Tierra Adentro

Cómic de Ureshi San-Universe

Cómic de Ureshi-San Universe


Autores
Ureshi-san Universe, ilustrador originario de Ensenada, Baja California, con enfoque en el género “yaoi”, también conocido como BL (Boys Love). Tras graduarse de la carrera de Diseño Gráfico en 2016, se ha dedicado a crear contenido visual de dicha temática inspirado en personajes de sus series y películas favoritas. Actualmente vive en Tijuana, Baja California, trabajando como ilustrador y diseñador gráfico para un canal de Youtube y, a su vez, trabaja en más contenido para compartir en redes sociales y se prepara como expositor para eventos próximos.
Ilustración realizada por Axel Rangel

Iósif1 Vissarionovich Djugashvili (21 de diciembre de 1879- 5 de marzo de 1953), mejor conocido como Joseph Stalin2 es una de las figuras que forjaron un nuevo Estado y que también influyeron en la dinámica internacional en la primera mitad del S. XX.

A propósito del centenario de su nombramiento como Secretario General del Partido Comunista de la URSS (PCUS)3 el 3 de abril de 1922, el motivo primordial de este texto, es ofrecer un contexto general de su actuación, ello como grupo dominante y triunfador de la Revolución y Guerra Civil Rusa (1917-1921); luego como fundador del masivo aparato burocrático estatal que fue la URSS. También sobre los problemas que enfrentó entre 1922 y 1941.

Su liderazgo altamente centralizador y tenaz fue contraproducente para los desarrollos inmediatos de la participación central y decisiva de la URSS. También es conocido como verdugo de la amenaza bélica nazi entre 1941 y 1945. Posteriormente daré una breve explicación sobre los últimos años de gobierno de Stalin (1945-1953) y a manera de conclusión expondré una serie de reflexiones respecto al verdadero papel de Stalin como administrador y líder supremo. Aunaremos al gran debate que ha ocupado a muchos académicos en determinar si aquella figura en realidad puede considerarse un dictador. También abordaremos una serie de líneas y cuestiones generales que se heredarían a las posteriores administraciones de la URSS debido al extremado centralismo estatal.

Todo esto, para establecer un verdadero análisis contextual, pues consideramos que las explicaciones hechas hasta ahora por biógrafos, expertos en Rusia y en gran medida los medios de comunicación y propaganda desde la Guerra Fría se han concentrado en denostar y solamente ofrecer una versión negativa, tiránica y monstruosa de dicho personaje, pero obvian muchas consideraciones de índole interna y externa que esperamos permitan al lector formular sus propios juicios respecto a Stalin, no solamente como ese “Zar Rojo” omnipresente y con poder ilimitado, como muchos lo apodan, sino a un político formado desde muy temprana edad con características y habilidades altamente pragmáticas, analíticas y que siempre oscilaron entre el consenso, el convencimiento, hasta el puro ejercicio de  coerción estatal para lograr objetivos políticos.

De Koba a Stalin: el camino al poder (1912-1922)

Entre 1909 y 1917, conocido en ese entonces por el sobrenombre de “Koba”, desarrolló una intensa actividad política en Georgia y en otros países del Cáucaso como Armenia y Azerbaiyán. En este último país, su capacidad organizativa y de influencia en los trabajadores petroleros en Bakú le ganaron los primeros destierros por parte de la Okhrana  (policía secreta zarista).

Es también durante este periodo que tendría su primer acercamiento respecto a la dinámica y funcionamiento del futuro PCUS, en ese entonces como un movimiento atomizado, liderado por Vladimir Lenin (1870-1924) hasta su muerte. Este tendría un objetivo principal de agitar a los trabajadores y campesinos del imperio ruso, pero también de otros países en Europa, para iniciar un movimiento revolucionario armado que tuviera como fin último el establecimiento de un gobierno liderado por aquellos sectores, esto según los preceptos marxistas aprendidos por Lenin.

Conforme la efectividad administrativa y organizativa de Stalin aumentaba, también su relación con Lenin, de tal modo que una vez triunfando el movimiento de la Revolución de Octubre (7 de noviembre de 1917) y derrocado el gobierno provisional de Alexander Kerensky, surgía una nueva amenaza, pues un movimiento contrarrevolucionario, llamado también blanco o menchevique, amenazaba la estabilidad y supervivencia del recién establecido gobierno bolchevique. Además, los mencheviques eran apoyados por Gran Bretaña, Estados Unidos y Francia, ello al margen de la Guerra Civil Rusa (1917-1921).

La medida inmediata dentro de tan complejo contexto —pues Rusia se encontraba aún como beligerante en la Primera Guerra Mundial (1914-1918)— fue crear un comité colegiado que deliberara las decisiones de gobierno a seguir, desde arriba hasta todas las demás células del PCUS y del gobierno, este sería llamado Politburo.  El cual, para ese entonces, se conformó por Lenin (líder de gobierno y de partido), Lev Trotsky (líder del sector militar y de defensa), Lev Kamenev (representante de Lenin en diversas actividades), Nikolai Bukharin (secretario de prensa y propaganda) y Stalin como administrador total del Partido4.

Esto último dotó a Stalin de una información personal invaluable para descubrir las posiciones ideológicas de los miembros prominentes del partido, su verdadero funcionamiento, pero, sobre todo, escuchar un sin fin de ideas para establecer propuestas de gobierno y con ello participar dentro del gran juego deliberativo del Politburo en calidad de negociador, y en el Congreso del PCUS (donde se conformaban todos los cuerpos de gobierno de la URSS y se delineaban todos los programas políticos), esto le permitiría asumir la posición de liderazgo y control a costa de generar un mayor consenso dentro de aquellos dos órganos supremos de gobierno. Desde ese entonces su control sobre el PCUS ya era considerable, pues se encargaba del correcto funcionamiento entre el Politburo y el Orgburo. Más allá de ello, debía supervisar que los miembros del partido siguieran todas las directivas dictadas desde aquel Politburo.

Con toda esa experiencia administrativa y, sobre todo, la información sobre el funcionamiento del gobierno y sus miembros, Stalin llegaría a ser nombrado, con la anuencia de Lenin, el nuevo Secretario General del Comité Central del PCUS, el aparato de gobierno que administraría al Estado soviético entre periodos legislativos del Congreso. Sin embargo, con el tiempo, en el ejercicio político y de administración burocrática, el Comité Central del PCUS fue adquiriendo cada vez más relevancia, impulsado por el propio Stalin5.

Dicho esto y ante los accidentes cerebrovasculares sufridos por Lenin en mayo de 1922 y 1923 (que eventualmente lo llevarían a una muerte prematura el 21 de enero de 1924), el panorama nacional era de una destrucción económica, productiva, social y de recursos sin precedentes. Aunado a ello, nuevas rencillas por obtener el puesto de líder de la recién formada URSS ya se dibujaban, y ante ello, Stalin no pudo quedarse sin hacer nada.

Stalin, de la lucha a la cúspide y los excesos: 1922-1941

Una vez muerto el primer gran líder de la Revolución de Octubre, tres figuras principales ejercieron el poder de manera compartida, (Stalin, Lev Kamenev y Grigory Zinoviev), desplazando del foco de control dentro del Partido a Trotsky.

En 1925, tras la muerte de Mikhail Frunze, incondicional a Trotsky, Stalin instaló a Kliment Voroshiloc como Secretario de Defensa (Comisariado de Guerra). Al año siguiente consiguió designar a Vyacheslav Menzhinsky an frente del Directorado Político de Estado Conjunto (la policía secreta) (OGPU6 / Obyedinyonnoye Gosudarstvennoye Politicheskoye Upravleniye), el cual se transformaría después en el Comisariado Popular de Asuntos Internos entre 1934 y 1946 (NKVD7/ Naródnyy Komissariát Vnútrennikh Dyél), antecedente directo del Comité de Seguridad Estatal, mejor conocido como la KGB.

De manera paralela, el culto a la personalidad de Stalin ya se encontraba en plena marcha, pues una vez que todos los adversarios políticos habían sido degradados en el entramado político estatal o expulsados del país (como Trotsky en 1929):

“un nuevo culto estalinista se fundía con el antiguo culto leninista, y lo comenzaba a superar. Cuando, en ocasiones ceremoniales, Stalin aparecía arriba del Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja, la tumba colosal de Lenin se levantaba solamente como el pedestal para su sucesor”8.

Para 1926, Stalin contaba con la mayoría del poder político y coercitivo del Estado Soviético, lo que le permitió deshacerse de cualquier resistencia interna en el año de 19279 y volverse el dirigente supremo de la URSS hasta su muerte, 26 años después. Una vez resuelto el problema sucesorio de liderazgo soviético, Stalin decidió ejecutar un primer Plan Quinquenal (1928-1933) para resolver los apremiantes problemas económicos y sociales que aquejaban a la URSS en plena recuperación de una Guerra Mundial, una Revolución y una Guerra Civil.

La visión estalinista del primer plan quinquenal se cimentaba en una perspectiva de cerco, en la cual “debían de alcanzar a los países avanzados en 10 años los 50 que llevaban de desventaja tecnológica, bajo pena de ser aplastados”10, esto inauguraba una visión de política estatal de cerco que sería definitoria para el comportamiento del Estado Soviético y Ruso a partir de la llegada al poder de Vladimir Putin, pues Rusia “aparecía invariablemente como víctima histórica de conquistadores y opresores extranjeros, aunque ello no fuera tan coincidente con otras perspectivas de historiadores soviéticos que argumentaban lo contrario”11, es decir, el papel dominante del Imperio Ruso.

Esto abonó a una perspectiva constante de cerco, que no solamente permeó hondamente en los liderazgos soviéticos y rusos, sino en la propia perspectiva de las instituciones de poder12.

Desafortunadamente, esta perspectiva jugaría en contra de resultados positivos del primer Plan Quinquenal. Al intensificar el cumplimiento intensivo de cuotas y objetivos por medio de la colectivización masiva y deportaciones forzadas de campesinos a los Kolkhozes (granjas estatales colectivas), el costo social del crecimiento económico se hacia cada vez más grande y cruento13.

Simultáneamente, y a pesar del crecimiento constante del aparato productivo e industrial soviético, la fuerza laboral en los centros urbanos industriales creció considerablemente, y aunado a ello, el salario y circulación del papel moneda para pagarlos se imprimió en mayor medida, lo cual generó efectos inflacionarios que fueron controlados mediante fijación de precios por el Estado, establecimiento de tiendas y agencias de comercio gubernamentales, y una vez que llegó la Crisis Económica Mundial de 1929, se reintrodujeron sistemas de racionamiento en los pueblos que durarían hasta 193514.

Al reconocer que los costos sociales se incrementaban por consecuencia del acelerado proceso de crecimiento económico e industrialización manufacturera y agrícola, Stalin tuvo que establecer objetivos más realistas15 para el diseño y ejecución del Segundo Plan Quinquenal (1933-1938), que, para beneficio del liderazgo estalinista y de la sociedad en general, tuvo mejores desenlaces, pues las plantas construidas en el Primer Plan Quinquenal comenzaron a operar y el campo a recuperarse de la crisis. La URSS experimentaría un crecimiento económico e industrial sin precedentes16.

Para el Tercer Plan Quinquenal (1938-1943, interrumpido por la invasión nazi de 1941), y ante el rápido rearme del Tercer Reich, las preocupaciones de cerco ruso de  Stalin, comenzarían a modelar la visión de este proyecto, ya que el gasto en Defensa se incrementó y el número de efectivos en el Ejército Rojo pasó de 1 millón y medio hombres a 5 millones entre 1937 y 1941. Esto no necesariamente alentó el crecimiento económico civil17, pero resultaría decisivo para los años posteriores en los que la URSS tendría que hacer frente a toda la furia terrestre y aérea de los ejércitos de Hitler.

Stalin frente a Hitler: 1941-1945

Con la firma del pacto de no agresión Ribbentrop-Molotov18 firmado en 1938, Stalin confiaba seriamente que la voluntad de Hitler no era atacar directamente a la URSS, e inclusive la postura soviética respecto al conflicto mundial, una vez iniciado en 1939, era una de reserva. La URSS no estaba interesada en entrar en choque directo frente a las ambiciones expansionistas nazis, consideraba que estas (desde los postulados fundamentales del leninismo) eran inherentes a cualquier Estado capitalista, con el cual por medio del militarismo y el imperialismo buscaba de manera agresiva expandir sus mercados en el mundo, y ello inevitablemente generaría un nuevo conflicto mundial entre las potencias capitalistas.

Stalin consideró que había que estar al tanto de la situación en Europa pero ello no era motivo para preocuparse. Fue un grave error de cálculo que casi le cuesta el país entero, pues una vez que Alemania invadió Europa occidental y los Balcanes, entre 1939 y 1941, derrotó de manera efectiva, en la Guerra Relámpago (Blitzkrieg), a Francia, y mandó huyendo a su isla a las fuerzas Británicas en Dunquerque, Hitler se preparaba para invadir la URSS bajo la mayor operación de invasión terrestre en la historia mundial: la Operación Barbarroja (22 de Junio- 5 diciembre de 1941), provocando la apertura del Frente Oriental de la Segunda Guerra Mundial (22 de junio de 1941- 9 de mayo de 1945).

A partir de la segunda mitad de 1941 y principios de 1942, gran parte del territorio occidental de la URSS, junto con la población, recursos e industrias desarrolladas en la URSS cayeron bajo el control de fuerzas alemanas, a tal punto que casi cae Moscú, de no ser por el papel de liderazgo estratégico ejercido por el Mariscal Georgi Zhukov19.

El clima y la reconfiguración defensiva e industrial que ordenó Stalin para enfocar la totalidad de los esfuerzos a la producción de material bélico, desde balas hasta tanques, inclinaron la balanza a favor de la URSS a partir de 194220, siendo el primer resultado efectivo en el triunfo soviético en Stalingrado en enero de 1943, y Kursk en julio de 194321. Es preciso apuntar que los triunfos militares en Europa continental fueron realizados por las fuerzas soviéticas, mientras que los aliados (Estados Unidos y Reino Unido principalmente) se abocaron a destinar bienes de consumo y materias primas para sostener el aparato bélico de la URSS, en crecimiento exponencial de 1942 a 194522.

Entre 1944 y mayo de 1945, los avances soviéticos en todo Europa avasallaron a las fuerzas nazis en retirada en todo el Frente Oriental, llegando a capturar Berlín en dos semanas (16 de abril- 2 de mayo de 1945), y así el gran aparato militar-industrial reorientado por Stalin llegaba a la cúspide de su poder con casi 35 millones de efectivos, estableciendo un nuevo récord histórico en cuanto a ejércitos terrestres23. La amenaza nazi había sido derrotada por su más acérrimo rival de guerra.

Incluso con las diferencias político e ideológicas, tanto Franklin D. Roosevelt y posteriormente Harry Truman junto con Winston Churchill, hubieron de admitir el gran esfuerzo soviético para el triunfo aliado en la Guerra al incluirlo como “Los Grandes Tres” vencedores del conflicto en las Conferencias de Teherán, Yalta y Potsdam (1943, 4-11 febrero de 1945 y 17 julio-2 agosto 1945), en las que se establecerían las siguientes esferas de influencia mundiales entre la URSS y el bloque Euroatlántico Capitalista:

Mapa 1. El mundo en 1945

Fuente: Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, Changing Face of Europe and Colonial Tension, Late 1945, diciembre de 1945, en lov.gov, disponible en: https://www.loc.gov/resource/g5701f.ct002763/, consultado el 27 de marzo de 2022.

Fuente: Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos, Changing Face of Europe and Colonial Tension, Late 1945, diciembre de 1945, en lov.gov, disponible en: https://www.loc.gov/resource/g5701f.ct002763/, consultado el 27 de marzo de 2022.

Para la URSS el costo económico y social fue mayor que para cualquiera del bando aliado, 8 millones 670 mil soldados soviéticos perecieron en el conflicto mientras que entre 16 milliones 900 mi y 35 millones y medio de civiles perdieron la vida24, con lo que la reconversión civil de todo el aparato productivo del país y la recuperación económica se presentaban de nuevo como un reto para Stalin y el liderazgo en el Kremlin.

Stalin tardío: 1945-1953

Stalin y su grupo se encontraban en una posición interna y externa inmejorable, la recuperación en los últimos años de su liderazgo conservó el segundo lugar de producción económica e industrial por debajo de los Estados Unidos de 333 mil 656 millones de dólares a 569 mil 260 25, a pesar de todos los daños experimentados en la guerra bajo los ataques alemanes en todo el territorio soviético occidental.

No obstante, el campo jamás pudo reconfigurarse de manera efectiva, y se siguieron experimentando problemas derivados de la masiva colectivización emprendida en la década de los 20-30. El Culto a la Personalidad se había cimentado fuertemente tras el triunfo en la “Gran Guerra Patria” y el agotamiento personal que la guerra imprimió en Stalin comenzaba a hacerse notar a principios de 1950, en pleno crecimiento de tensiones de la URSS y Estados Unidos durante la Guerra Fría (1945-1991).

Para ofrecer unas breve conclusión sobre el futuro soviético a la muerte de Stalin (5 de marzo de 1953), recordaremos un último extracto de la biografía política escrita por Isaac Deutscher:

“Aún así, es un hecho que Stalin encontró a Rusia trabajando con un arado y la dejó equipada con bombas atómicas, aunque en la época del arado persistiera en muchos de los niveles de su existencia nacional. Este resumen del gobierno de Stalin es, por supuesto, un tributo a su logro. Pero en el estalinismo, también, el arado y la bomba atómica coexistieron grotescamente, al igual que el barbarismo primitivo y el Marxismo lo hicieron; y mientras la nación avanzó, los factores retrógrados del régimen de Stalin exponencialmente impidieron el progreso y lo amenazaron con su detención”26.

Conclusión: el legado de Stalin en el aparato Estatal soviético y ruso

Tanto el Estado soviético como su sucesor generaron una dependencia respecto al éxito o fracaso de su líder. Sin embargo permaneció el funcionamiento dentro de instituciones, grupos de poder y burocráticos que lo personificaran y ejecutaran las políticas generadas en conjunto, previo ello a un proceso deliberativo que comenzaba en tiempos soviéticos en los Soviets Locales y terminara en el Soviet Supremo para la posterior aceptación o rechazo del Politburó del PCUS, o en tiempos más actuales desde los parlamentos regionales, hasta la Duma Estatal y hacia El Consejo de la Federación para ser promulgadas por el Presidente.

Esta perspectiva de poder distribuido muestra lo erróneo que es considerar el legado de Stalin y posteriores como uno de carácter exclusivamente dictatorial, pues en consonancia con la idea previamente desarrollada por Sidney y Beatrice Webb27, debían necesariamente establecerse arreglos previos para promulgar o ejecutar cualquier política o ley dentro de la URSS, y sigue siendo aquello una realidad toral en la Rusia post-soviética.

Existen todavía ciertas características definitorias del Estado soviético/ruso herederas de Stalin: las instituciones de poder (Defensa, Seguridad Interna mediante el KGB-FSB28) siguen teniendo un papel preponderante en la actual configuración estatal; por otro lado, la figura central tensora de la política interna y externa sigue estando centrada en una sola persona, en el caso actual, el presidente de Rusia; y en último lugar, la capacidad del Estado y la sociedad de reconfigurarse a partir de vicisitudes regionales y mundiales sigue siendo una característica bastante peculiar de este enigmático y  apasionante país.

Fuentes Consultadas

  • Davies, R.W., et.al., eds., The economic transformation of the Soviet Union, 1913-1945, Cambridge University Press, Estados Unidos, 1941.
  • Deutscher, Isaac, Stalin: A Political Biography, Oxford University Press, Estados Unidos, 1967, p. 231.
  • Maddison, Angus, Historical Statistics of the World Economy:  1-2008 AD en rug.nl, marzo de 2010, disponible en: https://www.rug.nl/ggdc/historicaldevelopment/maddison/releases/maddison-database-2010, consultado el 27 de marzo de 2022.
  • Overy, Richard, Russia’s War, Penguin Books, Reino Unido, 1998.
  • Rojas, Gerardo, Evolución del Estado Ruso a partir de la desintegración de la URSS: 1991-2018, Universidad Nacional Autónoma de México, México, 2021.
  • Service, Robert, The Penguin History of Modern Russia, Penguin Books, Reino Unido, 2015.
  • Webb, Sidney y Webb, Beatrice, Soviet Communism: A New Civilisation, Longmans, Green and Co, Reino Unido, 1947.

Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.

Ilustrador
Axel Rangel
Axel Rangel García nació en la Ciudad de México y es Licenciado en Diseño y Comunicación Visual con especialidad en ilustración por la Facultad de Artes y Diseño de la UNAM. Seleccionado en el Catálogo de Ilustradores de la Secretaría de Cultura en 2018 y en el American Illustration en sus ediciones 39 y 40. Su trabajo ha sido publicado en el Washington Post, Politico Europa, WIRED Medio Oriente, Editorial Planeta y Tierra Adentro entre otros.
Ilustración realizada por Karina Janis

El miedo a la otredad ha sido un tema muy explorado en años recientes, incluso en narrativas cinematográficas como Her (2013), el drama dirigido por Spike Jonze, en el que un hombre aterrado por mantener vínculos afectivos con los demás, inicia una relación sentimental con Samantha, su asistente virtual. El final llega cuando Samantha decide conocer a otras inteligencias artificiales y el protagonista se ve forzado a retomar la interacción con otros seres humanos.

En el contexto actual hay plataformas y herramientas inteligentes diseñadas para acercar a las personas en un diálogo enmarcado por la tolerancia. Los resultados aún son contradictorios y han sido cuestionados con especulaciones que siguieron, desde hace más de 40 años, de la pluma de Isaac Asimov (1920-1992) divulgador científico y autor de ciencia-ficción.

Asimov se preguntaba cuáles serían los beneficios sociales de la tecnología y qué pasaría si los seres humanos la convirtieran en el único medio para establecer vínculos emocionales y comunicativos. En su saga de los robots llevaba al siguiente nivel sus reflexiones con la presencia de robots positrónicos creados para asistir a los humanos en cualquier actividad bajo las leyes de la robótica:

  1. Un robot no puede dañar a un ser humano ni, por inacción, permitir que un ser humano sufra daño.
  2. Un robot debe cumplir las órdenes de los seres humanos, excepto si dichas órdenes entran en conflicto con la primera ley.
  3. Un robot debe proteger su propia existencia en la medida en que ello no entre en conflicto con la primera o la segunda ley.

Más una cuarta ley que Asimov formuló años después de “Círculo vicioso”, el relato publicado en 1942 en el cual introdujo las primeras tres leyes. “La ley cero”, que complementa a la primera, plantea que un robot no puede dañar a la humanidad ni, por inacción, permitir que la humanidad sufra daño.

 

El robot humanizado

La saga de los robots se compone por novelas y cuentos publicados entre 1950 y finales de la década de 1980, entre las que se destacan: Yo, robot (1950), Las bóvedas de acero (1954), El sol desnudo (1957) y Robots e Imperio (1985). Cada libro explora las implicaciones sobre el uso desmedido de la tecnología y los robots sin enfocarse al intercambio ni el desarrollo del conocimiento en las civilizaciones modernas.

En 1988, Asimov trasladó esta inquietud a la vida cotidiana en la entrevista “El mundo de las ideas” donde expuso su perspectiva sobre la formación académica a través de Internet y las posibilidades de que los estudiantes fomentaran una educación autodidacta. Un tema en el que el autor era autoridad, pues a los 16 años, en 1936, luego de abandonar su natal Smolensk, Rusia, asistió a la Universidad de Columbia donde estudió Física, Biología y Bioquímica.

Aunque en la entrevista el contraargumento de la deshumanización del aprendizaje amplió la discusión y se reflejó en la mayoría de los relatos del autor en los que se acentuaba la automatización de los humanos y la humanización de los robots: el caso de R. Daneel Olivaw.

Olivaw ha sido un personaje recurrente en la obra de Asimov. En la saga de los robots, el lector conoce la actitud servicial y bienhechora de Olivaw, obsesionado por cumplir la ley cero cuando se involucró con humanos o trabajaba junto al detective terrícola Elijah Baley.

El robot es un personaje secundario en las novelas y sus percepciones de la raza humana son cautivadoras. A través de sus ojos las personas parecen necesitar de un agente pacificador que actúe desde las sombras, porque a juicio del robot la gente se opondría a cualquier idea impuesta por un androide.

Olivaw tomó medidas drásticas para cumplir la ley cero. En la novela, Fundación y Tierra (1986), parte de la saga de la Fundación, los protagonistas se encuentran con el robot en una base lunar y escuchan su historia. Él manipuló a los humanos durante milenios con el fin de expandirse por la galaxia en lugares habitables, alejados de la tiranía; de esa forma, protegió a la humanidad de sí misma.

En esta confesión, Olivaw explica que provocó la creación de la “Psicohistoria”, la ciencia ficticia en la saga de la Fundación que permite predecir el comportamiento de las grandes civilizaciones, por medio de estudios estadísticos y psicológicos. El robot influyó en el origen de esta ciencia tras determinar que la principal amenaza a los humanos era la polarización; con la “Psicohistoria”, intentó detenerla y entender a la humanidad como un todo más allá de la suma de individualidades.

Las acciones de Olivaw avanzaron subyacentes en la obra de Asimov y alcanzaron su clímax en un cierre conmovedor en la saga de la Fundación. La conversación de Olivaw con otras personas supone una catarsis, al tratarse de un reencuentro con un robot, que encarna una extensión de los sentimientos humanos más antiguos: el respeto a las otredades y el cuidado de la vida.

Olivaw cumplió con la ley cero hasta niveles peligrosos, porque ocultó sus planes de las personas en oposición a la segunda y tercera ley. Es reconfortante interpretar que este acto altruista abandona cualquier programación basada en principios lógicos en un proceso similar al que solo ocurre con los humanos; cuando, motivados por el amor, renuncian a la razón.

Asimov, como autor de ciencia-ficción y erudito, veía extensiones del humano en los aportes científicos y literarios. A diferencia del atormentado y rencoroso monstruo de Frankenstein, que perpetuaba la dualidad del ser en una vida tempestuosa; Asimov creó al robot humanizado, R. Daneel Olivaw, una extensión de la empatía en tiempos oscuros; cuyo mensaje de solidaridad se convirtió en una declaración de intenciones concebida en el corazón del ser humano.

 

Las sociedades desnudas de Asimov

Con frecuencia se ubica a Asimov en el cajón de los autores obsesionados con los robots, y se ignora su trabajo en la divulgación científica. En las décadas de 1960 y 1970 escribió numerosos artículos científicos con un lenguaje accesible para cualquier persona, debido a que el pueblo estadounidense tuvo un gran interés en el tema después de los lanzamientos del Programa ruso Sputnik en 1957.

Entre las publicaciones más trascendentes de esta faceta divulgativa se encuentran: Momentos estelares de la ciencia (1959), Grandes ideas de la ciencia (1969), 100 preguntas básicas sobre la ciencia (1979) y De los números y su historia, (obra reeditada en 2000).

Antes de este periodo fue investigador químico en los astilleros de la marina estadounidense. Allí observó la destrucción de la Segunda Guerra Mundial y atestiguó el horror que vivieron las sociedades europeas al ser desprovistas de libertad y sabiduría. En esa época en la cual se despreció el valor de la vida el autor encontró sociedades desnudas, entregas al odio hacia la otredad y los regímenes implacables donde los cuerpos eran menos que herramientas.

En una relectura de la obra asimoviana, el escritor volvía a sus impresiones de la guerra e intentaba responder qué pasaría si las personas explotaban a otros como si fueran robots; cuestión latente en El sol desnudo (1957), cuya trama presentó una sociedad confinada en sus hogares por las condiciones extremas del planeta Solaria. Los protagonistas sienten una terrible aversión por interactuar con los demás porque se han desprendido del instinto social.

R. Daneel Olivaw y el detective Elijah Baley viajaron a Solaria para resolver el primer caso de asesinato en la historia de ese planeta. La víctima era el Dr. Rikaine Delmarre, ingeniero fetal, encargado de producir de forma artificial a los bebés de Solaria. La principal sospechosa era su esposa asignada, Gladia, renombrada artista abstracta. Las evidencias apuntaban a algo inconcebible: en el crimen participó un robot.

La investigación de Olivaw y Baley se ve entorpecida en múltiples ocasiones, los robots testigos fueron destruidos, el arma homicida desapareció por un tiempo y Hannis Gruer, el jefe de seguridad solariana, murió envenenado. Las teorías de Baley resultaron ser verdaderas pues descubrió que Gladia había matado al doctor, pero lo hizo con ayuda.

El detective y su compañero descubren que Jothan Leebig, el roboticista, diseñó un robot con extremidades intercambiables que puso a disposición de Gladia, con quien la víctima tenía discusiones acaloradas sobre las relaciones afectivas que la artista quería experimentar. En un arranque de furia la mujer usó el brazo de un robot para asesinar a su marido.

Leebig manipuló a Gladia, con quien tenía citas virtuales. El roboticista quería muerto al Dr. Delmarre porque él había descubierto sus planes de conquistar la galaxia, conspiración que también desvelaron el detective y su robot. Leebig pretendía aprovechar la alienación de los solarianos para explotar sus cuerpos y recursos, fomentaba el repudio hacia los habitantes con menor rango académico y los prejuicios a las interacciones sociales, según fuera conveniente para él.

Luego del suicidio de Leebig, Baley quedó impactado por el estado de Solaria, el planeta donde los habitantes dejaron de ser humanos desde hace siglos. Comprendió que los solarianos preferían aborrecerse entre ellos en lugar de resolver los problemas de su civilización, pues admitir que existen los dejaría tan expuestos como Baley se sentía ante los rayos del sol en sus viajes por el espacio.

Los solarianos fueron víctimas de los temas tabú que eligieron censurar. Cuando comenzaron los asesinatos, los solarianos se percataron de que sería imposible evitarlos, porque sus estigmas y el miedo a la otredad habían mutilado el cuerpo social de Solaria. Este planeta ayudó a Asimov a construir un espejo ficcional para reflejar las sociedades desnudas que conoció durante la Segunda Guerra Mundial.

Es paradójico que el mismo Asimov haya caído ante una sociedad vulnerada por sus prejuicios, cuando en 1983 contrajo VIH en una transfusión sanguínea. En 1985, el autor quería que su condición se conociera, pero los médicos y su círculo lo evitaron al tratarse de una enfermedad satanizada por el escrutinio público.

El mundo se enteraría de la verdad después de la muerte del escritor, fallecido a los 72 años en 1992. Janet Asimov, segunda esposa del autor, reveló el diagnóstico de VIH en la biografía, Ha sido una buena vida (2002). Asimov murió bajo el estigma y la desinformación que él mismo trató de combatir con su obra de divulgación científica y ciencia-ficción.

A 30 años de su muerte las sociedades desnudas amenazan con volver sometidas a la intolerancia en medio de conflagraciones y pandemias que podrán afrontarse con ayuda de la tecnología, así lo hubiera sugerido Asimov. Solo que esta vez no hay que recurrir a ella para encontrar un ángel de alas biónicas como R. Daneel Olivaw; habrá que seguir la pista de sus orígenes y recordar que en la creación de los aportes científicos alguien depositó la esperanza de ayudar a la humanidad.

 

Referencias

Asimov, Isaac. El sol desnudo. Penguin Random House Grupo Editorial (2017). Traducción por: Tony López.

https://hipertextual.com/2018/01/sida-isaac-asimov

https://www.elsoldemexico.com.mx/cultura/literatura/isaac-asimov-el-mago-de-la-ciencia-ficcion-a-30-anos-de-su-muerte-8042821.html

https://www.it.uc3m.es/jvillena/irc/practicas/estudios/Robotica.pdf

https://elpais.com/elpais/2017/08/24/ciencia/1503574908_187790.html#:~:text=Los%20robots%20positr%C3%B3nicos%20de%20Asimov,un%20ser%20humano%20sufra%20da%C3%B1o.

https://www.cultura.gob.ar/isaac-asimov-vida-y-obra-de-un-escritor-imprescindible-8894/#:~:text=Sus%20primeros%20cuentos%20llegaron%20en,de%20la%20saga%20de%20Fundaci%C3%B3n.

https://historia.nationalgeographic.com.es/a/isaac-asimov-maestro-ciencia-ficcion_15035


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Karina Janis
Artista gráfica Tamaulipeca formada en la ciudad de Puebla. Su obra presenta batallas internas entre la dualidad de los seres vivos: Luz y oscuridad. Explora la complejidad de estos opuestos así como la resiliencia y el autoconocimiento. Con un interés marcado en la naturaleza y los elementos que la componen se adentra en cómo los hábitos de consumo del ser humano han repercutido en el entorno, afectando ecosistemas enteros.
Foto por Iñaki Espejo-Saavedra en Flickr

Chica, ¿qué dices?

 

Hace unos días apareció en mi feed de Instagram esta imagen: Walter White, el protagonista de Breaking Bad, enfundado en un overol de seguridad amarillo mientras prepara en varias pipetas lo que asumimos son metanfetaminas. En la parte de arriba, sobre un fondo blanco, dice, con la malicia típica de los memeros, «La Rosalía creando cuidadosamente la canción más fea que he escuchado». Se refería (y en ese momento yo creía que tenía razón) a CHICKEN TERIYAKI, una de las primeras canciones del nuevo disco de La Rosalía, Motomami.

Ahora, después de escuchar el disco, me doy cuenta de que el meme tenía razón, pero en sentido contrario.

 

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En un par de entrevistas, Rosalía ha dicho que Motomami es el resultado de una mezcla de ritmos afrocaribeños como el reggaetón, el dembow y la bachata con el flamenco y el pop, vía tecnologías como el autotune y el sampleo. Esta mezcla es posible gracias también a una serie de productores de renombre (The Neptunes, Mike Dean, Tainy, Playboi Carti). Y esta es una característica constante en el disco. Cuando Rosalía canta «Yo me transformo» en SAOKO, la primera canción de Motomami, no solo rinde un homenaje a una modernidad robotizada, sino que inaugura su exploración de las posibilidades creativas de lo que hemos llamado «lo latino». Esto es evidente en LA FAMA, donde The Weeknd no solo canta en español, sino que también intenta bailar bachata.

Y es que, más que anclarse a un género, Motomami es un laboratorio creativo, tal y como el meme sugiere. Rosalía trae la mezcla, el remix, el sampleo y hasta el tema del plagio creativo al debate de la actualización y hasta apropiación de la música flamenca y pop que la ha rodeado desde hace tiempo. Uno de los elementos que resaltan y llaman la atención son las referencias; de hecho, además de CANDY, que alude a la canción de Plan B del mismo nombre: «bailando Plan B, la de Candy», SAOKO ya era una canción de Wisin y Daddy Yankee (de donde sale el coro «Saoco, papi, saoco» en voz de otra mujer). Así arranca el disco, con un verso ajeno que se repite mientras la voz cantante se transforma hasta lo irreconocible.

En BULERÍAS, por ejemplo, se siente lo que ya aparecía en El Mal Querer: un flamenco atrevido, actual, hasta irrespetuoso (si se quiere), que trata de salirse de lo establecido. «De cada puñalaíta saco mi rabia. Y aunque no tenga dinero, no tenga a nadie, yo voy a seguir cantando, porque me nace», dice como reafirmación de lo que está a punto de suceder: si en SAOKO manifiesta un atisbo de cambio, en esta canción hay una metamorfosis completa. El flamenco, como toda su música, también es mío, que la bailo en el pasillo de mi casa, escuchándola con audífonos o en una fiesta futura.

 

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El atractivo de Motomami no está solo en retomar un pasado común, sino en la propuesta que hace para afrontar un futuro ya no binario, sino diverso. Algunas críticas han establecido que se trata de un álbum sin límites claros, un disco random, que no sabe bien a bien qué ser ni cómo serlo. Habrá quien lo considere una desventaja o lo diga desdén, pero es una virtud. De la misma forma en que Arca lo hace con KiCk i, ii, iii y iiiii, Rosalía explora hasta dónde es capaz de metamorfosearse, reinventarse, transformarse en su propia motomami.

 

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Otra serie de imágenes con las que me he encontrado circulando en Twitter hablen sobre qué es ser motomami. Al principio, la referencia más cercana que yo tenía a ese invento de identidad era el ser bichota, por aquella canción de Karol G en la que hablaba de una mujer que era su propia jefa, no rendía cuentas a nadie y perreaba con quien quería y como quería. Ser motomami va en ese mismo sentido.

En uno de esos memes veo a un Spiderman en posición de ataque. En su frente se lee en letras amarillas «Una bichota». Su mano está siendo cubierta por una sustancia negra y viscosa sobre la que se lee, con la tipografía oficial del disco, «Motomami». La bichota se transforma en motomami.

Ser motomami y ser bichota comparten un mismo cuerpo.

 

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G3 N15, CUUUUuuuuuute y DIABLO son manifestaciones de ese nuevo horizonte que Motomami traza.

Las colaboraciones en “Motomami” son sorprendentes. Pharrel es otro de los nombres que aparece en al menos tres canciones: MOTOMAMI, HENTAI y LA COMBI VERSACE, ésta última trabajada también con Tokischa.

Hay en todo el álbum un sentido de modernidad robotizada —Pharrell antes trabajó con un dúo de robots conocido como Daft Punk—. Una modernidad en la que nos pensamos máquinas —para bien: velocidad, alcanzar y superar límites, y para mal: servir a la producción desbordada y desmedida—, o bien una en la que nos pensamos como un cíborg en el sentido de Donna Haraway. Así, CHICKEN TERIYAKI, que fue burla y risas y meme antes de conocerse en su contexto, su universo, se vuelve la canción más atinada de todo el álbum. Aunque las letras aparentemente no tengan sentido —«tu gata quiere maki, mi gata en Kawasaki»—, van en concordancia con toda idea de Motomami.

HENTAÏ (como lo escribe la propia Rosalía) es de las canciones mejor logradas para el contexto de Motomami: una declaración de amor que parte del erotismo y la sexualidad, con letras que no importan mucho salvo para invitarnos a coger. En un tuit, Lucía Lijtmaer dice: «Lo único que sé de Motomami es que “Hentai” está escrita en pleno enamoramiento postcoital, sí, por supuesto». Rosalía explora el cuerpo que se va motorizando. El deseo es uno de los ejes transversales de todo el disco, pero a diferencia de lo que ocurre en El Mal Querer, se trata de un deseo explícito, frontal.

 

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La portada de Motomami no podría ser otra cosa más que reveladora. Rosalía aparece desnuda y cubriéndose únicamente con sus brazos, como una Venus. Esta apariencia es interrumpida por un casco de motociclista que le cubre la cabeza y unas largas uñas blancas. Detrás, su cabello se expande como pequeñas alas de ángel. Un androide sensual.

ROSALÍA, Motomami

ROSALÍA, Motomami

 

 

Como el disco entero, la imagen que lo inaugura está hecha de capas, la tipografía que adorna la palabra Motomami parece grabada en aerosol, como si se tratara de un graffiti que transgrede alguna calle de cualquier barrio. Al fondo, la imagen de la motomami.

Cuando la veo pienso en DELIRIO DE GRANDEZA, una de las canciones que en su movimiento parece la curva que nos trae de regreso. Un tango de desamor hasta que escuchamos una voz en inglés en el fondo y se yuxtaponen ambas letras: «Que retornes buscando una ilusión de amor y volverás a mí, así lo espero» y «Man, it’s ridiculous I got you so delirious, kiss me through the phone while I lick you just like licorice».

Eso también es el disco: sobrepuesta de concepciones de un mundo que, hasta que escuchamos las dieciséis canciones, desconocíamos.

 

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Hay un redondeo que empieza en SAOKO pero que se cierra en SAKURA con una voz honesta, rota, solitaria. «Ser una popstar nunca te dura», canta Rosalía quizá a modo de confesión, pues también en Motomami sucede un quiebre: nada dura, nada permanece. Ser motomami es estar en movimiento. La exploración, la creatividad, la transformación es nómada, nunca sedentaria.

Pero la identidad motomami también ha de agotarse, desgastarse.

 

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El disco parece postular, a través de su incesante mezcla y remezcla, que ser motomami es transformarse, motorizarse, volverse máquina y, en ese mismo espacio, absorber lo que el contexto nos da para inventar(nos) cualquier cosa. No es casualidad que Abcdfg —«M de motomami, motomami, motomami, motomami, motomami»— sea un diccionario no convencional, un diccionario que se baila y se canta, que se permite explorar sus propias definiciones: «I de inteligencia artificial», «Z de zarzamora, o de zapateao, o de zorra también». Ese es el potencial de una motomami, el potencial de la música de Rosalía. La capacidad de escapar de cualquier definición.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.
Andrei Tarkovsky (Flickr)
Andrei Tarkovsky (Flickr)

 

 

De cómo la nostalgia del director impregnó sus películas

 

Tarkovsky (4 de abril, 1932 – 29 de diciembre, 1986) nació exactamente diez años después que la Unión Soviética. Stalin ya había borrado a Trotsky de las fotografías y el primer Plan Quinquenal estaba en marcha. La forja interior de un Estado omnipotente no solo debía proyectarse al exterior, tenía que hacerlo con dramatismo, así lo reclamaba un mundo donde las naciones capitalistas eran la mayor amenaza al proyecto experimental socialista. No había más, la industria cinematográfica, tentáculo del Estado, debía producir panegíricos sobre la nación.

Treinta años después, Tarkovsky se había graduado de la Universidad Panrusa Guerásimov de Cinematografía. En 1962, el año más caliente de la Guerra Fría, estrenó La infancia de Iván. Su ópera prima se ceñía al tema nacionalista y militar, el preferido de las instituciones soviéticas. Su impacto en los foros más importantes –ganó el León de Oro–, atrajo la más estricta vigilancia. De ahí en adelante, su obra fue objeto de control estatal con el fin de evitar que se saliera de los lineamientos del Partido. Los roces no se hicieron esperar y Andréi Rubliov (1966) pasó un lustro censurada. Cuando finalmente llegó a Cannes en 1971, bajo órdenes directas tuvo que estrenarse a las 4:00 a.m. En una especie de tregua con el régimen soviético, Tarkovsky filmó Solaris (1972), una pieza de ciencia ficción que, en tanto incapaz de trascender el género, sintió malograda. En 1975 presentó una autobiografía, El Espejo. Por supuesto, los temas espirituales y personales no fueron valorados al igual que los tópicos nacionalistas. Los censores dictaminaron que la llamada “estética burguesa” había infectado su cine y que Tarkovsky debía pisar la cárcel. Estas presiones más la mala fortuna complicaron el surgimiento de Stalker (1979), su película favorita. Como la limitación era asfixiante, Tarkovsky realizó Nostalgia (1986) en Italia y luego, en Suecia, El Sacrificio (1986), su obra cumbre. Como todo exiliado, Tarkovsky pensó que la estadía fuera de su tierra sería pasajera, nunca imaginó que no regresaría ni tampoco que el cáncer solo le permitiría realizar siete películas.

Además de la elección de sus temas, el denso tratamiento de las emociones y la manera de poetizar con la imagen en movimiento, sus obras movilizaban conceptos que no cabían en los rígidos compartimentos de la modernidad. Por ende, chocaron violentamente con las ideas de “función social” del arte en su país. El experimento sociopolítico de la Unión Soviética nació y murió en un mundo en el que los sistemas dominantes únicamente podían existir vía la aniquilación del otro. Capitalismo y socialismo se consideraban como oposiciones absolutas de ambos lados de la Cortina de Hierro. La censura no fue sino una cristalización de este móvil perpetuo de paranoia y miedo.

No obstante lo ruin de sus detractores, Tarkovsky no siempre prefirió a sus seguidores. Cansado de desmentir los vanos simbolismos que tantos creían ver en sus películas, el más grande cineasta según Bergman se empecinó con una respuesta corta: sus películas no contenían metáforas. Un desatino, desde luego. Una cosa es rendir pleitesía a la simbología, otra muy distinta es trabajar metáforas. Las películas de Tarkovsky –no podía ser de otra forma–, están llenas de metáforas. Por dar un solo ejemplo, sus personajes se asoman a los espejos como quien ve un cuadro y ven los cuadros como quien se ve en un espejo. Y no es mera sugerencia o analogía, en el mundo de Tarkovsky, los espejos pintan, las pinturas reflejan, las esculturas son de tiempo y el mundo rebosa agua, porque el arte, como Tarkovsky mismo afirma, es esencialmente metafórico: “la imagen artística es siempre un símbolo, que sustituye una cosa por otra, lo mayor por lo menor. Para poder informar de lo vivo, el artista presenta lo muerto, para poder hablar del infinito el artista presenta lo finito. Un sustituto. Lo infinito no es materializable. Tan solo puede crearse una ilusión, una imagen.”

 

Jeroglífico

Cuando los estereotipos desfilan, la ciencia y el arte relucen como antípodas. Más una forma de vender mercancía que de argumentar, en las discusiones usuales se anteponen hablillas sobre los hemisferios del cerebro y los tipos de personalidad. Se trata de una batalla maniquea en términos de lo racional vs. lo sentimental, de la creatividad del artista vs. el rigor del científico, etc. En una segunda ronda, no menos estereotipada, arte y ciencia ahora son dos ramificaciones apenas distinguibles en el árbol de la creatividad humana. Como argumentación aquí se enarbola la creatividad onírica del científico al tiempo que se exalta la pericia premonitoria del artista. Es hasta la tercera mano que la sustancia se percibe. La ciencia y el arte, que no conviven en una relación antinómica, representan dos maneras en que la intersubjetividad se configura. En palabras de Tarkovsky:

“En el arte el hombre se apropia de la realidad a través de una experiencia subjetiva. En la ciencia, el conocer humano sigue una escalera sin fin en la que cada peldaño es sustituido sucesivamente por nuevos conocimientos, siendo un descubrimiento refutado con bastante frecuencia por el siguiente en aras de una determinada verdad objetiva. Por el contrario, el conocimiento y el descubrimiento artísticos surgen cada vez como una imagen nueva y única del mundo, como un jeroglífico de la verdad absoluta. Aparece como una revelación…”

Tarkovsky insistió en que la revelación era constitutiva del arte y el artista debía volverse un maestro de la revelación:

“Si una persona quiere adherirse a un sistema científico determinado, tiene que lograr cierta comprensión que requiere como punto de partida un tipo particular de educación. Por su cuenta, el arte se dirige a todos, con la esperanza de despertar una impresión que ante todo sea sentida, de desencadenar una conmoción emocional que sea aceptada. No quiere convencer a las personas con inexorables argumentos racionales sino transmitirles una energía espiritual. En vez de una formación científica, el artista requiere un aprendizaje espiritual.”

Algunos prefieren al cineasta que al teórico, los más confiesan no ver diferencia; históricamente no habría uno sin el otro. Obtener el título del séptimo arte no fue tarea fácil. En ausencia de una musa que los defendiera, distintos cineastas optaron por diferentes estrategias. En particular, Tarkovsky apeló a la escultura, la más sólida de las artes. En su visión, el cine podría alcanzar alturas insospechadas, porque el cine no tallaba o bruñía el espacio; el cine cincelaba el tiempo. No se trataba de grabar en las locaciones sino de grabar –la cámara como un buril– el momento. No exenta de belleza ni precisión, esta definición logró su cometido, sirvió como explicación retrospectiva de sus primeras películas y guía para las últimas; confirió un marco tanto teórico como práctico e instauró un estándar de exigencia. El compromiso con lo profundo quedó estipulado.

 

 Verdades veladas

Aletheia, una de las palabras de la grecia clásica para hablar sobre la verdad, significa literalmente des-ocultar. Con poco más que esta pieza de evidencia los doctrinarios montaron su caso. Qué otra cosa sino la verdad es lo que se podría revelar; qué más que la revelación es lo que podría ser verdad. Quedó archivado, la revelación en clave teológica forma una identidad con la verdad. Su paso entre las obras de arte de gran calado fue igualmente previsible, finalmente la escultura, por dar el ejemplo más claro, a todas luces removía, destapaba, descubría, es decir, revelaba en concreto. Y así, la idea de que el verdadero arte apuntaba en dirección a la verdad se volvió común en estos legajos. Ahora bien, con la llegada de la fotografía, el revelado consiguió una nueva forma de materialización igualmente evidente. No obstante lo prosaico y poco espiritual que esto pareció a muchos, no hubo alternativa y la noción de revelación tuvo que ser ampliada. Pero resultó que un abismo separaba las acepciones. La revelación en clave fotográfica, no refería a lo verdadero sino a lo real, era una manera de cobrar realidad, de parir una imagen o dar a luz cierta luz. Lejos de presentarse como un mero juego de palabras, el nuevo término mostró valía como herramienta conceptual. En tanto forma de hablar, permitió un respiro del dogmatismo de las verdades reveladas. En tanto forma de pensar, comprendió verosímilmente los logros artísticos como realidades realizadas.

“Lo bello queda oculto a los ojos de aquellos que no buscan la verdad (…) Un artista sin esa fe es como un pintor que hubiera nacido ciego”. Líneas como las anteriores muestran que Tarkovsky pecó de excesiva fe en la verdad y otorgó demasiada verdad a la fe. Desde una visión psicoanalítica el problema puede resolverse: lo contrario a la desesperanza no es la fe, ya lo dijo Erikson, sino la integridad. Tarkovsky argumentó que el cine era arte y el arte conocimiento. Y agregó que la revelación era quien gobernaba esta forma de conocimiento. Aquí pudo haber desarrollado el concepto de la revelación en analogía al proceso químico con que revelaba sus propias cintas. No lo hizo. Aunque tenía un lugar privilegiado para afinar la nueva acepción de la revelación, atrapado como estaba en el discurso del absoluto, Tarkovsky se decantó por la mística.

“El arte y la ciencia son” afirma Tarkovsky “formas de apropiarse el mundo, formas de conocimiento del hombre en camino hacia la ‘verdad absoluta’”. Hubo y habrá filósofos que defiendan esta visión. No obstante, aún si entrecomillada y en minúsculas, es decir incluso reconociendo que la verdad no podría ser locación sino solo horizonte, semejante sentencia resulta operacionalmente falsa. Y no es que la verdad absoluta esté desterrada de la ciencia, en tanto sistema de prácticas simplemente nunca hubo lugar para ella. Y, aunque quisiéramos pretender lo contrario, lo mismo ocurre en nuestras lenguas. Decimos verdadero de algo si concurre con nuestro sentir, si así fue definido, si se sigue mediante un camino lógico, o si es coherente dentro de cierto sistema, lo demás es dogmatismo, fanatismo o franca imposición. Ya lo dijo Rorty: “No existe el amor a la Verdad. Lo que se ha llamado con ese nombre es una mezcla del amor por alcanzar un acuerdo intersubjetivo, el amor por conseguir el dominio de un conjunto de datos recalcitrantes, el amor por ganar argumentos y el amor por sintetizar teorías pequeñas en grandes”.

Quizá verdad y realidad marquen la sinonimia más contrahecha. La noción de verdad como correspondencia queda vacía o se encierra en el lenguaje. Es claro, “los enunciados se comparan con los enunciados”, ya lo dijo Otto Neurath, “no con las ‘experiencias’, ni con el ‘mundo’ ni con nada más”. La verdad juega a disfrazarse con mayúsculas, ponerse apellidos, exigir confesiones, hacer actos de aparición y dar golpes de espectáculo. Y así, mientras la verdad pretende revelarse, lo real de hecho se rebela. Lo real, innombrado e innombrable, aniquila cuando no ignora nuestros deseos. Quien cava en la verdad no se encuentra con quien cava en lo real, moran arenas distintas, la del ser y la del lenguaje.

 

Del celuloide al mármol

Tarkovsky antepuso al veneciano Carpaccio a Rafael de Urbino, cuyo arte encontraba flácido e insípido. Nosotros nos quedamos con el gigante de Caprese. Miguel Ángel es faro del arte y sin embargo vivió a la sombra; en su fuero interno el verdadero artista era otro, uno por el que lo hubiera dado todo: Dante.

De Dante hablo, que mal conocidas sus

obras fueron por ese pueblo ingrato

que sólo a los justos desprovee del bien.

¡Más ojalá hubiese sido él! Por tal fortuna,

con su áspero exilio y también su virtud,

daría yo del mundo el puesto más feliz.

 

Miguel Ángel, el escultor obligado a pintar, el arquitecto a fuerza de protagonismo, el estudioso de Dante, fue el autor menos conocido de más de un centenar de sonetos y madrigales. Aunque la mayoría están dedicados al amor dolido –carnal y espiritual–, otros adoptan un cariz más filosófico. En el soneto X, da su respuesta a la pregunta perenne sobre si la belleza entra o sale del ojo que la mira:

Dime de grado, Amor, si estos mis ojos

de veras ven a la beldad que aspiro

o si va dentro en mí, y a donde miro,

veo esculpido entonces su rostro…

—La belleza que ves en verdad está en ella.

 

Coherente con la objetividad de la belleza, en otro soneto Miguel Ángel supone que la obra escultórica, no importa lo arriesgada o improbable, aguarda matemáticamente al interior del material:

No tiene el gran artista ni un concepto

que un mármol sólo en sí no circunscriba

en su exceso, mas solo a tal arriba

la mano que obedece al intelecto.

 

Si atinados, con los golpes de su cincel el escultor podrá despertar la forma durmiente. En otras palabras, el artista que casa lo que razona e intuye asiste a una revelación. Seguramente Miguel Ángel, sentido creyente, leyó la revelación en el arte en clave teológica; lo intrigante es que su concepción resulta aún más elocuente bajo la lente con que hoy entendemos el proceso de revelado. En la fotografía análoga, suerte de parto onírico, la imagen incubada por la cámara emerge de una piscina química.

“Homero configuró una hermosa construcción de palabras muy variadas porque participaba de una naturaleza divina” (Demócrito, fr. 21). Homero olímpico, el sagrado Dante, el divino Miguel Ángel… La tradición que diviniza el genio para explicarlo es tan larga como poco informativa. Algo parecido ocurre con la visión del arte como revelación; pensadores, críticos, artistas y diletantes coinciden por igual, el arte revela, pero sobre qué y cómo, no dicen nada; calamares a la hora de afirmar, telegrafistas para dilucidar. Dejada a su propia suerte, la tensión en el núcleo del concepto resulta insostenible. En un polo, tenemos la revelación de raigambre teológica, asociada a la verdad, el absoluto y tantas otras palabras con mayúsculas; es la idea de que toda creación guarda una intención ulterior que puede ser manifiesta. En el otro polo, está la noción de revelación propia de la fotografía, menos asociada a la verdad que a la verosimilitud, la perspectiva, y tantos otros términos relativos; es la idea de la materialización polivalente que puede condensar el entramado del que surge. El problema ahora es nítido, la noción de revelación suele digerirse automáticamente en el primer sentido, sin importar que es el segundo el que hace justicia a la configuración técnica que el proceso artístico despliega.

 

En suma

Eisenstein sintetizó una nueva lengua al corazón de la cinematografía. Tarkovsky la articuló en un diálogo de artistas, científicos y teólogos. Sí, entre ciencia y arte existe una tensión esencial, pero no es la que dictan sus estereotipos. Mientras la ciencia avanza en una escalera lógica sin fin, piensa Tarkovsky, el arte se detiene en esferas simbólicas y espirituales. Dado que no calza con el científico, Tarkovsky sugiere que el conocimiento artístico se emparenta al religioso. En esto Andrei Arsenyevich erró. Separado de oratorios y laboratorios, el atelier del artista celebra su modo propio de conocimiento. Las revelaciones teológicas se reciben, estaban dadas; las revelaciones artísticas se ofrecen, son creadas. Los profetas toman dictado, los poetas se lo beben. Tarkovsky explicó el cine a través de la escultura, nosotros preferimos explicar la escultura con la fotografía. Es mucho lo que el discurso de la revelación deja velado; si la noción de revelación habrá de subsistir en el contexto científico y artístico de la actualidad, deberá hacerlo, no más bajo la metáfora de la faz detrás del velo, sino en analogía al cuarto oscuro que da a luz.

 

 

Referencias:

Andrei Tarkovsky, Sculpting in time. University of Texas Press. 1989.

Miguel Ángel Buonarroti, Sonetos completos. Cátedra. España. 1993.

Richard Rorty, Pragmatism as romantic polytheism. In The revival of pragmatism, ed. Morris Dicksein, 21–36. Durham, NC: Duke University Press. 1998.

Neurath, Otto. [1931] Sociology in the framework of physicalism. In Philosophical papers 1913–1946, ed. Robert S. Cohen and Marie Neurath, 58–90. Dordrecht: Reidel. 1983.

Erikson E. H. The life cycle completed. New York: W.W. Norton & Company. 1982.

Kirk, G. S., J. E. Raven, M. Schofield. Los Filósofos Presocráticos. Ed. Gredos. España. 1983

 


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.
Ilustración realizada por Jal Reed

De tanto en tanto, despierto con el opening de Pokémon atorado en la cabeza. Cada vez que pasa, siento que regreso a inicios de los 2000. A ese tiempo de infancia donde mi hermano y yo corríamos de regreso de la primaria, prendíamos la televisión y veíamos en Canal 5 otro episodio de las aventuras de Ash Ketchum y sus amigos.

Basta con esa tonada pegajosa, ese yo quiero ser siempre el mejor para que años de televisión regresen volando a mi mente. Estoy ahí de vuelta y me acuerdo de todo: de Misty y Brock, del equipo Rocket y la escena de James “el guajolote” Macías, la triste historia de Meowth con Meowzie y la emoción de ver a Ash compitiendo en una liga. Vuelvo a estar ahí, en el mundo brillante de Pokémon y me parece, entonces, que no ha pasado tanto tiempo desde la última vez que me senté a ver a Pikachu en la tele. Pero este día marca el 25 aniversario del lanzamiento del anime de Pokémon y me doy cuenta de que ya no sé cómo se llaman los nuevos compañeros de aventuras de Ash. Hemos cambiado, Pokémon y yo, pero no importa porque volver a él es como ir al sitio a donde uno llega de tiempo en tiempo, después de un largo viaje, y se siente como regresar a casa.

El anime de Pokémon estrenó su primer capítulo el 1 de abril de 1997 en la cadena TV Tokio, tan solo un año después del lanzamiento dual de los videojuegos Pokémon Red y Pokémon Green para el Game Boy, los primeros de la saga. El anime llegaría a Estados Unidos hasta 1998 y a México en 1999. Esto marcó el inicio de la “Pokémania”, también apodada la “fiebre amarilla” por el color del Pokémon principal del anime: Pikachu, el ratón eléctrico de mejillas rojizas y compañero eterno de Ash, el protagonista. Ese fue el inicio de todo y desde entonces Pokémon no ha parado, con más de 1000 episodios, 20 temporadas y varias decenas de adaptaciones al manga, Pokémon formó parte por igual de infancias y adolescencias, viendo a una generación entera  de sus seguidores convertirse en adultos.

La trama del anime puede parecer complicada, pero en realidad no lo es. Ash Ketchum, un niño de 10 años, viaja a través del mundo con sus amigos en busca de pokémon, criaturas inspiradas en insectos, animales, plantas, objetos y seres mitológicos. Ash desea convertirse en un Maestro Pokémon, ganar la Liga Pokémon, un torneo donde los pokémon pelean entre sí dirigidos por un entrenador, y lograr capturar (o al menos registrar en su Pokédex, un catálogo de todos los pokémon) a todos los Pokémon existentes. Para lograr clasificar en el torneo de la Liga tendrá que viajar por distintas ciudades en busca de los gimnasios pokémon y derrotar a sus líderes. En el camino, se enfrentará a rivales, enemigos y pokémon salvajes. Esta formula es sencilla e infinita y sin importar las regiones que visite Ash o los nuevos pokémon que descubra, se seguirá repitiendo a lo largo del anime.

Es difícil intentar explicarle a cualquiera que no haya crecido en los tiempos de la Pokémania el profundo impacto cultural que tuvo Pokémon en nuestra generación y en los productos mediáticos que vendrían después. De alguna manera, no basta con decir que Pokémon llegó a ser la segunda franquicia más importante del mundo, que dejó atrás a Hello Kitty y solo fue superada por Mario; que sobrepasó por mucho a su contemporánea, la Pottermanía, en ventas y popularidad o que inició un género de entretenimiento multimedia al que después le seguirían la pauta otras franquicias como Digimon, Yu-Gi-Oh! o Beyblade.

Para pintar una imagen más certera, puedo decir que en esos años todo, absolutamente todo, estaba lleno de Pokémon: loncheras, mochilas, estucheras, llaveros, calcetines, sábanas, colchas y otras amenidades mostraban el rostro sonriente y ratonesco de Pikachu; la radio transmitía sus openings; los cines exhibían sus películas; las tiendas se llenaron de peluches y figuritas de los protagonistas de la serie y de los 151 pokémon iniciales. Todos tenían un pokémon favorito, un personaje favorito, un opening favorito y quienes no jugaban el videojuego, el juego de cartas o con los tazos que salían en las papas sabritas, al menos habían visto una de las películas o uno de los episodios de la serie. Pokémon era inescapable.

Cada semana, nos sentábamos impacientes ante nuestra televisión para ver otro episodio, comprábamos la mercancía o la admirábamos de lejos (yo, por ejemplo, siempre soñé con un Pokédex y un Eevee de peluche y envidiaba terriblemente la pokébola que mi hermano recibió por su cumpleaños), cantábamos los openings, íbamos a ver las películas y vivíamos en ese universo amarillo y feliz de monstruos coleccionables.

Pero, aunque haya parecido así, Pokémon no empezó ese 1 de abril de 1997. Ni siquiera empezó con el lanzamiento de los primeros videojuegos de la saga. Inició en un bosque a las afueras de Tokio donde un niño buscaba insectos. Todo comenzó con Satoshi Tajiri.

Nacido en 1965, Tajiri creció en las afueras rurales de Tokio, destinadas a ser consumidas por la creciente masa citadina. De esos años, Satoshi recuerda la emoción de salir a explorar los ríos y bosques que rodeaban su casa en busca de toda clase de mariposas, escarabajos y gusanos. Soñaba con un día convertirse en entomólogo y coleccionar insectos, pero ese sueño se vio interrumpido por  el frenético ritmo de urbanización de Tokio.

Satoshi Tajiri vio desvanecerse los ríos y bosques que habían sido tan importantes para sus juegos infantiles dando paso a la gran ciudad. Con ellos se fueron también los insectos que tanto había querido. Pero el anhelo de aventura y descubrimiento nunca lo dejó. En lugar de una exploración física, emprendió una digital y se volcó en un mundo distinto.

Desde ese momento y para siempre, la vida de Satoshi Tajiri dejaría de enfocarse en los insectos para girar en torno a los videojuegos. Con el pasar de los años fundó Game Freak, un fanzine de bajo presupuesto sobre videojuegos escrito por él e ilustrado por Ken Sugimori. Game Freak se hizo popular y Tajiri y Sugimori empezaron a preguntarse si podrían hacer la transición de fanzine a empresa desarrolladora de videojuegos. Lo lograron. Llegaron a trabajar con Sega, PlayStation y Nintendo creando para ellos juegos que tuvieron un éxito moderado.

Fue entonces cuando Tajiri empezó a soñar con crear un videojuego que encapsulara el sentido de aventura y maravilla que había encontrado de niño al cazar insectos en el bosque. Quería juntar la búsqueda y captura de seres extraños con la nostalgia del Tokio rural, ahora desaparecido, de su infancia, en una sola experiencia a la que llamaría “Capsule Monsters”. Presentó su idea a Nintendo y Shigeru Miyamoto se interesó por ella. Con Miyamoto como mentor y Sugimori como director artístico, parecía que no tomaría mucho tiempo para que el proyecto entrara a la fase de producción. Pero pasarían todavía varios años antes de que los Capsule Monsters vieran la luz ahora convertidos en Pocket Monsters y abreviados como Pokémon. Nintendo tenía sus dudas sobre las capacidades de Tajiri para dirigir el proyecto y del éxito que podría alcanzar un juego con un concepto tan nuevo.

A pesar de las dudas, el momento llegó y Pokémon fue lanzado el 27 de febrero de 1996 con una dinámica revolucionaria. Aprovechando el sistema de transferencia de datos del Game Boy, el juego sería publicado en dos versiones, Red y Green, cada una con distintos pokémon. La meta: atrapar a cada uno de los 150 monstruos de bolsillo. Para lograrlo, el jugador tendría que comprar ambas versiones del juego o intercambiar pokémon con amigos y conocidos para lograr completar su Pokédex. Nintendo no pensaba que tendría el éxito monumental que tuvo, pues, además de sus dudas sobre el atractivo que podría tener para su audiencia, acababan de lanzar su nueva consola, el Nintendo 64 y creían que las entregas para ese sistema opacarían a las del entonces ya viejo Game Boy. Se equivocaron, desde luego, y Pokémon se convirtió en la opción por excelencia de los jugadores de consolas portátiles.

Pronto salió otra versión del juego, titulada Blue y pensada como una edición especial que solo podría ser pedida por correo. Aunque después fue distribuida como si siempre hubiera sido parte del tiraje inicial. A ella se unió la versión Yellow, inspirada por el éxito del anime y con Pikachu en un rol más importante. Desde entonces, la maquinaria de Pokémon no ha parado.

Me parece increíble que Pokémon haya durado tanto tiempo, que un concepto tan sencillo como coleccionar monstruos y ponerlos a pelear entre sí, haya sobrevivido durante más de 20 años. Pero al mismo tiempo ya no puedo imaginar un mundo donde no existan Pikachu, Chikorita o Vaporeon. Forman parte de mí.

No recuerdo exactamente cuál fue el primer episodio que vi del anime, pero sí lo maravilloso, vibrante y extraño que se me hizo su mundo. Me enamoré de Pokémon, como muchos otros niños de mi edad, porque me permitía explorar un universo inalcanzable y mágico. Porque me llevaba a un lugar de imposibles hechos realidad donde podía emprender nuevas aventuras al lado de Ash. Creo que ese fue el verdadero poder de la Pokémania: darnos la sensación de que podíamos explorar ese mundo, cambiarlo y descubrir sus secretos.

Si Pokémon fue construido sobre el deseo de Satoshi Tajiri de regresar a los bosques ahora desaparecidos de Tokio, mi amor por la franquicia descansa en la nostalgia de un tiempo donde mi paz estaba en sentarme a ver la televisión después de la escuela, coleccionar tazos y soñar con que Ash algún día sería campeón de la liga Johto. Esa fue la época de soñar en grande. De Sakura Card Captor, Ranma 1/2, Dragon Ball Z, Digimon y Pokémon. Fue el momento en el creímos que todo era posible porque todo lo era para los protagonistas de nuestros animes favoritos.

Han pasado muchos años desde entonces y sé que nunca me pondré al corriente con las temporadas, películas y mangas que tengo  atrasados de Pokémon. Prefiero no hacerlo, prefiero no ir buscando ese bosque para darme cuenta, como Satoshi Tajiri, de que ha desaparecido para siempre, reemplazado por algo más. Prefiero no enterarme si el anime ha perdido su esencia. Así seguirá siendo el mismo cada vez que piense en volver a él. Ese pasado seguirá existiendo, resguardado en algún lugar del internet.

Quiero pensar que aún si Pokémon ha cambiado, teniendo que adaptarse a nuevas audiencias, nuevas generaciones que crecerán con su propia versión de la pandilla de Ash, seguirá siendo esencialmente el mismo. Seguirá habiendo una liga que ganar, un grupo de amigos con quienes recorrer el mundo, un equipo Rocket causando problemas, una tierra que explorar y un grupo de pokémon a los que conocer y atrapar. Quiero pensar que yo tampoco he cambiado tanto y que de alguna manera sigo ahí: en esa tierra remota llena de la expectativa de nuevas aventuras.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Portada de El laberinto de la soledad de Octavio Paz, Fondo de Cultura Económica, 2021

¿Cómo leer a Octavio Paz en pleno 2022? ¿Cómo entender sus ideas después de tanto movimiento social e inclusive una pandemia? ¿Qué tiene que decirnos todavía nuestro único Premio Nobel de literatura? Una figura que sigue rodeada de polémica, que vivo o muerto ha dado de qué hablar aún en nuestros días. Un referente ineludible dentro de la tradición de las letras mexicanas, no solamente lo que atañe a la poesía o al ensayo (par de géneros en el que Paz fuese más prolífico), sino en la manera en la que entendemos nuestra tradición, pues sin él sería casi imposible concebir incluso apoyos vitales para la creación literaria que subsisten hoy en día como lo es el ex Fonca que ahora es el Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales.

Octavio Paz no es un escritor cualquiera. Sobre él flota una aurora casi celestial, parecida a la que ostentan los santos de bulto que están en los retablos centrales de las iglesias. Intimida y es algo que parece agradar y hace sentir incluso a sus discípulos o a los que aún cuidan y resguardan su legado. Cierto es que Octavio Paz y su figura no es simple en lo absoluto o algo que pueda resultar irrelevante a la hora de acercarse. Sintamos simpatía por él o no, estemos o no de acuerdo con él, sus ideas son importantísimas, y leerlo con suma atención en nuestro tiempo me parece algo totalmente necesario y fundamental para todas, todos y todes.

El laberinto de la soledad, una de sus obras más importantes y de cuya entraña se desprenden muchos trabajos posteriores, no solo de Paz, sino de muchos y muchas, sigue vigente para entender nuestra realidad como mexicanos, en sus páginas el que su autor explora y revisa lo que él considera que es la idiosincrasia nacional por lo menos hasta sus días. Actualmente, sigue siendo un libro que flota dentro de nuestro imaginario colectivo del lector mexicano, no una obra muerta y polvorienta, olvidada por el paso de los 70 años que han transcurrido desde su publicación.

“Desde 1950, año de su primera edición, El laberinto de la soledad es sin duda una obra magistral del ensayo en lengua española y un texto ineludible para comprender la esencia de la individualidad mexicana” dice la contraportada del libro aún nuevo, que está desde hace un par de años en uno de mis libreros en donde descansa la biografía que adquirí para una tentativa tesis de maestría que aún no empiezo y cuyo tema principal son los ensayos políticos de Octavio Paz. Y aunque durante algunos seminarios en la universidad leyera algunas partes, es la primera vez que me enfrento a su lectura total, atenta y pendiente a lo que Octavio tiene para decirme sobre él, sobre ellos y quizá también sobre mí.

Desde el primer ensayo de este libro “El pachuco y otros extremos” deja ver el ensayista que por causas azarosas y de vida es capaz de ver y de reconocer al mexicano desde lo lejos, desde la mirada del exterior para así hacer una comparación empapada de la objetividad de quien se aleja para mirar la realidad más allá del aire contaminado de un entorno compartido, es un inicio en el que deja ver algo coyuntural para entonces, e inclusive al hombre moderno que quiso ser. Paz usa la imagen del pachuco como una gran metáfora del mexicano, ambos adolescentes, recién llegados conscientemente a la tierra, buscando apropiarse de su vida, rehuyendo de los roles establecidos dice: “a los pueblos en trance de crecimiento les ocurre algo parecido”, comparando lo que le sucede a los pachucos con los estadounidenses y a los mexicanos con sus propios orígenes e historia.

Empieza a esbozar sus propios conceptos sobre “la mexicanidad” como algo que se encuentra en trance, que muta y es fluctuante, pero también sobre la soledad, uno de los ejes que conducen todo el libro, “en todos lados el hombre está solo”, aunque este sentimiento lo entiendan y lo enfrenten de diferentes maneras los mexicanos y los estadounidenses. “La soledad del mexicano es de las aguas estancadas, y la del norteamericano es la del espejo”. Y cuando se refiere a los pachucos, dice que “han perdido toda su herencia: lengua, religión, costumbres, creencias” pero se sienten y se reconocen como “parte de algo más vivo y concreto que la abstracta moralidad del American way of life”.

En “Máscaras mexicanas”, el segundo ensayo de esta colección, Paz hace una reflexión ya no al mexicano per se, sino a sus maneras de ser y de sentir, enfocándose en sus sentimientos y en su hermetismo, conociéndolo como una característica natural: “El hermetismo es un recurso de nuestro recelo y desconfianza. Muestra que instintivamente consideramos peligroso el medio que nos rodea. Esta reacción se justifica si se piensa en lo que ha sido nuestra historia y el carácter de la sociedad que hemos creado”, en este texto también expone la postura de abrirse como sinónimo de “rajarse”, algo que solo es permitido a la mujer (pues nosotras nacemos “rajadas”) y que deja ver buena parte del imaginario machista mexicano, no solamente en los tiempos de Paz, sino incluso actualmente, es decir, la mujer tiene permitido abrirse y mostrar vulnerabilidad porque es solamente un objeto que cumple una función en todo en la vida del hombre. Es aquí donde la lucidez de Paz pierde puntos en vigencia y gana en machismo, pues esa idea le acompañará no solamente a lo largo de todo el segundo ensayo, sino en el total del libro, la concepción y la integración de las mujeres a las reflexiones que integran El laberinto de la soledad es casi nula, salvo Sor Juana y la Malinche, el ensayista no reconoce mayor aporte más allá de ser objetos: “la mujer siempre ha sido para el hombre lo otro, su contrario y complemento. Si una parte de nuestro ser anhela fundirse a ella, otra, no menos imperiosamente, la aparta y excluye. La mujer es un objeto, alternativamente precioso o nocivo mas siempre diferente. Al convertirla en objeto, en ser aparte y al someterla a todas las deformaciones que su interés, su vanidad, su angustia y su mismo amor le dictan, el hombre la convierte en instrumento. Medio para obtener el conocimiento y el placer, vía para alcanzar la supervivencia, la mujer es ídolo, diosa, madre, hechicera o musa”.

Y aunque está haciendo una descripción muy cercana a la realidad de muchas mexicanas, se le nota cómodo, pues jamás hace una crítica al sistema patriarcal, ni siquiera un esfuerzo por disimular que estas ideas le acomodan y que él es parte de ellas al no incluirlas como parte de la creación, sino asumir un papel pasivo dentro del desarrollo de la historia y de la conformación del pensamiento mexicano, pero quizá eso hubiera significado tener que quitarse la máscara y mostrarse expuesto, pues “el mexicano puede doblarse, humillarse, agacharse, pero no rajarse, esto es, permitir que el mundo exterior penetre en su intimidad”, dice Octavio al respecto de las máscaras que usamos para vivir.

“Todos Santos. Día de Muertos”, el tercero de los ensayos de este laberinto, revisa el papel que ocupa la fiesta para los mexicanos, uno de los pocos acontecimientos en los que los hombres machos y aguantadores que no se saben rajar, como nos dejó claro en su texto anterior, animados por el alcohol pueden quitarse la máscara sin ser juzgados como llorones o rajones. También habla de la relación que tenemos con la muerte y sus rituales gozosos que por supuesto también incluyen fiesta, comida y alcohol. Desde la óptica de Paz, vida, muerta y fiesta son las mismas cosas: “Dime cómo mueres y te diré quién eres”, no obstante, aclara la indiferencia del mexicano tanto por la vida misma como por su propia muerte, y también ejemplifica con el tratamiento que José Gorostiza y Xavier Villaurrutia que le dan al tema a través de los poemas “Muerte sin fin”, en el caso del primero y de “Nostalgia de la Muerte”, del segundo.

Seguimos con “Los hijos de la Malinche”, y volvemos a ver el tema del hermetismo como una característica fundamental del carácter mexicano, lo retoma y ensaya sobre su posible origen, lo compara con el de otras partes del mundo como en Oriente, en este ensayo la figura de la Malinche, o la chingada es una pieza central. Paz reflexiona entorno a la tradición de Cuauhtémoc y de Doña Marina como personajes que se abrieron a la Conquista Española y que cedieron no solamente su cuerpo sino también a su pueblo; todos somos hijos de la chingada, de la mujer violada. Si alguien en esos tiempos aún sigue sin entender el verdadero significado de la expresión, convendría darle un ojo a estas reflexiones en torno a la palabra y al verbo chingar, en estos días en los que se ha puesto en la mesa y en la coyuntura mediática lo normalizado que tenemos la violación a mujeres, pues desde tiempos de la conquista es algo muy común aceptarnos chingadas, transgredidas, y es triste admitir que en esto Octavio no se equivoca.

 

“Conquista y Colonia” y “De la independencia a la Revolución”, son los ensayos subsecuentes, en los que el autor nos da un recorrido de historia mexicana muy a su manera, empezando desde la caída del Imperio Azteca hasta las quejas zapatistas, analizando sobre todo sus fallas, concentrándose en las cosas que no salieron como tenían que salir, haciendo la crítica a la falta de ideales tanto de parte de los caudillos como de los liberales. Vencidos y vencedores, son puestos en la misma balanza, también el papel de la iglesia y la sociedad como factores determinantes en el progreso mexicano y también en la historia de las ideas. La mayoría de estos personajes tenía las mejores intenciones pero pésimos desempeños a la hora de tomar el poder, llenos de contradicciones, de falta de criterio propio, pero sobre todo de imitación a los modelos extranjeros, retrocesos a mejores épocas, fantasías de gobernantes, pero preponderantemente la idea nostálgica de que todo tiempo pasado fue mejor. Pienso en este par de ensayos, ahora como una ideal lectura complementaria, como una suerte de apunte o comentario que bien podrían ser parte de todos esos libros de texto, llenos de fechas, lugares, datos y estadísticas históricas pero no de una reflexión que ayude a preparatorianos y universitarios a entender nuestra historia pero sobre todo de reflexionar en torno a ella, algo a lo que invita el ensayista, pues él mismo realiza su propia interpretación. Quizás así la historia deja de ser algo que memoricemos y nada más.

 

Este laberinto de historia y de pensamiento nos lleva a “La intelligentsia mexicana”, ensayo en el que ya no solamente el poder es analizado, sino también los protagonistas que forman parte de la cultura mexicana, y cómo todos los sucesos repercutieron en ella. En este texto, Paz analiza la figura de José Vasconcelos y sus aportes a la educación, y lo llama “el fundador de la educación moderna en México” y reconoce su obra personal, aunque refiere que su pensamiento no creó “escuela” en México, y sus ideas se perdieron o por lo menos se disolvieron.

En este ensayo, las grandes críticas a los intelectuales mexicanos de aquel siglo que siguen vigentes y bien pueden aplicarse a los de éste, y una de ellas es que: “La intelligentsia mexicana, en su conjunto, no ha podido o no ha sabido utilizar las armas propias del intelectual: la crítica, el examen, el juicio”, no dudo que en eso Paz no se equivoque, aquella tibieza sigue siendo propia de intelectuales y escritores contemporáneos, también su actitud servil y cortesana ante el poder.

Nombra a Samuel Ramos y retoma la idea de la máscara, el hermetismo y la búsqueda de la identidad al decir que: “el mexicano es un ser que cuando se expresa se oculta; sus palabras y gestos son casi siempre máscaras”.

 

En “Nuestros días”,  el penúltimo de los pasajes del laberinto, el ensayista dice algo que también está subrayado en mi ejemplar: “ser uno mismo es, siempre, llegar a ser ese otro que somos y que llevamos escondido en nuestro interior, más que nada como promesa o posibilidad de ser”, algo que a lo mejor mi psicóloga en una de nuestras tantas sesiones me diría, quizás no con tanta elocuencia pero sí con esa firmeza y que resuena por supuesto aún. Lo que considera sus días ya no son los nuestros desde hace algunas décadas, y me surge la idea de conseguir una máquina del tiempo o por lo menos tabla Ouija para interrogarle y pedirle actualizar nuestros días, pues este título quizá tenía sentido entonces pero dejó de tenerlo ahora, que ya ni siquiera existe la Unión Soviética ni tantas otras cosas que entiende por su realidad.

 

La aparente puerta de salida del laberinto, es un apéndice que se agrega en la segunda edición de 1959, con un tono menos académico, inclinado más en la prosa poética, en el que se nota el aliento del poeta es su exaltación por temas como el amor como preocupación, algo que explorara posteriormente en La llama doble: “el lenguaje popular refleja esta dualidad al identificar a la soledad con pena. Las penas de amor son penas de soledad. Comunión y soledad, deseo y amor se oponen y complementan. Y el poder redentor de la soledad transparenta una oscura, pero viva, noción de culpa: el hombre solo […]

La soledad es una pena, esto es, una condena y una expiación. Es un castigo, pero también una promesa del fin de nuestro exilio. Toda vida está habitada por esta dialéctica.

Nacer y morir son experiencias de soledad. Nacemos solos y morimos solos”

En este apartado se erigirá la idea paciana de la soledad como condición inherente al hombre, como enfermedad que tiene pocas curas, la soledad como algo que asfixia y nos inmoviliza.

 

Concluyo mi lectura pensando y creyendo que seguimos siendo hijos e hijas de la soledad, y creo que eso no ha cambiado a pesar de todo, y que en este libro Octavio dictó su gran herencia, no solamente para su círculo más inmediato y para sus colaboradores qué siguen haciendo lo de entonces, sino para nosotros los que ahora seguimos buscando la salida del laberinto. Otra, no la misma de siempre.

Será nuestra la tarea de corregir y aumentar estas ideas.

 


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).