Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Una crónica es un vistazo al mundo, a un momento en “la historia”, sea ésta una guerra, un acuerdo, una firma de paz, o también un encuentro entre dos escritores; o la relación entre un hombre y un estanque, sus sentimientos y la relación entre ellos a través del tiempo y el espacio. Una crónica sobre un escritor… no, alguien más, un hombre, un ser humano, desplegando un abanico de emociones, algunas convulsas y otras más sosegadas, respecto a un tema íntimo, uno que no debería tratarse a la ligera, uno del que no debería mencionarse nada, pues no debería existir.
Hiram Ruvalcaba ha escrito en Los niños del agua una crónica sobre la relación entre él, su hijo muerto, Japón, la religión budista, la compasión, el dolor, la pérdida. El lector se da cuenta de inmediato cuando al abrir el libro (también hay que decirlo: es Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2021), aparece un listado de crónicas, todas independientes y al mismo tiempo unidas bajo distintos ejes, en el que se aprehende la profundidad de las relaciones y parentescos (parentescos raros, diría Donna Haraway) con la cultura japonesa, sus lugares, palabras, tradiciones, religión y habitantes (sintientes de todo tipo). “El teléfono del viento” abre la colección, y justo debajo de él, aparece en japonés el título de esta primera crónica: kaze no denwa . “Me pregunto si existe alguna forma de saber que los muertos nos perdonaron.” ¿Cómo seguir después de este arranque brutal, poderoso y al mismo tiempo tierno? La culpa cristiana: “Cuando esa llaga se cierre, ¿sentiremos de verdad el yugo de la culpa cayendo de nuestras espaldas?” Dolor y sufrimiento sobre los hombros, un “¿Cuántos años tarda el perdón de los muertos?” Y nada. Debería seguir el silencio, y sin embargo lo que encontramos es belleza.
La obra de Ruvalcaba, Los niños del agua, cuyo título se explica más adelante, retrata el largo viaje a través de años, culturas, religiones y espacios, un viaje del alma por medio de escritos que funcionan como psicopompos. Si para las grandes culturas originarias, ya sean nativo americanas, nahuas, mayas, zapotecas, incas, tunguskas o aimaras, existe un vehículo, una guía que lleva el alma al mundo de los muertos (o al chamán para que logre de manera exitosa su tránsito órfico), para Hiram Ruvalcaba, un escritor jalisciense de gran calidad, lleno de recursos y que además es propietario de una voz particular, lírica y al mismo tiempo filosa, es la crónica, el devenir de un tejido conformado por experiencias personales, por la visión de un lugar, de una vivencia, ya sea lejana (extranjera) o localizada en la academia, en un pueblo de Jalisco, lo que funciona como esta guía para transitar en el mundo de los muertos, y en lugar de traer al fenecido de vuelta, lo que hace es pedir perdón.
En la serie de Nic Pizzolatto, True Detective Temporada 1 (HBO, 2014), uno de los personajes centrales, Rust Cohle, le confiesa a su compañero, Martin Hart, que él estuvo casado y que además tuvo una hija. La muerte de ella provocó muchas cosas en la psique del personaje, desde la ruptura del matrimonio hasta la agudización de su filosofía de vida, un nihilismo recalcitrante y cínico, a la mejor manera de Cioran o Ligotti. Rust explica que se le perdonó el “pecado de ser padre”, pues su hija no vivió demasiado como para sufrir en este mundo, cosmos carnívoro que fagocita todo como una gran trituradora.
Esta idea, la del “pecado de ser padre” me ronda todo el tiempo mientras leo Los niños del agua. He de decir (porque no pienso hacer una reseña objetiva, pues a pesar de realizar estudios literarios, me parece que la mejor manera de entrar a un texto es con toda la subjetividad de la que uno es parte; la lectura no es un acto mecanicista focalizado, sino una concepción intelecto-sentimental, una construcción y reconstrucción del texto y de lo que uno es como lector de él) que me siento cercano a la actitud escritural (al menos hasta ahora) de Hiram Ruvalcaba porque comparto algunas de sus obsesiones. Algunas de ellas son la paternidad, y otra es el deseo de ser padre (aunque en mi caso no lo sea).
Leer Los niños del agua fue difícil. Era algo que había aplazado después de poner toda mi atención en Padres sin hijos (UANL, 2021), libro también ganador del Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2020, y de llorar con él, porque la figura central de aquel libro de cuentos es el padre, pero con ello deviene la figura del hijo, de la hijitud y de la paternidad. ¿Todos somos padres, de alguna manera, todos somos hijos de esos padres? Qué pregunta tan difícil, al menos si uno la realiza desde el contexto social mexicano, donde tenemos una carga de machismo recalcitrante y brutal, y los padres, rara vez, por supuesto no todos, se comportan como seres cariñosos. ¿Qué significa ser padre?
Hiram Ruvalcaba no se tienta el corazón, pues su pregunta es mucho más dura: ¿qué significa ser el padre de un niño muerto?
En “El teléfono del viento”, el libro se abre a la posibilidad del contacto con los muertos, no con cualesquiera, sino con los seres queridos. Para ello, la visita del cronista nos lleva hasta un jardín donde “un hombre ha construido una cabina con un teléfono para hablar con los muertos”, en la costa de Iwate. Esta construcción, en apariencia tan sencilla y al mismo tiempo enigmática, funciona como el ya mencionado psicopompo, o tal vez como un atenuador para el dolor, uno que se extiende hacia el sufrimiento: decir lo que uno no pudo en vida.
Uno de los preceptos del budismo dice que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Sufrir es una decisión, es arrastrar una culpa. Precisamente ese concepto, esa palabreja que en otras culturas no significa casi nada, en Occidente tiene una peculiaridad marcada por el cristianismo: la mayoría de nuestras acciones está marcada por el pecado. Somos culpables por el sólo hecho de ser descendientes de criaturas imperfectas.
El peregrinar del autor nos lo dice también: si hubiera hecho algo mejor, quizás, sólo quizás, su hijo estaría vivo.
Lo había dicho: avanzar por este libro es tremendamente doloroso, remueve heridas y levanta costras sin que por ello se regodee en la desgracia. Me refiero a que Hiram Ruvalcaba no está jugando a la victimización ni al dolor como orden estético, sino a la construcción de una literatura hecha por las sensaciones y los sentimientos de un devenir cualquiera, y justo por ello doloroso. La experiencia vital duele, vivir duele, y en ello, a pesar de todo, hay belleza.
La prueba de que el arte puede construirse, incluso, con el dolor y su larga estela de sufrimiento, está en obras como Vida y destino, El cantar de Heike o La tumba de las luciérnagas, y, por supuesto, en Los Niños del agua.
La segunda crónica atempera un recorrido que, el lector se da cuenta, estará marcado por la profunda nostalgia, por las sensaciones más delicadas que parecieran no tener un nombre exacto, pero que aun así permanecen en el día a día, o brotan cuando alguien atiende una postal, se detiene frente a un acantilado u observa un paisaje con la calma de la contemplación, encontrando, sí, belleza, pero también horror.
Esta segunda crónica nos muestra al Ruvalcaba más periodista, con un afán que llega a lo político, donde denuncia la contaminación que se lleva a cabo en Autlán, Jalisco, donde las aguas residuales de las industrias pertenecientes al monstruoso aparato del Capitalismo Voraz, afectaron a una comunidad, específicamente a los más jóvenes, en El Mentidero, comuna rural de Autlán. El autor logra reconocer este hecho con otro denunciado por una autora japonesa del siglo XX, Ishimure Michiko, quien en una novela habla de las aguas residuales vertidas en la Bahía de Minamata.
Desde este segundo momento, Los niños del agua se convierte en algo que abarca más temas incluso, pues no será ésta la única crónica que parece “desviarse” del objeto del dolor de un padre que ha perdido a su hijo. Las relaciones culturales entre Japón y México, ya sea en su literatura, o a través de temáticas, tradiciones religiosas y culturales, estanques, animales y visitas de grandes autores (Kenzaburo Oé, o el mismo Ruvalcaba), se renueva, como lo que hiciera Tablada hace más de un siglo: establecer puentes entre una cultura en apariencia ajena, y la mexicana, del budismo zen a la poesía. En Los niños del agua esta relación es profunda y sorprendente, como ocurre en la crónica “Jizo-san”, en la que el autor nos muestra las tradiciones de una isla de Shimane y el Chichihualcuauhco, donde van los niños puros al morir.
Si acaso, entre toda la melancolía y la profundidad de las exploraciones sensitivas de Hiram Ruvalcaba, hay una que funciona como descanso para el lector, “La bella durmiente”, donde nos relata la visita de Kenzaburo Oé, narrador japonés, Nobel en 1994, especialmente al Colegio de México, donde fungió como profesor visitante, específicamente de 1976 a 1977, (quien realizó otra visita en 1996, donde se encontró con Gabriel García Márquez). A pesar de lo que podría aparentar su semblante pensativo, en ocasiones adusto, Oé era un hombre alegre, dispuesto a pasar sus noches en “tugurios” donde era querido y reconocido. Es esta personalidad al mismo tiempo bonachona y seria la que establece un contrapunto para el dolor y la delicadeza de las emociones que emanan del libro.
Lo que hace Hiram Ruvalcaba es construir puentes, aunque sea una expresión manida, sencilla, sin un significado profundo, en apariencia, entre México y Japón. Y lo sorprendente es que lo hace a través de la literatura, como en “La bella durmiente”, donde además habla del encuentro entre Kenzaburo Oé y Gabriel García Márquez y la relación de este último con Kawabata (su libro Las bellas durmientes ocasionó una gran impresión en el escritor y periodista colombiano, quien realizó un homenaje personal en Memoria de mis putas tristes ); y también acercando las creencias religiosas, las tradiciones, los rezos y el lenguaje, pero especialmente a través de un trance, no se me ocurre de qué otra manera llamarlo, de tristeza e impotencia.
No soy padre, soy muy consciente de ello y, sin embargo, el deseo de afrontar la paternidad, el anhelo de ella me ha acompañado desde que tengo memoria. Como dato chusco, mi madre recuerda que, siendo un niño de kínder, yo aseguraba que tendría un grupo de rock hecho con mis hijos. Seguramente no tenía idea de qué era el rock pero, aun así, me entusiasmaba, sin saber exactamente por qué, ver una serie de repeticiones mías llamadas Gerardo 1, Gerardo 2, Gerardo 3… La soledad de ser hijo único (hasta los 18 años), y de no tener vecinos, produce pensamientos monstruosos. Este anhelo, que quizá pueda explicarse de manera psicológica: una manera de encontrarme con el niño que soy, una forma de dar todo lo que nunca tuve. No lo sé. Lo que sí es verdad, y una certeza, es todo lo que se ha revuelto en mí al leer Los niños del agua. La lectura, hay que decirlo, produce lágrimas, estruja el pecho, causa ansiedad por el sólo hecho de pensar en la paternidad. ¿Cómo lo hace alguien, Hiram, el lector? ¿Cómo sobrevivir a esos años de incertidumbre, de saberse responsable de alguien más que uno mismo? ¿Cómo afrontar un cataclismo como el descrito aquí?
Este libro está dedicado a Tristán, el hijo de este espléndido cronista y narrador, y uno siente esa caricia en cada una de sus páginas, incluso en las partes chuscas donde Oé aparece como adicto a los clubes de striptease . Aquí hay risa, hay continuidad, hay incluso ficción, un pueblo mítico, Tlayolan, un pensamiento capaz de hilar muy fino y de hacer conexiones donde uno no las imaginaría, y una voz esplendente que ilumina dentro de la oscuridad más profunda, como ese rayo capaz de abrir una roca, de provocar cuevas, grutas, sensaciones hondas que “curvan sus alas por encima de los mares y se asientan, piadosamente, en mi corazón.”
Sirva este libro como plegaria, como encuentro, como viaje y como un muestrario de lo humano, de la cultura y de la belleza, del Heike monogatari a Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, del Kojiki a Pedro Páramo, y de la tristeza más cruel y afilada a la esperanza más luminosa. Este libro es una plegaria, una disculpa, una elegía y un glosario de sentimientos y emociones. Y yo, al menos, con todo el temor del mundo, con toda la esperanza del mundo, celebro que exista Los niños del agua .
Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como
Ágora ,
Letrarte y
Momento . Parte de su obra se incluye en las antologías
Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Portada de Dios Tiene Tripas
Cagar a pedos es una expresión usual en la jerga argentina que extrañamente carece de sinónimos en México. Sin embargo, pese a la ausencia de un equivalente preciso (tal vez el más cercano sea hacerla de pedo ), entenderla no debería resultarnos complicado, más aún cuando el uso del español en América, con sus vertientes y ríos, tiende a la intimidación, al regaño, a la reprimenda, pero también a la rápida y maquinada ofensa, al insulto elegante. Fraternidad marcada por el autoritarismo militar, hemos renunciado a quedarnos callados. De esta irreverencia está lleno nuestro idioma: albures, groserías, etcétera. En la literatura, el escritor que más practica dicho estilo bravucón y exasperante es el ensayista, cuyos argumentos –bien sazonados de un humor cínico y procaz– irritan a las buenas consciencias. Provocadora de fina insolencia, Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) pone en jaque las costumbres más cerradas de la sociedad contemporánea en Dios tiene tripas , libro merecedor del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020.
En los trece ensayos que componen el volumen, Rivero profundiza en la relación que mantenemos con nosotros mismos y con los otros por medio de nuestros desechos. Cada ensayo escarba dentro de la cultura de la mierda: nuestras manías y prejuicios, los eufemismos que se convirtieron, con el tiempo, en gestos inequívocos de la autocensura que ejercemos diariamente. La autora ensaya con la mierda tal como dictan los cánones del género: la toca como si fuera la primera vez, para mirarla con otros ojos, tratar de leer en ella lo que se piensa y no se dice. Así se advierte en el “Prefacio”:
Tópicos bajos, groseros, banales; pero a la vez irrefutablemente humanos. Si en la literatura persisten —en la vomitada quijotesca del bálsamo de Fierabrás, en la varita de caca de Remedios la Bella— es porque dicha humanidad, demoniaca y divina, nos repele e interesa a un mismo tiempo. Son temas subterráneos: el sitio de lo que se piensa y no se dice.
El argumento más crítico del libro se dirige a la cultura de la (auto)represión. Para desentrañar sus estructuras la autora recurre a la infancia, una etapa donde experimentamos con nuestros propios efluvios y excrecencias corporales. Los niños no conocen el pudor, semilla de la censura adulta. Su desfachatez nos asombra mientras que a ellos les divierte encontrar así su lugar en el mundo. Con todo y su inocente pestilencia, los eructos, mocos y pedos infantiles nos devuelven a ese paraíso entrañable –víscera nostálgica– vedado a la seriedad de los mayores.
El caso contrario sucede cuando un extraño se pedorrea en el elevador. La incomodidad nos azora en ese instante dado que surge como un silencio autoimpuesto. Es lo reprimido que desea emerger, lo no dicho. Con el paso del tiempo aprendemos a controlar nuestros esfínteres pues solo reprimiéndolos seremos aceptados. Laura Sofía Rivero utiliza la subversión de los desechos para criticar los eufemismos de cierta clase de progresismo que a menudo alardea de asepsia verbal y de mente. “Nuestro pudor se construye a base de represiones, de grilletes en los impulsos”. Pero, ¿qué no el eufemismo es la otra cara de ese silencio autoimpuesto? Lectora ávida y minuciosa de Montaigne (algo que la corrección política no ejerce: leer detenidamente), la autora no pretende hacer pasar sus ensayos por una defensa dócil y amable del pensamiento. Si este se compone de “excrementos de un viejo espíritu, a veces duros, a veces blandos, y siempre indigestos”, el acto de pensar, y por ende de ensayar, nunca será, pues, “palabra sinónima de investigar con pudor, de opinar con decoro”.
Defensores del eufemismo como placebo, los paladines de lo políticamente correcto no solo no saben leer, también carecen de sentido del humor. En “Corre que te alcanza”, la autora los describe a la perfección: son los “cara de estreñidos”, hombres y mujeres reprimidos que evitan la risa bajo riesgo de que se les escape algo de sí mismos que no quieren escuchar. Preocupados por lo que digan de ellos, se reprimen, limitan su lenguaje. El humor escatológico es desagradable porque insiste en presentarse como un “mecanismo crítico que desestabiliza las verdades unívocas”. Escribe la autora en “Mitos y rituales de la espuma”: “Nuestros mitos modernos —la base que sustenta al imaginario colectivo— no son construidos por fabuladores ni por rapsodas sino por los publicistas”.
Escribir sobre heces fecales y baños públicos, en una época en la que los eufemismos, y, peor aún, los eufemistas dictan reglas de civilidad –se comportan como publicistas del sentido común–, es demasiado arriesgado, temerario, y, por ende, necesario y urgente. ¿Cómo no advertir la presencia del otro si no es mediante el olor de un pedo que no nos pertenece? Hijos de la dictadura –ya sea legal o solapada–, la historia latinoamericana nos recuerda que para el autoritarismo, el otro está negado o, como diríamos hoy, cancelado. Y en efecto, no es sencillo digerir la mierda ajena. Mejor es ignorarla, ocultarla, fingir que no existe. Pero el otro está allí, caga y apesta. En última instancia, las flatulencias, los fluidos más inmundos, son nuestro lenguaje comunal. Como el amor.
En “Viviendas: estampas del drenaje compartido”, Laura Sofía Rivero trata el tópico a partir de la mierda, no solo en un sentido metafórico (problemas, conflictos, diferencias) sino también literal: el baño del hogar como un bien mancomunado. Desde el momento en que uno sale con alguien y se enamora, aprende a vivir con sus hábitos más turbios. Lejos de utilizar ese horroroso y acrítico adjetivo de uso actual para describir las relaciones amorosas, la autora acierta en dibujar los desacuerdos de una pareja joven, y si algo hay de tóxico entre ellos será tan solo eso que se desprenda de sus tripas y vaya a parar a las aguas residuales:
Límites entre ternura y asco. Gradientes de cercanía. Él y Ella jamás se los preguntaron. No podían concebir nada más cariñoso que conocerse sin filtros: los excesos y la rusticidad del otro, eran su hogar. No obstante, antes de terminar su relación de años, Él enloqueció al saber que Ella tenía por costumbre orinar en la regadera. No podía permitirlo. Le parecía un acto descontrolado e incomprensible. Las casas son fáciles de edificar; los hogares, difíciles de construir. Lo íntimo es una lucha y una interrogante.
No hay ensayista que busque quedar bien con la ideología imperante. Su oficio no es alinearse al régimen de las buenas intenciones, sino amenazar a primera vista al comensal, persuadirlo incluso, en todo caso, retar su paladar. Heredera de un gusto refinado (que no por ello gentrificado ni exquisito), entre las lecturas de Laura Sofía Rivero sobresale Michel de Montaigne, tutor de sus meditaciones, así como Jonathan Swift y los pensadores clásicos (Aristóteles, Séneca, Barthes) a los que Laura Sofía vuelve una y otra vez, empachada por las ideas de supuestos reformistas del pensamiento, más preocupados por transcribir en sus libros sus tuits más gustados que por pensar por ellos mismos.
Con Dios tiene tripas podemos hablar de una obra ensayística que empieza a consolidarse a partir de las obsesiones y manías de la autora: los gérmenes como microscópicos peligros, la prosa hiperbólica y al mismo tiempo exacta, la alevosía en los detalles. Los trece ensayos que dan forma al libro (cuyo título es, a mi gusto, lo único reprochable al igual que el epígrafe elegido, pues ambos dan cuenta de una dimensión religiosa que contrasta con la carnalidad e inmundicia manifiestas en los textos) se pueden leer por separado en cada ida al baño. El modo en que están escritos –de una prosa ácida e hilarante– hacen que duren el tiempo exacto para disfrutarlos mientras esperamos pacientemente a que nuestros intestinos hagan su trabajo.
Desde hace algunos años Laura Sofía Rivero destaca como una de las ensayistas jóvenes más interesantes, investigadora paranormal de lo cotidiano que no podría escribir desde otra realidad que no sea la suya: “La experiencia se vuelve la mejor dictaminadora de lo cierto. La razón, si acaso, su faro”. Lo hizo en Tomografía de lo ínfimo (2018); lo hace ahora en Dios tiene tripas . En ambos libros propone una conversación íntima que solo algunos lectores pueden mantener con ella, no por falta de inteligencia sino por ausencia de recato. Son los buenos lectores, que aceptan el pedo de Laura Sofía Rivero sin juzgarla pues saben que algo en su obra los convoca, quizás el olor o su atronadora impudicia.
Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos
Punto ciego (2016).
Concierto de Nick Cave en Hamburgo/Alemania en julio de 2001. (CC BY-SA 4.0)
—¿Vas a escribir sobre Nick Cave?
—Pues sí.
—¿Tú quién eres para hacerlo?
Discuto con mi inquilino vitalicio, también conocido bajo el alias de “El Síndrome de Impostor”; tras grandes esfuerzos salgo victorioso al arremeter a modo de sentencia, categórico, petulante, y, lo peor de todo, veraz: si alguien tiene derecho a escribir sobre Nick Cave soy yo, por el mero hecho de que se ha parado sobre mis hombros. Y no es metáfora, analogía, delirio, sueño o deseo reprimido.
En su concierto, el 19 de febrero de 2013, Plaza Condesa, en el entonces D.F., Nick Cave, como parte de su interpretación de Stagger Lee , se acercó a los que estábamos pegados al escenario (aquellos benditos en puntualidad), corroboró algo en mi mirada y se paró en mis hombros, sus manos extendidas a los demás, sosteniéndolas, entrelazándose y cuidando el equilibrio sobre aquel mexicano de 23 años.
En un punto, Nick Cave vio el cabello rizado de mi madre y la despeinó, su mirada pasó a enfrentarse a la de mi padre, lo señaló con su índice largo y delgado y le gritó “motherfucker ”. Esto último tampoco es metáfora, analogía, delirio, sueño o deseo reprimido. Mi madre y mi padre, aunque no era el plan original, fueron conmigo al concierto, y recibieron la despeinada y el insulto de buena gana.
En ese entonces yo vivía en Guadalajara, tenía una novia con la que las cosas iban muy en serio, tan en serio que portábamos anillos de compromiso, sí, los dos, de plata, nada de diamantes o esas cosas. El plan era casarnos e ir a estudiar juntos una maestría. Y como toda relación seria, la cosa iba mal y sin enunciarse. La seriedad y el silencio son síntomas de las relaciones erosionadas. En esas marañas, yo había comprado dos boletos para ver a uno de mis cantautores favoritos, el tercero de la santísimo trinidad: Leonard Cohen, Patti Smith y Nick Cave. A la mera hora, por exceso de trabajo (uno de los muchos temas que no discutimos en la relación) mi novia no pudo ir. No quise desperdiciar el boleto, viajé al D.F. e invité a mi madre; luego, al sentirse excluido, mi padre decidió hacerse de una entrada revendida afuera del recinto. Y así es como terminaron siendo despeinados e insultados por un australiano trepado en los hombros de su hijo.
Poco después terminaría mi relación. Me sumí en una depresión severa, mi único plan tras graduarme era conseguir un trabajo contestando llamadas de emergencia y sirviendo como intérprete simultáneo entre el inglés y el español. Estaba cayendo en un espiral de conmiseración, de hundirme en mis vicios que agrietaron el noviazgo: me negaba a enunciar mis deseos, mis emociones. Sin embargo, encontré el modo de asumir el dolor y apreciar a ese espiral, la caída, lo que resultaría ser el primer paso para levantarme. Pero esto no lo aprendí solo y todavía pasarían muchos raspones para que adoptara como forma de vida esa visión.
Hace 25 años salió The Boatman’s Call , el 3 de marzo de 1997, el décimo disco de Nick Cave & The Bad Seeds. Yo lo descubrí hasta el 2004. Quisiera poder inventarme una historia que me haga sonar interesante, profundo, destinado a apropiarme de la música de Cave, pero no, la primera canción que escuché fue “People Ain’t No Good “, gracias a Shrek 2 : excelente secuela con una banda sonora insuperable.
Shrek, Burro y El Gato con Botas están en la cantina bebiendo, en el piano El Capitán Garfio toca la canción de Nick Cave. El Príncipe Encantador y Fiona parecen ser el uno para el otro, Shrek ahoga sus penas. Y algo se queda en mí por esa música tan sencilla, tan punzante en su letra, semilla de una oscuridad luminiscente:
To our love send a dozen white lilies
To our love send a coffin of wood
To our love let all the pink-eyed pigeons coo
That people they just ain’t no good
The Boatman’s Call marcó un quiebre en la carrera de Cave, dejaba de lado los guitarrazos, las distorsiones y los gritos post-punk, remanentes de su antiguo proyecto The Birthday Party . Este disco tiene 12 canciones que no dibujan picos escarpados con sus decibeles, el piano es el instrumento central. El mismo Cave dijo que la banda, The Bad Seeds, tuvo que mantenerse a raya, acompañar esa cadencia melancólica que él necesitaba purgar.
Pero no sólo cambió su música, sino las letras de sus canciones. El disco anterior, Murder Ballads (1996), está compuesto de temas tradicionales del crimen, pequeñas narraciones sobre asesinos y asesinatos, se explora la violencia, la maldad humana, es como si Cormac McCarthy escribiera canciones. De ahí viene “Stagger Lee ” y ese “motherfucker ” que recibió mi padre. En The Boatman’s Call se deja de lado la ficción y se sumerge en lo autorreferencial, lo autobiográfico.
El disco que fue un quiebre surgió por otro quiebre, el de la relación de Cave con la cantante PJ Harvey. Nick Cave tiene una página personal en la que contesta preguntas de sus fans: The Red Hand Files . Es una ventana para asomarse al pensamiento del artista, pero, sobre todo, para apreciar su habilidad como escritor. Ante una de las preguntas, Nick Cave ahonda en los motivos de la ruptura sin necesidad de ser explícito, hace uso del recurso de un buen cuentista, contar una historia y a la par presentar otra que subyace:
“En realidad, yo no rompí con PJ Harvey, ella rompió conmigo. Ahí estoy, sentado en el suelo de mi departamento en Notting Hill, el sol fluyendo por la ventana (quizá), sintiéndome bien, con una novia cantante, talentosa, joven y bella, cuando el teléfono suena. Contesto y es Polly.
—Hola —digo.
—Quiero terminar contigo.
—¿Por? —pregunto.
—Simplemente se acabó —dice ella.
Estaba tan sorprendido que casi se me cae la jeringa.
En el último enunciado da un golpe de realidad, te arroja la razón por la que toda la trama se desenvuelve, las drogas se vuelven lo central, el “quizá” se explica, entendemos cómo es que no recuerda bien la atmósfera a pesar de presentarla como un momento estético, con los elementos suspendidos, cuando en realidad estaban opacados por una miasma de heroína.
Y así abre el disco con “Into My Arms ”, una balada de amor que parece mirar de lejos, incapaz de acercarse del todo, de consumar, a sabiendas de un destino roto, de un dios que no interviene, de ángeles que no vigilan, pero que sucede por causa de un ser superior, el mismo amor, indudable incluso ante el más férreo ateo. En la tristeza se encuentra un vino dulce, que embriaga y trae sonrisas a pesar de las lágrimas.
Esta mezcla entre desamparo y esperanza sigue en “Lime Tree Arbour ”:
There will always be suffering
It flows through life like water…
…Through every word that I speak
And everything I know
There is a hand that protects me
And I do love her so…
Escribe Cave en otra de las preguntas de la página: “Esperanza y optimismo pueden ser diferentes, incluso fuerzas opuestas. La esperanza surge del sufrimiento que se conoce de frente, es la chispa desafiante y disidente que se rehúsa a extinguir. El optimismo, por otro lado, puede ser la negación de ese sufrimiento, el miedo a enfrentarse a la oscuridad, ausencia de conocimiento, una especie de ceguera ante lo actual.”
La quinta canción de The Boatman’s Call , “There is a Kingdom ” sentencia:
And all the world’s darkness can’t swallow up
A single spark
Such is my love for you
Los discos de rupturas son una especie de género musical en sí mismo, suceden cuando algún artista purga y graba los sentimientos que lo colman al terminar una relación. Algunos son:
Al repasar estos ejemplos, me llega a parecer curiosa la atmósfera del disco de Nick Cave, ese aferrarse a cierta luz, la mínima, a pesar del quebranto. No manda todo a la mierda, no recoge la jeringa del suelo para ahogarse en niebla, para aferrarse a la conmiseración como muchos hacemos al sentirnos dolidos. Como yo mismo hice tras ese concierto en 2013, tras mi ruptura: comiendo diario pizza congelada y pasando horas de entrenamiento para un trabajo que nunca quise tener: contestar teléfonos. En The Boatman’s Call se explota el sufrimiento y se crean bellezas que no están ausentes de luz, de ideas e imágenes luminosas: recoge los pedazos y arma un testimonio vivo de la ruptura, sin arrepentimientos y, sobre todo, con esperanza. Tardé en adoptar esa lección, cuando lo hice renuncié al trabajo y me tomé en serio la idea de escribir, de seguir un camino que redime al dolor por medio de la estética, del arte.
Para muchas personas podría parecer algo nimio, intrascendente incluso, mantener esa posición llena de esperanza en una ruptura, y quizá tengan razón, la mayoría pasamos por eso y el tiempo nos cura por igual. Pero Nick Cave mantuvo esa actitud incluso en una situación que pocos llegan a vivir, una tragedia que derrumba, que hiela, agrieta los dientes de la sonrisa más optimista.
En julio del 2015, el hijo de Nick Cave, de tan sólo 15 años, murió en un accidente. Y el duelo se vivió con las lecciones que 1997 dejó, con las sombras de The Boatman’s Call , sólo que ahora con un dolor muy distinto. De ese duelo surgen los discos Skeleton Tree (2016) y Ghosteen (2019). Lo autobiográfico fue el camino por el cual llegó a dar un sentido al sinsentido, reconocer lo bello en lo horroroso.
En su página escribe: “Me parece que, si amamos, experimentamos el duelo. Ese es el acuerdo. El pacto. Duelo y amor, por siempre entrelazados. El duelo es el recuerdo terrible de las profundidades de nuestro amor y, como el amor, el duelo no se negocia. Hay una vastedad en el duelo que nos abruma en nuestros seres minúsculos. Somos diminutos racimos de átomos, subsumidos dentro de la increíble presencia del duelo. Ocupa el centro de nuestro ser y se extiende a través de nuestros dedos hasta los límites del universo. Dentro de esos vórtex arremolinados existen todos los contornos de la locura; fantasmas y espíritus y visitaciones de sueños, y todo lo demás que nosotros, en nuestra angustia, forzamos dentro de nuestra existencia. Son regalos preciosos que son tan válidos y reales como necesitamos que lo sean. Son guías espirituales que nos guían fuera de la oscuridad. ”
La segunda vez que compré boletos para ver a Nick Cave & The Bad Seeds de nuevo compré dos, para mí y para mi entonces pareja. Una relación muy distinta a la anterior: no había promesas de matrimonio, de vida en común, anillos de plata, al contrario, nos decíamos te amo con cierta consciencia de los finales, como si cada beso fuera de despedida: “I need you, I don’t need you, I need you, I don’t need you, And all of that jiving around ”, dice la canción de Leonard Cohen sobre su amorío con Janis Joplin. Éramos eso, a pesar de dedicarnos “Into My Arms” de Cave.
Y como maldición, como eterno retorno del fracaso de no encontrar un nuevo estado de la materia, a la mera hora no pudo ir, y vendí los boletos. Esta vez no me sentí con ánimos para abrazar la contingencia, de buscar una resignificación, invitar a alguien más a escuchar lo que era para nosotros dos. Lo opuesto, decidí privarme, compartir eso, la ausencia de música, de vitalidad. Poco después terminaríamos… más bien, como escribió Nick Cave: terminó conmigo.
De nuevo, en mi actitud tras el concierto fallido estaba la semilla del vicio que haría grietas en la relación. Esa abnegación, pintarme de mártir, era mi salida fácil para no afrontar la ausencia de aire, de besos y luz… es raro escribir de esto: exponer los motivos, la psique de un noviazgo en derrumbe, algo tan personal.
En otra respuesta en su página, Nick Cave asegura que algunos elementos de The Boatman’s Call solían asquearle. La catarsis de escribir canciones alejadas de la ficción y apegadas al dolor que sentía tras la ruptura le llegó a parecer vergonzoso:
“Ya no veo a The Boatman’s Call de esa manera, y entiendo que el disco era un brinco necesario hacia un tipo de escritura que se terminaría por convertir en autobiográfica exclusivamente (Skeleton Tree y Ghosteen , por ejemplo) pero, por otro lado, menos centrada en mí mismo y más en aquel “yo” colectivo. Cuando interpreté las canciones de The Boatman’s Call para la película Idiot Prayer , ya no se sentían como llantos que emanaban de las devastaciones pequeñas y cataclísmicas de la vida. Se convirtieron más en una liberación espiritual del ser, algo más amplio y comprensivo (no exactamente trascendental) pero expansivo, en el sentido de que nos reagrupan a todos en una misma comunalidad de la experiencia que intentan describir. Al menos eso espero. [efn_noe](Traducción original de Danush Montaño Beckmann) Nick Cave, The Red Hand Files, Issue #132 , consultado el 16 de febrero de 2022 en https://www.theredhandfiles.com/what-were-you-disgusted-by/[/efn_note] ”
Como reflexiona el escritor mexicano César Tejeda: “…la mayor argucia de los textos autorreferenciales no consiste en tergiversar la realidad ni la memoria, consiste en inventar una realidad que está siempre unida a otra cosa: que el narrador se revele paulatinamente a partir de una existencia exterior: otra persona, un vicio o un lugar, por mencionar algunos ejemplos. ” Y es precisamente lo que logra Nick Cave tras ese quiebre en su escritura, utiliza sus vivencias como punto de partida para revelarse, pero sin ser ancla, sin regodeos en el agua putrefacta de un estanque de conmiseración, al contrario: evoca cierta universalidad en su individualidad, presenta una cadena, emociones tan primarias y desnudas que, aunque no estemos pasando por un duelo amoroso, o de cualquier otro tipo, nos sentimos reconfortados, identificados, parte de un algo más: experiencia estética. Lo trascendente se nos revela a partir de una existencia subjetiva.
Michael Hutchence, cantante de la banda australiana INXS, falleció el 22 de noviembre de 1997; Nick Cave, amigo de Michael, tocó “Into My Arms” en su funeral. La letra de la canción, originalmente ideada para dolerse por PJ Harvey, sirvió como homenaje a la pérdida de un amigo, de un colega, porque a final de cuentas iba más allá de lo inmediato, de la vivencia inicial que se plasmó.
Mientras escribo este texto a lo largo de un mes, escucho una y otra vez el disco, las canciones de dolor, de un amor que arranca raíces de lo más profundo y, sin embargo, no estoy en donde estaba cuando sucedieron esos dos conciertos de Nick Cave. Estoy lejos de una relación tormentosa, con futuros imposibles o con desapegos subliminales, e incluso así las canciones me llaman.
Ahora entiendo que las canciones de The Boatman’s Call y la visión de Nick Cave es una lección perpetua, modus vivendi , no de momentos, es una forma de recibir el sufrimiento, pero también la belleza. Nick Cave hace énfasis en una estética que deviene en ética, un abrazo a la vida, a pesar de las oscuridades, a pesar de las lágrimas, una reafirmación radical en medio de las tinieblas.
En una entrevista, Nick Cave dijo que la gente debería de dejar de leer a Charles Bukowksi. Critica la visión de Bukowski, sobre todo de cómo ve la poesía: dijo que es como ir a cagar: una postura de desprecio, de asco, de fetidez. Cave responde: “Su visión particular de la humanidad abyecta me parece difícil de digerir, especialmente en la poesía, hermosa poesía, siendo yo un amante de la vida y el mundo. ”
Esa oscuridad esperanzadora es la que me llamó al ver Shrek 2 , es lo que sentí al escuchar por primera vez el disco The Boatman’s Call , es lo que me condujo a volverme un aficionado de la obra artística de Nick Cave, de su sensibilidad, de su modo de ver y entender el dolor y la vida, la muerte y el placer, el amor y el duelo, es lo que hizo que él tuviera hombros donde pararse una noche del 2013 y es lo que, sin duda, me hará seguir comprando dos boletos cada que venga a dar un concierto a México, a pesar de… a pesar de lo que indica mi estadística personal, el historial de dolores, de fisuras, a pesar de, o más bien, por virtud de las mismas. Porque ya dejé atrás los silencios mustios del primer concierto, la ceguera del ignorante, esa actitud de peso muerto en naufragio, que no bracea ni pide ayuda, también queda atrás el mártir que se mata de hambre del segundo concierto, el cínico en su mierda, sufriendo por sufrir; ahora abrazo las penas, las oscuridades, mientras miro las luminiscencias, aquellas grietas que dejan pasar la esperanza, porque a pesar del dolor, creo en el amor.
Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Ilustración [GIF] realizada por Mildreth Reyes
I. El placer
El placer es un artificio de supervivencia. Vulnerable a la muerte, el cuerpo se procura más tiempo en el mundo a fuerza de orillarnos a disfrutarlo. Dios fue el primer conductista: diseñó las complacencias de la carne como un medio para reafirmar la vida.
Habitamos la Tierra condicionados por el humor químico de nuestras neuronas, sí, pero sería injusto concebir al placer sólo en términos de recompensa comportamental. El placer, primero palpado como experiencia sensible, se asienta en la composición vital del individuo gracias a que rebasa los perímetros de lo meramente físico: alcanza a empotrarse en las alturas de lo simbólico tras el paso del tiempo. Las vivencias, los olores, los sonidos, se disfrutan cuando el inconsciente los dota de cierta plenitud íntima, con la que se les permite habitar el cerebro no como elementos solitarios, sino como los astros que articulan una cosmogonía personal.
Vienen a mi mente algunas líneas pronunciadas por Álex Faber, el fascista converso ideado por Antonio Ortuño que narra la novela El buscador de cabezas : “La mayor parte de los hombres somos pequeños autistas reaccionarios. El placer que nos dan las cosas nos llega por costumbre, por acumulación. El mejor sexo es el que se produce a la décima ocasión, cuando el cuerpo contrario no guarda misterios y se convierte en una serie de texturas y agujeros. La mejor agua es la que se lleva consumiendo por años, especialmente si está a la temperatura que nos agrada”.
El placer, contradictorio en su condición de gozo inmediato, parece ser un vicio de la habituación. Aparece ante nosotros con los modos de una cotidianidad dilatada, costumbre venida a más. Para mucha gente, existen ciertas experiencias ─el coito, el consumo de un psicoactivo, etcétera─ cuyo advenimiento justifica la espera de jornadas enteras. La necesidad de complacencia surge, a veces, como la directriz del calendario.
Henry Sidgwick, el filósofo inglés que volcó sus ánimos al utilitarismo, dedicó un tramo de su libro The Methods of Ethics a reflexionar el carácter contraproducente de la búsqueda del placer: rara vez se obtiene cuando uno lo busca deliberadamente.
El placer, entendido como un paliativo involuntario, puede ser tan imponente como escurridizo. Resulta el más grande de los caprichos del cuerpo.
II. La memoria
La memoria es un artificio de supervivencia. La capacidad de recordar nos convierte en animales desterrados del presente, embebidos en un entramado de secuencias traslapadas. Desde luego, esto es culpa de la evolución. Nos adaptamos a nuestro nicho ecológico a fuerza de asimilar los patrones de la naturaleza, conscientes de que en toda experiencia pasada reside una lección que aprender. Memoriosos por defecto, nuestras vivencias van adquiriendo una acumulación de paralelismos.
La memoria resignifica, reinterpreta. Por ella, ciertos pasajes de la vida añejan un regusto puntual: acudimos a los recuerdos placenteros debido a su poder para sustituir imágenes y sensaciones con minuciosidad vívida. Huimos de los recuerdos tortuosos por el mismo motivo.
III. La ausencia
El cuerpo es consciente de sus pérdidas. El síndrome de abstinencia extiende sus dedos por debajo los huesos valiéndose siempre de la misma hostilidad. No importa si el placer ausente es el consumo de un químico o el tacto de otra piel.
“La memoria es generosa en su crueldad”, dice César Aira en la novela El divorcio . De entre todos los ejemplos de esa crueldad que saltan a mi mente, se alza uno con insistencia fantasmal: el de la orfandad de un cuerpo ajeno. El placer suele presentarse como una forma de absoluto; casi siempre lo alcanzamos recorriendo el camino de otros labios, otro sexo. Una vez perdida, el recuerdo de la carne ausente acude a nosotros con tino portentoso: siempre nos encuentra, sin importar nuestros esfuerzos de evasión.
El placer y la memoria suman la cifra de las vidas.
En su binomio está el camino hacia la muerte
Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.