Tierra Adentro
Archivo Warpola
Archivo Warpola

Espero, Copy, que un día me perdones. Ya tienes tu primera novela. Era lo que más querías en esta vida. Espero que alguien se digne a publicarla. Está hecha con tus cuentos.

Los cuentos que escribías cuando eras joven. Cuando creías. Cuando escribías.

-André Gaspar. 2012

 

“Frank Kermode, es importante decirlo, considera la ficción como una imagen temporal del mundo ordenado conforme a la proximidad de un final. Este “Final” presupone un “principio” que lo determina. La relación entre el “principio” y el “final” dota de un lugar y sentido a los acontecimientos que se ubican entre ambos. El escritor de tradición apocalíptica desarrolla de esta forma un discurso de autorreferencialidad. Dejemos que Frank nos explique. “Frank: el Apocalipsis depende de la concordancia entre el pasado imaginativamente registrado y el futuro imaginativamente predicho, alcanzando a nombre de nosotros, los que permanecemos en medio.” Con estas reflexiones terminan las páginas de la obra impresa Meth-Z (Tierra Adentro, 2013) de Gerardo Arana Villarreal. Lo que propician estas ideas de Kermode es una falsa temporalidad, una falsa causalidad, una aparente relación entre dos puntos de sentido.

 

El 26 de abril de 2012 falleció el hermetropolitanx, hijo de familia, amigo, poeta, narrador, novelista, productor, esposo, maestro Gerardo Arana Villarreal, al poco tiempo de terminar de escribir su primera novela. Todo fue tan rápido, se pudo imaginar tantos futuros alternativos de su obra, otras potencias, mil millones de cuartillas más y diversas publicaciones. Pero su muerte fue el principio de su rápida consolidación en la tradición de la escritura ¿búlgara?, ¿mexicana? y de Ciudad Hermes. La obra apocalíptica de raigambre autorreferencial se expandió en microsegundos tras el fallecimiento de su autor. Su obra se habría publicado ineluctablemente, habría sido un bestseller si tan sólo la hubiese concluido y publicado años más tarde en internet. Las fugas de la imaginación son aplastadas por los sinsabores de la vida.

 

No diré que no siento un poco de síndrome del impostor al escribir este texto en homenaje luctuoso, pues no conocí a Gerardo Arana, pero como dijo alguna vez Canek Zapata “Pero es gracias a él que he conocido a muchxs de mis mejores amigxs. Creo que ese es un gran legado”. Hay un doble movimiento de cercanía y distancia que atraviesa este obituario. Gerardo Arana, nombre de una serie de afectos generacionales que mueven pasiones, que producen encuentros, que motivan diálogos, que crean un entramado de relaciones desde el amor entre ideas y cuerpos. Se rumora que si vas a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con un libro de Gerardo alguien se te va a acercar a preguntarte medio en reto por qué conoces a Arana o por qué tienes el libro o si quieres hablar de lo increíble que es. Háganlo, siempre pasa, es una experiencia particular. No conocí  al autor, pero Pegaso Zorokin me cambió la vida.

 

Debo a la conjunción de un espejo y de una antología de poesía joven el descubrimiento del flaco. El hecho se produjo hará unos ocho años. Andrés Paniagua cenó conmigo esa noche, nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, donde el narrador omitiera o desfigurara los hechos para incurrir en diversas contradicciones que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal.

Tiempo después comencé una investigación sobre una novela imposible y viajé a Querétaro porque Cristina Rivera Garza sospechaba que algo tenía el agua de Querétaro, algo que propició la escritura de Gerardo Arana y la editorial Herring Publisher. Tenía que descubrirlo. Al llegar a la ciudad fui a la librería La Comezón, donde se rumoraba estaban los últimos ejemplares de La máquina de hacer pájaros (2008) y Bulgaria Mexicali (2011). Entré con sigilo y comencé a ver la disposición: una mesa grande al centro con libros y más libros al rededor. Encontrar libros pequeños con más de diez años iba a ser difícil. Me acerqué y pregunté sin esperanza si tenían algún libro de Gerardo Arana, me voltearon a ver con extrañeza, como si supiera algo que no debería de saber. Me dijeron -la novela está agotada, por ahí están los otros. Tengo la novela, ahí comenzó todo. Okey, okey. Me acercaron la nueva edición de Herring Publisher de Bulgaria Mexicali, La máquina de hacer pájaros y Bonus track. También me dijeron donde estaba la colección de Letras de Querétaro pero que no sabían qué quedaba. Me encontré el último ejemplar de la primera edición de La máquina y otro libro que me sonaba conocido, de un tal Horacio Lozano, les pregunté que qué tal estaba y quién era él, me dijeron con una risa entre dientes que era Horacio Warpola. Se abrió el espejo. Horacio Warpola es un poeta experimental muy querido por amigos del extinto DF y según entendía amigo de Arana. Compré todo. Con ese pacto me dijeron que al día siguiente habría una presentación editorial, que quizá venía Oliver Herring y que se iba a poner chido. En ese viaje fui a muchos lugares, conocí a gente increíble, escuché poemas alucinantes y perseguía a un fantasma del que todos hablaban y nadie sabía todo.

 

Nadie puede saber todo de una persona, menos de una tan fuerte y con tanto como Gerardo Arana. De todos los lugares a los que fui, cada persona con la que hablé tenía algo que decir de él. Quienes lo conocieron contaban historias y, quienes no, hacían crecer el mito. Lo cierto es que no se podía hacer caso omiso de su existencia. En Juriquilla, frente a una barbacoa, concluimos que Querétaro se dividía en tres: quienes conocieron a Gerardo, aquellas que lo habían leído y sabían cosas y las que tras oír breves comentarios sentían una curiosidad insaciable por leerlo y adentrarse en su lectura.

 

Meth-Z tiene como personaje principal a Pegaso Zorokin, Maria Eugenia; luego a André Gaspar, Copy & Hack. Pegaso Zorokin, como lo conocemos sus amigos y lectores, nació un día del siglo XX, o tal vez del XXI o XIX en Ciudad Hermes, lugar de residencia de los Neónidas, escritores de un blog y una serie de fiestas paganas, entre sus miembros está Madamme Barbarella, Horacio Warpola, Antonio Tamez y José Velasco. Ubicada al sur de los Estados Unidos entre Santa Teresa y Bulgaria. Para los derechos de sus escritos, el joven Gerardo Arana Villarreal (1987–2012) le encargó a Daniel Malpica y a Oliver Herring los manuscritos. Pegaso Zorokin siempre quiso escribir una novela, pero en su lugar se enamoró de María Eugenia y se drogaba mucho. Es un escritor bastante incómodo en la profesionalización neoliberal del escritor en este país, pues sólo tiene la intención de escribir una novela, algunas notas sobre las drogas, crónicas laborales, cartas de amor y esquemas de inventos. Él era muy tímido, pero de haber gozado de fama sin duda habría sido incluido en Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas.

 

Pegaso Zorokin pertenece a ese espectro de autores que teniendo las ideas pudieron escribir una gran obra literaria, pero prefieren no. I prefer not to. Kafka se dijo a sí mismo que sólo se podía escribir sobre la imposibilidad esencial de la escritura. Zorokin se habría llevado bien con el praguense. Habrían no escrito muchas aventuras juntos.

El hermetropolitanx se llegó a ganar la vida como psicólogo, como vaquero exitoso en películas westerns, como botarga de anime y como practicante de hechicería, para todo ello utilizó la literatura como método. Ordenemos la narración. Ordenemos la vida. Ordenemos pensamientos. Problema suficiente para una novela, para un libro de ensayos o para un cuento. Cuando los personajes son ideas y la estructura de la narración está inspirada en la personalidad de un drogadicto, de un amante, todo indica un desastre.

Meth-Z es una modulación de un libro imposible. “La idea es armar un libro. Hacer un libro. Aquí lo interesante es que el proyecto es hacer un libro y una película acerca de un hombre que es un libro. Tomamos un pdf con toda mi obra completa, o séase todos mis trabajos de la universidad, todos mis cuentos. Ni siquiera los voy a editar, es tanto que nadie los va a leer”, dijo mientras caminaba Gerardo Arana.

El libro, si ahora existe, no es más que el mismo Pegaso Zorokin; Meth-Z la droga-virus mediante la cual Zorokin se fue apoderando poco a poco de la mente de los jóvenes. Narrador abducido.

Para cuando salió se volvió un bestseller de culto inmediato. Las librerías Educal, desconcertadas, no sabían por qué hordas de personas llegaban pidiendo ese libro. Desconociendo, naturalmente, que Pegaso se había apoderado de la mente de todos ellos. Rápidamente se agotó y volvió a ser un secreto a voces. Sólo reconocible al inhalar la piedra.

Esta es una novela y estoy consciente de que las novelas necesitan un conflicto. Recapitulemos entonces. El problema de esta novela es que Pegaso es un drogadicto. Pero utiliza la droga como método para escribir. Consciente del peligro, Gerardo Arana le facilitó a Zorokin las drogas y el material para escribir. El problema es que, además, estaba enamorado. Nada más peligroso que escribir drogado y enamorado. Del romanticismo tardío parece que aprendieron todo. Sus hazañas son relatadas en Meth-Z, Met Zodiaco y Pegaso Zorokin. No, no, no. Todos ellos nombres comerciales. El texto es el texto es una rosa es una rosa el texto.

En ese espíritu postromántico wherteriano, Gerardo Arana comenzó a escribir el libro con el apartado Anarcosentimentalismo. Escrito después de unas cervezas entre amigos, una noche sin dormir. Posiblemente un viernes 17 o sábado 18 de julio en el marco del curso-taller de la fundación para las letras mexicanas en Xalapa que se llevó a cabo del 13 al 25 de julio de 2009.

Ese mismo día, durante su paseo por la ciudad, Gerardo Arana y Daniel Malpica se subieron a un monumento, la obra del escultor Barremo; un busto fundido en bronce de Manuel Maples Arce al que ambos escritores en ciernes se subieron y comenzaron a recitar el poema “Tabaquería” de Álvaro de Campos. A veces me gusta imaginar que ahí, en ese monumento destruido que ya no tenía ni el rostro del poeta, con ese hechizo anti-nacionalista poético nació Pegaso Zorokin. Como si la posibilidad de refundar estridentópolis fuera puesta en práctica. Había en ese gesto de reapropiación, la posibilidad de escribir una novela desde una tradición en decadencia. Había que fundar nuevamente la literatura, una cama, nuestro país.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza
y el Dueño de la tabaquería sonríe. (De Campos)

Meth-Z es un texto cuyo núcleo temático es la creación de la escritura. ¿Cómo escribir?, ¿para qué escribir?, ¿de dónde proviene el impulso de escribir?, ¿cómo el sujeto se enfrenta a la invención? Todas estas preguntas parecen llevarnos a terrenos especulativos de la psique humana, los orígenes del lenguaje y otros terrenos poco seguros de explorar. Pero Arana, desde la ficción, responde que uno escribe por cualquier cosa y todo el tiempo. La máquina de hacer pájaros es el gesto radical de la creación literaria: una ensoñación de Zorokin sobre la creación de su droga. La droga como recurso narrativo dentro del libro permite seguir narrando, la vida de los personajes se mezcla con la de Arana y éstas con las referencias literarias y ensueños de los tres, porque, aunque ya no es una máquina literalmente, la droga permite procesar las subjetividades: sueños, recuerdos y lecturas. Se pierde el piso de realidad y el libro funciona como una serie de relatos interconectados. El objetivo de intrincar relatos a través de la pérdida del sentido de realidad de los personajes por medio del elemento de las drogas es representar los procesos de un hipertexto: un todo literario donde lo mismo se escribe el libro en el que se lleva a Ítalo Calvino a Howarts o se rentan películas en un Blockbuster.

 

Ricardo Piglia decía que lo que más rescata de Roberto Arlt era que en un campo cultural que tenía como referencia a Jorge Luis Borges estaba diciendo que cualquiera podía escribir. Eso impulsó a muchos a hacerlo. Desacralizó la escritura. En cierto sentido Meth-Z dice a los jóvenes escritores que la literatura está en contar historias, en los viajes en ácidos, en las películas que ves, en los videojuegos que juegas, en los chats con tu novia, en todas las lecturas revueltas de la educación básica, en fin, en el acto de escribir. A lo largo del libro distintos personajes avisan 49 veces de distintas maneras que van a empezar a escribir un libro. Sitúa al plano de realidad del siglo XXI como un plano de inmanencia lleno de experiencia que vale la pena ser narrada. Es ahí, en ese vuelco, que la novela importa y excede su diégesis, es la fuerza de los sueños de varias generaciones sacralizada dentro de los estándares de la literatura nacional que, al devolverse al lector, le dice: tú también puedes comenzar a escribir el libro.


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

I.

 

En el origen, Carlos Oswall,

pensó en Cristo

sosteniendo al mundo

en una mano,

y en la otra,

las cuatro estaciones de madera.

No sabemos cuál mano

contuvo qué.

 

No importa mucho.

 

Ambos símbolos.

Aún en boceto

pesaban por igual.

Como si de una Temis brasileña se tratara.

 

En el segundo principio,

Paul Landowski decidió dejar a Jesús

con los brazos abiertos.

Lo amamantaron de hormigón en Francia.

Un pesebre francés

con un buey francés,

y un caballo francés.

 

El vientre de María

tardó cinco años en amasar

la divinidad del niño

que nació de complexión treintañera

(el verdadero milagro)

en octubre de 1931.

 

En ese año Brasil

también cantaba lullabies

a los infantes de la poesía concreta.

Y en las calles

aún el polvo

de una Revolución

apenas terminada.

 

 

 

 

II.

 

Hay sobre la montaña un hombre.

Y arriba del hombre un cielo.

Y adentro de ese cielo está Lêdo Ivo

repitiendo una letanía

que es tan vieja como la sangre.

Ahora no recuerdo la oración completa.

Tenía que ver, por supuesto,

con el tiempo,

con las olas,

y con esa pulsión

en medio

que procura

que dos sustancias

irreconocibles,

irreconciliables,

concedan tregua

por un momento.

 

 

III.

 

Nunca he estado en Brasil.

No sé nada de sus aves,

ni de cómo se robaron,

así, pequeñas diosas,

todo el color del mundo.

 

Tampoco sé nada del río de Brasil,

o de su canto,

o del veneno que habita

debajo de sus piedras.

 

De su lengua solo intuyo,

torpemente,

una manera de nombrar

que es hermana de mi manera.

 

Y así, cuando mi Español calla,

la otra lengua,

decide entonces,

regalarme el sonido

de las cosas que no tengo.

 

Y así, cuando Carlos Drummond de Andrade

me invita a renunciar al llanto.

(Vamos, não chores / A infância está perdida.)

Yo solo pregunto,

¿cuál llanto?

 

 

 

 

IV.

 

…también esa noche supe que el diablo es hijo de Dios.

                                                              Facundo Cabral

 

Gheorghe Leonida

recibió la visita del diablo una noche.

Y el diablo, siendo tan impecable vendedor

como siempre lo ha sido

desde que les puso precio a las manzanas,

le ofreció al rumano

la posibilidad de conocer a Dios

a cambio de poner sus palmas

sobre carbón encendido.

 

Leonida no hizo ningún gesto.

Y acarició el lomo del carnero

que ocupaba casi todo el cuarto.

 

Sintió la brasa pegarse a los dedos

como si fuera jalea.

No sintió calor.

No sintió eso

que le pasa al papel

cuando reniega de los símbolos.

Y comenzó a moldear

la pasta púrpura

hasta que consiguió

una silueta de dos patas.

 

Semanas más tarde,

Gheorghe conoce a Paul Landowski

en el París de 1925.

Ambos platican sobre un sueño

donde una bestia aparecía

al lado de la cama

enseñándoles la forma incompleta de Dios.

 

Paul dijo, yo tengo el cuerpo y la carne.

Leonida dijo, yo tengo el rostro y los cabellos.

 

Se sabe que ninguno de los dos

se dio la mano,

sino hasta el Brasil de 1931.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
4ta Edición publicada por Alfaguara

Doce horas que son doce días que son, finalmente, el recuento de una vida marcada por la pobreza y el hambre, la lucha intestina y la imposibilidad del amor, el tiempo circular que lo mismo acerca a la muerte que la niega, la crueldad de la carne marcescible. Tres pronombres que son uno sólo: el presente inmediato, la consciencia de la muerte y la historia de una vida. Es Artemio Cruz y la advocación de la muerte del ideal, del escepticismo ante el fracaso revolucionario y las páginas sanguinolentas que de él emergieron.

En 1939, Francisco Javier Santamaría, autor del Diccionario de mejicanismos, publicaría el libro La tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre. En él, daría cuenta de la matanza de Huitzilac —hecho que quedara marcado con sangre en la historia mexicana y en su literatura, principalmente por La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán— y cómo, sin ser partidario del General Francisco R. Serrano, compartió la infausta suerte de su apresamiento junto a Carlos A. Vidal, Miguel y Daniel Peralta, Antonio Jáuregui, entre otros, hasta atestiguar la ejecución de los serranistas ordenada por Claudio Fox.

 

En caliente todavía, pero fuera de la patria; al calor y al abrigo de tierra extraña, frescas las sensaciones que, en una larga cinta trágica, como una visión macabra, acababan de pasar por mi espíritu, me puse a escribir impresiones y sensaciones […] que llegaron a formar un libro.1

 

Este libro, publicado a instancias del semanario Hoy, dirigida por Regino Hernández Llergo, un tanto olvidado, quizás por la carrera política de su autor o empañado por la singularidad del mencionado Diccionario de mejicanismos es parte de un corpus mayor: la novela de la Revolución. Es evidentemente azaroso, como toda generalización, el poder encauzar toda una corriente —ya sea por temperatura epocal o lineamientos ideológicos contextuales— en un solo estero. En 1960, a cincuenta años de que se iniciara el movimiento revolucionario en México, Antonio Castro Leal publicó La novela de la Revolución Mexicana, para Aguilar Ediciones. En los dos volúmenes que constituyen la antología, Castro Leal reunió veintiún textos de una docena de escritores, además de una cronología de los hechos del proceso bélico, un índice de nombres y una amplia bibliografía en un trabajo editorial puntilloso y disciplinado. En la introducción, el también editor de Las cien mejores poesías mexicanas, de 1935, consigna la que por antonomasia es la definición de este fenómeno literario:

 

Por novela de la Revolución Mexicana hay que entender el conjunto de obras narrativas, de una extensión mayor que el simple cuento largo, inspiradas en las acciones militares y populares, así como en los cambios políticos y sociales que trajeron consigo los diversos movimientos (pacíficos y violentos) de la Revolución, que principia con la rebelión maderista el 20 de noviembre de 1910, y cuya etapa militar puede considerarse que termina con la caída y la muerte de Venustiano Carranza, el 21 de mayo de 1920.2

 

Suele considerarse a Los de abajo, de Mariano Azuela, como la novela que inicia esta corriente narrativa; sin embargo, hay que considerar que se publicó, por entregas, en El paso del Norte, de Texas, en 1916, y sólo se conocería ampliamente en México casi una década después, además del hecho que el mismo Azuela habían publicado, un lustro antes, Andrés Pérez, maderista, y en el mismo año, se editaría La majestad caída o la Revolución Mexicana, de Juan A. Mateos, de esta última:

 

Treinta y cinco años de omnipotencia, de embriaguez cesárea, de incienso cortesano, de ilusiones, de popularidad, de halagos de la suerte que lo hizo temido y opulento; se abismaba en la abstracción, para no dejar visible sino al joven patriota, que sin más riqueza que su haber de soldado, sin más ambición que las caricias de la gloria, soñaba con las ilusiones de la edad, durmiendo al raso en el lecho que le ofrecían los campos de batalla. Absorto en esa vuelta hacia el pasado, volvió a caer en el sopor, y su sueño fue dulce, dilatado y profundo. Al día siguiente, pálido de emoción y con la cabeza descubierta, dirigió un adiós a la multitud que lo acompañaba hasta la orilla del Océano. Volvió la vista y contempló la bandera tricolor y lanzó un gemido; sus ojos se llenaron de lágrimas; oyó el estampido de los cañones y la marcha nacional; recordó su grandeza de ayer y casi demente se lanzó a la barca que lo llevó a bordo del “Ipiranga”, que se balanceaba en las ondas encadenadas de la bahía. Se asió de la borda del buque, porque ya no podía sostenerse, presa de la agitación nerviosa que lo subyugaba, sacudió su blanco pañuelo y dijo un adiós a la tierra mexicana. El hombre de los nervios de acero sintió penetrar en sus entrañas el más horrible de los dolores. El “Ipiranga” viró de bordo y se entró en las soledades del Océano. Sus olas, poco antes agitadas, se habían calmado; el sol asomando por encima de un grupo de pardas nubes, lanzaba su áureo rayo sobre la nave. Callaban los rumores del golfo, que al sentir sobre sus lomos el peso de aquella nave, lanzó un grito terrible que se cernió sobre el Océano y se perdió en las inmensidades del cielo.

¡Paso a la Majestad caída!3

 

José Emilio Pacheco consideró “más lograda la novela de Azuela” y manifestó que La majestad caída representa “el final de la novela de folletín”, y Andrés Pérez, maderista, de Azuela, “inaugura la novela moderna”. En ambas novelas, como en toda literatura, pueden encontrarse reminiscencias de tradiciones anteriores o de un pasado ineludible, por inmediato. En este sentido, Tomochic, de 1892, de Heriberto Frías y La bola, de 1887, de Emilio Rabasa, prefiguran la corriente narrativa de la revolución, pues ambas, con estilísticas similares, estarían separadas por tan solo cinco años en su fecha de publicación, y darían cuenta de levantamientos sociales ante una pax porfiriana que comenzaba a desdibujarse. José Luis Martínez añade como precursoras de la novela de la Revolución, además de estas dos obras, a La parcela, de José López Portillo y Rojas, de 1898, y La venganza de la gleba, de Federico Gamboa, de 1905, todas escritas antes del inicio de la Revolución.

Antonio Castro Leal estableció las características que hermanan a los textos de la novela de la revolución y las esbozó como textos de “reflejos autobiográficos”, “cuadros y costumbres episódicas”, “esencia épica” y “afirmación nacionalista”.4 El realismo y costumbrismo de la época comenzaron a llenarse de olor a pólvora y sangre y se convirtieron en un canon que, junto al nacionalismo de los años veinte y movimientos como el muralismo, dotaron de una personalidad propia al medio siglo mexicano.

Si bien el trabajo de Antonio Castro Leal es encomiable, es necesario señalar que los autores antologados nacieron entre 1875 y 1906, y el periodo de publicación de las obras abarcan casi cuatro décadas. De Los de abajo, de 1916, hasta Frontera junto al mar, de José Mancisidor, de 1953, hay una brecha generacional, política y social que es imposible señalar. Los autores antologados por Castro Leal son Mariano Azuela, Nellie Campobello, Martín Luis Guzmán, Miguel N. Lira, Gregorio López y Fuentes, Mauricio Magdaleno, José Mancisidor, Rafael F. Muñoz, José Rubén Romero, Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos y Agustín Vera. Con solo mirar la lista pueden advertirse las diferencias abismales que existen, por ejemplo, entre el Cartucho, de Campobello, y el Ulises Criollo, de Vasconcelos.

Una de las circunstancias que pudo abonar a la proliferación del género durante tantas décadas es el decreto que expidió José Manuel Puig Casauranc desde la Secretaría de Educación Pública, a mediados de la década de los veinte, para fomentar la narrativa del triunfo de la Revolución y la institucionalización de esta.5 Sin embargo, en libros posteriores a esta circunstancia, como Canek, de Ermilo Abreu Gómez, y Los muros de agua, de José Revueltas, puede advertirse que los derroteros de la narrativa postrevolucionaria se tornaron inasibles y encontraron un camino único en donde la pesadumbre por el rigor dictatorial de un gobierno que no admite disidencias y la melancolía por el futuro que no llegó a ser, en un país en donde la modernización fue meramente discursiva y privilegio de unos pocos.

El escepticismo antes los ideales revolucionarios, el reparto eternamente prometido de las tierras a los campesinos, la lucha armada por una sociedad más justa empantanada por la corrupción, la avaricia y el encono están presentes en los ejemplos más notables de la novela de la revolución; aunque se considere en ocasiones que esta literatura se escribió “sobre las rodillas”, en realidad, lo cierto es que, como se escribió líneas arriba, abarcó muchas décadas de contemplación de la ruina y la rapiña en nombre de la modernidad. Un ejemplo claro de la línea discursiva desolada es, para citar un lugar común, Pedro Páramo y El llano en llamas, aunque Rulfo, si bien es cima del lenguaje y la narrativa, no es el único. El hacendado, el latifundista o el rebelde convertido en padre de la patria por la “justicia de la revolución” sea encarnado, quizás, por Artemio Cruz.

Sería vana tarea la de resumir la carrera y vida literarias de Carlos Fuentes. La brevedad y la contención no son las características principales de su obra y tampoco pueden serlo para alguien que cultivó el lenguaje y la vida mexicanos desde la conciencia de su pluma y posición privilegiada. El cosmopolitismo, París, el reconocimiento mundial, la mercadotecnia que todavía se cierne como injusta bruma sobre el llamado y reconocido boom latinoamericano son circunstancias que han velado la verdadera importancia del escritor nacido en Panamá en 1928. Si como niño y merced a la profesión de su padre, Rafael Fuentes, conoció Montevideo, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Quito y Buenos Aires, capitales culturales y políticas latinoamericanas, como escritor habitó esas capitales al hacer suya esa lengua tan propia mexicana hermanada con la lengua latinoamericana. Andrés Bello tuvo la plena consciencia de que el español no pertenecía más a la península y, en su lugar, era ya la patria de sus antiguas colonias, y esto se advierte en el barroco exuberante de Alejo Carpentier, en el olor de la tierra de José María Arguedas, en la sicalíptica prosa de Cortázar o en los juegos estilísticos del primer Vargas Llosa. En palabras de Enrique López Aguilar:

 

Carlos Fuentes desarrolló una forma narrativa lúdica, variada e inteligente que demostró cómo la novela mexicana podía alcanzar esas epifanías joyceanas tan difícilmente halladas por la narrativa oficialista. Carlos Fuentes era un navegante de la lengua mexicana y escucha inteligente del medio tono, alcanza en sus textos una tesitura polifónica y encuentra en cada personaje de sus novelas una voz particular.6

 

Es de sobra conocido el episodio en el que un retrógrado funcionario federal panista —quizás él mismo advocación de toda la sevicia de Artemio Cruz— prohibió Aura, a principios del siglo veintiuno, por considerarlo impropio, y se especulaba que sería vedado, incluso, en la educación pública; o cuando un candidato presidencial —más cercano a las telenovelas que a la política— confundió en la Feria del Libro de Guadalajara a Fuentes y no logró mencionar tres libros. En ambos casos, Fuentes respondió con sobriedad; en el primero confesó estar feliz, porque la censura había centuplicado la venta de Aura; en el segundo, dijo que no le preocupaba que un posible presidente no lo conociera, sino que no leyera en absoluto.

Desde Los días enmascarados, su primer libro, de 1954, hasta La muerte de Artemio Cruz, de 1962, solo pasaron ocho años; ocho años en los que Fuentes publicó, también, La región más transparente y Las buenas conciencias, pero a diferencia de Ixca Cienfuegos y Jaime Ceballos, en donde la polifonía de la ciudad y de la sociedad son los protagonistas, en La muerte de Artemio Cruz la historia se cuenta a través de un solo personaje, todo se ve por medio de sus ojos y de su carne, las balas, la sangre, las batallas libradas y hasta la carne trémula violentada se perciben por los estertores de Cruz. Se ha repetido hasta el cansancio la influencia decisiva de John Dos Passos y su Manhattan Transfer, así como del Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, o el Ulises, de Joyce, y gran parte de la obra William Faulkner en Fuentes, pero también se percibe la fragmentación de Rulfo y la soledumbre de Tierra de nadie, de Juan Carlos Onetti, y, evidentemente, la volitiva dubitación del ciudadano Kane y el diálogo que entabla con “Los hijos de la Malinche”, de El laberinto de la soledad, de Paz:

 

Tú la pronunciarás: es tu palabra: y tu palabra es la mía; palabra de honor: palabra de hombre: palabra de rueda: palabra de molino: imprecación, propósito saludo, proyecto de vida, filiación, recuerdo, voz de los desesperados, liberación de los pobres, orden de los poderosos, invitación a la riña y al trabajo, epígrafe del amor, signo del nacimiento, amenaza y burla, verbo testigo, compañero de la fiesta y de la borrachera, espada del valor, trono de la fuerza, colmillo de la marrullería, blasón de la raza, salvavida de los límites, resumen de la historia: santo y seña de México: tu palabra:

 

—Chingue a su madre

 

—Hijo de la chingada

 

—Aquí estamos los meros chingones

 

—Déjate de chingaderas

 

—Ahoritita me lo chingo

 

—Ándale, chingaquedito

 

—No te dejes chingar

 

—Me chingué a esa vieja

 

—Chinga tú

 

—Chingue usted

 

—Chinga bien, sin ver a quién

 

—A chingar se ha dicho

 

—Le chingué mil pesos

 

—Chínguense aunque truenen

 

—Chingaderitas las mías

 

—Me chingó el jefe

 

—No me chingues el día

 

—Vamos todos a la chingada

 

—Se lo llevó la chingada

 

—Me chingo pero no me rajo

 

—Se chingaron al indio

 

—Nos chingaron los gachupines

 

—Me chingan los gringos

 

—Viva México, jijos de su rechingada:

 

tristeza, madrugada, tostada, tiznada, guayaba, el mal dormir: hijos de la palabra. Nacidos de la chingada, muertos en la chingada, vivos por pura chingadera: vientre y mortaja, escondidos en la chingada7

 

Los ríos que corren debajo de la prosa de Carlos Fuentes son, sí, advertibles, pero también únicos, puesto que están al servicio de una historia mayor que, en este caso, no es sólo el revolucionario carrancista Artemio Cruz, sino lo que él mismo representa, la derrota del ideal y la transformación en ese otro despreciable, mezquino, violento y sin escrúpulos que no es sino la historia de una política que sin miramientos pasa por encima de quien sea con tal de lograr su propósito. Y las armas que empuña Fuentes para contar la historia del medio siglo de un país son la dislocación temporal, “En tu penumbra, los ojos ven hacia adelante; no saben adivinar hacia el pasado. Sí, ayer, volarás […]”,8 y la narración a partir de tres pronombres: Yo, Tú y Él, todos intercalados disciplinadamente, excepto en el final, en donde la ausencia del Él señalará la muerte de Artemio, quien paga la búsqueda de la riqueza y el sacrificio de la muestra de la más ínfima humanidad con la imposibilidad del amor y el desprecio de quien lo rodea en sus últimas horas: su legítima mujer, a quien engañó para desposarla; su secretario, quizás el único que pareciera estar por voluntad propia, aunque la avaricia se trasluzca en él, y la hija que lo desprecia. En su memoria, tan sólo Regina, a quien violó y mantuvo a su lado durante una batalla de la revolución, hasta que los federales la colgaron, estará presente como el primero y sincero amor, aunque se avergüence de haberla forzado; Lilia le será infiel y Catalina lo despreciará por haber matado a la única posibilidad de redención: Gonzalo Bernal.

 

No les debo la vida a ustedes. Se la debo a mi orgullo, ¿me oyen?, se la debo a mi orgullo. Reté. Osé. ¿Virtudes? ¿Humildad? ¿Caridad? Ah, se puede vivir sin eso, se puede vivir. No se puede vivir sin orgullo. ¿Caridad? ¿A quién le hubiera servido? ¿Humildad? Tú, Catalina, ¿qué habrías hecho de mi humildad? Con ella me habrías vencido de desprecio, me habrías abandonado. Ya sé que te perdonas imaginando la santidad de ese sacramento. Jé. De no ser por mi riqueza, bien poco te habría importado divorciarte. Y tú, Teresa, si a pesar de que te mantengo me odias […]9

 

El Yo con el que fustiga a las mujeres que lo acompañan le recuerdan también su posición privilegiada; el Tú le da plena consciencia del cuerpo, como si la falsa segunda —que también utilizaría magistralmente en Aura— fuera la voz mítica del oráculo —por ello la dislocación entre presente y futuro— y la tercera persona, el Él, recorre la historia de un proceso que comienza con la violación de Isabel Cruz, y transcurre por la historia del México revolucionario, la lucha fratricida, la guerra cristera, el reparto inequitativo de tierras y la modernización del México de medio siglo son relatados mediante los doce días más significativos en su vida, que son también el reflejo de las doce horas que dura la agonía de Artemio Cruz.

A sesenta años de la publicación de La muerte de Artemio Cruz, que consolidaría a Carlos Fuentes como una de las voces más originales de la narrativa latinoamericana, hay que recordar que con ella se cierra —por su importancia— un ciclo que comenzó en la última década del México porfirista y siguió por el medio siglo que ve en ella su corolario. En vez de dar por sentadas las verdades escritas a propósito de la novela de la Revolución, hay que leerla sin la piedad del contexto y saber que sus caminos se multiplicaron para dar vida a autores ya mencionados como Rulfo, Arredondo, Revueltas y, por supuesto, Carlos Fuentes. A partir de él, la novela —y la literatura en general— no será la misma. En esa mañana de 1962, en que junto a Fuentes cruzamos el río a caballo por primera vez, supimos que: “Artemio Cruz está enfermo: no vive: no, vive. Artemio Cruz vivió. Vivió durante algunos años […] Ayer Artemio Cruz, el que solo vivió algunos días antes de morir, ayer Artemio Cruz… que soy yo… y es otro… ayer…”10


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Siempre me he preguntado por qué me permitían pasar tanto tiempo frente a la televisión. No es queja. Muchas cosas las aprendí a través de esa ventana electrónica. Por ejemplo, cuando ingresé a la primaria ya sabía cuáles eran las partes de una flor, o cómo se constituía el sistema digestivo, gracias a que no hacía más que ver programas infantiles como El autobús mágico. Dudo que eso haya sido planeado con antelación y malicia por mis padres, quienes tenían su propia televisión enorme en su recamara y otra en la sala, sino que era una forma de mantenerme distraído mientras ellos mismos estaban descansando de las fatigas de la infastuosa vida adulta.

En resumen, antes de comenzar a leer, la televisión ya estaba al alcance de mi mano. Solo tenía que agarrar el control remoto y hurgar. Y un programa que siempre fue una constante en mi relación con dicho aparato, ya fuera en los canales de paga o en los canales abiertos, fueron Los Simpsons. Al mismo tiempo que veía las caricaturas de Nickelodeon y de Cartoon Network, la familia amarilla ya aparecía en mis recuerdos como un parásito que iba internándose en mi cerebro de poco en poco. O como un lápiz que evitaba que me volviera más inteligente. No recuerdo cuál fue el primer momento en que vi un episodio de la familia amarilla pero sí recuerdo cuando empecé a hacerlo, por así decir, con fervor: una tarde, pasando canales, descubrí que en el Azteca 7 pasaban un bloque de episodios protagonizados en exclusiva por Bart Simpson, y me quedé viéndolo sin pensar en cambiar de canal. En aquella época le hablaba a mi madre sobre las caricaturas que adoraba (algo que seguro hacemos todos los hijos únicos) y le comenté titubeando, porque no recordaba bien, que más pequeño los veía y me gustaban, ¿no era cierto?

Ella me confirmó mi suposición.

Tengo, también, un recuerdo de navidad en que mis padres hablaban con mis primos mayores, ya que en la familia de mi padre yo soy de los menores. Una de mis primas habló de Los Simpsons, con tono escandaloso: que en uno de los episodios se hacían referencias de manera directa sobre la concepción, y mencionaba que, incluso, los espermatozoides tenían la cabeza de Homero. Que no era una caricatura para niños. Obviamente yo, que entonces tenía unos diez años y estaba bien versado en el programa, sabía que era del episodio donde se hablaba del nacimiento de Lisa. Y me divirtió que tal cosa fuera motivo de escándalo sin saber que en el mundo adulto hay muchas cosas que se hablan en secreto como si todos se quedaran estancado en los once años.

No veo los nuevos capítulos de la serie. Un amigo llamado Renato Bonaparte, hace unos días, me estuvo explicando el declive del programa con pelos y señales, con argumentos concretos de por qué se argumenta que ocurrió; otro amigo continúa viéndola emisión tras emisión y encuentra justificables y divertidas las nuevas tramas, así como el replanteamiento de los orígenes de los personajes. Es curioso. Yo siento que no fueran mis Simpsons. No aquellos con los que pasé muchos años. Porque a como fui creciendo me di cuenta que Los Simpsons eran una especie de religión, un cúmulo de personajes ficticios que son adorados y citados en cientos de páginas, videos, conversaciones cotidianas y memes. La diferencia parecería radicar en que la familia amarilla no te exige ningún tipo de adoración constante, sino que a sus seguidores les nace hacerlo. Pienso en un gag en que Marge intenta que Homero se despierte temprano un domingo para ir a la iglesia. Homero, quien sigue acostado, le dice: “quisiera ir contigo, amor, pero tengo mucho qué hacer en la cama”. A lo que Marge responde: “Homero, el señor solo pide una hora a la semana”. Y Homero remata diciendo: “Pues que ponga una hora más a la semana, negrero”.

Durante la secundaria, ver los episodios transmitidos en TV Azteca eran una exigencia obligatoria entre mi grupo de amigos. Todos teníamos que llegar a la escuela a platicar el capítulo del día anterior; en aquel momento, por el contenido de crítica social y de charla abiertamente sexual, nos brindaba un poco de morbo. Con el tiempo este ritual se transformó en un catálogo de bromas para relacionarnos con los otros. Cuando empecé a acudir a borracheras, amigos cercanos se ponían a recitar rutinas completas de la serie. Renato Bonaparte y el otro que menciono, en específico, al estar juntos podían reproducir episodios completos de memoria; si algún día se perdiera la serie, ellos podrían reconstruirla diálogo por diálogo, cuadro por cuadro. Con el paso de los años descubrí que la memoria de mis amigos y conocidos se quedaba fresca y fijada en los episodios de la familia amarilla: quizá hasta podría llenar un pabellón psiquiátrico ellos, donde podría verlos decir en coro: “a la grande le puse Cuca”. Ese mismo humor permea la manera en que miran a la vida: hace un par de meses, Renato Bonaparte se fue a rentar como roomie con otra amiga nuestra; al poco tiempo de llegar, hicieron el primer llenado de su tanque de gas. En el periodo desde ese día hasta hoy, ambas tuvieron relaciones amorosas que, por desgracia, no pasaron de un par de semanas. Entonces, mientras estaban sentados charlando y lamentándose de sus fracasos, mi amigo dijo: “Vaya, resulta que nos duró más el gas”.

Hay una cosa que casi no se resalta sobre la serie y que creo siempre ha sido la que me ha impulsado a nuevas latitudes. Aunque Los Simpsons no tiene una cronología exacta y al día de hoy han hecho y deshecho su canon en más de una ocasión, hay un punto de inflexión donde las leyes de la lógica y el seguimiento narrativo, desde un inicio, han sido quebrantados como el brazo de un jugador de futbol americano: los episodios de la Casita del Horror, o también llamados Especiales de Noche de Brujas. En estos, los personajes de la familia amarilla mueren de diversas maneras o interactúan más directa y orgánicamente con universos con los que no tienen relación; también, en estos episodios han tenido más acercamientos a la literatura americana y a la internacional. Mi favorito, que en general podría decir que es mi predilecto de toda la serie, es la Casita del Horror #5, el cual empieza con Marge frente a una cortina roja advirtiendo a la población que el especial grabado fue tan horrible que las cadenas de televisión mejor pidieron que en su lugar se transmitiera un episodio de una serie vieja. Esto es una impostura, por supuesto. Después continúan tres relatos: la parodia de la adaptación de El resplandor de Kubrick, la de El ruido de un trueno de Ray Bradbury, y la de Soylent Green: tres géneros distintos de la fantasía, los cuales fueron manejados con la suficiente habilidad para volverse memes (en especial las escenas del colapso nervioso de Homero en el Overlook; y la otra imagen de él golpeando cosas en el periodo jurásico afirmando que él hará lo que quiera).

Pero hay gags en específico, chistes macabros, que en aquella época solo podían entrar en esa serie y en ese capítulo: como el conserje Willie siendo asesinado, en las tres historias, antes de poder salvar a los protagonistas. Casi siempre con un hacha. O la frase escrita en la máquina de escribir: Sin televisión y sin cerveza Homero pierde la cabeza (que debe agradecérsele más al equipo de doblaje). El futuro utópico en que Ned Flanders es el gran mandamás y todos visten como él, y si desobedecen se ganan una lobotomía. Y la escena de cierre, en que Bart despierta de una pesadilla para enterarse que afuera de la casa hay una neblina extraña que hace que a la gente se le voltee la piel.

Digo que este episodio es mi favorito por una simple y llana razón. Un día compré una revista de animé sobre Halloween y en la lista de películas recomendadas venía la sinopsis de El Resplandor y su conexión con la serie de la familia amarilla, así como la mención de un nombre que me acercaría, en mi pubertad, a la escritura: Stephen King. Hasta ese momento no había hecho más que leer la saga de Harry Potter. Pero fue a partir de esa revelación en que me adentré a buscar las novelas del tan llamado Rey del Terror, quizá como una especie de medicina a mis miedos infantiles, y posteriormente me acerqué a talleres literarios y conocí otras literaturas que me hicieron ingresar en la cuarta dimensión, en la que todo se ve como animación por computadora noventera.

Se me hace curioso que mi entrada a la literatura fuera a través de un programa televisivo porque eso me hace pensar que cuando Ray Bradbury mencionó que en Fahrenheit 451 no se preocupaba tanto por la censura ideológica, como Orwell sí lo hizo, como por el contenido chatarra que llegaba a todos los hogares norteamericanos a través de las televisiones, el cual mataba el pensamiento crítico; pero pareciera que, en realidad, este siempre ha sido alejado de los medios masivos de comunicación, incluso desde los mismos inicios del periodismo. La gente busca en estos contenidos una fuga o un aislamiento de la realidad inmediata que los rodea. Hay una anécdota de Bukowski en que cuenta que cuando tuvo su primera televisión con cable, lo primero que encontró en la programación fue Eraserhead, de David Lynch. Eso le voló la cabeza. Pensó que si así era todo el contenido que ofrecía, estaba frente al invento del siglo. Así que cambió de canal una y otra vez, hasta que se dio cuenta que, simplemente, se encontró con un milagro.

Pero en Los Simpsons, en especial en sus primeras temporadas, había una puesta en escena para hacer bromas basadas en criticar a la sociedad en la que fueron creados. Desde las acciones gubernamentales, como el capítulo del Monorriel, hasta sobre cómo se desarrollan los fenómenos comerciales, en el cual podemos mencionar el episodio de la acusación de acoso contra Homero, en el que llega un punto en que su propia familia no cree su inocencia y Bart le argumenta que eso la información se lo ha dicho la ventana electrónica: “es difícil no hacerle caso a la televisión, pasa más tiempo educándonos que tú”. Cuando estuve en la secundaría sería South Park la serie que generaría ese tipo de comentarios ofendidos en una región donde hablar de sexo, incluso entre adultos, es un asunto de tabú y de risas ocultas tras manos. También vería capítulos sueltos de Daria, Malcolm el del en medio y Padre de familia. De hecho, Renato me contó que cuando la serie era organizada por sus creadores originales, el propósito original más allá de la crítica social y de las bromas era que los espectadores se preocuparan por sus personajes. Cosa que no ocurre, por ejemplo, en Padre de Familia, argumentó, donde no tienen respeto por ellos. Todas esas series manejan los contrastes entre la racionalidad y la irracionalidad de las personas en su vida cotidiana (algunas de manera magistral) pero, la verdad, jamás me he topado con olas de seguidores que repitan diálogos de estas como si recitaran versículos de la biblia en la plaza pública. Por eso Los Simpsons nunca han salido de mi vida y aún, de vez en cuando, busco los episodios viejitos, con los que me siento en casa, y me adentro en esas bromas que parecieran nunca envejecer.

 


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada cortesía de la editorial Sindicato Sentimental
Ilustración realizada por Mariana Martínez

He aquí la gran tragedia de la humanidad: amamos lo que algún día morirá.

El área de pediatría se encuentra en el tercer piso de la Torre de Especialidades del Hospital Civil Fray Antonio Alcalde. Es el amanecer más frío de febrero de 2021, las lámparas temblorosas de la calle escupen su luz amarillenta sobre todas las cosas. Desde la puerta, abarrotada de familias, observo el edificio y busco, en el tercer piso, la cuarta ventana de izquierda a derecha. La cortina está abierta y puedo ver la silueta de Milico que alza la mano para saludarme. Naím, en sus brazos, me busca entre la multitud y alza también sus manos para hacerme saber que me ha visto. En la penumbra de aquel amanecer de febrero, mi hijo —lo juro— brilla.

Nos formamos en cuatro filas. Hay personas que han pasado toda la noche en la banqueta del Hospital. Hay quienes llevan días así: tendidos en el cemento, a la espera de mejores noticias sobre sus parientes. Otros, como yo, viajan desde casa y dejan su coche en uno de los tres estacionamientos que están en la periferia del hospital. Junto al estacionamiento donde dejé el coche familiar hay una funeraria: los ataúdes parecen balsas que naufragan en la oscuridad de Guadalajara. Aunque seguramente los habrá en la bodega, he notado que no hay féretros infantiles en exhibición. Cada vez que llego al hospital, secretamente, agradezco la prudencia de los comerciantes.

Naím, mi hijo que entonces tenía dos años, enfermó en los primeros días de febrero. Nos dimos cuenta la noche del 14 (día del amor) cuando su abuelo materno anunció un comportamiento inusual que, por extraño que parezca, nadie más había notado: mi bebé torcía la cabeza a la izquierda, como si el peso la venciera hacia un costado. “Revisen a ese chiquillo, porque eso no es normal”, dijo con el tono del padre experimentado, del padre que sabe que hasta el más mínimo síntoma debe atenderse como si fuera de vida o muerte.

Porque, a veces, lo es.

Recuerdo haber mirado a mi hijo pensando que era una exageración. En días recientes su comportamiento había sido normal: el de un niño sano, fuerte, que podía correr o saltar toda la tarde sin cansarse. Le pedí que se acercara a mí. Naím, obediente, dio un par de pasos seguros, pero se golpeó la cabeza con la silla, como si no la hubiera visto o la silla no existiera. En ese momento lo supe. (¿No lo sabemos siempre, desde el instante en que nos volvemos padres?) Aquello era el horror, que había llegado a nuestra puerta: el instante que zanja la historia familiar, el acto quizás divino, quizás azaroso, que dirige nuestro futuro a un desfiladero. Todos los planes, todas las expectativas, todas las esperanzas derribadas por el más sencillo y subrepticio ataque de la casualidad. “Nuestros hijos son rehenes de la fortuna”, escribió Joan Didion. “Crees en Dios, pero no obtienes ninguna dispensa especial por esta creencia en este momento”, escribió Nick Cave. He aquí la gran tragedia de ser padres: amamos lo que puede morir.

Esto lo escribí yo.

Algunos entrarán al Hospital Civil por la mañana y, para el anochecer, estarán ya de regreso en sus casas. Otros pasarán semanas parados ante aquella puerta, formados como los ciegos de Brueghel, atentos a la llamada del guardia. “¿A dónde va? ¿Tiene cita? ¿Viene con algún paciente? ¿Trae su pase? No lo puedo dejar entrar sin su pase”. Hace una semana que vuelvo a esa misma puerta, pero el guardia me mira siempre como si fuera la primera vez. Los primeros días su indiferencia me parecía un fastidio. Poco a poco he llegado a comprender que en ese ritual se esconde —quizás— un atisbo de empatía: si todos los días son como el primero, uno aprende a no contar el tiempo. La desesperación de los padres de un niño enfermo viene también de eso: saber cuánto ha pasado sin que sus hijos se curen. Cuando es mi turno, entrego mi pase al guardia y penetro en la plancha de cemento balbuceando una plegaria. En la entrada al edificio, me detengo en la pequeña capilla del hospital para orar. Ese día Naím tendrá su tercera resonancia magnética en menos de un mes. La que determinará si su problema neurológico es pasajero o —nos han advertido de las probabilidades— una enfermedad terminal. En la madera del reclinatorio, alguien ha escrito con tinta: “He aquí el Dios de los niños enfermos”.

El médico Raymond Damadian fue el primero en sugerir que las resonancias magnéticas podían emplearse para hallar enfermedades en los tejidos blandos del cuerpo. La propuesta de Damadian, que apareció en 1971, debió parecer cercana a la ciencia ficción: por medio de señales invisibles, es posible hacer visibles aquellas enfermedades que usualmente tardan años en ser detectadas, y que solían manifestarse cuando ya era demasiado tarde para hacer algo. ¿Cuánto tiempo vivió el cáncer al amparo del anonimato de los tejidos blandos, hasta que este invento del siglo xx logró exhibirlo como se exhibe a un mortal asesino? El sintagma es de mi amigo Jaime Rivera, el primer neurólogo que revisó a mi hijo: “Es lo que uno aprende de la enfermedad, Hiram. Como un mortal asesino, acecha desde la tranquilidad a aquellos que más amamos”.

En ese sentido, la resonancia magnética resulta un alivio, la posibilidad de encontrar a tiempo algo que podría desarrollarse en algo mortal: accidentes cerebrovasculares, aneurismas, trastornos en la médula espinal, tumores cerebrales, esclerosis múltiple… Pero este consuelo —si llega a serlo— es tan sólo pasajero, porque los padres que nos acercamos a este tipo de procedimiento sólo deseamos una cosa: que las placas tomadas del cuerpo amado no arrojen ningún tipo de resultado. Que el rugido bestial de aquel inmenso aparato nos confirme que la enfermedad que tiene a nuestros hijos en cama no se trata más que de un error —quizás médico, quizás divino.

Durante la primera resonancia magnética que tuvo Naím, éste fue el único pensamiento que ocupó nuestra mente. Llegamos al laboratorio a las 8 de la mañana.  En los brazos penitentes de su madre, mi hijo lloraba de hambre y de sueño —los niños pequeños no están acostumbrados al ayuno de 12 horas, ¿cómo podrían estarlo?—. Más tarde, cuando llegó el momento de desaparecer tras una cortina con los radiólogos, lloraría también de miedo. A partir de entonces, la espera. Y toda espera en una clínica encierra diversas formas de penitencia: la explicación del procedimiento, la angustia de los otros pacientes, los rezos que salían de mis labios temblorosos y que volaban como mariposas hasta el cuarto donde a mi hijo, finalmente, lo había capturado aquel silencio de muerte que provoca la anestesia general.

—Tenemos que sedar a su hijo, tiene que estar completamente quieto durante la resonancia.

Sedado. Inmóvil. Como muerto. Mientras firmaba el cúmulo de documentos que liberan al laboratorio de cualquier responsabilidad legal en el caso de complicaciones, pensé que en ese sentido, y quizás sólo en ése, las resonancias se asemejan a los daguerrotipos de niños muertos que se popularizaron en el siglo xix. “Los niños —dice Gould— raramente podían estarse quietos el tiempo suficiente para los varios minutos que esta primitiva técnica fotográfica requería. Pero los muertos no se mueven, y muchos daguerrotipistas se especializaron en este trabajo lucrativo, aunque repugnante”.

Los hospitales pediátricos son repositorios para las crisis de fe. Mi padre solía decirme que un hospital es la suma de todas las angustias. Durante los días que Naím ha permanecido en el Hospital Civil, aquella frase ha vuelto a mí como un oleaje encrespado, acentuando las navajas de la incertidumbre que laceran mi cuerpo. En cada encuentro con los neurólogos, en cada plática en los elevadores con otros padres de otros hijos enfermos, en cada desencuentro con Milico que lleva casi una semana sin dormir, aquellas palabras se me revelan epifánicas, el temible recordatorio de nuestra pequeñez, nuestra impotencia ante la enfermedad y la muerte. Resuenan las palabras de mi padre con las de Anaxágoras, cuando lo enteraron de la muerte de sus hijos: “sabía que los había engendrado mortales”. Aprendí la sentencia del griego pocos meses después de la muerte de mi primer hijo, Tristán. En un par de semanas, cumplirá ocho años de fallecido. Pienso. Y pienso también que la muerte de un primer hijo no te protege contra la muerte de un segundo, o un tercero.

Los hospitales son también el lugar que mejor conjuga aquel tenso conflicto que —supuestamente— existe entre la ciencia y la religión. Los niños conectados al suero, a los respiradores artificiales, a los lectores de signos vitales, son la manifestación de un horror que cada progenitor vive con distinta intensidad, pero que invariablemente sofoca. Niños enérgicos, alegres, amados, que lloran en cada inyección, en cada toma de sangre, y en cada canalización porque el movimiento natural de la infancia dobla las agujas dentro de sus venas y los obliga a tener varias intervenciones. Cuán difícil es amar a Dios entonces. Qué absurda puede ser la fe a la vera de un niño enfermo.

Al mismo tiempo, sabernos arropados por los avances médicos del siglo xxi es siempre un consuelo. Una promesa, a veces mínima, contra la zozobra. Stephen Jay Gould, en su bello tratado Ciencia versus religión. Un falso conflicto, dedica unas líneas a esta sensación de alivio: “si alguien me dice que preferiría haber vivido hace un siglo, le recordaré simplemente la única carta que es un triunfo irrefutable para elegir el ahora como el mejor mundo que jamás hayamos conocido: gracias a la medicina moderna, las personas de recursos adecuados en el mundo industrial gozarán probablemente de un privilegio que nunca antes se dispensó a ningún grupo humano. Nuestros hijos crecerán; no perderemos la mitad o más de nuestros descendientes en la infancia o la niñez”. A esta verdad me aferro, mientras miro las paredes azules del piso de pediatría y entro en la habitación 312.

La risa de mi hijo cae sobre mis manos y lava mi corazón.

En la pared frente a la habitación de Naím hay un mural de las profundidades marinas. Peces policromáticos, tortugas, y hasta un gran pulpo morado conviven en el más tierno paisaje de corales y almejas que nutren perlas en su interior. Aunque ha pasado un año, puedo recordar casi a la perfección aquel mural, sobre todo uno de sus detalles que siempre llamó mi atención. Escondidos entre los peces y los arrecifes de coral, hay un par de bebés desnudos que nadan con la misma solvencia que las especies marinas. Uno de ellos, completamente calvo, se aferra a una rana que se sumerge con las ancas extendidas. El niño sonríe con todo el cuerpo, presa de una felicidad incomprensible que, sin embargo, resulta sobrecogedora.

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Desde la primera vez que lo vi, el mural del piso de pediatría me hizo pensar en los grabados que Edward Linley Sambourne, cartonista satírico de la Inglaterra victoriana, creó para la novela Los niños del agua, del sacerdote Charles Kingsley. Fue la obra de Gould la que me condujo a Kingsley apenas unos meses después de la salida de mi libro de crónicas que, por una curiosa coincidencia, resultó homónimo. Se trata de una obra infantil que relata la vida de Tom, un pequeño deshollinador que un día escapa de su patrón tirano y, en el afán de lavarse el hollín que lo cubre por completo, se queda dormido en las profundidades de un río. Sin embargo, en lugar de morir, Tom se transforma en un niño del agua, que iniciará una nueva vida —y una nueva educación moral— en un mundo de seres mágicos. El pasaje de la transformación de Tom siempre me ha cautivado por la encantadora esperanza que depara a los niños muertos:

 

Las hadas se pusieron tristes porque no podían jugar con su nuevo hermanito; sin embargo, siempre hacían lo que les mandaban. Su reina se alejó flotando por el río hacia el lugar de donde había venido. Pero claro, todo esto Tom ni lo vio ni lo oyó; y quizá, si lo hubiera visto u oído, nada de esta historia habría cambiado, pues tenía tanto calor y sed, y deseaba tanto estar limpio de una vez, que se zambulló tan rápido como pudo en el arroyo frío y transparente.

Dos minutos después de entrar en el agua, se durmió profundamente y tuvo el sueño más tranquilo, alegre y apacible de toda su vida. Soñó con los prados verdes por los que había andado esa mañana, los altos olmos, las vacas durmiendo y, después de eso, ya no soñó nada de nada.

La razón por la que cayó en un sueño tan delicioso es muy simple y, sin embargo, casi nadie la ha averiguado: las hadas simplemente se lo llevaron.

 

Los grabados de Sambourne ilustran —como es de esperarse— diversos escenarios de la novela. Vemos, por ejemplo, a un Tom completamente ennegrecido por el hollín, cavilando quién sabe qué sueños en la parte alta de una chimenea. O bien lo vemos caminando detrás del severo señor Grimes, quien avanza montado en su burro, presto para pegarle a nuestro héroe. Vemos también un hombre noble, presumiblemente Sir John, acompañado de sus perros mientras sostiene un rifle de caza. Vemos un niño del agua, hundiéndose entre los peces como Alicia que cae en el agujero de gusano.  Y hay uno en particular que, más allá de su encanto, recupero por su parecido con el mural del Hospital Civil: en éste, un grupo de niños juega a la ronda con un hatajo de ranas. Todos los niños aparentan ser menores de cinco años: la lengua de Kingsley los designa como toddlers: aquéllos que aún se tambalean al caminar. El peculiar conjunto tiene una dinámica particular. Sambourne ha logrado eternizar la frescura del juego, la felicidad de los niños y de los anfibios en un tierno simulacro de gimnopedia silvestre.

Este dibujo particular esconde todavía otra resonancia que, por su lejanía temporal y espacial, me parece casi prodigiosa. Aquel juego infantil entre animales y humanos recuerda al 鳥獣人物戯画絵巻 [Chōjū-jinbutsu-giga emaki, “Caricaturas de animales antropomorfos”], ilustración del siglo xiii que muestra a un grupo de monos, ranas y conejos en situaciones de la vida cotidiana en algún punto del periodo Heian [794-1185], y que ha sido considerada como el “primer manga de Japón”. La comparación quizás pueda resultar ingenua, pero no deja de esconder cierta belleza. Los rollos en verdad se asemejan al manga moderno: vemos a los animales enfrascados en una lucha de sumo, protegiéndose de la lluvia, o persiguiéndose en una travesura que nunca termina. En el viejo emaki no hay niños, pero no es necesario: la atmósfera del juego expresa la misma inocencia que tiene el grabado de Sambourne. Es difícil saber si el cartonista inglés llegó a conocer el emaki antes de producir sus propias ilustraciones. Es posible que sí, pero no es importante: lo que resalta es la actitud festiva que permite imaginar una vida feliz para los niños ahogados, un espacio especial en la eternidad donde el juego sea la única realidad posible.

(El estudio Ghibli, por cierto, animó el Chōjū-jinbutsu-giga emaki para un comercial en marzo de 2016.)

Fue Álvaro, uno de nuestros vecinos de cuarto, quien me hizo notar los niños del agua que habitaban el hospital. “A mi hijo le gustan mucho las ranas, siempre le digo que es un mural que mandé a hacer para él”. Edén, su niño de ocho años, se aplastó la mano en un molino en su natal Teocaltiche. Lo conocí al tercer día de llegar al hospital, aquella ocasión en que Naím se fue corriendo a su cuarto para regresarle un juguete. El niño, aunque adolorido, estiró su mano sana por debajo de la camilla y acarició la cabeza de mi hijo. Aquel contacto ha quedado grabado en mi memoria, como grabada está la sonrisa de Edén, idéntica a la del jinete de anfibios que adorna la pared del pasillo. A veces, cuando empieza a oscurecer, el frío alcanza la extremidad y le provoca un dolor intenso que lo hace llorar. El llanto de Edén se arrastra como un animalito hasta el cuarto de Naím, quien alza la cabeza y reconoce la voz de su amigo.

—Papi, ‘Den ta llorando.

En la noche de los hospitales pediátricos, el llanto y la risa son dos espejos que abarcan toda la realidad soportable. Puestos frente a frente, multiplican hasta el infinito los rostros afligidos de los padres, y el aura de los niños que todos los días ingresan y, en el mejor de los casos, son dados de alta en un desfile triunfal que todos —pacientes, enfermeros, médicos— aplaudimos sin el más mínimo atisbo de envidia. Un niño no debería estar ahí. Un niño no debería conocer tan pronto la posibilidad de la muerte. Y, sin embargo, sabemos que hay tantos que no saldrán vivos del piso de pediatría. Los doctores han dicho que Edén tuvo mucha suerte: algunos pacientes en accidentes similares perdieron mucho más que una mano.

Algunos lo han perdido todo.

El 11 de mayo de 1935, Walt Disney presentó su propia versión de Los niños del agua de la mano del director Wilfred Jackson —famoso por su participación en películas como Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, La dama y el vagabundo, entre otras—. La producción, basada en los grabados de Sambourne, muestra también el carácter lúdico de la novela de Kingsley. En la versión de Disney, un grupo de bebés desnudos aparece en un estanque gigantesco, donde duermen cubiertos por capullos que los arrullan durante la noche. Con el amanecer, estos niños —todos son caucásicos, cosa común en las producciones de Disney de la época— se arrojan al agua y comienzan un ritual de juegos que maravilla por su inocencia, por la certeza de que en aquel paisaje paradisiaco ninguno de ellos conocerá el dolor. Van sonrientes, desnudos, montados en cisnes, en ranas, en tortugas y hasta en libélulas. Bailan con las ranas, torean a un sapo bravo, corretean a las lagartijas y juegan alrededor de flores tan grandes como ellos mismos. El espectáculo termina con la caída de la noche, cuando al son de las trompetas los niños vuelven a sus capullos, envueltos para siempre en sus sueños de agua.

Disney acierta en concentrarse en aquellos aspectos que, en la obra de Kingsley, resultan reconfortantes. ¿Qué otra cosa podría gustarnos más que un jardín edénico donde no existe el dolor para los bebés espirituales? A veces, cuando la realidad logra aplastarme, reproduzco el episodio y me permito imaginar que entre esos niños está Tristán, jugando con las abejas, o volando en la cola de un mirlo hacia un cielo para siempre azul. Y por un instante mi hijo muerto aparece frente a mis ojos. Y lo siento cercano. Y feliz. Y vivo. Al ver el episodio de Disney, que formaba parte de las “Silly Symphonies”, puedo participar también de la maravilla que producía en Kingsley la naturaleza, y que llevaría a Lafcadio Hearn a afirmar que ella “le hablaba a Kingsley mediante el susurro de las hojas, el murmullo de los cauces, el zumbido de las abejas; incluso en los rayos de sol sobre las rocas veía él un mensaje”.

Kingsley, quien fuera un hombre interesado en el naturalismo y otras ciencias —como ocurrió con muchos hombres de fe, como Mendel—, fue además uno de los primeros defensores de la teoría de la evolución de su amigo Charles Darwin. En una carta, fechada el 18 de noviembre de 1859, Kingsley le dice al autor de El origen de las especies: “Soy tan pobre de entendimiento, que temo no ser capaz ahora de leer tu libro como debería. Todo lo que he visto en él me asombra; tanto el cúmulo de hechos y el prestigio de tu nombre, como también la clara intuición de que, si tienes razón, debo renunciar a mucho de lo que he creído y escrito”.

En otro punto de su carta, Kingsley hace una declaración impactante: “Gradualmente he entendido que es tan noble concebir que Él creó formas primarias capaces de desarrollarse a sí mismas en todas las formas necesarias pro tempore y pro loco, como creer que Él requirió un nuevo acto de intervención para suplir las lagunas que Él mismo había hecho. Me pregunto si el primero no será el pensamiento más elevado”. La reflexión de Kingsley es relevante pues fue escrita en un momento en que la discusión de la teoría evolutiva hervía en el mundo occidental: exponía —al menos como mínima posibilidad— que Dios podía haberse equivocado y que la evolución podría ser ese “nuevo acto de intervención” para permitir que las especies corrigieran los errores —humanos, o casi humanos— contenidos en su creación original. Cuánto valor debió tener Kingsley para expresar lo anterior, aunque fuera sólo en una misiva a un amigo como Darwin que, para esa fecha, había renunciado al cristianismo y se había forjado como uno de los principales símbolos del conflicto ciencia-religión de todos los tiempos.

El error divino. La posibilidad de un Dios falible que deja “lagunas” en algunas de sus creaturas. ¿En qué otra cosa se equivoca? La idea circuye con frecuencia el hospital pediátrico: ¿por qué mi hijo? ¿Por qué no el hijo de mis vecinos? ¿Por qué la brújula de la casualidad no se desvió un grado, un minuto, un segundo, para llevarse la tragedia a otra casa? Me lamento, con cierta vergüenza, mientras las agujas para los estudios de sangre penetran la piel nueva de mi niño.

Abrazado a su abuela materna, Naím ya no llora: los pequeños se acostumbran rápidamente al dolor y eso, más que un alivio, siempre me ha resultado aterrador. En cambio, me mira mientras la enfermera pincha su brazo izquierdo y mi mano acaricia su cabello y le susurro palabras de amor que se quedan revoloteando en su cabeza como colibríes ciegos. Cuando ha terminado, la mujer me indica que todo está listo para llevarlo a su estudio. Casi simultáneamente, el camillero entra en el cuarto y pide permiso para moverlo. Naím me mira con un terror legítimo. ¿Imagina o intuye que lo hemos engendrado mortal?

Me paro a su costado, tomo su mano recientemente afectada y le digo —en realidad, me lo digo a mí mismo—, que todo estará bien, que la resonancia tarda un ratito, que pronto regresará a su cuarto de hospital y le dirán que no tiene nada y podremos volver a casa donde sus abuelos han adornado su verdadero cuarto con globos y peluches del payaso Plim Plim y de los perritos Paw Patrol que por desgracia no tienen una ambulancia que cure a los niños enfermos y hasta de la Vaca Lola que tiene cabeza y tiene cola. Le digo, pero mis pies tiemblan. Le digo, pero todo mi cuerpo se ha transformado en un solo grito contra el Dios que nos convocó allí. Le digo, pero no lo sé de cierto. En aquellas palabras sólo existe el consuelo vedado de la posibilidad, porque conozco bien los pronósticos. Puede ser cáncer. Puede ser esclerosis múltiple. Puede ser toxoplasmosis. Y siempre está la posibilidad de que pueda ser algo desconocido, una suerte de padecimiento único que esperaba a mi hijo para desprenderse con todo su horror. Nada de esto se refleja en mi rostro, mientras camino detrás de la camilla que conduce a Naím, le repito que todo estará bien y acarició su cabello con la yema de los dedos. Conectados por aquella mínima caricia subimos al elevador y descendemos al sótano, donde nos espera la última resonancia de aquel terrible año.

Charles Darwin tuvo, también, una niña del agua. El 23 de abril de 1851, al mediodía, Anne Elizabeth Darwin murió a la edad de diez años en una clínica de Malvern. Su muerte no fue sorpresiva, sino que fue el resultado de una larga enfermedad de meses. Murió acompañada por su padre, quien expresaría que la muerte fue apacible. “Nuestra pobre y amada niña tuvo una vida muy corta, pero confío en que fuera feliz. Sólo Dios sabe qué miserias podrían haberle esperado en un futuro. Murió sin emitir un suspiro”. Su enfermedad había empeorado apenas un mes antes, en marzo, y esto condujo a los Darwin a tomar la resolución de enviarla a la clínica del Dr. Gully, sitio donde el propio Charles había mejorado su salud gracias a cierto “tratamiento con agua”. La salud de Annie, al principio, mejoró. Pero en pocos días se deterioró tan rápidamente que no hubo nada que hacer. Nada más que resignarse a su partida de este mundo.

Anne Elizabeth Darwin

Anne Elizabeth Darwin

En la serie de cartas que el aclamado biólogo escribió a su familia y amigos sobre la muerte de Annie, se puede sentir la esperada desolación por la pérdida de la hija amada. Pero también, y es esto lo que resalto, la certeza de que jamás se renuncia al amor por los hijos muertos. “No puedo recordar haberla visto nunca haciendo el mal”, escribió a su esposa, Emma, el 23 de abril, luego de agradecerle por un daguerrotipo de la hija. “Ella era mi hija favorita; su cordialidad, franqueza, alegría optimista y fuerte afecto la hacían más adorable”, confesó a su primo William Darwin Fox, el 29. “¡Oh, que pudiera saber ahora cuán profundamente, cuán tiernamente amamos todavía y amaremos para siempre su querida y alegre cara! Bendita sea”, se lamentó, en el memorial que hizo para su hija el último día de abril.

Durante décadas se ha asegurado que la muerte de Annie Elizabeth fue el zarpazo que separó a Charles Darwin de la religión. Lo que lo llevó a abandonar las visitas dominicales a la iglesia, y a renunciar a las prácticas de la fe de manera definitiva. A esta sucesión de eventos se le ha llegado a conocer como la “hipótesis Annie”, y ha sido tomada como una verdad axiomática en su biografía. No obstante, Gould cree reconocer que lo que se operó en el corazón de Darwin fue mucho más complejo que el mero renegar de un Dios que no entiende la misericordia —o, al menos, no como nos gustaría a los humanos—. Dice Gould: “Se afligió tan profundamente como lo haya hecho cualquier hombre, y siguió adelante. Conservó su gusto por la vida y por aprender, y se alegró en el calor y los éxitos de su familia. Perdió consuelo y creencia personales en la práctica convencional de la religión, pero no desarrolló deseo alguno de transmitir esta opinión a otros; porque comprendió la diferencia entre cuestiones objetivas con respuestas universales bajo el magisterio de la ciencia, y temas morales que cada persona debe resolver por sí misma”. La pérdida de Darwin, su conflicto con la fe, constantemente me han orillado a preguntarme: ¿puede un hombre que ha perdido todo perdonar a Dios?

El daguerrotipo de Anne Elizabeth revela que, en verdad, era una niña muy hermosa. Contemplo sus rasgos delicados, su cabello recogido en dos trenzas, su templanza y su paciencia admirables —ya he dicho lo difícil que era mantener a un niño quieto el tiempo suficiente para que el daguerrotipista recogiera su imagen mientras estaban vivos—. Y por un momento siento que algo me conecta con su padre; cierto conflicto con la fe, cierto reclamo imposible de pronunciar contra nuestro Dios que nos condujo a yacer a un costado de nuestros hijos en la cama del hospital, que nos ha dejado verlos vomitar, retorcerse ante la invasión de las agujas, o convulsionarse o perder el conocimiento, o morir, finalmente, en una mañana del 23 de abril, que es como todas las mañanas en las que se fractura el mundo.

Cuán frágil es la salud de los hijos. Cuán fácilmente la vida nos recuerda su mortalidad. Mientras veo a Josué internándose en el cuarto de la resonancia, mientras el neuropediatra me da una palmada en la espalda y me dice que todo estará bien, no puedo dejar de pensar en Annie y de decirme que no existe mayor prueba —de fe, de vida, de muerte— que la que plantea un niño enfermo. Y al tiempo que lo veo, ya inconsciente, en manos de los médicos, pienso también en mi hijo Tristán, y me digo que a falta de un Dios misericordioso quizás pueda permitirme rezarle a él, a mi hijo muerto, para que cuide de su hermano y lo cubra con su amor que desde hace años me sigue a todas partes.

Luego viene el silencio. Un par de sonidos mecánicos. Mi hijo Naím que yace a la espera de la misericordia divina. ¿Es posible amar al Dios de los niños enfermos? Me pregunto, mientras el rugido familiar de la resonancia magnética inunda todo a mi alrededor y yo junto las manos frente a mí y pienso en un futuro cuando la enfermedad de Naím haya pasado y estemos en algún bosque o playa o ciudad lejana contándonos todos los pormenores del hospital pediátrico y lloro porque llorar es la única plegaria que me queda. ¿Es posible amar al Dios de los niños enfermos? Me repito.

Y la respuesta es una rana que salta hacia algún paraíso de agua.

 

 

 

 

 


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

En 2016 Cristina Rivera Garza publicó Había mucha neblina o humo o no sé qué, una investigación sobre el materialismo detrás de la escritura de Juan Rulfo. Desde entonces su escritura ha atravesado un enrarecimiento conceptual que ha denominado Escrituras geológicas que se refleja en sus dos libros recientes; Autobiografía del algodón (2020) y El invencible verano de Liliana (2021). Además de la reedición en Dharma Books de su primer libro publicado como La guerra no importa (Mortiz, 1991) en Andamos perras andamos diablas (2021). En ocasión de esta triada y el rumor de un futuro libro de ensayos sobre su concepto de Escrituras geológicas, platiqué con Cristina Rivera Garza alrededor de los bordes y principios que atraviesan sus procesos de escritura y su pensamiento narrativo.

 

 

m.s.y. Quisiera atravesar tus últimos libros. Dan para tanto, muchas fugas. Me interesa particularmente un concepto.  Pero creo que hay algunos puntos antes. Me gustaría comenzar con una pregunta sobre algo que reiteras en algunas charlas y se refleja en tus libros desde la práctica. Sueles mencionar un problema personal, muy tuyo, con la ficción. Un problema con la escritura de ficción, podrías contarme en qué radica o por qué es que tienes ese problema con la ficción.

 

CRG: Son interrogantes hacia la ficción, hacia lo que nos permite la ficción y lo que tomamos automáticamente como válido. Uno de mis grandes cuestionamientos acerca del genero tiene que ver con un cierto endiosamiento, glorificación, del autor y la idea muy socorrida de que porque es ficción y la imaginación del autor es sagrada, todo se vale. Entonces algo que me ha preocupado, porque entiendo a la escritura como una práctica, como un proceso material, es que primero que nada la imaginación no es aislada, no está aparte de nuestros cuerpos. Es un acuerpamiento y está ligada a las realidades que también atraviesa nuestro cuerpo. Entonces, al contrario de los que abogan por una imaginación abstracta, yo creo que es necesario investigar en sentido amplio y es sólo bajo el cuidado de la investigación que nos podemos acercar a temas que “no nos pertenecen”. Y hago las comillas porque ningún tema nos pertenece, la pertinencia de tocar nuestros temas no está ligado a la identidad, sino al cuidado que implica investigar. Una vez que pensamos esto, nuestra relación con el tipo de ficción desacuerpada, vertical, autónoma en el sentido que nada la determina respecto a nuestras prácticas cotidianas, tiene que entrar en crisis. Esa es la crisis que he adoptado en mis libros y ha resultado muy productiva.

 

 

m.s.y: Pienso que el árbol no le debe nada al aire, a la belleza, la vida, a su ser como posible mesa, sino que es una relación multitudinaria de relaciones y creo que los nuevos materialismos van en pensar estas ontologías inmanentistas en que todo entra en contacto. Y la pregunta es si la escritura geológica, término que has acuñado para estos nuevos modos, tiene su símil con el árbol y las ontologías en ese sentido. El escritor no tiene un genio hegemónico, sino que está atravesado por una serie de relaciones.

 

CRG: yo creo que una escritura geológica antes que nada se propone una exploración en las relaciones siempre tensas entre el cuerpo y el territorio. EL territorio entendido como una relación de soberanía, no el territorio como paisaje. Sino el territorio como prácticas y poblaciones. Una vez que te propones esta exploración tienes que plantearte qué cuerpos, qué territorios. Es importante tener a Haraway en mente, con las relaciones interespecie y tratar de incorporar en estas exploraciones no sólo a las poblaciones humanas, sino ir más allá con lo no humano. Entendido en un sentido geológico vertical, estas relaciones no en un sentido presentista, sino en un sentido del tiempo profundo. Una vez que nos disponemos a esta relación sin énfasis en lo humano, desde el tiempo profundo llegamos a lo que es fundamental en una escritura geológica que son las preguntas sobre la acumulación y la justicia.

Son tres etapas; cuerpo y territorio; multiespecie y tiempo profundo; acumulación y justicia. Si tenemos estos tres elementos en una visión amplia, creo que podemos estar hablando de una escritura geológica.

 

 

m.s.yaniz: Desde el tiempo profundo me gustaría ir a tu último libro publicado que es en realidad tu primer libro escrito. Pocas autoras o autores reeditan sus libros primeros. Es un gesto increíble pero raro, creo. Casi no se hace; y menos en un año en que has publicado muchos libros nuevos. Entonces pienso en ti como escritora geológica, que más allá del libro, la acción de reeditarlo sería parte de tu poética. En el prólogo de Andamos perras, andamos diablas hablas de cierta necesidad del reposo del archivo para vislumbrar, mantener y pienso, que en cierta medida, reparar. Que dejaste ciertos vicios estilísticos de juventud para que eso hablara en la reedición. Pienso en ese conservar el archivo con sus anacronismos en relación a la tierra. Rasgar la tierra reposada y descubrir retoños. Salen cosas nuevas. Andamos perras andamos diablas es un texto antiguo y los nuevos materialismos son algo más reciente, pero el gesto de reeditarlo, dejarle huellas sería parte del programa o la teoría de las escrituras geológicas aunque como libro, en sus temas o modos de escritura, no esté en ese proceso.

 

 

CRG; Totalmente. Yo creo que ahí estás absolutamente en lo correcto. El libro lo mencioné y vino a mi campo de atención porque está en El invencible verano de Liliana. Ahí está el meollo, la partida fundamental de mi proceso escritural. Me pareció pertinente sacarlo a la luz una vez más, porque tiene una relación con ese tiempo profundo del que hablábamos antes. En esa multitud de capas que se forman en los procesos de escritura. Entonces me importaba a nivel personal, porque es el libro que escribí cuando mi hermana todavía estaba viva y a un nivel digamos de historia literaria, es un libro en el que se ven cosas. La escritura ve cosas que no no ve. La escritura está captando un montón de estímulos para los que no hay palabras todavía o que no están completamente formados. Las preocupaciones que pululan el libro, sobre la violencia y especialmente sobre la violencia de género, vistas desde ahora hacia atrás están muy claras en el libro. Pero creo que cuando lo estaba escribiendo, carecía de un lenguaje lo suficientemente preciso para ubicar este tipo de realidades y ahí está la fuerza muy real de la escritura. Esto de ir a un sistema de percepción que está en el cuerpo y permiten captar estos elementos que no embonan o que es difícil naturalizar. Y están muy presentes en esos elementos de lo que Piglia llama enigmas. Enigmas son los que echan a andar una operación de escritura. En mi caso ha durado todos estos años, pero en efecto, en ese sentido, hay una relación orgánica, aunque no directa, que se lanza de ese libro al más reciente y está presente en muchos otros libros. El personaje de Xian está en varios cuentos, mi blog, alguna novela. Es ese tipo de personajes que no se van. Menos porque una los conozca bien y más porque siguen produciendo el mismo tipo de enigmas que una no resuelve y tiene que seguir regresando una y otra vez.

 

m.s.y. Supongo que es una insistencia, como los fantasmas, como el espectro. Supongo que desde Dolerse de 2011 o quizá sí desde los noventas, tu escritura parece atravesada por un doble carácter del fragmento. Por un lado como cosas rotas, frágiles, en extinción, que están desapareciendo; y  por otro lado como algo que da origen a cosas mucho más grandes. Pienso en la historia del algodón que su correlato es la acumulación de capital y la violencia. La idea de amor y pareja en Andamos perras andamos diablas derivaría en la condena del amor patriarcal y sus peligros letales y nefastos. Juan Rulfo como figura irían en relación a la fundación de la literatura mexicana nacional. Te quería preguntar cómo llegas a estos materiales. En algunos casos hay un espectro desde lo familiar pero si tú tienes una inclinación especial por esto. Lo dijiste un poco al principio, pero si sí tienes una propensión a buscar motivos, cosas pequeñas, como indicios de la acumulación originaria y el capital. Pienso en el Melville de Charles Olson donde justo el esperma de ballena es el motivo de la riqueza americana; o en Reza Negarestani quien escribe sobre que el petróleo es el motivo de las guerras de oriente y si  estas en esa línea, esas búsquedas o ha sido más accidentado. Cómo has llegado ahí.

 

CRG: Necesitamos personas que formulen ese tipo de preguntas. Me interesa esa manera de interrogar a la literatura. Yo creo que algo que atraviesa todo eso, y justo estoy escribiendo sobre ello, tiene que ver con el archivo afectivo. Cómo se construyen los archivos afectivos y cómo escribimos con ellos. He estado leyendo archivos institucionales por un cierto número de años, leyéndolos a contra corriente, pero también he estado trabajando con archivos afectivos. Los archivos que van más allá del Estado. Creo que esa idea del archivo como fundacional para el proceso no sólo de investigación sino también de escritura. Es algo que podemos encontrar desde la primera novela que escribí hasta la más reciente. Por otro lado  trabajo muy consciente, es decir, no estoy aplicando la teoría como suelen decir unas gentes que creen que se hace así de sencillo. Los que son anti teóricos suelen odiar la teoría porque creen que es una relación vertical, de que sabes una idea y la aplicas a cosas. Ojalá funcionara así, no funciona así. Lo cierto es que hay una exploración teórica que tiene que ver precisamente con una cierta forma del materialismo clásico combinada con lo que están ampliando los nuevos materialismos. Encuentro muy provechosas las discusiones que tienen un grupo en Estados Unidos que se llaman “Los infrapoíticos” que arman una conversación de los latinoamericanismos en Estados Unidos en contra de cierto revisionismo y nociones estructurales de hegemonía. Están tratando de regresar la discusión a sus bases materiales a través del concepto de acumulación y a mí me parecen que las revisiones que hace Silvia Federecci sobre la acumulación desde el punto de vista del género son fundamentales para esta revisión aunque a algunos infrapolíticos el género no les importe. Es una discusión muy amplia que para  es fundamental como alguien que está tratando de pensar el mundo en que vivimos. Estar ubicando esos puntos, esas intersecciones en los que aparecen, convergen estos grandes procesos estructurales con lo que Judith Butler habla de dar cuenta de sí mismo, el recuento, lo que una presenta de sí misma. Esos dos momentos en que la historia del yo, la historia del tú y la historia del nosotros pueden converger a mi me interesa. Todo eso no sería posible sin una noción bastante amplia y flexible del archivo y del archivo y su relación con la escritura.

 

m.s.y: Medio entiendo que Bulgaria Mexicali de Gerardo Arana te ayudó a aterrizar esas ideas que estabas formulando, pero también insistes en que la escritura geológica tiene que ver con el cuerpo y creo que en Arana no es tan tangible el cuerpo. Te quiero preguntar cómo hiciste ese paso teórico, entre el archivo, ese poema experimental y llegar a la necesidad del cuerpo en la escritura.

 

CRG: Más bien con la materialidad de la existencia en general. El libro de Arana a mi me llama la atención por varias cosas, la manera en cómo presenta desde el inicio la noción de territorio a través de los mapas, a través de los conteos de kilómetros y esos mapas cortados. La forma en que re-arregla nuestra noción de territorio a partir de la idea de fincar un espacio propio, una casa, está implícitamente, no, explícitamente llamando a esa relación de un territorio. Fincar que no construir, es una selección verbal muy interesante y hay la relación de capas geológicas de tiempo profundo con el lenguaje reescribiendo el poema fundacional de López Velarde. Hay una noción de cuerpo en tanto esa materialidad tanto del lenguaje con el que trabaja como de esa realidad a la que se refiere. Por ejemplo, en la parte de las hachas con las muchachas y hacia el final del poema empieza con la enunciación de los cadáveres de las mujeres de Juárez, va entrelazando esas imágenes con los versos originales de López Velarde. Ahí hay un énfasis temático sobre el cuerpo y esa materialidad de sus herramientas, del poema con el que trabaja y del presente del que habla. Además de una materialidad de la existencia. Nada de lo que Arana trata es abstracto y eso lo pone en juego desde el inicio. Por eso el artículo con el que arranca mi libro sobre estructuras geológicas arranca con el de Arana.

 

m.s.y: ¿y ese libro es una recopilación de todos tus ensayos publicados sobre Gabriela Cabezón Cámara, Balam Rodrigo, Juan Cárdenas que salieron en la revista Literal?

 

CRG: Son varios más, uno sobre Anzaldúa que para  es muy importante, uno sobre César Calvo autor de Las tres mitades de Ino Moxo y otros brujos de la amazonía. Un librazo que sino lo has leído es increíble, hazlo. Es totalmente geológico, sobre el ayahuasca y un viaje al amazonas peruano. Algo como Castañeda, pero es otro tipo de cosa. Hay un archivo, un archivo transgiversado. En mi libro hay un capítulo introductorio donde estoy tratando de definir que es esto de escrituras geológicas y forma parte de una discusión de ecocrítica, de la eco poética pero creo que las características que te dije al inicio la vuelven algo particular. Hay mucha ecocrítica que se hace sin pensar en la acumulación, por ejemplo y sin necesariamente culminar en la justicia. Hay mucha eco poética que finalmente puede terminar en una especie de neopastoralismo. Una cosa contemplativa, decimonónica y a mi me parece que lo geológico como parte de esta discusión ecocrítica se vuelve específica en su relación con el materialismo clásico y los nuevos materialismos en esta pregunta constante sobre la acumulación y la justicia.

 

m.s.y: Ya haces una poética, una poética por medio del ejemplo de tu concepto.

 

CRG:  Sí, sí. Bueno, para quienes hayan leído mi libro sobre Rulfo, Autobiografía del algodón o El invencible verano de Liliana encontré ahí el tinglado. No es que lo haya tenido claro en la cabeza mientras los estaba escribiendo sino que mientas escribía esos tres libros iba escribiendo sobre las escrituras geológicas. Como lo que pasó con Los muertos indóciles y los libros que escribí antes. Tengo esta costumbre de estar trabajando mis preocupaciones literarias y mi instinto teórico. Porque no son distintas, forman parte del mismo proceso de búsqueda.

 

 

m.s.y: Insisto en tus primero libros. Regresando a Andamos perras andamos diablas, hay una cosa muy poderosa que dices. Sobre adoptar la mirada de otros, sobre la mirada de la otredad que en tus libros recientes se hace más fuerte. Te quería preguntar sobre la relación de esto con la escritura geológica. Ese descolocar, hacer hablar y sobre la poética de dar a la escritura la posibilidad de decir lo otro. ¿Cómo construyes eso? Hay todo un diálogo con la desapropiación. ¿cómo llegas como autora a decir si estoy ahí, en la escritura, pero en realidad no estoy ahí como una autoridad, estoy de otra forma, no estoy dando voz?

 

CRG: Híjole, esa es una pregunta bien compleja. Podríamos llevarla a una dinámica muy amplia o a ejemplos muy concretos. Una preocupación general que veo mucho libros y manuscritos que reviso que tienen un concepto muy tradicional de ficción están muy interesadas en dejar en claro su punto de vista. Hay una relación directa. Creo que el trabajo lógico desapropiativo hace toda una vuelta, todo un recorrido y lo que busca es que las prácticas primen sobre elementos concretos. La manera de investigar este proceso es leer, interpretar las marcas como marcas de otros. Entonces es menos una preocupación directa de “yo pienso esto” sino de “yo interpreto marcas concretas”, prácticas concretas que han quedado impresas sobre distintas capas de realidad. Pareciera ser una estrategia ligeramente distinta pero es una estrategia radicalmente distinta. Creo que algo tal vez muy simple pero que importa y está en ese libro de Judith Butler de dar cuenta de sí mismo, es que las marcas que dejan los otros en uno son marcas opacas, que no son claras y parte de lo que hace el trabajo de la escritura es moverse en esa opacidad menos para resolver el enigma y más para darlo a compartir en ese estado como enigma y esto es algo que ha discutido de manera muy bella Eduardo Grüner en El fin de las pequeñas historias. Son estos momentos los que ayudan a que el libro no sea una impronta de la subjetividad autorial sino una composta de materiales a través de los cuales podamos participar y compartir en ese estado de opacidad que es fundamental.

 

m.s.y: Creo que se ve en esas materialidades, el libro, el archivo, poner otras grafías y textos dentro de los libros. Hablando de la opacidad y ese elemento de la visualidad del archivo, quería preguntarte si nunca has pensado en otras remediaciones. Hay muchas escritoras que son artistas, cineastas, otras cosas. Pensando en que Random House tiene cierta tendencia al cine, se está filmando Temporada de Huracanes, ya está la película de Distancia de Rescate de Samanta Schweblin y tus libros tienen grandes imágenes y una exploración de esas materialidades del archivo con el que se crea una parte del cine experimental. Andamos perras andamos diablas termina con Xian el puente sentándose y pensando si alguien la dejaría dormir en alguno de esos carros que alcanza a ver. Que sería como el paisaje del antropoceno en donde otras voces confluyen. Pienso también que desde Benjamin el cine tendría un carácter de escritura geológica, con la colectividad, la investigación y el archivo. Cierto cine como sans solei. Y quizá está mal pero me queda grabado el final de autobiografía del algodón en que narras el carácter de muerte, su correlato con la violencia del algodón y sus antónimos como suavidad y pienso en la escena de Django de Tarantino, donde matan a uno de los hermanos y hay una escena hermosamente cruel, donde la sangre pinta el algodón y me gustaría esa película tuya. Muchas imágenes, igual son lenguajes distintos.

 

CRG: Algo que quería decirte es que el otro día con Sara Uribe tuvimos una conversación en que decíamos que ya tenía el archivo. Aunque sea ficcionalizado. Hay unas cartas que se citan, otros documentos también. Siempre estoy pensando en un modo multimodal. Lo que pasa es que no tengo tiempo, tengo muchas cosas que hacer. Pero uno de los proyectos en los que estoy alrededor de Autobiografía del algodón, junto a Leslie García es buscar las voces del algodón. Crear un programita que nos pueda producir los aspectos sonoros y el lenguaje de la algodonés. No lo hemos hecho pero me debo esa transducción. También estoy trabajando unas litografías de presentación, que no representación, de la realidad del algodón pero es más cuestión de tiempo que de imaginación por lo que no hay esas transducciones. Quisiera yo llevarlo al cine, a la pantalla, pero no depende de mí. Pienso que también se presta para otro tipo de ejercicios. Algo que implique a los otros sentidos. Por ahí hay varios proyectos que ojalá me de tiempo de hacer pronto. La cuestión es de tiempo, necesito urgentemente un sabático.

 

m.s.y:  Todo esto me lleva a preguntarte cómo te consideras en toda esta labor, si has pensando en alguna nomenclatura. Que no es sólo escribir, ni escribir e investigar. Sino que, por ejemplo con Dolerse, es un trabajo de voces, de colectividades y demás. ¿Cómo te nombrarías bajo este paradigma de escritura? Pienso en Verónica Gerber quien es una artista visual que escribe. Quizá nunca has pensado en eso, pero siento que hubo un momento en que eras más una novelista avant la lettre, ahora eres algo más. Sin jerarquizaciones, pero son modos diferentes. ¿Has pensado en alguna forma de nombrarte o estás bien siendo una escritora? No sé qué piensas

 

CRG: Sabes, no podría ser como Vero porque Verónica es una especialista en arte. Aunque muchas de las cosas que termino pensando tienen mucho que ver con teoría del arte creo que en muchos sentido los teóricos del arte han estado pensando cosas que a los escritores les tarda mucho más en interesar y conmover. En mucho tiene que ver con ese sentido tan metido del escritor individual, del genio. En fin. Algo que ha sido muy importante para  a lo largo de los años aunque es poco glamuroso es que soy profesora. Hay una relación con la pedagogía y una relación con lo que implican esas conversaciones continuas en un salón de clases o fuera del salón de clases o a través de la pantalla como lo hacemos ahora. Esto ha sido importante para mi, no es cosa menor. Este libro de escrituras geológicas es parte de los seminarios que he dado en la universidad de Huston en los últimos tres años, además de mi propia investigación. Recuerdo que en los semilleros zapatistas en los que participé en 2019 yo me presenté primero como profesora y luego como escritora. Los escritores que estaba ahí estaban un poco escandalizados porque claro, ser profesor es muy prosaico. Pero valdría la pena repensar esa relación y verla desde un punto de vista mucho más rica, más activa. Sobre todo en el proceso plural de enseñanza aprendizaje y lo que tiene que ver con estar pensando y repensando y compartiendo. Hay un proceso de compartencia que me parece fundamental. Pero no sé, se va a oír muy machacona esto de escritora profesora y por eso no lo digo. Aparte ora y ora hacen muy mala cacofonía. Es muy poco sexy, pero va a ser sexy pronto, ya verás.

 

m.s.y: Tanto en Dolerse como en Los muertos indóciles hablas de la figura del curador. En un seminario que tenemos en Primal, un espacio de ecologías plexantes, sobre Donna Haraway decíamos que habríamos de cambiar la figura del curador por la del conjurador. Toda una poética de que más allá de ser una autoridad que coloca objetos en el espacio, lo que hace es conjurar voces, procurar encuentros, juntar sensaciones y leía tus textos a raíz de eso. Pensaba en ti como una conjuradora. La conjuradería sería ese encuentro con otros, vivos y muertos, en una cartografía. Además de todos los libros de los que ya hemos hablado, pienso en el libro de Rigo es amor donde se invita a personas para pensar cosas, curadurías pero más una conjuraduría por el encuentro de voces.

 

CRG: Sabes, así termina la introducción de este libro de escrituras geológicas. Tenía la impresión de lo que hacemos en ese tipo de libros es como cuando eres un anfitrión e invitas a cierta gente a cenar pero no se conocen entre sí, pero ya han estado platicando entre ellos sin que ellos lo sepan, a través de ti. Creo que en ese proceso de invocar, conjurar, convocar, se parecen la escritura y la enseñanza. Un libro vive más allá de su captura como libro, en las conversaciones que provoca. Después los sueños que provoque, como lo decía Paul Golodin, un libro que termina en los sueños de sus lectores es un libro exitoso.

 

(suenan ladridos del perrito de Cristina)

 

m.s.y: Profesora, escritora, conjuradora.

 

CRG: Suena bien ¡eh! Pero tenemos el problema de la ora, ora, ora. O incluso podríamos buscar otro para que se repita más y parezca un mantra. Un eco.

 

m.s.y: me gustaría extrapolar una idea. Es un cliché que el arte “hace ver de otra manera”, pero creo que sí, tu escritura produce un extrañamiento de la vida misma. Como ese materialismo constante con el que trabajas, su regreso a la acumulación originaria, la familia y ciertos materiales, creo que hay un momento en que lo llevas a que uno se pregunte o haga notar que “espera, la vida existe, no sucede sólo porque sí, la vida no es tan gratuita”; y me quedé pensando en algo que dijiste en la presentación de Autobiografía del algodón con Nona Fernández, que te diste cuenta de que salir a la naturaleza era estar con contacto con el Estado. Ellos administran y hacen ver esa forma de vida. Mucho de lo que existe está, en efecto, administrado por el Estado, en los parques nacionales y ese tipo de lugares, te quería preguntar ¿Dónde una podría tener una experiencia o un escape de ese contacto con la administración Estatal?

 

CRG: Yo creo que esa es una pregunta importante, pero no sé, existe la propiedad, no existen los cercamientos. Hace algunos años estábamos en Valle de Guadalupe y no había ningún lugar en donde poder hacer un picnic. Lo decía en el sentido de esas visiones medio románticas, de que una se sale a la montaña y la montaña no le pertenece a nadie. Hace poco tuve una residencia en Suiza e iba todos los días a la montaña. Pero claro, siempre había leñadores abajo trabajando para compañías específicas, para la ciudad. Está el camino que construyó el Estado suizo, los refugios por los que se cobra. Está lleno de señales de que no es naturaleza en bruto, no mediada en la que finalmente vamos a poder ser algo original. Hay que mantener los ojos muy abiertos. Sinceramente en el mundo tal como vivimos ahora, tanto el subsuelo como el aire y la atmósfera están marcados por una lógica de acumulación y una lógica de extractivismo que ha alcanzado los confines del mundo. Por eso estamos en lo que llamamos el capitaloceno. Por lo mismo hay que tomárselo muy en serio.

 

m.s.y: Supongo que en ese avanzar del capital van quedando menos lugares. De Autobiografía del algodón puede emanar la idea de que los afectos y las formas de las emociones tienen mucho que ver con el contexto. Hay un modo de ser y ser afectado norteño, sureño, etc… Por otro lado, pareciera que las escrituras geológicas tienen todo que ver con el pasado y el presente en el sentido de la búsqueda del tiempo profundo. ¿Cómo sería hacer una escritura geológica mirando más bien al futuro que escapen de los afectos regidos por el capital en vías a la acumulación?

 

 

CRG: Yo no tengo respuesta para eso, por supuesto. Si lo tuviera estaríamos viviendo otro mundo. Pero hay algo que pasa cuando nos damos cuenta que podemos alargar la residencia, el periodo de residencia de las sustancias, de los materiales. Hay algo que sucede cuando nos damos cuenta de que ese no es un proceso abstracto que ocurre en la mente, sino un proceso que implica solidaridades varias y hospitalidades como es el proceso de investigación en sí. Sobre ese pluralidad de la búsqueda que es un entrelazamiento continuo y esta capacidad de invocación de la que hablábamos antes de seguir convocando las presencias que también nos determinan. Creo que algo pasa ahí a nivel afectivo, en términos de cómo nos afectamos y como afectamos a la tierra, al lugar donde vivimos. No hablo de esperanza porque no creo mucho en eso, pero he hablado muchas veces de ser testarudo y de seguir insistiendo. No sé en qué va a acabar el cuento, lo que sí sé es que mientras estemos aquí esas posibilidades de crear cosas en común y de abrirnos hacia la posibilidad de afectar y ser afectados. No sólo por lo que nos rodea materialmente sino por esas otras presencias que siguen en el medio ambiente en distintas modalidades, creo que tendremos una experiencia más rica y con mayor capacidad de conexión. Eso ya en sí mismo me parece suficiente.

 

 

m.s.y: uno va buscando otras maneras de ser afectado y afectar. Imagino que el proponer el concepto de escritura geológica como otra forma de ser profesora, escritora atravesada por la libertad del diálogo y el archivo, está generando otras relaciones a futuro.

 

CRG: De eso se trata. Yo he puesto mucho de mi tiempo en crear ese programa del que te hablaba antes de escritura creativa. Lo veo muy cercano a lo todo el trabajo que estoy haciendo. Yo se que hay escritores que son muy celosos con su tiempo, prefieren estar consigo mismos y es muy fructífero. En esta residencia a la que acabo de ir, lo viví. Sí, una trabaja un montón en soledad, es decir produce un montón. Pero creo que  este otro trabajo de continua convocación en talleres, el campus, la comunidad son igual de importantes. Tiene que ver por cómo nos vemos siendo escritores, si nos imaginamos en un cuarto o dentro de la cabeza o abriéndonos a una multiplicidad de afectos y luego entonces de relaciones con el mundo. Definitivamente prefiero lo segundo.

 

m.s.y: No obviar que uno está afectado todo el tiempo por más que te quieras aislar. Me gustaría terminar con una pregunta tramposa: ¿qué pregunta o asunto sobre tu obra siempre has querido que te pregunten y nunca te han hecho? Algo que digas: me encantaría que me preguntan tal cosa pero nunca llega.

 

CRG: Bueno, algo que has hecho hoy y me ha gustado mucho es poner libros en conexión. Tratar de unir lo que para mi va junto, con pegado, por ejemplo el momento teórico y el momento literario de una búsqueda que para mí es en conjunto. Por eso te decía que me gustaban tus preguntas. No es común entender la complejidad así. Ver lo que implica escribir un libro, si vemos las raíces nos acercamos, sino parece que escribir un libro es una cuestión de saber poner una coma en un cierto lugar. Si vemos estas preguntas que son mucho más amplias, vemos que ni la ética ni la política son proceso reduccionistas o sobre determinados, sino que forman parte de los materiales con los que estas búsquedas más amplias nos ponen en contacto. Hacer ese cruce de caminos entre los que, entre otras cosas, salen los libros.


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Imagen tomada de Flickr, sin derechos de autor

Una mañana cualquiera, ya entrado el segundo año de peste, cientos de Sinbads yacen sobre las camas revueltas; otros no han despertado del sueño de los justos, las marcas se bifurcan y luego se erigen desde las capas de mugre. Son todas distintas, se colman de culpa y abandono. Las costillas expuestas envuelven el continente frugal, lo que queda de estómago, para luego disolverse en espuma que todo extingue. Cada momento y la suma de los segundos augura un fin al estrellarse el alba contra las islas áridas de la piel desnuda de quienes hemos sido tocados por la noche y cuyas mareas nos han dejado sin viaje de retorno. Los capitanes se quedan varados, antes del alba, los fantasmas —que luego de la Luz devienen pesadillas— pululan desde el silencio. Sinbad lo sabe, tiene presente que todo capitán —toda pirata— se expone a quedar varado ante la neblina, densa y ambarina como un jaibol, o dulce, pero finalmente embriagadora, “borracho de ron y silencios, me deja la memoria a la deriva”. Antes del black out —como bien lo expone María Moreno—, Owen nos regaló líneas para quienes emergemos cada mañana, incluso en las largas madrugadas de alcohol y abandono, una luz ante el dolor y sus oquedales.

Mitad irlandés, mitad tarasco, alusión a la que siempre regresaba con orgullo, Gilberto Owen siempre fue fiel a las transfiguraciones y a las múltiples líneas trazadas geométricamente desde la mística personal hasta la felicidad, corta pero abrazadora, que el amor, los viajes y hasta el desvelo del alcohol lo acercaron hacia nuestra mirada. Hay que decirlo, Owen no le tuvo miedo a las imágenes, su pluma lo llevó a viajes extraordinarios donde la libertad siempre fue sitiada por sus propias cárceles: el desasosiego y el sentirse en falta ante el desconocimiento de su poética. Como los marineros errantes, en ocasiones el haber sido más invisible —fantasmal— provocaba cierta tranquilidad, como en alguna ocasión lo confesaría un año antes de morir a su médico de cabecera y compañero de cofradía en los Contemporáneos, Elías Nandino. (Quirarte, 2005: 80). Quien naciera el 13 de mayo de 1904 en El Rosario, Sinaloa, sostuvo en su interior el deseo constante de encallar en distintas voces, distintos puertos.

Como lo admiten los que han navegado a su lado —como Alí Chumacero, Jaime García Terrés, Tomás Segovia, Vicente Quirarte, Roxana Elvridge-Thomas— si bien ha sido el escritor más desconocido del grupo, en las generaciones posteriores, la llama poética siempre nos lleva a su lado, y con él, más que al viaje iniciático, nos invita a una travesía hacia el interior, debajo de las capas de quienes podemos ser y que, sin embargo, renunciamos para mirar extasiados el cómo la espuma deslava los vestigios de quienes hemos sido: el fuego purifica los restos para mostrarnos la imagen restante de la unión entre la vigía y el sueño que en ocasiones deviene etílico. El también autor de la novela experimental, a veces poema en prosa, Novela como nube tuvo siempre la delicadeza de invitar a sus embarcaciones a aquellas plumas que en la intimidad lo entendían todo. Ya se sabe, más allá del amor desatado por la desnudez del cuerpo que nos embelesa, probablemente para quienes somos orientadxs por las sirenas en las profundidades, el lugar más feliz, y quizá donde todas las sombras que nos habitan hayan quedado proyectadas, sea delante de nuestros libros, de la magnificencia de quien nos dice en la plena soledad las penas que también él o ella han vivido:

 

Yo, en alta mar de cielo

estrenando mi cárcel de jamases y siempres.

 

Dentro de ti, la casa, sus palmeras, y su playa, el mal agüero de los pavos reales,

jaibas bibliopiratas que amueblaban sus guaridas con mis versos,

y al fondo el amarillo amargo mar de Mazatlán

por el que soplan ráfagas de nombres.

Mas si gritan el mío responden muchos rostros que yo no

conocía

o que borró una esponja calada de minutos,

como el de ese párvulo que esta noche se siente solo e íntimo

y que suele llorar ante el retrato

de un gambusino rubio que se quemó en rosales de sangre al mediodía. (Owen, 1996: 71)

 

Dentro de las alusiones que ya discutía en un principio, se encuentran justamente las librescas o, mejor dicho, aquellas que se relacionan directamente con el amor que Owen siempre juró a sus poetas y cómplices, amigos de los que encumbró un estallido por compartir el alba, la palabra y el azogue.  Esas cárceles que tenían que ver con no ser el poeta triunfal en su Bagdad olvidadiza —como siempre denominó a la Ciudad de México— también encontraban el matiz de libertad con las correspondencias entre sus amigos: Cuesta, Villaurrutia, Gorostiza, Novo y Nandino, en México, Jorge Zalamea Borda, en Bogotá. Toda relación epistolar tiene algo de fantasmagórica, como si en la comunicación nuestras voces se desplegaran entre susurros y ectoplasma: todo se observa estático y, de repente, nuestras memorias se encuentran en ese mismo lugar, compartiendo el dolor de la partida, la angustia del fracaso. Por supuesto que las numerosas cartas dispuestas a Clementina Otero y aquellas erigidas hacia sus amigos son muestra del género literario que deriva a veces prosa, generalmente líneas poéticas que podrían volverse tomos, como lo expone Jaime García Terrés: “la diluida catástrofe que lo asediaba, nos ha privado de aquellas notas y versiones, así como de la mayor parte de una prosa epistolar que debió de haber sido copiosa, y que se antoja llena de su habitual impulso poético de claves para entenderlo mejor” (García, 1980: 25). La mayoría de sus críticos, incluidos Terrés y Quirarte, desnudan el hecho de que su llama se eleva con los umbrales de visión y las múltiples imágenes impregnadas al mismo tiempo de las citas y las plumas que incluso comenzó a traducir sobre todo durante su estancia en Filadelfia, de acuerdo con una de las últimas cartas dirigidas a Reyes: Emily Dickinson, Valéry, William Carlos Williams, Blake, entre otras resonancias prófugas del esnobismo tan asentado después de la Revolución mexicana y que cargaron la pluma de quien posara para Roberto Montenegro en 1927. Ante la búsqueda infinita capaz de llevarnos al instante de palpar el hallazgo, cuyo brillo refleje la melancolía que sentimos mientras la leche se derrama y las nubes pasan sobre nuestro rostro jugando a ser viejas por la sombra, no hay más que buscar tales reflejos en otros ojos, en otros libros. Tomás Segovia sostiene que en la obra de Owen las alusiones librescas no pueden separarse de los acontecimientos: quizá una siempre se nutre de la otra:

 

Vemos entonces que otro rasgo de ese estilo, las constantes alusiones librescas, que podría parecer menos necesario, es cuando menos eficaz para la creación de este ambiente. No sólo porque esas alusiones contrabalancean la confesión directa y personal (lo cual después de todo podría ser superficial) sino precisamente, me parece, por la razón mucho más profunda y compleja de que nos sitúan de entrada en mundo donde esa poesía quiere hacernos vivir: un mundo donde los libros y los acontecimientos no pueden separarse , porque el sentido de esos libros o, dicho de otra manera, el sentido de la poesía es justamente el mismo que el poeta trata de instaurar en el momento preciso en los que leemos, la consagración de los lugares y los acontecimientos […] No se trata, una lo vemos, de que la vida sea libresca; son más bien los libros los que están invadidos, obsesionados por la vida. Es lo contrario de una vida poetizada: una poesía viviente. (Segovia, 2001: 22-23)

 

El hallazgo literario siempre se nutre de la experiencia de la lectura que toca, mediante los tercetos y el verso, el punto que nos une dentro del ritmo poético, del que rezuma “suprema elegancia espiritual”, como Quirarte lo sostiene. Así, frente a los múltiples espejismos y visiones, lo cierto es que no hay imagen poética que perdure intacta sin haber tocado en carne la granada y el azogue, la vida en sus múltiples experiencias que conforman aquel crisol del que las letras de los Contemporáneos se iluminaron hasta su extinción cárnica.

Quizá Owen sea el poeta que haya comprendido la dimensión del amor más allá de sus formas clásicas; como bien lo admite Quirarte: “tuvo la nobleza necesaria para ejercer el difícil oficio de la amistad”. Si lo pensamos detenidamente, no puede existir tal, si acaso nuestra mirada no se reconoce mediante los ojos de la complicidad, y puede que la literatura —una vez más— haya logrado que las voces, incluso fantasmales, y los recuerdos —cada vez más lejanos desde las comarcas parceras o las calles impolutas norteamericanas— unieran por momentos a los amigos convertidos a veces en tripulación, y otras, en mórbidos cantos de sirenas. Por supuesto que su aventura latinoamericana no fue menos intensa, en ocasiones inquietante. Todo espejismo es onírico y el deseo de quedarse instalado en esa ingravidez es muchas veces los que nos devuelve el alivio de regresar, pero si acaso no existe a quién encontrar en el puerto, es posible que el estado ideal sea viajar, antes que sentirse estático.

En Bogotá sucedieron muchas cosas, además de su boda con Cecilia Salazar y el nacimiento de sus hijos, comenzó una carrera en el periodismo, pero los fantasmas no cesaron y, de pronto, Sinbad volvió contra sus peñascos, como lo relata Quirarte a propósito de un viaje que hizo a Colombia para encontrar los vestigios de aquella embarcación en aguas del sur, pues: “El marinero que se fue en busca de otros puertos, ya no oye, pero sí que habla”, y su voz toma cuerpo mediante los testimonios de los amigos colombianos:

 

En 1934 Owen parece muy atractivo en El tiempo, como lo demuestran los artículos citados, así como lo que incluye Luis Mario Schneider en la hemerografía de las Obras de Owen. De pronto, estas colaboraciones cesan. En esos momentos, Owen vivía del periodismo y, por la experiencia que sus lectores tienen de él cuando se enfrentaba a alguna tarea, su actividad era febril y compulsiva. ¿Cómo explicarse esa interrupción súbita de un trabajo que ocupa permanentemente la primera plana del suplemento Lecturas dominicales? La explicación me la dio Fernando Charry Lara, en un almuerzo que tuvimos […] Y Charry evocó, con su memoria cortés y aguda, a Owen como traductor de cables internacionales para la United Press. Lo recuerda también, a las horas de asueto, en el Café Victoria, cuartel general de los poetas piedracielistas, aislado, en mesa aparte, absorto en sus lecturas, con una taza de café que en realidad contenía aguardiente Cundinamarca. Doble violación e incitación al desorden, si se piensa, primero, que Owen bebía —y fuerte— por la mañana; segundo, que en Bogotá era muy mal visto que alguien pidiera una bebida criolla. (Quirarte, 1991: 46)

 

Pasaron casi diez años, Owen se exilió así mismo, deambulando ya entonces entre los fantasmas y, desde luego, la vanguardia, las tertulias y las múltiples fiestas y llamadas hacia el calor ambarino, firma en 1942 su Bitácora de febrero, Simbad el varado, y regresa por instantes a su Ciudad. La Bagdad lo acoge entre los tequilas, las noches en el Cabaret Leda y los comienzos de la enfermedad y se reencuentra con Clementina, que como bien delinea Quirarte: “sólo para mirarse mutuamente fantasmas, con un aire de haber sido y sólo estar ahora”, y regresa para irse a la última parada, el viaje sin retorno.

Ciertamente, la idea de inmovilidad denota la idea de infierno personal, puede que el deseo de regresar a la patria que ya no era aquella que dejó décadas atrás no fuera tan fuerte como el deseo de flotar entre claroscuros, en todo caso quedarse imantado por los hallazgos y los juegos en los que se encuentran los dedos, también la lengua. La mañana del 9 de marzo, Sindbad encalló, y tras la ceguera y los achaques, su cuerpo se quedó flotando entre las nubes de dos ciudades equidistantes cuya unión ya solamente se dibuja por la figura del poeta melancólico cuyo fantasma siempre regresa al puerto sinaloense.

 

Tal vez mañana el sol en mis ojos sin nadie,

tal vez mañana el sol,

tal vez mañana,

tal vez.

 

Y siempre, las generaciones se empeñan en perseguir fantasmas. Y en este segundo año de la peste, es posible que de alguna forma lo seamos de quienes nos desprendimos hace un par de años. El rescate siempre es el hallazgo.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.