Tierra Adentro
Restaurante Taco Bell, centro comercial Northgate, Revere, Massachusetts, Estados Unidos. Vista nocturna. (CC BY-SA 3.0)
Restaurante Taco Bell, centro comercial Northgate, Revere, Massachusetts, Estados Unidos. Vista nocturna. (CC BY-SA 3.0)

Cuando era más ingenua —que no necesariamente más joven— defendía que Taco Bell no hacía tacos. Esto no es algo nuevo, pero vaya, yo creía firmemente en que sus productos no podían cumplir con la condición rebelde de ser-taco y que por tanto lo que hacían allí era otra cosa. Jamás un taco. Ni en ese momento ni nunca. Taco Bell, en los albores de mi mente (in)decisa, fue sentenciado a nunca llenar un espacio reservado para lo que creía era “comida de verdad”, “un taco de verdad”.

 

Sin embargo, cuando me preguntaban por aquella condición de taco —para ser honesta, no creo que alguien me lo haya preguntado jamás sino más bien fue casi una obligación propia que tenía por responder aquella cuestión—, no hallaba más argumentos que decir que el taco solo podía existir en México —vaya manera de inventarse fronteras y de adoptar un nacionalismo ilusorio—, “país” en que nací y crecí, en el que me he movido durante años, y en donde durante gran parte de mi vida comí “auténticos tacos”.

 

Estaba equivocada.

 

Yo no lo sabía entonces, pero en esas mismas palabras se vislumbraba una forma de negación a cualquier expresión que proviniera de cualquier otro lugar que no fuera el mío.

 

Taco Bell apareció un día cualquiera en Florida, Estados Unidos. No, no era un día como otro: era 21 de marzo de 1962. La idea de su creador, Glenn Bell, según esto, consistía en un restaurante de comida rápida que ofrecía dos cosas: la primera era cocina que llamaba “tex-mex” y la segunda, una suerte de esperanza de que en esos sabores inmigrantes mexicanos pudieran encontrar un camino más rápido de vuelta al hogar. Por supuesto, Taco Bell creció y se convirtió en una cadena con sucursales en más de 20 países. En cada una de ellas, vendían productos que van desde los relacionados a la cocina mexicana hasta los que “nada tienen que ver”.

 

En algún momento de 1992 y luego de 2007 pareció buena idea que a sus burritos, gorditas, quesadillas y tacos (de tortilla de maíz blanda y crujiente) los trajeran a México, país que desvergonzadamente llamé mío, esperando si no un final feliz, al menos una introducción que pasara casi desapercibida. Como si quienes fueran a comerlos lo harían solo por verlos desfilando en las fotos de los menús de cada restaurante. Eso no sucedió por una razón que dicen que dijo Carlos Monsiváis: “es como llevar hielo al Ártico”. Dicen también que en un artículo publicado en el Chicago Tribune se escribió de hecho que la llegada de Taco Bell a este país significaba que las barreras culturales habían desaparecido, que entre personas que viven en Estados Unidos y las que viven en México ya no existía más separación que la frontera física. Se establecía ahí lo que debe ser un derecho fundamental: éramos iguales.

 

Mentían, claro; y yo no estaba completamente equivocada: me había dejado seducir.

 

Cuando pienso en lo auténtico, en las “cosas de verdad” y si hay tales, la imagen que se dibuja en mi mente desaparece de inmediato: si se traza un taco, las líneas me llevan a una tortilla que puede ser de maíz, de harina, de nopal, que puede estar remojada, blanda, frita o incluso tostada; pienso en el relleno de algún guisado con salsa, o de un pedazo de queso panela con la sal de grano rosa del Himalaya o la que está dentro de un salero en forma de mini barril rojo. Es decir, las posibilidades de un taco son tantas que incluso en las imágenes dibujadas mi cerebro se deja llevar. Las explora, sigue con la mirada cada ramificación de lo que aprendí a llamar taco.

 

Si lo pensamos con una velocidad media, llegamos pronto a decir que un taco no se puede definir. Un taco no está delimitado por sus ingredientes (¿maíz? pero si hay tacos de lechuga, de hoja santa, de cebolla), ni por su materialidad (he escuchado la expresión “taco de ojo” sin que se tenga sobre las manos un taco con relleno hecho de ojo, sino para referirse a que eso que se mira está riquísimo). Tampoco se define por su forma —digamos que fuera una tortilla doblada semi abierta— pues hay tacos enrollados, como los árabes preparados con pan pita o como los dorados que están deliciosamente fritos. Un taco, entonces, solo puede definirse a partir de lo que deja: un taco es taco porque alguien lo sostiene y en la palma de esa mano hay un universo ilimitado de posibilidades.

 

Con esto quiero decir que en las manos de una persona, que puede ser yo o puede ser alguien más, está la oportunidad (¿un nuevo horizonte?) de hacer taco cualquier cosa que se le cruce. Y en esa mezcla está la verdadera justificación para eliminar todas las fronteras —reales e imaginarias— que nos separan y excluyen del resto.

 

Quizá el problema de creer que Taco Bell no es auténtico ni real ni serio no son sus límites en cuanto a lo que es taco, sino algo que hemos llamado apropiación cultural. Es la seducción de esas dos palabras la que nos incendia la boca y nos hace sentir como propios —nuestros— aquellos productos (culturales o no) que forman parte de una personalidad que hemos construido juntos, en conjunto; una que por cierto nunca ha sido estática ni inamovible.

 

Para el caso, mientras el taco siga siendo una manera de sostener un universo que se expande como un líquido que va descubriendo la forma que lo contiene, la condición ser-taco se convierte en una exploración de nuestros propios límites, hasta dónde llegan las ideas que tenemos y nos hacen ser lo que somos. Las fronteras que nos inventamos poco importan, esas separaciones se diluyen si aceptamos que nuestro mundo no es solamente nuestro. Nos tomamos tal vez muy en serio las expresiones del ser-taco, pero piénsenlo: si existimos en un mundo sin Taco Bell nos condenamos a ser solo nosotros con nuestro reflejo.