Tierra Adentro
Ilustración realizada por mitthu

A Bruno

1. Dorthin, von wannen alle Strahlen stammen1

A veces, cuando estoy solo, apago todas las luces de mi casa, me recuesto en el suelo de mi habitación y me imagino que estoy muerto. Cierro los ojos. Cierta claridad me envuelve. Trato de controlar mi respiración y cruzo los brazos y me concentro en ese silencio que es la suma de todos los sonidos que he amado en mi vida: la risa de Milico, el canto de Naím, el llanto de mi padre, la complicidad de mi madre, el ladrido de Sapuca, cierta canción de Pearl Jam, una promesa de amor que no podré cumplir nunca. En la soledad de mi cuarto, aquel silencio se condensa y le da forma a la oscuridad que me envuelve. Es entonces que, como generosos pilares de luz, veo siluetas que se forman a mi alrededor, fantasmas que me visitan desde el invierno de la conciencia y me convocan a existir con ellos, acaso un momento, en aquel intersticio que mi imaginación ha abierto entre la vida y la muerte.

Allí está mi prima Aimé, que sucumbió a la leucemia poco después de cumplir quince y que, según dicen, se despidió de todos con una sonrisa. Ahí está mi primo Andrés, que murió a los ocho años en un camión urbano durante un ataque de asma. Allí está también —cómo podría no estarlo— mi hijo Tristán, que flota libre en la existencia como ave o pez que me transita completamente. Junto a ellos, silenciosa y bella como la recuerdo siempre, se encuentra Sonia, mi amiga de la primaria que murió de una infección en la garganta durante un viaje a los Estados Unidos.

La soledad es una puerta abierta para hablar con nuestros fantasmas. Para hacer preguntas y pedir disculpas y extender caricias que llegan tarde. Desde el umbral de esta puerta me desborda mi propia vida y los recuerdos iluminan la noche desde adentro hacia afuera. Pero los recuerdos no traen consuelo. Porque recordar es abrir una herida y asomarse en ella para ver los vestigios que ha dejado la muerte. Los recuerdos son señales de todo lo que hemos perdido. Los recuerdos —dice Joan Didion— son las cosas que ya no quieres recordar”.

A pesar de esto, en noches como ésta donde no me falta el valor, me permito acercarme a mis muertos amados para perturbar su eternidad, para hacerles las mismas preguntas de siempre, en espera de respuestas que quizás no seré capaz de comprender. ¿Son felices? ¿Se encuentran protegidos? ¿Alguna vez podremos reencontrarnos? Y, por encima de éstas, asoma otra pregunta que ocupa toda la realidad de los padres de un niño del agua.

¿En dónde están nuestros hijos muertos?

 

2. Von den Brüdern jeder hat sein / Lieblingsschwesterchen verloren2

El 31 de diciembre de 1833, murió la pequeña Luise Rückert. Al momento de su muerte, la niña tenía tres años, y hacía una semana que sufría los males de la llamada fiebre escarlatina”. Murió de madrugada, cerca de las 2:30 de la mañana del más frío diciembre. Junto a su lecho la atendían su madre, Luise Wiethaus-Fischer, y su padre, el poeta Friedrich Rückert.

Rückert, quien entonces tenía 45 años, era el padre de seis hijos y uno de los poetas más importantes de su nación. Se había dado a conocer en su juventud por sus Geharnischte Sonette (Sonetos Armados), publicados en 1814 durante la cruenta batalla entre los germanos y las tropas de Napoleón Bonaparte. Posteriormente, sus estudios sobre literatura oriental le llevaron a hablar más de treinta lenguas, y a llevar a su lengua natal obras Firdusi, Hafiz, así como otros poetas sufíes e indios. Sus intereses literarios pronto le ganaron una cátedra en orientalística en Erlangen, donde trabajó desde 1826.

La muerte de Luise debió de tomarlo por sorpresa. Dado que era la única hija, y la menor, Luise tenía un lugar especial en el corazón de su padre”, leo en un largo relato anónimo del blog Figures of Speech. Rückert, que además había perdido a tres de sus hermanas en su niñez (Anna Magdalena, Ernestine Helene y Susanna Barbara, todas ellas muertas antes de cumplir los cinco años), debió de encontrar, en el fallecimiento de su propia hija, el funesto desenlace de las semillas que la muerte había sembrado en su familia casi cuatro décadas atrás. Como resultado de este evento traumático, el seis de enero de 1833, Friedrich Rückert inició un tour de force poético que pronto habría de constituir una de las obras más auténticas y conmovedoras de la poesía romántica en Alemania: los kindertotenlieder [Cantos a los Niños Muertos]. 563 poemas que escribió en la primera mitad del año 1834, luego de la muerte de sus dos hijos más jóvenes. Porque a la muerte de Luise seguiría —de cerca, terriblemente cerca— la del pequeño Ernst Rückert.

 

3. Schlimmer als ein Kranker seyn,/ Ist es einen haben Dem man heilend anthut Pein3

La última vez que vi a Aimé, la niña tenía trece años. Siendo la menor de dos hijas en una familia de seis, mi prima gozaba de un espíritu fuerte y una sonrisa privilegiada, contagiosa, que la acompañaba a todas partes. A menudo su carácter especialmente afable, me ha hecho pensar en las palabras que Charles Darwin expresara sobre Anne Elizabeth, su niña del agua: Desde cualquier punto del que la observe, la cualidad que más me salta a la vista es su radiante alegría, templada por otras dos características: su sensibilidad, que bien podía pasar desapercibida para los extraños, y su intensa ternura”.

Era muy cercana a mi padre. Durante las vacaciones de verano o las de navidad, que solía pasar en nuestra casa materna, la niña se quedaba pegada a papá y se hacían reír mutuamente durante la mayor parte del día. Con ninguno de sus otros hermanos vi que se repitiera este fenómeno. Esta circunstancia me permitió observar su crecimiento, su conducta siempre vibrante, su ir y venir en un juego enérgico que, para cualquiera, resultaba cansado pero fascinante. Ni siquiera la leucemia con la que luchó por algunos años fue capaz de mermar su energía.

Esta actitud, a decir de su familia, no ha cambiado con su muerte. A veces, cuando estoy sola en casa, siento cómo corre de un lado a otro y me llama la atención tirando cosas y se molesta porque no le hago caso. Entonces le hablo, le digo que estoy con ella, que ya la escuché. Sólo así se calma”, me dijo mi tía hace unos meses. La idea de la presencia fantasmal de Aimé podría resultar extraña o, por el contrario, podría atribuirse a la naturaleza misma del duelo por los niños muertos. Yo defiendo otra cosa: creo en las palabras de mi tía con toda mi esperanza, porque nuestros hijos muertos no se van realmente, y circulan alrededor de nosotros y su compañía nos fortalece. Aunque no siempre los notamos, su presencia luminosa está ahí. Con nosotros. Siempre.

 

4. Einen Engel frei zu machen4

Hace mucho —tanto— tiempo, en cualquier lugar del mundo, la viuda Kisagotami se presentó ante el Buda cargando en brazos a su hijo muerto. El niño, que era un bebé al momento de morir, había pasado varios días en brazos de su madre. Kisagotami recorrió con él todas las casas de su pueblo buscando algún remedio que pudiera curarle su grave enfermedad”. Viendo al niño, algunos se burlaban de ella, otros quedaban perplejos ante la imagen miserable de aquella mujer que emprendía la lucha desesperada contra la muerte. Nadie tuvo remedio para ella, que se negaba a aceptar las palabras de consuelo o el peso de la realidad que ya lastimaba sus brazos.

Sólo el Buda podía ayudarla en aquella lamentable situación. Y Kisagotami acudió a él con fe, y le habló de su amor y entre sollozos le pidió la medicina para vencer la muerte. Apiadándose de ella, el Buda le respondió que, en efecto, había una posibilidad para hacer esa medicina; sólo requería un ingrediente: un grano de mostaza. El más humilde grano de mostaza que ella pudiera traerle. Pero había una condición: La semilla debe provenir de un hogar donde nadie haya muerto”.

Con esta encomienda, Kisagotami visitó las casas de la aldea pidiendo el grano milagroso. Por desgracia, escuchó en todas la misma respuesta: una madre, un padre, un hermano, una hermana, una esposa, un marido. Cada casa lloraba por alguno de sus muertos y le recriminaba por haber traído, con su petición, el recuerdo de aquel dolor. No se sabe cuánta distancia recorrió aquella mujer buscando el grano de mostaza; pero poco a poco, al ver a su hijo en sus brazos, entendió que la vida había abandonado su cuerpo y, resignada, lo llevó a sepultar.

Pronto, volvió al lado del Buda, quien le preguntó si había conseguido aquel grano de mostaza. No. Pero entiendo lo que quisiste mostrarme. Mi hijo se ha ido. Está muerto. Y ahora descansa junto a su padre”. Y con estas palabras, el Buda la aceptó como su discípula en la búsqueda de la Iluminación.

 

5. Auch der Tod kann euch nicht scheiden5

Has sobrevivido la noche,

Aunque en mortal agonía.
Y por darnos ese regalo,

Nuestro corazón te agradece.

Si tan sólo un solo día más
nos regalaras de tu dulce vida:
El amor quiere aprehender
hasta el último momento lo que ama.

Si Rückert lamentó la rapidez con que se extinguió la vida de Luise, el agónico proceso que acabó con la vida de Ernst le hizo entender los dolores de postergar una vida condenada. El 1 de enero de 1834, apenas un día después de la muerte de su hermana, el pequeño Ernst cayó en cama. Pasaría en esa convalecencia dos semanas, sometido a todos los —dolorosos— tratamientos posibles en la época, a pesar de que los médicos distinguieron, desde el primer momento, que se trataba de una causa perdida. Fiebre, dolor de garganta, sarpullidos que marcaron constelaciones de muerte en su piel nueva.

Los tratamientos que toleró el niño debieron ser una tortura para sus padres: le hicieron tres sangrías, le pusieron compresas de yeso que sólo aumentaban la comezón y, como una última injuria, le untaron una pomada de mercurio que le causaba malestar. Y, sin embargo, como si fuera un instintivo acto de amor a sus padres, el niño se dejó hacer. Fue obediente a la voz de su padre y a la mía hasta el momento de su muerte”, afirmaría Luise Fischer, quien para ese entonces se había mudado a la cama de su pequeña para sobrellevar su partida.

A veces, cuando estoy solo, pienso en Friedrich y Luise a un costado de la cama de Ernst. Los imagino la noche del 14 de enero, después de haber visto a su hijo entrar y salir de la inconciencia, sometido a los inútiles tratamientos que no hacían sino confirmar que la llamada de la muerte es inevitable. Pienso en Rückert, que todos los días se sentó en su escritorio para escribir una bitácora del dolor de ver a su hijo marchitándose.

¡Vete! No puedes quedarte. ¿Por qué no

simplemente te marchas ahora?

¿Por qué quieres sufrir más dolor?

¿Por qué seguir luchando con la muerte?

Escribe Rückert en su canto 135. Y al leer sus versos recuerdo las palabras que me contó mi tía el día que me habló sobre la partida de Aimé. Hicimos todo lo que pudimos; luchamos hasta el último instante contra su enfermedad, y es que no supimos entender. No vimos que quizás ella ya no quería pasar por esos tratamientos. Que quizás había otra manera de pasar aquella época juntos” dijo o recuerdo que dijo. Y pienso que soy capaz de comprender esa obstinación, la convicción ciega y dolorosa de que debemos proteger a nuestros hijos con nuestro amor contra todo y contra todos. Yo mismo me lo repetí una y otra vez, cuando Naím estuvo en el hospital, y me dije que lucharía hasta el último momento contra cualquier diagnóstico, que acompañaría a mi hijo a la guerra que se desatara, que secaría sus lágrimas cuantas veces fuera necesario, sin importar las consecuencias y sin importar cuál fuera su deseo. Porque el padre debe estar dispuesto a herir aquello que más ama.

Cierro los ojos y veo el rostro del pequeño Ernst, tal y como lo retratara Karl Barth en el pequeño cuadro que está en la casa museo de Rückert, en Coburg. Sus ojos abiertos, avispados, observan un punto invisible que, sin embargo, parece provocarle una felicidad modesta, dibujada apenas en la media sonrisa que el niño logra exhibir. Lo imagino feliz. Tiene cuatro años y el mundo es una manzana que se come en pedacitos siempre dulces y nuevos. Sus hermanos están vivos, su hermana está viva, su padre aún no se ha sentado en su estudio a desangrarse sobre 563 despiadadas hojas en blanco. El Ernst de esta imagen no imagina —cómo podría— el doloroso final que le espera y creo que en este momento previo al dolor radica la belleza de esta imagen: en la felicidad que nos circuye mientras la muerte no existe, mientras todas las formas del horror son innombrables y están lejos, tan lejos, de nuestro alcance.

No puedo sino sentir un profundo amor y compasión por sus padres, que lo vieron apagarse poco a poco y lo acompañaron cada segundo en aquel larguísimo camino que trazó la angustia. Ese camino que atravesó Coburg y que llegó también a la casa de mi tía, río incontenible que avanza hacia el mar que contiene las almas de nuestros niños muertos.

 

6. Mit Blumen dich und Kränzen überdecket6

Escribe Nick Cave: Si amamos, sufrimos. Ése es el trato. Ése es el pacto. El duelo y el amor están entrelazados para siempre. El duelo es el terrible recordatorio de las profundidades de nuestro amor y, como el amor, el duelo no es negociable. Hay una inmensidad en el dolor que abruma a nuestro minúsculo yo. Somos pequeños y temblorosos grupos de átomos subsumidos dentro de la asombrosa presencia del duelo. Ocupa el centro de nuestro ser y se extiende a través de nuestros dedos hasta los límites del universo”. Mientras escribo estos ensayos, me entero por los periódicos que su hijo, Jethro Lazenby, apareció muerto este mes de mayo en una habitación de hotel en Melbourne. El medio no expresa una causa aparente.

Jethro es el segundo hijo de Nick Cave que fallece en la última década: lo precedió Arthur, quien falleció en 2015 en un accidente en las montañas. Al momento de su muerte tenía 15 años, como mi prima Aimé. Mi amigo Sergio Ceyca me contó que Cave escribió un álbum para sobrellevar la muerte de Arthur. El álbum se llama Ghosteen, un fantasma adolescente como el divertido —y trágico— Gasparín.

Cuando escuché el álbum, me llamaron la atención los versos que recuperan la leyenda de Kisagotami:

Kisa had a baby, but the baby died

Go to each house and collect a mustard seed

But only from the house where no one died

Kisa went to each house in the village

My baby’s getting sicker, poor Kisa cried

But Kisa never collected one mustard seed

In every house, someone had died

Kisa no pudo encontrar la semilla.

Me parece que la muerte infantil genera una variante muy específica del duelo. Es como la muerte de la esperanza y del futuro”, me dice mi amigo Sergio. Y hacemos un recuento de las canciones a los niños muertos que hemos escuchado en nuestras vidas: Tears in Heaven, himno que Eric Clapton compuso para Connor, quien tenía cuatro años el día que cayó de un rascacielos como un renovado Ícaro; All my Love, que Robert Plant escribió para Karac, quien murió en una ambulancia luego de una enfermedad estomacal; One of the lonely ones, que Roy Orbison compuso en secreto luego de la muerte de sus dos hijos mayores en un incendio en 1968.

Aquellos kindertotenlieder que se suman a los de Rückert, a los de Yamanoue no Okura, al canto lastimero de tantos padres que resuena en todas las épocas del tiempo como una misma canción de amor que nos trae, acaso por un momento mínimo, el recuerdo de nuestros hijos. Porque quizás en eso consiste nuestra única victoria contra la muerte: en la posibilidad de convocarlos por un instante que nace del amor —o de esa parte del amor que se parece, también, a la locura— para que vuelvan con nosotros. Eso, convocarlos a vivir en nosotros.

Sigue Nick Cave: Siento la presencia de mi hijo, por todas partes, pero puede que no esté allí. Lo escucho hablarme, criarme, guiarme, aunque puede que no esté allí. Visita regularmente a Susie mientras duerme, le habla, la consuela, pero es posible que no esté allí. El terrible dolor arrastra fantasmas brillantes a su paso. Estos espíritus son ideas, esencialmente”. Y aunque convocar estos espíritus sea frágil consuelo para los padres que han escuchado el silencio de Dios, creo con firmeza que el amor que tenemos por nuestros hijos muertos de alguna manera es capaz de transfigurar su muerte en algo distinto, algo más cercano a nosotros que nos permite ofrecerles protección incluso en aquella otravida a la que aún no tenemos acceso. Como si los padres fuéramos capaces de crearles un paraíso cercano a nuestros ideales. Un paraíso en el que todavía podemos darles aquellas caricias que nos negó la muerte.

 

7. Heil sei dem Freudenlicht der Welt7

El 31 de diciembre de 2018, en un hospital de Guadalajara, nació mi segundo hijo, Naím. Nació en la madrugada, cerca de las cuatro y media —el no saber la hora con exactitud, por cierto, es motivo constante de burlas en mi familia—. Su parto fue normal, después de una labor de poco más de cuatro horas. Las manos del doctor Eduardo, el neonatólogo, exploraron su cuerpo de aproximadamente tres kilos y medio —tampoco recuerdo el peso exacto— durante unos minutos llenos de expectación. Luego caminó hasta mí.

—Felicidades, es un niño muy sano —dijo y lo depositó en mis manos como un puñado de oro.

En aquel momento no sabía absolutamente nada sobre Luise Rückert. Me hubiera resultado imposible pensar que casi 185 años antes —esta cifra la conozco bien, la he reflexionado tantas veces— una niña amada había sucumbido al frío invierno alemán. Una niña vibrante, feliz, que tenía al momento de su muerte aproximadamente la misma edad que tiene mi hijo ahora.

Creo reconocer que existe una conexión entre ambos, y que ha sido ésta la que me llevó a escuchar, en una plaza comercial de Tlayolan que visito con frecuencia, el homenaje que Mahler hiciera a los poemas de Rückert. Cierto espejismo que, desde la casualidad, me llamó a convocar la memoria de Luise, o Ernst o el propio Rückert, cuya presencia luminosa siento ahora que mis dedos tocan el teclado como si lo acicalaran. Es ésta la sensación que me acompaña cada vez que escribo —para mí, para mi familia, para otros— sobre Tristán. Una sensación que me sustrae de lo cotidiano y me arroja, siempre, a aquel universo absoluto y extraño de la infancia, donde los problemas del mundo exterior retroceden temporalmente y sólo existe la vida.

A veces, cuando estoy solo, cierro los ojos y siento que Tristán desciende desde su paraíso y se queda conmigo y puedo sentir su amor en todas partes. Lo siento en mi hijo vivo, Naím, que mientras escribo esto ríe a todo pulmón en el piso de abajo porque su madre le ha puesto una tina de agua tibia en el patio. Lo siento en la canción de Pink Floyd que mana de las bocinas de mi computadora y que me recuerda la tarde en que mi padre me llevó a conocer el Océano Pacífico. Y lo siento también en mi propia risa, que está llena de los años que Tristán ha estado junto a mí porque jamás terminó de irse. De estos recuerdos mana algo parecido a la esperanza, y recordar se vuelve más que una mera perturbación. Recordar es un acto de amor, el último que puedo entregarle.

A veces, cuando estoy solo, abro los ojos y cierta claridad me envuelve. Después de unos minutos de convivencia con mis muertos, me levanto y me reintegro a la vida que nos legaron nuestros hijos amados. Enciendo todas las luces y, desde aquella nueva luminiscencia, puedo ver cómo la realidad que habito ha sido ocupada, acaso momentáneamente, por aquel pasado en donde todos ellos ambulaban libres e imperecederos. Y quiero pensar que el recuerdo permite una posibilidad distinta de mirar aquellas despedidas, una posibilidad que, desde la literatura, nos permite mirar atrás y cambiar aquello que la vida ha sembrado. La posibilidad de decir que Connor no cayó desde un rascacielos en Manhattan, que Karac no enfermó del estómago, que Arthur Cave no cayó de ningún precipicio, que los niños Orbison no estaban en la cabaña el día del incendio, que Luise y Ernst no enfermaron de fiebre escarlatina, que Aimé jamás tuvo leucemia, ni Andrés asma, ni Sonia malestar alguno. Porque en la literatura esto es posible, como es posible encontrar aquella casa que jamás visitó la muerte, y que me permite entregarle a Kisagotami el prodigioso gramo de mostaza para que su hijo, su amado hijo, vuelva a sonreír para ella.

Desde el fondo de toda esperanza, en esto creo.


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).

Ilustrador
mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más disfruta y su fuente de trabajo más frecuente.
portada 21 para el 21

Algunos libros pueden ser usados como referentes para relatar sucesos históricos o para analizar procesos políticos, este es el caso de La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán, una obra literaria que puede ser considerada un documento importante para entender la realidad política de México, particularmente la de 1920 y su contexto violento y convulso, es decir, buena parte de las luchas y querellas que vinieron después de la Revolución.

Pienso que cuando la literatura es algo más que simple acto imaginativo, se convierte en un espejo, en retrato de lo que somos y de lo fuimos, y esto no lo hace menos literatura.

 

Tres veces he leído La sombra del Caudillo de Martín Luis Guzmán, las tres por encargo en diferentes momentos de mi formación como escritora y periodista. Aún así me he resistido a ver la adaptación al cine de 1960 dirigida por Julio Bracho quizá por una suerte de predisposición a que nada encaje a como lo he imaginado en mi cabeza o a que la representación fílmica pueda parecerme caricaturesca, y sabiendo que puedo estarme privando de una joya del cine mexicano, pago el precio de abstenerme.

 

La primera vez que leí este clásico de la literatura mexicana fue en el último año de la preparatoria y lo hice sin entender muy bien a lo que me estaba metiendo. Leí para cumplir con las preguntas de un cuestionario que nos había dado un entusiasta maestro de español que antes ya nos había presentado a Juan Rulfo y a Gabriel García Márquez.

La segunda vez que me acerqué a este libro clásico, ya estaba en la universidad, otro profesor entusiasta lo había dejado como tarea y yo no recordaba nada de aquel ejemplar que había sacado de la pequeña biblioteca de la preparatoria, o al menos no lo suficiente como para escribir el reporte de lectura que me pedían. Esta vez lo leí en fotocopias y muy rápido, entre viajes en el metro y autobuses de Ciudad de México–Iguala y de vuelta, como buena estudiante foránea.

La tercera lectura que hice de La sombra del Caudillo, ya fue con un ejemplar propio. Llegó como parte de la colección de 21 para el 21, editada por el Fondo de Cultura Económica el año pasado, con otros títulos clásicos de la literatura nacional igual de importantes como Apocalipstick de Carlos Monsivais, Balúm Canan de Rosario Castellanos, Los de debajo de Mariano Azuela, Tiene la noche un árbol de Guadalupe Dueñas, El libro vacío de Josefina Vicens, Matarzó no llamó… de Elena Garro, Paseo de la Reforma de Elena Poniatowska, Muerte en el bosque de Amparo Dávila y Río subterráneo de Inés Arredondo.

El regalo de mi editorial, facilitó la encomienda, es decir; este texto que escribo dieciocho años después de aquel acercamiento adolescente a la obra más emblemática de Martín Luis Guzmán, a quien Alfonso Reyes apodó “Estrella de oriente”. Para ambos, quiero decir, para Reyes y Guzmán la Revolución Mexicana será significativa, pues la figura paterna les será arrebatada. A diferencia de la postura de Alfonso Reyes, que decide mantenerse lejos de las disputas, Guzmán decide formar parte de éstas y se enlista en las filas de Francisco Villa en donde obtiene algunos cargos militares. Esta experiencia lo lleva a darse cuenta que la vida militar requiere disciplina, rudeza y frialdad. En varias de sus entrevistas destacó el papel de los militares en los procesos revolucionarios e hizo varias críticas al poder de los “revolucionarios de escritorios”, como fue el caso de Plutarco Elías Calles, que no tenían idea real de lo que era estar en el campo de batalla.

Todas estas ideas permean y se manifiestan en La sombra del Caudillo, pues no hay que perder de vista que el arma más importante de la que echa mano Martín Luis Guzmán son las palabras y su experiencia.

 

A la par de Mariano Azuela y su obra Los de abajo, la obra de Martín Luis Guzmán se inscribe dentro de lo que se conoce como la literatura de la revolución, desarrollada durante los años treinta del siglo XX.

En una entrevista con Emanuel Carballo, Martín Luis Guzmán refiere que el asesinato de general sonorense Francisco R. Serrano fue uno de los detonadores para esta historia que se publicó por entregas apartir de mayo de 1928, en: La Prensa (Texas), en La Opinión (Los Ángeles) y El Universal (México); en la que se mezclaron con su experiencia en los movimientos armados de los que fue partícipe. De este mismo modo, los personajes, tienen todos, un referente en la vida real.

El autor hace una suma entre lo épico, lo testimonial, la autobiografía en la que se narran las intrigas, las querellas, los abusos de autoridad, a la manera de una radiografía a la parte más oscura del caudillismo pero también del sistema político mexicano durante los años posteriores al triunfo de la Revolución Mexicana y a todas las coyunturas que no estaban del otro resueltas; “los intríngulis del sistema político durante la etapa institucional de la Revolución Mexicana, a través del retrato de los líderes que por su ambición de ampliar su poder político y económico se presentan como defensores de los “ideales” revolucionarios, aunque proceden con astucia, cinismo, corrupción e impunidad” como afirma Estefanía López Vera.

De la publicación por entregas para los periódicos puede entenderse el tono fragmentario con el que está escrito este clásico nacional. Dividido en seis libros (o capítulos): “Poder y juventud”, “Aguirre y Jiménez”, “Catarino Ibáñez”, “El atentado”, “Protasio Leyva” y “Julián Elizondo”, en los que el autor va dejando pequeñas claves que van funcionando como pistas para descubrir los entramados del sistema político en cuestión, pero que también pueden funcionar como relatos largos que fueron escribiéndose al tiempo que se publicaban sin tener muy claro la escena final.

Los estudios sobre esta novela no se ponen de acuerdo sobre esto último, cabe señalar, pues mientras algunos apuntan a este entramado con aliento fragmentario, otros encuentran el hilo narrativo de la historia dividida en dos partes, lo cierto es que sea cual sea la verdad, es innegable que la narrativa corre entre la lucha de civiles contra militares, y la transición del poder de los caudillos a las manos de políticos que no tuvieran carrera militar. Es decir, el paralelismo que existe entre el Caudillo (militar)-Hilario Jiménez (civil); e Ignacio Aguirre (militar)-Axkaná González (civil).

La sombra no nomás es parte del título y en esto podemos notar que a partir de estos cuatro personajes elabora el concepto, es decir que no es solamente esta palabra no es un adorno si pensamos en este juego de espejos y/o de sombras, como en el boxeo. El civil (o los civiles) es lo que está detrás y oculto del Caudillo, entendido como un símbolo: “La metáfora de la sombra va más allá porque trasciende el nivel descriptivo para alcanzar un valor narrativo en la novela, pues transporta el antagonismo que emana del personaje-tirano hacia los otros personajes, que se ven involucrados en la maldad del Caudillo debido a la inercia por alcanzar o mantenerse en el poder”, nos dice al respecto nuevamente Estefanía López Vera.

 

Algo que no advertí ni en la primera ni en la segunda lectura, quizá por los tiempos que corrían en ese entonces, quizá por los que corren ahora: la presencia (y la relevancia) de las mujeres en la historia de Martín Luis Guzmán, nula o casi nula, me atrevería a decir. Secundarias, tal es el caso de Rosario que funciona simplemente como un complemento emocional. El autor echa mano de su parte más poética (a lo mejor la única evocativa en todo el libro) para narrar el cortejo de Aguirre hacia la joven. Pero esta parte luminosa se pierde -al menos para mí, la recordaba más hermosa- cuando descubrimos que Aguirre es casado y tiene otras dos casas en la que también tiene a mujeres viviendo ahí.

 

Sobre el papel de Rosario que en este libro funciona como un presagio, dice en su tesis Estefanía López Vera que en el capítulo titulado “La magia del Ajusco”, Martín Luis Guzmán hace una metáfora de Aguirre a través de la voz de Rosario:

 

“Rosario compara a Aguirre con la inmensidad del Ajusco, mientras que él la conjuga con dos volcanes. «La contemplación fascinada del Ajusco por Rosario es la propuesta del autor inmanente hacia la atracción erótica del poder» (Benítez et al., 1998: 25). Además, la montaña como símbolo representa la trascendencia (Chevalier y Gheerbrant, 1986: 722). En este caso, el héroe con su sacrificio supera el mundo del mal; pero revela que el camino no será fácil, porque habrá que escalar para ascender hasta la cumbre, con los riesgos que esto conlleva. Si entendemos el acto de trepar como una posibilidad en la que se arriesga la vida, la montaña también es un presagio del peligro al que se verá enfrentado el protagonista. De acuerdo con el campo léxico de la montaña como indicio de un camino arduo por recorrer, Aguirre es una «montaña distante», «un monte negro y hosco», «grave y varonil»; ella «tiene alma y vestidura de mujer»”1

 

 

Cuando pienso en las mujeres que protagonizan La sombra del Caudillo, también pienso en La Mora, líder de un burdel que es quien da aviso del secuestro de Axkaná, dejando ver una posible relación entre ambos pero también las dos manchas negras que son sus ojos pero: “La Mora entonces no cuenta con la pureza de Rosario ni con la transparencia de Axkaná, pero será el personaje que comunique a Aguirre sobre los alcances fatales de la sombra del Caudillo”.2

Pues para que haya sombra tiene que haber luz, y viceversa esta es la constante en el libro de Martín Luis Guzmán, que incluso después de 91 años revela ecos de los que fuimos: un país de contrastes y de contradicciones, pero también los resquicios de lo que seguimos siendo: una pluralidad de opuestos que se complementan como partes del todo.

Mientras que Rosario encarna la pureza, la rectitud y el honor, las prostitutas son su contracara: “mujeres que no comparten la metáfora de la luz como pureza”3, afirma Estefanía López Vera.

 

Cierto es que ya no hay caudillos pero los abusos de poder, la corrupción y las desigualdades sociales continúan, lo que vuelve vigente y precisa la lectura de esta sombra, de este libro que trascendió el paradigma de la Revolución y sigue acompañando nuestros tiempos.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Ilustración realizada por Pinchi Necro

Para María del Socorro Guzmán Muñoz

 

 

Le arrancaba terruños al adobe, sumido en el lodazal. Ignoró el hambre a fuerza de entumecerse la mandíbula: el dolor atenuaba sus ganas de deglutir. Dejó de morder la pared del corral cuando su lengua palpó la sangre, ida de los colmillos sin su permiso. Gruñó de enojo. No le gustaba saborearse, testigo de sí. Se alejó dando un corcovo mientras escupía.

Los otros se revolcaban en el zacate, vueltos un remolino de cieno. A veces se perseguían. Siempre se ladraban. Él no se interesó en seguir la pelea. Apenas pudo arrastrarse sobre las garras, en busca de un tejabán que no encontró.

Sobre la marcha se tiró con la panza al aire, engolfado a la luz del sol. Dejó que el viento le oreara las heridas y la baba. Aguardó la vecindad de los insectos.

Se sabía girón, carne para las moscas.

 

*

 

No esperaba despertar. La noche, sombra alta, lo halló doblado entre los mayates. Ellos lo despertaron, salidos de las grietas húmedas que circundaban sus costados.

Miró las ausencias en el cielo oscuro, manchado de nubes. Desde lejos, debilitado ya, se asomaba un rumor de élitros, de pezuñas abandonando la tierra. Los otros respondían a punta de ladridos. El mundo era una conversación que él no entendía.

Se lamió las costras de la boca con un tesón renovado. Henchido de cansancio, pudo trotar hacia la pileta de barro. Hurgaba el agua, confiado en su primera extremidad: la lengua. De pronto le alegró haberse llenado las tripas con algo distinto al aire.

Los otros, en coro, gritaban una pregunta inmóvil.

¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?

Se acostaron todos juntos sobre una sábana deshilachada, vestigio de los mordiscos de días pasados. Dejaron de esperar, entregados al capricho del sueño.

Entonces la escucharon.

Se precipitaron a la entrada del corral cuando trastabilló la aldaba, del otro lado de la casa. Los ladridos anticiparon el rechinar de una puerta que ellos no llegaron a conocer: la imaginaban, apenas.

Las paredes que cercaban al corral eran un par de bloques más altas que ella; quizá un par de años más viejas. Se quitó un mechón de canas del rostro, pegado por la mugre y el sudor. Entró con un morral en la espalda, retacado de menudencia. Hedía, como todos.

Ellos brincaban, rasguñándole las piernas.

─Ya, ya, ya.

Al morral le bastaron segundos para vaciarse.

Él lo agradeció con la celeridad de sus dientes.

Comió.

 

*

 

Los cazaba sobre su piel. Solía encontrarlos mientras le comían la carne y luego luego los destazaba con sus colmillos. Engullía en breve, recuperando las partes del cuerpo que le habían robado. Otras veces carecía de la misma suerte. Se mordía en vano, dándoles más sangre que beber. Terminaba por cansarse, resignado a la picazón de las mordidas diminutas, invisibles.

Había días en los que lo único que lo agotaba era la espera. Se quedaba tirado bajo las horas, cocido en la resolana del polvo. Evitaba jugar con los otros, dándole la vuelta a sus mordidas. Simplemente la imaginaba cruzando el portón. Pensar en su cara lo alejaba del ardor y de la incomodidad de los piquetes.

Esa tarde se alegró de verla, como si su pensamiento hubiera tenido el poder de imantarla a la realidad. Entonces cargaba tuétanos remojados en un jugo rojo. Él dejó que el resto se amontonara frente a los huesos empapados. Prefirió acercársele, mirándola a los ojos.

Quiso exigirle cercanía, un mimo breve.

Le orinó los pies.

Ella le entregó un grito. La patada en el sexo vino después. Lo emparedó a golpes, molestísima. Él sintió desarticularse el cuerpo. No entendía.

Los ojos se le mojaron. Por la garganta le salía un gemido ahogado, diferente a los que podían emitir los otros en situaciones similares.

No supo qué coraje guardado lo obligó a morderla. Ella se tropezó, chillando y pateándole las costillas.

Lo primero que tocó el suelo fue su nuca.

Luego todos se le quedaron viendo, pasmada sobre la tierra.

 

*

 

Subieron la loma acabada la tarde. Se estacionaron sobre una mata de hierba que había brotado torpemente de la tierra parda. Ese mechón de hojas era el único tramo verde del terreno: faltaban semanas para que las primeras lluvias aliviaran tanta sequedad. El que conducía la camioneta, una vez abajo, sintió en los pasos un ardor quedito, como si dentro del suelo que recorría durmiera una brasa oculta.

El delegado municipal los envió a buscar a la mujer después de haber escuchado los rumores sobre su ausencia en el pueblo. Ella llevaba una semana sin pasearse por los mercados ni merodear la plaza. Los comisionados se quedaron mirando la puerta roída por el óxido, sin saber qué hacer frente a la aldaba. El tufo que manaba de la casa los convenció de entrar.

Caminaron por un zaguán angosto que daba a una sala habitada por muebles polvorientos. La alarma de un par de arcadas los retorció mientras pasaron al fondo, guiados por los ladridos del corral. Prestos a cumplir su trabajo, conocieron algo apenas distinto al asco cuando cruzaron el portón. El sentimiento era, lo supieron desde el interior del tegumento, horror.

Uno tiró el par de identificaciones que cargaba.

El otro sólo reculó.

Con la piel percudida de salitre y piojos, el niño los miró de vuelta, sin mucho interés. Se giró para seguir mordiendo los retazos de carne y tripas, limpiando con la lengua lo que quedaba por ahí.

 

 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Axel Rangel

Creo que ellos cantan para ser libres.

Nick Cave and the Bad Seeds

 

Hay tantas cosas sobre las que quisiera dialogar contigo. Pero ninguna de mis palabras te llegará hasta el pasado, aunque de pronto quisiera sentirme como el Emperador de tu relato Un mensaje imperial, y así desde mi trono entregaría una carta al Mensajero para que corra en reversa por la Historia. Este de inmediato se embarcaría un viaje, es un hombre poderoso e infatigable que taja camino a través de la distancia; mas las multitudes son tan vastas, sus números no tienen fin en el pasar de las décadas. Si tan solo el mensajero pudiera encontrar algún amplio campo en el viaje en el Tiempo, volaría hacia tu época, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.

Me pregunto qué habrías hecho de haber conocido la existencia de los teléfonos celulares. Habrías cambiado tus largas y nutridas cartas llenas de angustia por largos y desesperantes audios de whatsapp. ¿Te habrían interesado las series televisivas, los multiversos de películas y la música popular que suena en las radios o desecharías todo esto como creaciones menores desde una soberbia intelectual (mucho abunda aquí, en mi país, uno del que seguro jamás te preocupaste)?

Habrías disfrutado la animación contemporánea: tanto la más surreal y bizarra, como Invasor Zim, hasta las maduras y existenciales, como Bojack Horseman; hay una exploración creativa similar a la de tus relatos que me orilla a pensar que esa imaginación no existiría sin tu obra.

Continúan las guerras y los conflictos bélicos: América ahora es una tierra monstruosa y con más vericuetos que la que recorrió Karl Rossman; una tierra regida por las armas oxidadas que cualquier ciudadano guarda debajo de su cama, y las cuales, en cualquier brote de paranoia, puede accionar para asesinar a sus congéneres.

Respecto a lo legal, tendría que informarte que ahora uno de los temas más discutidos son los Derechos Humanos, un concepto jurídico acentuado en un acuerdo internacional que plantea que todas las personas deben tener una misma y mínima calidad de vida; aunque no todos y no siempre están traducidos a legislación. Aun así, en el Internet –esta otra cosa de la que olvidaba hablarte y que es una red de equipos electrónicos que la gente utiliza, en su mayor parte, para ver videos divertidos– se lucha sin fatiga por defenderlos, por hacer que el conocimiento académico forme parte de la realidad social imperante. En pocas palabras: hay gente que agrede a los demás, y hay gente que busca detener esas agresiones argumentando que atentan los derechos de los individuos. Que creen (¿no se burlaría Don Quijote de ellos?) que las palabras pueden más que las armas.

Pero, a lo mejor, ciertas palabras, configuradas en una dirección mortal, puedan hacer más daño que muchas armas; como aquellas con las que le reclamabas en tus cartas a Felice, a Max, a Milena y, sobre todos ellos, a ti mismo. Esas frases desesperadas o inquietas donde exigías aprecio, cariño y un poco de esperanza, los clásicos reclamos que ahora se asocian con los dependientes emocionales y las personas ansiosas. Reclamos que yo mismo he dicho, Franz. Esos baches emocionales en los que cualquiera de nosotros puede caer. Porque en el fondo estamos construidos para ser inseguros, ¿no crees? Nos enfrentemos a un gran monstruo de construcción ficticia, como el Estado, o nos estemos mirando en el espejo. ¿Por qué siempre fracasamos en nuestros mejores deseos y corremos en dirección hacia los problemas que nos impiden dormir en la noche?

Lo que más te aterraría saber de la época contemporánea es que ahora tu apellido es un adjetivo. Se utiliza la palabra ‘kafkiano’ a diestra y siniestra: en periódicos, revistas, suplementos culturales y en la televisión. Lo divertido, lo burdo, es que si tradujéramos la palabra significaría lo ‘grajezco’, ya que tu apellido es el nombre de una variante de cuervo, y eso siempre te molestó y creo que hasta perturbó, en especial cuando tu padre puso aquel anuncio del pájaro en la mercería.

Pero, también te he de decir que es un adjetivo que no parece indicar nada: se habla de lo “kafkiano” cuando se quiere comparar una lucha con un poder enorme y desconocido, como ocurre en El proceso y El castillo. Ah sí, porque ambos libros fueron publicados incompletos. Y millones de lectores los han leído y disfrutado como si fueran turistas adorando ruinas incompletas, y en eso parece residir su brillo y el interés que provocan. No sé si en vida, si tu corazón no hubiera renunciado a seguir latiendo, habrías aceptado publicar ambos trabajos. Más bien, no sé si querías que formaran parte del corpus que tú hubieras deseado llamar ‘tu obra’, y el hecho de que hayas pedido a Max que los quemara no me dice nada más allá de que esa fue la petición de un moribundo minucioso, quien sabía que no iba a poder dejar escritos como quería.

Hay muchos mitos sobre ti y tu obra. La gente se acerca a El proceso, La Metamorfosis o a la Carta al padre (hasta donde sabemos, Hermann nunca la leyó) y encuentran una imagen tuya de un escritor marginal, quizá hasta misántropo, traumado con su familia, y cuya última voluntad –que Max quemara todo lo que encontrara en los cajones de la Casa Oppelt– no fue respetada.

No saben que Contemplación, Un médico rural, La metamorfosis y La condena fueron publicados mientras estabas vivo y que fueron revisados de inicio a fin por tu mano (salvo la primera edición de La metamorfosis, llena de erratas). Buscan un mito fundacional, supongo. Lo mismo con lo del adjetivo. Te quieren anclar en la historia de la literatura mundial al relacionarte a unas cuantas mentiras a medias. Ignoran que revisar tu vida es entender que lo importante de tu papel como escritor no son tus escritos, sino que demuestras que cualquiera puede aprender a escribir sobre cualquier tema. Y es que, perdón, Franz, pero tu vida no fue excepcional, ni siquiera fuiste alguien especialmente valiente, ni, mucho menos, emprendiste grandes empresas que te dieran éxito y fama en el futuro. Fuiste un niño normal y un adolescente idiota, y creciste y mejoraste en la escritura como la mayor parte de los escritores que conozco. Tu legado no nace de un talento prodigioso porque tú no eras ningún niño genio.

Max sí fue catalogado así, y también con los años sintió un gran peso en los hombros debido a esa etiqueta.

Tú fuiste un niño lleno de miedos, inflado con dudas, quien se interesó por los libros y que tuvo una vida en la que no dependió económicamente de la literatura, y cuyos últimos años fueron solucionados por una pensión de incapacidad y algún que otro dinero que tus padres enviaban en giros postales. Tu añorabas una vida de niño genio y adulto exitoso como la de Goethe, aunque poco luchaste para tenerla, y te enfrentaste a una vida de clase media en la que viviste con tus padres hasta poco antes de tu muerte, porque no podías permitirte gastar más.

Tuviste fiebre amarilla y la sobreviviste hasta que llegó la tos con sangre. Cada vez que te hartabas, te ibas de viaje con Max o cualquier otro amigo, o inclusive solo, con tal de olvidarte de tu vida en la gran ciudad. Querías riesgos y conocimientos y aventuras, pero no estabas dispuesto a pagarlos. Quizá por eso iniciaste la relación adúltera, y a distancia, con Milena. Quizá por eso te mudaste a Berlín con Donna. Las mujeres eran a las únicas que les permitiste entrar a tu mundo interior. Este quedaba oculto para la mayoría, ni siquiera leyendo las más de quinientas páginas que forman tus diarios y las casi mil de tu correspondencia, puedo hacerme una idea clara del conjunto. Tampoco puedo mirar a mis manos y mirarlas con claridad: ¿hacia dónde buscan dirigirse cuando escriben?

Tus primeros escritos largos, la Descripción de una lucha y los Preparativos para una boda en el campo, son inconexos, demasiado pretenciosos, y en definitiva parecen ejercicios de lo que harías más delante. Demuestran que uno empieza muchos proyectos pero termina pocos, y de los que ven el punto y final, solo unos cuantos realmente valga la pena mostrar al mundo.

Tus obras posteriores, en especial La metamorfosis, brindan la idea que de cualquier material puede producir un libro con calidad literaria. Me pregunto si tú habrás pensado lo mismo. Si detrás de esa máscara de narrador maldito y perfeccionista, habría cierto orgullo y planes a largo plazo sobre tu obra.

Hay ideas y sensaciones que nos inducen a formar oraciones en una página e iniciar el movimiento de personas que no existen más que en el papel, Franz, y que se mueven por escenarios pintados con tinta negra. A veces esos mundos se sostienen y a veces, no. Y en esas ocasiones, quizá, solo hay que desechar y volver a escribir, y después entenderemos qué era lo que necesitaba la historia.

Resulta dulce que el último relato que escribiste fuera Josefina y el pueblo de los ratones: en aquellos días la garganta te mataba y ya difícilmente podías hablar, emitías chillidos agudos y bajitos, los chillidos de los ratones, así que configuraste una pequeña comunidad con esos animalitos, los cuales nunca queda claro si viven en la casa de una mujer cantante o si entre ellos hay una ratoncita que puede afinar sus chillidos y darles melodía. Es curioso, pues a ti ni siquiera te gustaba la música, y tanto en ese cuento como en Investigaciones de un perro, lo que motiva a los animales protagonistas es uno de su especie siendo capaz de emitir melodías con su garganta, la cual es una extensión de su cuerpo.

Historias que le interesarían a alguien que se creyó condenado por las Musas a no tener ningún tipo de armonía, a no ser un cantante con una voz privilegiada y de music hall, y que adora y admira a los otros desde la distancia, pero también alguien que se dio cuenta de que, a veces, eso es material literario. No es la genialidad ni un destino trazado el que nos lleva a escribir y es probable que desconozcamos por qué lo hacemos.

Mientras tanto, perdernos en nuestra cabeza y en nuestras emociones es igual de valido que no plasmar una sola idea. En esos pasillos torcidos y asfixiantes –los tuyos se parecían mucho a los del tribunal de El proceso, estoy seguro– es donde es posible que encontremos no las historias que queremos escribir, sino las que podemos ayudar a que salga a la superficie para que nos liberen de lo gris de la cotidianidad. Aquellas historias que son más luminosas que aquellos grises seres quienes las auxiliamos a existir.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Si la memoria colectiva es aquella que se construye en las sociedades a través del paso inmisericorde del tiempo, la memoria personal abreva de ésta y la conforma: es hija y hermana, juez y parte. Este constructo, el personal, es el que vuelve necesaria la presencia de una ciudad en nuestra historia, de un nombre pronunciado hasta el hartazgo que se ha quedado entre las páginas amarillentas de un manuscrito o entre las andanzas de un obstinato en fe menor; así, la ciudad, el nombre y la cadencia configuran una cartografía íntima que, al ser compartida, se une a otras para encontrarse, limitarse y protegerse, como las soledades de las que escribiera Rilke. Y entre todas ellas conforman una memoria por medio de la cual podemos conocer los temores, aromas y enconos de un lugar y de un tiempo, su temperatura y su devenir.

Es evidente que los hechos que trascienden por su importancia el tiempo y la individualidad para instalarse en un continuum histórico son los que gobiernan nuestra mirada. En nuestro caso, con un confinamiento y una pandemia todavía sobre nuestras espaldas, apenas atisbamos lo que en nuestra memoria perdurará, en lo colectivo y en nuestra cotidianidad, y lo que se volverá la impronta de nuestro tiempo y nuestra presencia en esta vida. Las cientos de miles de despedidas que se forjaron en los últimos meses, las innumerables risas que no se sucedieron en parques o escuelas, los besos que no se dieron —y que muchos de ellos ya no podrán articularse— construyen un no-lugar, un espacio vacío que, sin embargo, dentro de su oquedad abriga también nuestros sueños y nuestras ansias de confiar en el otro, en aquel que detrás de una mascarilla ocultó sonrisas y gestos, que encerrado en cuatro paredes dejó de verse con los suyos y renunciar así a las posibilidades, a los azares y a la causalidad. El lugar de enunciación de la memoria es lo que determinará su trascendencia. El privilegio de transmitir las andanzas, propias y ajenas, es invaluable; es una oportunidad para reconstruir los fragmentos de una historia y hacerla así compartida. En sus Andanzas por Alemania e Italia (1842-1843), Mary W. Shelley comparte “fragmentos —no un todo—” de una historia: la suya.

 

19 de septiembre

 

No insistiré en recontar aquí las tristes circunstancias que nublaron mi primera visita a Venecia. La muerte flotaba sobre el lugar. Introspectiva, con la mente fijada sobre aquellos que me dejaron desde hace tiempo, sentí una vez más la aflicción de esas emociones, esas pasiones, las más profundas que puede soportar una mujer en su corazón: la angustia de ver a su hijo en el último aliento […] El efecto que tienen sobre el alma los objetos percibidos por el ojo al momento del sufrimiento  son un alivio que brinda la naturaleza […] la forma específica del cuarto, el movimiento de las sombras sobre la pared, las oscilaciones particulares de los árboles, la sucesión exacta de objetos en un viaje se han grabado de manera indeleble en mi memoria.1

 

En la escritura de Shelley, en estas crónicas de viaje, en estos fragmentos que presenta para ser la compañía de otras viajeras, se trasluce el temple taciturno y agónico de su Moderno Prometeo o de El último hombre, el romanticismo atormentado por la muerte de Percy Bysshe y de dos de sus hijos se trasluce en una prosa íntima que da cuenta de su cotidianidad, sí, pero que deja una herramienta para conocer la vida secreta de Shelley y de su concierto interior.

Las atribulaciones no siempre son por los monólogos interiores o las pérdidas personales; en ocasiones, como se dijo, hay elementos políticos y sociales que marcan a generaciones enteras y, por ende, a su producción artística. Si se piensa en la Novela de la revolución en México como un ejemplo cercano y claro de esta aseveración, también tendría que pensarse en un Hans Schnier, solo, con un olfato aguzado que percibe el aliento a whiskey de su interlocutor a través del teléfono, esbozando un retrato desencantado y mordaz de una Alemania derrotada, en los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial y en los albores de su división en Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll; o en Italo Svevo y su Conciencia de Zeno, en donde las memorias de Zeno Cosini lo mismo abordan la guerra —la primera gran guerra, en este caso— que su debilidad por fumar. Los ejemplos en todas las literaturas —occidentales, cuando menos— de cómo la realidad irrumpe en el quehacer artístico son inacabables. De la depresión ante el encuentro con la realidad pauperizada del crack del 29 en los Estados Unidos hasta el ámbito fílmico con el neorrealismo italiano, la memoria histórica se nutre de las distintas miradas que atestiguaron el devenir de un siglo azaroso: guerras, hambruna, epidemias, modernidad y la lucha constante por el dominio mundial. Las otroras potencias decimonónicas daban paso a la hegemonía de un naciente imperio, y éste, a su vez, en el siglo XXI lo cede ante la pugna de otros países que, desde su alteridad e incluso contraposición al occidentalismo, compiten por llevar la batuta. En España, desde el 1 de abril de 1939, en el que el general Franco emitió su último parte de guerra que rezaba “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, quedaba atrás una guerra fratricida y se instauraba una dictadura que duraría hasta la muerte del generalísimo en 1975. Con el nuevo orden social también quedaba una herida abierta por las ejecuciones sumarias, cuya advocación más palpable en el panorama literario sería la muerte de los escritores Miguel Hernández y Federico García Lorca, éste en 1936; aquél, en 1942. En medio de la tormenta, nació en España una generación que comenzó a publicar alrededor de 1950 y cuya nómina sería, como en cualquier intento por esquematizar un movimiento artístico, numerosa y no siempre compartida. Baste decir que, en 1978, el narrador y poeta publica El grupo poético de los 50, en donde antologa a un puñado de escritores de esa generación nacida alrededor de los años veinte. De la antología, Hortelano dice:

 

La historia de esos años ha sido muchas veces contada. Quizá en este prólogo yo estoy satisfecho porque lo he contado, por primera vez, con algo más de clarividencia o con alguna tiniebla menos. La historia es la de los ‘niños de la guerra’. Por eso, de algún modo, la foto que abre el libro es el prólogo imaginario: el caso hipotético de que los diez poetas que para mí son los más importantes de unos años, fueran amigos de niños… En cualquier caso, para todos nosotros, aquellos niños de la guerra, el final fue la vuelta al colegio. Algo verdadera mente dramático era el final de las más largas vacaciones de nuestra vida. Luego pocos años más tarde nos darnos cuenta de que ya nada importante nos podrá ocurrir nunca. Todo lo importante de nuestra vida ha pasado ya y es precisamente, la guerra.2

 

Aunque como el mismo Hortelano comenta “toda antología es injustificada, y además, injusta”, es un punto de partida para conocer la producción de una generación que sucedió a la generación del 27 y que se labró bajo la mirada del realismo social, primero, y después con una búsqueda propia, después, una obra marcada por las consecuencias de la guerra. Entre los que se consideran usualmente como miembros de esta generación están Ángel González, Claudio Rodríguez, Juan García Hortelano y Ana María Matute, en Madrid, y Carlos Barral, Juan Marsé y los hermanos Goytisolo: José Agustín y Juan, en Barcelona. Estos últimos ya habían tenido una fuerte actividad editorial con las publicaciones Cuadernos, Quaderns de cultura catalana y, particularmente, Laye, que agruparía a los miembros de esta generación y duraría veinticuatro números; el último de ellos, por cierto, al saber que no habría más ejemplares de Laye, porta en su portada un verso de Garcilaso: “Sufriendo aquello que decir no puedo”. José María Castellet, escritor adscrito a la escuela barcelonesa, escribe a propósito:

 

Esta rebelión conoció formas diversas y se encuentra reflejada en las primeras obras de estos autores. Con amplia conciencia generacional, entre 1956 —años de estallido de la Universidad a raíz del prohibido Congreso de escritores universitarios— y 1962 […] estos escritores no sólo se sienten unidos por una misma actividad de resistencia política, sino que también se adscriben a un cierto creo estético, el del realismo. Toda una peripecia intelectual, pues, inédita en la España de posguerra, se desarrolla con cierta coherencia a lo largo de seis años.3

 

En estos años, surge una voz que sería, junto a la de Juan Marsé, una de las más prominentes del medio siglo español: Juan Goytisolo. En 1954 publica su primer libro, Juegos de manos, con los que inauguraría una serie de novelas que conforme maduraba su prosa, se volvía más arriesgada. En este primer libro, un grupo de jóvenes de buena familia se vuelcan su rebeldía en la violencia y el desacato. Al respecto, se ha comentado mucho que la novela, en general, de estos años de posguerra peca de artificiosidad, puesto que, a sus autores, que rondaban los veintitantos años, les faltaba experiencia, a pesar de haber vivido y padecido la guerra. Goytisolo señala que “llegó un momento en que me di cuenta que no podía ponerme a escribir como alguien de un medio social distinto […] se me planteó un problema, digamos casi de honestidad personal, de no poderme situar en el pellejo de una persona que no estaba condicionada como yo por una serie de experiencias de un medio social, de una educación, de una cultura”.4Y una característica de la obra de Goytisolo es que partir de Juegos de manos y hasta Señas de identidad, su obra siempre está en constante evolución. Del retrato determinista hasta la apropiación de muchas de las innovaciones técnicas literarias del siglo veinte (monólogo interior, dislocación sintáctica, etcétera) comenzaron a hacerse patente en su obra.

Quizá sea el periplo que Goytisolo vivió fuera de España por París, Marrakech, Boston o Nueva York durante los años siguientes a la publicación de su primer libro, pero su prosa se mantuvo vital y propositiva. Y es en París, justamente, en donde conoce a Monique Lange, la secretaria de Dyonis Mascolo, brazo derecho de Gaston Gallimard, el fundador de la icónica editorial. Gracias a Maurice Edgar-Coindreau, comienza en Gallimard la edición de “la nueva novela española”, en la colección Du monde entier, creada por André Gide y Válery Larbaud, en 1931, y se edita, en 1956, la traducción al francés de Jeux de mains, y también se dieron a conocer ediciones de Camilo José Cela, Ana María Matute y Miguel Delibes.

A Juegos de Manos y Señas de identidad, que como se señaló marca el inicio de un proceso distinto (además de ser el inicio de la saga compuesta por ésta misma, junto a Reivindicación del Conde don Julián y Juan sin tierra), la apuesta narrativa se dirige hacia la prosodia, como lo llama el mismo Goytisolo, en el ritmo que la ortografía ausente y el vaivén vertiginoso de las ideas pueblan su obra:

 

[…] hay un acuerdo unánime el nivel de vida aumenta sensiblemente basta recorrer la Península de un extremo a otro sonora geografía de nombres imperiales Madrigal de las Altas Torres Puente del Arzobispo Villarreal de los Infantes Egea de los Caballeros Motilla del Palancar como un Herr Schmidt o un Monsieur Dupont cualesquiera al volante de su Citroën o su Volkswagen para advertir año tras año el lento pero finísimo despegue de un país que secularmente pobre lanzado hoy gracias a veinticinco años de paz y orden social por la esplendorosa y ancha vía de la industria y el progreso desde hace casi cinco lustros tenemos el privilegio de un orden bienhechor como no lo saborearon nuestros padres ni nuestros abuelos ni nuestros bisabuelos orden que resistió imperturbable una guerra mundial que rondando las fronteras asolaba todavía más en lo moral que en lo material media Europa y entregaba al cautiverio a la otra media paz que precisamente por lo absoluta ya nos parece natural y no es natural pues no es cosa que por sí misma espontáneamente regale la naturaleza como regala la lluvia o el sol el amanecer y el crepúsculo el día y la noche […]5

 

En esta personalísima prosodia, comienza a vislumbrarse esa ironía mordaz al construir la memoria de la posguerra, de aquellos “veinticinco años de paz y orden social”, se contrapone la visión doble del hombre, que escribiera Goytisolo, la visión “dramática e irónica”. En Reivindicación del conde don Julián, el autor asevera: “tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti: con los ojos todavía cerrados, en la ubicuidad neblinosa del sueño, invisible por tanto y, no obstante, sutilmente insinuada […]”6

Juan Goytisolo, poeta, narrador, desencantado, moriría el 4 de junio de hace cinco años; obtuvo el Premio Cervantes y tuvo la conciencia de pertenecer a esa generación que construyó su memoria en los avatares del periodo posguerra. Con la mirada del crítico moral, a la manera de Twain, hizo de esa memoria histórica lo que Walter Benjamin apuntaba a propósito de las colecciones: “el título de nobleza más hermoso [que posee] es la de poder ser legada”. Y ese memorioso legado parte de la cotidianidad para insertarse en el mundo, y así, dejar señales que puedan ser advertidas por un desocupado lector que quiera seguirlas, para poder reescribir sus pasos.

 

 

 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Axel Rangel

Eichmann, ¿culpable total?

 El 1 de junio se cumplirán 60 años de la ejecución del “experto en asuntos judíos”1Adolf Eichmann (1906-1962), personaje que atrajo la atención del público occidental tras su captura por el servicio secreto israelí en Buenos Aires en 1960, y su posterior juicio televisado en Estados Unidos y Europa durante 1961 y 1962.

A propósito de este hecho, quiero reflexionar en torno a ciertos puntos importantes que trata Hannah Arendt en su libro sobre “Eichmann en Jerusalén: un reporte sobre la banalidad del mal”2(1963), los cuales incluyen el  verdadero grado de responsabilidad de Eichmann y otros elementos, como el papel de los liderazgos comunales judíos que generaron mucha controversia entre la comunidad intelectual internacional e inclusive un rechazo tajante de ciertos sectores hacia estos argumentos tan controversiales de la autora, pero altamente necesarios para explicar un fenómeno tan oscuro e intrincado como lo fue el Holocausto.

Pero antes de ello, me gustaría comenzar ofreciendo un breve recuento de la figura de los tribunales de guerra, cuyo ejemplo principal sería el de Núremberg, establecido entre 1945 y 1946,  el cual es explicado de manera magistral por Raúl Hilberg en su libro “La Destrucción de los Judíos en Europa” (1961), pues ello representó el primer esfuerzo internacional conjunto en la historia moderna por llamar a cuentas a figuras clave responsables de desencadenar una guerra devastadora y cometer crímenes contra civiles en una escala sin precedentes. Finalmente, ofreceré a modo de conclusiones una respuesta que trate de responder la pregunta del título y establecer el verdadero alcance de este juicio no solamente como una forma de reparación a las víctimas, sino con motivos políticos y estatales necesarios para un recién formado Estado de Israel.

 

Los juicios previos a Eichmann: Núremberg y Derivados

 

Los Juicios de Núremberg se establecieron por las potencias triunfadoras de la Segunda Guerra Mundial: la URSS, Estados Unidos y Reino Unido. Luego de una breve negociación al final del conflicto, el 20 de noviembre de 1945 se establecía el tribunal tripartita encargado de enjuiciar a los altos cargos del Tercer Reich quienes todavía se encontraban con vida (con la notable excepción de Adolf Hitler, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels, los cuales se habían suicidado antes del término de la guerra).

Finalizando el 1 de octubre de 1946, aquellos juicios habían logrado llevar al banquillo de los acusados a prominentes del aparato nazi, de los cuales destacaban: Herman Göring (presidente del Parlamento Alemán y Jefe de la Fuerza Aérea alemana entre 1935 y 1945), Wilhelm Keitel (Jefe del Alto Comando de las Fuerzas Armadas, no secretario de defensa pues esas facultades fueron adscritas a la figura de Hitler), Karl Dönitz (Ministro de la Marina de Guerra nazi entre 1943 y 1945), Rudolf Hess  (representante del Führer entre 1933 y 1941), Fritz Sauckel (Secretario de Desarrollo Laboral entre 1942 y 1945, directamente responsable de los campos de trabajo y exterminio en el este de Alemania y Europa), Wilhelm Frick (Secretario del Interior entre 1933 y 1943), Joachim von Ribbentrop (Ministro de Asuntos Exteriores entre 1938-1945), Alfred Rosenberg (Secretario de Asuntos Exteriores del Partido Nazi entre 1933 y 1945) y Enrest Kaltenbrunner (Director de la Oficina Principal de Seguridad del Reich o RHSA entre 1943 y 1945, cuya agencia dependiente directa era la Gestapo, encargada de las persecuciones de judíos y demás minorías en territorios controlados por el Reich).

Aquella lista es importante, pues muestra la cantidad de altos mandos que fueron enjuiciados y condenados por los Tribunales de Núremberg, ello también por el mayor grado de responsabilidad respecto a la toma de decisiones de la guerra y la posterior operación de los campos de exterminio. Pero, aquí ambos autores coinciden que los Tribunales sirvieron en el corto plazo para condenar a los dirigentes más importantes del aparato administrativo alemán, sin embargo, se quedaron cortos al tener un mayor alcance para continuar impartiendo la justicia necesaria ante hechos perpetrados no solamente por ellos, sino por todo un esquema de complicidades y jerarquías que se tejió ya puesto en marcha el Holocausto[1]3

A este respecto, los mandos políticos restantes, el sector judicial encargado de redactar y promulgar leyes como las de Núremberg 4 junto con los sectores empresariales como IG Farben o Krupp, encargados de dotar de insumos para la construcción y operación de las cámaras de gas de los campos de exterminio, fueron enjuiciados en tribunales alemanes establecidos después de los Tribunales Internacionales de Núremberg, pero las sentencias de cárcel fueron al poco tiempo reducidas o anuladas.

Lo anterior, considero que también se dio por tres razones principales: en primer lugar, muchas figuras políticas con pasado nazi ya se encontraban trabajando para el gobierno de Konrad Adenauer5, y de haber sido aplicada esta regla para someter a alguien a juicio o simple coherencia histórica, no habría quedado ningún funcionario disponible6. En segundo lugar, no existían los elementos documentales necesarios para juzgar a un número tan grande de personas que participaron en el hecho, pues grandes pruebas fueron eliminadas7 por la SS en los últimos años de la guerra.

Adicionalmente, y a pesar de los juicios iniciados en su contra, el gobierno de Adenauer se encontraba frente a un dilema, pues de continuar con el proceso de los tribunales desnazificadores establecidos por los aliados en 1945, los cuales contemplaban también el procesamiento de grandes conglomerados industriales como IG Farben o Krupp, la recuperación económica de Alemania Occidental hubiera sufrido retrasos, y también relacionado al rearme nacional al margen de la Guerra Fría en pleno auge entre Estados Unidos y la URSS.

Con la reorientación de prioridades geopolíticas de los aliados estadounidenses y británicos frente a la contención soviética hizo que la presión hacia Alemania Occidental para cumplir las sentencias de sus condenados disminuyera, y éstos pudieran reincorporarse a sus respectivas vidas profesionales sin el mayor problema, ante ello Hilberg apunta: no habían vivido según la ley y no murieron bajo la ley.8

Ya durante este tiempo (mediados de 1950), el Estado de Israel se encontraba administrativa y políticamente institucionalizado, bajo el mandato del Primer Ministro David Ben Gurión (1948-1954, 1955-1963) Israel accedería como miembro pleno dentro de la Comunidad de Estados Independientes al ser admitido el 11 de mayo de 1949 dentro de la ONU, sin embargo, era necesario tomar medidas internas y externas extra para reafirmar la característica de Estado independiente, y es así como una de las medidas para demostrarlo fue la abducción de Eichmann en 1960 y su posterior traslado a Jerusalén para su juicio.

 

Eichmann en Jerusalén: el show y los desaciertos

 

A diferencia de los Juicios de Núremberg, con sus múltiples y relevantes acusados, el de Jerusalén estuvo centrado en una figura principal, Adolf Eichmann, quién de acuerdo con los fiscales del tribunal era un monstruo responsable de innumerables atrocidades cometidas durante el Holocausto hacia la población judía.

Partiendo de lo anterior, Arendt es bastante clara respecto a la naturaleza del juicio: un show dentro del cual debía definirse de manera rápida y clara de todo lo que era culpable Eichmann, el estaría en el centro como el “héroe de la puesta en escena” y su sufrimiento y pena estarían encadenados a los hechos perpetrados por el, no por los causados de manera indirecta9, lo cual sugiere que la justicia, que es el elemento principal de todo juicio, no iba a ser el objetivo principal.

Pasando a definir al acusado, la autora encuentra elementos particulares y generales que sugieren la tolerancia y aceptación general no solamente de Eichman, sino de gran parte de la sociedad alemana ante las atrocidades cometidas por el gobierno nazi,  la cual se cimentó en el “autoengaño” para construir una realidad alternativa, en la cual todo estaba en perfecta armonía y se justificaba gracias al uso de un amplio y constatne aparato propagandístico, y que es evidente en el siguiente caso: el lema de “la batalla por el destino del pueblo alemán” (der Schicksalskampf des deustchen Volkes) en el cual la guerra no era en realidad guerra, el conflicto no había sido iniciado por Alemania sino por el “destino”; y, aquella lucha se representaba como una lucha por la supervivencia de Alemania, en la que debían aniquilar a los enemigos o perecer10

Siguiendo el análisis de la personalidad de Eichmann, Arendt concluye que el carácter calculador, frío, meticuloso y de amplio poder que los fiscales del lado acusador quisieron investir en la figura de Eichmann, distaba mucho de serlo en la realidad, pues amén del carácter fanfarrón11 del sujeto (y que en gran medida sería explotado por la fiscalía para condenarlo), verdaderamente era una persona bastante común y corriente12, lo cual hacía más escalofriante desde la perspectiva de la autora la imposibilidad de definir psicológica y socialmente 13a un criminal y cómplice de tal magnitud, pero no solamente para este caso en particular, sino para muchos otros similares que comenzaban desde los conductores de los trenes a los campos de concentración hasta los operadores de los crematorios.

Respecto a la verdadera responsabilidad administrativa de Eichmann en relación directa a la “Solución Final”14, Arendt establece que si bien desde que Eichmann se enlistó dentro de la SS en 1932, su relevancia como figura administrativa adquirió una importancia media hasta 1943 por razones históricas, pero ello es dificil de delimitar correctamente, pues existían otros grupos dentro de la propia SS, el ejército y el gobierno nazi, que estaban ocupados en atender aquella cuestión de la mejor y más rápida manera posible, lo cual también sugiere cierta competencia entre aquellas agencias encargadas de solucionar el problema por ver “quién exterminaba más judíos en menor tiempo”, y ello generó lealtad y orgullo por parte de los líderes de dichos órganos, pero toda vez terminada la guerra, paradójicamente resultó en una exoneración masiva de responsabilidades15 frente al establecimiento de los Tribunales de Núremberg y los locales que ya hablamos previamente.

Siguiendo esta línea de responsabilidad, Arendt sugiere que lo más claro respecto a la participación de Eichmann es su administración del campo de concentración de Theresienstadt 16 (Therezín, en el extremo noroeste actual de República Checa) como titular supremo entre 1941 y 1945, ya que para el caso de su rol como facilitador dentro del proceso de exterminio de los judíos que en este caso caería dentro de las esferas de concentración y deportación 17 (hacia los campos de exterminio) solamente pudo probarse en el juicio gracias a declaraciones propias, y que paradójicamente esto sería tomado en cuenta como prueba clara por parte de la fiscalía acusadora para sumarlo a su sentencia condenatoria en Jerusalén.

Con base en nuevas investigaciones académicas hechas al respecto, el papel de Eichmann respecto a las concentraciones y deportaciones en el proceso de exterminio de los judíos es más que claro18 , no obstante, algunos autores consultados difieren en el ámbito de la competencia específica geográfica y administrativa de Eichmann, la cual es ubicada en Alemania y Austria 19, u otros autores como Claudia Ninhos 20, quien incluso sugiere que el ámbito de consulta de Eichmann respecto al tema de las deportaciones se expandía en toda la esfera de influencia nazi en Europa.

Un penúltimo elemento, y quizá uno de los más polémicos en posterior a la publicación del libro, es el relativo a la participación de los Consejos Judíos dentro de la maquinaria de exterminio nazi, pues según el argumento de la autora, ellos fueron piezas clave para poder organizar21 a las poblaciones de judíos en Alemania y Europa del Este principalmente y eventualmente trasladarlos de manera cuasi cooperativa hacia su eventual perdición en Auschwitz y demás campos de muerte, esto por el simple hecho de no haber podido ser organizados desde sus propias comunidades, y que definitivamente hubiera obstruido seriamente los planes de funcionamiento mortalmente eficaz del aparato de exterminio nazi.

Lo anterior al ser expuesto a la comunidad judía internacional posterior al juicio de Eichmann, generó gran revuelo, al grado de que diversos medios y personajes intelectuales judíos acusaron a Arendt de “tratar de disminuir el grado de culpabilidad” del gobierno nazi dentro del Holocausto, lo cual a nuestro parecer no es así, y ello más bien presenta un punto a reflexionar bastante válido, pero que al cuestionar de manera directa la responsabilidad y posición de sociedades político religiosas tan jerarquizadas como la judía, siempre despertará rechazos ante la posible pérdida del status quo de los individuos que las comandan.

Tan claro y pertinente es este cuestionamiento, que Arendt expone en su libro los casos de las deportaciones de judíos en los países Escandinavos e incluso la Francia ocupada en ese momento, los cuales al enterarse del destino final mortal de aquellas poblaciones rechazaron 22  seguir los planes nazi relacionados a la Solución Final, y así salvar de la destrucción a muchas personas.

Finalmente, Arendt concluye que el proceso de juicio fue desproporcionado, y la sentencia injusta23 , ello porque los elementos que tomó como válidos los jueces consistieron principalmente en declaraciones de testimonios mayoritariamente de casos acontecidos en Polonia y Lituania, en donde la influencia de Eichmann era nula24 . Y desproporcionado, porque los elementos a los cuales tuvo acceso la parte defensora para elaborar sus argumentos fueron muy pocos en franco contraste al gran acervo documental25  y de testigos que acudieron a presentar su declaración en Jerusalén y que ya había sido producido ello en gran medida gracias a los Tribunales de Núremberg. Esto último es prueba de que el juicio estuvo plagado de irregularidades y anormalidades tan variadas y de complejidad legal tan elevada, que superaron al propio proceso del juicio mismo, ello en un disimil contraste de literatura especializada producida al respecto26 .

Ejemplo de aquellas irregularidades fue la detención arbitraria de Eichmann en Argentina por agentes encubiertos y su envío a Israel sin contar con Convenio de Extradición alguno firmado entre Buenos Aires y Tel Aviv en su momento, y por otro el rol supremo judicial que adquirió el tribunal durante el juicio, pues el objetivo de procesarlo por crímenes cometidos fuera de Israel hacia un segmento de la población que no era parte de su Estado en un momento en el que ni siquiera aquel Estado existía, sugiere que era más del ámbito de la competencia de un tribunal internacional y no local enjuiciar a Eichmann por sus crímenes.

Siguiendo este último argumento, Peter Burdon  establece que otros elementos de retroceso legal respecto al juicio están relacionados con la competencia y el debido proceso del juicio, pues el acusado no gozó de la presunción de inocencia, elemento clave dentro de cualquier tribunal estatal, adicionalmente a ello, las dimensiones históricas del hecho forzaron a Eichmann a responder a acusaciones que estaban fuera del ámbito de su competencia y los testigos, que para el tribunal supusieron un elemento principal de condena, en el campo de la defensa no pudieron emplearse debido a la política que ejerció Israel para desistir en aquella empresa bajo la amenaza de ser procesados de igual forma que al acusado, lo cual en términos generales apoya la noción de ilegitimidad del juicio.

Por otro lado, Deborah Lipstadt, argumenta que los elementos condenatorios basados en los testimonios orales hubieran sido de mucho mejor ayuda en Nuremberg que en Jerusalén27, por lo cual aquellas evidencias pierden validez y peso jurídico al respecto.

Independientemente de todo lo presentado por Arendt y otros autores contemporáneos, Eichmann fue ahorcado el 1 de junio de 1962 en la prisión de Ayalón en Ramla, Israel, así el juicio llegaba a su final, pero no las incógnitas y reflexiones al respecto del Holocausto, pues tanto Arendt como Hilberg son muy claros en este respecto, esta empresa no fue llevada a cabo por un solo grupo pequeño de personas, muchos estuvieron involucrados, personal e institucionalmente hablando para poder ejecutar a un aproximado de 5,000,000 de civiles entre 1942 y 1945 principalmente.

¿Fue Eichmann el verdadero villano?

 A partir de lo que he presentado en este texto, considero que la celeridad con la que la parte acusadora trató de condenar a Eichmann, sin tomar el tiempo en recabar testimonios adecuados para ambas partes involucradas, impidieron el correcto deslinde y mapeo de las responsabilidades del acusado, ello porque de manera explícita se asumió por el tribunal que el era culpable en toda la extensión de la palabra y lo era no en pequeña escala, con lo cual se vulneraba la presunción de inocencia del individuo, y más allá de ello, borraba toda capacidad objetiva legal de observar el problema a los jueces para emitir una sentencia libre de influencias parciales a su deliberación.

Esto, a partir de lo presentado, décadas después de culminado el juicio, sigue siendo motivo de discusión y abordaje distinto de acuerdo a especialistas en el tema, pues como ya mencioné, dado el escaso acervo documental y testimonial que queda en la actualidad, supone una tarea casi imposible de determinar totalmente el alcance de las responsabilidades que tuvo Eichmann en el Holocausto, y que entra en conflicto con la rápida determinación de los fiscales en asumir que dicha figura fue responsable completo de la maquinaria de exterminio nazi.

Sin embargo, ello no quiere decir que Eichmann hubiera podido ser declarado inocente, o que no fuera responsable indirecto de hacer funcionar dicho aparato, pues él fungió como un engrane importante dentro de todo el mecanismo, en el cual su labor dentro del proceso deportación, despojo, traslado y exterminio se encargó de cumplir en la medida de su posición y posibilidades para continuar alimentando el sistema de campos de trabajo y exterminio con vidas humanas (judías, principalmente).

En contraste a lo anterior, consideramos que fue necesario sobredimensionar el papel de Eichmann durante el juicio, pues los intereses detrás de ello trascendieron a dicha figura y ellos representaron elementos de un peso considerable no solamente para hacer justicia a los judíos que no la obtuvieron en anteriores tribunales, sino que ello también representó una justificación clave para la fundación y el mantenimiento del Estado de Israel.

Este juicio cimentó y proyectó la imagen del Estado de Israel como garante único de las leyes de sus ciudadanos, los cuales en su mayoría eran judíos que habían escapado de Europa antes, durante y después del Holocausto, por ello, también la ejecución de Eichmann representó una declaración firme de dicho Estado respecto a la posesión exclusiva de la violencia institucionalizada, la cual incluye la pena de muerte, la defensa y agresión hacia otros Estados, y esto reviste una característica fundamental de todo Estado Moderno para determinarse como tal, y de la cual Israel no fue la excepción a dicha norma de desarrollo.

Al igual que en Núremberg, el juicio de Eichmann implicó intereses políticos tan altos, que los jueces tuvieron una presión extra para condenarlo, y asumieron la responsabilidad de ello, pues ello hubiera sido mayor en caso de haberlo declarado inocente o declararse incapaces de juzgarlo bajo términos de competencia limitada ante la extensión del crimen cometido, es decir, trasladarlo a una corte internacional hubiera sido sumamente dañino para la imagen y el gobierno de Israel.

Finalmente, creo que gran parte del actuar de los los jueces y el Estado de Israel en este hecho pudo haber partido de una sección interesante del Talmud28, en la cual “el hombre fue creado solo, para enseñarte que quien destruye una sola alma israelita (o humana) es señalado por la escritura como si hubiera destruido todo el mundo. Y quien salva una sola alma israelita (o humana) es señalado por la escritura como si hubiera salvado a todo el mundo”29(Sanhedrin, 4:10), pero también es preciso recordar una frase de la Biblia en la cual “de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes” (Mateo, 7:2).

 

 

 

Fuentes consultadas

Arendt, Hannah, Eichmann in Jersualem A Report on the Banality of Evil, Penguin Books, Reino Unido, 2006.

Burdon, Peter, Hannah Arendt : legal theory and the Eichmann trial, Routledge, Estados Unidos, 2017.

Dafinger, Johannes y Pohl, Dieters, Eds., A new nationalist Europe under Hitler : concepts of Europe and transnational networks in the National Socialist sphere of influence,1933–1945, Routledge, Estados Unidos y Reino Unido, 2019.

Hilberg, Raúl, La Destrucción de los Judíos en Europa, Akal, España.

Lipstadt, Deborah E., The Eichmann Trial, Schocken Books, Estados Unidos, 2011.

Neusner, Jacob, Ed., The Jersualem Talmud A Translation and Commentary, Hendrickson Publishers, Estados Unidos, 2010.

Thad, Michael Allen, The business of genocide : the SS, slave labor, and the concentration camps, The University of North Carolina Press, Estados Unidos, 2001.

 


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.

Ilustrador
Axel Rangel
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Durante mucho tiempo he tratado entender mi relación con el ciggy, con el tabiro, con el fifo, con el cigarro. Definitivamente hay miles de formas de nombrar a este objeto colmado de animadversión y a la vez con tantos simpatizantes del llamativo ademán de usar dos dedos para sostenerlo. Sé que mi bisabuelo perdido entre la bola fumó Faros (sin filtro), se que mi abuela entre cuidar a la docena de hijos y los pantalones de mezclilla llenos de tierra también se prendía alguno. Mi padre y mi madre fumaron en la universidad. Ella dejó de hacerlo después de que nací, y he escuchado a muchas madres de algunos conocidos afirmar su abandono al cigarro también con la llegada de sus primeros hijos. Parecería que los primogénitos son los principales abanderados del antitabaquismo.

Mi primer cigarro lo fumé a los catorce, y más allá de que esta hubiera sido una proeza adolescente muy reprobable para muchos, ni siquiera la puse ahí junto a los demás triunfos de la estupidez que uno conquista muy temprano como para saber que en realidad nadie está ganando nada, pero a la vez sí. Sobre todo, ahora en las fiestas uno replica esas historias para no asumir, al menos por una noche, que en realidad la mayor victoria que podría ser alcanzada, sería entender cómo chingados funciona el SAT, o cómo tener inteligencia emocional para no sentirse sumido en quién sabe qué cosas a partir de la primera hora del domingo por la tarde, cuando ya no hay fiesta que comerse, y solo quedan platos y ropa sucia amontonada.

Había visto a muchos amigos de Cd. Cuauhtémoc fumando en las pedas, pero por alguna razón no me sentía atraído hacia el humo. Fue hasta que Alexandra murió y fui a visitar a su hermano en la calle Águilas y 92, cuando llegó el momento más legitimo para hacerlo. No era un contexto lúdico, quizá solo estábamos llenando el tiempo.

Julio mientras me contaba sobre el accidente (Ale y su novio chocaron contra un tráiler después de una fiesta), sacó un Marlboro rojo. Me ofreció uno. Le dije que no fumaba. Pero él me corrigió aseverando que en realidad era que más bien no sabía cómo. Era más grande que yo por tres años, pero siempre, o ahora que lo recuerdo, no sé porqué pensaba que tenía acceso a un conocimiento del mundo que a mí todavía no me era ofrecido. Quizá porque él ya había cogido con varias personas, o porque tenía un trabajo de mierda que le permitía comprar cervezas sin identificación, o quizá porque fumaba. Yo que sé.

La calle estaba alumbrada de manera raquítica. Apenas el anuncio de un expendio de Modelo resplandecía de color azul estilo hospital esa esquina, o las luces de algunos carros que iban quién sabe a dónde en la periferia de ese lugar del norte, que sigue sin aceptar su transición de lo rural a lo urbano.

Julio encendió su cigarro, y después me obsequió el gesto más amable que cualquier fumador puede tener con otro. Me acercó la laira, la lumbre, el fuego, el encende, y me dijo que no me aproximara tanto porque él no se hacía responsable por mis pestañas. Obviamente tosí en la primera calada, porque yo no nací para ser un prodigio del cigarro. Las siguientes fueron más amables. En medio del azul artificial de esa noche llorábamos por Ale, y dos fresas encendidas flotando a la altura de nuestras bocas eran el único testimonio de que estábamos allí sentados despidiéndonos por última vez en nuestra vida. Hace dieciséis años que no veo a Julio. Ojalá te encuentres bien, carnal.

Después de eso no me volví fumador recurrente, hasta podría afirmar que tuve que aprender del oficio de nuevo dos años más tarde, cuando trabajaba de lo que sea mientras averiguaba cómo entrar a la universidad. Ahí supe de los cigarros que se fuman antes de la chamba, y de los que se fuman en los descansos, y sobre todo, al menos para mí, los más remarcables, los últimos, los de la hora de la salida del jale, donde uno planeaba a donde ir a emborracharse.

Los que se fumaban a escondidas a la hora del recreo no los conocí. Ni aprendí de todas las artimañas para esconder el olor a humo del uniforme. En cambio, conozco muy bien esos cigarros que se fuman cuando ya no alcanzaste el último camión y te la tienes que aventar caminando hasta la casa.

Ya en la universidad con mi amigo Octavio nos dedicábamos horas a descifrar una nomenclatura del cigarro y sus ocasiones universales. Seguramente se va a cagar de risa cuando se entere que todas las pendejadas que decíamos cuando nos volábamos la clase de latín para ir a beber al estacionamiento de la facultad acabaron siendo escritas. Y yo aquí con fines retóricos me pregunto, de qué otra cosa está hecha la escritura sino del ocio.

De aquella genealogía del humo solo recuerdo tres. Abro aquí un espacio para que cualquiera que lo desee puede rebatir esta tipología a esos dos veinteañeros lascivos. El primero era el que llamábamos el tedioso, el que se fuma sin esperar nada a cambio, es meramente por el puro gusto de alimentar esa criatura de mil espaldas llamada vicio. El segundo era el del mentado despanse, el que se consume para aligerar la comida, el digestivo, el que inaugura la sobremesa, el que recuerda de que está hecho uno por dentro. Y el último, el ansioso, el que es una onomatopeya de la urgencia por entender qué pasa, casi siempre es amigo de la espera en los hospitales, después de un examen, después de cortar una relación, el de recibir una mala noticia. El que nunca he acabado de entender en su concepto es del de fumar después de haber estado chocando tu cuerpo desnudo contra el de alguien más. Supongo que la iconografía del cine se ha encargado de darle sentido a los cuerpos desnudos sosteniendo un cigarro entre las manos como una cosa ritual donde se celebra el mito del orgasmo. Siempre la religión es acompañada por el fuego.

Yo no me considero un fumador profesional. Tanto así que no asumo tener la autoridad para hacer una apología hacia el cigarro y sus generosidades. Para profetas del cigarro, Italo Svevo que se hacia la promesa de dejar de fumar cada día. Así, su compromiso se veía renovado, mañana tras mañana. No era autoengaño, sino más bien una reafirmación de la voluntad constante hasta que en verdad llegara ese cigarro definitivo. El último. El totémico.

Svevo vivía por el placer del último cigarro de la vida. En la fumada iniciática, como en todas las cosas que suceden por primera vez, hay una ignorancia de lo que se está experimentando. Por el contrario, en la búsqueda del fenómeno superlativo, del final, hay la acumulación de toda una vida dedicada a entender un proceso. El hallazgo absoluto del oficio.

|Dice Italo en la Conciencia de Zeno, ¿querría morir sano después de haber vivido enfermo toda la vida? Es triste si se piensa desde la zona de fumadores, que el escritor llegó a su último cigarro sin saber que era el último. Estando en el hospital después de ser atropellado pedía apelando casi a la misericordia de las visitas una última calada. Nadie se compadeció. Su mantra de vida había sido interrumpido. Ahí, y no antes y no después fue evidente que en la falta de lograr el último cigarro de manera consciente algo en su vida ya estaba caduco, pero al mismo tiempo algo sumamente hermoso se había cumplido. Toda esa preparación para el humo terminal había sido en vano porque solo mostraba lo paradójico de antelarse al fin de algo, y a su vez, ahí, en esa falta de control, cada uno de los cigarros que Svevo se había fusilado durante décadas se sintetizaron indiscutiblemente sin que él tuviera injerencia para concretar el concepto del cigarro final. Lo hermoso de ese último cigarro fue que se gestó como todos los mitos. Padeciendo su total condición de alegórica sobre nosotros porque solo son en tanto que se vuelven narrables una y otra vez, hasta sucumbir a su sombra. Nosotros no tenemos poder sobre los mitos, en realidad nuestra condición siempre ha sido trazada en las fronteras de un símbolo y otro. Svevo se encomendó a ese cigarro como la metáfora de su propia vida. Y como todas las metáforas, solo tuvo sentido y vigencia dentro del poema que es reconocer tu nombre conjugado en pretérito para siempre.

Yo me he propuesto dejar de fumar bastantes veces. No con la mentalidad de deportista que tenía Svevo de ejercitar el músculo de la voluntad a diario. Han pasado muchos meses entre un último cigarro y otro. Cumplo años, o empieza uno nuevo y hago mi lista de propósitos y lo anoto como manda. Jamás lo he logrado cumplir. Y más allá de la severidad que tiene la búsqueda de la buena salud, sobre todo entre más envejece uno, pienso que mi razón principal por la que debería dejar de hacerlo es porque no me gusta ser un tibio. Yo me lastimé la rodilla del fumador profesional. Ya no sé si después de este texto debería prender uno o no. De todas formas, al único que engaño aquí es al lector.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Tomado de wikimedia commons: Eric Koch / Anefo / CC-BY-SA-3.0.

Hace un tiempo me puse a revisar meticulosamente el álbum digital de fotografías familiares: los personajes se repiten incansablemente, algunas canas, kilos de más, kilos de menos, las arrugas y una corporalidad que incrementa centímetros a su longitud. Esa corporalidad no me pertenece y, sin embargo, siempre está unida a mi cuerpa. Los últimos siete años han sido meticulosamente ilustrados con escenas sobre mi maternidad, desde una foto que enunciaba una pronunciada pendiente hasta hace unos días con el rostro hinchado intentando ocultar el dolor de migraña y ciática, y ella, abrazando esta estructura que fungió como su hogar por más de 37 semanas. No imagino el resto de mis días sin su olor, sin su voz llamándome en las madrugadas, sin su llanto cuando me propongo poner un límite. Me sorprende ver de cuántas maneras la escribo, incluso en textos que nada tienen que ver aparece, los hijos siempre encuentran la forma de integrarse al todo, hacernos saber que pese a la carga interminable de trabajo, los libros que esperan impacientemente ser leídos, ellos están ahí aguardando para contarnos lo emocionante que fue asistir al concierto de sus youtubers favoritos.

Y mientras la miro, por unos segundos me pierdo, ¿acaso soy yo la mujer que el reflejo de la pantalla apagada me devuelve? ¿Estas piernas son las mismas que hace una década estaban libres de celulitis y cuyos contornos se dibujaban tan bien? ¿Hace cuánto que no me pongo un arnés? ¿Hace cuánto tiempo que no veo películas clásicas? Pero ella se da cuenta de que los últimos tres minutos no he fijado mi atención en su historia, que mi mirada dispuesta en piloto automático no ha parpadeado, que me he perdido. El reclamo, ya infranqueable, salta en el momento en que no imagino cómo eran las maternidades hace un siglo, hace diez años, hace treinta y ocho, cuando mi mamá cargaba su propia montaña de treinta y seis semanas.

A los tres años yo sabía que no tenía una madre, sino una reina”, de esta forma expone María Riva a Marlene Dietrich en Marlene Dietrich, the life (1993). Trato de imaginar lo que representó ser la hija del Ángel azul, de la madre del burlesque en el siglo XX. Quizá en el imaginario contemporáneo su nombre no diga mucho, un dato perdido en los millones de gigas que hemos vaciado en la historia cultural tan solo del siglo anterior, pero es justo decir que Marlene no solamente fue la primera mujer que usara sombrero de copa o smoking, sino que se besó en cámara con una mujer y el mundo lo aplaudió.

Desde Ditan Von Teese hasta Billie Eilish, muchas mujeres de la industria del espectáculo han jugado con su imagen, con su incandescente forma de cruzar las piernas y otros elementos icónicos del cine de la década de los treinta. Parece mentira, pero la fuente inagotable de ideas, estéticas y hasta poses proviene siempre del mismo cementerio. Como aquellos baúles o cajas de huevo donde la ropa de la abuela se mezclaba con la de tu madre y tus tías. Las fotografías de todas las épocas de oro del cine suponen la misma función, como lo destaca Roland Barthes en La cámara lúcida (1980): “fotografía porque esta palabra mantiene a través de su raíz una relación con ‘espectáculo’ y le añade ese algo terrible que hay en cada fotografía: el retorno de lo muerto”. Pero ese retorno siempre regresa y nos suspende entre nuestras propias trincheras —como vaciar los cestos de la basura mientras mi hija canta a todo pulmón “La familia Madrigal”, de la película Encanto— y las prácticas que en las diversas industrias culturales siempre sostienen el mismo fin: crear narrativas, vender, buscar los siguientes reemplazos de los íconos que, casi siempre, cada diez años, vuelven a la vida en forma de fichas, vídeos y redes sociales.

Pero ahí está Maria Riva, también actriz y, al igual que su madre, con problemas de alcoholismo y adicción a calmantes, construyendo un relato muy distinto de lo que la industria cinematográfica, las campañas de apoyo a los soldados y las revistas como Life tejieron en torno a la vida de Marlene. Riva se desliza en 800 páginas mediante una narrativa cargada de reproches y marcada por notas sobre una figura que de diversas formas desafió no solo el canon cultural, sino también la educación sentimental de las generaciones de entreguerras. En las biografías, tendemos a encontrarnos con narrativas alternas o absolutamente distantes de lo que consideremos que fue o pudo ser la vida de aquel espectro que traemos a la vida mediante la mirada de quien ha hurgado en sus papeles sueltos, en sus memorias, cada vez que los gritos o llantos en la habitación nos llenan de las ganas de no volver. Un par de páginas sobre los chismes de la personalidad en cuestión, no le hacen daño a nadie. De acuerdo con el testimonio de Riva, Dietrich no era propiamente una figura materna, más bien era su propia isla: “nunca pensé en ella como una madre” es una línea que se repite por lo menos diez veces y parece que de cualquier manera nunca se queda tranquila, ni siquiera en el momento de su publicación.

Marlene Dietrich prácticamente vivió todo el siglo XX, nació un 27 de diciembre en Berlín (1901) y falleció el 6 de mayo en su departamento de París (1992), y se puede advertir que su vida fue congruente con los tiempos convulsos. Marie Magdalene Dietrich nació en una familia acomodada. Su amor por el cine comenzó en la adolescencia, siendo su primera participación en Los hombres son como esto (1922) dirigida por Georg Jacoby, con pequeñas apariciones en películas como Tragedia de amor (1923), donde conoció a Rodolfo Sieber, con quien se casó y tuvo a Maria Riva. Sin embargo, no fue sino hasta 1929 cuando Joseph von Sternberg la llamaría para interpretar no solamente su primer protagónico, sino el papel que la acompañaría por toda su existencia, con el que lograría romper absolutamente las fronteras culturales en tiempos tan duros como la llegada al poder del nazismo.

Al interpretar el papel de Lola Lola en el El ángel azul (1930), nadie hubiera imaginado el impacto que tendría en la cultura norteamericana. El guion, basado en una novela de Heinrich Mann —hermano de Thomas Mann—, desarrolla la historia del profesor Immanuel Rath, quien logra experimentar una transformación absoluta donde la moral y el rigor son quebrados ante el contacto del deseo y la carne una vez que ve a Lola Lola en la taberna, “El ángel azul”, la cual iba para reprender a sus pupilos. Pero en el momento en que ve las piernas de Lola, el mundo se va hacia otra parte. Emil Jannings sorprende por su trabajo encarnando a Rath, pero sin duda es la voz y la actuación de Marlene los elementos para que se volviera, más que un ícono, una imagen viva de todo lo que ocurrió en el siglo.

La película, junto con la vida de Marlene, recorrió un interesante camino, si bien sería el primer filme del cine sonoro alemán igualmente sería el primero que generara una gran expectación en el cine de Hollywood. El ángel azul sacudió todas las mentalidades que crecieron con este relato, pero todo gira en encontrar quién siga el legado de Dietrich, de Rita Hayworth, de Mae West y, por supuesto, de Greta Garbo. No existe quien pueda suplirlos, y dudo que esa sea la idea, sino que, mediante retoques, campañas, galas, se encuentre a quien pueda instalarse un instante en la silueta del espectro en cuestión: dos segundos y la fotografía sigue muerta.

Marlene siempre guardó silencio respecto a su maternidad, por supuesto que se sabía que era madre y la pequeña Maria Riva sale incluso en algunas fotos junto a Rita u otras actrices y directores, pero difícilmente se observa ese relato —¿acaso un lazo?— entre madre e hija. Es una estrella tomando de la mano a una niña pequeña. En la continua lucha por la liberación existen cientos de historias que se sostienen en el silencio. Si lo pensamos, la cultura del silencio es en realidad una de las herramientas que el heteropatriarcado ha utilizado debidamente para perpetuar su poder: ¿cuántas mujeres han callado esos secretos?, ¿cuántas veces te has callado?, ¿cuántas veces has podido marcharse y dejarlo todo atrás? ¿Qué pasa con mis deseos? Rebeca Solnit, en La madre de todas las preguntas (2017) propone que pongamos atención sobre estos deseos y secretos que han perpetuado la cultura del silencio en la vida de las mujeres:

A quién se ha escuchado sí lo sabemos: representan las islas cartografiadas, mientras que el resto forma el inconmensurable mar de los no escuchados, la humanidad no documentada. A lo largo de los siglos, muchos han sido escuchados y amados, y sus palabras se desvanecieron en el aire tan pronto como fueron pronunciadas, pero arraigaron en las mentes, contribuyeron a la cultura transformándose en abono para enriquecer la tierra; a partir de esas palabras crecieron cosas nuevas. Muchos otros fueron silenciados, excluidos, ignorados. Tres cuartas partes de la tierra son agua, pero la relación entre silencio y voz es mucho mayor. Si las bibliotecas contienen todas las historias que han sido contadas, existen bibliotecas fantasmas que albergan todas las historias que no se han contado. Los fantasmas superan en número a los libros en una cifra incalculable. Incluso aquellos que han sido audibles a menudo se ganaron este privilegio gracias a silencios estratégicos o a la incapacidad de escuchar ciertas voces, incluidas las suyas.

Cuando me convertí en madre deseaba encontrar en las historias que me gustan un panteón lleno y cajas llenas de espectros, alguna narrativa que me sostuviera mientras amamantaba a mi hija y los ojos se me iban de las lecturas del doctorado, pero siempre encontraba esta clase de testimonios, en biografías como la de Maria o la de la hija de Anne Sexton, los diarios de Susan Sontag y su silencio de tres años hasta que David fue a la escuela. Las islas no eran alentadoras y el océano en mí era impresionante. Mientras recojo toda clase de fidget toys, me sorprendo repasando con mi mente la manera en que Marlene se acomodaba el sombrero, dejando una sombra coqueta alrededor del rostro de Lola Lola, ¿cómo podía hacerlo? Me pregunto mientras el slime lanzado al techo unos minutos antes ahora gotea mi cara.

Luego de una carrera llena de dicha, Marlene inaugura el cabaret, llevando por ambos continentes su chispa, sus canciones de los treinta y cuarenta y su deseo: ¿el secreto también la hacía irresistible? En este 6 de mayo se cumplen tres décadas de su última exhalación, atrás han quedado las plumas, los arneses con joyería, las medias de red y el inconfundible sombrero de copa, Maria no ha muerto, rebasa la edad a la que Marlene dejó de respirar justo a las tres de la tarde, días antes de que Cannes le rindiera un homenaje por su trayectoria, su última escala antes de entrar de manera perpetua en “El ángel azul”; murió tranquilamente en medio de la isla y el océano que se derrama en las notas finales de Maria Riva.

Mi mirada se pierde en la entrada triunfal de Marlene, las sombras me guían hacia los deseos que su cuerpo siempre supo articular y entre las canciones, de pronto unas manos irrumpen con su calor en mis ojos; mi secreto está resguardado ante quien felizmente me pregunta ¿adivina quién soy?, y después, el silencio ya no me aqueja.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.