Tierra Adentro
Ilustración realizada por Laura Velázquez

Escribo esto en mi cuaderno.

Me apoyo en la pequeña mesa de madera plegable, mi espalda inclinada hacia el frente, cuello doblado para fijar la vista sobre la página ya no en blanco, que se va entintando con letras, tinta que brilla por unos segundos antes de fijarse, más permanentemente.

La mano izquierda sostiene el borde de la página, evitando que el cuaderno regrese a su cómoda clausura y la mano derecha garabatea y gira, bailando en círculos. Sostengo la pluma en el dedo equivocado, el anular.

Desde que puedo tomar un lápiz y hacía planas, el trabajo de la escritura ha labrado mi callo permanente: la marca del peso de sostener la pluma, siempre en el dedo equivocado.

El movimiento de la pluma es un péndulo inconstante que no tiene un ritmo consolidado. La señal que manda el cerebro al sistema nervioso y a los músculos de la mano no es constante. Duda. Se interrumpe. Se distrae. Se detiene. Hasta que todo fluye y el movimiento se vuelve tinta sobre el papel, escritura después, mundo apalabrado.

Si el lenguaje es la realidad inmediata del pensar, como decían Marx y Engels, entonces la escritura es la realidad material del lenguaje (y la forma en que se consigna el pensar). No hay ideas que no estén ya acuñadas en palabras, todas son ya palabras, palabras que se desvanecerían si mi pluma no las cristalizara, en este cuaderno.

Lo que leerás, en un futuro, indefinido, no es lo que hay aquí, en el acto de la escritura material. Leerás, en otro espacio y contexto, la huella del trabajo de mi mano, de la improvisación, del dibujo que formé letra por letra, con tinta azul alemana, sobre mi libreta japonesa con mi pluma fuente de Taiwán, en un sofá en la costa de California.

Pero esto jamás lo hubieras sabido si no revelara a mi instrumento de trabajo también como a un objeto. La escritura siempre se lee fuera de su tiempo de creación y pierde sus circunstancias, su cuerpo. Se desincorpora.

Recupera su sentido y cuerpo cada vez que tú decides pasar tus ojos sobre las manchas en la página e intentas recomponer, con pedazos de tu propio imaginario, lo que los garabatos significan. Queda la pura evidencia de que hubo un cuerpo que algo trazó.

Hipótesis: el cuaderno es un género literario.

Comencé a escribir en este tipo de cuadernos el día de la muerte de Piglia, un 6 de enero de 2017. Leía entonces el primer volumen de los Diarios de Emilio Renzi, parte de lo que el autor recogió de sus 327 cuadernos. Piglia llena sus cuadernos con fragmentos de vida, listas, lecturas, ideas. Es el laboratorio de la escritura, en donde se permite experimentar y también comenzar a ficcionarse como escritor, como Emilio Renzi.

Dice de sus cuadernos: “Sus páginas eran una superficie liviana que me ha llevado durante años a escribir en ellas, atraído por su blancura sólo alterada por la elegante serie de líneas azules que convocaban a la prosa y al fraseo, como si fuera un pentagrama musical o la pizarra maravillosa de la que hablaba Sigmund Freud”.

Pero fue Eduardo Lalo, durante el viaje a Curaçao, quien me dijo: “el cuaderno es mi género literario”. “El cuaderno es mi medio”. “El cuaderno es omnívoro”. “El cuaderno es la mesa de trabajo”. “Es un instrumento, como un instrumento musical”.

Dice Eduardo Lalo en Intemperie: “tener la compañía de una libreta. Oler sus páginas, sentir la superficie del papel, hacer trazos negros en ella en los extremos de las noches. Casi no tener verbos para esta forma de la estética y la presencia. Aquí, en una casa de San Juan, sentir los siglos y poseer una libreta. Un cuerpo y una libreta”.

Hipótesis: no se escribe el mismo tipo de texto en una libreta pequeña que en un cuaderno grande.

Un cuaderno cuadriculado produce cierto tipo de ritmo con límites bien marcados, uno rayado una cierta estructura y una página en blanco permite otro tipo de gestos, de contenedor para las frases.

La materialidad de la escritura es, sí, primero, un instrumento, la pluma y el cuaderno. Pero es también un medio (nada inocente) que sobredetermina lo escrito. Es uno de los múltiples factores que contribuye a la forma específica que resulta.

El cuaderno es, en ciertos casos, el género de formas literarias que son formas de pensamiento y, a veces, reflexionan sobre su creación, su génesis material que será inmaterial. Importan poco, desde luego, las causas, importan las consecuencias, lo escrito.

Hay casualidades, pero para explicar lo escrito, para hilarlo, hace falta inventar en retrospectiva una historia en donde lo que se escribe es el protagonista todopoderoso que en algún momento decidió comenzar. Le inventamos una necesidad a la contingencia.

En los cuadernos también quedan las marcas, tachaduras, dibujos, esbozos, flechas, recordatorios, citas, números de teléfono, las dudas, marcas e imperfecciones. Siempre queda consignado el primer impulso que después corregirá ya no el fluir de conciencia sino un yo más crítico, una visión que edita con miras a lo público.

No se publica ese primer golpe de energía, la equivocación, el equívoco, la falta. Pero siempre queda el resto en el cuaderno, aunque esté detrás de las rejas de una tachadura, atrapando a la palabra para que no vaya a salirse de su celda, de su confinamiento solitario compaginado.

Hay cuadernos con lomos cosidos, con varias secciones, que se abren más naturalmente que los cuadernos engrapados con pequeños metales que sostienen su corazón. Siento un placer especial cuando llego finalmente al centro y puedo dejar de sostener las hojas, que se obstinan en mantener su cuerpo cerrado.

Hay cuadernos cuyo núcleo es una espiral de metal o de plástico que se coloca de forma vertical u horizontal, en la parte lateral o superior de las páginas. Su sentido de unidad parecería ser otro, uno menos definitivo y la mano siempre se topa con el gusano que carcome las páginas, poco a poco. ¿O quizás las páginas, agujereadas, le provocan una escoliosis a la columna vertebral del gusano?

Hipótesis: un formato implica una forma.

La unidad mínima del discurso literario en su sentido material concreto visible es la letra. Todo lenguaje está basado, oralmente, en fonemas y, de forma escrita, en letras que (re)presentan esos fonemas.

Lo que leerás está escrito en caracteres o “fuentes” estandarizadas ya no en una imprenta, sino en códigos computarizados que buscan imitar la imagen de la letra manuscrita. La reproducción mecánica y las tecnologías de la escritura borran la singularidad de la letra manuscrita y todo resto de individualidad consignado en la caligrafía se pierde al uniformarse en letras que sólo funcionan como copias del significado pero no de la forma de la escritura. En lo que estás leyendo, ya no hay autografía, nada único.

Mi subjetividad, inscrita físicamente en el movimiento y la presión de la abertura de la punta de la pluma fuente, ya no deja ningún rastro personal aquí, en el mundo digital. Es apenas un algoritmo en una interfaz estandarizada (tristemente democrática) que queda enterrado en el universo de los datos. Nada de mi cuerpo, nada de mi cuaderno ni de la tinta. Queda mi nombre en alguna parte del texto, para atribuirle esta combinación específica de palabras a un cuerpo que se identifica con un cierto nombre, gracias a la costumbre.

Los contadores inventaron la escritura. Los primeros registros de lo que conocemos como letras, como escritura, se desarrollaron por la necesidad de consignar la propiedad privada y la deuda. Se creó en el momento en que los signos ya no tenían una correspondencia uno-a-uno con los objetos que representaban (un dibujo de maíz ya no era equivalente a un maíz), sino que empezaron a usar signos abstractos, números, para contabilizar los bienes. Fue un asunto de economía de los signos.

Eventualmente, junto con los números y las mercancías, se volvió necesario consignar el nombre de los propietarios, los compradores y los deudores y se desarrollaron los fonogramas. Todo era contabilidad hasta que la escritura se comenzó a usar con fines rituales y, entonces sí, comenzó a imitar la estructura del habla. Hoy hay evidencia de esa escritura fonética en instrumentos funerarios de lujo de los sumerios.

Cuando escribo en este cuaderno, ¿sigo intentando copiar los trazos que aprendí en los libros de caligrafía? ¿O mi letra manuscrita es la copia de la letra impresa? Este texto se deriva de un manuscrito “original”, autógrafo, con la instancia de la letra, pero la repetición de caracteres está ya en la escritura misma, sea manuscrita o impresa.

Toda letra imita de antemano un caracter legible por medio de las convenciones. En este sentido, la letra manuscrita articula una forma literaria que nos regresa a la práctica performática elemental de la escritura que, al reproducirse, recuerda que la invención de la copia fue también el momento del nacimiento del supuesto “original”.

El instrumento de escritura más antiguo es quizás el estilete o el estilo. Primero trazos en la arena, en arcilla o en cera. Después en estelas, en piedra, en metales. Más adelante en pieles, papiros, y hoy en papel o en pantallas. Con el tiempo, el instrumento se diversificó y transformó: en un pincel, que después se volvió una pluma, un lápiz, un bolígrafo.

La mano guía el movimiento del estilete y produce líneas, trazos, caracteres. De ahí que hablemos del “estilo” de un autor y de que sea posible reconocer, por la forma en que combina las palabras, sus trazos, sus características personales, su carácter, sus caracteres, su estilo literario.

Dice también Eduardo Lalo hacia el final de Intemperie: “Disolver el cuerpo hasta convertirlo en tinta… La escritura es un yacimiento arqueológico del cuerpo que la produjo. Algo asincrónico, que descubre tarde un extraño. El cuerpo que escribió altera la historia que lo produjo. Lo autobiográfico queda lejos de ese cuerpo de letras. Su existencia, sus días, su materia fueron también como el papel, un soporte para la tinta”.

Esa es la escritura de alguien que compromete su cuerpo y sus días con la escritura. Alguien para quien la escritura no es ni un divertimento, ni una pretensión, sino que es la única manera de soportar la existencia y de atravesar lo incomprensible. Es una forma de pensamiento. Y viene de un cuerpo, un caminar, músculos de la mano y el brazo, una libreta llena de tinta. Es escribir a medida que se habita el entorno y se desencubre. A medida que se envejece. A medida que se disuelve el cuerpo, hasta convertirlo en tinta. Un yacimiento de tinta.

Hipótesis: los cuadernos son el andamiaje de las formas literarias.

En los cuadernos queda el proyecto, la articulación, la lógica y el lugar de experimentación, son donde sucede el proceso y el acto de la escritura. Pero no son un contenedor vacío que lo permite todo. Tienen una forma y ciertos límites. Cierto número de páginas, cierta portabilidad y cierto tamaño. Sus límites físicos, sin embargo, no son límites para el contenido. Pero sí marcan la pauta de lo que es posible materializar en ellos.

Las estelas mayas, los códices en tinta negra y roja de los nahuas, los cuadernos de Leonardo Da Vinci con los dibujos de sus invenciones, los cuadernos de viaje de Herman Melville, los cuadernos con páginas blancas, extremadamente ordenados, de Albert Einstein, los dibujos y esquemas de los diarios de Paul Valéry, las libretas de reportero de Jack Kerouac, los cuadernos no quemados de Kafka, los microgramas escritos a lápiz de Robert Walser, el cuaderno ideal de Brenda Lozano, los 327 cuadernos de Ricardo Piglia, los “cuadernos de todo y nada” de Macedonio Fernández, los delirantes diarios de Salvador Elizondo, el cuaderno rojo de tapas blandas, el Silvine de David Miklos, la gran obra de arte literaria y plástica que son los cuadernos de Eduardo Lalo.

En todos estos cuadernos está el andamiaje de textos e ideas que cambiaron, al menos, mi forma de habitar el mundo. Y me comprometen a seguir entintando mis cuadernos.

Escribí esto, en mi cuaderno.

 


Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.

Ilustrador
mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más difruta y su fuente de trabajo más frecuente.
Ilustración realizada por Jal Reed

 

“Una ventana de dos metros de altura en una esquina. Dos niñas viendo abajo un grupo de diez hombres con las armas preparadas apuntando a un joven sin rasurar y mugroso, que arrodillado suplicaba desesperado, terriblemente enfermo se retorcía de terror, alargaba las manos hacia los soldados, se moría de miedo.1

Mi hermano y yo vemos televisión cuando nos aturde un estruendo de rocas cayendo de las nubes, unos segundos de no entender qué sucede y luego hacer lo que vemos en películas: pecho al suelo. A poca distancia de casa, en un terreno baldío, frente a un OXXO y el Periférico de la Juventud, en Chihuahua capital, ejecutaron a un hombre de camiseta roja, jeans y gorra. Desde la ventana, tras el susto, nos aseguramos de que ya se había terminado el encontronazo para ir a ver la escena entre otros vecinos curiosos. Todavía recuerdo la extrañeza de verlo inerte, como si fuera un actor en una obra de teatro y en cualquier momento se fuera a alzar, breve espacio para los aplausos, reverencia ante el público, más aplausos.

Durante la llamada “guerra contra el narco” del entonces presidente Felipe Calderón, Chihuahua se llenó de violencia. No se sentía como una guerra de “buenos” contra “malos”, como lo habían pintado tras ese inolvidable desfile militar del mandatario; la violencia en Chihuahua era una guerra contra los chihuahuenses, contra la normalidad, contra nuestras vidas. Con esos convoyes militares llegó el terror de salir de noche, de ir a bares o antros y quizá coincidir con una ejecución o masacre. Con ellos llegaron los mensajitos de celular donde se “malinformaba” sobre un supuesto toque de queda de los narcos; así mismo los encobijados: carros y trocas con cuerpos envueltos en cobijas. Además del miedo social: no te juntes con ése porque es narco; mijo, no vayas a ese fraccionamiento, nada más ve las mansiones de ahí; vato, yo que tú me hago sordo con esa morrita, ¿sabes a quién le gusta?

Y a este miedo por con quién te juntas se sumó un miedo más palpable, el de encontrarse en el centro de una balacera. Podía suceder en cualquier lugar, a cualquier hora. Como el granizo que escuchó mi madre mientras hacía el súper a mediodía. En el parlante avisaron que no podían salir, que conservaran la calma. En el estacionamiento se estaban balaceando. Mi madre quedó atónita al ver que la gente seguía comprando.

Pero, sin duda, lo peor fue cuando empezó el tener conocidos asesinados en la guerra. Las cifras de los periódicos se pasaron a hechos que atestiguamos, y de ahí a esa llamada horrenda del que te informa lo que sucedió con tal persona. No conozco a nadie de Chihuahua que no haya perdido a algún familiar, amigo, colega o conocido.

“Nací en Durango, pero crecí en Chihuahua”, esta es mi carta de presentación para todo aquel que pregunta por mi origen. Reconozco que solía agregarle “igual que Pancho Villa”, pero tras un poco de clases de historia caí en la cuenta de que no es un personaje con el que me quiero comparar. Por fortuna, la literatura me dio otro personaje, una escritora que también comparte ese origen y que, igual que Doroteo y su servilleta, porta un nombre distinto al legal: Nellie Campobello. Pero eso no es lo único donde encuentro reflejos entre ella y mi persona.

En su obra más reconocida, Cartucho, Campobello narra estampas de la violencia que vivió inmersa en la guerra de la Revolución. La cita al inicio es de una de estas estampas, lleva por nombre “Desde una ventana”, continúa así:

“El oficial, junto a ellos, va dando las señales con la espada; cuando la elevó como para picar el cielo, salieron de los treintas diez fogonazos que se incrustaron en su cuerpo hincado de alcohol y cobardía. Un salto terrible al recibir los balazos luego cayó manándole sangre por muchos agujeros. Sus manos se le quedaron pegadas en la boca. Allí estuvo tirado tres días; se lo llevaron una tarde, quién sabe quién.

Como estuvo tres noches tirado, ya me había acostumbrado a ver el garabato de su cuerpo, caído hacia su izquierda con las manos en la cara, durmiendo allí, junto a mí. Me parecía mío aquel muerto. Había momentos que, temerosa de que se lo hubieran llevado, me levantaba corriendo y me trepaba en la ventana; era mi obsesión en las noches, me gustaba verlo porque me parecía que tenía mucho miedo.”

Nellie Campobello atestiguó el conflicto armado en Parral, Chihuahua, siendo una niña. Muchas de las estampas de Cartucho son narradas con esta perspectiva infantil, desde una inocencia ultrajada por las balas y la muerte. Por mucho, mi estampa favorita es la que voy citando, me veo en ella, entiendo esa realidad trastocada que resulta de un cadáver inerte tras la violencia asesina.

Yo no era un niño cuando inició el conflicto armado en Chihuahua, pero seguía con algo de inocencia, de ingenuidad. En ese ejecutado descubrí el sinsentido que arranca vidas, el silencio y la inmovilidad absoluta que llegan tras el estallar de la pólvora y el caer de un cuerpo sobre la tierra.

La niña de Cartucho no sólo ve trastocada su realidad, sino que abraza esa nueva manera de comprender al mundo. Nos puede parecer absurdo que ver al ejecutado le da cierta paz, que teme que se lo lleven. En la ausencia del cuerpo no sabe qué encontrará, que otra realidad tendrá que aceptar. Por lo menos sabe que así, ante esa muerte violenta, se enfrenta al miedo que puede aplacar dando su compañía desde la ventana, estando con él, con el muerto.

Se acostumbra al horror, a la escena fija de la ejecución. Del mismo modo, la gente siguió comprando en el supermercado mientras el sonido de las balas retumbaba desde el estacionamiento. En un conflicto armado, el humano busca adaptarse, asirse de algo que brinde el mínimo de sentido, aunque este último sea el del miedo.

Escribo estos párrafos una semana después de la noticia del asesinato de Javier Campo Morales y Joaquín César Mora Salazar, sacerdotes jesuitas, en la comunidad de Cerocahui, municipio de Urique, sierra de Chihuahua. Hace unos días, en una reunión entre amigos que mantienen lazos cercanos con jesuitas, se coló un momento de dolor y hartazgo: cervezas en alto, se brindó por estar y por los que se fueron. “Vivimos en un puto cementerio”, dijo uno. “Esta vez nos pegó en el hombro, muy cerca del corazón”, dijo otra. Yo recordé aquel primer encuentro que tuve con ejecutados.

“Un día, después de comer, me fui corriendo para contemplarlo desde la ventana; ya no estaba. El muerto tímido había sido robado por alguien, la tierra se quedó dibujada y sola. Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa.”

Así termina la estampa de Nellie Campobello, con el deseo infantil, la añoranza de que se repita ese asidero de violencia que significa la nueva realidad de México. Nos puede parecer chocante, más de uno dirá que son cosas de niños, pero yo lo dudo. Temo que soy… somos esa niña. En los periódicos leemos los encabezados, desde nuestra ventana, cada mañana sigue ahí el muerto, con diferente cifra, en distinta locación, pero es el mismo, tímido, aquel que primero nos tocó, que desde entonces no ha dejado de ser ejecutado junto a nuestra casa, un puto cementerio, pegándonos en el hombro o, incluso, si no tenemos suerte, en el corazón.

Vuelvo a Cartucho y escribo no para justificar el que normalicemos el horror que nos tocó vivir, más bien para que hagamos las preguntas correctas: ¿de qué nos asimos sino es el sinsentido de cifras en periódicos, de balaceras recurrentes, videos que transmiten el miedo cotidiano? Quizá la respuesta está en ese alzar de cervezas entre amigos, en reconstruir el país sobre el amor y la ternura de los que estamos y recordamos a los que fueron arrancados de manera violenta.

Lo que distingue a la obra de Nellie Campobello del resto de la literatura sobre la Revolución es precisamente la ternura que logra colar entre las ejecuciones y balaceras. Ella encontró algo que se mantuvo resguardado a pesar del charco de sangre que la rodeaba, el proteger al que tiene mucho miedo, aunque sea un cadáver, el buscar la empatía incluso en la muerte vista desde una ventana. Quizá ante cada encabezado del horror, debemos responder con una reafirmación de vida, de ternura y compañía. No estamos solos en este valle de lágrimas.

En un país que desde la Revolución continúa con sus ritos de muertos y desaparecidos, la misma Campobello sufrió en sus últimos años un rapto: “…fue secuestrada por Claudio Niño Cienfuentes y su esposa, una exalumna de Campobello, María Cristina Belmont. Fue privada de libertad y, valiéndose de su vejez, enfermedad, soledad y ausencia de herederos directos, fue obligada a firmar un testamento para que ellos cobraran su pensión.2” La niña que extrañó al ejecutado, que se dolió por su ausencia dibujada en la tierra, desapareció en vida, hasta su muerte el 9 de julio de 1986. Ella forma parte de ese horror que se reproduce de manera nauseabunda, toca brindar por nosotros que la rememoramos y por ella, por lo que nos legó: la mirada de una niña desde su ventana.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Ilustración realizada por Mariana Martínez

Apenas pasan de las dos de la tarde del lunes 8 de julio de 1822. Dos viajeros, unidos por la fortuna en La Toscana, izan las velas para zarpar hacia Lerici. Ambos intercambian miradas cómplices ante la proximidad del viaje y gestos que denotan que entre los dos existía algo más que una amistad, un círculo íntimo compartido o un techo en común: un febril ímpetu por una misma piel. En uno, ésta es ya promesa realizada; para el otro, apenas un atisbo de la tibieza.

Algunas semanas antes, este último viajero —que no es otro sino el poeta Percy Bysshe Shelley— le escribiría a su amigo Edward John Trelawny para solicitarle un poco de ácido prúsico —cianuro de hidrógeno—: “I have no intention of suicide at present, — but I confess it would be a comfort to me to hold in my possession that golden key to the chamber of perpetual rest”.1

La idea del suicidio como la cura a un mal de amores ha atravesado a la literatura, y al arte en general, desde sus inicios; baste mencionar, para no recurrir a los amantes de Verona o al joven Werther a Tokubei, mercader de Osaka, y a Ohatsu, cortesana del burdel Tenmaya, personajes de Los amantes suicidas de Sonezaki, escrita en 1703, por Chikamatsu  Monzaemon —en la inabarcable Ciudad de México, en la crujía número 18 de la otrora Escuela de Medicina, en la Plaza de Santo Domingo, tenemos a nuestro propio fantasma romántico, que se volvió verso nocturno el 10 de diciembre de 1873—. Sin embargo, la idea de un atormentado Shelley por la pasión que siente por Jane Williams, compañera de Edward Williams, quien es el viajero quien lo acompaña a bordo del navío “Don Juan” en esta tarde de julio, en Livorno, sea consecuencia del relato del mismo Trelawny, quien se dispone a zarpar junto a ellos en el “Bolívar”, embarcación propiedad de Lord Byron. Trelawny publicó su Memorias de los últimos días de Byron y Shelley en 1858, mismas que amplió veinte años después, y en donde ahonda en una anécdota que la misma Jane le contara a William Michael Rosetti, quien escribiera Memoria de Shelley, de donde se desprende:

Shelley’s going out in a boat with her and the children, and suddenly asking her whether she and Shelley should forthwith ‘try the great Unknown’. She replied (as she tells me …) ‘Hadn’t we better land the children first?’ – which was conceded. After this, she did not again venture out on the water with Shelley.[1] 2

Shelley es, además de un poeta y un gentilhombre, un personaje romántico que encarna el arquetipo del siglo diecinueve europeo junto a Byron, Coleridge o Keats. Si bien fue un hombre de ideas liberales esculpidas por, entre otros, el escritor William Godwin, no podía escapar al Sturm und Drang. La relación con Jane Williams es, por decir lo menos, compleja, como lo atestiguan estos versos:

IV

Sweet lips, could my heart have hidden

That its life was crushed by you,

Ye would not have then forbidden

The death which a heart so true

Sought in your briny dew[1]3

William Michael Rossetti —quien fuera sobrino de Polidori y editor del diario del autor de “El vampiro”, así como de la primera edición inglesa de Walt Whitman— y Edward Trelawny son las fuentes principales de donde abreva el primer retrato que la figura de Shelley provocara. Rosetti relata que escribió el primer esbozo de la vida de Percy Bysshe en 1869, cuando los materiales acerca de la vida y obra del poeta eran todavía “escasos, breves y confusos”,4 si bien, esto no fue un impedimento para que se publicaran al año siguiente. Su relación con Trelawny comienza alrededor de 1842, cuando lo ve por vez primera, pero no sería sino hasta 1869 cuando comenzaran una serie de encuentros que acabarían en 1881, año de la muerte del amigo de Shelley. No obstante, la relación entre ambos bien puede dar cuenta no sólo de la vida del poeta, sino del imaginario decimonónico que lo cubría. Cuenta Rossetti:

Casi tan pronto como lo encontré, Trelawny puso a mi disposición, para mi edición de Shelley, los manuscritos de los poemas dedicados a la señorita Williams y su esposo, junto con los mensajes en prosa (entonces desconocidos) que los acompañaba […] Me prestó una copia de una edición muy rara del Oedipus Tyrannus, de Shelley, y su propia edición de Quenn Mab. También me dio una extraña y valiosa reliquia: el fragmento carbonizado del cráneo de Shelley, que había recogido de la pira funeraria. 5

El singular obsequio es un reflejo de la figura no sólo del poeta, sino de un siglo. Antes de que la fotografía fuera el testigo de la existencia humana, las reliquias de los cuerpos eran tomados como talismanes, como en el caso del cráneo de Shelley. La violencia de la naturaleza converge con el ánimo del poeta y éste sucumbe a bordo del Don Juan, en esa tarde del verano de 1822, junto a Edward Williams y al capitán del barco. Trelawny no sufre la misma suerte puesto que su navío, el “Bolívar”, está en cuarentenas, por no haber obtenido el permiso para zarpar, por lo que se queda varado y, así, salva la vida. El héroe romántico protagonista del cuadro de Caspar David Friedrich comienza a erigirse mientras el Don Juan se va en picada. El cuerpo de Percy Bysshe Shelley se rinde ante el “majestuoso tumbo de las olas” que en esta ocasión es estruendo. La fiereza del mar labra el rostro del poeta para quede enquistado entre las páginas de la Historia; junto al cincel del mar Mediterráneo, el de los contemporáneos y admiradores de Shelley contribuirán a que el retrato no pierda fuerza. Trelawny relata a propósito de ese día:

Mire esas manchas negras y esos harapos sucios que cuelgan del cielo; son una advertencia. Mire el humo en el agua; el diablo está tramando alguna travesura. Había bruma, y el barco de Shelley no tardó en quedar envuelto en ella; no volvimos a verlo. El sol estaba oscurecido por la niebla, y el bochorno resultaba opresivo. No soplaba una gota de brisa en el puerto. La pesadez del ambiente y su insólita quietud me embotaban los sentidos. […] El mar estaba del color del plomo, igual de liso y sólido, y cubierto por una grasienta capa de suciedad. El viento soplaba racheado sin rizar la superficie del agua, sobre la que caían grandes gotas de lluvia, rebotando como si no lograran penetrarla. Reinaba una extraña conmoción en el ambiente, cargado de amenazantes ruidos que llegaban desde el mar. Pesqueros y buques de cabotaje con fletes de tránsito pasaban velozmente a nuestro lado en gran número. El alboroto y el bullicio producido por los hombres, sus voces estridentes, quedaron súbitamente silenciados por el estruendo de un trueno que estalló sobre nuestras cabezas. Por espacio de un rato no se oyó más que el sonido del trueno, el viento y la lluvia. 6

La idea del suicidio por el amor no correspondido y su pasión proscrita por Jane Williams, el fragmento del cráneo de Shelley y la advocación del romanticismo decimonónico en la tormenta que le quitara la vida serían suficientes para que el camino del héroe quedara completo y encontrara su responso en el cuadro de Louis Édouard Fournier, en el que el mencionado Trelawny, junto a los poetas Leigh Hunt y Lord Byron, observa la pira funeraria de Shelley. No obstante, no es así. El mito forjado por la aviesa memoria se trastoca con los años y quizás se desdibuje en nuestro inconsciente literario. Puede recordarse, por ejemplo, el verano de 1816, en Villa Diodati; un tiempo “húmedo y poco agradable”,7 según palabras de Mary Shelley, en su introducción Frankestein o el moderno Prometeo.

Ese “año sin verano”, consecuencia de la erupción del Monte Tambora, obscureció —sin metáfora— Europa, y fue espectador de la reunión en una villa suiza, cerca de Ginebra, de Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, Mary Wollstonecraft Godwin, Claire Clairmont y John William Polidori. De acuerdo con la historia, fue el 16 de junio cuando Lord Byron propuso “escribir cada uno una historia de fantasmas”, después de la lectura de la Historia del amante inconsciente. Byron comenzó un cuento; Percy Bysshe Shelley pergeñó una historia basada en su infancia y “al pobre Polidori se le ocurrió una idea terrible […] El ilustre poeta, molesto por lo aburrido de la prosa, desistió rápidamente de una tarea tan antipática”.8 Por su parte, Mary pensó en “una historia que hablara de los misteriosos miedos del ser humano y despertara la excitación del miedo, una historia que hiciera que el lector tuviera miedo de mirar a sus espaldas, que le helara la sangre y le acelerara el pulso”.9 Esta introducción, escrita en 1831, en la cual no se menciona fecha de la tertulia, también alude a que la historia habla de “caminatas, de muchas excursiones y de muchas conversaciones en un tiempo en el que no estaba sola. Ya no volveré a ver más a mi compañero en este mundo”,10 refiriéndose a Percy Bysshe Shelley.

La lectura que habían hecho se consigna usualmente como Fantasmagoriana, ou Recueil d’Histoires d’Apparitions, de Spectres, Revenans, una edición alemana traducida al francés que estimuló la imaginación de los presentes. No cabe duda de que este día 16 de junio ha suscitado diversas conmemoraciones, por haber sido el origen de dos de las historias más conocidas de terror: los ya mencionados El vampiro, de Polidori, y el Frankstein, de Mary Shelley, como la que la Dirección de Literatura de la UNAM organizó en el bicentenario de esta noche, en donde Rosa Beltrán encarnó a Mary Shelley, Hernán Lara Zavala a Percy B. Shelley, Bernardo Ruiz a John W. Polidori y Vicente Quirarte a Lord Byron. Los cuatro escritores asumieron su personaje y entregaron cuatro monólogos que querían ser la voz de aquella tarde. El nacimiento del monstruo es la edición que reúne los cuatro textos y recuerdan ese día, pero un par de detalles se asoman que trastocan la historia. Polidori, en su diario, no consigna la fecha en que Byron propuso la escritura de una historia de terror, en cambio cuenta que el 15 de junio sostuvo una conversación con Percy Bysshe a propósito de si el hombre era tan sólo un instrumento.

En la Introducción, Mary afirma que las conversaciones que la inspiraron a escribir su historia fueron entre Byron y Percy, además de que relata que “el pobre Polidori” no puedo llevar a buen puerto la empresa. Más aún, “El Vampiro”, publicado por vez primera en The New Monthly Magazine, en 1819, fue, en primera instancia, atribuido a Lord Byron; le costaría a Polidori algunas cartas recibir tanto el reconocimiento como el sueldo por la historia. Si bien es cierto que el cuento que comenzó Byron alguna de esas noches en Villa Deodati versaba sobre un “vampiro”, también lo es que el que comenzó Polidori en Suiza fue Ernestus Berchtold o el moderno Edipo, como lo declara el mismo autor en la introducción: “La historia que aquí ofrezco al público es la que comencé en Cologny, cuando Frankestein fue urdida”.11 Lo que sí se consigna en el Diario es el momento en que sucede la provocación byroniana:

18 de junio. Mi pierna está mucho peor. Shelley y fiesta aquí. La Señora S[helley] me llamó su hermano (menor). Después del té comencé mi historia de fantasmas. A las doce en punto, empecé realmente a hablar fantasmagóricamente. L[ord] B[yron] repitió algunos versos de Christabel, de Coleridge, sobre el pecho de la bruja. Cuando se produjo el silencio, Shelley, repentinamente, bramó, se llevó las manos a la cabeza y salió corriendo de la habitación con una vela. […] Estaba mirando a la señora S[helley], cuando de pronto recordó a una mujer de la que había oído hablar, con ojos en lugar de pezones, lo cual, apoderándose de su mente, lo horrorizó.

Para Edward Dowden, uno de los primeros estudios de Percy Bysshe, después de este incidente, es que Lord Byron propone la escritura de una historia de fantasmas. Es justo decir que, amén de la fecha, que, por lo escrito por sus protagonistas, no es exactamente el 16 de junio, sólo originó un texto, memorable y enigmáticamente vigente, como lo es el Frankestein, no obstante, es una muestra que la memoria literaria se nutre, como la vida misma, de reconstrucciones que en no pocas ocasiones distan de ser fieles al suceso al que se refiere, pero que lo conforma en la univocidad que, artificiosamente, construye.

Si en uno de los hechos concernientes a Percy Bysshe Shelley, como lo es la reunión en Villa Diodati, encontramos tempranamente la creación de una fábula en torno a su figura, el final de su vida no podía ser distinto. Si Edward Williams y Shelley estaban juntos era porque junto a Lord Byron y Leigh Hunt planeaban editar una revista, y habían establecido su residencia en Italia. Ese 8 de julio el Don Juan zarpó y se hundió, y con él se llevó los cuerpos de ambos amigos. Diez días de búsqueda les tomó encontrar los cuerpos, que fueron enterrados en la costa, bajo una capa de cal para evitar infecciones. Sería hasta el 14 de agosto que Trelawny, Byron, Hunt y un puñado de soldados y mirones atestiguan las llamas que consumirían el cuerpo de Percy Bysshe Shelley. De esta pira es de donde sale el fragmento carbonizado de su cráneo, pero también acontecería algo que quedaría grabado, como el 16 de junio, entre la historia literaria:

Las únicas partes que habían sido consumidas por el fuego eran algunos fragmentos de huesos, la quijada y el cráneo, pero lo que nos sorprendió a todos fue que el corazón se mantuvo íntegro. Al alcanzar esta reliquia de la ardiente hoguera mi mano resultó severamente quemada, y si alguien me hubiera visto haciendo esto tendría que haberme puesto en cuarentena.12

Esta versión, escrita treinta y ocho años después, fue modificada, numerosas veces, en vida de Trewlany, con cada vez mayor insistencia en la figura romántica de Shelley. Hermione Lee, en su revelador ensayo “Shelley’s Heart and Pepys’s Lobsters”, menciona que Richard Holmes, uno de los biógrafos más recientes de Shelley, tenía que lidiar con tres elementos en la vida de Shelley: la personalidad angélica, que implicaba que el poeta era insustancial, ineficaz y físicamente incompetente; sus ideas políticas radicales (hay que acudir a sus ensayos en favor del ateísmo) y el constante maquillaje a propósito de su vida sexo afectiva. En este ensayo, que pertenece al espléndido volumen Virginia Woolf’s Nose, Lee da muestras de cómo la figura de alguien puede ser trastocada de acuerdo con intereses que van desde una familia pudibunda hasta las ansias de mantener la idealización de un monolito:

Todos han atribuido la romantización de Shelley a la apesadumbrada y arrepentida idealización de Mary Shelley de su marido, así como a los testimonios de los amigos de Shelley: el ególatra Thomas Jefferson Hogg, el auto proclamado aventurero Edward Trelawny, quien vivió años de sus historias con Shelley y Byron, y el poco confiable Leigh Hunt. Todos ellos tienen sus propias versiones sobre la vida de Shelley.13

Corresponde a esta romantización la idea de que el cuerpo de Shelley fue reconocido a partir de que llevaba consigo un ejemplar de Esquilo y un libro de poemas de Keats. Miranda Seymour, biógrafa de Mary Shelley, apunta que el órgano que se recuperó de la hoguera en realidad era el hígado.  En la deificación de una fecha, de un personaje o de un texto puede desviarse la mirada y perderse la perspectiva; también, quizás, puede olvidarse que la tempestad del lunes 8 de julio de 1822, apenas pasando las dos de la tarde, no es la misma que la romanza de su muerte. La primera acabó con Percy Bysshe Shelley, y la segunda comenzó a reescribir su vida.


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Ilustración por Pinchi Necro

Este año se celebra el aniversario número 60 de la muerte de Georges Bataille, escritor y pensador francés. Para conmemorarlo, quiero hablar acerca de una idea suya que, no solo me parece interesantísima, sino que (en mi opinión) es muy importante para entendernos como especie: la angustia de la individualidad y su relación con el erotismo de los cuerpos.

La obra de Bataille es abundante y diversa, es tierra fértil en la cual confluyen reflexiones en torno a lo místico, la religión y, sobre todo, su relación con el erotismo (resumiéndolo muy groseramente). Bataille no fue únicamente un filósofo —aunque le molestaba que lo clasificaran como tal—, sino un antropólogo cuya fascinación por la espiritualidad, lo sagrado, la transgresión y las manifestaciones eróticas marcó profundamente su trabajo. Es importante destacar, para los que no conozcan su obra, que esta no gira en torno a la “religiosidad” moral o los dogmas. A Bataille le interesaba, sobre todo, la experiencia interior.

Me gustaría comenzar este escrito con una pregunta que suena tonta: ¿alguna vez se han sentido solos? Obvio. Todos, ¿no? Quién no se ha sentido aislado o incomprendido en algún momento de su vida. A quién no le ha dolido la soledad de su propia percepción del mundo y de ciertas experiencias o sentimientos que son difíciles de expresar y compartir. Tantas sensaciones, tantos matices. A veces las palabras —sobre todo si son referenciales— son demasiado generales, no dicen lo suficiente, se sienten groseras, grotescas, como si fueran dedos gigantescos intentando agarrar el tallo de una flor minúscula o meter un hilo en el ojo de la aguja más pequeña del mundo. Hacer que los demás nos entiendan por completo es casi imposible. Supongo que por eso existe la poesía… o el erotismo, como pensaba Bataille.

Para explicar esto, hay que comenzar señalando que, En Teoría de la religión (1973), el autor francés plantea una fenomenología de la existencia animal y de lo que llama continuidad. Para Bataille, los animales son seres continuos, su existencia es “ininterrumpida” y viven en un estado de inmanencia e inmediatez porque no tienen consciencia absoluta de su entorno ni de los objetos o de la relación entre estos como entes separados. No pueden mirarse a sí mismos como sujetos observables, y en su perspectiva reina una especie de niebla en la cual no hay categorías diferenciadas o interpretación, su existencia es como un flujo en el que se entremezclan ellos mismos y su hábitat. Para describir este existir sin distinción, abstracción o significado —desde un punto de vista racional—, Bataille dice que “todo animal está en el mundo como el agua dentro del agua”.

El humano no es así, pues —aunque poseemos cierta animalidad— percibimos “racionalmente”. En El erotismo (1957), Bataille menciona que somos seres discontinuos, cerrados porque interpretamos lo que nos rodea y acontece, porque damos significado. Nos diferenciamos a nosotros mismos del entorno y “cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero sólo él está interesado directamente en todo eso. Sólo él nace, sólo él muere”. El filósofo francés se refiere a nuestra condición de individuos, que está dada porque únicamente nosotros estamos involucrados con nuestra propia experiencia interior. Percibimos y entendemos desde nuestra individualidad y de forma única. Y por más cerca que puedan estar dos personas, existe un principio de alteridad insuperable. Soy yo misma al no ser tú, por expresarlo burdamente. Nacemos solos, morimos solos.

Según Bataille, hay un abismo profundo entre un ser y otro. Somo profundamente sociales, pero no existe la unión perfecta y absoluta entre dos personas, ni a nivel espiritual ni físicamente. Aunque se pueda estar cerca, no podemos transmitir nuestra experiencia interior tal cual es, intacta. Nos traducimos constantemente a los demás, es inescapable. Esto se traslada al plano físico: literalmente estamos separados, no podemos fusionarnos con alguien más, cada quien tiene su cuerpo. Aunque a veces quisiéramos que fuera diferente, es una imposibilidad absoluta, como la muerte o el tiempo.

Bataille señala que, como seres discontinuos, buscamos constantemente una manera de superar este angustiante abismo ontológico. Aquí es donde entra el erotismo y su relación con la muerte (aunque ese es tema para otro texto). El escritor francés afirmaba que todo erotismo tiene como propósito desintegrar el sistema cerrado de cada participante, superar la individualidad, acortar el abismo. Sin embargo, esto, por supuesto, implica una “disolución de las formas constituidas”, una destrucción simbólica y física de lo que nos hace “uno” (de aquí proviene la fascinación fundamental del erotismo por la muerte), la relación entre Eros y Tánatos. Lo erótico, entonces, implica cierto grado de violencia sobre el cuerpo, el traspaso de los límites del pudor y del espacio privado, la “muerte” del individuo y su singularidad.

El autor habla de la reproducción sexual para ejemplificar esta separación primigenia y su única solución permanente:  el óvulo y el espermatozoide son dos entidades individuales fundamentalmente distintas, pero al formar el cigoto experimentan un estado transitorio y fugaz de unidad y simbiosis. Ambos gametos enfrentan la disolución de su ser individual, de su discontinuidad y “mueren” para formar otro ser que a su vez es discontinuo y así sucesivamente. Solo a través de la muerte se puede sobrepasar la distancia de la discontinuidad.

El erotismo, como forma parcial de acortar el abismo, implica una transgresión del cuerpo. Está implícito en el acto mismo y en las múltiples expresiones de la sexualidad. Cuando nos manifestamos eróticamente, superamos de cierta forma la individualidad, simbólica y físicamente. Derrumbamos las barreras mentales, las restricciones sociales establecidas, el respeto a lo privado. Rompemos las barreras físicas, traspasamos las fronteras de nuestro cuerpo. Se deja entrar al otro, se penetra, se transgrede, se une lo que está separado: manos, piel, labios, genitales, miradas, fluidos, a veces pensamientos. Como consecuencia de dicha transgresión se disipan los confines y ya no somos individuos. Aunque solo por un momento, a través de la aniquilación del individuo —cuya culminación es el orgasmo— se disipan los límites. Es por esto que nos resulta tan instintivo el contacto erótico o sexual, porque tenemos un hambre perpetuamente insatisfecha, un deseo inconsciente e imposible de destruir las formas que nos contienen y delimitan.

Suena medio dramático, pero creo que todos hemos sentido, de una u otra forma, la angustia de la individualidad, emocional, mental, espiritual o físicamente. A mí me parece muy esclarecedora la postura de Bataille (claro que desde un punto de vista crítico porque existen muchas cosas debatibles en su concepción de erotismo). Esta cuestión de la angustia individual es trágica, pero intentar entenderla me resulta reconfortante. Yo, como Bataille, también pienso que existen abismos insalvables: no sentimos exactamente lo mismo, no vemos los mismos colores, las palabras no significan lo mismo para todos, cuando transmitimos nuestra experiencia y percepción a otros, mucho de ellas se pierde en la traducción, comunicar matices emocionales es dificilísimo, estamos separados de los otros y de lo que nos rodea, hay cosas que no se pueden compartir, y lo subjetivo llega a ser asfixiante. Realmente estamos solos, dentro de nosotros mismos y nuestra percepción, encapsuladitos.

Pero qué precioso, ¿no? Que se pueda ser con otros, acortar la distancia, diluir los límites, comunicar sin hablar, abrir[nos], sentir el placer de la continuidad y resquebrajar lo que nos contiene, aunque sea unos minutos, aunque sea un instante. Qué preciosas las infinitas posibilidades que ofrece el erotismo de nuestros cuerpos.

Nadie dudaría de la importancia del erotismo. Está claro que es un tema y obsesión universales y que seguirá siéndolo —ya sea para alabarlo o censurarlo—. Definitivamente da muchísimo de que hablar y, a pesar de ser tan inherente a nuestra visión del mundo, continúa misterioso e ininteligible, a veces impenetrable. Yo creo que Bataille fue un genio por haber sabido nombrar y teorizar alrededor de algo tan difícil de aprehender como lo es el erotismo, uno de nuestros lados más oscuros y primigenios.

 


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Cada vez es más común leer y ver noticias de que la San Fe está cada vez peor, más peligrosa. No sé si es porque, a pesar de ya no vivir cerca de ahí, aún sigo con nostalgia algunas páginas de Facebook que hablan de la colonia, de los vecinos, los comerciantes, pero también de los delitos que cada vez son más recurrentes, o que más bien, ahora son más visibles, porque los problemas de estas colonias que habitan las periferias de la ciudad, siempre han estado ahí.

Al menos tiene dos años y medio que no vengo, con la pandemia y todo lo que ha pasado en este periodo, me fue imposible visitar uno de los lugares que más aprecio por todos los años en los que mi familia y yo trabajamos ahí, pero hoy por fin regresaré. Esta vez estoy emocionado porque les daré un pequeño recorrido a dos amigos que no conocen este tianguis que cada domingo se pone apenas comienza salir el sol. El punto de encuentro será a las dos de la tarde en el mercado de la colonia que se encuentra sobre la Av. Dolores Hidalgo, porque les prometí que ahí comerían unas gorditas rellenas de carnitas y también los famosos tacos de cecina que alguna vez visitó el youtuber Peluche Torres.

Como a esa hora es un poco tarde llegar a la San Fe, Gabo y yo nos adelantamos para hacer nuestro habitual recorrido que comienza en una de las entradas más recurrentes del tianguis, por el mercado 25 de julio, a un costado de la Av. Gran Canal.

Llegar a las inmediaciones del tianguis no es complicado, pero suele ser peligroso y como en la mayoría de las colonias populares y conflictivas, la delincuencia siempre está rondando y puedes caer en la ruleta rusa de quienes se dedican a eso. Pero afortunadamente, hay opciones de llegar al famoso tianguis de la Alcaldía Gustavo A. Madero, considerado el más grande de Latinoamérica con poco más de siete kilómetros que se desbordan como ríos por avenidas como Villa de Ayala y León de los Aldama o bien, por calles como la 20 de noviembre, Emiliano Zapata o Morelos, tan solo por decir algunas.

Se puede llegar desde el Estado de México por los municipios de Ecatepec o Nezahualcóyotl, pero también por colonias aledañas como Casas Alemán, Campestre, Providencia o Nueva Atzacoalco. Antes llegaba desde Ecatepec, pues vivía a escasos 20 minutos del tianguis, tomaba una combi o camión que pasaba a unos metros de mi casa, pero al cruzar por una de las colonias (Las Vegas) más peligrosas del Municipio, a últimos años prefería tomar un taxi que cobraba entre 25 y 30 pesos y así evitar problemas.

Ahora que vivo más lejos, me es más fácil tomar el metro desde Eugenia y llegar hasta la estación Carrera (con transbordos incluidos) para después, de igual forma tomar un taxi que recorre parte de la Av. San Juan de Aragón y kilómetros adelante dar vuelta a la izquierda para entrar a la Av. Gran Canal que nos lleva hasta el famoso mercado de la 25 de julio. También puedo llegar por Neza, arribando a la estación Impulsora (e igual tomar un taxi), pero me gusta llegar por Carrera y hacer el recorrido de la Av. Gran Canal, evocando la gran canción de Polo Pepo, “San Felipe es punk”, en la frase que dice, si nos quieres conocer, no te vayas a perder, solo tienes que seguir, las aguas del gran canal, las aguas del gran canal. Y aunque ya no hay agua (a menos que llueva mucho), ese canal entubado y pavimentado convertido en avenida, me hace creer que por ahí, como dice la canción: jamás podría perderme.

Aunque suene a cliché, cuando uno va creciendo termina por entender a sus padres y en mi caso, cuando niño o adolescente no me gustaba entrar por la calle de Emiliano Zapata (por la que ya siempre entro), no había nada para mi pues toda la calle estaba llena de herramientas nuevas y usadas, llantas y rines de dudosa procedencia, estereros nuevos y robados, artículos para el hogar como jabón, papel de baño, pastas, shampoos y cremas, sabanas y colchas para la cama, lámparas, focos, y un sinfín de chácharas que bien podrían ser objetos de coleccionistas. Sin embargo, ahora en esa calle que es la principal de mi papá al hacer las compras de la casa, poco a poco se ha vuelto lo mismo para mí. Desde que vivo con Gabo, de vez en vez hay cosas que arreglar o que poner y esa calle es la solución perfecta para comprar herramienta o todo eso que se ocupa. Ese día como cada que voy, compré varias cosas que necesitaba: guantes de hule y de tela, plaquitas para evitar picaduras de mosquitos, navajas de rasurar, un par de aromatizantes para los baños, pilas para los controles, tres focos LED, dos desarmadores pequeños y un par de cintas canela.

Y aunque el ambiente se siente raro pues hay poca gente y varios espacios vacíos de puestos y comerciantes que faltan, sigo caminando con la seguridad que me da haber trabajado y habitado en ese tianguis cada semana a lo largo de más de 13 años, en los que de una u otro manera, el tianguis de la San Fe me hizo parte de él.

Después de hacer las compras necesarias, Gabo y yo acostumbramos ir por una cerveza de barril para después, con vaso de a litro en mano ir a comer unos tacos de cochinita pibil, sin embargo ese día el lugar en donde acostumbramos comprar las cervezas cambió su giro, si bien siguen vendiendo comida, la cerveza ya no es parte de su menú, ni siquiera estaba abierta la puerta que da a un patio de una casa que hasta antes de la pandemia, servía de bar para quienes querían descansar o refrescarse del calor. Me atrevo a preguntarle a la señora que prepara los tacos el por qué ya no venden la cerveza de barril a lo que de inmediato me responde, ya no nos dejan joven, la delegación está muy pesada, ya mejor ni intentarle. Me decepciona saber que no podré traer más adelante a Carlos y a Santiago y que tendré que buscar otro lugar en el cual podamos parar a descansar.

El calor está muy fuerte, hace años que no lo sentíamos así y la sed empieza a hacer estragos. En nuestro recorrido no encontramos quien venda cerveza, ni siquiera refrescos preparados, las famosas micheladas de la San Fe parecen haberse extinguido con la pandemia, pero enseguida, vemos un puesto que está vendiendo cervezas medio a escondidas, le pido un par pero me dice que aún no pueden vender, que el operativo aún está vigente pero que en media hora ya no habrá bronca. Decidimos comprar dos latones en una tienda y ahora sí, ir a comer esos tacos que queremos.

Recibimos el mensaje de Carlos que nos dice que están a punto de llegar, el tiempo se ha pasado y estamos algo lejos del mercado, caminamos a paso rápido para que no se queden solos tanto tiempo: por un momento, todo lo que he leído de la San Fe me preocupa que les pase a ellos. Llegamos al encuentro y al verlos, nos saludamos y entramos por el segundo pasillo del mercado en donde se encuentran los famosos tacos de cecina, pedimos un par para cada quien y luego a las gordas de carnitas que se sirven para ir comiendo. Mientras terminamos la garnacha, otro amigo me avisa que viene en camino, parece que la fiesta después del recorrido, será un pacto cerrado.

Alberto llega con su esposa e hija y en el recorrido ahora somos siete. Empezamos sobre la avenida principal, por la que pasan los camiones que cruzan gran parte de la GAM y del Estado de México, les digo que sobre esta, la Dolores Hidalgo, del 2 al 6 de enero se pone el famoso tianguis de juguetes donde trabajé año con año de los l3 a los 20 años y que visitarle de noche es otra gran experiencia y que solo se recorre en línea recta de Av. Gran Canal (por donde entramos) hasta la Av. Orizaba. Me preguntan si aún tengo familia que trabaje aquí y les digo que solo un par de primos siguen vendiendo en el tianguis de los Reyes Magos, como también se le conoce, pero ya no venden juguetes como tal, o sí, solo que ahora son drones que están muy de moda entre chicos y grandes.

Les digo que en esa esquina de Apatzingán y Dolores por la que pasamos, esta uno de los mejores caldos de gallina que he probado y que, de haber llegado temprano, hubiéremos podido desayunar unos tacos de tripa con una pancita en Los Chundos, lugar donde según dicen, algunos integrantes de Panteón Rococó caían ahí para curarse la cruda, ¿neta?, me pregunta Carlos, respondo que al menos, un poster firmado por algunos miembros de la banda, da legalidad al hecho. Lo que sí les aseguro es que en ese lugar como en algunos otros de la zona, a veces mi abuelo iba a trabajar ahí junto al trío en el que tocaba, cantando algunas canciones a ritmo de bolero.

Los llevo por la calle de Apatzingán hasta Villa de Ayala, porque quiero mostrarles donde estaba el puesto de mi papá cuando trabaja ahí y mientras caminamos, vemos ropa nueva de todo tipo, pero no de marcas de “renombre”, les digo que, en casi toda esa calle, la ropa es hecha por los mismos comerciantes o comprada de mayoreo en Canal del Norte, Mixcalco o Tepito, para después venir a venderla acá, seguramente de manufactura china. Al llegar a la esquina de Ayutla y Villa de Ayala, les muestro el puesto de dos metros en los que mi papá vendía lentes para el sol, cajetillas de cigarros americanos y casetes para grabar audio y video. Les cuento que ahí cuando niños, mi hermano y yo le ayudábamos a acomodar lo que se vendía para luego, después de desayunar, jugar casi todo el día al futbol, los tazos o canicas con otros niños que también estaban ahí porque sus papas eran comerciantes. Eso lo hice de los 6 a los 11 años, porque después me fui a ayudarle a mi abuela con su puesto en otra calle de la San Fe.

Hace poco le pregunté a mi papá el año en qué empezó a trabajar ahí en el tianguis y sin dudarlo, me dijo que comenzó en 1989, justo un año después de que nació mi hermano. Me dijo que empezó con ese segundo trabajo porque ya con dos hijos, los sueldos de maestros de la SEP que tenían él y mi mamá no les era suficiente para todos los gastos. Afortunadamente con ese puesto en el tianguis pudieron crecer y obtener más dinero que les permitió construir su casa.  De igual forma, al ver que el negocio iba en aumento, en 1992 mi abuela decidió también poner su puesto, uno enorme en el que vendía ropa de bebe y vestidos para niñas, que por muchos años fue muy redituable.

Al seguir caminando les muestro la peluquería en donde desde pequeño y hasta antes de cambiarme de casa, iba a que me cortaran el cabello, de los tres peluqueros que conocí de solo queda uno, que era el más joven. Les digo que a lado del puesto que era de mi papá y que ahora es de una amiga suya, vendían todo tipo de saldos que el Palacio de Hierro desechaba, desde ropa hasta juguetes, incluso muebles que se vendían a una tercera o cuarta parte de lo que lo hacían en las tiendas. Sin embargo, ya nada de eso está y ahora solo venden ropa de paca.

El calor sigue muy duro y las micheladas aún están escondidas, paramos en una tienda y compramos aguas y cervezas en lata, las bebemos mientras caminamos hasta llegar a la calle de Morelos en donde se vende ropa de marcas como Zara, Old Navy, Bershka, Miniso o Pull & Bear, a veces está más barato aquí que en las plazas. También les digo que hay tenis de la marca que quieran pero que se fijen bien porque la mayoría son clones.

Mientras camino voy recordando a esos personajes que cada domingo estaban en el tianguis, como un señor que vendía esas mal llamadas tlayudas (invención chilanga de una tostada verde de maíz a la que le ponen, salsa, nopales y queso), a bordo de un carrito de supermercado y que, de vez en vez gritaba ya llegó el sabroso, espantando a propósito a transeúntes que se le cruzaban en su andar de vendimia. O bien a otro señor algo mayor que, en silla de ruedas, cada domingo llegaba alrededor de las 2 de la tarde para ponerse en una de las esquinas del puesto de mi abuela y pedir dinero, podría regalarme un pesito, repetía una y otra vez a la gente que pasaba o se detenía en nuestro puesto a comprar. Sin embargo, algo no cuadraba con él, parecía que no necesitaba tanto de la limosna pues, al ir a recogerlo, muchas veces llegaba por él gente bien vestida y muchas veces hasta en coche se lo llevaban, lo más extraño que le vimos fue cuando lo cachamos comprando lencería muy sugerente con el dinero que obtenía en el día, algo gracioso porque lo hacía recurrentemente y cada que mi abuela lo veía en esa acción casi siempre repetía: con razón siempre desconfié de ese cabrón.

Ahora vamos por la calle 20 de noviembre en donde les digo que, en esos puestos, toda la ropa, aunque de paca, es original, aunque de dudosa procedencia. Ahí encontrarán también zapatos, carteras, cinturones, mochilas o lo que haya traído el camión decomisado, eso sí, siempre un poco más barato todo que en las tiendas departamentales, lo malo es que los vendedores como te ven te tratan y le suben el precio a su antojo, por eso mi hermano decía que había que ir disfrazados con la ropa más fea que tuviéramos.

Casi esquina con Cuauhtémoc, los llevo al puesto de ropa de paca en la que mi mamá nos compraba casi todo cuando éramos niños, les digo que aquí sí hay calidad pero que hay que meter mano sin miedo. La ropa de marcas americanas en ese puesto ronda de los 60 a los 200 pesos según le calculen los vendedores que entre chiflidos y gritos de:

 

Ropa ropa ropa barata

           Ropa ropa ropa se remata la ropa

                          Bara bara bara bara bara bara bara

                                        De a viente varos de a veinte varos

                            Damas damas de este lado ahí lo estamos rematando                  

                           De este lado de este lado de este lado ahí está la ropa bara

 

…siempre terminan por invitarte a sumergirte en esas montañas interminables de telas.

Después de algunos minutos buscando algo que valga la pena, Gabo encuentra un suéter y un par de blusas que no duda en comprar, después de eso, les muestro a lo lejos el teatro Carlos Colorado, nombrado así por el fundador del famoso grupo musical La Internacional Sonora Santanera.  Les digo que cada año por octubre, viene La Santanera y da un concierto gratuito que conmemora el aniversario de dicho lugar. Recuerdo que cuando vendía aquí, ese día la gente compraba mucho más o al menos, la asistencia al tianguis era bastante y siempre salíamos muy beneficiados con las ventas, solo que había que levantarse más temprano de lo habitual para que no nos ganaran el lugar algún otro comerciante.

Por fin encontramos unas micheladas que tardarán un poco porque las están preparando a escondidas desde una casa para que el operativo no los sancione. Compramos una para cada quien y mientras esperamos nos ponemos al día: el trabajo, la familia, la nueva bebe, todo parece ir bien. Les digo que es una lástima que ya no podrán conocer el lugar al que iba a tomar cervezas y a escuchar música en vivo con tríos de norteños que llevaban contrabajo y toda la cosa o bien, un par de esquinas en donde me tocó ver a bandas de rock y punk tocando mientras la gente con cerveza en mano, los veía sin ningún problema.

Seguimos caminando y la tarde empieza a caer, los puestos se están quitando y aún nos falta ir a los vinilos, sin embargo, al llegar al puesto ya es tarde y ya se han ido ante la amenaza de lluvia. Aún con sed, empezamos a buscar otro lugar donde tomarnos otra cerveza, pero no hay nada, decidíos caminar sobre Ejido y pasar por el último lugar que quiero mostrarles.

Casi esquina con Independencia, les muestro el lugar en el que estaba el puesto de mi abuela y en el que trabajé de los 12 a los 18 años, armando un puesto doble de seis metros de largo y tres de alto. Les cuento que entre mi hermano y yo armábamos ese puesto de tubos enormes y gruesos, tablones de madera pesadísimos y rejas que estaban más altas que nosotros. Siempre hubo alguien más que nos ayudaba, pero nunca constante porque no aguantaban el ritmo, los que más solo duraban algunos meses y los que no, si acaso dos semanas. Les cuento que la rutina era casi siempre a misma: llegar, armar el puesto, sentarte a desayunar de a rápido una torta de tamal con un atole y después, acomodar la ropa o lo que estuviéramos vendiendo. Más o menos nos tardábamos dos horas en todo eso, luego a las dos de la tarde, comíamos con un presupuesto de máximo 40 pesos que podían ser tacos, tortas, quesadillas o taco placero, uno decidía siempre y cuando no se pasara de esos 40 pesos por persona a menos que una tía llegara y nos invitara la comida, ahí si podíamos pasarnos del presupuesto. Luego como a las 4:30 si no había gente o vendimia, a levantar todo, pero eso ya era más rápido y en máximo de una hora y cachito, ya habíamos terminado.

Comienzo a mapearle a Gabo algunas cosas de esa parte del tianguis, le platico que a tres puestos del de mi abuela había una chica que vendía corsetería y que me gustaba, pero nunca le hablé porque era cinco años mayor que yo. Que justo atrás de ahí, estaba la casa donde guardábamos todo el puesto: lona, bancos, tablas, tubos, rejas. Que, a un lado de la iglesia, a mi abuela le gustaba comer caldo de gallina. En ese otro de allá, siempre que jugaba la selección, me acercaba porque eran los únicos que conectaban una televisión grandota para ver los partidos. Que justo en este enorme puesto de al lado, había un señor al que mis tías le pusieron el Rey Mago porque se parecía a Gaspar: robusto, de cabello largo y crespo, con barba larga casi rojiza. Ahí sus trabajadores gritaban uno de los slogans más buenos que he escuchado en un tianguis: señora de la vuelta y vuelta con la bolsa vacía y con la boca abierta, acérquese por este lado, pura ropita de calidad, bara bara bara.

Alberto ve que a unos metros de donde les cuento todo, hay una casa que vende micheladas, nos acercamos y bromeamos si sería seguro quedarnos, nos decimos que no pasa nada y que hemos estado en lugares más peligrosos, además soy de la San Fe y nunca me ha pasado nada ahí. Aunque esta casa no abre su patio, tiene bien delimitada la calle de Independencia para que puedas degustar tus bebidas sin temor a que pasen coches, éntrenle, no pasa nada, aquí la poli si nos da chance, nos dicen. Pedimos bebidas para todos, cervezas unos y azulitos otros, la música a ritmo de reggaetón ameniza el ambiente y nos dicen que, si necesitamos baños, podemos entrar a la casa con costo extra de 5 pesos.

En el andar nos quedamos con ganas de alguna que otra garnacha más que, hasta antes de la pandemia, eran muy usuales a lo largo del tianguis: quesadilla de sesos o de queso con huitlacoche, aguas frescas o algunas paletas de hielo, incluso nos faltó alguna espiro-papa o botana exótica. Quizás este domingo no tuvimos suerte o la pandemia hizo más estragos de lo que podemos creer.

Empiezo a recordar todas esas leyendas que del tianguis se han contado desde que comenzó a existir en el año de 1967: que venden drogas en cada esquina, que todo el tiempo roban, que todos los productos que venden son pirata o robados, que siempre estafan o que si entras ya no sales. También otras cosas más inverosímiles pero que de cierta forma, le dan un dejo de misterio al tianguis de la San Fe, como que, dentro de él, se ha vendido una turbina de un avión, un barco y hasta un cráneo de dinosaurio. No sé qué pensarían esos primeros comerciantes que decidieron empezar a vender aquí sus herramientas usadas y sus fierros viejos, pero sin duda, creo que estarían orgullosos de todo lo que se dice de aquí.

Sentados en la banqueta y en un par de bancos que nos dieron los de las micheladas, seguimos platicando de la San Fe y de otras cosas, lo gracioso es que estoy a tan solo unos pasos de donde antes trabajaba con mi abuela y eso me pone algo nostálgico. Dice Polo Pepo en ese himno que hizo de la San Fe que en este lugar parece que el tiempo se detiene, a ritmo de rock y punk, yo agregaría otros ritmos más como el high energy, las cumbias, las guarachas, el reggaetón, los gritos, los silbidos y hasta las carcajadas. Al final ya no sé si les di el recorrido a ellos o a mí mismo, solo sé que me gusta estar aquí, rodeado de amigos y divirtiéndome un rato, en uno de los lugares más significativos en los que he habitado a lo largo de mi vida.

 


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por María del Carmen Zapatero

 

Escribían como escriben los hombres libres.

Úrsula K. Le Guin sobre los hermanos Strugatski

 

 

La scifi cobró popularidad en la antigua Unión Soviética de la mano de los primeros cosmonautas. Cuando Yuri Gagarin volvió de su famoso viaje espacial, se declaró en favor del creciente fandom de la scientification. Escribió una carta a Saber y Poder, la revista que leía en su adolescencia, y recordó que se burlaban de él por consumir historias de astronaves que orbitaban el planeta. En el régimen estalinista, el género de la especulación llegó a ser considerado socialmente perjudicial; el texto debía estar sometido al servicio del Estado y a la conciencia de clase. La vida extraterrestre —en caso de existir— tenía que ser racional y comunista. El Partido leyó con ojos escrutadores muchas de las novelas de ciencia ficción que se escribieron en la URSS.

Una de ellas fue Pícnic extraterrestre o Stalker de los hermanos Strugatski (Arkadi, el mayor, lingüista; Borís, el menor, astrónomo). Juntos imaginaron la historia en las playas de arena y dunas de Komarovo, provincia de San Petersburgo, a orillas del golfo de Finlandia. Era febrero de 1970 y por entonces estaban terminando Ciudad maldita, otra de sus obras más reconocidas en el corpus de la ciencia ficción. Casi un año después, tenían un plan detallado y minucioso para estructurar la novela. Incluyeron en el título una palabra tomada de Stalky & Co., de Rudyard Kipling, y fue así como inocularon stalker en el imaginario colectivo. Iban a escribir a cuatro manos. Luego tendrían que enfrentar el examen de la censura.

Quizás el caso más célebre en el canon de la novela rusa de ciencia ficción sea el de Nosotros, obra escrita por Yevgueni Zamiatin en 1920, que nunca fue publicada en la URSS a pesar de haber sido autorizada treinta años más tarde y fungir como origen de la corriente distópica. La crítica literaria especializada la ha colocado como germen de ideas posteriormente desarrolladas por Aldous Huxley y George Orwell, con ecos hasta La naranja mecánica de Anthony Burgess. Los Strugatski comenzaron el borrador de su novela el 19 de enero de 1971 y para el 3 de noviembre de ese mismo año terminaron la redacción definitiva.

A finales de 1972, en la revista Avrora apareció una edición casi intacta de Pícnic extraterrestre, pero la editorial Molodaya Gvardia tardó casi una década en publicar su versión en libro. En el “Comentario” de Borís Strugatski a la reimpresión de 2015 por Ediciones Gigamesh, el escritor relata que la casa editora rusa era invariable año tras año con los «obstáculos» de la novela: “[…] quiten de Pícnic los muertos vivientes; cambien el lenguaje de Redrick Schuhart; introduzcan la palabra soviético cuando hablen de Kiril Panov; eliminen la tenebrosidad, la desolación, la rudeza, la brutalidad…”.

Luego de más de ocho años, catorce cartas a los comités centrales de revisión y doscientas humillantes correcciones —en palabras de Borís—, Molodaya Gvardia accedió a cerrar el contrato por la compilación. Ganaron los autores. Fue un caso excepcional en la historia de la industria editorial soviética. Pícnic extraterrestre ocupó un estante en las librerías de la URSS en el otoño de 1980. Andréi Tarkovski la había adaptado al cine apenas un año antes como Stalker. Los hermanos Strugatski no leyeron una página de aquellas publicaciones rusas hasta que aprobaron una versión en 1990.

Pícnic extraterrestre o Stalker, a diferencia de la novela de Zamiatin, es un peculiar relato de «primer contacto» y una suerte de «novela de advertencia». Trece años después de la «Visitación», alienígenas desconocidos que viajaron a la Tierra —y se marcharon sin interés alguno en sus habitantes— dejaron «zonas» de las que los «stalkers» extraen basura intergaláctica. Posteriormente la comercializan en el mercado negro como objetos de uso y provecho para coleccionistas o mafiosos. También los científicos están muy interesados en dicha extracción a escondidas de la policía.

Redrick Schuhart trabaja de día como auxiliar en el Instituto Internacional de Culturas Extraterrestres de Harmont y de noche utiliza su mono especial de stalker. Uniformes como trajes de buceo que resultan indispensables para protegerse del hostil ambiente que dejaron los visitantes. La zonas no son territorio humano. Hay fenómenos que desafían las leyes de la física, piezas excéntricas y enfermedades letales: vacíos llenos, gelatina de bruja, graviconcentrados, grietas, acumuladores infinitos, picapicas, lágrimas negras

Luego de entrar en la zona, en ocasiones junto con sus colegas Kiril Panov y Richard Noonan, Schuhart se percata que los «regalitos» cósmicos no traerán la paz mundial o un clima ideal, sino que representan un desafío al conocimiento, al destino individual y a la cosmovisión terrestre. El alienígena aparece como turista y no como invasor. La «Visitación» es el descubrimiento más importante en la historia de la humanidad y los stalkers, arqueólogos del futuro, encarnan al ser humano que se enfrenta a la ciencia y lo desconocido.

La búsqueda particular de la novela se centra en un objeto olvidado por los extraterrestres: La Bola Dorada, un cuerpo luminoso que posee la capacidad de conceder todos los deseos imaginables. Por esa razón la persiguen con insistencia tanto el Buitre Burbridge, stalker profesional a sueldo, como científicos del Instituto Internacional de Culturas Extraterrestres de la Norteamérica que proponen los Strugatski. La promesa final de Pícnic extraterrestre enunciada como “¡Felicidad para todos, gratis, y que todo el mundo se marche contento!”, no es solo la reducción de la fábula en tanto el fracaso soviético, tal como lo argumenta Úrsula K. Le Guin en su “Presentación” de la obra de Arkadi y Borís, sino además una conversación abierta sobre la posibilidad del contacto con otras inteligencias y los alcances del conocimiento humano.

Pícnic extraterrestre o Stalker de Arkadi y Borís Strugatski sugiere —a pesar de la persecución de la censura y otros obstáculos del mundo editorial— preguntas germinales en el amplio espectro del What if…: ¿Podríamos comunicarnos con inteligencias extraterrestres? En todo caso, ¿les interesaríamos? ¿En qué medida tales descubrimientos afectarían el desarrollo de la humanidad?  La novela de los hermanos Strugatski es en absoluto moralista o ideológica, sino que ofrece un pulso narrativo libre en el que se cuelan presupuestos filosóficos que critican tanto el capitalismo como el régimen comunista. Su discurso es escéptico y los personajes que la habitan solo piensan la felicidad en cuanto imposible. El mundo en la distopía puede ser fascinante, pero también hostil, desesperanzador y brutal.

 

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Referencias

Barceló, Miquel, Ciencia Ficción: Nueva Guía de Lectura. Barcelona, Nova, 2015.

Capanna, Pablo, Ciencia ficción: Utopía y mercado. Valencia, Gaspar & Rimbau, 2021.

Strugatski, Arkadi y Borís, Stalker. Pícnic extraterrestre. Barcelona, Gigamesh, 2015. Incluye la “Presentación” de Úrsula K. Le Guin y el “Comentario” de Borís Strugatski.


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.

Ilustrador
Maricarmen Zapatero
Estudió Diseño en el Instituto Nacional de Bellas Artes e Ilustración en la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Ha colaborado en distintos proyectos de ilustración para libros y publicaciones así como en medios digitales, proyectos independientes y de autoedición. Vive y trabaja en la Ciudad de México escribiendo e ilustrando sus propias historias
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

¿Alguna vez has escuchado sobre el blues del bosón de Higgs?

Voy hacia Ginebra, cariño, para enseñártelo.

Nick Cave and the Bad Seeds

 

Hace diez años fue descubierta la partícula de Higgs. Dicho hallazgo fue realizado por el CERN en el proyecto Gran Colisionador de Hadrones, puso en revolución a la comunidad científica y en especifico a la de la física moderna.

Un mexicano que trabaja en dichos proyectos es Gerardo Herrera Corral (Delicias, Chihuahua, 1963), con quien pudimos acércanos para hablar sobre el peso que conllevaba este descubrimiento, sobre el proyecto que realizó tal proeza y sobre la integración de este concepto en la cultura popular.

Gerardo Herrera Corral es doctor en Física por la Universidad de Dortmund, Alemania, y ha publicado más de 320 artículos en revistas internacionales especializadas en el área de física de partículas. Además, es autor de los libros Entre quarks y gluones. México en el CERN (2011), El Gran Colisionador de Hadrones (2013) El Higgs, el universo líquido y el Gran Colisionador de Hadrones (2014) y Universo. La historia más grande jamás contada (2016).

Desde 1994 trabaja en la colaboración ALICE del Gran Colisionador de Hadrones en el CERN, y desde 1997 es miembro del Instrumentation, Innovation and Development Panel del International Committee for Future Accelerators (ICFA). Fue presidente de la División de Partículas y Campos, así como de la División de Física Médica de la Sociedad Mexicana de Física.

También fungió como coordinador de uno de los cuatro proyectos aprobados en México de la Iniciativa Científica del Milenio apoyado por el Banco Mundial; y fue secretario de la Academia Mexicana de Ciencias.

Buenas, Gerardo. De inicio creo que sería importante precisar algo que ha llevado a malentendidos. Recuerdo que en su momento, cuando inició operaciones, corrió la leyenda de que el Gran Colisionador de Hadrones era la maquina del Apocalipsis y se juró que produciría la destrucción mundial (cosa que con el tiempo se comprobó que no iba a ocurrir). Entonces, ¿qué es el CERN y qué es el Colisionador de Hadrones? ¿Y cuál es tu participación en este espacio encargado del desarrollo científico?

El proyecto Gran Colisionador de Hadrones es un proyecto gigantesco al que no le ha faltado una típica cantidad de mitos desarrollándose alrededor. Cuando el hombre fue a la luna en los años sesenta en el Apolo 11, también surgieron muchas leyendas sobre la destrucción del mundo y del planeta. En ese aspecto, mucho tiempo antes de que el proyecto del Colisionador iniciara sus operaciones, un colega nuestro, Pedro Waloschek, escribió un artículo en una revista en la que se acostumbra que los lectores puedan escribir preguntas; lo que le ocurrió es que algún lector le preguntó si se podrían crear agujeros negros cuando dos protones colisionaran a muy alta energía. El contestó que sí, que efectivamente era una de las expectativas la generación de estos fenómenos y su detección, que incluso estaban previstos por algunos modelos y algunas teorías; el mismo Stephen Hawking predijo la generación de micro agujeros negros. Lo que es cierto es que Pedro Waloschek no dio una respuesta detallada de lo que eso significaría a nivel especulativo y del impacto físico de cierto fenómeno; de manera que el lector, y los demás, lo interpretaron de manera catastrófica. Se predijo que estos erguirían a nuestro planeta y acabarían con todo rastro de vida.

Después se desarrollaron otros mitos. Por ejemplo, la posible generación de strangelets, que son un tipo de partículas también previstas en lo especulativo pero solo en algunos modelos; son partículas que están compuestas por un quark extraño, el quarkstrange. Algunas ideas muy especulativas predicen que al contacto con otras, estas partículas las convertirían en extrañas. De manera tal aparición significaría una propagación en las que todas acabarían siendo constituidas por el quark extraño, y eso significaría el fin de la vida, el fin de la humanidad. Sin embargo, el proyecto inició en 2008 y en 2009 ya estuvo tomando datos. Justo en junio vamos a volver a la toma de datos. Serán ya 13 años de estar estudiando las colisiones de más alta energía.

El CERN es el Consejo Europeo de Investigaciones Nucleares. Fue creado en 1954, después de la Segunda Guerra Mundial, con diversos objetivos. Fue una propuesta original de Louis de Broglie, un físico francés Premio Nobel de Física, muy conocido por su participación en el desarrollo de la mecánica cuántica; Broglie propuso realizar un gran proyecto en Europa por varias razones: una de ellas, para evitar la fuga de cerebros que sufrió el continente durante la Segunda Guerra Mundial, en que muchos científicos se fueron, principalmente, a los Estados Unidos. La propuesta fue hacer en Europa proyectos ambiciosos que retuvieran a los académicos y a los físicos de alto nivel; pero, por supuesto, que hubo otras propuestas y otra que es muy importante, y que se sigue citando mucho, es la de traer a las naciones en conflicto para trabajar en tema de interés común son la ciencia y la tecnología; de manera tal que a finales de los cincuenta, se tenía cerca de Ginebra, en Suiza, un laboratorio en el que estaban trabajando ya los franceses, alemanes, italianos e ingleses, que eran las naciones que estuvieron en guerra anteriormente.

Otro motivo importante para su creación fue que estalló una bomba atómica en 1945 y continuaba una gran discusión sobre los usos de la energía atómica. Entonces, se buscó hacer investigación para usos pacíficos de la energía nuclear; lo cual tampoco acabó siendo una realidad porque el CERN se fue por el aspecto más básico de la investigación de la estructura de la materia. El CERN ha albergado ya muchos proyectos de partículas elementales. Acaban de celebrarse los 65 años del primer acelerador que fue construido ahí, el cual fue un Sincro-ciclocón de 600 mbs. En este se hizo el primer gran hallazgo: un decaimiento de una partícula subatómica, el pion. Después vendrían otros aceleradores como el Proton-ciclotrón, que fue inaugurado por grandes figuras como Neils Bohr. Y desde entonces se han venido desarrollando maquinas cada vez más poderosas para estudiar la estructura de la materia. La más reciente, la más grande, la más intensa, la de mayor energía en el mundo, es el Gran Colisionador de Hadrones.

Este es una máquina experimental gigantesca que permite el estudio de las preguntas fundamentales que nos planteamos como son: la existencia de dimensiones extras, cómo era el universo temprano, la posibilidad de que exista una microestructura, cómo surgen y cómo se rompen las simetrías en el universo, de qué está hecha la materia oscura; en fin, todas preguntas muy fundamentales de la física moderna. Está compuesta por es un anillo gigantesco de casi 28 kilómetros de perímetro, el cual se encuentra entre 100 y 150 metros por debajo del nivel de la superficie. En este se aceleran protones a la más alta energía jamás lograda y en la dirección contraria; de manera que hay cuatro puntos en el anillo en los que se hacen coincidir a los protones con los protones que vienen en la dirección contraria para hacerlos chocar a muy alta energía. Lo mismo se hace con iones pesados, de plomo. Estos son de interés porque al hacer chocar estos iones se alcanzan temperaturas muy altas, arriba de los 5 billones de grados; y en general se replican las condiciones de materia extrema que existían cuando el universo tenía tan solo diez microsegundos después del big bang.

Mi participación en el Colisionador tiene que ver con los cuatro puntos donde se realizan las grandes colisiones de energía. En esos cuatro puntos se han colocado detectores, grandes experimentos que se realizan para analizar qué es lo que ocurre. Uno de ellos es ALICE; como en Alicia, pero en inglés, que son las siglas de A Large Ion Collider Experiment (Gran Experimento Colisionador de Iones); está especializado para la colisión de iones de plomo a muy alta energía, de iones ultrarelativistas, que generan una temperatura realmente alta, y que se especializa en estudiar el universo temprano. Nosotros buscamos desconfinar a los quarks y a los gluones en algo que conocemos como plasma de quaks y de gluones, que hemos logrado, y que se crea cuando dos iones de plomo colisionan a muy alta energía. Este plasma debió ser el estado que tenía la materia en el Universo temprano, cuando la materia recién había comenzado entre diez y microsegundos después del big bang, a muy alta temperatura y densidad; y en el experimento ALICE recreamos, pues, pequeños big bangs, para estudiar cómo era esta materia primordial del que se generó todo lo que vemos a nuestro alrededor. Yo he trabajo ahí diseñando, construyendo y operando detectores para estudiar esta materia primordial desde México, a través de varias instituciones que hemos diseñado y construido detectores.

Hace diez años el mundo científico se sacudió por la confirmación que dio el CERN sobre la existencia del Bosón de Higgs. Sé que explicar la importancia de la partícula en la física moderna hacia personas no legas en el tema es una tarea titánica, pero también he visto que te has abocado a ella como una tarea de divulgación científica paralela a tu actividad institucional. ¿De qué herramientas te has valido para explicarla y cómo ha sido captado por la población, en especial la que no conoce el tema?

Empezaría aclarando que el CERN no confirmó la existencia del Higgs, sino que el CERN descubrió la partícula. No había algo que tuviera que ser confirmado. Existía una idea desde los años sesenta, una propuesta especulativa (como otras más), sobre cómo la materia adquiere masa; sobre cómo es que las partículas microscópicas adquieren una resistencia a moverse. A esa resistencia los científicos le llamamos masa. Y existían muchas ideas de cómo podía ocurrir ese fenómeno. Una de esas era el rompimiento espontáneo de simetría, que implicaba la existencia de una partícula. Pero eso no quería decir que ya estaba ahí y que nosotros la confirmamos. No, el descubrimiento se realizó en el CERN.

Es importante dejar claro que algo que no existe hasta que se le observa experimentalmente. Eso es importante aclararlo. Porque a menudo existe la idea de que ya se sabía y que solo se confirmó. No, no se sabía. Lo que sabemos lo observamos al hacer experimentos. Y eso ocurrió en 2012. El CERN estuvo tomando datos de la colisión protón contra protón desde 2009. Para 2012 había acumulado una buena cantidad de eventos que permitía buscar, entre ellos, la aparición de esta partícula. Efectivamente el cuatro de julio de 2012 se informó que había suficientes eventos para decir que se le había observado.

En 2013 se entregó el Premio Nobel a quienes habían hecho esa propuesta, entre otras propuestas que había para explicar la adquisición de masa. De manera tal que es un premio que no se otorgó al CERN porque el premio no se da a colaboraciones grandes; y en este caso del descubrimiento se dio el Premio Nobel a dos de los seis físicos teóricos que habían propuesto de manera simultanea ese mecanismo particular de darle masa a las partículas.

El Higgs, como todas las partículas subatómicas, es un campo. Ahora pensamos en términos de campos. La teoría más avanzada que tenemos para describir el mundo microscópico y la realidad, es algo que conocemos como Teoría de Campos; y en esta teoría, todas las partículas son manifestaciones, epifenómenos, de los campos. Lo que existe en la naturaleza son campos y a veces se manifiestan como partículas, y a veces como campos cuando interfieren o cuando ocurren otros fenómenos.

Entonces tenemos un campo del electrón, un campo de quarks y ahora, también, sabemos que existe un campo de Higgs. Este último lo permea todo, está en todas partes, y es un campo que interacciona con el de electrones, el de gluones, con los campos de los quarks; y al interaccionar con ellos les otorga una resistencia a moverse, les comunica y proporciona una masa. De manera tal que así podemos explicar que esas particulas subátomicas tengan una resistencia a moverse, tengan una cierta inercia. Por supuesto que hay partículas subatómicas elementales que no tienen masa, que no tienen una resistencia al moverse, por ejemplo el campo electromagnético como la luz, donde los fotones no tienen masa. Estos viajan a la máxima velocidad posible porque no tienen una resistencia a moverse. Y entonces, ese es un campo que no interacciona con el Higgs.

Así podemos entender lo que ocurre en el mundo microscópico. Es como si estuviésemos en una piscina y el agua fuese el campo de Higgs; y los objetos que interaccionan con el agua tienen dificultad para moverse en ella. Cuando más grande es el objeto, mayor dificultad y más resistencia a moverse porque interacciona con el agua. Esto es una metáfora incorrecta, estrictamente hablando, pero que sirve como imagen plástica para entender un poco lo que ocurre en el mundo microscópico.

Ya incluso antes del descubrimiento de Higgs, esta ya había formado parte de la cultura popular, en especifico de la ciencia ficción. Posteriormente, ha sido utilizada con más facilidad en argumentos de las series Dark y del videojuego The death stranding. También Nick Cave ha compuesto una canción en la que lo menciona, pero más como un pretexto para hablar de otras cosas. A ti que, seguro, te ha tocado ver la integración de este concepto científico en la cultura popular, ¿qué sensaciones te ha provocado? Sé que eres un lector constante ya que en tus redes hablas de las lecturas literarias que estás realizando pero, también, ¿eres consumidor de ciencia ficción?

Sin duda, este como muchos otros avances de la física de partículas o de la investigación o de las especulaciones de los físicos, ingresan rápidamente a la ciencia ficción. Es efectivamente algo muy conocido y visto en otras ocasiones. El Higgs no es el más fructífero; yo creo que más fructíferas son las dimensiones extras, que también se buscan en el Gran Colisionador de Hadrones. Incluso hay algunos que entraron en la ciencia ficción mucho antes que en la ciencia seria. Es el caso de la quinta dimensión. Creo que ya en el Siglo XIX, H.G. Wells ya hablaba de la posibilidad de ver de otras dimensiones extras, y de viajes en el tiempo, también; mucho antes de que se tomara con seriedad.

El Higgs ha entrado muchas veces, como las que tu mencionas aquí, y eso yo lo veo como algo positivo. Entró en la cultura popular muy rápido, en buena medida, gracias al titulo que le dio Leon Ledderman a su libro: La partícula de dios. Algunos lo tradujeron en español como La partícula divina. En inglés era The god particle. En realidad, en inglés, el origen del titulo es bastante trivial: Leon Ledderman escribió este libro con Teresi, un editor muy bueno de divulgación científica, y fue quien hizo la mayor parte de la escritura; en mayor medida con las visiones de Ledderman. Y los que conocimos a Leon Ledderman sabemos que era un tipo bastante bromista, de muy buen humor, y cuando terminaron el libro y pensaron en el título del texto, Ledderman propuso ese porque, de inicio, el libro fue escrito antes de que fuera descubierta la partícula; y trata mucho sobre esta, porque era la única que nos faltaba para completar el cuadro completo de las partículas elementales. En varias ocasiones, se refiere a que dicha particular partícula no aparecía, entonces propuso que el libro se llamara la condenada partícula (the goddam particle), pero por supuesto que Teresi que no aceptó con mucho agrado esa propuesta de titulo y suprimió el “dam”. Y quedó The god particle, que es un titulo que dio muchas ventas porque suele ser un titulo muy atractivo para la gente.

Yo pienso que esa fue la puerta de entrada del Higgs a la cultura popular, a las masas, porque a la gente le inquietó mucho. Esto ocurrió a tal grado que tras ese título, se le transfirió al Gran Colisionador de Hadrones –en muchos libros, en muchos países, en diversos medios, periódicos, artículos de revistas– el nombre de ‘la maquina de dios’. Porque se suponía que ahí se iba a producir al Higgs, que ahí se generaría a la partícula de Dios. Ese es un poco el camino que tiene el Higgs en la cultura popular. Efectivamente, el Gran Colisionador de Hadrones empezaría a trabajar en 2009 y para julio de 2012 estaba anunciando el descubrimiento del Higgs, la ‘partícula de dios’, y por supuesto que las inquietudes de la gente eran mayores, ya se venía a corroborar la propuesta, y las preguntas surgían.

A mí me tocó mucho dar charlas sobre el tema y responder preguntas de la gente en ese sentido. Y poder ver que la gente ya lo había incorporado a su bagaje cultural. También hay varios recuentos de cómo le preguntaban a Leon Ledderman sobre el tema y las cosas que contestaba, siempre con humor: en una de las entrevistas que da con un reportero, este le pregunta por qué se le brinda tal nombre y Ledderman le responde que es una partícula que está en todas partes, que es un campo que lo permea todo. De manera que es un campo omnipresente.

Dijo que era muy probable que este campo haya jugado un papel muy relevante en el origen del Universo, porque actualmente consideramos que el campo de Higgs pudo haber sido crucial para la inflación cosmológica, que tuvo lugar cuando el Universo tenía apenas 10 a la menos 35 segundos. Es gracias a ese proceso inflacionario, que el Universo se estabiliza. Y es por el cual existimos. Y en buena medida, la explicación que dan los cosmólogos para la inflación es la existencia de un campo escalar que se parece mucho al Higgs, y se dice que la partícula podría ser la responsable de la creación del Universo. Todo eso lo contestó Ledderman. Y luego añadió: Bueno, por eso le pusimos así al libro pero, también, porque de esa manera iban a mejorar nuestras ventas. Hacía ese tipo de respuestas bromistas altisonantes, glamorosas, que le daban sentido al nombre pero que en realidad fue una cuestión casual.

Creo que la parte más poderosa del potencial que tiene el Higgs en la ciencia ficción, tiene que ver con su papel fundador del Universo. Es el Higgs es el que responsabiliza por hacer que este creciera desde su tamaño de miles de millones de veces más pequeño que un protón, hasta alcanzar aproximadamente un metro y luego estabilizarse; porque es gracias al Higgs que la radiación primordial adquirió una resistencia a moverse, de manera que después del proceso inflacionario había ya materia. Es decir, partículas con masa, con resistencia al movimiento que podrían ya comenzar a formar estructuras, las primeras, que le darían cierta estabilidad al Universo. Esa parte del Higgs es, por supuesto, muy imaginativa. Y está llena de posibilidades para la ciencia ficción.

 


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Laura Sofía Rivero. Fotografía de Víctor Benítez.

Actualmente, la literatura vive un sometimiento del mercado que amenaza constantemente la creación. Un ejemplo que me viene a la mente es cuando, detrás de un importante premio literario, estaban tres hombres guionistas ocultos en un seudónimo femenino. La crítica, por supuesto, es por el “discurso” de estos tres hombres como “víctimas” de un sistema editorial que no los publica, según ellos, por ser hombres.

Independientemente de la moral detrás de este discurso, creo que estos autores en realidad demostraron que, efectivamente, la industria editorial está operando de cierta manera que más que congruente resulta lucrativa, utilizando la cuota de género como una estrategia absolutamente comercial.

Esta problemática no solo invade los espacios de los grandes sellos editoriales, probablemente también permea en otros proyectos editoriales y sellos independientes que buscan un lugar en la mesa de novedades.

Las antologías literarias cada día toman más relevancia. Al mismo tiempo que publican muchas voces jóvenes y nuevas plumas, estas nobles publicaciones no están exentas de lo que parece ser un vicio de la industria. Conversé con Laura Sofía Rivero en relación a su libro Dios tiene tripas, que ganó el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020, y en forma de anécdota me contaba cómo se ven golpeados por este problema aquellos proyectos que recolectan voces jóvenes.

Laura Sofía Rivero. Fotografía de Víctor Benítez.

Laura Sofía Rivero. Fotografía de Víctor Benítez.

El libro de Laura tiene como punto central la caca, así como nuestra relación íntima y colectiva con aquello que nos resulta incómodo compartir con los demás aunque sea para hablar de ello. El tabú de verbalizarlo y la reflexión en torno a cómo tenemos una necesidad de ocultar todo lo relacionado con lo escatológico.

El texto que Laura mandó para una antología de jóvenes escritoras a la que la invitaron fue precisamente el ensayo con el que comienza Dios tiene tripas. La buscaron particularmente a ella porque había poetas y narradoras pero no ensayistas para esa edición.

– Queremos algo más femenino –, le dijeron a Laura Sofía al recibir el texto. – Por qué no nos mandas algo más como tu relación con la naturaleza o con la maternidad–.

¿Qué más femenino puede ser si lo escribí yo misma? Me dijo. ¿Qué más relación con el cuerpo que la caca? ¿Por qué escribir de maternidad si es un tema que ni siquiera me cuestiono o me interesa? Sentí que me estaban obligando a escribir sobre temas que ni siquiera me importan.

En ese sentido, algo que me parece muy positivo de los premios es que te lean sin saber quién eres, mientras que en otros espacios publicar tiene que ver más con quién eres y cuántos seguidores tienes.

Laura Sofía Rivero. Fotografía de Víctor Benítez.

Laura Sofía Rivero. Fotografía de Víctor Benítez.

El mercado no esconde sus intereses como nosotros ocultamos lo escatológico. Estos intereses pueden determinar mucho las conductas de los artistas que hoy necesitan espacios para difundir su obra.

La reflexión sobre la creatividad es algo que está presente en muchas y muchos creadores, sobre todo jóvenes. Me parece que cuestionar el sistema y crear obra, a pesar de estos claros lineamientos, es una especie de disidencia ante la ola inminente del mercado y la industria, que toman como bandera a grupos y causas vulnerables al mismo tiempo que los banalizan con tal de comercializar a cuesta de ellos.

Para Laura, la creación es algo que va separado de la figura de autora. Las responsabilidades, e incluso las actividades de cada rol, van quizás hasta en direcciones opuestas. Laura escribe los libros que le gustaría leer. La industria, por su parte, exige una figura de autor. No parece bastar con la calidad literaria, sino que exige el reconocimiento de la conducta social del que escribe.

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Me resulta inevitable recordar las conversaciones que he tenido con varios otros autores que ya han publicado en sellos reconocidos y la reflexión de cómo los contratos ahora puntualizan la necesidad de tener actividad en redes sociales personales como parte de la campaña de comunicación y promoción del libro. Es decir, algunos sellos están buscando promover a los autores por encima de su obra.

Ha sido clara esta parte del proceso en el que escribir es un acto autónomo y personal, que no necesariamente depende de la industria, sino que se llega ahí quizás como una consecuencia.

Como lectora, me acerqué al ensayo porque era el género que me hacía pensar en cosas que no pensaría si no hubiera leído ese texto. Para mí, la mejor experiencia como lectora es cuando, a través de un texto, puedo pensar en cosas que ese día no me habrían pasado por la cabeza sin esa lectura.

Me gusta leer no solo para tener de tema lo que sucede en la vida pública o las redes sociales. Cuando la literatura parece recoger los mismos temas de los que se está hablando me desespera mucho como lectora.

Al ser un producto de sí mismo en las redes sociales, también detesto esa parte de escribir. Me gusta mucho escribir pero me molesta ser escritora. Mi vocación profesional es ser maestra y me parece muy ajeno esto de tener que hacerse publicidad.

La literatura está pasando por un momento de mucho reflector, que pudiera resultar complicado para la creación. Por eso mismo, al igual que Laura Sofía, considero que los premios –por lo menos algunos– tienen esta virtud de confiar ciegamente en lo que creen, sin la necesidad de encontrar una causa de la cual colgarse al mercado. Quizás esto sea la parte más loable de una editorial y me hace confiar en que seguiremos leyendo el pensamiento crítico de las nuevas plumas a pesar de lo que suceda con el mercado y la industria.

Laura Sofía Rivero. Fotografía de Víctor Benítez.

Laura Sofía Rivero. Fotografía de Víctor Benítez.


Autores
(Xalapa, 1991) Es fotógrafo de retrato; su trabajo como tal está plenamente comprometido con la industria cultural. En 2017 comenzó su proyecto “Cartografía íntima: Habitaciones literarias” que ha documentado a más de 150 autores residentes en México, Italia, España, Francia, Suiza y Alemania; entre ellos: Jordi Sierra i Fabra, María Fernanda Ampuero, Yásnaya Aguilar, Emiliano Monge, Santiago Gamboa, Carmen Boullosa, Camila Fabbri, Patricio Pron, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos, Lorea Canales y Jorge Carrión. Su trabajo se ha exhibido en el Seminario de Cultura Mexicana, el Fondo de Cultura Económica y la Galería Oscar Román de la Ciudad de México, así como en distintos recintos culturales de la República Mexicana. Ha hecho documentaciones especiales para la Presidencia de México, el Proyecto Cultural Chapultepec, el Fondo de Cultura Económica, el Colegio Nacional y el Seminario de Cultura Mexicana y recientemente ilustró un boleto conmemorativo de Lotería Nacional para el 80 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana.