Tierra Adentro
“Chernobyl 4th reactor core after the explosion” Joker345 (CC BY-SA 4.0)

[Recomendamos acompañar el ensayo con esta selección musical] 1

Introducción

El 24 de febrero de 2022 Rusia invadió Ucrania. A finales de febrero los rusos tomaron Chernóbil y realizaron maniobras militares desde la zona de exclusión. En los tiempos de la necropolítica, la muerte es una variable estratégica y administrable. El 4 de marzo de 2022, el ejército ruso tomó la central nuclear de Zaporizhzhya en Energodar. Durante la toma, y derivado de los bombardeos, se desató un incendio. A pesar de que el incendio fue controlado, no provocó daños a la estructura de la planta y mucho menos al reactor –tampoco hubieron fugas ni alteraciones en el sarcófago que confina el edificio del reactor número 4 de la planta de energía nuclear Vladimir I. Lenin–, la reacción automática fue invocar a los fantasmas de Chernóbil. Medios ucranianos y occidentales acusaron a Rusia de querer repetir la catástrofe nuclear de 1986.

I. Zona de exclusión

La mañana del 26 de abril de 1986 el viento sopló y las fronteras se desdibujaron. En dos semanas la nube radioactiva ya había dado la vuelta al orbe. La frontera entre lo real y lo irreal también tuvo que ser vuelta a dibujar. Cuando los ciudadanos soviéticos vieron que los militares tomaron el mando, cuando escucharon a los políticos decir que la situación estaba bajo control, cuando constataron extintos los fuegos y cerrados los boquetes, pensaron que podrían volver a sus vidas de siempre; a cosechar sus hortalizas, a comer sus manzanas y ordeñar sus vacas. Pero esta vez no se trataba de un pacto humano, hecho para negociarse, deshacerse o torcerse. No podían regresar a sus vidas, porque después de Chernóbil la vida era otra.

Chernóbil no pertenece sólo a la memoria ni habita únicamente el pasado. El listado de sus víctimas está abierto. Chernóbil no pasó, está pasando y falta mucho para que se detenga. Tsunamis, terremotos, incendios, tormentas, aludes, inundaciones, todos en algún momento se aquietan. Los desastres naturales o sociales se vuelven pasado y se quedan en el pasado. Pero Chernóbil no conoce reclusiones temporales. Tras los trabajos de limpieza, el ojo de radiación fue sepultado bajo un sarcófago. Un nuevo sarcófago fue colocado en 2016 y se espera que dure 100 años. Cuando este bozal caduque, el rugido seguirá. El siglo XX se contó en décadas, para describir Chernóbil se necesitan centurias. Tristemente, los isótopos radiactivos son nuestro legado.

II. Muerte de una metáfora

El error es adelantar imágenes corrientes, echar mano de analogías cómodas y usar metáforas prudentes. El error es pensar que entendemos de lo que hablamos. Chernóbil resiste cualquier noción conocida. No es guerra, enfermedad ni desastre. Chernóbil es un zona de exclusión incluso para las grandes metáforas que estructuran nuestros lenguajes.

Igual que en una guerra los hombres fueron enrolados, pero aquí no recibieron armas, recibieron palas y calzones de plomo. Todo era familiar pero extraño: ominoso. Ahí estaban los mismos síntomas de la guerra: las evacuaciones, las filas para comprar pan, los entierros multitudinarios. Pero las evacuaciones no fueron temporales y el pan era el mismo veneno. En una guerra se entierran minas, secretos y cadáveres. En Chernóbil se enterró todo. Se enterraron a las víctimas y los animales sacrificados, pero también la ropa, las herramientas, la leche. Se enterraron los árboles y las casas. Se enterró la tierra. Polvo somos y en polvo nos convertiremos, sí, pero el polvo de Chernóbil no se asienta y seguirá activo después de mil años. Chernóbil tampoco fue bombardeo, balacera, explosión o incendio. Chernóbil arde pero no tiene llamas; los bomberos fueron quemados después de apagar el incendio. Chernóbil es una explosión congelada, una onda de choque que no termina de pasar, una hoguera invisible que quema desde adentro. Las balas matan, hieren o se pierden, pero tarde o temprano –en la gravedad de un pecho o en el corazón de la gravedad–, se detienen. Las balas de Chernóbil, no. Las partículas calientes (partículas altamente radioactivas resultado de la aglomeración con otros materiales) son balas que no dejan de viajar, que rebotan, que todo lo perforan, que todo lo queman, que matan y vuelven a matar.

El bosque rojo, la lluvia que no lava, las luces azules de Cherenkov. Chernóbil es un editor inédito:

Lo que ha pasado es algo desconocido. Es otro miedo. No se oye, no se ve, no huele, no tiene color; en cambio nosotros cambiamos física y psíquicamente. Se altera la fórmula de la sangre, varía el código genético, cambia el paisaje. Pensemos lo que pensemos, hagamos lo que hagamos… Por ejemplo, yo por la mañana me levanto, tomo un té. Voy a los ensayos. Con los estudiantes. Y este algo pende sobre mí. Como un signo. Y como un interrogante. No tengo con qué compararlo. Los recuerdos de mi infancia no se parecen en nada a esto. (Voces de Chernóbil).

Los más antiguos recuerdos de la humanidad tampoco se parecen en nada. Ni una guerra, ni una enfermedad. En última instancia tampoco una Catástrofe (kata/strofe: hacia abajo/voltear), un Cataclismo (kata/klusmos: hacia abajo/mojar), una Calamidad (Calamitatis: azote) ni un Desastre (desarreglo astral). Incluso para las más antiguas y preeminentes metáforas, Chernóbil es una zona de exclusión.

III. Nacimiento de una metáfora

Desde una perspectiva, Chernóbil es el fenómeno más artificial que ha existido. La naturaleza no produce todos sus elementos, tampoco los enriquece, mucho menos los burocratiza. Desde otra perspectiva, Chernóbil es lo más natural que hemos presenciado, un primer asomo a la naturaleza sin el velo de la vida. Desde este punto de vista, Chernóbil fue una revelación. Descubrimos que la naturaleza estaba más activa pero menos viva que lo que creíamos. La teología nos había prometido que el universo era benévolo para la vida. La ciencia había anunciado que más bien le era indiferente. La verdad resultó otra: el universo es involuntariamente hostil para la vida. Lo inorgánico no es morada sino sepulcro de lo orgánico. Nos fue revelado que la naturaleza no siente horror al vacío, sino a la vida. Hablábamos de tierras paralelas, pensábamos en zonas habitables, las llamábamos improbables y con eso creíamos hacer justicia a los conceptos. Descubrimos que esto no es así. El mundo no es nido, solio o recipiente; es cámara de mutaciones, espacio externo que revienta los interiores. La vida compleja no es solo anomalía, es una anomalía que en todo momento debe cuidar no ser extinta. No hay planetas habitables sino habitados. Si este planeta nos acepta es porque la vida así lo ha convencido en un largo proceso de miles de millones de años. Solemos pensar en la naturaleza no viva como inerte, incluso así la designamos. Pero la roca que calla y es testigo del cambio de las eras, que está quieta y sirve de muestrario es una extraña excepción en un universo irradiado. Una burbuja encerrada en otra; rara, más que rara es la vida, quizá la única excepción natural en la naturaleza. Chernóbil fue un vistazo a la naturaleza in-quieta pero des-aminada. Chernóbil fue un destello del objeto sin sujeto.

En ciencia hay hallazgos más no descubrimientos y las revelaciones del arte son menos teológicas que fotográficas. Sin embargo, la revelación es una noción que sigue teniendo sentido cuando refiere al surgimiento de una perspectiva que trastoca todo lo que mira. Teológicas o no, las revelaciones suceden cuando muere una vieja metáfora y nace una nueva, precisamente lo que ocurrió en Chernóbil.

Un ensayo sobre Chernóbil no puede tener una estructura predefinida y mucho menos un fin preciso. En lugar de un apartado de conclusiones o un nítido colofón, ofrecemos los siguientes apuntes sueltos:

Conexiones

1. Es necesario preguntarse las implicaciones que tuvo el hecho de que el mayor desastre nuclear y ambiental de la historia haya ocurrido en la Unión Soviética. Los modos de producción son las formas históricas en la que se organiza la producción económica. Éstos se definen por el desarrollo de fuerzas productivas (cuerpos, herramientas, técnicas, saberes y espacios) que permiten la transformación de la naturaleza para la satisfacción de necesidades materiales colectivas mediante el trabajo. En el caso del siglo XX, la forma industrial fue común a los países capitalistas y socialistas. Las mismas fuentes de energía, las mismas turbinas, el mismo vapor. Es cierto, las relaciones sociales de producción forman parte de los procesos productivos, pero la huella indeleble sobre el planeta que deja el requisito energético para acelerar y perpetuar la industrialización de la economía no distingue la bandera de quien la imprime.

2. La voluntad moderna de dominio y conquista de lo natural –incluyendo el dominio atómico– no sólo sigue vigente, la batuta ahora obedece al metrónomo de la Gran Aceleración. Las ansias de control deparan ideas locas, como que lo desconocido no hará sino complementar al orden de las cosas conocidas. Otro supuesto que Chernóbil desintegró, lo inédito bien puede desbordar los límites de lo conocido.

3. El 8 de diciembre de 1953 el presidente Dwight D. Eisenhower pronunció un discurso frente a la asamblea de la ONU titulado “Átomos para la paz”. El público al que dirigió el discurso no sólo fueron los gobernantes del mundo bipolar recién nacido, sino los millones de ciudadanos aterrorizados por las escenas de agosto de 1945, cuando Estados Unidos desapareció dos ciudades japonesas haciendo gala del máximo poder letal de la historia. Con este discurso y el proyecto transnacional que derivó de él, el imperio estadounidense buscó difundir la energía atómica despojada de su potencial destructivo, presentándola como un producto para el desarrollo. La difusión de radioisótopos para la investigación, para la medicina y la generación de energía se revistió de un doble discurso. Por una parte, el nuevo camino al progreso tecnológico de la posguerra, patrocinado por el imperio. Por otra, el pretexto idóneo para el control y vigilancia que prevendría el desarrollo de armamento nuclear. El proyecto fue un fracaso en términos generales, pero un triunfo para las tensiones del mundo bipolar: durante los primeros años de “Átomos para la paz” se fabricó el mayor número de bombas atómicas en la historia.

4. Las personas afectadas no podían ser convencidas de que el enemigo era en verdad invisible y aún no existía la noción de “desplazado ambiental”. No obstante, la vida debió continuar en otro espacio. Mascotas, ganado y pertenencias fueron dejados atrás, no el humor: “¿Quiere otro chiste? Después de Chernobyl se puede comer de todo; pero has de enterrar tu mierda en una caja de plomo” (Voces de Chernóbil).

5. Las imágenes de Marx y las estatuas de Lenin presenciaron desde las paredes y los espacios públicos cómo la historia cambiaba segundo a segundo. Los actos más corruptos en nombre de la burocracia nacional fueron observados por los padres de la ideología más revolucionaria, como los santos y vírgenes son testigos de centenares de pecados dentro y fuera de las paredes de los templos.

6. Durante los primeros años poco o nada fue escrito. “Es un trauma de la cultura” dijo Svetlana Alexievich en Las voces de Chernóbil, un libro que se lee entre lágrimas. Hoy, a más de 30 años de la explosión del reactor, ya se apilan diversas obras –la terapia de la cultura–. Sin embargo, las preguntas siguen apilándose: ¿Cómo se trata un tema semejante?

a) Reciente y de gran impacto en la cultura popular es la miniserie de HBO, basada en el libro de Alexievich. Los críticos han dicho de ella que, aunque logró una estampa externa ominosamente fiel del mundo soviético, falló en los retratos internos. Un aspecto menos comentado pero no menos interesante es su música. Acompañada de Chris Watson, el sonidista de los documentales de Attemborough, la compositora, vocalista y cellista islandesa Hildur Guðnadóttir se internó en Chernóbil, traje especial mediante, para grabar los sonidos de la planta nuclear. Las puertas, los ventiladores, los corredores, fueron sus únicos instrumentos. El resultado es espeluznante: la planta gime, los dosímetros se duelen, el aire se espesa. La mayoría de las piezas son atmosféricas, misteriosas y fantasmales. Contrastan dos que son vocales, la primera es la canción Líður (sentimiento), la segunda es una versión de Vichnaya Pamyat (memoria eterna), pieza de la liturgia ortodoxa que hace las veces del Requiem.

b) “Chernobyl” para violín y orquesta de cuerdas de Aaron Kenny, joven compositor australiano. Con duración aproximada de 18 min., la pieza tiene forma de concierto y está dividida en tres movimientos: Anochecer en Prypiat, Acelerador de protones y La zona de exclusión. En palabras del compositor: “Un reflejo de la tragedia de los eventos que tuvieron lugar en la central nuclear de Chernobyl en 1986, utilizando una mezcla de ritmo, armonía y una melodía inquietante para expresar inocencia, energía atómica y muerte”. La pieza es sólida, sin embargo una obra para o por Chernóbil requiere algo más que un mero comentario programático. ¿Por qué?, porque la radiación destruyó también las narrativas usuales. En otras palabras, la pieza no puede brindar el reflejo que promete porque Chernóbil es un brillo tan invisible como cegador. Ahora que ya ha pasado una generación y podemos empezar a soportarle la mirada, seguimos sin saber qué podría valerle como un espejo.

c) “Bio-ritmo de Chernóbil” – Sinfonía n°.1 para orquesta sinfónica de Alexander Yakovchuk (1952), miembro de la Unión Nacional de Compositores de Ucrania. Aunque la pieza fue compuesta inmediatamente en 1986, su estreno se realizó veinte años más tarde, en la ciudad de Kiev, bajo la conducción de Volodymyr Sheyko. Al brillante y desgarrado gesto recurrente de la obertura siguen una serie de desarrollos donde una solitaria y suplicante voz de cello se lamenta. Se trata de una obra de casi media hora, donde la tarola y el flexatono ofrecen tintes bélicos y fantásticos. La obra termina en una suerte de decaimiento fúnebre (cuerdas en glissando y campanas tubulares). La partitura logra reflejar la dimensión trágica del incidente pero –tal vez por su corte post-romántico– sólo en los aspectos genéricos.

d) “In memoriam a las víctimas de Chernóbil” (1997), de Larysa Kuzmenko (1956), compositora canadiense de padres Ucranianos. De grandes contrastes, se trata de una excelente obra para piano solo que ronda los ocho minutos de duración. En palabras de la compositora:

El tema de apertura es oscuro y siniestro; establece el humor trágico de la pieza. Siguiendo esta idea, cito una canción popular ucraniana triste pero lírica que describe una tumba en el campo que ruega al viento que evite que se muera y pidiendo que el sol brille sobre ella. El tempo se acelera repentinamente, y la música se vuelve muy rítmica, creando una atmósfera bastante caótica. La música refleja el sonido mecánico del reactor nuclear. La melodía popular ha adquirido un carácter diferente aquí. Ya no es lírico y está apoyado por armonías discordantes. La música señala la primera explosión del reactor en su primer clímax. Después de esta explosión, la música se vuelve muy tranquila y se ralentiza. Aquí, la melodía popular esencialmente ha explotado en pequeños fragmentos creando una especie de textura puntillista. En este punto, la música representa las partículas radiactivas invisibles, pero fatales, que envenenan la atmósfera. El tempo se acumula una vez más, y la música avanza hacia el segundo clímax que señala la segunda explosión. Aquí, cito un canto sagrado de la Iglesia Ortodoxa de Ucrania, pidiéndole perdón a Dios. La pieza termina con la reaparición del material de apertura, creando un ambiente que cuestiona el futuro de nuestro planeta.

Sin que ponga en entredicho su interés, “In memoriam” conlleva una seria falencia conceptual que ya advertimos: Chernóbil no pertenece sólo a la memoria ni habita únicamente el pasado. No obstante, año tras año la pieza va ganando intérpretes y cuenta con una sólida versión a manos de Mary Kenedi en un disco del 2012 del sello Naxos. El título del álbum es impecable: “A long time ago into the future”.

e) “Chernóbil” de Nancy Van de Vate, distinguida compositora americana-austriaca nacida en 1931, que en 1975 fundó y presidió la Liga Internacional de Compositores de Mujeres y que en 1999, renunció a la Liga de Compositores de Austria por sus políticas machistas. Chernóbil (1987) está compuesta para orquesta completa y tiene una duración aproximada de trece minutos. Afín en muchos sentidos a la Trenodia para las víctimas de Hiroshima de Penderecki, quizá lo más logrado sea su compleja y oscura estructura construida a partir de múltiples crescendos, clímax y falsos finales. A grandes rasgos se distinguen dos secciones, una atonal, llena de clusters y efectos orquestales (donde se destaca el uso del flexatono) que evocan la agonía del reactor, y una tonal, donde se desarrollan ideas melódicas y armónicas que evocan la agonía producida por el reactor: la primavera es devorada por el invierno.

Más allá de sus bondades, las cuatro piezas anteriores nos dejan con varias inquietudes:

– ¿Bastan unos minutos para “hablar” del sempiterno Chernóbil? (Shostakovich necesitó hora y media para Leningrado. El segundo cuarteto de Morton Feldman consta de un único movimiento y supera las 5 horas. Cage escribió una pieza para órgano cuya interpretación puede durar 652 años.)

– ¿Basta con los instrumentos conocidos, no se necesitan instrumentos nuevos, nuevas técnicas y nuevos efectos para referirse a algo que es diferente a todo lo demás?

– ¿Bastan las formas musicales conocidas, el concierto, la sinfonía, etc., no se requieren formas nuevas para algo que no tiene precedentes?

– ¿Deben o no haber voces –y de quiénes– en una música de Chernóbil?

– ¿Son o no obligatorias las traducciones musicales de conceptos como contaminación, decaimiento exponencial, mutación, etc.?

– ¿Cómo se musicaliza algo que no termina de sanar? Sabemos que el cáncer no se cura sino entra en remisión. ¿Está Chernóbil en remisión? ¿Qué sería la remisión en música? Análogamente, sarcófago significa “devorador de carne”, lo que yace sobre el reactor ¿es un radio-fago? ¿Qué sería un melo-fago…?


Autores
Ayamel Fernández García (Ciudad de México, 1996) Historiador egresado de la UNAM. Se ha especializado en historia ambiental y de las ciencias en México y America Latina. Le interesa la conservación ambiental y la naturaleza como problema histórico.
Ensayista y compositor. Físico por la UNAM. Luego de su Doctorado en Epistemología e Historia de la Ciencia realizó un posdoctorado en la Universidad de Cambridge sobre Pluralismo. Recientemente asistió un proyecto de restauración ecológica en la selva lacandona.
Portada de Crónicas de amor, de historia y de guerra de Guillermo Prieto, Fondo de Cultura Económica, 2021

Quizás usted, desocupado lector, recuerde a aquel caminante que se apostó en una cafetería en la antigua Calzada de la Tlaxpana y evocaba, con un cigarro en los labios, la presurosa marcha de los soldados de las huestes conquistadoras y cuyo relato se pergeñó en este mismo generoso espacio virtual. El tiempo y sus espirales le sirvieron para que la memoria cubriera esa noche —primero triste, después victoriosa— y pretextara un nuevo derrotero. Aquel caminante ha tomado un nuevo rumbo, esta vez dolorosamente ignoto, pero ha dejado sobre sus pasos páginas que dan cuenta del asombro con el que recorrió las calles de la Ciudad de México y de las lecciones que de ella dejaron sus caminantes que, como él, se anegaron la mirada con sus aromas y su lluvia; el ritmo cansino de su tráfago incesante de dos siglos erige la armonía de una historia tres veces fundada y resuena en los oídos de quien sabe escucharla. Como escribe Vicente Quirarte:

 

[…] la vagancia es un arte, una educación que se afina conforme se complican los códigos de la ciudad. El artista de la calle llevará la duración a ritmos exasperantes […] El vagabundo deambula por la ciudad sin conocimiento de causa; el flâneur lo hace sin causa, pero con conocimiento. Quien practica el segundo oficio, ejerce la ciudad y la domina.1

 

Para nuestro caminante, nuestra Ciudad no es la que le habla, es otra, una muy suya, es aquella de la que se apropió entre los versos de Gutiérrez Nájera y las canciones de Chava Flores; es la Ciudad que construyó en el “chasquidos de los besos” de Manuel M. Flores y en las peripatéticas andanzas de Regino Burrón y Borola Tacuche —sin olvidar a Avelino Pilongano, el poeta de versos cachetones y a tantos otros personajes que reflejaron la esencia de la calle—, hijos pródigos de otro insigne flâneur, don Gabriel Vargas. Sus sentidos se aprestaron a beberse las noches y a mitigar la festiva dolencia del día siguiente por calles en las que todavía se escuchan las líneas de Ángel de Campo, “Micrós”:

 

Por las callecitas no se pasean sino los céfiros; de cuando en cuando, un transeúnte, que siempre pasa de prisa y sin fijarse; un viejo convaleciente arrastrando los pies, sostenido por un “mozo” indígena y dos o tres cesantes que se hacen dobleces en una banca y rumian la eterna elegía de sus quincenas entre un gelatinero que dormita y una vendedora de juguetes que cabecea […] Ni en la Alameda, que ensordecen los ingratos organillos de los volantines; ni en la calzada de la Reforma, batida por vientos puros; ni en ese Chapultepec que haría la felicidad de las madres europeas, abunda como debiera la nota infantil.[efn-note]Ángel de Campo, “Aire libre”, en Kinetoscopio: las crónicas de Angel de Campo, Micrós, en El Universal (1896). Estudio preliminar, compilación y notas de Blanca Estela Treviño, México: UNAM, 2004, p. 150.[/efn_note]

Como Baudelaire, nuestro caminante ve en esos “pintores de la vida moderna” —Gutiérrez Nájera, los dos Flores, Vargas y Micrós— la oportunidad de descifrar su mundo. Si se pensara en alguna marca que los uniera, pudiera ser el de la “nota infantil”, de la que habla “Micrós”, primero, por la fascinación que produce la extrañeza de lo inédito; después, por el ímpetu febril del capricho. Entre los mencionados, quienes nacieron en el ya siglo pasado —el veinte—, alimentaron su obra de la vida de los barrios “populares” y su cotidianidad, así como la circunstancia de un país en eterna crisis; para los decimonónicos, además, fueron las constantes guerras intestinas y las invasiones extranjeras lo que conformó su dictum. Como nuestro caminante escribiera:

 

El diecinueve es un siglo decisivo; además de las luchas de independencia y de defensa del territorio nacional, el acomodamiento de fuerzas significó un esfuerzo de identificación. Particularmente azaroso, el siglo XIX mexicano es el despegue de una identificación como nación y como grupo humano; el arte y la literatura encaminan sus propósitos a reconocerse.2

El afán identitario de establecerse como nación, de reconocerse en ella misma, no es exclusivo de nuestro México; debe reconocerse que, en los primeros años del siglo XIX, toda América estaba en —o a punto de iniciar—un proceso independentista. Pedro Henríquez Ureña, autor prolífico e inagotable, propuso en su libro Las corrientes literarias en la América hispánica, la “declaración de la independencia intelectual” entre los años 1800 y 1830; también, Andrés Bello, en 1823, había escrito sus Indicaciones sobre la conveniencia de simplificar i uniformar la ortografía en América, que preludiaría su Gramática de la lengua castellana destinada al uso de los americanos, junto a su “Alocución a la poesía”, en donde declaraba: “Divina Poesía/ tiempo es que dejes ya la culta Europa”.3 El reconocimiento de que la lengua, como esencia de la identidad, no era ya la misma que la española, puede constatarse en Bello, pero debe rastrearse hasta dos siglos antes, en nuestro caso, con Sor Juana Inés de la Cruz, que en palabras de nuestro caminante:

 

[…] recoge el asombro de Balbuena y de Cervantes de Salazar ante la nueva realidad americana, tan distinta de la española. Sor Juana, plenamente consciente de formar una identidad cultural que ya poco tiene que ver con la península, construye sus rimas sin cecear.4

 

Y añade:

 

Quizás los que tuvieron una visión más clara y una actitud decisiva en el proceso de establecer un concepto militante de americanidad hayan sido los jesuitas-humanistas del siglo XVIII. Diego José Abad, Rafael Landívar, Francisco Javier Alegre y Francisco Javier Clavijero como ejemplos connotados trabajan en un esfuerzo de comprender su nueva condición.5

 

A la necesidad de construir una identidad nacional, se sumó la incertidumbre de cómo hacerlo. Si bien se tenían los trabajos de autores como Francisco Sánchez de Tagle, Andrés Quintana Roo o Manuel Carpio —todos ellos nacidos a finales del siglo XVIII— que anunciaban la nueva constitución nacional, haría falta que en una figura se advocaran las distintas nociones de la incipiente patria: la riqueza y la marginación; la espada y la pluma; el santo Teatro Nacional y el Tarasquillo bienhechor; el exilio y el destierro: el oficio y el capricho.

En 1818, un martes 10 de febrero, José María Prieto Gamboa y María Josefa Pradillo y Estañol celebraban la llegada de José Guillermo Ramón Antonio Agustín Prieto Pradillo, quien sería testigo, actante y relator del devenir de una patria. Aquel que fuera el salvador de la Reforma, quien muriera pobre después de ser cuatro veces Ministro de Hacienda, quien acompañara a Juárez en su largo peregrinar en busca de establecer la República y viviera en carne propia tres intervenciones extranjeras vería la luz del mundo por primera vez en la calle del Portal de Tejada, número 5, junto al Convento de Santa Clara y los Betlemitas, esquina con la calle de Vergara.

Guillermo Prieto comenzó a saber de la vida y sus enseres en lo que en nuestros días se conoce como la calle de Mesones en el centro histórico de nuestra ciudad. Su padre, molinero, pudo darle una infancia que el mismo Prieto describiría como:

 

Vergeles deliciosos, murmuradores fuentes cristalinas, luz de aurora que transparenta el cielo y las estrellas, alados genios, deidades reclinadas en nubes de oro y nácar, de gualda y de topacio; y en las alturas, cantos tan melodiosos y sentidos que, arrobada el alma, flota, sueña, se encanta y deleita como desprendida de todo lo terreno.6

Sin embargo, pese a estos bucólicos primeros años, Prieto —quien naciera todavía en el México Insurgente— apenas atisbaba lo que sería su larga vida. A los diez años supo del Motín de la Acordada, acaecido por la inconformidad ante los resultados de las segundas elecciones presidenciales en México, en las cuales saldría electo Manuel Gómez Pedraza sobre Vicente Guerrero, y dirigido, entre otros, por José María Lobato y Lorenzo de Zavala: “un día nos despertó el estampido del cañón, las gentes corrían despavoridas, atravesaban las calles soldados con las espadas desnudas y cundía de boca en boca la nueva del pronunciamiento de la Acordada”.7

El convulso siglo XIX, en sus primeros años, forjó el carácter de Guillermo Prieto. Una de las fuentes primordiales para conocer su decimonónica historia es, sin lugar a dudas, Memorias de mis tiempos, quizás la obra más conocida del “más hospitalario de nuestros escritores”,8 como lo definiría Pedro Ángel Palou. Prieto comenzó la escritura de las Memorias el 2 de agosto de 1886, y aunque publicadas póstumamente, llegaron hasta nuestros días por los oficios pacientes y generosos de Nicolás León, quien ordenara meticulosamente las fojas que le entregara la viuda de Prieto.

Si bien en estas Memorias se encuentra, entre muchas otras cosas, un cuadro amplio de la vida cotidiana de la Ciudad de México, los juegos infantiles, los libros que se leían en ese entonces, lo que se comía y bebía, la vida casi rural de una urbe que todavía no comenzaba a bocetarse, Prieto comenzó a esbozar de manera más nutrida su cotidianidad en las publicaciones periódicas que se sucedieron durante todo el siglo XIX. Escribe Prieto:

 

[…] llegaron a México, coleccionados, algunos artículos de “El curioso parlante”, comenzados a publicar en 1836.

Yo, sin antecedente alguno, publicaba con el seudónimo de Don Benedetto mis primeros cuadros, y al ver que Mesonero quería escribir un Madrid antiguo y moderno, yo quise hacer lo mismo, alentado en mi empresa por Ramírez, mi inseparable compañero.9

Ramón de Mesonero Romanos fue un costumbrista español nacido en 1802 y fundador, en 1836, de El semanario pintoresco español, en donde aparecen los artículos —o cuadros de costumbres— a los que Prieto se refiere. En México, se publicaron a partir de 1840 en El Almacén Universal, aunque es claro que el mexicano ya tenía noticia de ellos. Es necesario destacar que, a decir de Enrique Rubio Cremades, Mesonero de Ramos confiesa en el capítulo “Adiós a la historia” de Memorias de un sesentón, que tuvo escaso interés por la política, de ahí que “[…] fundara una publicación propia exclusivamente ‘literaria, popular y pintoresca’ […] a semejanza de las que con los títulos Penny Magazine y Magasin Pittoresque había visto nacer en Londres y París”.10 Y es en esta cuestión en donde Prieto urdiría su propia visión y escritura, bajo uno de sus seudónimos más recordados: Fidel. Si Mesonero se alejó de la política, Prieto no sólo se acercó: la vivió, la hizo y la padeció. Incluso en sus cuadros de costumbres, la vena política que marcarían sus ocho décadas de vida está presente; para Prieto, el nombrarlo es visibilizarlo, y al hacerlo, se inscribe, de manera inmediata, en la polis.

 

Si se quiere moralidad y progreso, debe comenzarse por corregir las costumbres. ¿Y cuál es el paso previo? Conocerlas. ¿Y de qué manera mejor que describiéndolas con exactitud?11

 

Precedido por el Pensador mexicano, José Joaquín Fernández de Lizardi, acompañado de Facundo —José Tomás de Cuéllar— y sucedido por Ángel de Campo, Prieto ve en el cuadro costumbrista la oportunidad para señalar los vicios de una nación joven y titubeante:

 

[…] el verdadero espíritu de una revolución verdaderamente regeneradora ha de ser moral, los cuadros de costumbres adquieren suma importancia, aunque no sea más que poniendo a los ojos del vulgo, bajo el velo risueño de la alegoría y entre las flores de una crítica sagaz, ese cuadro espantoso de confusión y desconcierto […] El escritor de costumbres, auxiliar eficaz de la historia, guardará el retrato del avaro que se enriqueció con las lágrimas del huérfano; entonces la caricatura del rastrero aspirante será une lección severísima…12

 

Si bien a nuestros ojos de lectores de la vigésimo primera centuria la “didáctica” y la “moralidad” pueden parecer un tanto ingenuas, habrá que preguntarse antes si no es este espejo feroz de la ironía el azogue en el que mejor nos reflejamos; con humor infinito y una mirada aguzada de Prieto nos recuerda a cada instante que la ciudad, como sus habitantes, está viva y que quizá, no es tan ajena aquella del XIX a la que vivimos en nuestros días, por ejemplo:

 

La enchiladera tenía su lugar aparte, próximo, por supuesto, a la pulquería, y allí gritaban “Cómeme, cómeme” los envueltos y chalupas, las quesadillas y las tortillas en su hojalata con manteca chillante, sus ollas con salsas picantes, sus montones de cebolla picada, y su sal y pimienta, según lo requieran los potajes.

            Ojo liso, nariz chata, lengua retozona y fácil, la palabra que interrumpía, la carcajada escandalosa, o cortaba la injuria precursora del araño, la mordida y la desmechadura.13

El escribir la ciudad es también hacerla nacer, es intentar concederle una identidad propia, alejada tanto del pasado colonial como del prehispánico, pero conformada en su urdimbre por los cimientos de ambas. El consolidar el sentido de nación y de raigambre era la tarea de los escritores de costumbres, y en ella su pluma se volvía pincel o punzón para develar los rasgos de una sociedad naciente. En palabras de Vicente Quirarte:

 

La saga callejera de Guillermo Prieto halla su traducción en la litografía; Hilarión Frías y Soto compara sus textos a un álbum fotográfico […] José Tomás de Cuéllar bautizó su aventura novelística como La linterna mágica, esa invención que proyectaba frente al espectador una imagen fugaz.14

 

La vida de Guillermo Prieto, como su obra, es inagotable no sólo por su extensión —sus obras completas abarcan treinta y nueve tomos y vivió casi ochenta años—, sino por lo que nos revelan de nuestro pasado inmediato. En 1836, con dieciocho años, funda la Academia de Letrán, cuya marcada tendencia fue “mexicanizar la cultura, emancipándola de toda otra y dándole carácter peculiar”,15 tarea no menor que cuatro jóvenes comenzaron a tramar en el cuarto ruinoso de José María Lacunza, en el Colegio de San Juan de Letrán —al que Prieto había ingresado gracias a la generosidad de don Andrés Quintana Roo—.

Entre las cuatro paredes del cuarto, el mencionado José María —al que se le debe el insufrible, pero bien intencionado cuento de “Netzula”—, su hermano Juan Nepomuceno, Manuel Toussaint Ferrer y Guillermo Prieto, pertenecientes todos al Colegio, leían sus versos y los aprobaban o corregían, quizás sin otra intención que el de bruñir la pluma y compartir autores: Fray Luis de León, Byron, Goethe, Schiller, Horacio o Virgilio, contagiados tal vez del entusiasmo del poeta Francisco Ortega, su profesor de latín en las reuniones que éste sostenía en su casa de Escalerillas. Una tarde de junio de 1836:

 

[…] resolvimos valientemente establecernos en Academia que tuviera el nombre de nuestro Colegio […] Nos pusimos en tres de inauguración, pronunciando el discurso de apertura Lacunza J.M. […] Terminado el discurso, entre abrazos y palmoteos, parecía dirigirnos el jarro del agua de la mesita vecina miradas de frío desengaño…

            —Falta el banquete, dijo Juan; hagamos una requisición de bolsillos.

            La colecta produjo real y medio.

            Era necesario desechar el licor y los bizcochos.

            Convenimos en la compra de una piña y en aprovechar algunos terrones de azúcar que esperaban envueltos en un papel el advenimiento del café.16

Rebanóse la piña, se espolvoreó sobre ella el polvo de azúcar y… el banquete fue espléndido.

 

Así quedaba establecida la Academia de Letrán, que tuvo entre sus miembros, además de los cuatro fundadores, a Andrés Quintana Roo, como presidente vitalicio, Fernando Calderón y Beltrán, Manuel Carpio, Manuel Eduardo de Gorostiza, José María Lafragua, José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván y el egregio Ignacio Ramírez, quien en su discurso de ingreso pronunció el preclaro e inmisericorde que afirmaba: “No hay dios. Los seres de la naturaleza se sostienen por sí mismos”.

Así Guillermo Prieto, quien tenía la patria por oficio, comenzaba a servirla. Su devoción por ella lo llevaría a espetar, ante el pelotón que se aprestaba a fusilar a Benito Juárez, en 1856, en Guadalajara, la perenne frase: “Los valientes no asesinan”, y a enfrentarse, años antes, a la amenaza del Trabuco, Antonio López de Santa Anna, quien le recriminaba por un artículo publicado en El Monitor republicano. Guillermo Prieto lo describe así:

 

Me parece que es usted un insolente, y yo sé castigar y reducir a polvo a los que se hacen los valientes […] Usted o se desdice de sus injurias y necedades o aquí mismo le doy mil patadas. ¿Qué sucede?

            —En esas estoy, en ver lo que sucede.

 

La respuesta de Prieto es hilarante, si se considera que Santa Anna había perdido una pierna desde 1838. Así, tanto en Memoria de mis tiempos como en las decenas de publicaciones en las que colaboró —tan sólo en el Siglo XIX escribió por más de cuatro décadas—, así como en los que fundó —La Chinaca, El Monarca, Don Simplicio y un largo etcétera— Prieto hizo vivir en sus páginas a los personajes —también sus defectos— que, hasta hoy y si aguzamos la mirada, podemos todavía encontrar entre nosotros.

Nuestro caminante, cronista él mismo que supo bien de los secretos del oficio, sonríe ante el recuerdo del humor costumbrista de Prieto; eleva la vista hacia el lugar donde estuviera el Colegio de Letrán y enfila sus pasos —diablinos por inquietos, justo como los de Fidel— hacia Mesones, llamada antes Portal de Tejada. Para él, las calles ya no son Eje Central, Madero o 16 de septiembre, son San Juan de Letrán, Plateros y Coliseo Viejo; las recorre acompañado de su Musa callejera y se detiene en una cantina que ya no existe. Entra, pide un trago de ron, prende un Delicado sin filtro y comienza a fumar para saber del tiempo y sus espirales.

Archivo Warpola
Archivo Warpola

Espero, Copy, que un día me perdones. Ya tienes tu primera novela. Era lo que más querías en esta vida. Espero que alguien se digne a publicarla. Está hecha con tus cuentos.

Los cuentos que escribías cuando eras joven. Cuando creías. Cuando escribías.

-André Gaspar. 2012

 

“Frank Kermode, es importante decirlo, considera la ficción como una imagen temporal del mundo ordenado conforme a la proximidad de un final. Este “Final” presupone un “principio” que lo determina. La relación entre el “principio” y el “final” dota de un lugar y sentido a los acontecimientos que se ubican entre ambos. El escritor de tradición apocalíptica desarrolla de esta forma un discurso de autorreferencialidad. Dejemos que Frank nos explique. “Frank: el Apocalipsis depende de la concordancia entre el pasado imaginativamente registrado y el futuro imaginativamente predicho, alcanzando a nombre de nosotros, los que permanecemos en medio.” Con estas reflexiones terminan las páginas de la obra impresa Meth-Z (Tierra Adentro, 2013) de Gerardo Arana Villarreal. Lo que propician estas ideas de Kermode es una falsa temporalidad, una falsa causalidad, una aparente relación entre dos puntos de sentido.

 

El 26 de abril de 2012 falleció el hermetropolitanx, hijo de familia, amigo, poeta, narrador, novelista, productor, esposo, maestro Gerardo Arana Villarreal, al poco tiempo de terminar de escribir su primera novela. Todo fue tan rápido, se pudo imaginar tantos futuros alternativos de su obra, otras potencias, mil millones de cuartillas más y diversas publicaciones. Pero su muerte fue el principio de su rápida consolidación en la tradición de la escritura ¿búlgara?, ¿mexicana? y de Ciudad Hermes. La obra apocalíptica de raigambre autorreferencial se expandió en microsegundos tras el fallecimiento de su autor. Su obra se habría publicado ineluctablemente, habría sido un bestseller si tan sólo la hubiese concluido y publicado años más tarde en internet. Las fugas de la imaginación son aplastadas por los sinsabores de la vida.

 

No diré que no siento un poco de síndrome del impostor al escribir este texto en homenaje luctuoso, pues no conocí a Gerardo Arana, pero como dijo alguna vez Canek Zapata “Pero es gracias a él que he conocido a muchxs de mis mejores amigxs. Creo que ese es un gran legado”. Hay un doble movimiento de cercanía y distancia que atraviesa este obituario. Gerardo Arana, nombre de una serie de afectos generacionales que mueven pasiones, que producen encuentros, que motivan diálogos, que crean un entramado de relaciones desde el amor entre ideas y cuerpos. Se rumora que si vas a la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM con un libro de Gerardo alguien se te va a acercar a preguntarte medio en reto por qué conoces a Arana o por qué tienes el libro o si quieres hablar de lo increíble que es. Háganlo, siempre pasa, es una experiencia particular. No conocí  al autor, pero Pegaso Zorokin me cambió la vida.

 

Debo a la conjunción de un espejo y de una antología de poesía joven el descubrimiento del flaco. El hecho se produjo hará unos ocho años. Andrés Paniagua cenó conmigo esa noche, nos demoró una vasta polémica sobre la ejecución de una novela en primera persona, donde el narrador omitiera o desfigurara los hechos para incurrir en diversas contradicciones que permitieran a unos pocos lectores -a muy pocos lectores- la adivinación de una realidad atroz o banal.

Tiempo después comencé una investigación sobre una novela imposible y viajé a Querétaro porque Cristina Rivera Garza sospechaba que algo tenía el agua de Querétaro, algo que propició la escritura de Gerardo Arana y la editorial Herring Publisher. Tenía que descubrirlo. Al llegar a la ciudad fui a la librería La Comezón, donde se rumoraba estaban los últimos ejemplares de La máquina de hacer pájaros (2008) y Bulgaria Mexicali (2011). Entré con sigilo y comencé a ver la disposición: una mesa grande al centro con libros y más libros al rededor. Encontrar libros pequeños con más de diez años iba a ser difícil. Me acerqué y pregunté sin esperanza si tenían algún libro de Gerardo Arana, me voltearon a ver con extrañeza, como si supiera algo que no debería de saber. Me dijeron -la novela está agotada, por ahí están los otros. Tengo la novela, ahí comenzó todo. Okey, okey. Me acercaron la nueva edición de Herring Publisher de Bulgaria Mexicali, La máquina de hacer pájaros y Bonus track. También me dijeron donde estaba la colección de Letras de Querétaro pero que no sabían qué quedaba. Me encontré el último ejemplar de la primera edición de La máquina y otro libro que me sonaba conocido, de un tal Horacio Lozano, les pregunté que qué tal estaba y quién era él, me dijeron con una risa entre dientes que era Horacio Warpola. Se abrió el espejo. Horacio Warpola es un poeta experimental muy querido por amigos del extinto DF y según entendía amigo de Arana. Compré todo. Con ese pacto me dijeron que al día siguiente habría una presentación editorial, que quizá venía Oliver Herring y que se iba a poner chido. En ese viaje fui a muchos lugares, conocí a gente increíble, escuché poemas alucinantes y perseguía a un fantasma del que todos hablaban y nadie sabía todo.

 

Nadie puede saber todo de una persona, menos de una tan fuerte y con tanto como Gerardo Arana. De todos los lugares a los que fui, cada persona con la que hablé tenía algo que decir de él. Quienes lo conocieron contaban historias y, quienes no, hacían crecer el mito. Lo cierto es que no se podía hacer caso omiso de su existencia. En Juriquilla, frente a una barbacoa, concluimos que Querétaro se dividía en tres: quienes conocieron a Gerardo, aquellas que lo habían leído y sabían cosas y las que tras oír breves comentarios sentían una curiosidad insaciable por leerlo y adentrarse en su lectura.

 

Meth-Z tiene como personaje principal a Pegaso Zorokin, Maria Eugenia; luego a André Gaspar, Copy & Hack. Pegaso Zorokin, como lo conocemos sus amigos y lectores, nació un día del siglo XX, o tal vez del XXI o XIX en Ciudad Hermes, lugar de residencia de los Neónidas, escritores de un blog y una serie de fiestas paganas, entre sus miembros está Madamme Barbarella, Horacio Warpola, Antonio Tamez y José Velasco. Ubicada al sur de los Estados Unidos entre Santa Teresa y Bulgaria. Para los derechos de sus escritos, el joven Gerardo Arana Villarreal (1987–2012) le encargó a Daniel Malpica y a Oliver Herring los manuscritos. Pegaso Zorokin siempre quiso escribir una novela, pero en su lugar se enamoró de María Eugenia y se drogaba mucho. Es un escritor bastante incómodo en la profesionalización neoliberal del escritor en este país, pues sólo tiene la intención de escribir una novela, algunas notas sobre las drogas, crónicas laborales, cartas de amor y esquemas de inventos. Él era muy tímido, pero de haber gozado de fama sin duda habría sido incluido en Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas.

 

Pegaso Zorokin pertenece a ese espectro de autores que teniendo las ideas pudieron escribir una gran obra literaria, pero prefieren no. I prefer not to. Kafka se dijo a sí mismo que sólo se podía escribir sobre la imposibilidad esencial de la escritura. Zorokin se habría llevado bien con el praguense. Habrían no escrito muchas aventuras juntos.

El hermetropolitanx se llegó a ganar la vida como psicólogo, como vaquero exitoso en películas westerns, como botarga de anime y como practicante de hechicería, para todo ello utilizó la literatura como método. Ordenemos la narración. Ordenemos la vida. Ordenemos pensamientos. Problema suficiente para una novela, para un libro de ensayos o para un cuento. Cuando los personajes son ideas y la estructura de la narración está inspirada en la personalidad de un drogadicto, de un amante, todo indica un desastre.

Meth-Z es una modulación de un libro imposible. “La idea es armar un libro. Hacer un libro. Aquí lo interesante es que el proyecto es hacer un libro y una película acerca de un hombre que es un libro. Tomamos un pdf con toda mi obra completa, o séase todos mis trabajos de la universidad, todos mis cuentos. Ni siquiera los voy a editar, es tanto que nadie los va a leer”, dijo mientras caminaba Gerardo Arana.

El libro, si ahora existe, no es más que el mismo Pegaso Zorokin; Meth-Z la droga-virus mediante la cual Zorokin se fue apoderando poco a poco de la mente de los jóvenes. Narrador abducido.

Para cuando salió se volvió un bestseller de culto inmediato. Las librerías Educal, desconcertadas, no sabían por qué hordas de personas llegaban pidiendo ese libro. Desconociendo, naturalmente, que Pegaso se había apoderado de la mente de todos ellos. Rápidamente se agotó y volvió a ser un secreto a voces. Sólo reconocible al inhalar la piedra.

Esta es una novela y estoy consciente de que las novelas necesitan un conflicto. Recapitulemos entonces. El problema de esta novela es que Pegaso es un drogadicto. Pero utiliza la droga como método para escribir. Consciente del peligro, Gerardo Arana le facilitó a Zorokin las drogas y el material para escribir. El problema es que, además, estaba enamorado. Nada más peligroso que escribir drogado y enamorado. Del romanticismo tardío parece que aprendieron todo. Sus hazañas son relatadas en Meth-Z, Met Zodiaco y Pegaso Zorokin. No, no, no. Todos ellos nombres comerciales. El texto es el texto es una rosa es una rosa el texto.

En ese espíritu postromántico wherteriano, Gerardo Arana comenzó a escribir el libro con el apartado Anarcosentimentalismo. Escrito después de unas cervezas entre amigos, una noche sin dormir. Posiblemente un viernes 17 o sábado 18 de julio en el marco del curso-taller de la fundación para las letras mexicanas en Xalapa que se llevó a cabo del 13 al 25 de julio de 2009.

Ese mismo día, durante su paseo por la ciudad, Gerardo Arana y Daniel Malpica se subieron a un monumento, la obra del escultor Barremo; un busto fundido en bronce de Manuel Maples Arce al que ambos escritores en ciernes se subieron y comenzaron a recitar el poema “Tabaquería” de Álvaro de Campos. A veces me gusta imaginar que ahí, en ese monumento destruido que ya no tenía ni el rostro del poeta, con ese hechizo anti-nacionalista poético nació Pegaso Zorokin. Como si la posibilidad de refundar estridentópolis fuera puesta en práctica. Había en ese gesto de reapropiación, la posibilidad de escribir una novela desde una tradición en decadencia. Había que fundar nuevamente la literatura, una cama, nuestro país.

No soy nada.
Nunca seré nada.
No puedo querer ser nada.
Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo.

el universo
se reconstruye en mí sin ideal ni esperanza
y el Dueño de la tabaquería sonríe. (De Campos)

Meth-Z es un texto cuyo núcleo temático es la creación de la escritura. ¿Cómo escribir?, ¿para qué escribir?, ¿de dónde proviene el impulso de escribir?, ¿cómo el sujeto se enfrenta a la invención? Todas estas preguntas parecen llevarnos a terrenos especulativos de la psique humana, los orígenes del lenguaje y otros terrenos poco seguros de explorar. Pero Arana, desde la ficción, responde que uno escribe por cualquier cosa y todo el tiempo. La máquina de hacer pájaros es el gesto radical de la creación literaria: una ensoñación de Zorokin sobre la creación de su droga. La droga como recurso narrativo dentro del libro permite seguir narrando, la vida de los personajes se mezcla con la de Arana y éstas con las referencias literarias y ensueños de los tres, porque, aunque ya no es una máquina literalmente, la droga permite procesar las subjetividades: sueños, recuerdos y lecturas. Se pierde el piso de realidad y el libro funciona como una serie de relatos interconectados. El objetivo de intrincar relatos a través de la pérdida del sentido de realidad de los personajes por medio del elemento de las drogas es representar los procesos de un hipertexto: un todo literario donde lo mismo se escribe el libro en el que se lleva a Ítalo Calvino a Howarts o se rentan películas en un Blockbuster.

 

Ricardo Piglia decía que lo que más rescata de Roberto Arlt era que en un campo cultural que tenía como referencia a Jorge Luis Borges estaba diciendo que cualquiera podía escribir. Eso impulsó a muchos a hacerlo. Desacralizó la escritura. En cierto sentido Meth-Z dice a los jóvenes escritores que la literatura está en contar historias, en los viajes en ácidos, en las películas que ves, en los videojuegos que juegas, en los chats con tu novia, en todas las lecturas revueltas de la educación básica, en fin, en el acto de escribir. A lo largo del libro distintos personajes avisan 49 veces de distintas maneras que van a empezar a escribir un libro. Sitúa al plano de realidad del siglo XXI como un plano de inmanencia lleno de experiencia que vale la pena ser narrada. Es ahí, en ese vuelco, que la novela importa y excede su diégesis, es la fuerza de los sueños de varias generaciones sacralizada dentro de los estándares de la literatura nacional que, al devolverse al lector, le dice: tú también puedes comenzar a escribir el libro.


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

I.

 

En el origen, Carlos Oswall,

pensó en Cristo

sosteniendo al mundo

en una mano,

y en la otra,

las cuatro estaciones de madera.

No sabemos cuál mano

contuvo qué.

 

No importa mucho.

 

Ambos símbolos.

Aún en boceto

pesaban por igual.

Como si de una Temis brasileña se tratara.

 

En el segundo principio,

Paul Landowski decidió dejar a Jesús

con los brazos abiertos.

Lo amamantaron de hormigón en Francia.

Un pesebre francés

con un buey francés,

y un caballo francés.

 

El vientre de María

tardó cinco años en amasar

la divinidad del niño

que nació de complexión treintañera

(el verdadero milagro)

en octubre de 1931.

 

En ese año Brasil

también cantaba lullabies

a los infantes de la poesía concreta.

Y en las calles

aún el polvo

de una Revolución

apenas terminada.

 

 

 

 

II.

 

Hay sobre la montaña un hombre.

Y arriba del hombre un cielo.

Y adentro de ese cielo está Lêdo Ivo

repitiendo una letanía

que es tan vieja como la sangre.

Ahora no recuerdo la oración completa.

Tenía que ver, por supuesto,

con el tiempo,

con las olas,

y con esa pulsión

en medio

que procura

que dos sustancias

irreconocibles,

irreconciliables,

concedan tregua

por un momento.

 

 

III.

 

Nunca he estado en Brasil.

No sé nada de sus aves,

ni de cómo se robaron,

así, pequeñas diosas,

todo el color del mundo.

 

Tampoco sé nada del río de Brasil,

o de su canto,

o del veneno que habita

debajo de sus piedras.

 

De su lengua solo intuyo,

torpemente,

una manera de nombrar

que es hermana de mi manera.

 

Y así, cuando mi Español calla,

la otra lengua,

decide entonces,

regalarme el sonido

de las cosas que no tengo.

 

Y así, cuando Carlos Drummond de Andrade

me invita a renunciar al llanto.

(Vamos, não chores / A infância está perdida.)

Yo solo pregunto,

¿cuál llanto?

 

 

 

 

IV.

 

…también esa noche supe que el diablo es hijo de Dios.

                                                              Facundo Cabral

 

Gheorghe Leonida

recibió la visita del diablo una noche.

Y el diablo, siendo tan impecable vendedor

como siempre lo ha sido

desde que les puso precio a las manzanas,

le ofreció al rumano

la posibilidad de conocer a Dios

a cambio de poner sus palmas

sobre carbón encendido.

 

Leonida no hizo ningún gesto.

Y acarició el lomo del carnero

que ocupaba casi todo el cuarto.

 

Sintió la brasa pegarse a los dedos

como si fuera jalea.

No sintió calor.

No sintió eso

que le pasa al papel

cuando reniega de los símbolos.

Y comenzó a moldear

la pasta púrpura

hasta que consiguió

una silueta de dos patas.

 

Semanas más tarde,

Gheorghe conoce a Paul Landowski

en el París de 1925.

Ambos platican sobre un sueño

donde una bestia aparecía

al lado de la cama

enseñándoles la forma incompleta de Dios.

 

Paul dijo, yo tengo el cuerpo y la carne.

Leonida dijo, yo tengo el rostro y los cabellos.

 

Se sabe que ninguno de los dos

se dio la mano,

sino hasta el Brasil de 1931.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
4ta Edición publicada por Alfaguara

Doce horas que son doce días que son, finalmente, el recuento de una vida marcada por la pobreza y el hambre, la lucha intestina y la imposibilidad del amor, el tiempo circular que lo mismo acerca a la muerte que la niega, la crueldad de la carne marcescible. Tres pronombres que son uno sólo: el presente inmediato, la consciencia de la muerte y la historia de una vida. Es Artemio Cruz y la advocación de la muerte del ideal, del escepticismo ante el fracaso revolucionario y las páginas sanguinolentas que de él emergieron.

En 1939, Francisco Javier Santamaría, autor del Diccionario de mejicanismos, publicaría el libro La tragedia de Cuernavaca en 1927 y mi escapatoria célebre. En él, daría cuenta de la matanza de Huitzilac —hecho que quedara marcado con sangre en la historia mexicana y en su literatura, principalmente por La sombra del caudillo, de Martín Luis Guzmán— y cómo, sin ser partidario del General Francisco R. Serrano, compartió la infausta suerte de su apresamiento junto a Carlos A. Vidal, Miguel y Daniel Peralta, Antonio Jáuregui, entre otros, hasta atestiguar la ejecución de los serranistas ordenada por Claudio Fox.

 

En caliente todavía, pero fuera de la patria; al calor y al abrigo de tierra extraña, frescas las sensaciones que, en una larga cinta trágica, como una visión macabra, acababan de pasar por mi espíritu, me puse a escribir impresiones y sensaciones […] que llegaron a formar un libro.1

 

Este libro, publicado a instancias del semanario Hoy, dirigida por Regino Hernández Llergo, un tanto olvidado, quizás por la carrera política de su autor o empañado por la singularidad del mencionado Diccionario de mejicanismos es parte de un corpus mayor: la novela de la Revolución. Es evidentemente azaroso, como toda generalización, el poder encauzar toda una corriente —ya sea por temperatura epocal o lineamientos ideológicos contextuales— en un solo estero. En 1960, a cincuenta años de que se iniciara el movimiento revolucionario en México, Antonio Castro Leal publicó La novela de la Revolución Mexicana, para Aguilar Ediciones. En los dos volúmenes que constituyen la antología, Castro Leal reunió veintiún textos de una docena de escritores, además de una cronología de los hechos del proceso bélico, un índice de nombres y una amplia bibliografía en un trabajo editorial puntilloso y disciplinado. En la introducción, el también editor de Las cien mejores poesías mexicanas, de 1935, consigna la que por antonomasia es la definición de este fenómeno literario:

 

Por novela de la Revolución Mexicana hay que entender el conjunto de obras narrativas, de una extensión mayor que el simple cuento largo, inspiradas en las acciones militares y populares, así como en los cambios políticos y sociales que trajeron consigo los diversos movimientos (pacíficos y violentos) de la Revolución, que principia con la rebelión maderista el 20 de noviembre de 1910, y cuya etapa militar puede considerarse que termina con la caída y la muerte de Venustiano Carranza, el 21 de mayo de 1920.2

 

Suele considerarse a Los de abajo, de Mariano Azuela, como la novela que inicia esta corriente narrativa; sin embargo, hay que considerar que se publicó, por entregas, en El paso del Norte, de Texas, en 1916, y sólo se conocería ampliamente en México casi una década después, además del hecho que el mismo Azuela habían publicado, un lustro antes, Andrés Pérez, maderista, y en el mismo año, se editaría La majestad caída o la Revolución Mexicana, de Juan A. Mateos, de esta última:

 

Treinta y cinco años de omnipotencia, de embriaguez cesárea, de incienso cortesano, de ilusiones, de popularidad, de halagos de la suerte que lo hizo temido y opulento; se abismaba en la abstracción, para no dejar visible sino al joven patriota, que sin más riqueza que su haber de soldado, sin más ambición que las caricias de la gloria, soñaba con las ilusiones de la edad, durmiendo al raso en el lecho que le ofrecían los campos de batalla. Absorto en esa vuelta hacia el pasado, volvió a caer en el sopor, y su sueño fue dulce, dilatado y profundo. Al día siguiente, pálido de emoción y con la cabeza descubierta, dirigió un adiós a la multitud que lo acompañaba hasta la orilla del Océano. Volvió la vista y contempló la bandera tricolor y lanzó un gemido; sus ojos se llenaron de lágrimas; oyó el estampido de los cañones y la marcha nacional; recordó su grandeza de ayer y casi demente se lanzó a la barca que lo llevó a bordo del “Ipiranga”, que se balanceaba en las ondas encadenadas de la bahía. Se asió de la borda del buque, porque ya no podía sostenerse, presa de la agitación nerviosa que lo subyugaba, sacudió su blanco pañuelo y dijo un adiós a la tierra mexicana. El hombre de los nervios de acero sintió penetrar en sus entrañas el más horrible de los dolores. El “Ipiranga” viró de bordo y se entró en las soledades del Océano. Sus olas, poco antes agitadas, se habían calmado; el sol asomando por encima de un grupo de pardas nubes, lanzaba su áureo rayo sobre la nave. Callaban los rumores del golfo, que al sentir sobre sus lomos el peso de aquella nave, lanzó un grito terrible que se cernió sobre el Océano y se perdió en las inmensidades del cielo.

¡Paso a la Majestad caída!3

 

José Emilio Pacheco consideró “más lograda la novela de Azuela” y manifestó que La majestad caída representa “el final de la novela de folletín”, y Andrés Pérez, maderista, de Azuela, “inaugura la novela moderna”. En ambas novelas, como en toda literatura, pueden encontrarse reminiscencias de tradiciones anteriores o de un pasado ineludible, por inmediato. En este sentido, Tomochic, de 1892, de Heriberto Frías y La bola, de 1887, de Emilio Rabasa, prefiguran la corriente narrativa de la revolución, pues ambas, con estilísticas similares, estarían separadas por tan solo cinco años en su fecha de publicación, y darían cuenta de levantamientos sociales ante una pax porfiriana que comenzaba a desdibujarse. José Luis Martínez añade como precursoras de la novela de la Revolución, además de estas dos obras, a La parcela, de José López Portillo y Rojas, de 1898, y La venganza de la gleba, de Federico Gamboa, de 1905, todas escritas antes del inicio de la Revolución.

Antonio Castro Leal estableció las características que hermanan a los textos de la novela de la revolución y las esbozó como textos de “reflejos autobiográficos”, “cuadros y costumbres episódicas”, “esencia épica” y “afirmación nacionalista”.4 El realismo y costumbrismo de la época comenzaron a llenarse de olor a pólvora y sangre y se convirtieron en un canon que, junto al nacionalismo de los años veinte y movimientos como el muralismo, dotaron de una personalidad propia al medio siglo mexicano.

Si bien el trabajo de Antonio Castro Leal es encomiable, es necesario señalar que los autores antologados nacieron entre 1875 y 1906, y el periodo de publicación de las obras abarcan casi cuatro décadas. De Los de abajo, de 1916, hasta Frontera junto al mar, de José Mancisidor, de 1953, hay una brecha generacional, política y social que es imposible señalar. Los autores antologados por Castro Leal son Mariano Azuela, Nellie Campobello, Martín Luis Guzmán, Miguel N. Lira, Gregorio López y Fuentes, Mauricio Magdaleno, José Mancisidor, Rafael F. Muñoz, José Rubén Romero, Francisco L. Urquizo, José Vasconcelos y Agustín Vera. Con solo mirar la lista pueden advertirse las diferencias abismales que existen, por ejemplo, entre el Cartucho, de Campobello, y el Ulises Criollo, de Vasconcelos.

Una de las circunstancias que pudo abonar a la proliferación del género durante tantas décadas es el decreto que expidió José Manuel Puig Casauranc desde la Secretaría de Educación Pública, a mediados de la década de los veinte, para fomentar la narrativa del triunfo de la Revolución y la institucionalización de esta.5 Sin embargo, en libros posteriores a esta circunstancia, como Canek, de Ermilo Abreu Gómez, y Los muros de agua, de José Revueltas, puede advertirse que los derroteros de la narrativa postrevolucionaria se tornaron inasibles y encontraron un camino único en donde la pesadumbre por el rigor dictatorial de un gobierno que no admite disidencias y la melancolía por el futuro que no llegó a ser, en un país en donde la modernización fue meramente discursiva y privilegio de unos pocos.

El escepticismo antes los ideales revolucionarios, el reparto eternamente prometido de las tierras a los campesinos, la lucha armada por una sociedad más justa empantanada por la corrupción, la avaricia y el encono están presentes en los ejemplos más notables de la novela de la revolución; aunque se considere en ocasiones que esta literatura se escribió “sobre las rodillas”, en realidad, lo cierto es que, como se escribió líneas arriba, abarcó muchas décadas de contemplación de la ruina y la rapiña en nombre de la modernidad. Un ejemplo claro de la línea discursiva desolada es, para citar un lugar común, Pedro Páramo y El llano en llamas, aunque Rulfo, si bien es cima del lenguaje y la narrativa, no es el único. El hacendado, el latifundista o el rebelde convertido en padre de la patria por la “justicia de la revolución” sea encarnado, quizás, por Artemio Cruz.

Sería vana tarea la de resumir la carrera y vida literarias de Carlos Fuentes. La brevedad y la contención no son las características principales de su obra y tampoco pueden serlo para alguien que cultivó el lenguaje y la vida mexicanos desde la conciencia de su pluma y posición privilegiada. El cosmopolitismo, París, el reconocimiento mundial, la mercadotecnia que todavía se cierne como injusta bruma sobre el llamado y reconocido boom latinoamericano son circunstancias que han velado la verdadera importancia del escritor nacido en Panamá en 1928. Si como niño y merced a la profesión de su padre, Rafael Fuentes, conoció Montevideo, Río de Janeiro, Santiago de Chile, Quito y Buenos Aires, capitales culturales y políticas latinoamericanas, como escritor habitó esas capitales al hacer suya esa lengua tan propia mexicana hermanada con la lengua latinoamericana. Andrés Bello tuvo la plena consciencia de que el español no pertenecía más a la península y, en su lugar, era ya la patria de sus antiguas colonias, y esto se advierte en el barroco exuberante de Alejo Carpentier, en el olor de la tierra de José María Arguedas, en la sicalíptica prosa de Cortázar o en los juegos estilísticos del primer Vargas Llosa. En palabras de Enrique López Aguilar:

 

Carlos Fuentes desarrolló una forma narrativa lúdica, variada e inteligente que demostró cómo la novela mexicana podía alcanzar esas epifanías joyceanas tan difícilmente halladas por la narrativa oficialista. Carlos Fuentes era un navegante de la lengua mexicana y escucha inteligente del medio tono, alcanza en sus textos una tesitura polifónica y encuentra en cada personaje de sus novelas una voz particular.6

 

Es de sobra conocido el episodio en el que un retrógrado funcionario federal panista —quizás él mismo advocación de toda la sevicia de Artemio Cruz— prohibió Aura, a principios del siglo veintiuno, por considerarlo impropio, y se especulaba que sería vedado, incluso, en la educación pública; o cuando un candidato presidencial —más cercano a las telenovelas que a la política— confundió en la Feria del Libro de Guadalajara a Fuentes y no logró mencionar tres libros. En ambos casos, Fuentes respondió con sobriedad; en el primero confesó estar feliz, porque la censura había centuplicado la venta de Aura; en el segundo, dijo que no le preocupaba que un posible presidente no lo conociera, sino que no leyera en absoluto.

Desde Los días enmascarados, su primer libro, de 1954, hasta La muerte de Artemio Cruz, de 1962, solo pasaron ocho años; ocho años en los que Fuentes publicó, también, La región más transparente y Las buenas conciencias, pero a diferencia de Ixca Cienfuegos y Jaime Ceballos, en donde la polifonía de la ciudad y de la sociedad son los protagonistas, en La muerte de Artemio Cruz la historia se cuenta a través de un solo personaje, todo se ve por medio de sus ojos y de su carne, las balas, la sangre, las batallas libradas y hasta la carne trémula violentada se perciben por los estertores de Cruz. Se ha repetido hasta el cansancio la influencia decisiva de John Dos Passos y su Manhattan Transfer, así como del Berlín Alexanderplatz, de Alfred Döblin, o el Ulises, de Joyce, y gran parte de la obra William Faulkner en Fuentes, pero también se percibe la fragmentación de Rulfo y la soledumbre de Tierra de nadie, de Juan Carlos Onetti, y, evidentemente, la volitiva dubitación del ciudadano Kane y el diálogo que entabla con “Los hijos de la Malinche”, de El laberinto de la soledad, de Paz:

 

Tú la pronunciarás: es tu palabra: y tu palabra es la mía; palabra de honor: palabra de hombre: palabra de rueda: palabra de molino: imprecación, propósito saludo, proyecto de vida, filiación, recuerdo, voz de los desesperados, liberación de los pobres, orden de los poderosos, invitación a la riña y al trabajo, epígrafe del amor, signo del nacimiento, amenaza y burla, verbo testigo, compañero de la fiesta y de la borrachera, espada del valor, trono de la fuerza, colmillo de la marrullería, blasón de la raza, salvavida de los límites, resumen de la historia: santo y seña de México: tu palabra:

 

—Chingue a su madre

 

—Hijo de la chingada

 

—Aquí estamos los meros chingones

 

—Déjate de chingaderas

 

—Ahoritita me lo chingo

 

—Ándale, chingaquedito

 

—No te dejes chingar

 

—Me chingué a esa vieja

 

—Chinga tú

 

—Chingue usted

 

—Chinga bien, sin ver a quién

 

—A chingar se ha dicho

 

—Le chingué mil pesos

 

—Chínguense aunque truenen

 

—Chingaderitas las mías

 

—Me chingó el jefe

 

—No me chingues el día

 

—Vamos todos a la chingada

 

—Se lo llevó la chingada

 

—Me chingo pero no me rajo

 

—Se chingaron al indio

 

—Nos chingaron los gachupines

 

—Me chingan los gringos

 

—Viva México, jijos de su rechingada:

 

tristeza, madrugada, tostada, tiznada, guayaba, el mal dormir: hijos de la palabra. Nacidos de la chingada, muertos en la chingada, vivos por pura chingadera: vientre y mortaja, escondidos en la chingada7

 

Los ríos que corren debajo de la prosa de Carlos Fuentes son, sí, advertibles, pero también únicos, puesto que están al servicio de una historia mayor que, en este caso, no es sólo el revolucionario carrancista Artemio Cruz, sino lo que él mismo representa, la derrota del ideal y la transformación en ese otro despreciable, mezquino, violento y sin escrúpulos que no es sino la historia de una política que sin miramientos pasa por encima de quien sea con tal de lograr su propósito. Y las armas que empuña Fuentes para contar la historia del medio siglo de un país son la dislocación temporal, “En tu penumbra, los ojos ven hacia adelante; no saben adivinar hacia el pasado. Sí, ayer, volarás […]”,8 y la narración a partir de tres pronombres: Yo, Tú y Él, todos intercalados disciplinadamente, excepto en el final, en donde la ausencia del Él señalará la muerte de Artemio, quien paga la búsqueda de la riqueza y el sacrificio de la muestra de la más ínfima humanidad con la imposibilidad del amor y el desprecio de quien lo rodea en sus últimas horas: su legítima mujer, a quien engañó para desposarla; su secretario, quizás el único que pareciera estar por voluntad propia, aunque la avaricia se trasluzca en él, y la hija que lo desprecia. En su memoria, tan sólo Regina, a quien violó y mantuvo a su lado durante una batalla de la revolución, hasta que los federales la colgaron, estará presente como el primero y sincero amor, aunque se avergüence de haberla forzado; Lilia le será infiel y Catalina lo despreciará por haber matado a la única posibilidad de redención: Gonzalo Bernal.

 

No les debo la vida a ustedes. Se la debo a mi orgullo, ¿me oyen?, se la debo a mi orgullo. Reté. Osé. ¿Virtudes? ¿Humildad? ¿Caridad? Ah, se puede vivir sin eso, se puede vivir. No se puede vivir sin orgullo. ¿Caridad? ¿A quién le hubiera servido? ¿Humildad? Tú, Catalina, ¿qué habrías hecho de mi humildad? Con ella me habrías vencido de desprecio, me habrías abandonado. Ya sé que te perdonas imaginando la santidad de ese sacramento. Jé. De no ser por mi riqueza, bien poco te habría importado divorciarte. Y tú, Teresa, si a pesar de que te mantengo me odias […]9

 

El Yo con el que fustiga a las mujeres que lo acompañan le recuerdan también su posición privilegiada; el Tú le da plena consciencia del cuerpo, como si la falsa segunda —que también utilizaría magistralmente en Aura— fuera la voz mítica del oráculo —por ello la dislocación entre presente y futuro— y la tercera persona, el Él, recorre la historia de un proceso que comienza con la violación de Isabel Cruz, y transcurre por la historia del México revolucionario, la lucha fratricida, la guerra cristera, el reparto inequitativo de tierras y la modernización del México de medio siglo son relatados mediante los doce días más significativos en su vida, que son también el reflejo de las doce horas que dura la agonía de Artemio Cruz.

A sesenta años de la publicación de La muerte de Artemio Cruz, que consolidaría a Carlos Fuentes como una de las voces más originales de la narrativa latinoamericana, hay que recordar que con ella se cierra —por su importancia— un ciclo que comenzó en la última década del México porfirista y siguió por el medio siglo que ve en ella su corolario. En vez de dar por sentadas las verdades escritas a propósito de la novela de la Revolución, hay que leerla sin la piedad del contexto y saber que sus caminos se multiplicaron para dar vida a autores ya mencionados como Rulfo, Arredondo, Revueltas y, por supuesto, Carlos Fuentes. A partir de él, la novela —y la literatura en general— no será la misma. En esa mañana de 1962, en que junto a Fuentes cruzamos el río a caballo por primera vez, supimos que: “Artemio Cruz está enfermo: no vive: no, vive. Artemio Cruz vivió. Vivió durante algunos años […] Ayer Artemio Cruz, el que solo vivió algunos días antes de morir, ayer Artemio Cruz… que soy yo… y es otro… ayer…”10


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Siempre me he preguntado por qué me permitían pasar tanto tiempo frente a la televisión. No es queja. Muchas cosas las aprendí a través de esa ventana electrónica. Por ejemplo, cuando ingresé a la primaria ya sabía cuáles eran las partes de una flor, o cómo se constituía el sistema digestivo, gracias a que no hacía más que ver programas infantiles como El autobús mágico. Dudo que eso haya sido planeado con antelación y malicia por mis padres, quienes tenían su propia televisión enorme en su recamara y otra en la sala, sino que era una forma de mantenerme distraído mientras ellos mismos estaban descansando de las fatigas de la infastuosa vida adulta.

En resumen, antes de comenzar a leer, la televisión ya estaba al alcance de mi mano. Solo tenía que agarrar el control remoto y hurgar. Y un programa que siempre fue una constante en mi relación con dicho aparato, ya fuera en los canales de paga o en los canales abiertos, fueron Los Simpsons. Al mismo tiempo que veía las caricaturas de Nickelodeon y de Cartoon Network, la familia amarilla ya aparecía en mis recuerdos como un parásito que iba internándose en mi cerebro de poco en poco. O como un lápiz que evitaba que me volviera más inteligente. No recuerdo cuál fue el primer momento en que vi un episodio de la familia amarilla pero sí recuerdo cuando empecé a hacerlo, por así decir, con fervor: una tarde, pasando canales, descubrí que en el Azteca 7 pasaban un bloque de episodios protagonizados en exclusiva por Bart Simpson, y me quedé viéndolo sin pensar en cambiar de canal. En aquella época le hablaba a mi madre sobre las caricaturas que adoraba (algo que seguro hacemos todos los hijos únicos) y le comenté titubeando, porque no recordaba bien, que más pequeño los veía y me gustaban, ¿no era cierto?

Ella me confirmó mi suposición.

Tengo, también, un recuerdo de navidad en que mis padres hablaban con mis primos mayores, ya que en la familia de mi padre yo soy de los menores. Una de mis primas habló de Los Simpsons, con tono escandaloso: que en uno de los episodios se hacían referencias de manera directa sobre la concepción, y mencionaba que, incluso, los espermatozoides tenían la cabeza de Homero. Que no era una caricatura para niños. Obviamente yo, que entonces tenía unos diez años y estaba bien versado en el programa, sabía que era del episodio donde se hablaba del nacimiento de Lisa. Y me divirtió que tal cosa fuera motivo de escándalo sin saber que en el mundo adulto hay muchas cosas que se hablan en secreto como si todos se quedaran estancado en los once años.

No veo los nuevos capítulos de la serie. Un amigo llamado Renato Bonaparte, hace unos días, me estuvo explicando el declive del programa con pelos y señales, con argumentos concretos de por qué se argumenta que ocurrió; otro amigo continúa viéndola emisión tras emisión y encuentra justificables y divertidas las nuevas tramas, así como el replanteamiento de los orígenes de los personajes. Es curioso. Yo siento que no fueran mis Simpsons. No aquellos con los que pasé muchos años. Porque a como fui creciendo me di cuenta que Los Simpsons eran una especie de religión, un cúmulo de personajes ficticios que son adorados y citados en cientos de páginas, videos, conversaciones cotidianas y memes. La diferencia parecería radicar en que la familia amarilla no te exige ningún tipo de adoración constante, sino que a sus seguidores les nace hacerlo. Pienso en un gag en que Marge intenta que Homero se despierte temprano un domingo para ir a la iglesia. Homero, quien sigue acostado, le dice: “quisiera ir contigo, amor, pero tengo mucho qué hacer en la cama”. A lo que Marge responde: “Homero, el señor solo pide una hora a la semana”. Y Homero remata diciendo: “Pues que ponga una hora más a la semana, negrero”.

Durante la secundaria, ver los episodios transmitidos en TV Azteca eran una exigencia obligatoria entre mi grupo de amigos. Todos teníamos que llegar a la escuela a platicar el capítulo del día anterior; en aquel momento, por el contenido de crítica social y de charla abiertamente sexual, nos brindaba un poco de morbo. Con el tiempo este ritual se transformó en un catálogo de bromas para relacionarnos con los otros. Cuando empecé a acudir a borracheras, amigos cercanos se ponían a recitar rutinas completas de la serie. Renato Bonaparte y el otro que menciono, en específico, al estar juntos podían reproducir episodios completos de memoria; si algún día se perdiera la serie, ellos podrían reconstruirla diálogo por diálogo, cuadro por cuadro. Con el paso de los años descubrí que la memoria de mis amigos y conocidos se quedaba fresca y fijada en los episodios de la familia amarilla: quizá hasta podría llenar un pabellón psiquiátrico ellos, donde podría verlos decir en coro: “a la grande le puse Cuca”. Ese mismo humor permea la manera en que miran a la vida: hace un par de meses, Renato Bonaparte se fue a rentar como roomie con otra amiga nuestra; al poco tiempo de llegar, hicieron el primer llenado de su tanque de gas. En el periodo desde ese día hasta hoy, ambas tuvieron relaciones amorosas que, por desgracia, no pasaron de un par de semanas. Entonces, mientras estaban sentados charlando y lamentándose de sus fracasos, mi amigo dijo: “Vaya, resulta que nos duró más el gas”.

Hay una cosa que casi no se resalta sobre la serie y que creo siempre ha sido la que me ha impulsado a nuevas latitudes. Aunque Los Simpsons no tiene una cronología exacta y al día de hoy han hecho y deshecho su canon en más de una ocasión, hay un punto de inflexión donde las leyes de la lógica y el seguimiento narrativo, desde un inicio, han sido quebrantados como el brazo de un jugador de futbol americano: los episodios de la Casita del Horror, o también llamados Especiales de Noche de Brujas. En estos, los personajes de la familia amarilla mueren de diversas maneras o interactúan más directa y orgánicamente con universos con los que no tienen relación; también, en estos episodios han tenido más acercamientos a la literatura americana y a la internacional. Mi favorito, que en general podría decir que es mi predilecto de toda la serie, es la Casita del Horror #5, el cual empieza con Marge frente a una cortina roja advirtiendo a la población que el especial grabado fue tan horrible que las cadenas de televisión mejor pidieron que en su lugar se transmitiera un episodio de una serie vieja. Esto es una impostura, por supuesto. Después continúan tres relatos: la parodia de la adaptación de El resplandor de Kubrick, la de El ruido de un trueno de Ray Bradbury, y la de Soylent Green: tres géneros distintos de la fantasía, los cuales fueron manejados con la suficiente habilidad para volverse memes (en especial las escenas del colapso nervioso de Homero en el Overlook; y la otra imagen de él golpeando cosas en el periodo jurásico afirmando que él hará lo que quiera).

Pero hay gags en específico, chistes macabros, que en aquella época solo podían entrar en esa serie y en ese capítulo: como el conserje Willie siendo asesinado, en las tres historias, antes de poder salvar a los protagonistas. Casi siempre con un hacha. O la frase escrita en la máquina de escribir: Sin televisión y sin cerveza Homero pierde la cabeza (que debe agradecérsele más al equipo de doblaje). El futuro utópico en que Ned Flanders es el gran mandamás y todos visten como él, y si desobedecen se ganan una lobotomía. Y la escena de cierre, en que Bart despierta de una pesadilla para enterarse que afuera de la casa hay una neblina extraña que hace que a la gente se le voltee la piel.

Digo que este episodio es mi favorito por una simple y llana razón. Un día compré una revista de animé sobre Halloween y en la lista de películas recomendadas venía la sinopsis de El Resplandor y su conexión con la serie de la familia amarilla, así como la mención de un nombre que me acercaría, en mi pubertad, a la escritura: Stephen King. Hasta ese momento no había hecho más que leer la saga de Harry Potter. Pero fue a partir de esa revelación en que me adentré a buscar las novelas del tan llamado Rey del Terror, quizá como una especie de medicina a mis miedos infantiles, y posteriormente me acerqué a talleres literarios y conocí otras literaturas que me hicieron ingresar en la cuarta dimensión, en la que todo se ve como animación por computadora noventera.

Se me hace curioso que mi entrada a la literatura fuera a través de un programa televisivo porque eso me hace pensar que cuando Ray Bradbury mencionó que en Fahrenheit 451 no se preocupaba tanto por la censura ideológica, como Orwell sí lo hizo, como por el contenido chatarra que llegaba a todos los hogares norteamericanos a través de las televisiones, el cual mataba el pensamiento crítico; pero pareciera que, en realidad, este siempre ha sido alejado de los medios masivos de comunicación, incluso desde los mismos inicios del periodismo. La gente busca en estos contenidos una fuga o un aislamiento de la realidad inmediata que los rodea. Hay una anécdota de Bukowski en que cuenta que cuando tuvo su primera televisión con cable, lo primero que encontró en la programación fue Eraserhead, de David Lynch. Eso le voló la cabeza. Pensó que si así era todo el contenido que ofrecía, estaba frente al invento del siglo. Así que cambió de canal una y otra vez, hasta que se dio cuenta que, simplemente, se encontró con un milagro.

Pero en Los Simpsons, en especial en sus primeras temporadas, había una puesta en escena para hacer bromas basadas en criticar a la sociedad en la que fueron creados. Desde las acciones gubernamentales, como el capítulo del Monorriel, hasta sobre cómo se desarrollan los fenómenos comerciales, en el cual podemos mencionar el episodio de la acusación de acoso contra Homero, en el que llega un punto en que su propia familia no cree su inocencia y Bart le argumenta que eso la información se lo ha dicho la ventana electrónica: “es difícil no hacerle caso a la televisión, pasa más tiempo educándonos que tú”. Cuando estuve en la secundaría sería South Park la serie que generaría ese tipo de comentarios ofendidos en una región donde hablar de sexo, incluso entre adultos, es un asunto de tabú y de risas ocultas tras manos. También vería capítulos sueltos de Daria, Malcolm el del en medio y Padre de familia. De hecho, Renato me contó que cuando la serie era organizada por sus creadores originales, el propósito original más allá de la crítica social y de las bromas era que los espectadores se preocuparan por sus personajes. Cosa que no ocurre, por ejemplo, en Padre de Familia, argumentó, donde no tienen respeto por ellos. Todas esas series manejan los contrastes entre la racionalidad y la irracionalidad de las personas en su vida cotidiana (algunas de manera magistral) pero, la verdad, jamás me he topado con olas de seguidores que repitan diálogos de estas como si recitaran versículos de la biblia en la plaza pública. Por eso Los Simpsons nunca han salido de mi vida y aún, de vez en cuando, busco los episodios viejitos, con los que me siento en casa, y me adentro en esas bromas que parecieran nunca envejecer.

 


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada cortesía de la editorial Sindicato Sentimental
Ilustración realizada por Mariana Martínez

He aquí la gran tragedia de la humanidad: amamos lo que algún día morirá.

El área de pediatría se encuentra en el tercer piso de la Torre de Especialidades del Hospital Civil Fray Antonio Alcalde. Es el amanecer más frío de febrero de 2021, las lámparas temblorosas de la calle escupen su luz amarillenta sobre todas las cosas. Desde la puerta, abarrotada de familias, observo el edificio y busco, en el tercer piso, la cuarta ventana de izquierda a derecha. La cortina está abierta y puedo ver la silueta de Milico que alza la mano para saludarme. Naím, en sus brazos, me busca entre la multitud y alza también sus manos para hacerme saber que me ha visto. En la penumbra de aquel amanecer de febrero, mi hijo —lo juro— brilla.

Nos formamos en cuatro filas. Hay personas que han pasado toda la noche en la banqueta del Hospital. Hay quienes llevan días así: tendidos en el cemento, a la espera de mejores noticias sobre sus parientes. Otros, como yo, viajan desde casa y dejan su coche en uno de los tres estacionamientos que están en la periferia del hospital. Junto al estacionamiento donde dejé el coche familiar hay una funeraria: los ataúdes parecen balsas que naufragan en la oscuridad de Guadalajara. Aunque seguramente los habrá en la bodega, he notado que no hay féretros infantiles en exhibición. Cada vez que llego al hospital, secretamente, agradezco la prudencia de los comerciantes.

Naím, mi hijo que entonces tenía dos años, enfermó en los primeros días de febrero. Nos dimos cuenta la noche del 14 (día del amor) cuando su abuelo materno anunció un comportamiento inusual que, por extraño que parezca, nadie más había notado: mi bebé torcía la cabeza a la izquierda, como si el peso la venciera hacia un costado. “Revisen a ese chiquillo, porque eso no es normal”, dijo con el tono del padre experimentado, del padre que sabe que hasta el más mínimo síntoma debe atenderse como si fuera de vida o muerte.

Porque, a veces, lo es.

Recuerdo haber mirado a mi hijo pensando que era una exageración. En días recientes su comportamiento había sido normal: el de un niño sano, fuerte, que podía correr o saltar toda la tarde sin cansarse. Le pedí que se acercara a mí. Naím, obediente, dio un par de pasos seguros, pero se golpeó la cabeza con la silla, como si no la hubiera visto o la silla no existiera. En ese momento lo supe. (¿No lo sabemos siempre, desde el instante en que nos volvemos padres?) Aquello era el horror, que había llegado a nuestra puerta: el instante que zanja la historia familiar, el acto quizás divino, quizás azaroso, que dirige nuestro futuro a un desfiladero. Todos los planes, todas las expectativas, todas las esperanzas derribadas por el más sencillo y subrepticio ataque de la casualidad. “Nuestros hijos son rehenes de la fortuna”, escribió Joan Didion. “Crees en Dios, pero no obtienes ninguna dispensa especial por esta creencia en este momento”, escribió Nick Cave. He aquí la gran tragedia de ser padres: amamos lo que puede morir.

Esto lo escribí yo.

Algunos entrarán al Hospital Civil por la mañana y, para el anochecer, estarán ya de regreso en sus casas. Otros pasarán semanas parados ante aquella puerta, formados como los ciegos de Brueghel, atentos a la llamada del guardia. “¿A dónde va? ¿Tiene cita? ¿Viene con algún paciente? ¿Trae su pase? No lo puedo dejar entrar sin su pase”. Hace una semana que vuelvo a esa misma puerta, pero el guardia me mira siempre como si fuera la primera vez. Los primeros días su indiferencia me parecía un fastidio. Poco a poco he llegado a comprender que en ese ritual se esconde —quizás— un atisbo de empatía: si todos los días son como el primero, uno aprende a no contar el tiempo. La desesperación de los padres de un niño enfermo viene también de eso: saber cuánto ha pasado sin que sus hijos se curen. Cuando es mi turno, entrego mi pase al guardia y penetro en la plancha de cemento balbuceando una plegaria. En la entrada al edificio, me detengo en la pequeña capilla del hospital para orar. Ese día Naím tendrá su tercera resonancia magnética en menos de un mes. La que determinará si su problema neurológico es pasajero o —nos han advertido de las probabilidades— una enfermedad terminal. En la madera del reclinatorio, alguien ha escrito con tinta: “He aquí el Dios de los niños enfermos”.

El médico Raymond Damadian fue el primero en sugerir que las resonancias magnéticas podían emplearse para hallar enfermedades en los tejidos blandos del cuerpo. La propuesta de Damadian, que apareció en 1971, debió parecer cercana a la ciencia ficción: por medio de señales invisibles, es posible hacer visibles aquellas enfermedades que usualmente tardan años en ser detectadas, y que solían manifestarse cuando ya era demasiado tarde para hacer algo. ¿Cuánto tiempo vivió el cáncer al amparo del anonimato de los tejidos blandos, hasta que este invento del siglo xx logró exhibirlo como se exhibe a un mortal asesino? El sintagma es de mi amigo Jaime Rivera, el primer neurólogo que revisó a mi hijo: “Es lo que uno aprende de la enfermedad, Hiram. Como un mortal asesino, acecha desde la tranquilidad a aquellos que más amamos”.

En ese sentido, la resonancia magnética resulta un alivio, la posibilidad de encontrar a tiempo algo que podría desarrollarse en algo mortal: accidentes cerebrovasculares, aneurismas, trastornos en la médula espinal, tumores cerebrales, esclerosis múltiple… Pero este consuelo —si llega a serlo— es tan sólo pasajero, porque los padres que nos acercamos a este tipo de procedimiento sólo deseamos una cosa: que las placas tomadas del cuerpo amado no arrojen ningún tipo de resultado. Que el rugido bestial de aquel inmenso aparato nos confirme que la enfermedad que tiene a nuestros hijos en cama no se trata más que de un error —quizás médico, quizás divino.

Durante la primera resonancia magnética que tuvo Naím, éste fue el único pensamiento que ocupó nuestra mente. Llegamos al laboratorio a las 8 de la mañana.  En los brazos penitentes de su madre, mi hijo lloraba de hambre y de sueño —los niños pequeños no están acostumbrados al ayuno de 12 horas, ¿cómo podrían estarlo?—. Más tarde, cuando llegó el momento de desaparecer tras una cortina con los radiólogos, lloraría también de miedo. A partir de entonces, la espera. Y toda espera en una clínica encierra diversas formas de penitencia: la explicación del procedimiento, la angustia de los otros pacientes, los rezos que salían de mis labios temblorosos y que volaban como mariposas hasta el cuarto donde a mi hijo, finalmente, lo había capturado aquel silencio de muerte que provoca la anestesia general.

—Tenemos que sedar a su hijo, tiene que estar completamente quieto durante la resonancia.

Sedado. Inmóvil. Como muerto. Mientras firmaba el cúmulo de documentos que liberan al laboratorio de cualquier responsabilidad legal en el caso de complicaciones, pensé que en ese sentido, y quizás sólo en ése, las resonancias se asemejan a los daguerrotipos de niños muertos que se popularizaron en el siglo xix. “Los niños —dice Gould— raramente podían estarse quietos el tiempo suficiente para los varios minutos que esta primitiva técnica fotográfica requería. Pero los muertos no se mueven, y muchos daguerrotipistas se especializaron en este trabajo lucrativo, aunque repugnante”.

Los hospitales pediátricos son repositorios para las crisis de fe. Mi padre solía decirme que un hospital es la suma de todas las angustias. Durante los días que Naím ha permanecido en el Hospital Civil, aquella frase ha vuelto a mí como un oleaje encrespado, acentuando las navajas de la incertidumbre que laceran mi cuerpo. En cada encuentro con los neurólogos, en cada plática en los elevadores con otros padres de otros hijos enfermos, en cada desencuentro con Milico que lleva casi una semana sin dormir, aquellas palabras se me revelan epifánicas, el temible recordatorio de nuestra pequeñez, nuestra impotencia ante la enfermedad y la muerte. Resuenan las palabras de mi padre con las de Anaxágoras, cuando lo enteraron de la muerte de sus hijos: “sabía que los había engendrado mortales”. Aprendí la sentencia del griego pocos meses después de la muerte de mi primer hijo, Tristán. En un par de semanas, cumplirá ocho años de fallecido. Pienso. Y pienso también que la muerte de un primer hijo no te protege contra la muerte de un segundo, o un tercero.

Los hospitales son también el lugar que mejor conjuga aquel tenso conflicto que —supuestamente— existe entre la ciencia y la religión. Los niños conectados al suero, a los respiradores artificiales, a los lectores de signos vitales, son la manifestación de un horror que cada progenitor vive con distinta intensidad, pero que invariablemente sofoca. Niños enérgicos, alegres, amados, que lloran en cada inyección, en cada toma de sangre, y en cada canalización porque el movimiento natural de la infancia dobla las agujas dentro de sus venas y los obliga a tener varias intervenciones. Cuán difícil es amar a Dios entonces. Qué absurda puede ser la fe a la vera de un niño enfermo.

Al mismo tiempo, sabernos arropados por los avances médicos del siglo xxi es siempre un consuelo. Una promesa, a veces mínima, contra la zozobra. Stephen Jay Gould, en su bello tratado Ciencia versus religión. Un falso conflicto, dedica unas líneas a esta sensación de alivio: “si alguien me dice que preferiría haber vivido hace un siglo, le recordaré simplemente la única carta que es un triunfo irrefutable para elegir el ahora como el mejor mundo que jamás hayamos conocido: gracias a la medicina moderna, las personas de recursos adecuados en el mundo industrial gozarán probablemente de un privilegio que nunca antes se dispensó a ningún grupo humano. Nuestros hijos crecerán; no perderemos la mitad o más de nuestros descendientes en la infancia o la niñez”. A esta verdad me aferro, mientras miro las paredes azules del piso de pediatría y entro en la habitación 312.

La risa de mi hijo cae sobre mis manos y lava mi corazón.

En la pared frente a la habitación de Naím hay un mural de las profundidades marinas. Peces policromáticos, tortugas, y hasta un gran pulpo morado conviven en el más tierno paisaje de corales y almejas que nutren perlas en su interior. Aunque ha pasado un año, puedo recordar casi a la perfección aquel mural, sobre todo uno de sus detalles que siempre llamó mi atención. Escondidos entre los peces y los arrecifes de coral, hay un par de bebés desnudos que nadan con la misma solvencia que las especies marinas. Uno de ellos, completamente calvo, se aferra a una rana que se sumerge con las ancas extendidas. El niño sonríe con todo el cuerpo, presa de una felicidad incomprensible que, sin embargo, resulta sobrecogedora.

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Desde la primera vez que lo vi, el mural del piso de pediatría me hizo pensar en los grabados que Edward Linley Sambourne, cartonista satírico de la Inglaterra victoriana, creó para la novela Los niños del agua, del sacerdote Charles Kingsley. Fue la obra de Gould la que me condujo a Kingsley apenas unos meses después de la salida de mi libro de crónicas que, por una curiosa coincidencia, resultó homónimo. Se trata de una obra infantil que relata la vida de Tom, un pequeño deshollinador que un día escapa de su patrón tirano y, en el afán de lavarse el hollín que lo cubre por completo, se queda dormido en las profundidades de un río. Sin embargo, en lugar de morir, Tom se transforma en un niño del agua, que iniciará una nueva vida —y una nueva educación moral— en un mundo de seres mágicos. El pasaje de la transformación de Tom siempre me ha cautivado por la encantadora esperanza que depara a los niños muertos:

 

Las hadas se pusieron tristes porque no podían jugar con su nuevo hermanito; sin embargo, siempre hacían lo que les mandaban. Su reina se alejó flotando por el río hacia el lugar de donde había venido. Pero claro, todo esto Tom ni lo vio ni lo oyó; y quizá, si lo hubiera visto u oído, nada de esta historia habría cambiado, pues tenía tanto calor y sed, y deseaba tanto estar limpio de una vez, que se zambulló tan rápido como pudo en el arroyo frío y transparente.

Dos minutos después de entrar en el agua, se durmió profundamente y tuvo el sueño más tranquilo, alegre y apacible de toda su vida. Soñó con los prados verdes por los que había andado esa mañana, los altos olmos, las vacas durmiendo y, después de eso, ya no soñó nada de nada.

La razón por la que cayó en un sueño tan delicioso es muy simple y, sin embargo, casi nadie la ha averiguado: las hadas simplemente se lo llevaron.

 

Los grabados de Sambourne ilustran —como es de esperarse— diversos escenarios de la novela. Vemos, por ejemplo, a un Tom completamente ennegrecido por el hollín, cavilando quién sabe qué sueños en la parte alta de una chimenea. O bien lo vemos caminando detrás del severo señor Grimes, quien avanza montado en su burro, presto para pegarle a nuestro héroe. Vemos también un hombre noble, presumiblemente Sir John, acompañado de sus perros mientras sostiene un rifle de caza. Vemos un niño del agua, hundiéndose entre los peces como Alicia que cae en el agujero de gusano.  Y hay uno en particular que, más allá de su encanto, recupero por su parecido con el mural del Hospital Civil: en éste, un grupo de niños juega a la ronda con un hatajo de ranas. Todos los niños aparentan ser menores de cinco años: la lengua de Kingsley los designa como toddlers: aquéllos que aún se tambalean al caminar. El peculiar conjunto tiene una dinámica particular. Sambourne ha logrado eternizar la frescura del juego, la felicidad de los niños y de los anfibios en un tierno simulacro de gimnopedia silvestre.

Este dibujo particular esconde todavía otra resonancia que, por su lejanía temporal y espacial, me parece casi prodigiosa. Aquel juego infantil entre animales y humanos recuerda al 鳥獣人物戯画絵巻 [Chōjū-jinbutsu-giga emaki, “Caricaturas de animales antropomorfos”], ilustración del siglo xiii que muestra a un grupo de monos, ranas y conejos en situaciones de la vida cotidiana en algún punto del periodo Heian [794-1185], y que ha sido considerada como el “primer manga de Japón”. La comparación quizás pueda resultar ingenua, pero no deja de esconder cierta belleza. Los rollos en verdad se asemejan al manga moderno: vemos a los animales enfrascados en una lucha de sumo, protegiéndose de la lluvia, o persiguiéndose en una travesura que nunca termina. En el viejo emaki no hay niños, pero no es necesario: la atmósfera del juego expresa la misma inocencia que tiene el grabado de Sambourne. Es difícil saber si el cartonista inglés llegó a conocer el emaki antes de producir sus propias ilustraciones. Es posible que sí, pero no es importante: lo que resalta es la actitud festiva que permite imaginar una vida feliz para los niños ahogados, un espacio especial en la eternidad donde el juego sea la única realidad posible.

(El estudio Ghibli, por cierto, animó el Chōjū-jinbutsu-giga emaki para un comercial en marzo de 2016.)

Fue Álvaro, uno de nuestros vecinos de cuarto, quien me hizo notar los niños del agua que habitaban el hospital. “A mi hijo le gustan mucho las ranas, siempre le digo que es un mural que mandé a hacer para él”. Edén, su niño de ocho años, se aplastó la mano en un molino en su natal Teocaltiche. Lo conocí al tercer día de llegar al hospital, aquella ocasión en que Naím se fue corriendo a su cuarto para regresarle un juguete. El niño, aunque adolorido, estiró su mano sana por debajo de la camilla y acarició la cabeza de mi hijo. Aquel contacto ha quedado grabado en mi memoria, como grabada está la sonrisa de Edén, idéntica a la del jinete de anfibios que adorna la pared del pasillo. A veces, cuando empieza a oscurecer, el frío alcanza la extremidad y le provoca un dolor intenso que lo hace llorar. El llanto de Edén se arrastra como un animalito hasta el cuarto de Naím, quien alza la cabeza y reconoce la voz de su amigo.

—Papi, ‘Den ta llorando.

En la noche de los hospitales pediátricos, el llanto y la risa son dos espejos que abarcan toda la realidad soportable. Puestos frente a frente, multiplican hasta el infinito los rostros afligidos de los padres, y el aura de los niños que todos los días ingresan y, en el mejor de los casos, son dados de alta en un desfile triunfal que todos —pacientes, enfermeros, médicos— aplaudimos sin el más mínimo atisbo de envidia. Un niño no debería estar ahí. Un niño no debería conocer tan pronto la posibilidad de la muerte. Y, sin embargo, sabemos que hay tantos que no saldrán vivos del piso de pediatría. Los doctores han dicho que Edén tuvo mucha suerte: algunos pacientes en accidentes similares perdieron mucho más que una mano.

Algunos lo han perdido todo.

El 11 de mayo de 1935, Walt Disney presentó su propia versión de Los niños del agua de la mano del director Wilfred Jackson —famoso por su participación en películas como Alicia en el país de las maravillas, Peter Pan, La dama y el vagabundo, entre otras—. La producción, basada en los grabados de Sambourne, muestra también el carácter lúdico de la novela de Kingsley. En la versión de Disney, un grupo de bebés desnudos aparece en un estanque gigantesco, donde duermen cubiertos por capullos que los arrullan durante la noche. Con el amanecer, estos niños —todos son caucásicos, cosa común en las producciones de Disney de la época— se arrojan al agua y comienzan un ritual de juegos que maravilla por su inocencia, por la certeza de que en aquel paisaje paradisiaco ninguno de ellos conocerá el dolor. Van sonrientes, desnudos, montados en cisnes, en ranas, en tortugas y hasta en libélulas. Bailan con las ranas, torean a un sapo bravo, corretean a las lagartijas y juegan alrededor de flores tan grandes como ellos mismos. El espectáculo termina con la caída de la noche, cuando al son de las trompetas los niños vuelven a sus capullos, envueltos para siempre en sus sueños de agua.

Disney acierta en concentrarse en aquellos aspectos que, en la obra de Kingsley, resultan reconfortantes. ¿Qué otra cosa podría gustarnos más que un jardín edénico donde no existe el dolor para los bebés espirituales? A veces, cuando la realidad logra aplastarme, reproduzco el episodio y me permito imaginar que entre esos niños está Tristán, jugando con las abejas, o volando en la cola de un mirlo hacia un cielo para siempre azul. Y por un instante mi hijo muerto aparece frente a mis ojos. Y lo siento cercano. Y feliz. Y vivo. Al ver el episodio de Disney, que formaba parte de las “Silly Symphonies”, puedo participar también de la maravilla que producía en Kingsley la naturaleza, y que llevaría a Lafcadio Hearn a afirmar que ella “le hablaba a Kingsley mediante el susurro de las hojas, el murmullo de los cauces, el zumbido de las abejas; incluso en los rayos de sol sobre las rocas veía él un mensaje”.

Kingsley, quien fuera un hombre interesado en el naturalismo y otras ciencias —como ocurrió con muchos hombres de fe, como Mendel—, fue además uno de los primeros defensores de la teoría de la evolución de su amigo Charles Darwin. En una carta, fechada el 18 de noviembre de 1859, Kingsley le dice al autor de El origen de las especies: “Soy tan pobre de entendimiento, que temo no ser capaz ahora de leer tu libro como debería. Todo lo que he visto en él me asombra; tanto el cúmulo de hechos y el prestigio de tu nombre, como también la clara intuición de que, si tienes razón, debo renunciar a mucho de lo que he creído y escrito”.

En otro punto de su carta, Kingsley hace una declaración impactante: “Gradualmente he entendido que es tan noble concebir que Él creó formas primarias capaces de desarrollarse a sí mismas en todas las formas necesarias pro tempore y pro loco, como creer que Él requirió un nuevo acto de intervención para suplir las lagunas que Él mismo había hecho. Me pregunto si el primero no será el pensamiento más elevado”. La reflexión de Kingsley es relevante pues fue escrita en un momento en que la discusión de la teoría evolutiva hervía en el mundo occidental: exponía —al menos como mínima posibilidad— que Dios podía haberse equivocado y que la evolución podría ser ese “nuevo acto de intervención” para permitir que las especies corrigieran los errores —humanos, o casi humanos— contenidos en su creación original. Cuánto valor debió tener Kingsley para expresar lo anterior, aunque fuera sólo en una misiva a un amigo como Darwin que, para esa fecha, había renunciado al cristianismo y se había forjado como uno de los principales símbolos del conflicto ciencia-religión de todos los tiempos.

El error divino. La posibilidad de un Dios falible que deja “lagunas” en algunas de sus creaturas. ¿En qué otra cosa se equivoca? La idea circuye con frecuencia el hospital pediátrico: ¿por qué mi hijo? ¿Por qué no el hijo de mis vecinos? ¿Por qué la brújula de la casualidad no se desvió un grado, un minuto, un segundo, para llevarse la tragedia a otra casa? Me lamento, con cierta vergüenza, mientras las agujas para los estudios de sangre penetran la piel nueva de mi niño.

Abrazado a su abuela materna, Naím ya no llora: los pequeños se acostumbran rápidamente al dolor y eso, más que un alivio, siempre me ha resultado aterrador. En cambio, me mira mientras la enfermera pincha su brazo izquierdo y mi mano acaricia su cabello y le susurro palabras de amor que se quedan revoloteando en su cabeza como colibríes ciegos. Cuando ha terminado, la mujer me indica que todo está listo para llevarlo a su estudio. Casi simultáneamente, el camillero entra en el cuarto y pide permiso para moverlo. Naím me mira con un terror legítimo. ¿Imagina o intuye que lo hemos engendrado mortal?

Me paro a su costado, tomo su mano recientemente afectada y le digo —en realidad, me lo digo a mí mismo—, que todo estará bien, que la resonancia tarda un ratito, que pronto regresará a su cuarto de hospital y le dirán que no tiene nada y podremos volver a casa donde sus abuelos han adornado su verdadero cuarto con globos y peluches del payaso Plim Plim y de los perritos Paw Patrol que por desgracia no tienen una ambulancia que cure a los niños enfermos y hasta de la Vaca Lola que tiene cabeza y tiene cola. Le digo, pero mis pies tiemblan. Le digo, pero todo mi cuerpo se ha transformado en un solo grito contra el Dios que nos convocó allí. Le digo, pero no lo sé de cierto. En aquellas palabras sólo existe el consuelo vedado de la posibilidad, porque conozco bien los pronósticos. Puede ser cáncer. Puede ser esclerosis múltiple. Puede ser toxoplasmosis. Y siempre está la posibilidad de que pueda ser algo desconocido, una suerte de padecimiento único que esperaba a mi hijo para desprenderse con todo su horror. Nada de esto se refleja en mi rostro, mientras camino detrás de la camilla que conduce a Naím, le repito que todo estará bien y acarició su cabello con la yema de los dedos. Conectados por aquella mínima caricia subimos al elevador y descendemos al sótano, donde nos espera la última resonancia de aquel terrible año.

Charles Darwin tuvo, también, una niña del agua. El 23 de abril de 1851, al mediodía, Anne Elizabeth Darwin murió a la edad de diez años en una clínica de Malvern. Su muerte no fue sorpresiva, sino que fue el resultado de una larga enfermedad de meses. Murió acompañada por su padre, quien expresaría que la muerte fue apacible. “Nuestra pobre y amada niña tuvo una vida muy corta, pero confío en que fuera feliz. Sólo Dios sabe qué miserias podrían haberle esperado en un futuro. Murió sin emitir un suspiro”. Su enfermedad había empeorado apenas un mes antes, en marzo, y esto condujo a los Darwin a tomar la resolución de enviarla a la clínica del Dr. Gully, sitio donde el propio Charles había mejorado su salud gracias a cierto “tratamiento con agua”. La salud de Annie, al principio, mejoró. Pero en pocos días se deterioró tan rápidamente que no hubo nada que hacer. Nada más que resignarse a su partida de este mundo.

Anne Elizabeth Darwin

Anne Elizabeth Darwin

En la serie de cartas que el aclamado biólogo escribió a su familia y amigos sobre la muerte de Annie, se puede sentir la esperada desolación por la pérdida de la hija amada. Pero también, y es esto lo que resalto, la certeza de que jamás se renuncia al amor por los hijos muertos. “No puedo recordar haberla visto nunca haciendo el mal”, escribió a su esposa, Emma, el 23 de abril, luego de agradecerle por un daguerrotipo de la hija. “Ella era mi hija favorita; su cordialidad, franqueza, alegría optimista y fuerte afecto la hacían más adorable”, confesó a su primo William Darwin Fox, el 29. “¡Oh, que pudiera saber ahora cuán profundamente, cuán tiernamente amamos todavía y amaremos para siempre su querida y alegre cara! Bendita sea”, se lamentó, en el memorial que hizo para su hija el último día de abril.

Durante décadas se ha asegurado que la muerte de Annie Elizabeth fue el zarpazo que separó a Charles Darwin de la religión. Lo que lo llevó a abandonar las visitas dominicales a la iglesia, y a renunciar a las prácticas de la fe de manera definitiva. A esta sucesión de eventos se le ha llegado a conocer como la “hipótesis Annie”, y ha sido tomada como una verdad axiomática en su biografía. No obstante, Gould cree reconocer que lo que se operó en el corazón de Darwin fue mucho más complejo que el mero renegar de un Dios que no entiende la misericordia —o, al menos, no como nos gustaría a los humanos—. Dice Gould: “Se afligió tan profundamente como lo haya hecho cualquier hombre, y siguió adelante. Conservó su gusto por la vida y por aprender, y se alegró en el calor y los éxitos de su familia. Perdió consuelo y creencia personales en la práctica convencional de la religión, pero no desarrolló deseo alguno de transmitir esta opinión a otros; porque comprendió la diferencia entre cuestiones objetivas con respuestas universales bajo el magisterio de la ciencia, y temas morales que cada persona debe resolver por sí misma”. La pérdida de Darwin, su conflicto con la fe, constantemente me han orillado a preguntarme: ¿puede un hombre que ha perdido todo perdonar a Dios?

El daguerrotipo de Anne Elizabeth revela que, en verdad, era una niña muy hermosa. Contemplo sus rasgos delicados, su cabello recogido en dos trenzas, su templanza y su paciencia admirables —ya he dicho lo difícil que era mantener a un niño quieto el tiempo suficiente para que el daguerrotipista recogiera su imagen mientras estaban vivos—. Y por un momento siento que algo me conecta con su padre; cierto conflicto con la fe, cierto reclamo imposible de pronunciar contra nuestro Dios que nos condujo a yacer a un costado de nuestros hijos en la cama del hospital, que nos ha dejado verlos vomitar, retorcerse ante la invasión de las agujas, o convulsionarse o perder el conocimiento, o morir, finalmente, en una mañana del 23 de abril, que es como todas las mañanas en las que se fractura el mundo.

Cuán frágil es la salud de los hijos. Cuán fácilmente la vida nos recuerda su mortalidad. Mientras veo a Josué internándose en el cuarto de la resonancia, mientras el neuropediatra me da una palmada en la espalda y me dice que todo estará bien, no puedo dejar de pensar en Annie y de decirme que no existe mayor prueba —de fe, de vida, de muerte— que la que plantea un niño enfermo. Y al tiempo que lo veo, ya inconsciente, en manos de los médicos, pienso también en mi hijo Tristán, y me digo que a falta de un Dios misericordioso quizás pueda permitirme rezarle a él, a mi hijo muerto, para que cuide de su hermano y lo cubra con su amor que desde hace años me sigue a todas partes.

Luego viene el silencio. Un par de sonidos mecánicos. Mi hijo Naím que yace a la espera de la misericordia divina. ¿Es posible amar al Dios de los niños enfermos? Me pregunto, mientras el rugido familiar de la resonancia magnética inunda todo a mi alrededor y yo junto las manos frente a mí y pienso en un futuro cuando la enfermedad de Naím haya pasado y estemos en algún bosque o playa o ciudad lejana contándonos todos los pormenores del hospital pediátrico y lloro porque llorar es la única plegaria que me queda. ¿Es posible amar al Dios de los niños enfermos? Me repito.

Y la respuesta es una rana que salta hacia algún paraíso de agua.

 

 

 

 

 


Autores
(Zapotlán el Grande, México, 1988) es narrador, artista y profesor de literatura. Actualmente estudia el Doctorado en Humanidades de la Universidad de Guadalajara. Es licenciado en Letras Hispánicas por la Universidad de Guadalajara e Ingeniero Ambiental por el Instituto Tecnológico de Ciudad Guzmán, además de maestro en Estudios de Asia y África por El Colegio de México. Ha sido becario del Programa de Estímulos a la Creación y al Desarrollo Artístico en Jalisco en la categoría Jóvenes Creadores en 2006 y 2019 y becario del FONCA en la categoría Jóvenes Creadores en 2021. Ganador del Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela, en 2016, del Premio Nacional de Cuento Joven Comala, en 2018, del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay y el Premio Nacional de Cuento José Alvarado, en 2020, y del Premio Nacional de Cuento Agustín Yáñez, en 2021. Ha publicado los libros de cuentos El espectador (2013), Me negarás tres veces (2017), La noche sin nombre (2018), Padres sin hijos (2021) y el libro de crónicas Los niños del agua (2021).

Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.