Tierra Adentro
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Hoy hace cuarenta años murió uno de los escritores más importantes de la literatura francesa del siglo XX, Georges Perec. Y para conmemorar a este autor tan versátil y caleidoscópico me gustaría hablar (escribir) un poco acerca de una de mis novelas favoritas suyas publicada en 1967: Un hombre que duerme. La obra está narrada en segunda persona por un joven estudiante de veinticinco años que vive en una pequeña buhardilla en París y que lentamente va perdiendo interés en todos los aspectos de su vida: sus estudios, su vida social, el mundo exterior. Leí esta obra en la universidad, creo que tenía como veinte o veintiún años, no recuerdo. Lo que sí recuerdo es que resonó muchísimo con cómo me sentía y que leerlo me resultó bastante terapéutico (todavía).

Un hombre que duerme definitivamente podría considerarse existencialista y parte de la “literatura Bartleby”. El “preferiría no hacerlo” es una gran parte del argumento del libro y sin duda —al igual que en el cuento de Melville— refleja un profundo y doloroso hastío existencial, el cual estoy segura que muchos entendemos. La novela de Perec es un mar denso, oscuro y a veces asfixiante. La percepción y descripciones del protagonista, abrumadoras e intrincadas, nos envuelven en un torbellino de detalles y reflexiones sin fin. La prosa de Perec es directa, afilada y llena de matices. “Un día como éste, algo más tarde, algo más pronto, descubres sin sorpresa que algo no va bien, que, hablando en plata, no sabes vivir, que no sabrás jamás […] algo se ha roto. Ya no te sientes —¿cómo decirlo? — apoyado: algo que, te parecía, te parece, te reconfortó hasta entonces, te mantuvo cálido el corazón, el sentimiento de tu existencia, casi de tu importancia, la impresión de pertenecer, de nadar en el mundo, comienza a faltarte” (pp. 21-22).

El protagonista comienza a tomar consciencia —demasiada para su propio bien— de su propia existencia y, en su intento de diseccionar cada recoveco de esta y su propósito, termina atrapado en una espiral angustiante de sinsentido y desmotivación. Pierde interés en todo porque nada tiene trascendencia o motivo, pierde la dirección porque se da cuenta de que no hay ningún lugar al cual llegar. No hay nada nuevo bajo el sol, todos estamos destinados al mismo fin, los humanos nos encontramos ante la imposibilidad de tener certezas o un propósito a priori, comprobable. Así que decide dejar de buscar una razón por la cuál hacer las cosas y simplemente no hacerlas. Se rebela contra el impulso vital y contra la practicidad que implica vivir, y decide volverse totalmente indiferente, decide preferir no hacer nada y oponerse al sistema que lo obliga a actuar, a estudiar, a trabajar, a convivir, a que le importen las cosas, a existir. Intenta volverse un espectador imparcial de la vida y deshacerse de su propia consciencia y juicio, quiere olvidar todo y simplemente contemplar fríamente lo que ocurre a su alrededor.

La novela de Perec sigue la línea de “Bartleby, el escribiente” de Melville, de “Wakefield” de Hawthorne y de La metamorfosis de Kafka, obras que tienen en común a personajes desencantados, inmersos en un monstruoso sistema socioeconómico para el cual no significan nada y que deciden llevar la negación de vivir hasta lo absurdo. Son un gran reflejo del ánimo y espíritu que reinaban en su tiempo —segunda mitad del siglo XIX y primera del XX— ocasionados por una sociedad rígida y clasista, y una deshumanización creciente como resultado de la expansión de la modernidad, del capitalismo consolidado y de la industrialización.

Un hombre que duerme se publicó durante la segunda mitad del siglo XX, pero comparte el planteamiento de cuestiones similares. El siglo XX fue el de los grandes relatos, el de la modernidad ya establecida, el de las grandes guerras, por ello no es extraño que este estudiante de veinticinco años que se hacina en un cuartito en París comience a sentir que nada tiene sentido. Aunque se hayan publicado hace más de cincuenta años las palabras de Perec se sienten muy cercanas.

Los millenials somos la generación más bulleada, que si somos flojos, chillones, frágiles, incapaces de tener un trabajo decente, una casa, un auto, prestaciones, que nos aguüitamos por todo, bla bla. Pero la verdad es que quién tiene ganas de existir en un mundo bien triste, capitalista y al borde del colapso ambiental. La adultez es difícil, suena estúpido decirlo, pero es cierto. Hay que pagar las cuentas, trabajar horas y horas en un empleo que probablemente no nos fascina, soportar a los jefes, a los caseros, a las tías que en cada reunión familiar preguntan si ya nos vamos a casar. Hay que intentar comer bien y hacer ejercicio regularmente, mantener una vida social decente, cuidar la salud mental, curarse las gripas, las crudas, las tristezas, comprar antiácidos estomacales, aspirinas, antidepresivos. Trabajar en uno mismo, sanar heridas, traumas, intentar ser la mejor versión de nosotros que se supone que tenemos que ser. Todo esto con un fondo de las malas noticias perpetuas de este mundo podrido (y no estoy siendo dramática, basta con encender la tele y ver el noticiero cinco minutos).

A lo que voy es que, tomando en cuenta todo esto, es perfectamente entendible estar deprimido, sentir que nada tiene sentido y mandarlo todo a volar. Soy parte de las muchísimas personas que vamos por el mundo medio agüitadas, de malas y bastante desesperanzadas. En este sentido, cuando el estudiante de Un hombre que duerme piensa “tu pasado, tu presente, tu futuro se confunden: son únicamente la pesadez de tus miembros, tu migraña insidiosa, tu lasitud, el calor, la amargura y la tibieza del Nescafé” (p. 22) o “estás sentado y solo quieres esperar, esperar hasta que no haya más que esperar: que venga la noche, que den las horas, que los días se vayan, que los recuerdos se desdibujen” (p. 24), sus conclusiones me parecen de lo más lógicas y sus deseos bastante racionales.

No soy la única a la que le han dado ganas de tirar la toalla y dedicarse a ver fijamente un árbol horas, días, años enteros. Y es esto lo que se propone hacer el protagonista de la novela. Se sienta a ver cómo se desdibuja su mundo interior, como cada detalle de su buhardilla se vuelve monstruoso e inaprensible, comienza su camino para alcanzar la inacción absoluta, la vida vegetal. Manda al diablo cualquier tipo de practicidad y funcionalidad, le escupe al mundo en la cara. Si este le va a ser indiferente, él le será indiferente primero. Deja de ver a sus conocidos, deja de estudiar, reduce sus necesidades al mínimo, se ausenta de sí mismo, está decidido a dedicarse a contemplar sin ningún fin particular, sin siquiera interpretar lo que está contemplando. Toma consciencia de lo que está haciendo, que se está dejando caer en la nada y que es lo que quiere.

¿O no? Conforme va pasando el tiempo cada vez le resulta más difícil no auto-observarse, no experimentar el presente, apagar su consciencia, mirar sin juzgar, sin interpretar. No puede escaparse de sí mismo y esto, lejos de llevarlo a la plácida indiferencia que buscaba, lo hace descender cada vez más hacia una especie de terror existencial, de angustia de saberse vivo y consciente. Y entonces algo cambia. Se da cuenta de que por más que el tiempo le sea indiferente, él no puede serle indiferente al tiempo que pasa, que cambia su cuerpo, sus pensamientos.

Llega a la conclusión de que, como seres humanos, nos es casi imposible no experimentar el presente, no interpretar. Y que para lograr lo que se propone tendría que llevarlo hasta las últimas consecuencias. Si quisiera realmente huir de la realidad contemporánea tendría que alienarse de sí mismo por completo y morir, que es el único escape real de la existencia. Tendría que terminar como Bartleby, como Gregorio Samsa. Al darse cuenta de esto, su misión suicida de desprenderse de todo lo que lo vuelve humano falla. Deja de ser un mártir que se rebela contra el mundo. Su descenso voluntario al fondo termina y no le queda más que subir.

Se da cuenta de que —como había reflexionado antes— nada tiene un sentido predeterminado, que sigue no habiendo un por qué de hacer las cosas, que, siendo objetivos, somos piezas chiquititas dentro de un engranaje grotesco, que —efectivamente— hay miles de razones por las cuales no vale la pena ser. Pero también comprende que “tocar el fondo no significa nada. Ni el fondo de la desesperación, ni el fondo del odio, de la decadencia etílica, de la soledad orgullosa” (p. 127). Se percata de que “la soledad no enseña nada, que la indiferencia no enseña nada: era un engaño, una ilusión fascinante y con trampa. Estabas solo y ahí estaba todo y querías protegerte; que entre el mundo y tú los puentes se suprimieran para siempre. Pero eres tan poca cosa y el mundo es una palabra tan grande” (p. 128). “La indiferencia es inútil […] Tu rechazo es inútil. Tu neutralidad no quiere decir nada. Tu inercia es tan vana como tu cólera”.

Esta historia narrada por Perec me llena de ternura. Me gusta lo oscura y melancólica que es, que no es un discurso motivacional o un intento de convencer al lector de que vale la pena vivir. Todo lo contrario, es bastante nihilista e incluso se burla un poco de la postura del estudiante de que quiere rebelarse contra el mundo, porque al final nada tiene un sentido, ni su tristeza, ni su felicidad. Es un joven que no tiene grandes problemas hasta ese momento, que no ha sido azotado por ninguna catástrofe demoledora. Es una persona en una condición relativamente estable que intenta navegar la vida como todos.

Entonces, si de todas formas da igual lo que haga, ¿por qué echarse un peso innecesario a los hombros? El narrador continúa: “para ti, pobre Dédalo, no había laberinto. Falso prisionero, tu puerta estaba abierta. Ningún guardián ante ella, ningún jefe de guardianes al fondo del pasillo, ningún Gran Inquisidor en la cancela del jardín” (p. 127). Evidentemente, Perec no está abordando el asunto de cómo lidiar con tragedias que sí dejan una huella que no se puede sanar o de cuestiones de salud mental o de traumas tan profundos que no se puede escapar de ellos. El personaje de la novela, de hecho, habla desde cierto privilegio (pero eso es tema para otro escrito). Aún así, y aunque suene contradictorio, me parece una novela muy enternecedora, pero de esas que te pegan como un balón en medio de la cara.

De condescendiente no tiene nada, nunca valida la autoconmiseración, porque aunque se burla un poco de las pretensiones del estudiante, al final lo único que hace es decirle “no estás muerto, no te has vuelto loco”, “deja de hablar como un hombre que sueña”, o sea, “no sirve de nada que te estés martirizando y haciendo chaquetas mentales si de todas formas nada tiene sentido y la realidad ya es lo suficientemente difícil”. Y al final queda insinuada una pregunta: “¿qué más da, entonces, intentar vivir lo mejor posible?”.

Ojalá la vida fuera tan sencilla como decidir vivir lo mejor posible, pero Un hombre que duerme fue la novela que Ghada de veinte años universitaria necesitaba leer en ese momento. Y solo estoy mencionando la parte temática del libro, en realidad me harían falta muchas páginas más para hablar únicamente del estilo y la prosa de Perec. En fin, volviendo al punto, creo que lo que transmite esta obra es precioso, como un zape, un “no se apendeje”. Nada de abracitos y motivación, solo un recordatorio de que todo es inútil —la felicidad, el sufrimiento— y que, por eso, con lo que se tiene se pueden hacer cosas, algunas de ellas bonitas. Pero bueno, Perec lo dijo mucho mejor que yo.

Si ya da igual lo que hagamos porque eventualmente el mundo va a colapsar y todos nos vamos a morir… ¿qué más da intentar ser aunque sea un poquito feliz y pensarnos a partir de la ternura? No sé ustedes, pero a mí este pensamiento me tranquiliza muchísimo, aún dentro de la vorágine. Así que, Georges, donde quiera que estés, gracias por entender nuestras crisis existenciales.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Imagen tomada de wikimedia commons dannynorton • CC BY 2.0

Al final de Heart of a Dog, el documental de Laurie Anderson sobre el deterioro cerebral y muerte de su perrita Lolabelle, mientras aparece los créditos suena la canción “Turning Time Around” del disco Ecstasy. Y aparece esta leyenda: “Dedicated to the magnificent spirit of my husband Lou Reed (1942-2013)”. Es un momento desgarrador. Cuando la artista y cantante despide al músico con este gesto es imposible no estremecerse. En ningún momento del documental habla sobre Lou, sin embargo, al terminar éste se advierte que es su manera de rendirle tributo a su marido.

    Sobre la figura de Lou y sus últimos momentos, Laurie ha dicho lo que ya es de sobra conocido: que murió tranquilo, mientras realizaba una postura de tai chi. La serenidad que exhibió al final fue posible gracias a que si alguien conocía la tumba era precisamente él. Un día Lou dejó las drogas, el alcohol, empezó la práctica del arte marcial china y escapó de la muerte en vida que había sido su carrera durante la década de los ochenta. Al parecer haber contribuido a la historia del rock con canciones como “Heroin” o “Waiting for My Man”, con la Velvet Underground, o “Satellite of Love” o “Perfect Day” como solista era una gloria en la que ya no se podía sostener. Entonces creo la que para muchos es su obra maestra: New York. Y volvió a la vida. Una que se extendió muchos fructíferos años. 

    Y hoy, a un año que se cumpla una década de su partida, Laurie Anderson va a traer una vez más a la vida a su marido con el lanzamiento de la fantasía que tenían ambos para su retiro: el L&L Art Ranch. “Lou siempre quiso tener un club donde tocar cada noche, e invitar músicos. Después de su muerte yo tuve un momento de iluminación y dije Ok, voy a construirlo. Julian Schnabel está ayudando con el diseño”. Además de L&L Art Ranch está en marcha el Archive Project, que consta de más de 600 horas de audio y video de ambos. Todo el material ha sido catalogado y digitalizado y estará disponible a todo el público en la Librería Pública de Nueva York en el Lincoln Center.

    El primero en sacar de la tumba a Lou fue David Bowie. Tras la disolución de la Velvet Underground, Lou trabajó en la empresa de su padre. Debe haber resultado un shock descomunal volverte un godínez después de ser el principal responsable de una obra como The Velvet Underground & Nico. Pero si alguien sabía reponerse de las adversidades, ese fue Lou. A lo largo de toda su vida enfrentó problemas tras problema, debido a su personalidad, era fiel a sí mismo y a su visión del arte por encima de cualquier interés externo, y derrotó obstáculo tras obstáculo.

    Tras el éxito que significó Transformer, la disquera RCA esperaba un siguiente álbum que lo situara en la primera línea de lo comercial. Entonces fue Lou quien en esta ocasión ingresó a la tumba por su propio pie. Lo que entregó fue nada menos que Berlin, un disco tan sórdido que no había manera que sonara en la radio. Sin embargo, Lou ganó la apuesta a largo plazo. Hoy Berlin es considerado una cumbre indiscutible de la historia del rock. Producido por Bob Ezrin, quién después estaría detrás del genio de Water en The Wall, Berlin fue grabado en vivo en 2006 en St. Ann’s Warehouse, una institución de artes escénicas en Brooklyn, de principio a fin. 

    Acompañado por sus músicos de cabecera de las últimas décadas, el bajista Fernando Saunders y el baterista Tony Smith, más Antony de Antony and the Johnston en los coros, una pequeña orquesta consistente de vientos y cuerdas, más The Brooklyn Youth Corus, Lou, que 33 años antes había sufrido un fracaso de ventas con Berlin, por fin podía llevar a cabo su deseo de montarlo como lo había concebido. Acompañaron la puesta en escena proyecciones del director Julian Schabel, en cuyo biopic sobre la vida de Reinaldo Arenas se incluye una canción de Lou. No sería su primera colaboración con otras disciplinas, también haría el score de la obra de teatro Time Rocker de Robert Wilson.  

Lou consiguió reponerse a sus adicciones: el consumo de heroína, y sobre todo al speed. Y aunque abrazó la sobriedad a principios de los ochentas, hacia el final de su vida se volvió un habitual consumidor de vino tinto. Práctica que contrastaba con su afición temprana al Etiqueta Roja. En Lou Reed. A Life de Anthony DeCurtis, su biógrafo contaba que siempre que alguien le regalaba a Lou whiskys carísimos, de una sola malta o alguna excentricidad por el estilo, el las regalaba más delante. Y se mantenía fiel a su bebida de a pie. Y tantos años de Etiqueta Roja más speed y su pasado por heroinómano le acarrearon problemas hepáticos. Que fueron los que lo condujeron al panteón en 2013. Pero antes protagonizó un exitosísimo trasplante de hígado, algo que podría haberse calificado como un milagro, algo que le habría asegurado una vida extra como quien va y se pone una dentadura nueva. 

También logró varios de los mejores regresos del rock, antes de que la era de los regresos se impusiera. Tras Nueva York, en los noventa vivió un florecimiento que dejó testamento de su enorme talento en una serie de álbumes de perfecta factura: Songs for Drella, junto a John Cale, Magic and Loss, Set The Twilight Reeling y Ecstasy. 

    Lou Reed fue la prueba viviente y vital de que un artista no debe someterse a fórmulas. Que lo único que necesita es un “busload of faith to get by”.


Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros Cuco Sánchez blues (2004), La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009), La marrana negra de la literatura rosa (2010) y La efeba salvaje (2017), entre otros.
Ilustración realizada por Jal Reed
Ilustración realizada por Jal Reed

Soy, de profesión, escritor de ciencia ficción.

La fantasía es mi empresa.

Mi vida es una fantasía.

Horselover Fat1

En la mañana del domingo 16 de diciembre de 1928, Dorothy Kindred aún desconocía que iba a convertirse en mamá de una pareja de gemelos. Estaba en casa con su marido, Edgar Dick, esperando a que llegara la asistencia médica al 7812 de la Emerald Avenue, en Chicago. Un mes antes de lo previsto, el medio día anunció el nacimiento de un niño rubio, un poco más de cuatro libras, pequeñísimo: Philip Kindred. Para sorpresa de sus padres, apenas veinte minutos después, Jane Charlotte vio el mundo a través de sus pupilas morenas, con sus tres libras y media de peso. Las primeras seis semanas de sus vidas, ambos sufrieron hambrunas porque su madre no producía suficiente calostro. Jane murió en un hospital el 26 de enero de 1929; Phil sobrevivió los siguientes cincuenta y tres años lamentándose por haber bebido él solo toda la leche de su madre.

Nunca supo con certeza si en aquel invierno murió Jane, su hermanita, o Phil, el niño que creció leyendo historias de hombrecitos verdes y que muy temprano conoció las adicciones por las grandes dosis de efedrina que tomaba para el asma. A lo largo de su vida se encargó de documentar la peculiar circunstancia de su natalicio: en cartas, con sus decenas de terapeutas, a cada una de sus cinco esposas, prácticamente a todos a quienes conocía les contaba la anécdota de Twain con la que se identificaba: Mark y Bill, su hermano mellizo, se parecían tanto cuando eran niños que, para identificarlos, les ataban cordones en las muñecas. Cierto día mientras se bañaban, uno de los dos se ahogó, pero sus padres encontraron las cintas desatadas y nunca supieron quién murió. Como en el caso de Jane y Phil, el trauma quedó instalado, más allá de la memoria heredada y el carácter vicario del recuerdo, en una paranoia recalcitrante.

Para principios de 1970, Philip K. Dick llamaba por lo menos tres veces a la estación de policía del condado de Marin. Se había separado de Nancy Hackett, su cuarta esposa, y creía que alguien o algo lo espiaba. En más de una ocasión encontró desacomodado su archivero. Escondía armas. Se drogaba. Participante activo de la contracultura, su casa en el barrio de Santa Venetia se convirtió en el escenario de la paranoia phildickiana más oscura: químicos clandestinos, tranquilizantes, marihuana, alcohol, cigarros de importación, alucinógenos, todo tipo de pastillas. Siempre había rock, speed y caos. A expensas de las anfetaminas, Dick podía escribir una novela en seis días y muchas semanas con síndrome de abstinencia. Los momentos más sombríos de su vida los vivió en el 707 de Hacienda Way en San Rafael, California, en donde siempre estuvo rodeado por un séquito de fans enardecidos, dílers, freaks, drogadictos, hippies, otrxs. Una turba disociada, todos mucho más jóvenes que él, cuya admiración nacía del carácter paranoico y súper yonqui del famoso escritor de ciencia ficción que declaraba al presidente de los Estados Unidos como su némesis espiritual.

Por entonces, Philip K. Dick ya había publicado The Man In The High Castle, Do Androids Dream of Electric Sheep? y Ubik, entre algunas otras novelas que posteriormente incluiría en su catálogo la prestigiosa editorial Library of America, anfitriona de autoras como Shirley Jackson, Úrsula K. Le Guin y Octavia E. Butler. PKD había encontrado la fórmula phildickiana por excelencia: observar su vida privada encarnada en personajes y tramas de ciencia ficción. La mayoría de sus biógrafos —Lawrence Sutin, Anne Rubenstein y Emmanuel Carrère, por ejemplo— coinciden en que A Scanner Darkly es probablemente una de las novelas con mayor sesgo autobiográfico en la obra de Philip K. Dick.

La historia presenta un pacto de ficción fundamental representado en un gadget arquetípico de la sci-fi: el scramble suit o traje de combate que utilizan Robert Arctor y los demás agentes encubiertos del Programa de Toxicología de un distópico condado de Orange, en la California del futuro 1992, cuyo mecanismo oculta la identidad en hasta un millón y medio de representaciones fisionómicas de muchas personas. Una silueta borrosa como sustantivo aleatorio: el hombre corriente por excelencia en cada individuo. Vestido con su uniforme de poli, Bob Arctor se llama “Fred” y tiene que informar a “Hank”, su superior, sobre las fechorías que traman una horda de paranoicos enganchados a la Sustancia M, también conocida como Muerte Lenta, y que provoca la Mors ontologica: fulmina el espíritu y trunca las decisiones individuales de los adictos. Entre ellos, anormales como Jerry Fabin, Charles Freck, Jim Barris, Donna Hawthorne y Bob Arctor, sospechoso y encargado de vigilarse a sí mismo por medio de un sistema de escáneres que la Oficina del Sheriff instaló en su casa.

En una carta escrita en 1977, Phil le cuenta a su hija Laura que la novela describe una época mala y triste en su vida, pero que le encantará leerla. En The Search of Philip K. Dick, Anne Rubenstein entrevista a varias de las personas que convivieron con el escritor durante esos momentos. Bajo seudónimo, todos coinciden que el retrato es nítido, pero que aquella realidad fue mucho más tenebrosa que como aparece en la ficción. Incluso en la vida real, como Robert Arctor en A Scanner Darkly, Philip K. Dick terminó aquella temporada de su vida recluido por iniciativa propia en X-Kalay, un centro de rehabilitación canadiense que le sirvió de base para el New Path en el que “Bruce” —ni Bob ni “Fred”— cultiva sin identidad la Mors ontologica.

Winona Ryder y Keanu Reeves protagonizan A Scanner Darkly, un film homónimo de Richard Linklater en el que la rotoscopia, un sistema híbrido de animación 3D y live action, permite observar la estructura primordial de la novela: casi sin darse cuenta, Bob Arctor termina por convertirse en un adicto a la Sustancia M y su identidad comienza a fracturarse: “Tal vez solo sean imaginaciones mías, los «ellos» que me vigilan. Paranoia. O más bien el «ello». El impersonal «ello». […] Espero que sí, pensó, que vea claramente, porque en estos días ni yo soy capaz de ver dentro de mí. Solo veo tinieblas. Tinieblas fuera; tinieblas dentro”. Un hombre dentro de un hombre, como muchas veces sospechó Phil en sus especulaciones más desquiciadas, y que plasmó en la novela inspirada por la leyenda del 707 de Hacienda Way: ¿quién es y qué hace Bob Arctor?

Philip K. Dick dedica A Scanner Darkly a todos los compañeros que tuvo en el mundo de las drogas —“Los amaba a todos”—, pero también escribe en memoria del Phil que fue y que le obsequió lesiones pancreáticas permanentes, disociaciones, esquizofrenia y soledades profundas: “No soy ningún personaje de la novela. Soy la novela”. Su propia experiencia del mundo fue en sí misma una grabación en cintas magnéticas en bucle, un loop infinito de ondas que se repetían, hologramas. En la convención de septiembre de 1977 en Metz, Francia, Dick desquició a fanáticos e intelectuales con un discurso sobre realidades alternas, presentes distintos y otras imaginaciones phildickianas.  Hacía el final de su vida emprendió el proyecto de escribir The Exegesis of Philip K. Dick, un diario psiconauta que explora las especulaciones, paranoias y universos que habitó PKD, escrito a dos voces: Amacaballo y Phil. Eran sus últimos años. Probablemente nunca comprobó si era Phil o Amacaballo o el cristiano antiguo que habitó su cabeza luego de aquel rayo de luz rosa que lo cegó de pronto y sin misericordia. 

Conozco a Bob Arctor: es una buena persona. No está metido en nada. Al menos no en nada desagradable. Podría decir casi lo mismo de Hawthorne Abdensen, escritor avecindado en El Castillo y autor de una polémica ucronía. Richard Philips y Jack Dowland también son, ocasionalmente, más que un par de parásitos curiosos. Con Amacaballo Fat no me arriesgaría tanto. Barney Mayerson le compró Chew-Zi a Palmer Eldritch. Rick Deckard se enamoró de un Nexus-6. Glimmung convenció a Joe Fernwright de emerger Gestarescala. Nadie sabe quién es Jason Taverner. Joe Chip sigue en semivida… ¿Philip K. Dick? Probablemente él sí esté vivo y todos nosotros, muertos.

Lo cierto es que sufrió un derrame cerebral el 18 de febrero de 1982. Al cabo de unos días entró en coma y tuvo varios fallos cardiacos. Salió del lenguaje. Para el martes 2 de marzo, ya no estaba ahí: llevaba cinco días sin registrar actividad cerebral. Su mente se convirtió en una recta infinita. No tuvo últimas palabras, pero desde mucho antes del día en que dejó inconsciente su casa en Santa Ana, California, Phil sabía que en la Sección K, Bloque 1, Lote 47 del Riverside Cemetery en Fort Morgan, Colorado, había una tumba doble con la inscripción «twins» tallada en el mármol y su fecha de nacimiento envejeciendo al mismo tiempo que él.

O Jane…


Autores
(Torreón, 1994), hispanista por la UNAM y lector. Literaturas contemporáneas y de ciencia ficción, crítica literaria, escritura creativa y archivo. Escribo en la aldea global desde el western y la distopía. Posnorteño. Doppelgänger: @lagunauta.

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Imagen realizada por Mildreth Reyes
Imagen realizada por Mildreth Reyes

Somos los renegados, somos la juventud salvaje,

persiguiendo visiones de nuestro futuro.

Algún día revelaremos la Verdad:

que uno morirá antes de siquiera alcanzarla.

Daugther

Uno. Crecí mirando televisión y me ha dado la impresión de que cada generación parece tener sus ideales y cruces. De niño me tocó mirar muchas series viejas americanas en la que los adolescentes siempre son bien portados y, a veces, se tuercen del camino recto; pero siempre parecía haber una, en específico, que englobaba todos los sufrimientos de la generación en conjunto. En los noventas se habla mucho de Dawson’s Creek o Gossip girl; cuando iba ingresando en la universidad, algunas amigas estaban obsesionadas mirando la emisión de la primera temporada de una serie inglesa Skins, y me decían que no me iba a gustar porque era muy ‘hedonista’. A veces me gusta dar la contraria, así que me puse a ver la serie en línea. La realidad es que me gustó: aunque los primeros capítulos son puras aventuras de adolescentes saliendo de juerga, poco a poco vamos centrándonos en las vivencias de Tony, Effy, Michelle, Cassie, Sid, Anuar, Jal, Chris y Maxxie, ocho personajes que van viviendo la adolescencia cada uno con sus problemas y con situaciones vitales distintas lo que genera que, como espectador, cada uno pueda empatizar con algún personaje en específico, o con rasgos de diversos. Una técnica clásica de las series de adolescentes, las cuales parecen trabajar desde la premisa de que hay un catálogo de personajes para que uno se refleje en el que desee, en el que encuentre aquellos rasgos que marcan su propia vivencia.

Dos. En internet hay un choque real entre dos generaciones: los millenials y los centenials. Los puntos de discusión se centran en que los millenials, que son la generación que ya está en el mercado laboral y nació a finales de los ochentas o a principios de los noventas, suelen quejarse de los más jóvenes que aún viven con sus padres y apenas están saliendo de la Universidad. Se burlan de su ‘debilidad’, y hasta les llaman generación de cristal. Les reclaman que ellos no saben de la vida y que están arruinando todo con sus cancelaciones, sus movilizaciones y reclamos sociales. Exigen que dejen tranquilas sus franquicias de películas o de series. Los millenials, en definitiva, somos una generación que quiso relevarse en situaciones como lo relacionado con la caída de Megaupload pero que al integrarse a la vida adulta reprodujo las mecánicas de generaciones más grandes.

Tres. Los centenials, la generación que nació después de los dosmiles, acusan a los millenials de haber sido una generación cobarde que se rindió. Estos terminaron por juntarse para hacer ataques organizados como los que los millenials hicieron en su momento. Pero tienen ahora más herramientas. Por ejemplo, desde TikTok, se organizaron para solicitar todos los pases a un evento de campaña de Donald Trump, de manera que el evento se quedara vacío. También le brindaron una mayor importancia a la salud mental, aunque todo el tiempo se la vivan en los extremos del exceso (cosa que los millenials solo soñaban).

Cuatro. Con el tiempo me di cuenta que muchas personas de mi generación tenían un recuerdo alegre de Skins. Aunque esta no lo es más que en momentos. Para esta primera generación de personajes, las cosas terminan muy mal: Chris fallece en una sobredosis, Jal queda embarazada de él, Cassie deja todo y escapa a Estados Unidos, Syd corre a buscarla, Max y Annuar se fugan hacia Londres buscando el sueño artístico, y Tony y Michelle tienen que solucionar sus problemas de codependencia que, a lo largo de todas las primeras dos temporadas, han sido el eje que ha alterado de una u otra manera la vida de los demás personajes. La serie parece mandar este clásico mensaje de que crecer duele y como las cosas se ponen más oscuras. Que el momento histórico que a mi generación le tocó vivir fue uno en el que estábamos por entrar a un limbo en el que los límites y las respuestas serían cada vez más difíciles de encontrar. El mundo que le tocó a la generación que está por debajo de nosotros cambió radicalmente y ahora son los que están creciendo al lado de los personajes de Euphoria.

Cinco. Euphoria empieza con una premisa similar a Skins. Un grupo de actores que no siempre pasan por adolescentes, entre los que destacaban Zendaya, interpretan a un grupo de chicos que viven en un pueblo americano en el que parece que las cosas están por caer, en cualquier momento, por el barranco. Nate, Cassie, Maddie, Fezco, Lexi, Cat, Rue y Jules acuden a las mismas fiestas, aunque en este caso los personajes pueden dividirse fácilmente entre los inadaptados y los populares, contrario a Skins pero más cercano a otras series como Sex Education y Elite. Solo que mientras la serie dosmilera solía ser más naturalista (pasando a veces por el absurdo y en ocasiones por la tragedia), en Euphoria todo es artificial. Lo es el glitter que usan las protagonistas en la serie. Lo son los filtros utilizados en escenas importantes. Lo es el falso lenguaje adulto con el que hablan sus protagonistas. Los momentos en que Rue habla a la cámara para explicar cómo clasificar los nudes, o cómo hacer gaslight a tu familia para que no se de cuenta que volviste a recaer en las drogas.

Seis. El episodio de Euphoria que se emitió este 21 de febrero se llamó “El teatro y su doble”, igual que el texto de Antonin Artaud. En este Lexi, un personaje que en la primera temporada se mantuvo de fondo, ha escrito una obra sobre las vivencias de sus compañeros y amigos, y la montan en la escuela cual escena salida de Hamlet. A Lexi no le interesa hacer confesar a nadie. Pero los personajes en el público ven sus vidas actuadas en ficción y empiezan a reaccionar con risa, con empatía o furia ante lo que ven en el escenario; al mismo tiempo que, fuera del teatro, se está jugando el futuro y la vida de Fez, el vendedor de droga del vecindario y quién está enamorado de Lexi. Esta estructura narrativa varia de la utilizada por la mayoría de los capítulos de la segunda temporada, y no se parece en nada a la primera temporada en su totalidad: la serie, en general, ha roto el molde que tenía en su inicio en donde, generalmente, cada uno de los capítulos se centraba en relatar el contexto vital de los protagonistas, mientras las historias alternas de sus vidas iban cruzándose, hasta un episodio en que todos asisten a un carnaval organizado en el pueblo y, como espectador, sabes que algo va a ocurrir mal, pero no sabes qué es lo que será. Hay muchas situaciones en el aire.

Siete. A Skins no le interesaba, como serie, experimentar con la forma narrativa ni con la fotografía o con la actuación. Lo que movía a los espectadores, quizá, era el morbo: yo también soy un adolescente y quisiera también ir a fiestas y acostarme con muchas personas y consumir muchas drogas; fiestas en cuevas oscuras con luces de colores que me hagan olvidar la escuela, los desamores, y todo lo que me llega a preocupar. Aunque a veces rosaba en lo absurdo, como lo del vendedor de droga con el bigote ridículo, se mantenía en lo realista y sus personas, salvo excepciones, usualmente hablaban como jóvenes. Hubo unos cortometrajes que eran como historias breves entre los mismos capítulos donde se asomaba una oscuridad más latente: en uno de ellos, Effy, la menor de los personajes y que después, en la tercera y cuarta temporada tomaría el protagónico, habla por primera vez en la primera temporada. Tiene el maquillaje corrido y va caminando por un muelle en un vestido que parece maltratado. Cuenta una historia sobre dos hermanos, un hombre y una mujer, quien esta última vivía en una jarra de limonada. Sobreprotección. Relata la historia de daño emocional que su familia le provocó al convertirla en una fábula infantiloide.

Ocho. A veces parece que a Euphoria solo le gusta ver el mundo arder. Quizá por eso muchas personas creen es una serie que busca ‘romantizar’ la adolescencia problemática o la mala relación con las drogas. El episodio Quédate quieto como el colibrí parece más cercano a Chilling adventures of Sabrina que a Skins: es decir, parece más una historia de terror que un típico relato de maduración adolescente. En él, Rue, quien ha recaído en las drogas, es descubierta por su familia gracias a la denuncia de sus amigos, y tiene que enfrentarse a la abstinencia mientras recorre todo el pueblo buscando dinero, alguna otra droga, o cualquier cosa que termine su predicamento. La cámara va detrás de ella mientras aparece por los caminos de todos los demás personajes: Fez la corre de su casa no queriendo darle drogas, les informa a todos que Cassie está acostándose con Nate, busca refugio en la casa de la vendedora de droga a la que le debe miles de dólares.

Nueve. La codependencia adolescente es parte de las adicciones que las series comparten. En el episodio del colibrí, Rue en plena abstinencia le reclama a Jules, quien hasta ese momento era su pareja: “Tu me abandonaste cuando te necesitaba”, antes de decirle que Jules no ama a nadie, sino que ama que la amen. En una escena similar de Skins, Syd le reclama a Cassie que tras la muerte de su padre: “¿Por qué te fuiste?” Yo te necesitaba, y tú te fuiste”.

Diez. El capítulo del final de la segunda temporada de Euphoria, “Toda mi vida he ansiado algo que no puedo nombrar”, parece acercar a un punto donde las dos series, y las dos generaciones, se parecen más: la tragedia es parte de la vida. Aunque en Skins lo moralicen más, las primeras dos temporadas de ambas series tienen puntos en común: la primera temporada pone en un predicamento grave al protagonista (Tony al ser atropellado, Rue al recaer en las drogas) mientras forma parte de un número musical (“Wild world” en Skins, “All for us” en Euphoria); y la segunda temporada es el cobro de la factura de ese hecho que modifica todo. Además, en ambas series es una pareja de personajes secundarios la que toma control de la narrativa: Chris y Jal en Skins, Lexi y Fez en Euphoria; ambas parejas son las relaciones más honestas y sanas de toda la serie y como el cliché andante en que se han transformado, son las que caerán en tragedia. Chris muere de una sobredosis, Fez es presuntamente arrestado. Lexi es atacada por su hermana, Jal queda embarazada del hijo de Chris. Y aquí en donde las series se separan, porque la segunda temporada y sus resoluciones en Skins son el punto y aparte que da paso a una segunda generación de personajes, comandados por Effy; mientras Euphoria aún continúa dejándonos algunos misterios que aún pueden ser respondidos. Esta es la parte de la que el personaje nunca se recupera, menciona Rue en la lectura del funeral de su padre. Esta es, también, la parte donde los espectadores se preguntan: ¿cómo se continúa viviendo cuando se sabe que se han hecho tantas cosas terribles? ¿Existe el perdón? ¿Se puede iniciar de cero? En la adolescencia, parecen responder ambas series, quizá no.

Once. La mayoría de los personajes tanto de Skins como de Euphoria son de lo que llamaríamos la clase media, y ninguno de ellos vive de manera cotidiana situaciones de pandillas, crimen organizado, racismo, segregación, de manera que estas marquen su vida. Sin embargo, mientras Skins responde ante la vida adolescente con la fundamentación de un mundo tranquilo donde jóvenes, que difícilmente representan a la gran cantidad de televidentes que los veían, se la viven en fiestas que en la realidad serían millonarias; en Euphoria, las historias están inmersos en diferentes técnicas narrativas que hacen que los problemas adolescentes se magnifiquen y ambicionen parecerse a arquetipos del cine y del arte clásico. Ambas series son productos de consumo, y ninguna refleja a detalle la población objetivo a la que dirigen. Sin embargo, parece ser a través de las diferencias donde los espectadores se acercan a ellas.

Doce. Fue una amiga diez años menor la que me recomendó ver Euphoria. Durante mucho tiempo solíamos tener discusiones sobre cómo había sido el cambio generacional en nuestra ciudad del norte. Una ciudad donde la división siempre ha sido simple: los que adoran a la narcocultura y todos los demás. Cuando yo tenía veinte años existían los “podris”, que estaban compuestos por los chicos emos, los chicos punks, los góticos, los metalebrios y toda disidencia que pudiera haber; eran grupos de jóvenes que se la pasaban tirados en la plazuela central mientras compartían cigarros o costeñito mezclado con agua de sabor; a mi me tocó acudir ahí e ir a las fiestas y acompañarlos a los conciertos. No llegaban, tampoco, a ser como los protagonistas de Skins. Y yo pensé que esas estructuras sociales habían terminado, que la interminable guerra de las tribus urbanas tuvo un punto de paz. Pero mi amiga me relató que aún existen los “podris” pero ahora están formados por skatos, por e-boys o e-girls, que tienen sus nuevos y propios problemas, y que en general se contactan por internet. Me habló de cómo ella misma, a los 11 años, ya estaba entrando a los rincones oscuros de la red para acercarse a libros y a películas que yo no conocí hasta los veintes; que, así mismo, muchos de sus amigos crecieron aprendiendo demasiado del internet. Que por eso no dejan mangonear por cualquier jefe explotador. Que conocen sus derechos. Que quieren cambiar al mundo. Y aunque se la pasan de fiesta loca y usan muchas drogas, tampoco se la viven en el glitter. Lo que entiendo de nuestras charlas, en definitiva, es que hablar de generaciones siempre parece una respuesta provisional e incompleta, en especial si lo hacemos desde los estereotipos que nos pone enfrente la televisión.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Eric Huybrechts, Twosday, Flickr, CC 2.0
Eric Huybrechts, Twosday, Flickr, CC 2.0

La caída del Muro de Berlín significó el fin del orden geopolítico surgido después de la Segunda Guerra Mundial en Europa. Pero la reunificación alemana también fue el golpe final a la Revolución de Octubre, que dio origen al complejo Estado-nacional que fue la URSS, fundada formalmente en 1922. En la URSS cohabitaban múltiples grupos étnicos en una región similar a la que durante dos siglos ocupó el Imperio Ruso, pero que nunca tuvo límites claros o definidos.

A la caída del Muro, la URSS ya estaba metida en un tremendo caos interno debido a las reformas económicas (Perestroika) y políticas (Glásnot) que había introducido Mijaíl Gorbachov. Un intento de golpe de Estado en agosto de 1991 fue el tiro de gracia para el experimento político más importante del siglo XX, que en los meses subsecuentes vio cómo se iban independizando los territorios del Báltico, del Cáucaso, de Asia Central, etc.

La conformación de Ucrania se definió en 1991 en lo que históricamente y en los atlas de geografía desde el siglo XVI se conocía como la “Rusia Menor” o la “Pequeña Rusia”. Estos espacios, como la mayoría de los Estados-nacionales, no han estado exento de polémicas entre lo que es el territorio legalmente constituido y la disputa por lo que se consideran los territorios históricos. Una querella similar al caso más conocido y conflictivo: la cuestión Israel-Palestina.

La caída del Muro de Berlín y la disolución de la URSS fueron un golpe muy fuerte y una orfandad ideológica para toda una generación a nivel mundial que creció definida por la Guerra Fría y el conflicto constante entre Estados Unidos y la URSS. Esa orfandad ideológica hizo que a lo largo y ancho del planeta la gente buscará nuevos significantes. En Europa se dio un crecimiento de los movimientos ecologistas mientras que en Latinoamérica y de cara a los 500 años de la Conquista hubo un reagrupamiento alrededor del indigenismo.

En el caso de las antiguas federaciones soviéticas hubo un resurgimiento de las cuestiones étnicas en las que cimentaron sus derechos nacionales e internacionales. Por otra parte, desde la perspectiva rusa había un sentimiento de una pérdida. Ese vacío empezó a llenarse poco a poco con la nostalgia de la grandeza imperial que durante los siglos XVIII y XIX forjaron los zares. El Imperio Ruso se volvió el nuevo referente para una generación que solo habían conocido el esplendor de la URSS y que súbitamente se quedaron sin ningún norte.

Un personaje de esta generación es Vladimir Putin. Desde su nacimiento en San Petersburgo (cuando era Leningrado), la antigua capital del Imperio Ruso, Putin estuvo familiarizado con ese histórico y glorioso pasado. Esta infancia se combinó con su formación y sus primeros trabajos en la KGB como miembro de las redes de inteligencia y espionaje, laborando incluso en Alemania Oriental hasta la caída del Muro. Cuando regresó a Moscú, abandonó la KGB y empezó su carrera política en medio de la anarquía que se vivía en el país en ese momento.

En menos de diez años, Putin pasó de espía a presidente de Rusia en 1999. Algunos de sus biógrafos señalan que tiene la obsesión de que Rusia recupere ciertos territorios que fueron parte del Imperio Ruso. Aunque cabe decir que en realidad, como en todos los imperios de la época, no contaban con regiones fijas ni definidas.

La primera década de Putin en el poder tuvo como principal objetivo lograr una estabilidad política y económica que Rusia no encontró bajo el gobierno de Boris Yeltsin y provocó que la población rusa viviera en condiciones muy precarias durante ese periodo de transición. Una vez que logró ciertos niveles de certidumbre y seguridad económica al interior y que logró consolidar un liderazgo indiscutido en el terreno político y militar, Putin empezó a mirar hacia afuera. Pretendía reclamar para Rusia la centralidad que había tenido la URSS y que perdió por algunos años.

La primera acción relevante en el escenario internacional fue con Georgia, una antigua república soviética que desde 2003 estaba bajo la zona de influencia de Estados Unidos y la Unión Europea. Después del resquebrajamiento de la URSS, Rusia siguió manteniendo “fuerzas de paz” en Osetia del Sur, que formalmente era parte de Georgia hasta que declaró su independencia en 2008. Georgia calificó al movimiento separatista de ilegítimo y trató de contenerlo pero la respuesta vino desde el ejército ruso que lanzó una ofensiva de cinco días contra Georgia y que terminó por el reconocimiento de Osetia del Sur como nación independiente por varios países, Rusia en primer lugar, evidentemente. Y aunque la ONU, Estados Unidos y la Unión Europea no reconocen a Osetia del Sur, en los hechos funciona como una región autónoma con todo y sus gasoductos bajo el control de facto de Rusia.

Varios analistas internacionales consideran que a Rusia le bastaron esos cinco días tras casi dos décadas de dificultades políticas y económicas, para aparecer de nuevo en la arena internacional como un actor de peso y con capacidad de emprender ciertas acciones militares de manera unilateral sin consecuencia alguna, como lo han hecho Estados Unidos y Europa en Medio Oriente, China en Asia o Israel con sus vecinos árabes.

En el caso concreto de Ucrania, lo que estamos viendo ahora tiene un antecedente directo en 2013-2014 cuando a raíz de las manifestaciones y protestas conocidas como el Euromaidán o “Revolución de la Dignidad”, el pueblo ucraniano logró el derrocamiento del gobierno prorruso de Víctor Yanukóvich, quien se negaba a cumplir un acuerdo de asociación entre Ucrania y la Unión Europea. Después de la destitución de su protegido en Ucrania, Putin decidió anexar Crimea a Rusia y darle un fuerte apoyo a los separatistas de la región de Donbás —al Este de Ucrania— donde están las ciudades mineras e industriales de Donestk y Lugansk, y lugar de paso para Crimea.

Así, entre los sueños imperiales de Putin, la pelea por el control de recursos naturales y la disputa entre Rusia, Estados Unidos y Europa por controlar ciertas zonas fronterizas con todo y la instalación de bases militares han hecho de Georgia y Ucrania (y otros lugares) puntos de conflicto y disputa militar, tal y como sucede en otras regiones del mundo.

La situación actual es de pronóstico reservado y aunque la importancia geopolítica del Donbás es mayor a Osetia del Sur, es poco probable que Estados Unidos y Europa participen en una escalada militar por este tema. Rusia no es ni Siria ni Palestina o Afganistán. Es una potencia nuclear a la que podrán imponer sanciones económicas y financieras pero es difícil que se avance militarmente. Sobre todo cuando Putin está decidido a responder, algo que no sería bueno para nadie.


Autores
Historiador por la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y McGill University, Canadá. Candidato a doctor en Ciencia Política por la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS), Francia.
Imagen de Arturo Espinosa tomada de Flickr. CC. https://www.flickr.com/photos/espinosa_rosique/7738654716/in/photostream/

Todo ocurre dos veces en la historia; primero en forma de tragedia y luego en forma de farsa.

Marx

La vida está llena de momentos irrelevantes. Esperar en la fila del banco, viajar en el transporte público o cepillarse los dientes suelen ser actividades insípidas que, si no fuera por los ratos de esparcimiento, placer e intensidad, harían de nuestro paso por el mundo una diligencia tediosa. A propósito, decía Schopenhauer que existir es un incesante oscilar entre aburrimiento y sufrimiento —aunque su noción de sufrir, distinta a la nuestra, se acercaba a la de “sentir”; para él goce y dolor eran ambas afirmaciones de la vida, muestras irrestrictas del pathos.

Cualquiera que pueda contar un buen relato sabe que lo trágico, lo atractivo y lo importante son caras de una misma moneda. No es casual entonces que literatura e historiografía coincidan: lo que Hegel llamó “Espíritu de la historia” [Geschichte geist], una especie de Dios creador que escribe los grandes eventos del mundo en el libro de la memoria humana, se enlaza con la noción niezscheana del “eterno retorno” ya que todo lo importante sucede y vuelve a suceder de otra forma, bajo un velo distinto. El paralelismo en los destinos de seres como Julio César, Napoleón y Hitler conjura esta misteriosa geometría y quizás por ello los sucesos históricos merecen una versión ficticia que ilumine lo trascendental con el prisma del arte literario, como lo creyó Stefan Zweig, un genio de la microscopía y la profundidad psicológica obsesionado con el intersticio donde se encuentran lo biográfico y lo imaginario.

 

El fracaso del sueño europeo: 22 de febrero de 1942, Petrópolis, Brasil.

Son casi las tres de la tarde. Afuera el viento corre libremente, pero en la habitación se siente el bochorno a pesar de la frescura que despiden las vigas, las ventanas y el mobiliario de madera. Las palmeras de Petrópolis se mecen en una danza voluptuosa que solía reconfortarlo en los días calurosos en que trabajaba con esmero frente a la Olivetti M40, tecleando a ritmo frenético. En un cestillo de caoba hay un cúmulo de bolitas de papel mecanografiado o manuscrito –acaso los intentos fallidos del testamento fatal y las cartas de despedida.

Las celosías tiemblan, a través de los postigos una tímida luz blanca horada el centro de la habitación y la mitad inferior de la cama. Sobre ella yacen los cuerpos sin vida de Stefan Zweig y Charlotte Elisabeth Altmann. Están tendidos, abrazados el uno al otro en una posición que todas las parejas han adoptado alguna vez: él medio recostado sobre la cabecera de la cama, la cara ligeramente inclinada. Ella contra su cuerpo, la mejilla recostada entre el hombro y el brazo, y su mano sobre el pecho de él, delatando lo que horas antes había sido un abrazo. Él tiene una camisa azul de manga corta, unos pantalones y una corbata oscura; ella un vestido de tela blanco de macramé bordado con pequeñas hojas. Ambos tienen la boca abierta y cualquier diría que duermen profundamente, pues eso ocasiona la ingesta de veronal en dosis normales, incluso se usa para tratar fuertes angustias o crisis psicóticas en enfermos debido a sus propiedades hipnóticas, pero en dosis elevadas conduce a una muerte segura.

El médico forense sería el primero en descubrir la hoja blanca en la mesa de noche, junto a la lámpara, el frasco del sedante y el vaso de vidrio:

DECLARAÇAO

Antes de dejar esta vida por voluntad propia y con las ideas claras siento que he de realizar una última tarea. Mostrarle mi más sincero agradecimiento a Brasil, este maravilloso país que le dieron a mí y a mi obra un descanso acogedor. Día tras día aprendí amarlo más, ahora que mi querida tierra natal se ha desvanecido para mí y ahora que Europa se está destruyendo a sí misma.

Pero a la edad de sesenta años es imprescindible que uno tenga una gran fortaleza mental para empezar de nuevo. Y se me han acabado las fuerzas tras tanto deambular. Por lo que pienso que es preferible poner fin a mi vida, una vida en que mi actividad intelectual me ha concedido sumo placer y libertad personal, el mayor lujo de este mundo

Les mando mi apoyo a mis amigos. Que vivan para ver el amanecer tras la larga noche.

Soy tan impaciente que me marcho antes que ellos.1

S.W.

Vuelta atrás: agosto de 1901

Solo una mezcla excepcional como el judaísmo progresista podía acunar un carácter tan libertario y sensible como el de Stefan Zweig. A imagen y semejanza de sus padres, Zweig se perfiló desde niño como un laico: no aprendió a hablar yiddish, no frecuentó la sinagoga y en lo posible no reprodujo las tradiciones culturales del judaísmo. Eso no le impidió sufrir la opresión intelectual ejercida a las juventudes semitas en la Viena de final de siglo XIX. Ya nos trataban como prisioneros, repitió cada vez que lo interrogaron sobre su primera educación en los glamorosos patios empedrados del Gymnasium Wasagasse.

Quizás fue ese clima de tácita hostilidad psicológica, o quizás su fascinación por los detalles pintorescos de la historia literaria, pero el motivo de su primer cuento selló para siempre su camino. En la nieve, publicado en el periódico sionista “El mundo”, no es tan solo el hipnótico relato de un pogromo —brutal linchamiento y expropiación de una comunidad cultural distinta, sobre todo de origen judío— sino una asombrosa predicción a destiempo. Un puñado de sefarditas se aprestan a festejar un ritual en una rica sinagoga medieval cuando un jinete exhausto irrumpe en la sala y les avisa de un inminente peligro: hordas de flagelantes germánicos armados de algo más que látigos se acercan y amenazan con aniquilarlos. Horripilados, los practicantes emprenden una fuga en medio de la nieve invernal que tornará su búsqueda de paz en una muerte lenta y dramática.

¿Cómo es que un judío laico habría de adelantarse a la historia escribiendo en 1901 la historia de una invasión alemana en tierras polacas que culminaba con una cruenta masacre antisemita?

La errancia judía y el encuentro: 1903-1911

En los diarios que lo acompañaron hasta el día de su suicidio Zweig se quejaba de su debilidad por el viaje. Una inquietud interior que me carcome el alma, no hace más que aumentar y se vuelve intolerable, escribiría. El imaginario romántico de viajeros que admiró y sobre los cuales escribió libros enteros como Michel de Montaigne, Federico Magallanes y Giacomo Casanova lo acompañó en sus largas travesías por lugares tan dispares como India, Estados Unidos, Argentina o Bélgica.

Al llegar a un país desconocido, Zweig se fijaba en los intersticios sociales, en los puntos neurálgicos donde se rozaban mundos dispares. Acaso su condición de apátrida y la distancia que tomó con respecto a lo judío afilaron esa óptica. Siempre le fascinó un fenómeno que, con el paso del tiempo, tomaría relevancia en los estudios de Spengler bajo el nombre de Decadencia de occidente y casi medio siglo después sería denominado en términos sociológicos como “choque de civilizaciones”: el encuentro de culturas distintas en un mismo espacio y las reacciones marcadas por riñas o muestras de cooperación que para él era, de alguna manera, el rumbo que dictaba la historia mundial en sus anales.

Asimismo sus cuadernos de viaje consignaban una recurrente solidaridad por los migrantes, por todos aquellos que lo dejaban todo para probar suerte en lugares recónditos y desconocidos —sin saberlo, sus palabras retumbarían años más tarde en su propio sino de caminante. En especial le fascinaba la valentía de las comunidades que no solo se adaptaban a su nuevo norte sino que además lograban conservar la quintaesencia de su ethos cultural. Para un lector de hoy sus reflexiones pueden pecar de simplistas o lineales2, pues al igual que muchos pensadores de la historia en el siglo XX, la entendía como un proceso lineal y jerárquico. Sin embargo, la agudeza de sus observaciones sigue siendo notable como señalamiento de la fractura cultural: Los franceses de Quebec comparten hoy, ciento cincuenta años más tarde, la suerte de los indios que fueron los primeros en expulsar de sus hogares, sacándolos de los bosques sagrados para empujarlos hacia las estepas hasta que estuvieran arruinados, disueltos en naciones extranjeras, dispersos, rotos. Ahora, es el turno de ellos de, presionados por los nuevos ocupantes del país, tener que abandonar una cultura (sin ninguna duda superior), la de Francia, para entrar en la esfera estadounidense, escribió en un francés impecable hacia 1911 tras su viaje por la Canadá francesa.

Por esos ajetreados días sus pasos vieron puerto en una amistad decisiva. Romain Rolland era un carácter solar cuyo encanto brillaba sin pasar desapercibido en ningún lado. “Yo soy europeo de corazón, y usted también lo es”3, cejó el francés la tarde de febrero en que se encontraron en un concurrido salón de recepciones en el séptimo distrito de París. Cultivado en las ideas de la no-violencia de Gandhi, enérgico admirador de la obra de Tolstoi –en especial de Guerra y Paz– cuyos motivos humanistas y antibélicos detonaron en su propia literatura, y convencido de que los pueblos deben hermanarse por encima de todo y que el único arte que vale la pena es el que sirve para congregarlos, Rolland sería un mentor y un aliado infatigable en la vida de Zweig.

Juntos, los amigos emprendieron una cooperación franco-germánica de la cual brotaron decenas de traducciones –Verlaine, Baudelaire y Émile Verhaeren, entre otros– y un libro de Zweig dedicado a la obra de Rolland, quien poco después recibiría el premio Nobel. Tristemente, el ideal de unión cultural europea a través de los constructos culturales y artísticos quedaría destrozado con los disparos del joven bosnio Gavrilo Princip al coche donde iba el archiduque Francisco Fernando y su esposa Sofía, pocos metros más adelante del puente latino que conecta a Sarajevo, Bosnia y Herzegovina. El estallido de la primera guerra mundial fue sin duda el primer golpe a los anhelos pacifistas de artistas como Zweig y la antesala de la obra donde retrató la decadencia del viejo continente, El mundo de ayer: recuerdos de un europeo (1941).

El antibelicismo a ultranza: de julio de 1914 a los años veinte

La fortuna quiso que Zweig fuera juzgado inapto para ir al frente de guerra por sus problemas de miopía y espalda. Pese a ello, decidió alistarse en los servicios de archivos militares, desde donde se mantuvo al tanto de los nacientes barrios bajos destinados exclusivamente a los judíos y los horrores que se cometieron en el campo de batalla y de los pueblos que fueron reducidos a la nada en Italia, Austria, Bélgica y el nororiente de Francia. Pocas voces se alzaron a favor de un armisticio, pero fueron acalladas o mal recibidas.

Entonces llegó a resoluciones tan ingenuas como sensibles sobre el respeto y fraguó sentencias de corte antibelicista que habrían de retumbar entre letrados animosos y jóvenes entusiastas del comunitarismo: “La intolerancia lleva a la guerra y la tolerancia, a la paz”, repetirían con aire dogmático sus cófrades en cafés y cenáculos antes de las primeras muestras de represión militar, que no tardarían en llegar de lado y lado.

El impacto de los hechos en su estilo es fácil de rastrear después de tanto tiempo: el realismo de Balzac y Stendhal que dominó sus estudios comparativos y biográficos también permeó su escritura. Muestra de esto es Jeremías, pieza de teatro abiertamente pacifista que creó cuando aún estaba en el ejército y solo pudo representar en Suiza (único país neutral cercano) y tres veces en Austria antes de que fuera prohibida. La obra ofrece una reinvención de la figura del profeta trágico Jeremías, que llamó al arrepentimiento de los poderosos y advirtió sobre las invasiones de las hordas del norte sobre el mundo:

Jeremías: (…) Los necios no dejan de hablar de paz, pero no por ello van a tener paz; los incautos se echan a dormir y pretenden descansar, sin saber que el sueño que duermen es el de la muerte. (…) Muy pronto, los vivos envidiarán a los muertos que yacen en la tumba, porque ellos tienen paz, y los que ven envidiarán a los ciegos, porque ellos viven en la oscuridad.4

 

Nuevamente el poder profético de su verbo, esta vez motivado por el acaecimiento de los imperantes sucesos históricos, le empieza a revelar las disposiciones del peligro antisemita. Tras el armisticio de 1918 Zweig y su esposa Frederika, a quien conoce poco antes del comienzo de la guerra, deciden instalarse en Salzburgo, donde el escritor ve los abundantes frutos de su trabajo biográfico: Tres maestros (1921), El combate contra el demonio (1925), Tres poetas de su vida (1928), y La cura por el espíritu (1931), consagrado a Sigmund Freud, a quien conocía como parte de la pléyade de intelectuales vieneses de comienzos de siglo.

Durante esa década concretaría su idea de la historia como un entramado perfectible y semejante al arte. Según él, así como los artistas pueden pasar años o décadas sin producir nada valioso pero de pronto dan rienda suelta a un huracán de creatividad y genio. Asimismo, la historia tiene sus “momentos de inspiración” en los cuales escriben páginas memorables en los pergaminos de la historia universal. Aunque de esta idea podría esperarse una visión optimista y positiva de la historiografía, nada más lejos de la realidad. En Momentos estelares de la humanidad (1918), Zweig noveliza las vidas de personajes tan emblemáticos como Cicerón, el orador y filósofo romano; Vasco Núñez de Balboa, el primer navegante del océano pacífico del que se tiene memoria; o Tolstoi, el escritor ruso que habría de morir en tan lamentables condiciones en la estación de tren de Astápovo, luego de huir de su esposa, su modus vivendi aristócrata y contraer una neumonía fatal.

Esta visión del sentido de la vida vinculado a la intensidad dramática o, como diría Milán Kundera, al “peso metafísico de la existencia”, que se siente en Momentos estelares de la humanidad, recuerda las espectaculares sinfonías de Beethoven y, en materia literaria, se equipara al proyecto de Jorge Luis Borges en Historia Universal de la infamia (1935) que, en modestísima síntesis, define como “el irresponsable juego de un tímido que no se animó a escribir cuentos y que se distrajo en falsear y tergiversar (sin justificación estética alguna vez) ajenas historias”5.

 

El vals del exilio: Londres, Nueva York y Brasil

Las explosiones de los años treinta en la vida de occidente han sido relatadas muchas veces. Para Zweig, como judío “por el azar de las circunstancias”, el ascenso de Hitler y el partido nazi trajo numerosas y devastadoras consecuencias. Amigos cercanos desaparecidos, encarcelados, despedidos y posteriormente torturados, muertos o enviados a los primeros campos de concentración. En principio trató de sostenerse en la neutralidad y lo consiguió durante un año, pues contaba con el apoyo de figuras como Richard Strauss, pero conforme se van intensificando las medidas de control, los artistas son los primeros en perder sus libertades. Su obra de teatro La mujer silenciosa se presenta tres veces en Alemania antes de ser prohibida bajo el naciente epíteto de “arte degenerado” que se sumaba con desvergüenza al de “obra judía”. Para completar, una de sus noveletas llamada “Secreto ardiente” es adaptada al cine en 1933 y conoce una gran difusión por toda Europa y Estados Unidos, detalle que aumenta la rabia de los reguladores del nazismo en su contra. Un buen día de febrero de 1934, al percibir las intrigas de sus vecinos y ver su casa vigilada por agentes uniformados y de civil, decide darse a la fuga a Londres.

Esos años en la Inglaterra de Churchill están cargados de cambios, miedos y una fuerte crisis depresiva que, contrariando cualquier lineamiento lógico, encuentra un contrapeso creativo. Su interés por figuras controversiales fuertemente oprimidas por la situación política conoce un punto culminante con la obra acerca de María Estuardo (1933) y María Antonieta (1932-1934). La renuencia de su esposa de venir a Londres con él porque juzga “exageradas” sus sospechas, le trae meses difíciles en donde acaricia la idea de volver a Europa pero desiste a último momento. Sin embargo, se acerca cada vez más a su secretaria, Charlotte Elisabeth Altmann, hasta conducirlo a las nupcias. La declaración de la guerra civil en España trae un caos que se disemina junto con el ascenso del Fascismo en Italia y los avances del Nazismo en Alemania. Después de 1936 la vida de Zweig se transforma en un incesante ir y venir entre Brasil e Inglaterra, con una profunda decepción por la humanidad y las ideas que abrigara en su temprana adultez. La utopía de una Europa unida por la cultura y el arte se tiñe de oscuridad con las bárbaras invasiones del ejército de Hitler, que en 1938 declara la anexión de Austria y traza los preámbulos de la segunda guerra mundial. Ni la naturalización como ciudadano inglés, ni los cuidados prodigados por “Lotte” son un bálsamo suficiente para Zweig, que cada vez vive con una paranoia más grande, imaginando el triunfo definitivo del nazismo sobre la faz de la tierra, y con el cual se va, triste y dramáticamente, a la tumba.

Su existencia transcurrió como la antítesis de que los seres humanos aprenden de sus errores y quienes no conocen su historia están condenados a repetirla. En su caso, el hondo y apasionado conocimiento del relato universal fue más una sentencia de muerte que de redención.


Autores
Lector. Escritor. Traductor de literatura francófona. Twitter: @Cajme
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Tlajkoiuan

 

Tlayouisyotl no se ojtsintle, ueye kauitl kampa uele noteixpantilia tonakayotl niman atlatsiochiualyotl. On tonajle, koskaxochimej, ichkatonakayotl niman se kech cigarro kalaktsiaya ipan notanajtsin uan onechmamaltikej. Otikiskej kuak ye nisi tlajkoiuan. Otsiajkej otikintlajpalotoj on yeualajakamej. Totlakeual otechtomilej kampa cigarrito iuan meskalito, tikoniskej niman tikpokiskej ne kuak yotasikej iyelko Topiltepetl, kampa kuak kanaj tasis kipiya ika timoteixpantilis kanon tiualeua niman tleka tiuajlo.

Okseke tetlayokoliltin yayaj ipan ilomo notajtsin. Ijtik itanajtsin yaya se ome litro meskalito, achijtsin atsintle, ome kilo velitas, ome casillero totoltemej niman se naue manojo xochitl uan sa yejyektle, uan xotla ken sitlalin ipan ueyeyeuajle. Kuak yenisij Tlajkoiuan totlakeual opej kinnojnotsa ajakamej. Kimiliaj kualtsin matechsele kampa tajuamej ika kuajle tiuajlouej, tiuajchipajtiuej niman amo teka otokayauakoj. Achtopa okinots uan chanej kemaj kuak tlatlajkoiuan okiteixpantilej noche totetlayokolil. Kuak yokitlaonitej uan chanej, tajuamej tej no otikonikej achijtsin maske amo otikitakej. Nikan tej opej in ojtsintle kampa ye yolik oniueltsia onikasojkamat akinonomej tlayekanaj ipan se yankuik tonajle.

 

Media noche

 

La noche es el camino. Diálogo sacro para la entrega de nuestro cuerpo y el agua a la tierra. En ese sol oscuro, los collares de flores, maíz algodón y cajas de cigarro, iban depositados dentro del morral de plástico colgado en una de mis alas. Partimos antes de la media noche para ir a conocer a los vientos de ese tiempo. Nuestro curandero dijo: el tabaco y el mezcal, son para fumar y tomar al llegar al pecho de Topiltepetl1 una de las tantas formas de presentarse ante estos seres.

La otra ofrenda iba posada sobre la espalda de mi padre. En su morral, dos litros de mezcal, un poco de agua, dos kilos de velas, dos casilleros de huevo y cuatro manojos de flores-estrellas que brillan en la noche. Minutos antes nuestro guía lanzó las primeras palabras hacia los vientos. Dijo, nosotros venimos puros y limpios y así debemos de ser recibidos. Dirigió su palabra hacia el dueño de la casa y en punto de la media noche, cuando a lo lejos se escuchó el canto de un gallo presentó la ofrenda. No sin antes darle de tomar el agua sagrada al ser poderoso, dejando en el plástico solo la medida de dos dedos para nosotros.

El encuentro con los dos tiempos es el camino hacia la otra vida, la casa donde permanecen los seres del más allá, donde uno puede invocar para los otros y para sí.

 

Tlaneskayotl

 

La madrugada

 

I

 

Tlaneskayotl tlacha ken tlatlatsinalistle ixtololojtsin.

Kauitl kampa uelis tiknojnotsas sitlaltlaltipak,

kampa uelis tikimelteketsas moixtololojtsitsiuan,

kemaj, peuas tiknojnotsas sitlalkouatsintle.

Tikaamatlakentis ixayak ipan in tlaltipaktle,

tikchijchiuas itlakayotsin ika xochikoskatl.

 

I

 

Relámpago de luz.

Sitio para invocar al universo,

sentar los ojos en la cima más alta

y comunicarse con la serpiente de estrellas.

Después, vestir su rostro sobre la tierra,

trazar con flores los contornos de su cuerpo.

 

II

 

Tlaneskayotl,

kaltlamauisojle istakatsintle

kan uajlixmejmetsijtok sitlalkoros uan kechtejtepoltik,

kampa chikaualistle kiyolchikaua se toknij uan noyej kualo,

kampa uelis tikimpakisxotlaltis itsontsitsiuan movelitas,

kampa uelis tikxochimatlalos motetlayokolil

niman itlakojtsian ueyekoskatl sempoalxochitl,

tiktlalis se totoltetl

uan ipan iyoltsin salijtij

xochitlajtojle.

 

II

 

La madrugada,

ventana transparente

donde se asoma la cruz de cuello cortado,

renace la fortaleza en el enfermo,

instante para iluminar los cabellos de las velas,

apalabrar a la ofrenda

y en medio de ese collar de veinte pétalos

poner la piedra más fina del guajolote,

ella llevará en sus adentros

la esencia de la palabra.

 

III

 

Kemaj kuak yotikuekatsajtsijle,

kuak yeuajtoponti se tonalmeyotsin,

ika moyekma tikasis se totoltetl

niman tikixtemotlas on tonaltsintle,

niman on totoltetl kipiya ika nochijchiuas

ipan tlajko ajakatl, okse tonaltsintle pitentsin.

Tla kuajle nochiua on tlamantle,

toknitsin uan ache kualo kiselis miyak chikaualistle

tla on totoltetl xo tlajtlapan ipan ajakatl niman ouetsiko ipan tlajle

kijtosneke, kampa in ueyetonaltsintle xmo kimakixtis.

 

III

 

Después del uekatsajtsilistle2,

al primer ojo de luz y con la mano derecha,

se aventará el huevo al primer mirar del astro,

en su vuelo se volverá

un sol minúsculo,

estrella de viento.

Si acontece lo dicho,

el aquejado recibirá oxígeno para caminar la vida,

si cae entero y se desparrama,

querrá decir que ese sol

no meterá las manos para impedir el viaje a lo eterno.


Autores
(Guerrero, 1983) es profesor de lengua náhuatl y ha publicado los poemarios: Tlalkatsajtsilistle/ Ritual de los olvidados (2016) e Istitsin Ueyeatsintle/ Uña Mar (2019)

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

AK’OBAL

 

¿K’usi ti chk’a’ ta jbakiltale…?

¿Mi ja’ jna’ li abi ta jok’ ka’i lok’el buy mukul ta ch’aybil o’ontonal,

mi ja’ jna’ ti ta jlok’esot tal ka’i ta ts’ijetale…?

 

¿K’usi xu’ jpas k’alal chvul ta jol ko’onton li asate

ti chkil avokol k’alal ch’inot to’ox e…?

Ta jkoltaot ka’i,

mu xu’ ku’un:

yu’un li abek’tale jun xa xokol osil, jepelul, yalobaltik.

 

Mu’yuk amukinal ti bu xu’ xkok’itaote.

Mu’yuk sbelil bu xu’ jnupot, bu xu’ jtaot.

Mu’yuk akajonal, acha’biel, mu’yuk stijik vob yu’un chbein o ach’ulel,

mu’yuk sk’oponel kajvaltik ta alajele.

Ch’ayemot ta yut jbek’tal jtakopal,

chaxanav ta sbelel jbek’tal,

chatsik’esbun jbakiltak,

jkuchoj li alajele,

mu jna’ bu chkok’ita li abek’tale.

 

OSCURIDAD

 

¿Qué es esta oscuridad que camina por mis huesos…?

¿Será la angustia por desenterrar tu nombre del olvido,

o el no saber si podré salvarte del silencio…?

 

¿Qué hago cuando tu recuerdo se filtra en mi memoria

y veo tu infancia desgarrada…?

Quisiera sostenerte,

pero no puedo:

tu cuerpo es ahora un baldío, un escombro, un barranco.

 

No existe una tumba dónde recordarte.

No hay camino, no hay dirección para encontrarte.

Yaces sin ataúd, sin funeral, sin música que te encamine, sin ritual que te salve.

Yaces extraviada, no te encuentro, te has oscurecido dentro de mí,

te esparces entre las líneas de mi cuerpo,

fracturas cada parte de mi ser,

y yo cargo el recuerdo de tu muerte

sin saber donde rezarle a tu cuerpo.

 

ALAJEL 

 

¿K’usi xu’ xkut yo’ jch’ay ta jol li alajele…?

¿K’u yelan ta jbul lok’el ta jbek’tal li alajele…?

Yu’un li’ oyot ta yut jbek’tal xchi’uk

mu xlaj xk’a’ li avokolile,

snak’ sba ta jbakiltak…

 

Albun…¿K’u yelan xu’ xi kuxi xchi’uk li vokole?

¿K’u yelan ta jkomtsan li sna’el syayijemal abek’tale?

¿K’usi xu’ xkut yo’ chijatav batel skoj to j-chopol chka’i li alajele

xchi’uk k’u yelan xch’ay ta jol ko’nton li sat buch’u la smilote…?

—¡yu’un li buch’u la smilote, ja’ no’ox li jtote!—

¿K’u yelan xkuch ku’un li alajele, kuni me’?

Yu’un mi li-och ta yut nae stekel k’usitik oy ta yut noj ta yik’ ti alajele.

Chvul ta jol li akajonale yich’oj batel spatobil ko’onton:

yayijem xchi’uk t’anal chich’ batel abek’tal.

 

TU MUERTE

 

¿Cómo olvidarme de tu muerte…?

¿Cómo arrancar tus restos de mi cuerpo…?

Si toda tú vagas en mí y

tu sufrimiento no termina de podrirse,

se esconde entre mi vértebra…

 

Dime… ¿Cómo vivir con esta tragedia?
¿Cómo olvidar tu cuerpo destrozado?
¿Cómo escapar de tu muerte atroz
y olvidar el rostro de tu asesino…?
—¡Si tu asesino es mi padre!—

¿Cómo soportarlo, madre mía?

Sí entro a la casa y un olor fúnebre se esparce dentro de mí.

Recuerdo tu ataúd llevándose mis esperanzas:

llevándose tu cuerpo desnudo y desgarrado.


Autores
Poeta, traductora maya tsotsil de San Juan Chamula, Chiapas, 1995. Licenciada en Lengua y Cultura por la Universidad Intercultural de Chiapas 2013-2017. Cursó la Maestría en Estudios E Intervención Feministas en el Centro de Estudios Superiores de México y Centroamérica, UNICACH-CESMECA, 2019-2021. Asistió al Programa de Escritura Creativa del Programa Internacional de Escritura de la Universidad de Iowa E.U, en 2021. Premio Estatal de la juventud 2021 en la categoría Fortalecimiento a la Cultura Indígena.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.