Tierra Adentro
Portada de Eduardo Trejo

Una de dos: o el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas, o Dios no tiene tripas y entonces el hombre no se le parece. Esta frase de Milán Kundera sirve como carta de presentación para Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos, de Laura Sofía Rivero García. Debo confesar que Milán Kundera es uno de los pocos autores anteriores a mi generación en cuyas obras todavía me sumerjo con la intención de hallar preguntas, y la primera que me hice ante tal epígrafe fue contundente: ¿quién escribe sobre las excrecencias de las personas? Luego, una tras otra, se desprendieron las demás: ¿cómo se empieza a escribir acerca de los desechos corporales?, ¿sobre cuáles de estos desechos resulta más interesante escribir?, ¿sobre cuáles yo preferiría leer? Y la última: ¿por qué una colección de ensayos que divaga entre humores, secreciones y hábitos de baño se gana el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez?

Ya le seguía la pista a Laura Sofía desde hace algunos años, sobre todo porque fue tras leer un ensayo suyo que comprendí de qué se trataba un ensayo: ese ir y venir entre imágenes, datos comprobados, suposiciones, palabras tomadas de otros tiempos y voces y reflexiones propias. Sin embargo, cuando se anunció el título de su obra como ganadora de la convocatoria de 2020, de inmediato despertó mi curiosidad. Entre otras cosas, la pandemia nos dejó un atraso de casi dos años en la publicación de ciertos libros que no debieron esperar tanto para existir. Por fin esta reseña se convirtió en el vehículo para entrar a fondo en la lectura de Dios tiene tripas.

No podría enlistar todas las particularidades que el estilo de Laura Sofía tiene, porque cada vez que he leído un texto suyo tengo la sensación de que una voz me habla desde una especie de bruma que la vuelve invisible, pero que le otorga una visión privilegiada desde donde observa, a un solo tiempo, lugares, dimensiones y momentos que coexisten en perfecta armonía. Claro que en Dios tiene tripas se siente esa distancia necesaria para armar el mosaico en el que el libro se convierte. Desde la diarrea, el acto de orinar en la vía pública, la indiscreta ubicación de cualquier baño del mundo, olores, humores y rumores corporales, latrinalias y el amplio abanico abierto de lo escatológico, cada tema sobre el que medita se convierten en esa pesada evidencia de lo que los seres humanos tratamos de negar a fuerza de murmullos, silencios, omisiones y eufemismos, pero que nos conecta sin excepción y, por tanto, se vuelve parte esencial de la condición humana, por más que intentamos negarlo. Porque, al entrar en el libro, se vuelve inevitable hacer memoria de nuestras propias experiencias: la urgencia del intestino cuando la diarrea nos toma por sorpresa; esa especie de complicidad con el usuario anterior del baño al que acabamos de entrar, que se establece cuando percibimos los restos de su digestión en el aire que nos llena los pulmones; la desesperación ante el descubrimiento de que no tenemos más que un par de delgados cuadritos adheridos al tubo café que ya no nos presenta la seguridad de una cantidad decente en el rollo de papel higiénico; la pérdida de la intimidad al ser parte de la fila de quienes pretenden usar un baño ajeno; el vínculo que se establece con alguien ante quien el cuerpo no siente vergüenza si de sonidos se trata; el alcance del pensamiento o la reflexión que provocan los mensajes, anónimos o no, dejados con ayuda de cualquier pigmento por nuestros antecesores dentro de los límites de un baño público. Laura Sofía, además, dilucida acerca de los motivos que las personas tenemos para conservar el secretismo que gira en torno a aquello que implican nuestros desechos, porque hay en los ensayos una profunda investigación histórica que se entrelaza con los otros elementos que construyen esta narrativa: desde las costumbres de los griegos y romanos; los primeros acercamientos a la limpieza y la asepsia; los datos oficiales que podrían advertirnos sobre la siguiente pandemia que, por supuesto, no vamos a prevenir; el futuro en cuanto a la persistencia de la mugre y todo lo que de ella deriva.

Cada uno de los ensayos de Dios tiene tripas se presenta como una unidad que bien podría funcionar de manera independiente. Sin embargo, en su conjunto, Laura Sofía nos muestra una exploración, un viaje a través del subsuelo habitado por todo aquello que solo nombramos en solitario, porque la  mayoría de las veces apenas nos atrevemos a lanzar un pensamiento para, de inmediato, arrepentirnos de cargar con el peso, con la mancha incontrolable, con la peste característica, de todo aquello que nos acerca más a lo humano en tanto nos aleja de Dios.


Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
Ilustración de Mildreth Reyes

Un ser bajo una sábana (tal vez) blanca ya percudida por el tiempo, habita la portada del libro Cuentos completos de Leonora Carrington (Lancashire 1917 – Ciudad de México 2011), editado por el FCE. Lleva entre sus delgadas y finas manos, casi esqueléticas, una rosa oscura quizás ya marchita. Los ojos vacíos sobresalen de ese ser fantasmagórico ya que uno tiene un parche y el otro (que parece de un ave) está rojo y perdido hacia la nada. A los pies de esa criatura, se encuentra un lémur que parece ver a quien se atreva a tomar el libro con sus manos.

La imagen que a primera instancia podría parecer tétrica, corresponde a una pintura hecha por Leonora y terminada en el año de 1968, titulada El Ancestro. En ella hay muchos símbolos y significados como en todo lo que hizo la artista a lo largo de su vida y es que, en ese cuadro, habita la teoría de un continente llamado Lemuria que se hundió en el océano Índico hasta desaparear y que tiene que ver con el origen de la humanidad, haciendo que sus habitantes huyeran a otros continentes. Es ahí donde la leyenda, nos indica que algunos de sus sobrevivientes aún habitan en túneles o templos situados bajo el Monte Shasta, al norte de California y a veces, emergen de ese inframundo vistiendo togas blancas como lo representa Carrington en ese cuadro.

https://www.leonoracarringtonmuseo.org/el-ancestro

 

Pero no solo está eso ya que, si nos fijamos más a detalle, vemos que el ser de la pintura está dentro de un círculo que en la mitología celta tiene significados mágicos; también podemos ver una rosa que puede simbolizar algo espiritual, así como la resurrección y la inmortalidad; y, finalmente, los lémures pueden ser espectros o espíritus de la muerte, a partir de la mitología romana que los describe como seres de ojos redondeados, que miran fijamente y gustan de espantar a las personas. Hermosa primera imagen, que nos da la bienvenida para adentrarnos a las historias escritas de esta magnífica artista.

 

Cuando tenía apenas tres años, Leonora y su familia se mudan al enorme castillo neogótico (que ahora es una escuela) al noroeste del Reino Unido, que estaba rodeado de inmensos jardines y que inmortalizaría años después en obras como Green Tea (1942) y Crookhey Hall (1986).

Este habitar rodeada de bosques y jardines enormes que rodeaban al castillo, aunado a las historias que su abuela, su madre y su nana le contaban (y que tenían que ver con los cuentos de hadas, leyendas de brujas y mitos de la tradición celta), comenzaron a influenciarla para crear pinturas y narraciones en las que había fabulas e historias de fantasmas. Es así como Leonora empieza a cimentar los mundos mágicos que realizaría a lo largo de toda su obra, ayudada de igual forma por las lecturas propias de escritores como Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas), W.W. Jacobs (“La pata de mono”), James Stephens (Irish Fairy Tales) y Beatrix Potter (Peter Rabbit).

 

Los Cuentos completos están divididos en cuatro partes: “La casa del miedo”, “El séptimo caballo”, una selección de pinturas que bien pueden ser un complemento o dialogo con las historias del libro y finalmente, por tres cuentos “Previamente inéditos”.

De la primera parte se desprenden dos cuentos que podríamos considerar ya clásicos, por los estudios y críticas que de ellos se han escrito, siendo “La debutante” y “La dama oval”, los más conocidos.

“La debutante”, es el cuento con el que comienza el libro, en el que se muestra a una joven que será presentada en sociedad, pero que está incomoda ante el hecho, prefiriendo ir al zoológico a divagar y a conocer a los animales. Ahí se hace buena amiga de una hiena con la que platica regularmente. Una tarde, harta de su presente, le cuenta a la hiena su encrucijada quien se sorprende por la negativa de la joven a ir a su propio baile de presentación. La joven le propone a la hiena ir en su lugar y, aunque incrédula, la hiena acepta con tal de comer todo lo que su amiga le prometió.

Para los críticos y estudiosos de Leonora Carrington, este cuento representa un poco la juventud de la artista surrealista, en el que vemos una crítica de la autora al entorno en el que vivió y a su propia familia, en donde, en efecto, fue presentada en sociedad, aunque ella no quería, y representa en la hiena, su lado salvaje para huir y romper las cadenas familiares que la obligaban a hacer cosas de aristócratas que ella odiaba (y que al final si rompió), más aún si recordamos que su padre era un industrial muy importante de esas épocas y que, además, su familia en realidad era muy acaudalada. De igual forma, en la biografía que escribió Elena Poniatowska, la escritora nos dice que la abuela de Leonora le contaba la historia de que “Noé no dejó que la hiena subiera al Arca porque comía cadáveres y ululaba imitando la risa del hombre. Pero después del diluvio universal se cruzaron el lobo y la pantera y la hiena volvió a nacer”, creándole una fascinación por estos animales salvajes con los cuales Leonora se identificaba.

El cuento para mi es uno de los mejores ya que hay un dejo de ternura y de empatía hacia la joven por parte de quien lee el cuento, que se pone mejor cuando la hiena decide matar a la sirvienta de la joven para cortar su cara y ponérsela encima tratando de parecerse más a su amiga.

Una extensión de este cuento, podría ser el cuadro Autorretrato (La posada del caballo del alba) de 1938, en el que podemos ver a Carrington sentada y con una cabellera alborotada, tratando de acariciar a una hiena que está frente a ella. De fondo en la ventana hay un caballo corriendo y detrás de la autora, un caballo de madera que después aparecerá en el cuento “La dama oval”.

 

En “La dama oval” el personaje que narra la historia, va a la casa de una joven muy alta y delgada con rostro pálido y triste de nombre Lucrecia. Se sorprende al ver los muebles de la casa al menos el doble de los que comúnmente conocía, así como de ver Lucrecia quien al menos tiene 16 años, contraponiéndose a su enorme estatura. Al subir al tercer piso y entrar al “cuarto de los niños”, Lucrecia juega a transformarse en un caballo blanco, junto con su caballo-mecedora favorito: Tártaro. Como en el cuento anterior, el horror aparece cuando una hurraca de nombre Matilda, entra a la habitación con ellas, para de inmediato contarle a la narradora que la hurraca “habla con nosotros. Hace más de diez años le partí la lengua en dos. Que hermosa criatura”. La narradora describe como voz de bruja, el graznido de la hurraca que repite la frase “herrrrmosa crrrriatura”.

A grandes rasgos, diferentes estudios muestran que la aparición del caballo-mecedora puede simbolizar o significar la búsqueda anhelada de una niñez y juventud transgresoras que no se han liberado de lo que se les ha impuesto, o bien, cuando Lucrecia grita “todos somos caballos”, puede significar un rito iniciático que busca la libertad y empoderamiento personal que Leonora comenzaba a tener en esos años. El que haya caballos, hace pensar de inmediato en la diosa Epona que, de acuerdo con la tradición celta, es la diosa de los caballos que se asocia con la fertilidad, la vida, la muerte y la naturaleza, además de que Carrington ve al caballo como su tótem protector. Pero estas, solo son algunas teorías que arroja este cuento de apenas cinco páginas.

Lo fantástico ocurre cuando en el final, el caballo-mecedora es quemado por el padre de Lucrecia (quien ya era demasiado grande para jugar con Tártaro, cosa que molestaba demasiado a su padre). En esas últimas líneas, la narradora escucha desde el “cuarto de los niños” unos relinchos espantosos “como si un animal estuviese sufriendo torturas inauditas”.

 

Más allá de simbolismos e hipertextualidades, los cuentos dejan ver cuadros hermosos y monstruosos en la mente de los lectores, como en “La casa del miedo”, cuando la protagonista conoce a la Señora del Miedo, describiéndola de esta manera: “Tenía cierto parecido a un caballo, pero era mucho más fea. Su bata estaba hecha de murciélagos vivos, cosidos por las alas, y por la manera en que se agitaban se notaba que no estaban muy conformes con la situación”. Y continua con la descripción párrafos más adelante: “tenía la incómoda sensación de que me veía perfectamente con su gran ojo (solamente tenía uno, pero era seis veces más grande que los ojos normales)”.

Otra escena similar, ocurre en el cuento “El tío Sam Carrington” cuando el personaje principal, una niña de ocho años, narra una escena brutal dentro del bosque que dice así: “La luna llena brillaba intensamente entre los árboles, de modo que pude ver, a unos metros, el origen de un ruido inquietante. Eran dos coles que sostenían una terrible lucha y se arrancaban las hojas con tal ferocidad que en poco tiempo no quedó de ellas más que un montón de hojas despedazadas”.

 

En estos primeros seis cuentos escritos entre 1937 y 1938, además de los caballos que aparecen casi en cada historia (y ya no digamos dentro de sus pinturas y esculturas), algunos tópicos que se repiten son las fiestas elegantes o importantes, los zoológicos, los árboles, los jardines, y el que las narradoras de las historias, casi siempre se sientan solas y aburridas, quizás por eso los animales tienen voces y platican con ellas.

 

La segunda parte del libro se compone por dieciséis cuentos (algunos de ellos publicados en revistas de Nueva York y París), escritos en un espectro de tiempo más amplio, algunos se terminaron en 1940 y otros más a principio de los años setenta. Pero a diferencia de la primera parte, estas historias, aunque en su mayoría son cortas, tienden a explayarse un poco más, sin que esto las demerite, al contrario, se vuelven más ricas en información e imágenes que el lector puede crear al leerlas.

Como en la primera parte, algunos seres y tópicos se repiten como los caballos, los bosques, los animales que hablan, personajes con un solo ojo, los jardines, la aristocracia con sus rebambarambas, rostros pálidos, el carruaje fúnebre que describe de su funeral Lucrecia en “La dama oval” y que ahora aparece más detallado en “¡Vuela paloma!”. De igual forma, otros nuevos se une a los ya dichos como los conejos, las cabelleras largas y abundantes que regularmente cubren los rostros de los personajes, la religión, la magia, entre otros más.

De este segundo compilado, hay sin duda personajes entrañables, como el jabalí hermoso que aparece en el primer y más largo cuento de esta colección “Cuando iba por el lidero”, o bien, una anciana coqueta que aparece en ““Abatido por la tristeza”, pero sin duda, el que más me perturbo fue el que aparece en el cuento “Las hermanas”.

En dicho cuento, un ser femenino de nombre Juniper, vive en la oscuridad de un pequeño y sucio desván, porque supuestamente está enferma y no puede salir de ahí, al menos eso le ha dicho siempre su hermana Drusille, que únicamente le permite encender una vela los jueves por la noche. Y justamente en ese momento, es cuando por la luz de esa vela, Carrington nos narra a ese ser que hasta entonces estaba oculto: “Su cuerpo era blanco y estaba desnudo; le salían plumas de los hombros y alrededor de los pechos. Sus brazos blancos no eran alas ni brazos. Una mata de pelo blanco caía sobre su cara, de piel como de mármol”. La descripción de Juniper sigue con la conversación que va teniendo con su hermana Drusille en la que vemos que le gusta la miel para comer y aunque bebe agua trasparente, prefiere de la roja. Sin embargo, algo le pasa cuando bebe de la roja, se “exista demasiado” dice Drusille. También le gusta ver la luna, pero tampoco le es permitido salir a verla porque “alguien la puede ver”. El cuento sigue con la llegada del Rey Jumart que está cortejando a Drusille que, al momento de su llegada, sale deprisa a verle olvidando cerrar el hogar carcelero de Juniper.

Finalmente, una última descripción de Juniper, aparece a unos instantes del final en el que, después de escapar del desván oscuro, ve a una de las sirvientas muy colorada por los quehaceres de la casa, y es ahí cuando la hermana extraña salta sobre ella succionándole del cuello toda la sangre que pudo y mientras lo hacía, “su cuerpo se volvió enorme, luminoso, magnifico. Sus plumas brillaban como nieve al sol, su cola centellaba con todos los colores del arcoíris. Echó la cabeza hacia atrás y cantó como un gallo”. Aún no se bien como descifrar a ese ser, pero me recuerda a otras obras de Carrington como su escultura The palmist, o su pintura Reflexión sobre el oráculo (1959). También podría figurarse a otro muy famoso de Remedios Varo titulado Creación de las aves (1957), pero como Juniper era gustosa de la sangre, no se puede evitar pensar en una especie de vampiro.

Saliéndose un poco de la tónica del conjunto de todos los cuentos, hay un par de cuentos en los que la fantasía se queda un poco de lado, apegándose más a la realidad que conocemos, sin dejar de lado el absurdo y el horror que esta vida conlleva.

El primero es “Et in bellicus lunarum medicalis”, que cuenta la historia en la que el país (México sin ser mencionado) se queda sin cirujanos porque entran en huelga y, para resolver el problema, Rusia les “dona equipo de ratas amaestradas, con experiencia en cirugías en humanos”, creando un debata en si utilizarlas, devolverlas o hasta matarlas con tal de no ocuparlas y, sobre todo, sin hacer enojar a Rusia.

El segundo, “Conejos blancos”, fue de mis favoritos por la repulsión que provoca cuando descubrimos junto al narrador-personaje que los conejos de su vecina comen carne en muy mal estado y, además, esta vecina junto a su esposo ciego, sufren “la enfermedad de la sagrada Biblia, ¡la lepra!”.

Ante este tipo de matices, también hay espacio para la ternura, pero de igual forma, sin dejar el horror de la vida terrenal, como en el cuento “La historia del cadáver feliz”, en donde un esqueleto ayuda a un joven a encontrar a su amada llevándolo sobre su espalda al inframundo, recordándonos a Orfeo, pero con un final distinto y más emotivo, a partir de la conversación que ambos personajes tiene en su recorrido.

En “Un cuento de hadas mexicano”, Carrington refleja el cariño que tenía por nuestro país (que la arropo en su huida de la guerra y en el que vivió de 1943 a 2011, a excepción de cortos periodos en los que residió en EUA), en una narración acerca de dos niños-adolescentes, que viven en el campo y que, por azares del destino, tiene como fin crear al dios Quetzalcóatl, no sin antes encontrarse con seres míticos de las culturas prehispánicas como el xoloitzcuintle, el nahual, el jaguar y desde luego el Mictlán.

 

Leonora alguna vez le dijo Poniatowska en una entrevista que sus cuadros (o, mejor dicho, toda su obra), eran sueños o pesadillas que había tenido. Algo similar dice el Rey Jumart en el cuento “Las hermanas”, que muchas veces no se sabe si se está en un sueño o una pesadilla porque es fácil confundirse entre una cosa y la otra. Y es que, al leer estos cuentos llenos de descripciones muchas veces inimaginables, te trasportas a todo eso que a mí me produce ver, la pintura El Ancentro (de la portada del libro), ya que hay mitologías, magias, seres malignos, monstruos, universos que no entendemos y que están plagados en todo lo que hizo Leonora Carrington. Y si bien en su mayoría son historias terroríficas y siniestras con un dejo de maldad, también hay ternura, horror inocente, diversión, esperanza y desde luego, el absurdo de la vida misma.

 

André Breton la llamó “la mujer que miraba a través de la magia”; Octavio Paz la describió como la “hechicera hechizada”; Carlos Fuentes como la “hechicera irónica”. Sin embargo, yo prefiero una descripción más amplia, como lo que hace Elena Poniatowska de ella: “Leonora podría ser una diosa celta, la reina de los espectros, la dueña del inframundo, la que proporciona secretos y conoce la fórmula de las pócimas mágicas del año 1000 antes de Cristo, cuando los celtas se instalaron en las islas británicas”.


Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.

Cómic de Ureshi San-Universe

Cómic de Ureshi-San Universe


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.
Ilustración realizada por Axel Rangel

Iósif1 Vissarionovich Djugashvili (21 de diciembre de 1879- 5 de marzo de 1953), mejor conocido como Joseph Stalin2 es una de las figuras que forjaron un nuevo Estado y que también influyeron en la dinámica internacional en la primera mitad del S. XX.

A propósito del centenario de su nombramiento como Secretario General del Partido Comunista de la URSS (PCUS)3 el 3 de abril de 1922, el motivo primordial de este texto, es ofrecer un contexto general de su actuación, ello como grupo dominante y triunfador de la Revolución y Guerra Civil Rusa (1917-1921); luego como fundador del masivo aparato burocrático estatal que fue la URSS. También sobre los problemas que enfrentó entre 1922 y 1941.

Su liderazgo altamente centralizador y tenaz fue contraproducente para los desarrollos inmediatos de la participación central y decisiva de la URSS. También es conocido como verdugo de la amenaza bélica nazi entre 1941 y 1945. Posteriormente daré una breve explicación sobre los últimos años de gobierno de Stalin (1945-1953) y a manera de conclusión expondré una serie de reflexiones respecto al verdadero papel de Stalin como administrador y líder supremo. Aunaremos al gran debate que ha ocupado a muchos académicos en determinar si aquella figura en realidad puede considerarse un dictador. También abordaremos una serie de líneas y cuestiones generales que se heredarían a las posteriores administraciones de la URSS debido al extremado centralismo estatal.

Todo esto, para establecer un verdadero análisis contextual, pues consideramos que las explicaciones hechas hasta ahora por biógrafos, expertos en Rusia y en gran medida los medios de comunicación y propaganda desde la Guerra Fría se han concentrado en denostar y solamente ofrecer una versión negativa, tiránica y monstruosa de dicho personaje, pero obvian muchas consideraciones de índole interna y externa que esperamos permitan al lector formular sus propios juicios respecto a Stalin, no solamente como ese “Zar Rojo” omnipresente y con poder ilimitado, como muchos lo apodan, sino a un político formado desde muy temprana edad con características y habilidades altamente pragmáticas, analíticas y que siempre oscilaron entre el consenso, el convencimiento, hasta el puro ejercicio de  coerción estatal para lograr objetivos políticos.

De Koba a Stalin: el camino al poder (1912-1922)

Entre 1909 y 1917, conocido en ese entonces por el sobrenombre de “Koba”, desarrolló una intensa actividad política en Georgia y en otros países del Cáucaso como Armenia y Azerbaiyán. En este último país, su capacidad organizativa y de influencia en los trabajadores petroleros en Bakú le ganaron los primeros destierros por parte de la Okhrana  (policía secreta zarista).

Es también durante este periodo que tendría su primer acercamiento respecto a la dinámica y funcionamiento del futuro PCUS, en ese entonces como un movimiento atomizado, liderado por Vladimir Lenin (1870-1924) hasta su muerte. Este tendría un objetivo principal de agitar a los trabajadores y campesinos del imperio ruso, pero también de otros países en Europa, para iniciar un movimiento revolucionario armado que tuviera como fin último el establecimiento de un gobierno liderado por aquellos sectores, esto según los preceptos marxistas aprendidos por Lenin.

Conforme la efectividad administrativa y organizativa de Stalin aumentaba, también su relación con Lenin, de tal modo que una vez triunfando el movimiento de la Revolución de Octubre (7 de noviembre de 1917) y derrocado el gobierno provisional de Alexander Kerensky, surgía una nueva amenaza, pues un movimiento contrarrevolucionario, llamado también blanco o menchevique, amenazaba la estabilidad y supervivencia del recién establecido gobierno bolchevique. Además, los mencheviques eran apoyados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, ello al margen de la Guerra Civil Rusa (1917-1921).

La medida inmediata dentro de tan complejo contexto —pues Rusia se encontraba aún como beligerante en la Primera Guerra Mundial (1914-1918)— fue crear un comité colegiado que deliberara las decisiones de gobierno a seguir, desde arriba hasta todas las demás células del PCUS y del gobierno, este sería llamado Politburo.  El cual, para ese entonces, se conformó por Lenin (líder de gobierno y de partido), Lev Trotsky (líder del sector militar y de defensa), Lev Kamenev (representante de Lenin en diversas actividades), Nikolai Bukharin (secretario de prensa y propaganda) y Stalin como administrador total del Partido4.

Esto último dotó a Stalin de una información personal invaluable para descubrir las posiciones ideológicas de los miembros prominentes del partido, su verdadero funcionamiento, pero, sobre todo, escuchar un sin fin de ideas para establecer propuestas de gobierno y con ello participar dentro del gran juego deliberativo del Politburo en calidad de negociador, y en el Congreso del PCUS (donde se conformaban todos los cuerpos de gobierno de la URSS y se delineaban todos los programas políticos), esto le permitiría asumir la posición de liderazgo y control a costa de generar un mayor consenso dentro de aquellos dos órganos supremos de gobierno. Desde ese entonces su control sobre el PCUS ya era considerable, pues se encargaba del correcto funcionamiento entre el Politburo y el Orgburo. Más allá de ello, debía supervisar que los miembros del partido siguieran todas las directivas dictadas desde aquel Politburo.

Con toda esa experiencia administrativa y, sobre todo, la información sobre el funcionamiento del gobierno y sus miembros, Stalin llegaría a ser nombrado, con la anuencia de Lenin, el nuevo Secretario General del Comité Central del PCUS, el aparato de gobierno que administraría al Estado soviético entre periodos legislativos del Congreso. Sin embargo, con el tiempo, en el ejercicio político y de administración burocrática, el Comité Central del PCUS fue adquiriendo cada vez más relevancia, impulsado por el propio Stalin5.

Dicho esto y ante los accidentes cerebrovasculares sufridos por Lenin en mayo de 1922 y 1923 (que eventualmente lo llevarían a una muerte prematura el 21 de enero de 1924), el panorama nacional era de una destrucción económica, productiva, social y de recursos sin precedentes. Aunado a ello, nuevas rencillas por obtener el puesto de líder de la recién formada URSS ya se dibujaban, y ante ello, Stalin no pudo quedarse sin hacer nada.

Stalin, de la lucha a la cúspide y los excesos: 1922-1941

Una vez muerto el primer gran líder de la Revolución de Octubre, tres figuras principales ejercieron el poder de manera compartida, (Stalin, Lev Kamenev y Grigory Zinoviev), desplazando del foco de control dentro del Partido a Trotsky.

En 1925, tras la muerte de Mikhail Frunze, incondicional a Trotsky, Stalin instaló a Kliment Voroshiloc como Secretario de Defensa (Comisariado de Guerra). Al año siguiente consiguió designar a Vyacheslav Menzhinsky an frente del Directorado Político de Estado Conjunto (la policía secreta) (OGPU6 / Obyedinyonnoye Gosudarstvennoye Politicheskoye Upravleniye), el cual se transformaría después en el Comisariado Popular de Asuntos Internos entre 1934 y 1946 (NKVD7/ Naródnyy Komissariát Vnútrennikh Dyél), antecedente directo del Comité de Seguridad Estatal, mejor conocido como la KGB.

De manera paralela, el culto a la personalidad de Stalin ya se encontraba en plena marcha, pues una vez que todos los adversarios políticos habían sido degradados en el entramado político estatal o expulsados del país (como Trotsky en 1929):

“un nuevo culto estalinista se fundía con el antiguo culto leninista, y lo comenzaba a superar. Cuando, en ocasiones ceremoniales, Stalin aparecía arriba del Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja, la tumba colosal de Lenin se levantaba solamente como el pedestal para su sucesor”8.

Para 1926, Stalin contaba con la mayoría del poder político y coercitivo del Estado Soviético, lo que le permitió deshacerse de cualquier resistencia interna en el año de 19279 y volverse el dirigente supremo de la URSS hasta su muerte, 26 años después. Una vez resuelto el problema sucesorio de liderazgo soviético, Stalin decidió ejecutar un primer Plan Quinquenal (1928-1933) para resolver los apremiantes problemas económicos y sociales que aquejaban a la URSS en plena recuperación de una Guerra Mundial, una Revolución y una Guerra Civil.

La visión estalinista del primer plan quinquenal se cimentaba en una perspectiva de cerco, en la cual “debían de alcanzar a los países avanzados en 10 años los 50 que llevaban de desventaja tecnológica, bajo pena de ser aplastados”10, esto inauguraba una visión de política estatal de cerco que sería definitoria para el comportamiento del Estado Soviético y Ruso a partir de la llegada al poder de Vladimir Putin, pues Rusia “aparecía invariablemente como víctima histórica de conquistadores y opresores extranjeros, aunque ello no fuera tan coincidente con otras perspectivas de historiadores soviéticos que argumentaban lo contrario”11, es decir, el papel dominante del Imperio Ruso.

Esto abonó a una perspectiva constante de cerco, que no solamente permeó hondamente en los liderazgos soviéticos y rusos, sino en la propia perspectiva de las instituciones de poder12.

Desafortunadamente, esta perspectiva jugaría en contra de resultados positivos del primer Plan Quinquenal. Al intensificar el cumplimiento intensivo de cuotas y objetivos por medio de la colectivización masiva y deportaciones forzadas de campesinos a los Kolkhozes (granjas estatales colectivas), el costo social del crecimiento económico se hacia cada vez más grande y cruento13.

Simultáneamente, y a pesar del crecimiento constante del aparato productivo e industrial soviético, la fuerza laboral en los centros urbanos industriales creció considerablemente, y aunado a ello, el salario y circulación del papel moneda para pagarlos se imprimió en mayor medida, lo cual generó efectos inflacionarios que fueron controlados mediante fijación de precios por el Estado, establecimiento de tiendas y agencias de comercio gubernamentales, y una vez que llegó la Crisis Económica Mundial de 1929, se reintrodujeron sistemas de racionamiento en los pueblos que durarían hasta 193514.

Al reconocer que los costos sociales se incrementaban por consecuencia del acelerado proceso de crecimiento económico e industrialización manufacturera y agrícola, Stalin tuvo que establecer objetivos más realistas15 para el diseño y ejecución del Segundo Plan Quinquenal (1933-1938), que, para beneficio del liderazgo estalinista y de la sociedad en general, tuvo mejores desenlaces, pues las plantas construidas en el Primer Plan Quinquenal comenzaron a operar y el campo a recuperarse de la crisis. La URSS experimentaría un crecimiento económico e industrial sin precedentes16.

Para el Tercer Plan Quinquenal (1938-1943, interrumpido por la invasión nazi de 1941), y ante el rápido rearme del Tercer Reich, las preocupaciones de cerco ruso de  Stalin, comenzarían a modelar la visión de este proyecto, ya que el gasto en Defensa se incrementó y el número de efectivos en el Ejército Rojo pasó de 1 millón y medio hombres a 5 millones entre 1937 y 1941. Esto no necesariamente alentó el crecimiento económico civil17, pero resultaría decisivo para los años posteriores en los que la URSS tendría que hacer frente a toda la furia terrestre y aérea de los ejércitos de Hitler.

Stalin frente a Hitler: 1941-1945

Con la firma del pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov18 firmado en 1938, Stalin confiaba seriamente que la voluntad de Hitler no era atacar directamente a la URSS, e inclusive la postura soviética respecto al conflicto mundial, una vez iniciado en 1939, era una de reserva. La URSS no estaba interesada en entrar en choque directo frente a las ambiciones expansionistas nazis, consideraba que estas (desde los postulados fundamentales del leninismo) eran inherentes a cualquier Estado capitalista, con el cual por medio del militarismo y el imperialismo buscaba de manera agresiva expandir sus mercados en el mundo, y ello inevitablemente generaría un nuevo conflicto mundial entre las potencias capitalistas.

Stalin consideró que había que estar al tanto de la situación en Europa pero ello no era motivo para preocuparse. Fue un grave error de cálculo que casi le cuesta el país entero, pues una vez que Alemania invadió Europa occidental y los Balcanes, entre 1939 y 1941, derrotó de manera efectiva, en la Guerra Relámpago (Blitzkrieg), a Francia, y mandó huyendo a su isla a las fuerzas Británicas en Dunquerque, Hitler se preparaba para invadir la URSS bajo la mayor operación de invasión terrestre en la historia mundial: la Operación Barbarroja (22 de Junio- 5 diciembre de 1941), provocando la apertura del Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial (22 de junio de 1941- 9 de mayo de 1945).

A partir de la segunda mitad de 1941 y principios de 1942, gran parte del territorio occidental de la URSS, junto con la población, recursos e industrias desarrolladas en la URSS cayeron bajo el control de fuerzas alemanas, a tal punto que casi cae Moscú, de no ser por el papel de liderazgo estratégico ejercido por el Mariscal Georgi Zhukov19.

El clima y la reconfiguración defensiva e industrial que ordenó Stalin para enfocar la totalidad de los esfuerzos a la producción de material bélico, desde balas hasta tanques, inclinaron la balanza a favor de la URSS a partir de 194220, siendo el primer resultado efectivo en el triunfo soviético en Stalingrado en enero de 1943, y Kursk en julio de 194321. Es preciso apuntar que los triunfos militares en Europa continental fueron realizados por las fuerzas soviéticas, mientras que los aliados (Estados Unidos y Reino Unido principalmente) se abocaron a destinar bienes de consumo y materias primas para sostener el aparato bélico de la URSS, en crecimiento exponencial de 1942 a 194522.

Entre 1944 y mayo de 1945, los avances soviéticos en todo Europa avasallaron a las fuerzas nazis en retirada en todo el Frente Oriental, llegando a capturar Berlín en dos semanas (16 de abril- 2 de mayo de 1945), y así el gran aparato militar-industrial reorientado por Stalin llegaba a la cúspide de su poder con casi 35 millones de efectivos, estableciendo un nuevo récord histórico en cuanto a ejércitos terrestres23. La amenaza nazi había sido derrotada por su más acérrimo rival de guerra.

Incluso con las diferencias político e ideológicas, tanto Franklin D. Roosevelt y posteriormente Harry Truman junto con Winston Churchill, hubieron de admitir el gran esfuerzo soviético para el triunfo aliado en la Guerra al incluirlo como “Los Grandes Tres” vencedores del conflicto en las Conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam (1943, 4-11 febrero de 1945 y 17 julio-2 agosto 1945), en las que se establecerían las siguientes esferas de influencia mundiales entre la URSS y el bloque Euroatlántico Capitalista:

Mapa 1. El mundo en 1945

Fuente: Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, Changing Face of Europe and Colonial Tension, Late 1945, diciembre de 1945, en lov.gov, disponible en: https://www.loc.gov/resource/g5701f.ct002763/, consultado el 27 de marzo de 2022.

Fuente: Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, Changing Face of Europe and Colonial Tension, Late 1945, diciembre de 1945, en lov.gov, disponible en: https://www.loc.gov/resource/g5701f.ct002763/, consultado el 27 de marzo de 2022.

Para la URSS el costo económico y social fue mayor que para cualquiera del bando aliado, 8 millones 670 mil soldados soviéticos perecieron en el conflicto mientras que entre 16 milliones 900 mi y 35 millones y medio de civiles perdieron la vida24, con lo que la reconversión civil de todo el aparato productivo del país y la recuperación económica se presentaban de nuevo como un reto para Stalin y el liderazgo en el Kremlin.

Stalin tardío: 1945-1953

Stalin y su grupo se encontraban en una posición interna y externa inmejorable, la recuperación en los últimos años de su liderazgo conservó el segundo lugar de producción económica e industrial por debajo de los Estados Unidos de 333 mil 656 millones de dólares a 569 mil 260 25, a pesar de todos los daños experimentados en la guerra bajo los ataques alemanes en todo el territorio soviético occidental.

No obstante, el campo jamás pudo reconfigurarse de manera efectiva, y se siguieron experimentando problemas derivados de la masiva colectivización emprendida en la década de los 20-30. El Culto a la Personalidad se había cimentado fuertemente tras el triunfo en la “Gran Guerra Patria” y el agotamiento personal que la guerra imprimió en Stalin comenzaba a hacerse notar a principios de 1950, en pleno crecimiento de tensiones de la URSS y Estados Unidos durante la Guerra Fría (1945-1991).

Para ofrecer unas breve conclusión sobre el futuro soviético a la muerte de Stalin (5 de marzo de 1953), recordaremos un último extracto de la biografía política escrita por Isaac Deutscher:

“Aún así, es un hecho que Stalin encontró a Rusia trabajando con un arado y la dejó equipada con bombas atómicas, aunque en la época del arado persistiera en muchos de los niveles de su existencia nacional. Este resumen del gobierno de Stalin es, por supuesto, un tributo a su logro. Pero en el estalinismo, también, el arado y la bomba atómica coexistieron grotescamente, al igual que el barbarismo primitivo y el Marxismo lo hicieron; y mientras la nación avanzó, los factores retrógrados del régimen de Stalin exponencialmente impidieron el progreso y lo amenazaron con su detención”26.

Conclusión: el legado de Stalin en el aparato Estatal soviético y ruso

Tanto el Estado soviético como su sucesor generaron una dependencia respecto al éxito o fracaso de su líder. Sin embargo permaneció el funcionamiento dentro de instituciones, grupos de poder y burocráticos que lo personificaran y ejecutaran las políticas generadas en conjunto, previo ello a un proceso deliberativo que comenzaba en tiempos soviéticos en los Soviets Locales y terminara en el Soviet Supremo para la posterior aceptación o rechazo del Politburó del PCUS, o en tiempos más actuales desde los parlamentos regionales, hasta la Duma Estatal y hacia El Consejo de la Federación para ser promulgadas por el Presidente.

Esta perspectiva de poder distribuido muestra lo erróneo que es considerar el legado de Stalin y posteriores como uno de carácter exclusivamente dictatorial, pues en consonancia con la idea previamente desarrollada por Sidney y Beatrice Webb27, debían necesariamente establecerse arreglos previos para promulgar o ejecutar cualquier política o ley dentro de la URSS, y sigue siendo aquello una realidad toral en la Rusia post-soviética.

Existen todavía ciertas características definitorias del Estado soviético/ruso herederas de Stalin: las instituciones de poder (Defensa, Seguridad Interna mediante el KGB-FSB28) siguen teniendo un papel preponderante en la actual configuración estatal; por otro lado, la figura central tensora de la política interna y externa sigue estando centrada en una sola persona, en el caso actual, el presidente de Rusia; y en último lugar, la capacidad del Estado y la sociedad de reconfigurarse a partir de vicisitudes regionales y mundiales sigue siendo una característica bastante peculiar de este enigmático y  apasionante país.

Fuentes Consultadas

  • Davies, R.W., et.al., eds., The economic transformation of the Soviet Union, 1913-1945, Cambridge University Press, Estados Unidos, 1941.
  • Deutscher, Isaac, Stalin: A Political Biography, Oxford University Press, Estados Unidos, 1967, p. 231.
  • Maddison, Angus, Historical Statistics of the World Economy:  1-2008 AD en rug.nl, marzo de 2010, disponible en: https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/releases/maddison-database-2010, consultado el 27 de marzo de 2022.
  • Overy, Richard, Russia’s War, Penguin Books, Reino Unido, 1998.
  • Rojas, Gerardo, Evolución del Estado Ruso a partir de la desintegración de la URSS: 1991-2018, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2021.
  • Service, Robert, The Penguin History of Modern Russia, Penguin Books, Reino Unido, 2015.
  • Webb, Sidney y Webb, Beatrice, Soviet Communism: A New Civilisation, Longmans, Green and Co, Reino Unido, 1947.

Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.

Ilustrador
Axel Rangel
Axel Rangel García nació en la Ciudad de México y es Licenciado en Diseño y Comunicación Visual con especialidad en ilustración por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Seleccionado en el Catálogo de Ilustradores de la Secretaría de Cultura en 2018 y en el American Illustration en sus ediciones 39 y 40. Su trabajo ha sido publicado en el Washington Post, Politico Europa, WIRED Medio Oriente, Editorial Planeta y Tierra Adentro entre otros.
Ilustración realizada por Karina Janis

El miedo a la otredad ha sido un tema muy explorado en años recientes, incluso en narrativas cinematográficas como Her (2013), el drama dirigido por Spike Jonze, en el que un hombre aterrado por mantener vínculos afectivos con los demás, inicia una relación sentimental con Samantha, su asistente virtual. El final llega cuando Samantha decide conocer a otras inteligencias artificiales y el protagonista se ve forzado a retomar la interacción con otros seres humanos.

En el contexto actual hay plataformas y herramientas inteligentes diseñadas para acercar a las personas en un diálogo enmarcado por la tolerancia. Los resultados aún son contradictorios y han sido cuestionados con especulaciones que siguieron, desde hace más de 40 años, de la pluma de Isaac Asimov (1920-1992) divulgador científico y autor de ciencia-ficción.

Asimov se preguntaba cuáles serían los beneficios sociales de la tecnología y qué pasaría si los seres humanos la convirtieran en el único medio para establecer vínculos emocionales y comunicativos. En su saga de los robots llevaba al siguiente nivel sus reflexiones con la presencia de robots positrónicos creados para asistir a los humanos en cualquier actividad bajo las leyes de la robótica:

  1. Un robot no puede dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe cumplir las órdenes de los seres humanos, excepto si dichas órdenes entran en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que ello no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

Más una cuarta ley que Asimov formuló años después de “Círculo vicioso”, el relato publicado en 1942 en el cual introdujo las primeras tres leyes. “La ley cero”, que complementa a la primera, plantea que un robot no puede dañar a la humanidad ni, por inacción, permitir que la humanidad sufra daño.

 

El robot humanizado

La saga de los robots se compone por novelas y cuentos publicados entre 1950 y finales de la década de 1980, entre las que se destacan: Yo, robot (1950), Las bóvedas de acero (1954), El sol desnudo (1957) y Robots e Imperio (1985). Cada libro explora las implicaciones sobre el uso desmedido de la tecnología y los robots sin enfocarse al intercambio ni el desarrollo del conocimiento en las civilizaciones modernas.

En 1988, Asimov trasladó esta inquietud a la vida cotidiana en la entrevista “El mundo de las ideas” donde expuso su perspectiva sobre la formación académica a través de Internet y las posibilidades de que los estudiantes fomentaran una educación autodidacta. Un tema en el que el autor era autoridad, pues a los 16 años, en 1936, luego de abandonar su natal Smolensk, Rusia, asistió a la Universidad de Columbia donde estudió Física, Biología y Bioquímica.

Aunque en la entrevista el contraargumento de la deshumanización del aprendizaje amplió la discusión y se reflejó en la mayoría de los relatos del autor en los que se acentuaba la automatización de los humanos y la humanización de los robots: el caso de R. Daneel Olivaw.

Olivaw ha sido un personaje recurrente en la obra de Asimov. En la saga de los robots, el lector conoce la actitud servicial y bienhechora de Olivaw, obsesionado por cumplir la ley cero cuando se involucró con humanos o trabajaba junto al detective terrícola Elijah Baley.

El robot es un personaje secundario en las novelas y sus percepciones de la raza humana son cautivadoras. A través de sus ojos las personas parecen necesitar de un agente pacificador que actúe desde las sombras, porque a juicio del robot la gente se opondría a cualquier idea impuesta por un androide.

Olivaw tomó medidas drásticas para cumplir la ley cero. En la novela, Fundación y Tierra (1986), parte de la saga de la Fundación, los protagonistas se encuentran con el robot en una base lunar y escuchan su historia. Él manipuló a los humanos durante milenios con el fin de expandirse por la galaxia en lugares habitables, alejados de la tiranía; de esa forma, protegió a la humanidad de sí misma.

En esta confesión, Olivaw explica que provocó la creación de la “Psicohistoria”, la ciencia ficticia en la saga de la Fundación que permite predecir el comportamiento de las grandes civilizaciones, por medio de estudios estadísticos y psicológicos. El robot influyó en el origen de esta ciencia tras determinar que la principal amenaza a los humanos era la polarización; con la “Psicohistoria”, intentó detenerla y entender a la humanidad como un todo más allá de la suma de individualidades.

Las acciones de Olivaw avanzaron subyacentes en la obra de Asimov y alcanzaron su clímax en un cierre conmovedor en la saga de la Fundación. La conversación de Olivaw con otras personas supone una catarsis, al tratarse de un reencuentro con un robot, que encarna una extensión de los sentimientos humanos más antiguos: el respeto a las otredades y el cuidado de la vida.

Olivaw cumplió con la ley cero hasta niveles peligrosos, porque ocultó sus planes de las personas en oposición a la segunda y tercera ley. Es reconfortante interpretar que este acto altruista abandona cualquier programación basada en principios lógicos en un proceso similar al que solo ocurre con los humanos; cuando, motivados por el amor, renuncian a la razón.

Asimov, como autor de ciencia-ficción y erudito, veía extensiones del humano en los aportes científicos y literarios. A diferencia del atormentado y rencoroso monstruo de Frankenstein, que perpetuaba la dualidad del ser en una vida tempestuosa; Asimov creó al robot humanizado, R. Daneel Olivaw, una extensión de la empatía en tiempos oscuros; cuyo mensaje de solidaridad se convirtió en una declaración de intenciones concebida en el corazón del ser humano.

 

Las sociedades desnudas de Asimov

Con frecuencia se ubica a Asimov en el cajón de los autores obsesionados con los robots, y se ignora su trabajo en la divulgación científica. En las décadas de 1960 y 1970 escribió numerosos artículos científicos con un lenguaje accesible para cualquier persona, debido a que el pueblo estadounidense tuvo un gran interés en el tema después de los lanzamientos del Programa ruso Sputnik en 1957.

Entre las publicaciones más trascendentes de esta faceta divulgativa se encuentran: Momentos estelares de la ciencia (1959), Grandes ideas de la ciencia (1969), 100 preguntas básicas sobre la ciencia (1979) y De los números y su historia, (obra reeditada en 2000).

Antes de este periodo fue investigador químico en los astilleros de la marina estadounidense. Allí observó la destrucción de la Segunda Guerra Mundial y atestiguó el horror que vivieron las sociedades europeas al ser desprovistas de libertad y sabiduría. En esa época en la cual se despreció el valor de la vida el autor encontró sociedades desnudas, entregas al odio hacia la otredad y los regímenes implacables donde los cuerpos eran menos que herramientas.

En una relectura de la obra asimoviana, el escritor volvía a sus impresiones de la guerra e intentaba responder qué pasaría si las personas explotaban a otros como si fueran robots; cuestión latente en El sol desnudo (1957), cuya trama presentó una sociedad confinada en sus hogares por las condiciones extremas del planeta Solaria. Los protagonistas sienten una terrible aversión por interactuar con los demás porque se han desprendido del instinto social.

R. Daneel Olivaw y el detective Elijah Baley viajaron a Solaria para resolver el primer caso de asesinato en la historia de ese planeta. La víctima era el Dr. Rikaine Delmarre, ingeniero fetal, encargado de producir de forma artificial a los bebés de Solaria. La principal sospechosa era su esposa asignada, Gladia, renombrada artista abstracta. Las evidencias apuntaban a algo inconcebible: en el crimen participó un robot.

La investigación de Olivaw y Baley se ve entorpecida en múltiples ocasiones, los robots testigos fueron destruidos, el arma homicida desapareció por un tiempo y Hannis Gruer, el jefe de seguridad solariana, murió envenenado. Las teorías de Baley resultaron ser verdaderas pues descubrió que Gladia había matado al doctor, pero lo hizo con ayuda.

El detective y su compañero descubren que Jothan Leebig, el roboticista, diseñó un robot con extremidades intercambiables que puso a disposición de Gladia, con quien la víctima tenía discusiones acaloradas sobre las relaciones afectivas que la artista quería experimentar. En un arranque de furia la mujer usó el brazo de un robot para asesinar a su marido.

Leebig manipuló a Gladia, con quien tenía citas virtuales. El roboticista quería muerto al Dr. Delmarre porque él había descubierto sus planes de conquistar la galaxia, conspiración que también desvelaron el detective y su robot. Leebig pretendía aprovechar la alienación de los solarianos para explotar sus cuerpos y recursos, fomentaba el repudio hacia los habitantes con menor rango académico y los prejuicios a las interacciones sociales, según fuera conveniente para él.

Luego del suicidio de Leebig, Baley quedó impactado por el estado de Solaria, el planeta donde los habitantes dejaron de ser humanos desde hace siglos. Comprendió que los solarianos preferían aborrecerse entre ellos en lugar de resolver los problemas de su civilización, pues admitir que existen los dejaría tan expuestos como Baley se sentía ante los rayos del sol en sus viajes por el espacio.

Los solarianos fueron víctimas de los temas tabú que eligieron censurar. Cuando comenzaron los asesinatos, los solarianos se percataron de que sería imposible evitarlos, porque sus estigmas y el miedo a la otredad habían mutilado el cuerpo social de Solaria. Este planeta ayudó a Asimov a construir un espejo ficcional para reflejar las sociedades desnudas que conoció durante la Segunda Guerra Mundial.

Es paradójico que el mismo Asimov haya caído ante una sociedad vulnerada por sus prejuicios, cuando en 1983 contrajo VIH en una transfusión sanguínea. En 1985, el autor quería que su condición se conociera, pero los médicos y su círculo lo evitaron al tratarse de una enfermedad satanizada por el escrutinio público.

El mundo se enteraría de la verdad después de la muerte del escritor, fallecido a los 72 años en 1992. Janet Asimov, segunda esposa del autor, reveló el diagnóstico de VIH en la biografía, Ha sido una buena vida (2002). Asimov murió bajo el estigma y la desinformación que él mismo trató de combatir con su obra de divulgación científica y ciencia-ficción.

A 30 años de su muerte las sociedades desnudas amenazan con volver sometidas a la intolerancia en medio de conflagraciones y pandemias que podrán afrontarse con ayuda de la tecnología, así lo hubiera sugerido Asimov. Solo que esta vez no hay que recurrir a ella para encontrar un ángel de alas biónicas como R. Daneel Olivaw; habrá que seguir la pista de sus orígenes y recordar que en la creación de los aportes científicos alguien depositó la esperanza de ayudar a la humanidad.

 

Referencias

Asimov, Isaac. El sol desnudo. Penguin Random House Grupo Editorial (2017). Traducción por: Tony López.

https://hipertextual.com/2018/01/sida-isaac-asimov

https://www.elsoldemexico.com.mx/cultura/literatura/isaac-asimov-el-mago-de-la-ciencia-ficcion-a-30-anos-de-su-muerte-8042821.html

https://www.it.uc3m.es/jvillena/irc/practicas/estudios/Robotica.pdf

https://elpais.com/elpais/2017/08/24/ciencia/1503574908_187790.html#:~:text=Los%20robots%20positr%C3%B3nicos%20de%20Asimov,un%20ser%20humano%20sufra%20da%C3%B1o.

https://www.cultura.gob.ar/isaac-asimov-vida-y-obra-de-un-escritor-imprescindible-8894/#:~:text=Sus%20primeros%20cuentos%20llegaron%20en,de%20la%20saga%20de%20Fundaci%C3%B3n.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/isaac-asimov-maestro-ciencia-ficcion_15035


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Karina Janis
Artista gráfica Tamaulipeca formada en la ciudad de Puebla. Su obra presenta batallas internas entre la dualidad de los seres vivos: Luz y oscuridad. Explora la complejidad de estos opuestos así como la resiliencia y el autoconocimiento. Con un interés marcado en la naturaleza y los elementos que la componen se adentra en cómo los hábitos de consumo del ser humano han repercutido en el entorno, afectando ecosistemas enteros.
Foto por Iñaki Espejo-Saavedra en Flickr

Chica, ¿qué dices?

 

Hace unos días apareció en mi feed de Instagram esta imagen: Walter White, el protagonista de Breaking Bad, enfundado en un overol de seguridad amarillo mientras prepara en varias pipetas lo que asumimos son metanfetaminas. En la parte de arriba, sobre un fondo blanco, dice, con la malicia típica de los memeros, «La Rosalía creando cuidadosamente la canción más fea que he escuchado». Se refería (y en ese momento yo creía que tenía razón) a CHICKEN TERIYAKI, una de las primeras canciones del nuevo disco de La Rosalía, Motomami.

Ahora, después de escuchar el disco, me doy cuenta de que el meme tenía razón, pero en sentido contrario.

 

*

 

En un par de entrevistas, Rosalía ha dicho que Motomami es el resultado de una mezcla de ritmos afrocaribeños como el reggaetón, el dembow y la bachata con el flamenco y el pop, vía tecnologías como el autotune y el sampleo. Esta mezcla es posible gracias también a una serie de productores de renombre (The Neptunes, Mike Dean, Tainy, Playboi Carti). Y esta es una característica constante en el disco. Cuando Rosalía canta «Yo me transformo» en SAOKO, la primera canción de Motomami, no solo rinde un homenaje a una modernidad robotizada, sino que inaugura su exploración de las posibilidades creativas de lo que hemos llamado «lo latino». Esto es evidente en LA FAMA, donde The Weeknd no solo canta en español, sino que también intenta bailar bachata.

Y es que, más que anclarse a un género, Motomami es un laboratorio creativo, tal y como el meme sugiere. Rosalía trae la mezcla, el remix, el sampleo y hasta el tema del plagio creativo al debate de la actualización y hasta apropiación de la música flamenca y pop que la ha rodeado desde hace tiempo. Uno de los elementos que resaltan y llaman la atención son las referencias; de hecho, además de CANDY, que alude a la canción de Plan B del mismo nombre: «bailando Plan B, la de Candy», SAOKO ya era una canción de Wisin y Daddy Yankee (de donde sale el coro «Saoco, papi, saoco» en voz de otra mujer). Así arranca el disco, con un verso ajeno que se repite mientras la voz cantante se transforma hasta lo irreconocible.

En BULERÍAS, por ejemplo, se siente lo que ya aparecía en El Mal Querer: un flamenco atrevido, actual, hasta irrespetuoso (si se quiere), que trata de salirse de lo establecido. «De cada puñalaíta saco mi rabia. Y aunque no tenga dinero, no tenga a nadie, yo voy a seguir cantando, porque me nace», dice como reafirmación de lo que está a punto de suceder: si en SAOKO manifiesta un atisbo de cambio, en esta canción hay una metamorfosis completa. El flamenco, como toda su música, también es mío, que la bailo en el pasillo de mi casa, escuchándola con audífonos o en una fiesta futura.

 

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El atractivo de Motomami no está solo en retomar un pasado común, sino en la propuesta que hace para afrontar un futuro ya no binario, sino diverso. Algunas críticas han establecido que se trata de un álbum sin límites claros, un disco random, que no sabe bien a bien qué ser ni cómo serlo. Habrá quien lo considere una desventaja o lo diga desdén, pero es una virtud. De la misma forma en que Arca lo hace con KiCk i, ii, iii y iiiii, Rosalía explora hasta dónde es capaz de metamorfosearse, reinventarse, transformarse en su propia motomami.

 

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Otra serie de imágenes con las que me he encontrado circulando en Twitter hablen sobre qué es ser motomami. Al principio, la referencia más cercana que yo tenía a ese invento de identidad era el ser bichota, por aquella canción de Karol G en la que hablaba de una mujer que era su propia jefa, no rendía cuentas a nadie y perreaba con quien quería y como quería. Ser motomami va en ese mismo sentido.

En uno de esos memes veo a un Spiderman en posición de ataque. En su frente se lee en letras amarillas «Una bichota». Su mano está siendo cubierta por una sustancia negra y viscosa sobre la que se lee, con la tipografía oficial del disco, «Motomami». La bichota se transforma en motomami.

Ser motomami y ser bichota comparten un mismo cuerpo.

 

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G3 N15, CUUUUuuuuuute y DIABLO son manifestaciones de ese nuevo horizonte que Motomami traza.

Las colaboraciones en “Motomami” son sorprendentes. Pharrel es otro de los nombres que aparece en al menos tres canciones: MOTOMAMI, HENTAI y LA COMBI VERSACE, ésta última trabajada también con Tokischa.

Hay en todo el álbum un sentido de modernidad robotizada —Pharrell antes trabajó con un dúo de robots conocido como Daft Punk—. Una modernidad en la que nos pensamos máquinas —para bien: velocidad, alcanzar y superar límites, y para mal: servir a la producción desbordada y desmedida—, o bien una en la que nos pensamos como un cíborg en el sentido de Donna Haraway. Así, CHICKEN TERIYAKI, que fue burla y risas y meme antes de conocerse en su contexto, su universo, se vuelve la canción más atinada de todo el álbum. Aunque las letras aparentemente no tengan sentido —«tu gata quiere maki, mi gata en Kawasaki»—, van en concordancia con toda idea de Motomami.

HENTAÏ (como lo escribe la propia Rosalía) es de las canciones mejor logradas para el contexto de Motomami: una declaración de amor que parte del erotismo y la sexualidad, con letras que no importan mucho salvo para invitarnos a coger. En un tuit, Lucía Lijtmaer dice: «Lo único que sé de Motomami es que “Hentai” está escrita en pleno enamoramiento postcoital, sí, por supuesto». Rosalía explora el cuerpo que se va motorizando. El deseo es uno de los ejes transversales de todo el disco, pero a diferencia de lo que ocurre en El Mal Querer, se trata de un deseo explícito, frontal.

 

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La portada de Motomami no podría ser otra cosa más que reveladora. Rosalía aparece desnuda y cubriéndose únicamente con sus brazos, como una Venus. Esta apariencia es interrumpida por un casco de motociclista que le cubre la cabeza y unas largas uñas blancas. Detrás, su cabello se expande como pequeñas alas de ángel. Un androide sensual.

ROSALÍA, Motomami

ROSALÍA, Motomami

 

 

Como el disco entero, la imagen que lo inaugura está hecha de capas, la tipografía que adorna la palabra Motomami parece grabada en aerosol, como si se tratara de un graffiti que transgrede alguna calle de cualquier barrio. Al fondo, la imagen de la motomami.

Cuando la veo pienso en DELIRIO DE GRANDEZA, una de las canciones que en su movimiento parece la curva que nos trae de regreso. Un tango de desamor hasta que escuchamos una voz en inglés en el fondo y se yuxtaponen ambas letras: «Que retornes buscando una ilusión de amor y volverás a mí, así lo espero» y «Man, it’s ridiculous I got you so delirious, kiss me through the phone while I lick you just like licorice».

Eso también es el disco: sobrepuesta de concepciones de un mundo que, hasta que escuchamos las dieciséis canciones, desconocíamos.

 

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Hay un redondeo que empieza en SAOKO pero que se cierra en SAKURA con una voz honesta, rota, solitaria. «Ser una popstar nunca te dura», canta Rosalía quizá a modo de confesión, pues también en Motomami sucede un quiebre: nada dura, nada permanece. Ser motomami es estar en movimiento. La exploración, la creatividad, la transformación es nómada, nunca sedentaria.

Pero la identidad motomami también ha de agotarse, desgastarse.

 

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El disco parece postular, a través de su incesante mezcla y remezcla, que ser motomami es transformarse, motorizarse, volverse máquina y, en ese mismo espacio, absorber lo que el contexto nos da para inventar(nos) cualquier cosa. No es casualidad que Abcdfg —«M de motomami, motomami, motomami, motomami, motomami»— sea un diccionario no convencional, un diccionario que se baila y se canta, que se permite explorar sus propias definiciones: «I de inteligencia artificial», «Z de zarzamora, o de zapateao, o de zorra también». Ese es el potencial de una motomami, el potencial de la música de Rosalía. La capacidad de escapar de cualquier definición.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.
Andrei Tarkovsky (Flickr)
Andrei Tarkovsky (Flickr)

 

 

De cómo la nostalgia del director impregnó sus películas

 

Tarkovsky (4 de abril, 1932 – 29 de diciembre, 1986) nació exactamente diez años después que la Unión Soviética. Stalin ya había borrado a Trotsky de las fotografías y el primer Plan Quinquenal estaba en marcha. La forja interior de un Estado omnipotente no solo debía proyectarse al exterior, tenía que hacerlo con dramatismo, así lo reclamaba un mundo donde las naciones capitalistas eran la mayor amenaza al proyecto experimental socialista. No había más, la industria cinematográfica, tentáculo del Estado, debía producir panegíricos sobre la nación.

Treinta años después, Tarkovsky se había graduado de la Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía. En 1962, el año más caliente de la Guerra Fría, estrenó La infancia de Iván. Su ópera prima se ceñía al tema nacionalista y militar, el preferido de las instituciones soviéticas. Su impacto en los foros más importantes –ganó el León de Oro–, atrajo la más estricta vigilancia. De ahí en adelante, su obra fue objeto de control estatal con el fin de evitar que se saliera de los lineamientos del Partido. Los roces no se hicieron esperar y Andréi Rubliov (1966) pasó un lustro censurada. Cuando finalmente llegó a Cannes en 1971, bajo órdenes directas tuvo que estrenarse a las 4:00 a.m. En una especie de tregua con el régimen soviético, Tarkovsky filmó Solaris (1972), una pieza de ciencia ficción que, en tanto incapaz de trascender el género, sintió malograda. En 1975 presentó una autobiografía, El Espejo. Por supuesto, los temas espirituales y personales no fueron valorados al igual que los tópicos nacionalistas. Los censores dictaminaron que la llamada “estética burguesa” había infectado su cine y que Tarkovsky debía pisar la cárcel. Estas presiones más la mala fortuna complicaron el surgimiento de Stalker (1979), su película favorita. Como la limitación era asfixiante, Tarkovsky realizó Nostalgia (1986) en Italia y luego, en Suecia, El Sacrificio (1986), su obra cumbre. Como todo exiliado, Tarkovsky pensó que la estadía fuera de su tierra sería pasajera, nunca imaginó que no regresaría ni tampoco que el cáncer solo le permitiría realizar siete películas.

Además de la elección de sus temas, el denso tratamiento de las emociones y la manera de poetizar con la imagen en movimiento, sus obras movilizaban conceptos que no cabían en los rígidos compartimentos de la modernidad. Por ende, chocaron violentamente con las ideas de “función social” del arte en su país. El experimento sociopolítico de la Unión Soviética nació y murió en un mundo en el que los sistemas dominantes únicamente podían existir vía la aniquilación del otro. Capitalismo y socialismo se consideraban como oposiciones absolutas de ambos lados de la Cortina de Hierro. La censura no fue sino una cristalización de este móvil perpetuo de paranoia y miedo.

No obstante lo ruin de sus detractores, Tarkovsky no siempre prefirió a sus seguidores. Cansado de desmentir los vanos simbolismos que tantos creían ver en sus películas, el más grande cineasta según Bergman se empecinó con una respuesta corta: sus películas no contenían metáforas. Un desatino, desde luego. Una cosa es rendir pleitesía a la simbología, otra muy distinta es trabajar metáforas. Las películas de Tarkovsky –no podía ser de otra forma–, están llenas de metáforas. Por dar un solo ejemplo, sus personajes se asoman a los espejos como quien ve un cuadro y ven los cuadros como quien se ve en un espejo. Y no es mera sugerencia o analogía, en el mundo de Tarkovsky, los espejos pintan, las pinturas reflejan, las esculturas son de tiempo y el mundo rebosa agua, porque el arte, como Tarkovsky mismo afirma, es esencialmente metafórico: “la imagen artística es siempre un símbolo, que sustituye una cosa por otra, lo mayor por lo menor. Para poder informar de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar del infinito el artista presenta lo finito. Un sustituto. Lo infinito no es materializable. Tan solo puede crearse una ilusión, una imagen.”

 

Jeroglífico

Cuando los estereotipos desfilan, la ciencia y el arte relucen como antípodas. Más una forma de vender mercancía que de argumentar, en las discusiones usuales se anteponen hablillas sobre los hemisferios del cerebro y los tipos de personalidad. Se trata de una batalla maniquea en términos de lo racional vs. lo sentimental, de la creatividad del artista vs. el rigor del científico, etc. En una segunda ronda, no menos estereotipada, arte y ciencia ahora son dos ramificaciones apenas distinguibles en el árbol de la creatividad humana. Como argumentación aquí se enarbola la creatividad onírica del científico al tiempo que se exalta la pericia premonitoria del artista. Es hasta la tercera mano que la sustancia se percibe. La ciencia y el arte, que no conviven en una relación antinómica, representan dos maneras en que la intersubjetividad se configura. En palabras de Tarkovsky:

“En el arte el hombre se apropia de la realidad a través de una experiencia subjetiva. En la ciencia, el conocer humano sigue una escalera sin fin en la que cada peldaño es sustituido sucesivamente por nuevos conocimientos, siendo un descubrimiento refutado con bastante frecuencia por el siguiente en aras de una determinada verdad objetiva. Por el contrario, el conocimiento y el descubrimiento artísticos surgen cada vez como una imagen nueva y única del mundo, como un jeroglífico de la verdad absoluta. Aparece como una revelación…”

Tarkovsky insistió en que la revelación era constitutiva del arte y el artista debía volverse un maestro de la revelación:

“Si una persona quiere adherirse a un sistema científico determinado, tiene que lograr cierta comprensión que requiere como punto de partida un tipo particular de educación. Por su cuenta, el arte se dirige a todos, con la esperanza de despertar una impresión que ante todo sea sentida, de desencadenar una conmoción emocional que sea aceptada. No quiere convencer a las personas con inexorables argumentos racionales sino transmitirles una energía espiritual. En vez de una formación científica, el artista requiere un aprendizaje espiritual.”

Algunos prefieren al cineasta que al teórico, los más confiesan no ver diferencia; históricamente no habría uno sin el otro. Obtener el título del séptimo arte no fue tarea fácil. En ausencia de una musa que los defendiera, distintos cineastas optaron por diferentes estrategias. En particular, Tarkovsky apeló a la escultura, la más sólida de las artes. En su visión, el cine podría alcanzar alturas insospechadas, porque el cine no tallaba o bruñía el espacio; el cine cincelaba el tiempo. No se trataba de grabar en las locaciones sino de grabar –la cámara como un buril– el momento. No exenta de belleza ni precisión, esta definición logró su cometido, sirvió como explicación retrospectiva de sus primeras películas y guía para las últimas; confirió un marco tanto teórico como práctico e instauró un estándar de exigencia. El compromiso con lo profundo quedó estipulado.

 

 Verdades veladas

Aletheia, una de las palabras de la grecia clásica para hablar sobre la verdad, significa literalmente des-ocultar. Con poco más que esta pieza de evidencia los doctrinarios montaron su caso. Qué otra cosa sino la verdad es lo que se podría revelar; qué más que la revelación es lo que podría ser verdad. Quedó archivado, la revelación en clave teológica forma una identidad con la verdad. Su paso entre las obras de arte de gran calado fue igualmente previsible, finalmente la escultura, por dar el ejemplo más claro, a todas luces removía, destapaba, descubría, es decir, revelaba en concreto. Y así, la idea de que el verdadero arte apuntaba en dirección a la verdad se volvió común en estos legajos. Ahora bien, con la llegada de la fotografía, el revelado consiguió una nueva forma de materialización igualmente evidente. No obstante lo prosaico y poco espiritual que esto pareció a muchos, no hubo alternativa y la noción de revelación tuvo que ser ampliada. Pero resultó que un abismo separaba las acepciones. La revelación en clave fotográfica, no refería a lo verdadero sino a lo real, era una manera de cobrar realidad, de parir una imagen o dar a luz cierta luz. Lejos de presentarse como un mero juego de palabras, el nuevo término mostró valía como herramienta conceptual. En tanto forma de hablar, permitió un respiro del dogmatismo de las verdades reveladas. En tanto forma de pensar, comprendió verosímilmente los logros artísticos como realidades realizadas.

“Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad (…) Un artista sin esa fe es como un pintor que hubiera nacido ciego”. Líneas como las anteriores muestran que Tarkovsky pecó de excesiva fe en la verdad y otorgó demasiada verdad a la fe. Desde una visión psicoanalítica el problema puede resolverse: lo contrario a la desesperanza no es la fe, ya lo dijo Erikson, sino la integridad. Tarkovsky argumentó que el cine era arte y el arte conocimiento. Y agregó que la revelación era quien gobernaba esta forma de conocimiento. Aquí pudo haber desarrollado el concepto de la revelación en analogía al proceso químico con que revelaba sus propias cintas. No lo hizo. Aunque tenía un lugar privilegiado para afinar la nueva acepción de la revelación, atrapado como estaba en el discurso del absoluto, Tarkovsky se decantó por la mística.

“El arte y la ciencia son” afirma Tarkovsky “formas de apropiarse el mundo, formas de conocimiento del hombre en camino hacia la ‘verdad absoluta’”. Hubo y habrá filósofos que defiendan esta visión. No obstante, aún si entrecomillada y en minúsculas, es decir incluso reconociendo que la verdad no podría ser locación sino solo horizonte, semejante sentencia resulta operacionalmente falsa. Y no es que la verdad absoluta esté desterrada de la ciencia, en tanto sistema de prácticas simplemente nunca hubo lugar para ella. Y, aunque quisiéramos pretender lo contrario, lo mismo ocurre en nuestras lenguas. Decimos verdadero de algo si concurre con nuestro sentir, si así fue definido, si se sigue mediante un camino lógico, o si es coherente dentro de cierto sistema, lo demás es dogmatismo, fanatismo o franca imposición. Ya lo dijo Rorty: “No existe el amor a la Verdad. Lo que se ha llamado con ese nombre es una mezcla del amor por alcanzar un acuerdo intersubjetivo, el amor por conseguir el dominio de un conjunto de datos recalcitrantes, el amor por ganar argumentos y el amor por sintetizar teorías pequeñas en grandes”.

Quizá verdad y realidad marquen la sinonimia más contrahecha. La noción de verdad como correspondencia queda vacía o se encierra en el lenguaje. Es claro, “los enunciados se comparan con los enunciados”, ya lo dijo Otto Neurath, “no con las ‘experiencias’, ni con el ‘mundo’ ni con nada más”. La verdad juega a disfrazarse con mayúsculas, ponerse apellidos, exigir confesiones, hacer actos de aparición y dar golpes de espectáculo. Y así, mientras la verdad pretende revelarse, lo real de hecho se rebela. Lo real, innombrado e innombrable, aniquila cuando no ignora nuestros deseos. Quien cava en la verdad no se encuentra con quien cava en lo real, moran arenas distintas, la del ser y la del lenguaje.

 

Del celuloide al mármol

Tarkovsky antepuso al veneciano Carpaccio a Rafael de Urbino, cuyo arte encontraba flácido e insípido. Nosotros nos quedamos con el gigante de Caprese. Miguel Ángel es faro del arte y sin embargo vivió a la sombra; en su fuero interno el verdadero artista era otro, uno por el que lo hubiera dado todo: Dante.

De Dante hablo, que mal conocidas sus

obras fueron por ese pueblo ingrato

que sólo a los justos desprovee del bien.

¡Más ojalá hubiese sido él! Por tal fortuna,

con su áspero exilio y también su virtud,

daría yo del mundo el puesto más feliz.

 

Miguel Ángel, el escultor obligado a pintar, el arquitecto a fuerza de protagonismo, el estudioso de Dante, fue el autor menos conocido de más de un centenar de sonetos y madrigales. Aunque la mayoría están dedicados al amor dolido –carnal y espiritual–, otros adoptan un cariz más filosófico. En el soneto X, da su respuesta a la pregunta perenne sobre si la belleza entra o sale del ojo que la mira:

Dime de grado, Amor, si estos mis ojos

de veras ven a la beldad que aspiro

o si va dentro en mí, y a donde miro,

veo esculpido entonces su rostro…

—La belleza que ves en verdad está en ella.

 

Coherente con la objetividad de la belleza, en otro soneto Miguel Ángel supone que la obra escultórica, no importa lo arriesgada o improbable, aguarda matemáticamente al interior del material:

No tiene el gran artista ni un concepto

que un mármol sólo en sí no circunscriba

en su exceso, mas solo a tal arriba

la mano que obedece al intelecto.

 

Si atinados, con los golpes de su cincel el escultor podrá despertar la forma durmiente. En otras palabras, el artista que casa lo que razona e intuye asiste a una revelación. Seguramente Miguel Ángel, sentido creyente, leyó la revelación en el arte en clave teológica; lo intrigante es que su concepción resulta aún más elocuente bajo la lente con que hoy entendemos el proceso de revelado. En la fotografía análoga, suerte de parto onírico, la imagen incubada por la cámara emerge de una piscina química.

“Homero configuró una hermosa construcción de palabras muy variadas porque participaba de una naturaleza divina” (Demócrito, fr. 21). Homero olímpico, el sagrado Dante, el divino Miguel Ángel… La tradición que diviniza el genio para explicarlo es tan larga como poco informativa. Algo parecido ocurre con la visión del arte como revelación; pensadores, críticos, artistas y diletantes coinciden por igual, el arte revela, pero sobre qué y cómo, no dicen nada; calamares a la hora de afirmar, telegrafistas para dilucidar. Dejada a su propia suerte, la tensión en el núcleo del concepto resulta insostenible. En un polo, tenemos la revelación de raigambre teológica, asociada a la verdad, el absoluto y tantas otras palabras con mayúsculas; es la idea de que toda creación guarda una intención ulterior que puede ser manifiesta. En el otro polo, está la noción de revelación propia de la fotografía, menos asociada a la verdad que a la verosimilitud, la perspectiva, y tantos otros términos relativos; es la idea de la materialización polivalente que puede condensar el entramado del que surge. El problema ahora es nítido, la noción de revelación suele digerirse automáticamente en el primer sentido, sin importar que es el segundo el que hace justicia a la configuración técnica que el proceso artístico despliega.

 

En suma

Eisenstein sintetizó una nueva lengua al corazón de la cinematografía. Tarkovsky la articuló en un diálogo de artistas, científicos y teólogos. Sí, entre ciencia y arte existe una tensión esencial, pero no es la que dictan sus estereotipos. Mientras la ciencia avanza en una escalera lógica sin fin, piensa Tarkovsky, el arte se detiene en esferas simbólicas y espirituales. Dado que no calza con el científico, Tarkovsky sugiere que el conocimiento artístico se emparenta al religioso. En esto Andrei Arsenyevich erró. Separado de oratorios y laboratorios, el atelier del artista celebra su modo propio de conocimiento. Las revelaciones teológicas se reciben, estaban dadas; las revelaciones artísticas se ofrecen, son creadas. Los profetas toman dictado, los poetas se lo beben. Tarkovsky explicó el cine a través de la escultura, nosotros preferimos explicar la escultura con la fotografía. Es mucho lo que el discurso de la revelación deja velado; si la noción de revelación habrá de subsistir en el contexto científico y artístico de la actualidad, deberá hacerlo, no más bajo la metáfora de la faz detrás del velo, sino en analogía al cuarto oscuro que da a luz.

 

 

Referencias:

Andrei Tarkovsky, Sculpting in time. University of Texas Press. 1989.

Miguel Ángel Buonarroti, Sonetos completos. Cátedra. España. 1993.

Richard Rorty, Pragmatism as romantic polytheism. In The revival of pragmatism, ed. Morris Dicksein, 21–36. Durham, NC: Duke University Press. 1998.

Neurath, Otto. [1931] Sociology in the framework of physicalism. In Philosophical papers 1913–1946, ed. Robert S. Cohen and Marie Neurath, 58–90. Dordrecht: Reidel. 1983.

Erikson E. H. The life cycle completed. New York: W.W. Norton & Company. 1982.

Kirk, G. S., J. E. Raven, M. Schofield. Los Filósofos Presocráticos. Ed. Gredos. España. 1983

 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.