Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio.
LEGOM era un hombre delgado, con la cara ya chupada por la enfermedad. Condición que lo hacía ver más joven, como un gran niño travieso. Tenía esa sonrisa pícara que denotaba inteligencia, sagacidad. Su teatro era fiel a él: de entrada, podías creer que era una gran broma, con títulos como Odio a los putos mexicanos, Las chicas del tres y media floppies o Sensacional de maricones, pero cuando te acercabas te dabas cuenta que en realidad era una broma que se burlaba de ti, de tus cimientos y creencias.
Nació con un nombre larguísimo, Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, él mismo decidió crear un acrónimo con el que fue conocido en los escenarios y fuera de él, LEGOM. Detalle que nos habla de sus juegos, de su habilidad con las palabras, de sus juegos con ellas, de sus calambures. Los diálogos de sus obras están poblados de frases chispeantes, ingeniosas y de un humor cruel, porque si una cosa tenía clara era que “los mejores dramaturgos escriben contra el público”.
Era dueño de una mirada crítica hacia el mundo en su conjunto, que acaba por escupirnos en un sarcasmo lleno de inteligencia. Tal vez una de sus obras más famosas es Civilización, donde a través de la sátira, muestra el proceso de creación de un edificio de cristal en un municipio colonial del centro del país. La obra tiene como personajes principales a un empresario y a su primo, el presidente municipal que, en contubernio, buscan levantar esta gran obra de la civilización y así sacar grandes beneficios, uno de ellos, una propiedad sin poner un solo pesos y el otro, el camino libre rumbo a la gubernatura. Pese a todo, los dos personajes carroñeros, no acaban de caer mal, pese a lo bajo de sus dichos, porque, en el fondo son más bien simplones. Por el contrario, el ingeniero idealista, que intenta detener la construcción de la torre de cristal “que apunta hacia Dios”, en su misma pureza y rectitud hace que simpaticemos un poco con él.
Así, sus obras están llenas de pesimismo y no están atadas a un tiempo definido, sino a los vaivenes del ser humano. “Hay gente que escribe para hacer amigos, yo lo hago para hacer enemigos”, afirmaba. Sus personajes no son grandes héroes, más bien son seres neuróticos, mediocres, como es el caso de Demetrius o la caducidad. En ella un vendedor de Sears, que tiene por sueño dorado ser conductor del Metro, se enfrasca en una relación aburrida con una compañera que también vende lavadoras como él, para acabar casándose y teniendo un hijo, producto de una infidelidad. La mitología de Demetrius, con todos esos pequeños sueños de un mexicano más, que busca ir a una playa o un mejor trabajo, son pasados a cuchillo por LEGOM pero no con las ganas de hacer una burla para sacarnos carcajadas, sino para restregarnos en la cara nuestra propia vida anodina.
La sonrisa que te saca está más cercana al llanto que a la risa explosiva. En Odio a los putos mexicanos hace una declaración de intenciones donde incluye ya una grosería dentro del título como una manera de dejar claro que no quiere congraciarse con nadie. Ante la pregunta de si no es agresivo el título, responde: “Agresivo que te quieran acotar el uso del lenguaje, agresivo que te quieran censurar la obra porque a alguien no le gustó el título. El autor lo es por su palabra, si se la quitan, le niegan lo poco que tiene, lo poco que es”.
En la obra la repetición constante del título hace que se convierta en una cantinela que le va quitando la agresividad, porque, hay otras cosas que son aún más agresivas, como el racismo que destilan y gozan los personajes.
En Chato McKenzie, por ejemplo, conjunto de tres obras que pueden servir tanto por su cuenta como una gran obra en sí misma, hace una parodia del género policiaco en el que los clichés le sirven para pitorrearse, una vez más, de la sociedad mexicana.
Hosco, con maneras poco amables que lo hacían irse quedando solo, su obsesión era el teatro. Escribió muchas obras, algunas montadas, otras publicadas y muchas de ellas inéditas. “El teatro siempre te va a regresar más de lo que tú le das -decía- Es una inversión de vida rentable, al menos la mejor que yo he tenido en mi vida”.
Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Si yo escribo “Ralph Baer”, usted piensa que hablo de:
1. Uno de los 19,000 músicos de la orquesta de Ray Coniff.
2. El niño que salía en Alf.
3. Ese chef que le avienta sal a sus platillos de la forma más peculiar.
Ninguna de las anteriores: hablo del creador de la Magnavox Odissey. Ah, muy bien, podría decir entonces, eso es maravilloso, pero, ¿qué es? Nada más y nada menos que la primera consola casera de videojuegos del mundo. Si usted le ha disparado a unos patos en la tele, y falló, (y seguramente se sintió frustrado con la risa socarrona del perro que los recogía); si usted ha matado zombis a balazos o, quizá, ha bailado frente a la pantalla al ritmo de una canción japonesa casi imposible de cantar, usted le debe unos minutos de diversión a este ingeniero alemán nacionalizado estadunidense. El dato es sencillo, interesante pero sencillo. Lo complicado es escribir sobre ello, sacarle jugo a una notita así, que celebra un aniversario más del lanzamiento de dicha consola (relegada en la historia, vamos a decirlo: a veces se cree que el Atari fue la primera). Entonces me pregunto, ¿qué sé yo de videojuegos? Algo, claro: desde que adquirí mi primer PlayStation 1, en los lejanos años de la secundaria, mis calificaciones fueron en picada y nunca más alzaron el vuelo. Yo, que según quería ser médico forense, o psicólogo, por culpa del vicio de los bits, acabé de maestro de inglés: el boulevard de los sueños rotos, la última opción de varios que soñábamos con ser otra cosa y, a falta de caminos, decidimos repetir “I am, you are” hasta que se nos secara el gañote.
Como no sé qué más decir, decido preguntarle a los que saben. Busco entre mis contactos de Facebook y me encuentro con tres expertos en consolas retro. Antes de escribirles, escribo una lista de preguntas. “¿Qué papel tuvo en el mundo de los videojuegos? ¿Cómo la definirías? ¿Por qué fue tan importante?” Armado hasta los dientes con preguntas de rutina, contacto al primero. «La verdad de esa no sé mucho, salvo que fue la primera», contesta con sinceridad. El segundo me deja en visto (pero no lo culpo: minutos después lo veo subir fotos en un bar, con su esposa) y el tercero, quizá el más preparado, accede. Luego de responder un par, y preguntarme por qué tanta obsesión con esa consola, me lanza la segunda pregunta, que no vi venir: «¿Para qué revista estamos hablando?» Y cuando le respondo que es para Tierra Adentro, me dice que él, para instituciones gubernamentales, no habla. Eso sí, me manda un abrazo virtual. Reviso los mensajes (periodismo sin oficio) y no, en ningún momento mencioné el conflicto Ucrania-Rusia o a los Illuminati; nada escabroso, según yo. Entonces el pleito debe ser con Tierra Adentro; me imagino a uno de los directores anteriores atacando con globos llenos de orines la casa del entrevistado. Puede ser.
Bueno, pues entonces sólo queda internet. Justamente en esta semana se celebra un cumpleaños más de Ralph Baer, ese niño al que expulsaron de su escuela en Alemania por ser judío y, aquí viene lo bueno, jóvenes, dos meses antes de La Noche de los Cristales Rotos, su familia escapó hacia Estados Unidos. Ignoro qué sea esa noche de cristales rotos, pero debe ser del mismo calibre de esa misma noche en que Chicago se murió. Baer, además, trabajó para el servicio de Inteligencia de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y luego, en 1972, auspiciado por Magnavox, lanzó aquella mítica consola de la que se supone debo hablar. Si a estas alturas usted aún no sabe qué compañía es Magnavox, revise en casa de sus abuelos, puede que halle una tele de esa marca.
Mi siguiente paso, entonces, es cotizar cuánto cuesta actualmente la consola: datos, que vengan los datos. Está valuada en unos 7,000 u 8,000 pesos. Pero, dato curioso, actualmente no hay en México, sólo en Estados Unidos. Mercado Libre no la tiene, Amazon México tampoco y esa es toda la oferta. Decido entonces irme por la opción más inverosímil: Facebook Marketplace . Oh, sorpresa: hay una a la venta, pero se encuentra hasta Jalisco. El vendedor la anuncia “en estado regular” y no asegura que funcione. Eso sí: viene en caja (La Magnavox de Schrödinger , debí titular este texto: no sabemos si la consola sirve, o no, hasta que la saquemos de su caja, luego, claro, de pagar la módica cantidad de 5,000 pesos). Seguramente el dueño no desea dar más información que la que ya puso, pero de todas formas trato. «¿Qué me puedes decir de la Magnavox Odissey?», le escribo por inbox. «Que está en perfecto estado», contesta, «que no se ha usado últimamente y tiene los detalles normales de una consola con más de 40 años de vida. Y lo que te decía: no sé si sirva o no, perdí los cables». Debí preguntar qué opinaba de la Magnavox Odissey, no de su Magnavox Odissey. «Ah», agrega, «el envío va por tu cuenta y es previo depósito». Bueno, si me pusiera más condiciones diría que me está vendiendo una máquina del tiempo (¿y no es, de cierta forma, esa consolita negra con pedazos de material tipo madera, una máquina del tiempo?).
Antes de contestar, reviso su perfil: no parece tener nada extraño: es miembro de varios grupos de compra-venta de videojuegos a los que yo también pertenezco, comparte memes cada cierto tiempo y hasta tiene un par de fotos con su playera del Atlas. De que existe, existe, pero, ¿su consola existirá? Ya veremos. Le digo que lo pensaré y volveré a escribirle. De aquí no va a salir mucho, eso es claro. Siguiente parada: la Friki Plaza , el santuario de los otakus, jugadores de Yu Gi Oh y cuarentones que miramos con nostalgia a esos tiempos donde los retos eran pasar de misión, no esperar la muerte entre marejadas de acidez y demandas por pensión alimenticia.
2
Somos el grito de todos los que ya no están. Debí usar comillas, porque la frase no es mía: me la encontré a las afueras de El Chopo , colocada en un cartón a los pies de una mujer que vende sándwiches vegetarianos. Pero le creo, eso somos: el eco de lo que pasó hace veinte, cuarenta años. Sombras nada más, diría Javier Solís. El recuerdo de los videojuegos que nos hicieron felices; fantasmas de aquellos niños que veían los Pizza Gatos Samurái con una dotación de Abejitas Sonrics en su poder. En un puesto de periódicos, la portada del Récord simula aquel juego de los patos, ese de Nintendo, en el que usabas una pistola y un perro desgraciado se reía de ti si se te iba la presa. Baer estaría orgulloso: él diseñó, además de la consola que voy a buscar, la tecnología que usa dicha pistola.
Son ya las 11 de la mañana, pero estas calles se siguen despertando, modorras y lentas. Esta ciudad es de bulbos: cuánto tarda en prender bien; parece que no quisiera hacerlo. Mientras avanzo por Avenida México-Tenochtitlan, reviso si mi otro informante me ha contestado ya, siquiera para tener un norte de dónde buscar o a quién dirigirme, pero no, nada, a pesar de que está conectado. Como que medio me enojo, medio me desespero, y al final me doy cuenta de que, si no quiere contestar, está en su derecho; culpo a esta maldita fiebre de la conectividad, que nos hace esperar respuestas inmediatas. La bolita verde junto a su foto desaparece al mismo tiempo que la bolita verde de un semáforo y entonces quedo junto a un grupito de sexoservidoras que me preguntan, así desparpajado, si no quiero irme con una de ellas. Sonrío y me hago, poco a poco, a un ladito: no se me olvida que hace unos dos años, a lo mejor tres, aquí nomás, en una calle paralela, cierta mujer del mismo oficio me pellizcó una chichi. Más que coraje me dio pena. «Es tu culpa, ¿para qué traes playera apretada: tú las provocaste», me dijo una amiga, y sentí que estaba pagando los platos rotos del atascadero que es el acoso a las mujeres.
Apenas a unos metros de la entrada a la estación Hidalgo, veo que han puesto unas mesas y unos banquitos que, ya no sé si me lo estoy imaginando, parecen piezas de Tetris (¿se puede seguir diciendo Tetris?, ¿no han cancelado ese juego porque lo diseñó un ruso? Editor, échame la mano con ese dato). Sobre una de las mesas, de verdad, lo juro por todas las flores, hay una botella de Chaparritas . ¿Es en serio? ¿Deseé con tantas fuerzas saber algo de la Magnavox Odissey que me teletransporté al año de su lanzamiento? Me asusto, ¿qué pasó en aquellos años aquí en la CDMX, perdón, en el DF? Googleo el año (ah qué periodista tan serio resulté ser) y dice que en aquellas fechas, aquí en México, Genaro Vázquez Rojas, maestro normalista y líder guerrillero en la sierra de Guerrero, murió en un accidente automovilístico. Además, en la Plaza México, Francisco Curro Rivera indultó al toro “Payaso” de la ganadería de Torrecilla. Qué cosas: un torero que gustaba de la fiesta brava, pero a lo mejor no disfrutaba tanto de matar. Quizá un simulador de tauromaquia le hubiera resultado ideal: los juegos nos permiten eso, matar sin matar, vivir sin vivir del todo. Fantasía y simulación en el estado más puro.
Visita obligada al Rock , ese tianguis de videojuegos, comics y juguetes que se instala a las afueras de metro Hidalgo. Digo, carajo, andar por aquí y no pasar es como andar en la colonia de tu abuelita y no entrar a saludarla y que te platique las maldades del villano de su telenovela en turno. En el primer puesto que visito, luego de comprarme dos juegos de PlayStation 2 y uno del primer Xbox, pregunto si él no me puede conseguir una Magnavox Odissey. «Uh, no, tan atrás no», me dice, honesto, el vendedor. Cosa grave: cuando uno de estos traficantes de bits no te dice que la semana que entra lo tiene, o que se lo acaban de llevar, o que justo lo dejó en bodega, es que estás buscando algo casi imposible de conseguir. Bueno, el intento se hizo. Vibra mi teléfono y pienso que quizá ya me respondieron las preguntas, pero no, puro spam de Uno Noticias : que la guerra allá en Europa sigue, que hoy el Atlas se enfrenta al Gallos de Querétaro.
La historia se repite en los siguientes puestos, más o menos de la misma forma. “¿De qué chingados estás hablando?”, parece decirme el último, y su mirada no podría ser más rasposa: lo interrumpí a medio desayuno y sólo para preguntar senda estupidez. Bueno, no me parecía tan descabellado: aquí he visto comics viejos pero lo que se dice viejos, juguetes que ya ni recordaba, artículos coleccionables de los que ni siquiera estaba enterado. Es más: una vez vi un Strecth Armstrong (menores de 30 años, por favor, consulten a sus papás o a internet, quien sea que los esté criando) por el que estaban pidiendo mil pesos. Hermano, si quisiera estirar algo color piel no tendría que gastar ni un centavo ni pedirle ayuda a nadie, pero eso ambos lo sabemos. Lo que para algunos es basura, para otros es un tesoro: ley de vida.
Dado que no hay resultados (o, mejor dicho, no son los que esperaba), decido aplicar la técnica de Günter Wallraff y hacerme pasar por alguien más, alguien a quien las respuestas podrían serle un poco menos inaccesibles: yo ya no soy yo (¿quién soy yo?), sino que ahora soy alguien que está buscando esa consola porque mi papá la jugaba de niño y quiero regalársela. Yo de videojuegos no sé nada, diré, pero me acuerdo que mi papá, en sus días de descanso, en vez de salir a caguamear, se sentaba horas y horas con aquella vieja consola que mi abuelo le regaló en su cumpleaños 12. Por el dinero no paramos, pero sí me interesa regalarle algo que le guste y no se me ocurre nada más que esa consola. Pienso que suena bien.
Trato en otro puesto, el que se ve más retro, el que tiene las cosas más quemadas por el sol. Suelto la historia tal como la elaboré (a lo mejor cambio algunas cosas, los nervios no me dejan pensar con claridad) y me doy cuenta de que me inventé la historia para nada, porque su “no” es seco como boca de crudo e igual de amargo. Yo, que ya me sentía el nuevo Wallraff, o de menos el nuevo Borat (no el carro), acabé como imbécil, estorbándole a verdaderos compradores que me empujan sin disimulo. No queda más aquí, habrá que ir a la Friki Plaza, pero antes reviso mi celular y tengo un nuevo mensaje en Facebook . Me emociono de creer que es de mi contacto que aún no contesta las preguntas, pero no, es el vendedor de la Magnavox. «¿Sí te vas a animar? Ya me están preguntando por ella otras personas». Le contesto que le resuelvo en la noche y su respuesta ya no llega, aunque lee el mensaje.
Al entrar a la Alameda, veo a muchos esperando vender o comprar algo: mercancía o dinero en mano. El pasado es un basurero y aquí todos somos pepenadores: la nostalgia se paga mejor que el aluminio o el cobre. «Tazo, ¿vas a querer tazo?», me pregunta un chaparrito más chaparrito que yo, y su tono es de traficante de estupefacientes. No, Tazos no: subí como diez kilos, cuando niño, en una inútil odisea por coleccionarlos todos: siempre salían repetidos y ni modo que, después de obtener el premio, tirara los Rancheritos o los Crujitos, las Poffets o los Churrumais (pésima idea hacer esta lista cuando estoy a dieta). Pero algo bueno salió de ahí: fue precisamente en un Tazo donde leí, por primera vez, el nombre de Silvestre Revueltas, aunque al paso de los años descubrí que no se parecía al gato Silvestre.
Por fin, en la Friki Plaza, empiezo a preguntar por la tan anhelada consola, pero no la tienen y muchos menos poseen información. A algunos, cuando les pregunto, me miran como si en un salón de baile preguntara si no han visto a Tin Tan o a Tongolele: sí es el lugar, pero no el tiempo. «¿Magna qué? ¿Cómo las televisiones?», pregunta uno, y luego se va a atender a un verdadero cliente. Ah, muchachitos nalgasmiadas, cuando esta belleza de consola nació, ustedes ni siquiera estaban planeados. Bueno, yo tampoco, pero si no es en estos momentos cuando podemos hablar con la autoridad de los viejos que vieron los tiempos mejores, los juegos de verdad, los auténticos tiempos dorados de la humanidad (los nuestros, claro está, siempre dulcificados por el recuerdo), ¿cuándo? Nuestros tiempos pasados siempre fueron mejores, decimos, y si una Tortuga Ninja nos sirve para aferrarnos a eso, pagamos lo que sea. Revueltas, y no precisamente Silvestre, sino José, sabe de lo que hablo: de él me robé la frase (ya van dos al hilo que me robo en un solo texto).
En uno de los niveles superiores de la Friki, uno de los vendedores, no tan viejo, hasta eso, me dice que «va a estar difícil, pero a lo mejor en Plaza Meave encuentras una». En medio de niñas vestidas de colegiala japonesa, de quinceañeros con bandoletas de Naruto y de una legión de tahúres del Yu Gi Oh, me doy cuenta de que, quizá, esa consola en Jalisco es la única que no esté ya en la basura o en manos de un coleccionista. Le escribo al vendedor para decirle que me interesa, pero ya no lee mi mensaje. Y entonces sí, caigo en la cuenta de que, como en los videojuegos, las áreas secretas, las que suelen tener mayores recompensas, son las más difíciles de encontrar y además las que presentan los peligros más viles. Pero como no queda de otra, habrá que visitar Meave.
Años sin visitar esta plaza, paraíso de los tenis pirata y la mercancía de dudosa procedencia. Todo luce distinto: ya no hay tantos puestos de juegos y más bien se nota despoblada, solita. Vine para nada. Quizá no se adaptó al paso del tiempo. Luego de comprar otros dos juegos (ni modo, ¿qué se le va a hacer?) y de que me dicen que no la hay, me resigno y camino de vuelta al suburbano. Vade retro, Satanás, de vuelta a la semilla.
3
El tiempo y las consolas de videojuegos parecen no llevarse bien. Dicen por ahí “tienes dinero para comprarte consolas, pero no tiempo para jugarlas: de eso se trata ser adulto”. Es cierto: uso mi Xbox One y mi PlayStation 4 para ver películas y series. No es bueno ni malo, supongo, es la vida, pero no dejo de sentir que es como comprarte un Ferrari para llenarle la cajuela de ollas de tamales y salir a vender: mucho perro para tan poco hueso. Como no pesqué nada en los tianguis de juegos, prefiero regresar a ver unos capítulos de The Wire ( desde una consola con controles wireless, ¿hay ironía o me la estoy imaginando?). Y, oh sorpresa, HBO consume todo el internet y tengo que quitárselo a mi celular para seguir viendo sin que se trabe.
A la mañana siguiente (me quedé dormido en medio de una balacera en la serie), activo de nuevo el Wifi en mi celular y veo que Facebook está lleno de noticias de una desgracia (así dice, “una desgracia”) en el estadio de Querétaro. Primero pienso que hablan de uno de esos partidos soporíferos que tantos insomnios han curado, pero no, es un piquito más grave: mencionan muertos y desaparecidos. ¿Desaparecidos? Me viene a la mente esa película de Resortes, El futbolista fenómeno , donde unos marcianos abducen al vendedor de cervezas de un estadio de futbol para darle súper poderes; al volver a la tierra, es un auténtico crac del balompié. No, no creo que vaya por ahí el asunto. Como el chisme puede más que otra cosa (aunque sea un deporte que no me gusta ver), empiezo a investigar del asunto. Una trifulca (si vamos a hablar de futbol, usemos sus palabras) entre aficionados del Atlas y del Querétaro, se salió de control y terminó en carnicería. Los videos no mienten: el salvajismo a todo lo que da, la violencia escurriéndose del vaso de la tolerancia, como cerveza mal servida.
Otra vez: cuando uno no sabe nada, hay que preguntar a los que sí. Le mando un whats al Tío Cuauh , amigo de la universidad y fan de hueso colorado del futbol (otra vez: sus noticias, sus palabras) y me dice que no es nada nuevo, aunque esta vez sí resultó más grave. En la carrera, no recuerdo para qué materia, alguna vez nos hicieron leer un artículo sobre los Hooligans, sus orígenes y cómo sus dinámicas se han dispersado por el mundo entero. Hasta vimos la película del mismo nombre. Estoy a punto de preguntarle si se acuerda, pero la verdad no le veo caso y nada vamos a adelantar por ahí. Que no se me olvide: debo entregar un texto sobre la Magnavox Odissey y no hallé casi nada. Como no queriendo la cosa, le escribo nuevamente a mi contacto, el que no me ha dicho ni sí ni no, pero me vuelvo a quedar sin respuesta. Bueno, a lo mejor habrá que reciclar información de varios sitios especializados en juegos, hablar sobre el catálogo de juegos de dicha consola y llegar a las conclusiones de siempre, insípidas pero efectivas: la historia del videojuego, su desarrollo hasta estos días, la importancia de los pioneros del asunto, etc.
Avanza el día y avanza la noticia del estadio; se riega como sangre: lenta y espesa, sucia. Los detalles son escalofriantes simple y sencillamente porque, a los ojos de muchos de nosotros, han dejado de serlo: así de fríos nos tiene el ambiente del país, el amontonadero de cadáveres aquí y allá. Me confieso: empiezo a buscar más cosas de eso que de la Magnavox Odissey (repito tanto su nombre con la esperanza de que de pronto me diga algo que funcione) y veo que el número de muertos y desaparecidos crece. En algunas publicaciones, incluso, comienzan a compartir fotografías de aquellos que fueron al estadio, pero no volvieron a casa. Mujeres, hombres, muchachos que dejaron, de pronto, de contestar llamadas y mensajes. Casi hasta abajo, en una de las publicaciones, veo una cara que me parece conocida. ¿A mí por qué? Tengo poquísimos amigos que vean futbol y, además, ninguno en Jalisco. Debe ser la paranoia de ver la muerte siempre cerca: mirar sangre nos hace recordar que de ese mismo color, de esa misma textura, es la nuestra: somos ellos, un poco.
Empiezo a escribir el artículo con la información más elemental, la que aparece en casi todos los sitios especializados: mucha gente, hasta expertos en videojuegos, creen que Atari fue la primera consola de videojuegos, pero no: fue aquella que ya no nombraré porque hasta a mí me está hartando. Tenía un par de juegos clásicos: Ping Pong, tenis de mesa, voleibol: nada que requiriera mucha capacidad. ¿Tendría uno de futbol? No creo, ese llegó hasta que apareció el Nintendo; yo lo tuve. Y ahora miren qué simuladores tan precisos de fútbol hay en las consolas: el FIFA, por ejemplo (que ya hasta se volvió insulto ser un jugador de esa pieza). Y sin violencia en las gradas. Sin desaparecidos. Sin sangre. Simular la vida resulta más seguro que vivirla; quizá ahí radique el futuro, o debería: una guerra que se resuelva en una partida de Call of Duty y no en un lugar lleno de niños y ancianos. ¿No sería mejor eso, dos hombres compitiendo así, con una consola como campo de batalla, en lugar de tantos matándose de verdad? La frase la saqué de Rocky IV: si vamos a robar citas, hagámoslo a fondo y de una vez, ¿qué más me queda?
Como hablo de juegos de deportes y de Rocky, pienso en ver si la Magnavox tenía simulador de pugilismo, pero entonces me acuerdo por qué se me hizo conocida aquella cara en la publicación de los desaparecidos. Reviso los mensajes que envié y aquel vendedor no ha contestado. Supongo que va a ser un poco difícil si no ha regresado a su casa. ¿Será él? Tengo ganas de preguntarle a alguien más, pero creo que no hay necesidad y no obtendría respuestas: parece que la Magnavox Odissey se niega a salir del pasado y quiere permanecer ahí, quieta, tranquila. Le escribo para decirle que me interesa la consola (miento, claro está), pero el mensaje no le llega.
Una parte de mí espera que ese muchacho ande de parranda o de vacaciones. Otra parte de mí sigue pensando cómo hablar de la Magnavox sin repetir que fue la primera consola casera de la historia y que Ralph Baer la inventó. Y otra parte de mí, quizá la más grande, sigue pensando que siempre, siempre será mejor destruir y masacrar en un mundo virtual, porque aquí afuera ya tuvimos demasiado. Y si eso es cierto, entonces cuánto se le debe a Ralph Baer, de verdad cuánto. Visto así, la Magnavox debería ser una reliquia aún más cotizada: es el inicio de la posibilidad de construir otros mundos, ya que este parece estar tan perdido, tan sin esperanza.
Autores
Aldo Rosales Velázquez. Ciudad de México, 1986. Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento:
Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012),
Entre cuatro esquinas (FETA, 2014),
La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015),
El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016),
Ciudad nostalgia (Abismos, 2016),
Sombra-Reflejo (BUAP, 2017),
Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018),
Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019),
Mismatch (Cuadrivio, 2020),
Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de Cuenca 2018) y
Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023).
También es autor de los libros de crónica:
Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorífica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica
Big Tony Bang . De igual manera, es autor de
Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia).
Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor.
Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como
La Jornada ,
El Universal ,
Casa del Tiempo ,
Tierra Adentro , entre otras, así como en las antologías:
De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019),
Cecilia y el vampiro y otros relatos de la lucha libre (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez).
Ni una sola palabra (UANL, 2021),
Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y
Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de Partida y el número especial sobre crónica:
La crónica, el arte de narrar , de
La Jornada . Es egresado de la Licenciatura en Enseñanza del Inglés, de la UNAM.
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Antes que nada me es necesario hacer una aclaración inicial: soy homosexual, crecí en un ambiente rural del norte de México a finales del siglo XX, hijo de jornaleros, estudié Historia en la universidad pública de mi estado (toda mi vida académica ha sido en instituciones públicas); opto por la enunciación en primera persona para señalar que soy yo quien afirma —y líbreseme de caer en tentación de una falaz objetiva voz pasiva—. Cierto es que las posturas y concepciones del mundo, aunque se corresponden con la historia personal no necesariamente siguen lineamientos lógicos, sin embargo esas posturas y concepciones del mundo son las que nos llevan a elegir ciertos temas o ciertos tratamientos a la hora de abordarlos. Estas aclaraciones las hago para señalar que mi postura política está cargada a la izquierda y que creo y lucho por la liberación de las poblaciones históricamente oprimidas y minorizadas; también para indicar que sé que esa postura me puede llevar hacia algunos sesgos —como cualquiera los tiene, sea su postura política—, a los cuales estoy atento y atenúo cuando aparecen.
La imparcialidad (aun siendo deseable) es algo que no está al alcance de los seres humanos con inevitables antecedentes, necesidades, creencias y deseos. Es peligroso para un investigador imaginar tan siquiera que podría alcanzar la absoluta neutralidad, pues entonces se deja de ser vigilante sobre las preferencias personales y sus influencias; y entonces de verdad que se es víctima de los dictados del prejuicio.
Escribió Stephen Jay Gould (1941-2002) en la introducción de La falsa medida del hombre (2017), la primera obra que leí de él y que por mi formación y postura me llevó a ponderar su labor intelectual y a buscar el resto de su trabajo. En esa obra Gould desmantela la idea del determinismo biológico de la inteligencia y cómo el estudio de la inteligencia sirvió para justificar el racismo.
La obra de Gould es extensa, no se limita a la a su labor principal como paleontólogo, ciencia de la cual fue profesor en Harvard, se extiende a la difusión de la ciencia y a una prolífica actividad intelectual en la que reflexionó sobre el papel de la ciencia en la sociedad y su relación con ámbitos del quehacer humano —como la religión (véase Ciencia versus religión. Un falso conflicto, 2007) y con las humanidades (véase Érase una vez el zorro y el erizo, 2012)—. En su área de especialización es reconocido por plantear, junto a Niles Eldredge, la teoría del equilibrio puntuado —según la cual las especies después de una rápida especiación se mantienen estables por la mayor parte de su historia geológica (véase La estructura de la teoría de la evolución , 2004)—. En la creación de su obra y a su alcance contribuyo su dominio del ensayo como género literario en el que el humor hace su aparición no pocas veces, lo que hace sus libros fáciles de comprender y de leer; de lo cual él mismo era consciente y así lo planteó en Érase una vez el zorro y el erizo (2012):
Y el famoso lema «le style c’est l’homme même» («el estilo hace al hombre») no surgió de uno de los principales literatos, sino del mejor de los naturalistas de Francia del siglo XVIII, que también fue un gran escritor: Georges Leclerc Buffon […]
Ahí mismo, unos párrafos más adelante, Gould manifiesta uno de los problemas que algunos de sus colegas tienen al respecto:
Pero los científicos creen que sólo la calidad de los datos y la lógica de la presentación contienen vigor persuasivo, y simplemente no reconocen el poder cabal de la prosa (y por ello pueden ser influidos de manera invisible por él), incluso en apoyo de un caso dudoso.
Y remata señalando la fuerza que puede tener una buena prosa, cuestionando de paso una de las figuras del pensamiento del siglo XX:
[…] Sigmund Freud obtuvo prominencia como fuerza social suprema debido a sus dotes literarias sin parangón, y seguramente no por su teoría absurda y sin fundamento de la psique humana.
Un autor con una amplia cultura que recurre a dichos y fábulas para construir sus ensayos, así, por ejemplo, en Érase una vez el zorro y el erizo , analiza el origen de la fábula que contrasta el modo de actuar de ambos animales desde la Antigüedad greco-latina hasta el Renacimiento, para volverlo el eje argumentativo en torno al cual desarrolla la futilidad del enfrentamiento entre las ciencias y las humanidades. En ese mismo libro da una explicación de su método de escritura:
Como ensayista que soy en el fondo, hace tiempo que creo que las mejores discusiones, de hecho las únicas efectivas, de generalidades profundas empiezan con bocaditos intrigantes que captan el interés de una persona y después conducen de manera natural a una cuestión más amplia ejemplificada por medio de ellos. Uno no puede atacar simplemente «la naturaleza de la verdad» de frente, con una generalidad completa y abstracta, sin despertar aburrimiento o ira por la arrogancia del autor.
Lo cual como lector se le agradece. Pero, a diferencia del juicio que Gould lanza contra Freud, sus planteamientos no son “teoría absurda y sin fundamento”. Se trata de postulados complejos, pero a través de los cuales es posible vivir en una sociedad más abierta y en la que las diferencias no sean causa de exclusión. Se puede observar en el planteamiento de los ministerios separados para la ciencia y la religión, en el que ni una ni otra tienen que interferir con el quehacer particular de cada una —asunto que ha sido de preocupación en los Estados Unidos, sobre todo a partir del surgimiento de movimientos como el del “creacionismo científico”—.
Esas preocupaciones quedaron más claramente manifiestas en el libro que publicó en 1981: The mismeasure of Man (La falsa medida del hombre), en el que demostró cómo los prejuicios raciales propiciaron que la ciencia se utilizara para justificar la discriminación racial. En esta obra Gould hace una historia del determinismo biológico, las teorías y prácticas científicas que para ello se utilizaron durante el siglo XIX y el XX, cómo desde el supuesto objetivismo científico se justificaron los prejuicios raciales.
No hay que perder de vista el momento en el que publicó la obra, es el mismo año en el que Ronald Reagan tomó protesta como presidente de los Estados Unidos, quien implementó las políticas neoliberales en su país y ponderaba una vuelta a los valores tradicionales —y que pasó por el crecimiento del fundamentalismo cristiano—. Las políticas de la Casa Blanca en ese periodo se caracterizaron por cargarse a la derecha, por ejemplo, sabida es la tibia respuesta que tuvo acerca de la epidemia de VIH/SIDA que fue declarada en ese periodo y que propició su avance porque era percibida como un problema de homosexuales —se le llegó a llamar “gay plague”, la plaga gay—. La reducción del gasto público impulsada por Regan, que ya lo había hecho en California cuando fue gobernador, afectó sobre todo a las poblaciones más desfavorecidas, que también eran poblaciones racializadas, a las cuales muchos teóricos que abogan por el neoliberalismo culpan de su situación —para muestra The Bell Curve (1994) de Richard J. Herrstein y Charles Murray, obra a la Gould en su introducción ampliada hace una dura crítica—. Fue en ese ambiente en el que se publicó por primera vez La falsa medida del hombre , en cuya introducción escribió:
Las razones de la repetición son sociopolíticas y no hay que buscarlas lejos: los resurgimientos del determinismo biológico se correlacionan con episodios de retroceso político , en especial con las campañas para reducir el gasto del Estado en los programas sociales, o a veces con el temor de las clases dominantes, cuando los grupos desfavorecidos siembran seria intranquilidad social o incluso amenazan con usurpar el poder. ¿Qué argumento contra el cambio social podría ser más deprimentemente eficaz que la tesis de que los órdenes establecidos, con unos grupos en la cima y otros abajo, existen como exacto reflejo de las capacidades intelectuales, innatas e inalterables, de las personas así clasificadas?
El determinismo biológico ha sido una herramienta del poder para perpetuarse y justificar el status quo . A lo largo de los siete capítulos que constituyen la obra Gould demuestra cómo esa justificación se ha dado. En su análisis el estudio de la inteligencia tiene un papel destacado, sobre todo a través de las pruebas de cociente intelectual (CI), mediante las cuales se validó el determinismo biológico de poblaciones racializadas y no cómo el producto de circunstancias sociales específicas:
¿Por qué esforzarse, y gastar, en aumentar el inelevable CI de razas o grupos sociales situados en el fondo de la escala económica; no es mejor aceptar sencillamente los desgraciados dictados de la naturaleza y ahorrar un montón de fondos federales (¡así nos será más fácil mantener bajos los impuestos de los ricos!)? ¿Por qué molestarnos por la infrarrepresentación de los grupos desfavorecidos en los puestos honrosos y remunerativos si tal ausencia señala la menor capacidad o la inmoralidad general, biológicamente impuesta, de la mayor parte de los miembros del grupo rechazado y no el legado ni la realidad vigente de los prejuicios sociales? (Los grupos estigmatizados pueden ser razas, clases, sexos, propensiones de conducta, religiones u orígenes nacionales. El determinismo biológico es una teoría general y quienes son objeto del actual menosprecio actúan como subrogados de todos los demás sometidos a similares prejuicios en distintos tiempos y lugares. En este sentido, las peticiones de solidaridad entre los grupos degradados no deben ser descartadas como mera retórica política, sino antes aplaudidas como reacciones adecuadas a las razones comunes del maltrato).
La crítica de Gould tiene su origen en la emancipación de las poblaciones minorizadas, porque estas busquen su unión y se enfrenten al sistema que las oprime. El análisis y la crítica que hace en La falsa medida del hombre no es condenatoria, ya que explora y considera la situación de los científicos que validaron el determinismo biológico, las condiciones socio-históricas que los atravesaban y que los llevaron a esa justificación. La ciencia es la labor de los científicos que por mucho que se dediquen a la ciencia no dejan de ser seres humanos:
No me propongo afirmar que los deterministas biológicos fueron malos científicos, y ni siquiera que siempre se equivocaron. Lo que pienso es, más bien, que la ciencia debe entenderse como un fenómeno social, como una empresa valiente, humana, y no como la obra de unos robots programados para recoger información pura. Además, considero que esta concepción es un estímulo para la ciencia, y no un sombrío epitafio para una noble esperanza sacrificada en el altar de las limitaciones humanas.
La ciencia es hija de su tiempo y como tal está atravesada por la concepción del mundo de quienes la hacen. Planteamiento que si hiciera alguien dedicado a las humanidades haría que mucha gente pusiera el grito en el cielo, pero fue dicho por un científico, un científico destacado en su área. Y Gould antes de amilanarse por ese planteamiento, de rasgarse las vestiduras por la objetividad inalcanzable, celebra ese hecho, la ciencia es hecha por seres humanos particulares, a quienes mueven sus propios intereses y es en esos intereses en donde radica el desarrollo mismo del conocimiento científico.
Puesto que debe ser obra de las personas, la ciencia es una actividad que se inserta en la vida social. Su progreso depende del pálpito, de la visión y de la intuición. Muchas de las transformaciones que sufre con el tiempo no corresponden a un acercamiento progresivo a la verdad absoluta, sino a la modificación de los contextos culturales que tanta influencia ejercen sobre ella. Los hechos no son fragmentos de información puros e impolutos; también la cultura influye en lo que vemos y en cómo lo vemos. Las teorías más creativas suelen ser visiones imaginativas proyectadas sobre los hechos; también la imaginación deriva de fuentes en gran medida culturales.
De ahí la importancia de reconocer cuáles son las motivaciones propias y los prejuicios que lo puedan atravesar. Ese reconocimiento puede ser un importante motor no sólo para el desarrollo científico, sino que la misma ciencia puede tener repercusiones sociales positivas:
La ciencia no puede escapar a su singular dialéctica. A pesar de estar inserta en un contexto cultural, puede ser un factor poderoso para poner en entredicho, e incluso para derribar, las premisas en las que éste se sustenta. La ciencia puede aportar información para reducir el desequilibrio entre los datos y su repercusión social. Los científicos pueden esforzarse por identificar las ideas que tienen sus pares acerca de la cultura y preguntarse por el tipo de respuestas que podrían formularse partiendo de premisas diferentes. Los científicos pueden proponer teorías creativas que sorprendan a sus colegas y los obliguen a revisar la validez de unos procedimientos hasta entonces incuestionados.
El avance científico da muchas muestras de lo anterior, así mismo de la forma en la que los prejuicios entran en juego a la hora de hacer ciencia —a fin de cuentas sobre eso gira La falsa medida del hombre —. Los movimientos sociales repercuten en las personas que hacen ciencia y por consiguiente repercuten en la ciencia misma.
[…] la historia de las concepciones científicas acerca de la raza constituye un espejo de los movimientos sociales. Es un espejo que refleja tanto en los buenos tiempos como en los malos, en los períodos de creencia en la igualdad como en las eras de racismo desenfrenado. El ocaso de la vieja eugenesia norteamericana se debió menos a los progresos del conocimiento genético que al uso particular que hizo Hitler de los argumentos con que entonces solían justificarse la esterilización y la purificación racial .
La labor científica no se da ex nihil, se da en sociedades determinadas con historias y culturas particulares que marcan la forma en la que se hace la ciencia. Así lo demuestra Gould, tomando el caso del test desarrollado por el pedagogo francés Alfred Binet (1857-1911) —que terminó siendo el famoso test de coeficiente intelectual (CI)—, quien lo creó como una herramienta para detectar las carencias de los niños y, a partir de ahí, implementar mejoras en los programas de estudio y en los casos particulares para evitar el rezago escolar. Henry Herbert Goddard, un eugenista estadounidense, tradujo el test al inglés y lo llevó a su país. Lewis Terman, por su parte adaptó la prueba y comenzó a utilizarlo para medir la inteligencia nata y lo que era una prueba para mejorar las condiciones escolares, pasó a ser una prueba para medir la inteligencia. La década de 1910 se utilizó en el ejército y validó los prejuicios raciales, obviando que la prueba exigía conocimiento de la lengua inglesa y la cultura estadounidense hegemónica, en lo que estaban en desventaja los inmigrantes y los hombres negros que se unían al ejército.
Esas pruebas sirvieron para justificar los movimientos eugenistas, los cuales en 1924 lograron impulsar la Inmigration Restriction Act , que restringía a cuotas muy bajas la inmigración de países del mediterráneo europeo y del este de Europa porque, según las pruebas, eran poblaciones poco inteligentes.
Los cupos siguieron en vigor, y la inmigración procedente del sur y el este de Europa se redujo a un mínimo. Durante toda la década de 1930, los refugiados judíos, previendo el holocausto, trataron de emigrar a los Estados Unidos, pero fueron rechazados. Los cupos establecidos, así como la persistente propaganda eugenista, les impidieron la entrada incluso en los años en que los cupos exagerados asignados a las naciones del oeste y el norte de Europa no llegaban a cubrirse. Chace (1977) ha calculado que esos cupos impidieron la entrada de 6.000.000 de europeos del sur, del centro y del este entre 1924 y el desencadenamiento de la segunda guerra mundial (suponiendo que la inmigración hubiese continuado con la tasa anterior a 1924). Sabemos lo que les sucedió a muchos de los que deseaban marcharse de su país pero no tenían a dónde ir. Los caminos de la destrucción suelen ser indirectos, pero las ideas pueden resultar medios tan eficaces como los cañones y las bombas.
Una perspectiva desalentadora de lo que la ciencia construida desde los prejuicios puede producir. Sin embargo, la conclusión de Gould apunta en sentido opuesto, en la posibilidad de construir conocimiento científico reconociendo la forma en la que la cultura ha configurado la propia visión y cómo ésta afecta el campo de estudio —se trate de ciencias naturales o sociales e incluso en la labor artística—. Así plantea que el reconocimiento de la alteridad, de las diferencias nos enriquece:
¿Cuál, si no el estudio directo, justo y profundo de la diversidad cultural, que además constituye, al margen de sus virtudes relativas a la educación moral, la materia más fascinante del mundo? Ésta es la auténtica cuestión. La cuestión que subyace en nuestro valioso movimiento moderno en defensa del pluralismo en el estudio de la literatura y la historia, en defensa del conocimiento de la cultura y la obra de las minorías y de los grupos despreciados, convertidos en invisibles por el saber tradicional.
La falsa medida del hombre es un libro que analiza cómo la medida del ser humano fue el hombre blanco (de origen europeo, protestante) y esa medida se utilizó para establecer en una escala los diferentes grupos humanos. Es un análisis y una crítica de cómo la ciencia fue construida para justificar ese prejuicio y para validar ese status quo . Una obra que apunta la falacia del determinismo biológico —que a pesar de todo sigue siendo validado en nuestro tiempo—. A veinte años de su muerte su legado sigue vivo, no sólo su posición crítica hacia sus colegas y al quehacer científico, su divulgación y sus teorías, pero sobre todo su llamado al reconocimiento de quienes son diferentes a nosotros:
Aprendemos sobre la diversidad no sólo para aceptarla, sino también para comprender.
Cierro con las mismas palabras con las que Gould abre y cierra su libro, con una cita de Charles Darwin:
Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado.
Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de
Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis , ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
En una de las entrevistas que concedió tras su captura, desde la penitenciaría de máxima seguridad de Florence, Colorado, Theodore Kaczynski adelantó un futuro incierto aun a esas alturas. En 2020 los seres humanos serían capaces de descargar su información mental y genética en computadoras, por medio de lo que más tarde recibiría el nombre de transferencia mental. La raza humana trascendería sus incapacidades corporales, denigrándose cada vez más, y lo peor, según Kaczynski, es que sucedería en menos de cincuenta años. Semejante especulación no era consecuencia de su supuesto desequilibrio mental, como indujo la campaña mediática en su contra, sino la tesis más radical de un movimiento cuyos conceptos teóricos circulaban ya desde principios del siglo XX: el transhumanismo. Tal vez el prestigioso matemático errara en sus cálculos, pero es justo esa incertidumbre temporal, lo difuso del horizonte tecnológico, lo que dota de vigencia al caso de Unabomber.
Acrónimo de University and Airline Bomber, el apodo acuñado por el FBI describía el método del terrorista que puso en jaque a la agencia policiaca más poderosa de los Estados Unidos. De 1978 a 1995 Kaczynski fabricó 16 bombas, algunas instaladas en vuelos comerciales, pero la mayoría disfrazada de cartas dirigidas a profesores, investigadores y científicos que encarnaban el sistema tecnológico-industrial del que Kaczynski renegaba; ese mismo sistema que lo persiguió aun en los recovecos del bosque, donde encontró refugio no solo para perfeccionar sus bombas y esconderse por diecisiete años, sino también para establecer un cuartel secreto, la base de su anarco-primitivismo.
Luego de renunciar a su puesto como profesor asistente en la Universidad de California, Kaczynski se mudó a Lincoln, Montana, donde compró un terreno y construyó allí mismo una cabaña con dinero de sus padres. Para sobrevivir se hizo de comida enlatada, además de reciclar latas de refresco y robar clavos, cerillos, cables cortados y demás residuos tecnológicos que encontraba en la basura de sus vecinos. Había reunido una modesta biblioteca conformada en su mayoría por manuales para fabricar bombas caseras, libros de química y uno que otro clásico literario. Quizás Walden de Henry David Thoreau, del que más tarde el propio Kaczynski confirmaría la influencia del principal instigador de la desobediencia civil en su labor activista.
Sin embargo, pese a haber renunciado a la academia, nunca dejó de ejercitar su pensamiento radical, esas “ideas invisibles […] el último refugio de la rebelión”, como anota Ricardo Piglia en voz de Thomas Munk, su reelaboración de Kaczynski en El camino de Ida . “Solamente podemos resistir —continúa Munk— escondiendo nuestros pensamientos invisibles, confundiéndolos con la multitud. Somos individuos dispersos, metidos en los bosques, perdidos en las grandes ciudades, sujetos en fuga extraviados en las praderas”. Después del primer ataque en mayo de 1978, cuyo destinatario era un profesor de ingeniería de materiales de la Universidad de Northwestern, Illinois, Kaczynski comenzó una suerte de bitácora donde registró el paulatino cumplimiento de sus planes. Cada línea fue sustituida por un patrón numérico descifrable únicamente por él.
Según Joel Moss, agente designado por el FBI para seguir su rastro, el diario contenía “solo números. Páginas y páginas de números. Y resultó que había una clave oculta en las escrituras para traducir estos documentos numéricos. Resultaron ser confesiones directas de todos los crímenes de Unabomber y de cómo se sintió al respecto”. La idea central de ese diario era el regreso a lo que Kaczynski llamaba “la Naturaleza” (la mayúscula acaso sea un resabio romántico de influencia roussoniana), el verdadero futuro de la humanidad. Volver a ella significaba quemar las naves de la civilización y sus rasgos más opresivos, como la tecnología al servicio de la ambición capitalista.
Kaczynski sorprendió a todos por su impecable carrera académica. Se trataba de un profesor metido en actividades terroristas, un revolucionario que llevó su activismo a las últimas consecuencias, un hombre entregado a sus ideas en defensa de la humanidad, por más que, para cumplirlas, “algunos deban morir”. Tenía muy claro a quiénes dirigir sus proyectiles: investigadores que asumían el rol de engranes, cómplices de un sistema que “ha desestabilizado la sociedad, ha hecho la vida imposible, ha sometido a los seres humanos a indignidades, ha conducido a extender el sufrimiento psicológico […] y ha infligido un daño severo en el mundo natural. El continuo desarrollo de la tecnología empeorará la situación”.
Lo anterior es parte de La sociedad industrial y su futuro , el manifiesto que mandó en 1995 a la redacción del The New York Times con la condición de que renunciaría a continuar con sus actividades terroristas si lo publicaban. El periódico aceptó, y Kaczynski desbloqueó un nuevo nivel: hacerse oír, esta vez no solo mediante bombas fabricadas sino con ideas igualmente explosivas.
Leído en retrospectiva y con menos de cuarenta años de distancia, en el manifiesto destacan dos ideas que describen, a mi parecer, las aspiraciones reales de la avanzada tecnocientífica en el presente. Por un lado, escribe Kaczynski, “la restricción de la libertad es inevitable en la sociedad industrial ya que el hombre está atrapado en normas y regulaciones y sus destinos dependen de acciones de personas que están lejos de ellos, por lo que no pueden influir en estas” (párrafo 114). Por otro lado, continúa, existe una “falta de autonomía a la hora de tener metas reales, esto se ve reflejado en actividades sustitutorias que son metas en las cuales las personas nunca quedan satisfechas, como el conseguir un cuerpo correcto, riqueza, autorrealización, etc.” (párrafo 38).
En el presente existe un lugar que reúne las cualidades antagónicas del activismo de Kaczynski: Silicon Valley, el corazón del tecnoprogresismo. Emplazado en San Francisco, California, es sede de empresas y startups en su mayoría dedicadas a (y financiadas para) proponer innovaciones en la vida cotidiana por medio de tecnología. De acuerdo con Mark O’Connell en Cómo ser una máquina , “la retórica de la élite friki de Silicon Valley está impregnada de un leve idealismo contracultural: cambiar el mundo, mejorar las cosas, trastocar el antiguo orden, etc. […] Desde esta perspectiva, la muerte ya no [es] un problema filosófico: [es] un problema técnico; y todo problema técnico admit[e] una solución técnica”.
Quienes se encuentran detrás de las investigaciones en Silicon Valley no esconden su adhesión a la filosofía transhumanista. De hecho, el movimiento surge como vertiente de la teoría evolucionista, particularmente derivado de la eugenesia, que fue mal interpretada, o interpretada a modo, durante la segunda guerra mundial para justificar una limpia de grupos sociales históricamente relegados. No es fortuito, por tanto, que Kaczynski pronosticara un mundo gobernado por máquinas, regido por inteligencia artificial, desmaterializado y vuelto a cargar en dispositivos que suplieran el cuerpo humano. Se trataba de un proyecto entregado desde principios de siglo al “mejoramiento” de la especie humana por medio de tecnología cada vez más sofisticada.
En la década de los cincuenta, el biólogo británico Julian Huxley fue el responsable de bautizar el movimiento. Buscaba describir la necesidad del ser humano de que, según Rafael Monterde Ferrando (“Génesis histórica del transhumanismo”, 2021) “trascendiera a sí mismo, pero no esporádicamente, aquí un individuo, de una manera, allá otro individuo de un modo distinto, sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para este nuevo credo. Tal vez sirva transhumanismo , esto es, el hombre permaneciendo como hombre, pero yendo más allá, superándose a sí mismo al realizar nuevas posibilidades de su naturaleza humana y para su naturaleza humana” (145).
De acuerdo con Monterde Ferrando, “el hombre que dio pie a las especulaciones eugenésicas fue Francis Galton, quien, inspirándose en las ideas evolucionistas de su primo, Charles Darwin, pensó que la libertad humana sería tal cuando tuviera bajo su control su propia evolución” (143). Huxley recuperaría las lecciones morales de Galton, quien a su vez pretendía imponer la eugenesia como una práctica que redimiera a la sociedad victoriana, aquejada por la “degradación progresiva de la condición biológica de sus miembros”. “Para Galton —continúa Monterde Ferrando— la eugenesia representaba la ciencia del mejoramiento de la raza, aquella que buscaba sus mejores cualidades para potenciarla tras un proceso de selección artificial” (143).
Para el incipiente credo transhumanista, había que trascender las posibilidades del cuerpo humano, y con esto alcanzar la perfección, una perfección autorregulada por sí misma. Por esos años el concepto de cyborg ya había sido propuesto por Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline , dos médicos y neurólogos estadounidenses cuya propuesta de fabricar a un humano que aprendiera a adaptarse a los climas hostiles de otros planetas, estaba muy emparentada con el tono futurista de la ciencia ficción, que visualizaban la vida humana lejos de la Tierra. Kaczynski, en las antípodas de este pensamiento, promovía el regreso a la naturaleza. No había necesidad, según pensaba, de salir de este planeta, por lo tanto, los científicos como Clynes, Kline, Huxley y Galton debieron parecerle francamente equivocados, pues emprendían un camino que su ecologismo radical miraba con malos ojos.
En todo caso, lo que estuvo en juego durante los dieciséis años de activismo de Kaczynski fue la vida humana y su porvenir. Por un lado, estaba el rompimiento inevitable con la sociedad moderna, entusiasmada con la cultura tecnológica, lo que a la larga afectaría la vida de los seres humanos, degradándolos y sometiéndolos, como anota en su manifiesto, “a grandes indignidades [lo cual] infligirá gran daño en el mundo natural, probablemente conducirá a un gran colapso social y al sufrimiento psicológico”. Por otro lado, se encontraba el transhumanismo y los avances biomédicos y neurocientíficos, y sus respectivos promotores —desde investigadores y médicos hasta aficionados, filósofos y agentes culturales— para los que el cuerpo y sus afecciones (la muerte, las enfermedades) son el verdadero problema, la diana a la que hay que apuntar si el ser humano desea vivir larga y felizmente.
Hasta el momento, lo más cerca que se ha estado del pronóstico de Kaczynski y de los postulados más radicales del transhumanismo, han sido las simulaciones artificiales del cerebro de algunos animales. De acuerdo con un estudio publicado por investigadores de Stanford, “en 2007, la mayor simulación cortical contenía unos ocho millones de neuronas —el equivalente a la mitad de un cerebro de ratón— y sólo cuatro años después, los científicos fueron capaces de emular cerebros compuestos por más de 1.500 millones de estas estructuras”. Esta idea es recurrente en las propuestas más arriesgadas de algunos transhumanistas destacados, como Ray Kurzweil, quien impulsó la creación de la Universidad de la Singularidad emplazada en Silicon Valley. En su libro La Singularidad está cerca (2005), Kurzweil asegura: “Una emulación del cerebro humano que se ejecutara en un sistema electrónico funcionaría mucho más deprisa que nuestro cerebro biológico”.
El propio Kurzweil, acostumbrado como hombre de ciencia a lanzar fechas futuras como una forma de hacerlas presentes, prolonga una década más el pronóstico de Kaczynski. Kurzweil prevé que el 2030 sea el año crucial para realizar las primeras transferencias mentales. Se trata de lo que el transhumanismo, desde los años de Huxley, insistió en llamar “mente incorpórea”, una suerte de desplazamiento hacia afuera de la experiencia de vida humana y su fusión, casi mística, con el universo. “Nosotros somos cósmicos”, anota el filósofo iraní Fereidoun M. Esfandiary (más tarde FM-2030, año en que según él conseguiría la inmortalidad) en Up-Wingers , uno de los primeros manifiestos del movimiento transhumanista.
Acaso, tanto en la propuesta de Kaczynski como en la del transhumanismo radical, el objetivo en común sea fundirse con el cosmos, ser uno con el universo, volver a un estadio primigenio en que el ser humano se aleje del sitio privilegiado que ocupa por encima de los demás seres vivos. En ese deseo transhumanista por abandonar la forma humana, tal como sugiere O’Connell, “hay algo, al final, paradójica y definitivamente humano”.
Bibliografía consultada
Jordan Inafuku et al. (2010). Downloading Consciousness . Stanford University. Recuperado de: https://cs.stanford.edu/people/eroberts/cs201/projects/2010-11/DownloadingConsciousness/tandr.html
Mark O’Connell (2019). Cómo ser una máquina: Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas . Editorial Capitán Swing.
Ricardo Monterde Ferrando (2021). “Génesis histórica del transhumanismo: Evolución de una idea” en Cuadernos de Bioética .
Ricardo Piglia (2013). El camino de Ida . Editorial Anagrama.
Theodore Kaczynski (1995). “La sociedad industrial y su futuro” en The New York times.
Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos
Punto ciego (2016).
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
tomado por Paille en Flickr.com, Cannes, 2012
¿Alguna vez has volteado en el cine a ver a los espectadores ver las películas?
Hay algo aterrador y hermoso en mirar al público ver la película y voltearse hacia ti por haber volteado y evidenciar su condición de espectadores. Si no lo has hecho, hazlo. Esa es la sensación de ver una película de Leos Carax. Ver que no estás viendo y no te importa. Cambias la dirección de la producción de significados. El público se vuelve espectáculo, tú te vuelves voyeur incómodo y ves cosas que no tendrías que ver. Cómo son conmovidas las personas por las imágenes y se hacen conscientes de ser espectadores.
Jean Luc Godard dijo que Xavier Dolan era muy joven y hacía cine viejo mientras que él era muy viejo y hacía cine joven. Un asunto formal sobre los modos de la narración. Por un lado, el experimento ¡vanguardista! de la yuxtaposición de fragmentos; por otro cine narrativo de historias íntimas. En medio el infante fatal. Del cine de Leos Carax surgen muchas líneas y series que constituyen una máquina de visualidad sobre la posibilidad de la narración, lo visible, el cuerpo y el amor que oscila entre el gesto vanguardista en tanto método y modos del relato tradicionales que dialogan con la literatura más pura.
Sus películas se cifran en los contornos de la experiencia que lleva a trastocar ciertos límites. Holy Motors (2012) es una multitud de preguntas sobre la agencia, la función constitutiva de las imágenes en nuestra relación con el mundo y el desgaste de un cuerpo útil socialmente. Pola X (1999) es la ruptura y la huida sin regreso; un tormento para llegar más allá del engaño de lo real. Los Amantes del puente nuevo (1991) es la caída al amor más allá de la ética capitalista, la oda a la posibilidad del deseo en el margen, esto es un espacio heterotópico donde cuerpo y delirio se funden con el espacio. Mala sangre (1986) y Chico conoce chica (1984) son el punto de inicio en el que el amor, deseo y juventud son motores de sospecha. De antaño hay un nexo entre desamor y desencanto con lo real. El motivo del despechado como aquél que epifánicamente se da cuenta de la ideología que regula lo social y quiere salir de ahí.
Carax comenzó su carrera cinematográfica escribiendo en Cahiers du cinéma y tuvo como maestros a Godard, Truffaut y Eric Rhomer. Lo que inicia como un modo de sospechar desde la subjetividad en delirio se alimenta de la meta-crítica cinematográfica y se potencia hasta hacer de la película el dispositivo con el que hace al público sospechar de su propio régimen de verdad.
Las ideas cinematográficas de Carax son un cuestionamiento a las lógicas de la burguesía y el poder constituyente de lo real como verdadero y necesario. Lo que se pone en juego es el estatuto de realidad en relación con las imágenes, el espectáculo y la imaginación colectiva. Es una tensión de lo verdadero como una suerte de delirio modulado. El modo de poner en duda lo real como las conexiones legales y causales a las cuales estamos llamados a obedecer es romper esa lógica con un artificio antiguo. Una tragedia se compone por episodios, distintas escenas y conflictos en el desarrollo de una unidad cerrada de tiempo. Con sus peripecias y movimientos.
En la Grecia antigua cuando la trama llegaba a un punto irresoluble se recurre a lo fantástico místico: El deus ex machina era la herramienta para que los dioses o fuerzas más allá de lo humano tomaran agencia de lo narrado y pudieran solucionar el relato. Así las máquinas teatrales se vuelven el principio técnico que produce extrañamiento estético y tensa la narración más allá de lo real a modo de engaño. La posibilidad de este truco permite llevar al arte teatral fuera de los límites de la mímesis y, si bien no generar rupturas (pues la hipermediatización visual del mundo no da lugar a la sorpresa), sí tentar producir experiencias con un poco de extrañamiento. Hay algo desconcertante tras ver el cine de Carax. Algo que atraviesa también su figura como persona. No habla, casi no da entrevistas ni accede a divulgar su vida. Pero un día vino a México.
Leos Carax saca un cigarro afuera de la sala 8 de la Cineteca un 7 de junio de 2013, toca sus bolsillos revisando si tiene algún encendedor olvidado. Voltea a ver a su alrededor. Al mismo tiempo me percato que la seguridad y el personal del cine están atentos con muecas. Temeroso saco mi encendedor y se lo ofrezco, sin chistar lo agarra y me dice algo que, por como lo entiendo podría ser “Gracias chamaco” en francés. Al sonar el *chlink* del encendedor, salir el fuego y el tabaco comenzar a arder, un policía decidido, seguramente el malo que cree ferviente en la ley y tiene agallas, camina directo a Leos Carax.
Algunos pasos antes de que comenzara a hablar, el organizador del ciclo o el gerente de la Cineteca lo detiene y le susurra algo. Algo parecido a “es Leos Carax, el homenajeado”, “déjalo, son las costumbres en Francia” o solamente “es el cineasta”. Al ver ese momento y la cara del policía desconcertado, enojado pero resignado hice una mueca de reto. A mis 18 años era objetivo delictivo de los elementos de seguridad de la Cineteca, los años en que te escabulles con vinos, pulques o cervezas a las salas, subes a la azotea a fumar a escondidas, besar en el horizontes y sales corriendo cuando la policía te grita.
Entonces sonreí y me acerqué nuevamente a Leos Carax, hice una serie de gestos y sonidos que se entendían como “me das un cigarro”, cosa que captó a la perfección y me lo dio. Lo prendí junto a él mientras sentía la mirada del policía sobre mí. En ese momento Carax hablaba con alguien en francés y yo sonreía con mi cigarro sosteniendo todas las miradas de los trabajadores y policías porque había entendido la autonomía artística. Esa de la que hablan Adorno y Kant. Se acabó el cigarro, le pedí su autógrafo que era mi ticket de salida de aquel escenario autónomo y me fui.
Aquel día no sólo el arte me refugió, sino que la película que vi problematiza el asunto de la mirada del policía como institución, de Carax como un espacio que permite salirse de la norma y del juego entre ser mirados, ser actantes de rituales en lo cotidiano del que todos somos parte. Holy Motors evidenció una forma de sensibilidad que habitamos en la crisálida icónica de los medios y el espacio del público. Esto es importante porque su cine parte de ese supuesto. Que las imágenes si bien son parte del mundo también constituyen lugares autónomos.
Esos lugares tienen marcos, telones, puertas, paredes dobles y bosques. Para poder verlos hace falta moverse y cerrar el tiempo potencial. Es un abandono. Tanto en Holy Motors como en su último filme, Annette (2021) al inicio sale el mismo Leos Carax adentrándose a traspasar esos umbrales. En Holy Motors Carax tiene una pesadilla y grita mientras una sala de cine está llena. En lo que despierta sale a su balcón a ver la noche, luego toca una pared desconociendo su sensación y por pura intuición abre la pared con un desarmador que es parte de sus dedos y baja de la sala de proyección que es el espacio onírico del director a la sala llena de espectadores; Y en Annette le pregunta a los músicos de Sparks si ya pueden empezar y estos a su vez, junto al director, parece preguntarle al público lo mismo. Al final de la canción dicen mirando a la cámara “Si el párpado es el telón, ¿dónde sucede el show? ¿adentro o afuera?”.
De esa pregunta se desprende la máquina des dramática de Leos Carax. Annette sería la última entrega del laboratorio de experiencias cinematográficas del francés. Un paso más para llegar al desconocimiento de la realidad. En Pola X, Pierre es un escritor que buscan la mentira de todas las cosas; en Holy Motors, Oscar es un actor sui generis de regulación social quien sabe del engaño de las imágenes y en Annette, Henry Mc Henry es un comediante partícipe de la farsa del espectáculo. Se puede leer como un intento de salir cada vez más de los paradigmas de representación y utiliza la ironía para transgredir hasta la pena ajena lo que se conforma como verosímil. Esa inefabilidad entre la representación, lo real y la máquina ¿su hija? van llevando a Henry al delirio. Asesina por mantener su fama y modo de vida. Se vuelve prisionero de sus propios trucos. En un acto el público de su show le pregunta “¿Por qué te volviste comediante, Henry McHenry?” y él responde “Para desarmar a las personas”. En ese espectro se cifra el poder delirante del cine de Carax. En abrir un espacio radicalmente otro que hace posible no solo mundos fantásticos, sino que propicia el paso en donde el extravío es posible, peligroso, pero puede ser hermoso.
Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.