Ilustración realizada por Mariana G
Caminamos por las calles de la Alejandría de hace un siglo, a nuestro paso la nariz se inunda con la fragancia de las especias —cúrcuma, canela, azafrán, romero— y a nuestros ojos el colorido de las telas y de los tapices en las tiendas, las conversaciones a veces a gritos nos abruman, incluso las que son pronunciadas en los cafés, cuyo aroma también nos embriaga, sobre todo, lo que nos hemos de encontrar es con la diversidad de rostros alejandrinos: los jóvenes estibadores y vendedores griegos embutidos en sus raídos trajes, los trabajadores egipcios, los turcos, también es posible encontrar en el trajín de las calles gente de Europa occidental, sobre todo los funcionarios ingleses—no hace mucho también se veía a soldados británicos—, pero también franceses e incluso italianos. Pero lo que nos interesa es la calle Lepsius, ahí nos aguarda un hombre flaco, de mirada penetrante, que gusta de recibir visitas, máxime si estamos interesados en su poesía.
Nos hace subir a su departamento, en la calle, al lado hay un local que puede ser de una reputación dudosa, cierta sordidez a la que no hay que dar importancia. Ya se nos ha advertido, el señor Malanos lo ha hecho —o lo hará, en un futuro, pero es de su testimonio de quien tomamos la advertencia— que si despertamos su interés nos ofrecerá whisky , de lo contrario apenas si nos ofrecerá un trago de ouzo y dirá que había olvidado que tiene un compromiso, que tiene que partir. En una charola donde están servidos quesos y aceitunas, dátiles, dispuesta casi con negligencia, como si no estuviera dispuesta para que las visitas le monden el diente; a su orden, si somos dignos del orden, se nos servirán también los postres y café con la baklava y el galaktoboureko.
¿Cómo presentarnos ante tal personaje? Su mirada, ayudada por gruesos lentes nos explora, a su adusto rostro la vejez le ha dado de marco a su bigote, negro todavía, el marco de dos arrugas que bajan desde su nariz hasta la mandíbula; la elegancia de los descendientes de condes imperiales bizantinos, como tuvo la pretensión su familia materna, es perceptible en las maneras y en sus grandes ojos de ícono ortodoxo. Pero, evitémonos la vergüenza del torpe por admiración, él nos ofrece la mano y nosotros, faltaba más, gustosos la aceptamos.
[Cabe aclarar que, aunque los convido a compartir conmigo esta entrevista con el poeta, él sólo ve a una persona y no a la multitud que somos, de ahí que aunque nos expresemos en el plural de la primera persona, él nos conteste en el singular de la segunda]
Nosotros:
“Señor Cavafis, es un verdadero honor conocerlo y ser aceptados a visitar su casa, su estudio.”
Constantino P. Cavafis:
El honor es mío, siempre es un placer tener con quien conversar de poesía –hace una pausa en la que parece que piensa algo más que agregar, pero sólo sonríe–. Pero, pasen, por favor. Tomen asiento.
Lo obedecemos, mientras pensamos en cuál será la mejor forma de comenzar esta conversación, esta entrevista, esta escucha. Los gritos de los vendedores de la calle, el trajín de la ciudad se cuela entre las persianas. Él toma una aceituna y con la mano nos ofrece a tomar —esta es la forma que tiene también de hacer callar a algún invitado inoportuno—. A un lado suyo está una mesita cubierta de fotografías, ahí podemos reconocer a su madre, Heraclea, a sus hermanos, pero también a jóvenes barbados en sus veinte y algunos ya en la treintena que ofrecen gustosos a la cámara su lozanía sepia.
Cavafis:
Según entiendo me visitan desde lejos.
Nosotros, tentados a exagerar, queremos contestar que: de una distancia de siglos, pero la hipérbole nos parece una grosería frente a un poeta que ha preferido disminuir a su mínimo ese tipo de adornos retóricos; nos conformamos con asentir.
Una sonrisa de suficiencia cruza el rostro del poeta.
Cavafis:
Espero que no sólo hayan sido los versos de este viejo los que los hayan hecho viajar.
Nosotros:
Para nosotros el mayor atractivo que puede ofrecer la antigua capital de los Ptolomeos es usted.
Cavafis:
Alguien que recuerda que esta ciudad fue una capital bajo los descendientes de un general de Alejandro.
Nosotros:
La cuna del helenismo que usted llega a evocar en no pocos de sus poemas.
Su atenta mirada se ilumina.
Cavafis:
El helenismo no tuvo su cuna precisamente aquí, pero luego de las conquistas de Alejandro fue uno de sus centros, ciertamente. Ya mucho se ha escrito al respecto.
Nosotros:
Lo que no le ha impedido indagar en ese pasado.
Cavafis:
Tengo dos capacidades: escribir poesía o escribir Historia. No he escrito Historia y ya es muy tarde ahora. Ahora bien, usted dirá, ¿cómo sé que podría haber escrito Historia? Lo siento. Hice el experimento y me pregunté: “Cavafis, ¿podrías escribir ficción?” Diez voces me gritaron: “¡No!” Volví a hacerme el cuestionamiento: “Cavafis, ¿podrías escribir una obra dramática?” Veinticinco voces gritaron: “¡No!” Entonces, pregunté de nuevo: “Cavafis, ¿podrías escribir Historia?” Ciento veinticinco voces me respondieron: “Podrías.” [Liddell, 1974]
Nosotros:
En parte para verificar las descripciones de la época,
en parte por mero entretenimiento,
anoche comencé la lectura
de una colección de inscripciones ptolemaicas…
De alguna manera ahí está el espíritu de un historiador
Cavafis:
¿Le parece?
Nosotros:
En ese sentido su traductora al francés [Marguerite Yourcenar] escribió: […] puede decirse que todos los poemas de Cavafis son poemas históricos, y la emoción que recrea un rostro joven vislumbrado en la esquina de una calle no difere en nada de la que suscita a Cesarión fuera de una colección de inscripciones de la época de los Ptolomeos [Yourcenar (1953), 2018].
El poeta deja la boquilla sin ningún cigarro en sus labios, pensativo. Luego nos señala con la boquilla.
Cavafis:
Ahí lo tiene. Para mí la poesía y la Historia son dos posibilidades de la escritura, dos posibilidades que he conjugado en una.
Coloca un cigarro en la boquilla y lo enciende, la pequeña brasa sigue el movimiento de sus manos, de sus brazos, de su expresión.
Nosotros:
Para su biógrafo [Liddell]…
Cavafis:
¿Tengo ya un biógrafo?
Nosotros:
Varios. Sin embargo, por el momento, sólo nos interesa citar a uno, quien dijo que usted escribió ficción histórica.
Da una larga aspiración a su cigarro, nos contempla, una mirada con algo de curiosidad, casi como la de un gato al acecho.
Cavafis:
Si lo dice mi biógrafo algo debe de haber de cierto.
Nosotros:
Ese mismo biógrafo también ha dicho que En la poesía de Cavafis el pasado está siempre presente y el presente (o más bien lo reciente) está envuelto en un tiempo pasado . [Liddell, 1974]
El poeta apaga su cigarro en una taza de té dónde sólo quedan los posos, toma otro cigarro, lo coloca en la boquilla y lo enciende.
Cavafis:
Eso es, en parte, muy sencillo de contestar y tiene que ver con lo siguiente. Para mí la impresión inmediata nunca es un punto de inicio. La impresión tiene que envejecer, tiene que falsificarse con el tiempo, sin que yo la tenga que falsificar . [Liddell, 1974]
Nosotros:
Eso nos recuerda lo que dijo un poeta inglés [W. H. Auden] sobre su trabajo.
Se recuesta sobre su asiento y pasa su mano izquierda sobre su nuca y su mirada parece perderse.
Cavafis:
¿Qué dice ese poeta inglés?
Nosotros:
Que usted no aprecia por completo su excepcionalmente buena fortuna de ser alguien capaz de transmutar en invaluable experiencia poética lo que, para aquellos que carecen de este poder, puede ser trivial o incluso doloroso [Cavafy, 1961].
Cavafis:
Tiene razón en decir que las impresiones es lo que se transmuta en poesía y, a fin de cuentas, la poesía reside en conseguir que esas impresiones sean percibidas por quien lee. Fuera de la vida de uno, de lo que uno oye y entiende y el poema que uno escribe, aunque no sea de verdad de la propia vida, es verdad para otras vidas, no de forma general, claro, pero de manera particular […]. Si sólo por un día o por una hora me sentí como el hombre de ‘Las murallas’ o el hombre de ‘Las ventanas’, el poema está basado en una verdad, una verdad de corta duración, pero que, por la única razón de haber existido una vez, se repetirá en otra vida [Liddell, 1974].
Él levanta la mano y su ayudante egipcio, hombre pequeño y moreno, se acerca. El poeta le susurra unas palabras al oído, palabras que no entendemos por lo demás porque son de las pocas que él sabe pronunciar en árabe. El ayudante asiente y sale.
Nosotros:
Ahora que menciona ‘Las ventanas’ nos viene a la memoria otro de sus poemas anteriores a 1912 que expresa una emoción análoga. ‘La ciudad’, ahí, usted dice:
Dondequiera que vayas, arribarás a la misma ciudad.
No existe para ti ni ruta ni navío
que pueda conducirte a otra parte.
No esperes nada.
Como has arruinado tu vida en esta ciudad
la has arruinado en todo el mundo. [Cavafis, 2003]
¿No le parece un poco pesimista?
El ayudante egipcio coloca en la mesa los vasos rojos y una botella de whisky .
Cavafis:
Pero beba, por favor. Como le señalé antes las impresiones pueden ser el origen del poema y fueron verdaderas en tanto que las tuve. ¿Quiere decir eso que esa siempre es mi actitud frente a la vida? No, por cierto, pero, algo más. En ese poema creo apuntar a la imposibilidad de escapar de quien se es y en ese sentido el poema no es, me parece, pesimista.
Nosotros:
Para usted la vida, la existencia, adquieren su sentido una vez que han sido convertidas en arte, un planteamiento que gente como Proust también ha planteado. Pero en usted, las experiencias humanas, sobre todo los encuentros de jóvenes varones no son juzgados de forma negativa, se les realza su condición de placer e incluso de culpa por parte de quienes lo gozan. Pienso, por ejemplo, en
EL ORIGEN
Han satisfecho su placer
prohibido. Y del lecho se levantan,
vistiéndose apresuradamente sin hablarse.
Abandonan por separado, furtivamente la casa; y mientras
caminan algo inquietos por las calles, parece
como si sospecharan que algo en ellos traición
en qué clase de lecho cayeron hace poco.
Pero cuánto ha ganado la vida del artista.
Mañana, 0tro día, años después escritos serán
los versos vigorosos que aquí tuvieron su principio.
[Cavafis, 1998]
Cavafis:
¿Qué puedo agregar que no haya dicho ya en esos versos? Sin embargo, me tomaré el atrevimiento de decir un poco más. El verdadero artista no tiene, como el héroe del mito, que elegir entre la virtud y el vicio; en cambio ambos le servirán y amará a ambos por igual. [Liddell, 1974]
Nosotros:
Esa entrega, de uno hacia la existencia y de la existencia hacia el arte, está explícita en su poesía, ahí está:
ENTREGUÉ AL ARTE
Me siento y sueño Deseos y sensaciones
entregué al Arte; rostros o trazos
apenas entrevistos; de amores insatisfechos,
recuerdos algo vagos. Al arte me entrego.
Sabe inspirar Forma a la Belleza;
completando la vida sin sentir casi,
combinando impresiones combinando los días.
[Cavafis, 2019]
Cavafis:
Y sin embargo el arte a veces puede ser tan agotador.
Nosotros:
Como usted lo expresa en ‘Una pintura’, en el que la voz poética cansada de pintar encuentra refugio en otra pintura:
¡Qué bello niño! ¡Qué mediodía divino
lo acogió para dormirlo!
Permanezco largo tiempo mirándolo asó,
y una vez más, el arte me descansa
de las fatigas del arte.
[Cavafis. 2003]
El poeta, mientras oye sus versos pronunciados por nosotros, se recarga en su asiento y cierra los ojos complacido.
Cavafis:
Casi puedo ver a ese joven.
Nosotros:
Los jóvenes atraviesan sus poemas como apariciones divinas.
Se sienta en la orilla del asiento, casi se nos abalanza.
Cavafis:
¡Porque lo son!
Nosotros:
UNO DE SUS DIOSES
Cuando uno de Ellos atravesaba
la plaza pública de Seleucia
al atardecer, bajo la forma
de un bello y alto joven
de negros cabellos perfumados,
y ojos llenos de alegría
que da la inmortalidad,
los transeúntes lo contemplaban,
y se preguntaban uno al otro
si lo conocían: ¿Era un griego
de Siria o un extranjero?
Pero algunos que lo habían
observado con mayor atención,
veían Quién era, y se apartaban.
Y El, se alejaba a lo largo de los pórticos
entre las sombras y vislumbres del crepúsculo,
hacia los barrios que, cuando llega la noche,
albergan el jolgorio, la juerga, la orgía,
toda suertes de vicio y embriaguez.
Y la gente se preguntaba Quién podría ser,
y, por qué sospechoso placer,
El bajaba por las calles de Seleucia
tan lejos de santas moradas eternas.
[Cavafis, 2003]
Cavafis:
Esas apariciones…
Sus palabras son más para sí mismo que para nosotros.
Nosotros:
Que usted logra convocar tan bien en:
EL ESPEJO DEL VESTÍBULO
Un antiguo espejo,
adquirido hacía más de cuatrocientos años,
adornaba el vestíbulo de esa rica mansión.
Un joven aprendiz de sastre
(atleta aficionado los domingos)
entró allí con un paquete.
El aprendiz quedó solo esperando.
Se aproximó al espejo y se miró,
ajustando su corbata. Luego,
cinco minutos más tarde,
le trajeron su recibo.
Lo tomó y se fue.
Mas el antiguo espejo
que había reflejado en sí
tantos objetos, tantos rostros,
se alegró de haber reflejado un instante
la belleza perfecta.
[Cavafis, 2003]
Cavafis:
Raro privilegio el ver los versos propios en voz de los jóvenes.
La luz de las cuatro de la tarde cae sobre el suelo del cuarto entre los resquicios de las persianas cerradas. El poeta se cruza de brazos y nos observa con una ligera sonrisa bajo su negro bigote.
Nosotros:
Desde que empezamos a leerlo no hemos dejado de hacerlo. Su poesía tiene la capacidad de invocar el deseo, las voces de los idos, mucho más potente que cualquier filtro de los magos grecosirios…
Nos interrumpe, radiante.
Cavafis:
Otro de mis poemas…
Nosotros:
Sí. Pero, como usted apunta muy bien en él no conocemos esa sustancia que pueda traernos el pasado sin abandonar nuestra estancia, a no ser que sea la poesía misma, su poesía.
Se sienta en el borde de su silla, el cuerpo inclinado hacia nosotros.
Cavafis:
¿La poesía como una magia?
Nosotros:
Esa podría ser una lectura. Es que su capacidad para que incluso la voz de quienes han partido vuelva quita el aliento, ahí está
VOCES
Amadas voces ideales
de quienes ha alcanzado la muerte
o a quienes, distantes, como los muertos,
hemos perdido.
A veces en nuestros sueños hablan,
a veces, desde lo profundo, las escuchamos.
Y con su sonido el eco, por un instante,
de aquella primera poesía de nuestra vida;
distante música que en la noche se pierde.
[versión propia]
Él se vuelve a recargar en su asiento, mientras escucha el poema toma la boquilla y coloca en ella un cigarro, con ella marca el ritmo de los versos, de las palabras. Al terminar el último verso enciende el cigarro y le da una fuerte aspirada. Exhala y entre el humo sus ojos no dejan de vernos.
Cavafis:
Es lo que hace la poesía, no cree. Permite escuchar la voz de los muertos.
Nosotros:
Y la suya más. Usted ha logrado incluso dotar de vida a los deseos que nunca se consumaron.
Levanta la mano y el ayudante egipcio que no estaba a la vista se le acerca, vuelve a darle unas órdenes en árabe. Cavafis ve que nuestro vaso rojo está casi vacío y él mismo nos sirve más whisky, otro tanto hace para sí.
Nosotros:
Los ejemplos no son pocos a lo largo de su obra, pero quizá el poema que mejor lo expresa es
RECUERDA, CUERPO
Cuerpo, recuerda y no sólo cuánto fuiste amado,
ni solamente los lechos en que conociste el placer
si no esos deseos que por ti brillaban en los ojos
y hacía temblar las voces –y que por un obstáculo
quedaron instisfechos.
Ahora todo aquello ha pasado
y es casi como si esos deseos
los hubieras satisfacido– aquel brillo,
recuérdalo, en los ojos que te contemplaban;
las voces que temblaban por ti, recuerda, cuerpo.
[versión propia]
El ayudante trae una charola con café caliente y espeso, su fuerte olor inunda la sala, coloca en la mesita dos tazas, la baklava y la galaktoboureko. Es posible apreciar la satisfacción en la comisura de los labios del poeta, la voluptuosidad con la que se lleva uno de los dulces a la boca y como, con una mano, nos invita a seguirlo.
Bibliografía:
Constandinos Cavafis. Selección de poemas , trad. Pedro Bádenas de la Peña, edición bilingüe, Aiora Press, Atenas, 2019.
Constantino P. Cavafis. Poemas completos , versión de Juan Carvajal, Juan Pablos Editor, Ciudad de México, 2003.
P. Cavafy. The complete poems of Cavafy , trad. Rae Velden, introducción W. H. Auden, The Hogarth Press LTD, Londres, 1961.
M. Forster, Pharos and Pharillon , Open Road Media, 2019.
Kavafis. 56 poemas , trad. José María Álvarez, Mondadori, Madrid, 1998.
Robert Liddell. Cavafy: a critical biography , Duckworth, Londres, 1974.
Marguerite Yourcenar. Ensayos , A beneficio de inventario, Presentación crítica de Constantino Cavafis , Debolsillo, Ciudad de México, 2018.
Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de
Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis , ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Ilustrador
Mariana G
Resido y dibujo desde CDMX. Soy Diseñadora de la Comunicación Gráfica por parte de la UAM Azcapotzalco e ilustradora por parte del azar. Hace un par de años estudié Ilustración Experimental en la Escuela de Diseño del INBA. He colaborado de manera independiente con distintas agencias de publicidad y estudios creativos, sin embargo, mayormente mi trabajo ha estado presente en proyectos editoriales y animados. Actualmente, junto con una amiga, editamos MALA, un fanzine colaborativo hecho por mujeres.
Hace poco más de 56 años, el 21 de abril de 1966, tres activistas gays se propusieron desafiar un reglamento del estado de Nueva York que prohibía servir bebidas alcohólicas a homosexuales. El plan consistía en asistir a un bar acompañados de periodistas, anunciar su orientación sexual, pedir copas y que les negaran el servicio. Como el reglamento era aplicado discrecionalmente y desconocido para la mayoría de los neoyorquinos, el acto buscaba echar luz sobre la medida discriminatoria.
Los activistas y miembros de la Sociedad Matachín (organización pionera de los derechos gays) eran Dick Leitsch , Craig Rodwell y John Timmons. Seguidos por los periodistas, al mediodía fueron al Ukranian American Village Restaurant, conocido por tener un letrero que decía “Si usted es gay, por favor váyase”. Pero encontraron el local cerrado, pues el dueño se había enterado de la acción que pretendía realizarse.
Caminaron a Howard Johnson’s, un bar en las inmediaciones, donde Leitsch leyó la declaración que llevaban preparada. El gerente del bar se rio y dijo que les sirvieran, pues, hasta donde él sabía, no existía ningún reglamento que prohibiera servir alcohol a homosexuales. Intentaron en un tercer bar, el Waikiki, donde, de nuevo, les sirvieron a pesar de la proclama de homosexualidad.
Intentaron, por último, en Julius’, donde se encontraron con Randy Wicker , examatachín radical que se unió a la acción de protesta. En Julius’ también estaban dispuestos a servirles, así que Leitsch le pidió al gerente que les negara el servicio. El gerente aceptó y negó el servicio a los activistas frente a los reporteros. “Creo que es contra la ley”, les dijo.
La nota periodística y la fotografía de la acción lograron su cometido de popularizarse y mostrar a los estadounidenses que, a un año de que fueran totalmente revocadas las leyes Jim Crow , una minoría del país seguía siendo abiertamente discriminada.
Desde el jueves pasado, una placa en la fachada de Julius’ lo designa como sitio histórico:
“SORBO” DEL BAR JULIUS’ El 21 de abril de 1966, miembros de la Sociedad Matachín, organización pionera de los derechos gay, desafiaron un reglamento que prohibía a los bares servir a personas LGBT actuando un “sorbo de protesta” en Julius’, un bar con una clientela mayoritariamente gay. Frente a unos reporteros acompañados por un fotógrafo, los activistas anunciaron que eran homosexuales, pidieron bebidas y se les negó el servicio. Esta acción temprana a favor de los derechos gay y la publicidad que obtuvo ayudaron a crear conciencia respecto a la magnitud de la discriminación y el acoso antiLGBT.
Inaugurado en 1864 y con una clientela mayoritariamente homosexual desde los cincuenta del siglo pasado, Julius’ es el bar gay más antiguo de Nueva York que sigue abierto. Y su centralidad en la historia de la lucha LGBT en Estados Unidos solo le es disputada por el mítico Stonewall, que está apenas a una cuadra.
En el 2000 Helen Beauford y su esposo compraron el bar, luego de haber tenido otros establecimientos con clientelas mayormente LGBT en Grenwich Village. “Dado que estaba en un matrimonio interracial, entendía las dificultades de ser diferente. Podía entender la lucha de las personas LGBT”, le contó a Tierra Adentro . En el 2009 Helen quedó viuda, y desde entonces dirige sola a un equipo de trabajo que hace las veces de familia y forma una comunidad solidaria con sus clientes, entre los que se incluye el propio Randy Wicker, quien asistió a la develación de la placa.
Helen Beauford “negándole” el servicio a Randy Wicker.
El evento coincidió con una tradición de Julius’: la Fiesta Matachín. Helen la describe como “una fiesta para recordar, conmemorar y celebrar la libertad de las personas LGBT de estar abiertamente en un bar, tomando copas y pasándola bien”. La fiesta, que se celebra cada penúltimo jueves del mes, fue iniciada en 2005 por John Cameron Mitchell, quien quería salvar el bar, amenazado por la crisis económica. “John Cameron Mitchell asiste como DJ a todas las fiestas cuando está en la ciudad y no está filmando una película. Aunque el bar tenía una clientela de adultos mayores, John quería mostrarlo a una nueva generación, lo que hizo que desde entonces la clientela y los empleados de Julius’ sean un grupo ecléctico de todos las edades y nacionalidades”.
El jueves pasado John Cameron Mitchell (Hedwig and the Angry Inch , Shortbus ) cumplió 59 años. Así que, además de pinchar éxitos de los ochenta y noventa, repartió mini cupcakes entre los asistentes de la Fiesta Matachín, un postre ideal tras una jugosa hamburguesa de Julius’ acompañadas con papas a la francesa ahumadas. Aunque la carta incluye tragos y cocteles, el ambiente es de camaradería cervecera. Un antídoto contra la disneyficación de Stonewall.
Pizarrón de fiesta en Julius’.
David Scott, testigo del Village por más seis décadas, le contó a Tierra Adentro cuál era la diferencia entre Stonewall y Julius’ a finales de los sesenta: “en Julius’ los clientes iban de traje, tenían el cabello corto, pero en Stonewall la mayoría éramos hippies que fumaban marihuana”. Mientras que Julius’ era el bar para los adultos que buscaban cierta respetabilidad, Stonewall era para los entonces jovencísimos boomers.
En el caso de David, Stonewall tuvo un papel fundamental en su formación: “cuando empezaba a salir del clóset, una amiga lesbiana me llevó a bares gays que no conocía, y cuando me llevó a Stonewall me empujó hacia un hombre y me dijo “baila con él”. Y me puse a bailar con él una canción de Diana Ross and The Supremes y de pronto me di cuenta de que estaba en casa, era donde pertenecía, Stonewall”.
Durante los disturbios de Stonewall , David vivía en San Francisco, así que no tiene información de primera mano sobre los eventos: “esto sucedió un millón de años antes de internet y de los celulares. Así que escuché al respecto en las noticias y le hablé a mis amigos en Nueva York, y a John”.
John es John Jagwadowsky, pareja de David desde hace medio siglo y su esposo desde 2011. Aunque David y John no se consideran militantes, han participado en movimientos LGBT como la lucha contra la Iniciativa Briggs en California.
Tierra Adentro le preguntó a John qué recordaba de los disturbios. Su respuesta se reproduce íntegra, debido a que se trata de un testimonio de primera mano de un episodio crucial de la lucha LGBT, cuya discusión sigue abierta.
La primera noche estaba parado en Christopher Street platicando con unos amigos cuando llegó la policía. Y no sé tú, pero al menos yo cuando veo llegar a la policía a algún lado no corro para participar en lo que pase. Así que al principio no quería acercarme. Pero algunos jóvenes que estaban en la calle se asomaban para ver qué sucedía. Uno de ellos tenía un cachorro y me dijo “¿te encargo mi perrito en lo que voy a ver qué pasa?”
Así que ahí me quedé cargando un cachorro y empecé a preguntarme si iba a volver su dueño, y me quedé esperándolo por más de veinte minutos, hasta que finalmente volvió por él. No recuerdo exactamente qué hora era. A veces las personas parecen recordar exactamente a qué hora sucedió cada cosa, pero eso lo saben porque leyeron el libro de David Carter . Cuando la gente me pregunta “¿exactamente a qué hora llegaste?”, les digo “no estaba viendo mi reloj”.
Pero creo que llegué cuando la policía ya estaba dentro. Las camionetas de la policía llegaron y se fueron. Hasta que en cierto punto había mucha gente, la mayoría éramos hombres gays. Muchos estaban ahí para hacer cruising , así que estábamos en Christopher Street viendo a quién nos llevaríamos a casa. Cuando llegue allí venía del trabajo. No se entendía bien qué sucedía. Ahora la gente dice “las mujeres trans de color nos lideraron”, pero nadie lideraba nada, nadie entendía qué pasaba. En cierto punto volvió la policía y ya todo se calmó.
A la mañana siguiente pasé en mi bicicleta camino a mi trabajo a las seis y media y ya no había nada. A diferencias de las películas donde se quema el edificio. Trabajaba en un estudio de grabación, tenía un buen trabajo. No era prostituto, no vivía en la calle, había salido del clóset con mis amigos, no había salido del clóset en el trabajo pero si lo descubrían no importaba. Busqué si había aparecido algo en los periódicos y no había nada.
Y ese día escuché que iba a haber algún tipo de manifestación, así que fui, y eso sí fue una locura. La policía tenía barricadas y nos perseguía por las calles y nos golpeaba con macanas, fue horrible. Y fue provocado por la policía, habría sido una manifestación pacífica pero la policía estaba molesta porque se sentía humillados por una bola de maricones.
La noche siguiente hubo otra manifestación que creo que no fue tan grande, pero no estuve todo el tiempo porque tenía que levantarme temprano para ir a trabajar.
David Scott y John Jagwadowsky.
La Fiesta Matachín de Julius’ es un recordatorio de la importancia del diálogo intergeneracional LGBT. La historia de la lucha LGBT sigue viva y para las nuevas generaciones todavía es posible dialogar con sus pioneros. Y esto es tan cierto en Estados Unidos como en México.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Mauricio Molina, a su memoria
Hora pactada en las sombras.
Hay alcohol, delicias a la mesa, manos como áspid,
polvo, pólvora.
Hay armas como para dotar a una legión.
Hay euforia propia de coliseo romano:
no el dedo pulgar: es el índice compulsivo el que alardea.
La creación del armero ruso Mijaíl Kaláshnicov se desplaza
como torpedo de submarino alemán en el Atlántico norte.
Avtomat Kalashnikova (AK47),
el fusil más fabricado de la historia.
Dominará el mercado de las armas cincuenta años.
Las copias chinas durarán un siglo, y el fusil cubierto de oro
y troquelado en una sola pieza levitará en la eternidad.
Hoy está emplazado en los cuatro puntos cardinales,
trepidante,
fragoroso.
Venció en la guerra de Vietnam, y llegó con la caída del Muro de Berlín.
Es el estandarte de quien carece de entrenamiento militar,
pero tiene vocación de mercenario.
No es fuego sagrado: son flamas rojas y azules,
miríada de ojivas cuya errancia lastima.
Se teje en el aire un tapiz de plomo y cobre,
materia nacida en el vientre de la tierra o las montañas
que en su sueño mineral no vislumbró llegar a las alturas.
Con miles de ojivas en el cielo bajo,
qué tan probable es que haya una colisión;
tal vez menos probable que una bala perdida acierte en tierra.
Mijaíl Kaláshnikov recibía telegramas por su cumpleaños.
Comandantes de ejércitos rebeldes lo felicitaban.
Decían que su creación era emblema de libertad.
En Moscú hay una estatua suya rafagueada por las aves.
El cañón del AK47 se vuelve de color ceniza.
Gatillo: gallito: en los dedos índices del tirador, que aúlla,
palpita una quemadura de primer grado.
El cielo es el fondo de este paredón de fusilamiento formado contra nadie,
o contra la frente de los habitantes.
El R15 escolta al AK47 a la hora de acribillar enemigos —aun amigos,
aun familia, aun amantes— bajo los cuarenta grados Celsius.
El M60 excede el poder de fuego del AK47 y del R15,
y en el pavoroso desconcierto ostenta la voz de mando.
A nadie le importan las trayectorias balísticas
ni las consecuencias de disparar a ciegas,
y los tiradores francos —no francotiradores— apuntan a la bóveda celeste.
Son hombres jóvenes con el anillo de la calavera en, oh, el dedo cordial.
Sus uñas huelen a azufre.
Ah, sufre.
La andanada de las automáticas calibre .45 de míster Colt,
la .9 milímetros de quince tiros de míster Browning
(el hijo de mormón que revolucionó el cargador del arma automática
y triunfó en el frente europeo),
la .9 nuevecita del armero medieval Pietro Beretta
y la .9 milímetros de los socios Smith and Wesson son olas tímidas
al pie de la escollera frente al maremágnum de los rifles de asalto.
Si fuera verano, esto sería un ciclón:
no hay viento esta ardiente noche de diciembre:
hay ráfagas huracanadas, relámpagos, truenos,
trombas que arremeten desde tierra,
plata y plomo silbando, elementos siniestros del ritual de la barbarie.
Una práctica de tiro es una lluvia rala
frente a este chubasco fulminante.
La centella certera de Zeus explota,
el tridente de Poseidón se clava en las entrañas,
Pluto ríe, obsceno, y dobla la apuesta sobre la mesa,
la mano virtuosa de Hefesto golpea el yunque,
el tufo fétido de Hades lame la ciudad,
y Afrodita camina en zapatillas a su lado,
y roza con gracia el cuerpo de las hembras.
El metal, serpiente serenada, sisea;
la fricción alienta el movimiento.
La pistola automática abre las fauces,
simula los maxilares de la muerte,
y es recargada, y vacía sus entrañas rencorosas.
Su mecanismo está aceitado con hiel.
Soy kamikaze frustrado, cronista de la cólera, del furor turbio.
Me asomo a ver el cielo con falsa devoción de astrónomo maya.
No hay la blancura de las garzas y no trompetean los patos mandarines.
Orión apunta con paciencia cósmica su arco a un blanco en la galaxia
(cuando el cazador eterno suelte la flecha tal vez atine a un hoyo negro)
y un avión de pasajeros planea sobre la Sierra Madre.
¿Habrá fiesta a bordo, alguien verá los fogonazos desde el cielo,
el capitán percibirá el acoso de las baterías antiaéreas?
Soy vecino de El Mirador, de donde emergen
fuegos fatuos,
fuego a discreción,
fuego en los caminos donde Nuño Beltrán de Guzmán cortó en dos
[el aire con su espada,
brasas en la ciudad cuyo santo patrono es san Miguel Arcángel,
lengüetazos de infierno en la misión que patrullaron los Soldados de Jesucristo,
hierro y cromo en el delta generoso cuyo emblema es la imagen de Coltzin (Colt, Sin.),
[“el dios Torcido”,
chispazos en la ciudad que en manos de Nerón es Roma por una noche.
Saltan casquillos, lascas, y esquirlas
se incrustan en el techo de casa,
ojivas cuya fuerza cinegética
las hace fragmentarse en el vacío.
Oigo los clarines que alientan el zafarrancho de combate,
notas guerreras que trazan mensajes escritos con sangre.
Intensas detonaciones contrapuntean al unísono
desde múltiples puntos de la ciudad.
¿Cuántas mujeres estarán haciendo fuego,
estropeando sus uñas acrílicas?
Responden los arcabuces y culebrinas de Nuño,
las macanas de ébano de los vencidos,
las hachas de canto rodado que parten el cráneo,
los fusiles Minié de los ejércitos de Napoleón tercero;
el Mauser, la carabina 30-30, el revólver de la Revolución
y la Colt .45 modelo 1900 imperan esta medianoche babilónica
en que hay una paranoia de calibres:
.9 milímetros, .40, .45, .357 magnum, magnum .44, 5.7 X 28;
.38 y .380 no: es el calibre tibio de la ley, el fuego amigo.
No hay pausa.
El rugido de Pan es, como ciertas balas, expansivo. Pavoroso.
Solo el estrépito silencia al estrépito,
y el estampido,
la delirante estampida es acallada
por el cañón de un fusil Barret calibre .50
disparado contra un Black Hawk imaginario.
Quizás un cazador desempaña la mira telescópica de su high power rifle
o hace rezongar su escopeta calibre .12.
Tal vez un par de escoltas renegados,
contagiados por la sinfonía siniestra,
tumba el doble seguro de una Glock,
el arma que no figura en el arsenal de los mercenarios;
su ligereza no puede desfigurar el rostro de un levantado.
Quizás un veterano de la revuelta agraria acaricia nostálgico
su escuadra .38 súper, plagada de muescas.
Tal vez sea el asesino de mi abuelo y mi tío abuelo,
o el ejecutor por la espalda del bisabuelo de mi hijo.
¿Habrá firmado un armisticio en su conciencia?
Las armas braman —en brama.
Cacofonía del odio,
polvo y pólvora rabiosa.
Es un combate camuflado,
un ataque intimidante sin destinatario aparente.
Es la liturgia de los místicos multi tonantes,
de los hacedores de la mortaja de lumbre que nos arropa.
Girándula ingenua: los chicos disputan el primer plano sonoro.
Las bielas de un motor gigantesco,
desquiciado,
persisten.
Las descargas ubicuas se apropian del espacio,
no hay blindaje que las frene,
y el marco de la ventana tiembla,
y los fabricantes de armas chocan sus copas.
Sigue la tormenta en seco, la granizada candente,
el remoto tam-tam de nuestros antepasados,
la orgía de las balas que haría reír a Rodolfo Fierro,
el tema sobre el que Martín Luis Guzmán habría escrito una crónica a cuatro,
ocho, doce manos de falanges tan rápidas como el pulso sereno
de un inspirado Billy the Kid .
Los tiradores evitan entramparse,
señalan con el índice flamígero un punto impreciso,
y tras la acústica perversa no hay ningún tímpano roto,
excepto tal vez una o varias vidas segadas.
El salvaje oeste es utilería,
la guerra del Golfo es música de escena,
la guerrilla es fachada de estudio de Hollywood.
Entro a casa, confiado en que los dardos envenenados esquiven el destino.
“El que duerme bajo una ventana se enferma”, dice un proverbio chino.
Hagamos nuestra, por aceradas razones, esa sabiduría.
Adviene el año, forjado a hierro rojo, a roncos martillazos.
Más tarde sabré de la tragedia.
Más tarde veré mi sombra amedrentada por las calles
(no al amanecer: aún es tierra de nadie).
Encontraré cartuchos, vainas, esquirlas,
huesos ríspidos que refutan a la ceniza.
Llenaré una bolsa ziploc con astillas de las pezuñas del demonio.
Seré como el coleccionista que guarda metralla de la segunda guerra mundial,
ciudadano pacífico y de primer mundo que ama las armas
y que, por tedio, con sus amigos monta a cielo abierto
réplicas de batallas históricas, vestidos con uniformes originales
y armados con rifles Garand y Lee-Enfield
que disparan municiones de salva que manchan de rojo.
Seré como aquel taxista que con una caja de zapatos
salía a juntar casquillos y, con suerte, dólares,
y daba un rodeo por los charcos de sangre;
ese era, de niño, su paseo dominical por Tierra Blanca en los años setenta.
La llamarada horrísona,
omnipresente,
lame la luz del alba.
Y a mediodía aún habrá proyectiles dispersos
(¿hay algunos que no lo sean?)
y apenas cesará la insana algarabía.
*
Desea, me alentaste.
Con intensidad.
Que no haya sombras en tu velada.
¿Hay motivos para brindar?, dije.
Había belleza en tu silencio,
transparencia en tu mirada.
Ese silencio, tocado de claridad, fue mi deseo.
Culiacán, 24 de enero/ CDMX, 1 de mayo de 2018
Autores
Juan Esmerio Navarro [González] es un narrador, poeta y editor mexicano. Estudió Economía Política y Letras, y tomó cursos de edición de libros y revistas. Autor de ocho libros, obra suya forma parte de tres antologías nacionales y estatales. Fue jefe de Publicaciones del Instituto Sinaloense de Cultura ISIC y becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes FONCA 1989 en el Programa Jóvenes Creadores género poesía. Obtuvo el Premio de Cuento Colegio de Bachilleres del Estado de Sinaloa COBAES 2007. Actualmente se desempeña como subdirector de Publicaciones y Documentación en la Coordinación Nacional de Literatura CNL del Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura INBAL
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Parece imposible, las señales siempre están presentes, tan minúsculas para contemplarse y, sin embargo, dan cuenta de la forma en la que terminaremos este camino.
Cada mañana, al calentar la tetera y observar por la ventana cómo el alba anuncia otro día, entre respiraciones y sonidos marinos, resucitamos, programadxs con las mismas instrucciones, las mismas quejas, los quehaceres infinitos.
A veces, algunas chispas dan cuenta de nuestra resurrección, por la noche hemos cambiado hasta de piel, las escamas microscópicas sostienen alguno brillo en la mortaja, todavía invadida por el almizcle y las notas ambarinas de la leche de los sueños; nuestras huellas plasman la travesía de aquella vida interior suspendida siempre en el corto lapso, en el que se crea el sueño profundo; naufragamos entre los recuerdos y las vidas que no conocemos de manera plena, pero cuyas travesías exploramos, y cada viaje hacia el fondo del mar cuenta como un simulacro de lo que seremos.
Una mañana, del choque del agua en las frías costas de Massachusetts del 27 de octubre de 1932, un cuerpecito emergió de las profundidades para dialogar de manera suspendida con aquellas imágenes acuosas que perseguirían por siempre a Sylvia Plath.
Cada nota que se ha escrito sobre la autora de la novela La campana de cristal (1963), comienza dialogando con la sombra que, a pesar de las décadas, no termina por diluirse: la decisión de terminar con su vida, los detalles que en cada relato se perfeccionan al punto de construir una imagen cuya atención se centra en la escena final, como si su cuerpo solamente existiera en el instante, en el que decidió ahogarse con el calor del hogar, de manera que no pudiera resistirse al impulso de regresar al fondo marino y reposar ante la contemplación del ocaso.
Al haber vivido en esta época en la que cada minuto somos parte de nuestra extinción y al sobreexponernos continuamente ante la mirada sofocante y desconocida de las diversas redes sociales, la vida de Sylvia es una y otra vez penetrada, hasta el punto de sacarla de contexto.
La mirada pública posa su foco ante aquel retrato inusual dentro de la estética de lo maternal; en continuos balbuceos, la madeja se va alargando para encontrar una pista, algún dato, una carta, los diarios, las entrevistas de aquellas personas que la vieron días antes; los odios y complicidades con quienes tejió su historia antes del mito, algo que suspenda su voluntad.
Que nadie ose de terminar por sus propias razones con la vida, mucho menos siendo madre de niños. Por ello tenemos, miles de ojos carcomiendo cada año la misma historia, sin haberla leído siquiera: se le juzga, se le ama, se le revictimiza, como una decisión pueril, dejando de lado su voluntad, su pasión, su deseo.
Respiración artificial
El lugar común de las vidas que por distintas razones nos llenan de curiosidad se instala mediante la escritura de biografías. La no ficción ha resultado ser un género que siempre desata controversias, pero que sin duda, es no solamente una ganancia segura, sino también una forma de traer al presente aquella fantasmagoría que ha quedado varada en el lapso de la historia.
Virginia Woolf, quien de muchas formas estuvo ligada a Sylvia, advertía que quizá la tarea del biógrafo deba tomarse con mayor seriedad, incluso ante las libertades —poéticas o de la imaginación— que hayan decidido tomarse junto a las constantes negociaciones o, incluso, la edición, la verificación de los hechos o los fragmentos con los que se haya decidido acompañar al gran relato, al proceso de aquella escritura siempre en peligro de avivar o extinguir un legado, un brillo o sombra, como lo argumenta:
Al contarnos los hechos verdaderos, al separar lo pequeño de lo grande y dar forma al todo para que podamos percibir la silueta, el biógrafo hace más para estimular la imaginación que cualquier poeta o novelista, con excepción de los más grandes. Porque pocos poetas y novelistas son capaces de ese alto grado de tensión que estriba en darnos la realidad. Pero casi cualquier biógrafo, si respeta los hechos, puede darnos mucho más que otro hecho para agregar a nuestra colección. Puede darnos el hecho creativo; el hecho que sugiere y engendra. De esto también hay pruebas ciertas. Porque cuán a menudo, cuando leemos y dejamos a un costado una biografía, alguna escena continúa brillando, alguna figura pervive en las profundidades de la mente y hace que, cuando leemos un poema o una novela, sintamos un sobresalto de reconocimiento, como recordáramos algo que ya conocíamos (Woolf, 2012).
En cada página se posa una mota de polvo, algún fragmento de lo que sabremos décadas después fue la vida de quién logró desnudarnos con el pasar de las páginas, como si cada poema, cada ficción o ensayo desdoblaran mediante la voz literaria aquella presencia a la que reconocemos pasados los años; desde aquella primera vez, de aquel primer encuentro en donde nuestra imaginación de cara a la poética hizo el resto.
No hay nada más íntimo que la lectura. Solamente nosotrxs reconocemos la asfixia ante la ausencia del padre, la tristeza de saberse incompleta, la risa chispeante al regresar de la mano de la autora a aquella adolescencia plagada de promesas, esa voz nos pertenece, tanto como los recuerdos del mimo materno, del olor de nuestra leche al amamantar a nuestra progenie, la humedad de los besos en zonas nada exploradas por las prácticas heteronormadas, las veces que hemos regresado al mismo poema para traer a nuestro lado aquella sombra tibia que se ha adelantado al naufragio.
De pronto, una biografía sale, alguien se ha dado a la tarea de recoger durante años toda clase de pedacería, colecciones completas de notas, de hablar con quienes compartieron el salón de clases, la calle, las copas de madrugada, los besos; como si al morir se les diera el permiso de hurgar en nuestras cavidades, en los cajones y cuadernos: ¿acaso no hay derecho a los secretos?
Pero como lo admite una de sus biógrafas, Janet Malcom, con su célebre metabiografía, La mujer en silencio (2017), un trabajo arqueológico y sumamente pulido sobre los hechos, así como sobre las demás biografías y testimonios de quienes rodearon a Victoria Lucas —seudónimo con el que firmó La campana de cristal— : “una persona que muere a los treinta años en pleno desconcierto de una separación, permanece fija para siempre en ese desconcierto”.
Si la muerte es un lugar común —siempre lo ha sido—, cómo dejar pasar la oportunidad de atestiguar mediante terceros aquel cierre de página, y sobre todo cuando en realidad ya nada importa, sólo lo que se ha dejado entre papeles y, quizás, la memoria de aquellxs con quienes compartimos la cama, el café, el ADN. Al final los muertos no pueden defenderse, son los restos que se vuelven la piedra bezoar, la corporalidad resultante, la inmanencia de aquello que no atestiguamos.
En ese sentido, las biografías resultantes de la vida de Plath, incluida la de Anne Stevenson, Bitter Fame: A life of Sylvia Plath (1998), permiten no solamente darle oxígeno a quien ha dejado a sus niños en otra habitación, sino comprender en buena medida el significado de ser una escritora durante la Guerra Fría, en medio de la doble moral tan auténtica de la cultura norteamericana.
Cada testimonio, en conjunto con sus cartas y el cúmulo de su obra, construyen el paisaje sobre el que Sylvia deambuló de Massachusetts a Nueva York y de ahí a Londres.
Esa especie de educación sentimental, en la que todo estaba permitido menos el efecto de entropía que produce el deseo entre lxs cuerpos, el cual funciona como brújula para comprender la poética, así como las necesidades y obsesiones de Sylvia, pero también las de quienes compartieron su época, como la propia Anne Sexton —amiga y colega con quien compartió cocteles, lecturas y el deseo de respirar bajo el agua para siempre—, Susan Sontag, Diane Di Prima, Joanne Kyger, entre muchas otras escritoras que experimentaron ante los atavismos culturales —producto del coctel protestante, el petróleo, el azúcar y la religión, mezclados con el trabajo—, así como el placer de orientar sus deseos desde su cuerpo y el precio, con el eterno diagnóstico de depresiones, desórdenes mentales y episodios maníaco depresivos, como lo comenta Malcom:
La historia de su vida —como ya han contado las cinco biografías e innumerables artículos y estudios críticos— es una historia representativa de las dos caras de los temerosos años cincuenta. Plath encarna de un modo vivo, casi emblemático, el carácter esquizoide del período. Ella es el yo dividido por excelencia. El tenso surrealismo de los últimos poemas y el apagado realismo de su vida, propio de un libro para chicas (según la presentan los biógrafos de Plath y los propios escritos autobiográficos de ésta), son grotescamente incompatibles (Malcom, 2017).
Vale la pena, en medio de las voces y los tanques de oxígeno que cada biografía dota a Sylvia, cuestionarnos abiertamente sobre el contexto y las dificultades para ser una artista y para reconocerse como tal; por supuesto, en términos textuales, los quebrantos para crear una obra poco tienen que ver con ésta —al final ella es la que habla entre susurros y gritos al viento—; sin embargo, es justo decir que las dudas sobre el talento, la inteligencia —sin duda la independencia económica y corporal—, sometieron a quienes vivieron esta época a un estado de tristeza y soledad, como lo observa Joanna Russ, quien también compartió este período, así como las diversas etiquetas y fronteras para que emergiera su obra:
Una forma especialmente trágica de desmoralización tiene lugar cuando el mandato de no-ser-creadora no solo mina el tiempo, la energía y la autoestima, sino que introduce de un modo tan intenso en las expectativas que una mujer tiene sobre sí misma que llega a constituir una quiebra tremenda de su identidad (Russ, 1983)
Así, la mirada debiera centrarse en las condiciones en las que Sylvia pudo producir su obra, en su valor literario, en la potencia de su voz. Reconocerla desde ella misma produce el efecto de reconocernos desde nuestro propio naufragio y sabernos no a salvo, sino en la plena libertad de conducir nuestra respiración hacia la dirección deseada, saborear el tiempo que deseemos hacerlo, sabernos capitanas del barco y reconocer la propia felicidad en la creación, como lo indica Plath en el ensayo publicado en 1962, Ocean 1212-W :
La respiración es lo primero. Algo respira ¿Mi propia respiración? ¿La respiración de mi madre? No, es otra cosa, algo más grande, más lejano, más grave, más cansado. Así que floto un rato tras mis párpados cerrados; soy una pequeña capitana de barco, saboreo el tiempo del día: arietes en el rompeolas, espuma de metralla sobre valientes geranios de mi madre, o el ssh-ssh adormecedor de una marisma inundada y resplandeciente; la marisma da vueltas perezosas a la arenilla de cuarzo del borde, amablemente, una señora que repasa las joyas. A lo mejor había un silbido de lluvia en la ventana, a lo mejor el viento estaba suspirando y probando los chirridos de la casa como teclas. Yo no me dejaba engañar. El pulso maternal del mar se reía de esas falsificaciones. Como una mujer profunda, escondía mucho; tenía muchas caras, muchos velos delicados, terribles. […] Muchas veces me pregunto qué habría pasado si hubiese conseguido traspasar ese espejo ¿Habrían actuado mis branquias infantiles, la sal de mi sangre? Durante mucho tiempo no creí ni en dios ni en Papá Noel, sino en las sirenas. Me parecían tan lógicas y posibles como la rama quebradiza de un caballito de mar en el acuario del Zoo, o las rayas atrapadas en las cañas de los pescadores domingueros que decían obscenidades, rayas con formas de fundas de almohada vieja, con labios de mujer carnosos y tímidos. Y recuerdo a mi madre, también chica de mar, leyéndonos a mí y a mi hermano —que llegó más tarde— el Tritón abandonado de Mathew Arnold […] Ví que tenía la carne de gallina. No sabía por qué. No tenía frío ¿Había pasado un fantasma? No, era la poesía. Una chispa saltó de Arnold y me estremeció, como un escalofrío. Tenía ganas de llorar; me sentía muy rara. Había descubierto una forma de ser feliz (Plath, 2017).
Seis décadas después, la sensación permanece intacta, es la poesía que, como el mar, al hacer contacto con nuestra piel nos lleva al centro de todo, al principio y final de nuestra voz, la misma que promete atravesar a generaciones.
Lady Lazarus
Me gusta pensarla joven, siempre lo será, su voz tiene la nota resplandeciente de la juventud, quizá a punto de chocar, pero todavía con interrogantes, con la capacidad de extrañar al grado de la nostalgia. Sabemos que resucitó y nunca se mantuvo ajena a los diagnósticos sobre su depresión, a su búsqueda incluso desde el quebranto.
Quien ha padecido alguna enfermedad sabe la libertad que genera el diagnóstico, en parte por saber de manera certera lo que le ocurre a nuestras cuerpas, en parte por comenzar a convivir con esa otra corporalidad, como lo admite Anne Boyer en Desmorir : “como los pájaros que han sido liberados de contenido de su vuelo y como el té liberado, una persona que recibe un diagnóstico se ve liberada de los que una vez pensó que era”. Es seguir de cerca la forma en que Woolf observaba a las enfermedades, incluyendo la mental, como una forma de belleza, la manera en que el cuerpo visibiliza aquellos secretos, dolores, almizcles profundos. En general su producción poética y prosa la llevó a una carrera sólida en la que obtuvo distinciones como el premio Glascok, la beca Fullbright con la que iría a estudiar a Cambridge, y de forma póstuma, en 1982, el Premio Pulitzer de poesía. Y, de nuevo, la sonrisa, tal como lo escribió en Lady Lazarus:
Este aliento agrio
se esfumará un día.
Pronto, pronto la carne
que el sombrío sepulcro se comió
estará en mí como en su casa
y seré una mujer sonriente.
Solo tengo treinta años.
Y, como el gato, siete ocasiones para morir.
No hace falta advertir el papel que ocupó su viudo, porque igualmente cada retrato que Sylvia ofreció de su vida en común con Hughes nos hace mirar el resto de la imagen, más allá incluso de las notas cuya cabeza podría ser parte de cualquier tabloide o hilo de twitter , lejos de los celos o las rabietas, y centrarnos más en la respiración que ocasionó la voz poética como ocurre en “Ouija”, título que nos lleva a la conversación póstuma entre Ted y Sylvia, un poeta sombrío que mantuvo en secreto su cáncer terminal y que se despide con Cartas de cumpleaños (2013), del que se extrae su propia versión de “Ouija”:
Te negaste a seguir con la Ouija. Nada
de lo que se me ocurría explicaba tu impresión y tu llanto. Tal vez,
simplemente, habías cazado un susurro que se me escapó,
antes de que nuestro vaso se moviera, una débil y quieta voz:
<<Vendrá la fama. Especialmente para ti.
La fama no puede evitarse. Y cuando llegue
la habrás pagado con tu felicidad,
con tu marido y tu propia vida>>.
Hughes siguió hablando con ella, eligió no el recuerdo vivo, sino los fantasmas, la Ouija sostuvo su conversación hasta el momento en que se dejó llevar por el gas tóxico del cáncer en 1998, un día después del cumpleaños de Sylvia. Cada 11 de febrero, Plath vuelve, traspasa las siete vidas. Sylvia reencarna cada año: Lady Lazarus nos mirará por siempre desde su juventud. Su sonrisa es infinita.
Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y
crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad
de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la
Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una
estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha
publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego
16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad,
Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la
Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019
fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el
Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición
2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia
artística en el verano del 2021.
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
“Chernobyl 4th reactor core after the explosion” Joker345 (CC BY-SA 4.0)
[Recomendamos acompañar el ensayo con esta selección musical]
Introducción
El 24 de febrero de 2022 Rusia invadió Ucrania. A finales de febrero los rusos tomaron Chernóbil y realizaron maniobras militares desde la zona de exclusión. En los tiempos de la necropolítica, la muerte es una variable estratégica y administrable. El 4 de marzo de 2022, el ejército ruso tomó la central nuclear de Zaporizhzhya en Energodar. Durante la toma, y derivado de los bombardeos, se desató un incendio. A pesar de que el incendio fue controlado, no provocó daños a la estructura de la planta y mucho menos al reactor –tampoco hubieron fugas ni alteraciones en el sarcófago que confina el edificio del reactor número 4 de la planta de energía nuclear Vladimir I. Lenin–, la reacción automática fue invocar a los fantasmas de Chernóbil. Medios ucranianos y occidentales acusaron a Rusia de querer repetir la catástrofe nuclear de 1986.
I. Zona de exclusión
La mañana del 26 de abril de 1986 el viento sopló y las fronteras se desdibujaron. En dos semanas la nube radioactiva ya había dado la vuelta al orbe. La frontera entre lo real y lo irreal también tuvo que ser vuelta a dibujar. Cuando los ciudadanos soviéticos vieron que los militares tomaron el mando, cuando escucharon a los políticos decir que la situación estaba bajo control, cuando constataron extintos los fuegos y cerrados los boquetes, pensaron que podrían volver a sus vidas de siempre; a cosechar sus hortalizas, a comer sus manzanas y ordeñar sus vacas. Pero esta vez no se trataba de un pacto humano, hecho para negociarse, deshacerse o torcerse. No podían regresar a sus vidas, porque después de Chernóbil la vida era otra.
Chernóbil no pertenece sólo a la memoria ni habita únicamente el pasado. El listado de sus víctimas está abierto. Chernóbil no pasó, está pasando y falta mucho para que se detenga. Tsunamis, terremotos, incendios, tormentas, aludes, inundaciones, todos en algún momento se aquietan. Los desastres naturales o sociales se vuelven pasado y se quedan en el pasado. Pero Chernóbil no conoce reclusiones temporales. Tras los trabajos de limpieza, el ojo de radiación fue sepultado bajo un sarcófago. Un nuevo sarcófago fue colocado en 2016 y se espera que dure 100 años. Cuando este bozal caduque, el rugido seguirá. El siglo XX se contó en décadas, para describir Chernóbil se necesitan centurias. Tristemente, los isótopos radiactivos son nuestro legado.
II. Muerte de una metáfora
El error es adelantar imágenes corrientes, echar mano de analogías cómodas y usar metáforas prudentes. El error es pensar que entendemos de lo que hablamos. Chernóbil resiste cualquier noción conocida. No es guerra, enfermedad ni desastre. Chernóbil es un zona de exclusión incluso para las grandes metáforas que estructuran nuestros lenguajes.
Igual que en una guerra los hombres fueron enrolados, pero aquí no recibieron armas, recibieron palas y calzones de plomo. Todo era familiar pero extraño: ominoso. Ahí estaban los mismos síntomas de la guerra: las evacuaciones, las filas para comprar pan, los entierros multitudinarios. Pero las evacuaciones no fueron temporales y el pan era el mismo veneno. En una guerra se entierran minas, secretos y cadáveres. En Chernóbil se enterró todo. Se enterraron a las víctimas y los animales sacrificados, pero también la ropa, las herramientas, la leche. Se enterraron los árboles y las casas. Se enterró la tierra. Polvo somos y en polvo nos convertiremos, sí, pero el polvo de Chernóbil no se asienta y seguirá activo después de mil años. Chernóbil tampoco fue bombardeo, balacera, explosión o incendio. Chernóbil arde pero no tiene llamas; los bomberos fueron quemados después de apagar el incendio. Chernóbil es una explosión congelada, una onda de choque que no termina de pasar, una hoguera invisible que quema desde adentro. Las balas matan, hieren o se pierden, pero tarde o temprano –en la gravedad de un pecho o en el corazón de la gravedad–, se detienen. Las balas de Chernóbil, no. Las partículas calientes (partículas altamente radioactivas resultado de la aglomeración con otros materiales) son balas que no dejan de viajar, que rebotan, que todo lo perforan, que todo lo queman, que matan y vuelven a matar.
El bosque rojo, la lluvia que no lava, las luces azules de Cherenkov. Chernóbil es un editor inédito:
Lo que ha pasado es algo desconocido. Es otro miedo. No se oye, no se ve, no huele, no tiene color; en cambio nosotros cambiamos física y psíquicamente. Se altera la fórmula de la sangre, varía el código genético, cambia el paisaje. Pensemos lo que pensemos, hagamos lo que hagamos… Por ejemplo, yo por la mañana me levanto, tomo un té. Voy a los ensayos. Con los estudiantes. Y este algo pende sobre mí. Como un signo. Y como un interrogante. No tengo con qué compararlo. Los recuerdos de mi infancia no se parecen en nada a esto. (Voces de Chernóbil).
Los más antiguos recuerdos de la humanidad tampoco se parecen en nada. Ni una guerra, ni una enfermedad. En última instancia tampoco una Catástrofe (kata/strofe: hacia abajo/voltear), un Cataclismo (kata/klusmos: hacia abajo/mojar), una Calamidad (Calamitatis: azote) ni un Desastre (desarreglo astral). Incluso para las más antiguas y preeminentes metáforas, Chernóbil es una zona de exclusión.
III. Nacimiento de una metáfora
Desde una perspectiva, Chernóbil es el fenómeno más artificial que ha existido. La naturaleza no produce todos sus elementos, tampoco los enriquece, mucho menos los burocratiza. Desde otra perspectiva, Chernóbil es lo más natural que hemos presenciado, un primer asomo a la naturaleza sin el velo de la vida. Desde este punto de vista, Chernóbil fue una revelación. Descubrimos que la naturaleza estaba más activa pero menos viva que lo que creíamos. La teología nos había prometido que el universo era benévolo para la vida. La ciencia había anunciado que más bien le era indiferente. La verdad resultó otra: el universo es involuntariamente hostil para la vida. Lo inorgánico no es morada sino sepulcro de lo orgánico. Nos fue revelado que la naturaleza no siente horror al vacío, sino a la vida. Hablábamos de tierras paralelas, pensábamos en zonas habitables, las llamábamos improbables y con eso creíamos hacer justicia a los conceptos. Descubrimos que esto no es así. El mundo no es nido, solio o recipiente; es cámara de mutaciones, espacio externo que revienta los interiores. La vida compleja no es solo anomalía, es una anomalía que en todo momento debe cuidar no ser extinta. No hay planetas habitables sino habitados. Si este planeta nos acepta es porque la vida así lo ha convencido en un largo proceso de miles de millones de años. Solemos pensar en la naturaleza no viva como inerte, incluso así la designamos. Pero la roca que calla y es testigo del cambio de las eras, que está quieta y sirve de muestrario es una extraña excepción en un universo irradiado. Una burbuja encerrada en otra; rara, más que rara es la vida, quizá la única excepción natural en la naturaleza. Chernóbil fue un vistazo a la naturaleza in-quieta pero des-aminada. Chernóbil fue un destello del objeto sin sujeto.
En ciencia hay hallazgos más no descubrimientos y las revelaciones del arte son menos teológicas que fotográficas. Sin embargo, la revelación es una noción que sigue teniendo sentido cuando refiere al surgimiento de una perspectiva que trastoca todo lo que mira. Teológicas o no, las revelaciones suceden cuando muere una vieja metáfora y nace una nueva, precisamente lo que ocurrió en Chernóbil.
Un ensayo sobre Chernóbil no puede tener una estructura predefinida y mucho menos un fin preciso. En lugar de un apartado de conclusiones o un nítido colofón, ofrecemos los siguientes apuntes sueltos:
Conexiones
1. Es necesario preguntarse las implicaciones que tuvo el hecho de que el mayor desastre nuclear y ambiental de la historia haya ocurrido en la Unión Soviética. Los modos de producción son las formas históricas en la que se organiza la producción económica. Éstos se definen por el desarrollo de fuerzas productivas (cuerpos, herramientas, técnicas, saberes y espacios) que permiten la transformación de la naturaleza para la satisfacción de necesidades materiales colectivas mediante el trabajo. En el caso del siglo XX, la forma industrial fue común a los países capitalistas y socialistas. Las mismas fuentes de energía, las mismas turbinas, el mismo vapor. Es cierto, las relaciones sociales de producción forman parte de los procesos productivos, pero la huella indeleble sobre el planeta que deja el requisito energético para acelerar y perpetuar la industrialización de la economía no distingue la bandera de quien la imprime.
2. La voluntad moderna de dominio y conquista de lo natural –incluyendo el dominio atómico– no sólo sigue vigente, la batuta ahora obedece al metrónomo de la Gran Aceleración. Las ansias de control deparan ideas locas, como que lo desconocido no hará sino complementar al orden de las cosas conocidas. Otro supuesto que Chernóbil desintegró, lo inédito bien puede desbordar los límites de lo conocido.
3. El 8 de diciembre de 1953 el presidente Dwight D. Eisenhower pronunció un discurso frente a la asamblea de la ONU titulado “Átomos para la paz”. El público al que dirigió el discurso no sólo fueron los gobernantes del mundo bipolar recién nacido, sino los millones de ciudadanos aterrorizados por las escenas de agosto de 1945, cuando Estados Unidos desapareció dos ciudades japonesas haciendo gala del máximo poder letal de la historia. Con este discurso y el proyecto transnacional que derivó de él, el imperio estadounidense buscó difundir la energía atómica despojada de su potencial destructivo, presentándola como un producto para el desarrollo. La difusión de radioisótopos para la investigación, para la medicina y la generación de energía se revistió de un doble discurso. Por una parte, el nuevo camino al progreso tecnológico de la posguerra, patrocinado por el imperio. Por otra, el pretexto idóneo para el control y vigilancia que prevendría el desarrollo de armamento nuclear. El proyecto fue un fracaso en términos generales, pero un triunfo para las tensiones del mundo bipolar: durante los primeros años de “Átomos para la paz” se fabricó el mayor número de bombas atómicas en la historia.
4. Las personas afectadas no podían ser convencidas de que el enemigo era en verdad invisible y aún no existía la noción de “desplazado ambiental”. No obstante, la vida debió continuar en otro espacio. Mascotas, ganado y pertenencias fueron dejados atrás, no el humor: “¿Quiere otro chiste? Después de Chernobyl se puede comer de todo; pero has de enterrar tu mierda en una caja de plomo” (Voces de Chernóbil).
5. Las imágenes de Marx y las estatuas de Lenin presenciaron desde las paredes y los espacios públicos cómo la historia cambiaba segundo a segundo. Los actos más corruptos en nombre de la burocracia nacional fueron observados por los padres de la ideología más revolucionaria, como los santos y vírgenes son testigos de centenares de pecados dentro y fuera de las paredes de los templos.
6. Durante los primeros años poco o nada fue escrito. “Es un trauma de la cultura” dijo Svetlana Alexievich en Las voces de Chernóbil, un libro que se lee entre lágrimas. Hoy, a más de 30 años de la explosión del reactor, ya se apilan diversas obras –la terapia de la cultura–. Sin embargo, las preguntas siguen apilándose: ¿Cómo se trata un tema semejante?
a) Reciente y de gran impacto en la cultura popular es la miniserie de HBO, basada en el libro de Alexievich. Los críticos han dicho de ella que, aunque logró una estampa externa ominosamente fiel del mundo soviético, falló en los retratos internos. Un aspecto menos comentado pero no menos interesante es su música. Acompañada de Chris Watson, el sonidista de los documentales de Attemborough, la compositora, vocalista y cellista islandesa Hildur Guðnadóttir se internó en Chernóbil, traje especial mediante, para grabar los sonidos de la planta nuclear. Las puertas, los ventiladores, los corredores, fueron sus únicos instrumentos. El resultado es espeluznante: la planta gime, los dosímetros se duelen, el aire se espesa. La mayoría de las piezas son atmosféricas, misteriosas y fantasmales. Contrastan dos que son vocales, la primera es la canción Líður (sentimiento), la segunda es una versión de Vichnaya Pamyat (memoria eterna), pieza de la liturgia ortodoxa que hace las veces del Requiem.
b) “Chernobyl” para violín y orquesta de cuerdas de Aaron Kenny, joven compositor australiano. Con duración aproximada de 18 min., la pieza tiene forma de concierto y está dividida en tres movimientos: Anochecer en Prypiat, Acelerador de protones y La zona de exclusión . En palabras del compositor: “Un reflejo de la tragedia de los eventos que tuvieron lugar en la central nuclear de Chernobyl en 1986, utilizando una mezcla de ritmo, armonía y una melodía inquietante para expresar inocencia, energía atómica y muerte”. La pieza es sólida, sin embargo una obra para o por Chernóbil requiere algo más que un mero comentario programático. ¿Por qué?, porque la radiación destruyó también las narrativas usuales. En otras palabras, la pieza no puede brindar el reflejo que promete porque Chernóbil es un brillo tan invisible como cegador. Ahora que ya ha pasado una generación y podemos empezar a soportarle la mirada, seguimos sin saber qué podría valerle como un espejo.
c) “Bio-ritmo de Chernóbil” – Sinfonía n°.1 para orquesta sinfónica de Alexander Yakovchuk (1952), miembro de la Unión Nacional de Compositores de Ucrania. Aunque la pieza fue compuesta inmediatamente en 1986, su estreno se realizó veinte años más tarde, en la ciudad de Kiev, bajo la conducción de Volodymyr Sheyko. Al brillante y desgarrado gesto recurrente de la obertura siguen una serie de desarrollos donde una solitaria y suplicante voz de cello se lamenta. Se trata de una obra de casi media hora, donde la tarola y el flexatono ofrecen tintes bélicos y fantásticos. La obra termina en una suerte de decaimiento fúnebre (cuerdas en glissando y campanas tubulares). La partitura logra reflejar la dimensión trágica del incidente pero –tal vez por su corte post-romántico– sólo en los aspectos genéricos.
d) “In memoriam a las víctimas de Chernóbil” (1997), de Larysa Kuzmenko (1956), compositora canadiense de padres Ucranianos. De grandes contrastes, se trata de una excelente obra para piano solo que ronda los ocho minutos de duración. En palabras de la compositora:
El tema de apertura es oscuro y siniestro; establece el humor trágico de la pieza. Siguiendo esta idea, cito una canción popular ucraniana triste pero lírica que describe una tumba en el campo que ruega al viento que evite que se muera y pidiendo que el sol brille sobre ella. El tempo se acelera repentinamente, y la música se vuelve muy rítmica, creando una atmósfera bastante caótica. La música refleja el sonido mecánico del reactor nuclear. La melodía popular ha adquirido un carácter diferente aquí. Ya no es lírico y está apoyado por armonías discordantes. La música señala la primera explosión del reactor en su primer clímax. Después de esta explosión, la música se vuelve muy tranquila y se ralentiza. Aquí, la melodía popular esencialmente ha explotado en pequeños fragmentos creando una especie de textura puntillista. En este punto, la música representa las partículas radiactivas invisibles, pero fatales, que envenenan la atmósfera. El tempo se acumula una vez más, y la música avanza hacia el segundo clímax que señala la segunda explosión. Aquí, cito un canto sagrado de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania, pidiéndole perdón a Dios. La pieza termina con la reaparición del material de apertura, creando un ambiente que cuestiona el futuro de nuestro planeta.
Sin que ponga en entredicho su interés, “In memoriam” conlleva una seria falencia conceptual que ya advertimos: Chernóbil no pertenece sólo a la memoria ni habita únicamente el pasado. No obstante, año tras año la pieza va ganando intérpretes y cuenta con una sólida versión a manos de Mary Kenedi en un disco del 2012 del sello Naxos. El título del álbum es impecable: “A long time ago into the future”.
e) “Chernóbil” de Nancy Van de Vate, distinguida compositora americana-austriaca nacida en 1931, que en 1975 fundó y presidió la Liga Internacional de Compositores de Mujeres y que en 1999, renunció a la Liga de Compositores de Austria por sus políticas machistas. Chernóbil (1987) está compuesta para orquesta completa y tiene una duración aproximada de trece minutos. Afín en muchos sentidos a la Trenodia para las víctimas de Hiroshima de Penderecki, quizá lo más logrado sea su compleja y oscura estructura construida a partir de múltiples crescendos, clímax y falsos finales. A grandes rasgos se distinguen dos secciones, una atonal, llena de clusters y efectos orquestales (donde se destaca el uso del flexatono) que evocan la agonía del reactor, y una tonal, donde se desarrollan ideas melódicas y armónicas que evocan la agonía producida por el reactor: la primavera es devorada por el invierno.
Más allá de sus bondades, las cuatro piezas anteriores nos dejan con varias inquietudes:
– ¿Bastan unos minutos para “hablar” del sempiterno Chernóbil? (Shostakovich necesitó hora y media para Leningrado. El segundo cuarteto de Morton Feldman consta de un único movimiento y supera las 5 horas. Cage escribió una pieza para órgano cuya interpretación puede durar 652 años.)
– ¿Basta con los instrumentos conocidos, no se necesitan instrumentos nuevos, nuevas técnicas y nuevos efectos para referirse a algo que es diferente a todo lo demás?
– ¿Bastan las formas musicales conocidas, el concierto, la sinfonía, etc., no se requieren formas nuevas para algo que no tiene precedentes?
– ¿Deben o no haber voces –y de quiénes– en una música de Chernóbil?
– ¿Son o no obligatorias las traducciones musicales de conceptos como contaminación, decaimiento exponencial, mutación, etc.?
– ¿Cómo se musicaliza algo que no termina de sanar? Sabemos que el cáncer no se cura sino entra en remisión. ¿Está Chernóbil en remisión? ¿Qué sería la remisión en música? Análogamente, sarcófago significa “devorador de carne”, lo que yace sobre el reactor ¿es un radio-fago? ¿Qué sería un melo-fago…?
Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.
Portada de Crónicas de amor, de historia y de guerra de Guillermo Prieto, Fondo de Cultura Económica, 2021
Quizás usted, desocupado lector, recuerde a aquel caminante que se apostó en una cafetería en la antigua Calzada de la Tlaxpana y evocaba, con un cigarro en los labios, la presurosa marcha de los soldados de las huestes conquistadoras y cuyo relato se pergeñó en este mismo generoso espacio virtual. El tiempo y sus espirales le sirvieron para que la memoria cubriera esa noche —primero triste, después victoriosa— y pretextara un nuevo derrotero. Aquel caminante ha tomado un nuevo rumbo, esta vez dolorosamente ignoto, pero ha dejado sobre sus pasos páginas que dan cuenta del asombro con el que recorrió las calles de la Ciudad de México y de las lecciones que de ella dejaron sus caminantes que, como él, se anegaron la mirada con sus aromas y su lluvia; el ritmo cansino de su tráfago incesante de dos siglos erige la armonía de una historia tres veces fundada y resuena en los oídos de quien sabe escucharla. Como escribe Vicente Quirarte:
[…] la vagancia es un arte, una educación que se afina conforme se complican los códigos de la ciudad. El artista de la calle llevará la duración a ritmos exasperantes […] El vagabundo deambula por la ciudad sin conocimiento de causa; el flâneur lo hace sin causa, pero con conocimiento. Quien practica el segundo oficio, ejerce la ciudad y la domina.
Para nuestro caminante, nuestra Ciudad no es la que le habla, es otra, una muy suya, es aquella de la que se apropió entre los versos de Gutiérrez Nájera y las canciones de Chava Flores; es la Ciudad que construyó en el “chasquidos de los besos” de Manuel M. Flores y en las peripatéticas andanzas de Regino Burrón y Borola Tacuche —sin olvidar a Avelino Pilongano, el poeta de versos cachetones y a tantos otros personajes que reflejaron la esencia de la calle—, hijos pródigos de otro insigne flâneur, don Gabriel Vargas. Sus sentidos se aprestaron a beberse las noches y a mitigar la festiva dolencia del día siguiente por calles en las que todavía se escuchan las líneas de Ángel de Campo, “Micrós”:
Por las callecitas no se pasean sino los céfiros; de cuando en cuando, un transeúnte, que siempre pasa de prisa y sin fijarse; un viejo convaleciente arrastrando los pies, sostenido por un “mozo” indígena y dos o tres cesantes que se hacen dobleces en una banca y rumian la eterna elegía de sus quincenas entre un gelatinero que dormita y una vendedora de juguetes que cabecea […] Ni en la Alameda, que ensordecen los ingratos organillos de los volantines; ni en la calzada de la Reforma, batida por vientos puros; ni en ese Chapultepec que haría la felicidad de las madres europeas, abunda como debiera la nota infantil.[efn-note]Ángel de Campo, “Aire libre”, en Kinetoscopio: las crónicas de Angel de Campo, Micrós, en El Universal (1896) . Estudio preliminar, compilación y notas de Blanca Estela Treviño, México: UNAM, 2004, p. 150.[/efn_note]
Como Baudelaire, nuestro caminante ve en esos “pintores de la vida moderna” —Gutiérrez Nájera, los dos Flores, Vargas y Micrós— la oportunidad de descifrar su mundo. Si se pensara en alguna marca que los uniera, pudiera ser el de la “nota infantil”, de la que habla “Micrós”, primero, por la fascinación que produce la extrañeza de lo inédito; después, por el ímpetu febril del capricho. Entre los mencionados, quienes nacieron en el ya siglo pasado —el veinte—, alimentaron su obra de la vida de los barrios “populares” y su cotidianidad, así como la circunstancia de un país en eterna crisis; para los decimonónicos, además, fueron las constantes guerras intestinas y las invasiones extranjeras lo que conformó su dictum . Como nuestro caminante escribiera:
El diecinueve es un siglo decisivo; además de las luchas de independencia y de defensa del territorio nacional, el acomodamiento de fuerzas significó un esfuerzo de identificación. Particularmente azaroso, el siglo XIX mexicano es el despegue de una identificación como nación y como grupo humano; el arte y la literatura encaminan sus propósitos a reconocerse.
El afán identitario de establecerse como nación, de reconocerse en ella misma, no es exclusivo de nuestro México; debe reconocerse que, en los primeros años del siglo XIX, toda América estaba en —o a punto de iniciar—un proceso independentista. Pedro Henríquez Ureña, autor prolífico e inagotable, propuso en su libro Las corrientes literarias en la América hispánica, la “declaración de la independencia intelectual” entre los años 1800 y 1830; también, Andrés Bello, en 1823, había escrito sus Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar i uniformar la ortografía en América , que preludiaría su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos , junto a su “Alocución a la poesía”, en donde declaraba: “Divina Poesía/ tiempo es que dejes ya la culta Europa”. El reconocimiento de que la lengua, como esencia de la identidad, no era ya la misma que la española, puede constatarse en Bello, pero debe rastrearse hasta dos siglos antes, en nuestro caso, con Sor Juana Inés de la Cruz, que en palabras de nuestro caminante:
[…] recoge el asombro de Balbuena y de Cervantes de Salazar ante la nueva realidad americana, tan distinta de la española. Sor Juana, plenamente consciente de formar una identidad cultural que ya poco tiene que ver con la península, construye sus rimas sin cecear.
Y añade:
Quizás los que tuvieron una visión más clara y una actitud decisiva en el proceso de establecer un concepto militante de americanidad hayan sido los jesuitas-humanistas del siglo XVIII. Diego José Abad, Rafael Landívar, Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero como ejemplos connotados trabajan en un esfuerzo de comprender su nueva condición.
A la necesidad de construir una identidad nacional, se sumó la incertidumbre de cómo hacerlo. Si bien se tenían los trabajos de autores como Francisco Sánchez de Tagle, Andrés Quintana Roo o Manuel Carpio —todos ellos nacidos a finales del siglo XVIII— que anunciaban la nueva constitución nacional, haría falta que en una figura se advocaran las distintas nociones de la incipiente patria: la riqueza y la marginación; la espada y la pluma; el santo Teatro Nacional y el Tarasquillo bienhechor; el exilio y el destierro: el oficio y el capricho.
En 1818, un martes 10 de febrero, José María Prieto Gamboa y María Josefa Pradillo y Estañol celebraban la llegada de José Guillermo Ramón Antonio Agustín Prieto Pradillo, quien sería testigo, actante y relator del devenir de una patria. Aquel que fuera el salvador de la Reforma, quien muriera pobre después de ser cuatro veces Ministro de Hacienda, quien acompañara a Juárez en su largo peregrinar en busca de establecer la República y viviera en carne propia tres intervenciones extranjeras vería la luz del mundo por primera vez en la calle del Portal de Tejada, número 5, junto al Convento de Santa Clara y los Betlemitas, esquina con la calle de Vergara.
Guillermo Prieto comenzó a saber de la vida y sus enseres en lo que en nuestros días se conoce como la calle de Mesones en el centro histórico de nuestra ciudad. Su padre, molinero, pudo darle una infancia que el mismo Prieto describiría como:
Vergeles deliciosos, murmuradores fuentes cristalinas, luz de aurora que transparenta el cielo y las estrellas, alados genios, deidades reclinadas en nubes de oro y nácar, de gualda y de topacio; y en las alturas, cantos tan melodiosos y sentidos que, arrobada el alma, flota, sueña, se encanta y deleita como desprendida de todo lo terreno.
Sin embargo, pese a estos bucólicos primeros años, Prieto —quien naciera todavía en el México Insurgente— apenas atisbaba lo que sería su larga vida. A los diez años supo del Motín de la Acordada, acaecido por la inconformidad ante los resultados de las segundas elecciones presidenciales en México, en las cuales saldría electo Manuel Gómez Pedraza sobre Vicente Guerrero, y dirigido, entre otros, por José María Lobato y Lorenzo de Zavala: “un día nos despertó el estampido del cañón, las gentes corrían despavoridas, atravesaban las calles soldados con las espadas desnudas y cundía de boca en boca la nueva del pronunciamiento de la Acordada”.
El convulso siglo XIX, en sus primeros años, forjó el carácter de Guillermo Prieto. Una de las fuentes primordiales para conocer su decimonónica historia es, sin lugar a dudas, Memorias de mis tiempos , quizás la obra más conocida del “más hospitalario de nuestros escritores”, como lo definiría Pedro Ángel Palou. Prieto comenzó la escritura de las Memorias el 2 de agosto de 1886, y aunque publicadas póstumamente, llegaron hasta nuestros días por los oficios pacientes y generosos de Nicolás León, quien ordenara meticulosamente las fojas que le entregara la viuda de Prieto.
Si bien en estas Memorias se encuentra, entre muchas otras cosas, un cuadro amplio de la vida cotidiana de la Ciudad de México, los juegos infantiles, los libros que se leían en ese entonces, lo que se comía y bebía, la vida casi rural de una urbe que todavía no comenzaba a bocetarse, Prieto comenzó a esbozar de manera más nutrida su cotidianidad en las publicaciones periódicas que se sucedieron durante todo el siglo XIX. Escribe Prieto:
[…] llegaron a México, coleccionados, algunos artículos de “El curioso parlante”, comenzados a publicar en 1836.
Yo, sin antecedente alguno, publicaba con el seudónimo de Don Benedetto mis primeros cuadros, y al ver que Mesonero quería escribir un Madrid antiguo y moderno, yo quise hacer lo mismo, alentado en mi empresa por Ramírez, mi inseparable compañero.
Ramón de Mesonero Romanos fue un costumbrista español nacido en 1802 y fundador, en 1836, de El semanario pintoresco español , en donde aparecen los artículos —o cuadros de costumbres— a los que Prieto se refiere. En México, se publicaron a partir de 1840 en El Almacén Universal, aunque es claro que el mexicano ya tenía noticia de ellos. Es necesario destacar que, a decir de Enrique Rubio Cremades, Mesonero de Ramos confiesa en el capítulo “Adiós a la historia” de Memorias de un sesentón , que tuvo escaso interés por la política, de ahí que “[…] fundara una publicación propia exclusivamente ‘literaria, popular y pintoresca’ […] a semejanza de las que con los títulos Penny Magazine y Magasin Pittoresque había visto nacer en Londres y París”. Y es en esta cuestión en donde Prieto urdiría su propia visión y escritura, bajo uno de sus seudónimos más recordados: Fidel. Si Mesonero se alejó de la política, Prieto no sólo se acercó: la vivió, la hizo y la padeció. Incluso en sus cuadros de costumbres, la vena política que marcarían sus ocho décadas de vida está presente; para Prieto, el nombrarlo es visibilizarlo, y al hacerlo, se inscribe, de manera inmediata, en la polis .
Si se quiere moralidad y progreso, debe comenzarse por corregir las costumbres. ¿Y cuál es el paso previo? Conocerlas. ¿Y de qué manera mejor que describiéndolas con exactitud?
Precedido por el Pensador mexicano, José Joaquín Fernández de Lizardi, acompañado de Facundo —José Tomás de Cuéllar— y sucedido por Ángel de Campo, Prieto ve en el cuadro costumbrista la oportunidad para señalar los vicios de una nación joven y titubeante:
[…] el verdadero espíritu de una revolución verdaderamente regeneradora ha de ser moral, los cuadros de costumbres adquieren suma importancia, aunque no sea más que poniendo a los ojos del vulgo, bajo el velo risueño de la alegoría y entre las flores de una crítica sagaz, ese cuadro espantoso de confusión y desconcierto […] El escritor de costumbres, auxiliar eficaz de la historia, guardará el retrato del avaro que se enriqueció con las lágrimas del huérfano; entonces la caricatura del rastrero aspirante será une lección severísima…
Si bien a nuestros ojos de lectores de la vigésimo primera centuria la “didáctica” y la “moralidad” pueden parecer un tanto ingenuas, habrá que preguntarse antes si no es este espejo feroz de la ironía el azogue en el que mejor nos reflejamos; con humor infinito y una mirada aguzada de Prieto nos recuerda a cada instante que la ciudad, como sus habitantes, está viva y que quizá, no es tan ajena aquella del XIX a la que vivimos en nuestros días, por ejemplo:
La enchiladera tenía su lugar aparte, próximo, por supuesto, a la pulquería, y allí gritaban “Cómeme, cómeme” los envueltos y chalupas, las quesadillas y las tortillas en su hojalata con manteca chillante, sus ollas con salsas picantes, sus montones de cebolla picada, y su sal y pimienta, según lo requieran los potajes.
Ojo liso, nariz chata, lengua retozona y fácil, la palabra que interrumpía, la carcajada escandalosa, o cortaba la injuria precursora del araño, la mordida y la desmechadura.
El escribir la ciudad es también hacerla nacer, es intentar concederle una identidad propia, alejada tanto del pasado colonial como del prehispánico, pero conformada en su urdimbre por los cimientos de ambas. El consolidar el sentido de nación y de raigambre era la tarea de los escritores de costumbres, y en ella su pluma se volvía pincel o punzón para develar los rasgos de una sociedad naciente. En palabras de Vicente Quirarte:
La saga callejera de Guillermo Prieto halla su traducción en la litografía; Hilarión Frías y Soto compara sus textos a un álbum fotográfico […] José Tomás de Cuéllar bautizó su aventura novelística como La linterna mágica , esa invención que proyectaba frente al espectador una imagen fugaz.
La vida de Guillermo Prieto, como su obra, es inagotable no sólo por su extensión —sus obras completas abarcan treinta y nueve tomos y vivió casi ochenta años—, sino por lo que nos revelan de nuestro pasado inmediato. En 1836, con dieciocho años, funda la Academia de Letrán, cuya marcada tendencia fue “mexicanizar la cultura, emancipándola de toda otra y dándole carácter peculiar”, tarea no menor que cuatro jóvenes comenzaron a tramar en el cuarto ruinoso de José María Lacunza, en el Colegio de San Juan de Letrán —al que Prieto había ingresado gracias a la generosidad de don Andrés Quintana Roo—.
Entre las cuatro paredes del cuarto, el mencionado José María —al que se le debe el insufrible, pero bien intencionado cuento de “Netzula”—, su hermano Juan Nepomuceno, Manuel Toussaint Ferrer y Guillermo Prieto, pertenecientes todos al Colegio, leían sus versos y los aprobaban o corregían, quizás sin otra intención que el de bruñir la pluma y compartir autores: Fray Luis de León, Byron, Goethe, Schiller, Horacio o Virgilio, contagiados tal vez del entusiasmo del poeta Francisco Ortega, su profesor de latín en las reuniones que éste sostenía en su casa de Escalerillas. Una tarde de junio de 1836:
[…] resolvimos valientemente establecernos en Academia que tuviera el nombre de nuestro Colegio […] Nos pusimos en tres de inauguración, pronunciando el discurso de apertura Lacunza J.M. […] Terminado el discurso, entre abrazos y palmoteos, parecía dirigirnos el jarro del agua de la mesita vecina miradas de frío desengaño…
—Falta el banquete, dijo Juan; hagamos una requisición de bolsillos.
La colecta produjo real y medio.
Era necesario desechar el licor y los bizcochos.
Convenimos en la compra de una piña y en aprovechar algunos terrones de azúcar que esperaban envueltos en un papel el advenimiento del café.
Rebanóse la piña, se espolvoreó sobre ella el polvo de azúcar y… el banquete fue espléndido.
Así quedaba establecida la Academia de Letrán, que tuvo entre sus miembros, además de los cuatro fundadores, a Andrés Quintana Roo, como presidente vitalicio, Fernando Calderón y Beltrán, Manuel Carpio, Manuel Eduardo de Gorostiza, José María Lafragua, José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván y el egregio Ignacio Ramírez, quien en su discurso de ingreso pronunció el preclaro e inmisericorde que afirmaba: “No hay dios. Los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.
Así Guillermo Prieto, quien tenía la patria por oficio, comenzaba a servirla. Su devoción por ella lo llevaría a espetar, ante el pelotón que se aprestaba a fusilar a Benito Juárez, en 1856, en Guadalajara, la perenne frase: “Los valientes no asesinan”, y a enfrentarse, años antes, a la amenaza del Trabuco, Antonio López de Santa Anna, quien le recriminaba por un artículo publicado en El Monitor republicano . Guillermo Prieto lo describe así:
Me parece que es usted un insolente, y yo sé castigar y reducir a polvo a los que se hacen los valientes […] Usted o se desdice de sus injurias y necedades o aquí mismo le doy mil patadas. ¿Qué sucede?
—En esas estoy, en ver lo que sucede.
La respuesta de Prieto es hilarante, si se considera que Santa Anna había perdido una pierna desde 1838. Así, tanto en Memoria de mis tiempos como en las decenas de publicaciones en las que colaboró —tan sólo en el Siglo XIX escribió por más de cuatro décadas—, así como en los que fundó —La Chinaca, El Monarca, Don Simplicio y un largo etcétera— Prieto hizo vivir en sus páginas a los personajes —también sus defectos— que, hasta hoy y si aguzamos la mirada, podemos todavía encontrar entre nosotros.
Nuestro caminante, cronista él mismo que supo bien de los secretos del oficio, sonríe ante el recuerdo del humor costumbrista de Prieto; eleva la vista hacia el lugar donde estuviera el Colegio de Letrán y enfila sus pasos —diablinos por inquietos, justo como los de Fidel— hacia Mesones, llamada antes Portal de Tejada. Para él, las calles ya no son Eje Central, Madero o 16 de septiembre, son San Juan de Letrán, Plateros y Coliseo Viejo; las recorre acompañado de su Musa callejera y se detiene en una cantina que ya no existe. Entra, pide un trago de ron, prende un Delicado sin filtro y comienza a fumar para saber del tiempo y sus espirales.