Tierra Adentro
E. T. A. Hoffmann, autorretrato. Imagen de dominio público, recuperada de Wikimedia.

Cuando se piensa en un artista frustrado muy posiblemente se recurra a la vida de Edgar Allan Poe. Por supuesto, no es el único. Si pensamos en la vida de mujeres y hombres que pasaron durante años creando, tratando de sobresalir, sin lograrlo, llegan a la mente cientos de ellos. El caso de Hoffmann es peculiar, pues, aunque se sintió frustrado debido a la insistencia que mantuvo por resaltar en la música, su literatura se mantuvo como una de las luminarias no sólo del romanticismo alemán (o romanticismo negro si se quiere), sino de la literatura universal.

Que Hoffmann tratara de convertirse en un gran músico se debe, en parte, al tremendo ambiente cultural de su natal Königsberg, ciudad también de Immanuel Kant. Alemania, a finales del XVIII y principios del XIX vio nacer a grandes figuras tanto de la pintura como de la música o la literatura. Contemporáneos a él puede nombrarse a Brentano, Novalis, Tieck o Chamisso. El ambiente literario en el que se desarrolló fue predominante para la concentración de una literatura donde convivía la oscuridad y la maravilla, el folklore y lo especulativo.

El que Hoffmann fuera un artista frustrado se debió a que nunca alcanzó la añorada “excepcionalidad” en tanto músico, ni pudo concretar un estilo de vida en el que no tuviera que trabajar más que con sus propias creaciones. Siempre estuvo atado por las vicisitudes económicas, por el movimiento y los cambios constantes en los puestos que desempeñaba, y que no todo el tiempo le prodigaban con el dinero suficiente, o incluso con las satisfacciones que tanto buscaba. A pesar de ello, sus creaciones musicales eran respetadas en el ámbito cultural, tanto por compositores como por productores teatrales. Sin embargo, y a pesar del cambio en una de las siglas de su nombre (originalmente se llamaba Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann, y cambió la W de Wilhelm por la A de Amadeus) en homenaje a Mozart, la inmortalidad la alcanzó por medio de la literatura, principalmente con sus Fantasías a la manera de Callot (1815), Los Elíxires del Diablo (1816) o sus célebres Nocturnos (1817), donde pueden leerse los clásicos “El hombre de arena” o “El mayorazgo”.

Hoffmann fue un hombre de su tiempo, experto en artes como el dibujo, la música o la literatura, así como un excelente jurista; es decir, un hombre trabajador que vivió apenas 46 años, pero que alcanzó la rotundidad en una escritura enfocada en las tinieblas, en el folklore, la magia, el crimen y lo siniestro.

Sigmund Freud, el afamado inventor del psicoanálisis, entre su multitud de trabajos, dedicó uno a un relato de E.T.A. Hoffmann, “El hombre de arena” para ser precisos, en el que detalló las características de lo Unheimliche, mal traducido (a falta de una palabra mejor) como “lo siniestro”. En esta obrita, publicada originalmente en 1919, Freud estudia una sensación que termina percibiendo como un mecanismo psicológico en el arte, algo que va más allá de la mera estética, pues no se debe ésta a la ambientación, sino a la generación de ciertas respuestas en los personajes de la ficción que terminan siendo “atacados” por el sentimiento de lo “siniestro”. En el caso del afamado cuento de Hoffmann, son muchos los elementos que ocurren en él donde se disparan los mecanismos de lo siniestro.

En el cuento de Hoffmann, Nathanael es un joven estudiante que le cuenta a su mejor amigo, Lothar, las vicisitudes que lo han llevado a un estado de casi delirio. Para ello, encuentra en su infancia la base convertida en un relato de folklore, un cuento para niños, donde “el hombre de arena” se convierte en un elemento importantísimo que trascenderá la conceptualización de un mero “coco” para ser una especie de demiurgo o diablo juguetón con el que se enfrentará Nathanael.

En el relato llaman la atención diversos elementos que usa Freud, como los ojos, el automatismo y la figura de “el doble”, o doppelgänger, famoso recurso utilizado por la literatura fantástica. El quid del relato, además de la base folklórica que se relata, en la que el dichoso “hombre de arena” visita a los niños que se han portado mal y les avienta arena a los ojos para dejarlos ciegos y luego, quizá, llevárselos consigo, se entreteje con la imagen constante de los ojos, de la visión “falseada”, que culmina con el enamoramiento en falso que trastoca a Nathanael, enamorado de un autómata, Olimpia. Sin embargo, este hecho, ya de por sí dramático y chocante, tiene una última arista, pues cuando Nathanael pareciera recuperado, y halla nuevamente el amor, vuelve la sospecha de que la mujer amada no sea sino otra invención mecánica.

La figura del doble, estudiada por Otto Rank en su célebre El doble (1925), se convirtió en un recurso utilizado con maestría por Hoffmann, quien fue recopilando las tendencias a su alrededor para plasmar, desde el romanticismo, una literatura convertida en epítome de lo oscuro, del tenebrismo y de lo fantástico, e incluso, del terror. En este subgénero es donde Hoffmann ha sido reconocido como un maestro de la indagación, de la psique humana, y de la maldad a través de los estudios sobre la psicología de sus personajes y de sus actos criminales.

En su novela, Los elíxires del diablo (1816), Hoffmann sigue algunas teorías sobre la criminalidad que mantienen el tono sombrío en su novela, ideal para el desarrollo de lo que será llamada “novela gótica”. Además, de entre las influencias que Hoffmann retoma para su novela, está El monje (1796), de Matthew G. Lewis, novela insigne de aquel movimiento, donde además aparece la figura del diablo.

Sin embargo, además de la criminalidad y de los estudios sobre el mal, Hoffmann diseña su libro a partir del folletín, pues éste tenía un enorme éxito en Europa, y el escritor alemán buscaba vivir de su escritura, del arte en sí, instituyendo una escritura diseñada para atravesar las distintas capas de la psicología humana hasta dar con la manifestación de lo sublime y de lo siniestro.

Hoffmann sigue constituyendo una pieza fundamental en la literatura gótica, en la perteneciente al romanticismo alemán, y también en la enfocada a lo fantástico. Sin embargo, basta revisar algunos de sus cuentos, pertenecientes no sólo a Nocturnos, sino también a Fantasías a la manera de Callot, o Los hermanos Serapio para descubrir el interés que mantenía Hoffmann por el arte en general. En relatos como “El caballero Gluck” o “La iglesia de los Jesuitas de G***”, asistimos a conciertos y críticas sobre la música, el teatro o la pintura. El arte de Hoffmann queda manifiesto en una literatura abocada al arte mismo, al descubrimiento de lo sublime, de lo bello y también de lo siniestro.

Freud dio paso a una palabra esencial para comprender, y disfrutar, de la literatura extraña, especialmente de la macabra, al dilucidar sobre el término de lo Unheimlich, ocupándose de una de las obras maestras de Hoffmann, “El hombre de arena”, pues a pesar de encontrar en la prosa del autor germano ciertas vicisitudes, algunas más que evidentes, sobre el devenir del arte y de la historia de éste, es lo siniestro lo que emerge desde la oscuridad y frialdad de la tumba hasta tocar al lector con los múltiples registros con los que era posible encontrar un arte de pesadilla, viciado e incluso obsesivo.

En Hoffmann puede apreciarse la estructura de la pesadilla, pero principalmente las tonalidades de ésta, de la culpa y de los temores que conllevan el “trauma”. No por nada, la palabra tiende sus raíces en el germano “traum”, sueño o pesadilla. Sus personajes están desesperados y resultan exasperantes para el lector contemporáneo. Es cierto que dentro de su prosa puede encontrarse una literatura ensimismada, que vuelve una y otra vez a los mismos temas, provocando, en ciertos momentos, el sopor. Sin embargo, a pesar de la distancia que ahora nos separa de las obras del “romanticismo negro”, de Las veladas de Buonaventura a Ondina, pasando por los relatos de Hoffmann, es posible entender cómo los tópicos del folklore, lo macabro y el horror, así como la culpa y la conducta criminal, se convierten en parte fundamental de lo que terminará siendo el cuento de horror moderno, así como la novela negra y policíaca. Sin Hoffmann, por ejemplo, no habría existido Edgar Allan Poe, ni las psicologías de personajes tremebundos y atormentados. Es en este tenebrismo de desesperanza y oscuridad, donde se halla también la luz, el inicio de una estética y de una literatura que se convertirá en esencial para comprendernos a nosotros mismos, incluso esa parte, la marcada por la tiniebla y las oscuridades del alma, a pesar del “progreso”, de la ciencia y de los modelos económicos en pos del “bienestar”.

La noche emerge en Hoffmann, y aún sigue atenazándonos, como una bruma silente, como la emanación de una parte no reconocible de lo humano, pero que siempre ha estado ahí, y permanecerá hasta que las estrellas finalmente se apaguen.


Autores
(Tlaxcala, 1988) es egresado de la licenciatura en relaciones internacionales de la Universidad Popular Autónoma del Estado de Puebla (upaep). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Ágora, Letrarte y Momento. Parte de su obra se incluye en las antologías Seamos Insolentes (2011) y Sampler (2014). Ha sido becario del Programa de Estímulo a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA; 2013, 2018), del Fondo para la Cultura y las Artes (Fonca, 2016) y de Interfaz (2018). Asimismo, obtuvo el Premio Estatal Dolores Castro de Poesía 2016, el Premio Tlaxcala de Narrativa 2017 y una mención honorífica en el XXXIV Premio Nacional de Cuento Fantástico y de Ciencia Ficción (2018).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Believe that magic works

Don’t be afraid

Afraid of being hurt

Jarvis Cocker

 

I

Iba en primero de secundaria cuando mi padre llegó de un congreso médico en el Distrito Federal con los primeros tres libros de Harry Potter: La piedra filosofal, La cámara de los secretos y El prisionero de Azkaban, envueltos en una bolsa de Sanborns. Acababan de salir en México. Mi padre los trajo como compensación por la semana de ausencia, era su costumbre traerme regalos de todos sus viajes de trabajo. Aunque era la primera vez que me regalaba libros que no fueran clásicos para niños, libros con puras letras. Siempre traía plumas de colores que no se conseguían en las papelerías de Iguala, mochilas, pequeños juguetes que compraba en los puestos cercanos al Centro Médico Siglo XXI, cosas que se podían conseguir en medio de los descansos que seguramente tenían para comer.

 

En Iguala no hay librerías, ni en ese entonces ni ahora. Las pocas que hay están dedicadas a distribuir periódicos, revistas, libros de texto, guías de estudio y best sellers que en ese entonces no incluían la obra de J.K. Rowling por eso el regalo se sintió como el tesoro de un rey. Mi padre, quizá de manera accidental, me había entregado las llaves de un reino. Así pues, varios meses antes de que saliera la película, yo ya era una de las tantas millones de personas en el mundo que esperaba y soñaba con que le llegara su carta de invitación para estudiar en Hogwarts, la emblemática y legendaria escuela de magia y hechicería que le cambió el destino al joven mago, y a otros miles de millones que nos refugiamos en su mundo mágico.

Sin saberlo, quizá sin desearlo, mi padre con su peculiar regalo había puesto en mis manos mi entrada a la literatura, y la razón de porqué hoy esté escribiendo este texto (y muchos otros desde entonces) y no archivando expedientes médicos o dando clases en un salón de alguna escuela primaria de provincia como pintaba entonces el futuro que pudo haberme asegurado mi familia.

 

II

Devoré aquel primer libro de la saga con una ferocidad que hasta entonces me desconocía como lectora. Me adentré en la historia del huérfano que dormía en la alacena debajo de la escalera de la casa de sus tíos; Vernon y Petunia, que vestía la ropa vieja y usada de su primo Dudley, muchas tallas más grande que él. El pequeño Harry que hasta su décimo cumpleaños llevaba una vida miserable, llena de maltratos y vejaciones por parte de la familia de su madre, descubre que la vida le tiene deparada una sorpresa: enterarse que por derecho de nacimiento es un mago, millonario, famoso y respetado en el mundo de los hechiceros y brujas por haber sido el único que pudo detener al señor tenebroso más temido de todos los tiempos.

 

Aunque en un principio sus horribles y normales tíos hacen de todo para que Harry no se entere de la verdad, tirando, escondiendo y quemando las cartas que inundan la casa de los Dursley, con la invitación para estudiar en Hogwarts que a través de lechuzas le llegan al protagonista, el destino lo encuentra a través de Rubeus Hagrid, el guardabosques del prestigioso colegio, quien lo sigue hasta una isla en medio de la nada y derriba la puerta con tal de entregarle personalmente la misiva con el mensaje que le dará un giro de 180 grados a la existencia del hechicero de la extraña cicatriz en forma de rayo y un aplastado pastel de cumpleaños que él mismo horneó.

Harry Potter y la piedra filosofal, es desde sus primeros capítulos enigmático y adictivo sobre todo cuando de la mano de Hagrid, el lector al igual que el pequeño mago va descubriendo el mundo mágico que hasta entonces había sido un secreto que existía detrás de paredes falsas, muros invisibles y ladrillos que se movían para dar paso a lugares extraordinarios como lo es el Cajellón Diagon, sitio en el que se puede encontrar todo lo que necesita un mago o una bruja: capas, escobas, calderos, criaturas increíbles, dulces y que también aloja Gringotts, el banco en el que los hechiceros guardan su oro y que es custodiado por duendes avaros y recelosos.

 

En el Cajellón Diagon, Harry Potter también compra su primera varita en Olivanders, lugar en el que Rowling dejará la primera pista, es decir, que la varita mágica que elige a Harry -porque en el mundo mágico las varitas eligen al mago o a la bruja y no al revés- es hermana de la misma que tenía el mago tenebroso que le infringiera la cicatriz que tenía en la frente.

 

Harry Potter y la piedra filosofal puede tratarse del primer año que cursa en Hogwarts nuestro protagonista (con los problemas y contrariedades para adaptarse de cualquier alumno de nuevo ingreso) pero también abre la puerta y las preguntas como lo hacen los primeros libros de las sagas de misterios y las historias de detectives en los que vas uniendo pistas y que siempre el culpable parece el menos sospechoso, el más inocente.

¿Quién es ese mago tenebroso y misterioso del que a todo el mundo le da miedo pronunciar su nombre y que muy pocos se atreven? ¿Por qué de ahora en adelante la vida de Harry parece estar tan relacionada con él? ¿De qué otros misterios y secretos nos enteraremos?

 

Pienso en las historias policiacas, y en Harry Potter, en como su autora fue creando un mundo a partir de la tradición de la literatura fantástica como la escrita previamente por J. R. R. Tolkien en El señor de los anillos y C. S. Lewis con Las crónicas de Narnia, y combinándola quizá con las interrogantes que plantean los thrillers.

 

Sí podemos notar el camino del héroe como plantean las epopeyas novelas de aventuras, pero también roles muy específicos y necesarios como los amigos que ayudan a resolver el misterio (Ron Weasley y Hermione Granger), el mentor (Albus Dumbledore), la damisela en problemas (Ginny Weasley) y el villano que a diferencia del héroe no tiene escrúpulos para conseguir sus propósitos (Voldemort).

 

III

A lo largo de los años, en muchas entrevistas y presentaciones de libros tanto propios como ajenos, la típica pregunta de cómo me hice escritora siempre surge y me asalta en la conversación. Mi respuesta depende casi siempre de lo animada o despierta que esté.

A veces, cuando me siento de buen humor y en confianza, me sincero y digo que fue porque leí toda la saga de Harry Potter. En últimos años, la gente tiende a reírse y a aplaudir en señar de aprobación, aunque no siempre fuera así.

 

Con el tiempo haberse hecho escritor por haber leído alguno o todos los libros de la historia más emblemática J.K Rowling en la adolescencia es algo que ha dejado de dar vergüenza. La primera vez que me animé a decirlo ante un público lo hice temerosa de sentirme juzgada por aquellos que compartieran la idea de Harold Bloom expuesta icónicamente en un artículo de Wall Street Journal al referirse al trabajo de la escritora británica como malo:

 

“Acabo de terminar las 300 páginas del primer libro de la serie, Harry Potter y la piedra filosofal, supuestamente el mejor de todos. Aunque el libro no está bien escrito, eso no es en sí mismo una responsabilidad crucial. Es mucho mejor ver la película “El mago de Oz” que leer el libro en el que se basa, pero incluso el libro poseía una auténtica visión imaginativa. Harry Potter y la piedra filosofal no lo hace, por lo que hay que buscar en otra parte el notable éxito del libro (y sus secuelas)…”[1]

 

Para la fecha en la que Bloom publicó este artículo rabioso que tituló como “Can 35 Million Book Buyers Be Wrong? Yes (¿Pueden 35 millones de compradores de libros estar equivocados? Sí)”, el fenómeno de Harry Potter comenzaba a ser importante en todo el mundo, y el escritor  estaba muy consciente de lo controversial que podía resultar su crítica, pero no de su sentencia: “El fenómeno de Harry Potter continuará, sin duda durante algún tiempo, como lo hizo J. R. R. Tolkien, y luego decaerá”, pues a diferencia de las profecías acertadas de la profesora de adivinación Sybill Trelawney, Bloom se equivoca al menospreciar y denostar a los que leímos la obra de Rowling: “Quizás Rowling atrae a millones de lectores que no leen porque sienten su sinceridad melancólica y quieren unirse a su mundo, imaginario o no. Ella alimenta una gran hambre de irrealidad; ¿eso puede ser malo? Al menos sus fans se emancipan momentáneamente de sus pantallas, y así no pueden olvidar por completo la sensación de pasar las páginas de un libro, cualquier libro”.

 

El mundo no se olvidó de Harry Potter, aunque le pesara a Bloom y su crítica snob, pues a veinticinco años de la publicación del primer libro de la saga, Harry Potter y la piedra filosofal, que viera la luz el 26 de junio de 1997, sigue estando vigente en los estantes y en el imaginario de los lectores, algo que quizá no podemos decir de Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades, el libro que Bloom sacara con versiones infantiles de cuentos de los hermanos Grimm o de Kipling, Melville, Maupassant, y algunos poemas de Blake, Shakespeare, Whitman, entre otros, solo por mencionar el dato curioso para quien busque la respuesta intelectual a este tipo de literatura escrita para personas que no leen.

 

Y a lo mejor en esto el engreído Harold no estaba mal, aunque su acierto no sea intencional. En efecto, los libros de Harry Potter engendraron y atrajeron a lectores que no lo eran antes y que seguramente de otro modo no lo serían y en esto más de uno le debemos este milagro a J.K. Rowling, indudablemente, de convertir a la lectura a millones que enganchados con la serie de libros seguramente seguirán buscando como llenar el hábito de lectura que la historia del mago de los ojos verdes ya le ha creado.

 

IV

 

¿Qué es lo que hace que un libro nos marque y se haga importante en nuestras vidas? Algunos dirán que la calidad con que está escrito y la pericia de su autor para crear una obra maestra que atraiga a miles de lectores y congracie a la crítica y esos que lo digan estarán en lo correcto.  Pero ¿qué es lo que hace que un libro se nos vuelva un clásico personal y nos haga regresar a él así hayan pasado veinticinco años, treinta, o los que sean?

 

Diría, y en esto no creo equivocarme, que mucho tiene que ver con la capacidad de conectar con nuestras necesidades y sentimientos, incluso con los más íntimos.  Con esto no digo que la obra de J.K. Rowling haya sido la primera en inventar el agua tibia o el hilo negro de la literatura fantástica (porque creo que Harry Potter no solamente le habló a las infancias) pero sí fue capaz de usar todo lo que sabía de la tradición literaria del género y ponerlo al servicio de su obra, algo que cualquier autor que se digne de serlo debe de tener en cuenta a la hora de escribir.

 

Harry Potter y la piedra filosofal nos introdujo al mundo mágico pero también significó una respuesta necesaria para aquellos que sentíamos que no encajábamos en el mundo real, que necesitábamos la metáfora de “lo mágico” que la autora nos estaba brindando a través de sus páginas para sentir que pertenecíamos (y pertenecemos) a una realidad en que las palabras importan pues es a través de las palabras que se conjuran los hechizos que nos pueden proteger en tiempos oscuros, reparar,  y salvar, algo en lo que cualquier casi cualquier poeta estaría de acuerdo, aun sin haberse cruzado con este mundo.

[1] https://1xn.org/softspeakers/PDFs/bloom.pdf


Autores
(Guerrero, 1988), poeta. Ha sido becaria de la Fundación para las Letras Mexicanas, en el periodo 2014-2015, y del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca, en el periodo 2017-2018. Ganadora del Premio Nacional de Poesía Tijuana 2018, es autora de los libros Una jacaranda en medio del patio (2018), Cosas comunes (2019) y La arista que no se toca (2019).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Octavia Estelle Butler firmando una copia de Fledgling. Nikolas Coukouma (CC BY-SA 2.5)
Octavia Estelle Butler firmando una copia de Fledgling. Nikolas Coukouma (CC BY-SA 2.5)

 

Belief

Initiates and guides action—

Or it does nothing.

 

Octavia E. Butler, Parable of the Sower

 

 

Por mucho tiempo, demasiado tiempo, la ciencia ficción y la distopía fueron soñadas solo por hombres blancos. Así, sus protagonistas por excelencia fueron similares a sus creadores: ¿quién puede olvidar a Winston Smith de 1984, Bernard Marx de Un mundo feliz o a Montag de Fahrenheit 451? Durante la primera mitad del siglo XX, la ciencia ficción fue masculina, casi olvidando sus orígenes en la pluma de Mary Shelley, y se mantuvo blanca como había sido desde el inicio. Podría haber permanecido así por mucho tiempo, de no ser por la llegada de Octavia Butler.

 

Devil Girl from Mars

Hija de Octavia Margaret Guy y Laurice James Butler, Octavia E. Butler nació un 22 de junio de 1947 en Pasadena, California. Después de la muerte de su padre, su madre la educó en las enseñanzas de la iglesia cristiana bautista. Octavia pronto aprendió a leer y a soñar con mundos distantes que echaban raíces en las estrellas.

Acostumbrada a crear historias para entretenerse y a pesar de ser una ávida lectora con aspiraciones literarias, Octavia nunca había imaginado que podía haber un futuro para ella en la escritura. Todo eso cambió cuando a la edad de 12 años, Butler se sentó a ver Devil Girl from Mars: la película de ciencia ficción que la impulsaría hacia la escritura.

Su salto al mundo de la ficción especulativa se debió a la siguiente serie de revelaciones que tuvo al mirar esa película y que compartiría en una charla para el MIT: “la primera [revelación] fue: ‘caramba, puedo escribir una mejor historia que esa’. Después pensé: ‘cualquiera puede escribir una mejor historia que esa’. Pero la clave estuvo en la tercera revelación: ‘le pagaron a alguien por escribir esa historia horrenda’. Así que empecé a escribir.” Sus cuentos y manuscritos no tardaron en llegar a todas las revistas posibles en espera de ser publicados.

Rechazada una y otra y otra vez, Butler temía que la sentencia de una de sus tías fuera realidad: “no existen los escritores negros”. Pero Octavia se mantenía decidida a hacer de la escritura su profesión por lo que años después llamaría la “obsesión positiva” de escribir y ser reconocida por ello. Había encontrado su hogar en la ciencia ficción y en la distopía y no pensaba renunciar a ellas.

Se levantaba temprano y escribía, iba a trabajar en su empleo en una fábrica y regresaba a seguir escribiendo. Escribía durante los descansos y durante el almuerzo y eventualmente su escritura la llevó en 1968 al Screenwriters’ Guild Open Door Program. Ahí, sus textos llamaron la atención del entonces reconocido escritor de ciencia ficción Harlan Ellison, quien le recomendó que asistiera al Clarion Science Fiction & Fantasy Writers’ Workshop, un taller de escritura de seis semanas.

El taller le trajo a Butler dos victorias, las primeras de muchas en el mundo de la escritura: ver publicado por primera vez uno de sus cuentos y conocer al que por muchos años había sido el único escritor negro de ciencia ficción, Samuel R. Delany.

Su amistad con Delany la acompañaría el resto de su vida, pero aún pasarían más de cinco años de empleos mal pagados en fábricas y tiendas antes de que Butler volviera a ver publicado su trabajo. Pero la espera valió la pena y en 1976 vendió los derechos de su primera novela y el inicio de su primera saga: Patternmaster.

 

Obsesión positiva

“Parece existir una regla no escrita, hiriente y en desacuerdo con las realidades de la cultura americana. Dice que no se supone que te preguntes si por ser mujer o por ser una persona negra eres realmente inferior: no lo suficientemente brillante, rápida o buena para hacer las cosas que quieres hacer. […] ¿Quién era yo, después de todo? ¿Por qué alguien debía prestar atención a lo que tenía que decir? ¿Tenía algo que decir? Pero aún así no podía parar. La obsesión positiva se trata de no poder parar aún cuando estás llena de miedos y de dudas.”

Octavia Butler, “The Birth of a Writer”

 

Afrofuturismo

El crítico Mark Dery acuñó el término “afrofuturismo” en su ensayo de 1994 “Black to the Future”. Según Dery, el afrofuturismo es “la ficción especulativa que toca temas y preocupaciones afroamericanas en el contexto de la tecnocultura del siglo XX. Y, en términos más generales, [que toca] significaciones afroamericanas que se apropian de imágenes tecnológicas y de un futuro prostéticamente mejorado”. Desde entonces, el afrofuturismo ha crecido para convertirse en un movimiento artístico de reivindicación multidisciplinaria de la diáspora africana, no simplemente limitado a la literatura.

Pero al momento de la publicación de ese artículo, el número de autores afroamericanos de ciencia ficción, y por lo tanto los únicos exponentes del afrofuturismo, se reducía a cuatro: Samuel R. Delany, Octavia Butler, Steve Barns y Charles Saunders. Era un panorama escaso y profundamente masculino, pero para el final de la vida de Butler, esa cifra se multiplicaría exponencialmente.

 

¿Una falta de confianza?

Trabajo escribiendo ciencia ficción y fantasía, hasta donde sé soy la única mujer negra que lo hace. Cuando empecé a hablar en público, una de las preguntas más comunes era ‘¿Qué bien le hace la ciencia ficción a las personas negras?’[…] Resentí esa pregunta, ¿por qué tendría que justificar mi profesión?
Cuando vendí mi primera novela, solo éramos dos escritores negros, Samuel R. Delany y yo. Ahora somos cuatro. ¿Por qué tan pocos? ¿Es una falta de interés? ¿Una falta de confianza? Una mujer negra joven me dijo una vez: ‘Siempre he querido escribir ciencia ficción, pero no pensé que era algo que una mujer negra pudiera hacer’”

Octavia Butler, “Birth of a Writer”

 

 

La gran dama de la ciencia ficción

Una vez concluida la saga de 5 volúmenes de Patternmaster, Butler publicó Kindred (1979), la novela que la sacaría de los trabajos mal pagados e iniciaría su fama como una de las mejores escritoras de ciencia ficción del mundo.

En ella, Butler cuenta la historia de Dana, una escritora que viaja al pasado accidentalmente donde conoce, en una plantación, a sus ancestros: una esclava y un esclavista. Dana es capturada y hecha esclava en esa misma plantación donde descubre que su existencia depende de la violación de su antepasada. Kindred no se asusta de explorar la realidad de la vida en esclavitud ni de las herencias dolorosas que construyen la identidad de su protagonista. Así, Butler confronta a sus lectores con los horrores que conforman no solo la historia de la diáspora africana, sino la fundación de los Estados Unidos. Kindred fue su primer éxito editorial y se ha mantenido como un bastión de la literatura afroamericana. Después de su publicación y con sus obras subsecuentes, Octavia Butler se convirtió en la primera autora negra en ganar los premios Nébula de ciencia ficción a mejor novela y relato corto, el premio Hugo de ciencia ficción a mejor relato y en ser la primera escritora de ciencia ficción en ser escogida como ganadora de la beca Genius de la fundación MacArthur y llegó a ser llamada “la gran dama de la ciencia ficción”.

En sus siguientes novelas, Butler continuaría hablando de raza, religión, identidad afroamericana, género y espiritualidad creando mundos y protagonistas complejos; conformados desde antes de su nacimiento por historias y herencias que los moldean.

La mayoría de sus protagonistas, mujeres jóvenes, fuertes y afroamericanas deben enfrentarse a mundos que, como el nuestro, están plagados de racismo, violencia, clasismo y machismo. Tal es el caso de Lauren Olamina, la protagonista hiperempática de La parábola del sembrador (1993) y La parábola de los talentos (1999), la serie que le valió a Butler su primer Premio Nébula a mejor novela de ciencia ficción.

Lauren busca refugio tras la destrucción de su comunidad a manos de unos pirómanos en unos Estados Unidos destrozados por el calentamiento global, el racismo, la mala administración, la drogadicción y la violencia rampante. Lauren tiene dos secretos: sufre de hiperempatía, una habilidad que le permite sentir el dolor o el placer de los demás al verlos y es la primer creyente de Earthseed, una religión creada por ella misma que se rige bajo los principios de “Dios es cambio. Dios siempre permanece. Dios moldea a todos. Todos moldeamos a Dios”.

A su alrededor se va formando, poco a poco, la primera comunidad de creyentes de Earthseed conformada por esclavos emancipados, migrantes latinoamericanos, mujeres que lograron escapar de la prostitución y niños rescatados de los caminos; todos ellos destinados a llegar hasta las estrellas. Entre sus oponentes están primero las bandas de drogadictos pirómanos que arrasan con todo lo que pueden incendiar y después, grupos de supremacistas blancos liderados por un presidente que sostiene el lema de Make America Great Again.

La saga de Las parábolas ejemplifica el tipo de narración que Octavia Butler le dio al mundo: una que no se oculta de los temas difíciles de raza, religión o género, que no siente la necesidad de blanquear a sus protagonistas y sociedades, que no teme mostrar la vulnerabilidad de sus personajes o sus cuestionamientos filosóficos, morales y religiosos y que pone el foco en la vivencia femenina y afroamericana. Una que muestra al mundo como es y cómo podría llegar a ser, con toda su terrible brutalidad.

 

Africanofuturismo

La escritora estadounidense Nnedi Okorafor acuñó en octubre de 2019 el término africanfuturism como el siguiente paso del afrofuturismo. Según Okorafor, donde el afrofuturismo se encargaba de las preocupaciones e historias distópicas y de ciencia ficción del futuro de los afrodescendientes en occidente, el africanofuturismo no privilegia ni se centra en Europa o las Américas. Sino en África, su historia, su magia y su diversidad cultural. El afrofuturismo y el africanofuturismo están conectados en tanto que las personas negras comparten, dentro y fuera de la diáspora, “sangre, espíritu, historia y futuro”, pero para Okorafor, es importante dejar de centralizar en occidente las historias de ese futuro.

Afrofuturismo: Wakanda construye su primer puesto de avanzada en Oakland, CA, USA.

Africanofuturismo: Wakanda construye su primer puesto de avanzada en un país africano vecino.”

 

Transformaciones en la imagen de las distopías modernas

Hagamos un ejercicio de visualización: imaginemos juntos un futuro distópico. Pensemos en una ciudad en un futuro medianamente cercano, pero tecnológicamente más avanzado, arrasada por el hambre, la guerra, el cambio climático y un gobierno opresor. Pensemos en que en esa ciudad hay una persona decidida a arriesgarlo todo por una oportunidad de escapar de ese infierno. ¿Cómo es la persona que acaba usted de imaginar?

Por mucho tiempo, al hacer este ejercicio, mi cerebro conjuraba alguna mezcla de Neo de Matrix y Winston Smith. Ambos protagonistas perfectamente aceptables, pero al menos para mí, ajenos. Al pensar en la ciudad, me la imaginaba en algún lugar perdido de los Estados Unidos, blanca y distinta al lugar donde crecí, pero correcta según mi percepción de la ciencia ficción. Ahora creo que preferiría imaginar a una mujer de mi edad en algún lugar desolado de un México futurista y distópico. El deseo por esas nuevas historias me lo dio Octavia Butler.

Es difícil imaginar que la ciencia ficción y la distopía pueden contar algo más que historias de hombres blancos cuando no se ha leído más que a hombres blancos. Cuando el mercado nos satura con sus creaciones, tan buenas y disruptivas como han llegado a ser, es fácil acomodarnos en esa percepción de la ciencia ficción como la tierra de Luke Skywalker, Paul Atreides y Spock. Es fácil marginar, entonces, a los afrofuturismos, africanofutursimos y narraciones feministas, es fácil decir que la ciencia ficción no se trata de eso. Pero la ciencia ficción siempre ha estado en el margen, siempre ha sido el lugar donde todo puede ser cualquier cosa y sería una traición a la esencia del género pretender, ahora, ponerle fronteras.

 

Personajes creíbles

“La ciencia ficción se extiende hacia el futuro, al pasado, a la mente humana. Alcanza otros mundos y otras dimensiones ¿Es, aún así, tan limitada como para no poder alcanzar las vidas de los humanos que no son blancos? Los personajes negros, asiáticos, hispanos, amerindios o pertenecientes a alguna otra minoría han estado notoriamente ausentes de la ciencia ficción, ¿por qué será?
[…] ¿Son los personajes que forman parte de minorías raciales, en este caso los personajes negros, tan disruptivos que su mera presencia afecta tanto la historia que termina girando el foco de la trama a cuestiones de raza en lugar de la historia planeada por el escritor? […] Este es el mismo tipo de estereotipo, consciente o inconsciente, con el que las mujeres han luchado por mucho tiempo. Ningún autor que ve a las personas negras como personas, con preocupaciones, fallas, deseos y habilidades, tendría problemas creando personajes negros con contextos y anhelos creíbles.”

 

Octavia Butler, “The Lost Races of Science Fiction

 

La parábola del sembrador

Octavia Butler falleció el 24 de febrero del 2006 a los 58 años. Hoy, 22 de junio, sería su cumpleaños 75. Su obra se parece a la historia bíblica que le dio nombre a una de sus novelas más famosas: La parábola del sembrador. Butler, con su educación bautista debió conocerla muy bien. Es la historia de un hombre que va arrojando semillas, que representan la palabra de Dios, unas caen en terrenos poco adecuados y no germinan y mueren, pero otras caen en tierra fértil y se convierten en plantas que crecen y dan mucho fruto.

Butler fue esa sembradora que plantó las semillas de una nueva era de ficción especulativa en tierra fértil. Esa tierra ya ha dado a luz en nuevas voces y nuevos estilos; en africanofuturismos y ciencia ficción latinoamericana o asiática; en mundos que nos pertenecen a todos.

 

 

 

 

Bibliografía

Butler, Octavia, “The Lost Races of Science Fiction” en “In 1980: Octavia Butler Asked, Why is Science Fiction so White?”, Garage Magazine.

—————— “Birth of a Writer” y “Furor Scribendi” en Bloodchild and Other Stories, Seven Stories Press, 2003.

——————- Parable of the Sower, Grand Central Publishing, 1993.

—————— “Devil Girl from Mars: Why I Write Science Fiction”, MIT Press, 1998.

Damián Miravete, Gabriela, “Misión en órbita: los africanofuturos”, Gatopardo, 2021

Dery, Mark, “Black to the Future: Interviews with Samuel R. Delany, Greg Tate and Tricia Rose”, Flame Wars. The Discourse of Cyberculture, Duke University Press, 1994.

Okorafor, Nnedi, “Africanfuturism Defined”, Nnedi’s Wahala Zone Blog, 2019.


Autores
(Ciudad de México, 1995) Es dramaturga y editora. Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Adam Zagajewski murió el año pasado. Llegó la primavera, pero el poeta no logró saber cómo se abrirían las flores polacas, o que ramas acabarían conquistando los pájaros también polacos, o sí los ríos que se formaron después de que la nieve polaca se hubiera derretido, cruzarían una vez más las ciudades para ir a dónde sea que van los ríos. O si pensamos en la famosa copla de Jorge Manrique, pues entonces digamos que el poeta ha llegado sin posibilidad al retorno, al último y más sediento mar al que todos en algún momento irremediable, llegaremos.

La poesía de Zagajewski tiene siempre la urgencia de decirnos, desde la quirúrgica precisión del ocioso que se detiene a mirar qué hay detrás de los árboles, o qué vive debajo de las piedras, que la vida en realidad se trata de usar el lenguaje para nombrarnos a partir de todo un movimiento que se funda siempre en el exterior pero que termina, sin duda, correspondiendo con esa pulsión de animal que va a morir, y que lo sabe, no por el dolor anunciado en la carne, sino porque puede deletrear las propias causas de su muerte.

Dice en un poema de su libro Tierra del Fuego:

Podría ser feliz, viviría tranquilo,

si no fuera por esa luz que estalla,

fuera de la ciudad cuando amanece

cada día, cegando mi deseo

y ahí nos damos cuenta que lo que se está diciendo no es un reclamo que surge desde un vago sentimiento de angustia o como ese sufrimiento, muchas veces gratuito, con el que están cargados los pensamientos de cualquier domingo por la tarde, en realidad, es ahí, en ese reconocimiento de la carencia de felicidad donde encuentra la fuerza necesaria para saberse ciudadano de un mundo que no termina por donarse a nosotros, pero que puede ser descrito y domesticado, quizá, desde la metáfora. Por eso sentencia que en la poesía están todas las explicaciones. Y entonces, cuando acudimos a sus poemas, encontramos, no una respuesta inmediata y fácil de lo que son o podrían ser las cosas, sino, viene de otro lugar, uno que adquiere una potencia a la que no se puede ser indiferente. Llegamos así a la explicación por medio de una imagen que siempre deja una huella.

Las explicaciones que nos da Zagajewski son huellas, algo queda impreso en nosotros, y no puede ser evadido, ni mucho menos borrado. Al leerlo, se llega no solo a la poesía por el simple hecho de reconocer sus dimensiones en términos literarios, sino que se llega a eso que implica el gesto poético en su naturaleza más honesta y tangible, es decir, un abrir y cerrar de las palabras para adquirir un significado que no sabíamos que podían tener, pero que, por medio del presente del verso, se configuran para siempre como la materia viva de algo que ya formará parte de nosotros.

Recorremos con Zagajewski, en cada uno de sus libros, la crónica de una vida que se constituyo por la constante reflexión sobre el mundo y los procesos que tiene cada objeto para tener una gravedad inmensa. Y esta gravedad es alcanzada por el poeta al saber y compartirnos esta extraña alquimia que existe en las palabras, la cual reconoce y le permite al lenguaje sobreponerse a su condición utilitaria para transformarse en esa materia inflamable, violenta y generosa llamada poesía.

Así, no importa que nunca hayamos estado en los lugares que el poeta menciona, o que no hayamos amado a las personas que Zagajewski amó, o que jamás viéramos los mismos pájaros, atardeceres y ríos que tan pausadamente cantan en sus poemas. Cada lugar y cada cosa pasan a formar parte de nuestro propio mundo, uno en el que esa tristeza y a veces humor que habitan en los versos nos es donada como si todo el tiempo hubiera sido parte de lo que somos. Siendo sintéticos, la poesía de Adam Zagajewski es un reconocernos.

Ese es el gran logro, y apuesto que esa familiaridad que nos funda el poeta a partir de lo que nos dice, ha sido mucho de lo que permite leerlo sin sentir el peso de la necedad con la que a veces está cargada la poesía que se refugia en lo abstracto para significar. Aquí no hay pretensión más que la de narrar y narrarse desde lo que se ve y se padece, y así, nosotros vemos y padecemos, y en muchas ocasiones logramos encontrar el hallazgo del verso que termina por ser un aforismo que no vuela la cabeza, nos reconforta, nos avienta hacia un lugar muy adentro de nuestros nombres o nos repele, y esto último no significa que el rechazo sea algo peyorativo, en realidad es una muestra de la violencia que pueden tener algunas imágenes para causarnos algo que nos obliga a cerrar el libro y mirar por la ventana para repetirnos una y otra vez la pregunta por lo que somos.

Yo cambiaría cada palabra que he escrito por estos versos del poema Autorretrato,

No soy hijo de la mar,

como escribió sobre sí mismo Antonio Machado,

sino del aire, la menta y el violonchelo,

y no todos los caminos del alto mundo

se cruzan con los senderos de la vida que, de momento,

a mí me pertenece.

Si, murió Adam Zagajewski, sin embargo, más allá de la frase simplona de que un autor seguirá viviendo cada vez que es leído, pienso, que cuando un poeta muere, también fallece una parte de la lengua. Leerlo entonces será leer una lengua muerta, y nosotros, por el tiempo que nos toqué seguir creando metáforas, solo tendremos la pequeña traducción del mundo que habita en cada poema de Zagajewski, entendiendo que jamás podremos abarcar su lenguaje.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Lo malo del asunto es que llamar Guillén a Marcos es otra manera de decir “Usted no existe. Usted es un farsante. Con usted no se puede negociar. Usted usa máscara. Aprenda de los priistas, que usamos nuestras caras como máscaras y engañamos a todo el mundo”.

Carlos Fuentes en La guerra y las palabras de Jorge Volpi

 

1

¿Qué buscaba comprobar el flamante gobierno de Ernesto Zedillo, aquel 9 de febrero de 1995, a poco más de un año del alzamiento zapatista, en la rueda de prensa convocada para revelar el verdadero rostro del subcomandante Marcos? Convencidos de que debajo de ese pasamontañas humeado y empapado de sudor se encontraba el responsable del motín chiapaneco que estropeó la fiesta de fin de año de Salinas de Gortari, llamaron a los medios para darles la noticia. Pero cuando Antonio Lozano García, vocero de la PGR, ordenó que deslizaran la fotocopia del encapuchado para mostrar el rostro del delincuente, los televidentes no fueron los únicos que se llevaron una sorpresa. Como si se tratara de un acto de magia, creyeron dar finalmente un golpe efectivo contra la identidad de Rafael Sebastián Guillén Vicente. Ahora lo ven, ahora no lo ven.

Para el gobierno, el pasamontañas era insuficiente, no podía ser la cara de nadie, símbolo inequívoco, según creían, de la falta de agallas del tal Marcos para mostrarse con la cara desnuda. Temerosos de que resultara otro tapado en la carrera por el poder, quisieron desactivar su popularidad apelando a la Verdad, esa cosa que aún escribían con la inicial mayúscula. La acción no solo fue el hazmerreír de los televidentes, el tema de moda a la hora de la sobremesa. También representó el final de una era y el inicio de otra. Pioneros involuntarios de la posverdad, las autoridades creían que las revueltas en Chiapas eran un caso aislado en México que podían controlar con un poco más de la violencia acostumbrada. Sin embargo, Marcos era el estandarte de una lucha que incluía a más de un guerrillero.

Su existencia pertenece a un linaje combativo cuyas estrategias de sabotaje están cifradas en la elección del nombre. Luther Blissett, Ned Ludd, el Pobre Konrad, entre otros, son nombres multiusuario que incluyeron a numerosos anónimos revestidos por una identidad afantasmada. “Hubo varios Marcos distintos —escribe Jorge Volpi en La guerra y las palabras—, tal como los campesinos de Morelos a principios de siglo suponían la existencia de numerosos dobles de Zapata”. A esta situación se enfrentaban los priistas: la presencia de una rebelión multitudinaria y encubierta. Su error fue considerar que Marcos era una sola persona; que detrás del sabotaje al TLCAN había alguien (a quien no conocían) moviendo los hilos con el fin de arrebatarles la silla el próximo sexenio. Pero la consigna ¡Todos somos Marcos! no tenía nada que ver con las estratagemas priistas de mentira y ocultamiento. Si bien la capucha seducía por la amenaza que implicaba, el propósito de usarla dejó al descubierto que al gobierno le gustaba mentir, pero no que le mintieran.

Lo que buscaban era desaparecer al héroe para quedarse con la persona, quitarle la máscara al malo de la película que ellos protagonizaban como héroes ejemplares. Lo que pasó en televisión abierta ese 9 de febrero de 1995 me recuerda las aventuras de Scooby Doo. No hay capítulo en el que no desenmascaren al villano en turno. Aquellos años en México la política era eso: una caricatura llena de capuchas y tapados, máscaras de mentiritas que escondían a monstruos de verdad.

 

 

2

En los noventa, el PRI instauró una nueva forma de gobierno: la mentira. Y es que ninguna otra década habría engendrado a un guerrillero, mitad hombre mitad fantasma, cuyas exquisitas mentadas de madre hacían eco de la virulencia de escritores como Jorge Ibargüengoitia, otro cuchillito de palo que al igual que Marcos, escribía nomás por joder.

Prueba de esto son las decenas de artículos y relatos, principalmente cartas que el Sub escribió y con las que, de paso, renovó el género epistolar al grado de intercambiar la solemnidad acostumbrada por fina carrilla, esa otra manera de chingar a alguien sin tocarle un pelo. Considerando que a finales de este año habrá un nuevo mundial de futbol, vale la pena repasar una de dichas cartas, escrita en 2005. El documento iba dirigido a los directivos del Inter de Milán. Marcos les propuso organizar una serie de partidos amistosos entre el club neroazzurro y su Selección Intergaláctica, el combinado amateur conformado por camaradas tzeltales, tzotziles, cholos y tojolabales.

Marcos imaginaba el Dream Team de izquierdas: Diego Armando Maradona, Javier Aguirre, Jorge Valdano y Sócrates, el mediocampista brasileño, como árbitros del encuentro; Eduardo Galeano y Mario Benedetti serían los locutores, mientras que la animación correría a cargo del colectivo LGBT, cuya presencia en el partido, imaginaba el Sub, alarmaría a la derecha católica. Como puede verse, la carta era un pronunciamiento político disfrazado de simple invitación a echar la reta entre compas.

Más que jugar los partidos, Marcos buscaba desenrollar el mapa de la izquierda globalifóbica alrededor del mundo. Para ello sugirió distintas sedes: el estadio Olímpico Universitario (“que lo recaudado en la taquilla fuera para los indígenas desplazados por los paramilitares en los Altos de Chiapas”); el estadio Jalisco (“para apoyar jurídicamente a los jóvenes altermundistas presos injustamente”); Los Ángeles, California (cuyas entradas estarían dedicadas “a la asesoría legal para indocumentados en Estados Unidos”); y el Estadio San Siro (“para apoyar a los migrantes de diferentes nacionalidades que son criminalizados por los gobiernos de la Unión Europea”).

La iniciativa, bien elaborada aunque demasiado exigente, apelaba a la buena voluntad de Massimo Moratti, presidente del equipo en ese entonces, quien se mostró interesado en apoyar la causa zapatista. Javier Zanetti, delantero histórico del Inter, fungió como emisario en el enclave guerrillero de San Cristóbal de las Casas. Zanetti había hablado con Bruno Bartolozzi, periodista de formación y directivo del Inter, acerca de lo ocurrido en México el 1 de enero de 1994. Tal vez a otro jugador poco interesado en temas sociales le hubiera dado igual lo que sucedía en Chiapas. Pero no a Zanetti. Él, que había nacido en el seno de una familia de obreros de origen italiano que migraron a Sudamérica en plena dictadura, se sintió obligado a colaborar con la guerrilla. Sus padres habían cruzado el Atlántico instalándose en la dársena que forma lo que actualmente es Dock Sud, una de las ciudades de Avellaneda, en el conurbado bonaerense. Tal vez fue este pasado lo que llevó a Zanetti a encabezar la comitiva de apoyo, recaudando dinero en efectivo, una ambulancia y camisetas y balones para inspirar la resistencia también en las canchas.

Sobrevive una foto del encuentro entre Marcos y Zanetti. El primero sostiene la camiseta del club italiano con el número 4 en la espalda, dorsal que le pertenecía al delantero argentino, mientras que este último posa para la cámara. La cohorte zapatista que accedió al flash está formada por ocho hombres y dos mujeres. La mayoría usa pasamontañas salvo una persona, Zanetti, que al dejar su rostro descubierto permite saber que se trata de un forastero. En aquella mítica carta Marcos advierte que el uniforme del EZLN cambiaría de color durante cada partido, según se ganaran o perdieran: “Hemos diseñado un uniforme camaleónico (si vamos perdiendo, a nuestra camiseta le aparecen rayas negras y azules, confundiendo al rival, al árbitro… y al público”.

Hablar de la notoriedad que ganó el pasamontañas como una prenda política en la guerrilla zapatista, sería insistir en lo mismo que se ha dicho desde entonces. Sin duda, no era una prenda ingenua ni carecía de significado. De hecho, en México simbolizó lo que a partir de 1994, hasta bien entrado el nuevo milenio, se convirtió en un lenguaje común para hacer política: el ocultamiento y el disfraz.

 

3

En su “Diccionario zapatista”, Eduardo Galeano restituye el origen mítico de la capucha zapatista: “La niebla es el pasamontañas que usa la selva. Así ella oculta a sus hijos perseguidos [que] han sido expulsados de la tierra y de la historia, y han encontrado refugio en la niebla, en el misterio”. Como si se tratara del mismo efluvio tóxico, un año después de la firma del TLCAN aterrizó en el país una criatura de procedencia presuntamente extraterrestre envuelta en una nebulosa igualmente perniciosa, emitida por los medios de comunicación. Se llamaba Chupacabras y era tan feo como Salinas de Gortari encuerado.

Para muchos era un marcianito olvidado por sus padres la última vez que visitaron la Tierra; para otros era un murciélago gigante resultado de un experimento genético. La formación compuesta de su nombre lo emparentaba incluso con algunos vampiros que se alimentan exclusivamente de sangre de borregos y animales de granja. Otras aproximaciones a su origen revelan incluso que se trata del mismísimo Lucifer, que había regresado a vengar las injurias en su contra.

La historia de su paso por la tierra afirma que su itinerario empezó en el Caribe y terminó en Los Ángeles. Los lugareños de Canóvanas, uno de los municipios del norte puertorriqueño, fueron los primeros en ver al Chupacabras. La cercanía con San Juan devolvía a la región un poco del esplendor del que gozaba la capital del país a cambio de grandes dosis de contaminación ambiental. Se cree que fue la polución del aire y de las aguas residuales lo que ayudó a la gestación  de la criatura; un monstruo nacido entre deshechos. De tradición isleña, el pasado del Chupacabras se remonta a tradiciones y tierras tan fértiles como el escepticismo alrededor de su existencia.

Antes de él ya existía el Garadiablo —un pez con cara de señor y cuerpo de bailarina clásica— que en los setenta azotó la bahía puertorriqueña. Su hallazgo se le debe a un hombre de origen filipino, llamado Alfredo García Garamendi, quien, al cabo de un buen rato de mantener una lucha grecorromana con el críptido, consiguió atraparlo sin vida. García Garamendi decidió fotografiarlo y conseguir cierto reconocimiento por su hazaña. No obstante, un grupo de científicos estadounidenses más tarde lo desmintieron pues lo que el filipino consideraba un animal extinto era en realidad el cadáver de una mantarraya disecada.

La manipulación de cadáveres de especies marinas tiene su historia entre los piratas holandeses que a finales del siglo XVI se embarcaban en viajes que recorrían de un extremo a otro el océano Atlántico. En cada parada, estos orfebres de ultramar pescaban fauna endémica para crear con ella curiosos muñequitos, como si de cera se compusieran sus escamas. Llama la atención el nombre que con el tiempo adquirirían estas creaciones de la taxidermia más ociosa. Derivado de una mala pronunciación de la expresión francesa jeun d’Anvers (“oriundo de Amberes”), el nombre de estas criaturas fue difundido en playas americanas como Jenny Haniver.

A decir verdad, los coqueteos entre el folclor europeo y el caribeño no se redujeron a meras artesanías zombis. Otro caso particular de aberraciones naturales es el del Loup Garou, una variante del hombre lobo francés —aunque en este caso de manufactura haitiana—. Se cree que el Loup Garou es muy parecido al nahual mexicano, un espíritu de la naturaleza que posee a un inocente y lo hace cometer actos reprobables contra la comunidad. Si bien la crisis económica que atraviesa el país caribeño desde hace décadas no surgió a raíz del nacimiento del Loup Garou, la creencia en su responsabilidad por el terremoto de 2010 ha mantenido cautivo al pueblo haitiano. Tal vez a estos engendros de ascendencia teratológica los emparente el oportunismo con que fueron creados.

La prensa aprovechó la hilaridad para dotar de identidad a la criatura. El hecho de que el Chupacabras apareciera en horario estelar hacía pensar no solo que su existencia era cierta, sino que los medios tenían la obligación de cubrir la nota. La prensa se arrogó el deber de informar los pormenores de su paso por tierras mexicanas. Corresponsales de una guerra invisible, algunos llegaron al lugar donde se le vio por última vez y recolectaron testimonios de gente dispuesta a colaborar para resolver el asunto.

En 1996, el Semanario de lo insólito encabezaba su nota principal dedicada al Chupacabras del modo siguiente: “¡El chupacabras! ¡Nadie lo ha podido retratar ni filmar, pero es indiscutible que existe!”. En ese mismo año, Alarma, otro de los periódicos de mayor circulación en México, encabezaba así la nota de ocho columnas: “¡El chupacabras, entre la verdad y el mito!”.

El Chupacabras surgió de un modo similar tras la firma del Tratado de Libre Comercio. La firma del TLCAN había sido una suerte de espaldarazo para emprender su viaje hacia Norteamérica. En una de esas correrías por fin llegó a nuestro país y, como ocurre con muchos exiliados y migrantes, aquí encontró su segundo hogar. Su existencia no solo engrosó el bestiario fantástico de nuestras tradiciones orales. También renovó nuestro escepticismo, manifiesto en esa peculiar risa nerviosa que deviene cada tanto carcajada esquizofrénica. Esta paranoia la compartimos quienes hemos dejado de creer en las versiones oficiales del gobierno. Veinte años después, importa menos el Chupacabras que la manera en que se gesta la verdad en nuestro país.

 

4

La creatividad nacional produjo piñatas, cómics, chistes, películas del Chupacabras. Por si fuera poco, también fundió en máscaras de plástico el rostro de la criatura con la del presunto responsable de su génesis. Las orejas de Carlos Salinas de Gortari (su calva y el bigotito que apenas le cubre el labio superior) crearon una criatura que espantaba en partes iguales. Una de estas máscaras se filtró en la icónica foto que el club de futbol Toros Neza se tomó a finales de octubre de 1997.

En el once titular, el Salinas de plástico alinea junto a Bart Simpson, Gene Simmons, Spiderman, el Hombre lobo, Butt-Head de Beavis and Butt-Head, y demás celebridades de la cultural pop gringa. La globalización empezaba a hacer lo suyo, mientras que en la cancha, los jugadores del club mexiquense 1se pintaban el pelo de rojo y jugaban al famoso tiquitaca como si ellos lo hubieran inventado.

Aunque muchos creen que el chupacabras no solo no sigue entre nosotros sino que nunca existió, es difícil pensar que este se haya ido del país después de haberle dado todo. Habría sido demasiado ingrato de su parte. Lo cierto es que ha envejecido aquí y en cualquier momento se quitará la máscara y mostrará su verdadero rostro, un rostro conocido.

 


Autores
Diego Casas Fernández (Puebla, 1992), docente y ensayista. Maestro en Literatura Aplicada por la Universidad Iberoamericana. Es autor del libro de ensayos Punto ciego (2016).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.

[…] en ocasiones lavar un plato,

acomodar un cojín,

o dar de vueltas con un plumero en la mano

pueden ser maneras distintas de llorar,

de irse

AE Quintero

 

La primera vez que leí el nombre de Ángel Vargas fue durante una conversación de WhatsApp con un amigo. Este me contaba de un taller de poesía que lo mantenía emocionado y, entre detalles y chismes, me hablaba de la sensibilidad y calidez con la que contaba el encargado de llevar aquellas sesiones. Dicho tallerista era Vargas y me di a la tarea de buscar su obra en revistas o páginas de Internet, llegando a encontrar algunos poemas que disfruté bastante; con los meses conocí a más personas enroladas en el medio artístico y esférico que resulta ser la literatura en México, mismas que me citaban las grandes habilidades que posee el poeta de Acapulco para construir panoramas cotidianos y hacerlos poéticos. Ese mismo año, resultó ganador del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, por el poemario Antibiótica, nombre que rescata de la obra de Jaime Gil de Biedma, poeta español cuya obra luce una estreches de grandes cimentos con el poemario ganador.

Antibiótica, entre tantas cosas, es un libro cotidiano, donde el amor, la pasión y los enseres satíricos de lo habitual en la labor de escritor se transforman en confesiones y revelaciones únicas, las cuales llevan al lector a cuestionar sobre su mirada al mundo de lo periódico: los besos son cotidianos, tanto como las cartas que llegan tarde por correo tradicional para avisar de las buenas noticias cuando el amor se ha marchado y “nunca/ llegó el perdón/ para nosotros”; o los libros, cotidianos también, convertidos a la fe de los gallardos y atrevidos que engañan;  hasta los mosquitos son cotidianos, tanto como los huéspedes visitas-incómodas que no pueden ser corridos, porque “hay modos distintos/ de nombrar/ la materia en que ardemos”.

Fragmentando la obra en 3 partes (Pandémica, Celeste y Antibiótica), Ángel Vargas logra darle una personalidad tridimensional al poemario al buscar una textura única en los versos de cada parte. La primer sección, cuyo título nos asalta al abrir el poemario, es Pandémica, nombre recibido por el título de un poema de Gil de Biedma, que versa sobre el valor de quien se atreve a amar y a probar el mundo a través de la carne y los distintos sabores hasta encontrar el favorito; y también, de cómo ese mismo amor nos lleva a atravesar las amarguras. De esto trata Pandémica, de cómo hasta la desgracia luce a veces opaca cuando es llevada por el lastre de lo cotidiano y de cómo, los versos contundentes, muy cercanos a la prosa, nos pueden construir oleos de paisajes limpios y frescos, siendo devorados por las ratas.

Existe una dulzura perversa en la poesía de Ángel, una dulzura que podría recordar a algunos de Efraín Huerta, o de Gonzalo Rojas, o también, quizás en antítesis, de Abigael Bohórquez; una dulzura de lobo con disfraz de oveja, que cuando te acercas a acariciar, te engulle la mano con un golpe certero de realidad, aunque también es reflexivo. Ángel duda durante muchos momentos del poemario, y es a través de la duda que llega a nuevas conclusiones y revelaciones que dan sentido lógico y poético al resto de las confesiones de la obra.

En esta primera parte, Navidad en Roma es un poema río sobre el amor terminado, el cual se sumerge en la costumbre para poder continuar; costumbre que prevalece muy a pesar de encontrarse cardinalmente en otro punto geográfico, pero esencialmente donde siempre. Aquí, Vargas juega con las técnicas y las formas literarias al darle un carácter de “poema narrativo”, muy cercano a la crónica y a lo poético con revelaciones de una violencia sutil, pero violencia a final de cuentas. Bien lo cantó Juan Gabriel emperifollado por la voz de Rocío Dúrcal: “No cabe duda que es verdad que la costumbre es más fuerte que el amor”.

Celeste es la sección del medio. Mi sección favorita. Una donde Ángel se pone a jugar con la poesía y los poemas, una sección satírica sobre todas las cosas. Nombrada así por el mismo poema que da nombre a la primer sección, y construida de ocho poemas en los que el autor se enfrenta a la vida de poeta: tocando los talleres como hospitales de primer, segundo y tercer nivel, donde el poema es sometido a diagnóstico, tratamiento, cirugía, rehabilitación o muerte inducida, de ser esa la condena expuesta; donde “nadie le pregunta al poema: / ¿quieres morirte?, / ¿quieres / estar entre nosotros?”, entre las líneas y las imágenes, entre el brillo de los zapatos de charol del “mejor poeta de la generación” y su “hipocondría textual”; donde los genios dentro de la lámpara mueren por los deseos de la luz y hay un poeta que se opone a la tesis de otro en defensa de las nalgas de los hombres.

Las hojas en Celeste son un campo de batalla donde las palabras generan evocaciones visuales, y la vista no es el único sentido jugando un papel central, sino que también entra en la apuesta la lectura en voz alta y el aliento del lector. El tono de las palabras de Ángel en esta sección es más relajado, pero se nota la habilidad del juego, y una postura nicanor-parriana de bajar a la poesía de su estado iluminador y llevarla al pueblo con sus cualidades y gracias propias del lenguaje. Aquí los versos logran un equilibrio entre comentarios agudos, hilarantes y prosaicos, con revelaciones cuasi-místicas e iluminadas. Ángel es dueño de todas sus herramientas de juego, y juega a la libertad.

La parte final, la que nombra la obra completa, es Antibiótica, nombre extraído del poema Epígrama Votivo, de Jaime Gil de Biedma, un poema corto que expresa un sentir inmediato (en este caso los votos amorosos de Biedma) y que se encuentra construido en ‘silva’, una estructura métrica popularizada durante el siglo XVI por Garcilaso y que consiste en construir versos de 11 sílabas entremezclados con versos de 7 sílabas y rimados consonantemente; al ser esta  una estructura que conlleva mucha libertad, el poema (el de Gil de Biedma) toca el tema central de Antibiótica: el erotismo. Creo innecesario especificar que tanto la parte de Pandémica como Antibiótica –así como los poemas mencionados de Jaime Gil de Biedma– son poemas de amor y erotismo escritos de un hombre hacia otro hombre; lo homoerótico también es erotismo y el encasillar uno alejado del otro es seguir contribuyendo a la homofobia y a la discriminación por preferencias sexuales.

Las palabras de Ángel en esta sección bajan un poco el tono de la sátira que había construido en Celeste y las convierte en reflexivas, en una voz franca: “da envidia / la belleza / que no puede mirarse / en un espejo / para guardar / su antes” reflexiona el poeta sin caer en el drama construido en Pandémica. El uso de las palabras y la dislocación de estas crea imágenes que experimentan con el lenguaje habitual, el cual se vuelve místico para nombrar el cuerpo como un campo único de batalla, y construir entre las formas comunes de hablar, estructuras complejas como lo es el calambur: “al levantar la red / nos queda solo el agua / enloquecida / en lo que sí da / en lo que SIDA”

Este es el quinto libro publicado por Ángel Vargas. En este caso es un poemario que recrea las memorias amorosas y eróticas del autor; un poemario que se siembra y se cosecha con una sensibilidad sencilla, a raíz de las cosas diarias, de las cosas que comúnmente muchos de nosotros pasamos por alto; un poemario confesionario, lleno de revelaciones, sueños, y declaraciones, pero también es un poemario inteligente, inundado de técnica, investigación y trabajo duro y constante de limpieza.

Un poema-poemario muy limpio, lleno de claridad y de las distintas voces que conforman el canto de un poeta que se pone a mirar el mundo mientras lava los platos.


Autores
(Nayarit. 1995). Ha colaborado en medios físicos y digitales como Los demonios y los días, Revista Iguales, Periódico Poético o Revista Alcantarilla. Parte de su obra se incluye en antología como Detrás del velo: sobre muerte y sueños (2021) y Páramo de Sueños (2020). Editor en Revista Poetómanos y Ediciones del Olvido. Ha sido becario del programa Los Signos en rotación, Festival Interfaz ISSSTE-Cultura Guanajuato 2018. Segundo lugar en el concurso Páramo de Sueños (2019) y Mención honorífica en el concurso de Poesía Erótica y Amorosa del estado de Nayarit. Autor de Que ninguna tormenta se acerque (Crisálida Ediciones. 2021).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

La historia de Desde gayola es de carcajadas y lentejuelas. Aunque lleva más de una década fuera del aire, sus momentos cumbres quedan almacenados en YouTube: la parodia de Laura León “Tesorito” en Tesoreando con la Tesorito, el relato tragicómico de los últimos días de la undécima musa Guadalupe Amor en El rincón de Pita amor, las peripecias amorosas de un esteticista y reportero de chismes homosexual llamado Juan José Manigüis en Las aventuras de Manigüis, el cotilleo de cafetería de dos chicas fresas de Las Lomas en Las VIP. Parece difícil asegurar si se trata de un clásico televisivo o un programa que mejor valdría olvidar. Tal vez ya no cause la misma gracia que hace veinte años. Es cierto que puede resultar demasiado encriptado para quien desconoce el argot gay en México. Hasta la fecha, el programa sigue incomodando a los sectores conservadores de la sociedad, y, sobre todo, aún más, a quienes enarbolan conservadurismo de izquierda que no censura a secas, sino que condena todo lo que sea políticamente incorrecto y malo para nuestros tiempos.

Concebido en el año 2002 por el presentador Horacio Villalobos, Desde gayola fue, por muchos años, una especie de open mic para la comunidad LGBTTTIQ+ en México. En el programa se canalizaba el amplio espectro de la vida gay en la ciudad: decepciones, discriminación, abuso, pero también el espíritu hedonista, de riesgo y de travesura en los antros de ambiente. Desde gayola empezó como una sección de la programación de Válvula de escape. Quien haya visto esas viejas primeras transmisiones logrará recordar cómo el conductor estelar presentaba los sketches que devinieron gradualmente en Desde gayola, ya formateado como una transmisión de media hora que, la tarde de cada jueves, se iba de volada.

Villalobos dirigía y co-escribía los guiones. De vez en cuando protagonizaba los sketches (sus propias risas enlatadas delataban su presencia omnipresente en la serie), aunque solo uno de sus personajes más o menos funcionaba: su imitación del cardenal Norberto Rivera llevado al esperpento como un hombre despótico, de maquillaje exagerado, sexualmente ambiguo. Es cierto que no todas las ideas del programa daban buenos resultados, pero ¿qué programa de comedia no adolece del mismo defecto? Desde gayola se entendía mejor como un teatro de carpa jotesco televisado. Además, un segmento siempre se gana más al público que otro, algunos se estancan en la experimentación, otros evolucionan, cruzan hacia el imaginario colectivo alcanzando reconocimiento fuera del programa.

Sorprendente cómo Desde gayola empezó siendo transmitido en Telehit. Frente a la competencia gringa, Telehit era un canal musical bastante irregular. Si bien contaba con un par de buenos conductores y entrevistadores, difícilmente se situaba a la par de MTV, y no lo digo por malinchismo. En todo caso, Telehit sirvió como plataforma de actos musicales latinos que no alcanzaban la oportunidad de catapultarse como un producto de importación en el auge del boom del pop latino. Telehit mostraba lo que MTV marginaba. Con el transcurso del tiempo el recuerdo de Telehit se tornó amargo para el equipo de Desde gayola; en sus últimos días en este canal, muchos de los chistes apuntaban a mofarse de Telehit y a grandes rasgos de Televisa. Era una casa demasiado incómoda para habitar. En este periodo, como ha afirmado el elenco en varias entrevistas, se suscitaron malos tratos, censuras, malos pagos y bajísimo presupuesto. Quien viera Desde gayola no debía esperar una magna producción, sino un humor y una estética decididamente cutre.

Integrado por una estela de nuevos y viejos talentos de la actuación, a lo largo de sus siete años de vida, Desde gayola mostró personajes entrañables, social y sexualmente desafiantes, y, ante todo, una mirada crítica y corrosiva frente a la cultura mexicana. Su formato venía pirateado de Saturday Night Live, late night show gringo semanal de múltiples sketches y un host y un acto musical diferente por episodio. Era, mejor dicho, un híbrido donde se combinaba el teatro de revista y la comedia mexicana setentera (un guiño a La carabina de Ambrosio interpretado por la Bogue servía de cortinilla entre cada sketch). Al igual que SNL, Desde gayola incluía estrellas invitadas y situaciones acordes al clima político y cultural cambiante. Uno de los sketches era tal cual un fusil de SNL: el desastroso noticiario con Villalobos y Daniel Vives “Ego” en una personificación de Adela Micha, ahora Adela Macho. La agilidad para escribir libretos y situaciones impone demasiada presión sobre este formato que exige renovar sus contenidos y mostrarse actualizados, desesperadamente coyunturales. Esto parecía el causante de que la creatividad o ingenio en los argumentos decayera en ocasiones. A pesar de todo, Desde gayola logró insertarse en el gusto del público durante varios años, incluyendo una exitosa gira teatral de corte circense titulada Érase una vez…

Desde gayola no fue un show innovador a secas, sino algo totalmente impensable: ver a un elenco de dragas y mujeres trans ridiculizar al mundo del espectáculo; ver a Ligia Escalante proponer todo un glosario sobre la “jotería”; ver situaciones melodramáticas sobre la vida gay desde el humor y no desde la tragedia (VIH, engaños, homofobia, promiscuidad, abuso policial, etc.). Todo era algo nunca antes visto. En cada transmisión el programa rompía tabúes. Su boom solo se puede explicar por las deficiencias en la televisión de comedia mexicana a principios de los dosmiles, así como la lucha de las disidencias sexuales al buscar el reconocimiento legal del matrimonio igualitario en la Capital (cuando falleció Ricardo Villarreal, actor que interpretaba a Giovanni, quien ya delataba a cuadro signos considerables de su deterioro de salud, los personajes le dieron la despedida con un happy ending tan tierno como depurado: Giovanni abandonaba el Distrito Federal para casarse en Amsterdam). Las bodas en el extranjero eran para ese entonces el único modo en el que cierta gente gay podía vivir lo más fidedigno a una unión. Desde gayola no solo presentaba el lado más cursi de la jotería, sino que nos remite a una época en la que pocas personas –turistas incluidos– podían gozar de una vida plena en el espacio público de la urbe capitalina.

El sketch de Las aventuras de Manigüis parodiaba el lifestyle cosmopolita emergente de cafés, bares y antros de la Zona Rosa, que sirve aquí de escenografía demodé para los affairs infortunados de la protagonista. En un artículo reciente, la investigadora Emily Hynd ha señalado cómo en la obra literaria de Pita Amor y Sabina Berman se despliega toda una estética camp usando la espacialidad urbana y moderna de la Zona Rosa y colonia Condesa como sets melodramáticos.1 Si el camp impone como uno de sus ideales principales, “la vida como teatro”,  Desde gayola concibió la realidad nacional como una inagotable farsa. En efecto, la magia del programa reside en gran medida en su estética cutre, kitsch y cursi. Basta recordar la decoración usada en los sketches de Manigüis: un cuadro de una enorme flor amarilla sobre un fondo fucsia horrible, un sillón naranja, fotos homoeróticas pasadas de moda, etc…

Hablar de Desde gayola es hablar, para una generación, sobre una educación sentimental. Para buena parte de la audiencia era la única ocasión en la que el submundo gay mexicano llegaba al mainstream (no es poca cosa: Telehit llega, a fin de cuentas, a más de cincuenta países). A través de Desde gayola se podía desentrañar el mundo gay capitalino. Eran frecuentes las bromas del Cabaré-Tito y a su fundador, el actor y empresario Tito Vasconcelos. Las alusiones a los intercolegiales de baile y la sociabilidad cursi de las tardeadas que habituaban en esos antros frecuentados por menores de edad. Los chistes sobre el hoy extinto Vips del Ángel, sucursal famosa por ser sitio de encuentros para hombres. En el hablar jotesco de los personajes quedan huellas de un mundo gay que pereció mucho antes del COVID-19. Desde que los bares gays en la Zona Rosa abandonaron las tardeadas y la música noventera y optaron por el machismo opulento del reggaetón, la jotería fue muriendo lentamente. A propósito del Cabaré-Tito y el giro que le dio al bar de machos al estilo de El Taller, advierte José Ignacio Lanzagorta que “ya no tenías que vestirte de Tom de Finland y la escena sanfranciscana, en los Cabaré-Tito había que saberse las coreografías de Kabah, de Jeans, de los grupos de pop mexicano noventero. Ser gay en el Cabaré-Tito era ser un chavito. O una chavita”.2

Pero ya no digamos que Desde gayola nos transporta a “un mundo que ya no existe”, sino a un mundo de clichés —en algunos casos negativos— supuestamente discordante con el momento actual. El criterio woke de nuestra época anula con facilidad todo aquello que no cumpla los parámetros de lo bien pensante. Hilos de twitter argumentan por qué ciertas obras del pasado deben ser canceladas, ignorantes de cualquier metodología que encuadre una obra como resultado de las creencias de su época. A Desde gayola ya le tocó, desde que la cantante Amandititita se quejó de ser parodiada casi diez años después.3 Así, el avispero de las redes sociales pretende hallar valores negativos en obras del pasado —variando según el temperamento o capricho de los usuarios—: lo mismo hoy cancelan a Desde gayola que a Frida Kahlo por “apropiarse” de la indumentaria de tehuana. Los argumentos parten de juicios superficiales, sea lenguaje o estilo, y confieren una falsa sensación de alivio: qué bueno que ya no vivimos en ese momento, ¡cuánto hemos avanzado! La cultura de la cancelación es síntoma de una supuesta mentalidad progresista que se asume, debido a su amnesia histórica, como el mejor de los mundos posibles, rectificando sin cesar, desde museos hasta plataformas de streaming, con disclaimers que demarcan distancia frente al pasado. Esto crea una falsa sensación de participación en la audiencia, que se cree autorizada para deslegitimar el pasado, pero mantiene una postura neutra frente a la hegemonía en turno. Concuerdo con David Rieff cuando afirma que la ideología woke está dirigiendo la cultura hacia una dirección desastrosa.4 Al final, los veredictos de la cultura de la cancelación son endebles porque su enfoque es estrecho. Tal vez esta se sentiría congruente si se vaciara de tanta superioridad moral. Una sociedad que se siente obligada a rectificar errores del pasado a través de las imágenes solo puede crear productos culturales estériles e insípidos. Arte pusilánime, para acabar pronto.

Quizá la pregunta que aún hoy me hago al ver Desde gayola y sin querer adherirme a ninguna postura woke es: ¿por qué la comunidad gay se autorrepresenta(ba) de forma denigrante? ¿Por qué el programa demarcaba la presencia de la comunidad gay a través del lenguaje homofóbico? (La mayoría de los personajes interpretados por Alejandra Bogue, actriz que más tarde denunció al creador de la serie por abusos laborales y transfobia, usaba con frecuencia expresiones como “maldito joto” y “joto asqueroso”: ni siquiera el habla camp podía disimular que, ante todo, Desde gayola presentaba al sujeto homosexual como alguien despreciable). Sobre todo, ¿por qué algunos diálogos venían acompañados de un sospechoso tufo moralista? (En un episodio, Manigüis espera los resultados de su prueba de detección de VIH frente a su amiga Joseline, quien le reprocha: “eres una puerca calenturienta, depravada, ¡bien merecido te lo tienes si estás contagiada!”). Quizá esta permisividad y falta de tacto se podía atribuir a que, en esencia, el cast de la serie se componía de un grupo actoral que se atrevía a arriesgarse. Actrices que parecían estar a punto de perderse en el recuerdo del público, nombres consolidados en el teatro que se daban el lujo de hacer cameos irreverentes y un elenco LGBT que tenía dificultades para conseguir papeles en el Canal 2. En ocasiones se sentía como si cada episodio fuera un volado. Por sus temáticas arriesgadas, había cierto suspenso de que el programa, en cualquier momento, saliera del aire.

El autoescarnio de Desde gayola, que fácilmente se confunde con homofobia internalizada es terriblemente elocuente: basta adentrarse en las arenas fangosas de redes sociales como Grindr y Twitter para comprobar de cuando en cuando la comunidad sigue siendo bastante prejuiciosa. “No me gustan las jotas ni las obvias”, le escribe Manigüis en el chat a su ligue que está a punto de conocer. Es muy fácil criticar o señalar estereotipos nocivos en la televisión desde el estrado de la seriedad y de lo que le conviene o no supuestamente a la sociedad. Más difícil que cuestionar los estereotipos del pasado es imaginar o plantear nuevas formas de humor donde participe la sátira. Cualquiera que entienda la sátira como género sabe que esta emerge en momentos específicos de la cultura: ya sea la decadencia del imperio romano en Marcial o la burla hacia las clases dominantes de Alexander Pope en la Inglaterra del XVIII. La sátira, le guste o no al público bien pensante y “socialmente responsable”, es y será necesaria.

Personajes como Manigüis o la Supermana nos recuerdan que la vida gay siempre está presta a convertirse en una sátira y que está llena de estereotipos que hacen el sufrimiento más llevadero. Que la jotería es un arma y escudo de defensa, que los códigos del melodrama y la televisión a veces son de mucha ayuda para tolerar los golpes de la vida. Manigüis, como señala el investigador Brandon. P. Bisbey en su libro Between Camp and Cursi: Humor and Homosexuality in Contemporary Mexican Narrative, presenta las oposiciones de género masculino/femenino y moderno/no-moderno.[ef_note]Brandon P. Bisbey, Between Camp and Cursi: Humor and Homosexuality in Contemporary Mexican Narrative, Albany, Sunny Press, 2022, p. 150.[/efn_note] Es un gay disonante que no logra adaptarse al mundo que se le ha impuesto. En un episodio, el estilista quiere ingresar con su amiga Vanessa a un antro de Polanco, pero el cadenero les niega el acceso. Sin asumir una derrota, se van directo al Cabaré-Tito. Al final, la Manigüis sentencia: “No hay peor cosa que un gay sin poder… Recuérdenlo bien: lo que en el rico es alegría. En el pobre, ¡jotería!”

La indignación hoy siempre necesita un quórum; hoy es más fácil generar indignación que conmoción. En nuestro esfuerzo por vernos políticamente correctos, nos hemos vuelto muy intolerantes. Pareciera que en la actualidad hay muy poca disposición a reírnos de nosotrxs mismxs. Hubo una época en la que el televidente no tenía voz ni voto sobre los contenidos televisivos y sus quejas a duras penas se escuchaban. Encima, los mismos programas hacían burla de su enajenamiento. Ese es el momento que vio nacer a Desde gayola, televisión que satirizaba a la televisión, farándula que se mofaba de la farándula, subrayando el absurdo y la parafernalia que rodeaba a los fenómenos mediáticos como Jolette en La Academia y el escándalo de Lucero y su guardaespaldas. De ahí que muchos sketches de Desde gayola incurrieron en el facilismo y la ofensa por la ofensa (“ay, qué bonito, ¿eres bilingüe, papito?”, le pregunta “La Tesorito” a Erasmo de La Academia. “No”, responde Erasmo Catarino, “solo soy indígena”). Con todo, sus sketches tenían un humor negro que no se comparaba con nada que estuviera en la televisión en ese momento (y todavía hora). Aún lo más inapropiado sonaba hilarante en boca de Alejandra Bogue (quien fue, por cierto, musa de Joel Peter-Witkin y fiesteó con Almodóvar) y que gracias a su versatilidad actoral era más entretenida y memorable que las celebridades que imitaba, por ejemplo, el personaje de Tearruina Fernández.

Pero no todo era cultura trash. Un elemento que resulta clave para que la ecuación de Desde gayola haya sido tan exitosa fue su espíritu cabaretero. Específicamente, el cabaret cuir y feminista que, entrecruzado con el performance, tuvo gran auge hacia finales de los ochentas y, posteriormente, a lo largo de los noventa. Fue el tipo de cabaret que floreció en lugares como El 9 y otros foros donde desfilaron cabareteras como Regina Orozco, Astrid Hadad, Las reinas chulas y Darío T. Pié, quien participó en la primera fase del programa en su personaje de “La Roña” con un segmento de entrevistas con celebridades. Desde gayola trasladó sin pudor y con mucho descaro la irreverencia del cabaret contracultural a la pantalla chica. Además, no podemos olvidar que el cabaret siempre ha sido, desde sus inicios, una fórmula teatral donde la política se aborda con humor y socarronería.

Villalobos ha señalado que Desde gayola surgió en un periodo en el que el sexenio de la transición demostraba flexibilidad para la burla. Apertura, le decían. Vicente Fox se asumió como un comediante y, desde su campaña, hizo de sí un personaje mediático. Pero a esta mitografía panista se le atribuye más responsabilidad de la que cree (de hecho, fue más bien Salinas quien dio la pauta para que su imagen fuera motivo de burla en el imaginario público, de ahí que existiera algo como el Museo Salinas del artista visual Vicente Razo). Esta libertad de expresión ilusionista durante el sexenio de Fox hizo de la política un teatro y un espectáculo en el sentido más amplio de cada término. La derecha en el poder tuvo que abrazar a regañadientes ser objeto de burla. El 2002 fue, por cierto, el mismo año que vio aparecer el foto-libro de sátira Ricas y famosas de Daniela Rossell. En la misma tesitura que el libro de Rossell, aparecían en Desde gayola personajes que parodian las costumbres religiosas y sociales del México de las clases altas: Mamá Mela, interpretado por Javier Yépez (QEPD), mojigata dama de los círculos del Opus Dei; el segmento de Raquel Pankowsky (QEPD) imitando a Martha Sahagún, finalmente, las VIP con un humor desaforadamente clasista basado en el habla de las “niñas bien”, muy al estilo de los libros de Guadalupe Loaeza. Ximena y Monse son dos amigas herederas de las clases dirigentes que se reúnen en un café para discutir sobre el estado actual del país y sus protagonistas en la vida pública. En una escena le cuenta Monse a su amiga: “El otro día, mi tío Madrazo nos invitó a un acto de campaña que consistió en darle juguetes a los niños pobres en Tabasco. Fue horrible… ¡Me di cuenta de que sí hay gente pobre en México!”

Fue efímero el esplendor de Desde gayola. Yo creo que su decadencia estaba anticipada desde el opening: el melancólico tema principal de la telenovela Gabriel y Gabriela, titulado “Dulce amor”, interpretado por una jovensísima Ana Martín meciéndose en un triste columpio. Desde gayola siempre tuvo el sabor añejo de las divas en decadencia y del tacón desgastado: Pita Amor recitando sonetos y tercetos en su sillón oliendo a meados; Sonia Infame vendiendo dulces en el cine de su ex esposo Gustavo Alatriste; la cantante Cristal en el más corrosivo autoescarnio camp interpretando a Mirosnada y burlándose de sí misma. Esa diva en decadencia ya no le habla a nuestras nuevas y enajenadas generaciones.

Parecía inevitable que, frente al éxito obtenido, el brillo se desvaneciera. Controversias legales sobre la autoría de los personajes y discordias entre el cast eran inevitables. Al salir de Telehit, Desde gayola tuvo un poco afortunado remake en MVS Televisión, a la par del late night show de Villalobos titulado Nocturninos. Para ese momento, Desde gayola se había descafeinado, y sobrevivía y resistía por el entusiasmo de su elenco. Hoy que la cultura gay en México ha suavizado sus contenidos y se ha dejado controlar por el capitalismo rosa dizque incluyente, no está de más indagar en Desde gayola para ver qué nos puede decir de nuestra propia identidad.

 

Ciudad de México, 12 de junio, 2022


Autores
(Ciudad de México, 1993) es narrador y ensayista. Maestro en Letras Españolas por la UNAM, es autor de Emerson en Tijuana (Máquina de Aplausos, 2019) y La mítika mákina de karaoke (FCE, 2022). Sus textos se han publicado en Letras Libres, Tierra Adentro y Nexos. Ha colaborado en Montez Press Radio, House of Vans y Dover Street Market París. Ha sido beneficiario del Sistema de Apoyos a la Creación y Proyectos Culturales en el área de Ensayo Creativo (2023-2024).

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada del nuevo disco WE de Arcade Fire
Portada del nuevo disco WE de Arcade Fire

¿Es el último álbum de Arcade Fire el documento más completo y dinámico de nuestra época, como quiso verlo Amanda Petrusich, quien lo definió como un pandemic record agotado y triste pero exultante de esperanza? Publicado el pasado 6 de mayo, en una fecha que los amantes de la música recordarán por la avalancha de lanzamientos mientras esperábamos que un asteroide chocase contra la Tierra, WE (Columbia Records) está construido en la oscilación que va del burnout emocional a la euforia por estar vivos, lo cual deriva en sus dos partes bien delimitadas donde el camino se ilumina por un relámpago que convierte el cielo negro en añíl. Si sus primeros discos hablaban de una vida análoga y concreta —de cavar túneles entre ventanas si la nieve entierra un vecindario o de buscar a alguien en cada coche que pasa mientras las ciudades cambian—, los dos últimos son un lamento ante el asedio de lo digital y su forma de moldear nuestra vida: la ansiedad, la soledad compartida, la hiperconexión. «And the dreams in your hеad/ The algorithm prescribed /Do you feel alright?», cantan en “End of the Empire”. Lo que se soñaba ironía marca Bauman feat. McLuhan en Everything Now (2017) y terminó siendo un disco a medio hacer, en WE –sexto álbum de los canadienses– pasa por testimonio y experiencia apropiada. Ya no se trata de criticar la vida del aislamiento digital agudizado por la pandemia, sino de dejar registro de ello.

 

Las canciones de la primera parte dan cuenta de una sociedad narcotizada y sola, el ambiente que tiñó la vida del mundo entero en los últimos años a pesar de haber sido escritas antes de los confinamientos. “Age of Anxiety I” y “Age of Anxiety II (Rabbit Hole)”, cuyos títulos provienen de un verso de Ferlinghetti («and I am waiting / for the Age of Anxiety / to drop dead») además de la obvia referencia a la obra de Lewis Carroll, están pobladas por televisiones encendidas, laberintos de imágenes que no reflejan más que fantasmas y posters de una acrópolis en llamas —el espíritu de nuestra época. No es casual entonces que ambas preceden a un lamento en clave réquiem por un mundo en colapso como “End of the Empire” y sus cuatro partes en dos canciones, las cuales imaginan un imperio en ruinas donde toda esperanza es permanecer junto a alguien. De ahí el puente, la constatación de que la única manera de llorar a un mundo agotado es teniendo a alguien que escuche (para no ser más que un árbol cayendo en mitad del bosque).   

 

El tránsito del yo al nosotros también es musical, una vuelta al pasado: “The Lightning” I y II suena a aquellos chicos que irrumpieron en la escena con un sonido particular, frenético y melódico a partes iguales, hace casi veinte años (los mismos que, como contaba Butler en una entrevista, mezclaban a los Pixies y Dylan con Arvo Pärt o Debussy entre las referencias en un cartel con que buscaban nuevos músicos para unirse a su proyecto en los inicios de la banda). ¿A qué suena? Al sonido de una tormenta. Hemos sido golpeados y rotos, pero ahora podemos testificar, dicen. En esa segunda parte, “Unconditional I (Lookout Kid)” adquiere la forma de una canción de cuna para el final de los tiempos, una ética para Edwin Farnham Butler IV. En estas canciones parecen decir que, en última instancia, no hay respuestas en los truenos, solo sentimientos volcados en ellas. Con reminiscencias al Reflektor de 2013 —ese disco para bailar mientras lloras, como lo definió su productor, James Murphy— la colaboración con Peter Gabriel en “Unconditional II (Race and Religion)” opera como ese crisol de los sonidos de la banda para quienes las referencias son una caja de herramientas de cual echar mano y que acaso se antoja inagotable. «The light arrives from the past/ Hits your eyes before it divides into colors/ You and me could be we/ Could be we», cantan a dúo Régine Chasagne y el antiguo miembro de Genesis. 

 

En el post con que anunciaban la publicación del disco, Win y Régine invitaban a ponerse los audífonos y brindarle cuarenta minutos de tu vida para escucharlo. Invitaban a una pausa no contemplativa pero sí estética. La verdad es que a las muchas puestas del mismo disco, la segunda parte se antoja escueta, abigarrada pero escueta; se echa de menos eso que en otros discos sobraban: canciones a medio hacer, anticipaciones de los nuevos linderos musicales que explorarían más adelante, piezas que no encajaban del todo en tal o cual álbum (y que quizá nunca lo harían). Cada capa y arreglo están tan medidas que parece como si faltara algo —la emoción no se puede delimitar, o sí, pero a riesgo de abandonar a unos cuantos. El proceso de producción, en aislamiento y a caballo entre tres estudios, pueden dar una pista para entender: las canciones se escribieron en solitario por el matrimonio en su casa de Nueva Orleans y luego fueron grabadas a contratiempo con el resto de la banda entre El Paso y Maine. Todo, cuentan, estaba más o menos definido de inicio. Y se nota. No hay margen para la exploración, es como si un viajero decidiera apostar por conservar el mapa sin explorar demasiado el territorio.

 
En la última canción del disco, pervive la promesa de huir de la vida. En “We” —la canción que da título al disco y la cual está tomada de la novela distópica de Yevgney Zamyatin que su abuela le leía a Butler— como en “The Suburbs” («grab your mother’s keys we’re leaving»), la invitación a abandonarlo todo por un rato se asienta con la intromisión de la megafonía de un metro o tren: próxima estación. La diferencia es que ese nosotros asociado a una pareja o grupo de amigos de las viejas canciones adquiere ahora la forma de uno que refuerza la noción de comunidad que sostiene al disco: un testimonio anticipado del mundo que padecimos los últimos dos años (“preferiría que nunca volviéramos a estar solos porque los últimos dos años fueron jodidamente horribles”, confesaba Butler en su concierto del AT&T Block Party del mes pasado). Un tiempo que nos dejó con fatiga crónica y, como anotaba un conocido filósofo esloveno, con una indiferencia que no era celebratoria sino desesperada. Dos años pasaron de las ganas de renovarlo todo a rendirse ante la realidad. Probablemente lo que venga sean más discos como testimonio de este tiempo —lo es, por ejemplo, a su manera el We’ve Been Going About This All Wrong de Sharon Van Etten, publicado el mismo día— solo para descubrir que de alguna manera todos los confinamientos infelices se parecieron unos a otros. Da igual, de eso se trata, de recordar el camino ¿Cuándo acabe podremos pasar por esto otra vez?


Autores
(Querétaro, 1991) es licenciado en filosofía y maestro en comunicación y cultura digital. Autor de Tríptico sobre las despedidas (2017) y Neighborhood (2017) y Blau Cel (2016). Ha colaborado en medios como la Revista de la Universidad de México y Otra Parte.