de la mesa, erecta, definitiva, más grande que ella misma. Será que hoy no va a haber cena, meditaba. La muerte era su misterio.


Autores
Chaya Pinjasovna Lispector, luego llamada Clarice Lispector ( Ucrania; 10 de diciembre de 1920–Río de Janeiro, Brasil; 9 de diciembre de 1977), fue una periodista, reportera, traductora y escritora de novelas, cuentos, libros infantiles y poemas. Es considerada una de las escritoras latinoamericanas más importantes del siglo XX.
Ilustración de Winold Reiss

El negro habla de ríos

Yo he conocido ríos…

Yo he conocido ríos, antiguos como el mundo y más viejos que el fluir

de la sangre en venas humanas.

Mi alma ha crecido profundo como los ríos.

Yo me bañé en el Éufrates cuando los amaneceres eran jóvenes,

Yo construí mi choza cerca del Congo y ello me arrulló,

Yo miré sobre el Nilo y alcé las pirámides sobre él.

Yo escuché del Mississippi cuando

Abe Lincoln bajó a Nuevo Orleans,

Y yo he visto su pecho fangoso convertirse todo dorado bajo el ocaso.

Yo he conocido ríos:

Antiguos, oscuros ríos,

Mi alma ha crecido profundo como los ríos.

Juventud

Nosotros tenemos el día que sigue

Brillando ante nosotros

Como llama

Ayer, una cosa noche-ida

Un nombre sol-abajo

Y amanecer el día ahora

Arco ancho por encima del camino venimos,

¡Marchamos!

Hombre juglar

Porque mi boca

Está amplia con risa

Y mi garganta

Está llena de canto,

Tú no piensas

Yo sufro luego

Yo he aferrado mi dolor

Tanto tiempo.

Porque mi boca

Está amplia con risa,

Tú no escuchas

Mi llanto interior,

Porque mis pies

Están alegres con baile,

Tú no sabes

Yo muero.

Nuestra Tierra

Deberíamos tener una tierra de sol,

De maravilloso so,

Y una tierra de agua fragante

Donde el ocaso es un suave pañuelo

De rosa y dorado,

Y no esta tierra

Donde la vida es fría.

Deberíamos tener una tierra de árboles,

De altos anchos árboles,

Doblegado con loros parloteantes

Brillantes como el día,

Y no esta tierra con pájaros grises.

Ah, deberíamos tener una tierra alegre,

De amor y alegría y vino y canto,

Y no esta tierra donde la alegría está mal.

Yo también

Yo, también, canto América.

Yo soy el hermano más oscuro.

Ellos me mandan a comer a la cocina

Cuando llega compañía.

Pero yo río,

Y como bien,

Y crezco fuerte.

El día que sigue

Me sentaré a la mesa

Cuando llegue compañía

Nadie se atreverá

Decirme,

Come en la cocina”

Entonces.

Además, verán lo hermoso que soy

Y estarán avergonzados,—

Yo, también, soy América.

 

The New Negro: an Interpretation. Albert and Charles Boni, edited by Alain Locke, March 1927. pp. 141-5. Impreso.

Ilustración de Winold Reiss
Ilustración de Winold Reiss

Autores
(Joplin, 1902 - Nueva York, 1967) Escritor estadounidense que abogaba por su raza afroamericana. Poeta y divulgador reconocido de los años veinte que fue tomado para movimientos de afroamericanos posteriores.
Rodrigo Porcayo Jiménez (Ciudad de México, 1994) Editor y escritor, licenciado en Literatura Latinoamericana egresado de la Universidad Iberoamericana. Tiene certificaciones en marketing digital y escritura técnica otorgados por University of Illinois y Oregon State University, respectivamente. Escritor y editor de contenido freelance digital y SEO para empresas pequeñas. Actualmente colabora con la revista Tierra Adentro en publicaciones diarias de la página en línea y redes sociales.
Ilustración por Nuria Mel

Están de moda los personajes femeninos fuertes, decir que tu historia (tu película, tu serie, tu novela, la que hiciste o la que te voló la cabeza) tiene un personaje femenino fuerte. ¿Pero qué vendría a ser eso? Me da un poco de miedo pensar que es una chica cool, irónica, siempre inteligente, pero un poco fría; encantadora, pero torpe, una especie de Anne Hall remixada con una retórica de empoderamiento: siento que hay un poco de eso en algunas series y películas que me encantan, como Fleabag, I May Destroy You y Booksmart, y en sus muchas imitaciones que me gustaron menos. Quise empezar con esto porque creo que El cisne negro, la película de Darren Aronofsky que se estrenó en Estados Unidos hace casi exactamente diez años, podría servir para pensar otro concepto de personaje femenino fuerte, uno que haga más referencia al personaje que a la fortaleza: Nina, la joven aspirante a primera bailarina que encarna Natalie Portman, llena el tiempo y el espacio con sus delirios y sus fantasmas, con los ángulos de su cuerpo y el temblor de sus labios. Eso es lo que para mí debería entenderse por un personaje fuerte: sus características “personales”, en cuanto falsa persona, me importan menos a la hora de pensar en su peso y su complejidad.

 

Y de hecho, empecé con esto también porque, en los estándares de la era #meToo, Nina es casi una antiheroína en el peor de los sentidos. Se me ocurre que a una espectadora diez años menor que yo podría sorprenderle cómo mis amigas y yo devoramos esta película en 2010 (y no fuimos nosotras solas, teniendo en cuenta que la película fue un éxito de crítica y sorprendentemente también de taquilla, llegando a recaudar 106 millones de dólares en Estados Unidos y 329 millones a nivel global, además de abrir el festival de Venecia y devenir una de las películas emblemáticas tanto de la carrera de Aronofsky como la de Portman); cómo en algún momento nos pareció que nos interpelaba, que hablaba de nosotras. El cisne negro parece en principio contar una historia trillada, el cuento de la recién llegada, de la ingénue en busca del estrellato y de su identidad como artista: Nina, una joven bailarina clásica que integra un cuerpo de ballet, quiere dar el salto a prima ballerina obteniendo el papel principal del icónico ballet El lago de los cisnes. Para eso, tiene que convencer a Thomas Leroy, el estricto y manipulador director del ballet que encarna Vincent Cassel, de que ella es capaz, no solo de representar al cisne blanco con su pureza y precisión, sino también de “soltarse el pelo” y convertirse en el cisne negro. Desde el principio, la película presenta esta situación como un desafío tanto artístico como personal para Nina: ella debe cruzar una frontera para dejar de ser la niñita remilgada que ya es demasiado grande para ser y que encima la frena en términos expresivos, y convertirse en una mujer plantada en su sensualidad, una bailarina capaz de usar sus experiencias y sus sentidos para hacer cuerpo la dualidad que El lago de los cisnes exige; teniendo en cuenta, claro, que desde hace ya más de un siglo la costumbre es que la misma bailarina interprete tanto a Odette, el cisne blanco que representa al amor bueno y puro, y a Odile, el cisne negro, que simboliza la tentación y la pasión. La historia además se complica cuando llega al ballet Lily, el personaje de Mila Kunis, una chica que carece de la disciplina que es el fuerte de Nina, pero tiene una sensualidad natural que la hace perfecta para el cisne negro. 

 

El punto de vista que seguimos es el de Nina, pero a diferencia de lo que podría pensarse a partir del resumen de la trama que hice recién, Nina no es un personaje aspiracional con el que una chica puede querer identificarse, no es una muchachita imperfecta, pero querible que descubre su sensualidad de manera luminosa. Por el contrario, Nina es un personaje con el que es difícil empatizar y que, más bien, una tiende a odiar y compadecer a la vez; por su ingenuidad, por el modo en que parece creerse mejor que el resto, aunque es evidente que se odia a sí misma, por la manera en que soporta las locuras de su madre, la bailarina frustrada que la tiene encerrada y congelada como una especie de niña eterna o muñeca de porcelana; por sus también evidentes trastornos alimenticios y de autoflagelación, por su incapacidad a los casi veintilargos años de hacer nada mínimamente parecido a tomar las riendas de su propia vida. Es la Lily de Mila Kunis, en cambio, la que se parece más a un personaje que hoy podría tener una serie en la que guiñarte el ojo desde la cámara y relatar sus dificultades para balancear su pasión por la danza y sus ganas de divertirse. Pero Aronofsky elige dejar a Lily un poco a oscuras, en el plano de la fantasía y la especulación: nuestro acceso es a la mente de Nina, y conocemos a Lily solo desde su punto de vista, como un objeto de envidia, de deseo y finalmente de miedo e ira.

 

Lo genial de El cisne negro; sin embargo, es que justamente hay varias capas más. Aronofsky nunca nos pide que nos identifiquemos con Nina o que la admiremos, ni siquiera que deseemos que las cosas le salgan bien. Lo que ofrece El cisne negro con Nina no es una historia de iniciación, sino una radiografía de un padecimiento mental profundamente generizado, atravesado por el género. Esto último es una interpretación que tomo de Mark Fisher, en un interesante debate que él sostuvo sobre El cisne negro con la crítica feminista Amber Jacobs. Para Jacobs, la película reitera fetichiza motivos machistas: el ballet aparece como una especie de ámbito hiperfeminizado, hipersexuado y asfixiante, las relaciones entre mujeres solo pueden ser de competencia enfermiza (entre Nina y su madre que la reprime y la castiga por su propia frustración como bailarina, entre Nina y Lily que compiten por el papel de Odette, pero quizás sobre todo por la atención de Leroy), las mujeres se dividen en vírgenes y prostitutas, la única forma en que su creatividad puede ser liberada es a través de un hombre y si se liberan demasiado, se vuelven locas y mueren (como parece sucederle a Nina). Jacobs destaca también la evidente erotización y estetización de estos clichés: las bailarinas hiperdelgadas y teniendo un sexo entre ellas que parece hecho a medida para un espectador masculino y poco exigente, como otra prueba de la mirada masculina que inunda El cisne negro

 

Fisher concuerda en que la película muestra todo esto, pero no cree, como Jacobs, que lo haga de manera acrítica, y creo que su lectura es la más ajustada: ya desde el principio la película introduce una perspectiva claustrofóbica, que nos da a entender que “el mundo” no es necesariamente así, sino que así es como lo ve Nina desde su alienación, desde la posición de una mujer que ha sido criada para cumplir y satisfacer, no para crear. Desde ese punto de vista, pienso que incluso (aunque quizás me estoy excediendo y concediéndole a Aronofsky mucho más de lo que merece) hay en la estilización e hiperestetización de El cisne negro algo paródico, un comentario sobre el modo en que históricamente vemos al ballet, y a las frágiles ninfas que lo practican, como epítomes de la femineidad: más allá de las imágenes sangrientas, en las que claramente Aronofsky se propone mostrar toda la suciedad y el dolor que hay detrás de esas diáfanas bailarinas, creo que la escena en la que la madre de Nina la obliga a comer una torta (blanca, rosada y florida, hiperfemenina igual que el cuarto lleno de ositos de Nina) donde más podemos ver esta tensión entre belleza y horror, el modo en que este universo, esta estética y esta mirada se sostiene en una hipocresía y en una dualidad que no puede más que terminar en psicosis, una tensión imposible entre “cómeme” y “no me comas”. 

 

Sin embargo, el desacuerdo más fundamental entre Fisher y Jacobs se ubica, me parece, en torno a qué constituye una narrativa feminista. “La película”, dice Jacobs, “ni siquiera ofrece alguna clase de ambigüedad capaz de sugerir alguna alternativa a la construcción patriarcal de la femineidad”. Para Jacobs, el hecho de que la película sea pesimista (es decir, que muestre un mundo en el que no hay salida posible del patriarcado, en el que no hay alternativa, en donde en los márgenes no hay resistencia sino puro sufrimiento) la convierte en una película antifeminista, en un relato de derecha, en una legitimación y una reiteración del sistema que exhibe; en cambio, lo que Fisher encuentra subversivo (y progresista) es este mismo pesimismo, la idea de que no hay salida y sobre todo, no hay control. No estamos ante un sujeto que a pesar de la densidad de las estructuras logre tomar control de su destino: estamos ante un sujeto frágil, que se desmorona y se quiebra bajo el peso de esas estructuras. Pero, aunque Fisher, creo que por cortesía, no insiste en esto, yo quiero hacerlo: ¿por qué esa no es una narrativa feminista? ¿Por qué una narrativa feminista es, necesariamente, una narrativa del triunfo? Siguiendo al propio Fisher y a teóricas y teóricos como Sara Ahmed, Lauren Berlant y Lee Edelman, me pregunto: ¿por qué una narrativa feminista tiene que ser una narrativa de la felicidad feminista? ¿No hay también un relato del quiebre feminista, de la mujer que fue formada para cumplir y agradar y por eso, cuando quiso traspasar ese límite y dejar de ser muñeca para ser artista, se incendió? Yo creo que sí, y que ese es justamente el interés que ofrece la película, y en especial vista desde nuestra actualidad llena de “personajes femeninos fuertes” que muestran exactamente eso que Jacobs quería ver: una alternativa al patriarcado, el modo en que las mujeres se hacen fuertes aprendiendo del dolor. Lo refrescante de El cisne negro es que Nina no aprende nada: se autodestruye. Tensada entre múltiples demandas contradictorias en conjunción, con un deseo que apenas acaba de empezar a descubrir y entender (hablo, más que de su deseo sexual, de su deseo de bailar, de dejar de hacerlo por deber y empezar a hacerlo con pasión), Nina no encuentra una salida pacífica y se entrega a lo que tiene más a mano: una locura, pero al menos una locura creadora, que aunque la conduzca a la muerte la lleva mucho más lejos de lo que jamás podría haberla llevado su existencia reprimida.

 

Algo que se ha repetido bastante en la interpretación de El cisne negro es el modo en que la película repite el guion del clásico ballet El lago de los cisnes de Tchaicovsky: esta lectura, de hecho, es facilitada por un paratexto de la propia película, los créditos finales, en los que cada actor y actriz aparecen, no solamente con el nombre de pila de su personaje, sino con el que le correspondería en el ballet. Nina, por supuesto, es Odette, la reina cisne; Lily es el cisne negro, la madre de Nina es la reina y Vincent Cassel aparece acreditado como “el caballero”, un rol que no aparece estrictamente en el ballet (al igual que el personaje de la bailarina retirada, que interpreta Winona Ryder, y aparece acreditado como “el cisne moribundo”, protagonista estrictamente de un solo de ballet que no pertenece a la obra de Tchaikovsky, aunque está emparentado con ella). Muchos momentos de la película pueden espejarse con los de la obra, pero lo interesante es que al final, a diferencia de lo que sucede en las versiones más conocidas de El lago de los cisnes, Odette (Nina) muere sola, y no con su príncipe amado (que en la película no aparece más que en algunas escenas de danza). Creo que este desvío respecto del final clásico es una pista central para leer la película en una clave que al principio podría costar, pero que a mí se me armó desde el principio, desde la primera vez que la vi en el cine: no como una película solamente sobre una víctima o una esquizofrénica, sino también como una película sobre una artista, sobre cómo es devenir una artista entregada y torturada cuando una es mujer y encima trabaja con su cuerpo, con un cuerpo sobre el que todos quieren escribir tantas cosas y con el que una quiere hacer su propio lienzo. En algún sentido, El cisne negro es todo esto, la historia de una víctima y también de una creadora, de una artista que es engullida por un mundo que no está preparado para darle un lugar para producir, sino solo para ser consumida. Jacobs decía que no había ninguna señal en la película del deseo de criticar esa mirada sexista que Aronofsky parecía más bien reproducir: yo creo que este final, en el que se pone en evidencia la eliminación total de la trama romántica del ballet y su reemplazo por una historia de entrega a la pasión creadora, es esa señal. Al Nina morir sola en el escenario, (sea en el delirio o en la realidad; para el final de la película, ya no sabemos si estamos dentro o fuera de su cabeza), lo que se consagra no es, como en El lago de los cisnes, un amor, sino una artista. Es un final triste, oscuro, claustrofóbico y pesimista, como toda la película, pero eso no lo hace, para mí, menos feminista que nuestras narrativas contemporáneas sobre chicas que sí logran pensar y construir otros mundos. Quizás, más bien, todo lo contrario.


Autores
(Buenos Aires, 1989) Es licenciada en Filosofía por la Universidad de Buenos Aires y trabaja como docente y periodista. En 2017 publicó el poemario Reconocimiento de terreno (Pánico el Pánico). En 2018 ganó el premio Ficciones otorgado por el Ministerio de Cultura argentino por el libro de cuentos Nadie vive tan cerca de nadie (Emecé, 2020). En 2019 publicó el libro de ensayos El fin del amor (Ariel). Sus textos han aparecido en publicaciones como Anfibia, La Nación, Infobae, revista Orsai y Words Without Borders, entre otras.

Ilustrador
Nuria Mel
Diseñadora e ilustradora gráfica enamorada de los procesos creativos y los libros ilustrados. Ha colaborado como directora de arte e ilustradora en diversos proyectos culturales y editoriales. Su trabajo ha recibido el Tercer lugar (2005) más una Mención Honorífica (2018) en el Concurso Nacional de Cartel Invitemos a Leer y ha sido seleccionado para el 9 Catálogo Iberoamericano de Ilustración (Fundación SM, El Ilustradero y FIL Guadalajara). Maestra en Creatividad para el Diseño por la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes, egresada del Diplomado CASA Ilustración Narrativa (2016) y el Diplomado Libro ilustrado y libro álbum de la Academia de San Carlos (2017).
Foto por Noel René Cisneros

Ha pasado un año, tres meses y diecinueve días desde el asesinato de Enrique Servín, un crimen que sigue sin justicia. Su muerte, su pérdida, no es sólo una tragedia que nos atañe a quienes lo conocimos, a quienes tuvimos el privilegio de su amistad; es una tragedia también haber perdido una mente como la suya, una verdadera biblioteca que albergaba incontables poemas de los más diversos idiomas que llegó a estudiar, fragmentos de novelas y las historias que, con su formidable capacidad oral, hacían un deleite las conversaciones con él.

Con él hemos perdido su erudición y su capacidad para la bondad. Cualquiera que lo haya conocido puede dar testimonio de su disposición para ayudar a quien fuera, pero estos rasgos, aunque hermosos, son los que nos quedan en la memoria. De esa bondad nos queda la lección que nos dio y continuar su labor, su lucha por los derechos lingüísticos de las comunidades indígenas es una de las labores que hemos de continuar en su nombre.

Su voz, su sonrisa —que no pocas veces se tornaba en risa abierta, era formidable su sentido del humor—, las hemos perdido y permanece fragmentada, como su imagen, en videos, en fotografías. Sus palabras también pronto serán sustituidas en la memoria por las palabras dichas frente a una cámara, pero, quizá en el punto donde aún me es posible encontrarlo, con su voz, con los giros de su pensamiento, es en su poesía.

Enrique fue un poeta, aunque sólo publicó un libro de poesía —en sentido estricto fueron dos, pero El agua y la sombra (UACH, 2003) recopila los poemas que publicó en Así de frágil será el pasado (UAZ, Dosfilos Editores, 1990) y Sin dolor de por medio (Onomatopeya, 1997)— esa obra es suficiente para considerarlo poeta. “Un poeta no tiene más de siete poemas perfectos”, nos citaba a Rilke y en El agua y la sombra es posible encontrar esos siete poemas, de hecho se encontrarán más, pero también ya es cuestión de gustos.

Para hablar de esos poemas y del libro en su conjunto he de dar un paso atrás y hablar del epígrafe, que no aparece en el libro pero que él me dio a conocer, no pocas veces nos lo recitó. Se trata de un poema de Al-Mu’tamid, en el cual el poeta, encarcelado, se admira ante el vuelo de las perdices y lamenta su suerte, presentó los versos finales, de donde procedería el epígrafe de dónde Enrique Servín tomó no sólo el título, sino una de las emociones que atraviesan su libro:

“Mi alma anhela

el encontronazo con la muerte:

otro quizás amaría la vida cargado de grilletes.

Que Dios preserve a las perdices en sus crías,

que a las mías las traicionaron el agua y la sombra.”

El agua y la sombra como metáfora del paso ineludible del tiempo, de la pérdida constante. Todo se nos va como el agua, ahí está desde el principio de nuestra tradición poética Jorge de Manrique y los ríos como metáfora de la propia vida. Mientras que la sombra, la ausencia de luz, es una de las formas más antiguas que en la poesía se ha dado a la muerte —nox est perpetua, dijo Catulo—. Pero, aunque esa conjunción que resulta una metáfora tan poderosa, tan insinuante, del agua y la sombra, no es la única razón del epígrafe, esos versos contienen también una aspiración por la libertad (y una nostalgia por ella), una contemplación del mundo natural (en las perdices) contrastada con el mundo humano, todo lo cual forma parte de la poesía con que Enrique Servín construyó su obra.

“Un poema es”, nos llegó a decir en el taller de poesía[1] que por varios años impartió, “una pieza verbal donde cada una de las dimensiones del idioma están activadas de manera unitaria y armónica para transmitir, con un mínimo de elementos, un máximo de intensidad comunicativa y estética.” A partir de esa definición, hecha por él mismo, es que hablaré de los siete poemas de Agua y la sombra que hacen de Enrique Servín un poema —y razón por la cual se ha de seguir leyendo ese libro y el resto de su obra—.

Ya he hablado de la amistad que nos unió, que me sigue uniendo a él, dada esa amistad es que en diciembre 2007 como obsequio de cumpleaños me dio su libro. Libro cuyo primer poema es una Nota para un regalo, qué mejor apertura. Señalo esto para remarcar que este libro ha estado conmigo trece años, durante los cuales he vuelto a sus páginas constantemente[2].

Aunque es un libro lleno del fino e irónico sentido del humor de Enrique —ahí están Lamentación de un cocodrilo que se come una sirena, Caviloso, Hongos y eternidad, Inauguración de la Cloaca Máxima, Lección de historia son sólo algunos de los ejemplos—, he de decir que mi última lectura no deja de estar sesgada por mi duelo, es decir, ahora son los poemas que hablan de la muerte y el paso inexorable del tiempo los que más me conmueven. De ahí que del primero de los poemas de los que deseo hablar es uno de los que más se compartió el día de su asesinato: Elegía. El poema habla del momento en que se supo que un violinista de la sierra, Juan Hielo, murió:

 

“Es triste esa primera vez, al hablar de alguien

usar el imperfecto.

El verbo vivo, firme, cede al fin:

hablaba, decía, tenía. Era.

 

Hielo tocaba su violín en la sierra.”[3]

 

Poco hay que se pueda agregar ante esos versos, más allá del interés por el paso del tiempo, y de la existencia misma, y su correlato en el lenguaje que utilizamos. Es claro el porqué este poema se volvió el más compartido en redes sociales una vez se supo de su asesinato.

Enrique Servín fue una persona que se preocupaba por el horror del mundo y su violencia. La Oración del avestruz lo muestra, también Valentía en el Mictlán, pero en ese sentido el que mejor desarrolla esa preocupación, sin caer en los clichés que se le dan a la poesía comprometida es Apuntes para cualquier himno nacional, unos apuntes que son un poema y que podrían ser también el himno de un país, de cualquier país (como bien apunta en la nota al final, que es un potpurrí hecho con estrofas de nuestro himno, el himno estadounidense y la Marsellesa). Con ironía parodia el lenguaje grandilocuente del chauvinismo y ofrece un poema que, además de mover a reflexión, nos saca una sonrisa.

 

“La Patria es generosa: en el país

no se hace millonario tan sólo el que no quiere

todos sus millonarios son buena prueba de ello

(también todos sus pobres, añadamos).

Su ley fundamental nos garantiza

el derecho a creer en lo que sea

a soñar en voz alta. Incluso a morir de hambre

si eso es lo que queremos.

[…]

Es cierto que tenemos -como todo- defectos

¿qué cosa no los tiene? ¿qué persona o familia?

¿qué país no los tiene? Eso se llama

la condition humaine.

Pero volteen el rostro los traidores

hacia el resto del mundo:

¿No están peor en Tirania

en Barbaria, en Pauperia, en Malpaís?”

 

Si hay recomendaciones para un himno nacional, no son las únicas, también Apuntes para una cartilla moral, un poema que aboga por la responsabilidad moral del individuo, antes que a leyes o preceptos.

 

“1. Cree en la alegría y en el dolor ajenos:

son reales, como los propios.

Pero no pienses que puedes definirlos, ni entenderlos del todo.

Somos islas

y apenas nos es dado, pocas veces

entrever el infierno o el cielo de los otros.

[…]

7. Cree en la poesía. Que también es de aire

pero que nos ofrece verdades más grandes que la verdad

indecibles como los sueños, bálsamos.

Y que puede, con unas pocas sílabas ingrávidas, invisibles

abrir las puertas de los abismos.

 

Cree en la flor que no dura, en la verdad de los sueños

en el tiempo que iguala lo triste a la hermosura.

 

Cree en el mar y en la arena, y en el sol que la inventa

en la alegría de las doradas cervezas y en el fugaz amor.

 

En la poesía, que salva todo eso

y sobrevive hombres, religiones, y llega más lejos que los imperios.”

 

Al terminar de leerlo, de recitarlo, uno se pregunta ¿necesito otra guía moral que estos sencillos consejos en los cuales la poesía es central? La poesía, esa creación humana capaz de unirnos a través de milenios y lugares muy disimiles.

Ese misterio y esa unión Enrique la refleja en el poema Luna y Fronteras (en el libro de 2003 aparece como La luna en ciudad Juárez. Recuerdo) donde la voz poética habla del encuentro en el consulado estadounidense con un grupo de chinos con quienes habló de poesía.

“Los descubro. Los saludo en mi chino precario. Es suficiente.

Pierden su lugar, se amontonan alrededor de mí.

Les menciono a Li Pai, a Tu Fu

los grandes nombres del pasado.

Una de ellas me recita de memoria un poema, emocionada.

Como si cantara.

Me explica una palabra que no entiendo.

Vuelve a explicar. Señala al cielo y al voltear

descubro que es la luna.

La luna blanca y azul.

La luna alta sobre el arrabal

sobre el barrio grisáceo de la ciudad más gris.

Pero es la misma que vieran aquellos grandes muertos.

La luna de Li Pai y de Tu Fu. La que han de ver

los poetas del porvenir.

La de todos los siglos

y todos los hombres.”

Este poema que es también un recuerdo refleja una de las posturas sobre la poesía que él prefería, aquella que no teme a ser confesional (como hace en A personal confession, cuando pregunta de quien es la confesión en el poema si el poeta ya no existe). Así, poemas que surgen de la vivida experiencia personal deslumbran con las revelaciones sobre la condición humana.

“Carro pintado de azul

 

Mi abuela dice que el primer carro que vi era azul.

Al recordar que recordaba, yo digo que era verde.

El carro ya no existe.

 

Como una imagen rayada por una vara en el agua

los recuerdos se funden, se confunden.

 

Así de frágil es el pasado.”

La fragilidad del pasado, su pérdida, los fragmentos que de él nos llegan y apenas podemos reconocer son constantes en su poesía, Grupo de muchachos jugando beisbol es un ejemplo. Pero donde queda más de manifiesto es en el poema Catedral de Chihuahua, una hermosa loa a ese edificio que ha sido el corazón de cantera de la ciudad del desierto. En él, al final, la voz poética recuerda su infancia con una tía abuela que lo llevaba a contemplar la catedral:

“Ella se ha ido.

 

Cualquier cosa, se sabe, aunque no dure para siempre

dura más que los hombres:

una camisa, unos lentes,

un viejo libro, una flor seca entre sus páginas.

Con más razón la piedra poderosa del templo.

 

Y sin embargo

la pátina de polvos y de soles, el lento envejecer

del templo inanimado son también

todo aquello:

la historia compartida, los recuerdos

lo inabarcable y numeroso

también lo ya olvidado y perdido para siempre: el borradizo

 

transcurrir de los hombres en el aire luminoso del tiempo.”

 

La pérdida de los seres queridos es un motivo que atraviesa muchos de los poemas de El agua y la sombra. Uno de los que más me ha conmovido desde la primera vez que lo leí es Mi padre frente al mar, poema en el que se narra[4] un sueño en el que la voz poética se encuentra con el padre fallecido:

 

“Cuántas cosas habríamos recordado, cuántas cosas

amadas, entendidas. Y yo volviendo a verte, frente al mar.

Qué bien lucías, padre. Qué bien te sentaba la muerte.

Cuánto silencio y lejanía acumulados en estos raros años de tu ausencia.

El verte una vez más, qué dulce era. Y el mar

que nunca vimos juntos, cómo brillaba

desde un oleaje lento, como algo incomprensible, y en paz.

 

Pero de pronto un ruido, un movimiento brusco en el camino

me despertó

y alrededor quedó el rumor del autobús en que viajaba

la sorda oscuridad de las distancias sin límites. El regresar

a un viaje menos bello y más triste, en medio del desierto.

Las ventanillas frías, unos pocos vislumbres de formas indecibles

en la noche: la larga carretera hacia lo oscuro.

 

¿A qué ciudad me acercaba? ¿A dónde quería ir? ¿Qué perseguía?

Tú, hacía un instante, allá, tan lejos, frente al mar

Yo, desde este lado, ahora, más acá de los sueños

dudando como siempre, tenso y callado

viajando por el hondo desierto de la noche

por ajenos caminos

hacia ajenas ciudades.”

 

Presento las estrofas finales del poema, para mostrar el contraste entre el espacio onírico con el que empieza, donde se da el encuentro con el padre, y el espacio de la vigilia, uno luminoso y abierto y el otro oscuro y cerrado. La presencia amable del padre en el mundo de los sueños opuesta a la soledad de un autobús en una carretera del desierto en medio de la noche.

 

Enrique no está. Nos queda su voz, su poesía. Nos quedan los inéditos, que no son pocos (por lo menos otro libro de poesía, otro de relatos fantásticos y su maravillosa novela). Mientras seguimos leyéndolo no se ha hecho justicia, luego de más de un año no ha habido avances en la investigación.

[1] Habrá que señalar aquí la que, contrario al prejuicio contra los talleres literarios y los talleristas, Enrique Servín nunca intentó imponer su visión de la poesía, al contrario, promovió que cada persona adquiriera su propia voz y la desarrollara. Para ello acercaba a quienes asistíamos a su taller a las más diversas tradiciones poéticas del mundo, incluso en aquellas de sociedades ágrafas; su desconfianza hacia las vanguardias, por lo mismo, le permitió no casarse con una sola forma de entender la poesía y de hacer poesía. Ryby Myers, poeta organizadora del Encuentro Nacional de Poesía Enrique Servín y que formó parte del taller, ha dicho de él que era: “Un poeta hacedor de poetas”.

 

[2] La dedicatoria del libro incluye una oración en serviño clásico, “la única lengua que nació muerta”, una conlang que Enrique Servín creó para una serie de relatos que permanecen inéditos. Como buen amante de los idiomas que era (y de los sistemas de escritura de estos) no pudo resistir la tentación de crear su propia lengua, con su propio sistema de escritura que evoca al alfabeto georgiano o a los abugidas bráhmicos.

[3] De algunos poemas he elegido versiones corregidas por el propio Enrique Servín en lugar de las del libro de la colección Flor de arena de la UACH (colección que, por cierto, él comenzó en los 1990s cuando fungió como editor). En el caso de este poema, los cambios son mínimos, pero significativos: poner en cursivas algunas palabras.

[4] Enrique Servín insistía en sus talleres que los poemas podían narrar, que un siglo de vanguardias nos había hecho creer que el poema se oponía a la narración, sin embargo, a lo largo de la historia y de las más diversas tradiciones literarias el poema ha sido también narración.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.