Tierra Adentro
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

John Cheever ingresó en el mundo de la literatura por la puerta de atrás. Ser expulsado de la escuela dejó en él una marca tan profunda que la única manera de sobreponerse a esa experiencia fue a través de la escritura. Emprendió un viaje turbulento (su vida es una de las más complejas que haya experimentado literato alguno), no exento de belleza, pero repleto de momentos amargos, que culminó con la publicación de The Stories of John Cheever en 1978, su colección de cuentos completos, que al año siguiente ganaría el Pulitzer y lo situaría como un gigante de la literatura norteamericana y universal.

Como un niño que destruye un juguete para saber cómo funciona, Cheever destripó los suburbios para observar con microscopio el funcionamiento de la sociedad norteamericana. Y lo que encontró ahí fue dolor, sufrimiento, anhelos incumplidos, que transformó en gran literatura. Encontró una mina que por más que explotó jamás agotó. De 1943 a 1973, tres décadas nada menos, se dedicó a explorar cada rincón del alma humana que habitaba en las orillas de las grandes ciudades. Mientras otros autores se dedicaban a narrar la urbe, Cheever se enfocó en las vidas minúsculas de los ciudadanos de las afueras. Una clase que en apariencia no tenía ningún atractivo pero que sirvió como fuente inagotable para construir una obra sólida.

En seis aclamados libros, Cheveer destripó a hombres y mujeres por igual. Los diseccionó sin contemplaciones. Mientras su vida misma era un caos. Alcohólico y homosexual de clóset vivió atormentando la totalidad de su vida. Sin embargo, su caos fue funcional a tal grado que le permitió trabajar en una obra cuentística que abarca más de mil páginas. Además de cuatro novelas que si bien tuvieron un recibimiento crítico respetable, no le alcanzaron para ingresar en el panteón de las letras norteamericanas como un novelista señero. Pero esto no fue una de sus preocupaciones, pues su energía y su talento estuvo siempre al servicio del relato. El género que le granjeó el mote de “El Chejov de los suburbios”. Una distinción que ningún otro cuentista gringo ha conquistado.

Si bien John Cheever tuvo contratiempos económicos como muchos escritores de su tiempo, encontró la estabilidad como uno de los cuentistas de planta de The New Yorker, lo que le permitía pagar las cuentas sin tener que preocuparse demasiado y poderse dedicar en cuerpo y alma al relato. Pero no era una persona exenta de inseguridades. Para no acarrear a su familia la misma pobreza moral que inundaba sus libros, mantuvo en secreto su latente homosexualidad durante muchos años. Jamás se separó de su mujer. Fue hasta la publicación de sus célebres diarios y sobre todo de su epistolario que saldría a la luz su inclinación sexual. Misma que sería aceptada a posteriori por su hijo, Benjamin Cheever, pero nunca por su esposa Mary.

“Guardar una carta es como intentar conservar un beso”, decía Cheever. Pero su hijo se dio a la tarea de no destruirlas y publicarlas en 1988, lo que supuso un escándalo por todo lo alto por las minuciosas descripciones que hacía Cheever del miembro de algunos de sus ocasionales amantes. Si bien las infidelidades del autor también se daban con algunas mujeres, fue un shock para su hijo, quien se encargó de escribir el prólogo, descubrir hasta que punto su padre llevaba una doble vida. Pero la obra de Cheever sería imposible sin esta contradicción, porque comprendía a fondo el mecanismo que hacía funcionar a sus criaturas. Si había un hombre dividido por excelencia era él.

Cheever, era un hombre con muchos defectos, a decir de su familia, pero tenía una virtud gigante. Desde el principio de su carrera adquirió una maestría a la hora de construir relatos. Su malicia y su habilidad le permitieron componer piezas magistrales, que no fueron pocas, además. En The Stories of John Cheever, existen al menos doce relatos que compiten con lo mejor de la cuentística de todos los tiempos. No sólo gringa, internacional. Su estilo no era nada nuevo bajo el sol, aunque sí experimentó un poco, como en el relato “Personajes que no figurarán en mi siguiente libro”, pero en sí estaba apegado al modelo norteamericano de cuento. Aquel que pondera que toda historia debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. Siguiendo a los grandes maestros de su país, él se convirtió también en uno de ellos.

Uno de sus relatos más celebres fue “El nadador”, que sería llevado al cine en 1968 y protagonizado por Burt Lancaster. Narra la historia de un hombre que ha dejado de encontrarle sentido a la existencia y que un día en una fiesta en casa de unos vecinos decide volver a la suya nadando por todas las piscinas de cuanta casa le queda de camino. Cronista de los suburbios, sus textos amén de un ejemplo de impecable estructura cuetística, son declaraciones de admiración secreta de todos los personajes que pueblan sus historias. Como su mismo relato, se trata de “Cartas de amor no correspondido”. Que era como se sentía Cheever todo el tiempo en relación a su existencia y a su soterrada homosexualidad.

 

 

 


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada cortesía de la editorial Sindicato Sentimental
Portada cortesía de la editorial Sindicato Sentimental

Primer destino: Sarajevo de Juárez

‘Bienvenidos al pueblo fantasma de Sarajevo de Juárez, lugar en donde todo puede pasar, y todo pasa’. Si el lector maneja por la carretera que cruza el amplio continente de la imaginación, se encontrará con este letrero  justo antes de dar vuelta hacia Norcorea, y no me refiero a la República Popular Democrática de Corea mejor conocida como Corea del Norte, sino a la novela de Rubén Cantor que se ubica dentro de su propio universo, uno en el que coexisten dictadores militares, brujas, viajeros del espacio, puristas de la tipografía, sectas oscuras, brazos robóticos, cachorros astronautas y cremitas, un postre poblano al que pocos se pueden resistir.

Cada lector es, de cierta forma, un turista. Antes de partir a su siguiente aventura revisa el pronóstico del clima y se viste de acuerdo al tiempo. Toma su mochila y mete en ella todo lo necesario para dar un paseo largo allá a donde sea que vaya. Sin embargo, nada, absolutamente nada preparará al lector-viajero para lo que encontrará en Norcorea. No hay mapa, pronóstico ni guía que lo oriente en este viaje. No queda más que aceptar el destino que el narrador ha dispuesto no solo para sus personajes, sino también para el lector. Quizá la descripción más atinada para esta excursión de 300 páginas sea un paseo en montaña rusa, pero son momentos delicados para evocar de cualquier manera a la nación más grande del mundo, así que lo mejor será dejar las metáforas de lado y mencionar directamente por qué vale la pena hacer este viaje.

Atractivos de (la otra) Norcorea  

En primer lugar, nos alejaremos de los convencionalismos, del peso de lo ordinario y de la oferta narrativa que, a fuerza de querer ofrecer una propuesta innovadora, hace justo lo contrario. Veremos de lejos a todos los que se atascan en el socavón de los que venden bien no por su talento literario, sino porque tratan un tema de moda. Norcorea sigue la línea de la literatura fantástica y da un brinco a lo contemporáneo al integrar elementos de la cultura pop como los periódicos amarillistas, la inteligencia artificial y el amor por la ufología. También nos encontraremos con ese toque de humor hilarante propio de las comedias gringas con las que crecimos los treintañeros y con las que nos identificamos de manera casi natural. Esta combinación ofrece un paseo literario divertidísimo que una vez que se inicia es difícil abandonar.

En segundo lugar, nos encontraremos con un abanico de personajes entrañables y complejos con nombres inolvidables: Víktor con K Lúcido, Luda Conejos, Pável y Apolinar Malo, Nasredín y Anastasia Pieldelobo, Ekaterina Piesplanos, Agustín Melgar y Agrafina Puñorosa, por mencionar algunos. Cada uno de estos actores literarios se presentan poco a poco al lector, enfrentan situaciones inverosímiles y como en todo entramado narrativo, lo acompañan a lo largo de la historia, pero les aseguro que una vez terminada, no se irán. Los habitantes de Sarajevo de Juárez tienen la costumbre de manifestarse tiempo después de terminada la lectura y de arrancar risotadas cuando se viaja en camión o se camina por la calle. Tienen la costumbre pues, de hacerlo ver a uno como un loquito.

En tercer lugar, esta Norcorea que estamos por conocer se creó a partir de la especulación, de la fantasía, porque realmente nadie sabe lo que pasa en Norcorea y ahora sí me refiero a la República Popular Democrática de Corea o Corea del Norte. Su lejanía y estricta política de censura hacen de este país un territorio inaccesible pero totalmente abierto a la imaginación, y ¿qué resulta más atractivo que lo prohibido?, mejor aún, ¿qué resulta más atractivo para el escritor que aquello que no conoce? Se nos dice siempre que debemos escribir de aquello que conocemos y Rubén lo hace, ya que en cada página hay destellos de ese México mágico por el que André Bretón nos calificó como el país más surrealista del mundo, pero eso no le basta. A partir de la lectura de una serie de historias prohibidas desde el interior de Corea del Norte, decide crear su Norcorea y nos invita ¿por qué no? a imaginar nuestro propio sitio para vacacionar.

La postal del recuerdo  

Norcorea es una novela, sí, pero se presta a otras muchas posibilidades. Norcorea podría ser un libro compuesto por 45 relatos breves, podría ser la propuesta para una nueva serie en Netflix, una oda al realismo mágico, una revisión ficcionada de la guerrilla mexicana, un manual para el uso de cactáceos alucinógenos o una abierta manifestación en contra de la crueldad hacia los animales. De igual forma me es fácil enlistar todo lo que no es Norcorea: una propuesta pretenciosa, un texto moralizante, elogio al gobierno en turno, una imposición ideológica, una reproducción mal lograda y principalmente, un libro aburrido.

Quien se decida por incursionar en esta otra Norcorea, caerá en cuenta de que hay mucho por descubrir y ese es otro de los grandes logros de esta novela, recordarnos que en el continente de la imaginación aún hay cientos, miles de páramos, montañas, bosques y pueblos inexplorados esperando a ser descubiertos.

Frente a una realidad que se muestra cada vez más difícil en todos los sentidos, frente a ese desfile de noticias catastróficas que nos ahoga, el nuevo destino turístico que nos ofrece Rubén Cantor representa un respiro, unas vacaciones bien merecidas y mucho más económicas (y seguras) que las que ofertan los parques de diversiones. Esta otra Norcorea en donde Laika al fin cuenta su historia, no exige pasaporte y no encarcela a sus visitantes. En ella nada es lo que parece, y esa incertidumbre que no tiene que ver con la que nos plantea ser habitantes de nuestro tiempo, es justo por lo que vale la pena hacer las maletas y visitar Sarajevo de Juárez, en donde más de un viajero ha decidido quedarse más tiempo del previsto. Para llegar solo hace falta abrir el libro, colocarse en el capítulo 1 y dejarse guiar por la luz del faro.

 


Autores
Estudió Cultura y Arte en la UG. Ha publicado en revista Ritmo Imaginación y Crítica, Imaginario Fantástico Mexicano Volumen I de la UNAM, Entretextos de la UIA León, Revista Enjambre de la UG, etc. Cuentos suyos aparecen en las antologías: Para leerlos todos (2009), Poquito porque es bendito (2012) y Presencial, memoria del encuentro entre colectivos literarios del Seminario Amparán (2021). Coordinó la antología Crestomatía-Gymkata que reúne textos de 10 autores guanajuatenses como parte del programa Apoyo a Espacios Culturales Independientes en la categoría de edición y promoción de libros (2020). Forma parte del colectivo Mar de nombres.
Portada de "La Biblia encarnada", Danush Montaño. Tierra Adentro.
Portada de “La Biblia encarnada”, Danush Montaño. Tierra Adentro.

(Tito 2:2-3)

En la televisión Checo Pérez entrevistado: creo que se lograron los resultados con lo que se nos presentó, sin duda el equipo técnico hizo un excelente trabajo y se notó a lo largo de la carrera. Del radio sale la voz de Jim Morrison, algo de un jefe nativo americano desangrándose sobre el asfalto. La música y la entrevista mezcladas con la llamada por celular de Ricardo: ¿y del Mono qué has sabido? No me digas, cómo crees. Sí, pues sí, se notaba que no la iban a hacer. Oye, pásame la dirección para visitarlo.

Ricardo tiene tinnitus, al menos eso dice para justificar su manía de llenarse de ruidos. Es la edad, a otros cuates también les ha pasado. En realidad no sabe de nadie que también lo padezca. Dejan de escuchar, pero eso de un perpetuo tintineo, no. La información la sacó de internet. Una simple búsqueda de Google arrojó varias respuestas, algunas contradictorias y otras que brincaban de un misticismo de ritual de luna a estadísticas científicas que jamás citaban fuentes. De las muchas páginas consiguió recetas caseras, aquellas que le parecieron más lógicas y menos elaboradas: antes de dormir limpiar los oídos con un cotonete bañado en alcohol, tomar más agua, untarse mostaza en la parte trasera de las orejas y ponerse al sol. Nada funcionó. Ahora se limita a torturar a su esposa, Mague, con el ventilador puesto a todo durante la noche. Es ruido blanco, tu mente lo va a bloquear, te juro que te acostumbras.

Mague lleva cuarenta años normalizando los ronquidos salvajes de Ricardo; el supuesto ruido blanco del ventilador, que suena más como un generador de luz capaz de dar energía a una maquila, es un sustituto regular. Lo malo de cómo ronca es que no es igual nunca, de repente está como licuadora con falso y luego pasa a ser una motoneta.

Mi Charly, te dejo, ya la señora me anda viendo como si le debiera dinero. Mague no ha salido del baño, Ricardo mintió para poner un poco de atención en lo que dice Checo Pérez. Nada fuera de lo común. No vale la pena entrevistar a ningún deportista. Siempre dan el cien por ciento y hacen lo que pueden con lo que se les dio. Pero Ricardo piensa que algo en el rostro del piloto amenaza con una respuesta anómala, algo que rompa con la regla. Falsa alarma. Todo igualito.

Un taconeo se aproxima, logra sobreponerse a pesar de The Doors y Checo. Es Mague, trae un vestido azul con flores violetas que hacen juego con su rebozo. Da una vuelta ante la mirada de Ricardo. ¿Qué tal? Órale, guapísima. ¿Ya nos vamos? Pues sí, te estoy diciendo desde hace rato, pero no escuchas. Es que estaba en el teléfono, deja me pongo los zapatos. A Ricardo le choca esperar, por eso siempre intenta ser el último en estar listo. Mejor ser esperado. Mague sabe esto y aprovecha para hacer unas cuentas de la administración del edificio.

En el carro la tinnitus es ignorada gracias a la voz de Janis Joplin. Ricardo, siendo copiloto, es el encargado de poner la música. Desde hace diez años no maneja. Pudo ser por un accidente traumático, una catarata incipiente, pero no. Vio el documental de Al Gore sobre el cambio climático y decidió vender su camioneta. Ahora se mueve en puro metro y con su esposa, en el carro, cuando tiene que ir al sur de la ciudad. A Mague no le importa, siempre la ha relajado manejar, incluso en el tráfico pesado; ocasiones en las que algún taxista o microbusero la rebasa mentándole la madre y ella impasible, con una sonrisa sincera y un Dios te bendiga que enfurece a los ya enfurecidos conductores.

Llegan al restaurante y preguntan por la mesa de los Rubalcaba. Un mesero los guía hacia un salón: doce lugares ya casi todos ocupados por cabezas encanecidas, las de los hombres, y con tintes varios, las de las mujeres. La ovación general maquilla los saludos individuales. Unos segundos pasan y se vuelve posible escuchar a cada uno. Hola, ¿cómo han estado? Qué elegantes. ¿Te pido un tequilita o una cuba? Aquí a mi lado, perfecto. Ya solo faltan Pepis y Romina.

Las hermanas de Mague llevaban meses sin verla, de inmediato forman una célula de conversación. Los cuñados quedan libres para hablar de la carrera de Checo. ¿Realmente crees que un día de estos llegue a ganar? No, para nada. De que es más fácil eso a que ganemos
un Mundial, sin duda. Eso sí. Yo la verdad es que no lo creo. Soñar no cuesta.

Las mujeres hablan del deterioro de la ciudad. No hay calle sin baches. Y luego los socavones. Imagínate que te toca y, pum, terminas quién sabe dónde. Los políticos son puros ladrones. A mí lo que me impresiona es que de cierta forma funciona el país. Escuchas esas cosas y la verdad es que sí es un milagro que no estemos nadando en aguas puercas. Más impresionante es que nadie haga nada, cuánto aguantamos de estos cabrones.

Vibra una llamada entrante; Mague abandona el grupo de hermanas para contestar. Pasan tres minutos y regresa. Romina no viene. Dice que Pepis no se siente bien. ¿Dijo algo más? No. Para mí que ese se puso hasta atrás y ahora se la está cobrando a la pobre. Pero, ¿cómo no va a venir? Que lo deje con uno de sus cuates. La verdad es que es un egoísta, desde hace meses tenemos esto planeado y… bueno, ya, ¿para qué me enojo? Pídete otro tequila.

Llega la comida y las células se desintegran. En la mesa se acomodan por parejas. Mague toma la mano de Ricardo, la siente fría, como la ha tenido desde que eran jóvenes. En sus cartas de amor, escondidas en la mace ta de la casa de él, Mague dejaba escrito: tus manos, quiero calentarlas, llenarlas de besos y dejar que me recorras. Él se sentía acomplejado, intentaba ponerlas a una temperatura aceptable antes de tocarla, no tardó en rendirse y aceptar que ella fuera la encargada de hacerlo.

No son nada espectaculares los platillos: sopa de tortilla genérica, chiles rellenos de un picadillo sin sal acompañados de frijoles refritos, seguramente de bolsita, de la marca Doña Isadora. Al postre de arroz con leche solo lo pela una mosca solitaria, que está teniendo el mejor día de su corta vida. Las sillas se desacomodan y las conversaciones de entre varios se desatan.

Fernando, el esposo de la hermana mayor de Mague, Inés, le cuenta a Ricardo que últimamente hace natación todas las mañanas. No tienes idea de lo mucho que me ha ayudado con la espalda baja. Ricardo contesta algo. Fernando se acerca a su oído. No te escuché nada, soy medio sordo. Ricardo pega sus labios a su oído y le repite: para cagar, güey, qué fibra ni qué madres, te lo tomas en el desayuno.

Mague está con Alina, la hermana con la que más se lleva. Te digo que ya no sé qué hacer. Se supone que las vacaciones son para relajarse y este se la pasa peleando con Brenda. Yo encantada por ver a los nietos, pero de verdad… hasta se gritan. Es que ella trae esa onda del yoga y el gluten, a Hernán le choca, se mete a internet nada más para conseguir argumentos para discutir con ella. Sí, Ricardo también se la pasa buscando ese tipo de cosas. ¿Y por qué no le dices que le pare? No es como que vaya a convencerla, ya no es una niña. Se pone muy mal cuando hablo de esto, mejor ya no lo hago.

El mesero trae otra ronda de tequilas y Fernando se siente con la confianza para hablar de otros temas. Te juro, mira, así, te recontrajuro que nunca lo he hecho. Lo más que he llegado es a proponer el hotel, todo por mensajitos, pero hasta ahí. ¿Y tú? No, no te creo. ¿Cómo no? Oye, pero discretito con lo que dije, ¿eh?

Lo que resta del disco de The Best Of Janis Joplin ameniza el trayecto de regreso a casa. Recién llegados, Mague le marca a su hijo, pregunta por su prometida, por el trabajo y escucha una historia sobre un perro que casi fue atropellado. Al colgar va hacia la televisión encendida, suena un repaso deportivo. Quiere preguntar si es la misma entrevista de la mañana. Ricardo intenta poner atención al boxeador que contesta preguntas idiotas con frases huecas. No puede. Escucha el tinnitus e imagina su rostro como el de Checo Pérez al mediodía: a punto de romper la regla y decir algo inesperado, algo sincero. Mague mira las manos de Ricardo, firmes sobre el control remoto. Piensa en lo frías que de seguro están.

Nota: cuento del libro La biblia encarnada de Danush Montaño Beckmann


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Portada de En qué piensan los gusanos cuando tienen hambre, Universidad Autónoma de Nuevo León

Raymond Carver dijo que todo buen escritor elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad, el cual es consustancial al estilo propio. Ese estilo, es la firma indeleble e inimitable que pone en papel un escritor. Su creación literaria, su universo ficticio, será distinguible de otros autores. Esto ocurre con el escritor mazatleco Julio Zatarain (1990), en el libro de cuentos “En qué piensan los gusanos cuando tienen hambre”, precisamente título que hace alusión a Carver.

Publicado por la editorial universitaria de la UANL, este libro fue merecedor del Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2021. En los siete cuentos que conforman la obra ganadora, Julio Zatarain crea un universo compacto en donde la violencia es una línea trazada que repercute en la vida de sus personajes. Una violencia perceptible en un Mazatlán que dista de la realidad que sus gobernantes venden concienzudamente en paquetes de all inclusive a los turistas que visitan la “Perla del Pacífico”. Un punto estratégico en el comercio de las drogas que fue mermado por una guerra y que, como diría en una crónica escrita por Julian Herbert: “También porque es la sede del narcomenudeo en Mazatlán, y la fama es que en sus inmediaciones se consigue la mejor cocaína de México”. En el Mazatlán periférico, el que es un animal vivo devorado por los gusanos. Ahí donde hay ceguera, están las historias que Zatarain narra con voz propia.

En “Flores Artificiales”, relato que inaugura el libro, un adolescente nos lleva al velorio de América, una niña obligada por su padre a vender flores y que un día aparece muerta. Como la vida misma, la ausencia es un aire petrificado en la joven conciencia del

protagonista. ¿Quién la asesino?, ¿en dónde estará en este momento?, ¿así es el amor?, ¿esto es ser un hombre? Miles de preguntas caen sobre su cabeza, pero ninguna respuesta trae consigo desahogo ni consuelo.

La bicicleta es un elemento constante en las historias de Zatarain. En cierto modo, juega como una especie de McGuffin (puede o no, tener repercusión en la historia, pero siempre está presente), pues en la bici los personajes avanzan, observan, buscan, huyen, se esconden, y es un objeto de deseo. En efecto, lo último sucede en “El diablo en bicicleta”, en donde Bruno Salamanca (otro joven narrador) relata que antes de salir de la secundaria sostuvo un pacto fáustico, por ello tiene que intercambiar a su Toribia para así vencer sus propios miedos: “Los miedos son organismos vivos que se expanden a la par del universo, me encantan, pero tú me caes bien, por eso vine a ayudarte”, le dice el diablo a Bruno. Este relato aborda el primer encuentro sexual, la vergüenza que surge a raíz del secreto a voces de una madre prostituta, la ausencia del padre por abandono, y la rivalidad que se origina en el barrio.

Los personajes de este conjunto de relatos deben sobrevivir a un entorno violento. El lector que se sumerge en sus historias, siente la necesidad de meter las manos dentro de la hoguera que arde en sus páginas para así tratar de rescatar a los personajes del peligro inminente. “La pirueta de la liebre”, es un claro ejemplo. Julio Zatarian nos hace conocer al Morrison, un vendedor de periódicos de un crucero que, despojado de su hogar, un día se enamora de una mujer que mendiga dinero en los semáforos. Por un momento, sentimos que hay esperanza en la vida de estos dos personajes que se entrelazan por el acaso. Se internan en un baldío a fumar mota, planean vivir juntos y escapar de la ciudad con un fajo de billetes. Sin embargo, la felicidad se escabulle a medida que avanza la historia, el mundo se va comprimiendo hasta reducirlos por completo.

Lo mismo sucede en “Personas a las que prendimos fuego”. En este cuento, una mujer relata a su tía el motivo por el cual mató a su pareja. “Me siento muy tranquila por haber matado a mi esposo, tía. La basura no se saca sola. Deberían agradecerme. Algunos periodistas dicen que lo maté porque no quiso ayudarme a fregar los platos. Qué tontería, ¿no? Cuando la gente muere, ellos hacen dinero”, así comienza un relato estremecedor que aborda la incapacidad de escapar de las atroces garras de la violencia doméstica. De algún modo, toda madre desea un mundo en donde su hija tenga una vida tranquila, pero el diablo está en todo hombre.

El diablo también está en la cabeza de Oscar, protagonista de “Día plástico”, un hombre que se trepa a una torre eléctrica de 30 metros de altura y amenaza por lanzarse al abismo si no le regresan a su hijo Beto. En este cuento Julio Zatarian muestra la destreza para intercalar varias voces, a través del correlato de historias superpuesta, sin que se presenten vericuetos. La crítica a la sociedad ante la inminente muerte transmitida en redes sociales, es una reflexión que causa resquemor.

Por su parte, “Nadar en tierra”, nos cuenta la historia de Camergan, un pescador veterano que atrapa un pez cerdo luminoso nunca antes visto, lleno de colores. Luego lo negocia por miles de dólares con Don Neto, el gran capo de la Monarquía Lizárraga. Cuando el pez no enciende, el mundo vuelve a su misma resonancia. A su vez, el deseo carnal que Camergan siente por Felipa, una mujer que, como muchos en este país, busca a su hijo desaparecido.

El libro cierra con “El hambre de los gusanos”, un cuento interconectado con el de Oscar, pues diez años después de su muerte, Beto su hijo, vive condenado a los grilletes del pasado paternal. Ahora, lleva en la frente escrita la palabra RATA. Beto ha sido despojado de todo: de su padre, de su infancia, de su dignidad. No le queda nada, tanto así que ni siquiera vale la pena cobrar una justa de cuentas a cambio de su vida.

Julio Zatarain percibe un mundo innegablemente violento, para después procesar la realidad y transformarla en historias entrañables a través de un lenguaje potente en el que expresa el dolor humano. Precisamente, cada uno de estos cuentos logran cambiar la mirada. Basta abrir los ojos para ver aquello que quizá muchos no pueden nombrar. El mismo Julio sabe de ello, pues el libro está dedicado para su primo Chive, un joven desaparecido que no regresó a casa con vida, igual que muchos hombres y mujeres de este país repleto de fosas. En este país que es un organismo vivo devorado por gusanos.


Autores
Saúl Valdez (Mazatlán, 1983) licenciado en psicología clínica y ciencias de la comunicación. Ha publicado el libro de cuentos “Parábola del Venado”, editado por el ISIC en 2015. Cuentos suyos aparecen en distintas antologías, revistas impresas y digitales. Fue beneficiario de la beca del Programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en la categoría de novela durante el periodo 2018-2019
Ilustración realizada por mitthu

A Bruno

1. Dorthin, von wannen alle Strahlen stammen1

A veces, cuando estoy solo, apago todas las luces de mi casa, me recuesto en el suelo de mi habitación y me imagino que estoy muerto. Cierro los ojos. Cierta claridad me envuelve. Trato de controlar mi respiración y cruzo los brazos y me concentro en ese silencio que es la suma de todos los sonidos que he amado en mi vida: la risa de Milico, el canto de Naím, el llanto de mi padre, la complicidad de mi madre, el ladrido de Sapuca, cierta canción de Pearl Jam, una promesa de amor que no podré cumplir nunca. En la soledad de mi cuarto, aquel silencio se condensa y le da forma a la oscuridad que me envuelve. Es entonces que, como generosos pilares de luz, veo siluetas que se forman a mi alrededor, fantasmas que me visitan desde el invierno de la conciencia y me convocan a existir con ellos, acaso un momento, en aquel intersticio que mi imaginación ha abierto entre la vida y la muerte.

Allí está mi prima Aimé, que sucumbió a la leucemia poco después de cumplir quince y que, según dicen, se despidió de todos con una sonrisa. Ahí está mi primo Andrés, que murió a los ocho años en un camión urbano durante un ataque de asma. Allí está también —cómo podría no estarlo— mi hijo Tristán, que flota libre en la existencia como ave o pez que me transita completamente. Junto a ellos, silenciosa y bella como la recuerdo siempre, se encuentra Sonia, mi amiga de la primaria que murió de una infección en la garganta durante un viaje a los Estados Unidos.

La soledad es una puerta abierta para hablar con nuestros fantasmas. Para hacer preguntas y pedir disculpas y extender caricias que llegan tarde. Desde el umbral de esta puerta me desborda mi propia vida y los recuerdos iluminan la noche desde adentro hacia afuera. Pero los recuerdos no traen consuelo. Porque recordar es abrir una herida y asomarse en ella para ver los vestigios que ha dejado la muerte. Los recuerdos son señales de todo lo que hemos perdido. Los recuerdos —dice Joan Didion— son las cosas que ya no quieres recordar”.

A pesar de esto, en noches como ésta donde no me falta el valor, me permito acercarme a mis muertos amados para perturbar su eternidad, para hacerles las mismas preguntas de siempre, en espera de respuestas que quizás no seré capaz de comprender. ¿Son felices? ¿Se encuentran protegidos? ¿Alguna vez podremos reencontrarnos? Y, por encima de éstas, asoma otra pregunta que ocupa toda la realidad de los padres de un niño del agua.

¿En dónde están nuestros hijos muertos?

 

2. Von den Brüdern jeder hat sein / Lieblingsschwesterchen verloren2

El 31 de diciembre de 1833, murió la pequeña Luise Rückert. Al momento de su muerte, la niña tenía tres años, y hacía una semana que sufría los males de la llamada fiebre escarlatina”. Murió de madrugada, cerca de las 2:30 de la mañana del más frío diciembre. Junto a su lecho la atendían su madre, Luise Wiethaus-Fischer, y su padre, el poeta Friedrich Rückert.

Rückert, quien entonces tenía 45 años, era el padre de seis hijos y uno de los poetas más importantes de su nación. Se había dado a conocer en su juventud por sus Geharnischte Sonette (Sonetos Armados), publicados en 1814 durante la cruenta batalla entre los germanos y las tropas de Napoleón Bonaparte. Posteriormente, sus estudios sobre literatura oriental le llevaron a hablar más de treinta lenguas, y a llevar a su lengua natal obras Firdusi, Hafiz, así como otros poetas sufíes e indios. Sus intereses literarios pronto le ganaron una cátedra en orientalística en Erlangen, donde trabajó desde 1826.

La muerte de Luise debió de tomarlo por sorpresa. Dado que era la única hija, y la menor, Luise tenía un lugar especial en el corazón de su padre”, leo en un largo relato anónimo del blog Figures of Speech. Rückert, que además había perdido a tres de sus hermanas en su niñez (Anna Magdalena, Ernestine Helene y Susanna Barbara, todas ellas muertas antes de cumplir los cinco años), debió de encontrar, en el fallecimiento de su propia hija, el funesto desenlace de las semillas que la muerte había sembrado en su familia casi cuatro décadas atrás. Como resultado de este evento traumático, el seis de enero de 1833, Friedrich Rückert inició un tour de force poético que pronto habría de constituir una de las obras más auténticas y conmovedoras de la poesía romántica en Alemania: los kindertotenlieder [Cantos a los Niños Muertos]. 563 poemas que escribió en la primera mitad del año 1834, luego de la muerte de sus dos hijos más jóvenes. Porque a la muerte de Luise seguiría —de cerca, terriblemente cerca— la del pequeño Ernst Rückert.

 

3. Schlimmer als ein Kranker seyn,/ Ist es einen haben Dem man heilend anthut Pein3

La última vez que vi a Aimé, la niña tenía trece años. Siendo la menor de dos hijas en una familia de seis, mi prima gozaba de un espíritu fuerte y una sonrisa privilegiada, contagiosa, que la acompañaba a todas partes. A menudo su carácter especialmente afable, me ha hecho pensar en las palabras que Charles Darwin expresara sobre Anne Elizabeth, su niña del agua: Desde cualquier punto del que la observe, la cualidad que más me salta a la vista es su radiante alegría, templada por otras dos características: su sensibilidad, que bien podía pasar desapercibida para los extraños, y su intensa ternura”.

Era muy cercana a mi padre. Durante las vacaciones de verano o las de navidad, que solía pasar en nuestra casa materna, la niña se quedaba pegada a papá y se hacían reír mutuamente durante la mayor parte del día. Con ninguno de sus otros hermanos vi que se repitiera este fenómeno. Esta circunstancia me permitió observar su crecimiento, su conducta siempre vibrante, su ir y venir en un juego enérgico que, para cualquiera, resultaba cansado pero fascinante. Ni siquiera la leucemia con la que luchó por algunos años fue capaz de mermar su energía.

Esta actitud, a decir de su familia, no ha cambiado con su muerte. A veces, cuando estoy sola en casa, siento cómo corre de un lado a otro y me llama la atención tirando cosas y se molesta porque no le hago caso. Entonces le hablo, le digo que estoy con ella, que ya la escuché. Sólo así se calma”, me dijo mi tía hace unos meses. La idea de la presencia fantasmal de Aimé podría resultar extraña o, por el contrario, podría atribuirse a la naturaleza misma del duelo por los niños muertos. Yo defiendo otra cosa: creo en las palabras de mi tía con toda mi esperanza, porque nuestros hijos muertos no se van realmente, y circulan alrededor de nosotros y su compañía nos fortalece. Aunque no siempre los notamos, su presencia luminosa está ahí. Con nosotros. Siempre.

 

4. Einen Engel frei zu machen4

Hace mucho —tanto— tiempo, en cualquier lugar del mundo, la viuda Kisagotami se presentó ante el Buda cargando en brazos a su hijo muerto. El niño, que era un bebé al momento de morir, había pasado varios días en brazos de su madre. Kisagotami recorrió con él todas las casas de su pueblo buscando algún remedio que pudiera curarle su grave enfermedad”. Viendo al niño, algunos se burlaban de ella, otros quedaban perplejos ante la imagen miserable de aquella mujer que emprendía la lucha desesperada contra la muerte. Nadie tuvo remedio para ella, que se negaba a aceptar las palabras de consuelo o el peso de la realidad que ya lastimaba sus brazos.

Sólo el Buda podía ayudarla en aquella lamentable situación. Y Kisagotami acudió a él con fe, y le habló de su amor y entre sollozos le pidió la medicina para vencer la muerte. Apiadándose de ella, el Buda le respondió que, en efecto, había una posibilidad para hacer esa medicina; sólo requería un ingrediente: un grano de mostaza. El más humilde grano de mostaza que ella pudiera traerle. Pero había una condición: La semilla debe provenir de un hogar donde nadie haya muerto”.

Con esta encomienda, Kisagotami visitó las casas de la aldea pidiendo el grano milagroso. Por desgracia, escuchó en todas la misma respuesta: una madre, un padre, un hermano, una hermana, una esposa, un marido. Cada casa lloraba por alguno de sus muertos y le recriminaba por haber traído, con su petición, el recuerdo de aquel dolor. No se sabe cuánta distancia recorrió aquella mujer buscando el grano de mostaza; pero poco a poco, al ver a su hijo en sus brazos, entendió que la vida había abandonado su cuerpo y, resignada, lo llevó a sepultar.

Pronto, volvió al lado del Buda, quien le preguntó si había conseguido aquel grano de mostaza. No. Pero entiendo lo que quisiste mostrarme. Mi hijo se ha ido. Está muerto. Y ahora descansa junto a su padre”. Y con estas palabras, el Buda la aceptó como su discípula en la búsqueda de la Iluminación.

 

5. Auch der Tod kann euch nicht scheiden5

Has sobrevivido la noche,

Aunque en mortal agonía.
Y por darnos ese regalo,

Nuestro corazón te agradece.

Si tan sólo un solo día más
nos regalaras de tu dulce vida:
El amor quiere aprehender
hasta el último momento lo que ama.

Si Rückert lamentó la rapidez con que se extinguió la vida de Luise, el agónico proceso que acabó con la vida de Ernst le hizo entender los dolores de postergar una vida condenada. El 1 de enero de 1834, apenas un día después de la muerte de su hermana, el pequeño Ernst cayó en cama. Pasaría en esa convalecencia dos semanas, sometido a todos los —dolorosos— tratamientos posibles en la época, a pesar de que los médicos distinguieron, desde el primer momento, que se trataba de una causa perdida. Fiebre, dolor de garganta, sarpullidos que marcaron constelaciones de muerte en su piel nueva.

Los tratamientos que toleró el niño debieron ser una tortura para sus padres: le hicieron tres sangrías, le pusieron compresas de yeso que sólo aumentaban la comezón y, como una última injuria, le untaron una pomada de mercurio que le causaba malestar. Y, sin embargo, como si fuera un instintivo acto de amor a sus padres, el niño se dejó hacer. Fue obediente a la voz de su padre y a la mía hasta el momento de su muerte”, afirmaría Luise Fischer, quien para ese entonces se había mudado a la cama de su pequeña para sobrellevar su partida.

A veces, cuando estoy solo, pienso en Friedrich y Luise a un costado de la cama de Ernst. Los imagino la noche del 14 de enero, después de haber visto a su hijo entrar y salir de la inconciencia, sometido a los inútiles tratamientos que no hacían sino confirmar que la llamada de la muerte es inevitable. Pienso en Rückert, que todos los días se sentó en su escritorio para escribir una bitácora del dolor de ver a su hijo marchitándose.

¡Vete! No puedes quedarte. ¿Por qué no

simplemente te marchas ahora?

¿Por qué quieres sufrir más dolor?

¿Por qué seguir luchando con la muerte?

Escribe Rückert en su canto 135. Y al leer sus versos recuerdo las palabras que me contó mi tía el día que me habló sobre la partida de Aimé. Hicimos todo lo que pudimos; luchamos hasta el último instante contra su enfermedad, y es que no supimos entender. No vimos que quizás ella ya no quería pasar por esos tratamientos. Que quizás había otra manera de pasar aquella época juntos” dijo o recuerdo que dijo. Y pienso que soy capaz de comprender esa obstinación, la convicción ciega y dolorosa de que debemos proteger a nuestros hijos con nuestro amor contra todo y contra todos. Yo mismo me lo repetí una y otra vez, cuando Naím estuvo en el hospital, y me dije que lucharía hasta el último momento contra cualquier diagnóstico, que acompañaría a mi hijo a la guerra que se desatara, que secaría sus lágrimas cuantas veces fuera necesario, sin importar las consecuencias y sin importar cuál fuera su deseo. Porque el padre debe estar dispuesto a herir aquello que más ama.

Cierro los ojos y veo el rostro del pequeño Ernst, tal y como lo retratara Karl Barth en el pequeño cuadro que está en la casa museo de Rückert, en Coburg. Sus ojos abiertos, avispados, observan un punto invisible que, sin embargo, parece provocarle una felicidad modesta, dibujada apenas en la media sonrisa que el niño logra exhibir. Lo imagino feliz. Tiene cuatro años y el mundo es una manzana que se come en pedacitos siempre dulces y nuevos. Sus hermanos están vivos, su hermana está viva, su padre aún no se ha sentado en su estudio a desangrarse sobre 563 despiadadas hojas en blanco. El Ernst de esta imagen no imagina —cómo podría— el doloroso final que le espera y creo que en este momento previo al dolor radica la belleza de esta imagen: en la felicidad que nos circuye mientras la muerte no existe, mientras todas las formas del horror son innombrables y están lejos, tan lejos, de nuestro alcance.

No puedo sino sentir un profundo amor y compasión por sus padres, que lo vieron apagarse poco a poco y lo acompañaron cada segundo en aquel larguísimo camino que trazó la angustia. Ese camino que atravesó Coburg y que llegó también a la casa de mi tía, río incontenible que avanza hacia el mar que contiene las almas de nuestros niños muertos.

 

6. Mit Blumen dich und Kränzen überdecket6

Escribe Nick Cave: Si amamos, sufrimos. Ése es el trato. Ése es el pacto. El duelo y el amor están entrelazados para siempre. El duelo es el terrible recordatorio de las profundidades de nuestro amor y, como el amor, el duelo no es negociable. Hay una inmensidad en el dolor que abruma a nuestro minúsculo yo. Somos pequeños y temblorosos grupos de átomos subsumidos dentro de la asombrosa presencia del duelo. Ocupa el centro de nuestro ser y se extiende a través de nuestros dedos hasta los límites del universo”. Mientras escribo estos ensayos, me entero por los periódicos que su hijo, Jethro Lazenby, apareció muerto este mes de mayo en una habitación de hotel en Melbourne. El medio no expresa una causa aparente.

Jethro es el segundo hijo de Nick Cave que fallece en la última década: lo precedió Arthur, quien falleció en 2015 en un accidente en las montañas. Al momento de su muerte tenía 15 años, como mi prima Aimé. Mi amigo Sergio Ceyca me contó que Cave escribió un álbum para sobrellevar la muerte de Arthur. El álbum se llama Ghosteen, un fantasma adolescente como el divertido —y trágico— Gasparín.

Cuando escuché el álbum, me llamaron la atención los versos que recuperan la leyenda de Kisagotami:

Kisa had a baby, but the baby died

Go to each house and collect a mustard seed

But only from the house where no one died

Kisa went to each house in the village

My baby’s getting sicker, poor Kisa cried

But Kisa never collected one mustard seed

In every house, someone had died

Kisa no pudo encontrar la semilla.

Me parece que la muerte infantil genera una variante muy específica del duelo. Es como la muerte de la esperanza y del futuro”, me dice mi amigo Sergio. Y hacemos un recuento de las canciones a los niños muertos que hemos escuchado en nuestras vidas: Tears in Heaven, himno que Eric Clapton compuso para Connor, quien tenía cuatro años el día que cayó de un rascacielos como un renovado Ícaro; All my Love, que Robert Plant escribió para Karac, quien murió en una ambulancia luego de una enfermedad estomacal; One of the lonely ones, que Roy Orbison compuso en secreto luego de la muerte de sus dos hijos mayores en un incendio en 1968.

Aquellos kindertotenlieder que se suman a los de Rückert, a los de Yamanoue no Okura, al canto lastimero de tantos padres que resuena en todas las épocas del tiempo como una misma canción de amor que nos trae, acaso por un momento mínimo, el recuerdo de nuestros hijos. Porque quizás en eso consiste nuestra única victoria contra la muerte: en la posibilidad de convocarlos por un instante que nace del amor —o de esa parte del amor que se parece, también, a la locura— para que vuelvan con nosotros. Eso, convocarlos a vivir en nosotros.

Sigue Nick Cave: Siento la presencia de mi hijo, por todas partes, pero puede que no esté allí. Lo escucho hablarme, criarme, guiarme, aunque puede que no esté allí. Visita regularmente a Susie mientras duerme, le habla, la consuela, pero es posible que no esté allí. El terrible dolor arrastra fantasmas brillantes a su paso. Estos espíritus son ideas, esencialmente”. Y aunque convocar estos espíritus sea frágil consuelo para los padres que han escuchado el silencio de Dios, creo con firmeza que el amor que tenemos por nuestros hijos muertos de alguna manera es capaz de transfigurar su muerte en algo distinto, algo más cercano a nosotros que nos permite ofrecerles protección incluso en aquella otravida a la que aún no tenemos acceso. Como si los padres fuéramos capaces de crearles un paraíso cercano a nuestros ideales. Un paraíso en el que todavía podemos darles aquellas caricias que nos negó la muerte.

 

7. Heil sei dem Freudenlicht der Welt7

El 31 de diciembre de 2018, en un hospital de Guadalajara, nació mi segundo hijo, Naím. Nació en la madrugada, cerca de las cuatro y media —el no saber la hora con exactitud, por cierto, es motivo constante de burlas en mi familia—. Su parto fue normal, después de una labor de poco más de cuatro horas. Las manos del doctor Eduardo, el neonatólogo, exploraron su cuerpo de aproximadamente tres kilos y medio —tampoco recuerdo el peso exacto— durante unos minutos llenos de expectación. Luego caminó hasta mí.

—Felicidades, es un niño muy sano —dijo y lo depositó en mis manos como un puñado de oro.

En aquel momento no sabía absolutamente nada sobre Luise Rückert. Me hubiera resultado imposible pensar que casi 185 años antes —esta cifra la conozco bien, la he reflexionado tantas veces— una niña amada había sucumbido al frío invierno alemán. Una niña vibrante, feliz, que tenía al momento de su muerte aproximadamente la misma edad que tiene mi hijo ahora.

Creo reconocer que existe una conexión entre ambos, y que ha sido ésta la que me llevó a escuchar, en una plaza comercial de Tlayolan que visito con frecuencia, el homenaje que Mahler hiciera a los poemas de Rückert. Cierto espejismo que, desde la casualidad, me llamó a convocar la memoria de Luise, o Ernst o el propio Rückert, cuya presencia luminosa siento ahora que mis dedos tocan el teclado como si lo acicalaran. Es ésta la sensación que me acompaña cada vez que escribo —para mí, para mi familia, para otros— sobre Tristán. Una sensación que me sustrae de lo cotidiano y me arroja, siempre, a aquel universo absoluto y extraño de la infancia, donde los problemas del mundo exterior retroceden temporalmente y sólo existe la vida.

A veces, cuando estoy solo, cierro los ojos y siento que Tristán desciende desde su paraíso y se queda conmigo y puedo sentir su amor en todas partes. Lo siento en mi hijo vivo, Naím, que mientras escribo esto ríe a todo pulmón en el piso de abajo porque su madre le ha puesto una tina de agua tibia en el patio. Lo siento en la canción de Pink Floyd que mana de las bocinas de mi computadora y que me recuerda la tarde en que mi padre me llevó a conocer el Océano Pacífico. Y lo siento también en mi propia risa, que está llena de los años que Tristán ha estado junto a mí porque jamás terminó de irse. De estos recuerdos mana algo parecido a la esperanza, y recordar se vuelve más que una mera perturbación. Recordar es un acto de amor, el último que puedo entregarle.

A veces, cuando estoy solo, abro los ojos y cierta claridad me envuelve. Después de unos minutos de convivencia con mis muertos, me levanto y me reintegro a la vida que nos legaron nuestros hijos amados. Enciendo todas las luces y, desde aquella nueva luminiscencia, puedo ver cómo la realidad que habito ha sido ocupada, acaso momentáneamente, por aquel pasado en donde todos ellos ambulaban libres e imperecederos. Y quiero pensar que el recuerdo permite una posibilidad distinta de mirar aquellas despedidas, una posibilidad que, desde la literatura, nos permite mirar atrás y cambiar aquello que la vida ha sembrado. La posibilidad de decir que Connor no cayó desde un rascacielos en Manhattan, que Karac no enfermó del estómago, que Arthur Cave no cayó de ningún precipicio, que los niños Orbison no estaban en la cabaña el día del incendio, que Luise y Ernst no enfermaron de fiebre escarlatina, que Aimé jamás tuvo leucemia, ni Andrés asma, ni Sonia malestar alguno. Porque en la literatura esto es posible, como es posible encontrar aquella casa que jamás visitó la muerte, y que me permite entregarle a Kisagotami el prodigioso gramo de mostaza para que su hijo, su amado hijo, vuelva a sonreír para ella.

Desde el fondo de toda esperanza, en esto creo.


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).

Ilustrador
mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más disfruta y su fuente de trabajo más frecuente.
portada 21 para el 21

Algunos libros pueden ser usados como referentes para relatar sucesos históricos o para analizar procesos políticos, este es el caso de La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán, una obra literaria que puede ser considerada un documento importante para entender la realidad política de México, particularmente la de 1920 y su contexto violento y convulso, es decir, buena parte de las luchas y querellas que vinieron después de la Revolución.

Pienso que cuando la literatura es algo más que simple acto imaginativo, se convierte en un espejo, en retrato de lo que somos y de lo fuimos, y esto no lo hace menos literatura.

 

Tres veces he leído La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán, las tres por encargo en diferentes momentos de mi formación como escritora y periodista. Aún así me he resistido a ver la adaptación al cine de 1960 dirigida por Julio Bracho quizá por una suerte de predisposición a que nada encaje a como lo he imaginado en mi cabeza o a que la representación fílmica pueda parecerme caricaturesca, y sabiendo que puedo estarme privando de una joya del cine mexicano, pago el precio de abstenerme.

 

La primera vez que leí este clásico de la literatura mexicana fue en el último año de la preparatoria y lo hice sin entender muy bien a lo que me estaba metiendo. Leí para cumplir con las preguntas de un cuestionario que nos había dado un entusiasta maestro de español que antes ya nos había presentado a Juan Rulfo y a Gabriel García Márquez.

La segunda vez que me acerqué a este libro clásico, ya estaba en la universidad, otro profesor entusiasta lo había dejado como tarea y yo no recordaba nada de aquel ejemplar que había sacado de la pequeña biblioteca de la preparatoria, o al menos no lo suficiente como para escribir el reporte de lectura que me pedían. Esta vez lo leí en fotocopias y muy rápido, entre viajes en el metro y autobuses de Ciudad de México–Iguala y de vuelta, como buena estudiante foránea.

La tercera lectura que hice de La sombra del Caudillo, ya fue con un ejemplar propio. Llegó como parte de la colección de 21 para el 21, editada por el Fondo de Cultura Económica el año pasado, con otros títulos clásicos de la literatura nacional igual de importantes como Apocalipstick de Carlos Monsivais, Balúm Canan de Rosario Castellanos, Los de debajo de Mariano Azuela, Tiene la noche un árbol de Guadalupe Dueñas, El libro vacío de Josefina Vicens, Matarzó no llamó… de Elena Garro, Paseo de la Reforma de Elena Poniatowska, Muerte en el bosque de Amparo Dávila y Río subterráneo de Inés Arredondo.

El regalo de mi editorial, facilitó la encomienda, es decir; este texto que escribo dieciocho años después de aquel acercamiento adolescente a la obra más emblemática de Martín Luis Guzmán, a quien Alfonso Reyes apodó “Estrella de oriente”. Para ambos, quiero decir, para Reyes y Guzmán la Revolución Mexicana será significativa, pues la figura paterna les será arrebatada. A diferencia de la postura de Alfonso Reyes, que decide mantenerse lejos de las disputas, Guzmán decide formar parte de éstas y se enlista en las filas de Francisco Villa en donde obtiene algunos cargos militares. Esta experiencia lo lleva a darse cuenta que la vida militar requiere disciplina, rudeza y frialdad. En varias de sus entrevistas destacó el papel de los militares en los procesos revolucionarios e hizo varias críticas al poder de los “revolucionarios de escritorios”, como fue el caso de Plutarco Elías Calles, que no tenían idea real de lo que era estar en el campo de batalla.

Todas estas ideas permean y se manifiestan en La sombra del Caudillo, pues no hay que perder de vista que el arma más importante de la que echa mano Martín Luis Guzmán son las palabras y su experiencia.

 

A la par de Mariano Azuela y su obra Los de abajo, la obra de Martín Luis Guzmán se inscribe dentro de lo que se conoce como la literatura de la revolución, desarrollada durante los años treinta del siglo XX.

En una entrevista con Emanuel Carballo, Martín Luis Guzmán refiere que el asesinato de general sonorense Francisco R. Serrano fue uno de los detonadores para esta historia que se publicó por entregas apartir de mayo de 1928, en: La Prensa (Texas), en La Opinión (Los Ángeles) y El Universal (México); en la que se mezclaron con su experiencia en los movimientos armados de los que fue partícipe. De este mismo modo, los personajes, tienen todos, un referente en la vida real.

El autor hace una suma entre lo épico, lo testimonial, la autobiografía en la que se narran las intrigas, las querellas, los abusos de autoridad, a la manera de una radiografía a la parte más oscura del caudillismo pero también del sistema político mexicano durante los años posteriores al triunfo de la Revolución Mexicana y a todas las coyunturas que no estaban del otro resueltas; “los intríngulis del sistema político durante la etapa institucional de la Revolución Mexicana, a través del retrato de los líderes que por su ambición de ampliar su poder político y económico se presentan como defensores de los “ideales” revolucionarios, aunque proceden con astucia, cinismo, corrupción e impunidad” como afirma Estefanía López Vera.

De la publicación por entregas para los periódicos puede entenderse el tono fragmentario con el que está escrito este clásico nacional. Dividido en seis libros (o capítulos): “Poder y juventud”, “Aguirre y Jiménez”, “Catarino Ibáñez”, “El atentado”, “Protasio Leyva” y “Julián Elizondo”, en los que el autor va dejando pequeñas claves que van funcionando como pistas para descubrir los entramados del sistema político en cuestión, pero que también pueden funcionar como relatos largos que fueron escribiéndose al tiempo que se publicaban sin tener muy claro la escena final.

Los estudios sobre esta novela no se ponen de acuerdo sobre esto último, cabe señalar, pues mientras algunos apuntan a este entramado con aliento fragmentario, otros encuentran el hilo narrativo de la historia dividida en dos partes, lo cierto es que sea cual sea la verdad, es innegable que la narrativa corre entre la lucha de civiles contra militares, y la transición del poder de los caudillos a las manos de políticos que no tuvieran carrera militar. Es decir, el paralelismo que existe entre el Caudillo (militar)-Hilario Jiménez (civil); e Ignacio Aguirre (militar)-Axkaná González (civil).

La sombra no nomás es parte del título y en esto podemos notar que a partir de estos cuatro personajes elabora el concepto, es decir que no es solamente esta palabra no es un adorno si pensamos en este juego de espejos y/o de sombras, como en el boxeo. El civil (o los civiles) es lo que está detrás y oculto del Caudillo, entendido como un símbolo: “La metáfora de la sombra va más allá porque trasciende el nivel descriptivo para alcanzar un valor narrativo en la novela, pues transporta el antagonismo que emana del personaje-tirano hacia los otros personajes, que se ven involucrados en la maldad del Caudillo debido a la inercia por alcanzar o mantenerse en el poder”, nos dice al respecto nuevamente Estefanía López Vera.

 

Algo que no advertí ni en la primera ni en la segunda lectura, quizá por los tiempos que corrían en ese entonces, quizá por los que corren ahora: la presencia (y la relevancia) de las mujeres en la historia de Martín Luis Guzmán, nula o casi nula, me atrevería a decir. Secundarias, tal es el caso de Rosario que funciona simplemente como un complemento emocional. El autor echa mano de su parte más poética (a lo mejor la única evocativa en todo el libro) para narrar el cortejo de Aguirre hacia la joven. Pero esta parte luminosa se pierde -al menos para mí, la recordaba más hermosa- cuando descubrimos que Aguirre es casado y tiene otras dos casas en la que también tiene a mujeres viviendo ahí.

 

Sobre el papel de Rosario que en este libro funciona como un presagio, dice en su tesis Estefanía López Vera que en el capítulo titulado “La magia del Ajusco”, Martín Luis Guzmán hace una metáfora de Aguirre a través de la voz de Rosario:

 

“Rosario compara a Aguirre con la inmensidad del Ajusco, mientras que él la conjuga con dos volcanes. «La contemplación fascinada del Ajusco por Rosario es la propuesta del autor inmanente hacia la atracción erótica del poder» (Benítez et al., 1998: 25). Además, la montaña como símbolo representa la trascendencia (Chevalier y Gheerbrant, 1986: 722). En este caso, el héroe con su sacrificio supera el mundo del mal; pero revela que el camino no será fácil, porque habrá que escalar para ascender hasta la cumbre, con los riesgos que esto conlleva. Si entendemos el acto de trepar como una posibilidad en la que se arriesga la vida, la montaña también es un presagio del peligro al que se verá enfrentado el protagonista. De acuerdo con el campo léxico de la montaña como indicio de un camino arduo por recorrer, Aguirre es una «montaña distante», «un monte negro y hosco», «grave y varonil»; ella «tiene alma y vestidura de mujer»”1

 

 

Cuando pienso en las mujeres que protagonizan La sombra del Caudillo, también pienso en La Mora, líder de un burdel que es quien da aviso del secuestro de Axkaná, dejando ver una posible relación entre ambos pero también las dos manchas negras que son sus ojos pero: “La Mora entonces no cuenta con la pureza de Rosario ni con la transparencia de Axkaná, pero será el personaje que comunique a Aguirre sobre los alcances fatales de la sombra del Caudillo”.2

Pues para que haya sombra tiene que haber luz, y viceversa esta es la constante en el libro de Martín Luis Guzmán, que incluso después de 91 años revela ecos de los que fuimos: un país de contrastes y de contradicciones, pero también los resquicios de lo que seguimos siendo: una pluralidad de opuestos que se complementan como partes del todo.

Mientras que Rosario encarna la pureza, la rectitud y el honor, las prostitutas son su contracara: “mujeres que no comparten la metáfora de la luz como pureza”3, afirma Estefanía López Vera.

 

Cierto es que ya no hay caudillos pero los abusos de poder, la corrupción y las desigualdades sociales continúan, lo que vuelve vigente y precisa la lectura de esta sombra, de este libro que trascendió el paradigma de la Revolución y sigue acompañando nuestros tiempos.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Ilustración realizada por Pinchi Necro

Para María del Socorro Guzmán Muñoz

 

 

Le arrancaba terruños al adobe, sumido en el lodazal. Ignoró el hambre a fuerza de entumecerse la mandíbula: el dolor atenuaba sus ganas de deglutir. Dejó de morder la pared del corral cuando su lengua palpó la sangre, ida de los colmillos sin su permiso. Gruñó de enojo. No le gustaba saborearse, testigo de sí. Se alejó dando un corcovo mientras escupía.

Los otros se revolcaban en el zacate, vueltos un remolino de cieno. A veces se perseguían. Siempre se ladraban. Él no se interesó en seguir la pelea. Apenas pudo arrastrarse sobre las garras, en busca de un tejabán que no encontró.

Sobre la marcha se tiró con la panza al aire, engolfado a la luz del sol. Dejó que el viento le oreara las heridas y la baba. Aguardó la vecindad de los insectos.

Se sabía girón, carne para las moscas.

 

*

 

No esperaba despertar. La noche, sombra alta, lo halló doblado entre los mayates. Ellos lo despertaron, salidos de las grietas húmedas que circundaban sus costados.

Miró las ausencias en el cielo oscuro, manchado de nubes. Desde lejos, debilitado ya, se asomaba un rumor de élitros, de pezuñas abandonando la tierra. Los otros respondían a punta de ladridos. El mundo era una conversación que él no entendía.

Se lamió las costras de la boca con un tesón renovado. Henchido de cansancio, pudo trotar hacia la pileta de barro. Hurgaba el agua, confiado en su primera extremidad: la lengua. De pronto le alegró haberse llenado las tripas con algo distinto al aire.

Los otros, en coro, gritaban una pregunta inmóvil.

¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?

Se acostaron todos juntos sobre una sábana deshilachada, vestigio de los mordiscos de días pasados. Dejaron de esperar, entregados al capricho del sueño.

Entonces la escucharon.

Se precipitaron a la entrada del corral cuando trastabilló la aldaba, del otro lado de la casa. Los ladridos anticiparon el rechinar de una puerta que ellos no llegaron a conocer: la imaginaban, apenas.

Las paredes que cercaban al corral eran un par de bloques más altas que ella; quizá un par de años más viejas. Se quitó un mechón de canas del rostro, pegado por la mugre y el sudor. Entró con un morral en la espalda, retacado de menudencia. Hedía, como todos.

Ellos brincaban, rasguñándole las piernas.

─Ya, ya, ya.

Al morral le bastaron segundos para vaciarse.

Él lo agradeció con la celeridad de sus dientes.

Comió.

 

*

 

Los cazaba sobre su piel. Solía encontrarlos mientras le comían la carne y luego luego los destazaba con sus colmillos. Engullía en breve, recuperando las partes del cuerpo que le habían robado. Otras veces carecía de la misma suerte. Se mordía en vano, dándoles más sangre que beber. Terminaba por cansarse, resignado a la picazón de las mordidas diminutas, invisibles.

Había días en los que lo único que lo agotaba era la espera. Se quedaba tirado bajo las horas, cocido en la resolana del polvo. Evitaba jugar con los otros, dándole la vuelta a sus mordidas. Simplemente la imaginaba cruzando el portón. Pensar en su cara lo alejaba del ardor y de la incomodidad de los piquetes.

Esa tarde se alegró de verla, como si su pensamiento hubiera tenido el poder de imantarla a la realidad. Entonces cargaba tuétanos remojados en un jugo rojo. Él dejó que el resto se amontonara frente a los huesos empapados. Prefirió acercársele, mirándola a los ojos.

Quiso exigirle cercanía, un mimo breve.

Le orinó los pies.

Ella le entregó un grito. La patada en el sexo vino después. Lo emparedó a golpes, molestísima. Él sintió desarticularse el cuerpo. No entendía.

Los ojos se le mojaron. Por la garganta le salía un gemido ahogado, diferente a los que podían emitir los otros en situaciones similares.

No supo qué coraje guardado lo obligó a morderla. Ella se tropezó, chillando y pateándole las costillas.

Lo primero que tocó el suelo fue su nuca.

Luego todos se le quedaron viendo, pasmada sobre la tierra.

 

*

 

Subieron la loma acabada la tarde. Se estacionaron sobre una mata de hierba que había brotado torpemente de la tierra parda. Ese mechón de hojas era el único tramo verde del terreno: faltaban semanas para que las primeras lluvias aliviaran tanta sequedad. El que conducía la camioneta, una vez abajo, sintió en los pasos un ardor quedito, como si dentro del suelo que recorría durmiera una brasa oculta.

El delegado municipal los envió a buscar a la mujer después de haber escuchado los rumores sobre su ausencia en el pueblo. Ella llevaba una semana sin pasearse por los mercados ni merodear la plaza. Los comisionados se quedaron mirando la puerta roída por el óxido, sin saber qué hacer frente a la aldaba. El tufo que manaba de la casa los convenció de entrar.

Caminaron por un zaguán angosto que daba a una sala habitada por muebles polvorientos. La alarma de un par de arcadas los retorció mientras pasaron al fondo, guiados por los ladridos del corral. Prestos a cumplir su trabajo, conocieron algo apenas distinto al asco cuando cruzaron el portón. El sentimiento era, lo supieron desde el interior del tegumento, horror.

Uno tiró el par de identificaciones que cargaba.

El otro sólo reculó.

Con la piel percudida de salitre y piojos, el niño los miró de vuelta, sin mucho interés. Se giró para seguir mordiendo los retazos de carne y tripas, limpiando con la lengua lo que quedaba por ahí.

 

 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Axel Rangel

Creo que ellos cantan para ser libres.

Nick Cave and the Bad Seeds

 

Hay tantas cosas sobre las que quisiera dialogar contigo. Pero ninguna de mis palabras te llegará hasta el pasado, aunque de pronto quisiera sentirme como el Emperador de tu relato Un mensaje imperial, y así desde mi trono entregaría una carta al Mensajero para que corra en reversa por la Historia. Este de inmediato se embarcaría un viaje, es un hombre poderoso e infatigable que taja camino a través de la distancia; mas las multitudes son tan vastas, sus números no tienen fin en el pasar de las décadas. Si tan solo el mensajero pudiera encontrar algún amplio campo en el viaje en el Tiempo, volaría hacia tu época, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.

Me pregunto qué habrías hecho de haber conocido la existencia de los teléfonos celulares. Habrías cambiado tus largas y nutridas cartas llenas de angustia por largos y desesperantes audios de whatsapp. ¿Te habrían interesado las series televisivas, los multiversos de películas y la música popular que suena en las radios o desecharías todo esto como creaciones menores desde una soberbia intelectual (mucho abunda aquí, en mi país, uno del que seguro jamás te preocupaste)?

Habrías disfrutado la animación contemporánea: tanto la más surreal y bizarra, como Invasor Zim, hasta las maduras y existenciales, como Bojack Horseman; hay una exploración creativa similar a la de tus relatos que me orilla a pensar que esa imaginación no existiría sin tu obra.

Continúan las guerras y los conflictos bélicos: América ahora es una tierra monstruosa y con más vericuetos que la que recorrió Karl Rossman; una tierra regida por las armas oxidadas que cualquier ciudadano guarda debajo de su cama, y las cuales, en cualquier brote de paranoia, puede accionar para asesinar a sus congéneres.

Respecto a lo legal, tendría que informarte que ahora uno de los temas más discutidos son los Derechos Humanos, un concepto jurídico acentuado en un acuerdo internacional que plantea que todas las personas deben tener una misma y mínima calidad de vida; aunque no todos y no siempre están traducidos a legislación. Aun así, en el Internet –esta otra cosa de la que olvidaba hablarte y que es una red de equipos electrónicos que la gente utiliza, en su mayor parte, para ver videos divertidos– se lucha sin fatiga por defenderlos, por hacer que el conocimiento académico forme parte de la realidad social imperante. En pocas palabras: hay gente que agrede a los demás, y hay gente que busca detener esas agresiones argumentando que atentan los derechos de los individuos. Que creen (¿no se burlaría Don Quijote de ellos?) que las palabras pueden más que las armas.

Pero, a lo mejor, ciertas palabras, configuradas en una dirección mortal, puedan hacer más daño que muchas armas; como aquellas con las que le reclamabas en tus cartas a Felice, a Max, a Milena y, sobre todos ellos, a ti mismo. Esas frases desesperadas o inquietas donde exigías aprecio, cariño y un poco de esperanza, los clásicos reclamos que ahora se asocian con los dependientes emocionales y las personas ansiosas. Reclamos que yo mismo he dicho, Franz. Esos baches emocionales en los que cualquiera de nosotros puede caer. Porque en el fondo estamos construidos para ser inseguros, ¿no crees? Nos enfrentemos a un gran monstruo de construcción ficticia, como el Estado, o nos estemos mirando en el espejo. ¿Por qué siempre fracasamos en nuestros mejores deseos y corremos en dirección hacia los problemas que nos impiden dormir en la noche?

Lo que más te aterraría saber de la época contemporánea es que ahora tu apellido es un adjetivo. Se utiliza la palabra ‘kafkiano’ a diestra y siniestra: en periódicos, revistas, suplementos culturales y en la televisión. Lo divertido, lo burdo, es que si tradujéramos la palabra significaría lo ‘grajezco’, ya que tu apellido es el nombre de una variante de cuervo, y eso siempre te molestó y creo que hasta perturbó, en especial cuando tu padre puso aquel anuncio del pájaro en la mercería.

Pero, también te he de decir que es un adjetivo que no parece indicar nada: se habla de lo “kafkiano” cuando se quiere comparar una lucha con un poder enorme y desconocido, como ocurre en El proceso y El castillo. Ah sí, porque ambos libros fueron publicados incompletos. Y millones de lectores los han leído y disfrutado como si fueran turistas adorando ruinas incompletas, y en eso parece residir su brillo y el interés que provocan. No sé si en vida, si tu corazón no hubiera renunciado a seguir latiendo, habrías aceptado publicar ambos trabajos. Más bien, no sé si querías que formaran parte del corpus que tú hubieras deseado llamar ‘tu obra’, y el hecho de que hayas pedido a Max que los quemara no me dice nada más allá de que esa fue la petición de un moribundo minucioso, quien sabía que no iba a poder dejar escritos como quería.

Hay muchos mitos sobre ti y tu obra. La gente se acerca a El proceso, La Metamorfosis o a la Carta al padre (hasta donde sabemos, Hermann nunca la leyó) y encuentran una imagen tuya de un escritor marginal, quizá hasta misántropo, traumado con su familia, y cuya última voluntad –que Max quemara todo lo que encontrara en los cajones de la Casa Oppelt– no fue respetada.

No saben que Contemplación, Un médico rural, La metamorfosis y La condena fueron publicados mientras estabas vivo y que fueron revisados de inicio a fin por tu mano (salvo la primera edición de La metamorfosis, llena de erratas). Buscan un mito fundacional, supongo. Lo mismo con lo del adjetivo. Te quieren anclar en la historia de la literatura mundial al relacionarte a unas cuantas mentiras a medias. Ignoran que revisar tu vida es entender que lo importante de tu papel como escritor no son tus escritos, sino que demuestras que cualquiera puede aprender a escribir sobre cualquier tema. Y es que, perdón, Franz, pero tu vida no fue excepcional, ni siquiera fuiste alguien especialmente valiente, ni, mucho menos, emprendiste grandes empresas que te dieran éxito y fama en el futuro. Fuiste un niño normal y un adolescente idiota, y creciste y mejoraste en la escritura como la mayor parte de los escritores que conozco. Tu legado no nace de un talento prodigioso porque tú no eras ningún niño genio.

Max sí fue catalogado así, y también con los años sintió un gran peso en los hombros debido a esa etiqueta.

Tú fuiste un niño lleno de miedos, inflado con dudas, quien se interesó por los libros y que tuvo una vida en la que no dependió económicamente de la literatura, y cuyos últimos años fueron solucionados por una pensión de incapacidad y algún que otro dinero que tus padres enviaban en giros postales. Tu añorabas una vida de niño genio y adulto exitoso como la de Goethe, aunque poco luchaste para tenerla, y te enfrentaste a una vida de clase media en la que viviste con tus padres hasta poco antes de tu muerte, porque no podías permitirte gastar más.

Tuviste fiebre amarilla y la sobreviviste hasta que llegó la tos con sangre. Cada vez que te hartabas, te ibas de viaje con Max o cualquier otro amigo, o inclusive solo, con tal de olvidarte de tu vida en la gran ciudad. Querías riesgos y conocimientos y aventuras, pero no estabas dispuesto a pagarlos. Quizá por eso iniciaste la relación adúltera, y a distancia, con Milena. Quizá por eso te mudaste a Berlín con Donna. Las mujeres eran a las únicas que les permitiste entrar a tu mundo interior. Este quedaba oculto para la mayoría, ni siquiera leyendo las más de quinientas páginas que forman tus diarios y las casi mil de tu correspondencia, puedo hacerme una idea clara del conjunto. Tampoco puedo mirar a mis manos y mirarlas con claridad: ¿hacia dónde buscan dirigirse cuando escriben?

Tus primeros escritos largos, la Descripción de una lucha y los Preparativos para una boda en el campo, son inconexos, demasiado pretenciosos, y en definitiva parecen ejercicios de lo que harías más delante. Demuestran que uno empieza muchos proyectos pero termina pocos, y de los que ven el punto y final, solo unos cuantos realmente valga la pena mostrar al mundo.

Tus obras posteriores, en especial La metamorfosis, brindan la idea que de cualquier material puede producir un libro con calidad literaria. Me pregunto si tú habrás pensado lo mismo. Si detrás de esa máscara de narrador maldito y perfeccionista, habría cierto orgullo y planes a largo plazo sobre tu obra.

Hay ideas y sensaciones que nos inducen a formar oraciones en una página e iniciar el movimiento de personas que no existen más que en el papel, Franz, y que se mueven por escenarios pintados con tinta negra. A veces esos mundos se sostienen y a veces, no. Y en esas ocasiones, quizá, solo hay que desechar y volver a escribir, y después entenderemos qué era lo que necesitaba la historia.

Resulta dulce que el último relato que escribiste fuera Josefina y el pueblo de los ratones: en aquellos días la garganta te mataba y ya difícilmente podías hablar, emitías chillidos agudos y bajitos, los chillidos de los ratones, así que configuraste una pequeña comunidad con esos animalitos, los cuales nunca queda claro si viven en la casa de una mujer cantante o si entre ellos hay una ratoncita que puede afinar sus chillidos y darles melodía. Es curioso, pues a ti ni siquiera te gustaba la música, y tanto en ese cuento como en Investigaciones de un perro, lo que motiva a los animales protagonistas es uno de su especie siendo capaz de emitir melodías con su garganta, la cual es una extensión de su cuerpo.

Historias que le interesarían a alguien que se creyó condenado por las Musas a no tener ningún tipo de armonía, a no ser un cantante con una voz privilegiada y de music hall, y que adora y admira a los otros desde la distancia, pero también alguien que se dio cuenta de que, a veces, eso es material literario. No es la genialidad ni un destino trazado el que nos lleva a escribir y es probable que desconozcamos por qué lo hacemos.

Mientras tanto, perdernos en nuestra cabeza y en nuestras emociones es igual de valido que no plasmar una sola idea. En esos pasillos torcidos y asfixiantes –los tuyos se parecían mucho a los del tribunal de El proceso, estoy seguro– es donde es posible que encontremos no las historias que queremos escribir, sino las que podemos ayudar a que salga a la superficie para que nos liberen de lo gris de la cotidianidad. Aquellas historias que son más luminosas que aquellos grises seres quienes las auxiliamos a existir.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.