Una de dos: o el hombre fue creado a imagen y semejanza de Dios y entonces Dios tiene tripas, o Dios no tiene tripas y entonces el hombre no se le parece. Esta frase de Milán Kundera sirve como carta de presentación para Dios tiene tripas: meditaciones sobre nuestros desechos, de Laura Sofía Rivero García. Debo confesar que Milán Kundera es uno de los pocos autores anteriores a mi generación en cuyas obras todavía me sumerjo con la intención de hallar preguntas, y la primera que me hice ante tal epígrafe fue contundente: ¿quién escribe sobre las excrecencias de las personas? Luego, una tras otra, se desprendieron las demás: ¿cómo se empieza a escribir acerca de los desechos corporales?, ¿sobre cuáles de estos desechos resulta más interesante escribir?, ¿sobre cuáles yo preferiría leer? Y la última: ¿por qué una colección de ensayos que divaga entre humores, secreciones y hábitos de baño se gana el Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez?
Ya le seguía la pista a Laura Sofía desde hace algunos años, sobre todo porque fue tras leer un ensayo suyo que comprendí de qué se trataba un ensayo: ese ir y venir entre imágenes, datos comprobados, suposiciones, palabras tomadas de otros tiempos y voces y reflexiones propias. Sin embargo, cuando se anunció el título de su obra como ganadora de la convocatoria de 2020, de inmediato despertó mi curiosidad. Entre otras cosas, la pandemia nos dejó un atraso de casi dos años en la publicación de ciertos libros que no debieron esperar tanto para existir. Por fin esta reseña se convirtió en el vehículo para entrar a fondo en la lectura de Dios tiene tripas.
No podría enlistar todas las particularidades que el estilo de Laura Sofía tiene, porque cada vez que he leído un texto suyo tengo la sensación de que una voz me habla desde una especie de bruma que la vuelve invisible, pero que le otorga una visión privilegiada desde donde observa, a un solo tiempo, lugares, dimensiones y momentos que coexisten en perfecta armonía. Claro que en Dios tiene tripas se siente esa distancia necesaria para armar el mosaico en el que el libro se convierte. Desde la diarrea, el acto de orinar en la vía pública, la indiscreta ubicación de cualquier baño del mundo, olores, humores y rumores corporales, latrinalias y el amplio abanico abierto de lo escatológico, cada tema sobre el que medita se convierten en esa pesada evidencia de lo que los seres humanos tratamos de negar a fuerza de murmullos, silencios, omisiones y eufemismos, pero que nos conecta sin excepción y, por tanto, se vuelve parte esencial de la condición humana, por más que intentamos negarlo. Porque, al entrar en el libro, se vuelve inevitable hacer memoria de nuestras propias experiencias: la urgencia del intestino cuando la diarrea nos toma por sorpresa; esa especie de complicidad con el usuario anterior del baño al que acabamos de entrar, que se establece cuando percibimos los restos de su digestión en el aire que nos llena los pulmones; la desesperación ante el descubrimiento de que no tenemos más que un par de delgados cuadritos adheridos al tubo café que ya no nos presenta la seguridad de una cantidad decente en el rollo de papel higiénico; la pérdida de la intimidad al ser parte de la fila de quienes pretenden usar un baño ajeno; el vínculo que se establece con alguien ante quien el cuerpo no siente vergüenza si de sonidos se trata; el alcance del pensamiento o la reflexión que provocan los mensajes, anónimos o no, dejados con ayuda de cualquier pigmento por nuestros antecesores dentro de los límites de un baño público. Laura Sofía, además, dilucida acerca de los motivos que las personas tenemos para conservar el secretismo que gira en torno a aquello que implican nuestros desechos, porque hay en los ensayos una profunda investigación histórica que se entrelaza con los otros elementos que construyen esta narrativa: desde las costumbres de los griegos y romanos; los primeros acercamientos a la limpieza y la asepsia; los datos oficiales que podrían advertirnos sobre la siguiente pandemia que, por supuesto, no vamos a prevenir; el futuro en cuanto a la persistencia de la mugre y todo lo que de ella deriva.
Cada uno de los ensayos de Dios tiene tripas se presenta como una unidad que bien podría funcionar de manera independiente. Sin embargo, en su conjunto, Laura Sofía nos muestra una exploración, un viaje a través del subsuelo habitado por todo aquello que solo nombramos en solitario, porque la mayoría de las veces apenas nos atrevemos a lanzar un pensamiento para, de inmediato, arrepentirnos de cargar con el peso, con la mancha incontrolable, con la peste característica, de todo aquello que nos acerca más a lo humano en tanto nos aleja de Dios.
Un ser bajo una sábana (tal vez) blanca ya percudida por el tiempo, habita la portada del libro Cuentos completos de Leonora Carrington (Lancashire 1917 – Ciudad de México 2011), editado por el FCE. Lleva entre sus delgadas y finas manos, casi esqueléticas, una rosa oscura quizás ya marchita. Los ojos vacíos sobresalen de ese ser fantasmagórico ya que uno tiene un parche y el otro (que parece de un ave) está rojo y perdido hacia la nada. A los pies de esa criatura, se encuentra un lémur que parece ver a quien se atreva a tomar el libro con sus manos.
La imagen que a primera instancia podría parecer tétrica, corresponde a una pintura hecha por Leonora y terminada en el año de 1968, titulada El Ancestro. En ella hay muchos símbolos y significados como en todo lo que hizo la artista a lo largo de su vida y es que, en ese cuadro, habita la teoría de un continente llamado Lemuria que se hundió en el océano Índico hasta desaparear y que tiene que ver con el origen de la humanidad, haciendo que sus habitantes huyeran a otros continentes. Es ahí donde la leyenda, nos indica que algunos de sus sobrevivientes aún habitan en túneles o templos situados bajo el Monte Shasta, al norte de California y a veces, emergen de ese inframundo vistiendo togas blancas como lo representa Carrington en ese cuadro.
Pero no solo está eso ya que, si nos fijamos más a detalle, vemos que el ser de la pintura está dentro de un círculo que en la mitología celta tiene significados mágicos; también podemos ver una rosa que puede simbolizar algo espiritual, así como la resurrección y la inmortalidad; y, finalmente, los lémures pueden ser espectros o espíritus de la muerte, a partir de la mitología romana que los describe como seres de ojos redondeados, que miran fijamente y gustan de espantar a las personas. Hermosa primera imagen, que nos da la bienvenida para adentrarnos a las historias escritas de esta magnífica artista.
Cuando tenía apenas tres años, Leonora y su familia se mudan al enorme castillo neogótico (que ahora es una escuela) al noroeste del Reino Unido, que estaba rodeado de inmensos jardines y que inmortalizaría años después en obras como Green Tea (1942) y Crookhey Hall (1986).
Este habitar rodeada de bosques y jardines enormes que rodeaban al castillo, aunado a las historias que su abuela, su madre y su nana le contaban (y que tenían que ver con los cuentos de hadas, leyendas de brujas y mitos de la tradición celta), comenzaron a influenciarla para crear pinturas y narraciones en las que había fabulas e historias de fantasmas. Es así como Leonora empieza a cimentar los mundos mágicos que realizaría a lo largo de toda su obra, ayudada de igual forma por las lecturas propias de escritores como Lewis Carroll (Alicia en el país de las maravillas), W.W. Jacobs (“La pata de mono”), James Stephens (Irish Fairy Tales) y Beatrix Potter (Peter Rabbit).
Los Cuentos completos están divididos en cuatro partes: “La casa del miedo”, “El séptimo caballo”, una selección de pinturas que bien pueden ser un complemento o dialogo con las historias del libro y finalmente, por tres cuentos “Previamente inéditos”.
De la primera parte se desprenden dos cuentos que podríamos considerar ya clásicos, por los estudios y críticas que de ellos se han escrito, siendo “La debutante” y “La dama oval”, los más conocidos.
“La debutante”, es el cuento con el que comienza el libro, en el que se muestra a una joven que será presentada en sociedad, pero que está incomoda ante el hecho, prefiriendo ir al zoológico a divagar y a conocer a los animales. Ahí se hace buena amiga de una hiena con la que platica regularmente. Una tarde, harta de su presente, le cuenta a la hiena su encrucijada quien se sorprende por la negativa de la joven a ir a su propio baile de presentación. La joven le propone a la hiena ir en su lugar y, aunque incrédula, la hiena acepta con tal de comer todo lo que su amiga le prometió.
Para los críticos y estudiosos de Leonora Carrington, este cuento representa un poco la juventud de la artista surrealista, en el que vemos una crítica de la autora al entorno en el que vivió y a su propia familia, en donde, en efecto, fue presentada en sociedad, aunque ella no quería, y representa en la hiena, su lado salvaje para huir y romper las cadenas familiares que la obligaban a hacer cosas de aristócratas que ella odiaba (y que al final si rompió), más aún si recordamos que su padre era un industrial muy importante de esas épocas y que, además, su familia en realidad era muy acaudalada. De igual forma, en la biografía que escribió Elena Poniatowska, la escritora nos dice que la abuela de Leonora le contaba la historia de que “Noé no dejó que la hiena subiera al Arca porque comía cadáveres y ululaba imitando la risa del hombre. Pero después del diluvio universal se cruzaron el lobo y la pantera y la hiena volvió a nacer”, creándole una fascinación por estos animales salvajes con los cuales Leonora se identificaba.
El cuento para mi es uno de los mejores ya que hay un dejo de ternura y de empatía hacia la joven por parte de quien lee el cuento, que se pone mejor cuando la hiena decide matar a la sirvienta de la joven para cortar su cara y ponérsela encima tratando de parecerse más a su amiga.
Una extensión de este cuento, podría ser el cuadro Autorretrato (La posada del caballo del alba) de 1938, en el que podemos ver a Carrington sentada y con una cabellera alborotada, tratando de acariciar a una hiena que está frente a ella. De fondo en la ventana hay un caballo corriendo y detrás de la autora, un caballo de madera que después aparecerá en el cuento “La dama oval”.
En “La dama oval” el personaje que narra la historia, va a la casa de una joven muy alta y delgada con rostro pálido y triste de nombre Lucrecia. Se sorprende al ver los muebles de la casa al menos el doble de los que comúnmente conocía, así como de ver Lucrecia quien al menos tiene 16 años, contraponiéndose a su enorme estatura. Al subir al tercer piso y entrar al “cuarto de los niños”, Lucrecia juega a transformarse en un caballo blanco, junto con su caballo-mecedora favorito: Tártaro. Como en el cuento anterior, el horror aparece cuando una hurraca de nombre Matilda, entra a la habitación con ellas, para de inmediato contarle a la narradora que la hurraca “habla con nosotros. Hace más de diez años le partí la lengua en dos. Que hermosa criatura”. La narradora describe como voz de bruja, el graznido de la hurraca que repite la frase “herrrrmosa crrrriatura”.
A grandes rasgos, diferentes estudios muestran que la aparición del caballo-mecedora puede simbolizar o significar la búsqueda anhelada de una niñez y juventud transgresoras que no se han liberado de lo que se les ha impuesto, o bien, cuando Lucrecia grita “todos somos caballos”, puede significar un rito iniciático que busca la libertad y empoderamiento personal que Leonora comenzaba a tener en esos años. El que haya caballos, hace pensar de inmediato en la diosa Epona que, de acuerdo con la tradición celta, es la diosa de los caballos que se asocia con la fertilidad, la vida, la muerte y la naturaleza, además de que Carrington ve al caballo como su tótem protector. Pero estas, solo son algunas teorías que arroja este cuento de apenas cinco páginas.
Lo fantástico ocurre cuando en el final, el caballo-mecedora es quemado por el padre de Lucrecia (quien ya era demasiado grande para jugar con Tártaro, cosa que molestaba demasiado a su padre). En esas últimas líneas, la narradora escucha desde el “cuarto de los niños” unos relinchos espantosos “como si un animal estuviese sufriendo torturas inauditas”.
Más allá de simbolismos e hipertextualidades, los cuentos dejan ver cuadros hermosos y monstruosos en la mente de los lectores, como en “La casa del miedo”, cuando la protagonista conoce a la Señora del Miedo, describiéndola de esta manera: “Tenía cierto parecido a un caballo, pero era mucho más fea. Su bata estaba hecha de murciélagos vivos, cosidos por las alas, y por la manera en que se agitaban se notaba que no estaban muy conformes con la situación”. Y continua con la descripción párrafos más adelante: “tenía la incómoda sensación de que me veía perfectamente con su gran ojo (solamente tenía uno, pero era seis veces más grande que los ojos normales)”.
Otra escena similar, ocurre en el cuento “El tío Sam Carrington” cuando el personaje principal, una niña de ocho años, narra una escena brutal dentro del bosque que dice así: “La luna llena brillaba intensamente entre los árboles, de modo que pude ver, a unos metros, el origen de un ruido inquietante. Eran dos coles que sostenían una terrible lucha y se arrancaban las hojas con tal ferocidad que en poco tiempo no quedó de ellas más que un montón de hojas despedazadas”.
En estos primeros seis cuentos escritos entre 1937 y 1938, además de los caballos que aparecen casi en cada historia (y ya no digamos dentro de sus pinturas y esculturas), algunos tópicos que se repiten son las fiestas elegantes o importantes, los zoológicos, los árboles, los jardines, y el que las narradoras de las historias, casi siempre se sientan solas y aburridas, quizás por eso los animales tienen voces y platican con ellas.
La segunda parte del libro se compone por dieciséis cuentos (algunos de ellos publicados en revistas de Nueva York y París), escritos en un espectro de tiempo más amplio, algunos se terminaron en 1940 y otros más a principio de los años setenta. Pero a diferencia de la primera parte, estas historias, aunque en su mayoría son cortas, tienden a explayarse un poco más, sin que esto las demerite, al contrario, se vuelven más ricas en información e imágenes que el lector puede crear al leerlas.
Como en la primera parte, algunos seres y tópicos se repiten como los caballos, los bosques, los animales que hablan, personajes con un solo ojo, los jardines, la aristocracia con sus rebambarambas, rostros pálidos, el carruaje fúnebre que describe de su funeral Lucrecia en “La dama oval” y que ahora aparece más detallado en “¡Vuela paloma!”. De igual forma, otros nuevos se une a los ya dichos como los conejos, las cabelleras largas y abundantes que regularmente cubren los rostros de los personajes, la religión, la magia, entre otros más.
De este segundo compilado, hay sin duda personajes entrañables, como el jabalí hermoso que aparece en el primer y más largo cuento de esta colección “Cuando iba por el lidero”, o bien, una anciana coqueta que aparece en ““Abatido por la tristeza”, pero sin duda, el que más me perturbo fue el que aparece en el cuento “Las hermanas”.
En dicho cuento, un ser femenino de nombre Juniper, vive en la oscuridad de un pequeño y sucio desván, porque supuestamente está enferma y no puede salir de ahí, al menos eso le ha dicho siempre su hermana Drusille, que únicamente le permite encender una vela los jueves por la noche. Y justamente en ese momento, es cuando por la luz de esa vela, Carrington nos narra a ese ser que hasta entonces estaba oculto: “Su cuerpo era blanco y estaba desnudo; le salían plumas de los hombros y alrededor de los pechos. Sus brazos blancos no eran alas ni brazos. Una mata de pelo blanco caía sobre su cara, de piel como de mármol”. La descripción de Juniper sigue con la conversación que va teniendo con su hermana Drusille en la que vemos que le gusta la miel para comer y aunque bebe agua trasparente, prefiere de la roja. Sin embargo, algo le pasa cuando bebe de la roja, se “exista demasiado” dice Drusille. También le gusta ver la luna, pero tampoco le es permitido salir a verla porque “alguien la puede ver”. El cuento sigue con la llegada del Rey Jumart que está cortejando a Drusille que, al momento de su llegada, sale deprisa a verle olvidando cerrar el hogar carcelero de Juniper.
Finalmente, una última descripción de Juniper, aparece a unos instantes del final en el que, después de escapar del desván oscuro, ve a una de las sirvientas muy colorada por los quehaceres de la casa, y es ahí cuando la hermana extraña salta sobre ella succionándole del cuello toda la sangre que pudo y mientras lo hacía, “su cuerpo se volvió enorme, luminoso, magnifico. Sus plumas brillaban como nieve al sol, su cola centellaba con todos los colores del arcoíris. Echó la cabeza hacia atrás y cantó como un gallo”. Aún no se bien como descifrar a ese ser, pero me recuerda a otras obras de Carrington como su escultura The palmist, o su pintura Reflexión sobre el oráculo (1959). También podría figurarse a otro muy famoso de Remedios Varo titulado Creación de las aves (1957), pero como Juniper era gustosa de la sangre, no se puede evitar pensar en una especie de vampiro.
Saliéndose un poco de la tónica del conjunto de todos los cuentos, hay un par de cuentos en los que la fantasía se queda un poco de lado, apegándose más a la realidad que conocemos, sin dejar de lado el absurdo y el horror que esta vida conlleva.
El primero es “Et in bellicus lunarum medicalis”, que cuenta la historia en la que el país (México sin ser mencionado) se queda sin cirujanos porque entran en huelga y, para resolver el problema, Rusia les “dona equipo de ratas amaestradas, con experiencia en cirugías en humanos”, creando un debata en si utilizarlas, devolverlas o hasta matarlas con tal de no ocuparlas y, sobre todo, sin hacer enojar a Rusia.
El segundo, “Conejos blancos”, fue de mis favoritos por la repulsión que provoca cuando descubrimos junto al narrador-personaje que los conejos de su vecina comen carne en muy mal estado y, además, esta vecina junto a su esposo ciego, sufren “la enfermedad de la sagrada Biblia, ¡la lepra!”.
Ante este tipo de matices, también hay espacio para la ternura, pero de igual forma, sin dejar el horror de la vida terrenal, como en el cuento “La historia del cadáver feliz”, en donde un esqueleto ayuda a un joven a encontrar a su amada llevándolo sobre su espalda al inframundo, recordándonos a Orfeo, pero con un final distinto y más emotivo, a partir de la conversación que ambos personajes tiene en su recorrido.
En “Un cuento de hadas mexicano”, Carrington refleja el cariño que tenía por nuestro país (que la arropo en su huida de la guerra y en el que vivió de 1943 a 2011, a excepción de cortos periodos en los que residió en EUA), en una narración acerca de dos niños-adolescentes, que viven en el campo y que, por azares del destino, tiene como fin crear al dios Quetzalcóatl, no sin antes encontrarse con seres míticos de las culturas prehispánicas como el xoloitzcuintle, el nahual, el jaguar y desde luego el Mictlán.
Leonora alguna vez le dijo Poniatowska en una entrevista que sus cuadros (o, mejor dicho, toda su obra), eran sueños o pesadillas que había tenido. Algo similar dice el Rey Jumart en el cuento “Las hermanas”, que muchas veces no se sabe si se está en un sueño o una pesadilla porque es fácil confundirse entre una cosa y la otra. Y es que, al leer estos cuentos llenos de descripciones muchas veces inimaginables, te trasportas a todo eso que a mí me produce ver, la pintura El Ancentro (de la portada del libro), ya que hay mitologías, magias, seres malignos, monstruos, universos que no entendemos y que están plagados en todo lo que hizo Leonora Carrington. Y si bien en su mayoría son historias terroríficas y siniestras con un dejo de maldad, también hay ternura, horror inocente, diversión, esperanza y desde luego, el absurdo de la vida misma.
André Breton la llamó “la mujer que miraba a través de la magia”; Octavio Paz la describió como la “hechicera hechizada”; Carlos Fuentes como la “hechicera irónica”. Sin embargo, yo prefiero una descripción más amplia, como lo que hace Elena Poniatowska de ella: “Leonora podría ser una diosa celta, la reina de los espectros, la dueña del inframundo, la que proporciona secretos y conoce la fórmula de las pócimas mágicas del año 1000 antes de Cristo, cuando los celtas se instalaron en las islas británicas”.
Iósif1 Vissarionovich Djugashvili (21 de diciembre de 1879- 5 de marzo de 1953), mejor conocido como Joseph Stalin2 es una de las figuras que forjaron un nuevo Estado y que también influyeron en la dinámica internacional en la primera mitad del S. XX.
A propósito del centenario de su nombramiento como Secretario General del Partido Comunista de la URSS (PCUS)3 el 3 de abril de 1922, el motivo primordial de este texto, es ofrecer un contexto general de su actuación, ello como grupo dominante y triunfador de la Revolución y Guerra Civil Rusa (1917-1921); luego como fundador del masivo aparato burocrático estatal que fue la URSS. También sobre los problemas que enfrentó entre 1922 y 1941.
Su liderazgo altamente centralizador y tenaz fue contraproducente para los desarrollos inmediatos de la participación central y decisiva de la URSS. También es conocido como verdugo de la amenaza bélica nazi entre 1941 y 1945. Posteriormente daré una breve explicación sobre los últimos años de gobierno de Stalin (1945-1953) y a manera de conclusión expondré una serie de reflexiones respecto al verdadero papel de Stalin como administrador y líder supremo. Aunaremos al gran debate que ha ocupado a muchos académicos en determinar si aquella figura en realidad puede considerarse un dictador. También abordaremos una serie de líneas y cuestiones generales que se heredarían a las posteriores administraciones de la URSS debido al extremado centralismo estatal.
Todo esto, para establecer un verdadero análisis contextual, pues consideramos que las explicaciones hechas hasta ahora por biógrafos, expertos en Rusia y en gran medida los medios de comunicación y propaganda desde la Guerra Fría se han concentrado en denostar y solamente ofrecer una versión negativa, tiránica y monstruosa de dicho personaje, pero obvian muchas consideraciones de índole interna y externa que esperamos permitan al lector formular sus propios juicios respecto a Stalin, no solamente como ese “Zar Rojo” omnipresente y con poder ilimitado, como muchos lo apodan, sino a un político formado desde muy temprana edad con características y habilidades altamente pragmáticas, analíticas y que siempre oscilaron entre el consenso, el convencimiento, hasta el puro ejercicio de coerción estatal para lograr objetivos políticos.
De Koba a Stalin: el camino al poder (1912-1922)
Entre 1909 y 1917, conocido en ese entonces por el sobrenombre de “Koba”, desarrolló una intensa actividad política en Georgia y en otros países del Cáucaso como Armenia y Azerbaiyán. En este último país, su capacidad organizativa y de influencia en los trabajadores petroleros en Bakú le ganaron los primeros destierros por parte de la Okhrana(policía secreta zarista).
Es también durante este periodo que tendría su primer acercamiento respecto a la dinámica y funcionamiento del futuro PCUS, en ese entonces como un movimiento atomizado, liderado por Vladimir Lenin (1870-1924) hasta su muerte. Este tendría un objetivo principal de agitar a los trabajadores y campesinos del imperio ruso, pero también de otros países en Europa, para iniciar un movimiento revolucionario armado que tuviera como fin último el establecimiento de un gobierno liderado por aquellos sectores, esto según los preceptos marxistas aprendidos por Lenin.
Conforme la efectividad administrativa y organizativa de Stalin aumentaba, también su relación con Lenin, de tal modo que una vez triunfando el movimiento de la Revolución de Octubre (7 de noviembre de 1917) y derrocado el gobierno provisional de Alexander Kerensky, surgía una nueva amenaza, pues un movimiento contrarrevolucionario, llamado también blanco o menchevique,amenazaba la estabilidad y supervivencia del recién establecido gobierno bolchevique. Además, los mencheviques eran apoyados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, ello al margen de la Guerra Civil Rusa (1917-1921).
La medida inmediata dentro de tan complejo contexto —pues Rusia se encontraba aún como beligerante en la Primera Guerra Mundial (1914-1918)— fue crear un comité colegiado que deliberara las decisiones de gobierno a seguir, desde arriba hasta todas las demás células del PCUS y del gobierno, este sería llamado Politburo.El cual, para ese entonces, se conformó por Lenin (líder de gobierno y de partido), Lev Trotsky (líder del sector militar y de defensa), Lev Kamenev (representante de Lenin en diversas actividades), Nikolai Bukharin (secretario de prensa y propaganda) y Stalin como administrador total del Partido4.
Esto último dotó a Stalin de una información personal invaluable para descubrir las posiciones ideológicas de los miembros prominentes del partido, su verdadero funcionamiento, pero, sobre todo, escuchar un sin fin de ideas para establecer propuestas de gobierno y con ello participar dentro del gran juego deliberativo del Politburo en calidad de negociador, y en el Congreso del PCUS (donde se conformaban todos los cuerpos de gobierno de la URSS y se delineaban todos los programas políticos), esto le permitiría asumir la posición de liderazgo y controla costa de generar un mayor consenso dentro de aquellos dos órganos supremos de gobierno. Desde ese entonces su control sobre el PCUS ya era considerable, pues se encargaba del correcto funcionamiento entre el Politburo y el Orgburo. Más allá de ello, debía supervisar que los miembros del partido siguieran todas las directivas dictadas desde aquel Politburo.
Con toda esa experiencia administrativa y, sobre todo, la información sobre el funcionamiento del gobierno y sus miembros, Stalin llegaría a ser nombrado, con la anuencia de Lenin, el nuevo Secretario General del Comité Central del PCUS, el aparato de gobierno que administraría al Estado soviético entre periodos legislativos del Congreso. Sin embargo, con el tiempo, en el ejercicio político y de administración burocrática, el Comité Central del PCUS fue adquiriendo cada vez más relevancia, impulsado por el propio Stalin5.
Dicho esto y ante los accidentes cerebrovasculares sufridos por Lenin en mayo de 1922 y 1923 (que eventualmente lo llevarían a una muerte prematura el 21 de enero de 1924), el panorama nacional era de una destrucción económica, productiva, social y de recursos sin precedentes. Aunado a ello, nuevas rencillas por obtener el puesto de líder de la recién formada URSS ya se dibujaban, y ante ello, Stalin no pudo quedarse sin hacer nada.
Stalin, de la lucha a la cúspide y los excesos: 1922-1941
Una vez muerto el primer gran líder de la Revolución de Octubre, tres figuras principales ejercieron el poder de manera compartida, (Stalin, Lev Kamenev y Grigory Zinoviev), desplazando del foco de control dentro del Partido a Trotsky.
En 1925, tras la muerte de Mikhail Frunze, incondicional a Trotsky, Stalin instaló a Kliment Voroshiloc como Secretario de Defensa (Comisariado de Guerra). Al año siguiente consiguió designar a Vyacheslav Menzhinsky an frente del Directorado Político de Estado Conjunto (la policía secreta) (OGPU6 /Obyedinyonnoye Gosudarstvennoye Politicheskoye Upravleniye), el cual se transformaría después en el Comisariado Popular de Asuntos Internos entre 1934 y 1946 (NKVD7/ Naródnyy Komissariát Vnútrennikh Dyél), antecedente directo del Comité de Seguridad Estatal, mejor conocido como la KGB.
De manera paralela, el culto a la personalidad de Stalin ya se encontraba en plena marcha, pues una vez que todos los adversarios políticos habían sido degradados en el entramado político estatal o expulsados del país (como Trotsky en 1929):
“un nuevo culto estalinista se fundía con el antiguo culto leninista, y lo comenzaba a superar. Cuando, en ocasiones ceremoniales, Stalin aparecía arriba del Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja, la tumba colosal de Lenin se levantaba solamente como el pedestal para su sucesor”8.
Para 1926, Stalin contaba con la mayoría del poder político y coercitivo del Estado Soviético, lo que le permitió deshacerse de cualquier resistencia interna en el año de 19279 y volverse el dirigente supremo de la URSS hasta su muerte, 26 años después. Una vez resuelto el problema sucesorio de liderazgo soviético, Stalin decidió ejecutar un primer Plan Quinquenal (1928-1933) para resolver los apremiantes problemas económicos y sociales que aquejaban a la URSS en plena recuperación de una Guerra Mundial, una Revolución y una Guerra Civil.
La visión estalinista del primer plan quinquenal se cimentaba en una perspectiva de cerco, en la cual “debían de alcanzar a los países avanzados en 10 años los 50 que llevaban de desventaja tecnológica, bajo pena de ser aplastados”10, esto inauguraba una visión de política estatal de cerco que sería definitoria para el comportamiento del Estado Soviético y Ruso a partir de la llegada al poder de Vladimir Putin, pues Rusia “aparecía invariablemente como víctima histórica de conquistadores y opresores extranjeros, aunque ello no fuera tan coincidente con otras perspectivas de historiadores soviéticos que argumentaban lo contrario”11, es decir, el papel dominante del Imperio Ruso.
Esto abonó a una perspectiva constante de cerco, que no solamente permeó hondamente en los liderazgos soviéticos y rusos, sino en la propia perspectiva de las instituciones de poder12.
Desafortunadamente, esta perspectiva jugaría en contra de resultados positivos del primer Plan Quinquenal. Al intensificar el cumplimiento intensivo de cuotas y objetivos por medio de la colectivización masiva y deportaciones forzadas de campesinos a los Kolkhozes (granjas estatales colectivas), el costo social del crecimiento económico se hacia cada vez más grande y cruento13.
Simultáneamente, y a pesar del crecimiento constante del aparato productivo e industrial soviético, la fuerza laboral en los centros urbanos industriales creció considerablemente, y aunado a ello, el salario y circulación del papel moneda para pagarlos se imprimió en mayor medida, lo cual generó efectos inflacionarios que fueron controlados mediante fijación de precios por el Estado, establecimiento de tiendas y agencias de comercio gubernamentales, y una vez que llegó la Crisis Económica Mundial de 1929, se reintrodujeron sistemas de racionamiento en los pueblos que durarían hasta 193514.
Al reconocer que los costos sociales se incrementaban por consecuencia del acelerado proceso de crecimiento económico e industrialización manufacturera y agrícola, Stalin tuvo que establecer objetivos más realistas15 para el diseño y ejecución del Segundo Plan Quinquenal (1933-1938), que, para beneficio del liderazgo estalinista y de la sociedad en general, tuvo mejores desenlaces, pues las plantas construidas en el Primer Plan Quinquenal comenzaron a operar y el campo a recuperarse de la crisis. La URSS experimentaría un crecimiento económico e industrial sin precedentes16.
Para el Tercer Plan Quinquenal (1938-1943, interrumpido por la invasión nazi de 1941), y ante el rápido rearme del Tercer Reich, las preocupaciones de cerco ruso deStalin, comenzarían a modelar la visión de este proyecto, ya que el gasto en Defensa se incrementó y el número de efectivos en el Ejército Rojo pasó de 1 millón y medio hombres a 5 millones entre 1937 y 1941. Esto no necesariamente alentó el crecimiento económico civil17, pero resultaría decisivo para los años posteriores en los que la URSS tendría que hacer frente a toda la furia terrestre y aérea de los ejércitos de Hitler.
Stalin frente a Hitler: 1941-1945
Con la firma del pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov18 firmado en 1938, Stalin confiaba seriamente que la voluntad de Hitler no era atacar directamente a la URSS, e inclusive la postura soviética respecto al conflicto mundial, una vez iniciado en 1939, era una de reserva. La URSS no estaba interesada en entrar en choque directo frente a las ambiciones expansionistas nazis, consideraba que estas (desde los postulados fundamentales del leninismo) eran inherentes a cualquier Estado capitalista, con el cual por medio del militarismo y el imperialismo buscaba de manera agresiva expandir sus mercados en el mundo, y ello inevitablemente generaría un nuevo conflicto mundial entre las potencias capitalistas.
Stalin consideró que había que estar al tanto de la situación en Europa pero ello no era motivo para preocuparse. Fue un grave error de cálculo que casi le cuesta el país entero, pues una vez que Alemania invadió Europa occidental y los Balcanes, entre 1939 y 1941, derrotó de manera efectiva, en la Guerra Relámpago (Blitzkrieg), a Francia, y mandó huyendo a su isla a las fuerzas Británicas en Dunquerque, Hitler se preparaba para invadir la URSS bajo la mayor operación de invasión terrestre en la historia mundial: la Operación Barbarroja (22 de Junio- 5 diciembre de 1941), provocando la apertura del Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial (22 de junio de 1941- 9 de mayo de 1945).
A partir de la segunda mitad de 1941 y principios de 1942, gran parte del territorio occidental de la URSS, junto con la población, recursos e industrias desarrolladas en la URSS cayeron bajo el control de fuerzas alemanas, a tal punto que casi cae Moscú, de no ser por el papel de liderazgo estratégico ejercido por el Mariscal Georgi Zhukov19.
El clima y la reconfiguración defensiva e industrial que ordenó Stalin para enfocar la totalidad de los esfuerzos a la producción de material bélico, desde balas hasta tanques, inclinaron la balanza a favor de la URSS a partir de 194220, siendo el primer resultado efectivo en el triunfo soviético en Stalingrado en enero de 1943, y Kursk en julio de 194321. Es preciso apuntar que los triunfos militares en Europa continental fueron realizados por las fuerzas soviéticas, mientras que los aliados (Estados Unidos y Reino Unido principalmente) se abocaron a destinar bienes de consumo y materias primas para sostener el aparato bélico de la URSS, en crecimiento exponencial de 1942 a 194522.
Entre 1944 y mayo de 1945, los avances soviéticos en todo Europa avasallaron a las fuerzas nazis en retirada en todo el Frente Oriental, llegando a capturar Berlín en dos semanas (16 de abril- 2 de mayo de 1945), y así el gran aparato militar-industrial reorientado por Stalin llegaba a la cúspide de su poder con casi 35 millones de efectivos, estableciendo un nuevo récord histórico en cuanto a ejércitos terrestres23. La amenaza nazi había sido derrotada por su más acérrimo rival de guerra.
Incluso con las diferencias político e ideológicas, tanto Franklin D. Roosevelt y posteriormente Harry Truman junto con Winston Churchill, hubieron de admitir el gran esfuerzo soviético para el triunfo aliado en la Guerra al incluirlo como “Los Grandes Tres” vencedores del conflicto en las Conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam (1943, 4-11 febrero de 1945 y 17 julio-2 agosto 1945), en las que se establecerían las siguientes esferas de influencia mundiales entre la URSS y el bloque Euroatlántico Capitalista:
Mapa 1. El mundo en 1945
Fuente: Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, Changing Face of Europe and Colonial Tension, Late 1945, diciembre de 1945, en lov.gov, disponible en: https://www.loc.gov/resource/g5701f.ct002763/, consultado el 27 de marzo de 2022.
Para la URSS el costo económico y social fue mayor que para cualquiera del bando aliado, 8 millones 670 mil soldados soviéticos perecieron en el conflicto mientras que entre 16 milliones 900 mi y 35 millones y medio de civiles perdieron la vida24, con lo que la reconversión civil de todo el aparato productivo del país y la recuperación económica se presentaban de nuevo como un reto para Stalin y el liderazgo en el Kremlin.
Stalin tardío: 1945-1953
Stalin y su grupo se encontraban en una posición interna y externa inmejorable, la recuperación en los últimos años de su liderazgo conservó el segundo lugar de producción económica e industrial por debajo de los Estados Unidos de 333 mil 656 millones de dólares a 569 mil 260 25, a pesar de todos los daños experimentados en la guerra bajo los ataques alemanes en todo el territorio soviético occidental.
No obstante, el campo jamás pudo reconfigurarse de manera efectiva, y se siguieron experimentando problemas derivados de la masiva colectivización emprendida en la década de los 20-30. El Culto a la Personalidad se había cimentado fuertemente tras el triunfo en la “Gran Guerra Patria” y el agotamiento personal que la guerra imprimió en Stalin comenzaba a hacerse notar a principios de 1950, en pleno crecimiento de tensiones de la URSS y Estados Unidos durante la Guerra Fría (1945-1991).
Para ofrecer unas breve conclusión sobre el futuro soviético a la muerte de Stalin (5 de marzo de 1953), recordaremos un último extracto de la biografía política escrita por Isaac Deutscher:
“Aún así, es un hecho que Stalin encontró a Rusia trabajando con un arado y la dejó equipada con bombas atómicas, aunque en la época del arado persistiera en muchos de los niveles de su existencia nacional. Este resumen del gobierno de Stalin es, por supuesto, un tributo a su logro. Pero en el estalinismo, también, el arado y la bomba atómica coexistieron grotescamente, al igual que el barbarismo primitivo y el Marxismo lo hicieron; y mientras la nación avanzó, los factores retrógrados del régimen de Stalin exponencialmente impidieron el progreso y lo amenazaron con su detención”26.
Conclusión: el legado de Stalin en el aparato Estatal soviético y ruso
Tanto el Estado soviético como su sucesor generaron una dependencia respecto al éxito o fracaso de su líder. Sin embargo permaneció el funcionamiento dentro de instituciones, grupos de poder y burocráticos que lo personificaran y ejecutaran las políticas generadas en conjunto, previo ello a un proceso deliberativo que comenzaba en tiempos soviéticos en los Soviets Locales y terminara en el Soviet Supremo para la posterior aceptación o rechazo del Politburó del PCUS, o en tiempos más actuales desde los parlamentos regionales, hasta la Duma Estatal y hacia El Consejo de la Federación para ser promulgadas por el Presidente.
Esta perspectiva de poder distribuido muestra lo erróneo que es considerar el legado de Stalin y posteriores como uno de carácter exclusivamente dictatorial, pues en consonancia con la idea previamente desarrollada por Sidney y Beatrice Webb27, debían necesariamente establecerse arreglos previos para promulgar o ejecutar cualquier política o ley dentro de la URSS, y sigue siendo aquello una realidad toral en la Rusia post-soviética.
Existen todavía ciertas características definitorias del Estado soviético/ruso herederas de Stalin: las instituciones de poder (Defensa, Seguridad Interna mediante el KGB-FSB28) siguen teniendo un papel preponderante en la actual configuración estatal; por otro lado, la figura central tensora de la política interna y externa sigue estando centrada en una sola persona, en el caso actual, el presidente de Rusia; y en último lugar, la capacidad del Estado y la sociedad de reconfigurarse a partir de vicisitudes regionales y mundiales sigue siendo una característica bastante peculiar de este enigmático yapasionante país.
Fuentes Consultadas
Davies, R.W., et.al., eds., The economic transformation of the Soviet Union, 1913-1945, Cambridge University Press, Estados Unidos, 1941.
Deutscher, Isaac, Stalin: A Political Biography, Oxford University Press, Estados Unidos, 1967, p. 231.