Tierra Adentro
Portada de En qué piensan los gusanos cuando tienen hambre, Universidad Autónoma de Nuevo León

Al llegar a su casa, Beto se recostó en el piso de la sala y estuvo ahí un rato, respirando polvo y abandono. Faltaban tres horas para el alba. Aunque lacerado, su rostro irradiaba una calma tenue por haber, al menos, eyaculado. Tenía claro el siguiente paso: devolver la bicicleta del Negro. Antes debía encontrar un par de zapatos, pues perdió uno de sus guaraches al brincar la barda. Pensó en las pertenencias de su padre fallecido. Iban a cumplirse –¿diez años? ¿once o doce?– desde que se arrojó de la torre de luz: lo veía desde el suelo, escondido en el monte porque lo habían recluido para que no presenciara su final. Sin embargo, vio el salto y cerró los ojos. Eso no impidió que tuviera en su cabeza la imagen del estruendo de los huesos. Lo que dijo en el aire todavía le retumbaba en sus oídos: ¡Nos vemos en el infierno!, seguido por el crujir espeluznante del cuerpo, gritos de señoras, silencio desconcertante de niños y lamento de hombres. ¿Qué no bastan los brazos de muchas personas para evitar una muerte? Sacudió su cabeza para concentrarse en el presente. Ni siquiera sabía de la bronca en la que estaba metido. Apesadumbrado por la falta del guarache y la carga que significaba haber hurtado la bici del Negro, cayó súpito, pensando cómo había llegado a ese punto. Poco después lo despertaron unos golpes en su puerta. Parecía que a Beto los problemas lo perseguían y precisamente, el de esa mañana, había comenzado la noche anterior en la llantera, cuando subió al vocho de Pelirrojo y Pelochino.

Iban a bordo del Volkswagen. Beto se escondió la palabra marcada en su frente con una gorra. No mostraría sus desgracias para causar admiración o lástima. Mostrarla iba a ser como levantar un monumento a su aberrante vida. Mucho menos lo iba a hacer en el hábitat condensado del vocho. Pero Pelirrojo y Pelochino eran morbosos, querían detalles de lo que pasó. Al principio hablaban tranquilamente de música, uno tachó de pendejo a otro por haber empeñado el estéreo del carro y éste otro le respondió que necesitaba dinero para yasabesqué, fue entonces que recordaron que Beto venía en el asiento de atrás, sudando, viendo de reojo los contrastes de la ciudad.

Pelirrojo detuvo el auto y lo vio como quien mira a la desgracia en persona.

—¿Entonces qué, güey? ¿Es neta? ¿Que el Darwin te escribió RATA en la frente?

La sonrisa de Darwin apareció en su mente mientras le rapaba el cráneo y soltaba su perorata previa a la paliza, esforzándose para que los jefes lo escucharan y el resto aplaudiera:

Es tu oportunidad de cambiar, apá. Iniciar de cero. Que te sirva de aprendizaje, de luz, de escarmiento. Pa que pienses las cosas antes de hacerlas. Somos humanos y erramos, ¿eda? Pero así no son las cosas aquí, padre santo. Aquí es chambear parejo y como es, respetando las reglas, el funcionamiento, ¡las chingadas reglas, cabrón! El reglamento es algo que tú no sabes qué es porque no fuiste ni a la escuela. Se usa pa que haiga paz entre los seres humanos, apá. ¿Sí me entiendes? Como sea, mira, aquí están las consecuencias… espero recapacites, padre santo, y no vuelvas a hacer otra pendejada.

No podía sacar el eterno y sucio ruido en su cabeza, un vaho de muerto, un eco rabioso, hambriento e invasivo que lame las entrañas hasta de los hombres más dignos. La niebla tóxica que los lleva a la esclavitud de un placer que envuelve el cuerpo con humo plateado. Caen como ratas envenenadas, a media calle, delirantes, escupiendo sangre. Es una peste que brota desde un cristal de pipeta y probeta. Se ingiere con una bombilla incandescente. Se inmiscuye en el alma, cambia las direcciones al caminar, borra las puertas: la famosa grasa moral, el famoso polvo lunar, el hambre de los gusanos.

Con esa hambre andaba Beto aquella noche que le escribieron RATA con un cuchillo. Traía en la mano la sardina y la gorra que le regalaron, cuando exigió algo más que sólo droga, pues tenía hambre. Agarra esa lata y ten la gorra, le dijeron, no estés llorando. Se la puso: “Abarrotes El Ciego”, mientras veía a su rededor la mercancía robada que descargó del tráiler. Comida, detergentes y aparatos electrónicos. Sentía un poco de consolación por llevar al menos las bolsas de cristal, como pago, pero cuando vio cajas de celulares y computadoras, esa resignación se convirtió en el odio infame que nada más los hombres vertiginosos conocen.

Poco después la realidad se dispersó. Los de su especie fumaban en el patio y los jefes empistolados platicaban en una de las oficinas. Era un momento inusual porque en la bodega siempre solía haber alguien con cuerno de chivo viendo todos los movimientos. Tras lo insólito de la situación, combinado con la ofensa, lanzó el último vistazo y hurtó dos cajas: laptop y celular. Abrió quedo la puerta. Nadie lo vio salir. Pudo darse el lujo de volverla a cerrar antes de huir disparado.

Tomó el único camino que había para llegar al resto de la ciudad. Se trataba de una carretera desierta de dos kilómetros, con matorrales a los lados, tierra suelta y piedras enterradas. Iba huyendo despavorido, a galope, respirando los tufos del monte, con los guaraches grises de polvo, abrazado con vehemencia a las cajas de los aparatos. Pensó que la estaba librando, sin embargo, una luz engrandeciéndose apareció detrás suyo. Le cortó la inspiración. Era una de las camionetas de El Ciego. Bajaron cuatro tipos, naturalmente armados.

—Como cuando prendes la luz en el baño y la cucaracha se esconde.

El monte contiguo era su única salida. Parecía infranqueable. Entró raspándose con las espinas, resquebrajando algunas ramas secas, llenas de telarañas. Oscuridad de luna dibujaba el lugar y el grillar nocturno sonorizaba la persecución. Los tipos lo alcanzaron más rápido y fácil de lo que pensaba, pues traían lámparas, zapatos, pantalones y una orden ineludible. Dos culatazos lo domaron.

—Vimos que dejaste la sardina donde faltaba una computadora.

Lo llevaron de regreso a la bodega, donde lo recibió El Ciego con puñetazos y un discurso de pistola en mano. Le quitó el seguro para dispararle, pero antes se detuvo a regañar a sus hombres.

—Órale putos, por andar pensando en la verga, a este infeliz se le acabó la vida, no les pago por hacerse pendejos, pónganse vergas porque ya saben que son bravos los perros… pero más bravo es el jefe.

El Ciego vio al Beto como alguien en sí mismo hurtado, desterrado y sin gracia. No lo externó, ni siquiera tenía las palabras para hacerlo. Ver su rostro triste avivaba su llama atroz. Quiso saber si era de los que se orinaban. Abrazó el gatillo con la yema de su índice, apuntándole entre ceja y ceja y realmente deseaba con avidez presionarlo, pero no lo hizo porque debía pedirle permiso al Neto, su jefe, y desobedecer es un vicio caro. Como buen expolicía melindroso, le causaba revuelo notar cómo una cucaracha como él se ponía a llorar. Guardó su arma. Se dio cuenta que no se orinó y dio la orden para que le propinaran una golpiza hasta que se cansaran y le raparan el cabello y las cejas, después le escribirían con una navaja la palabra RATA en la frente.

—No lo maten. Ahorita no estamos para andar tirando bultos. Hasta yo debo pedirle permiso al Neto y me caga escucharlo decir que es Dios, que él decide quién vive y quién muere.

Luego de la paliza, Darwin sacó gustoso el cuchillo, mordiéndose la lengua. Los demás le agarraron brazos y piernas. Ya estaba recostado en el piso, moribundo, cuando lo sujetó de la barbilla, y la punta filosa, presionada contra la frente, abrió la carne. Beto comenzó a gritar barbaridades y a menear la cabeza, Darwin se puso de pie y le dio una patada en la panza. Luego le dio puñetazos hasta inmovilizarlo. Terminó la R. La sangre caía hacia las orejas y los ojos. Hizo la A con dos movimientos. Con la T, Beto volvió a gritar y Darwin otra vez le pegó para que se callara, sin embargo, cuando trazó la primera línea de la última A, se dio cuenta que sus gritos lo alimentaban, por eso terminó las últimas líneas con más fuerza, para saborear el dolor y su desesperación.

Beto terminó con el rostro morado, bañado de sangre. Párpados caídos, pómulos hinchados. Labios con huecos rojos y quizá alguna costilla fracturada y contusiones. Además, varios dedos de la mano derecha se le quebraron por un pisotón. Le ordenaron que se pusiera de pie, pero no pudo. Darwin le pasó un trapo mojado en la frente, para ver su obra de arte, y luego le dio una patada en el culo, advirtiéndole, si volvía a aparecer en la bodega, lo iba a matar sin consideración.

Volvió zombi, derramando sangre sobre el mismo camino por donde poco antes había corrido victorioso. Se desconectó de sí hasta el día siguiente, cuando despertó en un hospital con cuarenta y dos puntadas en la frente.

Pasaron diez días. Le quitaron las puntadas, pero los dolores del cuerpo no se esfumaron tan fácil. Siguió encerrado en su casa, durmiendo día y noche, alimentado por la misericordia de los vecinos, hasta que una mañana, decidió quitarse las vendas y salir a buscar su vicio.

Esa noche, llegó casualmente a la llantera. Con la confianza que le daba haber sobrevivido, traía en la mente la idea de asaltar a alguien o entrar en alguna morada, o hacer lo que fuera para conseguir dinero, pero Pelochino y Pelirrojo no eran así. Llegaron a cargar gasolina en una estación solitaria, testigo de los asaltos al Oxxo adjunto, por ello permanecía cerrado y Beto se lamentó, pues pretendía entrar a robarse algo para comer. La luz de un poste parpadeaba.

—¿Ya vienen? –preguntó alguien del otro lado del celular de Pelochino.

—Simón, ya vamos, se me ponchó una llanta del vocho. ¿Podemos llevar a un compa más?

—No, no lo traigas, dice El Ciego que ya somos muchos y el pedo está caliente.

Beto descartó la idea de los asaltos y terminó de convencerse cuando Pelirrojo dobló en una desviación que conducía a una periferia de la ciudad, donde estaba la gran bodega.

—¿Cómo van a sacar lana?

—Chambearemos, güey. Vamos a descargar un tráiler y nos van a dar trescientos pesos. Pero dijo mi compa que El Ciego le dijo que no hay chamba para ti, ¿nos esperas afuera?

—¿El Ciego? ¿Quién es ese? –preguntó fingiendo no saber.

—Es un bato que vende loquera y tiene un negocio legal, es buen pedo.

—Bájame aquí, yo no me acerco a esa zona. Ahí me raparon, ¿no ven mi gorra? –apuntó hacia el logo, Abarrotes El Ciego– Si vuelvo me va a matar.

—Pendejo, cabrón. Y todavía te atreves a cargar esa chingadera.

—Pensé que iban a asaltar o robar en una casa. Bájame aquí.

—¿Eres imbécil? Bájate, bájate –le gritó Pelochino deteniéndose después de cruzar unas vías.

—¡Ahí pagan con crico! –les gritó antes de que siguieran su camino.

Miró al vocho rojo adentrándose en la oscuridad. Tuvo que caminar de regreso. Le costaba respirar. Tardó poco más de una hora en llegar al barrio. No tenía pensamientos. No tenía gustos, ni decepciones, mucho menos amistad o amor. Por momentos no se sentía humano. Sólo era él caminando hacia la llantera donde lo habían recogido. Ahí trabajaba el Negro. Se postró bajo el letrero lumínico de Llantera 24 horas y esperó a que saliera, para pedirle agua, un cigarro o dinero, pero no apareció nadie. Gritó. Vio moviéndose a la cucaracha que había pisado antes de subirse al vocho. ¿Cómo puede seguir viva después de pisarla con todo mi peso?, se preguntó, ¿soy una cucaracha? Miró de nuevo hacia la casa y el Negro no aparecía. Supuso que andaba en la parte trasera fumando. Vio su bicicleta recargada en la penumbra. Se sintió persona de pronto, con casa, sin comida, con sed y una opinión. Se le presentaban dos opciones: entrar al local a buscarlo o llevarse su bici.

Eligió la segunda.

Mientras pedaleaba, la vida se le olvidó y por un instante no sintió dolor de ser él: Alberto Tirado Alegre. Su nombre no importaba en lo absoluto. Era Beto desde niño. Iba a devolver la bici, creyó haber aprendido la lección. Sólo quería deambular por si conseguía algo que tuviera valor. Pasó por su casa y decidió entrar para tranquilizarse, pero vio caso perdido quedarse ahí. No había luz, tampoco agua, mucho menos comida o alguna sustancia que lo amenice. Se tocó la frente, estaba cicatrizando la palabra. Pasó la mano por la cabeza, sintió mechones mal rapados.

Aunque iba devolverle la bici al Negro, no iba a tener el valor para verlo a la cara. Decidió dejársela después en su trabajo, un día que él no estuviese. El Negro salía de trabajar a las seis de la mañana. Faltaban seis horas. Tenía suficiente tiempo para recorrer el barrio. En su bolsa del pantalón había guardado un cuchillo, por si aparecía un venadito, pero los dedos quebrados lo hacían sentir incompleto e inseguro. No podía usar su mano sin que sintiera una punzada en los huesos.

Llegó a un pequeño parque. Se lavó la cara con agua de la llave. Bebió sólo un poco, para quitarse la resequedad. En la calle había un montón de manchas negras por el aceite quemado, pues uno de los vecinos era mecánico de carros. Vio los columpios destrozados, la maleza crecida y el piso de la cancha de basquetbol grafiteado, igual que la canasta sin aro. No había ningún alma alrededor. Al otro lado se alzaba una montaña de basura, del tamaño de un tinaco, rodeada de moscas y dos perros. Casi todas las casas tenían las luces apagadas. Recordó a su muy viejo amigo Bruno Salamanca, a quien no le gustaba tener luces en su casa, donde mucha gente iba a pasar la noche entre humo y licor. Vivía en el barrio del Infierno, a dos colonias de donde estaba. Probaría suerte con él.

Al llegar, no le sorprendió encontrar la casa en penumbras. En la sala había un hombre dormido, una chica muy despierta y otros tres fumando yerba y jugando cartas. No vio a Bruno, ni preguntó por él. Bajó la visera de la gorra para que no le vieran la frente.

—Aquí no hay cristal, morro –dijo alguien en cuanto lo vio entrar con la bicicleta.

—¿Me rolas un toque de mota? –le extendieron el churro sin el más mínimo sentido de egoísmo.

—Las bicicletas están en el patio, ve y déjala allá porque aquí hace mucho pedo.

Beto planeó quedarse toda la noche en el Infierno, hasta que vio la bicicleta de Darwin atrás. Era una bici toro con parrilla. Estaba seguro de que no lo vio en la sala, pero sabía que, si ve la bicicleta del Negro, habría problemas. La cubrió con la lona de un candidato político. Regresó a sentarse al lado de la chica, esperando el churro. Fumó, pensando qué hacer con la bici, resignándose a regresar con el Negro y recibir unas cachetadas y quizá su exilio total de la llantera. Pidió agua y le dijeron que sólo en el baño había. Se dirigió hacia allá decidido, pero dos personas estaban dentro.

—Espérate a que salgan –le dijo la chica con voz dulce. Pudo reconocer el olor plateado del cristal a través de la puerta, no sabía cómo pedirles al menos una calada y nada más tocó la puerta para probar suerte. Después de unos segundos, abrió la puerta una mujer obesa y sonriente.

—Pásale.

Adentro estaba Darwin.

—¡Ay, papá! ¿Me la quieres mamar también? –dijo guiñando el ojo y haciendo su chiflido que lo caracteriza.

Beto sonrió sin ganas. Olía a sudor. Preguntó si le podían dar un toque de cristal y Darwin se carcajeó, quitándole la gorra para ver su obra de arte. Le pegó un zape. Estaban apretados. La mujer le palpó la parte donde deberían estar las cejas. Le dio lástima. Se enojó con Darwin por abusivo. Él la maltrató y le dijo que no fuera metiche, porque no sabía nada de él. Abrió la regadera y metió su cabeza, mientras le decía pendeja, pinchi babosa y otras ofensas. Luego abrió la puerta, les dijo pendejos y salió con la gorra en la mano.

—Date –ofreció ella, extendiéndole un foco grisáceo, chamuscado. Tenía senos enormes, usaba una blusa naranja sin mangas y el pelo suelto. Desbordada. Se llamaba Kimberly: blanca, cachetona, chichona y nalgona. Le pareció rarísimo verlo con guaraches y calcetines.

—¿Por qué te quedas con el foco sin hacer nada?

—No puedo fumar –al fin le dijo–. Me duelen los dedos.

Sintió ternura por él. Se acercó y le puso el foco en la boca, prendió fuego y esperó a que jalara el dulce veneno. Vio su frente. No andes de ratero, le dijo con mesura. Le preguntó cómo se llamaba, de dónde era y qué estaba haciendo ahí. Luego de la calada profunda, respondió con claridad y se puso a tomar agua del lavabo. Kimberly fumó las sobras y guardó el kit (encendedor, foco, franela) en una esquina del piso y al erguirse, le agarró las nalgas y él desconcertado, sólo sonrió.

—Perdón, se me antojaba. Estás muy flaco. La verdad, me encantan los flacos –dijo para su sorpresa, rodeándole la cadera hasta llegar a su escuálido pene. Lo apretó. Ella sonrió mientras sacaba la lengua. La quiso besar, no se dejó. Se quedó inmóvil dejando que ella hiciera todo lo que quisiera.

Le desabrochó el short playero. Lo bajó mientras besaba su pansa y metía su lengua en el ombligo. No tenía energías para la erección, ella se dio cuenta al palparlo sobre su bóxer, después se deshizo de él y vio un pene flácido. No se le antojó, tampoco quería salir a la sala. Kimberly sentía que su papel en la vida era estar en el baño. Su propia casa con retrete. Era su reto levantar ese pene. Le agarró las manos y las puso en sus senos. Nada. Se arrodilló. Le acarició el prepucio con sus labios, se metió el escroto a la boca, le tocaba las piernas y se detenía a hacer círculos con su lengua en el glande. Estaba despertando. Continuó por un rato. Se endurecía lento. Le dio un beso en el ano y al fin, despertó por completo. Succionaba. Le llovían besos. Le hacía creer que era un gran hombre y que ya no tenía nada más qué desear ni qué temer. Al fin, entre la estimulación y reconocimiento de ciertos olores que habían permanecido guardados entre sus ingles, combinados a la nula limpieza de ciertas zonas, se puso tan duro como el brazo de un albañil. Se lo metía y se lo sacaba con tal oficio que hacía que Beto se contorsionara. De pronto, sin más, eyaculó en su boca. Respiraron hondo, corazones tamborileros. Querían tirarse al suelo, pero el baño era demasiado pequeño. El ruido y la furia de afuera los despabilaron: un grito certero y fuertes golpes a la puerta del baño. Una punzada le llegó al estómago. Ella se puso de pie y escupió en el retrete. Él se subió el short y salió del baño. Era Darwin, enfadado porque vio la bicicleta del Negro.

—Me la prestó el Negro, wey –dijo con las manos trémulas.

—¡Tu culo! Yo estaba con él cuando salimos y la bici había desaparecido. Te va a cargar la chingada ahora sí, cabrón.

No sabía si correr o quedarse ahí. ¿Vendrían por él o lo iban a ajusticiar en el Infierno? Buscó a Bruno Salamanca entre las sombras, él lo protegería de Darwin, sin embargo, no lo encontró por ningún lado.

—Se la iba a llevar, bato, enserio, nomás quería ir a mi casa, ya sabes que ando bien madreado, todavía me duelen los putazos que me diste, no puedo casi caminar, se la iba llevar ahorita, lo juro.

—Que te crea tú chingada madre, ¿por qué viniste al Infierno? Le voy hablar al Negro a ver si manda a la gente de su tío. Te van a mochar las manos, cabrón, andas dando mucha lata.

Sintió que Darwin estaba jugando con él porque no llamaba a nadie. Vio en sus ojos una salida. Pensó que ese tipo de amenazas no existen, simplemente lo hacen sin avisar.

—¿Y si se la llevo ahorita? Hazme ese paro, Darwin –suplicó. Él fingió pensarlo. Tenía un plan.

—Sí, apá, me das lástima por pendejo, pero te va a costar.

—Luego te lo pago, ya sabes que ahorita estoy bien jodido.

Salieron al patio para recoger las bicicletas, en ese momento Beto le pidió la gorra y el Darwin, después de regresar por ella, se la extendió y antes de que la pudiera tomar, la arrojó hacia el techo de la casa.

—Vámonos, cabrón. Vamos a ir a su casa, porque ahorita capaz ya le dijo a su tío que le robaron la bici y tú fuiste el primer pendejo al que le echamos la culpa, y no nos equivocamos, mira a dónde viniste a caer.

Sacaron sus bicis y pedalearon a la casa del Negro. Vivía a quince cuadras del Infierno. Era una colonia que se vendió como el residencial donde la vida de sus vecinos cambiaría radicalmente. No obstante, las calles disparatadas y el campo inservible habían sido testigos de múltiples atracos, golpizas de policías y muertes públicas. Hubo un tiempo en que vendían drogas bajo un gran árbol. En ese sentido, la vida sí cambió radicalmente para muchos. En una de sus entradas, donde años atrás había un anuncio espectacular con una familia sonriente que anunciaba al fraccionamiento La Campiña, ahora había una pared descarapelada, sin cartel, donde algún hijo de vecino, usando toda su creatividad, escribió con aerosol la campiña ta lokota. Beto tenía cuidado siempre al entrar a ese hervidero de cholos. Sabía que, si la gente del lugar se enteraba que había robado al Negro, no lo dejarían salir caminando sino arriba de una ambulancia. Darwin y él no tardaron mucho en llegar. Cruzaron una avenida y pasaron por detrás de la llantera. La casa del Negro estaba al lado de una esquina. Atrás de ella había un monte donde podrían correr hasta llegar a un arroyo y después perderse entre las calles de otra colonia casi idéntica a La Campiña, con otra arquitectura y otro nombre, pero casi con la misma historia.

Llegaron y para suerte de ellos algunas lámparas de la calle estaban apagadas. Unas luces en los laterales aparecieron. Era un taxi. Bastaba esconderse en la maleza para que nadie notara sus presencias.

—Te vas a brincar y me vas a decir lo que hay adentro.

Beto le dijo que no podía subir porque le quebraron los dedos de la mano. Darwin le pegó un zape y sacó su navaja.

—Súbete, cabrón –sacó un cuchillo–, si sigues de respondón voy a terminar aquí mismo tu historia.

La colonia en silencio total. Iban a ser las tres de la mañana. Beto se trepó a la barda con ayuda de Darwin y antes de que subiera las piernas, le tumbó un guarache. Aun así, brincó al patio y cayó desnivelado de un pie. Le susurró quedito para que se lo arrojara, pero Darwin hizo caso omiso y ordenó que le dijera lo que alcanzaba a ver dentro de la casa.

—Veo la mesa llena de cosas, una hielera, salsa de botella, unos platos, el sillón con ropa, el refri, unos cartones.

—Ya vente, regrésate, cabrón.

—¿Y la bici? ¿No la vamos a dejar aquí?

—Ya vente hijo de tu puta madre.

Beto analizó las posibilidades para regresar. El lavadero era buena opción, pero debía caminar sobre la barda del vecino y sintió que era arriesgado porque tenía la luz prendida de su patio. Encontró una mesa que, aun viéndose podrida, le funcionaría para salir. La pegó a la barda contigua al monte y trepó hasta reincorporarse con Darwin, quien le ordenó que se esfumara de inmediato.

—Pos ya me voy, pero me falta un guarache.

—Te lo aventé al patio, ¿qué no viste?

—No.

—Llévale la bici al Negro y hay de ti si le dices que te traje para acá, ahora sí te hago pedacitos, cabrón.

—Órale pues –subió a la bici–. Pero… ¿y mi guarache?

—Pinche guarache jodido. ¡Te lo aventé al patio! Mejor piérdete, cabrón, porque no querrás volver a ver al tío del Negro.

—¿Quién es su tío?

—El Ciego.

Llegó a su casa en la bici. Le faltaba un guarache. Pensando en las pertenencias de su padre y en la manera en que se fue del mundo, se quedó dormido. Al menos había eyaculado. La luz entraba por la ventana color polvo. Comenzó a soñar que era uno de los pistoleros de un jefe y circulaba por la ciudad en una limusina blanca. Llegaron a una mansión donde imperaban tragos y mujeres. La casa también estaba llena de objetos caros y finos, como roperos viejos, tocadiscos, obras de arte. Preguntó al jefe por qué no sacaba esos objetos tan feos, pero antes de que respondiera, alguien golpeó la puerta de entrada y eran sus enemigos. Se escondió detrás del ropero con una pistola en su mano. Disparaban sus pistolas y a la vez escuchaba que tocaban a la puerta. Los gritos le retumbaban en el oído. Fue desapareciendo la mansión y apareció su techo descarapelado. Despertó sin abrir los ojos. La luz le iluminó los párpados. Eran las siete de la mañana. El ropero desde donde disparaba desapareció, pero seguían golpeando la puerta. Sudaba frío y volvió a escuchar los golpes en la puerta y unas voces.

Era el Negro junto a su Tío.

—¿Quieres que lo mate? –se apresuró El Ciego en cuanto Beto abrió la puerta, sacando el revolver y apuntándole al pecho.

—¡No! No sé. Espera, tío, espera.

—Para eso me llamaste ¿no? Para darle crán.

—No sé. La ha cagado mucho, pero… –el Negro lo miró con lástima y sintió por un instante, pero con fervor, la extraña sensación de que intentar matarlo le daría más vida. Como a una cucaracha.

—Si tú me dices que lo matemos, pos lo matamos. Eso quieres, ¿no? Para eso me trajiste –insistía El Ciego queriendo comprometer a su sobrino, como si quisiera darle una lección de vida.

Beto tenía enfrente al Ciego. Gigante, ávido. Sabía que para él era necesario eliminar a todos los insectos urbanos. De eso tenía fama: mata rateros. Miró al Negro, hombrecito indeciso, buena onda, sin poder alguno más que el de su tío. Miró su casa, fría en la noche y caliente de día. Mirarse a sí mismo era entrarle a una batalla que siempre perdía. RATA en la frente por encima de todo. Cuando se miraba al espejo veía a su padre cayendo al vacío. Escuchaba sus últimas palabras. Nos vemos en el infierno. Muchas veces quiso morir, pero nunca a manos de otros, menos del Ciego. Quería morir como su padre. Que nadie pudiera jactarse de matarlo y lo recordaran como el sujeto al que nadie pudo quitarle la vida. Los miró de nuevo, hablaban despacio. Una cucaracha salió de la cocina hasta llegar a sus pies descalzos. No la mató y por fin recordó el lío en el que estaba envuelto.

—Oye, Negro, te iba llevar la bici hoy. Te lo juro. La tomé prestada nada más para venir a mi casa y conseguir algo de varo.

—¿Qué hiciste anoche?

—Nada, nada. Vine para acá a mi casa.

—¿Y qué hacía este guarache en mi patio? –lo arrojó a sus pies. Beto titubeó.

—Negro, te voy a decir la verdad –se besó un dedo–. Yo iba a llevarte la bici, te lo juro, pero me encontré con el Darwin. Él me obligó a brincarme al patio de tu casa.

—¿Él te ordenó que me robaras mi computadora?

—Yo no te robé nada. Lo juró. Ni siquiera entré a tu casa. Nomás me brinqué y vi lo que había adentro y me fui rápido –el Ciego se acercó y lo sentó de un empujón. Le pegó una patada que lo zarandeó–. ¡Juro que no hice nada! ¡Negro, te lo juro, así fue!

—Entonces, ¿dices que el Darwin entró a mi casa a robarme? ¿Estás echándole la culpa a Darwin? ¡Cabrón! ¡Tu pinche guarache estaba adentro de mi casa!

—Mira, Negro, ya te expliqué. El Darwin me quitó el guarache, en serio, cuando iba trepando. Te lo juro, por esta –volvió a besar el pulgar y el índice como juramento–. Me llevó a tu casa, me dijo que era para dejarte la bici, ya estando allá, dijo que me fijara en lo que había adentro. Yo no te robé nada, créeme, yo no entré a tu casa –El Ciego cortó cartucho.

—Hey morro, wacha cómo está el asunto aquí –le dijo encañonándolo–. Ya me robaste a mí y te la perdoné. No te perdonaré que le robes a mi sobrino. ¿Qué dices, Negro? ¿Lo mato y sanseacabó? A eso me trajiste ¿no? Si tú quieres lo mato.

—Le creo. El Darwin es un hijo de la chingada –dijo agarrando su bicicleta del manubrio y viendo cómo su tío le apuntaba a Beto, quien tenía las manos alzadas–. Además, este morro está bien pendejo, no es capaz de romper ningún candado. Voy a casa de Darwin –se fue pedaleando, dejando a su tío en esa piltrafa de casa.

—¿Qué vamos a hacer con este morro?

—Te lo dejo a tu conciencia, para mí no es más que comida para gusanos.

 


Autores
Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y ha participado en diferentes cátedras y diplomados de literatura. Ha publicado cuentos en el libro Ráfagas de nombres (Colegio de Sinaloa, 2014) y en la Revista Timonel, impresa por el Instituto Sinaloense de Cultura . En el 2018 publicó dos cuentos: uno en el libro Cuentos desde la orilla, editado por Andraval Ediciones y el Instituto de Cultura de Mazatlán; otro en Álbum Negro (ISIC, 2018). Actualmente se desempeña como músico y maestro. Durante el periodo 2017–2018 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).
Ilustración por Pinchi Necro

Leer periódicos a diario, obtener datos duros para respaldar una investigación propia, agotar las pesquisas hasta esclarecer los hechos y las preguntas alrededor de ellos. Son algunos elementos del quehacer periodístico, con el que se intenta revelar el contexto del país; imposible de aprehender solo con cifras sin rostro.

Javier Valdez (Culiacán, Sinaloa, 1967-2017) entendía que para acceder a la realidad, era necesario acercarse al lado humano de los sucesos y testimonios. En sus reportajes publicados en La Jornada, Noroeste y Ríodoce, semanario del cual fue fundador, se adentraba en la maquinaria del crimen organizado y en el corazón de las rastreadoras en búsqueda de seres amados, los desaparecidos bajo el fuego del narco.

La mirada cálida de Valdez encontraba el punto moridor en sus historias, con el que narraba la presencia del crimen organizado en el norte de México. “Uno escribe estas historias o se hace pendejo”, afirmó el periodista en “Periodismo en tiempos violentos”, texto que preparó para su invitación al TEDxPolanco. Nunca leyó en voz alta sus ideas en el evento. Fue asesinado el 15 de mayo de 2017, por ejercer su labor e incomodar a un capo del cártel de Sinaloa.

“Periodismo en tiempos violentos” sobrevive en un libro póstumo publicado en 2017, conformado por una selección de los mejores trabajos periodísticos en la extensa bibliografía del autor: De azoteas y olvidos (2006), Miss Narco (2007), Malayerba (2010), Los morros del narco (2011), Levantones (2012), Con una granada en la boca (2014), Huérfanos del narco (2015), Narcoperiodismo (2016) y la antología Periodismo escrito con sangre (2017).

 

La esperanza es antibalas

En cada crónica sobre atentados o desapariciones forzadas, aparecía la impunidad junto a la violencia del narcotráfico. Valdez complementaba la construcción de sus atmósferas con investigaciones alrededor de los índices delictivos en Culiacán. Consultaba fuentes oficiales y extraoficiales para documentar los crímenes durante la guerra contra el narco que han dejado, a nivel nacional, 350 mil muertes desde enero de 2006.

Cualquiera se abrumaría al presenciar una conflagración absoluta. Valdez observó de frente ese abismo y decidió reportearlo en sus libros, sin recurrir a las escenas gráficas de un asesinato. Difuminó la esperanza de los sobrevivientes cuyos testimonios no solo piden por una vida libre de violencia; algunos, entre resignación y plegaria, esperan encontrar los restos de sus familiares desaparecidos, y exigen justicia para sus muertos.

En “Se vende cadáver”, Valdez sigue la historia de una madre en búsqueda de los restos de su hijo. La brevedad alarmante con la que las autoridades presentaban distintos cuerpos a la familia de Juan Carlos, fue la punta del iceberg. En la crónica, se expone el tráfico de cadáveres entre las empresas de servicios fúnebres y el personal del médico forense de Culiacán, que recibía de 10 a 16 mil pesos por entregar cuerpos según la demanda de las funerarias.

Había dos fraudes más comunes. El primero consistía en retrasar la entrega de los restos, así desesperarían a los familiares que deberían pagar 10 mil pesos para sepultar al fallecido. El segundo era la suplantación de identidad, el caso de la madre de Juan Carlos. En entrevista con la mujer, Valdez transmitió la añoranza de recuperar al joven con vida.

En contraste, “Donde pita el tren”, es otra crónica en la que Yuridia, la hermana más joven de su familia recibió la noticia de que el cuerpo que habían encontrado con ayuda de las rastreadoras y la policía ministerial, pertenecía a su padre. Con este testimonio, Valdez mostró el final de la esperanza, tras presenciar que Yuridia por fin encontró a su padre, y con él obtuvo paz por encima del luto.

La habilidad más notable del periodista era su capacidad para matizar la realidad: capturaba las memorias felices de sus entrevistados, aun cuando sus pies recorrían regiones sembradas con cadáveres.

Valdez exploró el código de ética de los entrevistados que eligieron seguir el estilo de vida del sicario. Con una granada en la boca (Aguilar, 2014), fue escrito desde el fuego cruzado de la guerra contra el narco, el infierno donde surgieron personas como Vanesa, que prefirió “ser cabrona” en lugar de víctima. Ella eliminaba a sus víctimas para extorsionar a la gente, sin autorización de los capos. Era el principio que la mantenía alejada de convertirse en una asesina indiscriminada.

En “Chat”, la mirada del periodista registró la lógica interna de un sicario. Carlos eliminó de su chat a un conocido de su infancia: el ejecutor de Guadalupe, tío de Carlos. El sicario, desconcertado por la actitud del joven, envío un SMS en el que preguntaba, “¿ey, güey, por qué me eliminaste del chat? ¿Qué rollo?”

La proximidad con la que Valdez se acercaba a la gente, lo ayudó a preguntarse qué quedaba en el alma de una persona tras haber sorteado la brutalidad de las armas. Más allá de sus sentidos, utilizaba su sensibilidad y emociones para rescatar el lado humano de una guerra que arrasó con pueblos enteros.

Así lo demuestra en la crónica que titula Con una granada en la boca. Karla, una madre de familia, salió a trabajar a un puesto de mariscos. Cerca de su negocio, una sombra pequeña voló hasta estrellarse contra su rostro. La fuerza del golpe aturdió a la mujer, ni siquiera sospechó que pudo haber recibido un disparo. La verdad resultó ser peor. En una sala de urgencias, Karla se percató de que en su boca había una granada de fragmentación, y podía estallar en cualquier momento.

Las 10 horas de cirugía fueron un milagro médico. Karla, después de recuperarse, hizo algo que el lector nunca creería posible: sonreír. La mujer se reía de los comentarios acerca de su incidente, producto de la mexicanidad que convierte las tragedias en chistes.

Esa sonrisa rota es la misma que se dibujaba en otros entrevistados, en Alejo, el mítico elemento judicial que recibió 18 disparos en un enfrentamiento contra una célula del Cártel de Sinaloa. Él ríe al saberse sobreviviente, mientras cuenta las heridas en su cuerpo. También aparece esa mueca ensombrecida en el rostro de Carlos, médico militar que luego de su servicio en la Marina, intenta alejar la muerte con sus manos curadoras, en un contexto asfixiado por la violencia.

Valdez mostró el lado esperanzador de estos testimonios, con la luz que difuminaba entre sus historias sobre el reencuentro con los familiares desaparecidos y el paso de una contienda sin ganadores. La esperanza en la obra de Valdez es a prueba de balas, tan poderosa que aún permanece en un país implacable como México.

 

En el periodismo también se “terriblea”

Desde 2013, los músicos en Culiacán han padecido los caprichos de los cárteles. Si un capo se ofende con alguna canción, la banda paga con su vida. Sucedía lo mismo si un sicario consideró que debía pagar menos de lo acordado por casi cuatro horas de un espectáculo. Los independientes se llevaban la peor parte. Entre gruperos, se decía que los solistas “terriblean”, en referencia a lo terrible de su situación a merced del crimen organizado.

Valdez escuchó anécdotas en las que una palabra sellaba la muerte de una persona, no solo en el mundo de los narcocorridos; sino en el periodismo. Si algo tienen en común los músicos y los comunicadores es el riesgo que corren al entregarse a su pasión. La similitud protagonizó las páginas de Periodismo escrito con sangre (Aguilar, 2017), antología en la que las persecuciones a la prensa terminaron en desapariciones forzadas.

La historia del reportero Alfredo Jiménez Mota se ha convertido, por desgracia, en una realidad recurrente. Jiménez trabajaba en El Imparcial, medio de Hermosillo, Sonora. El periodista investigaba la red corrupta del exgobernador de ese estado, Eduardo Bours, que en su mandato (2003-2009) protegió a los grupos delictivos “Los números” y “Los Salazar”. El presunto contacto en los tratos de los cárteles y el gobierno estatal era Ricardo Bours, hermano del entonces gobernador.

Jiménez desapareció el 2 de abril de 2005, luego de reunirse con una de sus fuentes anónimas. Dos años después, el expolicía municipal de Navojoa el teniente Jesús Francisco Ayala Valenzuela, declaró en entrevista a Proceso, que Ricardo Bours fue uno de los autores intelectuales de la desaparición de Jiménez; ejecutada por un grupo de ocho hombres y el policía-sicario Félix Moroyoqui, al servicio de Pedro Flores Millán, “El Nueve”, líder de “Los números”.

El 14 de mayo de 2005, aparecieron los cadáveres de Félix Moroyoqui y sus ocho cómplices, en las inmediaciones de Ciudad Obregón. Según Ayala, el mismo Ricardo Bours había ordenado eliminar a los autores materiales del crimen contra Jiménez, para deshacerse de los cabos sueltos. Pese a ello, el caso de la desaparición forzada del reportero aún no se esclarece.

Además de Jiménez, los periodistas perseguidos encontraban un paso seguro en las páginas de Valdez, donde denunciaron el rechazo que recibían desde las instituciones de justicia. “Tres veces exiliado” narra el secuestro y liberación de los comunicadores, Alejandro Hernández, camarógrafo de Televisa Torreón, y Javier Canales, reportero de Multimedios.

El 26 de julio de 2010, ambos reporteaban la gobernabilidad estable de Durango, en respuesta al controversial caso en el que la directora del penal de la ciudad Gómez Palacio, fue culpada de armar a los reos y darles patrullas para sumarse en Coahuila, Torreón, a la guerra entre el Cártel de Sinaloa y Los Zetas. Después de un sospechoso “cuidado, tengan cuidado” de una agente policiaca, comenzó un motín en la prisión.

Los dos periodistas llegaron a cubrir la historia. Durante la confusión, fueron secuestrados por presuntos miembros del Cártel de Sinaloa. Seis días de amenazas de muerte y hambruna culminaron en una liberación, sin operativos de rescate ni el montaje que el entonces secretario de seguridad, Gerardo García Luna, construyó en las conferencias de prensa.

Hernández se atrevió a revelar la verdad sobre su escape, negó la versión de las autoridades, y en respuesta recibió amenazas incluso por parte de la empresa donde trabajaba. En agosto de 2011, el camarógrafo y su familia obtuvieron asilo en Estados Unidos, la única alternativa ante las agresiones que sufrió en México luego de desmentir las circunstancias de su secuestro.

Las historias de supervivencia como la de Hernández han sido escasas, mientras que la difamación a los periodistas fue una constante en numerosos casos. Noemí Pineda, investigadora del área de documentación en el programa de protección y defensa de Artículo 19, explicó en entrevista que socavar la figura de un comunicador ha sido una práctica recurrente, hasta en gobiernos estatales.

Valdez, en la crónica, “Veracruz: el infierno tiene permiso”, cede la voz a Yadira, quien vivió cinco años repletos de difamaciones hacia su trabajo y fue sometida a una persecución bajo la administración del entonces gobernador Javier Duarte (2010-2016).

En ese periodo, el autor denunció la muerte de 22 comunicadores. La frase: “me están siguiendo”, se volvería sentencia de muerte para los periodistas de Veracruz, donde era común la difusión de correos con información personal de los propios reporteros y directores de los medios críticos con el gobierno de Duarte.

Pineda considera que la sociedad reproduce una actitud hostil hacia los comunicadores, debido a las narrativas que buscan desprestigiarlos. “De hecho, se está documentando el caso de un periodista que fue agredido por personas civiles, bajo la justificación de que este comunicador se lo merecía”, menciona sobre un caso en el que trabaja.

Para contrarrestar el clima violento hacia los comunicadores, existen organizaciones dedicadas a la protección de los mismos. El Frente por la Libertad de Expresión y Protesta Social (FLEPS), une a los colectivos que realizan investigaciones y campañas de concientización, enfocadas a salvaguardar la integridad de los periodistas. Artículo 19 forma parte del FLEPS, junto a defensores de derechos humanos.

Desde la sociedad civil organizada se han impulsado seguimiento de casos de agresión a la prensa, “reuniones con las autoridades, presentación de iniciativas y observaciones a la ejecución de acuerdos internacionales de derechos humanos”, menciona Pineda algunas actividades en las que Artículo 19 se ha involucrado.

 

Dignificar el periodismo ante la precarización

Los bajos salarios hacen que los reporteros consigan dos empleos, alejados del periodismo. “En muchos casos, son cuatro mil pesos mensuales. Este año se intenta esclarecer cifras exactas”, complementa la investigadora y agrega que es un tema del cual se guarda silencio entre los comunicadores, por temor a los despidos.

“¡Qué ironía que un periodista deba quedarse callado frente a una injusticia!, ¿no?”, se cuestiona un joven reportero, con la impotencia de quien a diario cubre historias de abusos; pero debe permanecer dócil cuando toca ser víctima. Omar, quien prefirió usar ese nombre en entrevista para proteger su identidad, trabajó cinco años en un medio nativo digital en la CDMX. Algunas de sus jornadas llegaban a 38 horas en dos días, por un salario inicial de seis mil pesos al mes.

Con el tiempo, Omar duplicó su salario. En cuatro años, escribió reportajes y notas sobre delincuencia organizada, narcotráfico, contenido basado en fuentes oficiales mexicanas y la Administración de Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés).

El reportero enfocaba su contenido a la CDMX. En una ocasión, durante el primer trimestre de 2019, se acercó con gente de la Unión Tepito para una entrevista. Por cuestiones de seguridad, el contacto aconsejó a Omar que era mejor cancelar el diálogo, “porque era muy peligroso”, recuerda.

Son los riesgos que los periodistas han aprendido a soportar, en un gremio que ni siquiera contempla seguros de gastos médicos. Javier Valdez denunció la precariedad en “Cobrar por muerto”, crónica que presenta a Ernesto Martínez, periodista que trabajaba 48 horas seguidas por nueve mil pesos al mes. Noreste, medio en el que laboraba, pagaba 150 pesos por cada muerte que Martínez cubría; sin embargo, el incentivo invalidaba si un deceso sucedía antes de las 8 a.m.

Valdez retoma la explotación laboral en el periodismo con “Veracruz: el infierno tiene permiso”. Una joven, desde el anonimato, declara que pone en riesgo su vida por un salario bajo, sin prestaciones de ley. En la entrevista, la chica apunta a los dueños de los medios y a los políticos como los verdaderos beneficiarios de su esfuerzo.

El peligro y la precariedad son las sombras del quehacer periodístico, Omar lo constató en el segundo semestre de 2019. Había publicado un perfil de Sergio Villarreal, el capo del Cártel Juárez, pues cooperó con el gobierno estadounidense. “Mi colega, que también escribe sobre temas de narco, me llamó y me dijo que la nota no le había gustado a la gente cercana a Villarreal. Sobre todo, porque yo afirmaba que él había estado entre cárteles rivales”.

Aunque Omar cambió la cabeza de la nota para evitar ofender al capo, en los días siguientes se sintió observado. En ese contexto, la redacción atravesó momentos de tensión, porque el joven reportero y su compañero publicaron un año antes historias de los enfrentamientos entre la Unión Tepito y Fuerza Anti-Unión. “Subíamos contenido exclusivo sobre la masacre en Garibaldi, o el abandono de restos humanos en Tlatelolco”.

Omar intentó hablar con sus superiores, tras la censura que enfrentó por parte del capo y su gente. La respuesta del director del sitio, “podría resumirse en un: no pasa nada”. Ni siquiera accedieron a eliminar de Google maps la ubicación de las oficinas, solicitud que hicieron algunos colegas del joven reportero en 2018.

Contrario a lo que determinaron los empleadores de Omar, los medios y sus trabajadores están expuestos. Para Javier Valdez y sus compañeros, las intimidaciones se intensificaron en la madrugada del 7 de septiembre de 2009, cuando la delincuencia usó una granada de fragmentación con la que difundió una amenaza macabra y causó daños materiales a las instalaciones de Ríodoce.

Las palabras no alcanzan al auxiliar a un periodista perseguido. Al colega de Omar comenzaron a seguirlo después de cubrir la  matanza de Nochixtlán, Oaxaca. El 19 de junio de 2016, al menos 800 elementos de las policías municipal, estatal y federal asesinaron a ocho personas durante los enfrentamientos en una manifestación contra la reforma educativa del expresidente Enrique Peña Nieto.

Días después, un hombre robusto con corte de cabello militar llegó a la redacción y buscaba a quien había firmado la cobertura de Nochixtlán. El autor de la nota pidió ayuda a sus compañeros, decía que el mismo sujeto había dado con la dirección de su casa. Por suerte, nunca fue interceptado. Con el tiempo y la asistencia de la policía, el extraño dejó de aparecer.

Para Omar, el peligro de ser reportero fue incosteable tras la omisión del pago de sus utilidades. En mayo de 2021, él y algunos compañeros suyos cuestionaron si el dinero sería depositado después del periodo correspondiente. Días más tarde, obligaron a los comunicadores a firmar sus renuncias. De nuevo, reconoce otra paradoja en su caso: “¡Qué ironía que despidan a un periodista por preguntar!, ¿no?”. Ahora, él ejerce el periodismo en mejores condiciones laborales.

La ausencia es el daño más doloroso de los ataques a la prensa, ese fuego que también se llevó a Javier Valdez el 15 de mayo de 2017. “A pocos metros de Ríodoce, un vehículo se interpuso en su trayecto a nuestra casa y sus asesinos lo obligaron a bajar de su automóvil. Después le dispararon 13 veces”, narró la periodista Griselda Triana, viuda de Valdez, para The Washington Post en la columna, “Tres años después del asesinato de mi esposo, Javier Valdez, aún espero justicia”, publicada en septiembre de 2020.

El móvil del crimen fueron las notas respecto a Dámaso López Serrano, “El Mini Lic”. Semanas antes del ataque, Valdez había realizado la cobertura periodística del altercado de Alfredo e Iván Guzmán, hijos de “El Chapo Guzmán”, contra “El Mini Lic”, por el liderazgo del cártel de Sinaloa.

De acuerdo al artículo de La Jornada, “El asesinato de Javier Valdez, una venganza”, firmado por Gustavo Castillo en julio de 2021, el autor de Con una granada en la boca, escribió que “El Mini Lic” es un “pistolero de utilería”, y cuestionó sus aptitudes para liderar al cártel. Los testimonios de cinco personas ante la Fiscalía General de la República (FGR), indicaron que el 7 de mayo de 2017, el capo, molesto por las críticas, ordenó el asesinato que sacudiría al país.

En la misma nota se menciona que la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos contra la Libertad de Expresión (FEADLE), obtuvo una orden de aprehensión contra “El Mini Lic”, en enero del 2020; pero él se entregó en julio de 2017 a la DEA, y se convirtió en colaborador protegido en Estados Unidos. El 17 de junio de 2021, tras un mes de juicio, un juez determinó que Valdez había sido ultimado por su labor periodística, y dictó una condena de 32 años en prisión a “El Quillo”.

A sus 50 años, Valdez fue apartado de la gente que daba vida a sus investigaciones. Los 13 disparos que recibió no bastaron para silenciar su obra cuya trascendencia dignifica el periodismo y llama a buscar la esperanza en las horas más oscuras, en la profundidad de las fosas clandestinas, junto a la madre rastreadora que entrevistó en Los huérfanos del narco. Ella sueña con su hijo desaparecido, escucha un eco para su consuelo: “Encuéntrame, amá. Aquí, dónde pita el tren”.

 

 

Fuentes y referencias:

Valdez Cárdenas, Javier Arturo. Periodismo escrito con sangre. Aguilar, México. Edición de julio 2017.

Valdez Cárdenas, Javier Arturo. Con una granada en la boca. Aguilar, México. Edición de febrero de 2014.

https://riodoce.mx/categoria/javier/

https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2021/06/14/mexico-guerra-narcotrafico-calderon-homicidios-desaparecidos/

https://elpais.com/mexico/2022-04-20/marzo-el-mes-mas-sangriento-del-ano-y-el-baile-de-las-cifras-de-muerte.html

https://alianzademediosmx.org/impunidad-en-mexico/alfredo-jimenez-mota/634

https://www.proceso.com.mx/nacional/2007/1/24/rsf-demanda-al-gobierno-proteger-expolicia-de-sonora-31166.html

https://www.jornada.com.mx/2010/09/17/index.php?section=politica&article=018n2pol

https://twitter.com/RompeMiedo?ref_src=twsrc%5Egoogle%7Ctwcamp%5Eserp%7Ctwgr%5Eauthor

https://www.noroeste.com.mx/nacional/quien-es-sergio-enrique-villarreal-el-grande-KENO276851

https://www.excelsior.com.mx/comunidad/a-2-anos-del-ataque-armado-en-plaza-garibaldi-esto-se-sabe/1413693

https://almomento.mx/hallan-en-tletelolco-maleta-con-restos-humanos/

https://www.bbc.com/mundo/america_latina/2009/09/090919_1000_medios_mexico_sao

https://www.cndh.org.mx/noticia/masacre-en-nochixtlan-oaxaca

https://www.jornada.com.mx/notas/2021/07/19/politica/el-asesinato-de-javier-valdez-una-venganza/

https://www.jornada.com.mx/notas/2021/05/12/politica/javier-valdez-fue-asesinado-por-sus-notas-sobre-el-minilic/

https://www.elsoldemexico.com.mx/republica/justicia/condenan-a-32-anos-de-carcel-a-el-quillo-por-asesinato-del-periodista-javier-valdez-6856460.html

 


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

De las tres apariciones marianas más trascendentes y reconocidas por la Iglesia católica —junto con Guadalupe (1531) y Lourdes (1858)—, las de Fátima tienen como sello distintivo un mensaje claramente político que, en el contexto de la Guerra Fría, formó parte de la propaganda anticomunista. Narrativamente, las apariciones siguen la misma línea que las de Guadalupe y Lourdes: la Madre de Dios se aparece a personas marginadas a quienes encomienda ciertas tareas que tienen por objeto acrecentar su devoción a ella para obtener de su Hijo gracias especiales. En el caso de Fátima, sin embargo, las encomiendas conllevan además una serie de revelaciones escatológicas y apocalípticas que siguen siendo objeto de controversia entre creyentes y escépticos.

Los eventos son por demás conocidos: Lucía dos Santos, una pequeña pastora portuguesa de 8 años, tuvo una serie de apariciones sobrenaturales que comenzaron en 1915, bajo la forma de una persona “como envuelta en una sábana” diáfana que brillaba al contacto con los rayos del sol. Esta primera aparición ocurrió mientras pastoreaba el rebaño de sus padres en compañía de otras dos amigas, con sendos rebaños. Iban rezando el rosario. Lucía era entonces la menor de sus hermanos y, según cuenta en sus Memorias, tenía desde muy pequeña la facilidad de entretener a otros niños con historias fantasiosas, improvisadas durante sus largas caminatas en las jornadas de pastoreo. Dos primos suyos, Jacinta y Francisco Marto, menores que ella por uno y dos años, se le unieron en 1916 para recorrer juntos los terrenos de sus familias en la región de Fátima. Ese mismo año recibieron en tres ocasiones la visita de un ser sobrenatural:

—¡Oren! ¡Oren mucho! Los corazones de Jesús y de María tienen designios de misericordia para ustedes. Ofrezcan en todo momento oraciones y sacrificios al Altísimo.

—¿Cómo nos tenemos que sacrificar?

—Ofrece un sacrificio de todo lo que puedas como un acto de reparación por los pecados con que Dios es ofendido y como súplica por la conversión de los pecadores. Atrae así la paz sobre tu patria. Yo soy su ángel guardián, el ángel de Portugal. Sobre todo, acepten y soporten con entera sumisión los sufrimientos que el Señor les manda.

 

Otras dos veces se apareció el ángel, en la última de ellas llevando consigo un cáliz y, suspendida sobre él, una hostia sangrante. El ángel se postró en adoración antes de hacerlos comulgar: a Lucía, la hostia, y a sus primos, el vino mezclado con sangre que contenía el cáliz. Para entonces, los niños se habían acostumbrado a pequeñas mortificaciones a manera de penitencia por la conversión de los pecadores, según las instrucciones del ángel.

Las apariciones del ángel de la paz sirvieron como preparación para las apariciones de la Virgen María, que comenzaron el 13 de mayo de 1917. Según el relato de Lucía, vieron a una dama resplandeciente sobre la copa de un encino en la región de Cova da Iria. Jacinta y Francisco la vieron también, pero sólo ella y Lucía podían escucharla. Esta última detalló la conversación que mantuvieron:

—¡No teman, no les haré daño!

—¿De dónde es usted?

—Vengo del cielo.

—¿Y qué es lo que quiere?

—Vine a pedirles que vengan aquí mismo seis meses seguidos, cada día 13, a esta misma hora. Después les diré quién soy y lo que quiero, y volveré una séptima vez.

—¿Usted me sabe decir si la guerra durará todavía mucho tiempo o acabará pronto?

—Hasta que no te diga lo que quiero, no te lo puedo decir.

—¿Y yo también me iré al cielo?

—Sí, irás.

—¿Y Jacinta?

—También.

—¿Y Francisco?

—También, pero tiene que rezar muchos rosarios.

[…] Pasado un momento, Nuestra Señora agregó:

—Recen el rosario todos los días, así alcanzarán la paz del mundo y el fin de la guerra.

En sus Memorias, Lucía cuenta que les hizo prometer a sus primos que no dirían nada de lo que habían visto, pero Jacinta no se contuvo y lo divulgó entre varias personas. Al poco tiempo, los niños se convirtieron en objeto de burla para los pobladores, sobre todo para la familia de Lucía, que no cesaba ni en mofas ni en golpes para que se retractara de las supuestas apariciones, que se mantuvieron por medio año, el día 13 de cada mes (excepto en agosto, que ocurrió el 19, por estar los pastorcillos presos por la autoridad local, que pretendió así desincentivar lo que juzgó un montaje). La Virgen les reveló tres secretos: el primero fue una visión del infierno, descrito de manera dantesca con demonios zoomorfos que torturaban a los pecadores que ahí terminaban; el segundo era la profecía de que una nueva guerra habría de comenzar durante el pontificado de Pío XI (1922-1939) y la petición expresa al Santo Padre de que consagrara a Rusia al Inmaculado Corazón de María: “Si atendiesen a mis pedidos, Rusia se convertirá y habrá paz; si no, esparcirá sus errores por el mundo, promoviendo guerras y persecuciones contra la Iglesia: los buenos serán martirizados, el Santo Padre tendrá mucho que sufrir, varias naciones serán aniquiladas […]. El Santo Padre me consagrará a Rusia, que se convertirá, y le será concedido al mundo algún tiempo de paz”.

En su última aparición pública, el 13 de octubre de 1917, tras pedirle pruebas para los miles de peregrinos que acudían a Cova da Iria cada mes, varios medios, entre los que se contaron dos periódicos abiertamente anticlericales, reportaron un extraño fenómeno lumínico: el Sol pareció bambolearse al tiempo que desprendía colores extraordinarios, y las ropas de toda la gente quedaron secas al momento. Lucía dio cuenta en sus memorias de que en esa aparición se presentó no sólo la Virgen, sino también san José y el Niño Jesús. Luego de esto, las apariciones cesaron, el lugar devino rápidamente un lugar de culto y los pastorcillos fueron acechados casi todos los días por hordas de creyentes que pedían su intercesión para obtener un milagro. En uno de estos encuentros, Francisco y Jacinta se contagiaron de gripe española, epidemia a la que sucumbieron respectivamente en 1919 y 1920, tal como la Virgen había profetizado en una de sus apariciones. Al año siguiente, Lucía dos Santos entraría al colegio de las hermanas doroteas en Vilar, y en 1925 se trasladaría al convento de las carmelitas descalzas de Pontevedra, donde profesó. A finales de ese mismo año, tuvo una nueva aparición, en esta ocasión de la Virgen y del Niño Jesús, quienes le insistieron promover la devoción de comulgar los primeros sábados del mes en expiación por los pecados del mundo. Al año siguiente tuvo una aparición similar en el patio del convento.

Fue en junio de 1929 que ocurrió la revelación más importante, la “séptima vez” que anunció la Virgen en su primer encuentro: era urgente que el papa, en unión con todos los obispos del mundo, consagrara a Rusia al Inmaculado Corazón de María. El clima antirreligioso que el comunismo soviético esparcía en sus repúblicas era una afrenta a Dios mismo que exigía reparación. Así, mientras que los mensajes que la Virgen le transmitía a Lucía fueron referidos inicialmente al obispo de Leiria, este le pide que escriba a detalle lo que vio en sus apariciones, y específicamente el contenido de los tres secretos que la Virgen le confío. En 1941, Lucía entregó el manuscrito al obispo, quien lo remite a Roma. A principios de 1944 al manuscrito se le añade una adenda: el tercer secreto no había sido totalmente revelado sino hasta que la Virgen lo permitiera. Se trataba de una visión en la que “un obispo vestido de blanco” subía una montaña escarpada, con varios clérigos y religiosos, hasta llegar a una enorme cruz donde fue asesinado a disparos y saetazos.

El 13 de mayo de 1981, día de la Virgen de Fátima, Juan Pablo II fue víctima de un atentado, cuyo fracaso atribuyó a la Virgen. Al año siguiente viajó al santuario de Fátima a depositar, bajo la corona de la imagen, la bala que le extrajeron durante la cirugía. Fue en esa década que comenzó a especularse sobre el contenido del tercer misterio de Fátima y que la devoción arreció en todo el mundo, sobre todo gracias a las gestiones diplomáticas en contra de los regímenes comunistas que encabezó Juan Pablo II, el primer papa polaco de la historia. Asociaciones piadosas como el Ejército Azul, en contraposición al histórico Ejército Rojo que lideró la Revolución Rusa, combatían con la oración y la propaganda religiosa la dispersión del comunismo desde el otro lado de la cortina de hierro. En junio de ese mismo año y también al año siguiente, Juan Pablo II consagró el mundo al Inmaculado Corazón de María y rogó por que cesara la amenaza de una guerra nuclear, aunque sin hacer mención expresa de Rusia. Sin embargo, para corroborar que la petición de la Virgen había sido cumplida, envió una carta a sor Lucía dos Santos en la que preguntaba si las consagraciones de 1981 y 1982 habían cumplido los deseos de la Virgen. La respuesta fue afirmativa; el fin del comunismo era inminente.

Fue hasta el año 2000 que Juan Pablo II autorizó la publicación del tercer secreto de Fátima, seguido de una interpretación del entonces cardenal Joseph Ratzinger que, con cautela y el tiento teológico de evitar una interpretación catastrofista, aseguró que el secreto, más que referirse a eventos concretos como el atentado contra el papa, sintetizaba metafóricamente las persecuciones contra la Iglesia que hubo a lo largo del siglo XX. La razón de demorar el secreto, según Juan Pablo II, fue para evitar que los gobiernos comunistas cometieran acciones impulsivas contra la Iglesia. Al final de la celebración del 13 de mayo, en la que se declaró beatos a Jacinta y Francisco Marto, el cardenal Angelo Sodano —quien pasa a la historia como uno de los más importantes encubridores de Marcial Maciel— leyó una declaración a propósito de la publicación del tercer secreto: “Los sucesivos acontecimientos del año 1989 han llevado, tanto en la Unión Soviética como en numerosos Países del Este, a la caída del régimen comunista que propugnaba el ateísmo. […] Por esto el Sumo Pontífice le está agradecido a la Virgen desde lo profundo del corazón. Sin embargo, en otras partes del mundo los ataques contra la Iglesia y los cristianos, con la carga de sufrimiento que conllevan, desgraciadamente no han cesado. Aunque las vicisitudes a las que se refiere la tercera parte del secreto de Fátima parecen ya pertenecer al pasado, la llamada de la Virgen a la conversión y a la penitencia, pronunciada al inicio del siglo XX, conserva todavía hoy una estimulante actualidad”.

Sor Lucía dos Santos falleció en el convento de las carmelitas descalzas de Coímbra en 2005. Sus restos descansan junto a los de sus primos en el santuario de Fátima, no muy lejos del fastuoso monumento que contiene un bloque del antiguo muro de Berlín, mausoleo piadoso que recuerda a los peregrinos la cruzada anticomunista que libró exitosa la Virgen María desde 1917.


Autores
(Ciudad de México, 1992) Filósofo y ensayista. Profesor en la Universidad Iberoamericana, el Instituto Tecnológico de Estudios Superiores de Monterrey y en la UNAM. Miembro de la Newman Association of America. Ponente en varias instituciones de México, Estados Unidos y Cuba, sus intereses académicos se centran en la obra del cardenal John Henry Newman, la epistemología y la teología contemporáneas, y las relaciones entre filosofía y literatura. Ha publicado ensayos y reseñas en Newman Studies Journal, la Revista de la Universidad de México, Tópicos, Open Insight y Nexos.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
El escritor Philip Roth en su casa de Manhattan. Roth, un novelista estadounidense, ha estado escribiendo ficción premiada desde 1959.

Pastoral americana de Philip Roth, publicado en 1997 es el primer libro de la llamada Trilogía Americana (compuesta por Me casé con un comunista y La mancha humana), y una novela que a día de hoy no pierde vigencia.

Esta novela con la que además Roth ganara el Premio Pulitzer un año más tarde, es relatada a través del alter ego de Roth, Nathan Zuckerman, quién nos acerca a la vida del Sueco Levov. Un chico inteligente, encantador y deportista a quien todos querían conocer, hacerse su amigo y a quien todos admiraban, en cuyos hombros descansaba las expectativas de los otros, de los que lo rodearon, quiero decir, que el Sueco Levov encarnaba el ideal del hombre perfecto, al que la tragedia jamás lo atravesaría.

Este libro que es calificado por la crítica norteamericana como una obra maestra, se ha convertido en un clásico de las letras estadounidenses contemporáneas pero sobre todo un referente en el que se recoge la realidad de una generación y la pérdida de los sueños y las esperanzas. Esto se debe particularmente a que Roth echa mano de los sucesos históricos y las coyunturas políticas de los convulsos años sesenta para desarrollar la ficción. Es importante lo que pasa afuera en el mundo pero también se vuelve relevante lo que está sucediendo dentro del entramado familiar de los Levov. Todo está convulsionando y puesto prueba como sucede en los periodos después de la guerra; y por supuesto que la familia es una de las instituciones que también sufre cambios. Las ideas de los hijos dejan de ser las de los padres y esta es una de las premisas de peso en Pastoral Americana.

 Esta historia comienza con un reencuentro de muchísimos años después, Nathan Zuckerman, ya un escritor reconocido como seguro lo era Roth, recibe una carta del Sueco en la que le expresa su deseo de escribir la historia de su padre. Esto lo atrae casi de inmediato, pues lo seduce la posibilidad de adentrarse a la intimidad de su héroe juvenil y quizá desenmascararlo. Saber qué se esconde detrás de esos ojos y esa rubia cabellera.

Todos admiran aún al Sueco. Hasta los camareros y las meseras del café en el que Zuckerman y Levov se reúnen para hablar casi 35 años después. Esta idolatría al Sueco es paralela a la que se sentía por Estados Unidos. Era un atleta atractivo que se había casado con una Miss de belleza, tenía una hija, era dueño de una casa grande, vacas y dirigía una empresa familiar que tenía éxito. ¿Qué podía salir mal si había seguido al pie de la letra la receta heredada para lograr la felicidad? Pero para Philip Roth el típico “y vivieron felices para siempre” con el que terminaban los cuentos infantiles dejó de ser posible para su generación y las posteriores. El paradigma de los años sesenta y todo lo que arrastró a su paso pasó factura para todos los que lo vivieron. La ruptura sucede poco a poco y al mismo tiempo de golpe.

Detrás de toda aparente perfección encarnada por el Sueco, está la realidad no tan perfecta y bella, es decir, el contexto social y los cambios que marcaron el espíritu de la época: la guerra de Vietnam, la revolución sexual, las revueltas de la comunidad negra por una vida digna y justa.

Roth nos hace desconfiar de la perfección en Pastoral Americana, pues algo que sabemos quizá por habitar nuestro tiempo es que toda belleza esconde algo siniestro y terrible. En el caso del protagonista de esta novela, el Sueco también esconde algo siniestro y terrible, y es Merry Levov, su hija única, criada bajo el seno de un matrimonio perfecto, un padre y una madre atentos a ella que proveyeron comodidades pero aún así, sin vivir aparentes carencias, la hija del Sueco decide —a sus 16 años— poner una bomba en una oficina postal y terminar con la vida de una persona, pero también con la estabilidad emocional de ambos padres. Este acto terrorista la lleva a huir y a desaparecerse pero también a dinamitar el sueño de felicidad y progreso que tenían sus padres no tanto para sí mismos sino para ella: “Fue como si la bomba hubiera estallado en su sala de estar”.

Con anterioridad, Merry Levov ya había dado muestras de pensamientos subversivos al mostrar abierta simpatía y militancia en movimientos anti Vietnam, pero también hacia la forma de pensar de sus padres y a lo que a su forma de ver representaban. Respondía y alzaba la voz cuando algo no le parecía, comportamiento que no era muy común por entonces entre padres e hijos.

Merry era todo lo contrario a sus padres bellos, atléticos y exitosos; ella era obesa y tartamuda, comía hamburguesas con cebolla y helados de crema y guardaba en su habitación propaganda política anti Vietnam. Mientras que su padre había superado los logros de su abuelo y su abuelo su padre y el abuelo de su padre a su padre, pues era la hija de una familia que habían llegado Estados Unidos desde 1890, ella vivía cono indigente, prófuga del FBI.

El Sueco se pregunta y se cuestiona con severidad —cosa que haría cualquier padre en su lugar— lo que pudo haber hecho para provocar estos comportamientos erráticos en su hija. En qué momento pudo haberse corrompido la inocencia y el idilio en el que su madre y él la habían criado, rodeada de campo y vacas. ¿Fue acaso el beso que le dio en la boca aquella vez que volvían de la playa?: “Papi, bésame como be-be-besas a mamamamá” o si su hija pudo quedar traumatizada al ver las imágenes del hombre que se quemó vivo en una plaza vietnamita.

 

Si bien la época en la que se desarrolla esta novela, sobre todo su conflicto central, que es el quiebre de paradigma y forma de pensar entre padres e hijos, es en sí conflictiva y convulsa, existe un rechazo a ideales como familia, bienes y la heteronormatividad que regia a la generación anterior. Y esta ruptura genera angustia, dudas, pero sobre todo incertidumbre que antes no preponderaba en el devenir de la existencia americana, al menos no dentro de la clase media alta que tenía la vida asegurada solo por derecho de nacimiento, solo por haber nacido americanos. Esta hija terrorista, que se une a una secta, que un día deja de bañarse por respetar la vida microscópica, y no se mueve de noche por miedo a pisar algún ser vivo, llena de dudas al padre pero sobre todo de asco y vergüenza, algo que quizá nunca se imaginó sentir quizá por alguien que nació de él mismo.

 

Zuckerman vs. Levov

 

Algo que también podemos mencionar de este retrato americano es que está compuesto en dos partes, la objetiva y la subjetiva, o dicho de otro modo, hay un Zuckerman vs. Levov. La primera, la capa superficial de esta novela, es la que está escrita desde Zuckerman, que como menciono al inicio de este texto, es el alter ego de Roth; escritor de origen judío, que constantemente recuerda su niñez y juventud en los barrios de New Jersey, pero sobre todo su devoción por el Sueco Levov.

Desde esta voz, Roth reconstruye la época y el contexto que los rodearon: a él y a los hermanos Levov, Jerry y Seymor, el Sueco. Reconstruye un cuadro de la atmosfera que los acompañó en su juventud a la manera de Los años maravillosos, hablando de la música, los partidos de beisbol, los libros y los referentes compartidos. Cosas de chicos.

Desde Zuckerman también está narrado el encuentro en la cafetería, 35 años después con el pretexto de pagar una vieja deuda con la memoria del padre del Sueco. El encuentro de la cafetería que prometía está lleno de confesiones, pues simplemente fue algo casual en el que el héroe no deja su posición y su sonrisa perfecta de vieja gloria a pesar de las calamidades que lo atravesasen. Zuckerman, como buen escritor acostumbrado siempre a desconfiar de las máscaras de los otros y de las propias intuye que algo no funciona como debería, nadie puede ser así de feliz y correcto siempre.

El verdadero Suevo Levov surge tiempo después, a través del testimonio de Jerry. Y es aquí donde comienza la segunda capa de Pastoral Americana, una ficción dentro de la ficción, la metanovela por darle un término, recurso que explora Roth en los libros posteriores de esta trilogía. Lo que tienen que decir Jerry dota a su hermano de mayor profundidad, pues es él quien le relata al escritor todas las tribulaciones con la hija. El punto de vista de Jerry rompe con la idea de perfección que siempre ostentó el Sueco.

“Jerry sostiene la teoría de que el Sueco es una buena persona, es decir, un hombre pasivo que siempre procura hacer lo correcto, que se adapta a las convenciones sociales y nunca se sale de sus casillas, jamás cede a la cólera. Enfurecerse no será una de sus desventajas, pero tampoco es un factor de su activo. Según esta teoría, no enfurecerse es lo que al final le mata, mientras que la agresión limpia o cura”.  Sin Jerry no entenderíamos al Sueco, y sin el Sueco tampoco las obsesiones de Nathan Zuckerman, y sin Zuckerman a Philip Roth. Es entonces Pastoral Americana una cadena de testimonios que conforman las preocupaciones de una generación y otra que se cayeron en pedazos, sueños de otros rotos hasta llegar a nuestros días, a nuestra propia incertidumbre.


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).
Ilustración realizada por mitthu

Este año se cumplen 81 años de la muerte de una escritora sumamente importante para la literatura inglesa del siglo XX —y bastante revisitada por el movimiento feminista—: Virginia Woolf. El aniversario de su fallecimiento coincide con el mes en el que se conmemora el día de la mujer, así que me gustaría hablar acerca de uno de sus ensayos más famosos e icónicos: Una habitación propia (A Room of One’s Own en inglés), publicado en 1929 y basado en una serie de conferencias impartidas por la escritora en las universidades para mujeres Newnham College y Girton College.

“Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas” es la afirmación a partir de la cual Woolf entreteje sus ideas alrededor de la mujer y su relación con la literatura. Tocar cada uno de los puntos que aborda la autora sería imposible en este pequeño texto, pero hay varios argumentos que me parecen muy relevantes y que me gustaría discutir. Pero, antes que nada, tengo que decir que Virginia Woolf tiene una voz ensayística increíblemente vivaz y divertidísima, al menos en Una habitación propia. Supongo que tiene que ver con el hecho de que el escrito surgió de sus conferencias, pero no me lo esperaba, creo que me había imaginado que el ensayo tendría un tono medio rígido de señora inglesa fufurufa, pero no, no me sorprendió su agudeza —nadie duda del intelecto de Virginia Woolf— pero sí su sarcasmo, lo mordaz que puede llegar a ser y las risitas que me sacó.

La narradora del ensayo va relatando su día e intercala lo que piensa de cada situación; algunas descripciones dejan ver destellos de su maestría literaria y poética. El propósito de la narradora, la misma Woolf, es encontrar la relación entre mujeres y literatura, tema que se le pidió abordar en sus conferencias. Su recorrido comienza, entonces, con un safari a lo que han escrito y dicho los hombres sobre las mujeres y su quehacer en la literatura. En general, aborda temas como la exclusión de la mujer de los ámbitos públicos, políticos, educativos o artísticos (recordemos que la sociedad a inicios del siglo pasado era bastante más rígida y excluyente); la abundancia de opiniones, escritos, retratos y afirmaciones sobre lo que el hombre cree que es la naturaleza de la mujer, lo “femenino” y sus capacidades o incapacidades; la necesidad que han tenido —y tienen— los hombres de hacer menos a las mujeres para sentirse superiores; y lo patéticos que son. Señala todo lo que está mal con la sociedad evidentemente patriarcal, se burla y básicamente aplica unos buenos “siéntese, cñor” a varios de los literatos e intelectuales más prominentes de todos los tiempos. Virginia Woolf se yergue con la cabeza bien en alto, sabiéndose buena en lo que hacía y que su género de ningún modo es inferior a sus pares varones, y lo proclama abiertamente.

“Si ellas no fueran inferiores, ellos cesarían de agrandarse. […] así se entiende mejor por qué a los hombres les intranquilizan tanto las críticas de las mujeres […] Porque si ellas se ponen a decir la verdad, la imagen del espejo se encoge; la robustez del hombre ante la vida disminuye. ¿Cómo va a emitir juicios, civilizar indígenas, hacer leyes, escribir libros, vestirse de etiqueta y hacer discursos en los banquetes si a la hora del desayuno y de la cena no puede verse a sí mismo por lo menos de tamaño doble de lo que es?” Amén. Una crítica que suena bastante actual en estos tiempos de ceo’s, fifas y foncas, ¿no? Finalmente, la autora concluye, muy lógicamente, que es “una pérdida total de tiempo consultar a todos aquellos caballeros especializados en el estudio de la mujer y su efecto sobre lo que sea”.

La premisa de Woolf es que, si la mujer tuviera recursos económicos y un espacio propio, podría emanciparse del hombre y tener la libertad para escribir y crear, pues sin estos elementos es imposible dedicarse dignamente a la literatura. Es importante destacar que, hasta ese momento, las mujeres continuaban relegadas, en su mayoría, al ámbito doméstico y que no se les permitía ir a la escuela. Además, no fue sino hasta 1918 que la lista de profesiones que podían ejercer las mujeres se amplió. Woolf exhorta a las mujeres a que estudien, a que se desprendan de sus roles de género predeterminados y se vuelvan independientes intelectualmente (esto, por supuesto, está dirigido a mujeres blancas con las posibilidades de hacerlo).

El ensayo continúa examinando si en el pasado las mujeres habrían sido capaces de crear obras literarias de gran maestría —se toma el ejemplo de Shakespeare— dada la precaria situación social que experimentaban (su conclusión es que no, aunque me parece debatible). También hace un recorrido histórico minucioso por las carreras literarias de escritoras como las hermanas Brontë, Anne Finch, Jane Austen, George Eliot, entre otras, y analiza la relación entre su contexto y sus obras. Algo que me gusta bastante y que se me hace valiosísimo de la forma en la que ensaya Woolf es que no solo presenta sus argumentos —bastante pensados e intrincados—, sino que ella misma suele encontrar lo que se podría argumentar en contra de lo que propone y lo aborda, como si estuviera debatiendo con ella misma. Realmente hace todo un análisis sobre las circunstancias que han llevado a la mujer al lugar que ocupa en el canon literario.

En fin, como mencioné antes, sería imposible repasar cada punto que se toca en Una habitación propia. Pero creo que es importante mencionar que —aunque indudablemente es un ensayo de enorme valía para el feminismo y (la literatura en general) que pone de manifiesto la situación social de la mujer y que denuncia las injusticias que ha vivido a lo largo de los siglos, reflejadas en el plano artístico e intelectual— no escapa de la crítica, pues me parece que además de su evidente exclusión de mujeres racializadas, la cuestión de la clase social es un punto ciego para Woolf. De igual forma me parece que a veces peca de condescendiente y que en algunas partes sus palabras incisivas e irónicas se vuelven altivas. Por ratos me dio la impresión de que le hinca el diente con un poco de crueldad a las mujeres cuando analiza sus obras y que habla de ellas como si ella misma no fuera una y sin reconocer del todo sus privilegios. Sin mencionar que luego se echa unos “not all men” bastante incómodos. Claro que no pienso que Woolf deba abordar cada problema de la sociedad, ni hablar para todos los públicos, pero mientras leía Una habitación propia no pude evitar pensarlo desde la perspectiva de nuestro contexto como mujeres mexicanas —que obviamente dista mucho del suyo— y qué tan aplicables son ciertos de sus postulados. Me estuvieron dando vueltas en la cabeza algunas de las siguientes cuestiones:

En general, Virginia Woolf hace una gran apología acerca del “estado mental”, “lugar”, “independencia financiera” y “libertad” propicios para la buena creación literaria, y no solo propicios, sino necesarios (esto juega un papel central en su argumento del por qué las mujeres no habían alcanzado, hasta entonces, el nivel literario de los hombres).

“[…] tener una habitación propia, ya no digamos una habitación tranquila y a prueba de sonido, era algo impensable aun a principios del siglo diecinueve, a menos que los padres de la mujer fueran excepcionalmente ricos o muy nobles.” Leo esto con una risa amarga. En México alrededor del 60% de los asalariados gana entre uno y dos salarios mínimos. Las mujeres, en promedio, ganamos 13% menos que los hombres por el mismo trabajo. Lo que Woolf considera “impensable”, pero que comenzaba a cambiar por ahí de las primeras décadas del siglo XX, es una realidad constante en nuestro país. Tener una habitación propia realmente es un lujo. Yo compartí habitación con mi hermano durante casi 17 años y hablo desde un gran privilegio, siempre tuve lo necesario y más para estudiar lo que quise y navegar la vida sin carencias económicas importantes. Hay millones de mujeres para las cuales tener un techo seguro ya es un lujo, ni se diga tener un lugar cómodo, silencioso y para una misma. Tener tiempo para escribir, por otro lado, también es un privilegio. Después de jornadas laborales larguísimas y de ocuparse de las tareas cotidianas pocas veces queda energía para sentarse a escribir horas.

Para muchísimas mujeres que trabajan y se mantienen a sí mismas, hay muchas cosas más importantes en la lista que una habitación propia: renta, luz, agua, gas, comida, internet, transporte, ropa, escuela, hijos, salud y, en el país de los diez feminicidios diarios, llegar a salvo a casa. ¿Qué hay de las mujeres que escriben en su hora de comida del trabajo o en el metro camino a la universidad o en alguna biblioteca o en el comedor de su casa con el ruido de la televisión prendida y el llanto de un bebé?, ¿qué hay de las que trabajan día a día para tener lo necesario para vivir y que no podrían asumirse como “financieramente libres”?

Y, yéndonos muy atrás, ¿qué hay de las mujeres que fueron esclavas o sirvientas? Autoras afroamericanas como Phillis Wheatley o Harriet Jacobs, que no tenían nada, ni siquiera la libertad sobre sus cuerpos. ¿Realmente no se puede escribir “bien” sin estas condiciones tan específicas? Eso de encontrar el ambiente, lugar y estado mental propicios (¿¿¿quién tiene un estado mental propicio???, ¿o todos saben algo de lo que no me he enterado?) me suena demasiado utópico y, aunque lindo, no es asequible para muchas mujeres mexicanas o latinoamericanas clasemedieras, ya ni hablemos de las que se encuentran en situaciones realmente precarias. Aquí también entraría esta discusión de si el arte o la literatura son cuestiones exclusivamente burguesas o no (yo no tengo una postura muy definida al respecto, pero ese es tema para otro escrito).

Otro punto que me conflictúa bastante de lo que dice Virginia Woolf es este argumento suyo de que lo que ha hecho tan grandes y buenos a autores como Shakespeare o Jane Austen es que no conocemos a Shakespeare ni a Jane Austen, es decir, que su escritura no trasluce su contexto social ni sus propios conflictos o problemas derivados de su situación socioeconómica. Woolf señala que la tragedia de obras como las de Charlotte y Emily Brontë reside en que sus personajes, tramas o escenarios manifiestan explícitamente lo que sus autoras opinaban sobre su papel como mujeres en la sociedad.

Virginia Woolf opina que este escribir desde “la furia en lugar de escribir con calma” o “hablar de sí misma en lugar de hablar de sus personajes” impedía que el genio literario de estas mujeres fuera plasmado intacto en sus obras. Woolf opina que para hacer buena literatura es necesario presentar la realidad sin las “deformaciones” de lo que una opina o ha vivido como autora. “Lo que entendemos por integridad, en el caso de un novelista, es la convicción que experimentamos de que nos dice la verdad”. ¿Qué es la verdad? ¿la verdad del mundo, de la vida, de la imagen poética, de la expresión literaria? A lo mejor mi vena idealista está muerta, pero no puedo evitar que me suene medio moralizante.

Ahora, este tema me parece escabroso porque entiendo la crítica a la literatura “activista”, por llamarla de alguna forma. Creo que podemos estar de acuerdo en que nadie quiere leer un panfleto en el que al autor le importa más plasmar su postura política o ideología social o económica en lugar de dedicarse al arte de la forma, los personajes y el contenido. Efectivamente, el arte no le debe nada a nadie, no tiene que ser didáctico ni adoctrinador. Lo que siento que se le escapa a la señora Woolf es que se puede escribir desde la periferia o desde las circunstancias que nos impone el contexto sin que sea panfletario y sin que esto le quite mérito literario.

Porque, según ella, las mujeres no escribirán bien hasta que no se deshagan de la rabia que sienten por las injusticias que han vivido a lo largo de los siglos. Las mujeres no escribirán bien hasta que no se olviden de que son mujeres. De ahí que Woolf no se sienta mujer y desprecie “lo femenino” (sobre lo cual se podría discutir horas). Ahora, entiendo que es una estupidez hablar de la literatura escrita por mujeres siempre desde la perspectiva de género y no por su mérito literario per se. Nadie dice “literatura masculina”. En ese sentido coincido con Una habitación propia. La literatura escrita por mujeres obviamente es mucho más que el “escrita por mujeres” y que la herida de ser el “sexo agraviado” en un mundo patriarcal. Es literatura, punto (buena o mala, ese ya es otro asunto, pero este juicio no debería ser algo determinado por el sexo o género).

En un pasaje, la autora señala, refiriéndose a Charlotte Brontë, lo siguiente: “[…] percibimos constantemente en su obra una acidez, resultado de la opresión, un sufrimiento enterrado que late bajo la pasión, un rencor que contrae aquellos libros, por espléndidos que sean, con un espasmo de dolor”. Me parece entender lo que quiere decir Woolf, entiendo que apela a que es necesario que las mujeres dejen de escribir como si fueran pájaros heridos, siempre marcadas por la huella del “ser mujeres” y siempre sabiendo que son concebidas como inferiores al hombre. “[…] sin odio, sin amargura, sin temor, sin protestas, sin sermones. Así es como escribió Shakespeare […]”, este es el ideal que propone Virginia Woolf para la escritura, que las escritoras se sacudan las palabras de los señores que dicen que no pueden escribir a la par de los intelectuales masculinos y simplemente se dediquen a hacer lo que se les da la gana, sin mostrarse débiles o aludidas por su contexto social, enfocándose únicamente en el arte por el arte.

“Realmente era una delicia volver a leer un estilo masculino. Sonaba tan directo, tan claro después de leer estilos femeninos. Indicaba tal libertad mental, tal libertad personal, tal confianza en uno mismo. Se experimentaba una sensación de bienestar ante aquella mente bien alimentada, educada, libre […]”. Que no me digan que esto no trasluce una pizca de misoginia. Refleja un deseo de alejarse de lo “femenino” porque era visto como un rol de género débil y no deseable. Pero los tiempos han cambiado, gracias a Dios.

Esto, naturalmente, tiene que ver con la forma en que la escritora inglesa concebía la literatura y la escritura. Para ella, lo que llama “costumbrismo” —permitir que la narrativa sea influida por el entorno y sus impresiones— es la rama menos interesante de la literatura. Woolf aboga por lo “contemplativo”, no quiere ser solo una “rozadora de superficies”, sino “haber mirado abajo, a las profundidades”. Señala que “Es necesario que haya libertad y es necesario que haya paz. No debe chirriar ni una rueda, no debe brillar ni una luz. Las cortinas deben estar corridas. El escritor […] no debe mirar ni preguntarse qué está sucediendo. Debe más bien deshojar una rosa o contemplar los cisnes que flotan despacio río abajo.”

Estoy de acuerdo con las aspiraciones de Woolf, incluso me identifico. Yo, como escritora, tampoco quiero nadar en un charco en lugar del océano. O quedarme en la superficie. ¿Qué escritura “buena” puede salir de una observación o pensamiento “superficiales”? (en mi opinión). Lo que sí es que, aunque quisiera, no tengo tiempo para ir a comprarme rosas y deshojarlas mientras observo el atardecer lánguidamente, y lo más cerca a los cisnes que hay por aquí son los patitos que nadan en el agua verde del lago de Chapultepec. No sé si a Virginia Woolf le parecería lo suficientemente propicio.

Lo que sí me hizo casi escupir el té que me estaba bebiendo en ese momento fue cuando dice que “será un espectáculo curioso, cuando llegue, ver a todas estas mujeres tal como son, pero debemos esperar un poco, porque todavía [las] detendrá el «pecado» que es el legado de nuestra barbarie sexual. Todavía llevará[n] en los pies las viejas cadenas de pacotilla de la clase”. Uno, porque —como mencioné antes— parece que se asumiera como no-mujer y, a mi parecer se bastante vuelve condescendiente hacia su propio género, como una especie de “not like other girls” pero del siglo pasado; dos, porque cómo se puede juzgar cuando una mujer es “tal como es”, como si una pudiera realmente separarse de su contexto, y tres —y lo más obvio— ¿LAS VIEJAS CADENAS DE PACOTILLA DE LA CLASE?, creo que eso solo podría decirlo alguien burgués cuya única ocupación es dedicarse a contemplar la vida. Me suena muy whitexican, la verdad (perdónenme, señora Woolf y las diosas de la literatura).

Tampoco soy tan maje para pensar que se pueden reducir los argumentos de la autora a esto. Finalmente fue una de las grandes escritoras del siglo XX y literariamente tiene toda la autoridad. Solo me parece importante hacer énfasis en la evidente blanquitud de algunas de sus ideas. La literatura escrita por mujeres latinoamericanas ha probado que se puede escribir desde el contexto, desde la experiencia de ser mujer, desde el abordaje literario de lo que se vive diariamente y hacerlo con gran destreza formal y literaria. Y sin ser panfletaria. Pienso en Fernanda Melchor, Mariana Enríquez, Paulette Jonguitud, María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, Samanta Schweblin, Guadalupe Nettel, etc. Y, hablando de clásicas, Amparo Dávila, Rosario Castellanos o Elena Garro. Varias de ellas, desde sus géneros y estilos propios, integraron a su literatura —de una u otra forma— su visión desde lo que observaban, sentían o pensaban, esto inevitablemente atravesado por la experiencia de ser mujeres latinoamericanas.

Sin embargo, y a pesar de todas estas cuestiones, creo que lo que Virginia Woolf propone en Una habitación propia y la exhortación que hace a las mujeres es totalmente aplicable al tiempo y lugar en el que se encontraba. Ella fue, sin lugar a dudas, una excepción de lo que se esperaba de una mujer en su tiempo. Y estoy segura que lo que quería era que por fin las mujeres pudiéramos quitarnos de encima —tanto física, financiera e ideológicamente— lo que dicta el patriarcado; quería que escribiéramos lo que se nos diera la gana sin limitaciones. “Eran legión los hombres que opinaban que, intelectualmente, no podía esperarse nada de las mujeres”, y sí, coincido totalmente. Para nosotras, mexicanas en el siglo XXI, sería más bien: “Son legión los hombres que nos hacen menos, nos violentan y nos asesinan”. Y aún así escribimos.

En varios pasajes, Woolf señala que está segura que en otros siglos los valores habrán cambiado, que habremos evolucionado y que seguramente la convivencia entre varios géneros (sí, varios, porque le parecía que el binarismo era increíblemente reduccionista) será posible y pacífica. Me entristece pensar que estamos lejísimos de ello. Creo que Virginia Woolf vio un futuro ideal en el que la rabia ya no es necesaria porque el género o sexo no importan, en el que las mujeres dejan de luchar porque ya no hay nada contra qué resistir. Un futuro en el que no arrastramos nuestro “ser mujer” como una desventaja y en el que nos limitamos a percibir nuestra relación con la realidad y no con el género opuesto. Ojalá fuera así. Ojalá llegara a ser así. Pero esto no quiere decir que no podamos hacernos de nuestra habitación propia mental, emocional y, por supuesto, física. Creo que cada vez trabajamos más en ello y que cada vez ocupamos el espacio que merecemos.

Creo, sin mucho temor a equivocarme, que cuando Virginia Woolf nos exhorta a salir al mundo, ganar nuestro propio dinero, tener nuestra habitación propia y nuestro propio espacio mental, lo que quiere es que las mujeres, por fin, ocupen el lugar que les corresponde en el mundo literario (y en la sociedad en general), no como una minoría apocada y perpetuamente herida por el patriarcado en todos los ámbitos, sino como las personas seguras, dignas y confiadas en su propia capacidad porque no le pedimos nada a los hombres. La escritora inglesa quiere que podamos decirles con seguridad y toda la razón a los señores que por siglos dijeron que no podemos que se atraganten con sus propias palabras.

Me gusta pensar que si Virginia Woolf viera todo lo que se ha logrado, las luchas ganadas, la rebeldía de las nuevas generaciones y las muchas obras brillantes que, desde entonces, han salido de plumas de mujeres; que si supiera que, a pesar de todo, escribimos y seguiremos escribiendo estaría bastante orgullosa.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

Ilustrador
mitthu
Es alter-ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más disfruta y su fuente de trabajo más frecuente.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Ellas no saben. Desde hace dos semanas están haciendo las maletas.

– Nambre, Chabela, cuál quedarnos ¿no oíste lo que dijo Dionisio? Ese volcán en cualquier momento nos va a sepultar.

¿Sepultar? Los volcanes no pueden ni agarrar una pala.

– Pero mamá, ya van tres meses que están con eso y el volcán ahí anda sin hacer nada, el gobierno nomás ha de estar aprovechando para corrernos de aquí. Vas a ver que en unos años van a construir un centro comercial o algo así en el pueblo.

Chabela es la única que sabe lo que hay qué hacer, aunque sea por las razones equivocadas, a ver eso de que porque aquí nació. Yo nunca supe donde nací y ni necesidad tengo, a lo mejor por eso no entiendo su preocupación. Pero si, Chabela tiene razón, tenemos que quedarnos aquí, da igual quién haya nacido en qué lado, tenemos que esperarlo, ¿qué pensaría su hermano de llegar a la casa y no encontrar a nadie? si Jorge escuchara a doña Cleotilde decir que nos vamos, ¿no sentiría que lo está abandonando?

 

***

 

El primer recuerdo que conservo es llegar a esta casa en los brazos de Jorge. Recuerdo el miedo de sentirme vulnerable entre tanta gente y sus comentarios: “ay, qué bonito gato”, “¿dónde lo adoptaste?”, “está bien chiquito” “podría comérmelo entero”. Recuerdo a Jorge dejándome en el suelo y a mí huyendo de la gente bajo el sillón de la sala. Jorge me dejó un plato con leche y otro con trocitos de carne al lado del sillón, durante una semana, solo salí de mi escondite para comer y hacer del baño mientras nadie estuviese cerca.

Ellos no saben que al décimo día escuché como si el viento temblara encima del sillón. Jorge estaba llorando y fue la primera vez que me senté a ronronear en sus piernas.

Ellos no saben que cuando le haces compañía a alguien que llora, se forma un vínculo inquebrantable; es a través del dolor que conocemos de verdad a los demás.

Ya perdí la cuenta de las veces que ronroneé al ritmo de los sollozos de Jorge.

Hasta las lágrimas se extrañan de vez en cuando.

 

***

 

Ellas no saben que aunque me duerma en sus piernas ninguna ronronea conmigo como la hace la de Jorge mientras se fuma sus Delicados.

Ellas no saben que la última vez que dormí en las piernas de mi amigo llegó Javier a pedirle dinero.

– 500 varos, mamón, es todo y te dejo en paz.

– No mames, Javi, espérame tantito, ya el viernes me pagan y te doy tu lana.

– Cual pinche viernes, llevo tres semanas esperándote.

– Pues es que he andado corto, man, tú sábes que está cabrón.

– Me vale verga qué tan cabrón esté, quiero mis 500 varos.

– El viernes paso a dejártelos, no te apures.

– A ver, culero, acompáñame tantito a la tienda.

– Que pasó, carnal, relájate tantito.

– O me acompañas tú o le digo a tu hermana que me acompañe.

– No mames, cabrón, la Chabela ni tiene vela en este entierro.

– Acompáñame entonces.

– Va, pues, pero pus no mames.

– Telosico.

Para ese punto el movimiento en la pierna de Jorge era tan intenso que tuve que saltar y esconderme debajo del sillón para poder escucharlos murmurar quién sabe qué, pararse, abrir y cerrar la puerta a su paso.

 

***

 

Doña Cleotilde empezó a llorar al tercer día, Chabelita intentó ser fuerte y no lloró hasta la segunda semana, yo no entendí por qué lloraban, una vez Jorge estuvo fuera por casi tres meses y ninguna de las dos derramó una sola lágrima, al contrario, la madrugada que mi amigo llegó tambaleándose la doña hasta le cantó un tiro que porque aparte de todo venía tomado.

Ellas no saben que Jorge va a regresar en cualquier momento. Y lloran. Y yo no entiendo por qué. Y a veces yo también quiero llorar. Pero tampoco entiendo por qué.

¿Por qué se van a ir? el otro día escuché que querían llevarme. Yo no me voy a ir. Voy a quedarme a esperar a Jorge. O quizá salga a buscarlo. Sí, voy a salir a buscarlo. Si ellas se quieren ir que se vayan.

 

***

 

– Amáaaa, dice mi tío Lalo que ya vámonos, ya terminó de subir las cosas a la camioneta.

– Ahí voy, nomás deja agarro a este mendigo gato, no se deja.

– ¡Mira, se está saliendo por la ventana!

– ¡Agárralo!

– Ay, ya déjalo, mamá, si se quiere ir que se vaya.

 

***

Un gato maúlla bajo los aguacates,

al fondo un volcán escupe,

el gato sigue el calor,

a más grados centígrados es más nítida

la voz que llama,

creo que todo el mundo tiene

                             derecho a derrumbarse,

luego hay más calor,

y una silueta que se inclina a abrazar al gato,

luego hay más calor,

luego ya no hay gato.


Autores
(San Luis de la Paz, Guanajuato, 2000). Estudia Filosofía en la Universidad de Guanajuato. Autor de Galletas para suicidas (Editorial Frenéticos Danzantes, 2019), La llaga (Premio de Literatura León, 2021, reeditado por Ediciones Come Fuego en 2023), Díganle adiós al ratón (Tierra Adentro, 2021), Imagina que en lugar de aves éramos terremoto (Grafógrafxs, 2022) Colmillo (Niño Down Editorial, 2023), entre otros libros. Dirige la editorial digital Awita de Chale.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.

Una crónica es un vistazo al mundo, a un momento en “la historia”, sea ésta una guerra, un acuerdo, una firma de paz, o también un encuentro entre dos escritores; o la relación entre un hombre y un estanque, sus sentimientos y la relación entre ellos a través del tiempo y el espacio. Una crónica sobre un escritor… no, alguien más, un hombre, un ser humano, desplegando un abanico de emociones, algunas convulsas y otras más sosegadas, respecto a un tema íntimo, uno que no debería tratarse a la ligera, uno del que no debería mencionarse nada, pues no debería existir.

Hiram Ruvalcaba ha escrito en Los niños del agua una crónica sobre la relación entre él, su hijo muerto, Japón, la religión budista, la compasión, el dolor, la pérdida. El lector se da cuenta de inmediato cuando al abrir el libro (también hay que decirlo: es Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2021), aparece un listado de crónicas, todas independientes y al mismo tiempo unidas bajo distintos ejes, en el que se aprehende la profundidad de las relaciones y parentescos (parentescos raros, diría Donna Haraway) con la cultura japonesa, sus lugares, palabras, tradiciones, religión y habitantes (sintientes de todo tipo). “El teléfono del viento” abre la colección, y justo debajo de él, aparece en japonés el título de esta primera crónica: kaze no denwa. “Me pregunto si existe alguna forma de saber que los muertos nos perdonaron.” ¿Cómo seguir después de este arranque brutal, poderoso y al mismo tiempo tierno? La culpa cristiana: “Cuando esa llaga se cierre, ¿sentiremos de verdad el yugo de la culpa cayendo de nuestras espaldas?” Dolor y sufrimiento sobre los hombros, un “¿Cuántos años tarda el perdón de los muertos?” Y nada. Debería seguir el silencio, y sin embargo lo que encontramos es belleza.

La obra de Ruvalcaba, Los niños del agua, cuyo título se explica más adelante, retrata el largo viaje a través de años, culturas, religiones y espacios, un viaje del alma por medio de escritos que funcionan como psicopompos. Si para las grandes culturas originarias, ya sean nativo americanas, nahuas, mayas, zapotecas, incas, tunguskas o aimaras, existe un vehículo, una guía que lleva el alma al mundo de los muertos (o al chamán para que logre de manera exitosa su tránsito órfico), para Hiram Ruvalcaba, un escritor jalisciense de gran calidad, lleno de recursos y que además es propietario de una voz particular, lírica y al mismo tiempo filosa, es la crónica, el devenir de un tejido conformado por experiencias personales, por la visión de un lugar, de una vivencia, ya sea lejana (extranjera) o localizada en la academia, en un pueblo de Jalisco, lo que funciona como esta guía para transitar en el mundo de los muertos, y en lugar de traer al fenecido de vuelta, lo que hace es pedir perdón.

En la serie de Nic Pizzolatto, True Detective Temporada 1 (HBO, 2014), uno de los personajes centrales, Rust Cohle, le confiesa a su compañero, Martin Hart, que él estuvo casado y que además tuvo una hija. La muerte de ella provocó muchas cosas en la psique del personaje, desde la ruptura del matrimonio hasta la agudización de su filosofía de vida, un nihilismo recalcitrante y cínico, a la mejor manera de Cioran o Ligotti. Rust explica que se le perdonó el “pecado de ser padre”, pues su hija no vivió demasiado como para sufrir en este mundo, cosmos carnívoro que fagocita todo como una gran trituradora.

Esta idea, la del “pecado de ser padre” me ronda todo el tiempo mientras leo Los niños del agua. He de decir (porque no pienso hacer una reseña objetiva, pues a pesar de realizar estudios literarios, me parece que la mejor manera de entrar a un texto es con toda la subjetividad de la que uno es parte; la lectura no es un acto mecanicista focalizado, sino una concepción intelecto-sentimental, una construcción y reconstrucción del texto y de lo que uno es como lector de él) que me siento cercano a la actitud escritural (al menos hasta ahora) de Hiram Ruvalcaba porque comparto algunas de sus obsesiones. Algunas de ellas son la paternidad, y otra es el deseo de ser padre (aunque en mi caso no lo sea).

Leer Los niños del agua fue difícil. Era algo que había aplazado después de poner toda mi atención en Padres sin hijos (UANL, 2021), libro también ganador del Premio Nacional de Cuento José Alvarado 2020, y de llorar con él, porque la figura central de aquel libro de cuentos es el padre, pero con ello deviene la figura del hijo, de la hijitud y de la paternidad. ¿Todos somos padres, de alguna manera, todos somos hijos de esos padres? Qué pregunta tan difícil, al menos si uno la realiza desde el contexto social mexicano, donde tenemos una carga de machismo recalcitrante y brutal, y los padres, rara vez, por supuesto no todos, se comportan como seres cariñosos. ¿Qué significa ser padre?

Hiram Ruvalcaba no se tienta el corazón, pues su pregunta es mucho más dura: ¿qué significa ser el padre de un niño muerto?

En “El teléfono del viento”, el libro se abre a la posibilidad del contacto con los muertos, no con cualesquiera, sino con los seres queridos. Para ello, la visita del cronista nos lleva hasta un jardín donde “un hombre ha construido una cabina con un teléfono para hablar con los muertos”, en la costa de Iwate. Esta construcción, en apariencia tan sencilla y al mismo tiempo enigmática, funciona como el ya mencionado psicopompo, o tal vez como un atenuador para el dolor, uno que se extiende hacia el sufrimiento: decir lo que uno no pudo en vida.

Uno de los preceptos del budismo dice que el dolor es inevitable, pero el sufrimiento es opcional. Sufrir es una decisión, es arrastrar una culpa. Precisamente ese concepto, esa palabreja que en otras culturas no significa casi nada, en Occidente tiene una peculiaridad marcada por el cristianismo: la mayoría de nuestras acciones está marcada por el pecado. Somos culpables por el sólo hecho de ser descendientes de criaturas imperfectas.

El peregrinar del autor nos lo dice también: si hubiera hecho algo mejor, quizás, sólo quizás, su hijo estaría vivo.

Lo había dicho: avanzar por este libro es tremendamente doloroso, remueve heridas y levanta costras sin que por ello se regodee en la desgracia. Me refiero a que Hiram Ruvalcaba no está jugando a la victimización ni al dolor como orden estético, sino a la construcción de una literatura hecha por las sensaciones y los sentimientos de un devenir cualquiera, y justo por ello doloroso. La experiencia vital duele, vivir duele, y en ello, a pesar de todo, hay belleza.

La prueba de que el arte puede construirse, incluso, con el dolor y su larga estela de sufrimiento, está en obras como Vida y destino, El cantar de Heike o La tumba de las luciérnagas, y, por supuesto, en Los Niños del agua.

La segunda crónica atempera un recorrido que, el lector se da cuenta, estará marcado por la profunda nostalgia, por las sensaciones más delicadas que parecieran no tener un nombre exacto, pero que aun así permanecen en el día a día, o brotan cuando alguien atiende una postal, se detiene frente a un acantilado u observa un paisaje con la calma de la contemplación, encontrando, sí, belleza, pero también horror.

Esta segunda crónica nos muestra al Ruvalcaba más periodista, con un afán que llega a lo político, donde denuncia la contaminación que se lleva a cabo en Autlán, Jalisco, donde las aguas residuales de las industrias pertenecientes al monstruoso aparato del Capitalismo Voraz, afectaron a una comunidad, específicamente a los más jóvenes, en El Mentidero, comuna rural de Autlán. El autor logra reconocer este hecho con otro denunciado por una autora japonesa del siglo XX, Ishimure Michiko, quien en una novela habla de las aguas residuales vertidas en la Bahía de Minamata.

Desde este segundo momento, Los niños del agua se convierte en algo que abarca más temas incluso, pues no será ésta la única crónica que parece “desviarse” del objeto del dolor de un padre que ha perdido a su hijo. Las relaciones culturales entre Japón y México, ya sea en su literatura, o a través de temáticas, tradiciones religiosas y culturales, estanques, animales y visitas de grandes autores (Kenzaburo Oé, o el mismo Ruvalcaba), se renueva, como lo que hiciera Tablada hace más de un siglo: establecer puentes entre una cultura en apariencia ajena, y la mexicana, del budismo zen a la poesía. En Los niños del agua esta relación es profunda y sorprendente, como ocurre en la crónica “Jizo-san”, en la que el autor nos muestra las tradiciones de una isla de Shimane y el Chichihualcuauhco, donde van los niños puros al morir.

Si acaso, entre toda la melancolía y la profundidad de las exploraciones sensitivas de Hiram Ruvalcaba, hay una que funciona como descanso para el lector, “La bella durmiente”, donde nos relata la visita de Kenzaburo Oé, narrador japonés, Nobel en 1994, especialmente al Colegio de México, donde fungió como profesor visitante, específicamente de 1976 a 1977, (quien realizó otra visita en 1996, donde se encontró con Gabriel García Márquez). A pesar de lo que podría aparentar su semblante pensativo, en ocasiones adusto, Oé era un hombre alegre, dispuesto a pasar sus noches en “tugurios” donde era querido y reconocido. Es esta personalidad al mismo tiempo bonachona y seria la que establece un contrapunto para el dolor y la delicadeza de las emociones que emanan del libro.

Lo que hace Hiram Ruvalcaba es construir puentes, aunque sea una expresión manida, sencilla, sin un significado profundo, en apariencia, entre México y Japón. Y lo sorprendente es que lo hace a través de la literatura, como en “La bella durmiente”, donde además habla del encuentro entre Kenzaburo Oé y Gabriel García Márquez y la relación de este último con Kawabata (su libro Las bellas durmientes ocasionó una gran impresión en el escritor y periodista colombiano, quien realizó un homenaje personal en Memoria de mis putas tristes); y también acercando las creencias religiosas, las tradiciones, los rezos y el lenguaje, pero especialmente a través de un trance, no se me ocurre de qué otra manera llamarlo, de tristeza e impotencia.

No soy padre, soy muy consciente de ello y, sin embargo, el deseo de afrontar la paternidad, el anhelo de ella me ha acompañado desde que tengo memoria. Como dato chusco, mi madre recuerda que, siendo un niño de kínder, yo aseguraba que tendría un grupo de rock hecho con mis hijos. Seguramente no tenía idea de qué era el rock pero, aun así, me entusiasmaba, sin saber exactamente por qué, ver una serie de repeticiones mías llamadas Gerardo 1, Gerardo 2, Gerardo 3… La soledad de ser hijo único (hasta los 18 años), y de no tener vecinos, produce pensamientos monstruosos. Este anhelo, que quizá pueda explicarse de manera psicológica: una manera de encontrarme con el niño que soy, una forma de dar todo lo que nunca tuve. No lo sé. Lo que sí es verdad, y una certeza, es todo lo que se ha revuelto en mí al leer Los niños del agua. La lectura, hay que decirlo, produce lágrimas, estruja el pecho, causa ansiedad por el sólo hecho de pensar en la paternidad. ¿Cómo lo hace alguien, Hiram, el lector? ¿Cómo sobrevivir a esos años de incertidumbre, de saberse responsable de alguien más que uno mismo? ¿Cómo afrontar un cataclismo como el descrito aquí?

Este libro está dedicado a Tristán, el hijo de este espléndido cronista y narrador, y uno siente esa caricia en cada una de sus páginas, incluso en las partes chuscas donde Oé aparece como adicto a los clubes de striptease. Aquí hay risa, hay continuidad, hay incluso ficción, un pueblo mítico, Tlayolan, un pensamiento capaz de hilar muy fino y de hacer conexiones donde uno no las imaginaría, y una voz esplendente que ilumina dentro de la oscuridad más profunda, como ese rayo capaz de abrir una roca, de provocar cuevas, grutas, sensaciones hondas que “curvan sus alas por encima de los mares y se asientan, piadosamente, en mi corazón.”

Sirva este libro como plegaria, como encuentro, como viaje y como un muestrario de lo humano, de la cultura y de la belleza, del Heike monogatari a Dinos cómo sobrevivir a nuestra locura, del Kojiki a Pedro Páramo, y de la tristeza más cruel y afilada a la esperanza más luminosa. Este libro es una plegaria, una disculpa, una elegía y un glosario de sentimientos y emociones. Y yo, al menos, con todo el temor del mundo, con toda la esperanza del mundo, celebro que exista Los niños del agua.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Portada de Dios Tiene Tripas

Cagar a pedos es una expresión usual en la jerga argentina que extrañamente carece de sinónimos en México. Sin embargo, pese a la ausencia de un equivalente preciso (tal vez el más cercano sea hacerla de pedo), entenderla no debería resultarnos complicado, más aún cuando el uso del español en América, con sus vertientes y ríos, tiende a la intimidación, al regaño, a la reprimenda, pero también a la rápida y maquinada ofensa, al insulto elegante. Fraternidad marcada por el autoritarismo militar, hemos renunciado a quedarnos callados. De esta irreverencia está lleno nuestro idioma: albures, groserías, etcétera. En la literatura, el escritor que más practica dicho estilo bravucón y exasperante es el ensayista, cuyos argumentos –bien sazonados de un humor cínico y procaz– irritan a las buenas consciencias. Provocadora de fina insolencia, Laura Sofía Rivero (Ciudad de México, 1993) pone en jaque las costumbres más cerradas de la sociedad contemporánea en Dios tiene tripas, libro merecedor del Premio Nacional de Ensayo Joven José Luis Martínez 2020.

En los trece ensayos que componen el volumen, Rivero profundiza en la relación que mantenemos con nosotros mismos y con los otros por medio de nuestros desechos. Cada ensayo escarba dentro de la cultura de la mierda: nuestras manías y prejuicios, los eufemismos que se convirtieron, con el tiempo, en gestos inequívocos de la autocensura que ejercemos diariamente. La autora ensaya con la mierda tal como dictan los cánones del género: la toca como si fuera la primera vez, para mirarla con otros ojos, tratar de leer en ella lo que se piensa y no se dice. Así se advierte en el “Prefacio”:

 

Tópicos bajos, groseros, banales; pero a la vez irrefutablemente humanos. Si en la literatura persisten —en la vomitada quijotesca del bálsamo de Fierabrás, en la varita de caca de Remedios la Bella— es porque dicha humanidad, demoniaca y divina, nos repele e interesa a un mismo tiempo. Son temas subterráneos: el sitio de lo que se piensa y no se dice.

 

El argumento más crítico del libro se dirige a la cultura de la (auto)represión. Para desentrañar sus estructuras la autora recurre a la infancia, una etapa donde experimentamos con nuestros propios efluvios y excrecencias corporales. Los niños no conocen el pudor, semilla de la censura adulta. Su desfachatez nos asombra mientras que a ellos les divierte encontrar así su lugar en el mundo. Con todo y su inocente pestilencia, los eructos, mocos y pedos infantiles nos devuelven a ese paraíso entrañable –víscera nostálgica– vedado a la seriedad de los mayores.

El caso contrario sucede cuando un extraño se pedorrea en el elevador. La incomodidad nos azora en ese instante dado que surge como un silencio autoimpuesto. Es lo reprimido que desea emerger, lo no dicho. Con el paso del tiempo aprendemos a controlar nuestros esfínteres pues solo reprimiéndolos seremos aceptados. Laura Sofía Rivero utiliza la subversión de los desechos para criticar los eufemismos de cierta clase de progresismo que a menudo alardea de asepsia verbal y de mente. “Nuestro pudor se construye a base de represiones, de grilletes en los impulsos”. Pero, ¿qué no el eufemismo es la otra cara de ese silencio autoimpuesto? Lectora ávida y minuciosa de Montaigne (algo que la corrección política no ejerce: leer detenidamente), la autora no pretende hacer pasar sus ensayos por una defensa dócil y amable del pensamiento. Si este se compone de “excrementos de un viejo espíritu, a veces duros, a veces blandos, y siempre indigestos”, el acto de pensar, y por ende de ensayar, nunca será, pues, “palabra sinónima de investigar con pudor, de opinar con decoro”.

Defensores del eufemismo como placebo, los paladines de lo políticamente correcto no solo no saben leer, también carecen de sentido del humor. En “Corre que te alcanza”, la autora los describe a la perfección: son los “cara de estreñidos”, hombres y mujeres reprimidos que evitan la risa bajo riesgo de que se les escape algo de sí mismos que no quieren escuchar. Preocupados por lo que digan de ellos, se reprimen, limitan su lenguaje. El humor escatológico es desagradable porque insiste en presentarse como un “mecanismo crítico que desestabiliza las verdades unívocas”. Escribe la autora en “Mitos y rituales de la espuma”: “Nuestros mitos modernos —la base que sustenta al imaginario colectivo— no son construidos por fabuladores ni por rapsodas sino por los publicistas”.

Escribir sobre heces fecales y baños públicos, en una época en la que los eufemismos, y, peor aún, los eufemistas dictan reglas de civilidad –se comportan como publicistas del sentido común–, es demasiado arriesgado, temerario, y, por ende, necesario y urgente. ¿Cómo no advertir la presencia del otro si no es mediante el olor de un pedo que no nos pertenece? Hijos de la dictadura –ya sea legal o solapada–, la historia latinoamericana nos recuerda que para el autoritarismo, el otro está negado o, como diríamos hoy, cancelado. Y en efecto, no es sencillo digerir la mierda ajena. Mejor es ignorarla, ocultarla, fingir que no existe. Pero el otro está allí, caga y apesta. En última instancia, las flatulencias, los fluidos más inmundos, son nuestro lenguaje comunal. Como el amor.

En “Viviendas: estampas del drenaje compartido”, Laura Sofía Rivero trata el tópico a partir de la mierda, no solo en un sentido metafórico (problemas, conflictos, diferencias) sino también literal: el baño del hogar como un bien mancomunado. Desde el momento en que uno sale con alguien y se enamora, aprende a vivir con sus hábitos más turbios. Lejos de utilizar ese horroroso y acrítico adjetivo de uso actual para describir las relaciones amorosas, la autora acierta en dibujar los desacuerdos de una pareja joven, y si algo hay de tóxico entre ellos será tan solo eso que se desprenda de sus tripas y vaya a parar a las aguas residuales:

 

Límites entre ternura y asco. Gradientes de cercanía. Él y Ella jamás se los preguntaron. No podían concebir nada más cariñoso que conocerse sin filtros: los excesos y la rusticidad del otro, eran su hogar. No obstante, antes de terminar su relación de años, Él enloqueció al saber que Ella tenía por costumbre orinar en la regadera. No podía permitirlo. Le parecía un acto descontrolado e incomprensible. Las casas son fáciles de edificar; los hogares, difíciles de construir. Lo íntimo es una lucha y una interrogante.

 

No hay ensayista que busque quedar bien con la ideología imperante. Su oficio no es alinearse al régimen de las buenas intenciones, sino amenazar a primera vista al comensal, persuadirlo incluso, en todo caso, retar su paladar. Heredera de un gusto refinado (que no por ello gentrificado ni exquisito), entre las lecturas de Laura Sofía Rivero sobresale Michel de Montaigne, tutor de sus meditaciones, así como Jonathan Swift y los pensadores clásicos (Aristóteles, Séneca, Barthes) a los que Laura Sofía vuelve una y otra vez, empachada por las ideas de supuestos reformistas del pensamiento, más preocupados por transcribir en sus libros sus tuits más gustados que por pensar por ellos mismos.

Con Dios tiene tripas podemos hablar de una obra ensayística que empieza a consolidarse a partir de las obsesiones y manías de la autora: los gérmenes como microscópicos peligros, la prosa hiperbólica y al mismo tiempo exacta, la alevosía en los detalles. Los trece ensayos que dan forma al libro (cuyo título es, a mi gusto, lo único reprochable al igual que el epígrafe elegido, pues ambos dan cuenta de una dimensión religiosa que contrasta con la carnalidad e inmundicia manifiestas en los textos) se pueden leer por separado en cada ida al baño. El modo en que están escritos ­–de una prosa ácida e hilarante– hacen que duren el tiempo exacto para disfrutarlos mientras esperamos pacientemente a que nuestros intestinos hagan su trabajo.

Desde hace algunos años Laura Sofía Rivero destaca como una de las ensayistas jóvenes más interesantes, investigadora paranormal de lo cotidiano que no podría escribir desde otra realidad que no sea la suya: “La experiencia se vuelve la mejor dictaminadora de lo cierto. La razón, si acaso, su faro”. Lo hizo en Tomografía de lo ínfimo (2018); lo hace ahora en Dios tiene tripas. En ambos libros propone una conversación íntima que solo algunos lectores pueden mantener con ella, no por falta de inteligencia sino por ausencia de recato. Son los buenos lectores, que aceptan el pedo de Laura Sofía Rivero sin juzgarla pues saben que algo en su obra los convoca, quizás el olor o su atronadora impudicia.


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).