Tierra Adentro
Ilustración realizada por Karina Janis

En 2022 se cumplen 130 años del nacimiento de Alfonsina Storni, una de las poetas latinoamericanas más influyentes de su generación. La obra poética de la argentina fue prolífica, a veces hermética, irónica y profundamente introspectiva. Sus poemas más conocidos, y los que suelen recopilarse en las antologías, refuerzan su estampa y mito: una figura rebelde y llena de ira que escribe contra el patriarcado y el lugar que tenía la mujer en la sociedad de su tiempo. Alfonsina Storni es una de las poetas mejor conocidas por su expresión de inconformidad respecto a la desigualdad entre los géneros, las expectativas y discursos masculinos, los roles impuestos a la mujer y el cuestionamiento de la naturaleza de las relaciones entre hombres y mujeres.

A menudo comparada con Delmira Agustini y Alejandra Pizarnik, Storni comparte con estas el abordaje de temas como la melancolía y depresión, el erotismo, la muerte, la desesperación o la soledad —además de la forma en la que terminaron sus vidas. Sin embargo, concebir el quehacer literario de Storni únicamente desde la perspectiva de género sería reduccionista, pues, aunque indudablemente su “ser mujer” y lo que esto conlleva determinó su obra, no solo se dedicó a explorar[se] desde la relación con los demás o desde el amor, sino que desarrolló un yo poético íntimo, independiente, sincero, muchas veces oscuro u onírico y siempre anhelante. El mar, la tierra, el cuerpo femenino y el amor son solo algunos temas a través de los cuales configura su voz poética y mediante los cuales expresa sus aspiraciones y angustias.

Alfonsina Storni fue una persona profundamente sensible y que siempre llevó sobre sus hombros el dolor del mundo, de sí misma y del anhelo infinito de libertad. Heredera del modernismo, la atormentaban cuestiones como las contradicciones de la condición humana —la carne y el sueño—, el saberse atrapada en su propio cuerpo y emociones, la búsqueda del “gran azul” y el sentirse sola, incomprendida y excluida de las categorizaciones de su época. “Fuera de ley, mi corazón”, “me consumo en mi fuego” decía. Sentía con ímpetu, frenesí y voracidad a los que siempre sucedían la decepción, la herida de lo superficial y el hastío. Storni presentía un océano profundo e insondable dentro de sí misma que la hacía soñar y a la vez la desesperaba, era siempre presa de “una fiebre azulada que [nutría su] quimera”.

Definitivamente, la poeta argentina nació en el siglo equivocado, en la sociedad equivocada, en el mundo equivocado. No solo se sintió atrapada en sí misma, sino también en un siglo de mojigatería e hipocresía. Sus anhelos de estrellas, mares y crepúsculos se hicieron añicos contra la vulgaridad gris de su entorno y de las limitaciones que le eran impuestas a su sexo. “Y al perder mi barquito / Solíanme embargar / Ideas de infinito / Y rompía a llorar”.

Alfonsina Storni nunca pudo reconciliarse con sus ansias de plenitud y lo que se esperaba de ella: “oveja descarriada” se llamaba a sí misma. Mascarilla y trébol (1938) —su último poemario y el más críptico— refleja su descenso final. Es sabido que durante toda su vida padeció su salud mental; depresiones y episodios de paranoia que, aunados a sus circunstancias y colisiones internas, la llevaron a terminar su vida. Sin duda, la poesía de Storni es preciosa, sincera y tiene alas, pero no solo eso, también muestra un desarrollo formal muy serio y autoconsciente; todos deberían leerla. Los que la definen únicamente como una poeta ardiente y erótica que habla sobre todo del amor y del desprecio que siente por los hombres definitivamente no la entendieron.

Existe la leyenda romántica de que se suicidó adentrándose lentamente al mar, aunque lo más probable es que —como señalan sus biógrafos— se haya lanzado desde una escollera. Aun así, me gusta pensar que se fue de la primera forma y que en lugar de “danzar la danza negra de la muerte que el viento se lleva”, danza en medio de “una gran tela azúrea / de rosados dragones claveteada / muy alta”, que —junto con los “pájaros oscuros”, se baña en “los mares intermedios”— y que, como escribió en su último poema Voy a dormir, duerme con “una lámpara a la cabecera”, debajo de una constelación.


Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como Sin Embargo, Este País, Armas y Letras y la Revista de la Universidad de México. Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.

Ilustrador
Karina Janis
Artista gráfica Tamaulipeca formada en la ciudad de Puebla. Su obra presenta batallas internas entre la dualidad de los seres vivos: Luz y oscuridad. Explora la complejidad de estos opuestos así como la resiliencia y el autoconocimiento. Con un interés marcado en la naturaleza y los elementos que la componen se adentra en cómo los hábitos de consumo del ser humano han repercutido en el entorno, afectando ecosistemas enteros.
Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio.
Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio.

LEGOM era un hombre delgado, con la cara ya chupada por la enfermedad. Condición que lo hacía ver más joven, como un gran niño travieso. Tenía esa sonrisa pícara que denotaba inteligencia, sagacidad. Su teatro era fiel a él: de entrada, podías creer que era una gran broma, con títulos como Odio a los putos mexicanos, Las chicas del tres y media floppies o Sensacional de maricones, pero cuando te acercabas te dabas cuenta que en realidad era una broma que se burlaba de ti, de tus cimientos y creencias.

Nació con un nombre larguísimo, Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio, él mismo decidió crear un acrónimo con el que fue conocido en los escenarios y fuera de él, LEGOM. Detalle que nos habla de sus juegos, de su habilidad con las palabras, de sus juegos con ellas, de sus calambures. Los diálogos de sus obras están poblados de frases chispeantes, ingeniosas y de un humor cruel, porque si una cosa tenía clara era que “los mejores dramaturgos escriben contra el público”.

Era dueño de una mirada crítica hacia el mundo en su conjunto, que acaba por escupirnos en un sarcasmo lleno de inteligencia. Tal vez una de sus obras más famosas es Civilización, donde a través de la sátira, muestra el proceso de creación de un edificio de cristal en un municipio colonial del centro del país. La obra tiene como personajes principales a un empresario y a su primo, el presidente municipal que, en contubernio, buscan levantar esta gran obra de la civilización y así sacar grandes beneficios, uno de ellos, una propiedad sin poner un solo pesos y el otro, el camino libre rumbo a la gubernatura. Pese a todo, los dos personajes carroñeros, no acaban de caer mal, pese a lo bajo de sus dichos, porque, en el fondo son más bien simplones. Por el contrario, el ingeniero idealista, que intenta detener la construcción de la torre de cristal “que apunta hacia Dios”, en su misma pureza y rectitud hace que simpaticemos un poco con él.

Así, sus obras están llenas de pesimismo y no están atadas a un tiempo definido, sino a los vaivenes del ser humano. “Hay gente que escribe para hacer amigos, yo lo hago para hacer enemigos”, afirmaba. Sus personajes no son grandes héroes, más bien son seres neuróticos, mediocres, como es el caso de Demetrius o la caducidad. En ella un vendedor de Sears, que tiene por sueño dorado ser conductor del Metro, se enfrasca en una relación aburrida con una compañera que también vende lavadoras como él, para acabar casándose y teniendo un hijo, producto de una infidelidad. La mitología de Demetrius, con todos esos pequeños sueños de un mexicano más, que busca ir a una playa o un mejor trabajo, son pasados a cuchillo por LEGOM pero no con las ganas de hacer una burla para sacarnos carcajadas, sino para restregarnos en la cara nuestra propia vida anodina.

La sonrisa que te saca está más cercana al llanto que a la risa explosiva. En Odio a los putos mexicanos hace una declaración de intenciones donde incluye ya una grosería dentro del título como una manera de dejar claro que no quiere congraciarse con nadie. Ante la pregunta de si no es agresivo el título, responde: “Agresivo que te quieran acotar el uso del lenguaje, agresivo que te quieran censurar la obra porque a alguien no le gustó el título. El autor lo es por su palabra, si se la quitan, le niegan lo poco que tiene, lo poco que es”.

En la obra la repetición constante del título hace que se convierta en una cantinela que le va quitando la agresividad, porque, hay otras cosas que son aún más agresivas, como el racismo que destilan y gozan los personajes.

En Chato McKenzie, por ejemplo, conjunto de tres obras que pueden servir tanto por su cuenta como una gran obra en sí misma, hace una parodia del género policiaco en el que los clichés le sirven para pitorrearse, una vez más, de la sociedad mexicana.

Hosco, con maneras poco amables que lo hacían irse quedando solo, su obsesión era el teatro. Escribió muchas obras, algunas montadas, otras publicadas y muchas de ellas inéditas. “El teatro siempre te va a regresar más de lo que tú le das -decía- Es una inversión de vida rentable, al menos la mejor que yo he tenido en mi vida”.

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Autores
(Ciudad de México, 1976). Es escritor y crítico de cine. Ha desempeñado multitud de oficios, desde vendedor de carretera hasta librero. Estudió ciencias de la comunicación en Puebla, aunque su formación ha sido autodidacta. Ha publicado en diversas revistas y periódicos del país. Actualmente es crítico de cine para Playboy México. Sus libros más reciente es Crónicas desde el piso de ventas y Tipos que no duermen por la noche.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Si yo escribo “Ralph Baer”, usted piensa que hablo de:

 

1. Uno de los 19,000 músicos de la orquesta de Ray Coniff.

2. El niño que salía en Alf.

3. Ese chef que le avienta sal a sus platillos de la forma más peculiar.

Ninguna de las anteriores: hablo del creador de la Magnavox Odissey. Ah, muy bien, podría decir entonces, eso es maravilloso, pero, ¿qué es? Nada más y nada menos que la primera consola casera de videojuegos del mundo. Si usted le ha disparado a unos patos en la tele, y falló, (y seguramente se sintió frustrado con la risa socarrona del perro que los recogía); si usted ha matado zombis a balazos o, quizá, ha bailado frente a la pantalla al ritmo de una canción japonesa casi imposible de cantar, usted le debe unos minutos de diversión a este ingeniero alemán nacionalizado estadunidense. El dato es sencillo, interesante pero sencillo. Lo complicado es escribir sobre ello, sacarle jugo a una notita así, que celebra un aniversario más del lanzamiento de dicha consola (relegada en la historia, vamos a decirlo: a veces se cree que el Atari fue la primera). Entonces me pregunto, ¿qué sé yo de videojuegos? Algo, claro: desde que adquirí mi primer PlayStation 1, en los lejanos años de la secundaria, mis calificaciones fueron en picada y nunca más alzaron el vuelo.  Yo, que según quería ser médico forense, o psicólogo, por culpa del vicio de los bits, acabé de maestro de inglés: el boulevard de los sueños rotos, la última opción de varios que soñábamos con ser otra cosa y, a falta de caminos, decidimos repetir “I am, you are” hasta que se nos secara el gañote.

Como no sé qué más decir, decido preguntarle a los que saben. Busco entre mis contactos de Facebook y me encuentro con tres expertos en consolas retro. Antes de escribirles, escribo una lista de preguntas. “¿Qué papel tuvo en el mundo de los videojuegos? ¿Cómo la definirías? ¿Por qué fue tan importante?” Armado hasta los dientes con preguntas de rutina, contacto al primero. «La verdad de esa no sé mucho, salvo que fue la primera», contesta con sinceridad. El segundo me deja en visto (pero no lo culpo: minutos después lo veo subir fotos en un bar, con su esposa) y el tercero, quizá el más preparado, accede. Luego de responder un par, y preguntarme por qué tanta obsesión con esa consola, me lanza la segunda pregunta, que no vi venir: «¿Para qué revista estamos hablando?» Y cuando le respondo que es para Tierra Adentro, me dice que él, para instituciones gubernamentales, no habla. Eso sí, me manda un abrazo virtual. Reviso los mensajes (periodismo sin oficio) y no, en ningún momento mencioné el conflicto Ucrania-Rusia o a los Illuminati; nada escabroso, según yo. Entonces el pleito debe ser con Tierra Adentro; me imagino a uno de los directores anteriores atacando con globos llenos de orines la casa del entrevistado. Puede ser.

Bueno, pues entonces sólo queda internet. Justamente en esta semana se celebra un cumpleaños más de Ralph Baer, ese niño al que expulsaron de su escuela en Alemania por ser judío y, aquí viene lo bueno, jóvenes, dos meses antes de La Noche de los Cristales Rotos, su familia escapó hacia Estados Unidos. Ignoro qué sea esa noche de cristales rotos, pero debe ser del mismo calibre de esa misma noche en que Chicago se murió. Baer, además, trabajó para el servicio de Inteligencia de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, y luego, en 1972, auspiciado por Magnavox, lanzó aquella mítica consola de la que se supone debo hablar. Si a estas alturas usted aún no sabe qué compañía es Magnavox, revise en casa de sus abuelos, puede que halle una tele de esa marca.

Mi siguiente paso, entonces, es cotizar cuánto cuesta actualmente la consola: datos, que vengan los datos. Está valuada en unos 7,000 u 8,000 pesos. Pero, dato curioso, actualmente no hay en México, sólo en Estados Unidos. Mercado Libre no la tiene, Amazon México tampoco y esa es toda la oferta. Decido entonces irme por la opción más inverosímil: Facebook Marketplace. Oh, sorpresa: hay una a la venta, pero se encuentra hasta Jalisco. El vendedor la anuncia “en estado regular” y no asegura que funcione. Eso sí: viene en caja (La Magnavox de Schrödinger, debí titular este texto: no sabemos si la consola sirve, o no, hasta que la saquemos de su caja, luego, claro, de pagar la módica cantidad de 5,000 pesos). Seguramente el dueño no desea dar más información que la que ya puso, pero de todas formas trato. «¿Qué me puedes decir de la Magnavox Odissey?», le escribo por inbox. «Que está en perfecto estado», contesta, «que no se ha usado últimamente y tiene los detalles normales de una consola con más de 40 años de vida. Y lo que te decía: no sé si sirva o no, perdí los cables». Debí preguntar qué opinaba de la Magnavox Odissey, no de su Magnavox Odissey. «Ah», agrega, «el envío va por tu cuenta y es previo depósito». Bueno, si me pusiera más condiciones diría que me está vendiendo una máquina del tiempo (¿y no es, de cierta forma, esa consolita negra con pedazos de material tipo madera, una máquina del tiempo?).

Antes de contestar, reviso su perfil: no parece tener nada extraño: es miembro de varios grupos de compra-venta de videojuegos a los que yo también pertenezco, comparte memes cada cierto tiempo y hasta tiene un par de fotos con su playera del Atlas. De que existe, existe, pero, ¿su consola existirá? Ya veremos. Le digo que lo pensaré y volveré a escribirle.  De aquí no va a salir mucho, eso es claro. Siguiente parada: la Friki Plaza, el santuario de los otakus, jugadores de Yu Gi Oh y cuarentones que miramos con nostalgia a esos tiempos donde los retos eran pasar de misión, no esperar la muerte entre marejadas de acidez y demandas por pensión alimenticia.

 

2

 

Somos el grito de todos los que ya no están. Debí usar comillas, porque la frase no es mía: me la encontré a las afueras de El Chopo, colocada en un cartón a los pies de una mujer que vende sándwiches vegetarianos. Pero le creo, eso somos: el eco de lo que pasó hace veinte, cuarenta años. Sombras nada más, diría Javier Solís. El recuerdo de los videojuegos que nos hicieron felices; fantasmas de aquellos niños que veían los Pizza Gatos Samurái con una dotación de Abejitas Sonrics en su poder. En un puesto de periódicos, la portada del Récord simula aquel juego de los patos, ese de Nintendo, en el que usabas una pistola y un perro desgraciado se reía de ti si se te iba la presa. Baer estaría orgulloso: él diseñó, además de la consola que voy a buscar, la tecnología que usa dicha pistola.

Son ya las 11 de la mañana, pero estas calles se siguen despertando, modorras y lentas. Esta ciudad es de bulbos: cuánto tarda en prender bien; parece que no quisiera hacerlo. Mientras avanzo por Avenida México-Tenochtitlan, reviso si mi otro informante me ha contestado ya, siquiera para tener un norte de dónde buscar o a quién dirigirme, pero no, nada, a pesar de que está conectado. Como que medio me enojo, medio me desespero, y al final me doy cuenta de que, si no quiere contestar, está en su derecho; culpo a esta maldita fiebre de la conectividad, que nos hace esperar respuestas inmediatas. La bolita verde junto a su foto desaparece al mismo tiempo que la bolita verde de un semáforo y entonces quedo junto a un grupito de sexoservidoras que me preguntan, así desparpajado, si no quiero irme con una de ellas. Sonrío y me hago, poco a poco, a un ladito: no se me olvida que hace unos dos años, a lo mejor tres, aquí nomás, en una calle paralela, cierta mujer del mismo oficio me pellizcó una chichi. Más que coraje me dio pena. «Es tu culpa, ¿para qué traes playera apretada: tú las provocaste», me dijo una amiga, y sentí que estaba pagando los platos rotos del atascadero que es el acoso a las mujeres.

Apenas a unos metros de la entrada a la estación Hidalgo, veo que han puesto unas mesas y unos banquitos que, ya no sé si me lo estoy imaginando, parecen piezas de Tetris (¿se puede seguir diciendo Tetris?, ¿no han cancelado ese juego porque lo diseñó un ruso? Editor, échame la mano con ese dato). Sobre una de las mesas, de verdad, lo juro por todas las flores, hay una botella de Chaparritas. ¿Es en serio? ¿Deseé con tantas fuerzas saber algo de la Magnavox Odissey que me teletransporté al año de su lanzamiento? Me asusto, ¿qué pasó en aquellos años aquí en la CDMX, perdón, en el DF? Googleo el año (ah qué periodista tan serio resulté ser) y dice que en aquellas fechas, aquí en México, Genaro Vázquez Rojas, maestro normalista y líder guerrillero en la sierra de Guerrero, murió en un accidente automovilístico. Además, en la Plaza México, Francisco Curro Rivera indultó al toro “Payaso” de la ganadería de Torrecilla. Qué cosas: un torero que gustaba de la fiesta brava, pero a lo mejor no disfrutaba tanto de matar. Quizá un simulador de tauromaquia le hubiera resultado ideal: los juegos nos permiten eso, matar sin matar, vivir sin vivir del todo. Fantasía y simulación en el estado más puro.

Visita obligada al Rock, ese tianguis de videojuegos, comics y juguetes que se instala a las afueras de metro Hidalgo. Digo, carajo, andar por aquí y no pasar es como andar en la colonia de tu abuelita y no entrar a saludarla y que te platique las maldades del villano de su telenovela en turno. En el primer puesto que visito, luego de comprarme dos juegos de PlayStation 2 y uno del primer Xbox, pregunto si él no me puede conseguir una Magnavox Odissey. «Uh, no, tan atrás no», me dice, honesto, el vendedor. Cosa grave: cuando uno de estos traficantes de bits no te dice que la semana que entra lo tiene, o que se lo acaban de llevar, o que justo lo dejó en bodega, es que estás buscando algo casi imposible de conseguir. Bueno, el intento se hizo. Vibra mi teléfono y pienso que quizá ya me respondieron las preguntas, pero no, puro spam de Uno Noticias: que la guerra allá en Europa sigue, que hoy el Atlas se enfrenta al Gallos de Querétaro.

La historia se repite en los siguientes puestos, más o menos de la misma forma. “¿De qué chingados estás hablando?”, parece decirme el último, y su mirada no podría ser más rasposa: lo interrumpí a medio desayuno y sólo para preguntar senda estupidez. Bueno, no me parecía tan descabellado: aquí he visto comics viejos pero lo que se dice viejos, juguetes que ya ni recordaba, artículos coleccionables de los que ni siquiera estaba enterado. Es más: una vez vi un Strecth Armstrong (menores de 30 años, por favor, consulten a sus papás o a internet, quien sea que los esté criando) por el que estaban pidiendo mil pesos. Hermano, si quisiera estirar algo color piel no tendría que gastar ni un centavo ni pedirle ayuda a nadie, pero eso ambos lo sabemos. Lo que para algunos es basura, para otros es un tesoro: ley de vida.

Dado que no hay resultados (o, mejor dicho, no son los que esperaba), decido aplicar la técnica de Günter Wallraff y hacerme pasar por alguien más, alguien a quien las respuestas podrían serle un poco menos inaccesibles: yo ya no soy yo (¿quién soy yo?), sino que ahora soy alguien que está buscando esa consola porque mi papá la jugaba de niño y quiero regalársela. Yo de videojuegos no sé nada, diré, pero me acuerdo que mi papá, en sus días de descanso, en vez de salir a caguamear, se sentaba horas y horas con aquella vieja consola que mi abuelo le regaló en su cumpleaños 12. Por el dinero no paramos, pero sí me interesa regalarle algo que le guste y no se me ocurre nada más que esa consola. Pienso que suena bien.

Trato en otro puesto, el que se ve más retro, el que tiene las cosas más quemadas por el sol. Suelto la historia tal como la elaboré (a lo mejor cambio algunas cosas, los nervios no me dejan pensar con claridad) y me doy cuenta de que me inventé la historia para nada, porque su “no” es seco como boca de crudo e igual de amargo. Yo, que ya me sentía el nuevo Wallraff, o de menos el nuevo Borat (no el carro), acabé como imbécil, estorbándole a verdaderos compradores que me empujan sin disimulo. No queda más aquí, habrá que ir a la Friki Plaza, pero antes reviso mi celular y tengo un nuevo mensaje en Facebook. Me emociono de creer que es de mi contacto que aún no contesta las preguntas, pero no, es el vendedor de la Magnavox. «¿Sí te vas a animar? Ya me están preguntando por ella otras personas». Le contesto que le resuelvo en la noche y su respuesta ya no llega, aunque lee el mensaje.

Al entrar a la Alameda, veo a muchos esperando vender o comprar algo: mercancía o dinero en mano. El pasado es un basurero y aquí todos somos pepenadores: la nostalgia se paga mejor que el aluminio o el cobre. «Tazo, ¿vas a querer tazo?», me pregunta un chaparrito más chaparrito que yo, y su tono es de traficante de estupefacientes. No, Tazos no: subí como diez kilos, cuando niño, en una inútil odisea por coleccionarlos todos: siempre salían repetidos y ni modo que, después de obtener el premio, tirara los Rancheritos o los Crujitos, las Poffets o los Churrumais (pésima idea hacer esta lista cuando estoy a dieta). Pero algo bueno salió de ahí: fue precisamente en un Tazo donde leí, por primera vez, el nombre de Silvestre Revueltas, aunque al paso de los años descubrí que no se parecía al gato Silvestre.

Por fin, en la Friki Plaza, empiezo a preguntar por la tan anhelada consola, pero no la tienen y muchos menos poseen información. A algunos, cuando les pregunto, me miran como si en un salón de baile preguntara si no han visto a Tin Tan o a Tongolele: sí es el lugar, pero no el tiempo. «¿Magna qué? ¿Cómo las televisiones?», pregunta uno, y luego se va a atender a un verdadero cliente. Ah, muchachitos nalgasmiadas, cuando esta belleza de consola nació, ustedes ni siquiera estaban planeados. Bueno, yo tampoco, pero si no es en estos momentos cuando podemos hablar con la autoridad de los viejos que vieron los tiempos mejores, los juegos de verdad, los auténticos tiempos dorados de la humanidad (los nuestros, claro está, siempre dulcificados por el recuerdo), ¿cuándo? Nuestros tiempos pasados siempre fueron mejores, decimos, y si una Tortuga Ninja nos sirve para aferrarnos a eso, pagamos lo que sea. Revueltas, y no precisamente Silvestre, sino José, sabe de lo que hablo: de él me robé la frase (ya van dos al hilo que me robo en un solo texto).

En uno de los niveles superiores de la Friki, uno de los vendedores, no tan viejo, hasta eso, me dice que «va a estar difícil, pero a lo mejor en Plaza Meave encuentras una». En medio de niñas vestidas de colegiala japonesa, de quinceañeros con bandoletas de Naruto y de una legión de tahúres del Yu Gi Oh, me doy cuenta de que, quizá, esa consola en Jalisco es la única que no esté ya en la basura o en manos de un coleccionista. Le escribo al vendedor para decirle que me interesa, pero ya no lee mi mensaje. Y entonces sí, caigo en la cuenta de que, como en los videojuegos, las áreas secretas, las que suelen tener mayores recompensas, son las más difíciles de encontrar y además las que presentan los peligros más viles. Pero como no queda de otra, habrá que visitar Meave.

Años sin visitar esta plaza, paraíso de los tenis pirata y la mercancía de dudosa procedencia. Todo luce distinto: ya no hay tantos puestos de juegos y más bien se nota despoblada, solita. Vine para nada. Quizá no se adaptó al paso del tiempo. Luego de comprar otros dos juegos (ni modo, ¿qué se le va a hacer?) y de que me dicen que no la hay, me resigno y camino de vuelta al suburbano. Vade retro, Satanás, de vuelta a la semilla.

 

3

 

El tiempo y las consolas de videojuegos parecen no llevarse bien. Dicen por ahí “tienes dinero para comprarte consolas, pero no tiempo para jugarlas: de eso se trata ser adulto”. Es cierto: uso mi Xbox One y mi PlayStation 4 para ver películas y series. No es bueno ni malo, supongo, es la vida, pero no dejo de sentir que es como comprarte un Ferrari para llenarle la cajuela de ollas de tamales y salir a vender: mucho perro para tan poco hueso. Como no pesqué nada en los tianguis de juegos, prefiero regresar a ver unos capítulos de The Wire (desde una consola con controles wireless, ¿hay ironía o me la estoy imaginando?). Y, oh sorpresa, HBO consume todo el internet y tengo que quitárselo a mi celular para seguir viendo sin que se trabe.

A la mañana siguiente (me quedé dormido en medio de una balacera en la serie), activo de nuevo el Wifi en mi celular y veo que Facebook está lleno de noticias de una desgracia (así dice, “una desgracia”) en el estadio de Querétaro. Primero pienso que hablan de uno de esos partidos soporíferos que tantos insomnios han curado, pero no, es un piquito más grave: mencionan muertos y desaparecidos. ¿Desaparecidos? Me viene a la mente esa película de Resortes, El futbolista fenómeno, donde unos marcianos abducen al vendedor de cervezas de un estadio de futbol para darle súper poderes; al volver a la tierra, es un auténtico crac del balompié. No, no creo que vaya por ahí el asunto. Como el chisme puede más que otra cosa (aunque sea un deporte que no me gusta ver), empiezo a investigar del asunto. Una trifulca (si vamos a hablar de futbol, usemos sus palabras) entre aficionados del Atlas y del Querétaro, se salió de control y terminó en carnicería. Los videos no mienten: el salvajismo a todo lo que da, la violencia escurriéndose del vaso de la tolerancia, como cerveza mal servida.

Otra vez: cuando uno no sabe nada, hay que preguntar a los que sí. Le mando un whats al Tío Cuauh, amigo de la universidad y fan de hueso colorado del futbol (otra vez: sus noticias, sus palabras) y me dice que no es nada nuevo, aunque esta vez sí resultó más grave. En la carrera, no recuerdo para qué materia, alguna vez nos hicieron leer un artículo sobre los Hooligans, sus orígenes y cómo sus dinámicas se han dispersado por el mundo entero. Hasta vimos la película del mismo nombre. Estoy a punto de preguntarle si se acuerda, pero la verdad no le veo caso y nada vamos a adelantar por ahí. Que no se me olvide: debo entregar un texto sobre la Magnavox Odissey y no hallé casi nada. Como no queriendo la cosa, le escribo nuevamente a mi contacto, el que no me ha dicho ni sí ni no, pero me vuelvo a quedar sin respuesta. Bueno, a lo mejor habrá que reciclar información de varios sitios especializados en juegos, hablar sobre el catálogo de juegos de dicha consola y llegar a las conclusiones de siempre, insípidas pero efectivas: la historia del videojuego, su desarrollo hasta estos días, la importancia de los pioneros del asunto, etc.

Avanza el día y avanza la noticia del estadio; se riega como sangre: lenta y espesa, sucia. Los detalles son escalofriantes simple y sencillamente porque, a los ojos de muchos de nosotros, han dejado de serlo: así de fríos nos tiene el ambiente del país, el amontonadero de cadáveres aquí y allá. Me confieso: empiezo a buscar más cosas de eso que de la Magnavox Odissey (repito tanto su nombre con la esperanza de que de pronto me diga algo que funcione) y veo que el número de muertos y desaparecidos crece. En algunas publicaciones, incluso, comienzan a compartir fotografías de aquellos que fueron al estadio, pero no volvieron a casa. Mujeres, hombres, muchachos que dejaron, de pronto, de contestar llamadas y mensajes. Casi hasta abajo, en una de las publicaciones, veo una cara que me parece conocida. ¿A mí por qué? Tengo poquísimos amigos que vean futbol y, además, ninguno en Jalisco. Debe ser la paranoia de ver la muerte siempre cerca: mirar sangre nos hace recordar que de ese mismo color, de esa misma textura, es la nuestra: somos ellos, un poco.

Empiezo a escribir el artículo con la información más elemental, la que aparece en casi todos los sitios especializados: mucha gente, hasta expertos en videojuegos, creen que Atari fue la primera consola de videojuegos, pero no: fue aquella que ya no nombraré porque hasta a mí me está hartando. Tenía un par de juegos clásicos: Ping Pong, tenis de mesa, voleibol: nada que requiriera mucha capacidad. ¿Tendría uno de futbol? No creo, ese llegó hasta que apareció el Nintendo; yo lo tuve. Y ahora miren qué simuladores tan precisos de fútbol hay en las consolas: el FIFA, por ejemplo (que ya hasta se volvió insulto ser un jugador de esa pieza). Y sin violencia en las gradas. Sin desaparecidos. Sin sangre. Simular la vida resulta más seguro que vivirla; quizá ahí radique el futuro, o debería: una guerra que se resuelva en una partida de Call of Duty y no en un lugar lleno de niños y ancianos. ¿No sería mejor eso, dos hombres compitiendo así, con una consola como campo de batalla, en lugar de tantos matándose de verdad? La frase la saqué de Rocky IV: si vamos a robar citas, hagámoslo a fondo y de una vez, ¿qué más me queda?

Como hablo de juegos de deportes y de Rocky, pienso en ver si la Magnavox tenía simulador de pugilismo, pero entonces me acuerdo por qué se me hizo conocida aquella cara en la publicación de los desaparecidos. Reviso los mensajes que envié y aquel vendedor no ha contestado. Supongo que va a ser un poco difícil si no ha regresado a su casa. ¿Será él? Tengo ganas de preguntarle a alguien más, pero creo que no hay necesidad y no obtendría respuestas: parece que la Magnavox Odissey se niega a salir del pasado y quiere permanecer ahí, quieta, tranquila. Le escribo para decirle que me interesa la consola (miento, claro está), pero el mensaje no le llega.

Una parte de mí espera que ese muchacho ande de parranda o de vacaciones. Otra parte de mí sigue pensando cómo hablar de la Magnavox sin repetir que fue la primera consola casera de la historia y que Ralph Baer la inventó. Y otra parte de mí, quizá la más grande, sigue pensando que siempre, siempre será mejor destruir y masacrar en un mundo virtual, porque aquí afuera ya tuvimos demasiado. Y si eso es cierto, entonces cuánto se le debe a Ralph Baer, de verdad cuánto. Visto así, la Magnavox debería ser una reliquia aún más cotizada: es el inicio de la posibilidad de construir otros mundos, ya que este parece estar tan perdido, tan sin esperanza.


Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025). Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor. Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Antes que nada me es necesario hacer una aclaración inicial: soy homosexual, crecí en un ambiente rural del norte de México a finales del siglo XX, hijo de jornaleros, estudié Historia en la universidad pública de mi estado (toda mi vida académica ha sido en instituciones públicas); opto por la enunciación en primera persona para señalar que soy yo quien afirma —y líbreseme de caer en tentación de una falaz objetiva voz pasiva—. Cierto es que las posturas y concepciones del mundo, aunque se corresponden con la historia personal no necesariamente siguen lineamientos lógicos, sin embargo esas posturas y concepciones del mundo son las que nos llevan a elegir ciertos temas o ciertos tratamientos a la hora de abordarlos. Estas aclaraciones las hago para señalar que mi postura política está cargada a la izquierda y que creo y lucho por la liberación de las poblaciones históricamente oprimidas y minorizadas; también para indicar que sé que esa postura me puede llevar hacia algunos sesgos —como cualquiera los tiene, sea su postura política—, a los cuales estoy atento y atenúo cuando aparecen.

La imparcialidad (aun siendo deseable) es algo que no está al alcance de los seres humanos con inevitables antecedentes, necesidades, creencias y deseos. Es peligroso para un investigador imaginar tan siquiera que podría alcanzar la absoluta neutralidad, pues entonces se deja de ser vigilante sobre las preferencias personales y sus influencias; y entonces de verdad que se es víctima de los dictados del prejuicio.

Escribió Stephen Jay Gould (1941-2002) en la introducción de La falsa medida del hombre (2017), la primera obra que leí de él y que por mi formación y postura me llevó a ponderar su labor intelectual y a buscar el resto de su trabajo. En esa obra Gould desmantela la idea del determinismo biológico de la inteligencia y cómo el estudio de la inteligencia sirvió para justificar el racismo.

La obra de Gould es extensa, no se limita a la a su labor principal como paleontólogo, ciencia de la cual fue profesor en Harvard, se extiende a la difusión de la ciencia y a una prolífica actividad intelectual en la que reflexionó sobre el papel de la ciencia en la sociedad y su relación con ámbitos del quehacer humano —como la religión (véase Ciencia versus religión. Un falso conflicto, 2007) y con las humanidades (véase Érase una vez el zorro y el erizo, 2012)—.   En su área de especialización es reconocido por plantear, junto a Niles Eldredge, la teoría del equilibrio puntuado —según la cual las especies después de una rápida especiación se mantienen estables por la mayor parte de su historia geológica (véase La estructura de la teoría de la evolución, 2004)—. En la creación de su obra y a su alcance contribuyo su dominio del ensayo como género literario en el que el humor hace su aparición no pocas veces, lo que hace sus libros fáciles de comprender y de leer; de lo cual él mismo era consciente y así lo planteó en Érase una vez el zorro y el erizo (2012):

 

 Y el famoso lema «le style c’est l’homme même» («el estilo hace al hombre») no surgió de uno de los principales literatos, sino del mejor de los naturalistas de Francia del siglo XVIII, que también fue un gran escritor: Georges Leclerc Buffon […]

 

Ahí mismo, unos párrafos más adelante, Gould manifiesta uno de los problemas que algunos de sus colegas tienen al respecto:

 

Pero los científicos creen que sólo la calidad de los datos y la lógica de la presentación contienen vigor persuasivo, y simplemente no reconocen el poder cabal de la prosa (y por ello pueden ser influidos de manera invisible por él), incluso en apoyo de un caso dudoso.

 

Y remata señalando la fuerza que puede tener una buena prosa, cuestionando de paso una de las figuras del pensamiento del siglo XX:

 

[…] Sigmund Freud obtuvo prominencia como fuerza social suprema debido a sus dotes literarias sin parangón, y seguramente no por su teoría absurda y sin fundamento de la psique humana.

           

Un autor con una amplia cultura que recurre a dichos y fábulas para construir sus ensayos, así, por ejemplo, en Érase una vez el zorro y el erizo, analiza el origen de la fábula que contrasta el modo de actuar de ambos animales desde la Antigüedad greco-latina hasta el Renacimiento, para volverlo el eje argumentativo en torno al cual desarrolla la futilidad del enfrentamiento entre las ciencias y las humanidades. En ese mismo libro da una explicación de su método de escritura:

 

  Como ensayista que soy en el fondo, hace tiempo que creo que las mejores discusiones, de hecho las únicas efectivas, de generalidades profundas empiezan con bocaditos intrigantes que captan el interés de una persona y después conducen de manera natural a una cuestión más amplia ejemplificada por medio de ellos. Uno no puede atacar simplemente «la naturaleza de la verdad» de frente, con una generalidad completa y abstracta, sin despertar aburrimiento o ira por la arrogancia del autor.

 

Lo cual como lector se le agradece. Pero, a diferencia del juicio que Gould lanza contra Freud, sus planteamientos no son “teoría absurda y sin fundamento”. Se trata de postulados complejos, pero a través de los cuales es posible vivir en una sociedad más abierta y en la que las diferencias no sean causa de exclusión. Se puede observar en el planteamiento de los ministerios separados para la ciencia y la religión, en el que ni una ni otra tienen que interferir con el quehacer particular de cada una —asunto que ha sido de preocupación en los Estados Unidos, sobre todo a partir del surgimiento de movimientos como el del “creacionismo científico”—.

Esas preocupaciones quedaron más claramente manifiestas en el libro que publicó en 1981: The mismeasure of Man (La falsa medida del hombre), en el que demostró cómo los prejuicios raciales propiciaron que la ciencia se utilizara para justificar la discriminación racial. En esta obra Gould hace una historia del determinismo biológico, las teorías y prácticas científicas que para ello se utilizaron durante el siglo XIX y el XX, cómo desde el supuesto objetivismo científico se justificaron los prejuicios raciales.

No hay que perder de vista el momento en el que publicó la obra, es el mismo año en el que Ronald Reagan tomó protesta como presidente de los Estados Unidos, quien implementó las políticas neoliberales en su país y ponderaba una vuelta a los valores tradicionales —y que pasó por el crecimiento del fundamentalismo cristiano—. Las políticas de la Casa Blanca en ese periodo se caracterizaron por cargarse a la derecha, por ejemplo, sabida es la tibia respuesta que tuvo acerca de la epidemia de VIH/SIDA que fue declarada en ese periodo y que propició su avance porque era percibida como un problema de homosexuales —se le llegó a llamar “gay plague”, la plaga gay—. La reducción del gasto público impulsada por Regan, que ya lo había hecho en California cuando fue gobernador, afectó sobre todo a las poblaciones más desfavorecidas, que también eran poblaciones racializadas, a las cuales muchos teóricos que abogan por el neoliberalismo culpan de su situación —para muestra The Bell Curve (1994) de Richard J. Herrstein y Charles Murray, obra a la Gould en su introducción ampliada hace una dura crítica—. Fue en ese ambiente en el que se publicó por primera vez La falsa medida del hombre, en cuya introducción escribió:

 

Las razones de la repetición son sociopolíticas y no hay que buscarlas lejos: los resurgimientos del determinismo biológico se correlacionan con episodios de retroceso político, en especial con las campañas para reducir el gasto del Estado en los programas sociales, o a veces con el temor de las clases dominantes, cuando los  grupos desfavorecidos siembran seria intranquilidad social o incluso amenazan con usurpar el poder. ¿Qué argumento contra el cambio social podría ser más deprimentemente eficaz que la tesis de que los órdenes establecidos, con unos grupos en la cima y otros abajo, existen como exacto reflejo de las capacidades intelectuales, innatas e inalterables, de las personas así clasificadas?

 

El determinismo biológico ha sido una herramienta del poder para perpetuarse y justificar el status quo. A lo largo de los siete capítulos que constituyen la obra Gould demuestra cómo esa justificación se ha dado. En su análisis el estudio de la inteligencia tiene un papel destacado, sobre todo a través de las pruebas de cociente intelectual (CI), mediante las cuales se validó el determinismo biológico de poblaciones racializadas y no cómo el producto de circunstancias sociales específicas:

 

 ¿Por qué esforzarse, y gastar, en aumentar el inelevable CI de razas o grupos sociales situados en el fondo de la escala económica; no es mejor aceptar sencillamente los  desgraciados dictados de la naturaleza y ahorrar un montón de fondos federales (¡así nos será más fácil mantener bajos los impuestos de los ricos!)? ¿Por qué molestarnos por la infrarrepresentación de los grupos desfavorecidos en los puestos honrosos y remunerativos si tal ausencia señala la menor capacidad o la inmoralidad general, biológicamente impuesta, de la mayor parte de los miembros del grupo rechazado y no el legado ni la realidad vigente de los prejuicios sociales? (Los grupos estigmatizados pueden ser razas, clases, sexos, propensiones de conducta, religiones u orígenes nacionales. El determinismo biológico es una teoría general y quienes son objeto del actual menosprecio actúan como subrogados de todos los demás sometidos a similares prejuicios en distintos tiempos y lugares. En este sentido, las peticiones de solidaridad entre los grupos degradados no deben ser descartadas como mera retórica política, sino antes aplaudidas como reacciones adecuadas a las razones comunes del maltrato).

 

La crítica de Gould tiene su origen en la emancipación de las poblaciones minorizadas, porque estas busquen su unión y se enfrenten al sistema que las oprime. El análisis y la crítica que hace en La falsa medida del hombre no es condenatoria, ya que explora y considera la situación de los científicos que validaron el determinismo biológico, las condiciones socio-históricas que los atravesaban y que los llevaron a esa justificación. La ciencia es la labor de los científicos que por mucho que se dediquen a la ciencia no dejan de ser seres humanos:

 

No me propongo afirmar que los deterministas biológicos fueron malos científicos, y ni siquiera que siempre se equivocaron. Lo que pienso es, más bien, que la ciencia debe entenderse como un fenómeno social, como una empresa valiente, humana, y no como la obra de unos robots programados para recoger información pura. Además, considero que esta concepción es un estímulo para la ciencia, y no un sombrío epitafio para una noble esperanza sacrificada en el altar de las limitaciones humanas.

 

La ciencia es hija de su tiempo y como tal está atravesada por la concepción del mundo de quienes la hacen. Planteamiento que si hiciera alguien dedicado a las humanidades haría que mucha gente pusiera el grito en el cielo, pero fue dicho por un científico, un científico destacado en su área. Y Gould antes de amilanarse por ese planteamiento, de rasgarse las vestiduras por la objetividad inalcanzable, celebra ese hecho, la ciencia es hecha por seres humanos particulares, a quienes mueven sus propios intereses y es en esos intereses en donde radica el desarrollo mismo del conocimiento científico.

 

Puesto que debe ser obra de las personas, la ciencia es una actividad que se inserta en la vida social. Su progreso depende del pálpito, de la visión y de la intuición. Muchas  de las transformaciones que sufre con el tiempo no corresponden a un acercamiento progresivo a la verdad absoluta, sino a la modificación de los contextos culturales que tanta influencia ejercen sobre ella. Los hechos no son fragmentos de información  puros e impolutos; también la cultura influye en lo que vemos y en cómo lo vemos. Las teorías más creativas suelen ser visiones imaginativas proyectadas sobre los hechos; también la imaginación deriva de fuentes en gran medida culturales.

 

De ahí la importancia de reconocer cuáles son las motivaciones propias y los prejuicios que lo puedan atravesar. Ese reconocimiento puede ser un importante motor no sólo para el desarrollo científico, sino que la misma ciencia puede tener repercusiones sociales positivas:

La ciencia no puede escapar a su singular dialéctica. A pesar de estar inserta en un contexto cultural, puede ser un factor poderoso para poner en entredicho, e incluso para derribar, las premisas en las que éste se sustenta. La ciencia puede aportar información para reducir el desequilibrio entre los datos y su repercusión social. Los científicos pueden esforzarse por identificar las ideas que tienen sus pares acerca de la cultura y preguntarse por el tipo de respuestas que podrían formularse partiendo de premisas diferentes. Los científicos pueden proponer teorías creativas que sorprendan a sus colegas y los obliguen a revisar la validez de unos procedimientos hasta entonces incuestionados.

 

El avance científico da muchas muestras de lo anterior, así mismo de la forma en la que los prejuicios entran en juego a la hora de hacer ciencia —a fin de cuentas sobre eso gira La falsa medida del hombre—. Los movimientos sociales repercuten en las personas que hacen ciencia y por consiguiente repercuten en la ciencia misma.

 […] la historia de las concepciones científicas acerca de la raza constituye un espejo de los movimientos sociales. Es un espejo que refleja tanto en los buenos tiempos como en los malos, en los períodos de creencia en la igualdad como en las eras de racismo desenfrenado. El ocaso de la vieja eugenesia norteamericana se debió menos a los progresos del conocimiento genético que al uso particular que hizo Hitler de los argumentos con que entonces solían justificarse la esterilización y la purificación  racial.

La labor científica no se da ex nihil, se da en sociedades determinadas con historias y culturas particulares que marcan la forma en la que se hace la ciencia. Así lo demuestra Gould,  tomando el caso del test desarrollado por el pedagogo francés Alfred Binet (1857-1911) —que terminó siendo el famoso test de coeficiente intelectual (CI)—, quien lo creó como una herramienta para detectar las carencias de los niños y, a partir de ahí, implementar mejoras en los programas de estudio y en los casos particulares para evitar el rezago escolar. Henry Herbert Goddard, un eugenista estadounidense, tradujo el test al inglés y lo llevó a su país. Lewis Terman, por su parte adaptó la prueba y comenzó a utilizarlo para medir la inteligencia nata y lo que era una prueba para mejorar las condiciones escolares, pasó a ser una prueba para medir la inteligencia. La década de 1910 se utilizó en el ejército y validó los prejuicios raciales, obviando que la prueba exigía conocimiento de la lengua inglesa y la cultura estadounidense hegemónica, en lo que estaban en desventaja los inmigrantes y los hombres negros que se unían al ejército.

Esas pruebas sirvieron para justificar los movimientos eugenistas, los cuales en 1924 lograron impulsar la Inmigration Restriction Act, que restringía a cuotas muy bajas la inmigración de países del mediterráneo europeo y del este de Europa porque, según las pruebas, eran poblaciones poco inteligentes.

 

 Los cupos siguieron en vigor, y la inmigración procedente del sur y el este de Europa se redujo a un mínimo. Durante toda la década de 1930, los refugiados judíos, previendo el holocausto, trataron de emigrar a los Estados Unidos, pero fueron rechazados. Los cupos establecidos, así como la persistente propaganda eugenista, les  impidieron la entrada incluso en los años en que los cupos exagerados asignados a las naciones del oeste y el norte de Europa no llegaban a cubrirse. Chace (1977) ha calculado que esos cupos impidieron la entrada de 6.000.000 de europeos del sur, del  centro y del este entre 1924 y el desencadenamiento de la segunda guerra mundial (suponiendo que la inmigración hubiese continuado con la tasa anterior a 1924). Sabemos lo que les sucedió a muchos de los que deseaban marcharse de su país pero no tenían a dónde ir. Los caminos de la destrucción suelen ser indirectos, pero las ideas pueden resultar medios tan eficaces como los cañones y las bombas.

 

Una perspectiva desalentadora de lo que la ciencia construida desde los prejuicios puede producir. Sin embargo, la conclusión de Gould apunta en sentido opuesto, en la posibilidad de construir conocimiento científico reconociendo la forma en la que la cultura ha configurado la propia visión y cómo ésta afecta el campo de estudio —se trate de ciencias naturales o sociales e incluso en la labor artística—. Así plantea que el reconocimiento de la alteridad, de las diferencias nos enriquece:

 

 ¿Cuál, si no el estudio directo, justo y profundo de la diversidad cultural, que además constituye, al margen de sus virtudes relativas a la educación moral, la materia más fascinante del mundo? Ésta es la auténtica cuestión. La cuestión que subyace en nuestro valioso movimiento moderno en defensa del pluralismo en el estudio de la literatura y la historia, en defensa del conocimiento de la cultura y la obra de las minorías y de los grupos despreciados, convertidos en invisibles por el saber tradicional.

 

La falsa medida del hombre es un libro que analiza cómo la medida del ser humano fue el hombre blanco (de origen europeo, protestante) y esa medida se utilizó para establecer en una escala los diferentes grupos humanos. Es un análisis y una crítica de cómo la ciencia fue construida para justificar ese prejuicio y para validar ese status quo. Una obra que apunta la falacia del determinismo biológico —que a pesar de todo sigue siendo validado en nuestro tiempo—. A veinte años de su muerte su legado sigue vivo, no sólo su posición crítica hacia sus colegas y al quehacer científico, su divulgación y sus teorías, pero sobre todo su llamado al reconocimiento de quienes son diferentes a nosotros:

Aprendemos sobre la diversidad no sólo para aceptarla, sino también para comprender.

Cierro con las mismas palabras con las que Gould abre y cierra su libro, con una cita de Charles Darwin:

  Si la miseria de nuestros pobres no es causada por las leyes de la naturaleza sino por nuestras instituciones, cuán grande es nuestro pecado.


Autores
(Cuauhtémoc, Chihuahua, 1984) es autor de Gloria mundi. El nuevo Liber Pontificalis, ganador del Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri 2015.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

En una de las entrevistas que concedió tras su captura, desde la penitenciaría de máxima seguridad de Florence, Colorado, Theodore Kaczynski adelantó un futuro incierto aun a esas alturas. En 2020 los seres humanos serían capaces de descargar su información mental y genética en computadoras, por medio de lo que más tarde recibiría el nombre de transferencia mental. La raza humana trascendería sus incapacidades corporales, denigrándose cada vez más, y lo peor, según Kaczynski, es que sucedería en menos de cincuenta años. Semejante especulación no era consecuencia de su supuesto desequilibrio mental, como indujo la campaña mediática en su contra, sino la tesis más radical de un movimiento cuyos conceptos teóricos circulaban ya desde principios del siglo XX: el transhumanismo. Tal vez el prestigioso matemático errara en sus cálculos, pero es justo esa incertidumbre temporal, lo difuso del horizonte tecnológico, lo que dota de vigencia al caso de Unabomber.

Acrónimo de University and Airline Bomber, el apodo acuñado por el FBI describía el método del terrorista que puso en jaque a la agencia policiaca más poderosa de los Estados Unidos. De 1978 a 1995 Kaczynski fabricó 16 bombas, algunas instaladas en vuelos comerciales, pero la mayoría disfrazada de cartas dirigidas a profesores, investigadores y científicos que encarnaban el sistema tecnológico-industrial del que Kaczynski renegaba; ese mismo sistema que lo persiguió aun en los recovecos del bosque, donde encontró refugio no solo para perfeccionar sus bombas y esconderse por diecisiete años, sino también para establecer un cuartel secreto, la base de su anarco-primitivismo.

Luego de renunciar a su puesto como profesor asistente en la Universidad de California, Kaczynski se mudó a Lincoln, Montana, donde compró un terreno y construyó allí mismo una cabaña con dinero de sus padres. Para sobrevivir se hizo de comida enlatada, además de reciclar latas de refresco y robar clavos, cerillos, cables cortados y demás residuos tecnológicos que encontraba en la basura de sus vecinos. Había reunido una modesta biblioteca conformada en su mayoría por manuales para fabricar bombas caseras, libros de química y uno que otro clásico literario. Quizás Walden de Henry David Thoreau, del que más tarde el propio Kaczynski confirmaría la influencia del principal instigador de la desobediencia civil en su labor activista.

Sin embargo, pese a haber renunciado a la academia, nunca dejó de ejercitar su pensamiento radical, esas “ideas invisibles […] el último refugio de la rebelión”, como anota Ricardo Piglia en voz de Thomas Munk, su reelaboración de Kaczynski en El camino de Ida. “Solamente podemos resistir —continúa Munk— escondiendo nuestros pensamientos invisibles, confundiéndolos con la multitud. Somos individuos dispersos, metidos en los bosques, perdidos en las grandes ciudades, sujetos en fuga extraviados en las praderas”. Después del primer ataque en mayo de 1978, cuyo destinatario era un profesor de ingeniería de materiales de la Universidad de Northwestern, Illinois, Kaczynski comenzó una suerte de bitácora donde registró el paulatino cumplimiento de sus planes. Cada línea fue sustituida por un patrón numérico descifrable únicamente por él.

Según Joel Moss, agente designado por el FBI para seguir su rastro, el diario contenía “solo números. Páginas y páginas de números. Y resultó que había una clave oculta en las escrituras para traducir estos documentos numéricos. Resultaron ser confesiones directas de todos los crímenes de Unabomber y de cómo se sintió al respecto”. La idea central de ese diario era el regreso a lo que Kaczynski llamaba “la Naturaleza” (la mayúscula acaso sea un resabio romántico de influencia roussoniana), el verdadero futuro de la humanidad. Volver a ella significaba quemar las naves de la civilización y sus rasgos más opresivos, como la tecnología al servicio de la ambición capitalista.

Kaczynski sorprendió a todos por su impecable carrera académica. Se trataba de un profesor metido en actividades terroristas, un revolucionario que llevó su activismo a las últimas consecuencias, un hombre entregado a sus ideas en defensa de la humanidad, por más que, para cumplirlas, “algunos deban morir”. Tenía muy claro a quiénes dirigir sus proyectiles: investigadores que asumían el rol de engranes, cómplices de un sistema que “ha desestabilizado la sociedad, ha hecho la vida imposible, ha sometido a los seres humanos a indignidades, ha conducido a extender el sufrimiento psicológico […] y ha infligido un daño severo en el mundo natural. El continuo desarrollo de la tecnología empeorará la situación”.

Lo anterior es parte de La sociedad industrial y su futuro, el manifiesto que mandó en 1995 a la redacción del The New York Times con la condición de que renunciaría a continuar con sus actividades terroristas si lo publicaban. El periódico aceptó, y Kaczynski desbloqueó un nuevo nivel: hacerse oír, esta vez no solo mediante bombas fabricadas sino con ideas igualmente explosivas.

Leído en retrospectiva y con menos de cuarenta años de distancia, en el manifiesto destacan dos ideas que describen, a mi parecer, las aspiraciones reales de la avanzada tecnocientífica en el presente. Por un lado, escribe Kaczynski, “la restricción de la libertad es inevitable en la sociedad industrial ya que el hombre está atrapado en normas y regulaciones y sus destinos dependen de acciones de personas que están lejos de ellos, por lo que no pueden influir en estas” (párrafo 114). Por otro lado, continúa, existe una “falta de autonomía a la hora de tener metas reales, esto se ve reflejado en actividades sustitutorias que son metas en las cuales las personas nunca quedan satisfechas, como el conseguir un cuerpo correcto, riqueza, autorrealización, etc.” (párrafo 38).

En el presente existe un lugar que reúne las cualidades antagónicas del activismo de Kaczynski: Silicon Valley, el corazón del tecnoprogresismo. Emplazado en San Francisco, California, es sede de empresas y startups en su mayoría dedicadas a (y financiadas para) proponer innovaciones en la vida cotidiana por medio de tecnología. De acuerdo con Mark O’Connell en Cómo ser una máquina, “la retórica de la élite friki de Silicon Valley está impregnada de un leve idealismo contracultural: cambiar el mundo, mejorar las cosas, trastocar el antiguo orden, etc. […] Desde esta perspectiva, la muerte ya no [es] un problema filosófico: [es] un problema técnico; y todo problema técnico admit[e] una solución técnica”.

Quienes se encuentran detrás de las investigaciones en Silicon Valley no esconden su adhesión a la filosofía transhumanista.  De hecho, el movimiento surge como vertiente de la teoría evolucionista, particularmente derivado de la eugenesia, que fue mal interpretada, o interpretada a modo, durante la segunda guerra mundial para justificar una limpia de grupos sociales históricamente relegados. No es fortuito, por tanto, que Kaczynski pronosticara un mundo gobernado por máquinas, regido por inteligencia artificial, desmaterializado y vuelto a cargar en dispositivos que suplieran el cuerpo humano. Se trataba de un proyecto entregado desde principios de siglo al “mejoramiento” de la especie humana por medio de tecnología cada vez más sofisticada.

En la década de los cincuenta, el biólogo británico Julian Huxley fue el responsable de bautizar el movimiento. Buscaba describir la necesidad del ser humano de que, según Rafael Monterde Ferrando (“Génesis histórica del transhumanismo”, 2021) “trascendiera a sí mismo, pero no esporádicamente, aquí un individuo, de una manera, allá otro individuo de un modo distinto, sino en su totalidad, como humanidad. Necesitamos un nombre para este nuevo credo. Tal vez sirva transhumanismo, esto es, el hombre permaneciendo como hombre, pero yendo más allá, superándose a sí mismo al realizar nuevas posibilidades de su naturaleza humana y para su naturaleza humana” (145).

De acuerdo con Monterde Ferrando, “el hombre que dio pie a las especulaciones eugenésicas fue Francis Galton, quien, inspirándose en las ideas evolucionistas de su primo, Charles Darwin, pensó que la libertad humana sería tal cuando tuviera bajo su control su propia evolución” (143). Huxley recuperaría las lecciones morales de Galton, quien a su vez pretendía imponer la eugenesia como una práctica que redimiera a la sociedad victoriana, aquejada por la “degradación progresiva de la condición biológica de sus miembros”. “Para Galton —continúa Monterde Ferrando— la eugenesia representaba la ciencia del mejoramiento de la raza, aquella que buscaba sus mejores cualidades para potenciarla tras un proceso de selección artificial” (143).

Para el incipiente credo transhumanista, había que trascender las posibilidades del cuerpo humano, y con esto alcanzar la perfección, una perfección autorregulada por sí misma. Por esos años el concepto de cyborg ya había sido propuesto por Manfred E. Clynes y Nathan S. Kline, dos médicos y neurólogos estadounidenses cuya propuesta de fabricar a un humano que aprendiera a adaptarse a los climas hostiles de otros planetas, estaba muy emparentada con el tono futurista de la ciencia ficción, que visualizaban la vida humana lejos de la Tierra. Kaczynski, en las antípodas de este pensamiento, promovía el regreso a la naturaleza. No había necesidad, según pensaba, de salir de este planeta, por lo tanto, los científicos como Clynes, Kline, Huxley y Galton debieron parecerle francamente equivocados, pues emprendían un camino que su ecologismo radical miraba con malos ojos.

En todo caso, lo que estuvo en juego durante los dieciséis años de activismo de Kaczynski fue la vida humana y su porvenir. Por un lado, estaba el rompimiento inevitable con la sociedad moderna, entusiasmada con la cultura tecnológica, lo que a la larga afectaría la vida de los seres humanos, degradándolos y sometiéndolos, como anota en su manifiesto, “a grandes indignidades [lo cual] infligirá gran daño en el mundo natural, probablemente conducirá a un gran colapso social y al sufrimiento psicológico”. Por otro lado, se encontraba el transhumanismo y los avances biomédicos y neurocientíficos, y sus respectivos promotores —desde investigadores y médicos hasta aficionados, filósofos y agentes culturales— para los que el cuerpo y sus afecciones (la muerte, las enfermedades) son el verdadero problema, la diana a la que hay que apuntar si el ser humano desea vivir larga y felizmente.

Hasta el momento, lo más cerca que se ha estado del pronóstico de Kaczynski y de los postulados más radicales del transhumanismo, han sido las simulaciones artificiales del cerebro de algunos animales. De acuerdo con un estudio publicado por investigadores de Stanford, “en 2007, la mayor simulación cortical contenía unos ocho millones de neuronas —el equivalente a la mitad de un cerebro de ratón— y sólo cuatro años después, los científicos fueron capaces de emular cerebros compuestos por más de 1.500 millones de estas estructuras”. Esta idea es recurrente en las propuestas más arriesgadas de algunos transhumanistas destacados, como Ray Kurzweil, quien impulsó la creación de la Universidad de la Singularidad emplazada en Silicon Valley. En su libro La Singularidad está cerca (2005), Kurzweil asegura: “Una emulación del cerebro humano que se ejecutara en un sistema electrónico funcionaría mucho más deprisa que nuestro cerebro biológico”.

El propio Kurzweil, acostumbrado como hombre de ciencia a lanzar fechas futuras como una forma de hacerlas presentes, prolonga una década más el pronóstico de Kaczynski. Kurzweil prevé que el 2030 sea el año crucial para realizar las primeras transferencias mentales. Se trata de lo que el transhumanismo, desde los años de Huxley, insistió en llamar “mente incorpórea”, una suerte de desplazamiento hacia afuera de la experiencia de vida humana y su fusión, casi mística, con el universo. “Nosotros somos cósmicos”, anota el filósofo iraní Fereidoun M. Esfandiary (más tarde FM-2030, año en que según él conseguiría la inmortalidad) en Up-Wingers, uno de los primeros manifiestos del movimiento transhumanista.

Acaso, tanto en la propuesta de Kaczynski como en la del transhumanismo radical, el objetivo en común sea fundirse con el cosmos, ser uno con el universo, volver a un estadio primigenio en que el ser humano se aleje del sitio privilegiado que ocupa por encima de los demás seres vivos. En ese deseo transhumanista por abandonar la forma humana, tal como sugiere O’Connell, “hay algo, al final, paradójica y definitivamente humano”.

 

 

Bibliografía consultada

Jordan Inafuku et al. (2010). Downloading Consciousness. Stanford University. Recuperado de: https://cs.stanford.edu/people/eroberts/cs201/projects/2010-11/DownloadingConsciousness/tandr.html

 

Mark O’Connell (2019). Cómo ser una máquina: Aventuras entre cíborgs, utopistas, hackers y futuristas. Editorial Capitán Swing.

 

Ricardo Monterde Ferrando (2021). “Génesis histórica del transhumanismo: Evolución de una idea” en Cuadernos de Bioética.

 

Ricardo Piglia (2013). El camino de Ida. Editorial Anagrama.

 

Theodore Kaczynski (1995). “La sociedad industrial y su futuro” en The New York times.

 

 

 


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
tomado por Paille en Flickr.com, Cannes, 2012

¿Alguna vez has volteado en el cine a ver a los espectadores ver las películas?

Hay algo aterrador y hermoso en mirar al público ver la película y voltearse hacia ti por haber volteado y evidenciar su condición de espectadores. Si no lo has hecho, hazlo. Esa es la sensación de ver una película de Leos Carax. Ver que no estás viendo y no te importa. Cambias la dirección de la producción de significados. El público se vuelve espectáculo, tú te vuelves voyeur incómodo y ves cosas que no tendrías que ver. Cómo son conmovidas las personas por las imágenes y se hacen conscientes de ser espectadores.

Jean Luc Godard dijo que Xavier Dolan era muy joven y hacía cine viejo mientras que él era muy viejo y hacía cine joven. Un asunto formal sobre los modos de la narración. Por un lado, el experimento ¡vanguardista! de la yuxtaposición de fragmentos; por otro cine narrativo de historias íntimas. En medio el infante fatal. Del cine de Leos Carax surgen muchas líneas y series que constituyen una máquina de visualidad sobre la posibilidad de la narración, lo visible, el cuerpo y el amor que oscila entre el gesto vanguardista en tanto método y modos del relato tradicionales que dialogan con la literatura más pura.

Sus películas se cifran en los contornos de la experiencia que lleva a trastocar ciertos límites. Holy Motors (2012) es una multitud de preguntas sobre la agencia, la función constitutiva de las imágenes en nuestra relación con el mundo y el desgaste de un cuerpo útil socialmente. Pola X (1999) es la ruptura y la huida sin regreso; un tormento para llegar más allá del engaño de lo real. Los Amantes del puente nuevo (1991) es la caída al amor más allá de la ética capitalista, la oda a la posibilidad del deseo en el margen, esto es un espacio heterotópico donde cuerpo y delirio se funden con el espacio. Mala sangre (1986) y Chico conoce chica (1984) son el punto de inicio en el que el amor, deseo y juventud son motores de sospecha. De antaño hay un nexo entre desamor y desencanto con lo real. El motivo del despechado como aquél que epifánicamente se da cuenta de la ideología que regula lo social y quiere salir de ahí.

Carax comenzó su carrera cinematográfica escribiendo en Cahiers du cinéma y tuvo como maestros a Godard, Truffaut y Eric Rhomer. Lo que inicia como un modo de sospechar desde la subjetividad en delirio se alimenta de la meta-crítica cinematográfica y se potencia hasta hacer de la película el dispositivo con el que hace al público sospechar de su propio régimen de verdad.

Las ideas cinematográficas de Carax son un cuestionamiento a las lógicas de la burguesía y el poder constituyente de lo real como verdadero y necesario. Lo que se pone en juego es el estatuto de realidad en relación con las imágenes, el espectáculo y la imaginación colectiva. Es una tensión de lo verdadero como una suerte de delirio modulado. El modo de poner en duda lo real como las conexiones legales y causales a las cuales estamos llamados a obedecer es romper esa lógica con un artificio antiguo. Una tragedia se compone por episodios, distintas escenas y conflictos en el desarrollo de una unidad cerrada de tiempo. Con sus peripecias y movimientos.

En la Grecia antigua cuando la trama llegaba a un punto irresoluble se recurre a lo fantástico místico: El deus ex machina era la herramienta para que los dioses o fuerzas más allá de lo humano tomaran agencia de lo narrado y pudieran solucionar el relato. Así las máquinas teatrales se vuelven el principio técnico que produce extrañamiento estético y tensa la narración más allá de lo real a modo de engaño. La posibilidad de este truco permite llevar al arte teatral fuera de los límites de la mímesis y, si bien no generar rupturas (pues la hipermediatización visual del mundo no da lugar a la sorpresa), sí tentar producir experiencias con un poco de extrañamiento. Hay algo desconcertante tras ver el cine de Carax. Algo que atraviesa también su figura como persona. No habla, casi no da entrevistas ni accede a divulgar su vida. Pero un día vino a México.

Leos Carax saca un cigarro afuera de la sala 8 de la Cineteca un 7 de junio de 2013, toca sus bolsillos revisando si tiene algún encendedor olvidado. Voltea a ver a su alrededor. Al mismo tiempo me percato que la seguridad y el personal del cine están atentos con muecas. Temeroso saco mi encendedor y se lo ofrezco, sin chistar lo agarra y me dice algo que, por como lo entiendo podría ser “Gracias chamaco” en francés. Al sonar el *chlink* del encendedor, salir el fuego y el tabaco comenzar a arder, un policía decidido, seguramente el malo que cree ferviente en la ley y tiene agallas, camina directo a Leos Carax.

Algunos pasos antes de que comenzara a hablar, el organizador del ciclo o el gerente de la Cineteca lo detiene y le susurra algo. Algo parecido a “es Leos Carax, el homenajeado”, “déjalo, son las costumbres en Francia” o solamente “es el cineasta”. Al ver ese momento y la cara del policía desconcertado, enojado pero resignado hice una mueca de reto. A mis 18 años era objetivo delictivo de los elementos de seguridad de la Cineteca, los años en que te escabulles con vinos, pulques o cervezas a las salas, subes a la azotea a fumar a escondidas, besar en el horizontes y sales corriendo cuando la policía te grita.

Entonces sonreí y me acerqué nuevamente a Leos Carax, hice una serie de gestos y sonidos que se entendían como “me das un cigarro”, cosa que captó a la perfección y me lo dio. Lo prendí junto a él mientras sentía la mirada del policía sobre mí. En ese momento Carax hablaba con alguien en francés y yo sonreía con mi cigarro sosteniendo todas las miradas de los trabajadores y policías porque había entendido la autonomía artística. Esa de la que hablan Adorno y Kant. Se acabó el cigarro, le pedí su autógrafo que era mi ticket de salida de aquel escenario autónomo y me fui.

Aquel día no sólo el arte me refugió, sino que la película que vi problematiza el asunto de la mirada del policía como institución, de Carax como un espacio que permite salirse de la norma y del juego entre ser mirados, ser actantes de rituales en lo cotidiano del que todos somos parte. Holy Motors evidenció una forma de sensibilidad que habitamos en la crisálida icónica de los medios y el espacio del público. Esto es importante porque su cine parte de ese supuesto. Que las imágenes si bien son parte del mundo también constituyen lugares autónomos.

Esos lugares tienen marcos, telones, puertas, paredes dobles y bosques. Para poder verlos hace falta moverse y cerrar el tiempo potencial. Es un abandono. Tanto en Holy Motors como en su último filme, Annette (2021) al inicio sale el mismo Leos Carax adentrándose a traspasar esos umbrales. En Holy Motors Carax tiene una pesadilla y grita mientras una sala de cine está llena. En lo que despierta sale a su balcón a ver la noche, luego toca una pared desconociendo su sensación y por pura intuición abre la pared con un desarmador que es parte de sus dedos y baja de la sala de proyección que es el espacio onírico del director a la sala llena de espectadores; Y en Annette le pregunta a los músicos de Sparks si ya pueden empezar y estos a su vez, junto al director, parece preguntarle al público lo mismo. Al final de la canción dicen mirando a la cámara “Si el párpado es el telón, ¿dónde sucede el show? ¿adentro o afuera?”.

De esa pregunta se desprende la máquina des dramática de Leos Carax. Annette sería la última entrega del laboratorio de experiencias cinematográficas del francés. Un paso más para llegar al desconocimiento de la realidad. En Pola X, Pierre es un escritor que buscan la mentira de todas las cosas; en Holy Motors, Oscar es un actor sui generis de regulación social quien sabe del engaño de las imágenes y en Annette, Henry Mc Henry es un comediante partícipe de la farsa del espectáculo. Se puede leer como un intento de salir cada vez más de los paradigmas de representación y utiliza la ironía para transgredir hasta la pena ajena lo que se conforma como verosímil. Esa inefabilidad entre la representación, lo real y la máquina ¿su hija? van llevando a Henry al delirio. Asesina por mantener su fama y modo de vida. Se vuelve prisionero de sus propios trucos. En un acto el público de su show le pregunta “¿Por qué te volviste comediante, Henry McHenry?” y él responde “Para desarmar a las personas”. En ese espectro se cifra el poder delirante del cine de Carax. En abrir un espacio radicalmente otro que hace posible no solo mundos fantásticos, sino que propicia el paso en donde el extravío es posible, peligroso, pero puede ser hermoso.


Autores
M.S.Yániz. Crítico y ensayista especulativo. Cursa estudios de filosofía crítica en The New Centre for Research & Practice. Escribe sobre formas discursivas tanto materiales como poéticas que tensionen lo político. Textos suyos han aparecido en FILME, Terremoto Contemporary Art in the Americas, FalsoRecord (colombia), PICS del Centro de la imagen, entre otras. Coeditó los Ensayos Completos de Tomás Segovia en Ediciones sin Nombre. Tradujo el libro inédito de Mark Fisher, Comunismo ácido publicado en Herring Publisher con ilustraciones de Diana Cantarey.
Portada de En qué piensan los gusanos cuando tienen hambre, Universidad Autónoma de Nuevo León

Al llegar a su casa, Beto se recostó en el piso de la sala y estuvo ahí un rato, respirando polvo y abandono. Faltaban tres horas para el alba. Aunque lacerado, su rostro irradiaba una calma tenue por haber, al menos, eyaculado. Tenía claro el siguiente paso: devolver la bicicleta del Negro. Antes debía encontrar un par de zapatos, pues perdió uno de sus guaraches al brincar la barda. Pensó en las pertenencias de su padre fallecido. Iban a cumplirse –¿diez años? ¿once o doce?– desde que se arrojó de la torre de luz: lo veía desde el suelo, escondido en el monte porque lo habían recluido para que no presenciara su final. Sin embargo, vio el salto y cerró los ojos. Eso no impidió que tuviera en su cabeza la imagen del estruendo de los huesos. Lo que dijo en el aire todavía le retumbaba en sus oídos: ¡Nos vemos en el infierno!, seguido por el crujir espeluznante del cuerpo, gritos de señoras, silencio desconcertante de niños y lamento de hombres. ¿Qué no bastan los brazos de muchas personas para evitar una muerte? Sacudió su cabeza para concentrarse en el presente. Ni siquiera sabía de la bronca en la que estaba metido. Apesadumbrado por la falta del guarache y la carga que significaba haber hurtado la bici del Negro, cayó súpito, pensando cómo había llegado a ese punto. Poco después lo despertaron unos golpes en su puerta. Parecía que a Beto los problemas lo perseguían y precisamente, el de esa mañana, había comenzado la noche anterior en la llantera, cuando subió al vocho de Pelirrojo y Pelochino.

Iban a bordo del Volkswagen. Beto se escondió la palabra marcada en su frente con una gorra. No mostraría sus desgracias para causar admiración o lástima. Mostrarla iba a ser como levantar un monumento a su aberrante vida. Mucho menos lo iba a hacer en el hábitat condensado del vocho. Pero Pelirrojo y Pelochino eran morbosos, querían detalles de lo que pasó. Al principio hablaban tranquilamente de música, uno tachó de pendejo a otro por haber empeñado el estéreo del carro y éste otro le respondió que necesitaba dinero para yasabesqué, fue entonces que recordaron que Beto venía en el asiento de atrás, sudando, viendo de reojo los contrastes de la ciudad.

Pelirrojo detuvo el auto y lo vio como quien mira a la desgracia en persona.

—¿Entonces qué, güey? ¿Es neta? ¿Que el Darwin te escribió RATA en la frente?

La sonrisa de Darwin apareció en su mente mientras le rapaba el cráneo y soltaba su perorata previa a la paliza, esforzándose para que los jefes lo escucharan y el resto aplaudiera:

Es tu oportunidad de cambiar, apá. Iniciar de cero. Que te sirva de aprendizaje, de luz, de escarmiento. Pa que pienses las cosas antes de hacerlas. Somos humanos y erramos, ¿eda? Pero así no son las cosas aquí, padre santo. Aquí es chambear parejo y como es, respetando las reglas, el funcionamiento, ¡las chingadas reglas, cabrón! El reglamento es algo que tú no sabes qué es porque no fuiste ni a la escuela. Se usa pa que haiga paz entre los seres humanos, apá. ¿Sí me entiendes? Como sea, mira, aquí están las consecuencias… espero recapacites, padre santo, y no vuelvas a hacer otra pendejada.

No podía sacar el eterno y sucio ruido en su cabeza, un vaho de muerto, un eco rabioso, hambriento e invasivo que lame las entrañas hasta de los hombres más dignos. La niebla tóxica que los lleva a la esclavitud de un placer que envuelve el cuerpo con humo plateado. Caen como ratas envenenadas, a media calle, delirantes, escupiendo sangre. Es una peste que brota desde un cristal de pipeta y probeta. Se ingiere con una bombilla incandescente. Se inmiscuye en el alma, cambia las direcciones al caminar, borra las puertas: la famosa grasa moral, el famoso polvo lunar, el hambre de los gusanos.

Con esa hambre andaba Beto aquella noche que le escribieron RATA con un cuchillo. Traía en la mano la sardina y la gorra que le regalaron, cuando exigió algo más que sólo droga, pues tenía hambre. Agarra esa lata y ten la gorra, le dijeron, no estés llorando. Se la puso: “Abarrotes El Ciego”, mientras veía a su rededor la mercancía robada que descargó del tráiler. Comida, detergentes y aparatos electrónicos. Sentía un poco de consolación por llevar al menos las bolsas de cristal, como pago, pero cuando vio cajas de celulares y computadoras, esa resignación se convirtió en el odio infame que nada más los hombres vertiginosos conocen.

Poco después la realidad se dispersó. Los de su especie fumaban en el patio y los jefes empistolados platicaban en una de las oficinas. Era un momento inusual porque en la bodega siempre solía haber alguien con cuerno de chivo viendo todos los movimientos. Tras lo insólito de la situación, combinado con la ofensa, lanzó el último vistazo y hurtó dos cajas: laptop y celular. Abrió quedo la puerta. Nadie lo vio salir. Pudo darse el lujo de volverla a cerrar antes de huir disparado.

Tomó el único camino que había para llegar al resto de la ciudad. Se trataba de una carretera desierta de dos kilómetros, con matorrales a los lados, tierra suelta y piedras enterradas. Iba huyendo despavorido, a galope, respirando los tufos del monte, con los guaraches grises de polvo, abrazado con vehemencia a las cajas de los aparatos. Pensó que la estaba librando, sin embargo, una luz engrandeciéndose apareció detrás suyo. Le cortó la inspiración. Era una de las camionetas de El Ciego. Bajaron cuatro tipos, naturalmente armados.

—Como cuando prendes la luz en el baño y la cucaracha se esconde.

El monte contiguo era su única salida. Parecía infranqueable. Entró raspándose con las espinas, resquebrajando algunas ramas secas, llenas de telarañas. Oscuridad de luna dibujaba el lugar y el grillar nocturno sonorizaba la persecución. Los tipos lo alcanzaron más rápido y fácil de lo que pensaba, pues traían lámparas, zapatos, pantalones y una orden ineludible. Dos culatazos lo domaron.

—Vimos que dejaste la sardina donde faltaba una computadora.

Lo llevaron de regreso a la bodega, donde lo recibió El Ciego con puñetazos y un discurso de pistola en mano. Le quitó el seguro para dispararle, pero antes se detuvo a regañar a sus hombres.

—Órale putos, por andar pensando en la verga, a este infeliz se le acabó la vida, no les pago por hacerse pendejos, pónganse vergas porque ya saben que son bravos los perros… pero más bravo es el jefe.

El Ciego vio al Beto como alguien en sí mismo hurtado, desterrado y sin gracia. No lo externó, ni siquiera tenía las palabras para hacerlo. Ver su rostro triste avivaba su llama atroz. Quiso saber si era de los que se orinaban. Abrazó el gatillo con la yema de su índice, apuntándole entre ceja y ceja y realmente deseaba con avidez presionarlo, pero no lo hizo porque debía pedirle permiso al Neto, su jefe, y desobedecer es un vicio caro. Como buen expolicía melindroso, le causaba revuelo notar cómo una cucaracha como él se ponía a llorar. Guardó su arma. Se dio cuenta que no se orinó y dio la orden para que le propinaran una golpiza hasta que se cansaran y le raparan el cabello y las cejas, después le escribirían con una navaja la palabra RATA en la frente.

—No lo maten. Ahorita no estamos para andar tirando bultos. Hasta yo debo pedirle permiso al Neto y me caga escucharlo decir que es Dios, que él decide quién vive y quién muere.

Luego de la paliza, Darwin sacó gustoso el cuchillo, mordiéndose la lengua. Los demás le agarraron brazos y piernas. Ya estaba recostado en el piso, moribundo, cuando lo sujetó de la barbilla, y la punta filosa, presionada contra la frente, abrió la carne. Beto comenzó a gritar barbaridades y a menear la cabeza, Darwin se puso de pie y le dio una patada en la panza. Luego le dio puñetazos hasta inmovilizarlo. Terminó la R. La sangre caía hacia las orejas y los ojos. Hizo la A con dos movimientos. Con la T, Beto volvió a gritar y Darwin otra vez le pegó para que se callara, sin embargo, cuando trazó la primera línea de la última A, se dio cuenta que sus gritos lo alimentaban, por eso terminó las últimas líneas con más fuerza, para saborear el dolor y su desesperación.

Beto terminó con el rostro morado, bañado de sangre. Párpados caídos, pómulos hinchados. Labios con huecos rojos y quizá alguna costilla fracturada y contusiones. Además, varios dedos de la mano derecha se le quebraron por un pisotón. Le ordenaron que se pusiera de pie, pero no pudo. Darwin le pasó un trapo mojado en la frente, para ver su obra de arte, y luego le dio una patada en el culo, advirtiéndole, si volvía a aparecer en la bodega, lo iba a matar sin consideración.

Volvió zombi, derramando sangre sobre el mismo camino por donde poco antes había corrido victorioso. Se desconectó de sí hasta el día siguiente, cuando despertó en un hospital con cuarenta y dos puntadas en la frente.

Pasaron diez días. Le quitaron las puntadas, pero los dolores del cuerpo no se esfumaron tan fácil. Siguió encerrado en su casa, durmiendo día y noche, alimentado por la misericordia de los vecinos, hasta que una mañana, decidió quitarse las vendas y salir a buscar su vicio.

Esa noche, llegó casualmente a la llantera. Con la confianza que le daba haber sobrevivido, traía en la mente la idea de asaltar a alguien o entrar en alguna morada, o hacer lo que fuera para conseguir dinero, pero Pelochino y Pelirrojo no eran así. Llegaron a cargar gasolina en una estación solitaria, testigo de los asaltos al Oxxo adjunto, por ello permanecía cerrado y Beto se lamentó, pues pretendía entrar a robarse algo para comer. La luz de un poste parpadeaba.

—¿Ya vienen? –preguntó alguien del otro lado del celular de Pelochino.

—Simón, ya vamos, se me ponchó una llanta del vocho. ¿Podemos llevar a un compa más?

—No, no lo traigas, dice El Ciego que ya somos muchos y el pedo está caliente.

Beto descartó la idea de los asaltos y terminó de convencerse cuando Pelirrojo dobló en una desviación que conducía a una periferia de la ciudad, donde estaba la gran bodega.

—¿Cómo van a sacar lana?

—Chambearemos, güey. Vamos a descargar un tráiler y nos van a dar trescientos pesos. Pero dijo mi compa que El Ciego le dijo que no hay chamba para ti, ¿nos esperas afuera?

—¿El Ciego? ¿Quién es ese? –preguntó fingiendo no saber.

—Es un bato que vende loquera y tiene un negocio legal, es buen pedo.

—Bájame aquí, yo no me acerco a esa zona. Ahí me raparon, ¿no ven mi gorra? –apuntó hacia el logo, Abarrotes El Ciego– Si vuelvo me va a matar.

—Pendejo, cabrón. Y todavía te atreves a cargar esa chingadera.

—Pensé que iban a asaltar o robar en una casa. Bájame aquí.

—¿Eres imbécil? Bájate, bájate –le gritó Pelochino deteniéndose después de cruzar unas vías.

—¡Ahí pagan con crico! –les gritó antes de que siguieran su camino.

Miró al vocho rojo adentrándose en la oscuridad. Tuvo que caminar de regreso. Le costaba respirar. Tardó poco más de una hora en llegar al barrio. No tenía pensamientos. No tenía gustos, ni decepciones, mucho menos amistad o amor. Por momentos no se sentía humano. Sólo era él caminando hacia la llantera donde lo habían recogido. Ahí trabajaba el Negro. Se postró bajo el letrero lumínico de Llantera 24 horas y esperó a que saliera, para pedirle agua, un cigarro o dinero, pero no apareció nadie. Gritó. Vio moviéndose a la cucaracha que había pisado antes de subirse al vocho. ¿Cómo puede seguir viva después de pisarla con todo mi peso?, se preguntó, ¿soy una cucaracha? Miró de nuevo hacia la casa y el Negro no aparecía. Supuso que andaba en la parte trasera fumando. Vio su bicicleta recargada en la penumbra. Se sintió persona de pronto, con casa, sin comida, con sed y una opinión. Se le presentaban dos opciones: entrar al local a buscarlo o llevarse su bici.

Eligió la segunda.

Mientras pedaleaba, la vida se le olvidó y por un instante no sintió dolor de ser él: Alberto Tirado Alegre. Su nombre no importaba en lo absoluto. Era Beto desde niño. Iba a devolver la bici, creyó haber aprendido la lección. Sólo quería deambular por si conseguía algo que tuviera valor. Pasó por su casa y decidió entrar para tranquilizarse, pero vio caso perdido quedarse ahí. No había luz, tampoco agua, mucho menos comida o alguna sustancia que lo amenice. Se tocó la frente, estaba cicatrizando la palabra. Pasó la mano por la cabeza, sintió mechones mal rapados.

Aunque iba devolverle la bici al Negro, no iba a tener el valor para verlo a la cara. Decidió dejársela después en su trabajo, un día que él no estuviese. El Negro salía de trabajar a las seis de la mañana. Faltaban seis horas. Tenía suficiente tiempo para recorrer el barrio. En su bolsa del pantalón había guardado un cuchillo, por si aparecía un venadito, pero los dedos quebrados lo hacían sentir incompleto e inseguro. No podía usar su mano sin que sintiera una punzada en los huesos.

Llegó a un pequeño parque. Se lavó la cara con agua de la llave. Bebió sólo un poco, para quitarse la resequedad. En la calle había un montón de manchas negras por el aceite quemado, pues uno de los vecinos era mecánico de carros. Vio los columpios destrozados, la maleza crecida y el piso de la cancha de basquetbol grafiteado, igual que la canasta sin aro. No había ningún alma alrededor. Al otro lado se alzaba una montaña de basura, del tamaño de un tinaco, rodeada de moscas y dos perros. Casi todas las casas tenían las luces apagadas. Recordó a su muy viejo amigo Bruno Salamanca, a quien no le gustaba tener luces en su casa, donde mucha gente iba a pasar la noche entre humo y licor. Vivía en el barrio del Infierno, a dos colonias de donde estaba. Probaría suerte con él.

Al llegar, no le sorprendió encontrar la casa en penumbras. En la sala había un hombre dormido, una chica muy despierta y otros tres fumando yerba y jugando cartas. No vio a Bruno, ni preguntó por él. Bajó la visera de la gorra para que no le vieran la frente.

—Aquí no hay cristal, morro –dijo alguien en cuanto lo vio entrar con la bicicleta.

—¿Me rolas un toque de mota? –le extendieron el churro sin el más mínimo sentido de egoísmo.

—Las bicicletas están en el patio, ve y déjala allá porque aquí hace mucho pedo.

Beto planeó quedarse toda la noche en el Infierno, hasta que vio la bicicleta de Darwin atrás. Era una bici toro con parrilla. Estaba seguro de que no lo vio en la sala, pero sabía que, si ve la bicicleta del Negro, habría problemas. La cubrió con la lona de un candidato político. Regresó a sentarse al lado de la chica, esperando el churro. Fumó, pensando qué hacer con la bici, resignándose a regresar con el Negro y recibir unas cachetadas y quizá su exilio total de la llantera. Pidió agua y le dijeron que sólo en el baño había. Se dirigió hacia allá decidido, pero dos personas estaban dentro.

—Espérate a que salgan –le dijo la chica con voz dulce. Pudo reconocer el olor plateado del cristal a través de la puerta, no sabía cómo pedirles al menos una calada y nada más tocó la puerta para probar suerte. Después de unos segundos, abrió la puerta una mujer obesa y sonriente.

—Pásale.

Adentro estaba Darwin.

—¡Ay, papá! ¿Me la quieres mamar también? –dijo guiñando el ojo y haciendo su chiflido que lo caracteriza.

Beto sonrió sin ganas. Olía a sudor. Preguntó si le podían dar un toque de cristal y Darwin se carcajeó, quitándole la gorra para ver su obra de arte. Le pegó un zape. Estaban apretados. La mujer le palpó la parte donde deberían estar las cejas. Le dio lástima. Se enojó con Darwin por abusivo. Él la maltrató y le dijo que no fuera metiche, porque no sabía nada de él. Abrió la regadera y metió su cabeza, mientras le decía pendeja, pinchi babosa y otras ofensas. Luego abrió la puerta, les dijo pendejos y salió con la gorra en la mano.

—Date –ofreció ella, extendiéndole un foco grisáceo, chamuscado. Tenía senos enormes, usaba una blusa naranja sin mangas y el pelo suelto. Desbordada. Se llamaba Kimberly: blanca, cachetona, chichona y nalgona. Le pareció rarísimo verlo con guaraches y calcetines.

—¿Por qué te quedas con el foco sin hacer nada?

—No puedo fumar –al fin le dijo–. Me duelen los dedos.

Sintió ternura por él. Se acercó y le puso el foco en la boca, prendió fuego y esperó a que jalara el dulce veneno. Vio su frente. No andes de ratero, le dijo con mesura. Le preguntó cómo se llamaba, de dónde era y qué estaba haciendo ahí. Luego de la calada profunda, respondió con claridad y se puso a tomar agua del lavabo. Kimberly fumó las sobras y guardó el kit (encendedor, foco, franela) en una esquina del piso y al erguirse, le agarró las nalgas y él desconcertado, sólo sonrió.

—Perdón, se me antojaba. Estás muy flaco. La verdad, me encantan los flacos –dijo para su sorpresa, rodeándole la cadera hasta llegar a su escuálido pene. Lo apretó. Ella sonrió mientras sacaba la lengua. La quiso besar, no se dejó. Se quedó inmóvil dejando que ella hiciera todo lo que quisiera.

Le desabrochó el short playero. Lo bajó mientras besaba su pansa y metía su lengua en el ombligo. No tenía energías para la erección, ella se dio cuenta al palparlo sobre su bóxer, después se deshizo de él y vio un pene flácido. No se le antojó, tampoco quería salir a la sala. Kimberly sentía que su papel en la vida era estar en el baño. Su propia casa con retrete. Era su reto levantar ese pene. Le agarró las manos y las puso en sus senos. Nada. Se arrodilló. Le acarició el prepucio con sus labios, se metió el escroto a la boca, le tocaba las piernas y se detenía a hacer círculos con su lengua en el glande. Estaba despertando. Continuó por un rato. Se endurecía lento. Le dio un beso en el ano y al fin, despertó por completo. Succionaba. Le llovían besos. Le hacía creer que era un gran hombre y que ya no tenía nada más qué desear ni qué temer. Al fin, entre la estimulación y reconocimiento de ciertos olores que habían permanecido guardados entre sus ingles, combinados a la nula limpieza de ciertas zonas, se puso tan duro como el brazo de un albañil. Se lo metía y se lo sacaba con tal oficio que hacía que Beto se contorsionara. De pronto, sin más, eyaculó en su boca. Respiraron hondo, corazones tamborileros. Querían tirarse al suelo, pero el baño era demasiado pequeño. El ruido y la furia de afuera los despabilaron: un grito certero y fuertes golpes a la puerta del baño. Una punzada le llegó al estómago. Ella se puso de pie y escupió en el retrete. Él se subió el short y salió del baño. Era Darwin, enfadado porque vio la bicicleta del Negro.

—Me la prestó el Negro, wey –dijo con las manos trémulas.

—¡Tu culo! Yo estaba con él cuando salimos y la bici había desaparecido. Te va a cargar la chingada ahora sí, cabrón.

No sabía si correr o quedarse ahí. ¿Vendrían por él o lo iban a ajusticiar en el Infierno? Buscó a Bruno Salamanca entre las sombras, él lo protegería de Darwin, sin embargo, no lo encontró por ningún lado.

—Se la iba a llevar, bato, enserio, nomás quería ir a mi casa, ya sabes que ando bien madreado, todavía me duelen los putazos que me diste, no puedo casi caminar, se la iba llevar ahorita, lo juro.

—Que te crea tú chingada madre, ¿por qué viniste al Infierno? Le voy hablar al Negro a ver si manda a la gente de su tío. Te van a mochar las manos, cabrón, andas dando mucha lata.

Sintió que Darwin estaba jugando con él porque no llamaba a nadie. Vio en sus ojos una salida. Pensó que ese tipo de amenazas no existen, simplemente lo hacen sin avisar.

—¿Y si se la llevo ahorita? Hazme ese paro, Darwin –suplicó. Él fingió pensarlo. Tenía un plan.

—Sí, apá, me das lástima por pendejo, pero te va a costar.

—Luego te lo pago, ya sabes que ahorita estoy bien jodido.

Salieron al patio para recoger las bicicletas, en ese momento Beto le pidió la gorra y el Darwin, después de regresar por ella, se la extendió y antes de que la pudiera tomar, la arrojó hacia el techo de la casa.

—Vámonos, cabrón. Vamos a ir a su casa, porque ahorita capaz ya le dijo a su tío que le robaron la bici y tú fuiste el primer pendejo al que le echamos la culpa, y no nos equivocamos, mira a dónde viniste a caer.

Sacaron sus bicis y pedalearon a la casa del Negro. Vivía a quince cuadras del Infierno. Era una colonia que se vendió como el residencial donde la vida de sus vecinos cambiaría radicalmente. No obstante, las calles disparatadas y el campo inservible habían sido testigos de múltiples atracos, golpizas de policías y muertes públicas. Hubo un tiempo en que vendían drogas bajo un gran árbol. En ese sentido, la vida sí cambió radicalmente para muchos. En una de sus entradas, donde años atrás había un anuncio espectacular con una familia sonriente que anunciaba al fraccionamiento La Campiña, ahora había una pared descarapelada, sin cartel, donde algún hijo de vecino, usando toda su creatividad, escribió con aerosol la campiña ta lokota. Beto tenía cuidado siempre al entrar a ese hervidero de cholos. Sabía que, si la gente del lugar se enteraba que había robado al Negro, no lo dejarían salir caminando sino arriba de una ambulancia. Darwin y él no tardaron mucho en llegar. Cruzaron una avenida y pasaron por detrás de la llantera. La casa del Negro estaba al lado de una esquina. Atrás de ella había un monte donde podrían correr hasta llegar a un arroyo y después perderse entre las calles de otra colonia casi idéntica a La Campiña, con otra arquitectura y otro nombre, pero casi con la misma historia.

Llegaron y para suerte de ellos algunas lámparas de la calle estaban apagadas. Unas luces en los laterales aparecieron. Era un taxi. Bastaba esconderse en la maleza para que nadie notara sus presencias.

—Te vas a brincar y me vas a decir lo que hay adentro.

Beto le dijo que no podía subir porque le quebraron los dedos de la mano. Darwin le pegó un zape y sacó su navaja.

—Súbete, cabrón –sacó un cuchillo–, si sigues de respondón voy a terminar aquí mismo tu historia.

La colonia en silencio total. Iban a ser las tres de la mañana. Beto se trepó a la barda con ayuda de Darwin y antes de que subiera las piernas, le tumbó un guarache. Aun así, brincó al patio y cayó desnivelado de un pie. Le susurró quedito para que se lo arrojara, pero Darwin hizo caso omiso y ordenó que le dijera lo que alcanzaba a ver dentro de la casa.

—Veo la mesa llena de cosas, una hielera, salsa de botella, unos platos, el sillón con ropa, el refri, unos cartones.

—Ya vente, regrésate, cabrón.

—¿Y la bici? ¿No la vamos a dejar aquí?

—Ya vente hijo de tu puta madre.

Beto analizó las posibilidades para regresar. El lavadero era buena opción, pero debía caminar sobre la barda del vecino y sintió que era arriesgado porque tenía la luz prendida de su patio. Encontró una mesa que, aun viéndose podrida, le funcionaría para salir. La pegó a la barda contigua al monte y trepó hasta reincorporarse con Darwin, quien le ordenó que se esfumara de inmediato.

—Pos ya me voy, pero me falta un guarache.

—Te lo aventé al patio, ¿qué no viste?

—No.

—Llévale la bici al Negro y hay de ti si le dices que te traje para acá, ahora sí te hago pedacitos, cabrón.

—Órale pues –subió a la bici–. Pero… ¿y mi guarache?

—Pinche guarache jodido. ¡Te lo aventé al patio! Mejor piérdete, cabrón, porque no querrás volver a ver al tío del Negro.

—¿Quién es su tío?

—El Ciego.

Llegó a su casa en la bici. Le faltaba un guarache. Pensando en las pertenencias de su padre y en la manera en que se fue del mundo, se quedó dormido. Al menos había eyaculado. La luz entraba por la ventana color polvo. Comenzó a soñar que era uno de los pistoleros de un jefe y circulaba por la ciudad en una limusina blanca. Llegaron a una mansión donde imperaban tragos y mujeres. La casa también estaba llena de objetos caros y finos, como roperos viejos, tocadiscos, obras de arte. Preguntó al jefe por qué no sacaba esos objetos tan feos, pero antes de que respondiera, alguien golpeó la puerta de entrada y eran sus enemigos. Se escondió detrás del ropero con una pistola en su mano. Disparaban sus pistolas y a la vez escuchaba que tocaban a la puerta. Los gritos le retumbaban en el oído. Fue desapareciendo la mansión y apareció su techo descarapelado. Despertó sin abrir los ojos. La luz le iluminó los párpados. Eran las siete de la mañana. El ropero desde donde disparaba desapareció, pero seguían golpeando la puerta. Sudaba frío y volvió a escuchar los golpes en la puerta y unas voces.

Era el Negro junto a su Tío.

—¿Quieres que lo mate? –se apresuró El Ciego en cuanto Beto abrió la puerta, sacando el revolver y apuntándole al pecho.

—¡No! No sé. Espera, tío, espera.

—Para eso me llamaste ¿no? Para darle crán.

—No sé. La ha cagado mucho, pero… –el Negro lo miró con lástima y sintió por un instante, pero con fervor, la extraña sensación de que intentar matarlo le daría más vida. Como a una cucaracha.

—Si tú me dices que lo matemos, pos lo matamos. Eso quieres, ¿no? Para eso me trajiste –insistía El Ciego queriendo comprometer a su sobrino, como si quisiera darle una lección de vida.

Beto tenía enfrente al Ciego. Gigante, ávido. Sabía que para él era necesario eliminar a todos los insectos urbanos. De eso tenía fama: mata rateros. Miró al Negro, hombrecito indeciso, buena onda, sin poder alguno más que el de su tío. Miró su casa, fría en la noche y caliente de día. Mirarse a sí mismo era entrarle a una batalla que siempre perdía. RATA en la frente por encima de todo. Cuando se miraba al espejo veía a su padre cayendo al vacío. Escuchaba sus últimas palabras. Nos vemos en el infierno. Muchas veces quiso morir, pero nunca a manos de otros, menos del Ciego. Quería morir como su padre. Que nadie pudiera jactarse de matarlo y lo recordaran como el sujeto al que nadie pudo quitarle la vida. Los miró de nuevo, hablaban despacio. Una cucaracha salió de la cocina hasta llegar a sus pies descalzos. No la mató y por fin recordó el lío en el que estaba envuelto.

—Oye, Negro, te iba llevar la bici hoy. Te lo juro. La tomé prestada nada más para venir a mi casa y conseguir algo de varo.

—¿Qué hiciste anoche?

—Nada, nada. Vine para acá a mi casa.

—¿Y qué hacía este guarache en mi patio? –lo arrojó a sus pies. Beto titubeó.

—Negro, te voy a decir la verdad –se besó un dedo–. Yo iba a llevarte la bici, te lo juro, pero me encontré con el Darwin. Él me obligó a brincarme al patio de tu casa.

—¿Él te ordenó que me robaras mi computadora?

—Yo no te robé nada. Lo juró. Ni siquiera entré a tu casa. Nomás me brinqué y vi lo que había adentro y me fui rápido –el Ciego se acercó y lo sentó de un empujón. Le pegó una patada que lo zarandeó–. ¡Juro que no hice nada! ¡Negro, te lo juro, así fue!

—Entonces, ¿dices que el Darwin entró a mi casa a robarme? ¿Estás echándole la culpa a Darwin? ¡Cabrón! ¡Tu pinche guarache estaba adentro de mi casa!

—Mira, Negro, ya te expliqué. El Darwin me quitó el guarache, en serio, cuando iba trepando. Te lo juro, por esta –volvió a besar el pulgar y el índice como juramento–. Me llevó a tu casa, me dijo que era para dejarte la bici, ya estando allá, dijo que me fijara en lo que había adentro. Yo no te robé nada, créeme, yo no entré a tu casa –El Ciego cortó cartucho.

—Hey morro, wacha cómo está el asunto aquí –le dijo encañonándolo–. Ya me robaste a mí y te la perdoné. No te perdonaré que le robes a mi sobrino. ¿Qué dices, Negro? ¿Lo mato y sanseacabó? A eso me trajiste ¿no? Si tú quieres lo mato.

—Le creo. El Darwin es un hijo de la chingada –dijo agarrando su bicicleta del manubrio y viendo cómo su tío le apuntaba a Beto, quien tenía las manos alzadas–. Además, este morro está bien pendejo, no es capaz de romper ningún candado. Voy a casa de Darwin –se fue pedaleando, dejando a su tío en esa piltrafa de casa.

—¿Qué vamos a hacer con este morro?

—Te lo dejo a tu conciencia, para mí no es más que comida para gusanos.

 


Autores
Es licenciado en Ciencias de la Comunicación y ha participado en diferentes cátedras y diplomados de literatura. Ha publicado cuentos en el libro Ráfagas de nombres (Colegio de Sinaloa, 2014) y en la Revista Timonel, impresa por el Instituto Sinaloense de Cultura . En el 2018 publicó dos cuentos: uno en el libro Cuentos desde la orilla, editado por Andraval Ediciones y el Instituto de Cultura de Mazatlán; otro en Álbum Negro (ISIC, 2018). Actualmente se desempeña como músico y maestro. Durante el periodo 2017–2018 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (FONCA).
Ilustración por Pinchi Necro

Leer periódicos a diario, obtener datos duros para respaldar una investigación propia, agotar las pesquisas hasta esclarecer los hechos y las preguntas alrededor de ellos. Son algunos elementos del quehacer periodístico, con el que se intenta revelar el contexto del país; imposible de aprehender solo con cifras sin rostro.

Javier Valdez (Culiacán, Sinaloa, 1967-2017) entendía que para acceder a la realidad, era necesario acercarse al lado humano de los sucesos y testimonios. En sus reportajes publicados en La Jornada, Noroeste y Ríodoce, semanario del cual fue fundador, se adentraba en la maquinaria del crimen organizado y en el corazón de las rastreadoras en búsqueda de seres amados, los desaparecidos bajo el fuego del narco.

La mirada cálida de Valdez encontraba el punto moridor en sus historias, con el que narraba la presencia del crimen organizado en el norte de México. “Uno escribe estas historias o se hace pendejo”, afirmó el periodista en “Periodismo en tiempos violentos”, texto que preparó para su invitación al TEDxPolanco. Nunca leyó en voz alta sus ideas en el evento. Fue asesinado el 15 de mayo de 2017, por ejercer su labor e incomodar a un capo del cártel de Sinaloa.

“Periodismo en tiempos violentos” sobrevive en un libro póstumo publicado en 2017, conformado por una selección de los mejores trabajos periodísticos en la extensa bibliografía del autor: De azoteas y olvidos (2006), Miss Narco (2007), Malayerba (2010), Los morros del narco (2011), Levantones (2012), Con una granada en la boca (2014), Huérfanos del narco (2015), Narcoperiodismo (2016) y la antología Periodismo escrito con sangre (2017).

 

La esperanza es antibalas

En cada crónica sobre atentados o desapariciones forzadas, aparecía la impunidad junto a la violencia del narcotráfico. Valdez complementaba la construcción de sus atmósferas con investigaciones alrededor de los índices delictivos en Culiacán. Consultaba fuentes oficiales y extraoficiales para documentar los crímenes durante la guerra contra el narco que han dejado, a nivel nacional, 350 mil muertes desde enero de 2006.

Cualquiera se abrumaría al presenciar una conflagración absoluta. Valdez observó de frente ese abismo y decidió reportearlo en sus libros, sin recurrir a las escenas gráficas de un asesinato. Difuminó la esperanza de los sobrevivientes cuyos testimonios no solo piden por una vida libre de violencia; algunos, entre resignación y plegaria, esperan encontrar los restos de sus familiares desaparecidos, y exigen justicia para sus muertos.

En “Se vende cadáver”, Valdez sigue la historia de una madre en búsqueda de los restos de su hijo. La brevedad alarmante con la que las autoridades presentaban distintos cuerpos a la familia de Juan Carlos, fue la punta del iceberg. En la crónica, se expone el tráfico de cadáveres entre las empresas de servicios fúnebres y el personal del médico forense de Culiacán, que recibía de 10 a 16 mil pesos por entregar cuerpos según la demanda de las funerarias.

Había dos fraudes más comunes. El primero consistía en retrasar la entrega de los restos, así desesperarían a los familiares que deberían pagar 10 mil pesos para sepultar al fallecido. El segundo era la suplantación de identidad, el caso de la madre de Juan Carlos. En entrevista con la mujer, Valdez transmitió la añoranza de recuperar al joven con vida.

En contraste, “Donde pita el tren”, es otra crónica en la que Yuridia, la hermana más joven de su familia recibió la noticia de que el cuerpo que habían encontrado con ayuda de las rastreadoras y la policía ministerial, pertenecía a su padre. Con este testimonio, Valdez mostró el final de la esperanza, tras presenciar que Yuridia por fin encontró a su padre, y con él obtuvo paz por encima del luto.

La habilidad más notable del periodista era su capacidad para matizar la realidad: capturaba las memorias felices de sus entrevistados, aun cuando sus pies recorrían regiones sembradas con cadáveres.

Valdez exploró el código de ética de los entrevistados que eligieron seguir el estilo de vida del sicario. Con una granada en la boca (Aguilar, 2014), fue escrito desde el fuego cruzado de la guerra contra el narco, el infierno donde surgieron personas como Vanesa, que prefirió “ser cabrona” en lugar de víctima. Ella eliminaba a sus víctimas para extorsionar a la gente, sin autorización de los capos. Era el principio que la mantenía alejada de convertirse en una asesina indiscriminada.

En “Chat”, la mirada del periodista registró la lógica interna de un sicario. Carlos eliminó de su chat a un conocido de su infancia: el ejecutor de Guadalupe, tío de Carlos. El sicario, desconcertado por la actitud del joven, envío un SMS en el que preguntaba, “¿ey, güey, por qué me eliminaste del chat? ¿Qué rollo?”

La proximidad con la que Valdez se acercaba a la gente, lo ayudó a preguntarse qué quedaba en el alma de una persona tras haber sorteado la brutalidad de las armas. Más allá de sus sentidos, utilizaba su sensibilidad y emociones para rescatar el lado humano de una guerra que arrasó con pueblos enteros.

Así lo demuestra en la crónica que titula Con una granada en la boca. Karla, una madre de familia, salió a trabajar a un puesto de mariscos. Cerca de su negocio, una sombra pequeña voló hasta estrellarse contra su rostro. La fuerza del golpe aturdió a la mujer, ni siquiera sospechó que pudo haber recibido un disparo. La verdad resultó ser peor. En una sala de urgencias, Karla se percató de que en su boca había una granada de fragmentación, y podía estallar en cualquier momento.

Las 10 horas de cirugía fueron un milagro médico. Karla, después de recuperarse, hizo algo que el lector nunca creería posible: sonreír. La mujer se reía de los comentarios acerca de su incidente, producto de la mexicanidad que convierte las tragedias en chistes.

Esa sonrisa rota es la misma que se dibujaba en otros entrevistados, en Alejo, el mítico elemento judicial que recibió 18 disparos en un enfrentamiento contra una célula del Cártel de Sinaloa. Él ríe al saberse sobreviviente, mientras cuenta las heridas en su cuerpo. También aparece esa mueca ensombrecida en el rostro de Carlos, médico militar que luego de su servicio en la Marina, intenta alejar la muerte con sus manos curadoras, en un contexto asfixiado por la violencia.

Valdez mostró el lado esperanzador de estos testimonios, con la luz que difuminaba entre sus historias sobre el reencuentro con los familiares desaparecidos y el paso de una contienda sin ganadores. La esperanza en la obra de Valdez es a prueba de balas, tan poderosa que aún permanece en un país implacable como México.

 

En el periodismo también se “terriblea”

Desde 2013, los músicos en Culiacán han padecido los caprichos de los cárteles. Si un capo se ofende con alguna canción, la banda paga con su vida. Sucedía lo mismo si un sicario consideró que debía pagar menos de lo acordado por casi cuatro horas de un espectáculo. Los independientes se llevaban la peor parte. Entre gruperos, se decía que los solistas “terriblean”, en referencia a lo terrible de su situación a merced del crimen organizado.

Valdez escuchó anécdotas en las que una palabra sellaba la muerte de una persona, no solo en el mundo de los narcocorridos; sino en el periodismo. Si algo tienen en común los músicos y los comunicadores es el riesgo que corren al entregarse a su pasión. La similitud protagonizó las páginas de Periodismo escrito con sangre (Aguilar, 2017), antología en la que las persecuciones a la prensa terminaron en desapariciones forzadas.

La historia del reportero Alfredo Jiménez Mota se ha convertido, por desgracia, en una realidad recurrente. Jiménez trabajaba en El Imparcial, medio de Hermosillo, Sonora. El periodista investigaba la red corrupta del exgobernador de ese estado, Eduardo Bours, que en su mandato (2003-2009) protegió a los grupos delictivos “Los números” y “Los Salazar”. El presunto contacto en los tratos de los cárteles y el gobierno estatal era Ricardo Bours, hermano del entonces gobernador.

Jiménez desapareció el 2 de abril de 2005, luego de reunirse con una de sus fuentes anónimas. Dos años después, el expolicía municipal de Navojoa el teniente Jesús Francisco Ayala Valenzuela, declaró en entrevista a Proceso, que Ricardo Bours fue uno de los autores intelectuales de la desaparición de Jiménez; ejecutada por un grupo de ocho hombres y el policía-sicario Félix Moroyoqui, al servicio de Pedro Flores Millán, “El Nueve”, líder de “Los números”.

El 14 de mayo de 2005, aparecieron los cadáveres de Félix Moroyoqui y sus ocho cómplices, en las inmediaciones de Ciudad Obregón. Según Ayala, el mismo Ricardo Bours había ordenado eliminar a los autores materiales del crimen contra Jiménez, para deshacerse de los cabos sueltos. Pese a ello, el caso de la desaparición forzada del reportero aún no se esclarece.

Además de Jiménez, los periodistas perseguidos encontraban un paso seguro en las páginas de Valdez, donde denunciaron el rechazo que recibían desde las instituciones de justicia. “Tres veces exiliado” narra el secuestro y liberación de los comunicadores, Alejandro Hernández, camarógrafo de Televisa Torreón, y Javier Canales, reportero de Multimedios.

El 26 de julio de 2010, ambos reporteaban la gobernabilidad estable de Durango, en respuesta al controversial caso en el que la directora del penal de la ciudad Gómez Palacio, fue culpada de armar a los reos y darles patrullas para sumarse en Coahuila, Torreón, a la guerra entre el Cártel de Sinaloa y Los Zetas. Después de un sospechoso “cuidado, tengan cuidado” de una agente policiaca, comenzó un motín en la prisión.

Los dos periodistas llegaron a cubrir la historia. Durante la confusión, fueron secuestrados por presuntos miembros del Cártel de Sinaloa. Seis días de amenazas de muerte y hambruna culminaron en una liberación, sin operativos de rescate ni el montaje que el entonces secretario de seguridad, Gerardo García Luna, construyó en las conferencias de prensa.

Hernández se atrevió a revelar la verdad sobre su escape, negó la versión de las autoridades, y en respuesta recibió amenazas incluso por parte de la empresa donde trabajaba. En agosto de 2011, el camarógrafo y su familia obtuvieron asilo en Estados Unidos, la única alternativa ante las agresiones que sufrió en México luego de desmentir las circunstancias de su secuestro.

Las historias de supervivencia como la de Hernández han sido escasas, mientras que la difamación a los periodistas fue una constante en numerosos casos. Noemí Pineda, investigadora del área de documentación en el programa de protección y defensa de Artículo 19, explicó en entrevista que socavar la figura de un comunicador ha sido una práctica recurrente, hasta en gobiernos estatales.

Valdez, en la crónica, “Veracruz: el infierno tiene permiso”, cede la voz a Yadira, quien vivió cinco años repletos de difamaciones hacia su trabajo y fue sometida a una persecución bajo la administración del entonces gobernador Javier Duarte (2010-2016).

En ese periodo, el autor denunció la muerte de 22 comunicadores. La frase: “me están siguiendo”, se volvería sentencia de muerte para los periodistas de Veracruz, donde era común la difusión de correos con información personal de los propios reporteros y directores de los medios críticos con el gobierno de Duarte.

Pineda considera que la sociedad reproduce una actitud hostil hacia los comunicadores, debido a las narrativas que buscan desprestigiarlos. “De hecho, se está documentando el caso de un periodista que fue agredido por personas civiles, bajo la justificación de que este comunicador se lo merecía”, menciona sobre un caso en el que trabaja.

Para contrarrestar el clima violento hacia los comunicadores, existen organizaciones dedicadas a la protección de los mismos. El Frente por la Libertad de Expresión y Protesta Social (FLEPS), une a los colectivos que realizan investigaciones y campañas de concientización, enfocadas a salvaguardar la integridad de los periodistas. Artículo 19 forma parte del FLEPS, junto a defensores de derechos humanos.

Desde la sociedad civil organizada se han impulsado seguimiento de casos de agresión a la prensa, “reuniones con las autoridades, presentación de iniciativas y observaciones a la ejecución de acuerdos internacionales de derechos humanos”, menciona Pineda algunas actividades en las que Artículo 19 se ha involucrado.

 

Dignificar el periodismo ante la precarización

Los bajos salarios hacen que los reporteros consigan dos empleos, alejados del periodismo. “En muchos casos, son cuatro mil pesos mensuales. Este año se intenta esclarecer cifras exactas”, complementa la investigadora y agrega que es un tema del cual se guarda silencio entre los comunicadores, por temor a los despidos.

“¡Qué ironía que un periodista deba quedarse callado frente a una injusticia!, ¿no?”, se cuestiona un joven reportero, con la impotencia de quien a diario cubre historias de abusos; pero debe permanecer dócil cuando toca ser víctima. Omar, quien prefirió usar ese nombre en entrevista para proteger su identidad, trabajó cinco años en un medio nativo digital en la CDMX. Algunas de sus jornadas llegaban a 38 horas en dos días, por un salario inicial de seis mil pesos al mes.

Con el tiempo, Omar duplicó su salario. En cuatro años, escribió reportajes y notas sobre delincuencia organizada, narcotráfico, contenido basado en fuentes oficiales mexicanas y la Administración de Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés).

El reportero enfocaba su contenido a la CDMX. En una ocasión, durante el primer trimestre de 2019, se acercó con gente de la Unión Tepito para una entrevista. Por cuestiones de seguridad, el contacto aconsejó a Omar que era mejor cancelar el diálogo, “porque era muy peligroso”, recuerda.

Son los riesgos que los periodistas han aprendido a soportar, en un gremio que ni siquiera contempla seguros de gastos médicos. Javier Valdez denunció la precariedad en “Cobrar por muerto”, crónica que presenta a Ernesto Martínez, periodista que trabajaba 48 horas seguidas por nueve mil pesos al mes. Noreste, medio en el que laboraba, pagaba 150 pesos por cada muerte que Martínez cubría; sin embargo, el incentivo invalidaba si un deceso sucedía antes de las 8 a.m.

Valdez retoma la explotación laboral en el periodismo con “Veracruz: el infierno tiene permiso”. Una joven, desde el anonimato, declara que pone en riesgo su vida por un salario bajo, sin prestaciones de ley. En la entrevista, la chica apunta a los dueños de los medios y a los políticos como los verdaderos beneficiarios de su esfuerzo.

El peligro y la precariedad son las sombras del quehacer periodístico, Omar lo constató en el segundo semestre de 2019. Había publicado un perfil de Sergio Villarreal, el capo del Cártel Juárez, pues cooperó con el gobierno estadounidense. “Mi colega, que también escribe sobre temas de narco, me llamó y me dijo que la nota no le había gustado a la gente cercana a Villarreal. Sobre todo, porque yo afirmaba que él había estado entre cárteles rivales”.

Aunque Omar cambió la cabeza de la nota para evitar ofender al capo, en los días siguientes se sintió observado. En ese contexto, la redacción atravesó momentos de tensión, porque el joven reportero y su compañero publicaron un año antes historias de los enfrentamientos entre la Unión Tepito y Fuerza Anti-Unión. “Subíamos contenido exclusivo sobre la masacre en Garibaldi, o el abandono de restos humanos en Tlatelolco”.

Omar intentó hablar con sus superiores, tras la censura que enfrentó por parte del capo y su gente. La respuesta del director del sitio, “podría resumirse en un: no pasa nada”. Ni siquiera accedieron a eliminar de Google maps la ubicación de las oficinas, solicitud que hicieron algunos colegas del joven reportero en 2018.

Contrario a lo que determinaron los empleadores de Omar, los medios y sus trabajadores están expuestos. Para Javier Valdez y sus compañeros, las intimidaciones se intensificaron en la madrugada del 7 de septiembre de 2009, cuando la delincuencia usó una granada de fragmentación con la que difundió una amenaza macabra y causó daños materiales a las instalaciones de Ríodoce.

Las palabras no alcanzan al auxiliar a un periodista perseguido. Al colega de Omar comenzaron a seguirlo después de cubrir la  matanza de Nochixtlán, Oaxaca. El 19 de junio de 2016, al menos 800 elementos de las policías municipal, estatal y federal asesinaron a ocho personas durante los enfrentamientos en una manifestación contra la reforma educativa del expresidente Enrique Peña Nieto.

Días después, un hombre robusto con corte de cabello militar llegó a la redacción y buscaba a quien había firmado la cobertura de Nochixtlán. El autor de la nota pidió ayuda a sus compañeros, decía que el mismo sujeto había dado con la dirección de su casa. Por suerte, nunca fue interceptado. Con el tiempo y la asistencia de la policía, el extraño dejó de aparecer.

Para Omar, el peligro de ser reportero fue incosteable tras la omisión del pago de sus utilidades. En mayo de 2021, él y algunos compañeros suyos cuestionaron si el dinero sería depositado después del periodo correspondiente. Días más tarde, obligaron a los comunicadores a firmar sus renuncias. De nuevo, reconoce otra paradoja en su caso: “¡Qué ironía que despidan a un periodista por preguntar!, ¿no?”. Ahora, él ejerce el periodismo en mejores condiciones laborales.

La ausencia es el daño más doloroso de los ataques a la prensa, ese fuego que también se llevó a Javier Valdez el 15 de mayo de 2017. “A pocos metros de Ríodoce, un vehículo se interpuso en su trayecto a nuestra casa y sus asesinos lo obligaron a bajar de su automóvil. Después le dispararon 13 veces”, narró la periodista Griselda Triana, viuda de Valdez, para The Washington Post en la columna, “Tres años después del asesinato de mi esposo, Javier Valdez, aún espero justicia”, publicada en septiembre de 2020.

El móvil del crimen fueron las notas respecto a Dámaso López Serrano, “El Mini Lic”. Semanas antes del ataque, Valdez había realizado la cobertura periodística del altercado de Alfredo e Iván Guzmán, hijos de “El Chapo Guzmán”, contra “El Mini Lic”, por el liderazgo del cártel de Sinaloa.

De acuerdo al artículo de La Jornada, “El asesinato de Javier Valdez, una venganza”, firmado por Gustavo Castillo en julio de 2021, el autor de Con una granada en la boca, escribió que “El Mini Lic” es un “pistolero de utilería”, y cuestionó sus aptitudes para liderar al cártel. Los testimonios de cinco personas ante la Fiscalía General de la República (FGR), indicaron que el 7 de mayo de 2017, el capo, molesto por las críticas, ordenó el asesinato que sacudiría al país.

En la misma nota se menciona que la Fiscalía Especial para la Atención de Delitos contra la Libertad de Expresión (FEADLE), obtuvo una orden de aprehensión contra “El Mini Lic”, en enero del 2020; pero él se entregó en julio de 2017 a la DEA, y se convirtió en colaborador protegido en Estados Unidos. El 17 de junio de 2021, tras un mes de juicio, un juez determinó que Valdez había sido ultimado por su labor periodística, y dictó una condena de 32 años en prisión a “El Quillo”.

A sus 50 años, Valdez fue apartado de la gente que daba vida a sus investigaciones. Los 13 disparos que recibió no bastaron para silenciar su obra cuya trascendencia dignifica el periodismo y llama a buscar la esperanza en las horas más oscuras, en la profundidad de las fosas clandestinas, junto a la madre rastreadora que entrevistó en Los huérfanos del narco. Ella sueña con su hijo desaparecido, escucha un eco para su consuelo: “Encuéntrame, amá. Aquí, dónde pita el tren”.

 

 

Fuentes y referencias:

Valdez Cárdenas, Javier Arturo. Periodismo escrito con sangre. Aguilar, México. Edición de julio 2017.

Valdez Cárdenas, Javier Arturo. Con una granada en la boca. Aguilar, México. Edición de febrero de 2014.

https://riodoce.mx/categoria/javier/

https://www.washingtonpost.com/es/post-opinion/2021/06/14/mexico-guerra-narcotrafico-calderon-homicidios-desaparecidos/

https://elpais.com/mexico/2022-04-20/marzo-el-mes-mas-sangriento-del-ano-y-el-baile-de-las-cifras-de-muerte.html

https://alianzademediosmx.org/impunidad-en-mexico/alfredo-jimenez-mota/634

https://www.proceso.com.mx/nacional/2007/1/24/rsf-demanda-al-gobierno-proteger-expolicia-de-sonora-31166.html

https://www.jornada.com.mx/2010/09/17/index.php?section=politica&article=018n2pol

https://twitter.com/RompeMiedo?ref_src=twsrc%5Egoogle%7Ctwcamp%5Eserp%7Ctwgr%5Eauthor

https://www.noroeste.com.mx/nacional/quien-es-sergio-enrique-villarreal-el-grande-KENO276851

https://www.excelsior.com.mx/comunidad/a-2-anos-del-ataque-armado-en-plaza-garibaldi-esto-se-sabe/1413693

https://almomento.mx/hallan-en-tletelolco-maleta-con-restos-humanos/

https://www.bbc.com/mundo/america_latina/2009/09/090919_1000_medios_mexico_sao

https://www.cndh.org.mx/noticia/masacre-en-nochixtlan-oaxaca

https://www.jornada.com.mx/notas/2021/07/19/politica/el-asesinato-de-javier-valdez-una-venganza/

https://www.jornada.com.mx/notas/2021/05/12/politica/javier-valdez-fue-asesinado-por-sus-notas-sobre-el-minilic/

https://www.elsoldemexico.com.mx/republica/justicia/condenan-a-32-anos-de-carcel-a-el-quillo-por-asesinato-del-periodista-javier-valdez-6856460.html

 


Autores
Diego Durán nació en la CDMX en 1996. Egresado de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación y Periodismo, en la Facultad de Estudios Superiores Aragón (UNAM). Ha colaborado en medios de comunicación periodísticos y culturales como Chilango, Tierra Adentro, Fondo de Cultura Económica, Grupo Expansión e Infobae.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).