Tierra Adentro
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

De las tres apariciones marianas más trascendentes y reconocidas por la Iglesia católica —junto con Guadalupe (1531) y Lourdes (1858)—, las de Fátima tienen como sello distintivo un mensaje claramente político que, en el contexto de la Guerra Fría, formó parte de la propaganda anticomunista. Narrativamente, las apariciones siguen la misma línea que las de Guadalupe y Lourdes: la Madre de Dios se aparece a personas marginadas a quienes encomienda ciertas tareas que tienen por objeto acrecentar su devoción a ella para obtener de su Hijo gracias especiales. En el caso de Fátima, sin embargo, las encomiendas conllevan además una serie de revelaciones escatológicas y apocalípticas que siguen siendo objeto de controversia entre creyentes y escépticos.

Los eventos son por demás conocidos: Lucía dos Santos, una pequeña pastora portuguesa de 8 años, tuvo una serie de apariciones sobrenaturales que comenzaron en 1915, bajo la forma de una persona “como envuelta en una sábana” diáfana que brillaba al contacto con los rayos del sol. Esta primera aparición ocurrió mientras pastoreaba el rebaño de sus padres en compañía de otras dos amigas, con sendos rebaños. Iban rezando el rosario. Lucía era entonces la menor de sus hermanos y, según cuenta en sus Memorias, tenía desde muy pequeña la facilidad de entretener a otros niños con historias fantasiosas, improvisadas durante sus largas caminatas en las jornadas de pastoreo. Dos primos suyos, Jacinta y Francisco Marto, menores que ella por uno y dos años, se le unieron en 1916 para recorrer juntos los terrenos de sus familias en la región de Fátima. Ese mismo año recibieron en tres ocasiones la visita de un ser sobrenatural:

—¡Oren! ¡Oren mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen designios de misericordia para ustedes. Ofrezcan en todo momento oraciones y sacrificios al Altísimo.

—¿Cómo nos tenemos que sacrificar?

—Ofrece un sacrificio de todo lo que puedas como un acto de reparación por los pecados con que Dios es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Atrae así la paz sobre tu patria. Yo soy su ángel guardián, el ángel de Portugal. Sobre todo, acepten y soporten con entera sumisión los sufrimientos que el Señor les manda.

 

Otras dos veces se apareció el ángel, en la última de ellas llevando consigo un cáliz y, suspendida sobre él, una hostia sangrante. El ángel se postró en adoración antes de hacerlos comulgar: a Lucía, la hostia, y a sus primos, el vino mezclado con sangre que contenía el cáliz. Para entonces, los niños se habían acostumbrado a pequeñas mortificaciones a manera de penitencia por la conversión de los pecadores, según las instrucciones del ángel.

Las apariciones del ángel de la paz sirvieron como preparación para las apariciones de la Virgen María, que comenzaron el 13 de mayo de 1917. Según el relato de Lucía, vieron a una dama resplandeciente sobre la copa de un encino en la región de Cova da Iria. Jacinta y Francisco la vieron también, pero sólo ella y Lucía podían escucharla. Esta última detalló la conversación que mantuvieron:

—¡No teman, no les haré daño!

—¿De dónde es usted?

—Vengo del cielo.

—¿Y qué es lo que quiere?

—Vine a pedirles que vengan aquí mismo seis meses seguidos, cada día 13, a esta misma hora. Después les diré quién soy y lo que quiero, y volveré una séptima vez.

—¿Usted me sabe decir si la guerra durará todavía mucho tiempo o acabará pronto?

—Hasta que no te diga lo que quiero, no te lo puedo decir.

—¿Y yo también me iré al cielo?

—Sí, irás.

—¿Y Jacinta?

—También.

—¿Y Francisco?

—También, pero tiene que rezar muchos rosarios.

[…] Pasado un momento, Nuestra Señora agregó:

—Recen el rosario todos los días, así alcanzarán la paz del mundo y el fin de la guerra.

En sus Memorias, Lucía cuenta que les hizo prometer a sus primos que no dirían nada de lo que habían visto, pero Jacinta no se contuvo y lo divulgó entre varias personas. Al poco tiempo, los niños se convirtieron en objeto de burla para los pobladores, sobre todo para la familia de Lucía, que no cesaba ni en mofas ni en golpes para que se retractara de las supuestas apariciones, que se mantuvieron por medio año, el día 13 de cada mes (excepto en agosto, que ocurrió el 19, por estar los pastorcillos presos por la autoridad local, que pretendió así desincentivar lo que juzgó un montaje). La Virgen les reveló tres secretos: el primero fue una visión del infierno, descrito de manera dantesca con demonios zoomorfos que torturaban a los pecadores que ahí terminaban; el segundo era la profecía de que una nueva guerra habría de comenzar durante el pontificado de Pío XI (1922-1939) y la petición expresa al Santo Padre de que consagrara a Rusia al Inmaculado Corazón de María: “Si atendiesen a mis pedidos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones contra la Iglesia: los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas […]. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y le será concedido al mundo algún tiempo de paz”.

En su última aparición pública, el 13 de octubre de 1917, tras pedirle pruebas para los miles de peregrinos que acudían a Cova da Iria cada mes, varios medios, entre los que se contaron dos periódicos abiertamente anticlericales, reportaron un extraño fenómeno lumínico: el Sol pareció bambolearse al tiempo que desprendía colores extraordinarios, y las ropas de toda la gente quedaron secas al momento. Lucía dio cuenta en sus memorias de que en esa aparición se presentó no sólo la Virgen, sino también san José y el Niño Jesús. Luego de esto, las apariciones cesaron, el lugar devino rápidamente un lugar de culto y los pastorcillos fueron acechados casi todos los días por hordas de creyentes que pedían su intercesión para obtener un milagro. En uno de estos encuentros, Francisco y Jacinta se contagiaron de gripe española, epidemia a la que sucumbieron respectivamente en 1919 y 1920, tal como la Virgen había profetizado en una de sus apariciones. Al año siguiente, Lucía dos Santos entraría al colegio de las hermanas doroteas en Vilar, y en 1925 se trasladaría al convento de las carmelitas descalzas de Pontevedra, donde profesó. A finales de ese mismo año, tuvo una nueva aparición, en esta ocasión de la Virgen y del Niño Jesús, quienes le insistieron promover la devoción de comulgar los primeros sábados del mes en expiación por los pecados del mundo. Al año siguiente tuvo una aparición similar en el patio del convento.

Fue en junio de 1929 que ocurrió la revelación más importante, la “séptima vez” que anunció la Virgen en su primer encuentro: era urgente que el papa, en unión con todos los obispos del mundo, consagrara a Rusia al Inmaculado Corazón de María. El clima antirreligioso que el comunismo soviético esparcía en sus repúblicas era una afrenta a Dios mismo que exigía reparación. Así, mientras que los mensajes que la Virgen le transmitía a Lucía fueron referidos inicialmente al obispo de Leiria, este le pide que escriba a detalle lo que vio en sus apariciones, y específicamente el contenido de los tres secretos que la Virgen le confío. En 1941, Lucía entregó el manuscrito al obispo, quien lo remite a Roma. A principios de 1944 al manuscrito se le añade una adenda: el tercer secreto no había sido totalmente revelado sino hasta que la Virgen lo permitiera. Se trataba de una visión en la que “un obispo vestido de blanco” subía una montaña escarpada, con varios clérigos y religiosos, hasta llegar a una enorme cruz donde fue asesinado a disparos y saetazos.

El 13 de mayo de 1981, día de la Virgen de Fátima, Juan Pablo II fue víctima de un atentado, cuyo fracaso atribuyó a la Virgen. Al año siguiente viajó al santuario de Fátima a depositar, bajo la corona de la imagen, la bala que le extrajeron durante la cirugía. Fue en esa década que comenzó a especularse sobre el contenido del tercer misterio de Fátima y que la devoción arreció en todo el mundo, sobre todo gracias a las gestiones diplomáticas en contra de los regímenes comunistas que encabezó Juan Pablo II, el primer papa polaco de la historia. Asociaciones piadosas como el Ejército Azul, en contraposición al histórico Ejército Rojo que lideró la Revolución Rusa, combatían con la oración y la propaganda religiosa la dispersión del comunismo desde el otro lado de la cortina de hierro. En junio de ese mismo año y también al año siguiente, Juan Pablo II consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María y rogó por que cesara la amenaza de una guerra nuclear, aunque sin hacer mención expresa de Rusia. Sin embargo, para corroborar que la petición de la Virgen había sido cumplida, envió una carta a sor Lucía dos Santos en la que preguntaba si las consagraciones de 1981 y 1982 habían cumplido los deseos de la Virgen. La respuesta fue afirmativa; el fin del comunismo era inminente.

Fue hasta el año 2000 que Juan Pablo II autorizó la publicación del tercer secreto de Fátima, seguido de una interpretación del entonces cardenal Joseph Ratzinger que, con cautela y el tiento teológico de evitar una interpretación catastrofista, aseguró que el secreto, más que referirse a eventos concretos como el atentado contra el papa, sintetizaba metafóricamente las persecuciones contra la Iglesia que hubo a lo largo del siglo XX. La razón de demorar el secreto, según Juan Pablo II, fue para evitar que los gobiernos comunistas cometieran acciones impulsivas contra la Iglesia. Al final de la celebración del 13 de mayo, en la que se declaró beatos a Jacinta y Francisco Marto, el cardenal Angelo Sodano —quien pasa a la historia como uno de los más importantes encubridores de Marcial Maciel— leyó una declaración a propósito de la publicación del tercer secreto: “Los sucesivos acontecimientos del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que propugnaba el ateísmo. […] Por esto el Sumo Pontífice le está agradecido a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en otras partes del mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con la carga de sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado. Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una estimulante actualidad”.

Sor Lucía dos Santos falleció en el convento de las carmelitas descalzas de Coímbra en 2005. Sus restos descansan junto a los de sus primos en el santuario de Fátima, no muy lejos del fastuoso monumento que contiene un bloque del antiguo muro de Berlín, mausoleo piadoso que recuerda a los peregrinos la cruzada anticomunista que libró exitosa la Virgen María desde 1917.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
El escritor Philip Roth en su casa de Manhattan. Roth, un novelista estadounidense, ha estado escribiendo ficción premiada desde 1959.

Pastoral americana de Philip Roth, publicado en 1997 es el primer libro de la llamada Trilogía Americana (compuesta por Me casé con un comunista y La mancha humana), y una novela que a día de hoy no pierde vigencia.

Esta novela con la que además Roth ganara el Premio Pulitzer un año más tarde, es relatada a través del alter ego de Roth, Nathan Zuckerman, quién nos acerca a la vida del Sueco Levov. Un chico inteligente, encantador y deportista a quien todos querían conocer, hacerse su amigo y a quien todos admiraban, en cuyos hombros descansaba las expectativas de los otros, de los que lo rodearon, quiero decir, que el Sueco Levov encarnaba el ideal del hombre perfecto, al que la tragedia jamás lo atravesaría.

Este libro que es calificado por la crítica norteamericana como una obra maestra, se ha convertido en un clásico de las letras estadounidenses contemporáneas pero sobre todo un referente en el que se recoge la realidad de una generación y la pérdida de los sueños y las esperanzas. Esto se debe particularmente a que Roth echa mano de los sucesos históricos y las coyunturas políticas de los convulsos años sesenta para desarrollar la ficción. Es importante lo que pasa afuera en el mundo pero también se vuelve relevante lo que está sucediendo dentro del entramado familiar de los Levov. Todo está convulsionando y puesto prueba como sucede en los periodos después de la guerra; y por supuesto que la familia es una de las instituciones que también sufre cambios. Las ideas de los hijos dejan de ser las de los padres y esta es una de las premisas de peso en Pastoral Americana.

 Esta historia comienza con un reencuentro de muchísimos años después, Nathan Zuckerman, ya un escritor reconocido como seguro lo era Roth, recibe una carta del Sueco en la que le expresa su deseo de escribir la historia de su padre. Esto lo atrae casi de inmediato, pues lo seduce la posibilidad de adentrarse a la intimidad de su héroe juvenil y quizá desenmascararlo. Saber qué se esconde detrás de esos ojos y esa rubia cabellera.

Todos admiran aún al Sueco. Hasta los camareros y las meseras del café en el que Zuckerman y Levov se reúnen para hablar casi 35 años después. Esta idolatría al Sueco es paralela a la que se sentía por Estados Unidos. Era un atleta atractivo que se había casado con una Miss de belleza, tenía una hija, era dueño de una casa grande, vacas y dirigía una empresa familiar que tenía éxito. ¿Qué podía salir mal si había seguido al pie de la letra la receta heredada para lograr la felicidad? Pero para Philip Roth el típico “y vivieron felices para siempre” con el que terminaban los cuentos infantiles dejó de ser posible para su generación y las posteriores. El paradigma de los años sesenta y todo lo que arrastró a su paso pasó factura para todos los que lo vivieron. La ruptura sucede poco a poco y al mismo tiempo de golpe.

Detrás de toda aparente perfección encarnada por el Sueco, está la realidad no tan perfecta y bella, es decir, el contexto social y los cambios que marcaron el espíritu de la época: la guerra de Vietnam, la revolución sexual, las revueltas de la comunidad negra por una vida digna y justa.

Roth nos hace desconfiar de la perfección en Pastoral Americana, pues algo que sabemos quizá por habitar nuestro tiempo es que toda belleza esconde algo siniestro y terrible. En el caso del protagonista de esta novela, el Sueco también esconde algo siniestro y terrible, y es Merry Levov, su hija única, criada bajo el seno de un matrimonio perfecto, un padre y una madre atentos a ella que proveyeron comodidades pero aún así, sin vivir aparentes carencias, la hija del Sueco decide —a sus 16 años— poner una bomba en una oficina postal y terminar con la vida de una persona, pero también con la estabilidad emocional de ambos padres. Este acto terrorista la lleva a huir y a desaparecerse pero también a dinamitar el sueño de felicidad y progreso que tenían sus padres no tanto para sí mismos sino para ella: “Fue como si la bomba hubiera estallado en su sala de estar”.

Con anterioridad, Merry Levov ya había dado muestras de pensamientos subversivos al mostrar abierta simpatía y militancia en movimientos anti Vietnam, pero también hacia la forma de pensar de sus padres y a lo que a su forma de ver representaban. Respondía y alzaba la voz cuando algo no le parecía, comportamiento que no era muy común por entonces entre padres e hijos.

Merry era todo lo contrario a sus padres bellos, atléticos y exitosos; ella era obesa y tartamuda, comía hamburguesas con cebolla y helados de crema y guardaba en su habitación propaganda política anti Vietnam. Mientras que su padre había superado los logros de su abuelo y su abuelo su padre y el abuelo de su padre a su padre, pues era la hija de una familia que habían llegado Estados Unidos desde 1890, ella vivía cono indigente, prófuga del FBI.

El Sueco se pregunta y se cuestiona con severidad —cosa que haría cualquier padre en su lugar— lo que pudo haber hecho para provocar estos comportamientos erráticos en su hija. En qué momento pudo haberse corrompido la inocencia y el idilio en el que su madre y él la habían criado, rodeada de campo y vacas. ¿Fue acaso el beso que le dio en la boca aquella vez que volvían de la playa?: “Papi, bésame como be-be-besas a mamamamá” o si su hija pudo quedar traumatizada al ver las imágenes del hombre que se quemó vivo en una plaza vietnamita.

 

Si bien la época en la que se desarrolla esta novela, sobre todo su conflicto central, que es el quiebre de paradigma y forma de pensar entre padres e hijos, es en sí conflictiva y convulsa, existe un rechazo a ideales como familia, bienes y la heteronormatividad que regia a la generación anterior. Y esta ruptura genera angustia, dudas, pero sobre todo incertidumbre que antes no preponderaba en el devenir de la existencia americana, al menos no dentro de la clase media alta que tenía la vida asegurada solo por derecho de nacimiento, solo por haber nacido americanos. Esta hija terrorista, que se une a una secta, que un día deja de bañarse por respetar la vida microscópica, y no se mueve de noche por miedo a pisar algún ser vivo, llena de dudas al padre pero sobre todo de asco y vergüenza, algo que quizá nunca se imaginó sentir quizá por alguien que nació de él mismo.

 

Zuckerman vs. Levov

 

Algo que también podemos mencionar de este retrato americano es que está compuesto en dos partes, la objetiva y la subjetiva, o dicho de otro modo, hay un Zuckerman vs. Levov. La primera, la capa superficial de esta novela, es la que está escrita desde Zuckerman, que como menciono al inicio de este texto, es el alter ego de Roth; escritor de origen judío, que constantemente recuerda su niñez y juventud en los barrios de New Jersey, pero sobre todo su devoción por el Sueco Levov.

Desde esta voz, Roth reconstruye la época y el contexto que los rodearon: a él y a los hermanos Levov, Jerry y Seymor, el Sueco. Reconstruye un cuadro de la atmosfera que los acompañó en su juventud a la manera de Los años maravillosos, hablando de la música, los partidos de beisbol, los libros y los referentes compartidos. Cosas de chicos.

Desde Zuckerman también está narrado el encuentro en la cafetería, 35 años después con el pretexto de pagar una vieja deuda con la memoria del padre del Sueco. El encuentro de la cafetería que prometía está lleno de confesiones, pues simplemente fue algo casual en el que el héroe no deja su posición y su sonrisa perfecta de vieja gloria a pesar de las calamidades que lo atravesasen. Zuckerman, como buen escritor acostumbrado siempre a desconfiar de las máscaras de los otros y de las propias intuye que algo no funciona como debería, nadie puede ser así de feliz y correcto siempre.

El verdadero Suevo Levov surge tiempo después, a través del testimonio de Jerry. Y es aquí donde comienza la segunda capa de Pastoral Americana, una ficción dentro de la ficción, la metanovela por darle un término, recurso que explora Roth en los libros posteriores de esta trilogía. Lo que tienen que decir Jerry dota a su hermano de mayor profundidad, pues es él quien le relata al escritor todas las tribulaciones con la hija. El punto de vista de Jerry rompe con la idea de perfección que siempre ostentó el Sueco.

“Jerry sostiene la teoría de que el Sueco es una buena persona, es decir, un hombre pasivo que siempre procura hacer lo correcto, que se adapta a las convenciones sociales y nunca se sale de sus casillas, jamás cede a la cólera. Enfurecerse no será una de sus desventajas, pero tampoco es un factor de su activo. Según esta teoría, no enfurecerse es lo que al final le mata, mientras que la agresión limpia o cura”.  Sin Jerry no entenderíamos al Sueco, y sin el Sueco tampoco las obsesiones de Nathan Zuckerman, y sin Zuckerman a Philip Roth. Es entonces Pastoral Americana una cadena de testimonios que conforman las preocupaciones de una generación y otra que se cayeron en pedazos, sueños de otros rotos hasta llegar a nuestros días, a nuestra propia incertidumbre.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Ilustración realizada por mitthu

Este año se cumplen 81 años de la muerte de una escritora sumamente importante para la literatura inglesa del siglo XX —y bastante revisitada por el movimiento feminista—: Virginia Woolf. El aniversario de su fallecimiento coincide con el mes en el que se conmemora el día de la mujer, así que me gustaría hablar acerca de uno de sus ensayos más famosos e icónicos: Una habitación propia (A Room of One’s Own en inglés), publicado en 1929 y basado en una serie de conferencias impartidas por la escritora en las universidades para mujeres Newnham College y Girton College.

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas” es la afirmación a partir de la cual Woolf entreteje sus ideas alrededor de la mujer y su relación con la literatura. Tocar cada uno de los puntos que aborda la autora sería imposible en este pequeño texto, pero hay varios argumentos que me parecen muy relevantes y que me gustaría discutir. Pero, antes que nada, tengo que decir que Virginia Woolf tiene una voz ensayística increíblemente vivaz y divertidísima, al menos en Una habitación propia. Supongo que tiene que ver con el hecho de que el escrito surgió de sus conferencias, pero no me lo esperaba, creo que me había imaginado que el ensayo tendría un tono medio rígido de señora inglesa fufurufa, pero no, no me sorprendió su agudeza —nadie duda del intelecto de Virginia Woolf— pero sí su sarcasmo, lo mordaz que puede llegar a ser y las risitas que me sacó.

La narradora del ensayo va relatando su día e intercala lo que piensa de cada situación; algunas descripciones dejan ver destellos de su maestría literaria y poética. El propósito de la narradora, la misma Woolf, es encontrar la relación entre mujeres y literatura, tema que se le pidió abordar en sus conferencias. Su recorrido comienza, entonces, con un safari a lo que han escrito y dicho los hombres sobre las mujeres y su quehacer en la literatura. En general, aborda temas como la exclusión de la mujer de los ámbitos públicos, políticos, educativos o artísticos (recordemos que la sociedad a inicios del siglo pasado era bastante más rígida y excluyente); la abundancia de opiniones, escritos, retratos y afirmaciones sobre lo que el hombre cree que es la naturaleza de la mujer, lo “femenino” y sus capacidades o incapacidades; la necesidad que han tenido —y tienen— los hombres de hacer menos a las mujeres para sentirse superiores; y lo patéticos que son. Señala todo lo que está mal con la sociedad evidentemente patriarcal, se burla y básicamente aplica unos buenos “siéntese, cñor” a varios de los literatos e intelectuales más prominentes de todos los tiempos. Virginia Woolf se yergue con la cabeza bien en alto, sabiéndose buena en lo que hacía y que su género de ningún modo es inferior a sus pares varones, y lo proclama abiertamente.

“Si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. […] así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres […] Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es?” Amén. Una crítica que suena bastante actual en estos tiempos de ceo’s, fifas y foncas, ¿no? Finalmente, la autora concluye, muy lógicamente, que es “una pérdida total de tiempo consultar a todos aquellos caballeros especializados en el estudio de la mujer y su efecto sobre lo que sea”.

La premisa de Woolf es que, si la mujer tuviera recursos económicos y un espacio propio, podría emanciparse del hombre y tener la libertad para escribir y crear, pues sin estos elementos es imposible dedicarse dignamente a la literatura. Es importante destacar que, hasta ese momento, las mujeres continuaban relegadas, en su mayoría, al ámbito doméstico y que no se les permitía ir a la escuela. Además, no fue sino hasta 1918 que la lista de profesiones que podían ejercer las mujeres se amplió. Woolf exhorta a las mujeres a que estudien, a que se desprendan de sus roles de género predeterminados y se vuelvan independientes intelectualmente (esto, por supuesto, está dirigido a mujeres blancas con las posibilidades de hacerlo).

El ensayo continúa examinando si en el pasado las mujeres habrían sido capaces de crear obras literarias de gran maestría —se toma el ejemplo de Shakespeare— dada la precaria situación social que experimentaban (su conclusión es que no, aunque me parece debatible). También hace un recorrido histórico minucioso por las carreras literarias de escritoras como las hermanas Brontë, Anne Finch, Jane Austen, George Eliot, entre otras, y analiza la relación entre su contexto y sus obras. Algo que me gusta bastante y que se me hace valiosísimo de la forma en la que ensaya Woolf es que no solo presenta sus argumentos —bastante pensados e intrincados—, sino que ella misma suele encontrar lo que se podría argumentar en contra de lo que propone y lo aborda, como si estuviera debatiendo con ella misma. Realmente hace todo un análisis sobre las circunstancias que han llevado a la mujer al lugar que ocupa en el canon literario.

En fin, como mencioné antes, sería imposible repasar cada punto que se toca en Una habitación propia. Pero creo que es importante mencionar que —aunque indudablemente es un ensayo de enorme valía para el feminismo y (la literatura en general) que pone de manifiesto la situación social de la mujer y que denuncia las injusticias que ha vivido a lo largo de los siglos, reflejadas en el plano artístico e intelectual— no escapa de la crítica, pues me parece que además de su evidente exclusión de mujeres racializadas, la cuestión de la clase social es un punto ciego para Woolf. De igual forma me parece que a veces peca de condescendiente y que en algunas partes sus palabras incisivas e irónicas se vuelven altivas. Por ratos me dio la impresión de que le hinca el diente con un poco de crueldad a las mujeres cuando analiza sus obras y que habla de ellas como si ella misma no fuera una y sin reconocer del todo sus privilegios. Sin mencionar que luego se echa unos “not all men” bastante incómodos. Claro que no pienso que Woolf deba abordar cada problema de la sociedad, ni hablar para todos los públicos, pero mientras leía Una habitación propia no pude evitar pensarlo desde la perspectiva de nuestro contexto como mujeres mexicanas —que obviamente dista mucho del suyo— y qué tan aplicables son ciertos de sus postulados. Me estuvieron dando vueltas en la cabeza algunas de las siguientes cuestiones:

En general, Virginia Woolf hace una gran apología acerca del “estado mental”, “lugar”, “independencia financiera” y “libertad” propicios para la buena creación literaria, y no solo propicios, sino necesarios (esto juega un papel central en su argumento del por qué las mujeres no habían alcanzado, hasta entonces, el nivel literario de los hombres).

“[…] tener una habitación propia, ya no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles.” Leo esto con una risa amarga. En México alrededor del 60% de los asalariados gana entre uno y dos salarios mínimos. Las mujeres, en promedio, ganamos 13% menos que los hombres por el mismo trabajo. Lo que Woolf considera “impensable”, pero que comenzaba a cambiar por ahí de las primeras décadas del siglo XX, es una realidad constante en nuestro país. Tener una habitación propia realmente es un lujo. Yo compartí habitación con mi hermano durante casi 17 años y hablo desde un gran privilegio, siempre tuve lo necesario y más para estudiar lo que quise y navegar la vida sin carencias económicas importantes. Hay millones de mujeres para las cuales tener un techo seguro ya es un lujo, ni se diga tener un lugar cómodo, silencioso y para una misma. Tener tiempo para escribir, por otro lado, también es un privilegio. Después de jornadas laborales larguísimas y de ocuparse de las tareas cotidianas pocas veces queda energía para sentarse a escribir horas.

Para muchísimas mujeres que trabajan y se mantienen a sí mismas, hay muchas cosas más importantes en la lista que una habitación propia: renta, luz, agua, gas, comida, internet, transporte, ropa, escuela, hijos, salud y, en el país de los diez feminicidios diarios, llegar a salvo a casa. ¿Qué hay de las mujeres que escriben en su hora de comida del trabajo o en el metro camino a la universidad o en alguna biblioteca o en el comedor de su casa con el ruido de la televisión prendida y el llanto de un bebé?, ¿qué hay de las que trabajan día a día para tener lo necesario para vivir y que no podrían asumirse como “financieramente libres”?

Y, yéndonos muy atrás, ¿qué hay de las mujeres que fueron esclavas o sirvientas? Autoras afroamericanas como Phillis Wheatley o Harriet Jacobs, que no tenían nada, ni siquiera la libertad sobre sus cuerpos. ¿Realmente no se puede escribir “bien” sin estas condiciones tan específicas? Eso de encontrar el ambiente, lugar y estado mental propicios (¿¿¿quién tiene un estado mental propicio???, ¿o todos saben algo de lo que no me he enterado?) me suena demasiado utópico y, aunque lindo, no es asequible para muchas mujeres mexicanas o latinoamericanas clasemedieras, ya ni hablemos de las que se encuentran en situaciones realmente precarias. Aquí también entraría esta discusión de si el arte o la literatura son cuestiones exclusivamente burguesas o no (yo no tengo una postura muy definida al respecto, pero ese es tema para otro escrito).

Otro punto que me conflictúa bastante de lo que dice Virginia Woolf es este argumento suyo de que lo que ha hecho tan grandes y buenos a autores como Shakespeare o Jane Austen es que no conocemos a Shakespeare ni a Jane Austen, es decir, que su escritura no trasluce su contexto social ni sus propios conflictos o problemas derivados de su situación socioeconómica. Woolf señala que la tragedia de obras como las de Charlotte y Emily Brontë reside en que sus personajes, tramas o escenarios manifiestan explícitamente lo que sus autoras opinaban sobre su papel como mujeres en la sociedad.

Virginia Woolf opina que este escribir desde “la furia en lugar de escribir con calma” o “hablar de sí misma en lugar de hablar de sus personajes” impedía que el genio literario de estas mujeres fuera plasmado intacto en sus obras. Woolf opina que para hacer buena literatura es necesario presentar la realidad sin las “deformaciones” de lo que una opina o ha vivido como autora. “Lo que entendemos por integridad, en el caso de un novelista, es la convicción que experimentamos de que nos dice la verdad”. ¿Qué es la verdad? ¿la verdad del mundo, de la vida, de la imagen poética, de la expresión literaria? A lo mejor mi vena idealista está muerta, pero no puedo evitar que me suene medio moralizante.

Ahora, este tema me parece escabroso porque entiendo la crítica a la literatura “activista”, por llamarla de alguna forma. Creo que podemos estar de acuerdo en que nadie quiere leer un panfleto en el que al autor le importa más plasmar su postura política o ideología social o económica en lugar de dedicarse al arte de la forma, los personajes y el contenido. Efectivamente, el arte no le debe nada a nadie, no tiene que ser didáctico ni adoctrinador. Lo que siento que se le escapa a la señora Woolf es que se puede escribir desde la periferia o desde las circunstancias que nos impone el contexto sin que sea panfletario y sin que esto le quite mérito literario.

Porque, según ella, las mujeres no escribirán bien hasta que no se deshagan de la rabia que sienten por las injusticias que han vivido a lo largo de los siglos. Las mujeres no escribirán bien hasta que no se olviden de que son mujeres. De ahí que Woolf no se sienta mujer y desprecie “lo femenino” (sobre lo cual se podría discutir horas). Ahora, entiendo que es una estupidez hablar de la literatura escrita por mujeres siempre desde la perspectiva de género y no por su mérito literario per se. Nadie dice “literatura masculina”. En ese sentido coincido con Una habitación propia. La literatura escrita por mujeres obviamente es mucho más que el “escrita por mujeres” y que la herida de ser el “sexo agraviado” en un mundo patriarcal. Es literatura, punto (buena o mala, ese ya es otro asunto, pero este juicio no debería ser algo determinado por el sexo o género).

En un pasaje, la autora señala, refiriéndose a Charlotte Brontë, lo siguiente: “[…] percibimos constantemente en su obra una acidez, resultado de la opresión, un sufrimiento enterrado que late bajo la pasión, un rencor que contrae aquellos libros, por espléndidos que sean, con un espasmo de dolor”. Me parece entender lo que quiere decir Woolf, entiendo que apela a que es necesario que las mujeres dejen de escribir como si fueran pájaros heridos, siempre marcadas por la huella del “ser mujeres” y siempre sabiendo que son concebidas como inferiores al hombre. “[…] sin odio, sin amargura, sin temor, sin protestas, sin sermones. Así es como escribió Shakespeare […]”, este es el ideal que propone Virginia Woolf para la escritura, que las escritoras se sacudan las palabras de los señores que dicen que no pueden escribir a la par de los intelectuales masculinos y simplemente se dediquen a hacer lo que se les da la gana, sin mostrarse débiles o aludidas por su contexto social, enfocándose únicamente en el arte por el arte.

“Realmente era una delicia volver a leer un estilo masculino. Sonaba tan directo, tan claro después de leer estilos femeninos. Indicaba tal libertad mental, tal libertad personal, tal confianza en uno mismo. Se experimentaba una sensación de bienestar ante aquella mente bien alimentada, educada, libre […]”. Que no me digan que esto no trasluce una pizca de misoginia. Refleja un deseo de alejarse de lo “femenino” porque era visto como un rol de género débil y no deseable. Pero los tiempos han cambiado, gracias a Dios.

Esto, naturalmente, tiene que ver con la forma en que la escritora inglesa concebía la literatura y la escritura. Para ella, lo que llama “costumbrismo” —permitir que la narrativa sea influida por el entorno y sus impresiones— es la rama menos interesante de la literatura. Woolf aboga por lo “contemplativo”, no quiere ser solo una “rozadora de superficies”, sino “haber mirado abajo, a las profundidades”. Señala que “Es necesario que haya libertad y es necesario que haya paz. No debe chirriar ni una rueda, no debe brillar ni una luz. Las cortinas deben estar corridas. El escritor […] no debe mirar ni preguntarse qué está sucediendo. Debe más bien deshojar una rosa o contemplar los cisnes que flotan despacio río abajo.”

Estoy de acuerdo con las aspiraciones de Woolf, incluso me identifico. Yo, como escritora, tampoco quiero nadar en un charco en lugar del océano. O quedarme en la superficie. ¿Qué escritura “buena” puede salir de una observación o pensamiento “superficiales”? (en mi opinión). Lo que sí es que, aunque quisiera, no tengo tiempo para ir a comprarme rosas y deshojarlas mientras observo el atardecer lánguidamente, y lo más cerca a los cisnes que hay por aquí son los patitos que nadan en el agua verde del lago de Chapultepec. No sé si a Virginia Woolf le parecería lo suficientemente propicio.

Lo que sí me hizo casi escupir el té que me estaba bebiendo en ese momento fue cuando dice que “será un espectáculo curioso, cuando llegue, ver a todas estas mujeres tal como son, pero debemos esperar un poco, porque todavía [las] detendrá el «pecado» que es el legado de nuestra barbarie sexual. Todavía llevará[n] en los pies las viejas cadenas de pacotilla de la clase”. Uno, porque —como mencioné antes— parece que se asumiera como no-mujer y, a mi parecer se bastante vuelve condescendiente hacia su propio género, como una especie de “not like other girls” pero del siglo pasado; dos, porque cómo se puede juzgar cuando una mujer es “tal como es”, como si una pudiera realmente separarse de su contexto, y tres —y lo más obvio— ¿LAS VIEJAS CADENAS DE PACOTILLA DE LA CLASE?, creo que eso solo podría decirlo alguien burgués cuya única ocupación es dedicarse a contemplar la vida. Me suena muy whitexican, la verdad (perdónenme, señora Woolf y las diosas de la literatura).

Tampoco soy tan maje para pensar que se pueden reducir los argumentos de la autora a esto. Finalmente fue una de las grandes escritoras del siglo XX y literariamente tiene toda la autoridad. Solo me parece importante hacer énfasis en la evidente blanquitud de algunas de sus ideas. La literatura escrita por mujeres latinoamericanas ha probado que se puede escribir desde el contexto, desde la experiencia de ser mujer, desde el abordaje literario de lo que se vive diariamente y hacerlo con gran destreza formal y literaria. Y sin ser panfletaria. Pienso en Fernanda Melchor, Mariana Enríquez, Paulette Jonguitud, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Samanta Schweblin, Guadalupe Nettel, etc. Y, hablando de clásicas, Amparo Dávila, Rosario Castellanos o Elena Garro. Varias de ellas, desde sus géneros y estilos propios, integraron a su literatura —de una u otra forma— su visión desde lo que observaban, sentían o pensaban, esto inevitablemente atravesado por la experiencia de ser mujeres latinoamericanas.

Sin embargo, y a pesar de todas estas cuestiones, creo que lo que Virginia Woolf propone en Una habitación propia y la exhortación que hace a las mujeres es totalmente aplicable al tiempo y lugar en el que se encontraba. Ella fue, sin lugar a dudas, una excepción de lo que se esperaba de una mujer en su tiempo. Y estoy segura que lo que quería era que por fin las mujeres pudiéramos quitarnos de encima —tanto física, financiera e ideológicamente— lo que dicta el patriarcado; quería que escribiéramos lo que se nos diera la gana sin limitaciones. “Eran legión los hombres que opinaban que, intelectualmente, no podía esperarse nada de las mujeres”, y sí, coincido totalmente. Para nosotras, mexicanas en el siglo XXI, sería más bien: “Son legión los hombres que nos hacen menos, nos violentan y nos asesinan”. Y aún así escribimos.

En varios pasajes, Woolf señala que está segura que en otros siglos los valores habrán cambiado, que habremos evolucionado y que seguramente la convivencia entre varios géneros (sí, varios, porque le parecía que el binarismo era increíblemente reduccionista) será posible y pacífica. Me entristece pensar que estamos lejísimos de ello. Creo que Virginia Woolf vio un futuro ideal en el que la rabia ya no es necesaria porque el género o sexo no importan, en el que las mujeres dejan de luchar porque ya no hay nada contra qué resistir. Un futuro en el que no arrastramos nuestro “ser mujer” como una desventaja y en el que nos limitamos a percibir nuestra relación con la realidad y no con el género opuesto. Ojalá fuera así. Ojalá llegara a ser así. Pero esto no quiere decir que no podamos hacernos de nuestra habitación propia mental, emocional y, por supuesto, física. Creo que cada vez trabajamos más en ello y que cada vez ocupamos el espacio que merecemos.

Creo, sin mucho temor a equivocarme, que cuando Virginia Woolf nos exhorta a salir al mundo, ganar nuestro propio dinero, tener nuestra habitación propia y nuestro propio espacio mental, lo que quiere es que las mujeres, por fin, ocupen el lugar que les corresponde en el mundo literario (y en la sociedad en general), no como una minoría apocada y perpetuamente herida por el patriarcado en todos los ámbitos, sino como las personas seguras, dignas y confiadas en su propia capacidad porque no le pedimos nada a los hombres. La escritora inglesa quiere que podamos decirles con seguridad y toda la razón a los señores que por siglos dijeron que no podemos que se atraganten con sus propias palabras.

Me gusta pensar que si Virginia Woolf viera todo lo que se ha logrado, las luchas ganadas, la rebeldía de las nuevas generaciones y las muchas obras brillantes que, desde entonces, han salido de plumas de mujeres; que si supiera que, a pesar de todo, escribimos y seguiremos escribiendo estaría bastante orgullosa.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

Ilustrador
mitthu
Es alter-ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más disfruta y su fuente de trabajo más frecuente.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Ellas no saben. Desde hace dos semanas están haciendo las maletas.

– Nambre, Chabela, cuál quedarnos ¿no oíste lo que dijo Dionisio? Ese volcán en cualquier momento nos va a sepultar.

¿Sepultar? Los volcanes no pueden ni agarrar una pala.

– Pero mamá, ya van tres meses que están con eso y el volcán ahí anda sin hacer nada, el gobierno nomás ha de estar aprovechando para corrernos de aquí. Vas a ver que en unos años van a construir un centro comercial o algo así en el pueblo.

Chabela es la única que sabe lo que hay qué hacer, aunque sea por las razones equivocadas, a ver eso de que porque aquí nació. Yo nunca supe donde nací y ni necesidad tengo, a lo mejor por eso no entiendo su preocupación. Pero si, Chabela tiene razón, tenemos que quedarnos aquí, da igual quién haya nacido en qué lado, tenemos que esperarlo, ¿qué pensaría su hermano de llegar a la casa y no encontrar a nadie? si Jorge escuchara a doña Cleotilde decir que nos vamos, ¿no sentiría que lo está abandonando?

 

***

 

El primer recuerdo que conservo es llegar a esta casa en los brazos de Jorge. Recuerdo el miedo de sentirme vulnerable entre tanta gente y sus comentarios: “ay, qué bonito gato”, “¿dónde lo adoptaste?”, “está bien chiquito” “podría comérmelo entero”. Recuerdo a Jorge dejándome en el suelo y a mí huyendo de la gente bajo el sillón de la sala. Jorge me dejó un plato con leche y otro con trocitos de carne al lado del sillón, durante una semana, solo salí de mi escondite para comer y hacer del baño mientras nadie estuviese cerca.

Ellos no saben que al décimo día escuché como si el viento temblara encima del sillón. Jorge estaba llorando y fue la primera vez que me senté a ronronear en sus piernas.

Ellos no saben que cuando le haces compañía a alguien que llora, se forma un vínculo inquebrantable; es a través del dolor que conocemos de verdad a los demás.

Ya perdí la cuenta de las veces que ronroneé al ritmo de los sollozos de Jorge.

Hasta las lágrimas se extrañan de vez en cuando.

 

***

 

Ellas no saben que aunque me duerma en sus piernas ninguna ronronea conmigo como la hace la de Jorge mientras se fuma sus Delicados.

Ellas no saben que la última vez que dormí en las piernas de mi amigo llegó Javier a pedirle dinero.

– 500 varos, mamón, es todo y te dejo en paz.

– No mames, Javi, espérame tantito, ya el viernes me pagan y te doy tu lana.

– Cual pinche viernes, llevo tres semanas esperándote.

– Pues es que he andado corto, man, tú sábes que está cabrón.

– Me vale verga qué tan cabrón esté, quiero mis 500 varos.

– El viernes paso a dejártelos, no te apures.

– A ver, culero, acompáñame tantito a la tienda.

– Que pasó, carnal, relájate tantito.

– O me acompañas tú o le digo a tu hermana que me acompañe.

– No mames, cabrón, la Chabela ni tiene vela en este entierro.

– Acompáñame entonces.

– Va, pues, pero pus no mames.

– Telosico.

Para ese punto el movimiento en la pierna de Jorge era tan intenso que tuve que saltar y esconderme debajo del sillón para poder escucharlos murmurar quién sabe qué, pararse, abrir y cerrar la puerta a su paso.

 

***

 

Doña Cleotilde empezó a llorar al tercer día, Chabelita intentó ser fuerte y no lloró hasta la segunda semana, yo no entendí por qué lloraban, una vez Jorge estuvo fuera por casi tres meses y ninguna de las dos derramó una sola lágrima, al contrario, la madrugada que mi amigo llegó tambaleándose la doña hasta le cantó un tiro que porque aparte de todo venía tomado.

Ellas no saben que Jorge va a regresar en cualquier momento. Y lloran. Y yo no entiendo por qué. Y a veces yo también quiero llorar. Pero tampoco entiendo por qué.

¿Por qué se van a ir? el otro día escuché que querían llevarme. Yo no me voy a ir. Voy a quedarme a esperar a Jorge. O quizá salga a buscarlo. Sí, voy a salir a buscarlo. Si ellas se quieren ir que se vayan.

 

***

 

– Amáaaa, dice mi tío Lalo que ya vámonos, ya terminó de subir las cosas a la camioneta.

– Ahí voy, nomás deja agarro a este mendigo gato, no se deja.

– ¡Mira, se está saliendo por la ventana!

– ¡Agárralo!

– Ay, ya déjalo, mamá, si se quiere ir que se vaya.

 

***

Un gato maúlla bajo los aguacates,

al fondo un volcán escupe,

el gato sigue el calor,

a más grados centígrados es más nítida

la voz que llama,

creo que todo el mundo tiene

                             derecho a derrumbarse,

luego hay más calor,

y una silueta que se inclina a abrazar al gato,

luego hay más calor,

luego ya no hay gato.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.

Una crónica es un vistazo al mundo, a un momento en “la historia”, sea ésta una guerra, un acuerdo, una firma de paz, o también un encuentro entre dos escritores; o la relación entre un hombre y un estanque, sus sentimientos y la relación entre ellos a través del tiempo y el espacio. Una crónica sobre un escritor… no, alguien más, un hombre, un ser humano, desplegando un abanico de emociones, algunas convulsas y otras más sosegadas, respecto a un tema íntimo, uno que no debería tratarse a la ligera, uno del que no debería mencionarse nada, pues no debería existir.

Hiram Ruvalcaba ha escrito en Los niños del agua una crónica sobre la relación entre él, su hijo muerto, Japón, la religión budista, la compasión, el dolor, la pérdida. El lector se da cuenta de inmediato cuando al abrir el libro (también hay que decirlo: es Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2021), aparece un listado de crónicas, todas independientes y al mismo tiempo unidas bajo distintos ejes, en el que se aprehende la profundidad de las relaciones y parentescos (parentescos raros, diría Donna Haraway) con la cultura japonesa, sus lugares, palabras, tradiciones, religión y habitantes (sintientes de todo tipo). “El teléfono del viento” abre la colección, y justo debajo de él, aparece en japonés el título de esta primera crónica: kaze no denwa. “Me pregunto si existe alguna forma de saber que los muertos nos perdonaron.” ¿Cómo seguir después de este arranque brutal, poderoso y al mismo tiempo tierno? La culpa cristiana: “Cuando esa llaga se cierre, ¿sentiremos de verdad el yugo de la culpa cayendo de nuestras espaldas?” Dolor y sufrimiento sobre los hombros, un “¿Cuántos años tarda el perdón de los muertos?” Y nada. Debería seguir el silencio, y sin embargo lo que encontramos es belleza.

La obra de Ruvalcaba, Los niños del agua, cuyo título se explica más adelante, retrata el largo viaje a través de años, culturas, religiones y espacios, un viaje del alma por medio de escritos que funcionan como psicopompos. Si para las grandes culturas originarias, ya sean nativo americanas, nahuas, mayas, zapotecas, incas, tunguskas o aimaras, existe un vehículo, una guía que lleva el alma al mundo de los muertos (o al chamán para que logre de manera exitosa su tránsito órfico), para Hiram Ruvalcaba, un escritor jalisciense de gran calidad, lleno de recursos y que además es propietario de una voz particular, lírica y al mismo tiempo filosa, es la crónica, el devenir de un tejido conformado por experiencias personales, por la visión de un lugar, de una vivencia, ya sea lejana (extranjera) o localizada en la academia, en un pueblo de Jalisco, lo que funciona como esta guía para transitar en el mundo de los muertos, y en lugar de traer al fenecido de vuelta, lo que hace es pedir perdón.

En la serie de Nic Pizzolatto, True Detective Temporada 1 (HBO, 2014), uno de los personajes centrales, Rust Cohle, le confiesa a su compañero, Martin Hart, que él estuvo casado y que además tuvo una hija. La muerte de ella provocó muchas cosas en la psique del personaje, desde la ruptura del matrimonio hasta la agudización de su filosofía de vida, un nihilismo recalcitrante y cínico, a la mejor manera de Cioran o Ligotti. Rust explica que se le perdonó el “pecado de ser padre”, pues su hija no vivió demasiado como para sufrir en este mundo, cosmos carnívoro que fagocita todo como una gran trituradora.

Esta idea, la del “pecado de ser padre” me ronda todo el tiempo mientras leo Los niños del agua. He de decir (porque no pienso hacer una reseña objetiva, pues a pesar de realizar estudios literarios, me parece que la mejor manera de entrar a un texto es con toda la subjetividad de la que uno es parte; la lectura no es un acto mecanicista focalizado, sino una concepción intelecto-sentimental, una construcción y reconstrucción del texto y de lo que uno es como lector de él) que me siento cercano a la actitud escritural (al menos hasta ahora) de Hiram Ruvalcaba porque comparto algunas de sus obsesiones. Algunas de ellas son la paternidad, y otra es el deseo de ser padre (aunque en mi caso no lo sea).

Leer Los niños del agua fue difícil. Era algo que había aplazado después de poner toda mi atención en Padres sin hijos (UANL, 2021), libro también ganador del Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2020, y de llorar con él, porque la figura central de aquel libro de cuentos es el padre, pero con ello deviene la figura del hijo, de la hijitud y de la paternidad. ¿Todos somos padres, de alguna manera, todos somos hijos de esos padres? Qué pregunta tan difícil, al menos si uno la realiza desde el contexto social mexicano, donde tenemos una carga de machismo recalcitrante y brutal, y los padres, rara vez, por supuesto no todos, se comportan como seres cariñosos. ¿Qué significa ser padre?

Hiram Ruvalcaba no se tienta el corazón, pues su pregunta es mucho más dura: ¿qué significa ser el padre de un niño muerto?

En “El teléfono del viento”, el libro se abre a la posibilidad del contacto con los muertos, no con cualesquiera, sino con los seres queridos. Para ello, la visita del cronista nos lleva hasta un jardín donde “un hombre ha construido una cabina con un teléfono para hablar con los muertos”, en la costa de Iwate. Esta construcción, en apariencia tan sencilla y al mismo tiempo enigmática, funciona como el ya mencionado psicopompo, o tal vez como un atenuador para el dolor, uno que se extiende hacia el sufrimiento: decir lo que uno no pudo en vida.

Uno de los preceptos del budismo dice que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Sufrir es una decisión, es arrastrar una culpa. Precisamente ese concepto, esa palabreja que en otras culturas no significa casi nada, en Occidente tiene una peculiaridad marcada por el cristianismo: la mayoría de nuestras acciones está marcada por el pecado. Somos culpables por el sólo hecho de ser descendientes de criaturas imperfectas.

El peregrinar del autor nos lo dice también: si hubiera hecho algo mejor, quizás, sólo quizás, su hijo estaría vivo.

Lo había dicho: avanzar por este libro es tremendamente doloroso, remueve heridas y levanta costras sin que por ello se regodee en la desgracia. Me refiero a que Hiram Ruvalcaba no está jugando a la victimización ni al dolor como orden estético, sino a la construcción de una literatura hecha por las sensaciones y los sentimientos de un devenir cualquiera, y justo por ello doloroso. La experiencia vital duele, vivir duele, y en ello, a pesar de todo, hay belleza.

La prueba de que el arte puede construirse, incluso, con el dolor y su larga estela de sufrimiento, está en obras como Vida y destino, El cantar de Heike o La tumba de las luciérnagas, y, por supuesto, en Los Niños del agua.

La segunda crónica atempera un recorrido que, el lector se da cuenta, estará marcado por la profunda nostalgia, por las sensaciones más delicadas que parecieran no tener un nombre exacto, pero que aun así permanecen en el día a día, o brotan cuando alguien atiende una postal, se detiene frente a un acantilado u observa un paisaje con la calma de la contemplación, encontrando, sí, belleza, pero también horror.

Esta segunda crónica nos muestra al Ruvalcaba más periodista, con un afán que llega a lo político, donde denuncia la contaminación que se lleva a cabo en Autlán, Jalisco, donde las aguas residuales de las industrias pertenecientes al monstruoso aparato del Capitalismo Voraz, afectaron a una comunidad, específicamente a los más jóvenes, en El Mentidero, comuna rural de Autlán. El autor logra reconocer este hecho con otro denunciado por una autora japonesa del siglo XX, Ishimure Michiko, quien en una novela habla de las aguas residuales vertidas en la Bahía de Minamata.

Desde este segundo momento, Los niños del agua se convierte en algo que abarca más temas incluso, pues no será ésta la única crónica que parece “desviarse” del objeto del dolor de un padre que ha perdido a su hijo. Las relaciones culturales entre Japón y México, ya sea en su literatura, o a través de temáticas, tradiciones religiosas y culturales, estanques, animales y visitas de grandes autores (Kenzaburo Oé, o el mismo Ruvalcaba), se renueva, como lo que hiciera Tablada hace más de un siglo: establecer puentes entre una cultura en apariencia ajena, y la mexicana, del budismo zen a la poesía. En Los niños del agua esta relación es profunda y sorprendente, como ocurre en la crónica “Jizo-san”, en la que el autor nos muestra las tradiciones de una isla de Shimane y el Chichihualcuauhco, donde van los niños puros al morir.

Si acaso, entre toda la melancolía y la profundidad de las exploraciones sensitivas de Hiram Ruvalcaba, hay una que funciona como descanso para el lector, “La bella durmiente”, donde nos relata la visita de Kenzaburo Oé, narrador japonés, Nobel en 1994, especialmente al Colegio de México, donde fungió como profesor visitante, específicamente de 1976 a 1977, (quien realizó otra visita en 1996, donde se encontró con Gabriel García Márquez). A pesar de lo que podría aparentar su semblante pensativo, en ocasiones adusto, Oé era un hombre alegre, dispuesto a pasar sus noches en “tugurios” donde era querido y reconocido. Es esta personalidad al mismo tiempo bonachona y seria la que establece un contrapunto para el dolor y la delicadeza de las emociones que emanan del libro.

Lo que hace Hiram Ruvalcaba es construir puentes, aunque sea una expresión manida, sencilla, sin un significado profundo, en apariencia, entre México y Japón. Y lo sorprendente es que lo hace a través de la literatura, como en “La bella durmiente”, donde además habla del encuentro entre Kenzaburo Oé y Gabriel García Márquez y la relación de este último con Kawabata (su libro Las bellas durmientes ocasionó una gran impresión en el escritor y periodista colombiano, quien realizó un homenaje personal en Memoria de mis putas tristes); y también acercando las creencias religiosas, las tradiciones, los rezos y el lenguaje, pero especialmente a través de un trance, no se me ocurre de qué otra manera llamarlo, de tristeza e impotencia.

No soy padre, soy muy consciente de ello y, sin embargo, el deseo de afrontar la paternidad, el anhelo de ella me ha acompañado desde que tengo memoria. Como dato chusco, mi madre recuerda que, siendo un niño de kínder, yo aseguraba que tendría un grupo de rock hecho con mis hijos. Seguramente no tenía idea de qué era el rock pero, aun así, me entusiasmaba, sin saber exactamente por qué, ver una serie de repeticiones mías llamadas Gerardo 1, Gerardo 2, Gerardo 3… La soledad de ser hijo único (hasta los 18 años), y de no tener vecinos, produce pensamientos monstruosos. Este anhelo, que quizá pueda explicarse de manera psicológica: una manera de encontrarme con el niño que soy, una forma de dar todo lo que nunca tuve. No lo sé. Lo que sí es verdad, y una certeza, es todo lo que se ha revuelto en mí al leer Los niños del agua. La lectura, hay que decirlo, produce lágrimas, estruja el pecho, causa ansiedad por el sólo hecho de pensar en la paternidad. ¿Cómo lo hace alguien, Hiram, el lector? ¿Cómo sobrevivir a esos años de incertidumbre, de saberse responsable de alguien más que uno mismo? ¿Cómo afrontar un cataclismo como el descrito aquí?

Este libro está dedicado a Tristán, el hijo de este espléndido cronista y narrador, y uno siente esa caricia en cada una de sus páginas, incluso en las partes chuscas donde Oé aparece como adicto a los clubes de striptease. Aquí hay risa, hay continuidad, hay incluso ficción, un pueblo mítico, Tlayolan, un pensamiento capaz de hilar muy fino y de hacer conexiones donde uno no las imaginaría, y una voz esplendente que ilumina dentro de la oscuridad más profunda, como ese rayo capaz de abrir una roca, de provocar cuevas, grutas, sensaciones hondas que “curvan sus alas por encima de los mares y se asientan, piadosamente, en mi corazón.”

Sirva este libro como plegaria, como encuentro, como viaje y como un muestrario de lo humano, de la cultura y de la belleza, del Heike monogatari a Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, del Kojiki a Pedro Páramo, y de la tristeza más cruel y afilada a la esperanza más luminosa. Este libro es una plegaria, una disculpa, una elegía y un glosario de sentimientos y emociones. Y yo, al menos, con todo el temor del mundo, con toda la esperanza del mundo, celebro que exista Los niños del agua.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Portada de Dios Tiene Tripas

Cagar a pedos es una expresión usual en la jerga argentina que extrañamente carece de sinónimos en México. Sin embargo, pese a la ausencia de un equivalente preciso (tal vez el más cercano sea hacerla de pedo), entenderla no debería resultarnos complicado, más aún cuando el uso del español en América, con sus vertientes y ríos, tiende a la intimidación, al regaño, a la reprimenda, pero también a la rápida y maquinada ofensa, al insulto elegante. Fraternidad marcada por el autoritarismo militar, hemos renunciado a quedarnos callados. De esta irreverencia está lleno nuestro idioma: albures, groserías, etcétera. En la literatura, el escritor que más practica dicho estilo bravucón y exasperante es el ensayista, cuyos argumentos –bien sazonados de un humor cínico y procaz– irritan a las buenas consciencias. Provocadora de fina insolencia, Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) pone en jaque las costumbres más cerradas de la sociedad contemporánea en Dios tiene tripas, libro merecedor del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020.

En los trece ensayos que componen el volumen, Rivero profundiza en la relación que mantenemos con nosotros mismos y con los otros por medio de nuestros desechos. Cada ensayo escarba dentro de la cultura de la mierda: nuestras manías y prejuicios, los eufemismos que se convirtieron, con el tiempo, en gestos inequívocos de la autocensura que ejercemos diariamente. La autora ensaya con la mierda tal como dictan los cánones del género: la toca como si fuera la primera vez, para mirarla con otros ojos, tratar de leer en ella lo que se piensa y no se dice. Así se advierte en el “Prefacio”:

 

Tópicos bajos, groseros, banales; pero a la vez irrefutablemente humanos. Si en la literatura persisten —en la vomitada quijotesca del bálsamo de Fierabrás, en la varita de caca de Remedios la Bella— es porque dicha humanidad, demoniaca y divina, nos repele e interesa a un mismo tiempo. Son temas subterráneos: el sitio de lo que se piensa y no se dice.

 

El argumento más crítico del libro se dirige a la cultura de la (auto)represión. Para desentrañar sus estructuras la autora recurre a la infancia, una etapa donde experimentamos con nuestros propios efluvios y excrecencias corporales. Los niños no conocen el pudor, semilla de la censura adulta. Su desfachatez nos asombra mientras que a ellos les divierte encontrar así su lugar en el mundo. Con todo y su inocente pestilencia, los eructos, mocos y pedos infantiles nos devuelven a ese paraíso entrañable –víscera nostálgica– vedado a la seriedad de los mayores.

El caso contrario sucede cuando un extraño se pedorrea en el elevador. La incomodidad nos azora en ese instante dado que surge como un silencio autoimpuesto. Es lo reprimido que desea emerger, lo no dicho. Con el paso del tiempo aprendemos a controlar nuestros esfínteres pues solo reprimiéndolos seremos aceptados. Laura Sofía Rivero utiliza la subversión de los desechos para criticar los eufemismos de cierta clase de progresismo que a menudo alardea de asepsia verbal y de mente. “Nuestro pudor se construye a base de represiones, de grilletes en los impulsos”. Pero, ¿qué no el eufemismo es la otra cara de ese silencio autoimpuesto? Lectora ávida y minuciosa de Montaigne (algo que la corrección política no ejerce: leer detenidamente), la autora no pretende hacer pasar sus ensayos por una defensa dócil y amable del pensamiento. Si este se compone de “excrementos de un viejo espíritu, a veces duros, a veces blandos, y siempre indigestos”, el acto de pensar, y por ende de ensayar, nunca será, pues, “palabra sinónima de investigar con pudor, de opinar con decoro”.

Defensores del eufemismo como placebo, los paladines de lo políticamente correcto no solo no saben leer, también carecen de sentido del humor. En “Corre que te alcanza”, la autora los describe a la perfección: son los “cara de estreñidos”, hombres y mujeres reprimidos que evitan la risa bajo riesgo de que se les escape algo de sí mismos que no quieren escuchar. Preocupados por lo que digan de ellos, se reprimen, limitan su lenguaje. El humor escatológico es desagradable porque insiste en presentarse como un “mecanismo crítico que desestabiliza las verdades unívocas”. Escribe la autora en “Mitos y rituales de la espuma”: “Nuestros mitos modernos —la base que sustenta al imaginario colectivo— no son construidos por fabuladores ni por rapsodas sino por los publicistas”.

Escribir sobre heces fecales y baños públicos, en una época en la que los eufemismos, y, peor aún, los eufemistas dictan reglas de civilidad –se comportan como publicistas del sentido común–, es demasiado arriesgado, temerario, y, por ende, necesario y urgente. ¿Cómo no advertir la presencia del otro si no es mediante el olor de un pedo que no nos pertenece? Hijos de la dictadura –ya sea legal o solapada–, la historia latinoamericana nos recuerda que para el autoritarismo, el otro está negado o, como diríamos hoy, cancelado. Y en efecto, no es sencillo digerir la mierda ajena. Mejor es ignorarla, ocultarla, fingir que no existe. Pero el otro está allí, caga y apesta. En última instancia, las flatulencias, los fluidos más inmundos, son nuestro lenguaje comunal. Como el amor.

En “Viviendas: estampas del drenaje compartido”, Laura Sofía Rivero trata el tópico a partir de la mierda, no solo en un sentido metafórico (problemas, conflictos, diferencias) sino también literal: el baño del hogar como un bien mancomunado. Desde el momento en que uno sale con alguien y se enamora, aprende a vivir con sus hábitos más turbios. Lejos de utilizar ese horroroso y acrítico adjetivo de uso actual para describir las relaciones amorosas, la autora acierta en dibujar los desacuerdos de una pareja joven, y si algo hay de tóxico entre ellos será tan solo eso que se desprenda de sus tripas y vaya a parar a las aguas residuales:

 

Límites entre ternura y asco. Gradientes de cercanía. Él y Ella jamás se los preguntaron. No podían concebir nada más cariñoso que conocerse sin filtros: los excesos y la rusticidad del otro, eran su hogar. No obstante, antes de terminar su relación de años, Él enloqueció al saber que Ella tenía por costumbre orinar en la regadera. No podía permitirlo. Le parecía un acto descontrolado e incomprensible. Las casas son fáciles de edificar; los hogares, difíciles de construir. Lo íntimo es una lucha y una interrogante.

 

No hay ensayista que busque quedar bien con la ideología imperante. Su oficio no es alinearse al régimen de las buenas intenciones, sino amenazar a primera vista al comensal, persuadirlo incluso, en todo caso, retar su paladar. Heredera de un gusto refinado (que no por ello gentrificado ni exquisito), entre las lecturas de Laura Sofía Rivero sobresale Michel de Montaigne, tutor de sus meditaciones, así como Jonathan Swift y los pensadores clásicos (Aristóteles, Séneca, Barthes) a los que Laura Sofía vuelve una y otra vez, empachada por las ideas de supuestos reformistas del pensamiento, más preocupados por transcribir en sus libros sus tuits más gustados que por pensar por ellos mismos.

Con Dios tiene tripas podemos hablar de una obra ensayística que empieza a consolidarse a partir de las obsesiones y manías de la autora: los gérmenes como microscópicos peligros, la prosa hiperbólica y al mismo tiempo exacta, la alevosía en los detalles. Los trece ensayos que dan forma al libro (cuyo título es, a mi gusto, lo único reprochable al igual que el epígrafe elegido, pues ambos dan cuenta de una dimensión religiosa que contrasta con la carnalidad e inmundicia manifiestas en los textos) se pueden leer por separado en cada ida al baño. El modo en que están escritos ­–de una prosa ácida e hilarante– hacen que duren el tiempo exacto para disfrutarlos mientras esperamos pacientemente a que nuestros intestinos hagan su trabajo.

Desde hace algunos años Laura Sofía Rivero destaca como una de las ensayistas jóvenes más interesantes, investigadora paranormal de lo cotidiano que no podría escribir desde otra realidad que no sea la suya: “La experiencia se vuelve la mejor dictaminadora de lo cierto. La razón, si acaso, su faro”. Lo hizo en Tomografía de lo ínfimo (2018); lo hace ahora en Dios tiene tripas. En ambos libros propone una conversación íntima que solo algunos lectores pueden mantener con ella, no por falta de inteligencia sino por ausencia de recato. Son los buenos lectores, que aceptan el pedo de Laura Sofía Rivero sin juzgarla pues saben que algo en su obra los convoca, quizás el olor o su atronadora impudicia.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).
Concierto de Nick Cave en Hamburgo/Alemania en julio de 2001
Concierto de Nick Cave en Hamburgo/Alemania en julio de 2001. (CC BY-SA 4.0)

—¿Vas a escribir sobre Nick Cave?

—Pues sí.

—¿Tú quién eres para hacerlo?

Discuto con mi inquilino vitalicio, también conocido bajo el alias de “El Síndrome de Impostor”; tras grandes esfuerzos salgo victorioso al arremeter a modo de sentencia, categórico, petulante, y, lo peor de todo, veraz: si alguien tiene derecho a escribir sobre Nick Cave soy yo, por el mero hecho de que se ha parado sobre mis hombros. Y no es metáfora, analogía, delirio, sueño o deseo reprimido.

En su concierto, el 19 de febrero de 2013, Plaza Condesa, en el entonces D.F., Nick Cave, como parte de su interpretación de Stagger Lee, se acercó a los que estábamos pegados al escenario (aquellos benditos en puntualidad), corroboró algo en mi mirada y se paró en mis hombros, sus manos extendidas a los demás, sosteniéndolas, entrelazándose y cuidando el equilibrio sobre aquel mexicano de 23 años.

En un punto, Nick Cave vio el cabello rizado de mi madre y la despeinó, su mirada pasó a enfrentarse a la de mi padre, lo señaló con su índice largo y delgado y le gritó “motherfucker”. Esto último tampoco es metáfora, analogía, delirio, sueño o deseo reprimido. Mi madre y mi padre, aunque no era el plan original, fueron conmigo al concierto, y recibieron la despeinada y el insulto de buena gana.

En ese entonces yo vivía en Guadalajara, tenía una novia con la que las cosas iban muy en serio, tan en serio que portábamos anillos de compromiso, sí, los dos, de plata, nada de diamantes o esas cosas. El plan era casarnos e ir a estudiar juntos una maestría. Y como toda relación seria, la cosa iba mal y sin enunciarse. La seriedad y el silencio son síntomas de las relaciones erosionadas. En esas marañas, yo había comprado dos boletos para ver a uno de mis cantautores favoritos, el tercero de la santísimo trinidad: Leonard Cohen, Patti Smith y Nick Cave. A la mera hora, por exceso de trabajo (uno de los muchos temas que no discutimos en la relación) mi novia no pudo ir. No quise desperdiciar el boleto, viajé al D.F. e invité a mi madre; luego, al sentirse excluido, mi padre decidió hacerse de una entrada revendida afuera del recinto. Y así es como terminaron siendo despeinados e insultados por un australiano trepado en los hombros de su hijo.

Poco después terminaría mi relación. Me sumí en una depresión severa, mi único plan tras graduarme era conseguir un trabajo contestando llamadas de emergencia y sirviendo como intérprete simultáneo entre el inglés y el español. Estaba cayendo en un espiral de conmiseración, de hundirme en mis vicios que agrietaron el noviazgo: me negaba a enunciar mis deseos, mis emociones. Sin embargo, encontré el modo de asumir el dolor y apreciar a ese espiral, la caída, lo que resultaría ser el primer paso para levantarme. Pero esto no lo aprendí solo y todavía pasarían muchos raspones para que adoptara como forma de vida esa visión.

Hace 25 años salió The Boatman’s Call, el 3 de marzo de 1997, el décimo disco de Nick Cave & The Bad Seeds. Yo lo descubrí hasta el 2004. Quisiera poder inventarme una historia que me haga sonar interesante, profundo, destinado a apropiarme de la música de Cave, pero no, la primera canción que escuché fue “People Ain’t No Good“, gracias a Shrek 2: excelente secuela con una banda sonora insuperable.

Shrek, Burro y El Gato con Botas están en la cantina bebiendo, en el piano El Capitán Garfio toca la canción de Nick Cave. El Príncipe Encantador y Fiona parecen ser el uno para el otro, Shrek ahoga sus penas. Y algo se queda en mí por esa música tan sencilla, tan punzante en su letra, semilla de una oscuridad luminiscente:

To our love send a dozen white lilies

To our love send a coffin of wood

To our love let all the pink-eyed pigeons coo

That people they just ain’t no good

The Boatman’s Call marcó un quiebre en la carrera de Cave, dejaba de lado los guitarrazos, las distorsiones y los gritos post-punk, remanentes de su antiguo proyecto The Birthday Party. Este disco tiene 12 canciones que no dibujan picos escarpados con sus decibeles, el piano es el instrumento central. El mismo Cave dijo que la banda, The Bad Seeds, tuvo que mantenerse a raya, acompañar esa cadencia melancólica que él necesitaba purgar.

Pero no sólo cambió su música, sino las letras de sus canciones. El disco anterior, Murder Ballads (1996), está compuesto de temas tradicionales del crimen, pequeñas narraciones sobre asesinos y asesinatos, se explora la violencia, la maldad humana, es como si Cormac McCarthy escribiera canciones. De ahí viene “Stagger Lee” y ese “motherfucker” que recibió mi padre. En The Boatman’s Call se deja de lado la ficción y se sumerge en lo autorreferencial, lo autobiográfico.

El disco que fue un quiebre surgió por otro quiebre, el de la relación de Cave con la cantante PJ Harvey. Nick Cave tiene una página personal en la que contesta preguntas de sus fans: The Red Hand Files. Es una ventana para asomarse al pensamiento del artista, pero, sobre todo, para apreciar su habilidad como escritor. Ante una de las preguntas, Nick Cave ahonda en los motivos de la ruptura sin necesidad de ser explícito, hace uso del recurso de un buen cuentista, contar una historia y a la par presentar otra que subyace:

“En realidad, yo no rompí con PJ Harvey, ella rompió conmigo. Ahí estoy, sentado en el suelo de mi departamento en Notting Hill, el sol fluyendo por la ventana (quizá), sintiéndome bien, con una novia cantante, talentosa, joven y bella, cuando el teléfono suena. Contesto y es Polly.

—Hola —digo.

—Quiero terminar contigo.

—¿Por? —pregunto.

—Simplemente se acabó —dice ella.

Estaba tan sorprendido que casi se me cae la jeringa.1

En el último enunciado da un golpe de realidad, te arroja la razón por la que toda la trama se desenvuelve, las drogas se vuelven lo central, el “quizá” se explica, entendemos cómo es que no recuerda bien la atmósfera a pesar de presentarla como un momento estético, con los elementos suspendidos, cuando en realidad estaban opacados por una miasma de heroína.

Y así abre el disco con “Into My Arms”, una balada de amor que parece mirar de lejos, incapaz de acercarse del todo, de consumar, a sabiendas de un destino roto, de un dios que no interviene, de ángeles que no vigilan, pero que sucede por causa de un ser superior, el mismo amor, indudable incluso ante el más férreo ateo. En la tristeza se encuentra un vino dulce, que embriaga y trae sonrisas a pesar de las lágrimas.

Esta mezcla entre desamparo y esperanza sigue en “Lime Tree Arbour”:

There will always be suffering

It flows through life like water…

…Through every word that I speak

And everything I know

There is a hand that protects me

And I do love her so…

Escribe Cave en otra de las preguntas de la página: “Esperanza y optimismo pueden ser diferentes, incluso fuerzas opuestas. La esperanza surge del sufrimiento que se conoce de frente, es la chispa desafiante y disidente que se rehúsa a extinguir. El optimismo, por otro lado, puede ser la negación de ese sufrimiento, el miedo a enfrentarse a la oscuridad, ausencia de conocimiento, una especie de ceguera ante lo actual.2

La quinta canción de The Boatman’s Call, “There is a Kingdom” sentencia:

And all the world’s darkness can’t swallow up

A single spark

Such is my love for you

Los discos de rupturas son una especie de género musical en sí mismo, suceden cuando algún artista purga y graba los sentimientos que lo colman al terminar una relación. Algunos son:

Al repasar estos ejemplos, me llega a parecer curiosa la atmósfera del disco de Nick Cave, ese aferrarse a cierta luz, la mínima, a pesar del quebranto. No manda todo a la mierda, no recoge la jeringa del suelo para ahogarse en niebla, para aferrarse a la conmiseración como muchos hacemos al sentirnos dolidos. Como yo mismo hice tras ese concierto en 2013, tras mi ruptura: comiendo diario pizza congelada y pasando horas de entrenamiento para un trabajo que nunca quise tener: contestar teléfonos. En The Boatman’s Call se explota el sufrimiento y se crean bellezas que no están ausentes de luz, de ideas e imágenes luminosas: recoge los pedazos y arma un testimonio vivo de la ruptura, sin arrepentimientos y, sobre todo, con esperanza. Tardé en adoptar esa lección, cuando lo hice renuncié al trabajo y me tomé en serio la idea de escribir, de seguir un camino que redime al dolor por medio de la estética, del arte.

Para muchas personas podría parecer algo nimio, intrascendente incluso, mantener esa posición llena de esperanza en una ruptura, y quizá tengan razón, la mayoría pasamos por eso y el tiempo nos cura por igual. Pero Nick Cave mantuvo esa actitud incluso en una situación que pocos llegan a vivir, una tragedia que derrumba, que hiela, agrieta los dientes de la sonrisa más optimista.

En julio del 2015, el hijo de Nick Cave, de tan sólo 15 años, murió en un accidente. Y el duelo se vivió con las lecciones que 1997 dejó, con las sombras de The Boatman’s Call, sólo que ahora con un dolor muy distinto. De ese duelo surgen los discos Skeleton Tree (2016) y Ghosteen (2019). Lo autobiográfico fue el camino por el cual llegó a dar un sentido al sinsentido, reconocer lo bello en lo horroroso.

En su página escribe: “Me parece que, si amamos, experimentamos el duelo. Ese es el acuerdo. El pacto. Duelo y amor, por siempre entrelazados. El duelo es el recuerdo terrible de las profundidades de nuestro amor y, como el amor, el duelo no se negocia. Hay una vastedad en el duelo que nos abruma en nuestros seres minúsculos. Somos diminutos racimos de átomos, subsumidos dentro de la increíble presencia del duelo. Ocupa el centro de nuestro ser y se extiende a través de nuestros dedos hasta los límites del universo. Dentro de esos vórtex arremolinados existen todos los contornos de la locura; fantasmas y espíritus y visitaciones de sueños, y todo lo demás que nosotros, en nuestra angustia, forzamos dentro de nuestra existencia. Son regalos preciosos que son tan válidos y reales como necesitamos que lo sean. Son guías espirituales que nos guían fuera de la oscuridad.3

La segunda vez que compré boletos para ver a Nick Cave & The Bad Seeds de nuevo compré dos, para mí y para mi entonces pareja. Una relación muy distinta a la anterior: no había promesas de matrimonio, de vida en común, anillos de plata, al contrario, nos decíamos te amo con cierta consciencia de los finales, como si cada beso fuera de despedida: “I need you, I don’t need you, I need you, I don’t need you, And all of that jiving around”, dice la canción de Leonard Cohen sobre su amorío con Janis Joplin. Éramos eso, a pesar de dedicarnos “Into My Arms” de Cave.

Y como maldición, como eterno retorno del fracaso de no encontrar un nuevo estado de la materia, a la mera hora no pudo ir, y vendí los boletos. Esta vez no me sentí con ánimos para abrazar la contingencia, de buscar una resignificación, invitar a alguien más a escuchar lo que era para nosotros dos. Lo opuesto, decidí privarme, compartir eso, la ausencia de música, de vitalidad. Poco después terminaríamos… más bien, como escribió Nick Cave: terminó conmigo.

De nuevo, en mi actitud tras el concierto fallido estaba la semilla del vicio que haría grietas en la relación. Esa abnegación, pintarme de mártir, era mi salida fácil para no afrontar la ausencia de aire, de besos y luz… es raro escribir de esto: exponer los motivos, la psique de un noviazgo en derrumbe, algo tan personal.

En otra respuesta en su página, Nick Cave asegura que algunos elementos de The Boatman’s Call solían asquearle. La catarsis de escribir canciones alejadas de la ficción y apegadas al dolor que sentía tras la ruptura le llegó a parecer vergonzoso:

“Ya no veo a The Boatman’s Call de esa manera, y entiendo que el disco era un brinco necesario hacia un tipo de escritura que se terminaría por convertir en autobiográfica exclusivamente (Skeleton Tree y Ghosteen, por ejemplo) pero, por otro lado, menos centrada en mí mismo y más en aquel “yo” colectivo. Cuando interpreté las canciones de The Boatman’s Call para la película Idiot Prayer, ya no se sentían como llantos que emanaban de las devastaciones pequeñas y cataclísmicas de la vida. Se convirtieron más en una liberación espiritual del ser, algo más amplio y comprensivo (no exactamente trascendental) pero expansivo, en el sentido de que nos reagrupan a todos en una misma comunalidad de la experiencia que intentan describir. Al menos eso espero.[efn_noe](Traducción original de Danush Montaño Beckmann) Nick Cave, The Red Hand Files, Issue #132, consultado el 16 de febrero de 2022 en https://www.theredhandfiles.com/what-were-you-disgusted-by/[/efn_note]”  

Como reflexiona el escritor mexicano César Tejeda: “…la mayor argucia de los textos autorreferenciales no consiste en tergiversar la realidad ni la memoria, consiste en inventar una realidad que está siempre unida a otra cosa: que el narrador se revele paulatinamente a partir de una existencia exterior: otra persona, un vicio o un lugar, por mencionar algunos ejemplos.4” Y es precisamente lo que logra Nick Cave tras ese quiebre en su escritura, utiliza sus vivencias como punto de partida para revelarse, pero sin ser ancla, sin regodeos en el agua putrefacta de un estanque de conmiseración, al contrario: evoca cierta universalidad en su individualidad, presenta una cadena, emociones tan primarias y desnudas que, aunque no estemos pasando por un duelo amoroso, o de cualquier otro tipo, nos sentimos reconfortados, identificados, parte de un algo más: experiencia estética. Lo trascendente se nos revela a partir de una existencia subjetiva.

Michael Hutchence, cantante de la banda australiana INXS, falleció el 22 de noviembre de 1997; Nick Cave, amigo de Michael, tocó “Into My Arms” en su funeral. La letra de la canción, originalmente ideada para dolerse por PJ Harvey, sirvió como homenaje a la pérdida de un amigo, de un colega, porque a final de cuentas iba más allá de lo inmediato, de la vivencia inicial que se plasmó.

Mientras escribo este texto a lo largo de un mes, escucho una y otra vez el disco, las canciones de dolor, de un amor que arranca raíces de lo más profundo y, sin embargo, no estoy en donde estaba cuando sucedieron esos dos conciertos de Nick Cave. Estoy lejos de una relación tormentosa, con futuros imposibles o con desapegos subliminales, e incluso así las canciones me llaman.

Ahora entiendo que las canciones de The Boatman’s Call y la visión de Nick Cave es una lección perpetua, modus vivendi, no de momentos, es una forma de recibir el sufrimiento, pero también la belleza. Nick Cave hace énfasis en una estética que deviene en ética, un abrazo a la vida, a pesar de las oscuridades, a pesar de las lágrimas, una reafirmación radical en medio de las tinieblas.

En una entrevista, Nick Cave dijo que la gente debería de dejar de leer a Charles Bukowksi. Critica la visión de Bukowski, sobre todo de cómo ve la poesía: dijo que es como ir a cagar: una postura de desprecio, de asco, de fetidez. Cave responde: “Su visión particular de la humanidad abyecta me parece difícil de digerir, especialmente en la poesía, hermosa poesía, siendo yo un amante de la vida y el mundo.5

Esa oscuridad esperanzadora es la que me llamó al ver Shrek 2, es lo que sentí al escuchar por primera vez el disco The Boatman’s Call, es lo que me condujo a volverme un aficionado de la obra artística de Nick Cave, de su sensibilidad, de su modo de ver y entender el dolor y la vida, la muerte y el placer, el amor y el duelo, es lo que hizo que él tuviera hombros donde pararse una noche del 2013 y es lo que, sin duda, me hará seguir comprando dos boletos cada que venga a dar un concierto a México, a pesar de… a pesar de lo que indica mi estadística personal, el historial de dolores, de fisuras, a pesar de, o más bien, por virtud de las mismas. Porque ya dejé atrás los silencios mustios del primer concierto, la ceguera del ignorante, esa actitud de peso muerto en naufragio, que no bracea ni pide ayuda, también queda atrás el mártir que se mata de hambre del segundo concierto, el cínico en su mierda, sufriendo por sufrir; ahora abrazo las penas, las oscuridades, mientras miro las luminiscencias, aquellas grietas que dejan pasar la esperanza, porque a pesar del dolor, creo en el amor.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Ilustración [GIF] realizada por Mildreth Reyes

I. El placer

 

El placer es un artificio de supervivencia. Vulnerable a la muerte, el cuerpo se procura más tiempo en el mundo a fuerza de orillarnos a disfrutarlo. Dios fue el primer conductista: diseñó las complacencias de la carne como un medio para reafirmar la vida.

Habitamos la Tierra condicionados por el humor químico de nuestras neuronas, sí, pero sería injusto concebir al placer sólo en términos de recompensa comportamental. El placer, primero palpado como experiencia sensible, se asienta en la composición vital del individuo gracias a que rebasa los perímetros de lo meramente físico: alcanza a empotrarse en las alturas de lo simbólico tras el paso del tiempo. Las vivencias, los olores, los sonidos, se disfrutan cuando el inconsciente los dota de cierta plenitud íntima, con la que se les permite habitar el cerebro no como elementos solitarios, sino como los astros que articulan una cosmogonía personal.

Vienen a mi mente algunas líneas pronunciadas por Álex Faber, el fascista converso ideado por Antonio Ortuño que narra la novela El buscador de cabezas: “La mayor parte de los hombres somos pequeños autistas reaccionarios. El placer que nos dan las cosas nos llega por costumbre, por acumulación. El mejor sexo es el que se produce a la décima ocasión, cuando el cuerpo contrario no guarda misterios y se convierte en una serie de texturas y agujeros. La mejor agua es la que se lleva consumiendo por años, especialmente si está a la temperatura que nos agrada”.

El placer, contradictorio en su condición de gozo inmediato, parece ser un vicio de la habituación. Aparece ante nosotros con los modos de una cotidianidad dilatada, costumbre venida a más. Para mucha gente, existen ciertas experiencias ─el coito, el consumo de un psicoactivo, etcétera─ cuyo advenimiento justifica la espera de jornadas enteras. La necesidad de complacencia surge, a veces, como la directriz del calendario.

Henry Sidgwick, el filósofo inglés que volcó sus ánimos al utilitarismo, dedicó un tramo de su libro The Methods of Ethics a reflexionar el carácter contraproducente de la búsqueda del placer: rara vez se obtiene cuando uno lo busca deliberadamente.

El placer, entendido como un paliativo involuntario, puede ser tan imponente como escurridizo. Resulta el más grande de los caprichos del cuerpo.

 

 

II. La memoria

 

La memoria es un artificio de supervivencia. La capacidad de recordar nos convierte en animales desterrados del presente, embebidos en un entramado de secuencias traslapadas. Desde luego, esto es culpa de la evolución. Nos adaptamos a nuestro nicho ecológico a fuerza de asimilar los patrones de la naturaleza, conscientes de que en toda experiencia pasada reside una lección que aprender. Memoriosos por defecto, nuestras vivencias van adquiriendo una acumulación de paralelismos.

La memoria resignifica, reinterpreta. Por ella, ciertos pasajes de la vida añejan un regusto puntual: acudimos a los recuerdos placenteros debido a su poder para sustituir imágenes y sensaciones con minuciosidad vívida. Huimos de los recuerdos tortuosos por el mismo motivo.

 

 

 

III. La ausencia

 

El cuerpo es consciente de sus pérdidas. El síndrome de abstinencia extiende sus dedos por debajo los huesos valiéndose siempre de la misma hostilidad. No importa si el placer ausente es el consumo de un químico o el tacto de otra piel.

“La memoria es generosa en su crueldad”, dice César Aira en la novela El divorcio. De entre todos los ejemplos de esa crueldad que saltan a mi mente, se alza uno con insistencia fantasmal: el de la orfandad de un cuerpo ajeno. El placer suele presentarse como una forma de absoluto; casi siempre lo alcanzamos recorriendo el camino de otros labios, otro sexo. Una vez perdida, el recuerdo de la carne ausente acude a nosotros con tino portentoso: siempre nos encuentra, sin importar nuestros esfuerzos de evasión.

El placer y la memoria suman la cifra de las vidas.

En su binomio está el camino hacia la muerte


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.