Tierra Adentro
Ilustración realizada por Pinchi Necro

Para María del Socorro Guzmán Muñoz

 

 

Le arrancaba terruños al adobe, sumido en el lodazal. Ignoró el hambre a fuerza de entumecerse la mandíbula: el dolor atenuaba sus ganas de deglutir. Dejó de morder la pared del corral cuando su lengua palpó la sangre, ida de los colmillos sin su permiso. Gruñó de enojo. No le gustaba saborearse, testigo de sí. Se alejó dando un corcovo mientras escupía.

Los otros se revolcaban en el zacate, vueltos un remolino de cieno. A veces se perseguían. Siempre se ladraban. Él no se interesó en seguir la pelea. Apenas pudo arrastrarse sobre las garras, en busca de un tejabán que no encontró.

Sobre la marcha se tiró con la panza al aire, engolfado a la luz del sol. Dejó que el viento le oreara las heridas y la baba. Aguardó la vecindad de los insectos.

Se sabía girón, carne para las moscas.

 

*

 

No esperaba despertar. La noche, sombra alta, lo halló doblado entre los mayates. Ellos lo despertaron, salidos de las grietas húmedas que circundaban sus costados.

Miró las ausencias en el cielo oscuro, manchado de nubes. Desde lejos, debilitado ya, se asomaba un rumor de élitros, de pezuñas abandonando la tierra. Los otros respondían a punta de ladridos. El mundo era una conversación que él no entendía.

Se lamió las costras de la boca con un tesón renovado. Henchido de cansancio, pudo trotar hacia la pileta de barro. Hurgaba el agua, confiado en su primera extremidad: la lengua. De pronto le alegró haberse llenado las tripas con algo distinto al aire.

Los otros, en coro, gritaban una pregunta inmóvil.

¿Cuándo? ¿Cuándo? ¿Cuándo?

Se acostaron todos juntos sobre una sábana deshilachada, vestigio de los mordiscos de días pasados. Dejaron de esperar, entregados al capricho del sueño.

Entonces la escucharon.

Se precipitaron a la entrada del corral cuando trastabilló la aldaba, del otro lado de la casa. Los ladridos anticiparon el rechinar de una puerta que ellos no llegaron a conocer: la imaginaban, apenas.

Las paredes que cercaban al corral eran un par de bloques más altas que ella; quizá un par de años más viejas. Se quitó un mechón de canas del rostro, pegado por la mugre y el sudor. Entró con un morral en la espalda, retacado de menudencia. Hedía, como todos.

Ellos brincaban, rasguñándole las piernas.

─Ya, ya, ya.

Al morral le bastaron segundos para vaciarse.

Él lo agradeció con la celeridad de sus dientes.

Comió.

 

*

 

Los cazaba sobre su piel. Solía encontrarlos mientras le comían la carne y luego luego los destazaba con sus colmillos. Engullía en breve, recuperando las partes del cuerpo que le habían robado. Otras veces carecía de la misma suerte. Se mordía en vano, dándoles más sangre que beber. Terminaba por cansarse, resignado a la picazón de las mordidas diminutas, invisibles.

Había días en los que lo único que lo agotaba era la espera. Se quedaba tirado bajo las horas, cocido en la resolana del polvo. Evitaba jugar con los otros, dándole la vuelta a sus mordidas. Simplemente la imaginaba cruzando el portón. Pensar en su cara lo alejaba del ardor y de la incomodidad de los piquetes.

Esa tarde se alegró de verla, como si su pensamiento hubiera tenido el poder de imantarla a la realidad. Entonces cargaba tuétanos remojados en un jugo rojo. Él dejó que el resto se amontonara frente a los huesos empapados. Prefirió acercársele, mirándola a los ojos.

Quiso exigirle cercanía, un mimo breve.

Le orinó los pies.

Ella le entregó un grito. La patada en el sexo vino después. Lo emparedó a golpes, molestísima. Él sintió desarticularse el cuerpo. No entendía.

Los ojos se le mojaron. Por la garganta le salía un gemido ahogado, diferente a los que podían emitir los otros en situaciones similares.

No supo qué coraje guardado lo obligó a morderla. Ella se tropezó, chillando y pateándole las costillas.

Lo primero que tocó el suelo fue su nuca.

Luego todos se le quedaron viendo, pasmada sobre la tierra.

 

*

 

Subieron la loma acabada la tarde. Se estacionaron sobre una mata de hierba que había brotado torpemente de la tierra parda. Ese mechón de hojas era el único tramo verde del terreno: faltaban semanas para que las primeras lluvias aliviaran tanta sequedad. El que conducía la camioneta, una vez abajo, sintió en los pasos un ardor quedito, como si dentro del suelo que recorría durmiera una brasa oculta.

El delegado municipal los envió a buscar a la mujer después de haber escuchado los rumores sobre su ausencia en el pueblo. Ella llevaba una semana sin pasearse por los mercados ni merodear la plaza. Los comisionados se quedaron mirando la puerta roída por el óxido, sin saber qué hacer frente a la aldaba. El tufo que manaba de la casa los convenció de entrar.

Caminaron por un zaguán angosto que daba a una sala habitada por muebles polvorientos. La alarma de un par de arcadas los retorció mientras pasaron al fondo, guiados por los ladridos del corral. Prestos a cumplir su trabajo, conocieron algo apenas distinto al asco cuando cruzaron el portón. El sentimiento era, lo supieron desde el interior del tegumento, horror.

Uno tiró el par de identificaciones que cargaba.

El otro sólo reculó.

Con la piel percudida de salitre y piojos, el niño los miró de vuelta, sin mucho interés. Se giró para seguir mordiendo los retazos de carne y tripas, limpiando con la lengua lo que quedaba por ahí.

 

 


Autores
Nació el 16 de octubre de 2000, en Guadalajara. Es narrador, ensayista y divulgador científico. Ha sido ganador de los concursos “Creadores Literarios FIL Joven” (en las categorías de cuento y microcuento), “Luvina Joven” (en las categorías de cuento y ensayo) y del Premio Nacional de Ensayo Carlos Fuentes, que otorga la Universidad Veracruzana. Algunos de sus textos han sido publicados en las revistas Luvina, Punto de Partida, Pirocromo, Vaivén, Catálisis y GATA QUE LADRA.

Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Axel Rangel

Creo que ellos cantan para ser libres.

Nick Cave and the Bad Seeds

 

Hay tantas cosas sobre las que quisiera dialogar contigo. Pero ninguna de mis palabras te llegará hasta el pasado, aunque de pronto quisiera sentirme como el Emperador de tu relato Un mensaje imperial, y así desde mi trono entregaría una carta al Mensajero para que corra en reversa por la Historia. Este de inmediato se embarcaría un viaje, es un hombre poderoso e infatigable que taja camino a través de la distancia; mas las multitudes son tan vastas, sus números no tienen fin en el pasar de las décadas. Si tan solo el mensajero pudiera encontrar algún amplio campo en el viaje en el Tiempo, volaría hacia tu época, y pronto, sin duda alguna, escucharías el bienvenido martilleo de sus puños en tu puerta.

Me pregunto qué habrías hecho de haber conocido la existencia de los teléfonos celulares. Habrías cambiado tus largas y nutridas cartas llenas de angustia por largos y desesperantes audios de whatsapp. ¿Te habrían interesado las series televisivas, los multiversos de películas y la música popular que suena en las radios o desecharías todo esto como creaciones menores desde una soberbia intelectual (mucho abunda aquí, en mi país, uno del que seguro jamás te preocupaste)?

Habrías disfrutado la animación contemporánea: tanto la más surreal y bizarra, como Invasor Zim, hasta las maduras y existenciales, como Bojack Horseman; hay una exploración creativa similar a la de tus relatos que me orilla a pensar que esa imaginación no existiría sin tu obra.

Continúan las guerras y los conflictos bélicos: América ahora es una tierra monstruosa y con más vericuetos que la que recorrió Karl Rossman; una tierra regida por las armas oxidadas que cualquier ciudadano guarda debajo de su cama, y las cuales, en cualquier brote de paranoia, puede accionar para asesinar a sus congéneres.

Respecto a lo legal, tendría que informarte que ahora uno de los temas más discutidos son los Derechos Humanos, un concepto jurídico acentuado en un acuerdo internacional que plantea que todas las personas deben tener una misma y mínima calidad de vida; aunque no todos y no siempre están traducidos a legislación. Aun así, en el Internet –esta otra cosa de la que olvidaba hablarte y que es una red de equipos electrónicos que la gente utiliza, en su mayor parte, para ver videos divertidos– se lucha sin fatiga por defenderlos, por hacer que el conocimiento académico forme parte de la realidad social imperante. En pocas palabras: hay gente que agrede a los demás, y hay gente que busca detener esas agresiones argumentando que atentan los derechos de los individuos. Que creen (¿no se burlaría Don Quijote de ellos?) que las palabras pueden más que las armas.

Pero, a lo mejor, ciertas palabras, configuradas en una dirección mortal, puedan hacer más daño que muchas armas; como aquellas con las que le reclamabas en tus cartas a Felice, a Max, a Milena y, sobre todos ellos, a ti mismo. Esas frases desesperadas o inquietas donde exigías aprecio, cariño y un poco de esperanza, los clásicos reclamos que ahora se asocian con los dependientes emocionales y las personas ansiosas. Reclamos que yo mismo he dicho, Franz. Esos baches emocionales en los que cualquiera de nosotros puede caer. Porque en el fondo estamos construidos para ser inseguros, ¿no crees? Nos enfrentemos a un gran monstruo de construcción ficticia, como el Estado, o nos estemos mirando en el espejo. ¿Por qué siempre fracasamos en nuestros mejores deseos y corremos en dirección hacia los problemas que nos impiden dormir en la noche?

Lo que más te aterraría saber de la época contemporánea es que ahora tu apellido es un adjetivo. Se utiliza la palabra ‘kafkiano’ a diestra y siniestra: en periódicos, revistas, suplementos culturales y en la televisión. Lo divertido, lo burdo, es que si tradujéramos la palabra significaría lo ‘grajezco’, ya que tu apellido es el nombre de una variante de cuervo, y eso siempre te molestó y creo que hasta perturbó, en especial cuando tu padre puso aquel anuncio del pájaro en la mercería.

Pero, también te he de decir que es un adjetivo que no parece indicar nada: se habla de lo “kafkiano” cuando se quiere comparar una lucha con un poder enorme y desconocido, como ocurre en El proceso y El castillo. Ah sí, porque ambos libros fueron publicados incompletos. Y millones de lectores los han leído y disfrutado como si fueran turistas adorando ruinas incompletas, y en eso parece residir su brillo y el interés que provocan. No sé si en vida, si tu corazón no hubiera renunciado a seguir latiendo, habrías aceptado publicar ambos trabajos. Más bien, no sé si querías que formaran parte del corpus que tú hubieras deseado llamar ‘tu obra’, y el hecho de que hayas pedido a Max que los quemara no me dice nada más allá de que esa fue la petición de un moribundo minucioso, quien sabía que no iba a poder dejar escritos como quería.

Hay muchos mitos sobre ti y tu obra. La gente se acerca a El proceso, La Metamorfosis o a la Carta al padre (hasta donde sabemos, Hermann nunca la leyó) y encuentran una imagen tuya de un escritor marginal, quizá hasta misántropo, traumado con su familia, y cuya última voluntad –que Max quemara todo lo que encontrara en los cajones de la Casa Oppelt– no fue respetada.

No saben que Contemplación, Un médico rural, La metamorfosis y La condena fueron publicados mientras estabas vivo y que fueron revisados de inicio a fin por tu mano (salvo la primera edición de La metamorfosis, llena de erratas). Buscan un mito fundacional, supongo. Lo mismo con lo del adjetivo. Te quieren anclar en la historia de la literatura mundial al relacionarte a unas cuantas mentiras a medias. Ignoran que revisar tu vida es entender que lo importante de tu papel como escritor no son tus escritos, sino que demuestras que cualquiera puede aprender a escribir sobre cualquier tema. Y es que, perdón, Franz, pero tu vida no fue excepcional, ni siquiera fuiste alguien especialmente valiente, ni, mucho menos, emprendiste grandes empresas que te dieran éxito y fama en el futuro. Fuiste un niño normal y un adolescente idiota, y creciste y mejoraste en la escritura como la mayor parte de los escritores que conozco. Tu legado no nace de un talento prodigioso porque tú no eras ningún niño genio.

Max sí fue catalogado así, y también con los años sintió un gran peso en los hombros debido a esa etiqueta.

Tú fuiste un niño lleno de miedos, inflado con dudas, quien se interesó por los libros y que tuvo una vida en la que no dependió económicamente de la literatura, y cuyos últimos años fueron solucionados por una pensión de incapacidad y algún que otro dinero que tus padres enviaban en giros postales. Tu añorabas una vida de niño genio y adulto exitoso como la de Goethe, aunque poco luchaste para tenerla, y te enfrentaste a una vida de clase media en la que viviste con tus padres hasta poco antes de tu muerte, porque no podías permitirte gastar más.

Tuviste fiebre amarilla y la sobreviviste hasta que llegó la tos con sangre. Cada vez que te hartabas, te ibas de viaje con Max o cualquier otro amigo, o inclusive solo, con tal de olvidarte de tu vida en la gran ciudad. Querías riesgos y conocimientos y aventuras, pero no estabas dispuesto a pagarlos. Quizá por eso iniciaste la relación adúltera, y a distancia, con Milena. Quizá por eso te mudaste a Berlín con Donna. Las mujeres eran a las únicas que les permitiste entrar a tu mundo interior. Este quedaba oculto para la mayoría, ni siquiera leyendo las más de quinientas páginas que forman tus diarios y las casi mil de tu correspondencia, puedo hacerme una idea clara del conjunto. Tampoco puedo mirar a mis manos y mirarlas con claridad: ¿hacia dónde buscan dirigirse cuando escriben?

Tus primeros escritos largos, la Descripción de una lucha y los Preparativos para una boda en el campo, son inconexos, demasiado pretenciosos, y en definitiva parecen ejercicios de lo que harías más delante. Demuestran que uno empieza muchos proyectos pero termina pocos, y de los que ven el punto y final, solo unos cuantos realmente valga la pena mostrar al mundo.

Tus obras posteriores, en especial La metamorfosis, brindan la idea que de cualquier material puede producir un libro con calidad literaria. Me pregunto si tú habrás pensado lo mismo. Si detrás de esa máscara de narrador maldito y perfeccionista, habría cierto orgullo y planes a largo plazo sobre tu obra.

Hay ideas y sensaciones que nos inducen a formar oraciones en una página e iniciar el movimiento de personas que no existen más que en el papel, Franz, y que se mueven por escenarios pintados con tinta negra. A veces esos mundos se sostienen y a veces, no. Y en esas ocasiones, quizá, solo hay que desechar y volver a escribir, y después entenderemos qué era lo que necesitaba la historia.

Resulta dulce que el último relato que escribiste fuera Josefina y el pueblo de los ratones: en aquellos días la garganta te mataba y ya difícilmente podías hablar, emitías chillidos agudos y bajitos, los chillidos de los ratones, así que configuraste una pequeña comunidad con esos animalitos, los cuales nunca queda claro si viven en la casa de una mujer cantante o si entre ellos hay una ratoncita que puede afinar sus chillidos y darles melodía. Es curioso, pues a ti ni siquiera te gustaba la música, y tanto en ese cuento como en Investigaciones de un perro, lo que motiva a los animales protagonistas es uno de su especie siendo capaz de emitir melodías con su garganta, la cual es una extensión de su cuerpo.

Historias que le interesarían a alguien que se creyó condenado por las Musas a no tener ningún tipo de armonía, a no ser un cantante con una voz privilegiada y de music hall, y que adora y admira a los otros desde la distancia, pero también alguien que se dio cuenta de que, a veces, eso es material literario. No es la genialidad ni un destino trazado el que nos lleva a escribir y es probable que desconozcamos por qué lo hacemos.

Mientras tanto, perdernos en nuestra cabeza y en nuestras emociones es igual de valido que no plasmar una sola idea. En esos pasillos torcidos y asfixiantes –los tuyos se parecían mucho a los del tribunal de El proceso, estoy seguro– es donde es posible que encontremos no las historias que queremos escribir, sino las que podemos ayudar a que salga a la superficie para que nos liberen de lo gris de la cotidianidad. Aquellas historias que son más luminosas que aquellos grises seres quienes las auxiliamos a existir.


Autores
Sergio Ceyca (Culiacán, 1990) ha publicado la novela No tendrás perdón (ISIC, 2018) y el libro de cuentos Magia moribunda (Ediciones del Olvido, 2021). Estudió leyes en la Universidad Autónoma de Sinaloa y se ha desempeñado como reportero en diversos medios electrónicos. Participó en el primer Curso-taller para jóvenes creadores de la Fundación para las Letras Mexicanas, con sede en Xalapa; y ha sido beneficiario del Programa de Estímulos para la Creación y el Desarrollo Artístico de Sinaloa durante 2018, así como de la beca de Jóvenes Creadores del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes, en el periodo 2019-2020.
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Si la memoria colectiva es aquella que se construye en las sociedades a través del paso inmisericorde del tiempo, la memoria personal abreva de ésta y la conforma: es hija y hermana, juez y parte. Este constructo, el personal, es el que vuelve necesaria la presencia de una ciudad en nuestra historia, de un nombre pronunciado hasta el hartazgo que se ha quedado entre las páginas amarillentas de un manuscrito o entre las andanzas de un obstinato en fe menor; así, la ciudad, el nombre y la cadencia configuran una cartografía íntima que, al ser compartida, se une a otras para encontrarse, limitarse y protegerse, como las soledades de las que escribiera Rilke. Y entre todas ellas conforman una memoria por medio de la cual podemos conocer los temores, aromas y enconos de un lugar y de un tiempo, su temperatura y su devenir.

Es evidente que los hechos que trascienden por su importancia el tiempo y la individualidad para instalarse en un continuum histórico son los que gobiernan nuestra mirada. En nuestro caso, con un confinamiento y una pandemia todavía sobre nuestras espaldas, apenas atisbamos lo que en nuestra memoria perdurará, en lo colectivo y en nuestra cotidianidad, y lo que se volverá la impronta de nuestro tiempo y nuestra presencia en esta vida. Las cientos de miles de despedidas que se forjaron en los últimos meses, las innumerables risas que no se sucedieron en parques o escuelas, los besos que no se dieron —y que muchos de ellos ya no podrán articularse— construyen un no-lugar, un espacio vacío que, sin embargo, dentro de su oquedad abriga también nuestros sueños y nuestras ansias de confiar en el otro, en aquel que detrás de una mascarilla ocultó sonrisas y gestos, que encerrado en cuatro paredes dejó de verse con los suyos y renunciar así a las posibilidades, a los azares y a la causalidad. El lugar de enunciación de la memoria es lo que determinará su trascendencia. El privilegio de transmitir las andanzas, propias y ajenas, es invaluable; es una oportunidad para reconstruir los fragmentos de una historia y hacerla así compartida. En sus Andanzas por Alemania e Italia (1842-1843), Mary W. Shelley comparte “fragmentos —no un todo—” de una historia: la suya.

 

19 de septiembre

 

No insistiré en recontar aquí las tristes circunstancias que nublaron mi primera visita a Venecia. La muerte flotaba sobre el lugar. Introspectiva, con la mente fijada sobre aquellos que me dejaron desde hace tiempo, sentí una vez más la aflicción de esas emociones, esas pasiones, las más profundas que puede soportar una mujer en su corazón: la angustia de ver a su hijo en el último aliento […] El efecto que tienen sobre el alma los objetos percibidos por el ojo al momento del sufrimiento  son un alivio que brinda la naturaleza […] la forma específica del cuarto, el movimiento de las sombras sobre la pared, las oscilaciones particulares de los árboles, la sucesión exacta de objetos en un viaje se han grabado de manera indeleble en mi memoria.1

 

En la escritura de Shelley, en estas crónicas de viaje, en estos fragmentos que presenta para ser la compañía de otras viajeras, se trasluce el temple taciturno y agónico de su Moderno Prometeo o de El último hombre, el romanticismo atormentado por la muerte de Percy Bysshe y de dos de sus hijos se trasluce en una prosa íntima que da cuenta de su cotidianidad, sí, pero que deja una herramienta para conocer la vida secreta de Shelley y de su concierto interior.

Las atribulaciones no siempre son por los monólogos interiores o las pérdidas personales; en ocasiones, como se dijo, hay elementos políticos y sociales que marcan a generaciones enteras y, por ende, a su producción artística. Si se piensa en la Novela de la revolución en México como un ejemplo cercano y claro de esta aseveración, también tendría que pensarse en un Hans Schnier, solo, con un olfato aguzado que percibe el aliento a whiskey de su interlocutor a través del teléfono, esbozando un retrato desencantado y mordaz de una Alemania derrotada, en los años posteriores al fin de la Segunda Guerra Mundial y en los albores de su división en Opiniones de un payaso, de Heinrich Böll; o en Italo Svevo y su Conciencia de Zeno, en donde las memorias de Zeno Cosini lo mismo abordan la guerra —la primera gran guerra, en este caso— que su debilidad por fumar. Los ejemplos en todas las literaturas —occidentales, cuando menos— de cómo la realidad irrumpe en el quehacer artístico son inacabables. De la depresión ante el encuentro con la realidad pauperizada del crack del 29 en los Estados Unidos hasta el ámbito fílmico con el neorrealismo italiano, la memoria histórica se nutre de las distintas miradas que atestiguaron el devenir de un siglo azaroso: guerras, hambruna, epidemias, modernidad y la lucha constante por el dominio mundial. Las otroras potencias decimonónicas daban paso a la hegemonía de un naciente imperio, y éste, a su vez, en el siglo XXI lo cede ante la pugna de otros países que, desde su alteridad e incluso contraposición al occidentalismo, compiten por llevar la batuta. En España, desde el 1 de abril de 1939, en el que el general Franco emitió su último parte de guerra que rezaba “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”, quedaba atrás una guerra fratricida y se instauraba una dictadura que duraría hasta la muerte del generalísimo en 1975. Con el nuevo orden social también quedaba una herida abierta por las ejecuciones sumarias, cuya advocación más palpable en el panorama literario sería la muerte de los escritores Miguel Hernández y Federico García Lorca, éste en 1936; aquél, en 1942. En medio de la tormenta, nació en España una generación que comenzó a publicar alrededor de 1950 y cuya nómina sería, como en cualquier intento por esquematizar un movimiento artístico, numerosa y no siempre compartida. Baste decir que, en 1978, el narrador y poeta publica El grupo poético de los 50, en donde antologa a un puñado de escritores de esa generación nacida alrededor de los años veinte. De la antología, Hortelano dice:

 

La historia de esos años ha sido muchas veces contada. Quizá en este prólogo yo estoy satisfecho porque lo he contado, por primera vez, con algo más de clarividencia o con alguna tiniebla menos. La historia es la de los ‘niños de la guerra’. Por eso, de algún modo, la foto que abre el libro es el prólogo imaginario: el caso hipotético de que los diez poetas que para mí son los más importantes de unos años, fueran amigos de niños… En cualquier caso, para todos nosotros, aquellos niños de la guerra, el final fue la vuelta al colegio. Algo verdadera mente dramático era el final de las más largas vacaciones de nuestra vida. Luego pocos años más tarde nos darnos cuenta de que ya nada importante nos podrá ocurrir nunca. Todo lo importante de nuestra vida ha pasado ya y es precisamente, la guerra.2

 

Aunque como el mismo Hortelano comenta “toda antología es injustificada, y además, injusta”, es un punto de partida para conocer la producción de una generación que sucedió a la generación del 27 y que se labró bajo la mirada del realismo social, primero, y después con una búsqueda propia, después, una obra marcada por las consecuencias de la guerra. Entre los que se consideran usualmente como miembros de esta generación están Ángel González, Claudio Rodríguez, Juan García Hortelano y Ana María Matute, en Madrid, y Carlos Barral, Juan Marsé y los hermanos Goytisolo: José Agustín y Juan, en Barcelona. Estos últimos ya habían tenido una fuerte actividad editorial con las publicaciones Cuadernos, Quaderns de cultura catalana y, particularmente, Laye, que agruparía a los miembros de esta generación y duraría veinticuatro números; el último de ellos, por cierto, al saber que no habría más ejemplares de Laye, porta en su portada un verso de Garcilaso: “Sufriendo aquello que decir no puedo”. José María Castellet, escritor adscrito a la escuela barcelonesa, escribe a propósito:

 

Esta rebelión conoció formas diversas y se encuentra reflejada en las primeras obras de estos autores. Con amplia conciencia generacional, entre 1956 —años de estallido de la Universidad a raíz del prohibido Congreso de escritores universitarios— y 1962 […] estos escritores no sólo se sienten unidos por una misma actividad de resistencia política, sino que también se adscriben a un cierto creo estético, el del realismo. Toda una peripecia intelectual, pues, inédita en la España de posguerra, se desarrolla con cierta coherencia a lo largo de seis años.3

 

En estos años, surge una voz que sería, junto a la de Juan Marsé, una de las más prominentes del medio siglo español: Juan Goytisolo. En 1954 publica su primer libro, Juegos de manos, con los que inauguraría una serie de novelas que conforme maduraba su prosa, se volvía más arriesgada. En este primer libro, un grupo de jóvenes de buena familia se vuelcan su rebeldía en la violencia y el desacato. Al respecto, se ha comentado mucho que la novela, en general, de estos años de posguerra peca de artificiosidad, puesto que, a sus autores, que rondaban los veintitantos años, les faltaba experiencia, a pesar de haber vivido y padecido la guerra. Goytisolo señala que “llegó un momento en que me di cuenta que no podía ponerme a escribir como alguien de un medio social distinto […] se me planteó un problema, digamos casi de honestidad personal, de no poderme situar en el pellejo de una persona que no estaba condicionada como yo por una serie de experiencias de un medio social, de una educación, de una cultura”.4Y una característica de la obra de Goytisolo es que partir de Juegos de manos y hasta Señas de identidad, su obra siempre está en constante evolución. Del retrato determinista hasta la apropiación de muchas de las innovaciones técnicas literarias del siglo veinte (monólogo interior, dislocación sintáctica, etcétera) comenzaron a hacerse patente en su obra.

Quizá sea el periplo que Goytisolo vivió fuera de España por París, Marrakech, Boston o Nueva York durante los años siguientes a la publicación de su primer libro, pero su prosa se mantuvo vital y propositiva. Y es en París, justamente, en donde conoce a Monique Lange, la secretaria de Dyonis Mascolo, brazo derecho de Gaston Gallimard, el fundador de la icónica editorial. Gracias a Maurice Edgar-Coindreau, comienza en Gallimard la edición de “la nueva novela española”, en la colección Du monde entier, creada por André Gide y Válery Larbaud, en 1931, y se edita, en 1956, la traducción al francés de Jeux de mains, y también se dieron a conocer ediciones de Camilo José Cela, Ana María Matute y Miguel Delibes.

A Juegos de Manos y Señas de identidad, que como se señaló marca el inicio de un proceso distinto (además de ser el inicio de la saga compuesta por ésta misma, junto a Reivindicación del Conde don Julián y Juan sin tierra), la apuesta narrativa se dirige hacia la prosodia, como lo llama el mismo Goytisolo, en el ritmo que la ortografía ausente y el vaivén vertiginoso de las ideas pueblan su obra:

 

[…] hay un acuerdo unánime el nivel de vida aumenta sensiblemente basta recorrer la Península de un extremo a otro sonora geografía de nombres imperiales Madrigal de las Altas Torres Puente del Arzobispo Villarreal de los Infantes Egea de los Caballeros Motilla del Palancar como un Herr Schmidt o un Monsieur Dupont cualesquiera al volante de su Citroën o su Volkswagen para advertir año tras año el lento pero finísimo despegue de un país que secularmente pobre lanzado hoy gracias a veinticinco años de paz y orden social por la esplendorosa y ancha vía de la industria y el progreso desde hace casi cinco lustros tenemos el privilegio de un orden bienhechor como no lo saborearon nuestros padres ni nuestros abuelos ni nuestros bisabuelos orden que resistió imperturbable una guerra mundial que rondando las fronteras asolaba todavía más en lo moral que en lo material media Europa y entregaba al cautiverio a la otra media paz que precisamente por lo absoluta ya nos parece natural y no es natural pues no es cosa que por sí misma espontáneamente regale la naturaleza como regala la lluvia o el sol el amanecer y el crepúsculo el día y la noche […]5

 

En esta personalísima prosodia, comienza a vislumbrarse esa ironía mordaz al construir la memoria de la posguerra, de aquellos “veinticinco años de paz y orden social”, se contrapone la visión doble del hombre, que escribiera Goytisolo, la visión “dramática e irónica”. En Reivindicación del conde don Julián, el autor asevera: “tierra ingrata, entre todas espuria y mezquina, jamás volveré a ti: con los ojos todavía cerrados, en la ubicuidad neblinosa del sueño, invisible por tanto y, no obstante, sutilmente insinuada […]”6

Juan Goytisolo, poeta, narrador, desencantado, moriría el 4 de junio de hace cinco años; obtuvo el Premio Cervantes y tuvo la conciencia de pertenecer a esa generación que construyó su memoria en los avatares del periodo posguerra. Con la mirada del crítico moral, a la manera de Twain, hizo de esa memoria histórica lo que Walter Benjamin apuntaba a propósito de las colecciones: “el título de nobleza más hermoso [que posee] es la de poder ser legada”. Y ese memorioso legado parte de la cotidianidad para insertarse en el mundo, y así, dejar señales que puedan ser advertidas por un desocupado lector que quiera seguirlas, para poder reescribir sus pasos.

 

 

 


Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Ilustración realizada por Axel Rangel

Eichmann, ¿culpable total?

 El 1 de junio se cumplirán 60 años de la ejecución del “experto en asuntos judíos”1Adolf Eichmann (1906-1962), personaje que atrajo la atención del público occidental tras su captura por el servicio secreto israelí en Buenos Aires en 1960, y su posterior juicio televisado en Estados Unidos y Europa durante 1961 y 1962.

A propósito de este hecho, quiero reflexionar en torno a ciertos puntos importantes que trata Hannah Arendt en su libro sobre “Eichmann en Jerusalén: un reporte sobre la banalidad del mal”2(1963), los cuales incluyen el  verdadero grado de responsabilidad de Eichmann y otros elementos, como el papel de los liderazgos comunales judíos que generaron mucha controversia entre la comunidad intelectual internacional e inclusive un rechazo tajante de ciertos sectores hacia estos argumentos tan controversiales de la autora, pero altamente necesarios para explicar un fenómeno tan oscuro e intrincado como lo fue el Holocausto.

Pero antes de ello, me gustaría comenzar ofreciendo un breve recuento de la figura de los tribunales de guerra, cuyo ejemplo principal sería el de Núremberg, establecido entre 1945 y 1946,  el cual es explicado de manera magistral por Raúl Hilberg en su libro “La Destrucción de los Judíos en Europa” (1961), pues ello representó el primer esfuerzo internacional conjunto en la historia moderna por llamar a cuentas a figuras clave responsables de desencadenar una guerra devastadora y cometer crímenes contra civiles en una escala sin precedentes. Finalmente, ofreceré a modo de conclusiones una respuesta que trate de responder la pregunta del título y establecer el verdadero alcance de este juicio no solamente como una forma de reparación a las víctimas, sino con motivos políticos y estatales necesarios para un recién formado Estado de Israel.

 

Los juicios previos a Eichmann: Núremberg y Derivados

 

Los Juicios de Núremberg se establecieron por las potencias triunfadoras de la Segunda Guerra Mundial: la URSS, Estados Unidos y Reino Unido. Luego de una breve negociación al final del conflicto, el 20 de noviembre de 1945 se establecía el tribunal tripartita encargado de enjuiciar a los altos cargos del Tercer Reich quienes todavía se encontraban con vida (con la notable excepción de Adolf Hitler, Heinrich Himmler y Joseph Goebbels, los cuales se habían suicidado antes del término de la guerra).

Finalizando el 1 de octubre de 1946, aquellos juicios habían logrado llevar al banquillo de los acusados a prominentes del aparato nazi, de los cuales destacaban: Herman Göring (presidente del Parlamento Alemán y Jefe de la Fuerza Aérea alemana entre 1935 y 1945), Wilhelm Keitel (Jefe del Alto Comando de las Fuerzas Armadas, no secretario de defensa pues esas facultades fueron adscritas a la figura de Hitler), Karl Dönitz (Ministro de la Marina de Guerra nazi entre 1943 y 1945), Rudolf Hess  (representante del Führer entre 1933 y 1941), Fritz Sauckel (Secretario de Desarrollo Laboral entre 1942 y 1945, directamente responsable de los campos de trabajo y exterminio en el este de Alemania y Europa), Wilhelm Frick (Secretario del Interior entre 1933 y 1943), Joachim von Ribbentrop (Ministro de Asuntos Exteriores entre 1938-1945), Alfred Rosenberg (Secretario de Asuntos Exteriores del Partido Nazi entre 1933 y 1945) y Enrest Kaltenbrunner (Director de la Oficina Principal de Seguridad del Reich o RHSA entre 1943 y 1945, cuya agencia dependiente directa era la Gestapo, encargada de las persecuciones de judíos y demás minorías en territorios controlados por el Reich).

Aquella lista es importante, pues muestra la cantidad de altos mandos que fueron enjuiciados y condenados por los Tribunales de Núremberg, ello también por el mayor grado de responsabilidad respecto a la toma de decisiones de la guerra y la posterior operación de los campos de exterminio. Pero, aquí ambos autores coinciden que los Tribunales sirvieron en el corto plazo para condenar a los dirigentes más importantes del aparato administrativo alemán, sin embargo, se quedaron cortos al tener un mayor alcance para continuar impartiendo la justicia necesaria ante hechos perpetrados no solamente por ellos, sino por todo un esquema de complicidades y jerarquías que se tejió ya puesto en marcha el Holocausto[1]3

A este respecto, los mandos políticos restantes, el sector judicial encargado de redactar y promulgar leyes como las de Núremberg 4 junto con los sectores empresariales como IG Farben o Krupp, encargados de dotar de insumos para la construcción y operación de las cámaras de gas de los campos de exterminio, fueron enjuiciados en tribunales alemanes establecidos después de los Tribunales Internacionales de Núremberg, pero las sentencias de cárcel fueron al poco tiempo reducidas o anuladas.

Lo anterior, considero que también se dio por tres razones principales: en primer lugar, muchas figuras políticas con pasado nazi ya se encontraban trabajando para el gobierno de Konrad Adenauer5, y de haber sido aplicada esta regla para someter a alguien a juicio o simple coherencia histórica, no habría quedado ningún funcionario disponible6. En segundo lugar, no existían los elementos documentales necesarios para juzgar a un número tan grande de personas que participaron en el hecho, pues grandes pruebas fueron eliminadas7 por la SS en los últimos años de la guerra.

Adicionalmente, y a pesar de los juicios iniciados en su contra, el gobierno de Adenauer se encontraba frente a un dilema, pues de continuar con el proceso de los tribunales desnazificadores establecidos por los aliados en 1945, los cuales contemplaban también el procesamiento de grandes conglomerados industriales como IG Farben o Krupp, la recuperación económica de Alemania Occidental hubiera sufrido retrasos, y también relacionado al rearme nacional al margen de la Guerra Fría en pleno auge entre Estados Unidos y la URSS.

Con la reorientación de prioridades geopolíticas de los aliados estadounidenses y británicos frente a la contención soviética hizo que la presión hacia Alemania Occidental para cumplir las sentencias de sus condenados disminuyera, y éstos pudieran reincorporarse a sus respectivas vidas profesionales sin el mayor problema, ante ello Hilberg apunta: no habían vivido según la ley y no murieron bajo la ley.8

Ya durante este tiempo (mediados de 1950), el Estado de Israel se encontraba administrativa y políticamente institucionalizado, bajo el mandato del Primer Ministro David Ben Gurión (1948-1954, 1955-1963) Israel accedería como miembro pleno dentro de la Comunidad de Estados Independientes al ser admitido el 11 de mayo de 1949 dentro de la ONU, sin embargo, era necesario tomar medidas internas y externas extra para reafirmar la característica de Estado independiente, y es así como una de las medidas para demostrarlo fue la abducción de Eichmann en 1960 y su posterior traslado a Jerusalén para su juicio.

 

Eichmann en Jerusalén: el show y los desaciertos

 

A diferencia de los Juicios de Núremberg, con sus múltiples y relevantes acusados, el de Jerusalén estuvo centrado en una figura principal, Adolf Eichmann, quién de acuerdo con los fiscales del tribunal era un monstruo responsable de innumerables atrocidades cometidas durante el Holocausto hacia la población judía.

Partiendo de lo anterior, Arendt es bastante clara respecto a la naturaleza del juicio: un show dentro del cual debía definirse de manera rápida y clara de todo lo que era culpable Eichmann, el estaría en el centro como el “héroe de la puesta en escena” y su sufrimiento y pena estarían encadenados a los hechos perpetrados por el, no por los causados de manera indirecta9, lo cual sugiere que la justicia, que es el elemento principal de todo juicio, no iba a ser el objetivo principal.

Pasando a definir al acusado, la autora encuentra elementos particulares y generales que sugieren la tolerancia y aceptación general no solamente de Eichman, sino de gran parte de la sociedad alemana ante las atrocidades cometidas por el gobierno nazi,  la cual se cimentó en el “autoengaño” para construir una realidad alternativa, en la cual todo estaba en perfecta armonía y se justificaba gracias al uso de un amplio y constatne aparato propagandístico, y que es evidente en el siguiente caso: el lema de “la batalla por el destino del pueblo alemán” (der Schicksalskampf des deustchen Volkes) en el cual la guerra no era en realidad guerra, el conflicto no había sido iniciado por Alemania sino por el “destino”; y, aquella lucha se representaba como una lucha por la supervivencia de Alemania, en la que debían aniquilar a los enemigos o perecer10

Siguiendo el análisis de la personalidad de Eichmann, Arendt concluye que el carácter calculador, frío, meticuloso y de amplio poder que los fiscales del lado acusador quisieron investir en la figura de Eichmann, distaba mucho de serlo en la realidad, pues amén del carácter fanfarrón11 del sujeto (y que en gran medida sería explotado por la fiscalía para condenarlo), verdaderamente era una persona bastante común y corriente12, lo cual hacía más escalofriante desde la perspectiva de la autora la imposibilidad de definir psicológica y socialmente 13a un criminal y cómplice de tal magnitud, pero no solamente para este caso en particular, sino para muchos otros similares que comenzaban desde los conductores de los trenes a los campos de concentración hasta los operadores de los crematorios.

Respecto a la verdadera responsabilidad administrativa de Eichmann en relación directa a la “Solución Final”14, Arendt establece que si bien desde que Eichmann se enlistó dentro de la SS en 1932, su relevancia como figura administrativa adquirió una importancia media hasta 1943 por razones históricas, pero ello es dificil de delimitar correctamente, pues existían otros grupos dentro de la propia SS, el ejército y el gobierno nazi, que estaban ocupados en atender aquella cuestión de la mejor y más rápida manera posible, lo cual también sugiere cierta competencia entre aquellas agencias encargadas de solucionar el problema por ver “quién exterminaba más judíos en menor tiempo”, y ello generó lealtad y orgullo por parte de los líderes de dichos órganos, pero toda vez terminada la guerra, paradójicamente resultó en una exoneración masiva de responsabilidades15 frente al establecimiento de los Tribunales de Núremberg y los locales que ya hablamos previamente.

Siguiendo esta línea de responsabilidad, Arendt sugiere que lo más claro respecto a la participación de Eichmann es su administración del campo de concentración de Theresienstadt 16 (Therezín, en el extremo noroeste actual de República Checa) como titular supremo entre 1941 y 1945, ya que para el caso de su rol como facilitador dentro del proceso de exterminio de los judíos que en este caso caería dentro de las esferas de concentración y deportación 17 (hacia los campos de exterminio) solamente pudo probarse en el juicio gracias a declaraciones propias, y que paradójicamente esto sería tomado en cuenta como prueba clara por parte de la fiscalía acusadora para sumarlo a su sentencia condenatoria en Jerusalén.

Con base en nuevas investigaciones académicas hechas al respecto, el papel de Eichmann respecto a las concentraciones y deportaciones en el proceso de exterminio de los judíos es más que claro18 , no obstante, algunos autores consultados difieren en el ámbito de la competencia específica geográfica y administrativa de Eichmann, la cual es ubicada en Alemania y Austria 19, u otros autores como Claudia Ninhos 20, quien incluso sugiere que el ámbito de consulta de Eichmann respecto al tema de las deportaciones se expandía en toda la esfera de influencia nazi en Europa.

Un penúltimo elemento, y quizá uno de los más polémicos en posterior a la publicación del libro, es el relativo a la participación de los Consejos Judíos dentro de la maquinaria de exterminio nazi, pues según el argumento de la autora, ellos fueron piezas clave para poder organizar21 a las poblaciones de judíos en Alemania y Europa del Este principalmente y eventualmente trasladarlos de manera cuasi cooperativa hacia su eventual perdición en Auschwitz y demás campos de muerte, esto por el simple hecho de no haber podido ser organizados desde sus propias comunidades, y que definitivamente hubiera obstruido seriamente los planes de funcionamiento mortalmente eficaz del aparato de exterminio nazi.

Lo anterior al ser expuesto a la comunidad judía internacional posterior al juicio de Eichmann, generó gran revuelo, al grado de que diversos medios y personajes intelectuales judíos acusaron a Arendt de “tratar de disminuir el grado de culpabilidad” del gobierno nazi dentro del Holocausto, lo cual a nuestro parecer no es así, y ello más bien presenta un punto a reflexionar bastante válido, pero que al cuestionar de manera directa la responsabilidad y posición de sociedades político religiosas tan jerarquizadas como la judía, siempre despertará rechazos ante la posible pérdida del status quo de los individuos que las comandan.

Tan claro y pertinente es este cuestionamiento, que Arendt expone en su libro los casos de las deportaciones de judíos en los países Escandinavos e incluso la Francia ocupada en ese momento, los cuales al enterarse del destino final mortal de aquellas poblaciones rechazaron 22  seguir los planes nazi relacionados a la Solución Final, y así salvar de la destrucción a muchas personas.

Finalmente, Arendt concluye que el proceso de juicio fue desproporcionado, y la sentencia injusta23 , ello porque los elementos que tomó como válidos los jueces consistieron principalmente en declaraciones de testimonios mayoritariamente de casos acontecidos en Polonia y Lituania, en donde la influencia de Eichmann era nula24 . Y desproporcionado, porque los elementos a los cuales tuvo acceso la parte defensora para elaborar sus argumentos fueron muy pocos en franco contraste al gran acervo documental25  y de testigos que acudieron a presentar su declaración en Jerusalén y que ya había sido producido ello en gran medida gracias a los Tribunales de Núremberg. Esto último es prueba de que el juicio estuvo plagado de irregularidades y anormalidades tan variadas y de complejidad legal tan elevada, que superaron al propio proceso del juicio mismo, ello en un disimil contraste de literatura especializada producida al respecto26 .

Ejemplo de aquellas irregularidades fue la detención arbitraria de Eichmann en Argentina por agentes encubiertos y su envío a Israel sin contar con Convenio de Extradición alguno firmado entre Buenos Aires y Tel Aviv en su momento, y por otro el rol supremo judicial que adquirió el tribunal durante el juicio, pues el objetivo de procesarlo por crímenes cometidos fuera de Israel hacia un segmento de la población que no era parte de su Estado en un momento en el que ni siquiera aquel Estado existía, sugiere que era más del ámbito de la competencia de un tribunal internacional y no local enjuiciar a Eichmann por sus crímenes.

Siguiendo este último argumento, Peter Burdon  establece que otros elementos de retroceso legal respecto al juicio están relacionados con la competencia y el debido proceso del juicio, pues el acusado no gozó de la presunción de inocencia, elemento clave dentro de cualquier tribunal estatal, adicionalmente a ello, las dimensiones históricas del hecho forzaron a Eichmann a responder a acusaciones que estaban fuera del ámbito de su competencia y los testigos, que para el tribunal supusieron un elemento principal de condena, en el campo de la defensa no pudieron emplearse debido a la política que ejerció Israel para desistir en aquella empresa bajo la amenaza de ser procesados de igual forma que al acusado, lo cual en términos generales apoya la noción de ilegitimidad del juicio.

Por otro lado, Deborah Lipstadt, argumenta que los elementos condenatorios basados en los testimonios orales hubieran sido de mucho mejor ayuda en Nuremberg que en Jerusalén27, por lo cual aquellas evidencias pierden validez y peso jurídico al respecto.

Independientemente de todo lo presentado por Arendt y otros autores contemporáneos, Eichmann fue ahorcado el 1 de junio de 1962 en la prisión de Ayalón en Ramla, Israel, así el juicio llegaba a su final, pero no las incógnitas y reflexiones al respecto del Holocausto, pues tanto Arendt como Hilberg son muy claros en este respecto, esta empresa no fue llevada a cabo por un solo grupo pequeño de personas, muchos estuvieron involucrados, personal e institucionalmente hablando para poder ejecutar a un aproximado de 5,000,000 de civiles entre 1942 y 1945 principalmente.

¿Fue Eichmann el verdadero villano?

 A partir de lo que he presentado en este texto, considero que la celeridad con la que la parte acusadora trató de condenar a Eichmann, sin tomar el tiempo en recabar testimonios adecuados para ambas partes involucradas, impidieron el correcto deslinde y mapeo de las responsabilidades del acusado, ello porque de manera explícita se asumió por el tribunal que el era culpable en toda la extensión de la palabra y lo era no en pequeña escala, con lo cual se vulneraba la presunción de inocencia del individuo, y más allá de ello, borraba toda capacidad objetiva legal de observar el problema a los jueces para emitir una sentencia libre de influencias parciales a su deliberación.

Esto, a partir de lo presentado, décadas después de culminado el juicio, sigue siendo motivo de discusión y abordaje distinto de acuerdo a especialistas en el tema, pues como ya mencioné, dado el escaso acervo documental y testimonial que queda en la actualidad, supone una tarea casi imposible de determinar totalmente el alcance de las responsabilidades que tuvo Eichmann en el Holocausto, y que entra en conflicto con la rápida determinación de los fiscales en asumir que dicha figura fue responsable completo de la maquinaria de exterminio nazi.

Sin embargo, ello no quiere decir que Eichmann hubiera podido ser declarado inocente, o que no fuera responsable indirecto de hacer funcionar dicho aparato, pues él fungió como un engrane importante dentro de todo el mecanismo, en el cual su labor dentro del proceso deportación, despojo, traslado y exterminio se encargó de cumplir en la medida de su posición y posibilidades para continuar alimentando el sistema de campos de trabajo y exterminio con vidas humanas (judías, principalmente).

En contraste a lo anterior, consideramos que fue necesario sobredimensionar el papel de Eichmann durante el juicio, pues los intereses detrás de ello trascendieron a dicha figura y ellos representaron elementos de un peso considerable no solamente para hacer justicia a los judíos que no la obtuvieron en anteriores tribunales, sino que ello también representó una justificación clave para la fundación y el mantenimiento del Estado de Israel.

Este juicio cimentó y proyectó la imagen del Estado de Israel como garante único de las leyes de sus ciudadanos, los cuales en su mayoría eran judíos que habían escapado de Europa antes, durante y después del Holocausto, por ello, también la ejecución de Eichmann representó una declaración firme de dicho Estado respecto a la posesión exclusiva de la violencia institucionalizada, la cual incluye la pena de muerte, la defensa y agresión hacia otros Estados, y esto reviste una característica fundamental de todo Estado Moderno para determinarse como tal, y de la cual Israel no fue la excepción a dicha norma de desarrollo.

Al igual que en Núremberg, el juicio de Eichmann implicó intereses políticos tan altos, que los jueces tuvieron una presión extra para condenarlo, y asumieron la responsabilidad de ello, pues ello hubiera sido mayor en caso de haberlo declarado inocente o declararse incapaces de juzgarlo bajo términos de competencia limitada ante la extensión del crimen cometido, es decir, trasladarlo a una corte internacional hubiera sido sumamente dañino para la imagen y el gobierno de Israel.

Finalmente, creo que gran parte del actuar de los los jueces y el Estado de Israel en este hecho pudo haber partido de una sección interesante del Talmud28, en la cual “el hombre fue creado solo, para enseñarte que quien destruye una sola alma israelita (o humana) es señalado por la escritura como si hubiera destruido todo el mundo. Y quien salva una sola alma israelita (o humana) es señalado por la escritura como si hubiera salvado a todo el mundo”29(Sanhedrin, 4:10), pero también es preciso recordar una frase de la Biblia en la cual “de la misma manera que ustedes juzguen, así serán juzgados, y la misma medida que ustedes usen para los demás, será usada para ustedes” (Mateo, 7:2).

 

 

 

Fuentes consultadas

Arendt, Hannah, Eichmann in Jersualem A Report on the Banality of Evil, Penguin Books, Reino Unido, 2006.

Burdon, Peter, Hannah Arendt : legal theory and the Eichmann trial, Routledge, Estados Unidos, 2017.

Dafinger, Johannes y Pohl, Dieters, Eds., A new nationalist Europe under Hitler : concepts of Europe and transnational networks in the National Socialist sphere of influence,1933–1945, Routledge, Estados Unidos y Reino Unido, 2019.

Hilberg, Raúl, La Destrucción de los Judíos en Europa, Akal, España.

Lipstadt, Deborah E., The Eichmann Trial, Schocken Books, Estados Unidos, 2011.

Neusner, Jacob, Ed., The Jersualem Talmud A Translation and Commentary, Hendrickson Publishers, Estados Unidos, 2010.

Thad, Michael Allen, The business of genocide : the SS, slave labor, and the concentration camps, The University of North Carolina Press, Estados Unidos, 2001.

 


Autores
Internacionalista por la UNAM-FCPyS. Interesado y en constante estudio de temas del Espacio Post Soviético y Política Internacional.

Ilustrador
Axel Rangel
Ilustración realizada por Mildreth Reyes

Durante mucho tiempo he tratado entender mi relación con el ciggy, con el tabiro, con el fifo, con el cigarro. Definitivamente hay miles de formas de nombrar a este objeto colmado de animadversión y a la vez con tantos simpatizantes del llamativo ademán de usar dos dedos para sostenerlo. Sé que mi bisabuelo perdido entre la bola fumó Faros (sin filtro), se que mi abuela entre cuidar a la docena de hijos y los pantalones de mezclilla llenos de tierra también se prendía alguno. Mi padre y mi madre fumaron en la universidad. Ella dejó de hacerlo después de que nací, y he escuchado a muchas madres de algunos conocidos afirmar su abandono al cigarro también con la llegada de sus primeros hijos. Parecería que los primogénitos son los principales abanderados del antitabaquismo.

Mi primer cigarro lo fumé a los catorce, y más allá de que esta hubiera sido una proeza adolescente muy reprobable para muchos, ni siquiera la puse ahí junto a los demás triunfos de la estupidez que uno conquista muy temprano como para saber que en realidad nadie está ganando nada, pero a la vez sí. Sobre todo, ahora en las fiestas uno replica esas historias para no asumir, al menos por una noche, que en realidad la mayor victoria que podría ser alcanzada, sería entender cómo chingados funciona el SAT, o cómo tener inteligencia emocional para no sentirse sumido en quién sabe qué cosas a partir de la primera hora del domingo por la tarde, cuando ya no hay fiesta que comerse, y solo quedan platos y ropa sucia amontonada.

Había visto a muchos amigos de Cd. Cuauhtémoc fumando en las pedas, pero por alguna razón no me sentía atraído hacia el humo. Fue hasta que Alexandra murió y fui a visitar a su hermano en la calle Águilas y 92, cuando llegó el momento más legitimo para hacerlo. No era un contexto lúdico, quizá solo estábamos llenando el tiempo.

Julio mientras me contaba sobre el accidente (Ale y su novio chocaron contra un tráiler después de una fiesta), sacó un Marlboro rojo. Me ofreció uno. Le dije que no fumaba. Pero él me corrigió aseverando que en realidad era que más bien no sabía cómo. Era más grande que yo por tres años, pero siempre, o ahora que lo recuerdo, no sé porqué pensaba que tenía acceso a un conocimiento del mundo que a mí todavía no me era ofrecido. Quizá porque él ya había cogido con varias personas, o porque tenía un trabajo de mierda que le permitía comprar cervezas sin identificación, o quizá porque fumaba. Yo que sé.

La calle estaba alumbrada de manera raquítica. Apenas el anuncio de un expendio de Modelo resplandecía de color azul estilo hospital esa esquina, o las luces de algunos carros que iban quién sabe a dónde en la periferia de ese lugar del norte, que sigue sin aceptar su transición de lo rural a lo urbano.

Julio encendió su cigarro, y después me obsequió el gesto más amable que cualquier fumador puede tener con otro. Me acercó la laira, la lumbre, el fuego, el encende, y me dijo que no me aproximara tanto porque él no se hacía responsable por mis pestañas. Obviamente tosí en la primera calada, porque yo no nací para ser un prodigio del cigarro. Las siguientes fueron más amables. En medio del azul artificial de esa noche llorábamos por Ale, y dos fresas encendidas flotando a la altura de nuestras bocas eran el único testimonio de que estábamos allí sentados despidiéndonos por última vez en nuestra vida. Hace dieciséis años que no veo a Julio. Ojalá te encuentres bien, carnal.

Después de eso no me volví fumador recurrente, hasta podría afirmar que tuve que aprender del oficio de nuevo dos años más tarde, cuando trabajaba de lo que sea mientras averiguaba cómo entrar a la universidad. Ahí supe de los cigarros que se fuman antes de la chamba, y de los que se fuman en los descansos, y sobre todo, al menos para mí, los más remarcables, los últimos, los de la hora de la salida del jale, donde uno planeaba a donde ir a emborracharse.

Los que se fumaban a escondidas a la hora del recreo no los conocí. Ni aprendí de todas las artimañas para esconder el olor a humo del uniforme. En cambio, conozco muy bien esos cigarros que se fuman cuando ya no alcanzaste el último camión y te la tienes que aventar caminando hasta la casa.

Ya en la universidad con mi amigo Octavio nos dedicábamos horas a descifrar una nomenclatura del cigarro y sus ocasiones universales. Seguramente se va a cagar de risa cuando se entere que todas las pendejadas que decíamos cuando nos volábamos la clase de latín para ir a beber al estacionamiento de la facultad acabaron siendo escritas. Y yo aquí con fines retóricos me pregunto, de qué otra cosa está hecha la escritura sino del ocio.

De aquella genealogía del humo solo recuerdo tres. Abro aquí un espacio para que cualquiera que lo desee puede rebatir esta tipología a esos dos veinteañeros lascivos. El primero era el que llamábamos el tedioso, el que se fuma sin esperar nada a cambio, es meramente por el puro gusto de alimentar esa criatura de mil espaldas llamada vicio. El segundo era el del mentado despanse, el que se consume para aligerar la comida, el digestivo, el que inaugura la sobremesa, el que recuerda de que está hecho uno por dentro. Y el último, el ansioso, el que es una onomatopeya de la urgencia por entender qué pasa, casi siempre es amigo de la espera en los hospitales, después de un examen, después de cortar una relación, el de recibir una mala noticia. El que nunca he acabado de entender en su concepto es del de fumar después de haber estado chocando tu cuerpo desnudo contra el de alguien más. Supongo que la iconografía del cine se ha encargado de darle sentido a los cuerpos desnudos sosteniendo un cigarro entre las manos como una cosa ritual donde se celebra el mito del orgasmo. Siempre la religión es acompañada por el fuego.

Yo no me considero un fumador profesional. Tanto así que no asumo tener la autoridad para hacer una apología hacia el cigarro y sus generosidades. Para profetas del cigarro, Italo Svevo que se hacia la promesa de dejar de fumar cada día. Así, su compromiso se veía renovado, mañana tras mañana. No era autoengaño, sino más bien una reafirmación de la voluntad constante hasta que en verdad llegara ese cigarro definitivo. El último. El totémico.

Svevo vivía por el placer del último cigarro de la vida. En la fumada iniciática, como en todas las cosas que suceden por primera vez, hay una ignorancia de lo que se está experimentando. Por el contrario, en la búsqueda del fenómeno superlativo, del final, hay la acumulación de toda una vida dedicada a entender un proceso. El hallazgo absoluto del oficio.

|Dice Italo en la Conciencia de Zeno, ¿querría morir sano después de haber vivido enfermo toda la vida? Es triste si se piensa desde la zona de fumadores, que el escritor llegó a su último cigarro sin saber que era el último. Estando en el hospital después de ser atropellado pedía apelando casi a la misericordia de las visitas una última calada. Nadie se compadeció. Su mantra de vida había sido interrumpido. Ahí, y no antes y no después fue evidente que en la falta de lograr el último cigarro de manera consciente algo en su vida ya estaba caduco, pero al mismo tiempo algo sumamente hermoso se había cumplido. Toda esa preparación para el humo terminal había sido en vano porque solo mostraba lo paradójico de antelarse al fin de algo, y a su vez, ahí, en esa falta de control, cada uno de los cigarros que Svevo se había fusilado durante décadas se sintetizaron indiscutiblemente sin que él tuviera injerencia para concretar el concepto del cigarro final. Lo hermoso de ese último cigarro fue que se gestó como todos los mitos. Padeciendo su total condición de alegórica sobre nosotros porque solo son en tanto que se vuelven narrables una y otra vez, hasta sucumbir a su sombra. Nosotros no tenemos poder sobre los mitos, en realidad nuestra condición siempre ha sido trazada en las fronteras de un símbolo y otro. Svevo se encomendó a ese cigarro como la metáfora de su propia vida. Y como todas las metáforas, solo tuvo sentido y vigencia dentro del poema que es reconocer tu nombre conjugado en pretérito para siempre.

Yo me he propuesto dejar de fumar bastantes veces. No con la mentalidad de deportista que tenía Svevo de ejercitar el músculo de la voluntad a diario. Han pasado muchos meses entre un último cigarro y otro. Cumplo años, o empieza uno nuevo y hago mi lista de propósitos y lo anoto como manda. Jamás lo he logrado cumplir. Y más allá de la severidad que tiene la búsqueda de la buena salud, sobre todo entre más envejece uno, pienso que mi razón principal por la que debería dejar de hacerlo es porque no me gusta ser un tibio. Yo me lastimé la rodilla del fumador profesional. Ya no sé si después de este texto debería prender uno o no. De todas formas, al único que engaño aquí es al lector.


Autores
(Chihuahua, 1992) Escribí La pérdida de voluntad en el agua. Me gustan las nutrias, que Pascal Quignard procure el silencio y sobre todo el poema 135 de Emily Dickinson.

Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Tomado de wikimedia commons: Eric Koch / Anefo / CC-BY-SA-3.0.

Hace un tiempo me puse a revisar meticulosamente el álbum digital de fotografías familiares: los personajes se repiten incansablemente, algunas canas, kilos de más, kilos de menos, las arrugas y una corporalidad que incrementa centímetros a su longitud. Esa corporalidad no me pertenece y, sin embargo, siempre está unida a mi cuerpa. Los últimos siete años han sido meticulosamente ilustrados con escenas sobre mi maternidad, desde una foto que enunciaba una pronunciada pendiente hasta hace unos días con el rostro hinchado intentando ocultar el dolor de migraña y ciática, y ella, abrazando esta estructura que fungió como su hogar por más de 37 semanas. No imagino el resto de mis días sin su olor, sin su voz llamándome en las madrugadas, sin su llanto cuando me propongo poner un límite. Me sorprende ver de cuántas maneras la escribo, incluso en textos que nada tienen que ver aparece, los hijos siempre encuentran la forma de integrarse al todo, hacernos saber que pese a la carga interminable de trabajo, los libros que esperan impacientemente ser leídos, ellos están ahí aguardando para contarnos lo emocionante que fue asistir al concierto de sus youtubers favoritos.

Y mientras la miro, por unos segundos me pierdo, ¿acaso soy yo la mujer que el reflejo de la pantalla apagada me devuelve? ¿Estas piernas son las mismas que hace una década estaban libres de celulitis y cuyos contornos se dibujaban tan bien? ¿Hace cuánto que no me pongo un arnés? ¿Hace cuánto tiempo que no veo películas clásicas? Pero ella se da cuenta de que los últimos tres minutos no he fijado mi atención en su historia, que mi mirada dispuesta en piloto automático no ha parpadeado, que me he perdido. El reclamo, ya infranqueable, salta en el momento en que no imagino cómo eran las maternidades hace un siglo, hace diez años, hace treinta y ocho, cuando mi mamá cargaba su propia montaña de treinta y seis semanas.

A los tres años yo sabía que no tenía una madre, sino una reina”, de esta forma expone María Riva a Marlene Dietrich en Marlene Dietrich, the life (1993). Trato de imaginar lo que representó ser la hija del Ángel azul, de la madre del burlesque en el siglo XX. Quizá en el imaginario contemporáneo su nombre no diga mucho, un dato perdido en los millones de gigas que hemos vaciado en la historia cultural tan solo del siglo anterior, pero es justo decir que Marlene no solamente fue la primera mujer que usara sombrero de copa o smoking, sino que se besó en cámara con una mujer y el mundo lo aplaudió.

Desde Ditan Von Teese hasta Billie Eilish, muchas mujeres de la industria del espectáculo han jugado con su imagen, con su incandescente forma de cruzar las piernas y otros elementos icónicos del cine de la década de los treinta. Parece mentira, pero la fuente inagotable de ideas, estéticas y hasta poses proviene siempre del mismo cementerio. Como aquellos baúles o cajas de huevo donde la ropa de la abuela se mezclaba con la de tu madre y tus tías. Las fotografías de todas las épocas de oro del cine suponen la misma función, como lo destaca Roland Barthes en La cámara lúcida (1980): “fotografía porque esta palabra mantiene a través de su raíz una relación con ‘espectáculo’ y le añade ese algo terrible que hay en cada fotografía: el retorno de lo muerto”. Pero ese retorno siempre regresa y nos suspende entre nuestras propias trincheras —como vaciar los cestos de la basura mientras mi hija canta a todo pulmón “La familia Madrigal”, de la película Encanto— y las prácticas que en las diversas industrias culturales siempre sostienen el mismo fin: crear narrativas, vender, buscar los siguientes reemplazos de los íconos que, casi siempre, cada diez años, vuelven a la vida en forma de fichas, vídeos y redes sociales.

Pero ahí está Maria Riva, también actriz y, al igual que su madre, con problemas de alcoholismo y adicción a calmantes, construyendo un relato muy distinto de lo que la industria cinematográfica, las campañas de apoyo a los soldados y las revistas como Life tejieron en torno a la vida de Marlene. Riva se desliza en 800 páginas mediante una narrativa cargada de reproches y marcada por notas sobre una figura que de diversas formas desafió no solo el canon cultural, sino también la educación sentimental de las generaciones de entreguerras. En las biografías, tendemos a encontrarnos con narrativas alternas o absolutamente distantes de lo que consideremos que fue o pudo ser la vida de aquel espectro que traemos a la vida mediante la mirada de quien ha hurgado en sus papeles sueltos, en sus memorias, cada vez que los gritos o llantos en la habitación nos llenan de las ganas de no volver. Un par de páginas sobre los chismes de la personalidad en cuestión, no le hacen daño a nadie. De acuerdo con el testimonio de Riva, Dietrich no era propiamente una figura materna, más bien era su propia isla: “nunca pensé en ella como una madre” es una línea que se repite por lo menos diez veces y parece que de cualquier manera nunca se queda tranquila, ni siquiera en el momento de su publicación.

Marlene Dietrich prácticamente vivió todo el siglo XX, nació un 27 de diciembre en Berlín (1901) y falleció el 6 de mayo en su departamento de París (1992), y se puede advertir que su vida fue congruente con los tiempos convulsos. Marie Magdalene Dietrich nació en una familia acomodada. Su amor por el cine comenzó en la adolescencia, siendo su primera participación en Los hombres son como esto (1922) dirigida por Georg Jacoby, con pequeñas apariciones en películas como Tragedia de amor (1923), donde conoció a Rodolfo Sieber, con quien se casó y tuvo a Maria Riva. Sin embargo, no fue sino hasta 1929 cuando Joseph von Sternberg la llamaría para interpretar no solamente su primer protagónico, sino el papel que la acompañaría por toda su existencia, con el que lograría romper absolutamente las fronteras culturales en tiempos tan duros como la llegada al poder del nazismo.

Al interpretar el papel de Lola Lola en el El ángel azul (1930), nadie hubiera imaginado el impacto que tendría en la cultura norteamericana. El guion, basado en una novela de Heinrich Mann —hermano de Thomas Mann—, desarrolla la historia del profesor Immanuel Rath, quien logra experimentar una transformación absoluta donde la moral y el rigor son quebrados ante el contacto del deseo y la carne una vez que ve a Lola Lola en la taberna, “El ángel azul”, la cual iba para reprender a sus pupilos. Pero en el momento en que ve las piernas de Lola, el mundo se va hacia otra parte. Emil Jannings sorprende por su trabajo encarnando a Rath, pero sin duda es la voz y la actuación de Marlene los elementos para que se volviera, más que un ícono, una imagen viva de todo lo que ocurrió en el siglo.

La película, junto con la vida de Marlene, recorrió un interesante camino, si bien sería el primer filme del cine sonoro alemán igualmente sería el primero que generara una gran expectación en el cine de Hollywood. El ángel azul sacudió todas las mentalidades que crecieron con este relato, pero todo gira en encontrar quién siga el legado de Dietrich, de Rita Hayworth, de Mae West y, por supuesto, de Greta Garbo. No existe quien pueda suplirlos, y dudo que esa sea la idea, sino que, mediante retoques, campañas, galas, se encuentre a quien pueda instalarse un instante en la silueta del espectro en cuestión: dos segundos y la fotografía sigue muerta.

Marlene siempre guardó silencio respecto a su maternidad, por supuesto que se sabía que era madre y la pequeña Maria Riva sale incluso en algunas fotos junto a Rita u otras actrices y directores, pero difícilmente se observa ese relato —¿acaso un lazo?— entre madre e hija. Es una estrella tomando de la mano a una niña pequeña. En la continua lucha por la liberación existen cientos de historias que se sostienen en el silencio. Si lo pensamos, la cultura del silencio es en realidad una de las herramientas que el heteropatriarcado ha utilizado debidamente para perpetuar su poder: ¿cuántas mujeres han callado esos secretos?, ¿cuántas veces te has callado?, ¿cuántas veces has podido marcharse y dejarlo todo atrás? ¿Qué pasa con mis deseos? Rebeca Solnit, en La madre de todas las preguntas (2017) propone que pongamos atención sobre estos deseos y secretos que han perpetuado la cultura del silencio en la vida de las mujeres:

A quién se ha escuchado sí lo sabemos: representan las islas cartografiadas, mientras que el resto forma el inconmensurable mar de los no escuchados, la humanidad no documentada. A lo largo de los siglos, muchos han sido escuchados y amados, y sus palabras se desvanecieron en el aire tan pronto como fueron pronunciadas, pero arraigaron en las mentes, contribuyeron a la cultura transformándose en abono para enriquecer la tierra; a partir de esas palabras crecieron cosas nuevas. Muchos otros fueron silenciados, excluidos, ignorados. Tres cuartas partes de la tierra son agua, pero la relación entre silencio y voz es mucho mayor. Si las bibliotecas contienen todas las historias que han sido contadas, existen bibliotecas fantasmas que albergan todas las historias que no se han contado. Los fantasmas superan en número a los libros en una cifra incalculable. Incluso aquellos que han sido audibles a menudo se ganaron este privilegio gracias a silencios estratégicos o a la incapacidad de escuchar ciertas voces, incluidas las suyas.

Cuando me convertí en madre deseaba encontrar en las historias que me gustan un panteón lleno y cajas llenas de espectros, alguna narrativa que me sostuviera mientras amamantaba a mi hija y los ojos se me iban de las lecturas del doctorado, pero siempre encontraba esta clase de testimonios, en biografías como la de Maria o la de la hija de Anne Sexton, los diarios de Susan Sontag y su silencio de tres años hasta que David fue a la escuela. Las islas no eran alentadoras y el océano en mí era impresionante. Mientras recojo toda clase de fidget toys, me sorprendo repasando con mi mente la manera en que Marlene se acomodaba el sombrero, dejando una sombra coqueta alrededor del rostro de Lola Lola, ¿cómo podía hacerlo? Me pregunto mientras el slime lanzado al techo unos minutos antes ahora gotea mi cara.

Luego de una carrera llena de dicha, Marlene inaugura el cabaret, llevando por ambos continentes su chispa, sus canciones de los treinta y cuarenta y su deseo: ¿el secreto también la hacía irresistible? En este 6 de mayo se cumplen tres décadas de su última exhalación, atrás han quedado las plumas, los arneses con joyería, las medias de red y el inconfundible sombrero de copa, Maria no ha muerto, rebasa la edad a la que Marlene dejó de respirar justo a las tres de la tarde, días antes de que Cannes le rindiera un homenaje por su trayectoria, su última escala antes de entrar de manera perpetua en “El ángel azul”; murió tranquilamente en medio de la isla y el océano que se derrama en las notas finales de Maria Riva.

Mi mirada se pierde en la entrada triunfal de Marlene, las sombras me guían hacia los deseos que su cuerpo siempre supo articular y entre las canciones, de pronto unas manos irrumpen con su calor en mis ojos; mi secreto está resguardado ante quien felizmente me pregunta ¿adivina quién soy?, y después, el silencio ya no me aqueja.


Autores
(Ciudad de México, 1984) Investigadora, docente, escritora y crítica. Es maestra en Estudios Latinoamericanos por la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM y Doctora en Sociología por la Universidad Autónoma Metropolitana-Azcapotzalco. Realizó una estancia de investigación en la Universidad de Buenos Aires y ha publicado artículos y reseñas en revistas como Este País, Pliego 16, Fundación, Casa del Tiempo, Revista de la Universidad, Écfrasis, Tierra Adentro. En 2011-2013 fue Becaria de la Fundación de Letras Mexicanas en el área de ensayo y en 2019 fue Becaria Fonca en el área de ensayo. Fue finalista en el Premio Internacional de Literatura Aura Estrada en su edición 2020 y aceptada por Ucross Foundation para hacer una estancia artística en el verano del 2021.
Ilustración realizada por Jal Reed

Ahora el matrimonio de Bárbara y Edmundo. Ambos bregan: atrofia muscular espinal. Parálisis. Tetraplejia. Se mueven en sillas eléctricas gigantescas que parecen tronos espaciales, las conducen con un dedo. Avanzan lentamente por la banqueta, los cuellos torcidos como si desdeñaran lo que aparece a la vista. Para casi cualquier actividad requieren la ayuda de enfermeros. Dependen de ellos para comer, defecar, bañarse, vestirse, lavarse la boca, maquillarse, etc. Sus cuidadores se llaman Ema (la de Bárbara) y Rafael (el de Edmundo). Yo elegí todos estos nombres. Tal vez no sean los mejores.

En la noche, tras bañarlos y alimentarlos, Ema y Rafael los depositan en la cama conyugal. Los colocan de perfil, muy cerca, de tal manera que puedan besarse todo lo que quieran. Los enamorados les indican la forma en que quieren permanecer: “pon mi brazo encima de ella”, “pon mi mano en su cara, quiero acariciarlo”, “entrelacen nuestras piernas”. Por último juntan los rostros a un mismo nivel alcanzado por prueba y error y gracias a una o dos almohadas. Una vez que los dejan listos para besarse y acariciarse, el grupo se da las buenas noches, se apaga la luz y se cierra la puerta.

A veces toca el sexo, el amor. Bárbara y Edmundo, desde luego, son incapaces de tener coito por sí mismos, no tienen control de la pelvis: caderas exánimes. Han encontrado, sin embargo, algunas opciones. Por ejemplo: recurren a una especie de columpio o andamio en que uno de los amantes se cuelga, allí se le sostiene muy bien y no es incómodo, se ajusta la elevación, los enfermeros se van y el otro amante puede avanzar con su silla y su boca habrá quedado exactamente a la altura del genital de su querido (la trayectoria se ha calculado previamente). El 69 es más sencillo de disponer y no es demasiado distinto del proceso de las buenas noches, la única diferencia es que en vez de acomodarlos para que puedan abrazarse y darse besos en el rostro, los enfermeros deben colocarlos, por supuesto, de tal manera que puedan besarse los sexos. [Olvidé decir que la enfermedad de Bárbara y Edmundo, además de la parálisis, supone unos cuerpos disminuidos, delgados y pequeños, además de torcidos, extraños, de huesos que están donde no deberían y faltan donde se les esperaría. ¿Pero no son todos los cuerpos amados hermosos?]

Bárbara y Edmundo anunciaron que planeaban tener coito, esto es, coito-coito, esto es, penetración. Problemas ingenieriles. ¿Cómo realizarlo? Preguntó Rafael o Ema. ¿Cómo hacer el movimiento de adentro y afuera, tan indispensable? Necesitamos a alguien que nos mueva. ¿Fue esto demasiado para los enfermeros? Sabemos que Bárbara se vio obligada a buscar a alguien más. Puso un mensaje en una plataforma de sexualidad. Obtuvo respuesta.

Conocieron a la probable libertadora. De nombre, digamos, Helena. Una mujer transexual. Domina, decía su perfil. A la entrevista de trabajo llegó con botas negras de tacones altísimos, un vestido apretado de cuero negro, maquillaje facial de estilo gótico, con pelo negro largo y fleco, y un colguije de plata que representaba el cráneo de un gato. La reunión no salió del todo bien: la pareja entendía el acto sexual como una proeza de cariño e intimidad profunda, la candidata acentuaba el disfrute, lo irracional, la bestialidad, la urgencia de morir. Ambas partes notaron la discordancia, pero Helena estaba interesada de cualquier modo en participar porque era una oportunidad única y ella lo que quería, a lo que se dedicaba de manera profesional, era a tener experiencias eróticas extraordinarias; Bárbara y Edmundo, ya que nadie más había respondido al anuncio, y se morían por sentir el sexo del otro, decidieron probar y esperar lo mejor.

La primera penetración fue misteriosa para los enamorados. Ardua. Embrollada. Había allí sensaciones insólitas, inasibles, placenteras pero con un inquietante regusto de peligro, de disolución, de torpeza. Era preciso insistir, profundizar o, en palabras de Bárbara, “lanzarnos al océano”. La presencia de Helena fue aceptada como un mal necesario. La contrataron y el sexo se volvió una actividad semanal.

Aumentaron las dificultades con la asistente: participaba cada vez más, se comportaba como si fuera una amante en vez de una prótesis. Llegaba a niveles casi protagónicos. Cuando le tocaba empujar las caderas del novio, Bárbara, por más que estuviera en regocijo, podía verla asomada detrás de su querido, gigantesca, sonriente, con la lengua recorriéndole los labios. Reparaba en Edmundo, tan pequeño, con un gesto entre la incomodidad y el deleite, y la imagen de esa mujer fortachona manipulando sus caderas tan estrechas y frágiles le parecía horripilante. Aún peor si era su turno para sentarse encima e ir de arriba a abajo. Entonces sentía las manos poderosas en sus nalgas, cargándola y dejándola caer; sensación intolerable, le hacía pensar en una madre jugando con su nena.

Fue en esa modalidad que Helena emitió las palabras de su despido. Cargaba a Bárbara y, escuchando como la respiración de esta se agitaba, como se iba acercando al clímax, dijo –simplemente– “Sí, princesa, dale, mami”, con felicidad auténtica, con empatía y contento por el placer ajeno. Tras uno o dos segundos de incomprensión, la novia le gritó que parara y la reprendió con rabia. Helena, reponiéndose de la sorpresa, la soltó sin más y la pobre cayó de lado y quedó tirada junto a su amante, con las extremidades en posiciones torcidas, la cara contra la cama, profiriendo insultos. Entraron los enfermeros. Fue una catástrofe. Helena no volvió.

Los segundos entre que Helena se iba y los enfermeros no entraban: una eternidad. Los dos amantes, desnudos, expuestos, sin poder moverse, en el tálamo infortunado. Incapaces incluso de tocarse y confirmar su complicidad, de apoyarse en atravesar la desgracia. Ahí abandonados. Testigos fijos y vulnerables. Solo los globos oculares en un movimiento desesperado e inútil.

La desventura provocó un enfriamiento en la experimentación erótica. Una recaída en el pudor. Tardaron meses en volver a pedir el uso del columpio-andamio. Bárbara decidió no rendirse: había que encontrar el modo de tener sexo. Quiero que Edmundo entre en mí, quiero sentirlo, quiero acogerlo. Tengo, tenemos, el derecho, estamos vivos. Volvió a las búsquedas en internet –de ese modo había conocido, además, a su amado–, no encontró a nadie. Una tarde, muy seria, le pidió a Ema que la escuchara. La cuidadora sabía perfectamente de qué iba el asunto. Le dijo que lo pensaría y lo hablaría con Rafael. Al principio lo consideraron inadmisible: eran enfermeros, no servidores sexuales. Pero Ema se enternecía, adoraba a Bárbara, adoraba a Edmundo, los adoraba y quería hacerlos felices, convenció a su compañero. Para los enamorados fue maravilloso en comparación. Estos asistentes eran recatados, silenciosos, casi parecían no estar allí –pues, en verdad, deseaban no estarlo. Se les alzó un poco el salario y no se dijo más.

Hubo sin embargo una consecuencia para los cuidadores. Un desorden en su relación. ¿Qué era lo que hacían sino tener sexo? Quizás ellos permanecían vestidos, quizá nadie los tocaba, daba lo mismo: participaban de un acto sexual, no sólo con sus pacientes sino también con su colega. Por momentos, entre las sacudidas del amor, sus ojos se encontraban, sus dedos incluso, y se apartaban enseguida con recato y sorpresa. Entonces, tras hacer posible el cariño, tras bañar a los saciados amantes, tras bañarse ellos mismos, al encontrarse en la cocina o en la televisión, la necesidad, el evento de dormir tan inminente y ruidoso.


Autores
(San Lorenzo, 1990). Escribe narrativa y ensayo. En 2017 formó parte del Programa de Jóvenes Creadores del FONCA. Autor de Las ruinas para ustedes (Suversión Electrónica, 2022).

Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Poster de la pelicula The Wall (1982)
Poster de la pelicula The Wall (1982)

Pink Floyd’s The Wall o cómo tirar el muro

The child has grown

the dream is gone

El 23 de mayo de 1982, The Wall, una película basada en el álbum homónimo de Pink Floyd, dirigida por Alan Parker y escrita por Roger Waters, fue presentada por primera vez en el Festival de Cannes. En The Wall, Pink, un rockstar acomplejado, se enfrenta con sus traumas de vida: la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, su educación en un sistema conservador y homologador, al fracaso de un matrimonio y otras relaciones sociales, una psicosis que lo lleva a pensarse a sí mismo como un líder fascista con serias reminiscencias del nazismo. Todo ello a través de escenas que mezclan la realidad del personaje con su imaginación.

En esa fusión está una de las mejores aportaciones que tenga esta película: las geniales animaciones de Gerald Scarfe, caracterizadas por el estiramiento de los dibujos y la exageración de las expresiones. En la película hay muchas, pero una que recuerdo especialmente sucede durante el segmento musicalizado por Goodbye Blue Sky: vemos una paloma transformarse en lo que parece un halcón que recorre y oscurece la ciudad; la bandera de Reino Unido a la que se le caen las franjas blancas y azules para transformarse en una cruz roja que sangra; sombras de esqueletos que se difuminan hasta parecer cruces blancas.

 

 

Pero las ilustraciones hacen muy poco para quien la observa por primera vez. The Wall es difícil y abrumadora, eso por no decir que la película no se entiende mucho. El presente, pasado y futuro se empalman entre sí hasta formar una ambigua línea temporal. A pesar de ello, es posible distinguir una clara relación entre el protagonista, su padre y la guerra, cuyo fondo —uno se entera después, no gracias a la película— tiene que ver con que Roger Waters también perdió a su padre en ella. Hay, además, una crítica hacia el vacío que genera la fama y hacia las relaciones sociales carentes de significado (que, ladrillo por ladrillo, terminan por construir un muro que poco a poco nos va aislando del resto).

The Wall primero fue disco, película, concierto, disco sobre el concierto del disco y ópera. Todos fueron intentos de Roger Waters por crear una obra maestra infalible, que trascendiera, que reclamara y el eco de los gritos se quedara en el aire como quedó, durante mucho tiempo, el eco de los bombardeos en Inglaterra.

Roger Waters no pudo saber cuántos ecos quedaron luego de The Wall, pero doce años después del estreno de su aspirante a obra maestra, el 4 de octubre de 1994, un joven fanático de Pink Floyd, se convirtió en padre por primera vez.

 

*

Crecí entre dos mundos: las baladas románticas de Luis Miguel y Alejandro Sanz y los discos enteros de Pink Floyd y Led Zeppelin. En estos dos mundos, representados por mi madre y mi padre, existían abismos que crecían conforme mis padres se hacían mayores. Si la vida que construyeron juntos era una hoja en blanco, a veces eran un mismo punto; otras —quizá la mayoría de las veces—, dos líneas divergentes. Pero aunque los gustos musicales de cada uno eran el precipicio que menos importaba, a pesar de la inminente separación y de su caída al hoyo negro que resulta el desprecio, esos gustos fueron lo único que se quedó en mí como un souvenir.

 

 

En la escuela, mientras mis compañeras se organizaban para ensayar una nueva coreografía, yo contaba cómo mi papá me había enseñado a cantar Comfortably Numb, en parte para aprender a hablar inglés, en parte para que supiera la existencia de una banda británica llamada Pink Floyd. Debí haber tenido 14 o 15 años y, con todo lo que implica, me sentía una adolescente que enfrentaba el mundo como viniera: para todo tenía una respuesta, el volumen de mi voz se alzó (para ya no volver a decibeles bajos), en mi boca se dibujaron miles de comebacks una vez que aprendí a decir groserías.

 

*

Más de una vez me he preguntado por la vida de mi papá anterior a aquel 4 de octubre, lo que quiso ser y lo que abandonó: un ingeniero mecánico que dejó a medias la carrera que estaba cursando para convertirse en papá, más que por deseo, por obligación.

Once años antes, cuando él tenía diez, The Wall llegó a su casa gracias a que el mayor de sus hermanos también quiso enseñarle a hablar inglés y a que supiera, también de una buena vez, la existencia de una banda británica llamada Pink Floyd. La película, que tuvo que llegar en VHS o en beta, no fue una revelación ni un acontecimiento genial: la sensación de haber visto algo extraño se quedó impregnada en mi padre, quien creció con esa influencia como si lo fuera persiguiendo. No sería sino hasta sus años de preparatoria que, por fin, adquirió el gusto propio por la banda así que volvió a ver la película para confirmar que, en efecto, todavía quedaba mucho por comprender, por ver, por escuchar.

 

 

Antes de que mi existencia figurara en el plano, Ricardo, el menor de sus hermanos, había visto ya cómo un hijo o una hija transformaba la vida en todas sus dimensiones y por eso no estoy segura de que, cabalmente, hubiera pensado en ser padre. En sus años adolescentes se la vivía fuera de casa, entre reuniones de medianoche con sus amigos y los discos de Pink Floyd, Deep Purple, Led Zeppelin o U2. Ricardo soñaba con perder tanto tiempo pudiera, con una vida propia sin suscribirse a un trabajo de oficina de nueve a siete; soñaba con viajes a Londres, Nueva York, quizá hasta Rusia.

Pero un día, mientras Ricardo ponía un cassette de The Dark Side of the Moon y se arreglaba para pasar la tarde en la casa de su amigo Jimmy, llegó un mensaje: tengo algo que decirte. Las reuniones, los amigos, los discos, la libertad de no ir a una oficina, los viajes por venir se terminaron de pronto cuando supo que su novia estaba embarazada y tuvo que hacer lo que se le pidió: dejar la escuela, casarse, buscar un trabajo cualquiera, ganar dinero, establecerse en un departamento diminuto, hacer un hogar, ser un padre de familia hasta donde pudo.

A su vez, el suyo también se había convertido en padre, diez veces, por obligación.

Como Pink en The Wall, Ricardo era un rebelde que se jactaba de ir contra toda autoridad. No acataba hora de entrada ni de salida, su escenario era la calle, los sitios en donde tanto se divirtió. Se negaba a ser un ladrillo hasta que a Ricardo, mi papá, se le construyó un muro llamado paternidad con el que tuvo que convivir mientras ladrillo por ladrillo iba borrando todo lo que él quería ver, ser y hacer.

Con los años, nos educó a mí y a mi hermano menor, con la consciencia de romper el sistema, quebrar lo que nos habían enseñado en la escuela si no servía para pensar críticamente. Tal vez así, él podría recuperar parte de la juventud que le fue arrebatada por una bebé que empezaba a conocer el mundo que le rodeaba.

 

 

Tal vez esa fue la verdadera rebeldía de mi padre: criar a su hija y a su hijo para que no fueran otro ladrillo en el muro.

 

*

En su momento, las críticas de la película fueron bastante duras, pues The Wall no es un filme espectacular. “El señor Parker ha aportado mucha energía a este proyecto y se ve que ha hecho todo lo posible para lograr ofrecer una experiencia abrumadora. Sin embargo, no todos los espectadores desean ‘abrumarse’ de este modo”, decía una crítica en The New York Times. Otra, en The Washington Post, argumentaba que “El mayor error de Parker es no ser capaz de reconocer que la mera presentación expresionista y solemne de la temática de ‘The Wall’ no logrará magnificar su inherente falta de sustancia dramática”.

Yo, que no soy crítica de cine, lo sé. The Wall es una película que trata de abarcar tanto que termina por fallar irremediablemente en la manera de proyectarse como obra maestra. La sobreexposición de símbolos e imágenes dicen tanto que no dicen nada de verdad. Aún así, la película tiene un gran acierto generacional: la relación entre un hijo y un padre se encuentra con la relación entre otro padre y su hija para hablar de un mundo incomprensible que se va deshaciendo frente a nuestros ojos.

 

*

La primera vez que mi papá me enseñó The Wall, una noche en la que decidió estrenar el nuevo sistema de sonido que había comprado en Liverpool luego de años de ahorro, no entendí un carajo.

 

 

No se lo dije nunca, tenía que crecer para saber qué era lo que trataba de enseñar realmente: el movimiento contracultural, la protesta en contra de la guerra (que no existía de forma explícita), de las estructuras sociales que perpetuaban la desigualdad que mi padre conocía bien desde pequeño y la maldad neoliberal que acechaba desde entonces.

Aquella primera vez que la vimos juntos lo único que entendía era que algo estaba empezando a formarse, en mí y en él, desde hace mucho tiempo.

 

*

Imaginar un mundo nuevo junto a una bebé, enseñarle a inventar palabras para nombrar todo lo que no existe, suena a uno de los argumentos más convincentes cuando uno se plantea la idea de ser madre o ser padre. Pero no solo es imaginar cómo cambia el mundo propio, sino observar a lo largo de los años cómo ese bebé tiene sus propias ideas sobre un futuro que, a lo mejor, no es como lo habíamos pensado.

Tal vez mi padre, con una juventud concluida de repente por un embarazo no deseado ni planeado, con un matrimonio que no prosperó, con una bebé en sus brazos atenta a las palabras que inventaríamos juntos, con Pink Floyd, Deep Purple, Led Zeppelin y todas las canciones que me cantó, nunca se preocupó por el qué dirán de nosotros —padre inexperto, hija indómita—, sino por el qué nos diríamos el uno a la otra cuando lográramos inventar, como en The Wall, un mundo que sea solo nuestro.


Autores
(Ciudad de México, 1994) es editora y ensayista. Fue becaria del FONCA en ensayo creativo en 2022 y ha publicado textos en la Revista de la Universidad, Este Paísy Tierra Adentro.