Ilustración realizada por Mildreth Reyes
No me considero una persona afecta a las películas de terror, por lo tanto, son pocas las que he visto. Esta aversión se debe principalmente a que no me gusta estar asustado (me sorprende que haya gente a la que sí) y, para mi mala suerte, me he encontrado con varias películas que se concentran más en los sustos que en la historia. Además, como desde niño soy sumamente supersticioso, tengo la sensación de que lo que sucede allí en la pantalla, de alguna manera, me puede pasar a mí: el verlo es invocarlo. Entiendo, es algo ridículo, pero es quien soy. Sin embargo, después de uno o dos días de haber visto una película de terror, logro comprender que no fue más que una pieza de ficción y hasta ahí, es todo: se acabaron los días de bañarme con los ojos abiertos y de mirar con pánico por encima de mi hombro. Vuelvo a la normalidad.
No obstante, esa barrera de ficción, esa pequeña capa protectora de saber que aquello “no es cierto”, se me desdibuja cuando la película contiene la manoseada leyenda de “basada en hechos reales”. Entonces, pienso, sí me puede pasar eso mismo, sería plausible pensarlo: la frontera entre ficción y realidad es delgada y qué tal si a ese demonio de la pantalla se le ocurre viajar por la red de fibra óptica y desembarcar en mi casa. Según mi lógica, a esta colonia no llegan el agua ni el pavimento, pero sí arribará un espíritu tailandés sin que le hayan dado la mínima instrucción de cómo hacerlo. No tengo dudas de que este terror atávico halla su origen en mi infancia, cuando me consideraba imán de cada maldición posible.
En una ocasión, mamá me contó la historia del comediante y locutor Arturo Manrique, Panzón Panseco , a quien enterraron vivo, cosa que descubrieron hasta abrir el ataúd y hallarlo lleno de arañazos. La historia me dejó noqueado. ¿Y si viene a espantarme en la noche?, le pregunté a mi mamá, a lo que ella me respondió que, de volver a nuestro plano, Manrique tendría mejores cosas que hacer que venir a espantarme precisamente a mí. Vaya egocentrismo, ahora lo entiendo, las primeras etapas de esta hipertrofia del yo que ahora me tiene escribiendo esto.
Una vez confesado lo anterior (no tanto mi egocentrismo, sino el miedo que me caracteriza) me resulta extraño que una de mis películas favoritas sea El proyecto de la bruja de Blair . Y es extraño porque, uno, es de terror, y dos, al principio estaba acompañada de una leyenda similar a aquella de “basada en hechos reales” aunque mucho más contundente y feroz: esta película es real . No podía creerlo: iba a presenciar un caso real de fantasmas; había llegado el aval de todos mis miedos, hasta entonces tildados de irracionales por mi familia. Yo, como tantos otros en aquellos años, caí en la trampa publicitaria y sufrí sin siquiera haber visto la película porque, además, aún no se estrenaba cuando supe que supuestamente era real.
Ya para el momento de su estreno, El proyecto de la bruja de Blair contaba con numerosos seguidores, por el simple y sencillo hecho de que estaba sustentada por una fuerte campaña publicitaria: lo que íbamos a ver, aseguraban, eran las grabaciones verdaderas de un grupo de estudiantes que, luego de salir a investigar sobre la ya mentada bruja, desaparecieron sin dejar más rastro que un cúmulo de videos que alguien, después, ordenó para mostrárnoslos. Aquel miedo de “me puede pasar a mí también”, entonces, regresó con inusitada fuerza. Yo, como tantos otros, no lo sabía, pero acababa de encontrarme con el género llamado found footage, o metraje encontrado, en llano español: una ficción disfrazada de no ficción.
Si bien los antecedentes de esta película (que vuelvo a ver con regularidad y siempre, sin importar qué, me asusta) pueden hallarse, por ejemplo, en Holocausto caníbal , considero necesario señalar que no era, estrictamente hablando, un recurso narrativo “nuevo”: ya antes existía el “manuscrito encontrado”, un artilugio narrativo que data de hace ya varios años. En Los prodigios más allá de Thule , de Antonio Diógenes, podemos hallar los orígenes de esto: él aseguraba no ser el autor de la obra, sino solo su descubridor. Años después, Miguel de Cervantes Saavedra, en El Quijote de la Mancha , afirma que una parte del ya citado libro no es de su autoría, sino de un tal Cide Hamete Benengeli. En la portada de ambos libros bien podría encontrarse aquella famosa leyenda de “basada en hechos reales”, un etiquetado que nos indique a qué nos enfrentamos, un juego metatextual, pero, también, un posible recurso de defensa.
Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, escritores y directores de El proyecto de la bruja de Blair , aprendieron a las mil maravillas la lección de Cervantes: lo que vamos a ver (a leer) no es mío, sólo lo encontré. ¿Quejas, sugerencias, dudas? No, no es conmigo con quien lo ve, reclámele a los autores. Ah, un momento, es cierto: están desaparecidos o, en el caso del Quijote, bien lejos. Cervantes padre del found footage , ¿quién lo diría? Pero de qué no es padre aquel señor sin una mano.
Este juego metaficcional en la mentada película sirve, sí, para adentrarnos más en la historia, para envolvernos, pero también funcionó a la perfección para justificar un trabajo más bien modesto en cuanto a dinero se refiere: la película se grabó con poco más de 60,000 dólares. Es decir, estamos frente a un proyecto que supo poner todo a su favor, tanto la escasez monetaria como la falta de acceso a la información que sufría el público en aquel entonces y que, por lo tanto, no nos permitió corroborar si de verdad aquello era real . Un proyecto así, hoy en día, no sería tan fácil de colocar en el público, al menos no con la consigna de que no es ficción. Eso lo saben sus directores y lo han comentado en numerosas ocasiones: El proyecto de la bruja de Blair fue posible sólo en ese momento de la historia y es acaso irrepetible no como obra, sino como fenómeno.
La película, considero, es de una calidad suprema no sólo por el filme en sí, sino por toda la construcción paralela que realizaron sus autores, quienes nos hicieron creer que, en realidad, eran unos meros Cervantes que dieron, por casualidad, con su Cide Hamete Benengeli. Nos hicieron creer que habían hallado, no creado, y así, ¿quién pondría en duda lo que allí en la película sucedió? Y además, ¿quién podría quejarse de los malos encuadres, del sonido defectuoso, de la historia que a algunos les parece insostenible?
Quien aprovecha su tiempo, sus limitaciones, y las pone a su favor, merece, para mí, una ovación de pie. Quepa aquí una segunda confesión: no me gustan las películas de terror, pero adoro los videojuegos de ese género. ¿Por qué? Lo ignoro, pero así es. Mi favorito es Silent Hill, un juego que se desarrolla en un pueblo embrujado donde pocas cosas podemos ver a la distancia debido a la niebla que siempre inunda el lugar. Aplaudido por muchos como un recurso por demás ingenioso (vaya terror el que provocaba no saber qué había más allá de la niebla), se trataba, en realidad, de una artimaña de los diseñadores para ocultar los escenarios que el juego todavía no cargaba. Como Myrick y Sánchez, los diseñadores aprovecharon las debilidades para convertirlas en fortalezas y, además, lograron una historia que provocó más de una pesadilla entre toda la comunidad de jugadores porque, aunado a todo lo anterior, el protagonista, a diferencia de otros juegos del género survival horror (como Resident Evil y Alone in the dark) , no era un militar entrenado o un detective feroz, sino simple y sencillamente un escritor con la mala suerte de caer en aquel pueblo infernal. Quizá, otra vez, pensé que eso me podría pasar a mí, no por escritor ni mucho menos, sino porque, ya lo dije, pensaba que todo mal andaba buscándome y ahí había una historia donde el protagonista era un hombre común y corriente.
Pasaron los años y los juegos de terror siguieron apareciendo, con mayor o menor fortuna (como las películas que emulaban a El proyecto de la bruja de Blair ), y no hubo grandes sorpresas hasta que, en 2001, desembarcó en América un videojuego japonés de terror que volvería a cimbrar todo: Fatal Frame . No era aterrador sólo por el juego en sí (que usaba a la perfección el sonido, la jugabilidad, el apartado gráfico y, sobre todo, la historia, plagada de fantasmas y demonios), sino porque en aquellos años aún estaba fresca la impresión causada por la película de El aro (remake de Ringu , un filme japonés basado en la novela de Koji Suzuki). Además, el videojuego contaba con una leyenda de advertencia en el empaque: basado en hechos reales. Otra vez, me advertían (o esa era mi impresión), que eso me podría pasar a mí.
A pesar de que en aquellos años ya se había develado que esto suele ser un mero truco publicitario (El proyecto de la bruja de Blair , oh sorpresa, resultó ser un trabajo ficcional), aquel etiquetado volvía a hacer de las suyas en mí. Los creadores del videojuego llegaron a decir, en algún momento, que sólo habían transformado una historia “real” en un videojuego, y que por el momento no podían dar más detalles. Agregaron, eso sí, que ellos no eran los autores de la historia, sino que se la habían encontrado y decidieron convertirla en videojuego. El manuscrito encontrado y el metraje encontrado daban la bienvenida a un nuevo miembro de la familia.
Cervantes se hace pasar por un autor que no es Cervantes (potenciando el yo lírico a su máxima expresión) y dice que el responsable es Cide Hamete Benengeli; Antonio Diógenes dice que no creó aquel texto, sólo lo encontró; Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, años después, afirman algo igual: estamos frente a autores que se esconden atrás del narrador creado y ceden, así, una parte de la “gloria creativa” a su yo lírico, es decir, abdican del narcicismo de signar una obra con el nombre propio, en aras, a veces, de un juego narrativo mayor, y nos aseguran que eso que estamos viendo es obra de alguien más, que ellos sólo tuvieron la suerte de encontrarlo: toman distancia entre narrador y autor.
Pero este apostatar de la autoría de un texto, de un material presentado, no es exclusiva de la ficción o, en todo caso, de la ficción pura. John Gibler, en Una historia oral de la infamia realiza, como se afirma en el prólogo, un ejercicio de “anti Narciso”: en ningún momento leemos una palabra suya, una frase de su autoría. El libro se compone de la disposición (armónica, por supuesto) de las distintas entrevistas que compiló durante su investigación. En apariencia, nada de lo que está en el libro es obra suya (todas las palabras pertenecen a los sobrevivientes del episodio de Ayotzinapa), pero podemos hallar su impronta entre líneas, en el sutil acomodo de las palabras: ahí, y no en otra parte, yace el autor. Él, como en su momento aseguraron Myrick y Sánchez, no inventó nada, sólo acomodó. El recurso es el mismo, aunque, claro, en un caso hablamos de ficción y en el otro de no ficción.
El juego, sin embargo, es casi idéntico: estamos frente a autores que nos dicen “yo no creé nada, esto lo he encontrado”. Una aseveración similar hacen ciertos autores cuando hablan del proceso para escribir sus obras: no son ellos quienes la han creado, sino alguien o algo más, una fuerza que sólo fluyó a través de su pluma, acaso esa Voz Extraña de la que habla Fabián Casas en el ensayo que lleva el mismo nombre. Se asumen, así, como una suerte de médiums que nos transmiten mensajes de otros, mensajes que sólo “encontraron”. Analizado a profundidad, esto es el acto creativo: transmitir lo que “otros” dicen, aunque aseguremos que esos “otros” habitan fuera de nosotros, los no otros: somos meros amanuenses, copistas siempre de un tercero, de otras voces; el mecanógrafo que toma dictado y pasa a limpio.
Si Gibler recogió testimonios y se dispuso a acomodarlos para lograr su intención, podríamos hablar, quizá, de una obra de tipo epistolar. Ya otras obras (de ficción casi siempre, insisto) habían echado mano de este recurso. En Drácula , por ejemplo, hallamos (sí, hallamos) un cúmulo de testimonios ordenados por una mano invisible (y no esa que regula el mercado): nunca una sola palabra de un narrador omnisciente. Es decir, tanto en la obra de Gibler como en la de Stoker estamos frente a un manuscrito no hallado ni creado, sino acaso “armado”. En ambos casos (el de testimonios “falsos” o “verdaderos”, en Drácula o Historia oral de la infamia ) hallamos que la disposición lo es todo: ahí está al autor, en sus detalles, aunque ceda protagonismo a sus narradores, creados por él mismo o reales. Es el titiritero que nunca vemos más que a través de su trabajo.
Estos juegos textuales donde el autor nos orilla a creer que estamos frente a algo “real” o, en todo caso, nos encamina a algo lo más “real” posible, no son exclusivos del found footage (o metraje encontrado) ni de su abuelo, el manuscrito encontrado. Marcel Schwob, en Vidas imaginarias , plantea un ejercicio de creación que, acaso, se halle entre lo ficcional y lo no ficcional. A partir de personajes “reales”, elabora historias “no reales”, en un trabajo que mucho tiene de ficción y por momentos pretende parecer no ficción. Ejercicios similares se aprecian, también, en la prosa de Juan Rodolfo Wilcock en La sinagoga de los iconoclastas y, de forma más reciente, en la pluma de Benjamín Labatut con Un verdor terrible . Estos libros, por poco, salen al mercado con aquella leyenda de “basados en hechos reales”. Pero, ¿por qué en esas obras creemos, o al menos creo, estar frente a una pieza no ficcional o en todo caso no del todo ficcional? ¿Qué me lleva a creer eso? ¿La misma candidez que me hizo creer que Panzón Panseco me atacaría apenas tuviera oportunidad?
En el estudio introductorio a Vidas imaginarias se puede leer una afirmación: “Fantasmas se ven con bastante frecuencia, pero con sombrero de tres picos, nunca”. De fantasmas, así en general, fantasmas (póngales usted, como la cola a un burro, los detalles que más le aterren), se habla mucho, ¿pero cuándo con tanto detalle, con tremenda precisión? Y es justo eso, los detalles (donde habita según dicen, el diablo), y la sucesión y disposición de estos, lo que dota a sus textos de una naturalidad pasmosa, de una suerte de etiquetado de “basado en hechos reales”. Al fin y al cabo, ¿no son, todos los libros, algo basado en hechos reales, por más imaginarios que sean? Porque lo imaginario, como dice Piglia en Blanco nocturno , no es lo irreal, sino lo que es posible, aunque todavía no sea, y ahí, en esa proyección al futuro, yace lo que existe y no existe: el fantasma.
Schwob y sus epígonos, es justo mencionarlo, construyen obras ficcionales con trazas de no ser del todo ficcionales, y para ello se valen de avales de veracidad, pequeños rasgos que nos hacen creer que lo que está ahí no es falso. Mencionan libros que nunca existieron, hablan de historiadores que jamás pisaron este mundo, citan pasajes que pudieron, o no, existir, emplean traducciones irrastreables: usan herramientas que normalmente atribuimos a la no ficción y las resignifican al colocarlas en la ficción (Borges en este momento rasguña su ataúd de la pura emoción). Colocan una etiqueta a productos que no necesariamente responden a lo que ahí se señala, aunque el efecto es el mismo: entendemos, así lo hemos acordado, que hay ciertos elementos de la ficción y otros tantos de la no ficción y en ellos confiamos para saber frente a qué nos encontramos. Ellos, como figuras literarias de autoridad, avalan y nosotros estamos deseosos de creer, firmamos un contrato ficcional. Por eso aterran las películas de terror, por eso nos dejamos llevar por esas vidas imaginarias y por eso, en mi caso particular, me sigue aterrando El proyecto de la bruja de Blair : por sus avales de veracidad que son entendidos sociales: grabación profesional, con cámaras profesionales, es ficcional; grabaciones defectuosas, con cámaras caseras (que yo podría tener) es verdadero.
Así como Schwob tiene continuadores de su legado, Myrick y Sánchez crearon un camino que otros han recorrido: las películas de metraje encontrado no se han extinguido, sino que proliferan, aunque no hayan logrado el éxito de El proyecto de la bruja de Blair . ¿A qué se debe esto? Según estos cineastas, podría obedecer al hecho de que ahora el mundo está más alerta ante este tipo de “embustes”: analizamos, preguntamos, buscamos en internet para corroborar o refutar: poseemos información que, por ejemplo, los lectores de El quijote no tenían o, sin ir más lejos, nosotros no teníamos en el año de estreno de la Bruja de Blair.
Lo anterior, también, se debe, según el mismo Sánchez afirmó en una entrevista, a que las audiencias estaban dispuestas a aceptar nuevas historias y nuevas formas de contarlas: lo que a la película le falta de veracidad, le sobra de verosimilitud. Estos dos elementos son vitales en cuanto a la narrativa se refiere. Una obra debe ser creíble, establecemos un contrato ficcional con el receptor: lo que te estoy contando obedece a sus propias reglas internas; si no es creíble, si no logra abstraernos por un momento de la realidad y desaparecer el tiempo, no es funcional del todo. Ya lo dijo Julio Ramón Ribeyro: si el lector no acepta el desenlace de un cuento, este ha fallado.
Myrick y Sánchez aseguran que El proyecto de la bruja de Blair , en estos años, no funcionaría, porque estamos más al pendiente: ahora sabemos que hay formas de alterar la realidad, que hay ficción por todos lados y que esta ya no se limita a sus contenedores usuales. Por ejemplo, vemos una fotografía y no sabemos, a ciencia cierta, si ha sido alterada: lo que antes era una prueba fehaciente, la imagen escrita con luz, ahora, sabemos, puede ser un trabajo de ficción tan logrado que, por momentos, parece no serlo.
Cuando hablo de fotomontaje, no hablo de trabajos realizados con un programa especializado de computadora, sino de aquellas imágenes donde se superponían dos elementos dentro de una misma fotografía, a veces con una técnica por demás rudimentaria como el fotocopiado, para lograr una tercera imagen, por supuesto ficcional. No necesariamente estos elementos eran ficticios por sí mismos, lo que funcionaba como un aval de veracidad. Por ejemplo, cuando era niño, mi hermano mayor me mostró una fotografía donde estaba hombro a hombro con Pancho Villa, Emiliano Zapata, Lucio Cabañas y el Sub Comandante Marcos. En un primer vistazo, no logré entender qué tenía de raro aquella imagen (no del todo mala en su ejecución, debo decirlo), pero después me hicieron notar que todos aquellos con los que posaba mi hermano, a excepción de él mismo y el Sub Comandante Marcos, ya habían muerto. Dos elementos no ficcionales, superpuestos, lograban una tercera imagen, una verosímil: basada en hechos reales, pero no real.
Dada la efervescencia política y social de aquellos años (mediados de los 90), mi papá le pidió a mi hermano que se deshiciera de aquella fotografía: si llegaban a encontrársela en un cateo de la policía, aseguraba, no habría forma de evitar problemas. Si eso pasa, rebatió mi hermano, les diré que yo no la hice, que me la encontré. La excusa era mala, ahora lo sé, pero mi hermano apostató de su carácter de autor para esconderse detrás del viejo artilugio de la obra encontrada. Ese tipo de obras, lo descubrí posteriormente, rara vez, y sobre todo cuando tienen fines difamatorios, poseen un autor que se reconozca como tal: siempre son “encontradas” en algún lado: nadie reconoce su autoría. Otra vez, el creador abdica de su posición y se esconde tras una invención paralela: su narrador. Alguien me pasó esta fotografía, me la compartieron, la encontré en internet: el mecanismo ficcional sirve de defensa ante posibles fallos narrativos, ante posibles problemas derivados por la autoría.
En estas fechas, donde los recursos para alterar un hecho antes considerado inamovible, es difícil diferenciar qué es aquello basado en hechos reales y qué es real. El artificio ficcional, bien elaborado, puede llegar a suplantar, por un instante, a la realidad. Tendemos a creer lo verosímil, no lo veraz, por más descabellado que sea el hecho, incluso el ataque del espíritu de una bruja o la convivencia de un adolescente con líderes guerrilleros fallecidos años atrás. La verdad no basta a veces para hacernos creer.
No sé si es porque en estos momentos fumo como si no hubiera un mañana, pero recuerdo que Julio Ramón Ribeyro aseguraba en su decálogo sobre el cuento que, si la historia es real, debe parecer ficticia, y si es ficticia debe parecer real. Es una discusión harto manida, pero presente: hay quienes siguen creyendo que veracidad y verosimilitud son sinónimos, cuando, a veces, pueden llegar casi al extremo de convertirse en antónimos. Por ejemplo: hay quienes, al vaciar una historia a la hoja, con la esperanza de que se vuelva una pieza de narrativa ficcional (cuento, novela, minificción), se apegan “demasiado” a la realidad y vierten la historia tal cual fue: un ejercicio amanuense. Cuando se les señala que no es verosímil, insisten en que es veraz, aunque estos términos, tan cercanos, acaben siendo polos opuestos en ocasiones. Sí pasó así, pero no puede ser contado como tal si queremos que se crea. Porque hacer creer es, de cierta manera, crear. La historia oral, sea de la infamia o no, se transforma en su camino al terreno de lo escrito, de lo filmado.
En la década de los 90, en Estados Unidos hubo una serie de llamadas telefónicas a establecimientos de comida rápida, en los que un supuesto agente de la policía obligaba a los gerentes a detener a algún empleado bajo cargos de posesión de drogas. El gerente obedecía, sin importar lo irracional o arbitrario de las órdenes, puesto que creía estar hablando con un agente de la ley “real”. ¿Cuáles eran sus avales de veracidad? La voz, el tono, la posesión de datos sensibles: por inverosímil que fuera la historia, le resultaba veraz porque el delincuente, narrador al fin y al cabo, había urdido una trama creíble.
Uno de estos casos, quizá el más famoso, fue el de Louise Ogborn, en el que esta joven empleada terminó siendo víctima de abuso sexual a manos de la pareja de la gerente del establecimiento. Este caso sería llevado a la pantalla en la película Compliance , para mí, un filme tan fuerte y aterrador, aunque en sus propios términos, como El proyecto de la bruja de Blair . Sin embargo, numerosos espectadores, me cuento entre ellos, declararon que la película es un tanto inverosímil, y esto quizá se deba a su estricto apego a la veracidad del hecho: el creador no es amanuense de la realidad, no debe serlo. El director, Craig Zobel, sacrificó elementos propios de la narrativa para ofrecernos un retrato de lo real, no un retrato hablado.
Aquel delincuente que hacía las llamadas telefónicas, amén de poseer intenciones por demás dañinas, formó un ejercicio narrativo inusitado: implantó la ficción en la no ficción, hizo creer que algo de verdad estaba pasando: se construyó, para una historia precisa, a su Cide Hamete Benengeli y, así, logró que sucediera lo que planeaba. Un psicólogo llamó a este comportamiento “voyeurismo virtual”: aunque era el artífice del embuste, disfrutaba viendo el resultado, aunque de lejos, sin participar, sin tocar, siempre protegido por la distancia y el anonimato. Así como el que ve películas de terror desea ver, pero no participar, el voyeurista aprecia, pero no toma un papel activo. Hoy todos somos voyeurs, decía Monsiváis, incluso de los relatos. Deseamos saber más, siempre más, pero no participar. Deseamos conocer el desenlace de algo, pero desde la seguridad de la distancia.
Quizá debido a lo anterior es que El proyecto de la bruja de Blair es de mis películas favoritas: me hace creer, así a secas, creer, incluso contra todo pronóstico lógico o racional. Una parte de mí entiende que eso no es “real”, pero otra, la más fuerte, sabe que eso es posible por imaginario. Puede ser, además, que sea de mis películas predilectas porque su forma de narrar me parece por demás inteligente: no muestra nada, sólo sugiere. Jamás vemos a la bruja, pero me he cansado de imaginarla, siempre moldeada por mis más profundos terrores. En este filme encuentro un ejemplo de cómo me gustaría narrar porque convierte al espectador en voyeurista, alguien que desea ver qué más sucedió y se alegra, como el que presencia un accidente de autos, de que no le pasó a él. Participa pero desde lejos, porque sólo busca la amenaza del encuentro, no el encuentro mismo.
He llegado a pensar que mi gusto por los juegos de terror, mucho mayor que el de las películas de terror, se debe a un simple y sencillo hecho: en el juego poseo control, a diferencia de la película, donde estoy a merced de las órdenes del director. Soy yo quién decide hasta dónde llegar y cuándo, qué cantidades de estrés soy capaz de soportar y entonces, llegado al límite, descanso un poco y vuelvo no a presenciar una historia, sino a desenmarañarla con mis propias manos. No soy una víctima del bromista del teléfono ni mucho menos un testigo: me vuelvo cómplice, colaborador. Aparezco hombro a hombro con él, aunque nos separen el tiempo y la distancia.
Es sencillo: en el fondo sigo siendo ese niño que escuchaba, a veces a escondidas, y con plena consciencia de las consecuencias, las historias de terror que los adultos a su alrededor se compartían. Sigo siendo ese que, en cuanto alguien aseguraba tener una historia de fantasmas (siempre improbable, nunca imposible), se quedaba a escucharla hasta ya no poder más y salir corriendo a otro lado. Quizá, desde entonces, intuía la diferencia entre algo “basado en hechos” reales y algo “real”; el primero me seducía y el segundo me aterraba, pero ambos sentimientos comparten muro en mi pecho y lo que hace uno lo escucha el otro.
¿Qué pasaría si dijera que el que escribió esto no soy yo, sino un personaje que me inventé? Un narrador potenciado, un yo lírico llevado al extremo: mi propio Cide Hamete Benengeli, al que le atribuyo cosas que quizá no diría. Al final del día, ¿eso importa? Si dijera que este ensayo lo encontré, y no es mío, ¿algo cambiaría? Recordar es inventar: quizá nunca tuve miedo de que el espíritu de un comediante viniera a espantarme. Quizá este texto no es real del todo, sino simple y sencillamente un ensayo, como tantos otros, basado en hechos reales.
Autores
(Ciudad de México, 1986). Coordinador del Taller de Creación Literaria del FARO Indios Verdes. Autor de los libros de cuento Luego, tal vez, seguir andando (Río arriba, 2012), Entre cuatro esquinas (FETA, 2014), La luz de las tres de la tarde (BUAP, 2015), El filo del cuerpo (Revarena ediciones, 2016), Ciudad nostalgia (Abismos, 2016), Sombra-Reflejo (BUAP, 2017), Los panes y los pescados (Ediciones Periféricas, 2018), Tiempo arrasado (Revarena ediciones, 2019), Mismatch (Cuadrivio, 2020), Foley (Fondo Editorial del Estado de México, 2020, mención honorífica en el Certamen Literario Laura Méndez de cuenca 2018) y Especies carismáticas (Premio Nacional de Cuento Juan José Arreola 2023). También es autor de los libros de crónica Tren suburbano (Malpaís, 2019) y Linde faz (FETA, 2018) con el que obtuvo el Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay. Obtuvo mención honorifica en el Premio Nacional de Periodismo Gonzo 2018 por la crónica Big Tony Bang. De igual manera, es autor de Nanda (Nitro Press-Ediciones La Rana, XIX Premio Nacional de Novela Jorge Ibargüengoitia) y del libro de ensayos
Basado en hechos reales (Casa Bonsái, 2025).
Becario del FONCA (en los periodos 2016 y 2021) y del PECDA Estado de México (2018) en el área de cuento. En su faceta como jurado, cuenta con participaciones en el comité de premiación del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2020, así como en los comités de selección de estímulos del PECDA de Jalisco (2017), Chiapas (2019) y Tamaulipas (2024), donde actualmente se desarrolla como tutor.
Ha publicado cuento, poesía, crónica, ensayo, reseña y dramaturgia en medios como La Jornada, El Universal, Casa del Tiempo, Tierra adentro, entre otras, así como en las antologías De narcos a luchadores (Contrabando, España, 2019), Cecilia y el Vampiro (Editores Mexicanos Unidos, 2021, compilación de Bernardo Barrientos Domínguez). Ni una sola palabra (UANL, 2021), Covid-19 (FCE, Tierra Adentro, 2021) y Liminales II (Casa Futura ediciones, 2023), por mencionar algunas. Fue seleccionado para el número especial Nueve ensayistas (1985-1995) de Punto de partida y el número especial sobre crónica: La crónica, el arte de narrar, de La Jornada. Es egresado de la Licenciatura en enseñanza de inglés, de la UNAM.
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.
Portada Aprovéchate de mí. Tierra Adentro
Me pongo los audífonos y aprieto el play de la lista de reproducción que escuchaba en la mañana, cuando venía camino al puesto. Aunque la canción apenas empieza, la reconozco enseguida. Ya sé que es cover , que originalmente la tocaban Los Tres, pero no importa, Cafeta la arregló y para mí con ellos suena mejor.
Cierro los ojos y en vez de cantar bajito me quedo callado para sentir la música. Eso es lo mejor de guardarla en el celular: te pones los audífonos y las canciones se van directo al cerebro, sin filtros. No hay ruidos de conversaciones, de carros o de música que no quieres escuchar. Las canciones entran y se descomponen como líneas de un estambre de muchos hilos, y de uno en uno se van adonde tienen que terminar. Algunas ahí en los oídos, otras en las yemas de los dedos, otras más en la garganta. Por lo general así se reparten, pero las canciones buenas también se quedan en la nuca, el tabique de la nariz, bajo los párpados y hasta detrás de los ojos. Esta rola es de esas. Nunca la escucho de pie o caminando, cada que empieza me quedo quieto, y si puedo me siento para disfrutarla como se debe: con los ojos cerrados y sin tener que saber de otra cosa.
Desde hace dos años trabajo en un puesto de barbacoa que se pone los fines de semana al final de San Roque casi en la entrada de Galaxia. Es el más grande de por aquí y no me puedo quejar. Aunque solo me pagan cuatrocientos pesos por los dos días, con las propinas junto cuatrocientos más, y siempre me dan de comer. Con lo que saco me alcanza para mis pasajes y casi todos mis gastos de la escuela, y si lo estiro suficiente me puedo pagar algunas salidas al cine, zapatos o ropa.
El puesto tiene un área para despachar la carne, otra para el consomé y otra para mantener caliente un enorme comal en el que varias mujeres echan tortillas de masa azul y preparan tlacoyos y quesadillas. Entre cinco meseros nos repartimos tres mesas en las que caben hasta veinte personas en cada una con las sillas bien pegadas entre sí. La gente empieza a llegar desde las siete de la mañana y terminamos de atender a las tres de la tarde. Luego tenemos que doblar unas lonas rojas muy pesadas que sirven de manteles y techo, lavar las sillas, las mesas, los cinco molcajetes gigantes, la freidora, el comal y un montón de platos, vasos y cucharas.
El puesto ocupa dos locales de un conjunto de siete que construyeron apenas hace cinco años, y por los que han pasado varios negocios que nunca tardan en quebrar. Solo dos hemos estado aquí más de un año: el puesto de barbacoa y la dulcería que está a un lado. En el puesto somos un montón; en la dulcería nada más dos: Manuel y su esposa, Elena.
Estoy en una silla de plástico porque ya terminamos y falta poco para hacer la limpieza. Mientras los demás comen yo escucho música, siempre elijo escuchar música… No mames. Nomamesnomamesnomamesnomames, viene para acá, Manuel viene para acá. Camina despacito hacia mí con su sonrisota, como si todo en la vida estuviera bien. Pinche güey, nadie le puede creer esa cara de felicidad. Ya vio que estoy sentado. Ya vio que hay una silla vacía aquí junto. Se va a sentar… Nomames que se va a sentar junto a mí… Se sentó. Me saluda:
—Quihubo, Santi, cómo te va.
Separa los labios y deja ver sus dientes. Pinche güey, si supiera cómo me pone. Si supiera cuánto me gusta su sonrisa, pero me da en la madre cuando me la dirige porque no sé qué pensar.
—Bien, Manuel, ya terminamos—me quito un audífono
—Qué bueno, nosotros también ya nos vamos como en quince minutos. Es sábado y el cuerpo lo sabe
Lo observo y sonrío. Mi cuerpo lo sabe también, sabe todo del tuyo, aunque no quieras acercarte. No, aplácate, Santiago, o tu cuerpo quetodolosabe te va a traicionar.
—Eso está bien, Manuel, ¿cómo vas a quedarte tarde en sábado? Para eso eres jefe.
Me sonríe de nuevo. ¿Por qué me sonríe? Si supiera de la punzada que me atraviesa la boca del estómago cada vez que se me acerca o me habla, chance y no lo haría tan seguido. Ulises, quien corta la carne y es encargado del puesto, ya nos vio y desde lejos le hace una seña.
—¿Lo vas a esperar? —le pregunto a Manuel y señalo a Ulises
—Sí, Santi, vamos a echar humito.
Mi papá fumaba, pero yo no. Si fumara tal vez Manuel vendría a buscarme más. Pero entonces yo no me fumaría un cigarro completo, mejor le pediría del suyo. Él lo encendería y le daría la primera fumada, luego me lo pasaría y lo pondría en mi boca para que me llegara con su sabor, como un beso de papel arroz. Se lo regresaría y él se lo quedaría entre los labios para sellar un código. cuyo significado solo él y yo conoceríamos… Nomamesnomamesnomames, ya se me paró. Pensar en su boca húmeda, en su saliva caliente, siempre me da este resultado. No quiero que se dé cuenta, qué vergüenza. Me inclino para disimular mi erección, y el audífono que no traigo puesto cae y queda suspendido delante de mí.
—¿Qué oyes? —me pregunta y observa el cable entre mis piernas; lo jalo y me muevo para que el pantalón no me apriete.
—Café Tacuba. Me dice que los conoce y no me sorprende.
—¿Te gustan, a tu edad? —me pregunta.
—Soy fan, ya hasta fui a verlos en vivo.
—Órale, qué chido, ¿qué canción es?
—“Tírate”.
Entrecierra los ojos y entiendo que no la identifica. ¿Cómo dice que sabe quiénes son y no conoce “Tírate”? Le paso el audífono que tengo colgando, desbloqueo el celular y regreso la canción para reproducirla desde el inicio.
—Tienes que poner atención para que le entiendas —le advierto—, o no va a tener chiste que la escuches. Me dice que sí con la cabeza y escuchamos:
He encontrado cosas buenas para soportar el calor del hambre cuando me voy a acostar.
Y si me dices que te vas, que no lo quieres intentar entonces abre la ventana y tírate
Cuando el ritmo acelera, Manuel lo marca con el talón derecho. Tiene unas arrugas chiquitas en la frente y sus pestañas son largas y chinas. En la parte acústica abre los ojos y me dice que está chida, intensa.
—Tírate, nomás eso, “tírate” Santi. Así debes hacer en la vida, si no, no tiene caso.
—¿Cómo? —no le entiendo.
—Pues sí —me contesta—, el chiste es aventarte, dejarte caer, si quieres tirarte al vacío.
—No es lo mismo tirarte que dejarte caer, Manuel.
—No importa, esta es la buena, hay que tirarse, nomás eso —me lo dice con la mirada seria—. ¿La canción es de ellos?
—No, la canción original es de Los Tres, un grupo chileno que se deshizo en el año dos mil, pero en el dos mil dos Cafeta sacó Vale Callampa , que fue su tributo a Los Tres, y de ahí salió esta versión de “Tírate”.
Me mira con una ceja levantada. Me caga. Como si le sorprendiera que sé cosas.
—¿A poco sí muy conocedor de Café Tacuba? —Pues sí, ya te dije que hasta fui a verlos en vivo. Ulises se acerca y llama a Manuel. Él se levanta y me dice:
—Chida la rola, Santi, luego me la pasas.
No sé si se está burlando o en serio le gustó, pero me vi muy pendejo explicándole la historia de una de mis canciones favoritas. Me guardo los audífonos y el celular en la bolsa del pantalón y voy a buscar mis cosas para hacer la limpieza e irme a mi casa.
Todo el tiempo lo observo, quiero ver qué tiene de diferente, por qué cada vez que está cerca de mí es como si se me resbalaran los calzones. Convivo con otros hombres en la escuela y aquí en el trabajo, y con nadie más me pasa. Cuando se me acerca es como si el piso y las piernas me temblaran, y mi corazón bombea sangre muy rápido a cada parte de mi cuerpo. Tun tun en mi pecho, tun tun en mi cuello, tun tun en mi boca, tun tun en mis párpados, en las piernas, en las yemas de los dedos y debajo de mi estómago. Las manos me sudan frío y una punzada me atraviesa el pecho y la espalda. Me dan ganas de decirle que cuando está junto a mí es como si despidiera un calorcito que me envuelve. A veces, cuando no lo veo, lo imagino cerca, caminando junto a mí en la calle o sentado en la misma mesa que yo en la biblioteca de la escuela. Lavo el piso con fuerza y conforme la espuma se junta bajo la escoba me pregunto si él no se da cuenta. ¿No sentirá que anda conmigo, aunque estemos lejos? ¿Que lo llamo y pienso en él?
Lo miro fijamente porque he escuchado que la fuerza del pensamiento es poderosa. Si deseo que voltee a verme de seguro terminará por hacerlo. Recargo el palo de la escoba en mi pecho, me pongo los dedos en las sienes, hago movimientos circulares y lo apunto con los ojos: mírame, voltea, mírame, voltea, mírame, voltea. Me concentro muy fuerte. Observo su cara, sus brazos, sus ojos, su nombre, a todas horas, en todos lados. Mírame, voltea, mírame, voltea, mírame, voltea. ¿En serio no lo siente? Yo creo que en mí nadie piensa y por eso no lo siento.
A veces pienso en mi papá y me pregunto si alguna vez se acuerda de mí. Si Manuel me extrañara yo lo sentiría. Sus pensamientos deben ser más fuertes que los míos, podría llamarme siempre que quisiera, aunque fuera solo para que pensara en él. Voltea y me sonríe. Lo sintió. Sintió mis pensamientos. Quito las manos de mis sienes, bajo los brazos y le devuelvo la sonrisa al mismo tiempo que la cara se me calienta. Me saluda con la mano y pienso que sintió todo lo que hice antes y que volteó porque yo quería que volteara. Pinche güey, hasta adivino es. Le devuelvo el saludo y mejor sigo con la limpieza.
Me reacomodo los audífonos y cuando pongo play escucho “Tírate”. La letra suena y se me va al estómago sin escalas:
Sé que no lo harás, cae el cielo sobre el mar.
Sé que no dirás palabras de verdad
Termino la limpieza y recuerdo que mi mamá me dijo que regresara temprano a la casa. Ulises y Manuel siguen sentados. Cuento las colillas que tienen cerca de sus pies. Ya van en el cuarto cigarro cada uno. Elena se acerca y los interrumpe. Va por Manuel, de seguro ya se fastidió de esperarlos, pues ella tampoco fuma. Tal vez debería juntarme con Elena para saber más sobre Manuel, hacerle plática o al menos saludarla cuando llegan en las mañanas. Pinche vieja suertuda. Si nos hiciéramos amigos, nos pondríamos a platicar mientras ellos fuman. Yo le preguntaría un montón de cosas y de seguro nos daríamos cuenta de que a los dos nos gusta lo mismo de él.
Elena regresa y Manuel y Ulises se ríen de algo. Manuel suelta el cigarro y lo pisa con el pie derecho. No puedo dejar de mirarlo, ya casi se va. Cerrarán su local, caminarán a su carro, él le abrirá la puerta del copiloto, ella entrará tras agradecerle el gesto, luego él rodeará despacio por el frente y antes de subir se acariciará la barba. Se encaminarán hacia donde sea que vivan juntos. ¿Qué tiene Manuel? Tal vez, cuando se conocieron, Elena también sintió el temblor en las piernas y en el piso.
Creo que cuando empiezas a estar con una persona sientes cosas diferentes a las que sientes cuando llevas con ella tres, cinco o diez años. Quién sabe si yo podré tener una relación con Manuel o con cualquier otra persona, pero supongo que las cosas que siento cambiarán. No puedo imaginarme toda la vida con la cabeza y el piso revueltos cada vez que la persona que me gusta esté cerca de mí.
Termino de hacer mi parte de la limpieza. Guardo mis cosas y me pongo la sudadera. Me gustaría que Manuel me preguntara si me queda que me dejen en algún lado. Ese sería un buen comienzo: ir con ellos, con él, hablar de cualquier cosa, platicar sobre dónde viven, si tienen hijos, si planean tenerlos; yo creo que no los tienen, siempre los veo solos. Ojalá no, yo no sé si quiero tener hijos.
Cierran su local, él corre a abrirle la puerta del carro y voltea. Me mira y le dice algo a ella, luego cierra la puerta y camina hacia donde estoy. No mames. Nomamesnomamesnomames, viene hacia acá. El corazón me late en todo el cuerpo. ¿A qué viene? Tarda pocos segundos en llegar y quedamos de frente.
—¿Cómo se llamaba la canción que me pusiste, Santi?
—“Tírate”.
—Está chida, luego me la pasas, ¿no?
—Si quieres te puedo grabar música en una USB .
—Sí, estaría chido, pero mejor te paso mi teléfono y me la mandas por WhatsApp, ¿no? —Sí —saco mi teléfono, ojalá no se note que las manos me tiemblan. Apunto los diez dígitos que me dicta en pares. —Que no se te vaya a olvidar, Santi. —No, en cuanto pueda te la mando. —Es muy raro que a alguien de tu edad le guste Café Tacuba, va a estar chido saber por qué te gusta. Me da tres palmadas en el hombro y se va.
Me quedo ahí parado, el carro se aleja. No sé si tener el número de Manuel signifique algo, espero que sí. Igual y nada más es para que le mande una canción por WhatsApp, pero puede ser para, como él dijo, tirarme hacia algo más, hacia otra cosa más grande. Aunque la canción no hable de eso, aunque Rubén cante algo completamente diferente. Tal vez la vida sí se trata de tirarse hacia otra cosa. Aunque Manuel no sepa mucho de lo que habla, sí puede tratarse de eso.
Autores
Xóchitl Olivera Lagunes (Ciudad de México, 1985) estudió la carrera de ingeniería agrícola en la UNAM. Ha tomado diferentes talleres de creación literaria. Estudió el diplomado en escritura literaria en Literaria-Centro Mexicano de Escritores. Ha publicado en la revista digital Cronopio y en El Universal. Su
primera novela corta, Ojos de gato, se publicó en 2016. Es cofundadora de la revista digital Semillas de Sauce, donde escribe y edita. En 2020 ganó el premio nacional de novela joven José Revueltas.
Ilustración realizada por Laura Velázquez
Escribo esto en mi cuaderno.
Me apoyo en la pequeña mesa de madera plegable, mi espalda inclinada hacia el frente, cuello doblado para fijar la vista sobre la página ya no en blanco, que se va entintando con letras, tinta que brilla por unos segundos antes de fijarse, más permanentemente.
La mano izquierda sostiene el borde de la página, evitando que el cuaderno regrese a su cómoda clausura y la mano derecha garabatea y gira, bailando en círculos. Sostengo la pluma en el dedo equivocado, el anular.
Desde que puedo tomar un lápiz y hacía planas, el trabajo de la escritura ha labrado mi callo permanente: la marca del peso de sostener la pluma, siempre en el dedo equivocado.
El movimiento de la pluma es un péndulo inconstante que no tiene un ritmo consolidado. La señal que manda el cerebro al sistema nervioso y a los músculos de la mano no es constante. Duda. Se interrumpe. Se distrae. Se detiene. Hasta que todo fluye y el movimiento se vuelve tinta sobre el papel, escritura después, mundo apalabrado.
Si el lenguaje es la realidad inmediata del pensar, como decían Marx y Engels, entonces la escritura es la realidad material del lenguaje (y la forma en que se consigna el pensar). No hay ideas que no estén ya acuñadas en palabras, todas son ya palabras, palabras que se desvanecerían si mi pluma no las cristalizara, en este cuaderno.
Lo que leerás, en un futuro, indefinido, no es lo que hay aquí, en el acto de la escritura material. Leerás, en otro espacio y contexto, la huella del trabajo de mi mano, de la improvisación, del dibujo que formé letra por letra, con tinta azul alemana, sobre mi libreta japonesa con mi pluma fuente de Taiwán, en un sofá en la costa de California.
Pero esto jamás lo hubieras sabido si no revelara a mi instrumento de trabajo también como a un objeto. La escritura siempre se lee fuera de su tiempo de creación y pierde sus circunstancias, su cuerpo. Se desincorpora.
Recupera su sentido y cuerpo cada vez que tú decides pasar tus ojos sobre las manchas en la página e intentas recomponer, con pedazos de tu propio imaginario, lo que los garabatos significan. Queda la pura evidencia de que hubo un cuerpo que algo trazó.
—
Hipótesis: el cuaderno es un género literario.
Comencé a escribir en este tipo de cuadernos el día de la muerte de Piglia, un 6 de enero de 2017. Leía entonces el primer volumen de los Diarios de Emilio Renzi , parte de lo que el autor recogió de sus 327 cuadernos. Piglia llena sus cuadernos con fragmentos de vida, listas, lecturas, ideas. Es el laboratorio de la escritura, en donde se permite experimentar y también comenzar a ficcionarse como escritor, como Emilio Renzi.
Dice de sus cuadernos: “Sus páginas eran una superficie liviana que me ha llevado durante años a escribir en ellas, atraído por su blancura sólo alterada por la elegante serie de líneas azules que convocaban a la prosa y al fraseo, como si fuera un pentagrama musical o la pizarra maravillosa de la que hablaba Sigmund Freud”.
Pero fue Eduardo Lalo, durante el viaje a Curaçao, quien me dijo: “el cuaderno es mi género literario”. “El cuaderno es mi medio”. “El cuaderno es omnívoro”. “El cuaderno es la mesa de trabajo”. “Es un instrumento, como un instrumento musical”.
Dice Eduardo Lalo en Intemperie : “tener la compañía de una libreta. Oler sus páginas, sentir la superficie del papel, hacer trazos negros en ella en los extremos de las noches. Casi no tener verbos para esta forma de la estética y la presencia. Aquí, en una casa de San Juan, sentir los siglos y poseer una libreta. Un cuerpo y una libreta”.
—
Hipótesis: no se escribe el mismo tipo de texto en una libreta pequeña que en un cuaderno grande.
Un cuaderno cuadriculado produce cierto tipo de ritmo con límites bien marcados, uno rayado una cierta estructura y una página en blanco permite otro tipo de gestos, de contenedor para las frases.
La materialidad de la escritura es, sí, primero, un instrumento, la pluma y el cuaderno. Pero es también un medio (nada inocente) que sobredetermina lo escrito. Es uno de los múltiples factores que contribuye a la forma específica que resulta.
El cuaderno es, en ciertos casos, el género de formas literarias que son formas de pensamiento y, a veces, reflexionan sobre su creación, su génesis material que será inmaterial. Importan poco, desde luego, las causas, importan las consecuencias, lo escrito.
Hay casualidades, pero para explicar lo escrito, para hilarlo, hace falta inventar en retrospectiva una historia en donde lo que se escribe es el protagonista todopoderoso que en algún momento decidió comenzar. Le inventamos una necesidad a la contingencia.
En los cuadernos también quedan las marcas, tachaduras, dibujos, esbozos, flechas, recordatorios, citas, números de teléfono, las dudas, marcas e imperfecciones. Siempre queda consignado el primer impulso que después corregirá ya no el fluir de conciencia sino un yo más crítico, una visión que edita con miras a lo público.
No se publica ese primer golpe de energía, la equivocación, el equívoco, la falta. Pero siempre queda el resto en el cuaderno, aunque esté detrás de las rejas de una tachadura, atrapando a la palabra para que no vaya a salirse de su celda, de su confinamiento solitario compaginado.
Hay cuadernos con lomos cosidos, con varias secciones, que se abren más naturalmente que los cuadernos engrapados con pequeños metales que sostienen su corazón. Siento un placer especial cuando llego finalmente al centro y puedo dejar de sostener las hojas, que se obstinan en mantener su cuerpo cerrado.
Hay cuadernos cuyo núcleo es una espiral de metal o de plástico que se coloca de forma vertical u horizontal, en la parte lateral o superior de las páginas. Su sentido de unidad parecería ser otro, uno menos definitivo y la mano siempre se topa con el gusano que carcome las páginas, poco a poco. ¿O quizás las páginas, agujereadas, le provocan una escoliosis a la columna vertebral del gusano?
—
Hipótesis: un formato implica una forma.
La unidad mínima del discurso literario en su sentido material concreto visible es la letra. Todo lenguaje está basado, oralmente, en fonemas y, de forma escrita, en letras que (re)presentan esos fonemas.
Lo que leerás está escrito en caracteres o “fuentes” estandarizadas ya no en una imprenta, sino en códigos computarizados que buscan imitar la imagen de la letra manuscrita. La reproducción mecánica y las tecnologías de la escritura borran la singularidad de la letra manuscrita y todo resto de individualidad consignado en la caligrafía se pierde al uniformarse en letras que sólo funcionan como copias del significado pero no de la forma de la escritura. En lo que estás leyendo, ya no hay autografía, nada único.
Mi subjetividad, inscrita físicamente en el movimiento y la presión de la abertura de la punta de la pluma fuente, ya no deja ningún rastro personal aquí, en el mundo digital. Es apenas un algoritmo en una interfaz estandarizada (tristemente democrática) que queda enterrado en el universo de los datos. Nada de mi cuerpo, nada de mi cuaderno ni de la tinta. Queda mi nombre en alguna parte del texto, para atribuirle esta combinación específica de palabras a un cuerpo que se identifica con un cierto nombre, gracias a la costumbre.
Los contadores inventaron la escritura. Los primeros registros de lo que conocemos como letras, como escritura, se desarrollaron por la necesidad de consignar la propiedad privada y la deuda. Se creó en el momento en que los signos ya no tenían una correspondencia uno-a-uno con los objetos que representaban (un dibujo de maíz ya no era equivalente a un maíz), sino que empezaron a usar signos abstractos, números, para contabilizar los bienes. Fue un asunto de economía de los signos.
Eventualmente, junto con los números y las mercancías, se volvió necesario consignar el nombre de los propietarios, los compradores y los deudores y se desarrollaron los fonogramas. Todo era contabilidad hasta que la escritura se comenzó a usar con fines rituales y, entonces sí, comenzó a imitar la estructura del habla. Hoy hay evidencia de esa escritura fonética en instrumentos funerarios de lujo de los sumerios.
—
Cuando escribo en este cuaderno, ¿sigo intentando copiar los trazos que aprendí en los libros de caligrafía? ¿O mi letra manuscrita es la copia de la letra impresa? Este texto se deriva de un manuscrito “original”, autógrafo, con la instancia de la letra, pero la repetición de caracteres está ya en la escritura misma, sea manuscrita o impresa.
Toda letra imita de antemano un caracter legible por medio de las convenciones. En este sentido, la letra manuscrita articula una forma literaria que nos regresa a la práctica performática elemental de la escritura que, al reproducirse, recuerda que la invención de la copia fue también el momento del nacimiento del supuesto “original”.
El instrumento de escritura más antiguo es quizás el estilete o el estilo. Primero trazos en la arena, en arcilla o en cera. Después en estelas, en piedra, en metales. Más adelante en pieles, papiros, y hoy en papel o en pantallas. Con el tiempo, el instrumento se diversificó y transformó: en un pincel, que después se volvió una pluma, un lápiz, un bolígrafo.
La mano guía el movimiento del estilete y produce líneas, trazos, caracteres. De ahí que hablemos del “estilo” de un autor y de que sea posible reconocer, por la forma en que combina las palabras, sus trazos, sus características personales, su carácter, sus caracteres, su estilo literario.
—
Dice también Eduardo Lalo hacia el final de Intemperie : “Disolver el cuerpo hasta convertirlo en tinta… La escritura es un yacimiento arqueológico del cuerpo que la produjo. Algo asincrónico, que descubre tarde un extraño. El cuerpo que escribió altera la historia que lo produjo. Lo autobiográfico queda lejos de ese cuerpo de letras. Su existencia, sus días, su materia fueron también como el papel, un soporte para la tinta”.
Esa es la escritura de alguien que compromete su cuerpo y sus días con la escritura. Alguien para quien la escritura no es ni un divertimento, ni una pretensión, sino que es la única manera de soportar la existencia y de atravesar lo incomprensible. Es una forma de pensamiento. Y viene de un cuerpo, un caminar, músculos de la mano y el brazo, una libreta llena de tinta. Es escribir a medida que se habita el entorno y se desencubre. A medida que se envejece. A medida que se disuelve el cuerpo, hasta convertirlo en tinta. Un yacimiento de tinta.
—
Hipótesis: los cuadernos son el andamiaje de las formas literarias.
En los cuadernos queda el proyecto, la articulación, la lógica y el lugar de experimentación, son donde sucede el proceso y el acto de la escritura. Pero no son un contenedor vacío que lo permite todo. Tienen una forma y ciertos límites. Cierto número de páginas, cierta portabilidad y cierto tamaño. Sus límites físicos, sin embargo, no son límites para el contenido. Pero sí marcan la pauta de lo que es posible materializar en ellos.
Las estelas mayas, los códices en tinta negra y roja de los nahuas, los cuadernos de Leonardo Da Vinci con los dibujos de sus invenciones, los cuadernos de viaje de Herman Melville, los cuadernos con páginas blancas, extremadamente ordenados, de Albert Einstein, los dibujos y esquemas de los diarios de Paul Valéry, las libretas de reportero de Jack Kerouac, los cuadernos no quemados de Kafka, los microgramas escritos a lápiz de Robert Walser, el cuaderno ideal de Brenda Lozano, los 327 cuadernos de Ricardo Piglia, los “cuadernos de todo y nada” de Macedonio Fernández, los delirantes diarios de Salvador Elizondo, el cuaderno rojo de tapas blandas, el Silvine de David Miklos, la gran obra de arte literaria y plástica que son los cuadernos de Eduardo Lalo.
En todos estos cuadernos está el andamiaje de textos e ideas que cambiaron, al menos, mi forma de habitar el mundo. Y me comprometen a seguir entintando mis cuadernos.
Escribí esto, en mi cuaderno.
Autores
(Ciudad de México, 1989), doctora en literatura latinoamericana por Cornell University. Psicoanalista en formación. Ha publicado múltiples textos académicos y crónicas en revistas nacionales e internacionales. Su libro
Curaçao: costa de cemento pueblo de prisión (FETA: 2019) fue ganador del Premio Nacional de Crónica Joven Ricardo Garibay 2019.
Ilustrador
mitthu
Es alter- ego de Laura Velázquez Hernández, nacida en la Ciudad de Puebla, México en 1992 Estudió la licenciatura en Diseño gráfico en la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, con especialización en Artes permitiéndole así explorar varias disciplinas como la pintura, dibujo, ilustración análoga, digital, y fotografía. Mientras que su contacto con el muralismo llego ya en la etapa laboral, se convirtió poco a poco en una de las actividades que más difruta y su fuente de trabajo más frecuente.
Ilustración realizada por Jal Reed
“Una ventana de dos metros de altura en una esquina. Dos niñas viendo abajo un grupo de diez hombres con las armas preparadas apuntando a un joven sin rasurar y mugroso, que arrodillado suplicaba desesperado, terriblemente enfermo se retorcía de terror, alargaba las manos hacia los soldados, se moría de miedo.”
Mi hermano y yo vemos televisión cuando nos aturde un estruendo de rocas cayendo de las nubes, unos segundos de no entender qué sucede y luego hacer lo que vemos en películas: pecho al suelo. A poca distancia de casa, en un terreno baldío, frente a un OXXO y el Periférico de la Juventud, en Chihuahua capital, ejecutaron a un hombre de camiseta roja, jeans y gorra. Desde la ventana, tras el susto, nos aseguramos de que ya se había terminado el encontronazo para ir a ver la escena entre otros vecinos curiosos. Todavía recuerdo la extrañeza de verlo inerte, como si fuera un actor en una obra de teatro y en cualquier momento se fuera a alzar, breve espacio para los aplausos, reverencia ante el público, más aplausos.
Durante la llamada “guerra contra el narco” del entonces presidente Felipe Calderón, Chihuahua se llenó de violencia. No se sentía como una guerra de “buenos” contra “malos”, como lo habían pintado tras ese inolvidable desfile militar del mandatario; la violencia en Chihuahua era una guerra contra los chihuahuenses, contra la normalidad, contra nuestras vidas. Con esos convoyes militares llegó el terror de salir de noche, de ir a bares o antros y quizá coincidir con una ejecución o masacre. Con ellos llegaron los mensajitos de celular donde se “malinformaba” sobre un supuesto toque de queda de los narcos; así mismo los encobijados: carros y trocas con cuerpos envueltos en cobijas. Además del miedo social: no te juntes con ése porque es narco; mijo, no vayas a ese fraccionamiento, nada más ve las mansiones de ahí; vato, yo que tú me hago sordo con esa morrita, ¿sabes a quién le gusta?
Y a este miedo por con quién te juntas se sumó un miedo más palpable, el de encontrarse en el centro de una balacera. Podía suceder en cualquier lugar, a cualquier hora. Como el granizo que escuchó mi madre mientras hacía el súper a mediodía. En el parlante avisaron que no podían salir, que conservaran la calma. En el estacionamiento se estaban balaceando. Mi madre quedó atónita al ver que la gente seguía comprando.
Pero, sin duda, lo peor fue cuando empezó el tener conocidos asesinados en la guerra. Las cifras de los periódicos se pasaron a hechos que atestiguamos, y de ahí a esa llamada horrenda del que te informa lo que sucedió con tal persona. No conozco a nadie de Chihuahua que no haya perdido a algún familiar, amigo, colega o conocido.
“Nací en Durango, pero crecí en Chihuahua”, esta es mi carta de presentación para todo aquel que pregunta por mi origen. Reconozco que solía agregarle “igual que Pancho Villa”, pero tras un poco de clases de historia caí en la cuenta de que no es un personaje con el que me quiero comparar. Por fortuna, la literatura me dio otro personaje, una escritora que también comparte ese origen y que, igual que Doroteo y su servilleta, porta un nombre distinto al legal: Nellie Campobello. Pero eso no es lo único donde encuentro reflejos entre ella y mi persona.
En su obra más reconocida, Cartucho , Campobello narra estampas de la violencia que vivió inmersa en la guerra de la Revolución. La cita al inicio es de una de estas estampas, lleva por nombre “Desde una ventana”, continúa así:
“El oficial, junto a ellos, va dando las señales con la espada; cuando la elevó como para picar el cielo, salieron de los treintas diez fogonazos que se incrustaron en su cuerpo hincado de alcohol y cobardía. Un salto terrible al recibir los balazos luego cayó manándole sangre por muchos agujeros. Sus manos se le quedaron pegadas en la boca. Allí estuvo tirado tres días; se lo llevaron una tarde, quién sabe quién.
Como estuvo tres noches tirado, ya me había acostumbrado a ver el garabato de su cuerpo, caído hacia su izquierda con las manos en la cara, durmiendo allí, junto a mí. Me parecía mío aquel muerto. Había momentos que, temerosa de que se lo hubieran llevado, me levantaba corriendo y me trepaba en la ventana; era mi obsesión en las noches, me gustaba verlo porque me parecía que tenía mucho miedo.”
Nellie Campobello atestiguó el conflicto armado en Parral, Chihuahua, siendo una niña. Muchas de las estampas de Cartucho son narradas con esta perspectiva infantil, desde una inocencia ultrajada por las balas y la muerte. Por mucho, mi estampa favorita es la que voy citando, me veo en ella, entiendo esa realidad trastocada que resulta de un cadáver inerte tras la violencia asesina.
Yo no era un niño cuando inició el conflicto armado en Chihuahua, pero seguía con algo de inocencia, de ingenuidad. En ese ejecutado descubrí el sinsentido que arranca vidas, el silencio y la inmovilidad absoluta que llegan tras el estallar de la pólvora y el caer de un cuerpo sobre la tierra.
La niña de Cartucho no sólo ve trastocada su realidad, sino que abraza esa nueva manera de comprender al mundo. Nos puede parecer absurdo que ver al ejecutado le da cierta paz, que teme que se lo lleven. En la ausencia del cuerpo no sabe qué encontrará, que otra realidad tendrá que aceptar. Por lo menos sabe que así, ante esa muerte violenta, se enfrenta al miedo que puede aplacar dando su compañía desde la ventana, estando con él, con el muerto.
Se acostumbra al horror, a la escena fija de la ejecución. Del mismo modo, la gente siguió comprando en el supermercado mientras el sonido de las balas retumbaba desde el estacionamiento. En un conflicto armado, el humano busca adaptarse, asirse de algo que brinde el mínimo de sentido, aunque este último sea el del miedo.
Escribo estos párrafos una semana después de la noticia del asesinato de Javier Campo Morales y Joaquín César Mora Salazar, sacerdotes jesuitas, en la comunidad de Cerocahui, municipio de Urique, sierra de Chihuahua. Hace unos días, en una reunión entre amigos que mantienen lazos cercanos con jesuitas, se coló un momento de dolor y hartazgo: cervezas en alto, se brindó por estar y por los que se fueron. “Vivimos en un puto cementerio”, dijo uno. “Esta vez nos pegó en el hombro, muy cerca del corazón”, dijo otra. Yo recordé aquel primer encuentro que tuve con ejecutados.
“Un día, después de comer, me fui corriendo para contemplarlo desde la ventana; ya no estaba. El muerto tímido había sido robado por alguien, la tierra se quedó dibujada y sola. Me dormí aquel día soñando en que fusilarían otro y deseando que fuera junto a mi casa.”
Así termina la estampa de Nellie Campobello, con el deseo infantil, la añoranza de que se repita ese asidero de violencia que significa la nueva realidad de México. Nos puede parecer chocante, más de uno dirá que son cosas de niños, pero yo lo dudo. Temo que soy… somos esa niña. En los periódicos leemos los encabezados, desde nuestra ventana, cada mañana sigue ahí el muerto, con diferente cifra, en distinta locación, pero es el mismo, tímido, aquel que primero nos tocó, que desde entonces no ha dejado de ser ejecutado junto a nuestra casa, un puto cementerio, pegándonos en el hombro o, incluso, si no tenemos suerte, en el corazón.
Vuelvo a Cartucho y escribo no para justificar el que normalicemos el horror que nos tocó vivir, más bien para que hagamos las preguntas correctas: ¿de qué nos asimos sino es el sinsentido de cifras en periódicos, de balaceras recurrentes, videos que transmiten el miedo cotidiano? Quizá la respuesta está en ese alzar de cervezas entre amigos, en reconstruir el país sobre el amor y la ternura de los que estamos y recordamos a los que fueron arrancados de manera violenta.
Lo que distingue a la obra de Nellie Campobello del resto de la literatura sobre la Revolución es precisamente la ternura que logra colar entre las ejecuciones y balaceras. Ella encontró algo que se mantuvo resguardado a pesar del charco de sangre que la rodeaba, el proteger al que tiene mucho miedo, aunque sea un cadáver, el buscar la empatía incluso en la muerte vista desde una ventana. Quizá ante cada encabezado del horror, debemos responder con una reafirmación de vida, de ternura y compañía. No estamos solos en este valle de lágrimas.
En un país que desde la Revolución continúa con sus ritos de muertos y desaparecidos, la misma Campobello sufrió en sus últimos años un rapto: “…fue secuestrada por Claudio Niño Cienfuentes y su esposa, una exalumna de Campobello, María Cristina Belmont. Fue privada de libertad y, valiéndose de su vejez, enfermedad, soledad y ausencia de herederos directos, fue obligada a firmar un testamento para que ellos cobraran su pensión.” La niña que extrañó al ejecutado, que se dolió por su ausencia dibujada en la tierra, desapareció en vida, hasta su muerte el 9 de julio de 1986. Ella forma parte de ese horror que se reproduce de manera nauseabunda, toca brindar por nosotros que la rememoramos y por ella, por lo que nos legó: la mirada de una niña desde su ventana.
Autores
Licenciado en Filosofía y Ciencias Sociales. Obtuvo la beca en narrativa de la Fundación para las Letras Mexicanas 2015-2017. Becado por el FONCA Jóvenes Creadores en novela 2017-2018 y por el PECDA de Durango 2018-2019. Ha publicado cuentos y ensayos en Tierra Adentro, Este País y pliego16. En 2020 ganó el Premio Nacional de Cuento Breve Julio Torri con su libro La Biblia encarnada (FETA, 2022). Actualmente da clases de filosofía a monjas y es escritor fantasma.
Ilustrador
Jal Reed
Ilustrador, diseñador, soñador y amante de la ciencia ficción radicado en la Ciudad de México. Estudió diseño en la Universidad Nacional Autónoma de México. Como ilustrador ha trabajado para diversas revistas, editoriales, webs y marcas como: revista GQ, La Peste, Tierra Adentro, Chilango, Marvin, La Mole, Blush Design, Creativooos, entre otros.
Ilustración realizada por Mariana Martínez
Apenas pasan de las dos de la tarde del lunes 8 de julio de 1822. Dos viajeros, unidos por la fortuna en La Toscana, izan las velas para zarpar hacia Lerici. Ambos intercambian miradas cómplices ante la proximidad del viaje y gestos que denotan que entre los dos existía algo más que una amistad, un círculo íntimo compartido o un techo en común: un febril ímpetu por una misma piel. En uno, ésta es ya promesa realizada; para el otro, apenas un atisbo de la tibieza.
Algunas semanas antes, este último viajero —que no es otro sino el poeta Percy Bysshe Shelley— le escribiría a su amigo Edward John Trelawny para solicitarle un poco de ácido prúsico —cianuro de hidrógeno—: “I have no intention of suicide at present, — but I confess it would be a comfort to me to hold in my possession that golden key to the chamber of perpetual rest ”.
La idea del suicidio como la cura a un mal de amores ha atravesado a la literatura, y al arte en general, desde sus inicios; baste mencionar, para no recurrir a los amantes de Verona o al joven Werther a Tokubei, mercader de Osaka, y a Ohatsu, cortesana del burdel Tenmaya, personajes de Los amantes suicidas de Sonezaki , escrita en 1703, por Chikamatsu Monzaemon —en la inabarcable Ciudad de México, en la crujía número 18 de la otrora Escuela de Medicina, en la Plaza de Santo Domingo, tenemos a nuestro propio fantasma romántico, que se volvió verso nocturno el 10 de diciembre de 1873—. Sin embargo, la idea de un atormentado Shelley por la pasión que siente por Jane Williams, compañera de Edward Williams, quien es el viajero quien lo acompaña a bordo del navío “Don Juan” en esta tarde de julio, en Livorno, sea consecuencia del relato del mismo Trelawny, quien se dispone a zarpar junto a ellos en el “Bolívar”, embarcación propiedad de Lord Byron. Trelawny publicó su Memorias de los últimos días de Byron y Shelley en 1858, mismas que amplió veinte años después, y en donde ahonda en una anécdota que la misma Jane le contara a William Michael Rosetti, quien escribiera Memoria de Shelley , de donde se desprende:
Shelley’s going out in a boat with her and the children, and suddenly asking her whether she and Shelley should forthwith ‘try the great Unknown’. She replied (as she tells me …) ‘Hadn’t we better land the children first?’ – which was conceded. After this, she did not again venture out on the water with Shelley.[1]
Shelley es, además de un poeta y un gentilhombre, un personaje romántico que encarna el arquetipo del siglo diecinueve europeo junto a Byron, Coleridge o Keats. Si bien fue un hombre de ideas liberales esculpidas por, entre otros, el escritor William Godwin, no podía escapar al Sturm und Drang . La relación con Jane Williams es, por decir lo menos, compleja, como lo atestiguan estos versos:
IV
Sweet lips, could my heart have hidden
That its life was crushed by you,
Ye would not have then forbidden
The death which a heart so true
Sought in your briny dew[1]
William Michael Rossetti —quien fuera sobrino de Polidori y editor del diario del autor de “El vampiro”, así como de la primera edición inglesa de Walt Whitman— y Edward Trelawny son las fuentes principales de donde abreva el primer retrato que la figura de Shelley provocara. Rosetti relata que escribió el primer esbozo de la vida de Percy Bysshe en 1869, cuando los materiales acerca de la vida y obra del poeta eran todavía “escasos, breves y confusos”, si bien, esto no fue un impedimento para que se publicaran al año siguiente. Su relación con Trelawny comienza alrededor de 1842, cuando lo ve por vez primera, pero no sería sino hasta 1869 cuando comenzaran una serie de encuentros que acabarían en 1881, año de la muerte del amigo de Shelley. No obstante, la relación entre ambos bien puede dar cuenta no sólo de la vida del poeta, sino del imaginario decimonónico que lo cubría. Cuenta Rossetti:
Casi tan pronto como lo encontré, Trelawny puso a mi disposición, para mi edición de Shelley, los manuscritos de los poemas dedicados a la señorita Williams y su esposo, junto con los mensajes en prosa (entonces desconocidos) que los acompañaba […] Me prestó una copia de una edición muy rara del Oedipus Tyrannus , de Shelley, y su propia edición de Quenn Mab . También me dio una extraña y valiosa reliquia: el fragmento carbonizado del cráneo de Shelley, que había recogido de la pira funeraria.
El singular obsequio es un reflejo de la figura no sólo del poeta, sino de un siglo. Antes de que la fotografía fuera el testigo de la existencia humana, las reliquias de los cuerpos eran tomados como talismanes, como en el caso del cráneo de Shelley. La violencia de la naturaleza converge con el ánimo del poeta y éste sucumbe a bordo del Don Juan , en esa tarde del verano de 1822, junto a Edward Williams y al capitán del barco. Trelawny no sufre la misma suerte puesto que su navío, el “Bolívar”, está en cuarentenas, por no haber obtenido el permiso para zarpar, por lo que se queda varado y, así, salva la vida. El héroe romántico protagonista del cuadro de Caspar David Friedrich comienza a erigirse mientras el Don Juan se va en picada. El cuerpo de Percy Bysshe Shelley se rinde ante el “majestuoso tumbo de las olas” que en esta ocasión es estruendo. La fiereza del mar labra el rostro del poeta para quede enquistado entre las páginas de la Historia; junto al cincel del mar Mediterráneo, el de los contemporáneos y admiradores de Shelley contribuirán a que el retrato no pierda fuerza. Trelawny relata a propósito de ese día:
Mire esas manchas negras y esos harapos sucios que cuelgan del cielo; son una advertencia. Mire el humo en el agua; el diablo está tramando alguna travesura. Había bruma, y el barco de Shelley no tardó en quedar envuelto en ella; no volvimos a verlo. El sol estaba oscurecido por la niebla, y el bochorno resultaba opresivo. No soplaba una gota de brisa en el puerto. La pesadez del ambiente y su insólita quietud me embotaban los sentidos. […] El mar estaba del color del plomo, igual de liso y sólido, y cubierto por una grasienta capa de suciedad. El viento soplaba racheado sin rizar la superficie del agua, sobre la que caían grandes gotas de lluvia, rebotando como si no lograran penetrarla. Reinaba una extraña conmoción en el ambiente, cargado de amenazantes ruidos que llegaban desde el mar. Pesqueros y buques de cabotaje con fletes de tránsito pasaban velozmente a nuestro lado en gran número. El alboroto y el bullicio producido por los hombres, sus voces estridentes, quedaron súbitamente silenciados por el estruendo de un trueno que estalló sobre nuestras cabezas. Por espacio de un rato no se oyó más que el sonido del trueno, el viento y la lluvia.
La idea del suicidio por el amor no correspondido y su pasión proscrita por Jane Williams, el fragmento del cráneo de Shelley y la advocación del romanticismo decimonónico en la tormenta que le quitara la vida serían suficientes para que el camino del héroe quedara completo y encontrara su responso en el cuadro de Louis Édouard Fournier, en el que el mencionado Trelawny, junto a los poetas Leigh Hunt y Lord Byron, observa la pira funeraria de Shelley. No obstante, no es así. El mito forjado por la aviesa memoria se trastoca con los años y quizás se desdibuje en nuestro inconsciente literario. Puede recordarse, por ejemplo, el verano de 1816, en Villa Diodati; un tiempo “húmedo y poco agradable”, según palabras de Mary Shelley, en su introducción Frankestein o el moderno Prometeo .
Ese “año sin verano”, consecuencia de la erupción del Monte Tambora, obscureció —sin metáfora— Europa, y fue espectador de la reunión en una villa suiza, cerca de Ginebra, de Lord Byron, Percy Bysshe Shelley, Mary Wollstonecraft Godwin, Claire Clairmont y John William Polidori. De acuerdo con la historia, fue el 16 de junio cuando Lord Byron propuso “escribir cada uno una historia de fantasmas”, después de la lectura de la Historia del amante inconsciente . Byron comenzó un cuento; Percy Bysshe Shelley pergeñó una historia basada en su infancia y “al pobre Polidori se le ocurrió una idea terrible […] El ilustre poeta, molesto por lo aburrido de la prosa, desistió rápidamente de una tarea tan antipática”. Por su parte, Mary pensó en “una historia que hablara de los misteriosos miedos del ser humano y despertara la excitación del miedo, una historia que hiciera que el lector tuviera miedo de mirar a sus espaldas, que le helara la sangre y le acelerara el pulso”. Esta introducción, escrita en 1831, en la cual no se menciona fecha de la tertulia, también alude a que la historia habla de “caminatas, de muchas excursiones y de muchas conversaciones en un tiempo en el que no estaba sola. Ya no volveré a ver más a mi compañero en este mundo”, refiriéndose a Percy Bysshe Shelley.
La lectura que habían hecho se consigna usualmente como Fantasmagoriana, ou Recueil d’Histoires d’Apparitions, de Spectres, Revenans , una edición alemana traducida al francés que estimuló la imaginación de los presentes. No cabe duda de que este día 16 de junio ha suscitado diversas conmemoraciones, por haber sido el origen de dos de las historias más conocidas de terror: los ya mencionados El vampiro , de Polidori, y el Frankstein , de Mary Shelley, como la que la Dirección de Literatura de la UNAM organizó en el bicentenario de esta noche, en donde Rosa Beltrán encarnó a Mary Shelley, Hernán Lara Zavala a Percy B. Shelley, Bernardo Ruiz a John W. Polidori y Vicente Quirarte a Lord Byron. Los cuatro escritores asumieron su personaje y entregaron cuatro monólogos que querían ser la voz de aquella tarde. El nacimiento del monstruo es la edición que reúne los cuatro textos y recuerdan ese día, pero un par de detalles se asoman que trastocan la historia. Polidori, en su diario, no consigna la fecha en que Byron propuso la escritura de una historia de terror, en cambio cuenta que el 15 de junio sostuvo una conversación con Percy Bysshe a propósito de si el hombre era tan sólo un instrumento.
En la Introducción, Mary afirma que las conversaciones que la inspiraron a escribir su historia fueron entre Byron y Percy, además de que relata que “el pobre Polidori” no puedo llevar a buen puerto la empresa. Más aún, “El Vampiro”, publicado por vez primera en The New Monthly Magazine, en 1819, fue, en primera instancia, atribuido a Lord Byron; le costaría a Polidori algunas cartas recibir tanto el reconocimiento como el sueldo por la historia. Si bien es cierto que el cuento que comenzó Byron alguna de esas noches en Villa Deodati versaba sobre un “vampiro”, también lo es que el que comenzó Polidori en Suiza fue Ernestus Berchtold o el moderno Edipo , como lo declara el mismo autor en la introducción: “La historia que aquí ofrezco al público es la que comencé en Cologny, cuando Frankestein fue urdida”. Lo que sí se consigna en el Diario es el momento en que sucede la provocación byroniana:
18 de junio. Mi pierna está mucho peor. Shelley y fiesta aquí. La Señora S[helley] me llamó su hermano (menor). Después del té comencé mi historia de fantasmas. A las doce en punto, empecé realmente a hablar fantasmagóricamente. L[ord] B[yron] repitió algunos versos de Christabel , de Coleridge, sobre el pecho de la bruja. Cuando se produjo el silencio, Shelley, repentinamente, bramó, se llevó las manos a la cabeza y salió corriendo de la habitación con una vela. […] Estaba mirando a la señora S[helley], cuando de pronto recordó a una mujer de la que había oído hablar, con ojos en lugar de pezones, lo cual, apoderándose de su mente, lo horrorizó.
Para Edward Dowden, uno de los primeros estudios de Percy Bysshe, después de este incidente, es que Lord Byron propone la escritura de una historia de fantasmas. Es justo decir que, amén de la fecha, que, por lo escrito por sus protagonistas, no es exactamente el 16 de junio, sólo originó un texto, memorable y enigmáticamente vigente, como lo es el Frankestein , no obstante, es una muestra que la memoria literaria se nutre, como la vida misma, de reconstrucciones que en no pocas ocasiones distan de ser fieles al suceso al que se refiere, pero que lo conforma en la univocidad que, artificiosamente, construye.
Si en uno de los hechos concernientes a Percy Bysshe Shelley, como lo es la reunión en Villa Diodati, encontramos tempranamente la creación de una fábula en torno a su figura, el final de su vida no podía ser distinto. Si Edward Williams y Shelley estaban juntos era porque junto a Lord Byron y Leigh Hunt planeaban editar una revista, y habían establecido su residencia en Italia. Ese 8 de julio el Don Juan zarpó y se hundió, y con él se llevó los cuerpos de ambos amigos. Diez días de búsqueda les tomó encontrar los cuerpos, que fueron enterrados en la costa, bajo una capa de cal para evitar infecciones. Sería hasta el 14 de agosto que Trelawny, Byron, Hunt y un puñado de soldados y mirones atestiguan las llamas que consumirían el cuerpo de Percy Bysshe Shelley. De esta pira es de donde sale el fragmento carbonizado de su cráneo, pero también acontecería algo que quedaría grabado, como el 16 de junio, entre la historia literaria:
Las únicas partes que habían sido consumidas por el fuego eran algunos fragmentos de huesos, la quijada y el cráneo, pero lo que nos sorprendió a todos fue que el corazón se mantuvo íntegro. Al alcanzar esta reliquia de la ardiente hoguera mi mano resultó severamente quemada, y si alguien me hubiera visto haciendo esto tendría que haberme puesto en cuarentena.
Esta versión, escrita treinta y ocho años después, fue modificada, numerosas veces, en vida de Trewlany, con cada vez mayor insistencia en la figura romántica de Shelley. Hermione Lee, en su revelador ensayo “Shelley’s Heart and Pepys’s Lobsters”, menciona que Richard Holmes, uno de los biógrafos más recientes de Shelley, tenía que lidiar con tres elementos en la vida de Shelley: la personalidad angélica, que implicaba que el poeta era insustancial, ineficaz y físicamente incompetente; sus ideas políticas radicales (hay que acudir a sus ensayos en favor del ateísmo) y el constante maquillaje a propósito de su vida sexo afectiva. En este ensayo, que pertenece al espléndido volumen Virginia Woolf’s Nose , Lee da muestras de cómo la figura de alguien puede ser trastocada de acuerdo con intereses que van desde una familia pudibunda hasta las ansias de mantener la idealización de un monolito:
Todos han atribuido la romantización de Shelley a la apesadumbrada y arrepentida idealización de Mary Shelley de su marido, así como a los testimonios de los amigos de Shelley: el ególatra Thomas Jefferson Hogg, el auto proclamado aventurero Edward Trelawny, quien vivió años de sus historias con Shelley y Byron, y el poco confiable Leigh Hunt. Todos ellos tienen sus propias versiones sobre la vida de Shelley.
Corresponde a esta romantización la idea de que el cuerpo de Shelley fue reconocido a partir de que llevaba consigo un ejemplar de Esquilo y un libro de poemas de Keats. Miranda Seymour, biógrafa de Mary Shelley, apunta que el órgano que se recuperó de la hoguera en realidad era el hígado. En la deificación de una fecha, de un personaje o de un texto puede desviarse la mirada y perderse la perspectiva; también, quizás, puede olvidarse que la tempestad del lunes 8 de julio de 1822, apenas pasando las dos de la tarde, no es la misma que la romanza de su muerte. La primera acabó con Percy Bysshe Shelley, y la segunda comenzó a reescribir su vida.
Autores
Estudió la licenciatura en Lengua y Literaturas Hispánicas en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Fue becario de la Fundación para las Letras Mexicanas en el área de Narrativa en las generaciones 2009 - 2010 y 2010 - 2011, y dos veces becario del programa Jóvenes Creadores del Fonca en los periodos 2014 - 2015 y 2017 - 2018, ambos en la especialidad de cuento. Ha publicado cuento, ensayo, reseña y crítica literaria en Laberinto, Confabulario, Este país, Molino de letras, Siembra y Tinta Seca, entre otros. Aparece en las antologías Cofradía de coyotes (La Coyotera Ediciones, 2007); Fantasiofrenia II. Antología del cuento dañado (Ediciones Libera, 2007); Ardiente coyotera (La Coyotera Ediciones, 2008) y Bragas de la noche (Colectivo Entrópico, 2008). Es autor del libro de cuentos Campanario de luz, (UAM, 2013), y de La espantosa y maravillosa vida de Roberto el Diablo (UAM, 2019). Es editor de la revista Casa del Tiempo de la UAM.
Ilustrador
Mariana Martínez
(Ciudad de México, 1996). Novelista , editora y copywriter. Egresada de la Universidad del Claustro de Sor Juana en la carrera de Escritura Creativa y Literatura.
Ilustración por Pinchi Necro
Este año se celebra el aniversario número 60 de la muerte de Georges Bataille, escritor y pensador francés. Para conmemorarlo, quiero hablar acerca de una idea suya que, no solo me parece interesantísima, sino que (en mi opinión) es muy importante para entendernos como especie: la angustia de la individualidad y su relación con el erotismo de los cuerpos.
La obra de Bataille es abundante y diversa, es tierra fértil en la cual confluyen reflexiones en torno a lo místico, la religión y, sobre todo, su relación con el erotismo (resumiéndolo muy groseramente). Bataille no fue únicamente un filósofo —aunque le molestaba que lo clasificaran como tal—, sino un antropólogo cuya fascinación por la espiritualidad, lo sagrado, la transgresión y las manifestaciones eróticas marcó profundamente su trabajo. Es importante destacar, para los que no conozcan su obra, que esta no gira en torno a la “religiosidad” moral o los dogmas. A Bataille le interesaba, sobre todo, la experiencia interior.
Me gustaría comenzar este escrito con una pregunta que suena tonta: ¿alguna vez se han sentido solos? Obvio. Todos, ¿no? Quién no se ha sentido aislado o incomprendido en algún momento de su vida. A quién no le ha dolido la soledad de su propia percepción del mundo y de ciertas experiencias o sentimientos que son difíciles de expresar y compartir. Tantas sensaciones, tantos matices. A veces las palabras —sobre todo si son referenciales— son demasiado generales, no dicen lo suficiente, se sienten groseras, grotescas, como si fueran dedos gigantescos intentando agarrar el tallo de una flor minúscula o meter un hilo en el ojo de la aguja más pequeña del mundo. Hacer que los demás nos entiendan por completo es casi imposible. Supongo que por eso existe la poesía… o el erotismo, como pensaba Bataille.
Para explicar esto, hay que comenzar señalando que, En Teoría de la religión (1973), el autor francés plantea una fenomenología de la existencia animal y de lo que llama continuidad . Para Bataille, los animales son seres continuos , su existencia es “ininterrumpida” y viven en un estado de inmanencia e inmediatez porque no tienen consciencia absoluta de su entorno ni de los objetos o de la relación entre estos como entes separados. No pueden mirarse a sí mismos como sujetos observables, y en su perspectiva reina una especie de niebla en la cual no hay categorías diferenciadas o interpretación, su existencia es como un flujo en el que se entremezclan ellos mismos y su hábitat. Para describir este existir sin distinción, abstracción o significado —desde un punto de vista racional—, Bataille dice que “todo animal está en el mundo como el agua dentro del agua”.
El humano no es así, pues —aunque poseemos cierta animalidad— percibimos “racionalmente”. En El erotismo (1957), Bataille menciona que somos seres discontinuos , cerrados porque interpretamos lo que nos rodea y acontece, porque damos significado. Nos diferenciamos a nosotros mismos del entorno y “cada ser es distinto de todos los demás. Su nacimiento, muerte y los acontecimientos de su vida pueden tener para los demás algún interés, pero sólo él está interesado directamente en todo eso. Sólo él nace, sólo él muere”. El filósofo francés se refiere a nuestra condición de individuos, que está dada porque únicamente nosotros estamos involucrados con nuestra propia experiencia interior. Percibimos y entendemos desde nuestra individualidad y de forma única. Y por más cerca que puedan estar dos personas, existe un principio de alteridad insuperable. Soy yo misma al no ser tú, por expresarlo burdamente. Nacemos solos, morimos solos.
Según Bataille, hay un abismo profundo entre un ser y otro. Somo profundamente sociales, pero no existe la unión perfecta y absoluta entre dos personas, ni a nivel espiritual ni físicamente. Aunque se pueda estar cerca, no podemos transmitir nuestra experiencia interior tal cual es, intacta. Nos traducimos constantemente a los demás, es inescapable. Esto se traslada al plano físico: literalmente estamos separados, no podemos fusionarnos con alguien más, cada quien tiene su cuerpo. Aunque a veces quisiéramos que fuera diferente, es una imposibilidad absoluta, como la muerte o el tiempo.
Bataille señala que, como seres discontinuos , buscamos constantemente una manera de superar este angustiante abismo ontológico. Aquí es donde entra el erotismo y su relación con la muerte (aunque ese es tema para otro texto). El escritor francés afirmaba que todo erotismo tiene como propósito desintegrar el sistema cerrado de cada participante, superar la individualidad, acortar el abismo. Sin embargo, esto, por supuesto, implica una “disolución de las formas constituidas”, una destrucción simbólica y física de lo que nos hace “uno” (de aquí proviene la fascinación fundamental del erotismo por la muerte), la relación entre Eros y Tánatos. Lo erótico, entonces, implica cierto grado de violencia sobre el cuerpo, el traspaso de los límites del pudor y del espacio privado, la “muerte” del individuo y su singularidad.
El autor habla de la reproducción sexual para ejemplificar esta separación primigenia y su única solución permanente: el óvulo y el espermatozoide son dos entidades individuales fundamentalmente distintas, pero al formar el cigoto experimentan un estado transitorio y fugaz de unidad y simbiosis. Ambos gametos enfrentan la disolución de su ser individual, de su discontinuidad y “mueren” para formar otro ser que a su vez es discontinuo y así sucesivamente. Solo a través de la muerte se puede sobrepasar la distancia de la discontinuidad.
El erotismo, como forma parcial de acortar el abismo, implica una transgresión del cuerpo. Está implícito en el acto mismo y en las múltiples expresiones de la sexualidad. Cuando nos manifestamos eróticamente, superamos de cierta forma la individualidad, simbólica y físicamente. Derrumbamos las barreras mentales, las restricciones sociales establecidas, el respeto a lo privado. Rompemos las barreras físicas, traspasamos las fronteras de nuestro cuerpo. Se deja entrar al otro, se penetra, se transgrede, se une lo que está separado: manos, piel, labios, genitales, miradas, fluidos, a veces pensamientos. Como consecuencia de dicha transgresión se disipan los confines y ya no somos individuos. Aunque solo por un momento, a través de la aniquilación del individuo —cuya culminación es el orgasmo— se disipan los límites. Es por esto que nos resulta tan instintivo el contacto erótico o sexual, porque tenemos un hambre perpetuamente insatisfecha, un deseo inconsciente e imposible de destruir las formas que nos contienen y delimitan.
Suena medio dramático, pero creo que todos hemos sentido, de una u otra forma, la angustia de la individualidad, emocional, mental, espiritual o físicamente. A mí me parece muy esclarecedora la postura de Bataille (claro que desde un punto de vista crítico porque existen muchas cosas debatibles en su concepción de erotismo). Esta cuestión de la angustia individual es trágica, pero intentar entenderla me resulta reconfortante. Yo, como Bataille, también pienso que existen abismos insalvables: no sentimos exactamente lo mismo, no vemos los mismos colores, las palabras no significan lo mismo para todos, cuando transmitimos nuestra experiencia y percepción a otros, mucho de ellas se pierde en la traducción, comunicar matices emocionales es dificilísimo, estamos separados de los otros y de lo que nos rodea, hay cosas que no se pueden compartir, y lo subjetivo llega a ser asfixiante. Realmente estamos solos, dentro de nosotros mismos y nuestra percepción, encapsuladitos.
Pero qué precioso, ¿no? Que se pueda ser con otros, acortar la distancia, diluir los límites, comunicar sin hablar, abrir[nos], sentir el placer de la continuidad y resquebrajar lo que nos contiene, aunque sea unos minutos, aunque sea un instante. Qué preciosas las infinitas posibilidades que ofrece el erotismo de nuestros cuerpos.
Nadie dudaría de la importancia del erotismo. Está claro que es un tema y obsesión universales y que seguirá siéndolo —ya sea para alabarlo o censurarlo—. Definitivamente da muchísimo de que hablar y, a pesar de ser tan inherente a nuestra visión del mundo, continúa misterioso e ininteligible, a veces impenetrable. Yo creo que Bataille fue un genio por haber sabido nombrar y teorizar alrededor de algo tan difícil de aprehender como lo es el erotismo, uno de nuestros lados más oscuros y primigenios.
Autores
(Ciudad de México, 1997) Estudió Escritura Creativa y Literatura en la Universidad del Claustro de Sor Juana. En 2018 participó en el programa de escritura Elipsis organizado por el British Council y, al año siguiente, fue parte del Women’s Creative Mentorship Project de la Universidad de Iowa. Es autora de
Sapos en la lluvia (2021), colección de cuentos publicada por el Fondo de Cultura Económica en colaboración con el Fondo Editorial Tierra Adentro. Ha publicado en revistas como
Sin Embargo ,
Este País ,
Armas y Letras y la
Revista de la Universidad de México . Actualmente es becaria del Programa de Jóvenes Creadores del Fonca.
Ilustrador
Pinchi Necro
Francisco Javier de la Torre Cordero “PINCHI NECRO” Francisco Javier de la Torre Cordero nace en Zacatecas, México el 29 de octubre 1988 Inicia su carrera artística en 2016 con su primera ilustración en portada e ilustraciones de anexo para el libro “Juntos diablo carne y mundo” para Taberna Libraria Editores en Zacatecas. Lo que dio lugar a un impulso considerable del que a partir de entonces se ha presentado en numerosas convenciones, exposiciones colectivas y conferencias bajo el seudónimo “PINCHI NECRO”, destacando la exposición individual "secuencias, 2019"en la cinética de Zacatecas donde exploró la animación a partir de dibujos individuales, así como el uso de la pluma 3d con enfoque artístico (siendo el primero en usar dicho material en Zacatecas con tal finalidad) participando además en la revista punto de partida por parte de UNAM y portadas para la editorial Texere (Zacatecas).
Ilustración realizada por Mildreth Reyes
Cada vez es más común leer y ver noticias de que la San Fe está cada vez peor, más peligrosa. No sé si es porque, a pesar de ya no vivir cerca de ahí, aún sigo con nostalgia algunas páginas de Facebook que hablan de la colonia, de los vecinos, los comerciantes, pero también de los delitos que cada vez son más recurrentes, o que más bien, ahora son más visibles, porque los problemas de estas colonias que habitan las periferias de la ciudad, siempre han estado ahí.
Al menos tiene dos años y medio que no vengo, con la pandemia y todo lo que ha pasado en este periodo, me fue imposible visitar uno de los lugares que más aprecio por todos los años en los que mi familia y yo trabajamos ahí, pero hoy por fin regresaré. Esta vez estoy emocionado porque les daré un pequeño recorrido a dos amigos que no conocen este tianguis que cada domingo se pone apenas comienza salir el sol. El punto de encuentro será a las dos de la tarde en el mercado de la colonia que se encuentra sobre la Av. Dolores Hidalgo, porque les prometí que ahí comerían unas gorditas rellenas de carnitas y también los famosos tacos de cecina que alguna vez visitó el youtuber Peluche Torres.
Como a esa hora es un poco tarde llegar a la San Fe, Gabo y yo nos adelantamos para hacer nuestro habitual recorrido que comienza en una de las entradas más recurrentes del tianguis, por el mercado 25 de julio, a un costado de la Av. Gran Canal.
Llegar a las inmediaciones del tianguis no es complicado, pero suele ser peligroso y como en la mayoría de las colonias populares y conflictivas, la delincuencia siempre está rondando y puedes caer en la ruleta rusa de quienes se dedican a eso. Pero afortunadamente, hay opciones de llegar al famoso tianguis de la Alcaldía Gustavo A. Madero, considerado el más grande de Latinoamérica con poco más de siete kilómetros que se desbordan como ríos por avenidas como Villa de Ayala y León de los Aldama o bien, por calles como la 20 de noviembre, Emiliano Zapata o Morelos, tan solo por decir algunas.
Se puede llegar desde el Estado de México por los municipios de Ecatepec o Nezahualcóyotl, pero también por colonias aledañas como Casas Alemán, Campestre, Providencia o Nueva Atzacoalco. Antes llegaba desde Ecatepec, pues vivía a escasos 20 minutos del tianguis, tomaba una combi o camión que pasaba a unos metros de mi casa, pero al cruzar por una de las colonias (Las Vegas) más peligrosas del Municipio, a últimos años prefería tomar un taxi que cobraba entre 25 y 30 pesos y así evitar problemas.
Ahora que vivo más lejos, me es más fácil tomar el metro desde Eugenia y llegar hasta la estación Carrera (con transbordos incluidos) para después, de igual forma tomar un taxi que recorre parte de la Av. San Juan de Aragón y kilómetros adelante dar vuelta a la izquierda para entrar a la Av. Gran Canal que nos lleva hasta el famoso mercado de la 25 de julio. También puedo llegar por Neza, arribando a la estación Impulsora (e igual tomar un taxi), pero me gusta llegar por Carrera y hacer el recorrido de la Av. Gran Canal, evocando la gran canción de Polo Pepo, “San Felipe es punk”, en la frase que dice, si nos quieres conocer, no te vayas a perder, solo tienes que seguir, las aguas del gran canal, las aguas del gran canal . Y aunque ya no hay agua (a menos que llueva mucho), ese canal entubado y pavimentado convertido en avenida, me hace creer que por ahí, como dice la canción: jamás podría perderme.
Aunque suene a cliché, cuando uno va creciendo termina por entender a sus padres y en mi caso, cuando niño o adolescente no me gustaba entrar por la calle de Emiliano Zapata (por la que ya siempre entro), no había nada para mi pues toda la calle estaba llena de herramientas nuevas y usadas, llantas y rines de dudosa procedencia, estereros nuevos y robados, artículos para el hogar como jabón , papel de baño, pastas, shampoos y cremas, sabanas y colchas para la cama, lámparas, focos, y un sinfín de chácharas que bien podrían ser objetos de coleccionistas. Sin embargo, ahora en esa calle que es la principal de mi papá al hacer las compras de la casa, poco a poco se ha vuelto lo mismo para mí. Desde que vivo con Gabo, de vez en vez hay cosas que arreglar o que poner y esa calle es la solución perfecta para comprar herramienta o todo eso que se ocupa. Ese día como cada que voy, compré varias cosas que necesitaba: guantes de hule y de tela, plaquitas para evitar picaduras de mosquitos, navajas de rasurar, un par de aromatizantes para los baños, pilas para los controles, tres focos LED, dos desarmadores pequeños y un par de cintas canela.
Y aunque el ambiente se siente raro pues hay poca gente y varios espacios vacíos de puestos y comerciantes que faltan, sigo caminando con la seguridad que me da haber trabajado y habitado en ese tianguis cada semana a lo largo de más de 13 años, en los que de una u otro manera, el tianguis de la San Fe me hizo parte de él.
Después de hacer las compras necesarias, Gabo y yo acostumbramos ir por una cerveza de barril para después, con vaso de a litro en mano ir a comer unos tacos de cochinita pibil, sin embargo ese día el lugar en donde acostumbramos comprar las cervezas cambió su giro, si bien siguen vendiendo comida, la cerveza ya no es parte de su menú, ni siquiera estaba abierta la puerta que da a un patio de una casa que hasta antes de la pandemia, servía de bar para quienes querían descansar o refrescarse del calor. Me atrevo a preguntarle a la señora que prepara los tacos el por qué ya no venden la cerveza de barril a lo que de inmediato me responde, ya no nos dejan joven, la delegación está muy pesada, ya mejor ni intentarl e. Me decepciona saber que no podré traer más adelante a Carlos y a Santiago y que tendré que buscar otro lugar en el cual podamos parar a descansar.
El calor está muy fuerte, hace años que no lo sentíamos así y la sed empieza a hacer estragos. En nuestro recorrido no encontramos quien venda cerveza, ni siquiera refrescos preparados, las famosas micheladas de la San Fe parecen haberse extinguido con la pandemia, pero enseguida, vemos un puesto que está vendiendo cervezas medio a escondidas, le pido un par pero me dice que aún no pueden vender, que el operativo aún está vigente pero que en media hora ya no habrá bronca . Decidimos comprar dos latones en una tienda y ahora sí, ir a comer esos tacos que queremos.
Recibimos el mensaje de Carlos que nos dice que están a punto de llegar, el tiempo se ha pasado y estamos algo lejos del mercado, caminamos a paso rápido para que no se queden solos tanto tiempo: por un momento, todo lo que he leído de la San Fe me preocupa que les pase a ellos. Llegamos al encuentro y al verlos, nos saludamos y entramos por el segundo pasillo del mercado en donde se encuentran los famosos tacos de cecina, pedimos un par para cada quien y luego a las gordas de carnitas que se sirven para ir comiendo. Mientras terminamos la garnacha, otro amigo me avisa que viene en camino, parece que la fiesta después del recorrido, será un pacto cerrado.
Alberto llega con su esposa e hija y en el recorrido ahora somos siete. Empezamos sobre la avenida principal, por la que pasan los camiones que cruzan gran parte de la GAM y del Estado de México, les digo que sobre esta, la Dolores Hidalgo, del 2 al 6 de enero se pone el famoso tianguis de juguetes donde trabajé año con año de los l3 a los 20 años y que visitarle de noche es otra gran experiencia y que solo se recorre en línea recta de Av. Gran Canal (por donde entramos) hasta la Av. Orizaba. Me preguntan si aún tengo familia que trabaje aquí y les digo que solo un par de primos siguen vendiendo en el tianguis de los Reyes Magos, como también se le conoce, pero ya no venden juguetes como tal, o sí, solo que ahora son drones que están muy de moda entre chicos y grandes.
Les digo que en esa esquina de Apatzingán y Dolores por la que pasamos, esta uno de los mejores caldos de gallina que he probado y que, de haber llegado temprano, hubiéremos podido desayunar unos tacos de tripa con una pancita en Los Chundos, lugar donde según dicen, algunos integrantes de Panteón Rococó caían ahí para curarse la cruda, ¿neta?, me pregunta Carlos, respondo que al menos, un poster firmado por algunos miembros de la banda, da legalidad al hecho. Lo que sí les aseguro es que en ese lugar como en algunos otros de la zona, a veces mi abuelo iba a trabajar ahí junto al trío en el que tocaba, cantando algunas canciones a ritmo de bolero.
Los llevo por la calle de Apatzingán hasta Villa de Ayala, porque quiero mostrarles donde estaba el puesto de mi papá cuando trabaja ahí y mientras caminamos, vemos ropa nueva de todo tipo, pero no de marcas de “renombre”, les digo que, en casi toda esa calle, la ropa es hecha por los mismos comerciantes o comprada de mayoreo en Canal del Norte, Mixcalco o Tepito, para después venir a venderla acá, seguramente de manufactura china. Al llegar a la esquina de Ayutla y Villa de Ayala, les muestro el puesto de dos metros en los que mi papá vendía lentes para el sol, cajetillas de cigarros americanos y casetes para grabar audio y video. Les cuento que ahí cuando niños, mi hermano y yo le ayudábamos a acomodar lo que se vendía para luego, después de desayunar, jugar casi todo el día al futbol, los tazos o canicas con otros niños que también estaban ahí porque sus papas eran comerciantes. Eso lo hice de los 6 a los 11 años, porque después me fui a ayudarle a mi abuela con su puesto en otra calle de la San Fe.
Hace poco le pregunté a mi papá el año en qué empezó a trabajar ahí en el tianguis y sin dudarlo, me dijo que comenzó en 1989, justo un año después de que nació mi hermano. Me dijo que empezó con ese segundo trabajo porque ya con dos hijos, los sueldos de maestros de la SEP que tenían él y mi mamá no les era suficiente para todos los gastos. Afortunadamente con ese puesto en el tianguis pudieron crecer y obtener más dinero que les permitió construir su casa. De igual forma, al ver que el negocio iba en aumento, en 1992 mi abuela decidió también poner su puesto, uno enorme en el que vendía ropa de bebe y vestidos para niñas, que por muchos años fue muy redituable.
Al seguir caminando les muestro la peluquería en donde desde pequeño y hasta antes de cambiarme de casa, iba a que me cortaran el cabello, de los tres peluqueros que conocí de solo queda uno, que era el más joven. Les digo que a lado del puesto que era de mi papá y que ahora es de una amiga suya, vendían todo tipo de saldos que el Palacio de Hierro desechaba, desde ropa hasta juguetes, incluso muebles que se vendían a una tercera o cuarta parte de lo que lo hacían en las tiendas. Sin embargo, ya nada de eso está y ahora solo venden ropa de paca.
El calor sigue muy duro y las micheladas aún están escondidas, paramos en una tienda y compramos aguas y cervezas en lata, las bebemos mientras caminamos hasta llegar a la calle de Morelos en donde se vende ropa de marcas como Zara, Old Navy, Bershka, Miniso o Pull & Bear, a veces está más barato aquí que en las plazas. También les digo que hay tenis de la marca que quieran pero que se fijen bien porque la mayoría son clones.
Mientras camino voy recordando a esos personajes que cada domingo estaban en el tianguis, como un señor que vendía esas mal llamadas tlayudas (invención chilanga de una tostada verde de maíz a la que le ponen, salsa, nopales y queso), a bordo de un carrito de supermercado y que, de vez en vez gritaba ya llegó el sabroso , espantando a propósito a transeúntes que se le cruzaban en su andar de vendimia. O bien a otro señor algo mayor que, en silla de ruedas, cada domingo llegaba alrededor de las 2 de la tarde para ponerse en una de las esquinas del puesto de mi abuela y pedir dinero, podría regalarme un pesito , repetía una y otra vez a la gente que pasaba o se detenía en nuestro puesto a comprar. Sin embargo, algo no cuadraba con él, parecía que no necesitaba tanto de la limosna pues, al ir a recogerlo, muchas veces llegaba por él gente bien vestida y muchas veces hasta en coche se lo llevaban, lo más extraño que le vimos fue cuando lo cachamos comprando lencería muy sugerente con el dinero que obtenía en el día, algo gracioso porque lo hacía recurrentemente y cada que mi abuela lo veía en esa acción casi siempre repetía: con razón siempre desconfié de ese cabrón .
Ahora vamos por la calle 20 de noviembre en donde les digo que, en esos puestos, toda la ropa, aunque de paca, es original, aunque de dudosa procedencia. Ahí encontrarán también zapatos, carteras, cinturones, mochilas o lo que haya traído el camión decomisado, eso sí, siempre un poco más barato todo que en las tiendas departamentales, lo malo es que los vendedores como te ven te tratan y le suben el precio a su antojo, por eso mi hermano decía que había que ir disfrazados con la ropa más fea que tuviéramos.
Casi esquina con Cuauhtémoc, los llevo al puesto de ropa de paca en la que mi mamá nos compraba casi todo cuando éramos niños, les digo que aquí sí hay calidad pero que hay que meter mano sin miedo. La ropa de marcas americanas en ese puesto ronda de los 60 a los 200 pesos según le calculen los vendedores que entre chiflidos y gritos de:
Ropa ropa ropa barata
Ropa ropa ropa se remata la ropa
Bara bara bara bara bara bara bara
De a viente varos de a veinte varos
Damas damas de este lado ahí lo estamos rematando
De este lado de este lado de este lado ahí está la ropa bara
…siempre terminan por invitarte a sumergirte en esas montañas interminables de telas.
Después de algunos minutos buscando algo que valga la pena, Gabo encuentra un suéter y un par de blusas que no duda en comprar, después de eso, les muestro a lo lejos el teatro Carlos Colorado, nombrado así por el fundador del famoso grupo musical La Internacional Sonora Santanera. Les digo que cada año por octubre, viene La Santanera y da un concierto gratuito que conmemora el aniversario de dicho lugar. Recuerdo que cuando vendía aquí, ese día la gente compraba mucho más o al menos, la asistencia al tianguis era bastante y siempre salíamos muy beneficiados con las ventas, solo que había que levantarse más temprano de lo habitual para que no nos ganaran el lugar algún otro comerciante.
Por fin encontramos unas micheladas que tardarán un poco porque las están preparando a escondidas desde una casa para que el operativo no los sancione. Compramos una para cada quien y mientras esperamos nos ponemos al día: el trabajo, la familia, la nueva bebe, todo parece ir bien. Les digo que es una lástima que ya no podrán conocer el lugar al que iba a tomar cervezas y a escuchar música en vivo con tríos de norteños que llevaban contrabajo y toda la cosa o bien, un par de esquinas en donde me tocó ver a bandas de rock y punk tocando mientras la gente con cerveza en mano, los veía sin ningún problema.
Seguimos caminando y la tarde empieza a caer, los puestos se están quitando y aún nos falta ir a los vinilos, sin embargo, al llegar al puesto ya es tarde y ya se han ido ante la amenaza de lluvia. Aún con sed, empezamos a buscar otro lugar donde tomarnos otra cerveza, pero no hay nada, decidíos caminar sobre Ejido y pasar por el último lugar que quiero mostrarles.
Casi esquina con Independencia, les muestro el lugar en el que estaba el puesto de mi abuela y en el que trabajé de los 12 a los 18 años, armando un puesto doble de seis metros de largo y tres de alto. Les cuento que entre mi hermano y yo armábamos ese puesto de tubos enormes y gruesos, tablones de madera pesadísimos y rejas que estaban más altas que nosotros. Siempre hubo alguien más que nos ayudaba, pero nunca constante porque no aguantaban el ritmo, los que más solo duraban algunos meses y los que no, si acaso dos semanas. Les cuento que la rutina era casi siempre a misma: llegar, armar el puesto, sentarte a desayunar de a rápido una torta de tamal con un atole y después, acomodar la ropa o lo que estuviéramos vendiendo. Más o menos nos tardábamos dos horas en todo eso, luego a las dos de la tarde, comíamos con un presupuesto de máximo 40 pesos que podían ser tacos, tortas, quesadillas o taco placero, uno decidía siempre y cuando no se pasara de esos 40 pesos por persona a menos que una tía llegara y nos invitara la comida, ahí si podíamos pasarnos del presupuesto. Luego como a las 4:30 si no había gente o vendimia, a levantar todo, pero eso ya era más rápido y en máximo de una hora y cachito, ya habíamos terminado.
Comienzo a mapearle a Gabo algunas cosas de esa parte del tianguis, le platico que a tres puestos del de mi abuela había una chica que vendía corsetería y que me gustaba, pero nunca le hablé porque era cinco años mayor que yo. Que justo atrás de ahí, estaba la casa donde guardábamos todo el puesto: lona, bancos, tablas, tubos, rejas. Que, a un lado de la iglesia, a mi abuela le gustaba comer caldo de gallina. En ese otro de allá, siempre que jugaba la selección, me acercaba porque eran los únicos que conectaban una televisión grandota para ver los partidos. Que justo en este enorme puesto de al lado, había un señor al que mis tías le pusieron el Rey Mago porque se parecía a Gaspar: robusto, de cabello largo y crespo, con barba larga casi rojiza. Ahí sus trabajadores gritaban uno de los slogans más buenos que he escuchado en un tianguis: señora de la vuelta y vuelta con la bolsa vacía y con la boca abierta, acérquese por este lado, pura ropita de calidad, bara bara bara .
Alberto ve que a unos metros de donde les cuento todo, hay una casa que vende micheladas, nos acercamos y bromeamos si sería seguro quedarnos, nos decimos que no pasa nada y que hemos estado en lugares más peligrosos, además soy de la San Fe y nunca me ha pasado nada ahí. Aunque esta casa no abre su patio, tiene bien delimitada la calle de Independencia para que puedas degustar tus bebidas sin temor a que pasen coches, éntrenle, no pasa nada, aquí la poli si nos da chance , nos dicen. Pedimos bebidas para todos, cervezas unos y azulitos otros, la música a ritmo de reggaetón ameniza el ambiente y nos dicen que, si necesitamos baños, podemos entrar a la casa con costo extra de 5 pesos.
En el andar nos quedamos con ganas de alguna que otra garnacha más que, hasta antes de la pandemia, eran muy usuales a lo largo del tianguis: quesadilla de sesos o de queso con huitlacoche, aguas frescas o algunas paletas de hielo, incluso nos faltó alguna espiro-papa o botana exótica. Quizás este domingo no tuvimos suerte o la pandemia hizo más estragos de lo que podemos creer.
Empiezo a recordar todas esas leyendas que del tianguis se han contado desde que comenzó a existir en el año de 1967: que venden drogas en cada esquina, que todo el tiempo roban, que todos los productos que venden son pirata o robados, que siempre estafan o que si entras ya no sales. También otras cosas más inverosímiles pero que de cierta forma, le dan un dejo de misterio al tianguis de la San Fe, como que, dentro de él, se ha vendido una turbina de un avión, un barco y hasta un cráneo de dinosaurio. No sé qué pensarían esos primeros comerciantes que decidieron empezar a vender aquí sus herramientas usadas y sus fierros viejos, pero sin duda, creo que estarían orgullosos de todo lo que se dice de aquí.
Sentados en la banqueta y en un par de bancos que nos dieron los de las micheladas, seguimos platicando de la San Fe y de otras cosas, lo gracioso es que estoy a tan solo unos pasos de donde antes trabajaba con mi abuela y eso me pone algo nostálgico. Dice Polo Pepo en ese himno que hizo de la San Fe que en este lugar parece que el tiempo se detiene, a ritmo de rock y punk , yo agregaría otros ritmos más como el high energy , las cumbias, las guarachas, el reggaetón, los gritos, los silbidos y hasta las carcajadas. Al final ya no sé si les di el recorrido a ellos o a mí mismo, solo sé que me gusta estar aquí, rodeado de amigos y divirtiéndome un rato, en uno de los lugares más significativos en los que he habitado a lo largo de mi vida.
Autores
(Ciudad de México, 1985). Es narrador y periodista. Escribe sobre música, futbol, terror y literatura en diversos medios impresos y digitales. Fue becario del FONCA (2015-2016) y del PECDA del Estado de México (2014-2015), en ambas como joven creador en letras con especialidad en cuento. Estudió la Licenciatura en Creación Literaria en la UACM y la Maestría en Letras Modernas por la Universidad Iberoamericana. Actualmente da clases de periodismo y de escritura creativa.
Ilustrador
Mildreth Reyes
(Martínez de la Torre, 1999) Estudió la Licenciatura en Arte y Diseño en la Escuela Nacional de Estudios Superiores, UNAM campus Morelia. Dicha formación le ha permitido reflexionar sobre distintos aspectos de la comunicación visual. Ilustra y escribe para anclar vivencias, pensamientos y convicciones a su mente, tenerlas presentes en su propio proceso y guardarlas a través de la forma.