Cuando se piensa en un artista frustrado muy posiblemente se recurra a la vida de Edgar Allan Poe. Por supuesto, no es el único. Si pensamos en la vida de mujeres y hombres que pasaron durante años creando, tratando de sobresalir, sin lograrlo, llegan a la mente cientos de ellos. El caso de Hoffmann es peculiar, pues, aunque se sintió frustrado debido a la insistencia que mantuvo por resaltar en la música, su literatura se mantuvo como una de las luminarias no sólo del romanticismo alemán (o romanticismo negro si se quiere), sino de la literatura universal.
Que Hoffmann tratara de convertirse en un gran músico se debe, en parte, al tremendo ambiente cultural de su natal Königsberg, ciudad también de Immanuel Kant. Alemania, a finales del XVIII y principios del XIX vio nacer a grandes figuras tanto de la pintura como de la música o la literatura. Contemporáneos a él puede nombrarse a Brentano, Novalis, Tieck o Chamisso. El ambiente literario en el que se desarrolló fue predominante para la concentración de una literatura donde convivía la oscuridad y la maravilla, el folklore y lo especulativo.
El que Hoffmann fuera un artista frustrado se debió a que nunca alcanzó la añorada “excepcionalidad” en tanto músico, ni pudo concretar un estilo de vida en el que no tuviera que trabajar más que con sus propias creaciones. Siempre estuvo atado por las vicisitudes económicas, por el movimiento y los cambios constantes en los puestos que desempeñaba, y que no todo el tiempo le prodigaban con el dinero suficiente, o incluso con las satisfacciones que tanto buscaba. A pesar de ello, sus creaciones musicales eran respetadas en el ámbito cultural, tanto por compositores como por productores teatrales. Sin embargo, y a pesar del cambio en una de las siglas de su nombre (originalmente se llamaba Ernst Theodor Wilhelm Hoffmann, y cambió la W de Wilhelm por la A de Amadeus) en homenaje a Mozart, la inmortalidad la alcanzó por medio de la literatura, principalmente con sus Fantasías a la manera de Callot (1815), Los Elíxires del Diablo (1816) o sus célebres Nocturnos (1817), donde pueden leerse los clásicos “El hombre de arena” o “El mayorazgo”.
Hoffmann fue un hombre de su tiempo, experto en artes como el dibujo, la música o la literatura, así como un excelente jurista; es decir, un hombre trabajador que vivió apenas 46 años, pero que alcanzó la rotundidad en una escritura enfocada en las tinieblas, en el folklore, la magia, el crimen y lo siniestro.
Sigmund Freud, el afamado inventor del psicoanálisis, entre su multitud de trabajos, dedicó uno a un relato de E.T.A. Hoffmann, “El hombre de arena” para ser precisos, en el que detalló las características de lo Unheimliche, mal traducido (a falta de una palabra mejor) como “lo siniestro”. En esta obrita, publicada originalmente en 1919, Freud estudia una sensación que termina percibiendo como un mecanismo psicológico en el arte, algo que va más allá de la mera estética, pues no se debe ésta a la ambientación, sino a la generación de ciertas respuestas en los personajes de la ficción que terminan siendo “atacados” por el sentimiento de lo “siniestro”. En el caso del afamado cuento de Hoffmann, son muchos los elementos que ocurren en él donde se disparan los mecanismos de lo siniestro.
En el cuento de Hoffmann, Nathanael es un joven estudiante que le cuenta a su mejor amigo, Lothar, las vicisitudes que lo han llevado a un estado de casi delirio. Para ello, encuentra en su infancia la base convertida en un relato de folklore, un cuento para niños, donde “el hombre de arena” se convierte en un elemento importantísimo que trascenderá la conceptualización de un mero “coco” para ser una especie de demiurgo o diablo juguetón con el que se enfrentará Nathanael.
En el relato llaman la atención diversos elementos que usa Freud, como los ojos, el automatismo y la figura de “el doble”, o doppelgänger, famoso recurso utilizado por la literatura fantástica. El quid del relato, además de la base folklórica que se relata, en la que el dichoso “hombre de arena” visita a los niños que se han portado mal y les avienta arena a los ojos para dejarlos ciegos y luego, quizá, llevárselos consigo, se entreteje con la imagen constante de los ojos, de la visión “falseada”, que culmina con el enamoramiento en falso que trastoca a Nathanael, enamorado de un autómata, Olimpia. Sin embargo, este hecho, ya de por sí dramático y chocante, tiene una última arista, pues cuando Nathanael pareciera recuperado, y halla nuevamente el amor, vuelve la sospecha de que la mujer amada no sea sino otra invención mecánica.
La figura del doble, estudiada por Otto Rank en su célebre El doble (1925), se convirtió en un recurso utilizado con maestría por Hoffmann, quien fue recopilando las tendencias a su alrededor para plasmar, desde el romanticismo, una literatura convertida en epítome de lo oscuro, del tenebrismo y de lo fantástico, e incluso, del terror. En este subgénero es donde Hoffmann ha sido reconocido como un maestro de la indagación, de la psique humana, y de la maldad a través de los estudios sobre la psicología de sus personajes y de sus actos criminales.
En su novela, Los elíxires del diablo (1816), Hoffmann sigue algunas teorías sobre la criminalidad que mantienen el tono sombrío en su novela, ideal para el desarrollo de lo que será llamada “novela gótica”. Además, de entre las influencias que Hoffmann retoma para su novela, está El monje (1796), de Matthew G. Lewis, novela insigne de aquel movimiento, donde además aparece la figura del diablo.
Sin embargo, además de la criminalidad y de los estudios sobre el mal, Hoffmann diseña su libro a partir del folletín, pues éste tenía un enorme éxito en Europa, y el escritor alemán buscaba vivir de su escritura, del arte en sí, instituyendo una escritura diseñada para atravesar las distintas capas de la psicología humana hasta dar con la manifestación de lo sublime y de lo siniestro.
Hoffmann sigue constituyendo una pieza fundamental en la literatura gótica, en la perteneciente al romanticismo alemán, y también en la enfocada a lo fantástico. Sin embargo, basta revisar algunos de sus cuentos, pertenecientes no sólo a Nocturnos, sino también a Fantasías a la manera de Callot, o Los hermanos Serapio para descubrir el interés que mantenía Hoffmann por el arte en general. En relatos como “El caballero Gluck” o “La iglesia de los Jesuitas de G***”, asistimos a conciertos y críticas sobre la música, el teatro o la pintura. El arte de Hoffmann queda manifiesto en una literatura abocada al arte mismo, al descubrimiento de lo sublime, de lo bello y también de lo siniestro.
Freud dio paso a una palabra esencial para comprender, y disfrutar, de la literatura extraña, especialmente de la macabra, al dilucidar sobre el término de lo Unheimlich, ocupándose de una de las obras maestras de Hoffmann, “El hombre de arena”, pues a pesar de encontrar en la prosa del autor germano ciertas vicisitudes, algunas más que evidentes, sobre el devenir del arte y de la historia de éste, es lo siniestro lo que emerge desde la oscuridad y frialdad de la tumba hasta tocar al lector con los múltiples registros con los que era posible encontrar un arte de pesadilla, viciado e incluso obsesivo.
En Hoffmann puede apreciarse la estructura de la pesadilla, pero principalmente las tonalidades de ésta, de la culpa y de los temores que conllevan el “trauma”. No por nada, la palabra tiende sus raíces en el germano “traum”, sueño o pesadilla. Sus personajes están desesperados y resultan exasperantes para el lector contemporáneo. Es cierto que dentro de su prosa puede encontrarse una literatura ensimismada, que vuelve una y otra vez a los mismos temas, provocando, en ciertos momentos, el sopor. Sin embargo, a pesar de la distancia que ahora nos separa de las obras del “romanticismo negro”, de Las veladas de Buonaventura a Ondina, pasando por los relatos de Hoffmann, es posible entender cómo los tópicos del folklore, lo macabro y el horror, así como la culpa y la conducta criminal, se convierten en parte fundamental de lo que terminará siendo el cuento de horror moderno, así como la novela negra y policíaca. Sin Hoffmann, por ejemplo, no habría existido Edgar Allan Poe, ni las psicologías de personajes tremebundos y atormentados. Es en este tenebrismo de desesperanza y oscuridad, donde se halla también la luz, el inicio de una estética y de una literatura que se convertirá en esencial para comprendernos a nosotros mismos, incluso esa parte, la marcada por la tiniebla y las oscuridades del alma, a pesar del “progreso”, de la ciencia y de los modelos económicos en pos del “bienestar”.
La noche emerge en Hoffmann, y aún sigue atenazándonos, como una bruma silente, como la emanación de una parte no reconocible de lo humano, pero que siempre ha estado ahí, y permanecerá hasta que las estrellas finalmente se apaguen.
Iba en primero de secundaria cuando mi padre llegó de un congreso médico en el Distrito Federal con los primeros tres libros de Harry Potter: La piedra filosofal, La cámara de los secretos y El prisionero de Azkaban, envueltos en una bolsa de Sanborns. Acababan de salir en México. Mi padre los trajo como compensación por la semana de ausencia, era su costumbre traerme regalos de todos sus viajes de trabajo. Aunque era la primera vez que me regalaba libros que no fueran clásicos para niños, libros con puras letras. Siempre traía plumas de colores que no se conseguían en las papelerías de Iguala, mochilas, pequeños juguetes que compraba en los puestos cercanos al Centro Médico Siglo XXI, cosas que se podían conseguir en medio de los descansos que seguramente tenían para comer.
En Iguala no hay librerías, ni en ese entonces ni ahora. Las pocas que hay están dedicadas a distribuir periódicos, revistas, libros de texto, guías de estudio y best sellers que en ese entonces no incluían la obra de J.K. Rowling por eso el regalo se sintió como el tesoro de un rey. Mi padre, quizá de manera accidental, me había entregado las llaves de un reino. Así pues, varios meses antes de que saliera la película, yo ya era una de las tantas millones de personas en el mundo que esperaba y soñaba con que le llegara su carta de invitación para estudiar en Hogwarts, la emblemática y legendaria escuela de magia y hechicería que le cambió el destino al joven mago, y a otros miles de millones que nos refugiamos en su mundo mágico.
Sin saberlo, quizá sin desearlo, mi padre con su peculiar regalo había puesto en mis manos mi entrada a la literatura, y la razón de porqué hoy esté escribiendo este texto (y muchos otros desde entonces) y no archivando expedientes médicos o dando clases en un salón de alguna escuela primaria de provincia como pintaba entonces el futuro que pudo haberme asegurado mi familia.
II
Devoré aquel primer libro de la saga con una ferocidad que hasta entonces me desconocía como lectora. Me adentré en la historia del huérfano que dormía en la alacena debajo de la escalera de la casa de sus tíos; Vernon y Petunia, que vestía la ropa vieja y usada de su primo Dudley, muchas tallas más grande que él. El pequeño Harry que hasta su décimo cumpleaños llevaba una vida miserable, llena de maltratos y vejaciones por parte de la familia de su madre, descubre que la vida le tiene deparada una sorpresa: enterarse que por derecho de nacimiento es un mago, millonario, famoso y respetado en el mundo de los hechiceros y brujas por haber sido el único que pudo detener al señor tenebroso más temido de todos los tiempos.
Aunque en un principio sus horribles y normales tíos hacen de todo para que Harry no se entere de la verdad, tirando, escondiendo y quemando las cartas que inundan la casa de los Dursley, con la invitación para estudiar en Hogwarts que a través de lechuzas le llegan al protagonista, el destino lo encuentra a través de Rubeus Hagrid, el guardabosques del prestigioso colegio, quien lo sigue hasta una isla en medio de la nada y derriba la puerta con tal de entregarle personalmente la misiva con el mensaje que le dará un giro de 180 grados a la existencia del hechicero de la extraña cicatriz en forma de rayo y un aplastado pastel de cumpleaños que él mismo horneó.
Harry Potter y la piedra filosofal, es desde sus primeros capítulos enigmático y adictivo sobre todo cuando de la mano de Hagrid, el lector al igual que el pequeño mago va descubriendo el mundo mágico que hasta entonces había sido un secreto que existía detrás de paredes falsas, muros invisibles y ladrillos que se movían para dar paso a lugares extraordinarios como lo es el Cajellón Diagon, sitio en el que se puede encontrar todo lo que necesita un mago o una bruja: capas, escobas, calderos, criaturas increíbles, dulces y que también aloja Gringotts, el banco en el que los hechiceros guardan su oro y que es custodiado por duendes avaros y recelosos.
En el Cajellón Diagon, Harry Potter también compra su primera varita en Olivanders, lugar en el que Rowling dejará la primera pista, es decir, que la varita mágica que elige a Harry -porque en el mundo mágico las varitas eligen al mago o a la bruja y no al revés- es hermana de la misma que tenía el mago tenebroso que le infringiera la cicatriz que tenía en la frente.
Harry Potter y la piedra filosofal puede tratarse del primer año que cursa en Hogwarts nuestro protagonista (con los problemas y contrariedades para adaptarse de cualquier alumno de nuevo ingreso) pero también abre la puerta y las preguntas como lo hacen los primeros libros de las sagas de misterios y las historias de detectives en los que vas uniendo pistas y que siempre el culpable parece el menos sospechoso, el más inocente.
¿Quién es ese mago tenebroso y misterioso del que a todo el mundo le da miedo pronunciar su nombre y que muy pocos se atreven? ¿Por qué de ahora en adelante la vida de Harry parece estar tan relacionada con él? ¿De qué otros misterios y secretos nos enteraremos?
Pienso en las historias policiacas, y en Harry Potter, en como su autora fue creando un mundo a partir de la tradición de la literatura fantástica como la escrita previamente por J. R. R. Tolkien en El señor de los anillos y C. S. Lewis con Las crónicas de Narnia, y combinándola quizá con las interrogantes que plantean los thrillers.
Sí podemos notar el camino del héroe como plantean las epopeyas novelas de aventuras, pero también roles muy específicos y necesarios como los amigos que ayudan a resolver el misterio (Ron Weasley y Hermione Granger), el mentor (Albus Dumbledore), la damisela en problemas (Ginny Weasley) y el villano que a diferencia del héroe no tiene escrúpulos para conseguir sus propósitos (Voldemort).
III
A lo largo de los años, en muchas entrevistas y presentaciones de libros tanto propios como ajenos, la típica pregunta de cómo me hice escritora siempre surge y me asalta en la conversación. Mi respuesta depende casi siempre de lo animada o despierta que esté.
A veces, cuando me siento de buen humor y en confianza, me sincero y digo que fue porque leí toda la saga de Harry Potter. En últimos años, la gente tiende a reírse y a aplaudir en señar de aprobación, aunque no siempre fuera así.
Con el tiempo haberse hecho escritor por haber leído alguno o todos los libros de la historia más emblemática J.K Rowling en la adolescencia es algo que ha dejado de dar vergüenza. La primera vez que me animé a decirlo ante un público lo hice temerosa de sentirme juzgada por aquellos que compartieran la idea de Harold Bloom expuesta icónicamente en un artículo de Wall Street Journal al referirse al trabajo de la escritora británica como malo:
“Acabo de terminar las 300 páginas del primer libro de la serie, Harry Potter y la piedra filosofal, supuestamente el mejor de todos. Aunque el libro no está bien escrito, eso no es en sí mismo una responsabilidad crucial. Es mucho mejor ver la película “El mago de Oz” que leer el libro en el que se basa, pero incluso el libro poseía una auténtica visión imaginativa. Harry Potter y la piedra filosofal no lo hace, por lo que hay que buscar en otra parte el notable éxito del libro (y sus secuelas)…”[1]
Para la fecha en la que Bloom publicó este artículo rabioso que tituló como “Can 35 Million Book Buyers Be Wrong? Yes (¿Pueden 35 millones de compradores de libros estar equivocados? Sí)”, el fenómeno de Harry Potter comenzaba a ser importante en todo el mundo, y el escritor estaba muy consciente de lo controversial que podía resultar su crítica, pero no de su sentencia: “El fenómeno de Harry Potter continuará, sin duda durante algún tiempo, como lo hizo J. R. R. Tolkien, y luego decaerá”, pues a diferencia de las profecías acertadas de la profesora de adivinación Sybill Trelawney, Bloom se equivoca al menospreciar y denostar a los que leímos la obra de Rowling: “Quizás Rowling atrae a millones de lectores que no leen porque sienten su sinceridad melancólica y quieren unirse a su mundo, imaginario o no. Ella alimenta una gran hambre de irrealidad; ¿eso puede ser malo? Al menos sus fans se emancipan momentáneamente de sus pantallas, y así no pueden olvidar por completo la sensación de pasar las páginas de un libro, cualquier libro”.
El mundo no se olvidó de Harry Potter, aunque le pesara a Bloom y su crítica snob, pues a veinticinco años de la publicación del primer libro de la saga, Harry Potter y la piedra filosofal, que viera la luz el 26 de junio de 1997, sigue estando vigente en los estantes y en el imaginario de los lectores, algo que quizá no podemos decir de Relatos y poemas para niños extremadamente inteligentes de todas las edades, el libro que Bloom sacara con versiones infantiles de cuentos de los hermanos Grimm o de Kipling, Melville, Maupassant, y algunos poemas de Blake, Shakespeare, Whitman, entre otros, solo por mencionar el dato curioso para quien busque la respuesta intelectual a este tipo de literatura escrita para personas que no leen.
Y a lo mejor en esto el engreído Harold no estaba mal, aunque su acierto no sea intencional. En efecto, los libros de Harry Potter engendraron y atrajeron a lectores que no lo eran antes y que seguramente de otro modo no lo serían y en esto más de uno le debemos este milagro a J.K. Rowling, indudablemente, de convertir a la lectura a millones que enganchados con la serie de libros seguramente seguirán buscando como llenar el hábito de lectura que la historia del mago de los ojos verdes ya le ha creado.
IV
¿Qué es lo que hace que un libro nos marque y se haga importante en nuestras vidas? Algunos dirán que la calidad con que está escrito y la pericia de su autor para crear una obra maestra que atraiga a miles de lectores y congracie a la crítica y esos que lo digan estarán en lo correcto. Pero ¿qué es lo que hace que un libro se nos vuelva un clásico personal y nos haga regresar a él así hayan pasado veinticinco años, treinta, o los que sean?
Diría, y en esto no creo equivocarme, que mucho tiene que ver con la capacidad de conectar con nuestras necesidades y sentimientos, incluso con los más íntimos. Con esto no digo que la obra de J.K. Rowling haya sido la primera en inventar el agua tibia o el hilo negro de la literatura fantástica (porque creo que Harry Potter no solamente le habló a las infancias) pero sí fue capaz de usar todo lo que sabía de la tradición literaria del género y ponerlo al servicio de su obra, algo que cualquier autor que se digne de serlo debe de tener en cuenta a la hora de escribir.
Harry Potter y la piedra filosofal nos introdujo al mundo mágico pero también significó una respuesta necesaria para aquellos que sentíamos que no encajábamos en el mundo real, que necesitábamos la metáfora de “lo mágico” que la autora nos estaba brindando a través de sus páginas para sentir que pertenecíamos (y pertenecemos) a una realidad en que las palabras importan pues es a través de las palabras que se conjuran los hechizos que nos pueden proteger en tiempos oscuros, reparar, y salvar, algo en lo que cualquier casi cualquier poeta estaría de acuerdo, aun sin haberse cruzado con este mundo.