Tierra Adentro
Ilustración realizada por Maricarmen Zapatero

 

No es imposible saber las razones que llevaron a Sam Walton a fundar, el 2 de julio de 1962, la que sería la compañía pública más grande del mundo: Walmart. Si lo pensamos en el presente, la imagen que proyecta el supermercado en nuestra mente es mucho más amplia —un gigante en donde nos abastecemos de lo más básico para poder vivir, una fábrica de alimentos y ropa, un bunker que está sustituyendo a los cajeros con máquinas de cobro que uno mismo puede operar, un monopolio que poco a poco va comprando a pequeñas compañías que buscaban su propio espacio en el mercado—. Sin embargo, la idea original era relativamente sencilla: abrir un almacén de descuentos en el cual vender ciertos productos a un precio accesible, casi siempre más bajo que en otros lugares. Y si tuviera que decirlo de otra manera: encontrar una forma de hacer crecer un negocio familiar.

La historia comienza más o menos así: en 1945 Sam Walton, un prominente empresario y militar oriundo de Oklahoma, decide abrir una tienda departamental que no solo fuera eso, sino que además integrara abarrotes y productos de limpieza. Todo en un mismo lugar. Para hacerlo, compró una franquicia de la cadena Butler Brothers en Newport, Arkansas con ayuda de su suegro y los ahorros que había obtenido por pertenecer al ejército. Un total de 25 mil dólares por un terreno de 5000 metros cuadrados, aproximadamente. Ahí, Walton implementó ciertas estrategias ¿de negocios? que lo ayudaron a que el supermercado se convirtiera en lo que es: anaqueles repletos de productos, todos de distinta marca, a precios bajos; horarios más extensos que los de la mayoría, sobre todo en temporadas especiales como navidad; y, tal vez la más importante por los efectos que tuvo: rebajó los precios de los productos comprando mercancía en lotes completos a proveedores económicos.

Con el tiempo, Walton fue abriendo otras tiendas utilizando el mismo método: con el fin de ser más competitivo, rebajaba tanto los precios que, al principio, no tenía tanto margen de ganancia. Pero le bastaron cinco años para que abriera Walton’s 5 & 10 en Bentonville, Arkansas, y se volviera un éxito. Luego de eso, no pasó tanto tiempo para que buscara otros terrenos para hacer lo propio. Finalmente, en 1962 abrió la primera tienda bautizada como Walmart en Rogers, Arkansas, con una fórmula perfeccionada que permitió, entre otras cosas en apariencia, involucrar a los trabajadores en las utilidades de la empresa.

No puedo saberlo con certeza, pero cuando Walmart llegó a México en 1991, imagino que varias familias, sobre todo de la clase media, esperaban comprar —con aquellas ansias que solo provoca el consumo y el capital— toda la oferta de productos que el supermercado tenía para ofrecer. Sobre todo porque llegó en un contexto en el que ya se discutía un posible tratado comercial con Estados Unidos, y lo que Walmart vendía era la posibilidad de elegir, entre tantas cosas, la que es mejor para nosotros, para la vida que estamos decidiendo vivir. Y qué es mejor para nosotros sino algo que nadie más puede tener. Para quienes viajar era un tanto imposible, que Walmart abriera sucursales en nuestro país significaba estar un poco más cerca de un estilo de vida que llamaba la atención por inaccesible.

Anatomía del comprador de Walmart

Aunque el primer supermercado del mundo abrió sus puertas en 1916 en algún rincón de Tennessee, Walmart cambió la forma de pensar (y pensarnos en) estos lugares. No se puede saber cuánto tiempo exacto se gasta en una salida al súper, pues solemos creer que es una actividad tan rutinaria que no ocupará gran parte de nuestro día y, sin embargo, reservamos los domingos familiares para hacer las compras de la semana. Lo que sí podemos saber es lo que hacemos una vez que estamos dentro: merodear por cada uno de los dieciocho pasillos, repasando los productos que hay, contando el dinero en la mente para saber si nos alcanza para todo lo que queremos o no.

Hay estudiantes universitarios que lo visitan, de entrada por salida, cuando hay que hacer rendir el dinero. Hay quienes solo pasan por el pasillo de bebidas, supongo porque es el único lugar en Monterrey donde encontrar agua embotellada o refrescos con o sin azúcar, o bebidas energizantes, o Electrolit o Suerox de todos los sabores (hasta los que deberían descontinuar como el de coco). Hay quienes conocen como la palma de su mano en dónde encontrar tal o cual cosa: las amas de casa, como lo fue durante mucho tiempo mi abuela, saben en dónde encontrar el puré de manzana, las chuletas ahumadas o el arroz precocido, tan bien como quien recorre ese lugar más de una vez a la semana y solo entonces podía ganársele al ocio y a la dispersión. Otros, como yo, nos paseamos por los artículos del hogar o por la papelería para ver si algo puede mejorar nuestros métodos de organización. La elección del pasillo en que se encuentre cada quien no es tan distinta a decidir la carrera universitaria que vamos a estudiar.

En su ensayo “Paseos por el supermercado“, Valeria Mata menciona que “Como asociamos los supermercados al ámbito doméstico, obviamos su existencia sin sospechar que forman parte de nuestras memorias infantiles y adultas, y que en ellos se escenifican encuentros, disturbios, deseos y emociones”, lo que me hace pensar en toda la vida que pasamos dentro de estos espacios. Cuando nuestros padres nos llevan por primera vez a Walmart juran que no nos van a comprar nada, o cuando el clima de la visita es generosa y nos sentencian con solo agarrar un dulce, o cuando de niños nos perdemos en los pasillos que de pronto se vuelven un camino sin salida y una trabajadora tiene que vocear nuestro nombre para que nos encuentren.

Es curioso indagar en las razones por las que nos perdemos entre el pasillo de artículos para el hogar y el de ropa para toda la familia en Walmart. De niña me daba tanto pavor perder de vista a mis padres que, cuando íbamos al súper, contaba los pasos que habíamos dado desde el coche hasta la entrada para que, si es que los perdía, supiera cómo regresar al estacionamiento, asegurándome de que no se fueran sin mí. Era un método riguroso y, sin embargo, poco efectivo. Al pasar la puerta de entrada, mi antojo me traicionaba: quería un cereal de Oreos mini, quesitos Babybel, la barbie aeromoza y un set nuevo de plumones Crayola. Olvidaba el número de pasos casi inmediatamente. Aunque la fobia al abandono estaba latente en cada poro de mi piel, lo cierto es que cada pasillo escondía tras de sí la oportunidad de ser otra persona: ¿y si me compraba una nueva libreta?, ¿y si empezaba una dieta con yogurt griego?, ¿y si cambiaba de desodorante para oler más rico?, ¿y si me convertía en esas personas que solo consumen leche de avena? La respuesta a estas preguntas dependía, en buena medida, de lo que decidiera agarrar en Walmart y de lo que mis papás aceptaban comprarme.

Aunque me consolaría saber que perderse en un súper sea una práctica innata del mexicano promedio, lo cierto es que debe pasar en todos lados. Todos los humanos del planeta somos propensos a creer entender el orden y acomodo de un Walmart para, luego de una ridícula escena, tener que textear a nuestro acompañante un humillante dónde estás. Es imposible saber si así funciona para todos, pero un Walmart puede ser la habitación dentro de casa en la que nos refugiamos cuando todo se derrumba: una vez en Argentina tenía tantas ganas de llorar que decidí ir al súper y dejar que las lágrimas, a falta de un abrazo, me dijeran qué comprar —me terminé llevando una caja de alfajores y un Bailey’s—. También puede ser el espacio de reflexión que necesitamos de vez en cuando, sobre todo cuando vivimos en diminutos departamentos que apenas tienen cocina: para escribir este ensayo necesité de unas tres visitas al Walmart en las que tuve que comprar cosas que no necesito —una cajita de bálsamos labiales, unas Pastisetas y un dip de cebolla francesa—, pero que me sirvieron para indagar no solo en mi propio antojo sino en mi falta de voluntad para ir a un lugar y no comprar absolutamente nada.

Pensándolo bien, un Walmart es igual de importante que un hospital. En las revueltas de Chile en 2019, los primeros lugares en ser testigos del control y militarización del Estado fueron los Líder (que es como Walmart bautizó a sus sucursales sureñas), hubo —según la televisión, que es como decir según alguien a quien le conviene— tantos saqueos que no quedó de otra más que limitar la entrada y salida de estos lugares. Uno tenía que hacer filas de hasta tres horas para que lo dejaran pasar y hacer el súper en tan solo 40 minutos, en medio de una crisis real (las manifestaciones sucedían todos los días, casi a la misma hora y el desenlace era casi siempre el mismo: un búnker de agua sucia y bombas de gas pimienta descongestionando a los participantes). Ir al súper se convirtió, en ese entonces, en una especie de realidad alterna: mientras afuera unos disparaban y otros morían, la mayoría iba al Walmart con la esperanza de que ahí la guerra no se sintiera.

¿Qué pasillos son los que recorrería alguien que tiene miedo de no volver? ¿Cuáles son los que evitarían aquellas jóvenes que bloquearon los torniquetes del metro y dos años después, cambiaron la Constitución chilena completa? ¿Qué productos se llevará una extranjera que no entiende bien a bien qué sucede pero sabe, porque lo enfrenta, que el Walmart o Líder podría no volver a abrir? ¿Qué compraran los milicos, esos que posaban con sus metralletas en la entrada y que dejaron ciegos a cientos de manifestantes? La democracia walmartiana no tiene un límite claro (un milico asesino puede comprar un Gatorade para hidratarse, pero no vaya a entrar alguien con desaliñado por un sándwich porque entonces hay un guardia detrás de él que le sigue el paso), eso sí: hay de todo para “todos”.

Como pasa cuando nos asumimos trabajadores sin seguro de gastos médicos, cuando compramos la despensa con nuestro primer salario nos topamos, de frente y de golpe, con una vida independiente en la que el queso y las aceitunas son un lujo que hay que atesorar con cuidado, la carne de res un producto de ocasión tan especial como que haya visitas en casa y que el vino es mejor comprarlo en promoción 2×1. Por eso dicen que no hay que ir al súper con hambre, porque corremos el riesgo de saborear antes de tiempo las ofertas que nos hacen peones de los peores productos para nuestra salud.

Pero no hay nada peor que un Walmart con el potencial de convertirse en un espejo de nuestros miedos: no quiero que llegue el día en que no tenga dinero para pagar un kinder delice o para un paquete grande de pan blanco, medio kilo de jamón de pavo y un paquete de queso gouda o, lo que más miedo me da, el papel de baño. Qué vergüenza llegar a pagar con menos dinero del que marca la caja y tengamos que seleccionar qué dejar, esperando que los compradores de la fila no nos juzguen por nuestra decisión o por hacerles esperar aún más tiempo. No nos imaginamos una ciudad sin el acceso a estas bodegas porque son el símbolo de civilización que hemos adoptado y con el que nos hemos acomodado a través de los años.

Más de una vez he fantaseado en quedarme a vivir en un Walmart. ¿Y si me escondo detrás de los refrigeradores de la salchichonería hasta que apaguen las luces y cierren las puertas? De hambre no moriría, de aburrimiento es probable que tampoco. Me he imaginado las madrugadas en que, en lugar de ir al refri de casa donde no hay mucho que escoger, voy al pasillo de dulces para agarrar de los chocolates rellenos de rompope, o una bolsa grande de papas Chips fuego, o una Coca-cola bien fría, o uno de esos panes —horribles a menudo— que venden en la panadería y sirven para saciar el hambre.

Pero ahí, en un lugar que asociamos a lo conocido, al calor del hogar, a la sazón de la abuela, al premio que papá nos regalaba, también suceden prácticas crueles que resumen el estado de la mayoría de las cosas que nos rodean: desigualdad, abuso, discriminación. Ya lo decía Valeria Mata:

Fuera de nuestra vista, sin embargo, tiene lugar un proceso industrial bastante oscuro, pero cubierto por capas de plástico. Las desigualdades y abusos a lo largo de las cadenas globales de suministro de alimentos se disimulan bajo el barniz de civismo y orden que impera en un súper.

Pensar al Walmart como un tirano tiene que ver con que cada vez más personas, tal vez jóvenes, evitan pisar un tianguis. No sé si existe la idea en la mente de las personas, pero algo me dice que es porque en una ida al Walmart nos ahorramos distintas salidas (ya no vamos a la panadería, ni a la papelería, ni a la cremería, ni a la pollería. Walmart nos ahorró esos locales y los convirtió en líneas rectas con anaqueles llenos) y en un mundo en el que no tenemos tiempo, ahorrar el que sea —para seguir produciendo, para no parar la circulación del capital— siempre es buena idea.

Un Walmart tal vez no acabe con las tiendas de abarrotes que otrora ocupaban esquinas de la ciudad, pero sí aquellas calles cerradas con techos rosados y mesas hechas con tablas de madera sobre las cuales hay manteles rayados azules o rojos. Ese otro paisaje citadino que preferimos ignorar —sabiendo que dentro de los tianguis la calidad de ciertos productos es mejor y el precio, incluso, más barato— porque solo hay de un sabor, de una marca, de una sola bolsa.

Quizá por eso, por todas las veces que Walmart ha demostrado ser el avasallador que es (no resulta sorpresa que la compañía de Walton lidere las quejas ante Profeco), robarle no sea sino el saldo de una deuda de verdad histórica. Una vez alguien me enseñó el método perfecto para sacar un producto de la tienda sin pagarlo (y lo reproduzco aquí para quien lo necesite): lo que sea que quieras, déjalo al fondo de la bolsa ecológica que lleves —porque estás obligado a llevar una de esas bolsas— y no lo saques jamás, especialmente cuando llega la hora de pasar los productos por la banda eléctrica para que los registren. Entre los pliegues de la tela, cuando esta se arrugue, se formará el escondite ideal: cuando la tomes, asegúrate de que tu mano sostenga el producto y la bolsa parecerá vacía. Cuando me enseñaron a hacerlo, robé una Dos Equis lager; mi amiga, un pedazo de salmón ahumado de 250 gramos.

Ya no voy al súper a pensar cosas

En 2022 ya no vagamos por los pasillos mientras construimos un hogar en nuestra mente —en buena medida, los productos que compramos se basan en la idea que tenemos para nuestra casa: yo, por ejemplo, he decidido comprar leche Bové deslactosada porque los colores de sus cajas combinan con el resto de mi refri—, sino que a través de páginas de internet mal hechas, fotos con pésima iluminación y aplicaciones confusas que dejan de servir a la mínima provocación elegimos los productos que necesitamos para sobrevivir una semana más, unos quince días más.

De todas las actividades que murieron con la pandemia, ir al súper a reflexionar es de las más dolorosas. La maravillosa época en la que íbamos al súper a llorar, a pensar, a refugiarnos, a pasar tiempo de calidad con la familia se terminó porque, un buen día, un virus nos condenó a una vida a distancia, a reuniones o clases por Zoom, y a usar el clic como sinónimo de hola y adiós.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias
Ilustración realizada por Pinchi Necro

Uno de los retratos más precisos sobre Juan Rulfo lo ofreció Augusto Monterroso en su fábula El Zorro es más sabio, dedicada especialmente al autor jaliciense. En ella se cuenta la historia de un zorro que envuelto en aburrimiento, melancolía y necesidad económica, decide comenzar a escribir. Su primer libro fue excelente y el segundo aún mejor. Así, todo el mundo aplaudía sus libros y hablaban sobre ellos en todas partes. Los ojos académicos no distraían su mirada del zorro. En los cócteles lo cuestionaban constantemente sobre sus futuras obras. La fábula concluye: “El Zorro no lo decía, pero pensaba: ‘En realidad lo que éstos quieren es que yo publique un libro malo; pero como soy el Zorro, no lo voy a hacer’. Y no lo hizo.”

A veces reducida injustamente al papel de precursor del boom latinoamericano, la figura de Rulfo se volvió indeleble y los estudios críticos sobre la literatura de ficción rulfiana parecen no tener fin, a pesar de orbitar solamente en torno a diecisiete cuentos, compilados en El llano en llamas, 1953; y dos novelas: Pedro Páramo, 1955 y El gallo de oro, 1958 (publicada décadas después). Su obra ha trascendido, revolucionaria, convirtiéndose en una mina inagotable de la que se obtienen retratos, paisajes y tópicos de la vida y cultura mexicana posterior a la Revolución.

Su trayectoria vital, perturbada tempranamente por el conflicto cristero en que su padre fue asesinado, lo colocó en distintos lugares desde los que pudo observar y registrar los espacios rurales, con perspectivas distintas y complementarias. Nómada de los oficios, como agente del gobierno viajó a distintas zonas del país entre las décadas de los treinta y los cuarenta; como parte de la compañía de neumáticos Goodrich-Euzkadi, fue capataz y agente viajero; y como parte del Instituto Nacional Indigenista, jefe de publicaciones, y trabajó en distintos proyectos regionales.

Como consecuencia, en la intersección de los viajes y la constante actividad literaria, Rulfo comenzó a forjar una prodigiosa colección de paisajes. Fuesen descritos o construidos, documentados o inventados, los paisajes rulfianos se situaron en el corazón de su propuesta estética. Los paisajes, entendidos como el conjunto de elementos espaciales que son percibidos colectivamente y al que le ha otorgado un significado concreto debido a formas reconocibles particulares, necesitan un vehículo. En el caso de los paisajes de Rulfo fueron las representaciones fotográficas y literarias.

En su peregrinaje laboral por distintas zonas de México, su cámara Rolleiflex le fue indispensable. Por ello, era común asociar estrechamente la actividad fotográfica de Rulfo con su producción literaria, pero él fue el primero en hacer el deslinde. El oficio de escritor era muy distinto al oficio de fotógrafo. Eran actividades claramente distintas. En alguna entrevista le preguntaron si para él existía similitud entre ambos oficios y sentenció: “No la hay… Además, cuando yo tomaba fotografías no pensaba en la literatura, son dos géneros muy diferentes”. En todo caso, tanto su fotografía —paisajes, retratos y objetos arqueológicos— tienen una naturaleza antropológica que pudiera colocarlo como deudor de Carl Lumholtz o —como declara Victor Jiménez en el libro El fotógrafo Juan Rulfo— en diálogo con el estadounidense Paul Strand.

Como fotógrafo, Rulfo creó su propia versión del México profundo, misma que siempre fue un correlato en potencia de su narrativa. En ella, la visión del mundo rural, campesino, tradicional y violento, en tanto los ecos de la revolución y la guerra cristera no dejaban de ser parte de la vida colectiva, se materializaba una serie de espejismos en los que la mezclaban escenas prácticamente documentales con las manifestaciones más puras de lo sobrenatural. Estas imágenes se han configurado como un símbolo que las colectividades solemos asumir como parte del paisaje histórico de aquellos tiempos. Como bien anotó Juan Villoro, Rulfo tomaba situaciones de la vida rural y elementos del habla popular y los recreaba de forma en la que aparecen como más auténticas que el mundo de los hechos, aunque sean artificiales. A pesar de que Rulfo las percibiera como empresas distintas, la documentación y la ficción no deberían representar una contradicción insalvable.

Por ejemplo, en el cine, el género documental nació bajo el signo de la ficción. Las escenas mostradas en el primer documental de la historia —que este año cumple un siglo—, Nanook of the North, no fueron sino artificios que pudieran aclarar y mostrar la narrativa antropológica de su director Robert Flahery. La frontera siempre ha sido difusa en la literatura, y la fotografía no ha sido la excepción. Los productos documentales siempre esconden cosas e insinúan otras. Lo documental puede contener historias que en ningún medio ficticio pudieran aparecer. Y, en contraste, lo ficticio también es portador de una forma de conocer la realidad fáctica con mayor transparencia que lo que se registró documentalmente. En la convivencia de las obras narrativas con los discursos historiográficos emergen múltiples ejemplos, y la obra de Juan Rulfo siempre ha sido uno de los más poderosos: uno puede conocer mejor la historia popular y al México rural posrevolucionario leyendo El Llano en Llamas que adentrándose a un libro de historia sobre la época. Así, los paisajes de Rulfo emergen de sus obras y fotografías como un elemento híbrido en el que conviven rasgos fantásticos con las más genuinas muestras de registro de la cotidianeidad, así como se rompen las reglas del tiempo y el espacio, se muestra con precisión la vida campesina, las revueltas armadas y los sueños de sus habitantes.

En la narrativa de Rulfo, la construcción del contexto espacial ha sido un elemento angular en lo que hemos llamado “paisajes rulfianos”. En el caso de Pedro Páramo, además de contener la fiel representación del caos con el que se manifiesta la memoria colectiva, la atemporalidad de los símbolos, la convivencia de la muerte y la vida, el carácter protagónico de las ausencias y las consecuencias de la falta de amor, se pueden ubicar distintos paisajes que superan su cualidad de elemento recipiente. Los paisajes dejan de ser telón de fondo o proyecciones detrás de la acción humana. El cuidado que imprime Rulfo en la articulación de los lugares en los que habitan sus personajes sigue siendo ejemplar al día de hoy.

El clima árido de Comala, el veneno de las saponarias podridas, las cejas de los cerros, los astros inmóviles, la lluvia y las aves, y el olor a miel derramada son el correlato de las historias humanas. Si Pedro Páramo, vengativo, cruza los brazos para que Comala muera de hambre y se arruine, la resequedad del suelo, el silencio y la muerte constituyen la imagen del pueblo. Si la desolación y la oscuridad hunden al pueblo de San Juan Luvina frente los ojos del viajero, el paisaje provoca las mismas inquietudes con hostilidad: “Ya mirará usted ese viento que sopla sobre Luvina. Es pardo. Dicen que porque arrastra arena de volcán; pero lo cierto es que es un aire negro. Ya lo verá usted. Se planta en Luvina prendiéndose de las cosas como si las mordiera. Y sobran días en que se lleva el techo de las casas como si se llevara un sombrero de petate, dejando los paredones lisos, descobijados. Luego rasca como si tuviera uñas: uno lo oye mañana y tarde, hora tras hora, sin descanso, raspando las paredes, arrancando tecatas de tierra, escarbando con su pala picuda por debajo de las puertas, hasta sentirlo bullir dentro de uno como si se pusiera a remover los goznes de nuestros mismos huesos. Ya lo verá usted.”

Rulfo solía otorgar ciertos rasgos de personalidad e intención a los fenómenos climáticos que eran parte de la atmósfera. Por ejemplo, la función de los aires y los vientos, vehículos de murmullos, de la cobija negra en Luvina y contrapunto del calor maldito; de la lluvia como eco de tristeza, que no deja de ser posible de fertilidad, incluso perceptible desde la ultratumba.

Comala no solo es un purgatorio en la tierra porque “todo parecía estar en espera de algo” ni por la comunidad de ánimas sin bendición que habitan el pueblo; el calor en Comala le daba un carácter infernal. Esta asociación es detectable de cierta forma, desde el inicio de la novela, en la que Abundio, el sordomudo que hablaba y escuchaba, acompaña a Juan Preciado a Comala en un acto caróntico. Pero es la canícula de agosto la que hace de Comala un lugar más caliente que el infierno. Dice Abundio, hijo y asesino de Pedro Páramo: “Con decirle que muchos de los que allí mueren al llegar al Infierno regresan por su cobija”.

La tierra árida, la infertilidad y su hostilidad no solo circundan a Comala, donde alguna vez hubo árboles, donde ahora solo quedan las hojas. En varios de los cuentos de El llano en llamas, es un común denominador. Sin embargo, la sequedad infinita toma forma de denuncia en Nos han dado la tierra. En este cuento, un puñado de campesinos atraviesan el Llano Grande, una porción de tierra que el gobierno les otorgó como parte del reparto agrario. La calidad de la tierra no importaba, lo fundamental era dotar de terrenos a los campesinos en el marco de una etapa no armada de la Revolución: “Así nos han dado esta tierra. Y en este comal acalorado quieren que sembremos semillas de algo, para ver si algo retoña y se levanta. Pero nada se levantará de aquí. Ni los zopilotes. Uno los ve allá cada y cuando, muy arriba volando a la carrera; tratando de salir lo más pronto posible de este blanco terregal endurecido donde nada se mueve y donde uno camina como reculando”. Este fenómeno tiene un correlato con el reconocimiento de que en gran parte, el reparto agrario posrevolucionario implicó la entrega de tierras no cultivables, desérticas, boscosas, trayendo consecuencias negativas al campesinado. El reparto agrario atendió a la promesa de justicia social emanada de la Revolución pero simultáneamente fue una herramienta de control social frente a las fuerzas revolucionarias en distintas regiones. Estas imágenes son la antítesis de la visión hiperfértil y de inmensas riquezas que asociaban a México con el cuerno de la abundancia, tradición que encuentra sus raíces en el poema Grandeza mexicana, compuesto por Bernardo de Balbuena en los albores del siglo XVII.

Es claro que en el plano de lo sensible el sonido fue privilegiado en la narrativa de Rulfo. El mosaico de sonidos es vasto, como el mosaico de retratos y animales que habitan los textos de Rulfo. Los murmullos indescifrables de los muertos, el universal ladrido de los perros, los pasos que rebotan en las rocas, las conversaciones y los pasos que los muertos escuchan —y comentan— desde su ataúd, el zumbido de los insectos y las campanadas perpetuas son parte de la constelación sonora rulfiana: “En el hidrante las gotas caen una tras otra. Uno oye, salida de la piedra, el agua clara caer sobre el cántaro. Uno oye. Oye rumores; pies que raspan el suelo, que caminan, que van y vienen. Las gotas siguen cayendo sin cesar. El cántaro se desborda haciendo rodar el agua sobre un suelo mojado”. En la obra de Rulfo, enclave en el reino de los paisajes sonoros, resulta curioso que, de hecho, el único cuento del Llano… que no hace referencia específica a lo que se escucha es ¡Diles que no me maten!

Sin embargo, en Pedro Páramo aparece una descripción que lleva al límite el acto de escuchar, confrontándolo con otras formas de lo sensible, de lo perceptible: “La madrugada fue apagando mis recuerdos. Oía de vez en cuando el sonido de las palabras, y notaba la diferencia. Porque las palabras que había oído hasta entonces, hasta entonces lo supe, no tenían ningún sonido, no sonaban; se sentían; pero sin sonido, como las que se oyen durante los sueños. -¿Quién será? -preguntaba la mujer. -Quién sabe -contestaba el hombre”.

Los paisajes de Juan Rulfo son los de un México que transitaba a la modernidad. La tensión generada con la tradición no era sino un síntoma de los acelerados cambios que se dieron después de la Revolución. La reconstrucción de un país que se devastó con el conflicto revolucionario implicaba la forja de un Estado que evitara que las masas siguiesen en movilización violenta, legitimándose al cumplir las demandas que motivaron la Revolución. En la década de 1940, la consolidación de este Estado posrevolucionario, comenzó a enfocar el discurso de unidad nacional hacia el concepto de modernización. La Revolución se institucionalizó y la clase media se convirtió en los protagonistas en un mundo urbano de consumo y civilidad, frente al campesinado “atrasado”. La modernidad sucedía preferentemente en las grandes ciudades y se manifestaba en la industrialización de la economía.

Juan Rulfo fue parte de este reacomodo institucional. En la década de 1960 participó como editor y jefe de publicaciones del Instituto Nacional Indigenista. Esta agencia estatal buscaba articular la acción indigenista, que buscaba institucionalizar la integración de la población indígena a la vida moderna, así como su desarrollo económico, social y cultural. Fue resultado de un largo proceso en el que el Estado mexicano —en conjunto con las ciencias antropológicas—, se encargaron de buscar soluciones integrales a los problemas de la población indígena. Una característica del indigenismo de esta época fue que, en todos los casos, era maquinado y promocionado por sujetos no-indígenas. Este trabajo, así como su participación en años anteriores en la Comisión del Papaloapan, en la que visitó las comunidades indígenas de la cuenca en el marco del desarrollo regional, la construcción de infraestructura y la reubicación de los pobladores locales, le valió seguir conociendo la vida en los espacios rurales.

Los campesinos, los arrieros, las cocineras y los pistoleros, todos ellos hundidos en la más severa de las precariedades; los personajes de la narrativa rulfiana son los personajes de los márgenes; eran excluidos cuya extinción frente a la modernización era inminente. Sus imágenes y memorias hallaron refugio en las historias rulfianas. En un poema que Juan Rulfo escribió como parte de la película experimental La fórmula secreta (1965) de Rubén Gámez, parece predecir el destino de los recuerdos y símbolos de aquellos tiempos y espacios, de la vida en la marginalidad, de los paisajes de la escasez y de los espacios liminales en la que los fantasmas vivos patrullan las calles de los pueblos más silenciosos:

“Tal vez acaben desechos en espuma

o se los trague este aire lleno de cenizas

y hasta pueden perderse

yendo a tientas

entre la revuelta oscuridad.

Al fin y al cabo ya son puro escombro”


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Julissa Montiel

Resulta difícil pensar en una relación pacífica y hasta constructiva entre la ciencia y la fe por quienes hemos crecido en el ambiente reaccionario y conservador de ambas filas. El catolicismo del siglo XX, a pesar de los grandes esfuerzos de su facción progresista, quedó muy lejos de reconciliar tales discursos, y hoy día, también a pesar de los esfuerzos de órdenes como dominicos y jesuitas, sectores poderosos de la Iglesia lideran una campaña violenta contra las ciencias sociales y naturales nuestro siglo: las teorías de género y el ambientalismo son dos de sus blancos preferidos.

Ha habido tiempos, sin embargo, en los que la ciencia y la fe no sólo han logrado convivir sino incluso avanzar juntas. Algunos periodos de la Edad Media, por ejemplo, dan cuenta de esta sinergia. ¿De qué otro modo explicaríamos la fundación de la universidad, institución a cargo de preservar la cultura helenística al mismo tiempo que promovía el desarrollo de la exégesis bíblica, la teología, las matemáticas y la astronomía? Es verdad que no fue una constante, pero sí una actitud difundida en varias regiones europeas y durante no pocos siglos. Hablar de la escisión de la fe y la razón cabe, sobre todo, en el contexto moderno y protestante más que en el medieval y católico. Pero ése es otro tema. El ambiente en que se desarrolló Gregor Mendel fue uno de los últimos resquicios de esta relación simbiótica entre las ciencias y la teología, uno donde se vivía una disposición genuina hacia la investigación científica, motivada en ocasiones por la fe.

Nació Johan Mendel en el seno de una humilde familia católica de Brno, entonces parte del Imperio austríaco (hoy República Checa) el 20 de julio de 1822. De su infancia tenemos pocos datos, parece que nunca fue muy abierto en lo que concernía a su vida privada. Ingresó al noviciado de la Orden de San Agustín en el convento de Santo Tomás, donde profesó sus votos (y se cambió el nombre a Gregor) en 1843 y se ordenó sacerdote en 1847. Contrario a lo que suele pensarse, Mendel fue fraile, no monje; es decir, no estaba recluido en un monasterio, sino que podía tener contacto con el exterior.

Tuvo serias dificultades para dedicarse a la labor pastoral y un talante destacado para las ciencias, razón por la cual fue enviado a la Universidad de Viena a estudiar botánica, física y química. El Imperio austriaco gozaba entonces de una cierta estabilidad económica y política bajo el reinado de Francisco José —estabilidad que habría de terminar durante la Primera Guerra Mundial— y los auspicios de una clase política y clerical alentadora de las ciencias y las artes.

El convento de Santo Tomás estaba regido por la Regla de san Agustín, cuya filosofía prepondera el papel del conocimiento como herramienta para lograr una comprensión más profunda de la divinidad: “Tendimus per scientiam ad sapientiam” (“Vamos a la sabiduría por medio de la ciencia”), sentencia en el libro XIII del De Trinitate. En Agustín encontramos un ejemplo paradigmático de los esfuerzos por encaminar la fe y la razón hacia un mismo fin, característica del pensamiento patrístico. Prueba de ello es que el trabajo con los libros es un presupuesto de la Regla que se le atribuye. Y aunque fue también un agustino, Lutero, quien denunció a Roma por haber corrompido la Palabra de Dios en aras de la filosofía griega, lo cierto es que Mendel bebió de la filosofía agustiniana para desarrollar una convicción profunda de cercanía con lo divino a través de la investigación científica:

“Mendel fue un hombre de cultura cristiana y católica —afirmó Juan Pablo II—. Durante su vida, la oración y la alabanza sostuvieron la investigación y la reflexión de este paciente observador y genio científico. Basado en el ejemplo de su maestro, san Agustín, aprendió por la observación de la naturaleza y la contemplación de su Autor, a unir en un solo momento la búsqueda de la verdad y la certeza de ya conocerla en la Palabra Creadora”.

No sólo la comunidad religiosa de Mendel incentivó sus estudios. En la siguiente escala, el mismo clero austriaco defendía una mentalidad más liberal que la promovida por Roma bajo el pontificado de Pío IX. Durante el mismo tiempo que Mendel llevaba a cabo los experimentos fundacionales de la genética, el papa publicaba la encíclica Quanta cura y su apéndice, el Syllabus errorum, que condenaba ideas como la separación de la Iglesia y el Estado, el matrimonio civil, las libertades de culto, de prensa y de conciencia, y remataba condenando la propuesta de que “el Romano Pontífice pueda reconciliarse con el progreso, el liberalismo y la cultura moderna”.

En este periodo ocurrió un encuentro entre Pío IX y Mendel, en septiembre de 1863, junto con otras 58 personas invitadas por el embajador austriaco. El encuentro se limitó a un intercambio de saludos. Todo indica que el papa, como el resto del mundo, ignoraba las investigaciones de Mendel en los jardines del convento de Brno, y que éste tampoco le comunicó a Pío IX sus hallazgos, que, dado el clima de la época, pudieran pasar por heterodoxos o incluso heréticos. No hacía muchos años, en 1859, que Darwin había publicado El origen de las especies, desatando violentas críticas de uno y otro lado del espectro religioso. No sabemos a ciencia cierta si Mendel aceptaba la teoría darwinista de la evolución.

La situación política en Roma era delicada y los Estados Pontificios terminaron cayendo bajo el reinado de Víctor Manuel II. En respuesta, Pío IX proclamó como dogma de fe que el papa es infalible cuando se pronuncia ex cathedra en materia de fe o moral. Las repercusiones políticas del dogma fueron nulas, la Santa Sede sólo recuperaría hasta 1929 una minúscula porción de territorio concedida por Mussolini, pero las repercusiones sociales y religiosas fueron desastrosas para la facción liberal de la Iglesia, donde se encontraba el clero austriaco, al que pertenecía Mendel, y dicho sea de paso, el alemán: Franz Brentano es quizá el caso más famoso de entre quienes abandonaron el sacerdocio luego de la proclamación dogmática de 1871.

Inspirado por su padre, un humilde campesino, Mendel había adecuado en los jardines del convento un espacio donde realizar sus estudios con chícharos, que presentó a principios de 1865 ante la Sociedad de Historia Natural de Brno y que publicó al año siguiente como Experimentos sobre hibridación de plantas. Las repercusiones de su trabajo fueron nulas. Tal fracaso condujo a su autor a recluirse en el convento, del que pronto fue nombrado abad.

Los últimos años de Mendel transcurrieron en medio de serias tensiones con el recién constituido Imperio austrohúngaro a raíz del requerimiento de un impuesto sobre conventos y monasterios, al que se opuso con vehemencia. Al mismo tiempo, hijo de una generación de clérigos ilustrados en decadencia —los jesuitas ganaban más y más batallas ideológicas a la cabeza de un movimiento reaccionario en la Iglesia—, Mendel se preocupada por mantener el convento de Santo Tomás como un centro de vitalidad cultural e intelectual. Uno de sus frailes, Pavel Krizkowsky, enseñó en el órgano adquirido por el mismo Mendel las primeras clases de música a un joven Leoš Janáček.

Aquejado por una nefropatía, el abad Gregor Mendel falleció en su convento el 6 de enero de 1884. Casi todas sus libretas y cartas fueron quemadas, eliminando así registros valiosos sobre la sensibilidad espiritual de su autor y sus posibles convicciones políticas y religiosas. Habrían de pasar algunas décadas, ya entrado el siglo XX, para descubrirse y valorarse el calado del padre de la genética, el llamado “jardinero de Dios”.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

Ilustrador
Julissa Montiel
Todóloga mexicana, egresada de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Inmersa en la exploración gráfica y textil, busca explorar un lenguaje visual que además de contar historias comunique cambio, cultura y movimiento. Actualmente enfocada en la ilustración narrativa, pretende materializar dentro de su voz el universo que las palabras conforman.
Ilustración realizada por Martha E. Saint Martin

 

Belleza y honestidad,

y dolor y piedad vivientes en el mármol muerto,

por favor, ¿cómo pudiste hacerlo?,

no llores tan fuerte,

que antes del tiempo despertará de la muerte,

y no obstante, a pesar suyo,

Nuestro Señor es tu

esposo, hijo y padre,

única esposa su hija y madre.

Miguel Ángel Buonarroti

 

 

Julio, 1971

 

Laszlo Toth acaba de llegar a Roma. Se ha dejado crecer la barba y el cabello. No sabe una palabra de italiano y ha dejado Australia. Agota las calles de Roma para anunciar la buena nueva, aunque ese anuncio sólo lo hace en su cabeza. Piensa, mientras camina por la ciudad eterna cuál será la mejor forma de dar a conocerse al mundo, de que su verdad sea revelada. El estío romano lo cansa, el barullo de los turistas y el griterío de los romanos, también. Extenuado regresa al atardecer, casi a la hora en la que cierran las puertas que es a las veintiún horas, al dormitorio en el barrio Gianicolense que llevan unas monjas.

Ha pensado en revelarse a las monjas, decirles quién es y cuál es su función. Ellas, ha pensado, no lo dudaran; pero, se amonesta a sí mismo, si ellas todavía no lo reconocen es que no merecen recibir esa revelación.

Vuelve a sentirse aislado, como cuando en 1965 llegó a Australia y no sabía hablar inglés, tampoco reconocieron su título en geología que obtuvo en su natal Hungría. Ese tiempo cuando se resignó a trabajar en una fábrica de jabones. Pero esos recuerdos los espanta como a las moscas que lo importunan mientras trata de comerse el pan que compra para comer todo el día, a veces lo hace rendir para dos días. Esos recuerdos no son míos, se dice. Los descarta porque los considera indignos de la persona que es.

Hace poco más de un mes cumplió los treinta y tres años, una intuición que lo había acompañado se concretó y tuvo la seguridad de quien era. Pudo al fin escuchar con claridad la voz de Dios. Fue ella quien le ordenó que se dirigiera a Roma, la ciudad santa donde reside el papa. Y así tomó algunas cosas y sus ahorros y emprendió el viaje que lo ha traído hasta aquí.

A diferencia de los turistas no lo conmueven los vestigios de la ciudad imperial. Impávido lo deja el Coliseo y la Torre de Trajano, ni el Panteón, ni las columnas rotas del Foro lo conmueven. Le son indiferentes los gatos que maúllan a sus pies. Las iglesias le atraen no por su valor histórico o cultural, sino porque en ellas encuentra guía. Ahí puede escuchar la voz de Dios. Ahí espera que su voz lo guíe para hacer lo que le ha encomendado, como ya lo ha guiado para venir hasta aquí.

La respuesta, sin embargo, no la encuentra en lugar sagrado alguno, si no en un puesto de revistas. Un mediodía en el que buscaba una fuente para apagar la sed vio una fotografía en un periódico exhibido, cabe señalar que era el último que le quedaba al vendedor. Se acercó para ver la fotografía que le había llamado la atención cuando un hombre, cigarro en mano, lo compró. Pero Laszlo había alcanzado a ver la silueta que era la respuesta que estaba necesitando, la silueta del Santo Padre. A él era a quien debía a hacer el anuncio, a quien darle la buena nueva y que fuera él quien la diera a conocer urbe et orbi.

 

 

Agosto de 1498

 

El cardenal Saint-Denis, el embajador del rey francés ante la Santa Sede, acude a la casa de Meser Iacopo Galli a admirar las obras de un joven escultor. Le han contado que uno de sus colegas capelados compró una de sus obras, un cupido, que le hicieron pasar por una antigüedad de tiempos de los romanos, tal era la maestría con la que estaba fabricada, pero que cuando le revelaron que era obra de un joven florentino que vivía exigió la devolución de los ducados que pagó por ella y la devolvió; sin embargo, no pocos hicieron mofa del cardenal por su poco entendimiento del arte. Ahora está aquí en la casa del rico Galli que encomendó al joven florentino no una si no dos estatuas; una de las cuales es otro cupido.

El cardenal Saint-Denis se abánica para quitarse el calor mientras sigue a Galli a la sala donde colocó las esculturas. Al cardenal lo impresionan, piensa en la capacidad de ese escultor para que la piedra deje de ser piedra y parezca que esos seres de la mitología están por dar el paso. La figura grácil de Baco sosteniendo la copa lo admira. Es posible, se pregunta, que haya hombres que sean capaces de esto. Galli, con una sonrisa y las manos a la espalda, lo deja contemplar.

Viendo esa escultura puede desentenderse de sus obligaciones, que no son pocas. Alejandro VI y sus intrigas, las intrigas de los otros cardenales, de París, de Nápoles y hasta de Aragón. Todo se desvanece ante este dios seductor coronado de vid.

Algo así para ser recordado, piensa mientras aprieta un poco los labios, algo así para honra del señor. Poner a su servicio las manos habilidosas de un artífice así, es lo que ha decidido mientras contempla la escultura de Baco.

–¿Cómo se llama el artesano?

–Su Eminencia, es Miguel Ángel Buonarroti, joven florentino.

 

 

Invierno de 1971-1972

 

Laszlo sigue caminando por las calles de Roma, de tanto andarlas las podría recorrer con los ojos cerrados. Es la prueba que tengo que padecer, se dice. Es mi retiro en el desierto. Y sigue andando por la ribera del Tíber, envuelto en su gruesa chamarra azul, por las avenidas antiguas y modernas, sentándose a descansar en las iglesias, donde, cuando corre algún viento gélido, se puede guarecer del viento, pero no del frío.

Ninguna de las cartas que le ha escrito al Santo Padre han tenido respuesta. Repasa mentalmente las palabras con las que las escribió, la primera la escribió en húngaro, su lengua natal, fue la más cordial y la más sútil, al mes sin respuesta volvió a escribir, esa vez en inglés, la lengua en la que aprendió a comunicarse desde que llegó a Australia, a esa carta siguieron un par más, también escritas en inglés. Con el italiano que iba aprendiendo en la calle intentó redactar una carta y la mandó, un macararrónico texto que sólo Toth entendía. Aún hizo la prueba de escribir una carta en latín, pero sus intentos eran demasiado frustrantes para armar un texto adecuado en el que pudiera hacer su revelación.

Aguardó entre la multitud en la Plaza de San Pedro el mediodía de Navidad. Estaba seguro que Su Santidad iba a reconocerlo desde el balcón de las bendiciones, que extendería su pontífica mano hacia él y todos en la plaza se arrodillarían ante esa verdad evidente y proclamada. Pero Pablo VI bendijo sin hacer ninguna mención a Laszlo.

Lazslo vio cómo el papa dejaba el balcón y con él los cardenales diáconos y las otras personas que acompañaron al pontífice. La plaza se fue vaciando. Pero él siguió parado en el mismo sitio. ¿Por qué no me ha reconocido? Se preguntaba.

 

Agosto, 1499

 

Miguel Ángel deja la escultura y da unos pasos hacia tras para contemplarla. La imagen de la pérdida, eso es lo que quería conseguir y se siente satisfecho con los resultados, el orgullo crece dentro de él. Reprime la culpa que la produce ese pecado capital. Ya me confesaré, se dice, además es una obra para honra de Dios y la Santísima Virgen.

Se acerca a la figura que el cardenal Saint-Denis le dio cómo modelo, una pieza de madera de un palmo de alto, una rígida Santa María sostiene a Cristo, también rígido. Los rostros desproporcionados con respecto al resto del cuerpo, no es ese el arte que Miguel Ángel persigue, le interesa mostrar el cuerpo humano según lo entendían los antiguos.

En esas cavilaciones está cuando tocan a su puerta. El ayuda de cámara del cardenal Saint-Denis está a la puerta, Miguel Ángel ya ha tenido que vérselas con él, ha sido quien lo ha proveído de los fondos para hacer realizar la escultura que el cardenal le encomendó. El ayuda de cámara penas dirige una mueca de desdén a Miguel Ángel y camina hacia la escultura

–Tiene que saber que Su Eminencia ha muerto –sus pasos apresurados se detienen frente a la escultura–. El contrato que firmó con él sigue y vigente y el encargo ha de estar listo para antes de la próxima semana.

Miguel Ángel sabe ya que el cardenal ha muerto, las noticias vuelan, máxime cuando se trata de un príncipe de la Iglesia. En cuanto al plazo ese mismo ayuda de cámara no ha dejado de recordárselo, cada dos o tres semanas ha estado acudiendo a su taller para confirmar que él estuviera trabajo. Como si no fuera el artista que soy, piensa Miguel Ángel, como ha pensado cada vez que ese hombre le ha exigido que cumpla su labor, con el mismo orgullo que sentía momentos antes mientras contemplaba la escultura.

El ayuda de cámara se lleva las manos a la espalda, camina alrededor de la escultura.

–En cuanto esté terminada nos lo informará para enviar por ella.

Quiere irse, seguir con sus obligaciones para con Su Eminencia, que, aunque ido se tiene que preparar para su sepelio. Quiere irse, pero no puede creer que el florentino de nariz chueca hubiese logrado lo que está viendo con la piedra. Esa es la Virgen y ese es Cristo descendido de la Cruz, se dice. Observa el rostro resignado de Santa María, es la madre de Dios y es una madre que ha perdido a su hijo. ¡Por Dios! El hijo, vencido, arrebatado de la vida. Pero, se dice, es sólo piedra. Es sólo piedra.

–Tiene que estar terminada antes de una semana.

Dice para salir del embelesamiento y sale del taller de Miguel Ángel.

 

 

Domingo 21 de mayor de 1972

 

Laszlo, a pesar de ser ya primavera y que el frío ha desaparecido está envuelto en su gruesa chamarra azul. Está decidido, es domingo de Pentecostes, es el día propicio para revelarse. Camina por la Plaza de San Pedro decidido.

Entra a San Pedro. Se oficia una misa. Un momento de duda, piensa que todavía no ha hecho nada y que no hay necesidad de hacerlo. Está por dar un paso atrás, ir a su refugio. La posibilidad de regresar a Australia pasa por su mente, la posibilidad de que todo lo que está haciendo es una insensatez. Es muy sencillo, se dice, vuelve, da un paso atrás y… Pero no, esa es una tentación, es la debilidad de la carne, ya antes ha sentido, antes de ser Laszlo, la debilidad de ser un ser humano, la tentación de negarse a aceptar el destino por el que ha venido al mundo.

Pero no se haga mi voluntad, sino la tuya, se dice.

Camina hacia la Piedad. Mientras se acerca siente la mirada de la virgen de piedra. Todavía está a tiempo de volver. No, debo hacerlo, se amonesta.

Brinca la barandilla que separa a los feligreses de la escultura. Saca el martillo de geólogo, el mismo que ha cargado consigo desde que dejó Hungría. Intenta treparse a la base de la escultura, pero se da cuenta que la chamarra le estorba. Se la quita.

La misa ha terminado y los feligreses comienzan a caminar hacia la salida.

Vuelve a hacer el intento y se trepa. La sangre se le agolpa en las sienes, el corazón le late desbocado. Se apoya en el hombro derecho de la virgen. Le da un golpe en el rostro, pero apenas hace una mella en la mejilla.

–¡Soy Jesucristo!

A su grito sigue un golpe certero en la nariz de la virgen, que salta por los aires.

–¡Soy Jesucristo, levantado de entre los muertos!

Sus gritos desconciertan a la gente en su camino a la salida. Un nuevo golpe sobre la ceja.

Un bombero que ha ido a la misa con su mujer se detiene y brinca la barandilla.

–¡Soy Jesucristo!

Laszlo sigue lanzando golpes contra el rostro y cuerpo de la Virgen.

Un turista toma su cámara para captar el destrozo. Otro hombre sigue al bombero, quien ya está jalando de los pies a Laszlo.

–¡Soy Jesucristo, levantado de entre los muertos!

Da un golpe al brazo izquierdo de la virgen que se desprende de la escultura.

El bombero logra treparse a la base de la escultura y sostiene el brazo de Laszlo, con la ayuda del otro hombre que saltó la barandilla lo hacen bajar y lo inmovilizan.

Quince golpes logró asestarle a la Piedad, los trozos de mármol yacen a los pies de todos, algunos han sido pisados. Una piadosa señora que asiste a misa día con día a San Pedro toma un trozo y lo guarda. Un turista inglés también guarda su pedacito de Piedad.

 

 

Lunes 22 de mayo de 1972

 

Su Santidad camina seguido de algunos de sus ensotanados funcionarios y de las cámaras de televisión, lleva consigo un ramo de flores. Observa la Piedad mutilada. Coloca el ramo de flores en la barandilla. Se hinca frente a la escultura, todo el daño lo recibió la figura de la Virgen, su juvenil rostro ha quedado sin la punta d ella nariz y cargada de las huellas del martillo, sin un brazo. Sigue siendo bella, se dice Su Santidad.

Ya ha ordenado que se condecore al bombero que ayudó a detener al sacrílego que cometió esta atrocidad. También pidió que se reunieran a los expertos para restaurar la pieza, esa fea palabra utilizaron ellos. Así se refieren a una escultura de Miguel Ángel, se dice, y no sólo eso, a la imagen de la Virgen doliente con Cristo descendido de la cruz.

El santo padre murmura algunas oraciones, deja que las cámaras lo capten condolido por el sacrilegio, se persigna y parte a sus pontificias obligaciones.

 

 


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.

Ilustrador
Martha E. Saint Martin
Martha Saint es una historiadora del arte que se dedica a la ilustración. Le gustan las cosas feas y la pizza con piña. Su nombre de ilustradora, Sushi con K-tsup, emerge bajo la necesidad de crear desde la ternura, la vulnerabilidad y la sinceridad más profunda. Ella es originaria de la Ciudad de México; actualmente radica en Montréal.
Retrato de Benito Juárez. Palacio Nacional. Ciudad de México. Wikimedia Commons (CC BY-SA 2.0)

Los primeros años

En 21 de marzo de 1806 nací en el pueblo de San Pablo Guelatao de la jurisdicción de Santo Tomás Ixtlán en el estado de Oaxaca. Tuve la desgracia de no haber conocido a mis padres Marcelino Juárez y Brígida García, indios de la raza primitiva del país, porque apenas tenía yo tres años cuando murieron, habiendo quedado con mis hermanas María Josefa y Rosa al cuidado de nuestros abuelos paternos Pedro Juárez y Justa López, indios también de la nación zapoteca. Mi hermana María Longinos, niña recién nacida pues mi madre murió al darla a luz, quedó a cargo de mi tía materna Cecilia García. A los pocos años murieron mis abuelos; mi hermana María Josefa casó con Tiburcio López del pueblo de Santa María Yahuiche; mi hermana Rosa casó con José Jiménez del pueblo de Ixtlán y yo quedé bajo la tutela de mi tío Bernardino Juárez, porque de mis demás tíos, Bonifacio Juárez había ya muerto, Mariano Juárez vivía por separado con su familia y Pablo Juárez era aún menor de edad.

Como mis padres no me dejaron ningún patrimonio y mi tío vivía de su trabajo personal, luego que tuve uso de razón me dediqué, hasta donde mi tierna edad me lo permitía, a las labores del campo. En algunos ratos desocupados mi tío me enseñaba a leer, me manifestaba lo útil y conveniente que era saber el idioma castellano, y como entonces era sumamente difícil para la gente pobre y muy especialmente para la clase indígena adoptar otra carrera científica que no fuese la eclesiástica, me indicaba sus deseos de que yo estudiase para ordenarme. Estas indicaciones y los ejemplos que se me presentaban de algunos de mis paisanos que sabían leer, escribir y hablar la lengua castellana y de otros que ejercían el ministerio sacerdotal, despertaron en mí un deseo vehemente de aprender, en términos de que cuando mi tío me llamaba para tomarme mi lección yo mismo le llevaba la disciplina para que me castigase si no la sabía; pero las ocupaciones de mi tío y mi dedicación al trabajo diario del campo contrariaban mis deseos y muy poco o nada adelantaba en mis lecciones. Además, en un pueblo corto como el mío, que apenas contaba con veinte familias y en una época en que tan poco o nada se cuidaba de la educación de la juventud, no había escuela, ni siquiera se hablaba la lengua española, por lo que los padres de familia que podían costear la educación de sus hijos los llevaban a la ciudad de Oaxaca con este objeto, y los que no tenían la posibilidad de pagar la pensión correspondiente los llevaban a servir en las casas particulares a condición de que los enseñasen a leer y a escribir. Éste era el único medio de educación que se adoptaba generalmente no sólo en mi pueblo sino en todo el distrito de Ixtlán, de manera que era una cosa notable en aquella época, que la mayor parte de los sirvientes de las casas de la ciudad era de jóvenes de ambos sexos de aquel distrito. Entonces, más bien por estos hechos que yo palpaba, que por una reflexión madura de que aún no era capaz, me formé la creencia de que sólo yendo a la ciudad podría aprender, y al efecto insté muchas veces a mi tío para que me llevase a la capital; pero sea por el cariño que me tenía, o por cualquier otro motivo, no se resolvía y sólo me daba esperanzas de que alguna vez me llevaría.

Por otra parte, yo también sentía repugnancia separarme de su lado, dejar la casa que había amparado mi niñez y mi orfandad, y abandonar a mis tiernos compañeros de infancia con quienes siempre se contraen relaciones y simpatías profundas que la ausencia lastima marchitando el corazón. Era cruel la lucha que existía entre estos sentimientos y mi deseo de ir a otra sociedad nueva y desconocida para mí, para procurarme mi educación. Sin embargo, el deseo fue superior al sentimiento y el día 17 de diciembre de 1818 y a los doce años de mi edad me fugué de mi casa y marché a pie a la ciudad de Oaxaca a donde llegué en la noche del mismo día, alojándome en la casa de don Antonio Maza en que mi hermana María Josefa servía de cocinera. En los primeros días me dediqué a trabajar en el cuidado de la grana, ganando dos reales diarios para mi subsistencia mientras encontraba una casa en que servir. Vivía entonces en la ciudad un hombre piadoso y muy honrado que ejercía el oficio de encuadernador y empastador de libros. Vestía el hábito de la Orden Tercera de San Francisco y aunque muy dedicado a la devoción y a las prácticas religiosas era bastante despreocupado y amigo de la educación de la juventud. Las obras de Feijoo y las epístolas de san Pablo eran los libros favoritos de su lectura. Este hombre se llamaba don Antonio Salanueva, quien me recibió en su casa ofreciendo mandarme a la escuela para que aprendiese a leer y a escribir. De este modo quedé establecido en Oaxaca en 7 de enero de 1819.

En las escuelas de primeras letras de aquella época no se enseñaba la gramática castellana. Leer, escribir y aprender de memoria el Catecismo del padre Ripalda era lo que entonces formaba el ramo de instrucción primaria. Era cosa inevitable que mi educación fuese lenta y del todo imperfecta. Hablaba yo el idioma español sin reglas y con todos los vicios con que lo hablaba el vulgo. Tanto por mis ocupaciones, como por el mal método de la enseñanza, apenas escribía, después de algún tiempo, en la cuarta escala en que estaba dividida la enseñanza de escritura en la escuela a que yo concurría. Ansioso de concluir pronto mi ramo de escritura, pedí pasar a otro establecimiento creyendo que de este modo aprendería con más perfección y con menos lentitud. Me presenté a don José Domingo González, así se llamaba mi nuevo preceptor, quien desde luego me preguntó en qué regla o escala estaba yo escribiendo. Le contesté que en la cuarta… “Bien —me dijo—, haz tu plana que me presentarás a la hora que los demás presenten las suyas.” Llegada la hora de costumbre presenté la plana que había yo formado conforme a la muestra que se me dio, pero no salió perfecta porque estaba yo aprendiendo y no era un profesor. El maestro se molestó y en vez de manifestarme los defectos que mi plana tenía y enseñarme el modo de enmendarlos, sólo me dijo que no servía y me mandó castigar. Esta injusticia me ofendió profundamente no menos que la desigualdad con que se daba la enseñanza en aquel establecimiento que se llamaba la Escuela Real, pues mientras el maestro en un [cuarto] separado enseñaba con esmero a un número determinado de niños, que se llamaban decentes, yo y los demás jóvenes pobres como yo estábamos relegados a otro departamento bajo la dirección de un hombre que se titulaba ayudante y que era tan poco a propósito para enseñar y de un carácter tan duro como el maestro.

Disgustado de este pésimo método de enseñanza y no habiendo en la ciudad otro establecimiento a qué ocurrir, me resolví a separarme definitivamente de la escuela y a practicar por mí mismo lo poco que había aprendido para poder expresar mis ideas por medio de la escritura aunque fuese de mala forma, como lo es la que uso hasta hoy.

Entretanto, veía yo entrar y salir diariamente en el Colegio Seminario que había en la ciudad a muchos jóvenes que iban a estudiar para abrazar la carrera eclesiástica, lo que me hizo recordar los consejos de mi tío que deseaba que yo fuese eclesiástico de profesión. Además, era una opinión generalmente recibida entonces, no sólo en el vulgo sino en las clases altas de la sociedad, de que los clérigos, y aun los que sólo eran estudiantes sin ser eclesiásticos, sabían mucho, y de hecho observaba yo que eran respetados y considerados por el saber que se les atribuía. Esta circunstancia, más que el propósito de ser clérigo, para lo que sentía una instintiva repugnancia, me decidió a suplicarle a mi padrino (así llamaré en adelante a don Antonio Salanueva porque me llevó a confirmar a los pocos días de haberme recibido en su casa), para que me permitiera ir a estudiar al Seminario, ofreciéndole que haría todo esfuerzo para hacer compatible el cumplimiento de mis obligaciones en su servicio con mi dedicación al estudio a que me iba a consagrar. Como aquel buen hombre era, según dije antes, amigo de la educación de la juventud, no sólo recibió con agrado mi pensamiento sino que me estimuló a llevarlo a efecto diciéndome que teniendo yo la ventaja de poseer el idioma zapoteco, mi lengua natal, podía, conforme a las leyes eclesiásticas de América, ordenarme a título de él sin necesidad de tener algún patrimonio que se exigía a otros para subsistir mientras obtenían algún beneficio. Allanado de ese modo mi camino entré a estudiar gramática latina al Seminario en calidad de capense, el día 18 de octubre de 1821, por supuesto, sin saber gramática castellana, ni las demás materias de la educación primaria. Desgraciadamente, no sólo en mí se notaba ese defecto sino en los demás estudiantes, generalmente por el atraso en que se hallaba la instrucción pública en aquellos tiempos.

Comencé pues mis estudios bajo la dirección de profesores, que siendo todos eclesiásticos, la educación literaria que me daban debía ser puramente eclesiástica. En agosto de 1823 concluí mi estudio de gramática latina, habiendo sufrido los dos exámenes de estatuto con las calificaciones de Excelente. En ese año no se abrió curso de artes y tuve que esperar hasta el año siguiente para empezar a estudiar filosofía por la obra del padre Jaquier; pero antes tuve que vencer una dificultad grave que se me presentó y fue la siguiente: luego que concluí mi estudio de gramática latina mi padrino manifestó grande interés porque pasase yo a estudiar teología moral para que el año siguiente comenzará a recibir las órdenes sagradas. Esta indicación me fue muy penosa, tanto por la repugnancia que tenía a la carrera eclesiástica, como por la mala idea que se tenía de los sacerdotes que sólo estudiaban gramática latina y teología moral y a quienes por este motivo se ridiculizaba llamándolos “padres de misa y olla” o “Larragos”. Se les daba el primer apodo porque por su ignorancia sólo decían misa para ganar la subsistencia y no les era permitido predicar ni ejercer otras funciones que requerían instrucción y capacidad; y se les llamaba “Larragos”, porque sólo estudiaban teología moral por el padre Larraga. Del modo que pude manifesté a mi padrino con franqueza este inconveniente, agregándole que no teniendo yo todavía la edad suficiente para recibir el presbiterado nada perdía con estudiar el curso de artes. Tuve la fortuna de que le convencieran mis razones y me dejó seguir mi carrera como yo lo deseaba.

En el año de 1827 concluí el curso de artes habiendo sostenido en público dos actos que se me señalaron y sufrido los exámenes de reglamento con las calificaciones de Excelente nemine discrepante, y con algunas notas honrosas que me hicieron mis sinodales.

En este mismo año se abrió el curso de teología y pasé a estudiar este ramo, como parte esencial de la carrera o profesión a que mi padrino quería destinarme, y acaso fue ésta la razón que tuvo para no instarme ya a que me ordenara prontamente.

Ilustración realizada por Julissa Montiel

LADO A. Yoshimi pelea contra los robots rosados

 

Un día, Yoshimi se levantó harta de pelear contra los robots rosados. Nunca pensó que le podría cansar ni que extrañaría su casa. La batalla se le da muy bien, es su actividad favorita. O al menos así era antes de esa mañana en que se dio cuenta de que está agotada, que tomar tantas vitaminas le deja un sabor raro en la boca y que los entrenamientos le dañan las plantas de los pies y el costado de las manos.

Pero no puede defraudar a esa ciudad que confía en ella ni en su baile exótico acompañado de grititos agudos. Nada ahuyenta con tanta facilidad a esos malditos robots que comen niños como el ritual de Yoshimi. Y ella se ve tan bien haciéndolo, con el vestido amarillo y su pelo negro en forma de cazuela parece una avispa picoteando a los malvados con brazos y piernas flacas, puntuales, de karateca.

Aunque los robots rosas son nefastos, los habitantes de Fujitana tampoco pueden imaginarse la vida sin ellos. Están acostumbrados a verlos cruzando por la calle tranquilamente o sentados en el cine, como si fueran cualquier otro ciudadano. Hasta que una señal les llega de algún lado y se les ponen los ojos negros al mismo tiempo. En ese instante empieza la cacería y no dejan de atacar hasta que alguno de ellos se mete a un niño a la boca. Entonces, se van volando a Alguna Parte y no se les vuelve a ver por las calles hasta el día siguiente.

Así era antes de Yoshimi. Ahora, los habitantes se encierran en tiendas o escuelas a esperar que su heroína salga de casa lista para restablecer el orden. Cada vez que logra apagar un robot, el resto de ellos se calma y sus ojos regresan a ser blancos.

Los robots son de distintos tamaños y tonos de rosa, pero todos tienen la misma forma: una cabeza redonda con foquitos prendidos en lugar de pelo, en el centro de su cara, una boca que sonríe cuando sus ojos tienen luz blanca y que se pone seria cuando la luz se torna negra y tres o cuatro piernas gruesas sin pies.

Aún hoy no se sabe de dónde vinieron, o si trabajan para alguien… Lo que sí se sabe es que aparecieron en ese planeta mucho antes de que los oficiales vestidos de verde fueran a buscar a Yoshimi a casa de sus padres. Era un atardecer cálido, de luz y de clima, y la familia apenas volvía a casa por el monte en cuya cima se encontraba su cabaña. Yoshimi, sus padres y sus hermanos tenían la costumbre de hacer esa última subida del día sin zapatos para sentir las cosquillas del pasto entre los dedos y conectarse con la tierra. (En el lugar donde vive Yoshimi ahora, no existen espacios cubiertos de pasto). Cuando los verdes le dijeron a Yoshimi que la gente de un lugar lejano necesitaba su ayuda, sus padres la miraron con lágrimas, orgullosos. Hasta Fujitana había llegado el rumor de lo hipnotizantes que eran sus bailes capaces de alinear a las ovejas y mantener a raya al ganado. En caso de que algún animal se quisiera pasar de listo, se decía que la velocidad de Yoshimi para detenerlos era tal que los vacunos se petrificaban de sorpresa y su plan de huida quedaba arruinado. Ese día fue el más emocionante de su vida: pensar que ella pudiera ayudar a la gente.

Y ahora se siente atrapada, como si estuviera en una canción que se repite y repite, donde los ciudadanos le agradecen su valentía y sus servicios. Donde ponen todo el peso de su seguridad en los hombritos musculosos de Yoshimi. Ella entrena, pelea, vence, duerme, entrena, pelea, vence…

Así que después de una batalla en la que un robot rosa fosforescente le rompió su traje amarillo, ese que le regalaron sus padres para que fuera a pelear, Yoshimi tomó una decisión. Iba a dejar que uno de los robots se la metiera a la boca. Si quería dejar de pelear todos los días y recuperar su libertad, tenía que averiguar a dónde se llevaban a todos esos niños que se habían comido durante años. Si es que eso es lo que hacían…

Si es que eso es lo que hacían…

Si es que eso es lo que hacían…

 

 

LADO B. Yoshimi (ya no) pelea contra los robots rosados

 

Esta es la historia de un intento fallido por hacer homenaje a una canción que amo.

Hoy se cumplen 20 años del lanzamiento de Yoshimi Battles Against the Pink Robots, el mejor álbum de los Flaming Lips, banda monumental que responde a cientos de adjetivos distintos y, a su vez, se mantiene inconfundible. Psicodelia, opera espacial, rock experimental, noise rock, distorsión, ciencia ficción y tanto más.

Las canciones de Yoshimi Battles Against the Pink Robots fueron compañeras constantes en la época cuando me independicé y me fui de mi casa. Las letras de sus canciones, concisas y simples, encierran reflexiones que en esos días de cambios me hacían llorar, como la consciencia de la brevedad de la vida. Sí, yo sé que sabes, pero do you realize?? O como el cuestionamiento de “In the Morning of the Magicians”: ¿qué es el amor y qué es el odio? ¿y por qué importaría? Si al final somos máquinas biológicas que se enseñaron a amar y odiar, ¿no podríamos reprogramarnos y hacer todo de otra forma? Pero entre las canciones que conforman la lista, considero “Yoshimi Battles Against the Pink Robots Pt.1” una especie de himno no oficial entre mi heterogéneo grupo de amigos cercanos que fue fundamental durante esos años y al que me restrinjo de llamar familia para que no se vomiten de grima. La hemos cantado juntos cientos de veces, sobrios y borrachos; es una de las primeras canciones que a R. le salió en la guitarra y la que a J. le ha dado por cantar desafinado en el micrófono cuando ya no queda nadie más que nosotros en una fiesta. Por esto y porque desde hace unos años me dio por escribir cuentos, parecía que escribir una historia que girara en torno a Yoshimi sería el cierre perfecto a la narrativa hollywoodense con la que narro mi propia vida.

Se me ocurría una novela corta, un cuento, un comic, una película animada y, tras escuchar a Yoshimi peleando una y otra vez en bucle, infestándose de vitaminas por una ciudad repleta de inútiles que dependen de ella, siempre asustados de que los robots se los coman, pensé que el cuento debía llamarse Yoshimi ya no pelea contra los robots rosados y contar las peripecias de cómo nuestra heroína a) se vuelve amargada y alcohólica, b) es linchada por los ciudadanos tras traicionar su deber, c) descubre la mafia secreta detrás de los robots para desactivarlos definitivamente, d) se enamora de la unidad 3000-21 que desarrolla emociones en la segunda canción o e) versiones intermedias, cada una más desquiciada que la anterior. Ha resultado imposible. Tengo unas cinco o cuarenta versiones distintas regadas en mis archivos y no consigo terminar ninguna. En una Yoshimi deja que un robot mate a un niño sólo para averiguar qué sentirá al verlo morir. En otra los robots son dirigidos por un gigantesco monstruo marino que usa a los niños molidos por las máquinas para hacer los ladrillos de su castillo (referencia ultra directa a The Wall). En una más, Yoshimi se escapa de la canción para dar una travesía por distintos géneros musicales pasando por baladitas, corridos tumbados y reguetón hasta regresar resignada a pelear con los malvados rosas tras descubrir que a las mujeres les va peor en otras partes. Aunque reconozco que las ideas son bastante mejorables, ninguna tan horrorosa como la versión que en 2007 concibieron el famoso guionista Aaron Sorkin y el director Des McAnuff para hacer un musical de Broadway en el que los robots rosados son la alegoría del cáncer que una moribunda Yoshimi combate en el hospital…

Entonces llegó el momento de hacer una pausa e intentar descifrar el porqué de esta imposibilidad.

La historia de Yoshimi se sugiere más directamente en las primeras cuatro canciones del álbum y luego parece diluirse para dar paso a reflexiones filosóficas sobre la vida, la muerte, el amor y nuestro tiempo en esta realidad. Esto no significa que el concepto se pierda, al contrario, para mí cobra una dimensión más profunda con la transición de lo anecdótico a lo vivencial. Ya sé que Wayne Coyne, líder de la banda, ha dicho en más de una ocasión que no se trata de un álbum conceptual, pero ignoraré este detalle. Al final, las obras de arte dejan de ser del autor el día que nos las entregan.

Cómo sucede en un álbum conceptual cuando es maravilloso, la mayoría de las canciones en Yoshimi (…) se sostienen por sí solas con un significado propio, pero al unirse con el resto su intención se modifica para formar parte del todo. Por ejemplo, la primera canción “Fight Test”, con la tonadita de “Father and Son” de Cat Stevens, puede tratarse de un padre arrepentido que no quiso pelear y permitió que fuerzas malvadas (en forma de robots rosas) se llevaran a su hija. En cambio, si disociamos la letra del resto, también podría tratar sobre un hombre que creía posible evitar las batallas durante su vida y menosprecia el concepto de la hombría atada a la confrontación, y cuando llega el momento de luchar por alguien (¿un amante?) su pasividad lo hace perderle.

La canción de “Yoshimi Battles Against the Pink Robots Pt 2” evoca un campo de batalla en el que sólo podemos imaginar qué sucede, pero cuando el disco cierra con otra maravilla instrumental con “Aproaching Pavonis Mons by Balloon” el tono de marcha triunfal después de la profunda melancolía en “Its Summertime” y “All We Have is Now” da la idea de que Yoshimi sale victoriosa, sino de su batalla física contra la invasión robótica, sí de su viaje introspectivo para encontrar la libertad.

Lo que sé es que la historia perfecta está ahí, la escucho y la siento, pero no la logro escribir. Tal vez pensar en Yoshimi, atrapada en un bucle, harta de salvar a los niños y de combatir con los robots. Me rindo ante esto y quiero aceptar que la música suscita en mí imágenes abstractas y sensaciones imposibles de traducir a una narración o incluso a ideas legibles y concretas, pero sería demasiado triste. La música es un medio distinto, capaz de evocar un rango de emociones más amplias y complejas que las que el lenguaje nos da. Ahora, no puedo asegurar que dejaré de buscarla y espero que algún día aparezca en mi mente con la claridad con que la siento en el cuerpo y poder escribirla para mis amigues.

Y poder escribirla para mis amigues…

Y poder escribirla para mis amigues…

 

 

 


Autores
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.

Ilustrador
Julissa Montiel
Todóloga mexicana, egresada de la Escuela de Diseño del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura. Inmersa en la exploración gráfica y textil, busca explorar un lenguaje visual que además de contar historias comunique cambio, cultura y movimiento. Actualmente enfocada en la ilustración narrativa, pretende materializar dentro de su voz el universo que las palabras conforman.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes


No me considero una persona afecta a las películas de terror, por lo tanto, son pocas las que he visto. Esta aversión se debe principalmente a que no me gusta estar asustado (me sorprende que haya gente a la que sí) y, para mi mala suerte, me he encontrado con varias películas que se concentran más en los sustos que en la historia. Además, como desde niño soy sumamente supersticioso, tengo la sensación de que lo que sucede allí en la pantalla, de alguna manera, me puede pasar a mí: el verlo es invocarlo. Entiendo, es algo ridículo, pero es quien soy. Sin embargo, después de uno o dos días de haber visto una película de terror, logro comprender que no fue más que una pieza de ficción y hasta ahí, es todo: se acabaron los días de bañarme con los ojos abiertos y de mirar con pánico por encima de mi hombro. Vuelvo a la normalidad.

No obstante, esa barrera de ficción, esa pequeña capa protectora de saber que aquello “no es cierto”, se me desdibuja cuando la película contiene la manoseada leyenda de “basada en hechos reales”. Entonces, pienso, sí me puede pasar eso mismo, sería plausible pensarlo: la frontera entre ficción y realidad es delgada y qué tal si a ese demonio de la pantalla se le ocurre viajar por la red de fibra óptica y desembarcar en mi casa. Según mi lógica, a esta colonia no llegan el agua ni el pavimento, pero sí arribará un espíritu tailandés sin que le hayan dado la mínima instrucción de cómo hacerlo. No tengo dudas de que este terror atávico halla su origen en mi infancia, cuando me consideraba imán de cada maldición posible.

En una ocasión, mamá me contó la historia del comediante y locutor Arturo Manrique, Panzón Panseco, a quien enterraron vivo, cosa que descubrieron hasta abrir el ataúd y hallarlo lleno de arañazos. La historia me dejó noqueado. ¿Y si viene a espantarme en la noche?, le pregunté a mi mamá, a lo que ella me respondió que, de volver a nuestro plano, Manrique tendría mejores cosas que hacer que venir a espantarme precisamente a mí. Vaya egocentrismo, ahora lo entiendo, las primeras etapas de esta hipertrofia del yo que ahora me tiene escribiendo esto.

Una vez confesado lo anterior (no tanto mi egocentrismo, sino el miedo que me caracteriza) me resulta extraño que una de mis películas favoritas sea El proyecto de la bruja de Blair. Y es extraño porque, uno, es de terror, y dos, al principio estaba acompañada de una leyenda similar a aquella de “basada en hechos reales” aunque mucho más contundente y feroz: esta película es real. No podía creerlo: iba a presenciar un caso real de fantasmas; había llegado el aval de todos mis miedos, hasta entonces tildados de irracionales por mi familia. Yo, como tantos otros en aquellos años, caí en la trampa publicitaria y sufrí sin siquiera haber visto la película porque, además, aún no se estrenaba cuando supe que supuestamente era real.

Ya para el momento de su estreno, El proyecto de la bruja de Blair contaba con numerosos seguidores, por el simple y sencillo hecho de que estaba sustentada por una fuerte campaña publicitaria: lo que íbamos a ver, aseguraban, eran las grabaciones verdaderas de un grupo de estudiantes que, luego de salir a investigar sobre la ya mentada bruja, desaparecieron sin dejar más rastro que un cúmulo de videos que alguien, después, ordenó para mostrárnoslos. Aquel miedo de “me puede pasar a mí también”, entonces, regresó con inusitada fuerza. Yo, como tantos otros, no lo sabía, pero acababa de encontrarme con el género llamado found footage, o metraje encontrado, en llano español: una ficción disfrazada de no ficción.

Si bien los antecedentes de esta película (que vuelvo a ver con regularidad y siempre, sin importar qué, me asusta) pueden hallarse, por ejemplo, en Holocausto caníbal, considero necesario señalar que no era, estrictamente hablando, un recurso narrativo “nuevo”: ya antes existía el “manuscrito encontrado”, un artilugio narrativo que data de hace ya varios años. En Los prodigios más allá de Thule, de Antonio Diógenes, podemos hallar los orígenes de esto: él aseguraba no ser el autor de la obra, sino solo su descubridor. Años después, Miguel de Cervantes Saavedra, en El Quijote de la Mancha, afirma que una parte del ya citado libro no es de su autoría, sino de un tal Cide Hamete Benengeli. En la portada de ambos libros bien podría encontrarse aquella famosa leyenda de “basada en hechos reales”, un etiquetado que nos indique a qué nos enfrentamos, un juego metatextual, pero, también, un posible recurso de defensa.

Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, escritores y directores de El proyecto de la bruja de Blair, aprendieron a las mil maravillas la lección de Cervantes: lo que vamos a ver (a leer) no es mío, sólo lo encontré. ¿Quejas, sugerencias, dudas? No, no es conmigo con quien lo ve, reclámele a los autores. Ah, un momento, es cierto: están desaparecidos o, en el caso del Quijote, bien lejos. Cervantes padre del found footage, ¿quién lo diría? Pero de qué no es padre aquel señor sin una mano.

Este juego metaficcional en la mentada película sirve, sí, para adentrarnos más en la historia, para envolvernos, pero también funcionó a la perfección para justificar un trabajo más bien modesto en cuanto a dinero se refiere: la película se grabó con poco más de 60,000 dólares. Es decir, estamos frente a un proyecto que supo poner todo a su favor, tanto la escasez monetaria como la falta de acceso a la información que sufría el público en aquel entonces y que, por lo tanto, no nos permitió corroborar si de verdad aquello era real. Un proyecto así, hoy en día, no sería tan fácil de colocar en el público, al menos no con la consigna de que no es ficción. Eso lo saben sus directores y lo han comentado en numerosas ocasiones: El proyecto de la bruja de Blair fue posible sólo en ese momento de la historia y es acaso irrepetible no como obra, sino como fenómeno.

La película, considero, es de una calidad suprema no sólo por el filme en sí, sino por toda la construcción paralela que realizaron sus autores, quienes nos hicieron creer que, en realidad, eran unos meros Cervantes que dieron, por casualidad, con su Cide Hamete Benengeli. Nos hicieron creer que habían hallado, no creado, y así, ¿quién pondría en duda lo que allí en la película sucedió? Y además, ¿quién podría quejarse de los malos encuadres, del sonido defectuoso, de la historia que a algunos les parece insostenible?

Quien aprovecha su tiempo, sus limitaciones, y las pone a su favor, merece, para mí, una ovación de pie. Quepa aquí una segunda confesión: no me gustan las películas de terror, pero adoro los videojuegos de ese género. ¿Por qué? Lo ignoro, pero así es. Mi favorito es Silent Hill, un juego que se desarrolla en un pueblo embrujado donde pocas cosas podemos ver a la distancia debido a la niebla que siempre inunda el lugar. Aplaudido por muchos como un recurso por demás ingenioso (vaya terror el que provocaba no saber qué había más allá de la niebla), se trataba, en realidad, de una artimaña de los diseñadores para ocultar los escenarios que el juego todavía no cargaba. Como Myrick y Sánchez, los diseñadores aprovecharon las debilidades para convertirlas en fortalezas y, además, lograron una historia que provocó más de una pesadilla entre toda la comunidad de jugadores porque, aunado a todo lo anterior, el protagonista, a diferencia de otros juegos del género survival horror (como Resident Evil y Alone in the dark), no era un militar entrenado o un detective feroz, sino simple y sencillamente un escritor con la mala suerte de caer en aquel pueblo infernal. Quizá, otra vez, pensé que eso me podría pasar a mí, no por escritor ni mucho menos, sino porque, ya lo dije, pensaba que todo mal andaba buscándome y ahí había una historia donde el protagonista era un hombre común y corriente.

Pasaron los años y los juegos de terror siguieron apareciendo, con mayor o menor fortuna (como las películas que emulaban a El proyecto de la bruja de Blair), y no hubo grandes sorpresas hasta que, en 2001, desembarcó en América un videojuego japonés de terror que volvería a cimbrar todo: Fatal Frame. No era aterrador sólo por el juego en sí (que usaba a la perfección el sonido, la jugabilidad, el apartado gráfico y, sobre todo, la historia, plagada de fantasmas y demonios), sino porque en aquellos años aún estaba fresca la impresión causada por la película de El aro (remake de Ringu, un filme japonés basado en la novela de Koji Suzuki). Además, el videojuego contaba con una leyenda de advertencia en el empaque: basado en hechos reales. Otra vez, me advertían (o esa era mi impresión), que eso me podría pasar a mí.

A pesar de que en aquellos años ya se había develado que esto suele ser un mero truco publicitario (El proyecto de la bruja de Blair, oh sorpresa, resultó ser un trabajo ficcional), aquel etiquetado volvía a hacer de las suyas en mí. Los creadores del videojuego llegaron a decir, en algún momento, que sólo habían transformado una historia “real” en un videojuego, y que por el momento no podían dar más detalles. Agregaron, eso sí, que ellos no eran los autores de la historia, sino que se la habían encontrado y decidieron convertirla en videojuego. El manuscrito encontrado y el metraje encontrado daban la bienvenida a un nuevo miembro de la familia.

Cervantes se hace pasar por un autor que no es Cervantes (potenciando el yo lírico a su máxima expresión) y dice que el responsable es Cide Hamete Benengeli; Antonio Diógenes dice que no creó aquel texto, sólo lo encontró; Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, años después, afirman algo igual: estamos frente a autores que se esconden atrás del narrador creado y ceden, así, una parte de la “gloria creativa” a su yo lírico, es decir, abdican del narcicismo de signar una obra con el nombre propio, en aras, a veces, de un juego narrativo mayor, y nos aseguran que eso que estamos viendo es obra de alguien más, que ellos sólo tuvieron la suerte de encontrarlo: toman distancia entre narrador y autor.

Pero este apostatar de la autoría de un texto, de un material presentado, no es exclusiva de la ficción o, en todo caso, de la ficción pura. John Gibler, en Una historia oral de la infamia realiza, como se afirma en el prólogo, un ejercicio de “anti Narciso”: en ningún momento leemos una palabra suya, una frase de su autoría. El libro se compone de la disposición (armónica, por supuesto) de las distintas entrevistas que compiló durante su investigación. En apariencia, nada de lo que está en el libro es obra suya (todas las palabras pertenecen a los sobrevivientes del episodio de Ayotzinapa), pero podemos hallar su impronta entre líneas, en el sutil acomodo de las palabras: ahí, y no en otra parte, yace el autor. Él, como en su momento aseguraron Myrick y Sánchez, no inventó nada, sólo acomodó. El recurso es el mismo, aunque, claro, en un caso hablamos de ficción y en el otro de no ficción.

El juego, sin embargo, es casi idéntico: estamos frente a autores que nos dicen “yo no creé nada, esto lo he encontrado”. Una aseveración similar hacen ciertos autores cuando hablan del proceso para escribir sus obras: no son ellos quienes la han creado, sino alguien o algo más, una fuerza que sólo fluyó a través de su pluma, acaso esa Voz Extraña de la que habla Fabián Casas en el ensayo que lleva el mismo nombre. Se asumen, así, como una suerte de médiums que nos transmiten mensajes de otros, mensajes que sólo “encontraron”. Analizado a profundidad, esto es el acto creativo: transmitir lo que “otros” dicen, aunque aseguremos que esos “otros” habitan fuera de nosotros, los no otros: somos meros amanuenses, copistas siempre de un tercero, de otras voces; el mecanógrafo que toma dictado y pasa a limpio.

Si Gibler recogió testimonios y se dispuso a acomodarlos para lograr su intención, podríamos hablar, quizá, de una obra de tipo epistolar. Ya otras obras (de ficción casi siempre, insisto) habían echado mano de este recurso. En Drácula, por ejemplo, hallamos (sí, hallamos) un cúmulo de testimonios ordenados por una mano invisible (y no esa que regula el mercado): nunca una sola palabra de un narrador omnisciente. Es decir, tanto en la obra de Gibler como en la de Stoker estamos frente a un manuscrito no hallado ni creado, sino acaso “armado”. En ambos casos (el de testimonios “falsos” o “verdaderos”, en Drácula o Historia oral de la infamia) hallamos que la disposición lo es todo: ahí está al autor, en sus detalles, aunque ceda protagonismo a sus narradores, creados por él mismo o reales. Es el titiritero que nunca vemos más que a través de su trabajo.

Estos juegos textuales donde el autor nos orilla a creer que estamos frente a algo “real” o, en todo caso, nos encamina a algo lo más “real” posible, no son exclusivos del found footage (o metraje encontrado) ni de su abuelo, el manuscrito encontrado. Marcel Schwob, en Vidas imaginarias, plantea un ejercicio de creación que, acaso, se halle entre lo ficcional y lo no ficcional. A partir de personajes “reales”, elabora historias “no reales”, en un trabajo que mucho tiene de ficción y por momentos pretende parecer no ficción. Ejercicios similares se aprecian, también, en la prosa de Juan Rodolfo Wilcock en La sinagoga de los iconoclastas y, de forma más reciente, en la pluma de Benjamín Labatut con Un verdor terrible. Estos libros, por poco, salen al mercado con aquella leyenda de “basados en hechos reales”. Pero, ¿por qué en esas obras creemos, o al menos creo, estar frente a una pieza no ficcional o en todo caso no del todo ficcional? ¿Qué me lleva a creer eso? ¿La misma candidez que me hizo creer que Panzón Panseco me atacaría apenas tuviera oportunidad?

En el estudio introductorio a Vidas imaginarias se puede leer una afirmación: “Fantasmas se ven con bastante frecuencia, pero con sombrero de tres picos, nunca”. De fantasmas, así en general, fantasmas (póngales usted, como la cola a un burro, los detalles que más le aterren), se habla mucho, ¿pero cuándo con tanto detalle, con tremenda precisión? Y es justo eso, los detalles (donde habita según dicen, el diablo), y la sucesión y disposición de estos, lo que dota a sus textos de una naturalidad pasmosa, de una suerte de etiquetado de “basado en hechos reales”. Al fin y al cabo, ¿no son, todos los libros, algo basado en hechos reales, por más imaginarios que sean? Porque lo imaginario, como dice Piglia en Blanco nocturno, no es lo irreal, sino lo que es posible, aunque todavía no sea, y ahí, en esa proyección al futuro, yace lo que existe y no existe: el fantasma.

Schwob y sus epígonos, es justo mencionarlo, construyen obras ficcionales con trazas de no ser del todo ficcionales, y para ello se valen de avales de veracidad, pequeños rasgos que nos hacen creer que lo que está ahí no es falso. Mencionan libros que nunca existieron, hablan de historiadores que jamás pisaron este mundo, citan pasajes que pudieron, o no, existir, emplean traducciones irrastreables: usan herramientas que normalmente atribuimos a la no ficción y las resignifican al colocarlas en la ficción (Borges en este momento rasguña su ataúd de la pura emoción). Colocan una etiqueta a productos que no necesariamente responden a lo que ahí se señala, aunque el efecto es el mismo: entendemos, así lo hemos acordado, que hay ciertos elementos de la ficción y otros tantos de la no ficción y en ellos confiamos para saber frente a qué nos encontramos. Ellos, como figuras literarias de autoridad, avalan y nosotros estamos deseosos de creer, firmamos un contrato ficcional. Por eso aterran las películas de terror, por eso nos dejamos llevar por esas vidas imaginarias y por eso, en mi caso particular, me sigue aterrando El proyecto de la bruja de Blair: por sus avales de veracidad que son entendidos sociales: grabación profesional, con cámaras profesionales, es ficcional; grabaciones defectuosas, con cámaras caseras (que yo podría tener) es verdadero.

Así como Schwob tiene continuadores de su legado, Myrick y Sánchez crearon un camino que otros han recorrido: las películas de metraje encontrado no se han extinguido, sino que proliferan, aunque no hayan logrado el éxito de El proyecto de la bruja de Blair. ¿A qué se debe esto? Según estos cineastas, podría obedecer al hecho de que ahora el mundo está más alerta ante este tipo de “embustes”: analizamos, preguntamos, buscamos en internet para corroborar o refutar: poseemos información que, por ejemplo, los lectores de El quijote no tenían o, sin ir más lejos, nosotros no teníamos en el año de estreno de la Bruja de Blair.

Lo anterior, también, se debe, según el mismo Sánchez afirmó en una entrevista, a que las audiencias estaban dispuestas a aceptar nuevas historias y nuevas formas de contarlas: lo que a la película le falta de veracidad, le sobra de verosimilitud. Estos dos elementos son vitales en cuanto a la narrativa se refiere. Una obra debe ser creíble, establecemos un contrato ficcional con el receptor: lo que te estoy contando obedece a sus propias reglas internas; si no es creíble, si no logra abstraernos por un momento de la realidad y desaparecer el tiempo, no es funcional del todo. Ya lo dijo Julio Ramón Ribeyro: si el lector no acepta el desenlace de un cuento, este ha fallado.

Myrick y Sánchez aseguran que El proyecto de la bruja de Blair, en estos años, no funcionaría, porque estamos más al pendiente: ahora sabemos que hay formas de alterar la realidad, que hay ficción por todos lados y que esta ya no se limita a sus contenedores usuales. Por ejemplo, vemos una fotografía y no sabemos, a ciencia cierta, si ha sido alterada: lo que antes era una prueba fehaciente, la imagen escrita con luz, ahora, sabemos, puede ser un trabajo de ficción tan logrado que, por momentos, parece no serlo.

Cuando hablo de fotomontaje, no hablo de trabajos realizados con un programa especializado de computadora, sino de aquellas imágenes donde se superponían dos elementos dentro de una misma fotografía, a veces con una técnica por demás rudimentaria como el fotocopiado, para lograr una tercera imagen, por supuesto ficcional. No necesariamente estos elementos eran ficticios por sí mismos, lo que funcionaba como un aval de veracidad. Por ejemplo, cuando era niño, mi hermano mayor me mostró una fotografía donde estaba hombro a hombro con Pancho Villa, Emiliano Zapata, Lucio Cabañas y el Sub Comandante Marcos. En un primer vistazo, no logré entender qué tenía de raro aquella imagen (no del todo mala en su ejecución, debo decirlo), pero después me hicieron notar que todos aquellos con los que posaba mi hermano, a excepción de él mismo y el Sub Comandante Marcos, ya habían muerto. Dos elementos no ficcionales, superpuestos, lograban una tercera imagen, una verosímil: basada en hechos reales, pero no real.

Dada la efervescencia política y social de aquellos años (mediados de los 90), mi papá le pidió a mi hermano que se deshiciera de aquella fotografía: si llegaban a encontrársela en un cateo de la policía, aseguraba, no habría forma de evitar problemas. Si eso pasa, rebatió mi hermano, les diré que yo no la hice, que me la encontré. La excusa era mala, ahora lo sé, pero mi hermano apostató de su carácter de autor para esconderse detrás del viejo artilugio de la obra encontrada. Ese tipo de obras, lo descubrí posteriormente, rara vez, y sobre todo cuando tienen fines difamatorios, poseen un autor que se reconozca como tal: siempre son “encontradas” en algún lado: nadie reconoce su autoría. Otra vez, el creador abdica de su posición y se esconde tras una invención paralela: su narrador. Alguien me pasó esta fotografía, me la compartieron, la encontré en internet: el mecanismo ficcional sirve de defensa ante posibles fallos narrativos, ante posibles problemas derivados por la autoría.

En estas fechas, donde los recursos para alterar un hecho antes considerado inamovible, es difícil diferenciar qué es aquello basado en hechos reales y qué es real. El artificio ficcional, bien elaborado, puede llegar a suplantar, por un instante, a la realidad. Tendemos a creer lo verosímil, no lo veraz, por más descabellado que sea el hecho, incluso el ataque del espíritu de una bruja o la convivencia de un adolescente con líderes guerrilleros fallecidos años atrás. La verdad no basta a veces para hacernos creer.

No sé si es porque en estos momentos fumo como si no hubiera un mañana, pero recuerdo que Julio Ramón Ribeyro aseguraba en su decálogo sobre el cuento que, si la historia es real, debe parecer ficticia, y si es ficticia debe parecer real. Es una discusión harto manida, pero presente: hay quienes siguen creyendo que veracidad y verosimilitud son sinónimos, cuando, a veces, pueden llegar casi al extremo de convertirse en antónimos. Por ejemplo: hay quienes, al vaciar una historia a la hoja, con la esperanza de que se vuelva una pieza de narrativa ficcional (cuento, novela, minificción), se apegan “demasiado” a la realidad y vierten la historia tal cual fue: un ejercicio amanuense. Cuando se les señala que no es verosímil, insisten en que es veraz, aunque estos términos, tan cercanos, acaben siendo polos opuestos en ocasiones. Sí pasó así, pero no puede ser contado como tal si queremos que se crea. Porque hacer creer es, de cierta manera, crear. La historia oral, sea de la infamia o no, se transforma en su camino al terreno de lo escrito, de lo filmado.

En la década de los 90, en Estados Unidos hubo una serie de llamadas telefónicas a establecimientos de comida rápida, en los que un supuesto agente de la policía obligaba a los gerentes a detener a algún empleado bajo cargos de posesión de drogas. El gerente obedecía, sin importar lo irracional o arbitrario de las órdenes, puesto que creía estar hablando con un agente de la ley “real”. ¿Cuáles eran sus avales de veracidad? La voz, el tono, la posesión de datos sensibles: por inverosímil que fuera la historia, le resultaba veraz porque el delincuente, narrador al fin y al cabo, había urdido una trama creíble.

Uno de estos casos, quizá el más famoso, fue el de Louise Ogborn, en el que esta joven empleada terminó siendo víctima de abuso sexual a manos de la pareja de la gerente del establecimiento. Este caso sería llevado a la pantalla en la película Compliance, para mí, un filme tan fuerte y aterrador, aunque en sus propios términos, como El proyecto de la bruja de Blair. Sin embargo, numerosos espectadores, me cuento entre ellos, declararon que la película es un tanto inverosímil, y esto quizá se deba a su estricto apego a la veracidad del hecho: el creador no es amanuense de la realidad, no debe serlo. El director, Craig Zobel, sacrificó elementos propios de la narrativa para ofrecernos un retrato de lo real, no un retrato hablado.

Aquel delincuente que hacía las llamadas telefónicas, amén de poseer intenciones por demás dañinas, formó un ejercicio narrativo inusitado: implantó la ficción en la no ficción, hizo creer que algo de verdad estaba pasando: se construyó, para una historia precisa, a su Cide Hamete Benengeli y, así, logró que sucediera lo que planeaba. Un psicólogo llamó a este comportamiento “voyeurismo virtual”: aunque era el artífice del embuste, disfrutaba viendo el resultado, aunque de lejos, sin participar, sin tocar, siempre protegido por la distancia y el anonimato. Así como el que ve películas de terror desea ver, pero no participar, el voyeurista aprecia, pero no toma un papel activo. Hoy todos somos voyeurs, decía Monsiváis, incluso de los relatos. Deseamos saber más, siempre más, pero no participar. Deseamos conocer el desenlace de algo, pero desde la seguridad de la distancia.

Quizá debido a lo anterior es que El proyecto de la bruja de Blair es de mis películas favoritas: me hace creer, así a secas, creer, incluso contra todo pronóstico lógico o racional. Una parte de mí entiende que eso no es “real”, pero otra, la más fuerte, sabe que eso es posible por imaginario. Puede ser, además, que sea de mis películas predilectas porque su forma de narrar me parece por demás inteligente: no muestra nada, sólo sugiere. Jamás vemos a la bruja, pero me he cansado de imaginarla, siempre moldeada por mis más profundos terrores. En este filme encuentro un ejemplo de cómo me gustaría narrar porque convierte al espectador en voyeurista, alguien que desea ver qué más sucedió y se alegra, como el que presencia un accidente de autos, de que no le pasó a él. Participa pero desde lejos, porque sólo busca la amenaza del encuentro, no el encuentro mismo.

He llegado a pensar que mi gusto por los juegos de terror, mucho mayor que el de las películas de terror, se debe a un simple y sencillo hecho: en el juego poseo control, a diferencia de la película, donde estoy a merced de las órdenes del director. Soy yo quién decide hasta dónde llegar y cuándo, qué cantidades de estrés soy capaz de soportar y entonces, llegado al límite, descanso un poco y vuelvo no a presenciar una historia, sino a desenmarañarla con mis propias manos. No soy una víctima del bromista del teléfono ni mucho menos un testigo: me vuelvo cómplice, colaborador. Aparezco hombro a hombro con él, aunque nos separen el tiempo y la distancia.

Es sencillo: en el fondo sigo siendo ese niño que escuchaba, a veces a escondidas, y con plena consciencia de las consecuencias, las historias de terror que los adultos a su alrededor se compartían. Sigo siendo ese que, en cuanto alguien aseguraba tener una historia de fantasmas (siempre improbable, nunca imposible), se quedaba a escucharla hasta ya no poder más y salir corriendo a otro lado. Quizá, desde entonces, intuía la diferencia entre algo “basado en hechos” reales y algo “real”; el primero me seducía y el segundo me aterraba, pero ambos sentimientos comparten muro en mi pecho y lo que hace uno lo escucha el otro.

¿Qué pasaría si dijera que el que escribió esto no soy yo, sino un personaje que me inventé? Un narrador potenciado, un yo lírico llevado al extremo: mi propio Cide Hamete Benengeli, al que le atribuyo cosas que quizá no diría. Al final del día, ¿eso importa? Si dijera que este ensayo lo encontré, y no es mío, ¿algo cambiaría? Recordar es inventar: quizá nunca tuve miedo de que el espíritu de un comediante viniera a espantarme. Quizá este texto no es real del todo, sino simple y sencillamente un ensayo, como tantos otros, basado en hechos reales.

 


Autores
Aldo Rosales Velázquez. Ciudad de México, 1986. Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento: Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de Cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica: Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang . De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada , El Universal , Casa del Tiempo , Tierra Adentro , entre otras, así como en las antologías: De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el vampiro y otros relatos de la lucha libre (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de Partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar , de La Jornada . Es egresado de la Licenciatura en Enseñanza del Inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada Aprovéchate de mi. Tierra Adentro
Portada Aprovéchate de mí. Tierra Adentro

Me pongo los audífonos y aprieto el play de la lista de reproducción que escuchaba en la mañana, cuando venía camino al puesto. Aunque la canción apenas empieza, la reconozco enseguida. Ya sé que es cover, que originalmente la tocaban Los Tres, pero no importa, Cafeta la arregló y para mí con ellos suena mejor.

Cierro los ojos y en vez de cantar bajito me quedo callado para sentir la música. Eso es lo mejor de guardarla en el celular: te pones los audífonos y las canciones se van directo al cerebro, sin filtros. No hay ruidos de conversaciones, de carros o de música que no quieres escuchar. Las canciones entran y se descomponen como líneas de un estambre de muchos hilos, y de uno en uno se van adonde tienen que terminar. Algunas ahí en los oídos, otras en las yemas de los dedos, otras más en la garganta. Por lo general así se reparten, pero las canciones buenas también se quedan en la nuca, el tabique de la nariz, bajo los párpados y hasta detrás de los ojos. Esta rola es de esas. Nunca la escucho de pie o caminando, cada que empieza me quedo quieto, y si puedo me siento para disfrutarla como se debe: con los ojos cerrados y sin tener que saber de otra cosa.

Desde hace dos años trabajo en un puesto de barbacoa que se pone los fines de semana al final de San  Roque casi en la entrada de Galaxia. Es el más grande de por aquí y no me puedo quejar. Aunque solo me pagan cuatrocientos pesos por los dos días, con las propinas junto cuatrocientos más, y siempre me dan de comer. Con lo que saco me alcanza para mis pasajes y casi todos mis gastos de la escuela, y si lo estiro suficiente me puedo pagar algunas salidas al cine, zapatos o ropa.

El puesto tiene un área para despachar la carne, otra para el consomé y otra para mantener caliente un enorme comal en el que varias mujeres echan tortillas de masa azul y preparan tlacoyos y quesadillas. Entre cinco meseros nos repartimos tres mesas en las que caben hasta veinte personas en cada una con las sillas bien pegadas entre sí. La gente empieza a llegar desde las siete de la mañana y terminamos de atender a las tres de la tarde. Luego tenemos que doblar unas lonas rojas muy pesadas que sirven de manteles y techo, lavar las sillas, las mesas, los cinco molcajetes gigantes, la freidora, el comal y un montón de platos, vasos y cucharas.

El puesto ocupa dos locales de un conjunto de siete que construyeron apenas hace cinco años, y por los que han pasado varios negocios que nunca tardan en quebrar. Solo dos hemos estado aquí más de un año: el puesto de barbacoa y la dulcería que está a un lado. En el puesto somos un montón; en la dulcería nada más dos: Manuel y su esposa, Elena.

Estoy en una silla de plástico porque ya terminamos y falta poco para hacer la limpieza. Mientras los demás comen yo escucho música, siempre elijo escuchar música… No mames. Nomamesnomamesnomamesnomames, viene para acá, Manuel viene para acá. Camina despacito hacia mí con su sonrisota, como si todo en la vida estuviera bien. Pinche güey, nadie le puede creer esa cara de felicidad. Ya vio que estoy sentado. Ya vio que hay una silla vacía aquí junto. Se va a sentar… Nomames que se va a sentar junto a mí… Se sentó. Me saluda:

—Quihubo, Santi, cómo te va.

Separa los labios y deja ver sus dientes. Pinche güey, si supiera cómo me pone. Si supiera cuánto me gusta su sonrisa, pero me da en la madre cuando me la dirige porque no sé qué pensar.

—Bien, Manuel, ya terminamos—me quito un audífono

—Qué bueno, nosotros también ya nos vamos como en quince minutos. Es sábado y el cuerpo lo sabe

Lo observo y sonrío. Mi cuerpo lo sabe también, sabe todo del tuyo, aunque no quieras acercarte. No, aplácate, Santiago, o tu cuerpo quetodolosabe te va a traicionar.

—Eso está bien, Manuel, ¿cómo vas a quedarte tarde en sábado? Para eso eres jefe.

 

Me sonríe de nuevo. ¿Por qué me sonríe? Si supiera de la punzada que me atraviesa la boca del estómago cada vez que se me acerca o me habla, chance y no lo haría tan seguido. Ulises, quien corta la carne y es encargado del puesto, ya nos vio y desde lejos le hace una seña.

—¿Lo vas a esperar? —le pregunto a Manuel y señalo a Ulises

—Sí, Santi, vamos a echar humito.

Mi papá fumaba, pero yo no. Si fumara tal vez Manuel vendría a buscarme más. Pero entonces yo no me fumaría un cigarro completo, mejor le pediría del suyo. Él lo encendería y le daría la primera fumada, luego me lo pasaría y lo pondría en mi boca para que me llegara con su sabor, como un beso de papel arroz. Se lo regresaría y él se lo quedaría entre los labios para sellar un código. cuyo significado solo él y yo conoceríamos… Nomamesnomamesnomames, ya se me paró. Pensar en su boca húmeda, en su saliva caliente, siempre me da este resultado. No quiero que se dé cuenta, qué vergüenza. Me inclino para disimular mi erección, y el audífono que no traigo puesto cae y queda suspendido delante de mí.

—¿Qué oyes? —me pregunta y observa el cable entre mis piernas; lo jalo y me muevo para que el pantalón no me apriete.

—Café Tacuba. Me dice que los conoce y no me sorprende.

—¿Te gustan, a tu edad? —me pregunta.

—Soy fan, ya hasta fui a verlos en vivo.

—Órale, qué chido, ¿qué canción es?

—“Tírate”.

Entrecierra los ojos y entiendo que no la identifica. ¿Cómo dice que sabe quiénes son y no conoce “Tírate”? Le paso el audífono que tengo colgando, desbloqueo el celular y regreso la canción para reproducirla desde el inicio.

—Tienes que poner atención para que le entiendas —le advierto—, o no va a tener chiste que la escuches. Me dice que sí con la cabeza y escuchamos:

 

He encontrado cosas buenas para soportar el calor del hambre cuando me voy a acostar.

Y si me dices que te vas, que no lo quieres intentar entonces abre la ventana y tírate

 

Cuando el ritmo acelera, Manuel lo marca con el talón derecho. Tiene unas arrugas chiquitas en la frente y sus pestañas son largas y chinas. En la parte acústica abre los ojos y me dice que está chida, intensa.

—Tírate, nomás eso, “tírate” Santi. Así debes hacer en la vida, si no, no tiene caso.

—¿Cómo? —no le entiendo.

—Pues sí —me contesta—, el chiste es aventarte, dejarte caer, si quieres tirarte al vacío.

—No es lo mismo tirarte que dejarte caer, Manuel.

—No importa, esta es la buena, hay que tirarse, nomás eso —me lo dice con la mirada seria—. ¿La canción es de ellos?

—No, la canción original es de Los Tres, un grupo chileno que se deshizo en el año dos mil, pero en el dos mil dos Cafeta sacó Vale Callampa, que fue su tributo a Los Tres, y de ahí salió esta versión de “Tírate”.

Me mira con una ceja levantada. Me caga. Como si le sorprendiera que sé cosas.

—¿A poco sí muy conocedor de Café Tacuba? —Pues sí, ya te dije que hasta fui a verlos en vivo. Ulises se acerca y llama a Manuel. Él se levanta y me dice:

—Chida la rola, Santi, luego me la pasas.

 

No sé si se está burlando o en serio le gustó, pero me vi muy pendejo explicándole la historia de una de mis canciones favoritas. Me guardo los audífonos y el celular en la bolsa del pantalón y voy a buscar mis cosas para hacer la limpieza e irme a mi casa.

Todo el tiempo lo observo, quiero ver qué tiene de diferente, por qué cada vez que está cerca de mí es como si se me resbalaran los calzones. Convivo con otros hombres en la escuela y aquí en el trabajo, y con nadie más me pasa. Cuando se me acerca es como si el piso y las piernas me temblaran, y mi corazón bombea sangre muy rápido a cada parte de mi cuerpo. Tun tun en mi pecho, tun tun en mi cuello, tun tun en mi boca, tun tun en mis párpados, en las piernas, en las yemas de los dedos y debajo de mi estómago. Las manos me sudan frío y una punzada me atraviesa el pecho y la espalda. Me dan ganas de decirle que cuando está junto a mí es como si despidiera un calorcito que me envuelve. A veces, cuando no lo veo, lo imagino cerca, caminando junto a mí en la calle o sentado en la misma mesa que yo en la biblioteca de la escuela. Lavo el piso con fuerza y conforme la espuma se junta bajo la escoba me pregunto si él no se da cuenta. ¿No sentirá que anda conmigo, aunque estemos lejos? ¿Que lo llamo y pienso en él?

Lo miro fijamente porque he escuchado que la fuerza del pensamiento es poderosa. Si deseo que voltee a verme de seguro terminará por hacerlo. Recargo el palo de la escoba en mi pecho, me pongo los dedos en las sienes, hago movimientos circulares y lo apunto con los ojos: mírame, voltea, mírame, voltea, mírame, voltea. Me concentro muy fuerte. Observo su cara, sus brazos, sus ojos, su nombre, a todas horas, en todos lados. Mírame, voltea, mírame, voltea, mírame, voltea. ¿En serio no lo siente? Yo creo que en mí nadie piensa y por eso no lo siento.

A veces pienso en mi papá y me pregunto si alguna vez se acuerda de mí. Si Manuel me extrañara yo lo sentiría. Sus pensamientos deben ser más fuertes que los míos, podría llamarme siempre que quisiera, aunque fuera solo para que pensara en él. Voltea y me sonríe. Lo sintió. Sintió mis pensamientos. Quito las manos de mis sienes, bajo los brazos y le devuelvo la sonrisa al mismo tiempo que la cara se me calienta. Me saluda con la mano y pienso que sintió todo lo que hice antes y que volteó porque yo quería que volteara. Pinche güey, hasta adivino es. Le devuelvo el saludo y mejor sigo con la limpieza.

Me reacomodo los audífonos y cuando pongo play escucho “Tírate”. La letra suena y se me va al estómago sin escalas:

Sé que no lo harás, cae el cielo sobre el mar.

Sé que no dirás palabras de verdad

Termino la limpieza y recuerdo que mi mamá me dijo que regresara temprano a la casa. Ulises y Manuel siguen sentados. Cuento las colillas que tienen cerca de sus pies. Ya van en el cuarto cigarro cada uno. Elena se acerca y los interrumpe. Va por Manuel, de seguro ya se fastidió de esperarlos, pues ella tampoco fuma. Tal vez debería juntarme con Elena para saber más sobre Manuel, hacerle plática o al menos saludarla cuando llegan en las mañanas. Pinche vieja suertuda. Si nos hiciéramos amigos, nos pondríamos a platicar mientras ellos fuman. Yo le preguntaría un montón de cosas y de seguro nos daríamos cuenta de que a los dos nos gusta lo mismo de él.

Elena regresa y Manuel y Ulises se ríen de algo. Manuel suelta el cigarro y lo pisa con el pie derecho. No puedo dejar de mirarlo, ya casi se va. Cerrarán su local, caminarán a su carro, él le abrirá la puerta del copiloto, ella entrará tras agradecerle el gesto, luego él rodeará despacio por el frente y antes de subir se acariciará la barba. Se encaminarán hacia donde sea que vivan juntos. ¿Qué tiene Manuel? Tal vez, cuando se conocieron, Elena también sintió el temblor en las piernas y en el piso.

Creo que cuando empiezas a estar con una persona sientes cosas diferentes a las que sientes cuando llevas con ella tres, cinco o diez años. Quién sabe si yo podré tener una relación con Manuel o con cualquier otra persona, pero supongo que las cosas que siento cambiarán. No puedo imaginarme toda la vida con la cabeza y el piso revueltos cada vez que la persona que me gusta esté cerca de mí.

Termino de hacer mi parte de la limpieza. Guardo mis cosas y me pongo la sudadera. Me gustaría que Manuel me preguntara si me queda que me dejen en algún lado. Ese sería un buen comienzo: ir con ellos, con él, hablar de cualquier cosa, platicar sobre dónde viven, si tienen hijos, si planean tenerlos; yo creo que no los tienen, siempre los veo solos. Ojalá no, yo no sé si quiero tener hijos.

Cierran su local, él corre a abrirle la puerta del carro y voltea. Me mira y le dice algo a ella, luego cierra la puerta y camina hacia donde estoy. No mames. Nomamesnomamesnomames, viene hacia acá. El corazón me late en todo el cuerpo. ¿A qué viene? Tarda pocos segundos en llegar y quedamos de frente.

—¿Cómo se llamaba la canción que me pusiste, Santi?

—“Tírate”.

—Está chida, luego me la pasas, ¿no?

—Si quieres te puedo grabar música en una USB.

—Sí, estaría chido, pero mejor te paso mi teléfono y me la mandas por WhatsApp, ¿no? —Sí —saco mi teléfono, ojalá no se note que las manos me tiemblan. Apunto los diez dígitos que me dicta en pares. —Que no se te vaya a olvidar, Santi. —No, en cuanto pueda te la mando. —Es muy raro que a alguien de tu edad le guste Café Tacuba, va a estar chido saber por qué te gusta. Me da tres palmadas en el hombro y se va.

Me quedo ahí parado, el carro se aleja. No sé si tener el número de Manuel signifique algo, espero que sí. Igual y nada más es para que le mande una canción por WhatsApp, pero puede ser para, como él dijo, tirarme hacia algo más, hacia otra cosa más grande. Aunque la canción no hable de eso, aunque Rubén cante algo completamente diferente. Tal vez la vida sí se trata de tirarse hacia otra cosa. Aunque Manuel no sepa mucho de lo que habla, sí puede tratarse de eso.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.