Yasunari Kawabata ,1968, Wikipedia
En 1968 la Academia Sueca decidió otorgar el Premio Nobel a Yasunari Kawabata “por su maestría narrativa, con la cual expresa con gran sensibilidad la esencia de la mente japonesa.” Pero, en qué consiste esa maestría narrativa que le valió el galardón y por la que medio siglo después de su muerte merece la pena seguir leyendo su obra. Una respuesta fácil, casi un lugar común entre quienes lo leen, sería utilizar el título de la última novela que publicó y señalar que es por Lo bello y lo triste ( Utsukushisa to Kanashimi to , 1965) lo que caracteriza su escritura.
El estudioso de la literatura japonesa Donald Keene señalaba que a los japoneses contemporáneos (él lo decía hacia finales del siglo XX y principios de este) les llama la atención que en Occidente se opte por leer a quienes escriben de flores, mariposas, el viento, la luna ( kachō-fūgetsu ), la exquisitez en las que esos lectores, encabezados por Kenzaburo Oe —nada menos que el segundo premio Nobel de literatura de Japón—, enmarcan a Kawabata junto a otros autores. Ante lo que Keene responde:
[…] sólo el lector menos sensible puede suponer que las novelas de Tanizaki, Kawabata y Mishima son meras exquisiteces.
Yasunari Kawabata nació en Osaka, Japón, el 14 de junio de 1899 y se quitó la vida en Zuchi el 16 abril de 1972. Perdió a su padre y a su madre a los cuatro años, por lo que sus abuelos paternos tuvieron que hacerse cargo de él. En 1906 su abuela murió y él quedó a cargo de su abuelo, quien murió en 1914, antes su hermana, a quien apenas conoció también falleció. Estas pérdidas lo marcaron a tal grado que sus primeros textos giran en torno a ellas y en los textos ya se aprecia la capacidad por condensar en unas cuantas líneas complejos estados emocionales.
La bailarina de Izu ( Izu no odoriko ) fue uno de los primeros relatos que publicó, en 1926, en español se editó con algunos de sus primeros relatos. La obra está dividida en dos secciones, la primera que incluye la pieza que le da título y cuatro piezas narrativas más que parten de la experiencia de orfandad del autor ( Diario de mi decimosexto cumpleaños, Aceite, Experto en funerales y Recolección de cenizas ). La segunda parte incluye dieciocho relatos. Diario de mi decimosexto cumpleaños es, en palabras del mismo Kawabata, una obra que escribió a los quince años durante las últimas semanas de su abuelo ciego. En la obra, independientemente de si la escribió en la adolescencia o en sus veinte, llama la atención la capacidad indagatoria en los estados mentales y emocionales —que es uno de los sellos de su estilo—:
–Me pregunto cuándo mejoraré –dijo el abuelo, con una voz compuesta por nueve partes de desesperación aferradas a una de esperanza.
Así mismo es de llamar la atención que muestra a sus personajes en toda su humanidad, con sus sombras y sus luces, su narrador (él mismo) se asquea de la obligación de cuidar del anciano, pero también se conmueve ante la cercanía de la muerte:
No hay para mí tarea más odiosa que ésta. Después de comer di la vuelta al acolchado del abuelo y sostuve el orinal. Esperé diez minutos y no apareció nada. Comprendí cuánta fuerza había perdido su vientre. Mientras esperaba, me quejé. Rezongué. Debería haber orinado solo. Luego, el abuelo suplicó perdón. Cuando le miré la cara, que día a día se consume más, su pálido rostro donde habita la sombra de la muerte, me avergoncé de mí mismo .
La bailarina de Izu, por su parte es un cuento en el que ya se apuntan algunos de los temas y tratamientos de las novelas que escribirá más tarde. La fascinación de un hombre por una mujer menor que él y la descripción de los paisajes que impactan en los personajes. El narrador es un estudiante veinteañero que en su visita a la península de Izu se encuentra a un grupo de artistas ambulantes, entre los cuales está una joven bailarina por quien se siente atraído. Basten unas líneas para señalar que desde estos primeros trabajos Kawabata ya estaba en dominio de su oficio y de su estilo:
En la oscuridad, abrigado por el muchacho a mi lado, dejé que las lágrimas corrieran sin restricción. Mi cabeza se había convertido en un agua pura, agua que caía gota a gota. Era una sensación dulce y placentera, como si nada fuera a quedar.
Kawabata en sus primeros años formó parte de un grupo, la escuela de la nueva sensibilidad ( Shinkanku-ha ), que buscaba nuevas formas de expresión. A esas búsquedas corresponde la facturōa de La bailarina de Izu y las narraciones que realizó en esa época, aunque, de acuerdo con Donald Keene, Kawabata no las consideraba más que impresiones de viaje.
Historias en la palma de la mano ( Tenohira No Shōsetsu, 1972) es una obra de narraciones breves que escribió entre 1924 y hasta 1972. En ellas unas cuantas frases Kawabata logra generar atmósferas y presentar la vida de sus personajes; como la cristalización de los temas en sus novelas , escribe Keene. La tensión entre amantes y matrimonios, la sensualidad son algunos de los temas que se desarrollan en historias en un par de páginas, Kawabata no tiene necesidad de más para alumbrar la vida de sus personajes.
Muchas de las narraciones tienen la forma que adquirió el cuento en Occidente, el influjo de James Joyce y sus Dublineses se percibe. Pero otros evocan los cuentos tradicionales de Japón y algunos tienen la sutileza de un kōan; otros se muestran más hermanados a la poesía:
¿Qué significaban esa galera roja y estas medias blancas? Yo, que estoy viva, me lo pregunto .
La última de esas historias en la palma de la mano fue El país de la nieve ( Yukiguni ), la destilación a unas cuantas páginas de su primera novela, que se empezó a publicar en 1937 en forma de folletín —y publicada en su forma definitiva en 1948—. La novela narra las visitas que Shimamura hace a la región más fría de Japón y que recibe el nombre de País de la nieve, ahí visita a joven geisha, Komako, con quien ha establecido una relación. La capacidad de dotar de una profunda psicología a sus personajes femeninos salta a la vista, Komako es un personaje complejo.
Su propia soledad derrotaba la tristeza y nutría esa portentosa voluntad .
Shimamura está casado en Tokio, pero de su vida en la ciudad apenas se menciona poca cosa, fuera de su ocupación —es un crítico que escribe sobre el ballet, aunque nunca ha visto uno—. Todo transcurre en el pueblo donde vive Komako y en este, sobre todo, en la habitación de la posada donde él se hospeda.
El espejo reflejaba el blanco de la nieve enmarcando el rostro de arreboladas mejillas. El pelo era de un negro levísimamente diluido, con destellos de púrpura. ¿Ya había amanecido? Shimamura no supo si lo que lo había encandilado era el primer brillo del sol contra la nieve o la belleza increíble de aquel contraste entre mujer y naturaleza .
A los personajes de Kawabata los impacta el mundo y sus cambios los afectan, de ahí que no sean inmunes a su presencia. Contemplan la naturaleza. Shimamura viaja al país de la nieve por sus paisajes en una temporada especifica del año, para contemplar el comienzo del invierno, así fue como conoció a Komako, primer encuentro que, al iniciar la novela, sólo es referido y ocurrió en el primer viaje de Shimamura. Él le promete volver, escribirle y estas promesas no se cumplen. Así, mientras se dirige al país de la nieve antes que pensar en Komako pone su atención en una joven que ve reflejada en el vidrio del tren.
Entre la parsimonia de la caída de la nieve y las ventiscas de una tormenta Kawabata narra la novela y los encuentros y desencuentros de Shimamura y Komako, una joven de veinte años que por amor decidió convertirse en geisha.
El rumor de la montaña ( Yama no Oto , 1954) Ogata Shingo escucha el rumor de la montaña mientras trata de conciliar el sueño que ha perdido a consecuencia de los ronquidos de su esposa.
Era como un viento lejano, pero con la profundidad de lago que retumbara en el interior de la tierra.
La novela sigue a Shingo durante un año —el transcurrir del tiempo es de vital importancia para los personajes de Kawabata, así también en Kioto ( Koto , 1962) la novela transcurre a lo largo de un año; en Lo bello y lo triste el paso de las estaciones también tiene gran significación—, su hijo Shuichi ha estado engañando a su nuera Kukiko (quien vive en la casa familiar) y su hija Fusako regresa con sus dos niñas también a casa. La cercanía de la muerte, los problemas maritales de sus hijos, los estragos de la guerra que culminó tres o cuatro años antes, el cambio de las costumbres, todo ello Shingo lo enfrenta, así como la relación con su esposa Yasuko y su nuera Kikuko.
Shingo trabaja en una oficina en Tokio, a donde viaja diario en tren desde Kamakura —que era la ciudad donde vivía Kawabata y donde puso, años más tarde, a radicar también al protagonista masculino de Lo bello y lo triste —, ahí también trabaja su hijo y muchas veces le ayuda cuando le falla la memoria. En el tren, de regreso a casa, se dan la muchas de las interacciones entre padre e hijo, también, cuando Shingo viaja solo contempla el paso de las estaciones en el paisaje y reflexiona en torno a su vida y a los problemas que tiene su familia. Se pregunta si la infelicidad de sus hijos es su responsabilidad, así, en el funeral de uno de sus conocidos, a quien su esposa hizo infeliz se plantea, en su funeral la siguiente reflexión:
¿Podría considerarse que Toriyama [el amigo fallecido] y su mujer habían tenido éxito en la vida, en vistas de que las familias de sus hijos eran felices?
La responsabilidad por la felicidad o infelicidad de la propia familia es un tema que aparece también en Kioto, pero en el caso de El rumor de la montaña es una de las preocupaciones que acompaña constantemente a Shingo, lo que significa un matrimonio para las personas que lo conforman —en su caso él y Yasuko llevaban más de treinta años casados; Shuichi y Kikuko, su hija y el esposo del que escapa—:
El matrimonio es como una ciénaga peligrosa que succiona sin fin las faltas de los cónyuges. El amor de la amante por Shuichi, […] ¿desaparecería sin dejar rastro en el pantano que era el matrimonio de Shuichi y Kikuko?
Shingo posterga confrontar a su hijo sobre la amante, incluso visitarla a ella para resolver el conflicto que está poniendo en juego el matrimonio de Shingo —lo veía como una de sus responsabilidades como jefe de la casa—. Del mismo modo en el que posterga encontrarse con Aihara, su yerno, cuando Fusako decidió volver a casa para resolver los problemas que su hija y nietas tienen. Ella, por su parte, le reclama preferir a su nuera. Shingo se sabe en falta ante la atención que dedica a Kikuko —nunca llega a ser la atracción por la nuera que muestra Tanizaki en Diario de un viejo loco , 1962—.
Las mujeres de la novela, aunque son objetos del deseo de los personajes masculinos, tienen autonomía —a pesar, también, de la sociedad machista en la que viven—. Así se enmarca la decisión de abortar de la nuera o la decisión de llevar a término su embarazo de la amante de Shuichi. Kinu responde así al cuestionamiento de Shingo:
Si una mujer desea tener un niño, ¿por qué tiene que inmiscuirse la gente y advertirle? ¿Le parece que un hombre puede entender esta clase de cosas?
Shingo acepta la decisión de la mujer, del mismo modo en el que acepta las decisiones de las mujeres a su alrededor. Incluso Kukiko, la dócil nuera, muestra una fuerte voluntad.
Sólo Shingo escucha el rumor de la montaña, es a través de él que se percibe al resto de los personajes de la novela. La contemplación despierta sus reflexiones, en una actitud propia de su cultura y del arte de la misma; así admira las facciones de una máscara de teatro Noh que adquirió tras la muerte de un conocido —a quien la máscara perteneció—, evoca pinturas antiguas y lleva a su nieta mayor a las festividades del templo budista cercano a su casa. El crecimiento de girasoles o crisantemos en los jardines de sus vecinos, el cambio del color de los árboles que ve desde el tren rumbo al trabajo, el cerezo en el patio de su casa da cuenta del paso del tiempo, del mismo modo en que lo hacen las muertes de sus conocidos y también la preñez de la perra que vive bajo la casa o los embarazos de su nuera y la amante de su hijo. Los esfuerzos de un padre por cumplir con sus obligaciones.
El mismo año en que publicó El rumor de la montaña Kawabata publicó El maestro de Go ( Meijin , 1954), la crónica novelada de una competencia entre Shusai y Minoru. El Go es un juego de mesa de origen chino (donde se le conoce como Weichi) es un juego de mesa de estrategia, en un tablero de 19 por 19 líneas en el que se enfrentan dos oponentes, uno con piedras blancas y el otro con piedras negras, el propósito es controlar más del 50% del tablero. La crónica es también la descripción del enfrentamiento entre la vieja escuela de Go, encarnada por Shusai, y la nueva, que representa Minoru, el enfrentamiento entre las viejas costumbres y las nuevas.
Kawabata narra con exactitud el juego, que se realizó en 237 movimientos y lo ganó Minoru. La atención a las tradiciones y los profundos cambios que vivía la sociedad japonesa son tratados en esta crónica —son algunas de las preocupaciones que atraviesan la mayor parte de la obra de Kawabata y que están presentes tanto en sus novelas y cuentos como en sus ensayos; que son también preocupaciones que sus contemporáneos tenían, sobre todo después de la derrota de Japón en la Segunda Guerra Mundial, las obras de Jun’ishirō Tanizaki y Yukio Mishima dan cuenta de ello, sólo por mencionar a dos de los autores más conocidos en lengua española y cercanos al mismo Kawabata—.
Kawabata concibe el go como un arte y desde esa perspectiva es que construye la crónica.
En La casa de las bellas durmientes ( Nemereru bijo , 1960) se narran las cinco visitas que Eguchi, un hombre de 67 años, hace al sitio que da título a la obra. Ahí él observa dormir jóvenes muchachas desnudas y él puede, a su vez, también dormir. No tiene permitido nada más. A pesar de su edad no se siente igual de decrepito que los otros clientes de la casa. La novela ocurre dentro de la casa, cada uno de los capítulos se corresponde con una de las visitas de Eguchi; en cada una comparte la cama con una joven diferente, las cuales, a pesar de estar profundamente dormidas a consecuencia de una droga y no tener un peinado especial o maquillaje cada una se diferencia de la otra. En cada visita la visión y el tacto de las jóvenes despierta recuerdos de la vida de Eguchi: de sus hijas, de sus primeros amores, de antiguos encuentros con mujeres, de su último amorío y también reflexiones en torno a la vejez, a la moral y a la perversión.
La inconmensurable extensión del sexo, su insondable profundidad, ¿qué parte de ella había conocido Eguchi en sus sesenta y siete años? Y en torno a aquellos ancianos nacía constantemente carne nueva, carne hermosa, carne joven. ¿Acaso la nostalgia de los tristes ancianos por el sueño inacabado, su pesar por los días perdidos sin haberlos tenido jamás no eran el secreto oculto de esta casa?
En esa casa donde los ancianos no pueden más que observar a las bellas durmientes Eguchi piensa en la perversión, en lo que implica esa relación entre los ancianos y las jóvenes:
No serían hombres en paz con ellos mismos. Estarían entre los derrotados, o más bien entre las víctimas del terror. Mientras yacían al lado de la carne d emuchachas desnudas que dormían un sueño inducido, en sus corazones habría algo más que temor a la muerte cercana y a la nostalgia de su juventud perdida. Podría haber también remordimiento, y hasta inquietud, tan común en las familias de los prósperos .
Las reflexiones también llevan a Eguchi a pensar en su propia familia, en su vida y su relación con la maldad:
Casarse, criar a sus hijas, todas esas cosas, en la superficie, eran buenas; pero haberlas tenido durante largos años en su poder, haber controlado sus vidas, haber deformado sus naturalezas, todas esas cosas podían ser malas. Tal vez, engañado por la costumbre y el orden, nuestro sentido del mal se atrofiaba.
Yacer junto a una muchacha narcotizada era sin duda malo.
Así pasa por su mente la posibilidad de tomar la vida de la muchacha, todo el poder que está en sus manos sin que siquiera la bella durmiente lo supiera. En las pocas páginas que conforman la novela Kawabata explora, con profunda belleza, las posibilidades de la maldad, del deseo y del atractivo de lo inviolable. Así lo plantea Keene:
Kawabata estuvo atraído a lo largo de toda su vida a la virginal, inviolable mujer. No fueron de ninguna manera las únicas mujeres que describió, pero ellas parecen haber representado para Kawabata la esencia de la belleza.
La novela puede tener una lectura negativa por la idea misma de la casa y lo que en ella ocurre, pero, habrá que recordar las palabras del mismo Kawabata —que Donald Keene cita en Five Modern Japanise Novelist—:
S in rebelión contra la moralidad convencional no puede haber “literatura pura” .
Pero las mujeres en la obra de Kawabata no son personajes pasivos, incluso las jóvenes durmientes se mueven, con todo y estar narcotizadas, ante los movimientos de Iguchi. Ya desde su primera novela confeso que la tristeza de Komako era la suya, antes de identificarse con el protagonista varón lo hizo con la geisha.
Chieko es la protagonista de la otra novela que también publicó en 1961: Kioto ( Koto ). Esta novela transcurre en la antigua capital imperial de Japón, Chieko es una joven de veinte años que se enfrenta al hecho de no ser la hija biológica de sus padres, que tienen una buena posición económica dada su condición de comerciantes de telas. Al tiempo que narra también los esfuerzos de su padre, Takichiro Sada se refugió en un templo budista para diseñar, con la ayuda de un libro de Klee que Chieko le obsequió, un obi para la muchacha, en un intento por recuperar su habilidad de juventud. Así la novela acompaña a padre e hija, pero también invita a recorrer Kioto, sus festivales y costumbres; costumbres que cambiaban rápidamente, como el fin del tranvía, al que los ciudadanos cubren de flores y llaman el tren de las flores. En el transcurso de la novela la joven se encuentra con su melliza y descubre la verdad de su origen, y el juego de espejos en el que caen las dos, Naeko —la melliza— y Chieko.
Algunas flores me conmueven según el momento y el lugar en que las veo , dice Takichiro a Chieko en un momento de la novela. La contemplación de los cerezos en flor, de los cedros durante el invierno, de los pinos en el verano, los alcanfores durante el otoño son los detonantes de las acciones, la tradición no es un pretexto, llega a ser el motor de la novela. Así la contemplación de unas violetas en un arce son el arranque de la novela.
Chieko descubrió las violetas en el tronco del viejo arce.
Dos flores que siendo de la misma especie y florecer al mismo tiempo están separadas y no pueden alcanzarse. Una metáfora de la relación entre Chieko y Naeko que más tarde la protagonista piensa mientras observa el arce una vez que las flores han desaparecido.
En ese ambiente su padre, Takichiro, busca inspiración, mientras piensa en qué futuro dar a su hija, si buscarle un hijo que se case con ella y se haga cargo del negocio o, por el contrario, dejar que ella elija su futuro y no preocuparse por lo que será de su negocio; un negocio que no es lo que fue, reducido a la venta mayorista de telas, cuando, en su juventud se diseñaban obis y kimonos. Así se relaciona con un conocido encargado de tejer obis, a quien encarga hacer el diseño que realizó en el templo budista. Este tejedor encarga la labor a su hijo mayor, al que considera más habilidoso que él mismo. Hideo y su padre, como artesanos, pero también en su relación filial, sirven para desarrollar algunas de las ideas sobre el arte y su valor.
El corazón de la novela es la condición de abandonada de Chieko, desde las primeras páginas la vemos confesándolo a su amigo, ante lo cual él responde:
–«Abandonada» –susurró Shin’ichi–. ¿A veces sientes como si fueras una niña abandonada? Si has sido abandonada, yo también… de modo espiritual. Tal vez nacer es como ser abandonado por Dios en la Tierra.
Sensación de abandono que no sólo Shin’ichi y Shingo, que fue abandonada no sólo en sentido figurada, sino el resto de los personajes, Hideo, Takichiro y Naoko.
Un brazo ( Kataude , 1964) es un cuento que narra cómo una joven se desprende de su brazo derecho y se lo presta al narrador, una obra sugerente y fantástica. El narrador puede comunicarse con el brazo, que tiene su propia personalidad. Kawabata logra construir un contraste entre el exterior de la casa del narrador, donde él se refugia con el brazo, y el exterior donde la niebla densa lo cubre todo.
Busqué las luces de los aviones, pero no pude verlas. No había cielo. La presión de la humedad invadía mis oídos, emitiendo un sonido húmedo como el retorcerse de millares de lombrices distantes.
La exploración del deseo es uno de los motivos de esta narración, pero no el único. Los límites del cuerpo, de la percepción son también explorados por Kawabata; incluso puede pasar en algunos párrafos por horror corporal. Una obra que da cuenta de la diversidad de tratamientos de los cuales fue capaz Kawabata.
En esa diversidad se enmarca una de sus obras más conocidas, la última novela que publicó en vida, Lo bello y lo triste ( Utsukasisha to Kanashimi to , 1964). Toshi Oki es un escritor en su cincuentena que decide restablecer el contacto con Ueno Otoko, una pintora que ha adquirido reconocimiento y a quien él abandonó más de veinte años antes luego que ella tuvo un parto prematuro de una hija suya. Oki escribió una novela de sobre ese amorío, a la que tituló: Una chica de dieciséis , obra con la cual su esposa, Fumiko, supo la verdad; esa obra resultó ser la obra de Oki de mayor éxito. Otoko comparte su vida con su pupila y amante, Keiko, quien le promete vengarla, para lo cual seduce a Oki y a su hijo, Taichiri.
Es en ese panorama que Kawabata desarrolla su novela sobre las pasiones que se siguen arrastrando por años, el influjo del arte sobre la existencia; tanto en su calidad redentora, pero también la posibilidad que tiene de afectar las vidas de quienes que participan en él. Los complicados vínculos emotivos, Oki con su esposa y con Otoko y su amante, Keiko, ésta con la pintora, con Oki y con Taichiri, recuerda a la novela de Jun’ishirō Tanizaki de Arenas movedizas ( Manji , 1928-1930), donde también hay una relación lésbica entre dos pintoras.
Aunque la novela comienza con Oki, su centro es Otoko, es a partir de ella que se irradian el resto de las relaciones. Ella luego de haber perdido a su hija prematura a los dieciséis años y que terminó su relación con el escritor decidió no volverse a casar.
Los recuerdos de Oki revivían en cuanto advertía que un hombre estaba enamorado de ella. Más que recuerdos, eran su realidad. Cuando se separó de Oki, pensó que nunca se casaría. El dolor la había dejado exhausta; apenas si podía trazar planes para el día siguiente. ¿Cómo pensar entonces en un futuro lejano? Y así, la idea de no casarse fue penetrando en su mente y llegó a ser una resolución inflexible.
A pesar de las palabras de su propia madre:
No puedes hacer nada. Esperar a Oki es lo mismo que esperar el pasado… El tiempo y los ríos no corren atrás .
Ella sabía que su relación había terminado.
Quizá ya no existieran los amantes de entonces, pero en su tristeza, le quedaba el nostálgico consuelo de que su amor se conservaba, como reliquia, en una obra de arte.
Hasta que conoció a Keiko, cuando Otoko ya era una maestra de pintura tradicional reconocida, fue que volvió a establecer un vínculo emocional con otra persona.
Y así había surgido de la bruma azul-pálido y había rogado a Otoko que la aceptara como alumna de pintura. El fervor de aquel ruego había molestado a Otoko. Y de pronto los brazos de la muchacha la rodearon y ella se sintió abrazada por una joven hechicera. Fue como un inesperado impulso de deseo.
Keiko, joven huérfana, entra de discípula de Otoko a los diecisiete años, momento en el que se enamoró de su maestra. Pero ella sabe que siempre estará a la sombra del amor de Oki, de la niña que nació muerta. La venganza que ella se propone realizar ¿es contra Oki o contra el amor que Otoko sigue sintiendo?
[…] el antiguo amor volvía a arder con ominosa llama. Sin embargo, en esas llamas Otoko veía una gran flor de loto blanca. Su amor era una flor de ensueño que ni siquiera Keiko podría mancillar .
Keiko se acerca a Oki y a su hijo, Otoko percibe la distancia que entre las dos nace, pero también vuelve a percibir el amor que sintió no sólo por Oki, sino el amor que sintió por una bebé que nunca conoció, de quien planea una pintura. Porque en la creación tanto ella como Oki encuentran el modo de sublimar sus emociones. Es, a fin de cuentas, la forma en la que Kawabata establece su postura sobre el arte, que dota de sentido a la existencia, al dolor sufrido, al amor gozado.
No es casual que en su discurso de aceptación del Premio Nobel en diciembre de 1968 se haya dedicado a hablar de poetas budistas, poetas que encontraban en la contemplación de la luna el sentido de la existencia.
La prosa de Kawabata, lector de la basta tradición literaria de su país, consigue captar la capacidad reveladora del haiku, sobre todo por la capacidad de que el paisaje, la atmosfera contribuye, o es la constructora, de complejos estados mentales y emocionales. Quizá las palabras de Yukio Mishima en la carta que escribió a la Academia Sueca para que seleccionaran a su mentor lo definen muy a las claras:
Las obras de Kawabata unen la delicadeza con el vigor, la elegancia con la conciencia de lo más bajo de la naturaleza humana; su claridad encierra una insondable tristeza . […] el contraste entre la soledad fundamental del hombre y la inalterable belleza que se aprehende intermitentemente en las fulguraciones del amor, como un rayo que de pronto pudiera revelar, en el corazón de la noche, las ramas de un árbol en plena floración.
Leerlo es participar en la contemplación que sus personajes hacen del mundo, del mundo y de sí mismos, contemplar las pinturas de Otoko y Keiko y la marejada de emociones que les dio origen; contemplar el brazo de una muchacha en el propio regazo y al que se le habla mientras el mundo afuera está sumergido en un mar de niebla; contemplar en el jardín un nudoso arce y dos violetas florecidas en su tronco; contemplar a una joven dormida mientras afuera ruge el mar y la memoria de los propios amores nos alcanza; contemplar dos pinos desde el tren de camino al trabajo al tiempo que las tribulaciones de los hijos las hacemos propias; contemplar la concentración de dos maestros de Go frente al tablero, la concentración antes de que se tome una piedra y se la coloque; contemplar a una joven bailarina acompañada por el grupo de artistas ambulantes que son su familia después de una lluvia de verano. Eso y más se encuentra en sus páginas, la tristeza de Komako —que era la propia tristeza del escritor— mientras Shimamura contempla el país de la nieve.
Bibliografía:
Yasunari Kawabata, El maestro de Go , trad. Amalia Sato, Emecé, 2008
Yasunari Kawabata , El rumor de la montaña , trad. Amalia Sato, Austral, 2016
Yasunari Kawabata, Historias en la palma de la mano , trad. Amalia Sato, Emecé, 2005
Yasunari Kawabata, Kioto, trad. Mirta Rosenberg, Austral, 2015
Yasunari Kawabata, La bailarina de Izu , Marina Martoccia, Emecé, 2006
Yasunari Kawabata, La casa de las bellas durmientes , trad. M. C., Austral, 2016
Yasunari Kawabata, Lo bello y lo triste , trad. Nélida M. de Machain, Austral, 2013
Yasunari Kawabata, País de la nieve , trad. Juan Forn, Emecé, 2006
Yasunari Kawabata, Un brazo, trad. Pilar Giralt, Orbis, 1983
Yasunari Kawabata, Yukio Mishima, Correspondencia (1945-1970) , trad. Liliana Ponce, Emecé, 2003
Donald Keene, Five Modern Japanese Novelist , Columbia University Press, 2003
The Nobel Prize in Literature 1968.
NobelPrize.org Nobel Prize Outreach AB 2022. Viernes, 03 de marzo, 2022
http:www.nobelprize.org/literatura/1968/sumary/
Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de
Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis , ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
El 23 de febrero del 2013, en Anaheim, California, tuvo lugar el evento numerado 157 de UFC, la liga con mayor importancia en el mundo de las artes marciales mixtas (MMA) a nivel mundial. Más allá de una cartelera por demás interesante, llena de ex campeones y futuros contendientes dentro del deporte, el evento fue histórico por una razón en particular: se llevaría a cabo el primer encuentro femenil en la historia de la organización, protagonizado por Ronda Rousey, campeona inaugural de la categoría gallo, quien defendería su cinturón ante Liz Carmouche. La pelea, como muchos otras de Rousey, terminaría con una barra de brazo de parte de la ex medallista de bronce en Pekín, 2008.
Si bien el combate fue emocionante, lo fueron más los hechos que lo rodearon: Dana White, presidente de UFC, había dicho, en numerosas ocasiones, que no, que un combate así jamás se llevaría a cabo mientras él dirigiera la compañía: simple y sencillamente nunca veríamos encuentros de mujeres en UFC. No obstante, la fecha había llegado. Sin duda el cambio sorprendió a los seguidores del deporte y muchos se preguntaban por qué White había aceptado algo que antes rechazaba con vehemencia. «Porque son buenas, porque son muy buenas, una de las cosas que tienes que recordar», reconoció en entrevista al ser cuestionado al respecto
Aquella pelea no era, cabe mencionar, la primera de MMA femenil, ni mucho menos: ya otras ligas, como Strikeforce (de la que la misma Rousey fue campeona) e Invicta (esta última dedicada exclusivamente a peleadoras) aceptaban este tipo de encuentros. Sin embargo, el no ser aceptadas en UFC se veía como un paso más a cumplir para el deporte femenil. ¿Qué era lo que hacía que Dana White, presidente de la liga más importante de MMA, se rehusara a que mujeres pelearan en el octágono? ¿Pensaba, como muchos de los aficionados, que las mujeres no saben pelear bien? En ese sentido, ¿su decisión obedecía más bien al público? Quizá esta última opción es probable: los números que logran convocar los combates femeniles siguen siendo bajos en comparación con el que atraen los peleadores hombres. Y, al final del día, UFC es un negocio: buscarán lo que más les convenga en términos monetarios.
«Yo admito que dije que las mujeres nunca pelearían en el octágono, pero como ya les dije antes, tienes que recordar que, en ese momento, yo estaba tratando de hacer que la gente aceptara a los hombres peleando en el octágono. No era admitido en el pay-per-view. No era admitido en la TV», aseguró White en aquella misma entrevista. Y hasta cierto punto, su argumento resultaba válido: las MMA (más allá de hombres o mujeres) no fueron reguladas ni legalizadas en Nueva York hasta el 2016. ¿La razón? La comisión atlética de aquel lugar consideraba que era un deporte demasiado violento, poco seguro. Hoy en día, incluso para aficionados a otros deportes de contacto, las MMA resultan “demasiado salvajes”. “Muy brutales”, aseguran algunos, “y más para las mujeres”, rematan. Es decir, siguen considerando que hay ciertas cosas que sólo son “para hombres”, el combate entre ellas.
Durante años, Ronda Rousey defendió con éxito el cinturón de su categoría. Sin embargo, es de resaltar que muchos de los encabezados en donde aparecía su nombre tenían que ver con una lucha más: la aceptación de un público que, hasta entonces, parecía estar más acostumbrado a concebir el combate como algo puramente masculino. “Ronda Rousey sería capaz de vencer a numerosos peleadores masculinos”, aseguraban algunos analistas . El mensaje era claro: es tan buena que pelea como hombre y, por lo tanto, podría vencer a uno. “Competente”, nos dice Virginia Despentes en Teoría King Kong , quiere decir “masculino”. Ronda Rousey era por demás competente y, por lo tanto, se le consideraba “al nivel de un hombre”.
No es nada nuevo ni sorprendente: se asocia mujer con debilidad. “Pegas como vieja”, “pareces niña”, “chillas como mujer”: frases comunes en la vida diaria y, por extensión, sorpresivamente, en algunos gimnasios especializados en deportes de combate, así como en los foros de internet donde se discuten estos temas. Cuando Sofía Nicolín, instructora y peleadora profesional de MMA y kickboxing, es cuestionada sobre estas expresiones, no puede evitar una sonrisa sardónica. «Es ridículo», contesta de forma lapidaria, «las cosas se toman de quien vienen».
Se sigue pensando que el combate le pertenece al hombre, que el dominio del cuerpo, del propio y, por consiguiente, el del adversario, es privativo del género masculino. Amanda Nunes (curiosamente, la última rival en MMA de Ronda Rousey), debido a su agresividad en el combate, a su fuerza y dominio, ha sido objeto de numerosas burlas al respecto. Mismo caso que el de Cristiane “Cyborg” Justino, otra de las leyendas del MMA femenil. “Parecen hombres”, se dice en no pocas ocasiones de ellas, “no sólo por su físico, sino por cómo pelean”. Pero, a pesar de las burlas, del lentísimo proceso que conlleva colocar a las MMA femeniles en el lugar que les corresponde, las mujeres avanzan: cada vez más niñas se encuentran inscritas en escuelas de artes marciales y deportes de contacto.
«Aunque sigue habiendo mayor número de hombres entre los alumnos, sí, cada vez más mujeres deciden inscribirse a clases de este tipo», señala Nicolín. Y esto, según ella afirma, se debe, entre otras cosas, al empuje publicitario que han tenido, en últimos años, las MMA. Empuje al que, es necesario mencionarlo, Ronda Rousey contribuyó el algún punto.
“El hombre es la medida de todas las cosas”, aseguraba Protágoras, y quizá, sólo quizá, esta frase ronda por el pensamiento de muchos practicantes y consumidores de deportes de contacto, aunque de una forma ligeramente distinta a como la concibió el sofista griego: una mujer siempre será hábil, o no, en comparación con un hombre que se desarrolle en el mismo ámbito. «Muchos alumnos, incluso mujeres, dudan un poco cuando les digo que yo soy la maestra, que soy yo quien dirigirá la clase». La peleadora e instructora, al rememorar los hechos, entorna los ojos y sacude un poco la cabeza.
Nicolín, que inició su carrera como instructora hace ya más de siete años, asegura que esta renuencia no es algo exclusivo de los alumnos. «También algunos padres de familia, cuando llevan a sus hijos a entrenar, preguntan, con cierta desconfianza, si la maestra voy a ser yo; al final del día, siguen esperando que un hombre sea quien lleve el control de los entrenamientos. O, en todo caso, piensan que está bien que una mujer dirija una sesión de entrenamiento, siempre y cuando sea una sesión infantil». Pareciera un eco de aquel pensamiento atávico de que las mujeres sólo pueden ser maestras de preescolar. Reducen, hasta cierto punto, a la mujer a un papel de mera cuidadora: de los hombres, parece ser el mensaje, se encargan los hombres.
Nicolín imparte clases en dos lugares: la escuela Dux Ryu, en Azcapotzalco, Ciudad de México, y en su propia academia, Heron Academy, localizada en el Estado de México. Cuando se le pregunta por los motivos que llevan a inscribirse a mujeres a clases de deportes de contacto, su respuesta es certera: para aprender a defenderse. «Aunque no es el único motivo, es claro que algunas mujeres comienzan a tomar clases para aprender a defenderse. Algunas cuantas, sí, acarician la posibilidad de convertirse en profesionales, hacer de esto un modo de vida, de sustento, pero la principal razón es la seguridad».
Y aunque abunda después sobre el tema, y menciona que también algunos hombres buscan aprender a reaccionar en caso de algún ataque en las calles, es algo que parece definir más a la población femenil en sus clases. Tal vez por eso, entre otros factores, es que las clases son mixtas y no se hacen divisiones entre hombres y mujeres. “Entrenar con hombres”, se lee en una investigación sobre las MMA femeniles, de la autoría de la cronista Izel Shamaní, “que le llevan mucho peso (a la peleadora en cuestión) le ha resultado benéfico y no sólo para el entrenamiento: la seguridad que obtiene la guarda para la vida diaria”. La lucha por la obtención de espacios dentro del MMA parecer ser una alegoría de la búsqueda por la obtención de espacios allá afuera, en el día a día; en la calle, en la propia casa.
Y para quienes buscan convertirse en peleadoras profesionales, no sólo defenderse en las calles, ¿el panorama es más alentador? Según las propias palabras de Nicolín, no parece ser el caso. «Por supuesto que existe una brecha salarial entre peleadores y peleadoras, tal como existe en otras tantas profesiones. Sin embargo, comienzan a apreciarse cambios: las peleas de mujeres son cada vez más reconocidas, más solicitadas por el público». Lo mencionado por la peleadora y entrenadora mexicana ya había sido tratado con anterioridad por la misma Rousey. Según la ex campeona gallo de UFC, no es un tema de géneros, sino de generación de ingresos. «Creo que lo que te pagan debe ir en función de cuánto generas», señaló alguna vez en entrevista . Cabría entonces la pregunta, ¿cuántas mujeres logran generar los números tan altos que ella trajo a la compañía? ¿Esto, de alguna forma, tiene que ver con aquel “empuje publicitario” del que habla Nicolín? Es decir, ¿los aficionados al deporte jugamos un papel en esto? Mientras menos peleas de mujeres solicitemos, menos se programarán o menor será la paga que reciban, en función, como explicaba Rousey, de las ventas que logren.
Pero, ¿qué es lo que más busca el aficionado promedio del deporte de contacto al voltear hacia el área femenil? Al introducir en buscadores de internet los términos “peleadora”, “box” y MMA”, lo primero que arroja es una búsqueda similar, pero ligera (y significativamente) más superficial: “peleadora UFC hermosa”, “peleadora MMA guapa”. Un número importante de publicaciones al respecto, incluso en páginas especializadas en el deporte, acompañan la información respecto a una peleadora con adjetivos como “bella”, “hermosa”, “sensual”: da la impresión de que aceptar las capacidades de una peleadora, sin dejar de mencionar sus atributos físicos, es imposible para muchos. «Pareciera que resulta complicado pensar en las mujeres sólo como seres humanos y no como entes sexuales», lamenta Sofía Nicolín quien, no obstante, está acostumbrada a presenciar este tipo de conductas. «Es triste», remata con gesto adusto.
Desde aquella lejana pelea de Ronda Rousey (que ahora se desempeña más en terrenos histriónicos), ¿qué ha cambiado en el mundo del deporte de combate femenil? A diez años de la pelea que abrió la posibilidad de que las mujeres pelearan en la liga más importante de MMA, se encuentran, a la fecha, tres mexicanas en sus filas (sin contar a Jessica Aguilar, la mexicoamericana que en alguna ocasión peleo para esta liga): Montserrat Conejo, Irene Aldana y Alexa Graso. Lejos se encuentran, sin embargo, según los datos que la misma UFC publica, de acceder a las grandes bolsas de otros atletas dentro de la misma organización. ¿Es esto, como señalaba Rousey, una consecuencia de los números que generan o, como en tantos otros ámbitos profesionales, es una cuestión de género?
Parece que poco ha cambiado: una gran parte de aficionados a las MMA, e incluso peleadores e instructores, según afirma Sofía, siguen pensando que la mujer no posee el nivel del hombre cuando se trata del combate y, sobre todo, la capacidad de transmitir este conocimiento a otros. Sin embargo, según Nicolín, «las nuevas generaciones parecen comprender más; se vislumbra un pequeño cambio». Y aunque ella habla de peleadores y entrenadores, quizá también este pequeño cambio del que habla se verá reflejado en la actitud del público para con las peleadoras. A mayor solicitud de eventos de mujeres, mayores ingresos se generarán para la empresa y estos se reflejarán en los salarios de las peleadoras.
En un terreno que poco a poco comienza a conquistarse por mujeres, ¿qué futuro le depara a las MMA femeniles? Más allá de un cambio en cuanto a lo monetario (que tendría que ver, sin duda, con la aceptación de las mujeres en círculos que antes se creían exclusivos de hombres), ¿en algún momento dejaremos de escuchar comparativos con la mujer cuando se hable de debilidad? Si el comparativo es ridículo de entrada, se torna hilarante cuando se usa para describir a peleadoras profesionales.
Quizá un día, quizá, la frase “pegas como vieja” sea una mera anécdota, como aquella de que años atrás, por increíble que parezca, no existían las divisiones femeniles en UFC. Una expresión que nos haga arquear las cejas justo como a Nicolín cuando las escucha, con una sonrisa mitad incrédula, mitad decepcionada. Depende de todos nosotros.
Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos
Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025).
Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor.
Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Wren de Antonio, dominio público, vía Wikimedia Commons
Afirmar que la literatura es una de las maneras de la memoria es una aseveración quizá inevitable, y por inevitable me refiero a que forma parte del lugar común de las cosas que dicen sobre ella. Sin embargo, aunque sea una vía tramposa para sonar medianamente reflexivo sobre lo que es la literatura, soy partidario de que algo tienen de certidumbre los lugares comunes. Yo creo fervorosamente en algunos, por ejemplo, además del anterior, creo que los libros sí hacen algo con uno, aunque no sé muy bien qué, o que el tiempo es una panacea, o que el futuro son los niños, aunque no sepa cuándo nacerán esos niños. Ahora, regresando a mi primera idea sobre literatura y memoria, asumo totalmente que no se puede escribir sin todo el proceso catastrófico, impreciso e inesquivable que es recordar. Y para poder recordar, se tiene que vivir, pues no hay más, este es el precio: se vive en una eterna fuga, para que alguien —con demasiado ocio o voluntad— construya o deforme algo y lo vuelva un presente indisoluble bajo los términos que una obra exige para ser lo que tenga que ser.
Ricardo Piglia dice en sus diarios o los de Emilio Renzi, según el lado de la ficción que menos les cause susceptibilidades o vértigo, que los libros de un autor, directa o indirectamente, se pueden atender como su propia autobiografía. Aceptemos que solo se puede escribir una autobiografía si se fue paciente como para vivir, y, aún más que eso, vivir cualquiera puede, si se fue lo suficientemente insensato como para recordar y reacomodar todo el dolor y la alegría y lo que reside en medio de esas dos cosas en palabras. Y sí, dije insensato, porque escribir, pienso, no es la decisión más racional que pueda tomarse, pero qué bueno que se han tomado decisiones así, porque de otra manera, la vida, o eso que pasa entre un llanto y otro sería aun más insoportable.
Aquí me refiero a lo insoportable en su sentido más apegado a la propia palabra. A una vida sin soportes, a una vida que no tiene donde reposarse a sí misma, y, por lo tanto, aplasta más a quien vive. Bajo esta dinámica, puedo decir que la literatura, como el resto del arte, nos provee de alivio, momentáneo quizá, pero alivio al fin. Es más fácil recorrer una escalera con un pasamanos disponible. Y sé que todo esto me conduce a una malformada y contraproducente justificación del arte y la literatura. Pero supongo que, después de todo, tomando distancia de la reflexión sobre qué es lo que lleva a alguien a escribir, la inquietud que se sobrepone, la inquietud última, es la que indaga qué es lo que nos lleva a nosotros a leer. Sin temor a sonar particularmente ingenuo, leo porque necesito algo de donde agarrarme cuando bajo por las escaleras en medio de la noche. La noche, – por favor, inserte aquí el símil -.
Sin embargo, tengo que hacer una aclaración: aquello que nos sostiene no puede ser elegido. Llega por pura casualidad, una tarde de martes cualquiera, a la mitad de un movimiento nada preciso que habita en nuestros pies, y que, sobre todo, no conoce la dirección de lo que estamos haciendo. A mí, por ejemplo, me pasó en la azotea de un hotel, exactamente a finales de noviembre, y por supuesto, en martes. Y al menos por ese día en que terminé de leer Me acuerdo de Joe Brainard, la vida fue un poco más soportable.
Lo anterior a mí me parece suficiente para decirle a alguien por qué sería valioso leer el libro de Joe Brainard, porque pienso que hay obras que lo único que quieren es ser leídas y que uno se calle, y se disponga a repetir con esa voz en la cabeza, que uno no sabe si es suya o de Dios o de alguien más, línea por línea, hasta que algo se mueva dentro de uno hacia un lugar que para cada quien tiene distinto nombre. Ahora, si no tuviera alternativa y mi única opción fuera contradecir este principio, diría que, a parte de mi momento con Me acuerdo , en la azotea del Aránzazu, que era en realidad una explanada cubierta de muebles viejos y por lo menos unas cien tazas de baño dispuestas como dominó de pura mula blanca, este libro es uno de los retratos más precisos que le han hecho a la memoria. Y esta sentencia, aunque suena terriblemente cursi, o cargada con la misma emoción de taller literario de biblioteca municipal en sábado, no puede ser de otra forma, porque eso es lo que hizo Brainard. ¿Y cómo lo hizo? Bueno, pues patentó una forma sintáctica tan pegajosa por surgir de la oralidad pura, que por su mismo modo de articularse es, de hecho, la construcción más recurrente para aludir a la memoria en el lenguaje coloquial, porque interpela y le exige a nuestro narrador interno a confesarse a sí mismo. Confesión que le da orden a nuestro mundo, al visibilizar lo que somos de acuerdo a la distancia de lo que ya no somos; así, hasta que se le hace saber al otro, quién o qué es lo que permanece, un otro que no necesariamente habita fuera de los límites de nuestra carne.
Esta construcción sintáctica de la que hablo es el título del libro. Pensemos, me acuerdo, permite sin ninguna restricción evocar cualquier cosa bajo su universo de dos palabras. Admite lo que sea, y es esa atractiva permisividad de la frase, la que, a pesar de su laconismo, contiene en sí todas las posibilidades de la vida de una persona en tanto que pueda ser narrable. Desde aquí es todavía más visible que ya no es importante decir otra cosa del libro de Joe Brainard, porque su objetivo está luminosamente inaugurado desde la frase que muestra al yo narrándose como la motricidad única y suficiente de la obra. Pero siendo técnico, Brainard en este libro se acuerda de él y de las cosas que significan su vida, alrededor de 1,500 veces, en composiciones que inician con la construcción sintáctica de me acuerdo …, seguida por una breve narración, y cuando digo breve, me refiero a composiciones de entre dos o tres oraciones la mayoría de las veces (con sus excepciones que no rebasan un párrafo de 12 líneas).
El libro inicia así, Me acuerdo de la primera vez que me mandaron una carta en uno de esos sobres donde decía -Devolver a los cinco días a- y de que pensaba que a los cinco días tenia que devolver la carta . Y así continuará enunciando sin patrón ni orden definido recuerdos que están compuestos por diferentes cuadros de su vida. Tales rememoraciones se componen tanto de escenas de la niñez, como de momentos que retratan su sexualidad, así como de imágenes sobre la relación con su familia o amigos, o situaciones alusivas a objetos, actrices, escritores, cantantes o sensaciones sin especificar la edad en la que se fijó la memoria de esas imágenes. Me acuerdo de lo chica que se te queda la polla cuando te quitas un bañador mojado. O momentos históricos de Estados Unidos como la muerte de Kennedy, o de Marilyn Monroe, o la propia segregación racial. Me acuerdo cuando los negros se tenían que sentar en la parte trasera del autobús. O momentos inclasificables que forman parte del mismo corpus de recuerdos, y que retratan la vida de Joe. Me acuerdo de cuando creía que era un gran artista. Con esto, alguien podría decir que se trata de un libro carente de estructura, desde su apreciación más peyorativa, porque no tiene principio ni fin alguno, y que es un esbozo, quizá en el mejor de los casos, exhaustivo pero que divaga sin cohesión alguna sobre la vida de alguien. Y estaría de acuerdo si la vida de una persona solo fuera la descripción tan reduccionista que es la delimitación en las etapas de nacer, crecer, reproducirse y morir. Bajo esa perspectiva la composición que cierra el libro Me acuerdo de un sueño en el que conocía a un hombre hecho de un queso amarillo muy blando, y cuando fui a darle la mano, me quedé con todo su brazo , no pareciera marcar correspondencia alguna con el principio que exige una temporalidad estricta respecto a una estructura tradicional de la narración, esa que está buscando siempre un desenlace consecuente con lo que se ha contado. Sin embargo, lo que hace Me acuerdo , no es narrar una vida, al menos no como propósito concreto, y si acaso existe un objetivo, será una consecuencia de la labor de Brainard al recrear el movimiento de la memoria. Por eso es importante decir que, si alguien se atreviera a clasificar tales experiencias, acabaría mutilando y reduciendo lo que cada una de estas escenas contiene. Porque no solo es el verbo o el objeto que se hace presente como la médula de lo que se narra. La vitalidad de este libro radica en que después de leer cada composición, queda un eco que se vuelve autosuficiente, un eco que es en sí mismo un mundo cerrado sin necesidad de algo más que lo acompañe.
Me acuerdo de que, después de mucho de aprender a hacer el muerto, nunca llegué a creer de verdad que fuese el agua lo que me sostenía. Supongo que pensaba que lo estaba haciendo por pura fuerza de voluntad. (El poder de la mente por así decirlo.) En todo caso, nunca allegué a creer en el agua.
Georges Perec discute en La vida, instrucciones de uso que las piezas de rompecabezas son elementos estériles de significado, las cuales solo adquieren relevancia y concepto hasta que logran comprometer su figura en conjunto. Me acuerdo , a pesar de que su condición fragmentaría pareciera remitir a un rompecabezas que al final nos otorgará la gran imagen, nunca pretende funcionar como un todo que se vuelve claro y homogéneo al poner cada componente en su lugar. En su libro, Joe propone que cada sentencia signifique por sí misma sin la obligada urgencia de tener que establecer una relación con cualquier otro elemento para poder significar. En Me acuerdo cada pieza preexiste al conjunto, aquí, cada frase es en sí misma el todo. Cada composición guarda dentro de sí el potencial de una vida suficiente y deseosa de ser narrada.
Lo de Perec no fue una contraposición forzada. Perec fue tan movido por el texto de Brainard que escribió su propia versión del Me acuerdo en 1978. Me acuerdo del pan amarillo que hubo durante un tiempo después de la guerra. Y esto es relevante, porque el Je me souviens de Perec, que suma 480 recuerdos mínimos, ratificó, ya de una vez por todas a la literatura, que la construcción sintáctica de Me acuerdo , genera una inercia muy difícil de esquivar. También Margo Glantz se acordará, publicando un libro con búsquedas similares a las de Brainard y Perec en el 2014. Me acuerdo que cuando tenía quince años leí sucesivamente Palmeras salvajes de Faulkner (traducido por Borges o por su mamá), Crimen y castigo de Dostoiewski y Madame Bovary de Flaubert. No he podido volver a leer ninguno de esos libros, no soporto su final infeliz.
Quizá de lo más remarcable del libro sea que al leerlo se genera una correspondencia entre la vida de Joe y la tuya, porque el libro traza un itinerario tan meticuloso de lo que implica la vida de alguien, que es imposible no encontrarse de alguna u otra manera interpelado. Y este gesto es de una complicidad enorme, tan enorme que es como estar hablando con un amigo sobre lo que sea, y después de contar una historia, te dijera que deberías escribirla para que no se te olvide, mientras los dos beben cerveza arriba de una troca oyendo Wanted Man de Bob Dylan con Johnny Cash. Supongo que no hay condición más importante que esta para que la literatura siga moviéndose hacia donde quiera que vaya.
Así, lo que pasa es que cuando Joe Brainard dice Me acuerdo de mi primer cigarrillo. Era un Kent. Arriba de una montaña. En Tulsa, Oklahoma. Con Ron Padgett, yo también me acuerdo de mi primer cigarrillo. Era un Faro . Arriba de la caja de una troca Ford 88. En cd. Cuauhtémoc. Con Julio y su hermana Alexandra.
Descansa en paz, Ale.
Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí
La pérdida de voluntad en el agua . Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.
Jack Kerouac 1956, Kristine, Flickr
Escrita en 1945 a cuatro manos por Will Dennison y Mike Ryko, Y los hipopotamos se cocieron en sus tanques narra la historia de un asesinato entre miembros de la misma pandilla beat . Repara en un momento irrepetible dentro de la Generación beat. La colaboración entres dos de sus miembros más representativos: Jack Kerouac y William Burroughs. La lectura de la obra resulta novedosa por el anatema generacional que representa. En incisivas ocasiones, a lo largo de su carrera, Burroughs se había pronunciado en contra de su nombramiento como un militante beat. He aquí la prueba irrefutable que desmantela la negación de Burroughs y derroca el mito de la representatividad. La pertenencia es un rasgo incierto. Cada uno elige a qué generación pertenece, independientemente de su fecha de nacimiento. Y la novela demuestra que la elección de Burroughs fue erigirse como un beat.
En Trópico de cáncer , Henry Miller declara: “Nuestros héroes han muerto o se están matando”. Kerouac no sólo tuvo la oportunidad de convivir con uno de sus ídolos, también trabajó con él. Aunque algunos críticos se han empeñado en inscribir a Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques dentro de una corriente existencialista, por el tono de la narración, en realidad la novela es un reflejo exacto de las cualidades jazzísticas que la vida de Jack experimentaba. La asociación entre ambos es la emulación de lo que Kerouac observaba en el mundo del jazz. Charlie Parker se fusionó con Miles Davis, luego Miles Davis se fusionó con John Coltrane. De la misma forma, el primer Kerouac urgía de una simbiosis.
Por su parte, Burroughs al poner en manos de Kerouac y Ginsberg la organización del manuscrito de El almuerzo desnudo confirma lo que Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques anunciaba, su evidente apego a una generación de la cual siempre renegó pero que jamás se empeñó en destruir. A partir de este episodio se convertiría en una presencia imperante en la vida de Jack. Así lo revela la redacción de Dr. Sax , tributo de Jack hacia el ineludible Burroughs, y la influencia que ejerció la Ciudad de México en ambos, sin duda propiciada por los dictados del viejo William. El choque entre las dos prosas marcaría profundamente la narrativa de ambos. En la novela podemos advertir la prehistoria del Burroughs de obras posteriores como Exterminador o Yonqui , y la constante que simbolizaría la producción futura de Jack: la búsqueda del héroe personal.
Al redactar Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques , la escritura de Kerouac realizaba tres actos paralelos: uno, exploraba el reconocimiento de su modelo de la vida norteamericana en Burroughs; dos, aplicaba a su cotidianidad, llevada a la página, dimensiones dostoievskianas, y tres, trabajaba a sus amigos como primordial materia literaria, ejemplo de ello es la historia de Lucien Carr y David Kammerer (Philip Tourian y Ramsay Allen respectivamente, en la ficción). A pesar de la admiración profesada por Burroughs y la reverencia en Dr. Sax , la figura del viejo yonqui fracasaría como modelo representativo de la vida americana. No sería hasta que apareciera Neal Cassady que Kerouac vería cumplidas todas sus expectativas respecto al prototipo de su amada América . En lo referente a Dostoievski, la novela sería la más fiel, pero a la vez la más inexacta aproximación al universo dostoievskiano por parte de los beats. Por lo anterior podemos decir que Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques es una novela fallida. Vayamos por partes: recordemos lo que sucede en Crimen y castigo, Raskolnikov, el antihéroe, asesina a dos personas, elude a la policía y al final se entrega para cumplir una condena. Después de pagar su delito se casará con Sonia. Raskolnikov mata a dos inocentes y se hace encarcelar sólo para al final poder ingresar a la sociedad. Es un largo viaje para sentirse un ente social. Y los hipopótamos se cocieron en sus tanques también culmina con un homicidio, pero ocurre lo contrario. Hacia el fin de la historia Ramsey Allen se salva de la prisión gracias a que recurre al trillado truco de abogar demencia. No existe una enseñanza moral.
La realidad de Lucien Carr es más dostoievskiana que la ficción de Burrough & Kerouac. Cuarenta y ocho horas después de ultimar a David Kammerer, como Raskolnikov, se presenta en la comisaria. Habla con la verdad: Kammerer era un confeso homosexual que lo acosaba incansablemente. Paga su deuda con la sociedad, como Raskolnikov, y se reintegra a esta. Dostoievski conocía el alma humana. No se equivocaba al someter a su protagonista al encierro. Un hombre no puede soportar en la ficción lo que es incapaz de soportar en la realidad.
Con frecuencia, se hace referencia a la relación entre Lucien Carr y David Kammerer como una réplica entre el amasiato de Rimbaud con Verlene. La diferencia radica en que entre los del siglo XIX existió una gran pasión. Y entre los beats no. El conflicto de la novela no se encuentra en la relación entre Lucien y Kammerer, ni tampoco el crimen, se halla en la culpa que lleva a Carr a dejarse atrapar. Gran parte de la novela está dedicada a establecer un escenario, algo típicamente beat, y a retratar la época. Un deseo por legitimar la estirpe, más kerouaquiano que burroughsiano.
Autores
(Torreón, 1978) es autor de los libros
Cuco Sánchez blues (2004),
La Biblia Vaquera (Fondo Editorial Tierra Adentro, FETA, 2009),
La marrana negra de la literatura rosa (2010) y
La efeba salvaje (2017), entre otros.
El 30 de enero de 2020, la OMS declaraba al COVID-19 como una emergencia de salud pública, con el estatus de “preocupación internacional”. La noticia no causó demasiado revuelo a nivel popular, al menos en México. Las redes, sin embargo, colmadas todo el tiempo de alarmismo, siguieron los datos de un virus del que se había hablado a finales del 2019, un coronavirus que había surgido en la ciudad de Wuhan, capital de la provincia de Hubei, en China central. No había escuchado nada al respecto, ni siquiera en febrero, y cuando mi hermano menor me habló sobre la nueva epidemia, me sorprendí. No tenía información alguna. Tuve que investigar un poco para darme cuenta de que era un virus que causaba preocupación en China. No me alarmé ni creí que tuviera alguna repercusión real en nuestro continente; Asia ha sufrido de epidemias constantes, variantes de la influenza, gripes, y también coronavirus, y superaba todas esas crisis.
Como si nada. El virus no se extenderá mucho más, pensé.
Durante la epidemia del AH1N1, yo aún estudiaba en la universidad, en la ciudad de Puebla. Poco después, durante las dos semanas de encierro total, vi las imágenes de un CDMX apocalíptico en el que no paseaba nadie más que los reporteros. Mi hermano, en el 2009, era un niño apenas, al que costaba colocarle el cubrebocas, y eso me provocaba muchísima ansiedad, más al ver la despreocupación de mis padres. En las semanas álgidas de la pandemia estaba asustado, lo suficiente como para no salir a ningún lugar, y rogar a mi familia que, si tenía que hacerlo, se protegiera. Veía todo como una posible amenaza, el aire se había convertido en mi enemigo.
Me enfermé de AH1N1, tiempo después, en los primeros días de clase. Me sentía mal y quise irme a desayunar en lugar de entrar a primera hora. Era sábado, y me sentía más dispuesto a pasarme la mañana descansando que otra cosa. Cuando por fin tuve ánimos de acudir a la universidad, me detuvieron en la entrada. Mi temperatura era muy alta, así que me mandaron a la enfermería. Ahí me recetaron paracetamol y poco más, y me dieron tres días de descanso.
El lunes me encontraba ya en el hospital. Padecí la Influenza AH1N1 durante cinco días, y sus consecuencias durante más de un mes. Fue la primera vez en que sentí esa posibilidad de simplemente esfumarme. La pulmonía me golpeaba con todo y yo pensaba en que el Tamiflú quizá podría darme unos cuantos días más. Al final, por supuesto, no me morí ni tuve algún otro daño permanente provocado por la Influenza, aunque me costó un par de meses volver a tener energías, no marearme, respirar con normalidad.
Tampoco se quedó conmigo el miedo. Cuando la posibilidad de que el “coronavirus” llegara a México se hizo real, no quise volver a esa sensación de paranoia absoluta. Además, según decían los reportes de la OMS, la enfermedad provocada por este particular coronavirus, el SARS-CoV-2, llamada COVID 19, se parecía tan sólo a un resfriado. No parecía tan grave. ¿Para qué estallar en pánico?
El arribo del virus, sin embargo, fue muy rápido. El primer caso en el país fue detectado el 27 de febrero de 2020 . Y la suspensión inmediata de actividades no esenciales en todos los sectores se instauró del 30 de marzo al 30 de abril, a pesar de que la SEP previno la asistencia a clases desde el 23 de marzo, y en algunas entidades como Tlaxcala, se aprovechó el puente del lunes 16, en conmemoración del 21 de marzo, natalicio de Benito Juárez, conectando con las vacaciones extendidas debido a la grave situación que parecía avecinarse sobre el país.
La medida parecía ajustada. Eficaz. Una temprana reacción suspendiendo clases, además de medidas para mandar a los trabajadores a sus casas. Trabajo remoto. Hola, Zoom, Google Meet, Skype y demás plataformas que se unirían a las medidas provisionales. Todos lo recordamos. Parecía algo pasajero, e incluso emocionante.
Daba un taller de cuento de terror en ese entonces. Me aliviaba. Todavía di un par de sesiones durante marzo. El 2019 había sido muy duro conmigo, y pensaba que el siguiente año se convertiría en una especie de esperanza. Me estaba dando la oportunidad de hacer lo que más me gustaba además de escribir: hablar de terror, de cuento, revisar textos. Unas semanas más. Y cuando fue bastante obvio que seguir implicaba un riesgo para todos, me detuve, y abracé aquel “asueto”. Creí que el periodo de emergencia se convertiría en un momento de descanso para mí. Tenía tiempo de leer, de escribir, de pasármela bien en casa con mi perro. ¿Qué más podía desear? La enfermedad, aunque altamente contagiosa, no parecía grave.
Durante poco más de un mes, vi cómo llegaba el virus a cada rincón de México, e incluso de Tlaxcala, mi estado, el lugar inexistente (ese mal chiste que un elevado número de mexicanos suele repetir como si encontrara, oh, qué originales, el nivel más alto de hilaridad geográfico-cultural) . En casa no leí más, no escribí más, ni siquiera vi muchas películas. No hacía nada en esas vacaciones gozosas, que no me supieron a nada. No dolía, por supuesto, apenas parecía algo similar a una ensoñación. Pero me daba gracia. En enero sufrí un secuestro, en el que nos llevaron a mí y a otros tres colegas, trabajadores de la empresa en la que era empleado, por el monte. ¿La intención? Robarse la camioneta para, con ella, asaltar a un tráiler cargado de mercancía. La zona donde ocurrió se le conoce como el triángulo rojo, localizado entre los límites de Puebla y Veracruz, cerca de la caseta de Esperanza.
Después de andar dando tumbos, encañonados durante todo el trayecto, y mover algunos blocs cerca de una iglesia que estaba en la cima de aquel lugar, nos dejaron ir, golpeados y asustados, sin nada. Sobrevivimos, ¿y para qué? ¿Para terminar entubados en un hospital, inconscientes? A veces, las cosas pueden ponerse mucho peor.
En México, a pesar de todo, no parecía demasiado grave, a pesar de que la curva no hacía más que crecer. A finales de abril, había casi 18,000 casos positivos, acumulados, por Covid, y cerca de 1700 muertos. Aun así, no vivíamos la pesadilla de los cadáveres siendo apilados en las calles de Guayaquil, en Ecuador. ¿Qué significaba entonces la pandemia, el Covid-19?
Abril del 2020, quizás, es demasiado pronto, o no. Las crisis, olas, momentos terribles aún llegan a un país en el que parecía que zoom y lo virtual sería un simple divertimento, algo que pasaría pronto, en unos cuantos meses.
Los reportes del Dr. Hugo López-Gatell, subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud del Gobierno de México, máxima figura de control de la Pandemia, extendían el periodo en que las clases se reanudarían y la pandemia terminaría. Un mes. El siguiente mes. El siguiente. Había cierta esperanza, hasta que la mayoría terminó por darse cuenta de que esto no iba a acabar. Bastaba con leer las breves notas donde se hablaba de estudios y modelos de la pandemia: podría terminar hacia 2024 . Justo hoy estamos en marzo de 2022, “conmemorando” dos años del inicio de la pandemia global, y pese a que hemos descendido desde la cuarta ola de contagios (si es que es realmente tal su número, aunque las estadísticas confirmarían que sí ), la pandemia aún no ha terminado. Sigo saliendo, y la mayoría de nosotros lo hace, con cubrebocas. En el caso de Tlaxcala, muestro mi comprobante de vacunación al entrar a alguna tienda departamental, y me tomo la temperatura en termómetros que registran menos de 35 grados mientras se hace la pantomima de lanzarte algún desinfectante que, por supuesto, no está diseñado para eliminar un virus que apenas entendemos.
La situación es absurda, pero la aceptamos, la acepto.
Ir al restaurante es una de las cosas más extrañas e ilógicas que existen. Uno lleva el cubrebocas en lo que encuentra su mesa, y se lo quita cuando va a comer. Como si el virus se desactivara al momento de sentarse; lo mismo ocurre en el cine. ¿La respuesta? “Sanitización”, cubrebocas, jergas con cloro y gel, mucho gel antibacterial. ¿Funciona? ¿Algo de todo esto realmente funciona?
Me contagié de Covid-19 a finales de diciembre del 2020. Pasé año nuevo en casa, aislado, como muchos otros también lo estuvieron. Me dolió no ver a mi familia, pero no estaba dispuesto a hacerles correr riesgo alguno. ¿Qué había hecho mal? Había reducido mis interacciones todo lo posible. Lo único que hacía era ir del trabajo a casa. Comprar verduras, carne, pasar al supermercado por alguna cosa, llevar a mi perro a su baño, pasearlo utilizando cubrebocas. ¿En qué momento me contagié? En el trabajo, con algún descuido, comprando zanahorias.
Fui asintomático. Suelo visitar a mi mamá y a mi hermano. Mi mamá también estaba contagiada. Pero al menos pareció llevarlo mucho mejor que yo, y mi hermano, por suerte, no se infectó. Un alivio, al menos, después de tanta mala suerte.
Enero, y la posibilidad de que las cosas cambien. 2021. Este año será distinto. Sigo trabajando una vez me han dado de alta. Ningún problema, hasta hacía ejercicio en casa. Poco después, sin embargo, empecé a sentir que me dolían mucho las rodillas, los hombros, las plantas de los pies. ¿Por qué me sentía así? Poco a poco, empezó a empeorar. Para principios de marzo ya estaba siendo atendido de nuevo, y por primera vez escuchaba sobre un “síndrome”, una enfermedad, o quién demonios sabía qué era, llamada Post-Covid, o Long-Covid, Covid Persistente. Al parecer, yo lo sufría. No era tan grave. Desinflamatorios.
Sin resultados. ¿La siguiente línea? Esteroides. Todo bien. De vuelta al trabajo, a la vida monótona de la que trataba de salir. Poco después, sufrí un ataque de ansiedad. Apenas pude salir de casa y pedir ayuda. Llegué al doctor con la presión altísima y el corazón saliéndose de mi pecho. Casi podía verlo a través de la playera, aunque es un decir. Lo que veía era mi pecho diciéndome, hey, aún hay más. Y lo había. Después de una visita a una internista, suspendí los esteroides. Al parecer eso me provocaban. Nuevo medicamento, complejo B. Entonces llegó el dolor, el verdadero, en cada una de mis articulaciones, el que me impedía siquiera agacharme para amarrar mis agujetas, el que me hacía gritar de dolor cada vez que tenía que ponerme los calcetines. Y no había un descanso. No podía dormir. La espalda me ardía, sufría espasmos en la zona de los riñones, y mis hombros no aguantaban el que pudiera girarme para dormir de lado, como siempre lo había hecho.
Sí, las cosas pueden ponerse mucho peor.
El 2021 se convirtió para mí en el verdadero rostro del Covid-19. No lo podía creer. Daba gracia. Me había separado de mi esposa en 2019, me secuestraron en 2020, y comencé el divorcio en ese mismo año porque, después de sufrir una experiencia como aquella, tuve claro que olvidarme de cualquier pelea con quien fuera mi pareja era lo más sensato. Además, todo lo anterior, los problemas, las fallas, el dolor, nada de eso importaba ya. Casi me moría, las cosas siempre podían empeorar. Y, repito, lo hicieron. Cerré 2020 con un contagio, e inicié 2021 con una de las peores enfermedades que he sufrido en mi vida. La conocí durante meses como post-covid, aunque fuera un reumatólogo quien por fin pudiera darme una respuesta, una no del todo saludable: metotrexate.
La verdadera cara del Covid la tuve frente a mí, y no hice más que descubrir sus rasgos, sus pequeños detalles, los lunares, las marcas y espinillas, con el pasar de los meses. Y lo pienso: no debería estar aquí, así como no lo están algunos amigos que murieron (te seguimos extrañando, Paco Haghenbeck) por el coronavirus, como mi tío materno, Alfredo; mi abuela, Rosamaría; mi abuelo, Miguel Ángel. Ni siquiera pude ir a despedirme. ¿Qué caso, además, estar sin estar, ser como estorbo?
Otra respuesta, un cliché. Me salvó del dolor el metotrexate, sí, y el deflazacort, el dolobedoyecta, la gabapentina. Y, más que otra cosa, el escribir. Escribir, leer lo que había hecho y corregir. Porque tuve una oportunidad que no tuvo nadie más, ni mis amigos ni mis abuelos ni mi tío: seguí escribiendo porque un libro se publicaría en ese fatídico 2021, y además es un libro al que le he puesto el alma desde que lo empecé, apenas como una idea, allá por 2016.
¿Por qué cuento todo esto? ¿Acaso importa relatar aquí cuántas veces pensé en morirme, en soltar todo y simplemente dejarme ir bajo esa manta de absoluta oscuridad? ¿De qué le sirve a quien lea esto el saber que me detenía mi perro, que quería seguir estando para él, porque él, sólo él era mi responsabilidad? Porque mi hermano tiene a mamá, porque papá tiene a su familia, pero mi mascota no tiene a nadie más que a mí. Y escribía porque quería dejar algo antes de irme. Sólo déjame terminar este libro, esta novela y estos cuentos, y entonces, ahora sí, puedes venir por mí, oh, dulce compañera.
Mi enfermedad ya no se llama Post-Covid, ahora tiene otro nombre: Artritis Reumatoide Tipo II, acompañada por Síndrome de Sjögren. La explicación es que ya estaba en mí, que era latente este padecimiento autoinmune, y el Covid lo sacó a la luz. Quizá, después de todo, debería agradecerle. Me ha enseñado a escribir, aunque quizá no se note en este texto, acompañado de demasiadas cosas personales que no sé cómo canalizar, cómo ir dejando una detrás de otra. Me ha enseñado a permanecer, y a leer también. Porque durante meses me fue imposible, o casi, leer demasiado. Me había metido a una maestría, y ninguno de los textos se quedaban en mí, no eran más que agua, y ni siquiera me refrescaban.
Tan sólo había una pregunta, ¿qué haré cuando todo esto acabe, cuando se termine mi enfermedad, esta condición? Qué haré. Pero nunca terminó. Es la propia epidemia de mi cuerpo. Y aún debo aprender, quizás hasta que esté muy cansado y pueda extraer alguna otra enseñanza. ¿Por qué sigo aquí? No me hago muchas ilusiones. Por pura buena y mala suerte. Pero al menos sí sé algo, y tal vez por lo mismo es que me ha dejado de importar el obtener un grado académico, o ser un experto o tener cualquier cosa banal que pensaba me haría sentir mejor. Lo que sé es una vieja enseñanza que también encontró Bradbury, en una situación mucho más gentil.
En El hombre ilustrado, el autor de Illinois dice que un amigo suyo, camarero de un bar cerca de la Torre Eiffel, le confesó cuál era su ritmo de vida: trabajaba durante diez, once, catorce horas seguidas, y luego salía y se iba a bailar, durante otras cinco, hasta que llegaba a su cama, y de vuelta. ¿Cómo lo haces?, le preguntó el escritor, y el camarero le aseguró que dormir es como estar muerto, y que bailaba para no estarlo. Bradbury se dio cuenta de que escribía todo el tiempo, a cualquier hora, justo para eso, para no estar muerto. Y yo sólo puedo decir, decirte, lector paciente (in extremis ) que, con toda humildad, entiendo justo eso mismo que puso Bradbury al inicio de uno de sus libros más hermosos, y por eso me he dedicado a colocar palabras, una tras otra, una tras otra, y contar así algo mío, con la adusta excusa de la conmemoración por el inicio de la pandemia por el Covid-19, en la que ahora sumamos en México 5 millones y medio de contagiados, en total, y más de 334 mil defunciones ; y a nivel global unos 446 millones de contagios y 5.9 millones de decesos . Porque esta es mi manera, y me disculpo rotundamente, de esquivar a la muerte. Que te sea agradable, y que tú también la encuentres.
Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como
Ágora ,
Letrarte y
Momento . Parte de su obra se incluye en las antologías
Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).