Tierra Adentro
Jack Kerouac 1956, Kristine, Flickr

Escrita en 1945 a cuatro manos por Will Dennison y Mike Ryko, Y los hipopotamos se cocieron en sus tanques narra la historia de un asesinato entre miembros de la misma pandilla beat. Repara en un momento irrepetible dentro de la Generación beat. La colaboración entres dos de sus miembros más representativos: Jack Kerouac y William Burroughs. La lectura de la obra resulta novedosa por el anatema generacional que representa. En incisivas ocasiones, a lo largo de su carrera, Burroughs se había pronunciado en contra de su nombramiento como un militante beat. He aquí la prueba irrefutable que desmantela la negación de Burroughs y derroca el mito de la representatividad. La pertenencia es un rasgo incierto. Cada uno elige a qué generación pertenece, independientemente de su fecha de nacimiento. Y la novela demuestra que la elección de Burroughs fue erigirse como un beat.

En Trópico de cáncer, Henry Miller declara: “Nuestros héroes han muerto o se están matando”. Kerouac no sólo tuvo la oportunidad de convivir con uno de sus ídolos, también trabajó con él. Aunque algunos críticos se han empeñado en inscribir a Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques dentro de una corriente existencialista, por el tono de la narración, en realidad la novela es un reflejo exacto de las cualidades jazzísticas que la vida de Jack experimentaba. La asociación entre ambos es la emulación de lo que Kerouac observaba en el mundo del jazz. Charlie Parker se fusionó con Miles Davis, luego Miles Davis se fusionó con John Coltrane. De la misma forma, el primer Kerouac urgía de una simbiosis.

Por su parte, Burroughs al poner en manos de Kerouac y Ginsberg la organización del manuscrito de El almuerzo desnudo confirma lo que Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques anunciaba, su evidente apego a una generación de la cual siempre renegó pero que jamás se empeñó en destruir. A partir de este episodio se convertiría en una presencia imperante en la vida de Jack. Así lo revela la redacción de Dr. Sax, tributo de Jack hacia el ineludible Burroughs, y la influencia que ejerció la Ciudad de México en ambos, sin duda propiciada por los dictados del viejo William. El choque entre las dos prosas marcaría profundamente la narrativa de ambos. En la novela podemos advertir la prehistoria del Burroughs de obras posteriores como Exterminador o Yonqui, y la constante que simbolizaría la producción futura de Jack: la búsqueda del héroe personal.

Al redactar Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques, la escritura de Kerouac realizaba tres actos paralelos: uno, exploraba el reconocimiento de su modelo de la vida norteamericana en Burroughs; dos, aplicaba a su cotidianidad, llevada a la página, dimensiones dostoievskianas, y tres, trabajaba a sus amigos como primordial materia  literaria, ejemplo de ello es la historia de Lucien Carr y David Kammerer (Philip Tourian y Ramsay Allen respectivamente, en la ficción). A pesar de la admiración profesada por Burroughs y la reverencia en Dr. Sax, la figura del viejo yonqui fracasaría como modelo representativo de la vida americana. No sería hasta que apareciera Neal Cassady que Kerouac vería cumplidas todas sus expectativas respecto al prototipo de su amada América. En lo referente a Dostoievski, la novela sería la más fiel, pero a la vez la más inexacta aproximación al universo dostoievskiano por parte de los beats. Por lo anterior podemos decir que Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques es una novela fallida. Vayamos por partes: recordemos lo que sucede en Crimen y castigo, Raskolnikov, el antihéroe, asesina a dos personas, elude a la policía y al final se entrega para cumplir una condena. Después de pagar su delito se casará con Sonia. Raskolnikov mata a dos inocentes y se hace encarcelar sólo para al final poder ingresar a la sociedad. Es un largo viaje para sentirse un ente social. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques también culmina con un homicidio, pero ocurre lo contrario. Hacia el fin de la historia Ramsey Allen se salva de la prisión gracias a que recurre al trillado truco de abogar demencia. No existe una enseñanza moral.

La realidad de Lucien Carr es más dostoievskiana que la ficción de Burrough & Kerouac. Cuarenta y ocho horas después de ultimar a David Kammerer, como Raskolnikov, se presenta en la comisaria. Habla con la verdad: Kammerer era un confeso homosexual que lo acosaba incansablemente. Paga su deuda con la sociedad, como Raskolnikov, y se reintegra a esta. Dostoievski conocía el alma humana. No se equivocaba al someter a su protagonista al encierro. Un hombre no puede soportar en la ficción lo que es incapaz de soportar en la realidad.

Con frecuencia, se hace referencia a la relación entre Lucien Carr y David Kammerer como una réplica entre el amasiato de Rimbaud con Verlene. La diferencia radica en que entre los del siglo XIX existió una gran pasión. Y entre los beats no. El conflicto de la novela no se encuentra en la relación entre Lucien y Kammerer, ni tampoco el crimen, se halla en la culpa que lleva a Carr a dejarse atrapar. Gran parte de la novela está dedicada a establecer un escenario, algo típicamente beat, y a retratar la época. Un deseo por legitimar la estirpe, más kerouaquiano que burroughsiano.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Imagen tomada de Pixabay

El 30 de enero de 2020, la OMS declaraba al COVID-19 como una emergencia de salud pública, con el estatus de “preocupación internacional”. La noticia no causó demasiado revuelo a nivel popular, al menos en México. Las redes, sin embargo, colmadas todo el tiempo de alarmismo, siguieron los datos de un virus del que se había hablado a finales del 2019, un coronavirus que había surgido en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en China central. No había escuchado nada al respecto, ni siquiera en febrero, y cuando mi hermano menor me habló sobre la nueva epidemia, me sorprendí. No tenía información alguna. Tuve que investigar un poco para darme cuenta de que era un virus que causaba preocupación en China. No me alarmé ni creí que tuviera alguna repercusión real en nuestro continente; Asia ha sufrido de epidemias constantes, variantes de la influenza, gripes, y también coronavirus, y superaba todas esas crisis.

Como si nada. El virus no se extenderá mucho más, pensé.

Durante la epidemia del AH1N1, yo aún estudiaba en la universidad, en la ciudad de Puebla. Poco después, durante las dos semanas de encierro total, vi las imágenes de un CDMX apocalíptico en el que no paseaba nadie más que los reporteros. Mi hermano, en el 2009, era un niño apenas, al que costaba colocarle el cubrebocas, y eso me provocaba muchísima ansiedad, más al ver la despreocupación de mis padres. En las semanas álgidas de la pandemia estaba asustado, lo suficiente como para no salir a ningún lugar, y rogar a mi familia que, si tenía que hacerlo, se protegiera. Veía todo como una posible amenaza, el aire se había convertido en mi enemigo.

Me enfermé de AH1N1, tiempo después, en los primeros días de clase. Me sentía mal y quise irme a desayunar en lugar de entrar a primera hora. Era sábado, y me sentía más dispuesto a pasarme la mañana descansando que otra cosa. Cuando por fin tuve ánimos de acudir a la universidad, me detuvieron en la entrada. Mi temperatura era muy alta, así que me mandaron a la enfermería. Ahí me recetaron paracetamol y poco más, y me dieron tres días de descanso.

El lunes me encontraba ya en el hospital. Padecí la Influenza AH1N1 durante cinco días, y sus consecuencias durante más de un mes. Fue la primera vez en que sentí esa posibilidad de simplemente esfumarme. La pulmonía me golpeaba con todo y yo pensaba en que el Tamiflú quizá podría darme unos cuantos días más. Al final, por supuesto, no me morí ni tuve algún otro daño permanente provocado por la Influenza, aunque me costó un par de meses volver a tener energías, no marearme, respirar con normalidad.

Tampoco se quedó conmigo el miedo. Cuando la posibilidad de que el “coronavirus” llegara a México se hizo real, no quise volver a esa sensación de paranoia absoluta. Además, según decían los reportes de la OMS, la enfermedad provocada por este particular coronavirus, el SARS-CoV-2, llamada COVID 19, se parecía tan sólo a un resfriado. No parecía tan grave. ¿Para qué estallar en pánico?

El arribo del virus, sin embargo, fue muy rápido. El primer caso en el país fue detectado el 27 de febrero de 20201. Y la suspensión inmediata de actividades no esenciales en todos los sectores se instauró del 30 de marzo al 30 de abril, a pesar de que la SEP previno la asistencia a clases desde el 23 de marzo, y en algunas entidades como Tlaxcala, se aprovechó el puente del lunes 16, en conmemoración del 21 de marzo, natalicio de Benito Juárez, conectando con las vacaciones extendidas debido a la grave situación que parecía avecinarse sobre el país.2

La medida parecía ajustada. Eficaz. Una temprana reacción suspendiendo clases, además de medidas para mandar a los trabajadores a sus casas. Trabajo remoto. Hola, Zoom, Google Meet, Skype y demás plataformas que se unirían a las medidas provisionales. Todos lo recordamos. Parecía algo pasajero, e incluso emocionante.

Daba un taller de cuento de terror en ese entonces. Me aliviaba. Todavía di un par de sesiones durante marzo. El 2019 había sido muy duro conmigo, y pensaba que el siguiente año se convertiría en una especie de esperanza. Me estaba dando la oportunidad de hacer lo que más me gustaba además de escribir: hablar de terror, de cuento, revisar textos. Unas semanas más. Y cuando fue bastante obvio que seguir implicaba un riesgo para todos, me detuve, y abracé aquel “asueto”. Creí que el periodo de emergencia se convertiría en un momento de descanso para mí. Tenía tiempo de leer, de escribir, de pasármela bien en casa con mi perro. ¿Qué más podía desear? La enfermedad, aunque altamente contagiosa, no parecía grave.

Durante poco más de un mes, vi cómo llegaba el virus a cada rincón de México, e incluso de Tlaxcala, mi estado, el lugar inexistente (ese mal chiste que un elevado número de mexicanos suele repetir como si encontrara, oh, qué originales, el nivel más alto de hilaridad geográfico-cultural)3. En casa no leí más, no escribí más, ni siquiera vi muchas películas. No hacía nada en esas vacaciones gozosas, que no me supieron a nada. No dolía, por supuesto, apenas parecía algo similar a una ensoñación. Pero me daba gracia. En enero sufrí un secuestro, en el que nos llevaron a mí y a otros tres colegas, trabajadores de la empresa en la que era empleado, por el monte. ¿La intención? Robarse la camioneta para, con ella, asaltar a un tráiler cargado de mercancía. La zona donde ocurrió se le conoce como el triángulo rojo, localizado entre los límites de Puebla y Veracruz, cerca de la caseta de Esperanza.

Después de andar dando tumbos, encañonados durante todo el trayecto, y mover algunos blocs cerca de una iglesia que estaba en la cima de aquel lugar, nos dejaron ir, golpeados y asustados, sin nada. Sobrevivimos, ¿y para qué? ¿Para terminar entubados en un hospital, inconscientes? A veces, las cosas pueden ponerse mucho peor.

En México, a pesar de todo, no parecía demasiado grave, a pesar de que la curva no hacía más que crecer. A finales de abril, había casi 18,000 casos positivos, acumulados, por Covid, y cerca de 1700 muertos. Aun así, no vivíamos la pesadilla de los cadáveres siendo apilados en las calles de Guayaquil, en Ecuador. ¿Qué significaba entonces la pandemia, el Covid-19?

Abril del 2020, quizás, es demasiado pronto, o no. Las crisis, olas, momentos terribles aún llegan a un país en el que parecía que zoom y lo virtual sería un simple divertimento, algo que pasaría pronto, en unos cuantos meses.

Los reportes del Dr. Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud del Gobierno de México, máxima figura de control de la Pandemia, extendían el periodo en que las clases se reanudarían y la pandemia terminaría. Un mes. El siguiente mes. El siguiente. Había cierta esperanza, hasta que la mayoría terminó por darse cuenta de que esto no iba a acabar. Bastaba con leer las breves notas donde se hablaba de estudios y modelos de la pandemia: podría terminar hacia 20244. Justo hoy estamos en marzo de 2022, “conmemorando” dos años del inicio de la pandemia global, y pese a que hemos descendido desde la cuarta ola de contagios (si es que es realmente tal su número, aunque las estadísticas confirmarían que sí5), la pandemia aún no ha terminado. Sigo saliendo, y la mayoría de nosotros lo hace, con cubrebocas. En el caso de Tlaxcala, muestro mi comprobante de vacunación al entrar a alguna tienda departamental, y me tomo la temperatura en termómetros que registran menos de 35 grados mientras se hace la pantomima de lanzarte algún desinfectante que, por supuesto, no está diseñado para eliminar un virus que apenas entendemos.

La situación es absurda, pero la aceptamos, la acepto.

Ir al restaurante es una de las cosas más extrañas e ilógicas que existen. Uno lleva el cubrebocas en lo que encuentra su mesa, y se lo quita cuando va a comer. Como si el virus se desactivara al momento de sentarse; lo mismo ocurre en el cine. ¿La respuesta? “Sanitización”, cubrebocas, jergas con cloro y gel, mucho gel antibacterial. ¿Funciona? ¿Algo de todo esto realmente funciona?

Me contagié de Covid-19 a finales de diciembre del 2020. Pasé año nuevo en casa, aislado, como muchos otros también lo estuvieron. Me dolió no ver a mi familia, pero no estaba dispuesto a hacerles correr riesgo alguno. ¿Qué había hecho mal? Había reducido mis interacciones todo lo posible. Lo único que hacía era ir del trabajo a casa. Comprar verduras, carne, pasar al supermercado por alguna cosa, llevar a mi perro a su baño, pasearlo utilizando cubrebocas. ¿En qué momento me contagié? En el trabajo, con algún descuido, comprando zanahorias.

Fui asintomático. Suelo visitar a mi mamá y a mi hermano. Mi mamá también estaba contagiada. Pero al menos pareció llevarlo mucho mejor que yo, y mi hermano, por suerte, no se infectó. Un alivio, al menos, después de tanta mala suerte.

Enero, y la posibilidad de que las cosas cambien. 2021. Este año será distinto. Sigo trabajando una vez me han dado de alta. Ningún problema, hasta hacía ejercicio en casa. Poco después, sin embargo, empecé a sentir que me dolían mucho las rodillas, los hombros, las plantas de los pies. ¿Por qué me sentía así? Poco a poco, empezó a empeorar. Para principios de marzo ya estaba siendo atendido de nuevo, y por primera vez escuchaba sobre un “síndrome”, una enfermedad, o quién demonios sabía qué era, llamada Post-Covid, o Long-Covid, Covid Persistente. Al parecer, yo lo sufría. No era tan grave. Desinflamatorios.

Sin resultados. ¿La siguiente línea? Esteroides. Todo bien. De vuelta al trabajo, a la vida monótona de la que trataba de salir. Poco después, sufrí un ataque de ansiedad. Apenas pude salir de casa y pedir ayuda. Llegué al doctor con la presión altísima y el corazón saliéndose de mi pecho. Casi podía verlo a través de la playera, aunque es un decir. Lo que veía era mi pecho diciéndome, hey, aún hay más. Y lo había. Después de una visita a una internista, suspendí los esteroides. Al parecer eso me provocaban. Nuevo medicamento, complejo B. Entonces llegó el dolor, el verdadero, en cada una de mis articulaciones, el que me impedía siquiera agacharme para amarrar mis agujetas, el que me hacía gritar de dolor cada vez que tenía que ponerme los calcetines. Y no había un descanso. No podía dormir. La espalda me ardía, sufría espasmos en la zona de los riñones, y mis hombros no aguantaban el que pudiera girarme para dormir de lado, como siempre lo había hecho.

Sí, las cosas pueden ponerse mucho peor.

El 2021 se convirtió para mí en el verdadero rostro del Covid-19. No lo podía creer. Daba gracia. Me había separado de mi esposa en 2019, me secuestraron en 2020, y comencé el divorcio en ese mismo año porque, después de sufrir una experiencia como aquella, tuve claro que olvidarme de cualquier pelea con quien fuera mi pareja era lo más sensato. Además, todo lo anterior, los problemas, las fallas, el dolor, nada de eso importaba ya. Casi me moría, las cosas siempre podían empeorar. Y, repito, lo hicieron. Cerré 2020 con un contagio, e inicié 2021 con una de las peores enfermedades que he sufrido en mi vida. La conocí durante meses como post-covid, aunque fuera un reumatólogo quien por fin pudiera darme una respuesta, una no del todo saludable: metotrexate.

La verdadera cara del Covid la tuve frente a mí, y no hice más que descubrir sus rasgos, sus pequeños detalles, los lunares, las marcas y espinillas, con el pasar de los meses. Y lo pienso: no debería estar aquí, así como no lo están algunos amigos que murieron (te seguimos extrañando, Paco Haghenbeck) por el coronavirus, como mi tío materno, Alfredo; mi abuela, Rosamaría; mi abuelo, Miguel Ángel. Ni siquiera pude ir a despedirme. ¿Qué caso, además, estar sin estar, ser como estorbo?

Otra respuesta, un cliché. Me salvó del dolor el metotrexate, sí, y el deflazacort, el dolobedoyecta, la gabapentina. Y, más que otra cosa, el escribir. Escribir, leer lo que había hecho y corregir. Porque tuve una oportunidad que no tuvo nadie más, ni mis amigos ni mis abuelos ni mi tío: seguí escribiendo porque un libro se publicaría en ese fatídico 2021, y además es un libro al que le he puesto el alma desde que lo empecé, apenas como una idea, allá por 2016.

¿Por qué cuento todo esto? ¿Acaso importa relatar aquí cuántas veces pensé en morirme, en soltar todo y simplemente dejarme ir bajo esa manta de absoluta oscuridad? ¿De qué le sirve a quien lea esto el saber que me detenía mi perro, que quería seguir estando para él, porque él, sólo él era mi responsabilidad? Porque mi hermano tiene a mamá, porque papá tiene a su familia, pero mi mascota no tiene a nadie más que a mí. Y escribía porque quería dejar algo antes de irme. Sólo déjame terminar este libro, esta novela y estos cuentos, y entonces, ahora sí, puedes venir por mí, oh, dulce compañera.

Mi enfermedad ya no se llama Post-Covid, ahora tiene otro nombre: Artritis Reumatoide Tipo II, acompañada por Síndrome de Sjögren. La explicación es que ya estaba en mí, que era latente este padecimiento autoinmune, y el Covid lo sacó a la luz. Quizá, después de todo, debería agradecerle. Me ha enseñado a escribir, aunque quizá no se note en este texto, acompañado de demasiadas cosas personales que no sé cómo canalizar, cómo ir dejando una detrás de otra. Me ha enseñado a permanecer, y a leer también. Porque durante meses me fue imposible, o casi, leer demasiado. Me había metido a una maestría, y ninguno de los textos se quedaban en mí, no eran más que agua, y ni siquiera me refrescaban.

Tan sólo había una pregunta, ¿qué haré cuando todo esto acabe, cuando se termine mi enfermedad, esta condición? Qué haré. Pero nunca terminó. Es la propia epidemia de mi cuerpo. Y aún debo aprender, quizás hasta que esté muy cansado y pueda extraer alguna otra enseñanza. ¿Por qué sigo aquí? No me hago muchas ilusiones. Por pura buena y mala suerte. Pero al menos sí sé algo, y tal vez por lo mismo es que me ha dejado de importar el obtener un grado académico, o ser un experto o tener cualquier cosa banal que pensaba me haría sentir mejor. Lo que sé es una vieja enseñanza que también encontró Bradbury, en una situación mucho más gentil.

En El hombre ilustrado, el autor de Illinois dice que un amigo suyo, camarero de un bar cerca de la Torre Eiffel, le confesó cuál era su ritmo de vida: trabajaba durante diez, once, catorce horas seguidas, y luego salía y se iba a bailar, durante otras cinco, hasta que llegaba a su cama, y de vuelta. ¿Cómo lo haces?, le preguntó el escritor, y el camarero le aseguró que dormir es como estar muerto, y que bailaba para no estarlo. Bradbury se dio cuenta de que escribía todo el tiempo, a cualquier hora, justo para eso, para no estar muerto. Y yo sólo puedo decir, decirte, lector paciente (in extremis) que, con toda humildad, entiendo justo eso mismo que puso Bradbury al inicio de uno de sus libros más hermosos, y por eso me he dedicado a colocar palabras, una tras otra, una tras otra, y contar así algo mío, con la adusta excusa de la conmemoración por el inicio de la pandemia por el Covid-19, en la que ahora sumamos en México 5 millones y medio de contagiados, en total, y más de 334 mil defunciones6; y a nivel global unos 446 millones de contagios y 5.9 millones de decesos7. Porque esta es mi manera, y me disculpo rotundamente, de esquivar a la muerte. Que te sea agradable, y que tú también la encuentres.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

 

Bienaventurados aquellos que sin un centro

tienen esa forma rigurosa y modesta

de la cebolla, esa brillante redondez

y vigor para echar raíces,

aun, sin tierra para anclar.

 

[Sermón desde la cocina]

Nadia López García

 

 

Uno

Las mujeres indígenas que propagan sus conocimientos de boca en boca, tan común en los pueblos ancestrales de Abya Yala, retoman estos saberes de las abuelas, de las madres, principalmente, pero también de aquellas personas de su entorno familiar que les han enseñado a tejer huipiles, a hacer fajas, a coser o a bordar. Actividades vinculadas a su cotidianidad en el espacio doméstico que se amplía a las dimensiones del conocimiento de la siembra del maíz y otros cultivos. Las mujeres indígenas tienen diferentes rostros, hablan su lengua o son bilingües; tienen diversas ocupaciones ya sea en el campo o en las urbes, y como lo plantea Irma Pineda “lo que las une e identifica es la raíz. La pertenencia a una comunidad o un pueblo con continuidad histórica antes del despojo y del colonialismo.” 1

Estas mujeres pertenecientes a diversos pueblos originarios reivindican la permanencia de esas líneas de continuidad de su sabiduría en sus luchas presentes –contra el despojo de sus territorios, los procesos de desplazamiento, la deforestación de los bosques, la pérdida de ríos y la resistencia lingüística a través de la oralidad y la escritura en sus propias lenguas. Su forma de relacionarse con la Madre Tierra propicia el equilibrio y la armonía con la Naturaleza, cuando recolectan plantas silvestres de uso comestible y medicinal, cuando piden permiso para cultivar el campo e invocan con cantos espirituales la “petición de lluvias” para obtener buenas cosechas; cuando bendicen y preparan los alimentos para sus festividades.

La cocina tradicional es una herencia viva cuyo ejercicio permanente ha correspondido en su mayoría a las mujeres y está vinculada con otros saberes como la sanación y la partería donde la integración de plantas medicinales y alimentos son imprescindibles para la vigencia de estas prácticas ancestrales. Para estas mujeres, la cocina es más que un espacio doméstico –entendido desde una noción occidental como el lugar de donde la mujer como esposa o ama de casa se subordina a una serie de quehaceres entre ellos, la preparación de los alimentos. La casa funciona como una estructura jerárquica donde la mayor parte de las labores para su mantenimiento corresponden sin reconocimiento alguno a las madres e hijas o la servidumbre femenina.

La cocina tradicional para las mujeres indígenas representa un sitio de libertad. Y también de gran simbolismo ya que es el centro de reunión donde se transmiten conocimientos que se han heredado de generación en generación, donde las mujeres desde su infancia comienzan a participar de estos saberes, conocimientos y prácticas ancestrales. Y qué decir del alimento por esencia de estos pueblos, el maíz. Basta recordar el Popol Vuj, texto fundacional del pueblo maya-k’iche’, donde se narra la creación de la gente de maíz: “De maíz blanco y maíz amarillo se hicieron los brazos y piernas de los cuatro hombres que fueron creados. Luego, la abuela Ixmukane molió las mazorcas blancas y amarillas e hizo nueve jícaras de bebida. De este alimento provino la fuerza de estos hombres”. (2014: 61)

El fogón, la leña, el comal, las cazuelas de barro, así como el molcajete y el metate son símbolos de identidad al interior de una casa de adobe. La modernidad ha ido cancelándolos por parrillas eléctricas o estufas de gas y electrodomésticos. E inclusive, la elaboración de tortillas de maíz a través de un proceso industrial. Lo cual, no quiere decir que las comunidades indígenas vivan su día a día de una manera inalterable. Por el contrario, estos elementos han ido reconfigurándose en la identidad de los pueblos y enriqueciéndolos  con la palabra, ejemplo es la poesía escrita en sus lenguas y en español.

 

Ox Yoket

 

Ta yolil na

oxbij ton te sna k’ajk’

oxbij ton te skanan

me’ yoket sbiil te sme’,

te yantik yalatak;

ja’ skuchojik

te tsitsuben yoxom jyame’

te xk’ajin sok te sbul chenek’

te ya smal lok’ el ta xewel sti’.

 

 

Oxbij ton skananteyik te k’ajk’,

sk’ejbeyik te sk’op tata’il

ta sjoyobal yawil k’ajk’.

 

Tenamaste

 

En el ombligo de la casa

tres piedras son la casa del fuego,

tres piedras son guardianas,

me’yoket es la madre

los otros dos los hijos;

ellos sostiene

la tiznada olla de mi abuela

que canta con los hervores de los frijoles

y derraman su caldo en la comisura de su boca.

 

Tres piedras abrigan al fuego,

testigos de la palabra del abuelo

alrededor del fogón.

 

Adriana López

(Ocosingo, Chis., 1982)

Bats’il k’op/Tseltal

 

 

Dos

Actualmente un grupo cada vez más numeroso de mujeres-poetas en lenguas originarias va sentado las bases para la conformación de campos literarios específicos, ligado a la vitalidad de sus propias lenguas, así como las acciones políticas y culturales emprendidas en sus comunidades, es decir, cuentan con proyectos alternativos, ya sea organizando talleres de creación literaria en sus lenguas, editando sus propios libros de manera artesanal y participando activamente en lecturas poéticas. Algunas de ellas también son traductoras, profesoras universitarias y activistas ambientales.

La poesía escrita por Ruperta Bautista (San Cristóbal de las Casas, Chis., 1975), Enriqueta Lunez (San Juan Chamula, Chis., 1981), María Concepción Bautista Vázquez (San Cristóbal de las Casas, Chis., 1977), Angelina Súyul (Nació en Suyul y creció en Las Ollas, San Juan Chamula, Chis. 1984), Adriana López (Chalam del Carmen, Ocosingo, Chis. 1982), Juana Peñate Montejo (Tumbalá, Chis. 1977), Mikeas Sánchez (Tujsübajk, Chapultenango, Chis. 1980), quienes escriben en tsotsil, tseltal, ch’ol y zoque, entre las doce lenguas de origen mayense, excepto el zoque, que pertenece a la familia lingüística mixe-zoque; y que registran un mayor número de hablantes en el estado de Chiapas, es una muestra del posicionamiento de literario en lenguas originarias del sureste en el ámbito de las letras mexicanas.

Estas poetas mantienen una continuidad en relación a la tradición literaria a la que pertenecen, me refiero a la oralidad como punto fundacional de sus obras. Exploran de manera reflexiva la pertenencia a sus culturas de raíz maya. Pero también levantan la voz para cuestionar el rol femenino al interior de su comunidad. Hay temáticas que comparten en colectivo como la fuerza de la naturaleza, la dualidad de la vida y la muerte, la migración, la violencia y las injusticas sociales. Para este texto, escogí algunos poemas bilingües vinculados con el ejercicio poético en sí mismo: la Madre-tierra donde se cultiva el maíz como alimento de vida y de su creación literaria.

 

Mi iletsel jk’ay

 Petyelel ts’ibaya ñichty’an

yujilob ma’ wäl cha’an jiñi lum 

[…]

 

Chuki woli its´ibuñobob jiñi xty’añob

Ili ik’inlel ch’ujutyesaya cha’an lum,

Tyi pebrero yik’ oty tyi juño

Woch’oknabä tye’

Ma’añix y yok jiñi ja’

 

Kom cha’an jiñi xty’añob

Mi tsibubeñob ik’ay lum,

Jiñi ch’olob mi cha’leñob ch’ujulbá ty’an

Ty’an muk’bä tyi ik’yoch’anbä jolonie.

[…]

 

 Ja’al jiñi ja’al, mi yäk’eñonlojon kuxtyälel,

 uxp’ej k’in pityayaj.

 Ya’an jiño ja’al,

 lak na’ lum tsa’ wesäntyi

 ili k’ay mityejechel yik’oty mi tyechel ja’el ik’ayob Pejtyelel xty’añob tye pañumil.

 

Mi canto se levanta

 

¿Todas las poetas sabrán que la tierra

necesita oraciones y cantos?[…]

 

¿Qué escriben los poetas

en estos momentos de oraciones a la tierra?

De febrero a junio

árboles dorados.

ríos sin corriente.

 

Quisiera que todas las poetas

escribieran su canto a la tierra

porque los choles rezamos

y la palabra brilla en la oscuridad de Joloniel.

[…]

 

Lluvia, la palabra lluvia me da la vida,

esperamos tres días.

He aquí la lluvia

la madre tierra fue reverenciada

mi canto se levanta y se levanta el canto

de las poetas del mundo.

Juana Karen Peñate Montejo

Lengua ch’ol y español

 

Ts’ unub

Jch’ uviletik stsobik sts’unub osil balamil

chyaltal te ya’lel vinajel.

X-antalel te yut sk’obik yojobal nich k’in.

Xlamamet xchiuk sk’opik:

Ch’ul k’ok’.

 

[…]

Luz germinal

 

Las rezadoras recogen semillas del universo

que bajan en las palabras de la lluvia.

En sus palmas germinan luces de nich k’in*

Serenas concentran su canto suave:

El fuego.

 

[…]

 

*nich k’in: Flor o esencia del tiempo, uno de los meses del calendario maya.

Ruperta Bautista

Lengua bats’i k’op/tsotsil y español

 

 

Tumä

 

Mokaya’chä

yomochä teserike pänäjchä

Mojk’jäyä

jäyäs’myojk

wadbabä’wane

tobjabä’wane

nijpatzi te tzame

nijpatzi yä’najs’

 

Uno

 

Soy Mokaya

soy hombre y soy mujer

Mojk’jäyä

la flor de maíz

la palabra cantada

la dolorosa palabra

cultivo la palabra

cultivo la tierra

 

Mikeas Sánchez

Lengua zoque/español

 

 

Tres

Las cocinas tradicionales representan un factor determinante de identidad cultural y de cohesión social comunitaria, donde los calendarios de celebración festiva reúne legados familiares y las prácticas rituales; los conocimientos de diversas plantas y sus usos medicinales como ya lo comenté, siguen vigentes y, en muchos casos, se han formado iniciativas de mujeres indígenas que organizadas en cooperativas llevan a cabo una permanente divulgación de saberes tradicionales y salvaguardia del patrimonio cultural mexicano. Estas actividades les permiten obtener un sustento económico y un proyecto de vida propio. En 2010 la Organización de las Naciones Unidad para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO) inscribió a la Cocina Tradicional Mexicana, Cultura Comunitaria, Ancestral y Viva, en la lista representativa del Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

La poesía en lenguas originarias también representa una defensa de este patrimonio, la creación poética es una herramienta que permite pensarnos a nosotros mismos, así como al territorio al que pertenecemos, memoria profunda donde están los sabores, los colores y los aromas de los campos mexicanos.

 

Referencias

 

Flor de siete pétalos. Espina florida de siete poetas mexicanas. (2019). Martín Tonalmeyotl (compilador). México, Ediciones del espejo somos. Adriana López, Ox Yoket/ Tenamaste, pp. 84-85.

 

México: diversas lenguas una sola nación. Tomo I. Poesía. (2008). México, Escritores en Lenguas Indígenas, A. C. Juan Karen, Mi iletsel jk’ay/Mi canto se levanta, pp. 20-23.

 

Popol Vuj. Libro sagrado de los mayas, (2014). (versión Víctor Montejo). México, Artes de

México.

 

Voces Nuevas de Raíz Antigua. Poesía Indígena Contemporánea de México (Colección). (2013). México, Plurarlia ediciones y CONACULTA, autoras Ruperta Bautista, Xojobal Jalob te’/Telar luminario (tzotzil y español); pp. 110-112. Mikeas Sánchez, Mojk’jäyä Mokaya (zoque y español), pp. 10-12.

 


Autores
Escritora de origen mazahua. Estudió Derecho y Letras Modernas, cuenta con una especialidad en Derechos Humanos y una maestría en Derecho por la UNAM. Colaboró durante una década en las Jornadas Lascasianas dedicadas al estudio y defensa de pueblos indígenas y afroamericanos del Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM. Imparte la clase “Mujeres indígenas”, en la asignatura México: nación multicultural del Programa Universitario de Estudios de la Diversidad Cultural Intercultural PUIC-UNAM. Coordinadora académica del Diplomado de Literaturas Mexicanas en Lenguas Indígenas del INBAL. Ha publicado cuento, poesía y ensayo.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.

CARTA DE UNA MUÑECA


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Es 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, día en el que nos felicitan porque creen que celebramos ser lindas y amorosas; nos regalan flores y “cosas de mujeres”, incluso nos invitan a comer porque es nuestro día. Sin embargo, en los últimos años el 8M lo han resignificado las morras que denuncian la violencia patriarcal y machista, que construyen y se enuncian, sean o no feministas, sea o no desde el feminismo. Este año el equipo de redacción de la revista Tierra Adentro invitó a las autoras e ilustradoras a compartir sus opiniones respecto a el estado en que se encuentra la lucha feminista y sobre las dificultades que se han hecho evidentes en el contexto de la pandemia, también aprovechamos para preguntarles cómo ha sido su relación con el movimiento feminista. Acá te las compartimos:

 

LAURA VELÁZQUEZ

¿Cómo ha sido tu relación con el movimiento feminista?

Mi relación con este movimiento ha sido un poco lejano, sin embargo algunas amistades, o en ocasiones el trabajo, me han acercado a conocer más de él.

¿Cómo consideras que se encuentra la lucha feminista después de la pandemia y qué problemáticas crees que se hicieron más evidentes en este contexto?

A mi percepción en los primeros meses de la pandemia quizá fue un golpe duro para este movimiento porque estaba en un momento clave, estaba muy presente en el panorama actual. La pandemia cuando llego por supuesto ocupo la mente de todos, sin embargo a lo largo de los días o en unos pocos meses volvió a resaltar y entonces el movimiento siguió de otra forma, como grupos de ayuda, y apoyo entre mujeres. Me parece que una de las problemáticas que se hizo más evidente fue la violencia doméstica, por ejemplo, es  la silenciosa que parece que no existe pero claro que está y bastaba solo con permanecer en sus hogares.


 

ZEL CABRERA

Mujer de palabras

Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.

Pero sí de palabras,

muchas, contradictorias, ay, insignificantes,

Rosario Castellanos

Hace mucho que supe que no era una mujer de acción. Que si tenía que dar mi cuerpo por una causa, no daría la gran cosa. Aunque toda mi vida me he ejercitado, el tiempo que le he dedicado a mi cuerpo ha sido más bien para rehabilitarlo y resarcir mis carencias y no para fortalecerlo tal cual.

Es por eso que nunca he ido a una marcha feminista y probablemente jamás iré. No por un asunto de falta de militancia más bien por falta de un cuerpo que me permita ir y plantarme ante la propuesta de hacer presión a través de una barricada o simplemente correr ante un repliegue. Me aterra no ser tan rápida como el resto y terminar aplastada por la multitud.

Y sé que eso no me hace menos feminista, aunque hubiera otras mujeres que me cuestionaran por eso.

La pandemia hizo difícil la concentración de grandes multitudes por cuestiones de salud y orilló a los diferentes movimientos a buscar alternativas para protestar y alzar la voz por la igualdad y las garantías necesarias para ser mujer y vivir sin miedo. Para mí eso era necesario desde antes del covid y el confinamiento, pero se volvió vital después de. Ya no solo por incluir a las mujeres con discapacidades y/o con divergencias funcionales sino por un asunto de conservar la vida y estar a salvo, y también conservar los principios y la rabia.

Y encontré esas alternativas en las palabras, en su fuerza y en el poder que creo que tienen. Fundé una editorial en la que las palabras de las mujeres sonaran y valieran lo justo. En el que darle espacio a las mujeres y a sus voces no era una moda, ni una postura para quedar bien en redes sociales, menos una cuota sino una justicia. Y desde hace dos años trabajo desde ahí, y de los frutos puedo hablar: dos antologías de poetas jóvenes totalmente gratis para su descarga y un festival internacional de escritoras que celebró hace unos días su segunda edición y participaron más de 100 mujeres de manera virtual y presencial. Además de más de una treintena de actividades en el que visibilizar el trabajo de las mujeres es uno de nuestros objetivos, no solamente de aquellas con las que tengo relaciones de cariño y de amistad o en cuyas estéticas me reconozco, sino que he intentado llevarlo mucho más allá.

Mi manera de resistir es a través de las palabras, no solo de las propias sino también de las ajenas, de las raras, de las periféricas, de las del centro.

Y aunque siga habiendo quien crea que las palabras se las lleva el viento, yo creo que si estamos juntas, nuestras palabras suenan más fuerte.

Soy una mujer de palabras, ahí está mi fuerza.


 

JULISSA MONTIEL

Conocí el movimiento feminista hasta la universidad, amaba ver a mis compañeras alistarse para marchar con carteles, paliacates y las mochilas bien montadas sobre la espalda. 

La escuela de diseño está como a 15 minutos del zócalo, por lo que siempre me tocaba escuchar un poco de ruido, presenciar un poco de movimiento. Por mi parte, nunca me alisté para ir a marchar (debo confesar), nunca he estado en el frente, luchando y gritando por aquellas hermanas que han sufrido injusticias y que la están pasando mal gracias a la desigualdad de género, sin embargo, me gusta pensar que a diario lucho desde mi trinchera, defendiendo y exigiendo mis derechos al igual que ellas. 

Desde que papá murió, mi casa se ha convertido en casa de mujeres fuertes y capaces que a diario demuestran que no es necesario tener una figura masculina para reparar la casa, para sentirnos seguras y para sustentar nuestros gastos. El carácter de mi madre me ha hecho fuerte para defender mis ideales, mis convicciones y mis derechos como mujer.

Y es que pienso que todo movimiento comienza desde nuestras casas, desde nuestras vidas y las vidas que apoyamos e inspiramos (nuestrxs amigxs, compañerxs de trabajo, vecinxs y nuestra propia familia) haciendo la diferencia de adentro hacia afuera. No me he colgado paliacates ni he alistado los carteles, pero a diario me cuelgo encima valentía, carácter y fuerza para demostrar y demostrarme que también soy capaz de cuidarme, de amarme, de respetarme y que no espero menos de los hombres y mujeres que me rodean. Me los cuelgo para hacer valer mis derechos de elección, para sentirme segura y disfrutar mi cuerpo. 

Creo que el inicio de la pandemia nos regaló la oportunidad de resolver esos pequeños detalles que existen dentro de nuestro mismo núcleo familiar, cuando tenemos micromachismos que a veces ni siquiera nosotrxs notamos. Re educarnos y cambiar nuestras acciones y pensamientos para después salir al mundo y gritarlos, contagiarlos y exigir el cambio y la re educación del país en donde habitamos, trabajamos y nos desarrollamos.


 

CHRISTINA SOTO VAN DER PLAS

Hoy estoy mujer. Me gustaría decirlo en presente y sin poner en juego la dimensión imaginaria de lo que es imaginarse como una mujer. Porque no se trata, en mi caso, de una ontología, no quiero jugar con el verbo ser, sino con el verbo estar. No es la radicalidad del sexo, sino de una representación, una inclusión de mi humanidad en uno de los cuerpos posibles que viene cargado con ciertas expectativas y desventajas. A veces se me olvida que estoy mujer, hasta que alguien me lo recuerda. Como cuando me preguntan acerca de mi relación con el movimiento feminista. ¿Para qué mentirles? es una no-relación. No hay relación. No me incluyo ni me excluyo. No soy feminista. No me siento culpable por no ser feminista en los términos que se me han impuesto para serlo. No es por falta de interés o por no compartir ciertas consignas, sino porque creo que los movimientos son mejores cuando se escapan de la identidad y de las demandas de la producción y se acercan más a la comunidad, a un estar-en común, mucho más cercano a una experiencia compartida que está localizada que a una definición abstracta del ser. Nancy decía que “El capital niega la comunidad porque coloca la identidad y la generalidad de la producción y de los productos antes que ella”. Desde mi trinchera, pienso que la primera resistencia es ante la ubicua lógica del capital. Para poder comenzar a estar juntas como mujeres, formando una comunidad que no se defina ya por las demasiadas identidades, los demasiados pronombres, las excesivas heridas narcisistas, la victimización incesante.

Si algo ha dejado en claro la pandemia es que somos átomas cada vez más aisladas, gracias a la lógica del capital, precisamente en los momentos en los que nos necesitamos más. Enfermas, aisladas, frente a las pantallas, vulnerables. Al mismo tiempo, este aislamiento ha dejado en claro que nuestras conexiones y vínculos son mucho más profundos e indestructibles que lo que quisieran quienes nos ven como un segmento del mercado, un problema a resolver, un género que incluir, una voz que acallar. ¿Cómo dejarnos estar mujeres y estar en común? Estar con, sin obligarnos a un tener que ser.

Bajo las cobijas, rendida, cuando ya no me queda ni una pizca de energía para seguir luchando y quisiera no levantarme cuando sale la luz. O con un traje y una corbata que hace que mis pechos parezcan aún más grandes, exponiendo teorías literarias complejas, impostando la voz, para ver si me toman en serio, frente a la audiencia. Da igual. Estoy mujer hoy, aquí, por ahora, junto con ustedes.


 

SOFÍA MORFIN JEAN

Este 8M quería escribir un texto lindo sobre ser mujer, sobre las cosas que me unen a las mujeres que han nutrido mi vida desde que nací. Este día es uno de emociones intensas, de escuchar historias terribles y enardecernos juntas por madres que buscan, por niñas embarazadas y agresores impunes, por una indiferencia sistémica. Hoy en la lucha es importante darnos amor para encontrar las fuerzas. Por eso quise escribir algo bello a lo que poder aferrarme para no sentir que este marzo me quedo sin aire.

Ser mujer es más que nuestra biología (hermosa, por cierto) y considero que también es mucho más que nuestra histórica disparidad social, aunque muchos de los comportamientos que nos hemos reapropiado tengan su origen en estas mismas injusticias.

Para mí es claro que una mujer puede ser de cualquier forma: fuerte y frágil, heroica y cobarde, tierna y cruel, chistosa, amargada, machista, atractiva y grotesca, una estúpida, una genia. A la hora de generalizar, que es el mal trago necesario para describir algo mayor a uno mismo, supongo que cada persona encontraría similitudes particulares para describir a las mujeres que le rodean, yo aquí pretendo homenajear a las mías. Claramente los adjetivos enlistados no sirven para una tarea así, porque lo que somos cambia por segundo y porque si todas mis conocidas fueran, por decir algo, extraordinarias o fuertes, viviría yo en una caricatura. Creo que el punto de encuentro está en las formas, que se adaptan y se heredan, de relacionarnos con el exterior. De las maneras particulares en que permeamos nuestro universo íntimo y personal hacia lo y los que nos rodean.

Nuestra comunicación, como una de nuestras formas que los hombres no entienden, se intenta denigrar bajo el título despectivo de chisme, de palabrerías sin consecuencia y a las que, de paso, siempre se puede poner en duda. Yo veo el chismorreo entre viejas como un método de comunicación superior, por su desnudez y porque basa su credibilidad en el valor intrínseco de quien lo comunica. Se asume la calidad de la información transmitida porque se conocen las intenciones y el corazón de quien lo dice. Las que hemos estado ahí, en un grupo íntimo de amigas o parientas, en lo que Alice Munro llama el mundo de las mujeres, sabemos por qué creen que estamos locas, si nos entendemos con miradas y sabemos cuándo algo va mal. Es la comprensión latente, la apertura, la confianza a veces automática y la absolución de antemano, porque también es un espacio dónde nos permitimos ser ruines, despellejarnos unas a otras para después seguirnos amando. Dinámica que, con sus sutilezas y malos momentos, yo nunca he visto representada en cine o televisión sin ridiculizaciones o inverosimilitudes.

Esto me hace pensar en otra constante: la percepción aguda que desarrolla una intuición que a veces parece sobrenatural. Hay algo de brujería en nosotras, en las madres que simplemente saben o en las amigas que es imposible engañar con una sonrisa acartonada. Esta es una particularidad largamente asociada a las mujeres y que creo tiene su raíz en la opresión misma, porque los sentidos se nos agudizaron para reconocer el peligro. Es un sentido arácnido al que todavía hay que echar mano para protegernos en situaciones de riesgo, o por desgracia en la vida diaria, pero que tiene también una cara generosa porque magnifica la empatía y facilita la comunicación con la gente vulnerable, y una cara práctica, porque nos ayuda a ir un paso adelante.

La última, polémica como las anteriores, es la pasión que reconozco en mis amigas, primas, tías y abuelas. En mi mamá ni se diga. Y esto, la enorme pasión que rige nuestras vidas, también nos lo han querido quitar de mil formas en el pasado: amarrándonos al matrimonio, negándonos los libros y los números, condenando a muerte nuestro adulterio, arrancándonos a nuestros hijos de las manos. Y sigue cada una persiguiendo con terquedad un deseo, un impulso vital que escapa la lógica. Ignorando de paso los ejemplos preventivos que intentaron imponernos novelistas milenarios con Anna Karenina o Madam Bovary, dibujándolas como mujeres frívolas y tontas, única posibilidad de la pasión femenina que se somete en exclusiva a la adoración de un hombre, o a la búsqueda de su pareja ideal. Cómo si no supiéramos que no existe. Igual buscamos, entusiastas. Y qué lindo es.

La pasión tiene tantas expresiones como mujeres existen. Con pasión Simone Weil sirvió a los pobres y Tina Modotti a la revolución, Joan Mitchell pintó hasta el agotamiento. Con apasionada furia, obvio descrita como neurosis por sus críticos, Sylvia Plath escribió los poemas más honestos de su siglo sobre la condición de la mujer. Con pasión unas cuidan de sus padres hasta enterrarlos y otras se enloquecen por sus hijos. Anaïs Nin pensaba que la pasión es la naturaleza definitoria de la mujer y dio rienda suelta a la suya intentando encapsular íntegro cada momento y cada emoción en sus diarios, en la que considero la pasión más femenina de todas: la vida misma con sus detalles y minucias. Se entregó, en palabras de Henry Miller a “un culto primitivo de la vida, a una adoración total.”

La ideología moderna cada vez admite menos la pasión como un modo válido de operar y con argumentos pedagógicos de peso, celebrando el balance y la moderación, clasificando de tóxico, obsesivo o codependiente todo aquello que desborda un razonamiento más bien masculino. Por eso se les escama la piel cuando ven tirados los monumentos en las calles, no saben que la pasión de muchas ahora está en revertirlo todo, en empezar de cero, y nada va a detenernos.

Este 8M quería escribir un texto lindo sobre ser mujer y cuando estaba terminándolo leí la noticia de los violadores de Palermo y lloré y quise quemar lo escrito. Me llené de una rabia, vieja conocida, que me asusta por su fiereza. Hoy añadimos a esta joven a los motivos para gritar y sigo sin explicarme ¿cómo se puede habitar un dolor que no nos pertenece? Cada 8M me acuerdo de que ya aprendimos cómo.


 

MARIANA MARTÍNEZ

La palabra “feminismo” me acompañó durante la mayor parte de mi vida, pero era solo eso, una palabra. No entendía el significado, no sabía ni me interesaba saber qué representaba; cuando las feministas se hacían presentes de cualquier manera, las observaba y me limitaba a juzgar. Me es difícil identificar el momento exacto en el que sentí interés por el movimiento, solo sé que a partir de ese interés, ya no hubo vuelta atrás.

Tenía sed, sed de responder todos mis “por qué”, sed de entendimiento, empatía, pero principalmente sed de furia. Me descubrí a mí misma buscando preguntas que me hacían rabiar, sentir coraje e impotencia porque ese era mi motor. La furia apagaba el miedo, la furia apagaba la conformidad, me impedía ignorar las “comodidades” con las que había crecido. Mientras más respuestas obtenía, más intensa era mi furia por cambiar las cosas.

Mi relación con el movimiento feminista se siente largo a pesar de haber iniciado hace pocos años, pero sé que con el feminismo descubrí la intensidad de mis propias emociones. Descubrí una empatía que jamás había experimentado, descubrí la paciencia, el amor a mis compañeras; con cada pérdida, con cada muestra de violencia hacia nosotras, llegué a sentir la tristeza más profunda, incluso una resignación desesperante.

Ser parte, considerarme parte, también me ha permitido descubrir mi propia fuerza. Ahora sé que no tengo miedo, sé que estoy dispuesta a poner mi cuerpo, mente y espíritu para defender a cualquier mujer que lo necesite, sin importar si la conozco o no. Esta red de apoyo que hemos construido se siente como un hogar, transmite paz y calma porque todas sabemos qué nos toca, contra qué nos enfrentamos, todas y cada una trabaja en sí misma para darnos la existencia que siempre hemos merecido.

Desde mi perspectiva, el movimiento se ha visto obligado a evolucionar de un modo que nadie se imaginó. Antes observábamos a nuestro entorno y podíamos identificar los signos de peligro con, por decirlo de algún modo, mayor facilidad. Ahora, salvar una vida requiere el doble de nuestra atención. Implica agudizar sentidos por si llegamos a escuchar golpes en la casa vecina, por si vemos que la violencia económica o psicológica de alguna ha aumentado. Es un momento peligroso para nosotras, las condiciones de los últimos años nos han hecho sentir mayor desesperación por rescatar a aquellas que sufren un infierno a puertas cerradas.

Es importante para nosotras encontrar el modo de ofrecer la mejor ayuda posible, acompañando, haciendo llamadas o visitas sorpresa, escuchando, denunciando. Muchas cosas de la vida cotidiana han cambiado, se han detenido, pero la violencia y la opresión siguen ahí, eso jamás descansará.


 

MARICARMEN ZAPATERO

Abrasar

El feminismo es un abrazo que me cobija en la incertidumbre de vivir en un país en el que ser mujer se siente como una amenaza y en dónde el miedo se vuelve parte de lo cotidiano.

Es la firmeza para señalar lo injusto y nombrar a todas las que nos faltan, un espacio que me llena de furia para gritar con brío y sentirme escuchada, que me da la fuerza para pelear por mis derechos y por los de todas las mujeres.

De bailar, cantar y celebrar nuestra libertad para seguir peleando, buscando, quemándolo todo. Es el sosiego entre la lucha, pero sobre todo es un espacio para acompañar y ser acompañada.


 

MARIANA GONZÁLEZ

I

F E M I N I S T A

es una palabra que me intimida y que pocas / nulas veces uso para identificarme. Siento que me faltan tantas cosas por trabajar y tantas conductas que tengo que desaprender que me sentiría una impostora si la usara como apellido.

Peeero, también siento que ha sido gracias a las pláticas de horas que he tenido con A. y con L.; gracias a que en mi primera marcha a la que acudí vi a M. gritar con tanta fuerza, gracias a la complicidad y acompañamiento implícito que se siente con lxs demxs; y en gran parte porque mi familia materna es un matriarcado en el que 3 generaciones hemos aprendido a querernos y a admirarnos y darnos fuerza entre nosotrxs, que me parece hasta cierto punto natural y necesario hacer lo que se pueda desde mi trinchera para denunciar y exigir lo que nos correspondería por el simple hecho de estar aquí.

Hacerlo por las que seguimos presentes, por las que injustamente ya no están y por las que vienen.

II

Mi primer marcha feminista fue unos días antes de que todo explotara. Luego todo fue encierro y pausa.

Sin embargo, siento que eso ayudó un poco a que, por lo menos en redes sociales, se hablara más de temas sumamente necesarios y muchas veces invisibilizados y, más aún, a que todxs nos enfocáramos en ellos sin pretexto. Todo era encierro pero, una vez más, aprendimos a adaptarnos. Lives, posteos y demás recursos digitales fueron herramientas súper útiles para seguir apoyándonos unxs a otrxs desde la distancia, para no sentirnos solxs.

Sé que suena muy romántico todo y, probablemente si yo me escuchara diría: ¡ay por favor!, pero el hecho de ver o leer que otrxs están pasando o sienten lo mismo que tú, hace que no te sientas como unx locx (que bueno, tal parece que nosotrxs siempre hemos sido eso: unxs locxs).

III

Uish. Creo que ya se ha hablado mucho del tema porque todos los casos de desigualdad, más allá del género, se hicieron muy evidentes.

Por una parte, desde el día 1 se encrudeció la violencia dentro del hogar. Las víctimas tenían que convivir con sus agresores 24/7 sin tener ninguna salida aparente. Y ya llevamos 2 años así. Es una situación preocupante y que nos llena de impotencia a todxs.

Y por otro lado, un asunto que me llena de enojo, la verdad, es que después de añísimos de avances científicos, luego de añísimos de estar pidiendo que se nos considere y se nos haga parte de, resulta que las vacunas fueron, una vez más, hechas para personas no menstruantes. Me refiero a que los efectos secundarios en las personas que sangramos fueron, una vez más, ignorados. Obviamente, es preferible ponerse la vacuna y salvar tu vida; obviamente entiendo que la investigación y producción de las vacunas fueron hechas en situación de emergencia por toda la crisis sanitaria, pero me parece absurdo que no se le haya pasado por la cabeza a nadie pensar en los posibles efectos, muchas veces alarmantes, que podían tener las dosis en las personas menstruantes.

Creo que no hay ejemplo más claro de que, como siempre, éste siempre ha sido y sigue siendo un mundo de hombres y que aún queda mucho por luchar.

IV

Tits Up.


 

ISABEL DEL VALLE

¿Cómo ha sido tu relación con el movimiento feminista?

Empecé a adentrarme en el feminismo en la universidad, gracias a una clase llamada “Problemas del México actual” que impartía Alicia Hopkins Moreno (quien publicó hace unos años en Tierra Adentro un análisis excelente de Teoría King Kong). En esas sesiones, Alicia nos llevó a repensar las problemáticas de nuestro país y el papel de las luchas sociales en ellas. Las causas sociales, las violencias que vivimos en México y la desigualdad siempre han sido asuntos cercanos a mi corazón, pero realmente nunca había pensado en el feminismo y en mi posición específica como mujer frente a las problemáticas que cientos de otras mujeres viven en este país.

Claro que sabía de nuestras desigualdades, del machismo, de la violencia sexual y había sido víctima, tristemente como todas, de acoso en el transporte público, la calle e incluso en la escuela. Todo eso me dolía, pero era un dolor callado que no encontraba aún su cauce. Pensaba que todo eso era algo que se tenía que vivir por haber nacido mujer y mexicana. Qué tonto, ya sé. El feminismo me abrió los ojos. Fue para mí ver por primera vez que no solo no estaba sola, sino que muchas mujeres querían cambiar la forma en la que vivimos. Que muchas mujeres también se indignaban, se dolían y sentían rabia por las muertas, las desaparecidas y todas las personas que no han logrado alcanzar su potencial por el hecho de haber nacido mujeres. De ahí fue un camino lleno de lecturas, aprendizaje y también desaprendizaje. 

¿Cómo consideras que se encuentra la lucha feminista después de la pandemia y qué problemáticas crees que se hicieron más evidentes en este contexto?

Creo que está más viva que nunca. Claro que ha sido difícil no podernos juntar como antes o tener duda de si salir o no a marchar por temor al contagio. Pero como todo, la lucha se ha adaptado, quizás ahora ha sido una lucha menos ruidosa, más tranquila, pero igual de potente y filosa.

Por otro lado, ese no poder salir tanto, no poder juntarse tanto ha alienado a muchas personas y mediáticamente puede dar la idea de que ya no hay movimiento feminista. Ese es el problema que he visto entre las personas que no están inmersas en esto. Pareciera que si no gritan, entonces las colectivas ya no existen. Y no falta el comentario de, ¿y dónde están las feministas en esto? Pues igual que todo el mundo, en casa, repensando la lucha, encontrando maneras de estar cerca estando lejos. Intentando influir en las personas con las que nos quedamos encerradas. Luchando, más que nunca, desde nuestras propias trincheras. 

Gracias a esto, al menos en mi caso, tejí redes de apoyo más estrechas con mis amigas y juntas empezamos a sanar desde la escucha, la ternura radical. Siempre me ha enojado la gente que dice que las luchas son solo individuales, que mientras uno cambie ya cambia al mundo. 

Las luchas son primero individuales, claro que sí, pero cuando uno cambia tiene que influir en los demás y quizás eso es lo que ha permitido la pandemia. Influir de forma más cercana, más estrecha. Tejiendo redes y acompañándonos entre todas porque muchas se han quedado encerradas con sus agresores y en esos casos, un oído atento, alguien que te ama y está dispuesta a abrir su casa puede hacer toda la diferencia.


 

XÓCHITL OLIVERA

YO EXISTIENDO

El feminismo nos atraviesa la vida en dos unidades de medida esenciales: tiempo y dolor. Es un proceso largo, retador y que constantemente nos confronta con todo lo que creemos verdadero. Nos obliga a abrir los ojos al tiempo que damos la espalda a todo aquello que ya no nutre, que hiere o que coarta. Nos cuesta vínculos, espacios, decisiones y cambios drásticos. De cierta forma se trata de matar a la que fuimos en un momento: de reconocer que ya no podemos esa que tolera chistes, que se queda callada por agradar, que resiste a costa de todo, que no pone límites o no se va de los lugares donde no puede existir para sí misma. Las muertes siempre duelen. Pero en algún punto nos marca un parteaguas, un nuevo lugar en dónde comenzar, y nos conduce hacia dentro de nosotras, a un centro en el que nos encontramos con todas las demás. Así renacemos en el derecho de existir en lugares que antes no sentíamos nuestros, entre otras como nosotras, más despiertas, más conscientes, más acompañadas y, por lo tanto, mucho más fuertes.

No me asumí feminista antes de abandonar la vida que tuve, entre un montón de hombres que, después de mucho trabajo, lágrimas silenciosas y resistencia, me validaban y me dejaban existir entre ellos pero no como ellos. Sin embargo, el proceso para hacerlo comenzó ahí, cuando me di cuenta de que por más que me esforzara y superara sus pruebas en realidad yo no era como ellos, pero igual me esmeraba en parecerlo porque quería sentir que merecía un lugar en su mundo, en el que debía equilibrar mis habilidades de manipulación hacia mis subordinados, el respeto, mesura y autocontrol hacia mis jefes, la cantidad de veces que sonreía o me reía en un turno para que me creyeran motivada y no coqueta y que no se notara que, por comodidad, había dejado de usar brasier y bajo el uniforme andaba igual que ellos. No me alcanzan los dedos de las manos para contar las veces que, en plena crisis de operación de algún proceso, en tanto mis decisiones o indicaciones eran cuestionadas sin falta, alguien se me acercó al oído y me dijo: “Se nota que tienes frío, ¿eh?”. Me había acostumbrado a esta y otras actitudes, y siempre respondía a la ligera: güey, tú también y nadie te dice nada. Ahora me asquea pensar que siempre me lo decían mecánicos, operadores, electricistas, trabajadores sindicalizados al menos quince años mayores que yo. Me asquea reconocer que en ese momento no me quejé y lo dejé pasar, porque haberme indignado hubiera sido no aguantar vara, no poder pagar el precio por tener un lugar entre ellos, en donde ninguna como yo entraba con facilidad.

Las crisis son expansiones de consciencia en potencia. Una crisis me obligó a cambiar de vida. De un día para otro le dije a mi jefe inmediato: me voy en cuanto elijas a quien va a tomar mi lugar. Nadie pensó que mi renuncia fuera lógica, y lo que me quedó de tiempo en la empresa consistió en un interminable desfile por un montón de oficinas; entrevistas con personal de relaciones industriales, de producción, del sindicato, porque quizá pensaban que la siguiente persona que me preguntara indagaría lo suficiente para determinar la causa verdadera y precisa de mi decisión. Mi gerente fue quien más se acercó cuando, en una entrevista, con la cara bañada en las lágrimas que me había aguantado por años, dije: ya no puedo, de verdad ya no puedo con tener que estar escondiendo todo lo que me hace mujer, con tener que andar como robot, como si nada me afectara, como si no menstruara, como si no me molestaran los comentarios sobre mi personalidad, mi ropa o la forma de mi cuerpo. Él se detuvo un momento más: “Pero tengo entendido que toda tu vida profesional has estado en ambientes así”. Y en ese momento, conforme formulaba mi respuesta, por fin entendí la única razón de todo aquello: sí, pero el hecho de que las cosas sean de una manera no significa que así tengan que ser siempre. Tuve miedo. Y en muchas formas me sentí vencida, porque fui yo quien tuvo que abandonar la seguridad de un pago quincenal, un bono de utilidades y un aguinaldo. Yo sola y no ellos, que eran quienes habían tomado mi tiempo, el poco conocimiento que se me reconoció, mi entusiasmo, ímpetu y empeño para hacer las cosas que me correspondían. Pero entre más despojada de todo eso me asumía, me daba cuenta de que quedaba dentro de mí un espacio cada vez mayor. Un espacio que me sentía capaz de llenar a través de la reconstrucción de mí misma, lo que quería y lo que podría hacer en adelante.

Claro que no contaba con que al año siguiente el mundo empezaría a colapsar. Con que los ahorros se terminarían y cada vez sería más difícil ganar dinero. A riesgo de romantizar mi propio proceso dentro del feminismo, la pandemia se me presentó como un reto económico y al mismo tiempo como una enorme oportunidad en la virtualidad. Una sola recomendación que hizo Lola Ancira de mí, de mi trabajo, me abrió tantas puertas que aún me siguen llevando a las personas correctas, a los espacios donde soy bienvenida, en los que no tengo que reprimirme o achicarme para existir. Porque una vez que asumí el dolor y lo acepté como medio para una transformación, me atreví a mirar con ojos nuevos: a buscarme entre mis compañeras, a encontrarme en sus inquietudes y experiencias de vida, a narrarme en colectivo. A entender la escritura como mi forma de conectar con ellas que no son otras, sino yo misma existiendo en otras realidades.


Autores
Egresada de la Licenciatura de Diseño Gráfico con especialidad en Arte y Representación, en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla. Amante del arte, la ilustración, el diseño y la naturaleza, proactiva, enfocada al detalle, interesada en la experimentación y la búsqueda de formas creativas de comunicación. Vocación por el dibujo especialmente en las técnicas tradicionales, la lectura infantil, y las actividades físicas.
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
estudió Ingeniería Química y es estudiante del diplomado de escrituracreativa en la SOGEM. Actualmente, escribe artículos para Reurbano, una desarrolladora urbana y tiene una columna quincenal en la página de Mi Valedor, la primera revista callejera de México, donde también colabora como directora del área social, planeación estratégica y editorial.
(Ciudad de México, 1996). Novelista y editora. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Retrato fotográfico de la escritora ruso-estadounidense Ayn Rand utilizado para la contraportada de la primera edición de su novela The Fountainhead (1943). (C)

Estoy en una comunidad Abeja, a pocos kilómetros de Acteal, en Chiapas. Las Abejas son un grupo que simpatiza con los Zapatistas, pero opta por una práctica de resistencia fundamentada en el pacifismo. Acteal es la comunidad que sufrió la masacre perpetrada por paramilitares el 22 de diciembre de 1997, asesinaron a 45 tsotsiles, miembros de Las Abejas, que se encontraban rezando en la iglesia de Acteal.

Es la tarde, el sol está descendiendo entre las montañas boscosas, la niebla comienza a cubrirlo todo y el frío cala profundo. En la cabañita que la comunidad nos preparó, pasamos las últimas horas de luz leyendo. Estamos dos amigas universitarias y yo. Una de ellas lee los cuentos completos de Cortázar; la otra, un libro de historia sobre robos de comida en París y las penas desmedidas que imponía la corona, previo a la Revolución de 1789, y yo… Yo leo Atlas Shrugged de Ayn Rand.

Leí gran parte de esa monstruosa novela (1,070 páginas) en la comunidad Abeja; la ironía del acto me pasó de largo, era muy tonto. En mi defensa, vaya que la necesito, todavía no estudiaba filosofía, tras eso caería en cuenta de mi error de apreciación filosófica, de lo alejado que me encontraba en cuanto a mis inclinaciones políticas de la autora, que bien se merece el mote con el que ahora me refiero a ella: señora horrible.

Pero antes de entrar en materia, antes de desplegar plenamente mi berrinche, debo admitir que no sólo leí ese mamotreto espantoso, sino que me chuté, además, sus otras dos novelas: The Fountainhead y Anthem, y su tratado “filosófico” The Virtue of Selfishness. De nuevo, era muy tonto. Incluso así, debo indagar en qué sedujo, por qué Danush pequeño se chutó más de dos mil páginas escritas por una señora horrible, también explicaré por qué el mote lo tiene merecido.

Dentro del “sistema” de Rand, las obras literarias y las filosóficas son complementarias, forman parte del pensamiento que ella llamó “objetivismo”, pero que podría llamarse “ojetivismo”. Esta postura se puede resumir en mantener como centro al individuo, un egoísmo ético y rechazar toda negación o imposición sobre éste, sea de parte del gobierno, de la Iglesia o de ideas moralistas que pregonan cosas como el altruismo. Aquí está un elemento que al pequeño Danush le gustó, ese rechazo al gobierno y la Iglesia. Desde que abandoné la religión y mi teísmo, incursioné en ideas cercanas al anarquismo, ya sea por medio de videos de YouTube o libros que no entendía del todo (ya se dijo aquello de lo tonto).

Hoy en día, gran parte de los políticos evangélicos y republicanos de nuestro país vecino tienen a Ayn Rand como un modelo a seguir. Existen diversas fundaciones dedicadas a promover su línea de pensamiento, como el Ayn Rand Institute o el Ayn Rand Center Latin America. En tiempos recientes he visto varios simpatizantes de la derecha mexicana promover citas de Rand o recomendar sus libros en redes sociales. Como consecuencia de lo anterior, sus novelas se editan constantemente, se venden en cantidades exorbitantes, al grado que la Library of Congress, la biblioteca más importante de Estados Unidos, enlistó Atlas Shrugged como el segundo libro más influyente en el país, tan sólo detrás de la Biblia. Esta afición, sobre todo por parte del grupo denominado WASP (blancos, anglosajones, protestantes, según las siglas en inglés), me parece interesante, es como si viéramos una radiografía de las contradicciones del pensamiento neoliberal norteamericano: por un lado, la ambición grotesca, el individualismo más feroz, y por otro, el cristianismo, la religión con sus preceptos morales tan lejanos a lo predicado por Rand; sin embargo, cohabitan.

Alisa Zinóvievna Rosenbaum nació el 2 de febrero de 1905 en San Petersburgo. De familia burguesa. Se mudó a Crimea tras la Revolución de 1917. En 1926 viajó rumbo a Estados Unidos para visitar a unos tíos; se quedó a vivir para siempre. Rápidamente se asoció con el mundo del cine en Hollywood, luego con la escena teatral en Nueva York. Poco a poco comenzó a publicar y a mostrar sus posturas políticas en sus personajes.

The Fountainhead le brindó éxito y reconocimiento en 1943. La trama gira en torno a Howard Roark, un arquitecto con ideas innovadoras que no es apreciado por sus colegas. El personaje es prácticamente un megáfono para que Ayn Rand difunda su postura objetivista. Cada que habla lo hace de una manera solemne, como si estuviera dando un discurso político o fuera la escena final de una película de superación personal. Es como si leyéramos a Dostoyevski, sólo sin alma, sin dudas, petulante en sus ideas. El héroe, Roark, tiene un interés romántico, Dominique, la cual actúa de manera errática e incluso malévola, pero jamás deja de admirar a Roark, al grado que él llega a violarla y después eso está bien porque… porque así funciona la mente de Rand, sin argumentos ni razones. Al final el héroe consigue lo que quiere, construye un edificio enorme que lo consagra como el superhombre que es.

En 1957 Rand publica su obra maestra, Atlas Shrugged. Trata de John Galt, un empresario que se va a huelga contra el gobierno que está imponiendo regulaciones cada vez más castrantes para el desarrollo. El héroe se mantiene oculto gran parte de la novela, pero va reuniendo a otros hombres y mujeres que piensan como él, que se oponen a la intervención del gobierno y que defienden el uso de la razón y del individuo sobre cualquier otra cosa. En un poblado donde habitan los superhombres y supermujeres, preparados para fundar una nueva sociedad capitalista que defienda los intereses empresariales, en lugar de una cruz, colocan un signo de dólar. Esto no es metáfora, por desgracia.

En Anthem nos chutamos la misma fórmula: en un mundo distópico habita un hombre llamado Equality 7-2521, se rebela contra el gobierno que mantiene a la sociedad en miseria, termina huyendo con la chica. Como se ve, Rand no era muy imaginativa. Sólo cambia el escenario y la profesión del protagonista. Además, es curioso que sus héroes siempre son hombres. Los personajes femeninos tienen carácter fuerte, pero su voluntad está al servicio del interés romántico masculino, eso sin ahondar en cómo las describe, como si el señor más macho de la literatura se hubiera hecho cargo: hiper sexualizadas bajo la mirada del varón.

En tiempos recientes, se ha querido reinterpretar a Ayn Rand como un ícono feminista, incluso sus frases se estampan en camisas y se comercializan. Esto a pesar de que en entrevistas se autoproclamó antifeminista, se describió como “macho chauvinista”, además de decir que jamás votaría por una candidata a la presidencia porque el que una mujer gobernara a hombres le parecía absurdo.1

Pero volvamos a esa figura heroica de sus protagonistas. Rand, como cualquier adolescente enojado, leyó a Nietzsche y, como cualquier adolescente enojado, no le entendió. Ella misma confesaría que quitó un epígrafe del filósofo alemán en The Fountainhead tras darse cuenta de que su filosofía era muy distinta a la suya.2 Pero algo permaneció, una caricatura de un concepto filosófico, la del superhombre. Según Rand el humano ideal es aquel que se guía por la razón de manera exclusiva y que, por lo mismo, sólo busca sus propios intereses dentro de un sistema que los propicie, el cual sólo puede ser uno: el capitalismo. El superhombre florece en una economía de libre mercado, la inequidad socioeconómica funciona como la selección del más apto, el rico es aquel que aprovechó y, sobre todo, aquel que más valor tiene como humano, como ser racional y funcional, el pobre es inferior.

Pero Rand no sólo utilizó a Nietzsche para crear a su héroe de novela, de acuerdo con su diario personal, admiraba a William Hickman, un asesino que raptó y desmembró a una niña de 12 años. Rand trabajó en una novela que pretendía tener a un héroe protagonista modelado a partir de Hickman.3 Afortunadamente, The Little Street nunca vio la luz de la imprenta. Escribió en su diario que Hickman “jamás aprendió el proceso de pensar en las otras personas… Indiferencia y un infinito y calmado desprecio es lo único que siente por el mundo y los otros hombres que no son como él”.4

¿Cómo argumenta su ética, su metafísica, su epistemología? No lo hace. Por ejemplo, sostiene que el fundamento de la existencia humana es la razón, que sólo ella debe ser el pilar sobre el cual debemos construir sociedades. De ahí pasa a decir que la única sociedad racional es aquella regida dentro de la economía laissez-faire, porque eso es lo racional. Se guía por axiomas, empuña como argumento, literal, “A is A”,5 existencia es identidad, la identidad del ser humano es ser conscientes de su supervivencia, la cual se logra con la razón, por lo tanto, el sistema más racional es el más adecuado para el humano y su existencia, ese sistema es el capitalismo. Por cosas como esta última, incluso Roberto Nozick, el filósofo libertario, alguien que tendría afinidad con las ideas de Rand, la critica por su falta de claridad y la ausencia absoluta de argumentos y lógica en sus posturas: “…uno no puede llegar a la conclusión de que la vida misma es un valor meramente por medio de entremezclar muchos enunciados que contiene las palabras valor y vida o vivo, y así esperar que, por medio de un proceso de asociación y mezcla, esta nueva conexión emerja”.6

Lo único real es lo real, la herramienta para lidiar con eso es la razón, el individuo con mayor valor es aquel que utiliza la razón y, dentro del sistema capitalista, “la riqueza es el producto de la capacidad de pensar del hombre”.7 Así, la propiedad se vuelve algo no sólo importante, sino esencial para el sujeto. Y aquellos humanos que viven en sistemas que no privilegian a la propiedad privada y el enriquecimiento, son inferiores. Para Rand, los nativos americanos no tienen derecho a reclamar la tierra que se les quitó, dijo al respecto: “Supongamos que todos eran salvajes hermosamente inocentes, lo cual ciertamente no lo eran… Al oponerse al hombre blanco en este continente, ¿para qué luchaban? Luchaban para continuar con su existencia primitiva, para conservar parte de la tierra inmaculada, sin usar, ni siquiera como propiedad, tan sólo para mantener a todos afuera para que ellos continuaran viviendo prácticamente como animales”.8 (Ya va quedando claro lo de señora horrible, ¿verdad?) Es decir, la propiedad sólo es sagrada cuando se explota, cuando se utiliza bajo un sistema de competencia libre como el capitalismo.

Pero quiero revisar su ética egoísta, qué es lo que contiene, si es realmente tan racional como se le pinta, tan libre e individualista. Para esto recurro a un filósofo que sí era aficionado a argumentar, Max Stirner, el egoísta por excelencia. No le veo mucho sentido a utilizar la filosofía de alguien completamente opuesto a Rand, sería infértil tomar a Kant y su imperativo categórico, por ejemplo, o incluso a Arendt y su definición de libertad. Prefiero cuestionarla en su misma cancha, evidenciar que incluso como filósofa del egoísmo es deficiente.

Stirner escribió El único y su propiedad, ahí expone su filosofía nihilista y su política y ética anarquista, todo sobre el fundamento del egoísmo, del Yo más irreductible: yo mismo, nada de abstractos. Para él, tanto la Iglesia como el Estado han hecho uso de fantasmas para controlar a los individuos, se predica que debes actuar de cierta manera, ser de cierta manera para acomodarte al Plan Divino o a la Verdad (así en mayúsculas), a Dios o al Humanismo; debes sacrificar tus intereses individuales por el bien común del Pueblo, de tu Patria. Stirner dice que nada de esas cosas existen realmente, son sólo abstractos que las personas en el poder perpetúan para beneficiarse. Incluso denuncia la idea de Libertad como uno de esos fantasmas, es imposible no ver una pedrada accidental e indirecta a los discursos gringos que instigan a ir a bombardear países en Medio Oriente por la Libertad.

También es fácil imaginar cómo Stirner vería un falso egoísmo en la filosofía de Rand, sobre todo al leer ese pasaje de Atlas Shrugged donde erigen una figura de dólar como si fuera crucifijo. La libertad de Stirner es en minúsculas, él reconoce que sólo se puede ser libre de algo, no en general, y nunca del todo. Lo único que podemos hacer es sacrificar ciertas libertades por nuestro propio bien, es así como entiende las asociaciones humanas. Él no vería con malos ojos al altruismo si este está hecho de manera consciente, si mantenemos como individuos control sobre él y si nos brinda algún sentimiento de bienestar. El problema es regirse, sacrificarse, someterse a fantasmas, a los abstractos que anulan al individuo. Va al extremo de decir que ni los pensamientos deben someterme, ni la razón. “Que yo me haga inteligible, sólo eso es razón, por poco razonable que yo sea; si me hago comprender y si me comprendo yo mismo, los demás gozarán de mí como yo gozo, y me consumirán como yo me consumo”.9

El libre mercado según Rand es el medio para que el individuo se realice libremente, de esta manera ignora por completo las desigualdades sociales y estructurales. Dice Stirner “La libre competencia no es libre porque los medios de competir, las cosas necesarias para la competencia, me faltan. Contra mi persona nada se tiene que objetar; pero como yo no tengo la cosa, preciso es que mi persona renuncie”.10

Un verdadero egoísta, un verdadero individuo que rechaza cualquier yugo, no puede someterse a un incuestionable sistema económico como el capitalismo, tampoco a una idea inamovible de lo que es lo racional, lo necesario para la obtención de una vida plena. Un egoísta rechaza cualquier cosa que se sitúe sobre él, que se imponga sobre su individualidad; sea altruismo o Dios, sea avaricia o razón. Rand se quedó a la mitad del berrinche de un adolescente que rechaza el sometimiento de sus padres y de su escuelita dominical, se quedó a medias porque en lugar de esas cadenas que rompió impuso otras, lustrosas e igual de intransigentes.

Constantemente veo en personas leídas la noción de que el nihilismo es sinónimo de maldad, como si negar la existencia de un absoluto deviniera en una forma de actuar contraria a lo que se suele denominar como el bien o la virtud. Rand está lejos de ser nihilista, al contrario, pretende pregonar una verdad obvia, objetiva, tan evidente que sólo se debe decir de ella “A es A”, y en su filosofía abunda la mezquindad, el desprecio al vulnerable, la adoración al Jeff Bezos del momento.

Max Stirner, con su egoísmo nihilista, escucharía con asco el discurso de Elon Musk, la supuesta lucha por la humanidad en su carrera espacial. Para él serían sólo las palabras huecas de un sujeto que busca enriquecerse utilizando fantasmas para embobar a las personas. Los sistemas económicos y políticos que desgastan actualmente al planeta no están fundamentados en nihilismo, aquel falso diablo que se han imaginado, sino en nuevos dioses, nuevas religiones, que no tienen empacho en situar a un signo de dólar como crucifijo al cual sacrificarse. La filosofía de Rand es jerárquica, los poderosos merecen estar en la cúpula, los pobres en los abismos. Stirner, en cambio, se opone a cualquier jerarquía sobre el individuo, cualquier figura real o fantasmagórica que pregone un derecho a estar encima del otro, ya sea un derecho supuestamente basado en la ley divina o en la ley del mercado.

Siempre será más peligroso un absoluto en el pensamiento, es en estos que el individuo se escuda para obrar, para disociarse de la responsabilidad de su actuar. No soy yo el que hizo esto, lo hizo el Diablo, no soy yo el que te juzga por aquello, es Dios quien lo dice, no fui yo sino el sistema capitalista, la mano invisible del mercado. Ahora se puede entender por qué Ayn Rand tiene tanto éxito con los evangélicos norteamericanos, por qué su filosofía es cristianismo vestido de dólares. Ellos tienen dos religiones a la vez, contradictorias en su ética, pero idénticas en su estructura incuestionable y abstracta.

Dado que su filosofía no está construida sobre argumentos, no sorprende que la práctica de la misma, incluso por parte de Rand, trajera contradicciones flagrantes. Una de ellas es su propio autoritarismo, su imposición como incuestionable frente a sus súbditos. No tuvo que esperar a la muerte para volverse objeto de culto, ella misma organizó una especie de secta alrededor de su persona. Los fieles se reunían en su departamento para discutir las ideas de superhombres y supermujeres. Como toda buena secta, había un componente sexual, los miembros tenían prohibido mantener relaciones sexuales con personas inferiores en intelecto. Rand se hizo de un amante 10 años menor que ella, Nathaniel Branden, lo convenció a él y a su esposa de que ese amorío era racional y necesario. Cuando Branden tuvo otra amante lo expulsó de la secta, es decir, cuando Branden ejerció su egoísmo, ella optó por el castigo autoritario.11

Era de esperarse la creación de esa atmósfera de secta, los clubes de estudio de la obra de Rand tenían, y tienen, 8 reglas fundamentales. Las primeras dos son: 1-Ayn Rand es el ser humano más grandioso que haya existido, 2- Atlas Shrugged es el mayor logró de la historia de la humanidad.12

Finalmente, otra de sus contradicciones curiosas es que, Ayn Rand, la enemiga número uno del altruismo y de las dádivas del gobierno, en sus últimos años, recibió dinero del Seguro Social como manutención. Murió hace 40 años, el 6 de marzo de 1982, en Nueva York; en su aniversario luctuoso, y con el derecho que me otorgo yo mismo por haber leído gran parte de su obra, le dedico este texto por haber sido una novelista y filósofa mediocre y, sobre todo, una señora horrible.


Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Nosferatu (1922) Insomnia Cured Here, Flickr, CC BY-SA 2.0

Me tomé la libertad de hablar sobre Nosferatu, la película que Murnau estrenó en marzo de 1922, con un reparto magnífico conformado por el increíble Max Schreck, un actor teatral (como la mayor parte del gremio, especialmente durante las primeras etapas del cine) que ya había participado en películas como El alcalde de Zalamea, y que siguió labrándose una extensa carrera hasta su muerte. Además de Schreck, quien cuenta con una leyenda negra del todo inverosímil1, en la película participaron Alexander Granach como el tétrico Knock, Gustav von Wangenheim como Hutter (el Harker stokeriano), y la muy talentosa Greta Schröder, quien ya había participado en El Golem de Wegener (que era también su esposo).

Me detengo un poco porque el “revisionado” de Nosferatu aún está muy fresco. Jugueteo con una escultura pequeña que me hizo un amigo, precisamente rememorando al gran Nosferatu, pero de forma caricaturesca. Admiro sus enormes ojos y sus dedos larguísimos, como los que expone Schreck en la película cuando emerge de su ataúd improvisado, o cuando se decide a mostrarse en la cubierta del barco, porque ¡Oh, la peste, el mal de nuestro tiempo! Se ha comido a la tripulación, ¿o ha sido él?

Dice David J. Skal que el crecimiento de sus dedos y uñas es uno de los grandes aciertos de la película, contribuyendo así a la creación de un escenario en el que el monstruo, como también lo hiciera el brutal Señor Hyde en su película El doctor y el monstruo, emerge por fin, y ha trascendido ya su naturaleza humana para compartir la de los animales, o la de alguna cosa aún peor.

Quizá, debido a mis propias circunstancias, la escena que más retumba en mi cabeza es aquella donde la cámara capta una de las calles de Wisborg con hombres cargando varios ataúdes, realizando una fila funeraria que pretende describir la peste y sus consecuencias, pero que en mí resuena como un llamado a los muertos.

Hay que decirlo: la película de Murnau —vista cien años después—, remite a la historia y a las maravillosas creaciones que formaron parte del “Expresionismo alemán”, término en el que se encajaba cualquier cosa, pero que buscaba denotar cierta predilección por una mirada distinta a la meramente mimética, como si estableciera cierto contacto con el periodo impresionista pictórico, donde los paisajes son contemplados a través de un ensueño. Las manchas de la belleza se tornaron en las máculas de la oscuridad en películas como El estudiante de Praga (1913) dirigida por Stellan Rye y Paul Wegener (que durante un tiempo permaneció perdida, hasta que se reconstruyó utilizando la versión de 1923 y otras técnicas diversas), la ya mencionada El Golem (1920)2 o las muy famosas obras de Robert Wiene, como El gabinete del Doctor Caligari (1920) o Las manos de Orlac (1924), hasta la inmensamente célebre Metrópolis (1927) de Fritz Lang.

Nosferatu es una película que fue concebida por empresarios (algunos de ellos con conocimientos ocultistas) que habían descubierto la gran capacidad de la novela de Bram Stoker, Dracula (1897) para ser llevada al cine. Las aristas de la historia podían ser convertidas en imágenes, en visiones sobre un mundo extenso y complejo, creado, pero también captado, por Bram Stoker. Además, la historia fue simplificada por su guionista, Henrik Galeen, quien además trabajaría con el escritor y también cineasta Hanns Heinz Ewers en la producción de una obra tan original como El estudiante de Praga, famosa además por jugar con el tema fáustico (del tipo de La maravillosa historia de Peter Schlemihl), y por haber sido uno de los mayores antecedentes del expresionismo germano.

Entre este grupo de hombres de negocios se encontraba Albin Grau, un artista visionario, además de arquitecto y ocultista. Especialmente fue esta rama la que lo llevó a encontrar un punto nodal desde el cual lanzaría sus obras imbuidas de temas que le interesaban. Para ello fundó junto a Enrico Dieckmanm la productora Prana-Films, cuyo nombre hace alusión al término “aire inspirado”, noción religiosa que está más cercana al concepto de la “energía vital” que al mero hecho fisiológico. La idea de Grau era producir filmes que tuvieran elementos ocultistas, inspirados en historias antiguas, o incluso en el folklore, como ya lo venían haciendo en la industria fílmica nórdica, especialmente en las producciones suecas y danesas (sirvan de ejemplo las obras de Victor Sjöström, como La carreta fantasma de 1921, basada en una de las novelas de Selma Lagerloff, o Häxan. La brujería a través de los tiempos, finalizada en 1920 y estrenada el mismo año que Nosferatu).

La versión que pretendía realizarse por medio de Prana-Films buscaba una adaptación de Drácula, la novela que Stoker publicara en 1897, pero que sirviera para un público alemán. Se ha comentado que —debido a no poseer los derechos—, el guionista cambió los nombres de los personajes, sin embargo, parece que esa era la intención desde un principio, presentando una película que tuviera un espíritu alemán, conforme a lo manifestado por la poderosa corriente del Expresionismo, adaptando una historia que terminara convertida en un epítome de la cultura alemana. Wisborg en lugar de Londres. Un vampiro con un nombre extraño (que en realidad no pertenece a ningún vocablo de Europa del Este). Un símbolo de la peste, y ciertas reminiscencias con cuentos del romanticismo alemán, o incluso con los recopilados por los hermanos Grimm.

La película es poderosa tanto por sus actuaciones, cuya esencia teatral aún es palpable, y por la producción artística que se concibió para ella, a pesar de tener recursos limitados, como la utilización de una sola cámara. En lugar de los atrezos diseñados para El gabinete del doctor Caligari, y que también pueden verse en El Golem, Nosferatu fue filmada en espacios abiertos, utilizando coloraciones azuladas para la noche, y amarillas para las mañanas. La iluminación no estaba diseñada para ser laberíntica, pero sí para ser, de cierta manera, inquietante.

La dirección de Murnau fue decisiva, pues por momentos el guion de Galeen fue pasado por alto para alcanzar una cota cinematográfica particular, a pesar de que el mismo guion estuviera conformado por un espíritu poético palpable. El notable trabajo de Murnau puede apreciarse en películas posteriores como Faust (1926), con un tema goethiano tildando a lo siniestro (a lo unheimlich, si seguimos este espíritu germano) o en el drama Amanecer (1927).

¿Es la dirección, las actuaciones, el maquillaje, los escenarios, la atmósfera o la dirección lo que hace que esta película pueda seguir dialogando con nosotros? A diferencia de lo que ocurre, por ejemplo, con El Golem o con las películas de Monstruos de la Universal, que a pesar de lo clásicas que son permiten ciertos visos hacia la comicidad —en ocasiones buscada y en otras fortuita—, Nosferatu es una película que pretendía encontrar una atmósfera plena de lo siniestro, donde el horror jugara con elementos sentidos en la sociedad europea de aquella época, pero que todavía se sienten justo ahora. Nosferatu, como lo sugiere la naturaleza de su monstruo, no ha envejecido.

La película de Murnau no es solamente un filme sobre vampiros, sino un relato sobre la muerte y la peste, sobre la oscuridad más absoluta, pues cuando ésta desaparece con el sol, los estragos aún permanecen. En la historia de Nosferatu, como en Dracula, es el vampiro el que viaja en barco hasta la Europa occidental. Y con él, las ratas. Las ratas son portadoras de la peste, y es más este elemento el que cunde en la ciudad, provocando muertes sin conversión alguna, como originalmente pasa en la novela y en películas posteriores. El bestial Nosferatu es una criatura de la noche, no se debilita como el Conde Drácula, sino que muere con la luz, y no convierte a sus víctimas, tan sólo las fagocita. David J. Skal lo dice en su célebre Hollywood Gothic, y lo repite en la serie sobre el cine de terror, Eli Roth’s History of Horror: Nosferatu es un vampiro cósmico que baja desde la oscuridad más profunda (o emerge) y termina con ciudades enteras. Fagocita y destruye, y deja su impronta como una mácula. Es la bestia de la oscuridad, y con ella podemos entendernos.3

Vuelvo entonces a la escena de los féretros, que recuerda tanto a las imágenes de aquel cercano 2020, en el que cadáveres eran abandonados en las calles de Guayaquil por haber sido rebasados los servicios funerarios de la ciudad4. Los muertos apilados en Nueva York, listos para ser depositados en fosas comunes.5 Los cuerpos flotando en el Ganges, durante la ola que devastó India durante el 2021.6 Una pandemia que remite a las Danzas de la Muerte del medioevo, celebradas en Alemania, en Francia o España. Una enfermedad que recuerda a las grandes hecatombes vividas por epidemias de la Edad Media, a la Gripe Española, a la posibilidad siempre cercana de la muerte. Y que Nosferatu no trasciende de otra manera más que por medio de la valentía.

Ellen, la prometida de Hutter, es la encargada de destruir el mal, de ofrecerse como víctima al infame vampiro, retrasando el momento en que regrese a su ataúd. Pues es esta la única manera en la que él morirá, cuando el sol le dé directamente y lo convierta en ceniza y humo. No hay final feliz. Ellen no regresa de la muerte ni todos sonríen porque la bestia ha sido eliminada. La oscuridad sigue ahí, recordándonos que nunca se ha ido, que tan sólo basta abrir los ojos a mitad de la noche, porque tal vez cuando uno quiera levantarse y tiente con la mano extendida por el apagador, no lo encuentre, o si lo hace, al accionarlo ninguna luz le responderá, pues no hay nada más certero que la noche, y ésta resguarda monstruos. Tal vez, en lugar de un apagador, lo que encontremos sea una garra larga y afilada, que busque la fragilidad de nuestra piel, de nuestras muñecas, de nuestro cuello. Es un recordatorio: los muertos viajan deprisa.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.
Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.

La primera vez que retraté a Álvaro fue en mayo del 2018. Dos cosas me parecieron permanentes en él desde que lo conocí: su sentido del humor y su amor por Tedi López Mills.

Me gusta retratar los espacios donde los autores pasan tiempo leyendo, escribiendo o pensando, esto es la intimidad para mí y no siempre es fácil llegar a ella. Diría que para aquel entonces estos conceptos no estaban tan definidos en mi trabajo y sin embargo Álvaro me fue abriendo las puertas de esa intimidad como ningún autor hasta ese momento. Entramos a la habitación y me enseñó su lado de la cama. Se quedó ahí esperando a que hiciera la fotografía que yo quisiera, comprendió sin decir nada lo que yo estaba buscando y me ayudó de manera espontánea a lograrlo.

Pasamos a la biblioteca y como un niño emocionado me enseñaba las cosas que decoraban esta sala. Me enseñó algún retrato que le habían hecho, algunos libros. Me pidió que le tomara una foto con unas esferas que le gustaban mucho y que colgaban en medio de la sala como un móvil que parecía el universo. Nos quedamos en silencio. Todo el tiempo me decía que no gastara el rollo de la cámara en él, que mejor lo usara en Tedi porque ella era muy hermosa. Sus elogios por Tedi siempre me parecieron profundamente tiernos.

En esa sala de lectura con dos sillones y dos lámparas donde lo retraté a él y a Tedi, se queda en mi memoria una fotografía de su sonrisa y su sentido del humor.

Pienso en ese sillón ahora y mi memoria lo llena con la fotografía.

Buen Viaje, querido Álvaro.

Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe y Tedi López Mills. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe y Tedi López Mills. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe y Tedi López Mills. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe y Tedi López Mills. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.

Álvaro Uribe. Fotografía de Víctor Benítez.


Autores
(Xalapa, 1991) Es fotógrafo de retrato; su trabajo como tal está plenamente comprometido con la industria cultural. En 2017 comenzó su proyecto “Cartografía íntima: Habitaciones literarias” que ha documentado a más de 150 autores residentes en México, Italia, España, Francia, Suiza y Alemania; entre ellos: Jordi Sierra i Fabra, María Fernanda Ampuero, Yásnaya Aguilar, Emiliano Monge, Santiago Gamboa, Carmen Boullosa, Camila Fabbri, Patricio Pron, Marta Sanz, Juan Pablo Villalobos, Lorea Canales y Jorge Carrión. Su trabajo se ha exhibido en el Seminario de Cultura Mexicana, el Fondo de Cultura Económica y la Galería Oscar Román de la Ciudad de México, así como en distintos recintos culturales de la República Mexicana. Ha hecho documentaciones especiales para la Presidencia de México, el Proyecto Cultural Chapultepec, el Fondo de Cultura Económica, el Colegio Nacional y el Seminario de Cultura Mexicana y recientemente ilustró un boleto conmemorativo de Lotería Nacional para el 80 aniversario del Seminario de Cultura Mexicana.