Tierra Adentro
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Lo malo del asunto es que llamar Guillén a Marcos es otra manera de decir “Usted no existe. Usted es un farsante. Con usted no se puede negociar. Usted usa máscara. Aprenda de los priistas, que usamos nuestras caras como máscaras y engañamos a todo el mundo”.

Carlos Fuentes en La guerra y las palabras de Jorge Volpi

 

1

¿Qué buscaba comprobar el flamante gobierno de Ernesto Zedillo, aquel 9 de febrero de 1995, a poco más de un año del alzamiento zapatista, en la rueda de prensa convocada para revelar el verdadero rostro del subcomandante Marcos? Convencidos de que debajo de ese pasamontañas humeado y empapado de sudor se encontraba el responsable del motín chiapaneco que estropeó la fiesta de fin de año de Salinas de Gortari, llamaron a los medios para darles la noticia. Pero cuando Antonio Lozano García, vocero de la PGR, ordenó que deslizaran la fotocopia del encapuchado para mostrar el rostro del delincuente, los televidentes no fueron los únicos que se llevaron una sorpresa. Como si se tratara de un acto de magia, creyeron dar finalmente un golpe efectivo contra la identidad de Rafael Sebastián Guillén Vicente. Ahora lo ven, ahora no lo ven.

Para el gobierno, el pasamontañas era insuficiente, no podía ser la cara de nadie, símbolo inequívoco, según creían, de la falta de agallas del tal Marcos para mostrarse con la cara desnuda. Temerosos de que resultara otro tapado en la carrera por el poder, quisieron desactivar su popularidad apelando a la Verdad, esa cosa que aún escribían con la inicial mayúscula. La acción no solo fue el hazmerreír de los televidentes, el tema de moda a la hora de la sobremesa. También representó el final de una era y el inicio de otra. Pioneros involuntarios de la posverdad, las autoridades creían que las revueltas en Chiapas eran un caso aislado en México que podían controlar con un poco más de la violencia acostumbrada. Sin embargo, Marcos era el estandarte de una lucha que incluía a más de un guerrillero.

Su existencia pertenece a un linaje combativo cuyas estrategias de sabotaje están cifradas en la elección del nombre. Luther Blissett, Ned Ludd, el Pobre Konrad, entre otros, son nombres multiusuario que incluyeron a numerosos anónimos revestidos por una identidad afantasmada. “Hubo varios Marcos distintos —escribe Jorge Volpi en La guerra y las palabras—, tal como los campesinos de Morelos a principios de siglo suponían la existencia de numerosos dobles de Zapata”. A esta situación se enfrentaban los priistas: la presencia de una rebelión multitudinaria y encubierta. Su error fue considerar que Marcos era una sola persona; que detrás del sabotaje al TLCAN había alguien (a quien no conocían) moviendo los hilos con el fin de arrebatarles la silla el próximo sexenio. Pero la consigna ¡Todos somos Marcos! no tenía nada que ver con las estratagemas priistas de mentira y ocultamiento. Si bien la capucha seducía por la amenaza que implicaba, el propósito de usarla dejó al descubierto que al gobierno le gustaba mentir, pero no que le mintieran.

Lo que buscaban era desaparecer al héroe para quedarse con la persona, quitarle la máscara al malo de la película que ellos protagonizaban como héroes ejemplares. Lo que pasó en televisión abierta ese 9 de febrero de 1995 me recuerda las aventuras de Scooby Doo. No hay capítulo en el que no desenmascaren al villano en turno. Aquellos años en México la política era eso: una caricatura llena de capuchas y tapados, máscaras de mentiritas que escondían a monstruos de verdad.

 

 

2

En los noventa, el PRI instauró una nueva forma de gobierno: la mentira. Y es que ninguna otra década habría engendrado a un guerrillero, mitad hombre mitad fantasma, cuyas exquisitas mentadas de madre hacían eco de la virulencia de escritores como Jorge Ibargüengoitia, otro cuchillito de palo que al igual que Marcos, escribía nomás por joder.

Prueba de esto son las decenas de artículos y relatos, principalmente cartas que el Sub escribió y con las que, de paso, renovó el género epistolar al grado de intercambiar la solemnidad acostumbrada por fina carrilla, esa otra manera de chingar a alguien sin tocarle un pelo. Considerando que a finales de este año habrá un nuevo mundial de futbol, vale la pena repasar una de dichas cartas, escrita en 2005. El documento iba dirigido a los directivos del Inter de Milán. Marcos les propuso organizar una serie de partidos amistosos entre el club neroazzurro y su Selección Intergaláctica, el combinado amateur conformado por camaradas tzeltales, tzotziles, cholos y tojolabales.

Marcos imaginaba el Dream Team de izquierdas: Diego Armando Maradona, Javier Aguirre, Jorge Valdano y Sócrates, el mediocampista brasileño, como árbitros del encuentro; Eduardo Galeano y Mario Benedetti serían los locutores, mientras que la animación correría a cargo del colectivo LGBT, cuya presencia en el partido, imaginaba el Sub, alarmaría a la derecha católica. Como puede verse, la carta era un pronunciamiento político disfrazado de simple invitación a echar la reta entre compas.

Más que jugar los partidos, Marcos buscaba desenrollar el mapa de la izquierda globalifóbica alrededor del mundo. Para ello sugirió distintas sedes: el estadio Olímpico Universitario (“que lo recaudado en la taquilla fuera para los indígenas desplazados por los paramilitares en los Altos de Chiapas”); el estadio Jalisco (“para apoyar jurídicamente a los jóvenes altermundistas presos injustamente”); Los Ángeles, California (cuyas entradas estarían dedicadas “a la asesoría legal para indocumentados en Estados Unidos”); y el Estadio San Siro (“para apoyar a los migrantes de diferentes nacionalidades que son criminalizados por los gobiernos de la Unión Europea”).

La iniciativa, bien elaborada aunque demasiado exigente, apelaba a la buena voluntad de Massimo Moratti, presidente del equipo en ese entonces, quien se mostró interesado en apoyar la causa zapatista. Javier Zanetti, delantero histórico del Inter, fungió como emisario en el enclave guerrillero de San Cristóbal de las Casas. Zanetti había hablado con Bruno Bartolozzi, periodista de formación y directivo del Inter, acerca de lo ocurrido en México el 1 de enero de 1994. Tal vez a otro jugador poco interesado en temas sociales le hubiera dado igual lo que sucedía en Chiapas. Pero no a Zanetti. Él, que había nacido en el seno de una familia de obreros de origen italiano que migraron a Sudamérica en plena dictadura, se sintió obligado a colaborar con la guerrilla. Sus padres habían cruzado el Atlántico instalándose en la dársena que forma lo que actualmente es Dock Sud, una de las ciudades de Avellaneda, en el conurbado bonaerense. Tal vez fue este pasado lo que llevó a Zanetti a encabezar la comitiva de apoyo, recaudando dinero en efectivo, una ambulancia y camisetas y balones para inspirar la resistencia también en las canchas.

Sobrevive una foto del encuentro entre Marcos y Zanetti. El primero sostiene la camiseta del club italiano con el número 4 en la espalda, dorsal que le pertenecía al delantero argentino, mientras que este último posa para la cámara. La cohorte zapatista que accedió al flash está formada por ocho hombres y dos mujeres. La mayoría usa pasamontañas salvo una persona, Zanetti, que al dejar su rostro descubierto permite saber que se trata de un forastero. En aquella mítica carta Marcos advierte que el uniforme del EZLN cambiaría de color durante cada partido, según se ganaran o perdieran: “Hemos diseñado un uniforme camaleónico (si vamos perdiendo, a nuestra camiseta le aparecen rayas negras y azules, confundiendo al rival, al árbitro… y al público”.

Hablar de la notoriedad que ganó el pasamontañas como una prenda política en la guerrilla zapatista, sería insistir en lo mismo que se ha dicho desde entonces. Sin duda, no era una prenda ingenua ni carecía de significado. De hecho, en México simbolizó lo que a partir de 1994, hasta bien entrado el nuevo milenio, se convirtió en un lenguaje común para hacer política: el ocultamiento y el disfraz.

 

3

En su “Diccionario zapatista”, Eduardo Galeano restituye el origen mítico de la capucha zapatista: “La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos [que] han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio”. Como si se tratara del mismo efluvio tóxico, un año después de la firma del TLCAN aterrizó en el país una criatura de procedencia presuntamente extraterrestre envuelta en una nebulosa igualmente perniciosa, emitida por los medios de comunicación. Se llamaba Chupacabras y era tan feo como Salinas de Gortari encuerado.

Para muchos era un marcianito olvidado por sus padres la última vez que visitaron la Tierra; para otros era un murciélago gigante resultado de un experimento genético. La formación compuesta de su nombre lo emparentaba incluso con algunos vampiros que se alimentan exclusivamente de sangre de borregos y animales de granja. Otras aproximaciones a su origen revelan incluso que se trata del mismísimo Lucifer, que había regresado a vengar las injurias en su contra.

La historia de su paso por la tierra afirma que su itinerario empezó en el Caribe y terminó en Los Ángeles. Los lugareños de Canóvanas, uno de los municipios del norte puertorriqueño, fueron los primeros en ver al Chupacabras. La cercanía con San Juan devolvía a la región un poco del esplendor del que gozaba la capital del país a cambio de grandes dosis de contaminación ambiental. Se cree que fue la polución del aire y de las aguas residuales lo que ayudó a la gestación  de la criatura; un monstruo nacido entre deshechos. De tradición isleña, el pasado del Chupacabras se remonta a tradiciones y tierras tan fértiles como el escepticismo alrededor de su existencia.

Antes de él ya existía el Garadiablo —un pez con cara de señor y cuerpo de bailarina clásica— que en los setenta azotó la bahía puertorriqueña. Su hallazgo se le debe a un hombre de origen filipino, llamado Alfredo García Garamendi, quien, al cabo de un buen rato de mantener una lucha grecorromana con el críptido, consiguió atraparlo sin vida. García Garamendi decidió fotografiarlo y conseguir cierto reconocimiento por su hazaña. No obstante, un grupo de científicos estadounidenses más tarde lo desmintieron pues lo que el filipino consideraba un animal extinto era en realidad el cadáver de una mantarraya disecada.

La manipulación de cadáveres de especies marinas tiene su historia entre los piratas holandeses que a finales del siglo XVI se embarcaban en viajes que recorrían de un extremo a otro el océano Atlántico. En cada parada, estos orfebres de ultramar pescaban fauna endémica para crear con ella curiosos muñequitos, como si de cera se compusieran sus escamas. Llama la atención el nombre que con el tiempo adquirirían estas creaciones de la taxidermia más ociosa. Derivado de una mala pronunciación de la expresión francesa jeun d’Anvers (“oriundo de Amberes”), el nombre de estas criaturas fue difundido en playas americanas como Jenny Haniver.

A decir verdad, los coqueteos entre el folclor europeo y el caribeño no se redujeron a meras artesanías zombis. Otro caso particular de aberraciones naturales es el del Loup Garou, una variante del hombre lobo francés —aunque en este caso de manufactura haitiana—. Se cree que el Loup Garou es muy parecido al nahual mexicano, un espíritu de la naturaleza que posee a un inocente y lo hace cometer actos reprobables contra la comunidad. Si bien la crisis económica que atraviesa el país caribeño desde hace décadas no surgió a raíz del nacimiento del Loup Garou, la creencia en su responsabilidad por el terremoto de 2010 ha mantenido cautivo al pueblo haitiano. Tal vez a estos engendros de ascendencia teratológica los emparente el oportunismo con que fueron creados.

La prensa aprovechó la hilaridad para dotar de identidad a la criatura. El hecho de que el Chupacabras apareciera en horario estelar hacía pensar no solo que su existencia era cierta, sino que los medios tenían la obligación de cubrir la nota. La prensa se arrogó el deber de informar los pormenores de su paso por tierras mexicanas. Corresponsales de una guerra invisible, algunos llegaron al lugar donde se le vio por última vez y recolectaron testimonios de gente dispuesta a colaborar para resolver el asunto.

En 1996, el Semanario de lo insólito encabezaba su nota principal dedicada al Chupacabras del modo siguiente: “¡El chupacabras! ¡Nadie lo ha podido retratar ni filmar, pero es indiscutible que existe!”. En ese mismo año, Alarma, otro de los periódicos de mayor circulación en México, encabezaba así la nota de ocho columnas: “¡El chupacabras, entre la verdad y el mito!”.

El Chupacabras surgió de un modo similar tras la firma del Tratado de Libre Comercio. La firma del TLCAN había sido una suerte de espaldarazo para emprender su viaje hacia Norteamérica. En una de esas correrías por fin llegó a nuestro país y, como ocurre con muchos exiliados y migrantes, aquí encontró su segundo hogar. Su existencia no solo engrosó el bestiario fantástico de nuestras tradiciones orales. También renovó nuestro escepticismo, manifiesto en esa peculiar risa nerviosa que deviene cada tanto carcajada esquizofrénica. Esta paranoia la compartimos quienes hemos dejado de creer en las versiones oficiales del gobierno. Veinte años después, importa menos el Chupacabras que la manera en que se gesta la verdad en nuestro país.

 

4

La creatividad nacional produjo piñatas, cómics, chistes, películas del Chupacabras. Por si fuera poco, también fundió en máscaras de plástico el rostro de la criatura con la del presunto responsable de su génesis. Las orejas de Carlos Salinas de Gortari (su calva y el bigotito que apenas le cubre el labio superior) crearon una criatura que espantaba en partes iguales. Una de estas máscaras se filtró en la icónica foto que el club de futbol Toros Neza se tomó a finales de octubre de 1997.

En el once titular, el Salinas de plástico alinea junto a Bart Simpson, Gene Simmons, Spiderman, el Hombre lobo, Butt-Head de Beavis and Butt-Head, y demás celebridades de la cultural pop gringa. La globalización empezaba a hacer lo suyo, mientras que en la cancha, los jugadores del club mexiquense 1se pintaban el pelo de rojo y jugaban al famoso tiquitaca como si ellos lo hubieran inventado.

Aunque muchos creen que el chupacabras no solo no sigue entre nosotros sino que nunca existió, es difícil pensar que este se haya ido del país después de haberle dado todo. Habría sido demasiado ingrato de su parte. Lo cierto es que ha envejecido aquí y en cualquier momento se quitará la máscara y mostrará su verdadero rostro, un rostro conocido.

 


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.

[…] en ocasiones lavar un plato,

acomodar un cojín,

o dar de vueltas con un plumero en la mano

pueden ser maneras distintas de llorar,

de irse

AE Quintero

 

La primera vez que leí el nombre de Ángel Vargas fue durante una conversación de WhatsApp con un amigo. Este me contaba de un taller de poesía que lo mantenía emocionado y, entre detalles y chismes, me hablaba de la sensibilidad y calidez con la que contaba el encargado de llevar aquellas sesiones. Dicho tallerista era Vargas y me di a la tarea de buscar su obra en revistas o páginas de Internet, llegando a encontrar algunos poemas que disfruté bastante; con los meses conocí a más personas enroladas en el medio artístico y esférico que resulta ser la literatura en México, mismas que me citaban las grandes habilidades que posee el poeta de Acapulco para construir panoramas cotidianos y hacerlos poéticos. Ese mismo año, resultó ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, por el poemario Antibiótica, nombre que rescata de la obra de Jaime Gil de Biedma, poeta español cuya obra luce una estreches de grandes cimentos con el poemario ganador.

Antibiótica, entre tantas cosas, es un libro cotidiano, donde el amor, la pasión y los enseres satíricos de lo habitual en la labor de escritor se transforman en confesiones y revelaciones únicas, las cuales llevan al lector a cuestionar sobre su mirada al mundo de lo periódico: los besos son cotidianos, tanto como las cartas que llegan tarde por correo tradicional para avisar de las buenas noticias cuando el amor se ha marchado y “nunca/ llegó el perdón/ para nosotros”; o los libros, cotidianos también, convertidos a la fe de los gallardos y atrevidos que engañan;  hasta los mosquitos son cotidianos, tanto como los huéspedes visitas-incómodas que no pueden ser corridos, porque “hay modos distintos/ de nombrar/ la materia en que ardemos”.

Fragmentando la obra en 3 partes (Pandémica, Celeste y Antibiótica), Ángel Vargas logra darle una personalidad tridimensional al poemario al buscar una textura única en los versos de cada parte. La primer sección, cuyo título nos asalta al abrir el poemario, es Pandémica, nombre recibido por el título de un poema de Gil de Biedma, que versa sobre el valor de quien se atreve a amar y a probar el mundo a través de la carne y los distintos sabores hasta encontrar el favorito; y también, de cómo ese mismo amor nos lleva a atravesar las amarguras. De esto trata Pandémica, de cómo hasta la desgracia luce a veces opaca cuando es llevada por el lastre de lo cotidiano y de cómo, los versos contundentes, muy cercanos a la prosa, nos pueden construir oleos de paisajes limpios y frescos, siendo devorados por las ratas.

Existe una dulzura perversa en la poesía de Ángel, una dulzura que podría recordar a algunos de Efraín Huerta, o de Gonzalo Rojas, o también, quizás en antítesis, de Abigael Bohórquez; una dulzura de lobo con disfraz de oveja, que cuando te acercas a acariciar, te engulle la mano con un golpe certero de realidad, aunque también es reflexivo. Ángel duda durante muchos momentos del poemario, y es a través de la duda que llega a nuevas conclusiones y revelaciones que dan sentido lógico y poético al resto de las confesiones de la obra.

En esta primera parte, Navidad en Roma es un poema río sobre el amor terminado, el cual se sumerge en la costumbre para poder continuar; costumbre que prevalece muy a pesar de encontrarse cardinalmente en otro punto geográfico, pero esencialmente donde siempre. Aquí, Vargas juega con las técnicas y las formas literarias al darle un carácter de “poema narrativo”, muy cercano a la crónica y a lo poético con revelaciones de una violencia sutil, pero violencia a final de cuentas. Bien lo cantó Juan Gabriel emperifollado por la voz de Rocío Dúrcal: “No cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”.

Celeste es la sección del medio. Mi sección favorita. Una donde Ángel se pone a jugar con la poesía y los poemas, una sección satírica sobre todas las cosas. Nombrada así por el mismo poema que da nombre a la primer sección, y construida de ocho poemas en los que el autor se enfrenta a la vida de poeta: tocando los talleres como hospitales de primer, segundo y tercer nivel, donde el poema es sometido a diagnóstico, tratamiento, cirugía, rehabilitación o muerte inducida, de ser esa la condena expuesta; donde “nadie le pregunta al poema: / ¿quieres morirte?, / ¿quieres / estar entre nosotros?”, entre las líneas y las imágenes, entre el brillo de los zapatos de charol del “mejor poeta de la generación” y su “hipocondría textual”; donde los genios dentro de la lámpara mueren por los deseos de la luz y hay un poeta que se opone a la tesis de otro en defensa de las nalgas de los hombres.

Las hojas en Celeste son un campo de batalla donde las palabras generan evocaciones visuales, y la vista no es el único sentido jugando un papel central, sino que también entra en la apuesta la lectura en voz alta y el aliento del lector. El tono de las palabras de Ángel en esta sección es más relajado, pero se nota la habilidad del juego, y una postura nicanor-parriana de bajar a la poesía de su estado iluminador y llevarla al pueblo con sus cualidades y gracias propias del lenguaje. Aquí los versos logran un equilibrio entre comentarios agudos, hilarantes y prosaicos, con revelaciones cuasi-místicas e iluminadas. Ángel es dueño de todas sus herramientas de juego, y juega a la libertad.

La parte final, la que nombra la obra completa, es Antibiótica, nombre extraído del poema Epígrama Votivo, de Jaime Gil de Biedma, un poema corto que expresa un sentir inmediato (en este caso los votos amorosos de Biedma) y que se encuentra construido en ‘silva’, una estructura métrica popularizada durante el siglo XVI por Garcilaso y que consiste en construir versos de 11 sílabas entremezclados con versos de 7 sílabas y rimados consonantemente; al ser esta  una estructura que conlleva mucha libertad, el poema (el de Gil de Biedma) toca el tema central de Antibiótica: el erotismo. Creo innecesario especificar que tanto la parte de Pandémica como Antibiótica –así como los poemas mencionados de Jaime Gil de Biedma– son poemas de amor y erotismo escritos de un hombre hacia otro hombre; lo homoerótico también es erotismo y el encasillar uno alejado del otro es seguir contribuyendo a la homofobia y a la discriminación por preferencias sexuales.

Las palabras de Ángel en esta sección bajan un poco el tono de la sátira que había construido en Celeste y las convierte en reflexivas, en una voz franca: “da envidia / la belleza / que no puede mirarse / en un espejo / para guardar / su antes” reflexiona el poeta sin caer en el drama construido en Pandémica. El uso de las palabras y la dislocación de estas crea imágenes que experimentan con el lenguaje habitual, el cual se vuelve místico para nombrar el cuerpo como un campo único de batalla, y construir entre las formas comunes de hablar, estructuras complejas como lo es el calambur: “al levantar la red / nos queda solo el agua / enloquecida / en lo que sí da / en lo que SIDA”

Este es el quinto libro publicado por Ángel Vargas. En este caso es un poemario que recrea las memorias amorosas y eróticas del autor; un poemario que se siembra y se cosecha con una sensibilidad sencilla, a raíz de las cosas diarias, de las cosas que comúnmente muchos de nosotros pasamos por alto; un poemario confesionario, lleno de revelaciones, sueños, y declaraciones, pero también es un poemario inteligente, inundado de técnica, investigación y trabajo duro y constante de limpieza.

Un poema-poemario muy limpio, lleno de claridad y de las distintas voces que conforman el canto de un poeta que se pone a mirar el mundo mientras lava los platos.


Autores
(Nayarit. 1995). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Los demonios y los días, Revista Iguales, Periódico Poético o Revista Alcantarilla. Parte de su obra se incluye en antología como Detrás del velo: sobre muerte y sueños (2021) y Páramo de Sueños (2020). Editor en Revista Poetómanos y Ediciones del Olvido. Ha sido becario del programa Los Signos en rotación, Festival Interfaz ISSSTE-Cultura Guanajuato 2018. Segundo lugar en el concurso Páramo de Sueños (2019) y Mención honorífica en el concurso de Poesía Erótica y Amorosa del estado de Nayarit. Autor de Que ninguna tormenta se acerque (Crisálida Ediciones. 2021).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

La historia de Desde gayola es de carcajadas y lentejuelas. Aunque lleva más de una década fuera del aire, sus momentos cumbres quedan almacenados en YouTube: la parodia de Laura León “Tesorito” en Tesoreando con la Tesorito, el relato tragicómico de los últimos días de la undécima musa Guadalupe Amor en El rincón de Pita amor, las peripecias amorosas de un esteticista y reportero de chismes homosexual llamado Juan José Manigüis en Las aventuras de Manigüis, el cotilleo de cafetería de dos chicas fresas de Las Lomas en Las VIP. Parece difícil asegurar si se trata de un clásico televisivo o un programa que mejor valdría olvidar. Tal vez ya no cause la misma gracia que hace veinte años. Es cierto que puede resultar demasiado encriptado para quien desconoce el argot gay en México. Hasta la fecha, el programa sigue incomodando a los sectores conservadores de la sociedad, y, sobre todo, aún más, a quienes enarbolan conservadurismo de izquierda que no censura a secas, sino que condena todo lo que sea políticamente incorrecto y malo para nuestros tiempos.

Concebido en el año 2002 por el presentador Horacio Villalobos, Desde gayola fue, por muchos años, una especie de open mic para la comunidad LGBTTTIQ+ en México. En el programa se canalizaba el amplio espectro de la vida gay en la ciudad: decepciones, discriminación, abuso, pero también el espíritu hedonista, de riesgo y de travesura en los antros de ambiente. Desde gayola empezó como una sección de la programación de Válvula de escape. Quien haya visto esas viejas primeras transmisiones logrará recordar cómo el conductor estelar presentaba los sketches que devinieron gradualmente en Desde gayola, ya formateado como una transmisión de media hora que, la tarde de cada jueves, se iba de volada.

Villalobos dirigía y co-escribía los guiones. De vez en cuando protagonizaba los sketches (sus propias risas enlatadas delataban su presencia omnipresente en la serie), aunque solo uno de sus personajes más o menos funcionaba: su imitación del cardenal Norberto Rivera llevado al esperpento como un hombre despótico, de maquillaje exagerado, sexualmente ambiguo. Es cierto que no todas las ideas del programa daban buenos resultados, pero ¿qué programa de comedia no adolece del mismo defecto? Desde gayola se entendía mejor como un teatro de carpa jotesco televisado. Además, un segmento siempre se gana más al público que otro, algunos se estancan en la experimentación, otros evolucionan, cruzan hacia el imaginario colectivo alcanzando reconocimiento fuera del programa.

Sorprendente cómo Desde gayola empezó siendo transmitido en Telehit. Frente a la competencia gringa, Telehit era un canal musical bastante irregular. Si bien contaba con un par de buenos conductores y entrevistadores, difícilmente se situaba a la par de MTV, y no lo digo por malinchismo. En todo caso, Telehit sirvió como plataforma de actos musicales latinos que no alcanzaban la oportunidad de catapultarse como un producto de importación en el auge del boom del pop latino. Telehit mostraba lo que MTV marginaba. Con el transcurso del tiempo el recuerdo de Telehit se tornó amargo para el equipo de Desde gayola; en sus últimos días en este canal, muchos de los chistes apuntaban a mofarse de Telehit y a grandes rasgos de Televisa. Era una casa demasiado incómoda para habitar. En este periodo, como ha afirmado el elenco en varias entrevistas, se suscitaron malos tratos, censuras, malos pagos y bajísimo presupuesto. Quien viera Desde gayola no debía esperar una magna producción, sino un humor y una estética decididamente cutre.

Integrado por una estela de nuevos y viejos talentos de la actuación, a lo largo de sus siete años de vida, Desde gayola mostró personajes entrañables, social y sexualmente desafiantes, y, ante todo, una mirada crítica y corrosiva frente a la cultura mexicana. Su formato venía pirateado de Saturday Night Live, late night show gringo semanal de múltiples sketches y un host y un acto musical diferente por episodio. Era, mejor dicho, un híbrido donde se combinaba el teatro de revista y la comedia mexicana setentera (un guiño a La carabina de Ambrosio interpretado por la Bogue servía de cortinilla entre cada sketch). Al igual que SNL, Desde gayola incluía estrellas invitadas y situaciones acordes al clima político y cultural cambiante. Uno de los sketches era tal cual un fusil de SNL: el desastroso noticiario con Villalobos y Daniel Vives “Ego” en una personificación de Adela Micha, ahora Adela Macho. La agilidad para escribir libretos y situaciones impone demasiada presión sobre este formato que exige renovar sus contenidos y mostrarse actualizados, desesperadamente coyunturales. Esto parecía el causante de que la creatividad o ingenio en los argumentos decayera en ocasiones. A pesar de todo, Desde gayola logró insertarse en el gusto del público durante varios años, incluyendo una exitosa gira teatral de corte circense titulada Érase una vez…

Desde gayola no fue un show innovador a secas, sino algo totalmente impensable: ver a un elenco de dragas y mujeres trans ridiculizar al mundo del espectáculo; ver a Ligia Escalante proponer todo un glosario sobre la “jotería”; ver situaciones melodramáticas sobre la vida gay desde el humor y no desde la tragedia (VIH, engaños, homofobia, promiscuidad, abuso policial, etc.). Todo era algo nunca antes visto. En cada transmisión el programa rompía tabúes. Su boom solo se puede explicar por las deficiencias en la televisión de comedia mexicana a principios de los dosmiles, así como la lucha de las disidencias sexuales al buscar el reconocimiento legal del matrimonio igualitario en la Capital (cuando falleció Ricardo Villarreal, actor que interpretaba a Giovanni, quien ya delataba a cuadro signos considerables de su deterioro de salud, los personajes le dieron la despedida con un happy ending tan tierno como depurado: Giovanni abandonaba el Distrito Federal para casarse en Amsterdam). Las bodas en el extranjero eran para ese entonces el único modo en el que cierta gente gay podía vivir lo más fidedigno a una unión. Desde gayola no solo presentaba el lado más cursi de la jotería, sino que nos remite a una época en la que pocas personas –turistas incluidos– podían gozar de una vida plena en el espacio público de la urbe capitalina.

El sketch de Las aventuras de Manigüis parodiaba el lifestyle cosmopolita emergente de cafés, bares y antros de la Zona Rosa, que sirve aquí de escenografía demodé para los affairs infortunados de la protagonista. En un artículo reciente, la investigadora Emily Hynd ha señalado cómo en la obra literaria de Pita Amor y Sabina Berman se despliega toda una estética camp usando la espacialidad urbana y moderna de la Zona Rosa y colonia Condesa como sets melodramáticos.1 Si el camp impone como uno de sus ideales principales, “la vida como teatro”,  Desde gayola concibió la realidad nacional como una inagotable farsa. En efecto, la magia del programa reside en gran medida en su estética cutre, kitsch y cursi. Basta recordar la decoración usada en los sketches de Manigüis: un cuadro de una enorme flor amarilla sobre un fondo fucsia horrible, un sillón naranja, fotos homoeróticas pasadas de moda, etc…

Hablar de Desde gayola es hablar, para una generación, sobre una educación sentimental. Para buena parte de la audiencia era la única ocasión en la que el submundo gay mexicano llegaba al mainstream (no es poca cosa: Telehit llega, a fin de cuentas, a más de cincuenta países). A través de Desde gayola se podía desentrañar el mundo gay capitalino. Eran frecuentes las bromas del Cabaré-Tito y a su fundador, el actor y empresario Tito Vasconcelos. Las alusiones a los intercolegiales de baile y la sociabilidad cursi de las tardeadas que habituaban en esos antros frecuentados por menores de edad. Los chistes sobre el hoy extinto Vips del Ángel, sucursal famosa por ser sitio de encuentros para hombres. En el hablar jotesco de los personajes quedan huellas de un mundo gay que pereció mucho antes del COVID-19. Desde que los bares gays en la Zona Rosa abandonaron las tardeadas y la música noventera y optaron por el machismo opulento del reggaetón, la jotería fue muriendo lentamente. A propósito del Cabaré-Tito y el giro que le dio al bar de machos al estilo de El Taller, advierte José Ignacio Lanzagorta que “ya no tenías que vestirte de Tom de Finland y la escena sanfranciscana, en los Cabaré-Tito había que saberse las coreografías de Kabah, de Jeans, de los grupos de pop mexicano noventero. Ser gay en el Cabaré-Tito era ser un chavito. O una chavita”.2

Pero ya no digamos que Desde gayola nos transporta a “un mundo que ya no existe”, sino a un mundo de clichés —en algunos casos negativos— supuestamente discordante con el momento actual. El criterio woke de nuestra época anula con facilidad todo aquello que no cumpla los parámetros de lo bien pensante. Hilos de twitter argumentan por qué ciertas obras del pasado deben ser canceladas, ignorantes de cualquier metodología que encuadre una obra como resultado de las creencias de su época. A Desde gayola ya le tocó, desde que la cantante Amandititita se quejó de ser parodiada casi diez años después.3 Así, el avispero de las redes sociales pretende hallar valores negativos en obras del pasado —variando según el temperamento o capricho de los usuarios—: lo mismo hoy cancelan a Desde gayola que a Frida Kahlo por “apropiarse” de la indumentaria de tehuana. Los argumentos parten de juicios superficiales, sea lenguaje o estilo, y confieren una falsa sensación de alivio: qué bueno que ya no vivimos en ese momento, ¡cuánto hemos avanzado! La cultura de la cancelación es síntoma de una supuesta mentalidad progresista que se asume, debido a su amnesia histórica, como el mejor de los mundos posibles, rectificando sin cesar, desde museos hasta plataformas de streaming, con disclaimers que demarcan distancia frente al pasado. Esto crea una falsa sensación de participación en la audiencia, que se cree autorizada para deslegitimar el pasado, pero mantiene una postura neutra frente a la hegemonía en turno. Concuerdo con David Rieff cuando afirma que la ideología woke está dirigiendo la cultura hacia una dirección desastrosa.4 Al final, los veredictos de la cultura de la cancelación son endebles porque su enfoque es estrecho. Tal vez esta se sentiría congruente si se vaciara de tanta superioridad moral. Una sociedad que se siente obligada a rectificar errores del pasado a través de las imágenes solo puede crear productos culturales estériles e insípidos. Arte pusilánime, para acabar pronto.

Quizá la pregunta que aún hoy me hago al ver Desde gayola y sin querer adherirme a ninguna postura woke es: ¿por qué la comunidad gay se autorrepresenta(ba) de forma denigrante? ¿Por qué el programa demarcaba la presencia de la comunidad gay a través del lenguaje homofóbico? (La mayoría de los personajes interpretados por Alejandra Bogue, actriz que más tarde denunció al creador de la serie por abusos laborales y transfobia, usaba con frecuencia expresiones como “maldito joto” y “joto asqueroso”: ni siquiera el habla camp podía disimular que, ante todo, Desde gayola presentaba al sujeto homosexual como alguien despreciable). Sobre todo, ¿por qué algunos diálogos venían acompañados de un sospechoso tufo moralista? (En un episodio, Manigüis espera los resultados de su prueba de detección de VIH frente a su amiga Joseline, quien le reprocha: “eres una puerca calenturienta, depravada, ¡bien merecido te lo tienes si estás contagiada!”). Quizá esta permisividad y falta de tacto se podía atribuir a que, en esencia, el cast de la serie se componía de un grupo actoral que se atrevía a arriesgarse. Actrices que parecían estar a punto de perderse en el recuerdo del público, nombres consolidados en el teatro que se daban el lujo de hacer cameos irreverentes y un elenco LGBT que tenía dificultades para conseguir papeles en el Canal 2. En ocasiones se sentía como si cada episodio fuera un volado. Por sus temáticas arriesgadas, había cierto suspenso de que el programa, en cualquier momento, saliera del aire.

El autoescarnio de Desde gayola, que fácilmente se confunde con homofobia internalizada es terriblemente elocuente: basta adentrarse en las arenas fangosas de redes sociales como Grindr y Twitter para comprobar de cuando en cuando la comunidad sigue siendo bastante prejuiciosa. “No me gustan las jotas ni las obvias”, le escribe Manigüis en el chat a su ligue que está a punto de conocer. Es muy fácil criticar o señalar estereotipos nocivos en la televisión desde el estrado de la seriedad y de lo que le conviene o no supuestamente a la sociedad. Más difícil que cuestionar los estereotipos del pasado es imaginar o plantear nuevas formas de humor donde participe la sátira. Cualquiera que entienda la sátira como género sabe que esta emerge en momentos específicos de la cultura: ya sea la decadencia del imperio romano en Marcial o la burla hacia las clases dominantes de Alexander Pope en la Inglaterra del XVIII. La sátira, le guste o no al público bien pensante y “socialmente responsable”, es y será necesaria.

Personajes como Manigüis o la Supermana nos recuerdan que la vida gay siempre está presta a convertirse en una sátira y que está llena de estereotipos que hacen el sufrimiento más llevadero. Que la jotería es un arma y escudo de defensa, que los códigos del melodrama y la televisión a veces son de mucha ayuda para tolerar los golpes de la vida. Manigüis, como señala el investigador Brandon. P. Bisbey en su libro Between Camp and Cursi: Humor and Homosexuality in Contemporary Mexican Narrative, presenta las oposiciones de género masculino/femenino y moderno/no-moderno.[ef_note]Brandon P. Bisbey, Between Camp and Cursi: Humor and Homosexuality in Contemporary Mexican Narrative, Albany, Sunny Press, 2022, p. 150.[/efn_note] Es un gay disonante que no logra adaptarse al mundo que se le ha impuesto. En un episodio, el estilista quiere ingresar con su amiga Vanessa a un antro de Polanco, pero el cadenero les niega el acceso. Sin asumir una derrota, se van directo al Cabaré-Tito. Al final, la Manigüis sentencia: “No hay peor cosa que un gay sin poder… Recuérdenlo bien: lo que en el rico es alegría. En el pobre, ¡jotería!”

La indignación hoy siempre necesita un quórum; hoy es más fácil generar indignación que conmoción. En nuestro esfuerzo por vernos políticamente correctos, nos hemos vuelto muy intolerantes. Pareciera que en la actualidad hay muy poca disposición a reírnos de nosotrxs mismxs. Hubo una época en la que el televidente no tenía voz ni voto sobre los contenidos televisivos y sus quejas a duras penas se escuchaban. Encima, los mismos programas hacían burla de su enajenamiento. Ese es el momento que vio nacer a Desde gayola, televisión que satirizaba a la televisión, farándula que se mofaba de la farándula, subrayando el absurdo y la parafernalia que rodeaba a los fenómenos mediáticos como Jolette en La Academia y el escándalo de Lucero y su guardaespaldas. De ahí que muchos sketches de Desde gayola incurrieron en el facilismo y la ofensa por la ofensa (“ay, qué bonito, ¿eres bilingüe, papito?”, le pregunta “La Tesorito” a Erasmo de La Academia. “No”, responde Erasmo Catarino, “solo soy indígena”). Con todo, sus sketches tenían un humor negro que no se comparaba con nada que estuviera en la televisión en ese momento (y todavía hora). Aún lo más inapropiado sonaba hilarante en boca de Alejandra Bogue (quien fue, por cierto, musa de Joel Peter-Witkin y fiesteó con Almodóvar) y que gracias a su versatilidad actoral era más entretenida y memorable que las celebridades que imitaba, por ejemplo, el personaje de Tearruina Fernández.

Pero no todo era cultura trash. Un elemento que resulta clave para que la ecuación de Desde gayola haya sido tan exitosa fue su espíritu cabaretero. Específicamente, el cabaret cuir y feminista que, entrecruzado con el performance, tuvo gran auge hacia finales de los ochentas y, posteriormente, a lo largo de los noventa. Fue el tipo de cabaret que floreció en lugares como El 9 y otros foros donde desfilaron cabareteras como Regina Orozco, Astrid Hadad, Las reinas chulas y Darío T. Pié, quien participó en la primera fase del programa en su personaje de “La Roña” con un segmento de entrevistas con celebridades. Desde gayola trasladó sin pudor y con mucho descaro la irreverencia del cabaret contracultural a la pantalla chica. Además, no podemos olvidar que el cabaret siempre ha sido, desde sus inicios, una fórmula teatral donde la política se aborda con humor y socarronería.

Villalobos ha señalado que Desde gayola surgió en un periodo en el que el sexenio de la transición demostraba flexibilidad para la burla. Apertura, le decían. Vicente Fox se asumió como un comediante y, desde su campaña, hizo de sí un personaje mediático. Pero a esta mitografía panista se le atribuye más responsabilidad de la que cree (de hecho, fue más bien Salinas quien dio la pauta para que su imagen fuera motivo de burla en el imaginario público, de ahí que existiera algo como el Museo Salinas del artista visual Vicente Razo). Esta libertad de expresión ilusionista durante el sexenio de Fox hizo de la política un teatro y un espectáculo en el sentido más amplio de cada término. La derecha en el poder tuvo que abrazar a regañadientes ser objeto de burla. El 2002 fue, por cierto, el mismo año que vio aparecer el foto-libro de sátira Ricas y famosas de Daniela Rossell. En la misma tesitura que el libro de Rossell, aparecían en Desde gayola personajes que parodian las costumbres religiosas y sociales del México de las clases altas: Mamá Mela, interpretado por Javier Yépez (QEPD), mojigata dama de los círculos del Opus Dei; el segmento de Raquel Pankowsky (QEPD) imitando a Martha Sahagún, finalmente, las VIP con un humor desaforadamente clasista basado en el habla de las “niñas bien”, muy al estilo de los libros de Guadalupe Loaeza. Ximena y Monse son dos amigas herederas de las clases dirigentes que se reúnen en un café para discutir sobre el estado actual del país y sus protagonistas en la vida pública. En una escena le cuenta Monse a su amiga: “El otro día, mi tío Madrazo nos invitó a un acto de campaña que consistió en darle juguetes a los niños pobres en Tabasco. Fue horrible… ¡Me di cuenta de que sí hay gente pobre en México!”

Fue efímero el esplendor de Desde gayola. Yo creo que su decadencia estaba anticipada desde el opening: el melancólico tema principal de la telenovela Gabriel y Gabriela, titulado “Dulce amor”, interpretado por una jovensísima Ana Martín meciéndose en un triste columpio. Desde gayola siempre tuvo el sabor añejo de las divas en decadencia y del tacón desgastado: Pita Amor recitando sonetos y tercetos en su sillón oliendo a meados; Sonia Infame vendiendo dulces en el cine de su ex esposo Gustavo Alatriste; la cantante Cristal en el más corrosivo autoescarnio camp interpretando a Mirosnada y burlándose de sí misma. Esa diva en decadencia ya no le habla a nuestras nuevas y enajenadas generaciones.

Parecía inevitable que, frente al éxito obtenido, el brillo se desvaneciera. Controversias legales sobre la autoría de los personajes y discordias entre el cast eran inevitables. Al salir de Telehit, Desde gayola tuvo un poco afortunado remake en MVS Televisión, a la par del late night show de Villalobos titulado Nocturninos. Para ese momento, Desde gayola se había descafeinado, y sobrevivía y resistía por el entusiasmo de su elenco. Hoy que la cultura gay en México ha suavizado sus contenidos y se ha dejado controlar por el capitalismo rosa dizque incluyente, no está de más indagar en Desde gayola para ver qué nos puede decir de nuestra propia identidad.

 

Ciudad de México, 12 de junio, 2022


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada del nuevo disco WE de Arcade Fire
Portada del nuevo disco WE de Arcade Fire

¿Es el último álbum de Arcade Fire el documento más completo y dinámico de nuestra época, como quiso verlo Amanda Petrusich, quien lo definió como un pandemic record agotado y triste pero exultante de esperanza? Publicado el pasado 6 de mayo, en una fecha que los amantes de la música recordarán por la avalancha de lanzamientos mientras esperábamos que un asteroide chocase contra la Tierra, WE (Columbia Records) está construido en la oscilación que va del burnout emocional a la euforia por estar vivos, lo cual deriva en sus dos partes bien delimitadas donde el camino se ilumina por un relámpago que convierte el cielo negro en añíl. Si sus primeros discos hablaban de una vida análoga y concreta —de cavar túneles entre ventanas si la nieve entierra un vecindario o de buscar a alguien en cada coche que pasa mientras las ciudades cambian—, los dos últimos son un lamento ante el asedio de lo digital y su forma de moldear nuestra vida: la ansiedad, la soledad compartida, la hiperconexión. «And the dreams in your hеad/ The algorithm prescribed /Do you feel alright?», cantan en “End of the Empire”. Lo que se soñaba ironía marca Bauman feat. McLuhan en Everything Now (2017) y terminó siendo un disco a medio hacer, en WE –sexto álbum de los canadienses– pasa por testimonio y experiencia apropiada. Ya no se trata de criticar la vida del aislamiento digital agudizado por la pandemia, sino de dejar registro de ello.

 

Las canciones de la primera parte dan cuenta de una sociedad narcotizada y sola, el ambiente que tiñó la vida del mundo entero en los últimos años a pesar de haber sido escritas antes de los confinamientos. “Age of Anxiety I” y “Age of Anxiety II (Rabbit Hole)”, cuyos títulos provienen de un verso de Ferlinghetti («and I am waiting / for the Age of Anxiety / to drop dead») además de la obvia referencia a la obra de Lewis Carroll, están pobladas por televisiones encendidas, laberintos de imágenes que no reflejan más que fantasmas y posters de una acrópolis en llamas —el espíritu de nuestra época. No es casual entonces que ambas preceden a un lamento en clave réquiem por un mundo en colapso como “End of the Empire” y sus cuatro partes en dos canciones, las cuales imaginan un imperio en ruinas donde toda esperanza es permanecer junto a alguien. De ahí el puente, la constatación de que la única manera de llorar a un mundo agotado es teniendo a alguien que escuche (para no ser más que un árbol cayendo en mitad del bosque).   

 

El tránsito del yo al nosotros también es musical, una vuelta al pasado: “The Lightning” I y II suena a aquellos chicos que irrumpieron en la escena con un sonido particular, frenético y melódico a partes iguales, hace casi veinte años (los mismos que, como contaba Butler en una entrevista, mezclaban a los Pixies y Dylan con Arvo Pärt o Debussy entre las referencias en un cartel con que buscaban nuevos músicos para unirse a su proyecto en los inicios de la banda). ¿A qué suena? Al sonido de una tormenta. Hemos sido golpeados y rotos, pero ahora podemos testificar, dicen. En esa segunda parte, “Unconditional I (Lookout Kid)” adquiere la forma de una canción de cuna para el final de los tiempos, una ética para Edwin Farnham Butler IV. En estas canciones parecen decir que, en última instancia, no hay respuestas en los truenos, solo sentimientos volcados en ellas. Con reminiscencias al Reflektor de 2013 —ese disco para bailar mientras lloras, como lo definió su productor, James Murphy— la colaboración con Peter Gabriel en “Unconditional II (Race and Religion)” opera como ese crisol de los sonidos de la banda para quienes las referencias son una caja de herramientas de cual echar mano y que acaso se antoja inagotable. «The light arrives from the past/ Hits your eyes before it divides into colors/ You and me could be we/ Could be we», cantan a dúo Régine Chasagne y el antiguo miembro de Genesis. 

 

En el post con que anunciaban la publicación del disco, Win y Régine invitaban a ponerse los audífonos y brindarle cuarenta minutos de tu vida para escucharlo. Invitaban a una pausa no contemplativa pero sí estética. La verdad es que a las muchas puestas del mismo disco, la segunda parte se antoja escueta, abigarrada pero escueta; se echa de menos eso que en otros discos sobraban: canciones a medio hacer, anticipaciones de los nuevos linderos musicales que explorarían más adelante, piezas que no encajaban del todo en tal o cual álbum (y que quizá nunca lo harían). Cada capa y arreglo están tan medidas que parece como si faltara algo —la emoción no se puede delimitar, o sí, pero a riesgo de abandonar a unos cuantos. El proceso de producción, en aislamiento y a caballo entre tres estudios, pueden dar una pista para entender: las canciones se escribieron en solitario por el matrimonio en su casa de Nueva Orleans y luego fueron grabadas a contratiempo con el resto de la banda entre El Paso y Maine. Todo, cuentan, estaba más o menos definido de inicio. Y se nota. No hay margen para la exploración, es como si un viajero decidiera apostar por conservar el mapa sin explorar demasiado el territorio.

 
En la última canción del disco, pervive la promesa de huir de la vida. En “We” —la canción que da título al disco y la cual está tomada de la novela distópica de Yevgney Zamyatin que su abuela le leía a Butler— como en “The Suburbs” («grab your mother’s keys we’re leaving»), la invitación a abandonarlo todo por un rato se asienta con la intromisión de la megafonía de un metro o tren: próxima estación. La diferencia es que ese nosotros asociado a una pareja o grupo de amigos de las viejas canciones adquiere ahora la forma de uno que refuerza la noción de comunidad que sostiene al disco: un testimonio anticipado del mundo que padecimos los últimos dos años (“preferiría que nunca volviéramos a estar solos porque los últimos dos años fueron jodidamente horribles”, confesaba Butler en su concierto del AT&T Block Party del mes pasado). Un tiempo que nos dejó con fatiga crónica y, como anotaba un conocido filósofo esloveno, con una indiferencia que no era celebratoria sino desesperada. Dos años pasaron de las ganas de renovarlo todo a rendirse ante la realidad. Probablemente lo que venga sean más discos como testimonio de este tiempo —lo es, por ejemplo, a su manera el We’ve Been Going About This All Wrong de Sharon Van Etten, publicado el mismo día— solo para descubrir que de alguna manera todos los confinamientos infelices se parecieron unos a otros. Da igual, de eso se trata, de recordar el camino ¿Cuándo acabe podremos pasar por esto otra vez?


Autores
(Querétaro, 1991) es licenciado en filosofía y maestro en comunicación y cultura digital. Autor de Tríptico sobre las despedidas (2017) y Neighborhood (2017) y Blau Cel (2016). Ha colaborado en medios como la Revista de la Universidad de México y Otra Parte.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

John Cheever ingresó en el mundo de la literatura por la puerta de atrás. Ser expulsado de la escuela dejó en él una marca tan profunda que la única manera de sobreponerse a esa experiencia fue a través de la escritura. Emprendió un viaje turbulento (su vida es una de las más complejas que haya experimentado literato alguno), no exento de belleza, pero repleto de momentos amargos, que culminó con la publicación de The Stories of John Cheever en 1978, su colección de cuentos completos, que al año siguiente ganaría el Pulitzer y lo situaría como un gigante de la literatura norteamericana y universal.

Como un niño que destruye un juguete para saber cómo funciona, Cheever destripó los suburbios para observar con microscopio el funcionamiento de la sociedad norteamericana. Y lo que encontró ahí fue dolor, sufrimiento, anhelos incumplidos, que transformó en gran literatura. Encontró una mina que por más que explotó jamás agotó. De 1943 a 1973, tres décadas nada menos, se dedicó a explorar cada rincón del alma humana que habitaba en las orillas de las grandes ciudades. Mientras otros autores se dedicaban a narrar la urbe, Cheever se enfocó en las vidas minúsculas de los ciudadanos de las afueras. Una clase que en apariencia no tenía ningún atractivo pero que sirvió como fuente inagotable para construir una obra sólida.

En seis aclamados libros, Cheveer destripó a hombres y mujeres por igual. Los diseccionó sin contemplaciones. Mientras su vida misma era un caos. Alcohólico y homosexual de clóset vivió atormentando la totalidad de su vida. Sin embargo, su caos fue funcional a tal grado que le permitió trabajar en una obra cuentística que abarca más de mil páginas. Además de cuatro novelas que si bien tuvieron un recibimiento crítico respetable, no le alcanzaron para ingresar en el panteón de las letras norteamericanas como un novelista señero. Pero esto no fue una de sus preocupaciones, pues su energía y su talento estuvo siempre al servicio del relato. El género que le granjeó el mote de “El Chejov de los suburbios”. Una distinción que ningún otro cuentista gringo ha conquistado.

Si bien John Cheever tuvo contratiempos económicos como muchos escritores de su tiempo, encontró la estabilidad como uno de los cuentistas de planta de The New Yorker, lo que le permitía pagar las cuentas sin tener que preocuparse demasiado y poderse dedicar en cuerpo y alma al relato. Pero no era una persona exenta de inseguridades. Para no acarrear a su familia la misma pobreza moral que inundaba sus libros, mantuvo en secreto su latente homosexualidad durante muchos años. Jamás se separó de su mujer. Fue hasta la publicación de sus célebres diarios y sobre todo de su epistolario que saldría a la luz su inclinación sexual. Misma que sería aceptada a posteriori por su hijo, Benjamin Cheever, pero nunca por su esposa Mary.

“Guardar una carta es como intentar conservar un beso”, decía Cheever. Pero su hijo se dio a la tarea de no destruirlas y publicarlas en 1988, lo que supuso un escándalo por todo lo alto por las minuciosas descripciones que hacía Cheever del miembro de algunos de sus ocasionales amantes. Si bien las infidelidades del autor también se daban con algunas mujeres, fue un shock para su hijo, quien se encargó de escribir el prólogo, descubrir hasta que punto su padre llevaba una doble vida. Pero la obra de Cheever sería imposible sin esta contradicción, porque comprendía a fondo el mecanismo que hacía funcionar a sus criaturas. Si había un hombre dividido por excelencia era él.

Cheever, era un hombre con muchos defectos, a decir de su familia, pero tenía una virtud gigante. Desde el principio de su carrera adquirió una maestría a la hora de construir relatos. Su malicia y su habilidad le permitieron componer piezas magistrales, que no fueron pocas, además. En The Stories of John Cheever, existen al menos doce relatos que compiten con lo mejor de la cuentística de todos los tiempos. No sólo gringa, internacional. Su estilo no era nada nuevo bajo el sol, aunque sí experimentó un poco, como en el relato “Personajes que no figurarán en mi siguiente libro”, pero en sí estaba apegado al modelo norteamericano de cuento. Aquel que pondera que toda historia debe tener un planteamiento, un nudo y un desenlace. Siguiendo a los grandes maestros de su país, él se convirtió también en uno de ellos.

Uno de sus relatos más celebres fue “El nadador”, que sería llevado al cine en 1968 y protagonizado por Burt Lancaster. Narra la historia de un hombre que ha dejado de encontrarle sentido a la existencia y que un día en una fiesta en casa de unos vecinos decide volver a la suya nadando por todas las piscinas de cuanta casa le queda de camino. Cronista de los suburbios, sus textos amén de un ejemplo de impecable estructura cuetística, son declaraciones de admiración secreta de todos los personajes que pueblan sus historias. Como su mismo relato, se trata de “Cartas de amor no correspondido”. Que era como se sentía Cheever todo el tiempo en relación a su existencia y a su soterrada homosexualidad.

 

 

 


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada cortesía de la editorial Sindicato Sentimental
Portada cortesía de la editorial Sindicato Sentimental

Primer destino: Sarajevo de Juárez

‘Bienvenidos al pueblo fantasma de Sarajevo de Juárez, lugar en donde todo puede pasar, y todo pasa’. Si el lector maneja por la carretera que cruza el amplio continente de la imaginación, se encontrará con este letrero  justo antes de dar vuelta hacia Norcorea, y no me refiero a la República Popular Democrática de Corea mejor conocida como Corea del Norte, sino a la novela de Rubén Cantor que se ubica dentro de su propio universo, uno en el que coexisten dictadores militares, brujas, viajeros del espacio, puristas de la tipografía, sectas oscuras, brazos robóticos, cachorros astronautas y cremitas, un postre poblano al que pocos se pueden resistir.

Cada lector es, de cierta forma, un turista. Antes de partir a su siguiente aventura revisa el pronóstico del clima y se viste de acuerdo al tiempo. Toma su mochila y mete en ella todo lo necesario para dar un paseo largo allá a donde sea que vaya. Sin embargo, nada, absolutamente nada preparará al lector-viajero para lo que encontrará en Norcorea. No hay mapa, pronóstico ni guía que lo oriente en este viaje. No queda más que aceptar el destino que el narrador ha dispuesto no solo para sus personajes, sino también para el lector. Quizá la descripción más atinada para esta excursión de 300 páginas sea un paseo en montaña rusa, pero son momentos delicados para evocar de cualquier manera a la nación más grande del mundo, así que lo mejor será dejar las metáforas de lado y mencionar directamente por qué vale la pena hacer este viaje.

Atractivos de (la otra) Norcorea  

En primer lugar, nos alejaremos de los convencionalismos, del peso de lo ordinario y de la oferta narrativa que, a fuerza de querer ofrecer una propuesta innovadora, hace justo lo contrario. Veremos de lejos a todos los que se atascan en el socavón de los que venden bien no por su talento literario, sino porque tratan un tema de moda. Norcorea sigue la línea de la literatura fantástica y da un brinco a lo contemporáneo al integrar elementos de la cultura pop como los periódicos amarillistas, la inteligencia artificial y el amor por la ufología. También nos encontraremos con ese toque de humor hilarante propio de las comedias gringas con las que crecimos los treintañeros y con las que nos identificamos de manera casi natural. Esta combinación ofrece un paseo literario divertidísimo que una vez que se inicia es difícil abandonar.

En segundo lugar, nos encontraremos con un abanico de personajes entrañables y complejos con nombres inolvidables: Víktor con K Lúcido, Luda Conejos, Pável y Apolinar Malo, Nasredín y Anastasia Pieldelobo, Ekaterina Piesplanos, Agustín Melgar y Agrafina Puñorosa, por mencionar algunos. Cada uno de estos actores literarios se presentan poco a poco al lector, enfrentan situaciones inverosímiles y como en todo entramado narrativo, lo acompañan a lo largo de la historia, pero les aseguro que una vez terminada, no se irán. Los habitantes de Sarajevo de Juárez tienen la costumbre de manifestarse tiempo después de terminada la lectura y de arrancar risotadas cuando se viaja en camión o se camina por la calle. Tienen la costumbre pues, de hacerlo ver a uno como un loquito.

En tercer lugar, esta Norcorea que estamos por conocer se creó a partir de la especulación, de la fantasía, porque realmente nadie sabe lo que pasa en Norcorea y ahora sí me refiero a la República Popular Democrática de Corea o Corea del Norte. Su lejanía y estricta política de censura hacen de este país un territorio inaccesible pero totalmente abierto a la imaginación, y ¿qué resulta más atractivo que lo prohibido?, mejor aún, ¿qué resulta más atractivo para el escritor que aquello que no conoce? Se nos dice siempre que debemos escribir de aquello que conocemos y Rubén lo hace, ya que en cada página hay destellos de ese México mágico por el que André Bretón nos calificó como el país más surrealista del mundo, pero eso no le basta. A partir de la lectura de una serie de historias prohibidas desde el interior de Corea del Norte, decide crear su Norcorea y nos invita ¿por qué no? a imaginar nuestro propio sitio para vacacionar.

La postal del recuerdo  

Norcorea es una novela, sí, pero se presta a otras muchas posibilidades. Norcorea podría ser un libro compuesto por 45 relatos breves, podría ser la propuesta para una nueva serie en Netflix, una oda al realismo mágico, una revisión ficcionada de la guerrilla mexicana, un manual para el uso de cactáceos alucinógenos o una abierta manifestación en contra de la crueldad hacia los animales. De igual forma me es fácil enlistar todo lo que no es Norcorea: una propuesta pretenciosa, un texto moralizante, elogio al gobierno en turno, una imposición ideológica, una reproducción mal lograda y principalmente, un libro aburrido.

Quien se decida por incursionar en esta otra Norcorea, caerá en cuenta de que hay mucho por descubrir y ese es otro de los grandes logros de esta novela, recordarnos que en el continente de la imaginación aún hay cientos, miles de páramos, montañas, bosques y pueblos inexplorados esperando a ser descubiertos.

Frente a una realidad que se muestra cada vez más difícil en todos los sentidos, frente a ese desfile de noticias catastróficas que nos ahoga, el nuevo destino turístico que nos ofrece Rubén Cantor representa un respiro, unas vacaciones bien merecidas y mucho más económicas (y seguras) que las que ofertan los parques de diversiones. Esta otra Norcorea en donde Laika al fin cuenta su historia, no exige pasaporte y no encarcela a sus visitantes. En ella nada es lo que parece, y esa incertidumbre que no tiene que ver con la que nos plantea ser habitantes de nuestro tiempo, es justo por lo que vale la pena hacer las maletas y visitar Sarajevo de Juárez, en donde más de un viajero ha decidido quedarse más tiempo del previsto. Para llegar solo hace falta abrir el libro, colocarse en el capítulo 1 y dejarse guiar por la luz del faro.

 


Autores
Estudió Cultura y Arte en la UG. Ha publicado en revista Ritmo Imaginación y Crítica, Imaginario Fantástico Mexicano Volumen I de la UNAM, Entretextos de la UIA León, Revista Enjambre de la UG, etc. Cuentos suyos aparecen en las antologías: Para leerlos todos (2009), Poquito porque es bendito (2012) y Presencial, memoria del encuentro entre colectivos literarios del Seminario Amparán (2021). Coordinó la antología Crestomatía-Gymkata que reúne textos de 10 autores guanajuatenses como parte del programa Apoyo a Espacios Culturales Independientes en la categoría de edición y promoción de libros (2020). Forma parte del colectivo Mar de nombres.
Portada de "La Biblia encarnada", Danush Montaño. Tierra Adentro.
Portada de “La Biblia encarnada”, Danush Montaño. Tierra Adentro.

(Tito 2:2-3)

En la televisión Checo Pérez entrevistado: creo que se lograron los resultados con lo que se nos presentó, sin duda el equipo técnico hizo un excelente trabajo y se notó a lo largo de la carrera. Del radio sale la voz de Jim Morrison, algo de un jefe nativo americano desangrándose sobre el asfalto. La música y la entrevista mezcladas con la llamada por celular de Ricardo: ¿y del Mono qué has sabido? No me digas, cómo crees. Sí, pues sí, se notaba que no la iban a hacer. Oye, pásame la dirección para visitarlo.

Ricardo tiene tinnitus, al menos eso dice para justificar su manía de llenarse de ruidos. Es la edad, a otros cuates también les ha pasado. En realidad no sabe de nadie que también lo padezca. Dejan de escuchar, pero eso de un perpetuo tintineo, no. La información la sacó de internet. Una simple búsqueda de Google arrojó varias respuestas, algunas contradictorias y otras que brincaban de un misticismo de ritual de luna a estadísticas científicas que jamás citaban fuentes. De las muchas páginas consiguió recetas caseras, aquellas que le parecieron más lógicas y menos elaboradas: antes de dormir limpiar los oídos con un cotonete bañado en alcohol, tomar más agua, untarse mostaza en la parte trasera de las orejas y ponerse al sol. Nada funcionó. Ahora se limita a torturar a su esposa, Mague, con el ventilador puesto a todo durante la noche. Es ruido blanco, tu mente lo va a bloquear, te juro que te acostumbras.

Mague lleva cuarenta años normalizando los ronquidos salvajes de Ricardo; el supuesto ruido blanco del ventilador, que suena más como un generador de luz capaz de dar energía a una maquila, es un sustituto regular. Lo malo de cómo ronca es que no es igual nunca, de repente está como licuadora con falso y luego pasa a ser una motoneta.

Mi Charly, te dejo, ya la señora me anda viendo como si le debiera dinero. Mague no ha salido del baño, Ricardo mintió para poner un poco de atención en lo que dice Checo Pérez. Nada fuera de lo común. No vale la pena entrevistar a ningún deportista. Siempre dan el cien por ciento y hacen lo que pueden con lo que se les dio. Pero Ricardo piensa que algo en el rostro del piloto amenaza con una respuesta anómala, algo que rompa con la regla. Falsa alarma. Todo igualito.

Un taconeo se aproxima, logra sobreponerse a pesar de The Doors y Checo. Es Mague, trae un vestido azul con flores violetas que hacen juego con su rebozo. Da una vuelta ante la mirada de Ricardo. ¿Qué tal? Órale, guapísima. ¿Ya nos vamos? Pues sí, te estoy diciendo desde hace rato, pero no escuchas. Es que estaba en el teléfono, deja me pongo los zapatos. A Ricardo le choca esperar, por eso siempre intenta ser el último en estar listo. Mejor ser esperado. Mague sabe esto y aprovecha para hacer unas cuentas de la administración del edificio.

En el carro la tinnitus es ignorada gracias a la voz de Janis Joplin. Ricardo, siendo copiloto, es el encargado de poner la música. Desde hace diez años no maneja. Pudo ser por un accidente traumático, una catarata incipiente, pero no. Vio el documental de Al Gore sobre el cambio climático y decidió vender su camioneta. Ahora se mueve en puro metro y con su esposa, en el carro, cuando tiene que ir al sur de la ciudad. A Mague no le importa, siempre la ha relajado manejar, incluso en el tráfico pesado; ocasiones en las que algún taxista o microbusero la rebasa mentándole la madre y ella impasible, con una sonrisa sincera y un Dios te bendiga que enfurece a los ya enfurecidos conductores.

Llegan al restaurante y preguntan por la mesa de los Rubalcaba. Un mesero los guía hacia un salón: doce lugares ya casi todos ocupados por cabezas encanecidas, las de los hombres, y con tintes varios, las de las mujeres. La ovación general maquilla los saludos individuales. Unos segundos pasan y se vuelve posible escuchar a cada uno. Hola, ¿cómo han estado? Qué elegantes. ¿Te pido un tequilita o una cuba? Aquí a mi lado, perfecto. Ya solo faltan Pepis y Romina.

Las hermanas de Mague llevaban meses sin verla, de inmediato forman una célula de conversación. Los cuñados quedan libres para hablar de la carrera de Checo. ¿Realmente crees que un día de estos llegue a ganar? No, para nada. De que es más fácil eso a que ganemos
un Mundial, sin duda. Eso sí. Yo la verdad es que no lo creo. Soñar no cuesta.

Las mujeres hablan del deterioro de la ciudad. No hay calle sin baches. Y luego los socavones. Imagínate que te toca y, pum, terminas quién sabe dónde. Los políticos son puros ladrones. A mí lo que me impresiona es que de cierta forma funciona el país. Escuchas esas cosas y la verdad es que sí es un milagro que no estemos nadando en aguas puercas. Más impresionante es que nadie haga nada, cuánto aguantamos de estos cabrones.

Vibra una llamada entrante; Mague abandona el grupo de hermanas para contestar. Pasan tres minutos y regresa. Romina no viene. Dice que Pepis no se siente bien. ¿Dijo algo más? No. Para mí que ese se puso hasta atrás y ahora se la está cobrando a la pobre. Pero, ¿cómo no va a venir? Que lo deje con uno de sus cuates. La verdad es que es un egoísta, desde hace meses tenemos esto planeado y… bueno, ya, ¿para qué me enojo? Pídete otro tequila.

Llega la comida y las células se desintegran. En la mesa se acomodan por parejas. Mague toma la mano de Ricardo, la siente fría, como la ha tenido desde que eran jóvenes. En sus cartas de amor, escondidas en la mace ta de la casa de él, Mague dejaba escrito: tus manos, quiero calentarlas, llenarlas de besos y dejar que me recorras. Él se sentía acomplejado, intentaba ponerlas a una temperatura aceptable antes de tocarla, no tardó en rendirse y aceptar que ella fuera la encargada de hacerlo.

No son nada espectaculares los platillos: sopa de tortilla genérica, chiles rellenos de un picadillo sin sal acompañados de frijoles refritos, seguramente de bolsita, de la marca Doña Isadora. Al postre de arroz con leche solo lo pela una mosca solitaria, que está teniendo el mejor día de su corta vida. Las sillas se desacomodan y las conversaciones de entre varios se desatan.

Fernando, el esposo de la hermana mayor de Mague, Inés, le cuenta a Ricardo que últimamente hace natación todas las mañanas. No tienes idea de lo mucho que me ha ayudado con la espalda baja. Ricardo contesta algo. Fernando se acerca a su oído. No te escuché nada, soy medio sordo. Ricardo pega sus labios a su oído y le repite: para cagar, güey, qué fibra ni qué madres, te lo tomas en el desayuno.

Mague está con Alina, la hermana con la que más se lleva. Te digo que ya no sé qué hacer. Se supone que las vacaciones son para relajarse y este se la pasa peleando con Brenda. Yo encantada por ver a los nietos, pero de verdad… hasta se gritan. Es que ella trae esa onda del yoga y el gluten, a Hernán le choca, se mete a internet nada más para conseguir argumentos para discutir con ella. Sí, Ricardo también se la pasa buscando ese tipo de cosas. ¿Y por qué no le dices que le pare? No es como que vaya a convencerla, ya no es una niña. Se pone muy mal cuando hablo de esto, mejor ya no lo hago.

El mesero trae otra ronda de tequilas y Fernando se siente con la confianza para hablar de otros temas. Te juro, mira, así, te recontrajuro que nunca lo he hecho. Lo más que he llegado es a proponer el hotel, todo por mensajitos, pero hasta ahí. ¿Y tú? No, no te creo. ¿Cómo no? Oye, pero discretito con lo que dije, ¿eh?

Lo que resta del disco de The Best Of Janis Joplin ameniza el trayecto de regreso a casa. Recién llegados, Mague le marca a su hijo, pregunta por su prometida, por el trabajo y escucha una historia sobre un perro que casi fue atropellado. Al colgar va hacia la televisión encendida, suena un repaso deportivo. Quiere preguntar si es la misma entrevista de la mañana. Ricardo intenta poner atención al boxeador que contesta preguntas idiotas con frases huecas. No puede. Escucha el tinnitus e imagina su rostro como el de Checo Pérez al mediodía: a punto de romper la regla y decir algo inesperado, algo sincero. Mague mira las manos de Ricardo, firmes sobre el control remoto. Piensa en lo frías que de seguro están.

Nota: cuento del libro La biblia encarnada de Danush Montaño Beckmann


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Portada de En qué piensan los gusanos cuando tienen hambre, Universidad Autónoma de Nuevo León

Raymond Carver dijo que todo buen escritor elabora un mundo en consonancia con su propia especificidad, el cual es consustancial al estilo propio. Ese estilo, es la firma indeleble e inimitable que pone en papel un escritor. Su creación literaria, su universo ficticio, será distinguible de otros autores. Esto ocurre con el escritor mazatleco Julio Zatarain (1990), en el libro de cuentos “En qué piensan los gusanos cuando tienen hambre”, precisamente título que hace alusión a Carver.

Publicado por la editorial universitaria de la UANL, este libro fue merecedor del Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2021. En los siete cuentos que conforman la obra ganadora, Julio Zatarain crea un universo compacto en donde la violencia es una línea trazada que repercute en la vida de sus personajes. Una violencia perceptible en un Mazatlán que dista de la realidad que sus gobernantes venden concienzudamente en paquetes de all inclusive a los turistas que visitan la “Perla del Pacífico”. Un punto estratégico en el comercio de las drogas que fue mermado por una guerra y que, como diría en una crónica escrita por Julian Herbert: “También porque es la sede del narcomenudeo en Mazatlán, y la fama es que en sus inmediaciones se consigue la mejor cocaína de México”. En el Mazatlán periférico, el que es un animal vivo devorado por los gusanos. Ahí donde hay ceguera, están las historias que Zatarain narra con voz propia.

En “Flores Artificiales”, relato que inaugura el libro, un adolescente nos lleva al velorio de América, una niña obligada por su padre a vender flores y que un día aparece muerta. Como la vida misma, la ausencia es un aire petrificado en la joven conciencia del

protagonista. ¿Quién la asesino?, ¿en dónde estará en este momento?, ¿así es el amor?, ¿esto es ser un hombre? Miles de preguntas caen sobre su cabeza, pero ninguna respuesta trae consigo desahogo ni consuelo.

La bicicleta es un elemento constante en las historias de Zatarain. En cierto modo, juega como una especie de McGuffin (puede o no, tener repercusión en la historia, pero siempre está presente), pues en la bici los personajes avanzan, observan, buscan, huyen, se esconden, y es un objeto de deseo. En efecto, lo último sucede en “El diablo en bicicleta”, en donde Bruno Salamanca (otro joven narrador) relata que antes de salir de la secundaria sostuvo un pacto fáustico, por ello tiene que intercambiar a su Toribia para así vencer sus propios miedos: “Los miedos son organismos vivos que se expanden a la par del universo, me encantan, pero tú me caes bien, por eso vine a ayudarte”, le dice el diablo a Bruno. Este relato aborda el primer encuentro sexual, la vergüenza que surge a raíz del secreto a voces de una madre prostituta, la ausencia del padre por abandono, y la rivalidad que se origina en el barrio.

Los personajes de este conjunto de relatos deben sobrevivir a un entorno violento. El lector que se sumerge en sus historias, siente la necesidad de meter las manos dentro de la hoguera que arde en sus páginas para así tratar de rescatar a los personajes del peligro inminente. “La pirueta de la liebre”, es un claro ejemplo. Julio Zatarian nos hace conocer al Morrison, un vendedor de periódicos de un crucero que, despojado de su hogar, un día se enamora de una mujer que mendiga dinero en los semáforos. Por un momento, sentimos que hay esperanza en la vida de estos dos personajes que se entrelazan por el acaso. Se internan en un baldío a fumar mota, planean vivir juntos y escapar de la ciudad con un fajo de billetes. Sin embargo, la felicidad se escabulle a medida que avanza la historia, el mundo se va comprimiendo hasta reducirlos por completo.

Lo mismo sucede en “Personas a las que prendimos fuego”. En este cuento, una mujer relata a su tía el motivo por el cual mató a su pareja. “Me siento muy tranquila por haber matado a mi esposo, tía. La basura no se saca sola. Deberían agradecerme. Algunos periodistas dicen que lo maté porque no quiso ayudarme a fregar los platos. Qué tontería, ¿no? Cuando la gente muere, ellos hacen dinero”, así comienza un relato estremecedor que aborda la incapacidad de escapar de las atroces garras de la violencia doméstica. De algún modo, toda madre desea un mundo en donde su hija tenga una vida tranquila, pero el diablo está en todo hombre.

El diablo también está en la cabeza de Oscar, protagonista de “Día plástico”, un hombre que se trepa a una torre eléctrica de 30 metros de altura y amenaza por lanzarse al abismo si no le regresan a su hijo Beto. En este cuento Julio Zatarian muestra la destreza para intercalar varias voces, a través del correlato de historias superpuesta, sin que se presenten vericuetos. La crítica a la sociedad ante la inminente muerte transmitida en redes sociales, es una reflexión que causa resquemor.

Por su parte, “Nadar en tierra”, nos cuenta la historia de Camergan, un pescador veterano que atrapa un pez cerdo luminoso nunca antes visto, lleno de colores. Luego lo negocia por miles de dólares con Don Neto, el gran capo de la Monarquía Lizárraga. Cuando el pez no enciende, el mundo vuelve a su misma resonancia. A su vez, el deseo carnal que Camergan siente por Felipa, una mujer que, como muchos en este país, busca a su hijo desaparecido.

El libro cierra con “El hambre de los gusanos”, un cuento interconectado con el de Oscar, pues diez años después de su muerte, Beto su hijo, vive condenado a los grilletes del pasado paternal. Ahora, lleva en la frente escrita la palabra RATA. Beto ha sido despojado de todo: de su padre, de su infancia, de su dignidad. No le queda nada, tanto así que ni siquiera vale la pena cobrar una justa de cuentas a cambio de su vida.

Julio Zatarain percibe un mundo innegablemente violento, para después procesar la realidad y transformarla en historias entrañables a través de un lenguaje potente en el que expresa el dolor humano. Precisamente, cada uno de estos cuentos logran cambiar la mirada. Basta abrir los ojos para ver aquello que quizá muchos no pueden nombrar. El mismo Julio sabe de ello, pues el libro está dedicado para su primo Chive, un joven desaparecido que no regresó a casa con vida, igual que muchos hombres y mujeres de este país repleto de fosas. En este país que es un organismo vivo devorado por gusanos.


Autores
Saúl Valdez (Mazatlán, 1983) licenciado en psicología clínica y ciencias de la comunicación. Ha publicado el libro de cuentos “Parábola del Venado”, editado por el ISIC en 2015. Cuentos suyos aparecen en distintas antologías, revistas impresas y digitales. Fue beneficiario de la beca del Programa de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en la categoría de novela durante el periodo 2018-2019